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Ver productosLos seguidores de Miguel d’Ors siempre esperamos impacientes cada nueva entrega de su producción poética. Desde La imagen de su cara (1994) nos íbamos encontrando poemas inéditos, que formarían parte del nuevo libro (todavía Hacia otra voz más pura) en revistas y antologías. Conocí la última de estas píldoras, concretamente la «Oda a la tarde del 31 de diciembre », en las páginas de la revista Gulnara que dirige, y muy bien, José Manuel Abad Liñán. «No sé, / pero algo tienes tú que ver conmigo, / tarde del 31 de diciembre, / retal del año que le sobra a todo el mundo». Aquello fue como quedarse con la miel en los labios, ¿cuándo llegaría el atracón, los otros 30, 40, 50 poemas que acompañarían a aquella oda, frugal aperitivo que, lejos de matarme el gusanillo, me había despertado un hambre feroz de buenos versos?
La espera no fue larga. Hacia otra luz más pura llegaba a mis manos —y también a mis ojos, a mi corazón y mi cerebro- un par de semanas más tarde. Ahí estaba el Miguel d’Ors de siempre, el que nos asombra con su maestría técnica, nos estremece con su desencanto, nos atrapa con sus hallazgos y nos cautiva con su visión del mundo. Y debemos rendirnos, desde luego, ante esa visión del mundo que entreteje de forma admirable la grandeza del Naranco o el Mulhacén con la miseria de las albas ciudadanas o los domingos lluviosos. Este poeta es como esas plantas del interior y exterior (una cosa que siempre me ha parecido curiosísima),lo mismo puede escribir a lomos de una bicicleta, echando el bote por empinados caminos, que confortable y decimonónicamente sentado en su estudio, rodeado de libros y fetiches familiares. Y qué maravillosos poemas construye en cualquier hábitat, esos poemas que les parecen fáciles a quienes no han intentado hacerlos, esos poemas que esconden toda la dificultad de la sencillez y que, como ya apuntó José Luis García Martín, «son fáciles de leer, pero no de escribir>.
Hay que congratularse de que se pueda ser un excelente poeta siendo cosas tan poco extravagantes como gallego, funcionario, padre de familia numerosa, habitante de una ciudad de provincias, amante de la naturaleza católico. Debemos alegrarnos de encontrar entre las páginas de Hacia otra luz más pura a la mujer y los hijos de d’Ors, a sus amigos, sus maestros, sus alumnas (no sabemos qué pasa con los alumnos) ya Dios. Y además, si el lector, que no lo creo, se cansara de tanta normalidad, de tanta actualidad y de tanta cotidianeidad, no tiene más que leer poemas como «Mis aventuras de Jeremiah Johnson (o de la doble vida de los dos d’Ors)» con un admirable parlamento que para sí habría querido el mismo John Ford: « […] y usted, doctor, olvide la botella/ y meta la cabeza en un cubo de agua:/ va a trabajar muy duro esta mañana [ … ] ¿le han herido?, / nada, sólo un rasguño, señorita,/ mientras la vista se te nubla./ Y caes desfallecido en su regazo».
El tiempo que huye, la improbable –y, sin embargo – real- existencia de la felicidad, la multitud de posibilidades que mueren ante cada elección, el yo y el otro y los otros, los objetos que acaban siendo nuestra vida> la infancia> el amor, los libros y hasta las facturas vertebran este libro, nos salen al paso como viejos conocidos, nos hacen esbozar una sonrisa o nos ponen un nudo en la garganta. Nos guían, en fin, a través de los versos y las páginas como por una de esas «carreteritas campesinas flanqueadas por a lineaciones de grandes árboles con faja cuyas ramas se abrazan por el aire, formando un grandísimo túnel de frescura y pájaros», tomando una cita de la Nota del Autor que cierra el volumen.
Compartiendo rasgos esenciales, como el humor, el desencanto o los finales sorprendentes con algunos compañeros de generación (pensemos en Víctor Botas, Jon Juaristi o Javier Salvago), y con ese sello de artesano personalísimo e inconfundible, Miguel d’Ors es uno de los nombres imprescindibles de la poesía de este último tercio de siglo. Con fichajes como éste, la Poesía está de enhorabuena.
«El World es el periódico del pueblo y ahora pide al pueblo dar un paso adelante y conseguir dinero. Los 250.000 dólares que costó hacer la estatua fueron pagados por las masas del pueblo francés —por los trabajadores, los comerciantes, las tenderas, los artesanos— por todos, sin distinción de clase ni condición. Respondámosle de la misma manera. No estemos esperando que los millonarios den su dinero. No es un regalo de los millonarios de América, sino un regalo de todo el pueblo de Francia a todo el pueblo de América ». Aunque los más perspicaces ya lo habrán imaginado, éste fue el texto que detonó la cuestación popular más importante, o por lo menos más simbólica, que se hizo en Estados Unidos a finales del siglo pasado. Desde entonces, y gracias a cada dólar aportado por neoyorquinos de toda clase y condición, hoy podemos seguir encontrando, a la entrada de la bahía de Nueva York, una imponente estatua más conocida como la Estatua de la Libertad.
El texto es un extracto del editorial que publicó el World para hacer frente a aquel regalo francés que nadie sabía para qué servía ni dónde colocarlo. Como los menhires de Obélix. Pulizter sí lo supo y lanzó a su periódico a liderar la campaña que acabaría otorgando a los Estados Unidos uno de sus iconos nacionales más conocidos universalmente. Pero también este editorial simbolizaba en aquel momento una nueva manera de hacer periodismo o, si se quiere, de hacer periódicos.
José Javier Sánchez Aranda, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, nos presenta en este libro un interesante trabajo de investigación sobre la figura de Joseph Pulizter y su aportación al periodismo universal. Sus comienzos, sus éxitos y sus fracasos. Desde sus innovaciones al frente de los diarios Sant Louis Post Dispatch y el World de Nueva York hasta sus peleas con otro gran «emperador» del periodismo, el no menos famoso William Randolph Hearst, o con las altas instituciones federales, como el presidente Theodore Roosevelt.
Y es que, a pesar de que ser uno de los más insignes periodistas de la historia, disponemos de muy pocos estudios sobre Pulitzer (es particularmente escasa la bibliografía en castellano). Su fama mundial no se corresponde con el desconocimiento que de él tiene el gran público. Este es el motivo principal que ha llevado a Sánchez Aranda a escribir una biografía (un género en alza en nuestro país, poco cultivado hasta ahora) del personaje. Redactada en tono divulgativo, Pulitzer. Luces y sombras en la vida de un periodista genial cuenta, como si de una película se tratara, la interesante y a veces contradictoria vida de Pulitzer, una vida en la que no faltan ángulos oscuros.
«Yo me dirijo a una nación, no a un comité selecto», dijo en una ocasión. Su aportación al periodismo consistió muchas veces en ser el primero que hizo algo de una manera distinta. Fue el primer periodista de masas. Inventó un estilo informativo que combinaba editoriales trabajados con informaciones ligeras que aportaban gran intensidad dramática a la manera de contar las noticias. Así fue como sus periódicos fueron los primeros en llegar a grandes grupos de gente.
Pero también fue Pulitzer el primero en dotar al periodismo de una figura profesional propia. Sus periodistas eran los mejor pagados de la ciudad y los mejor preparados. Uno de sus legados es, además de los prestigiosos premios periodísticos que llevan su nombre, la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, en Nueva York. «Deseo ayudar a atraer a esta profesión a jóvenes de carácter y habilidad, también ayudar a los que están comprometidos en la profesión para adquirir la más alta preparación moral e intelectual. Que el resto de profesiones y no el periodismo deban tener la ventaja de una especial preparación me parece contrario a la razón». Casi un siglo después de esta afirmación de Pulitzer, numerosos profesionales en ejercicio siguen pensando que el periodismo no es otra cosa que un oficio.
José Manuel Cuenca, catedrático de Historia Contemporánea desde hace muchos años —la mayoría de ellos en la Universidad de Córdoba—, es un universitario de dotes excepcionales, con una memoria y una capacidad de lectura de tintes menendezpelayescos. Sus trabajos iniciales sobre la Iglesia del Antiguo Régimen descubrieron a un investigador exigente que siempre supo traducir en trabajos científicos su permanente compromiso con la sociedad que le ha tocado vivir: Andalucía, la historia del presente, o la vida parlamentaria recuperada tras la democracia son buena muestra de esa permanente inquietud por arrojar una clave de humanista sobre realidades que habían atraído la atención de sus contemporáneos. Soledad Miranda, su abnegada compañera de tantos ellos, y profesora titular de la Universidad de Córdoba, ha participado plenamente de esos ideales y, no pocas veces, le ha acompañado en la aventura de buscar el contacto con los lectores, aportando una especial sensibilidad para el uso de las fuentes literarias.
Ambos han venido ofreciendo, desde comienzos de los años noventa, una serie de publicaciones sobre la sociología ministerial de diversos periodos que respondían, si no a un proyecto cerrado, sí a una voluntad unitaria, en lo metodológico y en lo conceptual, que ha permitido la confección del grueso volumen que ahora llega a nuestras manos.
