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Historia de una modernización

En febrero de 1989 los representantes del régimen comunista polaco Ese sentarán a negociar con los líderes de la oposición democrática. Así se iniciaban las llamadas negociaciones de la mesa redonda, que abrieron el camino para la transición política de) país. Los carceleros se reunían con los que hace poco habían sido encarcelados; el ministro del Interior general Czeslaw Kiszczak conversaba con Lech Walesa, presidente del todavía ilegal sindicato Solidaridad. Además en el debate participaron por ambas partes varios políticos que iban a jugar un papel relevante en la Polonia de los años noventa. Entre los negociadores gubernamentales destacaron Aleksander Kwasniewski y Stanislaw Ciosek; en el grupo opositor fue muy relevante la labor de Zbigniew Bujak, Bronislaw Geremek, Jacek Kuron, Tadeusz Mazowiecki y Adam Michnik. El proceso contaba también con la presencia de los representantes de la Iglesia Católica, tales como el obispo Tadeusz Goclowski y el padre Alojzy Orszulik.

Walesa y Kiszczak firmaron el acuerdo el 5 de abril y tan sólo dos semanas más tarde se legalizaba el sindicato Solidaridad. El compromiso pactado preveía además la celebración de las elecciones libres al Senado, mientras que en la cámara baja (Sejm) los comunistas del Partido Obrero Unificado Polaco (PZPR) y sus aliados (Partido Agrario y Partido Democrático) tenían garantizado el 65% de los escaños.

EL GOBIERNO DE SOLIDARIDAD

En las elecciones celebradas en junio, los representantes de Solidaridad consiguieron una victoria rotunda, obteniendo 99 de los 100 escaños en la cámara alta y 161 en la cámara baja, es decir, todos los escaños (35%) que habían sido elegidos en la votación libre.

En julio ambas cámaras reunidas eligieron para el puesto del presidente del país al general Wojciech Jaruzelski, que hasta entonces ostentaba formalmente el cargo de presidente del Consejo de Estado, controlando además el POUP y el ejército. Jaruzelski fue elegido con tan sólo un voto de mayoría, gracias al apoyo de algunos diputados y senadores provenientes de las filas de la oposición. Tal vez con su voto querían evitar la confrontación con el aparato del Estado, que había sido desautorizado en las urnas pero disponía todavía de recursos para intentar imponerse por la fuerza. Los parlamentarios elegidos de la lista patrocinada por Lech Walesa formaron el Club Parlamentario Cívico (OKP), mientras que en las filas del antiguo régimen empezaron a aparecer grietas. Cuando el general Czeslaw Kiszczak (designado por Jaruzelski en el puesto de primer ministro) se vio incapaz de formar Gobierno, el líder de Solidaridad estableció contactos con los líderes del Partido Agrario y del Partido Democrático. Ambos partidos formaron la coalición con el Club Parlamentario Cívico, lo que abrió el camino a la formación del primer Gobierno en los países del bloque soviético dirigido por no comunistas. El 24 de agosto el Sejm elegía como primer ministro a Tadeusz Mazowiecki, intelectual católico vinculado a la oposición democrática.

La tarea que esperaba al nuevo Gobierno era extremadamente difícil. El país estaba fuertemente endeudado y sumergido en una crisis económica caracterizada por una inflación altísima y escasez de productos básicos. Mazowiecki tenía el apoyo popular, pero no estaba claro cómo iban a reaccionar las fuerzas del antiguo régimen: el ejército, los servicios secretos y el aparato del POUP. Además se podían temer las reacciones de la URSS y de otros países del bloque soviético. Por suerte, los países vecinos siguieron el ejemplo de Polonia y también acabaron con las dictaduras comunistas, aunque en agosto de 1989 nadie podía aún adivinar lo que ocurriría en los próximos meses.

En un intento de tranquilizar a los comunistas, Mazowiecki optó por una política centrada en el futuro del país, dejando claro que no era su intención buscar y acusar a los responsables de las cuatro décadas de dictadura. El nuevo Gobierno lanzó un programa de reformas económicas dirigido por el vicepresidente del Ejecutivo y ministro de Finanzas Leszek Balcerowicz. Se trataba de una terapia de choque aplicada a un paciente con una enfermedad en estado avanzado. Desde 1 de enero de 1990 zloty, moneda nacional, era convertible al cambio de 9500 por dólar americano. De la noche a la mañana cambió el entorno económico en el que se encontraban los polacos. De una economía planificada se pasó al mercado libre, de un país con sueldos bajísimos pero con empleo garantizado, a uno con más oportunidades pero con mayor desempleo. Habría que destacar que la situación previa de Polonia difería bastante de los países del entorno. Al contrario que otros países del bloque soviético, en Polonia siempre había subsistido la agricultura en manos privadas, lo mismo que los pequeños negocios familiares. La diferencia consistió en la extremadamente mala gestión de los Gobiernos de los años 70 y 80, que dejaron el país con una deuda de alrededor de cuarenta mil millones de dólares y con cartillas de racionamiento.

Una década después nadie dudaba del éxito de la estrategia de Mazowiecki y Balcerowicz. En unos meses la inflación y otros factores macroeconómicos empezaron a mejorar. En un entorno más competitivo, la economía se orientó hacia el mercado y los consumidores. Empezó a crecer el sector privado, se fundaron miles de empresas nuevas. El programa económico trazado por Balcerowicz fue continuado por los sucesivos Gobiernos de diferentes partidos. En los primeros años de la transición, el Producto Nacional Bruto todavía se encontraba en descenso, para cambiar con rapidez a partir de 1992, situando a Polonia al frente de las economías en transición, un triunfo logrado gracias a las iniciativas del primer Gobierno no comunista.

El Gobierno de Mazowiecki encontró también retos importantes en el ámbito de la política internacional. Polonia participó en las negociaciones acerca de la unificación de Alemania y obtuvo garantías sobre su frontera occidental.

En noviembre y diciembre de 1990, los polacos votaron en las primeras elecciones presidenciales libres. De la primera ronda salieron Lech Walesa y Stanislaw Tyminski, un desconocido empresario que derrotó al primer ministro Mazowiecki. En la segunda ronda no hubo sorpresas y ganó Walesa (superando el 74% de los votos). Como consecuencia del resultado de las elecciones presidenciales, Mazowiecki dimitió y se formó un nuevo gobierno liderado por Jan Krzysztof Bielecki. Ya durante la campaña electoral se agravaron las diferencias entre las filas de la antigua oposición democrática. Mientras los antiguos comunistas habían disuelto el POUP para después formar un partido llamado la Socialdemocracia de la República de Polonia (SDRP), con el que poco a poco levantaron cabeza, la coalición de la antigua oposición democrática (muy confiada en sus fuerzas) se descomponía gradualmente, de momento entre los partidarios de Mazowiecki y Walesa. Los primeros formaron un partido de corte liberal en lo económico y progresista en lo social, llamado inicialmente la Unión Democrática y rebautizado después como la Unión de la Libertad. Walesa en cambio se apoyó en la Alianza del Centro, pero finalmente optó por jugar en diferentes bandos. No es de extrañar que el primer Parlamento elegido en votación totalmente libre saliera muy fragmentado.

El Gobierno de Jan Krzysztof Bielecki continuaba la política económica del ejecutivo anterior. Balcerowicz seguía siendo viceprimer ministro y ministro de Finanzas. El gabinete de Bielecki tuvo bastante éxito en la política internacional. Se acordó la salida de las tropas rusas acuarteladas en el territorio de Polonia. En junio de 1991 fue disuelto el COMECON y al mes siguiente el Pacto de Varsóvia se deshacía; con ambos se hundían los instrumentos más simbólicos que fueron utilizados por la URSS como medios de dominación sobre los países satélite. Polonia fue el primer país en reconocer la independencia de Ucrania, un gesto que facilitó la posterior mejora de las relaciones entre los dos pueblos vecinos enfrentados a lo largo de los últimos siglos.

OCCIDENTALIZACIÓN DE POLONIA

En octubre del mismo año se celebraron las primeras elecciones parlamentarias libres. En la cámara baja entraron representantes de 24 partidos, con la Unión Democrática a la cabeza. Aquel partido, aunque fue el más votado, obtuvo tan sólo 62 escaños. La fragmentación del Parlamento trajo consigo la inestabilidad de los Gobiernos formados por coaliciones de varios grupos parlamentarios. El gabinete de derecha, liderado por Jan Olszewski, abogado y antiguo opositor, duró tan sólo unos meses, hasta caer en junio de 1992. Fue el primer Ejecutivo que abiertamente planteó la integración de Polonia en la OTAN. Su misión terminó, puesto que el presidente Walesa y la mayoría parlamentaria estaban en contra de las acciones del ministro del Interior Antoni Macierewicz, que pretendía encontrar y descubrir a los agentes del antiguo servicio secreto en la clase política, dentro de un proceso llamado en polaco lustracja. El Gobierno cayó, pero la cuestión del legado del servicio secreto iba a convertirse en uno de los temas más importantes del debate político.

En julio de 1992 Hanna Suchocka, de la Unión Democrática, fue elegida como presidenta del Ejecutivo. La primera mujer en este puesto lideró una coalición muy heterogénea que agrupaba siete partidos de colores muy distintos: desde los liberales y los democristianos hasta los representantes de la derechista Alianza Nacional Cristiana (ZCHN). Contó también con el apoyo del más original grupo político de aquel entonces, es decir, el Partido Polaco de los Amigos de la Cerveza.

El Gobierno de Suchocka aceleró el proceso de privatización de la economía polaca. Realizó también importantes reformas fiscales, introduciendo el IVA. Las reformas económicas encontraban dificultades debido a las diferencias en el seno del propio Gobierno y la intensificación de las protestas sociales. En el plano ideológico, el Ejecutivo introdujo una nueva ley contra el aborto, una solución de compromiso mucho más restrictiva que la anterior. La cuestión del derecho al aborto libre se convirtió pronto en uno de los temas calientes del debate público. En julio de 1993 se firmó el concordato entre Polonia y la Santa Sede. Sólo hacía unos meses que los últimos destacamentos de las tropas rusas habían salido del territorio de Polonia. El Gobierno de Suchocka continuó la reorientación de su política exterior, estrechando las relaciones con la Comunidad Europea y con los países del grupo de Visehrad (formado por Polonia, Hungría, Checoslovaquia y, desde 1993, por la República Checa y Eslovaquia).

LA VICTORIA DE LOS ANTIGUOS COMUNISTAS

La caída del Gobierno de la primera ministra fue resultado de la retirada del apoyo al Ejecutivo por parte de los diputados del sindicato Solidaridad. Ante esta nueva situación el presidente Lech Walesa convocó elecciones parlamentarias anticipadas. Las elecciones fueron celebradas en septiembre del 1993 según la nueva Ley electoral, que cerraba el acceso a la cámara baja a las fuerzas políticas con menos del 5% de los votos. La derecha se presentó dividida en varios grupos y, como consecuencia, sufrió una tremenda derrota. Salieron triunfadores los partidos cuyo origen se remontaba al antiguo régimen: la Alianza de la Izquierda Democrática (SLD) y el Partido Agrario (PSL). La coalición de estos dos partidos iba a perdurar una legislatura completa, aunque los jefes de Gobierno cambiaron hasta tres veces: Waldemar Pawlak (PSL), Józef Oleksy (SLD) y Wlodzimierz Cimoszewicz (SLD). Los Ejecutivos de los años 1993-97 optaron por una política económica más conservadora e introdujeron menos cambios en el sistema económico. Polonia alcanzaba la bonanza económica con los niveles del crecimiento anual que rondaban e incluso superaban el 6%. Esta mejora en gran parte fue resultado de las duras reformas aplicadas desde 1989. En una situación política más estable aumentó considerablemente la inversión extranjera.

En noviembre de 1995 se celebraron las elecciones presidenciales, ganadas por el líder de la Alianza de la Izquierda Democrática, Aleksander Kwasniewski, quien logró un escaso margen de ventaja sobre el entonces presidente Lech Walesa.

UNA NUEVA CONSTITUCIÓN

El Parlamento de los años 1993-1997 preparó y votó la Constitución de República de Polonia, posteriormente aprobada en el referéndum de mayo de 1997. El documento está basado en la tradición constitucional polaca y europea y garantiza los derechos y libertades a todos los ciudadanos del país. El poder legislativo lo desempeña el Parlamento bicameral (la Cámara de diputados -Sejm- y el Senado), el poder ejecutivo está en manos del Gobierno liderado por el primer ministro y del presidente del país, mientras que el poder judicial lo desempeñan los tribunales (como instancias superiores el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional). La Constitución garantiza la independencia del Banco Central y del Consejo de la Política Monetaria. Hay que resaltar una muy buena dirección del Banco Nacional de Polonia por parte de Hanna Gronkiewicz-Waltz (desde 1992) y Leszek Balcerowicz (este último año). Durante toda la década el Banco Central polaco fue considerado como el mejor de toda la región.

En la política exterior el Gobierno de Wlodziemierz Cimoszewicz consiguió la entrada de Polonia en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico).

Los últimos meses del Ejecutivo de la coalición SLD-PSL estuvieron marcados por una gran catástrofe natural, la inundación que afectó a la cuenca del río Oder (Odra). Además de una veintena de pérdidas humanas, la catástrofe produjo importantes daños materiales valorados en miles de millones de dólares. Las autoridades no pudieron o no supieron reaccionar adecuadamente frente a semejante desastre natural. La situación creada por la inundación perjudicó claramente a los partidos gobernantes en las elecciones posteriores (1997).

CAMBIO DE RUMBO

Así se llegó a un nuevo cambio de rumbo en la política polaca. El mejor resultado lo obtuvo una coalición de partidos de raíces anticomunistas llamada Acción Electoral de Solidaridad (AWS), patrocinada por el sindicato y liderada por su presidente, Marian Krzaklewski. En el segundo lugar quedaron los socialdemócratas de origen comunista de la hasta entonces gobernante SLD. En el tercer puesto quedó la Unión de la Libertad (UW), heredera de la antigua Unión Democrática.

En octubre de 1997 se formó un Gobierno de coalición: AWS-UW, liderado por Jerzy Buzek. Leszek Balcerowicz volvió a su anterior puesto del vicepresidente económico y ministro de Finanzas. La coalición AWS-UW decidió emprender una serie de reformas estructurales e institucionales de gran envergadura, un plan muy ambicioso, para algunos demasiado ambicioso. A lo largo de los tres primeros años de su mandato el Ejecutivo desarrolló las siguientes reformas: la reforma del sistema de pensiones, la sanidad pública, el sistema de Administración o el sistema educativo, así como la reestructuración de la minería del carbón. El nuevo sistema de pensiones introdujo un sistema mixto, en el que los trabajadores envían parte de su cuota a la Seguridad Social pública y la otra parte a los fondos de pensiones privados, muchos de ellos controlados por las aseguradoras extranjeras. En cuanto a los cambios en la Administración pública, se estableció una nueva división administrativa del país. Polonia está estructurada en 16 województwo, que por su parte se dividen en los powiat (distritos) y en más de 2000 municipios. Los nuevos województwo disponen de una amplia autonomía, aunque sin llegar a los niveles de autogobierno de una comunidad autónoma española. En general, la reforma de la Administración es considerada como la más exitosa de todas las reformas del Gobierno de Buzek. Los positivos efectos de la descentralización ya se pueden percibir en los municipios y los distritos gobernados por buenos gestores.

En cambio, la reforma de la sanidad pública no tiene tan buenas críticas. En su transcurso quedaron establecidas las Cajas de los Enfermos, como instituciones en el ámbito del województwo, que recaudan las cuotas de los trabajadores y luego pagan a los hospitales y a los médicos. La reestructuración de la minería del carbón supuso el cierre de varias minas y el desempleo de muchos mineros, quienes, no obstante, obtuvieron unas indemnizaciones muy altas en comparación con los trabajadores de otros sectores. La estrategia del Gobierno fue aplaudida en el exterior y contribuyó a la consolidación de la imagen de Polonia como un país de una economía estable, una de las más avanzadas de su entorno. En los últimos años el país atraía más de la mitad de la totalidad de la inversión extranjera en Europa Central y Oriental.

Sin embargo, a causa de las reformas estructurales y del empeoramiento de la coyuntura internacional, empezó a crecer el desempleo, que en el año 2001 afectaba al 16% de la población activa. Las múltiples reformas, el creciente número de parados y los conflictos fratricidas en el seno de la coalición AWS-UW y dentro del Gobierno minoritario de la AWS (en 2000 la Unión de la Libertad salió de la coalición) contribuyeron al descenso de la popularidad de los partidos gobernantes y de sus líderes.

El Ejecutivo de Jerzy Buzek consiguió grandes éxitos en la política exterior. Desde marzo de 1999 Polonia es miembro de la OTAN, logrando así el propósito perseguido por sucesivos Gobiernos de la última década. En 1998 se iniciaron oficialmente las negociaciones para la adhesión del país a la Unión Europa. Hay que resaltar que ya en 1991 Polonia firmó el Acuerdo Preferente sobre la asociación del país con las entonces Comunidades Europeas. Las negociaciones con la Unión Europea son más lentas que las de la OTAN, pero continúan avanzando y hacen posible hoy la integración de Polonia con los Quince en los próximos años. Hasta ahora las mayorías parlamentarias y la mayor parte de la sociedad polaca han apoyado la adhesión.

LAS ÚLTIMAS ELECCIONES

En las últimas elecciones, celebradas en septiembre de este año, los grupos contrarios a la integración obtuvieron un cierto ascenso, pero siguen siendo minoritarios. De las urnas salió ganadora la Alianza de la Izquierda Democrática, cuyos líderes optaron por la coalición con la Unión del Trabajo, también socialdemócrata y con el Partido Agrario (PSL). El nuevo Gobierno está dirigido por Leszek Miller, secretario general de SLD. El año pasado Aleksander Kwasniewski ganó por segunda vez las elecciones presidenciales. Por lo tanto, las actuales instituciones políticas están dominadas por los socialdemócratas. El nuevo primer ministro promete acelerar el proceso de integración en la Unión Europea y remodelar la reforma del sistema de la sanidad. Tiene que centrarse también en la reducción del esperado déficit presupuestario para el año 2002.

¿Qué ha cambiado en la sociedad polaca a lo largo de la última década? La cantidad de fechas electorales y de conflictos políticos puede confundir. En realidad los diferentes Gobiernos han perseguido siempre con éxito un mismo objetivo, el de modernizar el país. La economía polaca es la que más ha crecido de todas las economías del entorno. El cuadro es más complejo si se miran diferentes sectores. Los astilleros polacos, por ejemplo, lejos de quebrar se convirtieron en el segundo productor de barcos en el continente, por detrás tan sólo de Alemania. El retraso es evidente, sin embargo, en el campo de la agricultura y en el de las infraestructuras, porque hacen falta nuevas carreteras y más líneas telefónicas. El nuevo entorno económico influyó notablemente en el sistema dé valores sociales, favoreciendo la eficacia en el trabajo y la profesionalización, pero también el consumismo.

