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Ver productosLA EXISTENCIA de una sociedad más interesada en el conocimiento, dominada por la noticia inmediata, informada hasta detalles a veces innecesarios, desinformada, con cierta frecuencia, de los enfoques claves para entender algunos planos de la verdad, es el punto de partida de este debate sobre la difusión de la información. Se puede afirmar rotundamente que esa sociedad existe, acotada, es verdad, como una realidad parcial en el mundo occidental, pero que alcanza aproximadamente a algo tan significativo como una quinta parte de la población total de nuestro planeta.
EL HUEVO O LA GALLINA
Cuando algún rasgo cultural ha llegado a ser compartido por un grupo humano tan grande, que además posee una enorme capacidad de influir de forma tan notable en el resto, debemos ser muy respetuosos con los juicios que, sobre él, emitamos. Desde la prudencia y apoyándonos en el símil teatral, se puede afirmar:
• Que existen unos actores protagonistas y otros secundarios de esta obra que se titula Sociedad de la información.
• Que se dispone de los contenidos que rellenan el guión: la vida y sus múltiples fuentes de datos, los conocimientos científicos, las actividades cotidianas, el comercio, la creación artística e industrial, el medio ambiente y las condiciones de subsistencia, y un largo etcétera.
• Que para que la acción teatral se ponga en marcha, se necesita de un medio que permita la transmisión de los contenidos, la interacción entre los actores, las personas de esta sociedad.
Estos tres elementos, además de un discreto director de la obra y sus ayudantes para las labores de decoración, iluminación, etc., de los que me ocuparé posteriormente, parecen suficientes para comenzar la función.
Mientras que los dos primeros elementos existen, con carácter previo a la aparición de la obra, el tercero, el medio donde debe desarrollarse la acción, debe construirse desde la voluntad de los hombres, pues no está entre los dones de la naturaleza humana la capacidad de comunicarnos, de forma generalizada y universal, entre los distintos habitantes de nuestro planeta.
En términos más técnicos, se necesita la infraestructura que permita la circulación de las informaciones que interrelacionan a los actores a través de los contenidos. Esa infraestructura es de costosa realización, tanto en tiempo como en recursos económicos, que exigen, a su vez, decisiones de inversión que superan de forma notable la capacidad individual de los ciudadanos y que entran de lleno en el ámbito de las competencias de los mecanismos que las sociedades avanzadas se han dado para la mediación: las entidades municipales, regionales o estatales. El desarrollo de las infraestructuras de comunicaciones es, por tanto, uno de esos aspectos que los presupuestos de esas entidades deberían incluir como elementos de actuación regular.
Aclarados los tres elementos y sus orígenes, cabe ahora preguntarse sobre su situación en el tiempo, su posicionamiento relativo. Para que los actores, que ya existen, compartan contenidos que se generan de forma cuasi espontánea con la acción diaria de los humanos, es imprescindible que se creen las infraestructuras, elementos costosos y que llevan más tiempo. Pues bien, para que las infraestructuras sean realidades operativas, se necesita de la industria, ese actor aparentemente alejado del mundo de la información, inmaterial por principio. La actividad industrial permite el desarrollo de la sociedad de la información, mediante la acción callada y escondida de hacer viable el trasiego de los contenidos. Relegada a la misión de herramienta, resulta imprescindible para la eficiencia del proceso.
Tenemos, por lo tanto, una secuencia temporal según la cual, si queremos empujar una potente sociedad informada y con capacidad de informar, deberíamos formular sus objetivos y, con seriedad y responsabilidad presupuestaria, planificar al mismo tiempo el despliegue de las infraestructuras que harán viable el cumplimiento de los objetivos. De esa forma, el debate que el vulgo se plantea sobre qué fue antes, el huevo o la gallina, se puede resolver, para este entorno, con la afirmación rotunda de que es necesario plantearse la sociedad de la información y las infraestructuras que la soportan de forma coetánea, coherente y compartida por los actores financieros, industriales, etc.
EL PROBLEMA DE MODELAR LA MATERIA
Partiendo de que los responsables de la expansión de la sociedad de la información hayan acertado en no descompasar las distintas fases del cronograma anterior, se debe ahora poner claridad en los distintos ritmos de los diferentes procesos. La actividad industrial que permite llenar de equipos y servicios los distintos elementos de la infraestructura imprescindible exige unos plazos para la concepción, diseño, fabricación, instalación y puesta en marcha de las instalaciones, plazos muy superiores a los que se consideran razonables en la satisfacción de la demanda de informaciones. El plazo de difusión de la idea es muy rápido, la generación de la necesidad, casi inmediata, pero no se puede comprimir mucho el tiempo para hacer realidad la prestación del servicio.
Por las razones antes citadas, la industria debe conocer con la máxima antelación posible las planificaciones de los gestores que están convencidos de que es imprescindible expandir la sociedad de la información. Esta necesidad resulta especialmente sensible cuando se concreta en las labores del diseño de nuevos equipos o servicios que permitan a las industrias del sector aportar soluciones avanzadas que aseguren su posición competitiva en los mercados mundiales. Más sencillo es limitar la actividad industrial a las labores de fabricación, compra o integración de productos de terceros, con el único fin de asegurar la operación de la infraestructura. Lo que se gana en disponibilidad se pierde para la industria participante en oportunidades de generar productos, riqueza; en definitiva, capacidad de actuar.
Tenemos, por lo tanto, dos niveles de compromiso temporal: el que nos lleva a adelantar las infraestructuras para hacer posible la función, y aquél que nos sugiere anticipar, más si cabe, la labor de concepción de las necesidades para que los industriales puedan concebir las mejores soluciones para las exigencias del guión.
Traducido a la realidad de nuestro territorio y nuestros ciudadanos, los responsables de la expansión de la sociedad de la información deberían, además de incentivar —mediante la promoción cercana a los usuarios finales— las ventajas de la sociedad informada, formular con anticipación las planificaciones que permiten el despliegue de infraestructuras, con aportaciones innovadoras de las industrias cercanas que obtendrán, de esa forma, ventajas competitivas en el contexto mundial e interconectado en el que nos movemos.
