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Ver productosEl centro de atención de la economía tiene que ver principalmente con los salarios, los precios, los intereses y los beneficios. Detrás de ellos están el dinero, la producción, el consumo o el empleo. Y después aparecen el ahorro, la inversión, la inflación, la deuda o el mercado. Hablar, por tanto, de economía digital no deja de ser una metáfora. La economía digital es una manera de referir el impacto que tienen en la economía y en la sociedad la «informática» y las «telecomunicaciones», así como la influencia de ambas en los medios de comunicación.
Qué duda cabe de que los parámetros que han determinado nuestra entrada en la Unión Monetaria Europea no tienen, en principio, nada que ver con lo anterior. Con todo, no es menos cierto que no existe prácticamente ninguna actividad económica en la que no incidan de manera directa o indirecta la informática, las telecomunicaciones o los medios. Estas tecnologías tienen tanta influencia en casi todas las actividades humanas de hoy en día que, sin ellas, el mundo que conocemos no sería posible.
Los ejemplos de lo que decimos se pueden multiplicar casi hasta el infinito. En el hogar, en las oficinas, en los comercios, en los medios de transporte, en los hospitales, están presentes por doquier hasta en los sitios más insospechados.
Según algunos, estamos en los albores de una nueva era dominada por los ordenadores y por las telecomunicaciones, con nuevas formas de economía, de política y, en definitiva, de sociedad. En ella, las empresas serán distintas de lo que son hoy, los gobiernos se verán obligados a actuar de manera diferente, y los individuos tendrán otras pautas de comportamiento, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y como denominador común, las tranformaciones inducidas por las tecnologías de la información, donde convergen la informática y las telecomunicaciones.
La tecnología digital, resultado de la miniaturización explosiva de los circuitos electrónicos, donde se «integran» millones de elementos electrónicos de «memoria» o de «cálculo» en un espacio no mayor que una cabeza de alfiler, es la que ha originado ese cambio dramático. Es la que permite almacenar y transmitir enormes cantidades de información de forma instantánea de una a otra parte del planeta, ya sean datos, voz o imágenes. La tecnología digital hace posible, además, que otras tecnologías sean asimiladas a ella, potenciando aún más sus capacidades. La fibra óptica, el CD ROM, el vídeo disco, la televisión, y un largo etcétera de «aparatos» electrónicos, forman ese conjunto inseparable que inunda todas las actividades humanas, ya sean domésticas o profesionales.
Como otras muchas cosas, la microelectrónica comenzó a desarrollarse en Estados Unidos al final de la segunda Guerra Mundial. El resultado de las primeras investigaciones apareció algo más tarde, hacia el verano de 1948. Tres científicos de los laboratorios Bell anunciaban el invento del transistor, una pequeña pieza de germanio algo más grande que un grano de arroz, de cuyo interior salían tres pequeños hilos metálicos. El transistor venía a sustituir a los llamados «tubos de vacío», aquellas «lámparas» que se encontraban en el interior de los aparatos de radio de los años veinte. Y, poco a poco, lo que era un sólo transistor del tamaño de un grano de arroz se fue convirtiendo en millones de transistores en el mismo espacio. Esta característica única de crecimiento exponencial de elementos y circuitos electrónicos en espacios cada vez más reducidos, y a su vez más baratos, es seguramente una de las razones más claras de la ubicuidad de las tecnologías de la información. Y no es una exageración decir que la mayoría de los avances tecnológicos de los últimos treinta o cuarenta años son debidos a los avances en la microelectrónica y en la miniaturización.
Pero no sólo se trata de una cuestión tecnológica o científica. Los años cincuenta se distinguen a su vez por la aparición de pequeños aparatos de radio a precio muy reducido -los transistores-, que tomaban el nombre de los elementos electrónicos que contenían. Estas radios portátiles o transistores fueron a su vez uno de los elementos clave en el desarrollo de la economía moderna en Japón y de su primacía económica en el contexto mundial
El transistor, la microelectrónica, son digitales. Funcionan a base de bits. Y comprender esto, y ver su influencia en nuestro mundo actual, es algo que va más allá de decir que los bits son los elementos más pequeños que caminan por el interior de los circuitos electrónicos: se trata de la percepción del tiempo y, quizá, de nosotros mismos y de nuestra realidad. Se trata, en definitiva, de la aparición de una nueva cultura: la cultura digital.
Durante miles de años el tiempo fue medido de manera continua. Relojes de arena, relojes de sol, y hasta antes de ayer, relojes mecánicos a ruedas, con maquinaria. En todos ellos lo temporal va pasando, fluye. Hoy, en nuestro tiempo, lo digital nos lleva a saltos. Así vemos cómo miles, millones de niños y adolescentes de todo el mundo están sumergidos en la cultura del salto, de lo digital. Los juegos electrónicos digitales, las mascotas digitales saltan, se mueven de manera «irreal» en un mundo nuevo, virtual, que atrapa y aisla. Lo digital se hace así personal, íntimo, menos colectivo.
La cultura digital lleva asociada el cambio, los cambios rápidos y dramáticos. Nuevos productos que anulan y sustituyen a los que la semana pasada eran de la máxima novedad. Una necesidad casi imperiosa de moverse, de viajar, de conocer con ansiedad nuevos lugares. Un impulso irresistible de cambiar, de hacer cosas nuevas. Todo en la vida personal y colectiva induce al cambio, al cambio rápido.
Sin embargo, no todo es tan aparentemente negativo e inconsistente, ni mucho menos. La ampliación de posibilidades que llevan asociadas las tecnologías de la información es enorme. Su capacidad para almacenar información –bits– en espacios muy reducidos, las posibilidades de presencia «virtual» en cualquier lugar del planeta, la dilatación del mundo accesible y la capacidad real de actuar a distancia, hacen de la electrónica y de lo digital elementos imprescindibles y poderosísimos de nuestra cotidianeidad..
LA ECONOMÍA DE LA INFORMACIÓN
La economía digital o, como otros la llaman, la economía de la información, tiene dos aspectos clave. El primero reside en la relevancia del sector de la información en sí mismo, como una gran fuente de creación de puestos de trabajo y como un importante generador de crecimiento económico. En segundo lugar, se caracteriza por la importancia que las propias infraestructuras de información tienen en el resto de la economía, en cuanto a su contribución a la mejora de la productividad y al crecimiento de actividad y empleo.
El sector de la información, además, entendido de la manera más general posible, puede ser dividido en dos grandes grupos. Por un lado, un sector primario que produce, procesa y comercializa bienes y servicios de información, o basados en la información. Y por otro, un sector secundario en el que muchas empresas, aunque no producen o venden información al exterior, sí son productores o distribuidores de información para uso exclusivamente interno.
Ambos sectores, que en 1975 representaban conjuntamente algo más del 50% del PIB en los países de la OCDE, constituyen actualmente más del 80% de la economía de estos países. Es lo que algunos denominan como la era «postindustrial».
Esta nueva economía, determinada por la influencia generalizada de los sectores de la información, induce a su vez unas características diferenciales en el entramado de relaciones económicas, ya sean éstas empresariales o estatales. La nueva economía de la información, la economía digital, es ante todo una economía basada en el conocimiento. Las tecnologías de la información son las que facilitan el desarrollo de una economía fundamentada en el conocimiento. La «cantidad» de conocimiento que se integra en nuevos productos y servicios es mayor. Y empiezan a ser cada vez más comunes conceptos tales como tarjetas»inteligentes», automóviles «inteligentes», televisores «inteligentes», y un largo etcétera de elementos con estas características, que acumulan conocimiento para su uso y en el servicio que prestan.
Además, a medida que la información fluye y se hace más y más permeable, la economía se hace «virtual». Este concepto, que es ya moneda común dentro de ciertas actividades informáticas, como son la llamada «realidad virtual» y otros conceptos similares, representa un hecho real en la actividad económica de nuestros días. Se trata de la»presencia virtual», irreal pero eficaz y viva, de cualquier persona o acción humana iejos del lugar donde en realidad ocurre el hecho. Esto induce otro fenómeno no menos real como es la «desagregación», por la que las organizaciones tradicionales se van convirtiendo cada vez más en células o agrupaciones distribuidas. Si la economía industrial vino caracterizada por el establecimiento de grandes corporaciones altamente jerarquizadas, la economía de la información induce la desagregación, con el fin de conseguir mayor eficacia.
Las nuevas tecnologías de la información han hecho posible el desarrollo de una «economía en red». En ella, las pequeñas empresas tienen casi las mismas ventajas que las grandes, tanto en lo relativo a economías de escala, como al acceso a recursos. Y a su vez, mantienen ciertas ventajas: menor burocracia y organizaciones más planas y flexibles, sin rigideces y muy poco jerárquicas. El «trabajo en red» empieza a ser la tónica general.
Otra de las características de la nueva economía de la información es la innovación. Y tal es así que son las propias empresas las que para crecer, para mantener su «salud», llevan a la obsolescencia a sus propios productos. Los ciclos de vida de los productos en la sociedad de la información se acortan, los métodos de producción se mejoran constantemente, y los medios de comercialización son cada día más eficientes. Y la innovación es la llave maestra que mantiene el sistema. Compañías como Sony, por ejemplo, son capaces de introducir en el mercado miles de nuevos productos cada año. Incluso empresas de cerveza o de calzado deportivo saben muy bien lo que significa la innovación para su supervivencia en el mercado. Como indica Bill Gates en su libro Camino al futuro. «No importa lo bueno que sea un producto, el caso es que como mucho tiene 18 meses de vida». Y con la innovación aparece la inmediatez. La nueva economía de la información es una economía en «tiempo real».
Y, finalmente, la globalización. Muchos expertos han hablado sobre este tema y casi no necesita de ninguna observación adicional. Todos tenemos de hecho nuestra idea clara sobre lo que significa. Sin embargo, lo que aquí nos interesa es su relación con la economía digital. La economía global no es sino el comercio basado en bienes, servicios, capital, trabajo e información. Con todo, en la actualidad, la economía global está fundamentada en las tecnologías de la información. Son las redes de ordenadores las que permiten proporcionar 24 horas de servicio a requerimiento de los clientes. Son las redes las que posibilitan a las pequeñas empresas colaborar entre ellas y lograr las necesarias economías de escala. Son las tecnologías de la información, en definitiva, las que eliminan el concepto de «lugar de trabajo». De esta manera, la oficina, la fábrica, empiezan a perder el sentido de lugar en la economía global. Se trata del «teletrabajo», de la «teledistribución», de la acción económica global hecha posible por las tecnologías de la información.
LA RED
La economía de la información, la economía digital, parece que se escapa a la acción de los gobiernos. Es algo más cercano a los individuos. ¿Cómo regular o controlar lo que sucede en la red, en la web. Se trata de algo nuevo, global, sin localización física concreta.
