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Entre el 11 y el 18 del pasado mes de abril, organizado por la Filmoteca Española, se celebró en Madrid el 55 Congreso Internacional de la FIAF (Federación Internacional de Archivos Fílmicos). Con ocasión de dicho Congreso, que reunía a los responsables de 120 Filmotecas y Archivos de 68 países, se organizó asimismo un simposio con el título El siglo del cine / Un siglo en el cine, en el que se analizaron las influencias recíprocas entre el cine y los diversos campos de la experiencia y los saberes humanos de nuestro complejo siglo XX. Conferencias, ciclos de cine, la muestra de películas recientemente restauradas en diversos países, exposiciones y una abundante participación del público transformaron el Congreso en un exitoso acontecimiento artístico. A continuación reproducimos la conferencia que el escritor y director de cine Gonzalo Suárez pronunció el primer día del Congreso.

DESDE LA PERSPECTIVA de hombres pretendidamente civilizados, hoy nos  seguimos preguntando qué sentido tenían las pinturas rupestres, como si nuestros primitivos ancestros fueran sustancialmente diferentes a nosotros.

Si invirtiéramos el curso del tiempo, ellos se harían la misma pregunta cuando descubrieran, en el fondo de la sala oscura, el juego de luces y sombras que llamamos cine.  Y, al término de largos simposios, en torno a la hoguera, llegarían a la conclusión de que se trataba de una ceremonia sagrada, puesto que para ellos todo lo era, y que la gente congregada en las salas había acudido para convocar a los espíritus, un culto a los muertos en el altar de la pantalla.

No faltaría, sin embargo, quienes nos atribuyeran otras intenciones, como la de captar, o cazar, para devorar, ejemplares vivos que suscitaban nuestros apetitos. Sólo los más conspicuos osarían suponer que nuestras motivaciones en nada diferían de las suyas, percibir el instante sin detenerlo, atrapar la imagen del bisonte en plena carrera, sin necesidad de abatirlo, o la del pájaro en pleno vuelo, sin matarlo, conjurando así el terror primigenio del tiempo que discurre incesante y engulle a sus criaturas, atisbando esa efímera eternidad que apodamos «presente»y que se nos escapa como agua entre los dedos. Compartirían, sin saberlo, el estupor de la mirada que vio entrar en la estación el tren de los Lumiére o viajó a la luna con Meliés, suplantando la realidad con la imaginación en aras de la diosa fantasía.

LA CAVERNA DE DIDEROT

Pero ninguno podría sospechar hasta qué extremo habíamos conseguido convertir el mágico ritual en vulgar mercancía. Les asombraría por incomprensible la certera profecía de Diderot, que no puedo por menos de traer a colación. En 1763, más de un siglo antes de que el cine iniciara su andadura, Denis Diderot tuvo un sueño, bajo el influjo de la lectura de Platón. Permítaseme transcribirlo, según el escrito de Diderot publicado en la revista Corresponden’ ce littéraire de su amigo Melchior Grimm, y reproducido en la excelente biografía crítica de D.N. Furbank, edición castellana de EMECÉ.

«Al parecer, estaba encerrado en el lugar conocido como caverna de Platón. Era una caverna larga y tenebrosa. Estaba sentado en medio de una multitud de hombres, mujeres y niños. Todos teníamos los pies y las manos encadenados y nuestras cabezas estaban sujetas con tanta fuerza por abrazaderas de madera que resultaba imposible mirar alrededor  […]. Instalados en la manera que he explicado, nos hablábamos de espaldas a la entrada y sólo podíamos contemplar el lejano fondo del recinto, donde colgaba una inmensa tela o cortina.

»Detrás de nosotros había reyes, ministros, sacerdotes, doctores, apóstoles, profetas, teólogos, políticos, granujas, charlatanes, ilusionistas y el elenco entero de mercaderes
de esperanzas y temores. Cada cual tenía una provisión de pequeñas imágenes de colores y transparentes, del tipo adecuado a su condición; y aquellas imágenes estaban tan bien construidas, tan bien pintadas, eran tan numerosas y variadas, que incluían todo lo que se necesita para representar cada escena de la vida, cómica, trágica o burlesca.

»Aquellos charlatanes, comprendí entonces, colocados como estaban entre nosotros y la entrada de la caverna, tenían una gran lámpara colgada a sus espaldas. Exponían sus
imágenes a la luz de dicha lámpara y las sombras, que pasaban por encima de nuestras cabezas y aumentaban de tamaño en el trayecto, se reflejaban sobre la gran pantalla del fondo de la caverna, formando escenas completas tan naturales, tan consistentes, que creíamos que eran reales. A veces, hacían que nos partiéramos de risa; en otras ocasiones, nos hacían llorar a lágrima viva, hecho que te parecerá menos extraño si te digo que  detrás de la pantalla otros granujas subordinados, pagados por los primeros, acompañaban a las sombras con voces, entonaciones y palabras apropiadas a sus papeles».

He aquí el testimonio  de un hombre del siglo XVIII que podría serlo de final de milenio y estarse refiriendo al cinematógrafo tal y como lo hemos vivido y conocemos en la actualidad. Un maravilloso engaño que, so pretexto de entretenernos, ha servido y sigue sirviendo a los más poderosos granujas para adueñarse de nuestra voluntad y pensamiento, dictándonos hábitos y formas de comportamiento, sin reparar en estimular nuestros más bajos instintos, con tal de sacar de nuestra inocencia o estulticia el máximo provecho.

