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Ferdinand Braudel

El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Ferdinand Braudel, La Méditerranée et le monde méditerranéen a l’époque de Philippe II, París, 1949; 2a edición, corregida y aumentada, 1996; El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la ¿época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid, 1953; 2a edición, 1976

Un mar, o un conjunto de mares y tierras, una época, o un punto de referencia cronológico, el reinado de Felipe II, continuamente desbordado: los protagonistas de la gran obra de Braudel escapan a cualquier clasificación reductora. Quizá por ello, a pesar de los avances experimentados en el conocimiento de esos ámbitos, el libro que, desde su aparición en 1949, ampliado y corregido sustancialmente por una segunda versión en 1966, se erigió en un hito de los estudios de historia moderna y no sólo del hispanismo francés, conserva el interés de un verdadero manifiesto metodológico, como culminación de una escuela de pensamiento y práctica histórica que marcó a generaciones de investigadores en toda Europa.

Una de las corrientes historiográficas de mayor influencia en el siglo XX, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, ha sido, sin duda, la representada por la revista francesa Anuales. Fundada en 1929 con el título de Anuales d’Histoire Economique et Sociale por Marc Bloch y Lucien Febvre, entre los objetivos prioritarios de su fase inicial estaban el rechazo del culto al dato y al documento, considerados como máximo criterio de objetividad por el positivismo; la propuesta de nuevos métodos y técnicas de investigación; la concepción del hecho histórico como un todo complejo, de múltiples dimensiones: políticas, sociales, económicas, psicológicas…; la exigencia de aproximar la historia a otras disciplinas; el valor de la comparación en el estudio histórico y, en suma, la mayor importancia concedida a la economía y la sociedad respecto a la política y las instituciones, entendidas como fragmentos de una historia événementielle.

El camino que llevó a la formulación de tales postulados fue largo y complejo. Uno de los primeros trabajos que revelan el nuevo sentido que iría madurando hasta la aparición de la revista es la clásica obra de Lucién Febvre, Sobre Felipe II y el Franco-Condado, publicada en 1912, fruto de una gradual mutación de la perspectiva cultural acerca de la naturaleza y los límites del conocimiento histórico, reflejada en la propia elección del objeto de análisis: no un individuo o una institución como imponía la tradición histórica positivista, sino una región considerada como una personalidad histórica colectiva y afrontada con criterios completamente distintos a los de los tradicionales estudios de erudición local. De esa forma, se intentaba reconstruir el conjunto de la sociedad de un área geográfica e histórica determinada a través y más allá de su aparato institucional y administrativo, en una suerte de lo que el mismo Febvre definiría más tarde como un essai de synthése. La tesis de Febvre expresaba así nuevas tendencias culturales, resumibles en una relación mucho más estrecha entre la historia y la geografía y en el uso de las clases sociales como parámetro de análisis de la sociedad.

Aunque el uso de la geografía era bastante común en la cultura francesa, en la segunda mitad del siglo XIX, con el creciente interés de los historiadores por los fenómenos jurídicos y administrativos, había ido quedando reducido a la descripción de los límites espaciales de los objetos de estudio. En su primera gran obra, Febvre concedía una atención privilegiada al aspecto espacial de los fenómenos sociales, desde el ambiente físico hasta los caminos y las comunicaciones. El análisis detallado de las estructuras geológicas y geográficas de la región elegida, la insistencia en sus contrastes y en sus predisposiciones económicas y sociales, se convertían en instrumentos esenciales para determinar la naturaleza histórica del "estado", expresión de la íntima colaboración entre las fuerzas naturales y humanas, en la que parece sentirse un eco de las tesis de Taine y, sobre todo, de Paul Vidal de la Blache. Éste había insistido en la necesidad de asociar el hombre con el ambiente para definir el marco de las posibilidades de desarrollo de las "individualidades geográficas", sustituyendo la genérica noción de Taine de "ambiente" por la de "zonas climáticobotánicas". En la misma línea, Febvre distinguiría estructuras condicionantes en la llanura y la montaña, que definían la organización del paisaje, físico y humano, y condicionaban un contraste marcado de vocaciones culturales e, incluso, de civilizaciones. El concepto de paisaje, como construcción humana, sustituía así al más determinista de ambiente, para erigir al hombre en el centro de la nueva geografía.

Por otra parte, el abandono de la mística nacionalista se veía acompañado del rechazo implícito del determinismo materialista imperante en los autores marxistas del momento, en una línea que al insistir en la creatividad y movilidad de la actividad económica, se alejaba de las lecturas mecánicas de las relaciones entre economía y sociedad. Las propias clases sociales superan sus orígenes económicos para presentarse como conjuntos de características más complejas, desde la economía hasta las instituciones, el poder político y la mentalidad, haciendo necesarios nuevos instrumentos para reformular los temas y los métodos de la investigación.

Junto a la novedad del enfoque temático y metodológico, el "Franco Condado" supuso una gran aportación al cambio de las preferencias investigadoras, no sólo por su ámbito territorial, sino también por el periodo elegido, el siglo XVI, hasta entonces postergado por la historiografía positivista que, atenta sobre todo a plantearse retos filológicos y de crítica textual, prefería centrarse en el periodo medieval, en tanto que la historiografía influida por la sociología durkheimiana se centraba en la historia económica del siglo XIX. Se iniciaba así el interés por la Edad Moderna y en concreto por el siglo XVI, que caracterizaría a la escuela de los "Annales" y al que vendría a sumarse la atención de notables hispanistas franceses por los orígenes del Siglo de Oro español.

Tras los primeros trabajos del periodo de entreguerras, puede distinguirse una segunda fase entre el final de la II Guerra Mundial —con la desaparición de M. Bloch— y el final de los años sesenta. Se trata de un periodo de madurez, presidido por la figura de Ferdinand Braudel, director de la revista desde 1956, en el que se precisan y difunden los rasgos característicos de la "escuela" bajo la influencia creciente de los modelos funcionalista o estructuralista. En el centro de la historia aparecen los grupos, colectividades y sistemas sociales de los que se analizan sus dimensiones temporales, espaciales, humanas, sociales, económicas y culturales. Hito esencial de esta fase es la publicación de la gran obra de Braudel sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II y la reflexión teórica realizada por el mismo historiador.

En el Mediterráneo de Braudel se dan las condiciones señaladas por autores como Max Weber para el desarrollo de una disciplina científica a partir del cambio de perspectivas y la revisión de las "formas lógicas", capaz de asumir la propia incertidumbre del trabajo histórico. Retomando observaciones desarrolladas al menos desde Nietzsche, Braudel señala en un escrito publicado inmediatamente después del Mediterráneo que, al igual que la vida misma, la historia se presenta como un espectáculo huidizo, en movimiento, resultado de la intersección de problemas íntimamente interrelacionados y que dan lugar a múltiples apariencias y contradicciones. De ahí que la cuestión de la objetividad, tan debatida por los teóricos de la historia desde el siglo XIX, aparezca como un falso problema, ya que no hay, en realidad, una tensión radical entre vida e historia -como señaló el mismo Nietzsche—, sino un reflejo entre dos formas de representación complejas y mutables. El historiador debe intentar por ello dotarse de los instrumentos precisos para aprehender, si no la totalidad, al menos el mayor número posible de elementos de ese paisaje cambiante.

En su ensayo sobre la "larga duración", Braudel intentaría responder a la escisión entre la representación científica del tiempo, necesariamente homogénea y monolineal, y la discontinuidad de los procesos históricos. Dado que el historiador opera, en sustancia, dentro de una multiplicidad de posibilidades, de puntos de vista, el único vínculo posible entre ellos es la medida. La fragmentación de la "duración" es una creación subjetiva: las "duraciones" que distinguimos son "solidarias" entre sí. Los fragmentos diferenciados en esa duración única se reconstruyen al final del trabajo del historiador. Así, "larga duración", coyuntura, hechos, se conectan sin dificultad desde el momento en que todos se miden de acuerdo con una misma escala. Por ello, adentrarse en uno de esos "tiempos" implica introducirse en todos.

El tiempo histórico es por tanto tiempo de la medida, al igual que el tiempo de los economistas, y frente al tiempo multiforme de los sociólogos; para el historiador, según Braudel, todo comienza y termina en un tiempo matemático, como externo a los hombres, que los empuja y condiciona, desplazando sus propios tiempos particulares.

Pero si la medida es el único valor de la historia, todos los hechos no mensurables quedan privados de valor o se convierten en objetos de la historia como simple diferencia o residuo respecto a los hechos dotados de valor. La definición de la historia como "dialéctica de la duración", como una contraposición viva entre el instante y el tiempo que corre lentamente, implica una metáfora de la propia historia como espejo de la vida. De ahí que se haya podido señalar que entre tal connotación metafórica y las otras connotaciones psicológico-subjetivas y cronológicas de la "duración" braudeliana no se aprecian sólidas vías de mediación, sino saltos, fracturas y oscilaciones.

Estas consideraciones teóricas se reflejan en el terreno historiográfico. La obra de Braudel oscila entre la historia como "conjunto de técnicas" y una posible "historia como ciencia". El propio autor afirma en su ensayo sobre la "larga duración" que concibe la historia como "la suma de todas las historias posibles, un conjunto de técnicas y de puntos de vista de ayer, de hoy y de mañana", por lo que el problema planteado es el de definir una jerarquía de fuerzas, de corrientes y movimientos particulares para captar luego los conjuntos. De esta forma, según algunos, se encontrarían en Braudel las premisas de la crisis de identidad asociada con la labor historiográfica de los últimos años, particularmente la desarrollada en torno a los "Annales": el contraste entre larga y breve duración, entre el ámbito de los largos procesos y el de los hechos; las dimensiones mensurables y no mensurables de la experiencia humana; el carácter dialéctico o no del nexo entre continuidad y discontinuidad en la historia; la posibilidad de reconstruir científicamente el pasado, entendida sólo como rastro material o documental; la realización de un proyecto de historia global y el riesgo de disolución de la categoría misma de "historiciclad" que aquél puede comportar; la relación entre la investigación, el incremento del conocimiento histórico y la conciencia de nuestro propio tiempo, o, si se quiere, la dialéctica político/social, individual/ colectivo o la naturaleza de las fuerzas históricas. Se trata de "puntos críticos" que emergen tanto de la más reciente producción de los "Annales" como del amplio abanico de tendencias de la llamada "nueva historia". La influencia en la praxis historiográfica de la dialéctica de la duración braudeliana ha demostrado una gran fecundidad para el desarrollo de las técnicas y métodos de investigación, si bien ha replanteado la alternativa entre una historia uniforme, inmóvil y casi insensible a los cambios, y la proliferación de historias separadas, difícilmente comunicables entre sí.

Por otra parte, hay que destacar que, sin negar la importancia de la dimensión política de la historia, la obra de Braudel se presenta en su conjunto como un intento de articulación de los diversos planos históricos. Para ello se distancia de la sólida tradición historiográfica francesa de índole político-diplomática y administrativa procedente del siglo XIX y reflejada por obras como el Dictionnaire de Chéruel, los estudios promovidos por la escuela de Chartres y por la École Nórmale Superieure, la obra de Fustel de Coulanges o los estudios sobre las instituciones financieras francesas entre finales de la Edad Media e inicios de la Edad Moderna, coordinados por Dupont Ferrier. Braudel continúa la polémica con esas tendencias ya iniciada por Mare Bloch y Lucien Febvre, en una actitud característica de los "Annales" desde sus inicios, con su preferencia por la historia économique et sociale sobre una historia política lastrada por la crítica al positivismo y casi ausente de la revista en sus primeros diez años. Ello no fue obstáculo, sin embargo, para que el propio Mare Bloch planteara la necesidad de "repensar la historia política", transformando y ampliando el contenido de sus nociones básicas, como la de "institución", considerada no sólo como conjunto de lógicas y prácticas jurídicas, de organismos y funciones de los aparatos públicos, sino también como modalidad compleja de organización del poder, incluyendo las actitudes y reacciones de los gobernados frente al "Estado".

