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La paz en Irlanda del norte

La historia de los países se escribe en buena parte con pinceladas de guerra y paz. Londres, Dublín y Belfast han firmado en la antesala del siglo XXI un brochazo de paz. Protestantes y católicos se han comprometido finalmente a desterrar la violencia y abrazar un histórico proyecto político para poner fin a tres décadas de brutal conflicto. La carga de la historia que pesaba sobre sus hombros y, más concretamente, los 3.600 muertos, comienza a ser aliviada. La autora explica los orígenes del conflicto irlandés, el largo y tortuoso proceso de paz y el porqué de los odios entre las comunidades católica y protestante.


EL CONFLICTO IRLANDÉS se remonta al año 1171, cuando Inglaterra invade Irlanda. Entonces comienza una serie de ininterrumpidas luchas por la independencia. En el siglo XVI, Irlanda es católica, pero Inglaterra, el país dominador, se separa de la Iglesia romana de la mano de Enrique VIII. A partir de ese momento, el conflicto pasa, de ser un choque entre dos pueblos —el colonizador y el colonizado—, a convertirse en el embrión de un problema nacional y religioso que adquiere su forma más visible a partir de la década de los setenta de este siglo.


A principios del siglo XVII, María Tudor fomenta, a través de la política de las plantaciones, el asentamiento de ingleses y escoceses en las tierras ocupadas hasta entonces por los campesinos irlandeses católicos. Esta es la razón de que la mayoría de la población en Irlanda del Norte sea protestante (aliada con los conservadores británicos).


Esa comunidad protestante fue capaz de organizar un sistema político que giraba en torno a dos ejes: la unión con Gran Bretaña y el control protestante de las fuentes del poder1. En la actualidad, la superior tasa demográfica de los católicos ha comenzado a alterar el equilibrio de modo desfavorable para los protestantes. Durante décadas, la mayoría protestante y unionista ha ocupado los cargos políticos, en detrimento de la minoría católica. Si esta progresión se mantiene como hasta ahora, en diez años los católicos serán mayoría en Irlanda del Norte, y acabarán con la hegemonía electoral de los protestantes.


En 1914 se produce una evolución del conflicto, cuando Inglaterra concede la autonomía de Irlanda, el paso previo a la independencia. Finalmente, siete años después, Gran Bretaña reconoce el Estado libre de Irlanda, pero excluye seis de los nueve condados del Ulster, habitados en su mayoría por protestantes.


EL EJÉRCITO REPUBLICANO IRLANDÉS (IRA)


Con este panorama llegamos a la década de los ochenta, donde se empieza ya a hablar de la necesidad de llegar a una solución dialogada sobre el conflicto. Esta disposición recoge sus frutos en el Acuerdo de Hillsborough, firmado en noviembre de 1985 entre los líderes irlandés y británico, Fitzgerald y Margaret Thatcher, respectivamente. El acuerdo establecía una Conferencia Intergubernamental para tratar el conflicto y las relaciones entre las dos Irlandas. Este tratado supuso el reconocimiento, por parte de Gran Bretaña, de la competencia de la República sobre el Ulster. La firma de este acuerdo fue la primera piedra en el edificio de la paz en Irlanda del Norte. Pero la primera piedra no tiene por qué ser el pilar de un edificio. En Irlanda, uno de los pilares se cimentó sobre las conversaciones que ya desde 1988 mantenían el líder del Sinn Fein, Gerry Adams, y el del partido nacionalista católico moderado (SDLP), John Hume. Adams y Hume coincidían en la necesidad fundamental de poner fin al conflicto mediante un acuerdo. En septiembre de 1993 se daría a conocer la noticia del pacto entre ambas formaciones políticas, partidarias de la creación de un gobierno conjunto  Londres- Dublín sobre Irlanda del Norte.


Aunque el contenido de tales reuniones permanece aún en secreto, Hume y Adams establecieron en sus encuentros un marco de consenso que permitiese un proceso de solución dialogada. Este acuerdo entre dos opciones nacionalistas de Irlanda del Norte fue el punto de arranque del proceso de paz que llevó a la firma de Stormont el pasado año. En primer lugar, porque a partir de entonces el papel del Gobierno de Dublín cobra una destacada importancia como mediador neutral del proceso y vehículo de comunicación oficial entre las partes. En segundo lugar, porque permitió a Hume, el hombre más próximo al Gobierno británico, reunirse con sus representantes para informarles de la disposición del Sinn Fein a iniciar un diálogo para buscar una solución al conflicto. Con todo, parece que el propio Sinn Fein, autolegitimado tras la firma del acuerdo con el SDLP, envió al Gobierno británico un mensaje de ayuda para conducir el conflicto hacia una solución dialogada, sin necesidad de intermediarios4.


En definitiva, el acuerdo supuso la formación de un frente único nacionalista, dispuesto a negociar. Ya se había salvado un escollo: las malas relaciones entre los representantes de las dos fuerzas católicas más votadas. En cambio, las diferencias entre los dos partidos protestantes mayoritarios, el del reverendo Ian Pasley (Partido Democrático Unionista), y el de David Trimble (Partido Unionista del Ulster), no se consiguió5.


CONVERSACIONES MULTIPARTITAS


En este contexto, el primer ministro irlandés —Albert Reynold— y su homólogo británico —John Major— firman el 15 de diciembre de 1993 la Declaración de Downing Street, en la que proponen un marco de negociaciones con todos, siempre y cuando el IRA renuncie a la violencia. La gran novedad de esta declaración es que Londres admite la posibilidad del derecho de autodeterminación, siempre que se respete la voluntad de la mayoría de los ciudadanos norirlandeses. Tras la declaración, el IRA anunciaba  un alto el fuego a partir del 31 de agosto de 1994 que se prolongaría durante diecisiete meses. Un mes y medio después, se sumaban a la tregua organizaciones paramilitares unionistas.


Por lo tanto, entre finales de 1993 y comienzos de 1994 se inicia un proceso de paz entre unionistas y católicos, aderezado con la declaración del alto el fuego del IRA, que es el fruto de dos acuerdos: el de los nacionalistas y el de Londres y Dublín.


Las cosas comienzan a torcerse en 1995, cuando el Gobierno del primer ministro británico, en situación crítica, se ve acorralado por las presiones de los unionistas protestantes. La necesidad de satisfacer sus demandas y así contar con su apoyo para gobernar en el parlamento de Westminter fue incompatible con la buena marcha del proceso de paz. Los unionistas intentaron aprovecharse de la situación de Major para imponer sus condiciones, como la de no aceptar, por ejemplo, ningún tipo de diálogo si previamente el IRA no entregaba las armas. Esto fue visto por el movimiento republicano como una traición, por lo que comenzaron a plantearse romper la tregua. El hecho se consumaba el 9 de febrero de 1996, fecha en la que el IRA coloca una bomba que causa dos muertos en el corazón de Londres.


Sin embargo, las bases del proceso fueron lo suficientemente firmes para que tanto el Sinn Fein como el SDLP siguieran comprometidos con la búsqueda de una solución pacífica a la situación de Irlanda. La derrota de los conservadores y el triunfo de Tony Blair, con una victoria aplastante en la elecciones legislativas británicas de 1996, permitieron al nuevo Primer Ministro afrontar el conflicto desde la seguridad que le da una mayoría en el Parlamento. El proyecto de paz volvía de nuevo a la palestra.


Las negociaciones constitucionales sobre el futuro de la isla se reactivaron en junio de 1996. No obstante, la ausencia del Sinn Fein, castigado por haber roto la tregua, impidió que éstas avanzaran hasta su incorporación en septiembre del 97.


Por fin, el 10 de abril de ese año se firmó el acuerdo de paz entre las principales fuerzas políticas católicas y protestantes. Poco más de un mes después, se celebró un referéndum en todo el territorio irlandés. Los resultados sorprendieron, tanto por la enorme participación como por la aprobación del plan de paz por el 71% de los norirlandeses6.


EL ACUERDO DE STORMONT


El Acuerdo de Stormont dota a Irlanda del Norte de instituciones políticas propias, como es el establecimiento de una Asamblea de 108 miembros con poderes ejecutivos y legislativos, elegida por un sistema de representación proporcional. Tras las elecciones del 25 de junio pasado, el líder unionista David Trimble se convirtió en el primer ministro del Ulster.


Para dar más estabilidad al nuevo sistema, se crea una serie de vínculos institucionales que conectan directamente a Irlanda del Norte con los dos países de referencia: Gran Bretaña, al que pertenece, e Irlanda, a la que puede pertenecer en un futuro. Estos vínculos son, principalmente, el Consejo Ministerial Interfronterizo, formado por los máximos representantes de los Gobiernos de las dos Irlandas, cuya función es facilitar la cooperación entre el Ulster y la República, y el Consejo de las Islas, compuesto por representantes de todas las Asambleas Autónomas del Reino Unido, además de los portavoces de los Gobiernos británico e irlandés. Esta última institución es la encargada de regular las relaciones entre Belfast, Dublín y Londres.


El éxito de estas instituciones radica en que la polarización entre católicos e irlandeses perderá su sentido, porque ambas comunidades se verán obligadas a convivir en un espacio que será a la vez irlandés y británico.


El acuerdo también recoge otros aspectos básicos para la buena marcha en el camino de la paz, como son los cambios en la legislación constitucional de los dos Estados en lo que ser refiere a la cuestión del Ulster. Dublín abandona su reivindicación constitucional sobre la unificación de la isla y, a cambio, desaparece el acuerdo británico-irlandés de 1921 que determinó su partición. Además, se procede a liberar en dos años a los presos de aquellos grupos terroristas o paramilitares, que hayan renunciado a la violencia y a la entrega de las armas. En teoría, los dos procesos deben ser paralelos. Desde entonces, en Irlanda se vive una situación de tira y afloja entre líderes unionistas y Sinn Fein, porque el goteo continuado de excarcelaciones de presos republicanos no va seguido del desmantelamiento del arsenal del IRA7.


EL PROCESO DE PAZ, ESTANCADO


Desde que se firmó el Acuerdo del Viernes Santo, el proceso de paz ha estado salpicado de incidentes que lo han puesto al borde de un desenlace violento y han aumentado la desconfianza entre católicos y protestantes. Entre éstos destacan el atentado de Omagh, perpetrado por el IRA Auténtico el pasado verano, en el que perecieron 29 personas, incluyendo a una monitora y un estudiante españoles. Esta acción puso de relieve que el proceso de paz va a estar todavía sometido a embates, pero también sirvió de revulsivo contra la violencia; tuvo el efecto contrario al pretendido por los terroristas.


Más cercanos en el tiempo están los asesinatos en marzo pasado de una abogada católica y un paramilitar protestante, a los que siguieron duros enfrentamientos callejeros en Belfast y Portadown. Otros peligros que se ciernen sobre el horizonte de reconciliación —que constituyen además el exponente más claro de esa cultura de enfrentamiento— son los desfiles conmemorativos en los que cada comunidad festeja un hecho histórico que humilla a la otra. Hay más de 3.000 marchas cada año, organizadas en su mayoría por la Orden de Orange, la mayor cofradía protestante de la provincia, que cuenta con cerca de 80.000 miembros. Sólo dieciséis de esas marchas plantean problemas porque atraviesan barrios enemigos, aunque sólo circulen por unas decenas de metros. El pasado verano uno de estos desfiles originó un conflicto que finalizó con la muerte de tres niños, miembros de una misma familia católica.


Pero es el tema del desarme la cuestión más candente y el principal obstáculo para el avance del proceso de paz patrocinado por Londres y Dublin. El hecho de que el IRA y las organizaciones lealistas no se desprendan de su arsenal militar no es una señal de buena fe8. Nadie en el IRA habla de un retorno a la violencia. La tregua está firmemente en pie y seguirá, pero la desconfianza de los unionistas y de los gobiernos de Londres y Dublín se acrecienta. El IRA lo ha dicho por activa y por pasiva: no entregará ni una bala mientras persista la ocupación británica en el Ulster. Por su parte, los protestantes se niegan a dar al Sinn Fein las dos carteras que le corresponden, mientras el IRA no haya empezado a entregar las armas. Esta situación está impidiendo la formación del consensuado Gobierno autónomo, una condición ineludible para la consecución de la paz.


