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En la moviola: Alfonso XIII

 

El 17 de mayo de 1902 Alfonso XIII, que era ya rey desde el mismo momento de su nacimiento, inició sus tareas como monarca cuando cumplía los dieciséis años de edad. Octavio Ruiz-Manjón comenta alguna de las novedades editoriales que, con ocasión de la efeméride, reevalúan la figura del rey.

1902 significó para Alfonso XIII el comienzo de un reinado en el que tuvo que soportar una grave crisis del sistema político -aquejado por las tensiones internas de los partidos y por las presiones de los militares, de los nacionalistas y de las organizaciones obreras- en el que se puso a prueba el sentido constitucional y la pericia como rey. El monarca terminó por consentir, en 1923, el establecimiento de una dictadura que tuvo como desenlace la proclamación de la Segunda República en 1931. Alfonso XIII se exiliaría a Francia y posteriormente a Italia, en cuya capital murió a comienzos de 1941. Una trayectoria vital relativamente corta, pero en la que fue protagonista destacado de la gran crisis política española del primer tercio del siglo XX.

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La ocasión del centenario ha empezado a generar ya una serie de títulos relacionados con dicha efeméride, y entre ellos habría que incluir los dos que comentaremos a lo largo de estas páginas aunque, en el caso de Carlos Seco, su biografía haya sido escrita con cierta anterioridad y forme parte de una colección biográfica sobre los Borbones en la que, después de un volumen inicial (un estudio marco sobre la España de 1700), se están publicando una serie de volúmenes sobre la vida de los monarcas que han reinado desde aquella fecha, con la explicable pero sorprendente exclusión de Luis I (¿hay alguna vida en la que no haya nada que biografiar?) y que han sido encargados a destacados especialistas. También se ha incluido una biografía de don Juan de Borbón, que establece el lazo familiar entre la monarquía derrocada en 1931 y la reinstaurada en 1975, después de la muerte del general Franco. Una serie, en definitiva, que parece más relacionada con el tercer centenario del inicio de la dinastía Borbón en España, que con el aniversario que ahora comentamos.

En todo caso, en la selección de especialistas para la realización de esa serie biográfica pocas decisiones pueden parecer más acertadas que la de encargar el relato de la vida de Alfonso XIII a Carlos Seco ya que, desde su Alfonso XIII y la crisis de la Restauración (Ariel, 1969), ocupa un lugar de privilegio entre los conocedores de ese tiempo. Su libro, en clara sintonía con el análisis político del reinado que, por aquellos mismos años, acababa de ofrecer Jesús Pabón con su biografía de Cambó (Alpha, 1952-1969), suponía una verdadera rehabilitación de la figura del monarca y una defensa de la corrección de su comportamiento político, especialmente en la grave crisis de 1909, que supuso el alejamiento de Maura del poder, y en la de 1923, que dio paso a la dictadura de Primo de Rivera.

No todos los historiadores participaron de la misma opinión porque, sólo unos años antes, Raymond Carr había puesto en circulación la imagen de que el pronunciamiento de Primo de Rivera, más que el golpe de gracia a un moribundo, significaba el estrangulamiento de un recién nacido parlamentarismo en el que la presencia de reformistas y verdaderos liberales auguraba el tránsito de la oligarquía a una democracia que, por culpa del régimen dictatorial, aún tardaría años en llegar (Spain, 1966). En esa línea continuarían algunos de los discípulos españoles de Carr y tal vez la mayor parte de quienes hoy representan la revitalización de la historia política en España.

La postura de Seco, en cualquier caso, era extraordinariamente sólida, especialmente en lo que hacía referencia a la actuación del rey frente a Maura, y se fortaleció aún más con los testimonios que aportó el estudio del archivo de Eduardo Dato (1855-1921), depositado en la Real Academia de la Historia. Su Perfil político y humano de un estadista de la Restauración: Eduardo Dato a través de su archivo (1978), que fue su discurso de ingreso en aquella docta casa, es un brillantísimo ejercicio de historia política, redactado con elegancia y profundidad sicológica. A partir de ese momento quedaba desahuciada la soterrada corriente maurista que, de modo sorprendente, había sobrevivido en la historiografía española y se había visto respaldada por las descalificaciones del liberalismo, que fueron moneda corriente durante los primeros años del franquismo.

La utilización de esas nuevas fuentes, junto con los datos que proporcionaban los archivos de Romanones (1863-1950) y Natalio Rivas (1865-1958), fueron la base de una nueva versión sobre el reinado de Alfonso XIII (La España de Alfonso Xlll. El Estado y la política (1902-1931). Vol. I: De los comienzos del reinado a los problemas de la posguerra, 1902-1922. Tomo XXXVIII de la Historia de España fundada por Menéndez Pidal, Espasa-Calpe, 1996) de cuyo escaso eco editorial y académico se queja aquí el autor -con una discreta puja a un discípulo predilecto de Carr-, pero que fue una aportación de excepcional importancia para el conocimiento del reinado y para afianzar documentalmente algunas de las hipótesis que había adelantado en el estudio de 1969.

Ahora, en esta tercera versión de la vida y reinado de Alfonso XIII, ésa es la estructura básica del libro que comentamos. Seco se abstiene del aparato erudito, de acuerdo con lo que parecen indicaciones editoriales para toda la serie de biografías, y nos brinda lo que él llama un ensayo documentado, que viene a ser como la síntesis de los dos balances anteriores ofrecidos sobre el reinado.

La opción es legítima y, sobre todo, Seco tiene toda la autoridad moral para hacerlo pero, en algunas ocasiones, especialmente en los pasajes en los que se hace referencia a pronunciamientos de los intelectuales sobre la actuación del monarca, no hubiera estado de más que el autor hubiese puesto un poquito más de esfuerzo en la precisión cronológica y en una indicación, por muy somera que fuese, de las fuentes. De la misma manera que hubiese sido deseable una revisión ortográfica de la bibliografía final o la simple concordancia de esos títulos con los aludidos en los comentarios iniciales sobre la historiografía alfonsina. Se habrían eliminado así algunos signos interrogantes en la obra conjunta de Fernández Almagro y el duque de Maura, un exceso de uves al referirse a Valloton y, en definitiva, se hubiese contribuido a la idea de que la renuncia a la erudición no exime de la precisión ni del cuidado de la edición. Un académico de la calidad de Carlos Seco merecería un editor -en el sentido anglosajón del término- que no le dejara en una situación tan poco grata y tan poco acorde con la pulcritud de su trayectoria.

Por lo demás, el libro de Seco supone una confirmación de sus tesis ya conocidas sobre la figura de Alfonso XIII, al que presenta como un estadista que puso a España por encima de cualquier querella política lo que, en definitiva, se convertiría en la clave de algunas de las grandes decisiones de su reinado. Y todo ello, en un marco de prosperidad económica y esplendor cultural en el que el monarca -presentado por Seco como un «hombre del 98 y regeneracionista a su modo»- aparece como un impulsor de la modernización de España y, de una forma muy especial, de la capital de su reino. En estos aspectos se apoya decididamente en los trabajos de Gortázar sobre Alfonso XIII como un empresario modernizador.

Un lado oscuro del personaje sería, para Seco, su «actitud escasamente comprensiva» hacia los nacionalismos, mientras que trata de encontrar justificación al temprano militarismo del monarca en la figura -disecada por Cánovas- de un rey soldado que evitase el protagonismo de los generales y en el amor al ejército, que se manifestó desde muy pronto. Todo ello, sin embargo, no nos parece suficiente para justificar la corrección constitucional del comportamiento del monarca que, al margen de su gusto por los uniformes y otras cuestiones externas, empezó a mostrar indicios preocupantes en las iniciativas que tomó en la crisis de noviembre de 1905, que llevaría a la aprobación de la Ley de jurisdicciones. El militarismo del rey se confirmaría en otras actuaciones posteriores y culminaría con la aceptación del pronunciamiento de septiembre de 1923 y el establecimiento de la dictadura de Primo de Rivera. Una situación que Seco se empeña en justificar con el agotamiento del sistema político, la necesidad de soluciones eficaces al problema de la guerra de Marruecos y, sobre todo, la voluntad de evitar una contienda civil entre los españoles, que es uno de los argumentos recurrentes de este libro, empeñado en presentar la actuación de Alfonso XIII como una gran oportunidad frustrada de evitar el enfrentamiento que estallaría en julio de 1936.

Se trata de unas explicaciones que no pueden ocultar la falta de voluntad del rey para cumplir el papel que le había asignado la Constitución -verdadera garantía de la convivencia entre los españoles- pero el texto que nos ofrece Carlos Seco es, en cualquier caso, una apasionante y, en muchísimos pasajes, una muy enriquecedora aportación al conocimiento del periodo. En una época de cacareada resurrección de la narrativa histórica no son muchos los que pueden ofrecer un texto de la calidad literaria -capacidad de sugerencia, finura de matices- como el que, una vez más, nos ha ofrecido el maestro indiscutido de historiadores que es Seco Serrano.

IMAGEN PÚBLICA DE ALFONSO XIII

Mucho más recortado en sus objetivos, pero lleno de informaciones interesantísimas, es el estudio que nos han ofrecido Julio Montero, María Antonia Paz y José Javier Sánchez Aranda , profesores de historia de la comunicación social, que han abordado la imagen de la Monarquía -en última instancia de Alfonso XIII- en la prensa escrita y en el cine de aquellos años. Un libro al que sólo cabría reclamar la deficiencia material de no ofrecer una bibliografía sistematizada y, sobre todo, un índice de contenidos. Eso debería ser ya un elemento inexcusable en cualquier trabajo académico, especialmente si tiene la calidad y la riqueza del presente trabajo.

Los autores han empleado un imponente material estadístico para analizar seis periódicos muy significativos de la época, así como la producción cinematográfica del periodo, para terminar con la conclusión algo paradójica de que la imagen del monarca no parecía gravemente deteriorada cuando, en abril de 1931, se vio obligado a exiliarse de España.

Pero la paradoja deja de serlo si se tiene en cuenta que aquellas elecciones municipales no se midieron por la cantidad de votos, que hubieran dado el triunfo a los monárquicos, sino por la calidad de los mismos, ya que fue el triunfo republicano en las grandes ciudades lo que provocó el abandono del monarca. Fueron las ciudades -precisamente donde más se leía- las que desencadenaron el cambio de sistema.

Alfonso XIII fue un joven un «teenager del Desastre», le hubiese llamado Vicente Cacho- que simbolizó y encarnó muchos de los aspectos modernizadores que experimentó la España del primer tercio del siglo XX. El viajero, el deportista, el solidario con los enfermos y los prisioneros, el impulsor de edificios y empresas fueron imágenes que representaban lo mejor de las transformaciones que experimentaba España y que pervivieron en la imagen que los medios de comunicación ofrecieron de la Monarquía. La crisis política se desarrolló por otros cauces, que no son sólo los periódicos de partido no incluidos en el estudio, sino los espacios de sociabilidad que llevaron a una movilización que, en cualquier caso, exigió de pocos actores.

