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Ver productosDesde el momento de la fecundación, el embrión unicelular o zigoto, formado por la fusión del espermatozoide y el óvulo, posee una identidad cromosómica única. Toda la información sobre el desarrollo posterior del zigoto se encuentra codificada en el ADN cromosómico en forma de «unidades de información», llamadas genes. Cada gen se podría comparar con uno de los programas o de las canciones registradas en un CD, que sólo se activan cuando reciben las instrucciones y los estímulos necesarios. A partir de la fecundación, los genes que contienen las «instrucciones de funcionamiento y ensamblaje» del organismo se van activando paulatinamente mediante un proceso exquisitamente coordinado. La activación de los genes durante el desarrollo embrionario genera —en el lugar exacto y en el momento oportuno— las estructuras necesarias para dar lugar al organismo adulto. Este se compone de muchos tipos de células con distinta morfología y función. El camino que media entre una sola célula no especializada —el zigoto— y los 10 billones de células del adulto, requiere la actuación continuada y simultánea de los motores básicos de la biología del desarrollo: la proliferación y la diferenciación celulares.
Tras la fecundación, la primera célula del nuevo organismo comienza a dividirse y pasa a 2, 4, 8… células idénticas que se disponen formando una masa esférica semejante a una mora (mórula). En esos primeros instantes, las células del embrión son totipotentes; es decir, si por algún motivo accidental o experimental se separan, cada una de ellas puede dar lugar a un individuo idéntico. La proliferación celular es un proceso complejísimo cuyo descontrol lleva, entre otras cosas, a la aparición del cáncer. En los últimos años los científicos hemos dedicado un enorme esfuerzo para entender mejor los mecanismos moleculares que intervienen en el control de la proliferación celular. De hecho, tres especialistas, Leland Hartwell, Tim Hunt y Paul Nurse, acaban de recibir el Premio Nobel de Medicina de 2001 por su contribución al conocimiento de la división celular.
Desde los estadios más precoces comienza también el proceso no menos complejo de la diferenciación celular. Por la diferenciación, a partir de una masa informe, las células del embrión se organizan en tejidos y órganos. La diferenciación consiste en una serie de cambios, que llevan a la célula a adquirir características morfológicas y funcionales especializadas. Por ejemplo, una célula nerviosa diferenciada posee unas prolongaciones capaces de propagar y transmitir señales; otras células se fusionan dando lugar a fibras alargadas especializadas en generar movimiento: son las células musculares; otras forman la sangre y adquieren las herramientas biológicas para el transporte de oxígeno o la defensa frente a infecciones. Se sabe que en el organismo adulto hay más de 200 tipos celulares especializados distintos. Es importante comprender que todos ellos provienen en último término de la primera célula, el zigoto, por medio de esos procesos de diferenciación y proliferación. El embrión unicelular o zigoto tiene pues capacidad o potencia omniabarcante, es decir, puede dar lugar a cualquiera de los 200 tipos celulares del organismo. En condiciones normales, a medida que las células del embrión se dividen, se va restringiendo la capacidad de especializarse. Es decir, cuanto más avanzado se encuentra el organismo en su desarrollo embrionario, menos «versatilidad» o «plasticidad» poseen sus células, que ya están determinadas en una dirección más o menos específica. Sin embargo, desde hace tiempo se conoce que existen unas células que suponen una excepción a esta regla. Algunas células de los tejidos del individuo adulto son todavía capaces de diferenciarse en varios tipos celulares distintos. S o n las llamadas células madre (stern cells). Una célula madre es, en efecto, una célula capaz de dividirse y dar lugar a diversos tipos de células; algunas de las células «hijas» se especializan mediante diferenciación, y otras mantendrán su capacidad replicativa, y serán por tanto nuevas células madre. La existencia de este tipo de células permite mantener la capacidad regenerativa de los tejidos.
Ya se conocía desde hace tiempo que algunos tejidos, como la sangre o el hígado, son capaces de regenerarse rápidamente en situaciones en las que se han producido daños extensos. La capacidad de regeneración depende de la existencia en los órganos y tejidos de los adultos de este tipo de células madre con capacidad de proliferación y diferenciación. Las células madre se encuentran en la mayoría de los órganos del adulto, y poseen la capacidad de autorrenovarse, es decir, de proliferar y de dar lugar a células diferenciadas o maduras, así como a otras células madre que perpetúan la capacidad de regeneración de un determinado tejido. En los últimos años, se han llevado a cabo progresos muy notables en el área de las células madre hematopoyéticas, que son uno de los dos tipos de células madre que se pueden encontrar en la médula ósea. Estas células se han aislado y expandido en cultivo y se utilizan en la práctica clínica para el tratamiento de enfermedades hematológicas mediante los trasplantes de médula ósea. La Medicina actual utiliza las células madre de la médula ósea con diversos objetivos terapéuticos, no sólo en el ámbito de la Hematología, sino también para el tratamiento de tumores no hematológicos. La Terapia Celular es un campo bien consolidado en la práctica clínica hematooncológica. Gracias a los nuevos hallazgos en relación a las células madre adultas, es previsible que la terapia celular se desarrolle enormemente, abriendo su campo de actuación al tratamiento de muchas otras enfermedades.
Hasta hace poco, se pensaba que, a partir de las células madre de la médula ósea, sólo se regeneraban células sanguíneas; luego se vio que en la médula ósea había otro tipo de células madre, las del mesénquima, capaces de generar otros tipos celulares relacionados. En los últimos meses, los científicos hemos asistido asombrados a la publicación de numerosos trabajos que demuestran que estas células tienen una potencialidad admirablemente mayor que la pura fabricación de sangre. Esta propiedad se conoce con el nombre de versatilidad o plasticidad celular y consiste en la capacidad de una célula madre de un tejido para convertirse en una célula especializada de un tejido distinto, no relacionado estructural o funcionalmente con el tejido de origen.
Un ejemplo de esta versatilidad es el de las células madre del tejido nervioso, de las que se creía que sólo podían generar células diferenciadas de tipo nervioso. Sin embargo, muchos experimentos recientes han demostrado que no es así. Las células madre del sistema nervioso central en adultos no sólo son capaces de producir neuronas u otras células acompañantes llamadas «gliales», sino que también pueden diferenciarse por ejemplo hacia células sanguíneas. Asimismo, las células madre aisladas de la médula ósea pueden no sólo dar lugar a células de la sangre, sino también diferenciarse en células óseas y del cartílago, grasa, células neuronales, musculares e incluso del hígado, del intestino o del pulmón. Los experimentos que acabamos de citar son los primeros de una amplia serie de excelentes trabajos de investigación publicados en los últimos meses, que han demostrado que las células madre de los tejidos de individuos adultos poseen una plasticidad que va mucho más allá de lo que inicialmente se creía.
Por otro lado, desde hace unos años se conoce cómo aislar las células madre de la sangre del cordón umbilical del recién nacido. Estas células son equivalentes a las células madre de la médula ósea del adulto y tienen la ventaja de que en la sangre del neonato están en una proporción mucho mayor que en la del adulto, y son más fáciles de obtener, expandir y almacenar. Las células madre de la sangre de cordón umbilical se utilizan ya en diversos protocolos hematooncológicos clínicos, sobre todo pediátricos. En diversos países occidentales se han comenzado a promover bancos de sangre de cordón umbilical como material para trasplante heterólogo para diversas enfermedades. Es muy probable que estas células se constituyan en una fuente excelente para la obtención de células madre que sean capaces de reponer gran cantidad de tejidos. Además de las células del cordón umbilical o de la placenta, relativamente fáciles de obtener, se busca actualmente la producción masiva en el laboratorio de células útiles para el autotrasplante a partir de las células madre de la médula ósea del propio paciente. Esta estrategia tiene la gran ventaja de que las células diferenciadas que recibirá el paciente serán derivadas de sus propias células, lo que evita uno de los grandes problemas de la terapia celular — y de cualquier trasplante— que es el rechazo de las células procedentes de un organismo extraño. Este es también uno de los argumentos técnicos —independientemente de los problemas éticos— que hace que la terapia celular basada en células madre del adulto sea preferible a la que se basa en células madre derivadas de embrión.
Todos estos hallazgos recientes sugieren claramente que el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa perfectamente viable al uso de células madre pluripotenciales embrionarias. De hecho, en varios laboratorios del mundo se están generando resultados prometedores que hacen pensar que, en un futuro próximo, las células madre obtenidas de un paciente adulto podrán ser expandidas en el laboratorio para ser utilizadas para la regeneración de tejidos dañados del propio paciente. Si se consigue poner a punto esta tecnología, podríamos disponer de una herramienta eficaz para el tratamiento de una serie de enfermedades y disfunciones congénitas y degenerativas. Sin embargo, antes de que se puedan utilizar en la clínica, es necesario que los investigadores resuelvan una serie de retos tecnológicos todavía pendientes que se podrían resumir en los siguientes puntos:
Estos puntos están en buena parte resueltos para el caso de las células madre de médula ósea utilizadas para enfermedades hematooncológicas, pero siguen siendo interrogantes para otro tipo de células madre en adultos y para la aplicación de cualquiera de estas células madre en enfermedades diversas a las tratadas hoy mediante terapia celular. Los investigadores que sean capaces de resolver estos retos científicos no pasarán inadvertidos en la historia de la ciencia.
LAS CÉLULAS MADRE EMBRIONARIAS
Las células madre embrionarias derivan de un grupo de células del embrión de pocos días. En esta fase, el embrión de mamífero recibe el nombre de blastocisto. En teoría, tras su extracción del blastocisto, estas células madre son capaces de proliferar durante largo tiempo sin por eso perder su capacidad de diferenciación. Estas células forman parte del embrión pero no son capaces de dar lugar aisladamente a un organismo adulto. Su aislamiento implica necesariamente la destrucción del embrión. C o m o las células madre de adultos, las embrionarias, además de poseer la capacidad de replicarse en cultivo, son susceptibles de diferenciarse bajo la acción de diversos estímulos químicos y de dar lugar a una serie de tipos celulares distintos.
En 1998 se publicaron los primeros resultados del aislamiento de estas células provenientes de embriones humanos. En las semanas sucesivas a la publicación de estos artículos científicos se produjo un impresionante despliegue de noticias en los medios de comunicación y de declaraciones públicas. Las células madre derivadas de embriones humanos (abreviadas como ES, del inglés embryonic stem) se presentaron como un recurso que podría potencialmente llevar a tratamientos de reemplazo de tejidos en muchas enfermedades: Parkinson, diabetes, infarto de miocardio, etc. Quizás movidos por el deslumbramiento que la ciencia genera en nuestra sociedad, especialmente cuando se mezcla con la compasión que inspira el sufrimiento de tantos enfermos, algunos medios de comunicación presentaron esta noticia con tintes de sensacionalismo simplista. Las informaciones escritas en algunos medios y, sobre todo, las ilustraciones que se llegaron a publicar — y todavía se publican—, llevaban a concluir erróneamente que los científicos estábamos a punto de dominar la síntesis de órganos artificiales en el laboratorio.
Desde un punto de vista exclusivamente técnico —y, sin pensar ahora en que para obtener células madre embrionarias hay que destruir al embrión humano—, las células madre de origen embrionario son particularmente atractivas para un científico interesado en este campo. Y esto por varios motivos: su gran plasticidad, son fáciles de conseguir y cultivar; y son muy sensibles a la acción de los agentes diferenciadores. Además, estas células embrionarias, aparentemente, no pierden su capacidad de proliferación con el tiempo y, por tanto (en teoría) se podrían mantener indefinidamente en cultivo.
Las células madre embrionarias tienen la capacidad de diferenciarse hacía varios tipos celulares. Los primeros trabajos con estas células embrionarias demostraron que tal diferenciación ocurre de modo espontáneo y sin ninguna regulación: estas células madre forman en cultivo masas heterogéneas de células que se diferencian sin orden ni concierto. Su vitalidad, junto a su gran capacidad proliferativa, es en principio una ventaja para la terapia celular; sin embargo, esa potencialidad supone también una espada de Damocles: las células madre procedentes de embriones son muy difíciles de controlar. De hecho, muchos de los experimentos en los que se trasplantan estas células a animales de experimentación, terminan con la aparición frecuente de unos amasijos tumorales de células heterogéneas, denominados teratomas, compuestos de masas informes de células entre las que se intercalan caóticamente fragmentos de tejidos parcial o completamente diferenciados. A pesar de ello, los especialistas están consiguiendo orientar, con mayor o menor eficacia, parcial o totalmente la diferenciación de estas células en cultivo, sobre todo hacia la línea nerviosa, muscular y hematopoyética (formación de sangre). Además, en el caso de las células madre de ratones, hay algunos éxitos parciales en la reimplantación en modelos animales de células diferenciadas hacia cardiomiocitos, neuronas o células sanguíneas. Por ejemplo, se ha trasplantado a un ratón deficiente en mielina células madre de ratón diferenciadas en cultivo hacia células productoras de mielina. En ese ratón, las células trasplantadas producían mielina de características aparentemente normales.