En la actualidad se acrecientan las diferencias regionales; el nivel de la renta y el modo de vida de los habitantes de grandes ciudades se acerca poco a poco a los correspondientes niveles de los países menos avanzados económicamente de la UE, mientras que algunas regiones rurales sufren el desempleo y disponen de unos niveles de renta muy bajos. En 2001, en Polonia hay muchos más estudiantes universitarios que había en las décadas pasadas, pero también muchos menos niños. En los próximos años se podría alcanzar un crecimiento demográfico negativo.

Todavía es demasiado pronto para entender la profundidad del cambio social que se está produciendo. Sin embargo, no cabe duda de que los sacrificios de la transición han merecido la pena. A pesar de los muchos problemas que quedan por resolver, se puede constatar que Polonia se ha modernizado, y resulta un país con un sistema político y económico estable y con una sociedad educada y emprendedora.

La peculiaridad del cine polaco

Cuando era estudiante universitario, antes de consagrarme al cine, cursaba Matemática y Física. De acuerdo con esa formación mía universitaria, podría ahora usar una fórmula para justificar la incursión que me propongo realizar en la historia polaca, antes de abordar lo que corresponde decir acerca de su cine. Porque quien quiere estudiar los frutos de un tipo de árboles, antes tiene que conocer las raíces de esa especie, pues su morfología puede ser clave para explicar el sabor amargo o dulce de la fruta. Estas raíces son precisamente la historia, y a ellas quiero referirme antes de abordar en qué consiste nuestra producción cinematográfica.

En el siglo XVI, en el mapa de Europa, el Reino Polaco-Lituano ocupaba un territorio que se extendía desde el Báltico hasta el mar Negro. Éramos, pues, una potencia. En los siglos del Barroco, vencimos a Rusia y ocupamos su capital; el monumento que conmemora a los líderes del levantamiento contra los polacos se encuentra hoy frente al Kremlin. La Gran Polonia fue un país que comprendía varias religiones y etnias. En su territorio se hablaban varios idiomas, que fueron cayendo en desuso conforme las élites sociales se polonizaban.

Hace dos siglos empezó el período que podemos considerar el de nuestro fracaso. Habíamos sido una potencia, pero llegamos a ser nadie y nos sumergimos en la inexistencia. Durante ciento cincuenta años tuvimos que soñar con aquello que, para otras naciones, era una obviedad: nuestra independencia. Queríamos un Estado propio porque éramos una nación ya consolidada. La realización de esos sueños llegó tras la Primera Guerra Mundial, la borró luego la Segunda; después de ella, debido a los acuerdos de Yalta, caímos en una semisoberanía de la que nos liberamos hace apenas diez años.

En esta descripción de la cultura polaca, el siglo XIX ocupa un lugar sustancial. Hasta ahora hemos vivido su continuación y por eso me paro a reflexionar sobre él. Polonia, inexistente como Estado, vivió incorporada a tres países vecinos. Fué una provincia de Rusia, otra de Austria y otra de Prusia. Dos de estos países se diferenciaban por la religión: Rusia era ortodoxa y Alemania protestante. Austria era católica y multinacional, razón por la cual los polacos gozaban de mayores derechos y mayor libertad en este país. Si se miran los méritos de la cultura polaca de la época, después del reparto de Polonia entre Rusia, Austria y Prusia, cabe observar que la cultura estaba más viva allí donde se suponía más oprimida.

Si me preguntan por qué retrocedo dos siglos hacia atrás, cuando mi disciplina —el cine— tan sólo tiene cien años, trataré de mostrar en mi respuesta que, antes de hablar de logros artísticos, merece la pena atender a esta pregunta: ¿qué lugar ocupa la cultura, y más concretamente, los logros artísticos, en la vida de cada sociedad? La peculiaridad de Polonia consiste en que los logros de los artistas constituyen un elemento básico de nuestra conciencia nacional.

Al vivir diseminados por tres grandes imperios (de los que sólo dos pertenecían a Occidente, mientras que el tercero nacía de la tradición bizantina), los polacos encontraron a lo largo del siglo XIX un punto de encuentro no en el Estado sino, sobre todo, en la cultura. Grandes poetas y compositores, novelistas y pintores eran para nosotros los autores de los determinantes de la identidad nacional, pues, aunque fuera simbólicamente, creaban la expresión de un Estado inexistente.

A consecuencia de esta sustitución del Estado por el arte, el papel de las obras de creación llegó a ser de repente desproporcionadamente grande. Al autor de Quo Vadis y primer ganador polaco del Premio Nobel, la nación le edificó una magnífica residencia, con el dinero de todos. Dos poetas románticos fueron enterrados al lado de los reyes en la catedral de Cracovia. Chopin es considerado un santo nacional y durante la ocupación nazi su música estuvo prohibida ya que, según la Administración alemana, despertaba sentimientos nacionales. ¿En qué otro lugar un músico podría llegar a gozar de un rendimiento á rebours semejante? Los cuadros de un pintor patriótico de finales del siglo XIX se escondían de los alemanes. Un castillo barroco de los reyes polacos saltó por los aires por orden expresa de Hitler, al considerarlo símbolo del inexistente Estado polaco: veinte años después fue reconstruido gracias a las cuestaciones públicas y hoy se visita como museo.

PAPEL PROMETEICO DEL CINE

Creo que sólo desde esta perspectiva se apreciará la importancia que tienen en la vida polaca el arte y, en consecuencia, también el cine. Siendo la de este arte la musa más joven —apenas cuenta con cien años de existencia—- ha heredado, sin embargo, algo de esa sobrevaloración polaca de las artes, que no encuentra parangón en ningún otro país, si exceptuamos a Rusia. El significado anglosajón de la palabra «espectáculo» es entertainment, entretenimiento. Pero según la percepción intuitiva de un polaco, todo «espectáculo» está estrechamente relacionado con la liturgia: es un rito o acto que refiere al individuo a su conjunto nacional. Contrapongo esa visión de una manera bastante exagerada, pero en esta exageración se esboza cierta característica que concierne a mi país.

El sistema totalitario fue una creación racional, basada en unas premisas que no pueden ser demostradas (por eso quiso revestirse del prestigio asociado al vocablo «científico»), pero que hacía sus deducciones lógicas a partir de unas hipótesis asumidas. Durante mis años de estudiante, escuché la conferencia sobre el «socialismo científico» hasta tres veces, ya que otras tantas cambié de Facultad. Aquella conferencia guardaba su lógica. La realidad, en cambio, no guardaba ninguna, al contrario: toda ella estaba llena de contradicciones. En la percepción común de los polacos, la dialéctica marxista fue el arte de explicar que las contradicciones no se contradicen y que las cosas ilógicas respetan la lógica.

EL CINE DEL REALISMO SOCIALISTA

A toda la cultura del período del socialismo real, del «realismo socialista», le afecta una profunda falta de lógica, una contradicción que es, si cabe, más clamorosa en el cine. Pues casi toda la historia del cine en el período de la República Popular de Polonia es la de unas obras que estaban, en grado mayor o menor, contra el sistema. Así pues, ¿cómo fue posible que el Estado financiara obras de arte que atentarían contra su propia autoridad? En aquella época era un axioma que toda la producción cinematográfica debía estar en manos del Estado. Cabía concebir casas editoriales e incluso universidades privadas, pero no una producción cinematográfica independiente. Incluso la distribución de las películas corría por cuenta del Estado, de modo que si alguien lograba escapar de la censura en la fase de aprobación del guión, podía ser neutralizado después del rodaje, antes de que se distribuyera su película.

Para evitar la tentación de explicar esa paradoja tengo que mencionar una reserva mía, relativa al método de periodización de nuestra historia reciente. Digamos, para ponernos más difícil el tema, que no hubo una sola República Popular de Polonia, sino unas cuantas, que se iban sucediendo con un cierto grado de continuidad, pero también con grandes cambios. Para describir la importancia de esas diferencias recordaré cómo, al estar de viaje por Europa occidental, solíamos demandar que se nos distinguiera entre los países de! bloque oriental: Rumania se diferenciaba de Alemania Oriental, Polonia no era Checoslovaquia, y todos nos presentábamos como diferentes de la Unión Soviética. Esas diferencias en el espacio se cruzaban con otras diferencias realtivas al tiempo. La Polonia después de octubre se parecía en algo a la Hungría tardía de Kádár; la Checoslovaquia de Novotny se parecía a la Polonia de Gierek, pero lo que nos diferenciaba prevalecía siempre sobre nuestras semejanzas, Eso se puede comprobar de una maneta extraordinaria en nuestras respectivas películas.

Sólo tuvimos un elemento en común: la estatalización de la cinematografía y su sometimiento al riguroso control del Partido. En todo el bloque de países comunistas se repetía hasta el aburrimiento una frase atribuida a Lenin: «el cine es la más importante de todas las artes». En los años setenta los propagandistas solían decir que si Lenin siguiera viviendo, no habría usado la palabra «cine», sino «televisión». En la consideración de la importancia de los medios, los comunistas fueron, sin duda, modernos. (Hitler y Mussollini también pueden estar orgullosos en este sentido). Las democracias habían dejado al arte el papel de comentador. En el totalitarismo, en cambio, apreció la posibilidad de moldear activamente posturas vitales por medio del arte, pues valoraba altamente el potencial instrumental del cine. Creo que incluso lo sobrevaloró. Cuando miramos hacia atrás, a los méritos de la ficción propagandista, no podemos sino sentir compasión, y ninguna de las obras concebidas como proyección del nuevo hombre socialista ha pasado a la historia. Lo único que han sobrevivido son las obras críticas con aquella realidad histórica.

Recuerdo el socialismo como la primera etapa del cine de posguerra. Lo experimenté como alumno de Bachillerato y no guardo de aquella época ninguna experiencia personal, aparte de una proyección de El mago de Huerta, de Miczurin, a la que asistimos un día lectivo. Las puertas de salida del cine Atlantic, a donde nos llevaron, quedaron cerradas con llave para impedirnos la huida. Ahora recuerdo aquello con horror, imaginando lo que hubiera podido pasar de haberse declarado un incendio.

CULTURA Y MASA

Si he dejado constancia del elemento de modernidad en la postura de los comunistas respecto al cine, me permito dar un paso más allá y valorar otro elemento de su postura que tan sólo hoy día cabe entender, que tiene también futuro. Me refiero al carácter de masas, un valor que trataban de favorecer en la cultura. A este respecto, los dos totalitarismos del siglo pasado compartieron una misma postura que, si bien podría parecer bárbara, resultó sin embargo victoriosa. Tanto el comunismo como el nacionalsocialismo despreciaron a las élites, asociadas, según ellos, a la degeneración y a la impotencia. Los bolcheviques se cuidaron de apoyar la vanguardia para insistir durante todo el tiempo que duró su poder en et carácter masivo de la cultura. En el cine y en nuestro país, ese acento estuvo presente en todas las épocas de la Polonia comunista, y sólo se debilitó en la época tardía de Gierek y del General Jaruzelski. Fue entonces cuando la política cultural llegó al culmen de la hipocresía, pues se apoyaba en cualquier vanguardia que estuviera en contra del compromiso social antiautoritario. El artista vanguardista fue un cliente neutral del mecenas, totalmente dependiente y obligado al agradecimiento. Hoy en día, el mercado, con sus requisitos, está a menudo ligado con tendencias que ya en los años cincuenta apoyaban los apparátchik, que se comprometían a obtener un amplío público con las obras que eran subvencionadas. El sistema de producción en Mosfilm repetía, en definitiva, los esquemas de Hollywood de los años cuarenta. El realismo socialista no desdeñaba el entretenimiento, como lo ponen de manifiesto los musicales del director soviético G. Aleksandrov: Swiatsie smieje (1934), o Wolga Wolga (1939).

El octubre polaco enterró el realismo socialista. El término mismo (socrealimo) desapareció del diccionario y en momentos difíciles se vio sustituido por una fórmula procedente de la izquierda occidental, que solía hablar del arte comprometido. Fue éste un término simpático, porque no precisaba el objeto del compromiso. La semántica apuntaba a que lo contrario del compromiso era probablemente la indiferencia, y ella no atraía, ni mucho menos, a los artistas.

LA PRIMAVERA DE LOS PUEBLOS

Después de octubre de 1956, en Polonia floreció la segunda generación de cineastas, a la que se denominó como Kolumbowie, o sea, aquéllos que tuvieron contacto con la guerra pero que habían madurado en la República Popular de Polonia. Gracias a ellos surgió la Escuela Polaca, una erupción repentina de talentos, dirigidos por Wajda y Munk, junto a los cuales se encontraban, como en contraste, Has y Kutz. De la experiencia del realismo socialista salieron invictos Kawalerowicz y Rozewicz. Surgieron Eroica (1958), Matka Joanna od Aniolow (1961), Popiol i Diament (1958), Kanal (1957), Jak byc kochana (1963). Cito al azar estas películas, que lograron para Polonia una fama hasta entonces nunca alcanzada en cualquier otra disciplina artística. El Premio Nobel por Quo Vadis no dejó en el mundo una huella que pueda compararse con la que dejaban las películas de la Escuela Polaca.

Vistas con la perspectiva de estos ‘cuarenta años, aquellas películas nada tenían que ver con el socialismo. Fueron más bien una cuenta con la Historia que el destino tributó a nuestra nación, que en grado minimalista registraba los hechos del sistema sin alabarlos. Incluso Popiol i Diament se alejó tanto de su prototipo que fue una película políticamente indiferente y, en cualquier caso, no fue propagandista.

En los años de la Escuela Polaca yo empecé a estudiar en la Escuela de Arte Cinematográfico de Lódz. Durante todo un año estuve a las órdenes de Munk. Recuerdo pedir su aprobación durante unas elecciones para la comisión; el propio Munk contaba los votos. Sabíamos que unos cuantos colegas mayores eran miembros del Partido. Munk, en cambio, estaba inertemente relacionado con una auténtica formación socialista y desde esa posición se quejaba de las imperfecciones de la República Popular de Polonia, peto parecía creer que era una formación estatal digna de ser elegida (y no sólo de ser aceptada como un mal inevitable). Pienso en esto, tratando de reconstruir en mi memoria el estado de las mentes de mi generación, la que más tarde creó el cine polaco de inquietud moral y que denunciaría la discrepancia entre los ideales propagados oficialmente y la realidad social.

En la pantalla de mi memoria se ha archivado la imagen del socialismo (como oficialmente se llamaba al comunismo) como un sistema que en realidad fue racional: proponía una economía planificada que evitara las pérdidas debidas a la competencia y que, mediante un bajo nivel de consumo, lograra una mayor racionalidad de las inversiones. Por aquel entonces estaba convencido de que aquel sistema tenía oportunidades de imponerse, especialmente por el hecho de que no fuera una democracia: podía tomar decisiones más valientes y afrontar el futuro más animosamente. Esa opinión errónea la compartía además tanta gente en los países del bloque occidental, que lo tomé por un hecho cierto, aunque creía que ese sistema era malo en su esencia. De ahí había sólo un paso a la convicción dicotómica de que si el mal vence siempre, aquel sistema tenía posibilidades de dominar el mundo: sólo quedaba rezar para que eso ocurriera lo más tarde posible. Según la predicción de Lenin, el capitalismo vendería la cuerda con la que el socialismo lo ahorcaría y el comportamiento del bloque occidental en gran medida confirmaba esta prognosis.

EL CINE DE INQUIETUD MORAL

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La generación mayor de cineastas, educada en la Polonia de antes de la guerra, se adhirió a la izquierda en una resistencia contra la sanacja y en protesta contra el mercado, lo que dificultó en alto grado que el cine se elevara al rango de arte. El deshielo de Gomulka dio a esa generación la oportunidad de llevar a la práctica sus viejas ideas autónomas. Por inspiración del espíritu de cooperativismo surgieron asociaciones de productores, la única forma de autonomía de los artistas que existió en todo el bloque soviético. En todos los países vecinos, la industria cinematográfica estatal repetía el modelo ruso, en el que el productor de Hollywood era sustituido por un redactor que jugaba el papel de censor. El sistema de las asociaciones polacas estipulaba que el artista tendría trato con los artistas, el jefe de la asociación sería un artista y se mantendría al habla con el régimen.

El cine de inquietud moral, en el que me incluyo por mi trabajo, fue la voz de la generación de los autóctonos de la República Popular de Polonia. Los críticos nos atribuyeron una concepción del mundo común, en la que la ética prevalecía sobre la política y lo individual sobre lo colectivo. Ambos elementos son bastante incompatibles con el marxismo. Me convencí de ello al rodar mi película Constans (1980), cuando el jefe cinematográfico de aquel entonces, el señor Juniewicz, sugirió que pusiera en la película un final unívocamente negro porque, en su opinión, mi héroe obedecía a una añoranza general y comprensible por unos valores absolutos y el final debía mostrar inequívocamente que aquellos valores no existían en el mundo. Antes, al rodar en Occidente una película semidocumental sobre los abusos de la medicina, me encontré con los emigrantes chilenos izquierdistas, quienes criticaron mi intención diciendo que, aunque ellos mismos fueron torturados, sabían distinguir entre las torturas que sirven a los movimientos retrógrados y las que sirven al progreso, y utilizarían las últimas cuando recuperasen el poder, me aseguraron.

De las esferas de la última generación del cine de la República Popular de Polonia surge en la actualidad un suspiro triste de nostalgia con la idea de que el pasado fue mejor, pues el artista hoy ya no es libre, cuando la censura ha sido sustituida por el dinero. Aún no se oye el grito: ¡Vuelva el comunismo!, pero la sola añoranza por un mundo irreal pasado es, en cierto modo, vituperable. Por supuesto, cabe decir que vivíamos mejor aunque, ciertamente, no todos, porque muchos autores muy dotados no entraban en el campo de juego de aquel entonces. Por otra parte, recordémonos a nosotros mismos que vivíamos mejor cuando decíamos «en lugar de». Fuimos una forma de voz libre concesionada, a la que se escuchaba «en lugar de» la ahogada discusión pública, política y social. Estuvimos por aquel entonces, en los años setenta, sujetos a unas vejaciones menudas, pero no a persecuciones.

Hoy es más difícil tener éxito. Todos emprendemos el mismo camino. Tenemos que atravesar el tumulto de la información, la falsedad de la publicidad, la apatía de la gente perdida en el proceso ininterrumpido de cambios, y dirigirnos a una sociedad atomizada y tan venida a menos que con dificultad se permite comprar una entrada de cine (aunque nos puede ver en la televisión).

