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Sobre la basura (cultural)

En 1962, el escritor alemán Wofgang Hildesheimer publicó un volumen de relatos breves cuyo título podría traducirse así: Leyendas sin cariño. El librito ha conocido (y merecido) veintidós ediciones. Un colega me envió hace unos meses un ejemplar, con una dedicatoria autógrafa en la que llamaba mi atención sobre el tercero de los relatos, sentenciando: «De obligada lectura para todos aquellos que se dedican a la gestión cultural». Su título -«1956: un año Pilz»- no era muy elocuente; su contenido, en cambio, apenas si puede tener más pertinencia.

 

1956: UN AÑO PILZ

El cuento levanta acta de la legendaria existencia de un cierto Gottlieb Theodor Pilz, nacido en 1789 en una oscura ciudad del norte de Alemania y fallecido en Hamburgo, en el transcurso de una cena con literatos, el año 1856. Escribe Hildesheimer:

«El año 1956 está a punto de irse, y con él el recuerdo de los días del nacimiento o de la desaparición de tantas figuras inmortales, con cuyas celebraciones uno se ha ido topando durante todos estos meses: Mozart, Heine, Rembrandt, Julio César, Freud. Conferenciantes, jefes de Estado y el cuerpo diplomático apenas si han podido disfrutar de unos minutos de descanso. Sin embargo, una figura ha sido olvidada por casi todos: Gottlieb Theodor Pilz, que murió el doce de septiembre de 1856.»

Hildesheimer apunta a continuación que «la importancia de Pilz está hoy infravalorada», y añade:

«… no es extraño, pues Pilz, más que un creador, fue un impedidor. Su  aportación a la historia de la cultura occidental consiste en la inexistencia  de obras; de obras que, gracias a su valiente y arrojada intervención, jamás llegaron a consumarse. No constituye sorpresa alguna que la posteridad, tan acostumbrada a valorar a los grandes espíritus por su creaciones y no por sus omisiones, no recuerde las de Pilz».

Las siguientes páginas resumen la fascinante biografía de Pilz, cuya familia se traslada a Hamburgo en 1798; el joven Gottlieb Theodor, con apenas nueve años, entra en contacto con los ambientes cultos de la ciudad, cuyos proceres visitan regularmente la casa familiar. Uno de los invitados habituales es Klopstock, que suele leer en voz alta pasajes de su Mesías durante las veladas. Pilz, aprovechando la miopía de Klopstock, le sustrae durante las cenas odas enteras del poema; el poeta no nota las faltas.

Terminados sus estudios escolares, Pilz es enviado a Italia, país en el que reside entre 1807 y 1809. Anota Hildesheimer:

«…ya por entonces aparecen los rasgos que serán característicos de Pilz, los que marcaron su personalidad: durante su estancia en las tierras del Sur, que se prolongó dos años, no escribió ningún diario. No hizo dibujos.  Ni bocetos. No nos legó sus impresiones de Italia y de su cultura en ninguna de las formas conocidas. Ni una sola palabra de él nos ha llegado».

Como diría Borges, durante esos años Pilz «se abstuvo enérgicamente» de escribir (o dibujar). Pero, gracias a los diarios de August Wilhelm von Schlegel y de Mme. de Stäel, sabemos que, en 1808, Pilz está viviendo en Roma. Durante un paseo por la Vía Appia, Mme. de Stael le dice que está pensando en escribir un texto sobre Alemania. Pilz, impávido, le pregunta a bocajarro: «¿Para qué?» Ella enmudece. Pilz, en el transcurso de sucesivas meriendas en el Café Greco, intenta disuadirla; es inútil: ella no está dispuesta a renunciar a documentar su amor por Alemania. De l’Allemagne aparece, en cuatro tomos, en 1813.

En 1810, Pilz está en Berlín, donde intenta, con poco éxito, convencer a algunos historiadores de que «no hay por qué volver a hacer lo que otros ya han hecho bien». En 1814 lo encontramos en Viena, donde asiste al estreno del Fidelio de Beethoven. Escribe Hildesheimer:

«Sabemos que solía tratar a Beethoven, y el período improductivo del maestro que, como es conocido, se extiende desde 1814 hasta 1818, quizá se explique por ese encuentro».

Entre 1823 y 1840 ya vive en París; en 1824 conoce a la baronesa Aurore Dupin-Dudevant, que muestra por Pilz cierta debilidad. Pilz, que no quiere comprometerse, convence a la cultivada dama de que, en realidad, lo que debería hacer es vestirse con ropas de hombre, cambiarse el nombre por el de «George Sand» y ponerse a escribir novelas. Ella sigue el consejo. Hildesheimer comenta:

«Hay que decir que este episodio contrasta enormemente con la labor habitual de Pilz, y algunos de sus críticos le han acusado de irresponsabilidad. El hecho es que Pilz, empujado por el urgente -y comprensible- deseo de distraer de sí la atención de la baronesa, jamás creyó en serio que ella fuera a seguir su consejo. Cuando se dio cuenta y le presentó a Chopin, ya era tarde; quiero decir: ella permaneció desde entonces con Chopin Y con la literatura… en todo caso, debe añadirse algo no muy conocido, y es que en 1835 Pilz evitó que Chopin se vistiera con ropas de mujer y adoptara el seudónimo de «Aurore Dupin»… también esta actuación le acarreó críticas, aunque en este caso los que le defienden, poco dispuestos a echar en falta mazurcas, études y valses, son mayoría».

1836 supone la cúspide de la carrera de Pilz. En ese año consigue que Delacroix renuncie a pintar una serie de cuadros de formato colosal con diversas escenas campestres. También convence al músico Rossini, durante una cena, para que se dedique a la gastronomía: en 1836, en efecto, aparece el famoso «Tournedo à la Rossini», que contribuyó a la fama del maestro casi tanto como su «Stabat Mater», de 1842 (Rossini no escribió una nota más desde esa fecha hasta su muerte en 1868).

En 1841, Pilz es nombrado miembro del Jurado de la Académie des Beaux Arts. Seriamente propuso en la asamblea que la aceptación -o el rechazo- de las obras presentadas a cada concurso se decidiera echando los dados, ya que -argumentó- el valor de las obras hacía irrelevante la cuestión de cuáles debían exponerse y cuáles no. Pilz se ganó con ello el odio de algunos famosos pintores de la época, hoy razonablemente olvidados -lo que, a título postumo, le da la razón-, Y aunque,  «… salvo estas actuaciones -añade Hildesheimer-, conocemos pocos  detalles de su actividad durante esos años… hay que suponer que luchó incansablemente contra el fanatismo artístico de su época, y en gran parte es a él a quien debe agradecerse que el número de obras de ese periodo no creciera en exceso».

Entre los años 1842 a 1850, Pilz viaja por Italia, Suiza y Alemania. Mantiene encuentros con Schumann y Mendelssohn, a quienes explica su teoría de que un compositor no debe escribir más de cuatro Sinfonías. Tiene éxito: los dos reducen las suyas a cuatro, y Schumann incluso influiría después, en ese mismo sentido, en Johannes Brahms.

Después, y hasta su muerte, acaecida repentinamente en el transcurso de la cena del 12 de septiembre de 1856, empleó gran parte de sus fuerzas en intentar resumir las Tragedias de Racine en obras de un solo acto, a fin de que -según explicaba- «el influjo de este poeta pueda mantenerse al menos un par de décadas».

Hildesheimer, un tanto desolado, lamenta que Pilz no haya dejado discípulos. Pocos se reunieron alrededor de su tumba para celebrarle, en 1956. Y termina:

«Podría concederse -pues la inexistencia de las obras impedidas por él hace evidentemente imposible juzgarlas- que algunas de las obras omitidas por su causa quizá hubieran aguantado el paso del tiempo. Sin embargo, la vida de Pilz se ha mostrado, para todos los campos de las artes, beneficiosa; mejor dicho: redentora. ¡Cuánto, a través de él -el grande, el único-, nos ha sido ahorrado! Muy temprano murió, y hoy debemos afirmar que ojalá tuviéramos también nosotros a nuestro Pilz».

Hasta aquí la leyenda desamorada de Hildesheimer.

Se puede añadir que la vida de Gottlieb Theodor Pilz es un ejemplo típico de eso que Borges ha llamado «el pudor de la historia». En todo caso, se debe añadir que el hecho de que el legendario Pilz no tuviera éxito; que estuviera destinado -por la naturaleza de su peculiar tarea- a tener un éxito paradójicamente ignorado, difícilmente reconocible y en todo caso dificultoso de rememorar… y se debe añadir que nada de eso significa que su empresa no tuviera valor. Como la gesta de Héctor de Troya, la suya también lo tuvo, y probablemente lo tiene aún; la modesta tesis que querría defender en estas páginas podría resumirse así: creo que hoy estamos necesitando, más que nunca, de un Pilz.

 

LA CULTURA: UNA CONSIDERACIÓN «ECOLÓGICA»

No hay más que abrir los ojos y atender a las voces. En la peluquería, por ejemplo: «si quiere, le corto un poco más, pero me parece a mí que le va a quedar estéticamente feo». En el autobús: «Como quieras, pero a mí Fulano me parece poco ético».

En este tiempo de signos en continua migración, emparejándose todos con todos como neutrinos enloquecidos, lo que ya ha sucedido con palabras como «ética» y «estética» -su abuso inflacionario e indiscriminado-, empieza a ocurrir ahora con la palabra «cultura».

Empieza a ser realmente difícil encontrarse, hoy, con una sola actitud de un sujeto cualquiera o con un solo «objeto» -mental o materia- al que no se le encuentre un valor cultural y no se le haya adjudicado ya el término «cultura»: cultura de barrio, cultura popular, cultura rock, cultura de la hamburguesa, cultura del pacto, cultura del consenso, cultura del disenso, cultura del diálogo, cultura empresarial… El abuso no se detiene ni en lo meramente animal, que es por definición lo no cultural; hace poco leímos: «…lo habitual en la cultura pomo…».

Me parece evidente que esta cierta inflación de la palabra «cultura» es solo un signo de un fenómeno mucho mayor, desmesurado, tautológico e incontinente: la inflación de la palabra «cultura» es un signo de la inflación en la cultura como tal. ¿Qué está ocurriendo? O, para decirlo con Stephan von Huene: What’s wrong with Culture?

Lo que está ocurriendo es que mientras el artesano de gremio medieval, el hombre de genio del Renacimiento, el galante Magister del barroco, el escritor realista, el pintor fauve o el poeta surrealista esculpieron estatuas, pintaron cuadros o escribieron poemas, hoy, a nosotros, eso nos parece poco. Hoy producimos directamente «cultura»: todos, grandes y mayores, a pequeña y a gran escala, a todas horas, en grandes cantidades y de todo tipo: high culture y low culture, contracultura, subcultura, cultura marginal, o rozando ya el oxímoron, incluso «cultura natural”.

Lo que está ocurriendo es que, en el caso de que pase a la historia, es probable que el final del siglo XX lo haga como la primera época de la humanidad que se dedicó, explícitamente, a la superproducción de cultura. Efectivamente: mientras la oferta de «productos culturales» crece sin parar y está omnipresente, parece que los criterios que en otras épocas sirvieron para ver, juzgar, seleccionar y elegir entre esa oferta (en el caso de las artes, criterios como los del gusto establecido, la correspondencia al canon, la belleza, la proporción, la perfección o la novedad), ya no están vigentes. El único criterio que parece estarlo es un vaporoso e inconcreto «es interesante».

Las causas de esa cierta perplejidad que debe tener, aparte de mí, según espero, alguna otra persona, son variadas. Pero, aparte de sus causas, parece evidente que producimos más de lo que podemos razonablemente «consumir», y que empezamos a no saber cómo deshacernos de lo que nos sobra y, sobre todo por qué elegir o deshacernos de algo en concreto y no de otra cosa. ¿Qué seleccionar? ¿Cómo elegir? ¿Qué hacer -dada la inflación de «cosas interesantes»- con los «excedentes»? Basta con abrir los párpados por las mañanas para ver que hoy hay demasiado de todo, como en una de esas noches terribles llenas de ruidos, presagios y signos. Y, como en el poema de Hopkins,

…There was a single eye…

read the unspeakable night

and know the who and the why

se necesita un «ojo» para poder «leer» en esa noche. El caso es que no es fácil encontrar ese «ojo» que sepa identificar el «quién» (es interesante) y explicar el «por qué» (lo es) en cada caso. Porque, además, ocurre que esa noche, en la que resulta difícil dar nombre a lo que está pasando, no sólo es unspeakable, sino también, de tan oscura, unreadable: ilegible.

