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Ver productosJuan Manuel Villalba Hinojosa es un malagueño que nació en Madrid, en junio de 1964. En su trayectoria literaria se incluyen tres libros de poesía: Húmeda húmeda alcoba (1984), Fondo (1992) y Todo lo contrario (1997), además de numerosos cuadernos de poemas. La editorial Pretextos editará en breve el primer libro de relatos breves de Juan Manuel. Nueva Revista se anticipa a ofrecer uno de ellos.
Ahora me veo con seis, siete años. Estoy junto a mi madre, a su izquierda, frente a la puerta. Hemos subido hasta el primer piso por la escalera de mármol blanco. Mi madre lo ha hecho con cierta ligereza aunque a mí me ha resultado difícil. Ella me ha ofrecido la mano, pero he preferido hacerlo solo, casi a gatas, porque mis zancadas no dan la talla de los escalones. En una de mis manos sostengo un muñeco articulado, un hombrecito vestido de guerrillero, perfectamente equipado y en postura de ataque, que ha hecho aún más difícil la tarea de subir.
Estamos en el primer piso, frente a la puerta de la consulta; no es la primera vez. Mi nuca se pliega hasta el límite cuando subo la cabeza para admirar la altura y naturaleza de la puerta. Mi madre ha llamado al timbre, al eléctrico, porque hay otro muy antiguo que es como la llave que da cuerda a un juguete mecánico. Le he pedido que me aúpe para poder girar la llave. Ella no se mueve, no dice nada. Estamos esperando. Es el tiempo viscoso de las esperas, la tensión de no saber si recibiremos respuesta. Observo el mirador que hay en el centro de la puerta, metálico, del tamaño de un plato pequeño, con unas aspas superpuestas que, cuando giran, permiten entrever un rostro que permanece varios segundos segmentado, inmóvil, misterioso; después se cierra el artefacto y se abre la puerta sin que se pueda ver quién la maneja, como accionada por un control remoto. Observo atentamente el mirador. Entorno los ojos y deseo con todas las fuerzas que se cumpla mi voluntad. Pienso: ahora, ábrete. Y el mirador gira y permite entrever un rostro que permanece varios segundos segmentado, inmóvil, misterioso; después se cierra el artefacto y se abre la puerta sin que se pueda ver quién la maneja, como accionada por un control remoto. Pienso: creo que tengo poderes.
Entramos. La puerta se cierra sola y tras ella aparece la enfermera, de blanco, casi anciana. Me gusta. Es buena. Es muy agradable. Tiene los ojos claros y borrosos, escondidos tras la niebla líquida que depositan los años en la mirada. Dos arrugas perfectas y verticales le sostienen el mentón y, cuando habla, éste se mueve imperceptiblemente. Me mira. Sonríe. Coge mi mentón y lo sostiene con suavidad, lo trata como a un pajarillo aterido. Pienso: ojalá fuese mi abuela. Mi abuela enfermera.
Nos acompaña hasta la sala de espera y nos abandona en el centro del silencio. No hay nadie más, toda la espera es para nosotros. Mi madre se sienta en el sofá, el bolso a su lado, coge una revista. Le ordeno al guerrillero que, previo reconocimiento, tome posesión de la zona. Sin rechistar, sin discutir las órdenes y conforme a lo que se espera de los verdaderos valientes, comienza a escalar las peligrosas montañas de los sillones. Las paredes lisas y endurecidas son bastante traicioneras y más aún cargando con todos los pertrechos de campaña, sin olvidar las armas. Cuando alcanza la cima se permite un ligero descanso, toma aliento y enseguida recurre a los prismáticos para situarse, haciendo un barrido del valle que divisa. Continúa con la operación hasta alcanzar las cimas más altas, atravesando, entre una y otra, llanuras desnudas donde el verdadero peligro consiste en ofrecer un buen blanco al enemigo, por eso corre a refugiarse entre los árboles, las patas de los sillones.
Se abre la puerta y aparece la enfermera. Sonríe con sinceridad, no dice nada. Mi madre suelta la revista, recupera el bolso, me ordena que la siga. Entramos en el despacho del médico. Entrar en el despacho del médico es siempre un momento solemne. El médico se levanta del sillón, se acerca a mi madre e intercambia unas palabras. Me mira y sonríe. Nos sentamos. Mis pies cuelgan en el aire. Mi madre busca en el bolso y saca un sobre que alarga hasta el médico. Dice: «… Aquí está el análisis». El médico abre el sobre y lee atentamente. Tarda mucho tiempo en leerlo. Cuando termina nos invita a pasar a la habitación contigua. Mi madre me arrebata al guerrillero. Observo cómo deforma su postura, cómo hace que los brazos se disloquen y la cabeza adopte una postura ridícula y humillante. Lo introduce en el bolso. Siento una punzada de dolor al no poder evitar que no se le trate con todos los honores que merece. Pienso: perdóname, Capitán, perdóname.
El médico entra en una habitación oscura y se pierde dentro. Busco la cálida mano de mi madre. Se encienden las luces. En el centro de la habitación hay una máquina extraordinaria. Rayos equis, dice el médico. Rayos, rayos equis, repito yo. El médico me dice que me desnude y mi madre me ayuda. Mientras voy despojándome de la ropa, el médico se calza unos guantes de goma que le llegan hasta los codos; se coloca un delantal de goma, como los carniceros, y empieza a manejar un panel de control. Interruptores. Luces. Botones. La luz de la habitación es muy tenue. El médico me coloca en la máquina, de pie, entre dos planchas; me asalta la confusa sensación de ser la víctima de un sacrificio. Me siento solo.
La luz se apaga y queda en el aire el resplandor rojizo de otra lámpara diminuta. Empieza a manejar la máquina. Se oye un sonido de aceleración, de cambio de velocidades. Me estremezco, hace frío. El médico me ordena que contenga la respiración, que no me mueva. Mi madre me dice: no te muevas. La máquina zumba, silba como una bomba. Cierro los ojos. Me resigno a recibir la embestida del arma secreta. Una brisa de heroísmo eriza mi piel; estoy preparado. Pienso: están disparando rayos equis contra mi cuerpo, ahora soy transparente, casi invisible, soy un esqueleto. Imagino la raspa descarnada de un pez.
La máquina enmudece. El médico enciende, apaga las luces; no permite que me vista. Cierra la puerta tras nuestros pasos. Sólo llevo encima los calzoncillos y los zapatos sin calcetines. Compruebo a la luz que soy tan corpóreo como siempre, tampoco tengo marcas ni agresiones perceptibles sobre la piel. El médico me ordena que suba a la camilla y me tumbe, me agarra por las axilas y me sienta sobre ella. Me tumbo. La camilla es dura, delgada, cubierta por una sábana tensa y helada. Miro el techo. Miro al médico. Miro la pequeña geografía de mi cuerpo, extendiéndose sobre la camilla como una península alargada. El médico hunde las manos en mi abdomen, da pequeños golpes, calibra mi interior con los nudillos. Baja los calzoncillos hasta el límite del pudor. Con sus preguntas busca un dolor que no existe, quizá sí.
Mi madre me ofrece la ropa, pero no me ayuda. Se sientan. El médico habla con ella. Me miran. Siguen hablando. Me visto en silencio y abandono la camilla. En el suelo me vuelvo a poner los zapatos. Dudo. No sé qué hacer. Ahora hablan y ya no me miran. Ensayo unos pasos hasta el centro de la habitación. Me detengo. Nadie me mira. Pienso: puede que ahora sí sea invisible. Continúo.Cruzo ante una inmensa biblioteca y me acerco lentamente al mueble que hay al otro extremo de la habitación, la vitrina instrumental. No sé si me miran, así que persisto en mi actitud. Cuando estoy frente al mueble, tomo la cautela de cruzar las manos a la espalda, garantía de chico bueno y educado, carta blanca para saciar una curiosidad inofensiva.
La vitrina instrumental tiene todas las superficies de cristal transparente, sólo las patas y aristas son metálicas. Los estantes también son de cristal y sobre ellos, perfectamente ordenados, hay una colección de objetos portentosos. Varios tipos de tijeras, de todos los tamaños, cubren el estante superior. Tijeras de hojas largas y pulidas, brillantes, curvadas como picos de aves, de puntas romas o afiladas, gruesas y estrechas, serradas, con pinzas en los extremos y asideros donde caben varios dedos. Pequeños cuchillos, escalpelos, tenazas, pinzas pequeñas, finas y deformes, y toda una serie de herramientas inexplicables y hermosas. Más abajo aparecen las jeringas, de cristal translúcido y rematadas por una pieza metálica en la punta, con los émbolos encajados, y todas dentro de unos pequeños ataúdes metálicos; también hay jeringas de plástico encerradas en sobres transparentes, algunas son enormes y ridículas. Y a continuación aparece el terror: son las agujas. Las agujas bien alineadas, en perfecta formación, brillantes y amenazadoras. Una portentosa armería de instrumentos de tortura, las conozco bien. Hay una tan larga que sería capaz de atravesar todo mi cuerpo y que encabeza una extensa serie de variantes. Algunas son tan finas y pequeñas como cerdas. Otras cortas y gruesas. Entre todas ellas aparecen infinidad de modelos y unas pocas tienen ensartadas, en su hueco y fino volumen, un pelo metálico de inquietante rigidez. El dolor tiene su propia concreción, sus avisos, su iconografía salvaje. Mientras contemplo las agujas, contraigo los glúteos y arqueo la espalda. Enseguida aparece otro aviso del miedo; las lengüetas, de madera o plástico: armas para llegar al límite de la arcada. Deseo tener una, preferiblemente de madera, una tabla de surf para mi guerrillero. Los estantes inferiores soportan ampollas, pequeños tarros sellados con tapones de goma y precinto metálico, marcados con etiquetas donde aparecen minúsculos listados de componentes y proporciones inexplicables, muy difíciles de leer. Sé que de ahí sale el dolor de las inyecciones, de ese polvo blanco que se acumula en el fondo. También hay gasas, apósitos, compresas y esparadrapo, latas de algodón enrollado con alguna fibra impura manchando el blancor de su naturaleza. Y entre todo el arsenal detecto lo mejor, el objeto de todos mis deseos, mi sueño. Es el estuche negro, similar al que mi padre utiliza para guardar la máquina de afeitar eléctrica, con el cable y la escobilla. Pero yo sé lo que hay dentro. Es el aparato para examinar el oído y la garganta. Una linterna donde encajan todas las pequeñas piezas que la acompañan, desmontables; lentes y apéndices que transforman su finalidad. Una vez acopló una trompetilla invertida con una lente al otro extremo, me sujetó la cabeza y miró dentro de mi oído. Pensé: está viendo las ideas, no pienses.
Mi madre me reclama, me ordena que vuelva junto a ella. Cuando llego, me atrapa entre sus piernas y me peina con la mano. Hablan. Desde mi postura puedo ver, sobre la mesa, un portarretratos donde aparece una mujer bonita y tranquila. Sonríe. Parece una de esas mujeres de las películas. También hay dos plumas de pájaro muy grandes, pero metálicas, plateadas. Pienso: son las plumas de un monstruo, un pájaro enorme y acorazado. Vuelve a mí la imagen de los pelos metálicos ensartados en las agujas. El resto de la mesa está ocupado por pequeñas esculturas de formas raras y modernas, papeles, libros, y un reloj de arena con la arena de color rosa. Pienso: arena de un desierto rosa, arena del mundo del monstruo. Me desprendo de las piernas de mi madre y me quedo, de pie, junto a ella. El suelo parece una tabla de ajedrez infinita. Ejecuto el movimiento del caballo, mi padre me enseñó, siempre gana. Mi madre me dice: estáte quieto. Yo obedezco. Entonces el médico le comunica a mi madre un mensaje que no puedo entender. Ella se sobresalta. Me mira. Mira al médico. Me mira otra vez. El médico coge una de las plumas del monstruo. Es un bolígrafo. De un cajón saca una de sus recetas. Las recetas presentan un membrete en la esquina superior izquierda y el papel no es liso, tiene rugosidades, parece un tejido. Mi madre toma la receta y la esconde en el rincón más oculto del bolso. El médico habla con mi madre, pero me mira a mí, sonríe, me hipnotiza. Me pide que espere fuera, junto a la enfermera. Mi madre asiente. Intento recuperar al guerrillero, porque quiero, más que nada, devolverle su dignidad, pero me expulsan. Espero fuera, cerca de la enfermera. Al cabo sale mi madre. El médico sale también. Cuando nos despide, mientras nos dirigimos hacia la salida, me coge del cuello con tanta firmeza que me paraliza. Los dedos casi pueden tocarse al rodear mi cuello. Hay otra persona que tiene la misma afición: el cura de la parroquia. Yo no sé si se trata de un gesto cordial, de una amenaza o de un castigo. Cuando llegamos a la entrada me da la mano como a un hombre y descubro que no aprieta, que está blanda. Pienso: no es un ser humano, es un muñeco; es un ingenio mecánico con voluntad y autonomía propia. Pienso: ¿cuántos habrá entre nosotros? La enfermera nos despide, pero ya no me gusta tanto; no mueve la boca cuando habla. Mi madre está seria. Tiene los ojos abiertos, pero no mira hacia ningún lado mientras camina. Intuyo que mi deber, por ahora, es guardar silencio.
Mi madre me lleva a una gran cafetería. Nos sentamos. Me invita a un helado. Ella toma café y tostadas. Me mira con grandes ojos, no habla. Está tan triste que no parece mi madre. De repente, el vaso de café estalla, se fragmenta en mil pedazos. El café alcanza a las tostadas y anula su crujiente tersura, empapa toda la mesa. Alguien dice: le ha dado un aire. Pienso: un aire. Pienso: han disparado contra nosotros; uno de ellos ha disparado contra nosotros. El camarero limpia, retira, repone. Nadie parece prestarle atención al atentado. Pienso: no te preocupes, mamá. Voy a protegerte. El guerrillero y yo te protegeremos. Ya soy un hombre. Tengo seis, siete años.
Se votó por unanimidad que era hermosísima.
La plebe opinaba lo mismo que la nobleza,
y la clase media era de igual opinión.
Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta, cap. 5.
Tengo una prima segunda, Raquel, que vive en mi bloque y vale un montón. Es secretaria del jefe de ventas de una importante firma industrial; en su casa, lleva a César, su marido, de muerte. Elena y Mario, sus niños, son tiernos, luminosos, avispados: dos soles gracias a ella más que a él, me da la impresión. El otro sábado, salía yo a la calle, a eso de las diez, y vi a mi prima Raquel regresando ya del súper. Andaba como entablada, su paso no era elegante: venía muy cargada, pero hermosa como siempre: morena, esbelta, con el pelo recogido por arriba, la nuca libre.
