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Chico zigzag. F.Dostoievski. Los nombres de Europa

CHICO ZIGZAG
DAVID GROSSMAN
TRADUCCIÓN DE ROSER LLUCH

Tusquets Editores, Colección Andanzas,
nº 349, Barcelona, 1998

En la última novela de David Grossman (Premio de la Asociación de Editores de Israel, 1985), que aparece ahora vertida al castellano con el título Chico zigzag, se dan cita tres principios constructivos: la novela policiaca, el relato de aventuras fantásticas y una «historia de la progenie» que, poco usual acaso para un lector occidental, le proporcionará sin embargo sabores de añeja literatura semítica y ocasión para reflexionar sobre los rasgos genéticos que se heredan en las familias y hacen que sus miembros se distingan como seres originales.

F. DOSTOIEVSKI.
LOS AÑOS MILAGROSOS
(1865-1871
)

JOSEPH FRANCK
Traducción de Mónica Utrilla

Fondo de Cultura Económica, México, 1998

El profesor de Princeton que empezara a comienzos de los ochenta un estudio sobre las íylemorias del subsuelo, ha llegado a convertirse en el principal biógrafo norteamericano de Dostoievski y una de las referencias obligadas para amantes y estudiosos de la literatura rusa. Joseph Frank publicó en 1996 este cuarto volumen de su obra, que lleva por título Los años milagrosos, pues en ellos vieron efectivamente la luz tres novelas de prodigio: Crimen y castigo (1867), El idiota (1868) y Demonios (comenzada a publicar en 1871). Correcta traducción la publicada ahora por Fondo de Cultura Económica, e imprescindible para quien quiera adentrarse en la madurez siempre misteriosa del genio creativo de Dostoievski.

LOS NOMBRES DE EUROPA
ALBERTO PORLAN

Alianza Editorial, Madrid, 1998

Esta obra plantea una teoría revolucionaria sobre el origen de los nombres de lugar europeos. De acuerdo con ella, la mayor parte de nuestros topónimos actuales serían restos fósiles de los elementos que compusieron un arcaico patrón de organización territorial repetido una y otra vez a lo ancho de Europa.

Memorias. La democracia, una guía para los ciudadanos

Memorias

Sir Georg Solti
Traducción de Jaime Suñén
Acento Editorial, Madrid, 1998

Por las páginas de este libro discurren casi un siglo de música y la vida y personalidad de un director de orquesta excelente que murió justo unos meses antes de escribirlas, en el verano de 1997. Sir Georg Solti, titular en orquestas y teatros de ópera de Múnich, Frankfurt, Londres y Chicago, nos ha dejado no sólo excepcionales grabaciones, sino unas memorias —repletas de inteligentes reflexiones y sabrosas anécdotas— que interesarán a cualquier aficionado a la Música (con mayúscula).

La democracia. Una guía para los ciudadanos

Robert Dahl
Traducción de Fernando Vallespín
Taurus, Madrid, 1999

El último libro de Dahl contiene una introducción a la historia y el análisis de la democracia, aporta una guía para comprender sus ventajas y realiza un estudio de los problemas a los que se enfrentan las democracias actuales, inmersas en la actualidad en procesos supranacionales y afectadas por fenómenos como el multiculturalismo y el desapego ciudadano, entre otras cosas.

Prokofiev, Bartok

Prokófiev
Conciertos para piano n os l y 3
Bartok
Concierto para piano nº 3


Marta Argerich · PIANO
Orquesta Sinfónica de Montreal
Charles Dutoit · DIRECTOR
EMI CLASSICS. 5 56654 2. DDD


La pianista argentina Marta Argerich suele aparecer ante el público después de prolongados periodos de silencio, y lo hace siempre de forma verdaderamente deslumbrante, descubriendo un nuevo repertorio, madurado y estudiado en profundidad. Este es el caso del disco que nos ocupa, que recoge nada menos que tres conciertos para piano y orquesta de entre los más destacados de este siglo.


pb1.jpgLa música de Sergéi Prokófiev (1891-1953) es una música hecha de contrastes, en la que pueden encontrarse los más diversos estilos, desde el más clásico hasta el más fantástico, pasando por los más puros ideales románticos e incluso acercándose también a la estética novedosa del siglo XX. Posee un estilo inconfundible y muy personal. No en vano uno de sus principales objetivos fue la búsqueda de esa originalidad que encontró en un lenguaje algo burlesco y mordaz. Su piano es trepidante, lleno de ritmo, a veces con sonoridades algo rudas, lo que en su momento le causó aceradas críticas. Si el Primer Concierto para piano le sirvió para recibir el Premio Rubinstein a la interpretación pianística en 1912, cualquiera de sus Conciertos, y muy especialmente el Tercero, sirven hoy de partitura a los jóvenes aspirantes a los galardones internacionales.


Durante la misma etapa convulsa de la primera mitad del siglo XX, el húngaro Béla Bartók (1881-1945), siguiendo un camino diferente y estrictamente personal, llevó a cabo una original obra musical. Gran pianista como Prokófiev, se despidió del mundo con su Tercer Concierto para piano, cuyos últimos compases dejó sin terminar. El piano fue el instrumento del que mejor se sirvió para poner en práctica su concepción estética. Aunque de muy distinto estilo compositivo, coincide sin embargo con Prokófiev en considerar el piano como un instrumento de percusión, y en arrancar del teclado una gran fuerza rítmica. Sin embargo, al mismo tiempo es capaz de plasmar una honda emoción lírica, como ocurre en esta última obra.


Saber aunar dos actitudes tan aparentemente dispares —como es el ritmo trepidante o los acentos percusivos y la sensibilidad romántica—, y llevarlas al papel pautado con igual maestría no es tarea fácil. No lo es menos encontrar a un intérprete que sepa transmitirlas con la misma brillantez. En Marta Argerich, la vehemencia y la interpretación exuberante y a veces explosiva se dan con tal facilidad, que parecen obras escritas expresamente para ella. Su grado de compenetración con esta música es total, lo que confiere a sus versiones una autenticidad inigualable.


