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Ver productos¿Qué es una lengua universal? ¿Por qué hay lenguas que llegan a ser universales? La cohesión, la comunidad, la cultura, la colonización y el comercio («las cinco ees «) son los ejes en torno a los cuales se definen las lenguas universales actuales.
Desde la más remota antigüedad, la Humanidad se ha asombrado de su propio multilingüismo, del hecho de que no nos podamos entender todas las personas en la misma lengua. Este fenómeno, aun siendo evidente, no siempre ha estado suficientemente presente en la conciencia de cada persona; y si lo ha estado, no siempre se ha valorado de la misma forma.
Por un lado, se ha hablado con frecuencia de la riqueza que significa la pluralidad de lenguas y, en consecuencia, de la desgracia que representa para toda la Humanidad la desaparición de cualquiera de ellas. Por otro lado, se han señalado las dificultades que conlleva tal diversidad, por las barreras que pueden llegar a crearse entre los individuos y los pueblos. Desde hace miles de años, se ha intentado buscar la razón de tal multiplicidad lingüística: la Biblia nos explica que la incomunicación procede de la soberbia humana demostrada en la torre de Babel (Génesis, 11, 1-9).
LENGUA ORIGINARIA
El pasaje bíblico no sólo nos intenta explicar la causa de la diversidad de lenguas, sino que nos da otra clave de gran relevancia: «Era la tierra toda de una sola lengua y de unas mismas palabras». He aquí el primer sentido de la expresión «lengua universal», equivalente a «lengua originaria».
Y surgen, inevitablemente, numerosas preguntas. ¿Existía, antes de la confusión de Babel, una lengua común a toda la Humanidad? ¿El relato bíblico, aunque sea una interpretación literaria, puede tener algún fundamento histórico o refleja alguna realidad comprobable? ¿Es posible demostrar que todas las lenguas del mundo proceden de un idioma único?
El problema del origen de las lenguas ha ocupado una parcela importante de la lingüística, con dos hipótesis básicas: la monogenética (todas las lenguas tienen un mismo origen) y la poligenética (el ser humano, en diferentes lugares, evolucionó de forma paralela y surgieron lenguas distintas desde un principio). Historiadores, filósofos, antropólogos y demás investigadores buscan en la lingüística un apoyo para sustentar alguna de las dos hipótesis.
Desde Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), el genial lingüista español autor del Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (1786)1, la lingüística comparada e histórica ha demostrado el parentesco de las lenguas. En este sentido, resultan apasionantes los recientes trabajos del estadounidense Merritt Ruhlen2, que defiende que las cinco mil lenguas actuales pueden agruparse en 10 ó 20 familias y que ve como probable la monogénesis: todas las lenguas actuales pueden proceder de una lengua única hablada hace cien mil años. Estos estudios coinciden con otros que tienden a confirmar la idea de la «Eva negra»3, es decir, que toda la Humanidad procedería de un mismo grupo radicado en África -como ya anticipó Darwin- y, por tanto, la madre de todas las lenguas sería africana. Estaríamos, pues, ante la primera lengua universal.
LENGUA ARTIFICIAL
El segundo significado de lengua universal es el de lengua creada como intento deliberado de superar el multilingüismo, como esfuerzo creativo por facilitar la comunicación. Estos intentos han sido estudiados, entre otros, por Umberto Eco, en La búsqueda de la lengua perfecta (1993)4, que describe las lenguas históricas consideradas perfectas (hebreo, egipcio, chino); las lenguas reconstruidas (como el indoeuropeo); las lenguas artificiales; y las lenguas consideradas más o menos mágicas.
Está claro que no es lo mismo lengua «perfecta» que «lengua universal», pero si hubiera una lengua perfecta, puede pensarse que se convertiría fácilmente en universal. La lengua artificial perfecta más conocida, concebida desde la idea de que pudiera servir para la comunicación universal, es el esperanto, elaborado por el polaco L. L. Zamenhof en el siglo XIX. Si bien ha tenido una amplia difusión, no ha llegado a cuajar a pesar de la sencillez de su gramática y la facilidad de su aprendizaje.
LENGUAS DE HUMANIZACIÓN RECÍPROCA
Hasta aquí, la conclusión es que no existe actualmente ninguna lengua propiamente «universal», puesto que no hay ninguna que sea conocida por todos. Ya no existe esa probable lengua originaria y no hay una lengua -artificial o natural- conocida por todos. Debemos, pues, dar un nuevo sentido a la expresión «lengua universal».
Me parece muy sugerente y adecuado el concepto de «lengua universal» definido por Julián Marías, en un interesantísimo artículo que publicó en el diario madrileño ABC el 19 de febrero de 1985, titulado precisamente «Las lenguas universales» y que provocó mi preocupación por esta idea. Julián Marías dice:
«Hasta hace pocos siglos no ha habido lenguas universales, que son una de las creaciones históricas más admirables y de mayores consecuencias. Entiendo por lenguas universales no las que son habladas por muchas personas, acaso por muchos millones, si se trata de una sola comunidad que se ha desarrollado genéticamente. Estas lenguas que podríamos llamar multitudinarias son muy importantes y valiosas, porque hacen posible la formación de amplias comunidades humanas en todas las dimensiones de la vida. Pero las universales son las que han sido transmitidas de un pueblo a otros, y han llegado a ser -esto es esencial- la lengua propia de estos pueblos que las han recibido. Es decir, han sido los instrumentos para la superación del aislamiento entre pueblos […] Estas lenguas han sido los factores más importantes de humanización recíproca, quiero decir, de que grupos de hombres se sean mutuamente hombres».
Más adelante, incita al estudio de estas lenguas y su caracterización:
«Habría que averiguar qué condiciones han sido necesarias para que ciertas lenguas, habladas por algunos pueblos, hayan tenido la capacidad de ser transmitidas a otros, mientras la mayoría de ellas han quedado reducidas a sus localizaciones originarias o muy poco más. Y, más aún, sería menester preguntarse qué características tenían esas lenguas -y, por supuesto, los pueblos que las hablaban-».
Y termina con una declaración de admiración por las lenguas universales:
«Tengo un enorme respeto por las lenguas universales, sin las cuales el mundo sería otro, menos rico, menos comprensible, menos humano».
Durante años, he pensado en la cuestión planteada por Julián Marías, partiendo del hecho de que es una realidad innegable que en el mundo hay lenguas que se hablan por cientos de millones de personas, en diversos lugares del globo, por comunidades que las tienen como lengua materna o por personas que las han aprendido como lengua adicional porque les reporta algún tipo de beneficio.
DISTINCIONES TERMINOLÓGICAS
Conviene detenerse un momento para establecer algunas distinciones útiles sobre las lenguas que adquieren un uso relevante, con el fin de delimitar los conceptos.
«Lingua franca» es aquélla que sirve de vehículo de comunicación entre grupos que tienen diferentes lenguas maternas. No es necesario que se trate de una lengua con gran número de hablantes, sino que cumpla una función concreta de gran utilidad. Así, el sango es lingua franca en la República Centroafricana, el lingala en algunas regiones del Congo y los pidgin o papiamentos en diversos lugares del Globo.
Lengua «multitudinaria» es la que se habla por un gran número de hablantes, digamos -por poner una cifra- por más de 40 ó 50 millones de personas como lengua materna. Son multitudinarias, por ejemplo, el polaco y el ucraniano, el japonés y el coreano, el bengalí y el telegu de la India, el wu de la China y el javanés de Indonesia; pero todas ellas están reducidas al propio grupo etnolingüístico, por grande que sea.
Lengua «internacional» es –strictu sensu– aquélla que se habla en varios países. Así, el italiano, además de multitudinaria por su número de hablantes, es internacional: es lengua oficial en Italia, Suiza y San Marino, y hay comunidades italohablantes en varios países -como Francia y Estados Unidos-. Igualmente pueden considerarse internacionales el vasco (hablado en regiones de España y Francia) y el catalán (hablado también en regiones de España y Francia, así como en Andorra -donde es la única lengua oficial- y en una ciudad italiana).
Sin embargo, concretando más, generalmente entendemos por lengua internacional la que facilita las relaciones internacionales y se utiliza en los organismos internacionales, como por ejemplo en la ONU, cuyas lenguas oficiales son el español, el francés, el inglés, el ruso, el árabe y el chino.
Una lengua «universal» reúne las características de las anteriores (es decir, puede servir como «lingua franca», es multitudinaria y es internacional) y, además, añade la cualidad fundamental que le confiere ese estatus tan especial: que haya sido adoptada como propia por pueblos diversos en distintos lugares.
Por último, aún podríamos considerar una categoría más, la lengua»global»5, que es la que goza de una situación especial en todo el Globo y es reconocida en todos los países.
Es cierto que a veces la distinción no es fácil y menos aún la jerarquía entre las lenguas. Sin embargo, el viajero pronto puede darse cuenta de que hay hechos que son muy claros, incluso por encima de las opiniones. La supremacía del inglés sí está ampliamente reconocida, como lingua franca y como lengua internacional, multitudinaria y universal, hasta el punto de estar a punto de convertirse en la única lengua global. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que sea conocida en todas partes y por todas las personas, sino que es la más conocida, la más estudiada, la más utilizada en las relaciones internacionales.
A partir de ahí, intentar una clasificación puede resultar más difícil, pero sí pueden establecerse comparaciones objetivas: el francés es más «internacional» que el español (33 países frente a 21), pero el español es más «multitudinario» (401 millones de hablantes como primera o segunda lengua, frente a 126)6.
CARACTERÍSTICAS DE LAS LENGUAS UNIVERSALES
Las grandes lenguas tienen un diferente grado de «universalidad», a veces impreciso, que es necesario estudiar. ¿Cuáles son las lenguas universales actuales? ¿El inglés, el español y el francés? ¿Y el portugués o el ruso, el árabe o el chino, el hindi o el holandés, el alemán o el japonés?
Con objeto de delimitar cuáles son las lenguas universales y de explicar por qué unas lenguas llegan a serlo, he deducido (sin pretender llegar a ser exhaustivo) cinco características, relacionadas con la cohesión, la comunidad, la cultura, la colonización y el comercio. No se dan aisladas, sino que las cinco deben combinarse de forma que se perciba el efecto global producido. Todas empiezan por la letra «c». Son, pues,»las cinco ces»:
1. Cohesión: cuanto más cohesionada internamente esté una lengua, más facilidades tendrá para difundirse. Será más fácil de aprender y de enseñar, será más sencilla la comunicación oral y escrita, será más productiva la transmisión de mensajes: los textos producidos en un código cohesionado, coherente, tendrán más efectividad, pues el receptor sabrá interpretar con certeza lo que le quiere decir el emisor. Por el contrario, una lengua con fuerte fragmentación dialectal, sin unidad lingüística, sin fijación en sus formas, tendrá muchas más dificultades.
La cohesión puede producirse por razones estrictamente lingüísticas (una lengua tiene una única variedad o varias muy próximas) y por razones extralingüísticas7, condicionada por alguno de los otros factores que veremos a continuación (una lengua adquiere una forma cohesionada a través de un determinado desarrollo cultural o del auge del grupo más numeroso…).
Con respecto al español, se observa que la cohesión interna fue una razón fundamental en su difusión desde los primeros tiempos. El castellano empezó a triunfar desde el siglo X, por razones lingüísticas -por su definición coherente de las soluciones derivadas del latín y por su clara fonética-, frente a la fragmentación del astur-leonés y del navarro-aragonés, en un momento en que políticamente Castilla todavía no tenía ninguna fuerza. Menéndez Pidal señala cómo la situación política perjudicaba -en contra de lo que muchos pensarían- al leonés, ante un castellano bien definido:
«El habla vulgar de la corte de León en el siglo X tenía una gran debilidad constitutiva: su vacilante indecisión. En ella concurrían tendencias venidas de Galicia, con el gran prestigio de la cultura, la riqueza y la gran densidad de población de aquella tierra occidental; tendencias venidas de Asturias, antigua sede de la monarquía; tendencias venidas de Castilla, región que ya entonces se distinguía por una firme orientación lingüística, muy alejada de las grandes vacilaciones leonesas. León gozó su gran prestigio político en una época en que la calidad de la corte le peijudicaba lingüísticamente»8.
La destacada cohesión interna que desde un principio muestra el castellano quedó plasmada en un sistema vocálico muy sencillo y claro, de sólo cinco vocales, y en un sistema consonántico que con el tiempo se fue simplificando, de manera que fue ganando sencillez y claridad.
Tenemos también que considerar otro hecho de capital importancia que ha contribuido en gran manera a su unidad y desarrollo: la publicación en 1492 de la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija, que es -conviene repetirlo- la primera gramática de una lengua moderna en todo el mundo. En el prólogo, el propio Nebrija expresa que pretende dar uniformidad al castellano (que desde siglo XV pasa a ser «la» lengua española):
«Ésta hasta nuestra edad anduvo suelta y fuera de regla y a esta causa ha recibido en pocos siglos muchas mudanzas; porque si la queremos cotejar con la de hoy ha quinientos años, hallaremos tanta diferencia y diversidad cuanta puede ser mayor entre dos lenguas. Y porque mi pensamiento y gana siempre fue engrandecer las cosas de nuestra nación, y dar a los hombres de mi lengua obras en que mejor puedan emplear su ocio, que agora lo gastan leyendo novelas o historias envueltas en mil mentiras y errores, acordé ante todas las cosas reducir en artificio este nuestro lenguaje castellano, para que lo que agora y de aquí en adelante en él se escribiere pueda quedar en un tenor, y extenderse en toda la duración de los tiempos que están por venir, como vemos que se ha hecho en la lengua griega y latina, las cuales por haber estado debajo de arte, aunque sobre ellas han pasado muchos siglos, todavía quedan en una uniformidad»9.
Nebrija era consciente de que la unidad de norma contribuía al desarrollo de la lengua y a su permanencia en el tiempo. Gracias a él, el español es la primera lengua moderna del mundo que ha cumplido cinco siglos de normalización gramatical.
La cohesión tiene una consecuencia muy valiosa, cuya utilidad se percibe en la vida práctica: el aprendizaje es más rentable. Así, cuando los hispanohablantes estudiamos inglés, queremos aprender una lengua unificada que nos sirva para comunicarnos no sólo con británicos, australianos o estadounidenses, sino también con personas con otras lenguas maternas con las que podamos compartir un código conocido. Además, queremos ser capaces de leer y entender -gracias a una ortografía unificada- los textos escritos en inglés. Está claro que la uniformidad estandarizada e internacional del inglés (por encima de sus variedades, a veces muy divergentes) contribuye decididamente a su difusión como lengua universal. Y se advierte también que lo que aprendemos como inglés internacional y como lingua franca, es algo distinto de cada una de sus variedades realmente habladas por sus diversos grupos de lengua materna.
Por el contrario, observamos que las fuertes divisiones dialectales del alemán y del italiano dificultaron su arraigo, por ejemplo, en Estados Unidos o en Argentina, a pesar de la numerosísima inmigración.
Durante decenios, el mayor contingente de inmigrantes llegados a Estados Unidos procedía de territorios germánicos. En efecto, entre 1820 y 1990, de 37.101.000 europeos, 12.906.000 procedían de Austria, Alemania y Suiza (frente a 6.077.000 procedentes de Gran Bretaña e Irlanda10). No todos ellos hablarían alemán, es cierto, pero, al mismo tiempo, los inmigrantes procedentes de otros territorios de Europa central y oriental sí serían germanohablantes. En cualquier caso, el número es muy significativo. Sin embargo, sus descendientes no han mantenido el alemán, de forma que el número actual de hablantes de alemán en Estados Unidos no es relevante.
En Argentina, si nos fijáramos sólo en las cifras de inmigración, pensaríamos que el italiano debería haberse asegurado una presencia que no ha mantenido. De los 4.445.760 inmigrantes llegados a la Argentina entre 1857 y 1915, sólo 1.497.741 eran españoles11 (y muchos, especialmente gallegos, tendrían el español como segunda lengua). La mayoría eran italianos, hasta el punto de que en 1887, la composición de la población de Buenos Aires era la siguiente12: 47,4% argentinos (es decir, nacidos en la Argentina); 32,1% italianos; 9,1% españoles; 4,6% franceses; y 6,9% otros extranjeros. Si a esa cifra del 32,1% le sumamos los argentinos hijos o nietos de italianos, podemos hacernos una idea de la importancia numérica de esa comunidad, que no se tradujo en una presencia lingüística equivalente. Había, es cierto, un elemento de prestigio social, en contra del italiano y a favor del español, pero la cuestión social no elimina -sino que corrobora- el planteamiento lingüístico que defiendo: esos inmigrantes procedían de grupos social, económica y culturalmente limitados, pero lo que más nos importa aquí es que eran hablantes de sus dialectos regionales respectivos y no de una lengua unificada. Así, en Buenos Aires, un piamontés y un siciliano no tenían más código común que el español, que les servía de vehículo de comunicación con todos los demás grupos etnolingüísticos. Fontanella de Weinberg lo explica como un elemento decisivo en el declive del italiano:
«Un hecho que debe tomarse en cuenta es que esta enorme masa de inmigrantes italianos presentaba una gran variedad lingüística, ya que no tenían unidad geográfica en cuanto a sus puntos de origen en la Península itálica y la diversidad dialectal del italiano era muy amplia, llegando en algunos casos a ocasionar falta de inteligibilidad mutua, factor que, sin duda, desempeñó un importante papel en el destino futuro de esta lengua en la Argentina »13.
