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Seguramente no es fácil explicar de modo mínimamente coherente por qué razones la filosofía contemporánea, al menos buena parte de ella, muestra una tendencia (nítidamente suicida) a convertirse en un producto incomprensible para los más, absolutamente irrelevante para quienes se enfrentan en serio con cualquier forma de saber y, en bastantes ocasiones, por añadidura, mediocre, superficial y zafio. Lo menos que cabe decir es que la globalización y la información sin cuento no acaban de sentarle bien al pensamiento sereno.


Hay, además de las razones de época y las sociológicas, causas internas al discurrir de la filosofía del siglo, en alguna de cuyas grandes avenidas se proclamó el Ende der Philosophie, el acabóse del invento. Cuando los propios filósofos sospechan que la filosofía no cabe en este mundo, que es cosa del ayer, una ilusión de la infancia o una serie relativamente breve de malentendidos, no se puede salir a la palestra como si nada de eso se hubiera dicho nunca. Por eso comienza Rafael Alvira su antropodicea reconociendo que se enfrenta a un empeño imposible, a un dar razón de un ser contradictorio, aunque admitiendo también que este empeño es lo que nos humaniza.


Este libro del profesor Alvira tiene, entre otras, la ventaja de la sinceridad, el atractivo de un pensamiento hecho desde la vida y la reflexión personal, no sólo desde los libros, por importantes que éstos sean. Al leer este texto se escucha al autor, su voz nos va llevando adonde normalmente no queremos ir, a enfrentarnos con nosotros mismos, con las contradicciones que hacen de la vida de cada cual no sólo un enigma sino también una pasión. Justamente parte de esa pasión es la filosofía para el filósofo que no se limita a repetir, sino que trata de justificarse y de comprender la vida humana, de trazar una «geografía» del espíritu. Cuando se padece la filosofía, cuando es algo más que una teoría, una forma de vivir, el resultado, lo que se escribe, suele, como en este caso, merecer la pena.


Por eso el libro de Alvira es, en cierto modo, un libro sencillo, un texto que no abruma con tecnicismos ni presume de otra cosa que de lo que explica: es una obra autosuficiente en la que no es difícil notar el origen didáctico, el esfuerzo del autor por conseguir que los lectores entiendan lo que está diciendo. Aun a riesgo de resultar reiterativo, subrayaré que no es ésta, ni mucho menos, una virtud corriente: abundan los que actúan como si creyeran que sólo lo incomprensible es a la vez interesante y elegante, tal vez porque han llegado a la consecuencia lógica de su planteamiento, es decir, porque no están hablando de nada.


En el primero de los capítulos, Alvira aborda con gran maestría las cuestiones de método, la necesidad de un espejo en el que se refleje lo que somos y en el que podamos mirar. Aparecen entonces «los tres mundos» que han delimitado los filósofos con distintas variantes desde Platón a Popper, y también las tres realidades que pueden privarnos del dominio de nuestra propia vida, el poder, el brillo y el placer que, en último término, se refieren a las tres grandes cuestiones de la verdad, el bien y la belleza. Hay que destacar el empeño, y creo que el éxito, por relacionar y distinguir el arte, la religión y la filosofía y por defender con bravura la pertinencia de esta última frente a los ímpetus avasalladores de artistas y teólogos (en este momento más ardorosos aquéllos que éstos, pero siempre dispuestos unos y otros a poner las cosas en su sitio desde su peculiar orientación). Desde este punto de vista, el libro es una magnífica apología de la filosofía, pero nos aporta también un esclarecimiento profundo de lo que es el arte y de lo que cabe esperar de la religión cuando conseguimos vivir cada una de esas dimensiones de la vida en lo que tienen de esencial, como formas de abrirnos a lo universal desde nuestra particularidad efectiva. Alvira nos conduce con gran facilidad por los vericuetos de estos tres lenguajes básicos de la vida.


Esta sencillez del lenguaje del autor garantiza que el esfuerzo de entender temas difíciles será recompensado, y debería ser afirmada con mayor precauciónen el capítulo II, el más técnico y difícil del libro, el más metafísico y ambicioso y el único que requeriría, tal vez, mayor espacio para que las intenciones del autor llegasen plenamente a puerto. Alvira pelea, sobre todo, con Kant, Nietzsche y Heidegger, pero también con los pensadores de mayor actualidad como Rorty o Derrida, para defender tesis siempre llenas de interés y vigor, que el propio autor coloca en una estela de aristotelismo platónico o de tomismo. Se trata en todo caso de coincidencias y enseñanzas, nunca de repeticiones, porque lo que Alvira nos da es pensamiento en estado activo, capaz de enfrentarse a problemas bien reales que el autor reconoce con generosidad y valentía, nunca meras fórmulas.


El capítulo III se ocupa de nociones capitales para entender la naturaleza y la vida humana: qué es el alma y el espíritu, la relación del hombre con lo sobrenatural, la historicidad y la cultura, el ser personal o la condición sexuada de las personas. Alvira ha pensado a fondo cada una de estas cuestiones y siempre tiene algo interesante y concreto que decir. De paso que se enfrenta a ellas, hace un esfuerzo notable por asumir lo que hay de útil en las lecciones de la evolución, tema esencial en su planteamiento y al que vuelve en el capítulo IV. No es poco el provecho que se puede sacar de esta meditación sobre una de las claves de arco de la visión contemporánea de la naturaleza (y del saber mismo), puesto que el esfuerzo y la amplitud intelectual de Alvira iluminan desde ángulos inusuales (pues al fin y a la postre no es corriente ver a una especie de neoplatónico peleando con estas cuestiones) el significado último de la evolución, realidad/teoría a la que reconoce como una pieza científicamente sólida.


El capítulo IV estudia el carácter de la vida humana como proceso. Aquí aparece el único punto en el que me permitiré una discrepancia frontal: considerar que los experimentos lingüísticos con simios son verdaderamente interesantes es ir más allá de lo razonable. Yo creo que son tan poco interesantes, en general, como lo son, en particular, para los pobres simios que caen en manos de psicopedagogos y otras gentes de gran peligro.


La relación que nuestro autor establece entre las cuestiones de la muerte y del bien y del mal es brillante y es también, dentro de la discrepancia inevitable en un creyente, muy generosa con Nietzsche. A ello sigue una interesante reflexión sobre la estructura de la vida humana, sobre el «habitar», el «quehacer» y el «jugar», que culmina en un análisis de la cotidianeidad.


La justificación de sí mismo ha llevado lejos, pero termina en el día a día. Estar en el día con un espíritu atento, ser sobrio, agradecido, delicado y creativo es, entonces, no sólo un consejo sabio y prudente, sino la consecuencia de una manera inteligente y abierta de plantear una justificación de la vida, algo que siempre ha sido la filosofía cuando no ha cedido a ninguna de sus tentaciones, ni a las de la moda ni a las que son un poco menos pasajeras.


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