En el Mediterráneo Braudel realiza una compleja construcción expositiva donde, no sin contradicciones, confluyen la diversidad de puntos de vista, la exigencia de ensanchar los sujetos de la historia – y entre ellos de la historia política-, el replanteamiento de perspectivas tradicionales y el intento de jerarquizar tiempos y planos históricos. En el ámbito concreto de la historia política, la parte de la obra dedicada al análisis de los "imperios" se funda en el encuentro entre los factores de la coyuntura y de la estrategia política: la unión entre las condiciones "externas" y el papel de las grandes individualidades viene dada a través de la identificación de opciones, estrategias y proyectos políticos determinados, en una línea que, en último extremo, no deja de evocar a Ranke. Así, el modelo de historia política resultante es el de la exposición de diversas posibilidades alternativas, sin caer por ello en los planteamientos de la llamada counterfactual history, de los juegos de simulación de hipótesis. Por el contrario, se afirma la estrecha correlación existente entre economía y política. Entre la coyuntura, esencialmente económica, y la gran personalidad política, condicionada por aquélla, el papel consagrado al "Estado", como ámbito de opciones políticas y como administración, aparece muy limitado, primando los factores de debilidad y dependencia respecto a las situaciones preexistentes —como el papel de la ciudad y el territorio, la organización del espacio, etc.— sobre los de modernidad y capacidad organizativa.

En las brillantes páginas de una obra a la vez racional y apasionada, el mundo de piratas, mercaderes, pastores y navegantes que surcan continuamente un vasto espacio cultural prima sobre las grandes construcciones políticas y sus protagonistas oficiales. Por ello, figuras como la de Felipe II parecen desdibujarse tras los pueblos que gobernó o combatió y las relaciones espacio-temporales se erigen en reto decisivo para la configuración de su Monarquía, un camino por el que la investigación histórica no dejará nunca quizá de adentrarse suficientemente.

La financiación de empresas de alta tecnología (1980- 1997)

Desde que Apple Computer realizó su salida a bolsa en 1980, hasta el 31 de diciembre de 1997, han transcurrido 17 años muy intensos en la vida de las empresas de alta tecnología. Empresas que entonces eran poco más que proyectos de "garaje", desarrolladas por jóvenes emprendedores del mundo de la programación informática, se han convertido en gigantes económicos, cuyos propietarios ocupan las primeras posiciones del ranking mundial de primeras fortunas (y las primeras páginas de los periódicos y revistas). Al mismo tiempo, sus productos, que han ido evolucionando con una rapidez nunca vista hasta ahora, se han convertido en los ejes sobre los que gira la transformación de la sociedad postindustrial, dando paso a la sociedad de la información, a la que nos dirigimos en los albores del siglo XXI.

Analizar las condiciones en las que, en menos de un cuarto de siglo, se ha producido una transformación tan profunda es un objetivo apasionante que puede ser contemplado desde muchas perspectivas: ¿bajo qué condiciones sociológicas se ha fomentado la creatividad de tantos emprendedores? ¿Cuál es el papel que debe jugar el mundo académico en este proceso? ¿Qué incentivos deben proporcionar las administraciones públicas para que las empresas de alta tecnología se instalen en unas zonas y no en otras? ¿Qué papel desempeñan la legislación, los controles y las protecciones a actividades ya instaladas, para ayudar a generar el clima adecuado para la creación de nuevas empresas? ¿Cuáles son los mecanismos de financiación más convenientes para que los buenos proyectos resulten beneficiados frente a los menos atractivos? ¿Qué impacto tiene todo ello en la creación de empleo?

Entender las causas que han fomentado una creatividad tan explosiva puede servir para conocer las claves en las que se moverá nuestra sociedad en las décadas venideras. En este texto me centraré en los aspectos financieros, auténtico combustible de la creación intelectual de productos y servicios relacionados con las tecnologías convergentes: los sistemas de información, las telecomunicaciones y el sector multimedia.

Varias son las zonas del planeta en las que esta explosión de conocimiento ha sido más significativa: el Silicon Valley, es decir, la franja que va desde San Mateo, pequeña población al sur de San Francisco, hasta San José, y desde la autopista 280 hasta la bahía, apoyada por las universidades de Stanford, Berkeley y la universidad del Estado de California; el área de Boston, con el impulso del MIT y de Harvard, entre otros, y sobre todo, Wall Street, es decir, la calle de la parte baja de la isla de Manhattan, en la que radica una de las dos bolsas de Nueva York, y que ha hecho posible la financiación de las empresas de tecnología (y otras), obtenida a través de las bolsas de valores (especialmente NASDAQ, Wall Street y el Pacific Stock Exchange).

Durante este periodo de 17 años, las bolsas principales de Estados Unidos han admitido un total de 1.099 compañías de los sectores de alta tecnología. Dichas empresas son aquellas que han sido capaces de obtener financiación para su desarrollo, a través de la salida a bolsa, y en muchos casos a través de sucesivas ampliaciones de capital, realizadas posteriormente.

Sin hacer ninguna corrección monetaria, para tener en cuenta el distinto valor del dinero durante estos 17 años, he calculado la suma de las distintas capitalizaciones bursátiles, en el momento de la salida a bolsa de cada una de las empresas. Entendemos que ésta puede ser una forma de medir el valor inicial que el mercado reconoce a las 1.099 empresas objeto de nuestro análisis. Seguidamente, he calculado la capitalización bursátil de las empresas supervivientes de la muestra, el día 31 de diciembre de 1997.

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Los fríos números de la tabla anual de salidas a bolsa nos dan poca información sobre los antecedentes financieros de las 1.099 empresas que consiguieron pasar los controles de las autoridades bursátiles y obtener financiación para sus proyectos a través del mercado. No es una tarea fácil conocer, caso por caso, cuáles fueron sus orígenes económicos. Sí es posible razonar que un elevado porcentaje de ellas pasaron previamente por la etapa de exponer sus proyectos a inversores particulares o institucionales, que aportaron sus recursos económicos en la forma de capital riesgo para permitir que éstas alcanzasen la madurez de productos, clientes y mercados, y el tamaño económico suficiente para alcanzar la mayoría de edad que les permitiera salir a bolsa.

Durante este mismo periodo, se estima que las empresas de capital riesgo proporcionaron financiación a algo menos de 13.000 empresas de tecnología por un importe global de $43.0 bn. (Ptas. 6.5 bn.). Esta cifra, que representa aproximadamente el 25% de la capitalización bursátil inicial de la muestra anterior, es en gran parte de los 1.099 casos, la primera financiación recibida, y permite a las mejores empresas realizar su salida a bolsa, tras un periodo de maduración de 2 a 3 años.

Ambos mecanismos de financiación: la bolsa y el capital riesgo son un importante elemento, si no el fundamental (junto con la formación del capital humano) para hacer posible el desarrollo de las tecnologías alrededor de las que, poco a poco, se va configurando la llamada sociedad de la información.

Un análisis más detallado de estos resultados arroja las siguientes conclusiones:

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A lo largo de estos 17 años, tanto el número de compañías que han creado valor para sus accionistas como el valor absoluto creado, excede con mucho a las que han desaparecido o dado lugar a una minusvalía.

Como veremos, la tendencia parece indicar que en los últimos años las expectativas de ganancias han crecido considerablemente, como resultado de un conjunto de circunstancias.

Efectivamente: para el periodo 94-97, en el que se produce el desarrollo espectacular de Internet y que marca las tendencias actuales, llegamos a la conclusión de que el potencial de creación de valor de las empresas que se encuentran en este sector puede exceder al creado por el desarrollo de la industria del PC en los años 80, como veremos a lo largo de este estudio.

Por un lado, las empresas de software (comenzando por Microsoft) o de equipos para redes (como Cisco y 3Com) o de hardware y software (como IBM) han rediseñado sus productos para volcarse casi completamente en aplicaciones, equipos y servicios para Internet. Por otro, la mayor parte de los nuevos entrantes en este mercado, tienen por objeto el desarrollo de servicios de valor añadido que se benefician del enorme crecimiento del mercado, impulsado por Internet. Tal es el caso de Netscape, @Home, AOL, Amazon.com y Yahoo.

También es posible constatar, cómo gran parte de las operadoras telefónicas mundiales están rediseñando su estrategia para reconocer la transformación profunda de su negocio. Esto se produce como resultado de tres factores: la liberalización de los mercados de telecomunicaciones, el desarrollo tecnológico y el modelo Internet. John Sidgmore, vicepresidente de Worldcom y presidente de UUner, ha manifestado públicamente, a finales de septiembre del año 1998, que en el año 2004 Internet requerirá el 99% del ancho de banda disponible, quedando el 1% restante para la voz y otros servicios. Quiere esto decir que es previsible que el mercado de voz se convertirá en un mercado de nicho, cuando hasta hace pocos años representaba la práctica totalidad de la facturación de los operadores de telecomunicaciones.

La liberalización de las telecomunicaciones, unida a la convergencia tecnológica, cierra el ciclo iniciado con la financiación de proyectos de tecnología por medio de capital riesgo, haciendo que los accionistas financieros de estas últimas realicen fuertes plusvalías y sus promotores alcancen posiciones de gestión en las operadoras telefónicas, obteniendo participaciones accionariales relevantes y en muchos casos, el premio económico a su acierto, realizando en la bolsa el valor de sus acciones. A través de este ciclo, es posible concluir que nunca antes, tanta gente ha ganado tanto dinero como hoy en día se ha producido con la explosión de Internet.

Para ilustrar esta conclusión, he estudiado dos tipos de implicaciones en la valoración bursátil de las empresas que están en bolsa o han colocado sus acciones en los mercados bursátiles y tienen una actividad fundamentalmente centrada en Internet.

Dentro de las primeras, es decir, aquellas empresas de tecnología que han adaptado sus productos y servicios al nuevo paradigma, se han producido revalorizaciones muy considerables como resultado de su cambio estratégico. La más significativa ha sido Microsoft, que desde la salida a bolsa de Netscape, que amenazó su hegemonía, sacando el navegador (browser) y regalándolo a través de la red, ha experimentado un incremento de su capitalización bursátil de 123 billones de dólares (¡18.4 billones de pesetas!). Esta circunstancia ha dado lugar a otras nuevas muestras de la revolución de la sociedad de la información, que tienen gran actualidad en estos días: la demanda contra Microsoft por supuestas prácticas anticompetenciales por parte del gobierno de los Estados Unidos (la sociedad de la información requiere un análisis sobre defensa de la competencia, que no forma parte de este estudio, pero es de gran importancia). Siendo espectacular esta cifra, no es un caso aislado, pues en el mismo periodo (95-97), otras muchas empresas del sector que han reconvertido su estrategia han experimentado también alzas espectaculares. Cabe citar a Cisco: $32 bn. (Ptas. 4.8 bn.), Sun Microsystems $15 bn. (Ptas. 2.3 bn.) o America Online, que era un servicio de noticias y correo electrónico propietario, que al emigrar a Internet, también se ha revaluado en $6 bn. (Ptas. 0.9 bn).