El alemán y el italiano son lenguas cuya forma unificada se ha generalizado como resultado, en parte, de una voluntad educativa después de la unificación política de ambos países en el siglo XIX, a pesar de que la literatura de Dante o la traducción de la Biblia de Lutero fueron elementos decisivos en la unificación lingüística por encima de las fuertes divergencias dialectales. Ambas son lenguas multitudinarias e internacionales, pero no han podido constituirse como lenguas universales.
El francés, sin embargo, que parte de una situación también de gran diversidad dialectal, ha tenido desde mucho antes un punto de referencia único -el habla de París- y una presión culta unificadora y centralizadora muy fuerte, que ha contribuido a su desarrollo como lengua universal. Por eso, ha sido adoptada como lengua oficial y de enseñanza en muchos países y, desde luego, como lengua de minorías culturalmente activas en el mundo entero.
Es importante subrayar que un elemento básico para lograr la cohesión, por simple que parezca, es la ortografía. La unidad ortográfica fija visualmente la forma que sirve de modelo para todos los hablantes, facilita la comunicación escrita y, por tanto, los vínculos entre los hablantes de una misma lengua. Facilita la enseñanza y su aprendizaje, como lengua materna y como segunda lengua. Además, proporciona unas consecuencias económicas favorables, porque posibilita el desarrollo de la industria editorial, tanto de libros como de periódicos, que – a su vez- contribuyen a difundir las formas comunes del idioma.
El español ha logrado la unidad ortográfica -por cierto, casi fonológica- a través de la Real Academia Española y las demás Academias de la lengua española, que establecen normas comunes para todo el mundo hispanohablante. El portugués, a pesar de los acuerdos entre Brasil y Portugal y los otros países lusófonos, está todavía empezando a conseguir la unidad ortográfica. El inglés ofrece tales diferencias entre la lengua hablada y la escrita que es frecuentísimo tener que deletrear las palabras y, además, muestra algunas variaciones entre la escritura británica y la norteamericana (v.g. centre/center, through/thru).
2. Comunidad: una lengua universal se apoya necesariamente en una gran comunidad de hablantes que la poseen como lengua materna. Es decir, una lengua universal es necesariamente multitudinaria. Cuantos más hablantes tenga una lengua, más amplio será el mundo para quien la posea como lengua materna; y se percibirá como más útil, por lo que desde fuera se tenderá más a su aprendizaje, pues permitirá comunicarse con un mayor número de personas.
Una gran comunidad de hablantes de lengua materna puede dar lugar a que un amplio número desee adquirirla como lengua adicional. Una lengua cohesionada que posee un elevado número de hablantes facilita enormemente la comunicación humana y por ello logra atraer el interés de muchas personas y consigue una mayor difusión.
Una lengua puede ampliar su difusión por ser lengua oficial y de enseñanza obligatoria en el sistema educativo. Así, v. g. las comunidades de hablantes de lenguas europeas en África se ven aumentadas porque el francés, el inglés, el portugués o el español son oficiales en unos u otros países africanos.
Los casi seis mil millones de personas de la Tierra han ido optando por algunas lenguas que se han convertido en las más habladas.
El inglés como lengua universal se ve apoyado por una enorme comunidad: es la lengua materna de unos 330 millones de personas y es oficial en una cincuentena de países repartidos por los cinco continentes. Si consideramos los que la tienen como segunda lengua en países y territorios de lengua inglesa, es decir, que la usan a diario, aumenta la cifra al menos hasta 487 millones14 de hablantes habituales, aunque hay quien piensa15 que éstos representan unos 350 millones, de manera que la cifra total de los hablantes de inglés como primera o segunda lengua subiría hasta los 680 millones. Y si a esos se añaden los que han aprendido el inglés en otros países y que tienen una «competencia razonable» para hablar inglés con fluidez, llegaríamos a los16 1.200,1.500 o incluso 1.80017 millones de personas. La comunidad total de hablantes de inglés es, pues, con diferencia, la primera del mundo, por encima del chino. Se ha formado tal comunidad que, junto a otros factores, hace que se haya convertido en una verdadera lingua franca universal.
El aumento de la importancia del español en este siglo va sin duda ligado al aumento del peso demográfico de los hispanohablantes en el mundo. Los cálculos de Francisco Moreno y Jaime Otero18 arrojan la cifra de 346.284.000 personas que viven en los países en los que el español es lengua oficial. De ellos, el 94,7% son hispanohablantes, es decir, 327.956.000. A ellos hay que añadir los hablantes de español de otros países en los que no es lengua oficial (entre los que destaca Estados Unidos) lo que produce el siguiente resultado:
«Una cifra de hablantes de español en un nivel aproximado al de lengua materna (es decir, incluyendo a aquellos hablantes que tienen un alto dominio de la lengua española aun cuando hayan adquirido otra lengua con anterioridad, al mismo tiempo o posteriormente, y mantengan el uso de ambas) de alrededor de 350.000.000 (351.068.983) de individuos»19.
Como hemos visto anteriormente, otros datos llegan hasta los 401 millones de hablantes de español, como resultado de la suma de los que lo tienen como primera y como segunda lengua.
La importancia de la demografía se observa también en otras lenguas. El triunfo del francés en el siglo XVIII no puede separarse del hecho de que Francia fuera entonces el país más poblado de Europa. El nuevo auge del alemán en nuestros días se debe -entre otras cosas- a que es la primera lengua materna en número de hablantes en la Unión Europea. El estatus del hindi en la India se apoya -además de otros elementos- en su amplísimo grupo de lengua materna: 348 millones.
En el extremo contrario, la ausencia de una comunidad de hablantes como lengua materna hace que el esperanto, que está construido con total cohesión interna, no haya llegado a ser la lengua universal que algunos esperaban.
Sin embargo, la existencia de una gran comunidad no es una garantía para que una lengua llegue a ser universal. El alemán o el hindi citados más arriba, el bengalí o el japonés, con más de cien millones de hablantes cada uno, están prácticamente limitados a su propio grupo. Son lenguas «multitudinarias», incluso pueden servir de lingua franca, pero no son «universales».
Muy pocas comunidades de hablantes de lengua materna están situadas en varios países. La inmensa mayoría de las cinco mil lenguas del mundo está reducida a un grupo numéricamente limitado y a una extensión geográfica igualmente reducida. Algunas lenguas se hablan por una comunidad que se encuentra situada en varios países. Pensemos en el francés, el portugués, el alemán, el suajili, el malayo o el quechua: son linguas francas, lenguas internacionales e incluso en algún caso lenguas universales, pero se cuentan con los dedos de una mano los países donde realmente existe un grupo de lengua materna. Solamente dos lenguas tienen actualmente importancia desde este punto de vista: el inglés y el español. Ambas se hablan como lenguas maternas por comunidades sólidamente formadas desde el punto de vista lingüístico, en una veintena de países en el caso del español, y en algo más en el caso del inglés, que tienen además comunidades de hablantes repartidas por otros muchos países.
3. Cultura: una lengua universal debe estar vinculada (y debe percibirse como vinculada) a una cultura de proyección universal. Por supuesto, debe ser una lengua escrita, en la que se hayan producido obras de relieve que hayan traspasado las fronteras del lugar donde se crearon.
La forma de escritura no es irrelevante, sino que tiene también su importancia. El alfabeto latino es el único reconocible en todo el mundo y con él se escriben un gran número de lenguas de los cinco continentes. Es quizás la contribución cultural latina más extendida y más universal. Por ello, una lengua universal que esté escrita en alfabeto latino será más fácilmente reconocible y aprendida. Notemos que de las cuatro lenguas más multitudinarias del mundo, es decir, con más de 400 millones de hablantes, dos usan el alfabeto latino: español e inglés. Las otras dos, chino e hindi, utilizan sus propias formas de escritura, lo que las hace más difíciles a los ojos de los forasteros.
La importancia cultural de la lengua viene dada no sólo por la creación que se pueda haber producido en ella, sino también y sobre todo por pertenecer a un pueblo de amplio desarrollo cultural y por ser vehículo del saber. Por ello, dentro del concepto de cultura hay que incluir la educación, la ciencia, la religión, el derecho, los medios de comunicación social, etc.
En el Mediterráneo antiguo, el latín y el griego se difundieron (la primera en occidente, la segunda en oriente), más por el peso de sus respectivas culturas -filosofía, literatura, derecho- que por el dominio militar. Tan conquistada por los romanos fue Grecia como Hispania, pero el poderío cultural helénico impidió la latinización de medio Imperio Romano, que permaneció durante siglos fiel a la lengua griega.
El español desde muy temprano mostró su ímpetu cultural. Tiene tradición escrita desde hace mil años (desde las Glosas emilianenses) y una literatura medieval de enorme prestigio, como el Cantar de Mío Cid, que fue no sólo un elemento de difusión de las evoluciones lingüísticas del castellano frente a otras hablas peninsulares, sino también un medio de propaganda que aumentó la fuerza de Castilla. No cabe duda de que la literatura en español, desde sus comienzos hasta nuestros días, tiene un enorme peso en la difusión y en el prestigio de nuestra lengua, entre otras razones porque de por sí es universal: hay literatura escrita en español en España, en todos los países iberoamericanos e incluso en Filipinas y Guinea Ecuatorial.
El éxito del francés se debe, en gran parte, a la creación literaria francesa y también, a la enseñanza metódica de la lengua en el sistema educativo, tanto en Francia como en los demás países francófonos. El Corán, como elemento unificador en su diversidad dialectal, multiplica el peso del árabe, lengua de estudio obligado para todos los musulmanes del mundo, de tal forma que llega a tener estatus constitucional en países tan lejanos del mundo árabe como Filipinas (que tiene un 5% de musulmanes). El latín ha seguido siendo, en cierto modo, una lengua universal – a pesar de no haber ya un grupo de lengua materna- por su uso religioso católico hasta este mismo siglo, incluso en lugares remotos: yo mismo, en 1998, he oído cantar la salve en latín a los chamorros de las islas Marianas, en Oceanía.
El inglés merece un tratamiento especial con respecto a la cultura contemporánea. Gran parte de su prestigio actual se debe a los libros y revistas de carácter científico publicados en esa lengua, de forma que la consideramos hoy como la gran lengua científica mundial, estatus que a principios del siglo XX correspondía al alemán. A eso hay que añadir la gran creatividad cultural en lengua inglesa, su presencia literaria, y sobre todo, la llamada cultura de masas, que se expresa mayoritariamente en inglés: la extensión de la música anglosajona (hay quien dice que ha aprendido inglés escuchando las canciones de los Beatles) y la abrumadora presencia del cine estadounidense en todo el mundo (generalmente sin doblaje). Y cuando viajamos también comprobamos su fuerza en los medios de comunicación social: cuando encontramos un periódico para la comunidad internacional en ciudades tan distintas como París, Bucarest, Ammán, Moscú, Tokio, México o Caracas, vemos que son todos diarios escritos en inglés, lo que hace de esta lengua un vehículo privilegiado de comunicación. Otras lenguas universales, como el francés o el español, han quedado en una posición más débil (hay un diario en español en Casablanca y otro en francés en El Cairo). Las demás lenguas ni siquiera existen a estos efectos. Es decir, el inglés se percibe como la lengua más útil y más general, por lo que existen periódicos publicados en lugares donde no hay una comunidad de lengua materna ni tiene un estatus jurídico especial20.
Algunas lenguas gozan también de gran prestigio internacional -aunque no hayan llegado a ser lenguas universales- por su consideración de lenguas «cultas», es decir, por la gran producción que se ha creado expresándose en ellas. Es el caso, en Europa, del alemán y del italiano.
4. Colonización: las lenguas universales pertenecen en su origen a pueblos viajeros, formados por personas que no se han conformado con quedarse donde estaban, sino que se han trasladado a lugares muy variados, a los que han llevado su cultura en sentido amplio. En los nuevos territorios, la lengua ha sido transmitida y, en consecuencia, adoptada -esto es muy importante- por otros pueblos y, así, ha adquirido la condición de universal.
Es importante señalar que hay una asombrosa comparación entre la evolución genética de los pueblos y la evolución lingüística. Para Cavalli- Sforza21, entre el árbol genético y el árbol lingüístico «los parecidos son impresionantes», de forma que, grosso modo, a cada familia lingüística le corresponde una población. La inmensa mayoría de las cinco mil lenguas del mundo son propias de su grupo genético. Muy pocas han salido del grupo y son habladas por personas de diversos orígenes genéticos. Las lenguas universales representan una revolución, porque han roto el paralelismo genético-lingüístico, de manera que la lengua deja de ser un rasgo identificador de un determinado grupo. Es lengua universal sólo aquélla que es lengua materna de poblaciones genéticamente distintas.
Si se traslada un grupo humano a otros territorios, pero su lengua queda reducida al grupo étnico originario y no se transmite a otros pueblos, no llegará a ser universal. Es el caso del neerlandés, que se ha extendido a los cinco continentes (desde Holanda y Bélgica en Europa, hasta Sudáfrica, Surinam, Malasia o Nueva Guinea); pero los colonizadores no tuvieron la voluntad de enseñarla a otros pueblos (o ni siquiera la voluntad de establecerse de por vida en esos territorios), por lo que ha sido y es fundamentalmente la lengua de holandeses y belgas flamencos. Incluso donde ha arraigado como lengua materna, como en Sudáfrica, se ha transformado en una nueva lengua, el afrikaans; y donde es lengua oficial (Surinam, Antillas Holandesas, Aruba), la mayoría de la población tiene otras lenguas como maternas. Es decir, no es lengua universal; o mejor dicho, se ha quedado a medio camino.
Peor suerte tuvo el alemán, que no se ha mantenido en las antiguas colonias que tuvo Alemania en África y Oceanía, ni como lengua materna (salvo en las reducidas comunidades de alemanes, por ejemplo en Namibia), ni como lengua oficial.
No basta, pues, la conquista militar o el poder político para que arraigue una lengua en un lugar, como demuestran muchos ejemplos en la Historia universal, incluso en el mundo hispánico: Filipinas es el caso más conocido, pues tres siglos y medio de presencia política, militar y religiosa española no bastaron para que se extendiera el idioma: faltaba la población hispánica.
Hacen falta, pues, diversos elementos, entre los cuales es fundamental la existencia de una población, con sentido de permanencia, en contacto con otros pueblos. La lengua se universaliza cuando hay una presencia humana suficientemente numerosa, que tiene la voluntad de incorporar a otros y que de hecho los incorpora. El español, el inglés, el francés y el portugués son lenguas europeas llevadas a muy diversos lugares por pueblos navegantes y habladas hoy en varios continentes por personas de múltiples orígenes, razas y religiones. Lo cual nos lleva además a otro asunto de enorme importancia: todas las personas, por el hecho de serlo, independientemente de su constitución genética concreta, tienen la capacidad de aprender cualquier lengua. La adquisición del lenguaje es un rasgo común a todos los hombres, sea cual sea su origen. Incluso los más pequeños rasgos de pronunciación son independientes del color: he conocido a un hijo de ecuatoguineanos -por tanto, de raza bantú- nacido en Madrid, que habla español con tal acento madrileño que por teléfono es imposible saber que es genéticamente africano.
En África puede probarse la universalidad de las lenguas europeas. Llegaron en un amplio proceso de colonización, entre los siglos XVI y XX, pero unas se difundieron y arraigaron, y otras no. La diferencia se advierte en la descolonización política de este mismo siglo, que no ha conducido necesariamente a un cambio en la situación lingüística. Gran parte de la lucha anticolonial se ha hecho, precisamente, en la lengua de los colonizadores, porque los políticos e intelectuales africanos han sabido defender la independencia sin rechazar las lenguas que ya no eran sólo europeas, sino que ya eran también africanas y universales, y que servían para conectarse con la cultura universal e incluso para comunicarse -quizá por primera vez en la Historia- los propios habitantes de diferentes grupos del mismo país. Esta realidad es válida para el inglés, el francés, el portugués y el español22, que siguen siendo lenguas oficiales y de prestigio. Sin embargo, no sucedió así con el alemán, el neerlandés o el italiano, lenguas de países que también tuvieron colonias en África. Queda, pues, comprobado en la práctica cuál es lengua universal y cuál no.
