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Algunas obras
Fernando de Herrera
Diputación de Sevilla, Sevilla, 1998

En 1582 apareció, bajo el título de Algunas obras, la única colección de sus poemas que publicó en vida Fernando de Herrera (1534-1597). La profesora Begoña López Bueno ha editado los 91 poemas que componen esa colección y, en un estudio preliminar, ha arrojado luz sobre las claves y el contexto de la obra del poeta y erudito sevillano.

Sátiras
Ludovico Ariosto
Ediciones Península, Barcelona, 1999

Ludovico Ariosto (1474-1533) escribió sus Sátiras durante los años inmediatamente posteriores a la primera aparición del Orlando Furioso (1516). En el breve estudio que precede a la edición bilingüe del texto, José María Micó ha analizado la mutatio animi que está detrás de la redacción de estas siete Sátiras. Micó también ha elaborado las documentadas notas que cierran el volumen y ha hecho una modélica traducción, para la que ha escogido, con acierto, los endecasílabos blancos.

Picasso por Picasso
Paul Désalmand
Traducción de Carme Camps
Editorial Thassália, Barcelona, 1998

La vida intensa, apasionada, sorprendente e inaprehensible de este artista longevo (1881-1973) ha dado lugar a una larga lista de publicaciones de muy variada naturaleza por su extensión y forma. La escrita por Paul Désalmand (1937) tiene tres características que la hacen recomendable. El historiador francés ha confiado, en primer lugar, en el valor ilustrativo
de la anécdota y del comentario expresado a vuelapluma, pues en ellas la personalidad del artista se revela de un modo espontáneo e intelectualmente explosivo, que casa muy bien con el discurrir de la existencia «divinamente» creativa del artista. Désalmand se ha servido, en segundo lugar, de muy variadas fuentes documentales francesas e inglesas, difícilmente accesibles para el público español. Y ha dividido, finalmente, su manual de iniciación a la vida del genio en una docena larga de capítulos, que son otras tantas ventanas abiertas sobre el pensamiento, la pasión, la admiración, el humor, las
opiniones políticas y, por encima de todo, el amor a la pintura de ese inigualable fenómeno llamado Pablo Ruiz Picasso.

Caballería roja.
Diario de 1920
Isaak Bábel

Traducciones de Ricardo San Vicente y Margarita Estapé. Prólogo de Galina Bélaya. Epílogo de Antonio Muñoz Molina
Editorial Glaxia Gutenberg, Barcelona, 1999

Galaxia Gutenberg inicia con esta primera entrega una colección, «La tragedia de la cultura», que sacará a la luz obras hasta ahora sepultadas por la censura en diversos regímenes autoritarios. En la nómina rusa de la colección figurarán nombres fundamentales como Bulgákov, Tsvietáieva, Platónov, Pasternak y Ajmátova, sufridores del régimen estalinista
no menos que el judío culto, nacido y educado en Odesa, que se sumó a las bárbaras fuerzas cosacas en la guerra civil posrevolucionaria, y de cuyas memorias, concienzudamente elaboradas y ahora brillantemente traducidas al castellano por San Vicente y Estapé, nos hace partícipes Caballería roja. La presente edición añade al texto de Bábel el Diario de 1920, las «notas de campo» tomadas por el escritor de las que nació su novela.

Los límites del individualismo
AA.W.
Editorial Noesis, Madrid, 1998

Las intervenciones en el Curso de Verano de la Universidad Complutense sobre el tema «Los límites del individualismo», que la Fundación Diálogos patrocinó el pasado verano, se recogen ahora en una publicación editada por Margarita Núñez Canal, y prologada por Juan Pablo de Villanueva. La individualidad humana fue tratada por los distintos especialistas
universitarios que intervinieron en aquella ocasión, desde perspectivas complementarias; si se empezó analizando la ontologia de la persona, se abordaron luego los límites tanto sociales, estéticos, políticos, económicos como éticos con los que se enfrenta dicha individualidad. Justamente este «diálogo» entre individuos conscientes y responsables es condición necesaria para superar «los límites del individualismo», de los que trata el libro.

Cantos de España

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Hace pocos meses se despidió del público la gran soprano Victoria de los Angeles, después de una larga e intensa carrera artística a lo largo de más de cincuenta años. Recibió entonces un emocionante homenaje. Su voz sigue sonando para quienes la admiramos a través de las numerosas grabaciones que ha realizado.

Cantos de España es una gran recopilación del repertorio de canciones de nuestro país, grabadas por Victoria de los Ángeles entre 1950 y 1992, que revela el gran interés que siempre ha tenido por divulgar nuestra música. El álbum reúne, en cuatro discos, canciones populares y tradicionales de nueve provincias españolas arregladas para ella por Graciano Tarrago, cantos sefardíes, cantigas medievales, canciones renacentistas y barrocas y una amplia representación de canciones españolas del siglo XX.

Pocos intérpretes han poseído la versatilidad de Victoria de los Ángeles, que ha sido capaz de interpretar estilos de música tan diversos y con tanta brillantez. Su gran talento interpretativo no sólo se puso de manifiesto al representar a las distintas heroínas de ópera, sino también al abordar el género de la canción de concierto, en el que ha abarcado muy distintas épocas, interpretando con la misma pulcritud y con exactitud histórica cada una de ellas.

Las primeras grabaciones datan de 1951, acompañada por las guitarras de Renata y Graciano Tarrago; en 1955 grabó en Londres una serie de canciones medievales, renacentistas y barrocas españolas junto a un grupo dirigido por José Mª Lamaña. Más tarde, en 1967, vendría su colaboración con uno de los grupos pioneros de música antigua en España, Ars Musicae de Barcelona, dirigido por Enrique Gispert, del que formaba parte el entonces jovencísimo Jordi Savall, y con ellos grabó un amplísimo programa de música antigua española.

Entre los pianistas con los que grabó el sitio de honor debe ser para Gerald Moor, descrito por Victoria como «el más grande de los excelentes pianistas con los que he trabajado». Pero también hay que mencionar a Gonzalo Soriano, con quien grabó las Tonadillas de Granados; y a Miguel Zanetti, que le acompañó durante los últimos años y grabó con ella las Canciones populares de Federico García Lorca. Y no podemos dejar de mencionar a Alicia de Larrocha, que, siendo las dos casi de la misma edad, desde muy joven acompañó a Victoria ocasionalmente, como en las Siete Canciones de Falla que se recogen en este disco.

La madurez artística conseguida por nuestra soprano se pone de manifiesto a través de estas grabaciones, en las que muestra una ductilidad de la voz verdaderamente admirable, una gran perfección técnica y una amplitud de registro vocal tal que la convierten en una artista inigualable.

A favor del nacionalismo liberal

El problema del nacionalismo y la existencia de naciones produce, con carácter general, un gran desconcierto entre los pensadores liberales de hoy en día. Por un lado, se reconoce que el nacionalismo ha jugado un saludable papel protagonista, propiciando la caída de los regímenes comunistas del Este de Europa, y oponiéndose en muchas ocasiones históricas al estatismo intervencionista y centralizador. Además, importantes líderes liberales europeos han defendido el papel de la Nación como insustituible elemento equilibrador frente a las tendencias intervencionistas y centralizadoras que, por ejemplo, se están haciendo evidentes en el proceso de unificación europea. Finalmente, se observa cómo la descentralización nacionalista pone en funcionamiento un proceso espontáneo de competencia para reducir las medidas de regulación e intervencionismo que, en su mayor parte, tienen su origen en los órganos centrales de poder estatal.

Sin embargo, el nacionalismo ha tenido, en muchas ocasiones, importantes consecuencias contrarias a la libertad de los seres humanos. Así, es fácil recordar la guerra que se desarrolla entre las naciones de la antigua Yugoslavia.

Por tanto, es preciso desarrollar una teoría sobre el nacionalismo que permita explicar estos problemas y haga posible que los liberales tomen una posición coherente respecto a los problemas que plantean el concepto de nación, el nacionalismo y la relación entre las diferentes naciones.

La nación puede definirse como un subconjunto de la sociedad civil. Es un orden espontáneo y vivo de interacciones humanas, que está constituido por una determinada serie de comportamientos pautados de naturaleza lingüística, cultural, histórica, religiosa y, con mucha menos importancia, racial.

Es importante reconocer las íntimas relaciones que existen entre las instituciones jurídicas, económicas y el subconjunto de la sociedad civil que hemos denominado nación. En efecto, la sociedad no es sino un complejísimo proceso de interacciones humanas, que básicamente son relaciones de intercambio que los seres humanos efectúan utilizando un lenguaje o idioma muchas veces común, que constituye el substrato básico de toda nación. Además, las interacciones humanas se efectúan de acuerdo con unas normas, reglas o hábitos de conducta, que constituyen no sólo el derecho en su sentido material, sino toda una constelación de comportamientos pautados de tipo moral, normas de educación, de cortesía, de hábitos en el vestir, de creencias, etc., que en última instancia se constituyen y se engloban en el concepto de nación.

Sabemos que las naciones se encuentran en constante competencia, cambio, evolución y solapamiento, lo que impide que, desde la concepción de la nacionalidad como una realidad histórica de carácter dinámico, pueda la misma atarse a un determinado espacio geográfico de una manera rígida y congelada. Todo intento de fijar violentamente dentro de unas fronteras preestablecidas una realidad tan cambiante y social como es la de la nación, tan sólo generará irresolubles conflictos y guerras, de gran coste humano y social que, en última instancia, pondrán en peligro la propia existencia de la realidad nacional. Por el contrario, las nacionalidades entendidas como subconjuntos de la sociedad civil sólo pueden tener garantías de pervivencia en un proceso competitivo internacional desarrollado en un entorno de libertad cuyos principios reguladores esenciales analizamos en el apartado siguiente.

Principios esenciales del nacionalismo liberal

Son tres los principios esenciales que han de regir la relación sana, pacífica y armoniosa entre las diferentes naciones: el principio de autodeterminación, el principio de completa libertad de comercio entre las naciones, y el principio de libertad de emigración e inmigración.

