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México y España. La superación de una fractura política

México es una de las más extensas y pobladas naciones de Occidente, y España una de las más antiguas. La superficie de la república americana es casi cuatro veces la de España y sus habitantes son más del doble. La historia hispana documentada, desde que se aunan y organizan los pueblos de la península bajo la dominación romana, es, por sus dos mil años de antigüedad, más larga que la de México. La mexicana de antes de la conquista y de Cortés se conoce, o se vislumbra, por las huellas que descubre la arqueología y los resquicios que abren tradiciones y leyendas. Ese pasado no tiene nada que ver con el de Europa. Pero luego, durante tres siglos, México y España compartieron soberanos, leyes, religión, letras y Administración. Ahora tienen en común, como continuación de todo aquello, lengua, civilización, cultura -en el más amplio y moderno sentido de la palabra-, valores espirituales de raíces cristianas y, además, en los últimos lustros y en proporciones crecientes, comercio, finanzas, industrias -desde las de la energía hasta las de la comunicación y el ocio-.

La riqueza natural y humana de México es grande y sus potencialidades en los órdenes económico y cultural cada vez mayores. El país está abierto a los dos grandes océanos del planeta: el Atlántico, al que se ha llamado «el Mediterráneo de la Edad Moderna»; y el Pacífico, del que probablemente se podrá decir algo parecido en el recién empezado siglo XXI. Su emplazamiento geográfico hace de México el eje de todas las presentes y futuras comunicaciones por tierra entre la América anglosajona del norte y la ibérica del centro y sur del continente.

La historia de México no ha sido fácil ni cómoda. Ha conocido numerosos conflictos interiores (que, en algunos casos, llegaron a ser guerras civiles, mayores o menores): desde los que enfrentaban a los pueblos «indios» prehispánicos, hasta las penosas contiendas políticas, sociales y religiosas del primer tercio de la última centuria, pasando por las guerras de independencia, las cruentas consecuencias de los ensayos «imperiales», etc. Pero a lo largo de su ya dilatada-y en tantos momentos crispada- historia, en el conjunto del país se ha desarrollado un proceso de integración étnica, cultural, espiritual y humana que ha dado como fruto la indiscutida existencia de la identidad nacional mexicana.

La época hispánica tuvo ciertamente algo que ver con todo ello. Funcionó, con eficacia inusual en aquellos tiempos, una organización política, merced a la que, junto con las asociaciones étnicas del mestizaje, un cierto sistema escolar, la adopción de la lengua castellana y la cristianización de las poblaciones, se evitaron los riesgos de una fragmentación como las que han troceado otros espacios del continente americano. Después México perdió en el norte territorios y pueblos en las guerras con los Estados Unidos. Pero la extensa conservación de hábitos culturales y modos de vida, más la emigración de los «hispanos», que en una especie de play-back de la historia inundan los Estados del sur de su gran vecino, han abierto camino para la expansión de la cultura hispana -o más bien mexicana- por el otro lado del Río Grande.

Después de los desencuentros y convulsiones de finales del siglo XIX y primer tercio del XX, el México político ha estado dominado por la absoluta hegemonía del partido que en sus fases más recientes ha llevado -y lleva- un nombre que parece una contradicción -«Partido Revolucinario Institucional»-. Sus siglas acronímicas, PRI, han llegado a formar parte del léxico político universal, al menos entre las democracias. Ese peculiar sistema ha sido objeto de la atenta observación y análisis por parte de los estudiosos de la política mexicana y de la política comparada, y se ha hablado de él siempre que se trataba del paso de un régimen autoritario o dictatorial a una situación transicional.

Para algunos lo de México era una dictadura de partido con formas y doctrinas teóricamente democráticas, pero sin que el apretado y eficaz aparato de poder monocolor permitiera la formación de una verdadera alternativa. En ello el México del PRI se asemejaría formalmente a los fascismos o «parafascismos» europeos y a los regímenes de «descolonización» asiática o africana. Era, decían ellos, un régimen de «partido predominante». El presidente, para las cuestiones capitales, era una especie de jefe absoluto, cuyo poder de hecho sólo estaba limitado por el principio de la «no-reeleccion».

Para otros, el sistema era -o llegaría algún día a ser- el preludio de una verdadera democracia o la puerta que abriera paso a su instauración. Ultimamente se ha cumplido esto segundo, de una forma más plena que en un régimen que tantas veces se comparó con el de México, el de la república turca de después de la Primera Guerra y el «reinado» de Ataturk.

En España, México ha interesado siempre mucho a todo el mundo, y España en México también ha sido centro de interés. Los antiguos «gachupines» son en nuestros días méxicanos de cuerpo entero y aquí a nadie se le ocurre llamar «indio» más que a aquel mago del cine que se apellidaba Fernández. Pero probablemente en México se sabe más de España que en España de México. Al necesario y prometedor entendimiento entre los dos pueblos y sus culturas, que en el fondo son una sola, es a lo que quiere servir Nueva Revista con este número monográfico de 2002.

Nuestras dos naciones quedaron casi incomunicadas oficialmente después de la guerra civil española. Para el Estado mexicano el Gobierno de España era el de los «republicanos exiliados» y la cultura española la de los otros «transterrados» intelectuales, escritores y artistas. Tanto el Gobierno mexicano como algunos de estos emigrados forzosos pensaban -o soñaban- que la historia española emprendería en algún momento una marcha atrás, que eliminaría del poder a los vencedores de la guerra civil y a sus sucesores, y que devolvería las instituciones a las izquierdas republicanas de 1936. Eso no podía ocurrir y no ocurrió. La historia, a diferencia de la naturaleza, a veces «procede por saltos». Pero en muy pocas ocasiones son hacia atrás. «Lo que no puede ser -como se cuenta que solía decir el torero filósofo– no puede ser y además es imposible». Pero el desencuentro político, que llegaba hasta el absurdo de tener que solicitar en un tercer país el visado de los pasaportes para ir de una de las dos naciones a la otra, no pudo quebrar la profunda afinidad entre ambas. Los «exiliados» republicanos españolizaron la cultura y la educación mexicana. Libros editados en México eran manuales en las Facultades españolas. La colonia española en México era poderosa e influyente en los círculos económicos y en los literarios. Las industrias del ocio y el mundo de los espectáculos (el indio Fernández, María Félix, Cantinflas, Arruza, otros mil que podrían añadirse a esta lista) eran tan populares aquí como allí. El boom de la literatura americana en España empezó o creció con los escritores mexicanos. Por encima y por debajo de la política, que durante casi cuarenta años parecía haber convertido el Atlántico en una sima infranqueable, la sangre del espíritu, y también la de la economía y de los negocios, que eran sangre común de los dos pueblos, circulaban indistintamente por ellos sin extrañar el organismo que en cada momento la albergaba.

Desde que culminó la transición española, las dos grandes naciones de cultura, lengua y hábitos hispánicos, que no dejan de compartir -además de sus demostradas virtudes- también defectos históricos, están más cerca que nunca. La primera visita a México del rey Don Juan Carlos consagró la renacida hermandad. También en la ciudad de México ciertos actos simbólicos del monarca fueron un expresivo colofón del proceso de superación de las fracturas políticas y morales de la nación española.

En este principio de siglo y de milenio, los acercamientos -o, mejor dicho, las cooperaciones- entre México y España en los campos de la cultura, del arte, de las letras, de la economía, y nuestro común sentimiento de pertenencia a esa singular comunidad internacional que es Iberoamérica, enriquecen nuestro presente y nos hacen vislumbrar un luminoso futuro.

La transición, también para ellas

Para esbozar el perfil socioeconómico de la mujer mexicana, resultado de los cambios estratégicos introducidos por el Gobierno desde 1982, son de gran utilidad las series estadísticas elaboradas por el Instituto Nacional de las Mujeres y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas (2001). De ellas, nos fijaremos en primer lugar en el indicador referente a la asistencia escolar.

Los porcentajes de niños y niñas que asisten a la escuela se incrementaron entre 1970 y el año 2000 , pero el crecimiento fue mayor en el caso de las niñas, lo cual significa que la brecha entre niños y niñas se ha reducido notablemente, aunque todavía hay más chicos escolarizados que chicas. Lo mismo ocurre en la categoría de «población sin instrucción»; en el año 2000, 12 de cada cien mujeres no tenían instrucción, en tanto que 9 de cada cien hombres se encuentran en la misma situación. Persiste, por consiguiente, en la sociedad mexicana la mayor exclusión educativa que caracterizó a las mujeres de generaciones pasadas.

En cuanto a la eficiencia por nivel educativo, las mujeres tienen una mayor eficiencia para terminar que los hombres. En las carreras técnicas, entre los hombres se registra un 40.1%, mientras que las mujeres alcanzan el 47.4%. En la primaria se igualan las proporciones en ambos sexos, pero en el bachillerato sólo cinco de cada diez hombres y seis de cada diez mujeres concluyen el curso.

La deserción escolar constituye otro de los indicadores de eficiencia más representativos. En el ciclo escolar 2000-2001 y en los niveles de primaria, secundaria, profesional medio y bachillerato, es mayor la deserción masculina que la femenina. Además, la diferencia entre los hombres y las mujeres que abandonan la escuela se agudiza conforme se avanza en los niveles escolares: en primaria la diferencia favorable a las mujeres es de sólo 0.3%, en la secundaria es de 3.4%, en profesional medio es de 5.9% y en el bachillerato es de 6.3%.

Existen otros dos importantes indicadores de la educación: el analfabetismo y el retraso educativo. En ambos se redujo la tasa en los dos sexos durante los últimos veinte años, pero la desventaja aún corresponde a las mujeres.

Sin embargo, y aunque persistan los retrasos y diferencias en contra de la mujer, podemos decir que se ven ciertos cambios que parecen confirmar una observación que realizada años atrás por los profesores universitarios: las chicas jóvenes muestran una dedicación y un empeño que en todas las generaciones aventajan a las que muestran los chicos.

Otro aspecto fundamental que conforma la radiografía social del pueblo mexicano y su diferencia de sexos es el de la estructura familiar. En este campo destacan algunos cambios significativos. El primero se refiere a los hogares en los que persiste un liderazgo femenino, donde la mujer lleva las riendas de la casa. El primer dato importante es que, en el año 2000, uno de cada cinco hogares estaba a cargo de una mujer. La distribución regional es desigual, pero en más de la mitad de los Estados de la República se registran porcentajes de hogares dirigidos por una mujer superiores al 20%. Este indicador, sin embargo, contrasta con el de la tasa de liderazgo en hogares familiares, pues la situación predominante en todos los Estados mexicanos refleja los patrones imperantes en la distribución de la autoridad de la sociedad tradicional mexicana, donde los hombres se convierten en primeros responsables y las mujeres les relevan generalmente cuando los varones adultos están ausentes.

En este contexto es importante señalar la insuficiencia de los datos estadísticos oficiales. En el documento se indica que Tlaxcala es uno de los Estados de México en donde se registran las tasas más bajas de mujeres con casas a su cargo. Investigaciones de campo realizadas en diversos municipios muestran, sin embargo, que el concepto de autoridad o «jefatura» está experimentando una profunda redefinición durante la época neoliberal, cuando muchas mujeres salen a trabajar varias veces por semana al Distrito Federal y regresan a altas horas de la noche, sin que los maridos puedan oponerse a ese comportamiento femenino que se aparta de las normas tradicionales.

Otro aspecto vital relacionado con la situación de la mujer en la familia se refiere a la colaboración económica de los cónyuges. En nuestro país la norma cultural establece la repartición de las responsabilidades familiares por sexos. Sobre el hombre recae la obligación de ser el proveedor de los recursos económicos y, por lo tanto, se supone que él es el que debe participar en el mercado de trabajo. En México, no obstante, como en la mayoría de los países, hoy día las mujeres se incorporan cada vez en mayor medida a la actividad económicamente remunerada, dentro o fuera del hogar. De hecho, dependiendo del ciclo vital, la incorporación de la mujer a las actividades remuneradas —aun sin tener en cuenta los trabajos informales, sobre los que no existe información oficial— es notable en México. El porcentaje de mujeres casadas menores de 30 años que ingresan al mercado es de 22.6%; el de las mujeres mayores de treinta y menores de cincuenta es de 29.6%; y el de las mayores de cincuenta años es de 15.8%.

Sin embargo, el ingreso promedio por las actividades laborales sigue siendo diferente en ambos sexos. A nivel nacional los hombres perciben 3.912 pesos mensuales, mientras que las mujeres solamente 2.833 por mes. El único Estado en el que los ingresos femeninos son superiores a los masculinos es Aguascalientes, en todos los demás continúa la regla tradicional.

El último aspecto que consideraremos en este perfil macro de la mujer mexicana se refiere a su participación política, que ha mostrado un ligero aumento en los últimos años. En 1997, por cada tres candidatos varones a senadores y diputados había una mujer, mientras que en el año 2000 por cada 1.6 varones candidatos a senadores había una mujer, y por cada 1.8 candidatos a diputados una candidata. En todo caso, la participación de las mujeres como candidatas a senadoras y a diputadas siempre representa alrededor de un tercio del total, los otros dos tercios corresponden a los varones. En cuanto a la composición actual de la Cámara de senadores, la participación de las mujeres se ha ido incrementando poco a poco; y en cuanto a la Cámara de diputados, de un total de 500 diputados sólo 80 son mujeres.

Por otro lado, en la Administración pública sí es notable la presencia laboral de la mujer. En el conjunto de los servidores públicos las mujeres representaron en el año 2000 más del 30% del total de los funcionarios. Pero a medida que se asciende en la escala de la jerarquía burocrática, la brecha entre varones y mujeres se agranda de nuevo.

Especial consideración en México merecen las mujeres indígenas, cuyos problemas son ancestrales y se derivan de los tiempos coloniales. Todavía en el siglo XIX había poblados en la Sierra Norte de Puebla en los que se dividía a la población en dos grupos: la gente de razón y los indígenas. Hoy día, al comenzar el tercer milenio, la situación de la población indígena está cambiando gracias, en gran parte, a la mayor conciencia de sus gentes. Un indicador importante se refiere a la población femenina alfabetizada. En México, el 56.8% de las mujeres hablantes de lengua indígena y el 76.7% de los hombres del mismo grupo saben leer y escribir; estas tasas son muy inferiores a las que registra la población nacional (88.6% y 92.5% respectivamente). En la población indígena se observa también la mayor tasa de alfabetización en las zonas urbanas, aunque siempre estas tasas son menores en el caso de las mujeres.

