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Ver productosExcmo. Sr. Presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Excmo. Sr. Presidente de la Academia de Ingeniería, limo. Sr. Subdirector de la E.T.S. de Ingenieros de Montes, Excmos. Sres. Académicos, Excmas. e limas Autoridades.
Queridos amigos todos:
Estos trabajos que hoy presentamos significan el recuerdo ante una ausencia difícil de asimilar y, sobre todo, una muestra de cariño. Ahora mismo, cuando intento pronunciar estas palabras, estoy pensando en una silla vacía que, a pesar del tiempo transcurrido, cuesta aceptar que ya nunca acogerá la presencia que durante tantos años nos acompañó de forma callada, discreta y diligente.
Ángel Ramos fue un maestro que nos aportó el ejemplo del rigor del trabajo cotidiano, de la labor perseverante, del pequeño paso a paso constructor de las obras ingentes. Formador sobre informador, bien explicó y vivió que si saber es hacer, hacer es saber, mas no saber por saber, sino qué saber y cómo saber para mejor hacer.
Ángel Ramos nos enseñó a aunar el fondo y la forma. El fondo, basado en la coherencia intelectual y en la solidez del razonamiento; nunca abandonó la inspiración en la continuada relectura de los clásicos y el enriquecimiento del avance metodológico y técnico fundamentados en el pensamiento filosófico: «Las ideas mueven el mundo». La forma, manifestada en una educación exquisita, en una elegancia personal antípoda de la petulancia, que al primer golpe de vista muchos confundían con un «torpe desaliño indumentario». Ángel mimaba las formas en extremo, nunca descuidó la atención al visitante, fuera ilustre académico extranjero, becario reciente o alumno de primero: «Saber escuchar es más importante que imponerse hablando». Y jamás conocimos persona que mejor escuchara, acompañado de aquella quieta parsimonia de la liturgia para liar su sempiterna picadura, sin asomo nunca de impaciencia o premura, a lo más una mirada picara o una enigmática sonrisa, por más que supiéramos lo inoportuno de la visita no anunciada y la exigencia temporal ineludible de sus compromisos ya adquiridos.
«Más a las veces son mejor oídos el puro ingenio y lengua casi muda, testigos limpios d’ánimo inocente, que la curiosidad del elocuente», citaba con delicia a Garcilaso en su Égloga III.
Su cuidado del fondo y de la forma, del saber ser y del saber estar, tenían en don Ángel su mejor expresión en el lenguaje y la escritura, ambos esculpidos con una precisión austera y espartana, en sus temibles juegos de palabras, en sus rápidas respuestas breves como latigazos (eso que casi todos elaboramos al cabo de horas o de días cuando, ya tarde, concluimos mentalmente: ¡eso tenía que haber dicho!), en sus escritos pulidos insaciablemente en busca de expresar de forma certera el pensamiento más profundo con la máxima economía de palabras, de manera que nada faltaba ni sobraba, y que siempre le hacía preferir lo críptico a lo retórico. Si algo se equiparaba en sus preferencias literarias a la filosofía de los clásicos era su afición al conciso lenguaje del teatro leído.
Sus argumentos eran implacables, fruto de una elaboración trabajada hasta el límite, de modo que tantas veces sus puntos de vista sorprendían, por inesperados y diferentes, siempre adelantados, producto de muchas vueltas de análisis y reflexiones. Del mismo modo que su prodigiosa rapidez de cálculo, que gustaba enfrentar con la de las modernas «maquinitas», era entrenada a diario con aquellos pequeños ejercicios que a «escondidillas» realizaba como mental gimnasia matutina o en cualquier momento distendido.
El amor al paisaje, su inmersión en el paisaje en busca de los porqués de su estado y su evolución, fue su entrada en la preocupación ambiental. Cuando hoy volvemos a leer lo que escribió y defendió en aquellos lejanos años sesenta (como ejemplo, las preciosas páginas de los capítulos iniciales de su «Valoración del paisaje natural») podemos comprobar, una vez más, lo que era una muestra característica de su gran inteligencia: su visión de futuro. Hablar de medio ambiente, de la defensa del paisaje, no era tan «fácil» en la sociedad y en el ambiente profesional, técnico y corporativo de esos años. La aceptación social del tema, hoy patente, se interpretaba como muestra de obstruccionismo al desarrollo y al progreso tecnológico. Y ello le costó a Ángel Ramos no pocas incomprensiones y desafectos que no le apartaron de su defensa de la apertura profesional, de la incorporación de los aspectos ambientales y de las bases ecológicas a la gestión forestal, de la búsqueda de lo pluridisciplinario y del trabajo en equipo. En el salón de actos de la Escuela de Montes, en un silencio que hacía espeso al aire, plasmó de forma lorquiana esta postura en el colofón de la bella conferencia de clausura de un curso sobre ordenación y valoración del paisaje: «Se acabaron los gitanos que iban al monte solos». El tiempo le dio la razón, y hoy día lo demuestra la composición del claustro de la Escuela, la tasa de colocación de los ingenieros de montes en el campo medioambiental, y hasta los pronunciamientos y los quehaceres profesionales de muchos de quienes entonces le negaban el pan y la sal.
Este perfil intelectual insobornable, su rabiosa independencia, los acompañó Ángel Ramos con la ayuda y la complicidad de amistades entrañables que jalonaron su trayectoria. Para todos nosotros fueron una fuente enriquecedora de talantes y conocimientos: Agustín Soriano, compañero desde los tiempos de la Escuela y en la puesta en marcha de su querida Anthos, la empresa pionera en España dedicada a la restauración ambiental y paisajística; Antonio López Lillo, coautor de sus primeras obras sobre valoración del paisaje natural, constante valedor desde sus instancias oficiales y difusor de sus ideas en el «mundillo» de la profesión; Manuel García de Viedma, colaborador en el frente común de la apertura a la investigación y a la formación de equipos en la Escuela, cuya muerte prematura interrumpió bruscamente aquellas agradables tertulias; Fernando González Bernáldez, también tan prontamente fallecido, su álter ego en la formulación conceptual de la incorporación de los aspectos ambientales a la ordenación del territorio, en la elaboración metodológica de la evaluación de impactos ambientales, y en la defensa pública comprometida de una gestión ambiental diferente, cuyo mutuo respeto y admiración, y su abierta cooperación, superaban y dejaban de lado, ante sus equipos de colaboradores, sus básicas diferencias ideológicas en otros ámbitos; y Emilio Fernández Galiano, su entrañable confidente y degustador de frases memorables, que recogió el testigo de Manolo Viedma hasta los últimos avatares de su jubilación y de la etapa de Nueva Revista, acolchándole en su visión bienhumorada del mundo, bien cierto que no exenta de sarcasmo.
Las etapas que maduraron la evolución conceptual, profesional y académica de don Ángel Ramos son las que han conformado la estructura de este libro en homenaje a su persona: «Conservación de la naturaleza y desarrollo económico»; «Planificación física y ordenación del territorio»; «Ordenación, valoración y restauración del paisaje»; «El proyecto y la evaluación de impactos ambientales»; «Gestión ambiental ». A estos temas, que fueron evolucionando unos a partir de otros, con el feed-back que caracteriza toda cuestión ambiental, dedicó Ángel Ramos sus esfuerzos, y la presente respuesta obtenida de amigos, colaboradores y alumnos muestra que la semilla que sembró no fue inútil.
Cuando Ángel Ramos introduce en España los estudios de planificación física, el campo del planeamiento estaba ausente de cualquier formulación ambiental. Los modelos de la geografía regional se limitaban, en todo caso, al manejo de variables de flujos de población, de transporte y de tráfico, en su intento de predicción y control del crecimiento urbanístico.
Con la dificultad añadida de que entonces no existían la digitalización de la cartografía, ni los mapas temáticos a nivel comarcal o regional. Cada estudio precisaba partir trabajosamente de cero, cartografiar ex novo, codificar manualmente cada punto del territorio para cada uno de los mapas temáticos utilizados por los incipientes SIG o, en otro caso, superponer, también manualmente, la cartografía utilizada.
Ángel Ramos no sólo introdujo en España la planificación física, sino que le dio consistencia teórica y metodológica. Sus aportaciones en la creación de índices cuantitativos territoriales, de técnicas para el manejo estadístico de datos territorializados, de métodos para el análisis de precedencias en la toma de decisiones, o de la «sensibilidad» y «robustez» de las clasificaciones basadas en datos ordinales y cualitativos, fueron influyentes a nivel internacional. Obras dirigidas por él, como «Planificación física y Ecología: Modelos y métodos» o «Guía para la elaboración de estudios del medio físico. Contenido y metodología», continúan hoy siendo obras de referencia en la materia. Fue miembro del Consejo editorial de la revista Landscape and Urban Planning desde su fundación, así como del Consejo Editorial de Landscape Ecology.
La consideración del paisaje, en su aspecto ecológico y en su aspecto visual, en los estudios de planificación física fue un paso natural. Si se trata de mantener el significado cultural y natural del territorio, este significado es producto de la acción secular de unas actividades humanas sobre unas ciertas condiciones naturales. Transguedir los límites de aceptación, los umbrales, impuestos por los procesos naturales supone el cambio, normalmente irreversible, del significado del paisaje.
Ángel Ramos fue el pionero de la restauración ambiental en nuestro país. Fue un exigente defensor de la integración paisajística, funcional y ambiental de la obra pública. Exigente y detallista en la redacción del proyecto, minucioso calculista, hábil diseñador, con el concurso de un enciclopédico conocimiento de las especies vegetales (¿cuántos de nosotros hemos recibido la oferta de «una peseta» por decir cuál era tal o cual planta, o de «un duro» si la dificultad era ya de gran calibre?), pero, si cabe, más exigente todavía en la ejecución del proyecto, en la dirección de obra. «De nada vale un buen proyecto si luego se ejecuta mal», repetía una y otra vez. Y esto, en un campo en el que el proyecto prácticamente se menospreciaba, se consideraba incluso supérfluo por los propios técnicos competentes, en un ejercicio mayúsculo de suicidio colectivo profesional.
La restauración paisajística, el land reclamation anglosajón, la rehabilitación de áreas degradadas con una base científica y ambiental, deben mucho, muchísimo, en nuestro país a la labor docente, bibliográfica, científica y técnica de Ángel Ramos.
Planificación física, estudio básico paisajístico, estudio de impacto en anteproyecto, introducción de medidas correctoras en la redacción del proyecto, proyecto de restauración, ejecución cuidadosa… formaban una concatenación lógica y retroalimentada en la formulación ambiental de la actuación técnica que Ángel Ramos promovió y defendió. Esta congruencia nunca le abandonó, siempre la inculcó como necesaria e imprescindible, y todavía la echamos en falta cuando, preocupados por lo ambiental, observamos la realidad de las cosas en nuestro alrededor y en la actuación cotidiana de los gestores y de los técnicos.