Español, inglés y portugués multiplicaron su dimensión en América, donde no sólo arraigaron, sino que fructificaron de tal modo que hoy su centro vital ya no está en Europa. Es decir, al unlversalizarse se convirtieron en lenguas demográficamente americanas y genéticamente muy diversificadas. Allí pasaron a ser las lenguas maternas de gentes de origen europeo, americano, africano, asiático e incluso oceánico. No ocurrió lo mismo con el francés, cuyas posesiones en América fueron muy reducidas y que tampoco logró ampliarse como lengua materna de forma sustancial en África, por lo que sigue siendo esencialmente una lengua europea. Por ello, puede decirse que el francés tiene -desde el punto de vista de la colonización- una universalidad inferior al español, al inglés y al portugués. Las lenguas de otros países que también han tenido posesiones en América (neerlandés, danés, ruso), tampoco han visto un avance significativo.
El árabe también ha alcanzado un notable grado de universalidad. Es cierto que le falta la necesaria unidad como lengua hablada, pero la obtiene -en gran parte- como lengua escrita a través del Corán, sin que ello nos deba llevar a identificar lo árabe con lo musulmán, pues hay millones de árabes que son de religión cristiana o judía; y millones de musulmanes -la mayoría- que no son árabes. Desde el punto de vista de la colonización, sí se ha logrado la universalidad, pues los árabes han incorporado a su lengua y a su cultura, a lo largo de los siglos, a personas de muy diversos orígenes étnicos, tanto en Asia como en África. Hoy es, pues, como las demás lenguas universales, la lengua de una amplísima comunidad pluriétnica y plurirreligiosa.
¿Y las otras grandes lenguas? El ruso y el chino son lenguas que se han extendido -por conquista y colonización- con continuidad geográfica continental y por crecimiento de su propio grupo. Es decir, fundamentalmente el raso es la lengua de los rusos y el chino de los chinos; pero el inglés no es sólo la lengua de los ingleses (ni siquiera de los anglosajones), ni el español sólo de los españoles. Es decir, ruso y chino han alcanzado, sí, «un cierto grado» de universalidad, pero no son propiamente»lenguas universales».
Se puede argumentar que muchas de estas cuestiones se deben a razones políticas y que la evolución de una lengua depende del poder político. Sin embargo, creo importante insistir en que la lengua y la política no van necesariamente unidas. De ahí el fracaso de ciertas políticas lingüísticas, que no tienen en cuenta que hay siempre una multiplicidad de factores en todo proceso.
En cualquier caso, hay que considerar la política en su justo punto, sin menospreciarla ni sobrevalorarla. La Historia nos demuestra que el poder político o militar puede influir decisivamente. Así, a mi juicio, el triunfo del inglés en Asia y Oceania se debe en gran parte a la victoria aliada (EEUU, Reino Unido, Australia) sobre Japón en la segunda guerra mundial, lo que trajo consigo también un efecto colonizador: EEUU estableció bases militares en Japón y Corea, así como en Filipinas y Guam -territorios que ganó a España en 1898-, de forma que ha habido una presencia de grupos anglohablantes, de alto nivel económico, en relación con la población en general – o al menos con profesionales socialmente significativos- del país receptor. Es decir, el ejército victorioso llevó consigo su lengua.
La colonización humana puede ser migratoria, como se observa en la creciente presencia de hablantes del árabe en Francia o del español en Estados Unidos. (Sin embargo, ya vimos que los emigrantes del alemán o del italiano no produjeron los mismos efectos, al carecer de un punto de referencia unificado).
5. Comercio: una «lengua universal» favorece el contacto entre comunidades humanas y, por tanto, facilita las relaciones comerciales – y económicas en general-, de forma que se convierte en la moneda común aceptada por comprador y vendedor, y sirve para mejorar el desarrollo económico. El comercio es decisivo en la expansión de una lengua y, al mismo tiempo, la lengua es necesaria para la expansión del comercio. Una lengua universal está vinculada, en consecuencia, a pueblos desarrollados económicamente y que contribuyen al comercio entre naciones diversas.
El inglés es la gran lengua comercial, financiera y económica en todo el mundo, porque la primera potencia mundial es Estados Unidos y porque otras naciones anglohablantes (Reino Unido, Canadá, Australia) tienen un alto nivel económico. Por ello, sirve para facilitar numerosas comunicaciones nacionales o internacionales de las que se deriva un resultado económico.
Tal es la fuerza comercial del inglés que se ha convertido en «la primera lingua franca planetaria», en acertada expresión de Tamarón, para quien esta condición «es exclusiva del inglés y novedad histórica absoluta en lo que hace a su carácter global y no parcial»23. Es cierto: el inglés tiene un uso muy superior a cualquier otra lengua en todas las transacciones económicas. Es más: ha perdido su referencia directa al mundo anglohablante, de forma que un italiano y un coreano, un húngaro y un venezolano, cuando hacen negocios, pueden utilizar el inglés aunque no sea la lengua materna de ninguno de ellos.
Son múltiples los ejemplos que unen lengua y comercio (y economía en general). Durante siglos, los portugueses unieron a su espíritu navegante y universalista, el afán por el comercio, de forma que el portugués era la lengua utilizada en los puertos de África y Asia, a veces modificada en papiamentos y criollos. El peso económico de Alemania favorece decisivamente la creciente importancia de su lengua. La riqueza y el empuje de Japón o China hacen que el japonés y el chino sean lenguas cada vez más estudiadas. La elevación del nivel económico de España y de algunos países hispanoamericanos lleva a muchos japoneses y coreanos a estudiar español por fines comerciales, para vendernos sus productos más fácilmente. El hecho de que el español sea la segunda lengua de Estados Unidos -primera potencia mundial- y la mejora del nivel de vida de los hispanos que acceden a puestos relevantes, eleva el prestigio internacional del español. Las posibilidades de comercio con Rusia abiertas a raíz de la perestroika han dado un nuevo valor al estudio de la lengua rusa. El árabe ha adquirido una gran utilidad práctica por el destacado papel de los países árabes en la economía mundial como productores de petróleo.
A su vez, una lengua universal se convierte en una fuente de riqueza: los cursos de idiomas y la edición de libros, vídeos y casetes de estudio constituyen industrias muy prósperas, porque es muy alto el número de personas que desea aprender lenguas extranjeras. Y no es casualidad que la mayoría prefiera aprender (de entre las cinco mil lenguas del mundo), precisamente, una o varias lenguas universales o internacionales multitudinarias.
La necesidad práctica de conocer lenguas queda fácilmente demostrada con sólo leer los anuncios de empleo publicados en la prensa española. Las lenguas que se piden, como requisito para solicitar un empleo, son el inglés -la primera con mucha diferencia-, seguida del francés y el alemán, y -en algún caso- el portugués, el italiano y el catalán.
EL ESPAÑOL, LENGUA UNIVERSAL
El español tiene las cinco características mencionadas, y además en aumento. En primer lugar, podemos afirmar que no hay riesgo de ruptura en su cohesión interna, sino todo lo contrario, pues se está reforzando por la acción unificadora, no sólo de las Academias, sino también de la televisión (el éxito que tienen en España las series mexicanas, argentinas o venezolanas es significativo). Más aún, se puede asegurar, con Gregorio Salvador, que «el español es una lengua unitaria, la más cohesionada de las grandes lenguas del mundo»24.
En segundo lugar, está aumentado el número de hablantes que la poseen como lengua materna y, sobre todo, también el número de personas que lo estudian como lengua extranjera.
En tercer lugar, crece su influencia cultural en el mundo. Nótese, v.g. que hay más Premios Nobel -de Literatura, de la Paz- de expresión española en los últimos 25 años que en todos los anteriores.
En cuarto lugar, está aumentando su espacio humano en América (por la emigración a Estados Unidos, en gran parte a territorios que fueron antaño españoles).
Y, por último, está creciendo el poder económico de los países de lengua española.
RETROCESOS
Pero no nos engañemos: el español también retrocede en ciertos ámbitos, como en los archipiélagos que en 1898 eran españoles en el Océano Pacífico y que hoy constituyen cinco entidades políticas: República de Filipinas, República de Palaos, Estados Federados de Micronesia -que incluyen las Carolinas-, Mancomunidad de Islas Marianas del Norte y Territorio de Guam (estos dos últimos, bajo soberanía estadounidense). En todos ellos, lo que ha sucedido es que una lengua universal -el español- ha sido sustituida por otra lengua universal -el inglésmanteniéndose las múltiples lenguas autóctonas como maternas.
Y, por otra parte, las variedades judeoespañolas (ya sean de Marruecos o de la región de los Balcanes), mantenidas con admirable lealtad durante cinco siglos, se están perdiendo (o se han perdido ya) de forma irreparable, a pesar de los esfuerzos que se hacen -en Israel y otros países- por su supervivencia.
Y tampoco nos engañemos con respecto al inglés ni caigamos en un erróneo exclusivismo. Aun siendo la lengua más difundida y la que ha alcanzado la difusión mayor, no es «la única» lengua universal, sino «la» lengua «más» universal, en camino de convertirse en la primera lengua global de la historia de la Humanidad, es cierto, pero desde luego no en lengua única. Otras lenguas, y en especial el español y el francés, son también universales y tienen una enorme utilidad internacional.
Además, en esta era de los satélites y de la educación general, el inglés, a pesar de todo, está rompiéndose en determinadas áreas geográficas, como en Oceanía, para dar lugar a nuevas lenguas, nacidas en este último siglo: el tok pisin en Papúa Nueva Guinea, el bislama en Vanuatu y el pijin en Salomón, reconocidas ya como oficiales en sus respectivos países. He oído y leído muchos lamentos por la desaparición de lenguas, ¡pero no he visto ninguna felicitación por la aparición de estas nuevas lenguas del siglo XX!
Esta situación recuerda a la del latín, que después de haberse establecido en media Europa, se rompió en una diversidad de lenguas y hablas. La universalidad puede significar uniformidad, en un momento dado, y puede crear una nueva pluralidad, en otro.
LENGUA DE LA LIBERTAD
Las lenguas, como instrumentos de comunicación y como vehículos de cultura, tienen distinta utilidad en la vida cotidiana, como ha demostrado con gran acierto Gregorio Salvador25. Lo saben muy bien los estudiantes, que eligen los idiomas que les van a proporcionar más beneficios, ya sean profesionales, culturales, económicos o religiosos. Todas las lenguas pueden ser por igual objeto de estudio para el lingüista, pero no todas las lenguas sirven de la misma manera en la realidad social.
A veces, se producen casos extremos: yo mismo he conocido a quien recobró la libertad por expresarse en una lengua universal. Antonio Reyes de León Guerrero, chamorro de la isla de Saipán, formó parte del ejército japonés en la segunda guerra mundial, porque sus islas -las Marianas- pertenecían al Japón. Al llegar los soldados estadounidenses, le encañonaron con sus armas y se vio obligado a rendirse, temiendo seriamente por su vida. No sabía hablar inglés y no podía explicar que él era sólo intérprete de japonés y chamorro, y que además ni siquiera era japonés. Pero pudo entenderse con un soldado norteamericano de origen mexicano, gracias a que había aprendido español en su niñez. Por eso, en lugar de llevarle a un campo de prisioneros, le llevaron – a él y a su familia- a un comedor. Cuarenta años después, se emociona al explicar que salvó la vida gracias al español.
Las lenguas universales, forjadas por pueblos de proyección universal, a través de su cohesión lingüística, su gran comunidad de hablantes de orígenes muy diversos, su alto desarrollo cultural, su efectiva colonización y su utilidad comercial, se convierten en instrumentos de humanización recíproca, que nos ayudan a no permanecer aislados en nuestro ámbito genético, sino a abrirnos al universo entero. Y todo ello produce en el individuo que conoce alguna lengua universal unas enormes posibilidades, una mayor libertad de movimientos. Con gran acierto, Manuel Alvar ha difundido la idea de «la lengua como libertad»26.
Cuando uno se da cuenta de la existencia de las lenguas universales, de sus beneficios y de nuestras posibilidades, nuestra manera de pensar no permanece igual. Todo lo contrario, nuestra mente se abre al mundo. Por estas razones, cada vez me parece más significativa una idea aprendida hace años de los indígenas centroamericanos: «el español era antes la lengua de la opresión; hoy, es la lengua de nuestra libertad».
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1 Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809) publicó el magnífico Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, en su primera edición, en 1786. Demostró el parentesco de numerosas lenguas y fijó las bases de varias familias, hoy generalmente admitidas, de lenguas americanas y austronésicas. Por ello se le reconoce como el padre de la lingüística comparada.
2 A Guide to the World’s Languages, Stanford University Press, California, 1991.
3 Vid. Luigi Luca Cavalli-Sforza, «La leyenda de la Eva africana», en Genes, pueblos y lenguas, Crítica, Barcelona, 1997, págs. 66-93.
4 Edición española: Crítica, Barcelona, 1993.
5 Vid. David Crystal, English as a global language, Cambridge University Press, Cambridge, 1997.
6 Cifras tomadas de S. Culbert, «The principal languages of the World», en The World Almanac and Book of Facts 1997, World Almanac Books, New Jersey, 1996, págs. 642-643.
7 Soy consciente de que a veces puede ser discutible qué es lingüístico y qué es extralingüístico.
8 Ramón Menéndez Pidal, «Prólogo» a: Claudio Sánchez Albornoz, Una ciudad de la España cristiana hace mil años, 1965. Tomo la cita de la 6a ed., Rialp, Madrid, 1976, pág. 11.
9 Antonio de Nebrija, Gramática de la Lengua Castellana, edición de Antonio Quilis, Centro de Estudios Ramón Areces, Madrid, 1989, pág. 112. He modernizado la ortografía para facilitar su lectura.
10 En ese mismo periodo hay que añadir otros cuatro millones y medio, en números redondos, procedentes de Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Datos tomados de «Inmigration by country of last residence», en The World Almanac and Book of Facts 1992, Nueva York, 1991, pág. 137.
11 Datos tomados de Ofelia Pianetto y Mabel Galliari, «La inserción social de los inmigrantes españoles en la ciudad de Córdoba 1870-1914», en Hebe Clementi (coord.), Inmigración española en la Argentina, Embajada de España, Buenos Aires, 1991, pág. 133.
12 Datos tomados de María Beatriz Fontanella de Weinberg, El español bonaerense (Cuatro siglos de evolución lingüística: 1580-1980), Hachette, Buenos Aires, 1987, pág. 133.
13 Idem., pág. 136.
14 Datos de S. Culbert, citado más arriba.
15 D. Crystal, op. cit., págs. 60-61.
16 Aquí ya entramos, me temo, en lo que Gregorio Salvador ha llamado «los alegres guarismos de la demolingüística».
17 D. Crystal, idem.
18 Francisco Moreno Fernández y Jaime Otero, «Demografía de la lengua española», El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 1998, Instituto Cervantes-Arco Libros, Madrid, 1998, págs, 59-86. Se trata, sin duda, del estudio mejor, más completo y actual sobre la materia.
19 Ibid, pág. 80.
20 Otra cosa distinta son los periódicos publicados en una lengua distinta a la oficial del lugar, pero que van dirigidos a su propia comunidad lingüística. Pienso en los diarios en español de Nueva York, Miami o Los Ángeles, o los que se publican en árabe o chino en Londres.
21 Op. cit. pág. 146.
22 Vid. Celia Casado-Fresnillo (ed.), La lengua y la literatura españolas en África, Melilla, Quinto Centenario de Melilla, 1998.
23 [Santiago de Mora-Figueroa,] Marqués de Tamarón, «El papel internacional del español», en El peso de la lengua española en el mundo, obra dirigida por él mismo, Universidad de Valladolid/Fundación Duques de Soria, Valladolid, 1995, págs. 33 y 47.
24 «Gregorio Salvador, «La salud de la lengua», en ABC, 30 agosto 1998.
25 Vid. su libro Política lingüística y sentido común, Istmo, Madrid, 1992.
26 Manuel Alvar, La lengua como libertad y otros estudios, Cultura Hispánica, Madrid, 1982.
Tras el fallecimiento de Antonio Saura, se ha hablado mucho de su pintura. Pero de este pintor también destaca su escritura. Antonio Saura no se inscribe en el tratadismo de la tradición renacentista y barroca, ni en el tratadismo didáctico. No se trata de un artista que reflexione sobre su pintura o la de otros, ni de un escritor que pinte. Algunos textos suyos, como El perro de Goya, son singulares e inclasificables.