Una última observación. Precisamente en estos tiempos difíciles, en la figura de Kieslowski, el cine polaco ha tenido un éxito inédito entre nosotros, que ha superado tanto a la Escueta Polaca como a los triunfos de la época del cine de inquietud moral. Kieslowski ganó un reconocimiento mundial sin explotar el exotismo polaco, sin abusar de la compasión por la víctima. Simplemente apareció en nuestro arte y se puso con toda naturalidad al frente, porque supo acentuar dos elementos que siempre estuvieron presentes en el cine polaco y que en el Decálogo (1989), La doble vida de Verónica (1990), o en Los Tres Colores (1993-1994), igual que en su más temprano y no apreciado Sinfín (1984), se unieron armónicamente: me refiero a la ética y a la metafísica.

Permítanme que abandone ahora esta perspectiva puramente polaca e intente mirar al arte del nuevo siglo en su dimensión universal. Si hablamos del arte como de un espejo en el camino de la vida; si miramos la imagen que nos ofrece nuestro arte, entonces nuestra vida a comienzos de un nuevo milenio se halla en una crisis más grande de lo que nos puede parecer a primera vista. No veo ninguna disciplina del arte que en los últimos años no se haya encontrado tan cerca de lo que, sin eufemismos, podemos llamar «un callejón sin salida».

LA ESCUELA POLACA DE CINE

Se entiende como tal el movimiento estético-ideológico predominante en el cine polaco a finales de la década de los años 50. Surgió como una oposición generacional de los cineastas polacos frente al esquematismo del arte del realismo socialista, vigente a principios de esa década. Los que participaron en este movimiento eran jóvenes directores, actores y directores de fotografía, casi todos licenciados en la Escuela Cinematográfica de Lódz. Su posición artística estaba, por un lado, vinculada a la situación política del deshielo del año 1956; y por otro, impulsada por el cambio en la organización de la industria cinematográfica en Polonia. Por primera vez en un país del ámbito soviético, se habían organizado cooperativas y asociaciones de productores de cine, que lograban de ese modo una mayor independencia del régimen, lo mismo que una creciente productividad.

El movimiento, en su vertiente estética, alude a la tradición romántica en la literatura polaca. De forma innovadora, plantea temas que se consideraban tabú en la historia nacional, como el de la campaña de septiembre del 1939 o el ejército nacional (AK). Los jóvenes realizadores se concentraron en el problema del individuo frente al totalitarismo, hicieron una fuerte crítica a la época estalinista y, finalmente, cuestionaron de manera polémica la mitología nacional polaca. Los directores más destacados pertenecientes a este movimiento son Andrzej Wajda, Andrzej Munk, Kazimierz Kutz y Wojciech Jerzy Has.

EL CINE DE LA INQUIETUD MORAL

El kino moralnego niepokoju es el segundo movimiento generacional y artístico dentro del cine polaco, surgido a mediados de la década de los años 70. El rasgo distintivo común de las películas de este movimiento es el desacuerdo y el rechazo de la realidad que degrada y priva de libertad al individuo, a la vez que insiste en mostrar la imagen del corrupto sistema político y de la vida ideologizada por la propaganda política. Esta vertiente en el cine polaco mostraba a las claras la necesidad de un cambio político y de una renovación moral, que demandaban tanto los artistas como la sociedad polaca en general.

A este movimiento podemos adscribir las películas políticas de Andrzej Wajda: El hombre de mármol (1977) y El hombre de acero (1981) y Sin anestesia (Bez znieczulenia, 1978); las de Krzysztof Zanussi: Iluminación (Iluminacja, 1973), Colores de camuflaje (Barwy ochronne, 1977), Espiral (Spirala, 1978); y finalmente, las de Edward Zebrowski: Salvación (Ocalenie, 1972) y El hospital de la metamorfosis (Szpital przemienieni, 1978).

ANDRZEJ MUNK (1921-1961)

Director de cine y fotografía. Es uno de los más importantes representantes de la escuela polaca de cine. Entre sus numerosas obras, cabe destacar en primer lugar Eroica (1957), ganadora en el Festival Internacional de Cine en Mar de Plata, en 1959, del premio a la mejor película, al mejor guión y el FIPRESCI. En el contexto de la ocupación nazi, Eorica plantea de manera muy irónica el problema de la heroicidad y sacrificio por la patria que funcionan en la cultura y la mentalidad polaca desde hace siglos y que constituye un valor supremo. Otra obra maestra de Munk es La suerte bizca (Zezowate szczescie, 1959), también en clave de comedia irónica y mordaz, para poner en sordina la mitología romántica polaca. Entre otros, La pasajera (Pasazerka, 1962) ganó el premio FIPRESCI y el del Jurado del Festival de Cannes en 1964. Era la primera vez que el cine polaco planteaba el problema de un mal totalitario inmanente del sistema nazi a través de los problemas morales y psicológicos del individuo. El mundo tras las alambradas es real, desprovisto al mismo tiempo de las típicas imágenes de martirio, tortura y crimen que suelen ser habituales en las películas ambientadas en un campo de exterminio.

JERZY KAWALEROWICZ (1922-)

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Director de cine, vinculado en los años 50 a la escuela polaca de cine. Autor de numerosas películas premiadas en festivales internacionales. Entre ellas, destaca Celulosa (Celuloza, 1954), que se desarrolla en un ambiente proletario de la época de entreguerras. El tren (Pociag, 1959) cuenta la relación de tres pasajeros Je un tren nocturno que se dirige hacia la costa, en que se plantea el universal problema de la soledad del individuo y de la fragilidad Je los valores morales, que una situación extrema pone en evidencia. La madre Juana de los Ángeles (Matka Joanna od Aniolów, 1961) es una película basada en un relato jaroslaw Iwaszkiewicz y ambientada en la parte oriental de la Polonia del siglo XVIII. La protagonista de la película, la madre Juana, priora de un convento, está endemoniada. Para salvarse, acude al monasterio donde vive el cura Suryn. Entre los dos nace un inesperado y no deseado amor. La película es un magnífico estudio de la psicología humana, «en el que se analiza cómo el individuo se enfrenta a los límites de su libertad, tanto naturales como impuestos por diferentes dogmas. Faraón (Faraon, 1966), es una adaptación de la novela histórica de B. Prus del mismo título, y que fue nominada en el año 1967 para el Oscar. La película está ambientada en el antiguo Egipto de manera universalista y atemporal, plantea el problema y los mecanismos del poder, de la religión y de su peso en la vida social. 

Fue realizada con gran alarde de medios técnicos y un uso vanguardista de métodos de rodaje. En su momento fue uno de los mayores éxitos comerciales del cine polaco. Austeria (1982) es una película basada en una novela de Julián Stryjkowski y se desarrolla en el año 1914, en el momento del estallido de la Primera Guerra Mundial. El mágico mundo de la sociedad judía en el territorio de Galicja (parte suroriental de Polonia), regido por las tradicionales normas morales, se desvanece convirtiéndose en la premonición del futuro holocausto.

ANDRZEJ WAJDA (1926-)

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Director de cine y de teatro, directamente implicado en los años 80 en la lucha contra el régimen comunista. Ha sido galardonando con numerosos premios internacionales, entre otros, el Cesar (1982), Félix (1990) y el Oscar en 1999, en reconocimiento a su carrera. Wajda es, quizá, el director polaco más conocido en el mundo y además muy aclamado por sus compatriotas. Casi todas sus películas se convirtieron en hitos de la cinematografía polaca y perviven en la conciencia nacional como películas de culto. En los años 50 se convirtió en uno de los creadores del ya mencionado movimiento de la escuela polaca de cine. En 1955 realizó para este movimiento la representativa película Generación (Pokolenie), ambientada en la Varsovia ocupada por los nazis, en la que introdujo por primera vez los cambios estéticos e ideológicos que iban a manifestarse plenamente en sus futuras obras. Canal (Kanal, 1956), galardonada por el jurado del Festival de Cannes en el año 1957, inaugura el movimiento de la escuela polaca. Cuenta la trágica historia de los jóvenes soldados del ejército nacional que, tras la derrota del Levantamiento de Varsovia, mueren o enloquecen dejando atrás el horror, el miedo, la juventud y los ideales. Esta película no sólo emociona sino que sacude la mente del espectador, pues de manera metafórica, y a la vez muy expresiva, entrelaza la historia polaca del siglo XX con la tradición romántica. Cenizas y diamantes (Popiól i diament, 1959) es considerada un clásico de la cinematografía universal y la obra maestra de la escuela polaca de cine. La película cuenta la historia de un joven de apenas veinte años, soldado del ejército nacional que, el último día de la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo en Polonia, se enfrenta al dilema moral de la obediencia, la fidelidad a los ideales y la fidelidad así mismo.

Entre las numerosas películas de Wajda merecen una mención especial las adaptaciones de la literatura polaca que, al potencial literario, añaden un gran valor artístico. A esta vertiente pertenecen las películas Las cenizas (Popioly, 1965), basada en la novela de Stefan Zeromskl, ambientada en la Europa de transición entre los siglos XVIII y XIX (y que incluye el episodio español en la campaña de Napoleón I, protagonizada por un regimiento polaco); Los abedules (Brzezina, 1970) y Las señoritas de Wilko (Panny z Wilka, 1979) son bellas películas basadas en la prosa intimista de Jaroslaw Iwaszkiewicz. En esta vertiente encontramos también adaptaciones como el drama modernista de Stanislaw Wyspianski, La Boda (Wesele, 1972), galardonada con la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián en el año 1973, o La tierra prometida (Ziema obiecana, 1975) de S. W. Reymont, y Paisaje después de la batalla (Krajobraz po bitwie, 1970), basado en la prosa de T. Borowski. En 1998 realiza la adaptación de la gran epopeya nacional Pan Tadeusz, de A. Mickiewicz.

El díptico El hombre de mármol (Czlowiek z marmuru, 1976) y El hombre de hierro (Czlowiek z zelaza, 1980) son dos películas que sintetizan la historia más reciente de Polonia. La primera narra la vida de un obrero de la posguerra, comunista comprometido a quien el sistema estalinista convierte en víctima de sus propias ideas. La película es una atrevida crítica de los mecanismos del sistema totalitario. Aunque al principio su distribución fue limitada, jugó sin embargo un importante papel en la creación de nuevas posturas, que culminarían con el desmantelamiento del sistema comunista. La segunda parte del díptico se desarrolla durante las famosas huelgas de agosto del 1980, en los astilleros de Gdansk. No es una película documental, pero constituye un valiosísimo documento artístico sobre la historia reciente de Polonia y sobre el principio de los cambios en la Europa del Este. En el momento de su estreno, la película de Wajda constituía además una parte integral, activa en el proceso de los cambios políticos y no sólo un documento que recreaba la Historia.

WOJCIECH JERZY HAS
(1925-1999)

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Director de cine desde los antis 60, ligado a la Escuela Polaca de Cine. Autor, entre otras, de la película Despedidas (Pozegnania, 1958), basada en la novela de S, Dygat, y que constituye una personal aportación melancólico-grotesca a la visión de los años de la ocupación nazi recreada por los directores de la escuela polaca. Realizó también importantes adaptaciones de obras literarias como El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rekopis znaleziony w Saragossie, 1965), basado en la obra homónima de Jan Potocki, y que fue aclamada en España y Francia no sólo por su riqueza intelectual sino también por su estética innovadora acorde con la nueva ola francesa. Sanatorio bajo la Clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra, 1973) está basada en la prosa de Bruno Schulz y es una de las películas polacas de mayor belleza estética y quizá tina de las más originales. Es una reflexión sobre el tiempo, lo inevitable de la muerte. Fiel a la irrepetible prosa de Schulz, evocó el mundo del sueño, de los recuerdos infantiles y la inexistente cultura judía de los confines orientales de Polonia antes de la Segunda Guerra Mundial.

KRZYSZTOF ZANUSSI (1939-)

Es uno de los más premiados y conocidos directores de cine polaco. El mismo ha dicho haber pertenecido, en los años 80, al movimiento de la inquietud moral (kino moralnego niepokoju). En el año 1970 realizó La estructura del cristal (Struktura krysztalu), una película sobre las responsabilidad de las elecciones morales. Iluminación (Iluminacja, 1973) relata la historia de un joven estudiante de Física que abandona sus estudios para poder mantener a su mujer y a su hijo. Trabaja en una clínica psiquiátrica, en la que, por dinero, deja que se analicen sus sueños. Después vuelve a su carrera científica y siendo ya trabajador de la universidad, empieza a padecer del corazón. Con esta película, Zanussi añade, al motivo ya conocido en el cine polaco de la confrontación del individuo con la historia, una nueva confrontación: la del individuo con el absoluto.

Colores de camuflaje (Barwy ochronne, 1978) es una de las más importantes películas del movimiento del cine de la inquietud moral. En un ambiente de campamento científico, Zanussi desnuda despiadadamente el conformismo y el oportunismo de la intelectualidad polaca. Describe una realidad donde el sistema del caciquismo imposibilita el desarrollo de verdaderas individualidades. En una de sus más conocidas películas, Constans (1980) expone su credo artístico comprometido con la defensa de los valores inamovibles, constantes éticas que no dependen de las circunstancias históricas ni cambios políticos. Para Zanussi, el entorno natural del individuo es su código moral y no la realidad manipulada por las circunstancias, como el hipócrita y corrupto entorno de la Polonia de finales de los años 70, donde se ha de mover el joven protagonista de esta película.

La espiral (Spirala, 1978) es la estremecedora historia de Tomasz, que al enterarse de su incurable enfermedad, decide suicidarse en los Tatras. Su plan no funcionó, ya que los compañeros del refugio en las montañas emprenden su búsqueda. El protagonista, ingresado en un hospital, experimenta una aparente mejora que aprovecha para poder decidir sobre su destino, arrojándose por una ventana. La película es un estremecedor estudio de la muerte, del miedo y del intento de superarlo.

KRZYSZTOF KIESLOWSKI (1941-1996)

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Es quizá el director polaco más conocido en el mundo en la última década. Se inició como documentalista para después convertirse en uno de los más profundos moralistas del cine europeo. Sus primeros largometrajes pertenecen a la corriente de! cine de la inquietud moral: El personal (Personel, 1975), El aficionado (Amator, 1979), Casualidad (Frzypadek, 1981). Se dio a conocer ampliamente como autor de un ciclo de diez películas televisivas, titulado Decálogo (Dekalog) que resulta un personal y escalofriante comentario Je los di« mandamientos. Estas películas aparentemente frías ahondan en los sentimientos y cuestionan los valores éticos, aportando al ciclo características de una tragedia griega. La doble vida de Verónica (Padwójne zycie Weroniki, 1991) es una bellísima historia de dos almas gemelas, dos mujeres idénticas que viven en dos lugares diferentes y que presienten mutuamente su existencia. Es una hermosa historia sobre la vida y la muerte, lo irrepetible de cada existencia y lo estereotipado de la de todos, donde, como siempre en las películas de Kievslonski, cobra una importancia especial la fotografía y la música.

La última obra del tempranamente desaparecido director es la trilogía Tres colores. Los títulos de las tres películas aluden a los colores de la bandera francesa y a la vez a los lemas fundamentales de la democracia: libertad, igualdad y fraternidad: Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994).

Los consumidores, atrapados en la red

El rápido desarrollo de los negocios a través de la red, especialmente en su modalidad B2C —«business to customer»—, sorprendió a los Gobiernos en todo el mundo, responsables de las garantías jurídicas de las actividades comerciales desarrolladas en su territorio, pues la regulación de estas actividades empresariales a través de la red tropezaba con dos problemas fundamentales: uno de tipo sociocultural y otro de alcance territorial.

Lo primero que se planteó, al inicio de la explosión de las compañías .com fue si realmente era necesaria la intervención del legislador o si, dada la continua evolución de este sector y su dinamismo, no sería más eficaz recurrir a la autorregulación por parte de los operadores, para no incurrir en el doble riesgo de frenar el desarrollo de su actividad y dictar normas que quedasen obsoletas desde el momento de su entrada en vigor.

La segunda cuestión apuntada procede del propio carácter transnacional de los negocios en la red. Nada resulta más sencillo, para el consumidor de cualquier punto del globo terrestre, que entrar en la página web de la librería virtual Amazon.com y adquirir un título mediante pago electrónico. En este caso, el simple hecho de tratar de fijar cuál sería la legislación aplicable a dicha transacción o el órgano judicial encargado de resolver una controversia surgida de su transcurso, es una tarea irrealizable.

Estas simples cuestiones dan idea de la complejidad de las situaciones a que nos enfrenta el crecimiento de los negocios virtuales.

Por supuesto, son muchas más las que se plantean, especialmente en lo que se refiere a la nueva estructura que los empresarios adoptan en la gestión de sus negocios y las consecuencias que se derivan en materia de protección de los consumidores. No obstante, con ser éstas incluso más acuciantes, no podrán lograr una respuesta eficaz, si no se solventan antes los puntos de partida para regular la actividad empresarial a través de la red.

¿INTERVENCIÓN O AUTORREGULACIÓN?

Estados Unidos ha ejercido, como de costumbre, la posición de liderazgo en la creación, establecimiento y difusión de los negocios en Internet. De acuerdo con la cultura jurídica del mundo anglosajón, mucho menos dada a la prolijidad reguladora que la del área continental europea, se ha confiado el buen orden del mercado y la protección del consumidor, a la autorregulación de los operadores mediante códigos de conducta empresarial.

Sin embargo, como ya ocurriera en otros sectores que tuvieron que acabar por ser intervenidos mediante legislación federal (verbigracia, el sector financiero y asegurador), la autorregulación no ha sido suficiente para garantizar la protección del consumidor. Hasta el punto de que hoy, tras diez años de experiencia comercial, se levantan en los ambientes profesionales norteamericanos voces autorizadas que reclaman —la expresión es literal— un régimen de «intervención a la europea».

Aunque Europa se incorporó a la revolución tecnológica con cierto retraso, lo hizo con buenos resultados inmediatos y alto crecimiento exponencial, que, en algunos países, alcanza ya ratios muy similares a los norteamericanos.

Al principio, en un intento de favorecer esta expansión, se pensaba en la Unión Europea que quizá fuera conveniente potenciar la autorregulación de tipo norteamericano. Muestra de ello es el Código de Conducta en materia de pago electrónico, elaborado por la Comisión en 1987. Sin embargo, a medida que los Gobiernos han tomado conciencia de los problemas que genera el paso a Internet de sectores tan sometidos a regulación como la actividad bancaria y de mercados financieros, se ha hecho evidente la necesidad de intervención legislativa.

Justificada la actuación del legislador por el devenir de los acontecimientos, quedaba por aclarar la cuestión que, de manera inmediata, se plantea a continuación, a saber: el carácter transnacional de la mayor parte de las transacciones que se efectúan a través de Internet.

LA DIRECTIVA DE COMERCIO ELECTRÓNICO

Cuando una empresa lanza su negocio en la red, lo hace con el afán de captar clientes que adquieran sus productos o servicios desde cualquier parte del mundo, lo que se pone de manifiesto, especialmente, en las páginas transacciones web de las empresas pertenecientes a las dos grandes comunidades lingüísticas del mundo (hispanohablantes y anglosajonas).