La base conceptual de esta formulación, la búsqueda de sus raíces en la relación armoniosa del hombre con la naturaleza, fue el legado que intentó transmitir en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que hoy nos acoge en su memoria. Por qué la conservación de la Naturaleza fue el título de ese estudio profundo, serio, riguroso, de difícil lectura por la destilada elección de cada una de sus frases, al que dedicó muchas horas de trabajo y que, a veces, le preocupaba no ser capaz de darlo fin con el ambicioso cuidado que se había autoimpuesto.
Para mí es su texto más fundamental, un texto que demanda muchas relecturas, fruto reflexivo de muchos años de reflexiones: las relaciones hombre-naturaleza, la naturaleza pensada, el sentimiento de la naturaleza, la influencia del hombre en el medio, la influencia del medio en el hombre, las actividades ante la naturaleza, el dominio de la naturaleza, la conservación de la naturaleza, la conservación como instrumento, progreso y conservación, cuidado y respeto, bienestar y calidad de vida, solidaridad, una especie más, un individuo más… Son epígrafes que hablan por sí solos de lo que don Ángel nos quiso transmitir en ésta su última obra testimonial.
Somos sus alumnos, tesinandos, becarios, colaboradores y amigos, quienes más podemos apreciar el recuerdo porque somos quienes más podemos sentir la orfandad en que ha quedado la «tienda». Y muy especialmente, quien tan mano a mano trabajó con él, y que ahora tanto esfuerzo ha dedicado a la elaboración de esta obra, Maruja Gil, la «veterana» de la Cátedra. Este colectivo de varias decenas de personas que Ángel gustaba reunir en sus convocatorias quinquenales de recapitulación del camino andado y por recorrer (Cervera de Pisuerga, Covadonga, Guadalupe…), y, sobre todo, el «grupo de personas» que nos sentimos directamente aludidos por él («ellos saben quiénes son») en aquella tarde, tan gozosa como multitudinaria, en este Salón de la Real Academia de Ciencias, con motivo de su recepción como Académico: «Me siento con ellos como el entrenador de un equipo de fútbol que tras vencer en un campeonato es paseado a hombros de sus jugadores, que son, desde luego, quienes han metido los goles y han ganado los partidos».
Ese era su talante con nosotros, y si entonces nos hizo aflorar las lágrimas, hoy también hay que reprimirlas, apretar los puños, y desear que ojalá sepamos mantener con dignidad la antorcha que él mantuvo y nos transmitió tan ejemplarmente. Muchas gracias por su atención.
El derecho de acceso a la Red nos plantea una serie de preguntas importantes: ¿está o no el derecho de acceso a Internet incluido en el genérico derecho a la información? Si es así, ¿este derecho equivale a tener desde casa esa facilidad? Y, en ese caso, ¿a quién le corresponde el deber de garantizármelo? ¿En qué consiste exactamente, a día de hoy, satisfacer el derecho de las personas a gozar de las artes, del progreso científico o de los beneficios que de él resulten, tal y como postula la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 27? ¿Tiene esto algo que ver con la cuestión de la «tarifa plana» ?
Para responder a estas preguntas, los lectores me permitirán que les cuente una historia que, además, me ayudará a poner de manifiesto los diversos niveles del derecho de acceso a Internet: el derecho a la infraestructura, el de conexión o acceso a la Red mundial y el de «acceso universal» a la información.
EL DERECHO A LA INFRAESTRUCTURA
El «derecho a la infraestructura» tal y como se ha enunciado en la Comisión del Senado de España y en varios documentos de la UE, es un postulado confuso. El derecho a acceder a Internet, se ha dicho, es como salir de mi casa y recorrer la calle. Si está ahí puedo usarla. Demasiado simple, aunque no deja de esconder un secreto, que veremos.
Si se plantea la mejora del clásico «servicio universal de telecomunicaciones», no como derecho, sino como «servicio público», en tanto que condición para su ejercicio, sí podríamos entender que correspondería al Estado su promoción o garantía. Y algo de eso hay en varias solicitudes elevadas a la Comisión Europea, aunque es discutible su viabilidad jurídica de acuerdo con los principios del Derecho comunitario. De nuevo la «subsidiariedad» del Estado puede ser, como se dirá, la clave.
LA HISTORIA DE UN VIAJE
Haciendo un parangón entre el acceso a la información en Internet por el ciudadano y el derecho a la libertad de circulación, en realidad, la historia que quería contarles sería la siguiente.
Vivimos en una sociedad en la que todos querríamos que, sin excepciones, toda persona tuviera la posibilidad de conocer el territorio espa-ñol o el europeo. No cabe duda de sus ventajas, ni hay que argumentarlas.
Supongamos que María, que vive en Villafranca del Castillo, quiereconocer —porque ha oído hablar mucho, o alguien se lo ha sugerido directamente— Viena. O, simplemente, quiere cruzar la frontera para ver qué hay. Incluso hasta se le ha ocurrido que podría montar un negocio allí o, quién sabe, perderle el miedo a los idiomas y desarrollar su carrera profesional y la de sus hijos fuera de su pueblo. Es indudable que con un presupuesto holgado podría comprar un billete de avión y el viaje resultaría cómodo. Pero no tiene ese dinero. O a lo mejor lo tiene,pero es aerofóbica. Tiene, pues, que planear su viaje por carretera, pues éstas ya están hechas y, aunque hay tramos malos, tarde o temprano la llevarán allí.
La cuestión está en que, como en cualquier transporte —en el mundo ciberespacial sin necesidad de traslación-— caben varias opciones: que María sepa conducir, que además tenga coche y decida irse de ese modo; que María no tenga coche y necesite hacerse con uno. Afortunadamente, conducir diversos modelos no tiene esenciales diferencias y las normas de tráfico son internacionales; María puede alquilarlo o, probablemente prefiera que alguien se lo preste; pero puedo ocurrir que Maríafinalmente se decida a usar otro tipo de vehículo, que ha oído decir que es también servicio público, y que por tanto hace el trayecto, aunque sólo viajen pocas personas y que le saldrá más económico.
La verdad, María tiene bastantes opciones —ya que además ha descartado hacer autostop o ir andando—, por lo que finalmente inició el viaje y —según mis noticias aunque no del todo— consiguió su objetivo.
¿DE QUIÉN ES EL DEBER?
Dejando, por un momento, la historia de lado, podemos preguntarnos: ¿de qué ha dependido el derecho de circulación de María? Y, en consecuencia: ¿quién ha «cargado» con el deber de satisfacerlo? ¿Ha dependido de haber tenido amigos que le dejasen el coche? Sí, en parte, aunque ellos no tienen ese deber de prestación. ¿O de que alguien haya organizado viajes que entran dentro de su presupuesto? Indudablemente sí, y el derecho es satisfecho por compañías de servicios de Transporte colectivo. ¿De que el trazado de las carreteras haya sido hecho anteriormente? Sí, y esto sigue siendo un deber del Estado que, a veces, todo hay que decirlo, no se ha esmerado en exceso. ¿O en que le salga lo más barato posible? Sí, en cierto sentido, por eso ha oído decir que hay una Comisión que revisa las tarifas. ¿No dependería más bien de que efectivamente llegue adonde ella quería? Entiendo que su derecho está no tanto en llegar, como en haber podido hacerlo, porque se trataba de una oportunidad, no de una obligación.
Esto podría extrapolarse al acceso a los servicios de la sociedad de la información en el siguiente sentido. Hay carreteras, aunque también a veces con tramos malos o cortes imprevistos. Y corresponde al Estado y a la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones vigilar por su mejora. Hay proveedores de acceso a Internet, casi todos de titularidadprivada. Son el autobús o el coche del amigo que puede llevarla, pero necesita un contrato de acceso y un ordenador. Digamos que tiene que comprar el billete o llenar el tanque de gasolina. Si no tiene ordenadorpropio María puede ir al de la casa de sus amigos y pedírselo un rato. Y nada impide que así lo haga —no es como una VISA—, aunque más de tres o cuatro veces puede empezar a ser molesto. María puede decidir también compartir con estos amigos, los que también tienen ordenador, el mismo contrato de «acceso» a un proveedor de Internet, los gastos del alta o mejorar sus condiciones. María puede ir a cualquier hora a la biblioteca más cercana, que es de entrada libre, y consultar Internet. Los equipos son antiguos y resulta lento obtener información, no se puede imprimir, pero… menos da una piedra. O puede hacerlo en solitario, porque no es excesivo el coste. Pero María, por último, puede no haber oído hablarnunca de Internet, como otros muchos no han oído citar Viena en su vida, y lo que habría perdido es una oportunidad.
DEL «DERECHO DE ACCESO» AL «ACCESO UNIVERSAL» O « ACCESO PÚBLICO»
A nadie se le escapa que la gran cuestión para garantizar un acceso con una calidad mínima y con un precio asequible, está en la disponibilidad de las actuales redes de telecomunicaciones, es decir: en la conexión. Este es el segundo plano del que hablaba. Es ilustrativo en este sentido lo que señala la Ley General de Telecomunicaciones de 1998, en el artículo 35.2: «El cumplimiento de las obligaciones de servicio público en la prestación de servicios y en la explotación de redes de telecomunicaciones para los que sean exigibles, se efectuará con respeto a los principios de igualdad, transparencia, no discriminación, continuidad, adaptabilidad, disponibilidad y permanencia y conforme a los criterios de calidadque reglamentariamente se determinen […]».
El acceso a Internet (tercer plano), siendo una cuestión cercana al «servicio universal de telecomunicaciones», resulta superior, pues nos referimos a la conexión a una red de servicios —en sentido amplio, de información—, incluida la World Wide Web; y nos planteamos si es un servicioobligatorio que deben prestar las operadoras con licencia en Europa.
No cabe duda de que no, pues de forma inmediata se estaría convirtiendo a los operadores de redes en proveedores de acceso y/o de servicio de Internet. Sería como si planteásemos que la suscripción a un canal de televisión de pago tuviese que ser ofrecida gratuitamente por el operadorde satélite o cable que lo suministra. O el contenido de un libro, por su editor. El «servicio universal» sí incluye la condición de una infraestructura preexistente, así como el derecho de conexión —que lleven el cable hasta todo ciudadano—, pero no los contenidos y servicios que difunde.
Sí es un deber del Estado garantizar que los ciudadanos tengan el máximo de oportunidades para formar parte de esa Sociedad de la Información. Es el derecho a la cultura y a la información que deben ser promovidos por las Administraciones Públicas. Éste es el perfil de la nueva ciudadanía. Y una fórmula para hacer efectivo este deber, que no tiene que ver con ponerle coche y gasolina a cada ciudadano, es añadir esta herramienta de conocimiento a través de los servicios públicos de enseñanza, cultura y sanidad.
El «acceso universal» a Internet es entonces el precipitado históricodel derecho a la información, al conocimiento. Se trata, pues, de una cuestión de oportunidades, de ampliación de las capacidades de la red, más que de especificaciones tecnológicas.