LA FINANCIACIÓN ES UNO DE LOS COMPONENTES FUNDAMENTALES EN LA INDUSTRIA DE LAS EMPRESAS DE ALTA TECNOLOGIA

Sin las empresas de capital riesgo primero, los bancos de inversión después y las bolsas de valores finalmente, la situación actual de las empresas de alta tecnología habría sido muy distinta. Es evidente que el desarrollo del conocimiento que se produce alrededor de las universidades como el MIT o Stanford, es necesario para la creación de nuevas tecnologías. También las consideraciones socioculturales que apoyen a los emprendedores y los sistemas de promoción meritocráticos de las empresas son condiciones necesarias. Pero todas ellas necesitan de la existencia de un sistema de financiación que dé oportunidades a los emprendedores para que obtengan: primero, los fondos necesarios para convertir sus proyectos en realidades y, después, el premio económico a sus aciertos. Este último, representado por el NASDAQ, Wall Street y el Pacific Stock Exchange, ha dado probadas muestras durante los casi 18 años que han transcurrido desde la salida a bolsa de Apple Computer de su utilidad para ayudar a convertir ideas en sólidas empresas, y a jóvenes con conocimientos informáticos en multimillonarios que ocupan los primeros puestos de los rankings de grandes fortunas del mundo.

LA ADMINISTRACIÓN N O PUEDE SER AJENA AL DESARROLLO DEL SECTOR

La Administración de los Estados Unidos ha ocupado un papel fundamental en el desarrollo de este sector. En primer lugar, como gran cliente de muchas de las empresas que han suministrado y suministran sus productos al ejército o la NASA u otros departamentos y organismos estatales. Pero también las industrias de alta tecnología han encontrado en las actuaciones de la Administración americana el necesario clima para alcanzar el crecimiento. Entre estas actuaciones, las más significativas son:

—La liberalización: desde la fragmentación de «Mama Bell» y la liberalización de ciertos tramos del espectro radioeléctrico al principio de los años 80, se ha producido un crecimiento que era difícilmente explicable de otra manera.
—El desarrollo legislativo: las leyes que afectan al sector están en permanente revisión y modificación.
—La protección de los intereses de empresas americanas frente a las de otros países: a través de la protección a la exportación de tecnología a otros países o el acuerdo de comercio de semiconductores entre Estados Unidos y Japón.
—El papel de liderazgo en el desarrollo de Internet: la democratización del acceso a las autopistas de la información era uno de los tres puntales ideológicos del primer mandato Clinton/Gore (la potenciación de las pymes y la protección medioambiental eran las otras dos).

LOS INVERSORES EN EL SECTOR DE ALTA TECNOLOGÍA SE GULAN POR RAZONAMIENTOS MAS SICOLÓGICOS QUE DE TIPO TÉCNICO

La decisión de invertir en empresas de este sector, generalmente de nueva creación y pequeño tamaño, implica la vocación de asumir altos riesgos. Sus productos son a menudo difíciles de entender por el usuario medio. Su vida es dudosa, pues con frecuencia son reemplazados por otros antes de haber alcanzado el volumen adecuado para rentabilizar las inversiones necesarias para su creación y lanzamiento.

El factor psicológico es fundamental para hacer posible la colocación en el mercado de las acciones de las empresas de este sector. Hasta la salida a bolsa de Yahoo, el famoso motor de búsqueda (o portal, según la moda actual), parecía imposible convencer a los inversores para que apostasen por una empresa sin previsiones claras de resultados ni tan siquiera de ingresos. Cuando Yahoo se coloca en el año 96, alcanzó una capitalización de $334 MM (ptas. 50.000 MM), sin haber tenido ingresos hasta la fecha, ni estar previstos hasta pasados dos años. El 31.12.97 su capitalización era de $ 3.100 MM (ptas. 465.000 MM). Los ingresos previstos para el año 98 son de $150 MM y por primera vez ha obtenido unos modestos resultados positivos en el tercer trimestre del año 98.

LA INVERSIÓN EN TECNOLOGÍA ES CICLICA Y MUY ESTACIONAL DENTRO DEL MISMO AÑO

Durante este periodo, se han producido tres olas de desarrollo tecnológico. La primera es debida a las mejoras en la velocidad de proceso de los semiconductores acompañadas de la reducción del espacio y el precio de éstos. La segunda, es debida a los desarrollos de software. La última, a la difusión comercial del concepto de Internet como el conjunto de desarrollos tecnológicos, legislativos y económicos, que hacen posible el crecimiento explosivo del número de ordenadores conectados en red. Cada uno de estos saltos cualitativos ha venido seguido de un salto en el número de salidas a bolsa y el importe de estas mismas.

Durante los años analizados en 11 de los 17 veranos, las acciones de las empresas de tecnología se han comportado peor que la media. Esto parece debido a que las ventas de productos informáticos se concentran en el último trimestre del año y, por tanto, las presentaciones de los nuevos productos (que siempre comportan incertidumbres) no se hacen hasta el mes de septiembre, siendo el verano, por tanto, la época más baja. Es por esto que muchas compañías del sector tienen su año fiscal de septiembre a agosto, en lugar de enero a diciembre.

ES FÁCIL EQUIVOCARSE CON LAS INVERSIONES EN TECNOLOGÍA

Con frecuencia los inversores se han entusiasmado por productos que luego no han tenido éxito o su ciclo de vida se ha acortado por la aparición de otras tecnologías sustitutorias. Por ello, un número pequeño pero significativo de empresas (58) entre las analizadas ha desaparecido y un 46% de las empresas que no han sido adquiridas por otras, tenían el 31 de diciembre de 1997 capitalización bursátil igual o menor a la de su momento de salida.

LAS EMPRESAS QUE HAN TENIDO MAYOR ÉXITO SE HAN REVALORIZADO DURANTE LOS ÚLTIMOS 17 AÑOS EN UN IMPORTE SUPERIOR A DEL PIB ESPAÑOL

Los primeros 45 valores, entre los que se encuentran nombres tan conocidos como Microsoft, Cisco, Compaq, Lucent Technologies, Computer Associates, Dell, Oracle, Sun, 3Com, etc., han creado valor para sus accionistas por un importe de $497 bn. (ptas. 75 bn). En otras palabras, estas 45 empresas han generado riqueza por un importe próximo al del PIB Español.

En otras palabras, el 4% de las empresas han creado el 67% del valor de toda la muestra analizada. Las 45 mejores empresas, encabezadas por Microsoft, han conseguido una mejora en su capitalización bursátil de $497 bn.

EL NÚMERO DE EMPRESAS QUE ACIERTAN EN SU DESARROLLO PARECE PERMANECER INVARIABLE A LO LARGO DEL PERIODO ESTUDIADO

Los inversores más prudentes han de tomar posiciones en los momentos en los que el mercado sea más estrecho.

Efectivamente, cuando el mercado acepta menos salidas a bolsa, se vuelve más selectivo y las empresas que pasan la criba, han tenido un comportamiento bursátil mejor. Esta regla lleva implícito el hecho de que el número de empresas exitosas es más o menos el mismo cada año y cuando el mercado admite mayor número, los errores también crecen. En el periodo analizado, sólo escapa de esta regla 1986, año en que se hicieron públicas las acciones de Microsoft, Oracle, Sun Microsystems y Silicon Graphics, entre otras.

INTERNET PARECE SER EL COMÚN DENOMINADOR DE LAS NUEVAS OPORTUNIDADES

Los catalizadores del éxito de Internet necesitan apoyarse en una premisa elemental: el parque de PCs. Sin ordenador, no hay Internet. Por ello, los expertos en el desarrollo marketiniano de Internet se apoyan en dos máximas muy conocidas:
—Un PC en cada mesa de despacho, luego al alcance de cada mano y después en cada casa.
—Todo instrumento electrónico (profesional o doméstico) terminará estando interconectado en red.

Estas dos tendencias, que están en las raíces del desarrollo de Internet, pueden servir de instrumento de medida del acierto de los productos o servicios de nuevas empresas que pretendan salir a bolsa.

LOS INVERSORES DEDICARÁN CADA VEZ MAYOR INTERÉS A LAS EMPRESAS DE TECNOLOGIA

Durante los 17 años de este estudio, la inversión que el conjunto de las empresas norteamericanas han dedicado a tecnología, ha pasado del 17% al 48% del total de sus inversiones. Actualmente, a la fecha de este estudio, es por tanto razonable pensar que de cada dólar que invierte una empresa de cualquier sector (no sólo las financieras o de seguros, tradicionalmente primeros consumidores de sistemas de información), la mitad va destinada a la mejora de sus procesos a través de la tecnología y a desarrollar nuevas oportunidades de negocio en el entorno de Internet.

LOS INVERSORES CADA VEZ CONCEDERÁN MÁS IMPORTANCIA AL FACTOR HUMANO

Los promotores de las empresas de alta tecnología comienzan a ser conocidos a nivel mundial. El éxito económico de sus iniciativas, es en los momentos actuales un aliciente importante para otros que están empezando y que aspiran al reconocimiento económico. Además de esto, el factor credibilidad juega un importante papel en una industria en la que las ideas y el conocimiento están por encima de todo lo demás, los ingredientes necesarios para el éxito.

Para un inversor profesional o particular que desee apostar sus fondos en este sector, la última consideración que debe hacerse es si tiene confianza en la persona o personas que dirigen estos proyectos. Las empresas de capital riesgo y la bolsa obligan a los promotores a no realizar sus acciones antes que ellos, como mayor garantía.

Las dos caras del liberalismo

El marxismo, el comunitarismo y el feminismo son los grandes desafíos que la filosofía política liberal se ha encontrado desde su primera formulación utilitarista. Según Ramsay, un examen detallado de los fundamentos del liberalismo puede mostramos en los papeles la imposibilidad de seguir defendiendo la autonomía del individuo abstracto y la autorregulación del mercado en beneficio de todos. En su monografía, demasiado ligera para sus pretensiones, se intenta dar cuenta de la bancarrota del liberalismo, tanto por sus incongruencias teóricas como en sus resultados prácticos y políticos.

Los derechos civiles universalizados como derechos humanos son un logro del liberalismo al que no podemos renunciar. Sin embargo, su fundamentación inicial en una naturaleza humana anterior al contrato social los hace tan formales, que resultan irónicamente compatibles con la desigualdad de facto y con un concepto de Estado reducido a la consecución de la seguridad de los individuos. Los derechos humanos no pueden mover a la acción por su carácter abstracto. No es extraño que la única alternativa para la acción particular sólo pueda concretarse en el interés individual o en la defensa irracional del grupo.

Según Ramsay, esta contradicción se sigue deductivamente del intento de fundamentar la organización social en una ficción: la soberanía del individuo frente a lo social. La libertad que se desprende de la invención liberal del individuo como átomo aislado es la libertad negativa, tal como la definió Berlín: tanto más libertad cuanta menos coerción. Entonces se dan paradojas que justifican la desigualdad como un estado de hechos irrevocable: el vagabundo, el marginado, el pobre, son libres en la medida que nadie les impide realizar sus planes. Según el autor, esta incoherencia se explica por la distinción tajante, también de Berlín, entre libertad negativa y autodeterminación (sentido positivo de la libertad). Tal distinción da por sentado que el individuo puede llegar a ser principio absoluto de sus acciones, desconociendo el carácter social y condicionador de los deseos y tendencias. Si se defiende la libertad negativa en contra de cualquier intervención redistributiva, se está favoreciendo el sistema de mercado que crea las necesidades en los individuos haciéndoles creer, bajo el postulado de la autonomía, que están dirigiendo sus vidas. Ramsay entiende que, para que existiera verdadera libertad de elección, se necesitaría una igualdad inicial en un perfecto equilibrio de poderes y de acceso a los bienes. Y si es necesario crear esas condiciones mediante la redistribución, el ámbito público recibe el derecho a hacerlo en aras de la libertad. La libertad de la que habla Ramsay no posee ya las dos caras, ausencia de coerción e igualdad. La libertad negativa está fundida con la libertad positiva: la ausencia de obstáculos se entiende como ausencia de poderes y núcleos de riqueza que iguale las oportunidades de los individuos en un espacio homogéneo.

