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Challenges to the Welfare State

Asistimos a unos tiempos en los que las evidencias del pasado se han convertido en interrogantes y, afortunadamente, esas mismas dudas sirven como trampolín para afrontar el porvenir de forma imaginativa. Lo que una vez pudo ser considerado como una extravagancia o —en el peor de los casos— una forma parcial e interesada de interpretar la realidad, hoy se ha convertido en una cuestión que nadie puede obviar con el desdén de las convicciones inamovibles. Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido con el hoy ya tan manido debate sobre la crisis del Estado de Bienestar. Tan manido, pero no por ello menos pertinente, como el gran número de voces que, no sólo en el ámbito académico, proclaman la necesidad de pensar y discutir sobre este asunto. Con ello, y no es en absoluto irrelevante, se pone sobre el tapete la idea de que existe un consenso generalizado acerca de la necesidad de reflexionar sobre dicha crisis y, ante todo, de plantear las reformas que se consideran oportunas.


La cuestión reside ahora en aclarar los diagnósticos y definir las posibles terapias; y obsérvese que utilizar estas metáforas médicas —como suele ser frecuente a la hora de abordar este debate— no es algo en absoluto inocente: la medicina —al menos la que sigue la deontologia hipocrática— parece tener medianamente claro qué es la enfermedad y la salud; quizá existan disparidades sobre los diagnósticos y las terapias, pero sabe muy bien cuál es el destino final de su trabajo. En las ciencias sociales no existe tal grado de coherencia epistemológica —ni nadie se la puede exigir, dicho sea de paso—, y buena prueba de ello es que pocos temas existen hoy en su agenda teórica que como la crisis del Estado de Bienestar demuestre más claramente que no parece posible llegar a un acuerdo de mínimos sobre cuándo algo está enfermo, el nivel de su gravedad, los órganos afectados, y los tratamientos más adecuados. La cuestión se complica sobremanera cuando se observa que, por si fuera poco, los conceptos de salud y enfermedad son profundamente problemáticos. Ya dijo Weber que en las ciencias sociales los fines últimos van de la mano de los valores, y que éstos son susurrados a nuestros oídos por el daimon —tal como Goethe entendía el término— de cada uno.


El libro que nos ocupa es una buena muestra de todo lo anteriormente dicho. Su editor, Henri Cavanna, es el director del Forum International des Ciencies Humanes de París, que ya en 1981 reunió a un grupo de expertos con el objeto de reflexionar sobre el Estado de Bienestar. En 1996, la Universidad de Navarra auspició la creación de un foro de debate con el mismo fin. Para ello reunió a otro grupo de profesionales de distintas áreas de las ciencias sociales, visiblemente adscritos a distintas posiciones ideológicas. La recopilación de sus ponencias ha tenido como fruto un libro de sumo interés para aquéllos que deseen tener una visión global de los principales temas que se están debatiendo en la actualidad sobre la crisis del Estado de Bienestar, así como de la variedad de distintas perspectivas desde las que ésta se afronta.


Dejando de lado las peculiaridades de cada una de las aportaciones realizadas por los diversos autores de la compilación, existe un elemento que debe ser resaltado a la hora de valorar el libro: la casi omnipresente preocupación por la globalización de la economía y sus consiguientes efectos sobre la estructura del Estado de Bienestar. Y ése es quizá su mayor activo: la forma en que combina las causas internas de la crisis del Estado de Bienestar con las externas. En este sentido, son especialmente interesantes las aportaciones de Glazer, Kuhnle y Matzner.


La aproximación de Glazer (uno de los clásicos del pensamiento neoconservador y excelente analista de los efectos perversos de las políticas sociales en los Estados Unidos) pone de manifiesto que, a pesar de que el nivel de desarrollo del Estado de Bienestar de los Estados Unidos es menor que el europeo, no por ello se puede considerar a aquél como una excepción, ni se puede dejar de establecer similitudes sobre la evolución de este último hacia posiciones semejantes al americano. Su tesis se podría denominar convergencia institucional, y viene a decir que, en virtud de la progresiva estructuración de corte federal en Europa, en cuanto a la provisión de los servicios sociales a través de los Estados y municipios, así como la creciente diversidad étnica europea (debida, fundamentalmente, a la inmigración), el modelo europeo de bienestar tenderá a equipararse al de los Estados Unidos. Afirmación quizá excesiva, pero digna de ser tenida en cuenta, sobre todo cuando analiza la forma en que las políticas sociales de este país se equiparan en la práctica a las de discriminación positiva.


De esta manera, la política social está sufriendo un proceso de deslegitimación, al ser percibida como algo que sólo beneficia en exclusiva a diversos grupos étnicos y sociales muy definidos, y no al conjunto de la población. Kuhnle, por otro lado, adopta una posición distinta ante el futuro de los Estados de Bienestar europeos. De forma un tanto polémica, afirma que éstos están siendo armonizados tanto por los procesos políticos como por los de homogeneización económica. Por tanto, todo apunta a que se va a producir una convergencia a medio plazo en las políticas sociales, sin que ello niegue el creciente papel que va a tener la provisión privada de asistencia social.


A pesar de que considera que los Estados de Bienestar europeos están asegurados, atempera sus afirmaciones con multitud de interrogantes que deja sin responder, debido a la fase crítica por la que está atravesando Europa en lo que concierne a la voluntad de llevar a cabo un auténtico proceso de unión política. En cualquier caso, a pesar de que afirma que el mantenimiento de los Estados de Bienestar europeos siempre dependerá en mayor medida de las decisiones nacionales que de las directivas de Bruselas, su discurso trasluce una nostalgia por un impulso político más enérgico en la Unión Europea.


No es ésa precisamente la línea que sigue Matzner. Utilizando la teoría de juegos, y desde una posición que se podría calificar con reservas de socialdemócrata, arremete contra las políticas de estabilidad que han propiciado la construcción de la Unión Económica y Monetaria; es más, afirma sin reparos que, en caso de que las políticas rigurosas se sigan manteniendo, aumentará el desempleo, así como las diferencias de riqueza entre las regiones y, en general, la desigualdad. A la postre, su trabajo es una crítica a la ortodoxia económica representada según él por las teorías monetaristas y por una ardiente llamada a la aparición de otra teoría alternativa a éstas que en ningún momento especifica, si exceptuamos algunos apuntes —que, por su indefinición, bien podrían ser tildados de retóricos— sobre una vuelta a la regulación y repolitización de los procesos económicos y sociales.


Newton hace un repaso a las consecuencias de la llamada revuelta fiscal para llegar a la conclusión de que, a pesar de sus innegables repercusiones en la fiscalidad de los países occidentales, no parece que vaya a afectar a las bases del Estado de Bienestar de una forma sustancial. Tampoco se han cumplido las predicciones sobre la sobrecarga del Estado y su crisis de legitimidad. Aunque se pueda detectar cierta contestación, expresada a través de la desilusión de los servicios públicos y de conatos de revuelta fiscal, parece que el futuro del Estado de Bienestar está asegura de Ferrera y Rys sobre las características de los Estados de Bienestar del sur de Europa del primero, y sobre los procesos de transición de las economías de algunos países postcomunistas de Europa central del segundo.


El libro termina con un breve pero sustancioso trabajo de Bénetón. En él se pone de manifiesto de forma explícita algo que hubiera merecido muchas más páginas, cuando no libros: el sustrato y la dimensión moral que subyacen en toda reflexión sobre la viabilidad y reforma del Estado de Bienestar. De forma muy sucinta, Bénetón señala que las políticas sociales ignoran a menudo la dimensión moral de las acciones humanas. Si esto es así, no parece posible llegar a un acuerdo sobre la idea del bien común; por tanto, desembocamos en la constatación de que las políticas de bienestar cargan con la contradicción de intentar hacer el bien sin una noción clara del bien común. Algo tan simple tiene, a la vez, la virtud de ser luminoso. No hay que olvidar que el fundamento último de las críticas al Estado de Bienestar realizadas, tanto desde las filas neoconservadoras y neoliberales como desde las de la izquierda, se encuentra en los fundamentos éticos y morales de la convivencia. En definitiva, lo sistémico es una forma de reordenación e interpretación de los tan esquivos como equívocos impulsos de lo ético. Hablar sobre la reforma del Estado de Bienestar es pensar sobre un nuevo concepto de solidaridad. Entre otras cosas.

La economía en sus textos

¿Tiene aún sentido leer a los clásicos del pensamiento económico? Poca duda cabe de que la mayor parte de mis colegas economistas darían un no con pocas matizaciones como respuesta. Los datos en su favor parecen, por una parte, irrebatibles. En la mayoría de las universidades más prestigiosas del mundo, la enseñanza de la historia de las doctrinas económicas ha desaparecido por completo o desempeña un papel de mínima importancia, ya que se piensa que el economista contemporáneo poco tiene que aprender de las ideas del pasado. Pero, paradójicamente, la investigación en este campo parece vivir, al mismo tiempo, una época de esplendor. Nunca, en efecto, ha habido tantas revistas académicas dedicadas a la historia de las doctrinas económicas; y nunca se han publicado tantos libros sobre estos temas como los que están apareciendo en nuestros días.

La universidad española no es, desde luego, ajena a este fenómeno, y cada vez es mayor el número de obras de autores clásicos que pueden ser leídas en nuestra lengua en traducciones fiables y ediciones cuidadas. Y, lo que es tal vez incluso más relevante, no se trata ya sólo de los autores más conocidos; también otros economistas, hasta ahora considerados como «de segunda fila» se van incorporando a este proceso de popularización.

Tal es el marco en el que hay que situar la nueva antología de textos de la historia del pensamiento económico preparada por los profesores Julio Segura y Carlos Rodríguez Braun, cuya principal característica es, precisamente, que pone el énfasis en autores o textos no traducidos nunca al español o —como en el caso de Say— en textos traducidos hace mucho tiempo en ediciones que resulta casi imposible encontrar. El contenido puede sorprender, por tanto, un poco al lector no especialista. En la primera parte, dedicada a la escuela clásica de Economía política, no aparecen, en efecto, ni Adam Smith, ni Ricardo, ni Malthus ni J.S. Mili. Pero hay textos de J. Anderson, de J. Pennington o de M. Longfield, por citar sólo algunos de aquéllos cuyos nombres dirán menos al lector de hoy, pero que desempeñaron un papel relevante en su época. En la segunda parte, dedicada a la Economía neoclásica, los nombres resultan, en todos los casos, bien conocidos, si bien causa alguna sorpresa que dentro de la escuela neoclásica, cuyos orígenes suelen situarse en el último tercio del siglo XIX, se incluyan dos autores, Beccaria y Bernouilli, que pertenecen, tanto histórica como culturalmente al siglo XVIII. La justificación para su inclusión en este apartado es clara, sin embargo. Lo relevante aquí no es el momento histórico en el que escribieron, sino el contenido de sus obras, que permite establecer un evidente punto de conexión entre sus trabajos y lo que harían los economistas un siglo más tarde.