El panorama, breve y esquemático, que presentamos sobre la situación de la mujer en el México de la época neoliberal nos da una imagen llena de claroscuros. Persisten, por una parte, desigualdades añejas, por ejemplo en los salarios y en la participación política, pero por otra parte, se perciben cambios en el terreno educativo que anuncian un futuro más prometedor.

La evaluación definitiva de estas tendencias, a veces contrapuestas, exige tener en cuenta los cambios experimentados tras la creación de la Agencia Femenina en México. Antes, sin embargo, es preciso incorporar otra variable, de tipo cualitativo, que nos permita captar la evolución profunda de las estructuras productivas de México, inducidas por el modelo neoliberal de la industrialización por sustitución de exportaciones (ISS).

La transformación estructural experimentada por México se puede sintetizar en tres conceptos: desnacionalización, maquilización e informalización. Estos tres procesos inciden de lleno en la evolución del papel social de la mujer mexicana. Dicho nuevo orden económico no es más que el reflejo en la periferia capitalista del sistema del tan ponderado y conocido como «nuevo orden económico internacional», gracias al cual las empresas transnacionales y los grupos financieros, ambos radicados en el centro capitalista, fortalecen su presencia y su obtención de ganancias en los países pobres.

Las consecuencias socioeconómicas de estos tres procesos no son homogéneas ni en los países de un mismo bloque mundial, ni en las regiones de cada país. Por el contrario, la lógica de la globalización, según muchos analistas, aumenta las rupturas y las distancias entre los países y las regiones. Desde la perspectiva de los géneros, las repercusiones son paralelas.

LA DEMOCRACIA GENÉRICA

La primera reunión mundial sobre las mujeres, convocada por las Naciones Unidas, tuvo lugar en la ciudad de México en 1975. Este congreso se convirtió en un catalizador de las actividades orientadas a lograr la emancipación de la mujer mexicana. A partir de ese momento, las mujeres académicas desplegaron toda su actividad e inteligencia para construir paso a paso lo que hoy conocemos como «la agencia femenina». Las restricciones económicas y los recortes frecuentes al sistema educativo nacional no pudieron impedir el surgimiento de centros académicos de primer nivel, dedicados a promover la investigación de la problemática femenina y la distribución de los nuevos conocimientos en innumerables publicaciones, congresos nacionales y regionales, cursillos o conferencias.

Sería imposible mencionar los nombres de todas las pioneras, mexicanas o extranjeras radicadas en México, que han contribuido desde entonces a promover la causa de las mujeres, que en definitiva es la causa de la sociedad mexicana. Habría que destacar organismos como el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer (PIEM) del Colegio de México. Este centro pronto se convirtió en un activo organizador de cursos y de programas de investigación, que con el paso de los años fueron el punto de partida para la creación en otros Estados de centros similares, aunque más modestos. Más tarde se crearon organismos como el Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) de la Universidad Nacional Autónoma de México y otros parecidos ubicados en la Universidad Autónoma de México, campus Xochimilco y en otros centros universitarios, públicos y privados, de la provincia mexicana.

Con el paso de los años, un número siempre creciente de licenciadas de estas universidades fueron capaces de dejar su impronta en diferentes esferas de la sociedad mexicana: en los medios de comunicación, en la actividad política, en la Administración pública, etc. En este contexto se sitúan las asociaciones de mujeres feministas católicas, que luchan también por ampliar los derechos de la mujer mexicana.

Ante la imposibilidad de enumerar todas las conquistas y avances logrados en menos de tres décadas, nos apoyaremos en el Programa Estatal de las Mujeres 2002-2005, creado por el Gobierno del Estado de Puebla en colaboración con el Instituto Poblano de la Mujer, para subrayar los impresionantes avances logrados en México, tanto a nivel nacional como estatal, en el proceso de construcción de la agencia de las mujeres. La lectura de este programa llama la atención hasta de aquellos observadores que conocíamos los avances logrados por la mujer en México en los últimos años.

El documento destaca, en primer lugar, por el enfoque clarividente de sus objetivos. No se trata sólo de la organización de programas de ayuda, como es tradicional. El objetivo central es «contribuir a la consolidación de la ciudadanía de las mujeres» y al ejercicio pleno de sus derechos. Con este fin se propone, ante todo, la construcción de un marco jurídico adecuado, a lo cual se dirige el Programa Nacional de Igualdad de Oportunidades y No Discriminación contra las Mujeres (PROEQUIDAD), con el propósito de potenciar el papel de éstas y la eliminación de todas las formas de discriminación en su contra.

Un acierto teórico del programa es que centra estos aspectos del desarrollo humano en el ámbito de una nueva cultura genérica, entendida como «el ámbito simbólico en el que adquieren sentido y significación los elementos constitutivos del género». En otras palabras, la cuestión femenina no es un problema de la naturaleza, sino de la cultura humana. Por eso, se reconoce que el reto es desnaturalizar todo aquello que define a las mujeres y a los hombres como receptores pasivos de un mandato cultural. De ahí que sea imprescindible cambiar las percepciones de las mujeres, porque ellas deben ser los actores sociales de este proceso de transformación radical de la sociedad mexicana.

La consecuencia política de este planteamiento teórico es la necesidad de construir una democracia genérica. Este concepto se refiere a la consolidación de la democracia a partir de la aplicación del principio de igualdad y de equidad en las relaciones entre los hombres y las mujeres. El resultado de este proceso es la consecución, por parte de las mujeres, de la plena ciudadanía.

En la segunda parte del programa se analiza la situación concreta de la mujer en el Estado de Puebla y en México con el objetivo de diseñar las medidas concretas que permitan a las mujeres poblanas el ingreso firme en esta nueva democracia genérica.

La simple lectura atenta de este documento, que no es exclusivo del Estado de Puebla, permite corroborar que los cambios promovidos por las mujeres gracias a la nueva agencia inciden también en los varones. En definitiva, hablar de la agencia de las mujeres es hablar del «empoderamiento de la mujer», como se dice aquí. Amartya Sen expone sus ideas en este marco, para él la consecución del poder por parte de las mujeres tendrá repercusiones benéficas en la niñez y en la reducción de la fecundidad.

Como sociólogo, sin embargo, debo concluir aceptando la evaluación final de Amartya Sen en el sentido de que la agencia de las mujeres es una de las cuestiones más descuidadas en los estudios del desarrollo, algo que debe subsanarse sin pérdida de tiempo. Aunque más descuidada aún es la nueva agencia de los varones como respuesta a las redefiniciones radicales de la mujer contemporánea.

NOTAS

El autor agradece la colaboración del Instituto Poblano de la Mujer y el Colegio de Tlaxcala, cuyo apoyo ha sido decisivo para la elaboración de este artículo.

Para ulterior bibliografía, pueden consultarse, entre otros títulos:

· Instituto Nacional de las Mujeres y Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas, Series estadís ticas de género. El enfoque de género en la producción de las estadísticas sobre trabajo en México,Editorial Sestante, México DF, 2001.
· Peña, Florencia y Alonso, José A. (eds.), Estrategias femeninas ante la pobreza, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México DF 1998.
· Sen, Araartya, Desarrollo y libertad, Planeta, Barcelona 2000.
· Tello, Carlos y Cordera, Rolando, México: la disputa por la nación, Siglo XXI Editores, México DF, 1981.

Deberes cumplidos, tareas pendientes

En marzo de 1990, durante la noche electoral que llevó al poder al Foro Democrático de la oposición, su líder, József Antall, dijo en su primera conferencia de prensa que él se consideraba representante de catorce millones de húngaros.

Aquella declaración trajo cola, puesto que Hungría tiene sólo 10.2 millones de habitantes. Con su declaración, Antall se refería evidentemente a los húngaros que, después de la Primera Guerra Mundial, quedaron al otro lado de las fronteras del país, en Rumania, Eslovaquia, Ucrania, Croacia, Serbia y Austria. Antall no volvió a repetir aquella frase.

Después de varios años y de sucesivos cambios en los respectivos Gobiernos, las tensiones con los vecinos (especialmente con Eslovaquia y con Rumania) han ida reduciéndose. El pasado mes de junio, finalmente, el Parlamento aprobó en Budapest una extraña ley (Ley sobre el Status) que, a partir del año próximo, dará a los ciudadanos extranjeros de nacionalidad húngara derecho a trabajar en Hungría, y a percibir ayuda social, sanitaria y educativa.

Esta ley ha causado nerviosismo en los países vecinos, especialmente en aquellos donde la mayoría húngara es mayor. Rumania, que tiene una importante minoría húngara en Transilvania, ha declarado que la ley es discriminadora e incompatible con el estándar europeo para las minorías. Pero la Oficina para los Húngaros en el Extranjero, en Budapest, opina que las «dos afiliaciones» (al Estado anfitrión y a la nación cultural) no son incompatibles. El Tratado de Trianon de 1920, en virtud del cual el Reino de Hungría perdió dos terceras partes de su territorio y un 60 % de su población, continúa siendo un trauma para los húngaros. Los que viven en el extranjero tendrán ahora derecho incluso a una especie de documento de identidad húngaro. Y en Eslovaquía la minoría húngara es el fiel de la balanza que garantiza allí la estabilidad del Gobierno, hasta el punto de que cualquier radicalización nacionalista puede destruir el frágil equilibrio en ese país. La Unión Europea, por su parte, emitió un juicio salomónico.

LA DESCOMPOSICIÓN DE LA COALICIÓN GUBERNAMENTAL

La razón de esta situación hay que buscarla en la necesidad del partido de centro-derecha del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, de ganarse el favor popular con vistas a las próximas elecciones parlamentarias. El espectro de los partidos políticos en el Parlamento húngaro está sufriendo un proceso de reducción. En el campo gubernamental, el Partido Liberal de la Derecha del primer ministro Orbán (FIDESZ-MPP) ha perdido su más importante aliado, el Partido de los Pequeños Campesinos (FKGP), debido a una sucesión de escándalos financieros. Y el Gobierno no está seguro de poder mantener la alianza con el único socio que le queda, el Foro Democrático Húngaro (MDF).

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Los sondeos no atribuyen al resto de los pequeños partidos ninguna posibilidad de entrar en el Parlamento con las elecciones parlamentarias de la próxima primavera. Mejor dicho, hay una excepción: el Partido de los Radicales de la Derecha (MIEP) de István Csurka. El apoyo popular de este partido y los sondeos le atribuyen entre un 6 y un 10 % de los votos. Este partido podría convertirse en el fiel de la balanza en el momento de formar Gobierno. En el tal caso, la nueva situación en Hungría podría tener consecuencias políticas negativas en el momento de la integración. Todo el mundo recuerda las sanciones políticas impuestas a Austria el año pasado por los demás catorce países de la Unión cuando el Partido Popular austríaco decidió formar una coalición con un partido radical de la derecha (liderado por Jörg Haider).

El que fue partido mayoritario durante el período de entreguerras, el Partido de los Pequeños Campesinos de József Torgyán, está actualmente en fase de descomposición. Torgyán tuvo que salir del Gobierno después de que se descubrieran varios escándalos en su cartera ministerial (de Agricultura). Torgyán niega las acusaciones de cohecho y corrupción y asegura que se trata de una «campaña sistemática» contra él. La descomposición de FKGP está siendo espectacular. Torgyán, por una parte, y sus críticos dentro del partido, por otra, se expulsaron mutuamente. Hoy existen en el partido tres grupos rivales que usan el nombre del FKGP, que en las últimas elecciones parlamentarias habían conseguido un 12 % de los votos. Los sondeos aseguran que ahora no llegarían al mínimo de un 5 % para poder entrar en el Parlamento.

Como era lógico, la principal fuerza política del Gobierno está recogiendo las ruinas del Partido de los Pequeños Campesinos para presentarse como el gran partido colectivo de la derecha húngara. El resultado es una nueva imagen con fuertes elementos nacionalistas, que en el pasado habían faltado en este partido. También el partido de la primera oposición anticomunista, el Foro Democrático Húngaro (MDF, un partido que tuvo en Hungría una función semejante a la de la UCD al principio del posfranquismo español), tiene serias dificultades. Su líder es la ministra de Justicia Ibola Dávid. Con el fin de asegurarse la entrada en el Parlamento ha hecho ya un pacto de coalición con el bancos de la oposición, los socialistas (MSZP) hacen todo lo posible para asegurar la permanencia de este grupo en el Parlamento.

Al frente de la izquierda húngara están los poscomunistas del Partido Socialista. Después de haber perdido las elecciones en 1998, el MSZP se ha reorganizado y, tras serios debates internos de varios meses de duración, se acordó que el ex ministro de Hacienda, Peter Medgyessy, de 59 años, fuera cabeza de lista el año que viene. Tiene fama de reformista y, de hecho, desde entonces los sondeos son más favorables a los socialistas. Estos cuentan con que los Demócratas Libres serán sus aliados en una futura coalición, después de las elecciones de 2002. Ambos partidos han concluido una especie de «pacto de cooperación».

Todo parece indicar que Hungría se encamina a un sistema de dos partidos populares, uno alineado a la izquierda y otro en el centro-derecha. Muy pocos consideran viable una gran coalición entre socialistas y liberales de derecha, pues las diferencias ideológicas y personales son todavía demasiado profundas.

Si el FIDESZ gana la mayoría en las elecciones, pero continúa necesitando del apoyo del MIEP para formar Gobierno, el conflicto estará servido, porque la Unión Europea no negociará el ingreso de un país en cuyo Gobierno figure una persona como Csurka. En Budapest se supone que las próximas elecciones serán muy ajustadas y que habrá una reñida regata final entre socialistas y liberales de la derecha. Los sondeos de diversos institutos —cuyos pronósticos divergen considerablemente— suelen dar cifras muy semejantes para ambos partidos. De todas formas, puede observarse una tendencia: el Gobierno —que en la primera mitad de la legislatura perdió mucho apoyo popular— está recuperándose. Ya ahora es posible predecir que la campaña electoral será dura. Recientemente, Medgyessy fue acusado por la prensa de haber comprado la anuencia de políticos locales socialistas para satisfacer los deseos de una empresa. Los socialistas lo desmienten. Un disidente de los Pequeños Campesinos ha acusado a los Demócratas Libres de haber utilizado métodos ilegales para cambiar una sede del partido.