El ejemplo de Internet viene muy al caso. Internet no es en sí mismo nada nuevo. Como casi todo lo relacionado con las tecnologías de la información, no se trata de fenómenos desconocidos. Se trata de nuevas formas, de nuevas capacidades de tecnologías ya en uso. Tiene mucho que ver con la innovación de que tratábamos antes.
Hagamos algo de historia.
En 1957, la ya olvidada URSS lanza el Sputnik. Comienza la carrera espacial. Son los años de la Guerra Fría. Los Estados Unidos deciden constituir la Agencia ARPA {Advanced Research Projects Agency). Se trataba de mantener el liderazgo tecnológico en relación con las capacidades militares. ARPA será el organismo encargado de hacerlo. La carrera espacial tiene que ver mucho con la supremacía estratégica y militar.
Son muchos los problemas que quedan por resolver. Y es hacia el inicio de los años sesenta cuando la Rand Corporation, otro organismo muy comprometido en la carrera de Estados Unidos con la URSS, plantea un problema de gran trascendencia: ¿cómo se puede asegurar que la red estadounidense de comunicaciones militares siga operativa después de un ataque nuclear? O dicho de otra manera: ¿es posible establecer una red de comunicaciones sin ningún punto de fallo? El resultado es la «red de paquetes». Una red de ordenadores cuyos elementos, al mandar un mensaje —paquete-, envían información sobre su propia ubicación, de manera que cualquier ordenador de la red conoce de dónde parte el mensaje, y puede en consecuencia comunicarse con él. En 1968 se constituye la primera red de ordenadores que funciona según este concepto. Lo hace el Laboratorio Nacional de Física de Estados Unidos. En 1969, ARPA crea la red ARPANET, que funciona según los mismos principios.
Pero es en 1983 cuando ARPANET da un gran paso hacia Internet. Cambia su tecnología de comunicación. Ya no se trata de paquetes. Se trata de conectar múltiples redes de ordenadores de múltiples fabricantes distintos y se necesita algo que permita a esos ordenadores un «lenguaje» común. Es el inicio del lenguaje TCP/IP, o como refieren los informáticos, se trata del «protocolo» TCP/IP (Transmission Control Protocol/ Internet Protocol). TCP/IP es un lenguaje informático —un «protocolo»— que permite que unos ordenadores se «entiendan» con otros.
En 1986, con TCP/IP, la Fundación Nacional para la Ciencia (la National Science Foundation) crea NSFNET, una red que conecta 5 grandes Centros de Cálculo de otras tantas importantes universidades americanas. Más de 10.000 ordenadores empiezan a utilizar esta red que, según muchos, es el inicio real de Internet. Pero es verdaderamente en 1992 cuando se produce el cambio sustancial, el salto hacia lo imprevisible: la red total, Internet, tal como lo conocemos ahora. Es a un físico del CERN en Suiza -Tim Berners-Lee- al que se le ocurre la idea. Su invento: la World Wide Web, la WEB, la «tela de araña mundial». Se trata de organizar de una forma más «comprensible» la conexión entre todos los ordenadores, cualesquiera que éstos sean. Su invento, como casi todos los inventos anteriores en este caso, parte de tecnologías conocidas. Se trata de un concepto llamado hipertexto. El hipertexto es un programa informático que permite enlazar dos ordenadores lejanos a la vez que escribimos un texto en uno de ellos.
Desde 1992, y muy especialmente en los dos últimos años, la red, la web, el «ciberespacio», como otros dicen, no ha hecho sino expandirse. Son decenas de millones los ordenadores conectados a ella y muchos cientos de millones las personas que se conectan a la «web» diariamente.
Se trata de un nuevo mundo, con nuevos problemas sobre los que no existe ni experiencia ni legislación suficiente sobre aspectos tales como la propiedad intelectual en la red, o situaciones como la «piratería informática».
Existen varias denominaciones para los que usan Internet. Desde internautas a cibernautas. Los hay cuya aparente obsesión es introducirse en lugares prohidos o inaccesibles. O bien, inutilizar los ordenadores en los que entran. O bien, extraer información confidencial o producir operaciones informáticas delictivas. Son los piratas, los hackers. Son múltiples las noticias e incluso las novelas que nos hablan de esta plaga moderna, de esta nueva forma de piratería dentro de la sociedad la información. Los hay, incluso, famosos. Uno de ellos, Kevin Mitnik, se dedicó durante años a traficar con tarjetas de crédito, cuyos números obtenía en la red y con los que realizaba lucrativas operaciones. Se dice que llegó a manipular más de 20.000 tarjetas de crédito. Hasta que en su intrepidez quisó competir con un experto en ordenadores, Tsutomu Shimomura, un investigador del Centro de Supercomputación de San Diego, que fue al final el «policía» que lo entregó al FBI allá por 1994.
En este escenario se necesitan nuevas reglas, nuevos acuerdos globales.
Existen, además, otras actividades que, no por ser más tradicionales, dejan de ser menos complejas. Por ejemplo, el «comercio electrónico». La economía digital impulsa la compra-venta en la red. Desaparece también el concepto físico y se «aniquila» todo el concepto tradicional de almacenes y logística. Hoy ya es posible comprar muchos artículos en la red: libros, discos, e incluso vino. Es posible realizar estas compras en»grandes almacenes virtuales» a un precio considerablemente menor y disponible en casa del cliente en un tiempo cortísimo, dos o tres días. Las reglas del comercio se cambian y los Estados se enfrentan a un nuevo sistema donde recaudar impuestos puede llegar a ser problemático. Otra vez la «aldea global» que cambia los conceptos y los modos de hacer.
LA SOCIEDAD MÓVIL
Nadie hubiera pensado tres o cuatro años atrás que el impacto de las comunicaciones móviles llegaría a ser de tal dimensión.
Como vamos viendo, son muchas las características nuevas que trae la sociedad de la información, pero si hubiera que elegir entre las más determinantes tendríamos que decir que son dos: las comunicaciones móviles e Internet.
La sociedad de la información es proclive al cambio. Las comunicaciones móviles nos permiten seguir nuestra actividad sin estar parados.
Las tasas de «penetración» de la telefonía móvil son ya en algunos países de casi el 70%, lo que quiere decir que 7 de cada 10 personas tienen teléfono móvil. Y, según todos los indicios, no hay límite. Más aún, se piensa que dentro de poco muchas personas llegarán a tener más de un teléfono móvil. Pero no se trata sólo de teléfonos. Se trata de sistemas de información móviles. Automóviles que ya de serie ofrecen sistemas de localización por satélite unidos a sistemas de guiado en carretera. No es ciencia ficción, hoy ya es posible introducir un CD en el ordenador de a bordo del coche y preguntar por el camino más corto para llegar a tal o cual ciudad. La pequeña pantalla indicará la solución. Incluso alertará acústicamente si cometemos un error de conducción y nos apartamos de la ruta marcada. Son sistemas que conjugan la «inteligencia» a bordo con sistemas de comunicación por satélite. El satélite indica la posición del vehículo y el ordenador del mismo hace el resto.
Adicionalmente, otras actividades se verán a su vez —ya lo han sido— potenciadas por esta nueva capacidad. Se trata de la conjunción de los satélites de comunicaciones con los sistemas de comunicaciones móviles y con la televisión. Ya es posible asistir sin demora, en tiempo «real», a acontecimientos no sólo lejanos en el espacio, sino inaccesibles hasta hace bien poco. Los individuos, en la sociedad de la información, parecen no tener límites en su capacidad de conocer «lo que pasa».
El efecto económico de esto es impredecible. No sólo las compañías de telecomunicaciones irán cambiando sus fuentes de ingresos y beneficios, que vendrán cada vez más de sus actividades de «móviles», sino que empresas e individuos incrementarán sus actividades móviles con los cambios que esto pueda suponer.
LA SOCIEDAD DEL OCIO: LOS MEDIA
Guillermo Marconi nació en una rica familia de origen anglo-italiano. Su padre era un aristócrata de pasadas glorias y sin fortuna. Su madre, en cambio, de origen irlandés, pertenecía al clan de los Jameson Whiskey, una importante y próspera familia. Marconi fue un empresario, no un científico. Su gran logro: la comunicación de señales de radio por el aire.
La radio y la televisión, tal como las conocemos, nunca estuvieron seguramente en la mente de Marconi. Como tampoco estarían la FM, la UHF, y no digamos la televisión en color. Pero ahí, a finales del siglo XIX, el telégrafo del Marconi inicaba una época.
La televisión es un medio de entretenimiento, «cultiva el homo ludens‘, como dice Sartori en Homo Videns. Pero es algo más, tiene un especial magnetismo. Su poder de convocatoria es incontestable. Es el elemento de masas por excelencia.
La industria televisiva, sin embargo, tiene muchos aspectos que no son tan visibles. Por ejemplo, la producción de programas, su distribución, o la transmisión de los mismos hacia los hogares. Además, es un motor único en la industria de la publicidad. Todos los elementos de esta industria televisiva han evolucionado hasta hace poco de una manera más o menos coordinada. La existencia de unos pocos canales televisivos no ha sido capaz de romper las reglas de juego. Sin embargo, en la sociedad de la información aparecen hechos muy determinantes que van a cambiar dramáticamente el status quo actual. Se avecinan tiempos peores para las cadenas estatales.
La televisión, tradicionalmente, se transmite por el aire. Las imágenes y el sonido se lanzan al espacio -el espacio radioeléctrico— desde las estaciones televisivas hasta alcanzar las antenas de nuestras casas. Es como meter el tráfico en una carretera que no vemos. El espacio se trocea en «bandas de frecuencia» que permiten un volumen de tráfico -de señal- determinado. Con VHF somos capaces de trocearlo en 12 canales. Con UHF, en 56. Sin embargo, ahí hay que transportar también las señales de las radios de frecuencia modulada, la FM. El espacio es limitado y requiere una estricta regulación, aunque está ya ocupado casi al completo por señales de radio privadas o comerciales.
En la economía digital, en la sociedad de la información, sin embargo, este esquema desaparece. Ya no hay restricciones de espacio radioelétrico. Todo lo contrario: las autopistas son tan grandes como queramos: 100, 200, 500 canales. ¿Dónde quedan, entonces, las situaciones de dominio? Por supuesto que existen, aunque de otra manera, si bien la limitación desaparece. La tecnología digital permite la transmisión de televisión por cable sin casi limitación. Además, es capaz de permitir la transmisión por «el aire» en una abundancia muy importante. Ya sea con ayuda de satélites de comunicaciones o por el «aire» terrestre, la tecnología digital permite lanzar decenas de canales de televisión. Son la televisión digital por satélite, la digital terrestre o la digital por cable. Entramos así en un mundo nuevo en el que desaparecen las limitaciones. Surge una nueva forma de televisión: la televisión temática. Se trata de que cada uno vea lo que le interesa: cine, deportes, debates, etc. Cambian, por tanto, las audiencias; los contenidos se enfocan y la publicidad se dirige a esos segmentos. Cambia la industria y la economía a ella asociada.