La última parte, dedicada al equilibrio general y la Economía matemática, es sin duda la que más dificultades de comprensión presenta. Uno de los trabajos incluidos, el artículo de Barone «El ministro de la producción en un Estado colectivista», tiene una importancia e interés indudables. Más discutible es la inclusión de dos textos de Wald y von Neumann que, aunque tienen una gran relevancia y son trabajos básicos para entender la moderna teoría del equilibrio general resultarán, seguramente, de una complejidad matemática excesiva para la inmensa mayoría de los posibles lectores de esta antología.

La estructura del libro es, ciertamente, novedosa en España. Pero conviene señalar que tanto la segunda como la tercera parte de esta obra resultan, en buena medida, deudoras de la excelente antología Precursors in Mathematical Economics, que prepararon en el año 1968 William Baumol y Stephen Goldfeld, y que a muchos economistas nos ha servido como introducción valiosísima al estudio de la evolución de la Economía matemática. Tres de los seis textos de la segunda parte y tres de los cuatro textos de la tercera de la antología de Segura y Rodríguez Braun habían sido seleccionados, en efecto, también por Baumol y Goldfeld para su citado libro.

El resultado final de este esfuerzo editorial es, sin duda, muy positivo. Los textos están bien traducidos y la edición ha sido cuidada con el estilo y con el alto nivel científico habitual en los trabajos de los profesores Segura y Rodríguez Braun. Una antología de esta naturaleza forzará necesariamente a abrir el ámbito de la historia del pensamiento económico a campos y autores que aún resultan poco conocidos en nuestro país.

Conversación con NorthroFrye

Pocos años antes de morir, Northrop Frye (1912-1991) juzgó su vida dedicada a la crítica literaria como un intento de separar la poética de las redes de la ideología. Exponía la diferencia con una imagen tomada de John Stuart Mili: si el ideólogo busca la atención del público con algún fin, el poeta —y el crítico— da la espalda a su auditorio; al poeta se le acierta a oír, pero no se le escucha.

David Cayley, escritor y periodista radiofónico de la CBC de Toronto, ha recogido en forma de libro una serie de entrevistas que mantuvo con Frye dos años antes de su muerte. Entonces, a finales de los años ochenta, el intelectual canadiense era considerado como un viejo dinosaurio de la reflexión literaria, recordado como el autor de la Anatomía de la Crítica (1957), el libro que se mantuvo en la cúspide de esta disciplina hasta que unos años más tarde llegaron Derrida y los desconstruccionistas con un discurso hermético que concluía que más allá del texto no hay nada.

Como advierte Cayley, Frye no difiere en este punto, pero representa la otra cara de la reacción posible ante la crisis moderna: si la ausencia de una realidad objetiva, independiente del texto, implica en última instancia el abandono del cristianismo para Derrida, Frye en cambio se confía en la «reconstrucción imaginativa » de esta religión, en lo que denomina su «recreación».

Esta apuesta, que se concreta en una lectura de la Biblia en sentido imaginativo y no literal, encuentra su primer antecedente moderno, a juicio de Frye, en William Blake, su gran maestro. Blake consideraba la Biblia como «la carta magna de la imaginación humana», el «gran código del Arte»: para ambos, el arte y la religión son realidades interiores del hombre, donde se manifiesta lo que en él hay de divino: las facultades de crear y de imaginar. La conexión vital que Frye encontró en este precursor del Romanticismo —«lean a Blake o váyanse al Infierno», dice uno de sus aforismos— le llevó a escribir su primer libro, Fearful Simmetry (1947), en el que defendía que con Blake se había iniciado una revolución imaginativa que aún no ha concluido. El libro contribuyó notablemente a la recuperación del Romanticismo en el mundo académico y literario anglosajón, y Harold Bloom, el crítico más influyente de la generación posterior a Frye, se refirió así a él: «Debí de leerlo cien veces entre 1947 y 1950, probablemente me lo aprendí intuitivamente de memoria y nunca me libraré del efecto que me causó».

Diez años después llegó la Anatomía de la Crítica, libro escrito con la pretensión de conferirle a la crítica las bases sobre las cuales pudiera levantarse como una disciplina autónoma, con carácter científico e imparcial; es decir, que pudiera crecer de forma escalonada a partir de una tradición y no vinculada a las ideologías dominantes, fueran éstas de índole religiosa, política o de otro tipo. Para Frye, el crítico debe ser un erudito cuyo trabajo consiste en leerlo todo, pues su función es «entender » (cada texto es un documento que contribuye a explicar una época) y no juzgar (los cánones del gusto son inestables, varían con el tiempo).

Conversación con Northrop Frye, dice Cayley en la buena y concentrada introducción, no aporta novedades en el corpus intelectual de Frye; esto puede ser cierto, pero tiene la ventaja de que el viejo académico entra —al responder— en el meollo de cuestiones sobre las que ha reflexionado durante décadas: la encarnación de los mitos en las obras literarias y la construcción de sus estructuras; la distinción entre el lenguaje poético y el lenguaje ideológico; el ámbito propio de la crítica en relación con la literatura; el papel de la Universidad y de la Iglesia como grandes autoridades espirituales de nuestro tiempo; el legado artístico e intelectual del Romanticismo… Las entrevistas suscitan una y otra vez el interés del lector sobre éstas y otras cuestiones, y sólo echará de menos conocer algún gesto, alguna nimiedad que nos diga algo de un pensador que se define a sí mismo como «estudioso de Blake, cristiano y burgués liberal».

Integral de la obra para canto y piano

La música de Antón García Abril (Teruel, 1933), a diferencia de la de otros compositores españoles actuales, gusta desde el primer momento al gran público. Esto se debe a un estilo apegado a la tradición occidental que reivindica los valores melódicos y armónicos del romanticismo.


Por su fecha de nacimiento pertenece a la llamada Generación del 51, formada por compositores que no pueden ser adscritos a una estética homogénea, pero que sí tienen en común, aparte de la edad, un mismo afán de impulsar la creación musical en España, tras el aislamiento cultural de la posguerra, y un mayor contacto con la actividad artística que se desarrollaba fuera de nuestro país.


Mientras otros compañeros de generación se dedicaron a la búsqueda de un nuevo lenguaje y empezaron a transitar por caminos más vanguardistas, García Abril, tras algunas tentativas rupturistas, ha ido forjando su propio estilo en la esencia del nacionalismo español.


Antón García Abril ha abanderado la defensa de la melodía y no solo en su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, sino desde su propia obra musical. El conocimiento profundo de la orquesta y los recursos instrumentales, y el dominio de la construcción formal son los dos ejes fundamentales de su obra, pero olvidaríamos un aspecto esencial si no mencionáramos su talento para la invención melódica.


La música de García Abril se sustenta en la melodía, porque sabe exponerla y tratarla, pero sobre todo sabe crearla. Y es en el terreno de la Canción de concierto —la canción para voz y piano— en la más pura tradición del lied romántico, donde mejor exhibe esa riqueza melódica.


En este doble compacto se recogen treinta y nueve canciones con textos de poetas españoles del 27. Entre ellas, las alegres Canciones infantiles con poemas de Federico Muelas, que le valieron el accésit al Premio Nacional de música en 1956; el aire popular y juguetón de las Nanas de Alberti y de Lorca; las Canciones de Valldemosa, de distintos autores, que sin ser chopinianas rinden homenaje al músico romántico; una muy bella versión de Volverán las oscuras golondrinas de Bécquer y el ciclo de canciones de Rosalía de Castro con los acentos melancólicos de esta poetisa gallega.


Sin ser españolistas, las canciones de García Abril son muy españolas, y en ese sentido continúan la tradición de las de Falla, Mompou o Rodrigo. La música sirve a los textos, pero también se apoya en ellos para crear uno a uno pequeños mundos sonoros en los que triunfa la melodía, a veces desnuda, y otras arropada por un piano sutil y muy íntimo.


La soprano tinerfeña María Orán y la pianista Chiky Martín consiguen penetrar en este mundo personalísimo y logran un trabajo extraordinario.

Música portuguesa para tecla

¿Tiene aún sentido leer a los clásicos del pensamiento económico? Poca duda cabe de que la mayor parte de mis colegas economistas darían un no con pocas matizaciones como respuesta. Los datos en su favor parecen, por una parte, irrebatibles. En la mayoría de las universidades más prestigiosas del mundo, la enseñanza de la historia de las doctrinas económicas ha desaparecido por completo o desempeña un papel de mínima importancia, ya que se piensa que el economista contemporáneo poco tiene que aprender de las ideas del pasado. Pero, paradójicamente, la investigación en este campo parece vivir, al mismo tiempo, una época de esplendor. Nunca, en efecto, ha habido tantas revistas académicas dedicadas a la historia de las doctrinas económicas; y nunca se han publicado tantos libros sobre estos temas como los que están apareciendo en nuestros días.

La universidad española no es, desde luego, ajena a este fenómeno, y cada vez es mayor el número de obras de autores clásicos que pueden ser leídas en nuestra lengua en traducciones fiables y ediciones cuidadas. Y, lo que es tal vez incluso más relevante, no se trata ya sólo de los autores más conocidos; también otros economistas, hasta ahora considerados como «de segunda fila» se van incorporando a este proceso de popularización.