El permanente empuje de los líderes británico e irlandés, Tony Blair y Bertie Ahern, ha producido una declaración que podría desbloquear el proceso. La fórmula, elaborada en el castillo de Hillsborough a principios de abril, contempla la cesión de parte del arsenal en cuanto se transfieran las competencias al Ejecutivo de Belfast. Sin embargo, las posibilidades de que sobreviva la declaración angloirlandesa sobre el Ulster para superar el estancamiento en que se encuentra el proceso de paz no son altas, porque no convencen ni al Sinn Fein ni a los unionistas.


Ante esta sensación de crisis, que no de tragedia, lo importante es destacar que los canales del diálogo entre las diferentes formaciones se mantienen abiertos. De ahí las esperanzas de avances futuros. Pero una prolongación excesiva en el tiempo sería perjudicial por la progresiva disminución del apoyo de la población a los acuerdos de paz, especialmente entre los unionistas. La llave más idónea para desbloquear la situación sería que el IRA hiciera un mínimo gesto hacia el desarme que permitiera a los líderes protestantes decir a sus seguidores que el abandono de las armas ha comenzado, de tal forma que se pudiera por fin permitir el acceso al poder político a los católicos. Algunos políticos y ciudadanos estiman que si no se llega a un acuerdo, el edificio levantado el 10 de marzo corre serio riesgo de derrumbarse.


CONCLUSIONES PARA EL FUTURO


El Acuerdo de Stormont, rubricado mayoritariamente en las urnas con concesiones y sacrificios de ambas partes, demuestra que todo conflicto, por muy enconado que sea, tiene una solución política si se suman voluntades individuales. Todos han cedido y todos han ganado. Los republicanos, porque en él divisan el futuro de una Irlanda unida; los protestantes, porque pueden considerar garantizada la unión del Ulster a Gran Bretaña. También  es cierto que en este proceso hay mucho más que ganar por parte de las dos comunidades. En el conflicto irlandés hay, por ejemplo, presos de ambos lados, lo que ha posibilitado medidas de gracia y cesiones recíprocas.


Lo importante es que la paz se ha iniciado y no hay marcha atrás, visto el enorme apoyo popular. No obstante, es preciso reconocer que ésta dista de estar garantizada, aunque lo peor ya haya pasado. Lo difícil es encontrar el camino de la paz (el Acuerdo del Viernes Santo), pero una vez encontrado, sólo hay que seguirlo. El diálogo es el único camino hacia delante. Es demasiado tarde para permitir que todos los beneficios del acuerdo, las perspectivas de paz y una situación política estable por primera vez en años, se derrumben por la falta de consenso con respecto a un punto. La crisis del desarme deberá ser resuelta. Las armas son el problema en este momento, pero los instrumentos aprobados para el Gobierno autónomo son las herramientas que deben permitir el asentamiento de los acuerdos de paz y la superación del odio entre ambas comunidades.


En definitiva, hay que buscar los instrumentos necesarios para que germine una cultura de paz —algo nada fácil si se considera la antigüedad, la profundidad y las viejas heridas abiertas por el histórico enfrentamiento— que normalice la convivencia entre protestantes y católicos (que tanto desean vivir en paz) y garantice los derechos de lo que, tras esa unificación, será la minoría protestante. Pues el temor de éstos es precisamente que se inviertan los papeles y sean ellos los discriminados.


Con el Acuerdo de Stormont se ha visto que las diferencias pueden ser negociadas y resueltas mediante medios políticos exclusivamente pacíficos. Los principales dirigentes republicanos y unionistas han conseguido un consenso nada fácil y el pueblo lo ha avalado. Pero la tarea de la construcción de la paz en Irlanda del Norte demuestra y ratifica, día a día, que «un proceso de paz es tan difícil como una guerra»9.


A estas alturas del proceso, y a pesar de los obstáculos, los católicos y los protestantes deben evitar que continúe floreciendo esa semilla de la desconfianza, responsable de que las discusiones políticas fracasen.

De lo bello hermoso a lo hermoso siniestro

UNA LISTA DE LAS DIFERENCIAS entre los planteamientos de unos y de otros sería casio tanto más absurda como una simple nómina de obras y autores reseñables, pero una mirada detenida sobre los nuevos creadores (y sobre los que sin serlo tanto por cronología lo son por desconocimiento) nos desvelará que la primera caraterística común es la supremacía del yo como perspectiva narradora. Se asombraba un conocido crítico literario tras la publicacion de la antología Páginas amarillas (tal vez el intento más notable hasta la fecha de reunir, en un solo volumen, las últimas tendencias narrativas) de que de los más de veinte relatos que componen el libro sólo aparecieran dos en los que la voz narradora no fuese la primera persona. Como es de suponer, primera persona significa confidencialidad, cercanía, tratamiento emotivo del tiempo, subjetividad implícita (pacto, confabulación, juego, llámelo equis), valoración de los acontencimientos, mayor facilidad para lograr la identificación y, en algunos casos (sin duda los menos reseñables), autobiografismos de teleserie.

El hecho es que volvemos al o y al placer de la historia bien contada en un tratamiento de la narrativa que en ocasiones se acerca a la lírica (La lluvia amarilla de Llamazares), al testimonio vivencial (Las máscaras del héroe de De Prada), a la memoria retrospectiva (Las bailarinas muertas de Soler), al diario, al género epistolar, al flujo de conciencia (Lo peor de todo de Loriga) y que es consciente de su devenir esencialmente promiscuo, posmoderno (perdón), y de la muerte de los géneros en estado puro (El agente provocador de Gimferrer).

 

¿TODO ES ARTE?

Nuestra narrativa, por decirlo de algún modo, está frente a la esfinge planteándose su paradoja del escéptico (nada es verdad menos mi petición de principio, menos la premisa «nada es verdad»). Desengañados de la «democracia artística» y de la opinión engañosa de que toda expresión artística es buena por ser humana (cuando, en realidad, lo respetable no son las opiniones sino las personas que opinan), por fin nos hacemos conscientes de que el «todo es arte» está tan sólo a un paso milimétrico del «nada es arte».

Cada vez más lejana parece la figura del escritor filósofo y de la mal llamada novela de tesis. Nuestros escritores postulam, por contra, un tratamiento de la narrativa que sea consciente de sus territorios estrictamente fabuladores. Afirmar que el escritor, con esta opción, se menosprecia, supondría un desconocimiento absoluto no sólo de la esencia del creador sino también de la del hombre. Nadie escribe para sí mismo, nadie vive al margen de la interpretación de su obra (los escritores que afirman lo contrario siempre me han recordado a un señor carilargo que ha perdido su último tren) porque la obra de arte no sólo nace del egocentrismo edl que la ejecuta sino que además está hambrienta de aceptación.

«Enséñame tu biblioteca y te diré quién eres» podríamos afirmar manipulando el refrán, o «dime las causas y te diré los efectos», más aún cuando las causas o influencias más reconocidas por todos tienen nombre como Cervantes, Kafka o Camus, es decir, maestros en el arte de imaginar y grandísimos contadores de historias para los que la literatura no es al cabo más que el artificio del que cuenta «cosas sonñadas y bien escritas»- El narrador de hoy no se distingue tanto por intento de creación de un microcosmos propio (quizá el fin de milenio nos ha hecho menos presuntuosos), sino por una vuelta al tratamiento de la palabra como auténtica materia de arte, de descolocamiento o sorpresa.

DE LO BELLO A LO SINIESTRO

La clave está en que la búsqueda de lo bello ha dejado paso a la búsqueda de lo sorprendente, de lo siniestro. Mañana en la batalla piensa en mí de Matías es una novela paradigmática en este sentido. El descologamiento, la sorpresa ante lo aceptado pero imprevisible, la historia entendida no como un proyecto global y meditado sino como sucesión de acontecimientos (el espejo de Stendhal), las repercusiones de un acto que se pretendía futil en un principio y acaba siendo determinante (Juegos de la edad tardía de Landero), son elementos que configuran y determinan esta estética, mal entendida como nueva, tan antigua como el simple acto de contar una historia. Junto al desinterés por las estructuras narrativas complejas o experimentables (aun con excepciones notables como El mapa de las aguas de García Galiano), la tendencia general muestra también el auge de la novela corta y del relato. Una novela de un autor joven español de más de trescientas páginas es casi una rara avis en nuestras librerías. Algo que, por otra parte, se contradice con el hecho de que estén haciendo su agosto editoriales españolas con la publicación de obras monumentales de autores extranjeros.

De la misma manera que, refiriéndonos a la novela, decíamos que se ha perdido el interés por la estructura o al menos por el hecho de hacerla evidente, en el caso de la narrativa breve cada vez con más habituales los libros de cuentos con un plan definido y común, ya sea por la dislocación de una historia-marco (Obabakoak de Atxaga) o por tono gneral de los relatos (La gran novela sobre Barcelona de Pàmies). Temas recurrentes son tambien la reelaboración en clave distinta de historias conocidas (El porqué de las cosas de Monzó), la indefinición de la voz narradora (Un enano español se suicida en Las Vegas de Casavella) y, en cuanto al tono, la ironía, el humor y la concisión.

El paso de lo bello hermoso a lo hermoso siniestro o sorprendente trae consigo también la insisitencia en el tema del vértigo. No encuentran herederos nuestros nietos de Henry James (Pombo, Guelbenzu), cuyos postulados se basan en el estudio del éxtasis, es decir, de la contemplación. Uno de los mejores calificativos que parece poder recibir una novela hoy en día es del «dinámica», y esto se debe a que se ha perdido el interés por el análisis, por el deslumbramiento de lo pequeño-ordinario, y se ha enfatizado esta búsqueda en el tema de lo cambiante, de lo que sorprende a cada paso, de la historia ingeniosa de un regreso que a veces escoge como modelo la novela de aprendizaje de estilo norteamericano (Nunca le des la mano a un pistolero zurdo de Benjamín Prado), y otras la introspección de la figura políticamente incorrecta (Beatriz y los cuerpos celestes de Etxeverría), o el puro regodeo en lo sencillamente desagradable (Mensaka de Mañas).

No existe una narrativa específicamente joven ni por temática ni por parámetros estéticos. Si algo parece definirlos planteamientos jóvenes es sencillamente la sencillez de estilo y una relativa parquedad en recursos sintácticos. El auge, por otro lado, del orientalismo y la oferta informática son, no debemos olvidarlo, factores importantes que han determinado la perspectiva de una generación formada literariamente por el cine en una medida considerable y que ha provocado que casi sea error común medir, con parámetros fílmicos, la validez de un productoque poco o nada tiene que ver con el celuloide.

El fin de siglo que nos ha tocado vivir no se diferencia tanto, en lo que a los autores jóvenes se refiere, del inmediatamente pretérito. Hastío, desencanto, literatura como evasion, el tema del paraíso artificial (la moda que casi ha creado un género de novelas que tratan el tema de la droga), desorientación con respecto a los intereses vitales, la extinción casi absoluta de la figura del escritor comprometido socialmente (contrapuesta, resulta extraño, al rabioso furor solidario), escepticismo religioso, desprecio de las verdades universales, preferencia por el protagonista que vive una vida poco convencional… En fin, que nos hemos cocinado ya nuestro propio mal du siècle, y deberemos empezar a engullirlo en breve si nadie lo remedia.

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Por otra parte, si desconfiamos, como decía Machado (o mejor Mairena, que es más real) de ésos «que precisamente por parecer que están de vuelta de todo no han ido a ninguna parte», tenemos un panorama narrativo, bastante alentador. La saga Copegui, De Prada, Casavella, De Toro (y un buen etcétera que no cito aquí por una sencilla razón de espacio), promete, porque puede prometer, un soplo de aire fresco para nuestra narrativa de fin de siglo, y es que el escritor, por serlo, no sólo debe aspirar a artista (con lo que ya podría romperse los molares más de uno) sino también a intelectual. Ésa es la única alternativa posible a un futuro de fuegos vacuos y lucecitas de feria.

