Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosNaturalmente, han pasado muchas cosas —y muy notables— en los últimos cien años porque la historia es la partera perpetua de novedades; pero lo que no ha pasado aún es la superación de una España cuyos más esenciales se parecen demasiado a los argumentos antropológicos, sentimentales y políticos, incluso, de nuestra actualidad, entendida en su sentido amplio; es decir, como aquello que actúa en la conciencia del presente. 1998 fue sólo un año, como otros; pero diferente de otros porque metafóricamente refiere o un principio o un final, o ambas cosas, en la medida en que todo principio supone un final y viceversa. El final de un optimismo sin fundamento y el principio subsiguiente de una resaca de pesimismo, de inteligencia airada, de quejumbre, de urgencia reformista convertida en literatura. La humillación de la derrota en 1898 obligó a los españoles a un examen de conciencia narcisista y obsesivo que se preanuncia en el Unamuno de En torno al casticismo y en el Ganivet de ldearium Español, obras fundacionales que consagran en España el ensayo como género literario característico del siglo XX. Son la modulación literaria de discursos anteriores más directamente políticos como Los males de la patria de Lucas Mallada o El problema nacional de Ricardo Macías Picavea; emblemas del regeneracionismo que se convierte entonces en un anhelo recurrente e inoxidable ante el transcurso del tiempo.
La profunda reflexión, más ética que política, sobre la esencia de España fundamenta el espíritu del 98 y deja planteada la cuestión que recogerá la siguiente generación de Ortega o Azaña. Se trata de un debate que siguió abierto para Menéndez Pidal, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Madariaga, Laín o Marías. Todos ellos han creído en la existencia histórica de una identidad española, si bien ese dato —difícilmente controvertible y, sin embargo, controvertido— no nos convierte en rehenes del pasado o en pasivos legatarios de nuestros muertos, porque en toda identidad nacional hay un componen te voluntarista, contractual o, como diría Renan, en fórmula tantas veces repetida, plebiscitario. Como ha escrito Caro Baraja, « toda identidad nacional es por definición una identidad abierta, variante, dinámica». No podía ser de otro modo, en la medida en que no hay identidad que no se incardine en la Historia, que es el territorio de la eclosión novedosa.
Así pues, el primero de los significados del 98 es el de lo augural, de lo incipiente: el significado de un nuevo comienzo. Es interesante, a la luz de la bulimia de publicaciones que han escoltado este centenario, ver cómo los españoles de hogaño vemos aquellos acontecimientos. Pues bien, creo que el común denominador de quienes han evocado el Desastre y sus periferias es la impresión de momento fundacional de nuestro presente, de origen de nuestra actualidad. La primera piedra, pues, de una nueva creación histórica que ya no puede mirar al sepulcro del Cid o al esplendor del Imperio, sino a la conquista de la modernidad.
Tanto las fases de creación como las fases de descomposición de una civilización son inexplicables. En Atenas, en los siglos VI y V antes de Cristo se crea la democracia, comparecen los grandes poetas trágicos y una pléyade de otras creaciones extraordinarias. En el siglo IV todo está ya mortecino o amortizado, y no hay ya ni un solo gran poeta. Ciertamente, la guerra del Peloponeso y la derrota de Atenas podrían acudir en auxilio de una explicación; pero la derrota de Atenas no basta para explicar su decadencia. Por lo tanto, seguimos sin saber por qué las sociedades, como los individuos, pierden su capacidad creativa. Cánovas se pasó cuatro años en el archivo de Simancas buscando respuesta a esa pregunta. Tal vez lo único que podemos afirmar sobre esos procesos de explicación compleja no sea mucho más de lo que Lewis Carroll (que murió, por cierto, en 1898) decía de la lógica: «Si así fue, así pudo ser, si así fuera, así podría ser; pero como no es, no es. Eso es la lógica». Y algo parecido a eso debe de ser la Historia.
En lo que respecta al 98, la historia de España tiene mucho que ver con la curva de Moebius, que se pliega recurrentemente sobre sí misma. Aunque han sido muchos los vaivenes de nuestra vida pública, en el fondo de la estratigrafía histórica se han depositado algunos materiales pesados insolubles en los nuevos avatares. Probablemente la causa de esta simetría tiene que ver con la larga sombra de aquella gente del 98, que ha sido la más influyente de la Historia de España. El pesimismo y el resentimiento siguen formando parte, hoy como hace un siglo, de nuestra mentalidad. Sin mucho fuste no sólo hoy, sino entonces, al menos en términos comparativos. Inglaterra no llegó al sufragio universal hasta 1918, o sea, veintiocho años después de implantarse en España. El profesor Artola recuerda, además, que toda la historia electoral inglesa es rígidamente censitaria. Tampoco es muy lucida la historia parlamentaria francesa que no empieza hasta 1875, con la salvedad de la Convención (por otra parte, y tal vez entre paréntesis, quiero recordar aquí que Braudel, en La identidad de Francia, afirma que en un Estado tan centralista y jacobino como el francés no hubo verdadera economía nacional hasta 1945). En Alemania, los votos dependían de la riqueza: los más ricos, un tercio; los más pobres, otro tercio, al igual que los del medio. Y, además, la Corona hurtaba al Parlamento decisiones varias. Sin embargo, no floreció tanto en esos países la amargura y la melancolía, cuyos compañeros habituales son el temor y la tristeza, y que se define como una parálisis que sobreviene a un pensamiento excesivo.
Afectado de tedios y de nostalgias sin objeto, el melancólico se pierde en proyectos irrealizables y se extravía en comparaciones entre la realidad y el ideal, comparación en la que la realidad tiene todas las de perder. Es la rendición de una generación que renuncia a lo que podría alcanzar porque no ha podido alcanzar lo que esperaba. La decepción como destino, por tanto. La melancolía es en la ortodoxia freudiana una patología narcisista: Narciso con sumido por su propio fuego interior que lo devora. El fuego no del presente, sino de la reminiscencia. Necrofagia terrible que se refugia en el culto a un espectro antes de aceptar las contrariedades de la realidad. Por no aceptar el infortunio común, los individuos y los pueblos acaban en la miseria histérica.
Efectivamente, es lícito postular que los ecos del 98 no sólo no se extinguen en el 36, sino que llegan a nuestros días pasando por Ortega, Aranguren y Marías, y desembocando en tantos y tantos publicistas de hoy en día que encajan como la mano en el guante en aquello que Unamuno escribió de Ganivet, a saber: que «no se cuidó tanto de formarse un concepto del universo, cuanto un sentimiento de la vida». Difícil comprender la España actual sin revisitar las claves del 98 y del regeneracionismo, que es al tiempo su presupuesto y su consecuencia, de la misma manera que el funciona miento del ADN celular presupone la existencia de los productos de su funcionamiento. Subraya Amando de Miguel en un libro reciente, escrito en colaboración con Luciano Barbeito, la recurrencia de dos argumentos característicos de la mentalidad pesimista, tanto de aquél como de este 98: primero, la arraigada impresión de que los que mandan son incompetentes; segundo, la de que los de abajo antes vivían mejor. Ambas supersticiones son el germen del desaliento intelectual y del rechazo de la sociedad abierta o compleja por causa de una mezcla de fatalismo y desconfianza. Lo curio so del caso es que tanto 1898 como 1998 coinciden con sendos ciclos de bonanza en la coyuntura económica. Hay, ya digo, poderosas fuerzas subhistóricas o, mejor dicho, poderosas corrientes subterráneas de la Historia que nos autorizan algunos paralelismos más de antropología social que propia mente históricos.
Cualquier otro parecido es mera coincidencia. En 1898, había 4.500 pueblos sin comunicación, de un total de 9.266. La quinta parte de la población estaba aislada. La población no pasaba de 18millones y la tasa de mor talidad duplicaba la media europea. Las discrepancias religioso-ideológicas que alumbraron el marbete de «las dos Españas» están ya amortizadas. Las desigualdades sociales que resultaron a la postre explosivas se han atemperado bastante. La invertebración de España es algo del pasado. Las provincias, que fueron la única realidad diferencial durante siglos, son hoy circunstancias administrativas que acogen conciencias intercambiables. «La anomalía, el dolor y el fracaso de España» son más un apunte histórico que una vigencia irritante. En este fin de siglo, España es un país plenamente moderno con la novena economía de mercado del mundo en términos de PIB, con una tasa de crecimiento económico en las tres últimas décadas sólo superada por Japón entre los países de la OCDE. La modernización de su estructura social es incuestionable y sorprendente. El modelo demográfico español ha pasado de un perfil de sociedad semitradicional a una población estabilizada y madura que se diferencia aún de sus vecinos europeos por su mayor proporción de jóvenes (que, sin embargo, se reduce de forma cada vez más intensa). La España que tenían in mente nuestros intelectuales de la amargura poco tiene que ver con la España que hoy disfrutamos, cuyo dato más relevante podría ser este: nuestro PIB se ha multiplicado por cuatro en términos reales desde 1960. Tras largos años de aislamiento, España se ha vuelto a presentar en sociedad como nación democrática, moderna, próspera y estable y, con sus más y sus menos, capaz de exorcizar los demonios de su historia. Alguna perspicacia tuvo Ortega cuando enunciaba la siguiente ecuación: «Regeneracionismo es el deseo. Europeísmo es el medio de satisfacerlo. Es decir, España es el problema; Europa, la solución».
Pero el caso es que la conciencia de los pueblos, la imagen que se forman de su propio pasado y de su porvenir, la intrahistoria, la antropología, el imaginario simbólico, forman parte también de la realidad de los pueblos. Y tal vez el pesimismo de aquel 98, heredado en este otro 98, explica muchas de nuestras dificultades para que nuestra Constitución haga realidad lo que postula. Sin sentido de pertenencia, de reciprocidad y de confianza, actitudes éstas que descansan más en la costumbre que en el cálculo racional, no es fácil acabar con «el desaliento, la amargura o la aspereza» que era como tipificaba Giner de los Ríos la circunstancia que le tocó vivir. De una España caracterizada por el estancamiento agrario, el fracaso industrial, la debilidad de la burguesía, la ausencia de clase media, la ineficiencia del Estado como creador de la nación, hemos pasado a una España completamente homologable con los países más prósperos del mundo. Pero hemos aprendido de la Historia que todo lo que se ha logrado se puede perder. La historia de las sociedades, como el manto de Penélope, ha sido siempre una multiplicidad de comienzos, consumaciones y malogros. Sólo nos consuela saber que la Historia no es el azar, sino que suele ser un producto de las acciones de los hombres. Sólo tiene sentido reflexionar en 1998 sobre 1898 si es para sacar algunas lecciones de utilidad. Si la ciencia, si el estudio, si el saber no nos sirven para preservamos del riesgo y mejorar nuestra circunstancia son cachivaches suntuarios y acaso prescindibles. Jules Michelet, en su Introducción a la historia universal, postula una filosofía de la historia que viene al caso: «Con el mundo ha comenzado una guerra que debe acabar con el mundo y no antes: la del hombre contra la naturaleza, la del espíritu contra la materia, de la libertad contra la fatalidad. La historia no es otra cosa que la narración de esta lucha interminable».