—No sabes qué disgusto el martes, no te puedes hacer ni idea—me dijo, depositando las bolsas en el suelo—. Cinco horas de atasco en la autopista de La Coruña.
—¿Lo del volquete que arrambló con el paso elevado de peatones?
—Exacto; bueno, a mí me pilló a diez kilómetros de allí, pero estuve cinco horas sin moverme y ¡he perdido mi plus de puntuliadad!
—¿Cómo tu plus de puntualidad?
—Sí, en mi empresa existe un plus que llaman de «asistencia perfecta», que te dan si llegas puntual a la oficina.
—¡ Vaya sistema! ¿Y cuánto te pagan por ser puntual?
—Pues mira: cuatro mil pesetas si fichas a tiempo todo el mes; ocho mil si lo consigues tres meses seguidos, y doce mil si lo logras seis meses, uno detrás de otro sin fallar uno. Imagínate, yo llevaba ya nueve meses entrando en la oficina como un clavo; en la oficina Gonzalo, el de contabilidad, me llamaba el ama de llaves de Kant, no sé por qué, la verdad, pero así era: nueve meses a la oficina como un clavo y cada mes, ¡zas! —mi prima hizo sonar la palma de una mano contra el torso de la otra—: doce boniatos. César y yo estábamos planeando el verano, pero de repente al maldito volquete se le aflojan no sé qué muelles. ¡Todo perdido! Así que marcador a cero y vuelta a empezar. El ama de llaves de Kant…; imagínate la moral por dónde me llega.
Yo soy bastante tímido, la verdad, pero llegado real do a cierto punto exploto hacia afuera y no puedo evitar consolar a los demás, aunque diga falacias.
—¡Cómo se reparten el pastel estos ladrones! —le dije yo a la muy deprimida Raquel, los dos a pie de bloque—.Todo el día sudando uno el eskái para que ellos vayan y presenten sus balances a la junta; uno venga a integrarse en los equipos, pendiente del on de la cafetera, para que luego te dejen sin veraneo por un maldito accidente en la autovía. Oye —iba a apurar mi argumento— pienso que se lo voy a comentar a Rosi, tú sabes bien que mi señora, cuando se trata de echar una mano, se arremanga la primera.
—No creo que la cosa llegue a tanto, la verdad, gracias—me contestó ella—. Otro año sin estrenar bañadores, de ahí no pasará. ¿Sabes tú qué me ha aconsejado Gonzalo, el de contabilidad? Me ha dicho que me lea Lo real, de Gopequi.
—¿Lo real? ¿Qué es Lo real?
—Es una novela que, según me ha dicho él, trata de nosotros y de ellos, de la bolsa o la vida, vamos: del plus de asistencia perfecta.
—No sé yo si sabrá ésa de que va nuestra fiesta…; lo que es a mí, estoy tan harto ya del sistema, te lo juro, que no le vuelvo a afilar el lápiz bicolor al jefe así me ofrezca el plus del afilado perfecto: ni por un salario Nescafé, fíjate bien, ni por un salario Nescafé me pongo yo más al sacapuntas.
Así se consolaban estos dos representantes típicos de la clase media madrileña una calurosa mañana de mayo, cuando el sol empezaba ya a ablandar el alquitrán al borde de los parches de asfalto. Sus padres, los unos habían llegado de un pueblo de Jaén, los otros de Langreo, a aquel Madrid provinciano de los años cincuenta. Los cuatro tuvieron niños y, en la década siguiente, los cuatro medraron: jubilaron las alpargatas tradicionales y empezaron a viajar a Jódar unos, a Langreo otros, en seiscientos. Porque en aquella época había arrancado con muchísima fuerza la sorprendente, afortunada transición económica en España, tanto o más milagrosa que la alemana, que ya es decir. Treinta y cinco o cuarenta años que nos costó concebir a golpe de planes de desarrollo («a Dios rogando y con el mazo dando») al gran protagonista de final del siglo pasado en Madrid, en Barcelona, en las grandes ciudades, en toda nuestra geografía, en toda Europa, pues en todo el Occidente reina, soberana, la clase media.
Notorio es, desde luego, que de aquellos padres que trineaban en las faldas de la Bola del Mundo en Segovia procedan estos hijos que esquían ahora en Baqueira; que de aquellos empleados que lavaban su Gordini bajo las encinas de la Casa de Campo, procedan estos hijos que hacen lavar sus Seat Toledo en túneles automáticos mientras ellos se enfrentan al par del campo en el Golf de la Herradura, todo esto en Benalmádena, me refiero. Cuarenta millones de individuos que disfrutan 14.200 dólares de renta per cápita: eso es España, al margen de sus accidentes geográficos.
Así que se acabaron hace tiempo los aristócratas guerreros servidos por lacayos fieles —los Pelidas tan admirados o temidos por los hombres como envidiados por los seres del Olimpo— y toda su progenie. En las clases medias no nos quedan héroes, oiga, nadie que, por sus energías sobrehumanas reputemos hijo de algún dios, es decir, él mismo divino. Ni nos queda nobleza tampoco. Los hombres y las mujeres de clase media somos corrientes y vulgares, nuestros placeres y nuestros vicios ni se exceden ni se extinguen. Sabemos también compadecernos, claro está, de nosotros mismos sobre todo. ¿Quién como nosotros puede protagonizar, si no, las tediosas encuestas del CIS?
Ésta es la realidad que Gopequi ha osado novelar en Lo real. En La escala de los mapas (1993), su primera novela, la autora presentaba la cartografía de un alma individual: la de un hombre tímido zarandeado por las olas sucesivas del amor y del temor, exaltado por la pasión pero bloqueado progresivamente por el temor a la vergüenza, al desengaño, a la medianía —a esos cartuchos verdes y rojos que, como después de una cacería, se nos caen de la canana tras el amor, entre restos de piel de conejo y cenizas de pasión—. En La conquista del aire (1998) apareció el Kammerspiel, el juego de las tres parejas —Santiago-Sol, Marta-Germán, Carlos-Ahinoa—, más algunos comodines, que se enredan entre sí mientras cantan uno, dos, tres, cuatro, ocho, diez de ellos, uno a uno, dos a dos, tres a tres o más, un coro, como en Las bodas de Fígaro, como en Cosí fan tutte. Y ahora, en Lo real (2001), Gopegui ha cambiado definitivamente de escala y se atreve con una representación colectiva, geológica: marxista, casi podríamos decir, si nos atenemos a la dimensión universal que Gopegui ha pretendido para sus personajes. Pues en su novela se escucha la voz de la clase media, unas intervenciones periódicas de un «Coro de los Asalariados y Asalariadas de Renta Media», como lo llama ella, que aparece en letra cursiva en los puertos de montaña de la novela.
Nótese la condición social de los protagonistas de la realidad, según Gopegui: no el monarca guerrero que rasga con su embarcación la delicuescente espalda del mar para recuperar la posesión de una amada; no su continuación empobrecida, el caballero armado al servicio de un rey por quien emprende formidables combates, aún noble no obstante no hallar otro consuelo que los brazos de una campesina soñada, sudorosa; ni tampoco el pacífico terrateniente, ni la magnífica, cultivada Bolkonskaia, infatigable cazador él, excelente amazona ella en las tierras de su propiedad o en las del terrateniente vecino; no es el desposeído aventurero —Crusoe—, no el desposeído intelectual —Raskólnikov—, no el desposeído creador —Leverkühl—, sino los hombres y las mujeres asalariados, la clase media, antihéroes de desayuno a las once con dónuts y, a lo más, ingestión de paella en la misma Benalmádena de la que hablábamos líneas arriba.
Hombres y mujeres de todos los tamaños, de todos los colores y razas, de más fealdad que belleza componen ese coro que, como en las tragedias antiguas, interviene como contrapunto de la acción y las pasiones de un único, extraño «héroe», del que pronto hablaremos. No sé de ninguna novela contemporánea que haya contado con un personaje coral, colectivo, como lo ha hecho esta vez la de Gopegui. He ahí uno de los inequívocos logros de esta novela, haber incorporado al curso de la acción un personaje colectivo como el de Las suplicantes de Esquilo, como el de Murder in the Cathedral de Eliot.
Los asalariados de renta media de hoy, no obstante, no son los desposeídos londinenses, parisinos, madrileños, bilbaínos del primer capitalismo; los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de Oliver Twist viven en libertad, cada mañana la adquieren al bloquear la maquinaria que revienta sus sueños. Lo de Mariano y las siete.
Pero este cuarto estado definitivamente mejorado, esta burguesía parisina globalizada paga un alto precio en el nuevo sistema. Ésta es la peculiar metamorfosis de la sociedad de asalariados, de asalariadas: que cada uno, cada una se acuesta siendo uno, una misma pero se levanta siendo un individuo intercambiable con cualquier otro. Los miembros del coro de la clase media no somos hombres ni mujeres singulares, somos sólo hombres y mujeres-permuta, trabajadores prescindibles, seriables; peones con los que hoy juega al ajedrez el capital y que mañana aparecen apilados en el fondo de una caja de fichas con raíles por donde avanza suavemente una cubierta, hasta que, allá en el fondo, en contacto con el plástico, se devoran entre sí la negrura, nosotros, las figuras vencidas y el silencio. La monda, eso somos la clase media.
Lo permanente, lo inalterable, la esencia idéntica a través de los cambios es el puesto, la jerarquía, el organigrama. El mercado laboral forma la masa humana destinada a ser carne incolora de freiduría, redondeada, enhuevada, empanada. El mercado es un túnel que se recorre con el orgullo y el respeto a sí mismo en sordina como un revólver cuando cruzamos un puesto de aduana, arrebujado entre la ropa sucia que sólo extenderemos frente a la lavadora, en casa.
«Supongo —dice uno de los personajes de Gopegui— que todos queremos hacer algo más que ir a una oficina de ocho a tres hasta que nos muramos. Todo el mundo tiene la fantasía de ser alguien». Pero justamente se trata de una fantasía: lo fáctico, lo real, somos los individuos de clase media que consumimos la flor de nuestras vidas —nuestras vidas enteras, vaya— en lograr un medio de vida.
Un inevitable, según Gopegui, desdoblamiento sojuzga a los miembros de estas clases. Por una parte está la autoridad, el sistema, los circuitos, las pomadas que controlan, que aplican los few happy; por otra, vivimos el acatamiento, la sumisión, la renuncia a la libertad en nombre de una cierta bondad, de un cierto miedo que nos impide reflexionar y que llevamos tintineando en el bolsillo, como dinero suelto. Poned ese deseo de libertad, ese anhelo de estar a bien con uno mismo, el sueño de gobernar el propio destino sin dejar siembra de muertos, en una columna; las letras de vida que firmamos para alcanzar ese destino y que, querámoslo o no, se nos adhieren como grasa ocre al riñon, a los muslos, al cuello de nuestra existencia: poned estas otras consecuencias no queridas en otra columna; sumadlos y restadlos, hechad cálculos, decidnos: aquellos medios que queríamos emplear sin ensuciarnos las manos, ¿no han llegado a ser los fines de nuestra vida? Contestadnos, coro de Asalariados y Asalariadas: cuando por fin sabemos que subsistir es posible, que hoy no moriremos, ¿conocemos en qué podemos emplear el resto de nuestra vida, esa subsistencia tan costosamente adquirida?
Hubo un ser que alzó su voz contra el garrote vil que le aparejaba el destino. Se cuenta la historia de un joven que no se avino a ser pieza del Lego, que deseó gobernarse a sí mismo. Un trabajador de clases medias que soñó que iba y vengaba a los suyos, que boicoteaba las entradas y salidas del constructo social, que tapaba las gateras por donde se escapa el gato que caza ratones, el felino real. El típico producto de nuestras clases medias decidió emprender él solo la ruta hasta el otro valle, hasta las fuentes del Nilo. Si es que existes, ¡oh musa de la clase media!, canta la cólera de Gómez Risco, ese hijo de nuestro tiempo que eligió para sí el destino del parricida.
EL PROBLEMA COSMOLÓGICO
Un intento como el del héroe de Lo real sólo puede ser ensayado en un universo que se piensa sujeto a unas leyes especiales. Lo real —cósmico o social— ha de concebirse libre de casualidad, de azar, no sometido al hado o al infortunio. Quien desea ser dueño de su destino ha de suponer que en el cosmos —en el caos— vence siempre la inteligencia. El universo antiguo, homérico, senequista, mostraba flancos para la arbitrariedad, para el milagro, para la feliz o infeliz casualidad. Los hombres eran beneficiados o castigados por los dioses en un instante, imprevisiblemente: los habitantes del Olimpo eran seres veleidosos, enemigos entre ellos y rencorosos con los hombres sobresalientes. El mundo sublunar, además, no se regía por la férrea causalidad que somete las siete esferas superiores, donde habitan los eones. Aunque los dioses antiguos no dejaran al hombre ser libre, señor de su voluntad, la casualidad y el azar sí podían transformarle en bien o en malhadado, en un hombre venturoso o infeliz. Dioses imprevisibles, conjunciones azarosas, serpientes mitad tierra mitad océano, tal como fueron transmitidos hasta los tiempos de Simbad, habitaban las mentes de los antiguos..
Más libres que el ciudadano ateniense eran el aristócrata del universo cristiano o el oligarca romántico. Byron, Tolstói, el señorito James viajan por todo el mundo, nada había en la tierra —ni trabajo ni patria ni un amor al que ser fiel— que pudiera fijar su voluntad. Calculaban, además, que el ser del cielo no concupiscía, que no era envidioso, que aplazaba su venganza; que era creador de una tierra y de una estructura social transformables, revolucionables, azarosas. «Trabajad la tierra y sometedla», les dijo para hacerles hijos y herederos, señores del universo.
Pero «ya no hay héroes», repite resignado el Coro de Hombres y Mujeres de Clase Media. Lo que por azar podía acaecer a un ser aislado —Héctor enamorarse de la mujer más bella de su tiempo; Ulises naufragar y alejarse del hogar no afanoso de aventuras, sino acosado por los dioses—, ello no puede ocurrir en la gran masa trabajadora, semiposeedora, consumidora, de los hombres y las mujeres contemporáneas. Si aisladamente uno de los trabajadores, de las trabajadoras de las sociedades posindustriales; si incluso unos cuantos de ellos pudieran librarse de su destino por obra del azar, de la lotería, nada probaría en contra de esta geografía, de esta realidad social, pues lo que cuenta aquí son, digámoslo así, las placas tectónicas, el magma social: en ningún caso las piedras desprendidas de los altos macizos y echadas a rodar al albur.