Apología: la vida y la obra de John Henry Newman

En su obra Apología, Newman, injustamente atacado, defendía ante la generación de ingleses cultos que le había vuelto la espalda y ante todos sus compatriotas la limpieza de su conducta mientras perteneció a la Iglesia anglicana, hasta el mismo momento de su conversión al catolicismo en 1845.

En plena Inglaterra  victoriana, el impresionante testimonio de este profesor de Oxford que había sido ilustre y estaba ahora arrinconado en un suburbio de Birmingham alcanzó una resonancia inusitada y le devolvió al primer plano social e intelectual de su país. Newman empleó muy eficazmente esta posición, hasta su muerte, para promocionar a los católicos ingleses.

Apología pro Vita Sua, El Buey Mudo, 360 págs.

Alrededor de veinte años antes, Newman ya se había encontrado en una situación muy parecida. El resultado de aquella polémica fue también un escrito autobiográfico, en este caso una novela titulada Perder y ganar (reseñada en Nueva Revista), que bien puede considerarse como su primera apología pro vita sua. Ocurrió entonces que Elizabeth Harris, una conversa al catolicismo que había decidido dar marcha atrás y volver al anglicanismo, publicó en 1847 un breve relato titulado De Oxford a Roma. Y cómo les fue a algunos de los que han hecho el viaje últimamente. Se trataba, en sustancia, de una acusación de deslealtad y falta de honradez dirigida contra los conversos del Movimiento de Oxford y, especialmente contra su líder, Newman.

Ese verano de 1847, el aludido vivía y estudiaba en Roma, donde había sido ordenado sacerdote pocos meses antes. Refiriéndose a la novelita de Harris, Newman escribió:

«Lo contenido en ese relato era tan maliciosa y descabelladamente fantasioso que suponía una injuria a aquellos cuyos motivos y acciones pretendía retratar. Sin embargo, parecía fuera de lugar toda respuesta formal, escueta o pormenorizada. La respuesta más adecuada consistía en publicar otro cuento, concebido con un respeto estricto a la verdad, o a lo probable, provisto al menos de cierto conocimiento personal de Oxford y de los distintos aspectos del fenómeno religioso; aspectos [y aquí la típica ironía newmaniana] que, sin excepción, la citada obra manejaba desgraciada y torpemente. Tenía el autor interés especial en despejar la nube de pomposidad y grandilocuencia que se atribuía a los protagonistas de la historia, mostrando que quienes han sido heridos por el amor de la Iglesia católica son tan capaces como cualquiera de escribir una prosa sensata. En estas circunstancias se compuso y publicó Perder y ganar».

Uno de sus primeros recuerdos es el de las candelas ardiendo en la ventana de su casa, para celebrar la victoria de Trafalgar en 1805

John Henry era el mayor de los seis hijos, tres varones y tres mujeres, de John Newman, un honrado propietario de una casa de banca en la city de Londres que disfrutaba de un sólido desahogo económico. Ya desde niño demuestra una particular atención a las cosas del entorno. Uno de sus primeros recuerdos —consignado en las páginas de su Diario— es el de las candelas ardiendo en la ventana de su casa, para celebrar la victoria de Trafalgar en 1805, a sus cuatro años.

El John Henry adolescente es un muchacho que destaca en casa y en la escuela por su inteligencia rápida y también por una cierta reserva perfectamente compatible con un carácter afectuoso y extraordinariamente perceptivo. Es quizá una conciencia precoz de que la intimidad más radical del ser humano es infranqueable, un reducto inviolable que no se puede compartir, un espacio fuera del alcance de la amistad con los hombres o de solo unos pocos a lo largo de toda una vida.

La agudeza para el análisis de lo psicológico es un rasgo saliente de su personalidad, sobre el que se apoya una sensibilidad clarividente para el fenómeno religioso. De ahí parten esas observaciones tan certeras que deslumbran a los lectores de su prosa. Newman es, sin duda, una de las mentes más potentes y originales que han surgido en el pensamiento católico en los últimos siglos. Y, en España, una de las menos conocidas.

El ambiente religioso de los Newman era el típico del anglicanismo de la época: respeto a las formas y desconfianza por cuanto pudiera parecer exageración devota. Este ambiente, unido a la lectura de autores racionalistas, estaba conduciendo al joven Newman hacia el escepticismo cuando se produjo la que él siempre consideró su conversión radical a Dios. Fue a los quince años, durante el verano de 1816, gracias a uno de los maestros de su escuela, Walter Mayers. Según cuenta en sus escritos autobiográficos, fue una experiencia interior que le dejó marcado para siempre por una llamada de Dios e hizo de él un cristiano. A partir de entonces, se asentó en su espíritu una certeza ya inconmovible: en el mundo solo hay dos existencias de las que no cabe dudar, yo y mi creador. Su conversión tuvo lugar a lo largo de ese verano —no de forma instantánea— y cuajó en la adhesión al único movimiento con vitalidad religiosa dentro de la comunión anglicana: el Evangelismo.

Newman contrajo con Mayers, además, otra deuda: el descubrimiento de la Iglesia primitiva. Al Newman adolescente le encantaron los largos fragmentos de san Agustín, san Ambrosio y otros Padres, que pudo descubrir en una Historia de la Iglesia que le dio a leer su maestro. Su ardiente imaginación reconstruía la vida de aquellos cristianos, influido sin duda por la moda romántica y su apasionada lectura de Walter Scott. Ese ejemplar de la Historia de la Iglesia, prestado en momento oportuno, dejará en su ánimo una huella profunda pero latente: el propio Newman tardaría aún bastantes años en volver la mirada con envidia hacia esta Iglesia de laicos y pastores, católica, todavía una y única.

LLEGADA A OXFORD

Pocos meses después, todavía en 1816, John Henry Newman se traslada a Oxford e ingresa en Trinity College. Ahora es un muchacho de costumbres y convicciones vibrantemente protestantes que se escandaliza ante la afición al vino y a la holganza generales en el ambiente.  En Oxford, entonces semillero del clero anglicano, los aspirantes a las órdenes sagradas convivían con los hijos de la aristocracia, en general no demasiado interesados en el progreso del conocimiento. Hasta 1820 trabaja y lee con ardor y dedicación extraordinarios. No obstante, al presentarse a los exámenes, cuando todos, maestros y compañeros, daban por seguro que obtendría los mejores resultados, John Henry sufre un bloqueo. Por esa razón tuvo que licenciarse con un modestísimo, casi afrentoso, diploma de tercera categoría. Este fracaso le cerraba las puertas a lo que era su mayor ilusión: vivir para siempre en su querida Oxford.

El fracaso académico, sin embargo, no es el único. A consecuencia de la caída de Napoleón, el banco de John Newman había quebrado y la familia, arruinada y rozando la deshonra, vivía de prestado en las distintas poblaciones donde el padre intentaba abrirse camino. Su muerte en 1824 pone sobre los hombros de John Henry la carga de sostener económicamente a su madre, dar educación a sus dos hermanos y encontrar esposos adecuados para sus hermanas. Podía seguir en Oxford gracias a una beca y a tutorías privadas para estudiantes, pero esos años (de 1820 a 1822) fueron muy tristes para el joven Newman.

Se convocó entonces un puesto de fellow en Oriel College, el más prestigioso en aquellos años. En cualquier otro de los colleges ni siquiera le hubieran permitido optar al puesto debido a su ignominioso Second Class Degree. Sin embargo, Oriel se ufanaba de hacer convocatorias completamente abiertas y de valorar otros talentos aparte del diploma fin de carrera. Objetivamente, era una osadía y, subjetivamente, temía que se reprodujera la misma crisis nerviosa de dos años antes. A pesar de todo, decidió presentarse. El temor a una nueva reacción incontrolada quedó conjurado con una oportuna mirada a una cristalera emplomada del hall de Oriel donde pudo leer: Pie repone te. Tras cinco días de distintas pruebas, el 12 de abril de 1822 se encontraba Newman tocando el violín en su alojamiento cuando se presentó un mayordomo de Oriel College. En tono solemne, le comunicó la «desagradable noticia» —ésa era la fórmula—de que había sido elegido fellow y le pidió que acudiera inmediatamente al college. Newman, al parecer indiferente, sigue tocando el instrumento unos instantes hasta que cae en la cuenta de lo que acaba de suceder, arroja el violín y sale corriendo como un poseído en dirección a Oriel. 1822 es el momento clave de su radicación en Oxford, uno de sus grandes amores en esta vida. «De todas las cosas humanas, quizá Oxford es la más querida de mí corazón», anotó en una ocasión.

La llegada a la comunidad profesoral de Oriel supone el verdadero comienzo de su carrera como intelectual. Sus primeros contactos son con compañeros de tendencia liberal, la entonces predominante en Oriel. De ellos Newman aprende dos conceptos básicos para el futuro: el de Tradición y el de la Iglesia como Cuerpo invisible. Sin embargo, las amistades que marcaron definitivamente a Newman no fueron éstas del círculo liberal, sino otras que llegarían algo más tarde, pertenecientes a la Iglesia Alta o High Church, ala del anglicanismo cuya característica principal era la firme decisión de no ser ni considerarse protestantes. Uno de sus miembros era John Keble, de unos treinta años, poseedor de un inmenso prestigio. Otro, Edward Pusey, era un erudito especialista en hebreo. Un tercero tuvo una influencia en Newman profundamente vital, romántica, si se quiere: Hurrell Froude.

Hurrell Froude quería restaurar la Iglesia de Inglaterra a su primitivo ser religioso y a su libertad, perdidas desde el siglo XVI

Hurrell Froude no era un intelectual, pero quería ser santo. Quería restaurar la Iglesia de Inglaterra a su primitivo ser religioso y a su libertad, perdidas desde el siglo XVI. Era una personalidad arrolladora, polémica, encantada de ser un hombre de partido —cosa que repugnaba a Newman— y de escandalizar proclamando con descaro que la Reforma había sido el más funesto de los errores. Y no ocultaba sus simpatías por la Iglesia de Roma. De él aprendería Newman la devoción a la Virgen y el amor a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Pero lo que más radicalmente hizo de Froude un alma gemela de Newman fue su afán de entrega a Dios y a la Iglesia. Froude murió de forma tan romántica como había vivido: de tuberculosis en 1837. Newman, tan amigo de sus amigos, nunca pudo recordar a Hurrell sin conmoverse durante toda su larga vida.

A finales de los años 20, Newman es un fellow de Oriel, ya presbítero de la Iglesia Anglicana, que acaba de ser nombrado párroco de St Mary’s, la iglesia universitaria. En estas circunstancias se produce lo que Newman consideró su «segunda conversión ». El resultado de esta crisis lo resumió así en Apología: «La verdad es que yo iba prefiriendo la excelencia intelectual a la moral. Me inclinaba en la dirección del liberalismo del día. Fui despertado violentamente de mi sueño por dos grandes golpes: la enfermedad y la desolación interior». La enfermedad consistió en un fuerte colapso anímico que le sobrevino cuando actuaba como examinador en aquel mismo lugar donde él fracasó pocos años antes. No sentía dolor sino una especie de ausencia que le impedía, por ejemplo, contar. La desolación interior sobrevino tras la muerte repentina de su querida hermana Mary. Esta pérdida reavivó en él un intenso sentimiento del mundo  invisible: « ¡Qué hermoso velo es este mundo de los sentidos! —escribe a su hermana Jemima—, pero no es más que un velo».

Esta «segunda conversión» de 1830 supone la superación del evangelismo y el definitivo acercamiento al círculo High Churh de Keble, Pusey y Froude. Poco después hace su primera lectura de los Padres de la Iglesia. Este viraje implica ruptura y tensiones con sus primeros mentores liberales, inevitables y dolorosas para un corazón sensible como el de Newman. En 1833, por culpa, precisamente, de un incidente con el Provost de su college, realiza un viaje al Mediterráneo en compañía de Hurrell Froude, que necesita el urgente alivio de climas más propicios a su tuberculosis.