Aunque los experimentos en animales sean prometedores, como ocurre con las células de los adultos, los retos que deben ser solventados por los investigadores para poder usar las células madre embrionarias humanas en estrategias clínicas de terapia celular no son en absoluto triviales. Es preciso, por ejemplo:
· Controlar de modo estricto la diferenciación hacía un único tipo celular bien definido, sin contaminación de ningún otro.
· Evitar imperativamente la aparición de teratomas tras su inyección en el órgano receptor.
· Evitar el problema del rechazo tras su implantación.
· Demostrar la funcionalidad o beneficio terapéutico tanto en animales como en humanos.
· Ser capaces de controlar los niveles de diferenciación y proliferación para evitar problemas derivados de la «superpotencia» diferenciadora y proliferativa propias de las células madre embrionarias.
LA DECISIÓN DE LA ADMINISTRACIÓN BUSH
La publicación de muchos resultados de los descritos anteriormente ha suscitado y sigue encendiendo pasiones en los Estados Unidos que reverberan en otros países occidentales. Varios son los intereses que están en juego. Por un lado, algunos miembros de la comunidad científica, se consideran a veces ultrajados cuando desde instancias externas se recorta su capacidad de acción. Cuando se habla de limitar por motivos éticos o legales el trabajo del científico, algunos lo consideran una intromisión intolerable y un recorte de su libertad. Algunos investigadores tienden a recibir las preguntas de la sociedad sobre las implicaciones éticas o legales, como cargas impuestas desde fuera que no tienen más remedio que aceptar. En la medida en que formamos parte (y dependemos financieramente) del colectivo social, los científicos debemos plantearnos a fondo las preguntas que la comunidad nos formula sobre la investigación que llevamos a cabo. Asimismo, debemos aceptar los límites y las prioridades que entre todos los ciudadanos nos marcamos a través de la actividad política y legislativa. Si queremos asegurar que la ciencia sirve realmente a la sociedad, los científicos tenemos que convencernos a fondo de la importancia capital de la ética en la investigación, y de que es prioritario condicionar los propios objetivos intelectuales y científicos a valores humanos, éticos y sociales. Esos valores están muy por encima de los descubrimientos, e incluso de sus potenciales aplicaciones benéficas. Los investigadores necesitamos cimentar nuestro trabajo sólidamente en los pilares de la Ética, para reconocer sin miedo que ningún nuevo conocimiento, ni ningún avance terapéutico, justifica la renuncia al respeto de la igualdad y la dignidad humana a todos los niveles.

Los embriones humanos congelados, sobrantes de las técnicas de fecundación in vitro (FIVET), son percibidos por algunos científicos como una «materia prima» muy apetecible para investigar sobre las células madre. Son centenares de miles los embriones humanos que yacen abandonados en los tanques de congelación de los centros de reproducción asistida olvidados de sus progenitores. En España, casi cuarenta mil. Se pretende, pues, dar salida a esos embriones de «desecho» para producir el máximo rendimiento científico, terapéutico o industrial. En el fondo se propone obtener un rendimiento práctico en el campo de la investigación sobre las células madre, aprovechando la difícil circunstancia de la existencia de esos cientos de miles de embriones congelados. El dilema del incierto destino de los embriones congelados ya se había anunciado en los debates iniciales sobre las nuevas técnicas de reproducción asistida a finales de los setenta. Ahora, en España, ha llegado la hora de tomar decisiones sobre el tema, y nuestros políticos parecen encontrarse ante un callejón sin salida. El canto de sirena de algunos científicos, que pretenden darle una salida fácil al problema, proponiendo que esos embriones humanos sean utilizados como materia prima para experimentos diversos, es realmente una tentación fácil. No será sencillo tomar una actitud coherente con el respeto a la vida humana en todas sus fases, incluida la embrionaria. Pero no es imposible.
El presidente Bush, en Estados Unidos, ha tomado recientemente una decisión que, si bien es discutible y no contenta a todos, refleja la convicción de que la vida de cada embrión humano es un valor que debe ser protegido. Ante la algarabía organizada en la opinión pública, con protestas contra lo que se considera un recorte del mito del eterno progreso, el presidente norteamericano ha salido al paso publicando una decisión que no ha contentado ni a la comunidad científica —los científicos que quieren usar los embriones humanos—, ni a los detractores de este tipo de experimentación. Su decisión consistió en autorizar financiación pública únicamente para la utilización de las 23 líneas celulares derivadas de embriones humanos que ya estaban disponibles en ese momento en varios laboratorios del mundo, pero no para producir nuevas líneas. De esta forma se evitan nuevas destrucciones de embriones para la investigación. Algunos opinan que esta decisión salomónica no es más que un intermezzo para comprobar si las expectativas anunciadas a bombo y platillo se transforman o no en realidades de beneficios terapéuticos concretos, antes de dar el paso a una total liberalización.
Los investigadores norteamericanos que publicaron a finales de 1998 los primeros trabajos sobre el aislamiento de células embrionarias humanas sabían que no podrían contar con financiación pública para sus trabajos. La sociedad norteamericana, a través de sus representantes, había mostrado claramente su rechazo a la investigación destructiva con embriones humanos, y había prohibido financiar con dinero público cualquier investigación en ese sentido. Por este motivo estos científicos se dirigieron a la empresa privada para buscar fondos, con el compromiso de ceder cualquier patente derivada de su investigación. D e este modo, una empresa de biotecnología, Geron Corporation, interesada en la explotación de nuevas tecnologías biológicas, se ha hecho con varias patentes que, si llegan a explotarse comercialmente, pueden convertirla en líder del negocio de producción de células embrionarias humanas para el reemplazo tisular. Geron posee, entre otras, una patente para la utilización de las células madre embrionarias humanas; y otra —que compró hace poco al Roslin Institute escocés, donde se creó a la oveja Dolly— que permitirá clonar células somáticas para crear embriones clónicos a partir de cada paciente. La secuencia de trabajo que persigue Geron es precisamente la que se conoce como «clonación terapéutica»: a) extraer células somáticas de un paciente (por ejemplo, de su piel); b) crear a partir de ellas un embrión clónico; c ) extraer y cultivar las células madre embrionarias de ese embrión y d) diferenciarlas y trasplantarlas al paciente para la regeneración de alguno de sus tejidos.
Todo un programa tecnológico con unas inversiones hasta ahora de 26.000 millones de pesetas, y unas pérdidas anuales de alrededor de 5.000 millones. Los inversores de Geron esperan recuperar esas cantidades a largo plazo. Para ello necesitan que la sociedad americana no ponga trabas jurídicas, legales o éticas a su trabajo. Pero además, tiene otros problemas. Geron está embarcado en una dura batalla legal con la universidad de Wisconsin, donde trabajaba el investigador que puso a punto la técnica, para defender sus derechos de patente. Además, Advanced Cell Technologies, la empresa de la competencia, dirigida pilotada por un antiguo directivo de Geron, ha anunciado hace unos días la clonación del primer embrión humano. Por si fuera poco, si no llega a ser por el parón legislativo a raíz del 11 de septiembre, la clonación podría estar ya prohibida en los EE UU. Para sobrevivir, Geron —y otras empresas— necesitan flexibilizar esta situación, y presionar ante instituciones nacionales e internacionales para romper las trabas legales que podrían frustrar sus objetivos. Se trata de conseguir vía libre para una tecnología que puede reportar muchos beneficios económicos, en la medida en que tenga alguno terapéutico. No es extraño que los lobbies de las compañías farmacéuticas hayan alzado sus voces en favor de la utilización de embriones humanos para esta experimentación. En el Reino Unido fueron precisamente las compañías farmacéuticas y el Ministerio de Industria los motores que propiciaron el cambio de la legislación aprobado en agosto del año pasado admitiendo la clonación terapéutica. La reiteración de un sencillo y convincente argumento consiguió por ejemplo modificar la posición del propio Gobierno, que meses atrás se había manifestado claramente en contra de la clonación terapéutica. El mensaje decía básicamente que el Reino Unido fue pionero en la FIVET y en la clonación de Dolly , y no puede permitirse el lujo de perder el liderazgo en la clonación terapéutica. Muchos otros países de la UE han criticado abiertamente esta actitud utilitarista. Entre otras cosas, muchos se preguntan quiénes serán los verdaderos beneficiados de estas tecnologías de «terapia solipsista», y quiénes podrán afrontar los enormes gastos que suponga un protocolo tan sofisticado.
¿QUÉ PUEDEN HACER LA SOCIEDAD Y LOS PODERES PÚBLICOS?
Para concluir, pensamos que vale la pena aventurarse a hacer algunas sugerencias de actuación desde el punto de vista ético, legal y político. En nuestra opinión, la complejidad del asunto requiere que los científicos aportemos también nuestras ideas a estos aspectos del debate, combinando nuestra específica perspectiva profesional con los argumentos propios de la reflexión política y el sentido común. Es cierto que las consideraciones que formulamos a continuación pertenecen al ámbito sociopolítico, que no es nuestra especialidad. Sin embargo, precisamente por nuestra condición de científicos, podemos aportar algunas ideas también a este aspecto de la discusión, con una perspectiva quizás diversa a la de los no especialistas.
Todos los estamentos implicados coinciden en que las cuestiones éticas que subyacen a estas nuevas tecnologías son trascendentales. Estamos a punto de decidir que el embrión humano puede ser utilizado como materia prima para la investigación, llevando casi al extremo el proceso de cosificación del embrión iniciado que se inició en los albores de las técnicas de reproducción humana asistida. Comienzan también a oírse voces que quieren abrir las puertas a la clonación humana. Para tomar estas decisiones hay que tener en cuenta todos los aspectos humanos, sociales, económicos y científicos implicados. Aunque hay excepciones, en general, el punto de vista de la Europa continental es más respetuoso con el hombre que el utilitarismo anglosajón, pues está más basado en la convicción de la existencia de valores irrenunciables en torno a la dignidad personal. La triste experiencia de la historia reciente europea en relación a la ética de la investigación biomédica es un argumento omnipresente en el fondo de las discusiones, y nos ayuda a caer en la cuenta de que la ambigüedad en estas cuestiones tiene consecuencias nefastas. Si verdaderamente se considera a la Historia como experimentada maestra y consejera de nuestro comportamiento futuro, el análisis ético y las medidas políticas o legales que se propongan ahora deberán basarse en un exquisito respeto al protagonista más débil e indefenso: el embrión humano, a quien hay que procurar proteger con todos los medios.