Tal es el marco en el que hay que situar la nueva antología de textos de la historia del pensamiento económico preparada por los profesores Julio Segura y Carlos Rodríguez Braun, cuya principal característica es, precisamente, que pone el énfasis en autores o textos no traducidos nunca al español o —como en el caso de Say— en textos traducidos hace mucho tiempo en ediciones que resulta casi imposible encontrar. El contenido puede sorprender, por tanto, un poco al lector no especialista. En la primera parte, dedicada a la escuela clásica de Economía política, no aparecen, en efecto, ni Adam Smith, ni Ricardo, ni Malthus ni J.S. Mili. Pero hay textos de J. Anderson, de J. Pennington o de M. Longfield, por citar sólo algunos de aquéllos cuyos nombres dirán menos al lector de hoy, pero que desempeñaron un papel relevante en su época. En la segunda parte, dedicada a la Economía neoclásica, los nombres resultan, en todos los casos, bien conocidos, si bien causa alguna sorpresa que dentro de la escuela neoclásica, cuyos orígenes suelen situarse en el último tercio del siglo XIX, se incluyan dos autores, Beccaria y Bernouilli, que pertenecen, tanto histórica como culturalmente al siglo XVIII. La justificación para su inclusión en este apartado es clara, sin embargo. Lo relevante aquí no es el momento histórico en el que escribieron, sino el contenido de sus obras, que permite establecer un evidente punto de conexión entre sus trabajos y lo que harían los economistas un siglo más tarde.

La última parte, dedicada al equilibrio general y la Economía matemática, es sin duda la que más dificultades de comprensión presenta. Uno de los trabajos incluidos, el artículo de Barone «El ministro de la producción en un Estado colectivista», tiene una importancia e interés indudables. Más discutible es la inclusión de dos textos de Wald y von Neumann que, aunque tienen una gran relevancia y son trabajos básicos para entender la moderna teoría del equilibrio general resultarán, seguramente, de una complejidad matemática excesiva para la inmensa mayoría de los posibles lectores de esta antología.

La estructura del libro es, ciertamente, novedosa en España. Pero conviene señalar que tanto la segunda como la tercera parte de esta obra resultan, en buena medida, deudoras de la excelente antología Precursors in Mathematical Economics, que prepararon en el año 1968 William Baumol y Stephen Goldfeld, y que a muchos economistas nos ha servido como introducción valiosísima al estudio de la evolución de la Economía matemática. Tres de los seis textos de la segunda parte y tres de los cuatro textos de la tercera de la antología de Segura y Rodríguez Braun habían sido seleccionados, en efecto, también por Baumol y Goldfeld para su citado libro.

El resultado final de este esfuerzo editorial es, sin duda, muy positivo. Los textos están bien traducidos y la edición ha sido cuidada con el estilo y con el alto nivel científico habitual en los trabajos de los profesores Segura y Rodríguez Braun. Una antología de esta naturaleza forzará necesariamente a abrir el ámbito de la historia del pensamiento económico a campos y autores que aún resultan poco conocidos en nuestro país.

Gustav Mahler. Novena sinfonía

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La Novena Sinfonía en Re menor (1908-9), fue la última obra sinfónica completada por Mahler. Poco tiempo antes había terminado La Canción de la Tierra, la que él consideraba como novena y que finalmente no tituló de este modo. La razón estaba posiblemente en que por su forma se adecuaba mejor al género del lied sinfónico, aunque hay quien afirma —el propio Bruno Walter así lo apunta en su libro Mahler, dedicado a glosar la figura de su maestro— que obedecía más bien a la superstición romántica de que el número de sinfonías no podía sobrepasar de nueve. Así había ocurrido en la obra de Beethoven, Schubert, Bruckner y Dvorak, que no habían ido más allá. Y de hecho así ocurrió, pues la siguiente partitura sinfónica recibió el título de Novena y el destino hizo que no llegara Mahler a terminar la Décima.


El último periodo creador de Mahler se caracteriza por una gran serenidad. A la grandiosidad y exhaltación de las obras anteriores se opone un espíritu de resignación. La Novena parece un canto a la muerte, no en el sentido más pesimista o fúnebre, sino más bien como aceptación. Se ha hablado incluso de una premonición de su propia muerte.


En los dos movimientos centrales, el Scherzo y el Rondó, el recuerdo a la música popular es irónico, casi grotesco en ocasiones; los dos movimientos extremos presentan una mayor originalidad, principalmente por su lentitud, pero sobre todo por un sentimentalismo a veces desgarrado, pero siempre llevado hasta el máximo expresionismo. El último tiempo, Andante ohne Ende es, en efecto, una música eterna, que se escucha mansamente, sin altibajos, con una orquesta plena, que simboliza la eternidad en toda su grandeza.


Todo es excesivo en su música, decía Leonard Bernstein, la de Mahler es la música alemana multiplicada al infinito: los ritardandi rozan la inmovilidad, los accelerandi se convierten en un huracán, la dinámica tiende en todo su refinamiento y su exageración hacia la sensibilidad neurasténica.


Leonard Bernstein ahondó con profundidad en el pensamiento musical de Mahler y supo transmitirlo a través de unas interpretaciones modélicas de sus sinfonías. Merecen destacarse las grabaciones que realizó de estas obras y que actualmente han sido reeditadas en la colección Bernstein Century.


Si la Novena Sinfonía constituye el verdadero testamento de Mahler, la interpretación que de ella hacen Bernstein representa un inigualable testimonio sonoro de cómo puede transmitirse ese legado.

La España de Tarkovski

EL GUSTO POR LA OBRA cinematográfica de Andréi Tarkovski (1932-1986) no ha seguido entre nosotros pautas europeas. Acaso unas primeras críticas no muy entusiastas, recelosas con el nuevo realizador, determinaron un seguimiento poco apasionado de sus primeras obras. En Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y, naturalmente, en la Unión Soviética, las cosas sucedían mientras tanto de otra manera. Un nervioso joven de 29 años se plantaba de sopetón en el circuito cinematográfico internacional al ganar un León de Oro con su primer largometraje. Ni Godard, ni Rossi, ni Kubrick, ni Pasolini, ni el veterano Gerasimov pudieron imponerse en la competición italiana de 1962 a La infancia de Iván de Tarkovski, merecedora del máximo galardón ex aequo con la Crónica familiar de Zurlini. La crítica internacional elogió las cualidades estéticas de la cinta y, tras una breve reflexión, ponderó también los contenidos de la obra exhibida en Venecia. Si Tarkovski era un lírico y primorosa la realización plástica de su film, señalaban, igualmente notable resultaba su pacificismo. La infancia de Iván se distanciaba audazmente de las prédicas protagonizadas por ejemplares héroes patrioteros, lo mismo que de las canónicas emulsiones del «realismo socialista », tan caras a la producción cinematográfica oficial. Sartre acuñó una expresión, «surrealismo socialista», para referirse a la obra de Tarkovski en un artículo publicado en l’Unitá, que luego reprodujo la prensa francesa y alemana, y cebó así una apasionada polémica internacional.

Dos críticas aparecieron en la prensa española, pero fueron de otro signo: una nació de la indiferencia, la otra de hostilidad. En la crónica del Festival de Venecia aparecida en Film ideal leíamos: «Toda la película está marcada por el signo del damicisniano [por: de D’Amicis] que comporta un amaneramiento fotográfico que degenera en el caligrafismo, sobre todo cuando se quiere hacer un contraste entre lo tremebundo de la guerra visto por ojos infantiles y lo poético, lo idílico, de una infancia feliz con su madre y su hermana. La narración tiene que interrumpirse con las evocaciones. Y éstas nos desbarran continuamente a lo cursi, a lo falsamente sentimental y a lo enfáticamente poético»1.

El autor de la crítica acababa animando al joven soviético. «Hay que aplaudirle, y decirle que deje ya de jugar a hacer ejercicios y haga cine con fuerza, con garra, con audacia formal, con imperfecciones…, que deje el texto y se lance a crear»; Félix Martialay recomendaba a Tarkovski hacer lo que él mismo no había hecho nunca (¿acaso sabría cómo?), y una crítica tan severa como la suya enfrió probablemente los ánimos de sus colegas, que consagraron a la siguiente película de Tarkovski incluso menos atención que a la primera.

Andréi Rublev suscitó en Europa no ya una polémica entre intelectuales asomados a la prensa, sino un verdadero affaire diplomático entre Estados. El joven ganador de Venecia rechazaba una tras otra las novias que le salían al paso. No faltaban incluso invitaciones a coproducir con los yankis, lo que para muchos significaba antes, como ahora, el no va más. Pero las neuronas de Tarkovski albergaban algunas ideas extrañas, cartas de cuño épico-tolstoiano con las que estaba dispuesto a echar ordagos por doquier.

En 1961 las autoridades soviéticas se habían puesto de largo para conmemorar el quinto centenario de la muerte de Andréi Rublev, el Giotto de la pintura rusa. El monje, discípulo de Sergio de Radonez, dejó a las generaciones futuras una obra llena de claridad, armonía y genio, tanto más sorprendente por su contraste con las condiciones históricas en las que nació: brutal invasión tártara, ignorancia y superstición de un pueblo abandonado a su suerte durante siglos, y una periódica lucha entre los príncipes rusos, que se aliaban con las potencias lituanas o mongolas para dirimir con sangre sus rencillas familiares. A esa época cruel y a ese autor genial quería dedicar Tarkovski su segundo largometraje.

Corrían por entonces, para suerte del realizador, vientos favorables. El deshielo había empujado hacia la prensa obras como las de Solzenitsin (Arseni Tarkovski, padre del director de cine, publicó también entonces su primer libro de poemas). En contra de los pronósticos más conservadores, el realizador consiguió la aprobación ideológica y financiera del Ministerio de Cinematografía. Tarkovski se puso a trabajar en el guión con entusiasmo y, con un equipo no poco motivado, a rodar en 1964.

La cinta, casi lista para su exhibición —una obra de 3 horas y 20 minutos—, le fue mostrada a Robert Favre Le Bret, delegado general del Festival de Cannes, a comienzos de 1967. Este negoció con las autoridades soviéticas que Andréi Rublev representara oficialmente a la URSS en la competición francesa. Los soviéticos accedieron. La valija con las latas llegó a Cannes. Favre Le Bret se las prometía felices cuando un inopinadísimo telegrama de Moscú exigió la inmediata retirada de la cinta de Tarkovski: las latas, en el primer avión de Aeroflot de vuelta, se ordenaba. No sé qué galo hizo una copia pirata de la cinta, y así, con el original devuelto a Mosfilm y una copia en el oeste, comenzaba en Occidente uno de los más célebres mitos cinematográficos de los sesenta.