MARÍA JOSÉ FONTÁN

Otras prótesis

LEO EN EL AUTOBÚS. No me queda otro remedio. Pero no sólo por tener ahora esta criatura que llora de sol a sol desde que nació, no, es que me toca desde entonces pagar en largos viajes la idea feliz de cambiar una relajada existencia en el centro por la modernidad de esta urbanización, por no hablar de otros asuntos más peliagudos ya de entrada.

Así es que yo ahora, lo que son las cosas, leo en el autobús. Todos los días, de lunes a viernes. Podría tal vez leer en el metro, o en los taxis, pero no, leo en el autobús, exclusivamente y por obligación.

Lo del impermeable amarillo sí es por gusto, nada ni nadie me obligan a llevar semejante facha.

Leo pues, vestido de amarillo, en el autobús y en ningún otro sitio. En los autobuses. Varias líneas son las que me trabajo: CR-6, 18, 7, 51, 32, en unas combinaciones que de haber empleado en la lotería otro gallo quizá me estuviese cantando ahora. El recorrido de todas y cada una de las líneas es premeditadamente barroco, el de la 51 casi rococó. No hay más que comprobarlo sobre un mapa para ver enseguida que lo mismo avanzan que retroceden, picoteando aquí y allá las esquinas del montón de barrios que conforman esta periferia. Y cómo contrasta este diseño de las líneas de superficie con la terca esquematización de las que escarban por debajo, con una eficacia de ratones equipados con tiralíneas. Qué odiosa rectitud, me digo siempre ante las feroces bocas del metro.

La urbanización. La urbanización es una urbanización más, ninguna jauja. El trazado de las calles hasta podrían haberlo dispuesto los mismos que dibujaron las líneas del metro; si no los mismos, sí al menos algún cerebro con idéntica obsesión. Las calles y las casas son todas iguales, de tal manera iguales que aquí se le pone la cosa cuesta arriba —y parecerá un ejemplo— al alcoholismo y otros entretenimientos parecidos, pues qué borracho o soñador iba a encontrar aquí una puerta distinta a las demás. Vetadas las salidas de la poesía o del alcohol, valga pues un sustituto más civilizado, o casi, esta ocupación de leer durante horas, vestido de amarillo, en las idas y a las vueltas, siempre en autobús.

La urbanización le había gustado a Clara desde siempre, pero acabó por convertirse en una verdadera obsesión cuando el embarazo, cuando no supimos negarnos a la evidencia de qué cosa tremenda sería que nos saliese el hijo con ese antojo, igual los lunares verdes de los pinos que las manchas rojizas de las fachadas de los adosados. El temor, supongo, de un embarazo a destiempo, rebasados con creces los cuarenta, casi llegando al medio siglo. Meses y meses hipotecados más que con la casa con complicadas analíticas y ecografías, un fantasmal remolino de antojos (fresas en noviembre, Clara), pero nunca, o por lo menos muy improbables entonces, esos ojos tan depuradamente azules como el agua de las piscinas, que todavía hoy no sabemos o no quiero saber yo al menos de dónde han salido, no de los abuelos ni de los bisabuelos desde luego. Trucos de la genética, cromosomas antiguos que ahora asoman, explican los especialistas. Pudiera ser.

Clara se ocupa todo el tiempo de nuestro Félix y cada día dibuja menos, por más que desde la galería le pinchen de continuo con pedidos, como si le aterrara volver al centro. Y yo he pasado de una felicidad casi quieta de lector compulsivo en el tiempo que me dejaba libre una jornada laboral de siete horas justo al lado de casa a este desquiciamiento de los transportes públicos, que me ha inflado la jornada con otras casi cuatro horas de traqueteos cuando no de insoportables esperas. A todo se acostumbra uno. Hay que saber sacarle punta a la adversidad. Ni tenemos la boyante economía de los que pueden permitirse el lujo de los taxis, ni los taxis llegan siquiera tan lejos tan temprano, algo así como si a esas horas no estuviesen ni puestas todavía las calles. Hice la prueba los primeros días, todavía luciendo Clara un bombo escandaloso, como de gemelos, y me asustó de verdad el desangramiento de billetes, el cálculo a groso modo del presupuesto que necesitaría para un mes, no digamos para un año; ni quiero pensar en las cifras, antes me empantanaría otra vez con la calculadora en el entretenimiento de saber cuántos cigarrillos llevo fumados hasta hoy: a 84 milímetros de largo cada uno, una cajetilla diaria treinta años, puestos en fila, qué países atraviesa la nicotina de este vicio, y otras operaciones de ese tenor; pero esos son argumentos que no vienen al caso en esta historia, los residuos del pasado cercano de mis alegrías nocturnas con los libros y la imaginación, felices irresponsabilidades vistas desde aquí y ahora.

Leo en el autobús, digo. Porque además desde siempre fui un negado para eso de conducir y ahora Clara no puede llevarme cada mañana y recogerme luego. Se lo he pedido algunos días, sobre todo cuando llueve (las tormentas me dan miedo, odio llegar al trabajo como una sopa, pierdo todos los paraguas, los míos y los ajenos), pero siempre está ahí Félix, su mirada azul, dulce como pocas en el mundo, más aún para Clara, y es tan complicado… Aprovecha entonces Clara esos momentos —no se lo reprocho—, y procura convencerme para que tome el metro, guerra perdida de antemano, porque es el metro un medio de transporte que siempre he visto bien para los otros, en absoluto para mí. Aborrezco el metro, aborrezco su profundo y anónimo desparpajo, la calidad de espejo de sus ventanillas, y desde que nació Félix aborrezco secretamente sobre todo su eficacia, su velocidad. No. Prefiero, y cómo, el autobús.

