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Ver productosMENUDO, SENCILLO, AMABLE, CORRECTÍSIMO EN EL HABLAR, discreto en el el juicio, fino en la ironía: así se nos presenta, ya con 82 años, Valentín García Yebra, académico de la Lengua, ilustre filólogo, traductor eminentísimo
y, sobre todo, el más señalado teórico de la traducción que ha dado España. No menos fiel a los textos que traduce que a sus nostalgias, este leonés afincado en Madrid hace ya 50 años, guarda en su casa un rincón medio moruno, evocador sin duda de sus años en Tánger, y, en su despacho, una amplia panorámica de su patria chica, Lombillo de los Barrios, un pueblecito
del Bierzo. Desde Lombillo a Madrid pasando por varios mundos, por la filología y la traducción, por la docencia y la edición, por Aristóteles y Séneca, por Ortega y Dámaso Alonso, el denso universo de este hombre se ha ido ensanchando y enriqueciendo a lo largo del siglo que se va. Qué ganas dan de escarbar un poco en él. In medias res y sin contemplaciones.
POLLUX HERNÚÑEZ • ¿Cómo se hace un buen traductor?
VALENTÍN GARCÍA YEBRA – Un traductor se hace sobre todo traduciendo. En éste, como en casi todos los oficios, se aplica el conocido adagio latino Fabricando fit faber, equivalente al dicho español «El ejercicio hace al maestro». Claro está que se necesitan condiciones previas. En cuanto a esto, yo he comparado muchas veces al traductor con el cantante. No puede aspirar a cantar bien quien tenga mala voz y mal oído. Pero quien esté dotado de voz bien timbrada y de oído musical fino puede llegar a cantar muy bien si, además, le gusta cantar y canta con frecuencia. Pero es evidente que, si tiene un buen maestro de canto, llegará a cantar mejor que si aprende por sí solo.
Hay un pasaje aristotélico, en la Ética Nicomaquea (B, 1103A 8-13), que he citado en varias ocasiones, porque me parece ejemplificar muy bien esta afirmación teórica. «Tocando la cítara —dice allí el Sabio— se llega a ser buen citarista o mal citarista; y lo mismo sucede con los constructores de casas y con todos los demás, pues construyendo bien se harán buenos constructores, y construyendo mal, malos. Y si no fuese así, no harían falta maestros». En el primer capítulo de mi libro En torno a la traducción, titulado «La teoría y la práctica en la traducción», desarrollo esta idea con cierta amplitud.
P H – ¿Puede traducirse, o será siempre la traducción un quiero y no puedo?
V G Y – En el capítulo IX de mi citado libro, titulado «Problemas de la traducción literaria», me refiero a la posibilidad o imposibilidad de la traducción. Georges Mounin dedicó su libro Los problemas teóricos de la traducción (337 páginas en la traducción española) a demostrar la posibilidad de la comunicación interlingüística, que es otro nombre de la traducción. La traducción, aunque no carezca de dificultades, es ciertamente posible. Volviendo a Aristóteles, la demostración de la posibilidad de la traducción puede hacerse con sólo cinco palabras de su Poética (51b 18): tà genómena phaneron hóti dynatá, que, traducidas, afirman: «Lo acontecido es evidentemente posible». Desde hace más de dos mil años, la cultura latina, y luego la occidental, han practicado la traducción, y han visto en ella una de las fuentes
principales de su propio enriquecimiento. La traducción ha sido un hecho constante. No lo habría sido si no hubiera sido posible. Podría objetarse que nunca se ha logrado una traducción perfecta. Pero si esto fuera argumento válido para negar la posibilidad de la traducción, lo sería también para afirmar la imposibilidad de cualquier actividad humana, pues no
hay ninguna perfecta.
P H – Pero, ¿no será leer en traducción, como decía Kumarayiva, comer lo que otro ha masticado?
V G Y – El repelente símil de Kumarayiva puede aplicarse también, incluso con más propiedad, a la escritura original. La novela mejor escrita y el poema mejor estructurado serían comparables al producto de la masticación, incluso de la digestión por el autor, de sucesos, acciones, aspectos o sentimientos de la naturaleza o de la vida real. Y la actividad de sus lectores sería comer lo masticado y digerido por los autores. Yo prefiero comparar la actividad del autor original a la pintura más o menos fiel de la realidad, y la del traductor, a la del copista que reproduce, con las mismas líneas, pero con otros colores, la obra original. En teoría, la copia puede ser tan bella como el original; pero el obligado cambio de colores (los colores usados por el traductor son las posibilidades que le ofrece su lengua) le impedirá reproducir con absoluta
exactitud la realidad pintada por el autor.
P H – En 1970, en su edición trilingüe de la Metafísica de Aristóteles, expuso por primera vez, y la ha repetido en múltiples ocasiones, su regla de oro de la traducción: «Una traducción debe decir todo lo que dice el original, no decir Valentín García Yebra nada que el original no diga, y decirlo todo con la corrección y la naturalidad que permita la lengua a la que se traduce». ¿Ha notado si esta regla tan pertinente, sobre todo cuando la enunció, se ha venido observando?
V G Y – Sigo creyendo en la validez de esa norma. Después de haberla formulado hace tres decenios como fruto de mi propia experiencia o como algo de sentido común, cuando no había leído casi nada sobre teoría de la traducción, he visto, en la recopilación de textos clásicos sobre la materia que hizo Julio César Santoyo en 1987, que ya había sido formulada hace siglos nada menos que por Gracián en 1533, cuando, refiriéndose a su traducción de los Apothegmas de Plutarco, dice: «No me pareció que a tan graue autor […] se deuia añadir ni quitar ni mudar cosa alguna». Y casi cincuenta años
más tarde, en 1580, decía fray Luis de León en la dedicatoria de sus poesías a don Pedro Portacarrero: «El que quisiere ser juez (de lo que yo he traducido) pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes […] sin añadir ni quitar sentencia, y guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire».
En cuanto a su observancia por parte de los traductores, creo que los buenos la observan siempre que les es posible. Lo malo es que, en la proliferación de teóricos de la traducción que desde entonces se ha producido, son mayoría los que inducen a los traductores a quebrantarla. No digo que la quebranten ellos, porque muchos de esos teorizantes no han publicado nunca una traducción. Yo aconsejaría a los traductores que no confíen en quienes, sin haber traducido un libro, pontifican sobre la traducción. La teoría es la ciencia de lo teorizado. Pero, como dijo muy bien Aristóteles casi al comienzo de su Metafísica (981a 2s.), «la ciencia y el arte llegan a los hombres a través de la experiencia». Y no puede tener la ciencia, es decir, la teoría, de la traducción quien no la haya practicado, quien no tenga experiencia de traducir.
P H – Sus tres libros sobre la traducción: En torno a la traducción, Traducción: historia y teoría, y Teoría y práctica de la traducción, siguen siendo lo mejorcito que se ha hecho en nuestra lengua sobre el arte de traducir. ¿Desde que se publicaron, hay alguna idea más, algo nuevo, que pudiera añadirse a la doctrina que contienen?
V G Y – Esos tres libros no contienen, evidentemente, todo lo que se puede decir sobre la traducción. Procuré exponer en ellos ideas útiles para los traductores. Pero no traté de ser exhaustivo; no pretendí agotar la materia. Tampoco pretendo agotarla ahora con mi Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos, del que estoy corrigiendo ya segundas pruebas. En mi intención, va destinado a cuantos de un modo u otro practican la traducción, sobre todo la traducción científica o técnica, que es hoy, con mucho, la más importante cuantitativamente; también a los que yo llamo traductores
implícitos, que son los que leen obras en otra lengua pensando aprovechar lo leído para sus escritos en la lengua propia. La gran mayoría de los que llamo «galicismos prosódicos» y «galicismos morfológicos» son términos mal acentuados o mal formados por influjo del francés. Pero esas dos clases de galicismos no se han producido sólo en las terminologías científicas, sino también en palabras usadas en el lenguaje literario, incluso en la conversación normal. Tampoco aquí pretendo agotar la materia; sí quiero despertar la sensibilidad de los traductores explícitos o implícitos para que no se dejen
influir indebidamente por la lengua de la que traducen.
P H – ¿Se atreve a decir algo sobre la traducibilidad de la poesía? ¿Tagore sigue siendo Tagore, pasado por Juan Ramón?
V G Y – Sobre la traducibilidad o intraducibilidad de la poesía sigo pensando como hace ya un cuarto de siglo, cuando di, en agosto de 1974, en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, una conferencia sobre la «traducción de poemas en verso». La publiqué nueve años después en las páginas 141-162 de mi libro En torno a la traducción. La poesía puede expresarse en prosa o en verso. La traducción de poemas en prosa suele ser difícil, tal vez imposible en algunos casos; pero, en general, pueden realizarla con éxito traductores muy bien dotados, capaces de percibir y saborear las exquisiteces
de la lengua original y muy hábiles en el manejo de su propia lengua. La traducción de poemas en verso puede y aun suele plantearle al traductor problemas insolubles. El primero de todos se refiere a la forma de la traducción. ¿La prosa o el verso? Si el traductor elige la prosa, perderá todo lo vinculado al verso, que puede ser esencial para el poema. Si se decide a favor del verso, a no ser en casos excepcionales y tratándose de lenguas muy próximas, perderá muchos valores del original y pondrá en la traducción otros de su cosecha. Y así pecará doblemente, por omisión o por acción, contra la norma fundamental de su arte: decir todo y sólo lo que dice el original. Sigo pensando, como entonces, que no se puede dar a este problema una solución válida para cualquier caso, y que la única norma general que se puede aventurar es la que
se contiene en esta especie de máxima incomprometida: vale más una buena traducción en prosa que una mala traducción en verso; pero una buena traducción en verso vale más que una buena traducción en prosa.
En cuanto a la relación Juan Ramón-Tagore, me falta conocimiento suficiente para poder opinar sobre la fidelidad de la traducción, hecha más por Zenobia que por el poeta de Moguer. En el volumen II de la obra de Graciela Palau de Nemes, Vida y obra de Juan Ramón Jiménez – La poesía desnuda, en la página 562, se afirma que «las traducciones de Tagore eran obra de Zenobia. Juan Ramón no conocía el inglés lo suficiente para esta labor; pero al corregir la versión de ésta le daba a la traducción su propia expresión, con lo que le devolvía el lirismo de la creación original bengalí». Para poder
contestar a la pregunta de si Tagore sigue siendo Tagore pasado por Juan Ramón, sería necesario comparar la traducción de Zenobia, revisada por Juan Ramón, con el texto de Tagore. Sin esa comparación, sólo me atrevo a decir que una traducción hecha en esas condiciones puede ser muy bella, puede resultar una obra de gran valor literario, pero difícilmente conservará todo lo que podría conservar una traducción hecha por un buen traductor que trabajase directamente sobre la obra original. Es probable que la personalidad poética de Juan Ramón, aun siendo bastante afín a la del poeta indio, haya marcado de modo juanramoniano la traducción de Zenobia.
P H – ¿Por qué le galardonaron el año pasado con el Premio Nacional de Traducción, por su labor de traductor o de traductólogo?
V G Y – Eso habría que preguntárselo a los miembros del Jurado. Supongo que por las dos cosas. Sinceramente, creo haber traducido, sobre todo del griego, del alemán y del francés, obras verdaderamente importantes. Y no creo haberlas
traducido mal. La crítica las ha recibido siempre con elogio. La primera traducción mía publicada, El velo de Verónica, de Gertrud von Le Fort, vio la luz en 1944, siendo yo aún estudiante. No me conocían en Madrid, fuera de la universidad, más de una docena de personas, ninguna de ellas relacionada con el mundo literario. Y hubo críticos muy prestigiosos ya entonces, como José Luis Vázquez Dodero y José Luis Aranguren, que, sin conocerme personalmente, hicieron de mi traducción tales elogios que me sentí obligado a visitarlos para darles las gracias, iniciando así una gran amistad que duró mientras vivió Aranguren, y, por fortuna, sigue vigente con Vázquez Dodero. Aquella traducción ha vuelto a publicarse ahora, con muy grata sorpresa mía, por una editorial diferente de la que hizo la primera edición.
El primer premio recibido por mí, en 1964, fue el Prix Annuel de la Traduction del Gobierno belga, que se concedía entonces por vez primera. En realidad, todos los premios que he recibido están relacionados con la traducción.
Por otra parte, mi labor como traductólogo fue premiada por la Real Academia Española, antes de ser yo académico. Creo, incluso, que mi libro Teoría y práctica de la traducción, prologado por Dámaso Alonso, que fue la obra premiada, contribuyó a mi ingreso en la Academia. Supongo que el Jurado del Premio Nacional tendría también en cuenta el haber sido yo el promotor del Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores de la Universidad Complutense de Madrid, del que fui durante once años, hasta mi jubilación en 1985, profesor de Teoría de la traducción y Subdirector
en funciones de Director.
P H – Ha traducido muchas y muy variadas cosas de varias lenguas, pero ¿hay algo que le habría gustado traducir y que, por unas u otras razones, no ha podido?
V G Y – Me habría gustado mucho traducir la Eneida en prosa rítmica o en versículos claudelianos. Pero no se tiene tiempo para todo.
P H – Cuéntenos algo sobre su primera traducción, la Medea de Séneca.
V G Y – La traducción de la Medea de Séneca fue la primera que hice con intención de publicarla. Antes había traducido, como ejercicio de aprendizaje lingüístico, alguna otra cosa. Traduje, por ejemplo, una novela del alemán. Como no pensaba publicarla, no guardé la traducción, y ni siquiera recuerdo su título ni el nombre del autor. Eso fue antes de 1940.
