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Entre las últimas reediciones de discos clásicos, hay una colección — Great Recordings of the Century — que presenta una selección de grabaciones de ópera íntegras, de verdadero interés historiográfico.
Para incidir en su carácter histórico aparece, en un rinconcito de la portada, la inconfundible y entrañable imagen del perrito escuchando junto a un gramófono, que durante tantos años representó al sello La Voz de su Amo, Es de esos archivos de donde han salido estas joyas discográficas, que hoy podemos escuchar en formato actualizado en CD.
Entre ellas, un estupendo Lohengrin de Wagner, con dirección de Rudolf Kempe. La grabación data de 1962 y fue calificada entonces como «próxima a la perfección». En aquellos años, entre 1960 y 1967, Kempe fue uno de los directores que acudía con regularidad al Festival de Bayreuth. El santuario wagneriano, fundado por el propio Wagner, era el único escenario que había sido concebido específicamente para representar los dramas musicales de su autor, y dirigido por el nieto del músico —Wieland Wagner estuvo al frente de Bayreuth entre los años 1951 al 1966—, se convirtió en el lugar de peregrinación de los más fervientes admiradores de Wagner, y aún hoy mantiene ese carácter de lugar un tanto mítico al que tan sólo se puede acceder tras uno o dos años de espera.
Rudolf Kempe, aunque como director abordó otros muchos géneros y autores, siempre fue aplaudido por sus versiones de Wagner —muy especialmente el Lohengrin— Richard Strauss.
En este álbum el reparto es excepcional y contribuye a acentuar el carácter modélico de la versión. El tenor americano afincado en Alemania, Jess Thomas, es una de las voces dedicadas casi en exclusividad al repertorio wagneriano; la soprano Elisabeth Grümmer (con su timbre tan luminoso), hace una perfecta Elsa; Fischer Dieskau en Telramund y Christa Ludwig en Ortrud ponen de manifiesto no sólo una gran voz sino unas dotes interpretativas extraordinarias, fundamentales en estos personajes de tanto carácter.
Es una de las óperas de Wagner que mejor se escuchan, y que siempre ha tenido la admiración de un público amplio incluso entre los menos fervientes wagnerianos.

Ésta es una grabación realizada en 1986 y reeditada en la actualidad, que presenta tres obras de Ravel de muy distinto género. La primera es una comedia musical con la que Ravel quiso acercarse al género del musical americano, y para ello también incluyó algunos momentos con claras influencias del Jazz, mientras que las otras dos revelan una intención más clásica, dentro de ese bello mundo sonoro raveliano de armonías sutiles y perfección formal.
El niño y los sortilegios está compuesta sobre libreto de Colette, y vió la luz en 1925. Calificada por el músico como Fantasía lírica en dos partes, recrea el mundo infantil, en el que los objetos y los animales cobran vida dentro de la habitación en la que está encerrado el niño. Le han castigado por portarse mal, y lo primero que hace es arremeter con furia contra todo lo que allí hay, pero los objetos y los animales de ese mundo familiar se vengan y se burlan cruelmente de él. Finalmente el niño aprende la lección y es perdonado. A pesar de la dificultad de poner música a un libreto de estas características, donde los gatos y la tetera tienen que cantar, Ravel consigue entrar en ese mundo mágico de la infancia y recrear con toda suerte de detalles y efectos orquestales las escenas de la historia.
La Pavana para una infanta difunta (1899), una de las obras más populares de Ravel, no se encontraba entre sus favoritas. Pero esta pieza, de una sencillez en tono arcaizante, posee sin embargo un encanto singular. El poder de evocación de épocas pasadas se pone de manifiesto en la Pavana, y también en los Valses Nobles y sentimentales. Las dos obras fueron escritas primero para piano y posteriormente llevadas a la orquesta por el propio Ravel, que con la maestría de un orfebre, buen conocedor de los recursos instrumentales, lograba dos páginas extraordinarias. Si en la Pavana Ravel quiere aproximarse al Renacimiento, a través de una forma de danza característica de aquel tiempo y dentro de una atmósfera modal, para los Valses, Ravel se inspiró en la forma de danza típicamente romántica, aunque no se sirviera en absoluto de ese lenguaje.
Los Valses presentan de forma extremadamente austera las armonías ravelianas, y están muy alejados del virtuosismo que caracteriza otras piezas pianísticas. Tras su orquestación, la música de los Valses se convirtió en un ballet.
El director norteamericano André Previn hace una brillante interpretación de las obras ravelianas, siempre llenas de ese encanto sutil que las caracteriza.
El cine documental está en auge. Se aprecia por la constante demanda de nuevos profesionales y la emisión de filmes de no ficción en las cadenas de televisión, así como por las películas documentales que se asoman a las salas cinematográficas. El profesor José M. Caparros Lera, director del Centre d´nvestigacions Film-Història, ha preparado un breve informe sobre el estado de la cuestión y que coincide con la aparición de un libro: NO-DO. El Tiempo y la Memoria (Madrid: Cátedra, 2000) y el estreno de un documental de reconstitución histórica: Extranjeros de sí mismos Posé Luis López-Linares y Javier Rioyo, 2001), que se reseñan a continuación.
Después del esplendor alcanzado por el género durante el periodo de entreguerras -muchas salas proyectaban noticiarios y documentales, que tenían gran aceptación por parte del público-, o del testimonio histórico ofrecido por tales filmes en las diversas conflagraciones mundiales y nacionales, el documental ha vuelto a ocupar hoy un lugar preeminente en el Séptimo Arte.
Además, el continuo incremento de las distintas cadenas de televisión -que necesitan llenar sus horas de programación- y el fenómeno del vídeo digital, han puesto de moda unas películas que, desde siempre, habían retratado buena parte de la historia de la Humanidad.
Cuando los hermanos Lumiére inventaron el cinématograph, los primeros filmes que realizaron fueron documentales. ¿Quién no ha visto La salida de los obreros de la fábrica Lumiére (Louis Lumière, 1895)? También lo serían las primeras películas españolas: La salida de los obreros de La España Industrial (Fructuós Gelabert, 1897) y La salida de Misa de Doce del Pilar de Zaragoza (Eduardo Gimeno, 1898).
Y así, todos los cineastas primigenios: desde la Escuela de Brighton -iniciadora del lenguaje fílmico- hasta los grandes creadores del género. Robert Flaherty, Dziga Vertov, Alberto Cavalcanti, Walter Ruttmann, John Gierson, Paul Strand…, pasando por Joris Ivens y el Free Cinema británico, numerosos maestros -desde John Ford a Frank Capra, o Jean Renoir y Luis Buñuel- han cultivado el cine documental.
Pero ¿qué es un documental?
La definición del concepto noticiario (newsreel, en la terminología inglesa), que algunos incluyen dentro del denominado documental, nos permite aproximarnos a una definición: documental es aquel filme que no es de ficción, es decir, que ha sido realizado sin actores, y con el ánimo de mostrar un hecho real en imágenes. Bien es cierto que hay que desmitificar un poco el aspecto de «cineverdad» -el célebre cinéma-verité-, una versión maximalista del documentarismo que en numerosas ocasiones se ha aceptado erróneamente como una definición absoluta del documental. Por eso, entre el cine de no ficción (non-fiction film, en la terminología inglesa), podemos diferenciar muy claramente aquellas películas que, si bien sus imágenes pueden constituir un documento de primera mano, no poseen una estructura fílmico-narrativa compleja. Suelen ser filmaciones breves y sencillas, y casi nunca se efectúa en estas cintas una laboriosa labor de montaje.
De aquí que, bajo la denominación de noticiario, se puedan incluir las imágenes que, para un informativo televisivo, se toman de una manifestación política, o las del encuentro entre destacadas personalidades internacionales, hasta viajes de gran trascendencia, un atentado, una batalla, etc. Son noticias periodísticas; pero, en ocasiones, dada su importancia, pueden constituirse en un valioso documento histórico. Normalmente, lo serán más las filmaciones realizadas hace muchos años, y que muestran una serie de objetos, edificaciones, paisajes o actitudes que actualmente han desaparecido.
Así, cabría dividir los noticiarios en dos clases: a) Actualidades, los «rollos de noticias» (newsreels) de actualidad, que muchas veces forman una parte de una serie concreta (Pathé News, Paramount, Fox, Gaumont… o el famoso NO-DO español), que se editan con una periodicidad fija (habitualmente uno o dos números semanales) y b) reportajes de información, tal como podemos ver por las numerosas cadenas televisivas (que se incluyen en los telediarios o telenoticias), debidamente montados, que habitualmente se integran en los noticiarios o, más adelante, en los documentales. Un ejemplo es el famoso «Informe Semanal», de TVE.
Esta sería, pues, la «materia prima» cinematográfica, aparentemente la más próxima a la realidad histórica.
Por otra parte, los llamados documentales (documentary film, en su terminología anglosajona), cabe dividirlos en otros dos grupos: 1) Filmes didácticos, películas preparadas para la enseñanza (series dedicadas a materias como las Ciencias Naturales, Geografía, Biología, Historia, etc.) y; 2) Filmes de montaje, filmaciones de la realidad -no actualidades ni reportajes-, utilizando el material ya rodado, que se combinan con entrevistas y el punto de vista del realizador. Estas películas de no ficción se conocen también como de «reconstitución histórica».
Pero cabe especificar mejor ambos tipos de documentales con los siguientes ejemplos.