En 1950, con casi veinte años, Antonio Saura (Huesca, 1930- Cuenca, 1998) celebra una primera exposición totalmente vanguardista, y en buena medida surrealista, en la Sala Libros de Zaragoza. Ha preparado un texto que titula «Carta a los visitantes de esta exposición», en el que advierte: «No olvidéis nunca mi nombre». La prensa otorga una discreta venia -dos comentarios en una ciudad de tres periódicos- al artista bisoño que más tarde, como es de rigor, habría de destruir buena parte de aquellos cuadros primerizos. Reticente, la breve nota crítica que publica el Heraldo de Aragón concluye: «Quizá le esté reservado un futuro triunfal». Y acierta. El futuro del triunfo está a la vuelta de la esquina. Al año siguiente y en la galería Buchholz, su primera individual madrileña: «Pinturas surrealistas de Antonio Saura». Se hace imprimir tarjetas de visita con la leyenda «antonio saura surrealista». En 1953 está en el orsiano Salón de los Once; organiza en Buchholz, junto a varios autores, la exposición «Tendencias» y en Clan, la que titula de «Arte fantástico»… Ese mismo año se marcha a París.
Regresa en 1956, ya instalado en la escena artística internacional. Ha ido con el firme propósito de conocer a André Bretón y trabajar con los surrealistas, lo que consigue inmediatamente. Expone con ellos y finalmente rompe. Ha estado integrado en las actividades del grupo Phases, Santos Amestoy «animado por Edouard Jaguer -como dice Emmanuel Guigon- ardiente defensor de una línea de confrontación extremadamente dinámica entre surrealismo y abstracción lírica». Se ha aproximado al grupo Cobra, es amigo de Arsger Jorn, de Simón Hantaï, con quien desertaría de las filas bretonianas. Todo ello de manera fulgurante y en un breve periodo de tiempo. Michel Tapié (el autor de Un art autre, decisivo e influyente libro en el panorama de la abstracción del medio siglo, corriente en la que Saura se sumerge) le hace entrar en la internacional galería Stadler. Poco después, fundaba en España el grupo El Paso, referente indispensable -con el barcelonés Dau al set- del arte español del siglo XX.
Estábamos en 1950 y en la Sala Libros. Tres años antes, el librero Pepe Alcrudo localiza en la Zaragoza de los cuarenta el primer brote de la pintura abstracta en la España de la posguerra y organiza en 1947-49 el grupo Pórtico -del que emergen Santiago Lagunas y Fermín Aguayo- en rigurosa contemporaneidad con el expresionismo abstracto norteamericano y la abstracción lírica francesa de la veta Réalités Nouvelles. También alienta en la ciudad un núcleo surrealista en el que destaca un poeta excelente, Miguel Labordeta («Sumido 25»), y del que son buen ejemplo pintores como García Abrines o Gaspar Gracián. El joven Saura visitaba los talleres de los artistas de Pórtico y asistía a las reuniones del grupo. El concurso de Federico Torralba, un profesor al tanto -rara avis- del arte contemporáneo (su conferencia de 1944 sobre las nuevas formas del arte es toda una anticipación), fue tan beneficioso para los de Pórtico como para Saura, al que descubre publicaciones y revistas como Cahiers d’Art o la surrealista Minotaure. Tales son la precocidad y la agudeza del joven aragonés, que en las noticias de su época inicial se le ve acertando a la primera en la elección de la compañía más adecuada, del lugar más oportuno y, desde luego, de la lectura reveladora: su encuentro adolescente con Ismos de Ramón.
De Zaragoza a Madrid, los escritos del Saura de entonces muestran una cabal comprensión del surrealismo y del arte del siglo XX. Pienso en la contundente «Contestación al doctor López Ibor» que el muchacho publica en Indice, en 1952, y que contiene una de las más tempranas menciones españolas al abandono artístico de Marcel Duchamp. O el sorprendente texto «El Museo de Cristal», de 1953, que permaneció inédito hasta 1994, cuando Emmanuel Guigon lo publicó en el catálogo turolense de El jardín de las cinco lunas. Fue aquella exposición en el Museo de Teruel la primera gran revisión del primer Saura y la primera vez que la pintura y la literatura saurianas son examinadas de manera conjunta, cualidad que justifica la repetida y necesaria referencia en estas líneas de aquel trabajo de mi buen amigo francés. «Todavía no son más que obras experimentales -dice Guigon de las primeras obras de Saura- (…), anuncian la movilidad y lo patético que se convertirán en los rasgos dominantes de su lenguaje. Ahí uno se plantea preguntas sobre los vínculos que se entrelazan entre la imagen y el texto que la nombra, la «cosa vista y la cosa leída».
La prosa, como la pintura: nadie mejor que el propio Saura para describir sus figuraciones, cuya definición ética y estética -nacida de la posguerra española y de la atómica- ya había cuajado en 1961 cuando publica la «Carta abierta a Antonio Pericás», en medio de una modesta, aunque interesante, polémica ideológica en el seno de la izquierda artística española: «Y aquí está el tema de la figuración, del monstruo, presente en mis cuadros (…). El cuerpo de la mujer (…), reducido a su más elemental presencia, casi un esperpento, sometido a toda clase de tratamiento cósmico y telúrico (si así queremos llamarlo), puede parecer una prueba de la constante presencia del ser humano en el arte español, pero es sobre todo un apoyo estructural para la acción, para la protesta, para no perderme, para no hundirme en el caos (…). He pintado figuras con varios ojos y sexos enormes, esperpentos gritadores y gesticulantes, rotos por el capricho y la rabia. Esperpentos del deseo y deseos de ocho senos. Seres de desgarro y compasión, de alegría sin freno y carcajadas groseras, de desplantes toscos, de tristeza y de ignominia. Esperpentos aplastados y tridimensionales, antiformas de formas, cabezudos, enanos, tontos y leprosos. El macho negro y la hembra blanda. La gran puta, la hembra universal como la Venus de Cuenca y la Diosa Madre. La multitud hambrienta y el sacrificio de gas. Seres a bout de souffle; el pocero manchado, el perforador trepidante, el hambre y el parto con dolor. La inocencia maltrecha, el cachondeo y el guiño automático. El crucificado hecho hombre y la argelina torturada. El caballo desventrado de España, la muñeca trágica y el gran guiñol, moscas, sapos, larvas».
Aquel otro texto ingenuo, pero sauriano, que acompañaba a su primera exposición -organizada por Federico Torralba- inauguraba una escritura paralela que desde entonces habría de ir indisolublemente ligada a su producción pictórica. Ése es el rasgo que turba a L.T. (Luis Torres), el no menos ingenuo comentarista del Heraldo de Aragón. «En estos desahogos pictóricos -decía aquella nota- hay mucha más literatura que verdadero plasticismo». A su manera, tenía toda la razón. Recuérdese el «pinto i prou » de Nonell o la moderna reacción contra los excesos «literarios» del simbolismo. Algo desazonante llega con Antonio Saura. Es el diálogo encarnizado entre lo literario y lo pictórico que, si procede del surrealismo, renace ahora en la inédita categoría especular del pintor-escritor.
A propósito de «Programio», el juvenil programa-poema de 1951, al que Saura fue sustancialmente fiel durante toda su vida («pintar monstruos totalmente inventados»), Emmanuel Guigon escribe: «Pintura o poesía. Aquí el silencio, el dolor, el deseo del suspenso. Retorno del poema fuera de sí, la imagen despoja al discurso y lo entreabre a una mudez inesperada, como si la poesía hiciera velar sus derechos de influencia y de custodia contra un derroche narrativo bruscamente sometido a la prueba del destello. Pintura o poesía: afirmación de la porosidad del texto y de la imagen, de lo legible y lo visible, que coge a contracorriente toda una cara de la cultura occidental».
Pintura y escritura. Ya no es el tratadismo de la tradición renacentista y barroca, ni el didáctico a la manera de Klee o de Albers; ni las reflexiones sobre el pensamiento y la pintura propios y ocasionalmente ajenos, como -pongo por caso- las de un Seurat, un Mondrian, un Chirico, un Tapies… Tampoco es la obra literaria de un escritor que pinta (Klosowsky), ni del escritor, pintor o escultor que escribe, incluso, de su obra; sea Gutiérrez Solana, sea Michaux, sea Oteiza… No encuentro entre nosotros otro caso, si no es el de otro pintor muy pintor, aunque en las antípodas estilísticas de Antonio Saura. Me refiero, claro está, a Ramón Gaya. El Velázquez, pájaro solitario, de Gaya y El perro de Goya, de Saura. He ahí los dos textos más singulares de la literatura artística española. Indefinibles, inclasificables, intensos… Cierta es la lección que extraen del texto sauriano quienes alcanzan a entender la asociación de identidad entre Goya y el perro, en el desconcertante y singularísimo cuadro de la Quinta del Sordo, como obsesión y referencia del propio Saura, pues se desprende que está hablando de sí mismo, como en sus autorretratos imaginarios, sus Saurios, su serie Moi… Y, por lo tanto, de su propia obra, de la que su meditación acerca del cuadro goyesco es una de las claves. Pero es aún más cierto que esta clase de textos nos lleva más allá. A ese lugar esencial de la experiencia de la pintura, vedado por la convención científica, desde la que jamás se hubiera podido llegar a la conclusión del exhaustivo análisis que Saura nos ofrece y que, si dice del objeto, lo trasciende: «Nada tan absurdo como este cuadro, seductor de escritores, que no representa más que la pintura para afirmar el paradigma de la condición humana con su ejemplo». He aquí la última y verdadera revelación de El perro de Goya.
Un buen número de escritores (de Claude Roy a Lezama Lima, de Rafael Alberti a Severo Sarduy, de André Pieyre de Mandiargues a Cortázar, de Michel Butor a Julián Ríos, de Marcelin Pleynet a Hans Platschek…) se ha explayado a propósito de Saura con textos que, casi siempre, dicen más de los registros de sus autores que del pintor al que acompañan, enlazados a modo de canon los fraseos de sus melodías. El examen completo de la empresa sauriana sólo será posible a la vista de la correspondiente obra literaria. Hablo de una doble relación reflexiva y especular entre escritura y pintura que, al partir de un mismo autor, reflejan su mutua problematización como una permanente y radical exégesis que compromete a la pintura. Escritura que no se impone, que no exige ser leída a condición de la plena experiencia de la obra pictórica. Pero escritura consustancial, cuya continua interposición complica y suspende la posibilidad de obtener las conclusiones a las que pudiera aspirar cualquier texto que trate de ser interpretativo sin tenerla en cuenta.
Su vocación literaria, en la que prima lo teórico y ensayístico, potencia una actitud de atenta observación que, si constituye un eje fundamental de la práctica surrealista, no es exclusiva de ese movimiento. Para el surrealista Max Ernst (Escrituras), sea el pintor o el poeta que se abandona al automatismo, el autor asiste «en calidad de espectador, indiferente o apasionado, al nacimiento de su obra y observa las fases de su desarrollo». En otro lugar he recordado el precedente y exacto postulado que Juan Gris expresó en su conferencia de la Sorbona (publicada en 1923): «Es preciso que el pintor sea su propio espectador». En el mismo sentido, tampoco es la primera vez que me remito a la definición de Gombrich: «Pintar es un enfrentamiento activo con el mundo y, de este modo, el artista antes ve lo que pinta que pinta lo que ve».
Antonio Saura, escritor, hace algo más. Refiere distanciada y objetivamente la experiencia de su propia pintura. El proceso de objetivación de la imagen pictórica, de algo indeterminado que, en última instancia, procede del subsuelo irracional y violento, de lo incalificable y subjetivo. Merced a la escritura, parece organizarse aquello de una manera racionalizada y analítica que tiene un orden lógico, sintético y estructural y desemboca en la formulación sistemática de ciertos fenómenos expresivos y soluciones formales que justifican lo pictórico. Mutuo reflejo que engloba en una sola la experiencia de la pintura y la escritura saurianas. Paradigma del juego entre lo físico o automático y lo mental. Metáfora de lo subconsciente (de lo profundo, de la inabarcable y azarosa relación macro-microcósmica…) como pensamiento -logos- que, en último término, nos remite a alguna de las propuestas de Bretón en los manifiestos surrealistas. Es, además, ilustrador-intérprete de grandes textos literarios…
Variado ejemplo de todo ello puede hallarse en La imagen pintada, de 1987, y en los textos reunidos bajo el título de Notebook para el catálogo de la antológica seleccionada por Ad Peterson que se exhibió en el Stedelijk Museum de Amsterdam y en la Casa de Alhajas de Madrid, en 1980. El escritor Antonio Saura también asiste al gran espectáculo del «enfrentamiento activo con el mundo» que ofrecen la pintura, el arte y los artistas universales. Así, su Jackson Pollock, de 1958, su Bram van Velde, su Materia del Tiempo (Tapies) y hasta El pintor imaginario, su aportación a un seminario sobre Max Aub. Antológico, el largo texto introductorio a la exposición «Después de Goya. Una mirada subjetiva», de 1996. Y desde luego, el citado El perro de Goya, de 1992. Imprescindible, aquel ensayo de 1959, en Papeles de Son Armadans, que tituló «Espacio y gesto» y que sigue siendo lo mejor que entre nosotros se haya escrito, en vivo y en caliente todavía, sobre el informalismo y el expresionismo abstracto. Otras veces se crece en la refriega, como en la citada «Carta abierta a Antonio Pericás», de 1961, en Acento Cultural. El provocador panfleto «Contra el Guernica», de 1982, o el lucidísimo ensayo «L’Avangarde qui ne meurt pas», de 1985 cuya versión original en castellano tuve el placer beligerante de publicar aquel año y en número extraordinario de la Gaceta del Libro.
Y en unos y otros casos, explícita o implícitamente, sea en primeros o segundos planos, la pintura de Saura está presente en la literatura de Saura, espectador de todo y de sí mismo. Las series de El perro de Goya -los «perros» y «retratos imaginarios»- se remontan al final de los cincuenta y se prolongan hasta los últimos tiempos del pintor. Es decir, que se producen antes, durante y después de la elaboración del texto (que, si lleva fecha de 1992, puedo dar fe1 de su preparación en la segunda mitad de los ochenta). He ahí el ejemplo supremo del paralelismo entre escritura y pintura al que me vengo refiriendo. Pero también la muestra de la altísima y sostenida calidad de la pintura de Saura, autor de herniosísimos cuadros, desde las policromías surrealistas de su primera época, hasta la sobria y elegante paleta que aparece en las «crucifixiones», los «desnudos», los «retratos imaginarios»; en Geraldine en su sillón, de 1967… Tras las series del blanco y el negro, gracias a las cuales «estructuras morfológicas diferentes -dice el propio Saura- acabaron por definirse en el barroco ascético que habría de mantener en el futuro». «Barroco ascético», así llama al cruel trallazo de la gestualidad sobre un espacio emocionante que está en la esencia de su estilo.
La tradición contemplada desde la radicalidad del presente es otra de las notas características de su pensamiento y de su pintura: «Miró despacio el libro, y todavía más atentamente cuando aparecieron dos imágenes en color que reproducían dos retratos imaginarios. Intimidad, curiosidad. ¿Cómo el anciano y admirado maestro reaccionaría frente a aquellas pinturas deudoras tanto de él como de la historia? Mirándome fijamente a los ojos me dijo en un francés todavía acentuado en español: On en peut pas se debarraser, n ‘est pasl La ambivalencia del comentario y su intemporal significado eran evidentes: no podrás librarte de mí, de la misma forma que yo tampoco he podido hacerlo del pasado». Bastarían estas líneas en las que evoca su encuentro con Picasso («La imagen pintada») para probar la calidad de su prosa. Pero también, la continua referencia a la totalidad de la pintura en el presente y en la tradición sobre la que vertió sus incesantes reflexiones de escritor y su mirada de pintor. Y para desembarazar el inequívoco «acento español» de su pintura de los tópicos que, procedentes de bienintencionadas plumas extranjeras, hubo de soportar con demasiada frecuencia. En una entrevista que publiqué en 1980, en el Viernes Literario, me decía: «Es curioso, yo nunca he pretendido hacer un arte español y a pesar de ello, ante observaciones de este tipo no he podido negar nunca que en mi trabajo haya determinadas características que pueden identificarse con lo que se entiende por arte español. Es cierto que el arte español se define por una intensidad especial, por una determinada concreción del color -el negro, los grises, los ocres, las tierras, etc-; por una expresividad directa, sin tapujos, que no se anda con rodeos; por la presencia de lo inmediato. Hay también una cierta rusticidad que no excluye la elegancia ni la sensibilidad».
La muerte, que sabía próxima y prematura para lo que hoy es usual, le sorprendió el pasado 22 de julio cuando preparaba la edición completa de sus escritos. Quienes con especial deleite gozamos de la buena pintura como de la buena prosa, no podremos olvidar jamás -ut pictura poiesis- el nombre de Antonio Saura, pintor y escritor esencial en el arte español del siglo XX.