Vine a Madrid a fines de 1939, recién licenciado del ejército. Tenía que hacer el Examen de Estado para poder ingresar en la Universidad. Lo aprobé en la primera convocatoria que hubo, en la primavera de 1940. Pero ya era tarde para que me admitiesen la matrícula en la Universidad. Como no tenía medios económicos para vivir en Madrid, me dediqué a buscar trabajo, y me dejé explotar durante unos meses en un colegio o academia de cuyo nombre no quiero acordarme. Durante el verano, libre ya de aquel colegio y con un par de clases particulares que me permitían subsistir, compré en la Cuesta de Moyano, por cinco pesetas, un bonito ejemplar de una edición latina de las tragedias de Séneca, hecha en Biponte, hoy Zweibrücken (Alemania) y fechada en 1785. No sé por qué me llamó la atención la Medea, que ocupa en la obra las páginas 267-306. Probablemente porque en la portada del libro hay un grabado redondo, con fondo negro, sobre el que destaca la figura de la protagonista en un carro tirado por dos dragones alados. Me puse a leerla, y sentí ganas de traducirla. No me considero poeta, pero desde muy joven me ha gustado versificar. Y me apeteció traducirla en verso. Como, aparte de dos o tres horas de clase, no tenía nada que hacer, dediqué un par de meses a la traducción, de la que no quedé descontento. Como necesitaba dinero, pensé que podría ganar alguno publicándola. Y le llevé el manuscrito (no tenía máquina de escribir) a un libreroeditor. Dijo que me daría la contestación ocho días después. Volví a los ocho
días, seguro de que la habría aceptado. Pero echó sobre el mostrador el sobre que la contenía y me dijo casi despectivamente: «Me han dicho que la traducción es buena; pero esto no tiene ningún interés». Salí de allí medio avergonzado. Y estuve a punto de rasgar el sobre con las cuartillas. Afortunadamente, lo guardé. Esto fue en el verano de 1940. Cuando, en 1964, me dieron el premio belga, importante para mí incluso económicamente (ciento sesenta y cuatro mil pesetas de las de entonces), me gasté la tercera parte en editar por mi cuenta aquella traducción, que sigue siendo, en cierto modo, mi predilecta. Y ahora estoy muy contento porque se va a representar en Bruselas, gracias a usted, esta versión mía, incluso con música compuesta expresamente para ella.
P H -¿Sigue traduciendo?
V G Y – Siento no poder hacerlo. Pero me he metido en otros trabajos que no me dejan tiempo para la traducción. El Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos me ha ocupado todo el tiempo disponible de los últimos ocho
años. Y tengo, para después, otros dos proyectos que quizá me ocupen durante tres o cuatro. A mi edad, ya no se pueden hacer proyectos a largo plazo.
P H – Cambiemos de tercio. ¿Cómo y para qué nació la Editorial Gredos?
V G Y – La editorial Gredos nació, en junio de 1944, doce días antes de licenciarme yo en Filología Clásica, sin una finalidad muy precisa. Las dos o tres primeras publicaciones fueron, económica mente, grandes fracasos. Cambiamos de rumbo, y comenzamos a publicar libritos de latín destinados a los estudiantes de bachillerato. Con ellos ganamos algún dinero. Un par de años después, se unió a nosotros un nuevo socio, José Oliveira, que conocía mucho a Dámaso Alonso. Este le había dicho una vez: «Oliveira, si algún día se hace usted editor, le daré un libro para que me lo publique». Fuimos a ver a Dámaso Alonso. Nos recibió muy amablemente, pero tardó en tomarnos en serio. Como éramos todavía muy jóvenes, nos llamaba bromeando «los chicos de la Gredos». Pero después de varias visitas, acabó diciéndonos: «Les voy a dar a ustedes un libro, y si me lo editan y venden bien, les daré una biblioteca entera». Aquel libro fue Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, cuya edición cuidé yo personalmente. Fue el primer volumen de la Biblioteca Románica Hispánica, que convirtió a Gredos en una editorial importante en España y en el extranjero.
P H – ¿Con quién hay que hablar para que la excelente colección de clásicos griegos y latinos se reedite incluyendo el texto original junto a la traducción?
V G Y – Cuando se proyectó la «Biblioteca Clásica Gredos», se estudió la posibilidad de publicar las obras griegas y latinas en edición bilingüe. Se abandonó la idea porque esto encarecía mucho cada volumen, y sería obstáculo para la intención editorial de hacer llegar los clásicos de ambas lenguas al mayor número posible de lectores. Lamentablemente, son pocos los que pueden cotejar la versión con el original griego o latino. Procuramos que las traducciones sean fieles y de lectura fácilmente inteligible.
P H – Pasemos a otro campo. ¿Qué hace en la Academia?
V G Y – Trabajo habitualmente en la Comisión de Consultas, en la que se contestan cartas que piden aclaración de dudas sobre el uso de nuestra lengua; en la de Ciencias Humanas, donde se revisan las voces del Diccionario relacionadas con este sector lingüístico; en la de Gramática, que prepara la que dentro de unos años publicará la Academia como obra propia, y en una de las Comisiones que preparan la próxima edición del Diccionario. Por otra parte, presento con frecuencia papeletas sobre palabras que ya están en el Diccionario, para su discusión en el Pleno. A veces, en alguna otra cosa que se me encarga especialmente, como ahora en la revisión de la Ortografía.
P H – Habla un castellano envidiablemente cuidado. En su Claudicación en el uso de las preposiciones señala incorrecciones que todo el mundo comete, y en su última obra enumera cientos de ejemplos de contaminación galicana. ¿No será la corrección en el hablar algo que una generación trata de imponer a otra?
V G Y – Creo que, por mi parte, nunca he tratado de imponer a nadie mis opiniones lingüísticas. Y menos aún a las generaciones futuras. A mis alumnos del Instituto Universitario de Traductores les decía con frecuencia que algo que ahora se considera incorrecto puede ser correcto dentro de veinte años. Lo correcto lingüísticamente es lo que dice o escribe la mayoría de la gente culta.
P H – ¿Qué piensa de lo que está pasando con el inglés? ¿Hay que empeñarse en pararle los pies, o vamos hacia la lengua universal?
V G Y – No creo que el inglés haga desaparecer al español. Tampoco creo que los anglicismos vayan a invadir nuestra lengua con la intensidad con que lo hizo el francés desde fines del siglo XI hasta mediados del XIII, y sobre todo durante los siglos XVIII y XIX. El parentesco y la proximidad lingüística del francés favorecían la contaminación. El influjo del inglés es ahora inevitable. Lo inteligente sería aprovechar lo positivo y evitar lo inconveniente.
P H – Acaba de terminar su último libro, participa en seminarios y coloquios, da conferencias, ¿en qué está trabajando ahora?
V G Y – De momento, estoy corrigiendo pruebas del Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos. Durante el próximo verano, quiero hacer un libro que sería algo así como una versión abreviada de los dos volúmenes de mi Teoría y práctica de la traducción. Pienso darle un carácter menos teórico, más orientado a facilitar la práctica de los traductores. Se titulará Teoría práctica de la traducción. Para después tengo un proyecto muy interesante: poner en limpio, traducir y comentar las muchas notas escritas a mano por un desconocido sabio francés en cada página de una magnifica edición de las obras completas de Virgilio publicada en Londres el año 1813. Camilo José Cela, a quien hablé hace unos meses de este proyecto, me pidió el resultado para su revista El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia. Le dije que podrían resultar doscientas o más páginas. Me contestó: «Como si son cuatrocientas». Dedicaré este trabajo a la memoria de mi gran amigo húngaro-brasileño Paulo Rónai, que me regaló este libro, verdaderamente precioso.
P H – Una última pregunta: ¿va a escribir ese anecdotario (incluyendo aquella historia de Ortega en una librería de Madrid) del que me habló alguna vez?
V G Y – Si después de realizar los proyectos mencionados me quedan aún fuerzas y capacidad para seguir trabajando, sí quisiera escribir ese anecdotario que me piden miembros de mi familia y algunos amigos. Pero no incluiré en él nada que pudiera ser o parecer negativo para otras personas, y menos para las que respeto y admiro.
P H – Muchas gracias, Valentín, y que le queden fuerzas para eso y para muchas otras cosas.
Cuando se acercaba, en su edición de 1999, la fecha de inauguración de ARCO, la polémica ya estaba servida. Francia iba a ser el país invitado, y el comisario encargado de la selección, el joven crítico Nicolás Bourriaud, en declaraciones previas al desembarco, había manifestado que la pujanza del panorama artístico francés se debía, acaso por primera vez, a una actividad artística volcada sobre la internacionalidad de sus propuestas. Bourriaud, cuando se vio obligado a justificar la selección de las galerías participantes, no tuvo otro remedio que apelar a la defensa, que esas salas habían llevado a cabo, del reciente arte francés en la escena internacional. Con todo, los suplementos de los diarios que gustan periódicamente de suscitar entre nosotros espejismos de enfrentamientos, tan espurios como desinformados, no vieron motivo de debate en esos aspectos de la identidad artística, del internacionalismo del arte contemporáneo, de la vitalidad vanguardista o cualquier otro de los abordados por arguments de le petit Nicolás. Prefirierion, como siempre, fijarse en algo de más gordura, de más madera, y se agarraron a la supuesta provocación con que el comisario había herido el orgullo español cuando declaró que de Pirineos abajo el artes actual era un lánguido, trasnochado e incomunicado reflejo de la actividad creadora que tiene lugar en los focos verdaderamente relevantes para el arte de hoy. Lo malo es que a nadie se le oculta que, tras la Segunda Guerra Mundial, Francia no detenta ninguna mayoría ni minoría de acciones en esa empresa, Vanguardia S.A., y que el aburrimiento que ahora nos puedan producir Daniel Buren o el recuerdo de la influencia psicoanalítica y marxista del discurso pictórico de Louis Cane o del Viallat de los años setenta todavía es menor que el producido por el marchito continuismo vanguardista de la escena artística dibujada por Bourriaud.
La lástima es que la voluntarista visión de Bourriaud escamoteara, como no pudiera ser de otra manera, lo que de vivo y crucial tiene hoy, si no la práctica artística, sí el debate crítico sobre el arte contemporáneo que se refleja en los ensayistas franceses, pero de esto tampoco parecían saber nada nuestros diarios más proclives a las despistadas polémicas culturales.
Pues bien, si hay una obra y una personalidad de verdadero interés en la reflexión europea sobre el arte actual, en su caso hecha a partir de una implacable revisión de la historia más legalizada del arte del siglo XX y de su manual de tópicos, son las de Jean Clair. Nada más pronunciar su nombre, y más si se hace elogiosamente, el comentarista será muy probablemente tachado de conservador, incluso de reaccionario, y se deducirá que es algún defensor de la tradición figurativa, del oficio de pintar y de la innegociable y permanente actualidad de la pintura. Se dirá eso como si ambas cosas resultaran inseparables y, en cierto modo, es en la existencia o no de esa juntura donde se asienta el meollo de la discusión suscitada por el director del Museo Picasso de París. Así ha ocurrido, por ejemplo, en no pocos de los comentarios escritos a partir de la publicación en España de su libro La responsabilidad del artista (Las vanguardias entre el terror y la razón), el primero de los suyos traducito entre nosotros. En más o menos farragosas reseñas y críticas, el libro de Clair ha sido tomado pronto por un ensayo eminentemente político o, al menos, por una reflexión de política cultural, en todo caso histórica. El propio autor da pie para ellos y, después de todo, las reflexiones estéticas están en el país de encima vinculadas a un ámbito crítico de resonancias primeramente políticas o sociológicas, que es como decir lo mismo. De hecho y para el común, la nostalgia parece estar allí defendida por Clair, o por la posición liberal y antiestatalista de Marc Fumaroli, y el progresismo moderno por el director de Le Monde, Philippe Dagen, y su postura más que ambigua sobre el arte de nuestros contemporáneos. Así es que resulta bastante sencillo encontrar el resumen de La responsabilidad del artista– a cargo, claro, de quienes desde luego se encuentran mucho más próximos de la sociología política que de la afición o del hábito artístico (aquí casi nada se les ha perdido). haciendo pivotar el libro entero sobre el capítulo segundo en el que Clair desentraña la vinculación del futurismo y el expresionismo con la retórica que prestó cobertura al horror totalitario de nuestro siglo, sea nazi o bolchevique.