LA ECUACIÓN EXPECTATIVAS-REALIDADES
La facilidad con que se difunden en el mundo actual las ventajas de una sociedad informada es notable. Muchas personas que no han utilizado nunca un ordenador conocen sus posibilidades. El cine y la televisión han acercado escenarios futuros. Están, por lo tanto, creadas las necesidades y las expectativas, elementos necesarios para que el despliegue de nuevas oportunidades se haga realidad.
Cuando estos potenciales usuarios de esa sociedad informada deseen convertirse en protagonistas deberán poseer las soluciones acordes con las expectativas, salvo que se quiera fomentar procesos de frustración. Este riesgo puede ser muy peligroso, si no se tienen en cuenta las necesidades de infraestructuras necesarias con la anticipación suficiente.
En el caso español, donde el desarrollo de la sociedad informada está seriamente retrasado en relación con los países de nuestro entorno cultural, la ecuación expectativas- realidades se ha saldado, hasta el presente, con muy graves déficits y elevados niveles de frustración. La calidad de las redes que permite la conexión Internet para los usuarios privados, excluidos los grandes grupos, que han instrumentado soluciones propietarias, ha sido muy cuestionable, planificada con una cortedad de aspiraciones, limitada por los problemas de la competencia de la liberalización, cortapisada en el fondo por intereses no-generales. Todo ello ha llevado a que se convierta en el ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas cuando uno quiere adelantarse a los acontecimientos.
Situaciones como la caída de Infovía Plus, los costes de las llamadas fallidas, los tiempos de respuesta de la red, la atención prestada a los usuarios en los casos de reclamación, son elementos desalentadores de un modelo de crecimiento de la sociedad de la información que desgraciadamente se pueden repetir si, de cara a los nuevos retos, no se tiene más en cuenta la necesaria coordinación entre industrias, prestadores de servicios y usuarios.
LA INDUSTRIA COMO RECEPTOR DE INFLUJOS
Hasta ahora he tratado de explicar la necesidad de anticiparse en las planificaciones para que la industria pueda cooperar, de forma positiva, en el despliegue de la sociedad de la información a través de su participación en las infraestructuras. Merece la pena detenerse ahora en el relevante papel de la sociedad de la información en el desarrollo de la propia actividad industrial.
Dos son los enfoques que, de forma inmediata, asoman bajo esa perspectiva: los cambios en las técnicas de gestión y organización de las industrias y los nuevos mercados.
En lo que se refiere a los cambios en las técnicas de gestión y organización, hay que señalar que las empresas han vivido, históricamente, orientadas hacia la protección obsesiva de sus rasgos y modelos de gestión. Con la instalación de la red de redes, los referentes organizativos se alteran: los gestores deben poseer nuevas habilidades, los viejos paradigmas se caen y las oportunidades se multiplican. Resulta muy relevante el cambio cultural que se exige a los nuevos gestores industriales, como consecuencia del hecho de disponer de una ventana de entrada en muy distintos y profundos focos de información, mostrados de una forma y a una velocidad impensable hace bien poco tiempo. ¿Cómo se puede gestionar hoy con eficacia una industria sin tener íntimamente asumidas las ventajas del correo electrónico, la oficina portátil o el acceso a Internet? ¿Se pueden rechazar, bajo cualquier perspectiva, las ventajas de publicidad implícitas a la presencia en el entorno WWW para aquellas empresas que quieren vender algo al exterior?
Es cierto que todavía hay gestores que rechazan estas herramientas, con la falta de perspectiva que ello implica. Se trata sólo de un problema temporal con fecha de jubilación, pero que sin duda está afectando negativamente. Para resolver la cuestión, las empresas deben ocupar un lugar avanzado en la formación de sus equipos humanos y en el equipamiento de sus instalaciones informáticas. En el caso de las PYMES españolas, el camino es todavía largo y los retos que plantea muchos.
Un segundo enfoque que altera la razón más íntima de las empresas industriales, resultado de la sociedad de la información, es el que afecta a la composición de los mercados de oferta. Las industrias fabricantes de equipos para el mundo telemático se caracterizaban por su alto grado de tecnificación y una cartera de clientes relativamente reducida, fruto de la acotada demanda que suponía un mundo de usuarios limitado por la extensión de las redes. Con la universalización de Internet y la aparición de un mundo con millones de usuarios, el principal reto que se ofrece a las empresas, sobre todo a las PYMES que quieran participar en el reparto de las inmensas oportunidades generadas, es la necesidad de cambiar de perspectiva sobre el mercado de destino, inventar el canal de distribución, redefinir sus procesos de producción, etc.
Ese mundo de la sociedad informada hace posible la aparición de múltiples oportunidades para las empresas con capacidad de innovar, algo que al mismo tiempo genera nuevas dificultades, pues hace desaparecer barreras de protección que antes justificaban la existencia de empresas de carácter local, de bajo valor añadido en producto, pero cualificada prestación de servicios. Hoy en día se pueden facilitar prestaciones de ingeniería, telemantenimiento, ayudas a la configuración, realización de proyectos, etc. sin necesidad de desplazar personal, a costes muy competitivos, basados en estructuras centralizadas de altísimo rendimiento.
LA PYME ANTE LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN
A estas alturas de la exposición, cabe suponer que se comparten las necesidades de anticipación para el suministro de las soluciones industriales y que se conocen los influjos que del desarrollo de la sociedad informada se derivan para las empresas fabricantes. Merece la pena terminar esta reflexión con una parada en el mundo de las oportunidades y retos que tienen planteadas las PYMES.