Pero Gómez Risco es otra cosa. Una experiencia personal permite a este héroe de nuestro tiempo renunciar para siempre a la casualidad, al guardarse las espaldas, al «por si acaso». «Se le había muerto el azar —escribe de este nuevo Pechorin su autora— y él era viudo: ya nunca más caería en la tentación de dejarse llevar y cada día, de ahora en adelante, lo gastaría en construir su plataforma, su itinerario».
EL PROBLEMA MORAL
No es fácil elegir una senda, marcarse un itinerario y seguirlo sin tener una «idea», una síntesis de cosecha propia con la que uno se sienta comprometido. El Raskólnikov de Dostoyevski, el bastardo protagonista de El adolescente, lo mismo que Aliosha Karamazov: todos los personajes de Fiódor Mijáilovich tienen su propia «idea». Me refiero a una convicción intelectual acerca de lo que «hay que hacer», de lo que «debe» o, en su caso, «puede» ser hecho. Las facultades y los límites que traspasará o no traspasará la energía individual, para quien tiene una idea, en absoluto vienen determinados por el entorno social, por los hábitos medios. Todo depende de la capacidad individual para autoanalizarse y analizar la estructura mental y moral de los seres que conforman nuestro entorno, y para sacar conclusiones. Sólo hombres y mujeres lúcidos pueden profesar una convicción intelectual que les permita obrar de modo singular; una convicción que, al menos, les sostendrá cuando cante el gallo por tercera vez al amanecer y, en la hora fatal de la estupidez, sientan el aliento aguardentoso del traidor junto a su mejilla y luego, sobre ella, la humedad de un beso.
Todos los personajes de Dostoyevski son moralmente autónomos en este sentido. No les legitima el consenso social sino su propio sentido moral, su inteligencia del bien y del mal. Pero es esencial que esa inteligencia del bien y del mal se «pruebe» en la realidad. Lo importante no es «pensar» qué es bueno y qué es malo, analizar teóricamente los límites que se puede y que no se puede traspasar en la acción: el banco de prueba de toda idea es su ejecución. Esconderse un hacha en la manga del abrigo, pues, y acudir a casa de una vieja usurera para matarla y probarse a sí mismo que uno no es un vulgar asesino; ser capaz de ayunar un día y otro como lo haría un monje austero, pero atender no obstante las obligaciones sociales, emprender una frenética actividad de éxito en el mundo; amar al prójimo sea éste quien sea, también a un viejo corrompido y sensual que dilapida la fortuna en satisfacer su cruel lascivia y que resulta ser tu padre: todo eso se lo tienen que probar a sí mismos los lúcidos personajes de Dostoyevski, después de haber pensado.
También a Gómez Risco hasta tal punto le preocupaba «renunciar, conformarse —señala la autora—, que resolvió pasar a la acción. Mejor, se dijo, el ridículo que la vida interior. Mejor echar a correr y tropezar que permanecer quieto, impasible la cara, el cuerpo amodorrado en la silla o tal vez arrastrando los pies por el pasillo mientras en su pensamiento ese mismo cuerpo imaginado devora los kilómetros, arrasa los estadios, corre los cuatrocientos metros en volandas».
La idea de Gómez Risco es, por así decirlo, negativa: la piedad no existe, la compasión nos pierde. El protagonista se declara un «ateo del bien». No un «ateo de dios», porque la gente piensa que los ateos se dan cuando no existen dioses, y no es así, según Gopegui: «Los ateos se producen porque hay dioses, nacen en épocas de dioses y actúan en su contra».
La compasión, el sentido del bien, no es tanto el opio del pueblo como la adormidera de la clase media. «Entre estas dos ideas —escribe la autora a propósito del héroe de las clases medias— parecía como tercero en discordia la figura de un hombre vestido de azul marino y con ella el recelo de Edmundo hacia sus buenos sentimientos, hacia la pereza que delataban: confiar para no seguir analizando o dar algo por bueno para dejar de pensar».
Para romper el maléfico círculo, para atreverse a usurpar las posiciones elevadas, sólo hacer falta convencerse, al parecer, de esto: que el bien no es un valor absoluto, que la verdad no lo es, pero sí la inteligencia. Que Edmundo fuera un «ateo del bien» significaba, según su autora, que era un ateo de la ley que apela siempre al bien.
Gómez Risco es la versión en clase media del proletario —proletarizare— Raskólnikov. Se trata de hacerse fuerte, intelectualmente fuerte. No confiar en la bondad, no descansar en la belleza: «Cada poema, un dios doméstico —dice la autora—; y el hombre que los ha leído cree salir a la calle escoltado por ese dios pero, como siempre, ese dios no le hace más fuerte sino más débil».
Y ser capaz de arrastrar tras de sí a otras personas. Con sobria elegancia enhebra Gopegui la voz personal de la narradora, Irene Arce, y de su historia, con la Edmundo, hasta que ambas emprenden mano a mano la travesía «de los no inocentes». La profesional madura, la mujer casada hace tiempo decide sumarse a la sociedad secreta de Edmundo para explotar el árbol bello a la vista, los frutos prohibidos y el vigorizante, totipotente zumo del mal.
«Yo he robado —confesará— para quemar mis naves, para decir en alta voz que el bien que nos pedían es un cuento… Robar porque en el nombre del bien marcaron nuestras vidas. Robar para acabar con ese nombre». Los que roban a los que detentan «el monopolio del chantaje legítimo», esos ladrones no necesitan años de perdón a crédito.
EL PROBLEMA EXISTENCIAL: LA CONCIENCIA DEL SER POSIBLE
Esta renuncia al bien es necesaria, según Gómez Risco, para destruir el esencial desdoblamiento a que la estructura social ha sometido al ser humano. «La gente nace y se muere —asegura— siendo dos cosas al mismo tiempo, siendo lo que es y lo que sueña que es: así logra tener ratos felices». Felices porque sus sueños rebosan romanticismo, sublimidad, fantasía de un bien que no son pero que siempre pueden oponer, siquiera como ficción, siquiera como ideal, a la fealdad, a la innobleza, a las limitaciones de la empiria, de la realidad.
La única alternativa posible es la ambición: no sueños, no versiones oficiales, no más certificados, no más arrepentimiento. También los que mandan mintieron, también los del pelotazo robaron, también los del poder se corrompieron. ¿Sería Bonaparte emperador si le hubiese temblado la voz al enviar a la muerte a los tres primeros franceses? Quien no teme, se atreve a más, a todo lo demás: a engañar a los que le engañan, a influir en los que influyen, a amedrentar a los que amedrentan. Atreverse a democratizar la mentira, eso busca Gómez Risco.
No considerar la diferencia entre la voluntad buena y la voluntad mala, sino sólo entre la voluntad y la voluntad acompañada del poder para ejercerla. En eso consiste la verdadera libertad: una cumbre que podemos escalar si primero descendemos a los infiernos de la organización social y desde allí afrontamos la ladera que pocos han ascendido, los pocos osados que en el mundo han sido.
El coraje, el poder, la ambición no son, sin embargo, la última palabra en la vida de Gómez Risco. Inevitablemente, mal que nos pese, la vida humana acaba afrontando un problema apenas soluble, sostiene Gopegui. Ni la fuerza de la inteligencia ni la energía de la voluntad ni la extinción de la piedad logran derrotar a la potencia metafísica, a la oscura materia, a lo posible. Todo lo real es posible, claro está, pues si no, no sería real; pero lo real ¿es algo más que un mero ser posible? Parece que acabamos sintiéndonos cómodos en la casa que con indecible esfuerzo hemos construido; para asentarnos más en lo real, sacamos además tarjetas de crédito y suscribimos un seguro para la bici y blindamos la chimenea, con afán de expulsar de nuestro lado a lo posible. Pero ello pugna por entrar, como las cucarachas en verano, y sus posibilidades son infinitas. El colapso es un ciempiés, es un milpiés que se cuela por el desagüe del fregadero y pone sus huevos bajo el somier de nuestra cama con la seguridad de que en la casa reinará otra vez su estirpe.
Toda nuestra energía no alcanza a derrotar al azar, a lo no real, a la nada. El lobo es más astuto y fuerte que los cerditos siempre. Algunos ilustrados prometieron que la ciencia —natural, histórica, económica— extirparía la sinrazón de la humanidad; que consulten ahora cualquiera de nuestros archivos. Los que, como Gómez Risco, aprenden a controlar con su mente el universo de conexiones sociales en la que viven, se encuentran que un doce, un trece de marzo cualquiera se introduce en su vida el azar, la arritmia, el descontrol. Sabían muy bien los trágicos antiguos que el horror de haberse casado uno con su propia madre puede ocurrirle a cualquiera, que hay azar e infortunio, que no es extraordinario que en los seres húmanos se cebe la desgracia.
El descalabro de Almudena, la mujer de Edmundo, obliga a nuestro héroe a enfrentarse con la otra cara de lo real, que es, ya está dicho, lo posible. Si morirse es posible —y lo es, porque sucede— entonces vivir no es más que otro posible. La existencia real de los seres humanos está preñada de noexistencias posibles. «Morir es lo posible —asegura Irene Arce—. Existir es, si quieres, la posibilidad de lo posible». Existir es, si quieres, ser consciente de ser un aborto consciente mientras permanece por casualidad nuestra vida. Cuando hemos sido capaces de desarrollar apenas unos pocos, elementales movimientos que nos mantienen a flote en la existencia, planea sobre nuestra cabeza el fórceps del azar, unos guantes de látex con talco nos oprimen el cuello y, de un tirón, sin entenderlo, nos vemos arrojados al container de detritus sobre el que una gata con el rabo tieso, bien alto, pulveriza orina, celosa de su reino.
UNA NUEVA CIENCIA PRÁCTICO-POLÍTICA: LA NARRATIVA
Como quiera que se acepten las conclusiones existenciales de Gómez Risco, el relato de la cólera que le ha puesto en movimiento viene a demostrar esto: que la más fecunda ciencia de este siglo va a ser la narrativa.
Lo será, en primer lugar, por su concreta universalidad. «Una golondrina no hace verano», observaba Aristóteles, ni un individuo aislado es objeto de ciencia. Son todos o la mayoría de los individuos de un género los que constituyen la materia o sujeto a la que la razón científica atribuye predicados, características, esencias. Consideramos científicas atribuciones del tipo «Todos los hombres son bípedos implumes» o «Los ángulos de todos los triángulos suman 180», pero nunca «Sócrates es ateniense» (pues eso ha de probarlo el registro civil, no la ciencia) o «Este triángulo es amarillo» (pues eso ha de probarlo la sensación visual, no la ciencia).
Pero la novela contemporánea ha mostrado que también ella es capax universi, como la vieja filosofía. Se ha dicho ya que toda una clase social protagoniza la novela de Gopegui: el coro y el que se sale del coro, los espectadores y el héroe en el que aquéllos se contemplan. Es extraño, señala el coro de Gopegui, que un autor se haya atrevido a «tomar nuestra vida y referirla como si fuera una historia», pero así es: la novela se ha atrevido a afrontar el destino y el temor, la conciencia y el amor característicos, típicos, de la clase media.
Además de esta generalidad, de esta democraticidad, ¿es la narrativa capaz de explicación causal, de atribución de necesidad, como la ciencia? El discurso científico —determinado tipo de él, al menos— atribuye «causas formales» a sujetos universales. Entendemos que es «forma» aquello que «causa» en los hombres ser lo que son y no otra cosa: la forma del hombre es la «animalidad racional», pues esa generalidad animal con esa especificidad propia explica lo que el hombre es sustancialmente. De ahí que podamos tomar una definición según la causa formal: «Todos los hombres son animales racionales», como principio o premisa de una demostración, y concluir silogísticamente que todos los hombres concupiscen, por ejemplo. Así avanza el conocimiento filosófico (el aristotélico lo mismo que, en gran parte, el hegeliano), demostrando las características de los géneros y subgéneros de cada tratado o ciencia, por medio de la causa formal.
Lo mismo sucede con la ciencia aritmética. Sea A un número divisible por B si y sólo si existe un C tal que A= B x C, definimos formalmente. Sea D un «número primo» si y sólo si es divisible solamente por sí mismo o por el 1, volvemos a definir formalmente. A partir de estas definiciones concluiremos que el conjunto de números primos tiene una propiedad esencial, la de ser infinito, y contamos con la vieja demostración de Euclides que sigue, no obstante su antigüedad, tan tersa y nueva como el primer día, para estar absolutamente ciertos de lo que afirmamos.
En ambos casos nos hallamos ante demostraciones por la causa formal. Pero la causalidad se dice pollachos —de muchas maneras—. Hay causalidad formal, pero también la hay material, eficiente y final. El conocimiento narrativo emplea la causalidad, claro está, pero no lo hace conforme a la causa formal, como los discursos científicos. Sostengo concretamente que el discurso narrativo establece atribuciones según la causa eficiente. Quien narra no se propone señalar qué es o cómo se define el sujeto del que va a tratar, como lo hace con los suyos la ciencia demostrativa. «El narrador quiere saber», concluía Gopegui su prólogo a La conquista del aire: el narrador quiere saber qué es lo que hace o padece ese sujeto (típico), cómo se transforma en contacto con otros seres, con las fuerzas que dominan su ambiente. De ahí que el narrador, el novelista no emplee el verbo «ser» como medio de atribución de predicados (esenciales, formales) a sujetos (géneros), sino verbos de acción y de pasión, cuando como dice: Gómez Risco comió, bebió, hizo el amor, se encolerizó (de modo análogo, eso sí, o similar o disimilar a como lo hacen los individuos de su misma clase en similares circunstancias, pues él es un tipo —en este caso un contratipo—).
Por eso dice la autora que al héroe de Lo real no era «la descripción de la riqueza, sino su narración» (el subrayado es mío), lo que producía su cólera. «La narración, el antes y el después y el fundamento», explica Gopegui. De otro modo lo dicen los que enseñan cine cuando sostienen que un guión ha de contar con «un comienzo, un nudo dramático y un desenlace». Y mucho antes que ellos, el más sabio de todos, Aristóteles, observó que la fuerza de lo dramático no provenía de que un acontecimiento sucediera a otro (que algo ocurriera después de otra cosa —«el antes» y «el después» de Gopegui), sino de que algo ocurría porque antes había sucedido otra cosa: la acción o la pasión de otro individuo, el peso de las circunstancias, el peso de lo social, el azar: lo que Gopegui llama «el fundamento», y nosotros, más arriba, causa eficiente.