Bien es verdad, desde luego, que esta publicación de ahora no es el resultado de la simple acumulación de los trabajos anteriores, pero éstos han proporcionado los materiales básicos para poner en pie el sugerente monumento de erudición que ahora se queda a disposición de los investigadores y de cualquier persona culta, que disfrutará con la lectura del enjundioso contenido de estas páginas.
Los estudios de prosopografía —como investigación retrospectiva de las características comunes de un grupo de protagonistas históricos— son, sin duda, uno de los aspectos más relevantes de la recuperación de la historia política que tuvo lugar a finales de los años ochenta de la mano de algunos historiadores ingleses, como Lawrence Stone, y que alcanzó, entre nosotros, el pleno reconocimiento canónico cuando recibió el respaldo de los historiadores franceses que se movían en el entorno de René Remond.
Se trata de investigaciones de primerísima necesidad que, en pura lógica, tendrían que haberse abordado desde hace mucho tiempo entre nosotros y tendrían que haber precedido obras de interpretación de conjunto que, sin esta base, derivaron en interpretaciones esperpénticas que han distorsionado el trabajo historiográfico durante muchos años. El estudio que ahora presentan se hace, por el contrario, con un claro sentido de lo que significa el fenómeno del poder en la comprensión de la historia política y nos brinda claves muy sugerentes para comprender casi tres siglos de vida española.
Un trabajo que trata de brindar información sobre casi mil doscientos ministros parecería el lugar idóneo para el despliegue de modernas técnicas informáticas, pero los autores, que se declaran coaccionados por lo cuantitativo, han sabido enriquecer el uso de estas técnicas con una movilización de bibliografía sencillamente abrumadora.
El estilo del libro revela, sin duda, la ya conocida preocupación del profesor Cuenca por la precisión y variedad del lenguaje —incluso con la incorporación de palabras que aún no han tenido la suerte de ser incluidas en el Diccionario de la Real Academia— y permite que disfrutemos de una imagen llena de riqueza y contrastes sobre las diferentes circunstancias personales que incidieron sobre los ministros que ha habido en España desde los inicios de la casa de Borbón hasta la actualidad, y a pesar de las dificultades que se derivan de la utilización del término «ministro» para situaciones políticas bien diferentes. Los resultados tal vez sean algo previsibles —una mayoría abrumadora habían recibido enseñanza religiosa; predominio de militares y personas de formación jurídica, etc…—, pero el libro está repleto de matices y de relaciones llenas de sugerencias.
El enjundioso texto, de más de trescientas páginas, viene acompañado de otras quinientas con un apéndice prosopográfico al que tal vez sería conveniente hacer alguna revisión para próximas ediciones. En este tipo de apéndices, la precisión absoluta es exigencia mínima.
El lector cuenta, en definitiva, con un instrumento de primerísima calidad, por la riqueza de su información y por lo bien articulada que aparece ésta, para la comprensión de las condiciones reales en las que se ha ejercido una responsabilidad clave en la vida política, como es la de ser ministro.
Música de cámara francesa
Ravel, Ibert, Debussy,Jolivet, Frangaix
Ensemble Wien Berlin
SONY CLASSICAL SK 62666 66-DD
Unas frases de Debussy que encabezan los comentarios de este disco definen muy bien la música que contiene: «La música francesa es la claridad, la elegancia y busca ante todo gustar… La extrema complicación es lo contrario de arte. Es necesario que la belleza sea sensible, que nos procure un placer inmediato, que se imponga o se insinúe en nosotros sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo para captarla».
Este credo de Debussy no sólo es aplicable a los demás autores impresionistas sino a muchos de los compositores franceses posteriores. Y es que, en efecto, la música francesa de principios de siglo es, en general, de una gran elegancia y extraordinaria sencillez en su textura. En oposición a la música alemana, que ahonda en el sentimiento
y que en los últimos románticos abusa de cierta grandilocuencia, la francesa se caracteriza por un canon de belleza muy particular.
Aunque el Ensemble Wien Berlín es un quinteto de viento, no todas las obras que aquí se tocan están compuestas para este conjunto, por lo que en cada caso participan otros intérpretes de arpa o de cuerda.
Desde la Introducción y Allegro para arpa, cuarteto de cuerda, flauta y clarinete de Ravel, hasta el Octeto de Jean Frangaix, pasando por las Tres piezas breves de Jacques Ibert, la Sonata para flauta, viola y arpa de Debussy y el Chant de Linos de André Jolivet, todas las obras interpretadas en esta grabación se mueven en una atmósfera de sonoridades claras y preciosistas. Tienen en común una gran similitud de ambiente. Su estilo es neoclásico; buscan la belleza a través de formas sencillas y de melodías de inspiración greco-latina en algunos casos, en plena identificación con el espíritu francés. Pero, ante todo, se trata de música bella, admirablemente tocada y muy en la línea del planteamiento formulado por Debussy.
1. Aunque ella en la vida había leído otra cosa que Selecciones del Readers Digest y las novelas edificantes de Pearl S. Buck o Vicki Baum, y, a partir de los años sesenta, cuando su marido empezó a darse aquellas siestas fenomenales, las historias policíacas de Agatha Christie, la célebre pregunta de Beaumarchais, que con siete palabras cuestiona el universo, le fue formulada a Maite Gil, en edad venerable, un sábado de principio de primavera estando lejos de casa.
Celebrar el cincuentenario de su promoción con un viaje de fin de semana fue idea de Patricia López de Haro durante el funeral por José Antonio Castellver (aquel hombre retórico, distinguido y antiguo, en las necrológicas y esquelas siguió siendo excelentísimo señor don, pero una semana después ni sus perjudicados le recordaban, como suele suceder), como un recurso para consolar a la pobre Gloria, viuda valiente que sonreía y se dejaba besar la vencida, moteada mano de largas uñas escarlata. Y el proyecto cuajó en el saloncito de los cuadros flamencos de Bibis de Castellblanch, a la semana siguiente, durante uno de aquellos tés que ya con tan poca frecuencia, ay, ofrecía la que fue primera anfitriona de la ciudad y que ahora, hecha una nerviosa matrona, agitaba sin cesar las manos y los pies, se mordía el labio inferior, parecía incapaz de fijar la mirada.
Gloria Castelar había asistido al té. Y estaban Patricia López de Haro, y Miriam Busquets, y Tati Poch y Tate Santiesteban… Y también Nuria Montoliu. ¡Las vueltas que da la vida! Nuria, que en el colegio estuvo acogida a la beneficencia de las monjas, se había convertido en un personaje de la jet set internacional; y lo admirable era que el éxito no se le había subido a la cabeza: seguía siendo la misma pálida esfinge de ojitos de lechuza, que se sentaba en la punta de los asientos porque no le cabía el cuerpo entre los reposamanos, y seguía contando chistes un poco subidos de tono que las escandalizaba y al mismo tiempo las hacía troncharse de risa, mientras ella, «la Montoliu», constatando los efectos de su humor con media sonrisa oblicua, se retiraba al fondo de sus blandas carnes.
Las amigas se habían reconocido con alegre sorpresa, elogiado los abrigos de pieles, intercambiado noticias sobre otras supervivientes, cuál había tenido suerte en la vida y cuál menos suerte, cuál se había casado bien y cuál menos bien. La primera explosión de risa la provocó Asunción Falgosa telefoneando para informarlas de que ponía «a disposición de la comunidad» un coche con plaza para cuatro o cinco «niñas» más:
« ¡Mi marido nos deja el Mercedes!».
—Pues mira qué bien, Asuntita —dijo Bibis Castellblanch.
Colgó, y secándose los ojos con su pañuelito, informó a la concurrencia:
—Atentas, niñas: dice Asunción Falgosa —atipló la voz—: «Mi marido nos deja el Mercedes».
La declaración fue acogida con una especie de motín cómico; Nuria Montoliu a punto estuvo de atragantarse con una pastita de mazapán.
—Esa muchacha es ideal —dijo.
—Ay —dijo Bibis de Castellblanch—, lo vamos a pasar muy bien.
Tete quiso saber qué había de cómico en el Mercedes de la Falgosa. Maite Gil se avino a explicar lo evidente:
—Se dice —dijo, con sonrisa soñadora— «me llevaré el coche grande», o «me llevaré el coche pequeño». Pero eso del Mercedes… La pobre siempre ha sido famosa.
En esos círculos, que alguien sea «famoso» implica que ocupa algún sitio a medio camino entre lo inefable, lo grotesco y lo trivial.
— ¡Niñas, niñas, repórtense! — Nuria Montoliu imitó la locución proverbial y la voz gangosa de la madre Milagros, difunta desde hacía veinte años.
