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Ver productosLas fusiones bancarias: ¿medio o fin?
El final del siglo XX quedará escrito en la historia económica como el periodo del gran compromiso con la economía financiera, con desconsideración casi absoluta de la economía real. No sólo los profesionales ligados a los flujos financieros, a la colocación en los mercados nacionales e internacionales de activos financieros, sino que la sociedad en un porcentaje muy amplio, como nunca se había dado anteriormente, está pendiente de la evolución de los mercados financieros con puntualidad que se aproxima al tiempo real en el que en los mercados se producen las alteraciones.
Frente a ese seguimiento minucioso y preciso, son pocos los que de modo análogo conocen los índices de producción industrial, agraria o cualquier otro de la economía real, excepción hecha del correspondiente al desempleo, y ello por el componente social y el dramatismo que supone todavía para una parte importante de la población.
Así las cosas, el hecho financiero más generalizado y de más relieve es, sin duda, el de las fusiones bancarias, incrementadas en su importancia si añadimos a éstas las estrategias de tomas de posición en alianzas y cruces de participaciones accionariales, las cuales sirven un menú cotidiano a los ávidos de novedades en ese fascinante mundo de los mercados financieros.
El fenómeno está al borde de la sacralización. El clima contagia una sensación por la cual cualquier institución financiera que se precie de serlo, o acaba de fusionarse, o se está fusionando, o bien tiene, a corto plazo, un proyecto de fusión. Lo contrario parece transmitir un tono de mediocridad que vendría a justificar el desinterés de los agentes por una institución determinada. Se diría que quien trata de, silenciosamente, desarrollar la actividad para la que se supone que está en el mercado, sin otra motivación que la de prestar un servicio a los clientes con rigor y profesionalidad, pretendiendo como resultado de ello retribuir legítimamente a los accionistas con un dividendo emanado de la cuenta de resultados, se convierte en objeto de acoso forzando una unión que, sino por la fuerza, difícilmente se podría decir que lo es por amor. Una unión por interés. En principio, nada de malo hay en ello, pero asalta la pregunta: ¿de qué interés?
La fusión bancaria, cualquier fusión, no es un fin en sí misma, sino un medio para conseguir objetivos empresariales, y me atrevería a adelantar que es un medio lícito para conseguir fines también lícitos. Dicho esto, la fusión puede ser un medio adecuado para aumentar la eficiencia en la prestación de los servicios financieros. Eso supone disminuir los costes relativos de la producción del servicio, lo que mejora las condiciones de competitividad de la entidad en el entorno del sector al que pertenece.
Mejora de eficiencia que es típica cuando se accede a economías de escala en las que la reducción de la incidencia de los costes fijos de la explotación sobre el mayor número de unidades producidas, dota de ventajas comparativas en términos de competitividad, frente a aquellas otras empresas que no tuvieron acceso a la dimensión que permitió la escala.
Mejora en la eficiencia que suele producirse cuando en el proceso se aplican tecnologías de mayor productividad, que reducen el empleo de factores en las unidades producidas. Estas mejoras tecnológicas explican con elocuencia extrema que unas empresas, no importa de qué tamaño, desplacen del mercado a otras, quizá incluso de larga tradición en él, porque sus procedimientos habían quedado obsoletos.
Mejora en la eficiencia que se produce cuando se incide en la cualificación del capital humano. En cualquier tipo de actividad económica es esto significativo, pero más todavía cuando se trata del sector servicios. El equipo humano de buena formación, revestido de los instrumentos y de los conocimientos que le permiten utilizar con eficacia las tecnologías más vanguardistas, usando con seguridad y agilidad las posibilidades que brinda el mundo de la información y las técnicas a ella aplicadas, con gran sentido de la identidad empresarial y, por ende, del compromiso con la voluntad institucional, es el medio más adecuado para trazar un proyecto de economía de empresa al que se le pueden augurar los mayores éxitos.
Esa comunidad de equipos, de directivos, de mandos intermedios, de empleados capaces de comprometerse con un fin, es un aval indudable para la viabilidad de la economía empresarial.
Por ello, si las fusiones en el mundo financiero son el medio para propiciar esas mejoras en la eficiencia de las instituciones fusionadas, bienvenidas sean las fusiones que darán, en beneficio de todos, mayor consistencia, que es tanto como decir mayor solvencia, al sistema financiero español.
Cosa distinta sería si lo que persigue la fusión son fines, sin duda legales, pero de ética y estética dudosas, hasta el punto de poder imaginar situaciones que nos llevarían a una verdadera corrupción de aquéllos.
Sería el caso, por ejemplo, de una fusión planteada como instrumento de afloración privilegiada de activos empresariales; más todavía si éstos son ficticios. Los privilegios, aun siendo administrados por la autoridad que tiene competencia para ello, producen sesgos en el mercado, rompen el sistema ordenado que requiere una economía libre, y quiebran la igualdad de trato entre sujetos e instituciones, infringiendo un daño irreparable a la igualdad de oportunidades.
Análoga consideración merecería una fusión realizada como instrumento para la liquidación de recursos humanos en las empresas fusionadas. En los diversos sectores en los que las fusiones han sido un hecho, éstas han venido acompañadas, por lo general, de una liquidación de plantillas, alcanzando cotas espectaculares en algunos casos. No nos puede sorprender que una fusión de la que se esperan grandes frutos económicos pueda, con el fin de evitar redundancias en el proceso, tener que eliminar tanto equipamiento físico como recursos humanos. Lo que pongo en tela de juicio es la utilización de la fusión como camino socialmente menos escabroso para la reducción de plantillas.
Es un ataque directo a la economía la fusión que se instrumenta con la finalidad de concentrar la oferta con el propósito natural de dominar el mercado. Se argumentará, sin duda, que en un mercado libre, los acuerdos sobre adquisiciones, intercambio de participaciones, fusiones, absorciones, etc., son legítimos y resultado del respeto al derecho de propiedad. No sería yo quien objetase a este principio la más mínima crítica. Pero todo eso es cierto cuando el mercado es realmente libre, ausente de restricciones a la entrada en el ámbito mundial, y cuando las condiciones en el mismo vienen determinadas por el mercado y no por el dominio de muy pocos.
Un último tipo de fusión, diferente en grado a las anteriores, sería la encaminada a ocultar debilidades internas de las empresas fusionadas, al amparo del cobijo que proporciona el tamaño, bien instrumentado por técnicas de mercadeo y uso de los medios de difusión publicitarios. Se argumentará que es el demandante quien debe conseguir la información adecuada para que su decisión sea la pretendida, pero no es menos cierto que en bienes o servicios poco transparentes, el oferente del servicio contrae una responsabilidad moral en los mensajes lanzados al mercado, en la medida en que éstos reflejen una imagen distinta sustancialmente a la que corresponde a la realidad. Y en este sentido, vaya por delante que poco o nada tiene que ver el tamaño con la solvencia, con la capacidad de servicio o con la fiabilidad. No existe incompatibilidad entre el tamaño y todo lo demás, pero el tamaño indica sólo dimensión y nada más.
UNAS BREVES CONSIDERACIONES FINALES
Hemos conocido, a la luz de las fusiones realizadas,que algunos de nuestros bancos se encuentran en esa aparentemente privilegiada lista de los «top ten» sin ocultar el regocijo natural que a cualquier español pueda producirle la noticia, obliga a pensar en todos los agentes de la actividad financiera.
En primer lugar, en los clientes. ¿Va a derivarse del proceso de fusiones un mejor servicio? En un sistema como el financiero, fundamentalmente fiduciario, ¿no puede el trasiego de plantillas, típico en cualquier proceso de fusión, afectar a la confianza que infunden las personas conocidas? ¿Puede esperar el cliente una mejora en los precios de los servicios, tanto en las operaciones activas como en las pasivas? Esa esperanza, que vendría determinada por una mejora en la eficiencia, ¿supondrá en definitiva la reducción del margen unitario de intermediación, dado el mayor tamaño de la institución?
En segundo lugar, para los empleados, ¿es de esperar que los empleados de las empresas fusionadas vean aumentada su seguridad, mejoradas sus condiciones de trabajo y elevada su cualificación profesional?
En tercer lugar, y en relación con los accionistas anónimos —aquéllos que no tienen capacidad para influir en la gestión ni, si se me apura, capacidad de movimientos especulativos en los momentos adecuados, o que, de tenerla, la tienen muy reducida—, ¿verán incrementados su patrimonio accionarial y el dividendo remunerativo al que legítimamente aspiran?
En cuarto y último lugar, en relación al mercado, ¿no es cierto que las fusiones alteran el lado de la oferta, concentrándola en menos manos, haciendo que esa tendencia oligopolista reduzca los niveles de competencia real, más todavía cuando del referido mercado no puede afirmarse que en él se den las condiciones plenas de libertad? ¿Podrían al menos las fusiones mejorar la información en ese mercado? Además de los índices bursátiles, que se han mostrado altamente efímeros, ¿no podría el mercado transmitir otros índices de valoración, con el mismo nivel de eficacia en su difusión? Esa profusión de participaciones recíprocas entre las distintas entidades del mundo financiero y entre el mundo financiero y de las instituciones financieras de la zona Euro. Ello, fuera de él, ¿no vienen a enturbiar la determinación del valor contable de las entidades afectadas provocando oscuridad y falta de transparencia?
Por ello, fusiones sí, pero con limpieza de fines, con la seguridad de que de ellas se derivarán ventajas para todos los agentes y para la sociedad en su conjunto. De otro modo, la búsqueda del tamaño como objetivo no pasa de ser el resultado de una peligrosa alteración entre medios y fines.
Uno de los efectos más importantes del nacimiento del euro ha sido, sin duda, una modificación sustancial de la política económica que llevan a cabo todos y cada uno de los países miembros de la Unión Económica y Monetaria. Durante muchos años, la política monetaria y la política fiscal constituyeron los instrumentos fundamentales con los que contaban los gobiernos para tratar de controlar las principales variables macroeconómicas. La soberanía de los Estados en este campo ha quedado, sin embargo, muy reducida con la moneda única, ya que el Banco Central Europeo ha asumido las principales competencias en política monetaria; y los diversos planes de estabilidad, diseñados para garantizar que las políticas fiscales nacionales no interfieran en la buena marcha del euro, imponen una severa limitación a los déficit presupuestarios, lo que impide a los gobiernos hacer uso de la política fiscal con la libertad a la que durante mucho tiempo estuvieron acostumbrados.