Los documentales que tienen una finalidad eminentemente didáctica son aquellos realizados por profesionales -en este caso, por historiadores y/o pedagogos- y qué están pensados para ser exhibidos en centros docentes; aunque, lógicamente, éste no es el único marco en que pueden proyectarse, ni los alumnos sólo sus destinatarios.
Estos filmes pueden recoger imágenes de archivo -de diversos noticiarios y reportajes, especialmente- e incluso otro tipo de imágenes -normalmente fotografías de objetos o de obras de arte-; pero también filmaciones elaboradas por el propio equipo de realización, siempre que sea posible y si el relato lo requiere. Documentales que parten, pues, de la idea de «ilustrar» un aspecto del programa o de la temática general del curso, en el caso más habitual de tener una audiencia escolar. O de «poner imágenes» a un capítulo concreto de la Historia, si no está producido según otro planteamiento. Los filmes realizados por Marc Ferro constituyen el mejor ejemplo de este tipo de documentales -14 cortos producidos por Pathé Cinéma y tres largometrajes no comerciales-, aunque también hay que señalar que es en Gran Bretaña donde existen más realizaciones histórico-didácticas.
Por otra parte, bajo la denominación de filmes de montaje cabe incluir aquellas películas de no ficción que nacen con la pretensión de mostrar un suceso real sin recurrir a la ficción interpretativa; es decir, sin utilizar actores que representen e interpreten a los personajes reales o históricos.
La ficción interpretativa, por tanto, es el aspecto que más claramente permite distinguir la ficcionalidad o no de una película, y la no existencia previa de un guión en los reportajes y noticiarios de actualidad (aunque haya una selección y montaje posterior); pues los documentales sí poseen un guión, una planificación cinematográfica anterior. Con todo, la famosa serie norteamericana The March of Time (1937-1943), a la hora de presentar los temas de actualidad, combinaba el estilo documental con una interpretación de personajes reales por parte de actores famosos.
Estos filmes toman elementos de la realidad, bien directamente o de segunda mano (utilizando materiales ya existentes, como comentamos más arriba), o bien combinando ambas posibilidades, para ofrecer una visión en teoría más realista de un acontecimiento concreto; aunque, eso sí, utilizando en la mayoría de los casos los códigos narrativos de los filmes de ficción. Pues, como ya antes se apuntó, este tipo de cine no siempre recoge con más fidelidad los acontecimientos reales que las películas argumentales o de ficción (fiction o feature film, en la terminología inglesa).
Generalmente, esta clase de cine de no ficción es denominada documental de «reconstitución histórica», que se diferencian del resto de documentales. El montaje -como todos sabemos- es una operación cinematográfica que se realiza en todas las películas, pero que en este caso adquiere una mayor relevancia, dado que en muchas de estas películas se incluyen imágenes de antiguos noticiarios.
Con todo, en los filmes de montaje o de «reconstitución histórica» todavía podemos diferenciar tres tipos de películas. Dependiendo de si los materiales que se utilizan son o no de primera mano, variará la estructura del documental. Me explicaré brevemente, con cinco ejemplos de documentales conocidos.
Existen determinadas películas en las que el realizador y el equipo técnico captan directamente de la realidad las imágenes que luego utilizarán en el montaje. Esta clase de filmes es la única que no recurre al doble proceso de montaje antes aludido.
Resulta muy clarificador aquí el documental de Luis Buñuel Tierra sin pan (1933), rodado en la región extremeña de Las Hurdes, y en el que se muestra la pobreza de las gentes y de esa tierra. Por otro lado, tenemos aquel filme que está realizado a partir de otros materiales, que fueron rodados por un equipo distinto al que realiza la película. La labor de este segundo equipo técnico es seleccionar y luego montar las imágenes de otros filmes.
Los documentales de Basilio Martín Patino, Canciones para después de una guerra (1971) y Retablo de la Guerra Civil española (1980), pueden servir perfectamente para clarificar tales películas. En el primer filme de reconstitución histórica, Patino seleccionó y unió fragmentos de noticiarios y de películas argumentales de la posguerra española, añadiendo a su vez una música y las canciones características de ese período. Y en el segundo caso, combinó noticiarios y documentales de los años treinta en España, junto a imágenes de diarios de la época y el sonido original de las películas -algunas de ficción, aunque de apariencia documental-, a fin de ofrecer una panorámica testimonial del periodo.
Finalmente, en este tipo de filmes podemos hallar aquellos que combinan el montaje de imágenes antiguas con el material de rodajes realizados a posteriori por el equipo de filmación de la película.
En esta última subclasificación -tal vez la más numerosa, cinematográficamente hablando- valga citar el famoso filme de Alan Resnais, Nuit et Bruillard (1956), en el que el realizador contrapone las imágenes de un campo de concentración nazi -captadas durante la Segunda Guerra Mundial- con otras de esos mismos lugares unos años después; y también la película de Gonzalo Herralde; Raza, el espíritu de Franco (1977), en la que el realizador contrapone las imágenes de la célebre autobiografía del general, Raza (1941-1950), llevada a la pantalla por José Luis Sáenz de Heredia -primo hermano de José Antonio Primo de Rivera-, con entrevistas a su protagonista, Alfredo Mayo -el llamado «galán del Régimen»-, y a la hermana de Franco, Pilar.
Un aspecto crucial de los documentary films es que el punto de vista del realizador -al revés de lo que ocurre habitualmente con los reportajes de actualidad y los noticiarios- se impone, en buena medida, sobre la realidad de los materiales que se ofrecen, del tipo de filme de montaje de que se trate. El cine documental -insisto- que no es más objetivo que el de ficción, pues la memoria histórica -que puede ofrecer lapsus, voluntarios o no- y la manipulación cinematográfica de cada autor son obvios. El mismo Marc Ferro me confesó personalmente en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París que, cuando él montaba los documentales didácticos antes referidos, escogía aquellas imágenes que refrendaban su visión apriorística de la Historia. No obstante, el género documental está interesando sobremanera a los jóvenes, no solo como meros espectadores, sino como posible salida profesional. El cine de no ficción -ya sean noticiarios o documentales- es una ventana abierta al mundo; es más, constituye un vehículo de comunicación social.
Así, el éxito de diversos documentales españoles, que en los últimos meses han saltado a las pantallas comerciales, confirman el auge de este tipo de cine. Me refiero a títulos tan bien acogidos como La espalda del mundo (2000) y Asesinato en febrero (2001), ambos producidos por Elías Querejeta, o los tres del tándem López Linares-Rioyo (Asaltar los cielos:, A propósito de Buñuel y Extranjeros de sí mismos), por no citar más.
De ahí que las televisiones demanden documentales históricos, y los numerosos licenciados en las carreras de Historia Contemporánea y Comunicación Audiovisual puedan optar a este nuevo campo de dedicación profesional.
Ahora sólo queda que la demanda -unida al fenómeno de Internet, que amplía enormemente el campo de acción y las posibilidades de difusión- se transforme en una realidad normalizada.