Como volvieron a ponerse los pesados abrigos, prometiéndose cosas, todas tenían los ojos brillantes. Y aquella noche, cuando uno de los chicos Castellblanch, mordisqueando distraído una galletita de mazapán, le preguntó a Bibis si no se aburriría, en aquella expedición de ancianas con las que, a fin de cuentas, apenas se había tratado en cuarenta años, ella, moviendo compulsivamente las manos sobre los brazos del sillón de cretona, y sobre la alfombra los pies, calzados con los cómodos zapatos de medio tacón que se ponía para estar por casa, soltó otra risa feliz que hizo reaparecer los hoyuelos de su adorable juventud:
—Pero Guillermo, no seas bobo, ¿cómo quieres que me aburra si antes de salir, sólo de planearlo, ya me estoy tronchando?
Y Maite Gil le contaba a su marido que aquello deberían repetirlo cada año.
—Calma, Maitita, calma. Que yo me quedo solo.
—Si quieres, no voy.
—No, vé, vé.
—Alejandro —se impacientó Maite—, si tú quieres que me quede, me quedo.
—En modo alguno, en modo alguno. Supongo que ya me las apañaré. Y avanzaré en mis memorias.
Alejandro se tomaba como tarea trascendente la redacción de esas memorias que sus hijas le habían exhortado a escribir supuestamente para que las interesantes anécdotas de la familia no se perdieran en el olvido, pero en realidad como un ardid para que, por lo menos durante las dos horas que el jubilado les dedicaba cada tarde, dejase respirar a Maite.
Durante esas dos horas, no se oía por la casa el irritado flautín cascado de su voz, «Maitita, mis calcetines », «Maitita, mi camisa amarilla», Maite, ven… Maite ¿dónde estás? ¡Hace diez minutos que te llamo! La labor en el escritorio, bajo el tapiz heráldico, estaba demostrando ser ingente: todo lo que no tenía interés alguno merecía ser meticulosamente apuntado, entre sorbito y sorbito de verde Chartreuse. El pulcro manuscrito engordaba año tras año y andaba ya por las mil páginas. Los episodios narrados se distribuían en capítulos alternos: en los pares, Alejandro describía los acontecimientos del marco histórico de su vida; y en los impares, los sucesos de su vida privada.
Sin apartarse nunca de un tono apasionado, entusiasta, a su entender el único conforme al carácter sacramental de la escritura, pasaba de glosar las hazañas bélicas y la gran política del mundo a celebrar conmovido los éxitos de su mando en la empresa, la familia y el vecindario.
Así concluía un capítulo del que había quedado tan satisfecho que se lo leyó con voz tronante a Merceditas:
—«…avanzan imparables sobre las ardientes dunas del desierto los panzer de Rommel, el Zorro del Desierto, hacia la estratégica ciudad sahariana, donde le aguarda Montgomery, dispuesto a defender, hasta la última gota de su sangre británica,
Tobruk».
Sin solución de continuidad, la siguiente página comenzaba así:
—«Para nuestra familia, agraciada por Dios con tantos hijos, el piso en Rosales, 50, se había quedado pequeño, y el 3 de febrero de 1942 nos mudamos al piso luminoso y señorial que actualmente ocupo con mi esposa en la calle Doctor Sinvesa, 28».
2 • Maite se sentía orgullosa y feliz, porque seis «niñas» le habían pedido viajar en su coche (el coche grande). No menos contenta iba al volante de su Mercedes Asunción Falgosa, acompañada por Paz de Ceballos, una niña desustanciada que nunca se había tomado la molestia de sacarse el carnet de conducir, la muy tonta, y por Tete Santiesteban.
Hicieron alto en un merendero de Despeñaperros que les había recomendado el marido de Asunción Falgosa, para almorzar bajo una parra, sobre una mesa de pringosos tablones que en Barcelona les hubiera parecido inaceptable; devoraron alegremente el cochinillo grasiento y la lechuga que flotaba ahogada en un lecho de agua y aceite. (A Maite Gil, como siempre, sólo le apetecía una tortillita francesa, pero por no destacar se avino al cochinillo). Durante la sobremesa bromearon sobre la forma de conducir de Bibis de Castellblanch, que al tomar las curvas inclina el torso sobre el volante en la misma dirección que gira el volante, como si en vez del Saab con dirección asistida domase un potro desbocado en el Hípico.
— ¡Qué buena idea ha sido venir!
— ¡Me siento cincuenta años más joven!
— ¿Os acordáis de cuando…?
— ¡Niñas, repórtense!
Se estremecieron los flanes en sus platitos cuando Nuria cantó bajito, divinamente, el aria «L’amour» de Carmen. Luego las amigas se burlaron un poco de la beata de Inma
Sunyol, que preguntaba, un poco ansiosa, si mañana, sábado, se celebraría la Santa Misa en la ciudad.
—Es que he hecho —explicó— una Promesa.
—Mujer, no seas pánfila, hay 48 iglesias —respingó Nuria Montoliu—, no te las acabarás.
Otras chicas quisieron seguir bromeando a costa de la piedad de Aurora, pero Maite Gil conocía el origen de aquella promesa (durante la guerra Aurora había prometido a Jesús que si los rojos no fusilaban a su padre, ella iría a misa cada día durante el resto de su vida; lo fusilaron. Imma perdió la fe, pero cumplió la promesa para ir recordándole a Dios qué equivocado, qué injusto había sido), y cortó de cuajo las bromas:
—Pues mira, Imma, a mí también me apetece asistir mañana a misa. Si te parece bien iremos juntas.
Y como Maite Gil había sido la más guapa, y se había casado con el mejor partido del grupo, y a lo largo de las décadas se había comportado como una esfinge, sin confiar nunca a nadie un disgusto, un problema o un conflicto, ahora ocupaba el centro de un área de dignidad y buena suerte del que todas querían permanecer cerca, o por lo menos no ser excluidas. Las bromas cesaron de golpe. Sólo Tete Santiesteban… —todas recordaban la mañana en un rincón del patio del colegio en que Tete Santiesteban les dijo que cuando su papá creía que se había quedado solo en casa bailaba desnudo a la música del fonógrafo, todas habían pasado horas en blanco en la cama viendo al padre de Tete bailando desnudo en la oscuridad de sus dormitorios, y al brillante disco negro girando…— Tete Santiesteban, a la que se le había puesto cara de bulldog, dijo irónica:
— Reginae Híspamete locuta, causa finita est.
— ¡Eh! ¿Os acordáis de cuando…?
Rieron y disfrutaron hasta que Asunción Falgosa advirtió:
—Nos van a dar las tantas si no espabilamos. Y yo «odio» conducir de noche.
Todas «odiaban» conducir de noche.
Llegaron sin prisas a la alta ciudad amurallada cuando el crepúsculo teñía de morado las torres del Alcázar. Después de descargar las maletas, algunas de las niñas todavía cenaron en un amplio comedor de fábrica conventual, de ventanales góticos que daban sobre la llanura, pero la mayoría estaban exhaustas y se retiraron a sus habitaciones, no sin antes pedir a un maître muy amable y cortés, de ojos melancólicos, que les subieran tazas de té o vasos de leche con galletitas.
3 • Era la primera noche en muchísimos años en que Maite Gil se acostaba sola. Extrañó la excesiva calefacción, la cama, la compañía de sus amigas, que la habían aturdido. A medianoche se levantó y fue al cuarto de baño, a por un vaso de agua que le ayudase a tragar cierta píldora verde y blanca, remedio infalible cuando se sentía nerviosa o angustiada.
A las dos prendió la luz de la mesita de noche, tomó otra píldora, miró una película de la televisión. La trama era estúpida y los protagonistas, una pareja de jóvenes malhablados, disparaban pistolas y fornicaban sin tregua. Maite apagó el televisor hastiada, y, agarrándose con fuerza a la almohada, intentó forzar el sueño. En una revuelta, vio en el marco de la ventana en ojiva el cielo negro, por donde cruzó una estrella fugaz.
La píldora empezó a actuar: la envolvió una sensación de alivio. De ligereza. Pensó en Gloria Castellver, que tan desmejorada parecía la pobre y a pesar de todo durante el viaje había intentado bromear dos o tres veces como si no viniera de serle amputada la mitad de su vida. Gloria no sabía —Maite se llevaría a la tumba aquel secreto tan delicado— que antes de conocerla José Antonio había cortejado a Maite, le había «cantado la palinodia» en el Hípico y sólo después de «recibir las calabazas» se había vuelto hacia Gloria.
—Era encantador —pensó—.
Yo creo que Gloria ya no levanta cabeza.
¿Le afectaría a ella tanto la muerte de Alejandro? No, se dijo incorporándose, empujada por el muelle de la revelación. «Ay, ahora sí que no voy a dormir ni de broma».
A las siete ya se había bañado y despachado una taza de té, y se encontraba en el vestíbulo, sintiéndose muy fatigada. Imma Sunyol, envuelta en su visón, apareció sonriéndole a través del soberbio encaje de la mantilla que ya se había colocado sobre la azulada cabellera.
El sol apenas despuntaba cuando las dos ancianas entraron en la iglesia de la Vera Cruz.