Y además, como todos preferimos el orden del pasado al caos del presente, las dificultades se acentúan cuando el «producto cultural» es nuevo, reciente, y no está incluido en los archivos de lo culturalmente valioso legados por la antigüedad o el pasado más reciente. Cuando, por tanto, es un producto no legitimado por eso que Chesterton llamó  «la democracia de los muertos»: la tradición. Es decir, cuando pertenece a nuestro presente inmediato.

Creo que nuestra cierta «inflación» cultural, por un lado, y la aparente falta de instancias y criterios de decisión, por otra, plantean -tanto al público como a las instituciones culturales- un problema que se podría llamar de «ecología cultural». Y, como en toda cuestión ecológica, ese problema tiene que ver, en primer término, con el producto primordial de la moderna conciencia ecológica: con la basura.

 

LA BASURA: UNA CONSIDERACIÓN «CULTURAL»

Casi puede afirmarse que, en comparación con el problema formidable de la basura, la preocupación por la naturaleza intacta ha sido siempre un aspecto secundario del movimiento ecológico. La cuestión ecológica por antonomasia ha sido y sigue siendo la de cómo deshacernos de lo que producimos y ya no nos sirve. Esa es la razón por la que los países más desarrollados, que son los que muestran mayor «conciencia ecológica», se reconocen sobre todo por la complejidad de su sistema de recogida, clasificación y destrucción de la basura.

Cualquier consideración indiferenciada de la basura es un error de juicio, y considerar que la basura es un problema -o un aspecto de la vida- sobre todo material es, además, un error de perspectiva.

La basura no es sólo basura. Ni siquiera la basura «física» es unívoca; la basura es análoga: se dice de muchas maneras, es plural, tiene tendencia a la reaparición bajo formas distintas, a la hibridación y a la multiplicación; a veces incluye organismos y por tanto está viva y se mueve, otras veces es mineral, inmóvil y terca. A la basura, por tanto, no se la puede tirar indiscriminadamente, indiferenciadamente, a un solo cubo. Debe ser sometida a un proceso de análisis, debe ser clasificada y tirada donde le corresponda.

Pero el problema ecológico de cómo deshacerse de la basura (material) es solo un pálido reflejo del que plantea la basura en sentido cultural. Pues la basura tiene un significado cultural evidente, del que la basura física es sólo un ejemplo, hasta el punto de que se puede decir que  en el acto de «arrojar algo a la basura» se está definiendo y poniendo  en juego la imagen que cualquier cultura tiene de sí misma.

La inflación cultural a la que nos venimos refiriendo alude sobre todo a la abundancia de la oferta cultural contemporánea. Pero hay un sentido más amplio de la palabra «cultura», el referido a eso que hace humanos a los hombres, y que incluye siempre una visión de la vida, un ethos y unos símbolos sagrados comunes a cada grupo humano. La reunión de esos tres elementos constituye un sistema (cultural) que da «valor» a unas cosas, a unos comportamientos y a unas creencias y expectativas determinadas -y no a otras-. Aquello a lo que se le concede valor es considerado «sagrado», un «fin en sí mismo», algo «significativo», y aquello que no lo tiene es considerado «profano», un mero «medio», algo carente de significado propio. Lo primero tiene el derecho adquirido a ser honrado, conservado y transmitido a la siguiente generación. Lo segundo carece de sentido: se puede tirar (a la basura).

Esas «valoraciones», naturalmente (mejor dicho: «culturalmente»), pueden variar -y de hecho son muy variables- de una cultura a otra, pero, de una u otra forma la frontera se encuentra siempre y en todas. La cultura, acaso, no sea más que el establecimiento de esa frontera.

En este contexto, se puede decir que una de las actividades en las que toda una cultura puede ser definida esencialmente es precisamente el momento en el que alguien tira algo a la basura o, por el contrario, decide conservarlo. En ese momento se está tomando una decisión que se encuentra justamente en la línea divisoria del sistema de valoraciones que constituye a una cultura. En muchas culturas, esas decisiones ya están tomadas por el sistema cultural, de modo que el proceso por el que la cultura conserva unas cosas y se deshace de otras es casi anónimo y se da sin que la cultura experimente sobresaltos.

Como es sabido, no todas las culturas han desarrollado «ideas acerca de sí mismas», porque no en todas ellas ha tenido lugar el proceso de distanciamiento de lo propio -de reflexión y crítica- que eso requiere.

La nuestra, la moderna cultura occidental, ha desarrollado ese proceso hasta el extremo: cuando -como en Occidente- el sistema de valores de una cultura incluye la preeminencia del juicio y la libertad individuales sobre las tradiciones, así como la creencia según la cual la característica esencial de la libertad individual es la creación, es decir,  la novedad; cuando esa cultura incluye, por tanto, el distanciamiento crítico, la puesta en cuestión y la recreación continua del propio sistema cultural, entonces la escena del arrojar algo a la basura se complica enormemente.

Lo que significa que, contra el fondo de una cierta estabilidad, la cultura occidental esté constituida en buena parte por el permanente proceso de puesta en cuestión de sí misma, es que produce continuamente enormes cantidades de palabras, imágenes y objetos -signos, en general- cuyo sentido es, al menos, doble: por una parte, el de desvalorizar las palabras, imágenes y objetos que habían estado vigentes hasta ese momento, presentándolos como letra muerta o cosas que es mejor «tirar». Por otra parte, el de valorar las palabras, imágenes y objetos nuevos.

A este proceso, que no es lineal en el tiempo, sino complejo y multidireccional, deben sumársele las palabras, imágenes y objetos con los que se rememora lo que estaba vigente en el pasado y ha pasado a la historia, a lo que, a su vez, hay que añadir las masas de palabras, imágenes y objetos producidos para historiar, desacreditar, acompañar o celebrar las rememoraciones, y a su vez… El proceso es casi infinito o, por lo menos, continuo. En los últimos tiempos, además, la función cultural del Estado y los procedimientos de reproducción y transmisión de los signos -imágenes y palabras- lo incrementan y lo distribuyen en cantidades y dimensiones nunca soñadas, a velocidades de vértigo y a lugares casi inauditos.

 

DEL ARCHIVO AL BASURERO (Y VUELTA)

Una cultura así es, naturalmente, una cultura cuyas dos actividades esenciales son la de archivar (lo que se considera culturalmente valioso) y la de arrojar a la basura (lo que se considera desvalorizado y culturalmente inútil). La nuestra, de hecho, cuenta con instituciones que encarnan esos dos gestos -los de la memoria y el olvido-. Instituciones como Bibliotecas, Museos, Conservatorios, Archivos documentales, Bases de datos y toda esa maquinaria de memoria débil que son los medios de información; y, en el otro extremo, los sistemas de recogida, clasificación y eliminación de la basura, con toda su complejidad.

Ésta es una situación que puede plantear evidentes problemas de espacio y de costes. Los archivos, aparte de que cuestan dinero, ocupan espacio. Los basureros también. Además, la convivencia entre archivos y basureros puede conocer un caso extremo, a saber: que, por falta de espacio y de criterios de decisión, las fronteras entre los archivos y los basureros se hagan débiles, difusas, que se confundan: que en el archivo comience a entrar basura y en los basureros productos que deberían estar archivados. Una cultura que estuviera en esa situación se experimentaría a sí misma, naturalmente, con perplejidad.

Eso es justo lo que está ocurriendo hoy. Está ocurriendo que, a causa de la aparente ausencia de criterios para decidir qué debe ser archivado y qué debe ser destruido, la decisión de conservar algo en los archivos de la memoria histórica o arrojarla al cubo de la basura se ha tornado dificilísima, tanto personal como institucionalmente. Ante el espectáculo de su incontinente superproducción, a lo que más se parece la cultura occidental es a esos desequilibrados a los que, de pronto, una orden judicial a instancias de los vecinos desaloja de sus casas, llenas hasta el techo de basura, por su enfermiza incapacidad de desprenderse de nada. Y como público, o como «interesados por la cultura», nos parecemos a meninhos da rúa brasileños, escarbando con las manos desnudas -a falta de elementos de juicio- en los colosales montones de basura de las inacabables «ofertas culturales».

 

EL MUNDO ENTERO ES UN MUSEO

(PARA UN ESPECTADOR DESCONOCIDO)

Nuestra evidente inflación de productos culturales tiene muchas causas, pero la principal, a mi modo de ver, se encuentra en el estatuto adquirido en este siglo por el arte. Entre los productos culturales, el arte ha tenido siempre una posición modélica para la entera cultura, y se puede decir que han sido sobre todo la teoría y la praxis artísticas dominantes en los últimos decenios las que han debilitado de tal modo las fronteras entre el mundo del arte (o de la cultura) y el mundo real (el de la vida profana), que apenas si se puede seguir hablando de fronteras.

La historia de ese proceso ocupa tres siglos, pero no es difícil de rastrear: de hecho, desde los inicios de la era moderna las variaciones en la consideración de la belleza y de la creación artística (y, por extensión, cultural) han sido básicamente dos. La primera de esas variaciones consistió en poner en marcha un proceso de «autonomía de la conciencia estética o de la obra de arte». Poco a poco, a las alturas del siglo XVIII, la gente empezó a enjuiciar objetos exclusivamente por el agrado o desagrado que producía su contemplación, lo que provocó la consecuente aparición de objetos que se definían exclusivamente por su belleza (las «obras de arte»), y de personas exclusivamente dedicadas a producirlos (los «artistas»).

Cuando las llamadas «bellas artes» se hicieron autónomas respecto de la artesanía, lo decorativo, lo útil y lo agradable, quedó inaugurada la sensibilidad estética moderna: ésta nació «separando» los objetos bellos (una pintura, una escultura) de cualesquiera funciones en la vida (por ejemplo, la decoración o el culto). Eso respondía al influyente peso de la restrictiva idea según la cual es bello aquello que arroja un placer subjetivo como resultado de un modo peculiar (desinteresado, sin vistas a su posible utilidad) de experimentarlo.

Las ideas nunca se están quietas. Y sobre esas mismas bases téoricas, las propias del XVlll, esa idea restrictiva hizo lo que suelen hacer las ideas cuando «toman tierra» en las generaciones y la historia:  engordar. Expandirse, ampliarse, hasta conectar con un segundo proceso, el que se podría llamar «la indiferenciación de la conciencia estética y de la obra de arte»: el proceso

según el cual cualquier objeto puede ser enjuiciado estéticamente y considerado una obra de arte, o, por extensión, el proceso por el cual cualesquiera actitudes, objetos, productos, situaciones, vindicaciones, discursos, o, en general, signos, pueden ser considerados «culturalmente relevantes».

Es evidente que hay un hilo que une el restringido campo de las bellas artes del XVIII con este concepto de arte y de belleza (y de «cultura») indiferenciados, que es el más propio de nuestra sensibilidad. Ese hilo corre paralelo a la historia de la palabra «crítica» y al desarrollo de «los derechos de la subjetividad individual» (Charles Taylor), y consiste en que, si un objeto es bello cuando su contemplación desinteresada nos agrada, entonces nada impide que todos los objetos puedan ser considerados bellos, porque nada ni nadie puede impedir que cualquiera pueda empezar a considerar sólo estéticamente o a contemplar desinteresadamente, o sea, exclusivamente como una obra de arte, a cualquier objeto.

De modo que el proceso que comenzó restringiendo el ámbito de lo bello y del arte acabó en su contrario: en la indiferenciación. La herencia del XVIII, que constituyó un proceso de «abstracción estética», es decir, de desconsideración de todo aquello que no fuera la pura forma bella de algo, ha sido ampliada en el XX hasta la indiferencia, engullendo potencialmente en el ámbito de las bellas artes a todos los objetos de la vida.

Los efectos de este proceso sobre las demás artes, y sobre la cultura en general, no se han hecho esperar: el resultado es que casi todo tiene, hoy, por principio, «valor cultural», y ese valor debe ser reconocido, financiado, documentado y conservado. Los análisis se quedan, frente a la nueva situación, cortos. Freud, por ejemplo, habló en sus buenos tiempos del «malestar en la cultura». Hoy habría que hablar más bien de «la incomodidad en la cultura»: casi todo lo que tradicionalmente había sido excluido de ella ha sido engullido por ella: el resultado, como en aquella escena genial del camarote en aquella película de los Hermanos Marx, es que, a menos que alguien haga el sacrificio de cortarse las uñas, la cultura incluye hoy tantas cosas que los juicios sobre ellas apenas si caben en ella. En el nuevo Berlín hay una institución que lleva este nombre: «La casa de las culturas del mundo»; es un nombre redundante, porque la casa de las culturas del mundo, entretanto, es el mundo. «El mundo entero, ha escrito Boris Groys, es hoy un museo para un espectador desconocido», en el que no se debe tirar nada, no se debe despreciar, ni juzgar ni considerar irrelevante nada.