No me parece, sin embargo, que la repercusión última de los ensayos de Clair, deba ser examinada mediante el análisis de si esa circunstancia histórica es verdad o no, y ahí se agotará su impecable denuncia. Su intención no es exclusivamente historiográfica, e incluso en ese aspecto sería muy difícil rebatir los hechos sobre los que se apoya. Antes de La responsabilidad…, que Gallimard publicó en 1997, Jean Clair había reunido, con el título de Maliconia. Motifs saturniens dans l’art de l’entre-deux-guerres, muchas de sus aportaciones dispersas en catálogos y revistas dedicadas a la tradición figurativa de un arte contemporáneo poco coincidente con el descrito y prescrito por el vanguardismo institucionalizado o, por poner un ejemplo, con el patrón de la modernidad elaborado por el MOMA neoyorkino. A través de estos ensayos, algunos tan célebres como los que acompañaron la exposición Les Réalismes, entre révolution et réaction (Centro Pompidou, 1980) o el dedicado a Giorgio De Chirico y contenido en el catálogo de la muestra preparada por Clair para el mismo centro en 1983, el desenmascaramiento de la supuesta inocencia que emparejaba progresismo político con vanguardia artística se apareció ya como una perturbación -y entonces, muy valietne perturbación- de la perversa calma en que se asentaban los pilares de un arte contemporáneo de discurso único y excluyente. Para ese arte, cualquier evocación de la figura, de la representación, de la disciplina, de una tradición central o de un oficio sometido a aprendizaje, no eran sino sacrilegios. «Semejante «historia» no es, desde luego, la Historia» como dice Clair, pero el hecho es que el arte contemporáneo ha sido entendido, y todavía lo quiere seguir siendo, como una reconstrucción, sostenida sobre intereses ideológicos, que ha primado las innovaciones, las derivaciones y las excentricidades sobre la identidad de una tradición vinculada al arte del pasado. En la tal actitud subyace un entendimient de lo moderno hipostasiado en el concepto de progreso indefinido y rupturista, y ése es el primer tópico que se encargó Clair de deshacer, con tan sólo evocar la verdadera raíz de la reflexión moderna, no otra que la acepción dada por Baudelaire a ese sentido del tiempo que nada tiene que ver con el progreso, «esa religión de imbéciles y perezosos», sino con la melancolía de quieren, en permanente conflicto y sin complacencia ninguna, buscan el perdido equilibrio entre el vértigo de la caducidad y la eternidad invocada por el deseo. Sea como fuere, la modernidad a la que nos ha habituado la vanguardia artística olvidó un día esa raíz, ese ansia desesperada de armonía, y prefirió heredar el irracionalismo romántico, negando así la pertenencia a la actualidad (si esto fuera posible hacerlo) de lo que no caminase, por el sendero de una revolución sin fin, hacia el logro de un nuevo lenguaje de pureza química, a duras penas articulado por una especie de artista convertido en libérrimo y sumamente ingenuo creador absoluto. Digo a sabiendas ingenuo por recordar el término con el que los barrocos llamaban a quienes se hallaban exentos de responsabilidad fiscal. De toda responsabilidad, deberemos decir para referirnos al tipo de artista destilado por el discurso de la vanguardia, incluida la que se debe a la memoria, la que se debe al oficio, la que se debe al lenguaje.
Y así es como los ensayos de Jean Clair apuntan, más que a la revisión de estudios históricos, a la acuciante cuestión actual de la práctica artística legitimada por un arte contemporáneo convertido en género. Oficial y poderoso, ¿por qué sigue gozando ese discurso de una aureola de insumisión? ¿Por qué las preferencias, los gustos, siguen desncadenando polémicas ideológicas, como si no supiéramos de antemano el plato que nos vana servir en el mantel sobre el que se dice de un artista o de su obra que son radicales o subversivos? Es muy probable que la irresponsabilidad del artista que todavía se llama de vanguardia se corresponda con la nulidad de su realización, con la afasia de quien hace tiempo hizo tabula rasa de los lenguajes históricos. Y de ahí su aceptación y su promoción, de su inanidad.
Los ensayos de Clair han optado por escarbar en el montón de ruinas vertido en la escombrera del siglo y han encontrado, sin embargo, los restos, todavía vivos, siempre actuales, de una tradición, de una centralidad. Pero, ¿qué tradición? Ése es el único punto en que a mi juicio se puede discutir a quien -para los que creen que estos escritos hablan sólo de historia del arte moderno o de su contexto político- dirigiera la discutida (reaccionaria, se dijo) Bienal de Venecia de 1995. La suya sería la de un neoclasiscismo melancólico bastante devaluador del precio por el que se mira lo que la vanguardia del siglo XX debe al espíritu de la iconoclastia romántica y nórdica. En esa tradición resultarían fundadoras las figuraciones de entreguerras, los metafísicos italianos, los pintores de la Neue Sachlichkeit alemana, la posguerra inglesa de Freud o de Auerbach y algunos puntos solitarios y oscuros para el conformismo teórico como Bonnard o Balthus. Los fascinantes, subyugantes ensayos que Clair ha dedicado a De Chirico, sus páginas sobre Carrà, sobre Sironi, es una pena que deban aún justificarse. Es como si cada vez que alguien habla de rappel à l’ordre o de un gusto por bel mestiere tuviera que cargar con la responsabilidad (la que no se exige a los ingenuos) de lavarse de la sospecha de, no sé, intolerancia, autoritarismo, falta de respeto por el mestizaje cultural, por la diversidad sexual, por el multiculturalismo étnico, y a saber cuántas cosas más… Como digo, una crítica consecuente hacia Clair debería estar dirigida a la composición de hitos con los que su neoclasicismo parece querer afirmarse. Pero no al honesto y aguerrido empeño por vindicar una tradición sin la que, ciertamente, la pintura no es nada (claro, que eso poco importa para quienes, previamente, no es nada la pintura). Y menos a su certero rastreo de nombres y obras que quisieron (aunque debamos olvidar para ello la picaresca chiriquiana) cargar con la responsabilidad del tiempo. Para ese tipo de artista, olvidado durante décadas en la oscuridad del pudor y la humildad de su oficio (entre nosotros, el de Gaya, el de Xavier Valls y el de no menos de treinta jóvenes pintores españoles de este fin de siglo), el orden, el sospechoso orden, no tenía ni tiene nada que ver con la cómoda instalación en la academia sino con la terrible batalla melancólica de intentar decir algo con un lenguaje que debía afrontar la nietzscheana «soledad de los signos», que debía enfrentarse a la representación de la realidad en un momento en que, sin embargo, no parecía estar en ella la vida.
La clave melancólica se hace fecunda para el entendimiento de lo más solapado de nuestra modernidad artística. En los estudio de Jean Clair, como lo ha sido en no pocos de Giorgio Agamben o, en España, en ese estupendo libro de María Bolaños que se titulaba precisamente Pasajes de la melancolía, debiera resultar, además, disuasoria para quienes sientan la urgencia de asociar orden y antimodernidad. La trágica barbarie de nuestro siglo ha tenido su representación, a veces su profecía, por medios estrictamente pictóricos, a pesar de que la destrucción y el terror siguieran, como pensaba Karl Krauss, a una previa destrucción del lenguaje. El problema de la explicación melancólica es, como siempre, el de reducir pintura a iconografía, porque la vida de la pintura no consiste, digámoslo así, en la subordinación al significado de sus imágenes. Pero esto no debe insinuar merma a un puñado de páginas que concretamente nos hablan del momento en que la pintura cargó con la responsabilidad «de afrontar en lo sucesivo la radical extrañeza de lo real frente a su posible representación».
Octubre de 1882, Lou Salomé viaja a Venecia para ver al doctor Breuer. La irritación que le causa haber recibido una nota impertinente en la que la desconocida Fráulein Salomé determina día, hora y lugar de encuentro no mengua la disponibilidad del médico. El doctor y el lector son presa de esta fascinante mujer —joven, interesante, delgada— que, envuelta en pieles, avanza con decisión y dirige su mirada osadamente a los ojos del investigador.
«Nietzsche está enfermo, muy enfermo. Necesita su ayuda». La descripción de todos los síntomas —fuertes migrañas, náuseas, ceguera inminente, insomnio, dosis peligrosas de morfina que no mitigan el dolor y días enteros mareado -— no resulta suficiente para elaborar un diagnóstico preciso. ¿Por qué había accedido a verle? «Es la desesperación del profesor Nietzsche, no su corpus, lo que le pido que cure». ¿Qué le estaba exigiendo Lou Salomé?
Irvin D. Yalom da comienzo a su experimento, lo imagina para nosotros: ¿qué hubiera pasado si el doctor Breuer hubiera inventado un tratamiento psicológico para Nietzsche?
Josef Breuer había experimentado por primera vez el método de la cura dialogada con Anna O. (Bertha Pappenheim), provocando una compleja relación médico-paciente que le obligaría, más tarde, a abandonar el caso. En septiembre de 1882, el doctor Breuer discute con su discípulo Sigmund Freud los pormenores de este tipo de tratamiento.
En esta discusión, así como en los posteriores trabajos de ambos, se encuentra el origen de la ulterior revolución psicoanalítica. Se trata de la hipótesis, por primera vez científicamente ensayada, de que una idea, es decir, una realidad espiritual, actuando sin control en la mente, puede adquirir la fuerza necesaria para somatizar en una enfermedad. Nietzsche deambula por Europa, después de haber abandonado su cátedra en Basilea, buscando de continuo un clima benigno que aminore los síntomas de su extenuante enfermedad. En la primavera de 1882, conoce a Lou Salomé y en ella encuentra un alma gemela. Su hermana Elisabeth y Paul Rée se interpondrán en su relación y la conducirán hacia un final desastroso, que acompaña a Nietzsche bajo la forma de la angustiosa herida que provoca el sentimiento de una profunda traición. Al recrear el imaginario día en que Friedrich Nietzsche viaja a Viena, buscando una vez más un tratamiento para su enfermedad, el profesor Yalom demuestra una aguda penetración psicológica. ¿Era realmente Nietzsche un enfermo del alma?
Nietzsche pide una cita al doctor Breuer; sus amigos le han animado. Desconoce la intervención irresistible de Lou. Describe exhaustivamente los síntomas de su enfermedad y parece satisfecho cuando percibe que el doctor le examina a conciencia. Sin embargo, a pesar de su ánimo de colaboración, no ha pronunciado ni una sola palabra acerca de su desesperación, ¿no había escrito cartas en las que hablaba de quitarse la vida? Sí, Fráulein Salomé tenía razón al advertir a Josef Breuer de que Nietzsche no se implicaría en un proceso que supusiese una entrega de poder. Resultaba curioso que pudiese hablar de su enfermedad como si la observase desde fuera y no dominase su vida: «Tengo períodos negros. ¿Quién no? Pero no me dominan. No forman parte de mi enfermedad, sino de mi ser. Podría decirse que tengo la valentía de padecerlos». El profesor Breuer, convencido de que la desesperación de Nietzsche —según la había descrito Fräulein Salomé— era completamente ideativa, había intentado alcanzarle, pero su deseo de conservar el poder rechazaba visceralmente cualquier manifestación de empatía. ¿Por dónde debía continuar?
Inesperadamente, Nietzsche formula una pregunta: « ¿Me dirá usted la verdad ?». La conversación se torna interesante. Breuer había experimentado cómo «por lo general, la pregunta importante es la que no se formula». ¿Debía el médico ser tan cruel como para decir lo que no se quiere saber? Nietzsche y Breuer mantienen posiciones enfrentadas. «Ningún médico tiene derecho a ocultar al paciente lo que a éste le pertenece […] ¿Quién tiene derecho a tomar semejante decisión por otra persona? Esa postura viola la autonomía del paciente». Nietzsche no puede admitir que se hable de esperanza ni de consuelo. No puede aceptar la salida fácil que obstaculiza al hombre el camino hacia la verdad. Sí, está convencido de que sólo se accede a la verdad a través de la incredulidad y del escepticismo y «no a través del deseo infantil de que algo se produzca. El deseo de ponerse en manos de Dios no es la verdad. No es más que un deseo infantil. Es el deseo de no morir, el deseo de aferrarse al pezón, eternamente hinchado, al que hemos puesto la etiqueta de Dios».¿No debía cada hombre elegir la vida? Nietzsche percibe su enfermedad como camino de emancipación, que no sólo le ha librado de sus onerosas obligaciones, sino que al enfrentarle a la realidad de una muerte temprana le «proporciona perspectiva y valor». No puede renunciar a la tensión, precio de su hipersensibilidad, si quiere llegar a elegirse. « Mi trabajo produce tensión. Exige que me enfrente al lado oscuro de la existencia. El ataque de migraña, por terrible que sea, puede ser una convulsión purificadora que me permite continuar». Nietzsche afirma su enfermedad como una bendición, pero ¿cuánta verdad será todavía capaz de tolerar? Las fuertes afirmaciones en las que brilla el profético pensamiento del profesor resuenan en la mente de Breuer hasta convertirse en una duda: ¿es Friedrich Nietzsche más libre que él?
Irving D. Yalom —psicólogo y profesor en la Universidad de Stanford— demuestra una gran capacidad de penetración psicológica al recrear mediante este relato un carácter como el de Nietzsche, mostrando la ambivalencia de su firmeza y energía. Combina con destreza el arte de la novela y el psicoanálisis, y desentraña el significado humano del pensamiento nietzscheano sin sojuzgar a su autor. Presenta al hombre, Nietzsche, navegando en soledad: «Mi hijo, Zaratustra, rebosará sabiduría, pero su única compañera será un águila». Parece claro que Nietzsche elige el camino de la soledad, pero todavía se puede preguntar si hubo un día en que Nietzsche lloró.
Tom Koopman es un artista especializado en los instrumentos de época y un apasionado de la música barroca, lo que le llevó a fundar en 1979 la Orquesta Barroca de Amsterdam. Desde entonces han sido muchos los galardones que esta orquesta ha recibido y muy numerosas las grabaciones de obras del Barroco que ha realizado. Entre ellas destaca la espléndida colección de Cantatas de J.S. Bach.
Yo-Yo Ma es un artista que está de moda. Ha sabido ganarse al público y sus discos tienen bastante éxito de crítica y ventas. Lo cierto es que es un violonchelista apasionado, y todo lo que aborda lo lleva a cabo con el mismo entusiasmo y dedicación. Eso es algo que se transmite en sus versiones. Desde las Suites para violonchelo de J.S. Bach hasta las obras de más reciente composición, todo tiene cabida en su repertorio. Ha llegado a estudiar la difícil técnica del violín tradicional chino para poder estrenar la Sinfonía 1977 de Tan Dun, e incluso se ha prestado a utilizar un arco electrónico conectado a un ordenador para tocar música de Tod Machover. Cualquier nueva experiencia es bienvenida para Yo- Yo Ma que, según confiesa, siempre sale enriquecido con ella.
Esta actitud es la que le ha empujado a reestudiar la manera de tocar el violonchelo, para adaptarse a los gustos y costumbres del Barroco. Cuando recibió la invitación de Ton Koopman y la Orquesta Barroca de Amsterdam, no dudó en reformar su violonchelo Stradivarius de 1712 para darle la sonoridad de la época. Tuvo que quitar la pica con la que actualmente se sostienen en el suelo y aprender a sujetar el violonchelo con las piernas; las cuerdas metálicas debían sustituirse por las de tripa, lo que cambiaba enormemente la sonoridad, y al mismo tiempo tuvo que aprender a tocar de otra manera, de acuerdo con la afinación barroca.