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Los soviéticos decían: la cinta contiene ciertas inexactitudes históricas. Los directores de Cannes y Venecia: pues o Andréi Rublev o nada vuestro en nuestras competiciones. Mosfilm ponía luego otras excusas: son ciertas escenas de rara violencia las que le estamos pidiendo al realizador que corte, no perdáis ánimo. Y la prensa europea se preguntaba por las razones de este nuevo caso de censura. Un filme que acaba con un primerísimo plano de la Trinidad de Rublev y otros iconos de Nuestro Señor, ¿no iba a levantar ampoyas ideológicas en la sensible epidermis del sistema materialista-marxista-leninista?

Tarkovski mantuvo estoicamente el tipo y, dando muestra de una seguridad más que notable en sus propias convicciones, se despachó con un artículo imponente, el primero de una serie sobre teoría cinematográfica, titulado Tiempo impreso. Durante la realización de Andréi Rublev, decía en aquel artículo publicado en Iskusstvo kino, en abril de 1967, me he servido de una concepción abstracta del cine, que ha sido útil como criterio de decisión durante el rodaje del filme. Tarkovski se mostraba así en línea con una tradición muy enraizada en la cultura rusa. Los artistas de esta nación no son como los españoles; Goya no sabía escribir; Picasso se resistía a conceder entrevistas. No, en punto a teoría, los artistas rusos son más alemanes que latinos. También Kandinsky y Malievich habían formulado a comienzos de siglo algunos principios intelectuales, según los cuales decían orientar sus respectivos quehaceres artísticos. Luego, en los años veinte y treinta, la cinematografía soviética reconoció el valor de las realizaciones de Eisenstein tanto como sus teorías dialécticas sobre el montaje y sus artículos de estética. Así que Tarkovski escribió un ensayo de teoría cinematográfica, que prolongaba en partircular las reflexiones hechas por los llamados formalistas de los años veinte sobre la naturaleza del nuevo arte. Sirivéndose de una vieja comparación de su profesor en el VGIK, Mijáil Romm, Tarkovski formulaba y explicaba lo que sería su aportación fundamental a la historia de las ideas cinematográficas: hacer cine, sostenía, es esculpir en el tiempo. El artículo fue traducido y publicado poco después en Alemania, Francia, Suecia y Yugoslavia.

Inopinadamente, Rublev apareció en el Festival de Cannes del año 69, aunque fuera de concurso. ¿Era una equivocación, era un milagro? Una cosa quedaba clara: el talento prodigioso de Tarkovski. La prensa internacional, probablemente desconociendo sus ideas teóricas, se rindió ante la belleza del filme, la sencillez de la realización tarkovskiana y la profundidad de sus propuestas. El hijo de un poeta ruso entraba a hombros en la historia del cine con una faena magistral realizada a los treinta y dos años.

«Tarkovski ha saltado sobre la mediocridad del cine soviético de estos últimos años —decía Augusto M. Torres, en la única y, gracias a Dios, muy elogiosa crónica de aquel Festival de Cannes que conservan nuestras hemerotecas— y se ha enlazado directamente con la tradición épica y lírica de los grandes creadores del periodo mudo. Andréi Rublev es la heredera directa de las mejores obras de un Eisenstein o un Dovzhenko. Es un filme medido y justo, en el que con un ritmo reposado y empleando de manera genial los enormes medios puestos a su disposición, ha sabido crear ese mundo violento y patético en el que se desenvuelven la vida del monje pintor y transmitir sus problemas y sus dudas… Esta obra grandiosa, de la que difícilmente puede dar idea esta breve nota, parte primordial de la historia del cine, consagra a Andréi Tarkovski como uno de los más grandes realizadores que el cine ha tenido, tiene o pueda tener. Es de desear que el gran éxito que le espera en su difusión mundial saque a Tarkovski de la difícil situación en que se encuentra, de forma que pueda continuar trabajando sin dificultades censoras»2.

Los buenos deseos del señor Torres no se cumplieron. Un empresario francés consiguió cerrar un contrato de distribución con Sovexport para proyectar Andréi Rublev en cuatro salas de París. Pero las autoridades soviéticas volvieron a acobardarse y echaron marcha atrás: inmersión, abajo periscopio, se acabó lo que se daba. Pasan 1970,1971 y 1972 con un silencio oficial tipo tumba. Nuestra prensa hubiese podido gastar su tinta y sumarse a la especulación sobre el caso más interesante de la cinematografía soviética de posguerra.

Contra todo pronóstico, y demostrando que al fin y al cabo una potencia que pone perritas Leika en la estratosfera no tiembla ante una película de alto presuesto que no se estrena, Goskino aprobó una generosa partida para el siguiente proyecto de Tarkovski, una adaptación del relato de ciencia ficción Solaris, del polaco Lem, a la vez que continuaba inviertiendo en la carrera espacial, para llegar antes que nadie a la Luna.

Un crítico italiano acuñó un término afortunado para Solaris. Si la película revolucionaba el género de la ciencia-ficción, lo hacía por tratarse, según ese crítico, de una película de «conciencia-ficción». La conciencia de sí y la espontaneidad moral del individuo devienen imágenes materiales en la proximidades del misterioso planeta ideado por Tarkovski. La cinta, no obstante, apuntaba a más problemas que resolvía, y esto explica que sus conciudadanos, biznietos al cabo de aquéllos que pronunciaban y escuchaban discursos sobre el Gran Inquisidor, se zumbasen durante varios meses la badana en apasionados debates intelectuales a propósito de Solaris. Tarkovski confirmaba su talento, y las autoridades soviéticas, que se rindieron al parecer a la evidencia, dieron suelta finalmente a la distribución de Andréi Rublev por todo el mundo.

En España, los dos largometrajes se estrenaron en el Festival Internacional de Cine de Autor de Benalmádena: en el año 1972, Andréi Rublev, y en la del año siguiente, Solaris. Sobre este último, Uscatescu publicó dos artículos bastante buenos, uno en ABC y otro en el vespertino Informaciones.

De 1975 es su siguiente obra, El espejo, que por desgracia no se estrenó en España. Si no la ha visto, cinéfilo lector, no se considere docto en cinematografía, por respeto a la verdad. El poema fílmico de Tarkovski deja atrás todos los modos tradicionales de concebir una «película» y se adentra en una tan inusual experiencia estética, psíquica y moral, que hasta ahora nadie, que yo sepa, ha conseguido bautizarla cabalmente. Desde aquella película sucede entonces lo que sigue: mientras unos hacen colas para ver repetidas veces las películas de Tarkovski y celan sus palabras, porque ya no las tienen, otros se alejan definitivamente del realizador soviético. Tarkovski quemó sus naves con El espejo, sus opciones estéticas hiciéronse extremas.

También esta vez la polémica estaba servida. La mayor parte de los colegas de Tarkovski encontraron algún motivo para atacar un filme que no entendían (Iskusstvo kino, abril de 1975). Tachado de elitista y solipsista, maltratado por las autoridades, abandonado por no pocos espectadores, Tarkovski vio que su película, catalogada oficialmente entre las de «tercera categoría» (equivalente a pocas copias, y escasos honorarios para el director), era exhibido en las peores salas del sistema de ocio socialista y mantenido poco tiempo en cartelera. Tarkovski confiesa que estuvo a punto de tirar la toalla. Pero sucede lo que a su juicio era al final lo único importante: que recibe muchas cartas que, a despecho de las críticas oficiales, le agradecen la película y piden que continúe regalándoles belleza, como hasta la fecha. Andréi sintió confirmada su vocación de artista democrático, de interlocutor del pueblo ruso.

Mientras tanto, empezaba en Occidente el análisis de una cinematografía ya extensa y harto provocativa. Entre 1975 y 1978, críticas de los filmes aparte, se escribieron once artículos de ensayo y dos monografías, las dos en Italia, a cargo de Sandro Petraglia y de Achille Frezzato.

Tarkovski tuvo que apelar al secretario general del Partido Comunista para realizar su siguiente película, Stalker. Los que esperaban encontrar algo todavía más fuerte que El espejo, un acabóse fílmico, quedaron confundidos. El realizador burló toda expectativa bien y malpensante presentando un relato estructurado según el más estricto respeto a las clásicas unidades dramatúrgicas de lugar, tiempo y acción, y con un «pasar el tiempo» adecuado a su concepción de la realización cinematográfica, que discurre homogéneamente a largo de las distintas tomas. Pero esta vez el misterio vino servido por el personaje principal, el stalker interpretado por Kaidanovski: un príncipe Mishkin y un Quijote y un van Gogh marginal, hombre-niño que, por mantener su fe en un ideal humanitario, acaba conviertiéndose en un outsider que a nadie salva, mientras que a su mujer y a su hijita, en cambio, infelices, las. condena. En España, la cinta se estrenó en la XII edición del Festival Internacional de Cine de Autor de Benalmádena, en octubre de 1984.

Otro artículo teórico salió de la pluma de Tarkovski: O kinoobraze («Sobre la imágen cinematográfica»), publicado también en Iskusstvo kino, abril de 1979. Fue traducido en Alemania, Francia, Checoslovaquia e Italia. No menos de veinte artículos sobre Tarkovski aparecieron entre 1979 y 1980 en los distintos países de Europa, aunque no en España. Maya T. Turovskya fue la primera soviética en publicar un libro sobre el realizador.

Tarkovski se desplazó a Italia para trabajar en su siguiente proyecto, Nostalghia, una coproducción de la Rai y de Mosfilm. En ella se iba a adentrar en el paralizante estado emocional que los intelectuales rusos padecen al alejarse prolongadamente de sus queridas estepas patrias. Chaadayev en Suiza o en Londres, Gógol en Italia, Dostoievski en Ginebra, el mismo Tarkovski en la Toscana: los rusos transforman su nostalgia en una suerte de amor a la humanidad omnicomprensivo, imposible solución de contradicciones dialécticas e históricas, tenor sentimental en el que podrían abrazarse fraternalmente todos los pueblos de la Tierra. La realización de Tarkosvski suscita de nuevo el interés de los críticos: al margen de las casi doscientas críticas que se escriben sobre la película, más de cuarenta artículos se consagran de nuevo a evaluar sus aportaciones artísticas.