La incorporación de sistemas de información a los entornos industriales es una necesidad reciente. Las soluciones que se ofrecen desde el segmento de oferta están orientadas hacia las grandes corporaciones, a precios que no se ajustan a las calidades recibidas ni están al alcance de las economías de las menos poderosas. Por lo tanto, existe una falta de oferta adecuada, que debe ser rellenada por la iniciativa de empresas de software que entiendan el problema y la necesidad del segmento PYMES de no quedar descolgado de la sociedad de la información.
La existencia de soluciones que integren Internet, comercio electrónico, gestión de subcontratistas, servicios de asistencias remotas, etc. es una necesidad que se hace más patente cuando los operadores de telecomunicaciones declaran estar plenamente orientados al servicio a las empresas y, por lo tanto, al segmento que representa el 90% del mundo de referencia, las PYMES.
No sé cómo se debe resolver esta importante falta de oferta, pero parece conveniente apoyar este tipo de actividad desde los organismos que se encargan de incentivar los productos emergentes.
Existen también otros planos en los que la sociedad de la información influye. Algunos que cabe adelantar son:
1 • La importancia creciente de la imagen corporativa y la utilización de los medios disponibles para difundir los logros, las innovaciones y las ofertas a los mercados.
2 • Los cambios en los soportes documentales de los productos, manuales de usuario, informaciones técnicas, etc.
3 • El incremento de las oportunidades de cooperación entre empresas, con independencia de la situación geográfica, para ofrecer soluciones integradas de alto valor añadido.
4 • La posibilidad del teletrabajo como elemento superador de las restricciones de espacio, empleo cualificado, etc.
5 • La reducción de costes indirectos y la mejora de los costes de los servicios que se derivan de la liberalización del mundo de las comunicaciones.
6 • Las posibilidades de la formación continua y la mejora del proceso de desarrollo profesional, que permite el acceso a los conocimientos antes reducidos a los entornos más reservados de las grandes corporaciones.
7 • La cooperación con el mundo universitario, abierto desde las redes del conocimiento, a la participación con la empresa en nuevas aventuras de investigación y desarrollo.
La industria, ese elemento que ha permitido el desarrollo de la sociedad del bienestar característica del siglo que termina, no ha cumplido, contra lo que auguran algunos, su ciclo protagonista. Por el contrario, sigue siendo una pieza clave que asegura —eso sí, ahora desde una apasionante colaboración con el nuevo mundo de los servicios, y desde esa nueva sociedad de la información— el que las empresas puedan seguir manteniendo e incrementando el ritmo de mejora de productividad de las últimas décadas. De esa forma será posible la expansión de las condiciones de vida del mundo desarrollado al resto de las áreas de un planeta en el que todavía hay, a pesar de las luces, demasiadas sombras.
Antes de que los profesionales de la crítica cumplan con poco más que su obligación (ya lo habrán hecho, probablemente, cuando aparezcan las líneas que siguen), antes de que la rueda de las recensiones complete una vez más la previsión bastante férrea de sus giros; antes, en fin, de ver repetidas las explicaciones y comprobar que la pereza ha vuelto a recurrir a un puñado de anotaciones bien conocidas (y generalmente acertadas) para acabar a la postre quitándose de encima la circunstancia de que un poeta mayor y una poesía mayor de nuestro fin de siglo presentan la selección de su trayectoria en los últimos veinticinco años, uno quisiera ser Víctor Hugo para decirle a un nuevo Baudelaire: «Vous créez un frisson nouveau».
Pero ese saludo tiene, claro, una mitad imposible. No es imposible, sin embargo, añadir algo, decir algo más, intentar por un instante volver a ser tan sólo el lector estupefacto y asombrado que en 1985 leía «La herida», «Conversación», «La película», «El otro barrio de Salamanca», la «Serie negra» y, sobre todo, el «Encuentro del autor con Fernando Arozena», a la aparición de ese libro tan celebrado entonces como exclusivamente celebrado después que fue La caja de plata. En verdad se trataba —lo recuerdo ahora, y como decía Riquer de alguno de sus gozos lectores, sólo desearía no haberlo sentido nunca todavía— de un nuevo escalofrío, muy nuevo y muy antiguo, muy de un tiempo por llegar y muy de otro tiempo que parecía volver a visitarnos desde el remoto país en el que creíamos olvidados los viejos vuelcos del alma que nos hicieron un día sentirnos amigos de la poesía y leales a su causa. La poesía volvía entonces con su novedad de siempre, con su actualidad —que no era otro el sentido con que Baudelaire pensaba distinguir lo moderno—, con ese carácter fatal por el que viene a coincidir siempre con el sonido del tiempo y al que sirven más bien de poco las violencias teóricas y el voluntarismo especulativo sobre lo que debe y no debe hacerse, a los que nos tiene tan acostumbrados la rancia modernidad del canallismo amoroso, y los de después, en los que volvieron a cobrar vida los personajes de las lecturas helénicas o germánicas, policiacas o góticas, sus criaturas se reúnen en una especie de dramaturgia que aspira a representar el mundo —el Mundo—, más que el mundo del poeta. De ahí la vocación católica, ecuménica, universal, general, de toda su poesía, que no tiene mucho que ver con advocaciones religiosas, evocadas, por lo demás, muy melancólicamente, como si fueran «una luz que se apaga», en maravillosos poemas de su último libro. Y eso ocurre precisamente porque el poeta es un defensor, un épico y caballeroso defensor de la civilidad más que de la naturaleza, un adalid de la cultura y del lenguaje como centros de la sustancia que nos pone en pie, la que nos hace, mucho más de lo que nosotros podamos hacerla; un clásico que sacrifica la originalidad personal a la continuidad y repristinación del legado que nos constituye, que nos convierte única y específicamente en hombres, como se encarga de declarar en ese espléndido «Debajo de la piel». El poeta firmaría, pues, aquel epigrama en que Goethe retrataba a «Los originales» («… no hay muerto al que algo le deba. /…/ Soy necio a nativitate / sin que nadie culpa tenga») y también, como ideal, las palabras de su gran traductor, Cansinos, cuando decía del propio Goethe que era «un pájaro que se anima a cantar oyendo a otros y que difícilmente cantaría en un desierto». Ahí estriba, creo, la posibilidad de una poesía eminentemente social, política incluso (por eso es épica), que por primera vez no es una poesía de protesta. Y por esa falta del sentido moderno de la propiedad estética y por la falta del «complejo psicopático de la preocupación de la pureza», siempre pienso en Goethe como en el faro real y modélico de la poesía de Luis Alberto, más aún que en Borges, con el que ciertamente comparte aquella economía de agregación, la claridad inteligible y la autonomía particular del poema; más aún que en Rubén, con el que comunica sin duda su libertad, su flexibilidad para decirlo todo, para hablar de todo, su impureza, ajena a cualquier enfermedad del lenguaje, y al que siempre he visto homenajeado, por recuerdo de «Al rey Óscar» («Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire…») en el maravilloso poema que ahora se titula «La despedida».