Después de algunos conciertos juntos que constituyeron un éxito, han grabado este disco, con las obras de Bach y Boccherini. Del primero ofrecen varios fragmentos célebres de sus Cantatas y de la Pasión según S. Mateo, en unos arreglos para violonchelo barroco solista y orquesta, de Boccherini dos de sus Conciertos para violonchelo, en Sol Mayor y en Re Mayor. En las obras de Bach el espeto al estilo es absoluto, sólo cambia la instrumentación, lo cual era una práctica habitual de la época, aunque a los más puristas no suele agradar. Las obras de Boccherini están magníficamente interpretadas, poniendo de manifiesto la extraordinaria capacidad de Yo-Yo Ma con el nuevo instrumento.
La imposiblidad de publicar nada que no se ajustara a -los cánones del «Realismo socialista», preceptivos en tiempos de Stalin, alejó durante décadas a Pasternak de la poesía y le hizo recalar en el oficio de traductor, más neutro ideológicamente y más agradecido también desde el punto de vista económico. A este periodo de su biografía corresponden varias versiones rusas de obras de Goethe, lo mismo que unas muy conocidas traducciones de algunas tragedias de Shakespeare, popularizadas entre el público soviético merced a las producciones teatrales y a las adaptaciones cinematográ ficas que hicieron uso de ellas. Las «Observaciones a las traducciones de Shakespeare» aparecieron de forma abreviada en el almanaque Moscú literaria, de 1956,y nos han parecido un precioso complemento de la entrevista a Valentín García Yebra. El texto de Pasternak conoció una edición íntegra en las Obras del poeta, aparecidas en 1985 en Moscú, en dos volúmenes. La presente traducción se ha hecho a partir del texto editado en el volumen 4 de las Obras en cinco volúmenes (Sobranie sochineni v piatitomaj),editadas en Moscú el año 1991, que el también traductor y profesor Ricardo San Vicente amablemente nos ha facilitado.
EN DIFERENTES momentos he traducido las siguientes obras de Shakespeare: los dramas Hamlet, Romeo y Julieta, Antonio y Cleopatra, Otelo, Enrique IV (primera y segunda parte), Macbeth y El rey Lear.
La necesidad que tienen los teatros y los lectores de traducciones sencillas y fácilmente legibles es grande y nunca desaparecerá. Cada traductor alberga la esperanza de ser él quien dé una respuesta más cumplida a esa necesidad. Yo no he sido una excepción a esa suerte común.
Tampoco constituyen una excepción mis opiniones sobre la naturaleza y los problemas de la traducción literaria. Lo mismo que muchos otros, pienso que una exactitud literal y una correspondencia de la forma no ase guran una verdadera verosimilitud. Tanto la proximidad de una repre sentación al modelo, como la proxi midad de una traducción al original, se obtienen mediante la vivacidad y la naturalidad del lenguaje. Lo mismo que los escritores originales, el traductor debe evitar las palabras que no usa en la vida diaria, y toda afectación literaria que conduzca a una estilización. Como el escritor original, el traductor debe comuni car una impresión de vida, no de composición literaria.
El ESTILO POÉTICO DE SHAKESPEARE
El estilo de Shakespeare se distingue por tres particularidades. El espíritu de sus dramas es profundamente rea lista. Su representación en estilo coloquial resulta natural en aquellos pasajes escritos en prosa, o cuando los fragmentos del diálogo en verso presentan un estrecho vínculo con la acción o el movimiento. En los casos restantes, los torrentes de su verso libre son en alto grado metafó ricos, a veces sin necesidad y en per juicio de la verosimilitud.
El lenguaje figurativo de Shakes peare es desigual. En unas ocasiones alcanza la más alta poesía, que exige una actitud correspondiente; en otras, cae en una manifiesta retórica, que amontona decenas decir cunloquios vacíos en lugar de utili zar una sola palabra, que el autor ha tenido en la punta de la lengua, pero que en su precipitación no ha sido capaz de percibir. En cualquier caso, el lenguaje metafórico de Shakes peare, con sus revelaciones y su retórica, con sus cumbres y sus desfallecimientos, es fiel a la principal esencia de toda verdadera alegoría.
El uso de la metáfora es una consecuencia natural del carácter efímero del ser humano y de la enormidad de las tareas que durante largo tiempo se impone. Ante esa disparidad, se ve obligado a contemplar las cosas con una vista de águila y a explicarse mediante destellos momentáneos y fácilmente comprensibles. Eso es precisamente la poesía. El uso de la metá fora es la estenografía de una gran per sonalidad, la taquigrafía de su espíritu.
La impetuosa vitalidad del pin cel de Rembrandt, Miguel Ángel y Tiziano no es fruto de una elección consciente. Debido a la sed insacia ble de pintar todo el universo que les desbordaba, no tenían tiempo para pintar de otra manera. El impresio nismo ha sido siempre inherente al arte. Es la expresión de la riqueza espiritual del hombre, que se derra ma a través de los confines de su irremediable finitud.
Shakespeare combinó los extremos estilísticos más alejados. Los simultaneó de tal manera, que parece como si en él vivieran varios autores. Su prosa es perfecta y acabada. Ha sido escrita por un cómico y un detallista genial, que posee el secreto de la concisión y el don de remedar cual quier acontecimiento interesante y singular de este mundo.
En perfecta contradicción con esas virtudes se muestra el verso libre de Shakespeare. Su caos inter no y externo provocó la irritación de Voltaire y de Tolstói.
Con bastante frecuencia ciertos personajes de Shakespeare pasan por diversos estadios de finalización. Algunos personajes hablan en un principio en escenas escritas en verso, y más tarde, de repente, rompen a hablar en prosa. En tales casos, las escenas en verso comunican la impresión de partes preparatorias, mientras aquéllas escritas en prosa parecen acabadas y definitivas.
El verso era la forma de expresión más veloz e inmediata de Sha kespeare . El autor recurría a él como al método más rápido para anotar sus pensamientos . Hasta tal punto eso es así, que muchos de sus episodios versificados parecen esbozos en verso para después ser desarrollados en prosa.
La fuerza de la poesía de Shakespeare reside en ese poderoso carácter de esbozo, que carece de medida y se precipita en la confusión.

El RITMO DE SHAKESPEARE
El ritmo es el principio fundamental de la poesía de Shakespeare. La medida sugería a Shakespeare parte de sus pensamientos, así como las palabras para expresarlos. El ritmo sienta las bases de los textos shakes pearianos, pero no les proporciona una forma definitiva. Las explosio nes rítmicas explican algunos caprichos estilísticos de Shakespeare. La fuerza motriz del ritmo ha determinado el orden de las preguntas y las respuestas en su diálogo, la rapidez de su alternancia y la extensión o brevedad de las sentencias de los monólogos.
Ese ritmo refleja el envidiable laconismo de la lengua inglesa, que permite englobar en el espacio de una sola línea de verso yám bico inglés toda una frase, com puesta de dos o más proposiciones opuestas. Se trata del ritmo de una personalidad histórica y libre, que no se fabrica ídolos, gracias a lo cual es sincera y parca en palabras .
HAMLET
Donde se aprecia con mayor claridad ese ritmo es en Hamlet. En esa obra sirve a un triple propósito . Es utiliza do como un medio para caracterizar a cada uno de los personajes , se materializa en el sonido y soporta en todo momento el talante predominante de la tragedia, y eleva y suaviza algunas escenas toscas del drama.
La caracterización rítmica de Hamlet es viva y relevante. Polonia, o el rey, o Guildenstern y Rosencratz hablan de una manera; Laertes, Ofelia, Horacio y el resto, de otra. La credulidad de la reina se transparenta no sólo en sus palabras , sino tam bién en su habla cantarina y en su forma de alargar las vocales.
Pero el rasgo más marcado es la peculiaridad rítmica del propio Hamlet . Es ésta tan grande, que en todo momento nos parece concentrada en una figura rítmica, en un motivo rítmico introductorio que semeja repetirse en cualquier apari ción del héroe, aunque en realidad no existe. Es como si se volviera sen sible el pulso de todo su ser. En ella están presentes la inconsistencia de sus acciones, los grandes pasos de sus andares resueltos y los orgullosos giros de su cabeza. En él se refleja la forma en que se deslizan y vuelan los pensamientos de su monólogo, el modo en que reparte a derecha e izquierda sus altivas y arcásticas res puestas a los cortesanos que se mue ven en tomo a él, la manera con que dirige la mirada a la lejanía insondable, que una vez acogió la llamada de la sombra de su padre muerto y que podría volver a amparar sus palabras en cualquier momento.

No es posible expresar en una cita la música general de Hamlet. No se la puede presentar bajo la forma de un ejemplo rítmico aislado. A pesar de ese carácter incorpóreo, su presencia informa de manera tan funesta y sustancial el tejido general del drama, que en consonancia con su tema nos domina el involuntario deseo de calificarla de omnisciente y escandinava. Esa música se compo ne de una alternancia regular de solemnidad e inquietud. Condensa en una densidad extrema la atmósfera de la obra y permite que el talante principal emerja en toda su plenitud. No obstante, ¿en qué consiste?
Según el antiguo dictamen de la crítica, Hamlet es una tragedia de la voluntad. Es una apreciación acertada, pero ¿en qué sentido hay que entenderla? En la época de Shakes peare, la falta de voluntad era desco nocida. Era algo que no interesaba. El semblante de Hamlet, delineado con tanto detalle por Shakespeare, es evi dente y no se aviene con la represen tación de un carácter nervioso, débil. En opinión de Shakespeare, Hamlet es un príncipe de sangre, que no olvida ni por un momento sus derechos al trono, que ha sido favorecido por la antigua corte y que a causa de sus innatas y grandes dotes es presuntuoso. En el conjunto de los rasgos que le ha conferido el autor no hay lugar para las debilidades; éstas están com pletamente ausentes. Por el contrario, al público se le deja que juzgue cuán grande es el sacrificio de Hamlet, si dadas sus perspectivas futuras, renuncia a sus esperanzas en favor del objetivo supremo.
Desde el momento de la aparición del espectro, Hamlet renuncia a sus propios intereses para «cumplir con el mandato que le ha sido encomendado>>. Hamlet no es un drama sobre la falta de carácter, sino sobre el deber y el renunciamiento. Cuando resulta evidente que la aparien cia y la realidad no coinciden y un abismo las separa, poco importa que la confirmación de la falsedad de ese mundo venga de una forma sobre natural y que un espectro exija ven ganza de Hamlet. Mucho más impor tante es que, por voluntad del azar, Hamlet se convierta en juez de su propio tiempo y en esclavo del tiempo más remoto. Hamlet es un drama sobre un elevado destino, sobre una hazaña revelada, sobre la confianza en la predestinación.
El esquema rítmico concentra el tono general del drama hasta hacerlo casi tangible. Pero ésa no es su única función. El ritmo favorece una suavi zación de la acción en algunos momentos ásperos del drama que, fuera del círculo de su armonía, hubieran sido impensables. Veamos un ejemplo.
En la escena en la que Hamlet envía a Ofelia a un convento, éste está hablando con una muchacha que le ama, a la que pisotea con la falta de piedad de un renegado post byroniano y egoísta. Su ironía no está justificada ni siquiera por su propio amor a Ofelia, a la que, en ese momento, agobia de dolor con su comportamiento. Sin embargo, vea mos cómo se introduce esa escena despiadada. Está precedida por el famoso <<ser o no ser>>, y las primeras palabras en verso que Hamlet y Ofelia intercambian en el comienzo de esa hiriente escena aún están impreg nadas de la fresca música del monólogo que acaba de apagarse. Debido a la amarga belleza y el desorden con que las incertidumbres desenterradas por Hamlet se entremezclan, se comprimen y se detienen, el monólogo se parece al repentino e interrumpido ensayo del órgano que precede al comienzo del réquiem. Se trata de las líneas más estremecedoras y desme suradas jamás escritas sobre el temor a lo desconocido en los umbrales de la muerte, con una fuerza de senti miento que las eleva hasta las amarguras expresadas en el huerto de Getsemaní.
No resulta sorprendente que ese monólogo se anteponga a la crueldad con que se inicia el desenlace. La antecede como una misa de cuerpo presente a un entierro. Tras él puede producirse cualquier acontecimiento ineluctable. Todo ha sido redimido, limpiado y ennoblecido no sólo por los pensamientos del monólogo, sino también por el calor y la pureza de las lágrimas que vibran en él.
ROMEO Y JULIETA
Si tan grande es el papel de la músi ca en Hamlet, ¿qué podemos decir de Romeo y ]ulieta? El tema de esta tra gedia es el primer amor y su fuerza. ¿Dónde pueden resonar la armonía y el ritmo si no es en una composición semejante? Pero en ese sentido, la obra nos defrauda. El lirismo no es como pensábamos. Shakespeare no escribe duetos y arias: con la sagacidad del genio se adentra por un camino completamente diferente. En esta obra la significación de la música es negativa. Encarna en la tragedia la fuerza de la falsedad del mundo y de las vicisitudes de la vida, contraria a los amantes.
Hasta el momento en que conoce a Julieta, Romeo alimenta una pasión imaginaria por Rosaline, mencionada de pasada y no mostrada en el escenario ni una sola vez. Esa afectación romántica estaba en el espíritu de las convenciones de la época. Es ella la que arrastra a Romeo por las noches a paseos solitarios, mientras de día restaura sus fuerzas, tras cerrar los postigos al paso del sol. Mientras esa situación se prolonga, en las primeras escenas, las réplicas de Romeo están escritas en artificio sos versos rimados. De la manera más cantarina, Romeo pronuncia sin parar grandilocuentes absurdos, con el lenguaje amanerado de los salones de aquel entonces. Pero tan pronto como ve por primera vez a Julieta en el baile, se detiene ante ella como petrificado y su melódica forma de expresarse desaparece por completo.