El posible desajuste entre hipótesis y resultados, en cualquier caso, no disminuye el gran valor que tiene la investigación desarrollada por los autores. Una aportación de notable entidad en las vísperas del centenario que se nos aproxima.

Mensaje de paz desde Jerusalén

Tuve acceso —aseguraba Marc Chagall al final de su vida, refiriéndose a la Biblia— a este gran libro universal desde mi infancia. Siempre me ha llenado con visiones sobre el destino del mundo y ha sido para mí una fuente de inspiración en mi trabajo. En los momentos de duda, su elevada grandiosidad poética y su sabiduría me ha confortado como una segunda madre».

Aunque presentes desde sus primeros años de creación en su país natal —la tierra de Andréi Rublev— y en años posteriores, con excepción quizá de los que trabajó como comisario de Bellas Artes al comienzo de la Revolución de Octubre, los motivos bíblicos han conocido dos momentos excepcionales en la obra de Chagall.

El primero fue fruto de su encuentro con Tierra Santa, en 1931. Allí fue a dar con los judíos del este europeo, esos tipos familiares para él desde la infancia pero que ahora hallaba radicados en un contexto nuevo —una calurosa tierra de desiertos y palmeras— y, al mismo tiempo, y sin embargo, un contexto también antiguo: insertos en los parajes montañosos o costeros que conocieron los ancestros del pueblo judío, la tierra que cultivaron y en la que vivieron, junto con los otros pueblos semíticos, durante miles de años.

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De vuelta en París, un Chagall fuertemente motivado pinta en menos de un año cuarenta gouaches con escenas bíblicas de variado género. De ellas partiría para elaborar otros tantos grabados que, aunque recuerdan inevitablemente la obra grabada de Rembrandt con motivos tradicionales judíos y sorprenden por su maestría técnica, muestran sobre todo una originalísima interpretación plástica del relato bíblico: respetuoso con la literalidad del texto, lleno de sencillez. Estos y otros grabados, hasta un total de 105, fueron publicados en 1956 en una edición ilustrada de la Biblia, a cargo de Tériade.

Se explica que, merced a su acrecentada familiaridad con el texto sagrado y la experiencia enriquecedora de los hallazgos formales, Chagall conociera pocos años después, en 1961, el segundo gran episodio de creatividad con contenido bíblico. En esta ocasión, su trabajo no se inició después de un viaje a la Tierra de los padres, sino que comenzó allí mismo, en la Ciudad Santa, en Jerusalén. Un año llevó a Chagall realizar el encargo del hospital de Hadassah de esa ciudad: las doce vidrieras de la sinagoga, que habrían de representar la historia, las misiones y contenidos simbólicos de las doce tribus en que se dividía el entero pueblo de Israel.

Para esta ocasión, Chagall llamó junto a sí a Charles Marq, y a su mujer, Brigitte Simón, hija de una familia dedicada durante generaciones al arte de las vidrieras en Reims, y de ellos aprendió el detalle de la nueva técnica; hasta tal punto, que con estos mismos vidrieros trabajaría posteriormente en nuevos encargos —las vidrieras de la catedral de Reims (1973-74), en Chichester (1978), en Mayence (1977-78), etc.—.

Pero tampoco en esta ocasión era el virtuosismo lo que interesaba a Chagall. Ya desde su primer viaje a Francia, en 1910, Chagall había empezado a comprender que el ideal supremo al que puede aspirar un artista es que su obra se identifique con la tierra en la que vive, con su paisaje, con las gentes que la habitan. En un texto que reproducimos también aquí («Elogio de Delecroix»), el pintor judío encomiaba la obra de este maestro francés precisamente por su con naturalidad con la cultura en la que se había formado por la familiaridad con las costumbres y los hábitos de vida de sus conciudadanos, por su pertenencia al paisaje que se ve todos los días. La obra de un artista, en definitiva, ha de estar al servicio, según Chagall, de la convivencia cívica de los pueblos. Ella debe confirmar, ante todo, que es posible vivir en el mundo con respeto, con alegría. 

En esta amarga hora en que los habitantes de Jerusalén y de toda la tierra palestina son cautivos de la violencia; cuando los pueblos semíticos, no obstante proceder de unos mismos padres, parecen haber perdido toda voluntad de lograr una convivencia pacífica, nos ha parecido conveniente publicar en castellano las palabras que Chagall pronunció el día de la inauguración de las vidrieras en Jerusalén, para recordar el espíritu del que nació aquella obra y convocar, sobre todo, el espíritu del gran libro universal que ha ilustrado a esos pueblos como a muchos otros a lo largo de los tiempos y en los más distantes rincones del Globo: espíritu de sabiduría y de ciencia, espíritu de entendimiento y de consejo, espíritu de piedad y de misericordia, espíritu de tolerancia, de paz y de concordia.

Elogio de Delacroix
por MARC CHAGALL

Ustedes me piden que hable de Delacroix. Resulta reconfortante pensar que existen artistas como él: sólo su nombre, su obra, embellecen nuestra vida. Al conocerlas, uno piensa: está bien que hayan permanecido.

Entre los pintores de antaño, a mi entender, fueron en esto similares a Delacroix Watteau y Le Nain; y, en nuestros días, lo han sido Monet y Bonard. No se trata solamente de su virtuosismo, en e! que otros pintores han podido igualarles; se trata más bien de que uno está tentado de decir que su existencia aligera de alguna manera la tristeza de la vida, que nos redime de su monotonía.

De Delacroix amo el trazo, el vuelo particular de su pincel —opuesto al de Gericault—; su ciencia de la composición; su modernidad, una cierta «maldición» similar a la de Baudelaire, que le hace muy próximo a nosotros. Comprendo muy bien por qué Cezanne, aunque en secreto, amaba sus acuarelas.

Su pintura ha cultivado con éxito el buen hacer de la norma académica que caracterizó a su tiempo, el neoclasicismo de David y de Ingres; pero el palpitar de su pincel anuncia ya a Manet y a todo lo que le sigue. Y esto sin elogiar su nobleza humana y su sabiduría, de las que hace gala tanto en sus diarios como en sus proféticos juicios artísticos.

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Me confieso entusiasta de su Barricada, del Barco de Dante, de Mujeres de Alger, de Boda judía y de tantos otros pequeños estudios suyos. Comprendo que hoy todavía podamos copiar su obra, como Delacroix mismo imitaba la de Rubens. Y sin embargo, ¡cuánto más próximo a nosotros que Rubens resulta este tierno Delacroix!

Es posible que su pintura llegue a afectarnos plásticamente como lo hacen ciertos acordes musicales de Chopin. En fin, ¿cómo saberlo? En todo caso, gloria a una nación —la francesa— que nos ha dado artistas como Delacroix. Quizás resulte extraño este entusiasmo mío, en esta época que me disgusta un poco, que no es capaz de expresar ni grandes penas ni grandes sorpresas.

Sería bueno que la gente joven se decidiera libremente a estudiar estos modelos de grandeza humana, que supiera, como Delacroix, encontrar sentido a la vida; que pudiera, como él, comprender su atractivo, su ausencia de mundanidad —aquello que constituye al hombre de mundo—, su modestia a pesar del éxito.

Este paisaje que veo por la ventana es para mí reflejo de la existencia misma de este gran pintor francés. Y ¿qué puede tener más importancia que la semejanza de un artista con el paisaje que le ha visto nacer?

Marc Chagall, en Les Nouvelles Littéraires, París, n.º 1862. 9 mayo 1963.
Traducido del francés por María Andrés

La ingeniería como una de las Bellas Artes


El artista y su obra están como
«Amado con amada
amada en el Amado transformada».
San Juan de la Cruz


Un sentimiento casi primitivo preside la aproximación de Robert Le Ricolais como científico ante la realidad. Según sus propias palabras, hemos de encontrarnos preparados para enfrentarnos a «la escalofriante noción de un universo con el que no estamos familiarizados». Para él, la experiencia ante lo desconocido conecta con aquella otra experiencia cuando, antes de descubrir el Nuevo Mundo, los cartógrafos dibujaban más allá del finís terrae los monstruos que habitaban aquellos lugares inexplorados.


UN NUEVO MODO DE CONOCIMIENTO


Le Ricolais reivindica para el conocimiento esta experiencia casi turbadora, dolorosa, de quien se expone ante el territorio inmenso de lo desconocido. Es quizás el precio que debe pagar su actividad intelectual al querer empezar de cero. No es de extrañar, por tanto, que su sensibilidad poética le lleve a afirmar que «la verdadera religión es la del miedo». Estas palabras se aproximan al principio clásico de que «el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría». Para Le Ricolais, pensar es ser confrontado con nuestra ansia de saber, siempre anhelante, como una obsesión que para la mente inquieta del científico nunca desaparece. Como los griegos solían decir que «aprender» es «sufrir»; y, de alguna manera, todo aprendizaje se acerca a alguna clase de sufrimiento.


Nosotros braceamos a través de los años por el borde de lo obvio, tratando de distinguir entre lo trivial y lo complejo. Debo decir que la ignorancia ha sido nuestro mayor aliado.»


Reivindica, también, el valor de la experiencia para su trabajo como ingeniero y desarrolla su obra -para verificar con la experiencia lo que su mente matemática es capaz de abstraer de la realidad- en un laboratorio experimental de estructuras, posiblemente el más ambicioso de la historia, en la universidad de Pennsylvania. Allí desarrollará una intensa y extensa tarea docente y experimental en el campo de las estructuras.


De la mano siempre de la experiencia, con una profunda desconfianza ante el valor de las apariencias, incluso de aquello que las Matemáticas le presentan como indiscutible, va a trabajar en su taller experimental de estructuras, incorporando, de modo sorprendente en su pensamiento, la idea de la paradoja. Se trata de un reconocimiento de la no linealidad de los fenómenos naturales, difícilmente trasladables a generalizaciones.


EL COLAPSO ES BELLO


Dentro de estos presupuestos metodológicos, una de las más sorprendentes de sus afirmaciones paradójicas es la de «la belleza del fallo», del error; la consideración de que por debajo de los posibles desaciertos de una vida dedicada a la investigación se encuentra oculta la secreta energía de la verdad.