Cien años después de 1898, España y los españoles hemos avanzado mucho en esa lucha. Pero no lo bastante. Si la acumulación de capital producida en los sesenta por las remesas de emigrantes y los ingresos del turismo permitieron cierta recuperación y poner la primera piedra del Estado de Bienestar, a la manera paternalista de Lord Beveridge o Bismarck, y si los sucesivos gobiernos de la democracia avanzaron mucho en la cohesión social y la modernización de la sociedad y de la Administración, hemos asistido al tiempo al rebrote de la venalidad política, a reediciones si no aumentadas sí corregidas del «puerto de Arrebatacapas», a la contestación del estatuto nacional de España. La renta de los españoles es inferior todavía a la media de la Unión Europea y el desempleo supone, además de un drama social, un despilfarro en términos sociales y económicos. Estratégicamente preocupante es nuestro retraso en materia de innovación, de ciencia, de J+D, de capital humano, que va camino de ser el activo estratégico funda mental de un país. La convergencia nominal es un hecho gozoso y psicológicamente importante, pero el camino hacia la convergencia real está aún sembrado de minusvalías que obstaculizan la solución de una ecuación imprescindible: generar mayor volumen de servicios y productos con calidad creciente, a menor coste final.
La Carta Encíclica Fieles etratio, que Juan Pablo II hizo pública el pasado 14 de septiembre de 1998, es un documento excepcional porque, entre otras cosas, defiende una actividad algo desprestigiada en nuestros días: la filosofía.
EN PRIMER LUGAR, y para comenzar por lo más aparente, Juan Pablo II ha vuelto a demostrar su valentía e independencia de juicio, su inagotable capacidad de sorprender, al dar a la imprenta, a los veinte años de su pontificado, la mayor y mejor defensa y estimación de la filosofía que probablemente ha salido de la pluma de un Papa en toda la historia de la Iglesia. Y ello en un momento en que la filosofía no está de moda ni en los medios civiles ni en los eclesiásticos.
Además, y como ya ha sido puesto de manifiesto en escritos recientes, este Papa —a través de sus diversas tomas de posición a lo largo de estos años, la última relevante de las cuales es esta encíclica— ha conseguido dar la vuelta a la famosa polémica entre la razón y la fe, hasta convertir a la Iglesia Católica en la institución que hoy más defiende en el mundo los derechos y la relevancia de la razón y la racionalidad.
Fides e.t ratio es un escrito realizado con religión y religiosidad, con filosofía y actitud filosófica. Con religiosidad, porque acoge respetuosamente la realidad y se toma en serio las cuestiones últimas existenciales. Con religión, porque cree en Alguien y algo transcendentales. Con actitud filosófica, porque busca sinceramente y a fondo conocer y saber la verdad. Con filosofía, porque muestra que conoce bien los métodos y contenidos del saber filosófico.
LA VERDAD COMO UNIDAD
La clave principal del escrito y de la preocupación papal está en el tema de la verdad, que es el ritameüo y leitmotiv de todo el pensamiento de Juan Pablo II. La verdad existe como unidad, pues es este el rasgo definitorio por excelencia de todo conocimiento. El conocimiento es luz, la luz es espacio y el espacio es una diversidad, una variedad unificada. Unificar es así el ejercicio de manifestar la verdad. Sin diversidad no habría nada que relacionar, la verdad no sería vida, y, de otro lado, la unidad pura, sin variedad, tampoco vive. El espíritu de verdad pide, por tanto, buscar siempre el respeto de la diversidad en la unidad.
Eso es lo que se hace constantemente a lo largo de toda la encíclica. Lo básico que se pide es respetar la diferencia entre el que conoce y lo conocido, lo que es también una clave de toda la argumentación. No solo se puede decir que la verdad es una correspondencia entre cognoscente y conocido, sino que es verdad que se da tal correspondencia. Dicho en otros términos, bien sabidos, el conocimiento no es lo único que hay o —expresado de otro modo— no es posible identificar la realidad con el conocer.
Conocer es el acto de establecer una identidad entre el que conoce y aquello que se conoce, pero esa identidad no suprime la diferencia entre ambos. Tan fácil como eso. O, si se quiere, tan difícil, pues ello implica que la unidad no suprime la diferencia y, todavía más, que el conocimiento no basta para comprender la realidad.
Aquí vamos de sorpresa en sorpresa, y esta última parece la más fuerte. En efecto, la paradoja está en que el conocimiento conoce que, siendo así que todo es cognoscible, no todo es conocimiento. De nuevo, se repite algo claro para la experiencia de cualquier conciencia y, al tiempo, imposible de explicar por parte de ninguna. A esto es a lo que se puede llamar —y la encíclica alude en repetidas ocasiones a ello— el límite constitutivo de todo conocimiento.
Lo que está al otro lado de ese límite es la voluntad. Al otro lado no está la cosa, lo sensible, el objeto, o el ser en general, como con frecuencia se ha señalado. Frente a la cosa está lo incosificable, frente a lo sensible lo inteligible, frente al objeto el sujeto, frente al ser en general el no ser en general, y —como ya queda dicho— frente al cognoscente lo conocido. Pero el conocer no es ninguno de esos extremos citados. Si se puede hablar así, conocer es conocer y nada más, uniformar una diversidad iluminándola. Lo que tiene al otro lado de su límite es el conocer.
Por eso, así como solo puede haber cosas si no todo es cosa, y solo existe lo sensible en el contraste con lo inteligible, y no hay cognoscente más que porque hay conocido, y objeto porque hay sujeto y viceversa; precisamente por todo eso, no hay conocer sin querer y viceversa. El querer es el límite constitutivo del conocer, como el conocer lo es del querer ¿Qué significa aquí límite? Simplemente, que lo uno no puede nunca ni ser lo otro ni existir sin lo otro.
De esto se dio cuenta Sócrates, y por eso sostuvo la tesis de que el verdadero sabio no es el que solo conoce, sino el que ama el saber. Paralelamente, Juan Pablo II mantiene que el conocer, la razón, no puede ej ercitarse más que con el apoyo en la fe. No se debe olvidar que la fe es la presentación inicial del querer, del amar: no se puede amar sin creer, y, a su vez, solo cree plenamente el que ama. Creer y amar —j unto con esperar— son diferentes dimensiones de la misma actividad.
Pero Sócrates también afirmaba que él no era sólo el que amaba el saber, sino que igualmente era el que de verdad sabía acerca del amor. No hubiera sido consecuente, de haber sostenido otra tesis. Y, de la misma forma, el Papa subraya que sin la razón, la fe queda muerta, vacía. Se da aquí un conocido paralelismo —en un plano más profundo y existencial— con la conocida tesis kantiana de que conceptos sin intuiciones son vacíos, e intuiciones sin conceptos son ciegas.
Los capítulos II y III de la encíclica llevan por título, respectivamente, «Credo ut intelligam» e «Intelligo tu credam», siguiendo la indicación tan profunda anselmiana, y antes agustiniana y platónico-socrática.
Conocer no es lo mismo que amar, pero no se puede ejercitar sin amar; y lo mismo al revés: amar no es conocer, pero no se da sin conocimiento. Razonar no es creer, pero no se da sin fe; creer no es conocer por razón, pero no se da sin la razón.
El conocimiento nos abre a la realidad, pero la voluntad abre la realidad para nosotros: nos introduce en su interior, y, de esa forma, nos interioriza también a nosotros. Lo «exterior» es lo claro, el brillo, la luz, lo esencial. Lo «interior» es lo oscuro, lo místico —la palabra griega ya lo indica—, lo existencial.
Dicho de forma más completa: primero está la realidad, después el conocimiento de ella —un conocer que fuera sólo conocer sería nada—, y después el amor de ella —amamos lo que conocemos—. El conocimiento, en este sentido, es mediación.
EL PROBLEMA Y EL MISTERIO
El problema se encuentra en que no estamos seguros de la adecuación de nuestro conocimiento a la realidad, ni de nuestro querer a nuestro conocimiento. A causa de ello, nos sentimos inquietos y perdidos. Es tan grande y fascinante el poder de nuestro conocimiento para abrirnos a la realidad y de nuestra voluntad para meternos en ella, que precisamente por ello desesperamos de nuestras capacidades al experimentar las imperfecciones de que se ven afectadas. Pues sólo el que —sin reflexionar sobre ello— tiene mucha esperanza, puede desesperar.
Así pues, la situación del ser humano es problemática: siente en sí una perfección que es imperfecta. De ahí surge el deseo de resolver el problema, que es deseo de conocer según perfección, o sea, según verdad. La expresión deseo de conocer o similares aparece múltiples veces en la encíclica, así como la de anhelo y búsqueda de la verdad.
Lo problemático se da en el ámbito del conocimiento, mientras que lo misterioso en sentido estricto se refiere a la voluntad: el amor es un misterio y su objeto siempre algo misterioso. Puesto que en la encíclica se dice que sólo la fe en Jesucristo puede solucionar las dificultades inherentes al conocimiento humano en su relación con la verdad, algún comentarista español ha dicho que el Papa pretende solucionar el misterio de esas dificultades mediante el recurso a otro aún mayor, Jesucristo. Pero una cosa es el problema y otra el misterio. Si un problema es verdadero, se resuelve. Si un misterio es bueno no se resuelve, sino que aumenta mi admiración. Aunque a veces las palabras problema y misterio se usen como sinónimos, es preciso no dejarse confundir en lo que atañe al significado real. Y éste es que el problema del conocimiento en su búsqueda de la verdad no se puede resolver desde sí mismo, sino desde el recurso al misterio, de la misma forma que todo lo misterioso pide y empuja al conocimiento de ello, y no se puede quedar en su mera condición de misterio.
En otros términos, y verdaderamente paradójicos: el problema de la verdad no se puede resolver sólo desde ella misma, sino que la verdad remite a la esfera del querer; y el misterio del bien no se puede resolver sólo desde él mismo, sino que el bien remite a la esfera del conocer, y ello por la simple razón de que, ya en general, la verdad sola no es verdadera, y el bien solo no es bueno.
En la medida en que la verdad es problemática, el bien es misterioso, y en este punto hace falta detenerse otra vez un momento. Problema y misterio son dos palabras que pueden tener una referencia positiva y una negativa. Positivamente, tener problemas que desentrañar es un estímulo para la inteligencia, que se aburriría si lo tuviese todo perfectamente sabido; y enfrentarse con el misterio es sentirse maravillado ante la atracción del ser querido, inagotable en su capacidad de hechizo. Negativamente, por el contrario, los problemas me pueden resultar demasiado dificultosos, y conducirme al error, y el misterio puede encerrar un mal hechizamiento.
En exacta sintonía con toda la tradición cristiana, la encíclica dice que existe patentemente una verdad, que es inagotable pero clara, es decir, Jesucristo. Y que, correspondientemente, creer en su misterio supone estar definitivamente seguros. La claridad es la virtud del conocimiento; la seguridad, de la voluntad.
Pero si no creemos en Jesucristo, nunca llegaremos a conocer su verdad: ésa es la paradoja. Y la siguiente es que si no conocemos su verdad, nunca llegaremos a creer verdaderamente en El.
Si la debilidad de nuestro conocer y de nuestro querer hace que problema y misterio se nos presenten con frecuencia con la fuerza de la negatividad, el Papa vuelve a insistir en que esa debilidad desaparece en lo esencial con Jesucristo. El es la Verdad que completa y el Misterio que llena. Con El todos los problemas se convierten en estímulos hacia la verdad y todos los misterios en «hechizos» hacia el Bien.