Esta globalización comercial, que ya parece irreversible, ha puesto de manifiesto que la sede más adecuada para la regulación de la actividad empresarial en Internet sería la World Trade Organization, mediante acuerdos multilaterales que añadieran mayor seguridad jurídica y permitieran afianzar la confianza de los consumidores.

Este carácter internacional de la red ha provocado que los países miembros de la Unión Europea ni siquiera se hayan planteado si la regulación de los negocios en Internet debería ser, o no, objeto de la integración. Es evidente que así debe ser para eliminar los obstáculos procedentes de la disparidad de legislaciones y elaborar conceptos jurídicos a nivel comunitario, que puedan ser objeto de interpretación coherente por parte del Tribunal de Justicia, estableciendo, así, un acervo común en beneficio del eficaz funcionamiento del mercado interior.

Para armonizar las legislaciones de los Estados miembros se ha optado por la creación de una Directiva, es decir, de un marco normativo que deberá ser recogido mediante ley en cada uno de ellos, fijándose como plazo máximo para la transposición el 17 de enero de 2002.

Hace ahora una año que se aprobó esta Directiva y, en la valoración de sus disposiciones, hay que hacer notar, en primer término, que la acti’ vidad virtual ha desbordado nuevamente las previsiones legislativas. El contenido de esta Directiva resulta excesivamente general y, por tanto, falto de concreción para resolver los problemas que se han generado, especialmente desde el punto de vista del consumidor final, por lo que quizá habría que considerar esta norma como «demasiado escasa, demasiado tarde», al decir de los ingleses.

Así lo ha reconocido el Consejo de Lisboa, que ha recomendado apresurar la aprobación de disposiciones que son ya indispensables, como la Directiva sobre servicios financieros prestados a través de Internet.

No obstante, este intento regulador debe considerarse como un primer paso en la dirección adecuada, la manifestación de una mayor sensibilización respecto a la actividad empresarial a través de Internet que, si hasta el momento se había considerado como un deseable futurible, ahora se presenta como un urgente y difícil reto para los poderes reguladores.

Las reuniones del Consejo contemplan ya, entre los capítulos de conclusiones, uno específicamente dedicado a la sociedad de la información y a los progresos que se realizan en cuanto a su armonización normativa. La Directiva de 17 de julio de 2000, no parece que pueda ser nada más que un tránsito hacia regulaciones que, necesariamente, serán mucho más detalladas y estarán especializadas desde el punto de vista sectorial.

LA PROTECCIÓN DE LOS CONSUMIDORES

El tercer problema, apuntado al estudiar las cuestiones que reclaman una actuación más urgente por parte de los legisladores, es la adecuada protección del consumidor final que, debido a la nueva estructura de los negocios que la flexibilidad de la red permite, puede llegar a encontrarse en situación de total indefensión frente a un empresario que rehuye su responsabilidad.

Al haber desaparecido todo contacto directo entre empresario y cliente, sustituido por un sistema de transmisión de datos a cargo de empresas subcontratadas, el consumidor no tiene acceso al verdadero prestador del servicio o suministrador de los bienes adquiridos. Circunstancia que, en ocasiones, hace casi imposible formular, en la práctica, cualquier reclamación del cliente.

La protección de los consumidores frente a una actividad empresarial en Internet es una cuestión de reciente planteamiento y en la que los intentos de solución han resultado excesivamente dispersos. A este respecto y hasta el Consejo de Lisboa, que ha vuelto a incidir en esta necesidad, se contaba únicamente, en el ámbito de la Unión Europea, con una Resolución del Consejo de 19 de enero de 1999 sobre la dimensión relativa a los consumidores en la sociedad de la información.

Esta Resolución tenía por primera vez en cuenta que, si bien el desarrollo de las tecnologías de la información debía suponer una ventaja para los consumidores, sin embargo, los nuevos contextos comerciales que en ella se estaban creando podían poner en peligro sus intereses, con defectos como los siguientes:

• Falta de transparencia, de información suficiente y fiable acerca de las condiciones y riesgos de la transacción.
• Falta de protección de los intereses económicos de los consumidores, haciendo hincapié en que debe existir una especial responsabilidad del proveedor al optar por medios electrónicos de comercio.
• Utilización abusiva de datos personales y falta de medios para que el consumidor pueda defender su intimidad de forma eficaz.
• Proliferación de prácticas de comercialización no solicitadas, engañosas y desleales.

MECANISMOS DE INTERVENCIÓN

Se deduce, por tanto, que el incremento de la actividad comercial a través de Internet, al tiempo que ofrece grandes ventajas, presenta también graves riesgos respecto al consumidor final y hace necesaria no solamente la intervención del legislador para regularla sector por sector, sino que es asimismo imprescindible que esta normativa contenga, en cada caso, disposiciones destinadas a salvaguardar la protección del consumidor de forma directa, rápida y eficaz.

Para lograr un adecuado nivel de protección de los usuarios en este nuevo mercado creado por la red, la UE maneja desde 1999 diversos mecanismos, que van a demandar un intenso desarrollo normativo posterior, dado el escaso impacto logrado en la Directiva del 2000.

Las principales asociaciones de consumidores, nacionales y europeas, han apuntado ya, en repetidas ocasiones, la necesidad de crear organismos de vigilancia y control respecto de la protección de los consumidores, al igual que se han establecido para asegurar el mantenimiento de la competencia.

Así como en nuestro país se atribuye esta función al Tribunal de Defensa de la Competencia, la Unión Europea considera aconsejable crear una institución con similares funciones de vigilancia sobre el mercado, actuando no ya como garante de la competencia, sino de los derechos del consumidor.

Otro mecanismo de protección que ha logrado un mayor desarrollo consiste en la consulta previa a la elaboración de las normas a las más importantes asociaciones de consumidores. Con ello, se trata de incorporar sus principales inquietudes a la legislación, de forma que ésta se haga eco de los problemas que se plantean en la práctica diaria y de las soluciones que los propios consumidores consideren más adecuadas.

Pero tal vez el punto más relevante a la hora de establecer medios que articulen una eficaz protección sea poner a disposición de los consumidores sistemas extrajudiciales de resolución de conflictos, tanto a nivel nacional como europeo, de acuerdo con la propuesta efectuada en el Consejo de Lisboa. No es suficiente, sin embargo, potenciar la actividad de las mesas arbitrales. Además, es imprescindible crear procedimientos judiciales asequibles que permitan obtener una rápida resolución de las pretensiones planteadas.

La conjunción de estos mecanismos básicos de protección de los consumidores, con la creciente oferta de bienes y servicios a través de Internet y el correlativo incremento de la competencia, permitirá que los beneficios de las tecnologías de la información, sean plenamente aprovechados por la nueva sociedad a la que se dirigen.

Visiones del infinito

Si hay un concepto de las matemáticas que desde su origen ha generado fascinación fuera del mundo estrictamente matemático, ése es el concepto de infinito. El alto valor hermenéutico que esta noción ha alcanzado en terrenos tan dispares como la filosofía, la teología, la física o el arte merecen unas notas tan perspicaces y bien documentadas como las siguientes de Antonio J. Duran.


Desde que los primeros matemáticos y filósofos griegos iniciaron sus devaneos con el infinito, éste anduvo envuelto en escándalos y polémicas. Aparecía, más o menos camuflado, en la imposibilidad de medir con la misma unidad la diagonal de un cuadrado y su lado: resultado de fatales consecuencias para la concepción pitagórica del mundo. Estuvo también presente en las aporías de Zenón contra la pluralidad y el movimiento, que venían a mostrar, entre otras cosas, el enfrentamiento dialéctico entre las escuelas filosóficas creadas por Heráclito y Parménides.


Con estos antecedentes no tardó en llegar la prohibición, o mejor, la regulación del uso del infinito. En efecto, ante la imposibilidad de negar los procesos infinitos -«En lo pequeño no existe lo extremadamente pequeño, sino algo cada vez más pequeño», escribió Anaxágoras y, también, «en lo grande siempre hay algo más grande»-, Aristóteles trató de regularlos; para ello prohibió el infinito en acto: «no es pasible que el infinito exista como un ser en acto o como una sustancia y un principio», leemos en el libro III de la Física; pero, como él mismo reconoce poco después: «es claro que la negación absoluta del infinito es una hipótesis que conduce a consecuencias imposibles», de manera que «el infinito existe potencialmente», esto es, «el infinito es o por adición o por división», o de otra forma, «la magnitud no es actualmente infinita, aunque infinitamente divisible» -por ejemplo, la regulación aristotélica impide considerar un segmento como una colección de infinitos puntos alineados, pero sí permite divisiones del segmento por la mitad, digamos, tantas veces como se quiera-.


El infinito potencial de Aristóteles es, pues, definido como atributo: la posibilidad de ir más allá de cualquier límite -considerando, por ejemplo, números más grandes que uno dado-.


En cambio, el infinito en acto debería ser entendido como una negación, es lo que no tiene límites. Está definición por negación aparece claramente en la etimología griega del término infinito: apeiron. La etimología latina es una copia de la griega: in-fini-tio, -la raíz fini deriva, curiosamente, de fines, la palabra latina para designar el cercado que cierra un campo-. La palabra infinitio fue un invento de Cicerón -aparece por primera vez en su obra De finibus (libro 1, cap. 21)-; es sin duda significativo de lo que fue la cultura romana: hasta fecha tan tardía como mediados del siglo I a. C., cuando Cicerón introdujo el término, los romanos no podían referirse al infinito por carecer del término y, presumiblemente, del concepto -eso mismo ocurrió con otros conceptos filosóficos que ya venían manejando los griegos desde hacía varios siglos-.


El infinito en acto careció de una definición medianamente precisa que permitiera su análisis matemático hasta bien pasada la mitad del siglo XIX. Tal definición sintetiza una característica intrínseca de lo infinito como ente acabado. Como veremos pronto, la gestación histórica de esta definición es sorprendente porque esa característica intrínseca fue considerada durante bastantes siglos como un indicativo del carácter paradójico del infinito y una invitación a abstenerse de su estudio.


En cualquier caso, Aristóteles convirtió el infinito en un monstruo con dos cabezas -o de dos espaldas, si se prefiere una comparación más carnal-: el infinito en potencia y el infinito en acto; siguió creciendo de esta forma el mítico horror infiniti que pareció aquejar al mundo griego -aunque hubiera quienes, como Arquímedes, contravinieran la prohibición aristotélica usando el infinito en acto-.


vdi1.jpgDigamos que una de las razones para la prohibición del infinito en acto proviene de que este concepto supone una contradicción con el postulado lógico que asegura que el todo es mayor que la parte. Aunque quien supo explicar esto mejor que nadie fue Galileo en sus Discorsi (1638): puesto que cada número genera un cuadrado distinto -el dos genera el cuatro, el tres el nueve, el cuatro el dieciséis, etc.- y a su vez cada cuadrado viene generado por un único número, podemos emparejar los números con sus cuadrados concluyendo que habrá tantos cuadrados como números; pero es de todo punto obvio que los números cuadrados son sólo una parte de los números -el dos, el tres, el cinco, el siete son números pero no cuadrados- y, en consecuencia, concluimos que hay más números que cuadrados -él todo es mayor que la parte-. Nos encontramos, pues, con la paradoja de que los números son, a la vez, tantos y más que los cuadrados. Galileo concluía que «los atributos de mayor, menor e igual no se aplican a los infinitos».


Esta aparente paradoja del infinito en acto tiene un antecedente interesante que conviene comentar. Casi el mismo argumento aparece ya en Thabit ihn Qurra (836- 901). Contraviniendo a Aristóteles, Thabit concluyó que el infinito en acto es admisible, 1a comparación entre infinitos es también posible -emparejando sus elementos- y por tanto es posible establecer jerarquías de tamaño entre ellos. Es significativo que Thabit hiciera estas elucubraciones dentro de la controversia teológica relativa a la enumeración de las almas y al conocimiento por Dios de la infinidad de seres.


EL INFINITO EN LA ESENCIA DE DIOS


Porque el infinito es, desde luego, adjetivo muy suculento para atribuirlo a la divinidad. Degústese el siguiente uso que hace Cervantes del término infinito en El Quijote: «la fresca aurora … iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar»; y repárese en que la fresca aurora no es otra que la homérica Eos, la de sonrosados dedos. Si el infinito da juego para enjuiciar la belleza de una diosa menor como es Eos, qué no permitirá a la hora de calificar los atributos de una Divinidad Absoluta como la cristiana.


Conviene ilustrar con un ejemplo el tipo de razonamientos teológicos que la prohibición del infinito en acto permite. Los que siguen son debidos a Juan Filopón, pensador cristiano de la Alejandría del siglo VI d. C., entonces ciudad cristiana, una vez purgados todos los elementos paganos (léase los últimos científicos herederos de la tradición clásica) tras el asesinato de Hipatia a mediados del siglo V; van contra la suposición aristotélico-platónica de la existencia eterna del mundo, y dice así: si el Mundo no tuviera un principio, el número de hombres engendrados antes de Sócrates, digamos, sería infinito; pero no infinito en potencia, sino infinito en acto. Dado que el infinito en acto no puede existir, el Mundo no es eterno: tuvo que ser creado.


Es bien conocido el proceso de absorción de parte de la filosofía griega por cuenta del pensamiento cristiano, proceso que se inició con la deglución -permítaseme el término- por san Agustín de parte del pensamiento de Platón -versión Plotino-, y culminó con Tomás de Aquino haciendo lo propio con el pensamiento de Aristóteles.


La filosofía de los griegos necesitó desde luego de cierta adecuación. Este resultó el caso de la regulación aristotélica del infinito que fue, en parte, modificada por Tomás de Aquino. Éste consideraba a Dios como el primer infinito, plenamente y en toda línea: el infinito en acto. Como, además, es necesario su conocimiento absoluto de todo lo existente, Dios conoce la totalidad de los números como un todo; digamos que todos están presentes a la vez en su pensamiento y por tanto esta presencia sería un ejemplo de un infinito en acto. El pensamiento filosófico de Tomás de Aquino admitía, pues, la existencia del infinito en acto aunque, eso sí, únicamente conocible por Dios y fuera del alcance de la mente humana.


ARTE Y CIENCIA DEL INFINITO


Otra vía de penetración del infinito en acto en la cultura occidental se produce a través de la pintura del Quatroccento italiano, donde aparece implícitamente con el uso de la perspectiva -concretamente, en forma de punto de fuga central donde concurren las rectas paralelas entre sí y perpendiculares al plano del cuadro-. Así, las matemáticas como herramienta artística son usadas por Filippo Brunelleschi (1377-1446), Leone Battista Alberti (1406-1472) y, sobre todo, Piero della Francesca (1410-1487) -en su celebrado trabajo De prospettiva pingendi encontramos importantes avances sobre el tratado Della Pintura escrito por Alberti medio siglo antes-. Sin olvidar al mejor matemático de entre todos los artistas del Renacimiento: Alberto Durero (14711-528). El uso del infinito permitió al arte del Renacimiento convertir «el espacio en el que se disponen las cosas en un elemento infinito, continuo y homogéneo», por decirlo en palabras del profesor Joan Sureda.


Pero dejemos la pintura y volvamos de nuevo a la filosofía. Aunque los escolásticos vetaran a los hombres el entendimiento del infinito en acto, el infinito como atributo de Dios aparece con bastante frecuencia en los filósofos del siglo XVII. Así, en Descartes: «Por Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente»; en Spinoza: «Entiendo por Dios un ser absolutamente infinito, es decir, una sustancia constituida por una infinidad de atributos, cada uno de los cuales expresa su esencia eterna e infinita»; y también en Leibniz: «Cabe juzgar que esa Sustancia Suprema, que es única, universal y necesaria debe ser incapaz de límites y contener tanta realidad cuanta sea posible» -compárense con la minimalista definición de María Zambrano: «la nada es Dios»-.


La implicación más o menos explícita del infinito en acto en todas esas elucubraciones sobre la esencia de Dios fue sin duda un tónico que permitió a los científicos del siglo XVII -algunos eran esos mismos filósofos que hacían comparecer al infinito como atributo de la divinidad- superar el horror infiniti que aquejó a los griegos. De esta forma se empezaron a usar, con enorme éxito, las cantidades infinitamente pequeñas -los infinitésimos o infinitesimales- e infinitamente grandes como herramientas para el tratamiento de diversos problemas matemáticos y físicos. Estas técnicas matemáticas cristalizarían a finales del siglo XVII con la invención del cálculo infinitesimal -uno de cuyos inventores fue, precisamente, Leibniz-: la herramienta matemática más potente y eficaz jamás creada para el estudio de la naturaleza.


Aunque durante el siglo XVII y el XVIII los matemáticos fueron conscientes de que no llegaban a entender la esencia de estos objetos infinitos en acto, no renunciaron, afortunadamente, a recoger los frutos que su presencia ofrecía.


Las manipulaciones con los infinitesimales culminaron en la figura de Leonhard Euler (1707-1783). Frente al escrúpulo con que los griegos manejaron el infinito -en potencia, no en acto-, Euler lo usó de manera casi morbosa convirtiéndolo en una poderosa herramienta de descubrimiento. Es tal la desmesura de Euler que sus matemáticas con los infinitos llegan a tener valor estético. Desde luego participan de lo sublime, la categoría estética de Kant, en cuanto que «producen un sentimiento de dolor y, al mismo tiempo, un placer despertado, una conmoción, un movimiento alternativo, rápido, de atracción y repulsión de ese mismo objeto». En cualquier caso, tienen la fuerza necesaria para generar en nosotros esa conmoción en la que T. W. Adorno sitúa el logro estético: la capacidad de producir algún tipo de escalofrío.


DOMESTICACIÓN DEL INFINITO


Los infinitos, tal y como los usó Euler y los matemáticos del XVIII, eran desde luego en acto. Aunque la primera formulación rigurosa y con bases lógicas adecuadas del cálculo infinitesimal -que culminó a mediados del siglo XIX- utilizó el infinito potencial. Lo hizo concretamente sustituyendo las cantidades infinitesimales por procesos de paso al límite que respetaban escrupulosamente la prohibición aristotélica del infinito en acto. Los infinitésimos pasaron a ser variables que tendían a cero, esto es, entidades infinitamente pequeñas en potencia.