NOTA
1 Vid. el catálogo Films for Historians, editado por el British University Film & Video Council, Londres, 1980.
50 DOCUMENTALES CLAVE EN LA HISTORIA DEL CINE 1922 – Nanook of the North (Robert J. Flaherty; EE UU) |
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA: ALEGRE, Sergio, F.El cine cambia la Historia, Barcelona: PPU. 1994.BARNOUW, Krik, El documentai. Historia y estilo, Barcelona Gedisa, 1996. CAPARROS LERA, J. M. 100 películas sobre Historia Contemporánea, Madrid: Alianza, 1997. CRUSEI.LS, Magí, La Guerra Civil española: cine y propaganda, Barcelona: Ariel, 2000. ESPAÑA, Rafael de, El cine de Goebbels, Barcelona: Ariel, 2000. FERRO, Marc, Historia contemporánea y cine, Barcelona; Ariel, 1995. HUESO, Ángel Luis. El cine y el siglo XX, Barcelona: Ariel, 1998. LÓPEZ CLEMENTE, José, Cine documental español, Madrid; Rialp, 1960. KRACAUER Siegfried, De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán. Barcelona: Paidós, 1985. MONTERDE, José Enrique, Cine, historia y enseñanza, Barcelona: Laia, 1986. PAZ, Ma Antonia, MONTERO, Julio, Creando la realidad. El cine informativo 1895-1945, Barcelona: Ariel, 1999. ROMAGUERA, Joaquim, Historia del cinedocumental de largometraje en el Estado español, Bilbao: Filmoteca Vasca-Festival de Cine de Bilbao, 1990. ROMAGUERA, Joaquim; RIAMBAU, Esteve (eds.), La Historia y el Cine. Barcelona: Fontamara, 1983. RONSENSTONE, Roben A, El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia, Barcelona: Ariel, 1997. SORLIN, Pierre, Sociología del Cine, la apertura para la historia de mañana, México: Fondo de Cultura Económica, 1985. VILLAFAÑE, J.; MÍNGUEZ, M., Principios de la Teoría General de la Imagen, Madrid; Pirámide, 2000,
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50 DOCUMENTALES CLAVE EN LA HISTORIA DEL CINE
1922 – Nanook of the North (Robert J. Flaherty; EE UU)
1926 – Rien que les taures (Alberto Cavalcanti; Francia)
1927 – Berlin: die Sinfonie einer Grosstadt Berlin: sinfonia de una gran àudad (Walter Rurrmann; Alemania)
1927 – Padeniye dinasti Romanovikh Im caída de la dinastia Romanov (Ester Shub; URSS)
1928 – De Brugl El puente (Joris Ivens; Holanda)
1929 – Drifters (Juhn Grierson; Reino Unido) 1929 – Finis Terrae (jean Epstein, Francia)
1929 – Cieoveíi s kmuajparatom El htmhre de la câmara (Dzigá Vertov; URSS)
1930 – À propos de Nice (Jean Vigo; Francia) 1933 – Tiemi sin pan (Luis Bunuel; Espana)
1934 – Man of Aran Hombres de Aran (Robert J. Flaherty; EE UU)
1934 – Tnumph des Willem El triunfo de la voluntad (Leni Riefénstahl; Alemania)
1936 – Night Mail (Harry Watt y Basil Wright; Reino Unido)
1936 – The Flow that Brake the Plans (Pare Lorena; EE ULl)
1937 The Sparust Earth (Joris Ivens; EE UU)
1938 – Olympia I Olympia, los díóies del estadio (Leni Riefenstahl; Alemania)
1939 – siantít España (Ester Shuh; URSS)
1939 – The City (Ralph Steiner y Wiilard Van Dyke; EE UU)
1940 – The Power and the Land (Joris lvens; EE Uli)
1943 – December 7th (John Ford y Gregg To 1 and; EE UU)
1943 – Biwaza rmsiu S<wetsícu}u Lkjainw La batalla por nuestra Ukrania soviética (Alexander Dovhenko; URSS)
1943 – Thü Bai ¡a o Britam (Frank Kapra y Anthony Veiller, EE UU)
1945 – Let There he Light (John Houston; EE UU)
1953 – Tfie Cüíiqutst of Everest (George Lowe; Reino Unido)
1955 – Nun et brauMard (Alain Resnais; Francia)
1955 – Rio, quarenta gratis (Nelson Pereira dos Santos; Brasil)
1956 * Le mustere Picasso (H.G. Clouzot; Francia)
1958 ndici (Roberto Rossellini; Itiiiia)
1963 – Le Joli Mai (Chris Mark er; Francia)
196.3 – MminV ä Madrid {Frederic Rossif; Francia)
1964 – Frtmco, escj hombre (Jose Lnuis Säen: de Heredia; Espana)
1964 * Le munde saus soleil (JacquesYves Cousteau; Francia)
1967 * 79 primaveras (Santiago Älvarez; Cuba)
1967 – Monterey Pop (D. A. Pennebaker; EE tJU)
1967 – Grenada, GrerwdiJ moia Granada, mi Grenada (Roman Karinen; URSS)
1967 – RusJi tojudgment (Emile de Antonio; HE UU)
1971 * Caneiones f>ara dssf>ues de um guerra (Basilio Martin Patino; Espana)
197! – Le chagrin et la pitie (Marcel Gphüls; Francia)
1972 – Churtg Kuo (Michelangelo Antonioni, Italia)
1975 – La batalla de Chile (Patricia Guzmán; Venezuela)
1977 – La vieja memoria (Jaime Camino; España)
1985 – Las madres de la Plaza de Mayo (Susana Muñoz y Lourdes Portillo; Argentina)
1992 – Baraka (Mark Magidson; EE uu)
1995 – Pans Was a Woman (Greta Schiller; Reino Unido)
1996 – Asaltar ¡os creios (José Luis Lope:Lina res y Javier Rioyo; España)
1996 – When We were Kings (Leon Gast y David Sonenberg; EE uu)
2000 – ScoCtshoro: an American Tragedy (Daniel Anker y Barak Goodman; EE UU)
2000 * La espalda del mundo (Javier Corcuera; España)
2000 – Extranjeros de sí mismos {José Luis LópezLinares y Javier Rioyo; España)
2001 – Asesinato en febrero (Eterio Ortega; España)
MAGI CRUSELLS
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
ALEGRE, Sergio, F.l Cme cambia la Historia, Barcelona: CPU. 1994.
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VILLAFAÑE, J.; MlNüUEZ, M., Prmápióí de Teima Genera! de la Imagen, Madrid; Pirámide, 2000,
El estudio de la propaganda franquista abarca varios campos, de los Eque el cine no fue precisamente el más favorecido. La actuación más decidida se concentró en la prensa y en la radio, mediante la creación de publicaciones y emisoras destinadas exclusivamente a transmitir los intereses del Estado. En España, el cine no recibió la misma atención que en el Tercer Reich, donde Joseph Goebbels dedicaba muchas horas a controlar la producción y distribución de películas, con un fervor digno de cualquier directivo de una gran empresa de Hollywood. ¿Es que en la España de Franco no había gente como Goebbels o, en un nivel inferior, Vittorio Mussolini? Desde luego que no; Franco tenía unas ideas bastante primarias sobre el poder del cine, y si había algunos intelectuales que las tenían más elaboradas -García Viñolas, por ejemplo-, no pudieron o no quisieron (quizá ni lo uno ni lo otro) llevarlas a la práctica.
En este punto, no obstante, hay que hacer una precisión. Las estructuras industriales del cine español en 1939 eran tan frágiles que casi dudamos en utilizar el término «industria»; para mucha gente del régimen el problema era más la creación de una cinematografía nacional que su utilización como arma de propaganda. Por otra parte, nunca hubo la menor intención de estatalizar la producción de películas, como ya se hacía en la URSS o, de forma más soterrada, en el Reich.
En este particular se siguió el modelo italiano, donde las empresas siguieron en manos privadas, controladas, por supuesto, por rígidos mecanismos censores y periódicas consignas que orientaban sobre los temas a tratar o a «evitar»; Sólo muy de tanto en tanto surgieron obras promovidas directamente por el Estado. En España ocurrió lo mismo, y ün ejemplo claro de intervencionismo estatal fue la archifamosa Raza, realizada en 1941 por José Luis Sáenz de Heredia para la Cancillería del Consejo de la Hispanidad a partir de un guión de Francisco Franco. Ejemplo, por cierto, casi único, ya que el otro esfuerzo del Consejo (cuando ya se llamaba Instituto de Cultura Hispánica), Alba de América (1951), estuvo producido en realidad por una casa privada, CIFESA.
Por ello, cuando en la actualidad utilizamos el término «cine franquista», no sabemos muy bien de qué estamos hablando, y muchas veces resulta que nos referimos no a productos de propaganda sino de escapismo puro y simple: adaptaciones literarias, comedietas folklóricas, melodramas con niño, o incluso a aquellas astracanadas para lucimiento de actores populares como Gracita Morales, José Luis López Vázquez o Alfredo Landa. ¿Quiere esto decir que no hubo propaganda en el cine español? Sí que la hubo, pero de aquellos valores que ya existían antes del franquismo: los tradicionales de las clases conservadoras (familia, religión, autoridad), con suficiente arraigo como para no necesitar del énfasis que los ideales más «nuevos» del fascismo o del nazismo sí necesitaban.

En los primeros años de la posguerra hubo un leve flirteo filofascista, que cabe apreciar en algunos momentos de la versión original de Raza (desaparecidos en la reedición de 1950) o en la curiosidad falangista Rojo y negro (1942), pero el grueso del arsenal propagandístico va a una exaltación del Ejército como pilar indiscutible del Régimen, que no por nada Franco era militar. ¡Harka! (1941) y ¡A mí la Legión! (1942} son dos títulos arque típicos que unen lo estrictamente castrense con el africanismo, otro leitmotiv del primer franquismo. En la década siguiente, coincidiendo con el cambio de orientación de la política exterior, el Ejército cede su protagonismo a la Iglesia, y así vemos como en Balarrasa (1950) el legionario duro y juerguista cambia su uniforme por la sotana en el sentido más literal de la expresión.
Que en el cine de ficción el franquismo no hiciera ningún intento de absorber la tarea de productor no quiere decir que, en el apartado de cine documental, hubiera el mismo abstencionismo. Inspirados sin duda por el ejemplo de la cinematografía italiana, que concentró las energías propagandísticas en los noticieros y documentales del Istituto LUCE, los organismos responsables del adoctrinamiento del pueblo, la mayoría vinculados a Falange (más concretamente, la Vícesecretaría de Educación Popular), procedieron a la creación de una entidad, NO-DO (Noticiarios y Documentales Cinematográficos), cuya principal tarea era la producción de un noticiero semanal que sustituyera a los que se exhibían en las pantallas españolas con sello extranjero, como los de la Fox o la UFA. El NO-DO tuvo desde el primer momento carácter de monopolio, esto es, su presencia excluía expresamente a cualquier otro producto similar. A partir de enero de 1943, fecha de aparición del primer número, los españoles no verían las noticias de otra forma que la presentada por el NO-DO, cuya inserción en todo programa cinematográfico de cualquier rincón de España era obligatoria. Así, el NO-DO sirvió para comunicar a los ciudadanos todo aquello que al Gobierno le parecía útil en orden a dar una buena imagen de sí mismo -en especial todo lo relacionado con el progreso industrial y económico del país- y recordarles aquellas efemérides que eran la raíz de la España de Franco: el 18 de julio, la lucha contra el comunismo, el cumpleaños del Caudillo, la muerte de José Antonio, etc. Por supuesto, siempre con variaciones motivadas por las circunstancias del momento: en consonancia con la fecha de aparición del noticiero, las muestras de adhesión al Eje tuvieron una existencia muy fugaz y algunas quedaron sepultadas durante muchos años, como todo lo referente a la División Azul, que se silenció rápidamente ante la evolución de la guerra en Europa.