Pasamos así del «servicio universal obligatorio» de las operadoras al deber de favorecer el «acceso universal» o «acceso público» a Internet.Puesto que hay servicios típicamente desarrollados en Internet, a los que un ciudadano tiene derecho, sea cual sea el medio de comunicación empleado, y no tiene por qué esperar a estar entrenado y tener los mediospara acceder desde casa, lo que el Estado entiendo debe y puede asumir es proveer ese «acceso universal» en lugares públicos o privados, o mediante una combinación de ambos. Así, caben más medidas legales y fiscales para incentivar a las operadoras. Este es el secreto que esconde el pretendido «derecho a salir a la calle», si se me permite la expresión, como a veces se ha planteado a propósito de la navegación por Internet.
Para concluir, podríamos decir lo siguiente. No hay que esperar a que alguien preste al ciudadano el coche o el ordenador, porque ese momento puede no llegar, o llegar tarde.
Debe haber bibliotecas, con recursos telemáticos, de entrada y uso libre, o, en otras palabras, hay que poner autobuses.
Tales puntos de información públicos deben tener buena calidad y dotación técnica, y en esto las empresas pueden y deben colaborar.
En la medida en que haya capacidad ociosa en las redes, finalmente,hay que incluir el acceso a Internet como valor añadido a la telefonía o al abono a la televisión por cable.
En un momento en que administraciones y gobiernos de todo el mundo buscan establecer modelos políticos que permitan el desarrollo acelerado de la Sociedad de la Información a través de la aplicación masiva de las nuevas tecnologías, una de las carencias más evidentes es la de experiencias que puedan ser utilizadas como marcos dereferencia. Este es el objetivo buscado por los dos libros editados por Brian Kahin, Asesor del Presidente Clinton para la SI.
National Information Infrastructure Initiatives analiza los distintos desarrollos seguidos por algunos de aquellos gobiernos que estudian cómo crear un modelo político para el acceso de sus ciudadanos a la SI.
Siendo en este campo abrumador el predominio cuantitativo de la sociedad y el mercado norteamericano, y por la adscripción personal,antes descrita, de uno de los editores, éstos han prestado especial interés al caso estadounidense. De esta forma nos presentan la evolución de lainiciativa política de la Presidencia Clinton, gran impulsora de la National Information Infrastructure Initiative norteamericana (más conocida por su acrónimo NIIl), y cómo su Gobierno ha ido modulando progresivamente el énfasis puesto sobre cada uno de los múltiples factores que intervienen en el desarrollo de la SI.
Así, se describe el acento puesto inicialmente en la acción gubernamental de desarrollo de infraestructuras y de establecimiento de estándares y aplicaciones, y cómo paulatinamente se ha ido transfiriendo el protagonismo a la sociedad civil y al mundo económico, limitando pocoa poco la acción gubernamental a la extensión social de los nuevos adelantos. Asistimos así a un doble traspaso generalizado de la iniciativainversora desde el Gobierno a las entidades privadas, y en paralelo, desde el sector infraestructuras («hardware»), al de contenidos («software»). Resulta significativo comprobar que, cuantitativamente, laacción inversora del Gobierno norteamericano no ha decrecido, si bien su participación cualitativa se ha reducido hasta cifras marginales.
El resto del volumen permite cotejar diferentes experiencias, en buena parte de los países más avanzados de Europa y Asia. Aquí el libroresulta desigual, consecuencia inevitable de su redacción múltiple. Tampoco resulta exhaustiva y se echan en falta referencias a algunos países e incluso a iniciativas privadas no gubernamentales de influencia planetaria.
La mayor aportación del texto, junto con la descripción antes mencionada, reside en la posibilidad ofrecida al estudioso de pergeñar un modelo a la medida de un país concreto, mediante el análisis de las diferentes propuestas e iniciativas, y la correspondiente correlación finalcon los resultados de las mismas, cuyos datos puede encontrar en los medios de comunicación que se ocupan de estos temas. Resta, pues, alexperto, adaptar las premisas de partida a las condiciones de entorno del modelo empírico y elaborar los modelos perseguidos.
Public Access to the Internet resulta menos descriptivo pero másvalioso desde el punto de vista del análisis político. El libro presenta adecuadamente la problemática subyacente en la SI: la desagregación social y la aparición de nuevas barreras entre aquellos colectivos con acceso a la información y a la gestión del conocimiento que ésta ofrece,y aquéllos que pueden quedar marginados social y culturalmente por carecer del mismo.
Si la SI se caracteriza por ofrecer una nueva dimensión a la capacidad humana de comunicación y relación, resulta imprescindible formular nuevos esquemas jurídicos que lo hagan posible. Este libro pasa revista a las medidas de la Administración Clinton y a su criterio argumental.
De esta manera, si el primer texto anticipaba un predominio creciente del mercado en la SI, el segundo nos advierte de la imprescindible necesidad de crear un marco jurídico que actúe como moderador de las tendencias inherentes a dicho modelo. De esta manera enlaza con algunos de los mensajes y contenidos esgrimidos en la sección multimedia de esta publicación: el Servicio Universal, el derecho de acceso a la información, el derecho y sus restricciones a la libertad de expresión en Internet, y el establecimiento de códigos de conducta en la nueva SI.
El libro se estructura en cinco partes: la problemática del Servicio Universal, la cultura sociológica de Internet, el establecimiento de comunidades malladas o interconectadas, los nuevos usuarios y, por último, los modelos de precios y servicios.
En definitiva, dos obras interesantes y oportunas que ayudan a iluminar los aspectos sociales y políticos de la SI, y las responsabilidades y consecuencias de las acciones gubernamentales en esta materia.
Tengo un amigo al que aqueja una disfunción no tan grave como engorrosa. El fisioterapeuta que le trata diagnosticó una contracción de ligamentos entre las vértebras «ele no sé cuántos» y «ele no sé cuántos más uno», un punto neurálgico de nuestro cuerpo donde confluyen los movimientos de la espalda, la cadera y las extremidades inferiores, como en el Triángulo de las Bermudas las corrientes oceánicas o en la estación de Alsasua los trenes de Barcelona, Bilbao y Galicia. La gente —según generalización de este diplomado, que pronto leerá la tesis en una universidad gala— o tiene bien fuerte este punto, del que dependen las funciones todas del organismo, o anda encogido o no anda, lo que precisamente sucede con este amigo mío.
Vertebrada o invertebrada: ésa era la cuestión de España según el pensador español más leído de comienzos de siglo. Entonces Ortega deseó que unas élites intelectuales vertebraran los movimientos de la masa popular (¿carne y huesos del organismo social.7) con la vida de las clases altas o distinguidas (pulmones y corazón). Si la propuesta orteguiana resultó original en su día, no lo voy a discutir aquí; ahora sólo quiero señalar cómo dos películas españolas de 1999 parece que han querido refutar estas tesis sociológicas.
Dos obras en las que arrolla mucha del agua que ha llovido desde comienzos de siglo en nuestra tierra. Solas, ópera prima de Benito Zambrano (Sevilla, 1965), y Flores de otro mundo, segundo largóme traje de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), son como dos afluentes de aquellos que a fuerza de repetición tenían que prender en nuestros cerebros infantiles.
Bollaín y Zambrano pertenecen a la más joven generación del cine español. No han hecho la guerra, ni la han ganado ni la han perdido; tampoco han protagonizado la Transición. Se han encontrado con la democracia servida; y de ella han comido a mantel puesto, como toda nuestra generación. Sin embargo los dos realizadores han hecho una suerte de generalización histórica o sociológica, un agudo análisis de las relaciones entre las generaciones españolas de la segunda mitad de este siglo, que merece algunos comentarios.
Come, anda, respira, ama: vive serena, pausada pero dignamente, en primer lugar, la generación adulta. Son los que participaron en la guerra y sobrevivieron al franquismo y se vieron adelantados por la Transición que no sólo fue política, sino sobre todo de estilo y hábitos de vida. Ellos son los pulpos en el garaje del mundo globalizado, los abuelos desconectados de la red. A esta generación pertenece la protagonista de Solas, una mujer de Sevilla plenamente identificada con sus roles de esposa y madre al viejo estilo, interpretada magníficamente por María Galiana; y también un asturiano viudo (Carlos Álvarez-Novoa), vecino de la hija de la protagonista sevillana. Entre los personajes de Flores de otro mundo, pertenece a esta generación la madre (Amparo Valle) de un paleto vecino de Santa Eulalia, llamado Damián (Luis Tosar). Son ellos los hijos de la España invertebrada, España de ricos y de pobres, la doble España. Son aquellos que han aguantado el peso del día y del calor durante las severas tareas del siglo; ellos también los que van calculando por dónde arrimarse a tablas.
No es casual que en ambas películas los personajes de esta generación pertenezcan al medio rural. Su España y ellos eran pueblerinos en el sentido más noble que cabe dar a esta palabra. Eran los que aterrizaban en las ciudades con su bien cosido y remendado traje de pana, aquéllos cuyas alpargatas, entrados los sesenta, fueron transformadas por el milagroso Desarrollo en achaparrados Seiscientos.
La segunda generación que figura tanto en Solas como en Flores son los hijos de esta generación mayor, las mujeres y los hombres de la Transición y del régimen y de los hábitos democráticos. Como la noche del día, dista su modo de vida del que caracteriza a sus padres. Aquí nos las habernos ya con españoles urbanos, emancipados, cultivados, descreídos. El caso más señalado lo retrata la película de Zambrano: la hija de la voluminosa protagonista, llamada María (Ana Fernández), incapaz de vivir sometida al arbitrio patriarcal de su padre, cambia su casa en el pueblo por una vida de adolescente independiente en Sevilla.
A mitad de camino entre lo rural y lo urbano están los protagonistas de Flores de otro mundo. Ellos son habitantes de un pueblo, sí, pero hasta él llega el aire de la ciudad, lo trae el autobús, los automóviles; las ondas hercianas transportan imágenes de amores insólitos en el medio rural.
Además, el arco generacional es más amplio en Flores que en Solas. En el guión de Bollaín-Llamazares hay muchachas y muchachos quinceañeros, jóvenes veinteañeras, madres en sus treinta o cuarenta, responsables, aunque todavía con cuerda; hay paletos de cuarenta, paletos de cincuenta que viven, sí, en el pueblo cabeza de comarca y a él pertenecen en cuerpo y alma, pero que entienden y se manejan con los elementos urbanos como no lo hace la generación de sus padres, rural profunda, inexorablemente extraña a la ciudad.
En la película de Bollaín figuran unos personajes que superan la vieja dicotomía entre lo rural y lo urbano, lo cateto y lo cultivado; son elementos extraterrestres, de un mundo allende España; son la niña cubana llamada «Milady» (Marilín Torres), y la mujer dominicana, Patricia (Lissete Mejía), dos flores exóticas que dan título a la película. Esta nota era relevante sociológicamente, porque para referirse a nuestra sociedad actual no bastaba un discurso sobre la España rural y la España urbana, sin referirse a esa España que nunca ha sido España, la que veremos qué llega a ser, la España de la inmigración tratada ya por Erice, Armendáriz o recientemente por Cotelo, entre otros.