No sabía el director que la nostalgia iba a alojarse en su alma para siempre. Este no es el lugar para explicar por qué Tarkovski, poco tiempo después de haber sido premiado en Cannes por Nostalghia, convocó una rueda de prensa en Milán, en julio de 1983, y anunció que no regresaría a la Unión Soviética. El dijo allí que, si volviera, nunca más volverían a darle otra oportunidad de trabajar en el cine. Francia, Estados Unidos, Italia, Suecia, abrieron sus puertas al nuevo exiliado; Tarkovski aceptó la invitación italiana, y se instaló en Florencia, cerca del colosal David de Miguel Ángel.

Sacrificio fue su séptimo largómetraje. Se presentó en el Festival de Cannes de 1986 y ganó el Premio Especial del Jurado y el Fipresci. Se incluyó luego en la sección oficial de la XXXI Semana Internacional de Cine de Valladolid, en octubre del mismo año. Si escasas habían sido en España las críticas de sus primeros largometrajes, esta película fue ampliamente comentada en diarios y revistas de cine. Gustos aparte, nadie discutía ya la autoridad de Tarkovski, ni en España ni fuera de ella. Mark Le Fanu3 se preguntaba en un artículo a propósito del maduro Tarkovski: Ahead of us?; y Pelissier y Celal se formulaban la pregunta del millón4: Tarkovski cinéaste? Sí, Andréi había reventado todos los registros convencionales del arte cinematográfico.

Yo no creo que Sacrificio sea su mejor película, en todo caso la más acabada y consecuente desde el punto de vista de la ética tarkovskiana. La fuerza moral-intelectual que muestra en ella el realizador me resulta incomensurable, me recuerda al adulto Tolstói, filósofo excomulgado de la ortodoxia, autor de Resurrección y de El Padre Sergio; me recuerda aún más al sexagenario Dostoievski, igualmente radicalizado cuando escribía a marchas forzadas el testamento del nieto contemporáneo de la ortodoxia, Aliosha Karamázov, pocas semanas antes de que un enfisema pulmonar ahogase irremediablemente al novelista.

Tarkovski no pudo recoger personalmente los galardones condecidos a Sacrifico en el festival de Cannes; lo hizo por él su hijo Andriushka. Un año antes le había sido diagnosticada una afección tumoral. Rodó Sacrificio después de las primeras sesiones de radioterapia; montó la cinta concluidas las segundas, guardando cama. El proceso fue fatal. El 30 de diciembre de 1986, lejos de su patria, aunque acompañado por su mujer Larissa y su hijo, moría Andréi Tarkvoski.

Desde aquel año aumenta imparable el interés por su obra. Ha conocido una divulgación extraordinaria el libro de reflexiones sobre teoría y práctica cinematográfica. Die versigelte Zeit5, con el prometedor subtítulo de: Gedanken zur Kunst, Ästhetik und Poetik des Films, sintetiza las más de 150 entrevistas y artículos que Tarkovski publicó en vida. La obra ha sido traducida al italiano, francés, inglés y español6 (existe también una edición en México7).

Fueron publicados más tarde sus diarios, a los que el mismo Tarkovski tituló Martyrolog. Son dos volúmenes, correpondientes al periodo 1970-868, y al de 1981-869, éste con los blocks escritos en Italia y durante el exilio. Se han publicado algunos guiones de sus películas. La mayor difusión corresponde al así llamado «guión literario» de Andréi Rublev, escrito con talento por el mismo Tarkovski y publicado en la revista oficial de la cinematografía soviética, Iskustvo kino, en 1964. El guión ha sido vertido al italiano, inglés, alemán y francés. Además, se ha traducido al alemán el guión original, el diario de rodaje y el guión de El espejo10. El lector interesado encontrará un curioso guión, publicado pero no realizado, titulado y concebido conforme al escritor romántico E. T. A. Hoffman11.

El trabajo de Tarkovski fue objeto de dos congresos internacionales, celebrados poco tiempo después de su muerte. Uno tuvo lugar en el Centro Sperimentale de Cinematografía de Roma, y el otro, convocado en plena atmósfera de perestroika, reunió en Moscú a artistas y críticos rusos. Además de honrar la memoria de Tarkovski, los participantes en este congreso se declararon públicamente contra la oposición oficial que condujo a Tarkovski al exilio a comienzos de los ochenta. Se proyectó una versión «íntegra» de Andréi Rublev, y se inauguró una Fundación Tarkovski para mantener viva la memoria del realizador en Rusia.

Observando el creciente interés por la cinematografía tarkovskiana, un crítico señaló la existencia de un Tarkowski- Kult12, con razón. En 1987, aparecieron una monografía en inglés, dos en francés, otra en alemán y una en italiano, consagradas a su obra. Al año siguiente, dos estudios más, los dos franceses. En 1993, Peter Green publicó un libro en Inglaterra y en 1994, dos profesores de la Universidad de Indiana el suyo. En Rusia, salieron a la luz tres monografías desde la muerte del realizador. La última, fundamental, editada por la hermana de Andréi, Marina, Sobre Tarkovski, recoge los recuerdos de más de una veintena de amigos y colaboradores del realizador13. La última monografía, ilustrada con profusión de fotografías, aparecida en París en octubre del año pasado, ha sido escrita por la mujer de realizador, Larissa14. A estos libros se suman más de ciento cincuenta ensayos y artículos sobre el realizador.

Por lo que se refiere a las víctimas españolas sacrificadas en el altar de la belleza tarkovskiana, es preciso reconocer que hemos ido por detrás de Italia, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos hasta fechas muy recientes. De las casi 1.800 publicaciones que tengo registradas en una bibliografía sobre el realizador, que no pretende, naturalmente, ser exhaustiva, más de las tres cuartas partes pertenecen a estas cinco naciones. Pero un punto de inflexión se registró, ya lo he dicho, a propósito de Sacrificio. La XXXII Semana Internacional de Cine de Valladolid organizó en 1987 una sección especial llamada «En recuerdo de Andréi Tarkovski», en la que se proyectaron El espejo y Nostalghia. Al año siguiente, se mostraron dos documentales no estrenados en España: uno del realizador: Tempo de Viaggio (Italia, 1983), y otro sobre su estilo de dirección: Directed by Tarkovski, de Michal Leszcylowski (Suecia, 1987).

Me honro de haber sido el organizador, junto con el arquitecto y pintor Fernando Pagóla, del primer ciclo en España con la filmografia completa de Tarkovski. Hasta pusimos su mediometraje de licenciatura: El violín y la apisonadora, de 1960. El Cineclub Universitario de Pamplona, que entonces dirigíamos, invitó a Larissa Pavlovna y a su hijo, que llegaron a España en febrero de 1989. Tuvimos oportunidad de comentar la gran admiración que Tarkovski sentía por España. En alguna ocasión comentó Larissa que a Tarkovski le hubiera encantado filmar ciertos paisajes de nuestras tierras. El recuerdo de aquellos días con Larissa se ha hecho precioso, pues la misma enfermedad que había afectado fatalmente a su marido, diez años antes, se nos ha llevado ahora a Larissa para siempre.

La primera monografía española se debe a Jorge Fernández Zicabo, y es de 199315. A ella siguió una de Carlos Señor, al año siguiente16. La revista valenciana Banda aparte dedicó el número 2 (febrero 1996) al realizador soviético, y se agotó muy pronto. Yo, en fin, espero añadir en breve otro título a esta ya respetable serie de publicaciones españolas.

Más tendrían que ser, empero, si quisiéramos hacer justicia a un Tarkovski que, a despecho de una crítica y un público que se han tomado su tiempo para llegar a apreciarle, se encariñó desde el comienzo de su carrera con la cultura española. Larissa, por ejemplo, comentó en más de una ocasión el lugar destacado que Cervantes y Calderón ocupaban en la cultura literaria de su marido. Don Quijote, había escrito él, «es un símbolo de nobleza, de generosidad, de abnegación y fidelidad, y Sancho Panza, del buen sentido común. Pero Cervantes —añadía Tarkovski—, fue más fiel a su héroe, si cabe, que éste a Dulcinea. En prisión, obnubilado de rabia porque un canalla había publicado ilícitamente una segunda parte de las aventuras de don Quijote, que era una afrenta para el puro y sincero afecto del autor por su vástago, escribió su propia segunda parte de la novela, matando a su héroe al final para que nadie más pudiese mancillar la sagrada memoria del Caballero de la Triste Figura»17.

De los escritores españoles contemporáneos, Andréi menciona a Lorca y a Arrabal en Esculpir en el tiempo18. En uno de sus diarios, escribe: «Hoy he leído un maravilloso ensayo de Lorca increíblemente apasionado, profundo; verdaderas ideas poéticas»19.

Apreciaba mucho la pintura española, sobre todo a El Greco, Goya, Dalí y Picasso. El toledano había sido para Tarkovski un artista fiel a una vocación casi profética, característica, como lo era a su juicio, de los grandes creadores. «La tensa fuerza rebelde de los paisajes de El Greco, el devoto ascetismo de sus personajes, la dinámica de las alargadas proporciones internas de sus cuadros, y los colores salvajemente fríos, tan poco característicos de su tiempo, y familiar, más bien, a los admiradores del arte moderno, dio lugar a la leyenda de que el pintor era astigmático y que esto explicaría su tendencia a deformar las proporciones de los objetos y del espacio. A mí me ha parecido siempre una explicación demasiado simple»20.

Goya, por su parte, se enfrentó sin ayuda de nadie, según Tarkovski, al cruel y endeble poder del rey, y se opuso a la Inquisición. Sus siniestros Caprichos se convirtieron en la personificación de las fuerzas oscuras, y le condujeron a una batalla quijotesca contra la locura y el oscurantismo21.

Común a todos estos artistas españoles era para Tarkovski una apasionamiento airado y tierno a la vez, intenso y desafiante. Ellos, a su juicio, sentían, por un lado, «un profundo amor por su país y, por otro, un airado rechazo de todas las estructuras sin vida, de todo brutal e impasible machacamiento del cerebro. El campo de su visión, constreñido por el odio y el desdén, se fija sólo en aquello aún vivo, en la simpatía humana, en la chispa divina, en el sufrimiento humano ordinario —en todo aquello que durante siglos ha debido absorber la ardiente y rocosa tierra española»22.

La fidelidad a su vocación hizo grandes a los pintores españoles, pensaba Tarkovski. De ellos, acaso la concepción de Picasso fuera la menos familiar para él, un artista espiritualmente emparentado con la pintura del Renacimiento eslavo e italiano y con la novela rusa del XIX.