Sin embargo, la domesticación definitiva del infinito en acto estaba a punto de acometerse. Curiosamente, el primer paso lo dio uno de los matemáticos que en el primer cuarto del siglo XIX habían contribuido a la conversión de los infinitésimos en infinitos potenciales. Se trata del checo Bernhard Bolzano (1781-1848), que insistió en admitir la comparación de los infinitos. Así, definió que dos conjuntos infinitos tienen el mismo número de elementos si podemos emparejar sus elementos de dos en dos sin que falten elementos en un conjunto ni sobren en el otro -la misma idea que ya usara Thabit ibn Qurra en el siglo IX-. Los números cuadrados y los números, por ejemplo, son dos conjuntos infinitos con el mismo número de elementos, puesto que podemos emparejar un número con su cuadrado sin que nos sobren números ni nos falten cuadrados. ¿Qué ocurre con la paradoja de Galileo, con el postulado lógico del todo mayor que la parte? Las matemáticas ofrecen aquí un magnífico ejemplo de lo que Thomas Kuhn llamó ruptura de paradigmas -uno de los indicativos del inicio de una revolución científica-. Donde Galileo vio una paradoja que impedía aplicar a los infinitos los atributos de mayor, menor e igual, el matemático alemán Richard Dedekind (1831-1916) vio la propiedad intrínseca y característica de los conjuntos infinitos. En otras palabras, Dedekind ascendió la paradoja de Galileo a la categoría de definición de conjunto infinito: aquél que tiene los mismos elementos que uno de sus subconjuntos. Por cierto que Dedekind propuso una demostración de la existencia de conjuntos infinitos en acto basada en la lógica y en su definición de infinito. Este intento recuerda el argumento ontológico de san Anselmo (s. XI) en favor de la existencia de Dios -retomado después por Descartes-: el conjunto infinito de Dedekind era su «universo mental, es decir, la totalidad de todas las cosas que pueden ser objeto de mi pensamiento». Ni el intento de Dedekind de mostrar la existencia lógica de un conjunto infinito en acto, ni otros parecidos, han tenido éxito: para consternación del querido Bertrand Russell las cuestiones del infinito están entre las que, hoy por hoy, establecen la independencia de la república de las matemáticas frente a las agresiones imperialistas de la lógica.


En cualquier caso, el tiempo para el advenimiento del paladín que supo domeñar definitivamente al infinito en acto había cumplido y Georg Cantor nació en San Petersburgo en 1845, de padre danés y madre alemana.


Cantor es una figura pletórica y excesiva, capaz de poner en marcha una verdadera revolución que iba a cambiar la forma de hacer matemáticas. Inició un proceso de abstracción caracterizado por la aparición de pruebas de existencia no constructivas: la existencia de un determinado objeto matemático puede quedar garantizada aunque no se especifique cómo se puede construir dicho objeto. Significativamente, este proceso de abstracción en las matemáticas es contemporáneo con el acontecido en pintura o escultura con el que, por cierto, guarda reveladoras similitudes no por insospechadas menos sustanciosas -alguna se pondrá de manifiesto más adelante-.


El primer resultado importante que obtuvo Cantor sobre conjuntos infinitos establece que el infinito de los puntos que componen un segmento -el continuo- es mayor que el infinito de los números. Esto es, Cantor demostró que no todos los infinitos son iguales. Después demostró que siempre es posible construir conjuntos infinitos mayores que uno dado. A partir de aquí Cantor logró poner orden en el universo de los infinitos: los ordenó de forma parecida -es sólo una manera de hablar- a como están ordenados los números, estipuló como se podían sumar, multiplicar, etc. Creó en definitiva un paraíso para matemáticos del que dijo Hilbert (1925) que nadie nos lograría expulsar jamás. Solo que seis años después apareció el artículo de Gödel con el teorema de incompletitud y otra vez volvió el ángel con la espada de fuego; pero esa es otra historia de la que hoy no toca hablar -por más que sea apasionante no procede aquí, por razones de enfoque, analizar el detalle de la domesticación a que Cantor sometió al infinito-.


vdi2.jpgDe todas maneras no puedo dejar de mencionar que esa domesticación no fue completa: hay todavía unas multiplicidades incompletables (unos infinitos absolutos como los llamaba Cantor) fuera de cualquier control o dominio matemático (no digamos ya lógico). Se trata del infinito inmenso e inimaginable del conjunto de todos los conjuntos, o del conjunto de los conjuntos que se pertenecen a sí mismo, por citar sólo dos ejemplos. Es en ese infinito monstruosamente enorme donde se guarecen las paradojas que surgieron durante el cambio del siglo XIX al XX, y de las que la de Russell es la más célebre. Ese infinito excesivo, señor de un harén completó de paradojas, nunca preocupó a Cantor; como los escolásticos, Cantor lo desterró a los exclusivos dominios de la mente tortuosa de Dios.


Su dedicación a las cuestiones del infinito le creó a Cantor graves problemas con el establishmet matemático alemán -de hecho, siempre permaneció en una universidad de segunda fila (en Halle), a pesar de su categoría como matemático y sus intentos por llegar a Berlín o Gotinga-. Su investigación fue a menudo calificada de insignificante y carente de todo interés; cuando sus esfuerzos empezaron a reconocerse, se puso en boca de Henri Poincaré (1854-1912) la célebre infamia: «las generaciones venideras considerarán la teoría de conjuntos de Cantor como una enfermedad de la que uno tiene que recuperarse». En su defensa, Cantor siempre apeló a la consideración única y exclusiva de la realidad inmanente de los conceptos matemáticos sin ninguna obligación de examinarlos en lo que respecta a su realidad trascendente (aplicada). Esta característica que distingue a las matemáticas de las demás ciencias la sintetizó Cantor en una frase llena de hermosura: «la esencia de las matemáticas es la libertad».


La personalidad de Cantor fue controvertida, con pronunciadas tendencias místicas y dado a lo excéntrico en algunos asuntos. Fue un pío protestante, lo que no le impidió coquetear con el catolicismo; sostuvo que Francis Bacon fue el autor de las obras de Shakespeare y que José de Arimatea era el padre carnal de Jesucristo. A partir de los cuarenta años estuvo aquejado periódicamente de una enfermedad nerviosa que le ocasionaba crisis maníaco-depresivas. Finalmente murió en 1918, recluido en la clínica nerviosa de la Universidad de Halle.


EL INFINITO LITERARIO


Finalizaré estas observaciones explorando alguna de sus múltiples apariciones del infinito en la literatura. Desde mi punto de vista, quien mejor ha reflejado en sus escritos el infinito en potencia ha sido Frank Kafka. En muchas de sus novelas los días o las noches se suceden como en una pesadilla. Resulta perturbadora la posibilidad de que esa reiteración de acontecimientos aparentemente invariables, manifiestamente irreales, no tenga fin. La lectura de esas novelas desazona el espíritu cuando la sucesión temporal se pierde en un laberinto potencialmente infinito. Una de las más perturbadoras es El proceso, donde el protagonista, Joseph K., se ve envuelto en un proceso judicial aparentemente absurdo e irreal pero que cada vez se complica más: el mundo de la justicia aparece como vago y nebuloso donde hay que contratar un número de abogados siempre creciente, potencialmente infinito. Obsérvese qué bien reflejado queda el infinito potencial en el fotograma de la película que sobre la novela rodó O. Wells en 1962: lo que muestra el fotograma es el interior de los juzgados. El expediente de Joseph K. tiene que recorrer todos los buzones, ir de uno en uno; por muchos buzones por donde ya haya pasado siempre habrá un buzón más por donde el expediente tendrá que pasar: es el infinito en potencia -y, ¡ay!, tal vez también la realidad judicial.


Aunque la novela donde mejor refleja Kafka la potencialidad infinita de la iteración de los días es en El castillo. El protagonista, K., es contratado como agrimensor en unas tierras coronadas por un castillo. Sin embargo, su trabajo se va viendo obstaculizado por ambiguas prohibiciones y sucesos que se prolongan ad infinitum. Nunca mejor dicho, pues Kafka murió antes de terminar la novela, quedando la obra incompleta, como el infinito potencial.


Ahora bien, el escritor que a mi modo de ver mejor ha sabido recrear el infinito, no en potencia sino en acto, ha sido Jorge Luis Borges. Es tan poco probable que Kafka conociera la obra de Cantor como seguro es que Borges la había estudiado: véase, por ejemplo, su artículo «La metáfora» (1934), incluido en su Historia de la eternidad (1936), donde pone a pelear las hipótesis finitistas de Nietzsche con los infinitos de Cantor dándole clara ventaja a este último.


Para mí el texto donde Borges recrea mejor la facultad perturbadora del infinito en acto es el cuento «La Biblioteca de Babel» (1941) de su obra Ficciones (1944). El relato está escrito en primera persona por uno de los habitantes de la Biblioteca -con mayúsculas-. La Biblioteca es el único universo posible para los que la habitan; la Biblioteca se compone de un número indefinido de hexágonos, cada uno con un pozo de ventilación en medio protegido por una baranda. Hay un párrafo especialmente intenso; el que escribe siente cercana la muerte: «Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída que es infinita».


Siempre que leo este pasaje de Borges me viene a la cabeza la figura de Cantor y, también, el cuadro El grito (1893) del pintor noruego Edvard Munch. La angustia de este cuadro refleja bien el vértigo de la caída narrada por Borges. Después de algunas reflexiones he llegado a dar con la razón por la que ese párrafo de «La Biblioteca de Babel» me evoca el cuadro; es la siguiente: el cuadro de Munch produce angustia, desazón, principalmente porque uno no oye el grito: uno lo ve, lo siente, pero no lo oye; esto nos mantiene a la expectativa esperando oírlo en cualquier momento. Cuando leo el párrafo del cuento de Borges, pienso en el cuerpo que cae y se descompone en la caída infinita y siento que el vértigo de la caída debe hacer gritar al que cae, pero lo que cae es un cuerpo muerto y su grito debe ser mudo: como el grito del cuadro de Munch -debo confesar que me resultó bastante perturbador conocer el objeto que inspiró a Munch el rostro de El grito: una momia incaica parcialmente descompuesta que vio en la Gran Exposición Universal de París de 1889-.


Pero ¿y Cantor? ¿qué tiene que ver Cantor con el párrafo y el cuadro? Puesto que en el párrafo Borges escribe la caída infinita, la misma mención de la palabra infinito ya me hace evocar a Cantor -por la misma razón que el dragón me evoca a san Jorge-. Pero hay más. La fuerza simbólica del cuadro, el uso dramático de la perspectiva, la irrealidad y violencia de los colores, sugieren aspectos desmesurados, cercanos a lo infinito, a la infinita angustia del que grita. No es de extrañar que el propio Munch usara explícitamente la palabra infinito para describir la sensación que le llevó a pintar su cuadro: «Solo, temblando de angustia, sentí el grito, vasto, infinito de la naturaleza». De manera que también aquí aparece la palabra infinito que me hace evocar de nuevo a Cantor. Pero todavía hay más.


Las obras del propio Munch causaron en Alemania una polémica artística parecida a la polémica matemática generada por los trabajos de Cantor, y en fechas no muy alejadas: en torno a 1885 la de Cantor y en 1892 la de Munch. Concretamente, el 5 de noviembre de 1892 se inauguró la exposición de Munch en Berlín. Se cerró una semana después dando paso a una dura polémica: el affaire Munch, se la llamó. Durante la polémica se discutió mucho y agriamente sobre los límites de la libertad del artista. Una música parecida a la que le tocaron a Cantor -recuérdese que el propio matemático se defendió alegando que «la esencia de las matemáticas es la libertad»-Con el paso del tiempo, al igual que la obra de Cantor en matemáticas, la de Munch ha tenido enorme influencia, no sólo en los grupos expresionistas alemanes –Die Brücke, principalmente- sino también en Picasso -es apreciable la influencia de El grito en El guernica-. Una última e inquietante similitud entre Munch y Cantor: aunque no tan agudas ni persistentes como las de Cantor, también Munch sufrió crisis nerviosas.

Confesiones de un pianista

«La Belleza no es otra cosa que nostalgia». Cuando me topé con esas palabras -un simple paréntesis en las Consideraciones de un apolítico, de Thomas Mann- me quedé sin aliento. En aquel momento se convirtieron en una especie de clave de lectura de todos los interrogantes, las perplejidades, los sufrimientos y las esperanzas propias de una vida dedicada a la música, como ha sido la mía.

Si la belleza no es otra cosa que nostalgia, entonces ¿para qué tocar? ¿Qué testimoniar? ¿Por qué resistir?

De niño, bajo la atracción de la música -del piano, que es su instrumento más dúctil-, uno no se pregunta nada. Somos simplemente arrastrados por una fascinación irresistible y descubrimos que está a nuestra disposición un medio expresivo ilimitado, privilegiado. Ya no debemos servirnos de otros modos de comunicar usados comúnmente; somos personas especiales -peligrosa palabra- y como a tales se nos trata. Algunos de nosotros nos sentimos especiales para toda la vida y hacemos notar este privilegio a todos los que tenemos a nuestro alrededor. Los casos de egotismo desenfrenado, de infantilismo, de hedonismo, de narcisismo son comunes entre nosotros hasta el punto de resultar corrientes. Sin embargo, junto con los privilegios crecen, consciente o incoscientemente, las responsabilidades, que caen sobre nuestros hombros aún frágiles. Un día de mi adolescencia, mi madre me dijo una frase inolvidable: «Eres demasiado inteligente para ser un artista». Y no me lo dijo con complacencia sino con aflicción. Entonces no entendí; pero ahora sí lo entiendo. Un artista no puede tener un espíritu preponderantemente crítico, una autoconciencia que ponga en duda su convicción. En el escenario no cuenta lo acertado de nuestra opinión sino la fuerza de nuestra idea, incluso en el caso de que ésta sea una equivocación. Una vez emprendido el laborioso recorrido de la autoconciencia, ya no está permitido volvérselo a pensar: en ese camino no hay vuelta atrás. Por tanto, ciertas preguntas que haría bien en no plantearme vuelven a asomar en mi cabeza cada vez que cumplo mi modesto rito laico en una sala de conciertos.

¿Tiene sentido ejecutar esta música, la música clásica, ante el público de nuestro tiempo? Empezando por la música, ¿hay una relación entre el lenguaje y los contenidos referidos a hace cien o incluso doscientos años, y el lenguaje y la mentalidad de nuestros días? La música clásica ¿está ligada a la sociedad en la que nació o tiene un valor absoluto, metahistórico? ¿Tiene un sentido -el que sea- para la entera sociedad de hoy, o está destinada a un número de oyentes cada vez menor, y para colmo de la misma clase social? ¿Es arqueología, una búsqueda para una élite, o puede alcanzar la sensibilidad de cualquier ser humano que quiera escucharla con un mínimo de atención y disponibilidad?

No son preguntas retóricas ni teóricas; se las plantea quien toca delante de un público ausente o indiferente (cosa nada insólita). Con frecuencia cada vez mayor, encontramos a nuestro interlocutor -el público- no sólo mal preparado en la información sino fuera del alcance del lenguaje musical, que ya no está suficientemente despegado de la dieta diaria de música -de música light y de música ramplona que hay a nuestro alrededor-. Y la música culta es compleja. La actual música de consumo tiende a una simplificación extrema que, en la mayoría de los casos, significa empobrecimiento. (Schõnberg afirma, por ejemplo, que la música de Brahms es para adultos, en el sentido de que las personas maduras piensan en términos complejos, y cuanto mayor es su inteligencia, tanto más numerosos son los elementos con que tienen familiaridad). La música clásica se apoya en certezas ontológicas, lógicas, ideológicas, que hoy, para muchos, están pérdidas. La primera duda nace, pues, de aquello que representa la música clásica en nuestros días. La segunda, de las desalentadoras observaciones sobre la educación musical que pueden encontrarse en cualquier entrevista a músicos profesionales.

Pienso que es difícil imaginar una disciplina, un arte, una ciencia humana, cuyo amor no reclame una mirada atenta y profunda. Una actitud superficial vuelve aburridas y polvorientas las disciplinas más fascinantes. No hay que limitarse por tanto a las primeras apariencias. Por ejemplo, si no se tiene la menor idea de qué es el Romanticismo alemán en su múltiple expresión artística, se hace muy trabajoso comprender el mundo fantástico de Robert Schumann. Para entusiasmarse con su música maravillosa es necesario comprender y penetrar la atmósfera espiritual y cultural en la que ella nació y se desarrolló: ¿y quién tiene ganas de hacerlo hoy en día?

En fin, nuestro público es hijo y testigo de nuestro tiempo, ciertamente no crece en el espacio cerrado de las salas sino que vive la vida de todos los días, y con este bagaje entra en la sala y nos escucha. Intenten ustedes analizar por un momento el cúmulo de rabias reprimidas, de agotamiento nervioso, de horrores diarios absorbidos de los medios, de sensibilidad frustrada que arrastramos con nosotros, y pregúntense si es pensabje olvidar todo eso en dos compases de música. Sería demasiado hermoso… Es mucho más fácil que el público acuda a la sala para aclamar a un divo, a un mito, a un emblema, antes que para escuchar Música, con mayúscula.

Tenemos necesidad de mitos y de fábulas y los construimos donde podemos: en la moda, en el cine, en el deporte, en las vicisitudes de casas reales y también en la música. Rara vez -no quiero ser malicioso-, rara vez estos mitos tienen fundamentos sólidos. Pero está claro que mi ínfima opinión nada vale frente a los dos mil millones de televidentes recientemente alcanzados por un funeral mítico. Es precisamente ésta la impresión que parecen tener los demás sobre nosotros, los músicos: que nos ocupamos de cosas antiguas, diría mi hijo, que somos «antiguos» desde nuestra juventud. Cabe entender así que llevar este peso sobre los hombros, esta idea de estar confinados a los márgenes de la llamada sociedad activa, de hacer un trabajo que interesa sólo a unas pocas personas ancianas, no puede justificar una entera vida gastada frente al teclado, en busca del retoque final en cada mínimo detalle del fraseo, que luego prácticamente nadie estará en condiciones de apreciar y valorar, a excepción de nosotros mismos. En cambio, piensen en las pretensiones que tendríamos: la colocación del artista en la sociedad debería corresponder a su capacidad de pronunciar, en nombre de todos, palabras de verdad, expresar lo que en los corazones de cada uno de nosotros no encuentra una forma cabal. Así la música tiene la tarea sublime de decir lo que las palabras, y con ellas la razón, no pueden alcanzar. En definitiva, nuestro lugar en la sociedad debería ser altísimo y benemérito. Pero ¿qué pasa si la sociedad nos ignora? Si ya sólo unos pocos divos mediáticos tienen derecho a una atención absorta y prejuiciadamente entusiasta, ¿cuál es el destino de aquellos que no alcanzan la cima del Olimpo, donde desgraciadamente los puestos disponibles son limitados?

Me doy cuenta de que mi tono es doliente: me perdonarán si me gana la pasión. Consideren por un momento que yo pertenezco a la afortunada generación que, nacida después del año 1945, no conoció los horrores de una guerra combatida en casa. Pero que, como parcial compensación, hubo de sufrir -teniendo detrás una educación basada sobre los llamados valores tradicionales- una obra de demolición sistemática que ha dejado en nuestros espíritus un risueño paisaje de escombros. Quizá puedan ustedes intuir qué mal se adaptan estas ruinas a los grandes edificios sonoros que deberían resurgir bajo nuestras manos. ¿De dónde debemos sacar las energías y la fuerza espiritual para reconstruir los monumentos de los grandes maestros clásicos, hasta el fascinante reto del simbolismo de Claude Debussy? Con demasiada frecuencia me sorprendo en nuestros días escuchando artistas, de alto o altísimo renombre entre los consagrados, que tienen una visión funcional de la interpretación: como en el cine no puede faltar, en la receta del guión, una dosis de violencia y una dosis de sexo, del mismo modo en las interpretaciones de algunos ejecutores de hoy se coloca oportunamente la energía rítmico-motriz (violencia endulzada) y una pizca de sentimiento (es decir, sexo endulzado: sentimentalismo). Así pues, entre las huestes de los pianistas tenemos también a los especialistas en gélida agresividad y a los que están en excitación perenne. Yo reservaría la primera para la música del siglo XX, que la pide explícitamente. Sobre la segunda, renuncio a formular sentencias demasiado fáciles y me limito a observar que, en la Naturaleza, la cosa se consideraría patológica.