Esa España que será, la que devendrá blanca o negra o morena, la España de la tercera generación, nietos de la guerra e hijos de la democracia, la vemos representada en ambos filmes por los niños. En Solas y en Flores son sólo protagonistas pasivos, son los que sólo miran, aquéllos cuyas vidas dependen siempre de otros y hacia los que confluye todos los anhelos más vivos de las personas mayores.
Pues bien: la fisiología de la última España, la red espiritual que une a esas tres generaciones, el completo juego de fuentes y corrientes subterráneas de vida que corre entre ancianos, jóvenes y niños, depende en nuestro país de un punto neurálgico, de una estación de Alsasua, de un Triángulo de las Bermudas presente por igual en las películas de Zambrano y Bollaín. El elemento vertebrador de España, la trabazón sobre la que se ha tejido la historia de este siglo en este país, no han sido, naturalmente, los militares metidos a caudillos, ni tampoco las élites intelectuales y profesorales a las que se refería Ortega; Solas y Flores demuestran que otra ha sido la clave de la Transición, la correa de transmisión, la columna vertebral. Quiero hablar de las mujeres.
Recordemos cómo son las españolas protagonistas de ambos filmes. Dándole la vuelta a aquel título de Bigas Luna tan castizo (Jamón-jamón), podríamos empezar por hablar de mujeres que, en ambas películas, se encuentran «casadas-solas». No «solas» como Carmen Alborch, ni «casadas-casadas» como Rocío Jurado, sino precisamente «casadas pero solas», «casadas y solas» o acaso más sencillamente: «casadas: solas». El uso común del castellano supone que quien está «casado» se encuentra «acompañado», «no solo», pues un marido o una mujer son, sobre el papel del Diccionario de la Real Academia, compañero o compañera de vida. Pero no sucede así con las mujeres que nos presentan Zambrano y Bollaín-Llamazares.
Tanto la protagonista de Solas como la de Flores están casadas y, sin embargo, las dos, según la lógica dramática que activa ambos relatos, viven solas. Es significativa a este respecto la homonimia entre el título del primer largometraje de Bollaín: Hola, ¿estás sola? (1997), con el primero de Benito Zambrano, quien ya no pregunta eso a la joven generación, sino que afirma: Solas, marcando de un solo trazo el territorio emocional de su discurso. La lluvia amarilla, si queréis, se ha convertido ya en un fenómeno de masas, urbano.

La madura madre de María, en Solas, ha compartido su vida con un hombre tosco, agrio, celoso, probablemente un burdo egoísta, ciego ante el hecho de que alguien haya gastado su vida junto a él. La película nos lo presenta como un rudo campesino ingresado en un hospital de Sevilla. Su mujer le atiende cada día de un modo que, en la lógica de finales de los noventa, nos resulta hasta servil. Todo los actos de esta mujer, sus reacciones, sus gestos son pensados y realizados con el fin de acompañar grata, cálida, cariñosamente a su marido, en lo que pueden ser los últimos días de éste. Ella intenta que él no esté solo, incluso cuando la compañía está prohibida por los facultativos: su marido en la UVI; tras las ventanas de la sala, erguida sobre sus gordas piernas con varices, está esta mujer de piel tostada por «la calor» de la campiña sevillana.
¿Y él, cómo responde? Con grosería y celos de un hombre testarudo, poco inteligente. Estar casado para esta protagonista significa, por tanto, no ser libre, vivir sometida a la voluntad de quien se considera (no entendemos con qué fundamento) superior y con derecho a ser obedecido. El, como sus padres, como sus abuelos, como las piedras.

No sólo casada, sino dos veces casada está también la dominicana Patricia, en Flores. Y por esa razón va a vivir ella dos veces sola. Su primer marido —un dominicano con quien tuvo dos hijos, los pequeños que están ahora a cargo de Patricia— es un tragaldabas. En su doble aparición en la historia de Bollaín-Llamazares sólo sabe pedir dinero a cambio del préstamo que en su día hizo a Patricia para que ésta llegara a España. Patricia intenta huir de él, pero su destino no logra «descasarse» de este hombre: el nuevo camino que se abre tras cuatro años de trabajo ilegal en nuestro país, se tuerce cuando su primer marido aparece dispuesto a realizar un vergonzoso chantaje.
Porque Patricia se ha casado con un alcarreño, Damián, al que ha ocultado su primer enlace. A ella no le movía tanto el amor por este campesino (un buen hombre, pero harto limitado) como el deseo de asegurar el futuro de sus hijos. En este su segundo marido encuentra afecto y respeto, a los que Patricia sabe corresponder, y también cariño para sus hijos. Los dos no viven un cuento de hadas, sino un camino cotidiano cada vez más transitable. Pero la vida anterior de Patricia cuelga como un garrote sobre su destino; cuando parece que finalmente se afianza su nueva vida, vuelve a encontrarse sola.
Los protagonistas de la «segunda generación», aquellos a los que hemos asignado formación y hábitos urbanos, pueden ser caracterizados como los «solteros-solos». Difieren de sus padres en cuanto al estado civil: no están casados, no se han comprometido establemente como sus progenitores; pero tienen en común con ellos que viven en soledad, que experimentan un tipo peculiar de aislamiento vital.
María, en Solas, se escapó del pueblo porque no aguantaba a su padre y ha vivido en Sevilla muchos años, luchando por ganarse la vida sin ayuda de nadie. Trabajó de asistenta, ahora friega por las noches los suelos de las oficinas de los ricos. El resultado de sus esfuerzos es magro. Vive en libertad, sí, no-casada con nadie, no-dependiente de nadie, pero no consigue sacar la cabeza de la limitación, de la cutrez, del ir tirando que paulatinamente la endurece. El humor que los clásicos llamaron «bilis negra» se ha ido acumulado en sus entrañas. Ella lo mitiga bebiendo. Tiene un novio, un camionero con quien hace el amor cuando éste deja el volante. Como la deja embarazada, y ella lleva una vida aperreada: ¿va a aceptar la nueva vida o va a abortarla? A su novio le pide María el matrimonio para salvarse. Pero éste lo rechaza: el camionero, que es un guerrero, distingue las amantes de las esposas. La decisión de dar vida habrá de tomarla María sola.
En la película de Bollaín aparecen otras dos solas. Una es Marirrosa, una enfermera de Bilbao, madre soltera de un joven adolescente, que prueba a tener relaciones estables con otro vecino de Santa Eulalia. La segunda es una viuda de la vieja guardia. Sin maridos, las dos tienen hijos con los que conviven. Pero la edad las hace rígidas, incapaces de abrirse fácilmente a nuevas relaciones, les cuesta admitir junto a sí nuevas compañías permanentes.
Pero ¿acaso no están también «solos» los solteros de Santa Eulalia, esos hombres que invitan cada año a una camionada de mujeres para hallar una que quiera acompañarles? Sí, pero ellos saben cuándo y de qué manera aliviar, endulzar su soledad. «Cuando estoy apurado, viajo a Madrid», dice uno que se ha ligado a una jovencita cubana, «Milady», a quien pretende impresionar con su riqueza de hortera. Otros hablan de los prostíbulos de la carretera de Zaragoza, donde hay de todo: guapas y feas, nativas y cubanitas, y siempre champaña, aunque sea de granel.
Así que Solas y Flores delimitan un estado social: la soledad, y nos cuentan cómo reaccionan las distintas generaciones ante este hecho. Y precisamente porque la respuesta de las mujeres ha sido distinta de esa clásica entre los varones, podemos hablar de la importancia social y cultural de su actitud y su comportamiento. Solteras o casadas, viudas o prometidas, madres o amigas, trabajadoras rurales o urbanas, algunas mujeres españolas han pronunciado con sus vidas una respuesta análoga, diversamente modulada, pero de parecido sabor e importancia: las madres, las novias, las amigas han visto en el amor una de las más altas fórmulas de afirmación de la propia dignidad y de la dignidad de los otros.
La madre protagonista de Solas ejerce esta profesión: la del cariño que busca el bien de los demás y se olvida del propio provecho; la de la ternura hecha de menudos, ordinarios, nunca humillantes para quien los hace ni para quien los recibe, sacrificios. La vida de esta mujer no ha sido otra cosa y se va a morir sin aprender oficio distinto. Ni siquiera entiende otra actitud: le parece natural atender a su marido, atender a su hija, atender al vecino viudo que reclaman, egoístamente o no, su ayuda. Sin embargo, eso es precisamente lo que su hija no logra entender: que haya vivido sometida a un individuo como su padre, tiránico y tosco, sacrificando su vida por él. Más que el hábitat y el estado social, es la aceptación de servidumbres, el afán de independencia, la capacidad de rebelarse lo que distancia a las generaciones.
Ambas películas plantean que hay cosas que pueden llegar a ser más fuertes, más importantes que la propia independencia. La última parte de Solas modula una clara respuesta, al unir de un modo inesperado el destino de las dos generaciones, inicialmente separadas por la incomprensión. Ni sometimientos de esposa o de esposo, ni libertad de amante: las respectivas soledades de un hombre viejo y una joven mujer se encuentran después de haber sido ambas objeto del cariño simple, pero efectivo y constante, de una mujer inculta, gorda, sencilla. Ella desaparece de escena; pero su ejemplo, su cariño, su infatigable bondad sirven de vínculo entre las generaciones y salva el futuro. La vida de una sencilla mujer de pueblo ha sido fecunda: creó vida y sigue creándola una vez muerta.
Patricia, en Flores, es una mujer que conoce bien lo que ha de dar a cada uno. Distingue el amor por sus hijos —verdadero motor de su vida— del cariño con que trata a Damián; el respeto con el que intenta conquistar a la fría madre de éste y la amistad fiel y chispeante que dispensa a sus compatriotas dominicanas. En este caso, es el corazón de una joven exótica lo que acaba uniendo a las generaciones españolas y salvando la de otro modo comprometida vida de las comunidades rurales.
Es verdad que el destino nos encadena a todos con hilos harto sutiles. Lo que al principio no parecen sino circunstancias, personas, trabajos livianos, que uno podrá sacudirse con sólo desearlo, se transforman por la fuerza de la vida en hechos ineludibles, en responsabilidades, en cargas. Juventud y libertad, vida y servidumbre. ¿Tenían mucho dónde elegir las mujeres en los pueblos españoles de los años cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta? ¿Muchas más o menos choices que las de una dominicana con dos hijos, obligada a trabajar sin papeles en España? ¿Encuentra mucho dónde elegir una joven mujer de la limpieza cuyo novio se desentiende de su embarazo? ¿Puede aceptar un hombre de pueblo, condenado a la soledad pero orgulloso, que le engañe una mujer de pocas letras?