1 · Al poco tiempo de mi incorporación al Museo del Prado, en 1985, Las Meninas de Velázquez era sometido a un necesario proceso de limpieza. Se me había permitido -encomendado- invitar un día sí y otro también a aquellos de mis amigos pintores que quisieran asistir al insólito espectáculo del cuadro ya limpio y sin barniz, desprovisto de marco y apoyado sobre el suelo de la sala reservada para tan delicada operación. Antonio Saura repitió visita durante más de una semana. El restaurador inglés, al que no se podía molestar en sus horas de trabajo, hacía un alto a la una en punto para comer, y a esa misma hora estaba Antonio Saura, como un clavo, en mi despacho.
Visto desde la puerta, el tono del suelo de la sala, al coincidir con el de la estancia velazqueña, parecía prolongarse en el cuadro, lo que añadía un toque de milagrosa irrealidad a la realidad de la pintura y Antonio Saura, remedando a Gautier, exclamaba, "ou est le tableau?". El Foucault de Las palabras y las cosas se había quedado corto… Antonio, entusiasmado, contemplaba el cuadro desde todas las distancias y ángulos posibles; desde lo alto, incluso, de una escala rodante de unos cinco peldaños que el restaurador tenía dispuesta para alcanzar la parte superior de la tela. ¡Contemplar Las Meninas "en picado y contrapicado", insólita ocasión irrepetible!
Cierto día me propuso dar una vuelta por las Pinturas Negras. Recuerdo su sorpresa cuando le dije que Carmen Garrido, la directora del Gabinete Técnico, las había sometido a un análisis radiográfico y había descubierto que estaban pintadas sobre otras anteriores; sobre unos "amables paisajes campestres", como él mismo habría de escribir. La conmoción fue tremenda. Aquella tarde la pasamos en la cafetería del Museo, hablando de Las Meninas, las Pinturas Negras y El perro de Goya, sobre el que proyectaba escribir un ensayo, "un texto". Poco después, me llamaba desde París. Quería a toda costa el Boletín del Museo en el que, como le había informado, se publicaron los resultados de las investigaciones de Garrido. Había tomado la resolución de examinar la mejor bibliografía sobre las pinturas de la Quinta del Sordo, antes de ponerse a dar definitiva forma a El perro de Goya.
El nombre de Wislawa Szymborska (nacida en Bnin el 2 de julio de 1923, localidad cercana a Poznan ciudad situada en la región de la Gran Polonia, al noroeste del país) cierra, con toda probabilidad, el ciclo de escritores polacos laureados con el Nobel en el presente siglo y, por tanto, en este milenio. Previamente la precedieron Henryk Sienkiewicz (1846-1916) en 1905, Wladyslaw Reymont (1867-1925) en 1924 y Czeslaw Milosz (1911) en 1980.
La biografía de Szymborska es la peripecia vital de una mujer nada atípica. Dedicada al trabajo silencioso y a la creación poética en la intimidad desde su juventud, rehuyó siempre las vanidades humanas y las excentricidades a las que la genialidad literaria lleva en muchas ocasiones a los escritores. El punto de partida en la génesis lírica de la autora se produce con el traslado de la familia de Wincenty Szymborski y Anna de Rottermund, sus padres, a Cracovia, cuando la pequeña Wislawa contaba tan sólo ocho años de edad. Va a ser éste un acontecimiento determinante en su futura carrera literaria. En esta ciudad, bella, monumental, histórica y de larga tradición literaria, no sólo se vincula a algunos de los grupos y movimientos poéticos nacidos en los ambientes de la lírica de posguerra, sino que opta por adquirir una formación humanista académica estudiando Filología Polaca y Sociología, entre los años 1945 y 1948, en la Universidad de Cracovia, una de las más antiguas e importantes de la Europa medieval y renacentista, lo que, de alguna manera, también imprime en la joven Szymborska las huellas de un pasado pleno de talento literario respirado en las aulas de la Jagellónica. Este centro docente, fundado en 1364 bajo el reinado de Casimiro III el Grande como "Akademia Krakowska" (Academia de Cracovia), es en 1400 cuando se transforma en verdadera universidad, con el establecimiento de los estudios de Arte, Teología, Leyes y Medicina. La gran artífice de esta transformación fue la reina Jadwiga, esposa de Ladislao II Jagellón, la cual regaló sus joyas a esta institución docente para contribuir a su renovación y sostenimiento, y en cuyo honor fue rebautizada con el nombre de la dinastía como Universidad Jagellónica (Uniwersytet Jagiellonski).
La primera colaboración literaria de Wislawa Szymborska coincide con el principio de su vida universitaria: publica en un suplemento literario del Diario Polaco (Dziennik Polski) el poema titulado "Busco la palabra" ("Szukam slowa"), momento a partir del cual persigue, sin prisa y sin pausa, y experimentando las distintas posibilidades del lenguaje, la expresión de las contradicciones internas que sumergen la vida del hombre en abismos insalvables, un afán que se ve coronado con la concesión, el 3 de octubre de 1996, del Premio Nobel de Literatura.
Dentro del panorama de la poesía polaca del último medio siglo, Wislawa Szymborska es, junto a Czeslaw Milosz (1911) y Zbigniew Herbert (1924-1998), una excelente representante del movimiento clasicista de posguerra. Tal y como en el Romanticismo sucedió con la tríada formada por Adam Mickiewicz (1798-1855), Juliusz Slowacki (1809-1849) y Zygmunt Krasinski (1812-1859), cabe decir que los tres poetas, aunque por caminos distintos, han demostrado compartir rasgos y elementos ideológicos y formales, tales como ser herederos y seguidores de la tradición poética polaca de siglos anteriores y permanecer fieles a cuatro valores fundamentales: la razón, la inteligencia, la belleza y la virtud moral.
La obra poética de Szymborska se inicia con el libro Por eso vivimos (Dlatego zyjemy) (1952), al que sigue Preguntas hechas a uno mismo (Pytania zadawane sobie) (1954), un poemario que discurre serpenteando entre un cúmulo de cuestiones de naturaleza filosófica formuladas poéticamente y que podríamos definir como el núcleo, la esencia de su obra poética posterior. Su maestría se demuestra en el hecho de que estas cuestiones sustanciales, vinculadas de alguna manera a la estética del realismo socialista de la época, suelen tener un desenlace lleno de humor que sorprende al lector.
Sus libros posteriores son prueba del abandono consciente y crítico de esta vertiente determinada por la circunstancia política de Polonia. Y así, en Llamada al Yeti (Wolanie do Yeti) (1957), La sal (Sól) (1962), Cien alegrías (Sto pociech) (1967), Todo caso (Wszelki wypadek) (1972) El gran número (Wielka liczba) (1976) y Gente en el puente (Ludzie na moscie) (1986), su poesía se vuelve profundamente intelectual, esencial, moral, si bien nunca abandona el carácter irónico y humorístico que caracteriza toda su obra y que se prolonga hasta el que, por ahora, es su último libro publicado: Fin y principio (Koniecy poczatek) (1993).
Si tuviéramos que caracterizar con un elemento constante y distintivo su poesía frente a la de sus coetáneos, tendríamos que referirnos, sin duda, a la ironía con la que se acerca y aborda los vertiginosos vericuetos filosófieos de la existencia humana. Szymborska se sumerge en el laberinto de la existencia, en el meollo del devenir vital, desde la risa y la burla, desde la parodia y el distanciamiento intelectual; aunque, eso sí, sus versos derraman una constante y profunda emoción humana que contagia al lector hasta hacer que se sienta partícipe de su experiencia tragicómica.
Desde la seguridad de quien se sabe humano —y por tanto un ser excepcional, único e irrepetible en seno de la Naturaleza-, Szymborska proclama la dignidad de lo minúsculo, de lo efímero, tal y como en el siglo XVI hizo uno de los padres de las letras polacas, Jan Kochanowski (1530- 1584), en sus Bagatelas (Fraszki). Szymborska, como aquél, y como heredera de la tradición humanista polaca, da brochazos poéticos de concisa construcción y en cuyo contenido desarrolla una anécdota o motivo circunstancial que fluctúa entre el carácter jocoso, a veces frivolo, y la melancolía profunda por la fugacidad del asunto o del momento poetizado. Emulando al maestro renacentista en sus composiciones, introduce elementos autobiográficos perecederos y reflexiones metaliterarias propias para exponer su concepción de la imperfección del mundo que habitamos. La poesía de Szymborska goza, pues, de una capacidad extraordinaria para encontrar lo insólito, lo misterioso y lo milagroso en los actos diarios, cotidianos, en los pequeños momentos del día, en las cosas insignificantes. La poesía de Szymborska se hace grande porque se construye a partir de pequeñas cosas: un detalle, una mirada, una piedra, un lápiz roto, una ráfaga de la memoria, una vieja fotografía, todos esos instantes aparentemente nimios y cotidianos que, como si de un rompecabezas se tratase, configuran y dan color a la existencia plena y total de cada ser humano. Lo cotidiano construye lo infinito.
Por otro lado, cabe destacar el hecho de que la poesía de Wislawa Szymborska se basa en una aparente oposición entre el individualismo y la extroversión, entre el "yo profundo" y el "yo social" que dirían los psicocríticos. A Szymborska le interesa, casi con exclusividad, el individuo y su relación tragicómica con su circunstancia existencial y con la historia de la humanidad. Cada ser humano es único e irrepetible. La unicidad es lo que lo diferencia del resto de la Creación. Pero el hombre, desde su unicidad, construye la historia colectiva, la historia de un mundo cuya visión es amarga, trágica, dolorida. Lo que a Szymborska le interesa no son los grandes nombres de los manuales, ni las hazañas inmortalizadas en calles y plazas. A Szymborska le ocupan y preocupan aquellos hechos que son capaces de asombrar y conmover —en el más amplio sentido de la palabra- al hombre como algo único. Nos asombra la belleza, pero también el horror y el dolor. En el poema "Wietnam", por ejemplo, expresa, desde una supuesta apariencia de indiferencia ante la bestia de la guerra, el más profundo convencimiento de que en dicha situación, lo que tiene valor para una madre no es nada de aquello que se espera habitualmente en ese trance (el amor a la patria, la lucha por las ideas, la conservación de las propiedades materiales, etc.), sino sus hijos, lo único que de verdad es suyo, prolongación verdadera de su existencia carnal y espiritual:
Mujer ¿cómo te llamas? —No sé.
(…)
¿De qué lado estás? —No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. —No sé.
¿Existe todavía tu pueblo? —No sé.
¿Son estos tus hijos? —Sí.
Así pues, la masa carece de valor para Szymborska. Lo único que importa es ese carácter singular de cada ser humano y su búsqueda de la inmortalidad a través de sus actos, que deben ser, por un lado, lo suficientemente inteligentes como para dominar el entorno; y por otro, lo bastante irónicos como para permitirle un distanciamiento de la realidad y de sí mismo, y contemplar a ambos como un espectador que vive un sueño momentáneo y de cuyo fin es consciente. En definitiva: los únicos recursos de los que el hombre puede valerse para superar el dolor existencial son la inteligencia y la ironía. Sólo a partir del ejercicio de éstas es posible la salvación como individuo.
La aparente humildad de sus temas, la supuesta sencillez que el lector percibe cuando lee los versos de Szymborska, podría hacer pensar que se trata de una poesía sin artificio, desprovista de esqueleto. Es sólo una falsa impresión. Las cosas sencillas son tratadas con un lenguaje sencillo también, pero alcanzar desde la sencillez la conmoción poética es la más difícil de las tareas para un poeta. Los versos de Szymborska son accesibles a todos los que tengan un mínimo de sensibilidad ante el acto de la palabra. En ocasiones su aparente inocencia nos hace ver que Szymborska habla del mundo con lenguaje infantil, describe sus sentimientos ante la realidad como si mirara a través de los ojos de un niño, dando alas a una espontaneidad y sinceridad desbocadas. Huyendo de las largas frases, de las complejas estructuras lingüísticas, de recursos retóricos inaccesibles para el hombre de la calle, su poesía fluye con ritmos lentos, con palabras comunes vertidas en versos, generalmente breves, de monótona cadencia; como un pequeño riachuelo de la llanura polaca. O como la vida misma del hombre: un transcurrir sereno y sosegado hacia la muerte, sólo alterado por los zarpazos constantes de los prójimos, que por constantes van perdiendo su capacidad de despertar sentimientos profundos, se hacen habituales y duelen cada vez menos, porque las cicatrices se vuelven, con el paso del tiempo y la experiencia acumulada, más rígidas e insensibles. En el poema "En el río de Heráclito" nos presenta una imagen muy expresiva de su concepción del río de la vida:
En el río de Heráclito
un pez pesca otros peces,
un pez descuartiza a otro pez con un pez afilado,
un pez hace otro pez, un pez habita en otro pez,
un pez escapa de un pez sitiado.
La poesía de Szymborska ha supuesto, en el panorama de la lírica polaca contemporánea, un guiño a la esperanza, un punto no de llegada, sino de partida para el reencuentro del hombre consigo mismo en el nuevo milenio. A pesar de la masificación de los espacios, de la homogeneización de las ideas, y por tanto, de la desintegración de los valores culturales distintivos de los hombres y los pueblos; pese a la ausencia de la fe en uno mismo y en la voluntad y capacidades de cada ser humano, y la creencia de nuestro tiempo de que "el gran número" es portador de la verdad y la sabiduría absolutas, Szymborska reclama para el hombre su soledad, su idiosincrasia irrepetible, su derecho a caer y levantarse, su cauce aún por hacer arañando la tierra con las propias manos. El hombre, afortunadamente, es como el agua del río de Heráclito: cada gota es única e irrepetible, vive su identidad, crea su propia historia, aunque juntas todas tengan la apariencia de una masa uniforme que avanza imparable hacia la muerte oceánica.
Los poemas que presento a continuación pertenecen a diferentes libros de distintas épocas de la obra literaria de Wislawa Szymborska. Con ellos se pretende ilustrar la evolución poética de la autora a lo largo de las sucesivas etapas de su creación. Las traducciones al español han sido realizadas directamente del polaco para NUEVA REVISTA por Fernando Presa González.
PALABRITAS (La sal, 1962)
—La Pologne? La Pologne? Allí hace un frío horrible, ¿verdad? —me preguntó y suspiró con alivio. Y es que se han formado tantos países de estos que lo menos arriesgado es hablar del clima.
—Oh señora —le quiero responder— los poetas de mi país escriben con guantes. Con esto no quiero decir que nunca se los quiten; si la luna calienta, sí. Cantan la sencilla existencia de un pastor de focas con estrofas compuestas en altos ululatos, porque sólo así se les oye dentro del rugido del vendaval. Los clásicos graban con un témpano de tinta en los montones de nieve zapateados. Los demás, los decadentes, lloran el destino de las estrellas de nieve. Quien quiere ahogarse, tiene que tener un hacha para hacer un agujero en el hielo. Oh señora, oh mi querida señora. Sí, le quiero responder. Pero olvidé cómo se dice foca en francés. Tampoco estoy segura de cómo se dice témpano y agujero en el hielo.
—La Pologne? La Pologne? Allí hace un frío horrible, ¿verdad?
—Pas du tout – respondo heladamente.
LOS DOS MONOS DE BRUEGHEL (Llamada al Yeti, 1975)
Mi gran sueño en el examen de reválida sería:
dos monos, atados con una cadena, se sientan en una ventana
al otro lado del cristal el cielo vuela
y el mar se baña.
Hago un examen de historia de la humanidad.
Tartamudeo y vacilo.
Un mono, con la mirada fija en mí, escucha irónicamente,
el otro, en apariencia, duerme,
pero cuando tras una pregunta se hace el silencio
me sopla
a través del callado sonido de la cadena.
PROSPECTO (Todo caso, 1975)
Soy una pastilla tranquilizante.
Hago efecto en casa,
también en la oficina,
me siento en los exámenes,
me presento en el juicio,
pego cuidadosamente los cacharritos rotos;
tómame,
disuélveme bajo la lengua,
trágame,
bébeme con agua.
Sé qué hacer con la desgracia,
cómo aguantar una mala noticia,
sé atenuar la injusticia,
sé cómo iluminar la carencia de Dios,
combinar con el rostro un sombrero de luto.
A qué esperas:
confía en la misericordia química.
Todavía eres joven
deberías arreglártelas de alguna manera.
Quién ha dicho
que la vida hay que vivirla de manera valiente.
Devuélveme mi precipicio:
lo cubriré con un sueño,
me estarás agradecido (agradecida)
por las cuatro patas que te he dado para la caída.
Véndeme tu alma.
No habrá otro comprador.
Ya no hay otro diablo.