El principio de autodeterminación significa que cada grupo nacional ha de tener, en todo momento, la posibilidad de decidir libremente en qué Estado político quiere encuadrarse. O, dicho de otra forma, que cada subconjunto de la sociedad civil ha de tener la libertad para decidir a qué grupo político pertenece. Así, es posible que una misma nación se encuentre, en función de la voluntad libremente expresada de sus miembros, dispersa en varios Estados.
Esto sucede, por ejemplo, con la nación anglosajona, quizá la más avanzada, viva y fructífera en la actualidad, y que se encuentra dispersa en distintos Estados políticos, dentro de los cuales los Estados Unidos de América y el Reino Unido son, sin duda, los más importantes.

También es posible que distintas naciones decidan componer un mismo Estado. Así, Suiza incorpora una serie de cantones que pertenecen a tres naciones distintas: la alemana, francesa e italiana. Igualmente, en el caso de España cabría considerar la existencia de al menos tres grupos nacionales, el castellano, el catalán y el vasco.

En relación con el principio de autodeterminación es preciso señalar, no obstante, dos matices. En primer lugar, la decisión de formar o no parte de un determinado Estado político no tiene que ser forzosamente una decisión de tipo explícito (aunque tampoco se descarte que en determinadas circunstancias históricas, por vía de referéndum, se decida una secesión, como recientemente ha ocurrido en relación con las naciones checa y eslovaca). La segunda observación es que el principio de autodeterminación no se refiere exclusivamente a la posibilidad de que, de acuerdo con el criterio mayoritario, los seres humanos que residan en un determinado entorno geográfico deban decidir si quieren estar o no en un determinado Estado en función de su adscripción nacional, sino que tal principio ha de aplicarse con carácter general en todos los niveles y para todos los subconjuntos de la sociedad civil, se encuentren o no los mismos ligados por un nexo de tipo nacional. Significa ello que es perfectamente compatible con el principio de autodeterminación la existencia de naciones que libremente decidan dispersarse en distintos Estados y, por otro lado, que debe aceptarse también que dentro de una misma nación y dentro de un mismo Estado, grupos minoritarios decidan secesionarse, separarse o incorporarse a otro Estado en función de sus particulares intereses. Por tanto, ha de evitarse que un determinado grupo nacional, que haya decidido secesionarse de un Estado en el que se encontraba en minoría, utilice igualmente la coacción sistemática que antes sufría para sojuzgar a otros grupos nacionales minoritarios que se encuentren dentro de su propio seno.

El segundo principio esencial que ha de regir la relación entre las distintas naciones es el de la completa libertad de comercio entre las mismas. En efecto, si las naciones se empeñan en fijar fronteras geográficas específicas que las separen, estableciendo dificultades a la libertad de comercio y medidas de tipo proteccionista entonces, inevitablemente, surgirá, en mayor o menor medida, la necesidad de organizar su economía y sociedad en base al principio de la autarquía. La autarquía no es viable desde el punto de vista económico. Una nación proteccionista se vería abocada continuamente a forzar la expansión de sus fronteras con la finalidad de ganar más recursos económicos, materiales y humanos. Significa ello que el proteccionismo en el campo nacional genera inevitablemente la lógica del conflicto y la guerra, que se justifican con la finalidad de expandir las fronteras y ganar más mercados y recursos productivos. Por tanto, el proteccionismo nacional, en última instancia, destruye y sacrifica las propias realidades nacionales en una inevitable guerra de todas las naciones contra todas las naciones. Es fácil comprender que los grandes conflictos bélicos han tenido siempre su origen en el nacionalismo proteccionista y que, por otro lado, los conflictos nacionales que hoy conocemos (Yugoslavia, Oriente Medio, etc.) desaparecerían en un entorno en el que existiera un mercado común con completa libertad de comercio entre todas las naciones implicadas.


«Ha de evitarse que un determinado grupo nacional, que haya decidido secesionarse de un Estado en el que se encontraba en minoría, utilice igualmente la coacción sistemática que antes sufría para sojuzgar a otros grupos nacionales minoritarios que se encuentren dentro de su propio seno.»


La libertad de comercio no es suficiente sin que exista una paralela y completa libertad de emigración e inmigración. Si no existe la libertad para emigrar e inmigrar, se pueden mantener de manera continuada importantes disparidades de renta entre unos grupos sociales y otros, que tienen su origen en la existencia de un monopolio proteccionista en el mercado de trabajo (constituido, precisamente, por las fronteras y regulaciones que impiden la libertad de inmigración), todo lo cual, en última instancia, puede dar lugar a importantes trastornos y violencias entre unos grupos sociales y otros. Ahora bien, la libertad de emigración e inmigración debe estar, a su vez, sometida a una serie de reglas y principios que impidan que la misma sea utilizada con fines coactivos e intervencionistas contrarios a la libre interacción entre las naciones. Así, la inmigración no debe estar subvencionada por el Estado de bienestar. Aquellos que inmigren deben hacerlo a su propio riesgo. Si esto no es así, las transferencias forzadas de renta de determinados grupos sociales a otros atraerán como un imán una inmigración artificial que, no sólo abortará los procesos redistributivos sino que, además, dará lugar a importantes conflictos sociales. Se entiende perfectamente la gran amenaza que la inmigración constituye para el Estado de bienestar, y que éste sea el principal responsable del levantamiento de muros a la inmigración en los tiempos modernos. La única solución para la cooperación pacífica de las naciones consiste, por tanto, en desmantelar el Estado de bienestar y establecer una completa libertad de inmigración.


«Es fácil comprender que los grandes conflictos bélicos han tenido siempre su origen en el nacionalismo proteccionista y que, por otro lado, los conflictos nacionales que hoy conocemos (Yugoslavia, Oriente Medio, etc.) desaparecerían en un entorno en el que existiera un mercado común con completa libertad de comercio entre todas las naciones implicadas.»


En segundo lugar, la libertad de emigración no ha de implicar, en ningún caso, la rápida concesión de voto político a los emigrantes, con la finalidad de evitar la explotación política por parte de las nacionalidades implicadas en los correspondientes flujos de emigración. Aquellos que emigren han de ser conscientes de que lo hacen trasladándose a un nuevo entorno cultural, en el que presumiblemente mejorarán sus condiciones de vida, pero sin que ello les dé derecho a utilizar los mecanismos de la coacción política (plasmados mediante el voto democrático) para intervenir y modificar los procesos espontáneos de los mercados nacionales a los que llegan. Solamente cuando, después de un dilatado período de tiempo, ya se considere que han absorbido plenamente los principios culturales de la sociedad receptora, se podrá considerar la concesión del correspondiente derecho político al voto.

En tercer lugar, los emigrantes o inmigrantes han de poder demostrar que acceden al grupo social que les recibe con la finalidad de aportar su capacidad laboral, técnica o empresarial. Es decir, que van a contar con medios de vida independiente, de manera que no sean una carga para la beneficencia y puedan, como principio general, mantenerse por sí mismos.

Y en cuarto y último lugar, y éste es el principio más importante que ha de regular la emigración, los emigrantes han de respetar escrupulosamente, en general, el derecho material (especialmente penal) del grupo social que les reciba y, en particular, el derecho de propiedad privada vigente en la sociedad a la que lleguen. De esta manera, se evitarán los fenómenos de ocupación masiva (como, por ejemplo, el de las favelas en Brasil, que se han construido siempre sobre terrenos de propiedad ajena). Y es que los problemas más visibles a que da lugar la inmigración suelen tener su origen en que no hay, con carácter preexistente, una clara definición y/o defensa de los derechos de propiedad implicados, por lo que aquellos que llegan causan inevitablemente un importante número de costes externos a los que allí ya residían, lo cual termina dando lugar a brotes de xenofobia y violencia que tienen un gran coste social. Estos conflictos se minimizan y evitan en su totalidad precisamente en la medida en que se avance en el proceso de privatización de todos los recursos que existan en el cuerpo social.

Siempre y cuando se cumplan los principios que hemos explicado en el apartado anterior, las ideas de nación y de nacionalidad, lejos de ser perjudiciales para el proceso de interacción social, son altamente positivas desde el punto de vista liberal, pues enriquecen, refuerzan y ahondan el proceso espontáneo y pacífico de cooperación social.

El modelo de competencia entre naciones dentro de un entorno sometido a los tres principios mencionados (autodeterminación, libertad de comercio y de inmigración) ha de profundizarse tanto hacia arriba como hacia abajo en la escala de los diferentes niveles de la organización estatal. Así sucede, hacia arriba, en relación con los Estados-naciones que constituyen la Unión Europea dentro del modelo de competencia liberal entre los mismos defendido por Margaret Thatcher. Esta competencia entre las naciones llevará, ineludiblemente, a liberalizar cada vez más, y a poner cada vez más cotas y dificultades al centralismo dirigista de Bruselas. Pero la aplicación del modelo ha de defenderse, además, hacia abajo, es decir, en relación con las regiones y naciones que constituyen los diferentes Estados de Europa. Tal sería el caso, por ejemplo, de España, y del proceso de las autonomías que, en mi opinión, ha de culminar con la administración única para todas las regiones y naciones de España que opten por la misma (siguiendo en cuanto a su contenido el modelo de la Comunidad Foral de Navarra que es, sin duda, el más descentralizado de los posibles).


«Se entiende perfectamente la gran amenaza que la inmigración constituye para el Estado de bienestar, y que éste sea el principal responsable del levantamiento de muros a la inmigración en los tiempos modernos.»


De lo anterior se deduce, por tanto, que el origen de los males actuales que generalmente se asocian con el nacionalismo, más que tener su causa en la idea de nacionalidad, está en que no se cumplen los tres principios básicos ya analizados del nacionalismo liberal. O dicho de otra forma, que el nacionalismo deja de ser una fuerza positiva para el proceso pacífico de cooperación social y se convierte en un semillero de conflictos y sufrimientos precisamente cuando deja de ser liberal y se convierte en un nacionalismo intervencionista o dirigista. Es decir, el error se encuentra en el socialismo, en el intervencionismo y en el ejercicio sistemático de la coacción, y no en el nacionalismo per se. Que el origen de los problemas y conflictos se encuentre en el socialismo y en el intervencionismo, y no en el nacionalismo, puede entenderse plenamente analizando cualquier caso que se elija de conflicto nacional. Así, la guerra yugoslava desaparecería de inmediato si se estableciera una completa libertad de inmigración y un mercado común de bienes y servicios en el que se respetasen los derechos de propiedad.