Dentro del campo de los sentimientos, el amor desempeña el papel de un elemento cósmico que finge ser sometido. El amor es tan sencillo y absoluto, como la conciencia y la muerte, el nitrógeno y el uranio. No es un estado del espíritu, sino un fundamento del mundo. Por eso, como algo esencial y prioritario, el amor es tan signifi cativo como la creación artística. No es menos importante que ella, y su testimonio no tiene necesidad de elaboración literaria. El mayor sueño que puede albergar el arte es obedecer a la voz del amor, a su lenguaje siem pre novedoso y original. El amor no necesita para nada la armonía. En su alma habitan verdades, no sonidos.
Como sucede en todas las obras de Shakespeare, la mayor parte de la tragedia ha sido escrita en verso libre. En esa forma se explican el héroe y la heroína. Pero en ese verso no se ha reforzado la medida y ésta no sobresa le. De ninguna manera se puede hablar de declamación. La forma no cubre con su narcisismo un argumen to inagotable y al mismo tiempo modesto. Es un ejemplo de la más ele vada poesía, que en sus mejores muestras siempre está impregnada de la sencillez y la frescura de la prosa. El lenguaje de Romeo y Julieta es una muestra de conversación cautelosa y entrecortada, mantenida en secreto y a media voz. Tal debe ser el lenguaje que se emplea por la noche, impreg nado del riesgo mortal y de la preocupación. Ese mismo encanto aparece rá más tarde en Victoria y en Guerra y paz, y también esa delicada pureza, esa misma imprevisibilidad.
En esta tragedia las pobladas escenas en las calles y en el interior de las casas resultan ensordecedoras y altamente rítmicas. Más allá de las ventanas resuenan las espadas que enfrentan a las familias de los Capuleto y los Montesco, y se derrama la sangre; en las cocinas, las cocineras disputan antes de los interminables banquetes y suenan los cuchillos de los cocineros; bajo ese rumor de peleas y preparativos de cocina, como bajo el atronador compás de una ruidosa orquesta, avanza y se desenvuelve esa tragedia de senti mientos sosegados, que en su mayor parte ha sido escrita con el susurro inaudible de los conspiradores.
OTELO
Originariamente, en las obras de Shakespeare no había división en actos y escenas. Esa partición se debe a editores posteriores. En ello no hay ningún forzamiento, pues gracias a su organización interna se prestan fácilmente a ello.
Aunque los textos originales de los dramas shakespearianos se imprimieron seguidos, sin interrupciones, la ausencia de divisiones no impidió su distinción, gracias al rigor de la composición y el desarrollo, algo poco común en los tiempos actuales.
Esas consideraciones son espe cialmente aplicables a las partes cen trales de los dramas de Shakespeare, que contienen las exposiciones temáticas. Por lo general, ocupan el tercer acto, con algunas porciones del segundo y el cuarto. En las obras de Shakespeare ocupan el lugar de un resorte en el mecanismo de un reloj.
En las partes iniciales y conclusivas de sus dramas, Shakespeare compone libremente detalles de la intriga, y después, con igual ligereza, ata los últimos cabos de todos los hilos. Sus exposiciones y finales han sido extraídos de la vida y pintados del natural en forma de cuadros que se superponen rápidamente, con la mayor libertad del mundo y una sorprendente riqueza imaginativa.
Pero en las partes intermedias de los dramas, cuando el nudo de la intriga está atado y comienza a desen redarse, Shakespeare no se permite su habitual libertad, y en su errada seriedad se convierte en un siervo y un hijo de su época.
Sus terceros actos están subordi nados al mecanismo de la intriga en un grado desconocido en la drama turgia posterior, a la que él mismo dio lecciones de valentía y verdad. En ellas reina una fe demasiado ciega en el poder de la lógica y en la existen cia real de abstracciones morales. La representación de los personajes, con una verosímil distribución de luces y sombras, se transforma en imágenes generales de virtudes y vicios. Se produce una artificiosidad en el desenlace de los actos y los acontecimientos, que comienzan a seguir un dudoso esquema de con clusiones juiciosas, como silogismos en un razonamiento.
En la época de la infancia de Shakespeare, en las provincias inglesas aún se representaban alegorías mora les medievales, que exhalaban el for malismo de la caduca escolástica.
Shakespeare pudo ver de niño esas representaciones. La anticuada conciencia de sus elaboraciones constituye una reminiscencia de los tiem pos pasados, que cautivaron su imagi nación durante su infancia.
En Shakespeare los principios y los finales constituyen cuatro quintas partes de las obras. Fueron ellos los qu hicieron reír o llorar a la gente. Y fueron ellos, precisamente, los que cimentaron la fama de Sha kespeare y despertaron comentarios sobre su veracidad a la vida, tan opuesta a la mortal falta de espíritu del pseudo-clasicismo.
Pero no es infrecuente que interpretaciones incorrectas contengan observaciones correctas. Con frecuencia se escuchan expresiones de júbilo ante la escena de la «Ratonera>> de Hamlet o ante la férrea inevitabilidad con que Shakespeare desarrolla alguna pasión o las consecuencias de un crimen. Esa admiración se basa en premisas erróneas. Lo que debería causar admiración no es la escena de la <<Ratonera>>, sino el hecho de que Shakespeare es inmortal incluso en los pasajes artificiosos. Lo que nos admira es que esa quinta parte de los textos de Shakespeare, que se corres ponde con los terceros actos, a veces esquemáticos y petrificados, no dis minuye su grandeza. Shakespeare vive no gracias a esos pasajes, sino a pesar de ellos.
Aun considerando la fuerza de la pasión y del genio concentradas en Otelo y su popularidad teatral, todo lo dicho anteriormente es aplicable en alto grado a esta tragedia.
Primero se suceden deslumbran tes los muelles de Venecia, la casa de Brabantio y el arsenal. Más tarde sur gen la extraordinaria asamblea noc turna del Senado y la desenvuelta narración de Otelo sobre las semillas del afecto mutuo que ha ido creciendo gradualmente entre él y Desdémona. A continuación, el cuadro de la tormenta marina junto a las costas de Chipre y la riña de borrachos por la noche en la fortaleza. Más adelante, la famosa escena en la que Desdémo na se prepara para ir a la cama y la más famosa aún canción de los «sauces>>, el momento de mayor artificiosidad de la tragedia, antes de los terribles colores del final.
Luego, con algunas vueltas de llave en las partes centrales de la obra, Yago parece dar cuerda, como si se tratara de un reloj, a la creduli dad de su víctima, y los celos, con sus estertores y sus estremecimientos, como un mecanismo envejecido, se ponen en marcha ante nosotros con una excesiva sencillez y un grado de detalle que va demasiado lejos. Se dice que tal es la naturaleza de esa pasión y que ello es un tributo a las exigencias de la escena, que demanda una insulsa claridad. Es posible. Pero el daño de ese tributo no sería tan grande si lo hubiese pagado un artista menos consecuente y genial. En nuestros días es otra particularidad la que asume un especial interés.
¿Es acaso casual que el héroe principal de la tragedia sea negro y que todo lo que es querido para él en la vida sea una mujer blanca? ¿Qué significado tiene esa elección de colores? ¿Significa solamente que los derechos a la dignidad humana de cualquier persona son los mismos, independientemente de la sangre? No, los pensamientos de Shakespeare, que se movían en esa dirección, fueron mucho más lejos.
En sus tiempos no había ideas sobre la igualdad de las naciones. Estaba aún plenamente vigente un concepto cristiano más global sobre la identidad de los hombres. Según ese concepto, lo importante no era dónde había nacido una persona, sino la causa a la que servía y los fines a los que había dedicado su vida. Para Shakespeare, el negro Otelo es un hombre de su época y un cristia no; ese hecho se ve reforzado porque a su lado se encuentra el blanco lago, un intratable animal prehistórico.
ANTONIO Y CLEOPATRA
En Shakespeare hay una serie espe cial de tragedias, como Macbeth y El rey Lear, que conforman mundos originales, únicos en su género. Hay comedias que se presentan como un reino de la invención absoluta y la inspiración y constituyen la cuna del futuro romanticismo. Hay crónicas históricas de la vida inglesa, ardientes elogios de la patria pro nunciados por el más ilustre de sus hijos. Algunos de los acontecimien tos que Shakespeare describió en esas crónicas seguían perviviendo en la vida que le rodeaba, y Shakes peare no podía afrontarlos con una estricta imparcialidad.
De ese modo, a pesar del realismo interno que impregna la obra de Shakespeare, en vano trataríamos de buscar objetividad en los grupos de obras enumeradas. Esa cualidad sólo es posible encontrarla en los dramas romanos.
Julio César y especialmente Antonio y Cleopatra no están escritos por amor al arte, o por el gusto de la poesía. Son frutos del estudio de la des nuda realidad cotidiana. Ese estudio, que constituye la mayor pasión para cualquier artista, dio lugar a la «novela fisiológica>> del siglo XIX y confirió su incuestionable encanto a Chéjov, Flaubert y Lev Tolstói.
¿Pero por qué una época tan leja na como la antigua Roma inspiró ese realismo? No hay nada sorprendente en ello. Precisamente, su lejanía al motivo permitió a Shakespeare llamar a las cosas por su nombre. Pudo decir todo lo que le vino en gana res pecto a la política, la moral o cual quier otro tema. Ante él se alzaba un mundo ajeno y lejano, que había agotado su existencia mucho tiempo antes, que había cerrado su ciclo, un mundo inmóvil y ya explicado. ¿Qué deseo podía suscitar? Shakespeare simplemente quería retratarlo.
Antonio y Cleopatra es una novela sobre un juerguista y una seductora. Shakespeare describe su disipación de la vida en tonos de misterio, como corresponde a una verdadera bacanal en el antiguo sentido del término.
Los historiadores escriben que Antonio con sus compañeros borrachos y Cleopatra con sus cortesanos más afectos no esperaban ningún beneficio de su desenfreno, que habían elevado a culto. Anticipán dose a su fin, que aún estaba lejano, se llamaron el uno al otro suicidas inmortales y se prometieron morir juntos.
Así termina también la tragedia. En el momento definitivo, la muer te se muestra como un dibujante que proporciona a la narración el esque ma general del que carecía. Sobre el fondo de las campañas, los incen dios, las traiciones y las derrotas militares, en dos momentos separa dos nos despedimos de ambos perso najes principales. En el cuarto acto el héroe se apuñala; en el quinto, la heroína se quita la vida.
LA PREPARACIÓN DEL ESPECTADOR
Las crónicas inglesas de Shakespeare abundan en alusiones a cuestiones de actualidad de la época. En aquel entonces no había periódicos. Para conocer las noticias era necesario, como señala G. B. Harrison en su Vida de Inglaterra en tiempos de Shakespeare, frecuentar las tabernas y los teatros. El drama hablaba con rodeos. No hay que sorprenderse de que el pueblo llano comprendiera esos guiños. Las alusiones afectaban a circunstancias próximas a cada uno de ellos.
La difícil guerra con España, que en un principio la población acogió con entusiasmo, aunque pronto se sintió fatigada de ella, era el principal acontecimiento político de la época. Durante quince años fue librada en mar y en tierra, junto a las costas de Portugal, en Holanda y en Irlanda.
Las burlas del sarcástico Falstaff sobre una frase guerrera demasiado repetida divertían al pacífico y senci llo público, que comprendía perfecta mente hacia dónde apuntaban, y en esas escenas en las que Falstaff recluta soldados y luego los libera, tras recibir el consiguiente soborno, el espectador, con una sonrisa aún mayor, reco nocía sus propias experiencias.
Bastante más sorprendente es el siguiente ejemplo sobre la compren sión del espectador de la época.
Como sucede con todos los escritores isabelinos, las obras de Shakespeare abundan en referencias a la historia, en paralelismos con las literaturas antiguas y en nombres y lugares de la mitología. En la actualidad, para comprender los, no sólo se necesita un manual, sino también una educación clási ca. Y se nos dice que el público medio londinense de aquel enton ces, cuando veía Hamlet o El rey Lear, captaba al vuelo esas referen cias clásicas que surgían a cada ins tante y las digería con éxito. ¿Cómo creer esas palabras?
Pero, en primer lugar, es absurdo pensar que el arte en general es com prendido de manera definitiva algu na vez y que para disfrutar de él esa comprensión es necesaria. Lo mismo que la vida, el arte no puede pasar sin una cierta dosis de tinieblas e insu ficiencia. Pero no se trata de eso.
La estructura del conocimiento ha cambiado completamente. El latín, que en la actualidad se consi dera una marca de educación supe rior, entonces era el umbral común de una preparación inferior, lo mismo que el eslavo eclesiástico en la educación de la vieja Rusia. En las llamadas escuelas básicas <<de gramática» de aquel entonces, a una de las cuales acudió Shakespeare, el latín era la lengua de conversación de los escolares, a los cuales, según informa el historiador Trevelyan, se les prohibía utilizar la lengua inglesa incluso en los momentos de recreo. Para los aprendices y dependientes londinenses que sabían leer y escribir, Fortuna, Heracles y N íobe eran tan elementales como el encendido de un automóvil o los rudimentos de la electricidad para los adolescentes urbanos actuales.
Shakespeare se encontró con un modelo de vida viejo, secular, más o menos formado antes de él. Ese modelo resultaba comprensible para todos. La época de Shakespeare fue una fiesta en la historia de Inglaterra.
Ya el siguiente reinado volvió a desequilibrar las cosas.