Jesucristo es la Verdad que resplandece directamente en la inteligencia e indirectamente en la voluntad. Toda la encíclica pivota sobre la idea fundamental de Jesucristo como Verdad, y es, en ese sentido, continuación de la Veritatis Splendor y una nueva presentación del que es posiblemente el hilo conductor de todo el magisterio de Juan Pablo II.
LA AUTONOMÍA DEL FILÓSOFO
Se decía aquí al principio que la Verdad es y existe como unidad de lo diverso. Por esta razón, el Papa insiste tanto, a lo largo de las páginas de la encíclica, en dos temas: de un lado, en la autonomía de la filosofía, y, de otro, en la unidad del saber.
En lo relativo a la filosofía, se puede plantear un problema. En efecto, la filosofía como saber que busca la verdad última, es decir, como sabiduría, y como amor de ella, es un ejercicio que se puede hacer cristianamente, si es que el filósofo tiene fe y amor a Jesucristo. La autonomía filosófica de un tal filósofo consiste en que ve reforzada su voluntad de verdad, su amor a la verdad, y toma en cuenta, a su vez, la existencia y significado de Jesús de Nazaret, como ser histórico que afirmó su divinidad. Esto último es una sugerencia para su pensar. Ningún filósofo puede desatender las sugerencias de la historia real, se trate en este caso de Zoroastro, Buda o Jesucristo. Pero este filósofo no argumenta desde la revelación, ni se ocupa de los modos cristianos de alcanzar la salvación individual del alma, sino que argumenta desde la experiencia y sobre los temas clásicos de la filosofía: el mundo, el hombre, la transcendencia.
Es decir, incluso el filósofo que es cristiano, al filosofar es autónomo con respecto al dato revelado. Usa el primer beneficio divino (la razón y la creación en general), pero no argumenta desde el segundo (la revelación de Jesucristo), aunque pueda y deba servirse de él como inspiración, al igual que cualquier otro filósofo que lo sea de verdad, aunque no sea cristiano.
Lo que el Papa busca al insistir en este punto, si lo entiendo bien, es una estrategia metodológica dirigida a subrayar el valor comunicativo de la verdad. La verdad es, de suyo, ecuménica, global, y el Papa, con la tradición cristiana, está convencido de que argumentar desde la verdad es no sólo un servicio divino —como dice Hegel, la filosofía es permanente servicio divino— sino también y precisamente por ello, el mejor camino para conducir a todos al Dios cristiano.
Si ahora —en la estela de Nietzsche— está de moda sostener la superioridad de los significantes sobre el significado de las palabras, el Papa en repetidas ocasiones a lo largo de la encíclica subraya, por el contrario, la primacía del significado: la verdad es primaria y el punto de vista contrario, una impostura. Pues los que aman el saber se comunican sin palabras «fónicas», y los que no lo aman se comunican menos, pero también lo hacen.
En los últimos tiempos se había subrayado en la Iglesia el aspecto de la fe según el cual creer significa creer a alguien, en este caso, a Jesucristo. Esta encíclica, al volver a afirmar esto, insiste sin embargo con mucha fuerza en que creer es también siempre creer algo, —lo significado— y que ese algo es también y al tiempo la verdad comunicable que, por ello, nos une. Es ecuménica.
Como la verdad es unidad convocante, el Papa vuelve también la vista a otro tema de gran interés, ya mencionado aquí. Se trata de la unidad del saber. Si en diversos lugares de la encíclica Juan Pablo II subraya el valor positivo de muchas aportaciones modernas, rechaza, sin embargo, un aspecto que siempre ha sido considerado característico de la modernidad: la división del saber. Frente a tal división, enfatiza que su esperanza es un siglo XXI en el que se logre la unidad del saber. Ella es fundamental, no solo para la generalidad del progreso humano sino, particularmente, para la unidad de vida de cada persona. Es esta una gran idea destacada por el Pontífice: sin la unidad interdisciplinar del saber, es difícil que cada persona halle esa unidad interior, imprescindible para ordenar su vida.
Aunque el escrito papal dedica atención a la teología y, en menor medida, a otros temas, se puede decir que estamos sobre todo ante una formidable defensa de la filosofía, a la que se considera de valor primordial, en sí misma, para la teología y para la vida de cada cristiano y de la Iglesia en general. Como hubiera dicho Eugenio d’Ors, la filosofía es un saber entre otros, pero no se debe hacer riada sin filosofía. Desde luego y según Juan Pablo II, ninguna verdadera vida cristiana es posible sin filosofía, ya que no es posible creer en el Verbo divino (que es la sabiduría encarnada) sin, a continuación, amarlo (y la filosofía es precisamente amar la sabiduría).
Todos los que se dedican a su cultivo, o al menos la aprecian, deben, me parece, un particular agradecimiento a este filósofo y profesor de filosofía que es el Papa actual, por un regalo de tal magnitud como es la encíclica Fides et ratio.
1918: por los horizontes artísticos y literarios de aquella Europa en guerra pulula una multitud de variopintas novedades estrepitosas que han relegado el Fin de Siglo (Modernismo en el ámbito hispánico) al territorio de la Historia: el Fauvismo y el Cubismo empiezan ya a difuminarse en la distancia. Los futuristas italianos vienen propugnando desde 1909que las Artes y las Letras firmen un armisticio con la Modernidad, para rebasar así la estética idealista, contemplativa y antimoderna de la época finisecular. Han transcurrido ocho años desde que Kandinsky inauguró la pintura abstracta. En París, Jarry, Apollinaire, Arthur Cravan, Pierre Reverdy, Marcel Duchamp, Francis Picabia y otros han desarrollado ya una conspicua actividad innovadora. Entre nosotros, Ramón Gómez de la Serna, que de 1908 a 1912 había publicado su revista Prometeo, tiene ya un notable curriculum como escritor de vanguardia. En 1915 apareció en Madrid la revista Los Quijotes, portavoz de las nuevas tendencias. Dadá, después de su prehistoria neoyorquina de 1915, alborota en Zurich y en Berlín. Juan Ramón Jiménez ha marcado un nuevo rumbo a su poesía y a la poesía española con su Diario de un poeta recién casado (1917): depuración, esencialización, verso libre, prosa lírica. Aquel mismo 1918 ha aparecido por Madrid el chileno Vicente Huidobro predicando el evangelio de su propio ismo, el creacionismo, elaborado en París, al lado de Reverdy, en 1916, pero cuyos primeros atisbos databan de 1912.
Los horizontes de Sevilla eran más limitados. Grecia. Revista de Literatura, que nace allí el 12 de octubre de 1918, con Isaac del Vando-Villar como director y Adriano del Valle como redactor- jefe, comienza queriendo ser otra publicación modernista; y, más específicamente, rubeniana .Su título evoca ya el helenismo de Darío; lleva como lema, en el frontispicio de cada número, unos versos suyos: « En la angustia de la ignorancia / de lo por venir, saludemos / la barca llena de fragancia / que tiene de marfil los remos»; la primera entrega se abre con un artículo de presentación, firmado por Adriano del Valle en nombre de la revista, en el que se declara: «En nuestro sueño, -pues que sueño es toda obra de juventud, y ésta lo es- nos ponemos bajo la advocación de Rubén, el Panida de los liróforos celestes, como él mismo coronó a Verlaine, el sátiro griego de la Galia, y su Programa matinal será la norma de nuestras aspiraciones»; textos de Rubén aparecieron en los números V, VII y XIII; las colaboraciones publicadas en los primeros tiempos de la revista serán predominantemente modernistas –de espíritu decadente a menudo- , como lo son el dibujo que se repite en la cubierta de cada número -una Minerva· enmarcada por un frontispicio jónico- y el que habitual mente constituye la mancheta de las páginas 1.
Sin embargo, en el número V (15 de diciembre del mismo 1918) aparecen unos poemas chocantes firmados por Rafael Cansinos-Asséns: calles, «aspas que vibran», ómnibus, «las mil cosas, el ráudo torbellino, / la Vida Múltiple», imágenes sorprendentes, verso libre… Evidentemente, Cansinos estaba al tanto de las novedades europeas. Su irrupción en las páginas de Grecia marca el comienzo de una nueva etapa en la historia de la revista.
Cansinos-Asséns, sevillano establecido en Madrid, era el centro de una tertulia congregada en el café Colonial. Seguía asiduamente las nuevas tendencias artísticas y literarias, propugnaba la superación de la tradición ochocentista, había colaborado en Los Quijotes. Aquel mismo diciembre le entrevista para El Parlamentario el escritor y periodista gallego Xavier Bóveda: « ¿Qué opina Usted acerca del porvenir político e intelectual de España?». -«Creo que el porvenir intelectual reside únicamente en la poesía ultrarromántica. Todo lo demás es viejo, viejo», responde Cansinos. («Poemas del Ultra» se titulaban precisa mente los que acababa de dar a conocer en Grecia). Sus ideas enardecen a sus jóvenes discípulos: Xavier Bóveda, César A. Comet, Femando Iglesias, Guillermo de Torre, Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias, J. Rivas Panedas y J. De Aroca, que por los últimos días del año redactan y envían a la prensa el manifiesto «Ultra» y se lanzan a escribir versos a la nueva manera «ultrarromántica». Desde entonces, el Ultraísmo –que no pretende constituir un movimiento al uso, sino ser un impulso genérico hacia lo nuevo, en el que será bien recibido quienquiera que muestre afanes vanguardistas- tendrá una presencia notoria en la vida cultural española.
Desde los primeros momentos de 1919 y bajo el magisterio de Cansinos-Asséns, Grecia irá convirtiéndose en uno de los órganos de expresión de ese impulso. En el número VII ( 15 de enero de 1919) aparece un poema del libro de Huidrobro Harizon carré (París, 1917), traducido por Cansinos, y en números sucesivos irán asomándose a sus páginas Max Jacob, Pierre Reverdy, Apollinaire, Marinetti, Jules Romains, Philippe Soupault, Ernst Lissauer, Blaise Cendrars, Paul Morand, Tristan Tzara, Francis Picabia, André Salman, una «Pequeña antología ‘Dada’» (número XXXIII), un «Florilegio» con «Miniaturas de la novísima lírica francesa» (XXXVI), dos selecciones de «Lírica expresionista» (XLVII y L), etc. En el XI (15 de marzo de 1919) se incluye el ya aludido manifiesto «Ultra». En el VI, del 1de enero, Isaac del Vando Villar había publicado unos «Salmos del Ultra» en prosa poética. Xavier Bóveda publicará unas «Poesías del Ultra» en el XIII. El propio Cansinos en los VIII, X y XI, y César A. Comet, Pedro Raida, Pedro Garfias y Bóveda en el XIV, más «Poemas del Ultra». No tiene nada de raro el que desde ese número XIV (30 de abril de 1919) Cansinos pase a formar parte de la redacción (en la que figuran asimismo Miguel Romero y Martínez, Pedro Raida, Adriano del Valle -que deja de constar como redactor-jefe, Rogelio Buendía y Luis Claudia Mariani, aunque a partir del XXVII desaparecerá de la cubierta la nómina de redactores). Entonces cambian también la periodicidad de la revista, que pasa de quincenal a decenal, y su cubierta, que se decora con el dibujo de un ánfora griega. Claro que el ánfora no permanecerá indemne durante mucho tiempo: en el número XVII (30 de mayo de 1919) lleva al lado derecho un anuncio, y nada menos que de aceite para automóviles: una lata de «Aiglon AutoOil». Contraste dadaísta. Poco antes de esta innovación, en el número XVI, comienzan a colaborar en la revista Gerardo Diego y Guillermo de Torre, y en el XIX lo hará Juan Larrea. La presencia de poesías vanguardistas, a veces en forma de «parole in liberta» o de caligramas, irá en aumento. La revista se hará eco insistentemente de los diversos actos ultraicos y publicará nuevos manifiestos o artículos teóricos, suscritos por Isaac del Vando-Villar, J. Rivas Panedas, Antonio M. Cubero y Gerardo Diego. El último número incluye como suplemento una hoja suelta con el «Manifiesto Ultraísta Vertical» de Guillermo de Torre. Al cumplirse el primer aniversario de Grecia (número XXIX, 12 de octubre de 1919) la efemérides se celebra con un artículo inicial, «El triunfo del Ultraísmo», firmado por su director.