Se ha subrayado también la importancia de tomar conciencia de que las decisiones éticas, políticas y legislativas que hoy adoptemos en torno a esta cuestión son de enorme relevancia para el futuro de nuestra sociedad. Hay que alejar a cualquier precio las tentaciones de tipo eugenésico basadas en las posibilidades de estas técnicas. Mediante la clonación humana, o la selección de embriones con herramientas moleculares, se podrá sin duda diseñar la descendencia desde el punto de vista de la constitución somática. De hecho, en las últimas semanas se ha empezado a plantear la conveniencia de autorizar la elección del sexo de las criaturas obtenidas por fecundación in vitro (FIVET). Pero esto parece ser sólo el principio. A partir de los datos del proyecto Genoma se pueden fabricar sondas moleculares para el análisis genético que proporcionen un retrato muy ajustado de las condiciones somáticas de cualquier embrión. Con el tiempo, también se podrá predecir cuáles son las enfermedades a las que tendrá mayor propensión. Estos datos se pueden utilizar para beneficio de ese nuevo individuo, pero también como fundamento para la «eugenesia molecular», la nueva eugenesia del tercer milenio, que podrá desechar los embriones en función de su identidad genética, o utilizar la clonación para copiar la descendencia según un modelo previo. Si no tomamos decisiones claras, podemos volver a los tiempos de la «ficha eugenésica» que se vivieron en las primeras décadas del siglo pasado en muchos países occidentales, precisamente aquellos en los que la investigación científica, y en concreto la Genética, estaba más desarrollada. En la medida en que progresivamente se reduce el embrión humano a simple materia prima para el trabajo científico, se abre un poco más el camino por el que puede introducirse la nueva selección genética molecular, de consecuencias incalculables. El sentido de responsabilidad debe llevar a legisladores y autoridades políticas a poner los medios para evitar a toda costa que resurjan planteamientos parecidos a los de la mentalidad eugenésica de principios del siglo XX. Uno de esos medios es explicar claramente a la sociedad en qué consiste la clonación y cuáles son sus peligros, de modo que se genere la convicción de que es necesario controlar esta investigación. Para tomar las decisiones acertadas, hay que estudiar la cuestión con objetividad y rigor crítico. Es preciso evitar a toda costa que las decisiones estén condicionadas por los hechos consumados, por la competencia entre grupos de investigación, o por presiones mediáticas o financieras. Ante todo, hay que pensar con sentido de responsabilidad en las generaciones futuras. En un momento tan delicado como el actual, donde las razas y las religiones han de intensificar sus esfuerzos por convivir en paz, sería un contrasentido introducir nuevos elementos de división entre los hombres, con nuevos criterios como la calidad sanitaria o la pureza genética.
Sin duda, para evitar la tendencia a la cosificación del embrión humano, además de la tarea de clarificación científica y ética, es preciso desarrollar medidas legales y políticas. Es imperativo, por ejemplo, poner los medios para evitar la creación de nuevos embriones humanos destinados a la experimentación. Asimismo, es necesario poner coto a la venta o transferencia comercial de embriones sobrantes de FIVET para protocolos experimentales. En ausencia de una legislación plenamente acorde con las exigencias éticas de la dignidad humana, vemos necesario que se tomen las medidas adecuadas para que, al menos, se conozca bien el destino de todos los embriones que se producen para FIVET. Si las autoridades sanitarias quieren evitar que se produzcan más embriones que los necesarios para finalidades reproductivas, debería funcionar correctamente algún tipo de registro nacional de embriones congelados. Asimismo, se debería exigir a las unidades de FIVET que informen a sus pacientes del número máximo de embriones que van a intentar conseguir y obtengan su consentimiento informado por escrito respecto a ese número.
Desde un punto de vista científico los resultados obtenidos y los retos planteados para células madre del adulto y células madre embrionarias son equiparables. Sin embargo, teniendo en cuenta todos los aspectos (científicos, éticos, legales), el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa de valor muy superior al uso de células madre embrionarias, puesto que permite evitar la manipulación destructiva de embriones. Solamente las células madre del adulto han mostrado su eficacia terapéutica y se utilizan ya de rutina en los trasplantes de médula ósea, mientras que los beneficios de las células madre embrionarias son hasta el momento meramente especulativos en lo que se refiere a las aplicaciones clínicas. Por tanto, es prioritario que los poderes públicos promuevan decididamente proyectos de investigación básica en relación a mecanismos de diferenciación y regeneración, y a las posibilidades de las células madre en tejidos adultos y del cordón umbilical. Aunque quizá sea necesario un cierto plazo para demostrar su eficacia, la promoción de la investigación en torno a estas células ayudará a resolver los retos propios de la terapia celular por reemplazo sin necesidad de embarcarnos en proyectos científicos y estrategias tecnológicas que comprometan al ser humano embrionario.
El veintidós de noviembre, a los noventa años de edad, murió en Argentina Lluís Antoni Santaló i Sors, máximo exponente de la Geometría Integral, gran pedagogo y divulgador científico. Autor de más de doscientas cincuenta publicaciones, muchas de ellas han alcanzado gran relevancia en la comunidad matemática internacional. Agustí Reventas Tarrido esboza en estas líneas lo que cabe considerar un breve anticipo de los homenajes que, por merecidos, tendrán lugar en próximas fechas.
Lluís Santaló nació en Girona el 9 de octubre de 1911. A los 16 años viajó a Madrid para empezar sus estudios, alojándose en la Residencia de Estudiantes, en la que ya habían vivido su tío Miquel y su hermano Marcel, también matemático. En la universidad conoció a profesores como Julio Rey Pastor o Esteve Terradas, entre otros, que tuvieron decisiva importancia en su carrera. Tras obtener la Licenciatura en 1934, marchó a Hamburgo con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios, para formarse junto al geómetra W. Blaschke. Este comenzaba a estudiar las probabilidades geométricas, base de lo que él mismo llamaría poco después Geometría Integral y a la que Santaló dedicaría su intensa vida profesional.
Pasa a Francia y es conducido al campo de concentración de Argelers, de donde consigue escapar a Colliure. Sabe por su familia que no puede volver a Girona. Por mediación de W. Blaschke y Rey Pastor, es invitado a impartir unas conferencias en París por Elie Cartan. Allí es detenido y puesto en libertad por las gestiones de Cartan. Imparte sus conferencias en marzo en el Instituto H. Poincaré, y organiza el viaje a Argentina con el dinero que Rey Pastor le había enviado desde allí. La mediación de Terradas con un obispo le permite finalmente obtener un visado.
El 12 de octubre de 1939 llegó a Buenos Aires y poco tiempo después obtuvo una plaza en Rosario. En el curso 1948-49 trabajó en Princeton, gracias a una beca de la fundación Guggenheim. Pudo asimismo impartir un curso en Chicago, invitado por M. H. Stone.
De regreso a Argentina, en 1949, se incorporó a la Universidad de La Plata. Dirigió entonces su primera tesis doctoral; fue nombrado miembro de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y profesor de la Escuela Superior Técnica del Ejército, tareas a las que se dedicó intensamente sin abandonar la investigación, los viajes, etc. Su ritmo de trabajo fue siempre intenso, por no decir frenético.
En Buenos Aires vio consolidarse su prestigio de gran docente; pues al conocimiento profundo de los temas sabía unir una notable capacidad para explicar las cosas del modo más sencillo. Cuidaba extraordinariamente la relación con los alumnos, procurando que .la enseñanza de las Matemáticas no fuera ajena a los aspectos de la personalidad de cada uno, sus deseos, su vocación, su formación. Dedicó no pocos esfuerzos al diseño de un método idóneo para la enseñanza de esta ciencia.
GEOMETRÍA INTEGRAL Y ESTEREOLOGÍA
La Geometría Integral, campo de las Matemáticas a las que Santaló dedicó toda su vida, tiene sus raíces en el famoso problema de la aguja de Buffon, descrito en el Essai d’arithmé’ tique morale (1777) y en las fórmulas de Crofton, de aproximadamente 1868, publicado en On the Theory of Local Probability.
El problema de la aguja de Buffon consiste en calcular la probabilidad de que, al arrojar una aguja al suelo, en el que se han marcado líneas paralelas, la aguja cruce una de ellas. Las diferentes posiciones de la aguja se pueden parametrizar e identificar nuevamente como puntos del plano, de manera que tenemos tantas posiciones como puntos. ¿Y qué más natural que usar el área para medir, o «contar», el número de puntos.’ Pasamos de una probabilidad que sustituye la conocida fórmula: casos favorables/casos posibles, por una probabilidad geométrica que se obtiene cocientando «áreas» (medimos con una medida apropiada que sustituye al hecho de contar numéricamente).
Como dice Santaló: «Para aplicar la idea de probabilidad a elementos dados al azar que son objetos geométricos (es decir: puntos, líneas, geodésicas, conjuntos congruentes, movimientos o afinidades) es necesario definir primero una medida para tales conjuntos de elementos».
Parece que Santaló tuviese en la cabeza las paradojas de Bertrand («¿cuál es la probabilidad de que una cuerda trazada al azar sobre el círculo de radio 1 sea mayor que raíz cuadrada de 3?»), que provienen de utilizar, de manera algo escondida, diferentes maneras de medir; es decir, diferentes maneras de interpretar la palabra «azar», algo que fue aclarado por primera vez por Poincaré en Calcul des probabilités (1912).
Algunos de los resultados más importantes obtenidos por Santaló provienen de medir directamente en el grupo de transformaciones. Hablando de manera imprecisa, sería como identificar todas las posiciones de una figura en el plano con los movimientos que llevan una figura inicial fijada a cada una de las posiciones. Las fórmulas que entonces aparecen se llaman fórmulas cinemáticas, para recoger esta idea de movimiento.
Para explicar por encima en qué consiste la estereología, podemos citar al propio Santaló: «Consideremos partículas convexas distribuidas en el espacio euclídeo. La determinación de la medida de distribución de estas partículas a partir de la medida de distribución de sus secciones con figuras aleatorias de forma conocida (por ejemplo, un cuerpo convexo, un cilindro, un plano, una banda o una línea) es uno de los problemas básicos de la llamada estereología, la cual es un campo intermedio que relaciona disciplinas tan disparatadamente dispares como la Biología, la Mineralogía, la Metalurgia y la Geometría. La Estereología trata de un conjunto de métodos para la exploración del espacio tridimensional, cuando sólo es posible conocer secciones bidimensionales a través de cuerpos sólidos o sus proyecciones. Los principales métodos de la Estereología están estrechamente relacionados con la Geometría Integral».
La Estereología, junto con sus generalizaciones como la transformada de Radon, están en la base de tecnologías tan importantes de la vida actual como la búsqueda de vetas minerales, la Metalurgia o la Tomografía axial computarizada. La obra de Santaló sigue siendo ampliamente citada por los expertos de todo el mundo. Santaló ha sido un pionero y, probablemente, el matemático español con mayor reconocimiento universal en nuestra historia.

El artista y su obra están como
«Amado con amada
amada en el Amado transformada».
San Juan de la Cruz
Un sentimiento casi primitivo preside la aproximación de Robert Le Ricolais como científico ante la realidad. Según sus propias palabras, hemos de encontrarnos preparados para enfrentarnos a «la escalofriante noción de un universo con el que no estamos familiarizados». Para él, la experiencia ante lo desconocido conecta con aquella otra experiencia cuando, antes de descubrir el Nuevo Mundo, los cartógrafos dibujaban más allá del finís terrae los monstruos que habitaban aquellos lugares inexplorados.
UN NUEVO MODO DE CONOCIMIENTO
Le Ricolais reivindica para el conocimiento esta experiencia casi turbadora, dolorosa, de quien se expone ante el territorio inmenso de lo desconocido. Es quizás el precio que debe pagar su actividad intelectual al querer empezar de cero. No es de extrañar, por tanto, que su sensibilidad poética le lleve a afirmar que «la verdadera religión es la del miedo». Estas palabras se aproximan al principio clásico de que «el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría». Para Le Ricolais, pensar es ser confrontado con nuestra ansia de saber, siempre anhelante, como una obsesión que para la mente inquieta del científico nunca desaparece. Como los griegos solían decir que «aprender» es «sufrir»; y, de alguna manera, todo aprendizaje se acerca a alguna clase de sufrimiento.
Nosotros braceamos a través de los años por el borde de lo obvio, tratando de distinguir entre lo trivial y lo complejo. Debo decir que la ignorancia ha sido nuestro mayor aliado.»
Reivindica, también, el valor de la experiencia para su trabajo como ingeniero y desarrolla su obra -para verificar con la experiencia lo que su mente matemática es capaz de abstraer de la realidad- en un laboratorio experimental de estructuras, posiblemente el más ambicioso de la historia, en la universidad de Pennsylvania. Allí desarrollará una intensa y extensa tarea docente y experimental en el campo de las estructuras.
De la mano siempre de la experiencia, con una profunda desconfianza ante el valor de las apariencias, incluso de aquello que las Matemáticas le presentan como indiscutible, va a trabajar en su taller experimental de estructuras, incorporando, de modo sorprendente en su pensamiento, la idea de la paradoja. Se trata de un reconocimiento de la no linealidad de los fenómenos naturales, difícilmente trasladables a generalizaciones.
EL COLAPSO ES BELLO
Dentro de estos presupuestos metodológicos, una de las más sorprendentes de sus afirmaciones paradójicas es la de «la belleza del fallo», del error; la consideración de que por debajo de los posibles desaciertos de una vida dedicada a la investigación se encuentra oculta la secreta energía de la verdad.