EL GRAN NÚMERO (El gran número, 1977)
Cuatro mil millones de personas en esta tierra,
y mi imaginación es como era.
Los grandes números no se le dan bien.
Aún la conmueve lo particular.
Revolotea en la oscuridad como la luz de una linterna,
muestra sólo los primeros rostro de la fila,
al mismo tiempo el resto desaparece en la ceguera,
en el no pensamiento, en el no olvido.
Pero esto ni el mismísimo Dante lo pararía.
Y qué hacer cuando no se es una misma,
aunque vengan a mí todas las musas.
Non omnis moriar – pena prematura.
Pero, ¿es que vivo entera y eso es suficiente?
Nunca bastó, así que menos ahora.
Escojo rechazando, pues no hay otra manera,
aunque lo que rechazo es más numeroso,
es más denso, más insistente que en cualquier otro momento.
A costa de pérdidas indescriptibles, como un poemilla, un suspiro.
A una llamada estruendosa contesto con un susurro.
Cuántas cosas callo, eso no lo contaré.
Un ratón al pie de su montaña materna.
La vida dura unas cuantas huellas de uña sobre la arena.
Ni si quiera mis sueños son como corresponde, populosos.
Hay en ellos más soledad que gentíos y algarabías.
En alguna ocasión alguien que murió hace mucho se pasa un momento.
Una sola mano gira el pomo.
La casa vacía se cubre con los anexos del eco.
Corro desde el umbral hacia el valle
silencioso, como de nadie, ya anacrónico.
De dónde aún este espacio en mi interior.
No sé.
UN GATO EN UN PISO VACÍO (Fin y principio, 1996)
Morir: eso no se le hace a un gato.
Porque qué tiene que hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Aquí no ha cambiado nada en apariencia,
y, sin embargo, está transformado.
No se ha movido nada en apariencia
y, sin embargo, está cambiado.
Y por la noche ya no se enciende la lámpara.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son los mismos.
La mano que pone el pescado en el platito
tampoco es la misma que lo ponía.
Hay algo que no empieza
en el momento habitual.
Hay algo que no ocurre
así como debería.
Había alguien aquí y estaba,
y después desapareció repentinamente
y obstinadamente no está.
Se ha mirado en todos los armarios.
Se han recorrido todos los estantes.
Hasta se ha comprobado entrando debajo de la alfombra.
Se ha llegado incluso a quebrantar la prohibición
y se han dispersado los papeles.
Qué más queda por hacer.
Dormir y esperar.
Verá cuando regrese,
verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Sobre las zarpas muy enojadas
se irá entonces en su misma dirección,
despacito,
como si no quisiera de ninguna manera.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.
El madrileño Agustín de Foxá, conde de Foxá, nació en 1903 y murió, tempranamente, en 1959, por lo que pertenece a la misma generación que los célebres Lorca, Alberti y compañía. Tocó todos los géneros literarios, y en todos ellos dejó impresa la huella de su ingenio y, en ocasiones, de su talento. Debió de ser un tipo muy simpático y ocurrente, a juzgar por lo que cuentan quienes lo conocieron, entre ellos mi tío, Alberto Prado, que lo trató en sus últimos años y que se tomó muchas copas con él en "Balmoral", que acababa de inaugurarse. Desempeñó varias misiones diplomáticas en el extranjero, donde cultivó por igual sus dos grandes pasiones: la poesía y las mujeres. No es un poeta constantemente grande, pero tiene momentos excepcionales, como los que alumbraron la génesis de "Lo inútil" y "Melancolía de desaparecer", dos poemas que Alicia se sabe de memoria y que no deberían faltar en ninguna antología.
LO INÚTIL
Esos gestos inútiles,
esas voces inútiles;
la del que vende juguetes que nadie compra,
la del que exhibe corbatas que producen risa.
Esa mano abierta en la lluvia;
la gorra en los dedos del campesino, en el salón;
esos gestos de nada;
esa voz de "doctor, sálvela";
las palabras humildes,
la mirada de súplica ante lo inevitable;
esas botas de niño que no abrigan contra la nieve.
El tísico, en el banco, que se tapa el pecho
con un periódico, como esa lluvia sobre el río,
como la manta sobre el muerto
aquel orillar del ahogado.
Todo lo sin motivo,
lo triste, lo pueril, lo ineficaz,
como este verso mío que no leerá nadie,
como el golpe de sol en los ojos del ciego.
MELANCOLÍA DE DESAPARECER
Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la senda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente,
y noches, llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata
cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
llevarme al sol, ni al cielo, en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo, hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja…
Góngora es el mayor poeta de la lengua española. Si alguien lo duda, no diremos, con palabras del célebre soneto, que sea fiera de razón desnuda, sino que algo le falla: el oído, la sensibilidad, el bagaje cultural. Subjetivamente, no hay poeta mayor que el que a uno le gusta. Pero, aceptando que los valores estéticos son algo objetivo, independiente de nuestra estimativa, se puede afirmar que
Su poesía está más cerca de la perfección que ninguna otra, incluidas las excelsas de Garcilaso o san Juan de la Cruz. Carece de los altibajos frecuentes en Lope, Esquiladle, Quevedo y demás, porque Góngora no es un escritor profesional; escribe cuando quiere, y si la musa no sopla, deja las cosas sin terminar. Su estilo es un licor muy concentrado; frente a él, los demás saben a aguachirle. A Góngora se lo puede leer después de cualquier poeta; en cambio, ninguno funciona bien, leído después de Góngora. Su dificultad se debe a la forma de la expresión. No hay poesía difícil por la forma del contenido. Lo que sucede es que la forma de la expresión admite varios niveles, alguno cargado de contenido ya literario: en especial, las referencias culturales.
Enriquece el léxico y revoluciona la sintaxis del castellano, aproximándolo al latín, para concederle más libertad. En nuestra lengua, después de Góngora, se respira mejor, y el verso, liberado de trabas e impregnado de musicalidad, suena también mejor. Góngora nos arrebata hasta su altura, lo que supone, para quien lee, un desafío, y para quien lo imita, un riesgo; requiere casi aprender otro idioma. El poeta, en una carta, dice que es meritorio proponer al lector cierto grado de dificultad como incentivo intelectual.
La fama de Góngora comenzó a sus 19 años, y no hizo más que crecer a lo largo de una centuria. Los coetáneos le llamaron Marcial cordobés, Píndaro andaluz, Homero español, príncipe o emperador de los poetas. Para el abad de Rute, humanista insigne y buen conocedor de la literatura italiana, es el primer poeta del mundo; otros aseveran que la lengua nunca tuvo ni tendrá otro igual. Cualquiera que en su tiempo osara comparársele habría pasado por loco. Influyó en la lengua poética más que nadie, en España, en Portugal, a ambos lados del Atlántico. Ahí están Calderón en España, sor Juana en México o Gregorio de Matos en Brasil para demostrarlo. Con el siglo XVIII vino la resaca creadora, el cambio de estética, y comenzó el largo purgatorio de Góngora, del que no había de salir hasta nuestros días.
Confundir la realidad con la asignatura es una profesorería que ha hecho estragos en muchos dominios del saber. En ninguno como en este caso. Al considerar retrospectivamente la literatura aurisecular, los eruditos del XVIII y del XIX observaron fenómenos que era preciso clasificar por razones didácticas: poetas llanos frente a otros complejos, serios frente a jocosos, sacros frente a profanos. Se habló, también, de escuelas regionales, agrupando autores muy dispares sobre la base del nacimiento o de la vividura. A Góngora se le colgaron, así, varios sambenitos: culterano, huraño, pedante y contrario a la concisión representada por Quevedo, caudillo del conceptismo, bando en el que no se sabe bien quiénes militan. Después de tal dicotomía, hablar de Góngora, para el común de las gentes, suscita inmediatamente la mención de Quevedo, lo que tiene tan poco sentido como si, dentro de unos siglos, al recordar a García Lorca, hubiera que mencionar a Blas de Otero.
Góngora fue hombre de carácter modesto, vividor, epicúreo, anticlerical y un tanto rebelde, a pesar de su profesión de clérigo. Su único rival, en popularidad, fue Lope de Vega, un año más joven, adorado por el vulgo que asistía a sus comedias. Del resto de los poetas suele hablar poco y no mal: por ejemplo, de Medinilla, Soto de Rojas, Luis de Vargas o Mira de Amescua. A Quevedo nunca lo nombra. Las sátiras atribuidas a uno y otro son de autoría muy dudosa. Cuando Góngora enferma, a comienzos de 1626, para regresar a Córdoba y morir al año siguiente, Quevedo es un escritor casi inédito; su única obra impresa, aparte algunos poemas poco significativos, es un epítome de la vida de fray Tomás de Villanueva, opúsculo lleno de unción y credulidad compuesto en doce días. Nada, pues, capaz de llamar la atención de quien estaba en la cumbre de la fama y con varios nobles disputándose la dedicatoria de su obra, que, inédita asimismo, circulaba en numerosos manuscritos hechos en talleres especializados y vendidos a alto precio.
Góngora y Quevedo, aunque de distinta generación, comparten la misma estética dominante en la Europa de los siglos XVI y XVII: el conceptismo. Lo cual no quiere decir que ostenten el mismo estilo, cosa imposible. Todo los oponía, excepto la tendencia general a jugar con las palabras, a elaborar los conceptos, a mezclar las referencias clásicas en textos de índole variopinta, jocoserios, sacroprofanos y cultipopulares. Son, ambos, conceptistas y culteranos, más conceptista Góngora, y más culterano Quevedo, más libresco, tal como corresponde a quien hizo del humanismo su profesión. Góngora, según se ha apuntado, transformó la lengua literaria de su tiempo, y uno de los primeros en sufrir su influencia fue el propio Quevedo, diecinueve años más joven, que publicó mucho en prosa, pero, renunciando a competir en otro terreno, mantuvo oculta la mayoría de su obra poética y solo vino a influir tardíamente en algún autor del siglo XVIII. Cuando un catador como Borges dice que el soneto «Menos solicitó veloz saeta», evocado al comienzo, sería el mejor de Quevedo si no perteneciera a Góngora, no hace más que poner las cosas en su sitio.
El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Ferdinand Braudel, La Méditerranée et le monde méditerranéen a l’époque de Philippe II, París, 1949; 2a edición, corregida y aumentada, 1996; El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la ¿época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid, 1953; 2a edición, 1976
Un mar, o un conjunto de mares y tierras, una época, o un punto de referencia cronológico, el reinado de Felipe II, continuamente desbordado: los protagonistas de la gran obra de Braudel escapan a cualquier clasificación reductora. Quizá por ello, a pesar de los avances experimentados en el conocimiento de esos ámbitos, el libro que, desde su aparición en 1949, ampliado y corregido sustancialmente por una segunda versión en 1966, se erigió en un hito de los estudios de historia moderna y no sólo del hispanismo francés, conserva el interés de un verdadero manifiesto metodológico, como culminación de una escuela de pensamiento y práctica histórica que marcó a generaciones de investigadores en toda Europa.
Una de las corrientes historiográficas de mayor influencia en el siglo XX, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, ha sido, sin duda, la representada por la revista francesa Anuales. Fundada en 1929 con el título de Anuales d’Histoire Economique et Sociale por Marc Bloch y Lucien Febvre, entre los objetivos prioritarios de su fase inicial estaban el rechazo del culto al dato y al documento, considerados como máximo criterio de objetividad por el positivismo; la propuesta de nuevos métodos y técnicas de investigación; la concepción del hecho histórico como un todo complejo, de múltiples dimensiones: políticas, sociales, económicas, psicológicas…; la exigencia de aproximar la historia a otras disciplinas; el valor de la comparación en el estudio histórico y, en suma, la mayor importancia concedida a la economía y la sociedad respecto a la política y las instituciones, entendidas como fragmentos de una historia événementielle.
El camino que llevó a la formulación de tales postulados fue largo y complejo. Uno de los primeros trabajos que revelan el nuevo sentido que iría madurando hasta la aparición de la revista es la clásica obra de Lucién Febvre, Sobre Felipe II y el Franco-Condado, publicada en 1912, fruto de una gradual mutación de la perspectiva cultural acerca de la naturaleza y los límites del conocimiento histórico, reflejada en la propia elección del objeto de análisis: no un individuo o una institución como imponía la tradición histórica positivista, sino una región considerada como una personalidad histórica colectiva y afrontada con criterios completamente distintos a los de los tradicionales estudios de erudición local. De esa forma, se intentaba reconstruir el conjunto de la sociedad de un área geográfica e histórica determinada a través y más allá de su aparato institucional y administrativo, en una suerte de lo que el mismo Febvre definiría más tarde como un essai de synthése. La tesis de Febvre expresaba así nuevas tendencias culturales, resumibles en una relación mucho más estrecha entre la historia y la geografía y en el uso de las clases sociales como parámetro de análisis de la sociedad.
Aunque el uso de la geografía era bastante común en la cultura francesa, en la segunda mitad del siglo XIX, con el creciente interés de los historiadores por los fenómenos jurídicos y administrativos, había ido quedando reducido a la descripción de los límites espaciales de los objetos de estudio. En su primera gran obra, Febvre concedía una atención privilegiada al aspecto espacial de los fenómenos sociales, desde el ambiente físico hasta los caminos y las comunicaciones. El análisis detallado de las estructuras geológicas y geográficas de la región elegida, la insistencia en sus contrastes y en sus predisposiciones económicas y sociales, se convertían en instrumentos esenciales para determinar la naturaleza histórica del "estado", expresión de la íntima colaboración entre las fuerzas naturales y humanas, en la que parece sentirse un eco de las tesis de Taine y, sobre todo, de Paul Vidal de la Blache. Éste había insistido en la necesidad de asociar el hombre con el ambiente para definir el marco de las posibilidades de desarrollo de las "individualidades geográficas", sustituyendo la genérica noción de Taine de "ambiente" por la de "zonas climáticobotánicas". En la misma línea, Febvre distinguiría estructuras condicionantes en la llanura y la montaña, que definían la organización del paisaje, físico y humano, y condicionaban un contraste marcado de vocaciones culturales e, incluso, de civilizaciones. El concepto de paisaje, como construcción humana, sustituía así al más determinista de ambiente, para erigir al hombre en el centro de la nueva geografía.
Por otra parte, el abandono de la mística nacionalista se veía acompañado del rechazo implícito del determinismo materialista imperante en los autores marxistas del momento, en una línea que al insistir en la creatividad y movilidad de la actividad económica, se alejaba de las lecturas mecánicas de las relaciones entre economía y sociedad. Las propias clases sociales superan sus orígenes económicos para presentarse como conjuntos de características más complejas, desde la economía hasta las instituciones, el poder político y la mentalidad, haciendo necesarios nuevos instrumentos para reformular los temas y los métodos de la investigación.
Junto a la novedad del enfoque temático y metodológico, el "Franco Condado" supuso una gran aportación al cambio de las preferencias investigadoras, no sólo por su ámbito territorial, sino también por el periodo elegido, el siglo XVI, hasta entonces postergado por la historiografía positivista que, atenta sobre todo a plantearse retos filológicos y de crítica textual, prefería centrarse en el periodo medieval, en tanto que la historiografía influida por la sociología durkheimiana se centraba en la historia económica del siglo XIX. Se iniciaba así el interés por la Edad Moderna y en concreto por el siglo XVI, que caracterizaría a la escuela de los "Annales" y al que vendría a sumarse la atención de notables hispanistas franceses por los orígenes del Siglo de Oro español.
Tras los primeros trabajos del periodo de entreguerras, puede distinguirse una segunda fase entre el final de la II Guerra Mundial —con la desaparición de M. Bloch— y el final de los años sesenta. Se trata de un periodo de madurez, presidido por la figura de Ferdinand Braudel, director de la revista desde 1956, en el que se precisan y difunden los rasgos característicos de la "escuela" bajo la influencia creciente de los modelos funcionalista o estructuralista. En el centro de la historia aparecen los grupos, colectividades y sistemas sociales de los que se analizan sus dimensiones temporales, espaciales, humanas, sociales, económicas y culturales. Hito esencial de esta fase es la publicación de la gran obra de Braudel sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II y la reflexión teórica realizada por el mismo historiador.
En el Mediterráneo de Braudel se dan las condiciones señaladas por autores como Max Weber para el desarrollo de una disciplina científica a partir del cambio de perspectivas y la revisión de las "formas lógicas", capaz de asumir la propia incertidumbre del trabajo histórico. Retomando observaciones desarrolladas al menos desde Nietzsche, Braudel señala en un escrito publicado inmediatamente después del Mediterráneo que, al igual que la vida misma, la historia se presenta como un espectáculo huidizo, en movimiento, resultado de la intersección de problemas íntimamente interrelacionados y que dan lugar a múltiples apariencias y contradicciones. De ahí que la cuestión de la objetividad, tan debatida por los teóricos de la historia desde el siglo XIX, aparezca como un falso problema, ya que no hay, en realidad, una tensión radical entre vida e historia -como señaló el mismo Nietzsche—, sino un reflejo entre dos formas de representación complejas y mutables. El historiador debe intentar por ello dotarse de los instrumentos precisos para aprehender, si no la totalidad, al menos el mayor número posible de elementos de ese paisaje cambiante.