 

EL «EFECTO DUCHAMP»

La figura decisiva en todo este proceso ha sido, en mi opinión, Marcel Duchamp, quien contribuyó a dotar a la «indiferenciación» estética de esos planteamientos del elemento que le faltaba: el elemento «espacial». La intuición de Duchamp fue que cualquier objeto podía empezar a adquirir identidad y existencia como obra de arte si era «situado» estratégicamente en el lugar adecuado: en el «mundo de las artes», en los espacios de la cultura. Un montón de basura en un basurero es un montón de basura. El mismo montón de basura en una galería de arte contemporáneo es algo manipulado, intervenido y representado con una intencionalidad artística, con el lenguaje indirecto del arte, y puede ser percibido «estéticamente» o considerado culturalmente interesante. Y así, de entre el inmenso reservoir de objetos que constituyen potenciales objetos de interés cultural cuando se los contempla exclusivamente como «objetos culturales», pasan a serlo efectivamente sólo aquellos que son situados estratégicamente en los espacios de la cultura.

El primer resultado de ese proceso es la «culturización» de lo que hasta hace muy poco se consideraba «profano», un fenómeno que encuentra su paralelo en la correspondiente «profanación» de los espacios que, hasta ahora, estaban reservados a las manifestaciones culturales. Los espacios de la cultura se han banalizado en la misma medida que los lugares cotidianos se han sacralizado: la vida profana ha adquirido aspectos museales (piénsese en el fomento de proyectos bajo el lema «el arte en los espacios públicos»); y, mientras las calles florecen de «manifestaciones culturales», los museos están llenos de chatarra, desperdicios, montones de manteca, ropa vieja,  papeles y restos de comida. Tampoco es inhabitual que las performances o happennings de no pocas galerías de arte contemporáneo consistan en escenificar en ellas lo que antes la gente hacía en la privacidad del baño de su casa, en la alcoba o en los servicios públicos, mientras que -y basta abrir el Elle Decoration- los diseños de cuartos de baño cada vez se parecen más a los templos, a los espacios centrales del habitar y el representar -cada vez participan más de la atmósfera blanca y sacral de las superficies museísticas-.

 

LA ADMINISTRACIÓN DE LA DIFERENCIA Y EL ARTE DE LO POSIBLE

La aludida «inflación» actual de manifestaciones artísticas y culturales, tan dependiente del proceso de indiferenciación experimentado por las artes, hace casi inmanejable para el espectador la superproducción de cultura, y no solo por la cantidad y la variedad. Como he apuntado, mientras la oferta de «productos culturales» crece sin parar y está omnipresente, los criterios que en otras épocas sirvieron para ver, juzgar, seleccionar y elegir entre esa oferta -para decidir entre el archivo y la basura- parecen no estar vigentes hoy.

Esa «ausencia de criterios» es lo que quiere decretar el pathos  postmoderno del «Anything goes». Por supuesto, la sensibilidad  postmoderna, creadora de una cadena que ha sustituido la búsqueda  o la creación (modernas) de lo utópico o lo novedoso por la reedición, el reciclaje y el cambio de lugar de lo tópico ya existente, también tiene sus criterios: se puede pensar que el mercado funciona como su criterio de valor y la moda como su rito principal. Con todo, me parece más importante anotar que la sensibilidad cultural post-moderna sobre todo ha puesto de moda un nuevo paradigma: el de la diferencia. Y la diferencia -o el así llamado «derecho a la diferencia»- no sólo explica la multiplicación de fenómenos culturales específicos de cada grupo «diferente» (antes, alguien escribía vastas novelas y le bastaba con firmar «Marcel Proust»; hoy hay muchos que quieren, en aras de lo políticamente correcto, que eso se llame «literatura gay»), sino que añade a la inflación esta dificultad: ¿quién administra la diferencia?

Hay observatorios (iba a escribir, ay, «privilegiados») desde los que la aludida inflación cultural y la dificultad añadida por el principio de la diferencia pueden notarse de un modo especialmente intenso: las así llamadas «instituciones culturales». Para las instituciones culturales privadas, la administración de la diferencia no es tan compleja. Pero si esas instituciones son oficiales o estatales entonces el observatorio es astronómico: el problema se agranda.

Las iniciativas privadas se dejan guiar por sus criterios (los que sean), ponen en juego su dinero privado en el mercado cultural y apuestan (sin plantearse problemas de «representatividad» y «mayorías») por lo que está de moda o por lo que va contra la moda (para, naturalmente, ponerlo de moda). El mercado cultural, el culture and show Business, se rige por criterios de juicio tan claros como «gustos particulares + costes de inversión + interés del público + precio de venta al

público», mágicas ecuaciones que permiten elegir y facilitan las decisiones en la «feria» de las posibilidades.

Pero si esas instituciones son oficiales o estatales, entonces el problema se agranda, y la razón por la que se agranda es nuestra paradójica situación, a saber: nuestra civilización mantiene estructuras de poder y gobierno basadas en principios modernos -sobre todo la legitimación por mayorías democráticas de los deseos de los ciudadanos en un paisaje cultural que ya no es moderno, sino que sigue una lógica cultural postmoderna, en la que, según parece, «todo vale» y, por tanto, el simple hecho de no hacer lo mismo que hace el de al lado  -el simple hecho de ser diferente- ya disfruta de «interés cultural».

Ocurre que a finales del siglo XX, las únicas «instancias culturales» que no están legitimadas democráticamente son las religiones y las artes. No es casual que el pensamiento del gran teórico de la modernidad política, Jürgen Habermas, tenga grandes dificultades justo en esos dos temas. Habermas se muestra más bien torpe cuando tiene que salir de los urbanizados territorios de la «comunidad de comunicación libre de dominio» -si es que eso existe- y tiene que habérselas con religión y cultura, es decir, con la instancia que proclama una pretensión de verdad supracultural apoyada en el principio de autoridad, y con la instancia en la que la legitimación por la vía democrática de la mayoría no sólo no funciona, sino que colapsa: en lo que respecta a la cultura, todos tendemos a pensar (y esta es una lección del Pop y de Andy Warhol) que cuanta más gente se interese por un producto, más gana éste en valor comercial y más pierde, al mismo tiempo, en interés y valor cultural. Y viceversa. Por cada actuación multitudinaria en un campo de deportes de «Los Tres Tenores», por cada CD de los buenos monjes de Silos, por cada representación de Aida con cuatro mil actores a la sombra de la esfinge de Gizeh, hay un grupo de amantes de la música clásica que desertan de la ópera y el gregoriano y se pasan a la Hilliard Ensemble de Arvo Párt, o a cualquier exclusividad aún más ignorada que la Hilliard Ensemble.

A todo esto, el Estado, desde hace tiempo, ha tomado como propio el papel de mecenas: no solo fomenta, sino que directamente produce «cultura». Bien. ¿Con qué criterios? ¿Con qué justificación? ¿Con arreglo a qué juicios? ¿De acuerdo con qué representatividad? ¿Es función del Estado, aparte de gobernar y dejar en paz a la administración de justicia, la tarea estética de «discriminar lo interesante»? ¿Debe apoyar a la llamada «cultura popular» o debe apoyar a la  «alta cultura»? En esto, las diferencias entre los programas políticos son casi inexistentes, porque todos están igualmente perplejos en cuanto dejan de navegar (o de naufragar) sobre generalidades; los problemas se agudizan cuando los Estados dejan de limitarse a conservar el patrimonio legitimado por las tradiciones para ponerse manos a la obra, a decidir acerca del presente.

¿Qué hacer? Todo lo diferente acarrea su cultura diferenciada,  distinta: ¿se deben gastar cifras astronómicas apoyando las inacabables manifestaciones que fluyen del principio de la diferencia y del derecho a la diferencia? ¿Deberíamos importar una especie de revolución cultural a la Mao? ¿Abandonar el apoyo a la creación? ¿Nombrar ministro de cultura a un discípulo tardío de Theodor Gottlieb Pilz?

 

EL PRINCIPIO SIBELIUS, O «EPÍLOGO PARA GESTORES PERPLEJOS»

Probablemente, las instituciones culturales no puedan tener más influencia en los procesos artísticos que la que pueda concederles la imitación de los procedimientos vigentes en el mundo en el que esos procesos tienen lugar. Si esa imitación no existe, la institución da vueltas en el

vacío, desconectada de las expectativas del público y las intenciones de los creadores. Si esa imitación fuerza al público, se llama propaganda; si fuerza a los artistas, intervencionismo. Si en su actuación consigue hacer nacer cosas nuevas y culturalmente relevantes, entonces opera con una especie de «imitación libre» que acerca su tarea a la artística y la separa del management.

Está, además, el criterio de los costes. El motivo, quizá no el más importante, pero sí evidente, de la responsabilidad en el uso de fondos públicos -que no son más que la suma de los fondos La cultura es muy cara, como saben sobre todo los que la «producen». Se cuenta que el compositor Jean Sibelius, que solía alternar con banqueros y millonarios, fue preguntado una vez por qué buscaba con más frecuencia la compañía de esas personas que la de sus colegas  artistas. «Es fácil -respondió-. Cuando ceno con estos señores tengo, de vez en cuando, la oportunidad de hablar de arte. Cuando ceno con artistas sólo hablamos de dinero».

La inflación cultural, por un lado, y la aparente («aparente» porque tantas veces es sólo la patente de corso para la comodidad o la irreflexión), la aparente falta de instancias y criterios de decisión, por otra, enfrenta a toda institución cultural a la necesidad de elegir y a la responsabilidad de «decidir». Ninguna institución es, por supuesto, inocente, de modo que todas hacen eso siempre. La cuestión es si pueden justificar razonablemente el porqué de sus decisiones e intervenciones. Está claro que no todas lo hacen; está aún más claro que, en este campo, abundan los que son capaces de convivir con la perplejidad y ni siquiera consideran necesario justificar sus decisiones.

 

HACIA LA PEREZA ESTÉTICA: EPÍLOGO PARA TODOS LOS PÚBLICOS

En cuanto a nosotros, espectadores, desorientado público… sólo se me ocurre un consejo, que espero que no suene paternalista, para hacer frente con un poco de éxito al torrente de oferta cultural. El consejo es de Kant, el mismo que inventó, allá por los finales del  XVIII, el «desinterés estético» que ha terminado provocando la inflación de lo «estéticamente interesante». Hay una frase suya que cualquiera que hojee hoy un programa cultural o entre en una librería durante la Feria del Libro debería repetirse en voz baja: «¡Cuántas cosas hay que no conozco! Pero, al mismo tiempo, ¡cuántas cosas que no necesito!». Probablemente todos estemos necesitando sustituir algo de nuestro interés cultural por un poco de desinterés cultural, para después dar el paso definitivo a las virtudes de lo que se podría llamar la «pereza estética».

Cuando una civilización tiene un vicio muy arraigado -he oído a un cínico filósofo escocés- es mejor que tenga dos vicios en vez del que ya tiene y una virtud -siempre que el segundo vicio sea la pereza- Un ladrón que además sea diligente es peligrosísimo. Si es perezoso es casi inofensivo.

Necesitamos un poco de pereza cultural. Urgentemente. Unas pocas gotas de pereza, como las del Diario nocturno de Ennio Flaiano, en una de cuyas entradas hay una bendita anotación que dice así:

«Decidió cambiar su vida; decidió aprovechar las horas de la mañana: se levantó a las seis, tomó una ducha, se afeitó, se vistió, disfrutó del desayuno, se fumó un par de cigarrillos, se sentó en su mesa de trabajo y no se despertó hasta el mediodía».

Podría haberlo firmado el sabio, el injustamente olvidado Theodor Gottlieb Pilz.