Expresión de estas ideas son las imágenes que presentamos en las figuras 1 y 2. Se trata de la misma estructura antes y después de ser sometida a un proceso de presión y colapso. La estructura utilizada la denomina Le Ricolais «tubo automórfico», llamada así porque la estructura tubular se repite dentro de sí misma. En la figura 1 vemos la maqueta -construida en acero a escala por Le Ricolais en su curso experimental de estructuras- situada en la prensa antes de ser sometida a ninguna presión. Los tubos verticales gruesos son los destinados de aguantar la tensión por compresión, mientras que los cables transversales atan estos «pilares» de modo que todos trabajen estructuralmente al unísono. En la figura 2 vemos la maqueta de la estructura después del colapso estructural. Este se produce por una deformación sinusoidal, con ligeras curvas y contracurvas, de los pilares que debían aguantar la compresión. Es ante esta imagen donde Le Ricolais descubre la secreta armonía producida por el colapso de la estructura, que nos recuerda a tantas formas naturales, como las conchas, que adquieren formas sinusoidales (figura 3) para resistir mejor a los esfuerzos de la Naturaleza.

Le Ricolais descubre con esta experiencia que, a la luz del modo de colapsar la estructura, se manifiesta, de modo secreto, el orden oculto que ésta debería haber tenido para una mayor eficacia. Es decir, si los pilares verticales de la figura 1 hubieran tenido una forma sinusoidal, contraria en cada punto a la deformación que se va a producir en ellos, la estructura hubiera resistido una mayor tensión. El modo de colapsar nos indica -dice Le Ricolais- el modo en el que esa estructura debería haberse conformado. Con esta idea llega Le Ricolais a una de sus más inquietantes paradojas: «el orden de la destrucción sigue al orden de la construcción» . Es decir, la destrucción, el colapso, la rotura, el fracaso de un experimento, tiene un orden y ese orden está íntimamente ligado con el orden de la construcción, con el orden de su origen.
DISPOSICIÓN MÁS QUE COMPOSICIÓN
«Debemos la invención de las artes a imaginaciones desquiciadas», dijo Saint-Evremond. La imaginación de Le Ricolais, si no desquiciada, estaba sensiblemente obsesionada con las estructuras, con el problema físico -y podríamos decir mental- de la estabilidad y del equilibrio al borde del colapso. Para Le Ricolais, el mundo de las estructuras y el de la poética gravitaba en torno a una misma cualidad: la disposición, propiedad que estudia la topología. Es en la acción de «dis-poner» (arrangement), en la organización topológica, en lugar de en «com-poner» (composition) -que se basa en lo puramente visual- donde se libera la energía creadora en la que se funda el arte y la técnica. «Todo no es más que cuestión de disposición -aseguraba-; en la física, de electrones; en la poesía, de palabras; en todas partes están a mano salvajes energías, a punto casi de desaparecer si se rompen las oportunas conexiones… sin duda en la mayor parte de los casos nuestras percepciones son torpes, y para descubrir estas disposiciones algo o alguien ha de descorrer un velo».
El punto decisivo era, para Le Ricolais, descubrir la relación entre la estructura de la Naturaleza y la estructura de la forma construida por el hombre. La respuesta parece estar en la sorprendente expresión: la estructura de la estructura. «La noción estructura invade el campo de nuestros conocimientos. En efecto, más que la estructura misma, importa, si se me permite el pleonasmo, la estructura de las estructuras. Se ve dibujarse la evolución intelectual en curso, donde lo cualitativo importa sobre lo cuantitativo, con la emergencia de la noción matemática de variación. El lado seductor de la topología es su generalidad, y su erosión grandiosa del detalle; el arte de las conexiones se extiende no solamente a las fuerzas que actúan sobre las estructuras, sino también a las estructuras de las circulaciones, problema esencial de la vida urbana».
CONSTRUIR CON AGUJEROS
La estructura interna de los huesos es uno de los elementos de la Naturaleza que más fascinaba a Le Ricolais, pues consistía en una malla tridimensional de gran complejidad formal, cuya geometría se rebelaba ante cualquier cálculo, debido al gran número de barras por junta y a su gran variabilidad (figura 4). La estructura ósea, compuesta de agujeros, todos de diferente forma y distribución, pero con un inconfundible propósito en su materialización, conduce a Le Ricolais a la posiblemente más rotunda y arquitectónica de sus paradojas: el arte de la estructura consiste en cómo y dónde colocar los agujeros. Una idea profundamente ligada con toda forma construida: construir con agujeros, construir con materia hueca, con estructuras huecas, resistentes, pero sin peso. Ante este descubrimiento Le Ricolais generaliza un principio de permanente validez en toda forma construida: «si se piensa en los vacíos, en lugar de trabajar con los elementos sólidos, la verdad aparece».

LE RICOLAIS Y KAHN
Muy cerca de este «construir con agujeros» se encuentra la idea de Louis I. Kahn (1901-1974) sobre las piedras huecas, a la que el arquitecto se refiere por primera vez en 1953, y que parece reflejar una profunda sintonía con las ideas de Le Ricolais: «En los tiempos del gótico los arquitectos construían con piedras machas. Ahora nosotros podemos construir con piedras huecas. Los espacios definidos entre los miembros de una estructura son tan importantes como la estructura misma. Estos espacios varían en rango desde los vacíos de un panel de aislamiento, los vacíos para la circulación del aire, la iluminación y la calefacción, hasta los espacios suficientemente amplios para andar por ellos y vivir en ellos. El deseo de expresar los vacíos positivamente en el diseño de una estructura se hace evidente por el creciente interés que se tiene en el trabajo de las estructuras espaciales».
Esta idea de la estructura de la forma, tan cercana a la topología, nos plantea una sugerente relación con la idea kahniana de forma. La relación es explícita cuando Le Ricolais interpreta este concepto de Kahn como una «entidad no polarizada hacia una configuración precisa, tendiendo solamente hacia una configuración posible». Es Le Ricolais quien más rigurosamente traduce el etéreo concepto usado por Louis I. Kahn de «inconmensurable» como «inmetrificable», interpretando así la idea kahniana de forma en conexión con su pensamiento topológico de que lo esencial del problema de la forma «escapa a la noción de medida».
El contacto de Le Ricolais con Kahn nos abre una nueva vía para el análisis de la obra kahniana, tanto sobre el común interés de ambos por generar vacíos habitables dentro de la estructura, como en el modo de acercarse a la Naturaleza, que nos llevaría a un todavía no estudiado organicismo en Kahn, tan cercano a la idea de Le Ricolais de que la forma construida tiene que obedecer -pero no imitar- a la Naturaleza. La arquitectura seguirá a la Naturaleza, según Kahn, si manifiesta cómo han sido hechas las cosas, pero se diferenciará esencialmente de ella en que la Naturaleza no puede crear una estancia, un espacio habitable, arquitectónico.
LA ESTRUCTURA CUERDA
Entre las ideas estructurales sobre las que reflexiona Le Ricolais se encuentra el concepto de cuerda, que entiende como un sólido formado al enroscar juntas tiras de hilo o de cable; cuerda que, a su vez, está formada por fibras, sucesiones lineales de granos de materia fuertemente conectados entre sí. La cuerda es una estructura de gran eficacia estructural cuya clave se encuentra en su proceso de fabricación: al enroscar unas fibras junto a otras, se refuerzan mutuamente en su capacidad de resistir tensión. Una idea casi obsesiva en el pensamiento de Le Ricolais era la de «meterse dentro de una cuerda», encontrar el modo de construir una cuerda hueca, dándole así rigidez. «¿Quién conoce una estructura mejor que una cuerda? Si tu puedes hacer una cuerda a mayor escala sin nada dentro, trabajaría como si fuera una lámina extremadamente delgada, y no pandearía, pues está tensionada».
Los tejidos se convierten para Le Ricolais en un modelo muy relacionado con la idea topológica de disposición, de organización espacial de elementos. La propia organización del tejido como estructura resistente, como conjunto de agujeros separados y rígidamente atados, según un proceso de fabricación industrial, se toman como un modelo para la arquitectura. Le Ricolais, que pensaba que cuantas más cadenas se introducen en una estructura, mayor es su capacidad resistente y rigidez, llegaba a entender el proceso de hacer una estructura eficaz con un símil muy próximo a lo textil, a la trabazón de fibras: todo se reduce a «hacer una adecuada distribución del máximo número de agujeros, y conectarlos entonces lo más rígidamente posible con cadenas que los rodeen».
Y siguiendo con el símil textil, nos propone Le Ricolais el ejemplo del traje con agujeros, en el que el sastre ajusta la tela a la talla y al oficio del vestido. Las mallas repetitivas, tan frecuentes en los elementos constructivos, pueden ser consideradas así como una clase de tejido, que explota su estructura resistente y su constitución de fibras y agujeros, para aplicar otro orden constructivo, en este caso el del arquitecto, que lo adapta a sus necesidades de uso, y a unas condiciones de sus límites. Son, en último extremo, los agujeros lo que se conserva, lo que ha de persistir, donde está el problema esencial para Le Ricolais. En un resumen de su actividad investigadora desde 1935 hasta 1969, él mismo reconoce: «Por extraño que parezca, a pesar de la diversidad de nuestra búsqueda y de la variedad de sus objetos, nuestra preocupación esencial ha sido siempre de algún modo la de hacer agujeros».
LA ARMONÍA INTERNA DE LA ESTRUCTURA
La extendida noción de forma, como algo estático y cristalizado, es para Le Ricolais una ilusión de nuestros sentidos. Su idea de forma como algo abierto, dinámico y flexible está ligada a las ideas de las matemáticas, la física y la biología. Poincaré, Euler, lord Kelvin, Ernst Haeckel y D´Arcy Thompson son referencias constantes de su pensamiento. Por este motivo, su aproximación a la forma construida no se produce desde el punto de vista estético, sino desde el matemático, tratando de eliminar las particulares visiones individuales, y cualquier «idea prefabricada» de belleza. «Una tendencia nueva, probablemente de origen abstracto o matemático, quiere hacernos considerar la forma como una pura geometría de ocupación del espacio, sustituyendo así las impresiones sensoriales imprecisas, por una noción más valedera de organización o de disposición, y en ciertos casos particulares de medida».
La mecánica ondulatoria, que al introducir el tiempo en la mecánica abre una nueva puerta al estudio de las estructuras, le sirve a Le Ricolais como punto de apoyo para abrirse a la consideración de problemas contemporáneos, entendiendo la noción de forma como un «concepto más fluido, a menudo unido con el parámetro de tiempo, que implica movimiento». Se separa así de la preocupación por una estructura estática de la forma, tratando de ampliar esa noción a la idea que la ciencia contemporánea nos ofrece.
MATERIALES CORRUGADOS
En un escrito titulado Láminas compuestas y su aplicación a las estructuras metálicas ligeras, de 1935, y publicado en el Boletín de Ingenieros Civiles de Francia, Le Ricolais introduce el concepto de revestimientos resistentes corrugados en la industria de la construcción. En varias ocasiones, antes de 1937, tuvo ocasión de aplicar este sistema, que denominó Isoflex. Consistía en la superposición de planchas metálicas corrugadas en direcciones opuestas. Se probaron, incluso, planchas corrugadas de madera contrachapada, con sorprendentes resultados. Además de las propiedades físicas que presenta esta configuración corrugada del material, como su buen comportamiento ante la lluvia, su utilidad como material de cubrición y sus propiedades resistentes, dicho material ejercía sobre Le Ricolais una fascinación especial, algo que le traía a la memoria el estriado de las columnas antiguas y que tenía que ver con la interminable repetición formal que se da en estas estructuras, «la curva sinusoidal que continúa de modo interminable repitiéndose a sí misma».
Una cierta recurrencia de la forma que también le fascinaba en los radiolarios -protozoos marinos con membranas con formas concéntricas- en los que a veces encontramos «una esfera dentro de otra esfera y, a su vez, dentro de otra esfera». Para Le Ricolais, que entendía los problemas formales ligados también a un parámetro de tiempo, el estudio de las vibraciones podía conducir, como hemos visto con su tubo automórfico de las figuras 1 y 2, a la creación de nuevas fomias.