En esto consiste la ciencia narrativa: en atribuir a un sujeto determinadas acciones y pasiones que, experimentadas, necesaria o verosímilmente traen consecuencias que, a su vez, determinan nuevas acciones y pasiones, en un proceso que avanza constantemente y que no tiene vuelta atrás. Si el padre de Gómez Risco no hubiese sido traicionado, el muchacho no hubiese sentido vergüenza; si el muchacho no la hubiese padecido, no se habría construido un mundo interior, un refugio; si no lo hubiese querido construir, no hubiera mentido: pero como el padre fue encarcelado, el muchacho se avergonzó y ensimismo y decidió hacerse fuerte y, para ello, resolvió «construir una mentira donde nadie pudiera penetrar». Todo eso no es sólo lo pasado a Gómez Risco, sino sobre todo lo vivido, lo que lo que por haber sucedido condujo necesaria o verosímilmenteal estadio siguiente: esa es la experiencia del héroe lo que no tiene vuelta atrás, son las naves quemadas por propia mano, la vida vivida que el tiempo no devolverá más, salvo que un relator —el novelista— nos la cuente.
El discurso narrativo está llamado a jugar en la sociedad de clases medias el papel que en la aristocracia terrateniente desempeñaba la tragedia. «Narrar —concluye Gopegui— para que podamos hablar en plural, en vez de narrar para que tú y yo hablemos». Narrar, añado yo, para devolver a la clase media su conciencia. Un discurso que, como la filosofía política o como la utópica, está ahí para señalar los peligros del camino que ha emprendido la sociedad. «Por el momento los de fuera —concluye Gopegui— somos menos, aunque quién puede asegurar que no hemos escogido el modo de desplazamiento más adecuado. A lo mejor la nuestra no es una posición residual, un resto que se extingue, y sí es en cambio lava que emerge del volcán y se lleva consigo sedimentos, grupos empresariales, momentos de gloria. Quién puede asegurar que el próximo periodo geológico no se cimentará sobre nuestras muy pocas verdades emergentes».
¿Experimentará nuestra carne esa vida futura que preconiza la novela, o lo soñaremos solamente? Quién lo sabe, pobre Edmundo, asombro de las clases medias. Otra víctima, como tú, el noble Segismundo, estaba persuadido de que algo mitad real, mitad posible, nos está aguardando:
A reinar, fortuna, vamos;
no me despiertes si duermo,
y si es verdad, no me duermas.
Mas sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa;
si fuera verdad, por serlo;
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos.
En el nuevo pacto de pensiones, firmado el pasado 9 de abril entre el Gobierno y representantes de los trabajadores y empresarios, se incluyeron importantes mejoras en la protección social de la viudedad y la orfandad. En el marco de este mismo pacto, también se incluían medidas para facilitar la reincorporación de las mujeres al mercado de trabajo tras el permiso de maternidad, subvencionando las cotizaciones sociales. Estas medidas no son aisladas, sino que se han visto precedidas por acciones similares con la materialización de los acuerdos del Pacto de Toledo, de mejora de las pensiones o la Ley 36/1999 de conciliación de vida familiar y vida laboral. Dentro de este elenco de medidas públicas, tendentes a mejorar la protección social de las familias, también se pueden citar las mejoras en el tratamiento fiscal de las cargas familiares derivadas de la nueva regulación del Impuesto de la Renta de las Personas Físicas o la mejora de las prestaciones familares de la Seguridad Social, que han entrado en vigor en 2000. Tras largas décadas de reticencias -cuando no de hostilidad- a todo lo que pudiera calificarse como política familiar, parece que finalmente esta dimensión de la protección social está ganando legitimidad y presencia dentro de la política social española.
Estas medidas de mejora de la protección social a la familia adolecen, sin embargo, de un concepto guía que dé coherencia a la intervención pública en la dinámica familiar, a semejanza de la intervención en otros ámbitos de la política pública. Las razones de esta ausencia de un concepto guía son de tipo económico (control del gasto público) pero también de orden intelectual (¿qué es realmente la política familiar?), y en cualquier caso esta falta de definición tiene importantes consecuencias negativas para las familias. Resulta necesario, por tanto, discutir y defender la necesidad de un concepto guía en el diseño de la política familiar, para a continuación destacar -a la luz de esta definición- algunas de las limitaciones de esta política que se practican en la actualidad.
UN CONCEPTO GUÍA PARA LA POLÍTICA FAMILIAR
¿De qué maneras podemos entender la idea de «política familiar» o «protección de la familia»? Una primera concepción bastante general es la que asocia la política familiar con todo aquello.que los poderes públicos hacen en favor del bien de la familia como institución, esto es, de un determinado tipo de relaciones -la llamada familia tradicional– o de las familias en general. Ahora bien, es perfectamente asumible que, en realidad, toda política pública beneficia de una forma directa o indirecta, explícita o implícita, o en última instancia, á la familia. Así, por ejemplo, se puede argumentar que la política educativa o la política sanitaria benefician a las familias en la medida en que el bienestar de la familia se ve afectado por el nivel educativo o de salud de sus miembros.
Con una concepción tan amplia de la protección a la familia, por tanto, se pierde toda especificidad del concepto y la política familiar pasa a diluirse, en el mejor de los casos, en la idea más general de política social, o en el peor, en la celebración de la confusión que sirve para enmascarar lo que no hay. De ahí, por tanto, que consultados los responsables del Gobierno siempre afirmen que se protege a la familia, porque, por ejemplo, ¿qué mejor política de protección hay que la lucha contra el desempleo?, ya sea para el cabeza de familia, el Hijo o la mujer que lo necesita.
Una concepción alternativa de la protección a la familia es la que entiende ésta únicamente como una política social compensatoria o sustitutiva de las propias familias, en el sentido de que la política familiar tiene como uno de sus objetivos centrales sustituir a aquellas padres que no cumplen con sus obligaciones, a fin de garantizar así los derechos de los miembros socialmente más débiles dentro de la unidad familiar, y fundamentalmente de los menores. Esta es una concepción en la que la política familiar se concihe básicamente como parte de una política más amplia de la lucha contra la pobreza y la marginación. Pero al igual que la política educativa, por ejemplo, no se agota en la lucha contra el analfabetismo, la política familiar tampoco tiene por qué agotarse en la protección social de las familias en crisis. Puede que así sea, peni no es la única opción posible, ni es desde luego la opción más adecuada.
Consideremos, por último, otra posible definición de política familiar. Bajo esta expresión podría entenderse un campo de intervención pública cuyos objetivos están estrechamente vinculados a facilitar a las familias el cumplimiento de sus funciones sociales.
La familia es un grupo social que se establece para satisfacer determinadas necesidades básicas de los individuos que la constituyen. Esto es, los individuos obtienen determinadas prestaciones de su integración en las familias, como por ejemplo la manutención y cuidado de su persona, seguridad material, satisfacción de necesidades sexuales y afectivas, etc. Lo que interesa resaltar aquí es que hay una dimensión individual que empuja a los individuos a constituir y formar parte de una familia. Pero junto a esta dimensión individual, existe también una dimensión social: la familia, al tiempo que cumple funciones para los individuos que la forman, cumple también importantes funciones sociales. No todo lo que los individuos ganan de su convivencia familiar es relevante desde el punto de vista social. Considerando la sociedad en su conjunto, las funciones esenciales que cumple la familia son: generativa o de procreación y socializadora. Del adecuado cumplimiento de éstas depende, en primer término, la propia perpetuación en el tiempo de una sociedad y, en segundo lugar, la transmisión de valores y capacidades esenciales para el buen funcionamiento y el futuro de dicha sociedad. Además, junto a estas funciones generativa y socializadora, en la medida en que determinadas familias cuidan de minusválidos y mayores, se desanolla también una importante función de protección e integración social de ambos colectivos.
Por tanto, el interés de la sociedad, y en consecuencia de los poderes públicos, debe estar en el adecuado cumplimiento de estas funciones sociales, esenciales para la reproducción. En definitiva, la política familiar ha de tener como uno de sus objetivos básicos y fundamentales el facilitar el cumplimiento de las funciones sociales, que las familias no cumplen por mor de un sentido de la responsabilidad social, sino por motivaciones personales, pero cuyo defecto causaría costes sociales muy elevados. Este concepto es especialmente relevante en el caso de las familias con mayores dificultades, como las familias en crisis, con menores ingresos, con mayor número de hijos o con miembros discapacitados a los que cuidar.
ALGUNAS LIMITACIONES DE LA NUEVA ORIENTACIÓN EN POLÍTICA FAMILIAR
Una de las concreciones de toda política familiar es lo que se conoce como compensación pública de cargas familiares, que consiste en la toma en consideración de las responsabilidades de una familia, a la hora de diseñar las pautas de redistribución de la renta con criterios sociales. Esta compensación pública de las cargas familiares suele tener lugar a través de dos vías: la imposición sobre la renta y las prestaciones familiares de la Seguridad Social. A pesar de las mejoras recientemente introducidas en ambos aspectos, apenas si cabe hablar de verdadera compensación pública de cargas familiares, ni siquiera para las familias con mayores deberes, ya sea por falta de ingresos o por número de hijos.
Asi, si en 1990 las prestaciones familiares de la Seguridad Social se reformaron para centrar la protección en las familias con escasos ingresos (previa acreditación correspondiente) en aquéllas con hijos minusválidos a su cargo, estas prestaciones permanecieron inalteradas hasta el año 2000, en el que se actualizaron para compensar la erosión sufrida por la inflación, pero no así para equilibrar la mejora en el nivel de vida ni el poder adquisitivo perdido. Su importe, teniendo en cuenta que debe demostrarse escasez de recursos, es manifiestamente insuficiente (48.420 pts. anuales por hijo sin minusvalía a su cargo), tanto si se considera como un instrumento de lucha contra la pobreza, como si se estudia desde el punto de vista de su carácter sustitutivo de las desgravacíones fiscales (por hijos a cargo) de quienes tienen ingresos por debajo del umbral de la imposición.
La proporción de niños que viven en hogares españoles con ingresos por debajo del umbral de la pobreza, de acuerdo con los datos suministrados por el Panel de hogares de la UE, aunque no es de los más elevados dentro de la Unión, sí se encuentra por encima de la media comunitaria y afecta, en cualquier caso, a uno de cada cuatro niños. Y es que, aunque en muchos casos no se trate de pobreza severa, las familias monoparentales, así como las familias numerosas, son los hogares con mayor riesgo de pobreza, si se considera no ya la renta disponible por hogar, sino por persona o por unidad de consumo (ponderando la composición del hogar y teniendo en cuenta las economías de escala). Si se consideran las prestaciones por hijos a cargo de la Seguridad Social -a la luz del mínimo familiar en la nueva regulación del IRPF y teniendo presente que aquéllas están destinadas a personas por debajo del umbral de la tributación- dichas prestaciones se hallan muy lejos de garantizar un mínimo vital a todos los niños y muy por debajo de los beneficios fiscales reconocidos en el IRPF.
Por otro lado, la mejora de la renta disponible para las familias numerosas (con tres o más hijos, o con dos en casos de minusvalía) es prácticamente nula. Aunque se ha introducido una prestación única por nacimiento del tercer hijo en las prestaciones de la Seguridad Social por importe de 75,000 pts., las ventajas fiscales que se obtienen por formar una familia numerosa permiten financiar, a lo sumo, la celebración dei cumpleaños del tercer hijo. Si comparamos la renta disponible neta de impuestos y transferencias de un matrimonio con un salario medio y tres hijos, respecto a la de un matrimonio sin hijos, aquélla disponía en 1999 (campaña de la renta 2000} sólo de un 7,2% más de renta disponible que ésta, cuando en no pocos países de la UE, a principios de los noventa, disponían de más de un 25% de renta disponible. Más aún, el aumento de la desgravación del mínimo familiar por tercer hijo sólo permite un aumento marginal de la renta disponible del 0,3%, proporción que aumenta ligeramente con la renta. Si se tiene en cuenta que las mayores probabilidades para incidir en el aumento de la natalidad, dentro del muy estrecho margen que en este sentido existe, tiene uno de sus ejes en la política del tercer hijo, los incentivos que actualmente existen para ello son prácticamente nulos.
Otra de las concreciones de la política familiar es, en la actualidad, la política de promoción de la conciliación de vida familiar y vida laboral. En esta dimensión, se han ido tomando importantes medidas destinadas a mejorar los permisos por maternidad y a garantizar y facilitar la incorporación al mercado de trabajo tras ei período de descanso, a la vez que se ha adelantado la edad de escolarización hasta los tres años (a partir de la LOGSE). Dentro de los distintos modelos que se aplican en la UE, la política practicada en España se caracteriza por ser una de escolarización temprana y de permisos amplia, aunque haciendo recaer mayormente los costes derivados de la opción por los permisos o de los servicios de guarda antes de la escolarización en las familias (pero subvencionando las cotizaciones sociales del personal de sustitución en caso de excedencia y, en el futuro, de reincorporación al trabajo). A partir de la ley 36/1999, se han extendido además parte de estos instrumentos también al cuidado de familiares hasta segundo grado, que por edad o enfermedad no puedan valerse por sí mismos. Las mayores limitaciones que pueden destacarse -desde el punto de vista del reconocimiento de las funciones que cumplen la familias al cuidar de sus hijos, mayores o enfermos necesitados- son, por un lado, que los costes recaen casi exclusivamente en las familias y, por otro, que la ampliación de los permisos al cuidado de familiares presenta importantes limitaciones en términos temporales (máximo por un año y sin bonificación de las cotizaciones sociales de los contratos de interinidad) así como en términos de protección social (las excedencias no se reconocen a efectos de carrera de aseguramiento). Por último, también sería deseable un permiso específico de paternidad para promover una mayor igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.
Tras un prolongado periodo de tiempo, en que hablar de política familiar resultaba casi políticamente incorrecto, los poderes públicos han comenzado a mostrar su sensibilidad hacia las importantes funciones sociales que cumplen las parejas que optan por tener y educar a sus hijos o por cuidar de sus mayores y miembros discapacitados. Buena parte de esta sensibilidad procede de la emergencia de la igualidad de oportunidades entre hombres y mujeres como un valor social de primer orden, pero sería necesario trascender este horizonte para facilitar y reconocer las funciones sociales que cumplen las familias, independientemente del estado laboral de sus miembros, y particularmente las de aquéllas que tienen que hacer frente a mayores cargas sociales o económicas.