Expresión de estas ideas son las imágenes que presentamos en las figuras 1 y 2. Se trata de la misma estructura antes y después de ser sometida a un proceso de presión y colapso. La estructura utilizada la denomina Le Ricolais «tubo automórfico», llamada así porque la estructura tubular se repite dentro de sí misma. En la figura 1 vemos la maqueta -construida en acero a escala por Le Ricolais en su curso experimental de estructuras- situada en la prensa antes de ser sometida a ninguna presión. Los tubos verticales gruesos son los destinados de aguantar la tensión por compresión, mientras que los cables transversales atan estos «pilares» de modo que todos trabajen estructuralmente al unísono. En la figura 2 vemos la maqueta de la estructura después del colapso estructural. Este se produce por una deformación sinusoidal, con ligeras curvas y contracurvas, de los pilares que debían aguantar la compresión. Es ante esta imagen donde Le Ricolais descubre la secreta armonía producida por el colapso de la estructura, que nos recuerda a tantas formas naturales, como las conchas, que adquieren formas sinusoidales (figura 3) para resistir mejor a los esfuerzos de la Naturaleza.


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licudlba2.jpgLe Ricolais descubre con esta experiencia que, a la luz del modo de colapsar la estructura, se manifiesta, de modo secreto, el orden oculto que ésta debería haber tenido para una mayor eficacia. Es decir, si los pilares verticales de la figura 1 hubieran tenido una forma sinusoidal, contraria en cada punto a la deformación que se va a producir en ellos, la estructura hubiera resistido una mayor tensión. El modo de colapsar nos indica -dice Le Ricolais- el modo en el que esa estructura debería haberse conformado. Con esta idea llega Le Ricolais a una de sus más inquietantes paradojas: «el orden de la destrucción sigue al orden de la construcción» . Es decir, la destrucción, el colapso, la rotura, el fracaso de un experimento, tiene un orden y ese orden está íntimamente ligado con el orden de la construcción, con el orden de su origen.


DISPOSICIÓN MÁS QUE COMPOSICIÓN


«Debemos la invención de las artes a imaginaciones desquiciadas», dijo Saint-Evremond. La imaginación de Le Ricolais, si no desquiciada, estaba sensiblemente obsesionada con las estructuras, con el problema físico -y podríamos decir mental- de la estabilidad y del equilibrio al borde del colapso. Para Le Ricolais, el mundo de las estructuras y el de la poética gravitaba en torno a una misma cualidad: la disposición, propiedad que estudia la topología. Es en la acción de «dis-poner» (arrangement), en la organización topológica, en lugar de en «com-poner» (composition) -que se basa en lo puramente visual- donde se libera la energía creadora en la que se funda el arte y la técnica. «Todo no es más que cuestión de disposición -aseguraba-; en la física, de electrones; en la poesía, de palabras; en todas partes están a mano salvajes energías, a punto casi de desaparecer si se rompen las oportunas conexiones… sin duda en la mayor parte de los casos nuestras percepciones son torpes, y para descubrir estas disposiciones algo o alguien ha de descorrer un velo».


El punto decisivo era, para Le Ricolais, descubrir la relación entre la estructura de la Naturaleza y la estructura de la forma construida por el hombre. La respuesta parece estar en la sorprendente expresión: la estructura de la estructura. «La noción estructura invade el campo de nuestros conocimientos. En efecto, más que la estructura misma, importa, si se me permite el pleonasmo, la estructura de las estructuras. Se ve dibujarse la evolución intelectual en curso, donde lo cualitativo importa sobre lo cuantitativo, con la emergencia de la noción matemática de variación. El lado seductor de la topología es su generalidad, y su erosión grandiosa del detalle; el arte de las conexiones se extiende no solamente a las fuerzas que actúan sobre las estructuras, sino también a las estructuras de las circulaciones, problema esencial de la vida urbana».


CONSTRUIR CON AGUJEROS


La estructura interna de los huesos es uno de los elementos de la Naturaleza que más fascinaba a Le Ricolais, pues consistía en una malla tridimensional de gran complejidad formal, cuya geometría se rebelaba ante cualquier cálculo, debido al gran número de barras por junta y a su gran variabilidad (figura 4). La estructura ósea, compuesta de agujeros, todos de diferente forma y distribución, pero con un inconfundible propósito en su materialización, conduce a Le Ricolais a la posiblemente más rotunda y arquitectónica de sus paradojas: el arte de la estructura consiste en cómo y dónde colocar los agujeros. Una idea profundamente ligada con toda forma construida: construir con agujeros, construir con materia hueca, con estructuras huecas, resistentes, pero sin peso. Ante este descubrimiento Le Ricolais generaliza un principio de permanente validez en toda forma construida: «si se piensa en los vacíos, en lugar de trabajar con los elementos sólidos, la verdad aparece».


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LE RICOLAIS Y KAHN


Muy cerca de este «construir con agujeros» se encuentra la idea de Louis I. Kahn (1901-1974) sobre las piedras huecas, a la que el arquitecto se refiere por primera vez en 1953, y que parece reflejar una profunda sintonía con las ideas de Le Ricolais: «En los tiempos del gótico los arquitectos construían con piedras machas. Ahora nosotros podemos construir con piedras huecas. Los espacios definidos entre los miembros de una estructura son tan importantes como la estructura misma. Estos espacios varían en rango desde los vacíos de un panel de aislamiento, los vacíos para la circulación del aire, la iluminación y la calefacción, hasta los espacios suficientemente amplios para andar por ellos y vivir en ellos. El deseo de expresar los vacíos positivamente en el diseño de una estructura se hace evidente por el creciente interés que se tiene en el trabajo de las estructuras espaciales».


Esta idea de la estructura de la forma, tan cercana a la topología, nos plantea una sugerente relación con la idea kahniana de forma. La relación es explícita cuando Le Ricolais interpreta este concepto de Kahn como una «entidad no polarizada hacia una configuración precisa, tendiendo solamente hacia una configuración posible». Es Le Ricolais quien más rigurosamente traduce el etéreo concepto usado por Louis I. Kahn de «inconmensurable» como «inmetrificable», interpretando así la idea kahniana de forma en conexión con su pensamiento topológico de que lo esencial del problema de la forma «escapa a la noción de medida».


El contacto de Le Ricolais con Kahn nos abre una nueva vía para el análisis de la obra kahniana, tanto sobre el común interés de ambos por generar vacíos habitables dentro de la estructura, como en el modo de acercarse a la Naturaleza, que nos llevaría a un todavía no estudiado organicismo en Kahn, tan cercano a la idea de Le Ricolais de que la forma construida tiene que obedecer -pero no imitar- a la Naturaleza. La arquitectura seguirá a la Naturaleza, según Kahn, si manifiesta cómo han sido hechas las cosas, pero se diferenciará esencialmente de ella en que la Naturaleza no puede crear una estancia, un espacio habitable, arquitectónico.


LA ESTRUCTURA CUERDA


Entre las ideas estructurales sobre las que reflexiona Le Ricolais se encuentra el concepto de cuerda, que entiende como un sólido formado al enroscar juntas tiras de hilo o de cable; cuerda que, a su vez, está formada por fibras, sucesiones lineales de granos de materia fuertemente conectados entre sí. La cuerda es una estructura de gran eficacia estructural cuya clave se encuentra en su proceso de fabricación: al enroscar unas fibras junto a otras, se refuerzan mutuamente en su capacidad de resistir tensión. Una idea casi obsesiva en el pensamiento de Le Ricolais era la de «meterse dentro de una cuerda», encontrar el modo de construir una cuerda hueca, dándole así rigidez. «¿Quién conoce una estructura mejor que una cuerda? Si tu puedes hacer una cuerda a mayor escala sin nada dentro, trabajaría como si fuera una lámina extremadamente delgada, y no pandearía, pues está tensionada».


Los tejidos se convierten para Le Ricolais en un modelo muy relacionado con la idea topológica de disposición, de organización espacial de elementos. La propia organización del tejido como estructura resistente, como conjunto de agujeros separados y rígidamente atados, según un proceso de fabricación industrial, se toman como un modelo para la arquitectura. Le Ricolais, que pensaba que cuantas más cadenas se introducen en una estructura, mayor es su capacidad resistente y rigidez, llegaba a entender el proceso de hacer una estructura eficaz con un símil muy próximo a lo textil, a la trabazón de fibras: todo se reduce a «hacer una adecuada distribución del máximo número de agujeros, y conectarlos entonces lo más rígidamente posible con cadenas que los rodeen».


Y siguiendo con el símil textil, nos propone Le Ricolais el ejemplo del traje con agujeros, en el que el sastre ajusta la tela a la talla y al oficio del vestido. Las mallas repetitivas, tan frecuentes en los elementos constructivos, pueden ser consideradas así como una clase de tejido, que explota su estructura resistente y su constitución de fibras y agujeros, para aplicar otro orden constructivo, en este caso el del arquitecto, que lo adapta a sus necesidades de uso, y a unas condiciones de sus límites. Son, en último extremo, los agujeros lo que se conserva, lo que ha de persistir, donde está el problema esencial para Le Ricolais. En un resumen de su actividad investigadora desde 1935 hasta 1969, él mismo reconoce: «Por extraño que parezca, a pesar de la diversidad de nuestra búsqueda y de la variedad de sus objetos, nuestra preocupación esencial ha sido siempre de algún modo la de hacer agujeros».


LA ARMONÍA INTERNA DE LA ESTRUCTURA


La extendida noción de forma, como algo estático y cristalizado, es para Le Ricolais una ilusión de nuestros sentidos. Su idea de forma como algo abierto, dinámico y flexible está ligada a las ideas de las matemáticas, la física y la biología. Poincaré, Euler, lord Kelvin, Ernst Haeckel y D´Arcy Thompson son referencias constantes de su pensamiento. Por este motivo, su aproximación a la forma construida no se produce desde el punto de vista estético, sino desde el matemático, tratando de eliminar las particulares visiones individuales, y cualquier «idea prefabricada» de belleza. «Una tendencia nueva, probablemente de origen abstracto o matemático, quiere hacernos considerar la forma como una pura geometría de ocupación del espacio, sustituyendo así las impresiones sensoriales imprecisas, por una noción más valedera de organización o de disposición, y en ciertos casos particulares de medida».


La mecánica ondulatoria, que al introducir el tiempo en la mecánica abre una nueva puerta al estudio de las estructuras, le sirve a Le Ricolais como punto de apoyo para abrirse a la consideración de problemas contemporáneos, entendiendo la noción de forma como un «concepto más fluido, a menudo unido con el parámetro de tiempo, que implica movimiento». Se separa así de la preocupación por una estructura estática de la forma, tratando de ampliar esa noción a la idea que la ciencia contemporánea nos ofrece.