A pesar de la seguridad que emana de Medgyessy, no está muy claro si los socialistas estarían preparados para gobernar un país en un entorno europeo. No hace mucho, el Gobierno consiguió que el Parlamento aprobara con una mayoría confortable el balance del año fiscal, a pesar de que antes de la votación el mismo Gobierno no estaba seguro de conseguir la mayoría de votos. La victoria fue posible solamente porque faltaban muchos diputados del grupo parlamentario socialista. Varios comentaristas han atribuido el evidente desinterés de los diputados socialistas por el trabajo parlamentario al hábito de épocas pasadas, cuando el único partido existente no tenía necesidad siquiera de contar los votos.

Los Liberales de la Derecha pierden apoyo popular con su política agraria dirigida contra las grandes empresas agropecuarias, con la escandalosa situación de la sanidad pública, las bajas jubilaciones y también con su estilo de gobierno, que tiende a dominar todas las ramificaciones de la sociedad civil.

CRECIMIENTO ECONÓMICO

El primer ministro polaco, Leszek Miller, dijo a principios de diciembre que consideraba innecesaria una competición entre los llamados «Estados de Visegrad» (Chequia, Hungría, Polonia y Eslovaquia) para ingresar en la UE. Anteriormente Orbán había dicho que, si bien Hungría no deseaba presionar a nadie, «tampoco queremos esperar a todos». Miller contestó diciendo que «nadie tiene motivos para envanecerse. En el Grupo de Visegrad esta cuestión no puede considerarse como una competición, sino como una cooperación amistosa y una coordinación de las actividades mutuas». Hungría tiene fama de ser uno de los países que ha realizado con más eficiencia la transformación hacia una economía de mercado. El resultado de la rápida metamorfosis del país se manifiesta muy visiblemente.

En el curso de los últimos años, el coeficiente de expansión real del producto nacional bruto se ha situado por encima de un 4 %. Para el año 2001, los especialistas pronostican una ligera debilitación del crecimiento, pero no detectan ningún síntoma de recesión. Hoy día Hungría dispone de instituciones democráticas que funcionan sin problema. La economía crece y el Gobierno espera que el país forme parte del primer grupo de los nuevos miembros de Europa Central y Oriental que probablemente serán admitidos el año 2004. En las negociaciones con la Comisión, Hungría ha terminado 22 de los 31 capítulos. La armonización de las leyes al estándar de la UE está muy adelantada. Uno de los problemas abiertos es el de las jubilaciones. El último Gobierno socialista había iniciado una reforma de las jubilaciones basada en tres pilares (el Estado, la empresa y el seguro privado) que ha sido echada atrás.

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SOLVENCIA DE LA ADMINISTRACIÓN

La corrupción no ha sido erradicada, sin embargo, aunque no se ha descubierto ningún macroescándalo, el soborno es todavía un hecho patente a nivel medio y bajo (para determinados documentos, permisos de construcción, multas, etc.). Un punto negro es el hecho de que, desde junio, Hungría junto con otros cinco países fueron incluidos en la lista de «países no cooperativos» en la lucha contra el blanqueo de dinero (Israel, El Líbano, Filipinas y Rusia, entre otros). Cabe todavía disponer de cuentas corrientes anónimas en bancos húngaros. De todas formas, se ha puesto ya un límite: a partir de ingresos por encima de dos millones de florines (707 euros) es necesario identificarse. Y dentro de un año desaparecerán del todo estas cuentas anónimas. De todas formas, el actual Gobierno de centro-derecha, que tiene que pasar el examen de las elecciones parlamentarias a principios del año próximo, tiende cada vez con más frecuencia a medidas populistas.

EL PROBLEMA DE LAS EXPORTACIONES

El problema no es solo endógeno. Las tendencias recesivas que existen actualmente en la UE repercuten negativamente sobre el motor de la economía húngara, que es la exportación. Después de un ritmo de crecimiento de las exportaciones, que en los últimos años ha oscilado entre un 15 y un 20 %, los pronósticos prevén para él año 2001 un crecimiento de solo un 9%. Un 70 % de las exportaciones de Hungría van a la UE, un 80 % de ellas son productos industriales y, a su vez, un 70 % de ellos son producidos por empresas con capital extranjero. Hay que tener en cuenta que las empresas creadas o saneadas con estas inversiones están en su mayoría en zonas francas, un privilegio que desaparecerá en el momento de ingresar en la UE. Pero continuará el incentivo de los bajos salarios, pues son mucho más bajos que en la Unión. El salario medio húngaro es un 10 % del salario medio alemán y el salario medio en empresas húngaras con capital extranjero quizás sea el 20 % del salario medio alemán.

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Una gran parte de las exportaciones corren a cargo de los holdings internacionales establecidos en Hungría y son ellos los que acusan un mayor descenso de sus ventas en el extranjero. Los productos de exportación húngara son de gran calidad y contienen componentes de alta tecnología importados. Esto hace a su vez que la disminución de la exportación repercuta en la importación. Si las importaciones aumentan un 11%, como prevén los especialistas, lógicamente el déficit de la balanza comercial ascenderá a 5,3 millares de euros, lo cual equivale a un 9,3 % del producto nacional bruto (el año pasado fueron 4,3 millardos y 8,5 % respectivamente). Si a ello se añade el hecho de que el superávit tradicional de la balanza del turismo no crecerá y que las empresas extranjeras sacan ahora más réditos del país que antes, el déficit de la balanza de pagos aumentara a 2,5 millardos de euros, que equivalen a un 3,2 % del PNB (1,6 millardos y un 3,2 % respectivamente para el año pasado). Mientras en años anteriores este déficit se cubría con inversiones directas del extranjero, no sucederá así este año (los sondeos indican que sólo llegará a un 0,9 % del PNB, comparado con el 2,3 % del año.

BALANZA COMERCIAL

Los problemas del comercio exterior repercuten muy duramente sobre una economía tan pequeña como la húngara. Para compensar de alguna forma esta situación, el Gobierno intenta estimular el mercado interior. Este año el Ejecutivo ha gastado 250 millares de florines (que equivalen a un 2 % del PNB) no previstos. Estos fondos han sido empleados para el llamado Plan Széchenyi (nombre tomado del ministro de Hacienda) para el año en curso y el próximo, que incluye la construcción de viviendas, el fomento del turismo y la investigación y desarrollo. El Gobierno ha recurrido al Banco de Desarrollo Húngaro (MFBRT, creado en 1998) que se dedica a la financiación de proyectos de infraestructura y al fomento de las Pymes. Los fondos proceden de empréstitos que suscribe el Estado, un método que no gusta ni al Fondo Monetario Internacional ni a la Comisión de la UE. El Ejecutivo ha sacado al MFBRT del presupuesto para disimular de esta forma que los creditos concedidos por el banco pesan en definitiva sobre el presupuesto nacional. Algo semejante sucede con los pagos hechos a la compañía de privatización. Si se utilizan los criterios de Maastricht, Hungría tendrá este año un déficit presupuestario de un 5,2 % del PNB (el año pasado era sólo del 3,4 %). El Gobierno insiste en cambio en que este año el déficit será igual al del año pasado.

SISTEMA FISCAL

La política fiscal tiene ciertas taras. Por una parte no esta dirigida a curar las causas de la coyuntural depresión económica, es decir, a aumentar las exportaciones y a aumentar las inversiones. Al mismo tiempo, contradice la política monetaria del Banco Nacional. Con el fin de reducir de alguna forma el coeficiente de inflación anual, de un 10 %, el Banco Nacional liberalizó en parte el pasado mes de abril la cotización del florín húngaro, permitiendo así una oscilación mucho más amplia en relación con una cesta de euros. El margen de manipulación conseguido en la política de los intereses tiene que servir para mantener el encarecimiento a largo plazo del 2 % .

POLÍTICA MONETARIA

Los proyectos de Hungría son ambiciosos: en el año 2004 quiere ser admitida en la UE y más tarde quiere entrar a formar parte de la Unión Monetaria Europea. Para ello necesita una política de estabilidad. Pero este objetivo es todavía lejano: este año la inflación (9,3 % ) será muy semejante a la del año pasado (9,8 % ) y para el año 2002 se espera un coeficiente de un 6,5 %. Esto significa que el anuncio hecho por el Gobierno de que la cuota de encarecimiento será de un 4,5 % al terminar el año próximo no es demasiado realista. A este objetivo se oponen la política fiscal expansiva, el aumento de los salarios reales en el sector privado y público, los aumentos de las jubilaciones y la subida del salario mínimo. Todo ello son regalos preelectorales que constituyen una hipoteca para la estabilidad.

MINORÍAS ÉTNICAS

A parte de los gitanos ( unos 700.000 en el país) las minorías nacionales son muy reducidas en Hungría. Los gitanos húngaros no están integrados, a pesar de que el Gobierno ha iniciado una serie de programas con este fin. Su segregación social es una realidad palpable: cualquier empresa que tenga que escoger entre dos personas de la misma calificación, una gitana y otra no, escogerá desde el principio a la persona no gitana. Sólo un 34 % de los niños gitanos acude a clase en la escuela primaria, número que desciende a entre un 4 y 5 % en la secundaria y a un 0,1 % en la enseñanza superior. Existe un cierto movimiento en la opinión pública sobre esta cuestión. Actualmente, por ejemplo, se está llevando a cabo un juicio contra quince policías acusados de haber maltratado a los gitanos.

Hungría no es el único país con problemas de este tipo. Los métodos poco ortodoxos utilizados por algunos países miembro de la Unión para enfrentarse con este problema hacen suponer al Gobierno húngaro que esta cuestión no será la manzana de discordia. En agosto, por ejemplo, el Gobierno británico envió funcionarios de inmigración al aeropuerto de Praga con el fin de seleccionar a los pasajeros registrados para los vuelos a Londres; en el plazo de pocas semanas estos funcionarios impidieron en el mismo aeropuerto que subieran al avión de Londres 130 personas que disponían de billete por considerarlas «solicitantes de asilo potenciales». Casi todas ellas eran gitanos y es de suponer que fueron seleccionadas con criterios raciales. Esta actuación provocó enérgicas protestas por parte de organizaciones humanitarias y políticas, hasta el punto de que las autoridades checas tuvieron que eliminar aquellos controles previos. Pero dos semanas más tarde los funcionarios británicos de emigración volvieron a aparecer en el aeropuerto de Ruzyne.

PARTIDARIOS DE LA INTEGRACIÓN

Para Hungría la integración es algo así como un retorno a la «familia europea», mejor dicho, el modo de recuperar la posición que el país ya había ocupado en Europa. La mayoría de los húngaros son partidarios del ingreso, pero los porcentajes de apoyo dependen de quién y cómo se lleven a cabo los sondeos. En diciembre del año pasado, por ejemplo, un consorcio de tres institutos (checo, húngaro y polaco) llamado SCIOP reveló que un 69% de los húngaros eran partidarios de la integración (mientras que el coeficiente de polacos era sólo de un 55 % y el de los checos de un 51 % ). A finales de julio otro instituto (GFK Hungaria) aseguraba en sus sondeos que el coeficiente de partidarios era de un 54 % (mientras que sólo un 15 % estaban en contra). De una forma más o menos consciente, los húngaros piensan que se han merecido la integración, después de haberse sacrificado durante siglos defendiendo Europa de los turcos, especialmente después de la fracasada revolución anticomunista de 1956, que intentó poner fin a la ocupación soviética decidida en el Tratado de Yalta. Los húngaros consideran que la adhesión abrirá el camino de Hungría a los fondos europeos para el desarrollo. Casi todos los partidos son europeístas: sólo el MIEP se opone, asegurando que el ingreso de Hungría en la Unión convertirá al país en «la trastienda de Europa» (aprovechándose de la mano de obra barata y condicionando los intereses nacionales). El partido de la oposición socialdemócrata defiende la integración, pero repite una y otra vez que es necesario que la población tome conciencia de que, con ella, el país perderá, al menos, parte de la soberanía que acaba de recuperar.

Josemaría Escrivá

Josemaria Escrivá.
9 de enero 1902 – 9 de enero 2002

Fue maestro de vida cristiana para decenas de miles de mujeres y de hombres que, uniéndose al Opus Dei o no, recibieron sus enseñanzas y a los que llegó su novedoso y atractivo mensaje pastoral. Creó y alentó muchas y variadas iniciativas apostólicas, en su mayoría civiles y algunas eclesiásticas, dedicadas a la educación en todos sus órdenes y grados, a la promoción social y a la de la cultura cristiana. Es también autor de libros de espiritualidad que han encontrado millones de lectores en las más diversas lenguas del mundo y son apreciados por teólogos y críticos, por personalidades de la Iglesia y de la vida civil y, sobre todo, por cristianos corrientes.

LOS TRES PERIODOS DE UNA BIOGRAFÍA

La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás discurrió a lo largo de tres períodos netamente diferenciados de no muy dispar duración: el de la formación del personaje hasta la fundación del Opus Dei en el año 28; el de su apostolado en España, viviendo de asiento en Madrid, que se extiende hasta 1946; y su larga etapa romana, de casi treinta años, con centro en la Ciudad Eterna, desde donde con sus iniciativas y con numerosos desplazamientos por Europa y por América extiende su acción sacerdotal y apostólica y promueve la expansión del Opus Dei en más de cincuenta países.

DESDE BARBASTRO A MADRID

Había nacido en Barbastro el nueve de enero del año 1902 en el seno de una familia de clase media y costumbres cristianas, arraigada de antiguo en casi todas sus ramas en la región subpirenaica. Sus mayores por línea paterna eran oriundos de Balaguer, en la provincia de Lérida, y el padre, natural de Fonz (Huesca), no lejos de Barbastro. La madre era de Barbastro. Entre los varones de ambas familias había habido, y había entonces, abogados, comerciantes, algún médico, sacerdotes, terratenientes, etc. No faltaban antecedentes de carreras más brillantes en unas u otras profesiones: un tío obispo y otros antepasados más lejanos, funcionarios civiles o militares que fueron distinguidos con mercedes de la Corona. El padre de Josemaría -—don José Escrivá Corzán— tras su matrimonio con doña Dolores Albás y Blanc, se instaló en Barbastro donde trabajó en el comercio y gozaba de excelente reputación.