Como es lógico, el estudio de los casi 2000 números del NO-DO constituye un repaso exhaustivo a la historia oficial del franquismo aunque, si hemos de ser sinceros, no demasiado entretenido, ya que la repetición anual de las «efemérides» a que aludíamos antes debe acabar por hacerse pesada, por mucho que las diferencias de matices estimulen la atención del historiador. Si realmente Rafael R. Tranche y Vicente Sánchez Biosca los han visto todos, sólo por esto ya merecen nuestra admiración más incondicional; pero aunque no haya sido así, los años transcurridos desde su primer ensayo sobre el NO-DO, publicado en 1993, han estado pero que muy bien aprovechados, ya que la obra que ofrecen ahora es una investigación de primer orden que va mucho más allá de una historia del NO-DO y se convierte en una compleja reflexión sobre el franquismo y sobre la utilización del cine documental como instrumento de propaganda.
Por otra parte, la cuidadísima edición, con esmeradas reproducciones tomadas directamente de los originales, incluye un vídeo con una antología de secuencias que permite hacernos una idea más precisa de lo que se expresa en el texto y que para la gente joven puede ser todo un descubrimiento. Lo único que echamos de menos -aunque no lo criticamos, porque ya sabemos que hubiera necesitado otro volumen- es el catálogo completo de noticias aparecidas en cada número, pues sería una herramienta muy útil para los investigadores: desde estas páginas quiero hacer un llamamiento a los autores (o a Filmoteca Española) para que esta relación (que seguramente existe) pueda ser consultada.
«Has visto sólo una ciudad por hiera
dentro no hay nadie.
He visto solo una ciudad por dentro
fuera no hay nadie».
Álvaro Pombo, Hacia una constitución poética del año en curso
EXALTACIÓN
Desde de 1993 hasta la fecha, he tomado cada tarde al dictado las novelas, relatos, artículos, conferencias etc. que Álvaro Pombo ha escrito. Esta experiencia, junto con nuestras diarias discusiones acerca de asuntos literarios, filosóficos, religiosos y, cómo no, de la simple vida cotidiana, creo que me permite hablar con un cierto rigor de la personalidad y la narrativa pombiana. También puede que la mía sea la peor de las presunciones, porque a menudo sucede que quien se encuentra tan cerca del fuego, no sólo esté en peligro de quemarse, sino de ver más bien poco del bosque que se oculta tras un denso árbol. Advertiré que, por supuesto, no poseo la esencia de Pombo, algo así como un «Pombo total» o «puro Pombo», y que la pretensión de este artículo no es ocuparme al detalle de cada uno de los libros del autor, agotando todos sus temas y preocupaciones, sino proporcionar una especie de denominador común, un esbozo del paisaje en el que el autor ha habitado desde siempre a la hora de escribir.
Quien haya conocido a Álvaro Pombo sabrá que la exaltación a la que me he referido en el título de este artículo es un rasgo predominante de su carácter. Esto tiene mucha relación con su permanente preocupación tanto vital como literaria, por el problema de la existencia (de hecho considera a Husserl, Heidegger o Sartre sus grandes maestros filosóficos), y —yendo aún más lejos— guarda una relación esencial con su personalidad marcadamente religiosa (entiéndase por esto su constante preocupación por asuntos como: la posibilidad de un cambio espiritual, el sentido o sinsentido último de nuestras acciones y vidas, la intención recta, los sentimientos correctos, la salvación…). Creo que Álvaro Pombo fue y es, básicamente, un «poeta exaltado» (y exaltador) mucho antes que un novelista. Tal vez la faceta de novelista provenga de una necesidad —que data de su infancia— de contar y escuchar contar, de hacer sonar las palabras y las historias en voz alta, de una conciencia fundamentalmente verbal, oral, de la literatura: «Fuiste siempre de hablar, muy de hablar desde niño» —le dice la voz de su madre en Protocolos para la rehabilitación del firmamento—. Pombo lamenta a menudo haber sido tan valorado por su prosa y tan poco por su poesía (a pesar de fervientes defensores de sus poemas, como el filósofo José Antonio Marina, que suele citar sus versos y lo califica «gran poeta ultramoderno »). La mayoría de los lectores le conocen por obras como El metro de platino iridiado o Donde las mujeres, mientras que los títulos de sus libros de poemas (Protocolos, Variaciones, Hacia una constitución poética del año en curso y Protocolos para la rehabilitación del firmamento) suenan en general más o menos a chino. Pero, paradójicamente, es la poesía de Pombo la que mejor nos aclara desde dónde escribe: por decirlo de modo rebuscado: su instalación intelectual y sentimental en el mundo. La idea que defiendo aquí es que toda su obra —desde 1973 hasta hoy— se ha escrito desde un único y mismo lugar: una especie de blindado interior, un exilio y aislamiento en el que una serie de temas recurrentes —algunos de ellos ciertamente torturadores, como la culpa, el pecado, el mal radical, la falta de sentido, la insoportable deuda contraída por nuestras acciones equivocadas— le han acompañado. Ese aislamiento es la «soledad más grande de la cual nada puede pensarse» de la que hablaba en Relatos sobre la falta de sustancia. O el «Ninguna caverna fue más triste», de Variaciones. Pero, sobre todo, la propia, dura y real soledad del autor durante sus once años de vida en Londres, que le hacen afirmar a menudo «En Londres fui un fantasma». En Protocolos contaba esta desoladora experiencia (—que también narra en prosa a través del Gonzalito de El metro de platino iridiado y del Gabriel Arintero de su última novela, El cielo raso—) en términos como: «Volví solo. Atravesé el parque. Dos hombres se hurtaban tras los árboles. Al llegar a mi habitación herviré medio paquete de spaghetty […] Me apoyé un rato en la balaustrada mojada […] He elegido esta manera de vivir. Del todo». Hay un poema de Variaciones en el que se describe esta situación como en ningún otro:
«Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna/ he venido por casualidad y me iré por la noche/ aquí no tengo primos ni fantasmas […] Cenaré temprano y antes de que salgan del cine las parejas de novios/ habré dejado de ser en la mirada enumerativa de la estanquera/ Y habrán fregado ya mi taza de café y mi tenedor y mi cuchillo y mi plato/ en la fonda sustituible».
Desde el exilio, desde el aislamiento, desde la condición diluida del fantasma solitario, desde el interior más puro, se implora que las pocas personas que se acercan y parecen entendernos y querernos, no desaparezcan: «Quédate conmigo todavía otra tarde […] Quédate conmigo que soy rico, que sé hablar de filosofía y letras» (Protocolos). El Pombo-niño pide (en Variaciones) a las criadas que se ocuparon de él que no le abandonen: «No te vas a ir nunca, ¿verdad?, de esta casa, no te irás para siempre, me casaré contigo y no tendrás que servir a la mesa».
En la cita inicial de este artículo se describen ciudades desoladas y aisladas, Pombo es un experto narrador de autárquicos interiores-fortaleza-laberinto-madriguera… donde estar a salvo de un exterior que se presenta como una amenaza o simplemente como algo prescindible, un mundo cuya realidad ontológica puede incluso ser negada: «Nunca creí que hubiera otras ciudades, gentes como nosotros ajenas a nosotros» —escribe en Variaciones—, pero ya en Protocolos, su primer libro, se preguntaba: «¿Ves tú una ciudad detrás?» y afirmaba categóricamente los reducidos límites de su mundo: «Desde la ventana que da al jardín se ve el jardín, si se mira, y se ve que eso es todo». El autor lleva a cabo una curiosa interpretación de la máxima agustiniana Noli foras ire («Nada hay fuera»). Si san Agustín expresaba de ese modo su idea de que, de existir alguna verdad, reside en nuestro entendimiento y no en el exterior, Pombo lo cree también en un principio, para después afirmar que, incluso esas verdades son espejeantes, engañosas, fragmentarias, confusas, desvinculadas: de nuevo podemos remontamos a Protocolos para ejemplificar esta confusión: «He vuelto a ver el envés de mi vida. Y no lo parecía» / «Desde un principio es incomprensible cada terminación» / «Darán con uno que se parece a uno, que se parece a uno, muy parecido». O a Variaciones: «Y yo supongo que entonces leí lo que recuerdo ahora, y yo supongo que estuve donde estuve y que hice un viaje, aunque no hablé con nadie y viajé solo».
Los lectores de sus novelas conocen bien algunos de esos interiores: la señorial casa de El héroe de las mansardas. El apartado caserón de la madre y el hijo en El hijo adoptivo. El lujoso chalet donde María soporta el mismísimo infierno de su familia (un marido intelectual despótico y un hermano enredado en la autocompasión permanente) en El metro de platino iridiado. La alegre terraza de juegos de Ceporro y su primo El Chino en Aparición del eterno femenino —donde el fin de la infancia, el fin del interior puro, significa exactamente el fin del mundo—. Las apartadas y aristocráticas casas-torreón de la madre y tía Lucía en Donde las mujeres, situadas en una península que a todos los efectos resulta isla, porque el exterior es tan prescindible como los hombres de la familia. La laberíntica, espejeante corte del noveno duque de Aquitania en La cuadratura del círculo, donde el padre del protagonista puede desaparecer-morir sin que todo deje de parecer juego, capricho, irrealidad. Y, para terminar, el no menos laberíntico y gigantesco piso de Leopoldo de la Cuesta, personaje que encarna el mal en estado puro, y que se pasea por ese complejo interior de inverosímiles salas de salas y puertas de puertas que se vuelven trampas.