¿Deberíamos lamentar esta pérdida de instrumentos de control económico por parte del Estado? Si consideramos el uso que los gobiernos han hecho de estas facultades en la gestión de una política económica discrecional, su desaparición no debería, en principio, preocuparnos demasiado. La política monetaria y fiscal ha tenido siempre dos grandes problemas que han hecho muy difícil que consiguiera los resultados de estabilidad y crecimiento esperados.
Existe, en primer lugar, un problema técnico. La información de la que disponen los gobiernos es siempre limitada y atrasada, y el proceso de poner en marcha las medidas de política económica —sobre todo en el caso de la política fiscal— es largo. El resultado es, a menudo, que en el momento en el que las medidas adoptadas empiezan a surtir efecto, la coyuntura no es ya la misma que existía cuando se tomó la decisión de actuar sobre ella y, por tanto, los efectos de la política económica del gobierno pueden ser desestabilizadores.
Otro problema importante es que no tenemos ninguna garantía de que los gobiernos busquen realmente estabilizar la economía cuando hacen uso de la política discrecional. Poca duda cabe de que la preocupación principal de todo gobierno, en un sistema democrático, es volver a ganar las elecciones y, para ello, el manejo de la economía puede resultarle muy rentable. Ningún gobierno, por poner un ejemplo muy sencillo, aplica una política de restricción monetaria, de disminución del gasto público o de subida de impuestos unos meses antes de las elecciones, aunque sean éstas las medidas necesarias para estabilizar la economía en ese momento concreto.
Las restricciones impuestas desde el exterior son así recibidas con satisfacción por mucha gente que piensa que, en un país como éste, lo mejor que nos puede pasar es que nos controlen desde fuera, ya que ningún gobierno podría en España resistirse por sí mismo a las presiones de los sindicatos, las organizaciones empresariales y otros grupos de interés. El argumento es, sin duda, realista y sólido. Pero se olvida, a veces, que pone en cuestión la esencia misma de un sistema democrático. Si no somos capaces, por nuestra propia organización institucional, de hacer lo que debemos, la conclusión ha de ser, simplemente, que el sistema democrático no funciona; y que, si en lugar de Parlamento, las decisiones importantes para el país las adoptara un equipo de gestores profesionales, las cosas irían mucho mejor. Es posible que esto sea verdad, pero llevar la idea hasta sus últimas consecuencias podría resultar peligroso. Mucho más razonable sería que, si el marco institucional falla —y claramente está fallando—, se modifique lo que sea preciso para que los gobiernos queden limitados al máximo, que —no lo olvidemos— es la esencia misma del sistema político liberal. Y esto debería hacerse desde dentro del sistema, aunque la restricción exterior resulte más cómoda.
Otro problema técnico importante que plantea la pérdida de control de la política monetaria y fiscal es lo que los economistas denominan el caso de los «shocks asimétricos». La cuestión es, en esencia, la siguiente: ¿cómo se soluciona, en una unión monetaria, el problema que se produce cuando, por factores reales, la productividad de un país disminuye en relación con la de otro? En un sistema de tipos de cambio flexibles, o al menos ajustables, y mercados rígidos de factores de producción —es decir, el modelo en el que hemos vivido hasta ahora— el equilibrio se lograría, generalmente, mediante una modificación de los tipos de cambio, que expresaría el enriquecimiento relativo de un país con respecto al otro.
Supongamos ahora que se modifica una de las condiciones del modelo: la posibilidad de devaluar la moneda. El resultado será que el ajuste tendrá que producirse en el sector real de la economía. Los salarios del país de más baja productividad deberán reducirse ahora relativamente; y no podrán hacerlo mediante una inflación más elevada y un tipo de cambio depreciado; serán los salarios nominales los que deberán disminuir. Se argumenta, a veces, que esto era exactamente lo que sucedía en el siglo XIX con el patrón oro. Y es cierto. Pero se olvida, a menudo, añadir que, en el siglo pasado, los mercados —especialmente el de trabajo— eran mucho más flexibles que hoy. El problema no radica, por tanto, en el hecho de que la desaparición de las fluctuaciones del tipo de cambio obligue a hacer ajustes reales sin el velo de la moneda, sino en el hecho de que tales ajustes hay que llevarlos a efecto en mercados muy rígidos. Se entiende así la preocupación actual de todos los gobiernos europeos por flexibilizar sus mercados, y sobre todo el de trabajo, ya que, de no hacerlo así, el aumento del paro sería inevitable en el país que sufriera uno de estos «shocks asimétricos».
Bienvenidas sean, en resumen, las limitaciones a la discrecionalidad de los gobiernos en política económica. Pero hay que tener presente que la reforma de las instituciones y los mercados adquiere una importancia excepcional cuando se utiliza este nuevo campo de juego.
Cuando, en la madrugada del último día de plazo para la presentación de los Presupuestos Generales del Estado para el año 2000, las autoridades económicas fueron dando el visto bueno a la documentación preparada, pensarían probablemente que, al final —y como dice el adagio popular—, peor había sido pensarlo que pasarlo. Una legislatura donde el presupuesto había sido más que nunca la ley económica más importante, daba a su fin. Y en el último presupuesto, las cosas habían sido más fáciles de lo que cualquiera hubiera imaginado. Probablemente, y por eso de continuar con la economía-ficción que permite ciertas libertades, la plana mayor del Ministerio de Economía y Hacienda se encontraría esa mañana desayunando, después de la visita al Congreso, en el viejo edificio de Alcalá. Allí, con cierto aire nostálgico, como quien sabe que se acaba una etapa, se haría memoria de los cuatro presupuestos de la legislatura más larga. Desde el primero, donde había que aprender a mandar a golpe de recorte, pasando por los Presupuestos de 1998 —objeto del examen más importante de la economía española contemporánea— y terminado con los del 2000, que quieren ser broche de una época y preparación de la siguiente. ¿Por qué las cosas han sido más fáciles de lo que cabía esperar? Mucho habría que comentar sobre las capacidades de la sociedad española cuando se le permite que actúe. Sin quitar méritos a una gestión excepcional, que no se puede oscurecer atribuyendo las mejoras a la coyuntura económica internacional (que se lo cuenten si no a Italia o a Alemania), lo cierto es que la reacción de la sociedad a los estímulos del crecimiento ha sido mejor de lo que cualquiera hubiera esperado. El comportamiento de los salarios o la participación popular en la política de privatizaciones son algunas de las sorpresas más agradables de estos cuatro años. Se trata de un factor que no se debe minusvalorar. Italia, por continuar las comparaciones con los vecinos, trató de aplicar también el «círculo virtuoso» de cerrojazo fiscal y dar paso a la demanda interna, con escaso éxito, tan escaso que estuvo a punto de dejarles fuera del euro. Si a la buena gestión presupuestaria y al buen comportamiento de la sociedad, unimos la liberalización de los sectores (probablemente a un ritmo más lento del que gusta a los economistas, pero en definitiva liberalizaciones), la prima de riesgo positiva de nuestra incorporación al euro y una crisis internacional que nos ha afectado poco, y en gran medida de forma beneficiosa, como por ejemplo en el precio del petróleo (hasta hace poco), el resultado es un cuadro de mandos de la economía española con unos indicadores en una situación francamente envidiable. Como decía Martine Aubry, presentando a la Asamblea Francesa las cifras de empleo del tercer trimestre del año 1999, sólo hay un país en Europa que todavía está creando más empleo que Francia: España. Con estos mimbres resulta más sencillo elaborar un Presupuesto para el 2000 que aune el rigor fiscal (ya estamos en el 0’8 % del PIB de déficit, es decir, a sólo un escalón del equilibrio presupuestario), con el billón de gasto social, una cantidad que mira de reojo a los comicios de marzo. En el Presupuesto hay de todo: desde el «sorpaso» a las propuestas de la oposición en materia de pensiones, incluyendo el fondo de solidaridad de sesenta mil millones, hasta los ochocientos mil millones en políticas activas de empleo. En ese conjunto, hay sin embargo un aspecto que no se ha destacado suficientemente, y es el esfuerzo en I+D. El incremento en este concepto es sustancial, del 10%, superando la barrera del 1% del PIB. Un empeño sostenido en esta materia, asegurándose que las ayudas se asignan de forma apropiada, es una necesidad ineludible para una sociedad que quiere ser líder en el siglo que comienza. Con estos precedentes, la labor de la oposición es, sin duda, más compleja. La crítica de «insolidarios» en el debate de enmiendas a la totalidad de los Presupuestos parece más una posición ideológica que una crítica al contenido. Más interesante será sin duda el debate de enmiendas parciales, que tendrá al mismo tiempo carácter de presentación del programa electoral. Por las noticias de los periódicos, el partido socialista realiza interesantes propuestas, como la reducción adicional de las cotizaciones, la creación de un fondo en el Inem para cuando aumente el paro, o la vuelta a los precios máximos de las gasolina, mientras el sector no esté realmente liberalizado. Junto a esas propuestas, hay otras que ya tienen menos sentido, como la eliminación del tratamiento de las plusvalías, o la supresión de las ventajas tributarias que tienen los pequeños empresarios. Sorprende que un partido que ha estado en el gobierno tanto tiempo, todavía piense que los que ganan las plusvalías son señores con casa en la Moraleja y cuatro coches; y que los empresarios, pequeños o grandes, son los explotadores que no merecen ningún tipo de ayuda fiscal. El resultado de esas propuestas, las «buenas» y las «malas», es la elevación de un billón más del gasto social. Y probablemente eso es lo peor. Detrás de esa petición de más gasto social, existe la convicción de que se es más social cuantos más ceros haya en los departamentos sociales de la cosa pública. Como si por tener, por ejemplo, más funcionarios en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, la pobreza hubiera disminuido en nuestro país. O como si fuera más social gastarnos más dinero en fomentar las jubilaciones anticipadas —ya que se engloban en el Presupuesto de la Seguridad Social— que en I+D, que forma parte de la actividad productiva, pero del que depende el empleo de futuras generaciones. Tal vez una de las cosas mejores que le ha pasado a la economía española en estos años es que hemos pasado de que la Administración Pública absorbiera el 86% de la financiación que ofrecía el sector privado en 1993, a que en 1998 ese porcentaje fuera del 20%. Detrás de esas cifras hay un enorme esfuerzo de reducción del déficit que ha permitido elevadas cifras de inversión empresarial y las correspondientes cifras de creación de empleo. Ese es el gran patrimonio de esta legislatura, que no deben dilapidar los gestores de la nueva etapa que comenzará después de las elecciones.