En este texto, donde la revista se proclama exmodernista y ultraísta, las últimas palabras son tres vivas: « ¡Viva Cansinos-Assens! ¡Viva Grecia! ¡Vi va el Ultra!».
Es precisamente el afán renovador lo que motiva que Grecia traslade su sede de Sevilla a Madrid en la primavera de 1920: en el número XLII (20 de marzo) se anuncia a los lectores el cambio: «Como quiera que Grecia es el órgano más autorizado del movimiento ultraísta en España, y está novísima tendencia literaria tiene cada día mayor importancia, a fin de alcanzar una más amplia irradiación de nuestro arte por todos los ámbitos de la Península, hemos adoptado la firme resolución de editar nuestra revista en Madrid». Desde el traslado a la corte (número XLIII, 1 de junio de 1920) la cubierta cambia: ya no llevará siempre el mismo grabado del ánfora, sino uno diferente en cada entrega, de estilo más moderno.
Probablemente no sea inexacto decir que a Grecia la mató la ambición: en Madrid pudo sostenerse hasta el número XLIX ( 15 de septiembre de 1920) y el 1 de noviembre de aquel año sacó un número extraordinario, que fue el L y el último, a pesar de que en él el director prometía que la revista seguiría saliendo.
La evolución de Grecia, del Modernismo al Ultraísmo, es la de la poesía española de su tiempo, y esto hace de la revista, más allá de los claros altibajos de su calidad literaria, un documento de enorme valor histórico.
Encontrar una colección completa era hazaña poco menos que imposible -al parecer, sólo se conservan tres-, por lo que esta edición facsímil, con estudio preliminar de José María Barrera López e índices del mismo y de María Cristina Guijarro Hernáiz, viene a prestar un valioso servicio a los interesados en la historia de la Literatura española contemporánea.
Fue a finales del siglo XII cuando Alfonso VIII, rey de Castilla, y su mujer, Eleonor de Inglaterra, fundaron el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, en Burgos. Desde el primer momento, este monasterio de monjas cistercienses se dedicó de forma muy especial al cultivo de la música. El Codex Huelgas data del siglo XIV y es fiel testimonio de esta intensa dedicación.
El Códice de las Huelgas es uno de los más preciados ejemplos de música medieval. Su singularidad estriba en haber sido realizado para uso propio de las monjas cistercienses. Resulta de extraordinaria relevancia el hecho de que este manuscrito recoja tanto repertorio monódico y polifónico del Ars Antiqua como piezas polifónicas del Ars Nova. La coexistencia de los dos modos de hacer polifonía fue algo frecuente en el Medioevo español hasta la completa implantación del Ars Nova llegado de Francia. Y así, junto a piezas de estricto canto llano y con peculiaridades hispánicas, se encuentran otras compuestas en el nuevo estilo, en un arco comprendido entre el año 1050 y 1350.
Otra de las características del Codex Huelgas es la perfecta notación, lo que lo sitúa entre los más destacados de la época. Aparece por vez primera el nombre de un compositor: Johannes Roderici (Juan Rodríguez, o Juan Ruiz, como algunos lo han visto, por lo que ha sido identificado con el Arcipreste de Hita). A él se debe la copia del manuscrito, las enmiendas que han dado más de un quebradero de cabeza a los musicólogos y la autoría de muchas de estas piezas.
El grupo Voces Huelgas, especializado en el canto de música de la Edad Media española, está integrado por ocho mujeres. En este caso, que la interpretación corra a cargo de un grupo femenino resulta obligado, puesto que en su origen eran mujeres las destinatarias de esta música. El acompañamiento instrumental (arpa, órgano positivo y tromba marina) permanece en un discreto y correcto segundo plano. Como es sabido, la Iglesia prohibía el uso de instrumentos en el templo, aunque finalmente el emperador Carlomagno permitió la utilización de un pequeño órgano —portativo o positivo— como el que se utiliza en esta grabación y como el que seguramente debió de ser utilizado por las monjas del monasterio.
Es un verdadero placer escuchar estas exquisitas voces y una música de tan honda espiritualidad, que nos traslada al mágico escenario de los monasterios medievales. Una vez más, aplaudimos el esfuerzo conjunto de SONYy la Fundación Caja de Madrid por difundir el patrimonio musical español.
CINCUENTA, EXACTAMENTE. Y lo hace entre la nostalgia, la innovación y la incertidumbre. El pasado mes de marzo se ofició, en la casa del presidente Truman (Independence, Misuri), el ingreso oficial de las democracias nuevas llegadas del frío: Polonia, Chequia y Hungría. En abril se reunió en Washington la Cumbre del cincuentenario, con 19 miembros y una larga cola de aspirantes. Con la liturgia del cumpleaños, no hubo tiempo para plantear los verdaderos problemas de la Alianza —la organización militar más exitosa de la historia moderna porque ha impedido la guerra en Europa y en el Atlántico Norte durante tantos años—, problemas que irán saliendo a la superficie a medida que entremos en el nuevo siglo.
Primer problema: ¿para qué sirve, todavía, la OTAN? No es moco de pavo. La principal misión de la Alianza era la defensa del territorio de sus miembros o la disuasión frente al Este. Estos territorios ya no corren aparentemente peligro. En cuanto al Este, la desaparición del Pacto de Varsovia y de la URSS hace ociosa tal defensa. Las amenazas — o la amenaza, como antes se decía solemnemente— han cambiado. Pero hay otras: los nacionalismos agresivos y los integrismos sanguinarios, la violencia política y terrorista, el narcotráfico, la proliferación nacional y la «privada» (armas de destrucción masiva en manos de Estados agresivos, de mafias criminales, o de grupos de presión internacionales).
La «invención» de un nuevo concepto estratégico que tenga en cuenta las amenazas emergentes será el primer signo de esta transformación en profundidad, de esta búsqueda de nueva identidad en la que la Alianza está metida. Las operaciones de paz en Bosnia (hasta ahora exitosas, pero la pelota sigue en el tejado porque la región es explosiva y las tropas internacionales siguen sobre el terreno) y las que pueden producirse en Kosovo contra un Milosevic agresivo y faltón, modelan un nuevo horizonte de seguridad: la OTAN no será, desde luego, una policía mundial —como pretendió en un momento dado el presidente Clinton—, pero no permanecerá indiferente cuando la amenaza se produzca a sus puertas o en las fronteras de sus socios. Se acabó un concepto tan abstruso como inaplicado —«fuera de zona»— y se abre una reflexión sobre dos identidades: la europea de seguridad y defensa y la externa, es decir, qué hacer ante los desafíos a la seguridad común que se planteen en las zonas circundantes al antiguo territorio atlántico. O, dicho en otras palabras: cómo armonizar las amenazas en el continente europeo y sus alrededores con otras, más difusas a la seguridad mundial y que conciernen, también, a la Alianza.
La Identidad de Seguridad y Defensa es todavía un sueño. Lo que suele llamarse el vínculo transatlántico, es decir, la presencia militar norteamericana en Europa, su apabullante superioridad logística y militar, resulta por ahora imprescindible para una Europa cuya opción económica y comercial fue prioritaria sobre la política exterior y de seguridad. Europa necesita todavía al amigo americano, El pilar europeo de defensa exige voluntad política y medios económicos. Los europeos ¿tienen ambas cosas? A estas alturas cabe preguntárselo: ninguna de las operaciones en Bosnia hubiera sido posible sin la muleta americana. Lo mismo sucede en Kosovo. Y si las mediocres perspectivas de la Unión Europea en la actualidad se confirman y se extienden, este pilar (imposible fuera de la OTAN) deberá esperar etapas más prósperas y menos conturbadas.
Cuando cayó el Muro de Berlín y Gorbachev pronunció aquella famosa frase («Voy a darles una mala noticia: se han quedado ustedes sin enemigo »), muchos creían que la OTAN era cosa del pasado. No fue así, no podía ser así: la Alianza se fundó para defender unos valores (la libertad, los derechos humanos, el sistema democrático, el libre mercado) y unos derechos (la soberanía nacional, la integridad territorial, la libertad de tránsito, la seguridad de los países y de los ciudadanos), que siguen estando en el alero, aunque las amenazas ahora sean diferentes. El enorme esfuerzo de adaptación y transformación
La defensa de las humanidades que en este libro se propone el profesor Morón Arroyo, catedrático de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), se asienta, frente al escepticismo actual dominante en el ámbito académico, en la convicción explícita de que la verdad existe y de que es meta asequible en las disciplinas abarcadas bajo el título de Humanidades.
No se trata de un ejercicio que presupone unos principios (fides quaerens intellectum) sino, más bien al contrario, de la idea de que las humanidades pueden lograr un riguroso conocimiento de la realidad, a la vez que una contribución a la mejora de la calidad de vida del hombre.
Se destaca lo esencial de las humanidades y las disciplinas englobadas en ellas: es decir, estudiar «al hombre en lo que tiene de peculiar y diferente de todo otro ser. Sólo el hombre pero todo el hombre: filosofía e historia; la expresión, que es la articulación consciente del ser humano: lengua y literatura. Y finalmente, la búsqueda del sentido último de la vida humana y de toda la realidad: teología».
El discurso humanista se caracteriza, en primer lugar, por una visión global que da sentido al todo y que cubre facetas no recogidas por el discurso científico; en segundo, por ser un estudio abarcador que no se contenta con resultados parciales, sino que procura «desplegar la realidad en todos sus tentáculos». De aquí surge la tercera característica, a saber, la dimensión ética, sin cuya presencia la investigación quedaría incompleta y deshumanizada.
Al estudio de la lengua, la cultura y la lingüística se concede mayor espacio y demora en el tratamiento. La razón es clara: «Se puede afirmar que la lengua es nuestra esencia en su dimensión refleja y potencialmente consciente».
La explicación sobre filosofía del lenguaje se basa en las ideas expuestas por Heidegger en su conferencia sobre «La lengua» de 1950. La lengua es, según esta interpretación, la morada del hombre, la «malla de sentido» en la que nos encontramos y desde la que establecemos diferencias entre las cosas, les aplicamos nombres concretos y actuamos luego con ellas. Por eso, cuando hablamos no hacemos otra cosa que reflejar la articulación de la realidad. «La lengua es, pues, la realidad misma en cuanto articulada. La articulación no existe sin el hombre, pero éste no la crea (idealismo), se le impone». Aquí aparece una de las imágenes, la de encrucijada, fundamentales para la comprensión del libro.
En el caso de la literatura, también tratamos de representar una realidad que se nos muestra a través de la palabra que, en este caso, se ha sustantivado, es decir, ha dejado de ser mero instrumento de comunicación para convertirse en algo más.