La iglesia estaba vacía salvo por una docena de beatas vestidas de negro apelotonadas al fondo de la nave, junto al altar. Maite se sentía a disgusto entre las grandes estatuas suspendidas de las columnas, gigantescos evangelistas y profetas armados con báculos dorados e imbuidos de la impertinente vanidad del barroco que aplastaban con desgana serpientes, moros, diablos cornudos y dragones.
Imma Sunyol se adelantó hacia el altar a pedir cuentas al dios en el que no creía, y Maite hizo algo insólito, inimaginable en circunstancias normales: se demoró ante una capilla como si fuese una turista cualquiera, luego pasó a otra más cerca de la puerta, y de pronto se halló fuera de la iglesia.
Un tramo de la muralla cierra la plaza de la iglesia de la Vera Cruz. Apoyada en una almena Maite Gil estuvo contemplando la salida del sol sobre el océano de la espigas. El viento racheado hacía flamear el pañuelo que llevaba anudado a la cabeza y mecía a un mirlo negro que, incapaz de elevarse hasta las almenas, buscaba refugio en la pared de piedra. Un grupo de turistas irrumpió en la plaza y la cruzó hasta colocarse a la espalda de Maite. Vestían ligeros anoraks en los que lucían estampadas las palabras «Viajes Benidorm».
—La ciudad —dijo el guía—, fue un asentamiento íbero desde el año 700 antes de Cristo, y los romanos la conquistaron en el año 80 antes de Cristo. En el siglo VIII la capturaron los moros, y en 1079 Alfonso VI la recuperó…
Los hechos antiguos que pregonaba ella ya los conocía porque años atrás había estado allí con su marido, y habían escuchado a un guía parecido al de «Viajes Benidorm». El runrún del discurso se enredaba con el soliloquio interior de Maite, que sin querer recordaba episodios desagradables de su vida con Alejandro. Una renuncia, una promesa incumplida, una lenta decepción, un desengaño, la primera vez que se permitió llorar delante de ella, la segunda vez… y a partir de entonces pareció tomarle el gusto y Maite había dejado de contar.
—Entonces la ciudad vivió una época de esplendor, que se prolongaría hasta la plaga de peste de finales del siglo XVI. Pero tras dos siglos de decadencia el invento del ferrocarril impulsó…
Es curioso, pensó Maite, tengo la mente como sus Memorias, se me mezcla todo…
—Ahora fíjense, enfrente de ustedes, esa imponente mole el Alcázar, que durante dos siglos fue palacio y residencia de los Reyes. El edificio original fue destruido por un incendio en 1862 y ha sido restaurado respetando la planta y estructura original…
Entonces —el mirlo había desaparecido de vista— le sobrevino a Maite Gil la pregunta:
— ¿Por qué estas cosas y no otras?
¿Por qué estas cosas y no otras?
Cuando Aurora Sunyol salió del templo y no se encontró a su amiga esperándola, creyó que habría regresado por su cuenta al Parador.
Pero allí tampoco estaba. Algunas de las viajeras protestaron porque el retraso de Maite les hacía «perder el ritmo». Otra recordó que ya en el colegio «la reina de España» se hacía esperar, se retrasaba siempre. Por la noche estaban todas muy preocupadas. ¿Qué le habría pasado? Las niñas —lo mejor de la sociedad, la flor de cada casa— se sentían abandonadas, desvalidas, perdidas.
Pero pensándolo bien, no es verosímil que una señora así deje su vida y comience otra, o se la quite. Las señoras así no cambian de rumbo, a no ser a consecuencia de una depresión larga, profunda y dolorosa. Digamos mejor que Aurora Sunyol salió del templo, tomo del brazo a su abstraída amiga, y juntas, hablando de sus cositas, fueron a reunirse con las demás para proseguir la jornada.
Fernando Delage recensiona el libro de Noel Malcolm, Kosovo: A Short History (Londres, Macmillan, 1998), una obra clave, según las principales publicaciones europeas, para comprender el origen del conflicto en los Balcanes.
NINGÚN CONFLICTO HA SIDO ANTICIPADO con tanta precisión en la historia reciente de Europa como el de Kosovo. Si el puzzle de minorías, fronteras mil veces modificadas y religiones incompatibles han hecho de los Balcanes una de las regiones más violentas del mundo, Kosovo es el ejemplo más extremo de la imposible convivencia de distintos grupos étnicos. La intolerancia ha caracterizado durante siglos a este pequeño territorio, símbolo histórico de la identidad serbia y elemento esencial del nacionalismo impulsado desde Belgrado a partir de los años ochenta. Kosovo se encuentra en el origen del poder de Slobodan Milosevic y también es la causa primera de la desintegración de la antigua Yugoslavia.
La historia y la demografía se entremezclan como causas del enfrentamiento entre serbios y albaneses, un conflicto tan fácil de enunciar como imposible de resolver. Kosovo es para los serbios el corazón espiritual e histórico de su pueblo, su Jerusalén. Los albaneses, por su parte, señalan que, de los dos millones de habitantes del territorio, apenas 200.000 son serbios. Mientras que los albaneses se consideran descendientes de los ilirios, primeros habitantes del lugar, y reclaman su independencia, los serbios niegan que Kosovo sea una entidad histórica y política; para ellos es una parte integral de su nación y nunca renunciarán voluntariamente a ella. Las exigencias políticas de las dos partes son irreconciliables, por lo que es difícil creer, después de dos meses de guerra, que pueda mantenerse la ficción de un Kosovo multiétnico integrado en Yugoslavia. La barbarie desatada por Milosevic no ha hecho sino confirmar la aspiración de los albano-kosovares a abandonar Serbia.
La OTAN ha cometido numerosos errores de cálculo. Pero quizá el mayor haya sido haber infravalorado la importancia de Kosovo para los serbios. Esto es precisamente lo que mejor explica el libro de Noel Malcolm. Su inmersión en un gran número de fuentes documentales le han permitido desenmascarar los mitos de la construcción nacional serbia, muchos de los cuales son una elaboración moderna. Como en el caso de tantos otros fenómenos nacionalistas, fue en el último tercio del siglo XIX cuando intelectuales serbios inventaron su tradición y reescribieron su historia. Por eso, dice Malcolm en las últimas líneas de su libro, el conflicto no encontrará vías de solución hasta que ambas partes, pero sobre todo los serbios, comprendan que la historia de Kosovo que se les ha enseñado es sólo parcialmente cierta. La exhaustiva investigación contenida en este libro es un buen lugar para empezar.

El primer elemento de la política de Milosevic, mantenido por la mayoría de sus ciudadanos, es que Kosovo siempre ha sido serbio. Sin embargo, ochocientos años separan la llegada de los serbios a los Balcanes en el siglo séptimo, de la conquista otomana en 1455. Durante esos ocho siglos, Kosovo estuvo gobernado por los serbios sólo durante los últimos 250 años, desde que en el siglo XII lograran imponerse al Imperio bizantino. Sí es cierto, no obstante, que en la Edad Media la mayoría de sus habitantes eran serbios o, al menos, cristianos ortodoxos que comenzaban a desarrollar su identidad nacional como serbios. Esto explica que prácticamente todos los antiguos monumentos de Kosovo sean ortodoxos y tengan nombres serbios. Los orígenes más remotos del actual conflicto se remontarían a 1389, cuando el Imperio otomano derrotó al ejército serbio dirigido por el príncipe Lazar en Kosovo Polje. Aunque lucharon junto con los serbios en aquella batalla, la mayoría de los albaneses de la región se convirtieron al islam en los siglos XV y XVI y participaron en la administración turca de Kosovo. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, coincidiendo con la decadencia otomana, Kosovo se convirtió en el objeto de los movimientos de independencia tanto serbio como albanês. Los serbios lograron su independencia en el Congreso de Berlín (julio de 1878), sólo un mes después de que se fundara en Kosovo la Liga de Prizren, que aspiraba a crear un Estado albanês independiente. Pero fue sólo en 1912, con ocasión de la primera guerra balcánica, cuando Serbia vio cumplido su sueño nacional de recuperar Kosovo. Hasta ese momento, y durante su largo sometimiento a los turcos, la batalla de Kosovo se había convertido en el eje del heroísmo serbio y en el centro de su mito nacional.
Malcolm revela, sin embargo, que la idea de una celebración nacional y religiosa del 15 de junio (28 de junio en el calendario actual), fecha de la batalla del campo de los mirlos, es una invención del siglo pasado. Fueron escritores nacionalistas como Vuk Karadzic o Petar Petrovic Njegos los que transformaron los elementos de la tradición popular de Kosovo en una ideología nacional. Este hecho no debe sorprender. El siglo XIX fue el periodo en el que se desarrollaron las identidades nacionales en muchas partes de Europa y, en el caso de Serbia, la misma idea de formar un territorio independiente exigía la rebelión o la declaración de guerra contra los otomanos. Una mitología nacional centrada en el momento simbólico de la conquista turca era doblemente útil: dirigía la atención hacia el enemigo y recordaba a los serbios su glorioso pasado preotomano. Así, fue después de la proclamación del «reino» de Serbia en 1882, cuando el gobierno convirtió el aniversario de la batalla de Kosovo en una celebración de la unidad nacional.
