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La defensa de las humanidades que en este libro se propone el profesor Morón Arroyo, catedrático de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), se asienta, frente al escepticismo actual dominante en el ámbito académico, en la convicción explícita de que la verdad existe y de que es meta asequible en las disciplinas abarcadas bajo el título de Humanidades.

No se trata de un ejercicio que presupone unos principios (fides quaerens intellectum) sino, más bien al contrario, de la idea de que las humanidades pueden lograr un riguroso conocimiento de la realidad, a la vez que una contribución a la mejora de la calidad de vida del hombre.

Se destaca lo esencial de las humanidades y las disciplinas englobadas en ellas: es decir, estudiar «al hombre en lo que tiene de peculiar y diferente de todo otro ser. Sólo el hombre pero todo el hombre: filosofía e historia; la expresión, que es la articulación consciente del ser humano: lengua y literatura. Y finalmente, la búsqueda del sentido último de la vida humana y de toda la realidad: teología».

El discurso humanista se caracteriza, en primer lugar, por una visión global que da sentido al todo y que cubre facetas no recogidas por el discurso científico; en segundo, por ser un estudio abarcador que no se contenta con resultados parciales, sino que procura «desplegar la realidad en todos sus tentáculos». De aquí surge la tercera característica, a saber, la dimensión ética, sin cuya presencia la investigación quedaría incompleta y deshumanizada.

Al estudio de la lengua, la cultura y la lingüística se concede mayor espacio y demora en el tratamiento. La razón es clara: «Se puede afirmar que la lengua es nuestra esencia en su dimensión refleja y potencialmente consciente».

La explicación sobre filosofía del lenguaje se basa en las ideas expuestas por Heidegger en su conferencia sobre «La lengua» de 1950. La lengua es, según esta interpretación, la morada del hombre, la «malla de sentido» en la que nos encontramos y desde la que establecemos diferencias entre las cosas, les aplicamos nombres concretos y actuamos luego con ellas. Por eso, cuando hablamos no hacemos otra cosa que reflejar la articulación de la realidad. «La lengua es, pues, la realidad misma en cuanto articulada. La articulación no existe sin el hombre, pero éste no la crea (idealismo), se le impone». Aquí aparece una de las imágenes, la de encrucijada, fundamentales para la comprensión del libro.

En el caso de la literatura, también tratamos de representar una realidad que se nos muestra a través de la palabra que, en este caso, se ha sustantivado, es decir, ha dejado de ser mero instrumento de comunicación para convertirse en algo más.

Se analizan también aspectos de la historia, la filosofía y la teología y se dedica un apartado al estudio del clasicismo por la vigencia perenne que los clásicos tienen en las tres disciplinas nombradas.

El progreso no lineal propio de los estudios de humanidades, es decir, su carácter articulado, es otro de los signos fundamentales que aparece como hilo conductor de la obra. Así, lo interdisciplinar se configura como característica propia de las humanidades que avanzan, no como los saberes especializados, sino de forma circular. Lo interdisciplinar « progresa en la medida en que profundiza».

Según esta concepción, no sorprende que se dedique un capítulo al hombre y a los valores, subrayando de manera especial la nueva concepción del hombre como «ser en el mundo» que aparece con la publicación en 1927 del libro de Heidegger Ser y tiempo. El hombre, como ser abierto es el centro, el punto de intersección de nuevo, «en que se condensan y articulan sociedad, historia y naturaleza». La áurea medianía propia del discurso ético y la discreción característica del discurso estético serían una manifestación en el pensamiento occidental —según se señala— de la circularidad misma del discurso humanístico que huye de los extremos para descubrir el medio correcto, la  intersección que une y separa al mismo tiempo.

Tres capítulos se dedican a los conceptos leer, entender y conocer respectivamente, cuya explicación está ilustrada con un texto clásico, La vida es sueño, de Calderón, y dos contemporáneos, el soneto «Al gran cero» de Antonio Machado y el poema «El golpe» de Pablo Neruda, del libro Las manos del día. Para no caer ni en la ilusión de que podemos dominar la realidad ni en el desánimo de que sólo podemos conocer apariencias, se señalan dos condiciones para el conocimiento.

Conocer es, en primer lugar y sobre todo, «abrirse a mirar, investigación»; en segundo lugar, conocer no es tanto un acto como una «virtud intelectual» que va conformando en nuestra mente los datos que percibimos con el contexto en que se producen y con nuestra propia trayectoria humana; de donde se sigue que « el verdadero conocimiento se da en la escritura, en un texto que se elabora corrigiéndose».

De forma explícita se señala la  necesidad del crítico de traspasar el texto para tratar de alcanzar la realidad que el autor busca y que la obra refleja; se señalan, por otro lado, las deficiencias de toda crítica puramente formalista que, a juicio del autor, si no va más allá, no puede ser considerada conocimiento humanístico.

Se sale también al paso de los que erróneamente interpretan las humanidades como la capa de intuición y belleza que debe acompañar al hombre supuestamente esquematizado por el racionalismo científico: «El discurso humanista no es intuición, sino una hermenéutica sujeta a todo tipo de revisiones».

Nos encontramos, pues, ante una obra sólida y coherente en la que el método propuesto se lleva al mismo tiempo a la práctica. Podemos calificar el libro de riguroso ensayo, entendiendo «ensayo» en los mismos términos en que es definido por el autor: «Es el género que estudia el punto de convergencia. Es analítico, riguroso, sistemático y objetivo, como un tratado de filosofía o ciencia, pero da sus visiones objetivas pasándolas por el filtro del autor; de esa forma, resulta un género intuitivo».

Se esté o no de acuerdo con las tesis defendidas en este libro por el profesor Morón Arroyo, toda lectura seria le habrá de conceder las cualidades de rigor, consistencia y autocoherencia, que no son frecuentes en el actual debate de las  Humanidades.


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