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Sensemaya

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Silvestre Revueltas (1899-1940) es  el compositor mexicano más importante de la primera mitad de este siglo. Han pasado cien años desde su nacimiento y cincuenta desde su muerte, y su música no es demasiado conocida, si exceptuamos su obra Sensemayá, que ha sido más popularizada. Por eso, una grabación dedicada íntegramente a este autor ofrece un enorme interés. El director finlandés Salonen, además, lleva a cabo un trabajo magnífico. Su  interpretación de esta música exuberante  y palpitante es, sin duda, una de sus mejores grabaciones de los últimos años.

De Revueltas se ha dicho que es, en alguna medida, el gran músico de la Revolución mexicana. Desde su posición de músico culto, participó muy activamente en el intenso ambiente de afirmación de la identidad cultural mexicana y en los cambios sociales y políticos de la historia de este país durante las primeras décadas de este siglo. Es un eslabón decisivo en la historia musical de México.

Estudió violín y composición en Estados Unidos, y durante algún tiempo dirigió una orquesta en San Antonio (Texas), que él mismo había fundado. Hacia 1929, su compatriota, el compositor y director Carlos Chávez, le animó a volver a México. Ambos, en estrecha colaboración, emprendieron la tarea de transformar y modernizar la vida  musical mexicana. Como director de orquesta y al mismo tiempo profesor del conservatorio de la capital, empezó a renovar el repertorio, dando a conocer la música del momento. Ello le supuso un enfrentamiento muy duro con el público y la crítica, acostumbrado al perpetuo romanticismo de tradición europea.

Sus ideas prosocialistas y un gran idealismo le movieron a organizar conciertos para niños y para las clases obreras, y a ofrecer a los jóvenes creadores una oportunidad para dar a conocer su música. Las actividades de Revueltas chocaron pronto con la línea más oficialista de Chávez, lo que supuso una ruptura entre los dos. Revueltas afirmaba su personalidad como compositor y, en lugar de limitarse a un nacionalismo costumbrista y de dato literal, su lenguaje se dirigió, más en la línea de Stravinsky, a trascender el folklorismo y ahondar más en él, utilizando los recursos más avanzados de las corrientes musicales más modernas.

Revueltas murió joven, antes de cumplir los 41 años, minado por el alcoholismo, en una situación de desarraigo y soledad.

Su música posee un gran atractivo por su viveza rítmica, a veces trepidante; por su vinculación a la música autóctona, que siempre se mantiene como un telón de fondo en sus obras, y por una fina ironía que llega a veces al sarcasmo. Además del poema sinfónico Sensemayá o Canto para matar una culebra (1938), inspirado en Nicolás Guillén, figuran en este disco algunas de sus obras más destacadas: Ventanas (1933), Dos pequeñas piezas serias (1938) y La noche de los mayas (1939), que es una suite de música para la película del mismo título.

El Homenaje a García Lorea fue compuesto en 1936, tras conocer la muerte del poeta. Al año siguiente viajó a España para apoyar la II República, como representante de la Liga de Escritores y Artistas revolucionarios, donde la obra fue presentada y recibida con gran éxito. Durante la Guerra Civil española, permaneció en nuestro país y ofreció bastantes conciertos.

Silvestre Revueltas merece ocupar un lugar destacado en la historia de la música de este siglo. Esta grabación, magníficamente realizada, contribuirá a difundir su obra.

Juan Ramón de viva voz

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En cierta época me tocó ser secretario de un conocido instituto madrileño; tenía que levantar acta de cuantas reuniones oficiales se celebraban. Los claustros —prolijas intervenciones, réplicas, contrarréplicas, puntualizaciones interminables— eran agotadores. Una vez falté a uno y me suplicó gentilmente la vicesecretaría: para general desconcierto de los asistentes, el más contumaz de los oradores habituales no abrió la boca ese día. Al interesarme por el motivo de su mutismo, el hombre se disculpó: «Como no estabas ayer tomando notas…». Cuento la anécdota porque creo que sin un secretario como el autor de estos diarios, tan atento anotador y fervoroso coleccionista de documentos de todo tipo, quizá las palabras y las actitudes de Juan Ramón hubiesen sido otras, el gran poeta de Moguer no se hubiese embarcado en algunos de sus proyectos —en la juanramoniana revista Indice fue Guerrero Ruiz secretario; con él iba a crear un grupo editorial, «Los Siete», que la guerra impidió— y quizá tampoco hubiese hablado tan mal de tanta gente. Se hacen confidencias —y este libro está lleno de ellas— por desahogo, para buscar la aquiescencia a nuestra conducta, para encandilar, pero también con la secreta esperanza de que alguien las repita, de que tengan eco (esto mismo he intentado decirlo en el cuento más breve de El Balcón de Azaña, titulado «Un inédito de Juan Ramón»), Los que dicen odiar la burocracia meten en el mismo saco desde el presidente del Gobierno al humilde ordenanza. Es injusto. Un secretario eficiente, además de conocer leyes o atender el protocolo, allana dificultades y resuelve problemas, mantiene vivo el diálogo con cualquier interlocutor —enemigos y rivales incluidos— y, sobre todo, sabe guardar los secretos. Los administra igual que otros derrochan el caudal de éxito. Juan Guerrero Ruiz fue secretario eficientísimo de varios organismos de la Administración local y central; en su organizado archivo había una caja de 1.144 cuartillas, muchos años guardada, donde dejó uno de los más vivos retratos de la literatura —y de la política literaria— de los años treinta.

Esta obra, de la que Editorial Pre-Textos saca ahora el primer volumen, tuvo una versión homónima, pero incompleta, aparecida en Insula en 1961, a la que puso prólogo Ricardo Gullón. El cabal diario de nuestras conversaciones, como dice el autor, comprende desde el 27 de mayo de 1931, cuando conoce a Juan Ramón, hasta el 29 de junio de 1936, cuando el exilio del poeta los separa definitivamente. Funes Fernández, sobrino de Guerrero Ruiz encargado de la edición, sitúa en la época a los innumerables personajes que desfilan por el libro.

Juan Guerrero Ruiz (Murcia, 1893-Madrid, 1955), «Cónsul general de la poesía», como lo bautizó Lorca en la dedicatoria de una de las piezas de Romancero gitano (1928), mantuvo siempre una incansable actividad vinculada a publicaciones (Verso y prosa, Revista Hispánica Moderna) y empresas literarias (fundó la editorial Hispánica y la colección poética Adonáis) de las que fue responsable. Y a poco que interese el mundo literario, está asegurada la diversión con la lectura de este diario. En él aparecen recogidas tanto las diarias entrevistas de Jiménez y Guerrero como el contenido de las frecuentes conversaciones telefónicas que mantenían. Aquí encontraremos una porción de afectos y desafecciones, de proyectos, de ilusiones y de intrigas: desde la amorosa fuga albertina a Ibiza o las puyas de Bergamín a los temibles juicios negativos de Jiménez contra los jóvenes del 27 (Salinas, Lorca, Guillén…), pasando por el famoso huevo frito de la casa de los Machado y la inevitable guerra de guerrillas de los jóvenes poetas contra el padre de Platero.

El autor que no se toma en serio a sí mismo —es imprescindible un cierto orden interior y capacidad de entusiasmo— es lógico que no aspire a la consideración de los demás, pero quien tiene tan alta estima de sí como el poeta de Moguer hace prácticamente imposible el fervor ajeno. Pese a ello, Guerrero Ruiz salva la abrumadora sensibilidad que distanciaba a Juan Ramón de mucha gente, entra en su mundo con cordialidad y respeto, y nos deja una imagen inolvidable del amigo. La obra ingente elaborada por Juan Ramón (no en vano siempre la mantuvo en marcha), creador poético excepcional, hizo que se pasara la vida reuniendo, organizando, proyectando y corrigiendo manuscritos, quizá no siempre geniales. Hombre prolífico y erizado de dificultades –económicas, de comunicación—, necesitaba la urgente fidelidad de alguien como Juan Guerrero Ruiz. Él fue el voluntario receptor de suspicacias y cominerías, pero también albacea literario y testigo excepcional de la vida privada del Nobel. Página tras página, vemos la silueta juanramoniana moverse en la penumbra de una alcoba, entre los recios muros dobles y paredes acolchadas con que pretendía aislarse de los vecinos molestos. En esas factorías literarias del madrileño barrio de Salamanca donde vivió, la figura del gran hipocondríaco, del Cansado de sí mismo, del Andaluz universal, barbuda y enigmática, se humaniza gracias a la labor demiúrgica de Juan Guerrero Ruiz.

Decía Melchor Fernández Almagro que los tiempos «donde abundan hombres de letras como  Guerrero, la vida literaria es limpia, diáfana, eficaz». Es cierto, a este país —y nos falta hoy también la honesta figura de José Luis Cano, muerto cuando redacto estas líneas— le faltan Guerreros, limpios, diáfanos, como éste.

JUAN ANTONIO OLMEDO

Himnos tardíos

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La polémica acerca de si la esencia precede o no a la existencia y viceversa —que pelotea entre las figuras de Heidegger y Sartre, y sus añadidas significaciones políticas—, resulta insufrible, por no decir estúpida, además de inútil, entre poetas: en su raíz se sitúa la riña tabernaria de los últimos años entre adeptos a la esencia o la experiencia, al conocimiento o la literalidad anecdótica. Si el poeta es «el que mira» (Gide, Le traite du Narcisse, 1893) y el que nombra, aquél que «intenta reintegrar el tiempo humano en el tiempo sin tiempo» (Jacobo Muñoz, ponencia en El Escorial, julio de 1999), ese poeta aquí y ahora es Jaime Siles (Valencia, 1951) quien con sus Himnos tardíos, tiene la valentía de cerrar su fin de siglo poético, dando vida a esa conclusión.

Alegra que ese poeta sea uno de los protagonistas — Nueve Novísimos (Castellet, Barral, 1970) — de una de las sanísimas reacciones juveniles —al menos la más aireada—, frente a los vicios generados por la utilización de la poesía como arma de combate, por las diversas sectas literarias nacidas del enfrentamiento del año 36. Y alegra especialmente que sea uno de ellos quien realice ahora mismo esa tarea imprescindible y clarificadora, en un momento en que todo invita a hacer resúmenes y listas al rescoldo de reavivadas sectas, y muy poco a sacar conclusiones útiles para seguir caminando más allá del siglo que se apaga: quiero creer que ésta es una de las circunstancias que ha movido a los jurados del Premio Generación del 27, a otorgarlo a Himnos tardíos en su primera edición, zanjando de paso la falsa polémica entre poetas al coronar al homo viator (G. Marcel) que se hace usando el verbo —la esencia—, al caminar cantando —conociendo, en suma— su experiencia vital.

El recorrido intelectual (catedrático de Latín en la Universidad de Valencia y de Letras Hispánicas en la de Saint-Gall, Suiza) y poético, a través de los libros escritos y los premios obtenidos con ellos por Jaime Siles, puede servir de interesante soporte al lector que quiera comprobar por sí mismo lo manifestado en estas líneas. Su libro Canón, que recibió el premio «Ocnos» en 1973, representa la preocupación primordial por conocer e interpretar la Génesis de la Luz (1969), cuyo conocimiento utilizará más adelante para tratar de situarla en el mejor ángulo posible, estableciendo el punto de fuga necesario para calibrar los ritmos donde se ilumina y fragua la creación literaria:

La luz es un ave que se quema,
que se inflama encendida, que se
nace
del carcaj de la noche, saeta en la
distancia
traspasando los anquilosados
nervios de lo oscuro.

    Después de transitar «por la poesía pura—informa el diario El País citando a la agencia Efe (28.6.99, pag. 39) al dar noticia del libro—, intelectual, minimalista como en Música del agua (Premio de la Crítica 1983) y posmoderna como en Semáforos, semáforos (Premio Loewe 1989), Siles siente que tiene que desnudar la palabra y en Himnos tardíos, desconfía del lenguaje y afirma que no está el poema en la oscuridad del lenguaje, sino en la de la vida».

    En la misma información citada, el propio poeta justifica también el título elegido del siguiente modo: «responde al aspecto más descarnado del recorrido vital que he querido contar y para ello he utilizado la elegía de verso libre como soporte. Pero no la elegía como nosotros la entendemos, sino la que está a medio camino entre la germánica y la latina, que para mí sería el himno, que no es precisamente la canción, sino una especie de desolación de la quimera, para expresarme en términos de Cernuda».

    Nos adentramos en Himnos tardíos, no sin advertir que la necesaria sobriedad de la información periodística antes leída puede hacernos caer en una trampa. Cuando el poeta afirma —por cierto, en algunos de los mejores versos del libro— que «no está el poema en las oscuridades del lenguaje, sino en las de la vida», acierta al denunciar la práctica de algunos clérigos del mester, que emplean un lenguaje voluntariamente oscuro queriendo pasar por hondos.

    Siles habla de «desnudar» el lenguaje, no de «oscurecerlo», pues su hondura la encuentra el poeta en la investigación de todos los significados que aun el más humilde significante encierra. Será colocándolos —una vez más— bajo la mejor luz, para mejor ver con claridad, donde el buen juglar alcanzará la naturalidad expresiva de la lengua para hallar el poema entre las «oscuridades de la vida». Y en este sentido daría lo mismo que el poeta invocara épicamente la proximidad de un taxi para correr hacia la amada, que el fulgor del rayo para fundirse en la llama amorosa.

    Al margen de las tendencias, la última poesía de Siles, apartada voluntariamente de los temas y la forma habituales del autor, pero no amputada de su tradición, sorprende sobre todo por lo inhabitual del tono elegiaco —asociado voluntariamente al dolor cernudiano, gemido formalmente en La Desolación de la Quimera—, en nuestra literatura última, excepción hecha quizás del gran poeta malagueño José Infante.

    Pero Jaime Siles no se halla en una selva oscura – aunque El grito de Edward Munch presida la cubierta del libro—, sino que ve muy nítidamente el hasta ahora presentido resplandor del claro del bosque, al hallarse «nel mezzo del cammín». De otro modo, sorprendería que pidiera perdón al «lector, por lo que escribo, por lo que he escrito y lo que escribiré», sabiendo así mismo a través de su voz que:

    Otoño es el lenguaje del yo hacia
    su pérdida,
    donde no caen las hojas sino el
    ser del pensar.
    Ya no quedan conceptos sino
    cosas.
    Ya no queda sino el desnudo sol
    y este tosco vivir a la intemperie,
    mientras por el espejo de la
    mente pasan
    imágenes de uno cada vez más
    borrosas
    y una idea de todo cada vez más
    fugaz.

      En esta misma claridad mental estriba el interés y la valentía que yo he sentido filtrarse tras la emoción con que están escritos los Himnos tardíos. El poeta se enfrenta a todas las dudas formales y existenciales que aquejan a todo escritor sincero que quiere poner en claro quién es él entre otros hombres, qué es el en el tiempo, qué cosa pueda ser su propio arte como razón válida para aproximarse a conocer algo de todo ello y cómo se construye y comunica la metáfora de la vida, que permanecerá ignorada hasta que él la ponga en claro sobre el papel, bien diferenciada de las siempre inertes cosas.

      Quiero recordar en este momento una inteligente reseña del último Steiner, escrita en estas mismas páginas (Nueva Revista, nº61, Febrero, 1999) por Enrique Andrés Ruiz, en la que el crítico nos comunica que ningún verdadero judío debe aceptar un territorio propio, un genius loci, una figuración del tiempo, del espacio de Dios, y su misión es la de vagar eternamente, la de errar, la de convertir su vida en una inacabable errata. Su Templo destruido se ha convertido en Libro. Su Dios no se ha encarnado en un hombre, sino en un Libro: «Es en este sentido, nos dice Andrés Ruiz, en el que Steiner no puede ser un humanista, un literati». El Siles cristiano, cuyo Dios sí se ha encarnado en un hombre a través de la palabra, puede clamar por el significado, por la afirmación de la vida, por la humanidad: la zarza no es tautología. La poesía se halla en un tertium quid, territorio intermedio, iluminado por el fulgor que viaja hacia el sentido, y en el que sólo parecemos extraviados: y escribimos, por ello, libros, continuamente, intentando conocer, nombrando, nombrando.

      Pero el Siles filólogo salvará de nuevo al Siles poeta, cuando la diritta vía parezca, sólo parezca, smarrita, ya perdida: «Lo que debo al latín son muchas cosas. / Para empezar, mi sensación de lengua,/ tan diferente a la ilusión del habla, / y la idea que todo lenguaje es —y es sólo— un acto de pensar/…/ que construye, sobre sonidos puros, / la arquitectura de una identidad». En pocos versos podría darse una aproximación más exacta a lo que es —o debería ser para algunos de nosotros— la poesía: quizá añadir ese «total olvido de sí cuando se escucha lo que ni tan siquiera se sabía estar aguardando», como diría Zambrano y podría firmar Teresa de Jesús.

      Porque tras darnos cuenta de su recorrido, Siles que conoce bien los versos de Brodsky en Gorbunov y Gorchakov: «De ahora en adelante, / y como siempre después de una vida sucede, / comienza la eternidad», sabe que la eternidad, el tiempo sin tiempo, empieza siempre en el presente: allí donde se halla la libertad del poeta, que no es solamente quien concibe y escribe materialmente la poesía, y quien hace contingente el tiempo, y además medido, y habitable, sino también quien la lee y la recibe:

      En esa nada pura
      donde vive el poema
      estar como de tránsito,
      de viaje, de fiesta, de visita.
      Estar como de paso
      como se está en el yo.
      Vivir en el poema
      el otro lado del poema.
      Vivir la vida del poema
      en el continuo tránsito del yo.

        El poeta ha llegado ya al lugar que presentía: detrás de la luz aparente —del otro lado—, está la verdadera iniciación, y a ella se llega como al Grial, o la Flor Azul que evocaba magistralmente Novalis o nuestro Luis Alberto de Cuenca en Por fuertes y fronteras, matando primero a varios dragones, volando o caminando sobre las aguas. Pero, ¿en qué? ¿En taxi, barco, a caballo, en tren AVE o patinete? ¿Acodados a la barra de un pub, en la habitación de hotel de sábanas húmedas y olorosas a luna recién resuelta? ¿En las enloquecidas carreras de moto cruzándose a ruleta rusa, repletas las seseras de polvo blanco? ¿En el también blanco escritorio monacal inundado de luz, o en la discoteca rapera, atronada de dramas, ojeras y pobreza?

        Todos corren la carrera, conscientes o alienados: los poetas, desde que existen —siempre— han probado todas las vías, desde el peyote a la oración. Solamente llegan quienes, empuñando el signo, tienen los ojos claros, el corazón sincero, y no les asusta volar ni caminar sobre ascuas. Y viven para contarlo.

        MIGUEL VEYRAT

        El helenismo alejandrino en la cultura occidental

        AL HABLAR del Egipto Helenístico no me refiero al gran Egipto Antiguo, ese Egipto monumental de magníficos templos y tumbas. Este, aunque también dio lugar a bellas e importantes obras, es mucho más sutil, es el Egipto de la inteligencia, del amor por el saber y de la pasión por el libro. Antes de proseguir, es preciso analizar el significado del término helenismo. Helenismo no es helénico: es mucho más. Lo helénico tiene un carácter territorial, se refiere exclusivamente a Grecia y al contexto griego. El helenismo o lo helenístico es universal: es la simbiosis de la cultura griega con aquéllas de los mundos conocidos por entonces: Egipto, Siria, Asia Menor, Persia… Es decir, algo nuevo surgido a partir de bases viejas.

        Con Alejandro Magno y sus conquistas, el mundo griego descubre otros modos de vida, otras culturas, otras religiones… y, bien por su atractivo, por conveniencia, o simplemente por inercia, los incorpora a su cultura, creando otra con identidad propia. En cada país donde se desarrolló el helenismo, éste contribuyó a configurar una parte de su personalidad y, todas ellas unidas, nos proporcionaron los primeros cimientos de lo que hoy llamamos cultura occidental.

        En Egipto, el helenismo, sumando el periodo griego y el romano, se asentó durante diez siglos —desde el año 323 a. C. al 642 d. C.—. Actualmente hay historiadores que sostienen que, si bien en los dos últimos siglos de la época romana el Helenismo agoniza en Egipto a causa de la pujanza del cristianismo, se recupera con la llegada de los árabes. Prueba de ello es que casi todos los textos de aquella etapa llegados hasta nuestros días se deben a sus traducciones.

        Considerar el pasado helenístico de Egipto como mera ocupación extranjera, como algo no propio del país, es completamente absurdo. Sabemos que, en todo proceso histórico, a la invasión le sucede la ocupación y, a ésta, si es duradera, la aclimatación de los invasores en el medio ocupado. Esta aclimatación propicia la fusión de costumbres y gentes, y reviste de cierta dignidad a la menospreciada invasión. Un ejemplo práctico de ello puede encontrarse en la historia de España: en primer lugar estudiamos la invasión de los bárbaros y, cuando se cumple la fusión, hablamos de reyes godos o visigodos.

        PTOLOMEO Y EGIPTO

        A la muerte de Alejandro Magno, el Imperio se reparte entre sus generales o diádocos; a Ptolomeo le corresponde Egipto. Consciente de su legado, decide que Alejandría, la ciudad que con anterioridad había fundado Alejandro, sea la capital; por eso debe embellecerla. Realiza toda una serie de obras públicas y civiles, el famoso Faro, una tumba adecuada a la dignidad de Alejandro, el Palacio Real, y, en los jardines de palacio, construye un templo dedicado a las Musas —Museion, Museum o Museo—, donde los sabios puedan trabajar sin molestias, pagados y mantenidos por el Estado, y exentos de impuestos. Al lado del museo se asentará una gran biblioteca, que será la Biblioteca de Alejandría por excelencia.

        Para evitar un vacío religioso, con ayuda de un sacerdote egipcio y otro griego, crea un nuevo dios, Serapis (fundiendo dos ya existentes: Apis y Osiris), que años más tarde poseerá, como es lógico, su propio templo o Serapeo, con su correspondiente biblioteca. Esta, tras la quema de la anterior, heredará su protagonismo.

        Cuando Ptolomeo, calificado como Sóter —Salvador—, funda el Museo, aglutina en un solo concepto la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles. Todos los sabios del mundo son invitados a trabajar en Alejandría, y muchos de ellos acuden atraídos por sus magníficas instalaciones y por la generosidad del rey. Sabemos que el salario anual de un sabio era de 12 talentos; un estudio efectuado recientemente por la Universidad de Roma equipara un talento de este periodo a unas 120.000 pesetas actuales, por lo que la remuneración anual se aproximaba al millón y medio de pesetas. Si consideramos que esta cantidad era neta, la cosa no estaba del todo mal. Mas el verdadero privilegio de un sabio era su designación a la tutoría del príncipe heredero; se sabe que Estratón, ayo de Ptolomeo II Filadelfo, cobraba 80 talentos anuales, unos nueve millones y medio en pesetas.

        Estos sabios vivían en régimen de comunidad dentro del propio museo, pero gozaban de un alto grado de  libertad para sus investigaciones y estudios. En cuanto a la arquitectura y funcionamiento del museo, han llegado hasta nosotros tres descripciones; dos de ellas, la de Teófrasto (370/287 a. C.) y la de Estrabón (63 a. C./21 d. C.), son las más explicativas. El primero dice en su testamento: «Comprendía un santuario dedicado a las Musas, adornado con estatuas de diosas y un busto de Aristóteles, un pequeño patio porticado, donde se exhibían placas y grabados con los mapas de los países explorados hasta entonces, un altar, un jardín, un pórtico y diversas habitaciones».

        La segunda descripción, ya en el periodo romano, narra con más detalle su función: «Forma parte del Palacio Real, tiene un pórtico, una galería y un amplio edificio con un refectorio donde los miembros del Museo comen juntos. En esta comunidad, incluso el dinero es común, también cuentan con un sacerdote en otro tiempo designado por el rey, y en la actualidad por Augusto […] vivían dentro del recinto o en casas cercanas donde alquilaban una habitación, eran asalariados del rey y estaban exentos de impuestos». Durante la primera época Ptolomaica, el Museo funcionó como Instituto de Investigaciones de vocación científica. Más tarde se impartiría docencia, primero en el campo de la medicina, con la formación de escuelas, y posteriormente en todas las disciplinas académicas más importantes de su tiempo. En la época romana (30 a. C. al 642 d. C.), el Museo actuó como nuestras universidades actuales, con sus diferentes facultades: Filosofía, Literatura, Medicina, Geografía, Astronomía, Física, Mecánica…

        Aquellos sabios y sus estudios nos legaron tantas cosas que, quizá por sentirlas tan próximas y cotidianas, obviamos sus orígenes cuando hablamos del Tratado de Elementos de Euclides o del Principio de Arquimedes, cuando comentamos el tamaño y distancias del sol y de la luna de Aristarco, cuando recordamos la Criba de números primos de Eratóstenes… Finalmente, cuando nuestros estudiantes de Medicina denominan al confluente sanguíneo venoso posterior al cerebro la Prensa de Herófilo,  olvidamos el Museo, ignoramos Alejandría, silenciamos el Serapeo, es decir, prescindimos del pasado.

        Sucede, asimismo, con la invención de la trigonometría para uso de astrónomos y navegantes de Claudio Ptolomeo y sus descripciones de tierras y mares básicas para la confección de mapas portulanos, de los cuales la Escuela mallorquína fue maestra durante siglos. O bien, con el estudio de las estrellas de Hiparco; o aquéllos de física-óptica efectuados por Herón. O simplemente hoy, vísperas del tercer milenio y de su temido efecto 2000, olvidamos que nuestro propio calendario no es otro que el del egipcio Sosígenes, traído a Roma por César, retocado por Augusto y ajustado a la realidad solar, en el siglo XVI, por el papa Gregorio XIII.

        Al lado del Museo, dentro de su recinto, se ubicó una biblioteca — la Biblioteca de Alejandría— que albergaría gran cantidad de libros; tal cantidad originó que, durante siglos, la cultura helenística se apodara, no sin menosprecio, la cultura libresca. Ptolomeo Sóter, al igual que todos los reyes de esta dinastía, no reparó en gastos ni esfuerzos para dotar a la Biblioteca del mayor número de textos posible. Se cuentan historias fantásticas acerca de la pasión de los Ptolomeos para conseguirlos; además de comprarlos por los conductos normales, ordenaron que todos los barcos que fondearan en puerto egipcio depositaran sus libros para ser copiados, pues de lo contrario se confiscarían para determinar su interés; a estos libros así conseguidos, Galeno los denominó «fondos de los barcos». Otra anécdota atribuida a Ptolomeo III Evergetes dice que, en su bibliomanía, alquiló en Atenas, por una fuerte suma de dinero, los manuscritos de los trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides para ser copiados, pero guardó los originales y devolvió las copias.

        UNA BIBLIOTECA UNIVERSAL Y PÚBLICA

        Sin embargo, lo excepcional de la Biblioteca de Alejandría no radica únicamente en su riqueza de volúmenes o rollos, sino, al igual que el helenismo, en que era universal y pública. Conocemos antiguas bibliotecas, como la de Asurbanipal (siglo VII a. C.), que poseían miles de tablillas, pero al igual que otras de la antigüedad eran de uso privado, o al menos restringido al ámbito sacerdotal. Sabemos que Pisístrato (siglo VI a. C.) fundó en Grecia la primera biblioteca pública, y en Roma tendremos que llegar hasta César para encontrar el concepto de biblioteca pública, y hasta Adriano para encontrar una biblioteca universal, título fácil, este último, dado que Roma era por entonces el centro del universo.  Aunque también existieron magníficas bibliotecas privadas, como la de  la familia Escipión o la del dictador Sila.

        En Grecia, se entendía por biblioteca pública aquélla que autorizaba el libre acceso de los alumnos a los libros, y no como en tiempos pasados, en que su lectura estaba restringida al ámbito de los maestros. También se consentía su lectura a otras gentes externas al centro titular de la biblioteca, siempre que acreditaran ser alumnos de escuelas afines.

        En cuanto al concepto universal de la Biblioteca de Alejandría, éste deriva de la diversidad de origen y criterio de los libros —en las bibliotecas públicas antes mencionadas, todos los textos participaban de un pensamiento lineal, que evolucionaba según los maestros—. En cambio, en Alejandría existían libros de un mismo tema, pero de diferentes autores y principios. Todo cuanto interesaba para el desarrollo de la investigación, sin  importar el origen, se compraba y depositaba en la Biblioteca. Asimismo, se efectuaban copias de los libros existentes para remitirlos a otras bibliotecas, egipcias o extranjeras, previa solicitud y correspondiente abono. Estas circunstancias propiciaron una pronta ocupación de los espacios físicos disponibles en la biblioteca del Museo, por lo que se precisó recurrir a la biblioteca del Serapeo como anexo de ésta.

        En cuanto a la desaparición de la biblioteca del Museo, sabemos que ocurrió en el afio 48 a. C. a causa del incendio provocado por Julio César, durante la guerra civil entre Cleópatra y su hermano. El mismo César lo describe, aunque de refilón, en su obra Beííwm civile. En aquellos tiempos, la Biblioteca contaba con más de 700.000 rollos o volúmenes; todos ellos ardieron. Afortunadamente, buena parte de estos escritos estaban copiados y depositados en la biblioteca del Serapeo, por lo que ésta pasó a ser la biblioteca principal de la ciudad. Este accidente propició durante siglos que las gentes, empleando el concepto de biblioteca sin considerar la ubicación, trasladaran, erróneamente, la desaparición de la Biblioteca de Alejandría al año 391 de nuestra era.

        La quema de la Biblioteca no impidió que el Museo prosiguiese con su tarea cotidiana, subsistiendo casi trescientos años más. Con la crisis del Imperio romano (siglo IIl) comenzaron los avatares, primero con el emperador Caracalla (215 d. C.) que, como represalia ante una rebelión, suprimió las subvenciones, anuló los estipendios de los sabios y expulsó a todos aquellos que no fueran egipcios. A finales de siglo, otro motín en la ciudad de Alejandría hizo necesaria la intervención del propio Diocleciano. Esta vez, al igual que a la población civil, a muchos sabios les valió la vida y la quema de numerosos libros, sobre todo los que trataban de alquimia. Más tarde, los que sobrevivieron debieron de reemprender sus trabajos, pues se poseen datos del Museo hasta finales del siglo IV d. C. El historiador romano Amiano Marcelino, en su obra Historia, bosqueja un retrato muy positivo de la vida intelectual de Alejandría de la época.

        Hasta aquí, la historia nos proporciona documentación segura, tanto de la pérdida de la biblioteca del Museo como del funcionamiento de éste. Sin embargo, a partir del año 391, los datos sobre la desaparición de la biblioteca del Serapeo, su templo y el propio Museo son más oscuros y de carácter novelado. El simple hecho de que existan dos versiones atribuidas a dos grupos sociales de diferente cariz religioso explica su complejidad. La explicación que traslada la responsabilidad al mundo cristiano, se narra más o menos del modo siguiente: cuando el emperador Teodosio decretó (391 d. C.) la destrucción de todos los templos paganos de la ciudad, el obispo de Alejandría, Teófilo —haciendo suya la sentencia «una misma boca no puede a la vez alabar a Cristo y a Júpiter»— arremetió contra todos ellos. Entre ellos se encontraban el templo dedicado a las Musas o Museo, y el dedicado a Serapis o Sarapeo. Se quemaron públicamente los libros de su biblioteca. La versión que inculpa a los árabes de su desaparición dice que, cuando el general árabe Amr conquista Alejandría (642 d. C.), comunica al califa Ornar el hallazgo de numerosos libros comprados por los Ptolomeos, y pregunta qué debe  hacer con ellos. La respuesta no se hace esperar: «A propósito de los libros que me mencionas, si lo que allí se encuentra escrito es conforme al Libro de Dios, no son necesarios; y si son contrarios, son inútiles. Así pues, destrúyelos».

        Un simple ejercicio de lógica nos induce a catalogar estas dos versiones como fantasías de la historia o, al menos, a minimizar los celos religiosos. La destrucción de los libros por ambas partes debió ser bastante relativa, dado que, 250 años después de la supuesta quema por los cristianos, todavía se habla de ellos y, además, conocemos las traducciones al árabe realizadas hasta el siglo X en la Casa de la Sabiduría de Damasco.

        Mientras Alejandría caía en manos de los árabes, en Europa, los antiguos territorios pertenecientes a la cristiandad romana eran ocupados por diferentes tribus bárbaras, que se consolidaban como reinos. Con las invasiones bárbaras muere el comercio, la economía retrocede varios siglos atrás y la cultura desaparece.

        De esta penumbra en que se sumió la cultura en Occidente, buena parte de la Península Ibérica se salvó con la llegada de los musulmanes. Los ocho siglos que permanecieron en España contribuyeron, con su brillante civilización, al resurgimiento de la cultura europea a partir del siglo XI. En los últimos años del reinado de Carlomagno (siglo IX), se inicia en Europa la pasión por los libros. Un siglo más tarde se crearán las primeras universidades y, dos después, desaparecerán los números romanos en favor de los arábigos. Con las cruzadas, allá por el siglo XII, se conocerá la existencia de una antigua biblioteca fabulosa, la Biblioteca de Alejandría, y, en Europa, comenzará su leyenda. Los cruzados traerán a Occidente los libros del periodo helenístico, unos comprados, otros intercambiados y, los más, producto del pillaje.

        Los humanistas del Renacimiento llamaron clásico a este mundo helenístico del pasado, haciendo propia la definición que siglos atrás les diera Cicerón, sin llegar a distinguir lo helénico de lo helenístico. Los largos siglos de oscurantismo medieval anularon la memoria histórica, haciéndoles olvidar que se trataba de dos periodos completamente diferenciados.

        El desarrollo de las comunicaciones en España

        La liberalización ha provocado una importante aceleración en el proceso de convergencia de las telecomunicaciones y de los servicios telemáticos, audiovisuales y de radiodifusión. El conjunto de estos servicios debe beneficiarse de la nueva situación y, desde la Administración, se aborda la puesta en marcha de los proyectos de modernización que ahora se indican.


        LA FIRMA ELECTRÓNICA


        Se ha emitido, en la sesión del Consejo de Ministros de Telecomunicaciones de la Unión Europea celebrada el 22 de abril de 1999, un informe favorable respecto de la posición común sobre el proyecto de Directiva del Parlamento Europeo y del Consejo por la que se establece un marco común para la firma electrónica.


        El Estado español ha tenido una participación activa en el logro de la posición común que facilita la tramitación del texto, al recoger éste los elementos suficientes para dar seguridad a las comunicaciones que se produzcan mediante el empleo de
        la firma electrónica. En ese sentido, existen ya en España diversas normas (dictadas por la Dirección General de Aduanas y por la Tesorería de la Seguridad Social) que dan alguna validez al empleo de la firma electrónica. La Comisión Nacional
        del Mercado de Valores ha aprobado y puesto en marcha un sistema de cifrado y firma electrónica que se emplea para la remisión de información a las entidades supervisadas. Asimismo, el artículo 81 de la Ley 66/1997, de 30 de diciembre de
        Medidas Fiscales, Administrativas y de Orden Social anuncia la posibilidad de prestar, por la Fabrica Nacional de Moneda y Timbre, los servicios técnicos y administrativos necesarios para garantizar la seguridad, la validez y la eficacia de la emisión y recepción de comunicaciones, a través de técnicas y medios electrónicos, informáticos y telemáticos.
        La Fabrica Nacional de la Moneda y Timbre actuará en colaboración con Correos y Telégrafos.


        En la posición común respecto de la Directiva, adoptada el 22 de abril de 1999, se incorpora, a solicitud del Estado español, una novedad entre los requisitos exigibles a los prestadores de servicios de certificación que expidan certificados reconocidos. Esta novedad consiste en permitir que la certificación pueda recoger la fecha y la hora en la que se
        produce la actuación certificante.


        Existe, además, en España un sector empresarial que podría prestar un servicio de certificación de la firma electrónica con suficiente calidad. Se considera que debe introducirse, cuanto antes, la disciplina que permita utilizar, con la adecuada
        seguridad jurídica, este medio tecnológico que contribuye al desarrollo de lo que se ha venido en denominar, en la Unión Europea, la Sociedad de la Información1. En particular, se desea permitir a las pequeñas y medianas empresas que carecen de una red de distribución que puedan difundir, a través de Internet, sus ofertas y contratar la entrega de sus
        bienes y la prestación de sus servicios. Bastará que sus clientes se comprometan a pagar el precio pactado y expresen su consentimiento al acuerdo, en tiempo real y a través de la firma electrónica.


        Por ello, el Ministerio de Fomento, junto con el de Justicia, ha elaborado un anteproyecto de Ley que persigue, respetando el contenido de la posición común respecto de la Directiva sobre firma electrónica, establecer una regulación clara del uso de ésta, atribuyéndole eficacia jurídica y previendo el régimen aplicable a los prestadores de servicios de certificación.
        De igual modo, la el anteproyecto de Ley determina el Registro en el que habrán de inscribirse determinados prestadores de servicios de certificación y el régimen de inspección administrativa de su actividad, regula la expedición y la pérdida de eficacia de los certificados y tipifica las infracciones y las sanciones que se prevén para garantizar su cumplimiento.


        UNIVERSALIZACIÓN DEL ACCESO A INTERNET


        Hay una segunda cuestión que debe abordarse, que afecta al uso de las redes para la prestación del servicio de Internet. La Ley 11/1998, de 24 de abril, General de Telecomunicaciones, ha establecido, en consonancia con los criterios adoptados en el seno de la Unión Europea, el marco jurídico adecuado para el logro de la plena liberalización del sector de las telecomunicaciones, disminuyendo, en consecuencia, el control administrativo que sobre el mismo existía y eliminando los derechos especiales exclusivos sustentados en la antigua categoría del servicio universal.


        La referida Ley persigue garantizar a todos los usuarios, con independencia de su localización geográfica, la prestación conjunta de servicios con calidad determinada y a precios asequibles.


        Existe una clara preocupación por la implantación, en el Estado español, del acceso a Internet y por su desarrollo.


        Junto a esta preocupación ha sido realizada la propuesta, por el Ministerio de Fomento español, de extensión del concepto de servicio universal de telecomunicaciones al acceso a Internet, en el proceso de revisión de la normativa comunitaria, en 1999, que formuló el Ministerio de Fomento en el Consejo de Ministros de Telecomunicaciones, celebrado en
        Luxemburgo, el 22 de abril de 1999.


        La propuesta que, de española, se convirtió en hispano-francesa, fue secundada por países como Grecia, Dinamarca, Bélgica, Italia y Luxemburgo.


        Esta propuesta, en caso de prosperar, va a permitir remover los obstáculos que hoy existen en la normativa comunitaria para considerar, como servicio universal, el empleo de la red para Internet. Se considera, en el conjunto de las Directivas liberalizadoras y, en especial, la que regula el Servicio Universal, que éste debe circunscribirse en el servicio de voz, fax y datos, a una velocidad tal que impide el empleo de este servicio para Internet. Modificar la Ley estatal sin la previa modificación de la legislación comunitaria, implicaría la eventual apertura de un procedimiento de infracción contra España por incrementar el concepto de servicio universal, más allá del previsto en la normativa comunitaria. Por ello, se desea modificar la Directiva comunitaria y, al amparo de la modificación, incrementar, en España, el concepto de servicio universal vinculándolo, también, al uso de la red para la prestación del servicio de Internet.


        TARIFICACIÓN DEL USO DE LA RED


        Entretanto, se ha satisfecho ya una prestación importante y que ha preocupado, especialmente, al Gobierno: el logro de una tarifa plana por el uso de la red para Internet.


        En septiembre de 1997, se reguló la liberalización de los servicios de
        acceso a la información y después de un período transitorio, a partir del 1 de diciembre de 1998, en cada distrito
        de tarificación existe un punto en que las llamadas procedentes de los abonados son entregadas a los proveedores de servicios de datos.


        De esta forma, queda garantizado que podrá seguir accediéndose a Internet con llamada metropolitana para cualquier usuario, con la mejora de la posibilidad de elección de operador telefónico.


        Según las informaciones disponibles, no existe en la actualidad ningún país de Europa que disponga de un sistema similar. Si bien en otros países europeos existen programas de descuentos parecidos a los vigentes en España, incluso alguno de ellos enfocado a los usuarios de Internet, dichos programas establecen descuentos sobre las tarifas de tráfico correspondientes a los ámbitos geográficos de tarificación, es decir, los usuarios dependiendo de su lugar de residencia habrán de acceder a los proveedores de información abonando tarifas locales, de media o larga distancia; y, en consecuencia, se trata de una situación similar a la existente en España antes de 1996. Teniendo en cuenta además, que las tarifas del servicio metropolitano se encuentran actualmente entre las más bajas de Europa, se deduce claramente la ventajosa situación de los usuarios españoles que acceden al servicio Internet.


        El Gobierno español se ha hecho eco de la necesidad sentida socialmente de garantizar el acceso a la red de Internet mediante el pago de una tarifa fija independientemente del tiempo de su uso, la denominada tarifa plana de Internet, para lo cual ha realizado numerosas actuaciones concretas, entre las que cabe destacar las siguientes.


        La Orden Ministerial de 31 de julio de 1998 sobre reequilibrio tarifario de servicios prestados por Telefónica, S.A., estableció un abono especial que permite a los usuarios de Internet obtener descuento en llamadas a partir del décimo minuto y que, dependiendo de la duración de la conexión, les permite obtener rebajas muy significativas respecto a
        los del abono normal (por ejemplo, 25% efectivo para una llamada de 1 hora de duración).


        Sin embargo, el acceso a las redes de datos a través de la red telefónica pública conmutada provocaría, con tarifa plana, graves problemas de congestión en dicha red, al no estar diseñada para ese uso. Además, sería necesario repercutir a los usuarios del servicio telefónico de voz, los costes de inversión y operación de la red no recuperados como consecuencia
        de ofrecer a los usuarios de Internet un servicio con unos precios que no cubrirían dichos costes.


        Por tanto, aunque desde el punto de vista estrictamente técnico no existen dificultades insalvables para la implantación de tarifas planas para Internet, sería conveniente que la red IP (Protocolo Internet) de Telefónica estuviera operativa en
        todo el territorio, de forma que puedan encaminarse por ella todas las comunicaciones de datos lo más cerca posible de los usuarios, descongestionando la red telefónica conmutada clásica, cuya utilización estaría dedicada al tráfico de voz.


        Por ello, el Ministerio de Fomento ha establecido una regulación para el acceso indirecto al bucle de abonado, mediante la implantación de tecnologías ADSL. Estas tecnologías proporcionan a los usuarios una calidad y velocidad de transmisión
        mucho mayor que la del acceso a través de la red telefónica fija y han permitido, haciendo un uso diferente de los recursos de dicha red, el establecimiento de tarifas planas para la provisión del citado acceso indirecto. Dichas tarifas, que han sido aprobadas por la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos y publicadas mediante Orden del Ministro de Fomento del día 26 de marzo de 1999, permiten el acceso a Internet a un precio asequible para los usuarios. No obstante, la implantación de esta tecnología requiere la realización de cuantiosas inversiones, por lo que se ha establecido un plan de cobertura y disponibilidad del acceso indirecto al bucle de abonado a desarrollar de forma progresiva, que
        se debe seguir, vigilar, controlar y potenciar por el Ministerio de Fomento.


        Para ello, se han creado 109 demarcaciones ADSL que cubren la totalidad del territorio nacional, y se han establecido dos fases para garantizar la facilidad del acceso indirecto al bucle de abonado:


        Fase I: se extenderá hasta el 31 de diciembre del año 2000 y para las 109 demarcaciones creadas, debiendo estar disponible el acceso indirecto al bucle de abonado en 10 demarcaciones durante 1999.


        Fase II: se inicia el 1 de enero del año 2001, a partir de los estudios y análisis realizados por la Secretaría General de Comunicaciones sobre la evolución experimentada del acceso indirecto al bucle de abonado, sobre las nuevas tecnologías que hayan surgido y sobre la aparición de nuevos servicios susceptibles de ser prestados con tecnologías ADSL.


        Con la implantación de esta tecnología España da un paso importante en la adaptación de las redes disponibles para acceso a Internet, situándose en una posición de vanguardia entre los países de nuestro entorno económico.


        RADIODIFUSIÓN SONORA DIGITAL


        Hay una última cuestión que hay que abordar: la modernización del sector de la radiodifusión en España y la digitalización del servicio. Ello pasa por el desarrollo del régimen jurídico necesario para la prestación del servicio de radiodifusión sonora digital terrenal establecido en la Disposición adicional cuadragésima cuarta de la Ley 66/1997, de 30 de diciembre, de Medidas Fiscales, Administrativas y del Orden Social, mediante la aprobación de un Real Decreto por el que se aprueba el Plan Técnico Nacional de Radiodifusión Sonora Digital Terrenal y de una Orden Ministerial por el que se
        aprueba el Reglamento Técnico y de Prestación del Servicio de Radiodifusión Sonora Digital Terrenal. Para ello, el Ministerio de Fomento ha elaborado sendos proyectos de Plan y Reglamento Técnico.


        El Plan Técnico Nacional de la Radiodifusión Sonora Digital Terrenal tiene por objeto establecer un escenario de certidumbre entre todos los agentes del sector que permita facilitar el desarrollo de la radio sonora digital en nuestro país.


        La radio digital supone un cambio trascendental en la radiodifusión al ofrecer una mayor calidad de sonido, similar a la de un disco compacto, y una recepción de la señal prácticamente inmune a las interferencias. Además, su introducción
        simplifica la gestión de frecuencias y garantiza una mayor eficacia en su utilización, así como permite ofertar un gran número de servicios adicionales, de tal modo que de la radio digital podría decirse que no es una nueva forma de radio, sino que es
        una radio nueva2.


        Las concesiones, si son de ámbito nacional, se otorgarán por el Consejo de Ministros y, si son de ámbito autonómico, por el órgano competente de las Comunidades Autónomas.


        Con un mismo título habilitante de ámbito estatal o de ámbito autonómico, se podrá emitir en todo el Estado o, en su caso, en toda la Comunidad Autónoma o Municipio. Se superan así las limitaciones de la tecnología de Frecuencia Modulada,
        que supedita su ámbito de cobertura a las condiciones orográficas del territorio en el que se emite.


        El inicio de emisiones podrá efectuarse a partir del 1 de enero del año 2000 y el plan prevé una introducción gradual del sistema de radio digital alcanzándose una cobertura del 80% de la población el año 2006 y del 95% diez años más tarde.


        El Proyecto de Real Decreto se completa con un Proyecto de Reglamento Regulatorio de la Prestación del Servicio. Su aprobación permitirá convocar en el segundo semestre de este año los concursos para la prestación de este servicio en el
        ámbito nacional.


        La introducción de esta nueva modalidad de radio no implica la desaparición de la radio existente ni en su modalidad de Onda Media ni en la de Frecuencia Modulada, que seguirán funcionando con el régimen que hoy les es aplicable. Con el
        fin de permitir la coexistencia de todas las modalidades, las bandas de frecuencias en que se ha planificado la radio digital son distintas de las que utilizan para la radio analógica.


        En definitiva, a los procesos ya consolidados de digitalización de los servicios de telefonía y de los servicios de cable y satélite y al que se encuentra en curso respecto de la televisión terrestre, se une el de la radiodifusión para racionalizar, en lo posible, el régimen de prestación de este servicio.


        NOTAS


        1 En concreto, se entiende que se debe poner en marcha esta norma de rango legal, para conseguir su aprobación en esta legislatura y que exista un marco normativo para que, en España, puedan establecerse prestadores de servicios de certificación. En caso contrario, la actividad sería realizada por empresas extranjeras a las que se le reconoce, por la
        Directiva, esta posibilidad si proceden de países de la Unión Europea o, eventualmente, si proceden de países con el que exista algún convenio al respecto con la Unión Europea. De hecho, en cuanto se apruebe la Directiva, empresas ubicadas en Alemania (que ya tiene Ley) o en Gran Bretaña o Dinamarca, podrán ofrecer el servicio.


        2 El Proyecto de Plan Técnico elaborado incluye programas de ámbito nacional (con y sin desconexiones territoriales), y de ámbito autonómico (con y sin desconexiones territoriales), tanto para gestión directa como indirecta, hasta un total de 30 programas; a ellos se añadirán un número variable de programas de ámbito local, en ningún caso inferior a 6 programas. El Proyecto de Plan prevé que la radiodifusión sonora digital se pueda gestionar tanto en régimen de gestión directa por el
        Ente Público RTVE o por Entes Públicos Autonómicos como, en régimen de concesión, por empresas privadas


         

        Thomas Stearns Eliot y sus «Cuatro cuartetos»

        Thomas Stearns Eliot (St. Louis 1888-Londres 1965) pasa por ser uno de los poetas más importantes del siglo XX, y uno de los críticos literarios y culturales que más han influido en la opinión pública occidental desde los años 20.

        Su obra poética cuenta con dos cumbres, The Waste Land (1922) y Four Quartets (1943), traducidas repetidamente a las principales lenguas del mundo. Es la segunda, culminación de su madurez humana y literaria, la que vamos a intentar presentar en este texto. Four Quartets consta de cuatro partes que aparecieron por separado. «Burnt Norton» queda recogido en Collected Poems 1909-1935, y se publica en abril de 1936. «East Cocker » en un suplemento de un número de marzo de 1940 de New English Weekly. Y en la misma revista lo harán «The Dry Salvages» y «Little Gidding», en 1941 y 1942, respectivamente. La secuencia entera es publicada por primera vez en 1943, en la editorial norteamericana Harcourt, Brace and Co., y la versión definitiva la imprimirá Faber& Faber en 1944, recogiendo unas rectificaciones mínimas con respecto a la versión norteamericana.

        Orígenes del texto

        Los nombres de las cuatro partes refieren a lugares que tienen que ver con la historia personal de Eliot y con la tradición cultural a la que pertenece. «Burnt Norton» es el nombre de una casa de campo en Gloucestershire, que el poeta visitó en el verano 1934 en compañía de una vieja amiga, Emily Hale. «East Coker» refiere a un pueblo en Somersetshire, en el sur de Inglaterra, de donde procedían los antepasados de Eliot que emigraron a América. «The Dry Salvages» forman un promontorio rocoso en medio del mar, frente a la costa de Massachusetts, donde Eliot pasó muchos veranos de su infancia. Y «Little Gidding » es el nombre de un pueblo de Huntingdonshire que Eliot visitó en 1936, famoso por la comunidad religiosa fundada allí en 1626 por Nicolás Ferrar y que Cromwell suprimió veinte años después. Sólo durante la escritura de «East Coker», el autor concibió la idea de repetir cuatro veces la estructura del cuarteto para formar una unidad.

        La génesis textual de la obra se halla en una secuencia de 13 versos que Eliot escribió originariamente para Murder in the Cathedral en 1935, a instancias del director de la obra, Martin Browne. Se trataba de un monólogo sobre el sentido del tiempo en el marco teológico del martirio de santo Tomás Beckett, que acabó desestimándose al considerarse que su densidad conceptual podía lastrar el movimiento dramático de la obra. Sin embargo, la secuencia debía expresar algo valioso para Eliot, por lo que pasó a abrir «Burnt Norton», refundiéndose en los conocidos diez primeros versos. De este modo se presentaba desde el inicio el tema principal de los cuartetos: el sentido del tiempo.

        Estructura circular

        Para articular la riqueza conceptual y poética de Four Quartets, Eliot desarrolló una estructura circular extremadamente compleja y completa que, partiendo de la declaración del problema, va integrando una heterogeneidad de elementos temáticos y formales, a menudo contrapuestos, para llegar a la resolución unificadora final. El nivel de integración más general y perceptible es el de las referencias a las estaciones anuales y a los cuatro elementos presocráticos, asignándolos a los diferentes cuartetos.

        En «Burnt Norton» se hace patente la presencia de la primavera y el inicio del verano, y el viento; en «East Coker» es el verano y la tierra; en «The Dry Salvages» se hace presente el otoño y el mar; y en «Little Gidding» el invierno y el fuego. La elección de estos referentes naturales y culturales relaciona toda la secuencia con los ciclos vitales naturales y con su recurrencia en la vida del hombre. Precisamente esta visión cíclica del tiempo en la existencia humana es lo que se va a reexaminar, al introducirse una perspectiva moral. La visión cíclica anula la libertad humana ya que, como se menciona en los primeros versos de «Burnt Norton», todo lo que pueda ocurrir en el futuro ya está contenido en el pasado:

        «El tiempo presente y el tiempo pasado / quizás estén ambos presentes en el tiempo futuro / y el futuro esté en el pasado contenido. / Si todo tiempo está eternamente presente, / todo tiempo es irredimible».

        La secuencia total de los cuartetos va a demostrar que la inmanencia del tiempo no está totalmente cerrada, y el modo será un itinerario circular que habrá de retornar al lugar de partida con una sabiduría racional y poética: «No cesaremos de explorar / y el fin de toda nuestra exploración / será llegar a donde partimos / y conocer el lugar por primera vez» («Little Gidding»).

         Las voces del poema

        En los cuartetos se presenta una heterogeneidad de elementos, y entre ellos destacan las distintas voces poemáticas. Dejando matizaciones al lado, esta polifonía se puede reducir a dos voces: la del pensador que especula sobre el sentido del tiempo, planteándose la naturaleza del conocimiento y la posibilidad de la verdadera sabiduría; y la voz intuitiva del «hombre común», que «relata» experiencias y paisajes percibidos de un modo extraordinario. De este modo Eliot está señalando de un modo explícito su voluntad de unificar el pensamiento y la emoción, es decir, expresar poéticamente y llevar a cabo lo que había constituido uno de sus grandes problemas críticos, la unidad que echaba en falta en la Modernidad, y que había provocado que tan tempranamente como en 1920 llamase la atención sobre este asunto en su ensayo «Hamlet and its Problems» (en The Sacred Wood), y reivindicara como ejemplo poético digno de seguir a Dante y a los poetas metafísicos ingleses del XVII.

        A vueltas con el sentido

        La circularidad y la heterogeneidad en la existencia humana parecen ser dos razones que militan contra la posibilidad de un sentido último total. El problema que desde una perspectiva idealista le llevó a Eliot en su época universitaria a no poder armonizar el Absoluto con la variedad que se presenta a la conciencia del sujeto, y a postular un nivel real y otro de apariencias en su tesis doctoral sobre el filósofo idealista inglés E H. Bradley, fue resuelto desde la perspectiva realista, y en ella se inserta el movimiento conceptual de los cuartetos. El reto de Eliot consiste en mostrar la presencia real de sentido, pero no ubicada en un mundo ideal paralelo, sino inserto en este mundo cambiante, recurrente y heterogéneo. Desde estos parámetros, el elemento clave de la construcción de los cuartetos es el desvelamiento, a través de la recurrencia, de intersecciones de la trascendencia con la inmanencia que revelan un orden profundo y proporcionan sentido al tiempo humano. Estos momentos son expresados en los cuartetos en diversos niveles: el experiencial-personal, el histórico- colectivo, el filosófico, el artístico y el religioso.

        Un poema de madurez

        La vigorosa e intensa estructura que da razón de la riqueza de los cuartetos sólo se explica teniendo en cuenta el momento de madurez poética y humana de su autor. La armonía de elementos dispares y opuestos, la jerarquía de distintos niveles poéticos, el diseño e imbricación de diferentes procedimientos métricos, estilísticos, retóricos e intertextuales son posibles desde la culminación de un itinerario en busca de una unidad honda, que le llevará toda la vida y que le situará en una fenomenología realista enmarcada en un visión trascendente Esta búsqueda de la unidad quiere sanar las múltiples consecuencias disociadoras del giro gnoseológico de la Modernidad, superar el solipsismo radical del idealismo y la incapacidad para la comunicación, y por tanto para la búsqueda de la belleza artística y el ejercicio de la crítica.

        El gran primer poema donde se muestra de un modo muy claro este estado de cosas es «The Love Song of J. Alfred Prufrock» (1917), donde se plasma de un modo poéticamente revolucionario la crisis del sujeto, ambientado en los salones de las clases pudientes del Boston autocomplacido y hueco que también Henry James retrata en sus novelas.

        Referencias e influencias

        Para llegar a la estructura de los cuartetos, Eliot había tenido que pasar primero por los hallazgos de The Waste Land. De la mano de Ezra Pound había llevado a cabo un poema extenso en el que se mostraba a las claras la nueva conciencia humana y artística, y quedaba resquebrajaba radicalmente la antropología, la sociología y la poética del caduco mundo Victoriano. La estructura de la tierra baldía venía en buena medida dictada por las tensiones de los modos de vida del momento y por el magisterio de Pound: yuxtaposición de voces e imágenes de una presencia clara y contundente, pero desvinculadas de cualquier contexto, o mejor, en el contexto de la ausencia de sentido global; y en esto recibía la herencia de Baudelaire y los simbolistas franceses. El elemento poético más reseñable que Eliot aprendió del fecundo trato con Pound fue el del empleo y concepto de la imagen verbal. Partiendo de las ideas del poeta y crítico T. E. Hulme, se postulaba que las imágenes no debían conectarse mediante procedimientos transicionales, sino que, apoyándose en la psicología del momento, debían presentarse yuxtapuestas, evitando la secuencialidad lógica, para que en la mente del lector se articulasen simultáneamente, formándose el poema allí, no en la página. Desde el punto de vista temático, Eliot terminaba La tierra baldía con la sección «What the Thunder Said», donde confusamente se invocaba a la trascendencia cristiana como remedio del caos.

        De The Waste Land a Four Quartets hay un itinerario poético que pasa por The Hollow Men (1925) y Ash-Wednesday (1930), y en el que se percibe la búsqueda de una forma poética que vaya reflejando los cambios que se van produciendo en la vida del poeta. Distintas circunstancias, entre las que se encuentra el deficiente estado psíquico de su mujer y su propia precaria salud, así como las aporías en que le había sumido el idealismo, y la ausencia de valores de la sociedad en la que vive, le llevan desde 1916 a un acercamiento a la trascendencia y la objetividad epistemológica. Consecuencia de ello, en 1927 obtiene la ciudadanía británica, anhelando formar parte de una historia y una cultura más sólida que la que América podía proporcionarle; y también en el mismo año es recibido en la High Church anglicana. En 1928, en el prefacio a su volumen de ensayos For Lancelot Andrewes, realiza su famosa triple declaración como «clasicista en literatura, monárquico en política y anglo-católico en religión».

        Un modelo musical

        El optimismo de la posibilidad del conocimiento que le proponía la perspectiva realista —que había conocido bien a través de algunos aspectos de la filosofía de Bergson, cuando asistió a sus clases en París en 1911, y principalmente a través de las obras de Jacques Maritain, Charles Dawson y Vigo Auguste Demant—, constituyó el ambiente que propició la búsqueda de una estructura poética que reflejara la estructura inteligible del mundo. La armonía cósmica que presenta la tradición cristiana tenía en La divina comedia de Dante un ejemplo de aplicación literaria: un poema cuyo pattern, cuyo diseño armónico e integrador imita tanto la armonía de la creación como la del pensamiento cristiano. Eliot va a buscar en la música el modelo compositivo para su intención poética, pues en ella encuentra, como en la literatura, un arte secuencial, temporal, pero además un componente de universalismo y una exigencia formal de armonía. El poeta de los cuartetos, a diferencia del de la tierra baldía, es un hombre impelido a comunicar un mensaje trascendente a los lectores de la convulsa Europa de preguerra y Segunda Guerra Mundial, y por ello busca una forma que, como la música, aspire a la universalidad, y acompase los contenidos también universales que se expresan en los cuartetos. Concretamente se fijará en los cuartetos de cuerda neoclásicos, y de entre ellos en los de Beethoven. Haciendo referencia a este punto señalará que en Four Quartets quiso trascender las palabras del mismo modo que el compositor alemán quiso ir más allá de la música en sus últimas composiciones. Especialmente en «Burnt Norton», Eliot expresa la eterna lucha del artista por trascender la materia a través de la forma: «Sólo a través de la forma, del orden, / pueden las palabras o la música alcanzar / la quietud, como un jarrón chino quietamente / se mueve perpetuamente en su quietud ». Pero el mismo poeta señala que aquí, en este mundo, no se puede alcanzar plenamente la meta: sólo nos queda el intento; el resto no es asunto nuestro» («East Coker»); la plenitud se reserva para otro lugar, el paraíso cristiano.

        La recurrencia es el procedimiento que sigue Eliot, pues a través de ella un mismo elemento se va cargando de nuevos valores a cada diferente aparición, al disparar el nuevo contexto la actualización de la enciclopedia de sentido que el término ya poseía en la mente del lector y en sus anteriores apariciones, y añadir dialécticamente el nuevo sentido. Si «Tradition and the Individual Talent» (1920, en The Sacred Wood), fue el ensayo que fundamenta conceptualmente buena parte de The Waste Land, es «The Music of Poetry» (1935, recogido en On Poetry and on Poets, 1957) el que realiza lo correspondiente en Four Quartets. En él, coincidiendo con lo que el estructuralismo eslavo estaba señalando de un modo científico durante aquellos años, defiende que la música de un término tiene que ver tanto con las relaciones fónicas como con las semánticas que éste mantiene con los términos que le preceden y suceden, de modo que hay una música del sonido y una música del sentido que el poema deberá modular y hacer funcionar armónicamente.

        La unidad de lo dispar

        Y junto con la recurrencia, destaca la oposición de dos modos estilísticos generales que se alternan a lo largo de los cuartetos: la discursividad y el imaginismo. Mucho revuelo han levantado —principalmente en la primera época de recepción crítica de Four Quartets— ciertos pasajes donde a través de versos largos, Eliot deja explayarse a la voz de la especulación o meditación filosófica, retirándole prácticamente todos los recursos tradicionalmente poéticos, y haciéndole subsistir sobre la base del ritmo del monólogo oral culto. La pertinencia de este proceder se justifica a partir de la filosofía última de los cuartetos, la unidad de lo dispar.

        La coexistencia de pasajes discursivos e imaginistas no deja de producir una corriente de autoalimentación recíproca, donde cada estilo refuerza su naturaleza por la presencia del opuesto. Pero además hay que aducir que el propio Eliot había tratado el problema del poema largo en su ensayo sobre Allan Poe, señalando que la valía de un poeta venía dada por la calidad de escritura de los pasajes transicionales entre las cumbres de intensidad emocional en el marco de un poema extenso. Y lo cierto es que el público lector recuerda tanto versos de un estilo como de otro, como demuestra la recepción de los primeros diez versos de «Burnt Norton».

        Por otro lado, el estilo imaginista en los cuartetos lleva al virtuosismo las posibilidades comunicativas de este poeta en plena madurez, que ha defendido como nadie, en la teoría y en la práctica, el correlato objetivo. Según este proceder, una determinada emoción es objetivada en una situación concreta, expresada concisamente por la palabra. Esto hace posible la comunicación de emociones y corrige la vaguedad expresiva, que se había adueñado de los epígonos del victorianismo poético. Del imaginismo de Pound y Hulme, Eliot ha purgado la yuxtaposición caótica, reformando la presentación de las imágenes, que aparecen una tras otra, autocontenidas en los límites espaciales de la unidad versal, privadas de todo elemento verbal dinámico, y agrupadas por un marco visual-temático general. El imaginismo eliotiano basado en el correlato objetivo, por su misma naturaleza, es difícil de demostrar, por lo que el lector hará bien en demorarse en las primeras secciones de «Burnt Norton», «The Dry Salvages» y «Little Gidding», donde encontrará los principales ejemplos de este modo estilístico.

        Tradición literaria, tradición espiritual

        Todo el viaje poético, tanto el experiencial como el especulativo, se enmarca en el nivel histórico-colectivo. No es fortuita la segunda parte de la segunda sección de «Little Gidding», el famoso canto dantesco donde, a través de una forma estrófica que intenta traducir el metro y estructura de la Divina Comedia, el yo poemático encuentra a un extraño personaje, venido del más allá. Se trata del compound ghost, de Virgilio, de Dante, de Shakespeare, de Donne, de Tennison, de Browning, de Mallarmé, de Yeats, de Joyce: es decir, de la tradición occidental. Si Dante encontraba a Virgilio en su viaje por el infierno, y con él se estaba significando todo lo valioso de la tradición clásica, Eliot no desaprovecha la ocasión de introducirse desde la madurez personal y artística en el infierno de la civilización occidental bajo la Segunda Guerra Mundial, tal como aparece en la segunda sección de «Little Gidding», y de encontrarse con lo que considera valioso de la tradición recibida. Pero Eliot entiende la tradición literaria dentro de una tradición espiritual, y por ello el fantasma le advertirá de los rigores del juicio particular tras la muerte y del proceso purgativo del alma que se seguirá. La sabiduría que allega la tradición es indispensable para redimirse, y la tradición ha de orientar al individuo recogiendo esos momentos intemporales que acaecen en el tiempo, esa recurrencia de la presencia de lo trascendente, con sus momentos de exaltación y de tormento que la carne no puede soportar («Burnt Norton»). Como señala en «Little Gidding»: «Un pueblo sin historia / no se redime del tiempo, pues la historia es un orden / de momentos sin tiempo». El arquetipo de esos momentos intemporales es para Eliot la encarnación del Verbo divino: «La intuición medio adivinada, el don medio comprendido es la Encarnación. / Aquí la imposible unión / de esferas de existencia es real, / aquí el pasado y el futuro son conquistados, y reconciliados». Y ese momento especial se va repitiendo a lo largo de la vida del hombre y del transcurso del poema, especialmente a través de las narraciones de esas experiencias, personales y colectivas: el jardín de «Burnt Norton » , el camino profundo en la tórrida tarde de verano de «East Coker» (imagen que Eliot toma de la obra de Bernanos Bajo el sol de Satán), la campana en medio de la niebla marina que cubre «The Dry Salvages», y el deshielo del jardín, la Guerra de las dos Rosas y el paseo fantasmagórico por el Londres de los bombardeos en «Little Gidding».

        El final vuelve al comienzo, recoge los distintos temas y resume la sabiduría humana y cristiana que ha supuesto el viaje circular: la unidad de los opuestos, de la inmanencia y la trascendencia, del sufrimiento y del éxtasis, del tiempo y la eternidad. Evidentemente que los cuartetos constituyen un poema donde se expresa una cosmovisión cristiana, donde el dogma de la encarnación asume la posición de piedra angular de la construcción, y donde aparecen referencias a la intercesión de la Virgen María, a la providencia y a la acción del Espíritu Santo en el camino de conocimiento y purificación. Pero hay que subrayar que Eliot tiene el gran acierto de conducir a esta visión desde la experiencia personal, artística y cultural común a muchos otros hombres, no necesariamente cristianos, y que no parte de ella para limitarse a sacar unas conclusiones incontestables presentadas en una suerte de aggiornamento poético-formal. El mismo Eliot había señalado en The Use of Poetry and the Use of Criticism (1933), que «cuando la doctrina, la teoría, la creencia, o la «visión de la vida» presentada en una poesía es tal que la mente del lector puede aceptarla en cuanto coherente, madura y fundada sobre hechos de experiencia, no se interpone ningún obstáculo al placer del lector, tanto si la acepta como si la niega, la apruebe o la desapruebe». El lector podrá o no compartir todo el itinerario de los cuartetos, pero la honestidad de los hallazgos y la sinceridad en el planteamiento son patentes; también el correlato objetivo va más allá de una mera hipótesis, y se constata que nos hallamos ante una verdadera comunicación de emociones, una experiencia y un conocimiento que sólo la gran poesía puede suscitar. Y esto lo avala el hecho de que Four Quartets no haya dejado de ser traducido a un gran número de lenguas, y que siga cosechando lectores y críticos de las más diversas culturas.


        La ilustración del autor de los Cuatro Cuartetos que ilustra este texto es de Simon Fieldhouse. El archivo tiene licencia  Licencia CC-BY-SA-3.0 GFDL y se puede consultar aquí, en Wikimedia Commons.

        Los cuarenta principales, antologia poética 1975, 1994

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        El hecho de que en tomo a la Literatura se desarrollen habitualmente los mil varios acontecimientos que constituyen lo que llamamos la vida literaria —premios, presentaciones de libros, reseñas periodísticas, entrevistas, programas de radio y televisión, listas de las obras más vendidas, ferias del libro, conferencias, mesas redondas, congresos, manuales universitarios, etc.— no debería inducirnos a confundir una cosa y otra (aunque la experiencia y el sentido común enseñan que tampoco sería sensato separarlas de modo tajante). La vida literaria es en gran medida multitud, agitación, ruido, espectáculo y, a menudo, negocio. La Literatura, si de verdad es tal, es hija del silencio y la soledad. Para triunfar en la vida literaria es condición imprescindible ser listo; para la Literatura basta con ser inteligente.

        La participación de los escritores en una y en otra son cosas entre las que no hay necesariamente correspondencia: hay quien interviene de forma muy destacada en la vida literaria de su país o su ciudad, y sin embargo en el otro ámbito, el de la Literatura, es objetivamente insignificante (aunque esto, como es obvio, suele tardar algún tiempo en percibirse con la debida nitidez); hay autores que participan considerablemente en los dos terrenos; y, por último, los hay que en la Literatura encarnan un papel mucho más importante que el que hacen en la vida literaria.

        Uno de éstos es, sin la menor duda, el poeta Vicente Sabido, nacido en Mérida en 1953, pero residente en Granada desde hace ya más de un cuarto de siglo. Su carrera comenzó en 1975 con el libro Aria, y ha continuado con Décadas y mitos (1977), Sylva (1981), el folleto Adagio para una diosa muerta (1988) y Aunque es de noche (1994).

        Los dos primeros, editados por la Universidad de Granada, pasaron casi absolutamente inadvertidos; apenas un poco menos el tercero, que publicó la Diputación Provincial de aquella ciudad en su colección Genil, y el cuarto, impreso con el sello de la Editora Regional de Extremadura. Sólo Aunque es de noche, que editó la casa Renacimiento, ha tenido una difusión normal, si puede llamarse normal a la que en España alcanzan los contados libros de poesía que no circulan únicamente en el entorno familiar y amical de su autor. Estos hechos, unidos a la incapacidad orgánica de Vicente Sabido para la intriga y la escalada, y quizá también al polifacetismo temático, tonal y formal, que dificulta el etiquetado de su obra para el consumo crítico y didáctico (pues, como dice el prologuista de este volumen: «En Sabido coexisten un intimista elegíaco neorromántico, un poeta descriptivo —a veces casi un parnasiano—, un lírico metafísico, un poeta social de agudo sentido ético y un autor metapoético, con un estilo que, según las necesidades expresivas de cada momento, recurre también a una gama de registros que va desde el prosaísmo realista a cierto irracionalismo visionario, pasando por la entonación de alto coturno de ciertas composiciones con empaque de oda clásica»), explican que el poeta de Mérida haya tenido una circulación casi secreta. Fue incluido, es cierto, por Elena De Jongh Rossel en su antología Florilegium (Espasa-Calpe, colección Austral, 1982) y por algún otro antologo, antologista o antologizador en algún que otro panorama de la poesía extremeña o la granadina, y el propio Sabido recopiló en 1990 una Antología poética propia, editada por el Ayuntamiento de Mérida; pero, aun así, la obra del poeta extremeño ha tenido pocos lectores, y sobre todo, ya en el orden cualitativo, no ha tenido los lectores debidos. Quiero decir los que en nuestro país y ahora mismo están preparados para disfrutar más de ella y apreciarla mejor en lo que vale, o sea los aficionados —nada escasos, por cierto, desde mediados de los años ochenta— a la lírica figurativa o de línea clara. En su poema «Sylva», y dirigiéndose a la amada, durante mucho tiempo cercana y desconocida a la vez, escribió Sabido: «Pensar que por tus huellas / andaba sin saberlo. / Pensar que tantas veces he tocado / el hueco de tu cuerpo. / Pensar que he compartido tanto abril/ a un paso de tus ojos. / Pensar que te soñaba desde niño / y estábamos despiertos y tan cerca». Palabras que bien podrían aplicarse a esta especie de juego del escondite entre los poemas de Sabido y sus lectores más idóneos. Esta otra antología, también de elaboración propia, que ahora sale en la colección Maillot Amarillo de la Diputación granadina, debería servir para que al fin se produjese el encuentro. A ver.

        MIGUEL D’ORS

        Un poema inacabado de Enrique Jardiel Poncela

        Lo escribió y lo dejó inconcluso en enero de 1950, once meses y pico antes de que yo llegase a este mundo. Moriría dos años más tarde, harto de todo, exhausto, aunque todavía era joven, pues acababa de inaugurar la cincuentena. Su primera novia se llamaba Amparo Robles, una mujer importantísima en mi vida. Cuando murió, ya octogenaria, todavía tenía el amor juvenil de Enrique socavándole el alma. Fue Amparo quien me inyectó en vena a Jardiel, quien me enseñó a jugar hasta el agotamiento con el ingenio inagotable de su literatura, quien lo encerró con llave en el sagrario de mi corazón.

        Por Amparo y para Amparo he copiado «Enero de 1950», un poema tristísimo que puede encontrarse en las Obras completas de su antiguo novio (manejo la 7ª edición: Barcelona, AHR, 1973, tomo VI, páginas 912-913) y que nos da una idea del grado de soledad, desarraigo y desamparo a que llegó un enfermo y melancólico Enrique Jardiel Poncela en los últimos años de su existencia. Al recuerdo de Amparo van dedicados estos dolientes versos de Enrique, con el deseo de que éste los oiga desde el cielo y piense: «¡Qué gusto haber pasado a mejor vida!».

        Enero de 1950

        ¡He aquí el año 50! Entro en su mes de enero
        sin juventud ni ensueños, sin salud ni dinero,
        pues es éste el sexto año en que sufro el asedio
        de un mal del que los médicos no saben ni una jota,
        salvo lo que yo sé: que mi vida se agota…

        Así, para ganar lo poco que comemos,
        paso noches enteras envuelto en un abrigo
        que, aunque está, por lo viejo, en los mismos extremos,
        es, de todas mis ropas, la menos de mendigo,
        la menos imposible, aunque tan reluciente
        como la pobre mente que con igual estrella
        lo ayuda en su faena, pues gracias a él y a ella
        y a una pobre botella llena de agua caliente,
        consigo ir escribiendo, dando diente con diente…
        mientras que no se enfría, claro está, la botella.

        En estas condiciones, y viendo alrededor
        en mi despacho, donde lo que cuento sucede,
        todo lo que fue nuevo y ahora está mustio, por
        el uso y el abuso de lo que no se puede
        restaurar; renovar o arreglar; y que cede
        como el propio organismo al tiempo y al furor;
        en estas condiciones, sintiéndome tan triste
        como un perro olvidado por el Dios de los canes,
        siendo el centro de toda la amargura que existe,
        voy escribiendo -poco y yo sé con qué afanes-
        lo que luego, al leerse, tiene que tener chiste
        y lo que he de acabar; tenga o no tenga gana,
        antes de que amanezca la siguiente mañana,
        pues no acabar de hacerlo supone y significa
        que no pueda cobrar su estipendio la chica
        y que no pueda hacerse la compra cotidiana…

        Mientras trabajo a solas estas noches de invierno,
        sin esperanza ya de algo dulce o feliz
        que alivie mis dolores…