Después de visitar Roma, que no le produce particular impresión, Newman decide recorrer Sicilia. Allí cae víctima de unas fiebres y está a punto de morir en un mísero pueblo de la isla, sin más compañía que un criado de alquiler con el que ni siquiera puede entenderse. Años más tarde escribió que, en medio de aquellos delirios, «no podía evitar repetirme a mí mismo: debo actuar como si fuera a morir, pero pienso que Dios tiene reservado aún un trabajo para mí […] Pensaba que hubo capricho por mi  arte al venir a Sicilia […] entendí que mi dimisión como tutor fue precipitada y orgullosa. Pero no tenía conciencia de pecado. Me dije: «No he pecado contra la luz» y repetí estas palabras con frecuencia».

Ya recuperado, el 13 de junio zarpa de vuelta a Inglaterra con esa imagen de la luz —« ¡No he pecado contra la luz!»— presidiendo su imaginación. Sobre la cubierta del barco escribe un poema miliar de su existencia, centrado en la imagen de la luz, Lead Kindly Ligkt, que dice así:

Guíame, Luz Buena, entre tanta
tiniebla espesa,
¡llévame Tú!
Estoy lejos de casa, es noche prieta
y densa,
¡llévame Tú!
Guarda mis pasos; no pido ver
confines ni horizontes, sólo un paso más
me basta.
Yo antes no era así, jamás pensé en que
Tú me llevaras.
Decidía, escogía, agitado; pero ahora
¡ llévame Tú!
Yo amaba el lustre fascinante de la vida
y, aun temiendo, sedujo mi alma el
amor propio. No guardes cuentas del
pasado.
Si me has librado ahora con tu amor,
es que tu Luz me seguirá guiando
entre páramos barrizos, cárcavas
y breñales, hasta que la noche huya
y, con el alba, estalle la sonrisa de los
ángeles, la que perdí, la que anhelo
desde siempre.
En el mar, 16 de junio de 1833.

Estos versos expresan con fuerza y optimismo no solo la conciencia de una mudanza sino también la decisión firme de pasar a la acción. A partir de este momento, la vida de Newman se confunde con lo que la historia conoce como Movimiento de Oxford. Inmediatamente, comienza a desplegar una actividad muy intensa que cabría resumir en tres puntos: los Tractos, sus sermones dominicales y la idea del anglicanismo como Vía media.

EL MOVIMIENTO DE OXFORD

Los Tracts for the Times o Folletos de actualidad fueron una serie de noventa entregas, sin firma, en las que se tomaba postura acerca de cuestiones teológicas del anglicanismo. Tenían aspecto de hojas volanderas y fueron el órgano oficioso y cada vez más polémico del Movimiento o Tractarianismo. Froude, Keble, Pusey, y otros simpatizantes escribieron Tractos, pero la mayoría fueron redactados por el propio Newman, que se encargaba también de distribuirlos acercándose a caballo a las distintas parroquias rurales.

Los sermones que Newman predicaba la tarde de los domingos ejercieron enorme influencia. En ellos se percibía una censura de la tibieza y el conformismo práctico en la religión. Eso ya resultaba nuevo, pero lo más novedoso y atractivo era el modo de exposición: sin casi otra referencia que la Biblia, rompiendo la tradición del sermón retórico y «redondo», el vicario de St. Mark’s, con su voz frágil y en medio de prolongadas pausas, ponía a sus oyentes frente a exigencias morales en las que nunca habían reparado. Un testigo coetáneo escribió: «Solo quienes los recuerdan pueden juzgar adecuadamente el efecto de los sermones que Mr. Newman predicaba en Santa María a las cuatro de la tarde: sentían que eran diferentes a cualquier tipo de predicación. Sencillos, directos, sobrios, envueltos en un inglés puro y transparente. Los sermones hacían pensar a los oyentes sobre las cosas de las que hablaba el predicador y no sobre los sermones mismos». Lord Coleridge recuerda que «hubo un Dean concreto que cambió la hora de la cena en su college para que no fueran otros, y él iba siempre». Algo de fascinante debieron de tener tales sermones, a juzgar por los testimonios de asiduos concurrentes, escritos algunos al cabo de muchos años.

En estos años treinta Newman fue ganando autoridad personal. A  la altura de 1839, se encontró en el apogeo de su influencia en un Oxford que vivía con pasión, como una moda, el interés por las disputas teológicas. Muchos le hicieron responsable a él y al Movimiento de ese ambiente que juzgaban malsano y que identificaban con un partido más bien indeseable, que no hacía más que traer la discordia al sereno recinto del anglicanismo.

Pero, ¿qué es lo que proponía y enseñaba Newman? ¿Qué decían los sermones y los Tractos ? ¿En qué consiste la idea del anglicanismo como Vía media? La Vía media es el hallazgo con que Newman intenta purificar a su Iglesia y devolverla a su primitivo espíritu, poniendo el fundamento teológico en los Padres. Existiría así una única Iglesia Católica, con tres ramas: Roma, los griegos y el anglicanismo. Pero no el anglicanismo tal y como había llegado a la Inglaterra del XIX, adocenado, sin espiritualidad, completamente sometido al Estado, sino un anglicanismo «reformado». Newman aspiraba a un cuerpo de doctrina, una especie de magisterio estable que contuviese en cierta forma la Revelación. Muchos de sus contemporáneos vieron que esa Vía media implicaba un peligroso acercamiento a Roma y lo cierto es que los numerosos casos de conversiones en el entorno del Tractarianismo así parecían confirmarlo. Sin embargo, Newman se sentía seguro y confiado en su teoría.

Hasta que en 1839 se le plantea a modo de hipótesis la que será una de sus grandes aportaciones, la idea del desarrollo dogmático: las «corrupciones romanas» que denuncian los anticatólicos, especialmente el papado, ¿son corrupciones, o son desarrollos legítimos de lo que ya estaba contenido en la Revelación? Ese mismo 1839, a raíz de un artículo del cardenal Wiseman, tiene como una iluminación: Roma está en lo cierto. Pero logra remontar el deslumbramiento, en medio de dolorosas vacilaciones y fintas intelectuales que culminan con la publicación dos años más tarde del Tracto XC. En un supremo intento de conciliación, el Tracto  XC afirma que los artículos de la Fe anglicanos condenan los abusos prácticos de Roma pero no su doctrina, y que por tanto la existencia del purgatorio o la  invocación a los santos son perfectamente aceptables dentro de esa Via media anglicana.

La verdad era que aquello era demasiado. Newman no era consciente de lo que acababa de escribir. Su «candidez», que se transparenta muy bien en Perder y ganar —en el estrambótico personaje Bateman, Newman practica un gracioso juego de autorretrato: «así de artificial y voluntarista era yo cuando sostenía a capa y espada la viabilidad de un anglicanismo imposible»—, provocó un tremendo revuelo a nivel nacional. En el seno de la universidad se desató una abierta persecución contra los tractarianos. Newman, ante una insinuación de su obispo, suspendió los Tractos y abandonó Oriel College después de casi veinte años, para instalarse en Littlemore, una pequeña aldea a tres millas de Oxford, donde había acondicionado unas habitaciones, una capilla y una biblioteca, aprovechando unas caballerizas en desuso. El violento rechazo le impone sin querer y también sin rencor un sentimiento predominante: que no hay sitio para él en la Iglesia de Inglaterra.

Pronto se le unen en Littlemore otros que quieren llevar a su lado una vida de estudio y oración. De 1841 a 1845 es tiempo de esclarecimiento. En realidad, como escribió en Apologia, el lecho de muerte de su anglicanismo. El intuye que su corazón está ya en Roma pero ama a la Iglesia de Inglaterra y, sobre todo, todavía no ha llegado al deseado estado de certeza. Si algo teme y quiere evitar a toda costa son los arrebatos emocionales.

Un personaje de Perder y ganar, «alter ego» de Newman, encarna esta experiencia al sentirse misteriosamente poseído por la comunión de gracia de la Iglesia, la «Madre Poderosa»:

«Charles echó a andar con energía, cortando con el bastón las ramas y zarzas que se veían en la pálida penumbra de la tarde. Era como si el beso de Willis le hubiera inyectado en el alma el mismo entusiasmo que su amigo había expresado con palabras. Se sentía poseído, sin saber cómo, por un poder alto, sobrehumano, que le hacía capaz de atravesar montañas, de caminar sobre los mares. Era invierno, pero sentía por dentro la marea interior de la primavera, cuando todo es nuevo y estalla de pura plenitud. Acababa de encontrar algo que siempre había deseado: un alma gemela. Sintió que ya nunca más estaría solo en el mundo, aunque hubiera perdido ese alma gemela en el mismo momento de encontrarla. ¿Era esto la Comunión de los Santos? ¡Oh, no! ¿cómo podía serlo si él estaba en una comunión religiosa y Willis en otra? «¡Oh, Madre Poderosa!». Aquellas palabras acababan de escapársele de los labios. Apretó el paso; ya casi iba al trote, ascendiendo por los repechos empinados y hundiéndose en las hoyas que le separaban de Boughton. «¡Oh, Madre Poderosa!», volvió a decir, sin darse cuenta casi. «¡Oh, Madre Poderosa! Sí, ya voy, ¡Madre Poderosa!, voy, voy; pero estoy lejos de casa; ten paciencia conmigo; espérame; corro, corro todo lo que puedo pero no puedo ir más deprisa, como otros, ¡Madre, Madre Poderosa!».

Después de recorrer dos millas en plena excitación física y mental, se sintió de pronto casi agotado. Aminoró el paso y se fue calmando, pero seguía repitiendo casi mecánicamente «¡Oh, Madre Poderosa!». Pero, ¿y él de dónde se había sacado esas palabras? Willis no las había usado en ningún momento. Habría que estar en guardia contra estas emociones incontroladas. Cualquiera podía ser un entusiasta, pero el entusiasmo no era la verdad: ¡Oh, Madre Poderosa! ¡Sí! ¡ya sabía dónde tenía el corazón! Ahora había que ir por la cabeza. ¡Madre, Madre Poderosa! (281-82)».

Para «ir por la cabeza» decide imponerse una especie de prueba: redactar en forma de libro su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana: Si al terminarlo se mantiene en eso que ahora intuye sobre Roma, se convertirá. Mientras, va cortando amarras: renuncia a su vicaría y predica ante sus amigos su último y conmovedor sermón: «Separarse de los amigos». Algunos de sus camaradas de Littlemore dan el paso de la conversión y se van, a pesar de que él intenta frenarlos. Pronto llegan otros a sustituirles. El mundo anglicano tiene los ojos clavados en Littlemore mientras circulan rumores absurdos sobre la vida monástica que ha impuesto a sus compañeros. Lo cierto es que oran, hacen ayuno riguroso, estudian y traducen al inglés vidas de santos.

La pequeña comunidad católica de Inglaterra también vuelve sus ojos, expectante, hacia esa pequeña aldea de Littlemore. Pero Newman no conoce ni mantiene ninguna relación con católicos. Es más, no le atraen como grupo y el tipo de escritos  suyos que ha podido leer en la prensa le disgusta positivamente. A comienzos del verano de 1845 se presenta allí un amigo, Bernard Smith, clérigo anglicano converso, que viene por encargo del impaciente cardenal Wiseman a obtener información sobre el estado interior de Newman. Charlan, pasean, pero Newman se muestra impenetrable. Invita, sin embargo, a Smith a que almuerce con él y sus compañeros. Y en el momento de sentarse a la mesa aparece Newman vestido con pantalones grises. La señal, para Smith, y para Wiseman, es inequívoca: el paso hacia Roma está muy próximo. Pronto el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana queda interrumpido y  rematado con el salmo «Nunc dimitís», difícilmente más oportuno. No son necesarias ya más esperas. Roma está en lo cierto. La Via media no ha tenido existencia más que en las bibliotecas y su imaginación, pero no la vida.

A comienzos del mes de octubre pide su dimisión como fellow de Oriel y comienza a escribir cartas a sus íntimos anunciando su decisión en un escueto texto: «Espero ser recibido en el que creo ser el solo y único rebaño del Redentor». Pusey al recibirla, escribe en el dorso: «Tu, autem Domine, miserere nobis». Keble, la llevó encima todo el día sin atreverse a abrirla presintiendo el contenido.