Destino, hado, buena o, casi siempre, mala suerte llamamos a todas esas circunstancias y personas que se alzan frente a nosotros y que, hagamos lo que hagamos, parecen impedirnos progresar en un camino, del que, por otra parte, no tenemos más señales que nuestras edulcoradas imaginaciones. ¿Qué hacer cuando se osifica el amargo destino? ¿Cómo tratar los dolores de muelas de nuestra alma? ¿Lamentarnos estérilmente, como el perro escaldado de Bulgákov, aullando? ¿Decir: pues ahora os vais a enterar, porque yo seré infeliz, pero vosotros vais a sufrir mis gritos, mi histeria va a envenenar vuestra vida? A estas alturas de la película sería ingenuo intentar vender un Linimento Sloan para psiques politraumatizadas. La vertebración de un país, ahora ya lo sabemos, no depende de ninguna clase de sujetos privilegiados, educados y monos. Ni siquiera nuestros intelectuales, si es que alguno merece tal nombre, se atreven a servir café para todos. Las películas de Bollaín y Zambrano nos hablan de vías de salida innovadoras, creativas, sintéticas, como la vida. Sus películas señalan magníficamente el tipo de respuestas construidas por seres que no renunciaron al cariño; de mujeres que envejecieron pero que no se enfriaron; de españolas cuyo cuerpos encallecieron a la vez que sus caracteres embellecían, haciéndose más comprensivas: son las mujeres a las que nadie regaló, a las que nadie facilitó, a las que nadie logró impedir la cotidiana conquista de una humanidad plena. La futura vida española ha nacido de estas gordas, perfectas, buenas mujeres; de estas biografías que en pantalla podríamos ver como Raras, preciosas flores que germinaron por milagro en nuestro mundo.
Italo Calvino, entre otras muchas definiciones de clásico, da una que viene a señalar que es aquél que nunca decimos que estamos leyendo por primera vez, sino releyendo. Por encima de la ironía, acaso lo que sucede con los clásicos es que, cuando los leemos, incluso por primera vez, parece que ya los hubiéramos leído antes, pues descubrimos que son imprescindibles y comprendemos que estaban ahí a pesar de nuestro desconocimiento, que la historia de la literatura no podría ser la misma sin ellos, y que si despojásemos a la literatura de lo superfluo, quedarían ellos, como la sustancia segura de todo.
Sin embargo, la excesiva presión de la novedad, y la penetración en el mundo editorial de la perspectiva uniformizadora de un marketing que trata igual a los libros que a otros productos, sometiéndolos a rápidos plazos de caducidad, acaban desplazando de las librerías a los clásicos, que son sustituidos por libros de temporada, de vida efímera. Muchos clásicos acaban así desapareciendo del tráfico regular y hasta de los catálogos, y superviviendo apenas, en el mejor de los casos, en versiones que se ofrecen en colecciones marginales destinadas a los saldos, sin garantías de edición ni traducción. Por eso suelen ser acertadas las conmemoraciones de nacimientos o muertes de autores literarios —como lo son ciertas versiones cinematográficas de sus obras—, ya que suscitan al menos la posibilidad de una recuperación editorial.
Este año, uno de los autores cuyo nacimiento se celebra es Aleksandr Pushkin, considerado como el creador de la moderna literatura rusa. Todo en Pushkin fue novelesco, su profundo sentido romántico de la libertad, su simpatía por los caídos y oprimidos, y hasta su muerte, en un duelo de honor, a los 36 años. Pero lo que sorprende sobre todo de él, es la capacidad y el talento con que, en su breve vida, realizó una obra literaria tan diversa y original.
En Pushkin se conjugó de modo peculiar el sentido de su cultura nacional con una idea cosmopolita de la expresión literaria. En un tiempo en que en Rusia era el francés la lengua de cultura, empleó sus esfuerzos creadores en dar a la lengua rusa la dimensión literaria que merecía, pero los asuntos de la moda romántica que estimularon su imaginación, la influencia de los grandes contemporáneos y de otros clásicos, no le hicieron perder la sensibilidad frente a su mundo cotidiano, y hasta supo compaginar lo que pudiéramos llamar la literatura culta con el aprecio por los cuentos y las leyendas populares de su recuerdo infantil.
Acaso en la sensibilidad que permanece la conciencia certera de su propio mestizaje, heredero como era, a la vez, de antiguas gentes rusas y de un esclavo abisinio, luego liberado, del zar Pedro el Grande.
La aparición en nuestras librerías de dos libros suyos (Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin, Ediciones Altera, y La hija del capitán, Alianza Editorial), supone la recuperación, en óptimas condiciones —tanto la edición, como el castellano en que las ha traducido Ricardo San Vicente, son excelentes—, de parte de la obra de este clásico imprescindible.
Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin y La hija del capitán son el alfa y omega de lo que se pudiera considerar la ficción realista de Pushkin, y no es exagerado afirmar que marcan un punto de inflexión en la historia de la narrativa. En los grandes escritores de cuentos rusos —citaré a Gogol, a Turguéniev, a Chéjov, pero un contemporáneo nuestro como Vladimir Makanin serviría también de ejemplo perfectamente— está la huella estética de estos Relatos, pero su aroma podría llegar muy lejos, y alcanzar Incluso a Pío Baroja, que sin duda aprendió en los rusos mucho de lo que sabía en cuanto a la plasmación de la realidad viva en la realidad literaria.
Por otra parte, estos Relatos están compuestos desde un espíritu que hoy podríamos considerar «metaliterario». Así, Pushkin, en una nota previa, en realidad un cuento más, explica cómo los cinco que componen el libro llegaron a sus manos, apareciendo más como editor que como autor, lo que, dándole al libro una gran modernidad, lo enlaza con una estirpe en que Cide Hamete Benengell no sería el miembro menos considerable.
Cada uno de los cinco relatos tiene una identidad singular. El disparo inaugura acaso para la ficción moderna una historia en que se conjugan el pasar del tiempo y la pasión de la venganza, una estructura narrativa que ofrecerá en la literatura contemporánea frutos tan dispares y atractivos como El barril de amontillado, de Poe, El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas o La mansión, de William Faulkner. El fabricante de ataúdes resuelve, en clave de realismo cotidiano, una imaginería que Hoffmann nunca dejó salir de la ambigüedad onírica. El maestro de postas presenta unos personajes conmovedores, ese padre desolado y esa hija seducida por un calavera, que inauguran una mirada nueva no solo en la literatura rusa, sino en todo el siglo XIX. La señorita campesina es un Aleksandr Pushkin (Alianza Editorial, 1999) es un delicioso enredo que se podía calificar de primaveral, y la protagonista tiene la espontaneidad picara de algunas de las damas que imaginó Lope de Vega muchos años antes, aunque su espíritu pertenezca tan claramente a la modernidad romántica.
Queda para el final, sacado de su orden, La ventisca, uno de los grandes relatos en la antología universal del cuento literario, una historia de amor sobre el azar y el destino que es magistral por la invención, pero también por la técnica con que se desarrolla, dando comienzo unos años después de sucedidos los sucesos dramáticos que constituyen su meollo, y disponiendo diversas localizaciones del punto de vista, e incluso testimonios en primera persona, conducidos con una habilidad y una sabiduría narrativa que no ha perdido nada de su gracia original y de su interés dramático.
En todos estos cuentos, el lenguaje sigue conservándose fresco, vivo, pero un elemento fundamental es el humor. Al describir los personajes y las situaciones hay un humor benévolo e incesante, que lo enriquece extraordinariamente todo. A veces, algunos irónicos comentarios del narrador anticipan algunas de las miradas más finas del siglo. Por ejemplo, cuando en La ventisca señala el narrador que María Gravilovna se había educado en las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada; o cuando en La señorita campesina alude a los sentimientos y pasiones que la lectura desarrolla en las señoritas de provincias, se adelanta al espíritu de aquel delicioso comentario de Stendhal en El rojo y el negro, al apuntar que, como madame de Rénal no leía novelas, no podía comprender la naturaleza y el alcance de sus sentimientos.
En fin, hermosas tramas, reconstrucción vigorosa de un mundo de personajes vivos y reconocibles, ternura e ironía, en un libro que, gracias a esta edición, podemos recuperar en toda su belleza originaria.
La novela La hija del capitán, igualmente llena de vida y frescura, ofrece muchos elementos de singularidad literaria. Novela que podríamos calificar de «itinerante », presenta ante todo una pareja, el joven Piotr Andréyevich Griniov y el viejo siervo Savélich, que reconstruyen en muchas de sus actitudes las de los dos miembros de la pareja andante más famosa de la literatura universal. Además, se trata de una novela «de aprendizaje», que narra puntualmente cómo el joven e inexperto Piotr Andréyevich se va enfrentando con la vida, la experiencia adulta y el amor, en difíciles circunstancias. En cuanto a esos lejanos puestos fronterizos en que el bisoño oficial debe empezar a desempeñar sus labores militares, inauguran sin duda unos decorados que no desaparecerán de la literatura universal en los dos siglos posteriores.
La novela, al tener su escenario en el espacio físico y temporal de la revuelta de Yemellán Pugachov, un suceso verdadero en la Rusia del siglo XVIII, resulta también la crónica de unos lances aventureros en un momento histórico peculiar, y la relación entre el joven protagonista y Pugachov, llena de contradicciones y ambigüedades, anticipa algunas de las relaciones extrañas en que fue maestro, por ejemplo, Robert Louis Stevenson.
También en La hija del capitán se muestra en todo su esplendor el registro irónico y hasta humorístico de Pushkin, que con su ayuda describe concisa y hábilmente lugares, situaciones y conductas, consiguiendo personajes inolvidables, como el disipado Iván Zurin, el traidor Shvabrin, la corajuda y matriarcal Vasilisa Yegórovna o su marido, el afable y heroico capitán Mirónov.
La edición y versión que nos ofrece Ricardo San Vicente incluye como anexo el «Capítulo omitido» por el autor, que alguna de esas versiones anónimas y furtivas antes aludidas incluía sin aviso dentro de la trama. La lectura de este capítulo, en que aparece patente la incorporación a aquella revuelta de los siervos domésticos y más cercanos a las familias, puede dar idea del mundo ideológico cerrado y despótico en que debían publicarse las obras de Pushkin, y hasta qué punto la naturalidad y falta de prejuicios con que él afrontaba las conductas de sus personajes resultaban verdaderamente nuevos en su contexto social, obligándole incluso a lo que no se puede considerar sino como cierta prudente autocensura.
En fin, dos hermosos libros de un clásico cuya recuperación hay que celebrar, como hay que celebrar que haya vuelto a la memoria de los medios de comunicación la figura de Aleksandr Pushkin, que en este oscuro fin de siglo, marcado por terribles enfrentamientos bélicos, culturales y étnicos, y por la regresión a particularismos que parecían superados, resulta ejemplar en su voluntad de integrar elementos dispersos, tanto en la cultura como en la propia personalidad, para elaborar una obra destinada a pasar de lo particular a lo universal.