En 1914, la familia se trasladó de Barbastro a Logroño, en cuyo Instituto el joven Josemaría terminó el Bachillerato que había inciado en el de Lérida, a donde acudían a examinarse los alumnos de los escolapios de su ciudad natal. Más tarde, resuelto a ser sacerdote, ingresó en el Seminario de Zaragoza, donde realizó los estudios eclesiásticos y luego los de Derecho en la Facultad de la universidad de la misma Zaragoza. En 1925 se ordenó de presbítero y dos años después acababa la licenciatura en la Facultad de Derecho.

Más tarde, en 1939, obtendría el Doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid (la actual Complutense, que entonces se llamaba Central). Instalado en Roma desde 1946, se doctoró en Teología en el Ateneo Lateranense, la universidad eclesiástica de la diócesis del Papa.

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En 1927, ya en Madrid, mientras era capellán del Patronato de enfermos, daba clases de Derecho Romano y Canónico en una academia de estudios jurídicos, y dedicaba todo el tiempo posible a la asistencia sacerdotal de enfermos, en sus domicilios o en los hospitales, principalmente el llamado del Rey, o de infecciosos, y a la catequesis en barrios pobres de la capital, mientras prestaba particular atención a la orientación espiritual y a la formación cristiana de los jóvenes universitarios con quienes tenía relación.

FUNDADOR DEL OPUS DEI

El hecho central en la biografía del Beato Escrivá fue la fundación del Opus Deí y su dedicación a la tarea de implantarlo en el seno de la Iglesia, a partir del 2 de octubre de 1928. Sin que se alteraran externamente ni su trabajo pastoral ni su sencillo estilo de vida, ni sus clases en la academia de estudios jurídicos donde trabajaba para ayudar al sostenimiento de su familia, aquel joven sacerdote y abogado de veintiséis años bahía encontrado la singular vocación definitoria y definitiva, a cuya realización consagraría en adelante todas sus energías.

El Opus Dei habría de ser, necesariamente, porqué son así las cosas en que intervienen los hombres, una organización -—«una desorganizada organización» dijo en alguna ocasión el fundador— y, sobre todo, un mensaje, que era a la vez viejo, por evangélico, y nuevo, por olvidado —incluso entre los buenos cristianos—, a cuya difusión y puesta en práctica se dedicarían principalmente la Obra y sus miembros. La plenitud de la vocación cristiana, conforme a las enseñanzas del Evangelio — y a la Voluntad salvífica universal de Dios—, es algo que se puede vivir, e intentar vivir, en todos los quehaceres temporales, en todas las tareas honestas ordinarias de la tierra, que son las más de las que ocupan a los hombres.

La Iglesia Católica y su Jerarquía, con la que siempre contó, acogerían las ideas y los proyectos de Josemaría Escrivá con su bendición y con su aliento, reconociendo el mensaje como cosa propia y acabarían por abrir en sus estructuras un espacio jurídico adecuado a la naturaleza y al carisma de la «organización». Todo ello siendo el Opus Dei como era según la mente del fundador, con sus sustanciales características «laicales» o seglares.

En 1968, en unas declaraciones a L’Osservatore Romano, Escrivá decía que el Opus Dei «nunca se encontrará en la necesidad de ponerse al día». «No tendrá jamás que adaptarse al mundo», porque las personas que a él pertenecen «son del mundo». En esa misma ocasión manifestaba su alegría por el hecho de que el Concilio Vaticano Segundo hubiera proclamado con gran claridad «la vocación divina del laicado», lo que ha confirmado algo que, proseguía el fundador, «veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años».

LOS AÑOS DE ESPAÑA

Durante sus años madrileños, hasta su marcha a Roma en 1946 y su definitiva instalación allí poco tiempo después, el Beato Josemaría Escrivá desarrolló una amplia labor sacerdotal de predicación y asistencia espiritual a personas de diversa clase y condición. Organizó y fomentó residencias universitarias y colegios mayores, clubs juveniles de estudiantes, actividades y retiros espirituales para mujeres y para hombres, etc., estableciendo el Opus Dei en las principales ciudades españolas y empezando por las universitarias. Al mismo tiempo iniciaba ya, desde los primeros años cuarenta, su presencia en otros países europeos (Italia, Portugal, Francia, etc.), y se ordenaron los primeros sacerdotes de la Obra, entre ellos el ingeniero Alvaro del Portillo, que sería el primer sucesor del Beato Josemaría, nombrado por el Papa Juan Pablo II Obispo Prelado del Opus Dei.

Cuando en 1939 apareció la primera edición de Camino, Josemaría Escrivá, un sacerdote aragonés residente en Madrid, era todavía un desconocido para el gran público. No obstante, a sus treinta y siete años y tras diez de trabajo pastoral en la capital de España, más los tres de la guerra civil, con análoga actividad sacerdotal en las dos zonas en que se dividió la nación, gozaba de notoriedad y gran estima en los ambientes del apostolado católico y de la Iglesia española en general.

Entre los obispos hispanos de aquellos años, que pertenecían a una o dos generaciones anteriores a la suya, eran muchos los que manifestaban su aprecio por el autor del libro Camino y acogieron favorablemente su aparición a mediados de 1939: los arzobispos y obispos de Valencia, Madrid, Avila, Palencia, León, Pamplona, Cartagena, Vitoria, etc. (El obispo de Cuenca, que le había prestado su apoyo para esa especie de ensayo de edición preliminar del famoso Camino de 1939, que habían sido las Consideraciones Espirituales de 1934, no llegó a conocer el nuevo libro. Cuando se publicó, Monseñor Cruz Laplana, que era pariente próximo de Josemaría Escrivá, se contaba ya entre los mártires de la guerra civil).

Prueba de la estimación y confianza que se sentía por don Josemaría entre la jerarquía de la Iglesia, fue que diversos prelados y algunos monasterios de religiosos le invitaran repetidamente para predicar ejercicios espirituales al clero y a los seminaristas de sus diócesis. Cuarenta años después, no pocos distinguidos prelados y otros eclesiásticos han manifestado el vivo recuerdo que conservan del contenido y del estilo, tan poco común, tan espiritual y tan humano, de esas predicaciones del Beato Josemaría.

En los primeros años treinta, el futuro cardenal Ángel Herrera Oria, fundador y director del diario católico El Debate, fundador también y presidente de la Asociación de Propagandistas, fue nombrado por la Santa Sede Presidente Nacional de la Acción Católica Española. Al disponerse a dar desde este puesto un nuevo impulso al apostolado seglar, Herrera ofreció a don Josemaría la dirección de la Casa del Consiliario, que se había creado para la formación y adiestramiento pastoral de los asistentes eclesiásticos y capellanes de la organización de las diversas diócesis españolas. La dedicación que exigía de él la promoción y desarrollo del Opus Deí le impidió a Josemaría Escrivá, que tenía entonces poco más de treinta años, asumir la responsabilidad de una misión tan honrosa.

En aquella organización de Acción Católica para la que don Ángel Herrera quería contar con la colaboración de Josemaría Escrivá eran capellanes o consiliarios otros eclesiásticos, jóvenes entonces, que en los años 40 y siguientes fueron nombrados obispos, siendo entonces Nuncio Cicognani y ministro de Asuntos Exteriores Martín Artajo: Yurramendi, Morcillo, Tarancón, Hervás, etc., que eran ya antes de la guerra civil, o serían pronto, amigos personales del Beato Josemaría.

El aprecio por las cualidades y virtudes de Escrivá era compartido por numerosos prelados y personalidades civiles de su misma generación que desempeñaron funciones de responsabilidad en la Iglesia y en la vida social de España. Entre los eclesiásticos habría que mencionar a los cardenales de Tarragona, Barcelona, Toledo, Santiago, Sevilla y Málaga, y los también cardenales españoles de curia Larraona y Albareda y el portugués Cerejeira o el italiano Tedeschini, el Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá, los arzobispos de Madrid, Valencia, Grado, Zaragoza, Granada, Pamplona, obispos de toda España, así como distinguidos monjes y religiosos (abades de Monserrat, Silos, Samos, el Valle, etc.) y muchos notables sacerdotes de los más variados lugares del país.

LOS PRIMEROS PASOS DEL OPUS DEI

En el Madrid de los primeros años treinta, los seglares que pertenecían a Opus Dei, o a los que alcanzaba el apostolado personal y la inspiración espiritual de Escrivá, eran probablemente ya unos centenares de mujeres y hombres, en su mayoría jóvenes universitarios, profesionales y docentes. Don Josemaría conocía bien la universidad y a los universitarios. El mismo era uno de ellos, desde que realizara sus estudios civiles en la facultad de Derecho en Zaragoza. Y había seguido siéndolo en Madrid, donde se trasladó para cursar el doctorado mientras daba clases en una academia universitaria de la capital de España.

También en Madrid fundó otro centro para universitarios, la Academia DYA ( «Derecho y Arquitectura», o como gustaba leer a algunos de los estudiantes y jóvenes graduados que la frecuentaban «Dios y Audacia») en la que Escrivá y sus primeros colaboradores atendían a la formación cristiana y al fomento de la vocación profesional de los universitarios que la frecuentaban. A la Academia DYA de la calle Luchana siguió, como un modesto pero seguro paso adelante, la primera residencia de estudiantes promovida por el apostolado de la Obra, en la madrileña calle de Ferraz, que vio interrumpida su existencia por el inicio de la guerra en julio de 1936.

Durante la primera mitad de la contienda civil don Josemaría permaneció en Madrid, donde su vida, como la de tantos otros eclesiásticos, no dejaba de correr peligro y donde parece que fue muerto un hombre que los asesinos confundieron con él. Hubo de cambiar de domicilio repetidas veces, y estuvo unos meses refugiado en la Legación de Honduras. Pero en aquellas difíciles circunstancias del Madrid republicano y casi sitiado, Escrivá continuó su labor sacerdotal, administrando sacramentos, celebrando misas en casas particulares, asistiendo enfermos y desarrollando en la medida que le era asequible una acción apostólica que alcanzó a cierto número de personas y familias que ya nunca dejarían de sentirse vinculados a su amistad.

Por fin, a finales de 1937, logró pasar a Andorra y Francia a pie por los Pirineos de Lérida, acompañado de un reducido grupo de jóvenes universitarios, algunos de los cuales eran ya de la Obra, pero todos ellos compartían la devoción por don Josemaría y se sentían discípulos suyos.

De vuelta a España, por la frontera de Irún, tras una brevísima visita al santuario mariano de Lourdes, Escrivá fue fraternalmente acogido por su antiguo amigo de Madrid, el salesiano monseñor Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, y pocas semanas más tarde se instaló en Burgos, en condiciones de cierta precariedad hasta que uno de los últimos días de marzo del año 39 regresó a Madrid.

Durante su año y medio de Burgos, don Josemaría restableció el contacto con los jóvenes «veteranos» de las residencias de Luchana y de Ferraz, viajó por distintas provincias del norte, de Andalucía y de Castilla, dirigió retiros espirituales para hombres y mujeres y desarrolló un amplio y fructífero apostolado epistolar. Pero además encontró tiempo y oportunidad para realizar dos obras importantes que fueron dos significativos jalones de su biografía. Una sería su tesis doctoral para la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, el estudio histórico-jurídico de la singular figura e institución de La Abadesa de las Huelgas. La otra fue la definitiva preparación de Camino.

En el tiempo más bien corto que le dejaban libre sus ocupaciones apostólicas, don Josemaría Escrivá se encaminaba al famoso monasterio cisterciense, fundado por el rey Alfonso VIII de Castilla, revolvía los legajos del archivo, examinaba la documentación de las Edades Media y Moderna que allí se guardaba, y logró reconstruir los rasgos de derecho civil y canónico de una institución tan singular como la jurisdicción señorial y cuasi-episcopal de la abadesa de un monasterio femenino para la que apenas si es posible encontrar algo que se le parezca en otros lugares y otras experiencias de la historia de la Iglesia.

Cuando ya en Madrid, en el mismo año 1939, el catedrático de Historia del Derecho de la Complutense, luego obispo de Tuy y Arzobispo de Grado, Fray José López Ortiz, amigo personal de Escrivá e historiador prestigioso, examinó el trabajo que don Josemaría había realizado en Burgos, dictaminó que era una investigación de gran novedad e interés y una obra terminada. Con ella Escrivá, que ya había cursado las asignaturas correspondientes a ese grado académico entre los años 1927 y 1931, se doctoró en la universidad de Madrid en el mismo año 1939.

El doctorado civil de Escrivá no era un mero título académico que añadir a su biografía, ni mucho menos un adorno. Era un precedente y un ejemplo para las personas de la Obra de profesión intelectual, laicos y clérigos, y para los hombres y mujeres a quienes alcanzaría su apostolado. El, el fundador del Opus Dei, era teólogo y sacerdote, pero también abogado y debía culminar sus estudios jurídicos. En Camino dejaría escrito — y no para los miembros de la Obra, sino para la generalidad de los cristianos—, que «el estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros» y «al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea»: para Escrivá esa primera persona del plural —nos, nosotros— comprende a la generalidad de los cristianos.

LA PUBLICACIÓN CAMINO Y LOS ESCRITOS DE SU AUTOR

Para no pocos de esos jóvenes universitarios de los primeros años cuarenta, a los que algún amigo u otras circunstancias ponían sus manos Camino, en la hermosa primera edición valenciana de 1939 —entre los que relativamente pronto tuve la fortuna de encontrarme yo mismo—, aquel atractivo volumen de diseño moderno y aire tan novedoso se convirtió en libro de cabecera, en guía de conducta, en manual de orientación espiritual y en instrumento para descubrir amplios y luminosos horizontes de vida cristiana.

La misma presentación tipográfica del libro era muy diferente de la habitual entre las obras de devoción. Mostraba que Camino aspiraba a ser recibido como algo de un estilo distinto y con una marcada vocación de libro de espiritualidad para gente cultivada, pero gente corriente.

El año 1934 en una modesta imprenta de la ciudad castellana de Cuenca, Escrivá había publicado sus Consideraciones espirituales, que contienen no pocos pasajes que se integrarían luego en el famoso Camino de 1939. En ese mismo año 34 escribió Santo Rosario, un breve libro sobre los «misterios» de esta tradicional devoción mariana de bella factura literaria, que constituye una especie de poema en prosa en el que hay páginas que ocuparían un lugar de honor en una antología de literatura mística.