LA AUTENTICIDAD DE LA AUTORÍA DE SHAKESPEARE
Shakespeare era un hombre íntegro y en todo momento se mantuvo fiel a sí mismo. Está ligado a las particu laridades de su vocabulario. Utili zando distintos nombres traslada ·algunos personajes de una obra a otra y repite las mismas canciones bajo una multitud de registros dife rentes. Dentro de esas perífrasis, son especialmente evidentes sus repeti ciones interiores dentro de los límites de una misma obra.
Hamlet le dice a Horado que él es un hombre de verdad y no una veleta, o un caramillo que pueda tocarse. Al cabo de unas páginas, Hamlet propone a Guildenstern que toque la flauta con el mismo sentido alegórico.
En la tirada que pronuncia el pri mer actor sobre la crueldad de la Fortuna, que permitió la muerte de Príamo, los dioses son conminados a castigarla quitándole la rueda, sím bolo de su poder, rompiéndola y arrojando sus fragmentos desde las nubes al abismo del Tártaro. Al cabo de unas cuantas páginas, Rosen crantz, en su conversación con el rey, compara el poder del monarca con una rueda fija en la cumbre de una altísima montaña, que puede destruir todo en su caída, si sus cimientos se tambalean.
Julieta coge la daga que yace al lado del muerto Romeo y se apuñala con las siguientes palabras: «¡Oh daga bienhechora! ¡Ésta es tu vaina. Enmohécete aquí y dame la muer te!». Unas cuantas líneas más adelante, el viejo Capuleto pronuncia las mismas palabras sobre la daga que se ha equivocado de sitio y en lugar de encontrarse en la funda del cinto de Romeo está clavada en el pecho de su hija. Y así sucede continuamente, casa cada paso. ¿Qué significado tienen esas repeticiones?
Traducir a Shakespeare es un trabajo que exige dedicación y tiempo. Tras asumir la tarea, es necesario ocuparse de ella cada día, una vez dividida en partes lo suficientemen te grandes como para que el trabajo no se prolongue indefinidamente. Ese avance diario en la traducción del texto sitúa al traductor en la misma posición que antaño tuvo el autor. Día tras día renueva los actos una vez ejecutados por su gran modelo. No en la teoría, sino en la práctica, se aproxima a algunos secretos del escritor, y puede sentir se iniciado en ellos.
Cuando el traductor repara en las repeticiones a las que hemos hecho mención más arriba, se convence, por su propia experiencia, de la bre vedad con que se suceden y, aturdido, se plantea involuntariamente la siguiente cuestión: ¿quién y bajo qué condiciones podía dar muestra de esos fallos de la memoria en el trans curso de unas pocas jornadas?
Entonces, con una sensibilidad que no le es dada ni al investigador ni al biógrafo, el traductor llega al con vencimiento de que una vez vivió un hombre que se llamaba Shakespeare y que era un genio. Ese hombre, a lo largo de veinte años, escribió treinta y seis obras de cinco actos, sin contar dos poemas y una colección de sone tos. De ese modo, oQligado a escribir una media de dos piezas al año, no tenía tiempo para repasarlas y, muy a menudo, olvidando lo que había hecho la víspera y cediendo al apresuramiento, se repetía.
Llegados a ese punto, la sinrazón de la teoría «baconiana>> se vuelve aún más evidente. Comienzas a sen tir un asombro aún mayor cuando consideras qué necesidad había en sustituir la sencillez y verosimilitud de la biografía de Shakespeare por un amasijo de secretos inventados, amaños e imaginarias soluciones.
No puedes dejar de preguntarte si es factible que Rutland, Bacon y Southampton enmascaren sus escri tos de manera tan desafortunada y después, tras ocultarse con la ayuda de un código o un testaferro de Isabel y de su época, se condujeran de forma tan descuidada ante los ojos de toda la historia posterior. ¿Qué pen samiento oculto o astucia puede suponerse en la extrema impruden cia en la que cae un hombre induda blemente real, que no ha sentido vergüenza de los deslices de su pluma, de ha!!ler bostezado ante el rostro de los siglos a causa del can sancio y de haber conocido peor su propio estilo que cualquier estudian te actual de una escuela secundaria? En las debilidades expuestas se mani fiesta la fuerza de Shakespeare.
Al mismo tiempo surge otra perplejidad. ¿Por qué precisamente la mediocridad se ocupa con esa pasión de las leyes de un hombre grande? La mediocridad tiene su propia concep ción del artista, una concepción ineficaz, agradable y falsa. Empieza supo niendo que Shakespeare debe ser un genio según su idea, le aplica su propia medida, y Shakespeare no le satisface.
Su vida parece demasiado opaca y corriente para un hombre semejan te. No tiene su propia biblioteca y la firma bajo su testamento es demasia do desaliñada. Parece sospechoso que una misma persona pueda cono cer tan bien como un hombre del pueblo la tierra, las hierbas, los ani males y todos los momentos del día y de la noche, y al mismo tiempo se sienta tan a gusto al tratar cuestiones de historia, derecho y diplomacia y conozca tan bien la corte y sus cos tumbres. Esas cuestiones siguen sorprendiendo, olvidando que un artista tan grande como Shakespea re es, inevitablemente, todo el con junto de la humanidad.
ENRIQUE IV
Una parte de la biografía de Shakes peare nos resulta especialmente clara. Se trata del período de su juventud.
En aquella época Shakespeare acababa de llegar a Londres proce dente de Stratford, y no era más que un joven provinciano desconoci do. Es probable que durante algún tiempo permaneciera fuera de los límites de la ciudad, el último punto al que llegaban las diligen cias. En ese lugar, en tomo a la esta ción de postas, debía haberse crea do una especie de suburbio. En vista del movimiento incesante de los coches que llegaban y partían, ese arrabal probablemente mostraba la misma agitada vida, tanto diurna como nocturna, de las actuales estaciones, y era probablemente rico en estanques y bosques, huertos, establecimientos que pro porcionaban abrigo a los carruajes y diversiones a los pasajeros, jardines campestres y barracas. Es posible que hubiera también teatros. Allí debían acudir desde Londres los despreocupados jóvenes aristócra tas para divertirse.
Debía ser un mundo similar a su manera al de Tverskaia-Yamskaia en la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando en Zamoskvorechie vivían y trabajaban los mejores con tinuadores rusos del provinciano de Stratford: Apolon Grigorich y Ostrovski, rodeados de las nueve musas, ideas elevadas, troikas, mozos de taberna, coros de gitanos y cultos mercaderes aficionados al teatro.
El joven recién llegado era entonces un hombre sin ocupación defini da, pero con una estrella extraordina riamente definida. Shakespeare creía en ella. Sólo esa fe le llevó desde su rincón apartado a la capital. Todavía no sabía qué papel iba a jugar en el futuro, pero su sentido de la vida le sugería que éste sería inaudito y excepcional.
Todas las cosas de las que se ocupó se habían intentado antes: componer versos y obras, actuar en el escenario, servir a crapulosos aris tócratas y tratar con todas las fuerzas de abrirse camino. Pero en cuanto ese joven se ocupaba de alguna tarea, sentía una fuerza tan arrolla dora dentro de sí, que lo mejor para él era quebrar el orden establecido y hacerlo todo a su manera.
Antes de él el arte se consideraba algo afectado, artificioso y alejado de la vida. Esa disparidad con la vida era una característica obligada del arte, y a ella se recurría para ocultar bajo ese falso convenciona lismo la incapacidad propia para dibujar la vida y la ausencia de fuerza espiritual. Pero Shakespeare tenía un ojo tan extraordinario y una mano tan segura, que para él lo más conveniente era invertir esa situación.
Comprendía cuánto se beneficiaría si desde la distancia general mente aceptada se aproximaba a la vida caminando sobre sus propios pies, y no sobre zancos, y enfrentándose a ella con firmeza, la obligaba a bajar los ojos ante la obstinación de su fija mirada.
Había una compañía de actores y escritores, que con sus protectores iba de taberna en taberna burlándo se de los desconocidos y, con el riesgo constante de perder la cabeza, rién dose de lo divino y de lo humano. El más temerario e imperturbable (todo le salía bien), el más inmoderado y sobrio (el alcohol nunca le doblegaba), capaz de suscitar la más irreprimible carcajada y de mostrar la mayor modestia, era ese joven melancólico, que avanzaba veloz mente hacia el futuro en sus botas de siete leguas.
Es posible que al círculo de esos jóvenes perteneciera realmente un gordo viejo y glotón como Falstaff. Pero también es posible que sea una encamación, en forma de invención, del recuerdo ulterior de ese periodo.
Era esa una época querida para Shakespeare, no sólo en virtud de las antiguas diversiones. Esos fueron los días en los que nació su realismo. Su realismo vio la luz no en la soledad de un estudio, sino en la desarreglada habitación de una fonda, tan llena de vida como de polvo. El realismo de Shakespeare no consiste en la profundidad de pensamiento de un calavera que ha madurado, ni en la famosa «sabiduría» de la experiencia ulterior. El arte más serio de Shakespeare, grave, trágico y sustancial nació del sentido del éxito y la fuerza de aquellos primeros y alocados tiem pos, llenos de extravagante inventi va, audacia, espíritu emprendedor y una disparatada capacidad para arriesgar la propia vida.
MACBETH
La tragedia Macbeth podría llamarse con pleno derecho Crimen y Castigo. Mientras la traducía no podía dejar de pensar en el paralelismo con Dos toievski.
Al preparar el crimen de Banquo, Macbeth dice a los asesinos contratados:
«Dentro de una hora, a lo sumo, os indicaré el lugar donde debéis apostaros y os informaré del momento pre ciso de obrar.
Es necesario que quede hecho esta noche y a cierta distancia del palacio …».
Algo más adelante, en la tercera escena del tercer acto, los asesinos se ocultan en medio del parque para tender una emboscada. Los huéspe, des acuden al banquete nocturno en el castillo. Mientras esperan a Ban, quo, que es uno de los invitados, los asesinos conversan:
(SEGUNDO ASESINO)
«¡Él es, sin duda! Los demás de la lista de invitados que se esperan ya están en la corte».
(PRIMER ASESINO)
«Sus caballos dan la vuelta».
(TERCER ASESINO)
«Casi una milla; pero él, siguiendo la costumbre, como los otros, desde aquí marchará a pie hasta la puerta del palacio».
El asesinato es un asunto desesperado, peligroso. Antes de cometerlo es necesario sopesarlo todo minuciosa, mente, considerar todas las posibili, dades. Shakespeare y Dostoievski, que piensan por sus héroes, les obse, quian con un don de previsión e ima, ginación semejante al suyo propio. La capacidad para especificar detalles en el momento oportuno es idéntica en los autores y en sus héroes. Ese doble y elevado realismo de relato de detecti, ves o novela policiaca es cauto y cir, cunspecto como el propio crimen.
Macbeth y Raskólnikov no son canallas de nacimiento, no son cri, minales por naturaleza. Falsas elu, cubraciones mentales, erróneas e inseguras conclusiones les llevan a cometer crímenes.
En un caso, sirven de impulso o punto de partida las predicciones de las brujas, que desatan en el personaje todo un incendio de ambición. En el otro, el héroe ha llevado demasiado lejos una suposición nihilista, según la cual, si no hay Dios todo está per, mitido, lo que significa que incluso la comisión de un crimen no se diferen, cia de un modo esencial de cualquier otra actividad o acto humano.
Macbeth está especialmente protegido de las consecuencias de su acción. ¿Qué puede amenazarle? ¿Un bosque que avanza por el campo?¿Un hombre que no ha nacido de mujer? Esas cosas no existen, no son más que evidentes absurdos. En otras palabras, puede verter sangre ajena sin temor al castigo. Y en realidad, ¿qué ley podre, mos invocar contra él una vez que ungido del poder real sea él mismo y sólo él quien promulgue leyes?
Parece que todo es claro y lógico.
¿Qué puede haber más sencillo y evi, dente? Y los crímenes se cometen uno tras otro, muchos crímenes en el transcurso de un tiempo prolongado, y luego de repente el bosque deja su lugar y se pone en camino, y aparece un vengador que no ha nacido de mujer.
Hablemos ahora de Lady Mac beth. La fuerza de voluntad y la sangre fría no son los rasgos fundamentales de su carácter. En mi opinión, domi nan en ella peculiaridades femeninas más generales. Lady Macbeth es la imagen de una mujer activa y perse verante en el matrimonio, una mujer que es el cómplice y el apoyo de su marido, que no separa los intereses del marido de los suyos propios y que acepta sus ideas al pie de la letra y de manera incondicional. No las discute, no las somete a análisis o valora ción. Reflexionar, dudar y confeccio nar planes es asunto del marido, su principal preocupación. Ella los eje cuta, con mayor aplomo y consisten cia que él mismo. Lleva sobre sus hombros una carga excesiva y, al no medir bien sus fuerzas, perece; la causa de su fin no son los remordi mientos de conciencia, sino el agota miento espiritual, la angustia del corazón y la fatiga.
EL REY LEAR
El rey Lear es siempre interpretado de forma demasiado ruidosa. Un viejo y testarudo tirano, reuniones en resonantes salas palaciegas, gri tos y órdenes, y luego los aullidos de la desesperación y la maldición, mezclándose con el estruendo de los truenos y el rumor del viento. Pero en realidad, en la tragedia sólo retumba la tormenta nocturna, pues los hombres que se refugian en la choza están tan mortalmente asus tados que conversan en susurros.

El rey Lear es una tragedia tan tranquila como Romeo y ]ulieta, y por la misma razón. En Romeo y ]ulieta el amor mutuo entre un joven y una muchacha tiene que ser ocul tado y es objeto de persecución, mientras en El rey Lear se trata del amor de una hija y en un sentido más amplio del amor por el prójimo, del amor por la verdad.