Tengo un amigo al que aqueja una disfunción no tan grave como engorrosa. El fisioterapeuta que le trata diagnosticó una contracción de ligamentos entre las vértebras «ele no sé cuántos» y «ele no sé cuántos más uno», un punto neurálgico de nuestro cuerpo donde confluyen los movimientos de la espalda, la cadera y las extremidades inferiores, como en el Triángulo de las Bermudas las corrientes oceánicas o en la estación de Alsasua los trenes de Barcelona, Bilbao y Galicia. La gente —según generalización de este diplomado, que pronto leerá la tesis en una universidad gala— o tiene bien fuerte este punto, del que dependen las funciones todas del organismo, o anda encogido o no anda, lo que precisamente sucede con este amigo mío.
Vertebrada o invertebrada: ésa era la cuestión de España según el pensador español más leído de comienzos de siglo. Entonces Ortega deseó que unas élites intelectuales vertebraran los movimientos de la masa popular (¿carne y huesos del organismo social.7) con la vida de las clases altas o distinguidas (pulmones y corazón). Si la propuesta orteguiana resultó original en su día, no lo voy a discutir aquí; ahora sólo quiero señalar cómo dos películas españolas de 1999 parece que han querido refutar estas tesis sociológicas.
Dos obras en las que arrolla mucha del agua que ha llovido desde comienzos de siglo en nuestra tierra. Solas, ópera prima de Benito Zambrano (Sevilla, 1965), y Flores de otro mundo, segundo largóme traje de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), son como dos afluentes de aquellos que a fuerza de repetición tenían que prender en nuestros cerebros infantiles.
Bollaín y Zambrano pertenecen a la más joven generación del cine español. No han hecho la guerra, ni la han ganado ni la han perdido; tampoco han protagonizado la Transición. Se han encontrado con la democracia servida; y de ella han comido a mantel puesto, como toda nuestra generación. Sin embargo los dos realizadores han hecho una suerte de generalización histórica o sociológica, un agudo análisis de las relaciones entre las generaciones españolas de la segunda mitad de este siglo, que merece algunos comentarios.
Come, anda, respira, ama: vive serena, pausada pero dignamente, en primer lugar, la generación adulta. Son los que participaron en la guerra y sobrevivieron al franquismo y se vieron adelantados por la Transición que no sólo fue política, sino sobre todo de estilo y hábitos de vida. Ellos son los pulpos en el garaje del mundo globalizado, los abuelos desconectados de la red. A esta generación pertenece la protagonista de Solas, una mujer de Sevilla plenamente identificada con sus roles de esposa y madre al viejo estilo, interpretada magníficamente por María Galiana; y también un asturiano viudo (Carlos Álvarez-Novoa), vecino de la hija de la protagonista sevillana. Entre los personajes de Flores de otro mundo, pertenece a esta generación la madre (Amparo Valle) de un paleto vecino de Santa Eulalia, llamado Damián (Luis Tosar). Son ellos los hijos de la España invertebrada, España de ricos y de pobres, la doble España. Son aquellos que han aguantado el peso del día y del calor durante las severas tareas del siglo; ellos también los que van calculando por dónde arrimarse a tablas.
No es casual que en ambas películas los personajes de esta generación pertenezcan al medio rural. Su España y ellos eran pueblerinos en el sentido más noble que cabe dar a esta palabra. Eran los que aterrizaban en las ciudades con su bien cosido y remendado traje de pana, aquéllos cuyas alpargatas, entrados los sesenta, fueron transformadas por el milagroso Desarrollo en achaparrados Seiscientos.
La segunda generación que figura tanto en Solas como en Flores son los hijos de esta generación mayor, las mujeres y los hombres de la Transición y del régimen y de los hábitos democráticos. Como la noche del día, dista su modo de vida del que caracteriza a sus padres. Aquí nos las habernos ya con españoles urbanos, emancipados, cultivados, descreídos. El caso más señalado lo retrata la película de Zambrano: la hija de la voluminosa protagonista, llamada María (Ana Fernández), incapaz de vivir sometida al arbitrio patriarcal de su padre, cambia su casa en el pueblo por una vida de adolescente independiente en Sevilla.
A mitad de camino entre lo rural y lo urbano están los protagonistas de Flores de otro mundo. Ellos son habitantes de un pueblo, sí, pero hasta él llega el aire de la ciudad, lo trae el autobús, los automóviles; las ondas hercianas transportan imágenes de amores insólitos en el medio rural.
Además, el arco generacional es más amplio en Flores que en Solas. En el guión de Bollaín-Llamazares hay muchachas y muchachos quinceañeros, jóvenes veinteañeras, madres en sus treinta o cuarenta, responsables, aunque todavía con cuerda; hay paletos de cuarenta, paletos de cincuenta que viven, sí, en el pueblo cabeza de comarca y a él pertenecen en cuerpo y alma, pero que entienden y se manejan con los elementos urbanos como no lo hace la generación de sus padres, rural profunda, inexorablemente extraña a la ciudad.
En la película de Bollaín figuran unos personajes que superan la vieja dicotomía entre lo rural y lo urbano, lo cateto y lo cultivado; son elementos extraterrestres, de un mundo allende España; son la niña cubana llamada «Milady» (Marilín Torres), y la mujer dominicana, Patricia (Lissete Mejía), dos flores exóticas que dan título a la película. Esta nota era relevante sociológicamente, porque para referirse a nuestra sociedad actual no bastaba un discurso sobre la España rural y la España urbana, sin referirse a esa España que nunca ha sido España, la que veremos qué llega a ser, la España de la inmigración tratada ya por Erice, Armendáriz o recientemente por Cotelo, entre otros.
Esa España que será, la que devendrá blanca o negra o morena, la España de la tercera generación, nietos de la guerra e hijos de la democracia, la vemos representada en ambos filmes por los niños. En Solas y en Flores son sólo protagonistas pasivos, son los que sólo miran, aquéllos cuyas vidas dependen siempre de otros y hacia los que confluye todos los anhelos más vivos de las personas mayores.
Pues bien: la fisiología de la última España, la red espiritual que une a esas tres generaciones, el completo juego de fuentes y corrientes subterráneas de vida que corre entre ancianos, jóvenes y niños, depende en nuestro país de un punto neurálgico, de una estación de Alsasua, de un Triángulo de las Bermudas presente por igual en las películas de Zambrano y Bollaín. El elemento vertebrador de España, la trabazón sobre la que se ha tejido la historia de este siglo en este país, no han sido, naturalmente, los militares metidos a caudillos, ni tampoco las élites intelectuales y profesorales a las que se refería Ortega; Solas y Flores demuestran que otra ha sido la clave de la Transición, la correa de transmisión, la columna vertebral. Quiero hablar de las mujeres.
Recordemos cómo son las españolas protagonistas de ambos filmes. Dándole la vuelta a aquel título de Bigas Luna tan castizo (Jamón-jamón), podríamos empezar por hablar de mujeres que, en ambas películas, se encuentran «casadas-solas». No «solas» como Carmen Alborch, ni «casadas-casadas» como Rocío Jurado, sino precisamente «casadas pero solas», «casadas y solas» o acaso más sencillamente: «casadas: solas». El uso común del castellano supone que quien está «casado» se encuentra «acompañado», «no solo», pues un marido o una mujer son, sobre el papel del Diccionario de la Real Academia, compañero o compañera de vida. Pero no sucede así con las mujeres que nos presentan Zambrano y Bollaín-Llamazares.
Tanto la protagonista de Solas como la de Flores están casadas y, sin embargo, las dos, según la lógica dramática que activa ambos relatos, viven solas. Es significativa a este respecto la homonimia entre el título del primer largometraje de Bollaín: Hola, ¿estás sola? (1997), con el primero de Benito Zambrano, quien ya no pregunta eso a la joven generación, sino que afirma: Solas, marcando de un solo trazo el territorio emocional de su discurso. La lluvia amarilla, si queréis, se ha convertido ya en un fenómeno de masas, urbano.

La madura madre de María, en Solas, ha compartido su vida con un hombre tosco, agrio, celoso, probablemente un burdo egoísta, ciego ante el hecho de que alguien haya gastado su vida junto a él. La película nos lo presenta como un rudo campesino ingresado en un hospital de Sevilla. Su mujer le atiende cada día de un modo que, en la lógica de finales de los noventa, nos resulta hasta servil. Todo los actos de esta mujer, sus reacciones, sus gestos son pensados y realizados con el fin de acompañar grata, cálida, cariñosamente a su marido, en lo que pueden ser los últimos días de éste. Ella intenta que él no esté solo, incluso cuando la compañía está prohibida por los facultativos: su marido en la UVI; tras las ventanas de la sala, erguida sobre sus gordas piernas con varices, está esta mujer de piel tostada por «la calor» de la campiña sevillana.
¿Y él, cómo responde? Con grosería y celos de un hombre testarudo, poco inteligente. Estar casado para esta protagonista significa, por tanto, no ser libre, vivir sometida a la voluntad de quien se considera (no entendemos con qué fundamento) superior y con derecho a ser obedecido. El, como sus padres, como sus abuelos, como las piedras.