«Las ideas de nación y de nacionalidad, lejos de ser perjudiciales para el proceso de interacción social, son altamente positivas desde el punto de vista liberal, pues enriquecen, refuerzan y ahondan el proceso espontáneo y pacífico de cooperación social.»


Defendamos, por tanto, las naciones en un entorno de libertad de comercio, mercado e inmigración, pues ello es el mejor seguro de vida en contra del dirigismo, la coacción y el intervencionismo. El nacionalismo liberal no es sólo la única concepción del nacionalismo compatible con el desarrollo de las naciones, sino que además constituye cara al futuro el único principio de cooperación armoniosa, pacífica y fructífera entre todos los grupos sociales.

La paz en Irlanda del norte

La historia de los países se escribe en buena parte con pinceladas de guerra y paz. Londres, Dublín y Belfast han firmado en la antesala del siglo XXI un brochazo de paz. Protestantes y católicos se han comprometido finalmente a desterrar la violencia y abrazar un histórico proyecto político para poner fin a tres décadas de brutal conflicto. La carga de la historia que pesaba sobre sus hombros y, más concretamente, los 3.600 muertos, comienza a ser aliviada. La autora explica los orígenes del conflicto irlandés, el largo y tortuoso proceso de paz y el porqué de los odios entre las comunidades católica y protestante.


EL CONFLICTO IRLANDÉS se remonta al año 1171, cuando Inglaterra invade Irlanda. Entonces comienza una serie de ininterrumpidas luchas por la independencia. En el siglo XVI, Irlanda es católica, pero Inglaterra, el país dominador, se separa de la Iglesia romana de la mano de Enrique VIII. A partir de ese momento, el conflicto pasa, de ser un choque entre dos pueblos —el colonizador y el colonizado—, a convertirse en el embrión de un problema nacional y religioso que adquiere su forma más visible a partir de la década de los setenta de este siglo.


A principios del siglo XVII, María Tudor fomenta, a través de la política de las plantaciones, el asentamiento de ingleses y escoceses en las tierras ocupadas hasta entonces por los campesinos irlandeses católicos. Esta es la razón de que la mayoría de la población en Irlanda del Norte sea protestante (aliada con los conservadores británicos).


Esa comunidad protestante fue capaz de organizar un sistema político que giraba en torno a dos ejes: la unión con Gran Bretaña y el control protestante de las fuentes del poder1. En la actualidad, la superior tasa demográfica de los católicos ha comenzado a alterar el equilibrio de modo desfavorable para los protestantes. Durante décadas, la mayoría protestante y unionista ha ocupado los cargos políticos, en detrimento de la minoría católica. Si esta progresión se mantiene como hasta ahora, en diez años los católicos serán mayoría en Irlanda del Norte, y acabarán con la hegemonía electoral de los protestantes.


En 1914 se produce una evolución del conflicto, cuando Inglaterra concede la autonomía de Irlanda, el paso previo a la independencia. Finalmente, siete años después, Gran Bretaña reconoce el Estado libre de Irlanda, pero excluye seis de los nueve condados del Ulster, habitados en su mayoría por protestantes.


EL EJÉRCITO REPUBLICANO IRLANDÉS (IRA)


Con este panorama llegamos a la década de los ochenta, donde se empieza ya a hablar de la necesidad de llegar a una solución dialogada sobre el conflicto. Esta disposición recoge sus frutos en el Acuerdo de Hillsborough, firmado en noviembre de 1985 entre los líderes irlandés y británico, Fitzgerald y Margaret Thatcher, respectivamente. El acuerdo establecía una Conferencia Intergubernamental para tratar el conflicto y las relaciones entre las dos Irlandas. Este tratado supuso el reconocimiento, por parte de Gran Bretaña, de la competencia de la República sobre el Ulster. La firma de este acuerdo fue la primera piedra en el edificio de la paz en Irlanda del Norte. Pero la primera piedra no tiene por qué ser el pilar de un edificio. En Irlanda, uno de los pilares se cimentó sobre las conversaciones que ya desde 1988 mantenían el líder del Sinn Fein, Gerry Adams, y el del partido nacionalista católico moderado (SDLP), John Hume. Adams y Hume coincidían en la necesidad fundamental de poner fin al conflicto mediante un acuerdo. En septiembre de 1993 se daría a conocer la noticia del pacto entre ambas formaciones políticas, partidarias de la creación de un gobierno conjunto  Londres- Dublín sobre Irlanda del Norte.


Aunque el contenido de tales reuniones permanece aún en secreto, Hume y Adams establecieron en sus encuentros un marco de consenso que permitiese un proceso de solución dialogada. Este acuerdo entre dos opciones nacionalistas de Irlanda del Norte fue el punto de arranque del proceso de paz que llevó a la firma de Stormont el pasado año. En primer lugar, porque a partir de entonces el papel del Gobierno de Dublín cobra una destacada importancia como mediador neutral del proceso y vehículo de comunicación oficial entre las partes. En segundo lugar, porque permitió a Hume, el hombre más próximo al Gobierno británico, reunirse con sus representantes para informarles de la disposición del Sinn Fein a iniciar un diálogo para buscar una solución al conflicto. Con todo, parece que el propio Sinn Fein, autolegitimado tras la firma del acuerdo con el SDLP, envió al Gobierno británico un mensaje de ayuda para conducir el conflicto hacia una solución dialogada, sin necesidad de intermediarios4.


En definitiva, el acuerdo supuso la formación de un frente único nacionalista, dispuesto a negociar. Ya se había salvado un escollo: las malas relaciones entre los representantes de las dos fuerzas católicas más votadas. En cambio, las diferencias entre los dos partidos protestantes mayoritarios, el del reverendo Ian Pasley (Partido Democrático Unionista), y el de David Trimble (Partido Unionista del Ulster), no se consiguió5.


CONVERSACIONES MULTIPARTITAS


En este contexto, el primer ministro irlandés —Albert Reynold— y su homólogo británico —John Major— firman el 15 de diciembre de 1993 la Declaración de Downing Street, en la que proponen un marco de negociaciones con todos, siempre y cuando el IRA renuncie a la violencia. La gran novedad de esta declaración es que Londres admite la posibilidad del derecho de autodeterminación, siempre que se respete la voluntad de la mayoría de los ciudadanos norirlandeses. Tras la declaración, el IRA anunciaba  un alto el fuego a partir del 31 de agosto de 1994 que se prolongaría durante diecisiete meses. Un mes y medio después, se sumaban a la tregua organizaciones paramilitares unionistas.


Por lo tanto, entre finales de 1993 y comienzos de 1994 se inicia un proceso de paz entre unionistas y católicos, aderezado con la declaración del alto el fuego del IRA, que es el fruto de dos acuerdos: el de los nacionalistas y el de Londres y Dublín.


Las cosas comienzan a torcerse en 1995, cuando el Gobierno del primer ministro británico, en situación crítica, se ve acorralado por las presiones de los unionistas protestantes. La necesidad de satisfacer sus demandas y así contar con su apoyo para gobernar en el parlamento de Westminter fue incompatible con la buena marcha del proceso de paz. Los unionistas intentaron aprovecharse de la situación de Major para imponer sus condiciones, como la de no aceptar, por ejemplo, ningún tipo de diálogo si previamente el IRA no entregaba las armas. Esto fue visto por el movimiento republicano como una traición, por lo que comenzaron a plantearse romper la tregua. El hecho se consumaba el 9 de febrero de 1996, fecha en la que el IRA coloca una bomba que causa dos muertos en el corazón de Londres.


Sin embargo, las bases del proceso fueron lo suficientemente firmes para que tanto el Sinn Fein como el SDLP siguieran comprometidos con la búsqueda de una solución pacífica a la situación de Irlanda. La derrota de los conservadores y el triunfo de Tony Blair, con una victoria aplastante en la elecciones legislativas británicas de 1996, permitieron al nuevo Primer Ministro afrontar el conflicto desde la seguridad que le da una mayoría en el Parlamento. El proyecto de paz volvía de nuevo a la palestra.


Las negociaciones constitucionales sobre el futuro de la isla se reactivaron en junio de 1996. No obstante, la ausencia del Sinn Fein, castigado por haber roto la tregua, impidió que éstas avanzaran hasta su incorporación en septiembre del 97.


Por fin, el 10 de abril de ese año se firmó el acuerdo de paz entre las principales fuerzas políticas católicas y protestantes. Poco más de un mes después, se celebró un referéndum en todo el territorio irlandés. Los resultados sorprendieron, tanto por la enorme participación como por la aprobación del plan de paz por el 71% de los norirlandeses6.


EL ACUERDO DE STORMONT


El Acuerdo de Stormont dota a Irlanda del Norte de instituciones políticas propias, como es el establecimiento de una Asamblea de 108 miembros con poderes ejecutivos y legislativos, elegida por un sistema de representación proporcional. Tras las elecciones del 25 de junio pasado, el líder unionista David Trimble se convirtió en el primer ministro del Ulster.


Para dar más estabilidad al nuevo sistema, se crea una serie de vínculos institucionales que conectan directamente a Irlanda del Norte con los dos países de referencia: Gran Bretaña, al que pertenece, e Irlanda, a la que puede pertenecer en un futuro. Estos vínculos son, principalmente, el Consejo Ministerial Interfronterizo, formado por los máximos representantes de los Gobiernos de las dos Irlandas, cuya función es facilitar la cooperación entre el Ulster y la República, y el Consejo de las Islas, compuesto por representantes de todas las Asambleas Autónomas del Reino Unido, además de los portavoces de los Gobiernos británico e irlandés. Esta última institución es la encargada de regular las relaciones entre Belfast, Dublín y Londres.