Es curiosa, por cierto, dado el importante papel de la Iglesia ortodoxa, estrechamente vinculada a la existencia de la nación, la referencia a un triple paralelismo teológico en la mitología nacional serbia. Los escritores ortodoxos han comparado su derrota en Kosovo en 1389 con la crucifixión de Jesucristo; su muerte y enterramiento con la velika seroba (la gran emigración serbia de Kosovo en 1689-90 tras una nueva incursión turca); y su resurrección con la reconquista de Kosovo en 1912. Pero la euforia serbia fue acompañada de las atrocidades que hemos visto repetirse ochenta años después. El relato más estremecedor es el de Lazer Mjeda, arzobispo de Skopje, en un informe a Roma del 24 de enero de 1913. En Ferizaj sólo habían quedado con vida tres albaneses mayores de quince años, en Gjilan y Gjakovaque, donde no se opuso resistencia a los serbios, también fue masacrada su población. Pero lo peor se produjo en Prizren: «La ciudad parecía el reino de la muerte. Golpeaban en la puerta de las casas albanesas, se llevaban los hombres y los fusilaban inmediatamente. […] En cuanto a asaltos, saqueos y violaciones, no hace falta ni mencionarlos; la orden era: todo está permitido contra los albaneses —no sólo permitido, sino querido y ordenado». El objeto de semejante barbarie, indicaría el informe de una comisión de observadores internacionales en 1914, no era otra que «la completa transformación de la estructura étnica de las regiones habitadas exclusivamente por albaneses».
Al final de la primera guerra mundial, Serbia se unió con Croacia y Eslovénia para formar el nuevo Estado de Yugoslavia, con un Kosovo que permanecía como parte constituyente de Serbia. El gobierno yugoslavo mantuvo su política de discriminación respecto a los albano-kosovares —se trataba de «hacerles la vida imposible, para así forzarlos a emigrar»—, al tiempo que ponía en marcha un programa de colonización (de hecho logró un aumento de la población serbia del 24% en 1919 al 38% en 1928). Durante la segunda guerra mundial, muchos albaneses buscaron su revancha poniéndose del lado de las potencias del Eje. Italia cedió la provincia a Albania, ocupada por Roma hasta el final de la guerra. De 1941 a 1945, más de 70.000 serbios abandonaron Kosovo, mientras que 75.000 albaneses se instalaron en el territorio.
En 1945 Kosovo volvió a manos serbias. Pero Tito, que se inclinaba contra los serbios en lo que se refiere a la distribución del poder dentro de la federación yugoslava, fomentó que los albaneses tuvieran el control de la provincia. Prohibió a los serbios desplazados por la guerra que volvieran a sus casas en Kosovo y en 1946 convirtió a Kosovo en una región autónoma dentro de Serbia. En 1963 le concedió el status de «provincia autónoma», confirmado y ampliado por la Constitución federal de 1974. Durante ese periodo, los albaneses ejercieron un control prácticamente completo sobre la administración del territorio, mientras los serbios se quejaban de su discriminación y persecución.
En 1981, tras la muerte de Tito, estallaron manifestaciones en Kosovo en las que los albaneses (en ese momento, el 77,5% de la población) exigían el estatus de república en la federación yugoslava. Consideraban injusto que se les considerara como una «minoría nacional» cuando, por ejemplo, había tres ves más albaneses que montenegrinos, los que sí habían conseguido el derecho a su propia república. En la violencia que se desató se quemaron casas y negocios de serbios y también cayó presa de las llamas la sede de la Iglesia ortodoxa en Pee. Miles de serbios abandonaron Kosovo, mientras que durante el resto de los años ochenta, se repitieron los casos de intimidación, vandalismo y destrucción de propiedades y monumentos serbios.

En abril de 1987, más de 60.000 serbios de Kosovo firmaron una petición exigiendo al gobierno de Belgrado la detención de la violencia de la que eran objeto. Fue Milosevic quien explotó ese descontento y reavivó la llama del nacionalismo serbio a fin de consolidarse en el poder. Siendo aún presidente del partido comunista serbio, Slobodan Milosevic viajó a Kosovo proclamando a los serbios: «Nadie se atreverá a golpearos de nuevo». En 1989 completó su triunfo quitando a Kosovo su autonomía y enviando al ejército y a fuerzas de la policía. En su ya famoso discurso del 28 de junio, 600 aniversario de la batalla de Kosovo, conjuró todos los fantasmas del nacionalismo serbio, desencadenando un nuevo ciclo de muerte y destrucción, que aún no puede darse por terminado. Ese mismo año fue elegido presidente de Serbia, por el 65% de los votos.
Milosevic retiró a Kosovo su autonomía para proteger a los serbios de la persecución de la mayoría albanesa, pero también porque pensaba, acertadamente, que con esa realidad demográfica (ya habían alcanzado el 90% de la población), utilizarían su autonomía como plataforma para la independencia. Belgrado impuso «medidas de emergencia» y despidió de la administración a todos los funcionarios, médicos y profesores albaneses. El serbio se convirtió en la única lengua permitida y se redujo al mínimo la enseñanza de la historia, literatura y lengua albanesas. En 1991, los albaneses, dirigidos por Ibrahim Rugova y su Leaguefor a Democratic Kosovo (LDK) , respondieron formando un gobierno en la sombra. Establecieron un Estado paralelo, con su propio Parlamento y presidente, sistema fiscal y educativo y organizaron un referéndum en el que la inmensa mayoría de los albaneses votaron a favor de su independencia…
Milosevic observaba que los albaneses querían abandonar Serbia, pero no hacía nada por mantenerlos, nunca intentó alcanzar un modus vivendi con ellos. Mientras, los albaneses se vieron decepcionados por la estrategia pacífica de Rugova y en 1996 surgió el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), que hacia 1998 se había convertido en un factor político y militar significativo. El EUC no sólo estaba comprometido con la independencia y la buscaba declarando la guerra al gobierno serbio, atacando a su policía, a los funcionarios serbios, a instalaciones del gobierno, así como también a civiles. Por primera vez Milosevic se encontraba con la amenaza real de perder Kosovo. Y en ese momento decidió la estrategia que conduciría a la guerra. Milosevic se hizo nacionalista por oportunismo, no por convicción. Por eso, pudo ceder en los casos de Croacia y Bosnia. Pero Kosovo es diferente. Toda la identidad política de Milosevic ha sido definida en relación con Kosovo y, después de haber inflamado las pasiones de los serbios, su supervivencia política depende de su inflexibilidad. Ninguna solución será posible mientras él se mantenga en el poder.
Europeos y norteamericanos ignoraron durante demasiado tiempo el problema de Kosovo. Reaccionaron tarde a la desintegración de Yugoslavia y la enfocaron caso por caso, sin desarrollar nunca una visión global del conjunto de los Balcanes. Quisieron retrasar el día en que estallaría Kosovo. Y, cuando llegó ese momento, presionaron con la amenaza del uso de la fuerza, sin comprender por qué Kosovo no era Bosnia y haciendo ver a Milosevic que nunca pondrían en juego las vidas de sus soldados. Una década de apaciguamiento, y la historia del fracaso de Europa para afrontar un problema europeo.
Desde que se hizo con el liderazgo serbio en 1987, Milosevic no ha mostrado el más mínimo escrúpulo en su determinación de establecer la supremacía serbia en Kosovo y destruir el desafío albanês. Por esa razón abolió su autonomía y decidió perseguir a quienes bloquearan las aspiraciones nacionales serbias… Con la expulsión en masa de los albano-kosovares, Milosevic, además de modificar la composción étnica de Kosovo, probablemente pretendía desestabilizar la región. Y casi lo ha logrado, dado el estado actual de Montenegro, Albania y Macedónia.
En la práctica casi todos los serbios abandonarán Kosovo. Incluso si permanecieron y se les reconocen derechos, la combinación de demografía y democracia significa que Kosovo continuará siendo esencialmente una entidad política albanesa.
Setenta y siete años de gobierno serbio de Kosovo, tras cinco siglos bajo los turcos, han terminado. La cuestión es quién viene después.
FERNANDO DELAGE
Antes de entrar en materia, al comenzar mis palabras, expresaba yo mi felicitación a Michnik y a Gazeta por el seminario al que asistíamos y por la importante labor política e intelectual que ha realizado en estos años. Casi veinte años —más exactamente, diecinueve— de amistad y frecuente relación con Michnik en su patria, en la mía y en otros lugares, me invitaban a repetirle mi satisfacción por asistir a la celebración de sus éxitos profesionales y políticos. Recordé que en algún viaje a Varsovia no pude verle porque estaba en la cárcel; en otras ocasiones tenía que citarme con él prudentemente y con algunas claves, porque estaba vigilado. Por eso me alegraba tanto el ir del hotel al precioso teatro en donde nos esperaba Adam y tendrían lugar las sesiones, en nuestro autobús de oradores, precedido por un coche de la policía que nos facilitaba el paso. No muchos años antes, la policía de entonces, que era otra y se llamaba «Milicja», si uno estaba con Adam o iba a verlo, venía detrás, siempre buscándole.