El 9 de octubre, aprovechando el paso por Oxford del pasionista Domingo Barbieri, Newman es recibido en la Iglesia católica. El buen  pasionista llegó a las once de la noche empapado de agua después de cinco horas de viaje infernal en lo alto de una de aquellas diligencias, al aire libre, ¡en pleno otoño inglés! «Ocupé mi sitio —cuenta Barbieri— junto al fuego para secarme. Se abrió la puerta y ¡qué escena fue para mí ver de repente a mis pies a John Henry Newman pidiéndome oír su confesión y ser admitido en el seno de la Iglesia!». Los amigos más íntimos reaccionan con magnanimidad. Klebe: «El rayo ha caído finalmente sobre nosotros, que Dios te bendiga y premie mil veces la ayuda que me has prestado a mí sin merecerlo, y a muchos otros». Pusey: «Nuestra iglesia no ha sabido emplearle. Era como si una afiladísima espada durmiera en su vaina porque nadie sabía manejarla. Se ha ido —como todos los grandes instrumentos de Dios— inconsciente de su grandeza. Se ha ido en un sencillo acto de deber, sin pensar en sí mismo. Se diría no tanto que nos ha dejado como que ha sido trasplantado a otra parte de la viña».

Dirán de él: ¿Un caballero inglés, con su educación, sus ventajas, arrojando todo eso por la ventana y atando su conciencia a un obispo italiano?

Pero el establishment eclesiástico o civil no es tan benigno. El poeta Thomas Carlyle sentenció al conocer la noticia: «Newman tiene menos cerebro que un chorlito». En su fuero íntimo, Newman no se engaña. Sabe que ha tomado una decisión que hace de él un apestado. En la Inglaterra de mediados del XIX dar ese paso suponía un verdadero acto de demencia. ¿Un caballero inglés, con su educación, sus ventajas, arrojando todo eso por la ventana y atando su conciencia a un obispo italiano? Sencillamente inconcebible. Su hermana Harriett corta toda relación con él. Sus hermanos hacía tiempo que no le dirigían la  palabra. Jemima, con la que conservó contacto por carta, cuidará de mantener a sus seis hijos lejos de la influencia de su tío. Con los tractarianos que no dan el paso a Roma el contacto se mantiene al principio pero con menos intensidad cada vez, hasta que se extingue. Veinte años pasarán hasta que vuelvan a saber los unos de los otros. A su muerte, uno de sus hermanos escribirá la primera biografía de Newman: una triste exhibición de incomprensión donde los actos del converso son interpretados desde los más tercos prejuicios.

Desde un punto de vista humano, la estrella de Newman parece apagarse casi en el mismo momento de su conversión. Aquellos años oxonienses del Newman anglicano brillan entre un aura romántica de combate público; hasta el momento de su segunda y definitiva «apología », los años del Newman católico se diría que espejan el fracaso. Sin embargo, puestos a sopesar cara a Dios el valor de «lo perdido y lo ganado», no tenemos más remedio que admiramos ante la justeza con que él mismo resumió el curso completo de su vida en este maravilloso epitafio que ostenta la lápida de su sepultura: Ex Umbris et Imaginibus in Veritatem (De las sombras y los reflejos, a la Verdad).

Diccionario de los Papas y Concilios

Cuatro historiadores han compuesto este diccionario, cada uno según su especialidad: los papas de las edades Antigua y Media (L. Suárez), los de la Edad Moderna (M. Barrio) y los de la Contemporánea (J. Paredes); a los ue se añade el acertado complemento de los concilios ecuménicos (D. Ramos-Lissón). Es un verdadero diccionario, y algo más. Porque este libro contiene unos valores que merecen destacarse: estilo ágil y sustancioso, objetividad en la exposición, atención a la trama histórica ambiental, explicación adecuada de los problemas dogmáticos y doctrinales, y referencias bibliográficas sobre los temas o figuras de mayor relevancia. Al final, un glosario y un útilísimo índice alfabético de nombres y conceptos facilitan la consulta rápida de cualquier asunto.

La obra constituye, ante todo, un diccionario biográfico. No falta ninguno de los 263 papas legítimos, desde san Pedro hasta Juan Pablo II, ni de los numerosos antipapas que les disputaron la sede apostólica. Por riguroso orden cronológico se narran las vidas de los papas, antes y después de acceder al solio pontificio, utilizando apartados o epígrafes, cuando lo aconseja la diversidad de los temas. Se ha dado mayor extensión a los papas de los dos últimos siglos, por la relevancia de sus figuras admirables, y por las soluciones que dan a los problemas de nuestro tiempo. Los autores se han esmerado en trazar semblanzas con objetividad, distinguiendo las leyendas de los datos comprobados, y sin ocultar los defectos que aquejaron a algunos pontífices. De todo hubo en la silla de San Pedro. Santos y pecadores, personas brillantes y vulgares. Es impresionante la galería de hombres insignes en todas las épocas (León, Silvestre, Dámaso, Gregorio Magno, Nicolás, Hildebrando, Inocencio III, etc.); pero no faltan papas indignos, o que se dejaban arrastrar por abusos muy extendidos en su tiempo, como el nepotismo. El lector encontrará siglos de historia, se percibe, sin embargo, la tensión constante entre la misión espiritual del papa y los condicionamientos temporales en que esa misión tenía que desarrollarse. Los dos aspectos aparecen constantemente en el libro. El primero, esencial e irrenunciable, explica las actuaciones espirituales de los papas, sus declaraciones doctrinales, sus afanes misioneros por la propagación de la fe y sus repetidos intentos de reforma de la Iglesia. El segundo, la dimensión temporal, ha obligado a los reyes de Roma, durante muchos siglos, a mezclarse en las luchas por el poder, sin descartar la guerra, la represión o la violencia. Es la gran paradoja de la historia de los papas, hasta el despojo final (felix culpa!) de los Estados Pontificios, un lastre temporal, que, sin embargo, se consideraba muy conveniente para mantener la independencia espiritual. Esta doble dimensión, espiritual y temporal, explica las tensiones y contradicciones en la vida de muchos papas. Una dicotomía que no ha quedado soslayada en este libro, útil y ameno, muy recomendable por su rico contenido y fácil manejo.

Rusia y Occidente

ryo1.jpgResulta ya tópico, y más en estos momentos, decir que la Rusia postsoviética tiene en vilo a Occidente desde hace más de una década. La incapacidad de sus dirigentes para fijar un rumbo a su sociedad hace inútil, incluso, el plantearse si ésta sería capaz de seguirlo. Una sucesión de gobiernos erráticos desde 1985, la falta de tradición democrática liberal y el desconocimiento de las leyes del capitalismo moderno han dado paso a una generación amoral, incapaz de concebir ilusiones, ni tan siquiera proyectos. Los ídolos que imperaron sobre la población mayoritaria en la Unión Soviética durante siete décadas —hermandad proletaria internacionalista, hazañas deportivas y cosmonáuticas, ideales pacifistas— han dejado paso al más siniestro rostro del capitalismo insolidario, las mafias con sus extorsiones, el narcotráfico y la drogadicción, la pura especulación sin bases económicas reales. La población ha perdido la cobertura de sus necesidades mínimas de subsistencia, quizás precaria, en aras de una inútil y, a la postre, inexistente libertad, lo que hace pensar a muchos que el Padrecito Lenin tenía razón al cuestionarse la finalidad de esa libertad.

Al margen de la catastrófica situación económica que ha llevado a Rusia a la quiebra, con repercusiones en todo el orbe imposibles de calibrar aún, la degradación social generalizada alcanza niveles impensables en la otra potencia mundial. No hace mucho, el Presidente de la República, el ex camarada Yeltsin, el que mandó derribar la casa donde se asesinó a la familia imperial en 1918, sorprendía a todo Occidente pidiendo perdón ante las cámaras televisivas, en los propios funerales de los Románov, mientras que la Cámara Baja, la Duma, anunciaba pública y oficialmente que no se haría representar en las exequias de Nicolás «el Sanguinario». Esta divergencia de criterios, si se quiere anecdótica, es claramente indicativa de la falta de acuerdo social en Rusia acerca de cualquier materia. Las instituciones presuntamente democráticas actúan enfrentadas hostilmente; los intelectuales, antaño ocupados en criticar al régimen soviético, se pierden en divagaciones estériles que a nadie interesan y que nadie comprende; la Iglesia Ortodoxa se debate en discusiones bizantinas sin lograr la reunificación con los grupos escindidos a raíz de la Revolución, mientras surgen por doquier sectas disparatadas…

La obra que comentamos, Rusia y Occidente, puede ayudarnos en cierta medida a plantearnos el eterno problema: ¿puede Rusia desarrollarse socialmente según los esquemas occidentales? Las tesis eslavófilas y occidentalistas se enfrentan en el pensamiento ruso desde el siglo XVII. Quienes creen que Rusia debe, y puede, seguir los modelos europeos (en gran medida deberíamos decir, quizá, estadounidenses) se enfrentan con los herederos del pan-eslavismo y de la ortodoxia, en extraña amalgama con las reminiscencias tártaras, bizantinas y estalinistas. Esta explosiva combinación ha sido sistematizada por Olga Novikova, del Centro de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha seleccionado una docena de textos, en algunos casos de autores tan famosos como realmente desconocidos, desde Dostoievski y Soloviev, entre los ya clásicos, a Lijachov, una de las plumas más prestigiosas de la Rusia de hoy. Junto a los textos con polémicas decimonónicas, las soflamas nacionalistas con resabios patrioteros y las profundas reflexiones filosóficas de los textos seleccionados, Novikova nos presta con su estudio preliminar, clarificador hasta donde se puede en tema tan complejo, al igual que las notas de los textos, en cuya elaboración, así como en las tareas traductoras, ejemplarmente resueltas, ha participado también José Carlos Lechado.

Occidente, y particularmente los Estados Unidos, no han comprendido nunca las abismales diferencias que lo separan de Rusia; creer que estas diferencias radicaban sólo en un modelo económico que, tras la implantación de formas más o menos capitalistas, habrían desaparecido es un gravísimo error del que esta obra nos mantiene alejados; se trata, pues, de un instrumento de acercamiento a una realidad cuyo desconocimiento por los propios interesados ha colocado a todo el mundo en una delicadísima situación de la que va a ser muy difícil salir, si es que se consigue hacerlo, y, en cualquier caso, la discusión acerca del problema de Rusia y Occidente tiene visos de durar aún varias generaciones.

La última carta de Charlotte Bronte

Rectoría de Haworth,
26 de febrero de 1855

Para Ellen Nussey

Querida Ellen:

La primavera no acaba de apuntar en los páramos, y el viento del invierno gime todavía sin cesar. Por las noches es un largo suspiro que se alarga y que sólo descansa para recomenzar enseguida con más fuerza, como el lloro de un niño desesperado por la ausencia de su madre. Pero también puede sonar como una larga risa, que unas veces parece alegre y otras cargada de tristeza. Después de la muerte de mis hermanas, mientras yo pensaba en ellas, el viento era su voz diciendo mi nombre. En ocasiones lo oía tan claramente que me incorporaba en el lecho, desazonada. Pero con los días volvía a sentir que era solamente el viento en los páramos, el viento como risa, como lamento. Cuando murió el pobre Branwell, el viento simuló sus llamadas mucho más tiempo, como si, por ser él el más desdichado de todos, mi memoria se empeñase en mantener su voz mplorante y perdida entre esas rachas sonoras.