Goethianamente, Luis Alberto de Cuenca imita creando, se anexiona provincias (así se llamaron, en tiempos de Goethe, las parcelas de la expresión y del conocimiento), y lo hace como lector antes que como poeta, las hace productivas —por reacción— en su propia síntesis, en esa síntesis que a despecho del egoísmo personal del artista, es capaz de dar cabida —«preferiría beber en todos los vasos», decía Cansinos— a Homero y a Juan Eduardo Cirlot (recordado explícitamente en «El prisionero»), a Bertrán de Born y a Manuel Machado, a William Beckford y a Gilgamés, a Horacio y a la Flor Azul de la poesía inglesa. En ese escenario, las criaturas, vivas por el amor al detalle y a la particularidad, no desdicen su condición de personajes, como si el mito, el tipo y el arquetipo que representan fuera la única condición para la esperanza de su felicidad en este mundo. Fuera de allí, el aire se hace irrespirable y letal; fuera del cielo de la literatura, de la imaginación, del coraje de las palabras, no hay sitio más que para la angustia y la soledad que asedian al poeta y a sus criaturas en los momentos en que se hace necesario uno de esos poemas de ánimo entre los que se encuentran muchos de mis preferidos: «Optimismo», versión del culto Lucilio, o «Álzate, corazón», que lo es del encorajinado Arquíloco, o el impagable y cordialísimo «Volveremos a vernos», o el reciente «Vive la vida».
Como decía Santayana, en nuestro tiempo «la religión y el arte han perdido las alas. Han olvidado la vieja máxima de que debemos copiar para ser copiados y recordar para ser recordados», y todo por haber primado las derivas sobre las identidades, las marginalidades y los exotismos (incluido el misticista) sobre la unidad medular de todas las épocas, para la que toda realidad —y esa es la realidad del mito— es sentida y vivida, y así ha sido para todo clasicismo, como contemporánea. Para un talante clásico, y Luis Alberto de Cuenca es nuestro clásico, escribir claro equivale a pensar con la exactitud que percibe la nitidez de las diferencias, y esa escritura resulta inseparable del amor al oficio, al aprendizaje, a la intención voluntaria de escoger y distinguir, de decir y representar, y también inseparable del amor a la superficie de la vida (el clasicismo es un arte de la superficie), de ahí que nuestra banalidad y la de nuestro tiempo, cuyo espejo son muchos de estos poemas, sea tan trascendente, y todo ello contra los cielos y los abismos en los que se complace ese incierto, abstracto, patético y afásico «creador profundo » que suele ser el impotente y arrogante artista de nuestros días.
Nihil novum, decía el Eclesiastés, un libro escrito «desde el fondo / de una fosa, en el zulo de la vida», un libro que Luis Alberto prefiere, por su dolor y por su angustia, al Cantar de los cantares y a su idealidad de amor literario. Y nihil novum parecen decirnos desde el otro sueño, el sueño de despiertos, el sueño de los ojos abiertos, en cuya tersa y diurna claridad —que contribuye a subrayar aún más la extrañeza, el inagotable asombro, el enigma, en fin, que se siente ante la vida— habitan las criaturas de estos poemas, incluida la suicida Isabel; Rita, la antigua novia muerta; la bruja de Madrid; Sonja la Roja; el perro Nicanor; Joker, al que conocí dando saltos en la plaza de Colón; Carmen, que soporta su martirio y es sorprendida como los demás en el instante que Goethe llamaba pregnante, grávido de emoción narrativa; incluido también el propio poeta, que se transfigura como el resto del reparto en sujeto de la ficción. Un nihil novum al que sólo una poesía muy antigua y siempre actual puede convertir en el omnia nova (no sé por qué recuerdo ahora los papeles de Sánchez Rivero) que la incesante primavera del mundo exige de un arte que se quiera más largo que la vida.
El amor, y la vida, son todo menos literarios, pero sin su representación, sin la esperanza que anima desde la confianza en nuestro lenguaje el imposible de su salvación, no sería ni concebible siquiera la nuestra como especie. Por eso, por remachar en eso, un buen día se me ocurrió emparejar a Dis Berlin, un pintor celebrado por aspectos de su pintura que siempre me suscitaron un paragone con la poesía de Luis Alberto: su figuración, su síntesis abarcadora de referencias, su sentido de la absoluta contemporaneidad de todo, su afán de minuciosa nitidez, su querencia hacia Chirico (el sueño de despiertos de los metafísicos italianos), hacia cierto pop dandy (siempre imaginé «Gudrúnarkvida» o «La malcasada» pintados con el pincel frío de Alex Katz), hacia los tebeos, hacia la novela gótica… El resultado del encuentro fue el fotomontaje astral y diáfano que ilustra la cubierta de Los mundos y los días. Dentro de este libro —permítaseme haber sentido esa mínima complicidad— están los poemas de quien mejor ha conseguido renovarnos la emoción ante el escalofrío de encontrar un verso en el que se dice «amor mío».