Leo en el autobús, en los autobuses, pues. Debo coger primero el 32, una tartana de esas que llaman lanzadera y pretende sus salidas cada tres cuartos, para acercarme a las paradas del 7 o el 18, dos autobuses que se internan por los vericuetos del centro y dan su último resoplido neumático en la famosa plaza de Lemures, que es final del larguísimo trayecto, todavía a diez minutos andando de mi trabajo, al lado de aquella casa nuestra prepapás. Para el regreso, bien entrada la tarde, la cosa se complica, pues si bien el 18 o el 7 me dejan casi casi donde los cogí por la mañana, la lanzadera del 32 ha terminado su servicio (sólo de horas punta) y tengo que escoger entre el 51 o el CR-6, que llegan por un mismo recorrido hasta el barrio del Aldeire, para un poco más lejos bifurcarse sus caminos, ninguno de los cuales me conviene. En Aldeire tomo entonces el microbús M-14, que me deja ya a las puertas de la urbanización, bueno, siempre un poco a la derecha, enfrentado justo a la rampa para minusválidos. En total, la ida y la vuelta, si los transbordos no se tuercen, vienen a zamparse cuatro horas, página más, página menos, pues ya no relleno esas horas de minutos y segundos sino de redondas, bastardillas y negritas, los dígitos o manecillas de la letra impresa.

Leo, por no decir vivo, en el autobús.

Ayer, sin embargo, a la vuelta del trabajo, el libro de relatos de C. con el que llevaba unos días me la jugó buena. Se me pasaron tres paradas. Luego tuve que volver andando y llegué a las tantas, cabreado y echando pestes de los cuentos de C., por ser tan condenadamente buenos. Por eso mismo decidí dejar su libro en los estantes para otra ocasión mejor, y dedicarme desde ahora a mirar por la ventanilla del autobús las tantísimas vidas que pasan por las calles, que son muchas.

Además tengo por otro lado el problemita de los paraguas, la estupidez de esos murciélagos tan negros. Quiero decir tenía, porque de entre tantos conflictos desde el embarazo de Clara es éste de los paraguas el único que tengo medio resuelto.

Yo ya he perdido demasiados paraguas para la edad que tengo. Muchísimos. De algunos me consta que me los robaron, pero esos no cuentan. Cuentan los otros, los que he perdido en el autobús, en el teatro, en los bares, en los taxis… Los pierdo siempre, los míos y los ajenos. Y para la edad que tengo ya está bien de perder paraguas. Quizá por eso ahora ya no gaste paraguas y vaya con este impermeable amarillo chillón a todas partes, aunque no pueda decirse que sea éste un impermeable que le vaya bien a la edad que tengo, o al menos eso dice Clara, pareces un canario, un plátano, esas asociaciones facilonas. Pero eso sí, este impermeable amarillo chillón es en el fondo el impermeable amarillo chillón que siempre quise tener, desde niño. Me gusta sobre todo la especie de boina amarillo chillón que lo acompaña, sus trazas de gurumelo, su cosa cateta, su desfachatez. Y me gustan también su tacto oloroso de caucho, la terquedad de las arrugas rectísimas que se le forman, su largura de batón, sus profundos bolsillos cuadrados. Hasta la etiqueta me gusta, para decirlo de una vez. No se me escapa sin embargo que provoco más de una sonrisa así vestido, pero qué puede importarme esa certidumbre si a la vez me estoy asegurando de no perder jamás otro paraguas. Eso todo lo compensa, hasta la edad que tengo incluso.

No es el impermeable un disfraz, aunque pueda parecerlo. Más bien todo lo contrario: es en el interior de esta prenda resbaladiza y amarilla donde mejor de últimas me reconozco, donde más a placer me encuentro (¡y lo bien que caben los libros en sus bolsillos!). Tiene únicamente ventajas: sin dejar de ser yo mismo, podría, de quererlo, ser muy otro. Eso al menos insinúan más de una vez los antiguos compañeros de Clara, la nómina al completo de la galería, con Leonardo al frente, coleta, tres pendientes en cada oreja, tan moderno en su silla de ruedas automática.

-No le apetece dibujar, Félix se lleva todo el tiempo —les explico—; tampoco salir de casa, le gusta tanto esa casa.

Yo sólo traslado sus mensajes, sus disculpas.

En fin, conjeturas aparte, la verdad es que desde hace meses vengo siendo muy otro tanto con impermeable como sin él, aunque queda más o menos claro que prefiero con mucho este empaquetamiento. Ahora bien, me digo a veces: tantísimo amarillo debe ser la manifestación exterior de otra cosa, pero no se me alcanza aún muy bien qué clase de cosa.

Guardo en mis grandísimos bolsillos el penúltimo talón que aportan los dibujos de Clara. Leonardo me despide con una sonrisa amarilla, quizá suya, tal vez reflejo de mi indumentaria.

Me pongo siempre la gorra amarilla, llueva o no llueva. Y los días que llueve me cruzo a veces, tan temprano, con algún que otro conductor de autobús a su faena, y me alegra ver su impermeable azul idéntico al mío, también con su gorrilla, cuando nos regalamos una sonrisa de complicidad casi cofrade, gremial, en unos encuentros que deben también tener algo de raro augurio, guiños que no sé descifrar. Demasiadas carambolas ahora que ya ni leo ni me divierto ni cojo el metro. Veces hay que me quedo absorto contemplando los buzones de correos en las esquinas, como si fuesen un yo mío quieto, ausente, paralítico. Qué distinto aquel tiempo de Clara premamá, con aquel bombo escandaloso, como de gemelos. (Si en algún momento fueron dos, si en alguna fase del desarrollo pretendieron las divisiones celulares ofrecer dos individuos, ya Félix mucho antes de ser Félix se encargó de borrar ese dibujo. Félix con sus ojos azules intensos).

Pero son muchas las tantísimas vidas que pasan por las calles, sin un libro que amortigüe el traqueteo de estas líneas tan barrocas de la superficie. La vuelta siempre se complica —en el bolsillo no C. con sus cuentos, sino el talón de los penúltimos dibujos de Clara firmado por Leonardo—, pues si bien el 18 o el 7 me dejan, como de costumbre, casi casi donde los cogí por la mañana, ya la lanzadera del 32 terminó con su faena (sólo de horas punta) y por los pelos subo al 51 y luego en Aldeire al microbús M-14, antes de abrazar a Félix, todavía empaquetado yo a conciencia de amarillo. Sé que puedo lastimarlo con este olor a caucho, asustarlo con la desfachatez de gurumelo de la boina (payaso, dice Clara muy bajito), pero de qué manera asombrosa juegan aquí su papel ciertas leyes del color y de la óptica, cómo la mirada de Félix, de tan azul, refleja el amarillo de mi prenda y me da a mí, que quiero ser su padre, la mezcla de unos ojos tan verdes como los míos, tan verdes como los míos, tan verdes como los míos.