Los experimentos que Le Ricoiais realiza con láminas de jabón le llevan a desarrollar bastantes de sus ideas. El asombroso rigor que estas estructuras tienen en su configuración es una provocación tanto para los ojos como para la mente. Cualquier contorno cerrado sumergido en una solución de glicerina con jabón origina una película de mínima superficie. Esta estructura de mínima masa representaba para Le Ricolais una imagen visual de las atracciones moleculares. Cuando se contempla un fenómeno de cerca, a veces lo que parecía complejo no lo es tanto; y en otras ocasiones, no es tan simple como parece. Una vez más el ojo encuentra ante sí una realidad que miente cuando se contempla a simple vista: lo que tendemos a reconocer como un fragmento de burbuja de jabón, no lo es en realidad, sino que lo que realmente existe son las fuerzas de atracción entre moléculas, y éstas se encuentran en constante movimiento.
Encontramos aquí una idea de forma como estructura que permanece en medio de un constante cambio y que, como muchas de las propuestas estructurales de Robert Le Ricolais, es comprensible a la luz de la mecánica ondulatoria y el movimiento vibratorio y se encuentra en una directa relación con los problemas armónicos. El origen de algunas de sus estructuras automórficas está ligado a esta «física de la armonía», pues Le Ricolais analiza las distintas configuraciones que el polvo adopta en una membrana que vibra dependiendo de la frecuencia de vibración.
No es extraña tampoco su fascinación por el movimiento de una cuerda en vibración al pensar en sus investigaciones con láminas onduladas. Con sus métodos de trabajo, sostiene que el lenguaje matemático y sus símbolos constituyen un arsenal de formas inexploradas que, aunque hoy vislumbradas a la sola luz del pensamiento, encontrarán algún día su lugar en la ciencia aplicada y en la vida diaria. En contra de la idea clásica de belleza, entendida como consonancia inalterable y cerrada de las partes entre sí y con el todo, en la que nada puede ser alterado, Le Ricolais introduce una visión más dinámica de la idea de forma, ligada con la armonía, que se refleja en la vibración sobre sí misma de sus estructuras automórficas. Si el estudio de las estructuras va encaminado a la consecución de un sistema en reposo, Le Ricolais parece buscar este sistema de reposo a través de configuraciones armónicas que le permitan comprender el permanente flujo de la realidad, el cambio como única constante de nuestro universo. De este modo, ya que para Le Ricolais sus búsquedas estructurales son también un modo de conocimiento, un cuestionantiento sobre la realidad, sus propuestas pueden ser entendidas como una búsqueda de lo invariable en el curso de un constante cambio, como configuraciones armónicas en un mundo en permanente vibración en el que la quietud no es más que una ilusión.
BIOGRAFÍA
La exposición titulada Visions and Paradox; An Exhibition of the Work of Robert Le Ricolais en la Universidad de Pennsylvania, organizada por Peter McCleary, y su reciente llegada a España y al resto de Europa pone de relieve en el panorama crítico y cultural la figura del ingeniero francés, así como su particular aproximación al arte, a la ingeniería y a la arquitectura. |
Bibliografía THOMPSON, D’Arcy Wenrworth, On Growth and Form, Cambridge University Press, Londres, 1917. |
El último Premio Príncipe de Asturias de las Artes, concedido a Krzystof Penderecki, revalida la figura del compositor polaco más internacional y uno de los músicos más relevantes de nuestro tiempo.
Dos aspectos han caracterizado siempre su música, desde las obras más innovadoras de la primera época, hasta las más conservadoras de este segundo periodo: un interés humanístico y una profunda expresividad. Pero también la audacia que en un primer momento se volcó hacia terrenos más experimentales y que en la actualidad le ha movido a profundizar en la tradición romántica, adentrándose en terrenos donde otros contemporáneos no se han atrevido. En palabras del propio Penderecki, «nosotros, los compositores, en los últimos treinta años, tendemos a evitar tanto los acordes de sonido agradable como toda melodía, porque no queremos que se nos acuse de traidores. Yo me siento libre, pienso que no debo hacer sólo lo que la gente espera de mí, o los críticos esperan de mí. A veces la música debe parar y relajarse un poco, para encontrar otras fuentes para poder continuar. A veces hay que mirar hacia atrás y aprender del pasado».
Krzystof Penderecki, nacido en Debica en 1933, pertenece a esa generación de artistas polacos formados en el aislamiento cultural de la órbita soviética, que tuvo que hacer una rápida puesta al día acerca de los movimientos de vanguardia que se habían desarrollado en Europa occidental. Fue a partir de octubre de 1956, cuando Polonia pudo abrirse al resto del continente, y los compositores empezaron a conocer la música del último Stravinsky, el dodecafonismo vienés y el serialismo que se desarrollaba en Francia (Boulez), Alemania (Stockhausen) o Italia (Nono). Ese despertar de la escuela polaca fue tan deslumbrante que produjo grandes frutos en todos los campos artísticos. En la música dio especiales muestras de pujanza creativa, instituyéndose el Festival de Otoño de Varsovia, con especial dedicación a la nueva música, o con la creación de uno de los primeros laboratorios de música electroacústica de Europa. Pero además, y de forma muy destacada, la figura del joven Penderecki vino a confirmar el potencial renovador de esa nueva generación artística.
En 1959 ganó al mismo tiempo con tres obras suyas –Estrofas, Salmo de David y Emanaciones– los primeros premios que concedía la Asociación de Compositores Polacos. Fue la revelación de un músico que tenía mucho que decir. Al año siguiente estrenó con gran éxito Anaklasis en el Festival de Donaueschingen, lo que supuso el comienzo de su fama internacional.
Desde sus primeras obras demostró su afán innovador, buscando nuevas sonoridades a los instrumentos de cuerda, tocándolos de forma poco convencional, produciendo sonidos chirriantes o simples golpes en la caja, para lo cual tuvo que idear una nueva notación. Pero su intención siempre fue expresiva, nunca efectista. En Treno portas víctimas de Hiroshima (1960) para cincuenta y dos instrumentos de cuerda, desarrolló todos estos aspectos, en una composición eminentemente textural, al estilo de las masas sonoras de Ligeti o Xenakts. Las grafías utilizadas en esta obra no sólo son novedosas para la tradición musical, sino que desde un punto de vista gráfico resultan cuanto menos curiosas. Es lo que algunos analistas han definido como notación óptica. Y es que el propio Penderecki cuenta que antes de ponerse a escribir notas dibujaba la partitura, esto es, concebía la música como un espacio, que al hacerse sonoro, se desarrollaba en el tiempo.
Planteándose nuevos retos, a mediados de los años 60, dirigió su atención hacia la polifonía del Renacimiento, y aplicó su propio lenguaje a las formas musicales de autores como Palestrina u Orlando di Lasso. Así nacieron una serie de obras sacras como el Stabat Mater (1965), Dies Irae (1967) y Utrenya (1970). Con la Pasión según S. Lucas (1966), obra encargo de la radio alemana, Penderecki abordó la combinación coralinstrumental, creando un oratorio a la manera barroca, en el que el coro, representando al pueblo, chilla y susurra, de forma tan expresiva como espectacular. Esta obra tuvo una importante repercusión y se difundió rápidamente por Europa a través de la radio y el disco. En 1973 compuso el Magnificat. Era la obra polifónica más elaborada de cuantas había escrito, tras la cual no quiso continuar por ese camino. «Con el Magnificat llegué al lugar donde no podía ir más lejos, todo el complejo lenguaje polifónico -dice el compositor- llegó a ser muy complicado… Después de la triple fuga del Magnificat, pensé que no podía repetir las mismas cosas, ni escribir de forma aún más complicada…no me interesa componer con tanto tecnicismo involucrado».
Mientras tanto ya había escrito para la escena operística Los Demonios de Loudon en 1969, de temática exaltada, proclive al uso de las técnicas que ya había desarrollado antes, como los efectos sonoros instrumentales y vocales y el uso de las masas sonoras tratadas como bloques de sonoridades contrastantes. Otras obras escénicas destacadas han sido Paraíso perdido (1978) y Ubu Rex (1983), ésta última de carácter burlesco, al estilo de las óperas bufas de Rossini.
A finales de los años setenta y principios de los ochenta, su lenguaje inició una transformación hacia un territorio teñido de romanticismo: «Mi composición en este nuevo estilo es quizá algo que camina hacia atrás, pero lo hace para poder avanzar. Con todas las complicaciones de los nuevos descubrimientos en música, hemos de parar y pensar en la historia, en la tradición».
Profundizando en el sinfonismo de finales del XIX y principios del XX, empezó a valorar la gran aportación sinfónica de compositores románticos como Sibelius, Bruckner o Shostakovich. Sin emular directamente a estos autores y sin abandonar nunca su lenguaje tan personal, el estilo de Penderecki dio un giro en busca de las sonoridades más conservadoras. Es la etapa en que inicia la composición de sinfonías: la Primera ve la luz en 1973, la Segunda en 1980, y en años sucesivos iría presentando más obras con esta forma, hasta llegar a la Quinta en 1992.
Otro capítulo importante de su producción está dirigido a los grandes solistas, como el concierto que escribió en 1977 para el violinista Isaac Stern y el Concierto para violonchelo (1982), entre otros.
Desde 1972, es director de orquesta y se ocupa personalmente de interpretar sus obras, junto a otras tanto del repertorio tradicional como de autores contemporáneos. En su forma de dirigir, con la batuta en la mano izquierda, impone una autoridad indiscutible: baila al ritmo de la música, salta y se mueve de manera tal que casi sólo a través de los gestos consigue transmitir la emoción de la partitura. Su forma de dirigir tiene un poder de comunicación que hace inteligible su música incluso a los menos receptivos. La interpretación de sus propias obras ha convertido sus versiones en un punto de referencia incuestionable. Es un director muy exigente y su música requiere grandes intérpretes.
En numerosas ocasiones ha venido a España para presentar aquí sus obras. En 1984, estrenó en Barcelona el Requiem polaco, compuesto en solidaridad con el sufrimiento histórico del pueblo polaco. Más recientemente vino a presentar Las Siete puertas de Jerusalén. Ahora se encuentra preparando un Concierto para piano y orquesta que con toda probabilidad se estrenará en 2002.
La gran aceptación que ha tenido su música, tanto de la primera como de la segunda época, se debe seguramente a que ha sabido establecer una intensa correlación con el sentir de cada momento. Es un creador que no ha querido permanecer indiferente a los acontecimientos de nuestra época y su música está marcada por un gran humanismo, y con él entronca, al igual que sus últimas obras sinfónicas, con el más puro sentir romántico.
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ALGUNOS DISCOS DE KRZYSTOF PENDERKCKI Treno por las víctimas de Hiroshima/ Capricho para violín y Orquesta / Partita para clave y Orquesta / Concierto para violonchelo / Sinfonía nº1 / El Sueño de Jacob Sinfonietta para cuerda / Cuarteto parar clarinete y cuerda / Sonata para violín y piano / Benedicamus Domino / Song of Cherubim-Lacrimosa / Concierto para flauta |
Desde hace más de treinta años se vienen publicando en España obras de José Martí, con el desconcierto, hasta hace muy poco, de los editores y estudiosos martianos, que veían el éxito de estas ediciones en muchos y diversos países extranjeros, de casi toda Europa y América (incluido Estados Unidos), mientras en España corrían un destino limbal de ignorante silencio. Sin embargo, tal desconocimiento, que ha durado casi un siglo, tiene unas razones que lo explican suficientemente, aunque no hablen muy bien de nosotros y ya, por fortuna, hayan dejado de actuar en buena medida.
Martí, el líder espiritual y político de la guerra de independencia cubana, que vivió en España algunos de sus años juveniles, fue considerado en nuestro suelo como el autor del proceso ideológico y político que nos hizo perder la más preciada colonia y la gloria nostálgica de cualquier ensueño imperial. A ese distanciamiento con respecto al héroe cubano se sumaba la percepción que durante tantos años, desde 1898 hasta hoy mismo, hemos tenido los españoles sobre Cuba: una isla de incalculable riqueza económica y humana, pero políticamente irredenta por la insistencia de un destino trágico, del que Martí parecía ser culpable.
