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El cine, oración salvaje

Entre el 11 y el 18 del pasado mes de abril, organizado por la Filmoteca Española, se celebró en Madrid el 55 Congreso Internacional de la FIAF (Federación Internacional de Archivos Fílmicos). Con ocasión de dicho Congreso, que reunía a los responsables de 120 Filmotecas y Archivos de 68 países, se organizó asimismo un simposio con el título El siglo del cine / Un siglo en el cine, en el que se analizaron las influencias recíprocas entre el cine y los diversos campos de la experiencia y los saberes humanos de nuestro complejo siglo XX. Conferencias, ciclos de cine, la muestra de películas recientemente restauradas en diversos países, exposiciones y una abundante participación del público transformaron el Congreso en un exitoso acontecimiento artístico. A continuación reproducimos la conferencia que el escritor y director de cine Gonzalo Suárez pronunció el primer día del Congreso.


DESDE LA PERSPECTIVA de hombres pretendidamente civilizados, hoy nos  seguimos preguntando qué sentido tenían las pinturas rupestres, como si nuestros primitivos ancestros fueran sustancialmente diferentes a nosotros.

Si invirtiéramos el curso del tiempo, ellos se harían la misma pregunta cuando descubrieran, en el fondo de la sala oscura, el juego de luces y sombras que llamamos cine.  Y, al término de largos simposios, en torno a la hoguera, llegarían a la conclusión de que se trataba de una ceremonia sagrada, puesto que para ellos todo lo era, y que la gente congregada en las salas había acudido para convocar a los espíritus, un culto a los muertos en el altar de la pantalla.

No faltaría, sin embargo, quienes nos atribuyeran otras intenciones, como la de captar, o cazar, para devorar, ejemplares vivos que suscitaban nuestros apetitos. Sólo los más conspicuos osarían suponer que nuestras motivaciones en nada diferían de las suyas, percibir el instante sin detenerlo, atrapar la imagen del bisonte en plena carrera, sin necesidad de abatirlo, o la del pájaro en pleno vuelo, sin matarlo, conjurando así el terror primigenio del tiempo que discurre incesante y engulle a sus criaturas, atisbando esa efímera eternidad que apodamos «presente»y que se nos escapa como agua entre los dedos. Compartirían, sin saberlo, el estupor de la mirada que vio entrar en la estación el tren de los Lumiére o viajó a la luna con Meliés, suplantando la realidad con la imaginación en aras de la diosa fantasía.

LA CAVERNA DE DIDEROT

Pero ninguno podría sospechar hasta qué extremo habíamos conseguido convertir el mágico ritual en vulgar mercancía. Les asombraría por incomprensible la certera profecía de Diderot, que no puedo por menos de traer a colación. En 1763, más de un siglo antes de que el cine iniciara su andadura, Denis Diderot tuvo un sueño, bajo el influjo de la lectura de Platón. Permítaseme transcribirlo, según el escrito de Diderot publicado en la revista Corresponden’ ce littéraire de su amigo Melchior Grimm, y reproducido en la excelente biografía crítica de D.N. Furbank, edición castellana de EMECÉ.

«Al parecer, estaba encerrado en el lugar conocido como caverna de Platón. Era una caverna larga y tenebrosa. Estaba sentado en medio de una multitud de hombres, mujeres y niños. Todos teníamos los pies y las manos encadenados y nuestras cabezas estaban sujetas con tanta fuerza por abrazaderas de madera que resultaba imposible mirar alrededor  […]. Instalados en la manera que he explicado, nos hablábamos de espaldas a la entrada y sólo podíamos contemplar el lejano fondo del recinto, donde colgaba una inmensa tela o cortina.

»Detrás de nosotros había reyes, ministros, sacerdotes, doctores, apóstoles, profetas, teólogos, políticos, granujas, charlatanes, ilusionistas y el elenco entero de mercaderes
de esperanzas y temores. Cada cual tenía una provisión de pequeñas imágenes de colores y transparentes, del tipo adecuado a su condición; y aquellas imágenes estaban tan bien construidas, tan bien pintadas, eran tan numerosas y variadas, que incluían todo lo que se necesita para representar cada escena de la vida, cómica, trágica o burlesca.

»Aquellos charlatanes, comprendí entonces, colocados como estaban entre nosotros y la entrada de la caverna, tenían una gran lámpara colgada a sus espaldas. Exponían sus
imágenes a la luz de dicha lámpara y las sombras, que pasaban por encima de nuestras cabezas y aumentaban de tamaño en el trayecto, se reflejaban sobre la gran pantalla del fondo de la caverna, formando escenas completas tan naturales, tan consistentes, que creíamos que eran reales. A veces, hacían que nos partiéramos de risa; en otras ocasiones, nos hacían llorar a lágrima viva, hecho que te parecerá menos extraño si te digo que  detrás de la pantalla otros granujas subordinados, pagados por los primeros, acompañaban a las sombras con voces, entonaciones y palabras apropiadas a sus papeles».

He aquí el testimonio  de un hombre del siglo XVIII que podría serlo de final de milenio y estarse refiriendo al cinematógrafo tal y como lo hemos vivido y conocemos en la actualidad. Un maravilloso engaño que, so pretexto de entretenernos, ha servido y sigue sirviendo a los más poderosos granujas para adueñarse de nuestra voluntad y pensamiento, dictándonos hábitos y formas de comportamiento, sin reparar en estimular nuestros más bajos instintos, con tal de sacar de nuestra inocencia o estulticia el máximo provecho.

Por fortuna, el cine no es sólo eso, sino algo peor. Algunos aviesos especímenes intentaron violar los designios del poder y, a veces, lo lograron. En lugar de contribuir a hacer longanizas con nuestros sueños, ensartándolos en la misma ristra, tuvieron la imperdonable soberbia de tratarnos como personas pensantes. Estos tontos disidentes acabaron, en el mejor de los casos, en reductos altamente vigilados donde, tras ser pasto de pedantes, quedaron para siempre fichados y pendientes del juicio de la posteridad que, como bien se sabe, en cuestiones de cine es promiscua y mete en la misma cama a artistas y a artesanos, a intelectuales y a payasos, a actrices y starlets, a actores y caballos. Frecuentemente, basta un gesto, una mirada, cuando no un golpe de nalgas o un certero puñetazo, para ganar la gloria, siempre veleidosa a la hora de conceder sus favores, siempre reticente ante las ideas que la  excedan por cualquiera de sus cuatro costados. No sólo el intelecto es sospechoso sino también la belleza  que, según necios prejuicios, carece de veracidad, eso dicen los   incapaces de percibir la luz que realza la realidad a su alrededor, incluso en las más  sórdidas circunstancias, y olvidan que su existencia es en definitiva la más extraordinaria película al alcance de sus sentidos, única e irrepetible, en relieve y en color, incesante desde que se abren los ojos al nacer hasta que se cierran al morir, sin interrupción durante el sueño, poblado de imágenes que también conforman nuestra experiencia vital. ¿Para qué empecinarse en empobrecer la vida limitándola óptica y mentalmente con remedos que sólo conducen, en el mejor de los casos, a una hábil falsificación?

ESPECTADORES QUE MIRAN, OYEN, IMAGINAN, SIENTEN Y PERCIBEN

Hacer del cine cebo para sempiternos adolescentes, necesitados de cataplasmas afectivas o azotainas emocionales, ha sido y sigue siendo el objetivo primordial en la caverna de Diderot, en la que, al parecer, nadie quiere vislumbrar salida. Sin embargo, a final del milenio, el cine amenaza con emanciparse de miradas domesticadas y, al margen de revoluciones tecnológicas, tras el agostamiento del postmodernismo y sus tiranteces, cohabitando con temáticas sociales y otros referentes exógenos, que perdurarán necesariamente, se avecina—no es una profecía sino un deseo— un cine en el que la calidad no sea sólo pátina, cuando no pastiche, y el arte y la poesía dejen de ser aderezo para confluir con la música, la pintura, la literatura y cuantos géneros culturales nos hayan servido hasta ahora de alimento: y no hablo de la música de fondo, ni de pruritos pictóricos de la fotografía, ni de adaptaciones literarias o diálogos teatrales, sino de la emoción dimanante y el pensamiento consiguiente de espectadores que no solo miran, sino ven, que no sólo escuchan, sino oyen, que no sólo leen, sino imaginan, sienten y perciben, y comparten el vuelo, haciendo suyo el instante de creación.

Se me objetará, por supuesto, que el público no está preparado, como si los que eso dicen lo estuvieran. Estos abnegados mentores salvaguardan la estupidización colectiva, considerando público a los demás para mantenerlos en su redil, alimentándolos con hierbas  forrajeras. Lejos han quedado los tiempos en los que hacíamos cine para cambiar el cine y, de paso, el mundo. Ahora se da por buena, incluso entre los jóvenes, la película que tiene como finalidad el éxito de taquilla. Se trata, por tanto, de provocar risotadas a cualquier precio, de satisfacer las más obtusas demandas, como si la cámara fuera la bandeja del camarero. Frecuentemente la calidad encubre la vacuidad, el efectismo se confunde con intensidad, la mimesis suplanta a la imaginación, la opinión al criterio, y solamente, muy de vez en cuando, donde todos dan gato por liebre, alguien nos ofrece liebre por gato. Pero no importa. El cine sobrevive agazapado a la utilización que de él se hace y aguarda su momento para emerger y desplegar inéditas posibilidades, hasta ahora desdeñadas por razón de mercado.

He citado el sueño de Diderot y me gustaría finalizar esta diatriba, sin ánimos  ñorantes ni reivindicatorios, recordando una profecía más reciente, enunciada por Arthur Clark y Stanley Kubrick en 2001. Odisea en el espacio. La muerte del ordenador,  defectuosamente programado, debe informar sin error, pero ocultar a los astronautas el destino del viaje. No pudiendo soportar la contradicción, se vuelve loco y es preciso desactivarlo. He aquí una metáfora que, como la de Frankenstein, amenaza con  convertirse en realidad, a tenor de lo que hemos dado en llamar «efecto 2000». De ser así, nuestra odisea rumbo a Júpiter sufriría, fuera de control, una vertiginosa aceleración, semejante a la del tiempo sin los parámetros del reloj. El cine devendría entonces una oración salvaje en busca de los vestigios de nuestra identidad perdida y la estela de imágenes y sonidos que ha dejado a su paso, liberada de la concatenación histórica y de la retina de los filmófilos, se dispersaría  desordenadamente, retrotrayéndonos al estupor galáctico del hombre primitivo ante la insondable caverna del universo poblado de rutilantes estrellas y astros flotantes: Marilyn Monroe con la falda alzada por corrientes siderales, John Wayne cabalgando la Osa Mayor, Rita Hayworth mostrándonos el agujero negro de su negro guante, Gene Kelly columpiándose en el paraguas bajo una lluvia de meteoritos, Ava Gardner bailando descalza en la Vía Láctea, Humphrey Bogart encendiendo su cigarrillo en el rescoldo de un cometa apagado, Audrey Hepburn iluminando con su sonrisa el planeta azul, Cary Grant perseguido por una astronave extraviada, y toda una constelación de estrellas fugaces que proclamaría el triunfo final de la pirotecnia hollywoodiense, haciéndonos olvidar que el cine  también ha sido otra cosa y su futuro está por empezar.

* La foto que ilustra este texto, en Wikimedia Commons, se puede consultar aquí

Después de la soberanía

CRISIS EN NUESTRAS CERTEZAS FAMILIARES

Conviene comenzar recordando cómo es el escenario en que vivimos hoy. Seguramente, el lector, igual que este autor, vive en una comunidad autónoma —quizá una pequeña nación sin Estado— dotada de una limitada autonomía política (por ejemplo, la comunidad autónoma de Galicia) e integrada en un Estado que, como el español, es miembro de la Unión Europea. Esta Unión está alcanzando altos niveles de integración económica y, últimamente, también jurídica y política. Todo ello configura un paisaje distinto del que todavía se puede ver en bastantes manuales de Teoría del Estado, Derecho Público o Derecho Internacional, algunos de los cuales parecen escritos como si viviéramos en el siglo XIX. Muchas de nuestras certezas familiares están en crisis, y la crisis se percibe con mayor claridad dentro de la Unión Europea, pues, efectivamente, es posible que las Islas Vanuatu, o alguno de los Estados hispanoamericanos, sean menos Estado y menos soberano que España o Italia hoy, a pesar de toda la soberanía que éstas han perdido. La diferencia es que en las dos últimas las transformaciones ya están incluso formalmente proclamadas: su derecho no es supremo en su territorio, su máximo tribunal no es el más alto, su moneda está a punto de desaparecer, su política exterior no puede ser decidida por ellos libremente, y sus ejércitos, integrados en la OTAN, no hacen mucho más que cuidar el orden público en los Balcanes, papel estimable pero más propio de un cuerpo de policía que de un ejército.

De esas certezas familiares ahora en crisis irreversible nos interesan dos: el Estado y su soberanía. Entendemos por Estado la organización racional del poder en régimen de monopolio, en un territorio determinado, siendo sus elementos más característicos la soberanía, en el ámbito ideal, la burocracia, en el organizativo, y el territorio, en el material. No coincide con la idea de comunidad política; como tampoco con la de Constitución. Decimos que la crisis es irreversible porque no sabemos cómo será el futuro, pero sabemos que no será como el pasado. El mundo está cambiando —ha cambiado ya— aunque nosotros sigamos usando un equipaje conceptual y terminológico tradicional al que profesamos una adhesión que es en realidad más política que científica. Es como una esquizofrenia: enseñamos una soberanía y una Teoría del Estado que no vivimos. Hace decenios que España no es realmente soberana, pero nos cuesta reconocerlo, y hace falta llegar a shocks tan notorios como la próxima desaparición de la moneda propia para que comencemos a hacer frente a la realidad como es. En 1978 se redactó en España la Constitución actual, la cual, aunque es la más exitosa de todas las españolas, es casi tan monista, soberana y autosuficiente como si hubiera sido redactada en 1878. En 1987, ya en la Unión Europea, se escribían en España frases tan estatistas como la de De Otto reproducida al comienzo; y que, por cierto, es interesante comparar con la otra del encabezamiento.