De madrugada, a veces, me levanto, porque tendido junto a Clara, viendo su rostro en la penumbra, no puedo pensar en nada, apenas en los autobuses igual de quietos y callados en sus cocheras.

También me levanto hoy.

La urbanización es silenciosa, aunque menos que mi insomnio.

A ellos no los molesto. Desnudo, prendo un cigarrillo, contemplo desde la terraza las puertas de la urbanización, un poco más a la izquierda —vista desde aquí— la rampa para minusválidos, y sin querer comienzo a echar otra vez las cuentas: 84 milímetros cada uno, una cajetilla diaria treinta años, puestos en fila, qué locura o irresponsabilidad atraviesa la nicotina de este vicio; operaciones de ese tenor hasta la última calada, cuando regreso adentro y la brasa del cigarro ilumina muy brevemente la habitación y puedo ver juntos, hermanados en la misma percha, la boina, el impermeable y las pequeñas prótesis de Félix, descansando de nosotros por unas cuantas horas.

Enciendo entonces hoy la luz, tomo el libro de cuentos de C. de los estantes, y vuelvo sin darme cuenta a leer, ya no en el autobús.

La luz de más imágenes

EL CRISTIANISMO adoptó la imagen como recurso para favorecer la contemplación de las cosas sobrenaturales allá por el siglo III. Fue una apuesta fundamental, ya que abandonando el aniconismo de su original formación judaica, le sirvió para arraigarse culturalmente en Occidente. A partir de entonces la función de la imagen en su papel propagador de la fe ha pasado a ser consustancial al contenido mismo del mensaje evangélico. Desde las imágenes dispuestas en un códice como «iluminaciones», hasta los murales y retablos de un templo, las imágenes escultóricas de nuestro barroco, o el pequeño relieve contenido en un portapaz o en una custodia, han sido —con independencia de que continúen siéndolo— expresiones de sentimientos espirituales, medios para estimular la vida religiosa del cristiano y medios también de propagación de la fe.

EL SENTIDO DE UNA CULTURA

La exposición La Luz de las Imágenes, promovida conjuntamente por la Generalitat Valenciana y el Arzobispado, con la colaboración de otros organismos públicos y privados, se propone dar testimonio visual de cómo todo este concepto que acabamos de señalar ha tenido su particular desarrollo histórico en la diócesis de Valencia, o en otras palabras, de cómo el cristianismo, el mensaje del evangelio, se ha traducido culturalmente. Esta es la filosofía del programa expositivo y éste es el único sentido en que la muestra debe ser entendida. Es importante subrayar esto, pues resulta del todo impropio tratar de descubrir en ella un argumento teológico, o incluso un catecismo en imágenes, como desde determinadas instancias del clero valenciano parece que se ha pretendido. El objeto de la exposición La luz de las Imágenes no debe ser confundido con el que tenía un retablo medieval en el cual se disponían artísticamente los misterios de la fe para «iluminar a los fieles». Se trata de algo muy diferente: mostrar una selección de manifestaciones indicadoras de cómo la imagen ha sido dispuesta como artefacto cultural de la cristiandad valenciana a lo largo de la historia. Otros aspectos, como la iluminación e inteligencia de determinados aspectos de la historia del arte, de la historia eclesiástica valentina, o incluso la misma iluminación del mensaje evangélico como tal, hechos que también han sido contemplados en la organización de la exposición, sólo deben entenderse como subordinados a esta filosofía básica que hemos enunciado.

De acuerdo con estos fines, la muestra se dispone en diez áreas, combinando períodos históricos y temáticas específicas, las cuales han sido coordinadas por diferentes especialistas de Historia del Arte valenciano. El comisariado general ha corrido a cargo de Fernando Benito Doménech, Catedrático de historia del arte de la Universitat de València y director del Museo de Bellas Artes. Estas son las áreas expositivas:
• EL PRIMITIVO CRISTIANISMO VALENCIANO: LA EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA
• LA IGLESIA LOCAL Y EL OBISPO
• LA IGLESIA VALENCIANA EN EL MARCO DEL HUMANISMO RENACENTISTA
• CONTRARREFORMA Y BARROCO
• ENTRE EL BARROCO Y LA ILUSTRACIÓN
• LAS LUCES DE LA IGLESIA ILUSTRADA
• LA APORTACIÓN DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS
• LA EUCARISTÍA
• MARÍA Y LA IGLESIA DE VALENCIA: LA MARE DE DÉU
• LOS SANTOS VALENCIANOS

LOS ORÍGENES

La arqueología certifica la existencia del cristianismo en el País Valenciano durante el siglo IV. En la misma Valencia está probado por medio de tres piezas aquí presentes: el bol de vidrio de la Traditio Legis encontrado en la Almoina, un fragmento de sarcófago hallado también en la Almoina y el conocido Sarcófago de la Pasión y Resurrección que, con escaso fundamento, algunos eruditos del siglo XIX lo identificaron como el sarcófago de san Vicente Mártir. Por otro lado, las fuentes relativas a la pasión ocurrida en Valencia de este célebre mártir de la Iglesia universal, parecen testimoniar un incipiente cristianismo a comienzos ya de este siglo. El diácono Vicente, junto con el obispo Valero de Zaragoza, ciudad que ya disponía de una comunidad cristiana consolidada, fueron apresados y llevados a Valencia, para ser juzgados  y condenados al destierro. Esto tuvo lugar hacia el 304 ó 305. La muestra ofrece asimismo otras piezas arqueológicas que dan testimonio de la presencia cristiana en otros centros durante este siglo.