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PORCENTAJE DE NIÑOS QUE VIVIERON |
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Fuente: Panel de hogares de La UE. Eurastat, Statistiques en bref, 6, 1997, p.4. |
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HOGARES SITUADOS POR DEBAJO DEL UMBRAL DE LA POBREZA EN 1995, |
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HOGARES SITUADOS POR DEBAJO DEL INGRESO MEDIO POR |
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| HOGAR | PERSONA. | UNIDAD DE CONSUMO | |
| TODOS LOS HOGARES | |||
| Porcentaje | 25,9 | 19,1 | 17,6 |
| Ingresos medios mensuales en 1995 | 68,083 | 24,116 | 30,824 |
| TIPOS DE HOGAR | |||
| Hogares con un adulto | 67,7 | 4,6 | 7,6 |
| De 65 años o más, sin hijos | 83 | 1,3 | 5,3 |
| De menos de 65 años, sin hijos | 46,6 | 5,4 | 7,8 |
| Con uno o más hijos menores | 45,5 | 48,8 | 41,5 |
| Parejas sin hijos | 34,5 | 8,3 | 13,7 |
| Alguna persona de 65 años o más | 45,7 | 7 | 16,5 |
| Ninguna persona de 65 años o más | 21,8 | 9,8 | 10,4 |
| Parejas con algún hijo menor | 16,5 | 30,5 | 23,8 |
| Con sólo un hijo menor | 20,5 | 22,6 | 18,8 |
| Con sólo dos hijos menores | 14,6 | 29,5 | 21,6 |
| Con sólo tres o más hijos menores | 20,8 | 56,1 | 37,3 |
| Con hijos menores y mayores | 13,2 | 34,6 | 29,6 |
| Otros hogares con hijos | 15,2 | 20,3 | 18,6 |
| Monoparentales con algún hijo mayor | 24,4 | 18,3 | 17 |
| Parejas con sólo hijos mayores | 12,5 | 21 | 19,1 |
| Otros hogares | 11,6 | 22,2 | 18,3 |
| Todos los miembros emparentados | 11,6 | 22,4 | 18,3 |
| Con algún miembro no emparentado | 14,1 | 18,1 | 18,1 |
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Fuente: INE, Panel de hogares 1995, Madrid. |
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AVIVA DORON
CATEDRÁTICA DE LITERATURA MEDIEVAL, DIRECTORA DE LA UNIDAD DE INVESTIGACIÓN DE LAS CULTURAS DE ESPAÑA Y DE LA CÁTEDRA DE LA UNESCO PARA EL DIÁ LOGO INTERCULURAL, UNIVERSIDAD DE HAIFA, ISRAEL
Yo resumiría en tres los valores principales que la cultura española aporta a la sociedad internacional. En primer lugar, el diálogo intercultural. La contribución de la cultura española tiene sus raíces, en mi opinión, en el mismo terreno en el que fructificó: el del diálogo que se desarrolló en la España medieval entre tres culturas —la musulmana, la judía y la cristiana—. La tradición española constituye uno de los puntos culminantes de la historia cultural de la humanidad, que sirve hasta hoy de modelo y de ejemplo de coexistencia de grupos humanos con culturas y religiones distintas. Yo resumiría en tres los valores principales que la cultura española aporta a la sociedad internacional. En primer lugar, el diálogo intercultural. La contribución de la cultura española tiene sus raíces, en mi opinión, en el mismo terreno en el que fructificó: el del diálogo que se desarrolló en la España medieval entre tres culturas —la musulmana, la judía y la cristiana—. La tradición española constituye uno de los puntos culminantes de la historia cultural de la humanidad, que sirve hasta hoy de modelo y de ejemplo de coexistencia de grupos humanos con culturas y religiones distintas.
En segundo lugar, destacaría la lengua española como puente entre pueblos. Este idioma y su estudio están construyendo en la actualidad puentes de interacción entre pueblos distintos, de lo cual es ejemplo el diálogo que se desarrolla entre investigadores de Israel y de los países árabes, sobre la base del estudio de la cultura española y que utiliza como vehículo una lengua común, el español.
Por último, debemos hablar de la aportación que el español realiza en el entorno de los valores humanos. Quienes estudian la literatura española, entran en contacto con un mundo de valores humanos y de dilemas morales en mayor grado que en cualquier otra literatura. En gran parte de las obras maestras de la literatura española, el hombre, sus problemas y la trama de sus relaciones con su entorno son los que ocupan el núcleo de la narración. Tanto si se trata de enamorados o del soñador caballeresco, como de un complejo de celos, desengaños y prejuicios o de las relaciones entre madres e hijas, los escritores españoles, desde Fernando de Rojas, pasando por Miguel de Cervantes y García Lorca hasta los autores de nuestros días, se ocupan con atención especial del hombre, con sus pasiones, sus ambiciones y sus debilidades, y se enfrentan a los dilemas de la humanidad.
Debido a la contribución singular de la cultura y la lengua española que acabo de especificar y tal como tengo oportunidad de observar entre los investigadores de Israel, los estudiantes y el público en general, estoy convencida de que el interés por el hispanismo seguirá creciendo en el nuevo milenio.
JEAN-PIERRE ÉTIENVRE
CATEDRÁTICO DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLA DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍ S – SORBONA
La pregunta es de las que uno no se atrevería a formular y, sin embargo, se atreve a contestar, precisamente porque le provoca. La cuestión del presente y futuro del hispanismo en el mundo es oportuna para el hispanista porque le invita a justificarse en cuanto estudioso (las más veces apasionado) de lo español; y le obliga a hacerlo sin rizar el rizo, sin los deliciosos matices de su práctica académica.
Yo diría que el estado actual del hispanismo en el marco internacional es impresionante por el número de investigadores (empezando por la propia España); tanto que, en el futuro, corre el riesgo de un productivismo repetitivo (menos conmemoraciones, más tiempo y más espacio para la eclosión de síntesis originales).
¿Tiene valores propios la cultura española? Creo que sí, a pesar de los clichés que puedan surgir: no puedo asegurar que los «aporte» a la sociedad «universal», pero por lo menos, sí los propone a través de unas cuantas palabras clave, que convendría registrar. Esos valores están principalmente fundados en una relación peculiar con el tiempo y con la imagen «del otro». Una doble actitud, contradictoria en los dos casos: un gran respeto por la tradición y un enorme interés por la innovación; una melancolía activa, un desengaño con la fe; la soledad y la sociabilidad; el pudor y la ostentación; el ego radical y la imprescindible familia. En fin, con el tiempo y con los demás, un saber estar. Y un saber decir (que es casi lo mismo).
MAKOTO HARA
PROFESOR EMÉRITO DE LINGÜISTICA HISPÁNICA EN LA UNIVERSIDAD DE ESTUDIOS EXTRANJEROS DE TOKIO
Hoy día el chino es el idioma que ocupa el primer lugar en cuanto al número de hablantes, el inglés el segundo y el español el tercero, a pesar de lo cual —al menos en Japón— se cree que el inglés es la lengua más internacional, quizás desde el punto de vista político, económico y militar. Aunque reconozcamos esta tendencia, cabe preguntarse si lo sería también desde el punto de vista cultural. Y a esto nadie contestaría afirmativamente. Yo diría que el español ha alcanzado el nivel cultural más alto del mundo y en ese aspecto ocupa una posición muy original. La literatura española tiene por representantes a Cervantes, Pérez Galdós, Baroja, Unamuno, Antonio Machado, García Lorca, etc. El Greco, Velázquez, Goya, Ruiz Picasso, Dalí, etc. conservan fama mundial. Falla, Albéniz o Granados son compositores número uno en la historia musical. La característica especial de la cultura española, en mi opinión, es que está llena de humanidad, sensibilidad y de la influencia de la cultura oriental, aunque le falta algo de lógica. Los españoles viven la versión más humana del mundo. La sensibilidad original hispánica ha hecho posible el nacimiento de genios como los enumerados. Es necesario tener en cuenta, además, que la permanencia de los musulmanes en la Península Ibérica durante casi ochocientos años ha engrandecido enormemente su patrimonio cultural, cuya presencia física se mantiene, por ejemplo, en mezquitas e iglesias de estilo mudéjar. Si desapareciera la cultura española en el mundo, quedarían pocas cosas. Y dentro de esta cultura, el enlace más eficaz es la lengua española, cuyo papel de difusión no podrá sino seguir creciendo en los días venideros.
HENK HAVERKATE
CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LINGÜISTICA ESPAÑOLA DE LA UNIVERSIDAD DE AM5TERDAM
La importancia mundial del hispanismo queda reflejada en la rica variedad de revistas sobre ensayos lingüísticos que se publican en los países más diversos del mundo. De modo complementario, los congresos organizados por asociaciones de hispanistas nacionales e internacionales contribuyen a la difusión oral del conocimiento de la cultura española. El contenido tanto de las revistas como de los congresos suele consistir en estudios dedicados de forma más o menos exclusiva a uno de los focos de interés tradicionales: lengua, literatura y sociedad. Lo que se echa de menos, en general, es la aproximación interdisciplinaria a los objetos de investigación. Un valioso reto para el futuro del hispanismo, por tanto, será crear marcos de referencia que posibiliten la elaboración de soluciones polifacéticas a los problemas que estarán en el centro del interés de los hispanistas del siglo XXI.
Concretamente, cabe pensar en enriquecer los estudios dedicados al análisis literario con la aportación de recientes teorías pragmalingüísticas, entre las que destacan la teoría de la cooperación conversacional, la teoría de la cortesía verbal y la teoría de la relevancia. Si se parte del supuesto de que las culturas del mundo se caracterizan básicamente por un complejo patrón interaccional de los que participan en ellas, la aplicación empírica de dichas teorías puede contribuir también a arrojar nueva luz sobre la idiosincrasia de la cultura española.
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No comparto la concepción romántica que establece una relación esencia lista e intraducible entre éstas (las lenguas), la cultura y la organización política J e un pueblo. A pesar de todo, las culturas pueden ser traducidas —cierto que con mayor o menor fidelidad— y la comunidad de la lengua nía implica la unidad política. Esta última, a su vez, puede desarrollarse y hacerse bien hunda en la conciencia de un pueblo que cuente con diferentes lenguas maternas. La lengua española constituye la savia de nuestra cultura y de nuestra nacionalidad y es, además, el fundamento de nuestra proyección universal, pensando, lógicamente, en términos iberoamericanos». PILAR DEL CASTILLO, «RIQUEZA Y PATRIMONIO: EL ESPAÑOL EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO. NUEVA REVISTA Nº74, PÁG. 5. |
BERNARD POTTIER
CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍS – SORBONA, MIEMBRO DEL INSTITUTO DE FRANCIA
La cultura española es conocida en el mundo por la riqueza de su patrimonio monumental, la calidad de sus artistas y la fama de sus escritores.
La gran ventaja que tiene es la universalidad de su lengua, fundamentalmente unitaria a pesar de las variedades en particular americanas, sin que existan realmente dificultades de intercomprensión. La literatura o la prensa de cada uno de la veintena de países hispanohablantes puede leerse en cualquiera de ellos con un mínimo de adaptación al léxico local, y las lenguas habladas no varían más entre México y Chile que entre Aragón y Andalucía.
Por todas estas razones, la enseñanza del español en Europa, según mi propia experiencia, sigue siendo intensa y extensa. Instituciones como la Sociedad Internacional de Hispanistas y los Institutos Cervantes ayudan eficazmente a la difusión del idioma. Es notable a este respecto la cantidad de publicaciones en español realizadas por la UNESCO.
La lengua española, en definitiva, abre el camino de la América multiétnica a los demás pueblos y participa de este modo en el desarrollo de los contactos entre los ciudadanos del mundo.
GUSTAV SIEBENMANN
CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD DE SANKT GALLEN (SUIZA). MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Y DE LA HISPANIC SOCIETY OF AMERICA
La sociedad universal es una abstracción. Es en la cultura nacional, en un ámbito cultural homogéneo donde acontece el reconocimiento y acaso la recepción de valores procedentes de otras culturas. Por ello la recepción es cada vez una operación selectiva, distinta según la cultura receptora. Y cuando decimos valores, damos por entendido que además existen nonvaleurs, que se desprecian o repudian, o que no se comprenden y se ignoran. La recepción sólo se efectúa en determinadas condiciones: acontece cuando algún valor de una cultura foránea resulta no ser ajeno a lo propio y se basa en conformidad, en deseos, en admiración, en alguna atracción que puede provenir incluso de una otreidad (el exotismo). La receptividad depende en gran medida de la imagen que se forman las etnias y las naciones, recíprocamente, lo que significa a la vez que queda sujeta a cambios con el pasar del tiempo. Hubo hispanofilias e hispanofobias.
Hablando del ámbito cultural germano (en el que estoy inmerso) y de la actualidad, mi respuesta a la pregunta de esta encuesta se da en un momento de gran afirmación. La razón básica de ello es la estupefacta admiración ante lo pacífico, rápido e incontestado de la transición política en España y los cambios (para bien) de toda índole que resultaron. He recorrido mucho mundo, pero jamás he podido observar, dentro de un plazo tan breve, que en una sociedad, que además pasaba por extremadamente tradicionalista, haya acontecido algo que podríamos llamar una mutación. Y no se trata sólo de un fenómeno político, sino mucho más general, y por ende cultural. Es como si se hubiera abierto una brecha. Así desaparecieron ciertos prejuicios estereotipados y dieron lugar a una enorme curiosidad ante el fenómeno. Los hispanistas lo notamos por el mero hecho del aumento que conoce la opción por el idioma español a nivel escolar, y el auge de los estudios hispánicos a nivel universitario. Y el público no especializado queda admirado ante valores que existían hace tiempo, pera ahora redescubiertos —Antonio Machado y García Lorca (con una gran exposición en Zurich el otoño pasado), Picasso, Miró, Tapies— y también ante los que actúan en la actualidad: los nuevos novelistas (inmediatamente traducidos), los arquitectos y tos cineastas premiados por doquier, los músicos, etc. En fin, los que hemos dedicado nuestra vida profesional a la difusión de la cultura española, y eso en tiempos remotos, cuando se nos miraba en nuestra sociedad con cierto recelo y como bichos raros, ahora estamos colmados de felicidad y satisfacción.
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«Afortunadamente no hay un español de España y un español de América, en el mismo sentido que hay un instes británico y un inglés norteamericano o un portugués ibérico y otro brasileño. El océano no parte el español. Hay diversas peculiaridades de español de América y más o menos las mismas de español de España, entrecruzadas entre sí y, en cualquier caso, mutuamente inteligibles sin estilen», Hay español en España y español en América, eso es lo que hay; una lengua unitaria y asombrosamente cohesionada y homogénea para lo que suele ser el panorama fuertemente dialectizado que ofrecen otras lenguas del mundo. GREGORIO SALVADOR, «EL ESPAÑOL EN ESPAÑA Y EL ESPAÑOL EN AMÉRICA», NUEVA REVISTA Nº74, PÁG. 60. |
Del millar de cerebros que en los últimos dos siglos.han forjado lo que hoy se conoce como ciberespacio y, en su expresión más ideológica, la globalización, queremos elegir a cuatro que, durante el siglo XX, representan la influencia de la comunicación en su dimensión actual. Sus orígenes son humanistas -antes que tecnológicos- y. los resultados en el futuro inmediato dependerán, como personas y usuarios, de nuestra propia capacidad y voluntad humana en la ética, la cultura y todo lo que conforma nuestra realidad.