MATERIALES CORRUGADOS


En un escrito titulado Láminas compuestas y su aplicación a las estructuras metálicas ligeras, de 1935, y publicado en el Boletín de Ingenieros Civiles de Francia, Le Ricolais introduce el concepto de revestimientos resistentes corrugados en la industria de la construcción. En varias ocasiones, antes de 1937, tuvo ocasión de aplicar este sistema, que denominó Isoflex. Consistía en la superposición de planchas metálicas corrugadas en direcciones opuestas. Se probaron, incluso, planchas corrugadas de madera contrachapada, con sorprendentes resultados. Además de las propiedades físicas que presenta esta configuración corrugada del material, como su buen comportamiento ante la lluvia, su utilidad como material de cubrición y sus propiedades resistentes, dicho material ejercía sobre Le Ricolais una fascinación especial, algo que le traía a la memoria el estriado de las columnas antiguas y que tenía que ver con la interminable repetición formal que se da en estas estructuras, «la curva sinusoidal que continúa de modo interminable repitiéndose a sí misma».


Una cierta recurrencia de la forma que también le fascinaba en los radiolarios -protozoos marinos con membranas con formas concéntricas- en los que a veces encontramos «una esfera dentro de otra esfera y, a su vez, dentro de otra esfera». Para Le Ricolais, que entendía los problemas formales ligados también a un parámetro de tiempo, el estudio de las vibraciones podía conducir, como hemos visto con su tubo automórfico de las figuras 1 y 2, a la creación de nuevas fomias.


Los experimentos que Le Ricoiais realiza con láminas de jabón le llevan a desarrollar bastantes de sus ideas. El asombroso rigor que estas estructuras tienen en su configuración es una provocación tanto para los ojos como para la mente. Cualquier contorno cerrado sumergido en una solución de glicerina con jabón origina una película de mínima superficie. Esta estructura de mínima masa representaba para Le Ricolais una imagen visual de las atracciones moleculares. Cuando se contempla un fenómeno de cerca, a veces lo que parecía complejo no lo es tanto; y en otras ocasiones, no es tan simple como parece. Una vez más el ojo encuentra ante sí una realidad que miente cuando se contempla a simple vista: lo que tendemos a reconocer como un fragmento de burbuja de jabón, no lo es en realidad, sino que lo que realmente existe son las fuerzas de atracción entre moléculas, y éstas se encuentran en constante movimiento.


Encontramos aquí una idea de forma como estructura que permanece en medio de un constante cambio y que, como muchas de las propuestas estructurales de Robert Le Ricolais, es comprensible a la luz de la mecánica ondulatoria y el movimiento vibratorio y se encuentra en una directa relación con los problemas armónicos. El origen de algunas de sus estructuras automórficas está ligado a esta «física de la armonía», pues Le Ricolais analiza las distintas configuraciones que el polvo adopta en una membrana que vibra dependiendo de la frecuencia de vibración.


No es extraña tampoco su fascinación por el movimiento de una cuerda en vibración al pensar en sus investigaciones con láminas onduladas. Con sus métodos de trabajo, sostiene que el lenguaje matemático y sus símbolos constituyen un arsenal de formas inexploradas que, aunque hoy vislumbradas a la sola luz del pensamiento, encontrarán algún día su lugar en la ciencia aplicada y en la vida diaria. En contra de la idea clásica de belleza, entendida como consonancia inalterable y cerrada de las partes entre sí y con el todo, en la que nada puede ser alterado, Le Ricolais introduce una visión más dinámica de la idea de forma, ligada con la armonía, que se refleja en la vibración sobre sí misma de sus estructuras automórficas. Si el estudio de las estructuras va encaminado a la consecución de un sistema en reposo, Le Ricolais parece buscar este sistema de reposo a través de configuraciones armónicas que le permitan comprender el permanente flujo de la realidad, el cambio como única constante de nuestro universo. De este modo, ya que para Le Ricolais sus búsquedas estructurales son también un modo de conocimiento, un cuestionantiento sobre la realidad, sus propuestas pueden ser entendidas como una búsqueda de lo invariable en el curso de un constante cambio, como configuraciones armónicas en un mundo en permanente vibración en el que la quietud no es más que una ilusión.


 






BIOGRAFÍA


licudlba4.jpgGeorge Robert Le Ricolais nace en 1894 en La Roche sur Yon, Francia. De 1918 a 1943 trabaja como ingeniero hidráulico; a partir de 1928 realiza estudios de Bellas Artes en la Academia de La Grande Chaumiere, en París, y trabaja como pintor. A lo largo de teda su vida escribe poesía. Su ensayo de 1935, Láminas Completas y su Aplicación en Estructuras Metálicas Ligeras, le valió la Medalla de la Sociedad Francesa de Ingenieros Civiles. Su artículo de 1940, investigación sobre los Sistemas de Mallas Tridimensionales, introdujo a muchos arquitectos en las estructuras tridimensionales. En 1962 recibe en Francia el Gran Premio del Cercle d´Études Architecturales. Desde 1951, desarrolla una intensa tarea docente en los Estados Unidos. De mayor influencia son sus publicaciones sobre estructuras experimentales, y en su particular modo de pensar en la forma construida, que se hace patente en los veinte años de trabajo en la Universidad de Pennsylvania. Su observación de la Naturaleza, de los radiolarios, de las láminas de jabón, su particular utilización de la topología y de la paradoja como reflejo de una realidad no lineal, le llevó a una profunda reflexión sobre el espacio. Compartió con Louis I. Kahn la clase de proyectos del Máster de Arquitectura en la Universidad de Pennsylvania. Fue fellou del American Instituto of Architects desde 1973, de quien recibió la medalla a la investigación, y nombrado Paul Philippe Cret Professor of Architecmre en la Universidad de Pennsylvania en 1974. Muere en París en 1977.


La exposición titulada Visions and Paradox; An Exhibition of the Work of Robert Le Ricolais en la Universidad de Pennsylvania, organizada por Peter McCleary, y su reciente llegada a España y al resto de Europa pone de relieve en el panorama crítico y cultural la figura del ingeniero francés, así como su particular aproximación al arte, a la ingeniería y a la arquitectura.







Bibliografía


THOMPSON, D’Arcy Wenrworth, On Growth and Form, Cambridge University Press, Londres, 1917.
HILL, Anthony, editor, Data: Directions in Art, Theory and Aesthetics. New York Graphic Society Ltd., Greenwich, Connecticut, 1968.
LE RICOLAIS. Robert, Le Toles Composées et leurs Aplications aux Constructions Légères -, Boletín de los Ingenieros Civiles de Francia, 1935.
LE RICOLAIS, Robert, 1935-1969 , Etudes et Recherches- en Zodiac nº 22, 1973.
LE RICOLAIS, Robert, Visiones y paradojas, Fundacion Cultural COAM, 1997.

La proyección romántica de un músico actual

El último Premio Príncipe de Asturias de las Artes, concedido a Krzystof Penderecki, revalida la figura del compositor polaco más internacional y uno de los músicos más relevantes de nuestro tiempo.

Dos aspectos han caracterizado siempre su música, desde las obras más innovadoras de la primera época, hasta las más conservadoras de este segundo periodo: un interés humanístico y una profunda expresividad. Pero también la audacia que en un primer momento se volcó hacia terrenos más experimentales y que en la actualidad le ha movido a profundizar en la tradición romántica, adentrándose en terrenos donde otros contemporáneos no se han atrevido. En palabras del propio Penderecki, «nosotros, los compositores, en los últimos treinta años, tendemos a evitar tanto los acordes de sonido agradable como toda melodía, porque no queremos que se nos acuse de traidores. Yo me siento libre, pienso que no debo hacer sólo lo que la gente espera de mí, o los críticos esperan de mí. A veces la música debe parar y relajarse un poco, para encontrar otras fuentes para poder continuar. A veces hay que mirar hacia atrás y aprender del pasado».

Krzystof Penderecki, nacido en Debica en 1933, pertenece a esa generación de artistas polacos formados en el aislamiento cultural de la órbita soviética, que tuvo que hacer una rápida puesta al día acerca de los movimientos de vanguardia que se habían desarrollado en Europa occidental. Fue a partir de octubre de 1956, cuando Polonia pudo abrirse al resto del continente, y los compositores empezaron a conocer la música del último Stravinsky, el dodecafonismo vienés y el serialismo que se desarrollaba en Francia (Boulez), Alemania (Stockhausen) o Italia (Nono). Ese despertar de la escuela polaca fue tan deslumbrante que produjo grandes frutos en todos los campos artísticos. En la música dio especiales muestras de pujanza creativa, instituyéndose el Festival de Otoño de Varsovia, con especial dedicación a la nueva música, o con la creación de uno de los primeros laboratorios de música electroacústica de Europa. Pero además, y de forma muy destacada, la figura del joven Penderecki vino a confirmar el potencial renovador de esa nueva generación artística.

En 1959 ganó al mismo tiempo con tres obras suyas –Estrofas, Salmo de David y Emanaciones– los primeros premios que concedía la Asociación de Compositores Polacos. Fue la revelación de un músico que tenía mucho que decir. Al año siguiente estrenó con gran éxito Anaklasis en el Festival de Donaueschingen, lo que supuso el comienzo de su fama internacional.

Desde sus primeras obras demostró su afán innovador, buscando nuevas sonoridades a los instrumentos de cuerda, tocándolos de forma poco convencional, produciendo sonidos chirriantes o simples golpes en la caja, para lo cual tuvo que idear una nueva notación. Pero su intención siempre fue expresiva, nunca efectista. En Treno portas víctimas de Hiroshima (1960) para cincuenta y dos instrumentos de cuerda, desarrolló todos estos aspectos, en una composición eminentemente textural, al estilo de las masas sonoras de Ligeti o Xenakts. Las grafías utilizadas en esta obra no sólo son novedosas para la tradición musical, sino que desde un punto de vista gráfico resultan cuanto menos curiosas. Es lo que algunos analistas han definido como notación óptica. Y es que el propio Penderecki cuenta que antes de ponerse a escribir notas dibujaba la partitura, esto es, concebía la música como un espacio, que al hacerse sonoro, se desarrollaba en el tiempo.

Planteándose nuevos retos, a mediados de los años 60, dirigió su atención hacia la polifonía del Renacimiento, y aplicó su propio lenguaje a las formas musicales de autores como Palestrina u Orlando di Lasso. Así nacieron una serie de obras sacras como el Stabat Mater (1965), Dies Irae (1967) y Utrenya (1970). Con la Pasión según S. Lucas (1966), obra encargo de la radio alemana, Penderecki abordó la combinación coralinstrumental, creando un oratorio a la manera barroca, en el que el coro, representando al pueblo, chilla y susurra, de forma tan expresiva como espectacular. Esta obra tuvo una importante repercusión y se difundió rápidamente por Europa a través de la radio y el disco. En 1973 compuso el Magnificat. Era la obra polifónica más elaborada de cuantas había escrito, tras la cual no quiso continuar por ese camino. «Con el Magnificat llegué al lugar donde no podía ir más lejos, todo el complejo lenguaje polifónico -dice el compositor- llegó a ser muy complicado… Después de la triple fuga del Magnificat, pensé que no podía repetir las mismas cosas, ni escribir de forma aún más complicada…no me interesa componer con tanto tecnicismo involucrado».