No sólo casada, sino dos veces casada está también la dominicana Patricia, en Flores. Y por esa razón va a vivir ella dos veces sola. Su primer marido —un dominicano con quien tuvo dos hijos, los pequeños que están ahora a cargo de Patricia— es un tragaldabas. En su doble aparición en la historia de Bollaín-Llamazares sólo sabe pedir dinero a cambio del préstamo que en su día hizo a Patricia para que ésta llegara a España. Patricia intenta huir de él, pero su destino no logra «descasarse» de este hombre: el nuevo camino que se abre tras cuatro años de trabajo ilegal en nuestro país, se tuerce cuando su primer marido aparece dispuesto a realizar un vergonzoso chantaje.
Porque Patricia se ha casado con un alcarreño, Damián, al que ha ocultado su primer enlace. A ella no le movía tanto el amor por este campesino (un buen hombre, pero harto limitado) como el deseo de asegurar el futuro de sus hijos. En este su segundo marido encuentra afecto y respeto, a los que Patricia sabe corresponder, y también cariño para sus hijos. Los dos no viven un cuento de hadas, sino un camino cotidiano cada vez más transitable. Pero la vida anterior de Patricia cuelga como un garrote sobre su destino; cuando parece que finalmente se afianza su nueva vida, vuelve a encontrarse sola.
Los protagonistas de la «segunda generación», aquellos a los que hemos asignado formación y hábitos urbanos, pueden ser caracterizados como los «solteros-solos». Difieren de sus padres en cuanto al estado civil: no están casados, no se han comprometido establemente como sus progenitores; pero tienen en común con ellos que viven en soledad, que experimentan un tipo peculiar de aislamiento vital.
María, en Solas, se escapó del pueblo porque no aguantaba a su padre y ha vivido en Sevilla muchos años, luchando por ganarse la vida sin ayuda de nadie. Trabajó de asistenta, ahora friega por las noches los suelos de las oficinas de los ricos. El resultado de sus esfuerzos es magro. Vive en libertad, sí, no-casada con nadie, no-dependiente de nadie, pero no consigue sacar la cabeza de la limitación, de la cutrez, del ir tirando que paulatinamente la endurece. El humor que los clásicos llamaron «bilis negra» se ha ido acumulado en sus entrañas. Ella lo mitiga bebiendo. Tiene un novio, un camionero con quien hace el amor cuando éste deja el volante. Como la deja embarazada, y ella lleva una vida aperreada: ¿va a aceptar la nueva vida o va a abortarla? A su novio le pide María el matrimonio para salvarse. Pero éste lo rechaza: el camionero, que es un guerrero, distingue las amantes de las esposas. La decisión de dar vida habrá de tomarla María sola.
En la película de Bollaín aparecen otras dos solas. Una es Marirrosa, una enfermera de Bilbao, madre soltera de un joven adolescente, que prueba a tener relaciones estables con otro vecino de Santa Eulalia. La segunda es una viuda de la vieja guardia. Sin maridos, las dos tienen hijos con los que conviven. Pero la edad las hace rígidas, incapaces de abrirse fácilmente a nuevas relaciones, les cuesta admitir junto a sí nuevas compañías permanentes.
Pero ¿acaso no están también «solos» los solteros de Santa Eulalia, esos hombres que invitan cada año a una camionada de mujeres para hallar una que quiera acompañarles? Sí, pero ellos saben cuándo y de qué manera aliviar, endulzar su soledad. «Cuando estoy apurado, viajo a Madrid», dice uno que se ha ligado a una jovencita cubana, «Milady», a quien pretende impresionar con su riqueza de hortera. Otros hablan de los prostíbulos de la carretera de Zaragoza, donde hay de todo: guapas y feas, nativas y cubanitas, y siempre champaña, aunque sea de granel.
Así que Solas y Flores delimitan un estado social: la soledad, y nos cuentan cómo reaccionan las distintas generaciones ante este hecho. Y precisamente porque la respuesta de las mujeres ha sido distinta de esa clásica entre los varones, podemos hablar de la importancia social y cultural de su actitud y su comportamiento. Solteras o casadas, viudas o prometidas, madres o amigas, trabajadoras rurales o urbanas, algunas mujeres españolas han pronunciado con sus vidas una respuesta análoga, diversamente modulada, pero de parecido sabor e importancia: las madres, las novias, las amigas han visto en el amor una de las más altas fórmulas de afirmación de la propia dignidad y de la dignidad de los otros.
La madre protagonista de Solas ejerce esta profesión: la del cariño que busca el bien de los demás y se olvida del propio provecho; la de la ternura hecha de menudos, ordinarios, nunca humillantes para quien los hace ni para quien los recibe, sacrificios. La vida de esta mujer no ha sido otra cosa y se va a morir sin aprender oficio distinto. Ni siquiera entiende otra actitud: le parece natural atender a su marido, atender a su hija, atender al vecino viudo que reclaman, egoístamente o no, su ayuda. Sin embargo, eso es precisamente lo que su hija no logra entender: que haya vivido sometida a un individuo como su padre, tiránico y tosco, sacrificando su vida por él. Más que el hábitat y el estado social, es la aceptación de servidumbres, el afán de independencia, la capacidad de rebelarse lo que distancia a las generaciones.
Ambas películas plantean que hay cosas que pueden llegar a ser más fuertes, más importantes que la propia independencia. La última parte de Solas modula una clara respuesta, al unir de un modo inesperado el destino de las dos generaciones, inicialmente separadas por la incomprensión. Ni sometimientos de esposa o de esposo, ni libertad de amante: las respectivas soledades de un hombre viejo y una joven mujer se encuentran después de haber sido ambas objeto del cariño simple, pero efectivo y constante, de una mujer inculta, gorda, sencilla. Ella desaparece de escena; pero su ejemplo, su cariño, su infatigable bondad sirven de vínculo entre las generaciones y salva el futuro. La vida de una sencilla mujer de pueblo ha sido fecunda: creó vida y sigue creándola una vez muerta.
Patricia, en Flores, es una mujer que conoce bien lo que ha de dar a cada uno. Distingue el amor por sus hijos —verdadero motor de su vida— del cariño con que trata a Damián; el respeto con el que intenta conquistar a la fría madre de éste y la amistad fiel y chispeante que dispensa a sus compatriotas dominicanas. En este caso, es el corazón de una joven exótica lo que acaba uniendo a las generaciones españolas y salvando la de otro modo comprometida vida de las comunidades rurales.
Es verdad que el destino nos encadena a todos con hilos harto sutiles. Lo que al principio no parecen sino circunstancias, personas, trabajos livianos, que uno podrá sacudirse con sólo desearlo, se transforman por la fuerza de la vida en hechos ineludibles, en responsabilidades, en cargas. Juventud y libertad, vida y servidumbre. ¿Tenían mucho dónde elegir las mujeres en los pueblos españoles de los años cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta? ¿Muchas más o menos choices que las de una dominicana con dos hijos, obligada a trabajar sin papeles en España? ¿Encuentra mucho dónde elegir una joven mujer de la limpieza cuyo novio se desentiende de su embarazo? ¿Puede aceptar un hombre de pueblo, condenado a la soledad pero orgulloso, que le engañe una mujer de pocas letras?
Destino, hado, buena o, casi siempre, mala suerte llamamos a todas esas circunstancias y personas que se alzan frente a nosotros y que, hagamos lo que hagamos, parecen impedirnos progresar en un camino, del que, por otra parte, no tenemos más señales que nuestras edulcoradas imaginaciones. ¿Qué hacer cuando se osifica el amargo destino? ¿Cómo tratar los dolores de muelas de nuestra alma? ¿Lamentarnos estérilmente, como el perro escaldado de Bulgákov, aullando? ¿Decir: pues ahora os vais a enterar, porque yo seré infeliz, pero vosotros vais a sufrir mis gritos, mi histeria va a envenenar vuestra vida? A estas alturas de la película sería ingenuo intentar vender un Linimento Sloan para psiques politraumatizadas. La vertebración de un país, ahora ya lo sabemos, no depende de ninguna clase de sujetos privilegiados, educados y monos. Ni siquiera nuestros intelectuales, si es que alguno merece tal nombre, se atreven a servir café para todos. Las películas de Bollaín y Zambrano nos hablan de vías de salida innovadoras, creativas, sintéticas, como la vida. Sus películas señalan magníficamente el tipo de respuestas construidas por seres que no renunciaron al cariño; de mujeres que envejecieron pero que no se enfriaron; de españolas cuyo cuerpos encallecieron a la vez que sus caracteres embellecían, haciéndose más comprensivas: son las mujeres a las que nadie regaló, a las que nadie facilitó, a las que nadie logró impedir la cotidiana conquista de una humanidad plena. La futura vida española ha nacido de estas gordas, perfectas, buenas mujeres; de estas biografías que en pantalla podríamos ver como Raras, preciosas flores que germinaron por milagro en nuestro mundo.
Italo Calvino, entre otras muchas definiciones de clásico, da una que viene a señalar que es aquél que nunca decimos que estamos leyendo por primera vez, sino releyendo. Por encima de la ironía, acaso lo que sucede con los clásicos es que, cuando los leemos, incluso por primera vez, parece que ya los hubiéramos leído antes, pues descubrimos que son imprescindibles y comprendemos que estaban ahí a pesar de nuestro desconocimiento, que la historia de la literatura no podría ser la misma sin ellos, y que si despojásemos a la literatura de lo superfluo, quedarían ellos, como la sustancia segura de todo.
Sin embargo, la excesiva presión de la novedad, y la penetración en el mundo editorial de la perspectiva uniformizadora de un marketing que trata igual a los libros que a otros productos, sometiéndolos a rápidos plazos de caducidad, acaban desplazando de las librerías a los clásicos, que son sustituidos por libros de temporada, de vida efímera. Muchos clásicos acaban así desapareciendo del tráfico regular y hasta de los catálogos, y superviviendo apenas, en el mejor de los casos, en versiones que se ofrecen en colecciones marginales destinadas a los saldos, sin garantías de edición ni traducción. Por eso suelen ser acertadas las conmemoraciones de nacimientos o muertes de autores literarios —como lo son ciertas versiones cinematográficas de sus obras—, ya que suscitan al menos la posibilidad de una recuperación editorial.