Hace diez años, Ethan Canin (Michigan, 1960) se convirtió en una de las grandes promesas de las letras estadounidenses al publicar su primer volumen de cuentos. La colección, traducida al castellano inicialmente como El emperador celeste (Versal), ha sido felizmente reeditada ahora con un título ligeramente distinto, El emperador del aire (Emecé). Entretanto, Canin ha confirmado su talento con la novela Blue River (Emecé) y muy especialmente con El ladrón de palacio (Anagrama), conjunto magistral de cuatro relatos largos que suponen la entrega más destacada del autor hasta la fecha.
Canin, desde esta su primera obra, muestra afinidad con esa pródiga corriente narrativa estadounidense de corte realista que, en esta segunda mitad de siglo, ha inquirido en la insatisfacción del individuo de clase media acomodada, en el malestar que experimenta el americano adulto —sobre todo el varón— a la hora de adaptarse a los modos actuales de vida y a las instituciones sobre las que tradicionalmente ha descansado la vida en sociedad, muy en especial sobre el matrimonio y la familia.
Dada la ingente cantidad de autores que transitan por estas latitudes, cabría preguntarse si no se trata de otro autor mimético, atrapado como tantos en las voces de los Updike, Ford o Carver. Felizmente, Canin ha encontrado una mirada personal sobre el incómodo estado de las cosas, misterioso e insondable al mismo tiempo, como lo es la naturaleza de cada hombre. Ahí es adonde apunta Canin, a la incapacidad de los miembros de una determinada sociedad —fácilmente reconocible— para establecer vínculos estrechos entre ellos a pesar de los años y del parentesco, a la imposibilidad, en un padre: son acontecimientos soterrados que marcan la vida cotidiana, definitiva, de ser reconocido por los otros, incluso por los más cercanos.
Los personajes de El emperador del aire se han acostumbrado a vivir en soledad, son fríos, indolentes, parcos en palabras. Canin se muestra fascinado por la relación de los padres y los hijos, por la enclenque herencia que se transmite de unos a otros, por los extraños y en apariencia minúsculos desequilibrios del comportamiento que padecen, válvulas de escape que liberan las presiones familiares y sociales, y que facilitan la adaptación al grupo. Salvo en el primero de los cuentos, Canin evita la empatia del lector con los protagonistas, los mantiene aislados, no conoce todavía —a juzgar por lo mostrado en el posterior El ladrón de palacio— la calidez de lo cómico, la redentora intervención del humor.
Un velado examen de conciencia parece recorrer el interior de estos personajes. La vejez, la infidelidad, la enfermedad, la muerte de hechos asumidos que, sin embargo, despiertan inconscientemente la necesidad de explicarse uno mismo, de repasar la propia historia, de preguntarse qué se ha hecho de la vida, si queda entre tanto paso en falso algún minúsculo hecho heroico que la redima.
Los lectores de El ladrón de palacio echarán de menos en este libro de iniciación la caricatura, la incursión de personajes tan queridos como ridículos en las situaciones más disparatadas. Sin embargo, cualquier lector advertirá la genialidad de Canin para crear expectativas, para jugar con las metáforas y para deslumbrar con los finales. Y, por supuesto, para crear atmósferas inquietantes y desarrollar personajes. Sobre un fondo gris, lacónico, sosegado, una tormenta de hielo se cierne sobre criaturas «razonablemente felices», hombres maduros, capaces siempre de controlar sus sentimientos.
No en vano, diluviaba. Las nubes ominosas fruncían el ceño sobre el pueblo entero, reprochándole su indiferencia, su silencio, quizá sus pecados también. Caía la tarde. Un viento frío ampliaba el molesto efecto sobre la nariz empapada de nuestro viajero y sobre sus manos pálidas y estilizadas, a la vez que agitaba pertinazmente las enclenques florecillas expuestas en los balcones de las casas vecinas.
En pie, dos maletas entre sus zancudas piernas y el brazo derecho estirado mostrando las excelencias de su pulgar a los conductores, el viajero no conseguía más fruto que un número de humillaciones directamente proporcional al de los escasos automóviles que se atrevían a cruzar aquella carretera comarcal. Vestía pantalón marrón oscuro, de ningún modo reconciliable con el jersey verde botella estampado que lucía bajo su chaquetón, y sus calcetines delataban color granate. Lo único que conjugaba con su vestuario era una mirada desentonada, decepcionada, que quizá añorara una remota lucecita de ilusión. Pero ahora todo parecía un sueño, tal vez una pesadilla.
Mientras perseveraba en su mendicación de servicio, nuestro viajero podía intuir cierto espionaje disimulado tras alguna cortina. De vez en cuando se encendería la luz en una ventana superior, para apagarse inmediatamente al ser percibida. Sin duda una vecina encubriendo en la oscuridad su indiscreta pero piadosa vigilancia. ¿Qué importaban ya estas gentes mezquinas y miopes? En cuestión de minutos, quizá de segundos, aquel pueblucho con sus gentes dejaría de existir.
Regresaba a casa, a la aldea de sus padres; ya había hablado con ellos ampliamente. Sufrían, pero aceptaban. Un hijo siempre será un hijo. No es que le agradara el regreso, tan lejano estaba su espíritu de aquel entorno rústico y atrasado, pero por el momento no tenía otro sitio adonde ir. Y no podía demorar más la marcha. Por otro lado, se distrajo, ¿qué sería de aquella niña sonrosada y sanota con la que jugó de niño y soñó de adolescente, ahora resignada viuda cincuentona? Quizá aún estuviera de buen ver. De cualquier modo, antes había algunos asuntos que arreglar.
—Qué, hombre, ¿pa dónde va?
—Esto… Valdemaús.
—Ya, ¿y eso pa dónde queda?
— A unos treinta kilómetros tras el desvío para Valdeonar. ¿Le coge de camino?
—Bueno… Más o menos. Suba.
Con una agilidad impensable en tan corpulento personaje, el camionero saltó a tierra para ayudar a subir las maletas chorreantes del viajero. Éste apenas había reparado, tan absorto como estaba, en el torpe camión que se detenía unos metros delante de sí. El camionero tenía un aspecto basto y tosco —era de esperar— pero parecía afable.
—¿Viaja usted solo en ese camión?— le preguntó el autoestopista durante el corto trayecto hacia la cabina.
La respuesta, sin embargo, tardó unos segundos:
—Pues…, sí. Digamos que sí.
Los motores de aquel armatoste volvieron a carraspear. Por unos momentos no se oyó otro sonido, combinado inarmónicamente con el repiqueteo de la lluvia y el monótono balanceo del limpiaparabrisas. Transcurrieron eternos los segundos. El viajero miró a su samaritano —o mejor, a su filántropo— porque juzgaba su deber romper el incómodo silencio. Trató de recordar sus conocimientos sociológicos sobre tal tipo de trabajadores, y casi inadvertidamente buscó con la vista algún calendario o póster impudoroso a su espalda. En vano. Sólo vislumbró dos fotografías en el guardabarros, pero no pudo distinguir sus imágenes porque el fornido antebrazo del camionero lo dificultaba.
Nadie le podía negar cierto conocimiento de la psicología de estas gentes sencillas (de pueblo, aunque él también lo era, estrictamente hablando). Por eso, tenía la impresión de que el camionero se encontraba incómodo. ¿Se habría arrepentido de recogerle? ¿Qué estaría pensando de él? ¿Imaginaría los motivos por los que un quijotesco personaje emprendía tal viaje, en hora extraña y clima intempestivo? O no, más bien parecía absorto en algo. ¿Culpabilidad (nadie le podía negar cierto conocimiento…) ? Sí, él reconocía ofrecer una innegable aura de misterio… pero ¿acaso este hombretón no tenía la suya? Por ejemplo, ¿por qué había dudado antes, cuando le preguntó si viajaba solo? Con la imaginación empezó a aventurar explicaciones, que alternaban desde la implicación de su benefactor en el narcotráfico, hasta su colaboración en la inmigración ilegal. Pero pocos segundos después se burló interiormente de sus propias elucubraciones, juzgándolas majaderías. Por fortuna, ya se conocía lo suficiente, y era consciente de poseer una imaginación impresionable y exacerbada no exenta de cierta creatividad. De pronto, el rostro rústico del camionero perdió su absorción. Más aún, consiguió romper el silencio.
—Qué… ¿tiene usté familia?
—Eh, no. Bueno, sí, mis padres viven aún… Y tengo una hermana, casada.
— No está casao, ¿eh?
—Pues…, no. Aún no.
—¿Aún? Pues ya no es ningún chaval… je, je. Como no se dé prisa…
—Ya.
El primer asalto no fue victorioso para ninguno. Sin duda tras las palabras del camionero latía cierta buena voluntad, de eso estaba seguro el viajero. Además, no se había molestado por el comentario impertinente. Hacía falta mucho más que una gansada de ese calibre para perturbar un espíritu aplomado como el suyo, paciente y articulado a fuerza de años de trato con aldeanos sin modales. A poco que se lo propusiera, seguro que él sí sabría dar con un tema apropiado de conversación, así que apremió a su imaginación con ese fin. Pero no resultaba tan fácil. Todas las ideas que partían de su cerebro morían de inanición en el trayecto hacia los órganos fonadores. Tras mucho ponderarlo, por fin se decidió a exclamar, forzando una sonrisa:
—Vaya tiempo de perros, ¿eh?
—Pse, los he visto peores— zanjó su interlocutor.
El segundo intento por su cuenta fue aún peor. Era lógico. ¿Qué podría tener en común un hombre cultivado, exquisito, racional, con un rudo camionero que se pasa la vida sin más compañía que un ruido ensordecedor, grasa y asfalto? Y sin embargo éste, decididamente más animado que en los primeros minutos de viaje, parecía interesado en asuntos familiares.
—Pues yo sí que tengo familia, y bien grande. Y vaya guerra que dan. Bueno, sobre to mi Juana, que es la que tié que aguantarlos más. A ver… Ella los parió ¿eh? Digo yo… ¿no?
—Sí, ya —concedió el viajero, cada vez más convencido del insondable foso que separaba su mundo y el de aquel personaje.
—Y a pesar de toa la guerra que dan, ella está fuerte como un toro ¿sabe? O gorda como una vaca, jo, jo… ¿Sabe? Como una vaca.
Esta vez su compañero no se molestó en asentir. Simple como un ladrillo, pensó.