Otras razones literarias, no menos decisivas, contribuyeron a esta peyorativa o nula estimación: Rubén Darío, con la publicación de su volumen lírico Azul, en 1888, llegó a eclipsar al maestro cubano como fundador del decisivo movimiento modernista en la literatura hispánica; el genio de Rubén no sólo se apropiaba de una patente indispensable, sino que dejaba en el olvido las voces de otros autores afines en su empeño y no menos significativos. Téngase en cuenta, además, que el modernismo literario, al menos en suelo español, conocerá un largo período de menosprecio o, por decirlo más justamente, de terca incomprensión; concretamente desde los años veinte hasta bien iniciados los cincuenta del siglo recién concluido. En tales años, junto al moderado furor vanguardista, se quiso ver en la llamada generación del 98 la vertiente literaria saludable y «profunda» del fin del siglo XIX, la portadora del humanismo que la modernidad demandaba en nuestra patria. Los modernistas, con Rubén y todos los demás, incluso los menos conocidos, se vieron indiscriminadamente tachados de afrancesados y abanderados de un culto vano a la belleza externa. La historia es bien conocida y en España hubo importantes excepciones en la crítica y en la recepción del movimiento, pero ésta fue la actitud generalizada y escolarmente transmitida, que no favoreció nada al maestro cubano.
Pasan los años cincuenta y, hacia finales de esta década, se inicia un proceso general de revisión del modernismo con estudiosos muy notables en todo el mundo occidental. Se reconoce el dramatismo íntimo y universal de sus poetas y, lo que es más importante, la no menos recia condición artística de la prosa de aquellos dubitativos autores del fin de siglo, ansiosos de un Absoluto que la modernidad científica y socioeconómica ponía entre paréntesis o al margen de su despliegue. En América surgen martianos tan decisivos como Juan Marinello, Manuel Pedro González, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Ivan Schulman y, ya en los setenta, José Olivio Jiménez, entre otros muchos que sería imposible enumerar.
En España, en cambio, junto al viejo prejuicio del antipatriota Martí, se suma la apropiación adulterada que sobre su pensamiento realiza la Cuba revolucionaria. Por el fervor que la revolución suscitó en sus inicios, debemos reconocer que durante los sesenta pudimos contar con una serie de escritores españoles que miraron hacia su obra, bien que escasa de ediciones asequibles en nuestro país, donde la censura tampoco propiciaba un encuentro efectivo con su escritura. A finales de los setenta, la promisoria revolución cubana, convertida ya en dictadura caudillista pertrechada por la Unión Soviética, siguió instrumentalizando arteramente la imagen total de Martí, desfigurándola y haciéndola casi aborrecible para los que nunca se habían acercado a sus verdaderas palabras.
Casi como réplica, desde el exilio norteamericano más atrincherado en el capitalismo se empezó a dibujar a un Martí liberal en lo económico, que podía servir muy bien para su causa. En medio del desconocimiento general que continuó reinando en España hacia el autor, unido a la considerable dificultad editorial para acceder a su obra, la figura martiana quedó rodeada de una aureola tan mítica como contradictoria, en la que su irreductible grandeza literaria no contaba para casi nada. Sólo algunos españoles con sólido criterio intelectual y poético se atrevieron a bucear entre sus páginas, como en su época lo hicieran figuras tan notables como Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez.
Llegamos así a los noventa y nos encontramos con un panorama progresivamente alentador. En esta última década la importancia de la literatura hispanoamericana en su conjunto —no sólo la de unos cuantos poetas (Darío, Vallejo, Neruda) y la de los más afortunados narradores del llamado boom— llega a ser un hecho que torna muy distinto el mundo editorial, el sistema académico y, a fin de cuentas, las preferencias del público lector. La literatura hispanoamericana, que hasta mediados de siglo se consideraba un apéndice casi prescindible de la española, hechas algunas excepciones, se convierte en un caudal lleno de riqueza cultural y expresiva, marcado por el signo del atrevimiento estético, la ruptura y la crítica, que contrastan con la excesiva complacencia española en sus grandes clásicos de siempre. Y si se trata de conocer la naturaleza de esa magna tradición hispanoamericana, Martí se constituye ya en un referente inexcusable, tanto por su conciencia americanista como por su carácter fundacional de la modernidad literaria en aquel continente. N o en vano, en unos apuntes suyos que podrían fecharse en torno a 1882, había escrito: «No hay letras, que son expresión, hasta que no hay esencia que expresar en ella. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica».
En el mundo académico español, durante esta última década, encontraremos profesores e investigadores que indagan con el mayor rigor posible en los textos martianos y que transmiten su excepcional maestría literaria y su extraña actualidad después de un siglo. Cabe citar, en este apartado, a compañeros tan perseverantes en este empeño como Álvaro Salvador, Ángel Esteban, María Luisa Laviana Cuetos y Mercedes Serna.
Las condiciones ideológicas y literarias han cambiado mucho. La obra de Martí, ya muy accesible en ediciones fidedignas, es leída en España con el entusiasmo de lo inédito y de lo que descubre horizontes intelectuales y morales en un clima de escepticismo o de pensamiento débil. El proceso está apenas empezando, pero Martí ya es un clásico indiscutible en la estimación literaria española, así como el portador de un sólido humanismo, integrador coherente de todos los saberes que la modernidad ha disgregado en cien mil disciplinas científicas prácticamente inconexas. El futuro intelectual deberá estar en la integración de todas ellas; ahí está también el modelo martiano.
***
La vigencia de José Martí, como poeta, escritor en distintos géneros y pensador en su más sustancioso sentido, sigue hoy tan viva como nunca, y algo de eso habrá podido vislumbrar, por lo dicho, el lector no familiarizado con su figura y su obra. Martí fue el primer escritor en lengua castellana que advirtió la autonomía —no absoluta independencia— entre la poesía, la literatura toda y la moral; de manera que pudo mantener un riguroso equilibrio entre los dos grandes extremismos de toda la historia literaria: el esteticismo y el moralismo, mucho más agudos y distorsionadores a partir de la modernidad.
Esta lección sigue siendo necesaria, pues aún resulta infrecuente hallar una persona con acendrado criterio literario no confundido con su personal juicio moral; el caso inverso se dio sobre todo entre el último tercio del siglo XIX y el primero del XX, cuando la ética abdica casi plenamente en la estética. Martí fue siempre consciente de que la poesía tiene su propia ley, y de que juzgarla con patrones morales, por muy nobles que sean, puede conllevar —y de hecho conlleva a menudo— una violencia extrema contra la naturaleza del hecho poético.
Por eso fue capaz de reconocer en su coetáneo y compatriota Julián del Casal una excelencia poética todavía rara en la poesía hispanoamericana: El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo como una nota de arpa. N o se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble y graciosa. Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián de Casal. Pero esa admiración poética, por lo demás tan justa en lo literario, no le impide señalar su distancia ética con respecto al poeta en cuestión, tan lejano (en su infinito desconsuelo) al optimismo esencial que, en medio de su dramatismo existencial, profesa siempre Martí. De Casal advierte, por tanto, que, pagado del arte, por gustar del de Francia tan cerca, le tomó la poesía nula, y de desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria.
Martí propondrá la necesidad de consustanciar en la persona del poeta las dimensiones ética y estética inherentes a la naturaleza humana; pero reconociendo su legítima autonomía, es decir, sin instrumentalizar la poesía para fines ajenos a la contemplación artística y, de otro lado, sin deshumanizarla hasta el punto de privarla de su raíz espiritual y de su cordialidad comunicativa, que, por ser humana, ha de revelar la vocación moral de nuestra condición.
Tal lección sigue vigente, por cuanto previene al creador literario, al crítico y al lector de hoy del sectarismo ideológico, por una parte y, por otra, de la asepsia esteticista que, en nombre de la «corrección política», rehúye cualquier solución comprometedora para la conducta humana. Esta dimensión ética de la obra martiana no se reduce a un adoctrinamiento práctico para las situaciones concretas de su vida y de su tiempo, sino que arraiga en su concepción del mundo como armonía esencial entre la Verdad, el Bien y la Belleza, de raíz platónica y cristiana a la vez; armonía que rige tanto la vida cósmica como el concreto actuar individual de cualquier hombre libre: La vida es grave/ porción del Universo, frase unida/ a frase colosal (Poema «Pollice verso»).
Asimismo, la modernidad {y posmodernidad) de su discurso moral queda salvaguardada y muy operativa desde el punto de vista literario, pues Martí no enseña desde la abstracción teórica de las ideas, sino mediante la representación existencial del drama íntimo que acontece en todo poema suyo y en cualquier texto en prosa de cierta extensión.
Consciente, además, de que el drama íntimo nace con frecuencia de la condición social del hombre, Martí transmite en su escritura más íntima y sincera las implicaciones solidarias de su existencia personal. Su defensa de la democracia, ante el peligro de cualquier tiranía ideológica y política, no abdica del compromiso social y de la justicia universal para todos los hombres, así como tampoco del deber de buscar la verdad y trabajar desde ella por el bien común, sin soslayar la legítima libertad del individuo. Un ensayo suyo de 1886, prácticamente desconocido hasta 1980, titulado por José Olivio Jiménez como «El movimiento social y la libertad política» (se puede leer en su antología de Ensayos y crónicas de José Martí), nos invita a reflexionar con serenidad y madurez de juicio sobre los desgarrones que amenazan al sistema democrático y a la comunidad humana cuando no se vertebran según estas dos coordenadas esenciales: la libertad y la armonía social.
Muchos problemas sociales y morales de nuestro tiempo encuentran una magistral solución en el proyecto humanístico martiano: su americanismo es, por naturaleza, integrador de todas las razas y culturas del Nuevo Mundo, y tal integración se fundamenta en el carácter sagrado que posee toda existencia humana, llamada a convivir según la armonía que nos enseña la suprema lección de la armonía cósmica, fruto de la acción amorosa de Dios.
Todos estos, y otros muchos valores que sería imposible mencionar en la brevedad de estas líneas, aparecen encarnados en una personalísima escritura literaria, abierta a las influencias más variadas y sintetizadas por un talento creador siempre vigilante ante el mimetismo de cualquier modelo. No en vano escribió en 1882, con frase lapidaria, uno de los principios que presidieron toda su poética y su inmensa producción en prosa y en verso: «Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de algunas de ellas».
Con tales argumentos, tan someramente esbozados, sólo cabe esperar que su actualidad, también en España, siga alcanzando el reconocimiento permanente y universal que es propio de los verdaderos clásicos.
En el año 95 las editoriales españolas hicieron un gran esfuerzo por difundir la obra de José Martt, para unirse a la celebración del centenario de su muerte, que Cuba preparó con tanta dedicación. Alianza Editorial contribuyó de un modo especial publicando en un tomo, por primera vez en España, las poesías completas del mejor escritor cubano de todos los tiempos. La edición, a cargo de Carlos Javier Morales, consta de una introducción que pone al día, Con mucho acierro, los estudios sobre la poética martiana, una cronología de la vida del héroe cubano y una bibliografía esencial. La labor de Carlos Javier Morales ha sido ejemplar no sólo en los criterios seguidos para la introducción, sino también en el aparato crítico, las notas a pie de página que aclaran los aspectos más complicados de los textos martianos. Esta reciente segunda edición (2001) corrobora de un modo patente el interés creciente en nuestro país por la obra del cubano más universal y de uno de los autores más sobresalientes en la lengua de Cervantes. |
De Juan Antonio Gaya Nuño, en la Soria de hace treinta, cuarenta años, sólo se decía una cosa: que su padre, don Juan Antonio Gaya Tovar, había sido sacado de su casa tirándole de las barbas, y que, una vez arrastrado por la escalera hasta la calle del Marqués de Vadillo, fue llevado después, sin más contemplaciones, al pelotón de fusilamiento. Esto es lo que se decía, todavía, entre gentes que, en el mejor de los casos y según se iban cerrando las cicatrices, parecían dispuestas a… entender. Lo normal, con todo, era el silencio, un silencio que pretendía más que nada el olvido, cuando no un silencio a la defensiva de impertinencias que pudieran perturbar el deseo —como había dicho Antonio Machad o— de seguir durmiendo «a la sombra de la Colegiata». Para aquella oscura y sotanesca ciudad, el hijo del médico republicano no dejaba de ser de la cáscara amarga.
Yo no sé si alguna vez llegué a ver a Gaya Nuño. Murió en 1976, y es muy posible que me lo encontrara en la vieja librería de Antonio Ruiz, en la esquina de la Avenida de Navarra, que allí ha servido siempre de sede para las conspiraciones literarias y artísticas. Pero no lo recuerdo; y tampoco hace falta, porque creo que la figura soñada de Gaya Nuño, cuando se me aparece, lo hace con visos bastante verosímiles y con rasgos cercanos a los que fueron reales. Además, tengo las fotografías, en cierto rincón de la Dehesa, o en la calle del Ferial, con amigos, alguna tarde de merienda veraniega antes de todo lo que vino después; o en la de la visita a Numancia, con Pepe Tudela, Fernando de los Ríos y Federico García Lorca, cuando llegó a aquellas tierras —a inaugurar su travesía— La Barraca.