LA CLAVE DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA
La clave de la transición española de la segunda mitad de los setenta se halla en que Don Juan Carlos de Borbón acertó a cumplir con prudencia, energía y tenacidad su declarado propósito de ser «el Rey de todos los españoles». Y puso la autoridad histórica de la dinastía y su prestigio personal al servicio de la reconciliación nacional y de la igualdad política de los ciudadanos. Lo anunció en el Palacio de las Cortes, al acceder a la Jefatura del Estado el 22 de noviembre de 1975, a los dos días del fallecimiento del general Franco, antes de los funerales en el Valle de los Caídos.
La restauración de la monarquía en la persona de Don Juan Carlos se producía en virtud de la «legalidad» entonces vigente, que estaba admitida por todas las instituciones públicas del Estado y de la Administración, de la Iglesia y de la sociedad civil y por aparatos de poder como las Fuerzas Armadas, que le reconocían como Comandante Supremo, además de haber sido asumida pacíficamente por la mayoría de los españoles con su activa o pasiva aceptación.
La monarquía de todos los españoles no era sólo una bella expresión literaria, sino una definición ideológica y política. El régimen de Franco había sido la prolongación política de la llamada España Nacional, vencedora de la guerra civil de 1936-39, en la que el propio General Franco había sido la cabeza del bando triunfador. Pese al largo tiempo transcurrido desde el 39 al 75 y a la aparición de nuevas promociones ciudadanas ajenas a la experiencia de la guerra civil, incluso en lugares dirigentes y en importantes funciones públicas, la España de Franco había sido hasta el final la España de los vencedores. Así se definía el Estado en sus textos fundamentales, cuyos principios doctrinales y políticos —mencionando o no la victoria— se remitían siempre de algún modo a ella. Principio fundamental del Estado era la unidad del poder, a la que se agregaba en un plano políticamente inferior la coordinación de funciones. Además, el Jefe del Estado había conservado celosamente sus prerrogativas constituyentes, aunque en un par de ocasiones hubiera acudido a recursos plebiscitarios. Nadie pensaba seriamente en noviembre de 1975 que aquel sistema político fuera a encontrar una continuación homogénea con lo que habían sido sus principios ideológicos y sus estructuras de poder. De hecho, con la muerte del General, se extinguía su régimen y, en aplicación de la mecánica sucesoria, todo el aparato de la legalidad del Estado quedaba depositado en manos de Don Juan Carlos, a título de Rey de España.
Pero las monarquías tienen sus leyes, y la española, en concreto, una larga historia más que milenaria de monarquía hereditaria. Don Juan Carlos tenía su lugar en la dinastía española como heredero y eventual sucesor de su padre, el Conde de Barcelona, que no sólo era el titular de los derechos históricos a la Corona sino una importantísima referencia política para los monárquicos y para casi todos los españoles, y una personalidad respetada en el escenario político internacional y en la opinión pública de los principales países.
El Conde de Barcelona había rechazado en 1969 el unilateral nombramiento que hizo Franco de su hijo, el Príncipe Don juán Carlos, como sucesor en la Jefatura del Estado a título de Rey. Pero, al mismo tiempo, desde que se produjo esa designación, se había abstenido de toda clase de acciones políticas y de reivindicaciones legitimistas de carácter personal, sin permitir que terceras personas, aunque fueran leales y meritorios partidarios suyos, dieran lugar a disensiones en el seno de la dinastía. Don Juan de Borbón no había sido nunca un conspirador, ni siquiera un pretendiente a nada (como a él mismo le gustaba decir. Era un principe ilustrado y responsable, a quien su condición de cabeza de dinastía había impuesto determinadas obligaciones con la historia y con el destino de la nación española. Había acertado a mantener una pública y manifiesta independencia en relación con el régimen de Franco o , por así decir, una prudente insumisión, sin ocultar su posición, pero sin ruptura con la verdadera realidad de España y en permanente comunicación con sus compatriotas, con el mundo exterior y con las puertas de sus audiencias y de su hogas en Estoril abiertas a sus mas diversos conciudadanos . Esta posición le forzaba a vivir en el exilio, pero permitía que la educación española de su hijo Don Juan Carlos y su residencia aquí aseguraran la continuidad de la dinastía y recuperaran para la corona una presencia efectiva en el país, para el que los reyes no serían ni meras figuras de museo ni personajes o cosa del pasado, como suele ocurrir con los monarcas destronados. Todo el mundo sabía que a la hora de los hechos no habría problemas dinásticos entre el padre y el hijo, que era también su heredero natural. Ambos eran patriotas y poseían una acendrada conciencia de sus responsabilidades históricas. Sólo especulaban con presuntos problemas dinásticos algunos monárquicos democráticos que creían que Don Juan Carlos, sucesor oficial de Franco, no podría propiciar los cambios políticos necesarios para que se implantara en España una democracia con libertades públicas, sufragio universal y partidos políticos como las de los Estados modernos de Occidente. También ciertos franquistas acérrimos que soñaban con que no se entendieran los príncipes y tuviera que acudirse a una regencia de signo falangista.
Una condición para que el Rey pudiera actuar libremente, propiciando el cambio político necesario, era que a la legalidad institucional de la Corona se unieran en su persona la legitimación histórica o dinástica de su magistratura y la legitimación democrática de la aprobación popular. Con ellas, Don Juan Carlos sería el Rey de la historia y el Rey del pueblo. Apoyado en la primera, podría hablar y actuar no como un sucesor del régimen anterior, que era el de la victoria, sino con la vocación de ser el artífice de la reconciliaciónnacional, Rey de todos los españoles, y de todos por igual sin excluir a nadie (persona, región, grupo o partido). Con la legitimación democrática, el Estado sería una monarquía moderna, ratificada por el consenso de la nación. Precisamente, la forma de Estado que había propuesto el Conde de Barcelona en 1945 con el llamado Manifiesto de Lausana.
Ambas legitimaciones se produjeron de hecho en el tramo inicial de la nueva monarquía, antes de plasmarse en actos jurídicos o en leyes y de ser finalmente ratificadas en la Constitución de 1978.
LEGITIMACIÓN HISTÓRICA
Menos conocida y comentada que la legitimación democrática ha sido la que he llamado legitimación de Don Juan Carlos proviniera de siglos de historia española y no de las disposiciones políticas del régimen precedente. Las naciones son su historia y los reyes, eslabones de la cadena de las sucesivas generaciones de los pueblos que encabezan. Con esta legitimación, Don Juan Carlos se sentiría moral y políticamente con plena conciencia de su posición histórica. Formalmente se cumpliría con la abdicación del Conde de Barcelona, en mayo de 1977, cuando ya se había decretado y puesto por obra la más amplia amnistía de la historia nacional, se habían reconocido por igual los derechos ciudadanos de todos los españoles y estaban convocadas unas elecciones en las que todos podrían votar y todos los partidos y coaliciones políticas o asociaciones electorales que lo quisieran podían presentar candidaturas.
Pero si la ratificación legal ante la Familia Real, los Presidentes del Gobierno y de las Cortes y el Notario Mayor del Reino se celebró entonces, dinástica, que era precisa para que la condición de Rey la decisión del Conde de Barcelona de investir a Don juán Carlos de la legitimidad dinástica, entregándole irrevocablemente los derechos históricos de la monarquía —y su comunicación formal al propio Don Juan Carlos—, tuvo lugar año y medio antes, en el mismo mes de noviembre de 1975 en que falleció Franco. Fue a los pocos días de que Don Juan Carlos, el 22 de noviembre del 75, adquiriera ante las instituciones públicas del Estado el solemne compromiso de ofrecer a la nación una monarquía que fuera la de todos los españoles, y de todos por igual sin exclusiones ni privilegios. Eran palabras que años antes había pronunciado su padre e implicaban una promesa que enseguida quedaría ratificada, con la bendición de la Iglesia y la compañía de un numeroso concurso de jefes de Estado y embajadas especiales de Gobiernos y de Casas Reales, el siguiente 24 en las ceremonias civiles y religiosas de aquel día en la capital de España.
En ese mismo mes de noviembre, el Conde de Barcelona hizo saber a su hijo, el recién reconocido como Rey, que ponía a su disposición los derechos históricos a la Corona y la jefatura de la dinastía de que le había investido, con su abdicación de 1941, su padre, el último Rey de España, Alfonso XIII; que esta abdicación o renuncia suya se podría hacer pública y ser ratificada legal y constitucionalmente en el momento que Don Juan Carlos estimara más conveniente dentro del proceso del cambio político que en España se iniciaba con la recuperación de la monarquía: «Los papeles—decía Don Juan no sin cierto tono coloquial—, cuando el Rey (así lo llamaba Don Juan) lo considere oportuno». El Conde de Barcelona quería, ante todo, que Don Juan Carlos tuviera la conciencia de que ocupaba el trono de sus mayores y de que era el continuador de pleno derecho de la cadena histórica de las dinastías españolas. Don Juan estaba seguro de que su hijo cumpliría el propósito de nacionalizar la monarquía como Rey de todos e inspirador de la reconciliación nacional, algo que sustancialmente había sido enunciado por el propio Don Juan treinta años y medio antes,cuando estaba a punto de acabar la II Guerra Mundial, desde su residencia de Lausanne.