Mientras tanto ya había escrito para la escena operística Los Demonios de Loudon en 1969, de temática exaltada, proclive al uso de las técnicas que ya había desarrollado antes, como los efectos sonoros instrumentales y vocales y el uso de las masas sonoras tratadas como bloques de sonoridades contrastantes. Otras obras escénicas destacadas han sido Paraíso perdido (1978) y Ubu Rex (1983), ésta última de carácter burlesco, al estilo de las óperas bufas de Rossini.

A finales de los años setenta y principios de los ochenta, su lenguaje inició una transformación hacia un territorio teñido de romanticismo: «Mi composición en este nuevo estilo es quizá algo que camina hacia atrás, pero lo hace para poder avanzar. Con todas las complicaciones de los nuevos descubrimientos en música, hemos de parar y pensar en la historia, en la tradición».

Profundizando en el sinfonismo de finales del XIX y principios del XX, empezó a valorar la gran aportación sinfónica de compositores románticos como Sibelius, Bruckner o Shostakovich. Sin emular directamente a estos autores y sin abandonar nunca su lenguaje tan personal, el estilo de Penderecki dio un giro en busca de las sonoridades más conservadoras. Es la etapa en que inicia la composición de sinfonías: la Primera ve la luz en 1973, la Segunda en 1980, y en años sucesivos iría presentando más obras con esta forma, hasta llegar a la Quinta en 1992.

Otro capítulo importante de su producción está dirigido a los grandes solistas, como el concierto que escribió en 1977 para el violinista Isaac Stern y el Concierto para violonchelo (1982), entre otros.

Desde 1972, es director de orquesta y se ocupa personalmente de interpretar sus obras, junto a otras tanto del repertorio tradicional como de autores contemporáneos. En su forma de dirigir, con la batuta en la mano izquierda, impone una autoridad indiscutible: baila al ritmo de la música, salta y se mueve de manera tal que casi sólo a través de los gestos consigue transmitir la emoción de la partitura. Su forma de dirigir tiene un poder de comunicación que hace inteligible su música incluso a los menos receptivos. La interpretación de sus propias obras ha convertido sus versiones en un punto de referencia incuestionable. Es un director muy exigente y su música requiere grandes intérpretes.

En numerosas ocasiones ha venido a España para presentar aquí sus obras. En 1984, estrenó en Barcelona el Requiem polaco, compuesto en solidaridad con el sufrimiento histórico del pueblo polaco. Más recientemente vino a presentar Las Siete puertas de Jerusalén. Ahora se encuentra preparando un Concierto para piano y orquesta que con toda probabilidad se estrenará en 2002.

La gran aceptación que ha tenido su música, tanto de la primera como de la segunda época, se debe seguramente a que ha sabido establecer una intensa correlación con el sentir de cada momento. Es un creador que no ha querido permanecer indiferente a los acontecimientos de nuestra época y su música está marcada por un gran humanismo, y con él entronca, al igual que sus últimas obras sinfónicas, con el más puro sentir romántico.

ALGUNOS DISCOS DE KRZYSTOF PENDERKCKI

Treno por las víctimas de Hiroshima/ Capricho para violín y Orquesta / Partita para clave y Orquesta / Concierto para violonchelo / Sinfonía nº1 / El Sueño de Jacob
W. Wilkormiskaia -Felicja Blumenthal-Siegfried Palm
Orq. Sinf. Radio de Polonia-London Symphony-Coro Filarmónico de Cracovia
Dir.: K. Penderecki EMI CLASSICS 7243 5 74302 7 – ADD (2 CDS)

Sinfonietta para cuerda / Cuarteto parar clarinete y cuerda / Sonata para violín y piano / Benedicamus Domino / Song of Cherubim-Lacrimosa / Concierto para flauta
Rampal-Gadulanka-Poppen-Zhiiin-Kashkashian-Kam
Pergamenshikov-Viardo
Coro Filarmónico Nacional de Varsovia – Sinfonía Varsovia
Dir.: K. Penderecki-Henryk Wojnarowsky SONY SK 66284 – DDD

La revalorización de un clásico privado

Desde hace más de treinta años se vienen publicando en España obras de José Martí, con el desconcierto, hasta hace muy poco, de los editores y estudiosos martianos, que veían el éxito de estas ediciones en muchos y diversos países extranjeros, de casi toda Europa y América (incluido Estados Unidos), mientras en España corrían un destino limbal de ignorante silencio. Sin embargo, tal desconocimiento, que ha durado casi un siglo, tiene unas razones que lo explican suficientemente, aunque no hablen muy bien de nosotros y ya, por fortuna, hayan dejado de actuar en buena medida.

Martí, el líder espiritual y político de la guerra de independencia cubana, que vivió en España algunos de sus años juveniles, fue considerado en nuestro suelo como el autor del proceso ideológico y político que nos hizo perder la más preciada colonia y la gloria nostálgica de cualquier ensueño imperial. A ese distanciamiento con respecto al héroe cubano se sumaba la percepción que durante tantos años, desde 1898 hasta hoy mismo, hemos tenido los españoles sobre Cuba: una isla de incalculable riqueza económica y humana, pero políticamente irredenta por la insistencia de un destino trágico, del que Martí parecía ser culpable.

Otras razones literarias, no menos decisivas, contribuyeron a esta peyorativa o nula estimación: Rubén Darío, con la publicación de su volumen lírico Azul, en 1888, llegó a eclipsar al maestro cubano como fundador del decisivo movimiento modernista en la literatura hispánica; el genio de Rubén no sólo se apropiaba de una patente indispensable, sino que dejaba en el olvido las voces de otros autores afines en su empeño y no menos significativos. Téngase en cuenta, además, que el modernismo literario, al menos en suelo español, conocerá un largo período de menosprecio o, por decirlo más justamente, de terca incomprensión; concretamente desde los años veinte hasta bien iniciados los cincuenta del siglo recién concluido. En tales años, junto al moderado furor vanguardista, se quiso ver en la llamada generación del 98 la vertiente literaria saludable y «profunda» del fin del siglo XIX, la portadora del humanismo que la modernidad demandaba en nuestra patria. Los modernistas, con Rubén y todos los demás, incluso los menos conocidos, se vieron indiscriminadamente tachados de afrancesados y abanderados de un culto vano a la belleza externa. La historia es bien conocida y en España hubo importantes excepciones en la crítica y en la recepción del movimiento, pero ésta fue la actitud generalizada y escolarmente transmitida, que no favoreció nada al maestro cubano.

Pasan los años cincuenta y, hacia finales de esta década, se inicia un proceso general de revisión del modernismo con estudiosos muy notables en todo el mundo occidental. Se reconoce el dramatismo íntimo y universal de sus poetas y, lo que es más importante, la no menos recia condición artística de la prosa de aquellos dubitativos autores del fin de siglo, ansiosos de un Absoluto que la modernidad científica y socioeconómica ponía entre paréntesis o al margen de su despliegue. En América surgen martianos tan decisivos como Juan Marinello, Manuel Pedro González, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Ivan Schulman y, ya en los setenta, José Olivio Jiménez, entre otros muchos que sería imposible enumerar.

En España, en cambio, junto al viejo prejuicio del antipatriota Martí, se suma la apropiación adulterada que sobre su pensamiento realiza la Cuba revolucionaria. Por el fervor que la revolución suscitó en sus inicios, debemos reconocer que durante los sesenta pudimos contar con una serie de escritores españoles que miraron hacia su obra, bien que escasa de ediciones asequibles en nuestro país, donde la censura tampoco propiciaba un encuentro efectivo con su escritura. A finales de los setenta, la promisoria revolución cubana, convertida ya en dictadura caudillista pertrechada por la Unión Soviética, siguió instrumentalizando arteramente la imagen total de Martí, desfigurándola y haciéndola casi aborrecible para los que nunca se habían acercado a sus verdaderas palabras.

Casi como réplica, desde el exilio norteamericano más atrincherado en el capitalismo se empezó a dibujar a un Martí liberal en lo económico, que podía servir muy bien para su causa. En medio del desconocimiento general que continuó reinando en España hacia el autor, unido a la considerable dificultad editorial para acceder a su obra, la figura martiana quedó rodeada de una aureola tan mítica como contradictoria, en la que su irreductible grandeza literaria no contaba para casi nada. Sólo algunos españoles con sólido criterio intelectual y poético se atrevieron a bucear entre sus páginas, como en su época lo hicieran figuras tan notables como Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez.

Llegamos así a los noventa y nos encontramos con un panorama progresivamente alentador. En esta última década la importancia de la literatura hispanoamericana en su conjunto —no sólo la de unos cuantos poetas (Darío, Vallejo, Neruda) y la de los más afortunados narradores del llamado boom— llega a ser un hecho que torna muy distinto el mundo editorial, el sistema académico y, a fin de cuentas, las preferencias del público lector. La literatura hispanoamericana, que hasta mediados de siglo se consideraba un apéndice casi prescindible de la española, hechas algunas excepciones, se convierte en un caudal lleno de riqueza cultural y expresiva, marcado por el signo del atrevimiento estético, la ruptura y la crítica, que contrastan con la excesiva complacencia española en sus grandes clásicos de siempre. Y si se trata de conocer la naturaleza de esa magna tradición hispanoamericana, Martí se constituye ya en un referente inexcusable, tanto por su conciencia americanista como por su carácter fundacional de la modernidad literaria en aquel continente. N o en vano, en unos apuntes suyos que podrían fecharse en torno a 1882, había escrito: «No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ella. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica».

En el mundo académico español, durante esta última década, encontraremos profesores e investigadores que indagan con el mayor rigor posible en los textos martianos y que transmiten su excepcional maestría literaria y su extraña actualidad después de un siglo. Cabe citar, en este apartado, a compañeros tan perseverantes en este empeño como Álvaro Salvador, Ángel Esteban, María Luisa Laviana Cuetos y Mercedes Serna.

Las condiciones ideológicas y literarias han cambiado mucho. La obra de Martí, ya muy accesible en ediciones fidedignas, es leída en España con el entusiasmo de lo inédito y de lo que descubre horizontes intelectuales y morales en un clima de escepticismo o de pensamiento débil. El proceso está apenas empezando, pero Martí ya es un clásico indiscutible en la estimación literaria española, así como el portador de un sólido humanismo, integrador coherente de todos los saberes que la modernidad ha disgregado en cien mil disciplinas científicas prácticamente inconexas. El futuro intelectual deberá estar en la integración de todas ellas; ahí está también el modelo martiano.