Vannevar Bush, con su ensayo Cómo podemos pensar, publicado en julio de 1945 en la revista Atlantic Monthly, desarrolla lo que se ha considerado la arquitectura filosófica y técnica del nuevo mundo del ciberespacio a partir de los ordenadores: máquinas que sirven a la inteligencia y capacidad humana para desarrollar sus propias capacidades, programadas y dotadas de potencia de memoria y procesamiento para que el hombre reproduzca lo que él mismo llamó un duplicado, capaz de ayudarle en sus tareas de memorizar, archivar e interconectar unos trabajos con otros de manera automatizada.
Un discípulo que hizo el doctorado con el propio ingeniero Bush en el MIT de Boston, Frederick Terman, fue quien, a propuesta de su maestro, desarrolló a partir de entonces lo que hoy se conoce como la industria de Silicon Valley, no sólo en su concepción tecnológica, sino en la académica y empresarial. Desde su cátedra en la Universidad de Stanford, Terman influyó decisivamente para que su alumno David Packard y otro estudiante del campus, Bill Hewlett, iniciaran un proyecto que luego se ha hecho tan popular por sus comienzos en un garaje casero de Palo Alto. Los propietarios y fundadores de Hewlett Packard son los pioneros de lo que popularmente se identifica con la electrónica de Silicon Valley.
Tres años más tarde del ensayo de Bush, otro ingeniero, Claude Shannon, publica la Teoría Matemática de la Comunicación, que da lugar al sistema digital. Es Shannon quien acuña el bit como unidad de medida y valor del nuevo sistema de cálculo. Y tienen que pasar dieciséis años, hasta que el sociólogo canadiense y profesor de literatura inglesa, Marshall McLuhan, publica sus tesis sobre lo que representa el nuevo mundo de los sistemas electrónicos para que el ser humano los utilice como una extensión de su propia capacidad personal.
En El entendimiento del medio, la extensión de la capacidad humana (1964), McLuhan sostiene lo contrario de lo que luego se ha traducido erróneamente en numerosos países, también en buena parte de las escuelas y facultades de periodismo. Cuando él habla de que «el mensaje es el medio» no se refiere al medio de comunicación tradicional, sino a la persona que, gracias a los nuevos medios electrónicos, se convierte en su propio medio, sin depender de otras fuentes externas, como había ocurrido hasta entonces.
«En una cultura como la nuestra -escribe McLuhan-, acostumbrada de antiguo a compartimentar y dividir los medios de control y poder, puede resultar impactante que nos convirtamos en medios de nosotros mismos, las personas, a través de las nuevas tecnologías». Hoy un ordenador e Internet sirven a la persona para desarrollar su propia capacidad de demandar cualquier información que considere de interés, sin depender de la oferta; o enviar cualquier mensaje personal a cualquier rincón del mundo en tiempo real.
El cuarto protagonista de esta historia es el creador del hipertexto (html), sistema que da lugar al big bang de Internet en 1993 en el CERN suizo. Hablamos de Tim Berners-Lee, quien también lo reconoce en Bush. Es verdad que treinta años antes el lenguaje de hipertexto empezó a tener sus propios padres, pero no es hasta principios de los noventa cuando se empieza a convertir en el instrumento interactivo que permite comunicarnos a los humanos en tiempo real. Esto es lo que, en términos coloquiales, da lugar a la navegación o desplazamiento por los contenidos mediante la activación de sus conexiones, es decir, a una velocidad más aproximada que nunca a nuestra propia velocidad de pensamiento, lo que supone un crecimiento exponencial en el desarrollo de nuestro sistema inteligente. Mayor nivel de información y más cualificada en un tiempo menor supone, en la práctica, un impacto superior de conocimiento humano, con el consiguiente efecto positivo en nuestras capacidades cognitivas. Por esta razón, ante los primeros síntomas de las enfermedades de Alzheimer y Parkinson, algunos médicos aconsejan a los pacientes entre otras medidas, ejercitar su sistema cerebral a través del ordeñador e Internet.
EL HIPERTEXTO Y SUS IMPLICACIONES
La velocidad en los avances técnicos, y lo cotidiano de todo ello, puede hacernos perder la perspectiva de lo que significan estos cambios. Pero basta con fijarnos en algunos de ellos, que forman parte de una misma acción, para advertir su importancia e influencia en nuestro sistema cognitivo; por ejemplo, el fin de la distancia en las comunicaciones o el tiempo real de la comunicación al instante.
En la misma acción, utilizamos la interactividad para acceder a cuantas informaciones queramos, pero no sólo como demandantes de la información sino como creadores, pues los actuales programas permiten escribir en hipertexto a cualquier persona que no sea especialista en este lenguaje. El hipertexto es una forma de comunicarse con accesos instantáneos a informaciones complementarias y a sus propias fuentes, que dan valor de rigor, verificación y accesibilidad a las fuentes, y contribuyen a la solvencia de los contenidos informativos. Responde igualmente a un concepto no lineal de la estructura de los contenidos, que facilita una visión global de los mismos de una manera rápida. Al fin y al cabo nuestro sistema perceptivo tiene en la visión global su mayor potencial.
Dentro de la misma acción, además, contamos con la integración del mundo virtual en el mundo real. Podemos desarrollar numerosas actividades y beneficiarnos de espacios virtuales de manera constante -empezando por lo más común del correo electrónico- sin necesidad de dedicar los recursos económicos y materiales en desplazamientos, tiempo y costes que antes resultaban inevitables. Los nuevos sistemas de producción se encaminan a desarrollar los productos desde distintas fábricas, situadas en países y regiones diferentes, sin que los profesionales tengan que moverse de sus respectivos lugares. Bastará aportar la información que cada parte tenga que realizar en un espacio virtual compartido y dirigido por un responsable principal. En general son productos de comunicación inteligente basados en la información y, por tanto, de fácil transporte por el ciberespacio.
La comunicación se ha convertido en un todo integral de desarrollo. No se pueden diferenciar como antes los medios de los sistemas y los contenidos. El propio Shannon habla en 1948 de que sólo le interesa el aspecto tecnológico y de ingeniería, y no lo que él llama la «semántica» del mensaje. El nuevo valor de la comunicación está en la integración de medios, sistemas y contenidos como partes de un mismo potencial, de uso personal, tanto a nivel individual como en las organizaciones.
En la propia economía se pasa de un sistema de oferta a otro de demanda, excepto en las sociedades y mercados donde todavía funciona el sistema de licencia y de reparto (clientes cautivos). Todos los estudios y trabajos que han consolidado una escuela teórica y práctica del mundo digital en la última década coinciden en destacar el objetivo de la creación de valor para el usuario. También aquí nos aparece la persona como artífice del conjunto. De esa creación de valor depende el resto de las variables en el desarrollo económico y social.
Antes, los sistemas y el mensaje dependían de terceros. En poco tiempo se ha pasado de los monopolios y los medios exclusivos -aunque todavía están vigentes en muchos sitios y ámbitos- a la masificación y atomización. Hace 150 años, Julius Reuters vio su negocio en la oferta que le hizo a los Rothschid para facilitarles información financiera «en exclusiva» a través de una paloma mensajera; ahora, los directivos de esa histórica agencia de prensa tratan de vender su negocio al mayor número de usuarios posibles a través de Internet y en tiempo real. Su negocio consiste en atender la demanda masiva. Un cambio del monopolio de la comunicación a la masificación de la oferta. Esto, junto a los recursos de comunicación personales disponibles, hace que el usuario disponga de una mayor capacidad y libertad para gestionar la información.
Esta transformación de la influencia personal afecta a la nueva configuración de la opinión pública como espacio común de la sociedad y del mercado. Walter Lippmann escribió que las democracias habían hecho «un misterio» de la opinión pública, en referencia a los lobbies, que él llamó organizaciones de opinión para «crear mayorías» de poder. Las nuevas opiniones públicas se van conformando cada día. Si nuestra sociedad ha sido definida como la sociedad de la información y, casi simultáneamente, como sociedad del conocimiento, se debe a la relación directa que se establece entre la mayor información cualitativa y sus efectos positivos en el conocimiento individual y general.
Al mismo tiempo, los problemas producidos por la masificación de la información hacen que centros de estudios como el Media Lab de Boston dediquen programas a estudiar el futuro informativo en su doble vertiente, para el usuario y los medios de comunicación. Capacidad de digerir la información por una parte y, por otra, que aquella no sea indigesta y empache por su baja calidad, lo que se resume en trabajar con información cualificada. La calidad en la información es uno de los requisitos para no quedar atrapados ni sumergidos en la entropía de la información inútil que fluye cotidianamente. Dimensionar la realidad supone trabajar con ideas e información cualificada; de lo contrario, las personas se ven desbordadas y desorientadas por la masa de una información que no controlan (y generalmente de alta contaminación).
Se enfrenta así el ser humano ante un desafío sin precedentes. La posibilidad de disponer de recursos y contenidos propios que contribuyen directamente en el desarrollo de su conocimiento, inteligencia y libertad, y, al mismo tiempo, la responsabilidad de hacerlo en su propio desarrollo y del bien común. La persona como individuo se ha convertido en un sujeto activo de la sociedad. Tan solo años después de que se hablara de él como un glotón de la sociedad consumista, se le denomina miembro de la sociedad del conocimiento. Se trata, sin duda, de una evolución significativa.
INTELIGENCIA CRECIENTE
La comunicación interactiva a través de las herramientas tecnológicas que tenemos que saber manejar contribuye, por otra parte, a potenciar una nueva dimensión del sistema inteligente. Este opera mediante el proceso negociador que establecemos con nuestro propio sistema motor. Le damos información y conocemos su respuesta, y procedemos así de forma continuada. Si en ese proceso cerebral utilizamos la capacidad de información e interactividad que nos proporciona el ordenador, el proceso de negociación con nuestro sistema inteligente gana en potencialidad y en resultados que se traducen en nuevas ideas, conocimiento y decisiones.
Ése ha sido el fin último y el denominador común de los forjadores en el campo de la ciencia y la tecnología de este nuevo entorno de comunicaciones. Entre ellos se encuentran al menos dos españoles relevantes, Leonardo Torres y Quevedo (1852), y José García Santesmases (1907), que son reconocidos internacionalmente y de los que hay que reivindicar su esfuerzo para desarrollar el uso de las nuevas herramientas automatizadas de cálculo y comunicación. Algo poco conocido entre la opinión pública en general y en los propios medios de comunicación, que hacen de la tecnología el factor dominante.
Hace unos meses se ha celebrado en San Diego (California) uno de los seminarios especiales de una institución como la AGM (Asociación de Máquinas Computadoras), y merece la pena destacar una de sus conclusiones, que señala cómo el ser humano, a través de los ordenadores y la inteligencia artificial, está potenciando sus propias capacidades cognitivas, y esto a su vez le permite desarrollar máquinas con mayor y mejor capacidad de uso.
La comunicación multimedia e interactiva en tiempo real desarrolla el sistema inteligente del usuario a través del conocimiento, y también el del entorno, por su efecto agregado y de compartir espacios y contenidos. Este modelo de comunicación inteligente integra interactividad, hipertexto, conexiones en red y nuevos lenguajes simbólicomatemáticos. Hace que la sociedad y sus usuarios dispongan de un potencial inteligente y de unas herramientas de comunicación como nunca las había tenido. La evolución en ese sentido será de crecimiento exponencial debido a la extensión de las nuevas capacidades tecnológicas, tanto en sus redes como en sus instrumentos.
Ése es, al mismo tiempo, su desafío intelectual y humano, pues nos enfrentamos a decisiones que marcarán pautas y condiciones en las conductas de ciudadanos-usuarios y, en muchos casos, la de los responsables en decisiones empresariales, profesionales y políticas. Es igualmente un desafío de liderazgo porque, en buena medida, el desarrollo de nuestra sociedad y su referente en el mundo de habla española dependerá de potenciar esas capacidades.
La extensísima colección de cartas de la familia Mozart, base de este Autorretrato, es la única fuente de información que tenemos hoy en día para conocer de primera mano al gran compositor austríaco. Mozart no escribió tratados ni teorizó sobre su actividad creadora, y mucho menos sobre sí mismo, pero viajó continuamente por Europa y generó una copiosa correspondencia en la que el retrato de su carácter y el de su sensibilidad musical aflora de manera espontánea y genuina. Desde su exuberante instinto bufonesco hasta sus reflexiones sobre religión y masonería, pasando por todas las dimensiones de sus intensas necesidades afectivas, el cuadro de su personalidad va creciendo y enriqueciéndose a medida que avanza la lectura de sus cartas.
Sus interlocutores habituales son familiares, amigos, colegas de profesión, etc., pero sin duda, las cartas que escribió a su padre y las que recibió de él constituyen la parte más voluminosa de su epistolario, en correspondencia con la enorme influencia que la figura paterna ejerció sobre Mozart. También las cartas de última época a su mujer representan documentos de primera importancia. La correspondencia con su hermana y con su madre resulta sin duda más escasa. Por esta razón y por evidentes motivos de espacio, estos dos personajes no aparecen con tanta profusión en el Autorretrato, pero justamente la sombra que los rodea les confiere un hálito sugestivo propio. En él podríamos adentrarnos en este artículo y convertirlo así, en cierto modo, en un complemento para la lectura del libro.
LA FIGURA MATERNA EN MOZART
¿Qué tipo de persona era Maria Anna Pertl, la madre de Mozart, y qué papel jugó en la vida de su hijo? Las cartas correspondientes a los viajes de adolescencia de Wolfgang muestran a una mujer discreta, hogareña, centrada por propia voluntad en el círculo de su mundo familiar. Su marido tenía que exhortarle a salir de su eclipse voluntario para ir a distraerse con la sociedad salzburguesa. En febrero de 1775 Wolfgang se encontraba en Munich, junto con su padre, para estrenar una de sus óperas. Leopold escribe a su mujer:
«Por una carta que me escribe el Garde Lieutenant puedo ver que sales muy poco, ya que en esta carta te manda también a ti sus cumplidos, porque cree que te encuentras con nosotros en Munich. Por favor, debes ir al menos una vez al baile para ver lo espléndido que es».