La primera nos muestra cómo la idea de soberanía repugnaba a las teorías políticas españolas clásicas. Esto no se tiene siempre presente, por ejemplo, cuando hablamos del Estado con su soberanía como si la humanidad nunca hubiera conocido otra organización social, o como si toda comunidad política fuera un Estado dotado de una potestad soberana, o como si España siempre hubiera sido un Estado. Es frecuente dar esto por supuesto, como hacen los nacionalistas españoles hoy, pero en la época de Felipe II, un predicador que defendió ante él que los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de sus vasallos y sus bienes fue condenado por la Inquisición y tuvo que retractarse públicamente (lo narra Balmes en El protestantismo comparado con el catolicismo; cf. Ayuso, ¿Después del Leviathan?).

¿QUÉ ES LA SOBERANÍA?

Deberíamos restringir el uso de soberanía a lo que propiamente se refiere: potencia absoluta y perpetua bodiniana y hobbesiana; poder ilimitado, indivisible, inapelable, incontrolable, independiente ad extra y supremo ad intra. Esa potestad absoluta puede desplazarse del monarca absoluto al pueblo, a un órgano o a tres, o al Estado en abstracto, pero mientras siga teniendo aquellas características —que no excluyen cierta crudeza si llega el caso— seguirá siendo soberanía, por democratizada que esté.

Otra acepción, menos correcta, designa a quién correspondería originariamente la potestad en una comunidad política; por ejemplo, cuando algunas constituciones dicen que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» (art. 1.2 de la Constitución española) o en la nación, o algo similar. Teniendo en cuenta que el pueblo nunca ejerce directamente el poder, ni siquiera cuando es convocado a referendum, esta noción de soberanía se aproxima a las de titularidad originaria, legitimidad —por ejemplo: «legítimos representantes del pueblo», los elegidos por éste— e inapelabilidad de ciertas decisiones últimas, que se dejarían al pueblo y no al gobierno o parlamento. Se aleja, en cambio, del poder absoluto, que quienes formamos el pueblo nunca tendremos oportunidad de ejercer.

Una tercera visión de la soberanía la concibe como competencia plena o exclusiva para hacer algo; por ejemplo, «el comité central del partido político X es soberano para tomar Y decisiones». Esta concepción es errónea, porque siempre han existido atribuciones de competencia, y sus titulares no son soberanos en la mayor parte de los casos. En la Unión Europea está ganando adeptos un uso de la soberanía como un tipo especial de competencia, la «competencia sobre la competencia», Kompetenz -Kompetenz, es decir, aquella competencia genérica que tiene el que puede auto-atribuirse nuevas competencias o decidir de quién son las que se discuten. Como decidir sobre las competencias implica muchas veces interpretar las leyes o constituciones que las asignan, el soberano también vendría a ser el que interpreta en última instancia. En este supuesto estarían los órganos de gobierno de la Unión Europea, que en el pasado se han atribuido a sí mismos competencias no previstas en los Tratados, así como el Tribunal de Luxemburgo, que con su interpretación expansiva ha llevado a cabo reformas «constitucionales» en favor de las competencias de la Unión y a costa de los Estados miembros.

¿Cuál de estos conceptos hemos de dar por bueno? Sólo el primero, poder absoluto. Pero como el de titularidad originaria está muy arraigado, es virtualmente imposible evitar su uso, teniendo que conformarnos con restringirlo a los contextos adecuados. El tercero no debería emplearse como concepto de soberanía, porque la distribución de competencias aparece en todas las comunidades políticas compuestas (como los federalismos) e incluso en un Estado unitario, entre sus distintos órganos. La decisión sobre las competencias, incluso inapelable, puede encargarse a órganos tan poco soberanos como un árbitro o un tribunal supremo. Cierto que la potestad soberana es inapelable, pero no toda última instancia inapelable es soberana.

Así las cosas, «cosoberanía» y «soberanía compartida» producen más confusión que claridad. Tener que compartir la soberanía significa, en definitiva, dejar de ser soberano. La soberanía es una idea precisa, necesariamente vinculada a las de Estado y territorio: si falta la soberanía, dejará de haber un Estado con todos sus atributos. Por lo mismo, está unida a otro de los elementos del Estado, el territorialismo, opuesto al personalismo de romanos e ingleses, pues una potestad absoluta e independiente sólo se puede ejercer sobre un territorio bien delimitado y que se pueda controlar más o menos efectivamente. No se podrá ejercer sobre un territorio inmenso o extraordinariamente heterogéneo o cuyas fronteras sean inestables o porosas.

La cambiante concepción de las fronteras nos ilumina mucho: los Estados las sacralizan, pero para otras civilizaciones el territorio y la frontera tienen un significado distinto y menor. Para los romanos, el limes era simplemente el último territorio ocupado por sus soldados (cf. D’Ors, Ensayos de Teoría Política, Pamplona, 1979, pp. 57-77), y aplicaban su derecho a todo civis Romanus, estuviera donde estuviera. Roma, desde luego, no era un territorio. Tampoco para los ingleses la comunidad política se definía por el territorio sino por la allegiance del subject of the Queen hacia su reina, estuviera donde estuviera. Esta visión persiste en algunos aspectos de la política exterior americana.

Esta reflexión sobre el territorialismo de los Estados nos confirma en el concepto correcto de soberanía: potestad absoluta no vinculada por las leyes.

SOBRE LA CRISIS DE LA SOBERANÍA

Consideremos ahora la otra cara de la moneda. Si la soberanía es poder absoluto sobre un territorio delimitado por unas fronteras fijas, cuanto más grande sea el territorio o más porosas sus fronteras, menos soberanía. Por tanto, no estamos ante un concepto universal.

La pretendida universalidad del Estado soberano procede de los sabios alemanes del siglo XIX, que estudiaban las comunidades políticas como si todas fueran Estados y les aplicaban categorías estatales aunque fuesen lo más alejado de un Estado, como el «Estado» romano (Mommsen), y hablaban de cosas de tan dudoso sentido como «vida estatal», «sociedad estatal» y así sucesivamente, empleando «estatal» como sinónimo de «político» o «social», como puede verse hasta en Loewenstein recientemente (huelga decir que también los franceses desempeñaron un importante papel en la estatización del pensamiento europeo e hispanoamericano). El Estado y su soberanía fueron así presentados a la opinión pública como universales, y así fueron aceptados en muchos países de Europa continental e Hispanoamérica. El Estado soberano se convirtió, para muchos países y millones de personas, en una premisa indiscutida y universal, lo cual justamente da mayor relevancia a la presente crisis.

Ahora bien, ¿es la crisis tan radical? ¿Es este nuevo escenario tan nuevo? ¿Eran la soberanía y el Estado tan universales?

La soberanía no es algo natural, como la lluvia, ni una cosa tangible como una ruina griega que puede descubrirse en unas excavaciones. Si lo fuera, allí donde lo encontráramos, aunque fuese en la Antártida, podríamos hablar con propiedad de soberanía y Estado. Tampoco es un sentimiento natural como el amor, ni una idea universal como el bien. Es una construcción cultural y política fabricada para fortalecer el poder de los reyes absolutistas en la Europa de las guerras de religión. Estaba ligada a un tipo de armamento, una cultura, unos intereses políticos y unas circunstancias sociales y económicas. Después fue revestida con el halo de la obligación ética, el cientificismo y la objetividad, que le hicieron tomar el aspecto de un axioma científico en vez de un rasgo de la general ideología estatista. Pero lo cierto es que aunque los siglos nos hayan acostumbrado, la soberanía sigue reteniendo un aspecto un tanto repugnante a cualquier persona sensible, pues la sola idea de un poder humano absoluto e ilimitado tiene, en principio, algo de inmoral y no fue (ni es) cristiana. Por eso Gaspar de Añastro, al traducir en 1591 los Seis Libros dé la República de Bodino, tuvo que «enmendarlos católicamente» para hacerlos tolerables para la mentalidad de los españoles de la época. La idea de soberanía siempre tenderá a chocar con las de Estado de derecho y derechos innatos.

Así las cosas, si la soberanía respondió a unas circunstancias determinadas, poco debe sorprendernos que la desaparición de esas circunstancias coadyuve a su final. Detrás de tantas teorizaciones sobre la soberanía, detrás de tantos tratados y manuales voluminosos, están los hechos, a veces crudos: un tipo de armamento —armas de pólvora y ejércitos permanentes; «éstos son mis poderes», como dijo un gobernante español de la época— hizo posible la soberanía, y otro la arruinó. Ningún Estado medio puede hoy garantizar la inviolabilidad de su territorio; ninguno dispone de la tecnología necesaria para librar él solo una guerra moderna. Ya la Primera Guerra Mundial fue una guerra de bloques, no de Estados; incluso lo fue la española de 1936-39, a pesar de tratarse de una guerra civil. La guerra del Golfo de 1991 fue ya casi una guerra imperial clásica: el «emperador» llama a los «reyes», que acuden a formar un ejército aliado en el que no hay igualdad entre las partes. Al finalizar, Bush pidió a sus aliados una contribución económica, como los emperadores tenían que pedir dinero para sufragar las guerras. Hasta el observador más desavisado pudo percibir el escaso carácter estatal de esta contienda. En el futuro, las guerras no serán, normalmente, guerras entre Estados.

Aparte de estas razones prácticas, hay que destacar que, en realidad, la soberanía nunca ha sido universal ni en teoría: sólo se ha dado allí donde hubo Estados con todos sus atributos, esto es, casi sólo en Europa continental; y aun Alemania e Italia no se constituyeron en Estados hasta hace poco más de un siglo. Europa exportó el Estado soberano a Hispanoamérica: el discurso formal de la soberanía prendió pronto y oficialmente gozó de buena salud hasta nuestros días. Pero cabe preguntarnos qué significaba eso realmente, en algunos países que no controlaban sus poderes fácticos internos, ni su moneda, ni su deuda, ni sus exportaciones, ni —a veces— la totalidad de su territorio, ni su política exterior. No es soberano quien no puede asegurar mínimamente su independencia ad extra ni su monopolio del poder ad intra.

En el campo teórico, la soberanía no fue recibida en la cultura anglosajona, aunque Hobbes fuera inglés. Para los ingleses y americanos el verdadero Estado, el Estado en sentido fuerte, fue un descubrimiento de este siglo. Eran stateless societies, sociedades sin Estado, cuyo principal rasgo era más significativo por ser negativo: no pensar en el Estado, no escribir tratados sobre estos temas, no crear asignaturas de Teoría del Estado, no hacer teorías sobre la soberanía.

Se me replicará que precisamente la soberanía del Parlamento es un dogma del derecho constitucional inglés desde Blackstone y, sobre todo, desde Dicey. Pero Inglaterra no es el país para llevar las teorías al extremo; si se llevara al extremo, la soberanía del Parlamento haría inviable el Rule of Law, orgullo del mismo Dicey, y los Englishmen birthrights. Pues, efectivamente, «Constitución» y «soberanía» son conceptos contradictorios, a pesar de los forzados matrimonios de conveniencia desde Rousseau y 1789. ¿Cómo podría un soberano, si realmente lo es, admitir que debe sujetarse al derecho y que los ciudadanos tienen derechos innatos? No fue casualidad que en los países de la soberanía y la Teoría del Estado, los derechos fueran concebidos como autolimitaciones del Estado y no como derechos por nacimiento.

EL CONCEPTO DE SOBERANÍA HOY: ¿INSTRUMENTO O ESTORBO?

Son tales los cambios que sería imposible que la soberanía no los acusara: de Bodino al siglo XXI, de la imprenta a Internet, de las armas de pólvora a la guerra electrónica, de la modernidad a la postmodernidad, de la física clásica a la de la relatividad (y las posteriores), de la economía mercantilista de Estados nacionales a la economía mundializada incontrolable por los Estados, algunos menos poderosos que una multinacional petrolera. Pero no será la primera vez que vivimos en un mundo globalizado: antes de la soberanía, el mundo ya estaba relativamente globalizado. La soberanía troceó Europa en Estados independientes, haciendo así nacer el derecho internacional. Los procesos de independencia y descolonización generalizaron luego el modelo, troceando toda la superficie del planeta: es lógico, entonces, que el ímpetu de la globalización atrepelle las fronteras de los Estados soberanos. Es claro que la construcción europea no podría avanzar mucho si los Estados miembros continuaran siendo soberanos (suponiendo que realmente lo fueran antes, lo que no era cierto en todos los casos).

Es importante notar que, más tarde o más temprano, el conjunto de las circunstancias mencionadas convertirían la soberanía en materia para la historia en todo caso, con o sin Unión Europea, NAFTA o MERCOSUR. ¿Qué control puede hoy ejercer sobre su propia economía un Estado medio? ¿Puede escaparse al gobierno indirecto de los Siete Grandes, de las multinacionales, de los propietarios de la tecnología, de las burocracias internacionales? Los agentes económicos no se paran a consultar la ortodoxia de los manuales clásicos ni las constituciones de los Estados.