Yo me siento muy mal, querida Ellen, pero no es éste el momento de hablarte de unos sufrimientos que nada consigue aliviar, aunque mi querido esposo Arthur me cuida con toda ternura y paciencia. Escribir me ayuda a olvidar mi enfermedad, aunque temo que llegue a estar tan agotada que no pueda hacerlo. Ya ni siquiera soy capaz de manejar la pluma, y debo valerme sólo del lapicero, pero no sabes cuánto esfuerzo me cuesta. Aunque el gusto de hacerlo, y de comunicarte mis pensamientos, compensa con creces lo penoso de la tarea. Hoy me he puesto a escribirte nada más despertar, porque he tenido un sueño que me ha hecho sentir intensamente, de una sola vez, recuerdos y evocaciones que antes únicamente venían a mí de manera ocasional y dispersa. Sé que a ti, tan serena y tranquila, no te asalta, como a mí, una imaginación desbocada furiosa, ni la sensación de estar pletórica de un vigor y de una energía parecida a la de esos vientos embravecidos que recorren el páramo, a la de las olas gigantes que una galerna puede levantar, y hasta a la de la lava ardiente que, según cuentan los viajeros, brota violenta de las entrañas de la tierra. Esa sensación tengo, querida Ellen, debajo de la evidente debilidad de mi cuerpo, tan insignificante y castigado por la enfermedad. Y todavía sigo sorprendida y admirada de que una fragilidad como la mía pueda albergar tal imaginación, cargada, con fuerza y hasta con violencia, de sueños tan esplendorosos y magníficos. Tal vez ese poder de soñar por
encima de la miseria de nuestra condición es lo que nos hace de verdad divinos, querida Ellen, y disculpa si digo estas cosas que pueden parecer un poco heréticas, aunque me tranquiliza saber que, de acuerdo con tu vieja promesa, también quemarás esta carta. Acaso la exaltación que ahora mismo estoy sintiendo tenga mucho que ver con la fiebre, aunque no es raro en mí constatar que una vida más pujante y vigorosa, la vida de mi espíritu, está escondida debajo de mi cuerpo mortecino.

Pero me he puesto a escribirte para contarte un sueño que he tenido esta misma noche. Me dispuse a dormir muy pronto, como hago desde que estoy tan enferma, después de bajar al aposento de mi padre para pedir su bendición, según acostumbramos desde la niñez, y durante un rato fantaseé con el gemido de ese viento melancólico que, también desde la infancia, ha sido la música principal de mi vida, la melodía que impregna, incluso cuando no la oigo, toda mi persona, como creo que impregnaba la de mis hermanas, con más vigor que los propios recuerdos de Branwell, Anne y Emily tocando en la salita alguna melodía de nuestro admirado G. F. Haendel. Sentía pasar al viento y me dejaba llevar en su sonido como si yo fuese esa risa, o ese gemido con que la naturaleza parece celebrar o lamentar lo que los humanos no podemos entender. De repente, dejé de oírlo. El viento ya no se movía, Ellen, ni era invierno, y por la ventana de pronto entreabierta se derramaba en mi alcoba un claror lunar y penetraba el aliento suave del tiempo de verano. Me levanté entonces, bajé las escaleras y salí de casa. Ya no sentía cansancio ni languidez. La luna brillaba entre las lápidas de las tumbas, en el cementerio que se extiende frente a la rectoría, como señalando con aquel fulgor el triunfo de la muerte, pero ya no había en mí temor alguno, sino una extrañeza llena de júbilo, una disposición fervorosa a encontrar la fuente de una segura alegría.

No había una sola nube y la luz lunar incitaba a la melancolía pero también a una benéfica serenidad. Yo eché a andar por el sendero que lleva a las cascadas, entre las colinas que brillaban en la noche. Pronto Haworth y las viviendas humanas desaparecieron a mis espaldas y quedé yo sola en el páramo, iluminado por el reflejo de plata, con el aroma de los brezos y los cantos de los pájaros nocturnos y los sonidos de los insectos. Yo sentía el corazón de la noche inmensa como el lugar más puro de una soledad que sin embargo mostraba, en los reclamos de las aves y de las pequeñas bestias de la hierba, el bullicio de una vida multiplicada e invisible. Pronto comencé a oír el rumor de la cascada, pero en su sonido se mezclaba otro que enseguida identifiqué como el de una flauta. La melodía de la flauta se unía al sonido de la cascada, y ambas formaban un dúo cristalino que sonaba como una llamada. Y cuando me acerqué, Ellen, vi las sombras blancas de todos. Estaban allí quietos, esperándome. En mitad del puente, las pequeñas figuras de María y Elizabeth, en la misma edad en que murieron. A un lado de la cascada, sobre la roca en que tanto le gustaba sentarse a leer, Emily, con un libro en las manos, y a su lado Anne, con un ramillete de brezo. Y sentado más arriba, en la escarpadura, Branwell. Era él quien tocaba, y descubrí que la melodía era la alemanda del octavo concierto de nuestro amado Haendel. Y alrededor, las aguas cayendo entre las piedras brillantes, y los musgos de superficie aterciopelada, y los helechos, y los ojos de una rata de agua brillando súbita entre los juncos.

Me esperaban, Ellen, todos mis queridos hermanos muertos me esperaban, y todos me recibían con una sonrisa, como si no hubiesen desaparecido en el transcurso de los años, las pequeñas hace tanto, tanto tiempo, sino que aquel encuentro perteneciese a una excursión planeada aquella misma tarde, y sólo hubiésemos dejado de vernos unas horas. Nos agrupamos y echamos a andar por el sendero que lleva a los páramos altos, allí donde tanto hemos jugado de niños, hasta llegar a las viejas ruinas que para nosotros eran, también de niños, el castillo del duque de Zamorna, cuando intentamos la Gran Confederación del Pueblo de Cristal, con sus murallas e infinitos torreones, y Verdópolis, y Angria, y las islas lejanas, el País de Gondal y Gaaldine. Nadie sabía cuál había sido el origen de aquellas ruinas, pero para nosotros estaban habitadas por fantasmas poderosos, por espectros que nos traían esas evocaciones de las glorias antiguas, de los lances caballerescos y de las aventuras fabulosas. Por eso, cuando nuestro padre le regaló a Branwell los doce soldaditos de madera, Emily, Anne y yo, escogimos cada una el que más nos gustó y le dimos el nombre que le convertiría en personaje importante en nuestras invenciones.

Y estábamos allí otra vez, recordando nuestros juegos de infancia, y los diminutos libros que habíamos fabricado y escrito sobre las hazañas de aquellos reinos, y las pequeñas, que habían muerto antes de que los inventásemos, nos escuchaban admiradas. Yo narré las crónicas de Gondal, y cómo fue conquistada Angria, y en la noche de verano resonaba mi voz cantando la pasión de los héroes y de las heroínas, los hechos de guerra, los grandes e imposibles amores y las terribles desesperaciones. Ahí, en esas ensoñaciones, vibraba la conciencia de una vida más estimulante que la que de continuo vivíamos en la rectoría, y aún de la que vivían la mayoría de nuestros compatriotas y hasta la mayoría de los demás habitantes del mundo, y comprendíamos que todas aquellas fantasías no sólo nos las habían sugerido nuestras lecturas y los cuentos de la vieja Tabby, que había visto en persona a los duendes antes de que los echasen las fábricas, cuando la gente todavía hilaba a mano, sino los murmullos del viento en los páramos, pues el viento estaba cargado de palabras secretas que contaban todos los hechos maravillosos del mundo, para que nosotras los reconstruyésemos en el país de los pensamientos.

Si la naturaleza es capaz de tanta belleza y de tanto furor, si la naturaleza lleva en sí tanto poder, ¿por qué los humanos nos conformamos con nuestra mediocridad? Yo estaba rodeada por mis hermanos, bajo la luna de verano, en medio de los páramos salvajes y desiertos, y todas mis penas habían desaparecido. Ni siquiera recordaba mis oscuros tiempos de institutriz, esa profesión que es la más triste que puede tener una mujer, ese pasar sin existencia privada, que nadie valora, esa reclusión de extranjera en una casa donde todo es ajeno y lejano, reducida a la exclusiva y tiránica compañía de unos niños que conocen su propio poder y aborrecen naturalmente la labor de la intrusa. Todas mis penas habían desaparecido, y hasta la carta de ese poeta que un día tanto admiré, en que me dijo que la literatura no puede ser el oficio de una mujer, no debe serlo, pues quién entonces realizaría las tareas que permiten que los hombres escriban.

Nosotras, por la virtud y la fuerza de aquellos páramos inhóspitos y salvajes, ungidas por la monotonía lúgubre de la lluvia y el fulgor implacable de la nieve, bendecidas por el beso de hada de aquel viento gimiente, habíamos conquistado Angria, y el país de Gondal, y habíamos empezado a llamar la atención del mundo literario cuando publicamos, con la herencia de la pobre tía Elizabeth, aquel librito que firmábamos con tres nombres supuestos, ambiguamente masculinos, de hermanos. Y luego habíamos escrito y publicado nuestros libros individuales, y esa sólida sociedad que ignora el valor de la naturaleza, el poder real del corazón humano, el sentimiento de libertad que ningún espíritu debe doblegar, el poder insoslayable de la imaginación, esa sólida sociedad que se escandaliza todavía leyendo a Byron y que ya casi ha olvidado a Scott, había quedado desconcertada. Es todo lo que pido en vida y muerte, un alma libre, y valor para aguantar, había escrito Emily en uno de sus últimos poemas, y allí estábamos todos, con el alma libre y sin perder, cada uno de nosotros, el valor que habíamos tenido en el mejor y más intenso momento de nuestras vidas.

Entonces, Ellen, regresamos a casa. La luna hacía brillar los lomos de las colinas y el paisaje iba moviéndose a nuestro paso. Dejaba asomar las nuevas ondulaciones, o se quebraba en las vaguadas, donde se podía oír el sonido de los arroyos y el croar de las ranas. Al fin contemplamos, a lo lejos, la silueta de nuestro hogar, la vieja casa rectoral, y hasta el brillo de las lápidas, y más lejos, en una cota más baja, la torre almenada de la iglesia parroquial. Y en aquellos momentos, sobre los suaves sonidos de la noche llegó hasta nosotros, todavía muy leve, el tañido de las campanas. ¡Era también tan transparente, en mitad de la noche, debajo del intenso fulgor lunar, esa voz de cristal y de lágrima! Y enseguida supimos lo que significaba el toque lento, lento, repetido monótonamente. Todos lo supimos, y mis hermanas y mi hermano me miraban porque aquella vez la campana no doblaba por ellos sino sólo por mí, Ellen, la campana doblaba por mí, y yo estaba muerta en esta misma cama, en la casa familiar, pero estaba también allí, en el páramo, sintiendo que formaba parte para siempre de su salvaje vigor y hasta de ese resplandor de la luna que alumbra el mundo desde su nacimiento y que lo seguirá alumbrando después de que todos nosotros nos hayamos ido.

Y a pesar de lo lúgubre del sueño, me desperté sintiendo una misteriosa alegría, y con la fuerza de esa alegría me he puesto a escribirte. Seguramente es la fiebre también la que me sostiene. Espero que perdones las razones insensatas que puedas encontrar en esta carta, que debes destruir enseguida, como habrás hecho con todas las anteriores.

Escríbeme pronto, querida Ellen. Te quiere tu amiga,

Charlotte

Quién es Slobodan Milosevic

MILOSEVIC, que tiene ahora 58 años de edad, nació el 29 de agosto de 1941 en Pozarevac, una ciudad industrial en Serbia central. Su padre era un sacerdote ortodoxo, emigrado de Montenegro a Serbia, y su madre era maestra. Las biografías oficiales no mencionan apenas su juventud, pero las biografías no oficiales aseguran que sus padres se suicidaron.

Después de terminar sus estudios de Derecho en la Universidad de Belgrado en 1964, el joven ambicioso Milosevic se alistó a los 22 años en las filas de la organización de la juventud comunista. Poco a poco fue ascendiendo los escalones de una carrera en la industria. En 1969 era subdirector y en 1974, director de Technogas, desde donde ascendió en 1974 al puesto de director del banco Beobanka, uno de los mayores bancos estatales de Yugoslavia. En esta calidad vivió durante algún tiempo en Nueva York, donde se familiarizó con el mundo bancario americano. Beobanka fue, por cierto, uno de los bancos serbios que, cuando Yugoslavia estaba desintegrándose, rompió la disciplina monetaria emitiendo dinero de forma masiva sin preguntar a nadie, hasta el punto que el jefe del gobierno federal, Ante Markovic, se enteraba de las nuevas emisiones a través de la prensa diaria.