Este año, uno de los autores cuyo nacimiento se celebra es Aleksandr Pushkin, considerado como el creador de la moderna literatura rusa. Todo en Pushkin fue novelesco, su profundo sentido romántico de la libertad, su simpatía por los caídos y oprimidos, y hasta su muerte, en un duelo de honor, a los 36 años. Pero lo que sorprende sobre todo de él, es la capacidad y el talento con que, en su breve vida, realizó una obra literaria tan diversa y original.
En Pushkin se conjugó de modo peculiar el sentido de su cultura nacional con una idea cosmopolita de la expresión literaria. En un tiempo en que en Rusia era el francés la lengua de cultura, empleó sus esfuerzos creadores en dar a la lengua rusa la dimensión literaria que merecía, pero los asuntos de la moda romántica que estimularon su imaginación, la influencia de los grandes contemporáneos y de otros clásicos, no le hicieron perder la sensibilidad frente a su mundo cotidiano, y hasta supo compaginar lo que pudiéramos llamar la literatura culta con el aprecio por los cuentos y las leyendas populares de su recuerdo infantil.
Acaso en la sensibilidad que permanece la conciencia certera de su propio mestizaje, heredero como era, a la vez, de antiguas gentes rusas y de un esclavo abisinio, luego liberado, del zar Pedro el Grande.
La aparición en nuestras librerías de dos libros suyos (Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin, Ediciones Altera, y La hija del capitán, Alianza Editorial), supone la recuperación, en óptimas condiciones —tanto la edición, como el castellano en que las ha traducido Ricardo San Vicente, son excelentes—, de parte de la obra de este clásico imprescindible.
Relatos del difunto Iván Petróvich Belkin y La hija del capitán son el alfa y omega de lo que se pudiera considerar la ficción realista de Pushkin, y no es exagerado afirmar que marcan un punto de inflexión en la historia de la narrativa. En los grandes escritores de cuentos rusos —citaré a Gogol, a Turguéniev, a Chéjov, pero un contemporáneo nuestro como Vladimir Makanin serviría también de ejemplo perfectamente— está la huella estética de estos Relatos, pero su aroma podría llegar muy lejos, y alcanzar Incluso a Pío Baroja, que sin duda aprendió en los rusos mucho de lo que sabía en cuanto a la plasmación de la realidad viva en la realidad literaria.
Por otra parte, estos Relatos están compuestos desde un espíritu que hoy podríamos considerar «metaliterario». Así, Pushkin, en una nota previa, en realidad un cuento más, explica cómo los cinco que componen el libro llegaron a sus manos, apareciendo más como editor que como autor, lo que, dándole al libro una gran modernidad, lo enlaza con una estirpe en que Cide Hamete Benengell no sería el miembro menos considerable.
Cada uno de los cinco relatos tiene una identidad singular. El disparo inaugura acaso para la ficción moderna una historia en que se conjugan el pasar del tiempo y la pasión de la venganza, una estructura narrativa que ofrecerá en la literatura contemporánea frutos tan dispares y atractivos como El barril de amontillado, de Poe, El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas o La mansión, de William Faulkner. El fabricante de ataúdes resuelve, en clave de realismo cotidiano, una imaginería que Hoffmann nunca dejó salir de la ambigüedad onírica. El maestro de postas presenta unos personajes conmovedores, ese padre desolado y esa hija seducida por un calavera, que inauguran una mirada nueva no solo en la literatura rusa, sino en todo el siglo XIX. La señorita campesina es un Aleksandr Pushkin (Alianza Editorial, 1999) es un delicioso enredo que se podía calificar de primaveral, y la protagonista tiene la espontaneidad picara de algunas de las damas que imaginó Lope de Vega muchos años antes, aunque su espíritu pertenezca tan claramente a la modernidad romántica.
Queda para el final, sacado de su orden, La ventisca, uno de los grandes relatos en la antología universal del cuento literario, una historia de amor sobre el azar y el destino que es magistral por la invención, pero también por la técnica con que se desarrolla, dando comienzo unos años después de sucedidos los sucesos dramáticos que constituyen su meollo, y disponiendo diversas localizaciones del punto de vista, e incluso testimonios en primera persona, conducidos con una habilidad y una sabiduría narrativa que no ha perdido nada de su gracia original y de su interés dramático.
En todos estos cuentos, el lenguaje sigue conservándose fresco, vivo, pero un elemento fundamental es el humor. Al describir los personajes y las situaciones hay un humor benévolo e incesante, que lo enriquece extraordinariamente todo. A veces, algunos irónicos comentarios del narrador anticipan algunas de las miradas más finas del siglo. Por ejemplo, cuando en La ventisca señala el narrador que María Gravilovna se había educado en las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada; o cuando en La señorita campesina alude a los sentimientos y pasiones que la lectura desarrolla en las señoritas de provincias, se adelanta al espíritu de aquel delicioso comentario de Stendhal en El rojo y el negro, al apuntar que, como madame de Rénal no leía novelas, no podía comprender la naturaleza y el alcance de sus sentimientos.
En fin, hermosas tramas, reconstrucción vigorosa de un mundo de personajes vivos y reconocibles, ternura e ironía, en un libro que, gracias a esta edición, podemos recuperar en toda su belleza originaria.
La novela La hija del capitán, igualmente llena de vida y frescura, ofrece muchos elementos de singularidad literaria. Novela que podríamos calificar de «itinerante », presenta ante todo una pareja, el joven Piotr Andréyevich Griniov y el viejo siervo Savélich, que reconstruyen en muchas de sus actitudes las de los dos miembros de la pareja andante más famosa de la literatura universal. Además, se trata de una novela «de aprendizaje», que narra puntualmente cómo el joven e inexperto Piotr Andréyevich se va enfrentando con la vida, la experiencia adulta y el amor, en difíciles circunstancias. En cuanto a esos lejanos puestos fronterizos en que el bisoño oficial debe empezar a desempeñar sus labores militares, inauguran sin duda unos decorados que no desaparecerán de la literatura universal en los dos siglos posteriores.
La novela, al tener su escenario en el espacio físico y temporal de la revuelta de Yemellán Pugachov, un suceso verdadero en la Rusia del siglo XVIII, resulta también la crónica de unos lances aventureros en un momento histórico peculiar, y la relación entre el joven protagonista y Pugachov, llena de contradicciones y ambigüedades, anticipa algunas de las relaciones extrañas en que fue maestro, por ejemplo, Robert Louis Stevenson.
También en La hija del capitán se muestra en todo su esplendor el registro irónico y hasta humorístico de Pushkin, que con su ayuda describe concisa y hábilmente lugares, situaciones y conductas, consiguiendo personajes inolvidables, como el disipado Iván Zurin, el traidor Shvabrin, la corajuda y matriarcal Vasilisa Yegórovna o su marido, el afable y heroico capitán Mirónov.
La edición y versión que nos ofrece Ricardo San Vicente incluye como anexo el «Capítulo omitido» por el autor, que alguna de esas versiones anónimas y furtivas antes aludidas incluía sin aviso dentro de la trama. La lectura de este capítulo, en que aparece patente la incorporación a aquella revuelta de los siervos domésticos y más cercanos a las familias, puede dar idea del mundo ideológico cerrado y despótico en que debían publicarse las obras de Pushkin, y hasta qué punto la naturalidad y falta de prejuicios con que él afrontaba las conductas de sus personajes resultaban verdaderamente nuevos en su contexto social, obligándole incluso a lo que no se puede considerar sino como cierta prudente autocensura.
En fin, dos hermosos libros de un clásico cuya recuperación hay que celebrar, como hay que celebrar que haya vuelto a la memoria de los medios de comunicación la figura de Aleksandr Pushkin, que en este oscuro fin de siglo, marcado por terribles enfrentamientos bélicos, culturales y étnicos, y por la regresión a particularismos que parecían superados, resulta ejemplar en su voluntad de integrar elementos dispersos, tanto en la cultura como en la propia personalidad, para elaborar una obra destinada a pasar de lo particular a lo universal.
Hace diez años, Ethan Canin (Michigan, 1960) se convirtió en una de las grandes promesas de las letras estadounidenses al publicar su primer volumen de cuentos. La colección, traducida al castellano inicialmente como El emperador celeste (Versal), ha sido felizmente reeditada ahora con un título ligeramente distinto, El emperador del aire (Emecé). Entretanto, Canin ha confirmado su talento con la novela Blue River (Emecé) y muy especialmente con El ladrón de palacio (Anagrama), conjunto magistral de cuatro relatos largos que suponen la entrega más destacada del autor hasta la fecha.
Canin, desde esta su primera obra, muestra afinidad con esa pródiga corriente narrativa estadounidense de corte realista que, en esta segunda mitad de siglo, ha inquirido en la insatisfacción del individuo de clase media acomodada, en el malestar que experimenta el americano adulto —sobre todo el varón— a la hora de adaptarse a los modos actuales de vida y a las instituciones sobre las que tradicionalmente ha descansado la vida en sociedad, muy en especial sobre el matrimonio y la familia.
Dada la ingente cantidad de autores que transitan por estas latitudes, cabría preguntarse si no se trata de otro autor mimético, atrapado como tantos en las voces de los Updike, Ford o Carver. Felizmente, Canin ha encontrado una mirada personal sobre el incómodo estado de las cosas, misterioso e insondable al mismo tiempo, como lo es la naturaleza de cada hombre. Ahí es adonde apunta Canin, a la incapacidad de los miembros de una determinada sociedad —fácilmente reconocible— para establecer vínculos estrechos entre ellos a pesar de los años y del parentesco, a la imposibilidad, en un padre: son acontecimientos soterrados que marcan la vida cotidiana, definitiva, de ser reconocido por los otros, incluso por los más cercanos.
Los personajes de El emperador del aire se han acostumbrado a vivir en soledad, son fríos, indolentes, parcos en palabras. Canin se muestra fascinado por la relación de los padres y los hijos, por la enclenque herencia que se transmite de unos a otros, por los extraños y en apariencia minúsculos desequilibrios del comportamiento que padecen, válvulas de escape que liberan las presiones familiares y sociales, y que facilitan la adaptación al grupo. Salvo en el primero de los cuentos, Canin evita la empatia del lector con los protagonistas, los mantiene aislados, no conoce todavía —a juzgar por lo mostrado en el posterior El ladrón de palacio— la calidez de lo cómico, la redentora intervención del humor.