 

Leandro Fernández de Moratín. Elegía a las Musas

Cuando publiqué mis Cien mejores poesías de la lengua castellana (Madrid, Espasa Calpe, 1998), le envié, como es lógico, un ejemplar al Director de la Real Academia Española, don Fernando Lázaro Carreter. El insigne humanista acusó recibo en un inolvidable tarjetón, benévolo y magnánimo, en el que figuraban frases como éstas: «Yo hubiera dejado fuera la Fiesta de don Nicolás, tan remendada por su hijo, y hubiera introducido, de éste, la Elegía a las Musas, que me parece el poema más importante del XVIII (¡cuánto me identifico con don Leandro en ese momento, aun sin tener trato con las Musas!)». Don Fernando tenía más razón que el santo de su nombre (por lo menos). Basta leer, como van a hacer ustedes ahora, la citada Elegía, una pieza admirable donde las haya, compuesta por su autor en el destierro bordelés adonde lo había conducido la intransigencia absolutista. Gracias de todo corazón, maestro Lázaro Carreter.


ELEGIA A LAS MUSAS


Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirlo.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarlo famoso, a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.


Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia
que al vicario de Cristo da sepulcro.
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad; bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
sólo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.


Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar… Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella… Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.

La Épica en mil palabras

En el alba de los tiempos habita la epopeya. Los pueblos necesitan un cantor que recuerde las gestas de su estirpe, los hechos determinantes para la identidad, el desarrollo y la configuración de la tribu. Así surge la Épica. Cuando los antiguos bardos dan forma a sus cantos anónimos, evocadores siempre de un pasado prestigioso, lo hacen como representantes del pueblo al que pertenecen, como miembros de un grupo humano, de una comunidad que los ha elegido a ellos para preservar la memoria y cantar las hazañas de unos héroes que han forjado el carácter colectivo.

Ilustración: Diego Mora-Figueroa

La epopeya está en constante transformación, de la misma manera que los pueblos en cuyo seno nace están también en continua fermentación, pues la Épica se asocia con los pueblos jóvenes, no con los linajes en decadencia. Detrás de la Ilíada, de la Odisea, del Ramayana, del Beowulf, del Nibelungenlied, de la Chanson de Roland o del Poema del Cid está, pues, presidiéndolo todo, lo que los alemanes llaman Volksgeist, o sea, «espíritu popular».

Los bardos plasmaban en sus versos ese Volksgeist con la técnica propia de un oficio que, heredado de padres a hijos, ocupaba un lugar bien definido dentro de la sociedad «heroica» de la que formaban parte. Cuando razas enteras se desplazan desde sus estepas heladas hacia una nueva patria con pastos generosos y tierras fértiles, no es fácil que los bardos que cabalgan en medio de la caravana disfruten de la suficiente tranquilidad como para acordarse de firmar al pie de sus poemas, criticar la epopeya del bardo de al lado o discutir de temas literarios ante un público de guerreros.

La epopeya no es un género literario al uso, sino el género literario de la Humanidad en la acepción más noble del término. La auténtica Poesía (con mayúscula) trata de Hombres (también con mayúscula) y se identifica con lo que llamamos Épica, que descansa en el héroe como tema, motivo y protagonista al mismo tiempo. Si hay una Épica por antonomasia, ésa es la Épica con «espíritu popular», la Épica anónima.

Origen: Alejandría

Se puede decir que nuestra Épica, la que ya no es anónima, nació en Alejandría, en el siglo III antes de Cristo, con las Argonáuticas de Apolonio de Rodas. Ignoramos si Apolonio, bibliotecario en la ciudad del Faro, pensó que su poema era una reescritura de los poemas homéricos. Si lo hizo, se equivocaba de medio a medio. El lenguaje y los símiles sí son homéricos, pero reflejan una realidad conceptual muy diferente. Preciosismo, sentimentalismo, romanticismo, individualismo son algunos de los «ismos» aplicables al poema que narra el viaje de los Argonautas en pos del vellocino de oro.

La epopeya de Apolonio se acerca en muchas ocasiones al idilio y a la elegía; no margina en ningún momento la erudición como factor estético; revela gran profundidad en los análisis psicológicos; describe ciertas escenas con la sensibilidad «gótica» de quien mezcla la fantasía más desbordante con el más estricto realismo. Es, en suma, un ejemplo perfecto de todo aquello a lo que aspira, en sus planteamientos de base, la Épica moderna. En la estela de Apolonio, Virgilio narraría la gesta de los supuestos ancestros de Roma en su Eneida, que participa de ambos poemas homéricos, repartiéndose sus doce libros entre la Ilíada (los seis últimos) y la Odisea (los seis primeros). La literatura latina también aportó otro tipo moderno de Épica, el que tiene como objeto cantar con verosimilitud hechos históricos cercanos en el tiempo.

El ejemplo máximo de este género, que, por razones obvias, puede teñirse de intenciones políticas, es la Farsalia de Lucano. Secuelas virgilianas, con añadidos novelescos, serían los grandes poemas de la Épica culta compuestos en los siglos XV y XVI por autores como Luigi Pulci (Morgante), Matteo Maria Boiardo (Orlando Enamorado), Ludovico Ariosto (Orlando Furioso) y Torquato Tasso (Jerusalén Libertada), todos ellos naturales de un país, Italia, que no alumbró ninguna epopeya nacional durante la Edad Media.

En la línea inaugurada por Lucano, desarrollando un argumento próximo al tiempo de sus autores, están Los Lusíadas, del portugués Luis de Camoens, y La Araucana, de nuestro Alonso de Ercilla, las dos epopeyas cultas ibéricas por excelencia. Otra variedad de la Épica moderna tiene su origen en la Divina Comedia de Dante Alighieri, primera epopeya «a lo divino» de las letras occidentales. Tras las huellas de Dante se sitúan Diego de Hojeda (La Cristíada), John Milton (El Paraíso Perdido) y Friedrich Klopstock (La Mesíada).

La Épica contemporánea carece del Volksgeist que legitimaba y proveía de sentido a la Épica anónima primitiva. Sin embargo, hay casos como el de Walt Whitman (Hojas de Hierba) en el que se da cauce a un cierto «espíritu popular» que ya no se presenta de forma aristocrática, como en los antiguos poemas épicos, sino teñido de sentimiento democrático. El Canto general, del chileno Pablo Neruda, sigue las pautas del poeta de Long Island, pero acentuando el carácter político e ideológico del mensaje. Saint-John Perse, por su parte, es ya un claro ejemplo de la Épica nueva. El autor de Anábasis se engolfa en el mundo, prefiere mirar las cosas que lo rodean y no hurgar en su propio interior. Pero esa aparente desatención de sí mismo no implica fusión con lo demás, sino autoafirmación en lo externo, invasión, conquista, reflejo. La Épica se ha vuelto individualista. No representa ya el sentir de ninguna comunidad. Si acaso, se convierte en un tema de la lírica, como en Borges, cuya poesía se adentra en los laberintos de la Épica universal, a la que rinde tributo de reconocimiento estético en sus versos.

Pero la fuerza del discurso épico no ha perdido un ápice de su vitalidad y su grandeza. Buena prueba de ello es que incluso un personaje tan extremadamente egoísta como Fernando Pessoa (sus muchos heterónimos no son más que simples agentes expansionistas de su yo) pueda calificarse de poeta épico en algunas de sus encarnaciones, y no sólo cuando él mismo juega a ser el bardo anónimo de la epopeya antigua en Mensagem.

Ilustracion: Diego Mora-Figueroa

La imagen que encabeza este texto es el cuadro de Arnold Böcklin titulado «Orlando furioso» (1901), en el Museo de Bellas Artes de Leipzig. El archivo, en Wikimedia Commons, se puede consultar aquí.


«Todo a Mil» es una sección en la que «Nueva Revista» se propone extraer de los mejores entendimientos españoles la almendra de su dilatado saber. Especialistas en los temas más diversos reciben la proposición de resumir en mil palabras la idea que han investigado durante años.

Adiós al pesimismo

La conmemoración de centenarios se ha convertido en una forma, no sólo de recuperar la memoria, sino también de redefinir sus contenidos siguiendo los moldes que impone la atalaya, a menudo parcial e interesadamente amnésica del presente. Esta saturación de recuerdos fechados que puebla nuestra vida en los últimos tiempos puede interpretarse de distintas formas aviesas que, con seguridad, tienen algún fundamento; pero, una vez depuradas éstas, sobresale la más relevante: la necesidad de evaluar el pasado para construir el futuro a partir de algo más que rancias creencias vertidas en los quebradizos cántaros de los prejuicios. Y si esta labor se viene realizando últimamente con tan infatigable persistencia es porque nuestro tiempo -llámesele modernidad, postmodernidad, o como se quiera— requiere más que nunca de la construcción de relatos que doten de sentido al pasado para que, de forma refleja, se construyan las identidades individuales y colectivas. Es, en definitiva, una forma de pasar factura a nuestros mitos sometiéndolos a un interrogatorio tan ponderado como incisivo.

Ésta es precisamente la tarea que ha abordado con tanta energía como éxito el libro que nos ocupa. Auspiciado por la Fundación Central Hispano y con el apoyo del instituto de opinión Tábula -V, del que Amando de Miguel es director de estudios y Roberto- Luciano Barbeito director técnico, este trabajo constituye una auténtica rareza, no sólo dentro de nuestro ya casi abotargado panorama editorial relativo a las efemérides, sino además —y esto es lo esencial-, en el del pensamiento. Los autores han abordado el estudio de la generación del 98 desde la perspectiva de cuál es la vigencia en la sociedad española actual de los valores fundamentales que vertebraron a los escritores e intelectuales que formaron parte de ella, tales como el pesimismo, la apatía, la desconfianza en los demás, el rencor, la envidia, el fatalismo, el desencanto, la inseguridad y otros que, de forma bastante benevolente, se podrían encuadrar en un genérico sentimiento trágico de la vida mal digerido. Valores que han pasado a formar parte del imaginario colectivo español como los consustanciales de nuestro país hasta el punto de alcanzar el rango de estereotipos del carácter nacional, y sobre cuya aceptación acrítica descansa buena parte de cierto determinismo derrotista que ha invadido la vida cultural, social y política de España durante el siglo XX.

El libro es tan novedoso en su concepción como en sus hallazgos. Se divide en tres partes perfectamente diferenciadas. La primera se ocupa de rastrear, apoyándose en un exhaustivo análisis de fuentes tanto primarias como secundarias, los valores y representaciones fundamentales que produjeron los escritores comúnmente adscritos a la llamada generación del 98 (Unamuno, Azorin, Baroja, Ganivet, Valle) a través de su producción literaria y ensayística, sin descuidar ofrecer una panorámica de las ideas más importantes que dieron forma al regeneracionismo, éstas ya ofrecidas en clave estrictamente política. La segunda y más voluminosa se ocupa de presentar los datos obtenidos por una encuesta realizada a propósito en junio de 1997 para contrastar el grado de permanencia que tienen las ideas predominantes en los intelectuales de la generación analizada en el sentir actual de los españoles. La tercera -y, a su vez, la más comprometida- presenta un conjunto de propuestas de los autores sobre algunos de los problemas que consideran de más urgente abordaje en España.

El libro es una auténtica apuesta de originalidad en su concepción y desarrollo. Parte de una premisa tan arriesgada como fructífera: la producción de las élites intelectuales y artísticas influye en la sociedad que les da cobijo, hasta el punto de que sus ideas conforman en buena medida la percepción que la gente tiene sobre sí misma. Esto, dicho así, puede resultar excesivo, cuando no sobrecogedor. Los autores ya se encargan de matizar esta afirmación a lo largo de su obra, pero, en cualquier caso, es utilizada como la hipótesis principal que sustenta la investigación. Aserto tan poderoso no podía menos que embarcar a quien lo realizara en un trabajo de largo alcance. Y, en efecto, así ha ocurrido. Este libro se presenta como una inhabitual combinación de sociología empírica con una hermenéutica cultural que se ve obligada a sortear los riegos -tan lamentablemente frecuentes, por otra parte- de la evanescencia retórica que suele rondar por alguno de estos estudios. Pero, en esta ocasión, el rigor de la necesaria traducción de los conceptos en variables susceptibles de ser cuantificadas hace que los autores aborden con finura y precisión esta tarea.

En términos generales, el análisis confirma la hipótesis de los autores: la peculiar forma de ver el mundo -y, por ende, de actuar en él— legada por la generación del 98 y los regeneracionistas carece de virtualidad en nuestros tiempos, aunque sí la tuvo durante buena parte del siglo XX. El resentimiento larvado, la melancolía paralítica y el pesimismo recalcitrante (casi furioso, en la versión española), ya no son, al igual que un buen número de valores negativos, los componentes básicos del carácter nacional. Los resultados de la indagación van todavía más lejos: hablar del carácter nacional no tiene fundamento alguno, al menos en los tiempos que corren. Así lo demuestra el tratamiento de los datos obtenidos a través de la encuesta.