Entramos así en la sociedad del ocio. Miles de oportunidades de divertimento televisivo. Aunque no es todo. El fenómeno de convergencia de las tecnologías de la información hace surgir otros nuevos modos en medios también tradicionales: el cine digital, la radio digital, con decenas de canales de muy alta calidad de sonido, el vídeo disco digital y sus grandes oportunidades. El «homo videns» tiene ante sí un enorme cúmulo de opciones. Y, en consecuencia, la industria asociada cambia profundamente. Se entra en la digitalización, en el mundo de la industria de contenidos, con perspestivas enormes de crecimiento y de creación de empleo.
De ahí que las empresas de telecomunicaciones tradicionales, las «telefónicas», se enfrenten al hecho de que el negocio no está en «llevar» la información o los contenidos a los usuarios. El negocio está más atrás: en la industria de contenidos propiamente dicha. Por esta razón todas estas compañías buscan como un objetivo empresarial primordial la incorporación por compras o por alianzas de compañías de medios.
Qué duda cabe de que este nuevo entorno económico lleva a la creación de poderosos grupos multimedia, con millones de clientes. Una fuerza nada desdeñable que ha de tenerse en cuenta. La concentración de sociedades de media, similar a los trusts industriales de la sociedad industrial, hará que éstas se conviertan en los grandes poderosos de la sociedad de la información. Los Estados velarán por las situaciones de dominio en beneficio del bien común.
MÁS PARA EL FUTURO: ALGUNAS CONCLUSIONES
Son muchos más los temas para la reflexión. Por ejemplo, el «analfabetismo» de los no iniciados, de los que se mantienen fuera de la economía digital, que implica una separación aún mayor entre pobres y ricos, en una sociedad donde algunos disputan por comer y otros estamos «cibernéticamente» instalados. Dice McLuhan en La Aldea Global algo dramático en este sentido: «El medio planetario electrónico dramatizará diariamente la difícil condición de desposeídos y de los muertos de hambre y se atacará en todas partes la posición objetiva y cuantitativa del alfabetismo». No se trata de los países del Tercer Mundo únicamente. Se trata de diferencias abismales que se ciarán —ya se dan de alguna manera— en nuestras propias sociedades. De ahí que constituya un deber para todos el tratar de equilibrar estas diferencias, aunque sólo sea por los efectos nocivos que pueden tener para las sociedades más opulentas.
Cuando publiqué mis Cien mejores poesías de la lengua castellana (Madrid, Espasa Calpe, 1998), le envié, como es lógico, un ejemplar al Director de la Real Academia Española, don Fernando Lázaro Carreter. El insigne humanista acusó recibo en un inolvidable tarjetón, benévolo y magnánimo, en el que figuraban frases como éstas: «Yo hubiera dejado fuera la Fiesta de don Nicolás, tan remendada por su hijo, y hubiera introducido, de éste, la Elegía a las Musas, que me parece el poema más importante del XVIII (¡cuánto me identifico con don Leandro en ese momento, aun sin tener trato con las Musas!)». Don Fernando tenía más razón que el santo de su nombre (por lo menos). Basta leer, como van a hacer ustedes ahora, la citada Elegía, una pieza admirable donde las haya, compuesta por su autor en el destierro bordelés adonde lo había conducido la intransigencia absolutista. Gracias de todo corazón, maestro Lázaro Carreter.
ELEGIA A LAS MUSAS
Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarlo famoso, a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia
que al vicario de Cristo da sepulcro.
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad; bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
sólo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar… Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella… Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
En el alba de los tiempos habita la epopeya. Los pueblos necesitan un cantor que recuerde las gestas de su estirpe, los hechos determinantes para la identidad, el desarrollo y la configuración de la tribu. Así surge la Épica. Cuando los antiguos bardos dan forma a sus cantos anónimos, evocadores siempre de un pasado prestigioso, lo hacen como representantes del pueblo al que pertenecen, como miembros de un grupo humano, de una comunidad que los ha elegido a ellos para preservar la memoria y cantar las hazañas de unos héroes que han forjado el carácter colectivo.

La epopeya está en constante transformación, de la misma manera que los pueblos en cuyo seno nace están también en continua fermentación, pues la Épica se asocia con los pueblos jóvenes, no con los linajes en decadencia. Detrás de la Ilíada, de la Odisea, del Ramayana, del Beowulf, del Nibelungenlied, de la Chanson de Roland o del Poema del Cid está, pues, presidiéndolo todo, lo que los alemanes llaman Volksgeist, o sea, «espíritu popular».
Los bardos plasmaban en sus versos ese Volksgeist con la técnica propia de un oficio que, heredado de padres a hijos, ocupaba un lugar bien definido dentro de la sociedad «heroica» de la que formaban parte. Cuando razas enteras se desplazan desde sus estepas heladas hacia una nueva patria con pastos generosos y tierras fértiles, no es fácil que los bardos que cabalgan en medio de la caravana disfruten de la suficiente tranquilidad como para acordarse de firmar al pie de sus poemas, criticar la epopeya del bardo de al lado o discutir de temas literarios ante un público de guerreros.
La epopeya no es un género literario al uso, sino el género literario de la Humanidad en la acepción más noble del término. La auténtica Poesía (con mayúscula) trata de Hombres (también con mayúscula) y se identifica con lo que llamamos Épica, que descansa en el héroe como tema, motivo y protagonista al mismo tiempo. Si hay una Épica por antonomasia, ésa es la Épica con «espíritu popular», la Épica anónima.
Se puede decir que nuestra Épica, la que ya no es anónima, nació en Alejandría, en el siglo III antes de Cristo, con las Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Ignoramos si Apolonio, bibliotecario en la ciudad del Faro, pensó que su poema era una reescritura de los poemas homéricos. Si lo hizo, se equivocaba de medio a medio. El lenguaje y los símiles sí son homéricos, pero reflejan una realidad conceptual muy diferente. Preciosismo, sentimentalismo, romanticismo, individualismo son algunos de los «ismos» aplicables al poema que narra el viaje de los Argonautas en pos del vellocino de oro.
La epopeya de Apolonio se acerca en muchas ocasiones al idilio y a la elegía; no margina en ningún momento la erudición como factor estético; revela gran profundidad en los análisis psicológicos; describe ciertas escenas con la sensibilidad «gótica» de quien mezcla la fantasía más desbordante con el más estricto realismo. Es, en suma, un ejemplo perfecto de todo aquello a lo que aspira, en sus planteamientos de base, la Épica moderna. En la estela de Apolonio, Virgilio narraría la gesta de los supuestos ancestros de Roma en su Eneida, que participa de ambos poemas homéricos, repartiéndose sus doce libros entre la Ilíada (los seis últimos) y la Odisea (los seis primeros). La literatura latina también aportó otro tipo moderno de Épica, el que tiene como objeto cantar con verosimilitud hechos históricos cercanos en el tiempo.
El ejemplo máximo de este género, que, por razones obvias, puede teñirse de intenciones políticas, es la Farsalia de Lucano. Secuelas virgilianas, con añadidos novelescos, serían los grandes poemas de la Épica culta compuestos en los siglos XV y XVI por autores como Luigi Pulci (Morgante), Matteo Maria Boiardo (Orlando Enamorado), Ludovico Ariosto (Orlando Furioso) y Torquato Tasso (Jerusalén Libertada), todos ellos naturales de un país, Italia, que no alumbró ninguna epopeya nacional durante la Edad Media.
En la línea inaugurada por Lucano, desarrollando un argumento próximo al tiempo de sus autores, están Los Lusíadas, del portugués Luis de Camoens, y La Araucana, de nuestro Alonso de Ercilla, las dos epopeyas cultas ibéricas por excelencia. Otra variedad de la Épica moderna tiene su origen en la Divina Comedia de Dante Alighieri, primera epopeya «a lo divino» de las letras occidentales. Tras las huellas de Dante se sitúan Diego de Hojeda (La Cristíada), John Milton (El Paraíso Perdido) y Friedrich Klopstock (La Mesíada).
La Épica contemporánea carece del Volksgeist que legitimaba y proveía de sentido a la Épica anónima primitiva. Sin embargo, hay casos como el de Walt Whitman (Hojas de Hierba) en el que se da cauce a un cierto «espíritu popular» que ya no se presenta de forma aristocrática, como en los antiguos poemas épicos, sino teñido de sentimiento democrático. El Canto general, del chileno Pablo Neruda, sigue las pautas del poeta de Long Island, pero acentuando el carácter político e ideológico del mensaje. Saint-John Perse, por su parte, es ya un claro ejemplo de la Épica nueva. El autor de Anábasis se engolfa en el mundo, prefiere mirar las cosas que lo rodean y no hurgar en su propio interior. Pero esa aparente desatención de sí mismo no implica fusión con lo demás, sino autoafirmación en lo externo, invasión, conquista, reflejo. La Épica se ha vuelto individualista. No representa ya el sentir de ninguna comunidad. Si acaso, se convierte en un tema de la lírica, como en Borges, cuya poesía se adentra en los laberintos de la Épica universal, a la que rinde tributo de reconocimiento estético en sus versos.
Pero la fuerza del discurso épico no ha perdido un ápice de su vitalidad y su grandeza. Buena prueba de ello es que incluso un personaje tan extremadamente egoísta como Fernando Pessoa (sus muchos heterónimos no son más que simples agentes expansionistas de su yo) pueda calificarse de poeta épico en algunas de sus encarnaciones, y no sólo cuando él mismo juega a ser el bardo anónimo de la epopeya antigua en Mensagem.

La imagen que encabeza este texto es el cuadro de Arnold Böcklin titulado «Orlando furioso» (1901), en el Museo de Bellas Artes de Leipzig. El archivo, en Wikimedia Commons, se puede consultar aquí.
«Todo a Mil» es una sección en la que «Nueva Revista» se propone extraer de los mejores entendimientos españoles la almendra de su dilatado saber. Especialistas en los temas más diversos reciben la proposición de resumir en mil palabras la idea que han investigado durante años.
La conmemoración de centenarios se ha convertido en una forma, no sólo de recuperar la memoria, sino también de redefinir sus contenidos siguiendo los moldes que impone la atalaya, a menudo parcial e interesadamente amnésica del presente. Esta saturación de recuerdos fechados que puebla nuestra vida en los últimos tiempos puede interpretarse de distintas formas aviesas que, con seguridad, tienen algún fundamento; pero, una vez depuradas éstas, sobresale la más relevante: la necesidad de evaluar el pasado para construir el futuro a partir de algo más que rancias creencias vertidas en los quebradizos cántaros de los prejuicios. Y si esta labor se viene realizando últimamente con tan infatigable persistencia es porque nuestro tiempo -llámesele modernidad, postmodernidad, o como se quiera— requiere más que nunca de la construcción de relatos que doten de sentido al pasado para que, de forma refleja, se construyan las identidades individuales y colectivas. Es, en definitiva, una forma de pasar factura a nuestros mitos sometiéndolos a un interrogatorio tan ponderado como incisivo.