¿Qué queda de la soberanía en este nuestro mundo menos monista, más policéntrico, rico en geometrías variables? Si nos referimos a la soberanía en su sentido estricto, como poder monista, absoluto e ilimitado, poco perderíamos con su desaparición incluso formal. Los juristas, que tanto hemos contribuido a presentar la soberanía como un concepto científico indiscutible y universal, deberíamos, quizá, enseñar derecho público como si realmente ya no existiera, como si los Estados, aunque su nombre y su maquinaria continúen durante siglos, fuesen a durar poco como verdaderos y plenos Estados. En cambio, si nos referimos a la soberanía como titularidad originaria de la potestad en una comunidad política, la respuesta no tiene que ser la misma. Por globalizado que esté el mundo, siempre tendrá sentido una cláusula constitucional que diga que la soberanía en Lituania reside en el pueblo lituano, o algo semejante, aunque, claro está, ello no implica que ni ese pueblo ni sus poderes públicos estén en condiciones de ejercer un poder absoluto.

En este panorama, que a algunos le puede parecer tan duro y desprotegido como «el zorro libre en el gallinero libre», ¿qué suerte van a correr las comunidades políticas medias y pequeñas dejadas a la intemperie, privadas de la protección, mucha o poca, que les brindaba la soberanía?

En primer lugar, está por ver que el mundo post-estatal o no-estatal tenga necesariamente que ser más crudo que el estatal. Históricamente no fue así. Cuando el imperio austro-húngaro dejó paso al Estado —a los diversos Estados que resultaron de su fragmentación— las cosas se pusieron más duras, con consecuencias que todavía se pueden ver. En general, la experiencia muestra que los Estados soberanos, con su pretensión de monismo y homogeneidad interna, han sido poco condescendientes con las comunidades políticas menores y a veces llegaron a borrarlas del mapa por la asimilación forzada o la violencia. Como mínimo, siempre han estado incómodas y disminuidas, como sabemos por experiencia los naturales de alguna de ellas.

Cabe suponer que la globalización no se producirá en bloque ni en un único escenario total, sino por sectores de actividad, sobre todo económicos o medioambientales, y por grandes organizaciones continentales o subcontinentales como MERCOSUR o la Unión Europea. Sería ilusorio pensar que dentro de ellas fueran a darse unas relaciones de perfecta igualdad, pues eso ya no ocurría ni en el seno del más unitario de los Estados tradicionales. De esta manera, adherirse a una de esas grandes organizaciones supra-estatales encabezadas por algún socio de notable peso específico, como los Estados Unidos o Alemania, puede tener muchos aspectos positivos y puede ser la única salida realista, pero también se parece a fundar una sociedad gastronómica con un león, justo cuando ya no quedará ni la protección formal de la soberanía. ¿Qué hacer, entonces?

Lo primero, cambiar nuestra mentalidad. Las disputas por la independencia y la soberanía, que aún pueden verse en tantos sitios, ya no son lógicas, al menos en los términos anteriores. La disyuntiva «o Estado independiente o nada» fue un producto del estatismo —presuponía un mundo en el que no hay más actores que Estados— que está a punto de perder su sentido porque independiente de verdad ya no lo es España, ni, quizá, la propia Alemania. La paradoja de que Alemania, con toda su hegemonía, pueda no ser independiente en el sentido de Francia o Prusia en el siglo pasado, nos dice mucho sobre cómo son los nuevos escenarios: un Estado puede llegar a ser uno de los más importantes del mundo, perdiendo independencia en el sentido literal de la palabra. Si esto es así, sería una prueba de que la globalización no es necesariamente un mal negocio en el que sólo uno puede ganar y sólo a costa del otro. Podría ser así, y sin duda que algo tendremos que perder —véase la experiencia—, pero también algo que ganar. Y puede ser que perdiendo soberanía, se pueda, a la postre, ganar: ganar influencia, riqueza o incluso poderes efectivos. Una Alemania aislada sería hoy menos poderosa, aunque fuera más independiente.

Lo primero, por lo tanto, sería adaptar nuestra mentalidad para poder nadar en estas aguas. Deberíamos introducirnos en la mentalidad del pacto, el pluralismo y las geometrías variables, en lugar de la mentalidad monista de la soberanía; admitir la difuminación de la distinción entre lo internacional y lo doméstico; dar más importancia a lo material que a lo formal, no concentrar nuestros esfuerzos en mantener intocado el constitucionalismo estatista y codificado (me refiero al constitucionalismo formal; el material, i.e., dividir el poder, someterlo al derecho y garantizar las libertades, es tan importante hoy como siempre). Tendríamos que admitir que puedan coexistir varios niveles de constitucionalidad, varias constituciones, sistemas jurídicos, poderes, gobiernos y tribunales accionando sobre un mismo territorio y unas mismas personas y, lo que es peor, no siempre según una clara distribución de competencias. Si somos realistas, no podemos ignorar que los nuevos poderes centrales, como el de Bruselas, tenderán a crecer con o sin listas de asignación de competencias al estilo de los federalismos.

Lo segundo, los pequeños o débiles (incluyendo tanto un Estado pequeño como una nación sin Estado, o también una región, según las circunstancias) tenemos que protegernos, aunque no a base de aislarnos. Para ello existen algunas posibilidades, como las que siguen.

La primera sería establecer núcleos duros, materias reservadas o terrenos exentos en los que no puedan entrar los nuevos poderes centrales y en los que, al revés que las típicas cláusulas de supremacía federales, el derecho general no prime sobre el del Estado miembro. Puede ese núcleo duro no ser muy importante —por ejemplo, alguna tradición local o regional— o puede serlo —por ejemplo, los derechos fundamentales—, pero lo esencial es que exista. Esto, en cierto modo, ocurre ya con los derechos y algunos otros aspectos nucleares de la Constitución alemana, que no ceden ante el derecho comunitario europeo. Como nos adherimos a estas grandes organizaciones en virtud de un contrato, podemos blindar algunas áreas exentas, que siempre retendremos en nuestra esfera de competencia por la simple razón de no haberlas entregado nunca. Si Escocia conservó hasta hoy su sistema educativo y su derecho es por habérselos reservado cuando pactó su unión con Inglaterra para formar la Gran Bretaña en 1707; si Navarra conserva su derecho privado hasta hoy es por su fuero propio y no por concesión del poder central español. También hay que pactar la posibilidad de no sumarse a todas las posibles ampliaciones de las competencias centrales, así como dejar puertas abiertas para retirarse de algunas de las políticas generales de la nueva unión.

En segundo lugar, la pérdida de independencia, que en algún grado será inevitable, puede compensarse con una mayor participación en la toma de las decisiones generales; sería algo así como potenciar el federalismo cooperativo, si constatamos que no lo puede haber dual. Así hace Alemania: no sólo la Federación alemana, sino incluso sus Länder participan, en cierta medida, en el núcleo mismo de la gobernación europea. También es interesante, aunque el caso sea diferente, el ejemplo de Irlanda: pequeña, poco poblada y periférica, al ceder soberanía para participar en la Unión Europea ha alcanzado un status en el concierto de las naciones europeas sin duda mayor que el que tenía cuando era legalmente soberana e independiente, pero reducida de facto a apéndice del Reino Unido.

Tercero: en este nuevo paisaje el pacto va a ser más importante que en el tradicional panorama de Estados soberanos. Estos no tenían nada que pactar: no se basaban en el contrato, ni en la libertad de negociar y pertenecer o no a ellos, sino en la necesidad y en la obligación. Los contratos sociales hobbesiano y rousseauniano, aunque contractuales, no disminuían el monismo estatista. En nuestros días, en un futuro tan cercano que ya es presente, aunque el pez grande siga siendo más poderoso que el chico, la manera normal de formar estas grandes organizaciones supra-estatales será por medio de contratos, pactos o tratados. Esto abrirá la puerta a la mentalidad pactista, tan diferente de la estatista. Hay otra palabra, pero desafortunada en castellano: el «consociacionalismo». Dentro de una asociación generada por ese procedimiento, las consecuencias que se extraen del carácter pacticio siempre beneficiarán a los más débiles. En el Senado norteamericano, como es sabido, si se pone de acuerdo un grupo de senadores que representan sólo al 16% de la población de los Estados Unidos, son capaces de bloquear una ley.

La primera consecuencia es que los nuevos poderes centrales no estarán legitimados para actuar más allá de donde les autorice el pacto: como sus potestades no serán originarias sino derivadas, no podrán exceder de los términos pactados. No deberán actuar ultra vires so pena de incurrir en exceso de poder, ni podrán alegar competencia sobre la competencia, pues es incompatible con la idea de potestad derivada, limitada y destinada a fines concretos, que es inherente a la condición pacticia. La experiencia en la Unión Europea es que hasta ahora sus órganos de gobierno han actuado como si tuvieran una competencia originaria general y expansiva, a lo cual se ha enfrentado el Tribunal Constitucional alemán, aunque ya un poco tarde. Con todo, hablando en general, no es menos cierto que los Estados miembros han consentido, al menos con los hechos.

Otra segunda consecuencia es que el pacto generará una responsabilidad mayor: las instituciones de gobierno surgidas de un pacto son poderes delegados y, como tales, deben ser responsables ante los delegantes (tampoco este aspecto es satisfactorio hasta ahora en la Unión Europea). Esa condición pacticia y delegada y ese reforzamiento de la responsabilidad deberán cooperar para que los gobiernos regionales o estatales democráticamente elegidos no resulten eclipsados por unas élites tecnocráticas transnacionales que imponen sus propias políticas sin responder ante nadie.

CONCLUSIÓN

Huelga decir que frente a problemas tan generales como éstos no hay soluciones perfectas. Aunque se siguiesen las pautas que aquí estoy sugiriendo, u otras, continuaríamos teniendo grandes problemas, de los cuales el más importante, que engloba a los demás, es la tendencia al crecimiento de los poderes centrales en todas las experiencias federales o similares. En teoría no es demasiado difícil evitar el centralismo, recurriendo a repartos de competencias bien diseñados y principios como el de subsidiariedad. En la práctica, el crecimiento de los poderes centrales es cuestión de tiempo, a menos que nos esforcemos muy seriamente por impedirlo. Por bien diseñadas que estén las listas de competencias, en la realidad los casos dudosos —y casi no hay materia importante en que no quepa duda de si es competencia central o del Estado miembro— acaban siendo sentenciados no por la literalidad de las listas sino por algún principio, como las cláusulas norteamericanas de supremacía y comercio. Frente a estos eficaces principios, el de subsidiariedad, desnaturalizado y mal definido, sospechoso de desmejorar los resultados prácticos, tiene que esforzarse mucho para penetrar en la mentalidad europea de hoy.

Relacionados con este gran problema existen otros: cómo mantener el equilibrio entre los distintos sistemas jurídicos y constituciones en juego (a veces hasta tres, como en los Länder alemanes), y cómo articular las competencias y resolver los conflictos preservando los derechos de las comunidades políticas más pequeñas o débiles —muchas de ellas infra-estatales—, aunque se resienta la eficiencia; será el precio por la libertad y el autogobierno.

Pero la más grave objeción es que todas estas propuestas, como son de naturaleza jurídica e institucional, pueden resultar poco efectivas frente a los poderosos actores económicos modernos, los cambios en la tecnología de la guerra o de las comunicaciones.

Cierto, pero ¿qué otras posibilidades hay? Volver a esculpir la soberanía en palabras marmóreas tampoco serviría de mucho contra esas fuerzas incontrolables. Como dice Neil MacCormick, tendremos que admitir que no todos los problemas tendrán una solución jurídica (MacCormick, «La sentencia de Maastricht: soberanía ahora», Debats 55, marzo 1996, pp. 25-30).

¿Es, entonces, el concepto de soberanía un estorbo en nuestros días? En su acepción propia, sí. D’Ors, en La posesión del espacio (Madrid, 1998), prescinde abiertamente de ella y habla de «preferencias posesorias» territoriales. Ciertamente, no faltan defensores de la soberanía, aunque para salvarla tengan que cambiarla tanto que ya no se sabe si aquello es soberanía (ver, por ejemplo, Raia Prokhovnik, «The State of Liberal Sovereignty», British Journal of Politics & International Relations 1 (abril 1999), pp. 63-83, con abundante bibliografía).

De esta manera, entiendo que en su acepción propia la soberanía es hoy un estorbo (o sea, algo no sólo inútil sino incluso molesto). Pero bajo una de las acepciones, precisamente la impropia —titularidad originaria de la potestad, que designa la legitimidad y no la summa potestas—, puede ser útil. Como decíamos, una cláusula constitucional como «la soberanía reside en el pueblo español», o escocés, o portugués, u otra semejante, no va a dar a ese pueblo ningún efectivo poder absoluto, ni quizá tampoco relativo, pero puede obligar al nuevo poder central a actuar conforme a la exigencia de legitimidad que de ahí se derive. Así, todas las potestades que se ejerzan en el territorio de ese pueblo deberán ser justificables en virtud de alguna aprobación, siquiera remota e indirecta, del titular de la soberanía originaria o de sus representantes, responsables ante el mismo. De la misma manera, los cambios importantes en la «constitución» de la nueva organización supraestatal han de ser aprobados, siquiera indirectamente, por los titulares de la soberanía. Y éstos no son los órganos de gobierno europeos sino los pueblos de los Estados miembros, «dueños de los Tratados» (aclararemos que, de momento, la Unión Europea sólo tiene fragmentos de constitucionalidad, materiales más que formales, aunque ya suficientes para hablar de una Constitución europea por analogía y en sentido material).