NATURALEZA DE LA MÚSICA

Pero el público piensa de otra manera y confunde el enfoque apolíneo de la música con la frialdad académica, reservando para los dionisíacos a ultranza acogidas triunfales. Olvidamos -intérpretes y público- que nuestro arte, por desarrollarse en el tiempo, tiene la especial posibilidad de vivir sobre las mismas leyes que gobiernan la fisiología: inspiración-expiración, arsis-tesis, tensión-distensión, contracción-relajación: anular uno de estos términos sería inconcebible para un cantante o para cualquier instrumentista, excepto para un pianista, el cual, con tal de ser nuevo, original, es capaz de saltarse las leyes de la Naturaleza. Si nos queremos someter a ellas como toda otra criatura, nos procura un gozo sumo comprender y construir una tensión que dé con su desenlace natural. Toda la música clásica se puede leer en clave tensióndistensión. Sólo el intérprete dueño de sus emociones puede construir un edificio interpretativo donde las fuerzas en campo estén dispuestas según sus propias potencialidades completas y se traduzcan en una potencia expresiva orgánicamente distribuida.

Como ustedes saben, no basta tocar correctamente las notas del texto, con gracia y pasión: cargar de tensión excesiva un momento musical que no lo requiera, por ejemplo, es un error que descompensa la entera construcción interpretativa. La estructura musical puede ser parangonada a una obra de arquitectura, un templo, una iglesia, un condominio. Cada una de estas obras es una figura geométrica completa, dentro de la cual se pueden identificar figuras menores y una dialéctica de espacios llenos y vacíos: éstos corresponden a las tensiones y distensiones musicales. Del mismo modo, podemos comparar la música con las obras maestras de la pintura, donde algunas figuras están en primer plano por la perspectiva, otras en el fondo, quizá en sombra. Como existe una música densa de elementos siempre nuevos, así también existen composiciones pictóricas superpobladas; como en algunas obras musicales son pocas las ideas que se desarrollan en todas sus virtualidades, circundadas por una especie de campo que les confiere un mayor resalto, así el fondo negro en la Resurrección de Lázaro de Caravaggio, que ocupa más de la mitad del cuadro, dramatiza extraordinariamente el «sal fuera» del brazo de Jesús. En un cierto estadio, el trabajo de un músico se puede comparar al del escultor, que elimina de la materia informe todo lo superfluo, hasta alcanzar la forma cumplida. También nosotros debemos ir hacia la simplificación, iluminando de vivida luz sólo los momentos esenciales de la composición, que necesariamente son pocos. ¡Ay del que se avoraza! ¡Ay, también, del que no tiene luz en sí mismo! Y pensemos todavía en la declamación de un gran actor, que puede ayudar a un cantante a desposar las razones del texto con las de la música. Los instrumentistas, a través del recitativo canoro, debemos confrontarnos con el énfasis y el fraseo del actor.

Como ven ustedes, me estoy esforzando por explicar que quien se consagra a la música llega a verdades comunes a otras artes y a las reglas basilares de la Naturaleza. El vértice del artificio artístico está en imitar y, de ser posible, perfeccionar la Naturaleza misma. Si escuchan ustedes la introducción del segundo movimiento del Concierto en sol de Ravel, comprenderán a dónde puede llegar el arte humano del fraseo.

BÚSQUEDA DE LA BELLEZA

Volvamos a la primera palabra de mi conversación -Belleza- y preguntémonos: ¿cuál Belleza? No es una pregunta peregrina, porque el concepto de belleza es mudable en el tiempo, en el espacio, en las costumbres. Nuestra civilización se basa en los ojos, no en los oídos (piensen en el cine, la televisión, la computadora), y por tanto se nos presentan de continuo imágenes que automáticamente registramos como agradables o desagradables. Todo este bombardeo nos empuja en una cierta dirección, y la música de consumo pone su granito de arena para convencernos de que es la verdadera expresión de nuestro tiempo. ¿Qué tiene que ver con todo esto el canon de Belleza ilustrado o romántico, neoclásico o impresionista? Poco, si no tenemos anticuerpos robustos para defendernos del susodicho bombardeo. En Siena, el verano pasado, escuché dos hechos musicales a distancia de pocas horas: un concierto para violonchelo y piano, que me turbó por la desfachatez exterior y la poquedad interior, y unas vísperas cantadas por veinte monjas agustinas. Me esfuerzo por hablar como músico, no como creyente. Pero la música de las agustinas era hermosa, tenía las características de la Belleza, era expresión de almas que, con absoluta serenidad, trataban de unirse al coro de las voces del mundo, las que cantan sin tener necesidad de un público que pague. No había presuntuosa exhibición de virtuosismo, no había esa intromisión del pequeño yo inflado por un poco de éxito. Dice el ángel: «Cuatro voces no hacen armonía. Cuatro sonidos cualesquiera, juntos no hacen armonía, pero todos los sonidos unidos juntos son El. Si tu voz resuena pura, sin mentira, sin deformación, sin intención, si no falseas tu voz, sólo así servirás a la armonía». Fuera del escenario podemos ser el elenco completo de los vicios humanos, pero allí arriba debemos saber recuperar aquel candor, aquella pureza, aquella capacidad de sorprenderse que permite que la música se deslice. Hace ya treinta años que trato de hacer volar mi música quitando lastres, o sea todo lo que no deja caminar, lo que no deja correr, lo que no deja observar límpidamente.

Cuando se comienza a ejecutar una gran sonata, la mirada debe recorrer desde la primera nota hacia adelante, hasta la conclusión del camino. Cuando tocas el momento de mayor tensión del desarrollo de una sonata, debes saber cuánto has recorrido y qué te espera todavía, para que la tensión se ajuste a la importancia del camino. Y en fin, en los últimos pasos, uno mira atrás para evaluar con la mente lúcida y el corazón abierto todo el camino recorrido. Esta es la belleza de la Forma, ésta es la emoción de la Geometría, éste es el legado de Praxíteles, del estilo Románico, de Piero della Francesca, de Rafael, éste es el mundo de Apolo. Creo que el rostro apolíneo del arte es una categoría siempre presente en el ánimo humano. Pienso que el verdadero equilibrio del artista se encuentra en el uso armónicamente alternado de estómago, cerebro y corazón, donde corresponde precisamente a la intuición artística captar el momento en el que conviene dejar hablar al estómago, otro en el que debe prevalecer el cerebro y otro, en fin, en el que el corazón puede expresarse en su síntesis. Son momentos diversos que se presentan en el transcurso de una misma obra, donde ésta tiene una forma orgánica. Y por tanto, en esta intuición artística podría definirse la fantasmagórica palabra interpretación. Esta alternancia no está basada en el capricho del momento sino en el estudio analítico. Pueden ustedes estar seguros de que cada línea musical tiene una clave interpretativa, y querer ignorarla significa deformar conscientemente el perfil de la composición. He aquí qué es la arbitrariedad, qué es lo que se consuma bajo la bandera de la interpretación personal. En la fidelidad al texto, en la honesta búsqueda de las intenciones del autor, no se mortifica el propio talento, porque queda en cualquier caso un enorme espacio para la expresión de la personalidad del intérprete.

Por otra parte, esa pretensión de que el arte debe ser de por sí trans gresivo -como se dice actualmente- para oponerse a la sociedad de masas, no puedo aceptarla. Hoy en día, cuando la transgresión es objeto de sondeos y de consejos por parte de las revistas, cuando incluso unos jeans son exaltados por la publicidad como transgresivos, el máximo acto de libertad de un artista ante el achatamiento y la banalización sería, paradójicamente, el de escoger el silencio. Si en cambio estamos en vela para seguir siendo activos transmisores de un testimonio, entonces será en el lado ético donde habremos de jugar nuestras cartas. En un mundo en el que se tiende a proyectar incluso la propia vida afectivosentimental en los protagonistas de los medios, donde a fuerza de violencia vivida, contemplada o simulada, terminamos reducidos a la insensibilidad, nosotros podemos y debemos representar una vida profundamente vivida, una sensibilidad viviente: otra conciencia. Nuestra música debe hablar el lenguaje del grande misterio de la vida o de la muerte, debe penetrar el mundo de lo incognoscible y testimoniar la disposición humana de afrontarlo.

Hay un cierto número de obras máestras musicales que han superado los confines del conocimiento intuitivo y que por tanto exigen del intérprete un esfuerzo enorme. Sería vano acatar anónimamente las notas y todo lo demás que el autor haya escrito en la partitura: ésa es apenas la corteza. Lo innoble es sustituir de algún modo lo que no se comprende con sentimientos vulgares o genéricos. El único sentido posible de reproponer las Variaciones sobre un tema de Diabelli de Beethoven es comprender su significado profundo y restituirlo a nuestro público. Entendámonos: uno de los significados posibles, porque el texto, en su identidad, acoge infinitos.

Comprender el sentido humano de la obra maestra significa ir más allá incluso de la gramática y la sintaxis musicales: la música es lenguaje y forma que puede abrir la puerta a experiencias que no se niegan a priori a nadie. Es más, a veces los legos están en condiciones de trascender el dato técnico y recibir el mensaje intuitivamente. Sólo si el público deja la sala con un mensaje recibido de un modo u otro, el concierto habrá cumplido su tarea, que ciertamente no se limita a una pura y simple audición. La audición se sustituye de un modo mucho más cómodo con el hi-fi en casa y muchos ya se limitan a este modo de convivencia virtual con la música. En efecto, para nosotros la puesta en juego ha aumentado y no podemos limitarnos a acampar en la rutina. Lo nuestro no puede ser una correcta repetición de metas ya alcanzadas por otros o por nosotros mismos en ocasiones precedentes: debemos recrear cada vez la obra en presencia del auditorio, basándonos, para esta improvisación, en el enorme trabajo de excavación -primero analítico, después sintético- que se espera de un artista profesional. Debemos utilizar a fondo el magnetismo de grupo que se crea en la sala, la interacción entre intérprete y público, que multiplica las energías y crea una participación viva que en ningún caso la radio, la televisión, el disco compacto están en condiciones de imitar (el disco tiene la misma función que la fotografía: no se entra en contacto con una obra de arte visual a través de una foto). Cada uno de nosotros -es obvio- encuentra sus propias modalidades expresivas, y en cualquier caso el histrionismo es característica esencial de quien se exhibe delante de un público. Pero la vida y la experiencia del escenario, cuando están al servicio de un auténtico talento, enseñan a destilar cada vez más los medios expresivos para el oído y el ojo del oyente, hasta alcanzar en todos los grandes ancianos una actitud hierática (incluso el campeón de los pianistas de salón, Nikita Magalof, en su último año de vida, delante de la Sonata en si bemol de Schubert asumía un tono místico). La levedad, es decir, la sustracción de la materialidad, en la mayor parte de los casos es señal de una madurez que se manifiesta en la música pero que es propia de todo ser humano, si concebimos la vida como estados de conciencia cada vez más límpidos. Piensen ustedes en el etéreo del opus 111 de Beethoven, en la comedia de Falstaff, ópera extrema de Verdi, o también en la Pétite Messe Solennelle de Rossini o en la Flauta Mágica. La levedad de la que hablo es un estado superior de conciencia que se alcanza por la vía del rigor y se asemeja a muchas vías espirituales que comparten la sabiduría religiosa y la sabiduría filosófica. Me parece que la parábola evangélica de san Mateo transmite la más elocuente de las enseñanzas: «miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos».

La levedad/el vestido lastre/la libertad verdadera. Ahora hemos llegado, tras sucesivos acercamientos, al núcleo de mi conversación. No pretendo de mi paciente auditorio un consenso general sobre lo que voy a decir: me basta una discreta atención.

Volvamos ahora a la frase de Thomas Mann que cité al inicio: la Belleza no es otra cosa que nostalgia. ¿Nostalgia de qué?, ¿de quién? La respuesta no me la podía sugerir nadie, porque la experiencia de tocar es, por sus significados profundos, completamente personal. A lo largo de mi vida, también musical, he tenido como referencia, igual que cada uno de nosotros, a algunas figuras que he ido quitando gradualmente del campo visual de mi conciencia, hasta llegar a la soledad conmigo mismo. He tenido que conquistarme mi libertad interior, y comoquiera que sea, de modo aún parcial. Cuanto más me he alejado de los puntos de referencia censores, por llamarlos de algún modo, más he percibido mi absoluta libertad de espíritu músico, más me he sentido en la presencia de Dios. La nostalgia se ha revelado como el deseo de colmar la distancia que me separa de El; y la Belleza, la verdadera, se convierte en Dios mismo. ¿Me quieren creer? No es una demostración lógica de orden filosófico sino una experiencia espiritual. Dos pruebas me sostienen en la convicción de que no estoy confundiendo las cosas. Yo, hoy, amo la música y la gozo más que antes. Estoy enamorado del sonido, de la armonía de los sonidos, de la organización de los sonidos. Y además no hay nota para mí que no se traduzca en canto. Como dice el ángel: «Ritmo: cuerpo-melodía: alma… y los dos llevan al tercero», y yo añado: al Espíritu, a la Armonía. Toda la música suena para mi oído como un himno de gloria al Señor. Quizá así se puede entender mejor por qué algunos músicos, entre los cuales me cuento, prefieren dedicarse a Mozart antes que a los Beatles: hay músicas que interpretan mejor esta exigencia de Belleza. ¡Pero que conste que la música no ha de ser siempre luminosa, feliz y en modo mayor! También en un Quinteto de Shostakovich, que es un condensado de sufrimiento, sigue valiendo lo que acabo de decir: basta hojear los Salmos para entender en seguida que se puede rezar desde el abismo igual que desde la cima de la montaña. Y sin embargo, si se fijan, también Shostakovich viaja hacia la levedad, la última página incluso parece como si quisiera alzar el vuelo. Pero, no quisiera crear un equívoco cuando digo que se podría definir sacra toda la música bella; lo que yo siento como sacro es el sonido, no el título o el carácter de una cierta pieza (como si dijéramos que la tarantela es profana y la sarabanda «casi» sacra).

Toda mi existencia ha estado dedicada a la definición de un sonido cada vez más expresivo del mundo superior y, digamos, cada vez más puro; puro en el sentido de liberado de toda escoria, bastedad, materialidad en estado bruto. Como consecuencia, cada vez más alta, más reveladora, más fecunda será la definición de elementos que forman el lenguaje musical: una nueva armonía, una cadencia, un crescendo, un rallentando, cosas de todos los días para un ejecutor, cosas que son nada para quien casi no se fija; pero cosas que se revelan como eventos del alma cuando las sabemos leer con el tercer ojo, en nuestro caso… con el tercer oído. He aquí cómo se puede encarar por centésima vez la misma pieza aprendida hace treinta años. Quien va por el camino que he tratado de describir, no se puede aburrir, no sabe repetir una ejecución sino que busca continuamente ese microscópico escalón que no le hará llegar nunca a una meta -por lo demás inexistente-, pero que le permitirá renovarse una y otra vez delante de un texto que ha sido tocado de mil modos diversos por miles de pianistas, y que no tiene nada novedoso que desvelar a quien busca entre las notas. En cambio, es necesario buscar dentro de uno mismo cuáles ecos despiertan esos sonidos, es necesario preguntarse y hacerse canal de resonancia para el flujo de las notas. Dice el ángel: «la costumbre es muerte, comienza tu trabajo como si fuera la primera vez, para ti tu trabajo es oración». Más que tocar el piano, hay que hacerlo sonar. Más que «interpretar» con continuas intervenciones «originales», conviene dejar que la música suene. ¡No es una renuncia! Es el arte más grande y maduro. Como en cualquier otro trabajo, también nosotros sufrimos los cambios ligados a las estaciones de la vida, y en un cierto momento perdemos esa tensión que nos había acompañado en los primeros años de la carrera. Quien no ha fundado su crecimiento musical sobre valores genuinos se arriesga a perder de vista el sentido de lo que debe hacer. He aquí por qué a lo largo de estos treinta años de actividad he visto nacer, desaparecer, reverdecer, perderse numerosos talentos. He aquí por qué digo con fuerza que el talento y el ingenio deben ser rescatados por el sentir ético, que tiene supremacía sobre ellos. Paradójicamente, el talento puede transformarse en una fuerza negativa que nos destruye en lugar de ser fuerza propulsora. Es sólo una potencialidad, necesitada de la mecha de la voluntad para convertirse en acto. Creo que esto tiene un sentido no sólo para la música sino para toda actividad humana. He aquí por qué espero no haberlos aburrido hablando de música, como músico, a un auditorio de no-músicos. Me confío una vez más al ángel para cerrar circularmente mi modesto recorrido. Sus palabras son infinitamente más elocuentes que todo esfuerzo mío.

«Saben qué es lo bello: el acto del buen servidor, lo que va más allá de lo necesario. El cuerpo se mueve – es necesario-. La danza es el más allá y, si de verdad es danza -es lo bello. La voz es necesaria- el canto es el más allá. Es necesario delinear una imagen, una forma, pero lo que va más allá de la forma es lo bello. El nuevo mundo no puede estar construido sino de Belleza».

Comunicación entre las artes

Durante los cinco meses que ha durado la I Bienal de Valencia, la capital del Turia se ha visto involucrada en un movimiento artístico envolvente, y sus visitantes han podido disfrutar y recorrer dos visiones de una misma ciudad: la Valencia patrimonial, la histórica, la antigua restaurada y recuperada con edificios como El Convento del Carmen, El Almudín, San Miguel de los Reyes… y la Valencia de la modernidad, con un claro referente de indudable valor en la Ciudad de las Ciencias. En estos espacios han tenido lugar exposiciones de autores destacados como Peter Greeneway, Emir Kusturica, Robert Wilson o Mladen Materic. También las calles del centro histórico e incluso la playa se han impregnado de arte, facilitando al ciudadano y al paseante la proximidad al hecho cultural.

La Bienal ha sido, y desea ser en próximas ediciones, un laboratorio y un observatorio de este conocimiento y de esta confrontación entre artes, espacios y temas. Un observatorio en condiciones de proveer, cada dos años, el working-progress de esta fundamental dialéctica. Dice Luigi Setembrini que Valencia es la tierra ideal para llevar a cabo una manifestación de las características de esta Bienal. Y lo es por múltiples motivos. Uno es el de su capacidad, una especie de concentrado equilibrio entre sus raíces y su modernidad, entre su aristocrática belleza y su cívico estilo de vida; entre su voluntad de hacer y de dar y su oferta de espacios expositivos de gran belleza, algunos recién construidos y otros perfectamente restaurados, pero todos en continuo funcionamiento.