En El rey Lear, sólo los delin cuentes se ocupan fingidamente de los conceptos del deber y del honor. Sólo ellos, hipócritamente, se mues tran elocuentes y juiciosos, pero su lógica y su razón actúan corno un farisaico fundamento de sus enga ños, sus crueldades y sus asesinatos. Todo lo que es honrado en El rey Lear es tan imperceptiblemente silencioso o se expresa de forma tan inarticulada y contradictoria, que su resultado es la incomprensión. Los héroes positivos de la tragedia son tontos y locos, seres condenados a la perdición y a la derrota.
Una obra con un argumento semejante ha sido escrita con la lengua de los profetas del Antiguo Testamento y ha sido trasladada a los legendarios tiempos de la barbarie precristiana.
SOBRE EL PRINCIPIO DE LO TRÁGICO Y LO CÓMICO EN SHAKESPEARE
En Shakespeare no hay comedias ni tragedias en estado puro, sino un género más o menos intermedio, una mezcla de esos dos elementos. Ese género se corresponde más bien con el verdadero rostro de la vida, en la que los miedos y el encantamiento también están entreverados. Los críticos ingleses de todos los tiempos, desde Samuel Johnson hasta T. S. Elliot, han alabado la capacidad de Shakespeare para fundir esos dos tonos.
En lo trágico y en lo cómico Shakespeare no sólo veía algo elevado y cotidiano, ideal y reaL Los considera ba como algo semejante a los mayo res y menores en la música. Tras dis poner el material del drama en el orden deseado, se servía de la suce sión de poesía y prosa y de sus transiciones como de armonías musicales.
Sus alternancias constituyen el rasgo fundamental de la dramatur gia de Shakespeare, el alma de su teatro, el amplísimo y oculto ritmo de los pensamientos y estados de ánimo, al que nos hemos referido en las consideraciones sobre Hamlet.
Shakespeare recurría a esos contrastes de manera sistemática. Todos sus dramas han sido escritos en forma de una rápida sucesión de escenas, ya burlescas, ya trágicas. Pero en un caso concreto se sirve de este recurso con particular insistencia.
Junto a la fresca tumba de Ofelia, la audiencia se ríe de la facundia filosofante de los sepultureros. En el momento en que se dispone al trasla do del cadáver de Julieta, uno de los lacayos se burla de los músicos invi tados a la boda, mientras éstos nego cian con la nodriza, que les despide. El suicido de Cleopatra está precedi do por la aparición del necio egipcio con las serpientes y sus absurdas con sideraciones sobre la inutilidad de los reptiles. ¡Casi como en Leonid Andréiev o Maeterlinck!
Shakespeare fue el padre y el maestro del realismo. Es bien conoci da la importancia que tuvo para Push kin, Hugo y otros. Los románticos ale manes se interesaron en él.Uno de los Schlegello tradujo, y el otro extrajo de la obra de Shakespeare su teoría sobre la ironía romántica. No sabemos dónde se habría encontrado una forma literaria apropiada para propi ciar la excepcional concatenación de ideas de Hegel y Schelling de no haber existido Shakespeare y su pasión aún más desmesurada por unir cualesquiera conceptos en cualquier orden. Shakespeare es el precursor del futuro simbolismo de Goethe en Fausto. Finalmente, por limitamos a lo más importante, Shakespeare es el anunciador del posterior teatro espi ritualizado de lbsen y Chéjov.
Precisamente con ese espíritu permite que el trivial elemento de la banalidad relinche e irrumpa en la fúnebre solemnidad de sus finales.
Su irrupción aparta aún a una mayor distancia de nosotros el secreto del fin y de la muerte, ya de por sí lejano e inaccesible. La respe tuosa distancia a la que nos mante nemos en el umbral de lo elevado y lo terrible aumenta un poco más. Para el pensador y el artista no exis ten proposiciones definitivas, todas ellas son penúltimas. Es como si Shakespeare hubiera tenido miedo de que el espectador creyera con demasiada convicción en el ilusorio carácter irrevocable y definitivo del desenlace. Con esos altibajos en el tono, en fin, restablece la sensación de infinito, que había sido perturba da. Siguiendo el espíritu de todo arte nuevo, que se opone al fatalismo antiguo, Shakespeare disuelve la transitoriedad y la mortalidad de cada señal particular en la inmortalidad de su significado general.
1946-1956
Traducción de Víctor Gallego, que para los fragmentos de Shakespeare ha utilizado la versión de Luis Astrana Marín.
Well, I came to America because I heard the streets
were paved with gold. When I got there, I found out
three things: first, die streets weren’t paved with gold;
second, they weren’t paved at all; and third, I was
expected to pave them.
Old Italian story ( Ellis Island)
Las ciudades de verdad se parecen a las ciudades de juguete de los rompecabezas en que también son puzzles, y se diferencian en que, como en el ajedrez profesional, en ellas se juega con tiempo. Cualquier ciudad es un rompecabezas en el espacio y también en el tiempo, es el juego híbrido de puzzle y ajedrez de las vidas de sus habitantes, y sus dimensiones no sólo incluyen el espacio que ocupan, sino el tiempo que duran, que es el tiempo plural de quienes las fundan o las conquistan, las planean, las reforman, las construyen, nacen en ellas o las habitan, las relatan con mayor o menor fortuna, contribuyen a gastarlas y son enterrados en ellas.
Ese es el tiempo que da las dimensiones humanas —o inhumanas— a cada ciudad, y por eso las ciudades de verdad tienen el volumen que les da estar a la altura (y a los bajos fondos) de las circunstancias.

Los malos turistas, cuando visitan una ciudad, suelen decir cosas como «hay que ver, qué de turistas hay aquí haciendo turismo», cuando lo que deberían decir es «hay que ver qué de gente hay aquí haciendo…, ¿haciendo qué?».
Porque ésa es la pregunta.
Yo he sido turista en Berlín, varias veces, y esa ciudad aún en obras me ha dejado como dejó Clarisse al protagonista de Tendres Stocks de Paul Morand:
– Y Vd ¿Vd. me ama?
-No, pero Vd. es, con respecto a las demás mujeres, lo mismo que Londres para las demás ciudades.
– ¿ ?
-Una ciudad que no le satisface a uno completamente, pero le echa a perder para todas las demás.
Así que me he hecho esa pregunta, varias veces, y lo que sigue no es más que un modesto ejercicio de eso que el antropólogo americano Clifford Geertz llamaría local knowledge. No es una descripción de Berlín, sino un par de impresiones de un extraño sobre la nueva ciudad y sobre lo que se dice y se escribe acerca de ella. No tengo ningún crédito especial para hablar de ciudades, pero, al fin y al cabo… ¿qué viene a ser cualquiera que no sólo quiera ver, sino pensar lo que ve, más que una especie de extrañado turista de su propio presente, ése lugar al que pedimos continuamente el asilo de una explicación de lo que está pasando?
Me parece que el Berlín que va a empezar a ser la capital de la cincuentenaria República Federal de Alemania a partir de este año 1999 también se parece, como todas las ciudades, a un puzzle, pero tiene dos dificultades añadidas.
La primera es que carece de «tapa». Berlín es hoy —y no sólo porque sus obras vayan a durar hasta el 2004— un puzzle a contrarreloj, quizá el puzzle de toda una época (de esta posmodernidad tan nuestra), y parece —a juzgar por lo que se ve, se dice y se palpa en el ambiente—, que no hay una «tapa» según la cual construirla. Porque, por una parte, la «tapa» actual —la todavía capital Bonn— no parece servir, y, por otra —y ésta es la segunda dificultad— no se sabe cómo van a disponerse las piezas y tiempos, los acumulados en Berlín por su historia, con su presente, a fin de inventar la futura identidad de la gran metrópolis.
Hay un hecho significativo que quizá reúna esas dos dificultades: que el Berlín que conoceremos dentro de unos años no está emergiendo sólo por construcción y reconstrucción: está emergiendo por mudanza.
Y una mudanza es siempre como la línea de sutura entre el pasado y el futuro.
«MUDANZAS BONN»
Berlín es como esa hermana mayor envejecida y difícil, la que siempre ha permanecido en casa y a la que de pronto, cuando la más joven ya ha hecho su puesta de largo y se ha marchado, se le presenta su oportunidad, se pone las galas de su hermana y sale a la calle. Berlín es mayor que Bonn, pero ahora quiere ser joven, dinámica y nueva porque Bonn deja de ser la capital y le cede su sitio.
Ésta es una situación paradójica, casi de dialéctica hegeliana: la única definición segura de Berlín es, por ahora, una definición ex negativo: «Berlín no es Bonn». Pero la cuestión de encontrar la síntesis entre el «ya no más, pero aún no», es decir, la de conseguir una identidad para Berlín una vez que Bonn va a perder la suya, aún no está resuelta. Como las antítesis de Hegel, hoy Bonn no es más que «la ciudad que se muda a Berlín», mientras que la «tesis»
Berlín es más bien una «hipótesis»: ¿qué es eso de la «Nueva República Berlinesa»? Algo que está en pleno trance de encontrar la «tapa» que le sirva de modelo para saber cómo construirse y qué ser, o sea, en el trance de inventarse una identidad para superar que aún no existe y empezar a hacerlo.
Ese es un trance complejo, sobre todo si se piensa que la primera preocupación política de Alemania es ser «un país normal» y parecérselo a los demás países; que quiere, sobre todo, conservar el rango de «normalidad política» que le ha concedido, después de sus catástrofes, uno de los mejores experimentos políticos del siglo (lös cincuenta años de República Federal); y sobre todo si se piensa que Bonn era, precisamente, la metáfora perfecta de esos cincuenta años.
Bonn, la capital del país más poderoso de Europa, era el grado cero de metrópoli, de representatividad política, de grandeur. El centro de Bonn, la Marktplatz, medieval, con sus mercados de flores, sus maceteros de hormigón y sus zonas peatonales, no es muy distinto del centro de, digamos, Chinchón —con la diferencia, claro, de que España no es Alemania—.
Un Estado descentralizado —y acaso Alemania sea el único del mundo— tiende a ser un país con un grado cero de capitalidad, y, claro, el resto de sus ciudades se mueven, incómodas, entre ser ciudades provinciales o provincianas, además de que «desde 1945 Alemania no ha tenido metrópolis» (Karl Heinz Bohrer): lo que pasa es que con Bonn haciendo de capital todo eso apenas se notaba, mientras que, ahora, la vieja dama berlinesa, probablemente, proyectará luces y sombras inéditas en la «cultura federal».
No se sabe qué es y sobre todo que será la «nueva República berlinesa», y la dificultad es que la opinión pública, los políticos, los «intelectuales» —todos—, están con el típico síndrome de las mudanzas: con la sensación de no estar en ningún sitio. Pues se quiere, sobre todo, «normalidad», al mismo tiempo que Berlín despierta enormes expectativas y concita el entusiasmo (que es un sentimiento político) de lo nuevo —y lo nuevo, por definición, es lo opuesto a la normalidad—. Lo nuevo es lo que llama la atención. Y lo que llama la atención suele ser lo grande. Y Berlín lo es.
Berlín ejerce la fascinación de lo colosal vivo que tuvieron hace unos años los dinosaurios de Spielberg, que nos impresionaron más que los Terminators, los Robocops y los marcianos de la galaxias porque sabíamos que, mientras éstos son fantásticos, aquéllos, aunque ya desaparecidos, existieron alguna vez. Berlín apenas existe aún, pero existió, monumental, cargado de historia: mantener una normalidad absoluta en medio de lo que está pasando sería decir que «no pasa nada», o sea, que Berlín «no es más que el sitio al que Bonn se muda», lo cual es, evidentemente, risible.
Como el Jurassic Park, me parece que Berlín es hoy, de entrada, el «Republik Park» de la República Federal de Alemania: una zona vallada, semiconstruida, dividida durante décadas —una isla multimedial y selvática—, en la que se están llevando a cabo experimentos con algo que aún no sabemos exactamente qué es o qué será.
Lo que sí sabemos es que están en obras.
«CONSTRUCCIONES BERLÍN»
Porque los alemanes están levantando una capital. Consciente, concienzudamente. Y no están levantando una capital administrativa y fría y técnicamente perfecta al modo de Brasilia, y tampoco haciendo diseños revolucionarios como los utópicos planes de la Vanguardia para el pretendido nuevo Moscú celeste de 1917.
No. Berlín es la capital que el país con más conciencia histórica del planeta está reconstruyendo y construyendo precisamente cuando el pasado estaba desacreditado y también habíamos dejado de creer en las utopías radicales de futuro, es la ciudad construida cuando aparentemente habíamos llegado al fin de la historia —es la primera ciudad posmoderna de Europa—. No sé si la pobre historia registra precedentes tan monumentales y conscientes de sí como esta decisión de hacer una capital a base de transportar entera la estructura de la ya existente a otra, y reconstruir —y en buena parte levantar de nueva planta— una ciudad entera para recibir a la anterior. Es como si los romanos hubieran pensado algo así como «bueno, ya que somos la Roma clásica, vamos a construir nuestra urbe a la medida del orbe. Tráiganse lo que quede de la democracia ateniense, saquemos a concurso los edificios más representativos de esto que será Roma, los foros del comercio y los templos, y los templos del arte, la cultura y el deporte. Búsquense para ello los mejores arquitectos de la Magna Grecia, de Persia y por ahí… Y, ah!, ocúpense de darle a todo esto un cierto «aire» clásico». Y es que, como la construcción de toda ciudad tiene un componente utópico (porque construir consiste en hacer algo que resista las leyes de la naturaleza: el paso destructor del tiempo, la corrosión, la vejez, la muerte), el nuevo Berlín ya está buscando su mito, sus símbolos, su estilo, su sentido, en una palabra: su identidad.