Un conocido profesor alemán acostumbra a olfatear las páginas de un libro recién publicado para hacerse una primera idea sobre su calidad. Luego lo toca, lo mira, e incluso lo oye mientras pasa las hojas entre sus dedos. Lo que no hace es masticar o paladear alguna de sus páginas. Teme que haya libros que, por su contenido, puedan ocasionarle envenenamiento o indigestión. Digo esto porque, si hubiese caído el libro de Fernández de la Mora en sus manos, y levemente lo hubiese aproximado a sus labios, le habría sorprendido una molesta frialdad y un intenso sabor amargo. Y en ningún caso se habría atrevido a morder un pequeño bocadito.
Paradójicamente, en el prólogo se nos advierte que «el pesimismo y el optimismo son estados de ánimo acerca del futuro» (p. 11), que en este libro no tendrán cabida. El método adoptado será un sobrio análisis empírico y fenomenológico (p. 17). Sólo se admitirá un único «postulado metafísico: el realismo» (p. 17). Incluso, para subrayar ese empeño de asepsia interpretativa, el autor declara que no incluirá referencias bibliográficas y eruditas, que puedan desviar la atención de los datos puros.
Sin embargo, nada más ajeno a lo que el lector encuentra. Fernández de la Mora, efectivamente, despliega un estilo armado de precisión, orden y claridad. El resultado es un libro sombrío y desengañado. Las sombras son fenómenos reales, y por eso ponerlas de manifiesto es acorde con un método fenomenológico y realista. Pero si algo caracteriza una visión pesimista del mundo es atenerse sólo a las sombras. No es lo mismo decir la verdad que manifestar desengaño. Descubrir el engaño es sólo un paso previo a decir la verdad.
Desde el primer momento se hace una profesión de modestia: «Hay motivos para que el hombre se asombre ante sí mismo porque es el más capaz de los seres terrenales. Pero los panegíricos son ya tópicos a fuerza de repetición y hay que darlos por archisabidos. Se trata ahora de revelar el envés de tan eximias capacidades y de comprobar que nuestra especie, a pesar de su eminencia, padece desazón» (p.ll). Cada una de las páginas acometerá esta firme tarea de desenmascarar cualquier ilusión sobre la grandeza del hombre. Con la tenacidad de un humilde picapedrero, va socavando los monumentos levantados a la humanidad por idealistas como Pico della Mirandola, hasta reducir esas moles de roca a una sofocante nube de polvo que nada permite ver.
«El hombre ni está en el centro, ni es centro de nada (…). Sería envanecedor que fuéramos el punto focal de todo, y que la evolución cósmica hubiese culminado en un homo sapiens, síntesis exhaustiva de perfecciones infinitas; pero no es así» (p.46). Se entabla así un combate casi salvaje contra todo asomo de admiración hacia el hombre. Cada línea del libro pretende desmitificar hasta el sarcasmo cualquier confianza en las posibilidades humanas, que ha caracterizado a la Modernidad. Estamos muy lejos de cualquier forma de humanismo.
El libro se encuadra en la tradición antihumanista que se remonta a los Darwin o Schopenhauer del siglo pasado y que goza de una excelente salud en nuestros días. Las obras de Foucault se agotan en las librerías. Que el hombre ha muerto o que es un invento de los modernos resulta un lugar común entre los ya un tanto casposos posmodernos.
De todos modos, las reflexiones del autor no son posmodernas. Carecen de la ligera ironía y desaprensión del pensiero debole. Más bien, parece escrito desde la resignación estoica o incluso desde la desesperanza existencialista: «El hombre es el único ser real cuya condición consiste en querer ser, no ya lo extremadamente arduo, sino lo sencillamente imposible. Su vida sobre la Tierra es una frustración esencial» (p.61). El hombre se hace a sí mismo, precisamente porque todo en él es inacabado e imperfecto. Nada tiene sentido en su vida, que se mueve entre la perplejidad y la banalidad. Por eso, ha de comprometerse en una tarea que oriente su conducta. «Sin un sentido asumido, cada existencia humana es una pasión quizás relativamente útil, pero absurda» (p.303). Decidirse por un proyecto vital es lo único que puede poner a salvo de la total desorientación.
Tampoco se advierten mejores expectativas en la vida social. Glosando la idea sartreana de que el infierno son los otros, se nos recuerda que «la nota sobresaliente de los encuentros humanos es el antagonismo, como revelan el simbólico relato cainita y la historia universal » (p.125).
Estos ecos existencialistas no implican un especial interés por la libertad. Más bien, al contrario. «Desprovista de retórica, la libertad del hombre actual aparece como una grieta angosta, que también revela desazón» (p.198). «Laplena libertad de actos imperados es imposible porque los deseos son prácticamente infinitos, los obstáculos son innumerables y muchos de ellos insuperables » (p.163). «Admitiendo que el libre arbitrio existe como potencialidad personal, sus posibilidades de ejercicio real son exiguas» (p.156).»
En cualquier caso, el tono general del libro es de resignada aceptación ante la crudeza de la condición humana. Muchos momentos recuerdan a las melancólicas meditaciones de Marco Aurelio. No faltan referencias: «Los estoicos tenían una idea muy negativa de las pasiones, aunque no de todo el hombre, puesto que admiraban y fomentaban su racionalidad (…). En el fondo de la antropología estoica palpitaba un pesimismo esencial que, incluida la Roma cesárea, traduce la fórmula ciceroniana ‘necesitad de soportar la impuesta condición humana’ (necessitas ferendae conditionis humanae)» (p.56).
En estas palabras Fernández de la Mora marca una distancia ante al estoicismo pero, frente a lo que pudiera parecer, no rechaza su idea muy negativa de las pasiones sino su excesiva admiración por la racionalidad humana. La visión de la afectividad humana que propone no es, desde luego, alentadora. Aparecen mencionadas varias pulsiones elementales: el instinto de conservación, la sexualidad, la agresividad… y la mentira. Merece la pena reproducir algunos textos literales.