El éxito de estas instituciones radica en que la polarización entre católicos e irlandeses perderá su sentido, porque ambas comunidades se verán obligadas a convivir en un espacio que será a la vez irlandés y británico.


El acuerdo también recoge otros aspectos básicos para la buena marcha en el camino de la paz, como son los cambios en la legislación constitucional de los dos Estados en lo que ser refiere a la cuestión del Ulster. Dublín abandona su reivindicación constitucional sobre la unificación de la isla y, a cambio, desaparece el acuerdo británico-irlandés de 1921 que determinó su partición. Además, se procede a liberar en dos años a los presos de aquellos grupos terroristas o paramilitares, que hayan renunciado a la violencia y a la entrega de las armas. En teoría, los dos procesos deben ser paralelos. Desde entonces, en Irlanda se vive una situación de tira y afloja entre líderes unionistas y Sinn Fein, porque el goteo continuado de excarcelaciones de presos republicanos no va seguido del desmantelamiento del arsenal del IRA7.


EL PROCESO DE PAZ, ESTANCADO


Desde que se firmó el Acuerdo del Viernes Santo, el proceso de paz ha estado salpicado de incidentes que lo han puesto al borde de un desenlace violento y han aumentado la desconfianza entre católicos y protestantes. Entre éstos destacan el atentado de Omagh, perpetrado por el IRA Auténtico el pasado verano, en el que perecieron 29 personas, incluyendo a una monitora y un estudiante españoles. Esta acción puso de relieve que el proceso de paz va a estar todavía sometido a embates, pero también sirvió de revulsivo contra la violencia; tuvo el efecto contrario al pretendido por los terroristas.


Más cercanos en el tiempo están los asesinatos en marzo pasado de una abogada católica y un paramilitar protestante, a los que siguieron duros enfrentamientos callejeros en Belfast y Portadown. Otros peligros que se ciernen sobre el horizonte de reconciliación —que constituyen además el exponente más claro de esa cultura de enfrentamiento— son los desfiles conmemorativos en los que cada comunidad festeja un hecho histórico que humilla a la otra. Hay más de 3.000 marchas cada año, organizadas en su mayoría por la Orden de Orange, la mayor cofradía protestante de la provincia, que cuenta con cerca de 80.000 miembros. Sólo dieciséis de esas marchas plantean problemas porque atraviesan barrios enemigos, aunque sólo circulen por unas decenas de metros. El pasado verano uno de estos desfiles originó un conflicto que finalizó con la muerte de tres niños, miembros de una misma familia católica.


Pero es el tema del desarme la cuestión más candente y el principal obstáculo para el avance del proceso de paz patrocinado por Londres y Dublin. El hecho de que el IRA y las organizaciones lealistas no se desprendan de su arsenal militar no es una señal de buena fe8. Nadie en el IRA habla de un retorno a la violencia. La tregua está firmemente en pie y seguirá, pero la desconfianza de los unionistas y de los gobiernos de Londres y Dublín se acrecienta. El IRA lo ha dicho por activa y por pasiva: no entregará ni una bala mientras persista la ocupación británica en el Ulster. Por su parte, los protestantes se niegan a dar al Sinn Fein las dos carteras que le corresponden, mientras el IRA no haya empezado a entregar las armas. Esta situación está impidiendo la formación del consensuado Gobierno autónomo, una condición ineludible para la consecución de la paz.


El permanente empuje de los líderes británico e irlandés, Tony Blair y Bertie Ahern, ha producido una declaración que podría desbloquear el proceso. La fórmula, elaborada en el castillo de Hillsborough a principios de abril, contempla la cesión de parte del arsenal en cuanto se transfieran las competencias al Ejecutivo de Belfast. Sin embargo, las posibilidades de que sobreviva la declaración angloirlandesa sobre el Ulster para superar el estancamiento en que se encuentra el proceso de paz no son altas, porque no convencen ni al Sinn Fein ni a los unionistas.


Ante esta sensación de crisis, que no de tragedia, lo importante es destacar que los canales del diálogo entre las diferentes formaciones se mantienen abiertos. De ahí las esperanzas de avances futuros. Pero una prolongación excesiva en el tiempo sería perjudicial por la progresiva disminución del apoyo de la población a los acuerdos de paz, especialmente entre los unionistas. La llave más idónea para desbloquear la situación sería que el IRA hiciera un mínimo gesto hacia el desarme que permitiera a los líderes protestantes decir a sus seguidores que el abandono de las armas ha comenzado, de tal forma que se pudiera por fin permitir el acceso al poder político a los católicos. Algunos políticos y ciudadanos estiman que si no se llega a un acuerdo, el edificio levantado el 10 de marzo corre serio riesgo de derrumbarse.


CONCLUSIONES PARA EL FUTURO


El Acuerdo de Stormont, rubricado mayoritariamente en las urnas con concesiones y sacrificios de ambas partes, demuestra que todo conflicto, por muy enconado que sea, tiene una solución política si se suman voluntades individuales. Todos han cedido y todos han ganado. Los republicanos, porque en él divisan el futuro de una Irlanda unida; los protestantes, porque pueden considerar garantizada la unión del Ulster a Gran Bretaña. También  es cierto que en este proceso hay mucho más que ganar por parte de las dos comunidades. En el conflicto irlandés hay, por ejemplo, presos de ambos lados, lo que ha posibilitado medidas de gracia y cesiones recíprocas.


Lo importante es que la paz se ha iniciado y no hay marcha atrás, visto el enorme apoyo popular. No obstante, es preciso reconocer que ésta dista de estar garantizada, aunque lo peor ya haya pasado. Lo difícil es encontrar el camino de la paz (el Acuerdo del Viernes Santo), pero una vez encontrado, sólo hay que seguirlo. El diálogo es el único camino hacia delante. Es demasiado tarde para permitir que todos los beneficios del acuerdo, las perspectivas de paz y una situación política estable por primera vez en años, se derrumben por la falta de consenso con respecto a un punto. La crisis del desarme deberá ser resuelta. Las armas son el problema en este momento, pero los instrumentos aprobados para el Gobierno autónomo son las herramientas que deben permitir el asentamiento de los acuerdos de paz y la superación del odio entre ambas comunidades.


En definitiva, hay que buscar los instrumentos necesarios para que germine una cultura de paz —algo nada fácil si se considera la antigüedad, la profundidad y las viejas heridas abiertas por el histórico enfrentamiento— que normalice la convivencia entre protestantes y católicos (que tanto desean vivir en paz) y garantice los derechos de lo que, tras esa unificación, será la minoría protestante. Pues el temor de éstos es precisamente que se inviertan los papeles y sean ellos los discriminados.


Con el Acuerdo de Stormont se ha visto que las diferencias pueden ser negociadas y resueltas mediante medios políticos exclusivamente pacíficos. Los principales dirigentes republicanos y unionistas han conseguido un consenso nada fácil y el pueblo lo ha avalado. Pero la tarea de la construcción de la paz en Irlanda del Norte demuestra y ratifica, día a día, que «un proceso de paz es tan difícil como una guerra»9.


A estas alturas del proceso, y a pesar de los obstáculos, los católicos y los protestantes deben evitar que continúe floreciendo esa semilla de la desconfianza, responsable de que las discusiones políticas fracasen.

De lo bello hermoso a lo hermoso siniestro

UNA LISTA DE LAS DIFERENCIAS entre los planteamientos de unos y de otros sería casio tanto más absurda como una simple nómina de obras y autores reseñables, pero una mirada detenida sobre los nuevos creadores (y sobre los que sin serlo tanto por cronología lo son por desconocimiento) nos desvelará que la primera caraterística común es la supremacía del yo como perspectiva narradora. Se asombraba un conocido crítico literario tras la publicacion de la antología Páginas amarillas (tal vez el intento más notable hasta la fecha de reunir, en un solo volumen, las últimas tendencias narrativas) de que de los más de veinte relatos que componen el libro sólo aparecieran dos en los que la voz narradora no fuese la primera persona. Como es de suponer, primera persona significa confidencialidad, cercanía, tratamiento emotivo del tiempo, subjetividad implícita (pacto, confabulación, juego, llámelo equis), valoración de los acontencimientos, mayor facilidad para lograr la identificación y, en algunos casos (sin duda los menos reseñables), autobiografismos de teleserie.

El hecho es que volvemos al o y al placer de la historia bien contada en un tratamiento de la narrativa que en ocasiones se acerca a la lírica (La lluvia amarilla de Llamazares), al testimonio vivencial (Las máscaras del héroe de De Prada), a la memoria retrospectiva (Las bailarinas muertas de Soler), al diario, al género epistolar, al flujo de conciencia (Lo peor de todo de Loriga) y que es consciente de su devenir esencialmente promiscuo, posmoderno (perdón), y de la muerte de los géneros en estado puro (El agente provocador de Gimferrer).

 

¿TODO ES ARTE?

Nuestra narrativa, por decirlo de algún modo, está frente a la esfinge planteándose su paradoja del escéptico (nada es verdad menos mi petición de principio, menos la premisa «nada es verdad»). Desengañados de la «democracia artística» y de la opinión engañosa de que toda expresión artística es buena por ser humana (cuando, en realidad, lo respetable no son las opiniones sino las personas que opinan), por fin nos hacemos conscientes de que el «todo es arte» está tan sólo a un paso milimétrico del «nada es arte».

Cada vez más lejana parece la figura del escritor filósofo y de la mal llamada novela de tesis. Nuestros escritores postulam, por contra, un tratamiento de la narrativa que sea consciente de sus territorios estrictamente fabuladores. Afirmar que el escritor, con esta opción, se menosprecia, supondría un desconocimiento absoluto no sólo de la esencia del creador sino también de la del hombre. Nadie escribe para sí mismo, nadie vive al margen de la interpretación de su obra (los escritores que afirman lo contrario siempre me han recordado a un señor carilargo que ha perdido su último tren) porque la obra de arte no sólo nace del egocentrismo edl que la ejecuta sino que además está hambrienta de aceptación.