Y si el soberano y dueño del Tratado de la Unión Europea no es el gobierno de las Comunidades sino los pueblos, las instituciones europeas no serán sino delegadas de los titulares de la soberanía, y deberían ser responsables, siquiera remota e indirectamente, ante los mismos. Así, esta línea argumentai vuelve a reforzar la lógica pacticia y contractual. En la práctica, en los conflictos que se están dando en el seno de la Unión Europea en nuestros días, cuando se habla de soberanía es, en muchos casos, desde este enfoque: titularidad sobre materias discutidas, conflictos con las constituciones de los miembros, extensión de las potestades de Bruselas, posibilidad de retirarse, legitimidad de las decisiones comunitarias… Aunque fuera su significado genuino, cada vez es más raro discutir sobre la soberanía como poder absoluto e ilimitado, pues ya los miembros no la tienen, pero Bruselas tampoco la tiene aún, y es de esperar que no llegue a tenerla nunca.

En resumen: de una manera o de otra, la soberanía terminaría languideciendo con o sin procesos formales de globalización porque devendría planta sin tierra. Véase el proceso de paz en el Ulster: aspira a poner fin a la violencia sobrepasando las soberanías allí implicadas.

La soberanía ha envenenado también los conflictos nacionalistas, forzando a las pequeñas naciones a adoptar una postura tan absolutista como la del Estado soberano que las oprime o menoscaba. Los pequeños nacionalismos que se enfrentan a los Estados soberanos tienen escasas posibilidades de éxito a menos que adopten una postura igualmente estatista, de lo cual abundan los ejemplos. Algunos nacionalismos no estatales se radicalizan y acaban luchando por el anacronismo de un Estado soberano a menor escala, porque su oponente, según el monismo de la teoría de la soberanía, no tiene por qué ceder mientras pueda evitarlo. Así fue radicalizándose la postura cubana frente a España a lo largo del siglo XIX, hasta terminar en guerra, mientras que los nacionalismos escocés y galés pudieron mantenerse más blandos. Dentro de España: el nacionalismo gallego, blando y más basado en la cultura y la autoidentificación que en la reivindicación política dura, impresiona menos a Madrid que el nacionalismo duro, tan absolutista como el español que tiene ante él (los nacionalismos no asumieron una actitud estatista hasta bien entrado el siglo XX; en estos años hay indicios de que el vasco, el más duro, podía estar abandonándola).

Por otro lado, la globalización no es enteramente nueva. El mundo estuvo globalizado bajo el Imperio Romano y después en la Cristiandad medieval, en la cual desempeñó un notable papel el Camino de Santiago, en el que se escriben estas líneas. Aquel mundo globalizado fue al mismo tiempo localista. La dinámica de la globalización es diferente de la estatal: en vez de monismo, pluralismo; en vez de universalismo versus localismo, ambos; y en vez de independencia versus dependencia, interdependencia, pues hasta los poderosos necesitan de los demás y no pueden imponerse por la fuerza siempre ni en todo.

Después de todos estos cambios, después de la soberanía, ¿sobrevivirá España como Estado? Puede decirse que no, pues el Estado español actual es una especie de gran agencia mediadora que puede durar mucho, pero ya no reúne los atributos de un Estado, llámese como se llame.

¿Sobrevivirá España como nación? Es difícil responder; depende de varios factores; es posible que no.

Depende de su flexibilidad para constituirse en «nación de naciones» y así, asumido todo pluralismo territorial interno, desempeñar su papel en el nuevo panorama global (pero el pluralismo territorial le repugnaba; ¿aprenderá a hacer de la necesidad virtud?).

Depende de su capacidad para soltar el lastre estatista y reencontrarse con la España pre-estatal (pero ésta ya no existe; no sobrevivió a la refundación del Estado español en la modernidad, en los siglos XIX y XX).

Depende de su capacidad para cultivar una vieja y nueva clase de relación con América (si reniega de América o la concibe sólo como un mercado, reniega en parte de sí misma, y ya ha abandonado bastantes de sus señas de identidad).

Depende de su capacidad para integrar auténticas comunidades políticas menores y, con ellas, ser en la Unión Europea algo más que una porción de mercado común, pues Europa está demostrando ser un potente corrosivo de lo que queda de España, como también de Bélgica, mientras que no de Alemania (pero hay que reconocer que, en parte, es por la actitud de la propia España).

Antes de concluir: se notará que hemos llegado hasta aquí sin reparar en que la pregunta está mal formulada, pues «España como Estado» es una frase clara, pero ¿qué significa «España como nación» ? Quizá sea un signo general de estos tiempos, pero lo cierto es que esas palabras cada vez significan algo menos definido, menos relevante. Y cuanto menos signifiquen, cuanto menos diferencias impliquen, menos importancia tendrá saber qué forma concreta adoptará el desenlace de esta cuestión mal formulada.

 

NOTA

Este artículo es una «elaboración de sendos trabajos presentados en 1998 bajo el título «Soberanía y globalización» en México, y en las XXIX Jornadas de Derecho Público celebradas en Santiago de Chile.

Entrevista a Seymour Martin Lipset

JUAN DÍEZ NICOLÁS • Me gustaría empezar la entrevista haciendo algo de historia, volviendo al primer libro de Lipset que leí. Se trataba de A Political Man. Profesor Lipset, si ahora tuviera oportunidad de reescribir ese libro, ¿qué cosas omitiría y cuáles respetaría?


SEYMOUR MARTIN LIPSET – De mi discurso sobre la democracia conservaría desde luego las ideas, pero sí que haría cambios: modificaría los análisis aritméticos y matemáticos que empleé entonces. Ahora tendría que tener en cuenta más variables. Me fijaría, por ejemplo, en una de las recientes ideas estadísticas más interesantes, la llamada «relación británica». Está demostrado que los países que han tenido alguna relación con las colonias británicas tienen, de alguna manera, más posibilidades que el resto de establecer una relación estrecha con los ingleses. Yo traigo mis hipótesis explicativas al respecto. El modo como los ingleses trataran a sus colonias, preparándolas para la democracia, es único: progresiónpaulatina, autogobierno, etc. Tomemos el ejemplo del Estado de Virginia (yo vivo ahora allí), antes de la revolución. Existía una House of Burgesses, una asamblea de representantes para la que fueron elegidos hombres como George Washington, Patrick Henry, etc., en tiempos, insisto, todavía coloniales. Y lo mismo puede decirse de la India, de África, etc. Los ingleses previeron que no sólo América, sino todas sus colonias acabarían siendo autónomas. De hecho, a propósito de la India, Mac Caulley dijo una vez, allá por 1850, que el día más importante para la historia del imperio británico sería aquel en el que los indios les despidieran. Eso significaría de verdad que los colonos habrían enseñado a los indios su propia indentidad: la de no tolerar ningún sometimiento a extraños. También Vds. experimentaron esta progresión paulatina aquí, en España. En los últimos años de Franco se produjo un gran avance hacia la democracia, aunque de eso saben Vds. más que yo…


JDN • Sí, en los años 60 se inició un profundo cambio en nuestra sociedad; muchos pudieron experimentar, por ejemplo, las importantes transformaciones que ocurrían en la estructura económica de España.


SML • Y desde el punto de vista político, creo que todos los partidos políticos, a excepción de los comunistas, estaban actuando de manera legal. Había además elecciones en la Universidad. Así que aquí tuvieron una transición paulatina, no como la que, por ejemplo, ha vivido Rusia, tan distinta y que no ha funcionado tan bien. Por eso, uno de los aspectos más importantes, cuando se habla de transición, es la progresión paulatina.


También tendría muchas cosas que decir de George Washington. No es fácil decirlo, pero creo que Washington es una de las figuras más desprestigiadas de la historia americana, a pesar de su gran actuación, por ejemplo, en este asunto de la transición. Washington jugó un papel fundamental entre los civiles y los militares. Siempre fue muy consciente, incluso durante la revolución, de esta diferencia, y puso el énfasis en la autoridad civil. Sus oficiales intentaron incluso, como Vd. sabe, dar un golpe de Estado para derrocar al Congreso, que él detuvo a tiempo. Lo mismo que aquel intento de coronarle rey. Hubo un pintor que retrató a Washington y luego al Rey, antes de la Revolución. El Rey le preguntó a Washington qué haría cuando hubiese terminado la revolución. El contestó que volvería a su granja, y el Rey le dijo que si hiciera eso, sería el hombre más importante de la historia.


JDN • También a mí me parece que fue un hombre de esos que no se encuentran a menudo. Volviendo a la pregunta inicial, ¿admitiría Vd. ahora que, en la relación entre el desarrollo económico, la democracia y lo que yo llamo valores, habría que dar más importancia a los valores?


SML • Sí, yo ahora les daría mayor importancia.


JDN • Porque yo estoy de acuerdo en loque ha dicho del acervo cultural de los anglosajones, pues yo mismo lo he experimentado. Diría incluso que hay también un subacervo cultural en los países católicos, mediterráneos y latinos que, aunque con matizaciones, puden ser considerados en un mismo grupo…


SML • ¿Sabe? Hay un economista en Stanford —Robert Hall— que ha realizado uno de esos análisis de regresión, con distintas variables, relacionados con el desarrollo económico, y ha llegado a la conclusión de que los dos factores más importantes que se relacionan con el desarrollo, desde el punto de vista internacional, son la relación británica, de la que hemos hablado, y por otra parte la latitud.


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JDN – De hecho, Vd. ha hecho varias referencias a Benjamín Franklin, cuyos refranes y dichos sirvieron como modelo a Max Weber para ilustrar sus tesis sobre el protestantismo, como es sabido. En la Universidad de Michigan (Ann Arbor), se defendió hace años una tesis doctoral (yo no la he leído, pero si he podido hablar con su autor), en la que se sostiene que Franklin tomó la mayoría de sus dichos y refranes de los autores del Siglo de Oro español. No puedo citar ejemplos concretos, pero desde luego resulta sorprendente. Sería algo así como un debate circular: la España católica profunda provee a Franklin de refranes y sabiduría moral…


Permítame iniciar otro tema de conversación, que Vd. está tratando últimamente. Es el del socialismo, el de la izquierda. ¿Qué significa hoy ser de izquierdas en Europa? Vd. ha sostenido que ser de izquierdas es algo que tiene que ver hoy en día más con valores morales que con principios económicos. ¿Se ha acabado la izquierda, o se trata más bien de una ideología que trata de adaptarse al crecimiento de las clases medias, a la nueva sociedad?


SML • Creo que hay dos aspectos. Uno es que el socialismo clásico siempre mantuvo una especie de confianza utópica sobre las posibilidades de crear una sociedad ideal, una sociedad perfecta. Pero todas las sociedades desarrolladas se caracterizan hoy en día por su falta de utopías. Nadie que llega al poder piensa que va a deshacerse realmente de todo lo malo que hay en la sociedad y crear un mundo más justo. Más bien existe la idea generalizada de que la política es un juego de intereses, en el que la izquierda tira más hacia una mayor igualdad y unos mayores ingresos del Estado, mientras que la derecha —la derecha liberal— tira más en dirección a una mayor libertad para el individuo y hacia un Estado menos fuerte. Quiero decir simplemente que la izquierda empleará el Estado más que la derecha. Aunque ahora muchos socialistas se dan cuenta del peligro que implica el Estado, que el Estado no es algo que sólo sirve para crecer constantemente, y han aprendido las consecuencias funcionales y económicas perniciosas que produce un abuso del Estado.


El segundo aspecto al que me quiero referir es la corrupción. Porque cuanto más poderoso e importante es el Estado, como fuente de ingresos y de prestigio, más puede crear un desequilibrio en la estrucutra democrática, por un lado, y más puede socavar también las ideas políticas democráticas.


JDN • Quería sacar a colación este tema de la corrupción, que acaba de comentar. Volveremos sobre él dentro de poco. Pero permítame antes concluir con el tema del sistema americano como modelo para Europa, en relación a las izquierdas y derechas. No sé si conoce a Julio Feo, uno de los principales asesores de Felipe González. Pues bien, una vez, poco después de haber ganado los socialistas las elecciones de 1982, Julio Feo, que estaba cenando en mi casa, me pidió prestados dos discos que yo tenía con las conferencias y discursos del presidente Kennedy. Yo le dije: «Julio, me estás demostrando que lo que de verdad tenéis en cuenta en vuestro partido es el partido demócrata de los Estados Unidos». Julio se rió y no contestó nada, pero se rió. ¿No diría Vd. que el partido demócrata de los Estados Unidos es un partido conservador? Porque, sí, desde el punto de vista estadounidense, son la izquierda, pero si lo comparamos con los partidos de izquierda europeos todavía hay muchas diferencias debido sobre todo al Estado de bienestar…


SML • Sí, estoy de acuerdo. Los estadounidenses tendrían que trabajar mucho si quisieran llegar a alcanzar el modelo europeo de bienestar. No hay más que ver cómo se han resistido a la ley sanitaria de Clinton. Porque la tradición americana siempre ha sido antiestatal, al contrario que en Europa, donde las monarquías, la Iglesia y todo tipo de instituciones han empleado el Estado.


¿Sabe qué? He escrito un libro sobre Canadá y los Estados Unidos, en el que señalo, entre otras cosas, la mayor aceptación del Estado en el primer país. Esto se refleja en cosas tan pequeñas como la aceptación del sistema métrico. Hace 25 ó 30 años, Canadá y Estados Unidos decidieron adoptar el sistema métrico y dejar todo ese tema de las pulgadas, las yardas y los pies. Ambos países aceptaron un periodo de 25 años para adoptar paulatinamente el nuevo sistema. Hoy, si uno va a Canadá, verá que allí ya no se usan las millas sino los kilómetros, mientras que si va a los Estados Unidos comprobará que no ocurre lo mismo. La explicación es muy simple: a los canadienses se les dijo que adoptaran el sistema métrico y lo hicieron, mientras que a los estadounidenses se les dijo lo mismo y no lo hicieron. Estas diferencias entre las culturas y las instituciones, aunque podrían cambiar y ser de otra manera, de hecho se mantienen.