En su ensayo sobre la "larga duración", Braudel intentaría responder a la escisión entre la representación científica del tiempo, necesariamente homogénea y monolineal, y la discontinuidad de los procesos históricos. Dado que el historiador opera, en sustancia, dentro de una multiplicidad de posibilidades, de puntos de vista, el único vínculo posible entre ellos es la medida. La fragmentación de la "duración" es una creación subjetiva: las "duraciones" que distinguimos son "solidarias" entre sí. Los fragmentos diferenciados en esa duración única se reconstruyen al final del trabajo del historiador. Así, "larga duración", coyuntura, hechos, se conectan sin dificultad desde el momento en que todos se miden de acuerdo con una misma escala. Por ello, adentrarse en uno de esos "tiempos" implica introducirse en todos.
El tiempo histórico es por tanto tiempo de la medida, al igual que el tiempo de los economistas, y frente al tiempo multiforme de los sociólogos; para el historiador, según Braudel, todo comienza y termina en un tiempo matemático, como externo a los hombres, que los empuja y condiciona, desplazando sus propios tiempos particulares.
Pero si la medida es el único valor de la historia, todos los hechos no mensurables quedan privados de valor o se convierten en objetos de la historia como simple diferencia o residuo respecto a los hechos dotados de valor. La definición de la historia como "dialéctica de la duración", como una contraposición viva entre el instante y el tiempo que corre lentamente, implica una metáfora de la propia historia como espejo de la vida. De ahí que se haya podido señalar que entre tal connotación metafórica y las otras connotaciones psicológico-subjetivas y cronológicas de la "duración" braudeliana no se aprecian sólidas vías de mediación, sino saltos, fracturas y oscilaciones.
Estas consideraciones teóricas se reflejan en el terreno historiográfico. La obra de Braudel oscila entre la historia como "conjunto de técnicas" y una posible "historia como ciencia". El propio autor afirma en su ensayo sobre la "larga duración" que concibe la historia como "la suma de todas las historias posibles, un conjunto de técnicas y de puntos de vista de ayer, de hoy y de mañana", por lo que el problema planteado es el de definir una jerarquía de fuerzas, de corrientes y movimientos particulares para captar luego los conjuntos. De esta forma, según algunos, se encontrarían en Braudel las premisas de la crisis de identidad asociada con la labor historiográfica de los últimos años, particularmente la desarrollada en torno a los "Annales": el contraste entre larga y breve duración, entre el ámbito de los largos procesos y el de los hechos; las dimensiones mensurables y no mensurables de la experiencia humana; el carácter dialéctico o no del nexo entre continuidad y discontinuidad en la historia; la posibilidad de reconstruir científicamente el pasado, entendida sólo como rastro material o documental; la realización de un proyecto de historia global y el riesgo de disolución de la categoría misma de "historiciclad" que aquél puede comportar; la relación entre la investigación, el incremento del conocimiento histórico y la conciencia de nuestro propio tiempo, o, si se quiere, la dialéctica político/social, individual/ colectivo o la naturaleza de las fuerzas históricas. Se trata de "puntos críticos" que emergen tanto de la más reciente producción de los "Annales" como del amplio abanico de tendencias de la llamada "nueva historia". La influencia en la praxis historiográfica de la dialéctica de la duración braudeliana ha demostrado una gran fecundidad para el desarrollo de las técnicas y métodos de investigación, si bien ha replanteado la alternativa entre una historia uniforme, inmóvil y casi insensible a los cambios, y la proliferación de historias separadas, difícilmente comunicables entre sí.
Por otra parte, hay que destacar que, sin negar la importancia de la dimensión política de la historia, la obra de Braudel se presenta en su conjunto como un intento de articulación de los diversos planos históricos. Para ello se distancia de la sólida tradición historiográfica francesa de índole político-diplomática y administrativa procedente del siglo XIX y reflejada por obras como el Dictionnaire de Chéruel, los estudios promovidos por la escuela de Chartres y por la École Nórmale Superieure, la obra de Fustel de Coulanges o los estudios sobre las instituciones financieras francesas entre finales de la Edad Media e inicios de la Edad Moderna, coordinados por Dupont Ferrier. Braudel continúa la polémica con esas tendencias ya iniciada por Mare Bloch y Lucien Febvre, en una actitud característica de los "Annales" desde sus inicios, con su preferencia por la historia économique et sociale sobre una historia política lastrada por la crítica al positivismo y casi ausente de la revista en sus primeros diez años. Ello no fue obstáculo, sin embargo, para que el propio Mare Bloch planteara la necesidad de "repensar la historia política", transformando y ampliando el contenido de sus nociones básicas, como la de "institución", considerada no sólo como conjunto de lógicas y prácticas jurídicas, de organismos y funciones de los aparatos públicos, sino también como modalidad compleja de organización del poder, incluyendo las actitudes y reacciones de los gobernados frente al "Estado".
En el Mediterráneo Braudel realiza una compleja construcción expositiva donde, no sin contradicciones, confluyen la diversidad de puntos de vista, la exigencia de ensanchar los sujetos de la historia – y entre ellos de la historia política-, el replanteamiento de perspectivas tradicionales y el intento de jerarquizar tiempos y planos históricos. En el ámbito concreto de la historia política, la parte de la obra dedicada al análisis de los "imperios" se funda en el encuentro entre los factores de la coyuntura y de la estrategia política: la unión entre las condiciones "externas" y el papel de las grandes individualidades viene dada a través de la identificación de opciones, estrategias y proyectos políticos determinados, en una línea que, en último extremo, no deja de evocar a Ranke. Así, el modelo de historia política resultante es el de la exposición de diversas posibilidades alternativas, sin caer por ello en los planteamientos de la llamada counterfactual history, de los juegos de simulación de hipótesis. Por el contrario, se afirma la estrecha correlación existente entre economía y política. Entre la coyuntura, esencialmente económica, y la gran personalidad política, condicionada por aquélla, el papel consagrado al "Estado", como ámbito de opciones políticas y como administración, aparece muy limitado, primando los factores de debilidad y dependencia respecto a las situaciones preexistentes —como el papel de la ciudad y el territorio, la organización del espacio, etc.— sobre los de modernidad y capacidad organizativa.
En las brillantes páginas de una obra a la vez racional y apasionada, el mundo de piratas, mercaderes, pastores y navegantes que surcan continuamente un vasto espacio cultural prima sobre las grandes construcciones políticas y sus protagonistas oficiales. Por ello, figuras como la de Felipe II parecen desdibujarse tras los pueblos que gobernó o combatió y las relaciones espacio-temporales se erigen en reto decisivo para la configuración de su Monarquía, un camino por el que la investigación histórica no dejará nunca quizá de adentrarse suficientemente.
Desde que Apple Computer realizó su salida a bolsa en 1980, hasta el 31 de diciembre de 1997, han transcurrido 17 años muy intensos en la vida de las empresas de alta tecnología. Empresas que entonces eran poco más que proyectos de "garaje", desarrolladas por jóvenes emprendedores del mundo de la programación informática, se han convertido en gigantes económicos, cuyos propietarios ocupan las primeras posiciones del ranking mundial de primeras fortunas (y las primeras páginas de los periódicos y revistas). Al mismo tiempo, sus productos, que han ido evolucionando con una rapidez nunca vista hasta ahora, se han convertido en los ejes sobre los que gira la transformación de la sociedad postindustrial, dando paso a la sociedad de la información, a la que nos dirigimos en los albores del siglo XXI.
Analizar las condiciones en las que, en menos de un cuarto de siglo, se ha producido una transformación tan profunda es un objetivo apasionante que puede ser contemplado desde muchas perspectivas: ¿bajo qué condiciones sociológicas se ha fomentado la creatividad de tantos emprendedores? ¿Cuál es el papel que debe jugar el mundo académico en este proceso? ¿Qué incentivos deben proporcionar las administraciones públicas para que las empresas de alta tecnología se instalen en unas zonas y no en otras? ¿Qué papel desempeñan la legislación, los controles y las protecciones a actividades ya instaladas, para ayudar a generar el clima adecuado para la creación de nuevas empresas? ¿Cuáles son los mecanismos de financiación más convenientes para que los buenos proyectos resulten beneficiados frente a los menos atractivos? ¿Qué impacto tiene todo ello en la creación de empleo?
Entender las causas que han fomentado una creatividad tan explosiva puede servir para conocer las claves en las que se moverá nuestra sociedad en las décadas venideras. En este texto me centraré en los aspectos financieros, auténtico combustible de la creación intelectual de productos y servicios relacionados con las tecnologías convergentes: los sistemas de información, las telecomunicaciones y el sector multimedia.
Varias son las zonas del planeta en las que esta explosión de conocimiento ha sido más significativa: el Silicon Valley, es decir, la franja que va desde San Mateo, pequeña población al sur de San Francisco, hasta San José, y desde la autopista 280 hasta la bahía, apoyada por las universidades de Stanford, Berkeley y la universidad del Estado de California; el área de Boston, con el impulso del MIT y de Harvard, entre otros, y sobre todo, Wall Street, es decir, la calle de la parte baja de la isla de Manhattan, en la que radica una de las dos bolsas de Nueva York, y que ha hecho posible la financiación de las empresas de tecnología (y otras), obtenida a través de las bolsas de valores (especialmente NASDAQ, Wall Street y el Pacific Stock Exchange).
Durante este periodo de 17 años, las bolsas principales de Estados Unidos han admitido un total de 1.099 compañías de los sectores de alta tecnología. Dichas empresas son aquellas que han sido capaces de obtener financiación para su desarrollo, a través de la salida a bolsa, y en muchos casos a través de sucesivas ampliaciones de capital, realizadas posteriormente.
Sin hacer ninguna corrección monetaria, para tener en cuenta el distinto valor del dinero durante estos 17 años, he calculado la suma de las distintas capitalizaciones bursátiles, en el momento de la salida a bolsa de cada una de las empresas. Entendemos que ésta puede ser una forma de medir el valor inicial que el mercado reconoce a las 1.099 empresas objeto de nuestro análisis. Seguidamente, he calculado la capitalización bursátil de las empresas supervivientes de la muestra, el día 31 de diciembre de 1997.

Los fríos números de la tabla anual de salidas a bolsa nos dan poca información sobre los antecedentes financieros de las 1.099 empresas que consiguieron pasar los controles de las autoridades bursátiles y obtener financiación para sus proyectos a través del mercado. No es una tarea fácil conocer, caso por caso, cuáles fueron sus orígenes económicos. Sí es posible razonar que un elevado porcentaje de ellas pasaron previamente por la etapa de exponer sus proyectos a inversores particulares o institucionales, que aportaron sus recursos económicos en la forma de capital riesgo para permitir que éstas alcanzasen la madurez de productos, clientes y mercados, y el tamaño económico suficiente para alcanzar la mayoría de edad que les permitiera salir a bolsa.
Durante este mismo periodo, se estima que las empresas de capital riesgo proporcionaron financiación a algo menos de 13.000 empresas de tecnología por un importe global de $43.0 bn. (Ptas. 6.5 bn.). Esta cifra, que representa aproximadamente el 25% de la capitalización bursátil inicial de la muestra anterior, es en gran parte de los 1.099 casos, la primera financiación recibida, y permite a las mejores empresas realizar su salida a bolsa, tras un periodo de maduración de 2 a 3 años.
Ambos mecanismos de financiación: la bolsa y el capital riesgo son un importante elemento, si no el fundamental (junto con la formación del capital humano) para hacer posible el desarrollo de las tecnologías alrededor de las que, poco a poco, se va configurando la llamada sociedad de la información.
Un análisis más detallado de estos resultados arroja las siguientes conclusiones:

A lo largo de estos 17 años, tanto el número de compañías que han creado valor para sus accionistas como el valor absoluto creado, excede con mucho a las que han desaparecido o dado lugar a una minusvalía.
Como veremos, la tendencia parece indicar que en los últimos años las expectativas de ganancias han crecido considerablemente, como resultado de un conjunto de circunstancias.
Efectivamente: para el periodo 94-97, en el que se produce el desarrollo espectacular de Internet y que marca las tendencias actuales, llegamos a la conclusión de que el potencial de creación de valor de las empresas que se encuentran en este sector puede exceder al creado por el desarrollo de la industria del PC en los años 80, como veremos a lo largo de este estudio.
Por un lado, las empresas de software (comenzando por Microsoft) o de equipos para redes (como Cisco y 3Com) o de hardware y software (como IBM) han rediseñado sus productos para volcarse casi completamente en aplicaciones, equipos y servicios para Internet. Por otro, la mayor parte de los nuevos entrantes en este mercado, tienen por objeto el desarrollo de servicios de valor añadido que se benefician del enorme crecimiento del mercado, impulsado por Internet. Tal es el caso de Netscape, @Home, AOL, Amazon.com y Yahoo.
También es posible constatar, cómo gran parte de las operadoras telefónicas mundiales están rediseñando su estrategia para reconocer la transformación profunda de su negocio. Esto se produce como resultado de tres factores: la liberalización de los mercados de telecomunicaciones, el desarrollo tecnológico y el modelo Internet. John Sidgmore, vicepresidente de Worldcom y presidente de UUner, ha manifestado públicamente, a finales de septiembre del año 1998, que en el año 2004 Internet requerirá el 99% del ancho de banda disponible, quedando el 1% restante para la voz y otros servicios. Quiere esto decir que es previsible que el mercado de voz se convertirá en un mercado de nicho, cuando hasta hace pocos años representaba la práctica totalidad de la facturación de los operadores de telecomunicaciones.
La liberalización de las telecomunicaciones, unida a la convergencia tecnológica, cierra el ciclo iniciado con la financiación de proyectos de tecnología por medio de capital riesgo, haciendo que los accionistas financieros de estas últimas realicen fuertes plusvalías y sus promotores alcancen posiciones de gestión en las operadoras telefónicas, obteniendo participaciones accionariales relevantes y en muchos casos, el premio económico a su acierto, realizando en la bolsa el valor de sus acciones. A través de este ciclo, es posible concluir que nunca antes, tanta gente ha ganado tanto dinero como hoy en día se ha producido con la explosión de Internet.
Para ilustrar esta conclusión, he estudiado dos tipos de implicaciones en la valoración bursátil de las empresas que están en bolsa o han colocado sus acciones en los mercados bursátiles y tienen una actividad fundamentalmente centrada en Internet.
Dentro de las primeras, es decir, aquellas empresas de tecnología que han adaptado sus productos y servicios al nuevo paradigma, se han producido revalorizaciones muy considerables como resultado de su cambio estratégico. La más significativa ha sido Microsoft, que desde la salida a bolsa de Netscape, que amenazó su hegemonía, sacando el navegador (browser) y regalándolo a través de la red, ha experimentado un incremento de su capitalización bursátil de 123 billones de dólares (¡18.4 billones de pesetas!). Esta circunstancia ha dado lugar a otras nuevas muestras de la revolución de la sociedad de la información, que tienen gran actualidad en estos días: la demanda contra Microsoft por supuestas prácticas anticompetenciales por parte del gobierno de los Estados Unidos (la sociedad de la información requiere un análisis sobre defensa de la competencia, que no forma parte de este estudio, pero es de gran importancia). Siendo espectacular esta cifra, no es un caso aislado, pues en el mismo periodo (95-97), otras muchas empresas del sector que han reconvertido su estrategia han experimentado también alzas espectaculares. Cabe citar a Cisco: $32 bn. (Ptas. 4.8 bn.), Sun Microsystems $15 bn. (Ptas. 2.3 bn.) o America Online, que era un servicio de noticias y correo electrónico propietario, que al emigrar a Internet, también se ha revaluado en $6 bn. (Ptas. 0.9 bn).