Un velado examen de conciencia parece recorrer el interior de estos personajes. La vejez, la infidelidad, la enfermedad, la muerte de hechos asumidos que, sin embargo, despiertan inconscientemente la necesidad de explicarse uno mismo, de repasar la propia historia, de preguntarse qué se ha hecho de la vida, si queda entre tanto paso en falso algún minúsculo hecho heroico que la redima.
Los lectores de El ladrón de palacio echarán de menos en este libro de iniciación la caricatura, la incursión de personajes tan queridos como ridículos en las situaciones más disparatadas. Sin embargo, cualquier lector advertirá la genialidad de Canin para crear expectativas, para jugar con las metáforas y para deslumbrar con los finales. Y, por supuesto, para crear atmósferas inquietantes y desarrollar personajes. Sobre un fondo gris, lacónico, sosegado, una tormenta de hielo se cierne sobre criaturas «razonablemente felices», hombres maduros, capaces siempre de controlar sus sentimientos.
No en vano, diluviaba. Las nubes ominosas fruncían el ceño sobre el pueblo entero, reprochándole su indiferencia, su silencio, quizá sus pecados también. Caía la tarde. Un viento frío ampliaba el molesto efecto sobre la nariz empapada de nuestro viajero y sobre sus manos pálidas y estilizadas, a la vez que agitaba pertinazmente las enclenques florecillas expuestas en los balcones de las casas vecinas.
En pie, dos maletas entre sus zancudas piernas y el brazo derecho estirado mostrando las excelencias de su pulgar a los conductores, el viajero no conseguía más fruto que un número de humillaciones directamente proporcional al de los escasos automóviles que se atrevían a cruzar aquella carretera comarcal. Vestía pantalón marrón oscuro, de ningún modo reconciliable con el jersey verde botella estampado que lucía bajo su chaquetón, y sus calcetines delataban color granate. Lo único que conjugaba con su vestuario era una mirada desentonada, decepcionada, que quizá añorara una remota lucecita de ilusión. Pero ahora todo parecía un sueño, tal vez una pesadilla.
Mientras perseveraba en su mendicación de servicio, nuestro viajero podía intuir cierto espionaje disimulado tras alguna cortina. De vez en cuando se encendería la luz en una ventana superior, para apagarse inmediatamente al ser percibida. Sin duda una vecina encubriendo en la oscuridad su indiscreta pero piadosa vigilancia. ¿Qué importaban ya estas gentes mezquinas y miopes? En cuestión de minutos, quizá de segundos, aquel pueblucho con sus gentes dejaría de existir.
Regresaba a casa, a la aldea de sus padres; ya había hablado con ellos ampliamente. Sufrían, pero aceptaban. Un hijo siempre será un hijo. No es que le agradara el regreso, tan lejano estaba su espíritu de aquel entorno rústico y atrasado, pero por el momento no tenía otro sitio adonde ir. Y no podía demorar más la marcha. Por otro lado, se distrajo, ¿qué sería de aquella niña sonrosada y sanota con la que jugó de niño y soñó de adolescente, ahora resignada viuda cincuentona? Quizá aún estuviera de buen ver. De cualquier modo, antes había algunos asuntos que arreglar.
—Qué, hombre, ¿pa dónde va?
—Esto… Valdemaús.
—Ya, ¿y eso pa dónde queda?
— A unos treinta kilómetros tras el desvío para Valdeonar. ¿Le coge de camino?
—Bueno… Más o menos. Suba.
Con una agilidad impensable en tan corpulento personaje, el camionero saltó a tierra para ayudar a subir las maletas chorreantes del viajero. Éste apenas había reparado, tan absorto como estaba, en el torpe camión que se detenía unos metros delante de sí. El camionero tenía un aspecto basto y tosco —era de esperar— pero parecía afable.
—¿Viaja usted solo en ese camión?— le preguntó el autoestopista durante el corto trayecto hacia la cabina.
La respuesta, sin embargo, tardó unos segundos:
—Pues…, sí. Digamos que sí.
Los motores de aquel armatoste volvieron a carraspear. Por unos momentos no se oyó otro sonido, combinado inarmónicamente con el repiqueteo de la lluvia y el monótono balanceo del limpiaparabrisas. Transcurrieron eternos los segundos. El viajero miró a su samaritano —o mejor, a su filántropo— porque juzgaba su deber romper el incómodo silencio. Trató de recordar sus conocimientos sociológicos sobre tal tipo de trabajadores, y casi inadvertidamente buscó con la vista algún calendario o póster impudoroso a su espalda. En vano. Sólo vislumbró dos fotografías en el guardabarros, pero no pudo distinguir sus imágenes porque el fornido antebrazo del camionero lo dificultaba.
Nadie le podía negar cierto conocimiento de la psicología de estas gentes sencillas (de pueblo, aunque él también lo era, estrictamente hablando). Por eso, tenía la impresión de que el camionero se encontraba incómodo. ¿Se habría arrepentido de recogerle? ¿Qué estaría pensando de él? ¿Imaginaría los motivos por los que un quijotesco personaje emprendía tal viaje, en hora extraña y clima intempestivo? O no, más bien parecía absorto en algo. ¿Culpabilidad (nadie le podía negar cierto conocimiento…) ? Sí, él reconocía ofrecer una innegable aura de misterio… pero ¿acaso este hombretón no tenía la suya? Por ejemplo, ¿por qué había dudado antes, cuando le preguntó si viajaba solo? Con la imaginación empezó a aventurar explicaciones, que alternaban desde la implicación de su benefactor en el narcotráfico, hasta su colaboración en la inmigración ilegal. Pero pocos segundos después se burló interiormente de sus propias elucubraciones, juzgándolas majaderías. Por fortuna, ya se conocía lo suficiente, y era consciente de poseer una imaginación impresionable y exacerbada no exenta de cierta creatividad. De pronto, el rostro rústico del camionero perdió su absorción. Más aún, consiguió romper el silencio.
—Qué… ¿tiene usté familia?
—Eh, no. Bueno, sí, mis padres viven aún… Y tengo una hermana, casada.
— No está casao, ¿eh?
—Pues…, no. Aún no.
—¿Aún? Pues ya no es ningún chaval… je, je. Como no se dé prisa…
—Ya.
El primer asalto no fue victorioso para ninguno. Sin duda tras las palabras del camionero latía cierta buena voluntad, de eso estaba seguro el viajero. Además, no se había molestado por el comentario impertinente. Hacía falta mucho más que una gansada de ese calibre para perturbar un espíritu aplomado como el suyo, paciente y articulado a fuerza de años de trato con aldeanos sin modales. A poco que se lo propusiera, seguro que él sí sabría dar con un tema apropiado de conversación, así que apremió a su imaginación con ese fin. Pero no resultaba tan fácil. Todas las ideas que partían de su cerebro morían de inanición en el trayecto hacia los órganos fonadores. Tras mucho ponderarlo, por fin se decidió a exclamar, forzando una sonrisa:
—Vaya tiempo de perros, ¿eh?
—Pse, los he visto peores— zanjó su interlocutor.
El segundo intento por su cuenta fue aún peor. Era lógico. ¿Qué podría tener en común un hombre cultivado, exquisito, racional, con un rudo camionero que se pasa la vida sin más compañía que un ruido ensordecedor, grasa y asfalto? Y sin embargo éste, decididamente más animado que en los primeros minutos de viaje, parecía interesado en asuntos familiares.
—Pues yo sí que tengo familia, y bien grande. Y vaya guerra que dan. Bueno, sobre to mi Juana, que es la que tié que aguantarlos más. A ver… Ella los parió ¿eh? Digo yo… ¿no?
—Sí, ya —concedió el viajero, cada vez más convencido del insondable foso que separaba su mundo y el de aquel personaje.
—Y a pesar de toa la guerra que dan, ella está fuerte como un toro ¿sabe? O gorda como una vaca, jo, jo… ¿Sabe? Como una vaca.
Esta vez su compañero no se molestó en asentir. Simple como un ladrillo, pensó.
—Pero… ¿y lo bien que guisa? Nos hace a toa la familia unos cocidos que no vea. Y además, ¿sabe usté?, tenemos una pequeña huerta justo alao de casa y mi Juana la gobierna ella sólita. Bueno, la ayudan algunos de los mayores, pero ella es, como yo la llamo, la terrateniente. A ella la hace gracia que la llame así…
…como una mata de habas, pensó el viajero. ¿Habrá este badulaque leído en su vida un solo poema? Ni remotamente se podría emocionar leyendo a Shakespeare, a Goethe, a Rilke… ¿Habrá oído hablar de Kant, de Hegel, de Karl Rahner? «¿En qué equipo juegan?», preguntaría. El viajero rió interiormente al abrigo de su propio humor, que él mismo reconocía malicioso.
—El mayor es más bestia que yo. Toavía me acuerdo del disgusto que nos dio un día que vino a casa to sangrando. «Na, el perro del Manuel», se pone el muy bestia, «que me ha mordío». Y se lavó un poco y no dijo más. Y, na, que al día siguiente me viene a casa el Manuel to cabreao que mi hijo le había dejao medio muerto al perro, el mastín con más mala leche del pueblo. Y la gente del pueblo que no, que el mastín del Manuel que era un salvaje, que le fue a morder al mi mayor, y que el otro con las manos desnudas le dio tal somanta palos que el perro casi la palmó. O sea, que está hecho un mulo, vamos.