Después fueron apareciendo sucesivamente el estudio histórico jurídico sobre La Abadesa de las Huelgas, que había sido su tesis doctoral, dos volúmenes de meditaciones que se titulan Es Cristo que pasa y Amigos de Dios, numerosas homilías editadas sueltas, y otras obras más de aparición postuma como Via Crucis, Surco y Forja. El primero de estos últimos guarda cierto paralelismo con Santo Rosario, mientras que los otros dos, siendo netamente distintos, corresponden al género literario Camino.

El Beato Josemaría Escrivá compuso además numerosos escritos y documentos especialmente dirigidos a las personas e instituciones del Opus Dei, en forma de instrucciones, cartas, etc., buena parte de los cuales han estado a disposición de los estudiosos de su personalidad y de su obra. El profesor Peter Berglar, biógrafo alemán de Monseñor Escrivá e historiador del Opus Dei, en la relación de las fuentes que había manejado, declaraba haber leído y utilizado, «entre otros muchos», hasta treinta y uno de estos escritos, mencionándolos con sus títulos y fechas. Son obras de diferente extensión, de carácter doctrinal y apostólico, verdaderas piezas maestras de literatura espiritual algunas de ellas, bien escritas todas. En esos documentos se invita a hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir y actuar conforme a lo que pide de ellos la vocación de «cristianos corrientes» en medio de la sociedad y de los quehaceres y deberes de ciudadanos de este mundo.

Sólo el material examinado y mencionado por Berglar, que estudió los que más luz aportaban a la historia de la vida y de la acción personal y apostólica de su biografiado, comprende bastante más de de dos mil páginas. De lo que dice el autor alemán, se deduce que se poseen otros muchos documentos y escritos del Beato Josemaría, los más antiguos y significativos de los cuales han sido utilizados en la excelente y exhaustiva obra de Andrés Vázquez de Prada. Algo parecido se infiere de lo que han escrito otros biógrafos de don Josemaría. En repetidas ocasiones, se le había oído decir que se llamaba Escrivá y que practicaba su apellido.

La aparición de Camino y la difusión del conocimiento del Opus Dei, así como la extensión de los apostolados que promovía, tuvieron una excelente acogida en amplios sectores católicos e intelectuales. No faltaron ciertamente incomprensiones e incluso una abierta hostilidad en algunos de estos mismos medios y por parte de miembros de determinadas organizaciones. Pero ese es un asunto sobradamente conocido y no resulta propio de esta ocasión.

La iniciativa apostólica de Escrivá con la fundación del Opus Dei y las peculiaridades de su apostolado eran manifiestamente singulares, y respondían a su particular carisma y vocación. Pero resultaban especialmente adecuadas a la coyuntura histórica de la Iglesia en el siglo XX. Y Camino contenía la almendra del mensaje apostólico del autor, que se dirigía a un vasto público de hombres y mujeres seglares y, en general, a personas de buena fe.

Las ediciones de Camino se sucedieron con un ritmo acelerado. En 1945 aparecía la tercera y en el 91 la cincuenta y dos de lengua castellana. El total de las impresas en diversos idiomas superaba las doscientas cincuenta en el momento de la beatificación del autor en mayo de 1992.

EL LIBRO, SUS FUENTES Y SU ESTILO

Las Consideraciones espirituales del 34 y Camino en 1939 fueron, en efecto, las primeras publicaciones del autor, que sin embargo no era un escritor novel. Había compuesto, en buen número, los escritos antes aludidos, en los que se consideraban muy diversas cuestiones de carácter doctrinal y de orientación apostólica y espiritual, siempre tratadas con una elegante y precisa factura literaria. Josemaría Escrivá era un hombre culto, muy seguro de su lengua, y sus monografías estaban redactadas con el dominio de la expresión de un escritor profesional y con la firme tersura de un estilo tan personal y característico como los elegantes y enérgicos rasgos de su caligrafía.

En las obras del Beato Josemaría, como se ve, no escasean los libros importantes por su contenido y por su escritura. Pero, para unos millones de lectores Camino es particularmente representativo y notable, incluso desde un punto de vista literario.

Escrivá de Balaguer acostumbraba a tomar notas de pensamientos, reflexiones, experiencias, etc. de carácter espiritual o pastoral, así como de sus lecturas de la Biblia, de los Padres, de la liturgia y de los grandes escritores. Esos apuntes, de ordinario breves y enjundiosos, que venían de la vida y de los libros, eran frecuentemente elevados por el Beato Josemaría a niveles de generalidad que los hacían útiles a efectos doctrinales y prácticos para la vida cristiana de las personas que leían sus libros o escuchaban su palabra.

Parte de ese trabajo intelectual sirvió indudablemente de base a las Consideraciones espirituales y despues a Camino, e igualmente a Surco y Forja, que estaban ultimados al fallecimiento del autor y se han publicado con carácter postumo.

Tanto estas obras como sus diversas secciones pertenecen a la literatura cristiana de espiritualidad, alternándose en su texto pasajes de carácter y tono ascético, con otros a los que habría que llamar místicos, y otros, en fin, puramente pastorales o de orientación práctica, casi personalizada, para un lector cristiano.

La fuente principal de estos escritos del Beato Josemaría es, como en toda la tradición de la literatura espiritual cristiana, la Sagrada Escritura y en primer lugar los Evangelios, con muy frecuentes referencias a lo que en ellos y en los Hechos de los Apóstoles se cuenta de los primeros discípulos de Jesús y de la primitiva cristiandad. Pero las escenas bíblicas a que se refiere el autor y sus consideraciones teológicas están, por así decir, «vividas». El lector, como ha destacado Alvaro del Portillo en la presentación del primer volumen de homilías de Escrivá, es suavemente inducido a participar en ellas. No se le presentan como cosas ajenas sino como propias, como hechos o cuestiones abiertas que demandan una respuesta y que invitan a adoptar una actitud. Son al mismo tiempo una insinuación y un desafío para el que reflexione sobre lo que está leyendo.

Escrivá de Balaguer, como decía Alvaro del Portillo, cultiva especialmente la técnica (si se puede hablar así), de «meterse» y «meter» a sus lectores, como a él le gusta decir, en los hechos de la vida de Cristo. Siguiendo sus palabras se advierte que él «vive» con particular y activa presencia las escenas más entrañables de la Sagrada Familia, de Jesús con los discípulos y de la Pasión y Muerte del Salvador, descritas, o aludidas, con trazos que recuerdan la gran pintura barroca española y la literatura espiritual de lengua castellana de los siglos XVI y XVII, que tan bien conocía el Beato Josemaría.

La otra gran fuente de estos escritos es la experiencia espiritual y pastoral del autor. Abundan los pasajes autobiográficos, que ordinariamente están escritos en tercera persona, como si el protagonista de un suceso o el sujeto de una experiencia espiritual o apostólica fuera alguien distinto del narrador.

El autor se revela también como un puntual y agudo observador de la vida social. Pero no es un escritor costumbrista, sino un «pedagogo» en el sentido técnico y original del vocablo, que invita a seguirle, levantando el espíritu del lector (que a las pocas páginas es realmente un interlocutor) a la contemplación de los más nobles valores de la tradición y de la práctica cristiana.

EL ESTILO Y LA LENGUA

Se suele decir que la lengua literaria castellana experimenta un cambio sustancial, casi una mutación, entre finales del siglo XIX y principios del XX. En otras culturas europeas ha ocurrido algo semejante, pero probablemente después. La lengua escrita y la lengua hablada culta de la España del primer tercio del siglo XX llegaron a estar más próximas una de otra que en períodos anteriores de su historia.

Quizá el paso preliminar había sido franqueado por el realismo de la novela del XIX y por el prosaísmo de los poetas postrománticos. Pero ya en el siglo XX las dos corrientes que realizan esa transformación —si es que se puede hablar así—, estarían representadas por los autores del «noventa y ocho» y por los modernistas. Se trata de dos corrientes hasta cierto punto opuestas y a la vez complementarias: Azorín y Valle, Unamuno y d’Ors, Antonio Machado y Manuel.

Yo no estoy nada seguro de que el autor de Camino frecuentara a muchos de los poetas y escritores castellanos del primer tercio del siglo que tanto habían influido en la lengua española que él escribe. Sus lecturas,. que eran copiosas, eran también más sólidas y más clásicas. Pero estaba atento a la realidad de la vida, y hay movimientos y tendencias culturales y de estilo que se respiran en el ambiente, a poco que se asome uno a los libros de actualidad, a periódicos y revistas y al trato de personas cultivadas. Más con una prensa tan rica en colaboraciones literarias como era entonces la española.

El estilo de los grandes libros de Escrivá correspondería al de la prosa lineal y suelta que caracteriza a los buenos escritores castellanos de esos años. En su texto, como en otros valiosos autores de la época, no faltan de vez en cuando expresiones poéticas y brillantes, metáforas luminosas y un lenguaje figurado y transparente, rico en imágenes, pero directamente inteligible.

En su escritura se encuentra en los lugares adecuados con expresiva eficacia un cierto juego de contrastes y figuras literarias, entre las que predominan las antítesis, que acaban enfrentando al lector con una disyuntiva (aut, aut), que es seguramente lo que se proponía el autor de libros escritos para persuadir y para animar a la acción cristiana, a la práctica de la virtud y al ejercicio del apostolado.

Desde el primero de los párrafos de Camino se habla de «las huellas que borran»; enseguida de «acción y oración», de «pan y palabra» (con la expresiva aliteración de las dos voces), de «hostia y oración». Pueden arder «unas ramas olorosas» o bien «simple hojarasca»; hay que optar entre «las charcas del camino» y «las aguas que saltan», o entre «la palabra y el silencio», o responder con «sonrisa» a la «molestia»; el cuerpo y el alma son enemigos inseparables y amigos que no se pueden ver; la desvergüenza y la intransigencia, y la coacción —que no son buenas de ordinario ni buenas de por sí—, pueden resultar santas en determinados contextos. El fracaso es victoria y la victoria fracaso, etc. etc.

Probablemente, si el Beato Escrivá hubiera leído unos comentarios como éstos los desautorizaría con toda la energía amistosa y paternal de su seductora personalidad. El escribió Camino y sus otros libros para que los hombres y las mujeres se acercaran a Dios, a la amistad de Cristo y a la práctica del Evangelio, y yo habría estado cometiendo la frivolidad de glosar sus textos como si fueran mera literatura. Pero al tratar de ellos es de justicia subrayar que hay muchas páginas magistrales y que su autor, además de ocupar en el catálogo de los santos el lugar que le corresponde por sus méritos y virtudes, tiene un puesto de honor, muy bien ganado, en la historia de la literatura espiritual de nuestro siglo gracias a su inspiración, a su cultura y a su pluma.

EN ROMA Y EN TODO EL MUNDO

Durante sus años de Roma el Beato Escrivá de Balaguer fundó colegios Romanos de la Santa Cruz y de Santa María, respectivamente, para hombres y mujeres del Opus Dei, destinados a la formación y convivencia de personas de diferentes nacionalidades y culturas. Organizó y dirigió la expansión del Opus Dei en las naciones europeas a las que no había llegado antes, así como en varias de África y del Lejano Oriente, y en las Repúblicas americanas, siempre en relación con los Obispos de cada país y, ordinariamente, a petición de ellos.

A partir de la década cincuenta, Mons. Escrivá promovió la creación de centros universitarios en diferentes lugares del mundo, respecto de los cuales ejercería las funciones históricas, —que en su caso eran más reales que simbólicas o puramente ceremoniales— de Gran Canciller o Rector Honorario. La primera de esas universidades, fundada en 1952, fue la de Navarra, una institución sobradamente apreciada y prestigiada en toda España, que tiene quince mil estudiantes, once Facultades y Escuelas Superiores, media docena de centros de grado medio y varios institutos de investigación de reconocida calidad, más las Facultades y centros de estudios eclesiásticos. Otras instituciones universitarias creadas a iniciativa del Beato Escrivá existen en México, Perú, Filipinas, Japón, Colombia, etc.

Los treinta años romanos de Monseñor Escrivá hicieron de él una personalidad ampliamente conocida y respetada en toda la Iglesia a la que mostraron su afecto y aprecio los papas Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, y con la que tuvieron oportunidad directa de relacionarse centenares de cardenales y obispos durante esos pontificados, tanto con ocasión de visitas a la Sede Apostólica como en los Años Santos y, muy particularmente, durante las sesiones conciliares.

En vida, y aunque él pugnara por no exhibirse ni aparecer, Escrivá de Balaguer era una figura considerada, y admirada también, en los círculos eclesiásticos y del apostolado católico de los más diversos lugares. Por eso no es de extrañar que a su fallecimiento fuera tan elevado el número de los obispos que solicitaron del Papa la iniciación de los procedimientos que podrían conducir a incluir en el catálogo de los santos al ilustre sacerdote español. Fueron más de mil trescientos los cardenales, arzobispos y obispos que se dirigieron a la Santa Sede con escritos postulatorios, lo cual representaba una tercera parte larga de la Jerarquía de todo el mundo.

De modo muy particular en los últimos años de su vida, el Beato Escrivá recorrió España en viajes pastorales — en varias ocasiones y distintas ciudades— y varios países de Europa y de América en los que se hallaba establecido el Opus Dei, celebrando encuentros con miles de personas. Él llamaba a estos viajes y encuentros «catequesis», recuperando una palabra usual entre los primeros cristianos. En esas reuniones o «tertulias», como también le gustaba decir, se dirigía a los asistentes con su peculiar estilo profundamente espiritual y humano, y con esas manifestaciones de su poderosa y atrayente personalidad que son imposibles de reproducir y que han quedado reflejadas en los documentales cinematográficos en que se han recogido muchas de esas reuniones.

Josemaría Escrivá de Balaguer era, en efecto, un sobresaliente orador y, como ahora se dice, un gran comunicador, que poseía de un modo infrecuente el don de la palabra y decía siempre exactamente lo que quería decir. Era uno de esos pocos privilegiados mortales cuya palabra hablada puede ser literalmente vertida por escrito en una prosa correcta, expresiva y brillante, sin dar por otra parte nunca la impresión de hablar desde un libro. Su estilo oral se distinguía por la espontaneidad y por una frescura y gracia de dicción verdaderamente admirables, a lo cual contribuían no poco su habitual alegría y su sentido del humor, su buen humor como él mismo solía decir.