—Pero… ¿y lo bien que guisa? Nos hace a toa la familia unos cocidos que no vea. Y además, ¿sabe usté?, tenemos una pequeña huerta justo alao de casa y mi Juana la gobierna ella sólita. Bueno, la ayudan algunos de los mayores, pero ella es, como yo la llamo, la terrateniente. A ella la hace gracia que la llame así…
…como una mata de habas, pensó el viajero. ¿Habrá este badulaque leído en su vida un solo poema? Ni remotamente se podría emocionar leyendo a Shakespeare, a Goethe, a Rilke… ¿Habrá oído hablar de Kant, de Hegel, de Karl Rahner? «¿En qué equipo juegan?», preguntaría. El viajero rió interiormente al abrigo de su propio humor, que él mismo reconocía malicioso.
—El mayor es más bestia que yo. Toavía me acuerdo del disgusto que nos dio un día que vino a casa to sangrando. «Na, el perro del Manuel», se pone el muy bestia, «que me ha mordío». Y se lavó un poco y no dijo más. Y, na, que al día siguiente me viene a casa el Manuel to cabreao que mi hijo le había dejao medio muerto al perro, el mastín con más mala leche del pueblo. Y la gente del pueblo que no, que el mastín del Manuel que era un salvaje, que le fue a morder al mi mayor, y que el otro con las manos desnudas le dio tal somanta palos que el perro casi la palmó. O sea, que está hecho un mulo, vamos.
El viajero ya apenas escuchaba. Recordaba con autoironía cómo había llegado a pensar, en los primeros momentos del viaje, que un algo misterioso latía en este sujeto. Ahora entendía dónde radicaba su error de percepción. El hombrón había experimentado uno de esos lapsus que se producen con frecuencia en mentes limitadas, no por actividad cogitativa, sino precisamente fruto de cierto vacío de ideas sólidas, concluyó, reconstruyendo simplificadamente algo que creía haber leído poco tiempo atrás en un manual del eminente profesor Jiménez-Tronk. De cualquier modo, ya no pesaba sobre su conciencia la obligación de provocar un diálogo, y podía desentenderse discretamente de los relatos, ahora profusos, del camionero. A la hazaña de su hijo mayor siguieron las heroicidades de sus otras seis criaturas: el que hacía la mili y había conseguido llegar a Cabo; la que se dedicaba a la costura y ya estaba consiguiendo vender algunos trapos; el más intelectual, que estaba acabando Bachillerato; la siguiente, que era más bruta aún que su madre, pero tenía el mismo toque para el cocido… En fin, una galería de seres rústicos, con vidas enteramente vulgares, anodinas. Como la del mismo camionero.
El viaje se prometía aburrido.
···
Menudo sujeto. Pues vaya cabreo que se pilló. Claro que, como parece del tipo de gente educada, pues que se ha bajao muy finamente, sin cara de enfado, sin dar explicaciones. «Gracias, le estoy muy agradecido. Pare aquí mismo. Me bajo». Pero a mí no me la da, no, a Juan el camionero.
El tío estaba molesto por lo que dije. No haber preguntado, no te digo…
Pero es que a esa gente así no hay quién carajo la entienda. Primero, ¿qué pinta un tío tan triste haciendo autoestó en un pueblo perdido como ése bajo una lluvia tan puñetera? Si es que me dio una pena… Por eso paré. Yo ya sabes que al típico peludo que te puede sacar la navaja en cuanto te descuides, ni mirar siquiera. Pero un tío así, enclenque, calao hasta los huesos, narigudo… daba pena. De veras.
Yo no le pregunté nada, eso es su problema si quiere irse a Valdeleches o se quiere morir de pulmonía esperando. Pero me dio tanta pena que le cogí. Luego, no me interesaba lo más mínimo darle palique, o sea que no me importa que fuéramos callaos todo el viaje o lo que fuera. Es más, a mí eso de tener una conversación sin que ninguno tenga ninguna gana de hablar es que me da dolor de estómago.
Yo por ser educao, que dice mi Juana que no cuesta dinero, y ella sabrá lo que cuesta y lo que no, porque pa mantener a las siete bocas más sumándonos a nosotros dos con mi sueldo, pues que bien conocerá ella lo que cuesta y lo que no. Por eso, por ser educao le di algo palique. Bueno, sí, también empecé porque estaba pensando pa mí éste es uno de esos tíos que vive solitario, leyendo libros y esas cosas. Maestro escuela o algo así, seguro. Y lo de si tenía familia también era curiosidad, ¿entiendes?, para ver si lo que me suponía era verdá. Y la curiosidad es malsana, que diría don Julián, que es un santo varón.
Y bueno, ya vi que tenía razón lo que pensaba, así que no se me ocurrió otra cosa que preguntar. No le iba a preguntar por los libros que lee, ¿no? O sea, que yo chitón. Que hablara él, si quiere. Ya sabes que yo hasta no tener un poco confianza no digo ni mú. Contigo sí que tengo confianza, por eso le doy a la hebra de esta forma.
Luego no le debió gustar que le dijera lo de que ya no era un chaval. O sea que yo ahí igual me pasé, quién me manda con un desconocido… Pero el tío se ve que disimuló bien, y volvió a sacar conversación. Ya cuando empecé yo a darle a la hebra con lo de mi familia, pues se ve que el hombre se interesaba. No sé muy bien por qué. No creo que conozca a nadie. El caso es que cuando cogió un poco confianza y me preguntó eso, pues yo pensé que ya estábamos un poco más… no sé si me entiendes… no amigos pero ya… como rompiendo el hielo, si entiendes lo que quiero decir. Y yo le contesté sinceramente, pues que no sé si se enfadó por eso, pero yo creo que sí, porque si no, no entiendo qué habrá sido. Seguro. Uno de esos que a fuerza de leer de libros va por ahí de angóstico. Igual también lo de que no era un chaval, pero yo eso lo dije con toa la buena voluntad del mundo. Bueno, y lo otro también, claro.
Si me pongo a pensarlo, quizá el problema es también un poco tuyo. Sí, creo que algo de eso hay… Si es que a veces tienes cada cosa… No, y luego dirás que esas veces en que… jorobas de lo lindo, es por mi bien y todo eso, pero alguna vez igual podías haber preguntado antes, ¿no? Bueno, esto es medio broma, ya sabes, pero me entiendes a lo que voy,que no me extraña que alguno por ahí… Es como cuando te pegas un corte gordo y la herida te escuece hasta cuando la miras. Pues igual. Haytíos que en cuanto les rozas una herida, aunque no hagas fuerza, pues les escuece…
«Gracias, le estoy muy agradecido. Pare aquí». Al menos el tío dio las gracias, o sea que dentro de lo que cabe, al menos lo agradece. También yo es que me desvié pa hacerle un favor, aunque no se lo dije, me dabatanta pena ver a ese tío narigudo y empapao como una esponja haciendo autoestó.
Yo creo que el tío estuvo mosca todo el viaje, bueno, lo poco que duró. Sí, por lo que tardé en contestar al principio y demás. Así que, cuando ya cogió un poco confianza, preguntó. Y preguntó que por qué tardé al principio. Y yo volví a tardar. Pero me puso entre la espada y la paré , o sea que yo tampoco podía mentir porque la mentira es un vicioaburricible , como dice don Julián, que es un santo varón, y si él lo dice será verdad, tú sabrás ¿no?
O sea, que le contesté la verdad.
Le contesté que no estaba solo. No, porque estoy aquí contigo. Hablándote. Siempre.
Y si eso es lo que le molestó, pues yo qué sé. Tú sabrás, ¿no?
···
Ya caía la noche. Juan el camionero encendió los focos mientras seguíaabrazando el volante. Curiosamente, la lluvia había despejado. Ante su vista desfilaban pueblos entumecidos, modernos chalets unifamiliares,caserones de piedra vetustos, tabernas y bares con moderada clientela en márgenes y recodos, campanarios. Bosques medio chamuscados, pedregales, la desviación para Valdemaús, donde ya no iría el misterioso viajero. Dos aldeanos que caminaban acompañados de un joven de buena presencia; un anciano sentado en el poyo de su casa, eterno curioso anteel desfile de vehículos; una campesina en delantal; una niña corriendo desgreñada. Una estación de servicio para repostar.
Sin embargo, Juan no les prestaba demasiada atención, mientras su mente sencilla trataba de buscar sentido a los hechos de aquella tarde. Y efectivamente, mientras proseguía su ruta entre el loco carraspeo de motores, otro hombre llegaba al término de su viaje pedestre.
Sí, la llave estaba donde la había dejado. Y de nuevo una lucecita brillaba en sus ojos mientras, arrodillado en la parroquia pueblerina que pensó no volvería a ver más, renovaba sus ya lejanos propósitos de servir.
De la tradición clásica de origen griego Borges ha tomado una serie de emblemas que utiliza repetidamente a lo largo de su obra con un valor simbólico. Sin tratar de fijar un catálogo, y sin hacer un arduo ejercicio de memoria, citaré, entre esos emblemas, escenas históricas como los últimos momentos de Sócrates, diálogos platónicos como el Fedón y el Crátilo (Borges acentúa, incorrectamente, Cratílo, como puede comprobarse en su poema «El Gólem», donde rima con «Nilo»), temas helénicos como el río de Heráclito, el canto al coraje propio de la épica homérica o la sofisticación de las paradojas eleáticas —sobre todas, la aporía de Zenón transmitida por Aristóteles—, y mitos clásicos como los de Edipo, Jano, Jasón, Proteo el transformista, Ulises, el poietés o Hacedor (que no es Dios, sino Homero, y es ciego como Borges), y last, but not least, el omnipresente Virgilio. Mención aparte debe hacerse del Minotauro en su Laberinto, con el que se identifica el escritor argentino y al que Adrián Huici ha dedicado todo un libro: El mito clásico en la obra de Jorge Luis Borges. El Laberinto (Sevilla, Alfar, 1998). Mi maestro y amigo Carlos García Gual ha dedicado el último capítulo de su libro Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (Barcelona, Península, 1999) a «Borges y los clásicos de Grecia y Roma», cincuenta páginas absolutamente imprescindibles.
Dentro del trabajo titulado «Del culto de los libros», incluido en sus espléndidas Otras inquisiciones, escribe Borges: «En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar». Es precisamente Ulises, un personaje para el que los dioses tejieron no pocas desdichas, un aventurero sin demasiados escrúpulos, un héroe «de muchas vueltas psíquicas y, a la vez, de muchos caminos a sus espaldas» (podría ser el adjetivo «asendereado» el que mejor vertiera al español el epíteto que siempre acompaña al hijo de Laertes en la Odisea), el héroe griego más veces evocado por Borges. Ulises es el símbolo del viajero que intenta, a través de innumerables peripecias, reencontrar la patria perdida, regresar a un hogar que, en la medida de lo posible, no le resulte demasiado extraño. Ulises es también para Borges el héroe marino que desafía las olas y a los monstruos sembrados a lo largo del mar, alguien que viene de un asedio largo y se dirige a una venganza horrenda.