El viajero ya apenas escuchaba. Recordaba con autoironía cómo había llegado a pensar, en los primeros momentos del viaje, que un algo misterioso latía en este sujeto. Ahora entendía dónde radicaba su error de percepción. El hombrón había experimentado uno de esos lapsus que se producen con frecuencia en mentes limitadas, no por actividad cogitativa, sino precisamente fruto de cierto vacío de ideas sólidas, concluyó, reconstruyendo simplificadamente algo que creía haber leído poco tiempo atrás en un manual del eminente profesor Jiménez-Tronk. De cualquier modo, ya no pesaba sobre su conciencia la obligación de provocar un diálogo, y podía desentenderse discretamente de los relatos, ahora profusos, del camionero. A la hazaña de su hijo mayor siguieron las heroicidades de sus otras seis criaturas: el que hacía la mili y había conseguido llegar a Cabo; la que se dedicaba a la costura y ya estaba consiguiendo vender algunos trapos; el más intelectual, que estaba acabando Bachillerato; la siguiente, que era más bruta aún que su madre, pero tenía el mismo toque para el cocido… En fin, una galería de seres rústicos, con vidas enteramente vulgares, anodinas. Como la del mismo camionero.
El viaje se prometía aburrido.
···
Menudo sujeto. Pues vaya cabreo que se pilló. Claro que, como parece del tipo de gente educada, pues que se ha bajao muy finamente, sin cara de enfado, sin dar explicaciones. «Gracias, le estoy muy agradecido. Pare aquí mismo. Me bajo». Pero a mí no me la da, no, a Juan el camionero.
El tío estaba molesto por lo que dije. No haber preguntado, no te digo…
Pero es que a esa gente así no hay quién carajo la entienda. Primero, ¿qué pinta un tío tan triste haciendo autoestó en un pueblo perdido como ése bajo una lluvia tan puñetera? Si es que me dio una pena… Por eso paré. Yo ya sabes que al típico peludo que te puede sacar la navaja en cuanto te descuides, ni mirar siquiera. Pero un tío así, enclenque, calao hasta los huesos, narigudo… daba pena. De veras.
Yo no le pregunté nada, eso es su problema si quiere irse a Valdeleches o se quiere morir de pulmonía esperando. Pero me dio tanta pena que le cogí. Luego, no me interesaba lo más mínimo darle palique, o sea que no me importa que fuéramos callaos todo el viaje o lo que fuera. Es más, a mí eso de tener una conversación sin que ninguno tenga ninguna gana de hablar es que me da dolor de estómago.
Yo por ser educao, que dice mi Juana que no cuesta dinero, y ella sabrá lo que cuesta y lo que no, porque pa mantener a las siete bocas más sumándonos a nosotros dos con mi sueldo, pues que bien conocerá ella lo que cuesta y lo que no. Por eso, por ser educao le di algo palique. Bueno, sí, también empecé porque estaba pensando pa mí éste es uno de esos tíos que vive solitario, leyendo libros y esas cosas. Maestro escuela o algo así, seguro. Y lo de si tenía familia también era curiosidad, ¿entiendes?, para ver si lo que me suponía era verdá. Y la curiosidad es malsana, que diría don Julián, que es un santo varón.
Y bueno, ya vi que tenía razón lo que pensaba, así que no se me ocurrió otra cosa que preguntar. No le iba a preguntar por los libros que lee, ¿no? O sea, que yo chitón. Que hablara él, si quiere. Ya sabes que yo hasta no tener un poco confianza no digo ni mú. Contigo sí que tengo confianza, por eso le doy a la hebra de esta forma.
Luego no le debió gustar que le dijera lo de que ya no era un chaval. O sea que yo ahí igual me pasé, quién me manda con un desconocido… Pero el tío se ve que disimuló bien, y volvió a sacar conversación. Ya cuando empecé yo a darle a la hebra con lo de mi familia, pues se ve que el hombre se interesaba. No sé muy bien por qué. No creo que conozca a nadie. El caso es que cuando cogió un poco confianza y me preguntó eso, pues yo pensé que ya estábamos un poco más… no sé si me entiendes… no amigos pero ya… como rompiendo el hielo, si entiendes lo que quiero decir. Y yo le contesté sinceramente, pues que no sé si se enfadó por eso, pero yo creo que sí, porque si no, no entiendo qué habrá sido. Seguro. Uno de esos que a fuerza de leer de libros va por ahí de angóstico. Igual también lo de que no era un chaval, pero yo eso lo dije con toa la buena voluntad del mundo. Bueno, y lo otro también, claro.
Si me pongo a pensarlo, quizá el problema es también un poco tuyo. Sí, creo que algo de eso hay… Si es que a veces tienes cada cosa… No, y luego dirás que esas veces en que… jorobas de lo lindo, es por mi bien y todo eso, pero alguna vez igual podías haber preguntado antes, ¿no? Bueno, esto es medio broma, ya sabes, pero me entiendes a lo que voy,que no me extraña que alguno por ahí… Es como cuando te pegas un corte gordo y la herida te escuece hasta cuando la miras. Pues igual. Haytíos que en cuanto les rozas una herida, aunque no hagas fuerza, pues les escuece…
«Gracias, le estoy muy agradecido. Pare aquí». Al menos el tío dio las gracias, o sea que dentro de lo que cabe, al menos lo agradece. También yo es que me desvié pa hacerle un favor, aunque no se lo dije, me dabatanta pena ver a ese tío narigudo y empapao como una esponja haciendo autoestó.
Yo creo que el tío estuvo mosca todo el viaje, bueno, lo poco que duró. Sí, por lo que tardé en contestar al principio y demás. Así que, cuando ya cogió un poco confianza, preguntó. Y preguntó que por qué tardé al principio. Y yo volví a tardar. Pero me puso entre la espada y la paré , o sea que yo tampoco podía mentir porque la mentira es un vicioaburricible , como dice don Julián, que es un santo varón, y si él lo dice será verdad, tú sabrás ¿no?
O sea, que le contesté la verdad.
Le contesté que no estaba solo. No, porque estoy aquí contigo. Hablándote. Siempre.
Y si eso es lo que le molestó, pues yo qué sé. Tú sabrás, ¿no?
···
Ya caía la noche. Juan el camionero encendió los focos mientras seguíaabrazando el volante. Curiosamente, la lluvia había despejado. Ante su vista desfilaban pueblos entumecidos, modernos chalets unifamiliares,caserones de piedra vetustos, tabernas y bares con moderada clientela en márgenes y recodos, campanarios. Bosques medio chamuscados, pedregales, la desviación para Valdemaús, donde ya no iría el misterioso viajero. Dos aldeanos que caminaban acompañados de un joven de buena presencia; un anciano sentado en el poyo de su casa, eterno curioso anteel desfile de vehículos; una campesina en delantal; una niña corriendo desgreñada. Una estación de servicio para repostar.
Sin embargo, Juan no les prestaba demasiada atención, mientras su mente sencilla trataba de buscar sentido a los hechos de aquella tarde. Y efectivamente, mientras proseguía su ruta entre el loco carraspeo de motores, otro hombre llegaba al término de su viaje pedestre.
Sí, la llave estaba donde la había dejado. Y de nuevo una lucecita brillaba en sus ojos mientras, arrodillado en la parroquia pueblerina que pensó no volvería a ver más, renovaba sus ya lejanos propósitos de servir.
De la tradición clásica de origen griego Borges ha tomado una serie de emblemas que utiliza repetidamente a lo largo de su obra con un valor simbólico. Sin tratar de fijar un catálogo, y sin hacer un arduo ejercicio de memoria, citaré, entre esos emblemas, escenas históricas como los últimos momentos de Sócrates, diálogos platónicos como el Fedón y el Crátilo (Borges acentúa, incorrectamente, Cratílo, como puede comprobarse en su poema «El Gólem», donde rima con «Nilo»), temas helénicos como el río de Heráclito, el canto al coraje propio de la épica homérica o la sofisticación de las paradojas eleáticas —sobre todas, la aporía de Zenón transmitida por Aristóteles—, y mitos clásicos como los de Edipo, Jano, Jasón, Proteo el transformista, Ulises, el poietés o Hacedor (que no es Dios, sino Homero, y es ciego como Borges), y last, but not least, el omnipresente Virgilio. Mención aparte debe hacerse del Minotauro en su Laberinto, con el que se identifica el escritor argentino y al que Adrián Huici ha dedicado todo un libro: El mito clásico en la obra de Jorge Luis Borges. El Laberinto (Sevilla, Alfar, 1998). Mi maestro y amigo Carlos García Gual ha dedicado el último capítulo de su libro Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (Barcelona, Península, 1999) a «Borges y los clásicos de Grecia y Roma», cincuenta páginas absolutamente imprescindibles.
Dentro del trabajo titulado «Del culto de los libros», incluido en sus espléndidas Otras inquisiciones, escribe Borges: «En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar». Es precisamente Ulises, un personaje para el que los dioses tejieron no pocas desdichas, un aventurero sin demasiados escrúpulos, un héroe «de muchas vueltas psíquicas y, a la vez, de muchos caminos a sus espaldas» (podría ser el adjetivo «asendereado» el que mejor vertiera al español el epíteto que siempre acompaña al hijo de Laertes en la Odisea), el héroe griego más veces evocado por Borges. Ulises es el símbolo del viajero que intenta, a través de innumerables peripecias, reencontrar la patria perdida, regresar a un hogar que, en la medida de lo posible, no le resulte demasiado extraño. Ulises es también para Borges el héroe marino que desafía las olas y a los monstruos sembrados a lo largo del mar, alguien que viene de un asedio largo y se dirige a una venganza horrenda.
Recuerdo, ahora, dos poemas a él dedicados. El primero es un soneto, intitulado «Odisea, libro vigésimo tercero» y perteneciente a El otro, el mismo; dice así:
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Ya la espada de hierro ha ejecutado |
Cuenta Dante en la Divina Comedia cómo Ulises dejó a su amada Pené-lope en Itaca y se embarcó de nuevo, atravesando el Mediterráneo hasta llegar a las Columnas de Hércules, que atravesó, internándose en el Mar Tenebroso de los antiguos, llevado de su inquietud y de su afán de conocer y de explorar. Fue en el ignoto Océano donde perdió la vida y fue tragado por las aguas. Borges glosa la figura de ese Ulises dantesco en Siete noches, recordando cómo Melville, al hundir al Capitán Ahab con Moby Dick, pudo haber recordado a su vez la escena de Dante. También Kazantzakis se sitúa en la misma estela: la soleada y yerma tierra de Itaca, el amor de una reina y los placeres del gobierno no bastan para detener al inquieto Ulises, ávido siempre de nuevas aventuras.