LA IMAGEN DE UNA VIDA

Pero la vida de Josemaría Escrivá, tan rica en hecho y tan fecunda en frutos, no fue ciertamente nunca un camino fácil, cómodo de recorrer. No podía ser una excepción entre los grandes del espíritu. Habló frecuentemente de rosas y de espinas, de raíces en forma de cruz, y sabía muy bien lo que decía. Sólo esas raíces que se clavan en el alma de los hombres son las que se coronarán de las ramas, las hojas y los frutos que harán del sacrificio un sacrificio gozoso. Todas estas son ideas y frases repetidas por él. Pero en el Beato Escrivá, todo eso no era un conjunto de bellas imágenes literarias ni un hábil recurso pedagógico para grabar conceptos y fórmulas en oyentes y lectores. Era la decantación o la esencia de su propia experiencia personal.

A lo largo de los tres períodos de su vida, Josemaría Escrivá habría de sufrir toda suerte de contrariedades, no pocas incomprensiones y la frecuente y más particularmente dolorosa hostilidad de gentes buenas, que no le entendían o no querían entenderle, y no dejaban de pertenecer a su mismo mundo del apostolado cristiano. Se encontró con la resistencia de estructuras consolidadas que parecían impenetrables para la novedad de su carisma, y con puertas que se cerraban ante él, unas veces con cortesía y otras sin ella, diciendo que «todavía no», «porque ha llegado Usted demasiado pronto». Pero ese fue uno de los yunques en que se forjó su espíritu.

Era hombre de notable y admirable firmeza. La suya no era la tenacidad tópica de su Aragón nativo, sino la constancia del convencido de que tiene un deber que cumplir con instituciones y con personas, y que no puede faltar a él. Por eso soportó las increíbles adversidades que tantas veces pusieron a prueba su temple, con la serenidad alegre y contagiosa de un hombre de Fe que había puesto su confianza en Dios.

Tras el solemne reconocimiento de la santidad del Beato Josemaría Escrivá, que fue proclamada por el Papa Juan Pablo II en la beatificación del 17 de mayo de 1992, los católicos podrán tributarle el culto con que se venera a los bienaventurados y demandar su intercesión ante Dios. Pero esa solemne declaración pontificia fue también el homenaje de la Cristiandad a uno de sus hijos más preclaros de estos tiempos y un honor para España y para la Iglesia de este país.

Un mosaico filológico de la Antigüedad

Letras y Poder en Roma es un libro en el que Antonio Fontán recoge 23 artículos publicados a lo largo de cincuenta años (entre 1950 y 2000) sobre un conjunto de materias sorprendentemente diversas, si bien todas ellas responden a alguno de los dos miembros del título, cuando no a los dos a la vez. No es, pues, un libro de ensayo escrito, digamos, de un tirón y con un plan prefijado y seguido con rigurosa precisión. Es una colección, repito, de artículos, seleccionados de entre toda la extensa producción del autor por referirse a la Antigüedad romana, entendida en sentido amplio. Quedan aparte, quizás para otro volumen, los dedicados al Humanismo renacentista, que, junto al muy conocido titulado Humanismo romano y que publicó hace ya un cuarto de siglo la editorial Planeta (¡parece mentira que en algún momento de su vida la editorial Planeta publicara este tipo de cosas!), darían una imagen muy sólida del pensamiento filológico e histórico de Antonio Fontán.

Pero el lector que no haya frecuentado sus estudios, quedará sorprendido desde muy pronto por la coherencia con que se presentan los diversos capítulos, hasta el punto de que da la impresión de que obedecen, a pesar de las distancias cronológicas y quizás intelectuales, a un plan tan meditado como el que podría haber conducido a la redacción de un ensayo. Creo que la razón fundamental de esa coherencia se debe al hecho de que cada artículo, cada pieza del mosaico, responde a una pregunta bien precisa (¡qué necesario es saber qué pregunta se ha formulado un investigador antes de escribir un trabajo!; ¡qué sin alma resultan los escritos que no parecen responder a ninguna pregunta!). Y esas preguntas, invariablemente, conciernen a cuestiones esenciales de nuestras disciplinas y a temas de interés general, o por decirlo de otro modo, del máximo interés. Ordenadas las respuestas con un mínimo de habilidad — como es el caso—el resultado es excelente y la lectura, de una amenidad incuestionable. Ahí están las respuestas que Antonio Fontán se da y nos da a preguntas tales como ¿por qué hay que leer a los clásicos? ¿quiénes son los clásicos? ¿cómo es y qué caracteriza a la cultura romana?, e cosí via…

Cincuenta años de constante actividad intelectual con los clásicos como permanente telón de fondo, como inseparables libros de cabecera. Imagino que desde esa privilegiada atalaya — la de sus años y la de su vida—, al volver momentáneamente la vista atrás, Antonio Fontán contempla un paisaje de horizontes ilimitados pero también, y a pesar de tantos vaivenes y zarandeos, de una serenidad gozosa. ¡De cuántas cosas se puede escribir en cincuenta años! ¡Cuánto saber acumulado pacientemente! ¡Qué maravilla haber aprendido tanto y poderlo contar! Mas no quisiera creer —por más que la situación lo permita— que este libro responda al sencillo deseo de ir poniendo en orden la casa.

Lo leo, lo leemos, como tantas veces ocurre con ese misterio que son los libros, desde un pasado palpitante y vivísimo, como una ventana hermosa abierta al futuro y sabemos que esa vida que corre a raudales en las páginas de nuestros clásicos, en las páginas de este libro, no es una vida —pase lo que pase y se diga lo que se diga— llamada a desaparecer, reservada a unos pocos (¿los elfos de nuestra civilización?). No nos merecemos ni me resigno a imaginar una cultura para los días que han de venir, ni para las generaciones que han de recibir nuestro legado, en la que no estén presentes de manera muy principal esos autores y esos temas sobre los que se habla en este libro, porque aquí se demuestra que cualquier lector medianamente culto no ha de encontrar en estas páginas reliquias ni vestigios de un pasado remoto, antiguallas sin interés (muebles y trastos viejos, si se me permite), sino espléndidos referentes que llenan de hondura intelectual las preguntas —siempre las mismas preguntas— que nos seguimos haciendo y sobre las que hemos de edificar nuestro futuro, (antigüedades, por seguir con la imagen, que continúan en nuestros hogares prestándoles no ya su utilidad sino también la impagable belleza que confiere el paso de los años a lo que es verdaderamente bueno).

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Antonio Fontán ha articulado su nuevo libro en torno a cinco líneas de fuerza: La palabra de los clásicos, Política e Historia, Los hispanos, oradores y poetas, Imperio y cristiandad. Entre el primer capítulo titulado programática muy oportunamente— «Los clásicos latinos, libros para leer» y el último, cuyo título no menos apotegmatico dice «La segunda latinización de Europa» (luego vino aún una tercera en los siglos del Renacimiento, para, por fin, dar paso a la por ahora definitiva «Cuarta latinización» o «La latinización —por vías indirectas— de casi todo el orbe»), se engarza un espléndido rosario de temas que oscilan desde la más estricta filología y desde la microscopía del hecho literario («Análisis estructural de la poesía: un comentario a Horacio, C . III») a los planteamientos de altos vuelos y panorámicas generosas como los capítulos titulados «La historia como saber político» o «Dos mil años de era cristiana», aparte de los ya citados.

Mas aquí vuelven a aparecer, por debajo de esas grandes líneas de fuerza, algunos de los tópicos esenciales del pensamiento filológico de Fontán: Tito Livio, Séneca, Constantino, Historiografía, Retórica y Oratoria, Poética, El poder y su ejercicio… varios de esos tópicos ya estaban presentes en el mencionado Humanismo romano. Ahora, como si se tratara de aprehender el objeto mediante su encapsulamiento a través de sucesivas aproximaciones de círculos concéntricos, vuelve el autor su atención al Tito Livio de arquetípicas historias de romanidad («Tito Livio historiador y retórico», «El griego de Tito Livio», «La historia como saber político»), a la poliédrica y siempre fascinante personalidad de Séneca («Los Anneosde la Bética», «Séneca político y filósofo», «La monarquía de Séneca», «El sabio en la ciudad», «Séneca y la providencia de los dioses»), a Virgilio y Horacio, a Quintiliano, a Marcial y Estado , para acabar recalando las naves de su curiosidad en el tardoimperio de Constantino («La revolución de Constantino») y San Agustín («San Agustín, intelectual romano y padre de la Iglesia»).

Antonio Fontán, como es bien sabido, ha simultaneado su actividad filológica con otros quehaceres absorbentes. Sin embargo, siempre ha procurado mantener al día su incansable sed de íntimas respuestas. Todos los que hemos estado cerca de él, hemos recibido durante años, con puntualidad inquebrantable, un nuevo artículo suyo editado expresamente como felicitación navideña. Alguno de esos artículos está recogido en este libro. Y esa constante tensión entre las diversas facetas en las que ha proyectado su vida ha dejado huellas bien perceptibles en los diversos ámbitos de su actuación: ¿acaso no hay un punto de estoicismo senequiano en su manera de entender la política? o ¿no hay un titoliviano?—perdóneseme el adjetivo— respeto por la tradición y la historia a la hora de enfrentar la cosa pública? Del mismo modo, también sus artículos filológicos están impregnados, a partes iguales, de la grauitas y de un estilo tenuis, imprescindibles en el buen periodista que quiere acercarse a un público amplio sin perder por ello la compostura y la dignidad de la pluma cultivada. Se leen estas páginas con una facilidad ajena al tedio que producen tantos otros trabajos de ciencia. Para ser preciso no es necesario —incluso incomoda— ser abstruso. Rem tene, uerba sequentur, que decían los antiguos clásicos. Y así es.

Si algo queda de definitivo al cerrar la lectura de este libro es que Antonio Fontán tiene —porque se la ha sabido construir a fuerza de preguntas y respuestas— una imagen personal y cautivadora de Roma y lo que ella representa en la civilización occidental. Y eso es una hermosa manera de entender y vivir la vida.

Al héroe de nuestro tiempo, capitán Scott

 

«Nuestro destino queda a merced de los dioses. No puedo pensar en nada que hayamos dejado de lado», escribe Scott en la víspera de su partida al Polo. Tras haber pasado el oscuro invierno en el campamento construido en la costa oeste del continente antartico, hasta el último detalle parece preparado. Es 1 de noviembre de 1911, el tiempo está despejado. A un gesto de Scott, la caravana de ponis se pone en marcha y comienza a adentrarse en la gran superficie blanca. Según el plan, el capitán volverá a encontrarse con los hombres que permanecen en la base a mediados de marzo del año siguiente.

Todo había empezado unos años antes, cuando el capitán recibió el apoyo de Sír Clements Markham y de la Royal Geographic Society para emprender la conquista de los territorios antarticos. Un primer viaje realizado entre 1901 y 1903 a abordo del Discovery permitió a Scott tomar contacto con la fría geografía polar, y junto a Ernest Shackleton se internó caminando sobre la nieve en busca de la ruta que les permitiera acceder a ía meseta central del continente. Tras varias semanas de marcha, el extenso sistema montañoso trasantártico aparecía como un obstáculo irremontable. La falta de alimentos y los primeros signos de congelación obligaron al grupo a regresar, pero esta vez llevaban consigo valiosa información, una idea concreta de la peligrosidad del terreno y, sobre todo, la que desde ese momento sería su única obsesión: alcanzar el punto más austral del mundo.

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Cuatro años más tarde, entre 1907 y 1909, Shackleton lideraría una expedición en la que se descubrió el glaciar Beardmore, un paso que comunicaba la Gran Barrera de hielo con la elevada Meseta central del Continente. Haciendo un gran esfuerzo, estos hombres lograron alcanzar los 88,23° de latitud sur; pero, a sólo 179 kilómetros de su objetivo, la expedición se vio obligada a regresar. De vuelta en Gran Bretaña, el explorador recibió el título honorario de Sir, así como el reconocimiento de la comunidad científica del momento.

La relación entre ciencia y exploración continuaba la linea iniciada por los grandes viajes de los naturalistas, Humbolt o Darwin, entre otros. Aún quedaban en el mundo grandes lugares desconocidos para el hombre y era necesario llevar a cabo su reconocimiento, la clasificación de las especies autóctonas, la descripción de su geografía. Ciencia y conquista aparecían así como dos caras complementarias en el esfuerzo por dominar el mecanismo de la Naturaleza.

LA COMPETENCIA

En 1911, el camino aparecía despejado para Scott y sus hombres. La puerta hacia el Poto había quedado abierta con el esfuerzo de Shackletón y ahora le correspondía a Scott materializar !a conquista, A mediados de junio del ano anterior habían zarpado de Cardiff en el Terra Nova, viejo barco que no haría las cosas nada fáciles. En octubre, al recalar en Nueva Zelanda, les aguarda, sin embargo, un mensaje que añade un nuevo riesgo a esta empresa. «Me dirijo al Sur. Amundsen». El escueto comunicado del explorador noruego Jeja claro que la competencia les había salido al paso, algo para lo cual Scott no estaba preparado. Su correspondencia deja ver hasta qué punto el capitán sintió como si estuvieran invadiendo un territorio que consideraba propio.

En realidad, a Roald Amundsen le correspondía dirigirse al Polo Norte, pero a medio camino debió rectificar súbitamente su rumbo porque Robert Peary se le había adelantado y en abril de 1909 clavaba la bandera norteamericana en las inmediaciones de los 90° N. Al igual que el norteamericano y a diferencia de Scott, Amundsen vivía obcecado por la idea de llegar al centro del casquete polar. Para ello había vivido entre los Inuit, adoptando su vestimenta y muchas de sus técnicas de supervivencia. Esta asimilación etnológica no tardaría en dar frutos.

 

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Por su parte, el capitán Scott era un representante de la era victoriana, miembro del entonces imperio más grande del planeta. Sus convicciones eran más próximas a la de los flemáticos observadores de estirpe, apegados al té ritual de las cinco. Ello marcaría enormes diferencias entre las dos expediciones que, en enero de 1911, acampan separadas a 200 millas, en la costa oeste de la Antártida.