Ramsay no advierte que libertad e igualdad (eleutéria y reconocimiento) son dos conceptos incompatibles, tal como describe Berlín en su famoso ensayo de 1959. El equilibrio entre ambos es el cometido de la labor política. Pero entender que su frontera es borrosa es la primera tentación del totalitarismo: si se quiere ser abogado de la igualdad, hay que respetar las diferentes maneras que existen de buscar la autodeterminación y el reconocimiento entre iguales que probablemente sacrificarán parte de la libertad negativa en su consecución.

Parece que el propio Ramsay cae en su propia acusación, al defender la absoluta ausencia de obstáculos para la realización de la libertad. Sus críticas al sistema meritocrático que fundamenta la desigualdad económica le hacen ver la libertad como la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Si las estructuras actuales canalizan el acceso a los mejores puestos y a los bienes a través de la acumulación de poder y capital en manos de una élite, la redistribución que se propone parece ser incompatible con un espacio mínimo para la iniciativa privada y con la forma esencialmente plural de la libertad positiva. Por eso se critican todas las teorías de la justicia liberales (utilitarismo, Rawls, Nozick, Dworkin) como modos aparentes de igualdad: si los derechos civiles y legales no se traducen en derechos económicos y sociales, no poseen ninguna efectividad. El peligro de dirigir la acción política a través de un programa de igualación de oportunidades no reside en su carácter irrealizable, sino en la posibilidad de utilizar medios injustos, discriminaciones positivas, para paliar una situación injusta. El desprecio de la utopía hacia el estado de los hechos la hace ciega respecto de sí misma: le impide reconocer el talante abstracto de un tipo de igualdad sin diferencias, un espacio homogéneo en el que los individuos se encontrarán a igual distancia unos de otros y respecto de los centros de poder y riqueza. Defender ese estado ideal como inicio de una sociedad verdaderamente justa es una forma sospechosa de totalitarismo. Después de criticar el postulado liberal del individuo aislado y autosuficiente, se nos quiere hacer creer que tal estado de cosas realizaría la verdadera autonomía del ciudadano: un entorno social garante de oportunidades sin diferenciación se toma como el requisito necesario para el desarrollo de una libertad real. En el fondo, Ramsay es solidario con el individualismo. No basta con subrayar el condicionamiento social de los intereses privados ni con sugerir que los sistemas de cooperación son más justos que los sistemas basados en la maximalización del beneficio. Sin solucionar el problema de la participación política en un bien sustantivo o procedimental, atacar el sistema meritocrático de acumulación de bienes recuerda demasiado a la bancarrota política y económica de los países comunistas.

Ramsay recoge todas las críticas a la sociedad liberal que se han hecho desde el feminismo y desde los derechos de los niños. Las diferentes versiones de división de lo público y lo privado (lo doméstico y lo público, la sociedad civil y el Estado, lo personal y lo social) no dejan de ser divisiones patriarcales en las cuales las mujeres y los niños viven de hecho en desventaja. Pensar que lo público es el espacio de lucha por los propios intereses, y lo privado el espacio de descanso y realización íntima del individuo, obliga a mujeres y niños a actuar conforme a parámetros de varones adultos. Sin embargo, la ética de la particularidad y del cuidado que se ha enfrentado desde algunos feminismos contra la ética de la justicia no le parece a Ramsay acertada, en tanto que sigue dejando intactas las constantes individualistas que fundamentan el pensamiento liberal. La neutralidad del Estado tiene sentido en la medida en que el pluralismo y la autonomía de los modos de organizar la vida individual se consideran elementos sagrados del sistema liberal. Por ello, Ramsay propone distinguir entre deseos y necesidades. Es verdad que no podemos juzgar y determinar desde el ámbito público los deseos de los individuos, pero sí es posible determinar objetivamente cuáles son las necesidades fundamentales que el individuo necesita para desarrollar su carácter de agente autónomo. Puesto que el individuo no es libre en lo que desea, porque el sistema de consumo crea las necesidades de consumo según las leyes de producción y la concentración de poder, es necesario distinguir entre lo que el individuo quiere y lo que requiere. Entonces podría desarrollarse una teoría de los derechos universales y de las obligaciones derivadas de una definición transcultural de las necesidades y objetivos fundamentales, como la salud, la riqueza mínima, la formación cultural. La neutralidad del Estado dejaría de tener sentido y, con ella, obtendría el derecho a intervenir positivamente para reorganizar los núcleos de la riqueza y el poder.

La teoría de las necesidades objetivas puede no parecer extraña a la cultura política europea, pero sí al liberalismo americano en sus formas republicanas. Sin embargo, los intentos de hacer ambiguas las fronteras entre lo público y lo privado, entre la libertad positiva y negativa, otorgan una legitimidad a los intentos de garantizar la igualdad social y económica más que dudosa, en la medida en que no respeta la heterogeneidad de finalidades de la sociedad civil.

Aunque Ramsay se presenta en todos los vericuetos de las argumentaciones liberales (lo cual exige un conocimiento amplísimo de la teoría política liberal), lo hace siempre con el convencimiento de que va a ganar con dos simples estocadas. La sensación que produce es que el verdadero rival no puede ser el que nos presenta hundido y derrotado. Una lectura más detallada de Berlín, por ejemplo, podría sugerirle a Ramsay que el liberalismo, después de dos siglos de existencia, no tiene que fundamentarse de juris en el atomismo individualista y en el utilitarismo.

Dámaso, Dámaso, antónimo

Volvía Gerardo Diego muchas veces a las zumbas y donosos descaros de sus jinojepas de Lola, aquella revoltosa compañera de la, revista Carmen con sus poetas de la proclama del 27 en el Aterteo sevillano: Diego, Aleixandre, Cernuda, Lorca, Alberti… Lola era la humorística crónica y defensa del mensaje que se festejó ya con este talante en la Venta de Antequera coronando a Dámaso Alonso como padre y maestro de la idea gongorista. Ataca así una jinojepa a un muy estimado crítico por haber puesto sus peros a la «brillante pléyade»: «Sabe usted de poesía / menos que Salaverría»… Algo tenía de jinojepa el poemilla a Dámaso Alonso en su jubilación de cátedra que empezaba: «Dámaso, Dámaso Antónimo. No hay más Dámaso que Dámaso, / y que perdone San Dámaso / y otros santos de su homónimo».

El subrayado es mío, claro. Aquel bendito Gerardo, sonrojadillo, aseguraba que fue sin mala intención. No mala, ¡vive Dios!, la mejor. Nada menos que situar a este otro Dámaso con el papa español, San Dámaso, algo poeta el tocayo, de cuyos versos latinos me susurrara un día unos cuantos el puntualísimo Antónimo, tan pronto siempre a dar de sus saberes y sabores de las flores de toda jardinería lírica de cualquier tiempo y lugar. Pero por las flores, ¿no sería mejor Autónomo? Lo que Gerardo quiere decir es que su Dámaso es el único, el más Dámaso de los Dámasos, suponiendo en el nombre virtudes que él poseía sobre todos los demás. ¿No sería así el Antonomásico? Porque de Antónimo vemos en el Diccionario de la Real Academia: «Dícese de las palabras que expresan ideas opuestas o contradictorias».

Veo ese perfil recogido en su Obra Completa dentro de Semblanzas, y, mire usted por dónde, seguido de un romance mucho más bello, dónde va a parar, que se inicia -mil veces perdón— así: «Dámaso Santos un nombre / de liturgia y romancero…», con el que la inmensa bondad del poeta cántabro quiso, hace ya muchos años, patrocinar mi primera y casi única salida al público con un libro de versos.

Pese al aspaviento gerardino, el homonimato ha seguido juntándome al Dámaso maestro y liróforo celeste, casado con Eulalia Galvarriato y habitante de aquella deslumbrante biblioteca que ahora pasa al dominio de la Real Academia. Llegaban a mi buzón, y llegan, libros, revistas, convocatorias, dedicatorias a mi atención, pero con su apellido. Él recibía cambiado también. Me llamó una vez enseguida: «Tocayico, aquí tengo un sobre para ti que vale por lo menos un duro». Contenía un comunicado de gran empaque y feliz motivo que celebramos. Una editorial de mi trato continuo me pone indefectiblemente dos tarjetas de invitación para sus presentaciones de libros: correcta una; la otra dirigida ni más ni menos que al glorioso extinto. Una eminente institución cultural me sigue añadiendo en sus envíos un segundo apellido: el Alonso del inolvidable. Y creo que vale destacar entre el rico anecdotario de trastueques esta finísima perla de más de una ocasión: «Sr. D. Amado Alonso», que podrían calificar los lingüistas entre los curiosos efectos sicofonéticos de la contigüidad.

En esta mi mediática dedicación de siempre a la vida literaria, la figura de Dámaso Alonso era un acontecimiento continuo: publicaba un libro tal vez poético, pero más a menudo de esos trabajos filológicos, estilísticos, históricos suyos que eran además una delicia de prosa esmaltada de exclamaciones e interrogaciones que ponían emoción, sorpresa, ironía en medio de su científico discurrir. Conferencias, regresos de viajes donde a lo mejor había ido a realizar unos trabajos de investigación, amén de sus contratos docentes, y se había puesto a hacer versos ya desde el barco o el avión. La visita y el encuentro se hacían bastante frecuentes y de ello, con el tono afectivo de nuestra tocayez, sacábale a menudo graciosas dedicatorias hasta casi todos los volúmenes de sus bermejas Completas en Gredos. Separatas, revistas, traducciones de su obra poética como de ésta de Oreste Macrí, Uomo e Dio.

—Te daría esto de Andrew Debicki, aunque me parece que tú, fuera de las románicas…
—No te preocupes, maestro, lo tengo traducido por Manuel Revuelta en Cátedra. Su Dámaso Alonso. Por cierto que nada me has comentado de lo que Debicki estima por muy útil, al punto de subrayar y extender en un capítulo, lo que apunto en Generaciones juntas del conflicto en tus concepciones entre certidumbre e inseguridad para referirlo a las tensiones presentes en tu verso. «Dámaso Alonso con su contradicción», recuerda, con el dístico de Goethe, tan caro a Ortega: «Yo no soy un libro hecho con reflexión, /yo soy un hombre con mi contradicción». Ya ves, «trabajo útil», y dicho por uno de tus mejores comentaristas.
—Je, je, tocayísimo!

La última visita fue en 1984, ese su «año crucial», como escribe Francisco J. Diez de Revenga. Cuando empieza con el mal de sus mentales inhibiciones y se le mueren, y les habla en sus versos, sus entrañables Jorge Guillén y Vicente Aleixandre. Después de un silencio de los que a veces poblaba con algún tenue silbar de una popular melodía, me entregó un largo poema impreso en forma de cartel. Se titula ¿Existes? ¿No existes?, que cierra el volumen que acababa de organizarle en Cátedra Margarita Smerdou Altolaguirre -sobrina de otro de sus muertos del grupo aquel, Manolo Altolaguirre- con el doble título de Antología de nuestro monstruoso mundo, y Duda y amor sobre el Ser Supremo. En la primera parte están todos sus poemas de la conturbación existencial —»estos espantos que me rodean»- con el estallido mayor de Hijos de la ira, y, en la segunda, los inéditos de un Dámaso Alonso que ya no investiga, mas todavía le queda la voluntad, la acción del verso para decirse y desdecirse. Ese Dámaso tan autonombrado en el libro entero con sus feroces autoimprecaciones: «jayán pardo», «pedante», «lata vacía»…, y alguna que otra tierna o amable identificación: «Ya Dámaso-ciudad, factoría», o «a este río que llamaban Dámaso, digo Carlos».