El segundo poema se titula «El desterrado» (1977), con Ulises y Borges como protagonistas (una vez más «el otro, el mismo»). Se publicó en el seno de La rosa profunda, un libro aparecido en 1975 y redactado casi por entero en los Estados Unidos, donde retenían a Borges compromisos profesionales. Reza de esta manera:
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Alguien recorre los senderos de Itaca |
En este poema, Ulises sigue siendo el asendereado Ulises del destierro, y piensa en Itaca-Buenos Aires con nostalgia.
Además de estos dos poemas, Ulises-Odiseo está citado en muchas páginas de Borges. Según el catálogo de la exposición dedicada a Borges por la Biblioteca Nacional de España en Madrid, con motivo del fallecimiento del maestro (1986), que incluye un listado de citas muy completo, Homero es, después de Shakespeare, la Biblia, Dante y Cervantes, el autor más citado por Borges. Y, desde luego, el Homero de la Odisea, porque el de la Ilíada interesa mucho menos al autor argentino, a excepción de dos versos emblemáticos del canto VI, que Borges solía repetir a menudo y en los que Andrômaca se dirige a Héctor, su esposo, en la despedida más célebre de las letras universales: «Héctor, tú eres para mí el padre y la veneranda madre y el hermano, tú para mí el florido compañero de lecho». Veamos algunas de las citas referidas a Ulises:
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Cuentan que Ulises, harto de prodigios, [«Arte poética», El hacedor] Fuiste, bajo ominosos vientos, el laberinto [«Poema del cuarto elemento», El otro, el mismo] Gracias quiero dar al divino [«Otro poema de los dones», El otro, el mismo] España, donde Ulises descendió a la Casa de Hades… [«España», El otro, el mismo] El mar. El joven mar. El mar de Ulises [«El mar», El oro de los tigres] |
Entre sus «Talismanes» Borges cuenta con «los dos tomos de las Odiseas de Chapman» (La rosa profunda, 1975, p. 135), y recuérdese que la mayoría de los ejemplos de «Las versiones homéricas», formidable capítulo de Discusión, proceden de traducciones, casi todas inglesas, de la Odisea, no de la Ilíada. De la Odisea procede también la figura de Proteo, el viejo dios marino que pastorea focas, a quien en La rosa profunda se dedican dos sonetos. El multiforme dios es una imagen del hombre, del poeta, variable y distinto según pasan los días y los años. En el Libro de sueños se incluyen, asimismo, dos sueños procedentes de la Odisea, soñados ambos por Penélope, cuya situación personal, nada envidiable, se me antoja propicia al sueño profético.
Quiero terminar el capítulo de Ulises y de la Odisea, aduciendo otros dos textos borgianos que tienen que ver con el rey de Itaca. El primero de ellos se titula «Un escolio» y pertenece al libro Historia de la noche:
Al cabo de veinte años de trabajos y de extraña aventura, Ulises hijo de Laertes vuelve a su Itaca. Con la espada de hierro y con el arco ejecuta la debida venganza. Atónita hasta el miedo, Penélope no se atreve a reconocerlo y alude, para probarlo, a un secreto que comparten los dos, y sólo los dos: el de su tálamo común, que ninguno de los mortales puede mover, porque el olivo con que fue labrado lo ata a la tierra. Tal es la historia que se lee en el libro vigésimo tercero de la Odisea.
Homero no ignoraba que las cosas deben decirse de manera indirecta. Tampoco lo ignoraban los griegos, cuyo lenguaje natural es el mito. La fábula del tálamo que es un árbol es una suerte de metáfora. La reina supo que el desconocido era el rey cuando se vio en sus ojos, cuando sintió en su amor que la encontraba el amor de Ulises.
El segundo, «Nubes, I», forma parte del espléndido y último libro de poemas de Borges, Los conjurados, que vio la luz un año antes de su muerte, en 1985:
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No habrá una sola cosa que no sea |
Es curioso —quiero insistir en ello— que ni Aquiles, el mayor héroe de la épica homérica, ni la Ilíada, la gran epopeya trágica (frente a la Odisea, la gran epopeya novelesca), susciten eco alguno en Borges, tan receptivo a los grandes lienzos heroicos de las literaturas germánicas medievales. Sorprendentemente, Aquiles es para Borges, antes que nada, esa figura abstracta del corredor de pies veloces que se empeña en perseguir a la tortuga de la paradoja eleática sin poder alcanzarla jamás. Esta aporía del espacio infinitamente divisible, que Borges ha glosado tantas veces, es un tema predilecto de su preocupación filosófica. En Discusión, por caso, Borges afirma haber querido escribir un libro titulado Biografía del infinito. Su cuento «El libro de arena» (perteneciente a la colección de idéntico título) es una divagación más sobre el libro infinito, que hoy podría identificarse con Internet. En el prólogo a su libro de poemas El oro de ios tigres (1972), Borges nos cuenta que «desde niño… mi padre me reveló, con ayuda del tablero de ajedrez (que era, lo recuerdo, de cedro), la carrera de Aquiles y la tortuga».
En cuanto al Laberinto, tantas veces rememorado por Borges en prosa y verso como metáfora de la existencia humana, importa menos su abolengo helénico que su carga moderna, digna del mismísimo Kafka. Borges no se interesa por Teseo, sino por la angustiosa espera del Minotauro, que es la angustiosa espera del ser humano. Como ejemplo, entre muchos otros posibles, puedo citar los dos sonetos sobre el tema publicados en Elogio de la sombra (1969), o el relato «La casa de Asterión», de El Aleph. El hexámetro virgiliano que tanto le gustaba a Borges y que describe cómo Niso y Euríalo se dirigían por la noche al campamento de los rótulos, ibant obscuri sola sub nocte per umbram (o per umbras, que hay discordancia en los manuscritos), resume, como el Laberinto, la andadura del hombre sobre la Tierra.
Heráclito va siempre acompañado por su río en las evocaciones borgianas (el célebre fragmento 91 de la colección Diels-Kranz, que viene de Platón y que dice: «Todo fluye… No podemos bañarnos dos veces en el mismo río»). Hay dos poemas con el título de «Heráclito» en la obra poética de Borges. El primero, de Elogio de la sombra, expresa la melancolía del poeta ante la fuga irreparable del tiempo:
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¿Qué río es este |
En el segundo, de La moneda de hierro, fechado en East Lansing, en 1976, Borges se identifica con un Heráclito tristísimo: «Heráclito no sabe griego… [Borges sabía latín, pero no griego] / Heráclito no tiene ayer ni ahora. / Es un mero artificio que ha soñado / un hombre gris a orillas del Red Cedar, / un hombre que entreteje endecasílabos / para no pensar tanto en Buenos Aires / y en los seres queridos…».
Las dos últimas referencias a Heráclito en la obra de Borges pertenecen a Los conjurados. Vale la pena recordarlas, porque están inscritas en dos poemas hermosísimos. En «Abramowicz», poema dedicado a un viejo amigo de ese nombre que Borges conocía desde la época de Ginebra y que acababa de morir, Heráclito figura entre las sombras familiares:
[…] Todos estaban ahí, y también mis padres, y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches.
En «Son los ríos», un maravilloso soneto, Borges medita sobre la muerte, utilizando de nuevo el río del filósofo («Somos el tiempo. Somos la famosa / parábola de Heráclito el Oscuro») con algún eco manriqueño («Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir»):
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[…] Somos el vano río |
En el principio está el mito, y también en el fin, ha recordado Borges alguna vez. Y en los nombres propios a los que me he referido encuentran su expresión algunos de los símbolos míticos esenciales, que aluden al extravío del hombre en el espacio (el Laberinto o el errar odiseico) o en el tiempo (el mutante Proteo y el incesante río).
«El Borges que rechaza la doctrina del Ión —ha escrito el venezolano Guillermo Sucre— es, sin embargo, un platónico. El poeta, para él, es aquel que busca secretamente los arquetipos, las formas esenciales; aquel que busca un orden superior del que la obra sea un símbolo y donde el azar se vea cada vez más reducido». Los símbolos de valencia mítica que permiten cifrar poéticamente nuestra experiencia de la vida son un número limitado —supone Borges—, y el maestro argentino reitera en consecuencia, una y otra vez, los que él ha elegido y adoptado como insustituibles para su estar-en-el-mundo y su visión estética y moral.
Del mismo modo —piensa Borges—, la temática mítica es necesariamente reducida. En «Los cuatro ciclos» (de El oro de los tigres), Borges reduce a cuatro las tramas esenciales:
Cuatro son las historias. Una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. […]
Otra, que se vincula a la primera, es la de un regreso. El de Ulises, que, al cabo de diez años de errar por mares peligrosos y de demorarse en islas de encantamiento, vuelve a su Itaca; el de las divinidades del Norte que, una vez destruida la tierra, la ven surgir del mar, verde y lúcida, y hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron.
La tercera historia es la de una búsqueda. Podemos ver en ella una variación de la forma anterior. […]
La última historia es la del sacrificio de un dios. Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificado a Odín, él mismo a sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos.
Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.
Durante el tiempo que le quede a la especie humana sobre el planeta, se seguirán contando esas cuatro historias. La infinita literatura no hace sino remodelar los poquísimos relatos arquetípicos. El lector, que inevitablemente ha de morir, se ha liberado así del espanto ante la ilimitada biblioteca. Después de todo, puede, en su lectura, haber recorrido lo esencial y justificar de ese modo su existencia. Borges, bibliotecario ciego, es tal vez una variación del símbolo que tomó antaño carne y figura en el primitivo aedo ciego que, como Homero, cantaba la gloria de los héroes, pero también lo es del vate Tiresias, trágico y sombrío espectador marginado de los destinos heroicos, o, más recientemente, de algún otro, como Sir James George Frazer, mitólogo desojado de tanto leer, que había expuesto, acaso con más prolijidad, una tesis semejante: las versiones variantes de un mito son innumerables, pero los arquetipos son contados y forman un brevísimo conjunto. En busca de esos arquetipos navegó Borges toda su vida por ese mar de risa innumerable que baña las riberas del mundo clásico