Ésta es precisamente la tarea que ha abordado con tanta energía como éxito el libro que nos ocupa. Auspiciado por la Fundación Central Hispano y con el apoyo del instituto de opinión Tábula -V, del que Amando de Miguel es director de estudios y Roberto- Luciano Barbeito director técnico, este trabajo constituye una auténtica rareza, no sólo dentro de nuestro ya casi abotargado panorama editorial relativo a las efemérides, sino además —y esto es lo esencial-, en el del pensamiento. Los autores han abordado el estudio de la generación del 98 desde la perspectiva de cuál es la vigencia en la sociedad española actual de los valores fundamentales que vertebraron a los escritores e intelectuales que formaron parte de ella, tales como el pesimismo, la apatía, la desconfianza en los demás, el rencor, la envidia, el fatalismo, el desencanto, la inseguridad y otros que, de forma bastante benevolente, se podrían encuadrar en un genérico sentimiento trágico de la vida mal digerido. Valores que han pasado a formar parte del imaginario colectivo español como los consustanciales de nuestro país hasta el punto de alcanzar el rango de estereotipos del carácter nacional, y sobre cuya aceptación acrítica descansa buena parte de cierto determinismo derrotista que ha invadido la vida cultural, social y política de España durante el siglo XX.
El libro es tan novedoso en su concepción como en sus hallazgos. Se divide en tres partes perfectamente diferenciadas. La primera se ocupa de rastrear, apoyándose en un exhaustivo análisis de fuentes tanto primarias como secundarias, los valores y representaciones fundamentales que produjeron los escritores comúnmente adscritos a la llamada generación del 98 (Unamuno, Azorin, Baroja, Ganivet, Valle) a través de su producción literaria y ensayística, sin descuidar ofrecer una panorámica de las ideas más importantes que dieron forma al regeneracionismo, éstas ya ofrecidas en clave estrictamente política. La segunda y más voluminosa se ocupa de presentar los datos obtenidos por una encuesta realizada a propósito en junio de 1997 para contrastar el grado de permanencia que tienen las ideas predominantes en los intelectuales de la generación analizada en el sentir actual de los españoles. La tercera -y, a su vez, la más comprometida- presenta un conjunto de propuestas de los autores sobre algunos de los problemas que consideran de más urgente abordaje en España.
El libro es una auténtica apuesta de originalidad en su concepción y desarrollo. Parte de una premisa tan arriesgada como fructífera: la producción de las élites intelectuales y artísticas influye en la sociedad que les da cobijo, hasta el punto de que sus ideas conforman en buena medida la percepción que la gente tiene sobre sí misma. Esto, dicho así, puede resultar excesivo, cuando no sobrecogedor. Los autores ya se encargan de matizar esta afirmación a lo largo de su obra, pero, en cualquier caso, es utilizada como la hipótesis principal que sustenta la investigación. Aserto tan poderoso no podía menos que embarcar a quien lo realizara en un trabajo de largo alcance. Y, en efecto, así ha ocurrido. Este libro se presenta como una inhabitual combinación de sociología empírica con una hermenéutica cultural que se ve obligada a sortear los riegos -tan lamentablemente frecuentes, por otra parte- de la evanescencia retórica que suele rondar por alguno de estos estudios. Pero, en esta ocasión, el rigor de la necesaria traducción de los conceptos en variables susceptibles de ser cuantificadas hace que los autores aborden con finura y precisión esta tarea.
En términos generales, el análisis confirma la hipótesis de los autores: la peculiar forma de ver el mundo -y, por ende, de actuar en él— legada por la generación del 98 y los regeneracionistas carece de virtualidad en nuestros tiempos, aunque sí la tuvo durante buena parte del siglo XX. El resentimiento larvado, la melancolía paralítica y el pesimismo recalcitrante (casi furioso, en la versión española), ya no son, al igual que un buen número de valores negativos, los componentes básicos del carácter nacional. Los resultados de la indagación van todavía más lejos: hablar del carácter nacional no tiene fundamento alguno, al menos en los tiempos que corren. Así lo demuestra el tratamiento de los datos obtenidos a través de la encuesta.
No obstante, cabría hacer una precisión. La lectura del libro deja un cierto poso de melancolía que, en ningún caso, forma parte de la herencia de la generación del 98. Y ello no sólo es debido -o, al menos, no fundamentalmente- al panorama tan complejo como no excesivamente halagüeño -aunque razonablemente esperanzador- que la interpretación de los datos nos ofrece. No en vano los autores no dejan de repetir que cierta dosis de pesimismo bien atemperado constituye el mejor acicate para la acción. Posiblemente, éste haya sido uno de los factores más íntimos que haya impulsado a la elaboración de este libro. Porque el libro, a pesar de su profuso y elaborado aparato estadístico que podría ofrecer una primera apariencia de frialdad, es honda y sustancialmente un libro íntimo; lo es en la medida en que la pasión por el conocimiento viene de la mano de una sentida convicción de su utilidad para cambiar las cosas que parecen inaceptables. Y la ironía con la que los autores salpimentan muchos de sus comentarios es, a la vez, una forma de ahuyentar la resignación y una espuela para la conciencia.
Por todo ello, estamos ante un libro que recoge el guante del mejor regeneracionismo cuando, en su parte final, los autores exponen sus propuestas sobre algunos de los asuntos que requieren una urgente solución en nuestro país: el nacionalismo, los medios para mejorar la vida pública, la redefinición de las reglas de juego de las instituciones, la educación universitaria y las distintas formas de discriminación. Aquí, los autores tienen el tacto de formular sus planteamientos a título personal cuando éstos son divergentes – lo cual ocurre con frecuencia. Todo un ejercicio de civismo que no está a la zaga de la altura científica y evocadora originalidad de su obra.
Los mejores libros suelen traer, por así decirlo, otros libros bajo el brazo. En este caso, sería interesante que, utilizando el utillaje intelectual y metodológico que se ha empleado en éste, se abordara el intento de determinar cuál es -si es que existe- la generación de escritores e intelectuales que está marcando nuestro fin de milenio, así como los valores y creencias que ellos transmiten a la sociedad y su grado de penetración. Una tarea difícil, quizá imposible a causa de su probable falta de fundamento y perspectiva histórica. En cualquier caso, sería un empeño que encontraría buena parte de su camino ya allanado por el excelente trabajo de Amando de Miguel y Roberto-Luciano Barbeito.
Romano Guardini es un pensador cristiano singular y excepcional. No creó escuela; sin embargo, entre sus lectores y oyentes contemporáneos suscitó la admiración e influyó hondamente en muchas de sus vidas. Hoy en día, quien se decide a leer las obras de este admirador de Sócrates y san Agustín (entre otros, como san Buenaventura, san Francisco, Dante, Pascal, Hölderlin, Dostoievsky o Rilke) corre un riesgo feliz: ser invitado a reencontrarse consigo mismo.
Alfonso López Quintas, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense, ha escrito una biografía intelectual atractiva y profunda. Los pilares de este trabajo extraordinario, de elegante factura, han sido sus recuerdos como asistente a las clases de Guardini en la Universidad de Munich durante los años sesenta y el conocimiento cabal de la magna obra guardiniana, enriquecida recientemente por la publicación de obras postumas. «Mi propósito -dice López Quintás- en esta obra es trazar su biografía intelectual, mostrar cómo se desarrolló su existencia y cómo de su compleja trama fueron surgiendo espontáneamente sus diversos escritos». El propósito queda generosamente cumplido. A la riqueza de los detalles biográficos, se añade un despliegue cuidadoso y sugerente de la producción de Guardini, que desbroza el camino para leer directamente sus bellos textos.
La obra del profesor López Quintás tiene numerosos méritos objetivos; sin embargo, para mí su lectura ha suscitado un recuerdo y un sentimiento especial: volver a estar con mi padre Otto Stein. Y es que mi padre fue discípulo de Guardini durante casi tres lustros, desde finales de los años veinte hasta 1943. En su recién estrenada juventud, comenzó a escuchar al que sería su admirado y querido maestro en el emblemático castillo de Rothenfels, junto al Main, adonde fue conducido por los miembros del Oratorio de San Felipe Neri de Leipzig -tan influyentes con Guardini en el Movimiento Litúrgico-. Poco después, se le uniría mi tía Angela Stein. Eran los años más bellos y felices del movimiento juvenil Quickborn, que dejaron una huella perdurable en las inteligencias y en las almas de muchos jóvenes católicos alemanes. Años en los que Guardini ejercitó magistralmente sus dotes geniales de pedagogo cristiano con aquellos jóvenes: les enseñó a conocerse a sí mismos; les suministró los fundamentos de su propia autoformación; les desveló la riqueza polifónica del mundo y la cultura, contemplados desde una fe que buscaba el diálogo; les inició en la interpretación espitual y científica de la realidad cristiana, sin rigideces metodológicas improcedentes, sino suscitando el compromiso personal con el mensaje divino del Dios Encarnado. Y, sobre todo, abrió a sus ojos jóvenes el maravilloso horizonte del culto litúrgico y de la oración. Un elenco de actividades traducidas en palabras escritas en artículos, ensayos y libros. Son quizá las obras que más me atraen de Guardini, entre las que sobresale El Señor. También deseo destacar un tomito de 1936, vertido al castellano, titulado La imagen de Jesucristo en el Nuevo Testamento. De Guardini bien se puede decir lo que un poeta español admiraba en otro: «Aquél que ilumina lo escondido con el fuego originario de las palabras».
Para mi padre, como para los demás, Quickborn y Rothenfels eran un ámbito espiritual y físico que les permitía respirar con alegría y serenidad, circundados por un ambiente general asfixiante, fruto del cruel régimen nacionalsocialista. Desde Rothenfels le siguió como estudiante a la Universidad de Berlín. Allí Guardini enseñaría desde la famosa cátedra de Cosmovisión cristiana, desplegando su pensamiento original, poderoso y revelador sobre el encuentro del hombre creyente con el mundo.
Quizá el recuerdo paterno que irrumpe en mi memoria con más ímpetu es el suscitado por la lectura de las páginas que López Quintas dedica a las predicaciones (conferenciashomilía) de Guardini en la Iglesia Saint Canisius de Berlín en los primeros años de la guerra. Ya movilizados, me contó mi padre, centenares de hombres y jóvenes acudían a escuchar al maestro con fe y con miedo. El propio Guardini recordaría aquellos momentos con predilección; en ellos sintió «la fuerza de la verdad… la grandeza, originalidad y vitalidad del mensaje cristiano-católico».