Don Juan acompañaba este mensaje de unas consideraciones que también quería hacer llegar a Don Juan Carlos, que a mi juicio revelan el realismo político y la modernidad de espíritu de quien hasta ese momento había encarnado la titularidad de la monarquía. Los pleitos dinásticos en el siglo XX, decía Don Juan, carecían de toda justificación y nadie en su sano juicio los entendería. La monarquía tiene sentido como instrumento y expresión de la continuidad histórica de un Estado. Se trata de un servicio y no de un derecho y, si no se entiende así, no tiene razón de ser en estos tiempos. La historia, añadía Don Juan, discurre siempre del ayer al mañana, y las coronas de padres a hijos y no al revés. Al entregarle lo que había sido la razón de su vida y su destino personal, Don Juan ponía en manos de Don Juan Carlos el crédito que él había ganado para la Corona dentro y fuera de España. Don Juan era consciente de las dificultades con las que había de encontrarse el proyecto de transición del régimen de Franco a la monarquía de todos. Personas e instituciones, grupos de interés y prejuicios ideológicos tratarían de frenar o desvirtuar el necesario y deseable cambio. Pero todas esas posibles resistencias podrían ser superadas por Don Juan Carlos. Estaba plenamente aceptado por las Fuerzas Armadas como su cabeza natural, era respetado por la Administración y las estructuras burocráticas del Estado, conocido de la gente y querido por el pueblo. Además, añadía Don Juan también en estilo coloquial, a su hijo le dejarían hacer cosas que él difícilmente hubiera podido hacer. Don Juan terminaba su mensaje diciendo que era preciso que Don Juan Carlos supiera que era él —y sólo él— quien tenía todos los derechos y deberes tradicionales de los Reyes, poniendo como ejemplo algo tan específico del Jefe de la Casa Real española desde Carlos V como la facultad de conceder el Toisón de Oro a quien, como Soberano de la Orden, estimara conveniente. Sólo pedía Don Juan al Rey la conformidad para seguir usando él el título de Conde de Barcelona, que propiamente corresponde al Rey de España.
LEGITIMACIÓN DEMOCRÁTICA
Es más conocida la legitimación democrática, que se puso de manifiesto primero en las calles de Madrid y de aquellas ciudades y regiones que visitaban a los Reyes; se confirmó luego en el referéndum de la Ley para la Reforma Política (diciembre de 1976), que establecía legal y formalmente un sistema democrático y parlamentario, y quedó finalmante ratificada en la inauguración de las Cortes Generales en junio de 1977, cuando el Rey recibió un aplauso prácticamente unánime, al encomendar a las Cámaras que elaboraran una Constitución democrática. Al lado de una mayoría de políticos nuevos, de derechas y de izquierdas, había en el hemiciclo monárquicos y republicanos, excombatientes de la España nacional y de la republicana, antiguos ministros de Franco y líderes socialistas y comunistas, nacionalistas aquellas ciudades y regiones que visitaban los Reyes; se vascos y catalanes. Con muy pocas excepciones, estos diputados y senadores de un parlamento democrático, puestos de pie, subrayaron con una larga ovación las palabras del Rey.
LOS TRES GRANDES PACTOS NACIONALES
La Corona fue la clave y la institución a cuyo amparo, y bajo cuya autoridad, se llevó a cabo una transición que fue obra de mucha gente: partidos, personas e instituciones y, en definitiva, de la mayoría del pueblo español que le prestó su asenso. En un esquema sumario, yo diría que la transición consistió básicamente en que se acordaron y respetaron, mediante la negociación y el compromiso, los que a mí me gusta llamar los tres grandes pactos nacionales. Los tres fueron convenidos y puestos en práctica antes de la Constitución, en la que se integrarían no sólo en forma de preceptos, sino sobre todo como principios inspiradores. Son el pacto político entre derechas e izquierdas, el pacto social entre empleadores y empleados y el pacto autonómico entre el Estado y las regiones.
A lo largo de la llamada edad contemporánea, desde principios del siglo XIX, con el final del Antiguo Régimen y la invasión napoleónica, España, al igual que otras naciones europeas, pero quizá de un modo en algunos momentos especialmente agudo, experimentó frecuentes y serios enfrentamientos en torno a esas fracturas que han venido a reparar los tres pactos. Las tensiones crecieron de forma muy considerable con la Segunda República de 1931. La República, decían algunos de sus más caracterizados gobernantes, era de los republicanos, con lo que se daba estado oficial a una división de los españoles en ciudadanos de primera clase —los republicanos— y de segunda —el resto—. Durante la guerra civil, en las dos zonas, se exacerbó la dicotomía hasta términos dramáticos. Después de la contienda nunca dejó del todo de haber vencedores y vencidos, aunque se dictaran en determinadas ocasiones indultos o amnistías. Con la gran amnistía de la Corona y las libertades de opinión e información, se estableció la igualdad ciudadana, que tuvo su culminación con la legalización del Partido Comunista, que tantos clamores de protesta habría de concitar, entre unos por razones ideológicas y entre otros por miedo a la revolución: una legalización que resultó pacífica y enormemente clarificadora.
Cuando se aprobó la Constitución, este pacto político había generado ya la laudable costumbre de someter las cuestiones partidistas al veredicto de las urnas y al debate de las asambleas o a las negociaciones entre partes. El pacto político, que consistió en acudir todos a las elecciones, tuvo una de sus más efectivas consecuencias en el acuerdo de un programa común suscrito el 27 de octubre de 1977 por casi todos los partidos parlamentarios, como apéndice a los famosos Pactos de la Moncloa a los que me refiero a continuación.
LA FIRMA DEL PACTO SOCIAL
En los primeros tiempos de la transición, los agentes sociales, es decir, las organizaciones empresariales y establecidos en el país con representación significativa y operatividad suficiente para debatir cuestiones económicas y sociales y hacer llegar la voz y las aspiraciones de empleados y empleadores a las instancias políticas que debían legislar y gestionar o juzgar lo legislado. Por iniciativa parlamentaria, los partidos y grupos políticos con representación en las Cámaras elaboraron y firmaron un acuerdo sobre las líneas básicas de lo que habría de ser la política económica (presupuestaria, fiscal y de control del gasto público), la política de empleo y seguridad social, la educativa y la de los distintos ramos de la actividad económica de la nación. Los partidos suplieron las carencias o ausencias de lo que serían después los agentes sociales. Firmaron ese pacto social, junto con el gobierno y su partido, UCD, el partido conservador, el comunista, los nacionalistas catalanes y vascos y los socialistas, entonces todavía repartidos en varios grupos. La iniciativa fue del gobierno y de los parlamentarios, y de ellos el mérito de lo que se consiguió, que era nada menos que la paz social en un momento de graves problemas económicos y de alta inflación. Pero eso no hubiera sido posible sin el clima de consensos y de concordia cívica que se había creado en torno a la operación de establecimiento de la democracia que animaba y garantizaba la Corona.
Si se puede decir que en la guerra civil, en sus grandes números y en las líneas más generales, las derechas estuvieron del lado nacional y las izquierdas del republicano, y que los antiguos sindicatos obreros eran también de los republicanos, mientras que la mayor parte de los empresarios (que entonces no se llamaban así) eran nacionales, algo parecido ocurrió en esa tremenda división de España con las autonomías políticas regionales de la república. El gobierno de la Generalidad de Cataluña, en julio del 36, estaba en manos de la izquierda y, durante toda la contienda, hasta que los nacionales ocuparon toda Cataluña a principios del 39, se alineó con los republicanos. La autonomía del País Vasco fue otorgada por el gobierno republicano después los sindicatos de trabajadores, no estaban realmente de empezada la guerra, en octubre del 36, cuando ya más de la mitad del territorio de las tres provincias que constituyen Vasconia estaba en poder de los militares sublevados. Pero, formal y oficialmente, el gobierno vasco perteneció al bando de los vencidos.
En la transición, se planteaban desde el principio las reivindicaciones autonómicas por la mayoría de los parlamentarios catalanes y vascos, fueran o no nacionalistas. A estas aspiraciones hacían eco las propuestas de otras regiones cuya autonomía acabaría configurando el nuevo mapa político de España. La Generalidad de Cataluña había mantenido la ficción de un gobierno en el exilio, que durante muchos años consistió en el Presidente, que había sido uno de los consejeros o ministros de la Generalidad republicana en los años 36 a 39, el pronto famoso José Tarradellas. Esa Generalidad, más o menos fantasmal, sostenía ya desde hacía años relación con los nuevos políticos nacionalistas de Cataluña y con otros significativos catalanes no nacionalistas, así como con personas de distintos partidos —o más bien gérmenes de partidos democráticos— en tiempos de la dictadura. Tras las negociaciones del gobierno Suárez con Tarradellas y con los parlamentarios catalanes, se acordó por Real Decreto-ley de 29 de septiembre de 1977 restablecer con carácter provisional la Generalidad de Cataluña y, también por Real Decreto, nombrar Presidente de ella a Tarradellas.