Ha perdido el fino toque del humor y la melancolía que suavizaban un decir poético que ya bajó a la plaza bien conducido por una oculta y frenadora sabiduría expresiva y sólo sabe ahora darle vueltas a lo mismo con la misma dureza de Unamuno —otro empecatado antónimo— que decía: «Dios que no existes / pues si tú existieras / existiría yo también de veras». Dámaso también sabe en estos últimos días de su vida— que ese Dios tan seguramente muerto con la revelación nietzschiana, es necesario para la mente y el corazón de este anciano que estuvo siempre a su vera en el rezar de su madre, de Eulalia, de su mismo anhelo de justicia y de paz universales; para encontrarse pronto con su madre, con estos Jorge y Vicente que se acaban de marchar. «Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo», termina el poema del cartel, quizá el último verso de su vida.

En este centenario de Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso, que conmemoramos pensando también en los otros del grupo que lo cumplieron ya, como Gerardo Diego, Jorge Guillén y Pedro Salinas, o lo van a cumplir pronto, como Rafael Alberti, acaso viviente aún, como Luis Cernuda, se ha barajado mucho el cambio de valores y estimaciones que han experimentado en la bolsa de la admiración. Lejana ya esa bajada al purgatorio que sufren los grandes escritores al morir, incluso antes algunos, parece que el Federico que había perdido enteros, recupera algunos, aunque variando los fundamentos estéticos de su exaltación. Aleixandre, que había tocado fondo, poco a poco se rehace; que Luis Cernuda quizá llegue a su centenario sin haber descendido nada del máximo alcanzado ya antes de su muerte— el purgatorio fue muy antes todavía- principalmente a costa de Aleixandre y Lorca. ¿Cómo se ha jugado Dámaso Alonso?

¡Ay, ese lector del futuro, ese crítico revisionista que se supone sean los justos estimadores! No creo que Dámaso Alonso haya perdido mucho en sus ensayos, que como tales, y por el temple con que fueron escritos, son antes que nada una ansiosa voluntad de aproximación o descubrimiento, impulsada tanto por un requintado saber cómo por una poderosa intuición poética. Al poeta, que tuvo una tardía exaltación diferencial y renovadora con Hijos de la ira —como le pasó a Lorca con Poeta en Nueva York, y a Aleixandre con Sombra del Paraíso- se le ha ido unificando el sentido primordial de su obra, que sin duda culminó en ese libro, como revela el antes citado volumen -ya lo habían comentado así Carlos Bousoño y Andrew Debicki— desde sus primerizos de perfección retórica acabada hasta la Antología de nuestro mundo monstruoso, hasta esos últimos, temblones y «algo pedregosillos» —como hubiera dicho él— de Duda y amor sobre el Ser Supremo. Una consistencia para clásico. Aunque no fuera gongorino del Góngora que reivindicó ni el otro capitán Araña de una poesía denunciante de posguerra. Todo un Antónimo, sí, pero lejos del que cantara Gerardo Diego por su hiperdamasiana excelsitud.

Viejos problemas, nuevas tecnologías

Es evidente que los humanos  sentimos una curiosidad y  agudeza especial por el mundo  en torno. Pero también es cierto que  somos, ante todo, seres que tomamos  decisiones y llevamos a cabo obras, no  meros entes contemplativos. En una  primera aproximación, podemos  aceptar que nuestro quehacer se desenvuelve  en dos ámbitos: el técnico y  el político (o moral); y con gran frecuencia  en ambos a la vez, es decir,  cuando la técnica y la moral caminan  mirándose de reojo. El obrar técnico  (tekhne) es todo aquello que modifica  o interfiere con la naturaleza (physis).  Tekhne iatriké llamaban los griegos al  saber de los médicos, esto es, ars medica  o "arte médico". Por el contrario,  cuando el hombre se propone un espacio  común para la convivencia y la  cooperación con otros integrantes de  su especie, su actuar se denomina político  o moral.

Aunque las obras técnicas y morales,  como acabamos de ver, pertenecen  a diferentes esferas, y es fácil diseccionarlas  tanto en el plano teórico  como práctico, tienen, sin embrago,  una «propiedad común: ambas pueden  absorber completamente las energías  del hombre singular y de los grupos  humanos». Entonces aparecen,  apunta el autor, dos deformaciones  grotescas: la politización y la obsesión  tecnológica.

Desde los tiempos de nuestro ancestro  el H. habilis, la tecnología -al  principio fue un sencillo bifaz, más  tarde la pintura rupestre, y luego todo  lo demás— no ha dejado de acompañar  al hombre. Día a día, la técnica  nos hace más fácil y cómoda la vida  (por ejemplo, los transportes), nos deja  hacer cosas que serían inimaginables  sin ella (por ejemplo; evaluar los  daños del último incendio mediante  una fotografía tomada, naturalmente,  desde un satélite) y además nos permite  alumbrar seres hasta ahora inéditos  en la naturaleza (ahí tenemos a la  oveja Dolly). ¿Significa todo esto  avance? Seguro que sí. ¿Nos hallamos  ante una rosa sin espinas? Seguro que  no. Para el hombre antiguo, la técnica  comenzó siendo imitación de la naturaleza;  el hombre moderno trató de  gobernarla y, por último, el hombre  contemporáneo se ha sorprendido a sí  mismo creando naturaleza.

Este afán por gobernar la naturaleza  que, desde hace ya tres siglos,  alienta en el hombre, nadie lo ha expresado  de forma más palatina que  Descartes, en su Discurso del método:  «…es posible encontrar una [filosofía]  práctica, por medio de la cual, conociendo  la fuerza y las acciones del fuego,  del agua, del aire, de los astros, de  los cielos y de todos los demás cuerpos  que nos rodean… hacernos como  dueños y poseedores de la naturaleza».  Más tarde, ya bien entrados los  años setenta, Hans Jonas nos recordaría  que la frontera entre el Estado (polis)  y la naturaleza (physis) ha quedado  abolida y, por tanto, la buscada naturalidad  en lo humano se ve impedida  por la omnipresente tecnología que  todo lo tiñe. No puede extrañar que  algunos ecologistas vean en lo tecnológico  a su verdadera bestia negra.

Hemos llegado, pues, a un estadio  donde, por un lado, el hombre está  lleno de optimismo por el vasto elenco  de soluciones que la tecnología pone  a su disposición y, por otro, la sociedad  está instalada en la «cultura de  la irrealidad» (capítulo cinco), que es  el resultado de una fe ciega en la tecnología  y en los canales de transmisión  de datos, y una elevada dosis de  conformismo y credulidad; cuyo santo  y seña es la falta de interés por los  fundamentos y las referencias. Con  todo, a los más atentos todos los días  la ciencia les da una lección de humildad,  al comprobar, como por ejemplo  nos enseñó el Principio de indeterminación  de Heisenberg, que la verdad  «objetiva» tiene que quedarse en una  sencilla verdad «probabilística». Estos  puntos luminosos, sin embargo, no  bastan para contrarrestar el florecimiento  de la «neoignorancia masiva»,  de la que forman legión aquéllos que  no han reparado en que la información  y el saber no son términos sinónimos,  «porque el saber se dice de un  sujeto, mientras que la información se  dice de aquello que puede comprender  un sujeto», como nos recuerda  González Quirós.

Esta nefasta pero arraigada confusión  tan característica del momento  presente afecta, cómo no, al mismo  conocimiento de la verdad. El saber  es, en esencia, un saber de porqués sobre  cosas, y esta capacidad para bucear  en los porqués es un requisito para  conocer la verdad. Aunque la información  se ha dejado agavillar y, por  tanto, ha perdido -en gran medida- su  carácter disperso e inabarcable, no  se puede caer en la tentación de olvidar  que su verdadero valor radica en  poderla referir (o enfrentar) a algo  distinto que ella misma. La información  no es otra cosa que un elemento  nuclear del complejo proceso de la intelección.  Cuando se pierde esta perspectiva,  la vastedad de la información  puede acabar arramblando con nuestra  capacidad para saber, o sencillamente  anestesiándola, y colocarnos a  un paso de «la caverna de Platón».

Por otro lado, no es nada original  afirmar que estamos en manos de los  comunicadores de masas y que nuestros  designios se moldean con las nuevas  técnicas creadas por estos emergentes  obreros del sofisma. Sin embargo,  no por ello, ha dejado el autor  de mostrarnos la otra cara de esta moneda  llamada «tecnofilia». Y echa mano,  con tal propósito, del magnífico  retrato que nos dejó impreso, hace ya  más de tres décadas, Guy Debord en  su obra Société du Spectacle. Lo que  verdaderamente caracteriza a la «sociedad  del espectáculo» es un uso desmesurado  de la información, cuya  consecuencia última es convertir la  imagen en un omnipotente «becerro  de oro», que convierte a la fama en la  llave que abre la puerta del prestigio,  y al dinero en el único símbolo respetado  en todas las culturas. Ya nos había  prevenido Jaspers sobre estos nuevos  muñidores de las industrias de la  conciencia, que reducen la argumentación  al sueño de Goebbels: «La génesis  de una nueva clase política, con  ética propia, que ejercita, de hecho, el  predominio espiritual del mundo, es  el signo de nuestro tiempo».

En la obra que comento, aunque  la referencia siempre está implícita (y,  en ocasiones, explícita), apenas se  mientan los MB, la web, o el crecimiento  exponencial que han experimentado,  por ejemplo, las ventas de  modems en los últimos años. El porvenir  de la razón en la era digital nos habla  y reflexiona sobre otras cosas, en  general, menos manidas. Se adentra  precisamente en aquellos temas que  no suelen encontrarse en los libros al  uso sobre el mundo digital. Además,  felizmente, el autor ha evitado ese tinte  apocalíptico (ludditas) o ciegamente  entregado (tecnófilos) que, por el  contrario, es tan habitual en este tipo  de publicaciones. Así, lo que aquí se  pretende es diferenciar la prestidigitación  de la realidad y, de camino,  echar abajo algún que otro antifaz semántico,  pues como ha señalado Arthur  G. Clarke, cualquier tecnología  suficientemente desarrollada se torna  indiscernible de la magia. Esta afirmación  tiene hechura suficiente para dar  cabida a este «ábrete Sésamo» de la  mente en el que -en gran medida- se  ha convertido el tándem tecnología información.  Por eso el autor, filósofo  de profesión (en este caso no es un  «demérito» ser de Letras, todo lo contrario),  sale al paso de ciertas controversias  y malentendidos, que van configurando  los cinco capítulos de los  que consta el libro.

Los capítulos primero y segundo  se titulan, respectivamente, «El concepto  de tecnología» y «Tecnología  digital». En ellos, el autor, además de  preguntarse por el significado último  de la tecnología, escudriña el mundo  digital desde sus implicaciones filosóficas  y metafísicas. Sus reflexiones nos  hacen caer en la cuenta de que -junto  a otras cosas, algo he señalado más  arriba- nos puede ocurrir como a don  Quijote: que al salir de nuestra «aldea»  al mundo descubramos que éste  no se parece a lo que hemos creído  ver reflejado en nuestras lecturas o, en  el caso que nos ocupa, en la «pantalla».

En el tercer capítulo, «Tecnología  y verdad», se analizan las relaciones  entre la tecnología, el saber y la conciencia.  Éste es quizá el capítulo más  original e importante del libro, pues  asumiendo la descomunal inflación  del concepto de información, el autor  denuncia y explica el porqué de la extendida  confusión entre saber e información,  y nos recuerda en qué consiste  el acto de la intelección. El cuarto  capítulo, «Ciberfilosofía», se ocupa de  revisar las ideas de los «ciberpensadores»  para mostrar cómo se apoyan, en  gran medida, en la tradición antirracionalista  de este siglo y en la ya vieja  retórica antihumanista. Hace falta,  apunta el autor, además de acceso a la  información, sobre todo, pensar, tener  ideas y convencernos de que la realidad  contiene elementos contrapuestos: las máquinas podrán hacer  de todo, menos relevarnos de pensar.  En el último capítulo, que lleva por  título «Una sociedad de lo irreal», se  nos recuerda cómo en el mundo actual,  junto a logros estimables, no dejan  de estar instaladas ciertas variedades  de necedad, por ejemplo, la «sociedad  del espectáculo» y la «cultura  de la irrealidad». A ellas me he referido  también más arriba. En definitiva,  en este libro se ponen encima del tapete,  que no del pulpito, viejos problemas  filosóficos que siguen presentes  en el nuevo «planeta digital».