JDN • Hay una «tercera vía», que algunos partidos demócratas sociales de Europa están promoviendo, unos más que otros. Pero, ¿no le parece que este movimiento hacia el centro se lo acaba poniendo más difícil a los ciudadanos a la hora de elegir? Permítame poner el ejemplo del caso español, el del partido de centro al que yo mismo pertenecí y que acabó desapareciendo. Y lo hizo porque como todos querían estar ahí, en el centro, tenían, en cierto modo, que deshacerse de nosotros. Yo personalmente creo que esto fue bueno para la estabilidad de España, así que no me quejo. Pero ¿no cree Vd. que los ciudadanos pueden tener la sensación de que todos los partidos políticos acaban pareciéndose? Este es un tema que aparece una y otra vez en muchos países, tanto en España como en otros, con independencia de quién esté en el poder. Yo aquí veo un peligro para la democracia. ¿No piensa Vd. que esta confluencia podría estar arruinando el debate político y, por tanto, la auténtica vitalidad de la democracia?


SML • Creo que eso es cierto, aunque yo lo plantearía de otra forma. Me refiero a la evolución, que Vds. han experimentando y es general, no sólo hacía el centro sino también hacia una política más de intereses que de valores lógicos. Junto a los partidos de representación proporcional están, por ejemplo, los agricultores, con sus intereses, y otros grupos sociales con sus respectivos intereses educativos, étnicos, religiosos, etc. Cada uno de ellos procede a su modo y no es fácil llegar a armonizarlos, de cara a unas elecciones, por ejemplo.


Pensemos si no en el caso suizo. Allí, todos los partidos, a excepción del comunista, forman parte de una gran coalición. Por lo que se refiere a las elecciones nacionales, solo participan el 50 % de los suizos. Y el único asunto sobre el que puede decidir una elección es sobre si los socialistas tendrán o no un miembro más que los demócratas-cristianos en el gabinete ministerial. El resto de las decisiones se toman a otro nivel, en la cúpula, lo hacen los líderes. Y lo mismo les ocurre a los holandeses. Si alguien dijera que esto no es democrático, yo tendría que darle la razón, porque los grupos de presión están ahí e influyen decisivamente en las decisiones. Una solución posible, que aquí solo enuncio entre comillas, sería la de tener más referendums sobre temas concretos: democracia directa para los temas que unas elecciones dejan sin resolver… Esto sería fácil en Suiza, por ejemplo, debido a que es un país pequeño.


JDN • Entonces, ¿cuál es el verdadero sentido del voto? Porque si un ciudadano vota a un partido y no a otro, pero luego, tras las eleciones, todos los partidos forman esa especie de coalición, uno ya no sabe dónde va a acabar su voto, que puede incluso servir de apoyo a algo conJo que se estaba totalmente en desacuerdo. Al final, ¿no inducirá esto a la abstención?


SML • Sí, el porcentaje de participación descenderá, con toda probabilidad. De hecho, éste es el problema que han tenido muchos países.


JDN • Tengo la impresión de que las grandes grietas que existen en la sociedad actual no son los partidos políticos, sino estos grandes grupos de interés: bancos, empresas eléctricas, etc.


SML • Depende de cada país, por supuesto, pero siempre estarán los sindicatos, las asociaciones de agricultores, de veteranos, etc. En un artículo muy interesante, publicado recientemente, se habla del poder y de los juegos de poder, desde una perspectiva muy ilustrativa. El autor sostiene que la estructura de poder, concebida normalmente como una pirámide (cuanto más alto, más poder), no tiene en realidad esa forma. El poder o la capacidad de decisión es más bien un conjunto de juegos en los que existen diferentes jugadores. Si lo que está en juego es el precio de la comida o la producción agrícola, por ejemplo, entra en acción un determinado grupo; si se trata de política educativa, será otro grupo distinto el que participe, y así sucesivamente. Lo que, según este autor, conviene en cada caso es identificar a los jugadores de cada actividad, más que a los partidos. Conceptualmente, políticamente, tiene mucho sentido, así que en todo caso, como usted dice, las elecciones son cada vez menos importantes.


El caso de los agricultores es muy sifnificativo. En todos los países desciende el porcentaje de población activa agrícola. En los Estados Unidos, representan solamente un 2% y, sin embargo, su poder, su capacidad de influencia es mucho mayor: equivale a la de 15 o un 20%. Es un grupo con intereses muy precisos, que votan, presionan, se manifiestan, etc., en defensa de sus intereses. Ellos pueden llegar a determinar quién gana unas elecciones al margen de lo que suceda en las circunscripciones. No son de ningún partido, así que si un partido de izquierdas les da lo que quieren, ellos se irán a la izquierda; si es un partido de derechas el que les da lo que necesitan, se irán a la derecha. Esta volubilidad les confiere, en comparación con su número absoluto, una influencia desmesurada sobre el poder real…


Otro ejemplo actual en los Estados Unidos es el de los grupos étnicos, los grupos religiosos, y todos aquellos grupos cuyos intereses no son estrictamente políticos. Hay un artículo fantástico sobre el tema, escrito hace ya algunos años por Andrew Greely, de lectura obligada. Según el artículo, el alcalde Daley obtenía en Chicago el 75% por ciento de los votos después de haber escuchado y tratado con todos y cada uno de los grupos étnicos organizados, cuyos respectivos intereses trataba de hacer compatibles.


JDN • Me gustaría que nos hablara de uno de esos grupos, que son los sindicatos. Se habla mucho sobre el cambio de naturaleza, de función de los sindicatos en las sociedades contemporáneas. Es verdad que son muy distintos los sindicatos en Estados Unidos y los que existen en Europa. En el concreto caso español, se puede decir que son de los más atrasados, de los menos reformados de todo el continente. Los sindicatos españoles siguen con la misma estructura y con el mismo lenguaje que en el siglo pasado. ¿Cuál sería a su juicio el papel de los sindicatos en la sociedad actual, en las democracias modernas? ¿Representan realmente a la mayoría de los trabajadores o son solamente grupos de presión?


SML – Yo distinguiría entre los intereses de los sindicatos como organizaciones, y los de los sindicatos en tanto que movimientos de índole social. En este último sentido, los sindicatos, como ocurre con la social-democracia, apoyarán a los menos privilegiados, a los menos favorecidos; preveo que esta tendencia seguirá igual. Pero desde el otro punto de vista, resulta evidente que los sindicatos son grupos de interés, en los que prima la cuestión de la identidad de clase, etc. Desde este punto de vista, tienen una importancia política menor. Estas organizaciones se involucran menos con los partidos, por más que los miembros de los sindicatos puedan mostrarse más favorables al voto social-demócrata. Tony Blair escribió un artículo muy interesante en 1993, antes de ser elegido Primer Ministro, en el que sostenía que el gran error de los sindicatos había sido vincularse a un partido político. Lo que según el artículo debían hacer las asociaciones sindicales era oferecerse en cada caso a negociar acuerdos particulares: si los conservadores les hicieran más concesiones, ellos podrían apoyar a este partido, sin necesidad de verse vinculados siempre al mismo partido.


Sin embargo, aunque los sindicatos no han tenido en cuenta esta postura, siguen siendo en casi todos los países, también en España, la organización de masas más importante. En los Estados Unidos sólo están afiliados un catorce por ciento, pero son 13 millones de trabajadores, y trece millones de votos son muchos votos.


JDN – Mi pregunta vuelve ahora sobre la representación parlamentaria. En sus últimos libros se ha mostrado muy crítico con el desarrollo de la democracia parlamentaria. Yo no voy a repetir aquí la gran frase de Churchill sobre el tema, sino más bien plantear la siguiente cuestión: ¿no le parece a Vd. que, puesto que el camino que llevamos es probablemente el peor, deberíamos volver a los orígenes, a los valores primarios, a lo que realmente significa una democracia representativa?


SML • Los partidos son históricamente reflejo de las divisiones principales de la sociedad, divisiones profundas que la gente sentía muy agudamente. En la actualidad, aunque esas divisiones aún existen, la profundidad de la que hablo se va reduciendo, se va atenuando. Este tema nos conduce a un nuevo aspecto, que es el de la regionalización, es decir, al debilitamiento, a la decadencia de la democracia. Basta mirar la situación en Europa. A muy poca gente le preocupa la elección del Parlamento Europeo, porque éste tiene muy poca capacidad de influir en los actos de los ciudadanos. Es verdad que están Vds. al comienzo de una nueva forma de gobierno (en realidad, mucho más allá del comienzo: hay muchas cosas que existen en Europa y que no existen en los Estados Unidos. Aquí, por ejemplo, hay licencias comunes para todas las profesiones, mientras que en los Estados Unidos los profesionales no pueden ir de un Estado a otro a ejercer su profesión). Pero el pueblo europeo está muy poco involucrado en todo este proceso de construcción política. Si él no puede influir sobre el proceso, ¿qué le importa quién gane las elecciones europeas? En cambio, a nivel local, sí que importa quién gane, ya que hay intereses en juego mucho mayores. En los Estados Unidos, por ejemplo, la gente de clase media tiene mucho interés en los temas escolares, en los cambios en el sistema educativo, o en los temas de urbanismo y en la solución de los problemas dje tráfico. Vd. me dirá que esos temas no son muy importantes en comparación con los temas que se suelen discutir en política. Pero así es como funcioné este juego.


Tomemos otro ejemplo, el del apoyo a la cultura, al arte, a la música, etc. Hay un un sector de la población para quijen estas cuestiones son muy importantes. Se trata normalmente de gente culta, con dinero, que pueden ejercer presión y lograr muchas cosas. De mojdo que si éstos pueden conseguir más cosas, debido a su influencia, la representación no es justa. La definición clásica de la democracia como sistemé de gobierno del pueblo, dentro del cual todos los ciudadanos son iguales, es un concepto totalmente utópico. Determinados grupos han gozado siempre de una influencia mucho mayor que otros, y eso va a continuar s|iendo así. El resultado final no es una verdadera democracia.


JDN • En The Political Man Vd. hablaba de las elecciones como una lucha democrática de clases, que se libra por sí sda. Pero en! este caso, todos tienen que tener algún Upo de identidad. En una Europa posfeudal,; los trabajadores definían su identidad por relación a un patrón fijo, lo que de algún r(nodo ha seguido ocurriendo hasta nuestros días, aunque en grado cada vez menor. |n la actualidad, ¿qué formula de identidad tienen los ciudadanos?


SML • Me parece que la forma más importante es el consumo, al que le he dedicado bastante atención últimamente. Eti relación a las clases, encontramos gente que se queja o que se escandaliza por la distribución desigual de la riqueza; les parece muy injusta. Sin embargo, se suele contraargumentar que eso no es lo importante; que lo realmejnte importante es el consumo, hasta el punto de que hay índices específicos) que tratan de evaluarlo. Existe, por ejemplo, el llamado «coeficiente genio» (genie coefficient), para medir las desigualdades. Hay un coeficiente i de este tipo para el consumo, para los coches, para la vivienda, etc.; y el reljativo al consumo es muy reducido, arroja unos datos muy igualitarios. Tejnemos el caso de un hombre como Bill Gates, que tiene tanto dinero. ¿Qué hace con todo ese dinero?No puede gastarlo, tiene que invertirlo y la inversión, como Vd. sabe, desemboca en más poder para invertir.


O este otro ejemplo: uno va a comprarse un coche y se compra un Mercedes o un Ferrari. De acuerdo, ya tiene un (foche de lujo y todo el mundo sabe que es rico y que tiene una posición acomodada. Pero si se comprara un coche pequeño, comprobaría que la diferencia entre éste y uno grande es mucho menor que la que existe entre ir andando e ir en biclicleta o ir en coche. Lo mismo sucede con la ropa. El consumo es siempre más igualitario, porque las diferencias son menores. Mediante esta igualdad de consumo, se iguala también el modo en que la gente ve las clases sociales.


JDN • Me gustaría pasar a otro tema, si me lo permite, una última cuestión para no abusar de su tiempo, relativa a la diferencia entre clases y a la estratificación en general. Muchas de las teorías, descubrimientos y aseveraciones respecto a la igualdad social se referían principalmente a la situación del mundo occidental de los años sesenta y setenta. La prosperidad y el desarrollo económicos que florecieron por todas partes desembocaron en una fue?te movilidad social. Pero en la actualidad, creo que están volviendo a crecer las desigualdades, tanto en el interior de los Estados como a escala internacional. Por causa de la educación que han recibido, mucha gente tiene la idea, por ejemplo, de que puede llegar a la cima, que él puede estar ahí, cuando en realidad eso no es más que un mito, algo que no se cumplirá. En mi opinión (y éste es el eje de mi pregunta), nos estamos aproximando a modelos de sociedades mucho más rígidas, donde la movilidad es menos posible…


SM L • No, no lo creo. Tenemos, en primer lugar, el índice de empleo, que es un buen referente de la productividad vigente. De hecho, en los Estados Unidos es más importante ahora que en cualquier otro momento de su historia. Fíjese en los nuevos trabajos y colocaciones, en el declive del trabajo manual, en el incremento de la alta tecnología, en el aumento del número de personas que cursa estudios universitarios y que después se colocan en empleos de técnica avanzada. En Europa el fenómeno se da en menor escala. Europa es más lenta y carga con una tasa de desempleo importante, aunque también presenta una tasa importante de creación de nuevos empleos y de aumento de las fuerzas de trabajo.