«Nadie sabe lo que es la belleza —manifestaba Tarkovski a un diario francés, dos meses antes de su muerte—. La idea que nos hacemos de ella cambia con la evolución histórica, con las aspiraciones filosóficas y con la simple transformación del ser humano en el curso de su propia vida. Esto es lo que me obliga a pensar que la belleza es el símbolo de algo distinto. ¿De qué exactamente? De la verdad. Me refiero a la verdad del camino que el hombre emprende. La belleza de una época —la belleza relativa de las épocas— da razón del nivel de consciência que los hombres de esa época tienen acerca de la verdad. Hubo una época en la que esa verdad fue expresada por la Venus de Milo, por ejemplo.

»No hace falta explicar cómo todos los retratos femeninos de un Picasso no tienen en sentido estricto ninguna relación con la verdad. No discuto aquí el preciosismo, la belleza en el sentido del preciosismo, sino la belleza armónica, la belleza hermética, la belleza en sí misma. Picasso, en lugar de exaltarla, o al menos de tratar de exaltarla; en lugar de participar en ella y dar testimonio, se comporta como un destructor, como un blasfemo, como alguien que despedaza la belleza.

»La verdad que expresa la belleza es enigmática, no puede ser descifrada ni explicada con palabras. Pero cuando el individuo se encuentra junto a ella, y se enfrenta a ella, siente su presencia, aunque sólo sea por el escalofrío que le recorre la espalda. Es como un milagro del que uno resulta testigo de repente, sin quererlo. Eso es»23.

Esa fuerza misteriosa de la belleza la encontraba Tarkovski realizada en las películas de Luis Buñuel. El aragonés era uno de los realizadores preferidos de Tarkovski. «Buñuel es, ante todo, portador de una conciencia poética. Sabe que la estructura estética no necesita manifiestos, que el poder del arte radica en la persuasión emocional, en esa única fuerza vital a la que Gógol se ha referido… »24.

En 1964, Tarkovski concedía una entrevista a la revista Cine Cubano. El joven ruso de 32 años que se preparaba para realizar Andréi Rublev contaba a Buñuel entre sus maestros.

«He de decir —explicaba Tarkovski en aquella ocasión— que, como problema general, me preocupa mucho la cuestión de la nacionalidad en el arte. A mi juicio, el arte debe ser siempre nacional, no puede pertenecer a todo el mundo por igual. Puede pertenecer a todos como obra de arte ya realizada, desde luego, pero las fuentes, los orígenes del arte, se hallan siempre en un plano nacional ». Esta necesidad de seguir las tradiciones culturales, de impregnarse de todo lo mejor que ha creado el pueblo, la encontraba Tarkovski realizada magistralmente en cuatro directores: Kurosava en el Japón; el sueco Bergman y el español Buñuel, en sus respectivas culturas, y entre los rusos, su director favorito, el ucraniano Dovzhenko.

Estos relizadores son «grandes artistas precisamente porque sus mejores películas han logrado expresar el carácter nacional, aquello que específicamente caracteriza a una persona de una nacionalidad determinada, que lo hace diferente de los individuos de cualquier otro país. Yo no creo en el arte como algo cosmopolita. Y no creo, porque las mejores obras de arte cinematográfico están en la actualidad ligadas siempre a la expresión del espíritu nacional. Esto no es una declaración pseudo-mística, ni mucho menos. Al contrario: estoy convencido de que el artista sólo puede expresar magistralmente aquello que conoce bien, aquello que ha mamado desde la infancia»25.

En el contexto de estas opiniones, es comprensible que Tarkovski hubiese escogido la figura de Rublev como tema de su segundo largometraje: fue él quien creó una pintura rusa independiente de sus progenitores —los griegos de Bizancio—, y punto de partida de una tradición plástica nacional.

«Voy a citar un ejemplo —continuaba— que me parece muy significativo con respecto a las necesidades de las tradiciones, a la especie de continuidad que éstas proporcionan, sobre la necesidad de su renovación, utilizando para ello los problemas contemporáneos, actuales. Ese ejemplo es Luis Buñuel. Para mí, está claramente definida la línea del desarrollo de la tradición española: el Greco, Cervantes, Goya, son las fuentes de las que parte Buñuel. Buñuel no podría existir en absoluto sin el Greco, sin Goya, sin Cervantes. Eso es indudable. La crudeza de Goya, por ejemplo, su lenguaje directo para manifestar su sufrimiento por el pueblo, eso ha penetrado en Buñuel, forma parte de su sangre, de su cuerpo. La profundidad del drama espiritual que se desarrolla ante nuestros ojos en los personajes del Greco, por otra parte, esa profundidad espiritual que manifiesta la tradición que parte de El Greco, se transmite diáfanamente a Buñuel; al menos, yo lo siento así cuando veo Los Olvidados. El protagonista de esta película es para mí un típico personaje del Greco, incluso exteriormente, hermoso, con la belleza que pintaba El Greco, con los ojos un tanto oblicuos, el rostro alargado»26.

¿Qué alcance tienen estas afirmaciones de Tarkovski? ¿Es verdad que son tan fácilmente reconocibles en las obras de Buñuel los rasgos de nuestra tradición cultural? ¿No pecan las afirmaciones del realizador soviético de cierto idealismo romántico?

Para empezar, parece obvio que Tarkovski no se refiere a la citación «textual» de una tradición, sino a un cierto «espíritu nacional» o corriente de problemas y de puntos de vista que se hace presente en distintas obras de arte dentro de un contexto social. La imitación, la textualidad, la había rechazado el mismo Buñuel hacía tiempo. «Hay críticos —aseguraba por su parte el aragonés— que si ven en una de mis películas un enano o un mendigo, se ponen a mencionar a Velázquez y a Goya. Lo mismo podrían decir que soy un cineasta «cubista» si ven en una película mía una casa cuadrada… Pero ni Goya ni el Greco ni el Museo del Prado entero; detesto hacer películas de arte. No busco el ejemplo de los pintores. Es un tópico: Buñuel cineasta español: Buñuel influido por Goya y Velázquez, y hasta por la fiesta de toros. Hombre, está claro que mucho de lo español ha tenido que influir en mi vida; pero si en una película hay un detalle que pueda parecer una cita cultural, lo suprimo»27.

La comprensión tarkovskiana de la hispanidad de Buñuel se entiende mejor, me parece, en la línea de Octavio Paz al presentar en México la película Nazarín:

«Aunque todas las artes tienen por fin último y general la expresión y recreación del hombre y sus conflictos, cada una de ellas posee su lenguaje, sus medios e instrumentos particulares de encantamiento y así constituye un dominio propio. Una cosa es la música, otra la poesía, otra el cine. Y en cada caso el género de placer, sacudimiento o revelación que comunican es distinto. A veces, sin embargo, un artista logra traspasar los límites de su arte; nos encontramos entonces frente a una obra que encuentra sus equivalencias más allá de su mundo, en otra esfera más amplia y libre. Algunas de las películas de Buñuel —La edad de oro, Los olvidados, Robinson y Nazarín— sin dejar de ser cine, nos acercan a otras comarcas del espíritu: ciertos grabados de Goya, algún poema de Quevedo o de Peret, un pasaje del Marqués de Sade, un esperpento de Vallé-Inclán, un episodio de Cervantes… »28.

Un cierto grado de parentesco une a las afirmaciones de Tarkovski y las del Premio Nobel. Ambos ven realizada esta continuidad de Buñuel respecto de la tradición española sobre todo en la adaptación cinematrográfica de Nazarín, la novela galdosiana del año 1895.

Aunque conocía la obra del escritor canario desde la juventud, Buñuel descubrió a Galdós en México, ya en el exilio. «Encontré en sus obras elementos que incluso podríamos llamar «surrealistas»: amor loco, visiones delirantes, una realidad muy intensa con momentos de lirismo»29. Fruto de ese hallazgo serán dos adaptaciones cinematográficas: Nazarín y Tristana.

Respecto de la primera, aclaraba el aragonés: «Nazarín es una novela de su última etapa y no de las mejor logradas, pero su historia y su personaje son apasionantes, o por lo menos a mí me sugerían muchas cosas, me inquietaban. Esto me interesa subrayarlo: Nazarín no es una de las grandes novelas de Galdós, como tampoco Tristana. No son comparables a Fortunata y Jacinta o la serie de Torquemada. Cuando filmo una novela, me siento más libre si no es una obra maestra, porque así no me cohibo para transformar y meter todo lo que quiero. En las grandes obras hay un gran lenguaje literario ¿y cómo hacer para pasar eso a la pantalla? A mí me atraía el personaje de Nazarín, me interesaba como tipo humano, como conflicto espiritual, religioso, moral, etc. El es un hombre fuera de lo común, por el que siento gran afecto. Quería hacer una película sobre un cura excepcional, que quiere vivir de acuerdo a la letra y al espíritu del cristianismo original. Es un Quijote del sacerdocio, y en lugar de seguir el ejemplo de los libros de caballería, sigue el de los Evangelios; en vez tener al escudero Sancho Panza, es acompañado por dos mujeres, que son un poco sus escuderas. Y aunque la novela había sido escrita ochenta o noventa años antes, podía situarse en México en el periodo del dictador Porfirio Díaz y las situaciones seguirían siendo parecidas»30.

Nazarín —aporta a este respecto Paz, en línea otra vez con la comprensión tarkovskiana de la hispanidad— «pertenece a la gran tradición de los locos españoles, inaugurada por Cervantes. Su locura consiste en tomar en serio las grandes ideas y las grandes palabras y tratar de vivir conforme a ellas. Es un loco que se niega a admitir que la realidad es la realidad y no una atroz caricatura de la verdadera realidad. Don Quijote veía a Dulcinea en una campesina; Nazarín, tras los rasgos monstruosos de Andara y Ujo, ve la imagen desvalida de los «hombres caídos»; tras del delirio erótico de Beatriz, el eco del amor divino… A lo largo de la película —en la que abundan, ahora con furor más concentrado y, por eso mismo, más explosivo, escenas del mejor y más terrible Buñuel—, asistimos a la «curación» del loco, es decir, a su tortura. Todos aquéllos a quienes se acerca lo rechazan: unos, los poderosos y los satisfechos, porque lo consideran un individuo peligroso y antisocial; otros, las víctimas y los perseguidos, porque necesitan otro y más efectivo tipo de consuelo. En suma, fiel a la tradición del loco español, Buñuel nos cuenta la historia de una desilusión. Para don Quijote, la ilusión era el espíritu caballeresco; para Nazarín, el cristianismo»31.