Casi tres años después, en septiembre de 1777, comenzó el largo viaje que realizaron Wolfgang y su madre a París. Leopold tuvo que quedarse en Salzburgo por imperativos profesionales, circunstancia que propició una extensísima correspondencia a lo largo de la cual la figura de Maria Anna se enriquece con nuevos matices. Por un lado vemos confirmarse su condición de ama de hogar, una auténtica Hausfrau que exhorta a su marido a distancia sobre cuestiones relativas a la economía doméstica. Respecto a una nueva alumna que Leopold debe alojar en su casa, Maria Anna amonesta:
«No debes condescender tanto. 200 florines es demasiado poco, porque el lavado de ropa va incluido. Debes pensar en todos los gastos. En un convento debería pagar 100 florines sólo por la comida y la bebida, y este precio no incluiría ningún profesor ni otras cosas. Exige por lo tanto lo que es justo y lo que te reporte un beneficio por tu esfuerzo, porque gratis ya lo es la muerte, y ni siquiera ella».

Pero junto a comentarios como éste, aparecen inesperadamente otros que sitúan de golpe al personaje en plena vena jocoso-humorística, y hacen de él un digno precursor cromosomático del genuino Wolfgang-clown, el Wolfgang exultante en su mundo de imaginación bufonesca. El lector hallará en el primer capítulo del Autorretrato elocuentes muestras de ello, especialmente en las inesperadas fórmulas que podía usar ocasionalmente Maria Anna para desear escatológica mente buenas noches a su marido. En otras ocasiones, bromas de este tipo eran compartidas literalmente entre madre e hijo en caitas que empezaba uno, terminaba inesperadamente de escribir en mitad de una frase, y continuaba el otro empezando por completar la escatológica astracanada dejada en el aire.
Otro tipo de comentarios contribuyen también a colorear este lado jocoso de la personalidad de Maria Anna. Wolfgang escribe desde Munich, al principio del viaje:
«Ayer, justo después de la comida en casa de las dos señoritas Freysinger, estuve con mamá en un café. Pero mamá no tomó caté, sino dos botellas de vino tirolés».
No obstante, aparte de los momentos de complicidad humorística, no da la impresión de que la comunicación entre madre e hijo llegara mucho más a fondo a lo largo de este viaje. Wolfgang tenía ya 22 años, por primera vez en su vida viajaba sin la vigilante compañía de su padre, y parecía dispuesto a no desaprovechar esta refrescante ocasión de libertad. Maria Anna tenía que quedarse sola durante largas horas en su habitación de la posada, a menudo envuelta en unas condiciones que hoy nos hacen estremecer, ya que las incomodidades en las ciudades que visitaban no tenían nada que envidiar a las propias del viaje:
«Hoy, día 7, Wolfgang come encasa de Wendling, así que estoy sola en casa, como ocurre casi siempre, y soporto un frío espantoso, ya que el pequeño fuego que encienden se consume en un instante, y nunca lo reaniman. Cada uno de estos pequeños fuegos en la chimenea cuesta 12 Kreutzer, así que hago encender sólo uno por la mañana al levantarme, y otro al anochecer. Durante el día debo sufrir un intenso frío; ahora mismo, mientras escribo, tengo los dedos tan helados que apenas puedo sostener la pluma».
Esto lo escribía en diciembre de 1777 en Mannheim. Cuatro meses después, en Taris, sus circunstancias no habían mejorado mucho, y de nuevo la oímos lamentarse por tener que permanecer «arrestada» en su habitación oscura, sin apenas luz para tricotar, soportando comidas denigrantes y sin ver a su hijo en todo el día. Pero estas adversidades no alteraban un ápice el centro espiritual de su personalidad. Maria Anna fue hasta su muerte una persona imbuida de una fe católica inamovible. Ante eventuales mejoras de sus condiciones de vida podía reaccionar con encargos como éste a su marido:
«He prometido una Santa Misa en la iglesia del Santo Niño de Loreto, y otra en María Plain.asíque te ruego las hagas celebrar. La del Santo Niño enseguida; pero la de Maria Plain cuando haga más calor, para que Nannerl pueda ir. Estos dos lugares son mis protectores en nuestro viaje, tengo toda mi confianza puesta en ellos. Con toda seguridad, no me abandonarán».
No obstante, María Anna murió en París en julio de 1778 después de una enfermedad tratada mal y con retraso. La reacción de Wolfgang ante la desaparición de su madre ofrece aspectos que pueden parecer contradictorios y nos llevan a preguntamos sobre el fondo de su predisposición de ánimo hacia ella. Primero relata sus vivencias en el momento mismo de la muerte, fundadas en el consuelo que halló con «la presencia de su muerte tan simple y bella, porque me imaginaba cómo en un momento ella era feliz, me imaginaba cómo es ella ahora mucho más feliz que nosotros, hasta el punto de que en aquel momento me vino el deseo de viajar con ella»; y su convicción de que «para nosotros no está perdida para siempre, que la volveremos a ver, que volveremos a estar juntos más contentos y más felices que en este mundo. Sólo el momento nos es desconocido, pero esto no me da ningún miedo. Cuando Dios lo quiera, lo querré yo también».
Pero justo a continuación no duda en dar este golpe de timón:
«Ahora la santísima voluntad divina se ha realizado; recemos pues un devoto Padre Nuestro por su alma y pasemos a otras cosas».
Y continúa la carta en tono despreocupado, y hasta jocoso, ocupándose de diversas cuestiones circunstanciales. Esto ha sido visto como una prueba de que para Mozart la muerte de su madre significó en cierto modo una liberación. Ella le había acompañado a París por orden expresa de su padre, con la misión de controlarle y evitar así que las directrices epistolares paternas cayeran en saco roto. La desaparición de este vigía habría despertado, pues, en Wolfgang, a su pesar, un inevitable sentimiento de libertad. No obstante, hay otro posible modo de interpretar su reacción, que resulta del todo coherente con su carácter y con su forma de percibir la existencia. A lo largo del Autorretrato queda suficientemente documentada la imposibilidad de Wolfgang para digerir los aspectos turbios, dolorosos e incomprensibles de la realidad del mundo exterior y de la naturaleza. Ante ellos, su reacción fue siempre el recurso sistemático a la inescrutable sabiduría y bondad divinas. Es también el argumento que esgrime aquí. Su prisa por «pasar página», ¿fue una prisa por saborear la libertad recién estrenada, o fue una prisa por apartar la vista de algo demasiado confuso e inasimilable?
Sea como fuere, lo que sí parece claro es que el sentimiento de su madre hacia él se mantuvo siempre libre de cualquier ambigüedad. Cuando Leopold recibió la noticia de la enfermedad mortal de su mujer, escribió a Wolfgang:
«Tengo puesta mi total confianza en tu amor filial, y en que habrás procurado todos los cuidados humanamente posibles a tu buena madre, y si Dios todavía nos la concede, continuarás procurándoselos siempre. A tu buena madre, que siempre te quiso como a la niña de sus ojos, que te ha amado de forma completamente extraordinaria, que estaba totalmente orgullosa de ti, y que (eso lo sé mejor que tú) vivió enteramente en ti».
La muerte de Maria Anna causó gran consternación en Salzburgo:
«La aflicción y el dolor fueron indescriptibles y generales en toda la ciudad. Tu querida madre era conocida desde la infancia y amada en todas partes, porque era amigable con todos y nunca ofendió a nadie».
A través de esta sencilla descripción de Leopold nos parece vislumbrar en Maria Anna la manifestación llana, genuina, discreta y cotidiana de aquellos ideales de fraternidad y concordia con los que Wolfgang vibró al descubrirlos en la masonería, quizás porque ya existían en él de forma intuitiva según los heredó de su madre. Una mujer que, al parecer, no poseyó grandes cualidades musicales, pero que se casó con un músico que sí pudo transmitir a Wolfgang los medios compositivos necesarios para expresar en sonidos, como nadie más lo ha hecho, esta vivencia superior de armonía afectiva.
LA COMPLICIDAD FRUSTRADA DE SU HERMANA
Desaparecida Maria Anna, Wolfgang tuvo que volver a Salzburgo contra su voluntad después de que el viaje a París fracasara en todos los frentes. Al llegar, en enero de 1779, el lado femenino de su familia, constituido desde siempre por su madre y su hermana, había quedado reducido a esta última. Nannerl (diminutivo a su vez de Maria Anna) era cinco años mayor que Wolfgang. El hecho de ser la única hermana, y de haber contado también con precoces dotes musicales como virtuosa del piano, propició inevitablemente entre ellos una relación especial de complicidad durante la infancia. Leópold los exhibía por Europa: Wolfgang componía y tocaba el piano; Nannerl tocaba también, y a menudo los dos virtuosos interpretaban juntos a cuatro manos. Como resulta natural en un espíritu humorístico como el de Mozart, su afecto hacia ella tendía irresistiblemente a cobrar un aspecto bromista, burlesco y a veces directamente escatológico. A los catorce años, durante uno de los viajes que realizó a Italia acompañado sólo por su padre, Wolfgang escribe a su hermana:
«Se me descarga el vientre de alegría al saber que te has divertido tanto. […] Adiós, beso a mamá mil veces las manos, y a ti te doy cien besos o besazos en tu maravillosa cara de caballo».
Tres años después, también desde Italia, la broma cobra significativos matices:
«Mi reina, espero que disfrutes del más alto grado de salud y que, por supuesto, de vez en cuando, o más bien algunas veces, o mejor dicho de tarde en tarde, o todavía mejor qualque volta, como dicen los italianos, me dediques algunos de tus importantes y penetrantes pensamientos (que provienen siempre del más bello y seguro intelecto, que tú posees junto con tu belleza); aunque un seguro intelecto no se exige de una muchacha en tan tierna edad, tú, oh reina, lo posees en tan alto grado, que avergüenzas a los hombres, e incluso a los ancianos».
Se intuye aquí la sorna de Wolfgang hacia la figura de la hermana mayor, siempre sensata, juiciosa y para él quizá rayando en lo repelente por su modo de amonestar, de forma presumiblemente frecuente, a su burlón hermano menor. Un hermano menor eternamente bufón, que a los 23 años todavía se colaba a menudo en el diario de su hermana para torpedear la monótona letanía de datos sobre la vida cotidiana familiar que Nannerl coleccionaba de forma tan telegráfica y sistemática como exasperante para Wolfgang. Letanías del tipo: «El día 22 a las 8 misa, luego en casa de la Srta. y la Sra. von Mayer. Por la tarde en casa de Catherl. A las cuatro de vuelta a casa. Luego al ensayo del ballet en el teatro. Al anochecer, un paseo con Mr. Bauer y con papá. Buen tiempo». Imitando este estilo, Wolfgang transforma sustantivos en verbos para parodiar los temas más recurrentes: la misa matinal, la habitual clase de música en casa de la condesa Lodron, la recepción de visitas en casa (aquí la del Sr. von Feigele), los juegos de cartas y el tiempo:
«El día 26 a las 7 me he miseado. Luego me he despacienciado en casa del Sr. Regel. Por la tarde me he Lodroneado, y a las 3 deslodroneado. Después de las 4 fuimos Feigeleados. A las cartas nos hemos desdinerado y el cielo se ha deslluviado […]».
Su exasperación llega alguna vez a estallar, como en septiembre de 1780:
«El 26 a las 9, misa. Visita en casa Lodron. Por la tarde E. Waberl y Schachtner nos visitaron. Altmann también vino. Por la mañana ha llovido. Por la tarde buen tiempo de nuevo. ¡Oh tiempo! ¡Oh de nuevo! ¡Oh buen! ¡Oh tarde! ¡Oh lluvia! ¡Oh mañana!».
Muy poco tiempo después, en mayo de 1781, Wolfgang rompió con Salzburgo y se estableció en Viena como músico independiente. De hecho, esta cita en el diario de Nannerl es un símbolo de la exasperación general del músico respecto al provincialismo asfixiante de su ciudad natal, respecto a su odiado patrón, el despótico príncipe-arzobispo Colloredo, y respecto a la férrea tutela que su padre ejercía todavía sobre él. A pesar del horror y la indignación de Leopold la ruptura fue inevitable, y a partir de este momento las relaciones entre sus dos hijos se enfriaron. Dos personas que, según todos los indicios, tenían caracteres muy distintos, pero también algo en común que ambos apreciaban sin reservas. No sólo Nannerl reconocía el genio creador de Wolfgang, sino que éste fue siempre muy consciente del inusual nivel virtuosístico e interpretativo de su hermana al piano; sin olvidar sus cualidades pedagógicas, valoradas unánimemente en Salzburgo, y que Wolfgang debió de admirar especialmente dadas sus notables dificultades en este campo, ampliamente confesadas en sus cartas. Esta admiración musical de Mozart hacia Nannerl queda bien documentada en las numerosas obras que le dedicó, en su indignación ante esporádicas muestras de falta de reconocimiento hacia ella por parte de algún posible alumno, y en su insistencia, después de la ruptura, para que también ella dejara Salzburgo y viniera a enseñar a la capital.
Pero Nannerl se quedó con Leopold, con quien siempre coincidió en considerar la emancipación de su hermano como un acto de ingratitud hacia la familia. Al año siguiente (1782), la boda de Wolfgang con Konstanze Weber, mujer que Leopold y su hija juzgaron inadecuada para él, acabó de agravar las cosas y el distanciamiento se consumó sin remedio.
Nannerl se casó en 1784 y se fue a vivir a St. Gilgen, localidad cercana a Salzburgo y lugar natal de su madre. Leopold murió en Salzburgo en 1787, y Wolfgang en Viena en 1791, diez años después de la ruptura. En seguida diversos editores y biógrafos empezaron a recabar datos sobre él para editar sus obras. La correspondencia entre estas personas y Nannerl da una triste idea del grado de desconexión que acabó estableciéndose entre dos hermanos que habían llegado a compartir durante su infancia, gracias a su complicidad y compenetración artística, nada menos que la conquista musical del continente. Respondiendo en 1792 al biógrafo Schlichtegroll, Nannerl confiesa:
«Por lo que se refiere a su vida después de abandonar Salzburgo, debe usted preguntar en Viena, ya que no he podido encontrar nada que me sirva para darle alguna explicación sustancial. […] Allí debe de haber mejorado mucho su arte de componer, porque ya en 1785, el famoso Sr. Joseph Haydn dijo a nuestro padre:…»
Y cita la famosa declaración de Haydn a Leopold reconociendo a Wolfgang como el compositor más grande de su tiempo. Así, tanto la obra como la vida de su hermano parecen haber quedado reducidas para ella a un eco lejano. Wolfgang tuvo su parte de responsabilidad en ello, ya que su falta de tiempo (fácil de creer dado su inverosímil ritmo de creación artística) unida a su confesada pereza para escribir cartas, dejó a Nannerl sin noticias de él prácticamente durante toda su década vienesa. Nannerl no conoció los avatares de la ruina final de su hermano hasta mucho tiempo después, a través de una de las primeras biografías. Respondiendo a los editores Breitkopf & Härtel, dice, nueve años después de la muerte de Wolfgang:
«La biografía del profesor Niemtscheck ha hecho renacer intensamente en mí el sentimiento fraternal hacia mi hermano, tan íntimamente querido, hasta el punto de que a menudo me fundí en lágrimas al conocer, ahora por primera vez, las tristes circunstancias en las que tuvo que vivir».