La presencia del cristianismo en el País Valenciano, tras el paréntesis de la dominación árabe, se nos manifiesta en escogidas piezas pertenecientes ya al siglo XIV. Entre otras, deben ser destacados el icono de la Virgen de Gracia, de la iglesia de San Agustín, la tabla gótica de la Virgen de la Humildad del Museo de la Catedral, o una pequeña y poco conocida piedad alabastrina conservada en el Monasterio de la Trinidad.

EL RENACIMIENTO Y EL ESPLENDOR DEL ARTE VALENCIANO

Pero es ya en el siglo XV cuando puede hablarse un arte valenciano propiamente dicho, vinculado a la presencia de la Iglesia en el Reino de Valencia. El siglo XV es así mismo el «Siglo de Oro» valenciano, manifestado en las artes, las letras y la prosperidad económica. Es el siglo del Cant Espiritual de Ausiàs March, del Tírant lo Blanc de Martorell, de san Vicente Ferrer, así como también de las conquistas italianas del rey Alfonso el Magnánimo y de los pontificados de los papas Borja: Calixto 111 y Alejandro VI. Todas estas circunstancias se combinan para convertir a Valencia en la ciudad más cosmopolita de la península, que se convierte en la puerta por donde se introducen, proyectándose también hacia el interior, las primeras influencias del Renacimiento italiano.

Dos piezas importantes de Gonçal Peris, aunque repartidas entre dos áreas diferentes de la exposición: la Verónica de la Anunciación y la tabla de San Clemente y Santa Marta, representan el impacto del flamenquismo en la primera mitad del siglo XV. Asimismo, del primer tercio del siglo XV, una de las más atrayentes piezas de la muestra es el Retablo de Nuestra Señora de Gracia de Antoni Peris. Las influencias flamencas habían sido ya implantadas en una primera fase con Marçal de Sax, y se asiste a una segunda mediante la influencia de artistas como Lluís Alimbrot, pintor que viene de Brujas, y Lluís Dalmau, un pintor valenciano que, enviado a Flandes por Alfonso V «El Magnánimo » en misión diplomática, conoce personalmente a Van Eyck. La pintura hispanoflamenca de Jacomart, presente aquí entre otras piezas en el San Miguel del Museo de Segorbe, procedente posiblemente de la Cartuja de Valí de Crist, o de J. Reixac, con la tabla de San Vicente Ferrer, procedente de su capilla en la Catedral de Valencia, encarnan ese siglo XV central en donde la influencia flamenca es intensa.

En 1472, el cardenal Roderic de Borja, el futuro Alejandro VI, trae de Italia a Paolo di Santo Leocadio y a Francesco Pagano para decorar con frescos la bóveda de la capilla mayor de la Catedral de Valencia. Perdidos ya éstos en las reformas barrocas, el mal conservado fresco sobre la Adoración de los pastores, recuperado del aula capitular, constituye hoy el mejor testimonio de esta presencia del Quattrocento en la catedral. No son éstos los mejores pintores italianos del momento, y desde luego los Borja podían en aquel momento haber invitado a Valencia al mismo Leonardo, pero debe entenderse que estos mecenas no eran italianos, y se comprende que no entendieran ni valoraran los cambios de mentalidad artística que se iban produciendo contemporáneamente en suelo italiano. Paolo di Santo Leocadio se estableció en Valencia, y más tarde en Gandía, y aún su hijo Felipe Pablo trabajará en tierras valencianas durante la generación siguiente. El nuevo estilo traído de Italia, presente en esta exposición en la excepcional tabla de la Virgen de Gracia de Enguera, es testimonio del nuevo gusto, que impactará sobre pintores hispano-flamencos como Roderic d’Osona, transformando completamente su pintura. De éste se muestra su San Miguel pesando las almas.

En 1506, abriendo un nuevo capítulo, llegan Yáñez y Llanos, los «Hernandos», pintores manchegos que estuvieron en Italia seguramente en el contexto de ese trasiego de contactos que entre ambas orillas se produjo en tiempo de los Borja. En Florencia podrían haber coincidido en un aprendizaje en torno a Filippino Lippi, y uno de ellos, probablemente Llanos, fue aquel Ferrando Spagnuolo que en 1505 trabajó con Leonardo en el fresco de la Batalla de Anghiari, alguno de cuyos ecos estilísticos se perciben en las tablas de las soberbias puertas de la Catedral de Valencia, restauradas hace poco. Yáñez debió disfrutar también de una estancia en Roma, y tal vez conociera las pinturas de Botticelli y los otros artistas que pintan en la Capilla Sixtina. Lo más destacado del estilo de ambos reside en los ecos leonardescos de sus tipos, que de forma casi tópica los cualifica, y que en Valencia significó una especie de puesta al día de acuerdo con lo que se hacía en Italia.

Se muestran también recién restauradas las tablas del Ciclo de san Andrés, de Juan de Borgoña, artista nórdico muy impregnado de italianismo, el cual aún está más acentuado en el Mestre de Sant Narcís, de quien se exponen las tres tablas con escenas de la vida del santo. Tras esto, vendrá el capítulo mejor conocido de Vicent Macip y Joan de Joanes, en quienes cristaliza el propio Renacimiento valenciano de los dos primeros tercios del siglo XVI.

CONTRARREFORMA Y BARROCO

Cuando el Patriarca Ribera llega a Valencia en 1569, con sus más de 12.000 habitantes, la ciudad es una de las más pobladas de la Península. Han pasado ya los áureos momentos de la Corona de Aragón como potencia europea, pero Valencia conserva aún de algún modo el esplendor de su glorioso siglo XV. El Patriarca entra en Valencia dispuesto a llevar a cabo profundos cambios, y encarna el espíritu mismo de la Contrarreforma. El plan simbólico de la capilla de su esmerada fundación, el Colegio de Corpus Christi, es claro: su planta de cruz latina —absolutamente inusual en la tradición valenciana en aquel momento— es una referencia al Cuerpo Místico de Cristo, e incluso el programa iconográfico de la decoración de los muros de la iglesia, encargada al italiano Matarana, está pleno de significación: su núcleo es el misterio de la Redención del hombre, en virtud de la entrega de Cristo con su Encarnación y su Muerte, y la actualización de este misterio a través del Sacramento de la Eucaristía. Se abre paso aquí con plenitud la estética contrarreformista de la imagen, la cual ha de servir como apoyo para la elevación espiritual y contemplación de los misterios de la fe. San Juan de Ribera logró al final de su largo pontificado de 42 años cambiar radicalmente la diócesis, en especial la ciudad, pues pasó ésta a ser, de una ciudad de vida licenciosa, otra en donde proliferaron los conventos.