***

La vigencia de José Martí, como poeta, escritor en distintos géneros y pensador en su más sustancioso sentido, sigue hoy tan viva como nunca, y algo de eso habrá podido vislumbrar, por lo dicho, el lector no familiarizado con su figura y su obra. Martí fue el primer escritor en lengua castellana que advirtió la autonomía —no absoluta independencia— entre la poesía, la literatura toda y la moral; de manera que pudo mantener un riguroso equilibrio entre los dos grandes extremismos de toda la historia literaria: el esteticismo y el moralismo, mucho más agudos y distorsionadores a partir de la modernidad.

Esta lección sigue siendo necesaria, pues aún resulta infrecuente hallar una persona con acendrado criterio literario no confundido con su personal juicio moral; el caso inverso se dio sobre todo entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, cuando la ética abdica casi plenamente en la estética. Martí fue siempre consciente de que la poesía tiene su propia ley, y de que juzgarla con patrones morales, por muy nobles que sean, puede conllevar —y de hecho conlleva a menudo— una violencia extrema contra la naturaleza del hecho poético.

Por eso fue capaz de reconocer en su coetáneo y compatriota Julián del Casal una excelencia poética todavía rara en la poesía hispanoamericana: El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo como una nota de arpa. N o se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble y graciosa. Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián de Casal. Pero esa admiración poética, por lo demás tan justa en lo literario, no le impide señalar su distancia ética con respecto al poeta en cuestión, tan lejano (en su infinito desconsuelo) al optimismo esencial que, en medio de su dramatismo existencial, profesa siempre Martí. De Casal advierte, por tanto, que, pagado del arte, por gustar del de Francia tan cerca, le tomó la poesía nula, y de desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria.

Martí propondrá la necesidad de consustanciar en la persona del poeta las dimensiones ética y estética inherentes a la naturaleza humana; pero reconociendo su legítima autonomía, es decir, sin instrumentalizar la poesía para fines ajenos a la contemplación artística y, de otro lado, sin deshumanizarla hasta el punto de privarla de su raíz espiritual y de su cordialidad comunicativa, que, por ser humana, ha de revelar la vocación moral de nuestra condición.

Tal lección sigue vigente, por cuanto previene al creador literario, al crítico y al lector de hoy del sectarismo ideológico, por una parte y, por otra, de la asepsia esteticista que, en nombre de la «corrección política», rehúye cualquier solución comprometedora para la conducta humana. Esta dimensión ética de la obra martiana no se reduce a un adoctrinamiento práctico para las situaciones concretas de su vida y de su tiempo, sino que arraiga en su concepción del mundo como armonía esencial entre la Verdad, el Bien y la Belleza, de raíz platónica y cristiana a la vez; armonía que rige tanto la vida cósmica como el concreto actuar individual de cualquier hombre libre: La vida es grave/ porción del Universo, frase unida/ a frase colosal (Poema «Pollice verso»).

Asimismo, la modernidad {y posmodernidad) de su discurso moral queda salvaguardada y muy operativa desde el punto de vista literario, pues Martí no enseña desde la abstracción teórica de las ideas, sino mediante la representación existencial del drama íntimo que acontece en todo poema suyo y en cualquier texto en prosa de cierta extensión.

Consciente, además, de que el drama íntimo nace con frecuencia de la condición social del hombre, Martí transmite en su escritura más íntima y sincera las implicaciones solidarias de su existencia personal. Su defensa de la democracia, ante el peligro de cualquier tiranía ideológica y política, no abdica del compromiso social y de la justicia universal para todos los hombres, así como tampoco del deber de buscar la verdad y trabajar desde ella por el bien común, sin soslayar la legítima libertad del individuo. Un ensayo suyo de 1886, prácticamente desconocido hasta 1980, titulado por José Olivio Jiménez como «El movimiento social y la libertad política» (se puede leer en su antología de Ensayos y crónicas de José Martí), nos invita a reflexionar con serenidad y madurez de juicio sobre los desgarrones que amenazan al sistema democrático y a la comunidad humana cuando no se vertebran según estas dos coordenadas esenciales: la libertad y la armonía social.

Muchos problemas sociales y morales de nuestro tiempo encuentran una magistral solución en el proyecto humanístico martiano: su americanismo es, por naturaleza, integrador de todas las razas y culturas del Nuevo Mundo, y tal integración se fundamenta en el carácter sagrado que posee toda existencia humana, llamada a convivir según la armonía que nos enseña la suprema lección de la armonía cósmica, fruto de la acción amorosa de Dios.

Todos estos, y otros muchos valores que sería imposible mencionar en la brevedad de estas líneas, aparecen encarnados en una personalísima escritura literaria, abierta a las influencias más variadas y sintetizadas por un talento creador siempre vigilante ante el mimetismo de cualquier modelo. No en vano escribió en 1882, con frase lapidaria, uno de los principios que presidieron toda su poética y su inmensa producción en prosa y en verso: «Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de algunas de ellas».

Con tales argumentos, tan someramente esbozados, sólo cabe esperar que su actualidad, también en España, siga alcanzando el reconocimiento permanente y universal que es propio de los verdaderos clásicos.

En el año 95 las editoriales españolas hicieron un gran esfuerzo por difundir la obra de José Martt, para unirse a la celebración del centenario de su muerte, que Cuba preparó con tanta dedicación. Alianza Editorial contribuyó de un modo especial publicando en un tomo, por primera vez en España, las poesías completas del mejor escritor cubano de todos los tiempos. La edición, a cargo de Carlos Javier Morales, consta de una introducción que pone al día, Con mucho acierro, los estudios sobre la poética martiana, una cronología de la vida del héroe cubano y una bibliografía esencial. La labor de Carlos Javier Morales ha sido ejemplar no sólo en los criterios seguidos para la introducción, sino también en el aparato crítico, las notas a pie de página que aclaran los aspectos más complicados de los textos martianos. Esta reciente segunda edición (2001) corrobora de un modo patente el interés creciente en nuestro país por la obra del cubano más universal y de uno de los autores más sobresalientes en la lengua de Cervantes.

Gaya Nuño, el numantino

De Juan Antonio Gaya Nuño, en la Soria de hace treinta, cuarenta años, sólo se decía una cosa: que su padre, don Juan Antonio Gaya Tovar, había sido sacado de su casa tirándole de las barbas, y que, una vez arrastrado por la escalera hasta la calle del Marqués de Vadillo, fue llevado después, sin más contemplaciones, al pelotón de fusilamiento. Esto es lo que se decía, todavía, entre gentes que, en el mejor de los casos y según se iban cerrando las cicatrices, parecían dispuestas a… entender. Lo normal, con todo, era el silencio, un silencio que pretendía más que nada el olvido, cuando no un silencio a la defensiva de impertinencias que pudieran perturbar el deseo —como había dicho Antonio Machad o— de seguir durmiendo «a la sombra de la Colegiata». Para aquella oscura y sotanesca ciudad, el hijo del médico republicano no dejaba de ser de la cáscara amarga.

Yo no sé si alguna vez llegué a ver a Gaya Nuño. Murió en 1976, y es muy posible que me lo encontrara en la vieja librería de Antonio Ruiz, en la esquina de la Avenida de Navarra, que allí ha servido siempre de sede para las conspiraciones literarias y artísticas. Pero no lo recuerdo; y tampoco hace falta, porque creo que la figura soñada de Gaya Nuño, cuando se me aparece, lo hace con visos bastante verosímiles y con rasgos cercanos a los que fueron reales. Además, tengo las fotografías, en cierto rincón de la Dehesa, o en la calle del Ferial, con amigos, alguna tarde de merienda veraniega antes de todo lo que vino después; o en la de la visita a Numancia, con Pepe Tudela, Fernando de los Ríos y Federico García Lorca, cuando llegó a aquellas tierras —a inaugurar su travesía— La Barraca.

No sé, y ya nadie parece que pueda saberlo, cómo era el Gaya Nuño de los tiempos aquellos, de los tiempos de antes del acontecimiento que marcó indeleblemente su vida. El acontecimiento fue la Guerra Civil, que partió su existencia en un antes y un después de fractura inconsolable, irrestañable, y a ese antes y a ese después se refiere todo lo que escribió, como si su literatura contara de partida con una estructura del tiempo que para él resultaba fija y fáctica, hasta el punto de que cualquier ficción de las suyas —que en sus libros mayores no llegan a serlo del todo— nunca pone en entredicho esa condición de la realidad, de su realidad, la de vivir en un cierto y axiomático tiempo partido. Por eso, el Gaya Nuño del que sabemos todos se corresponde siempre con una figura trazada con rasgos urgentes, violentos, una persona más bien colérica, de voz profunda como de cueva, de gran altivez, de gran orgullo, y siempre de grandes dignidad e integridad que lo hacían inasequible al pacto y al mercadeo, sobre todo cuando se trataba de cuestiones intelectuales, sociales o morales. Poco a poco, los tiempos, también los de la pequeña ciudad, iban cambiando; Juan Antonio Gaya, durante los años cincuenta y sesenta llegó a ser un prestigioso crítico y un historiador clave del arte español de la época, y es por esas dos cosas por lo que en Soria, entre sus paisanos —sin ella ni ellos no habría literatura de Gaya Nuño—, se decía aquella única cosa de la que hablábamos, dicha como para comenzar a entender, como para disculpar un… resentimiento.

Pero así ocurrió. Gaya Tovar era cabeza visible del Partido Republicano Radical, y a mediados de agosto de 1936, cuando los requetés entraron en Soria, fue terriblemente paseado y ejecutado. Juan Antonio, en 1935, había ganado ya el doctorado en Arte, pero como nadie iba a pensar a partir de entonces en la para él francamente imposible cátedra, se alistó en el ejército republicano del frente.de Guadalajara. La cátedra ya no la obtendría nunca. Si acaso, la cárcel, las varias cárceles, y luego el trabajo —nunca asegurado— en esta o aquella editorial, en esta o aquella investigación artística, en esta o aquella colección, un trabajo intenso, increíblemente prolífico, como estudioso del arte y como el autor de libros tan conocidos como la Historia de la crítica de arte en España o tan emocionantes como La pintura española fuera de España (España, pues…). Pero de aquellas tareas, de seguir dilucidando «si Picasso y Dalí nacieron gemelos y de un mismo vientre», de «si la pintura figurativa es materia santa o malvada», llegó un día en que se declaró «ahíto», y entonces, en 1953, dio rienda suelta a su vocación de escritor, algo que, por otro lado, resulta evidente en cualquiera de sus libros históricos y eruditos.