No obstante, cabría hacer una precisión. La lectura del libro deja un cierto poso de melancolía que, en ningún caso, forma parte de la herencia de la generación del 98. Y ello no sólo es debido -o, al menos, no fundamentalmente- al panorama tan complejo como no excesivamente halagüeño -aunque razonablemente esperanzador- que la interpretación de los datos nos ofrece. No en vano los autores no dejan de repetir que cierta dosis de pesimismo bien atemperado constituye el mejor acicate para la acción. Posiblemente, éste haya sido uno de los factores más íntimos que haya impulsado a la elaboración de este libro. Porque el libro, a pesar de su profuso y elaborado aparato estadístico que podría ofrecer una primera apariencia de frialdad, es honda y sustancialmente un libro íntimo; lo es en la medida en que la pasión por el conocimiento viene de la mano de una sentida convicción de su utilidad para cambiar las cosas que parecen inaceptables. Y la ironía con la que los autores salpimentan muchos de sus comentarios es, a la vez, una forma de ahuyentar la resignación y una espuela para la conciencia.

Por todo ello, estamos ante un libro que recoge el guante del mejor regeneracionismo cuando, en su parte final, los autores exponen sus propuestas sobre algunos de los asuntos que requieren una urgente solución en nuestro país: el nacionalismo, los medios para mejorar la vida pública, la redefinición de las reglas de juego de las instituciones, la educación universitaria y las distintas formas de discriminación. Aquí, los autores tienen el tacto de formular sus planteamientos a título personal cuando éstos son divergentes – lo cual ocurre con frecuencia. Todo un ejercicio de civismo que no está a la zaga de la altura científica y evocadora originalidad de su obra.

Los mejores libros suelen traer, por así decirlo, otros libros bajo el brazo. En este caso, sería interesante que, utilizando el utillaje intelectual y metodológico que se ha empleado en éste, se abordara el intento de determinar cuál es -si es que existe- la generación de escritores e intelectuales que está marcando nuestro fin de milenio, así como los valores y creencias que ellos transmiten a la sociedad y su grado de penetración. Una tarea difícil, quizá imposible a causa de su probable falta de fundamento y perspectiva histórica. En cualquier caso, sería un empeño que encontraría buena parte de su camino ya allanado por el excelente trabajo de Amando de Miguel y Roberto-Luciano Barbeito.

La melancolía creadora

lmc1.jpgRomano Guardini es un pensador cristiano singular y excepcional. No creó escuela; sin embargo, entre sus lectores y oyentes contemporáneos suscitó la admiración e influyó hondamente en muchas de sus vidas. Hoy en día, quien se decide a leer las obras de este admirador de Sócrates y san Agustín (entre otros, como san Buenaventura, san Francisco, Dante, Pascal, Hölderlin, Dostoievsky o Rilke) corre un riesgo feliz: ser invitado a reencontrarse consigo mismo.


Alfonso López Quintas, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense, ha escrito una biografía intelectual atractiva y profunda. Los pilares de este trabajo extraordinario, de elegante factura, han sido sus recuerdos como asistente a las clases de Guardini en la Universidad de Munich durante los años sesenta y el conocimiento cabal de la magna obra guardiniana, enriquecida recientemente por la publicación de obras postumas. «Mi propósito -dice López Quintás- en esta obra es trazar su biografía intelectual, mostrar cómo se desarrolló su existencia y cómo de su compleja trama fueron surgiendo espontáneamente sus diversos escritos». El propósito queda generosamente cumplido. A la riqueza de los detalles biográficos, se añade un despliegue cuidadoso y sugerente de la producción de Guardini, que desbroza el camino para leer directamente sus bellos textos.


La obra del profesor López Quintás tiene numerosos méritos objetivos; sin embargo, para mí su lectura ha suscitado un recuerdo y un sentimiento especial: volver a estar con mi padre Otto Stein. Y es que mi padre fue discípulo de Guardini durante casi tres lustros, desde finales de los años veinte hasta 1943. En su recién estrenada juventud, comenzó a escuchar al que sería su admirado y querido maestro en el emblemático castillo de Rothenfels, junto al Main, adonde fue conducido por los miembros del Oratorio de San Felipe Neri de Leipzig -tan influyentes con Guardini en el Movimiento Litúrgico-. Poco después, se le uniría mi tía Angela Stein. Eran los años más bellos y felices del movimiento juvenil Quickborn, que dejaron una huella perdurable en las inteligencias y en las almas de muchos jóvenes católicos alemanes. Años en los que Guardini ejercitó magistralmente sus dotes geniales de pedagogo cristiano con aquellos jóvenes: les enseñó a conocerse a sí mismos; les suministró los fundamentos de su propia autoformación; les desveló la riqueza polifónica del mundo y la cultura, contemplados desde una fe que buscaba el diálogo; les inició en la interpretación espitual y científica de la realidad cristiana, sin rigideces metodológicas improcedentes, sino suscitando el compromiso personal con el mensaje divino del Dios Encarnado. Y, sobre todo, abrió a sus ojos jóvenes el maravilloso horizonte del culto litúrgico y de la oración. Un elenco de actividades traducidas en palabras escritas en artículos, ensayos y libros. Son quizá las obras que más me atraen de Guardini, entre las que sobresale El Señor. También deseo destacar un tomito de 1936, vertido al castellano, titulado La imagen de Jesucristo en el Nuevo Testamento. De Guardini bien se puede decir lo que un poeta español admiraba en otro: «Aquél que ilumina lo escondido con el fuego originario de las palabras».


Para mi padre, como para los demás, Quickborn y Rothenfels eran un ámbito espiritual y físico que les permitía respirar con alegría y serenidad, circundados por un ambiente general asfixiante, fruto del cruel régimen nacionalsocialista. Desde Rothenfels le siguió como estudiante a la Universidad de Berlín. Allí Guardini enseñaría desde la famosa cátedra de Cosmovisión cristiana, desplegando su pensamiento original, poderoso y revelador sobre el encuentro del hombre creyente con el mundo.


Quizá el recuerdo paterno que irrumpe en mi memoria con más ímpetu es el suscitado por la lectura de las páginas que López Quintas dedica a las predicaciones (conferenciashomilía) de Guardini en la Iglesia Saint Canisius de Berlín en los primeros años de la guerra. Ya movilizados, me contó mi padre, centenares de hombres y jóvenes acudían a escuchar al maestro con fe y con miedo. El propio Guardini recordaría aquellos momentos con predilección; en ellos sintió «la fuerza de la verdad… la grandeza, originalidad y vitalidad del mensaje cristiano-católico».


Para terminar, desearía resaltar las reflexiones que el autor dedica al papel que desempeñó la melancolía en la persona y en la producción de Guardini. Heredada de su madre, profundizó bellamente en este rasgo psicológico y espiritual en las páginas tituladas Sobre el sentido de la melancolía, escritas en 1928. Guardini supo insertar en su vida la melancolía como un don de Dios, que cuajó como dice López Quintás en capacidad creativa, poder de discernimiento, fuerza persuasiva y claridad de mente. Guardini, la melancolía y su compañero, el silencio, no desembocaron en un abatimiento estéril, sino que dibujaban la antesala de lo importante.


Estoy persuadido de que la lectura de la obra de López Quintás animará a parar la atención en los escritos de Guardini. Como señalaba el Cardenal Joseph Ratzinger en 1985, con ocasión de la celebración del Centenario del Nacimiento de Guardini, en la Academia Católica de Baviera: «Sólo cuando dejamos que otro se acerque, llegamos a encontrarnos con nosotros mismos».

Misión poética

Jorge Valdés Díaz-Vélez
La Puerta Giratoria
Joaquín Mortiz, México, 1998,
100 págs.

Tres años largos de misión diplomática y cultural en España, queriendo hacer realidad lo que en las relaciones internacionales se llama «normalización», han dado espléndidos frutos: Jorge Valdés, último consejero de Cultura de la Embajada de México, ha enhebrado y puesto en movimiento las agujas que tejen de nuevo la sólida tela común de la lengua entre escritores mexicanos y españoles. Y en el aspecto literario, quienes lo conocimos y tratamos en Madrid, tuvimos el raro privilegio de ver crecer día a día su último libro, La puerta giratoria, que acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía «Aguascalientes» 1998, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes mexicano.

Desde su primer libro, Aguas Territoriales (Molinos de Viento, Universidad Autónoma Metropolitana, 1998), Valdés Díaz-Vélez, fiel a la tradicional llamada telúrica de su país, hizo ya acopio de materia primordial a su alcance, formada por oscuros líquidos del subsuelo, larvas, lagos fosforescentes, sangre, arcilla, óxidos y máscaras, ángeles húmedos, llanto frío, inmensidad, desiertos, cenizas, guerrilla, vientre, amor, espejo. Por ejemplo. Como todo poeta joven, mas ya con gran maestría.

Un día se alejó de los espejos de la tradición, y de verse reflejado de cuerpo entero, pasó a detallar lo más cierto y certero de sí mismo. De la revolución de las brasas, pasó a la certeza del fuego sereno que aborda la forja de la madurez en la vida de un poeta: Cuerpo Cierto (Ediciones El Tucán de Virginia, México D.F., 1995) o más bien,

Flama líquida
por los pastizales del pensamiento,
sublevaciones del polvo
entre sílabas
de un salmo
apuran signos.

El poeta, que ya sabía de dónde llega el verbo, nacido al tiempo que el polvo hecho barro, aborda ahora la proclama de la contradicción suprema: «Hacer y deshacer/ la ceremonia del cántico y del duelo». O bien «Este volver oficio los exilios/ de la luz en la sombra».

Siendo su oficio el de diplomático, Valdés pasó a lo largo de sus dos primeros libros por Cuba y Buenos Aires, para recalar al fin en Madrid, donde escribió este libro. Entre nosotros, el poeta diplomático -en la más noble tradición de los Saint-John Perse, Gorostiza o Neruda—, ha vivido y leído «vorazmente», como quería Rimbaud, o llevado su escritura «al extremo», como hubiese preferido D’Annunzio, «para perderlo o ganarlo todo». El resultado en forma de libro es éste, que ha recibido el premio más importante de las letras mexicanas.

Por un lado, contiene una de las vetas más ricas de Valdés, espiritualista y -diría yo- fiel y sorprendentemente juanrramoniana en su tratamiento de la transparencia de la palabra, para mostrar lo más hondo de la idea. Por otro, el barroco magmático de «so el volcán», lo más racial, en la última y espléndida parte del libro, «Axtiaule», un verdadero milagro, a la par que lúcido manifiesto poético:

Escribo contra el tiempo
con esta posesión
que llamaron silencio
los antiguos. (…)

Tampoco ha sido ajeno el buen poeta, en su estancia madrileña, a las últimas luces de la mal llamada corriente experiencial, o literalismo anecdotista, y deja constancia de ello en algunos poemas tiernamente irónicos, que recuerdan esa tendencia.

En ambas laderas, Jorge Valdés plantó con éxito su huerto o su taller. Y nosotros nos hemos enriquecido con su trato: de su paciente lectura de nuestros textos, de sus consejos, su entusiasmo afectuoso y su hondo conocimiento de las «aguas territoriales» del ser humano, de la exquisita factura de sus versos, de la nada fácil naturalidad de sus obediencias rítmicas. De su calidad de gran poeta nacido de la luz ambigua y siempre gloriosamente oscura del conocimiento.

Memoria de Sir Georg Solti

El pasado 5 de septiembre se cumplió el primer aniversario de la desaparición de uno de los últimos «emperadores del podio», tal y como lo catalogó el prestigioso diario londinense The Times: Sir Georg Solti. NUEVA REVISTA no ha querido desaprovechar esta oportunidad para rendirle un merecido homenaje.


La casualidad hizo que falleciera el mismo día que el mundo se paralizó con el funeral de la princesa Diana, por lo que su muerte pasó un tanto desapercibida. Aquel día, The Times escribió de él lo siguiente:»Cuando él estaba presente en el podio, había electricidad en el aire. Él tenía el poder de excitar al auditorio y el también extraño poder de servir de inspiración a sus propios músicos (…). Lo más impresionante de él eran sus ojos, que clavaba en los de su interlocutor con una extraordinaria intensidad. Todo lo hacía con tutta forza. sus entusiasmos, sus disgustos, sus pasiones del momento».