Artísticamente es un período muy fecundo. Joan de Sarinyena es un destacado retratista protegido del prelado, y a quien se debe el preciso retrato «oficial» del Patriarca, así como el de otros personajes de su entorno: el de la mística franciscana Sor Margarita Agullona, o del carmelita Francisco del Niño Jesús, retratado bendiciendo a un joven en Sacra conversazione con la Virgen y el Niño.

En la primera década ya del siglo XVII irrumpe Francesc Ribalta en el escenario valenciano. Conoce al arzobispo Ribera, y éste le encarga el cuadro de altar para la capilla de san Vicente Ferrer en el Patriarca. La exposición muestra por primera vez en Valencia el dibujo preparatorio del lienzo. Su iconografía es precisa, y traduce directamente la experiencia del santo, relatada por el propio san Vicente, de su curación milagrosa por Cristo en Aviñón. Ribalta sabe traducir magistralmente en imágenes un encargo muy preciso del Patriarca, en un estilo que es aún grandilocuente y de colorido vivo. Pero éste no es aún el Ribalta de años posteriores.

La expulsión de los moriscos, fenómeno del que no fue ajeno el propio arzobispo, afectó de muchos modos la vida valenciana. En la exposición, está presente con el Embarque en el Grao, lienzo de Pere Oromig, que da testimonio visual y descriptivo del dramatismo del acontecimiento. Vivimos unos momentos en que la típica extraversión valenciana se derrama ahora en fervores religiosos, tales como la veneración del polémico padre Simó, muerto poco después que el Patriarca (1611) en olor de santidad. En tal ambiente, el estilo de Ribalta se vuelve más contenido, más místico, más hondo y menos aparatoso. En la definición de tal estilo fue fundamental, como se ha demostrado recientemente, la influencia de unas obras del italiano Sebastiano del Piombo, que permanecían en el palacio de los Vich desde que las trajera el que fuera embajador de Fernando Católico en Roma, don Jerónimo Vich. Estas habían ya impactado en personalidades como Vicent Macip, transformando su estilo. Presente en la exposición, está la Lamentación ante Cristo muerto, copia que hace Ribalta de la tabla central del Tríptico de la Redención del pintor italiano, tabla que hoy conserva el Ermitage de San Petersburgo.

Dos obras monumentales de Jerónimo Jacinto de Espinosa caracterizan el barroco valenciano pleno: la Visión de san Ignacio y la Última comunión de la Magdalena, obras magistrales correspondientes a dos épocas distantes de su trayectoria artística. La primera fue en su día la imagen que presidió el altar dedicado a san Ignacio, cuando en 1631 fue terminado el crucero de la iglesia de la Compañía. Como novedad, se presenta una obra inédita de Gaspar de La Huerta: el Milagro del Niño de Morella. Es éste un pintor muy representativo de la mal conocida segunda mitad del siglo XVII valenciano.

ESCULTURA POLICROMADA

Durante el siglo XVIII, artísticamente se producen progresivas novedades que guardan relación con una apertura hacia lo europeo. Se crea también la Academia de san Carlos. Un aspecto esencial radica en el triunfo de la escultura policromada, nada tradicional en épocas anteriores, ya que se prefería la pintura para mover la devoción. La Virgen del Sufragio de Leonardo Julio Capuz es una bella muestra de esta escultura en el primer tercio de siglo. Ignacio Vergara está también presente con un San José, san Andrés y santa Rosa de Lima, así como José Esteve Bonet mediante su San Vicente Mártir. La pintura está bien representada en todo ese gran arco que pasa por José Vergara, de quien se muestra una excelente Lamentación ante Cristo muerto, Evaristo Muñoz, José Camarón, Mariano Salvador Maella con su impresionante lienzo de las Exequias del beato Gaspar Bono y Vicente López con una bella Adoración de los pastores. Finalmente, uno de los aspectos más interesantes del área es el conjunto de proyectos academicistas para la remodelación de templos, como los de la renovación de la catedral de Antonio Gilabert.

GOYA Y MAELLA

El regalismo episcopalista del periodo ilustrado fue llevado a cabo en Valencia por los arzobispos Andrés Mayoral, presente en un retrato de autor anónimo, y Francisco Fabián y Fuero, retratado por Juan Bautista Súñer. Destacan personalidades eclesiásticas ilustradas de la talla de Francisco Pérez Báyer, también en retrato de autor anónimo. Es ésta una ocasión también para visitar la capilla catedralicia de San Francisco de Boija, donde pueden ser contemplados los dos monumentales lienzos de Goya sobre el santo: Despidiéndose de su familia y el Exorcismo del moribundo impenitente, que eclipsan el cuadro de altar de la Conversión de san Francisco de Borja, obra de Maella. Asimismo, podrá gozarse del hermoso lienzo de la Virgen de la Misericordia de Vicente López, procedente de la Casa de Misericordia de Valencia.

UNA BUENA OPORTUNIDAD

Este podría ser, en apretada síntesis, el eje historiográfico que puede ayudar a comprender una parte esencial de la exposición. Ya ha sido señalado que existen áreas temáticas, como la Eucaristía, la Virgen, los santos, las órdenes religiosas, o la Iglesia local, que centran sus temas respectivos con sentido histórico, pero en función de su propia lógica. En general, puede calificarse ésta de una exposición muy coherente de acuerdo con los fines que se ha propuesto. Desde luego, no se ha de ver como un compendio del arte valenciano, porque no cabe sinterizar la riqueza de éste en una exposición, por muy grandiosa que se conciba. El visitante podrá disfrutar, eso sí, de unas muestras del riquísimo patrimonio artístico valenciano, muchas de ellas dispersas o poco conocidas, como es el caso de piezas de orfebrería, o algunos códices de la riquísima colección del Archivo de la Catedral, y en todo caso, de una selección de obras pertenecientes a un patrimonio artístico que, en general, ha sido muy maltratado por los diferentes avatares históricos.