Se analizan también aspectos de la historia, la filosofía y la teología y se dedica un apartado al estudio del clasicismo por la vigencia perenne que los clásicos tienen en las tres disciplinas nombradas.
El progreso no lineal propio de los estudios de humanidades, es decir, su carácter articulado, es otro de los signos fundamentales que aparece como hilo conductor de la obra. Así, lo interdisciplinar se configura como característica propia de las humanidades que avanzan, no como los saberes especializados, sino de forma circular. Lo interdisciplinar « progresa en la medida en que profundiza».
Según esta concepción, no sorprende que se dedique un capítulo al hombre y a los valores, subrayando de manera especial la nueva concepción del hombre como «ser en el mundo» que aparece con la publicación en 1927 del libro de Heidegger Ser y tiempo. El hombre, como ser abierto es el centro, el punto de intersección de nuevo, «en que se condensan y articulan sociedad, historia y naturaleza». La áurea medianía propia del discurso ético y la discreción característica del discurso estético serían una manifestación en el pensamiento occidental —según se señala— de la circularidad misma del discurso humanístico que huye de los extremos para descubrir el medio correcto, la intersección que une y separa al mismo tiempo.
Tres capítulos se dedican a los conceptos leer, entender y conocer respectivamente, cuya explicación está ilustrada con un texto clásico, La vida es sueño, de Calderón, y dos contemporáneos, el soneto «Al gran cero» de Antonio Machado y el poema «El golpe» de Pablo Neruda, del libro Las manos del día. Para no caer ni en la ilusión de que podemos dominar la realidad ni en el desánimo de que sólo podemos conocer apariencias, se señalan dos condiciones para el conocimiento.
Conocer es, en primer lugar y sobre todo, «abrirse a mirar, investigación»; en segundo lugar, conocer no es tanto un acto como una «virtud intelectual» que va conformando en nuestra mente los datos que percibimos con el contexto en que se producen y con nuestra propia trayectoria humana; de donde se sigue que « el verdadero conocimiento se da en la escritura, en un texto que se elabora corrigiéndose».
De forma explícita se señala la necesidad del crítico de traspasar el texto para tratar de alcanzar la realidad que el autor busca y que la obra refleja; se señalan, por otro lado, las deficiencias de toda crítica puramente formalista que, a juicio del autor, si no va más allá, no puede ser considerada conocimiento humanístico.
Se sale también al paso de los que erróneamente interpretan las humanidades como la capa de intuición y belleza que debe acompañar al hombre supuestamente esquematizado por el racionalismo científico: «El discurso humanista no es intuición, sino una hermenéutica sujeta a todo tipo de revisiones».
Nos encontramos, pues, ante una obra sólida y coherente en la que el método propuesto se lleva al mismo tiempo a la práctica. Podemos calificar el libro de riguroso ensayo, entendiendo «ensayo» en los mismos términos en que es definido por el autor: «Es el género que estudia el punto de convergencia. Es analítico, riguroso, sistemático y objetivo, como un tratado de filosofía o ciencia, pero da sus visiones objetivas pasándolas por el filtro del autor; de esa forma, resulta un género intuitivo».
Se esté o no de acuerdo con las tesis defendidas en este libro por el profesor Morón Arroyo, toda lectura seria le habrá de conceder las cualidades de rigor, consistencia y autocoherencia, que no son frecuentes en el actual debate de las Humanidades.
¿Qué uso realizamos del término «intelectual»? ¿Cuál es su función y qué rasgos deben caracterizar al intelectual en nuestros días? El autor reflexiona sobre ello, sin perder de vista los problemas que, en este sentido, plantea el nacionalismo.
1 • Más que el encabezamiento de un género lógico, el término «intelectual » parece un baúl de sastre. Se ve en las campañas electorales. Los periódicos publican las consabidas listas de intelectuales que apoyan a tal o cual opción. Los contingentes pertenecen a las especies más diversas: actores, directores de cine, periodistas, cantantes, profesores, pintores, abogados, arquitectos, filósofos, humoristas, diseñadores… ¿Cuál es el rasgo común de tan variadas especies? Tal vez la dedicación al entretenimiento y al aleccionamiento. Las fronteras entre estas dos actividades se han vuelto borrosas. ¿Pero qué pasa cuando la gente se acostumbra a que la enseñanza le venga dada en forma de entretenimiento y sólo en forma de entretenimiento? ¿No se inhabilita para conocer a fondo? Pues el conocer a fondo está reñido con el entretenimiento. Exige esfuerzo.
2 • Cuando se dice que algo es muy intelectual —«es un artículo muy intelectual», «un poema muy intelectual», «un punto de vista muy intelectual»—, se da a entender que ese artículo, ese poema, ese punto de vista es una composición artificiosa, un mecanismo, cultura fosilizada, algo que está fuera de la realidad.
3 • ¿Y si oímos decir, probablemente con un tono burlón, «Juanito es el intelectual de la familia»? ¿No equivale a «Juanito tiene la cabeza llena de teorías que ha sacado de los libros, no de la realidad»? Lo que viene después se sobrentiende: «A Dios gracias, sus hermanos han salido hombres de provecho».
4 • Un grupo de adolescentes se encuentra en una zona donde abundan los locales de diversión. Es la tarde de un viernes. Mientras esperan, una chica dice a un chico: «Tú eres un intelectual». El interpelado reacciona asustado, con rapidez: « ¡Qué va! Yo no soy nada intelectual». El grupo trata de forma jocosa el asunto. Era como si la chica hubiera dicho: «Eres incapaz de enfrentarte a las cosas como son, te refugias en una choza hecha con retazos de papel».
5 • Con los términos intelectual o muy intelectual se da a entender también que las personas o cosas a los que se aplican muestran una cierta habilidad de tipo especulativo, lecturas, tal vez originalidad, pero, al mismo tiempo, inconsistencia, falta de comprensión profunda. Y esto es lo chocante, que lo intelectual se vea en oposición a lo que es la función más característica del intelecto: entender. O sea, que el intelectual no entiende, pero maneja las palabras como si entendiera. Es alguien que utiliza procedimientos formalmente relacionados con el conocimiento de las cosas, pero no para entenderlas, sino para entretenerse con ellas, para entretener con ellas. Lo que explica que se pueda meter en un mismo saco a un cantante y a un filósofo, a un actor y a un profesor de sociología, a un humorista y a un ensayista.
6 • El uso del término parece demostrar poco aprecio. Pero ¿qué ha hecho el intelectual para que se le trate así? Pues ¿no es la función intelectual la más elevada? ¿No depende de ella el uso correcto de las demás funciones humanas? ¿Qué ha pasado para que el término por el que se designa al representante de esa función se haya degradado?
7 • Aunque sea la más elevada, la función intelectual no es la única. Ahí está la función económica, con la que se subviene a las necesidades y apetencias a cambio de un beneficio. El agente económico también quiere entender las cosas, pero es una inteligencia supeditada a lo económico. Dígase lo mismo de los políticos. También ellos quieren entender los de seos, las aspiraciones, los prejuicios de los ciudadanos, pero se trata de una inteligencia subordinada a los objetivos políticos, y con frecuencia se ve que periclita cuando se sienten seguros en el gobierno. Igualmente, el artista hace uso de sus facultades intelectivas, pero no por mor del conocimiento, sino para despertar ciertos sentimientos. Los medios que utiliza con ese fin no pueden ser más variados, desde un chiste hasta un soneto de Góngora.
8 • Si algo justifica al intelectual es que sea capaz de decir la verdad o que, al menos, le guíe el afán de descubrirla. De lo contrario será algo así como una planchadora que usa la plancha para quemar la ropa. Para decir la verdad se tienen que dar algunas condiciones: desinterés e investigación. Por desinterés quiero decir que el intelectual ha de estar ante todo interesado en entender las cosas con la mayor objetividad. Cuando ese interés se supedita a otras formas de interés, se convierte en un comerciante, en un viajante de opiniones, de «objetos intelectuales». Creo que es ésta la idea que la gente se ha formado del intelectual: la de un viajante de «objetos intelectuales». ¿Y qué es un objeto intelectual? Por lo general, una ristra de palabras que suenan bien o, si se prefiere, un collar de palabras brillantes que se cuelga al cuello.
9 • Investigar un asunto es observarlo de una manera sistemática, razonada. Si se tiene la intención de observar, uno debe colocarse en la situación más favorable para recibir ciertas impresiones, a fin de poder describirlas (L. Wittgenstein). Hay que evitar las interferencias: sí interfieren los intereses políticos, ¿no se corre el riesgo de volverse un propagandista? ¿No se acaba haciendo del pensar una forma del combatir, no del entender? Y si interfieren los intereses comerciales, ¿no se acaba siendo un vendedor de jirones de lenguaje, un zurcidor de citas y pensamientos que ni siquiera ha pensado uno mismo?
10 • ¿Y si se rebajan los criterios de valoración? Entonces el intelectual se convierte en un vulgarizador: dice lo que todo el mundo piensa. Construye marcos brillantes para cuadros vulgares.
11 • Y debe haber coherencia entre lo que piensa y lo que dice, y entre lo que dice y lo que hace. Si lo que dice no es lo que piensa, tenemos al ocultador, al maquillador del pensamiento, al simulador. Ser intelectual a la vez que simulador es una contradicción. Es querer ser oro de ley y oro de imitación a un tiempo. ¿»Y si lo que hace no es lo que dice? Entonces tenemos un abanico que va desde el hipócrita hasta el cínico. La discrepancia entre lo que se dice y lo que se hace es muy común entre los intelectuales. A algunos los vemos predicar contra el capital, contra el imperio del dinero, contra el Estado y, al tiempo, solicitar al Ministerio, o a las fundaciones culturales de los bancos, ese dinero tan abominado. «Pero es que son dos cosas distintas. Una es lo que se hace y otra es lo que se dice», me dijo alguien una vez. « ¿Crees entonces que es lícito decir una cosa y hacer otra?», pregunté. « ¡Pues claro que sí!». Según mi interlocutor, se podía clamar contra los parásitos y vivir como un parásito; clamar contra los bancos y beneficiarse de sus ayudas. Pero si no hay una coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, ¿qué valor tienen las palabras? Es extraño que haya intelectuales que no entiendan que el lenguaje es algo que se hace, está íntimamente conectado con el gesto, con los actos, con la vida, y que si al lenguaje se le amputa de la acción, si se le transforma en mero «objeto lingüístico», o sea retórico, se corrompe la inteligencia. Pues si algo se le debe pedir al intelectual es que no pierda de vista las relaciones, las conexiones que se dan entre las cosas. Entender algo es ver las relaciones de ese algo, descubrir las conexiones que ese algo tiene con las demás cosas. Las palabras sólo significan en conexión con la acción, con la vida.
12 • Hace unas semanas encontré un buen ejemplo de esta incoherencia en un artículo donde el firmante clamaba, en forma de panfleto intelectual, contra la Ley y el Estado, contra el Capital y la Propiedad Privada, y animaba a la gente a practicar la «okupación». Ese era el argumento: hay que «okupar» las casas que sus dueños no ocupan. ¿Por qué —me dije— el autor del artículo no ha rematado su arenga dando la dirección del piso de lujo que tiene pero que no ocupa en Madrid, el chalet de lujo que tiene pero que no ocupa en la Sierra, la casa que tiene pero que no ocupa en el pueblo? ¿No dice a todo el mundo que sus dos hijos no quieren ir a esas casas ni ahorcados? ¿Es que lo que realmente predica es que se «okupen» las casas de los otros? ¿O será que quiere dejar una puerta abierta, por si se ve urgido a valerse de la «okupación» para saciar su voracidad domiciliaria? Había que estar sordo para no darse cuenta de que todo era falso en el artículo.