Para terminar, desearía resaltar las reflexiones que el autor dedica al papel que desempeñó la melancolía en la persona y en la producción de Guardini. Heredada de su madre, profundizó bellamente en este rasgo psicológico y espiritual en las páginas tituladas Sobre el sentido de la melancolía, escritas en 1928. Guardini supo insertar en su vida la melancolía como un don de Dios, que cuajó como dice López Quintás en capacidad creativa, poder de discernimiento, fuerza persuasiva y claridad de mente. Guardini, la melancolía y su compañero, el silencio, no desembocaron en un abatimiento estéril, sino que dibujaban la antesala de lo importante.
Estoy persuadido de que la lectura de la obra de López Quintás animará a parar la atención en los escritos de Guardini. Como señalaba el Cardenal Joseph Ratzinger en 1985, con ocasión de la celebración del Centenario del Nacimiento de Guardini, en la Academia Católica de Baviera: «Sólo cuando dejamos que otro se acerque, llegamos a encontrarnos con nosotros mismos».
Jorge Valdés Díaz-Vélez
La Puerta Giratoria
Joaquín Mortiz, México, 1998,
100 págs.
Tres años largos de misión diplomática y cultural en España, queriendo hacer realidad lo que en las relaciones internacionales se llama «normalización», han dado espléndidos frutos: Jorge Valdés, último consejero de Cultura de la Embajada de México, ha enhebrado y puesto en movimiento las agujas que tejen de nuevo la sólida tela común de la lengua entre escritores mexicanos y españoles. Y en el aspecto literario, quienes lo conocimos y tratamos en Madrid, tuvimos el raro privilegio de ver crecer día a día su último libro, La puerta giratoria, que acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía «Aguascalientes» 1998, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes mexicano.
Desde su primer libro, Aguas Territoriales (Molinos de Viento, Universidad Autónoma Metropolitana, 1998), Valdés Díaz-Vélez, fiel a la tradicional llamada telúrica de su país, hizo ya acopio de materia primordial a su alcance, formada por oscuros líquidos del subsuelo, larvas, lagos fosforescentes, sangre, arcilla, óxidos y máscaras, ángeles húmedos, llanto frío, inmensidad, desiertos, cenizas, guerrilla, vientre, amor, espejo. Por ejemplo. Como todo poeta joven, mas ya con gran maestría.
Un día se alejó de los espejos de la tradición, y de verse reflejado de cuerpo entero, pasó a detallar lo más cierto y certero de sí mismo. De la revolución de las brasas, pasó a la certeza del fuego sereno que aborda la forja de la madurez en la vida de un poeta: Cuerpo Cierto (Ediciones El Tucán de Virginia, México D.F., 1995) o más bien,
Flama líquida
por los pastizales del pensamiento,
sublevaciones del polvo
entre sílabas
de un salmo
apuran signos.
El poeta, que ya sabía de dónde llega el verbo, nacido al tiempo que el polvo hecho barro, aborda ahora la proclama de la contradicción suprema: «Hacer y deshacer/ la ceremonia del cántico y del duelo». O bien «Este volver oficio los exilios/ de la luz en la sombra».
Siendo su oficio el de diplomático, Valdés pasó a lo largo de sus dos primeros libros por Cuba y Buenos Aires, para recalar al fin en Madrid, donde escribió este libro. Entre nosotros, el poeta diplomático -en la más noble tradición de los Saint-John Perse, Gorostiza o Neruda—, ha vivido y leído «vorazmente», como quería Rimbaud, o llevado su escritura «al extremo», como hubiese preferido D’Annunzio, «para perderlo o ganarlo todo». El resultado en forma de libro es éste, que ha recibido el premio más importante de las letras mexicanas.
Por un lado, contiene una de las vetas más ricas de Valdés, espiritualista y -diría yo- fiel y sorprendentemente juanrramoniana en su tratamiento de la transparencia de la palabra, para mostrar lo más hondo de la idea. Por otro, el barroco magmático de «so el volcán», lo más racial, en la última y espléndida parte del libro, «Axtiaule», un verdadero milagro, a la par que lúcido manifiesto poético:
Escribo contra el tiempo
con esta posesión
que llamaron silencio
los antiguos. (…)
Tampoco ha sido ajeno el buen poeta, en su estancia madrileña, a las últimas luces de la mal llamada corriente experiencial, o literalismo anecdotista, y deja constancia de ello en algunos poemas tiernamente irónicos, que recuerdan esa tendencia.
En ambas laderas, Jorge Valdés plantó con éxito su huerto o su taller. Y nosotros nos hemos enriquecido con su trato: de su paciente lectura de nuestros textos, de sus consejos, su entusiasmo afectuoso y su hondo conocimiento de las «aguas territoriales» del ser humano, de la exquisita factura de sus versos, de la nada fácil naturalidad de sus obediencias rítmicas. De su calidad de gran poeta nacido de la luz ambigua y siempre gloriosamente oscura del conocimiento.
El pasado 5 de septiembre se cumplió el primer aniversario de la desaparición de uno de los últimos «emperadores del podio», tal y como lo catalogó el prestigioso diario londinense The Times: Sir Georg Solti. NUEVA REVISTA no ha querido desaprovechar esta oportunidad para rendirle un merecido homenaje.
La casualidad hizo que falleciera el mismo día que el mundo se paralizó con el funeral de la princesa Diana, por lo que su muerte pasó un tanto desapercibida. Aquel día, The Times escribió de él lo siguiente:»Cuando él estaba presente en el podio, había electricidad en el aire. Él tenía el poder de excitar al auditorio y el también extraño poder de servir de inspiración a sus propios músicos (…). Lo más impresionante de él eran sus ojos, que clavaba en los de su interlocutor con una extraordinaria intensidad. Todo lo hacía con tutta forza. sus entusiasmos, sus disgustos, sus pasiones del momento».
Sir Georg Solti dirigía sus orquestas con vehemencia, con el empuje que le daba su pasión por la música. Esta energía, que se transmitía al auditorio como un reguero de pólvora en cuanto comenzaban las primeras notas de sus conciertos, le acompañó hasta el final de sus 84 años.
La última vez que dirigió en nuestro país fue en Madrid, el 31 de octubre de 1996, en el Auditorio Nacional. Vino al frente de una de sus formaciones favoritas, la Orquesta Filarmónica de Londres, y deleitó a un entregado respetable con la octava de Beethoven y la Primera Sinfonía de Brahms. La gran ovación con la que se recibió a Solti, cuando todavía no había dirigido una sola nota, fue la manifestación más sincera de agradecimiento de un público, en memoria de tantos y tantos momentos sublimes que Solti, con sus obras, había proporcionado hasta entonces.
Solti comenzó a tocar el piano en un pub de Budapest por dinero, para ayudar a su familia a pagar las deudas de juego que contraía habitualmente su tío, al que siempre ayudaban. Su origen judío le obligó a huir a Suiza justo después de dirigir Las Bodas de Fígaro, de Mozart, su primera ópera en Budapest. Aquella noche del 11 de marzo de 1938, los tanques alemanes invadían Austria.
A partir de ese momento, Solti viviría el preludio de lo que iba a ser su vida. Una vida plagada de dificultades, que sólo amainaría en los últimos años.
En Ginebra, donde se refugió durante la guerra, sobrevivió otra vez gracias al piano y a las clases que podía impartir. La primera noche en Suiza recibió un telegrama de su madre que decía: «No vuelvas». Un tiempo más tarde, ella moría en un campo de concentración nazi.
Su llegada como director artístico al Royal Opera House de Londres no fue tampoco un camino de rosas y su labor tardaría varios años en cuajar. Todas estas fueron dificultades que marcarían la carrera artística de Georg Solti y, probablemente, su manera de hacer las cosas.
Una vez, una joven pianista le pidió consejo al director sobre qué debía hacer. Su consejo fue el siguiente: «No se preocupe, si es usted buena, lo conseguirá; si no, no. En cualquier caso, no se preocupe. Habré hablado con cinco mil pianistas a lo largo de mi carrera. De ellos, sólo cinco han podido impresionar al mundo, no diré cuáles. Si usted está entre esos cinco, no se preocupe, y si está en el resto, preocúpese, pero sólo un poco. Lo más importante es que usted lo siga intentando».
LA CALIDAD DEL MÚSICO, SU EDUCACIÓN
Solti decía que «lo que produce mayor calidad en los músicos es su educación». Por eso, él se esforzaba personalmente en este empeño y, a veces, con un excesivo apasionamiento que derivaba en duras reprimendas a sus músicos y, lo más habitual, a sus cantantes.
En Budapest, donde nació el 12 de octubre de 1912 en el seno de una familia judía, Solti asistió a la Academia Liszt, donde estudió piano, composición y dirección con Bartók, Dohnányi, Kodály y Leo Weiner. Sus inicios como pianista no le impidieron empezar a trabajar en 1937, cuando sólo contaba con 25 años, en la Ópera del Estado de Budapest. Hasta ese momento su nombre era Georgy Stern, pero cambió su apellido por el de Solti.
Ese mismo año, fue asistente de Arturo Toscanini en el Festival de Salzburgo; llegó a ensayar La Flauta Mágica en presencia del mítico director.»Estaba al piano, en el escenario, dando las entradas a los cantantes del Festival. De repente, mi corazón se paró. A mi derecha estaba de pie un hombre de baja estatura que llevaba sombrero, que se retorcía el bigote mientras no perdía detalle de los que allí estábamos y de lo que estábamos haciendo. Era Toscanini. Después del ensayo, recuerdo una sola palabra. El maestro me dijo: ‘bene´. Recuerdo que aquello fue lo más importante que me ocurrió en mi carrera».
A partir de aquel momento, su dedicación le convertirá, tras el paréntesis de la guerra, en uno de los directores más expertos en las representaciones de ópera. La primera que dirigió fue Las Bodas de Fígaro, en Budapest. No volvería a dirigir otra ópera hasta ocho años después, cuando el gobierno militar estadounidense le invitó a dirigir la representación de Fidelio en Munich. Su éxito fue tan rotundo que le nombraron director musical de la Ópera del Estado de Baviera, donde permanecería seis años.
RICHARD STRAUSS
En aquella ciudad conocería a Richard Strauss, una de las relaciones personales que más le marcaron en su vida. Dirigió en su presencia una representación de El Caballero de la Rosa con motivo de su 85 cumpleaños y, al día siguiente, el compositor invitó a Solti a irse con él a su casa de Garmisch, donde estuvieron hablando de la música y de la vida, como el propio director ha contado más tarde. Del contenido de aquella conversación sólo queda la curiosidad de leerlo en sus memorias, que todavía no tienen fecha para su publicación en español.