José María Eguren

EL 2 DE ENERO DE 1999 mi amigo Enrique Andrés Ruiz me escribió una carta que está en el origen de estas líneas. Me comentaba que hacia el otoño del año en curso iba a organizar una exposición en la que pensaba «reunir a la plana mayor de los pintores españoles figurativos de la última década».
El hecho es que dicha exposición llevará por título Canción de las figuras, y que ese rótulo se lo ha prestado a Enrique un poeta peruano formidable llamado José María Eguren (1882-1942).


A Enrique le fascina ese poeta. Dice textualmente en su carta: «Eguren, una especie de Rubén Darío minimalista, es uno de los pocos poetas que eché en falta en tus Cien mejores poesías de la lengua castellana, de Austral, y por eso te lo propongo para la sección de NUEVA REVISTA». Dicho por ti y hecho por mí, querido Enrique. A mí también me gusta mucho Eguren. De los tres poemas suyos que prefiero —«Juan Volatín», de Simbólicas (1911); «Efímera», de Canción de Lis figuras (1916), y «Los gigantones», de Rondinelas (1929)—, he elegido «Efímera» por aquello de que pertenece al libro cuyo título va a presidir la exposición que prepara mi admirado corresponsal. Lo copio de la edición de Gema Areta Marigó (Madrid, Visor, 1992, página 100).


 


EFÍMERA


Da vespertino rayo la zarca luna,
ronda efímera verde por la laguna.


Por las aguas doradas dichosa vuelas
celebrando la vida con tarantelas.


Ya miras las luciólas de los jardines
y en ribereñas casas los lamparines.


Y en tu vuelo, soñando, buscas la orquesta
de la luz nacarina por la floresta.


No temes las cercanas plomizas lluvias
y en la laguna gozas las fiestas rubias.


Y desoyes la culpa de las ninfeas
por los juegos de amores que centelleas.


En tus celos las alas tiendes veloces
a la naciente imagen que desconoces.


Tú, ideal tempranero que el mundo invoca,
dejas tanta hermosura por fuga loca.


Y sueñas instintiva o iluminada
en la luz de la muerte ¡Flor de la nada!

Bioética, derecho y sociedad

bdys.jpgSe presenta esta obra, recopilada por la profesora de Filosofía del Derecho María Casado, como una invitación a la reflexión desde la convicción de la unidad y libertad de nuestro género. Aborda algunos de los aspectos fundamentales de la Bioética en nuestra sociedad, desde tres artículos de fundamentación, otro sobre los comités nacionales de Bioética, tres más que hacen referencia a problemas sanitarios de relevancia bioética, como el que se refiere al consentimiento y la libertad de terapia, la objeción de conciencia y el secreto médico. Finalmente, se incluyen tres trabajos sobre lo que la recopiladora denomina «problemas metasanitarios », de los cuales uno se refiere a la cuestión marginal de la experimentación con animales y dos son claramente políticos, en un sentido riguroso del término; uno incluye una apuesta por la liberalización de las drogas, y el otro contiene interesantes reflexiones sobre las políticas demográficas.


Ya desde el primer trabajo, el de Ramón Valls, se plantea el loable propósito de fundamentar una Bioética apta para nuestra sociedad pluralista, pero también se observan las deficiencias de algunos de los instrumentos utilizados. Así, el primer trabajo no consigue explicar cómo desde una tradición propia, en este caso la kantiana, se puede construir una Bioética que no sea parcial sino plural, mediante un sistema que no sea el de reducir a las tradiciones rivales al silencio práctico, en su trascendencia social. En este sentido, caricaturiza las posiciones rivales, y además, aunque hace una adecuada descripción de la modernidad, omite toda referencia a la crisis posmoderna, a la vigencia del emotivismo moral práctico y a la dificultad de plantear desde el mismo soluciones éticas de vigencia social.


Francesca Puigpelat incide en la adecuación del método jurídico para la solución de problemas bioéticos de trascendencia social y política. Analiza las posibles soluciones, desde la perspectiva constitucional, de los conflictos de valores, y sigue, en buena medida, las propuestas de Ronald Dworkin, poniéndolas en relación con nuestra actividad constitucional. El artículo revela las ventajas de la postura del norteamericano, pero no puede sino mostrar algunas de las limitaciones del método, que se plantean a la hora de optar, en una decisión j urisdiccional concreta entre valores en conflicto. Se puede tener la sensación de que la opción que se adopta acaba siendo siempre arbitraria o, en todo caso, que atiende fundamentalmente a la fuerza de los intereses en juego.


La profesora de Barcelona se alinea en el tratamiento jurídico de estos temas con la solución jurisprudencial. Es decir, con la idea de que se construya una jurisprudencia de solución de temas bioéticos, previa a la legislación del Estado sobre la materia. Esta solución, frente a la pronta legislación en los aspectos más innovadores, parece ser hoy en día mayoritaria en la doctrina española. Sin embargo, no pueden omitirse las ventajas de la legislación en cuanto a la seguridad jurídica, a la necesidad de proteger derechos fundamentales y a la opción por mantener el debate político a través de la representación popular. Desde esta perspectiva, la solución, o mejor dicho, no-solución norteamericana en materia de aborto resulta muy reveladora.


María Casado traza un muy buen retrato del estado de la cuestión, en lo que se refiere a los retos que plantea la investigación y práctica biomédica para los tratadistas de los campos de las ciencias sociales y, en particular, de la Filosofía del Derecho.