Pombo escribe fundamentalmente desde la toma de conciencia de la contingencia y la limitación del hombre, del horror a que nuestras vidas y acciones —sean buenas o malas— se diluyan finalmente en la nada, en la temida «falta de sustancia» (su primer libro en prosa, publicado en 1977, llevaba por título Relatos sobre la falta de sustancia). Precisamente en este libro de relatos, que es quizá su libro más desesperado, más sin salida, expresaba ese temor a que la muerte «limpia y firme, definitiva y clara» de todas las criaturas (incluidos perros, pájaros, peces y moscas) quedara sin remisión. Porque, qué haremos si «El fin es (sólo) un dato más, idéntico a los otros». ¿Y qué esperaremos si «la finalidad de todos nuestros actos […] se cierra sobre sí como se cierran sobre sí los instantes, válidos por sí solos en su pura intensidad sin sustancia», o si «nada, en realidad, sucede seriamente»?
Le espanta la posibilidad del olvido, de ahí que sus poemas tengan la estructura de enumeraciones que pretenden fijar el mundo para que no se desvanezca, están plagados de preguntas ¿Te acuerdas de…? y de imperativos Acuérdate de… También de constataciones terribles: «Ya no me acuerdo madre, no me acuerdo de nadie, no me acuerdo de nadie» (Hacia una constitución poética del año en curso). Le aterra también la evidencia insalvable de las tareas que quedan inconclusas con el fin de nuestras vidas, porque —escribe en Protocolos—: «La muerte es como nosotros. Llana, leve, puntual, como nosotros. Deja sin acabar las casas y los árboles frutales». Ante esta conciencia angustiada, la voz conjunta de los personajes de uno de los relatos sólo acierta a entonar un «Ten misericordia de nosotros». Aunque, sumergidos en esta seriedad, no deberíamos olvidar la vertiente humorística y desafiante de Pombo, capaz también de tomar lo grave muy en broma, como hace en Protocolos: «Hermanos… Hay que ir descalzos a la muerte. Como se viene de la playa […] Como se va a las islas de bajamar», y sobre todo su: «En mi sepulcro quiero compañero / Coliflores de mármol de Carrara / No muchas ni muy grandes, que prefiero/ una pompa que no te salga cara».
El mejor yo de Álvaro Pombo exalta el mundo desde una difícil pero permanente esperanza, desde un ruego para que las cosas se sostengan, permanezcan, tengan sentido, no caigan en el olvido, no sean en vano, todo para evitar que suceda el temido desfondamiento. En uno de los más bellos poemas de Protocolos para la rehabilitación del firmamento, escribe: Te rogamos Señor que la jarra contenga el agua / Que los claveles chinos duren hasta el otoño […] Que el jardín resplandezca / Que sea primavera en las vaguadas rítmicas del Parque del Oeste / Que los claveles chinos duren hasta el otoño / Te rogamos Señor que la jarra contenga el agua […] Ahora y en la hora de nuestra exaltación». Recordemos aquí a Wittgenstein: «Lo místico no es como sea el mundo, sino que sea», o a Heidegger, asombrado de que hubiera ser y no más bien nada. Pombo exalta también ese misterioso ser de las cosas: «¿Y este sol? ¿A qué viene este sol? ¿Y el cariño a qué viene?». Puede detenerse en medio de un paseo porque la luz se ha manifestado de otro modo: «Y hay una clara sumisión limonar en todos los senderos que van de este a oeste». El mundo, la luz, el sol, Dios, el misterio… todo nos sobrepasa sin más, sin darnos pistas o claves de cómo vivir o —parafraseando a Kant— de qué nos está permitido esperar. De hecho, tal como constata en Hacia una constitución poética del año en curso: «Ilegible es el sol, desvinculador del mundo». Podría decirse que Pombo exalta el mundo precisamente porque toma conciencia de que su solidez es tan patente como su inconsistencia y levedad, su falta de sustancia. El ser humano se entrega a grandes tareas que quedan inconclusas, como el «intelectual apolítico» de sus Protocolos, que al mismo tiempo que «eligió pensamientos abstractos y numerosas contradicciones de gran mérito», sólo puede ser, a su muerte, objeto de nuestra compasión: «En el armario hallamos dos pares de zapatos […] Pidió prestadas ochocientas veinticinco mil cuatrocientas setenta y una pesetas». Esta compasión tiene su correlato en sus pasajes en prosa: pensemos en el Indalecio de Donde las mujeres, o en el escritor fallecido de la Telepena de Celia Cecilia Villalobo. Del primero de ellos, ahogado en el mar en su balandro, se nos dan estos curiosos detalles: «Pero Indalecio era menor que el mar, se ahogó por eso. A pesar del encanto que tenía, su seriedad sin pretensiones. A pesar de sus brazos largos y sus manos grandes, sus muñecas cuadradas de remar. A pesar de su reloj de esfera negra, inoxidable y resistente al agua, que se ahogó con él pero que, a diferencia de Indalecio, no volvió a la superficie. Bajo el cristal empañado, las agujas recorren las horas en el fondo, resistiendo al agua todavía». Y en el segundo ejemplo, Celia Cecilia Villalobo recuerda la muerte del escritor en estos términos: «Nunca olvidaré el pasillo aquel del Piramidón, ni la habitación donde Julián murió […] Yo había entrado al baño a buscar un vaso de agua y, cuando volví, la enfermera dijo: No ha sufrido. Me senté a su lado en el sillón […] Aquella misma tarde estaba bien y yo de buen humor, y él dijo: Cuando volvamos a casa y me den el alta, nos ponemos con las cartas, acuérdese, Celia Cecilia, las cartas lo primero… Yo no sabía muy bien qué cartas eran, no me acordaba de ninguna, pero le dije que sí a todo […] No lloré, ni nadie me miró, ni tampoco avisé a nadie, ni nadie me dio el pésame, ni yo se lo di a nadie […] Yo elegía sus jerseys. El que llevaba puesto al enterrarle era el más nuevo, aquel gris oscuro de cuello alto. No quise quitarle el anillo ni el reloj. La enfermera dijo: Con el reloj, ¿qué se hace? Y el anillo es de oro. Y yo dije: Se le deja, y ella dijo: Allá usted. Yo lo decía por usted. No creo que a él el reloj le haga ya falta. Y yo dije: Tal y como está no se puede ya valer, y el reloj siempre llevó ese mismo. Se lo quitamos y es desvalijarle…».
EL REINO
El Reino, cómo apresurar la llegada del Reino, es un tema recurrente —vital y literario— de Álvaro Pombo. No es otro el tema central de su Vida de San Francisco de Asís. Y la gran crítica a la barbarie de la cruzada de La cuadratura del círculo pretende mostrar que hay modos —salvajes— en los que el Reino, la Jerusalén terrenal y celestial, nunca podrán apresurarse. En El cielo raso ofrece Pombo su más afinada respuesta a la mencionada pregunta kantiana «Qué me está permitido esperar». No en vano el libro va precedido de una célebre cita de Hechos de los Apóstoles: «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?». Porque, ¿de qué cielo nos habla Pombo? (Ya en Protocolos, ¡en 1973!, escribía: «¿No eras tú la seguridad final? Todo aquel cielo repleto de excepción»). Pues el cielo raso es el techo de escayola de nuestras viviendas, el de un piso de acogida en el que el protagonista, Gabriel Arintero —quizá el alter ego más perfecto del autor— se ocupa de rehabilitar exdrogadictos y expresidiarios, pero es sobre todo el cielo de aquí, el que tenemos a mano o a la vista, el Reino que aquí podamos posibilitar con nuestras acciones —para el autor, el cristianismo es sobre todo acción— , puesto que del otro cielo, por el momento, nada sabemos, es sólo misterio: «¿Quién es o qué es esa larga muerte que me aguarda?» — escribe en Variaciones—. Aunque la Resurrección, el Reino, la segunda venida del Salvador… son asuntos que pertenecen al ámbito de lo que nos sobrepasa, Pombo nos ofreció esta aproximación de cómo se lo representa en Protocolos para la rehabilitación del firmamento: «¿A qué viene este alegre revuelo de pigazas? / ¿A qué viene este júbilo del sol en los botijos? / ¿A qué viene este acento tan claro y confiado en mis propias palabras? […] ¿A qué viene este inmenso trino de las alondras que retumba en las bóvedas craneanas del mundo? / ¿Por qué hay tantos pardillos de inteligentes ojos como alfileres de oro? / ¿Es el Reino?»
El Diario de un hombre superfluo es, junto a Padres e hijos, tal vez una de las obras más significativas de Turguéniev, por lo que de repercusión y eco tuvo para la literatura rusa del XIX, El título no engaña; se trata de un diario, bien que atípico y relativamente corto, en el que las anotaciones de los últimos diez días de vida del moribundo, el terrateniente Chulkaturin, dibujan de hecho el perfil de toda una vida. Desde su lecho de muerte, Chulkaturin reconstruye a grandes rasgos su absurda existencia, en la que la parte más importante de las anotaciones recaen en los recuerdos de un ser que ha fracasado en el amor, y por lo tanto, también en la vida. Unas confesiones sobrecogedoras salen de boca de un hombre que se siente como un ser que sobra, que excede, que está de más en un mundo en el que, por añadidura, a él no le dio tiempo a construirse su propio nido, ni a consolidar su amor, ni a terminar de encontrar aquello que se supone da sentido a la existencia.