Para comenzar, el equipo británico cargaba abundante material de investigación, que manejarían distintos científicos, y cuya única misión consistía en desvelar hasta la última minucia de este enigmático e inhóspito territorio. Un meteorólogo, tres geólogos, un físico y un biólogo, encabezados por el más fiel compañero de Scott, el zoólogo Edward Wilson, descienden del Terra Nova y comienzan de inmediato a montar sus unidades de observación en la bahía de MacMurdo. Durante los dos años siguientes, hasta la primavera de 1913, no dejarán de anotar mediciones, clasificar peces, aves y cetáceos, describir rocas y formaciones geológicas, observar los fenómenos ópticos y el paso de las estaciones, las variaciones de temperatura, la fuerza de los vientos. Muchos datos sin embargo quedaban aún por registrar.

De hecho, las muestras geológicas recogidas por el equipo de Scott ayudarían a confirmar la tesis sobre el origen y desplazamiento de los continentes a partir de una gran masa continental -Gondwana- que con anterioridad al período Jurásico unía Arabia, India, Africa, América del Sur, Australia y la Antártida.

EL INICIO DE LA MARCHA

Tras pasar el invierno austral de 1911, recluidos en una cabaña de 15 x 7,5 metros, donde a pesar del confinamiento no faltaba cierta comodidad, los hombres que forman la expedición antártica británica saben que la llegada de la luz primaveral no sólo acaba con los meses de oscuridad y de encierro forzoso; es ahora cuando toda la preparación debe concentrarse para alcanzar el objetivo más difícil, el Polo Sur.

El 1 de noviembre, con el retraso al que obligaba el cuidado de los ponis blancos ante el tiempo inclemente, Scott se pone en marcha. Utilizados como animales de tiro por sugerencia de Shackleton, esos animales resultaron claramente inconvenientes, a pesar de lo cual Scott todavía no acababa de ceder el turno a los perros. Posteriormente este retraso en la partida tendría serias consecuencias. Por su parte, Amundsen, que contaba con un nutrido grupo de perros, había dejado su cabaña dos semanas antes y se hallaba en plena ruta al Polo. Con todo, ponis, perros y tractores mecánicos eran sólo un apoyo limitado y Scott y un grupo seleccionado de hombres deberían hacer la mayor parte del trayecto tirando ellos mismos de los trineos.

No eran grandes esquiadores, como los noruegos, los hombres de Scott, así que hallan enormes dificultades para sortear el terreno. Frente a ellos y hasta alcanzar el glaciar Beardmore, que da paso a la Meseta Central, se extiende la Gran Barrera, una superficie de poca altura que tardarán más de un mes en completar a un ritmo promedio de 20 kilómetros diarios. El avance es más difícil de lo previsto. El 10 de diciembre de 1911 alcanzan los pies del glaciar. «En este lugar donde acampamos la nieve es la peor que nunca he visto… a cada paso uno se hunde hasta las rodillas y la irregularidad de la superficie es claramente insuficiente para aguantar a los trineos», escribe el capitán.

Dos días más tarde, Scott ordena al equipo de apoyo de los perros el regreso a la cabaña y comienza la ascensión del glaciar. Las accidentadas características de una superficie rematada por salientes, desfiladeros y peligrosas grietas terminan de agriar el ánimo de Scott, que no deja de comparar su avance con las notas del diario de Shackleton y se desespera al comprobar que las condiciones son mucho peores de lo esperado. «Es una lástima que la fortuna no esté de nuestra parte, porque cada pieza del equipo funciona bien», escribe el 21 de diciembre. Al día siguiente, sin embargo, alcanzan la cumbre del glaciar, con lo que el camino se convertía en una línea recta hasta alcanzar el objetivo. Se hallaban a 85° S y habían cubierto casi dos tercios del recorrido hasta el Polo.

LATITUD 90° SUR

Nochevieja. «Las temperaturas han descendido claramente, por efecto del viento, al parecer […] Una barra de chocolate para celebrar el Año Nuevo», anota Scott. Y también que el equipo de hombres de apoyo no se halla en buena forma. Pocos días más tarde, el último equipo de soporte inicia su retorno. Uno de sus miembros, Teddie Evans, estará a punto de sucumbir de escorbuto en el camino de regreso.

Los problemas de nutrición asediaron a Scott y a su equipo durante una buena parte del trayecto y, a estas alturas, ya comenzaban a sentir el flagelo del hambre y la mala alimentación. A ello se agregó la altura (la Antártida es el continente más alto, con una elevación promedio por encima de los 2.000 metros) y el frío (la temperatura más baja registrada nunca, fue observada en la base en la Meseta Central: 89° C); la marcha se hace cada vez más pesada. «Casi 74 millas hasta el Polo, pero ¿conseguiremos mantener este ritmo durante otros siete días? Nos está consumiendo una enormidad». Con todo, los cuatro hombres que continúan hacia el Polo junto a Scott, -Wilson, Oates, Bowers y Edgar Evans- avanzan con el orgullo de ser los elegidos para alcanzar la gloriosa meta propuesta. El 13 de enero dejan su último depósito para el camino de vuelta y ya es cosa de un mínimo esfuerzo el llegar.

Tres días más tarde, mientras avanzan con dificultad, Bowers cree ver un montículo artificial; discuten; se ponen de acuerdo en que se trata de una espejismo. Media hora más tarde, la aguda vista de Bowers detecta una mancha negra, que al poco tiempo se revela una bandera. Scott anota en su diario esa noche: «Martes 16 de enero. Campamento 68. Altura: 2.974 m. Temperatura 30,8° C. Lo peor ha ocurrido o casi lo peor […] Los noruegos se nos han adelantado y son los primeros en el Polo. Es una terrible decepción y lo siento muchísimo por mis leales compañeros». El 15 de diciembre de 1911, con cinco semanas de anticipación, Amundsen había conquistado el Polo siguiendo una ruta nueva y sirviéndose, además, de la fuerza de un vasto número de perros. De hecho, para estas fechas, el equipo noruego estaba cerca de alcanzar su campamento en la costa.

El día 18 de enero de 1912, turbados por la derrota y debilitados por la larga caminata, el frío y la mala alimentación, los cinco miembros de la expedición británica alcanzan oficialmente los 90º S.

EL ETERNO RETORNO

A partir de ahora la consigna es sobrevivir. Pareciera que sólo en ese momento Scott cae en la cuenta del lugar donde se hallan: «¡Santo Dios! Este es un lugar espantoso y resulta demasiado terrible haber trabajado tanto para no obtener la recompensa del primer lugar. Bueno, ya es algo haber llegado hasta aquí y quién sabe si el viento estará a nuestro favor mañana». Sin embargo, la estación comienza a hacerse más severa y deben tirar con fuerza de su trineo para cubrir los casi 1.500 kilómetros que los separan del campamento. Por si fuera poco, Scott quiere alcanzar el Terra Nova, que debiera aparecer a finales del verano, cuando el deshielo permite a las embarcaciones acercarse a la costa antártica. Desea estar presente para dar cuenta de su derrota y evitar así los malentendidos.

Al alcanzar el glaciar Beardmore, la moral del hombre más fuerte, Edgar Evans, se ve minada por un fulgurante debilitamiento físico. Con una mano inutilizada por la más severa infección y la nariz perdida por congelación, este hombretón de gran fuerza y buen humor cae demudado. El 17 de febrero, tras sufrir una caída en el glaciar, se halla en estado comatoso. Su muerte, ocurrida durante la noche, pone en alerta a los restantes miembros del grupo.

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Atribulados por la pérdida y sintiendo el propio agotamiento, los cuatro supervivientes siguen la ruta de vuelta, pero la distancia media que cubren es cada día menor. «Me pregunto qué es lo que nos está reservado», escribe Scott. A comienzos de marzo, un nuevo contratiempo inesperado: las latas de queroseno, inconvenientemente selladas, han perdido parte importante de su contenido. El fuego del que dependen para obtener agua y alimento debe ser administrado con sumo cuidado. La convicción de Scott comienza a flaquear por primera vez y las anotaciones en su diario se vuelven cada vez más sombrías. El avance es más costoso a medida que el frío aumenta y la comida escasea. El trineo pesa como si fuese de plomo. Para hacer las cosas más difíciles, Titus Oates tiene un pie completamente gangrenado. Su estado es tal que pide a sus compañeros que lo abandonen en su saco de dormir. Estos son unánimes en desoírle y reanudan penosamente la marcha. La noche del 17 de marzo, día de su cumpleaños, Oates hace un último esfuerzo, se pone en pie y les dice estoicamente: «Voy a salir afuera y puede que me demore un momento». Los tres saben que no volverán a verle nunca. En su diario, Scott deja anotaciones expresas para que se sepa de la valentía y lealtad de este hombre que decidió sacrificarse por sus compañeros.

Si Scott y sus hombres tenían una oportunidad de salir con vida, ésta dependía del tiempo. Al día siguiente se ponen en marcha hacia el próximo depósito, a 21 millas de distancia. Haciendo un estuerzo sobrehumano consiguen recortar otras 10 millas, pero las condiciones

climáticas son atroces y el viento y el frío han consumido casi del todo sus energías. Acampan y esperan, pero ía ventisca arrecia y se venforzados a mantenerse refugiados. El 19 de marzo queda comida para dos días pero combustible sólo para uno; fuera, las condiciones no mejoran. La última entrada del diario está fechada el 29 de marzo: «Cada día hemos permanecido a la espera para salir hacia el depósito a sólo 11 millas. Pero fuera de la tienda siempre nos espera un vendaval de nieve. Creo que ya no podemos esperar que las cosas mejoren. Nos mantendremos hasta el final pero estamos cada vez más débiles, por supuesto, y ya no debe faltar mucho para el fin. Es tina lástima, creo que no podré seguir escribiendo, R. Scott». Y más abajo una nota final: «Por el amor de Dios, cuidad de nuestra gente»

En días recientes, el análisis comparativo de las mediciones meteorológicas, realizado por la   especialista en cienciasatmosféricas de la universidad de Boulder (EE.UU.), Susan Solomon, demostró efectiva mente que las con diciones climáticas que encontró Scott eran mucho peores de lo habitual. En su libro The Coldest Marci: Scott’s Fatal Antartic Expedition, la científica norteamericana ofrece un acabado estudio de las adversidades que debió [[wysiwyg_imageupload:3899:height=149,width=165]]soportar la expedición británica.

Si ello trae algún consuelo, no deja de plantear un genuino interrogante sobre la historia de estos exploradores que recorrieron 2.964 kilómetros por el paisaje más desolado del planeta. Con el tiempo, la figura de Scott ha oscilado entre el héroe voluntarioso capaz de sacrificarse por sus ideales y el obtuso incorregible que acabó muriendo por su ineptitud para acomodarse a las circunstancias. Quizás mejor revisitar parte de la experiencia contada con gran lucidez y sobriedad por uno de los supervivientes, Apsley Cherry-Garrard. Sus conclusiones, expresadas en el libro El peor viaje del mundo, combinan la genuína curiosidad por el descubrimiento con la generosa caballerosidad y entrega que dominaba a ese grupo de hombres que, hace ahora noventa años, realizaron una de las hazañas más incomprendidas de la historia humana.

Los finales de don Justo

Todas las personas que a lo largo de su vida odiaron en mayor o menor medida a Justo López-Cassina , y no fueron pocas, cedieron en alguna ocasión a la tentación de imaginarle una muerte atroz. Si alguien, a la vez lo bastante ocioso e informado, se hubiera molestado en recopilar y clasificar todos los acontecimientos provocados por la existencia de don Justo (como le llamaba la mayoría de quienes le trataron), sin duda habría sido este capítulo, el de los desenlaces que otros desearon para él, uno de los más nutridos e intensos. Sin embargo, y acaso debamos imputarlo a que a la Providencia le place desbordar nuestros ciegos pronósticos, ninguno de los que le aborrecieron logró adivinar el fin que efectivamente acabó acaeciéndole a don Justo, y que bien mirado vino a recompensar de la forma más perfecta y exhaustiva todas sus malas acciones.

El primero que quiso ver muerto a don Justo fue Aurelio Sarabia, compañero de nuestro protagonista en la escuela elemental. Justito, como entonces se le llamaba, era el clásico niño organizador y cruel. Aurelio, el gordito que hay en todas las clases para servirle de conveniente desahogo a la saña de sus condiscípulos. Después de que la partida de energúmenos capitaneada por Justito le frotara una zona sensible de su orondo cuerpo con un manojo de ortigas, Aurelio soñó que a aquel niño de gélida mirada azul le atravesaban los ojos con sendas agujas de hacer punto calentadas al rojo vivo. Las agujas se hundían en el cráneo hasta que ambas convergían en el centro del cerebro. Andando los años, Aurelio conseguiría superar su problema de sobrepeso e incluso se convertiría en un diestro alpinista. Perdería la vida a los treinta y cuatro años, en un descuido achacable a la fatiga y a la euforia que le entorpecieron el descenso tras coronar brillantemente el peligrosísimo Naranjo de Bulnes.

La segunda persona que concibió con pasión y meticulosidad comparables la extinción de don Justo fue Águeda Somontes, a quien nuestro hombre conoció en la flor de la juventud de ambos. Agueda era una de esas muchachas de belleza perturbadora y casi ofensiva, que atravesaban por la vida dejando un reguero de onanistas incontinentes y propensos al suicidio, de un lado, y una legión de ex amigas resentidas, por otro. Aunque parecía lejana y orgullosa, Justo, que ya había desarrollado esa capacidad de calar en el carácter de la gente a la que debería buena parte de su éxito posterior, percibió con claridad sus carencias, y aprovechando esta ventaja consiguió cobrar la pieza en un tiempo récord. Lo que Águeda no supo, hasta que la caza se hubo cumplido, fue que Justo no iba tras ella por amor, sentimiento del que era naturalmente incapaz, sino por una sucia apuesta con uno de sus compadres de aquella época, que no se privó de difundir los detalles del juego. Tras abofetear la insensible mejilla de Justo, e intentar en vano arañarle, Águeda deseó, y así se lo manifestó en voz alta, que un perro rabioso le arrancara al repulsivo apostador aquello con lo que la había mancillado, y que la muerte no le llegara al instante, sino al cabo de meses de agonía, para que sus quejidos postreros los lanzara con voz femenil. Esta forma de muerte, con variantes diversas, la quisieron después para don Justo una gran cantidad de mujeres, desde las tres que desposó, hasta todas y cada una de las secretarias que durante temporadas de duración variable le sirvieron de apoyo y alivio sexual (quedando luego relegadas a oscuros negociados o archivos), amén de un número imprecisable de camareras, administrativas, dependientas, azafatas, recepcionistas, intérpretes, guías, masajistas, empleadas de hogar, pedicuras, telefonistas, enfermeras, profesoras, economistas, ingenieras, abogadas, colegialas, odontólogas, peluqueras y por supuesto prostitutas, a ninguna de las cuales le hizo jamás abrigar la ilusión de suponer para él algo más que un trozo de carne más o menos codiciable, según fuera el caso y el atractivo físico de cada una. Alargaría en exceso este relato consignar sus nombres y todas las variantes de emasculación imaginadas por ellas para don Justo, así como dejar testimonio de la peripecia vital de cada una. Por eso nos limitaremos a apuntar que Águeda, la pionera, se las arreglaría para olvidar finalmente la afrenta, y tras ganarse la vida durante algunos años como modelo publicitaria, se uniría en matrimonio al heredero de una familia aristocrática, exento pese a esta condición de taras físicas y psíquicas relevantes, y por completo entregado a la noble misión de hacerla feliz. Águeda moriría en el parto de su sexto hijo, a la edad de cuarenta y un años.