Del resto de los capítulos merecen destacarse el de Guillermo Escobar Roca sobre la objeción de conciencia del personal sanitario, y el de Graciela Sarrible, titulado «Etica y población: las políticas demográficas». Este último parte de las falsedades de las previsiones malthusianas y del manejo que se hace de las políticas demográficas para controlar a terceros países, ante el temor de su crecimiento demográfico. También incide en la actuación de los lobbies malthusianos en organismos internacionales y en la relación que existe entre las políticas demográficas y los derechos individuales, cuestión esta última de gran actualidad, por su incidencia en aquellos países que practican una política de nulo respeto a los derechos personales, como es el caso de China.


En su trabajo «Reducir el daño o combatir el mal: un análisis del debate sobre las drogas», Víctor Méndez Baiges maneja los tópicos abolicionistas de la legislación penal en materia de tráfico de estupefacientes.  El autor parte del supuesto de que la prohibición de las drogas se debe, casi exclusivamente, a un juicio moral negativo sobre su consumo privado. De nuevo vincula esta prohibición con la del alcohol en Estados Unidos, e incluye una referencia, no precisamente crítica, a la agresión colonial inglesa de «la guerra del opio». No contempla, en consecuencia, el paso desde la tolerancia a la prohibición, ni los efectos sociales de las épocas de tolerancia práctica de este consumo, especialmente lo sucedido en nuestra sociedad durante los años ochenta. Evita, además, tratar en profundidad un problema capital como es la incidencia, no del tráfico, sino del consumo de drogas en la delincuencia. Sería, en este sentido, muy positivo que tuviesen en cuenta las memorias de la Fiscalía General del Estado. Tampoco resuelve, en última instancia, la gran aporía liberacionista. Esto es, que no se podría actuar sobre la decisión libre de consumo de drogas gravemente adictivas, pero que sí se debe considerar este consumo a la hora de disminuir o excluir la responsabilidad penal. Por otra parte, la comunidad tiene la obligación de dedicar enormes esfuerzos a la recuperación de los drogodependientes.


JOSÉ MIGUEL SERRANO
RU1Z-CALDERÓN

La crisis del captalismo global

El famoso financiero está cubierto de dinero, pero está desnudo de ideas. Se inventa un fantasma y sostiene: « El fundamentalismo del mercado es una amenaza mayor para la sociedad abierta que cualquier ideología totalitaria».

Afirma que los mercados financieros son inestables, pero cree que las regulaciones no tienen nada que ver con ello y no titubea en pedir más intervención: «El mantenimiento de la estabilidad en los mercados financieros debería ser el objetivo de la política pública». En ningún caso explica que no es casual que el mercado financiero sea inestable y el de los helados de fresa no. Las finanzas están ampliamente reguladas y protegidas en todo el mundo, pero la confianza de Soros en las autoridades es total: «La ruptura del sistema capitalista global podría impedirse en cualquier momento mediante la intervención de las autoridades financieras internacionales».

A pesar de que propone «una especie de banco central internacional », en ninguna parte alude a la fecha crítica de agosto de 1971, y a la pérdida del ancla del oro. Su sugerencia pasa por una Corporación Internacional de Seguro del Crédito, que inyecte dinero en el Tercer Mundo, y que ampare la capitalización de su deuda. No está claro que eso resuelva la inestabilidad del sistema, que es el motivo del libro.

Su ceguera frente a las debilidades del Estado es paralela a su ignorancia a la hora de describir el liberalismo, al que presenta obstinado en creer que los mercados son perfectos y que «la búsqueda sin trabas del interés personal produce el mejor de los mundos posibles». Por supuesto, nunca el liberalismo ha defendido esa búsqueda sin trabas. Lo interesante del caso es que Soros recurre a nociones como las consecuencias no deseadas o las limitaciones del conocimiento humano, que forman parte relevante del pensamiento liberal.

Si la economía de Soros es deficiente, tampoco es diestro en ética o política. Moralista a la violeta, se queja de «la malsana sustitución de los valores humanos intrínsecos por los valores monetarios… uno de los grandes defectos del sistema capitalista global es que ha permitido que el mecanismo del mercado y el afán de lucro penetren en esferas de actividad que no les son propias». Como suelen clamar los intervencionistas, transmite la idea de que el gasto público se ha recortado radicalmente: una pura fantasía.

Afirma que, como el mercado no es una comunidad, entonces la moral es un estorbo, los valores se subvierten y los peores aparecen en la cumbre. Es curioso que la realidad parezca ser justo la contraria. La civilización progresa precisamente cuando los seres humanos dejan la tribu y entablan relaciones más extendidas en los mercados, pero nunca quebrantando la moral. En los mercados la moral se fomenta: en el mercado importa mucho si un agente miente o estafa, entrega un buen producto o presta un buen servicio. En cambio, en el mundo de la intervención del Estado, la moral cuenta menos, y cuenta más el cabildeo, la obsecuencia y la mentira. Soros piensa que el liberalismo económico socava la democracia. No lo parece. En cambio, el intervencionismo sí, porque exige mayor poder político y un debilitamiento de los checks and balances característicos del Estado de Derecho.

El intervencionismo suele comparar la realidad del mercado con los resultados de un mundo intervenido ideal: «En la toma de decisiones colectivas debemos anteponer el interés común a nuestros intereses individuales… en lo que se refiere a las decisiones colectivas, deberíamos guiarnos por los intereses de la sociedad en su conjunto y no por nuestros intereses personales estrechos » . El Estado, por supuesto, es un ente benéfico y perfecto; no tiene ningún problema de hipertrofia, puesto que su ámbito apropiado es «decidido por el pueblo».

Como se inventa categorías nuevas para expresar ideas viejas, el libro es difícil de leer (y la traducción  no ayuda). Su falta de rigor es siempre visible, y nunca como en la página 61. Dice al principio: «Existe la creencia generalizada de que los asuntos económicos están sometidos a irresistibles leyes naturales comparables a las leyes de la física». Y quince líneas más abajo: «Todo el mundo sabe que el análisis económico no tiene la misma validez universal que las ciencias físicas».

En fin, Soros eventualmente da en la diana: «Me pregunto si usted estaría leyendo este libro si yo no me hubiese labrado una reputación como mago de las finanzas». Buena pregunta, sí señor.