Probablemente, mucho del saber que ha transmitido a tantas generaciones de músicos tuvo su origen en aquella conversación. Su relación fue lo suficientemente intensa entre ambos como para que el propio Solti dirigiese el terceto del tercer acto de El Caballero de la Rosa en la ceremonia de cremación de los restos de Strauss en 1949. Con el tiempo, él mismo se convertiría en uno de los más consumados especialistas en dirigir obras de Strauss. Óperas como Electro, Salomé, La Mujer Sin Sombra o El Caballero de la Rosa cuentan con versiones de referencia a los ojos de la crítica internacional.
LA ÓPERA
Una vez, Solti dijo que «si yo hubiera tenido un hijo, sólo le hubiera permitido dedicarse a esto con la condición de que empezara a aprender el ofició trabajando en un teatro de ópera. La ventaja de hacerlo así es que se empieza ya con el material más difícil. La ópera resulta mucho más compleja que el repertorio sinfónico. Si se empieza dirigiendo ópera, se adquiere una educación total, al tener que trabajar con cantantes y resolver al mismo tiempo los problemas derivados de la acción teatral. Un buen director de ópera puede perfectamente convertirse en un gran director sinfónico. Lo contrario es casi imposible».
Sin embargo, tras la etapa que le llevaría a la Ópera de Frankíurt, el verdadero deseo de Solti era comenzar cuanto antes su etapa dentro de la música sinfónica. Literalmente, se moría por dirigir en sala de conciertos y, por eso, la oferta que le llega después de una exitosa representación de El Caballero de la Rosa en el Covent Garden de Londres se queda en segundo plano al ver que üene una oportunidad para dirigir la Filarmónica de Los Ángeles. Sin embargo, un error de los gestores de la orquesta impidió que el maestro recalara en Estados Unidos: nombraron un asistente sin su aprobación previa. Aquel asistente era el director Zubin Mehta.
Bruno Walter, uno de los mejores directores de orquesta de la historia, animó a Solti a que aceptara la oferta de Londres. Así, en septiembre de 1961, el director húngaro aceptaba el desafío de devolver al Covent Garden londinense a los primeros lugares de la escena operística mundial. Este empeño no resultaría nada fácil.
LONDRES
Es evidente que el carácter de Solti chocó frontalmente con la forma británica de hacer las cosas. Probablemente, no por él, sino por su tradición germánica en la dirección musical de un teatro de ópera. Los primeros encontronazos no tardaron en llegar. Un día, disgustado por el ensayo del coro, convocó a todos a un ensayo extra un sábado por la tarde. Su enfado fue en aumento cuando le dijeron que el ensayo era imposible, porque en el coro había tres jugadores de rugby galeses que aquella tarde jugaban un decisivo
Inglaterra-Gales de la Copa de las Naciones. La disciplina férrea que imponía a sus músicos no tardó en desencadenar los primeros motes. Empezó a conocerse a Solti con el alias de «el prusiano» o «la calavera gritona», debido en gran medida a su aspecto y a su especial mezcla, a veces ininteligible, de inglés y húngaro.
Sin embargo, lo peor vino con la crítica. Don Giovanni, de Mozart, La Walkiria, de Wagner, y La Fuerza del Destino, de Verdi, fueron acogidas como auténticos fracasos. El caso era especialmente sangrante en todo lo que hacía sobre Mozart. La crítica lo encontraba duro y excesivamente implacable. En muchas ocasiones, durante los primeros tres años, estuvo a punto de dimitir, pero las habilidades diplomáticas de Lord Drogheda, presidente del consejo gestor del teatro, lograron retenerle.
El cambio de la situación vino en 1964. Solti acepta el proyecto de Decca de dirigir la Tetralogía de Wagner con la Filarmónica de Viena. Este proyecto le llevaría siete años. A la vez, en 1965 incorpora a su repertorio Moisés y Aarón, de Schoenberg, y más tarde, Arabella y La mujer sin sombra, de Richard Strauss. Estos compositores consagraron definitivamente a Solti en el Covent Garden e impresionaron a la crítica las noches dedicadas a Strauss; especialmente, La mujer sin sombra, que adquirió fama internacional y se convirtió en una de las grandes en su repertorio.
Solti deja el Covent Garden en 1971. Al año siguiente, la reina Isabel II le concede el título de «Sir» por su contribución a la música y, en especial, a la escena operística británica. Una vez desvinculado de Londres, volvería ocasionalmente para dirigir ópera. Cada vez que lo hacía, era recibido como un héroe y recordaba con sorna a los críticos británicos qué bien le trataban desde que no estaba allí. No obstante, el público británico reconoce un antes y un después del Covent Garden tras la etapa Solti.
LA MÚSICA SINFÓNICA
Tras un período en la Ópera de París, Sir Georg Solti puede cumplir su sueño de dedicarse con exclusividad a la música sinfónica en 1969. Aquel año, es nombrado director titular de la Orquesta Sinfónica de Chicago, trabajo que ocuparía hasta 1991. La primera vez que dirigió a esta orquesta fue en 1954 en el festival de Ravinia. Los 22 años que dura esta relación dan a la música uno de los matrimonios musicales más impresionantes de este siglo. ¿Cuál era su secreto? Richard Morrison, crítico del Times de Londres, escribía que «obviamente, el maestro Solti no tenía una depurada técnica de batuta. (…) Lo que el maestro tenía era la inamovible convicción de cómo tenía que sonar aquello. Entre la concepción y la ejecución siempre mediaba sangre, sudor y lágrimas, pero al final siempre conseguía que tocaran como él quería».
La revista Newsweek diría de él que «al frente de Chicago, ha fustigado, engatusado, martilleado, pulido y conjurado un sonido orquestal que une dos propósitos opuestos entre sí. Por un lado, un seductor y meloso rugir del viento y los metales. Por otro, un meticuloso control del tono de la cuerda, hasta el punto de lograr que 60 músicos toquen con la claridad y frescura de una orquesta de cámara».
Al frente de Chicago, Solti profundizaría en su repertorio wagneriano. Una de sus grabaciones más importantes con esta orquesta fue la que realizó sobre las oberturas y preludios de las óperas El Holandés Errante, Tahnhauser, Tristán e Isolda y Los Maestros Cantores de Nuremberg. Siempre se ha reconocido el Wagner de Solti como uno de los mejores del mundo. Lo mejor sigue siendo su Tetralogía. Más de una vez se ha afirmado que los últimos veinte minutos del Oro del Rhin constituyen una de las cimas de la discografla de todos los tiempos.
Durante sus últimos años acarició la posibilidad de volver a grabarlo, pero siempre manifestaba que era un proyecto muy trabajoso y que le faltaban, claramente, las voces. Una de ellas era Birgit Nilsson, que estuvo con Solti en numerosos proyectos. De hecho, la última ópera que dirigió en Covent Garden siendo director artístico fue Tristán e Isolda.
El Romanticismo fue su gran área de especialización. Particularmente sobresalientes son, además de Wagner, Mozart y Strauss, sus versiones de Bruckner y Mahler, sobre todo con la Sinfónica de Chicago. Sin embargo, no se ciñó exclusivamente a estos compositores. Cada año incorporaba nuevos compositores tan dispares como Elgar, Tippett, Bartók o Johann Sebastian Bach.
Además de la Sinfónica de Chicago, también ha sido frecuente verle con la Filarmónica y la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Viena, la de Berlín, la de Cleveland y, en sus últimos años, con el Real Concertegebouw de Amsterdam.
Lo que Solti deja al mundo de la música se podría resumir en una de sus frases: «Lo que más me interesa de una orquesta es que sus integrantes amen la música que interpretan». La pasión siempre fue un común denominador en la vida y en la obra de este director, quizá en parte debido a la azarosa vida que llevó, obligado siempre a pelear contra la circunstancias. Es posible que esa pasión por lo emotivo, que le hacía obligar a sus músicos a dar siempre lo mejor de sí mismos cada vez que tocaban, fuera consecuencia de su propia experiencia personal. «Amo mi profesión y la vida, y eso ya es suficiente».
He aquí lo que fue el Sueño Americano: un santuario en la tierra para el hombre: una condición en la que pudiera ser libre no sólo de las antiguas y establecidas jerarquías del poder arbitrario que lo habían oprimido masivamente, sino libre de esa masa en la que las jerarquías de la iglesia y del Estado lo habían encerrado y reprimido, individualmente esclavo y personalmente impotente.
Un sueño simultáneo entre los individuos humanos, tan separados y esparcidos como para no tener contacto para hermanar sueños y esperanzas entre las antiguas naciones del Viejo Mundo, que existían como naciones no partiendo de la ciudadanía sino de la sumisión, que se sostenían sólo sobre la premisa de la extensión y la docilidad de la masa sometida; la individualidad de los hombres y mujeres que decían con una sola voz: «Queremos establecer una tierra en la que el hombre pueda asumir que cada persona -no la masa de hombres sino los hombres individualmente- tenga el derecho inalienable a la libertad individual, a la dignidad y a la libertad dentro del conjunto del valor individual, el trabajo honrado y la responsabilidad mutua».
(Fue) una condición humana viviente destinada a ser contemporánea con el mismo nacimiento de América
No simplemente una idea, sino una condición: una condición humana viviente destinada a ser contemporánea con el mismo nacimiento de América, engendrada, creada y simultánea con el mismo aire y la misma palabra América, que en el mismo golpe, el mismo instante, cubriera toda la tierra con una simultánea inspiración de aire y de luz. Y así fue: y apareció irradiando para cubrir incluso a las viejas, repudiadas y esclavizadas naciones, hasta que los individuos de todas partes, que apenas habían oído su nombre, por no decir en dónde estaba América, pudieran responder a él, levantando no sólo sus corazones sino también las esperanzas que hasta entonces no conocían o no se atrevían a recordar que poseyeran.
Una condición en la cual todo hombre no sólo no fuera rey, sino incluso no quisiera serlo. Ni incluso necesitara inquietarse por ser igual a los reyes, porque ahora estaba libre de reyes y de todas sus semejanzas, libre no sólo de símbolos, sino de todas las mismas antiguas y arbitrarias jerarquías que los símbolos representaban —cortes y gabinetes, iglesias y escuelas- y por las cuales había sido valorado no como individuo sino sólo como valor integral compuesto por la inmutable razón de su número incalculable, el incremento animal de su masa dócil y carente de voluntad.
El sueño, la esperanza, fue la condición que no nos traspasaron a nosotros, sus herederos y asignatarios, nuestros padres, sino que, más bien, nos traspasaron el sueño y a la esperanza. No se nos dio ni la oportunidad de aceptar o rechazar el sueño, porque el sueño ya nos poseía a nosotros por nacimiento. No era herencia nuestra porque nosotros éramos herencia suya; nosotros éramos herederos en nuestras sucesivas generaciones al sueño por la idea del sueño.