En 1984, Milosevic empezó de forma magistral un golpe contra Ivan Stambolic, su patrón personal y político, sucediéndole primero como jefe del Partido Comunista de Belgrado en 1984 y como jefe del partido de Serbia en 1987. La mayoría de los habitantes de la antigua Yugoslavia recuerdan todavía aquellas larguísimas sesiones del octavo pleno de la Liga de los Comunistas de Serbia, en septiembre de 1987, retransmitidas -contra la práctica habitual- por la televisión estatal, en el curso de las cuales Milosevic consiguió eliminar al equipo anterior. Con una táctica verdaderamente estalinista, echó del poder al jefe del partido de Belgrado, Dragisa Pavlovic. Su caída significó al mismo tiempo la caída de Iván Stambolic, que había sido su amigo y compañero de estudios.

Tito había muerto en 1980 y la desaparición de su fuerza integradora abrió paso al nacionalismo en todas las repúblicas de la cada vez más débil República Federal.

Socialista de Yugoslavia, Milosevic empezó a utilizar consecuentemente estos sentimientos. Hace ahora doce años que Milosevic -cuando era todavía simplemente secretario de la organización del Partido Comunista de Belgrado- se puso al frente del ultranacionalismo serbio frente a una manifestación de serbios en Kosovo Polje, un suburbio de Prishtina. Fue allí donde pronunció en junio de 1987 su famosa promesa: «Nadie os pegará». Entonces, en el balcón de la Casa de Cultura de Kosovo Polje, al lado de Milosevic estaba todavía Azem Vlasi, el jefe de la Liga de los Comunistas en Kosovo, un albanés que Milosevic más tarde metería en la cárcel.

EL DESPERTAR DEL PUEBLO

Milosevic se convirtió entonces en un líder populista. Con gran habilidad consiguió convertir a los obreros en huelga que desfilaban por las calles de Belgrado en octubre de 1988, diciéndoles: «Destruiremos la contrarrevolución en Kosovo y cambiaremos la Constitución serbia». Al poco rato, los obreros empezaron a gritar: «¡Serbia!, ¡Serbia!, ¡Serbia!», y regresaron pacíficamente a sus fábricas. Casi todas las semanas había manifestaciones públicas, que la prensa oficial calificaba de «el despertar del pueblo». Fue en aquella época cuando Milosevic empezó a enviar «activistas» a las provincias y demás repúblicas que provocaron la caída de los antiguos equipos. El 23 de marzo de 1989 Milosevic hizo aprobar una nueva Constitución para Serbia, que -violando la Constitución federal- privó a la provincia de su capacidad de intervenir en los asuntos de la Federación. Y fue en aquel momento, cuando el actual Presidente de Eslovenia, Milan Kucan, comentaba a este corresponsal: «Mañana nos tocará a nosotros, de manera que, antes de que esto suceda, nos vamos de Yugoslavia».

Desde entonces los serbios suelen hablar de su líder utilizando el nombre familiar «Slobo». La concepción que reina actualmente entre los intelectuales serbios es que la creación de una Yugoslavia federada por los comunistas que ganaron la guerra fue una conspiración del Komintern y de sus agentes yugoslavos contra el pueblo serbio.

Esta afirmación se basa en el hecho de que el Komintern apoyó en los años treinta la idea de una federación balcánica. Esta teoría fue presentada de forma autoritaria por vez primera en septiembre de 1986 en un memorándum de la Academia Serbia de Ciencias y Bellas Artes (aunque el memorándum era conocido desde antes, fue publicado en 1989 por la revista Duga). Los autores del texto se quejan de la constante relegación de los serbios bajo el régimen del croata-esloveno Tito, pero pasan totalmente por alto el gran papel que desempeñaron los serbios en Bosnia y en la Krajina croata durante el régimen comunista, especialmente en el ejército. Las cuotas de políticos y funcionarios que las seis repúblicas y las dos provincias autónomas podían enviar a los órganos federales eran casi siempre llenadas con serbios. El hombre a quien Tito había hecho responsable de la seguridad interior era Aleksandar Rankovic, un serbio. Es cierto que fue él quien inmediatamente después de la guerra destruyó a los cetniks (nacionalistas serbios que lucharon contra los partisanos durante la guerra) y a la burguesía de Belgrado, pero la caída de Rankovic en 1966 (había puesto micrófonos incluso en el dormitorio de Tito y su esposa Jovanka) fue considerada en Serbia como «un golpe contra Serbia». Por lo demás la política de opresión comunista no se dirigió sólo contra la burguesía y el campesinado serbio, sino contra la potencial oposición en las demás repúblicas.

A pesar de ello, los autores del memorándum partían de la base de que, después de la Segunda Guerra Mundial, el pueblo serbio en Yugoslavia había sido relegado «sistemática e intencionadamente» por la «política revanchista» de una «coalición antiserbia» dentro del Partido Comunista. Aquella coalición estaba formada por croatas y eslovenos y se había manifestado en la cooperación de Tito con el ideólogo esloveno Kardelj («teoría de la autogestión del trabajo asociado»).

Aquella política de discriminación se basaba en el eslogan de que «una Serbia débil significa una Yugoslavia fuerte» y llegó hasta el punto -dice el memorándum- de que la «nación serbia no tuvo derecho a disponer de su propio Estado». Esta afirmación del memorándum se basaba en el hecho de que, en 1974, Tito había promulgado una nueva Constitución federal que daba una gran autonomía a dos provincias serbias Voivodina y Kosovo, y en la afirmación falsa de que «partes del pueblo serbio, que es muy numeroso en otras repúblicas, a diferencia de las minorías nacionales, no podían ni tan sólo utilizar su escritura y su lengua, no podían organizarse culturalmente ni desarrollar una cultura unitaria de todos los serbios».

LA CONSTITUCIÓN DE 1974 Y EL MEMORÁNDUM

El gran mal fue, para los autores del memorándum, la mencionada Constitución de 1974, que dividía Serbia «en tres partes» y que condujo al «genocidio de los serbios en Kosovo». Esta afirmación del memorándum implicaba una crítica a los serbios de fuera de la Serbia interior, especialmente de la Voivodina. Con su «desinformación», aquellos serbios se habían hecho «corresponsables» de que quedaran problemas sin resolver.

La crítica iba dirigida especialmente a los «asentados antiguos» que habían apoyado la autonomía de su provincia. Especialmente molestó a los autores del memorándum que las provincias fueran declaradas «elementos constitutivos» de la Federación. El catálogo de quejas del memorándum era muy hábil, porque hacía suyas las críticas de los comunistas reformados contra el régimen. Con la tesis de que el sistema comunista se había «burocratizado», el memorándum puso en manos de Milosevic un argumento para iniciar su campaña por el poder como una «revolución antiburocrática». Hasta el fin del memorándum los autores no declaran sus verdaderas intenciones, que intentaban bagatelizar, escribiendo que Serbia no se opuso en 1945 a una Constitución federal, pero que deberían oponerse a la Constitución de 1974, porque aquella Constitución no era «federal», sino «confederal».

La verdadera intención de los autores del memorándum se pone de manifiesto cuando se propugna la celebración de un «referéndum de todo el pueblo serbio» sin tener en cuenta las fronteras y los derechos soberanos de las demás repúblicas. Para la mentalidad occidental es algo difícil de entender la terminología de los autores del texto, pero la intención era clara: los serbios tenían que ser «soberanos» no tan sólo en su propia república sino en las demás repúblicas, donde no eran mayoría.

Uno de los principales autores del memorándum -cuyo texto original nunca fue publicado por la Academia y cuyos autores afirmaron luego que se trataba sólo de un «borrador»- fue el escritor Antonje Isakovic, junto con el profesor Mihajlo Markovic, un representante del grupo neomarxista Praxis que, incomprensiblemente, había sido considerado «liberal» en Occidente. La parte económica del memorándum corrió a cargo del profesor Kosta Mihajlovic. Y fuera de discusión está la participación del escritor Dobrica Cosic, que más tarde sería Presidente de la Federación.

El memorándum es fundamental para conocer la ideología y mentalidad de Milosevic. Si los famosos mediadores internacionales se hubieran tomado la molestia de estudiarlo con atención, seguramente las cosas hubieran ido por otros canales. En mayo de 1989, Milosevic fue elegido Presidente de Serbia, cargo en el que sería confirmado más tarde en elecciones directas. En junio de 1990, fue nombrado como nuevo presidente del Partido Socialista de Serbia (SPS), que era la reconversión del antiguo Partido Comunista. Ya entonces -cuando Occidente estaba contemplando atónito los primeros síntomas de que el bloque soviético iba a derrumbarse- enarboló Milosevic la mágica palabra de guerra. «Serbia se encuentra frente a nuevas batallas, no armadas, si bien no hay que excluirlas», dijo el 28 de junio de 1989. A fines de 1990 proclamó en público otra de las palabras mágicas: «Todos los serbios deben estar dentro del mismo Estado».

UN MENSAJE: EL MUNDO CONTRA SERBIA

Las tres guerras que se han registrado en la ex-Yugoslavia desde entonces eran por lo tanto inevitables. En diciembre de 1992 -en plena guerra en Bosnia- fue reelegido presidente de Serbia. Como tal, impuso la supremacía de Serbia en la Federación. Al principio intentó llevar a cabo este proyecto político apoyándose en los elementos yugoslavistas del aparato estatal, especialmente en el Ejército. Más tarde, los yugoslavistas fueron sustituidos por los panserbios.

Desde entonces, la posición de Serbia no ha cambiado. Los dos principales principios de esta política son: primero, Serbia está allí donde hay serbios y, segundo, los serbios no pueden ser degradados en ninguna parte a la categoría de una simple minoría. Todo ello ha costado un cuarto de millón de vidas y alrededor de dos millones y medio de personas sin casa.

Milosevic utilizó todos los recursos y triquiñuelas para permanecer en el poder. Cuando la Constitución serbia (que él mismo había redactado) le impidió presentarse por segunda vez a las elecciones presidenciales de Serbia, Milosevic cambió simplemente de despacho y se hizo elegir Presidente de la nueva Federación de Yugoslavia, después de haber convertido esta función, que antes era puramente representativa, en una posición de poder ilimitado. Desde entonces reside en el lujoso Palacio Blanco que antes había utilizado el Presidente Tito.

Su ambición de poder no conoce límites. Así, por ejemplo, no tuvo ningún escrúpulo en llamar a los tanques del Ejército para disolver en marzo de 1991 las manifestaciones de protestas en las calles de Belgrado. A fines de 1996 y 1997, consiguió superar las manifestaciones de protesta en diversas ciudades del país, que duraron varios meses, saliendo de ellas más fuerte que antes. El más conocido líder de aquellas manifestaciones era el ex periodista Vuk Draskovic, al que la policía de Milosevic había apaleado y detenido, y que sólo fue liberado de la cárcel cuando la esposa de Mitterrand acudió personalmente a Belgrado para implorar clemencia. Pero Milosevic, después de haber sido humillado por Felipe González (que, en nombre de la OSCE, le obligó a anular un pucherazo electoral en las elecciones municipales), logró con mucha habilidad desunir a la oposición.

En el conflicto actual de Kosovo, lo mismo que en las guerras en Eslovénia, Croacia y Bosnia, su mensaje ha sido siempre el mismo: el mundo se ha unido contra Serbia y Serbia tiene que resistir.

Durante todo este tiempo, la situación económica de Yugoslavia y de Serbia, la mayor de las dos repúblicas que componen lo que ha quedado de la antigua Yugoslavia, se ha agravado de forma continuada. No han sido tan sólo las sanciones lo que ha perjudicado la economía yugoslava, sino el hecho de que Serbia no ha iniciado la transición del antiguo sistema comunista a la economía de mercado. Una buena parte de las fábricas están cerradas y el presupuesto del Estado es empleado para financiar tanto las fuerzas especiales de la policía como el ejército.

Incluso los que se oponen ahora a Milosevic en Serbia no ven ninguna alternativa para sustituirle.