Recuerdo, ahora, dos poemas a él dedicados. El primero es un soneto, intitulado «Odisea, libro vigésimo tercero» y perteneciente a El otro, el mismo; dice así:
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Ya la espada de hierro ha ejecutado |
Cuenta Dante en la Divina Comedia cómo Ulises dejó a su amada Pené-lope en Itaca y se embarcó de nuevo, atravesando el Mediterráneo hasta llegar a las Columnas de Hércules, que atravesó, internándose en el Mar Tenebroso de los antiguos, llevado de su inquietud y de su afán de conocer y de explorar. Fue en el ignoto Océano donde perdió la vida y fue tragado por las aguas. Borges glosa la figura de ese Ulises dantesco en Siete noches, recordando cómo Melville, al hundir al Capitán Ahab con Moby Dick, pudo haber recordado a su vez la escena de Dante. También Kazantzakis se sitúa en la misma estela: la soleada y yerma tierra de Itaca, el amor de una reina y los placeres del gobierno no bastan para detener al inquieto Ulises, ávido siempre de nuevas aventuras.
El segundo poema se titula «El desterrado» (1977), con Ulises y Borges como protagonistas (una vez más «el otro, el mismo»). Se publicó en el seno de La rosa profunda, un libro aparecido en 1975 y redactado casi por entero en los Estados Unidos, donde retenían a Borges compromisos profesionales. Reza de esta manera:
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Alguien recorre los senderos de Itaca |
En este poema, Ulises sigue siendo el asendereado Ulises del destierro, y piensa en Itaca-Buenos Aires con nostalgia.
Además de estos dos poemas, Ulises-Odiseo está citado en muchas páginas de Borges. Según el catálogo de la exposición dedicada a Borges por la Biblioteca Nacional de España en Madrid, con motivo del fallecimiento del maestro (1986), que incluye un listado de citas muy completo, Homero es, después de Shakespeare, la Biblia, Dante y Cervantes, el autor más citado por Borges. Y, desde luego, el Homero de la Odisea, porque el de la Ilíada interesa mucho menos al autor argentino, a excepción de dos versos emblemáticos del canto VI, que Borges solía repetir a menudo y en los que Andrômaca se dirige a Héctor, su esposo, en la despedida más célebre de las letras universales: «Héctor, tú eres para mí el padre y la veneranda madre y el hermano, tú para mí el florido compañero de lecho». Veamos algunas de las citas referidas a Ulises:
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Cuentan que Ulises, harto de prodigios, [«Arte poética», El hacedor] Fuiste, bajo ominosos vientos, el laberinto [«Poema del cuarto elemento», El otro, el mismo] Gracias quiero dar al divino [«Otro poema de los dones», El otro, el mismo] España, donde Ulises descendió a la Casa de Hades… [«España», El otro, el mismo] El mar. El joven mar. El mar de Ulises [«El mar», El oro de los tigres] |
Entre sus «Talismanes» Borges cuenta con «los dos tomos de las Odiseas de Chapman» (La rosa profunda, 1975, p. 135), y recuérdese que la mayoría de los ejemplos de «Las versiones homéricas», formidable capítulo de Discusión, proceden de traducciones, casi todas inglesas, de la Odisea, no de la Ilíada. De la Odisea procede también la figura de Proteo, el viejo dios marino que pastorea focas, a quien en La rosa profunda se dedican dos sonetos. El multiforme dios es una imagen del hombre, del poeta, variable y distinto según pasan los días y los años. En el Libro de sueños se incluyen, asimismo, dos sueños procedentes de la Odisea, soñados ambos por Penélope, cuya situación personal, nada envidiable, se me antoja propicia al sueño profético.
Quiero terminar el capítulo de Ulises y de la Odisea, aduciendo otros dos textos borgianos que tienen que ver con el rey de Itaca. El primero de ellos se titula «Un escolio» y pertenece al libro Historia de la noche:
Al cabo de veinte años de trabajos y de extraña aventura, Ulises hijo de Laertes vuelve a su Itaca. Con la espada de hierro y con el arco ejecuta la debida venganza. Atónita hasta el miedo, Penélope no se atreve a reconocerlo y alude, para probarlo, a un secreto que comparten los dos, y sólo los dos: el de su tálamo común, que ninguno de los mortales puede mover, porque el olivo con que fue labrado lo ata a la tierra. Tal es la historia que se lee en el libro vigésimo tercero de la Odisea.
Homero no ignoraba que las cosas deben decirse de manera indirecta. Tampoco lo ignoraban los griegos, cuyo lenguaje natural es el mito. La fábula del tálamo que es un árbol es una suerte de metáfora. La reina supo que el desconocido era el rey cuando se vio en sus ojos, cuando sintió en su amor que la encontraba el amor de Ulises.
El segundo, «Nubes, I», forma parte del espléndido y último libro de poemas de Borges, Los conjurados, que vio la luz un año antes de su muerte, en 1985:
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No habrá una sola cosa que no sea |
Es curioso —quiero insistir en ello— que ni Aquiles, el mayor héroe de la épica homérica, ni la Ilíada, la gran epopeya trágica (frente a la Odisea, la gran epopeya novelesca), susciten eco alguno en Borges, tan receptivo a los grandes lienzos heroicos de las literaturas germánicas medievales. Sorprendentemente, Aquiles es para Borges, antes que nada, esa figura abstracta del corredor de pies veloces que se empeña en perseguir a la tortuga de la paradoja eleática sin poder alcanzarla jamás. Esta aporía del espacio infinitamente divisible, que Borges ha glosado tantas veces, es un tema predilecto de su preocupación filosófica. En Discusión, por caso, Borges afirma haber querido escribir un libro titulado Biografía del infinito. Su cuento «El libro de arena» (perteneciente a la colección de idéntico título) es una divagación más sobre el libro infinito, que hoy podría identificarse con Internet. En el prólogo a su libro de poemas El oro de ios tigres (1972), Borges nos cuenta que «desde niño… mi padre me reveló, con ayuda del tablero de ajedrez (que era, lo recuerdo, de cedro), la carrera de Aquiles y la tortuga».
En cuanto al Laberinto, tantas veces rememorado por Borges en prosa y verso como metáfora de la existencia humana, importa menos su abolengo helénico que su carga moderna, digna del mismísimo Kafka. Borges no se interesa por Teseo, sino por la angustiosa espera del Minotauro, que es la angustiosa espera del ser humano. Como ejemplo, entre muchos otros posibles, puedo citar los dos sonetos sobre el tema publicados en Elogio de la sombra (1969), o el relato «La casa de Asterión», de El Aleph. El hexámetro virgiliano que tanto le gustaba a Borges y que describe cómo Niso y Euríalo se dirigían por la noche al campamento de los rótulos, ibant obscuri sola sub nocte per umbram (o per umbras, que hay discordancia en los manuscritos), resume, como el Laberinto, la andadura del hombre sobre la Tierra.
Heráclito va siempre acompañado por su río en las evocaciones borgianas (el célebre fragmento 91 de la colección Diels-Kranz, que viene de Platón y que dice: «Todo fluye… No podemos bañarnos dos veces en el mismo río»). Hay dos poemas con el título de «Heráclito» en la obra poética de Borges. El primero, de Elogio de la sombra, expresa la melancolía del poeta ante la fuga irreparable del tiempo:
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¿Qué río es este |
En el segundo, de La moneda de hierro, fechado en East Lansing, en 1976, Borges se identifica con un Heráclito tristísimo: «Heráclito no sabe griego… [Borges sabía latín, pero no griego] / Heráclito no tiene ayer ni ahora. / Es un mero artificio que ha soñado / un hombre gris a orillas del Red Cedar, / un hombre que entreteje endecasílabos / para no pensar tanto en Buenos Aires / y en los seres queridos…».
Las dos últimas referencias a Heráclito en la obra de Borges pertenecen a Los conjurados. Vale la pena recordarlas, porque están inscritas en dos poemas hermosísimos. En «Abramowicz», poema dedicado a un viejo amigo de ese nombre que Borges conocía desde la época de Ginebra y que acababa de morir, Heráclito figura entre las sombras familiares:
[…] Todos estaban ahí, y también mis padres, y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.
En «Son los ríos», un maravilloso soneto, Borges medita sobre la muerte, utilizando de nuevo el río del filósofo («Somos el tiempo. Somos la famosa / parábola de Heráclito el Oscuro») con algún eco manriqueño («Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir»):
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[…] Somos el vano río |
En el principio está el mito, y también en el fin, ha recordado Borges alguna vez. Y en los nombres propios a los que me he referido encuentran su expresión algunos de los símbolos míticos esenciales, que aluden al extravío del hombre en el espacio (el Laberinto o el errar odiseico) o en el tiempo (el mutante Proteo y el incesante río).
«El Borges que rechaza la doctrina del Ión —ha escrito el venezolano Guillermo Sucre— es, sin embargo, un platónico. El poeta, para él, es aquel que busca secretamente los arquetipos, las formas esenciales; aquel que busca un orden superior del que la obra sea un símbolo y donde el azar se vea cada vez más reducido». Los símbolos de valencia mítica que permiten cifrar poéticamente nuestra experiencia de la vida son un número limitado —supone Borges—, y el maestro argentino reitera en consecuencia, una y otra vez, los que él ha elegido y adoptado como insustituibles para su estar-en-el-mundo y su visión estética y moral.
Del mismo modo —piensa Borges—, la temática mítica es necesariamente reducida. En «Los cuatro ciclos» (de El oro de los tigres), Borges reduce a cuatro las tramas esenciales:
Cuatro son las historias. Una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. […]
Otra, que se vincula a la primera, es la de un regreso. El de Ulises, que, al cabo de diez años de errar por mares peligrosos y de demorarse en islas de encantamiento, vuelve a su Itaca; el de las divinidades del Norte que, una vez destruida la tierra, la ven surgir del mar, verde y lúcida, y hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron.
La tercera historia es la de una búsqueda. Podemos ver en ella una variación de la forma anterior. […]
La última historia es la del sacrificio de un dios. Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificado a Odín, él mismo a sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos.
Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.
Durante el tiempo que le quede a la especie humana sobre el planeta, se seguirán contando esas cuatro historias. La infinita literatura no hace sino remodelar los poquísimos relatos arquetípicos. El lector, que inevitablemente ha de morir, se ha liberado así del espanto ante la ilimitada biblioteca. Después de todo, puede, en su lectura, haber recorrido lo esencial y justificar de ese modo su existencia. Borges, bibliotecario ciego, es tal vez una variación del símbolo que tomó antaño carne y figura en el primitivo aedo ciego que, como Homero, cantaba la gloria de los héroes, pero también lo es del vate Tiresias, trágico y sombrío espectador marginado de los destinos heroicos, o, más recientemente, de algún otro, como Sir James George Frazer, mitólogo desojado de tanto leer, que había expuesto, acaso con más prolijidad, una tesis semejante: las versiones variantes de un mito son innumerables, pero los arquetipos son contados y forman un brevísimo conjunto. En busca de esos arquetipos navegó Borges toda su vida por ese mar de risa innumerable que baña las riberas del mundo clásico