En el acto de observar, de leer, en  el pensar mismo, nunca deja de estar  implícita la posibilidad de comparar  aquello que, por ejemplo, leemos con  aquello a lo que se refiere (el texto),  que siempre nos sorprende por ser algo  distinto. Cuando la realidad es rehén  de la información que recogemos  (o nos ofrecen) sobre ella, se está negando  la realidad objetiva (la que  existe al margen de nuestras indagaciones  y creencias) y se cae en el convencimiento  de que la totalidad de lo  que hay se reduce a lo que se reconoce.  Para los «tecnófilos», la realidad  puede quedar constreñida a una manera  (estereotipada) de pensar, porque  su existencia pivota sobre una  forma (singular) de codificar y acceder  a la información. Cáigase o no en  la cuenta, la ausencia de una referencia  última -frente al convencimiento  de que fuera de nuestras creencias  hay cosas que se deben respetar o tener  en consideración- significa renunciar  a la libertad y asomarse al  abismo del totalitarismo, como nos  describe muy bien G. Orwell en el  relato de un mundo totalitario que  hace en 1984. Winston, su protagonista,  lo dejó muy claro: «la libertad  es poder decir libremente que dos y  dos son cuatro. Si se concede esto,  todo lo demás vendrá por sus pasos  contados».

Lectura de las elecciones vascas

 

El autor realiza un análisis de los resultados de las pasadas elecciones vascas,fundamentales para el proceso de pacificación del País Vasco.

La regla parecía elemental: si aumenta la participación, se incrementan los votos de las opciones no nacionalistas. La explicación también parecía evidente: hay una bolsa de votantes que se abstienen en las elecciones autonómicas (en 1990 la participación alcanzó el 61% y en 1994 el 59’6%), y que, sin embargo, votan en las generales (71’5% en las últimas de 1996). Como este aumento de votantes juega, en las generales, a favor de los partidos no nacionalistas, sería lógico que fuera así en otro tipo de comicios, como los del pasado 25 de oc­tubre.

La campaña electoral, desarrollada en circunstancias muy especiales como la tregua de ETA y la Declara- ción de Lizarra, que es la formulación de un procedimiento para la reforma del actual marco político, consiguió que la participación se disparara en relación con las últimas autonómicas del 94 y se acercara (70’7%) a la de las generales de 1996, que fue la más alta de la última década. En esta ocasión, se han acercado a las urnas, aproximadamente, 225.000 personas más que en las autonómicas de 1994 pero, sin embargo, la diferencia de incremento de los no nacionalistas con los nacionalistas vascos no va más allá de unos 10.000 votos. La regla, que parecía evidente antes del 25 de octubre, no ha funcionado.

Lo que ha ocurrido ha sido, sencillamente, que el voto de esos dos grandes grupos (679.522 votantes nacionalistas y 555.744 votantes no nacionalistas) se ha redistribuido en su interior. El País Vasco es, en lo que se refiere a este esquema entre nacionalistas y no nacionalistas, bastante parecido al de la anterior legislatura, sólo muy ligeramente menos nacionalista. El reparto de escaños de estos grupos es idéntico: 41 parlamentarios nacionalistas y 34 no nacionalistas.

Entre los nacionalistas, Euskal Herritarrok (nueva cara de HB) ha sido la formación más beneficiada del reparto. Los elementos que han podido jugar en su favor son variados: la recuperación de votos que se habían ido a la abstención por la posición de la coalición ante la violencia, el deseo de apuntalar un cambio de estrategia a partir de la tregua, la suma de los votos de pequeños grupos de la izquierda alternativa que, hasta el momento, se habían resistido a aportar sus papeletas. Lo que está claro es que la retirada de ETA del primer plano de la actualidad beneficia a EH, lo que no deja de ser significativo.

Habrá que comprobar si el tiempo juega también en su favor. Es decir, si este incremento de votos tiene un carácter coyuntural, de apoyo a un cambio evidente en la coalición y en el inicio de un proceso político de nuevos acuerdos, o si, por el contrario, se mantiene como respaldo a políticas concretas en la actividad cotidiana del Parlamento. No se sabe hoy cuál será la participación real de EH en la cámara vasca -hasta el momento reducida a determinados acontecimientos de los que podía obtener un rédito publicitarioni cómo se desarrollará el afianzamiento de la paz. La evolución de la izquierda abertzale dependerá de esos factores y, con ella, la de sus votos. En estas últimas elecciones ha obtenido el mejor resultado de su historia y ha aumentado el número de escaños de 11 a 14.

La paradoja es que, antes de las elecciones, todos los partidos parecían desear el incremento del voto de EH, como garantía, al comprobar el rédito del cambio de estrategia, de que no se volverían atrás. Seguramente se ha conseguido, seguramente el resultado de EH afianza el cese de la violencia de ETA, pero pocos salvo ellos podían desear el día anterior a la consulta electoral un aumento de votos tan considerable.

Desde luego, no el PNV, que se ha visto perjudicado por el reordenamiento de los votos nacionalistas perdiendo uno de los parlamentarios de Vizcaya. El PNV. El propio Xabier Arzalluz manifestaba la noche electoral que el éxito de EH era “un escándalo” atribuible a la reacción de determinados votantes ante el encarcelamiento de la Mesa Nacional de HB, el cierre del diario “Egin”, etc. El PNV ha perdido centésimas porcentuales en Álava y Guipúzcoa en este nuevo reparto y casi 2,7 puntos en Vizcaya, el territorio en el que sus votantes, y buena parte de sus dirigentes, se caracterizan por ser “menos nacionalistas”. La moderación de su candidato a lehendakari, Juan José Ibarretxe, y el cambio paulatino de los mensajes de la campaña, que pasaron habilidosamente de la necesaria reforma de la Constitución a la defensa del Estatuto de Autonomía, no han sido suficientes para que una parte (pequeña pero fundamental a la hora del cómputo final) el electorado de Vizcaya le diera la espalda. La contrariedad de Arzalluz al conocerse los resultados era evidente y la achacaba a una campaña “sucia” en la que PP y PSOE habóan pulsado los resortes del miedo y de la división entre los vascos.

Si no fuera por la importancia, incluso simbólica, que tiene la pérdida porcentual y de escaños del PNV (no así de votos, ya que ha alcanzado el mayor número de ellos desde la escisión), el peor parado del reparto de votos nacionalistas es Eusko Alkartasuna. También, gracias al aumento de la participación, ha incrementado sus votos, pero el descenso en los porcentajes (más significativo en Guipúzcoa, seguramente a favor de EH) hace que pierda dos escaños en el Parlamento Vasco. Aunque su posición es todavía sólida en Guipúzcoa, EA es el partido que tiene un futuro más complicado en el nuevo panorama, y sobre todo con una renovada Herri Batasuna. La tantas veces anunciada retirada de la vida pública, o al menos de las contiendas electorales, de su presidente, Carlos Garaikoetxea, es otro de los factores que juegan en su contra de ahora en adelante.

En el otro gran grupo, el de los partidos no nacionalistas, es el Partido Popular el gran ganador. Ya las encuestas predecían el descalabro de Unidad Alavesa, formación que procede de una escisión en el PP, pero el incremento de votos ha sido general y considerable. El partido Popular ha tenido el más importante en votos y escaños, pasando de 11 a 16 parlamentarios vascos, la segunda fuerza del País Vasco a solo 4 escaños de diferencia del PNV (en la anterior legislatura, por ejemplo, la diferencia era de 11).

Todo hace indicar que el techo no se ha alcanzado y que su posición mejora sensiblemente en las capitales vascas: es el partido más votado en Vitoria y San Sebastián y, en segundo lugar, acorta su distancia con el PNV en Bilbao. Este resultado del PP marca, de un lado, una tendencia y, de otro, supone un importante respaldo a la posición del Gobierno del presidente Aznar, incluso más que a la actuación de su partido en la vida política vasca, ante la tregua de ETA y el debate político consiguiente.

Con ello, el PP y su Gobierno se colocan en una situación inmejorable para el desarrollo de la paz incipiente en el País Vasco que, necesariamente, afecta a cuestiones que son responsabilidad gubernamental, más allá de la voluntad de estos o aquellos partidos.

El PSE ha mejorado también sus posiciones en Vizcaya y Álava, no así en Guipúzcoa. El saldo es un aumento de 2 escaños. Ha de tenerse en cuenta esta diferencia porque el socialismo guipuzcoano ha sido el sector del PSE más proclive al entendimiento con el nacionalismo y el único que se opuso a la ruptura del anterior Gobierno vasco de coalición. Sin duda, este resultado habrá de influir en el mensaje futuro del socialismo que, en general, no ha sacado todo el rédito que podría esperarse del incremento de participación. El esfuerzo de su nuevo secre- tario general. Nicolás Redondo, quizá se ha visto contrarrestado con una parte de la campaña en la que la imagen del PSOE (GAL, cárcel de Guadalajara, etc.) incide en el País Vasco más que en cualquier otro lugar.

Por último, y en un escenario en el que las reacciones de UA parecen las últimas, el otro gran descalabro es el de Izquierda Unida, que pierde casi 23.000 votos (3,5 puntos porcentuales) y cuatro parlamentarios. Se comprueba de este modo que buena parte de su electorado no recibe con buenos ojos su posición en temas como la Declaración de Estella, que firmó con las formaciones nacionalistas.

Juan José Ibarretxe, futuro lehendakari, tiene ahora la palabra. Si quiere hacer lo que ha dicho que iba a hacer, no parece que su camino de pactos vaya a ser muy distinto del de su predecesor, José Antonio Ardanza. Germán Yanke.

Segovia: a las puertas del 2000

La iniciativa privada ha contribuido de forma importante a que esta ciudad, cuyo conjunto histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, tenga una serie de elementos necesarios para un desarrollo armónico con su carácter. La Universidad Internacional SEK, ya en su segundo año, con nueve facultades en su completo desarrollo, junto al Colegio Universitario Domingo de Soto y la Fundación Don Juan de Borbón, son entidades de carácter e iniciativa privadas, aunque algunas, como la fundación citada, reciba gran parte de su presupuesto de fondos públicos. Conviene resaltar que también fue la iniciativa privada, el periódico local El Adelantado de Segovia, la que impulsó el aprovechamiento del Tren de Velocidad Alta (TVA) Madrid-Valladolid, consiguiendo con las autoridades locales que se modificara el trazado de la vía para que fuera beneficioso a Segovia.

Al mismo tiempo, en los últimos años, se ha ido fraguando la ejecución de proyectos de trascendencia decisiva para nuestra ciudad como la autopista Segovia-San Rafael, la carretera de circunvalación y el gas natural. Últimamente ha entrado en escena el posible desarrollo de la industria vitrocerámica.

En al área cultural, se han producido dos hechos determinantes en Segovia. La Universidad Internacional SEK, que viene a nuestra ciudad después de una larga tramitación, de la mano de la marquesa de Lozoya, de quien partió la iniciativa. Ésta fue debidamente apoyada por la Diputación, que cedió el uso del antiguo convento de Santa Cruz, en el que la universidad se instaló.

Asimismo, hace tres años, se aprovechó una fundación existente en la Diputación, cuyo único y valioso patrimonio era la firma de Don Juan de Borbón, de grata memoria, para realizar, a iniciativa del alcalde, un proyecto cultural de amplias perspectivas, que cumple ahora su tercer año y que ha revolucionado la vida cultural de Segovia, proyectando a toda España sus «veranos musicales», actuación estrella de un apretadísimo programa de actividades.