ARTE CONTEMPORÁNEO. POSTURAS SINCERAS E INSICERAS

Encontramos, pues, muy acertado el concepto comunicación entre las Artes. Ahora bien, habiendo tenido un laboratorio próximo, cercano, donde poder tomar el pulso al arte actual, nos hemos visto obligados a analizar, a cribar y a destripar sus procedimientos, sus creaciones, para obtener respuestas entre sus artistas.

La primera pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿el artista comunica o tan sólo informa? Si entendemos información en el sentido aristotélico, diremos que ésta se define como una «imposición de formas», mientras que la comunicación no sólo transmite o impone un mensaje, sino que lo comparte de manera persuasiva, es decir, intenta llevar a los demás a sostener un mismo punto de vista. Por tanto, entenderemos información como elocución, y comunicación como diálogo.

Siendo así, ¿qué es lo que hace el artista actual: informa o comunica? Sin duda alguna, en primer término debe informar y es lógico que lo haga de un modo subjetivo, peculiar, novedoso y eso es muy razonable, a la ve; que necesario. Nos ofrece arte como sustitución de la realidad a través de nuevas formas desconocidas, extrañas, que nos permiten ver el mundo con ojos nuevos y pensarlo con nuevas expresiones y palabras. Pero, y aquí es cuando empieza a comunicar, con una percepción clara y a partir de un lenguaje o código que nosotros entendemos. Así, toda obra plantea una pretensión de reconocimiento en tanto que es una forma de comunicación simbólica. El problema aflora cuando el autor utiliza un lenguaje, un código que sólo él reconoce, difícil de interpretar por el espectador, prácticamente indescifrable, por lo que tan sólo él puede entender y explicar. De esta manera, no existe ningún tipo de comunicación con el receptor, o si la hay, será distorsionada. Su función expresiva es indescodificahle, no se percibe. El artista está informando pero no comunica y, si comunica, lo hace de modo arbitrario. «Cada cual que se lleve la sensación que le produzca, si no es la que he querido transmitir no importa, lo interesante es que el espectador se emocione de alguna manera», responde un creador con total anarquía artística. Desde mi punto de vista, tal respuesta pertenece sólo a un artista frustrado, vacío, y que debería estar muy preocupado al no haber sido capaz de transmitir su idea. Por tanto, ese axioma convierte a cualquiera en artista. Todo proceso de creación viene acompañado de un proceso inevitable de frustración, pero no porque la obra no sea comprendida por el espectador sino porque el creador desearía mejorarla, mutarla, transformarla. Todo ese desarrollo comunicativo debe estar inacabado en el extraterritorio mental del autor. En este sentido, el político que, como dice Albert Boadella, se ha convertido en el verdadero mecenas de nuestro tiempo, desde su gabinete no tiene la culpa del estado en que se encuentra el arte de vanguardia. Ellos desean acercar la cultura a su pueblo, buscan y encuentran lo que existe. No se puede comprar más que lo que el mercado oferta, dentro de un margen, claro está, pero no demasiado amplio. El mercado, la moda, el espectáculo y los especialistas en vender los productos son los que monopolizan el arte, no dejando otra opción a quien quiere comprar.

Ante esta visión crítica del arte, los propios artistas de la Bienal se defienden y argumentan que en este mundo tan vasto en el que no se entrevé su fin, como si fuese un agujero negro, están naciendo nuevas formas de arte, presentadas indistintamente bajo etiquetas que de todos modos no dan plenamente cuenta de la enorme variedad de los lenguajes, de las arrolladoras poéticas. Y ésta es la nueva realidad en la cual atracan los jóvenes artistas y los nuevos mutantes. Al igual que Magritte y Warhol abandonaron el estrecho jardín de la publicidad para desembarcar en el mar de las artes plásticas, así también los diseñadores de webs, dueños de las tecnologías más avanzadas, crean nuevas imágenes y ambientes desestabilizadores. A pesar de todo, es un arte en estado embrionario. Pero será, o más bien es, uno de los lenguajes de un futuro que ya ha nacido y se reproduce en el interior de un círculo de mestizaje que, voluntaria o involuntariamente, ya ha digerido lo existente, que no ha perdido nada de los comportamientos mentales más provechosos y modernos de la literatura artística.

Justamente debido a este fenómeno de novedad artística, hay quien expresa su malestar porque no entiende lo que el artista reproduce, lo que se exhibe en las salas de arte, por lo que exige que el arte contemporáneo vaya acompañado de información adicional para ayudar a un espectador desinformado debido a que se enfrenta a un arte que todavía no tiene discurso escrito, a causa de su tremenda diversificación y evolución. En este sentido, muchos visitantes y artistas coinciden en que nunca han visto una Bienal tan didáctica como la de Valencia, en la que han existido cuadernos informativos y visitas guiadas desde la perspectiva artística.

¿ES MALO ENTENDER EL ARTE?

El arte ¿cuando se hace no se entiende, y si se entiende significa que es malo? Categorizaciones de este calado y todas las propuestas vistas con anterioridad nos llevan a preguntarnos en qué período o etapa del arte nos encontramos actualmente, ya que hubo un tiempo en que todo el mundo sabía qué era arte, cuál era su lugar y para qué servía. Hoy es bien distinto: entre látex, vídeos, electricidad, materiales en desuso, arte prácticamente para ingenieros, mecánicos, tecnólogos que realizan formas y construcciones industriales, no podemos estar seguros de que el arte exista, al menos de manera preconcebida.

Lo cierto es que el arte en las últimas décadas ha manifestado una capacidad de absorción de diferentes disciplinas que ha desorientado al público que permanece falto, quizás, de formación para entender que ocurre. El arte actual no se puede juzgar si no se tiene en cuenta el entorno social. Evidentemente el arte se ha democratizado y hay que escucharlo todo, pero no hay que creerlo todo porque, como en todas las disciplinas de la vida, hay posturas poco sinceras y prefabricadas que se inmiscuyen entre las más honestas. Un colectivo de artistas pertenecientes a la Bienal afirma que nunca más que ahora ha habido una conciencia colectiva de lo que es arte y una implicación más directa entre artista y espectador. Nunca se ha disfrutado de más interés por el arte que en nuestros días, aseguran.

Fue Baudelaire quien por primera vez usó la palabra «modernidad» en su actual concepción, es decir, el gusto por lo efímero, transitorio y fugaz. Apuntaba que siempre debería ir acompañado de «ponderación», «moderación», «medida»… Baudelaire hablaba, pues, de equilibrar dos tensiones contrarias. Las ideas de progreso y vanguardia le resultaban sospechosas. Como decía Delacroix, «la humanidad marcha al azar, se diga lo que se quiera». Podemos decir que ya se cifra la ruptura del arte con el buen gusto. El arte no debe gustar en el sentido tradicional: debe criticar, sorprender, incordiar, sacudir en el sentido de W. Benjamin, al definir un arte con capacidad de abrir mundo y de fundar sentido, por su radical creatividad. Desde Rimbaud, los artistas modernos han llamado al desorden de los sentidos, de los conceptos, de los roles y de los lugares. Pero de ahí a que el cuadro La rendición de breda, de Velázquez, se equipare a una botella de Coca-Cola de Warhol hay un recorrido erróneo tremendo, por una simple razón: no se pueden poner en el mismo saco para calibrar su peso. Y esta nueva concepción del arte nos lleva poco a poco al minimalismo, al conceptualismo con happening, instalaciones, performances, con lo que se le agotan las energías a la vanguardia y llegamos al everything goes (todo vale), donde la vida es más radical y más real que toda esa interpretación que nos expresan de manera simplista los autores, ocasionando tan sólo escándalos culturales.

Frente a este análisis algo apocalíptico encuentra su contraste, una vez más, la figura de Luigi Setembrini, quien afirma que hoy en día una enormidad de lenguajes alcanza y más bien disloca directamente al individuo sin solución de continuidad. El arte, al no ser ya la única alternativa de comunicación, debe descender y ensuciarse las manos. ¿Podrá sobrevivir no ya solitario, sublime, celestial, sino por el contrario terrenal, comprometido y contaminado por nuestro tiempo y por su lenguaje violento, agresivo, aproximativo, acelerado, ansioso y vulgar? El arte sobrevivirá si logra convertirse en la virtud de estos distintos lenguajes: en la virtud de la comunicación.

Bienvenido sea un pensamiento artístico por ininteligible que parezca, pues ello significará que hay pensamiento, transgresión y pasión por la cultura. En este sentido nos viene bien recordar las palabras de Consuelo Ciscar: «Somos conscientes de que el arte no es fruto de la casualidad, que quienes estimamos el arte lo hacemos, como dijo Flaubert, porque de entre todas las mentiras es la menos falaz».

UNAS PALABRAS DE CONSUELO CISCAR

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«Este ambicioso proyecto cultural — ha comentado Consuelo Ciscar, subsecretaría de Promoción Cultural de la Generalidad de Valencia— cumple con creces el reto de exigencia que cabía exigirle desde el punto de vista de la creación artística y libertad de expresión enriquecedora, pero también del rigor epistemológico de la propuesta. Nos negamos desde un principio a repetir viejos esquemas, a copiar fórmulas ya ensayadas, por brillantes y exitosas que éstas hayan sido en el pasado. La Bienal nació con vocación de explorar nuevos cauces, de abrir vías alternativas, de hallar distintas aproximaciones y accesos a una realidad cada vez más global, interconectada y compleja a medida que avaluamos en el tiempo. Porque las artes son horizonte, ámbitos abiertos e interrelacíonadas, de fronteras difusas o inexistentes, limítrofes, concéntricos y sometidos a un intenso, fructífero y continuo rozamiento».

— A partir de la Bienal ¿se puede decir que Valencia ha dado un paso adelante y cuenta con una dimensión real dentro del circuito artístico internacional? ¿Podemos hablar de un antes y un después en la posición que ocupa la ciudad?

«A esto debo decir que la primera vez que la revista Time coloca la ciudad de Valencia en un mapa es a partir del momento en que comenzamos a promocionar con intensidad y durante un año el programa de la Bienal por ciudades como Shanghai, Nueva York, México o Buenos Aires. Podemos decir que lo que anteriormente ocurrió con capitales españolas como Barcelona o Madrid ahora está pasando con Valencia, La cifra de espectadores que han visitado los diferentes espacios de la Bienal es alarmante, ya que ha alcanzado los 38.000; y lo es también la intensidad del impacto mediático que ha llegado a casi a los 100 millones, superando con creces bienales históricas como la de Venecia (aprovecho para decir que su último director recorrió nuestros espacios expositivos y manifestó su satisfacción por el brillante trabajo que se había realizado). Por tanto, la dimensión que ha tomado Valencia en estos últimos meses ha sido trascendental. Personalidades bien reconocidas del mundo artísitico, más de 300 directores de museos, sin olvidar los miles de espectadores anónimos con criterio, han gozado con la Bienal y, actualmente, pronuncian el nombre de Valencia por diversos continentes y cuentan con ella como una ciudad dentro de los circuitos importantes del arte moderno».CONSUELO CISCAR (por H.I.)

La Guerra y el futuro de Occidente, por Thoman Mann

Cuando en octubre de 1901, un joven de 26 años entregaba al público Die Buddenbrooks, nadie había oído hablar de Thomas Mann. Un coetáneo suyo señaló en un periódico praguense: «Habrá que contar con este nombre». Era Rainer María Rilke y no se equivocó. Más de cuarenta años después, el aforo del Coolidge Auditorium, en la Biblioteca del Congreso de los EE. UU., no podía acoger a todos los ciudadanos americanos que, un 13 de octubre de 1943, desearon atender la conferencia que impartiría el Premio Nobel Thomas Mann.

A aquel título inicial había sumado otros considerados hoy hitos fundamentales de la literatura del siglo XX: La montaña mágica, Mario y el mago y el primer volumen de José y sus hermanos, entre otros. En toda su obra, las raíces de la cultura alemana daban vida al interés por los problemas intelectuales y existenciales del hombre del siglo XX, de manera tan integralmente humanista y liberal, que por necesidad habian entrado en conflicto con el nacionalsocialismo, entonces en el poder.

El decidido rechazo de la ideología fascista propia de este partido colocó a Thomas Mann en el exilio, desde 1933. Diversos países europeos acogieron al escritor hasta que en 1938 emigró a Princeton (EE. UU.). En la mencionada conferencia en la Biblioteca del Congreso —inédita en castellano, y que Nueva Revista ofrece aquí parcialmente—, Mann recordaba ante su auditorio lo que venía repitiendo desde hacía una década: que la civilización occidental está obligada a hacer frente a cualquier enemigo de la libertad. Ayer era el Partido Nazi, hoy son redes clandestinas de terroristas; quien quiera que lo intente mañana, podría conocer, por los libros de historia, qué futuro le aguarda.

Reproducimos, a continuación, los fragmentos más significativos de la conferencia de Mann:


«Hoy por hoy no es tarea fácil, sino más bien angustiosa, subir al estrado tras el púlpito del orador y contemplar los ojos de una audiencia que le observa a uno con expectación y mirada inquisitiva.

Digo «hoy», pero esta situación, que puede resultarle natural al hombre emprendedor y altamente influyente, al político y partidista, en realidad ha sido siempre extraña e inapropiada para el artista, el poeta, el músico de las ideas y de las palabras; una situación en la que nunca se ha sentido a gusto por cuanto, en cierta medida, le obliga a actuar en contra de su propia naturaleza.

El elemento de extrañeza e incomodidad para él reside en el propio carácter de la tarea, en dirigir la palabra, en comprometerse, en enseñar, en declarar convicciones y defender opiniones. Por cuanto el artista, el poeta, es un ser que absorbe todos los movimientos y tendencias intelectuales, todas las corrientes y contenidos espirituales de los tiempos y permite que estos obren sobre él. Se ve afectado por todos ellos, los digiere mentalmente, les da forma y de este modo pinta la imagen cultural integral de su época, dirigida tanto a su mundo contemporáneo como a la posteridad. No predica ni hace propaganda; da a las cosas una realidad plástica, que no es indiferente a nada ni se compromete con ninguna causa salvo la de la libertad, la de la objetividad irónica.

No habla por sí mismo; deja que otros hablen y aun cuando no es dramaturgo, se vale de los mecanismos del teatro, los de Shakespeare, donde la persona a quien le toca hablar siempre tiene la razón. Hablar de su propia responsabilidad le resulta algo ajeno, gravoso y alarmante. Él es por necesidad un ente dialéctico y no ignora la verdad que encierran las palabras de Goethe: «Sobald man spricht, beginnt man schon zu irren» (apenas habla el hombre, comienza a equivocarse).

Cuando el intelectual, motivado por su necesidad de libertad, se convierte en un juguete en manos de los asesinos de la misma, está cavando su propia fosa

[…] Esto es cierto, pero aun así hay momentos y circunstancias históricas en las que resultaría cobarde, egoísta e inoportuno insistir en la libertad crítica de uno y retraerse ante una declaración de creencias. Me refiero nada más y nada menos que a aquellos momentos y circunstancias históricas en las que la Libertad misma, de la que depende la propia del artista, está en peligro.

Cuando el intelectual, motivado por su necesidad de libertad, se convierte en un juguete en manos de los asesinos de la misma, está cavando su propia fosa y actuando de manera reaccionaria, desalmada y suicida. No hay nada que agrade a estos enemigos más que una mente que no se plantea nada digno de sí mismo sino una actitud más que irónica, una mente que desprecia la distinción entre el bien y el mal y que considera la inquietud por ideas tales como la libertad, la verdad y la justicia como un «asunto burgués». En determinadas circunstancias es deber del intelectual renunciar a su libertad por defender la causa de la libertad. Es su deber reunir coraje para afirmar ideas ante las que el intelectual esnob cree poder encogerse de hombros.

Tuve la siguiente experiencia en Estados Unidos: estaba hablando de la democracia y de mi creencia en ella, cuando tuve que escuchar a un avispado periodista, que quería hacer ostentación de espíritu crítico, decir que yo había expuesto «ideas de la clase media». Con esta declaración estaba expresando él un falso y reaccionario concepto de lo banal, un error con el que yo ya me había encontrado demasiadas veces en Europa. […]

Lo que el erudito periodista caracterizaba como «ideas de la clase media» no es ni más ni menos que la tradición liberal. Es el conjunto de ideas de libertad y progreso, de humanidad, de civilización —en resumidas cuentas, la reivindicación del dominio de la razón sobre el devenir de la naturaleza, sobre el instinto, la sangre, el subconsciente, la espontaneidad vital primitiva—.

Ahora bien, de ningún modo le resultaría natural al artista, a cualquier ser humano que guarda algún tipo de relación con lo creativo, dedicarse a hablar continuamente sobre la razón, como lo hace algún que otro asno erudito. Él sabe muy bien la importancia que tienen para la vida los poderes subracionales y superracionales del instinto y de los sueños; y no se siente en absoluto inclinado a sobrestimar el intelecto como guía y molde para la vida. Está lejos de ser enemigo del instinto.

Reconoce que el rechazo del racionalismo durante los siglos XVIII y XIX estuvo justificado tanto histórica como intelectualmente, fue inevitable y necesario, pero basto y desmesurado también; y si uno tuviera la imaginación suficiente para prever las consecuencias de lo irracional, del devenir de lo oscuro, de la exaltación del instinto, del culto a la sangre y al impulso, del «ansia de poder», del «élan vital», del «mito del grito de guerra» y de la justificación de la violencia —consecuencias en la esfera de la realidad y de la política resultantes de las ideas concebidas en la esfera intelectual, que aparentaban ser muy interesantes y fascinantes en este ámbito—; si uno tuviera la imaginación suficiente para prever todo eso, el deseo se evaporaría e iría a parar al costado del barco en el que se encuentra hasta el más insignificante escritorzuelo o demagogo de bar.

Es un espectáculo terrible contemplar la aceptación popular de la irracionalidad

Es un espectáculo terrible contemplar la aceptación popular de la irracionalidad. Uno siente que el desastre es inminente, un desastre que la exaltación exclusiva de la razón nunca podría igualar. La exaltación de la razón puede resultar cómica por su pedantería optimista y puede quedar en ridículo merced a fuerzas vitales más potentes que ella; pero no evoca la catástrofe. Esta solo puede provenir del ensalzamiento de la antirrazón. En cierta época en la que el fascismo se alzó con el control político en Alemania e Italia, cuando el nacionalismo se convirtió en el centro y la expresión universal de todas estas tendencias, yo estaba persuadido de que nada sino una guerra y una destrucción general podrían ser el resultado final de la orgía irracionalista, y que lo querían en breve.