Sonaba a puro hueco. Si el autor hubiera puesto sus casas no ocupadas a disposición de los «okupas», seguro que no habría escrito el artículo. Comportamientos como éste se dan no sólo porque hay intelectuales incoherentes, sino también porque el lector se ha vuelto sordo a los matices. Y se ha vuelto así, en buena medida, porque se le ha ensordecido con carretadas de ruido.
13 • Hablemos de uno de esos ruidos, del ruido atronador que hacen los nacionalistas. Es un ruido que, además de ensordecer, ha dejado mudos a muchos intelectuales.
14 • Hay algo en los nacionalistas que los lleva a la destrucción de la nación que dicen amar. Se podrían dar muchos ejemplos. El más conocido es el de Hitler, pero ahí están también los Balcanes, África, el Asia central. Y es el caso de Stalin y sus sucesores, cuyo comunismo era en gran medida nacionalismo. ¿Cómo es posible que el que proclama que lo que más quiere es su nación sea, al mismo tiempo, el que la lleve a la ruina? ¿Es porque el nacionalista está enamorado de una fantasía, de un mito? Nada lleva más deprisa a la destrucción que una pasión ciega. Destruye porque se engaña.
15 • Lo malo no es que el nacionalismo sea un sentimiento (¡pero qué clase de sentimiento!), sino que al mismo tiempo pretende ser una doctrina. Una doctrina —como todo lo que pertenece al entendimiento— es algo frío; y está bien que lo sea; así es más fácil corregir los fallos. Pero cuando una doctrina se enroca en un sentimiento y el sentimiento se vuelve una pasión, la doctrina es un lastre para el entendimiento. No sólo se bloquea la posibilidad de entender, sino que se pierde la sensación de que se puede estar equivocado.
16 • Aceptemos, a título de hipótesis, el «derecho de autodeterminación», es decir, el derecho de secesión para constituir un nuevo Estado. La primera cuestión que surge es: ¿hasta dónde se debe aplicar? Supongamos que, usando ese derecho, una comunidad se independiza y constituye el Estado comunidad N. Ahora bien, en virtud de las mismas premisas, las provincias que componen el Estado-comunidad N deberán tener el derecho de secesionarse para formar nuevos Estados-provincia N’. Y en razón de ese mismo derecho, se debe admitir igualmente que los municipios de cada uno de los Estados-provincia N’ puedan formar nuevos Estados-municipio N». Y así ad infinitum (barrio, calle, inmueble, piso, etc.).
El nacionalista replica: «Sólo acepto el primer paso, los otros no». «Dame alguna razón». «La Historia», dice con énfasis. « ¿O sea que, según tú, se debe imponer a los hombres de ahora, que realmente viven, tu interpretación nacionalista de lo que quisieron sus antepasados».
17 • Si este diálogo se tiene con un nacionalista «eusquérico» no le contestaría por mi cuenta, sino con palabras de Paulino Garagorri, que dice sobre el País Vasco:
«El rasgo llamativo de su historia «interna» será, precisamente, la independencia de esas comunidades en que se formalizan sus elementos componentes. Esta diversidad se definirá ostensiblemente al relacionarse con el dominante poder de Castilla: tanto la Hermandad Guipuzcoana —o Reino de Guipúzcoa— como el Condado de Álava y el Señorío —o Condado— de Vizcaya, que son las singulares formas con las que esas comunidades emergen definitivamente, se incorporan a Castilla conforme a sus aisladas trayectorias iniciales, y asegurándose el respeto a sus particulares y diversos Fueros, en los años 1200, 1332 y 1379, respectivamente. Testimonio de esa básica y constante diversidad es el hecho de que la historiografía es diferencial, en obediencia al curso de los hechos conocidos, y que existen considerables «Historias» de Álava, Guipúzcoa y sobre todo Vizcaya, pero no del conjunto. […] Así, pues, desde el punto de vista político e institucional parece probarse que la comunidad de los que con un nombre común reciente hoy llamamos vascos no ha existido como conjunto homogéno ni —grave prueba de ello— alcanzó a obtener ni atribuirse siquiera un singular nombre colectivo, según por fuerza ocurre a todo grupo que delata su singular y colectiva presencia. El término más tradicional y usado para denominar a las tres provincias es el plural de «vascongadas», y por ese intermedio el de vascongados a sus naturales. La voz «vascos» se ha introducido —al parecer— como un advenedizo galicismo cuyo uso, sin embargo, se ha impuesto y es fuerza aceptarlo, conforme lo ha hecho el Diccionario de la Real Academia Española, aunque su equivocidad favorece malentendidos y da por resuelto lo que constituye una compleja cuestión. Y a su reciente extensión obedece la del nuevo topónimo País «Vasco». […] El inveterado particularismo. de los vascos ha repelido la preterición o absorción de sus distintas denominaciones históricas bajo el manto elástico de una de ellas. Entre otros muchos, el P. Larramendi protestó del hecho con singular insistencia: «No son más distintas Castilla, Aragón y Navarra que lo son Vizcaya, Guipúzcoa y Alava en sus límites, en sus fueros, en su gobierno y aun en su lenguaje» […], escribe en 1756. […] Incluso la tendencia llamada «nacionalista vasca» brotó de un estricto «bizcaitarrismo»: el texto inicial de Sabino Arana se denomina Bizkaya por su Independencia (1892). Sólo más tarde, para unificar nominalmente a una región vasca por él definida fabricó el neologismo «Euzkadi», pero ello era sin mengua de sus particulares autonomías. […] ¿Es la lengua un vínculo común que unifica sus partes? […] El vascuence se halla de hecho fraccionado en dialectos cuya diversidad impide la relación oral entre los usuarios de algunos de ellos. […] Los lingüistas señalan hasta ocho dialectos —vizcaíno, guipuzcoano, dos en Navarra, labortano, suletino y dos en la Baja Navarra— reductibles a tres y, simplificando las diferencias, a dos más estancos: el vizcaíno por un lado y los restantes por otro».
Pero todavía más importante es que «en el exterior del territorio, y aún en el interior, la actuación colectiva de los individuos [vascos] procedía vinculada estrechamente a empresas más generales y sus motivos de autoafirmación se inscribían en el «nosotros» de los españoles». De ahí que: «La hipótesis de supeditar la unidad vasca al terreno de una patria política sería algo pueril, más propio de pueblos ex coloniales y subdesarrollados —como los que hoy se afanan en conseguir elevar la cifra de «naciones» representadas en la ONU—, que de esa activa y relevante parte de España y de Europa que es nuestro País Vasco, y que ya tiene bien ganado su puesto en la Historia universal».
El corolario es claro: al tergiversar la historia, el nacionalista demuestra que antepone sus fantasías y mitos a la historia. Más: demuestra que odia esa historia, porque no se adapta a sus fantasías. Si verdaderamente amase la historia de su pueblo, la aceptaría como es. ¿Ha de extrañar entonces que el nacionalista lleve a la ruina a aquello que dice amar? ¿Cómo va a ser de otro modo, si confunde el significado de amor con el de obsesión, si para él todos los vascos que a lo largo de los siglos se han sentido integrados en la historia de España y han dado a ésta una buena parte de su esplendor —en lo intelectual, en lo político, en lo económico—, deben ser tachados de eusquéricos renegados, de «herejes», de malos vascos?
18 • Todavía hay que considerar otro aspecto, tal vez el principal. Vayamos al inicio del proceso de autodeterminación. Los ciudadanos de N provincias de un Estado se independizan y constituyen el Estado N. Lo hacen porque se sienten diferentes (de lo contrario no habrían usado el derecho de autodeterminación). Una vez constituido el Estado N, ¿qué suerte les espera a los que no se sienten como ellos? Supongamos que no se les permite que sigan el proceso de autodeterminación que daría lugar al Estado N’. En ese caso, la única salida es obligarles a sentirse igual que ellos. Este es el núcleo del totalitarismo. La utilización del llamado derecho de autodeterminación porque uno se siente diferente lleva al enfrentamiento civil o al sometimiento.
19 • Demos un paso más. Supongamos que ya tenemos el Estado Nacionalista constituido. Por su propia naturaleza se compone forzosamente de dos clases de individuos. La primera la forman aquéllos a los que no se tolera que puedan tener otros sentimientos nacionales, o sea, aquéllos que no quieren canjearse con las «señas de identidad» nacionalistas. Su servidumbre es sólo relativa, pues ven que deben oponerse. La esclavitud de la segunda clase es mucho más grave: están esclavizados por unas ideas, por una pasión, por su propia cerrazón.
20 • Como los abusos, que se producen y se reproducen porque no se les denuncia y no se les hace frente, así el nacionalismo existe y prospera por la pasividad de los que lo padecen. Aquí deberían decir algo los intelectuales, sobre todo, los especializados en la denuncia.
21 • «Exijo —vocifera el líder nacionalista— que se reconozca que España es un Estado plurinacional». « ¿Por qué?». «Porque mi comunidad y otras comunidades son naciones». « ¿Cómo lo sabes?». «Voy a dejar a un lado la Historia. Lo sé porque a los partidos nacionalistas de mi comunidad nos vota un cuarenta por ciento del electorado». « ¿Y a quién vota el otro sesenta por ciento? A partidos que consideran que España es su nación, ¿no? Entonces, si exiges que España sea reconocida como un Estado plurinacional, por lo mismo debes exigir que se reconozca a tu comunidad como una comunidad plurinacional. ¿O es que lo que vale para los otros no vale para ti?».
Es curioso que la prensa se haga tan a menudo eco del eslogan nacionalista: «España es un país multinacional», pero no se pare a pensar que todavía es mucho más verdadero (desde las propias premisas del nacionalismo) que «Cataluña es un país multinacional». Si vale para España lo de ser «multinacional», con más razón vale para Cataluña. En el caso de España sólo una pequeña fracción, que no llega al ocho por ciento del censo, se siente de una nación diferente de la española; en cambio, en el caso de Cataluña, al menos el cincuenta por ciento se siente de nacionalidad española. Pero insisto en que querer hacer de las cuestiones políticas asuntos emocionales es como jugar con una bomba como si fuera una pelota.
22 • «Exijo —vocifera el líder nacionalista— que se suprima el Ministerio de Cultura del Gobierno de España». «Olvidas que no tienes competencias legales para decir al Gobierno de España cuáles y cuántos han de ser sus Ministerios. Es como si yo exigiese a la Luna que se alejase cien mil kilómetros de la Tierra». «Aún así exijo que se suprima el Ministerio de Cultura». «Pues aplícate el cuento».
23 • El caso de los niños díscolos, de esos niños rebeldes y consentidos que no atienden a razones, que se enfurecen si no se hace lo que ellos quieren. Si, para que no se enrabieten, se les da todo lo que piden, se los transforma en pequeños tiranos. Toda la familia se convertirá en rehén suyo. Y no por eso se conseguirá que se vuelvan razonables. Todo lo contrario, se acostumbrarán a satisfacer sus caprichos con las artes que caracterizan al extorsionador, al chantajista, al matón.