Por otro lado, el 30 de junio de 1994, la Dirección General de Infraestructuras del Transporte Ferroviario envió a la Dirección General de Política Ambiental el estudio de cuatro posibles corredores para el TV A que une Madrid con Valladolid en el tramo que posteriormente se bifurcará en dos ramales: norte y noroeste español. Los cuatro corredores estudiados pasan la sierra de Guadarrama por las cercanías del puerto de Somosierra y cruzan nuestra provincia alejados de la capital y sin contemplar ninguna externalidad. El periódico local, El Adelantado de Segovia, denuncia en un editorial la grave situación planteada y, ante la falta de respuesta del entonces MOPTMA, organiza en octubre de ese año unas mesas redondas en las que participan los políticos, empresarios, sindicatos y ecologistas segovianos, con la intervención importantísima del entonces secretario de Estado para Infraestructuras del  MOPTMA, Juan Alberto Zaragoza, y el consejero de Fomento de la Junta de Castilla y León, Jesús Merino.

Se consigue que el Ministerio considere una quinta alternativa presentada por la Cámara de Comercio y la Diputación, cuya traza pasa por Segovia y contempla una estación, por la que puedan pasar lanzaderas que unan a Segovia con Madrid y Valladolid en treinta minutos de tren.

Este proyecto, probablemente el más importante para Segovia de los últimos doscientos años y que configurará su futuro para al menos los próximos cien, pasa por diversas vicisitudes hasta el momento actual, donde parece definitivo que la traza que se determine, entre dos estudiadas, pasará por la capital y contará con una estación en las proximidades de la carretera de circunvalación.

La política de autovías del PSOE, aprovechando los actuales tramos de carreteras nacionales, incluyó una obra en Segovia para conectar la capital con la N-Vl (Madrid-La Coruña) y la A-6 (Villalba-Adanero). El

 

recorte del déficit y los ajustes para el ingreso en la moneda única obligaron al nuevo Gobierno del PP a cambiar de táctica y anunciar que la obra debe convertirse en una autopista de peaje, para que la ejecute la iniciativa privada. De lo contrario, el proyecto se eternizará. El estudio informativo de la autopista se encuentra a información pública, y se prevé que el anteproyecto esté redactado a principios del año próximo. La inversión estimada se sitúa en 15.000 millones de pesetas para unos 27 kilómetros.

Después de varios años de estudios iniciados por el anterior Ejecutivo, el Consejo de Ministros autorizó, el pasado mes de abril, la celebración del contrato de las obras de la circunvalación de Segovia, Carretera N-110, de Soria a Plasencia y ramal a la CL-601, con un presupuesto de 7.278 millones de pesetas, lo que permitirá que las máquinas se pongan a trabajar a corto plazo.

La ejecución de estas obras eliminará la travesía de la carretera N-110 por el casco urbano de Segovia. El tramo tiene una longitud de 14,8 kilómetros y constará de dos calzadas de 7 metros cada una con arcenes exteriores de 2,50 metros. La circunvalación de Segovia constará de los seis enlaces siguientes: CL-601 a Valladolid, N-110 a Soria, carretera a San Cristóbal de Segovia y Tres Casas, CL-601 a La Granja,  N-603 a San Rafael y N-110 a Ávila. Se han proyectado tres viaductos (río Eresma, río Ciguiñuela y arroyo Cerezo), ocho estructuras de enlaces, un paso sobre la circunvalación, cuatro pasos bajo la circunvalación, doce marcos y un pórtico para conexión de caminos, cañadas y drenaje. Para el control total de accesos se proyectan 1,5 kilómetros de carreteras y 17,8 kilómetros de caminos con objeto de garantizar la permeabilidad transversal y el acceso a las propiedades colindantes.

El gas natural es una energía largamente pedida por Segovia. La primera petición es de la Cámara de Comercio e Industria, junto con la Diputación, cuando se estaba elaborando el proyecto de gasoducto que pasa por la provincia en las cercanías de Santo Tomé del Puerto, allá por finales de los setenta. Estas peticiones se repiten a lo largo del tiempo en que el gasoducto se va realizando. Por fin, recientemente, esta importante energía ha llegado a nuestra capital, y ha constituido otro de los elementos de infraestructura con que se enriquece nuestra provincia.

La inminente llegada del gas natural a Segovia, a través de un ramal desde el gasoducto Madrid-Burgos constituirá una coyuntura muy positiva para articular un espectacular desarrollo industrial en torno al sector de la cerámica y el vidrio, que facturará este año en España en torno a 1,2 billones de pesetas. Segovia tiene los mayores depósitos de  Europa, y casi del mundo, de reservas de feldespatos potásicos y arenas, que son materias primas fundamentales para el sector. Con el gas a la puerta de la empresa, todos los expertos dan por seguro el encuentro de la provincia segoviana con la gran industria de la cerámica, radicada ahora en Castellón.

No en vano, Segovia -cerca de Madrid, un mercado natural del sector, y próxima a los ejes de comunicación hacia el norte y noroeste- ya factura en el sector al año en torno a los 53.000 millones de pesetas, principalmente por venta de materias primas.

El conjunto de infraestructuras descritas anteriormente, junto con el complejo docente cultural -Universidad SEK, Universidad Pública, Colegio Universitario Domingo de Soto, Fundación Don Juan de Borbón-, que podrían estar realizados dentro de un plazo no mayor de ocho o diez años, significa un avance de dotaciones en Segovia que habría que remontarse al siglo XVIII, cuando Carlos III fundó el Colegio de Artillería y la Fábrica de Vidrio de La Granja, para encontrar algo comparable.

Desde entonces, Segovia no ha hecho más que perder oportunidades y riqueza. Se perdió el negocio de los paños con la desaparición de la mesta, víctima de una ilustración mal entendida que también acaba con la mitad de nuestra riqueza artística (bibliográfica e imaginera) y forestal. Se pierde a principios de siglo el ferrocarril que entra en Segovia como un cul de sac. En los años sesenta, el desarrollismo vuelve a marginar a Segovia y la planificación de sus autopistas y carreteras,  que pasan por la provincia sin comunicar adecuadamente la capital.  Por último, el gasoducto de gas natural vuelve a cruzar nuestra provincia sin dejar ningún beneficio.

De pronto, y en el intervalo de unos pocos años, y no por milagro,  sino por la imaginación y esfuerzo de personas concretas que pensaron y lucharon por conseguir para Segovia un futuro más amable y esperanzador que el que se perfilaba en los años setenta y ochenta, se producen una serie de acontecimientos: Universidad SEK, Universidad Pública, carretera de circunvalación, autopista-autovía, TAV, gas natural,  vitrocerámicas, etc., que nos permiten mirar el futuro con un optimismo moderado pero fundado en datos ciertos. Si todo lo descrito y previsto se cumple, como probablemente sucederá, Segovia tiene asegurado un crecimiento razonable.

A la vista de lo expuesto, debemos procurar que el desarrollo sea así: ya se han puesto los elementos (infraestructuras, universidades,  fundaciones, etc,) necesarios para el desarrollo, ahora debemos establecer los mecanismos suficientes para que, sin que éste se frene, se realice con la armonía necesaria con la ciudad histórica y monumental que es Segovia. A la Administración le corresponde dotar de infraestructuras necesarias para el desarrollo, a la empresa privada la creación de riqueza y puestos de trabajo y, nuevamente, a la Administración, el control de este desarrollo en beneficio del interés general.

Para ello será necesario definir qué tipo de ciudad queremos dentro de los márgenes que permitan los factores condicionantes. Parece obvio que en nuestra capital no cabe industria pesada, pero eso no quiere  decir que no exista una industria adecuada, moderna, a la que habrá que facilitar su implantación y que será complementaria del desarrollo hostelero necesario para atender el creciente turismo en Segovia.

Asimismo, la carretera de circunvalación a Segovia crea unas expectativas inmobiliarias importantes en los terrenos de su entorno y en todos los que cierra alrededor. Esta amplia área de posible crecimiento de la capital debe ser ordenada urbanísticamente para facilitar su desarrollo y evitar atropellos paisajísticos. Al mismo tiempo, es una cantidad importante de posible suelo urbano, que puede ser utilizado inteligentemente por el municipio para combatir la escasez y carestía de dicho suelo, regulando su puesta a disposición de la iniciativa privada.

Todo esto implica la redacción de un plan estratégico de desarrollo de la ciudad, para facilitar un crecimiento normal y armónico. Este plan debería contemplar la definición del futuro de nuestra ciudad, el que deseamos que sea, y la planificación en tiempo y espacio de las estrategias que hemos de seguir para lograrlo. Huelga decir que lo deseable sería que este plan estratégico fuera consensuado entre todos los partidos políticos representados en el Ayuntamiento, tanto los que están en el poder como los de la oposición. Esto garantizaría el futuro del plan fuera de los vaivenes políticos. Es de tal trascendencia para nuestra ciudad que, a pesar de las dificultades que inicialmente se puedan pensar, debería llegarse al consenso y a un acuerdo sobre él.

Y entonces lo vio

Ya que me lo pregunta le diré que no me resulta fácil contestarle. Qué más da saber si yo creo o dejo de creer en los fantasmas o en las casas encantadas. ¿Ha vivido usted en una casa encantada?… ¿No?… Pues entonces. No puede saber que hay casas que están efectivamente encantadas, embrujadas, aunque no exactamente como usted supone… En todo caso, yo sólo fui el confidente de Paco Areta y sólo sé lo que él mismo me contó, así que no puedo ayudarle mucho, me temo. Además, no tiene ninguna importancia saber si yo creo en aparecidos. Usted lo que quiere saber es por qué se fue Paco Areta.

Le diré que cuando Paco Areta se retiró al valle de Urdaibai, -"El valle de mis antepasados", según decía él en un tono de falsa ironía y de más falsa rimbombancia, aunque ésta, por cuestión de carácter, fuera auténtica-, con intención de rearmarse moralmente (las palabras son suyas, no mías), y a pergeñar la edición crítica de las Molestias del trato humano de Olóriz, no sabía en dónde se estaba metiendo. El solo, además, sin que nadie le empujara. Porque de paso, después de años de trapisonda en los arrabales de la política regional y autonómica, le entró el arrebato, ¿cómo le diría?, la brusca comezón, de ir en pos de sus raíces, su identidad perdida, de aislarse para encontrarse consigo mismo, con el auténtico. Le pareció muy elegante ir a contrapelo esta vez, buscar la autenticidad. Y encima, para ser fiel a sí mismo, dio la murga lo suyo con las raíces dichosas, aunque hay quien piensa que por lo mismo pudo haber dado, además de  la murga, en loco de remate. Llevaba poco trapo para poder coger con ventaja los vientos de la autenticidad.