El diario resulta tanto más estremecedor cuanto trata de un ser que desde su más tierna infancia ya sintió la gélida ausencia de la ternura maternal. A la cicatriz que deja en el alma infantil la frialdad de la autoritaria y distante madre de Chulkaturin, se contraponen las «cálidas lágrimas» de su padre. Sin pudor alguno, el protagonista confiesa que «Mi madre… siempre me trató igual: con cariño y frialdad a un tiempo. En los libros para niños a menudo se encuentran madres así: rectas y justas. Ella me quería; pero yo a ella no. ¡Sí! Evitaba a mi virtuosa madre y adoraba a mi inmoral padre».
La expresión de «lishni chelovek», con la que Turguéniev se refiere a este «hombre supérfluo», sirve en realidad para toda una tipología de héroes, o mejor dicho, de antihéroes, de la literatura rusa, a los que es común su carácter errante y su sentirse de sobra. Al igual que al Chulkaturin de Turguéniev, también el apuesto Pechorin (El héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov) y el propio Onéguin, de Pushkin, son sujetos desarraigados, «sin nido», que siempre están fuera de lugar, sin meta, sin finalidad en sus vidas; son ellos los que heredan parte del escepticismo hamletiano y parte del idealismo quijotesco, del que pronto hablaremos.
PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICAS
Si el Diario de un hombre supérfluo nos ofrece la biografía de un ser que no sabe para qué ha existido, las Páginas autobiográficas nos presentan diez textos (a los que la edición española ha sumado un brillante apéndice) sobre las vivencias, la experiencia y los recuerdos del propio Turguéniev. Se trata de artículos y ensayos que aparecieron publicados en distintos medios entre los años 1869 y 1883, y que conocieron la edición, que ahora se traduce, en vida del autor. Sin un hilo conductor concreto, la obra resulta interesante por cuanto ofrece la parte acaso más desconocida y humana del autor de Padres e hijos. La edición española ha sido vertida a un espléndido castellano (lo que, por desgracia, no siempre sucede tratándose de clásicos rusos), del que es responsable Víctor Gallego.
En el prefacio —una breve pero acertada descripción del ambiente universitario de Berlín poshegeliano—, Turguéniev pinta a grandes rasgos las características que definirán a los más renombrados occidentalistas de su país: Bakunin, Stankévich, Granovski, etc. Este contexto ayuda a situar y a comprender mejor el capítulo relativo a Belinski, a quien Turguéniev dedica encendidos elogios. Aunque resulte muy logrado el dibujo del carácter y las extravagancias de este crítico literario (el primero que se consideró «liberal» en el contexto del autoritarismo zarista), las excesivas alabanzas a este crítico y folletinista, con ocasión del fallecimiento de éste, revelan la dificultad sentida por Turguéniev de zanjar la deuda que un día contrajo con él, su padrino literario. La descripción del ambiente en el que se desenvolvió Belinski prepara el interesante enfoque a la pugna existente entre los occidentalistas, a los que pertenecía Turguéniev, y los eslavófilos, un enfrentamiento que se prolongaría a lo largo de todo el siglo.
Del capítulo dedicado a Gógol y a sus contemporáneos, destaca el contenido del obituario escrito con motivo de la muerte del primero; un artículo que costó a Turguéniev un mes de encarcelamiento y el posterior destierro en su casa de campo.
El relato titulado «El hombre de las lentes grises» tiene su origen en los recuerdos de Turguéniev del turbulento 48 francés. En medio de las revueltas revolucionarias, el autor, dando muestras de su habitual delicadeza, entabla amistad con un desconocido en un café de París. El carácter enigmático del desconocido y unos diálogos de gran calado metafísico dibujan una extraña aunque interesante relación, que termina para el lector con una ilusión anticipada de triunfo del socialismo.
Entre los diferentes relatos y artículos de Páginas autobiográficas, destaca especialmente por su fuerza y contenido el de «La ejecución de Troppmann», donde Turguéniev hace gala de su oficio de narrador y de su cuidada estilística. Especialmente brillantes resultan los últimos párrafos de la historia, donde se contrapone la efectividad del castigo de la pena capital al impulso de venganza y la endeblez de la palabra «justicia».
Finalmente llegamos al apéndice de la obra titulado «Hamlet y Don Quijote», un ensayo que Nueva Revista ofreció —cuando era inédito en castellano— en abril de 1998, y en el que Turguéniev muestra su talante más filosófico y arriesgado. Sus disertaciones metafísicas no resultan osadas y quedan sobradamente justificadas, acertadas además de brillantemente planteadas. Hallamos en este apéndice, pues, una de las mejores partes de la edición en castellano de estas Páginas autobiográficas.
SHAKESPEARE EN LA ESTEPA
«Lady Macbeth de Mtsensk», así como «El pensador solitario» de Nikolái S. Leskov, los dos relatos incluidos en la presente edición, constituyen dos claros exponentes del género literario del skaz ruso. Como es sabido, Leskov, junto a Nekrasov y Uspenski, fue uno de los representantes más puros de este género, propio de la tradición folclórica de ese país. Hombre sencillo, Leskov se crió entre los más humildes, y junto a ellos aprendió una visión ortodoxa de la vida. En su obra entrevemos con facilidad al hombre piadoso y creyente que se esconde tras la figura literata. Sus relatos suelen tener un gran contenido moral, no es difícil ver en ellos la huella del mensaje evangélico acerca del «bien» y de la «justicia»; incluso cuando éstos se presentan como contratipos.
Así sucede precisamente con el primer skaz de esta edición, en el que, con un lenguaje sencillo, directo y nada almibarado, se da cuenta de la historia de una Lady Macbetch rusa. Fiel representante del realismo literario ruso, Leskov contrapone a los tipos positivos de las mujeres, que tan a menudo se encuentran en las obras de Turguéniev o Tolstói, las seductoras, malvadas y crueles mujeres rusas; sólo que, en el caso de «Lady Macbeth de Mtsensk» se trata de una versión rusa de la tragedia shakespeariana, en la que los protagonistas, Catalina Lvovna y Serguéi, señora y criado respectivamente, se entrelazan en una serie de asesinatos a los que conduce la ciega ambición de aquél por heredar la hacienda del marido de Catalina.
En el segundo relato de esta edición, titulado «El pensador solitario», encontramos a un Leskov próximo —acaso inconscientemente— a la corriente eslavófila, toda vez que el relato anticipa la ruptura entre la Rusia ortodoxa y los corruptos funcionarios. Como testigo presencial de la vida funcionarial del XIX, Leskov es un buen juez y conocedor de la
tragedia de los funcionarios de su país. El mismo fue hijo de un modesto funcionario, que desde muy joven tuvo que ganarse la vida trabajando en distintas dependencias ministeriales, hasta que fue expulsado de la carrera pública por discrepancias con sus superiores.

En línea de Las almas muertas gogolianas, «El pensador solitario» ofrece, no obstante su poca extensión, un rico contenido de denuncia y de crítica a la burocracia, enunciada en solitario el pequeño y ridículo funcionario Rízhov. A pesar de sus aciertos y sus fracasos, este funcionario seguirá viviendo rodeado de su impoluta rectitud moral. Y aunque también Rízhov obtenga su posterior recopensa, tanto esta, como el uniforme que en su día rechazó, seguirán sin decirle nada. Se trata pues de la vida de un santo, o mejor dicho, de un funcionario, al que Leskov santifica, anticipando de este modo la derrota que sufrirá el cristianismo ruso, aplastado por la potente bota burocrática del futuro sistema que sobrevendrá al país.
Como ha ocurrido con frecuencia con el género literario encuadrado en el realismo naturalista ruso —con algunos cuentos de Gógol, de Chéjov, y también con El doble de Dostoyevski, por ejemplo—, el tono cómico de este relato de Leskov ha escondido el trasfondo trágico de sus historias. En la presente edición, aunque se trate de una historia simpática y graciosa, capaz de arrancar la risa a los más serios, «El pensador solitario» funciona, de hecho, como contrapunto al lúgubre final de «Lady Macbeth de Mtsensk»
Jesús Beades (Sevilla, 1978) es uno de los poetas jóvenes con más proyección, con más futuro dentro de la poesía española. O, para ser más justos y precisos: Jesús Beades, pese a que sólo tiene veintitrés años, es ya una de las voces que cuentan, que tienen mucho que decir en la poesía española actual. Es, además, uno de esos poquísimos poetas capaces de transformar en poesía materiales que para otros pasan inadvertidos. Un poeta también de sólidas, de profundas lecturas. Los maestros de Jesús Beades, valga la paradoja, son muchos y muy escogidos, y él se ha servido de la lección de todos ellos para dotar a su poesía de una extraordinaria consistencia técnica y formal. Pero ahí no se agotan sus méritos. Hay que decir, además, que Jesús Beades, por encima de todo, sabe mirar las cosas y su propia alma con una rara lucidez, con una intensidad al alcance de muy pocos. Hay que decir, pues, que Jesús Beades tiene el don de la poesía.
Hasta el momento, Jesús sólo ha publicado un libro, Tierra firme (Diputación de Soria, 2000), que recibió el XV Premio Gerardo Diego. El poema que reproducimos aquí pertenece a un libro inédito titulado Centinelas y está inspirado en unos versos de juventud de W.B. Yeats1. Si el lector compara el poema del autor irlandés con el de Jesús Beades, comprobará que éste amplifica la idea original, pero sin utilizar ni un solo gramo de retórica. La alusión al caballo, esos versos como raíces bajo la nieve y la larga pregunta con que concluye el poema, llena de buen sentido y de ternura, no están en Yeats y constituyen, a mi juicio, buenos ejemplos de la fuerza poética de Jesús Beades.