Sentimiento fraternal que, según otros comentarios suyos de 1792 a Breitkopf & Härtel, parece haber existido siempre por encima de todo lo que ella pudiera considerar digno de reproche, como la falta de seriedad de Wolfgang y su general imposibilidad de organizar una vida económica y familiar sólida y digna. En la comprensión que muestra Nannerl reconocemos este fondo de bondad que ya nos ha mostrado su madre Maria Anna:
«Se comprende fácilmente que a un gran genio, ocupado en la multitud de sus ideas y que se eleva de la tierra al cielo con asombrosa rapidez, le resulte extraordinariamente molesto tener que bajar a ocuparse del examen y el control de los asuntos domésticos. De hecho, lo que resulta decoroso para un genio es esforzarse por conseguir sólo un sostén suficiente, y sería degradante para él querer descender a la administración de una superflua fortuna».
Nannerl envejeció sola. Su marido murió en 1801 y el contacto con su cuñada fue prácticamente inexistente. Esto nos da una idea de la gran sorpresa que tuvo que ser para ella el hecho de conocer finalmente, en 1821, a su sobrino Franz Xaver, segundo de los dos hijos de Wolfgang y Konstanze. Compositor y pianista, contaba él ya 30 años cuando Nannerl pudo escribir:
«A mis 70 años tuve todavía la indescriptible alegría de ver por primera vez al hijo de mi inolvidable hermano, y de oírle tocar completamente según el gusto de su padre. ¡Qué recuerdo tan dulce fue éste para su tía!».
Hasta este extremo había llegado el distanciamiento entre la hermana y la mujer de Wolfgang. Pero, ironías del destino, Nannerl tuvo que terminar contando entre sus conciudadanas, durante los 8 años que le quedaban de vida, precisamente a su non grata cuñada. En efecto, Konstanze se había trasladado a vivir a Salzburgo el año anterior (1820) junto con su segundo marido, J. N. Nissen, que fue uno de los primeros biógrafos de Mozart. No sabemos mucho sobre esta tardía relación entre las dos ancianas mujeres. Sabemos, eso sí, que Nannerl perdió la vista en 1824 y murió en 1829, a los 78 años de edad. Konstanze llegó a los 80. Murió en 1842, es decir, cincuenta años después de la muerte de Wolfgang. Pero sobre ella no vamos a extendernos hoy, ya que Konstanze sí es uno de los personajes asiduos de nuestro Autorretrato, donde el lector que lo desee puede encontrar materia suficiente sobre su figura y sobre el crucial papel que representó en la vida anímica y afectiva de Mozart.

La benemérita editorial Valdemar continúa con su labor de poner a nuestro alcance los clásicos de la literatura universal en ediciones cuidadas, elegantes y de agradable lectura. Aparte de traer por primera vez al español algunos inéditos de grandes literatos extranjeros (como el reciente volumen de cuentos inéditos de A. Conan Doyle, Nuestro visitante de media noche y atrás historias), ha abierto una colección de clásicos revisados. Esa serie comenzó con una nueva versión de Proust, la primera de En busca del tiempo perdido realizada íntegramente por un solo traductor, y continúa ahora con este volumen en el que se recoge en su totalidad la narrativa breve kafkiana.
El lector asiduo estará familiarizado con Kafka a través de las varias traducciones que existen en español; de todos modos, las ventajas de esta nueva edición animan a tomarla como una obra novedosa y de referencia. Un acierto fundamental de esta versión radica en que se ha realizado a partir de los textos originales, según un reciente cotejo que incluye textos manuscritos del autor y Contempla diferentes versiones. Eso hace que, entre otras cosas, se tomen en cuenta las disposiciones de Max Brod, y sin embargo se acude a la idea original del autor en los casos (variados) en los que la Opinión de Brod puede haber alterado la intención primigenia del texto.
Los relatos se presentan de forma cronológica. Así se puede trazar el devenir del pensamiento kafkiano y las variaciones de sus temas recurrentes, y confrontarlo con los acontecimientos de la vida de Kafka y de la agitada Mitteleuropa de su época. Cualquier otro orden (por temas o de otro tipo) hubiera supuesto entrar en una interpretación sesgada de la obra kafkiana.
Para el lector sutil y riguroso es un delicia contar con este volumen, en el que uno puede aventurarse por toda la panoplia de la narrativa breve kafkiana. Aquí se reencontrará con textos tan conocidos como La metamorfosis, La construcción de la muralla china, Un artista del hambre, En la colonia penitenciaria o Ante la Ley; pero también descubrirá varias narraciones breves, de sólo uno o dos párrafos, que nos muestran un Kafka distinto del habitual. Un Kafka de relatos concentrados, muy contundentes, en los que se parte de una observación, de una situación dada, de un mero apunte, y desde ahí surge una argumentación que nos clava sus aguijones de pensamiento. Y a través del dolor que nos causa ese pinchazo descubrimos partes de nuestra fisonomía interior cuya existencia desconocíamos.
En esos relatos, casi unos bosquejos, se revela un Kafka con la lucidez extrema de la soledad. De ese profundo pozo emana una gran capacidad de observación, de percepción y de análisis de la realidad. Su alejamiento de lo cotidiano le permite acercarse a la realidad de una manera más directa y profunda: más real. Por eso, al llevar hechos e ideas cotidianos hasta sus últimas consecuencias, consigue llegar hasta el absurdo. Un absurdo que no es una huida de la realidad, sino su reflejo.
Un examen atento de la obra de Kafka desde este punto de vista nos conduce a su parentesco con las aporías eleáticas. Como en los trampantojos de Zenón de Elea, hay un hecho aparentemente nimio que se convierte en eje —en cierre, obstáculo, raíz de un imposible fracaso— de la vida entera. Ésa es una de las percepciones que nos regala Kafka: la vida es una paradoja constante, una sucesión de paradojas, una creciente y multiforme paradoja.
Esa razón que se muerde la cola para encerrar al hombre en su círculo vicioso ha sido una pauta de pensamiento en el siglo XX. Uno de los que mejor han asimilado la influencia de Kafka, adaptándola a su propio estilo, ha sido el mejicano Juan José Arreóla. Recomiendo al insaciable lector que, una vez leídos estos Cuentos completos se pase por los arreolianos De balística o El guardagujas. O por las poderosas calas en la realidad de Variaciones sintácticas o los Cantos de mal dolor, que nacen de esos pequeños e intensos bosquejos kafkianos que ya hemos comentado.
En los Cuentos completos aparecen, con la mayor rotundidad y fuerza contenida de las formas breves, los rasgos que surcan y vetean la novelística kafkiana: la tendencia a la fábula; la predilección por lo onírico, con ese continuum entre sueño y vigilia que son dos caras de la misma moneda; el extrañamiento del individuo frente a una sociedad dirigida unas leyes inasibles y todopoderosas…
Pero aparte de todo eso, hay dos puntos que me han sorprendido especialmente en esta lectura. Uno es la presencia (cercana siempre y siempre distante) de la mujer. Algunos de los cuentos cortos presentan rasgos muy líricos en la percepción de la mujer como un ser asombroso; una percepción que se clava en lo más profundo de la soledad del autor. Es un sentir intenso, que implica una dedicación y una percepción educada en un sentido concreto, como un perro de caza de la belleza. (Curiosamente, encuentro algunos puntos de parentesco en una obrita de James Joyce que no se llegó a publicar en vida, el Giacomo Joyce, en el que se describe la pasión de un profesor particular por su alumna, en el Trieste de entreguerras).
Otro aspecto es el enfoque jurídico de la obra kafkiana —y aquí afloran las muy pertinentes observaciones de Hernández Arias, jurista de formación como Kafka—. No deberíamos olvidar que Kafka era abogado de profesión, y muy bueno. La ley es uno de los temas clave en Kafka, raíz y espejo de muchas paradojas vitales. Y aquí confluyen dos leyes: la lejana del último Imperio Austrohúngaro, con sus vastas extensiones, su intrincada burocracia y sus formalismos atávicos y obsoletos, en la que todo dependía de una corte vienesa que, para muchos ciudadanos, debía ser poco más que un ente de ficción; y la ley judía de la Tora, dictada por Yahvé, en la que todo acto vital era minuciosamente pesado y juzgado en un proceso constante que no conocía descanso. Esas dos concepciones de la ley se aúnan para formar el sustrato de la Weltanschauung kafkiana.
Y no sólo es fundamental la ley para su concepción del mundo. También lo es para apreciar la prosa neutra, formalista, típicamente judicial de Kafka. Esa prosa limpia y desprovista de adornos, que nos marca un extrañamiento cercano, y que a la vez se mueve en una tierra de nadie que permite una gran variedad de acercamientos y contribuye a que la obra de Kafka sea tan abierta.
Hernández Arias nos ofrece una traducción muy atinada, con una prosa limpia, ligera y bien labrada, que cuadra con la neutralidad sugerente del estilo kaflkiano. Completa su edición con un bien documentado prólogo y un apéndice de observaciones y referencias sobre los textos, además de un breve pero significativo álbum de ilustraciones.
Borges, otro de los admiradores J e Kafka, comentaba: «El destino de Kafka fue transmutar las circunstancias y las agonías en fábulas». Otro de sus destinos, como bien sabrá el lector que disfrute de estas páginas, es el de hacernos más viva y más profunda nuestra vida.
A la edición conjunta de las novelas de Kafka, con que Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores comenzó la publicación en cuatro volúmenes de las obras completas del escritor checo, sigue ahora una edición de los doce cuadernos correspondientes a los Diarios (1910-1922), base fundamental para conocer el sustrato biográfico de sus más importantes novelas. A ellos se suman los Diarios de viaje, que corresponden a los dos efectuados en 1911 y en 1913, así como la justamente famosa, por severa, Carta al padre escrita en 1919 por el desesperado autor de la Metamorfosis. El texto original procede de la Kritische Ausgabe iniciada en |
Jesús Beades (Sevilla, 1978) es uno de los poetas jóvenes con más proyección, con más futuro dentro de la poesía española. O, para ser más justos y precisos: Jesús Beades, pese a que sólo tiene veintitrés años, es ya una de las voces que cuentan, que tienen mucho que decir en la poesía española actual. Es, además, uno de esos poquísimos poetas capaces de transformar en poesía materiales que para otros pasan inadvertidos. Un poeta también de sólidas, de profundas lecturas. Los maestros de Jesús Beades, valga la paradoja, son muchos y muy escogidos, y él se ha servido de la lección de todos ellos para dotar a su poesía de una extraordinaria consistencia técnica y formal. Pero ahí no se agotan sus méritos. Hay que decir, además, que Jesús Beades, por encima de todo, sabe mirar las cosas y su propia alma con una rara lucidez, con una intensidad al alcance de muy pocos. Hay que decir, pues, que Jesús Beades tiene el don de la poesía.
Hasta el momento, Jesús sólo ha publicado un libro, Tierra firme (Diputación de Soria, 2000), que recibió el XV Premio Gerardo Diego. El poema que reproducimos aquí pertenece a un libro inédito titulado Centinelas y está inspirado en unos versos de juventud de W.B. Yeats1. Si el lector compara el poema del autor irlandés con el de Jesús Beades, comprobará que éste amplifica la idea original, pero sin utilizar ni un solo gramo de retórica. La alusión al caballo, esos versos como raíces bajo la nieve y la larga pregunta con que concluye el poema, llena de buen sentido y de ternura, no están en Yeats y constituyen, a mi juicio, buenos ejemplos de la fuerza poética de Jesús Beades.
UNA POÉTICA
De la Poesía se han ensayado muchas definiciones. Y quizá más aún de eso que llaman poética, manera de concretar objetivos teóricos y técnicos, de la propia obra, conforme a una definición. Hay a quien le gusta decir que no posee poética alguna, sino sólo algunos descubrimientos humildes, como el de las propias limitaciones. Así hablaba J.L.B. Me atrevo a decir -al contrario que ciertos contemporáneos, digamos, desencantados- que si la Poesía es algo, es algo ciertamente muy importante. Pienso que es muy comprensible que Bécquer la confundiera con el Amor, que es misterioso el hecho de que no condescienda a muchas miradas, y luego aparezca del brazo del que menos se espera (por ejemplo, un vagabundo, o un Secretario de Estado). Que es, ciertamente, una forma de ser feliz, o conjurar la infelicidad, o buscarle sentido a ambas. Y si no lo es, no merece la pena. El medio del poeta es la palabra, y con ella, asombrado ante la insolencia gozosa de la Vida, o traspasado por el dolor, se une a la Palabra Creadora. A esto Tolkien lo llamaba subcreación. Juan Pablo II -cuya primera vocación, que aún pervive, es literaria- se dirige a los artistas, y por lo tanto a los poetas, en una carta reciente diciendo que somos «los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística». Y aquí se completa la definición: «para hacer de ellas un don al mundo». La poesía es también una forma de darse a los demás. Una de las formas que algunos tenemos, inmerecida, es cierto, y que, en palabras de Eloy Sánchez Rosillo, hay que defender con humildad y orgullo: «Esta luz tuya que es más que tú y ha de sobrevivirte». Nada más. Y nada menos.
SOBRE UN TEMA DE YEATS
Down by the Salley Gardens
Ya sé que debo tomarme el amor
con calma. Que en la vida cada cosa
tiene su justo tiempo, y que no es bueno
ni sirve para nada el impaciente
deseo de la dicha. La hierba crece lenta
por los campos mojados, pero siempre
terminan verdeando las saucedas.
El caballo se forma poco a poco en el vientre
de la yegua, pero al final se escuchan
galopes y relinchos. También los versos son
como las raíces bajo la nieve.
Lo sé. Pero… ¿y si yo no me acerco
a ver crecer la hierba, si acaso no te llamo
para quedar contigo esta mañana,
si no cojo tu mano para que tú comprendas,
quién me dice a mí que no te irás
y habré perdido entonces
la ocasión de quererte,
de darte una ocasión de que me quieras?
NOTA
1 Down by the salley gardens my love and I did meet; / She passed the salley gardens with little snowwhite feet she bid me take love easy, as the leaves grow on the tree; / but, being young and foolish, with her would not agree. // In a field by the river my love and I did stand, and on my leaning shoulder she laid her snowwhite hand. / She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs; / but I was young and foolish, and now am full of tears. (Crossways, 1889).