Y no sólo nosotros, sus hijos nacidos en América, también hombres nacidos y criados en viejas y ajenas tierras repudiadas sintieron ese aliento, ese aire, oyeron esa promesa, que prometía que allí existía algo como la esperanza individual para el hombre. Y también las mismas viejas naciones, tan antiguas y tan ancladas en los viejos conceptos del hombre por haberse creído más allá de todo concepto de cambio, haciendo oblación a ese nuevo sueño del nuevo concepto del hombre con donación de monumentos y procedimientos para señalar los portales de este inalienable derecho y esperanza: «Aquí hay lugar para vosotros desde toda la tierra; para vosotros los que individualmente os halláis sin hogar, los individualmente oprimidos, los individualmente no individualizados».
Una libre dádiva otorgada a nosotros por aquellos que habían trabajado en común y soportado individualmente el esfuerzo para crearla; nosotros, sus sucesores, no tuvimos siquiera que ganarla, merecerla, y no digamos conquistarla. No tuvimos que nutrirla ni alimentarla. No tuvimos que recordar que, viviendo, estaba predestinada a perecer y había que protegerla de sus crisis. Algunos de nosotros, muchos quizá, no hubiéramos podido probar por definición en qué consistía exactamente. Pero entonces no lo necesitábamos: no necesitábamos definirla más de lo que necesitábamos definir el aire que respirábamos o aquella palabra que, de las dos, simplemente por existir conjuntamente -el aliento del aire americano que creó América— había engendrado y creado el sueño del primer día de América, como el aire y el movimiento crearon la temperatura y el clima del primer día del mundo.
Porque ese sueño fue la aspiración del hombre en el verdadero sentido de la palabra aspiración. No fue simplemente la ciega y muda esperanza de su corazón: fue la verdadera aspiración de sus pulmones, sus luces, el vivo y despierto metabolismo, de modo que vivimos la realidad del Sueño. No vivimos en el sueño: vivimos el Sueño mismo; igual que no vivimos simplemente en el aire y el clima, sino Aire y Clima; nosotros representamos individualmente el Sueño, el Sueño mismo realmente sensible en las fuertes e inconfundibles voces que no tenían miedo a declarar a modo de cliché. «Dadnos la libertad o dadnos la muerte» o «Está claro que todos los hombres fueron creados iguales con un derecho común a la libertad» -cosa que jamás ha carecido de verdad, asumiendo que la esperanza y la dignidad sean verdad—, una validez e inmediatez que la dispensan incluso del cliché.
Ése fue el Sueño: que el hombre no fue creado igual en el sentido de que fue creado negro o blanco o moreno o amarillo y de aquí destinado irrevocablemente a ello para todos los días de su vida
Ése fue el Sueño: que el hombre no fue creado igual en el sentido de que fue creado negro o blanco o moreno o amarillo y de aquí destinado irrevocablemente a ello para todos los días de su vida; o más bien no predestinado con la igualdad, sino bendecido con la igualdad, sin levantar las manos, sino tendido y acurrucado en el cálido baño sin aire, como el embrión en el vientre; pero en libertad de tener la misma oportunidad e igualdad que los otros hombres, y en libertad en la que defender y conservar esa libertad mediante el valor individual y el trabajo honrado y la mutua responsabilidad. Pero después la perdimos. Nos abandonó, la que nos había mantenido y protegido y defendido mientras nuestra nueva nación de conceptos nuevos sobre la existencia humana se afianzaba lo suficiente para levantarse entre las naciones de la tierra, sin pedirnos nada a cambio salvo el firme recuerdo de que, siendo algo vivo, podía perecer y por tanto debía ser tenida siempre en una incesante responsabilidad y vigilancia de valor, honor, orgullo y humildad.
Pero ahora se nos fue. Nos adormilamos, nos dormimos, y nos abandonó. Y en este vacío ahora ya no suenan más las fuertes voces, no sólo no amedrentadas, sino incluso ignorantes de que el miedo existiera, hablando en una mutua unificación de una esperanza mutua y una mutua voluntad. Porque ahora lo que oímos es una cacofonía de terror y conciliación y compromiso llenando todas las bocas; las fuertes y vacías palabras que hemos vaciado completamente de contenido -libertad, democracia, patriotismo- con las cuales, despiertos al fin, tratamos desesperadamente de ocultarnos esa pérdida.
Algo le sucedió al Sueño. Muchas cosas. Esto, creo yo, es el síntoma de una de ellas.
Hace unos diez años, un conocido crítico literario y ensayista, un viejo y buen amigo, me dijo que un importante y conocido semanario le había ofrecido una importante suma para que escribiera un estudio no sobre mí, no sobre mi obra, sino sobre mí como ciudadano particular, como individuo. Le aconsejé que no lo hiciera y le expliqué por qué: mi convicción consistía en que sólo las obras de un escritor son de dominio público para ser discutidas, investigadas y descritas, ya que el propio autor las había expuesto y publicado, habiendo aceptado ser pagado por ello; por tanto, no sólo debía sino que tenía que estar dispuesto a recibir lo que el público deseara decir sobre ellas desde el elogio hasta el desprecio.
Pero fuera de eso, mientras el escritor no cometiera un delito y mereciera sanción, su vida privada era sólo suya, y no sólo él tenía el derecho de defender su intimidad: el público también tenía el deber de hacerlo, ya que la libertad de un hombre debía cesar en el punto en el que empezaba la libertad del otro; y presumo que todo el mundo responsable estaría de acuerdo conmigo. Pero mi amigo dijo que no. «Estás equivocado. Si escribo el ensayo, lo haré con delicadeza y responsabilidad. Pero si no me dejas escribirlo, tarde o temprano alguien lo hará sin importarle la delicadeza o la responsabilidad, sin que tú le importes nada como escritor ni artista, sino como mercancía, para ser vendida, para ser puesta en circulación y sacar un poco de dinero».
«No lo creo», dije yo. «Mientras no cometa un delito y merezca sanción, no pueden invadir mi intimidad si les pido que no lo hagan».
«No sólo pueden», replicó, «sino que cuando tu reputación europea llegue hasta aquí y te hagas económicamente importante, lo harán. Espera y verás».
Hice ambas cosas. Hace dos años y por mera casualidad, durante una conversación con el editor de la empresa que publica mis libros, me enteré de que la misma revista había puesto en marcha el mismo proyecto que yo había rechazado ocho años antes; no sé si los editores fueron informados de ello o si simplemente se enteraron por casualidad como me ocurrió a mí. Dije otra vez que no, resumiendo las mismas razones que me seguían pareciendo indiscutibles para cualquiera que tuviera el poder de la prensa pública, ya que las cualidades de delicadeza y responsabilidad debían ser inherentes a ese poder para que fuera válido y duradero. El editor interrumpió.
«Estoy de acuerdo contigo», dijo. «Además, no tienes por qué darme razones. El simple hecho de que no quieras basta. ¿Me ocupo de ello por ti?». Así lo hizo, o trató de hacerlo, porque mi amigo el crítico tenía razón. Entonces dije: «Inténtalo de nuevo. Di ‘Te pido por favor que no lo hagas.
Entonces presenté el mismo » Te pido que no lo hagas» al escritor que iba a redactar el ensayo. No sé si era un redactor designado para hacerlo o si se había ofrecido a hacerlo, o si quizá les había vendido la ¡dea a sus patronos. Aunque mi recuerdo es que su contestación implicaba: «Tengo que hacerlo, y si me niego me echan». Lo que seguramente es cierto, ya que obtuve la misma contestación de un miembro de la redacción de otro periódico sobre el mismo asunto. Y si ello era así, si el autor, miembro del gremio al que servía, era también víctima de la misma fuerza de la que yo era víctima -ese irresponsable uso que es, por tanto, mal uso y que a su vez es traición de este poder llamado libertad de Prensa que es uno de los más poderosos e impagables defensores y conservadores de la dignidad humana y sus derechos—, entonces la única defensa que me quedaba era rehusar la cooperación y no tener nada que ver con el proyecto. Aunque para entonces ya sabía que ello no iba a salvarme, que nada de lo que hiciera les detendría.
Quizá ellos -el escritor y su patrón- no me creyeron, no pudieron creerme. Quizá no se atrevieron a creerme. Quizá le sea imposible ahora a cualquier norteamericano creer que cualquiera que no se esconda de la policía pueda realmente no querer, como libre donación, que su nombre y fotografía se impriman en cualquier documento, por sencilla o modesta o restringida que sea su circulación. Aunque quizá el asunto nunca alcanzó este punto: que ambos -el director y el escritor— sabían desde el principio, lo supiera yo o no, que nosotros tres, ellos dos y su víctima, éramos los tres víctimas de ese fallo (en el término en el que el geólogo usa el término) en nuestra cultura norteamericana, que nos dice a diario: «¡Cuidado!», los tres enfrentados como uno solo no con una idea, un principio de elección entre el buen y el mal gusto o la responsabilidad o la falta de ella, pero con un hecho, una condición en nuestra vida norteamericana ante la cual los tres, en ese momento, nos sentíamos indefensos, condenados.
Y, así, apareció el escritor con su grupo, su fuerza, su tripulación, se hizo con el material donde pudo y como pudo, y fue y publicó su artículo. Pero no se trata de esto. Al escritor no se le puede culpar, puesto que, de no haberlo hecho -si mi recuerdo me es fiel-, lo habrían despedido del empleo que le privaba del derecho a escoger entre el buen y el mal gusto. Tampoco al patrón, ya que para mantenerse, incluso precariamente, en el oficio, puede obligarse incluso a sí mismo, cabeza y jefe de uno de sus componentes integrales, a servir lo que se requiera con el fin de sobrevivir entre sus rivales.
No se trata de lo que dijo el escritor, sino de que lo dijo. Que él –ellos o publicaran en un reconocido periódico que, para ser y permanecer reconocido, funciona asumiendo ciertas inflexibles disposiciones; que se publicó en medio de protestas, pero con completa inmunidad; inmunidad no sólo asumida por el órgano publicitario sino proporcionada por adelantado por el público al cual vendía provechosamente sus mercancías. Lo aterrador (no lo asombroso; no podemos asombrarnos por ello ya que permitimos su nacimiento y lo vimos crecer y lo perdonamos y dimos validez e incluso lo utilizamos para nuestro propio provecho individual) es que pudiera haber sucedido en tales condiciones. Que pudiera haber sucedido sin que al sujeto le fuera comunicado de antemano.