UNA POÉTICA
De la Poesía se han ensayado muchas definiciones. Y quizá más aún de eso que llaman poética, manera de concretar objetivos teóricos y técnicos, de la propia obra, conforme a una definición. Hay a quien le gusta decir que no posee poética alguna, sino sólo algunos descubrimientos humildes, como el de las propias limitaciones. Así hablaba J.L.B. Me atrevo a decir -al contrario que ciertos contemporáneos, digamos, desencantados- que si la Poesía es algo, es algo ciertamente muy importante. Pienso que es muy comprensible que Bécquer la confundiera con el Amor, que es misterioso el hecho de que no condescienda a muchas miradas, y luego aparezca del brazo del que menos se espera (por ejemplo, un vagabundo, o un Secretario de Estado). Que es, ciertamente, una forma de ser feliz, o conjurar la infelicidad, o buscarle sentido a ambas. Y si no lo es, no merece la pena. El medio del poeta es la palabra, y con ella, asombrado ante la insolencia gozosa de la Vida, o traspasado por el dolor, se une a la Palabra Creadora. A esto Tolkien lo llamaba subcreación. Juan Pablo II -cuya primera vocación, que aún pervive, es literaria- se dirige a los artistas, y por lo tanto a los poetas, en una carta reciente diciendo que somos «los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística». Y aquí se completa la definición: «para hacer de ellas un don al mundo». La poesía es también una forma de darse a los demás. Una de las formas que algunos tenemos, inmerecida, es cierto, y que, en palabras de Eloy Sánchez Rosillo, hay que defender con humildad y orgullo: «Esta luz tuya que es más que tú y ha de sobrevivirte». Nada más. Y nada menos.
SOBRE UN TEMA DE YEATS
Down by the Salley Gardens
Ya sé que debo tomarme el amor
con calma. Que en la vida cada cosa
tiene su justo tiempo, y que no es bueno
ni sirve para nada el impaciente
deseo de la dicha. La hierba crece lenta
por los campos mojados, pero siempre
terminan verdeando las saucedas.
El caballo se forma poco a poco en el vientre
de la yegua, pero al final se escuchan
galopes y relinchos. También los versos son
como las raíces bajo la nieve.
Lo sé. Pero… ¿y si yo no me acerco
a ver crecer la hierba, si acaso no te llamo
para quedar contigo esta mañana,
si no cojo tu mano para que tú comprendas,
quién me dice a mí que no te irás
y habré perdido entonces
la ocasión de quererte,
de darte una ocasión de que me quieras?
NOTA
1 Down by the salley gardens my love and I did meet; / She passed the salley gardens with little snowwhite feet she bid me take love easy, as the leaves grow on the tree; / but, being young and foolish, with her would not agree. // In a field by the river my love and I did stand, and on my leaning shoulder she laid her snowwhite hand. / She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs; / but I was young and foolish, and now am full of tears. (Crossways, 1889).
REMEMBRANZA
por EUDORA WELTY
«Como ya has visto, soy una escritora que vino de una vida protegida. Una vida protegida puede ser una vida desafiante también. Por todos los serios y desafiantes comienzos que implica». Pocas frases pueden resumir mejor la obra y el sentir de la escritora Eudora Welty, que ésta con la que la autora despidió su autobiografía. Nacida en 1909 en Jackson, Mississippi, Welty ha sido considerada como una de las grandes escritoras nacidas del Deep South, un entorno donde las mujeres de principio de siglo vivían protegidas por su familia de cualquier peligro, a salvo de la espontaneidad de una vida independiente. La novela y, en especial, el relato breve fueron los géneros que consagraron la trayectoria de Welty y la hicieron merecedora de numerosos galardones, como el Pulitzer de Novela en 1973, la American Academy of Arts and Letters Howells Medal, la National Institute of Arts and Letters Gold Medal, etc. Con motivo de su reciente fallecimiento, en julio de este año, hemos querido reproducir a continuación uno de sus mejores relatos, «Remembranza». Contamos para ello con la autorización expresa de la Editorial Anagrama, que tradujo y publicó este bello texto en la obra Una cortina de Follaje y otros relatos. Panorama de Narrativas, vol. 21. Barcelona: 1982.
Una mañana de verano cuando era niña, estaba tumbada en la arena, después de nadar en el pequeño lago del parque. Daba el sol de plano, era casi mediodía. El agua brillaba como acero, inmóvil salvo por el plumoso rizo que dejaba atrás un nadador lejano. Desde donde estaba, miraba hacia un rectángulo muy iluminado, deslumbrante, con sol, arena, agua, un pequeño pabellón, unas cuantas personas solitarias en posturas fijas, y, alrededor de todo ello, un borde de robles oscuros y redondeados, como las nubes de tormenta de las ilustraciones de la Biblia. Yo hacía pequeños encuadres con los dedos, para mirarlo todo.
Como era una mañana de un día de diario, las únicas personas que tenían libertad para estar en el parque eran o los niños, que no tenían ninguna ocupación, o esas personas mayores cuyas vidas son oscuras, irregulares y que no sirven conscientemente para nada; esto lo anoto como mi observación de entonces. Yo estaba en una edad en que me formaba un juicio sobre toda persona y todo acontecimiento que se presentaba ante mí, aunque me asustaba fácilmente. Cuando una persona, o un suceso, no me parecía acorde con mi opinión, o con mi esperanza o mis expectativas, me sentía aterrorizada por una visión de abandono y salvajismo que me afligía y entristecía inmensamente. Mis padres, que creían que yo no veía nada del mundo que no estuviera estrictamente instalado en su lugar correspondiente como una parra en el enrejado de nuestro jardín para ser presentado a mis ojos, se habrían preocupado muchísimo si hubieran sospechado la frecuencia con la que lo débil y lo inferior y lo retorcido y extraño se convertía en ejemplo de lo que el mundo me ofrecía y presentaba. Ni siquiera ahora sé qué es exactamente lo que esperaba ver; pero en aquella época, yo estaba convencida de que estaba siempre a punto de verlo. Lo de observar cuanto me rodeaba era algo que consideraba, ceñuda y posesivamente, una necesidad. Durante todo aquel verano me tumbé en la arena junto al pequeño lago, haciendo un cuadrado con los dedos ante los ojos, con las puntas de los dedos tocándose, y todo lo miraba a través de este artilugio y parecía una especie de proyección. Daba igual lo que mirase; de toda observación deducía que había estado casi a punto de revelárseme un secreto de la vida… pues estaba obsesionada por la idea del ocultamiento, y del más insignificante gesto de un desconocido arrancaba yo lo que para mí constituía una comunicación o un presentimiento.Tal estado de exaltación se vio aumentado, o quizás provocado, por el hecho de estar por entonces enamorada por primera vez en mi vida: había identificado el amor de inmediato. La verdad es que nunca después he sentido ninguna pasión tan desesperadamente inexpresada en mi interior, o tan grotescamente alterada en el mundo exterior. Resulta extraño que a veces, incluso ahora, recuerde con todo detalle la mañana en que rocé la muñeca de mi amigo (como por accidente, y él fingió no darse cuenta) en las escaleras de la escuela. He de añadir, y esto no es tan extraño, que en realidad el niño no era amigo mío. Nunca habíamos cruzado una palabra ni un gesto de reconocimiento; pero, aun así, durante todo aquel año pude pensar interminablemente en aquel breve, fugaz encuentro de las escaleras, hasta que se hinchó con una belleza súbita y abrumadora, como una rosa forzada a un florecer prematuramente para un gran acontecimiento.
Mi amor me había hecho, de algún modo, doblemente austera en mis observaciones respecto a cuanto acontecía a mi alrededor. A través de cierta intensidad, había llegado casi a una vida dual, como observadora y como ensoñadora. Sentía una necesidad de adaptación absoluta a mis ideas en cualquier acontecimiento que presenciase. En consecuencia, me pasaba todo el día en la escuela perpetuamente alerta, temiendo que sucediera lo desagradable. La monotonía y la regularidad del día escolar eran una protección, pero recuerdo con precisa claridad la clase de latín en que el chico de quien estaba enamorada (a quien miraba constantemente) se inclinó de pronto y se llevó el pañuelo a la cara. Vi la sangre roja (bermellón) en el pañuelo y en su mano cuadrada; estaba sangrando por la nariz. Recuerdo ese preciso instante. Algunas de las chicas mayores se reían en la confusión y el jolgorio. El chico salió corriendo del aula. El profesor las amonestó con aspereza. Pero este incidente nimio que le había sucedido a mi amigo me conmocionó intensamente. Era imprevisto y, al mismo tiempo, temido; lo identifiqué y me apoyé de pronto pesadamente en un brazo y me desmayé. ¿Explica esto por qué desde aquel día, he sido incapaz de soportar la visión de la sangre?