El factor decisivo aquí es el de los índices de natalidad. Como éstos son tan bajos, los países europeos se convierten en anfitriones para la inmigración. La sociedad europea se está convirtiendo en una sociedad de inmigrantes. Es verdad que según el patrón de conducta en los Estados Unidos, los inmigrantes llegan y se colocan en el punto más bajo del escalafón, de manera que los nativos pueden subir. Lo mismo ocurre en algunos países europeos. En Alemania, por ejemplo, existen en la actualidad tres millones de musulmanes, más los turcos alemanes. Y esta gente no es realmente tan pobre: en Berlín se ve a algunos de ellos bien vestidos. De modo que este patrón de movilidad de la inmigración, gracias a los nuevos miembros, existe también en Europa.


Hay que tener en cuenta además el cambio en la educación europea, la alta tecnología, la nueva estructura comercial tecnológica, etc. Yo creo que nos encontramos en la actualidad ante una nueva revolución industrial, en la que la gente con técnicas heredadas del sistema anterior verán disminuir sus ingresos, lo mismo trabajadores que empresarios, mientras que la gente que cuente con lo nuevo triunfará. La medida en la que se goza de movilidad lo marca el hecho de que gente muy joven se está haciendo rica en muy poco tiempo. Antes, se tenía la imagen de que los Rockefellers o los Carnegies se habían hecho ricos conforme envejecían. Ahora, sin embargo, las personas se hacen ricas a los treinta años y luego ya no saben qué hacer con el dinero.


JDN • Por lo que se refiere a la educación, yo a veces tengo la impresión de que el aumento masivo de titulados universitarios no implica necesariamente un aumento paralelo de la movilidad social. Quiero decir que, si todos tienen un título, la cuestión importante es quién logra los empleos. Cuando los mecanismos de selección son un poco más exigentes, las personas que no están suficientemente dotadas no llegan a obtener el título, y por tanto no obtenían un cargo de responsabilidad. Pero si todos se gradúan, como ocurre en la actualidad, ‘los títulos dejan de ser fuente de legitimidad profesional. Lo que quiere decir que si tienes una familia lo suficientemente importante, tienes más posibilidades de conseguir un trabajo que otra persona que tiene el mismo título, e incluso mejores calificaciones que las tuyas, pero que nunca gozará de las mismas oportunidades. Así, creo que seguimos hablando de cosas que probablemente eran ciertas en los años 60 y 70 pero no ahora, cuando parece más difícil que uno llegue a ser juzgado por sus propios logros.


SM L • Ese diagnóstico no es válido en todo caso para los Estados Unidos, aunque no descarto que llegue a serlo algún día. En lo que se refiere a Europa, si consultamos las estadísticas, veremos que ha habido una proliferación sin precedentes de universidades. En Inglaterra, por ejemplo, o en Alemania, se ha dado esta expansión, y no se trata de obtener cualquier título, sino de graduarse en ciencias tecnológicas o informáticas, que proporcionarán la entrada a la nueva economía. En cambio, quien estudia poesía o historia no logrará ese acceso.


JDN • Permítame acabar esta entrevista con una pregunta sobre un tema que ha salido antes, pero que no hemos podido tratar con detalle. ¿Qué piensa el profesor Lipset sobre la corrupción?


SML – Yo señalaría dos factores que me parece favorecen el fenómeno de la corrupción. El primero de ellos es la ambición personal, el deseo de los individuos de llegar a ser el primero. Si la gente cree que las barreras que se establecen con el propio nacimiento pueden ser abolidas, de manera que todo el mundo puede avanzar, el fracaso de un individuo en particular sólo podrá achacarlo él a sí mismo. Ocurre en cierto sentido lo mismo que al extranjero que llega a ser ciudadano americano: el pensamiento de que todo individuo puede medrar, ser el primero, se apodera de él. Esto es lo que ha ocurrido en la década de los noventa en Estados Unidos, una década que ha dejado muy atrás a los «dorados noventa» del siglo pasado. Han sido años de hacer dinero, de proliferación de millonarios, de casas de lujo, porque la gente ha sentido la necesidad de prosperar, de allegar más riqueza. Pero hay mucha gente que no puede hacerlo por medios legítimos, a la vez que sufren la presión de las vías ilegítimas. Esta es la cuestión. El primer factor, por tanto, sería: percepción generalizada de menores barreras entre las clases y aumento de la presión que empuja a los individuos a la corrupción.


El otro lado del problema es que uno sigue teniendo familia, amigos y parientes, a los que trata de ayudar. Este es un factor que se combina con el anterior. Acabo de leer un artículo sobre el Japón, que trata de este tema. Siempre se ha dicho que el Japón es un país muy serio, con una tasa de criminalidad muy baja y una cultura de la vergüenza muy arraigada (allí nunca se debe deshonrar a la familia de uno). Pero también en ese país se han dado casos de corrupción, que ya han salido a la luz pública.


Así, en un extremo tenemos la presión de prosperar de la que hablamos, y en el otro la presión de ayudar cada uno a sus parientes y amigos. Esto es una sociedad que construye un marco ideal para la proliferación de la corrupción. Recuerdo, a propósito de esto, la siguiente fantástica declaración de una mujer de la UE, la francesa Edith Cresson: «¿A quién debería nombrar: a gente que no conozco de nada?».


JDN • Muchas gracias por el tiempo que ha querido estar con nostros, profesor Lipset, y hasta muy pronto.

La democracia en la sociedad de la información

La DEMOCRACIA es el sistema de gobierno que ha triunfado o se ha impuesto en la etapa histórica que vivimos, y que hace residir el poder en el pueblo. Es el pueblo mismo el que se gobierna; podríamos decir que es el autogobierno del pueblo. Pero un autogobierno tal es sencillamente imposible, dada la dimensión de la estructura política que precisa del Estado moderno.


La democracia directa del pueblo no es posible, pues el tamaño de nuestros Estados, el número de ciudadanos que deben participar en la res publica, la dificultad de su convocatoria, la complejidad para alcanzar acuerdos, hacen que no sea viable. De ahí que nuestra democracia lleve apellido y sea así una democracia representativa, que solventa los problemas de número, espacio y tiempo que sí plantea en su formulación primaria o asamblearia.


De forma imperfecta los atenienses crearon una democracia que se adaptaba a su modelo de Estado, la ciudad. Pero la democracia como forma de gobierno no se impuso hasta muchos siglos más tarde. Fue mucho más adelante cuando la democracia, en su formulación representativa, aparece como forma de gobierno factible para el Estado-nación, y no hace tanto, en el siglo XIX. Posiblemente la revolución industrial y las innovaciones tecnológicas tuvieran algo que ver en esto. De hecho, nadie puede negar la influencia que en el debate político han tenido la imprenta y los medios de comunicación. Quizá la modernidad nos aportó las mínimas soluciones imprescindibles para sortear las dificultades que la democracia tenía para imponerse como forma de gobierno: el número, el espacio y el tiempo.


CRISIS DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA


Sin embargo, la democracia representativa está en crisis. La representación se siente como lejana y la participación se percibe como escasa. Los ciudadanos siguen creyendo que la democracia es un sistema de gobierno satisfactorio, pero sin embargo no genera satisfacción. En estos momentos, demanda una mayor participación que otorgue más proximidad a la representación y que aumente la posibilidad e influencia de dicha participación. Es obvio que una de las carencias más importantes de nuestro modelo democrático es, sin duda, la insatisfacción que producen los instrumentos de participación que los ciudadanos y la sociedad civil poseen para intervenir en los procesos de toma de decisión. Los partidos no son un modelo ejemplar de participación ciudadana. De hecho, nuestros niveles de afiliación son más bien escasos, el sistema de listas cerradas y bloqueadas resulta desmotivador y el acceso y trato con nuestros representantes es distante. En definitiva, podemos concluir que nuestros instrumentos de participación parecen más bien estar diseñados para desmotivarla que para satisfacerla o incrementarla.


Pues bien, en este contexto, Internet y las tecnologías asociadas pueden aportarnos posibles mejoras y soluciones.


Algunos pregoneros del nuevo mundo han querido ver en el uso de Internet y las nuevas tecnologías una posible ventana al directismo o ciberasamblearismo. ¡Qué error! Se puede y se debe ser crítico con nuestro sistema de gobierno, la democracia representativa, con el objetivo de mejorarla y perfeccionarla, pero no para combatirla. Quien predice que son las nuevas tecnologías las que permiten fórmulas de participación directa se arriesgan en exceso al abismo de lo desconocido. Por otro lado, no era necesario esperar a Internet para poseer instrumentos que permitieran la proliferación de consultas o refrendos. Tampoco el ejercicio de imaginación, que nos obliga a realizar la aplicación de las nuevas tecnologías a la democracia, nos debe llevar a la política-ficción. Por gratificante que nos resulte. Tenemos que contener el impulso de emprender acciones apresuradas,  aunque sea importante que empecemos a pensar en el futuro. No sería difícil hacer un ejercicio de políticaficción sobre cómo la democracia directa en una sociedad altamente tecnificada podría derivar en una tecnocracia totalitaria. La democracia directa de la ciudad ateniense no es extrapolable a la ciudad, aldea, global, entre otras muchas razones porque el acceso a la información y, sobre todo, su control y difusión, no se producen de la misma manera1. Y, además, información no es lo mismo que conocimiento. Por ejemplo, los sondeos de opinión pública, llevados a su extremo —al cyberreferendo—, hoy por hoy no serían un instrumento del pueblo para ejercer su poder sino una muestra de la influencia de los medios de comunicación sobre el pueblo.


Pero Internet no nos lleva a la democracia directa, o al menos no deberíamos permitir que así fuera. El hecho de que la representación y la participación precisen de mejoras no nos debe dejar caer en la tentación de proclamar la muerte de la democracia representativa que, sin duda, contiene valores que por cotidianos quizá no valoramos en su medida. Sí es cierto que Internet, en general, elimina en buena medida la necesidad de intermediar. Esto lo hemos oído todos muchas veces y comprobado otras tantas; elimina intermediarios inútiles en el comercio electrónico, el trabajo, etc…. También puede hacerlo en la política, pero ello no significa que esta eliminación de intermediarios inútiles desemboque en una inevitable democracia directa y cyberasamblearia. Se podría argumentar: si Internet elimina intermediarios, éstos, en política, son los representantes. Y tendría razón si se refiriera, como he apuntado, a los intermediarios inútiles, pero no a aquéllos que deben seguir existiendo y que constituyen un grupo de ciudadanos dedicados al estudio de cuestiones públicas, que requieren dedicación y comprensión2. Pero, qué duda cabe de que también los representantes, intermediarios, políticos, tienen que justificarse en la sociedad de la información. Esto no desemboca en la democracia directa o no debe hacerlo, por ejemplo, por el valor que en democracia tiene el consenso. La representación genera el prodigio de un órgano de discusión posible, las Cortes o parlamentos, que en representación del demos provoca el enfrentamiento de pareceres pero también, y lo que creo es más importante, la convergencia de distintos pareceres y, por extensión, una mejor convivencia social y política.


UN SISTEMA DEMOCRÁTICO PARA EL SIGLO XXI


En fin, se eliminan intermediarios inútiles, se aproxima la representación, se aumenta la participación, se mejora en definitiva la democracia representativa. Incorporar las nuevas tecnologías (Internet y tecnologías asociadas) a los sistemas de participación ciudadana y a los procesos de toma de decisiones (por ejemplo, a la actividad legislativa, a la de control de los gobiernos o a la realización de consultas populares) es factible. La sociedad de la información es una revolución en marcha que afecta a todos los ámbitos  de convivencia, también a nuestro sistema democrático, con la posibilidad de mejorarlo y de dar respuesta a demandas ya antiguas de los ciudadanos. No se pueden aplicar viejos esquemas a nuevos problemas y demandas. En este sentido, nuestro sistema democrático, que funciona con esquemas del siglo  XIX, debe ponerse al día para convivir en la sociedad de la información del siglo XXI.


Pero, tampoco nos engañemos, en el contexto del modelo actual, son muchas las posibles reformas de nuestra democracia que no dependen de las nuevas tecnologías y sí pueden satisfacer demandas de más y mejor representación y participación: listas abiertas, reducción del tamaño de las circunscripciones. Aunque el modelo de toma de decisiones no cambiara explícitamente, las nuevas tecnologías abren nuevas posibilidades; por ejemplo, que nazcan más grupos, más manifestaciones de la sociedad civil, con más fuerza para hacer valer sus opiniones e intereses ante sus representantes, pues el trabajo y los medios necesarios para crearlos ahora resultan mucho más accesibles y fáciles.


EL GOBIERNO GLOBAL


El verdadero debate que tenemos delante es otro porque lo que sí es cierto es que Internet provoca la extensión del debate democrático por encima del Estado-Nación. El fenómeno de la globalización es conocido y real desde hace tiempo; no lo provoca Internet, sino que se produce con anterioridad. La aldea global es ya un viejo conocido. Internet ha supuesto, eso sí, un gran motor, una gran fuerza impulsora de la globalización.


La velocidad de crucero de este proceso nos impide fijar referencias y, por desgracia, también garantías. En este proceso de globalización, vemos cómo los Estados no son sólo cada día más interdependientes hasta el punto de que ya hay quien habla del derecho internacional a la interdependencia), sino que también son cada día más incapaces, por separado, de imponer reglas y disciplinas y, por tanto, de seguir garantizando el orden y la convivencia. La disponibilidad de comunicaciones altera las relaciones entre las naciones. Las políticas internacionales y las nuevas estructuras supranacionales o supraestatales vienen a intentar suplir esta necesidad. Pero no lo hacen siempre con un referente democrático. La globalización tiene un gran déficit democrático. La legitimación democrática no está presente en el proceso de elección de las nuevas estructuras garantes de aquello que hasta hace poco y de forma democrática nos garantizaban los Estados. Debemos encontrar nuevas formas de democratización, no sólo de las estructuras políticas, sino, sobre todo, de estructuras económicas que ya no están territorializadas y que pueden constituir, si no lo preparamos de antemano, nuevas formas de tiranía.