«Enséñame tu biblioteca y te diré quién eres» podríamos afirmar manipulando el refrán, o «dime las causas y te diré los efectos», más aún cuando las causas o influencias más reconocidas por todos tienen nombre como Cervantes, Kafka o Camus, es decir, maestros en el arte de imaginar y grandísimos contadores de historias para los que la literatura no es al cabo más que el artificio del que cuenta «cosas sonñadas y bien escritas»- El narrador de hoy no se distingue tanto por intento de creación de un microcosmos propio (quizá el fin de milenio nos ha hecho menos presuntuosos), sino por una vuelta al tratamiento de la palabra como auténtica materia de arte, de descolocamiento o sorpresa.

DE LO BELLO A LO SINIESTRO

La clave está en que la búsqueda de lo bello ha dejado paso a la búsqueda de lo sorprendente, de lo siniestro. Mañana en la batalla piensa en mí de Matías es una novela paradigmática en este sentido. El descologamiento, la sorpresa ante lo aceptado pero imprevisible, la historia entendida no como un proyecto global y meditado sino como sucesión de acontecimientos (el espejo de Stendhal), las repercusiones de un acto que se pretendía futil en un principio y acaba siendo determinante (Juegos de la edad tardía de Landero), son elementos que configuran y determinan esta estética, mal entendida como nueva, tan antigua como el simple acto de contar una historia. Junto al desinterés por las estructuras narrativas complejas o experimentables (aun con excepciones notables como El mapa de las aguas de García Galiano), la tendencia general muestra también el auge de la novela corta y del relato. Una novela de un autor joven español de más de trescientas páginas es casi una rara avis en nuestras librerías. Algo que, por otra parte, se contradice con el hecho de que estén haciendo su agosto editoriales españolas con la publicación de obras monumentales de autores extranjeros.

De la misma manera que, refiriéndonos a la novela, decíamos que se ha perdido el interés por la estructura o al menos por el hecho de hacerla evidente, en el caso de la narrativa breve cada vez con más habituales los libros de cuentos con un plan definido y común, ya sea por la dislocación de una historia-marco (Obabakoak de Atxaga) o por tono gneral de los relatos (La gran novela sobre Barcelona de Pàmies). Temas recurrentes son tambien la reelaboración en clave distinta de historias conocidas (El porqué de las cosas de Monzó), la indefinición de la voz narradora (Un enano español se suicida en Las Vegas de Casavella) y, en cuanto al tono, la ironía, el humor y la concisión.

El paso de lo bello hermoso a lo hermoso siniestro o sorprendente trae consigo también la insisitencia en el tema del vértigo. No encuentran herederos nuestros nietos de Henry James (Pombo, Guelbenzu), cuyos postulados se basan en el estudio del éxtasis, es decir, de la contemplación. Uno de los mejores calificativos que parece poder recibir una novela hoy en día es del «dinámica», y esto se debe a que se ha perdido el interés por el análisis, por el deslumbramiento de lo pequeño-ordinario, y se ha enfatizado esta búsqueda en el tema de lo cambiante, de lo que sorprende a cada paso, de la historia ingeniosa de un regreso que a veces escoge como modelo la novela de aprendizaje de estilo norteamericano (Nunca le des la mano a un pistolero zurdo de Benjamín Prado), y otras la introspección de la figura políticamente incorrecta (Beatriz y los cuerpos celestes de Etxeverría), o el puro regodeo en lo sencillamente desagradable (Mensaka de Mañas).

No existe una narrativa específicamente joven ni por temática ni por parámetros estéticos. Si algo parece definirlos planteamientos jóvenes es sencillamente la sencillez de estilo y una relativa parquedad en recursos sintácticos. El auge, por otro lado, del orientalismo y la oferta informática son, no debemos olvidarlo, factores importantes que han determinado la perspectiva de una generación formada literariamente por el cine en una medida considerable y que ha provocado que casi sea error común medir, con parámetros fílmicos, la validez de un productoque poco o nada tiene que ver con el celuloide.

El fin de siglo que nos ha tocado vivir no se diferencia tanto, en lo que a los autores jóvenes se refiere, del inmediatamente pretérito. Hastío, desencanto, literatura como evasion, el tema del paraíso artificial (la moda que casi ha creado un género de novelas que tratan el tema de la droga), desorientación con respecto a los intereses vitales, la extinción casi absoluta de la figura del escritor comprometido socialmente (contrapuesta, resulta extraño, al rabioso furor solidario), escepticismo religioso, desprecio de las verdades universales, preferencia por el protagonista que vive una vida poco convencional… En fin, que nos hemos cocinado ya nuestro propio mal du siècle, y deberemos empezar a engullirlo en breve si nadie lo remedia.

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Por otra parte, si desconfiamos, como decía Machado (o mejor Mairena, que es más real) de ésos «que precisamente por parecer que están de vuelta de todo no han ido a ninguna parte», tenemos un panorama narrativo, bastante alentador. La saga Copegui, De Prada, Casavella, De Toro (y un buen etcétera que no cito aquí por una sencilla razón de espacio), promete, porque puede prometer, un soplo de aire fresco para nuestra narrativa de fin de siglo, y es que el escritor, por serlo, no sólo debe aspirar a artista (con lo que ya podría romperse los molares más de uno) sino también a intelectual. Ésa es la única alternativa posible a un futuro de fuegos vacuos y lucecitas de feria.

Apología: la vida y la obra de John Henry Newman

En su obra Apología, Newman, injustamente atacado, defendía ante la generación de ingleses cultos que le había vuelto la espalda y ante todos sus compatriotas la limpieza de su conducta mientras perteneció a la Iglesia anglicana, hasta el mismo momento de su conversión al catolicismo en 1845.

En plena Inglaterra  victoriana, el impresionante testimonio de este profesor de Oxford que había sido ilustre y estaba ahora arrinconado en un suburbio de Birmingham alcanzó una resonancia inusitada y le devolvió al primer plano social e intelectual de su país. Newman empleó muy eficazmente esta posición, hasta su muerte, para promocionar a los católicos ingleses.

Apología pro Vita Sua, El Buey Mudo, 360 págs.

Alrededor de veinte años antes, Newman ya se había encontrado en una situación muy parecida. El resultado de aquella polémica fue también un escrito autobiográfico, en este caso una novela titulada Perder y ganar (reseñada en Nueva Revista), que bien puede considerarse como su primera apología pro vita sua. Ocurrió entonces que Elizabeth Harris, una conversa al catolicismo que había decidido dar marcha atrás y volver al anglicanismo, publicó en 1847 un breve relato titulado De Oxford a Roma. Y cómo les fue a algunos de los que han hecho el viaje últimamente. Se trataba, en sustancia, de una acusación de deslealtad y falta de honradez dirigida contra los conversos del Movimiento de Oxford y, especialmente contra su líder, Newman.

Ese verano de 1847, el aludido vivía y estudiaba en Roma, donde había sido ordenado sacerdote pocos meses antes. Refiriéndose a la novelita de Harris, Newman escribió:

«Lo contenido en ese relato era tan maliciosa y descabelladamente fantasioso que suponía una injuria a aquellos cuyos motivos y acciones pretendía retratar. Sin embargo, parecía fuera de lugar toda respuesta formal, escueta o pormenorizada. La respuesta más adecuada consistía en publicar otro cuento, concebido con un respeto estricto a la verdad, o a lo probable, provisto al menos de cierto conocimiento personal de Oxford y de los distintos aspectos del fenómeno religioso; aspectos [y aquí la típica ironía newmaniana] que, sin excepción, la citada obra manejaba desgraciada y torpemente. Tenía el autor interés especial en despejar la nube de pomposidad y grandilocuencia que se atribuía a los protagonistas de la historia, mostrando que quienes han sido heridos por el amor de la Iglesia católica son tan capaces como cualquiera de escribir una prosa sensata. En estas circunstancias se compuso y publicó Perder y ganar».

Uno de sus primeros recuerdos es el de las candelas ardiendo en la ventana de su casa, para celebrar la victoria de Trafalgar en 1805

John Henry era el mayor de los seis hijos, tres varones y tres mujeres, de John Newman, un honrado propietario de una casa de banca en la city de Londres que disfrutaba de un sólido desahogo económico. Ya desde niño demuestra una particular atención a las cosas del entorno. Uno de sus primeros recuerdos —consignado en las páginas de su Diario— es el de las candelas ardiendo en la ventana de su casa, para celebrar la victoria de Trafalgar en 1805, a sus cuatro años.

El John Henry adolescente es un muchacho que destaca en casa y en la escuela por su inteligencia rápida y también por una cierta reserva perfectamente compatible con un carácter afectuoso y extraordinariamente perceptivo. Es quizá una conciencia precoz de que la intimidad más radical del ser humano es infranqueable, un reducto inviolable que no se puede compartir, un espacio fuera del alcance de la amistad con los hombres o de solo unos pocos a lo largo de toda una vida.

La agudeza para el análisis de lo psicológico es un rasgo saliente de su personalidad, sobre el que se apoya una sensibilidad clarividente para el fenómeno religioso. De ahí parten esas observaciones tan certeras que deslumbran a los lectores de su prosa. Newman es, sin duda, una de las mentes más potentes y originales que han surgido en el pensamiento católico en los últimos siglos. Y, en España, una de las menos conocidas.

El ambiente religioso de los Newman era el típico del anglicanismo de la época: respeto a las formas y desconfianza por cuanto pudiera parecer exageración devota. Este ambiente, unido a la lectura de autores racionalistas, estaba conduciendo al joven Newman hacia el escepticismo cuando se produjo la que él siempre consideró su conversión radical a Dios. Fue a los quince años, durante el verano de 1816, gracias a uno de los maestros de su escuela, Walter Mayers. Según cuenta en sus escritos autobiográficos, fue una experiencia interior que le dejó marcado para siempre por una llamada de Dios e hizo de él un cristiano. A partir de entonces, se asentó en su espíritu una certeza ya inconmovible: en el mundo solo hay dos existencias de las que no cabe dudar, yo y mi creador. Su conversión tuvo lugar a lo largo de ese verano —no de forma instantánea— y cuajó en la adhesión al único movimiento con vitalidad religiosa dentro de la comunión anglicana: el Evangelismo.