Tuvo la suerte de poder comprar una casa que había sido la casa de sus antepasados, eso dijo él. Estaba orgulloso de sus ancestros. Le parecía que vagaban por las estancias de aquel caserón que habían dejado a su espalda unos ancianos pasablemente idos y un sobrino ganadero con necesidad de dinero fresco con los que no tenía relación alguna… Estaba encontrándole gusto a la mentira sin darse cuenta, y todo por amor de la autenticidad… Como impostura es banal, común, irrelevante. Las hay peores…

Bueno, sí, déjeme decirle cómo era la casa dichosa porque le acompañé a verla… Mobiliario isabelino y rústico a partes iguales, y en las paredes manchas de los cuadros que no habían dejado porque eran recuerdos de familia y que volvió a comprar aunque no fueran los mismos, humedades, notorias, en las paredes, incómoda… Llena de posibilidades, que dice la gente cuando no sabe qué decir. Cuando fui con él la primera vez, la casa nos regaló con un coqueto chisporroteo azul verdoso que correteó por los viejos cables trenzados, subió como un trasgo por la pared, pasó por el techo y se extinguió como el místico cohete de Quevedo, dejando eso sí un rastro oscuro en el empapelado azul (isabelino) y un olor a chamusquina en el aire. Era una casa muy isabelina, sobre todo para haber sido, le dijeron, uno de los refugios del Pretendiente y de sus esforzados partidarios. Areta se convenció de eso de inmediato. Ya estaba en disposición de pensar que si ese dato no figuraba en los archivos era porque habían amañado éstos. La historia conspira contra la autenticidad. Le vendieron hasta la bacinilla que utilizó su Augusta Persona. Y es que Areta con tal de dar con la autenticidad y con sus raíces estaba dispuesto a todo. En fin, que la casa tenía todo lo que logra ocultar con eficacia durante un tiempo las goteras, las carcomas, los hongos y las podredumbres secretas de las maderas. Vamos, lo que se conoce por "una casa con carácter", en la que se instaló de inmediato. El mundo rural le esperaba en ella con los brazos abiertos.

Una casa con carácter, pero inquietante. Porque es cierto que había allí algo inquietante, en todas las casas lo hay, en todas quedan huellas, tufos, ¿sabe usted?, tufos. Era como si sus habitantes fuesen a regresar en cualquier momento y nos fueran a sorprender allí y a pedirnos explicaciones. Si al menos hubiese cambiado algo la decoración… Pero no, Areta en eso fue muy claro: "No, nada de cambiar, hay que dejarlo todo como estaba antes, como cuando mis antepasados, es lo auténtico, las casas muy vividas"… Esas casas muy vividas esconden suicidas que dejan rastros piadosos en los papeles del tiempo ido, esconden brujerías en forma de falta de instrucción y exceso de noche, esconden prejuicios retorcidos como patio de zarzas, esconden taras. Y él no se daba cuenta. No todo era cuestión de luz en aquel asunto.

El exterior en cambio era por completo idílico. Una cerca de piedras musgosas, alguna que otra camelia, pocas, porque las flores no son auténticas, manzanos en el prado, enfermos, claro, pero esos detalles carecen de importancia cuando se anda uno buscando a sí mismo en el aire, niebla en el otoño, luminoso, muy luminoso. Desde allí las colinas se sucedían hasta perderse en el horizonte. Cuando no había bruma el mar aparecía al fondo. Idílico. Se oían mucho los cencerros de las yeguas. El escenario ideal de la melancolía… Señorita, Burton se habría escapado a la carrera.

La marcha al idílico mundo rural de Areta fue, como casi todo lo suyo, una marcha de pompa y circunstancia. Nos enteramos enseguida de sus progresos, de sus idas y venidas. Enseguida empezó a hablar con entusiasmo de los ciclos lunares, de las creencias populares que le resultaban extrañas, atractivas, muy literarias eso sí, como la del amo viejo del señorío de Múzquiz que se aparecía en forma de perro oscuro por los caminos -"¿Pero tú lo has visto, Paco?"- "No, todavía no, pero tiempo al tiempo", contestaba zumbón… zumbón, pero entusiasta, ya le digo—, hablaba de vientos que hacían caminar a quienes los padecían como si no pisaran el suelo, de gentes que sabían dónde estaban los mejores hongos del bosque porque enanos colorados les enseñaban el lugar pegando botes… Sí, señorita, sí, todo esto es moneda corriente y a Areta estas encantadores naderías le parecían excitantes, contagiosas de un entusiasmo que sus asesorías de la pura nada no le habían dado hasta entonces. El mundo rural, tan cerrado, tan repleto de quietud y misterios en apariencia benéficos, era una novedad para él. Una novedad fascinante, demasiado fascinante como para salir indemne de ella.

Eso sí, Areta también me habló enseguida de olores extraños, para él desconocidos, que recorrían la casa como llevados por un viento que no se acababa de sentir, sutil, esencial, diferente a todos los que hasta entonces había sentido… No, no era el olor de las maderas, a cera, a miel, el que se levanta con las tormentas o el de los membrillos y los ramos de falso eucaliptus que se ponían sobre las arcas. No, era otra cosa. Era, decía él, el olor de las postrimerías; pero también podía ser el olor de lo auténtico. Y es que Areta había empezado a hablar con una naturalidad asombrosa de ruidos extraños, de olores, de luces, únicas e inquietantes en la noche. Iba camino de hacerlas suyas sin darse cuenta. Iba camino de pertenecer a ellas de una manera radical, definitiva, demoledora.

Él no sabía definir bien aquel mundo crepuscular o nocturno, neblinoso, plagado de indicios falsos de que las cosas no eran como parecían —sobre todo eso, nada era en el mundo idílico de Areta como parecía—, de mínimas inquietudes que daban en nada, pero se veía que le excitaba. Nada había a su alrededor que pudiera producirle una verdadera inquietud. La soledad en todo caso. Todo era normal, amable, demasiado amable incluso. Ya sabe lo que decía el maestro Guevara: el que decide meterse en la aldea debe tener buen seso, de lo contrario ya puede ir encargando la fosa. Y Areta no tenía buen seso.

Poco después de los olores y las luces, dijo que se sentía espiado. Pero eso en cambio era lo corriente, porque al menos yo que los conozco estoy seguro de que los lugareños le observaban, aunque él no los viera, aunque él sólo los sorprendiera ocasionalmente al acecho, a uno de ellos, mejor dicho. Era, claro está, toda una atracción en un lugar donde no había gran cosa para animarlos. Le observaban. Era el de fuera, el que nunca iba a ser como ellos, claro, el que nunca iba a ser de la tribu. Se sentía tan observado que a veces un extraño impulso le llevaba a levantarse de la cama y asomarse a la ventana porque estaba seguro de que allí delante, entre los dos plátanos nudosos de su patio, había alguien que le esperaba, alguien que le iba a sorprender, tal vez un antepasado de aquellos de los que tanto hablaba.

Poco a poco se iba metiendo sin darse cuenta en un terreno resbaladizo, pantanoso, tanto como el que quedaba frente a su casa, cerca de las ruinas del viejo balneario donde debió desarrollarse todo. Se iba contagiando de una desconfianza hacia todos y hacia todo, que estaba en el ambiente, que no se veía a primera vista, al contrario. Era preciso asomarse.

Un día sorprendió a uno de los que le espiaban. Se puso contento porque pensó que no estaba dando en loco, que tenía la prueba, y fue así como entró en relación con un personaje extravagante que iba a marcar su vida. Era un vagamundos que padecía una enfermedad mental grave a la que había llegado desde la astrofísica, sí, como suena, señorita, como suena, otros llegan desde la abogacía y nadie dice nada. Un vagamundos que andaba a la deriva por aquel entorno que era el suyo, buscando decía su razón perdida, entre las zarzas, decía, y que se había hecho famoso por vivir con terneros en un piso de vecinos antes de comprender vagamente que él no estaba hecho para convivir con auténticos, sino para vagar por los caminos de su paisaje familiar, íntimo. Y Areta fue siendo testigo de la sutil transformación que padece quien se pone al margen de la tribu, pero a la vista de la tribu, a su alcance, y comienza siendo gracioso y termina siendo el enemigo necesario, el que suscita ese odio radical que da cohesión a la tribu. Porque el astrónomo, que fue quien le enseñó a Areta todo 10 que éste llegó a saber de las estrellas, regaló su casa a continuación y liquidó su mínimo patrimonio heredado regalándoles un tiovivo a unos feriantes, gitanos portugueses, para que se ganaran la vida a condición de que cuando pasaran por allí le dieran interminables vueltas gratis —"Total", añadía el loco por lo bajo y se reía con su risa desdentada- en un cisne blanco que tenía bombillas azules en los ojos, para poder sentirse Luis 11 de Baviera. Era demasiado, era inquietante, no era auténtico.

A Areta, en aquel mundo tan quieto, el vagamundos le entretenía con humor cambiante y su conversación disparatada. No dedicaba mucho tiempo, la verdad, a escribir aquella edición crítica de las Molestias del trato humano, era más entretenido el vagar por los caminos, incluso de noche, sobre todo de noche. Esto último lo había leído en Pía. Porque no sé si sabe señorita que de la misma manera que hay gente que se gasta dos o tres mil duros en libros de mariposas y se creen por ello tan consumados entomólogos como Vladimir Nabokov, otros cogen a Pía, se lían un pitillo de picadura andullo y filosofan lo suyo por los caminos de su término municipal hecho centro del universo mundo. Areta unas veces pasaba por Nabokov, otras por Pía, por eso necesitaba tanto encontrarse consigo mismo.

Mire, ya sé que me voy por las ramas, pero es que del fondo del asunto no sabe nadie, no llegará a saber nadie. Es imposible. Sólo podemos hacer conjeturas. Areta volvía una noche de otoño a su casa y vio un coche detenido en la carretera. Un coche que nunca llegó a identificar del todo. Cuando llegó al sitio donde había estado el coche vio un cuerpo en el suelo. Era el loco y estaba muerto.

Areta comprendió enseguida lo que había pasado. El loco atropellado y el conductor que se da a la fuga. El paraje era muy solitario. Era poco probable que pasase por allí algún otro coche. Tuvo dudas, me dijo, en si no hacer lo mismo que el conductor y darse él también a la fuga, no fueran a creer que él era el autor del atropello, fortuito, claro, fortuito. Si él no podía identificar del todo al primer coche, los de éste tampoco al suyo, que estaba detrás. No en vano el loco era un vagamundos que andaba a la deriva por las carreteras, de noche. Ese accidente lo podía haber tenido cualquiera, cualquiera. El u otro qué más daba, le dirían los auténticos. Se fue a su casa atemorizado, pero volvió. Volvió porque pensó que el muerto podía haber sido él. Sólo eso fue lo que le hizo reaccionar. Y ése fue su error, porque cuando llegó con los civiles el cuerpo del loco había desaparecido. Y Areta tuvo que dar explicaciones, prolijas, confusas, en fin. Se había metido en una auténtica tela de araña.

El loco apareció muerto en las ruinas del balneario donde vivía habitualmente. La autopsia demostró que el loco había muerto a consecuencia de un golpe. Y él tenía encima un mínimo golpe en su coche. Lo suficiente para que fuera sospechoso durante unos días. Su única escapatoria era identificar al coche que estaba delante. Siguiendo sus explicaciones, inventadas a medias, dieron con un coche parecido, es decir, que podía ser o podía no ser. Un coche que tenía un golpe. Un golpe como el suyo. Pero el golpe del otro conductor, un ganadero de la zona, vecino suyo, el que le había advertido de que anduviera con ojo con el loco, era del atropello de la muerte de una oveja en la carretera unos días antes. Un animal de ésos que están quietos en la niebla. Apareció el dueño de la oveja y todo. Allí testigos no faltaban, sobraban incluso. "Oye, total, por hacer un favor si hay que ir se va, eh", dicen ¿sabe? Y el papeleo se enredó sin remedio ni misericordia y les enredaba a todos.

Areta regresó a su casa baldado. Volvió entonces a abrir el libro de Olóriz, sus famosas y cansinas Molestias del trato humano, y a levantarse por la noche y mirar por la ventana porque creía que aquel fantasmal mensajero le esperaba delante de la puerta para entregarle el famoso mensaje que llegaba desde el corazón de la noche.

Y entonces lo vio. Estaba allí, quieto, delante de la puerta de su casa, como había estado en otras ocasiones, pero no parecía deshacerse en largos filamentos verdosos como salido de pantano, no, era un hombre risueño de apariencia bonachona y apacible, auténtica, risueño, con una lata de gasolina en la mano y un charco de vino en cada pie… O algo así, no sé bien, nunca se les llega a ver bien.