LA FINANCIACIÓN ES UNO DE LOS COMPONENTES FUNDAMENTALES EN LA INDUSTRIA DE LAS EMPRESAS DE ALTA TECNOLOGIA
Sin las empresas de capital riesgo primero, los bancos de inversión después y las bolsas de valores finalmente, la situación actual de las empresas de alta tecnología habría sido muy distinta. Es evidente que el desarrollo del conocimiento que se produce alrededor de las universidades como el MIT o Stanford, es necesario para la creación de nuevas tecnologías. También las consideraciones socioculturales que apoyen a los emprendedores y los sistemas de promoción meritocráticos de las empresas son condiciones necesarias. Pero todas ellas necesitan de la existencia de un sistema de financiación que dé oportunidades a los emprendedores para que obtengan: primero, los fondos necesarios para convertir sus proyectos en realidades y, después, el premio económico a sus aciertos. Este último, representado por el NASDAQ, Wall Street y el Pacific Stock Exchange, ha dado probadas muestras durante los casi 18 años que han transcurrido desde la salida a bolsa de Apple Computer de su utilidad para ayudar a convertir ideas en sólidas empresas, y a jóvenes con conocimientos informáticos en multimillonarios que ocupan los primeros puestos de los rankings de grandes fortunas del mundo.
LA ADMINISTRACIÓN N O PUEDE SER AJENA AL DESARROLLO DEL SECTOR
La Administración de los Estados Unidos ha ocupado un papel fundamental en el desarrollo de este sector. En primer lugar, como gran cliente de muchas de las empresas que han suministrado y suministran sus productos al ejército o la NASA u otros departamentos y organismos estatales. Pero también las industrias de alta tecnología han encontrado en las actuaciones de la Administración americana el necesario clima para alcanzar el crecimiento. Entre estas actuaciones, las más significativas son:
—La liberalización: desde la fragmentación de «Mama Bell» y la liberalización de ciertos tramos del espectro radioeléctrico al principio de los años 80, se ha producido un crecimiento que era difícilmente explicable de otra manera.
—El desarrollo legislativo: las leyes que afectan al sector están en permanente revisión y modificación.
—La protección de los intereses de empresas americanas frente a las de otros países: a través de la protección a la exportación de tecnología a otros países o el acuerdo de comercio de semiconductores entre Estados Unidos y Japón.
—El papel de liderazgo en el desarrollo de Internet: la democratización del acceso a las autopistas de la información era uno de los tres puntales ideológicos del primer mandato Clinton/Gore (la potenciación de las pymes y la protección medioambiental eran las otras dos).
LOS INVERSORES EN EL SECTOR DE ALTA TECNOLOGÍA SE GULAN POR RAZONAMIENTOS MAS SICOLÓGICOS QUE DE TIPO TÉCNICO
La decisión de invertir en empresas de este sector, generalmente de nueva creación y pequeño tamaño, implica la vocación de asumir altos riesgos. Sus productos son a menudo difíciles de entender por el usuario medio. Su vida es dudosa, pues con frecuencia son reemplazados por otros antes de haber alcanzado el volumen adecuado para rentabilizar las inversiones necesarias para su creación y lanzamiento.
El factor psicológico es fundamental para hacer posible la colocación en el mercado de las acciones de las empresas de este sector. Hasta la salida a bolsa de Yahoo, el famoso motor de búsqueda (o portal, según la moda actual), parecía imposible convencer a los inversores para que apostasen por una empresa sin previsiones claras de resultados ni tan siquiera de ingresos. Cuando Yahoo se coloca en el año 96, alcanzó una capitalización de $334 MM (ptas. 50.000 MM), sin haber tenido ingresos hasta la fecha, ni estar previstos hasta pasados dos años. El 31.12.97 su capitalización era de $ 3.100 MM (ptas. 465.000 MM). Los ingresos previstos para el año 98 son de $150 MM y por primera vez ha obtenido unos modestos resultados positivos en el tercer trimestre del año 98.
LA INVERSIÓN EN TECNOLOGÍA ES CICLICA Y MUY ESTACIONAL DENTRO DEL MISMO AÑO
Durante este periodo, se han producido tres olas de desarrollo tecnológico. La primera es debida a las mejoras en la velocidad de proceso de los semiconductores acompañadas de la reducción del espacio y el precio de éstos. La segunda, es debida a los desarrollos de software. La última, a la difusión comercial del concepto de Internet como el conjunto de desarrollos tecnológicos, legislativos y económicos, que hacen posible el crecimiento explosivo del número de ordenadores conectados en red. Cada uno de estos saltos cualitativos ha venido seguido de un salto en el número de salidas a bolsa y el importe de estas mismas.
Durante los años analizados en 11 de los 17 veranos, las acciones de las empresas de tecnología se han comportado peor que la media. Esto parece debido a que las ventas de productos informáticos se concentran en el último trimestre del año y, por tanto, las presentaciones de los nuevos productos (que siempre comportan incertidumbres) no se hacen hasta el mes de septiembre, siendo el verano, por tanto, la época más baja. Es por esto que muchas compañías del sector tienen su año fiscal de septiembre a agosto, en lugar de enero a diciembre.
ES FÁCIL EQUIVOCARSE CON LAS INVERSIONES EN TECNOLOGÍA
Con frecuencia los inversores se han entusiasmado por productos que luego no han tenido éxito o su ciclo de vida se ha acortado por la aparición de otras tecnologías sustitutorias. Por ello, un número pequeño pero significativo de empresas (58) entre las analizadas ha desaparecido y un 46% de las empresas que no han sido adquiridas por otras, tenían el 31 de diciembre de 1997 capitalización bursátil igual o menor a la de su momento de salida.
LAS EMPRESAS QUE HAN TENIDO MAYOR ÉXITO SE HAN REVALORIZADO DURANTE LOS ÚLTIMOS 17 AÑOS EN UN IMPORTE SUPERIOR A DEL PIB ESPAÑOL
Los primeros 45 valores, entre los que se encuentran nombres tan conocidos como Microsoft, Cisco, Compaq, Lucent Technologies, Computer Associates, Dell, Oracle, Sun, 3Com, etc., han creado valor para sus accionistas por un importe de $497 bn. (ptas. 75 bn). En otras palabras, estas 45 empresas han generado riqueza por un importe próximo al del PIB Español.
En otras palabras, el 4% de las empresas han creado el 67% del valor de toda la muestra analizada. Las 45 mejores empresas, encabezadas por Microsoft, han conseguido una mejora en su capitalización bursátil de $497 bn.
EL NÚMERO DE EMPRESAS QUE ACIERTAN EN SU DESARROLLO PARECE PERMANECER INVARIABLE A LO LARGO DEL PERIODO ESTUDIADO
Los inversores más prudentes han de tomar posiciones en los momentos en los que el mercado sea más estrecho.
Efectivamente, cuando el mercado acepta menos salidas a bolsa, se vuelve más selectivo y las empresas que pasan la criba, han tenido un comportamiento bursátil mejor. Esta regla lleva implícito el hecho de que el número de empresas exitosas es más o menos el mismo cada año y cuando el mercado admite mayor número, los errores también crecen. En el periodo analizado, sólo escapa de esta regla 1986, año en que se hicieron públicas las acciones de Microsoft, Oracle, Sun Microsystems y Silicon Graphics, entre otras.
INTERNET PARECE SER EL COMÚN DENOMINADOR DE LAS NUEVAS OPORTUNIDADES
Los catalizadores del éxito de Internet necesitan apoyarse en una premisa elemental: el parque de PCs. Sin ordenador, no hay Internet. Por ello, los expertos en el desarrollo marketiniano de Internet se apoyan en dos máximas muy conocidas:
—Un PC en cada mesa de despacho, luego al alcance de cada mano y después en cada casa.
—Todo instrumento electrónico (profesional o doméstico) terminará estando interconectado en red.
Estas dos tendencias, que están en las raíces del desarrollo de Internet, pueden servir de instrumento de medida del acierto de los productos o servicios de nuevas empresas que pretendan salir a bolsa.
LOS INVERSORES DEDICARÁN CADA VEZ MAYOR INTERÉS A LAS EMPRESAS DE TECNOLOGIA
Durante los 17 años de este estudio, la inversión que el conjunto de las empresas norteamericanas han dedicado a tecnología, ha pasado del 17% al 48% del total de sus inversiones. Actualmente, a la fecha de este estudio, es por tanto razonable pensar que de cada dólar que invierte una empresa de cualquier sector (no sólo las financieras o de seguros, tradicionalmente primeros consumidores de sistemas de información), la mitad va destinada a la mejora de sus procesos a través de la tecnología y a desarrollar nuevas oportunidades de negocio en el entorno de Internet.
LOS INVERSORES CADA VEZ CONCEDERÁN MÁS IMPORTANCIA AL FACTOR HUMANO
Los promotores de las empresas de alta tecnología comienzan a ser conocidos a nivel mundial. El éxito económico de sus iniciativas, es en los momentos actuales un aliciente importante para otros que están empezando y que aspiran al reconocimiento económico. Además de esto, el factor credibilidad juega un importante papel en una industria en la que las ideas y el conocimiento están por encima de todo lo demás, los ingredientes necesarios para el éxito.
Para un inversor profesional o particular que desee apostar sus fondos en este sector, la última consideración que debe hacerse es si tiene confianza en la persona o personas que dirigen estos proyectos. Las empresas de capital riesgo y la bolsa obligan a los promotores a no realizar sus acciones antes que ellos, como mayor garantía.
El marxismo, el comunitarismo y el feminismo son los grandes desafíos que la filosofía política liberal se ha encontrado desde su primera formulación utilitarista. Según Ramsay, un examen detallado de los fundamentos del liberalismo puede mostramos en los papeles la imposibilidad de seguir defendiendo la autonomía del individuo abstracto y la autorregulación del mercado en beneficio de todos. En su monografía, demasiado ligera para sus pretensiones, se intenta dar cuenta de la bancarrota del liberalismo, tanto por sus incongruencias teóricas como en sus resultados prácticos y políticos.
Los derechos civiles universalizados como derechos humanos son un logro del liberalismo al que no podemos renunciar. Sin embargo, su fundamentación inicial en una naturaleza humana anterior al contrato social los hace tan formales, que resultan irónicamente compatibles con la desigualdad de facto y con un concepto de Estado reducido a la consecución de la seguridad de los individuos. Los derechos humanos no pueden mover a la acción por su carácter abstracto. No es extraño que la única alternativa para la acción particular sólo pueda concretarse en el interés individual o en la defensa irracional del grupo.
Según Ramsay, esta contradicción se sigue deductivamente del intento de fundamentar la organización social en una ficción: la soberanía del individuo frente a lo social. La libertad que se desprende de la invención liberal del individuo como átomo aislado es la libertad negativa, tal como la definió Berlín: tanto más libertad cuanta menos coerción. Entonces se dan paradojas que justifican la desigualdad como un estado de hechos irrevocable: el vagabundo, el marginado, el pobre, son libres en la medida que nadie les impide realizar sus planes. Según el autor, esta incoherencia se explica por la distinción tajante, también de Berlín, entre libertad negativa y autodeterminación (sentido positivo de la libertad). Tal distinción da por sentado que el individuo puede llegar a ser principio absoluto de sus acciones, desconociendo el carácter social y condicionador de los deseos y tendencias. Si se defiende la libertad negativa en contra de cualquier intervención redistributiva, se está favoreciendo el sistema de mercado que crea las necesidades en los individuos haciéndoles creer, bajo el postulado de la autonomía, que están dirigiendo sus vidas. Ramsay entiende que, para que existiera verdadera libertad de elección, se necesitaría una igualdad inicial en un perfecto equilibrio de poderes y de acceso a los bienes. Y si es necesario crear esas condiciones mediante la redistribución, el ámbito público recibe el derecho a hacerlo en aras de la libertad. La libertad de la que habla Ramsay no posee ya las dos caras, ausencia de coerción e igualdad. La libertad negativa está fundida con la libertad positiva: la ausencia de obstáculos se entiende como ausencia de poderes y núcleos de riqueza que iguale las oportunidades de los individuos en un espacio homogéneo.
Ramsay no advierte que libertad e igualdad (eleutéria y reconocimiento) son dos conceptos incompatibles, tal como describe Berlín en su famoso ensayo de 1959. El equilibrio entre ambos es el cometido de la labor política. Pero entender que su frontera es borrosa es la primera tentación del totalitarismo: si se quiere ser abogado de la igualdad, hay que respetar las diferentes maneras que existen de buscar la autodeterminación y el reconocimiento entre iguales que probablemente sacrificarán parte de la libertad negativa en su consecución.
Parece que el propio Ramsay cae en su propia acusación, al defender la absoluta ausencia de obstáculos para la realización de la libertad. Sus críticas al sistema meritocrático que fundamenta la desigualdad económica le hacen ver la libertad como la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Si las estructuras actuales canalizan el acceso a los mejores puestos y a los bienes a través de la acumulación de poder y capital en manos de una élite, la redistribución que se propone parece ser incompatible con un espacio mínimo para la iniciativa privada y con la forma esencialmente plural de la libertad positiva. Por eso se critican todas las teorías de la justicia liberales (utilitarismo, Rawls, Nozick, Dworkin) como modos aparentes de igualdad: si los derechos civiles y legales no se traducen en derechos económicos y sociales, no poseen ninguna efectividad. El peligro de dirigir la acción política a través de un programa de igualación de oportunidades no reside en su carácter irrealizable, sino en la posibilidad de utilizar medios injustos, discriminaciones positivas, para paliar una situación injusta. El desprecio de la utopía hacia el estado de los hechos la hace ciega respecto de sí misma: le impide reconocer el talante abstracto de un tipo de igualdad sin diferencias, un espacio homogéneo en el que los individuos se encontrarán a igual distancia unos de otros y respecto de los centros de poder y riqueza. Defender ese estado ideal como inicio de una sociedad verdaderamente justa es una forma sospechosa de totalitarismo. Después de criticar el postulado liberal del individuo aislado y autosuficiente, se nos quiere hacer creer que tal estado de cosas realizaría la verdadera autonomía del ciudadano: un entorno social garante de oportunidades sin diferenciación se toma como el requisito necesario para el desarrollo de una libertad real. En el fondo, Ramsay es solidario con el individualismo. No basta con subrayar el condicionamiento social de los intereses privados ni con sugerir que los sistemas de cooperación son más justos que los sistemas basados en la maximalización del beneficio. Sin solucionar el problema de la participación política en un bien sustantivo o procedimental, atacar el sistema meritocrático de acumulación de bienes recuerda demasiado a la bancarrota política y económica de los países comunistas.
Ramsay recoge todas las críticas a la sociedad liberal que se han hecho desde el feminismo y desde los derechos de los niños. Las diferentes versiones de división de lo público y lo privado (lo doméstico y lo público, la sociedad civil y el Estado, lo personal y lo social) no dejan de ser divisiones patriarcales en las cuales las mujeres y los niños viven de hecho en desventaja. Pensar que lo público es el espacio de lucha por los propios intereses, y lo privado el espacio de descanso y realización íntima del individuo, obliga a mujeres y niños a actuar conforme a parámetros de varones adultos. Sin embargo, la ética de la particularidad y del cuidado que se ha enfrentado desde algunos feminismos contra la ética de la justicia no le parece a Ramsay acertada, en tanto que sigue dejando intactas las constantes individualistas que fundamentan el pensamiento liberal. La neutralidad del Estado tiene sentido en la medida en que el pluralismo y la autonomía de los modos de organizar la vida individual se consideran elementos sagrados del sistema liberal. Por ello, Ramsay propone distinguir entre deseos y necesidades. Es verdad que no podemos juzgar y determinar desde el ámbito público los deseos de los individuos, pero sí es posible determinar objetivamente cuáles son las necesidades fundamentales que el individuo necesita para desarrollar su carácter de agente autónomo. Puesto que el individuo no es libre en lo que desea, porque el sistema de consumo crea las necesidades de consumo según las leyes de producción y la concentración de poder, es necesario distinguir entre lo que el individuo quiere y lo que requiere. Entonces podría desarrollarse una teoría de los derechos universales y de las obligaciones derivadas de una definición transcultural de las necesidades y objetivos fundamentales, como la salud, la riqueza mínima, la formación cultural. La neutralidad del Estado dejaría de tener sentido y, con ella, obtendría el derecho a intervenir positivamente para reorganizar los núcleos de la riqueza y el poder.
La teoría de las necesidades objetivas puede no parecer extraña a la cultura política europea, pero sí al liberalismo americano en sus formas republicanas. Sin embargo, los intentos de hacer ambiguas las fronteras entre lo público y lo privado, entre la libertad positiva y negativa, otorgan una legitimidad a los intentos de garantizar la igualdad social y económica más que dudosa, en la medida en que no respeta la heterogeneidad de finalidades de la sociedad civil.
Aunque Ramsay se presenta en todos los vericuetos de las argumentaciones liberales (lo cual exige un conocimiento amplísimo de la teoría política liberal), lo hace siempre con el convencimiento de que va a ganar con dos simples estocadas. La sensación que produce es que el verdadero rival no puede ser el que nos presenta hundido y derrotado. Una lectura más detallada de Berlín, por ejemplo, podría sugerirle a Ramsay que el liberalismo, después de dos siglos de existencia, no tiene que fundamentarse de juris en el atomismo individualista y en el utilitarismo.