Newman contrajo con Mayers, además, otra deuda: el descubrimiento de la Iglesia primitiva. Al Newman adolescente le encantaron los largos fragmentos de san Agustín, san Ambrosio y otros Padres, que pudo descubrir en una Historia de la Iglesia que le dio a leer su maestro. Su ardiente imaginación reconstruía la vida de aquellos cristianos, influido sin duda por la moda romántica y su apasionada lectura de Walter Scott. Ese ejemplar de la Historia de la Iglesia, prestado en momento oportuno, dejará en su ánimo una huella profunda pero latente: el propio Newman tardaría aún bastantes años en volver la mirada con envidia hacia esta Iglesia de laicos y pastores, católica, todavía una y única.

LLEGADA A OXFORD

Pocos meses después, todavía en 1816, John Henry Newman se traslada a Oxford e ingresa en Trinity College. Ahora es un muchacho de costumbres y convicciones vibrantemente protestantes que se escandaliza ante la afición al vino y a la holganza generales en el ambiente.  En Oxford, entonces semillero del clero anglicano, los aspirantes a las órdenes sagradas convivían con los hijos de la aristocracia, en general no demasiado interesados en el progreso del conocimiento. Hasta 1820 trabaja y lee con ardor y dedicación extraordinarios. No obstante, al presentarse a los exámenes, cuando todos, maestros y compañeros, daban por seguro que obtendría los mejores resultados, John Henry sufre un bloqueo. Por esa razón tuvo que licenciarse con un modestísimo, casi afrentoso, diploma de tercera categoría. Este fracaso le cerraba las puertas a lo que era su mayor ilusión: vivir para siempre en su querida Oxford.

El fracaso académico, sin embargo, no es el único. A consecuencia de la caída de Napoleón, el banco de John Newman había quebrado y la familia, arruinada y rozando la deshonra, vivía de prestado en las distintas poblaciones donde el padre intentaba abrirse camino. Su muerte en 1824 pone sobre los hombros de John Henry la carga de sostener económicamente a su madre, dar educación a sus dos hermanos y encontrar esposos adecuados para sus hermanas. Podía seguir en Oxford gracias a una beca y a tutorías privadas para estudiantes, pero esos años (de 1820 a 1822) fueron muy tristes para el joven Newman.

Se convocó entonces un puesto de fellow en Oriel College, el más prestigioso en aquellos años. En cualquier otro de los colleges ni siquiera le hubieran permitido optar al puesto debido a su ignominioso Second Class Degree. Sin embargo, Oriel se ufanaba de hacer convocatorias completamente abiertas y de valorar otros talentos aparte del diploma fin de carrera. Objetivamente, era una osadía y, subjetivamente, temía que se reprodujera la misma crisis nerviosa de dos años antes. A pesar de todo, decidió presentarse. El temor a una nueva reacción incontrolada quedó conjurado con una oportuna mirada a una cristalera emplomada del hall de Oriel donde pudo leer: Pie repone te. Tras cinco días de distintas pruebas, el 12 de abril de 1822 se encontraba Newman tocando el violín en su alojamiento cuando se presentó un mayordomo de Oriel College. En tono solemne, le comunicó la «desagradable noticia» —ésa era la fórmula—de que había sido elegido fellow y le pidió que acudiera inmediatamente al college. Newman, al parecer indiferente, sigue tocando el instrumento unos instantes hasta que cae en la cuenta de lo que acaba de suceder, arroja el violín y sale corriendo como un poseído en dirección a Oriel. 1822 es el momento clave de su radicación en Oxford, uno de sus grandes amores en esta vida. «De todas las cosas humanas, quizá Oxford es la más querida de mí corazón», anotó en una ocasión.

La llegada a la comunidad profesoral de Oriel supone el verdadero comienzo de su carrera como intelectual. Sus primeros contactos son con compañeros de tendencia liberal, la entonces predominante en Oriel. De ellos Newman aprende dos conceptos básicos para el futuro: el de Tradición y el de la Iglesia como Cuerpo invisible. Sin embargo, las amistades que marcaron definitivamente a Newman no fueron éstas del círculo liberal, sino otras que llegarían algo más tarde, pertenecientes a la Iglesia Alta o High Church, ala del anglicanismo cuya característica principal era la firme decisión de no ser ni considerarse protestantes. Uno de sus miembros era John Keble, de unos treinta años, poseedor de un inmenso prestigio. Otro, Edward Pusey, era un erudito especialista en hebreo. Un tercero tuvo una influencia en Newman profundamente vital, romántica, si se quiere: Hurrell Froude.

Hurrell Froude quería restaurar la Iglesia de Inglaterra a su primitivo ser religioso y a su libertad, perdidas desde el siglo XVI

Hurrell Froude no era un intelectual, pero quería ser santo. Quería restaurar la Iglesia de Inglaterra a su primitivo ser religioso y a su libertad, perdidas desde el siglo XVI. Era una personalidad arrolladora, polémica, encantada de ser un hombre de partido —cosa que repugnaba a Newman— y de escandalizar proclamando con descaro que la Reforma había sido el más funesto de los errores. Y no ocultaba sus simpatías por la Iglesia de Roma. De él aprendería Newman la devoción a la Virgen y el amor a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Pero lo que más radicalmente hizo de Froude un alma gemela de Newman fue su afán de entrega a Dios y a la Iglesia. Froude murió de forma tan romántica como había vivido: de tuberculosis en 1837. Newman, tan amigo de sus amigos, nunca pudo recordar a Hurrell sin conmoverse durante toda su larga vida.

A finales de los años 20, Newman es un fellow de Oriel, ya presbítero de la Iglesia Anglicana, que acaba de ser nombrado párroco de St Mary’s, la iglesia universitaria. En estas circunstancias se produce lo que Newman consideró su «segunda conversión ». El resultado de esta crisis lo resumió así en Apología: «La verdad es que yo iba prefiriendo la excelencia intelectual a la moral. Me inclinaba en la dirección del liberalismo del día. Fui despertado violentamente de mi sueño por dos grandes golpes: la enfermedad y la desolación interior». La enfermedad consistió en un fuerte colapso anímico que le sobrevino cuando actuaba como examinador en aquel mismo lugar donde él fracasó pocos años antes. No sentía dolor sino una especie de ausencia que le impedía, por ejemplo, contar. La desolación interior sobrevino tras la muerte repentina de su querida hermana Mary. Esta pérdida reavivó en él un intenso sentimiento del mundo  invisible: « ¡Qué hermoso velo es este mundo de los sentidos! —escribe a su hermana Jemima—, pero no es más que un velo».

Esta «segunda conversión» de 1830 supone la superación del evangelismo y el definitivo acercamiento al círculo High Churh de Keble, Pusey y Froude. Poco después hace su primera lectura de los Padres de la Iglesia. Este viraje implica ruptura y tensiones con sus primeros mentores liberales, inevitables y dolorosas para un corazón sensible como el de Newman. En 1833, por culpa, precisamente, de un incidente con el Provost de su college, realiza un viaje al Mediterráneo en compañía de Hurrell Froude, que necesita el urgente alivio de climas más propicios a su tuberculosis.

Después de visitar Roma, que no le produce particular impresión, Newman decide recorrer Sicilia. Allí cae víctima de unas fiebres y está a punto de morir en un mísero pueblo de la isla, sin más compañía que un criado de alquiler con el que ni siquiera puede entenderse. Años más tarde escribió que, en medio de aquellos delirios, «no podía evitar repetirme a mí mismo: debo actuar como si fuera a morir, pero pienso que Dios tiene reservado aún un trabajo para mí […] Pensaba que hubo capricho por mi  arte al venir a Sicilia […] entendí que mi dimisión como tutor fue precipitada y orgullosa. Pero no tenía conciencia de pecado. Me dije: «No he pecado contra la luz» y repetí estas palabras con frecuencia».

Ya recuperado, el 13 de junio zarpa de vuelta a Inglaterra con esa imagen de la luz —« ¡No he pecado contra la luz!»— presidiendo su imaginación. Sobre la cubierta del barco escribe un poema miliar de su existencia, centrado en la imagen de la luz, Lead Kindly Ligkt, que dice así:

Guíame, Luz Buena, entre tanta
tiniebla espesa,
¡llévame Tú!
Estoy lejos de casa, es noche prieta
y densa,
¡llévame Tú!
Guarda mis pasos; no pido ver
confines ni horizontes, sólo un paso más
me basta.
Yo antes no era así, jamás pensé en que
Tú me llevaras.
Decidía, escogía, agitado; pero ahora
¡ llévame Tú!
Yo amaba el lustre fascinante de la vida
y, aun temiendo, sedujo mi alma el
amor propio. No guardes cuentas del
pasado.
Si me has librado ahora con tu amor,
es que tu Luz me seguirá guiando
entre páramos barrizos, cárcavas
y breñales, hasta que la noche huya
y, con el alba, estalle la sonrisa de los
ángeles, la que perdí, la que anhelo
desde siempre.
En el mar, 16 de junio de 1833.

Estos versos expresan con fuerza y optimismo no solo la conciencia de una mudanza sino también la decisión firme de pasar a la acción. A partir de este momento, la vida de Newman se confunde con lo que la historia conoce como Movimiento de Oxford. Inmediatamente, comienza a desplegar una actividad muy intensa que cabría resumir en tres puntos: los Tractos, sus sermones dominicales y la idea del anglicanismo como Vía media.

EL MOVIMIENTO DE OXFORD

Los Tracts for the Times o Folletos de actualidad fueron una serie de noventa entregas, sin firma, en las que se tomaba postura acerca de cuestiones teológicas del anglicanismo. Tenían aspecto de hojas volanderas y fueron el órgano oficioso y cada vez más polémico del Movimiento o Tractarianismo. Froude, Keble, Pusey, y otros simpatizantes escribieron Tractos, pero la mayoría fueron redactados por el propio Newman, que se encargaba también de distribuirlos acercándose a caballo a las distintas parroquias rurales.