Sir Georg Solti dirigía sus orquestas con vehemencia, con el empuje que le daba su pasión por la música. Esta energía, que se transmitía al auditorio como un reguero de pólvora en cuanto comenzaban las primeras notas de sus conciertos, le acompañó hasta el final de sus 84 años.


La última vez que dirigió en nuestro país fue en Madrid, el 31 de octubre de 1996, en el Auditorio Nacional. Vino al frente de una de sus formaciones favoritas, la Orquesta Filarmónica de Londres, y deleitó a un entregado respetable con la octava de Beethoven y la Primera Sinfonía de Brahms. La gran ovación con la que se recibió a Solti, cuando todavía no había dirigido una sola nota, fue la manifestación más sincera de agradecimiento de un público, en memoria de tantos y tantos momentos sublimes que Solti, con sus obras, había proporcionado hasta entonces.


Solti comenzó a tocar el piano en un pub de Budapest por dinero, para ayudar a su familia a pagar las deudas de juego que contraía habitualmente su tío, al que siempre ayudaban. Su origen judío le obligó a huir a Suiza justo después de dirigir Las Bodas de Fígaro, de Mozart, su primera ópera en Budapest. Aquella noche del 11 de marzo de 1938, los tanques alemanes invadían Austria.


A partir de ese momento, Solti viviría el preludio de lo que iba a ser su vida. Una vida plagada de dificultades, que sólo amainaría en los últimos años.


En Ginebra, donde se refugió durante la guerra, sobrevivió otra vez gracias al piano y a las clases que podía impartir. La primera noche en Suiza recibió un telegrama de su madre que decía: «No vuelvas». Un tiempo más tarde, ella moría en un campo de concentración nazi.


Su llegada como director artístico al Royal Opera House de Londres no fue tampoco un camino de rosas y su labor tardaría varios años en cuajar. Todas estas fueron dificultades que marcarían la carrera artística de Georg Solti y, probablemente, su manera de hacer las cosas.


Una vez, una joven pianista le pidió consejo al director sobre qué debía hacer. Su consejo fue el siguiente: «No se preocupe, si es usted buena, lo conseguirá; si no, no. En cualquier caso, no se preocupe. Habré hablado con cinco mil pianistas a lo largo de mi carrera. De ellos, sólo cinco han podido impresionar al mundo, no diré cuáles. Si usted está entre esos cinco, no se preocupe, y si está en el resto, preocúpese, pero sólo un poco. Lo más importante es que usted lo siga intentando».


LA CALIDAD DEL MÚSICO, SU EDUCACIÓN


Solti decía que «lo que produce mayor calidad en los músicos es su educación». Por eso, él se esforzaba personalmente en este empeño y, a veces, con un excesivo apasionamiento que derivaba en duras reprimendas a sus músicos y, lo más habitual, a sus cantantes.


En Budapest, donde nació el 12 de octubre de 1912 en el seno de una familia judía, Solti asistió a la Academia Liszt, donde estudió piano, composición y dirección con Bartók, Dohnányi, Kodály y Leo Weiner. Sus inicios como pianista no le impidieron empezar a trabajar en 1937, cuando sólo contaba con 25 años, en la Ópera del Estado de Budapest. Hasta ese momento su nombre era Georgy Stern, pero cambió su apellido por el de Solti.


Ese mismo año, fue asistente de Arturo Toscanini en el Festival de Salzburgo; llegó a ensayar La Flauta Mágica en presencia del mítico director.»Estaba al piano, en el escenario, dando las entradas a los cantantes del Festival. De repente, mi corazón se paró. A mi derecha estaba de pie un hombre de baja estatura que llevaba sombrero, que se retorcía el bigote mientras no perdía detalle de los que allí estábamos y de lo que estábamos haciendo. Era Toscanini. Después del ensayo, recuerdo una sola palabra. El maestro me dijo: ‘bene´. Recuerdo que aquello fue lo más importante que me ocurrió en mi carrera».


A partir de aquel momento, su dedicación le convertirá, tras el paréntesis de la guerra, en uno de los directores más expertos en las representaciones de ópera. La primera que dirigió fue Las Bodas de Fígaro, en Budapest. No volvería a dirigir otra ópera hasta ocho años después, cuando el gobierno militar estadounidense le invitó a dirigir la representación de Fidelio en Munich. Su éxito fue tan rotundo que le nombraron director musical de la Ópera del Estado de Baviera, donde permanecería seis años.


RICHARD STRAUSS


En aquella ciudad conocería a Richard Strauss, una de las relaciones personales que más le marcaron en su vida. Dirigió en su presencia una representación de El Caballero de la Rosa con motivo de su 85 cumpleaños y, al día siguiente, el compositor invitó a Solti a irse con él a su casa de Garmisch, donde estuvieron hablando de la música y de la vida, como el propio director ha contado más tarde. Del contenido de aquella conversación sólo queda la curiosidad de leerlo en sus memorias, que todavía no tienen fecha para su publicación en español.


Probablemente, mucho del saber que ha transmitido a tantas generaciones de músicos tuvo su origen en aquella conversación. Su relación fue lo suficientemente intensa entre ambos como para que el propio Solti dirigiese el terceto del tercer acto de El Caballero de la Rosa en la ceremonia de cremación de los restos de Strauss en 1949. Con el tiempo, él mismo se convertiría en uno de los más consumados especialistas en dirigir obras de Strauss. Óperas como Electro, Salomé, La Mujer Sin Sombra o El Caballero de la Rosa cuentan con versiones de referencia a los ojos de la crítica internacional.


LA ÓPERA


Una vez, Solti dijo que «si yo hubiera tenido un hijo, sólo le hubiera permitido dedicarse a esto con la condición de que empezara a aprender el ofició trabajando en un teatro de ópera. La ventaja de hacerlo así es que se empieza ya con el material más difícil. La ópera resulta mucho más compleja que el repertorio sinfónico. Si se empieza dirigiendo ópera, se adquiere una educación total, al tener que trabajar con cantantes y resolver al mismo tiempo los problemas derivados de la acción teatral. Un buen director de ópera puede perfectamente convertirse en un gran director sinfónico. Lo contrario es casi imposible».


Sin embargo, tras la etapa que le llevaría a la Ópera de Frankíurt, el verdadero deseo de Solti era comenzar cuanto antes su etapa dentro de la música sinfónica. Literalmente, se moría por dirigir en sala de conciertos y, por eso, la oferta que le llega después de una exitosa representación de El Caballero de la Rosa en el Covent Garden de Londres se queda en segundo plano al ver que üene una oportunidad para dirigir la Filarmónica de Los Ángeles. Sin embargo, un error de los gestores de la orquesta impidió que el maestro recalara en Estados Unidos: nombraron un asistente sin su aprobación previa. Aquel asistente era el director Zubin Mehta.


Bruno Walter, uno de los mejores directores de orquesta de la historia, animó a Solti a que aceptara la oferta de Londres. Así, en septiembre de 1961, el director húngaro aceptaba el desafío de devolver al Covent Garden londinense a los primeros lugares de la escena operística mundial. Este empeño no resultaría nada fácil.


LONDRES


Es evidente que el carácter de Solti chocó frontalmente con la forma británica de hacer las cosas. Probablemente, no por él, sino por su tradición germánica en la dirección musical de un teatro de ópera. Los primeros encontronazos no tardaron en llegar. Un día, disgustado por el ensayo del coro, convocó a todos a un ensayo extra un sábado por la tarde. Su enfado fue en aumento cuando le dijeron que el ensayo era imposible, porque en el coro había tres jugadores de rugby galeses que aquella tarde jugaban un decisivo
Inglaterra-Gales de la Copa de las Naciones. La disciplina férrea que imponía a sus músicos no tardó en desencadenar los primeros motes. Empezó a conocerse a Solti con el alias de «el prusiano» o «la calavera gritona», debido en gran medida a su aspecto y a su especial mezcla, a veces ininteligible, de inglés y húngaro.


Sin embargo, lo peor vino con la crítica. Don Giovanni, de Mozart, La Walkiria, de Wagner, y La Fuerza del Destino, de Verdi, fueron acogidas como auténticos fracasos. El caso era especialmente sangrante en todo lo que hacía sobre Mozart. La crítica lo encontraba duro y excesivamente implacable. En muchas ocasiones, durante los primeros tres años, estuvo a punto de dimitir, pero las habilidades diplomáticas de Lord Drogheda, presidente del consejo gestor del teatro, lograron retenerle.


El cambio de la situación vino en 1964. Solti acepta el proyecto de Decca de dirigir la Tetralogía de Wagner con la Filarmónica de Viena. Este proyecto le llevaría siete años. A la vez, en 1965 incorpora a su repertorio Moisés y Aarón, de Schoenberg, y más tarde, Arabella y La mujer sin sombra, de Richard Strauss. Estos compositores consagraron definitivamente a Solti en el Covent Garden e impresionaron a la crítica las noches dedicadas a Strauss; especialmente, La mujer sin sombra, que adquirió fama internacional y se convirtió en una de las grandes en su repertorio.


Solti deja el Covent Garden en 1971. Al año siguiente, la reina Isabel II le concede el título de «Sir» por su contribución a la música y, en especial, a la escena operística británica. Una vez desvinculado de Londres, volvería ocasionalmente para dirigir ópera. Cada vez que lo hacía, era recibido como un héroe y recordaba con sorna a los críticos británicos qué bien le trataban desde que no estaba allí. No obstante, el público británico reconoce un antes y un después del Covent Garden tras la etapa Solti.


LA MÚSICA SINFÓNICA


Tras un período en la Ópera de París, Sir Georg Solti puede cumplir su sueño de dedicarse con exclusividad a la música sinfónica en 1969. Aquel año, es nombrado director titular de la Orquesta Sinfónica de Chicago, trabajo que ocuparía hasta 1991. La primera vez que dirigió a esta orquesta fue en 1954 en el festival de Ravinia. Los 22 años que dura esta relación dan a la música uno de los matrimonios musicales más impresionantes de este siglo. ¿Cuál era su secreto? Richard Morrison, crítico del Times de Londres, escribía que «obviamente, el maestro Solti no tenía una depurada técnica de batuta. (…) Lo que el maestro tenía era la inamovible convicción de cómo tenía que sonar aquello. Entre la concepción y la ejecución siempre mediaba sangre, sudor y lágrimas, pero al final siempre conseguía que tocaran como él quería».


La revista Newsweek diría de él que «al frente de Chicago, ha fustigado, engatusado, martilleado, pulido y conjurado un sonido orquestal que une dos propósitos opuestos entre sí. Por un lado, un seductor y meloso rugir del viento y los metales. Por otro, un meticuloso control del tono de la cuerda, hasta el punto de lograr que 60 músicos toquen con la claridad y frescura de una orquesta de cámara».


Al frente de Chicago, Solti profundizaría en su repertorio wagneriano. Una de sus grabaciones más importantes con esta orquesta fue la que realizó sobre las oberturas y preludios de las óperas El Holandés Errante, Tahnhauser, Tristán e Isolda y Los Maestros Cantores de Nuremberg. Siempre se ha reconocido el Wagner de Solti como uno de los mejores del mundo. Lo mejor sigue siendo su Tetralogía. Más de una vez se ha afirmado que los últimos veinte minutos del Oro del Rhin constituyen una de las cimas de la discografla de todos los tiempos.


Durante sus últimos años acarició la posibilidad de volver a grabarlo, pero siempre manifestaba que era un proyecto muy trabajoso y que le faltaban, claramente, las voces. Una de ellas era Birgit Nilsson, que estuvo con Solti en numerosos proyectos. De hecho, la última ópera que dirigió en Covent Garden siendo director artístico fue Tristán e Isolda.


El Romanticismo fue su gran área de especialización. Particularmente sobresalientes son, además de Wagner, Mozart y Strauss, sus versiones de Bruckner y Mahler, sobre todo con la Sinfónica de Chicago. Sin embargo, no se ciñó exclusivamente a estos compositores. Cada año incorporaba nuevos compositores tan dispares como Elgar, Tippett, Bartók o Johann Sebastian Bach.


Además de la Sinfónica de Chicago, también ha sido frecuente verle con la Filarmónica y la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Viena, la de Berlín, la de Cleveland y, en sus últimos años, con el Real Concertegebouw de Amsterdam.