Forzando los acontecimientos en Kosovo, Milosevic sabía que existían las amenazas potenciales de la OTAN. Es muy posible que durante meses Milosevic estuviera convencido de que la OTAN no iba atacar y de que su única tarea era la de digerir los strong messages y los let me be clear de los políticos atlánticos. Milosevic sabe perfectamente lo impopular que es para todos los países democráticos que forman la Alianza Atlántica una guerra en tierra extraña. Ahora, cuando la amenaza se ha hecho realidad, ha seguido su táctica habitual: sacar el mejor provecho de ella y presentarla como la prueba irrefutable de que existe una conspiración mundial contra su pueblo.

Estando cada vez más aislado dentro y fuera del país, se supone que su consejero más importante es su esposa Mira Markovic, una intelectual marxista, cuyas invectivas contra Occidente aparecen con frecuencia en la prensa controlada por el poder. Tienen dos hijos: Marija, que dirige una emisora de radio y televisión (destruida por los aviones de la OTAN) y Marko (a quien la televisión serbia suele enfundarle un traje de militar de camuflaje para demostrar que se ha unido a la lucha contra el imperialismo de la OTAN). Marko es propietario de una discoteca y es un fanático de coches veloces. Recientemente su nombre apareció en la prensa, debido a que pegó a un periodista que había escrito sobre el nacimiento de un hijo natural suyo. Un hermano de Milosevic está al frente de la embajada más importante de Yugoslavia: la de Moscú.

PODER, POPULISMO Y DESLEALTAD

Uno de los biógrafos críticos de Milosevic, Slavoljub Djukic, escribe que el Presidente yugoslavo «es un típico técnico del poder y maestro consumado en conseguir convertir las numerosas derrotas serbias en victorias y en atraerse el fervor popular». Durante los años que trabajó para Beobanka, yendo y viniendo de Belgrado a Nueva York, aprendió todos los trucos que emplea ahora en las negociaciones.

El líder de la oposición, el ex neomarxista Zoran Djindjic, está convencido de que para Milosevic, en el momento actual, «el objetivo prioritario no es Kosovo, ni Serbia, sino únicamente mantener el poder». Djindjic ha llegado a declarar en Munich que, si Milosevic cede, únicamente lo hará en nombre de la paz y «mantendrá con ello la hostilidad de la población con respecto a Occidente».

Una de las características más llamativas de Milosevic es su deslealtad. Toda su carrera política está sembrada de los cadáveres políticos de sus ex aliados.

El primero de ellos fue Iván Stambolic. Uno de los que más le ayudó durante todo el proceso de desintegración de Yugoslavia había sido Borisav Jovic, una especie de Carrero Blanco de Milosevic en la Presidencia colectiva de la Federación. Jovic fue uno de los políticos más importantes en el momento de llevar a cabo las maniobras encaminadas a evitar un auténtico diálogo entre las seis repúblicas de la Federación, cuando de hecho el gobierno federal de Ante Markovic había sido despojado de casi todas sus competencias soberanas. Después de que el antipático Jovic hubiera llevado a cabo su cometido, desapareció de la cumbre.

Más tarde ha escrito un libro extraordinariamente comprometedor para Milosevic.

De la misma forma desapareció de escena una de las figuras más estrambóticas de la tercera Yugoslavia (la primera fue la monarquía de entregue rras, la segunda el régimen comunista de Tito y la tercera el torso que le quedó a Milosevic después de la separación de Eslovénia, Croacia, Bosnia y Macedónia), el ex primer ministro yugoslavo, Milán Panic, un ex corredor de bicicletas que había emigrado a los Estados Unidos, donde se hizo millonario. Milosevic le puso al frente del nuevo gobierno federal, de donde le eliminó en el momento en que Panic intentó llevar a cabo una política propia. Los diplomáticos recuerdan cómo Milosevic le cortó la palabra en plena conferencia de Londres.

De la misma forma se deshizo de Dobrica Cosic, intelectual y uno de los principales autores del mencionado Memorándum de la Academia de Ciencias, al que puso por poco tiempo al frente de la Federación yugoslava.

Una de las separaciones más espectaculares fue la del líder serbio de Bosnia, Radovan Karadzic, a quien Milosevic apoyó desde el momento en que estaba claro que Bosnia-Hercegovina -de acuerdo con el arbitraje elaborado por la entonces Comunidad Europea- iba a declararse independiente. Antes, Milosevic había dejado en la estacada a los dirigentes serbios de los territorios ocupados de Croacia: cuando el nuevo ejército croata reconquistó en 1995 Eslavonía occidental y la Krajina, Milosevic no movió ni un dedo. Tampoco lo hizo cuando la aviación de la OTAN bombardeó las posiciones serbias en Bosnia, bombardeo que hizo posible las negociaciones de paz de Dayton.

En aquellas fechas, Milosevic obligó a Radovan Karadzic a darle poderes para firmar en nombre de los serbios de Bosnia el acuerdo de paz.

Cuando Panic (como jefe del gobierno federal) y Cosic (como Presidente de la Federación) empezaron a estorbarle, se deshizo de ellos y acudió al jefe de los radicales, Vojislav Seselj, del que se volvió a separar cuando le convino (y con cuyo partido gobierna ahora de nuevo).

También se separó sin ningún tipo de contemplaciones del economista Dragoslav Avramovic, que había sido gobernador del Banco Nacional y que en 1994 detuvo la inflación con una política de «moneda escasa». Más tarde, en septiembre de 1997, Avramovic se presentaría como candidato de la oposición «Zajedno» en las elecciones para la Dieta de Serbia.

La última destitución, la de Vok Draskovic, pudimos seguirla hace no tanto en los medios de comunicación.

El número de generales y altos funcionarios de seguridad que ha consumido Milosevic es incontable. Desde el principio, supo que tenía que apoyarse en dos columnas del poder: las fuerzas armadas (y en especial, las fuerzas especiales de la policía) y el control de los medios de comunicación social. Esta política ha sido llevada a cabo de forma consecuente.

LAS FUERZAS ESPECIALES Y EL CONTROL DE LOS MEDIOS

Las fuerzas especiales se han convertido en un segundo ejército de Serbia que dispone de todo tipo de armamento pesado y equipo sofisticado. Sus miembros están tan bien entrenados como pagados: sus salarios y los del ejército son pagados a costa de la inflación. En 1994, un nuevo dinar valía un marco alemán: ahora, con un marco alemán pueden comprarse en el mercado negro (del que se benefician los bancos estatales) más de diez dinares.

El control progresivo de la prensa ha desembocado en la nueva ley serbia de información, con la cual hizo cerrar en abril la última importante emisora de Radio B 92 y el resto de prensa independiente. La televisión es el gran instrumento del que se sirve para instrumentalizar en su favor el sentimiento de frustración que tiene la población. Tenía razón el mediador español en Bosnia, Carlos Westendorp, cuando no hace mucho recomendaba a los políticos occidentales que dejaran de «peregrinar» al despacho de Milosevic. Porque los responsables de la propaganda serbia saben utilizar estas entrevistas de forma magistral: es lógico que un serbio normal piense que Belgrado se ha convertido en el ombligo del mundo, cuando día tras día ve cómo en las pantallas de la televisión aparecen, uno tras otro, los ministros de Asuntos Exteriores de los principales países del mundo en el despacho de un Milosevic distendido, sonriente y seguro de sí mismo.

Este corresponsal ha hecho repetidas veces la misma experiencia. Si en una conversación con un serbio de la calle se plantea la actual crisis de Yugoslavia, lo más normal es que dicha persona intente sondear el punto de vista del interlocutor sobre Kosovo. En este caso el interlocutor, que ha pasado semanas y semanas en Kosovo, no tiene apenas tiempo para describir lo que está sucediendo allí, porque es interrumpido por una avalancha de argumentos patrióticos y pseudopatrióticos que esta persona ha oído en la televisión. Pero, si uno desvía la conversación, y contesta diciendo que lo más preocupante para él es la actual crisis en la economía del país, el interlocutor asiente inmediatamente. Y si, con una cierta habilidad, uno menciona -por ejemplo- la palabra «mafia», la criminalidad organizada, o el «disco», los coches de carreras y las novias de Milosevic júnior, aparece la otra cara de la moneda y Slobo ya deja de ser Slobo.

Los serbios -y Milosevic- han sido siempre muy capaces de llevar a cabo una excelente política de propaganda y desinformación. Esta es la razón por la que los corresponsales radicados en Viena (la escuela de Viena, como solían calificarnos los funcionarios que trataban con nosotros) eran mirados con desconfianza en Belgrado durante el régimen comunista: sabían que no estábamos sometidos al permanente bombardeo de información y des información de los medios diarios y, por lo tanto, menos dóciles.

Y esto es lo que están haciendo en el momento actual. Sólo un ejemplo: alguien ha puesto en Internet una página serbia de «Kosovo y Metohia». En ella aparece un cuadro estadístico sobre la población de Kosovo. Según éste, actualmente viven en Kosovo 1.378.980 habitantes, de los cuales sólo 917.000 son albaneses y 221.000 serbios. Si este corresponsal no dispusiera del último censo de 1991 elaborado por la Oficina de Estadística de la antigua Yugoslavia, creería en los milagros.

Según dicho censo, en 1991, en Kosovo vivían 1.954.747 personas, de las cuales 1.607.690 eran albanesas y 195.302, serbias.

Aparte de que este «genocidio estadístico» podría servir como orientación para adivinar cuáles son los objetivos que persigue la actual represión de las fuerzas serbias en Kosovo, la frescura de sus autores permite maniobras políticas. Así, por ejemplo, el sonriente Milán Milutinovic (presidente de la República de Serbia) podía citar tranquilamente estas cifras mientras se paseaba por las calles de Rambouillet rodeado de micrófonos de toda la prensa internacional: ¿quién va por Rambouillet con un voluminoso libro del Instituto de Estadística yugoslavo en la mano? Y, cuando uno ha consultado el censo, las declaraciones de Milutinovic han dado ya la vuelta al mundo.

UN HOMBRE QUE SE ADAPTA A CUALQUIER SITUACIÓN

Milosevic es un tipo muy especial, del que se conocen pocos amigos. Pero es muy inteligente, habla bien inglés y sabe adaptarse inmediatamente a las nuevas situaciones y a la técnica moderna. Holbrooke menciona con admiración la capacidad de Milosevic de sentarse, con un vaso de whisky en la mano, frente a un ordenador del ejército americano durante la conferencia de Dayton, para ver cómo se dibujaba, con la ayuda de un programa especial de cartografía, el trazado de una nueva carretera que debería unir el enclave musulmán de Gorazde con la capital de Bosnia-Hercegovina. Sabe quién es fuerte y quién es débil: en marzo, por ejemplo, no tuvo inconveniente en tratar hasta el límite de la descortesía al ministro de Asuntos Exteriores noruego, Vollbaek, que había acudido a verle en nombre de la OSCE. Pero sabía que no puede hacer lo mismo con el mediador americano Richard Holbrooke, porque sabía que Holbrooke se pondría a su altura.

Una de las tácticas habituales de Milosevic es la de conseguir saltarse los acuerdos hechos, creando nuevas situaciones. Por ejemplo: se acuerda poner un límite al número de fuerzas armadas serbias en Kosovo, para lo cual sería preciso retirar bastantes unidades serbias. Inicialmente se retiran las unidades, después de haber dejado el armamento escondido o almacenado sobre el terreno, pero más tarde los mismos soldados empiezan a regresar vestidos de civil. La noticia se publica y nadie reacciona. A los pocos días, empiezan a llegar más tropas en uniforme y con nuevo equipo.

Después de muchas idas y venidas, los mediadores internacionales consiguen reiniciar el diálogo con los responsables serbios. El resultado es que las nuevas negociaciones ya no versan sobre el cumplimiento del acuerdo inicial, sino sobre la forma de buscar una solución de compromiso a la nueva situación creada por nuevas fuerzas armadas, que se añade a un nivel de fuerzas que, de entrada, estaba ya por encima del nivel acordado.