Nunca llegué a saber dónde vivía aquel chico ni quiénes eran sus padres; lo cual me provocó un continuo desasosiego durante el año en que estuve enamorada de él. Era insoportable pensar que pudiera vivir en una casa destartalada y sin pintar, oculta por altos árboles, que sus padres fueran sucios y andrajosos… delincuentes… tullidos… o que hubieran muerto. Especulaba interminablemente sobre los peligros de su casa. A veces, imaginaba que su casa podía incendiarse de noche y que él podría morir. Cuando entraba a la mañana siguiente en clase, con cara despreocupada, e incluso con una expresión estúpida, mi sueño se desvanecía; pero mis temores se agudizaban por su ignorancia de ellos, pues sentía yo un misterio más profundo que el peligro que se cernía sobre él. Observaba cuanto él hacía, intentando aprender y traducir y verificar. Podría reproduciros ahora la torpe textura, el matiz exacto del azul desvaído de su jersey. Recuerdo cómo balanceaba el pie cuando se sentaba en clase… con suavidad, casi sin tocar el suelo. Aún hoy no me parece trivial.
Mientras estaba tendida en la playa, aquella mañana soleada, pensaba en mi amigo y recordaba de un modo lento, dilatado, intemporal el incidente del roce de mi mano con su muñeca. Constituía ya una historia muy larga. Pero los niños que corrían por la arena, los robles erectos que se alzaban sobre el techo limpio y afilado del pabellón blanco, las actitudes lentamente cambiantes de los adultos que habían eludido la ciudad y estaban tendidos boca abajo y riéndose al borde del agua, todos, eran como una aguja que entraba y salía por mis pensamientos. Aún no sé qué era más real, si el sueño que yo podía hacer florecer a voluntad o la visión de los bañistas. Estoy presentándolo, comprendéis, sólo como simultáneo.
No advertí la llegada de aquellos bañistas, que se instalaron tan cerca de mí. Tal vez me hubiera quedado dormida cuando llegaron. Tumbados cerca de donde estaba, apareció en determinado momento un grupo de personas escandalosas, chillonas y variopintas, que parecían agrupadas allí por un increíble accidente, y que parecían impulsadas por el loco propósito de ofenderse mutuamente, lo cual les producía una gozosa hilaridad que me asombraba. Eran un hombre, dos mujeres, dos chicos. Estaban morenos y atezados, pero no eran extranjeros; cuando yo era niña, a tales personas se les llamaba «vulgares». Llevaban trajes de baño viejos y descoloridos que no ocultaban ni la energía ni la fatiga de sus cuerpos, sino que las mostraban con exactitud. Los chicos debían ser hermanos, pues ambos tenían el pelo muy claro y liso y les brillaba bajo la roja luz del sol como cardos. El mayor había crecido mucho, pues su cuerpo desbordaba el traje de baño por todas partes. Tenía grandes mofletes que le ocultaban los ojos, pero a mí me resultaba fácil seguir sus punzantes y tímidas miradas cuando corría torpemente alrededor de los otros, pellizcando, dando patadas y lanzando estúpidos gruñidos. El más pequeño era delgado y desafiante; su flequillo casi blanco estaba aplastado de tirarse una y otra vez de cabeza al lago, cuando el mayor le acosaba.
Y tendidos en una confusión de piernas, estaban los demás: el hombre y las dos mujeres. El hombre parecía absolutamente entregado al calor y al resplandor del sol. Sus ojos relajados se entrecerraban a veces, con vaga animación, sobre el agua resplandeciente y la cálida arena. Tenía las manos flácidas y en reposo. Yacía de costado, y, de vez en cuando, cogía arena e iba amontonándola en un informe montón sobre las piernas de la mujer de más edad.
Ella contemplaba fijamente aquellos movimientos lentos e indefinidos y permanecía absolutamente quieta. Tenía una blancura antinatural y conciencia de ser gorda, con un traje de baño que no tenía relación alguna con la forma de su cuerpo. La grasa colgaba de los brazos como un corrimiento de tierra contenido en una ladera. Temí que al menor movimiento resbalase de sí misma hacia abajo en un montón aterrador. Le colgaban los pechos enormes, abultando como peras el traje de baño. Tenía una pierna sobre la otra y semejaban sombreados rompeolas, irregulares y abandonados, en los cuales, por la mano del hombre, iba apilándose la arena como la acuciante amenaza del olvido. Identifiqué un sonido lento y repetido que llevaba mucho rato oyendo inconscientemente, como una risa continua que brotaba de la boca inmóvil, abierta y fruncida de la mujer.
La chica más joven, tendida a los pies del hombre, estaba enroscada sobre sí misma. Llevaba un traje de baño verde claro que era como una botella de la que pensé que podría surgir en un arrebato de humo revuelto. Podía percibir ese arrebato como de un genio en su cuerpo flaco cuando parecía reptar y yacer inmóvil a la vez, viendo como el hombre amontonaba la arena, de modo descuidado, sobre las grandes piernas de la mujer mayor. Los dos niños corrían en fluctuantes elipses alrededor de los otros pellizcándoles indiscriminadamente, y tirando arena al pelo revuelto del hombre, como si lo temieran. La mujer seguía riéndose, casi como si quisiera tararear una canción fastidiosa. Vi que todos estaban resignados al descaro y la fealdad de los otros.
Aquella gente no se decía una palabra, pero empecé a advertir una progresión, un círculo de respuesta, que se lanzaban unos a otros a su modo, en la confusión de vulgaridad y de odio que se entretejía entre ellos como una guirnalda de vapor que surgiese de la húmeda arena. Vi que el hombre alzaba la mano llena de arena, que la movía mientras la mujer se reía, y que se la metía en el bañador, entre los bulbosos y colgantes pechos. Allí quedó colgando, marrón e informe, haciéndoles reír a todos. Hasta la chica enfadada se rió, con una hilaridad insistente que le hizo levantarse y correr por la playa, las piernas rígidas y entumecidas saltando y tropezando. Los niños señalaban y gritaban. El hombre sonreía como un perro jadeante, y miraba despreocupadamente hacia todos ellos, y también hacia el agua; miró incluso hacia mí, y me incluyó. Mirando a mi vez, aturdida, deseé que todos murieran.
Pero, en aquel momento, la chica del bañador verde dio de repente una vuelta completa. Extendió los brazos rígidos hacia los niños vociferantes y se unió a ellos en una insensata persecución. El niño más pequeño se lanzó de cabeza al agua, y el mayor hizo girar su cuerpo, crecido en exceso, a través del aire azul sobre un pequeño banco, en el que yo ni siquiera me había fijado. Llamó alegremente a los otros, que se reían mientras él saltaba, pesado y ridículo, sobre el respaldo del banco y caía teatralmente en la arena. La gorda se inclinó hacia el hombre con una sonrisilla presuntuosa y el niño la señaló chillando. La chica de verde se acercó entonces corriendo al banco como si fuese a destruirlo, y con una ferocidad que me dejó sin aliento, se alzó en el aire y saltó sobre él. Pero nadie pareció darse cuenta, salvo el niño más pequeño, que salió del agua para hundir sus dedos en el costado de la chica, en una mezcla de felicitación y escarnio; ella le dio un empujón furiosa, y le tiró en la arena.
Cerré los ojos a sus luchas; pero aún podía seguir viéndoles, grandes, metálicos casi, con sonrisas pintadas, al sol. Seguí allí tendida, los ojos muy cerrados, oyendo sus chillidos y sus gritos frenéticos. Me parecía que podía oír también el golpe y el gordo impacto de sus cuerpos feos cayendo unos sobre otros. Intenté retirarme a mi sueño más interior, al roce de la muñeca de mi amado en la escalera. Sentí donde había cerrado los ojos temblar mi deseo estremeciendo la oscuridad como si fuera de hojas. Sentí la carga abrumadora de dulzura que acompañaba siempre a este recuerdo; pero el recuerdo en sí no me llegó.
Seguía allí tendida, abriendo y cerrando los ojos. La brillantez y luego la negrura eran como experiencias alternativas de noche y día. La dulzura de mi amor parecía traer la oscuridad y mecerme suavemente en su viento suspendido; me hundía en la familiaridad; pero la historia de mi amor, la larga narración del incidente en las escaleras, se había desvanecido. Ya no conocía el significado de mi felicidad; se apoderaba de mí, sin explicarse.
En determinado momento, alcé la vista y la mujer gorda estaba de pie frente al hombre, sonriendo. Se inclinó y, de modo condescendiente, bajó la parte delantera del traje de baño, doblándola hacia afuera, para liberar la arena amasada y prensada. Sentí un punto culminante de horror, como si sus propios pechos se hubieran convertido en arena, como si no tuvieran la menor importancia y a ella le diera lo mismo.
Cuando emergí de nuevo, al fin, de la protección de mi sueño, de la austeridad indefinida de mi amor, abrí los ojos al chafarrinón de una playa vacía. El grupo de extraños había desaparecido. Yo seguía allí tendida, sintiéndome engañada por la visión de rompeolas inconcluso donde habían apilado y moldeado la arena mojada alrededor de sus cuerpos, que cambiaba la fisonomía de la playa como los destrozos de una tormenta. Aparté la vista, y por el objeto con que mi ojos se encontraron, el pequeño pabellón blanco gastado, sentí de repente que la piedad me inundaba, y rompí a llorar.
Aquella fue mi última mañana de playa. Recuerdo que seguí allí tendida, encuadrando mi visión con las manos, intentando pensar en el futuro, en mi vuelta al colegio, en invierno. Podía imaginar al chico del que estaba enamorada entrando en clase, donde yo le observaría con aquella hora de playa acompañando mi sueño recobrado y añadida a mi amor. Podía prever incluso cómo respondería él a mi mirada, inocente y mudo, un chico de mediana talla, rubio, ojos inconscientes que miraban más allá de mí, por la ventana, solitarios y desvalidos.