Por lo que se refiere a esta conclusión de Paz, creo que Buñuel no la suscribiría sin condiciones32. Pero se impone como conclusión que Tarkovski no divagaba en la estrevista publicada en Cine cubano al sostener: «Para mí está completamente claro que Buñuel es asombroamente tradicional y, por lo tanto, asombrosamente popular, asombrosamente comprensible y lógico para los españoles y para los pueblos de sangre hispana, es decir, que provienen de esa línea tradicional»33.

Otro juicio le mereció en cambio a Tarkovski la siguiente novela galdosiana adaptada por Buñuel. En una anotación en Martyrolog, el 18 de septiembre de 1970, Tarkovsky demuestra que él, un gran artista, no se casa con nadie: «Hoy he visto una película muy mala de Buñuel —no recuerdo el nombre; ah, sí: Tristana—, acerca de una mujer a la que han amputado una pierna, y que de vez en cuando sueña con una campana en la que la cabeza de su marido ocupa el lugar del badajo. Increíblemente vulgar. De vez en cuando, Buñuel se permite lapsos como éste»34.

Tarkovski admiraba sobre todo el anticonformismo de Buñuel, que interpretaba como fuerza dominante en muchas de sus películas. «La protesta de Bufiuel —furiosa, sin compromisos y acerba— se expresa sobre todo en la textura sensible del film y es emocionalmente contagiosa. La protesta no es calculada, ni cerebral, ni formulada intelectualmente. Buñuel tiene demasiado instinto artístico como para dejarse llevar por una inspiración política, la cual, desde mi punto de vista, es siempre espuria si se expresa abiertamente en una obra de arte. La protesta social y política expuesta en sus películas sería, sin embargo, más que suficiente para un buen número de realizadores de menor estatura»35.

Eso ya estaba a juicio del soviético en Un perro andaluz, de 1928. Tarkovski recuerda que Buñuel tenía que eludir a los enfurecidos burgueses que le perseguían después del estreno, y llevar incluso un revólver en el bolsillo del pantalón para poder defenderse, llegado el caso. «Era el principio —comentaba Andréi—; Buñuel había comenzado a escribir entre líneas, como se dice, en lugar de sobre las líneas. El hombre común, que entonces se estaba apenas acostumbrando al cine como un espectáculo creado para él por la civilización, tembló de horror ante las imágenes y símbolos lacerantes, planeados para escandalizar, de esa película que, de hecho, es muy difícil de aceptar. Pero también aquí Buñuel continuó siendo lo suficientemente artista como para dirigirse a sus espectadores no en un lenguaje panfletario, sino en el lenguaje emocionalmente contagioso del arte»36.

A lo largo de los años, en las entrevistas y artículos que publicaba, Tarkovski solía referirse a los directores que gozaban invariablemente de su admiración: junto al citado Kurosawa, también Mizoguchi, entre los japoneses; Antonioni y Fellini; Vigo como creador del cine francés y, de un modo muy especial, sobre todo en los últimos tiempos, Bresson; el citado Bergman; Ford, entre todos los americanos; y siempre, a Luis Buñuel. De todos ellos, solo dos fueron objeto de un análisis específico: Fellini, al que Tarkovski consagró un artículo al cumplir el italiano 50 años, y nuestro Buñuel.

El artículo sobre el realizador aragonés apareció en una obra colectiva (Sbornik, Luis Buñuel, Moscú, 1979), y fue traducido posteriormente al alemán37. La nuestra es la primera traducción al castellano. El lector encontrará en ella algunas ideas sobre Nazarín, el filme de Buñuel suficientemente presentado en esta ocasión, y algunas otras especialmente características del estilo de realización de Andréi Tarkovski.

A la memoria de la mujer de un cineasta ruso que amaba España, a la amiga que hace poco nos dejó, Larissa Tarkovski.

NOTAS

1 • Octubre de 1962.
2 • Nuestro cine, n° 86 (VI/1969), p. 42.
3 • Sight & Sound vol. 55 n° 4 (Otoño 1986).
4 • Positif n° 312 (11/1987).
5 • Ulstein, Frankfurt 1985, segunda ed. 1988, ampliada con una referencia a Sacrificio.
6 • Rialp, 1991.
7 • Universidad Autónoma de México, 1993. a Ullstein, 1989.
9 • Ullstein, 1991.
10 • Limes, Berlín, 1992.
11 • Hoffmaniana, Schrimer-Mosel, París, 1988.
12 • Thomas Rothschild, Medium 1/1987.
13 • Edición en inglés: About Andrei Tarkovsky, Progress Publishers, Moscú, 1990.
14 • Calmann-Lévy, 1998.
15 • El cine de Andrei Tarkovsky, Zona Ediciones Artesanales, Madrid 1993.
16 • Ediciones JC.
17 • A. T., Esculpir en el tiempo, Universidad Nacional Autónoma de Mexico, México D. E, 1992, p. 53.
18 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 52.
19 • A. T., Martyrobg, (6.06.1980), Ullstein Vlg, Berlín, 1989, p. 310.
20 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 53.
21 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 53.
22 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 53.
23 • A. T., en: Tarkovski parle, entrevista por Victor Loupan, Le Fígaro Magazin 25.10.1986, p. 38.
24 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 52.
25 • A. T., en: La infancia dejada atrás, entrevista por E. Pineda, Cine Cubano n° 22 (1964), p. 31,34.
26 • A. T., en: La infancia dejada atrás, cit., p. 33 s.
27 • Tomás Pérez Turrent, José de la Colina (eds.), Buñuel por Buñuel, Plot Ediciones, Madrid 1993, pp. 91-92, 104.
28 • Octavio Paz, «Nazarín», en: Claudio Utrera (ed.), Galdós en la pantalla, Ciclo de la Filmoteca Canaria, Ediciones de la Viceconsejería de Cultura y Deportes, Las Palmas, 1989, p. 106.
29 • Tomás Pérez Turrent, José de la Colina (eds.), cit., p. 104.
30 • Tomás Pérez Turrent, José de la Colina (eds.), cit., pp. 103 ss.
31 • Octavio Paz, «Nazarín», cit., p. 106.
32 • Tomás Pérez Turrent, José de la Colina (eds.), cit., p. 106.
33 • A. T., en: «La infancia dejada atrás», cit., p. 33.
34 • Martyrobg, cit., p. 54.
35 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 52.
36 • A. T., Esculpir en el tiempo, cit., p. 55.
37 • Film und Femsehen, Berlín (ddr) , 1/1984

Las nieblas de la Purísima

LA CASA que fuera de mis abuelos en el valle del Valcarce se venía abajo por el peso de los años. Yo no tenía para pagar a los retejadores ni la contribución. La invención de las Autonomías y toda esa historia me trajo propuestas tentadoras. Si yo consentía en abrir la casa a turistas, tendría exenciones e incluso subvenciones. Baños nuevos, instalación eléctrica para que los plomos no saltasen a cada paso y calefacción, ¡calefacción en toda la casa! Rellené papeles y firmé y puse mi DNI. A la casa familiar en Mazos del Valcarce la pusieron en las guías de alojamientos rurales. A mí me quedaba un área suficiente para uso personal, y la esperanza de que con las malas comunicaciones apenas si funcionaría la hipoteca de recibir huéspedes. Una esperanza fundada, como se vio muy pronto, y más al acabarse aquel verano, que era el primero de mi compromiso.


Un anochecer de diciembre, cuando era impensable que se presentase nadie, aquel viajero apareció como un fantasma. No se había oído ningún coche, el viajero no venía a caballo ni en bicicleta ni en moto, y era raro que caminara a pie con aquella maleta que parecía pesada, como sólo puede serlo una maleta de libros. Y con la carretera y el pueblo y la casa metidos en un pozo de niebla. Sobre todo la niebla. Se quitó la capa, una prenda cortesana como de Amigos de la Capa, y echó una mirada alrededor como quien toma tierra y necesita orientarse. Luego palpó nervioso los bolsillos de su ropa, el ademán de quien comprueba: cartera, papeles, quizá las pastillas que casi todos llevamos.
Se acercó al fuego de troncos de roble que ardía en la chimenea. Donde yo esté, ni yo ni mis prójimos pasaremos frío. Avivé la lumbre con el atizador, antes de poner en marcha la caldera central. En cuanto a cargar con la maleta hasta la habitación, confieso que me hice el desentendido. Podría haberme excusado con que «la casa tiene poco personal». Pepa de Cantos, y gracias, que me cocinaba y hacía una limpieza poco fanática.


-Hay pote de berzas y costillas de cerdo adobadas —rezongó la mujer cuando vino para dejar preparada la cena.
—¿Y escabeche? —se me ocurrió.
-Truchas. —Pepa de Cantos era lacónica cuando algo le parecía un disparate.


Mandé añadir unas truchas en escabeche, de estar metido en este negocio me gustaba quedar como un caballero, y así me lucía el pelo a la hora de hacer balance. Con naturalidad nos sentamos juntos a la mesa el hostelero y el huésped inesperado.


Pero nos tratábamos con ceremonia:


-Sírvase usted, señor.
Y él a mí:
-Es usted muy amable, este caldo resucita a un muerto.


El huésped era frugal. Repitió del caldo, alabó el pan, mitad trigo mitad centeno, pero las costillas las rehusó sin apelación. Tampoco iba a entrarles a las truchas, pero de pronto se animó a probarlas. Fue cuando le dije que eran pescadas (capturadas) con ingenio por los monjes de Orivia y comercializadas en Sarria, quizá con participación del convento.


Ora et labora —sentenció sin la falsa unción de los clérigos, y poco después me dio las buenas noches en latín, bromeando y con la facilidad de quien lo tuviera de lengua materna y de diario.


Yo llevaba tiempo sin relacionarme con gente que pudiera decirse afín. Me quedé a solas junto al fuego que a esas horas presidía la vida menguante de la casa, pensativo, bebiendo. Bebiendo más que en otras épocas del año, ahora por culpa de la meteorología. Y sólo estábamos en el tercer día, se dice «las nieblas de la Purísima » porque ocurren invariablemente alrededor del 8 de diciembre, justo un novenario de nieblas bajas algodonando de un gris opresor el curso del río y sus alrededores. Es un tiempo de trabajo para los loqueros de Ponferrada y las ambulancias todo terreno, mejor prevenirse uno mismo con un vino decente. Otra medicina: escribir eso que llaman creación, cuentos o poemas, mejor poemas. Pero lo escrito en vigilias así podían ser arrebatos que no decían nada en la tardía mañana siguiente, como si la luz que se colaba por las ventanas, mínima incluso a la hora del mediodía, bastara para borrar el texto nacido en el desorden.