Lo que parecía necesario era el recuerdo de otros valores, de la idea de democracia, de la humanidad, de la paz y de la dignidad y libertad humana. Era este aspecto de la naturaleza humana el que precisaba de nuestra ayuda. No existe el menor peligro de que la razón cobre jamás una supremacía total, de que jamás haya demasiada razón en la tierra.

No hay peligro de que la gente se transforme un día en ángeles desprovistos de emociones, lo que sin duda resultaría anodino. Pero que se conviertan en bestias, lo que de hecho se me antojaría demasiado interesante de contemplar, es algo que fácilmente puede ocurrir, como ya hemos constatado. Esta es una tendencia mucho más pronunciada en el ser humano que la insipidez angélica, y con tan solo exaltar todos los instintos para dejar emerger los más bajos, que siempre están dispuestos a apropiarse de tal exaltación para sí mismos, habremos concedido la hegemonía triunfante a las tendencias bestiales.

Es cómodo y autoindulgente abalanzarse sobre la vertiente de la naturaleza en oposición a la de la mente, sobre la vertiente más fuerte en cualquier caso. La generosidad sin más y un ligero sentido de responsabilidad humana deberían decidirnos a proteger y alimentar la débil y menuda llama de la mente y la razón sobre la tierra, a fin de que brille y nos caliente un poco más.

La libertad y la justicia cesaron tiempo ha de ser banales; son vitales; y considerarlas aburridas no revela más que una aceptación del fraude fascista pseudorevolucionario, que sostiene que la violencia y el embaucamiento de las masas son la última palabra y la más actual. La mente más privilegiada distingue que lo único verdaderamente novedoso que existe en el mundo, lo que el espíritu vivo está llamado a servir, es algo completamente diferente, a saber, la democracia social y el humanismo, que lejos de dejarse atrapar por un relativismo cobarde, tienen una vez más el valor de distinguir entre el bien y el mal.

Esto es lo que hicieron los pueblos europeos. Rehusaron someterse al mal, al nuevo orden de Hitler, a la esclavitud. […] Cuánto más sencillo hubiera sido para los pueblos europeos si hubieran aceptado el infame nuevo orden de Hitler, si se hubieran resignado a la esclavitud, si hubieran, como se dice, «colaborado» con la Alemania nazi. No lo hicieron, ni uno solo de ellos. Años de terrorismo brutal, de martirios y ejecuciones no consiguieron quebrar su voluntad de resistir.

Es humillante presenciar el mundo civilizado viéndose obligado a luchar contra la mentira políticamente distorsionada de un agresivo cuento de hadas tradicional, el alemán

[…] Señoras y señores, es horrible y humillante presenciar el mundo civilizado viéndose obligado a luchar a muerte contra la mentira políticamente distorsionada de un agresivo cuento de hadas tradicional, el alemán, que en su pureza inicial había aportado al mundo tanta belleza. Anteriormente había sido inocente e idealista, pero este idealismo comenzó a avergonzarse de sí mismo y se llenó de envidia hacia el mundo y hacia la realidad.

«Alemania es Hamlet», se solía decir. «Tatenarm und gedankenreich» (carente de proezas y rica en pensamiento), la llamó Hölderlin; pero prefirió ser rica en proezas, incluso en retroezas, y pobre en pensamiento. «Deutschland, Deutschlandüber alles, esto significa el fin de la filosofía alemana«, declaró Nietzsche. Esta envidia hacia el mundo y la realidad no era sino una envidia de acción política. Y debido a que esto era algo completamente ajeno a la mente alemana, la política se concebía como el seno de un cinismo y maquiavelismo absoluto.

[…] En relación a esto, permítanme hacer un breve comentario en cuanto a la idea de democracia. Sin duda, la democracia es en primer lugar una reivindicación, una reclamación de justicia e igualdad de derechos por parte de la mayoría. Es una demanda justificada que surge desde abajo; pero a mis ojos es aún más bello si se trata de una buena voluntad, una generosidad y un amor que van desde arriba hacia abajo. No considera muy democrático que el señorito Smith o el señorito Jones le dieran una palmada en la espalda a Beethoven y le gritaran: «¿Cómo estás, viejo?». Eso no es democracia sino falta de tacto y de respeto por las diferencias; pero cuando Beethoven canta: «Sean besados los millones, llegue este beso al mundo entero», eso es democracia; porque él podría decir: «Soy un gran genio y algo bastante especial, en cambio el pueblo es ordinario; soy demasiado orgulloso y particular como para besarles». Por el contrario, les llama a todos sus hermanos e hijos de un Padre en los Cielos, que es también el suyo.

No existe nada más abominable que el engaño a las masas y la traición al pueblo

Eso es democracia en su máxima pureza, lejos de la demagogia y de las aduladoras lisonjas dirigidas a las masas. Siempre me he unido a este tipo de democracia; pero esta es exactamente la razón por la que siento profundamente que no existe nada más abominable que el engaño a las masas y la traición al pueblo. Mis años más infelices fueron aquellos en los que, en nombre de la paz y del apaciguamiento, el pueblo se vendía al fascismo. El sacrificio de Checoslovaquia en la conferencia de Múnich fue la experiencia política más horrible y humillante de toda mi vida; y no fui yo solo quien lo sintió así, sino toda persona decente de cualquier parte del mundo.

En marzo de 1932, un año antes de partir de Alemania, di un discurso en honor al centenario de Goethe en la Academia de las Artes de Prusia en Berlín, una disertación que terminó con las siguientes palabras: «El crédito que la historia todavía concede a una República libre, a una sociedad democrática, este crédito a corto plazo consiste en la fe todavía mantenida en que la democracia es capaz de lograr lo mismo que sus acérrimos enemigos sostienen que pueden conseguir, es decir, dirigir al Estado y su economía hacia un nuevo orden mundial».

Esta advertencia, que en aquel tiempo iba dirigida hacia los ciudadanos de la República alemana, podría extenderse hoy día a los ciudadanos del mundo occidental en general. Si la democracia no es lo suficientemente valiente, en este mundo así como después de él, para apoyarse en la fortaleza de las tropas del pueblo y considerar la auténtica batalla que este libra como su único sostén, y así perseguir un mundo nuevo más libre y más justo, el mundo de la democracia social; si, por el contrario, se desentiende de sus propias tradiciones revolucionarias y se alía con los poderes del antiguo orden, del orden desechado, a fin de evitar a toda costa lo que denomina anarquía, a fin de someter toda tendencia revolucionaria; entonces la fe del pueblo europeo que fue oprimido por el fascismo llegará a su fin y todos ellos, Alemania la primera, se volverán hacia el poder del Este, en cuyo socialismo la idea de la libertad individual ya no halla lugar.

No considero algo ideal para la humanidad un socialismo en el que la idea de igualdad se superponga completamente a la de libertad (…) estoy lejos de ser un paladín del comunismo

Podrán notar, señoras y caballeros, que no considero algo ideal para la humanidad un socialismo en el que la idea de igualdad se superponga completamente a la de libertad; ciertamente estoy lejos de ser un paladín del comunismo. Sin embargo, no puedo evitar pensar que el miedo atroz del mundo occidental hacia el término comunismo, este miedo merced al cual los fascistas pudieron mantenerse durante tanto tiempo en el poder, es bastante supersticioso e infantil y una de las mayores necedades de nuestra época.

El comunismo es hoy en día el «coco» de la burguesía, al igual que la socialdemocracia lo era para Alemania en 1880. Bajo Bismarck el socialismo significaba la suma de toda la destrucción y la sublevación de los sans-culotte, de la anarquía caótica. Todavía resuena en mis oídos el grito del director de mi escuela a unos niños que habían estropeado varios bancos y mesas con una navaja: «¡Os habéis comportado como socialdemócratas!». Hoy hubiera dicho: «¡Como comunistas!», por cuanto el socialdemócrata se ha convertido en este tiempo en alguien respetable a quien nadie teme.

Les ruego no me malinterpreten. El comunismo es un programa político-económico acentuadamente restringido y basado en la dictadura de una clase social, el proletariado; es el resultado del materialismo histórico del siglo XIX y, por lo tanto, fruto de un periodo particular y sujeto a los cambios del tiempo. Pero como visión es mucho más antigua y contiene ciertos elementos que pertenecen exclusivamente a un mundo futuro.

Es más antigua debido a que ya los movimientos religiosos de la Edad Media tardía presentaban un escatológico carácter comunista; ya desde entonces la tierra, el agua, el aire, la caza salvaje, los peces y los pájaros debían ser propiedad común, los señores debían trabajar por su pan diario y todos los impuestos y cargas debían suprimirse.

En este sentido, el comunismo es más antiguo que Marx y el siglo XIX, pero pertenece al futuro en tanto en cuanto el mundo venidero, cuyas formas comienzan ya a perfilarse y en el cual vivirán nuestros hijos y abuelos, no puede apenas imaginarse sin ciertos rasgos comunistas; es decir, sin la idea básica de los derechos comunes de propiedad y disfrute de los bienes de la tierra, sin una nivelación progresiva de las diferencias de clase, sin el derecho y el deber de trabajar para todos. Una nación provista del valeroso progresismo estadounidense y que nunca ha negado sus orígenes en el espíritu pionero, nos proporciona una visión del mundo venidero en su igualdad y en su percepción de que el trabajo no es una deshonra para nadie. El acceso generalizado a las oportunidades educativas y al disfrute ya se ha alcanzado en gran medida. El mundo entero fuma el mismo tabaco, toma los mismos helados, ve las mismas películas, escucha la misma música en la radio; hasta las diferencias en el vestir están desapareciendo progresivamente, y el universitario que se gana la vida mientras estudia, lo que en Europa hubiera representado una aberración para la dignidad de su clase, es aquí asunto cotidiano.

[…] ¿Qué transformaciones y modificaciones han tenido lugar desde los días en que se alimentaba a las morenas con la carne de esclavos vivos y más tarde desde la época industrial? La propiedad privada es sin duda algo fundamentalmente humano. Pero incluso en nuestros tiempos, ¡cuánto ha cambiado el concepto de los derechos de propiedad! Ha quedado debilitado y limitado, si no deteriorado a través de las leyes de herencia y los impuestos, que en ocasiones son poco menos que una confiscación. La libertad individual, que guarda una estrecha relación con los derechos de propiedad, se vio obligada a ajustarse a las exigencias colectivas y realizó esta transformación de manera casi imperceptible en el transcurso de los años. La idea de libertad, un día identificada con la revolución y llevada a efecto a través de la soberanía de los Estados nacionales, está evolucionando para procurar un nuevo equilibrio entre las dos ideas básicas de la democracia moderna: la libertad y la igualdad. La primera está siendo lentamente alterada por la segunda. Se apela a la soberanía de los Estados nacionales para hacer sacrificios en favor del bien común.

El bien común, la comunidad —he ahí la raíz de aquella aterradora palabra merced a la cual Hitler llevó a cabo sus conquistas—. No me cabe la más mínima duda de que el mundo y la vida diaria están caminando, nolens volens, hacia una estructura social para la cual el término «comunista» no sería totalmente inapropiado, una vida en colectivo, una vida de dependencia y responsabilidad mutua, de derechos compartidos para el disfrute de los bienes de la tierra, como resultado de la aún más estrecha relación existente entre el mundo entero, su contracción, su cercanía motivada por el progreso técnico, un mundo cuya administración será competencia de todos y donde toda persona tendrá derecho a la vida.

No crean que lo que estoy diciendo significa que solo estoy a favor de lo nuevo y lo que nunca antes se ha probado. Con ello estaría traicionándome a mí mismo. Jamás el artista es únicamente protagonista y profeta de lo nuevo, sino que además es heredero y depositario de lo antiguo. Constantemente saca a luz lo nuevo a partir de la tradición. Del mismo modo, como estoy lejos de negar los valores de la época burguesa a la que pertenece la mayor parte de mi vida personal, así también soy consciente de que las exigencias de los tiempos y los problemas de la paz venidera no son meramente de naturaleza revolucionaria, sino constructiva, sí, y restaurativa. Una vez tras otra los levantamientos históricos, tales como el que estamos experimentando ahora, preceden inevitablemente a un movimiento de restauración. La necesidad de restablecer es tan imperiosa como la de renovar.

Lo que hay que restablecer por encima de todo son los mandamientos de la religión, de la cristiandad, que han quedado hollados bajo los pies de una falsa revolución. A partir de estos mandamientos debe derivarse la ley fundamental bajo la cual los pueblos del futuro podrán vivir en comunión y a la cual todos deberán reverencia. Cualquier intento de pacificación del mundo o de cooperación del pueblo por el bien común y por el progreso humano se verá frustrado a menos que se establezca tal ley básica, que a pesar de la diversidad nacional y la libertad, debe ser válida para todos y reconocida por todos como una Carta Magna de los derechos humanos, que garantiza a la persona su seguridad en la justicia, su inviolabilidad, su derecho a trabajar y a disfrutar la vida. Sirva como modelo para este punto de partida universal la Declaración de Derechos americana.

A través de todo el sufrimiento y la tribulación de nuestro difícil periodo de transición, surgirá un nuevo y más emotivo interés en la humanidad y su destino

Es mi convicción, señoras y caballeros, que a través de todo el sufrimiento y la tribulación de nuestro difícil periodo de transición, surgirá un nuevo y más emotivo interés en la humanidad y su destino, en su situación privilegiada con respecto a los reinos de la naturaleza y de la mente, en su misterio y su sino, un impulso humanista que ya está presente y activo en los mejores corazones y mentes. Este nuevo humanismo tendrá un carácter, un color y un tono diferente a los movimientos previamente mencionados. Este nuevo humanismo habrá aguantado demasiado para contentarse con una ingenuidad optimista y el deseo de contemplar la vida humana como si fuera de color de rosa. Aborrecerá la pomposidad. Será consciente de la tragedia de toda vida humana, sin dejar que esta conciencia destruya su valor y su voluntad. No revocará sus facetas religiosas, por cuanto en la idea de la dignidad humana y del valor del alma individual, el humanismo trasciende hacia lo religioso.

Conceptos como la libertad, la verdad y la justicia pertenecen a una esfera más allá de lo biológico, la esfera de lo Absoluto, la esfera religiosa. Optimismo y pesimismo son palabras vacías para este humanismo. Se anulan una a la otra en la voluntad de preservar el honor del hombre, en los caminos de la benevolencia y el deber. Se me antoja que, sin tal estandarte como guía de todo pensamiento y acción, la estructura de un mundo mejor y más feliz, la comunidad mundial que anhelamos alcanzar a partir de nuestro esfuerzo actual, será inviable. La defensa de la razón frente a la sangre y el instinto no implica que su capacidad creativa deba ser sobrestimada. La creatividad es sólo el sentirse guiado por la razón, es un amor siempre activo».


[Traducción: Jaime Bonet]

La imagen que ilustra el texto de esta conferencia es de Thomas Mann en Ámsterdam en 1947. Su fotógrafo es Harry Sagers / Anefo y el archivo se encuentra en Wikimedia Commons. Se puede consultar aquí.

Jaime García-Máiquez. versos para explicarse las cosas

Hay quienes piensan que la poesía española atraviesa un momento deplorable, que no hay más allá de dos o tres buenos poetas ejerciendo su oficio. Otros, más generosos, elevan el número y hablan de cinco o seis poetas de raza. Yo creo, sin embargo, que en la actualidad hay muchos poetas de una calidad envidiable. La mayoría de esos poetas son jóvenes que, desde muy temprano, han demostrado poseer una técnica depurada y facilidad para hacer que los lectores compartan con ellos la emoción poética. Son jóvenes que han sabido leer muy bien a los clásicos y a los contemporáneos, dialogar con la tradición y, a la vez, encontrar una voz propia.


Jaime García-Máiquez (Murcia, 1973) es uno de esos jóvenes particularmente dotados para la poesía. En su único libro publicado hasta la fecha, Vivir al día (Sevilla, 1999), que mereció el prestigioso Premio Luis Cernuda, se incluyen unos cuantos poemas maduros, redondos, de esos que despiertan una sana envidia. La poesía de Jaime tiene una ternura especial, que mezcla, a partes iguales, alegría de vivir e irónica pesadumbre. Las rimas asonantes de muchos de sus poemas, manejadas con gran maestría, y un lenguaje común y claro, confieren al conjunto de su obra un tono extraordinariamente cálido y amable. En la poesía de Jaime hay fe y paradoja, confianza y desconsuelo.


Jaime García-Máiquez suele hablarle en voz baja al lector. En voz baja, pero con intensidad y sin dar cabida a las trivialidades. En su poema inédito «La rosa del desierto», que hoy presentamos, Jaime eleva un poco esa voz y, con sonoros endecasílabos blancos, compone un delicado y estremecedor himno a la hermosura milagrosa y a la invencible esperanza.


POESÍA Y VERDAD


Recuerdo la desilusión que me supusieron mis primeras lecturas filosóficas. Yo, que buscaba en aquellos libros respuestas esenciales (o cosas por el estilo), no di más que con la demostración laberíntica de algunas evidencias, razonamientos confusos que conducían penosamente a un verdad desnaturalizada y burocrática. No entendía, por entonces, cómo era posible que los más enrevesados e inteligentes razonamientos se quedaran vacíos y obsoletos frente a cualquier poema de Juan Ramón Jiménez; cómo era posible que la comprensión de la vida que buscaba en los libros no me la aportaran esos voluminosos volúmenes de filosofía y me lo dieran las temblorosas líneas de un pequeño poema de José Mateos. La respuesta, que llegó poco después de la mano de la verdadera filosofía, me la dio la definición que tenían los griegos de la belleza: el resplandor de la verdad. La poesía es una forma de conocimiento que nos muestra la verdad en un estado puro; una encarnación, digamos, en estado glorioso. Por eso, un buen poema puede enriquecernos más que todo un libro de filosofía, un tratado científico o un viaje a la India acompañado de Sánchez Dragó. Verdaderamente no hay nada que crear en el mundo, pero muchísimo por descubrir. Creo que la poesía va desvelando el misterio de las cosas, sacando a la luz parte de su verdad y mostrándonos, a través de ella, el camino más hermoso e intenso de nuestra libertad y del sentido de la vida.


LA ROSA DEL DESIERTO


A mi madre


No sé qué clase de escultor te hizo
pero, entre golpes de cincel, él supo
acariciarte y darte aquel aroma
que no requiere de piedad escrita
para seguir oliendo tras la muerte.


Brotaste del fulgor de la tormenta,
del beso enajenado de la ira,
con la soberbia majestad de un símbolo
y el lejano sonido, como seco,
del solemne oleaje de las dunas.


Tú eres la hermosa rebelión de pétalos
que no se atreve a sujetar un tallo,
el fruto misterioso que combina
desdén de flor con humildad de piedra,
arena viva y polvo florecido.


Tú eres la rosa helada que nos canta
un himno de esperanza en el silencio,
la música callada que estremece
los más tristes cimientos de la tierra
porque hay amor también en el desierto.