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Jesús Beades (Sevilla, 1978) es uno de los poetas jóvenes con más proyección, con más futuro dentro de la poesía española. O, para ser más justos y precisos: Jesús Beades, pese a que sólo tiene veintitrés años, es ya una de las voces que cuentan, que tienen mucho que decir en la poesía española actual. Es, además, uno de esos poquísimos poetas capaces de transformar en poesía materiales que para otros pasan inadvertidos. Un poeta también de sólidas, de profundas lecturas. Los maestros de Jesús Beades, valga la paradoja, son muchos y muy escogidos, y él se ha servido de la lección de todos ellos para dotar a su poesía de una extraordinaria consistencia técnica y formal. Pero ahí no se agotan sus méritos. Hay que decir, además, que Jesús Beades, por encima de todo, sabe mirar las cosas y su propia alma con una rara lucidez, con una intensidad al alcance de muy pocos. Hay que decir, pues, que Jesús Beades tiene el don de la poesía.


Hasta el momento, Jesús sólo ha publicado un libro, Tierra firme (Diputación de Soria, 2000), que recibió el XV Premio Gerardo Diego. El poema que reproducimos aquí pertenece a un libro inédito titulado Centinelas y está inspirado en unos versos de juventud de W.B. Yeats1. Si el lector compara el poema del autor irlandés con el de Jesús Beades, comprobará que éste amplifica la idea original, pero sin utilizar ni un solo gramo de retórica. La alusión al caballo, esos versos como raíces bajo la nieve y la larga pregunta con que concluye el poema, llena de buen sentido y de ternura, no están en Yeats y constituyen, a mi juicio, buenos ejemplos de la fuerza poética de Jesús Beades.


UNA POÉTICA


De la Poesía se han ensayado muchas definiciones. Y quizá más aún de eso que llaman poética, manera de concretar objetivos teóricos y técnicos, de la propia obra, conforme a una definición. Hay a quien le gusta decir que no posee poética alguna, sino sólo algunos descubrimientos humildes, como el de las propias limitaciones. Así hablaba J.L.B. Me atrevo a decir -al contrario que ciertos contemporáneos, digamos, desencantados- que si la Poesía es algo, es algo ciertamente muy importante. Pienso que es muy comprensible que Bécquer la confundiera con el Amor, que es misterioso el hecho de que no condescienda a muchas miradas, y luego aparezca del brazo del que menos se espera (por ejemplo, un vagabundo, o un Secretario de Estado). Que es, ciertamente, una forma de ser feliz, o conjurar la infelicidad, o buscarle sentido a ambas. Y si no lo es, no merece la pena. El medio del poeta es la palabra, y con ella, asombrado ante la insolencia gozosa de la Vida, o traspasado por el dolor, se une a la Palabra Creadora. A esto Tolkien lo llamaba subcreación. Juan Pablo II -cuya primera vocación, que aún pervive, es literaria- se dirige a los artistas, y por lo tanto a los poetas, en una carta reciente diciendo que somos «los que con apasionada entrega buscan nuevas epifanías de la belleza, para hacer de ellas un don al mundo en la creación artística». Y aquí se completa la definición: «para hacer de ellas un don al mundo». La poesía es también una forma de darse a los demás. Una de las formas que algunos tenemos, inmerecida, es cierto, y que, en palabras de Eloy Sánchez Rosillo, hay que defender con humildad y orgullo: «Esta luz tuya que es más que tú y ha de sobrevivirte». Nada más. Y nada menos.


SOBRE UN TEMA DE YEATS
Down by the Salley Gardens


Ya sé que debo tomarme el amor
con calma. Que en la vida cada cosa
tiene su justo tiempo, y que no es bueno
ni sirve para nada el impaciente
deseo de la dicha. La hierba crece lenta
por los campos mojados, pero siempre
terminan verdeando las saucedas.
El caballo se forma poco a poco en el vientre
de la yegua, pero al final se escuchan
galopes y relinchos. También los versos son
como las raíces bajo la nieve.
Lo sé. Pero… ¿y si yo no me acerco
a ver crecer la hierba, si acaso no te llamo
para quedar contigo esta mañana,
si no cojo tu mano para que tú comprendas,
quién me dice a mí que no te irás
y habré perdido entonces
la ocasión de quererte,
de darte una ocasión de que me quieras?


NOTA


1 Down by the salley gardens my love and I did meet; / She passed the salley gardens with little snowwhite feet she bid me take love easy, as the leaves grow on the tree; / but, being young and foolish, with her would not agree. // In a field by the river my love and I did stand, and on my leaning shoulder she laid her snowwhite hand. / She bid me take life easy, as the grass grows on the weirs; / but I was young and foolish, and now am full of tears. (Crossways, 1889).


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