Los sermones que Newman predicaba la tarde de los domingos ejercieron enorme influencia. En ellos se percibía una censura de la tibieza y el conformismo práctico en la religión. Eso ya resultaba nuevo, pero lo más novedoso y atractivo era el modo de exposición: sin casi otra referencia que la Biblia, rompiendo la tradición del sermón retórico y «redondo», el vicario de St. Mark’s, con su voz frágil y en medio de prolongadas pausas, ponía a sus oyentes frente a exigencias morales en las que nunca habían reparado. Un testigo coetáneo escribió: «Solo quienes los recuerdan pueden juzgar adecuadamente el efecto de los sermones que Mr. Newman predicaba en Santa María a las cuatro de la tarde: sentían que eran diferentes a cualquier tipo de predicación. Sencillos, directos, sobrios, envueltos en un inglés puro y transparente. Los sermones hacían pensar a los oyentes sobre las cosas de las que hablaba el predicador y no sobre los sermones mismos». Lord Coleridge recuerda que «hubo un Dean concreto que cambió la hora de la cena en su college para que no fueran otros, y él iba siempre». Algo de fascinante debieron de tener tales sermones, a juzgar por los testimonios de asiduos concurrentes, escritos algunos al cabo de muchos años.

En estos años treinta Newman fue ganando autoridad personal. A  la altura de 1839, se encontró en el apogeo de su influencia en un Oxford que vivía con pasión, como una moda, el interés por las disputas teológicas. Muchos le hicieron responsable a él y al Movimiento de ese ambiente que juzgaban malsano y que identificaban con un partido más bien indeseable, que no hacía más que traer la discordia al sereno recinto del anglicanismo.

Pero, ¿qué es lo que proponía y enseñaba Newman? ¿Qué decían los sermones y los Tractos ? ¿En qué consiste la idea del anglicanismo como Vía media? La Vía media es el hallazgo con que Newman intenta purificar a su Iglesia y devolverla a su primitivo espíritu, poniendo el fundamento teológico en los Padres. Existiría así una única Iglesia Católica, con tres ramas: Roma, los griegos y el anglicanismo. Pero no el anglicanismo tal y como había llegado a la Inglaterra del XIX, adocenado, sin espiritualidad, completamente sometido al Estado, sino un anglicanismo «reformado». Newman aspiraba a un cuerpo de doctrina, una especie de magisterio estable que contuviese en cierta forma la Revelación. Muchos de sus contemporáneos vieron que esa Vía media implicaba un peligroso acercamiento a Roma y lo cierto es que los numerosos casos de conversiones en el entorno del Tractarianismo así parecían confirmarlo. Sin embargo, Newman se sentía seguro y confiado en su teoría.

Hasta que en 1839 se le plantea a modo de hipótesis la que será una de sus grandes aportaciones, la idea del desarrollo dogmático: las «corrupciones romanas» que denuncian los anticatólicos, especialmente el papado, ¿son corrupciones, o son desarrollos legítimos de lo que ya estaba contenido en la Revelación? Ese mismo 1839, a raíz de un artículo del cardenal Wiseman, tiene como una iluminación: Roma está en lo cierto. Pero logra remontar el deslumbramiento, en medio de dolorosas vacilaciones y fintas intelectuales que culminan con la publicación dos años más tarde del Tracto XC. En un supremo intento de conciliación, el Tracto  XC afirma que los artículos de la Fe anglicanos condenan los abusos prácticos de Roma pero no su doctrina, y que por tanto la existencia del purgatorio o la  invocación a los santos son perfectamente aceptables dentro de esa Via media anglicana.

La verdad era que aquello era demasiado. Newman no era consciente de lo que acababa de escribir. Su «candidez», que se transparenta muy bien en Perder y ganar —en el estrambótico personaje Bateman, Newman practica un gracioso juego de autorretrato: «así de artificial y voluntarista era yo cuando sostenía a capa y espada la viabilidad de un anglicanismo imposible»—, provocó un tremendo revuelo a nivel nacional. En el seno de la universidad se desató una abierta persecución contra los tractarianos. Newman, ante una insinuación de su obispo, suspendió los Tractos y abandonó Oriel College después de casi veinte años, para instalarse en Littlemore, una pequeña aldea a tres millas de Oxford, donde había acondicionado unas habitaciones, una capilla y una biblioteca, aprovechando unas caballerizas en desuso. El violento rechazo le impone sin querer y también sin rencor un sentimiento predominante: que no hay sitio para él en la Iglesia de Inglaterra.

Pronto se le unen en Littlemore otros que quieren llevar a su lado una vida de estudio y oración. De 1841 a 1845 es tiempo de esclarecimiento. En realidad, como escribió en Apologia, el lecho de muerte de su anglicanismo. El intuye que su corazón está ya en Roma pero ama a la Iglesia de Inglaterra y, sobre todo, todavía no ha llegado al deseado estado de certeza. Si algo teme y quiere evitar a toda costa son los arrebatos emocionales.

Un personaje de Perder y ganar, «alter ego» de Newman, encarna esta experiencia al sentirse misteriosamente poseído por la comunión de gracia de la Iglesia, la «Madre Poderosa»:

«Charles echó a andar con energía, cortando con el bastón las ramas y zarzas que se veían en la pálida penumbra de la tarde. Era como si el beso de Willis le hubiera inyectado en el alma el mismo entusiasmo que su amigo había expresado con palabras. Se sentía poseído, sin saber cómo, por un poder alto, sobrehumano, que le hacía capaz de atravesar montañas, de caminar sobre los mares. Era invierno, pero sentía por dentro la marea interior de la primavera, cuando todo es nuevo y estalla de pura plenitud. Acababa de encontrar algo que siempre había deseado: un alma gemela. Sintió que ya nunca más estaría solo en el mundo, aunque hubiera perdido ese alma gemela en el mismo momento de encontrarla. ¿Era esto la Comunión de los Santos? ¡Oh, no! ¿cómo podía serlo si él estaba en una comunión religiosa y Willis en otra? «¡Oh, Madre Poderosa!». Aquellas palabras acababan de escapársele de los labios. Apretó el paso; ya casi iba al trote, ascendiendo por los repechos empinados y hundiéndose en las hoyas que le separaban de Boughton. «¡Oh, Madre Poderosa!», volvió a decir, sin darse cuenta casi. «¡Oh, Madre Poderosa! Sí, ya voy, ¡Madre Poderosa!, voy, voy; pero estoy lejos de casa; ten paciencia conmigo; espérame; corro, corro todo lo que puedo pero no puedo ir más deprisa, como otros, ¡Madre, Madre Poderosa!».

Después de recorrer dos millas en plena excitación física y mental, se sintió de pronto casi agotado. Aminoró el paso y se fue calmando, pero seguía repitiendo casi mecánicamente «¡Oh, Madre Poderosa!». Pero, ¿y él de dónde se había sacado esas palabras? Willis no las había usado en ningún momento. Habría que estar en guardia contra estas emociones incontroladas. Cualquiera podía ser un entusiasta, pero el entusiasmo no era la verdad: ¡Oh, Madre Poderosa! ¡Sí! ¡ya sabía dónde tenía el corazón! Ahora había que ir por la cabeza. ¡Madre, Madre Poderosa! (281-82)».

Para «ir por la cabeza» decide imponerse una especie de prueba: redactar en forma de libro su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana: Si al terminarlo se mantiene en eso que ahora intuye sobre Roma, se convertirá. Mientras, va cortando amarras: renuncia a su vicaría y predica ante sus amigos su último y conmovedor sermón: «Separarse de los amigos». Algunos de sus camaradas de Littlemore dan el paso de la conversión y se van, a pesar de que él intenta frenarlos. Pronto llegan otros a sustituirles. El mundo anglicano tiene los ojos clavados en Littlemore mientras circulan rumores absurdos sobre la vida monástica que ha impuesto a sus compañeros. Lo cierto es que oran, hacen ayuno riguroso, estudian y traducen al inglés vidas de santos.

La pequeña comunidad católica de Inglaterra también vuelve sus ojos, expectante, hacia esa pequeña aldea de Littlemore. Pero Newman no conoce ni mantiene ninguna relación con católicos. Es más, no le atraen como grupo y el tipo de escritos  suyos que ha podido leer en la prensa le disgusta positivamente. A comienzos del verano de 1845 se presenta allí un amigo, Bernard Smith, clérigo anglicano converso, que viene por encargo del impaciente cardenal Wiseman a obtener información sobre el estado interior de Newman. Charlan, pasean, pero Newman se muestra impenetrable. Invita, sin embargo, a Smith a que almuerce con él y sus compañeros. Y en el momento de sentarse a la mesa aparece Newman vestido con pantalones grises. La señal, para Smith, y para Wiseman, es inequívoca: el paso hacia Roma está muy próximo. Pronto el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana queda interrumpido y  rematado con el salmo «Nunc dimitís», difícilmente más oportuno. No son necesarias ya más esperas. Roma está en lo cierto. La Via media no ha tenido existencia más que en las bibliotecas y su imaginación, pero no la vida.

A comienzos del mes de octubre pide su dimisión como fellow de Oriel y comienza a escribir cartas a sus íntimos anunciando su decisión en un escueto texto: «Espero ser recibido en el que creo ser el solo y único rebaño del Redentor». Pusey al recibirla, escribe en el dorso: «Tu, autem Domine, miserere nobis». Keble, la llevó encima todo el día sin atreverse a abrirla presintiendo el contenido.