En España, cuando se levanta un edificio, siempre hay desocupados mirando a través de las vallas. En Alemania, donde lo que se construye tras la valla es toda una ciudad, la gente también mira, pero —estamos en Alemania—, al mismo tiempo está ocupadísima organizando congresos (como los Berliner Dialoge, previstos periódicamente a partir de enero del 2000) y discusiones públicas, y casi todos, desde el canciller a los Kulturpessimisten pasando por corredores de F-l, managers y cabaretistas producen las toneladas de papel impreso necesarias para la invención del nuevo mito de Berlín.
Claro que nada de eso impide que tanto la mudanza como la (reconstrucción avancen rápida y milimétricamente, al ritmo de esa prodigiosa capacidad logística y organizativa que es casi un patrimonio de los alemanes. A mí ese tempo tan veloz me parece que contrasta enormemente con aquella segunda dificultad que añadíamos al rompecabezas del nuevo Berlín: que los «tiempos» que se dan cita en el nacimiento de la nueva «era» berlinesa tienen exactamente el grado de complejidad que corresponde a un gran rompecabezas de miles y miles de piezas —y sin una tapa que sirva de modelo para poner cada una en su sitio y reconstruirlo—.
Por lo demás, eso es tan normal que es la mejor prueba de la normalidad del país: pues la dificultad de querer hacer algo históricamente nuevo es que no se tiene nunca una «tapa», un «modelo para armar». Es más, hacer algo nuevo consiste exactamente en hacer algo para lo que no hay «modelos». Aunque nunca, claro está, se inventa ex nihilo: hay tapas que han servido en el pasado, hay viejos mapas y croquis antiguos, hay experiencias pasadas; hay zonas enteras con signos de interrogación, hay vacíos espaciotemporales y espacios irrellenables y otros llenos, compartimentos estancos, túneles ciegos, y todo eso forma parte de una ciudad. Pues una ciudad es exactamente un lugar a medio construir en el que se construye, se reforma y se reconstruye siempre. Lo que ocurre en Berlín es que allí se hace sin pausa y en casi todas partes.
Y eso es lo primero que el viajero advierte cuando llega: da casi apuro hacerle sombra al título feliz de aquella película de Wim Wenders, pero lo menos importante que ocurre hoy en Berlín es su cielo: el cielo sobre Berlín es el mismo cielo que el del resto del globo. Lo importante de Berlín es la tierra bajo Berlín, que es la que está revuelta, y hace de ella un puzzle arquitectónico, en el que las piezas del sector público y el privado se mezclan por doquier; las tuberías para surtir de agua a todas las edificaciones están, de colores rojo y azul, tendidas al aire como haciéndole una inmensa extracorpórea a toda la ciudad: la suma de esas arterias a cielo abierto y la cantidad de cristal que se está utilizando para las edificaciones de Berlín hacen que la ciudad se parezca a uno de esos maniquís transparentes de las antiguas Humani Corporis Fabrica para estudiantes de anatomía.
Uno tiene la impresión de que no sólo la cúpula del nuevo Reichstag, sino de que media ciudad es transparente: y lo que deja ver es una inmensa obra en cours de route coreografiada por la arquitectura, «la madre de todas las artes» (Thomas Wagner), un show cuyo gag más logrado es el movimiento de tierras, los edificios imponentes, los abismos y el escenario de grúas y taladros de la Potsdamer Platz: Cuatro mil obreros trabajando a diario, que construyen por un valor de veinte millones de marcos a la semana y que esperaba, a partir de su ya pasada inauguración, entre 50.000 y 100.000 visitantes diarios.

APRENDIEND O DEL PASADO
(Y DE MOSCÚ, Y DE BRASILIA, Y TAMBIÉN DE LAS VEGAS)
Mi impresión de turista —probablemente falsa, pero no tengo otra— es que Berlín es, además del «Republik Park» de la futura Alemania, la primera capital posmoderna de toda Europa.
La posmodernidad, como es conocido, es un concepto de origen arquitectónico —lo que cuadra con la gran furia constructora y reconstructora de Berlín— pero sobre todo es un estado mental y una situación espacio-temporal.
Creo que no hay un sólo rasgo de la condición posmoderna que no encuentre en Berlín su paraíso: las identidades gaseosas, las discontinuidades espacio-temporales típicas de lo que carece de. identidad fija, la dispersión.
Berlín, por ejemplo, es la única ciudad alemana que no tiene centro. El resto, por grandes que sean, lo tienen (Frankfurt, a pesar de sus rascacielos, tiene como centro una placita medieval, la Romerplatz)- Un amigo mío mantiene seriamente la tesis de que en Málaga las indicaciones de «Centro Ciudad» están puestas en dirección a las afueras, para evitar que los turistas colapsen el centro: en Berlín no hace falta, porque no hay centro. Uno no puede coger un taxi en Berlín y decirle al taxista «lléveme al centro de Berlín», porque se girará y le dirá con los ojos: ¡Berlin-Mítte7.’¿Prenzlauer Berg? ¿La Kurfürstendamm? ¿La puerta de Brandenburgo? ¿La Museumsinsel? ¿Alexanderplútz?
Berlín, como nuestra época, no tiene centro y, por tanto, no está organizada en tomo a nada, sino mezclada en torno a la divertida uniformidad de lo informe, a la sensación de que continuamente está pasando algo y va a seguir pasando algo, a lo interesante, a la curiosa «sensación de estar en el centro del mundo» (Mario Vargas Llosa). Y, engrasándolo todo, el único concepto universal que ha sobrevivido a la posmodernidad y al fracaso de los grandes proyectos y al fin de los grandes relatos: el dinero —y en Berlín fluye como el aceite— es el objeto metafísico que reúne todas las virtudes de lo universal sin ninguno de sus defectos (es universalmente válido sin ser abstracto) y todas las virtudes de lo particular sin ninguno de sus defectos (existe en concreto, pero sirve de medida general porque puede «traducirse»). En 1930, Kurt Tvcholsky escribió que «lo característico de Berlín es el hombre con una cartera». Se refería al funcionario. Hoy, el paradigma de la posmoderna conciencia multicultural bien podría ser el berlinés con dinero.
Berlín, además, es la primera ciudad de la historia que quiere ser un símbolo antes de estar terminada, o sea, antes de poder empezar a ser nada. Berlín, dicen todos los políticos, debería ser el símbolo de lo que, probablemente, acabe realmente por ser el símbolo de Berlín: la cúpula de cristal de nuevo Bundestag, que quiere ser el símbolo de la normalidad y la transparencia de esa «comunidad de diálogo libre de dominio» que constituye a las sociedades democráticas, y que también es un símbolo de Alemania, el país —el «Deutschland ais Ausland» de Reinhard Lettau— que más se mira a sí mismo desde fuera (y quizá por eso ha encargado la cúpula a un arquitecto norteamericano).
La figura literaria de Berlín es la ironía. Es también la ciudad de las ironías de la historia: el Ministerio de Exteriores se encuentra en un antiguo ministerio de la RDA, que a su vez ocupó en el pasado un organismo de la Alemania nazi, y hoy está dirigido por un ministro de los verdes que fue activamente sesentayochista, segundo mandatario de un nuevo canciller con quien comparte que a ambos les toca gobernar desde una ciudad a cuya reunificación se habían negado los dos. Y la antiquísima ciudad de las novedades: nuevo gobierno, nueva generación de políticos, nuevo milenio, nueva moneda, nueva capital de la República. Es, en resumen, la primera ciudad posmoderna que, sin pasado ni futuro claros, vive en el puro presente, que es donde vivimos sin poder entendernos del todo —sólo que a Berlín no parece importarle—.
TURISTAS EN TIEMPOS REVUELTOS
No el turista, sino el aficionado a las ciudades, el que no sólo quiere ver, sino enterarse: ¿qué pensar? ¿Será todo esto, como en esa definición que diera Kant de los chistes, «la súbita disolución de una intensa espera en nada»? No lo sé: alguna vez he pensado que las épocas o los hombres se podrían distinguir por el tiempo verbal que prefieren. El pasado —Grecia, Roma, la Edad Media, incluso el Renacimiento— prefirió el pasado; les importó la tradición; la novedad en el tiempo no les interesó y sus perspectivas de futuro fueron la expansión territorial, o el otro mundo. Tenían una conciencia como de pretérito imperfecto. Quizá por eso los consideramos hoy clásicos.
La ilustrada Modernidad europea, en cambio, inauguro una preferencia verbal que hizo, nunca mejor dicho, época: ¿por qué fijarse en las imperfecciones del pasado habiendo un tiempo verbal tan agradecido —progreso, evolución, utopías, paraísos— como el futuro perfecto? Después, experiencias más bien dolorosas nos han enseñado que el intento de hacer presente el futuro perfecto no sólo es gramaticalmente imposible, sino que también lo es realmente. En cuanto es pasado al presente de indicativo, el futuro perfecto se convierte en más imperfecto que el pretérito (entre otras cosas porque la utopía, más que el futuro perfecto, era también el intento de pasar al presente el pretérito pluscuamperfecto: el pasado feliz, la edad de oro, el origen que ha degenerado).
Hoy sólo nos queda, pobres huérfanos posmodernos del tiempo, el presente, y el «tiempo» del presente es, fundamentalmente, espacio. Porque el presente es donde estamos. De la tierra, del espacio bajo Berlín, que es como el Futurosaurius Rep. de la futura República Federal de Alemania y todo un símbolo de nuestra época apresurada y presentísima, nadie sabe con certeza si se está desenterrando algo antiquísimo o si está saliendo a la luz algo nuevo. En todo caso, si este segundo es el caso, será, como casi todo, algo que ya existió y será puesto de moda, algo que las sucesivas generaciones reirán o alabarán. Lo que me parece que está claro es que, pase lo que pase, la obra coral del «Republik Park Berlín» no sólo comparte con Spielberg la capacidad de poner de moda algo antiquísimo, fascinante y casi olvidado y entusiasmar a la gente con ello: comparte también con el cineasta norteamericano la capacidad de convertir eso en un acontecimiento millonario.
Lo siento mucho por Hannover, pero la auténtica Exposición Universal del año 2000 ya está celebrándose. Hoy mismo. En Berlín.
Memorias
Sir Georg Solti
Traducción de Jaime Suñén
Acento Editorial, Madrid, 1998
Por las páginas de este libro discurren casi un siglo de música y la vida y personalidad de un director de orquesta excelente que murió justo unos meses antes de escribirlas, en el verano de 1997. Sir Georg Solti, titular en orquestas y teatros de ópera de Múnich, Frankfurt, Londres y Chicago, nos ha dejado no sólo excepcionales grabaciones, sino unas memorias —repletas de inteligentes reflexiones y sabrosas anécdotas— que interesarán a cualquier aficionado a la Música (con mayúscula).
La democracia. Una guía para los ciudadanos
Robert Dahl
Traducción de Fernando Vallespín
Taurus, Madrid, 1999
El último libro de Dahl contiene una introducción a la historia y el análisis de la democracia, aporta una guía para comprender sus ventajas y realiza un estudio de los problemas a los que se enfrentan las democracias actuales, inmersas en la actualidad en procesos supranacionales y afectadas por fenómenos como el multiculturalismo y el desapego ciudadano, entre otras cosas.
Prokófiev
Conciertos para piano n os l y 3
Bartok
Concierto para piano nº 3
Marta Argerich · PIANO
Orquesta Sinfónica de Montreal
Charles Dutoit · DIRECTOR
EMI CLASSICS. 5 56654 2. DDD
La pianista argentina Marta Argerich suele aparecer ante el público después de prolongados periodos de silencio, y lo hace siempre de forma verdaderamente deslumbrante, descubriendo un nuevo repertorio, madurado y estudiado en profundidad. Este es el caso del disco que nos ocupa, que recoge nada menos que tres conciertos para piano y orquesta de entre los más destacados de este siglo.
La música de Sergéi Prokófiev (1891-1953) es una música hecha de contrastes, en la que pueden encontrarse los más diversos estilos, desde el más clásico hasta el más fantástico, pasando por los más puros ideales románticos e incluso acercándose también a la estética novedosa del siglo XX. Posee un estilo inconfundible y muy personal. No en vano uno de sus principales objetivos fue la búsqueda de esa originalidad que encontró en un lenguaje algo burlesco y mordaz. Su piano es trepidante, lleno de ritmo, a veces con sonoridades algo rudas, lo que en su momento le causó aceradas críticas. Si el Primer Concierto para piano le sirvió para recibir el Premio Rubinstein a la interpretación pianística en 1912, cualquiera de sus Conciertos, y muy especialmente el Tercero, sirven hoy de partitura a los jóvenes aspirantes a los galardones internacionales.
Durante la misma etapa convulsa de la primera mitad del siglo XX, el húngaro Béla Bartók (1881-1945), siguiendo un camino diferente y estrictamente personal, llevó a cabo una original obra musical. Gran pianista como Prokófiev, se despidió del mundo con su Tercer Concierto para piano, cuyos últimos compases dejó sin terminar. El piano fue el instrumento del que mejor se sirvió para poner en práctica su concepción estética. Aunque de muy distinto estilo compositivo, coincide sin embargo con Prokófiev en considerar el piano como un instrumento de percusión, y en arrancar del teclado una gran fuerza rítmica. Sin embargo, al mismo tiempo es capaz de plasmar una honda emoción lírica, como ocurre en esta última obra.
Saber aunar dos actitudes tan aparentemente dispares —como es el ritmo trepidante o los acentos percusivos y la sensibilidad romántica—, y llevarlas al papel pautado con igual maestría no es tarea fácil. No lo es menos encontrar a un intérprete que sepa transmitirlas con la misma brillantez. En Marta Argerich, la vehemencia y la interpretación exuberante y a veces explosiva se dan con tal facilidad, que parecen obras escritas expresamente para ella. Su grado de compenetración con esta música es total, lo que confiere a sus versiones una autenticidad inigualable.
MARÍA JOSÉ FONTÁN