Si la pedagogía que se utiliza con el niño consentido es la del castigo y la violencia, sólo se conseguirá que para él el único valor sean la fuerza y la violencia. Con el tiempo tendrá uno de esos caracteres que se muestran duros con los inferiores y rastreros con los superiores.
Sólo parece haber una pedagogía posible. Evitar que el niño consentido se salga con la suya cuando utiliza la violencia y, simultáneamente, hacerle ver que sigue un camino equivocado. O también: hacerle ver que la verdadera víctima de su violencia es él mismo. Hacerle entender esto es esencial. Debería ser un tema más frecuente entre los intelectuales.
¿Pero qué pasa si los padres dan plenos poderes a un preceptor y éste consiente al niño todos sus caprichos y, cuando a los once años se ve que el niño es todavía más rebelde, le dan todavía un plazo de cuatro años para que lo enderece? ¿Qué hay que pensar si a los dos años y medio el preceptor tira la toalla, y dice entonces: «Es un niño imposible, pero si me dais veinticinco años más….»? ¿Cabe esperar que el niño mejore si los padres lo confían a un nuevo preceptor más responsable, pero le ponen la condición de que atienda a los consejos del antiguo y de que lo enderece en un par de años?
24 • El tirano ha llegado a serlo porque él mismo está tiranizado por sus impulsos irracionales. Cuando esos impulsos adquieren rango de doctrina, entonces tenemos al fanático. Pero lo que sostiene en el poder a estos sujetos no es ni su tiranía ni su fanatismo, sino el que no se les haga frente, con inteligencia.
25 • La ira, la furia es un movimiento ciego, irracional. No se la debe confundir con la firmeza. La firmeza se da cuando la ira se supedita al entendimiento legal de las cosas, al conocimiento.
26 • Las reivindicaciones de los nacionalistas son como un individuo que está dentro de una habitación sin ventanas pero con una puerta, y que grita que está encarcelado porque no puede salir por la ventana. Si entonces se le dice: «Pero basta con que abras la puerta», el individuo contesta: «Para mí «salir de esta habitación» es «salir por la ventana»». El problema está en que no ha aprendido a usar las palabras. ¿No podría enseñárselo el intelectual?
Otro ejemplo de uso incorrecto del lenguaje. El individuo N, que se siente secundado por M, ha matado a muchos individuos Z, y es sólo cuestión de tiempo el que elimine a todos los individuos Z. Cuando se le dice a M que haga algo para impedir los desmanes de N, M contesta: «Lo arreglaré». « ¿Cómo lo vas a arreglar?». «Muy fácil. Ato a los individuos Z, y que lleguen a un acuerdo con N». « ¿Pero qué acuerdo?». «N me ha asegurado que si los individuos Z le dan toda lo que les pida, en vez de matarlos sólo les cortará los brazos». No es que M y N sean irracionales; son antirracionales. Lo antirracional es el núcleo de lo macabro.
27 • Uno de los ingredientes típicos del nacionalismo es el desprecio de la verdad o, para ser más exactos, la supeditación del conocimiento a una pasión, con la consecuencia de que el conocimiento ya no es un valor por sí mismo. Pero el nacionalismo no es sólo eso: es la construcción de una doctrina sobre esas bases.
28 • El fanatismo es una enfermedad difícil de curar. Ocurre como con los que sufren delirio persecutorio. A cada paso ven indicios (evidentes para ellos y sólo para ellos) de que se les persigue: si alguien dice una frase dura, esa frase va dirigida a él; si esa misma persona le trata con dulzura, esa dulzura encubre las más perversas intenciones. En fin, todo lo interpreta de forma que sólo una cosa queda intacta: su delirio persecutorio. El delirante piensa mal, interpreta mal las cosas. Razonar con él suele ser inútil. La única terapia consiste en que los que lo rodean piensen a derechas, interpreten con corrección las cosas, obren coherentemente con lo que piensan, y que el delirante lo vea.
29 • Un Estado no puede utilizar las emociones como sillares de un edificio político. ¿Qué sería de las leyes si sólo fuesen emociones? Nada estaría garantizado. Sería el imperio del capricho. En el dominio de las emociones no hay medidas precisas. Y si, además, se construye un Estado a la medida de ciertas emociones, es indudable que ese Estado perseguirá apasionadamente a quienes no experimentan esas emociones. Las emociones sólo son buenas cuando el entendimiento las moldea hasta hacer de ellas buenos sentimientos.
30 • A lo largo de los siglos todos los que han utilizado la lengua española han dicho Gerona, Lérida, Fuenterrabía, Figueras, Cataluña, etc. Lo mismo si eran castellanos que si eran vascos, catalanes o de donde fuesen. La razón es obvia: así se dice en español. Y otra obviedad. Al escribir en catalán a nadie se le ocurre poner Gerona, Lérida, Figueras, pues en catalán se dice Girona, Lleida, Figueres. Todo esto es obvio. Tan obvio como que donde los ingleses dicen «London», los españoles decimos «Londres», o donde los alemanes dicen «München», los italianos dicen «Monaco».
Sin embargo, algo tan obvio brilla por su ausencia en emisoras de radio, en periódicos, etc. Cuando se ve como algo normal que se ejerza una violencia tan palmaria sobre el lenguaje, ¿qué sentido tiene quejarse de otras violencias que brotan del mismo germen?
31 • Yo mismo he sido víctima —una víctima muy menor— de lo que acabo de decir. Es una simple anécdota, pero ilustrativa. En 1993 se celebró en Sevilla una exposición de pinturas de Salvador Dalí. La patrocinaban un banco de ámbito nacional, una fundación sevillana y la fundación Gala-Dalí (Figueras). El catálogo era un volumen que podría calificarse de «lujoso». En él figuraba un texto mío como introducción a la exposición. Cuando me llegó el catálogo, vi que donde yo había escrito Figueras, alguien había puesto Figueres. Nadie me había consultado. En la inauguración conocí al encargado del catálogo, un madrileño que trabajaba en una editorial también madrileña especializada en catálogos oficiales. Ni por asomo se podía decir que hubiera tenido una intención nacionalista. Sin embargo, el hecho demostraba que algo sin intención nacionalista puede tener el mismo carácter que si hubiera sido hecho con intención nacionalista. «Mira —le dije—, he conversado muchas veces con Dalí, y nunca me corrigió cuando yo decía Figueras, pues él mismo decía Figueras, ya que hablábamos en castellano. Obviamente, cuando él hablaba en catalán, decía Figueres».
No mandé a nadie el lujoso catálogo. Me sentía tan ridículo como si a un amigo le veo decir en una entrevista de prensa: «Ayer vine de London, y mañana me voy a pasar unos días en Firenze y Nápoli».
32 • «¡Pero es que el nombre oficial de Figueras es Figueres!». «¿Y quién te ha dicho a ti que mi artículo es un documento oficial? Y aunque lo fuera. Es un derecho anterior el de utilizar la propia lengua. ¿O es que ignoras que en español no se dice Figueres, ni Lleida, ni Ourense, ni Rías Baixas, ni se escribe Catalunya?». «¡Pero las lenguas se pueden cambiar!». «Sí, pero si piensas que se pueden cambiar a golpe de decreto, no te sorprendas si un día te obligan a gritar que te sientes feliz cuando te están moliendo a palos».
33 • Visitaba yo hace no mucho una exposición en la sala de la Casa de las Alhajas (de la Caja de Ahorros de Madrid). Tenía delante un cuadro de Mariano Fortuny. El pintor había trazado la firma con caracteres muy grandes y claros. Decía: «Mariano Fortuny». En la cartela, que estaba a unos pocos centímetros de la firma, se leía: «Mariá Fortuny». Me acordé de un dicho popular: «Guárdeme Dios de mis amigos, pues de mis enemigos ya me guardo yo». Lo más grave no estaba, ciertamente, en el detalle.
34 • Con todos estos detalles, cómo sorprenderse de que hace unos cuatro años el Departamento de Estado de EE UU y hace unos meses la Asamblea de la Unión Europea hayan publicado informes en los que se acusa al gobierno de la Generalidad de Cataluña no sólo de no proteger el derecho de los hispanohablantes, sino incluso de perseguir ese derecho elemental, incurriendo así en prácticas llamadas de genocidio cultural. La prensa, los intelectuales, el Gobierno, la oposición, todos han pasado de puntillas sobre esos informes.
¿Habrá que pedir un día protección al presidente de los Estados Unidos o al de la Asamblea de la Unión Europea porque lo de aquí es inútil? Esperemos que no sea necesario. Por eso, decir que el problema está sólo en los nacionalistas es simplificarlo. Un virus no es sólo peligroso cuando se declara la enfermedad, sino cuando, introducido en el organismo, empieza a hacer su labor. ¿Y cuándo se le facilita la labor, incluso con la ley en la mano?
35 • El nacionalismo puede presentarse como nacional-socialismo, como fascismo, como nacional-comunismo, como nacional-cristianismo; puede evitar la expresión, emplear la de democracia popular, inventarse otras convergentes. ¿Qué le falta al Partido Socialista Obrero Español de Cataluña para ser un partido nacionalista-socialista catalán? Esta pregunta no tendría sentido dirigida a su homólogo del País Vasco. No hay que hacer demasiado caso a los rótulos en la política.
Es algo que se ha visto hasta la náusea a lo largo del siglo. Cuando se quiere hacer la guerra, se invoca la paz. Cuando se quiere someter a la población, se invoca la libertad o la autodeterminación. Cuando un gobierno trata de controlar los medios de comunicación, proclama que quiere impedir que la oposición controle arbitrariamente esos medios. Las más formidables operaciones políticas de «liberación del pueblo» (la leninista-estalinista, la maoísta) han sido las operaciones de sometimiento y exterminio más feroces de que se tiene noticia. ¿Cómo es posible que la gente caiga en tan asombrosos errores de óptica? ¿Cómo es posible que se confunda de forma tan sistemática el contenido de un saco con el rótulo que se le adhiere? ¿Cómo es posible que tantos intelectuales hayan colaborado en esas operaciones de engaño o que, ante ellas, se hayan quedado callados como muertos?
36 • «Esto lo arreglo yo», dice el clásico político español. « ¿Cómo?». «Hago una Constitución que dé carta de naturaleza al nacionalismo regional, luego lo fomento, luego le dejo que se encargue de la educación y de la gestión cultural de su «nacionalidad», además le doy la policía, para que vele por las esencias del nacionalismo…». «Pero un plan como ése sólo lo quiere un siete por ciento de la población. ¿Qué va a pasar con el otro noventa y tres por ciento?». «Ya lo tengo previsto. Harán lo que yo quiera. Les diré: o esto o el caos». «¿Y qué diferencia hay entre esto y el caos?». Entonces el clásico político español empieza cantar los loores de Fernando Vil. (Este diálogo tiene lugar a mediados de los años 70, pero todavía se sigue repitiendo).
37 • También se habla de «nacionalismo cultural». Pasa por ser el hermano bueno del nacionalismo político. Si por esa expresión se entiende el amor a las manifestaciones culturales que se han dado en el propio pueblo, comarca, provincia, región, nación, no hay nada que objetar. Pero si ese amor implica que se odien o que no se reconozcan los valores que se han dado en el pueblo, la comarca, la provincia, la región o la nación de al lado, entonces el nacionalismo cultural es el guante de seda del nacionalismo político, y sirve para legitimar o reforzar las tendencias totalitarias de éste. Cuando se utiliza políticamente la cultura, ni la política ni la cultura salen beneficiadas. Los que sí se benefician son algunos políticos y algunos agentes de la cultura.