El cuarto día. El quinto día. El sexto día de la novena.
-Me alegro de que se encuentre bien en la casa, puede quedarse el tiempo que quiera.
Debería haberle propuesto que nos tuteásemos.
-Si por mí fuera me quedaría para siempre —aseguró él con mucha firmeza—. Pero no miremos el calendario.


Vivíamos todo el día como si fuera noche cerrada, encendidas las luces eléctricas.


-Incluso con este tiempo le envidio a usted su forma de vida —dijo—. Y no diré que cambiaría la mía por la suya, porque usted saldría perdiendo y sería engañarle.


Yo le había contado ya mí aventura. En Madrid vívía en un piso de Malasaña, encima de un pub con música horrible y macarras, y veía crecer el ejemplo de gente de pluma que se aisla en una aldea o en un caserío, con el recurso del ordenador y el fax para comunicar con su editor o su agente literario. En mi caso sería con el periódico, unas colaboraciones medio fijas con las que salía adelante. Me instalé en Los Mazos con voluntad de permanencia y dejé una invitación a contados amigos íntimos: que podían venir a verme y quedarse algún tiempo. Sólo me vino uno y para un trasnoche, aunque en las tertulias madrileñas hacían ellos mucho menosprecio de corte y alabanza de
aldea.


-Tampoco era sincero el fraile Guevara —dijo el huésped—, que más anduvo por Toledo o Granada o Valencia que por los curatos de las diócesis en que fuera obispo. —Su voz se hizo más grave al entrar en la reflexión propia—: La vida serena, la del hombre que ama de veras la intimidad consigo mismo, eso, amigo mío, es un carisma y no a todos se les concede.


El madrugaba y salía de la casa, ahora con una zamarra tosca de punto de lana, y daba paseos largos por la ribera, aunque la niebla no le dejaría ver más allá de unos metros. Otras horas del día las pasaba en su cuarto sin dar más señales de vida que periódicos y breves pasos que la tarima recién restaurada dejaba oír, probables treguas en la lectura, quizás en la escritura de qué sé yo qué. Mi condición de hostelero era postiza, pero supuse la regla sagrada de que en su cuarto tiene el huésped un recinto inviolable. Yo andaba a lo mío, no podía decirse que vivir en Los Mazos de Valcarce fuera estar en el ombligo del mundo, pero me bastaba ver y escuchar los noticiarios del día para despachar mis artículos de opinión. Una noche oí que en una tertulia de la radio me aludían: «ese periodista que escribe pegado al terreno», y todavía me dura la risa. El almuerzo lo hacía cada cual a su aire, lacón frío o empanada que Pepa de Cantos nos dejaba a mano. La cena, en cambio, nos reunía a los dos hombres de la casa.


En la hora de mi buen apetito, un poco me fastidiaba la frugalidad del otro, casi ostentosa. Después del caldo, pan y queso de cabra bastaban para contentarlo. De acuerdo, pan y queso de cabra no es una mala coyunda. ¡Pero regados con vino! El hombre que tenía enfrente, ni olerlo. Hablábamos o callábamos, lo que significa sentirse a gusto, cada cual con su independencia. Sin mujeres, sin las presiones de una familia. Que a los dos nos sobraran las mujeres no nos lo llegamos a decir claramente, pero sí recuerdo rasgos que fuimos confesándonos y que en algunas cosas hacían que nos pareciésemos. Su padre era apasionado y brusco; mi padre tenía momentos de cólera irreverente, atenuada por eufemismos («¡Cristo negro! —juraba mi padre —, y como Cristo había sido blanco…). El huésped, de niño, admiraba los trenes. En mí fueron afición que todavía revivo. Y su fantasía infantil de la Virgen que se te aparece, ¡como la mía!


Pero más que nada, la misma desazón por haber dedicado nuestra vida, o una parte importante de nuestra vida, a quehaceres que no se correspondían con nuestras ilusiones. De
mi caso no quiero hablar. El huésped no aclaró en qué se ocupaba realmente, deduje que en algo liberal y rentable, pero más se veía en él al intelectual puro, al historiador fiel o al poeta inventor de sueños.


El día octavo de la novena, como aquí se sabe de generación en generación, las nieblas pesan físicamente como una losa y pueden machacar los nervios más templados. Pero también ocurre que en la primera hora de la tarde están en el nivel más bajo, y un alpinismo no muy arduo basta para liberarse de la humedad ominosa.


-¿Le importa que el paseo de hoy lo hagamos juntos y cuesta arriba? Hay algo que me gustaría enseñarle.


Accedió al momento, le presté un bastón fino e historiado que trajo de Cuba un militar de nuestra familia y para mí eché mano de una cachaba ordinaria comprada en San Miguel de Cacabelos. El huésped tendría como sesenta años y trepaba con una facilidad envidiable.


Por estos caminos anduvieron hace siglos los eremitas —dijo. Y unos versos romanceados y de sabor lejano—: Por la cuesta de Pradela/ va San Valerio/ con un cayado en la mano/ y un libro por compañero…


Era una voz abadenga que sonaba con autoridad entre las peñas apenas visibles, como si el que venía por la trocha detrás de mí fuera el mitrado de Carracedo, y la espesura se hizo aún mayor cuando recitó en latín; entre las nieblas sonaba y resonaba el testimonio de nuestra Etheria o Egéria, una viuda de pelo en pecho que en tiempos remotos se largó de turista hasta Jerusalén y Constantinopla, Itaque ergo duxit me primum ad palatium Aggari regís...


Pero ya alcanzábamos lo alto, el mundo se aclaraba poco a poco, luego fue una explosión del sol que sólo para nosotros los del valle había dejado de existir durante días y ahora nos decía: aquí he estado siempre, y nos cegaba. La luz. El calor. Incluso el olor del sol. Todo por debajo de nosotros era un mar, pero mirado desde aquí era un mar muy limpio, y en el horizonte más alejado lo surcaban barcos fantásticos, por si no fuera bastante la belleza intocada de las nubes. Los mástiles que allá sobresalían eran torres, yo sabía qué torres principales y las desgranaba: la torre de la colegiata de Villafranca con campanas que voltearon por el Virrey de Nápoles, la torre de San Nicolás el Real, los torreones del castillo de Peña Ramiro…


Por suerte, al bolsillo del pantalón me había echado la petaca del coñac. A hurtadillas le pegué un tiento, se me serenó el discurso, no me gusta ponerme retórico. Nos sentamos en unas piedras altas, puestos a mirar, también a que el sol nos mirase a nosotros. Un perrillo sin raza —un perrillo mil leches— vino de no se sabe dónde y se nos acercó con jugueteos tímidos.


Vi que mi acompañante se enternecía con el chucho.
-¿Usted cree en la resurrección de los perros?


No recuerdo mi respuesta. Ni siquiera si hubo respuesta. Le gustaba proponer enigmas que quedaban bailando en el aire, como las partículas de polvo en una rendija de luz.


En cierto momento el perro caneiro ladró hacia el cielo y esto no lo había visto yo nunca: ladrarle a un coche, a una bicicleta, a una moto, sí. Pero a un avión. El aparato dejaba atrás una estela blanca de geometría perfecta y de vez en cuando el fuselaje brillaba fugazmente como si nos hiciese un guiño. Miré el reloj:
-Es el vuelo Madrid-Santiago.
El avión iría cargado de pasajeros que ignoraban nuestra pequeñez en la montaña encendida.
– Y cartas— dijo mi compañero de escalada—, seguro que también lleva correo. Las cartas, los viajes. Tengo cartas del capellán de un penal paraguayo, ese sí que es un lugar solitario, acaso el paraje más solitario del planeta. De Mandela, escritas en su reclusión, que tampoco era un sitio muy acompañado. O del benedictino más viejo de toda la orden, 106 años y su caligrafía un primor.


Yo pensaba en los ámbitos que hasta hace poco tiempo fueron mi vida, en el periodismo de primera línea, entonces sí, metido en la acción. Las palabras del huésped me estaban< trayendo nostalgia del mundo.


Y en seguida, nostalgia de Madrid. Tal como suena, de Madrid, cuando le escuché el recordatorio de sus taras urbanas:
-¡Allí no se puede vivir!


Se ha dicho mil veces y se seguirá diciendo. Pero él lo remachaba:
-¡Usted ha sabido liberarse a tiempo!
Madrid es horrible, una ciudad donde todos desayunamos en las cafeterías pisando papeles sin barrer y hablando muy alto, pero el relator que tenía a mi lado en la soledad agreste seguía el tío en ese Madrid, moviéndose en el Madrid de todo el año por el Círculo y el Gijón donde a mí me habrían olvidado los camareros, y asistía a no sé qué comidas de los< marcianos en la Quinta del Sordo, había viernes en que se sentaba a la larga mesa amical de una tertulia que llaman Contra Aquello y Esto, y la Peña Chicote, y los Amigos de Julio Camba, todo en la capital más ensordecedora y desordenada de Europa, en la más animada y conviviente y difícil de olvidar…


El sol empezaba a ponerse y emprendimos el descenso perezoso. Marchábamos uno detrás del otro, cada cual con sus pensamientos callados. La entrada en el pozo fue de repente y sentimos como un golpe en el pecho. Era la misma niebla que habíamos dejado poco antes, pero nosotros volvíamos distintos. No me pregunten por qué estoy hablando en plural de nuestros sentimientos. En la cena mi compañero se levantó a llamar por teléfono. La mañana siguiente desperté más tarde que nunca (aquella noche había bebido más que nunca), y Pepa de Cantos me avisó que el cliente se nos había largado. En la habitación número 4 encontré una Vida de Prisciliano que me dedicaba el autor y un manojo de separatas también dedicadas. Del importe del hospedaje, ni acordarse, y no me chocó para nada.


– Se fue en un coche que conducía una señora rubia —puntualizó Pepa de Cantos—, en el coche iba también un perro de casa rica y llevaban las luces amarillas abriendo la niebla.


Empezaba mi cuenta atrás.