En primer lugar, el impulso hacia la autoconservación no lleva «sólo a la agresión depredadora de su circunstancia nutricia, sino a la agresión inmoral como la mentira, la traición y varias formas de violencia física intraespecífica que culminan en las guerras» (p.70). Con respecto a la sexualidad, la valoración no es mejor: «Es la inalcanzable pacificación de las relaciones entre la pareja, incluso la ocasional; es la humillante comercialización del prostituido y del usuario; es la relajación y la rutina de la relación (…). En sus momentos culminantes, el amor es una neurosis que consiste en suponer que no se puede vivir sin la presencia del amado, estado de ánimo que puede llevar hasta el suicidio (…). Es muy dudoso que esta singularidad tan poco natural y finalista sea un bien-para-el-hombre» (p.74). En relación con la agresividad, como no podía ser menos, se nos recuerda que el hombre «es el viviente más agresor que ha conocido la Tierra» (p.77).
El balance se resume así: «Las pulsiones congénitas suelen ocasionar desventuras a uno mismo y a los demás» (p.61). Parece razonable, en consecuencia, que el ascetismo aparezca como una tabla de salvación frente a la dañina violencia de las pasiones. «La experiencia de la Humanidad confirma su valor felicitarlo y su aprecio social» (p.350).
Pero todavía falta por mencionar otra pulsión elemental, que separa al autor de las propuestas estoicas: la tendencia a la mentira. La racionalidad humana no merece la admiración de que ha sido objeto. «Los razonamientos se deslizan mayoritariamente hacia el subjetivo interés y no hacia la objetiva verdad. Más que una corrupción, es una especie de forzado suicidio del logos, nunca enteramente consumado; pero que lo deja maltrecho» (p.262). Frente al resto de las especies biológicas, los hombres nos caracterizamos por una tendencia compulsiva hacia la mentira, incluso dentro de la propia especie.
No hay que conceder particular crédito a la razón. «Lo verdaderamente definitorio del hombre no es tanto el inacabamiento biológico cuanto el racional y existencial que le hacen capaz de error, falacia o maldad y, sobre todo, frustración. La naturaleza ha necesitado de un fruto tan inconcluso como el hombre para tener conciencia infeliz. Esta es la recurrente peculiaridad antropológica » (p.174). Parece así que la máxima aspiración de la racionalidad estriba en el reconocimiento de su esencial insatisfacción.
Todos los intentos de descubrir la propia identidad o la secreta naturaleza de las cosas quedan así truncados. «La ansiosamente indagada identidad propia es constitutivamente aporética. Y la alternativa no es menos grave: si se abdica de la búsqueda, se cae en una alienación total. Otra menesterosidad exclusiva del hombre» (p. 152). No es difícil imaginar el valor que se da al idealismo filosófico: «Ni una herramienta, ni un fármaco, ni una brizna de hierba han nacido de las grandiosas y sucesivas construcciones de un Schelling, por ejemplo. Tales arquitecturas conceptuales sirven de evasión y aun de medio de vida para ciertos ingenios sutiles; no hay que pedirles más» (p.301).
El único asidero que se vislumbra entre tanta perplejidad es la especie biológica: el bien de la especie humana en su más descarnado biologismo. Es bueno para el individuo lo que conviene a la especie. «Los preceptos de la moral y, consecuentemente, del Derecho se fundamentan en el bien de la especie» (p.219). «El bien general experimentable es el bien de la especie humana y ese es el criterio para establecer limitaciones a la libertad individual. ‘No atentes contra la especie’ sería la formulación negativa del imperativo fundamental al que debe atenerse todo comportamiento individual y toda actuación normativa» (p.211). Algo así como un utilitarismo al servicio de la especie. Una acción es buena si conviene al bien de la especie (es difícil evitar algún que otro escalofrío).
Para terminar, sería falso no reconocer que el libro incluye algunas flechas de salida en el laberinto de la existencia, aunque, eso sí, bastante disimuladas. Ocasionalmente, personalidades eminentes despuntan por encima de la mediocridad de sus congéneres. La vida después de la muerte aparece como un enigma opaco, pero que no cabe descartar enteramente. El reconocimiento de la finitud es, en cualquier caso, el único camino de sobrellevar la tan quebrantada condición humana. En definitiva, todo un canto a la humildad y a la desesperanza.
Gerald Holton es un catedrático de Física y de Historia de la Ciencia de Harvard que ha escrito un libro verdaderamente interesante. Aborda el problema de la pérdida de confianza del hombre medio en la ciencia, en estas postrimerías del siglo XX. No sucedió lo mismo en la primera parte de este siglo, cuando la ciencia constituyó uno de los pilares más importantes del cuerpo de creencias que mantenía el hombre de la calle, ése que no conoce la ciencia más que por lo que se dice en los periódicos o, en estos momentos, en la televisión. Holton se rebela contra este estado de cosas. Y, para ello, toma como ejemplo la vida y la figura de Einstein. Tal vez en esto resida precisamente la parte más débil del libro. El autor olvida que la figura de Einstein es genial e irrepetible, y que no sirve como paradigma de un determinado tipo de científicos. Además, la circunstancia histórica de la ciencia, que él conoció, es también única. Podríamos aquí recordar aquella frase que se atribuye a Napoleón en la que se afirma que un genio es un gran temperamento en una gran circunstancia.
No hay que olvidar que la ciencia gozó de muy escaso apoyo social hasta la Segunda Guerra Mundial. Y que, a partir de entonces, el Gobierno americano no escatimó el dinero a los científicos. Ello se debió, en gran parte, a la carta que, en 1939, envió el propio Einstein al presidente Roosevelt. En ella le alertaba sobre la posibilidad de que los alemanes estuvieran trabajando en la fabricación de la bomba atómica. Pero, desde entonces, ha pasado mucho tiempo y se ha producido una reacción en sentido contrario por parte de quienes toman las decisiones. Éstos no acaban de comprender que la mayor parte de los beneficios prácticos de la ciencia deben revertir en nuevas inversiones en investigación.