¿Qué decir cuando se da a un premio de carácter cultural el nombre de Sabino Arana? Es como si para un premio contra el militarismo se escogiese el nombre de Atila.
38 • «¿Pero no habrá una pizca de maniqueísmo, de «película de buenos y malos», en tu manera de tratar al nacionalismo?». «La habría si hubiera dicho que el medio no-nacionalista fuese bueno. Pero eso no lo he dicho. Pues algo malo debe de haber en ese medio cuando ha hecho posible el surgimiento de algo tan malo como el nacionalismo. Este surge en un medio que facilita sus propias tendencias. Lo que era sólo una tendencia inconsciente se hace con él un movimiento consciente, programático. A menudo se dice que, en su intransigencia y fanatismo, los nacionalistas vascos, catalanes, etc., presentan rasgos que han caracterizado a los comportamientos españoles (al menos en los siglos XIX y XX) y se agrega: «Incluso en eso se nota que son españoles». Esto no quiere decir que se sientan españoles (pues declaran lo contrario), sino que se alimentan de una herencia a la que la mayoría de los españoles ha renunciado (felizmente). Pero que los españoles no han renunciado del todo a ella (desgraciadamente) se demuestra en que, entre ellos, surgen los nacionalistas».
39 • ¿Y cuál debe ser el papel del intelectual en esta situación? Depende de lo que se entienda por intelectual. Si por intelectual se entiende el que dedica su talento a poner vistosos envoltorios (literarios, filosóficos, artísticos, etc.) a la política del príncipe, entonces deberá resignarse a ser bufón del príncipe. Si por intelectual se entiende el que trata de iluminar, de hacer inteligible lo que pasa, entonces deberá saber que se requieren algunas condiciones. Ya lo hemos dicho: independencia respecto de los poderes políticos y económicos, respecto de la moda, incluso respecto de las ideas, pues éstas se convierten a menudo en camisas de fuerza. Obviamente, deberá llevar a la conciencia las tendencias de tipo nacionalista que actúan en él mismo de forma poco consciente. Y además, se le deberá pedir que haya coherencia entre lo que piensa y lo que dice, y entre lo que dice y lo que hace. Y todavía se requiere que sea capaz de hacer un análisis razonado, fundamentado de lo que pasa y de lo que le pasa, y que ese análisis respire comprensión y sentimientos altruistas, pues de lo contrario será un análisis vano.
40 • El intelectual debe denunciar los abusos, pero no menos esforzarse en averiguar qué ha hecho posibles esos abusos. Para el intelectual el fanatismo es lo que la ceguera para el pintor o la sordera para el músico. Peor todavía, pues ha habido grandes músicos que eran sordos. Que el fanatismo acecha por todas partes se ve en que uno puede tomarle cariño a una palabra y, una vez que la ha convertido en un fetiche (por ejemplo, el de la «autodeterminación »), hacer la vida imposible a los que no han hecho un fetiche de esa palabra.
41 • «Pero aún no has definido lo que entiendes por nacionalismo». «No hace falta. Basta con describirlo. Para hablar de lo humano no es necesario definir lo humano, sino demostrar que lo que se dice se ajusta a una buena descripción de lo humano».
Asistimos a unos tiempos en los que las evidencias del pasado se han convertido en interrogantes y, afortunadamente, esas mismas dudas sirven como trampolín para afrontar el porvenir de forma imaginativa. Lo que una vez pudo ser considerado como una extravagancia o —en el peor de los casos— una forma parcial e interesada de interpretar la realidad, hoy se ha convertido en una cuestión que nadie puede obviar con el desdén de las convicciones inamovibles. Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido con el hoy ya tan manido debate sobre la crisis del Estado de Bienestar. Tan manido, pero no por ello menos pertinente, como el gran número de voces que, no sólo en el ámbito académico, proclaman la necesidad de pensar y discutir sobre este asunto. Con ello, y no es en absoluto irrelevante, se pone sobre el tapete la idea de que existe un consenso generalizado acerca de la necesidad de reflexionar sobre dicha crisis y, ante todo, de plantear las reformas que se consideran oportunas.
La cuestión reside ahora en aclarar los diagnósticos y definir las posibles terapias; y obsérvese que utilizar estas metáforas médicas —como suele ser frecuente a la hora de abordar este debate— no es algo en absoluto inocente: la medicina —al menos la que sigue la deontologia hipocrática— parece tener medianamente claro qué es la enfermedad y la salud; quizá existan disparidades sobre los diagnósticos y las terapias, pero sabe muy bien cuál es el destino final de su trabajo. En las ciencias sociales no existe tal grado de coherencia epistemológica —ni nadie se la puede exigir, dicho sea de paso—, y buena prueba de ello es que pocos temas existen hoy en su agenda teórica que como la crisis del Estado de Bienestar demuestre más claramente que no parece posible llegar a un acuerdo de mínimos sobre cuándo algo está enfermo, el nivel de su gravedad, los órganos afectados, y los tratamientos más adecuados. La cuestión se complica sobremanera cuando se observa que, por si fuera poco, los conceptos de salud y enfermedad son profundamente problemáticos. Ya dijo Weber que en las ciencias sociales los fines últimos van de la mano de los valores, y que éstos son susurrados a nuestros oídos por el daimon —tal como Goethe entendía el término— de cada uno.
El libro que nos ocupa es una buena muestra de todo lo anteriormente dicho. Su editor, Henri Cavanna, es el director del Forum International des Ciencies Humanes de París, que ya en 1981 reunió a un grupo de expertos con el objeto de reflexionar sobre el Estado de Bienestar. En 1996, la Universidad de Navarra auspició la creación de un foro de debate con el mismo fin. Para ello reunió a otro grupo de profesionales de distintas áreas de las ciencias sociales, visiblemente adscritos a distintas posiciones ideológicas. La recopilación de sus ponencias ha tenido como fruto un libro de sumo interés para aquéllos que deseen tener una visión global de los principales temas que se están debatiendo en la actualidad sobre la crisis del Estado de Bienestar, así como de la variedad de distintas perspectivas desde las que ésta se afronta.
Dejando de lado las peculiaridades de cada una de las aportaciones realizadas por los diversos autores de la compilación, existe un elemento que debe ser resaltado a la hora de valorar el libro: la casi omnipresente preocupación por la globalización de la economía y sus consiguientes efectos sobre la estructura del Estado de Bienestar. Y ése es quizá su mayor activo: la forma en que combina las causas internas de la crisis del Estado de Bienestar con las externas. En este sentido, son especialmente interesantes las aportaciones de Glazer, Kuhnle y Matzner.
La aproximación de Glazer (uno de los clásicos del pensamiento neoconservador y excelente analista de los efectos perversos de las políticas sociales en los Estados Unidos) pone de manifiesto que, a pesar de que el nivel de desarrollo del Estado de Bienestar de los Estados Unidos es menor que el europeo, no por ello se puede considerar a aquél como una excepción, ni se puede dejar de establecer similitudes sobre la evolución de este último hacia posiciones semejantes al americano. Su tesis se podría denominar convergencia institucional, y viene a decir que, en virtud de la progresiva estructuración de corte federal en Europa, en cuanto a la provisión de los servicios sociales a través de los Estados y municipios, así como la creciente diversidad étnica europea (debida, fundamentalmente, a la inmigración), el modelo europeo de bienestar tenderá a equipararse al de los Estados Unidos. Afirmación quizá excesiva, pero digna de ser tenida en cuenta, sobre todo cuando analiza la forma en que las políticas sociales de este país se equiparan en la práctica a las de discriminación positiva.
De esta manera, la política social está sufriendo un proceso de deslegitimación, al ser percibida como algo que sólo beneficia en exclusiva a diversos grupos étnicos y sociales muy definidos, y no al conjunto de la población. Kuhnle, por otro lado, adopta una posición distinta ante el futuro de los Estados de Bienestar europeos. De forma un tanto polémica, afirma que éstos están siendo armonizados tanto por los procesos políticos como por los de homogeneización económica. Por tanto, todo apunta a que se va a producir una convergencia a medio plazo en las políticas sociales, sin que ello niegue el creciente papel que va a tener la provisión privada de asistencia social.
A pesar de que considera que los Estados de Bienestar europeos están asegurados, atempera sus afirmaciones con multitud de interrogantes que deja sin responder, debido a la fase crítica por la que está atravesando Europa en lo que concierne a la voluntad de llevar a cabo un auténtico proceso de unión política. En cualquier caso, a pesar de que afirma que el mantenimiento de los Estados de Bienestar europeos siempre dependerá en mayor medida de las decisiones nacionales que de las directivas de Bruselas, su discurso trasluce una nostalgia por un impulso político más enérgico en la Unión Europea.
No es ésa precisamente la línea que sigue Matzner. Utilizando la teoría de juegos, y desde una posición que se podría calificar con reservas de socialdemócrata, arremete contra las políticas de estabilidad que han propiciado la construcción de la Unión Económica y Monetaria; es más, afirma sin reparos que, en caso de que las políticas rigurosas se sigan manteniendo, aumentará el desempleo, así como las diferencias de riqueza entre las regiones y, en general, la desigualdad. A la postre, su trabajo es una crítica a la ortodoxia económica representada según él por las teorías monetaristas y por una ardiente llamada a la aparición de otra teoría alternativa a éstas que en ningún momento especifica, si exceptuamos algunos apuntes —que, por su indefinición, bien podrían ser tildados de retóricos— sobre una vuelta a la regulación y repolitización de los procesos económicos y sociales.
Newton hace un repaso a las consecuencias de la llamada revuelta fiscal para llegar a la conclusión de que, a pesar de sus innegables repercusiones en la fiscalidad de los países occidentales, no parece que vaya a afectar a las bases del Estado de Bienestar de una forma sustancial. Tampoco se han cumplido las predicciones sobre la sobrecarga del Estado y su crisis de legitimidad. Aunque se pueda detectar cierta contestación, expresada a través de la desilusión de los servicios públicos y de conatos de revuelta fiscal, parece que el futuro del Estado de Bienestar está asegura de Ferrera y Rys sobre las características de los Estados de Bienestar del sur de Europa del primero, y sobre los procesos de transición de las economías de algunos países postcomunistas de Europa central del segundo.
El libro termina con un breve pero sustancioso trabajo de Bénetón. En él se pone de manifiesto de forma explícita algo que hubiera merecido muchas más páginas, cuando no libros: el sustrato y la dimensión moral que subyacen en toda reflexión sobre la viabilidad y reforma del Estado de Bienestar. De forma muy sucinta, Bénetón señala que las políticas sociales ignoran a menudo la dimensión moral de las acciones humanas. Si esto es así, no parece posible llegar a un acuerdo sobre la idea del bien común; por tanto, desembocamos en la constatación de que las políticas de bienestar cargan con la contradicción de intentar hacer el bien sin una noción clara del bien común. Algo tan simple tiene, a la vez, la virtud de ser luminoso. No hay que olvidar que el fundamento último de las críticas al Estado de Bienestar realizadas, tanto desde las filas neoconservadoras y neoliberales como desde las de la izquierda, se encuentra en los fundamentos éticos y morales de la convivencia. En definitiva, lo sistémico es una forma de reordenación e interpretación de los tan esquivos como equívocos impulsos de lo ético. Hablar sobre la reforma del Estado de Bienestar es pensar sobre un nuevo concepto de solidaridad. Entre otras cosas.