Lo que Solti deja al mundo de la música se podría resumir en una de sus frases: «Lo que más me interesa de una orquesta es que sus integrantes amen la música que interpretan». La pasión siempre fue un común denominador en la vida y en la obra de este director, quizá en parte debido a la azarosa vida que llevó, obligado siempre a pelear contra la circunstancias. Es posible que esa pasión por lo emotivo, que le hacía obligar a sus músicos a dar siempre lo mejor de sí mismos cada vez que tocaban, fuera consecuencia de su propia experiencia personal. «Amo mi profesión y la vida, y eso ya es suficiente».

Sobre la libertad individual, por William Faulkner

He aquí lo que fue el Sueño Americano: un santuario en la tierra para el hombre: una condición en la que pudiera ser libre no sólo de las antiguas y establecidas jerarquías del poder arbitrario que lo habían oprimido masivamente, sino libre de esa masa en la que las jerarquías de la iglesia y del Estado lo habían encerrado y reprimido, individualmente esclavo y personalmente impotente.

Un sueño simultáneo entre los individuos humanos, tan separados y esparcidos como para no tener contacto para hermanar sueños y esperanzas entre las antiguas naciones del Viejo Mundo, que existían como naciones no partiendo de la ciudadanía sino de la sumisión, que se sostenían sólo sobre la premisa de la extensión y la docilidad de la masa sometida; la individualidad de los hombres y mujeres que decían con una sola voz: «Queremos establecer una tierra en la que el hombre pueda asumir que cada persona -no la masa de hombres sino los hombres individualmente- tenga el derecho inalienable a la libertad individual, a la dignidad y a la libertad dentro del conjunto del valor individual, el trabajo honrado y la responsabilidad mutua».

(Fue) una condición humana viviente destinada a ser contemporánea con el mismo nacimiento de América

No simplemente una idea, sino una condición: una condición humana viviente destinada a ser contemporánea con el mismo nacimiento de América, engendrada, creada y simultánea con el mismo aire y la misma palabra América, que en el mismo golpe, el mismo instante, cubriera toda la tierra con una simultánea inspiración de aire y de luz. Y así fue: y apareció irradiando para cubrir incluso a las viejas, repudiadas y esclavizadas naciones, hasta que los individuos de todas partes, que apenas habían oído su nombre, por no decir en dónde estaba América, pudieran responder a él, levantando no sólo sus corazones sino también las esperanzas que hasta entonces no conocían o no se atrevían a recordar que poseyeran.

Una condición en la cual todo hombre no sólo no fuera rey, sino incluso no quisiera serlo. Ni incluso necesitara inquietarse por ser igual a los reyes, porque ahora estaba libre de reyes y de todas sus semejanzas, libre no sólo de símbolos, sino de todas las mismas antiguas y arbitrarias jerarquías que los símbolos representaban —cortes y gabinetes, iglesias y escuelas- y por las cuales había sido valorado no como individuo sino sólo como valor integral compuesto por la inmutable razón de su número incalculable, el incremento animal de su masa dócil y carente de voluntad.

El sueño, la esperanza, fue la condición que no nos traspasaron a nosotros, sus herederos y asignatarios, nuestros padres, sino que, más bien, nos traspasaron el sueño y a la esperanza. No se nos dio ni la oportunidad de aceptar o rechazar el sueño, porque el sueño ya nos poseía a nosotros por nacimiento. No era herencia nuestra porque nosotros éramos herencia suya; nosotros éramos herederos en nuestras sucesivas generaciones al sueño por la idea del sueño.

Y no sólo nosotros, sus hijos nacidos en América, también hombres nacidos y criados en viejas y ajenas tierras repudiadas sintieron ese aliento, ese aire, oyeron esa promesa, que prometía que allí existía algo como la esperanza individual para el hombre. Y también las mismas viejas naciones, tan antiguas y tan ancladas en los viejos conceptos del hombre por haberse creído más allá de todo concepto de cambio, haciendo oblación a ese nuevo sueño del nuevo concepto del hombre con donación de monumentos y procedimientos para señalar los portales de este inalienable derecho y esperanza: «Aquí hay lugar para vosotros desde toda la tierra; para vosotros los que individualmente os halláis sin hogar, los individualmente oprimidos, los individualmente no individualizados».

Una libre dádiva otorgada a nosotros por aquellos que habían trabajado en común y soportado individualmente el esfuerzo para crearla; nosotros, sus sucesores, no tuvimos siquiera que ganarla, merecerla, y no digamos conquistarla. No tuvimos que nutrirla ni alimentarla. No tuvimos que recordar que, viviendo, estaba predestinada a perecer y había que protegerla de sus crisis. Algunos de nosotros, muchos quizá, no hubiéramos podido probar por definición en qué consistía exactamente. Pero entonces no lo necesitábamos: no necesitábamos definirla más de lo que necesitábamos definir el aire que respirábamos o aquella palabra que, de las dos, simplemente por existir conjuntamente -el aliento del aire americano que creó América— había engendrado y creado el sueño del primer día de América, como el aire y el movimiento crearon la temperatura y el clima del primer día del mundo.

Porque ese sueño fue la aspiración del hombre en el verdadero sentido de la palabra aspiración. No fue simplemente la ciega y muda esperanza de su corazón: fue la verdadera aspiración de sus pulmones, sus luces, el vivo y despierto metabolismo, de modo que vivimos la realidad del Sueño. No vivimos en el sueño: vivimos el Sueño mismo; igual que no vivimos simplemente en el aire y el clima, sino Aire y Clima; nosotros representamos individualmente el Sueño, el Sueño mismo realmente sensible en las fuertes e inconfundibles voces que no tenían miedo a declarar a modo de cliché. «Dadnos la libertad o dadnos la muerte» o «Está claro que todos los hombres fueron creados iguales con un derecho común a la libertad» -cosa que jamás ha carecido de verdad, asumiendo que la esperanza y la dignidad sean verdad—, una validez e inmediatez que la dispensan incluso del cliché.

Ése fue el Sueño: que el hombre no fue creado igual en el sentido de que fue creado negro o blanco o moreno o amarillo y de aquí destinado irrevocablemente a ello para todos los días de su vida

Ése fue el Sueño: que el hombre no fue creado igual en el sentido de que fue creado negro o blanco o moreno o amarillo y de aquí destinado irrevocablemente a ello para todos los días de su vida; o más bien no predestinado con la igualdad, sino bendecido con la igualdad, sin levantar las manos, sino tendido y acurrucado en el cálido baño sin aire, como el embrión en el vientre; pero en libertad de tener la misma oportunidad e igualdad que los otros hombres, y en libertad en la que defender y conservar esa libertad mediante el valor individual y el trabajo honrado y la mutua responsabilidad. Pero después la perdimos. Nos abandonó, la que nos había mantenido y protegido y defendido mientras nuestra nueva nación de conceptos nuevos sobre la existencia humana se afianzaba lo suficiente para levantarse entre las naciones de la tierra, sin pedirnos nada a cambio salvo el firme recuerdo de que, siendo algo vivo, podía perecer y por tanto debía ser tenida siempre en una incesante responsabilidad y vigilancia de valor, honor, orgullo y humildad.

Pero ahora se nos fue. Nos adormilamos, nos dormimos, y nos abandonó. Y en este vacío ahora ya no suenan más las fuertes voces, no sólo no amedrentadas, sino incluso ignorantes de que el miedo existiera, hablando en una mutua unificación de una esperanza mutua y una mutua voluntad. Porque ahora lo que oímos es una cacofonía de terror y conciliación y compromiso llenando todas las bocas; las fuertes y vacías palabras que hemos vaciado completamente de contenido -libertad, democracia, patriotismo- con las cuales, despiertos al fin, tratamos desesperadamente de ocultarnos esa pérdida.

Algo le sucedió al Sueño. Muchas cosas. Esto, creo yo, es el síntoma de una de ellas.

Hace unos diez años, un conocido crítico literario y ensayista, un viejo y buen amigo, me dijo que un importante y conocido semanario le había ofrecido una importante suma para que escribiera un estudio no sobre mí, no sobre mi obra, sino sobre mí como ciudadano particular, como individuo. Le aconsejé que no lo hiciera y le expliqué por qué: mi convicción consistía en que sólo las obras de un escritor son de dominio público para ser discutidas, investigadas y descritas, ya que el propio autor las había expuesto y publicado, habiendo aceptado ser pagado por ello; por tanto, no sólo debía sino que tenía que estar dispuesto a recibir lo que el público deseara decir sobre ellas desde el elogio hasta el desprecio.

Pero fuera de eso, mientras el escritor no cometiera un delito y mereciera sanción, su vida privada era sólo suya, y no sólo él tenía el derecho de defender su intimidad: el público también tenía el deber de hacerlo, ya que la libertad de un hombre debía cesar en el punto en el que empezaba la libertad del otro; y presumo que todo el mundo responsable estaría de acuerdo conmigo. Pero mi amigo dijo que no. «Estás equivocado. Si escribo el ensayo, lo haré con delicadeza y responsabilidad. Pero si no me dejas escribirlo, tarde o temprano alguien lo hará sin importarle la delicadeza o la responsabilidad, sin que tú le importes nada como escritor ni artista, sino como mercancía, para ser vendida, para ser puesta en circulación y sacar un poco de dinero».

«No lo creo», dije yo. «Mientras no cometa un delito y merezca sanción, no pueden invadir mi intimidad si les pido que no lo hagan».

«No sólo pueden», replicó, «sino que cuando tu reputación europea llegue hasta aquí y te hagas económicamente importante, lo harán. Espera y verás».

Hice ambas cosas. Hace dos años y por mera casualidad, durante una conversación con el editor de la empresa que publica mis libros, me enteré de que la misma revista había puesto en marcha el mismo proyecto que yo había rechazado ocho años antes; no sé si los editores fueron informados de ello o si simplemente se enteraron por casualidad como me ocurrió a mí. Dije otra vez que no, resumiendo las mismas razones que me seguían pareciendo indiscutibles para cualquiera que tuviera el poder de la prensa pública, ya que las cualidades de delicadeza y responsabilidad debían ser inherentes a ese poder para que fuera válido y duradero. El editor interrumpió.

«Estoy de acuerdo contigo», dijo. «Además, no tienes por qué darme razones. El simple hecho de que no quieras basta. ¿Me ocupo de ello por ti?». Así lo hizo, o trató de hacerlo, porque mi amigo el crítico tenía razón. Entonces dije: «Inténtalo de nuevo. Di ‘Te pido por favor que no lo hagas.

Entonces presenté el mismo » Te pido que no lo hagas» al escritor que iba a redactar el ensayo. No sé si era un redactor designado para hacerlo o si se había ofrecido a hacerlo, o si quizá les había vendido la ¡dea a sus patronos. Aunque mi recuerdo es que su contestación implicaba: «Tengo que hacerlo, y si me niego me echan». Lo que seguramente es cierto, ya que obtuve la misma contestación de un miembro de la redacción de otro periódico sobre el mismo asunto. Y si ello era así, si el autor, miembro del gremio al que servía, era también víctima de la misma fuerza de la que yo era víctima -ese irresponsable uso que es, por tanto, mal uso y que a su vez es traición de este poder llamado libertad de Prensa que es uno de los más poderosos e impagables defensores y conservadores de la dignidad humana y sus derechos—, entonces la única defensa que me quedaba era rehusar la cooperación y no tener nada que ver con el proyecto. Aunque para entonces ya sabía que ello no iba a salvarme, que nada de lo que hiciera les detendría.

Quizá ellos -el escritor y su patrón- no me creyeron, no pudieron creerme. Quizá no se atrevieron a creerme. Quizá le sea imposible ahora a cualquier norteamericano creer que cualquiera que no se esconda de la policía pueda realmente no querer, como libre donación, que su nombre y fotografía se impriman en cualquier documento, por sencilla o modesta o restringida que sea su circulación. Aunque quizá el asunto nunca alcanzó este punto: que ambos -el director y el escritor— sabían desde el principio, lo supiera yo o no, que nosotros tres, ellos dos y su víctima, éramos los tres víctimas de ese fallo (en el término en el que el geólogo usa el término) en nuestra cultura norteamericana, que nos dice a diario: «¡Cuidado!», los tres enfrentados como uno solo no con una idea, un principio de elección entre el buen y el mal gusto o la responsabilidad o la falta de ella, pero con un hecho, una condición en nuestra vida norteamericana ante la cual los tres, en ese momento, nos sentíamos indefensos, condenados.