Hace veinte años que el pacto territorial resultante de esta distribución del poder entre el gobierno de la nación y los de las distintas autonomías viene funcionando pacíficamente. Antes, España estaba dividida en cincuenta provincias, en las que desempeñaban la autoridad unos funcionarios políticos o técnicos delegados del gobierno de Madrid (hoy, tras la Constitución, las provincias siguen existiendo y tienen no pocas funciones, entre las que sobresale el constituir los distritos electorales para las candidaturas y votación de parlamentarios nacionales y regionales).
Siete de las regiones autonómicas son uniprovinciales (una de ellas, Madrid) y todas —más las ciudades de Ceuta y Melilla, en la costa africana—, están regidas por gobiernos designados por los parlamentos o asambleas de la región, que se eligen en el territorio correspondiente por sufragio universal. Si bien hay materias y competencias —las propias de la soberanía nacional y las que afectan a todo el país— que, por su propia naturaleza, son responsabilidad del gobierno nacional.
La transición no ha creado en España un Estado federal, porque no se trata de soberanías originales que se asocian como en Suiza o Estados Unidos. Tampoco es exactamente como el Bund alemán ni como las regionalizaciones belga o italiana. Tampoco ha sido un restablecimiento de los antiguos reinos que en el siglo XVI se asociaron en la monarquía española. Ha sido algo distinto, que quizá no había sido diseñado sobre el papel por ningún estudioso y por ningún político. Pero ha sido algo que recoge muchos elementos de la historia y las aspiraciones formuladas en el proceso de la transición.
Los tres pactos nacionales —político, social, territorial— han creado un sistema de Estado al que se ha habituado el país. Los porcentajes de asistencia electoral a los comicios nacionales, regionales y locales son más altos que en otras naciones de lo que se llama nuestro entorno, lo cual es un índice de su aceptación. La monarquía ha tenido mucho que ver con todo ello. La Corona es de todos: de los partidos, de las clases, de las regiones, y asegura la unidad.
Un filósofo español del siglo XVII, Baltasar Gracián, hablando de la Monarquía española que se extendía entonces por todo el mundo, sin que en ella se pusiera nunca del todo el sol, decía algo que en cierto modo sería aplicable a la España de hoy, aunque su Monarquía se ciña al ámbito peninsular y unas pocas islas: «En la Monarquía de España donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir». La monarquía de Don Juan Carlos, clave de la transición española, ha demostrado poseer esa capacidad.
IGNACIO BUQUERAS Y BACH
EN EL MES DE MAYO DEL 2000 tendrá lugar en Madrid la I Conferencia Mundial sobre la Sociedad Civil en el siglo XXI. La Fundación Independiente, institución organizadora del evento, viene fomentando desde su creación, en 1987, la toma de conciencia y la participación activa de los ciudadanos en los complejos problemas de la sociedad civil. En esta ocasión, el encuentro internacional está abierto a dirigentes políticos, académicos, creadores de opinión pública y ciudadanos, lo mismo que gobiernos, administraciones públicas y partidos políticos, dispuestos a aceptar la sociedad civil como una clave fundamental en las democracias del siglo XXI. La Conferencia mundial de mayo del 2000 será precedida por dos Conferencias Regionales preparatorias, una en París en septiembre de 1999, y otra en Miami a finales de octubre, en la que se abordarán los temas siguientes.
GOBERNABILIDAD Y DEMOCRACIA: RETOS DEL SIGLO XXI
La globalización es —hoy por hoy— una realidad en el área económica, pero no en el plano del poder. Las grandes multinacionales se mueven con agilidad y sin excesivas limitaciones. Sin embargo, las Naciones Unidas y, más concretamente, su Consejo de Seguridad, acreditan cada día su crisis permanente y su incapacidad de acción. El desprestigio de los altos organismos internacionales en el área de los Balcanes y en Irak, por ejemplo, son trágicos exponentes de una situación insostenible. Las mismas instituciones reguladoras del proceso económico —Bretton Woods, Banco Mundial, FMI— han sido desbordadas por el proceso de globalización.
La I Conferencia Mundial sobre la Sociedad Civil en el siglo XXI debe abordar en profundidad las nuevas situaciones, desde una perspectiva en la que el hombre debe continuar siendo la medida de todas las cosas. La democracia no es ni puede ser sólo de los partidos políticos, cuyas luchas, tantas veces al margen del interés general de los ciudadanos, llegan a convertirse en un problema para la democracia.
La sociedad ha de alcanzar elevadas cotas de participación y conseguir una nueva gobernabilidad que no se circunscriba a las relaciones entre el poder ejecutivo —los gobiernos— y el poder legislativo —el Congreso y el Senado—, ni a la mera acción del Ejecutivo. Debe ser ampliado el número de participantes en el proceso político, porque fortalecer la sociedad civil es la única forma de consolidar el juego democrático y de librar del entredicho tanto las decisiones políticas como el prestigio de los gestores de la cosa pública.
PROTAGONISMO CIUDADANO
El protagonista de la democracia no es el Estado, como no es el mercado el protagonista de la libertad. El gran protagonista de la democracia debe ser el ciudadano, expresión pública de la persona vinculada a su comunidad.
Para fortalecer la democracia, sistema de gobierno extremadamente débil y complejo, es indispensable desarrollar políticas democráticas que promuevan ciudadanías participativas en las áreas del poder. Sólo su ejercicio enseña a ser demócrata, y sólo participando se es verdaderamente ciudadano. La democracia es el fruto de un largo aprendizaje y de un diario ejercicio.
La democracia como cultura tiene que ver con el comportamiento cotidiano, con las costumbres y con la forma de entender el mundo, de percibirse a sí mismo, y de relacionarse con los otros. Por eso el desarrollo de la ciudadanía debe ser prioritario.
LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL
El director de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, ha escrito: «Los medios de comunicación han ampliado la dimensión planetaria, el medio ambiente del hombre: han conducido a la «instantaneidad» de la vida colectiva; han conmocionado todos los estilos de vida, los horizontes personales y las expectativas individuales. A mi juicio, por la amplitud y la profundidad de su influencia sobre el espíritu de los hombres, constituyen el fenómeno más importante —en el plano social— de la historia de la humanidad» (Mañana siempre es tarde, Madrid, 1987).
Por otra parte, si la acción y la influencia de los medios de comunicación social en el cambio operado en la sociedad española lo enmarcamos en estos últimos veinte años, nos encontraremos con que los medios no sólo han reflejado la realidad social, sino que al mismo tiempo han actuado de «motores» del cambio, al difundirlo, apoyarlo y, en muchos casos, incitarlo.
España precisa de una sociedad civil más vertebrada, más articulada, más dinámica, que es lo mismo que una ciudadanía más participativa, más asociativa, más solidaria y más democrática. Para ello precisamos que los medios de comunicación sean hoy como lo fueron en el pasado, en el momento de la transición política, los impulsores del cambio. Hoy deben abrir mucho más sus páginas, sus micrófonos y sus pantallas a la sociedad, animándola, impulsándola y motivándola a despertarse, a sacudirse paternalismos y a asumir sus reponsabilidades.
EDUCACIÓN
La riqueza de un país está mucho más vinculada a la cualificación de sus hombres que a los recursos naturales de que dispone. Por eso, la educación que se imparte en un país establece la calidad de sus ciudadanos.
La necesidad de una educación permanente no sólo resulta indispensable para estar al día en el progreso científico y tecnológico, sino también para lograr el enriquecimiento cultural, profesional y ético de los individuos. La formación del profesorado, a todos los niveles, es la piedra angular del edificio educativo. Federico Mayor Zaragoza escribe en el libro ya citado: «Educar para participar activamente en la cosa pública, participar por sí mismo, escogiendo libremente entre opciones. Esta es la función de la educación: hacer posible una participación amplia y profunda del ciudadano.
Esta es la irremplazable acción de la educación en beneficio de la democracia: participo, luego existo. El hombre no es si no es educado, si no sabe contemplar las diversas opciones que se ofrecen y escoger libremente aquéllas que considera más adecuadas».
I CONFERENCIA MUNDIAL SOBRE LA SOCIEDAD CIVIL EN EL SIGLO XXI
El encuentro que se celebrará en Madrid en mayo del 2000, con sus dos fases previas en este año 1999, no pretende resolver los grandes problemas sociales, pero sí emprender un decisivo camino sin retorno en favor de la defensa, el fortalecimiento, la potenciación y la proyección de la sociedad civil en el mundo entero.
La Declaración que debería emanar de la I Conferencia Mundial sobre la Sociedad Civil en el Siglo XXI debería atenerse a los siguiente principios: