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En cierta época me tocó ser secretario de un conocido instituto madrileño; tenía que levantar acta de cuantas reuniones oficiales se celebraban. Los claustros —prolijas intervenciones, réplicas, contrarréplicas, puntualizaciones interminables— eran agotadores. Una vez falté a uno y me suplicó gentilmente la vicesecretaría: para general desconcierto de los asistentes, el más contumaz de los oradores habituales no abrió la boca ese día. Al interesarme por el motivo de su mutismo, el hombre se disculpó: «Como no estabas ayer tomando notas…». Cuento la anécdota porque creo que sin un secretario como el autor de estos diarios, tan atento anotador y fervoroso coleccionista de documentos de todo tipo, quizá las palabras y las actitudes de Juan Ramón hubiesen sido otras, el gran poeta de Moguer no se hubiese embarcado en algunos de sus proyectos —en la juanramoniana revista Indice fue Guerrero Ruiz secretario; con él iba a crear un grupo editorial, «Los Siete», que la guerra impidió— y quizá tampoco hubiese hablado tan mal de tanta gente. Se hacen confidencias —y este libro está lleno de ellas— por desahogo, para buscar la aquiescencia a nuestra conducta, para encandilar, pero también con la secreta esperanza de que alguien las repita, de que tengan eco (esto mismo he intentado decirlo en el cuento más breve de El Balcón de Azaña, titulado «Un inédito de Juan Ramón»), Los que dicen odiar la burocracia meten en el mismo saco desde el presidente del Gobierno al humilde ordenanza. Es injusto. Un secretario eficiente, además de conocer leyes o atender el protocolo, allana dificultades y resuelve problemas, mantiene vivo el diálogo con cualquier interlocutor —enemigos y rivales incluidos— y, sobre todo, sabe guardar los secretos. Los administra igual que otros derrochan el caudal de éxito. Juan Guerrero Ruiz fue secretario eficientísimo de varios organismos de la Administración local y central; en su organizado archivo había una caja de 1.144 cuartillas, muchos años guardada, donde dejó uno de los más vivos retratos de la literatura —y de la política literaria— de los años treinta.

Esta obra, de la que Editorial Pre-Textos saca ahora el primer volumen, tuvo una versión homónima, pero incompleta, aparecida en Insula en 1961, a la que puso prólogo Ricardo Gullón. El cabal diario de nuestras conversaciones, como dice el autor, comprende desde el 27 de mayo de 1931, cuando conoce a Juan Ramón, hasta el 29 de junio de 1936, cuando el exilio del poeta los separa definitivamente. Funes Fernández, sobrino de Guerrero Ruiz encargado de la edición, sitúa en la época a los innumerables personajes que desfilan por el libro.

Juan Guerrero Ruiz (Murcia, 1893-Madrid, 1955), «Cónsul general de la poesía», como lo bautizó Lorca en la dedicatoria de una de las piezas de Romancero gitano (1928), mantuvo siempre una incansable actividad vinculada a publicaciones (Verso y prosa, Revista Hispánica Moderna) y empresas literarias (fundó la editorial Hispánica y la colección poética Adonáis) de las que fue responsable. Y a poco que interese el mundo literario, está asegurada la diversión con la lectura de este diario. En él aparecen recogidas tanto las diarias entrevistas de Jiménez y Guerrero como el contenido de las frecuentes conversaciones telefónicas que mantenían. Aquí encontraremos una porción de afectos y desafecciones, de proyectos, de ilusiones y de intrigas: desde la amorosa fuga albertina a Ibiza o las puyas de Bergamín a los temibles juicios negativos de Jiménez contra los jóvenes del 27 (Salinas, Lorca, Guillén…), pasando por el famoso huevo frito de la casa de los Machado y la inevitable guerra de guerrillas de los jóvenes poetas contra el padre de Platero.

El autor que no se toma en serio a sí mismo —es imprescindible un cierto orden interior y capacidad de entusiasmo— es lógico que no aspire a la consideración de los demás, pero quien tiene tan alta estima de sí como el poeta de Moguer hace prácticamente imposible el fervor ajeno. Pese a ello, Guerrero Ruiz salva la abrumadora sensibilidad que distanciaba a Juan Ramón de mucha gente, entra en su mundo con cordialidad y respeto, y nos deja una imagen inolvidable del amigo. La obra ingente elaborada por Juan Ramón (no en vano siempre la mantuvo en marcha), creador poético excepcional, hizo que se pasara la vida reuniendo, organizando, proyectando y corrigiendo manuscritos, quizá no siempre geniales. Hombre prolífico y erizado de dificultades –económicas, de comunicación—, necesitaba la urgente fidelidad de alguien como Juan Guerrero Ruiz. Él fue el voluntario receptor de suspicacias y cominerías, pero también albacea literario y testigo excepcional de la vida privada del Nobel. Página tras página, vemos la silueta juanramoniana moverse en la penumbra de una alcoba, entre los recios muros dobles y paredes acolchadas con que pretendía aislarse de los vecinos molestos. En esas factorías literarias del madrileño barrio de Salamanca donde vivió, la figura del gran hipocondríaco, del Cansado de sí mismo, del Andaluz universal, barbuda y enigmática, se humaniza gracias a la labor demiúrgica de Juan Guerrero Ruiz.

Decía Melchor Fernández Almagro que los tiempos «donde abundan hombres de letras como  Guerrero, la vida literaria es limpia, diáfana, eficaz». Es cierto, a este país —y nos falta hoy también la honesta figura de José Luis Cano, muerto cuando redacto estas líneas— le faltan Guerreros, limpios, diáfanos, como éste.

JUAN ANTONIO OLMEDO


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