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Góngora es el mayor poeta de la lengua española. Si alguien lo duda, no diremos, con palabras del célebre soneto, que sea fiera de razón desnuda, sino que algo le falla: el oído, la sensibilidad, el bagaje cultural. Subjetivamente, no hay poeta mayor que el que a uno le gusta. Pero, aceptando que los valores estéticos son algo objetivo, independiente de nuestra estimativa, se puede afirmar que en el manejo de los recursos retóricos, la imaginación poderosa y la autoexigencia, Góngora no tiene igual en nuestro idioma. Su poesía está más cerca de la perfección que ninguna otra, incluidas las excelsas de Garcilaso o san Juan de la Cruz. Carece de los altibajos frecuentes en Lope, Esquiladle, Quevedo y demás, porque Góngora no es un escritor profesional; escribe cuando quiere, y si la musa no sopla, deja las cosas sin terminar. Su estilo es un licor muy concentrado; frente a él, los demás saben a aguachirle. A Góngora se lo puede leer después de cualquier poeta; en cambio, ninguno funciona bien, leído después de Góngora. Su dificultad se debe a la forma de la expresión. No hay poesía difícil por la forma del contenido. Lo que sucede es que la forma de la expresión admite varios niveles, alguno cargado de contenido ya literario: en especial, las referencias culturales. La poesía gongorina no tiene fronteras: abarca desde los chascarrillos, refranes y facecias populares hasta los mitos y las alusiones cultas más sofisticadas, rompiendo moldes e infringiendo preceptivas. Enriquece el léxico y revoluciona la sintaxis del castellano, aproximándolo al latín, para concederle más libertad. En nuestra lengua, después de Góngora, se respira mejor, y el verso, liberado de trabas e impregnado de musicalidad, suena también mejor. Góngora nos arrebata hasta su altura, lo que supone, para quien lee, un desafío, y para quien lo imita, un riesgo; requiere casi aprender otro idioma. El poeta, en una carta, dice que es meritorio proponer al lector cierto grado de dificultad como incentivo intelectual.

La fama de Góngora comenzó a sus 19 años, y no hizo más que crecer a lo largo de una centuria. Los coetáneos le llamaron Marcial cordobés, Píndaro andaluz, Homero español, príncipe o emperador de los poetas. Para el abad de Rute, humanista insigne y buen conocedor de la literatura italiana, es el primer poeta del mundo; otros aseveran que la lengua nunca tuvo ni tendrá otro igual. Cualquiera que en su tiempo osara comparársele habría pasado por loco. Influyó en la lengua poética más que nadie, en España, en Portugal, a ambos lados del Atlántico. Ahí están Calderón en España, sor Juana en México o Gregorio de Matos en Brasil para demostrarlo. Con el siglo XVIII vino la resaca creadora, el cambio de estética, y comenzó el largo purgatorio de Góngora, del que no había de salir hasta nuestros días.

Confundir la realidad con la asignatura es una profesorería que ha hecho estragos en muchos dominios del saber. En ninguno como en este caso. Al considerar retrospectivamente la literatura aurisecular, los eruditos del XVIII y del XIX observaron fenómenos que era preciso clasificar por razones didácticas: poetas llanos frente a otros complejos, serios frente a jocosos, sacros frente a profanos. Se habló, también, de escuelas regionales, agrupando autores muy dispares sobre la base del nacimiento o de la vividura. A Góngora se le colgaron, así, varios sambenitos: culterano, huraño, pedante y contrario a la concisión representada por Quevedo, caudillo del conceptismo, bando en el que no se sabe bien quiénes militan. Después de tal dicotomía, hablar de Góngora, para el común de las gentes, suscita inmediatamente la mención de Quevedo, lo que tiene tan poco sentido como si, dentro de unos siglos, al recordar a García Lorca, hubiera que mencionar a Blas de Otero. Y dividir la literatura áurea en dos tendencias contrapuestas y simultáneas constituye un disparate mayúsculo, pero es cómodo y por ello resulta difícil de desarraigar.

Góngora fue hombre de carácter modesto, vividor, epicúreo, anticlerical y un tanto rebelde, a pesar de su profesión de clérigo. Su único rival, en popularidad, fue Lope de Vega, un año más joven, adorado por el vulgo que asistía a sus comedias. Del resto de los poetas suele hablar poco y no mal: por ejemplo, de Medinilla, Soto de Rojas, Luis de Vargas o Mira de Amescua. A Quevedo nunca lo nombra. Las sátiras atribuidas a uno y otro son de autoría muy dudosa. Cuando Góngora enferma, a comienzos de 1626, para regresar a Córdoba y morir al año siguiente, Quevedo es un escritor casi inédito; su única obra impresa, aparte algunos poemas poco significativos, es un epítome de la vida de fray Tomás de Villanueva, opúsculo lleno de unción y credulidad compuesto en doce días. Nada, pues, capaz de llamar la atención de quien estaba en la cumbre de la fama y con varios nobles disputándose la dedicatoria de su obra, que, inédita asimismo, circulaba en numerosos manuscritos hechos en talleres especializados y vendidos a alto precio.

Góngora y Quevedo, aunque de distinta generación, comparten la misma estética dominante en la Europa de los siglos XVI y XVII: el conceptismo. Lo cual no quiere decir que ostenten el mismo estilo, cosa imposible. Todo los oponía, excepto la tendencia general a jugar con las palabras, a elaborar los conceptos, a mezclar las referencias clásicas en textos de índole variopinta, jocoserios, sacroprofanos y cultipopulares. Son, ambos, conceptistas y culteranos, más conceptista Góngora, y más culterano Quevedo, más libresco, tal como corresponde a quien hizo del humanismo su profesión. Góngora, según se ha apuntado, transformó la lengua literaria de su tiempo, y uno de los primeros en sufrir su influencia fue el propio Quevedo, diecinueve años más joven, que publicó mucho en prosa, pero, renunciando a competir en otro terreno, mantuvo oculta la mayoría de su obra poética y solo vino a influir tardíamente en algún autor del siglo XVIII. Cuando un catador como Borges dice que el soneto «Menos solicitó veloz saeta», evocado al comienzo, sería el mejor de Quevedo si no perteneciera a Góngora, no hace más que poner las cosas en su sitio.


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