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Aquel año, Gaya Nuño, acogiéndose a la colección que Rodríguez Moñino dirigía para Castalia, publicó El Santero de San San Saturio. Aunque sólo contáramos con aquel libro, su autor se nos debiera aparecer como el de una de las prosas mejor trabadas y labradas del siglo XX, que ya es decir; pero parece necesario decirlo, a sabiendas del carácter marginal con ei que se ha venido considerando su literatura —como de a ratos robados a los estudios artísticos— y con el que él mismo la consideró, un poco para ponerla a defensa de los gremios y de los profesionalismos literarios, que no quería que rozasen la verdad verdadera de su trabajo creador, y con el orgullo de sentirse casi a gusto dando al mundo oficial de la literatura •—por todos los mundos oficiales sintió la misma repulsión— el pasto de tenerlo por confundido con un historiador del arte. Y además de saberse confundido, Gaya Nuño se supo pronto, como escritor, inclasificable. Esto ahondaba el carácter aparte de su literatura, tanto al menos como el orgullo del autor, alimentado siempre por la propia seguridad de estar obedeciendo a una indeclinable verdad moral y a la independencia personal que, en medio de la penuria, 1a barbaridad y el miedo, logró salvar de todas las derrotas colectivas. Así las cosas, él mismo llamó a sus libros «estrafalarios», «ni filosofía, ni historia, ni ensayo, ni novela, ni cuento, sino una zarabanda de prosas aglutinadas por el dictado común del título». Con ese apelativo calificó El Santero.,. y el Tratado de mendicidad, y los dos obtuvieron rechazos o silencios por muy contrapuestas razones. En El Santero de Saturio, Gaya Nuño se sitúa como un especialista que trabaja en la Bibliografía crítica de Picasso y que, «harto de perder todas (sus) horas hablando con algunos listos y muchísimos tontos» en la gran capital, siente un deseo de Duero, de altos chopos, de sierras grises, «pero, sobre todo, de paz», de modo que, visto el anuncio que demandaba la ocupación de la vacante dejada por el antiguo santero fallecido, decide retirarse a cuidar la ermita del santo patrón de Soria, mezclando la labor del encargo bibliográfico con la de ir escribiendo un quincenario —el que dará al libro su carácter misceláneo— dedicado a lo que, cumplido el plazo para que el olvido transmute el dolor en literatura (cuyas fechas él mismo graba a navaja en uno de los chopos ribereños de la curva de ballesta: 1936-1951), explícitamente se propone: «un proceso judicial —y sentimental— de la ciudad, de la provincia y de sus moradores».

Juan Antonio Gaya Nuño todo lo dijo explícitamente. Nada se encontrará en sus páginas de guiño cedido a la significación que pueda extraerse de alabeos estructurales o simbólicos. Ninguna posibilidad interpretativa escapa a lo que taxativamente dice proponerse el escritor —un escritor que mira desde arriba y que, a veces, se llega a mirar mirando—, de ahí que sus páginas rezumen ese sabor a usanza antigua que gusta de declarar sus intenciones, de manera que lo que pueda hallarse de artístico en su escritura no vendrá del plus significante concedido a la hipertrofia formal, sino de la sabrosa calidad de un ritmo y un lenguaje prestos a transparentar los contenidos. El Santero… fue el libro que más circuló de los suyos, sobre todo a partir de 1965, en que lo reeditó la colección Austral. Cuando salió, su negra provincia lo recibió como lo que era, un ajuste de cuentas, y fue contestado con anónimos, condenas y prohibiciones. El ajuste, sin embargo, no era con unos nombres o unas personas; era, como todo lo escrito por su autor, con un tiempo, con la pérdida de un tiempo, anterior y ya soñado, el de una ciudad liberal, culta y educada que había desaparecido para siempre mientras la actual estaba «matando sus honrados hábitos». Y ésa fue una de las respuestas —esperada— que obtuvieron sus libros. La otra fue la que el polo contrario de la opinión le deparó al Tratado de mendicidad.

La inclinación de Gaya por los humildes y los marginados no era ideológica; no lo era de programa ideológico asimilable a tal o cual posición de entre las derrotadas en la guerra o de entre las que se oponían a la dictadura con gran finura teórica de diferenciaciones tácticas. La suya era una inclinación genéricamente moral, humanitaria, rebelde, jacobina, de defensa de los pobres frente a los ricos («son pobres como ratas, claros y sencillos como el agua, amigos sin raspas»), y de la instrucción frente a la barbarie (mejor decir la instrucción, porque la cultura y sus academias fueron uno de los blancos preferidos para los sarcásticos cuentos que escribió después). La suya era, sencillamente, la inclinación por la libertad. Por eso, es él mismo quien, como siempre, no quiere dejar cabos sueltos y en la Introducción al Tratado… —su segundo y último libro «estrafalario»— se pone la venda con antelación al golpe que, desde luego, no tardó en llegar. «En lo que toca a estrafalariez —dice—, me temo que da ciento y raya al del santero. Y no faltarán almas que de ello se escandalicen, acusándome de durísimo corazón por sacar a plaza literaria las gentes más infortunadas y llenas de desgracia de nuestro pueblo (…). Pero no habrá tal, porque los muchos mendigos aparecidos en este libro van muy bien arropados de simpatía. (…) Era indispensable acercarse a ese mundo mendigo con algún optimismo (…)».

Y ocurrió lo previsto: el Tratado de mendicidad fue acusado poco menos que de irresponsable ironía, detectada en seguida por quienes vieron en él una rica prosa de tipos y costumbres pintorescos que venía a suponer una evasión del cejijunto y miserabilista compromiso al que se debía obligar una crítica real del sistema económico y político que sostenía la existencia de aquellos… desfavorecidos. Al liberal, al numantino, al irreductible, al anticlerical (también de clero ideológico) Gaya Nuño, los mendigos, sus «caballeros mendigos», le parecían sin embargo en algún punto envidiables: «¡Benditos los que así hacen, libres de cuidados y de responsabilidades, sin otro interlocutor que el padre Sol ni mayores cuidados que el dejar gotear lentamente la vida!». Y esto, claro, también resultó imperdonable.

Yo creo que la responsabilidad de Gaya Nuño tiene en ambos casos, en los dos casos en que sus libros fueron tachados de frutos indeseables, un campo, una tesitura de intención y de acción, que la hacen distinta de lo que para unos era la reacción y para otros la revolución (así eran los tiempos), incurriendo de consuno en la paradoja del mismo juego. La responsabilidad de Gaya se revela en su escritura. Y lo hace sobre todo en esos dos libros. Luego publicó, si se quiere, el más ambicioso, la Historia del cautivo, que tuvo que aparecer en Méjico, un «episodio nacional» que constituye su única tentativa —magnífica— de novela, en la tradición de análisis de la guerra de Marruecos que habían inaugurado Sender y Barea. Después, los cuentos de Los gatos salvajes, dando más vueltas a la noria de la guerra y la posguerra («no deja de ser osadía ésta de iniciarse en una determinada, técnica a los cincuenta y tantos años de edad…») y los de Los monstruos prestigiosos, con los que fustigó lo bufo y lo grotesco de la cultura burocrática, de igual modo que en otros muchos relatos hasta hoy inéditos. Pero en el Gaya Nuño estrafalario, en el Gaya que resucita y mezcla géneros desaparecidos, en el Gaya aparte que desliza sutiles controversias —admirándolo— con Galdós y elogia sin dudar la escena quinta del Romance de Lobos o un párrafo de ¡Viva mi dueño! en el que «los zarrapastrosos y pardos mendigos de Valle-lnclán están arrancados de la verdad más dura, pintoresca y engarabitada de España», hay un empaque moral que hace de la responsabilidad cuestión, si cabe, más alta y, acaso, más misteriosa, cual es la que compete al grave interrogante por el que nos preguntamos el porqué de una escritura que, pese a la derrota, al imperio del mal, a la marginación, al recuerdo del asesinato, a la traición, no cree que la tragedia sea irredimible, que lo negro y terrible de la existencia sea un destino, que el hombre no sea perfectible. Y no, la literatura de Gaya Nuño, pese a todo eso, no es triste. Ése es su enigma. No es tristemente irredimible como la de Solana. Y no es estilísticamente triste como la de Cela. Gaya Nuño —también explícitamente— quiso diferenciar el estilo de lo que él llamaba «el buen escribir». En España, existe algo parecido a una tradición que, a lo que se ve, garantiza pronto el éxito literario. Se trata de la brocha espesa, de la metaforización inconsecuente y de la estampa tremenda. Es, también, un estilo. La prosa de Gaya Nuño no es un estilo; es la de quien declaró, cuando ya había publicado más de cuarenta libros, estar dispuesto a darlos todos «por la seguridad de haber dejado una sola página en castellano ejemplar». Y con eso no quiso referirse digamos que al… primor, sino a la responsabilidad moral de quien sabe que la libertad, la esperanza, la bondad, tienen, pese a toda la realidad de los hechos que atraviesa la angustia, una vida gramatical, lingüística, una realidad que hace existir al bien y a la verdad aunque no sean. «Las ciudades, río, río Duero, son accidentales y cambiantes (…). Es la geografía —escribió— la que no cambia. (…). Todo lo demás es anécdota pasajera (…). Tú sobrevives y eres eterno, (…) Fueron tus aguas lasque templaban las hojas de tas falca tas numantinas. Sepas que, si éste era tu orgullo, es el nuestro también». Y en la geografía de sus páginas, en el hilván precioso de su idioma, están para siempre a salvo (¿no es eso, pese a lo que pese, la esperanza que habita en la obra de arte?), prístinos y recién nacidos, el amor y la libertad, como si fueran -—que allí lo son— eternos, a sabiendas de que lo bien obrado ni aun en sueños se pierde.

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Diego Valverde Villena: palabras cultas, palabras vivas

Diego Valverde Villena (Lima, 1967) es un criollo de muchos saberes, de muchísimos saberes, una especie de amenísima enciclopedia viviente y, a la vez, una extraordinaria persona (algo esto último que no tiene que ver con la buena o la mala literatura, pero que ayuda a hacer más agradable la vida de los demás). Entre las pasiones filológicas, musicales, antropológicas, históricas o cinematográficas de Diego, resulta difícil saber cuáles han influido de manera más determinante en la configuración de su personalidad literaria. Además, todas se relacionan en él de manera inextricable y acaban apareciendo en la superficie de sus poemas o permanecen implícitas sustentando de manera invisible esa construcción de vida apasionada y de apasionada cultura que es la obra poética de Diego Valverde Villena. Si finalmente tuviera que destacar algunas de esas pasiones, subrayaría tal vez su desmedido amor por todo lo medieval y, en concreto, por el Minnesang, por la lírica de los provenzales y por los deslumbrantes versos de nuestro Ausias March. Su poesía se ha nutrido de estas experiencias lectoras, pero es fácil adivinar en sus versos la presencia de otras pasiones: Ovidio, San Juan de la Cruz, Shakespeare, Donne, Coleridge, Rimbaud, Rilke, Vallejo, Celan…

Diego Valverde Villena ha publicado un libro de poemas: El difícil ejercicio del olvido (La Paz, 1997), y un cuadernillo: Chicago, West Barry, 628 (Logroño, 2000). El poema que hoy presentamos pertenece a su próximo libro, No olvides mi rostro (Premio Villa de Leganés 2001), que verá muy pronto la luz en Huerga y Fierro, y que es un ejemplo de coexistencia perfecta entre vida y cultura. Las referencias literarias, mitológicas e históricas ayudan a resaltar la desazón del enamorado, su consuntiva pasión. El tópico de las flechas se vuelve una realidad sangrante. Las alusiones históricas, esas nubes de flechas que ocultaron el sol en las Termopilas o que acabaron con lo mejor de la caballería francesa en Agincourt, no son sólo hipérboles: con ellas la realidad se abre paso en el escenario simbólico y hace posible la hermosa crudeza de los versos finales.