Uno de los peligros en los que caen muchos pensadores contemporáneos es el de extrapolar conceptos científicos a campos que se encuentran fuera de la ciencia. Por ejemplo, el relativismo en campos no científicos se basa en analogías sacadas fuera de contexto. Holton afirma que «ningún campo de pensamiento es más conservador que la ciencia. Cada cambio engloba necesariamente el conocimiento anterior. La ciencia crece como un árbol, anillo a anillo. Einstein no demostró que el trabajo de Newton fuese erróneo; él proporcionó un escenario más amplio dentro del cual desaparecían algunas limitaciones, contradicciones y asimetrías de la física anterior».
La traducción de este libro de Holton es muy buena, y presenta el atractivo de un lenguaje preciso y sencillo. Otro de los aspectos más sugerentes del mismo lo constituyen las relaciones, siempre problemáticas, entre la ciencia y el arte. Aquí nos viene a la mente aquel libro de Lupasco de allá por los años sesenta, cuando escribió Nuevos aspectos del arte y de la ciencia.
Holton recuerda la negativa de Einstein a aceptar el carácter fundamental del concepto de probabilidad. Casos similares se han dado también en otros científicos. Así, «lo que salva a la ciencia de caer víctima de presuposiciones inadecuadas son, por supuesto, los papeles aleccionadores de la coordinación con el experimento y de la múltiple verificación cruzada de cualquier hallazgo por otros científicos que, quizá, han empezado con presuposiciones completamente diferentes».
En definitiva, Einstein y otras pasiones constituye una llamada a la precisión, a definir los límites de la ciencia y a poner de manifiesto que ésta es una actividad humana; que tiene analogía con otras muchas, pero que posee unos conceptos específicos que, cuando son sacados de su contexto, pierden su significado.
Alberto Campo Baeza es arquitecto y no pertenece a la Historia porque afortunadamente aún no ha muerto. Es uno de los pocos arquitectos contemporáneos cuya obra, enseñanzas y escritos tienen un carácter universal tanto en el espacio como en el tiempo.
Alberto Campo Baeza, catedrático de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mantiene un claro paralelismo entre lo que construye, lo que enseña y lo que escribe. Esta coherencia difícil se resume en unos proyectos, unas clases y unos textos [esenciales y despojados de lo que es accesorio. De esta forma aflora la idea generadora que subyace debajo de todos ellos y que viene a taladrar las formas y las palabras orales y escritas.
El libro objeto de este comentario es un buen ejemplo de todo lo anterior y, teniendo en cuenta la dificultad intrínseca que ya apuntaba Vitruvio de poner en palabras un mundo que se traduce naturalmente en formas, se ha llevado a cabo con un éxito total. Siendo la Arquitectura un hecho más indecible que su propia construcción, el profesor Campo Baeza dibuja una imagen certera de ella a través de estos Textos Dispersos, que a decir verdad no lo son tanto. La colección de textos que recoge el libro que nos ocupa es como una sucesión de pinceladas sobre un lienzo, blanco por supuesto, que vienen al final a dibujar en su conjunto la silueta de la Arquitectura.
Con palabras, el autor cincela el mundo de la Arquitectura descubierto a través de las ideas. La claridad de ideas se traduce en un índice bien estructurado: I. Sobre Arquitectura; II. Sobre Arquitectos; III. Sobre Obras; IV. Difundiendo la Arquitectura. El libro tiene una intención pedagógica tanto para los no iniciados, como para los estudiantes y los estudiosos de la Arquitectura, por lo que se trata de un libro de Arquitectura para todos los públicos.
A través de los textos, el autor se revela como arquitecto y maestro de una escuela heterodoxa y poco frecuente: la escuela del pensamiento. La verdadera escuela del autor, que la tiene, no se encuentra entre los seguidores de sus formas, sino más bien entre los conocedores de sus ideas, que este libro tan bien transmite.
Que el profesor Campo Baeza vio la luz en Cádiz no es novedad para quien lea el resumen bibliográfico que aparece en el libro; lo que añadiría es que supo de la gravedad en Castilla. Y van a ser luz y gravedad dos ideas básicas para comprender la obra construida, enseñada o escrita del autor. Estas ideas se manifiestan en sus textos más profundos, que se corresponden con la primera parte del libro. En concreto, el último capítulo de esta parte resume en su título lo ya dicho: «Idea, luz y gravedad bien temperadas (Sobre las bases de la Arquitectura)».
Las partes segunda y tercera del libro («Sobre Arquitectos» y «Sobre Obras de Arquitectura») han sido dictadas por la cabeza en muchos casos y, además, por el corazón en muchos otros. Pero querría destacar aquí el hecho de que más de la mitad de los textos que se recogen en este libro están dedicados a hablar de otros arquitectos distintos de él mismo y de otras obras distintas de las suyas, muy dispares entre sí. Esto nos lleva a una doble conclusión: primero, el demostrado interés del autor por una visión heterodoxa de las obras de Arquitectura y de los arquitectos y, segundo, que este interés es independiente de la edad y del lugar de procedencia del autor y de las obras.

La cuarta y última parte del libro («Difundiendo la Arquitectura») es un compendio de textos dispersos que tienen un carácter más de hemeroteca que de biblioteca de la Arquitectura, al estar vinculados a la noticia. El mayor interés de esta última parte hay que encontrarlo en los temas de actualidad que suscitan la decisión de escribir por parte del autor, que son bastante significativos.
La idea construida es un libro, sin duda, para todos los públicos, pero quizá convendría aconsejar a los no iniciados en la disciplina que es la Arquitectura que comiencen su lectura por la cuarta parte y concluyan con la primera.
Alberto Campo Baeza tiene edad para vivir aún muchos años y esto es una buena noticia para la Arquitectura. La Historia y los Tratados pueden esperar.