UNA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN PARA TODOS


Pero lo importante ahora es dilucidar cuándo se pueden y deben poner en marcha las aplicaciones que nos permiten las nuevas tecnologías al servicio de los ciudadanos en el funcionamiento de la democracia en este mundo global.


Para un ciudadano, la democracia significa igualdad de oportunidades. Sin esta premisa, la democracia no sería más que un elemento formal que no se sustentaría en la realidad. En nuestro caso, la igualdad de oportunidades implica la preparación del ciudadano —que no siempre es usuario— para ser y estar en plenitud en la sociedad de la información.


Para ello hay todavía barreras que salvar. No podemos, hasta que estas barreras queden suprimidas o minimizadas, implicar a la democracia en usos que dualicen la sociedad entre conectados y no conectados.


La democracia es todo lo contra-rio al reducto de élites que hoy por hoy todavía es la sociedad de la información. La sociedad de la información tendrá que servir a todos sus ciudadanos, y no sólo a los que pueden utilizar una tecnología sofisticada o sean unos privilegiados desde el punto de vista económico. Creer o caer en el «qué más da» no es más que la forma de hacer definitivamente insalvables, con las nuevas tecnologías, las marginaciones que, sin embargo, éstas nos permitirían superar. La sociedad de la información tiene que estar disponible para todos, no sólo para las élites, antes de integrarse plenamente. El triunfo depende de que logremos el acceso universal. Pero éste es otro debate.


NOTAS


1 · Fisichella: «Quienes seleccionan las informaciones se convierten en administradores del dominio simbólico de las masas».
2 · Giovanni Sartori, en Homo Videns, afirma que «cuando hablamos de personas política-mente educadas debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política».

Dos sonetos del Conde Salinas

MI amigo Trevor J. Dadson, catedrático de Literatura Española en Birmingham, me dio a conocer la poesía del Conde de Salinas —tan admirada por Luis Rosales— en los primeros años ochenta. Cuarto hijo de los Príncipes de Eboli, don Diego de Silva y Mendoza nació en Madrid en diciembre de 1564. Se casó tres veces, la segunda con doña Ana Sarmiento de Villandrando y de la Cerda, Condesa de Salinas y Ribadeo, que fue quien le prestó el título de Conde de Salinas con que es conocido en los manuales de Historia de la Literatura. Murió en 1630.

Pese a llevar una vida política muy activa y a disfrutar de altos cargos y honores, don Diego compuso numerosos poemas en metros variados, sobresaliendo en el arte del soneto. Precisamente ofrezco a continuación dos de los sonetos de Salinas. Los copio de la Antología poética del Conde que el citado Trevor J. Dadson preparó para Visor (Madrid, 1985), dando a conocer al gran público «una de las voces más dulcemente melancólicas del Siglo de Oro español».

Soneto L
(Ed. Dadson)

Ardo en amor y por amores muero;
¡ved qué extraño dolor y desconcierto!
Tiéneme muerto amor y, estando muerto,
busco el vivir que para amaros quiero.

Siempre os quise, y amé, y amar espero
hasta tener el monumento abierto;
y estando el cuerpo allí difunto y yerto,
sustentaré mi amor firme y entero.

Y si de tanto amor no sois servida
por vuestra condición desamorada,
podrá mi triste muerte lastimaros.

Y así vendréis a ser agradecida
cuando ni vos podáis conmigo nada,
ni yo pueda otra vez volver a amaros.

Soneto LIV
(Ed. Dadson)

¿Qué importa, Lisi, que mi amor ofendas?
¿Qué importa, amor, que mi dolor aumentes?
¿Qué importa, duelo, que mi sangre afrentes?
¿Qué importa, llanto, que mi fuego enciendas?

¿Qué importa, muerte, que mi fin pretendas?
¿Qué importa, pena, que mi agravio alientes?
¿Qué importa, honor, que mi venganza intentes?
¿Qué importa, duda, que mi ofensa entiendas?

¿Qué importa, celos, que abraséis mi pecho?
¿Qué importa, pruebas, que digáis mi engaño?
¿Y estar qué importa en lágrimas deshecho

si, aunque de todo tengo desengaño,
está ya por mi mal el daño hecho
y no encuentro remedio para el daño?

Noticias del mundo real

Entre la maraña de transgresores, polemistas y artesanos de autocomplaciente suciedad, a veces surge algún escritor sin más pretensiones que la de contar buenas historias, historias que saben dar con realidades interiores de personajes entrañables. Juan Miñana es uno de estos mirlos blancos. Autor de cuatro novelas y un libro de cuentos, su penúltima novela, La playa de Pekín, se reveló como una auténtica delicia, una historia de personas que se buscan y se encuentran, en ese vaivén perpetuo de las almas que conforma la verdadera sustancia de la vida y, por tanto, de la literatura. Miñana dijo en cierta ocasión, con tanto acierto como valentía, que con La playa de Pekín había pretendido hacer «una novela blanca»: sobre una Barcelona maravillosa de luz y rincones, los personajes no tenían que recurrir a escabrosas escenas de sexo y violencia para incrustar, llenos de fuerza, en la imaginación del lector.

En Noticias del mundo real, Miñana vuelve a poner todas sus dotes de narrador al servicio de una historia auténtica, entrañable y, como él diría, «blanca». Gabriel y Teddy, dos estudiantes de Derecho, buscan refugio de la sequedad jurídica y de la no menos seca Barcelona del desarrollismo en el rodaje de la superproducción cinematográfica Circus World, en la que trabajan de chicos para todo.

Gabriel Icart, huérfano de anarquista y modesto integrante de la clase media, es el centro de atención del narrador, que no es sino el mismo Gabriel Icart, con treinta años más a las espaldas. La primera persona resulta, por tanto, cálida y melancólica al evocar el tiempo de la plenitud: «Lo fascinante es tener veinte años y afeitarte silbando, y tomar un café en la calle, en pleno corazón de la ciudad». La mirada atrás del Gabriel maduro no queda en la fascinación por la época dorada de la juventud. Ya la primera frase aclara que el narrador quiere contar el encuentro del joven Gabriel con algo tan inmenso como la vida: «Yo era tan joven que no sabía que en los hoteles de lujo las flores nunca se marchitan».

Un comienzo que es todo un cañonazo de evocación y promesa: estamos ante una novela de iniciación. Llegados a este punto, hay que agradecer que el consiguiente desarrollo de la vida interior de Gabriel no se desvele mediante plomizos monólogos, conversaciones pseudofilosóficas o abigarrados sistemas de símbolos. El lector es testigo del suave discurrir hacia la madurez del protagonista movido por los acontecimientos que ha de asimilar a marchas forzadas. La estrella de Circus World, John Wayne, ha desaparecido misteriosamente, paralizando el rodaje. Para Gabriel y Teddy, encontrarlo supondría ganarse la confianza del productor, el gran Bronston, y, quizá, un billete para Hollywood.

A partir de aquí, Miñana hace avanzar una trama de corte detectivesco, que avanza con fluidez gracias a una sabia administración de la privilegiado del otro lado de la pantalla, intuye que antes que preguntar dónde está Wayne, es necesario intriga y a la prosa sencilla y cuidada. Gabriel, acompañado de su amigo Teddy, comienza a investigar por Barcelona, una ciudad demasiado fértil literariamente como para quedarse en simple decorado. Gabriel intuye en ella una realidad maravillosa, pero castrada por el mundo feliz de la época del desarrollo. Los conocimientos de Miñana sobre Barcelona—es un más sucesor de los Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán— le permiten crear ante Gabriel un apasionante camino urbano hacia la madurez.

Los relucientes veinte años del protagonista detectan esa realidad falsa, netamente imperfecta y mediocre claramente reflejada en la figura de Vivó, un periodista de La Vanguardia que vive holgadamente de su capacidad para confundirse con el paisaje. Pero en este agujero gris, la inocencia y el valor del heroísmo sobreviven custodiados por un mito: el padre de Gabriel, «maestro racionalista, pobre, sindicado, ateo confeso, inmigrante del sur», muerto en la Guerra Civil, al poco de nacer Gabriel.

Pronto surge una analogía bien llevada y de gran vigor dramático entre el padre y John Wayne. El misterio de la desaparición del vaquero más legendario del Oeste toma entonces una dimensión mucho mayor. Gabriel, espectador preguntarse qué le ha movido a desaparecer. ¿Sienten los héroes los golpes del mundo real? Gabriel, tras conocer la soledad del mito, deberá elegir entre el fabuloso mundo del cine y el compromiso con una realidad que se resiste en aparecer en technicolor. Aunque quizá sea posible un mágico término medio: la forja de un héroe gris pero idealista, personaje perfecto para una novela auténtica y blanca.

La libertad de expresión en internet

INTERNET constituye un fenómeno de enorme magnitud en el mundo de la comunicación humana. Internet, paradigma de la sociedad de la información, abre el camino a la revolución cultural más importante desde el invento de la imprenta. Es una «conversación sin fin a lo largo y ancho del planeta», en palabras de uno de los jueces del Tribunal Supremo norteamericano: una red que, al precio de una llamada local, permite a cientos de millones de personas comunicarse entre sí, acceder en segundos a información presente en otro continente, publicar información y otras muchas actividades.

Internet no sólo es un milagro tecnológico que permite posibilidades de comunicación jamás soñadas; también es un espacio social, una alternativa al mundo real en el que se desarrollan un número creciente de actividades humanas: personales, comerciales, educacionales, de ocio y, entre otras muchas, también actividades ilícitas. El ciberespacio, término procedente de las novelas de ciencia ficción, define ese espacio conceptual donde tienen lugar este flujo de información y datos a escala planetaria.

POSICIÓN PREFERENTE DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA CONSTITUCIÓN

La libertad de expresión se consagra como derecho fundamental en el artículo 20 de nuestra Constitución. Su situación en la parte más importante de nuestra Constitución, aquélla que consagra los derechos fundamentales y las libertades públicas de los ciudadanos, da cuenta del extraordinario valor que posee en nuestro ordenamiento jurídico.

La libertad de expresión sólo puede entenderse adecuadamente teniendo en cuenta dos aspectos esenciales: en primer lugar, su dimensión individual como derecho fundamental de la persona. En segundo lugar, su significado político, su aspecto institucional. El primer aspecto liga este derecho al principio de dignidad de la persona. Privar a un hombre de su derecho a comunicarse libremente lesiona su dignidad gravemente y le condena al empobrecimiento intelectual y moral. Su otra dimensión subraya la indispensabilidad de la libertad de expresión para la existencia de un Estado democrático. La existencia del Estado democrático presupone información sobre la cosa pública, es decir, la existencia de una opinión pública libre. Sólo donde reina la transparencia puede haber responsabilidad de los gobernantes y conciencia de esa responsabilidad. Sólo existe democracia donde se garantiza el flujo libre de las ideas.

La posición preferente de la libertad de expresión en el conjunto de los derechos fundamentales resulta precisamente de la indispensabilidad de la libertad de expresión para la existencia de una opinión pública libre, garantía de una sociedad democrática. La posición preferente de los derechos a una comunicación libre implica que, en caso de conflicto con otros derechos fundamentales o intereses constitucionales, es preciso partir de esta posición preferente, que no jerárquica, de la libertad de expresión. Una limitación o restricción de la libertad de expresión que no tuviese en cuenta el valor preferente de estos derechos sería inconstitucional, por vulnerar el «valor irradiante de la libertad de expresión», tal y como ha establecido el supremo intérprete de la Constitución, el Tribunal Constitucional.

EL IMPACTO DE INTERNET EN EL EJERCICIO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Internet permite muy diferentes formas de comunicación. Su variedad demuestra la convergencia que se está produciendo entre comunicaciones privadas y medios de comunicación. Las formas de comunicación en Internet pueden agruparse en cuatro categorías: el correo electrónico, los boletines, los foros de discusión y la información presente en la WWW (WorldWideWeb). La comunicación de un usuario a otro a través de correo electrónico se asemeja a la comunicación a través del correo ordinario. El correo electrónico permite enviar un mensaje de forma instantánea a cualquier otro usuario de Internet en cualquier parte del mundo. Además de instantáneo, resulta notablemente barato en comparación con los servicios postales o el teléfono. Actualmente es posible también usar Internet como un teléfono, con la diferencia de que las videocámaras permiten el envío y la recepción de imágenes junto a la conversación, todo ello al precio de una llamada local. La comunicación de un usuario a un grupo de usuarios a través de los boletines se parece más bien a los medios de comunicación tradicionales como los periódicos, la televisión o la radio. De un usuario parte la información que es recibida por otros usuarios, tratándose de unos pocos o, potencialmente, de millones de personas. En cuanto a los foros de discusión, la comunicación puede tener lugar entre dos usuarios, de uno a varios o de muchos entre sí. Quizá el símil más acertado sea la discusión en la plaza pública o una suerte de Hyde Park al filo del milenio. Por último, es cada vez más importante la comunicación que requiere que el usuario interesado busque o acceda a un determinado servidor, como sucede en la www, que tiene muchos puntos en común con la búsqueda en archivos o bibliotecas.

Gracias a Internet, la información a la carta se va imponiendo. En Internet cobra una importancia singular la extracción de la información. La comunicación electrónica ya no es un modelo predominantemente pasivo, dominado por unos pocos centros «inteligentes». Por el contrario, la comunicación es cada vez más un proceso interactivo controlado por el receptor de los medios de comunicación. Internet tiene el poder de cambiar el centro de control de la comunicación de los medios de comunicación social al usuario consumidor.