Y cuando incluso él, la víctima, fue advertido a tiempo y accidentalmente, fue por completo incapaz de evitarlo. Y aun después de que se realizara, la víctima no tuvo ningún recurso, ya que a diferencia del sacrilegio o la obscenidad, no tenemos leyes contra el mal gusto, quizá porque en una democracia la mayoría de la gente que hace las leyes no reconoce el mal gusto cuando aparece, o porque en nuestra democracia el mal gusto se ha convertido en algo con lo que se puede comerciar y en objeto de tasa y de cabildeo por parte de las federaciones mercantiles, que al mismo tiempo crean el mercado (no la apetencia, ésta no precisa ser creada sino puesta a la vista) y el producto para servirlo; y el mal gusto, por simple solvencia, queda purificado y exento de mal gusto. Y aunque hubiera habido motivos para recurrir, el asunto hubiera permanecido todavía en la parte negra del libro mayor, ya que el editor podía cargar el dictamen y las costas a las pérdidas operativas y el aumento de ventas por la publicidad a la inversión de capital.
El caso es que hoy, en América, toda organización o grupo que funcione simplemente bajo una frase como Libertad de Prensa o Seguridad Nacional o Liga contra la Subvención, puede asumir completa inmunidad para violar la individualidad -la libertad individual sin la cual uno no puede ser un individuo y faltándole dicha individualidad no es nada ni vale nada— de cualquiera que no sea a su vez miembro de alguna organización o grupo lo suficientemente numeroso o rico como para que les asuste. Esa organización no será de escritores o artistas, claro está; siendo individuos, ni dos artistas podrían confederarse, no digamos un grupo. Además, los artistas, en América, no necesitan tener intimidad porque no precisan ser artistas en cuanto a América se refiere. América no necesita artistas porque en América no cuentan; los artistas no tienen más lugar en Norteamérica que el que tienen los patronos del personal de redacción de los semanarios ilustrados en la vida privada de un novelista del Mississippi.
Pero hay otras dos ocupaciones que valen la pena en la vida americana, que requieren, necesitan, intimidad para poder vivir. Éstas son la ciencia y las humanidades, los científicos y los humanistas: los pioneros en la ciencia del esfuerzo y la técnica mecánica y la autodisciplina como el coronel Lindbergh, que fue obligado a la postre a repudiarla por la nación y la cultura que tenía como una de sus costumbres el derecho inalienable a violar su vida privada en vez del inviolable deber de defenderla; la nación que asumió el derecho inalienable de arrogarse la gloria de su renombre aunque no tuvo el poder de proteger a sus hijos ni la responsabilidad de escudar su dolor; los pioneros en la sencilla ciencia de salvar a la nación, como el doctor Oppenheimer, que fue maltratado e impugnado por estas mismas costumbres hasta que toda su vida privada le fue arrebatada y sólo permanecieron en él las cualidades de individualismo de cuya posesión nos ufanamos ya que ellas son las únicas que nos diferencian de los animales -gratitud por la benevolencia, fidelidad hacia la amistad, galantería por las mujeres y la capacidad de amar—, ante lo cual incluso sus perseguidores oficiales eran impotentes, alejándose (es de esperar) avergonzados, como si el asunto no hubiera tenido nada que ver con la lealtad o la deslealtad, la seguridad o la inseguridad, sino que se tratara de golpearle y desnudarle de toda vida privada, sin la cual jamás hubiera sido uno entre el puñado de individuos capaces de servir a la nación en momentos en los que, aparentemente, nadie más lo hacía, reduciéndolo así, finalmente, a ser uno más de los integrantes sin identidad en el seno de esa masa anónima sin identidad ni intimidad que parece ser nuestra meta.
E incluso eso es más que un punto de partida. Porque la misma enfermedad viene de mucho más atrás. Se remonta a ese momento de nuestra historia en el que decidimos que las antiguas y sencillas verdades morales controladas y arbitradas por el buen gusto y la responsabilidad habían caducado y debían ser descartadas. Se remonta hasta aquel momento en el que repudiamos el sentido que nuestros padres habían otorgado a las palabras «libertad» e «independencia», que nos constituyeron como nación y nos convirtieron en un pueblo, manteniendo nosotros, en nuestro tiempo, sólo el sonido de las mismas. Se remonta al momento en el que sustituimos libertad por licencia —licencia para toda acción que se mantuviera dentro de los límites de las leyes promulgadas por las confederaciones de los abogados hábiles en conseguir licencias y los cosecheros de beneficios materiales-. Se remonta hasta aquel momento en que en lugar de la libertad pusimos la inmunidad de cualquier acción ante cualquier recurso, con tal de que esa acción se realizara bajo la protección del hueco susurro de la palabra libertad.
Momento éste en que la verdad también desapareció. No abolimos la verdad; ni siquiera nosotros podíamos hacerlo. Simplemente la verdad nos dejó, nos volvió la espalda, no por mofa o desprecio, ni siquiera (esperemos) por desesperación. Simplemente nos abandonó, para volver quizá cuando sea, cuando el sufrimiento, o un desastre nacional, quizá una derrota militar (si nada más sirve), nos haya enseñado a valorar la verdad y a pagar cualquier precio, a aceptar cualquier sacrificio (oh, sí, somos valientes y fuertes también, sólo que intentamos posponerlo al máximo) para volver a recobrar y retener lo que jamás debiéramos haber dejado escapar, en sus propios términos de buen gusto y responsabilidad. La verdad, esa línea limpia, simple y completamente recta y brillante, a un lado de la cual lo negro es negro y al otro lo blanco es blanco, ahora se ha convertido en un ángulo, un punto de vista que no tiene nada que ver con la verdad ni los hechos, sino que depende sólo de dónde estás situado cuando lo miras. O mejor, de dónde consigas situar a quien tratas de engañar u ofuscar cuando lo mira.
Algo tan sencillo como un triplo cotidiano: la verdad, la independencia y la libertad. El cielo norteamericano que fue un día el limpio empíreo de la independencia, el aire norteamericano que fue un día el aliento viviente de la libertad, se ha convertido ahora en una descendiente presión para abolir ambas, destruyendo la individualidad del hombre como hombre y aniquilando el último vestigio de vida privada, sin la cual el hombre no puede ser individuo. Nuestra propia arquitectura nos lo ha advertido. Hubo un tiempo en el que no se podía ver ni de fuera, ni de dentro a través de las paredes de nuestras casas. Hoy se puede ver desde dentro hacia fiiera pero no desde fuera hacia dentro a través de las paredes. Habrá un tiempo en que se pueda hacer ambas cosas. Entonces la vida privada habrá desaparecido; aquel que se sienta suficientemente individuo como para desearla incluso para cambiarse de camisa o bañarse, será maldecido por una universal voz americana, por considerarlo subversivo para el modo de vida americano y la bandera americana.
Las palabras y frases que desde hace tiempo hemos privado de todo significado que no sea el de instrumentos (…) «Prosperidad», «La Vida Norteamericana», «La Bandera»
Si (para entonces) las paredes mismas, opacas o no, pueden todavía sostenerse ante ese furioso vendaval, esa fuerza, ese poder que se levanta como un trueno hasta el cénit norteamericano, de aspecto múltiple pero mutuamente conjuntado, rugiendo las palabras y frases que desde hace tiempo hemos privado de todo significado que no sea el de instrumentos, el de útiles, esgrimidos para el hostigamiento del espíritu humano individual, por sus furiosos e inmunizados sacerdotes: «Seguridad», «Subversión», «Anticomunismo», «Cristiandad», «Prosperidad», «La Vida Norteamericana», «La Bandera».
Con un poco de suerte (y algo de esfuerzo de vez en cuando, naturalmente), un individuo puede defenderse de la libertad de otro individuo. Pero cuando poderosas federaciones y organizaciones y amalgamas como las corporaciones publicitarias y las sectas religiosas, los partidos políticos y los comités legislativos, pueden absolver una sola de sus unidades operativas de las restricciones de la responsabilidad moral mediante palabras tan sugerentes como «Libertad», y «Salvación» y «Seguridad» y «Democracia», debajo de cuya absolución, los individuos asalariados se liberan de la responsabilidad y la cohibición, entonces tengamos cuidado. Entonces, incluso personas como el doctor Oppenheimer y el coronel Lindsbergh y yo (también el redactor del semanario, si es que de verdad se vio empujado a escoger entre el buen gusto y el hambre) nos habremos de confederar a nuestra vez para preservar la vida privada, sólo mediante la cual el artista, el científico y el humanista pueden funcionar.
O para conservar la vida misma respirando; no simplemente los artistas y los científicos y los humanistas, sino también los padres legales o biológicos de los doctores de osteopatia. Estoy pensando, claro está, en el doctor de Cleveland, condenado recientemente por el brutal asesinato de su mujer, tres de cuyos familiares -el padre de su mujer y sus propios padres-, con una excepción, no pudieron sobrevivir al juicio en el que la prensa, que mantuvo el doloroso asunto en las primeras páginas de Nacional hasta el final, es señalada ahora por declarar que el hecho recibió cobertura mucho más allá de su valor e importancia.
Estoy pensando en las tres víctimas. No en el hombre culpado: indudablemente vivirá todavía mucho tiempo; sino en los tres familiares, dos de los cuales murieron —al menos uno de ellos- porque, por citar a la misma prensa, «estaba cansado de vivir», y el tercero, la madre, suicidada, como si hubiera dicho no puedo soportar más esto. Acaso solamente murieron por el crimen, aunque uno se pregunta por qué sus muertes no coincidieron con la comisión del asesinato sino con la publicidad del juicio. Y si no fue sólo por la tragedia en sí misma por lo que una de las víctimas estaba «cansada de la vida» y la otra dijo que no podía soportar más…, si tenían más de una razón para abandonar e incluso repudiar la vida y el hombre era culpable, como de él dijo el juez, ¿qué cazador de brujas medieval tenía el poder llamado Libertad de Prensa, que en cualquier cultura civilizada debe ser aceptado como el diligente paladín cuya inflexible rectitud hace que prevalezca la verdad y que se den la justicia y la gracia, para alentar que incluso los mismos progenitores del criminal sean eliminados de la tierra en expiación de su crimen? Y si era inocente como él afirmó, ¿qué crimen cometió este campeón de los débiles y oprimidos, y en qué participó?
O —por repetir— no el artista. América todavía no ha encontrado un lugar para el que se ocupa de cosas del espíritu, excepto para utilizar su notoriedad para vender jabón, cigarrillos o estilográficas, o para hacer anuncios de automóviles o de cruceros y hoteles elegantes, o (si se le puede enseñar a acompasarse a los acontecimientos lo suficientemente rápido) para aparecer en la radio o el cine o donde pueda ganar lo suficiente para llamar la atención. Pero el científico y el humanista sí: el humanista en la ciencia y el científico en la humanidad del hombre, que puedan todavía salvar esta civilización que los profesionales de su salvación —los editores que disculpan su demolición con la lujuria y la insensatez de los hombres, los políticos que justifican su propio comercio por la estupidez y voracidad de ellos, y los hombres de iglesia que justifican su propio negocio con su temor y superstición— parecen estar demostrando que no pueden.