JESÚS APARICIO GUISADO
CHICO ZIGZAG
DAVID GROSSMAN
TRADUCCIÓN DE ROSER LLUCH
Tusquets Editores, Colección Andanzas,
nº 349, Barcelona, 1998
En la última novela de David Grossman (Premio de la Asociación de Editores de Israel, 1985), que aparece ahora vertida al castellano con el título Chico zigzag, se dan cita tres principios constructivos: la novela policiaca, el relato de aventuras fantásticas y una «historia de la progenie» que, poco usual acaso para un lector occidental, le proporcionará sin embargo sabores de añeja literatura semítica y ocasión para reflexionar sobre los rasgos genéticos que se heredan en las familias y hacen que sus miembros se distingan como seres originales.
F. DOSTOIEVSKI.
LOS AÑOS MILAGROSOS
(1865-1871)
JOSEPH FRANCK
Traducción de Mónica Utrilla
Fondo de Cultura Económica, México, 1998
El profesor de Princeton que empezara a comienzos de los ochenta un estudio sobre las íylemorias del subsuelo, ha llegado a convertirse en el principal biógrafo norteamericano de Dostoievski y una de las referencias obligadas para amantes y estudiosos de la literatura rusa. Joseph Frank publicó en 1996 este cuarto volumen de su obra, que lleva por título Los años milagrosos, pues en ellos vieron efectivamente la luz tres novelas de prodigio: Crimen y castigo (1867), El idiota (1868) y Demonios (comenzada a publicar en 1871). Correcta traducción la publicada ahora por Fondo de Cultura Económica, e imprescindible para quien quiera adentrarse en la madurez siempre misteriosa del genio creativo de Dostoievski.
LOS NOMBRES DE EUROPA
ALBERTO PORLAN
Alianza Editorial, Madrid, 1998
Esta obra plantea una teoría revolucionaria sobre el origen de los nombres de lugar europeos. De acuerdo con ella, la mayor parte de nuestros topónimos actuales serían restos fósiles de los elementos que compusieron un arcaico patrón de organización territorial repetido una y otra vez a lo ancho de Europa.
Memorias
Sir Georg Solti
Traducción de Jaime Suñén
Acento Editorial, Madrid, 1998
Por las páginas de este libro discurren casi un siglo de música y la vida y personalidad de un director de orquesta excelente que murió justo unos meses antes de escribirlas, en el verano de 1997. Sir Georg Solti, titular en orquestas y teatros de ópera de Múnich, Frankfurt, Londres y Chicago, nos ha dejado no sólo excepcionales grabaciones, sino unas memorias —repletas de inteligentes reflexiones y sabrosas anécdotas— que interesarán a cualquier aficionado a la Música (con mayúscula).
La democracia. Una guía para los ciudadanos
Robert Dahl
Traducción de Fernando Vallespín
Taurus, Madrid, 1999
El último libro de Dahl contiene una introducción a la historia y el análisis de la democracia, aporta una guía para comprender sus ventajas y realiza un estudio de los problemas a los que se enfrentan las democracias actuales, inmersas en la actualidad en procesos supranacionales y afectadas por fenómenos como el multiculturalismo y el desapego ciudadano, entre otras cosas.
Prokófiev
Conciertos para piano n os l y 3
Bartok
Concierto para piano nº 3
Marta Argerich · PIANO
Orquesta Sinfónica de Montreal
Charles Dutoit · DIRECTOR
EMI CLASSICS. 5 56654 2. DDD
La pianista argentina Marta Argerich suele aparecer ante el público después de prolongados periodos de silencio, y lo hace siempre de forma verdaderamente deslumbrante, descubriendo un nuevo repertorio, madurado y estudiado en profundidad. Este es el caso del disco que nos ocupa, que recoge nada menos que tres conciertos para piano y orquesta de entre los más destacados de este siglo.
La música de Sergéi Prokófiev (1891-1953) es una música hecha de contrastes, en la que pueden encontrarse los más diversos estilos, desde el más clásico hasta el más fantástico, pasando por los más puros ideales románticos e incluso acercándose también a la estética novedosa del siglo XX. Posee un estilo inconfundible y muy personal. No en vano uno de sus principales objetivos fue la búsqueda de esa originalidad que encontró en un lenguaje algo burlesco y mordaz. Su piano es trepidante, lleno de ritmo, a veces con sonoridades algo rudas, lo que en su momento le causó aceradas críticas. Si el Primer Concierto para piano le sirvió para recibir el Premio Rubinstein a la interpretación pianística en 1912, cualquiera de sus Conciertos, y muy especialmente el Tercero, sirven hoy de partitura a los jóvenes aspirantes a los galardones internacionales.
Durante la misma etapa convulsa de la primera mitad del siglo XX, el húngaro Béla Bartók (1881-1945), siguiendo un camino diferente y estrictamente personal, llevó a cabo una original obra musical. Gran pianista como Prokófiev, se despidió del mundo con su Tercer Concierto para piano, cuyos últimos compases dejó sin terminar. El piano fue el instrumento del que mejor se sirvió para poner en práctica su concepción estética. Aunque de muy distinto estilo compositivo, coincide sin embargo con Prokófiev en considerar el piano como un instrumento de percusión, y en arrancar del teclado una gran fuerza rítmica. Sin embargo, al mismo tiempo es capaz de plasmar una honda emoción lírica, como ocurre en esta última obra.
Saber aunar dos actitudes tan aparentemente dispares —como es el ritmo trepidante o los acentos percusivos y la sensibilidad romántica—, y llevarlas al papel pautado con igual maestría no es tarea fácil. No lo es menos encontrar a un intérprete que sepa transmitirlas con la misma brillantez. En Marta Argerich, la vehemencia y la interpretación exuberante y a veces explosiva se dan con tal facilidad, que parecen obras escritas expresamente para ella. Su grado de compenetración con esta música es total, lo que confiere a sus versiones una autenticidad inigualable.
MARÍA JOSÉ FONTÁN