Pero sin duda, el ámbito en el que don Justo consiguió reclutar a un número mayor de soñadores de su fallecimiento, incluidos algunos lo bastante impacientes como para llegar a planear maneras de precipitarlo, fue el de los sucesivos negocios a través de los que labró su impresionante trayectoria profesional. La lista la abrió Gonzalo Saavedra, con quien compartió despacho cuando ambos eran dos jóvenes ingenieros recién incorporados a una vasta organización multinacional, líder en el sector manufacturero. Un buen día, tras dos años de relación aparentemente cordial, Saavedra descubrió que un error cometido por él, y que había provocado el rechazo en el control de calidad de una serie de doce mil piezas, con el correspondiente desperdicio del material, la energía y el tiempo consumidos para fabricarlas, había llegado casi instantáneamente a conocimiento de la dirección, merced a la diligencia delatora de su compañero Justo. Después de aquel incidente, Saavedra hubo de buscarse otro empleo, además de pleitear durante años para obtener su indemnización por despido, que a la postre le fue negada por sentencia firme en la que se le condenaba aún a abonar una suma a la empresa, por el coste del material perdido que el importe de su finiquito no había alcanzado a resarcir. El día que le notificaron esa sentencia, Saavedra no pudo evitar acordarse de Justo, ni tampoco maldecirlo. Deseó que una carretilla elevadora lo embistiera y le seccionara ambos tobillos, y que de resultas del accidente perdiera el sentido y nadie reparase en él hasta que terminara de desangrarse. Por aquel entonces Justo ya era director de la fábrica, y apenas pisaba la zona de producción, por lo que ese desenlace resultaba altamente improbable. Gonzalo Saavedra, por su parte, después de llevar una vida honrada y laboriosa como mando intermedio, acabaría haciéndose millonario a los cincuenta y ocho años al ser el único acertante de primera categoría en un sorteo de la Lotería Primitiva con bote. Murió a los sesenta y un años, al estrellarse la avioneta privada en la que viajaba en algún punto del archipiélago de las Maldivas.

Después de Gonzalo Saavedra, fueron innumerables los compañeros, subordinados y jefes cuyo odio supo ganarse en buena lid el que ya empezaba a ser conocido como don Justo. También hay que contar en la lista a no pocos clientes, proveedores y competidores, como Saúl Ciordia, que pagó un anticipo de dos millones de pesetas a unos sicarios colombianos a cambio de que lo asesinaran a machetazos, con la especial indicación de que antes de hacerlo se detuvieran a violar en su presencia a la que entonces era su mujer. Los sicarios no llegaron a cumplir el encargo; de camino a la casa de don Justo, el vehículo en el que viajaban fue embestido en un cruce por un camión-cisterna que perdió los frenos. Los cadáveres, irreconocibles tras la acción del fuego, acabaron sepultados en una fosa común. Saúl Ciordia interpretó el accidente como una señal, vendió todas sus empresas y se dedicó a la egiptología, que había sido su pasión de juventud. Murió a los cincuenta y cinco años en un hospital de El Cairo, víctima de una colitis incoercible.

Puede decirse que la última persona que deseó la muerte de don Justo, a raíz de su trato profesional con él, fue la que estuvo más cerca de salirse con la suya. Manu Carrasquer fue su segundo de a bordo durante sus últimos años en activo como empresario. En tal condición, y como peaje para poder realizar sus ambiciones de sucederle, fue objeto por parte de don Justo de continuas humillaciones, preferentemente en público y ante personas de menor rango. Muchas noches, Manu Carrasquer lloraba de rabia y vergüenza, sembrando en el cerebro de su desorientada esposa la duda acerca de la conveniencia de someterle a alguna clase de psicoterapia. Pero al fin, su sacrificio dio fruto. Como flamante presidente de la compañía, le cupo el placer inmenso de pronunciar el discurso de despedida de don Justo, y el no menos enorme de hacerle entrega de la placa que le acreditaba como presidente de honor, es decir, como mueble arrumbado en el desván de los trastos viejos. Don Justo partió entonces hacia ese puerto al que tantos habrían querido despacharlo mucho antes, y su sucesor pudo sentir, ebrio de gozo, que era él quien le fletaba el barco para llegar hasta allí. Sin embargo, travesuras del destino, Manu Carrasquer no viviría para ver cómo don Justo arribaba al otro lado. Lo cosieron a tiros unos sicarios albanokosovares, mientras hacía jogging por las calles de su lujosa urbanización, un día antes de cumplir cincuenta y siete años.

Cuando leyó la noticia, el ya casi octogenario don Justo no pudo alegrarse como lo habría hecho años atrás. Para entonces ya había descubierto que en la nómina de los que le detestaban se contaban sin excepción sus siete hijos, a quienes se había ocupado de proporcionar todos los medios para llevar una vida cómoda y económicamente desahogada. Dos de ellos, incluso, le habían reconocido sin tapujos que aguardaban con verdadera ansiedad el momento en que terminara de reventar. Sólo tenía tres nietos, que vivían en otro continente y a los que nunca había visto, ni esperaba ver. Su hija Lucía, la madre de los niños, había dejado bien claro a sus hermanos que no pensaba asumir ninguna responsabilidad sobre los últimos días del viejo. Y cuando él la llamaba, siempre se mostraba tan falsamente afectuosa como pródiga en excusas que le impedían hacer el viaje para ir a visitarle. De las dos ex mujeres que aún le vivían, no podía aguardar nada más que alguna tentativa de envenenamiento, y de las decenas de ex amantes, en el mejor de los casos, nada en absoluto. No era lo bastante rico como para atraer a una nueva, aunque poseía un considerable patrimonio. Habría hecho falta el doble o el triple para que una mujer, incluso la más falta de escrúpulos, aceptara compartir el destino de un hombre antipático, que apenas podía caminar y que padecía una enfermedad de la piel que le obligaba a vivir embadurnado de pomadas malolientes.

Ni siquiera Nicasio, su otrora leal y abnegado chófer, quiso continuar con él. Había cumplido los sesenta y cinco y tenía derecho a una jubilación que prefería gastar con su mujer en la playa de Torrevieja, y no llevando de aquí para allá al oneroso residuo humano en que aquel canalla de don Justo se había convertido.

Los tres últimos años de su estancia en este mundo, don Justo, que en sus buenos tiempos siempre había tenido a punto una palabra de desprecio para cualquiera cuya oscuridad de piel no se debiera a los rayos UVA o a la práctica de deportes náuticos, vivió atendido por enfermeros magrebíes y sudamericanos en situación irregular, los únicos que aceptaban el trabajo de custodiarle. Todos, en cuanto tenían ocasión de legalizarse y conseguir algo mejor, ponían tierra de por medio y obligaban a sus hijos a buscar a toda prisa un sustituto. Cualquier cosa antes de quedarse ni un minuto con él. Muchos de aquellos enfermeros, apenas cualificados, le cuidaron de forma inadecuada. Alguno, por maldad o resentimiento, lo maltrató o lo tuvo sumido durante semanas en sórdidas condiciones de higiene. De los tres últimos, ni siquiera fue capaz don Justo de aprenderse los nombres, porque su conciencia ya se disgregaba.

No pudo así darse demasiada cuenta de la presencia y las atenciones de Wilson, el último de todos, un inmigrante ecuatoriano, prolijo y paciente, que se ocupó de mantenerlo limpio y presentable hasta el día en que su corazón se detuvo, por causas que nadie se detuvo a indagar, después de ochenta y un años de bombeo.

Muchos, a lo largo de esos ochenta y un años, pensaron en un final degradante para la historia de don Justo. Si hubiéramos pretendido recogerlos a todos, habríamos proporcionado a estas páginas una longitud insoportable. Pero ninguno, ni en lo más profundo del rencor, ni en lo más luminoso de la inspiración, alcanzó a concebir algo que al propio don Justo le hubiera vejado tanto como la escena que tuvo lugar en aquel cementerio, una tarde de otoño.

Acababan los operarios de cubrir la tumba con una tapa de hormigón. Los cuatro hijos que se habían acercado hasta allí, sin sus familias, se habían apresurado a dispersarse después de que el sacerdote rezara la oración fúnebre. Una sola persona había quedado frente al sepulcro. Se llamaba Wilson, y era un inmigrante ilegal. De sus labios brotaron entonces estas sentidas palabras: —Señor, hazle un huequito en tu reino a este pobre desgraciado. Luego Wilson se persignó y se fue, a seguir luchando por su supervivencia. Nadie volvió a ocuparse nunca de don Justo.

Amoniaco para el hambre

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Cuando se pregunta a la gente cuál es el adelanto técnico más importante del siglo pasado, hay respuestas para todos los gustos: los aviones, los reactores nucleares, los vuelos espaciales, la televisión… los ordenadores. En cambio, el autor de este libro comienza afirmando que ninguno ha sido tan importante para la humanidad como la síntesis del amoníaco a partir del nitrógeno y el hidrógeno, porque ha hecho posible que la población mundial creciera desde mil seiscientos millones de personas en 1900 hasta los seis mil millones actuales.

La escasez de nitrógeno es quizás el factor más importante que limita tanto la producción de las cosechas como el crecimiento humano. Al presentar la historia del nitrógeno con sus episodios, múltiples facetas y consecuencias, el autor Vaclav Smil ofrece al lector cuestiones varias sobre la investigación científica, el conocimiento antiguo de las legumbres más nutritivas, las relaciones de la agronomía tradicional con la bioquímica actual, la creación de la nueva industria a comienzos del siglo XX, los incidentes asociados con la búsqueda de más alimentos de mejor calidad, y los cambios en el medio ambiente que provoca el exceso de nitrógeno.

El autor comienza señalando la posición singular que ocupa el nitrógeno en la biosfera, el papel que juega en la producción de las cosechas y los medios tradicionales para aportar los nutrientes. Continúa exponiendo los intentos por aumentar las aportaciones naturales de nitrógeno mediante fertilizantes minerales y sintéticos. Se centra, además, en el descubrimiento de la síntesis industrial de un compuesto asimilable del nitrógeno, el amoniaco. Se logró no por casualidad —si es que algún descubrimiento tiene este origen— sino tras muchos intentos, gracias al talento y la laboriosidad de un profesor de Karlsruhe, Haber, y un ingeniero químico, Bosch, de la empresa química más importante entonces del mundo, la Badische Anilin und Soda-Fabrik (BASF).

En los capítulos centrales relata cómo Haber hubo de superar grandes dificultades y contradicciones al patentar, entre los años 1908 y 1910, sus resultados: en primer término, la oposición tenaz de los dirigentes de la BASF, que se resistían a subvencionar la investigación sobre presiones y temperaturas elevadas; y, sobre todo, la rivalidad de Nernst, que se referiría por escrito, más de una vez, a la falsedad de los resultados experimentales de Haber. A pesar de que el gran químicofísico Nernst tenía bien probada su autoridad, pues había establecido dos años antes el tercer principio de la termodinámica, no hay duda de que cometió un serio error al infravalorar el trabajo de Haber.

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Los capítulos siguientes del libro se refieren al nacimiento de la gran industria de los fertilizantes de nitrógeno y sus productos diversos, y al análisis de cómo dependemos del proceso Haber-Bosch, con abundantes referencias a buen número de países, así como a las consecuencias de este proceso en la biosfera. Tras considerar el papel que ha desempeñado el nitrógeno en la historia humana se consigna, a modo de posdata, las adversidades que, después de su importante descubrimiento, sufrieron Haber y Bosch hasta el triste final de sus vidas. Veinte apéndices completan el contenido de la obra con buen número de datos.

Algunas de esas últimas informaciones permiten ilustrar claramente dos modos de dependencia del nitrógeno, mediante la comparación de los Estados Unidos de América y la República Popular China. En los EE.UU. disponen de aportaciones sustanciales en alimentos como leche, huevos, carnes y pescados, de tal modo que durante los años ochenta no fue necesario que creciera el consumo de fertilizantes. En cambio, la agricultura china depende cada vez más de los compuestos sintéticos de nitrógeno. Mientras que la agricultura de los Estados Unidos podría emplear menos fertilizantes nitrogenados, China tendrá que aumentar mucho su producción de estos fertilizantes durante las dos generaciones próximas.

A buen seguro los especialistas estimarán este libro como una obra pluridisciplinar y seria, bien documentada, con conclusiones siempre fundamentadas en datos. Los agrónomos encontrarán más interesantes los tres primeros capítulos; los ecólogos, los dos primeros y los tres últimos; y los historiadores de la tecnología, los que van del segundo al sexto. Al leer la obra, no deja de agradecerse el intento del autor para que las conclusiones no se impongan, sino que se deje al lector formular las de mayor calado. Uno adivina pronto que Vaclav concede mucha importancia a la investigación aplicada, pues dedica la primera página a una cita del De officiis de Cicerón que no deja lugar a dudas. Y también me atrevería a aventurar que el autor no es precisamente maltusiano, pues confía mucho en la capacidad del talento, cuando se aplica con tenacidad a extraer las potencialidades encerradas en la naturaleza.