POÉTICA
Diego Valverde Villena

Si me piden una definición de la poesía, me pasa como a San Agustín con el concepto de tiempo: si no me lo preguntan, lo sé; pero no si me lo preguntan. Mi poética personal se halla veteada entre mis poemas, o se esconde, abrazada a mis preferencias y afinidades, en los comentarios y lecturas que hago de otros poetas.

El libro que guarda los nombres de los poetas que me han conmovido es un libro de arena. Gracias a ellos mi vida está más llena de vida. Un agradecido afán de emularlos está en el principio de todo lo que escribo.

Prefiero siempre la sugerencia, la palabra que camina tomada de la mano del silencio. La que a veces se hace oscura de ser pura luz, de estar tan cargada de sentido.

Creo en la poesía como una continua persecución de la línea del horizonte. Una peregrinación en busca de la palabra, que es la misma para todos y distinta para cada uno.

Para mí, escribir poesía es salir a la ventura por un lugar que no tiene nombres. Todo está ahí para todos desde el principio de los tiempos; pero la mirada del poeta debe posarse en cada cosa con la virginidad curiosa de los ojos del niño, y recrear la Creación a cada paso. Ungir de candor los significados milenarios. Alumbrar los arcanos en medio de lo cotidiano.

Entre otras paradojas, la alquimia de la poesía es un secreto que se abre como un fruto a la vista de todos. Amparado su pudor en la desnudez, el poeta revela en cada palabra su shibboleth: el estigma de la soledad.

Ojalá alguien pueda escucharlo.

AGGIORNAMENTOS

Algunas cosas no precisan
ser modernizadas.
Antes, el dios flechador hería
con un único dardo. Ese bastaba
para abrirte el alma en carne viva.
Como la lanza de Aquiles, sólo
el toque de la misma arma restañaba la herida
o lo hacía la consoladora Muerte.
Esa única herida era suficiente
para emponzoñar la sangre de un amor sin cura.
No servía triaca ni bezoar:
había que desangrarse entero para comenzar de nuevo.

Los tiempos han cambiado.
Cuando el Cupido metálico te escoge,
cubre el cielo con sus flechas
como el arco galés en Agincourt
o los persas en las Termopilas.
Con mecánica saña
sigue disparando, insensible
a mi enmudecido grito,
a mi cuerpo alfileteado de venablos,
a que ya ni puedo moverme, clavado en el suelo.

México y España. La superación de una fractura política

México es una de las más extensas y pobladas naciones de Occidente, y España una de las más antiguas. La superficie de la república americana es casi cuatro veces la de España y sus habitantes son más del doble. La historia hispana documentada, desde que se aunan y organizan los pueblos de la península bajo la dominación romana, es, por sus dos mil años de antigüedad, más larga que la de México. La mexicana de antes de la conquista y de Cortés se conoce, o se vislumbra, por las huellas que descubre la arqueología y los resquicios que abren tradiciones y leyendas. Ese pasado no tiene nada que ver con el de Europa. Pero luego, durante tres siglos, México y España compartieron soberanos, leyes, religión, letras y Administración. Ahora tienen en común, como continuación de todo aquello, lengua, civilización, cultura -en el más amplio y moderno sentido de la palabra-, valores espirituales de raíces cristianas y, además, en los últimos lustros y en proporciones crecientes, comercio, finanzas, industrias -desde las de la energía hasta las de la comunicación y el ocio-.

La riqueza natural y humana de México es grande y sus potencialidades en los órdenes económico y cultural cada vez mayores. El país está abierto a los dos grandes océanos del planeta: el Atlántico, al que se ha llamado «el Mediterráneo de la Edad Moderna»; y el Pacífico, del que probablemente se podrá decir algo parecido en el recién empezado siglo XXI. Su emplazamiento geográfico hace de México el eje de todas las presentes y futuras comunicaciones por tierra entre la América anglosajona del norte y la ibérica del centro y sur del continente.

La historia de México no ha sido fácil ni cómoda. Ha conocido numerosos conflictos interiores (que, en algunos casos, llegaron a ser guerras civiles, mayores o menores): desde los que enfrentaban a los pueblos «indios» prehispánicos, hasta las penosas contiendas políticas, sociales y religiosas del primer tercio de la última centuria, pasando por las guerras de independencia, las cruentas consecuencias de los ensayos «imperiales», etc. Pero a lo largo de su ya dilatada-y en tantos momentos crispada- historia, en el conjunto del país se ha desarrollado un proceso de integración étnica, cultural, espiritual y humana que ha dado como fruto la indiscutida existencia de la identidad nacional mexicana.

La época hispánica tuvo ciertamente algo que ver con todo ello. Funcionó, con eficacia inusual en aquellos tiempos, una organización política, merced a la que, junto con las asociaciones étnicas del mestizaje, un cierto sistema escolar, la adopción de la lengua castellana y la cristianización de las poblaciones, se evitaron los riesgos de una fragmentación como las que han troceado otros espacios del continente americano. Después México perdió en el norte territorios y pueblos en las guerras con los Estados Unidos. Pero la extensa conservación de hábitos culturales y modos de vida, más la emigración de los «hispanos», que en una especie de play-back de la historia inundan los Estados del sur de su gran vecino, han abierto camino para la expansión de la cultura hispana -o más bien mexicana- por el otro lado del Río Grande.

Después de los desencuentros y convulsiones de finales del siglo XIX y primer tercio del XX, el México político ha estado dominado por la absoluta hegemonía del partido que en sus fases más recientes ha llevado -y lleva- un nombre que parece una contradicción -«Partido Revolucinario Institucional»-. Sus siglas acronímicas, PRI, han llegado a formar parte del léxico político universal, al menos entre las democracias. Ese peculiar sistema ha sido objeto de la atenta observación y análisis por parte de los estudiosos de la política mexicana y de la política comparada, y se ha hablado de él siempre que se trataba del paso de un régimen autoritario o dictatorial a una situación transicional.

Para algunos lo de México era una dictadura de partido con formas y doctrinas teóricamente democráticas, pero sin que el apretado y eficaz aparato de poder monocolor permitiera la formación de una verdadera alternativa. En ello el México del PRI se asemejaría formalmente a los fascismos o «parafascismos» europeos y a los regímenes de «descolonización» asiática o africana. Era, decían ellos, un régimen de «partido predominante». El presidente, para las cuestiones capitales, era una especie de jefe absoluto, cuyo poder de hecho sólo estaba limitado por el principio de la «no-reeleccion».

Para otros, el sistema era -o llegaría algún día a ser- el preludio de una verdadera democracia o la puerta que abriera paso a su instauración. Ultimamente se ha cumplido esto segundo, de una forma más plena que en un régimen que tantas veces se comparó con el de México, el de la república turca de después de la Primera Guerra y el «reinado» de Ataturk.

En España, México ha interesado siempre mucho a todo el mundo, y España en México también ha sido centro de interés. Los antiguos «gachupines» son en nuestros días méxicanos de cuerpo entero y aquí a nadie se le ocurre llamar «indio» más que a aquel mago del cine que se apellidaba Fernández. Pero probablemente en México se sabe más de España que en España de México. Al necesario y prometedor entendimiento entre los dos pueblos y sus culturas, que en el fondo son una sola, es a lo que quiere servir Nueva Revista con este número monográfico de 2002.

Nuestras dos naciones quedaron casi incomunicadas oficialmente después de la guerra civil española. Para el Estado mexicano el Gobierno de España era el de los «republicanos exiliados» y la cultura española la de los otros «transterrados» intelectuales, escritores y artistas. Tanto el Gobierno mexicano como algunos de estos emigrados forzosos pensaban -o soñaban- que la historia española emprendería en algún momento una marcha atrás, que eliminaría del poder a los vencedores de la guerra civil y a sus sucesores, y que devolvería las instituciones a las izquierdas republicanas de 1936. Eso no podía ocurrir y no ocurrió. La historia, a diferencia de la naturaleza, a veces «procede por saltos». Pero en muy pocas ocasiones son hacia atrás. «Lo que no puede ser -como se cuenta que solía decir el torero filósofo– no puede ser y además es imposible». Pero el desencuentro político, que llegaba hasta el absurdo de tener que solicitar en un tercer país el visado de los pasaportes para ir de una de las dos naciones a la otra, no pudo quebrar la profunda afinidad entre ambas. Los «exiliados» republicanos españolizaron la cultura y la educación mexicana. Libros editados en México eran manuales en las Facultades españolas. La colonia española en México era poderosa e influyente en los círculos económicos y en los literarios. Las industrias del ocio y el mundo de los espectáculos (el indio Fernández, María Félix, Cantinflas, Arruza, otros mil que podrían añadirse a esta lista) eran tan populares aquí como allí. El boom de la literatura americana en España empezó o creció con los escritores mexicanos. Por encima y por debajo de la política, que durante casi cuarenta años parecía haber convertido el Atlántico en una sima infranqueable, la sangre del espíritu, y también la de la economía y de los negocios, que eran sangre común de los dos pueblos, circulaban indistintamente por ellos sin extrañar el organismo que en cada momento la albergaba.

Desde que culminó la transición española, las dos grandes naciones de cultura, lengua y hábitos hispánicos, que no dejan de compartir -además de sus demostradas virtudes- también defectos históricos, están más cerca que nunca. La primera visita a México del rey Don Juan Carlos consagró la renacida hermandad. También en la ciudad de México ciertos actos simbólicos del monarca fueron un expresivo colofón del proceso de superación de las fracturas políticas y morales de la nación española.

En este principio de siglo y de milenio, los acercamientos -o, mejor dicho, las cooperaciones- entre México y España en los campos de la cultura, del arte, de las letras, de la economía, y nuestro común sentimiento de pertenencia a esa singular comunidad internacional que es Iberoamérica, enriquecen nuestro presente y nos hacen vislumbrar un luminoso futuro.