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Por fortuna, el cine no es sólo eso, sino algo peor. Algunos aviesos especímenes intentaron violar los designios del poder y, a veces, lo lograron. En lugar de contribuir a hacer longanizas con nuestros sueños, ensartándolos en la misma ristra, tuvieron la imperdonable soberbia de tratarnos como personas pensantes. Estos tontos disidentes acabaron, en el mejor de los casos, en reductos altamente vigilados donde, tras ser pasto de pedantes, quedaron para siempre fichados y pendientes del juicio de la posteridad que, como bien se sabe, en cuestiones de cine es promiscua y mete en la misma cama a artistas y a artesanos, a intelectuales y a payasos, a actrices y starlets, a actores y caballos. Frecuentemente, basta un gesto, una mirada, cuando no un golpe de nalgas o un certero puñetazo, para ganar la gloria, siempre veleidosa a la hora de conceder sus favores, siempre reticente ante las ideas que la  excedan por cualquiera de sus cuatro costados. No sólo el intelecto es sospechoso sino también la belleza  que, según necios prejuicios, carece de veracidad, eso dicen los   incapaces de percibir la luz que realza la realidad a su alrededor, incluso en las más  sórdidas circunstancias, y olvidan que su existencia es en definitiva la más extraordinaria película al alcance de sus sentidos, única e irrepetible, en relieve y en color, incesante desde que se abren los ojos al nacer hasta que se cierran al morir, sin interrupción durante el sueño, poblado de imágenes que también conforman nuestra experiencia vital. ¿Para qué empecinarse en empobrecer la vida limitándola óptica y mentalmente con remedos que sólo conducen, en el mejor de los casos, a una hábil falsificación?

ESPECTADORES QUE MIRAN, OYEN, IMAGINAN, SIENTEN Y PERCIBEN

Hacer del cine cebo para sempiternos adolescentes, necesitados de cataplasmas afectivas o azotainas emocionales, ha sido y sigue siendo el objetivo primordial en la caverna de Diderot, en la que, al parecer, nadie quiere vislumbrar salida. Sin embargo, a final del milenio, el cine amenaza con emanciparse de miradas domesticadas y, al margen de revoluciones tecnológicas, tras el agostamiento del postmodernismo y sus tiranteces, cohabitando con temáticas sociales y otros referentes exógenos, que perdurarán necesariamente, se avecina—no es una profecía sino un deseo— un cine en el que la calidad no sea sólo pátina, cuando no pastiche, y el arte y la poesía dejen de ser aderezo para confluir con la música, la pintura, la literatura y cuantos géneros culturales nos hayan servido hasta ahora de alimento: y no hablo de la música de fondo, ni de pruritos pictóricos de la fotografía, ni de adaptaciones literarias o diálogos teatrales, sino de la emoción dimanante y el pensamiento consiguiente de espectadores que no solo miran, sino ven, que no sólo escuchan, sino oyen, que no sólo leen, sino imaginan, sienten y perciben, y comparten el vuelo, haciendo suyo el instante de creación.

Se me objetará, por supuesto, que el público no está preparado, como si los que eso dicen lo estuvieran. Estos abnegados mentores salvaguardan la estupidización colectiva, considerando público a los demás para mantenerlos en su redil, alimentándolos con hierbas  forrajeras. Lejos han quedado los tiempos en los que hacíamos cine para cambiar el cine y, de paso, el mundo. Ahora se da por buena, incluso entre los jóvenes, la película que tiene como finalidad el éxito de taquilla. Se trata, por tanto, de provocar risotadas a cualquier precio, de satisfacer las más obtusas demandas, como si la cámara fuera la bandeja del camarero. Frecuentemente la calidad encubre la vacuidad, el efectismo se confunde con intensidad, la mimesis suplanta a la imaginación, la opinión al criterio, y solamente, muy de vez en cuando, donde todos dan gato por liebre, alguien nos ofrece liebre por gato. Pero no importa. El cine sobrevive agazapado a la utilización que de él se hace y aguarda su momento para emerger y desplegar inéditas posibilidades, hasta ahora desdeñadas por razón de mercado.

He citado el sueño de Diderot y me gustaría finalizar esta diatriba, sin ánimos  ñorantes ni reivindicatorios, recordando una profecía más reciente, enunciada por Arthur Clark y Stanley Kubrick en 2001. Odisea en el espacio. La muerte del ordenador,  defectuosamente programado, debe informar sin error, pero ocultar a los astronautas el destino del viaje. No pudiendo soportar la contradicción, se vuelve loco y es preciso desactivarlo. He aquí una metáfora que, como la de Frankenstein, amenaza con  convertirse en realidad, a tenor de lo que hemos dado en llamar «efecto 2000». De ser así, nuestra odisea rumbo a Júpiter sufriría, fuera de control, una vertiginosa aceleración, semejante a la del tiempo sin los parámetros del reloj. El cine devendría entonces una oración salvaje en busca de los vestigios de nuestra identidad perdida y la estela de imágenes y sonidos que ha dejado a su paso, liberada de la concatenación histórica y de la retina de los filmófilos, se dispersaría  desordenadamente, retrotrayéndonos al estupor galáctico del hombre primitivo ante la insondable caverna del universo poblado de rutilantes estrellas y astros flotantes: Marilyn Monroe con la falda alzada por corrientes siderales, John Wayne cabalgando la Osa Mayor, Rita Hayworth mostrándonos el agujero negro de su negro guante, Gene Kelly columpiándose en el paraguas bajo una lluvia de meteoritos, Ava Gardner bailando descalza en la Vía Láctea, Humphrey Bogart encendiendo su cigarrillo en el rescoldo de un cometa apagado, Audrey Hepburn iluminando con su sonrisa el planeta azul, Cary Grant perseguido por una astronave extraviada, y toda una constelación de estrellas fugaces que proclamaría el triunfo final de la pirotecnia hollywoodiense, haciéndonos olvidar que el cine  también ha sido otra cosa y su futuro está por empezar,


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