La auténtica revolución de Internet consiste en que, por primera vez, se ha roto el oligopolio de la información. En el mundo de los medios de comunicación tradicionales es patente la diferencia que existe entre medios privados como el teléfono, el fax o el correo, y medios de comunicación de masas. Estos últimos son los emisores de información: la crean, procesan y arrojan a una multitud de receptores pasivos. La convergencia entre medios de comunicación privada y medios de comunicación de masas que supone Internet implica el intercambio de papeles entre los productores y los receptores de información. La importancia de Internet para la libertad de expresión no se debe sólo a que es un acontecimiento planetario, cuyas tasas de crecimiento desbordan todas las previsiones, sino en que por vez primera cualquier usuario de Internet puede airear sus puntos de vista, haciéndolos llegar a millones de otras personas, a través de los grupos de discusión o de la publicación de datos, información o imágenes en su página de Internet. Cualquier usuario de Internet puede convertirse en un productor, en un emisor de información.

¿DEBE LIMITARSE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN INTERNET?

La preocupación por la regulación de la libertad de expresión en Internet se ha intensificado desde la incorporación de cientos de millones de usuarios en todo el mundo. La inquietud por la necesidad de crear un entorno seguro que favorezca el crecimiento de la Red es compartida por muchos países. Uno de los aspectos del debate actual es la existencia en la Red de material ilícito, como la pornografía infantil o el uso de Internet por organizaciones terroristas o mafiosas. Dejando a un lado estos casos extremos de presencia de contenido ilícito en Internet, la proliferación de material pornográfico y la protección de los menores que tienen acceso a Internet, la adecuada tutela de la vida privada y de la intimidad en la Red y el uso de la criptografía civil centran el debate tanto en Estados Unidos como en el Unión Europea. Si a la presencia de material ilícito en Internet sólo cabe hacer frente a través de la persecución penal y una cooperación internacional adecuada, el debate sobre los contenidos dañinos que han sido mencionados ofrece un mayor juego para la discusión y la articulación jurídica.

Cualquier restricción que se imponga en el futuro a los derechos a una comunicación libre en Internet debe contar con un sólido apoyo constitucional, como es el mismo artículo 20 de la Constitución, que menciona como límites el respeto a los derechos reconocidos en el Título I de la Constitución, y en particular el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. El valor preferente de la libertad de expresión recogida en la Constitución impone estimular lo más posible el flujo de ideas en Internet. Pero evitar que se coarte la libertad de expresión no significa que no deba darse protección a otros derechos e intereses constitucionales. La respuesta a esta cuestión pasa por un equilibrio entre los límites impuestos a la libertad de expresión, y su estímulo y no coartación en el nuevo medio.

¿ES INTERNET LA NUEVA TELEVISIÓN?

En los medios de comunicación tradicionales o analógicos, la articulación jurídica de la relación entre la libertad de expresión y sus límites es compleja y depende del medio de comunicación utilizado. Tanto en los países europeos como en Estados Unidos existen distintos grados de limitación de la libertad de expresión, según si ésta se ejerce a través de un medio privado, como es el teléfono, o a través de un medio de comunicación de masas. A su vez, los límites a la libertad de expresión en la prensa son mucho menores que los existentes al ejercicio de la libertad de expresión en la radiodifusión.

¿Deben establecerse en Internet los mismos límites que existen en nuestro sistema jurídico para la comunicación a través del teléfono, de la prensa, o son más apropiados los mayores límites que existen para la radiodifusión? En otras palabras, ¿es Internet similar a un teléfono, a un periódico o a una televisión? ¿Sería constitucional una ley que impusiese al ejercicio de la libertad de expresión en Internet los límites que existen para su ejercicio en la radiodifusión?

La comunicación realizada mediante la radiodifusión no goza del mismo modo que la prensa escrita de los derechos a una comunicación libre. La televisión y la radio tienen encomendadas funciones de servicio público, y en esto se diferencian de la prensa escrita. Los periódicos y las editoriales pueden crearse simplemente con la abstención de los poderes públicos, pero no se puede crear una televisión si no hay una atribución de frecuencias o un título administrativo que permita el disfrute del dominio público por parte del Estado o la misma creación de la televisión.

Las restricciones al ejercicio a la libertad de expresión a través de la televisión son considerables. A las limitaciones a la libertad de expresión en la prensa, que se extienden también a la radiodifusión, se añaden otras que limitan el contenido de la programación (prohibición de publicidad de tabaco y alcohol, limitación de la publicidad de los medicamentos, establecimiento de franjas horarias para la emisión de películas violentas o pornográficas, etc.)

Una de las razones de esa mayor limitación a la libertad de expresión en la radiodifusión es que la capacidad de penetración de la televisión en los hogares es mucho mayor que la de la prensa. Al penetrar en el hogar, es más difícil de controlar que otros medios de comunicación, siendo especialmente accesible a los niños. La televisión es un medio de comunicación que tiene un poder de captación sobre el telespectador que seguramente no tienen otros medios sobre sus destinatarios. Esto se explica por la capilaridad del medio y por su poder de penetración en todos los hogares, que hace que llegue a todos los individuos. Además, hay que tener en cuenta que, guste o no, la televisión se ha convertido en la auténtica plaza pública o foro de nuestra democracia. Es decir, se ha convertido en el cauce más importante de formación de la opinión pública.

La tendencia actual consiste en no identificar Internet con la radiodifusión sino con la prensa escrita. A pesar de las posibles similitudes de la Red con la televisión (envío y recepción de imágenes, fácil acceso a todo tipo de contenidos), Internet guarda más relación con la prensa escrita y la publicación de libros. El usuario busca la información en Internet y, aunque existe una gran accesibilidad a todo tipo de contenidos, éstos deben ser buscados o rastreados mediante un gesto consciente del usuario de Internet. Tal es la concepción que está manejando tanto el Tribunal Supremo norteamericano como las instituciones de la Europa comunitaria para evitar la aplicación de las mayores limitaciones a la libertad de expresión de la radiodifusión a Internet.

Si bien la tendencia consiste en no aplicar el régimen más estricto de la televisión a Internet, es preciso subrayar que Internet no opera en una laguna jurídica. Internet no es un espacio sin ley, a pesar de que el carácter mundial de Internet plantee problemas importantes a la aplicación de las normas nacionales a un espacio que no conoce fronteras. Dejando a un lado los problemas de aplicación, todos aquellos que operan en Internet están sometidos a la ley y, por tanto, a los límites generales mínimos a la libertad de expresión. Las limitaciones al ejercicio de la libertad de expresión a través de la prensa, que funcionan como unas limitaciones mínimas de la libertad de expresión, se aplican naturalmente a Internet. Tal es el caso de las limitaciones previstas en el Código Penal (descubrimiento y revelación de secretos, calumnia, injuria, delito de xenofobia, delitos que comprometen la paz y seguridad del Estado y delitos relativos a la seguridad nacional) y en la Ley Orgánica 1/1982 de Protección Civil del Derecho al Honor, la Intimidad Personal y Familiar y Propia Imagen. Otras normas, como la Ley General de Publicidad de 1988, cuyo fin es proteger al consumidor, se aplica sin gran esfuerzo de interpretación a las transacciones de Internet. Más allá de estas limitaciones básicas e imprescindibles de la libertad de expresión, cualquier otra restricción que se imponga en el futuro debe contar con un sólido apoyo constitucional.

DE LA LIMITACIÓN Y PROHIBICIÓN AL FOMENTO DEL USO RESPONSABLE

El primer intento de regulación de Internet fue la Ley de Decencia de las Telecomunicaciones de Estados Unidos. Esta ley establecía unas limitaciones a la comunicación a través de Internet más estrictas que las aplicables a la prensa. Este primer intento de regulación fracasó, al ser declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, entre otras cosas, por vulnerar la posición preferente de la libertad de expresión en la Constitución norteamericana. La Ley norteamericana de Decencia en las Telecomunicaciones es la primera de una serie de leyes norteamericanas que se basan en el establecimiento de prohibiciones específicas para la libertad de expresión a través de Internet. Teniendo en cuenta la doctrina del Tribunal Supremo estadounidense, es decir, la necesidad de estimular y proteger al nuevo medio por su carácter democratizador y por las posibilidades enormes que encierra para el ejercicio de la libertad de expresión, todo conduce a pensar que esas iniciativas correrán la misma suerte de la Ley de Decencia en las Telecomunicaciones. Pero no introducir nuevas restricciones a la libertad de expresión no significa que no sea importante dar protección a esos otros bienes constitucionales. No debe olvidarse que Internet no es como la prensa escrita, sino que sus peculiares características requieren mecanismos más ágiles para evitar la desprotección en la Red de esos otros derechos fundamentales e intereses constitucionales, en especial la protección de la juventud y la infancia. En este sentido, el Plan de Acción de la Unión Europea establece unas medidas que están demostrando su efectividad a la hora de reducir el contenido ilícito en Internet y de limitar el acceso de los menores al contenido nocivo presente en Internet. Frente a la imposición de limitaciones legislativas a la libertad de expresión, que ha demostrado su ineficacia y —lo que es peor— su inconstitucionalidad, en Europa se está optando por el uso de vías alternativas, que hacen recaer en gran medida el control en el propio usuario, sin imponer a priori limitaciones específicas a la libertad de expresión en Internet. El Plan de Acción comunitario se basa en la autorregulación de los proveedores de acceso, la instalación de unas líneas de denuncia y, en definitiva, en el control por parte del usuario a través de filtros, lo que, siendo probablemente más eficaz que la prohibición legislativa, requiere infinitamente menos justificación constitucional, al ser medidas más respetuosas con la libertad de expresión y su extraordinaria importancia como corazón del sistema democrático

El poder y sus hombres

José Manuel Cuenca, catedrático de Historia Contemporánea desde hace muchos años —la mayoría de ellos en la Universidad de Córdoba—, es un universitario de dotes excepcionales, con una memoria y una capacidad de lectura de tintes menendezpelayescos. Sus trabajos iniciales sobre la Iglesia del Antiguo Régimen descubrieron a un investigador exigente que siempre supo traducir en trabajos científicos su permanente compromiso con la sociedad que le ha tocado vivir: Andalucía, la historia del presente, o la vida parlamentaria recuperada tras la democracia son buena muestra de esa permanente inquietud por arrojar una clave de   humanista sobre realidades que habían atraído la atención de sus contemporáneos. Soledad Miranda, su abnegada compañera de tantos ellos, y profesora titular de la Universidad de Córdoba, ha participado plenamente de esos ideales y, no pocas veces, le ha acompañado en la aventura de buscar el contacto con los lectores, aportando una especial sensibilidad para el uso de las fuentes literarias.

Ambos han venido ofreciendo, desde comienzos de los años noventa, una serie de publicaciones sobre la sociología ministerial de diversos periodos que respondían, si no a un proyecto cerrado, sí a una voluntad unitaria, en lo metodológico y en lo conceptual, que ha permitido la confección del grueso volumen que ahora llega a nuestras manos.

Bien es verdad, desde luego, que esta publicación de ahora no es el resultado de la simple acumulación de los trabajos anteriores, pero éstos han proporcionado los materiales básicos para poner en pie el sugerente monumento de erudición que ahora se queda a disposición de los investigadores y de cualquier persona culta, que disfrutará con la lectura del enjundioso contenido de estas páginas.

Los estudios de prosopografía —como investigación retrospectiva de las características comunes de un grupo de protagonistas históricos— son, sin duda, uno de los aspectos más relevantes de la recuperación de la historia política que tuvo lugar a finales de los años ochenta de la mano de algunos historiadores ingleses, como Lawrence Stone, y que alcanzó, entre nosotros, el pleno reconocimiento canónico cuando recibió el respaldo de los historiadores franceses que se movían en el entorno de René Remond.

Se trata de investigaciones de primerísima necesidad que, en pura lógica, tendrían que haberse abordado desde hace mucho tiempo entre nosotros y tendrían que haber precedido obras de interpretación de conjunto que, sin esta base, derivaron en interpretaciones esperpénticas que han distorsionado el trabajo historiográfico durante muchos años. El estudio que ahora presentan se hace, por el contrario, con un claro sentido de lo que significa el fenómeno del poder en la comprensión de la historia política y nos brinda claves muy sugerentes para comprender casi tres siglos de vida española.

Un trabajo que trata de brindar información sobre casi mil doscientos ministros parecería el lugar idóneo para el despliegue de modernas técnicas informáticas, pero los autores, que se declaran coaccionados por lo cuantitativo, han sabido enriquecer el  uso de estas técnicas con una movilización de bibliografía sencillamente abrumadora.

El estilo del libro revela, sin duda, la ya conocida preocupación del profesor Cuenca por la precisión y variedad del lenguaje —incluso con la incorporación de palabras que aún no han tenido la suerte de ser incluidas en el Diccionario de la Real Academia— y permite que disfrutemos de una imagen llena de riqueza y contrastes sobre las diferentes circunstancias personales que incidieron sobre los ministros que ha habido en España desde los inicios de la casa de Borbón hasta la actualidad, y a pesar de las dificultades que se derivan de la utilización del término «ministro» para situaciones políticas bien diferentes. Los resultados tal vez sean algo previsibles —una mayoría abrumadora habían recibido enseñanza religiosa; predominio de militares y personas de formación jurídica, etc…—, pero el libro está repleto de matices y de relaciones llenas de sugerencias.

El enjundioso texto, de más de trescientas páginas, viene acompañado de otras quinientas con un apéndice prosopográfico al que tal vez sería conveniente hacer alguna revisión para próximas ediciones. En este tipo de apéndices, la precisión absoluta es exigencia mínima.

El lector cuenta, en definitiva, con un instrumento de primerísima calidad, por la riqueza de su información y por lo bien articulada que aparece ésta, para la comprensión de las condiciones reales en las que se ha ejercido una responsabilidad clave en la vida política, como es la de ser ministro.