No sé, y ya nadie parece que pueda saberlo, cómo era el Gaya Nuño de los tiempos aquellos, de los tiempos de antes del acontecimiento que marcó indeleblemente su vida. El acontecimiento fue la Guerra Civil, que partió su existencia en un antes y un después de fractura inconsolable, irrestañable, y a ese antes y a ese después se refiere todo lo que escribió, como si su literatura contara de partida con una estructura del tiempo que para él resultaba fija y fáctica, hasta el punto de que cualquier ficción de las suyas —que en sus libros mayores no llegan a serlo del todo— nunca pone en entredicho esa condición de la realidad, de su realidad, la de vivir en un cierto y axiomático tiempo partido. Por eso, el Gaya Nuño del que sabemos todos se corresponde siempre con una figura trazada con rasgos urgentes, violentos, una persona más bien colérica, de voz profunda como de cueva, de gran altivez, de gran orgullo, y siempre de grandes dignidad e integridad que lo hacían inasequible al pacto y al mercadeo, sobre todo cuando se trataba de cuestiones intelectuales, sociales o morales. Poco a poco, los tiempos, también los de la pequeña ciudad, iban cambiando; Juan Antonio Gaya, durante los años cincuenta y sesenta llegó a ser un prestigioso crítico y un historiador clave del arte español de la época, y es por esas dos cosas por lo que en Soria, entre sus paisanos —sin ella ni ellos no habría literatura de Gaya Nuño—, se decía aquella única cosa de la que hablábamos, dicha como para comenzar a entender, como para disculpar un… resentimiento.
Pero así ocurrió. Gaya Tovar era cabeza visible del Partido Republicano Radical, y a mediados de agosto de 1936, cuando los requetés entraron en Soria, fue terriblemente paseado y ejecutado. Juan Antonio, en 1935, había ganado ya el doctorado en Arte, pero como nadie iba a pensar a partir de entonces en la para él francamente imposible cátedra, se alistó en el ejército republicano del frente.de Guadalajara. La cátedra ya no la obtendría nunca. Si acaso, la cárcel, las varias cárceles, y luego el trabajo —nunca asegurado— en esta o aquella editorial, en esta o aquella investigación artística, en esta o aquella colección, un trabajo intenso, increíblemente prolífico, como estudioso del arte y como el autor de libros tan conocidos como la Historia de la crítica de arte en España o tan emocionantes como La pintura española fuera de España (España, pues…). Pero de aquellas tareas, de seguir dilucidando «si Picasso y Dalí nacieron gemelos y de un mismo vientre», de «si la pintura figurativa es materia santa o malvada», llegó un día en que se declaró «ahíto», y entonces, en 1953, dio rienda suelta a su vocación de escritor, algo que, por otro lado, resulta evidente en cualquiera de sus libros históricos y eruditos.

Aquel año, Gaya Nuño, acogiéndose a la colección que Rodríguez Moñino dirigía para Castalia, publicó El Santero de San San Saturio. Aunque sólo contáramos con aquel libro, su autor se nos debiera aparecer como el de una de las prosas mejor trabadas y labradas del siglo XX, que ya es decir; pero parece necesario decirlo, a sabiendas del carácter marginal con ei que se ha venido considerando su literatura —como de a ratos robados a los estudios artísticos— y con el que él mismo la consideró, un poco para ponerla a defensa de los gremios y de los profesionalismos literarios, que no quería que rozasen la verdad verdadera de su trabajo creador, y con el orgullo de sentirse casi a gusto dando al mundo oficial de la literatura •—por todos los mundos oficiales sintió la misma repulsión— el pasto de tenerlo por confundido con un historiador del arte. Y además de saberse confundido, Gaya Nuño se supo pronto, como escritor, inclasificable. Esto ahondaba el carácter aparte de su literatura, tanto al menos como el orgullo del autor, alimentado siempre por la propia seguridad de estar obedeciendo a una indeclinable verdad moral y a la independencia personal que, en medio de la penuria, 1a barbaridad y el miedo, logró salvar de todas las derrotas colectivas. Así las cosas, él mismo llamó a sus libros «estrafalarios», «ni filosofía, ni historia, ni ensayo, ni novela, ni cuento, sino una zarabanda de prosas aglutinadas por el dictado común del título». Con ese apelativo calificó El Santero.,. y el Tratado de mendicidad, y los dos obtuvieron rechazos o silencios por muy contrapuestas razones. En El Santero de Saturio, Gaya Nuño se sitúa como un especialista que trabaja en la Bibliografía crítica de Picasso y que, «harto de perder todas (sus) horas hablando con algunos listos y muchísimos tontos» en la gran capital, siente un deseo de Duero, de altos chopos, de sierras grises, «pero, sobre todo, de paz», de modo que, visto el anuncio que demandaba la ocupación de la vacante dejada por el antiguo santero fallecido, decide retirarse a cuidar la ermita del santo patrón de Soria, mezclando la labor del encargo bibliográfico con la de ir escribiendo un quincenario —el que dará al libro su carácter misceláneo— dedicado a lo que, cumplido el plazo para que el olvido transmute el dolor en literatura (cuyas fechas él mismo graba a navaja en uno de los chopos ribereños de la curva de ballesta: 1936-1951), explícitamente se propone: «un proceso judicial —y sentimental— de la ciudad, de la provincia y de sus moradores».
Juan Antonio Gaya Nuño todo lo dijo explícitamente. Nada se encontrará en sus páginas de guiño cedido a la significación que pueda extraerse de alabeos estructurales o simbólicos. Ninguna posibilidad interpretativa escapa a lo que taxativamente dice proponerse el escritor —un escritor que mira desde arriba y que, a veces, se llega a mirar mirando—, de ahí que sus páginas rezumen ese sabor a usanza antigua que gusta de declarar sus intenciones, de manera que lo que pueda hallarse de artístico en su escritura no vendrá del plus significante concedido a la hipertrofia formal, sino de la sabrosa calidad de un ritmo y un lenguaje prestos a transparentar los contenidos. El Santero… fue el libro que más circuló de los suyos, sobre todo a partir de 1965, en que lo reeditó la colección Austral. Cuando salió, su negra provincia lo recibió como lo que era, un ajuste de cuentas, y fue contestado con anónimos, condenas y prohibiciones. El ajuste, sin embargo, no era con unos nombres o unas personas; era, como todo lo escrito por su autor, con un tiempo, con la pérdida de un tiempo, anterior y ya soñado, el de una ciudad liberal, culta y educada que había desaparecido para siempre mientras la actual estaba «matando sus honrados hábitos». Y ésa fue una de las respuestas —esperada— que obtuvieron sus libros. La otra fue la que el polo contrario de la opinión le deparó al Tratado de mendicidad.
La inclinación de Gaya por los humildes y los marginados no era ideológica; no lo era de programa ideológico asimilable a tal o cual posición de entre las derrotadas en la guerra o de entre las que se oponían a la dictadura con gran finura teórica de diferenciaciones tácticas. La suya era una inclinación genéricamente moral, humanitaria, rebelde, jacobina, de defensa de los pobres frente a los ricos («son pobres como ratas, claros y sencillos como el agua, amigos sin raspas»), y de la instrucción frente a la barbarie (mejor decir la instrucción, porque la cultura y sus academias fueron uno de los blancos preferidos para los sarcásticos cuentos que escribió después). La suya era, sencillamente, la inclinación por la libertad. Por eso, es él mismo quien, como siempre, no quiere dejar cabos sueltos y en la Introducción al Tratado… —su segundo y último libro «estrafalario»— se pone la venda con antelación al golpe que, desde luego, no tardó en llegar. «En lo que toca a estrafalariez —dice—, me temo que da ciento y raya al del santero. Y no faltarán almas que de ello se escandalicen, acusándome de durísimo corazón por sacar a plaza literaria las gentes más infortunadas y llenas de desgracia de nuestro pueblo (…). Pero no habrá tal, porque los muchos mendigos aparecidos en este libro van muy bien arropados de simpatía. (…) Era indispensable acercarse a ese mundo mendigo con algún optimismo (…)».
Y ocurrió lo previsto: el Tratado de mendicidad fue acusado poco menos que de irresponsable ironía, detectada en seguida por quienes vieron en él una rica prosa de tipos y costumbres pintorescos que venía a suponer una evasión del cejijunto y miserabilista compromiso al que se debía obligar una crítica real del sistema económico y político que sostenía la existencia de aquellos… desfavorecidos. Al liberal, al numantino, al irreductible, al anticlerical (también de clero ideológico) Gaya Nuño, los mendigos, sus «caballeros mendigos», le parecían sin embargo en algún punto envidiables: «¡Benditos los que así hacen, libres de cuidados y de responsabilidades, sin otro interlocutor que el padre Sol ni mayores cuidados que el dejar gotear lentamente la vida!». Y esto, claro, también resultó imperdonable.
Yo creo que la responsabilidad de Gaya Nuño tiene en ambos casos, en los dos casos en que sus libros fueron tachados de frutos indeseables, un campo, una tesitura de intención y de acción, que la hacen distinta de lo que para unos era la reacción y para otros la revolución (así eran los tiempos), incurriendo de consuno en la paradoja del mismo juego. La responsabilidad de Gaya se revela en su escritura. Y lo hace sobre todo en esos dos libros. Luego publicó, si se quiere, el más ambicioso, la Historia del cautivo, que tuvo que aparecer en Méjico, un «episodio nacional» que constituye su única tentativa —magnífica— de novela, en la tradición de análisis de la guerra de Marruecos que habían inaugurado Sender y Barea. Después, los cuentos de Los gatos salvajes, dando más vueltas a la noria de la guerra y la posguerra («no deja de ser osadía ésta de iniciarse en una determinada, técnica a los cincuenta y tantos años de edad…») y los de Los monstruos prestigiosos, con los que fustigó lo bufo y lo grotesco de la cultura burocrática, de igual modo que en otros muchos relatos hasta hoy inéditos. Pero en el Gaya Nuño estrafalario, en el Gaya que resucita y mezcla géneros desaparecidos, en el Gaya aparte que desliza sutiles controversias —admirándolo— con Galdós y elogia sin dudar la escena quinta del Romance de Lobos o un párrafo de ¡Viva mi dueño! en el que «los zarrapastrosos y pardos mendigos de Valle-lnclán están arrancados de la verdad más dura, pintoresca y engarabitada de España», hay un empaque moral que hace de la responsabilidad cuestión, si cabe, más alta y, acaso, más misteriosa, cual es la que compete al grave interrogante por el que nos preguntamos el porqué de una escritura que, pese a la derrota, al imperio del mal, a la marginación, al recuerdo del asesinato, a la traición, no cree que la tragedia sea irredimible, que lo negro y terrible de la existencia sea un destino, que el hombre no sea perfectible. Y no, la literatura de Gaya Nuño, pese a todo eso, no es triste. Ése es su enigma. No es tristemente irredimible como la de Solana. Y no es estilísticamente triste como la de Cela. Gaya Nuño —también explícitamente— quiso diferenciar el estilo de lo que él llamaba «el buen escribir». En España, existe algo parecido a una tradición que, a lo que se ve, garantiza pronto el éxito literario. Se trata de la brocha espesa, de la metaforización inconsecuente y de la estampa tremenda. Es, también, un estilo. La prosa de Gaya Nuño no es un estilo; es la de quien declaró, cuando ya había publicado más de cuarenta libros, estar dispuesto a darlos todos «por la seguridad de haber dejado una sola página en castellano ejemplar». Y con eso no quiso referirse digamos que al… primor, sino a la responsabilidad moral de quien sabe que la libertad, la esperanza, la bondad, tienen, pese a toda la realidad de los hechos que atraviesa la angustia, una vida gramatical, lingüística, una realidad que hace existir al bien y a la verdad aunque no sean. «Las ciudades, río, río Duero, son accidentales y cambiantes (…). Es la geografía —escribió— la que no cambia. (…). Todo lo demás es anécdota pasajera (…). Tú sobrevives y eres eterno, (…) Fueron tus aguas lasque templaban las hojas de tas falca tas numantinas. Sepas que, si éste era tu orgullo, es el nuestro también». Y en la geografía de sus páginas, en el hilván precioso de su idioma, están para siempre a salvo (¿no es eso, pese a lo que pese, la esperanza que habita en la obra de arte?), prístinos y recién nacidos, el amor y la libertad, como si fueran -—que allí lo son— eternos, a sabiendas de que lo bien obrado ni aun en sueños se pierde.