El 9 de octubre, aprovechando el paso por Oxford del pasionista Domingo Barbieri, Newman es recibido en la Iglesia católica. El buen  pasionista llegó a las once de la noche empapado de agua después de cinco horas de viaje infernal en lo alto de una de aquellas diligencias, al aire libre, ¡en pleno otoño inglés! «Ocupé mi sitio —cuenta Barbieri— junto al fuego para secarme. Se abrió la puerta y ¡qué escena fue para mí ver de repente a mis pies a John Henry Newman pidiéndome oír su confesión y ser admitido en el seno de la Iglesia!». Los amigos más íntimos reaccionan con magnanimidad. Klebe: «El rayo ha caído finalmente sobre nosotros, que Dios te bendiga y premie mil veces la ayuda que me has prestado a mí sin merecerlo, y a muchos otros». Pusey: «Nuestra iglesia no ha sabido emplearle. Era como si una afiladísima espada durmiera en su vaina porque nadie sabía manejarla. Se ha ido —como todos los grandes instrumentos de Dios— inconsciente de su grandeza. Se ha ido en un sencillo acto de deber, sin pensar en sí mismo. Se diría no tanto que nos ha dejado como que ha sido trasplantado a otra parte de la viña».

Dirán de él: ¿Un caballero inglés, con su educación, sus ventajas, arrojando todo eso por la ventana y atando su conciencia a un obispo italiano?

Pero el establishment eclesiástico o civil no es tan benigno. El poeta Thomas Carlyle sentenció al conocer la noticia: «Newman tiene menos cerebro que un chorlito». En su fuero íntimo, Newman no se engaña. Sabe que ha tomado una decisión que hace de él un apestado. En la Inglaterra de mediados del XIX dar ese paso suponía un verdadero acto de demencia. ¿Un caballero inglés, con su educación, sus ventajas, arrojando todo eso por la ventana y atando su conciencia a un obispo italiano? Sencillamente inconcebible. Su hermana Harriett corta toda relación con él. Sus hermanos hacía tiempo que no le dirigían la  palabra. Jemima, con la que conservó contacto por carta, cuidará de mantener a sus seis hijos lejos de la influencia de su tío. Con los tractarianos que no dan el paso a Roma el contacto se mantiene al principio pero con menos intensidad cada vez, hasta que se extingue. Veinte años pasarán hasta que vuelvan a saber los unos de los otros. A su muerte, uno de sus hermanos escribirá la primera biografía de Newman: una triste exhibición de incomprensión donde los actos del converso son interpretados desde los más tercos prejuicios.

Desde un punto de vista humano, la estrella de Newman parece apagarse casi en el mismo momento de su conversión. Aquellos años oxonienses del Newman anglicano brillan entre un aura romántica de combate público; hasta el momento de su segunda y definitiva «apología », los años del Newman católico se diría que espejan el fracaso. Sin embargo, puestos a sopesar cara a Dios el valor de «lo perdido y lo ganado», no tenemos más remedio que admiramos ante la justeza con que él mismo resumió el curso completo de su vida en este maravilloso epitafio que ostenta la lápida de su sepultura: Ex Umbris et Imaginibus in Veritatem (De las sombras y los reflejos, a la Verdad).

Diccionario de los Papas y Concilios

Cuatro historiadores han compuesto este diccionario, cada uno según su especialidad: los papas de las edades Antigua y Media (L. Suárez), los de la Edad Moderna (M. Barrio) y los de la Contemporánea (J. Paredes); a los ue se añade el acertado complemento de los concilios ecuménicos (D. Ramos-Lissón). Es un verdadero diccionario, y algo más. Porque este libro contiene unos valores que merecen destacarse: estilo ágil y sustancioso, objetividad en la exposición, atención a la trama histórica ambiental, explicación adecuada de los problemas dogmáticos y doctrinales, y referencias bibliográficas sobre los temas o figuras de mayor relevancia. Al final, un glosario y un útilísimo índice alfabético de nombres y conceptos facilitan la consulta rápida de cualquier asunto.

La obra constituye, ante todo, un diccionario biográfico. No falta ninguno de los 263 papas legítimos, desde san Pedro hasta Juan Pablo II, ni de los numerosos antipapas que les disputaron la sede apostólica. Por riguroso orden cronológico se narran las vidas de los papas, antes y después de acceder al solio pontificio, utilizando apartados o epígrafes, cuando lo aconseja la diversidad de los temas. Se ha dado mayor extensión a los papas de los dos últimos siglos, por la relevancia de sus figuras admirables, y por las soluciones que dan a los problemas de nuestro tiempo. Los autores se han esmerado en trazar semblanzas con objetividad, distinguiendo las leyendas de los datos comprobados, y sin ocultar los defectos que aquejaron a algunos pontífices. De todo hubo en la silla de San Pedro. Santos y pecadores, personas brillantes y vulgares. Es impresionante la galería de hombres insignes en todas las épocas (León, Silvestre, Dámaso, Gregorio Magno, Nicolás, Hildebrando, Inocencio III, etc.); pero no faltan papas indignos, o que se dejaban arrastrar por abusos muy extendidos en su tiempo, como el nepotismo. El lector encontrará siglos de historia, se percibe, sin embargo, la tensión constante entre la misión espiritual del papa y los condicionamientos temporales en que esa misión tenía que desarrollarse. Los dos aspectos aparecen constantemente en el libro. El primero, esencial e irrenunciable, explica las actuaciones espirituales de los papas, sus declaraciones doctrinales, sus afanes misioneros por la propagación de la fe y sus repetidos intentos de reforma de la Iglesia. El segundo, la dimensión temporal, ha obligado a los reyes de Roma, durante muchos siglos, a mezclarse en las luchas por el poder, sin descartar la guerra, la represión o la violencia. Es la gran paradoja de la historia de los papas, hasta el despojo final (felix culpa!) de los Estados Pontificios, un lastre temporal, que, sin embargo, se consideraba muy conveniente para mantener la independencia espiritual. Esta doble dimensión, espiritual y temporal, explica las tensiones y contradicciones en la vida de muchos papas. Una dicotomía que no ha quedado soslayada en este libro, útil y ameno, muy recomendable por su rico contenido y fácil manejo.

Rusia y Occidente

ryo1.jpgResulta ya tópico, y más en estos momentos, decir que la Rusia postsoviética tiene en vilo a Occidente desde hace más de una década. La incapacidad de sus dirigentes para fijar un rumbo a su sociedad hace inútil, incluso, el plantearse si ésta sería capaz de seguirlo. Una sucesión de gobiernos erráticos desde 1985, la falta de tradición democrática liberal y el desconocimiento de las leyes del capitalismo moderno han dado paso a una generación amoral, incapaz de concebir ilusiones, ni tan siquiera proyectos. Los ídolos que imperaron sobre la población mayoritaria en la Unión Soviética durante siete décadas —hermandad proletaria internacionalista, hazañas deportivas y cosmonáuticas, ideales pacifistas— han dejado paso al más siniestro rostro del capitalismo insolidario, las mafias con sus extorsiones, el narcotráfico y la drogadicción, la pura especulación sin bases económicas reales. La población ha perdido la cobertura de sus necesidades mínimas de subsistencia, quizás precaria, en aras de una inútil y, a la postre, inexistente libertad, lo que hace pensar a muchos que el Padrecito Lenin tenía razón al cuestionarse la finalidad de esa libertad.

Al margen de la catastrófica situación económica que ha llevado a Rusia a la quiebra, con repercusiones en todo el orbe imposibles de calibrar aún, la degradación social generalizada alcanza niveles impensables en la otra potencia mundial. No hace mucho, el Presidente de la República, el ex camarada Yeltsin, el que mandó derribar la casa donde se asesinó a la familia imperial en 1918, sorprendía a todo Occidente pidiendo perdón ante las cámaras televisivas, en los propios funerales de los Románov, mientras que la Cámara Baja, la Duma, anunciaba pública y oficialmente que no se haría representar en las exequias de Nicolás «el Sanguinario». Esta divergencia de criterios, si se quiere anecdótica, es claramente indicativa de la falta de acuerdo social en Rusia acerca de cualquier materia. Las instituciones presuntamente democráticas actúan enfrentadas hostilmente; los intelectuales, antaño ocupados en criticar al régimen soviético, se pierden en divagaciones estériles que a nadie interesan y que nadie comprende; la Iglesia Ortodoxa se debate en discusiones bizantinas sin lograr la reunificación con los grupos escindidos a raíz de la Revolución, mientras surgen por doquier sectas disparatadas…

La obra que comentamos, Rusia y Occidente, puede ayudarnos en cierta medida a plantearnos el eterno problema: ¿puede Rusia desarrollarse socialmente según los esquemas occidentales? Las tesis eslavófilas y occidentalistas se enfrentan en el pensamiento ruso desde el siglo XVII. Quienes creen que Rusia debe, y puede, seguir los modelos europeos (en gran medida deberíamos decir, quizá, estadounidenses) se enfrentan con los herederos del pan-eslavismo y de la ortodoxia, en extraña amalgama con las reminiscencias tártaras, bizantinas y estalinistas. Esta explosiva combinación ha sido sistematizada por Olga Novikova, del Centro de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha seleccionado una docena de textos, en algunos casos de autores tan famosos como realmente desconocidos, desde Dostoievski y Soloviev, entre los ya clásicos, a Lijachov, una de las plumas más prestigiosas de la Rusia de hoy. Junto a los textos con polémicas decimonónicas, las soflamas nacionalistas con resabios patrioteros y las profundas reflexiones filosóficas de los textos seleccionados, Novikova nos presta con su estudio preliminar, clarificador hasta donde se puede en tema tan complejo, al igual que las notas de los textos, en cuya elaboración, así como en las tareas traductoras, ejemplarmente resueltas, ha participado también José Carlos Lechado.

Occidente, y particularmente los Estados Unidos, no han comprendido nunca las abismales diferencias que lo separan de Rusia; creer que estas diferencias radicaban sólo en un modelo económico que, tras la implantación de formas más o menos capitalistas, habrían desaparecido es un gravísimo error del que esta obra nos mantiene alejados; se trata, pues, de un instrumento de acercamiento a una realidad cuyo desconocimiento por los propios interesados ha colocado a todo el mundo en una delicadísima situación de la que va a ser muy difícil salir, si es que se consigue hacerlo, y, en cualquier caso, la discusión acerca del problema de Rusia y Occidente tiene visos de durar aún varias generaciones.