Y, así, apareció el escritor con su grupo, su fuerza, su tripulación, se hizo con el material donde pudo y como pudo, y fue y publicó su artículo. Pero no se trata de esto. Al escritor no se le puede culpar, puesto que, de no haberlo hecho -si mi recuerdo me es fiel-, lo habrían despedido del empleo que le privaba del derecho a escoger entre el buen y el mal gusto. Tampoco al patrón, ya que para mantenerse, incluso precariamente, en el oficio, puede obligarse incluso a sí mismo, cabeza y jefe de uno de sus componentes integrales, a servir lo que se requiera con el fin de sobrevivir entre sus rivales.

No se trata de lo que dijo el escritor, sino de que lo dijo. Que él –ellos o publicaran en un reconocido periódico que, para ser y permanecer reconocido, funciona asumiendo ciertas inflexibles disposiciones; que se publicó en medio de protestas, pero con completa inmunidad; inmunidad no sólo asumida por el órgano publicitario sino proporcionada por adelantado por el público al cual vendía provechosamente sus mercancías. Lo aterrador (no lo asombroso; no podemos asombrarnos por ello ya que permitimos su nacimiento y lo vimos crecer y lo perdonamos y dimos validez e incluso lo utilizamos para nuestro propio provecho individual) es que pudiera haber sucedido en tales condiciones. Que pudiera haber sucedido sin que al sujeto le fuera comunicado de antemano.

Y cuando incluso él, la víctima, fue advertido a tiempo y accidentalmente, fue por completo incapaz de evitarlo. Y aun después de que se realizara, la víctima no tuvo ningún recurso, ya que a diferencia del sacrilegio o la obscenidad, no tenemos leyes contra el mal gusto, quizá porque en una democracia la mayoría de la gente que hace las leyes no reconoce el mal gusto cuando aparece, o porque en nuestra democracia el mal gusto se ha convertido en algo con lo que se puede comerciar y en objeto de tasa y de cabildeo por parte de las federaciones mercantiles, que al mismo tiempo crean el mercado (no la apetencia, ésta no precisa ser creada sino puesta a la vista) y el producto para servirlo; y el mal gusto, por simple solvencia, queda purificado y exento de mal gusto. Y aunque hubiera habido motivos para recurrir, el asunto hubiera permanecido todavía en la parte negra del libro mayor, ya que el editor podía cargar el dictamen y las costas a las pérdidas operativas y el aumento de ventas por la publicidad a la inversión de capital.

El caso es que hoy, en América, toda organización o grupo que funcione simplemente bajo una frase como Libertad de Prensa o Seguridad Nacional o Liga contra la Subvención, puede asumir completa inmunidad para violar la individualidad -la libertad individual sin la cual uno no puede ser un individuo y faltándole dicha individualidad no es nada ni vale nada— de cualquiera que no sea a su vez miembro de alguna organización o grupo lo suficientemente numeroso o rico como para que les asuste. Esa organización no será de escritores o artistas, claro está; siendo individuos, ni dos artistas podrían confederarse, no digamos un grupo. Además, los artistas, en América, no necesitan tener intimidad porque no precisan ser artistas en cuanto a América se refiere. América no necesita artistas porque en América no cuentan; los artistas no tienen más lugar en Norteamérica que el que tienen los patronos del personal de redacción de los semanarios ilustrados en la vida privada de un novelista del Mississippi.

Pero hay otras dos ocupaciones que valen la pena en la vida americana, que requieren, necesitan, intimidad para poder vivir. Éstas son la ciencia y las humanidades, los científicos y los humanistas: los pioneros en la ciencia del esfuerzo y la técnica mecánica y la autodisciplina como el coronel Lindbergh, que fue obligado a la postre a repudiarla por la nación y la cultura que tenía como una de sus costumbres el derecho inalienable a violar su vida privada en vez del inviolable deber de defenderla; la nación que asumió el derecho inalienable de arrogarse la gloria de su renombre aunque no tuvo el poder de proteger a sus hijos ni la responsabilidad de escudar su dolor; los pioneros en la sencilla ciencia de salvar a la nación, como el doctor Oppenheimer, que fue maltratado e impugnado por estas mismas costumbres hasta que toda su vida privada le fue arrebatada y sólo permanecieron en él las cualidades de individualismo de cuya posesión nos ufanamos ya que ellas son las únicas que nos diferencian de los animales -gratitud por la benevolencia, fidelidad hacia la amistad, galantería por las mujeres y la capacidad de amar—, ante lo cual incluso sus perseguidores oficiales eran impotentes, alejándose (es de esperar) avergonzados, como si el asunto no hubiera tenido nada que ver con la lealtad o la deslealtad, la seguridad o la inseguridad, sino que se tratara de golpearle y desnudarle de toda vida privada, sin la cual jamás hubiera sido uno entre el puñado de individuos capaces de servir a la nación en momentos en los que, aparentemente, nadie más lo hacía, reduciéndolo así, finalmente, a ser uno más de los integrantes sin identidad en el seno de esa masa anónima sin identidad ni intimidad que parece ser nuestra meta.

E incluso eso es más que un punto de partida. Porque la misma enfermedad viene de mucho más atrás. Se remonta a ese momento de nuestra historia en el que decidimos que las antiguas y sencillas verdades morales controladas y arbitradas por el buen gusto y la responsabilidad habían caducado y debían ser descartadas. Se remonta hasta aquel momento en el que repudiamos el sentido que nuestros padres habían otorgado a las palabras «libertad» e «independencia», que nos constituyeron como nación y nos convirtieron en un pueblo, manteniendo nosotros, en nuestro tiempo, sólo el sonido de las mismas. Se remonta al momento en el que sustituimos libertad por licencia —licencia para toda acción que se mantuviera dentro de los límites de las leyes promulgadas por las confederaciones de los abogados hábiles en conseguir licencias y los cosecheros de beneficios materiales-. Se remonta hasta aquel momento en que en lugar de la libertad pusimos la inmunidad de cualquier acción ante cualquier recurso, con tal de que esa acción se realizara bajo la protección del hueco susurro de la palabra libertad.

Momento éste en que la verdad también desapareció. No abolimos la verdad; ni siquiera nosotros podíamos hacerlo. Simplemente la verdad nos dejó, nos volvió la espalda, no por mofa o desprecio, ni siquiera (esperemos) por desesperación. Simplemente nos abandonó, para volver quizá cuando sea, cuando el sufrimiento, o un desastre nacional, quizá una derrota militar (si nada más sirve), nos haya enseñado a valorar la verdad y a pagar cualquier precio, a aceptar cualquier sacrificio (oh, sí, somos valientes y fuertes también, sólo que intentamos posponerlo al máximo) para volver a recobrar y retener lo que jamás debiéramos haber dejado escapar, en sus propios términos de buen gusto y responsabilidad. La verdad, esa línea limpia, simple y completamente recta y brillante, a un lado de la cual lo negro es negro y al otro lo blanco es blanco, ahora se ha convertido en un ángulo, un punto de vista que no tiene nada que ver con la verdad ni los hechos, sino que depende sólo de dónde estás situado cuando lo miras. O mejor, de dónde consigas situar a quien tratas de engañar u ofuscar cuando lo mira.

Algo tan sencillo como un triplo cotidiano: la verdad, la independencia y la libertad. El cielo norteamericano que fue un día el limpio empíreo de la independencia, el aire norteamericano que fue un día el aliento viviente de la libertad, se ha convertido ahora en una descendiente presión para abolir ambas, destruyendo la individualidad del hombre como hombre y aniquilando el último vestigio de vida privada, sin la cual el hombre no puede ser individuo. Nuestra propia arquitectura nos lo ha advertido. Hubo un tiempo en el que no se podía ver ni de fuera, ni de dentro a través de las paredes de nuestras casas. Hoy se puede ver desde dentro hacia fiiera pero no desde fuera hacia dentro a través de las paredes. Habrá un tiempo en que se pueda hacer ambas cosas. Entonces la vida privada habrá desaparecido; aquel que se sienta suficientemente individuo como para desearla incluso para cambiarse de camisa o bañarse, será maldecido por una universal voz americana, por considerarlo subversivo para el modo de vida americano y la bandera americana.

Las palabras y frases que desde hace tiempo hemos privado de todo significado que no sea el de instrumentos (…) «Prosperidad», «La Vida Norteamericana», «La Bandera»

Si (para entonces) las paredes mismas, opacas o no, pueden todavía sostenerse ante ese furioso vendaval, esa fuerza, ese poder que se levanta como un trueno hasta el cénit norteamericano, de aspecto múltiple pero mutuamente conjuntado, rugiendo las palabras y frases que desde hace tiempo hemos privado de todo significado que no sea el de instrumentos, el de útiles, esgrimidos para el hostigamiento del espíritu humano individual, por sus furiosos e inmunizados sacerdotes: «Seguridad», «Subversión», «Anticomunismo», «Cristiandad», «Prosperidad», «La Vida Norteamericana», «La Bandera».

Con un poco de suerte (y algo de esfuerzo de vez en cuando, naturalmente), un individuo puede defenderse de la libertad de otro individuo. Pero cuando poderosas federaciones y organizaciones y amalgamas como las corporaciones publicitarias y las sectas religiosas, los partidos políticos y los comités legislativos, pueden absolver una sola de sus unidades operativas de las restricciones de la responsabilidad moral mediante palabras tan sugerentes como «Libertad», y «Salvación» y «Seguridad» y «Democracia», debajo de cuya absolución, los individuos asalariados se liberan de la responsabilidad y la cohibición, entonces tengamos cuidado. Entonces, incluso personas como el doctor Oppenheimer y el coronel Lindsbergh y yo (también el redactor del semanario, si es que de verdad se vio empujado a escoger entre el buen gusto y el hambre) nos habremos de confederar a nuestra vez para preservar la vida privada, sólo mediante la cual el artista, el científico y el humanista pueden funcionar.

O para conservar la vida misma respirando; no simplemente los artistas y los científicos y los humanistas, sino también los padres legales o biológicos de los doctores de osteopatia. Estoy pensando, claro está, en el doctor de Cleveland, condenado recientemente por el brutal asesinato de su mujer, tres de cuyos familiares -el padre de su mujer y sus propios padres-, con una excepción, no pudieron sobrevivir al juicio en el que la prensa, que mantuvo el doloroso asunto en las primeras páginas de Nacional hasta el final, es señalada ahora por declarar que el hecho recibió cobertura mucho más allá de su valor e importancia.

Estoy pensando en las tres víctimas. No en el hombre culpado: indudablemente vivirá todavía mucho tiempo; sino en los tres familiares, dos de los cuales murieron —al menos uno de ellos- porque, por citar a la misma prensa, «estaba cansado de vivir», y el tercero, la madre, suicidada, como si hubiera dicho no puedo soportar más esto. Acaso solamente murieron por el crimen, aunque uno se pregunta por qué sus muertes no coincidieron con la comisión del asesinato sino con la publicidad del juicio. Y si no fue sólo por la tragedia en sí misma por lo que una de las víctimas estaba «cansada de la vida» y la otra dijo que no podía soportar más…, si tenían más de una razón para abandonar e incluso repudiar la vida y el hombre era culpable, como de él dijo el juez, ¿qué cazador de brujas medieval tenía el poder llamado Libertad de Prensa, que en cualquier cultura civilizada debe ser aceptado como el diligente paladín cuya inflexible rectitud hace que prevalezca la verdad y que se den la justicia y la gracia, para alentar que incluso los mismos progenitores del criminal sean eliminados de la tierra en expiación de su crimen? Y si era inocente como él afirmó, ¿qué crimen cometió este campeón de los débiles y oprimidos, y en qué participó?

O —por repetir— no el artista. América todavía no ha encontrado un lugar para el que se ocupa de cosas del espíritu, excepto para utilizar su notoriedad para vender jabón, cigarrillos o estilográficas, o para hacer anuncios de automóviles o de cruceros y hoteles elegantes, o (si se le puede enseñar a acompasarse a los acontecimientos lo suficientemente rápido) para aparecer en la radio o el cine o donde pueda ganar lo suficiente para llamar la atención. Pero el científico y el humanista sí: el humanista en la ciencia y el científico en la humanidad del hombre, que puedan todavía salvar esta civilización que los profesionales de su salvación —los editores que disculpan su demolición con la lujuria y la insensatez de los hombres, los políticos que justifican su propio comercio por la estupidez y voracidad de ellos, y los hombres de iglesia que justifican su propio negocio con su temor y superstición— parecen estar demostrando que no pueden.