Diego Valverde Villena (Lima, 1967) es un criollo de muchos saberes, de muchísimos saberes, una especie de amenísima enciclopedia viviente y, a la vez, una extraordinaria persona (algo esto último que no tiene que ver con la buena o la mala literatura, pero que ayuda a hacer más agradable la vida de los demás). Entre las pasiones filológicas, musicales, antropológicas, históricas o cinematográficas de Diego, resulta difícil saber cuáles han influido de manera más determinante en la configuración de su personalidad literaria. Además, todas se relacionan en él de manera inextricable y acaban apareciendo en la superficie de sus poemas o permanecen implícitas sustentando de manera invisible esa construcción de vida apasionada y de apasionada cultura que es la obra poética de Diego Valverde Villena. Si finalmente tuviera que destacar algunas de esas pasiones, subrayaría tal vez su desmedido amor por todo lo medieval y, en concreto, por el Minnesang, por la lírica de los provenzales y por los deslumbrantes versos de nuestro Ausias March. Su poesía se ha nutrido de estas experiencias lectoras, pero es fácil adivinar en sus versos la presencia de otras pasiones: Ovidio, San Juan de la Cruz, Shakespeare, Donne, Coleridge, Rimbaud, Rilke, Vallejo, Celan…
Diego Valverde Villena ha publicado un libro de poemas: El difícil ejercicio del olvido (La Paz, 1997), y un cuadernillo: Chicago, West Barry, 628 (Logroño, 2000). El poema que hoy presentamos pertenece a su próximo libro, No olvides mi rostro (Premio Villa de Leganés 2001), que verá muy pronto la luz en Huerga y Fierro, y que es un ejemplo de coexistencia perfecta entre vida y cultura. Las referencias literarias, mitológicas e históricas ayudan a resaltar la desazón del enamorado, su consuntiva pasión. El tópico de las flechas se vuelve una realidad sangrante. Las alusiones históricas, esas nubes de flechas que ocultaron el sol en las Termopilas o que acabaron con lo mejor de la caballería francesa en Agincourt, no son sólo hipérboles: con ellas la realidad se abre paso en el escenario simbólico y hace posible la hermosa crudeza de los versos finales.
POÉTICA
Diego Valverde Villena
Si me piden una definición de la poesía, me pasa como a San Agustín con el concepto de tiempo: si no me lo preguntan, lo sé; pero no si me lo preguntan. Mi poética personal se halla veteada entre mis poemas, o se esconde, abrazada a mis preferencias y afinidades, en los comentarios y lecturas que hago de otros poetas.
El libro que guarda los nombres de los poetas que me han conmovido es un libro de arena. Gracias a ellos mi vida está más llena de vida. Un agradecido afán de emularlos está en el principio de todo lo que escribo.
Prefiero siempre la sugerencia, la palabra que camina tomada de la mano del silencio. La que a veces se hace oscura de ser pura luz, de estar tan cargada de sentido.
Creo en la poesía como una continua persecución de la línea del horizonte. Una peregrinación en busca de la palabra, que es la misma para todos y distinta para cada uno.
Para mí, escribir poesía es salir a la ventura por un lugar que no tiene nombres. Todo está ahí para todos desde el principio de los tiempos; pero la mirada del poeta debe posarse en cada cosa con la virginidad curiosa de los ojos del niño, y recrear la Creación a cada paso. Ungir de candor los significados milenarios. Alumbrar los arcanos en medio de lo cotidiano.
Entre otras paradojas, la alquimia de la poesía es un secreto que se abre como un fruto a la vista de todos. Amparado su pudor en la desnudez, el poeta revela en cada palabra su shibboleth: el estigma de la soledad.
Ojalá alguien pueda escucharlo.
AGGIORNAMENTOS
Algunas cosas no precisan
ser modernizadas.
Antes, el dios flechador hería
con un único dardo. Ese bastaba
para abrirte el alma en carne viva.
Como la lanza de Aquiles, sólo
el toque de la misma arma restañaba la herida
o lo hacía la consoladora Muerte.
Esa única herida era suficiente
para emponzoñar la sangre de un amor sin cura.
No servía triaca ni bezoar:
había que desangrarse entero para comenzar de nuevo.
Los tiempos han cambiado.
Cuando el Cupido metálico te escoge,
cubre el cielo con sus flechas
como el arco galés en Agincourt
o los persas en las Termopilas.
Con mecánica saña
sigue disparando, insensible
a mi enmudecido grito,
a mi cuerpo alfileteado de venablos,
a que ya ni puedo moverme, clavado en el suelo.
México es una de las más extensas y pobladas naciones de Occidente, y España una de las más antiguas. La superficie de la república americana es casi cuatro veces la de España y sus habitantes son más del doble. La historia hispana documentada, desde que se aunan y organizan los pueblos de la península bajo la dominación romana, es, por sus dos mil años de antigüedad, más larga que la de México. La mexicana de antes de la conquista y de Cortés se conoce, o se vislumbra, por las huellas que descubre la arqueología y los resquicios que abren tradiciones y leyendas. Ese pasado no tiene nada que ver con el de Europa. Pero luego, durante tres siglos, México y España compartieron soberanos, leyes, religión, letras y Administración. Ahora tienen en común, como continuación de todo aquello, lengua, civilización, cultura -en el más amplio y moderno sentido de la palabra-, valores espirituales de raíces cristianas y, además, en los últimos lustros y en proporciones crecientes, comercio, finanzas, industrias -desde las de la energía hasta las de la comunicación y el ocio-.
La riqueza natural y humana de México es grande y sus potencialidades en los órdenes económico y cultural cada vez mayores. El país está abierto a los dos grandes océanos del planeta: el Atlántico, al que se ha llamado «el Mediterráneo de la Edad Moderna»; y el Pacífico, del que probablemente se podrá decir algo parecido en el recién empezado siglo XXI. Su emplazamiento geográfico hace de México el eje de todas las presentes y futuras comunicaciones por tierra entre la América anglosajona del norte y la ibérica del centro y sur del continente.
La historia de México no ha sido fácil ni cómoda. Ha conocido numerosos conflictos interiores (que, en algunos casos, llegaron a ser guerras civiles, mayores o menores): desde los que enfrentaban a los pueblos «indios» prehispánicos, hasta las penosas contiendas políticas, sociales y religiosas del primer tercio de la última centuria, pasando por las guerras de independencia, las cruentas consecuencias de los ensayos «imperiales», etc. Pero a lo largo de su ya dilatada-y en tantos momentos crispada- historia, en el conjunto del país se ha desarrollado un proceso de integración étnica, cultural, espiritual y humana que ha dado como fruto la indiscutida existencia de la identidad nacional mexicana.
La época hispánica tuvo ciertamente algo que ver con todo ello. Funcionó, con eficacia inusual en aquellos tiempos, una organización política, merced a la que, junto con las asociaciones étnicas del mestizaje, un cierto sistema escolar, la adopción de la lengua castellana y la cristianización de las poblaciones, se evitaron los riesgos de una fragmentación como las que han troceado otros espacios del continente americano. Después México perdió en el norte territorios y pueblos en las guerras con los Estados Unidos. Pero la extensa conservación de hábitos culturales y modos de vida, más la emigración de los «hispanos», que en una especie de play-back de la historia inundan los Estados del sur de su gran vecino, han abierto camino para la expansión de la cultura hispana -o más bien mexicana- por el otro lado del Río Grande.
Después de los desencuentros y convulsiones de finales del siglo XIX y primer tercio del XX, el México político ha estado dominado por la absoluta hegemonía del partido que en sus fases más recientes ha llevado -y lleva- un nombre que parece una contradicción -«Partido Revolucinario Institucional»-. Sus siglas acronímicas, PRI, han llegado a formar parte del léxico político universal, al menos entre las democracias. Ese peculiar sistema ha sido objeto de la atenta observación y análisis por parte de los estudiosos de la política mexicana y de la política comparada, y se ha hablado de él siempre que se trataba del paso de un régimen autoritario o dictatorial a una situación transicional.
Para algunos lo de México era una dictadura de partido con formas y doctrinas teóricamente democráticas, pero sin que el apretado y eficaz aparato de poder monocolor permitiera la formación de una verdadera alternativa. En ello el México del PRI se asemejaría formalmente a los fascismos o «parafascismos» europeos y a los regímenes de «descolonización» asiática o africana. Era, decían ellos, un régimen de «partido predominante». El presidente, para las cuestiones capitales, era una especie de jefe absoluto, cuyo poder de hecho sólo estaba limitado por el principio de la «no-reeleccion».
Para otros, el sistema era -o llegaría algún día a ser- el preludio de una verdadera democracia o la puerta que abriera paso a su instauración. Ultimamente se ha cumplido esto segundo, de una forma más plena que en un régimen que tantas veces se comparó con el de México, el de la república turca de después de la Primera Guerra y el «reinado» de Ataturk.
En España, México ha interesado siempre mucho a todo el mundo, y España en México también ha sido centro de interés. Los antiguos «gachupines» son en nuestros días méxicanos de cuerpo entero y aquí a nadie se le ocurre llamar «indio» más que a aquel mago del cine que se apellidaba Fernández. Pero probablemente en México se sabe más de España que en España de México. Al necesario y prometedor entendimiento entre los dos pueblos y sus culturas, que en el fondo son una sola, es a lo que quiere servir Nueva Revista con este número monográfico de 2002.
Nuestras dos naciones quedaron casi incomunicadas oficialmente después de la guerra civil española. Para el Estado mexicano el Gobierno de España era el de los «republicanos exiliados» y la cultura española la de los otros «transterrados» intelectuales, escritores y artistas. Tanto el Gobierno mexicano como algunos de estos emigrados forzosos pensaban -o soñaban- que la historia española emprendería en algún momento una marcha atrás, que eliminaría del poder a los vencedores de la guerra civil y a sus sucesores, y que devolvería las instituciones a las izquierdas republicanas de 1936. Eso no podía ocurrir y no ocurrió. La historia, a diferencia de la naturaleza, a veces «procede por saltos». Pero en muy pocas ocasiones son hacia atrás. «Lo que no puede ser -como se cuenta que solía decir el torero filósofo– no puede ser y además es imposible». Pero el desencuentro político, que llegaba hasta el absurdo de tener que solicitar en un tercer país el visado de los pasaportes para ir de una de las dos naciones a la otra, no pudo quebrar la profunda afinidad entre ambas. Los «exiliados» republicanos españolizaron la cultura y la educación mexicana. Libros editados en México eran manuales en las Facultades españolas. La colonia española en México era poderosa e influyente en los círculos económicos y en los literarios. Las industrias del ocio y el mundo de los espectáculos (el indio Fernández, María Félix, Cantinflas, Arruza, otros mil que podrían añadirse a esta lista) eran tan populares aquí como allí. El boom de la literatura americana en España empezó o creció con los escritores mexicanos. Por encima y por debajo de la política, que durante casi cuarenta años parecía haber convertido el Atlántico en una sima infranqueable, la sangre del espíritu, y también la de la economía y de los negocios, que eran sangre común de los dos pueblos, circulaban indistintamente por ellos sin extrañar el organismo que en cada momento la albergaba.
Desde que culminó la transición española, las dos grandes naciones de cultura, lengua y hábitos hispánicos, que no dejan de compartir -además de sus demostradas virtudes- también defectos históricos, están más cerca que nunca. La primera visita a México del rey Don Juan Carlos consagró la renacida hermandad. También en la ciudad de México ciertos actos simbólicos del monarca fueron un expresivo colofón del proceso de superación de las fracturas políticas y morales de la nación española.
En este principio de siglo y de milenio, los acercamientos -o, mejor dicho, las cooperaciones- entre México y España en los campos de la cultura, del arte, de las letras, de la economía, y nuestro común sentimiento de pertenencia a esa singular comunidad internacional que es Iberoamérica, enriquecen nuestro presente y nos hacen vislumbrar un luminoso futuro.