Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Ultimos días de Sabinia

udds.jpg

En este libro los lectores volvemos a encontrarnos con la voz, esta vez romanizada, del joven de gran experiencia, y muchas veces premiado, escritor Insausti. En él, el poeta va tratando, uno por uno, los temas esenciales de la literatura clásica: el arte frente a la naturaleza, la exaltación de la juventud, el deseo y la violencia, la verdadera sabiduría y la sabia ignorancia, el destino y la muerte. Pero sabe incorporar a esa voz horaciana una visión moderna, donde la ironía más elocuente y pomposa se mezcla con el humor más campechano; así, por ejemplo, al tratar el casi sagrado tema de la amistad para los romanos, exalta las horas, las fiestas, las batallas, las vidas compartidas, pero acaba aclarando a su interlocutor: «Que esto no nos baste, qué desgracia». Junto a desplantes de este estilo conviven en los poemas, en perfecta amistad, versos absolutamente memorables («Detesto la embriaguez de la memoria», «La desgana invencible del incrédulo», «La hermosura nos hace duraderos») y adjetivos conduntendes («honores suculentos», «altos enigmas», «gélidos tratados», «flechas sediciosas»), que dan al texto gran frescura y la luminosidad del mármol. Hay mucho de ejercicio literario en este libro, como reconoce la honestidad del propio autor – «De este oficio verbal que me he propuesto»-, en donde los quince versos que tiene cada uno de los cincuenta y un megalíticos poemas sólo se ven entorpecidos por alguna que otra cita, y por el subtítulo y dedicatoria de alguno de los poemas. Comentaba el poeta Miguel d’Ors, en frase ampliamente citada y que, por cierto, procede de una reseña de 1994 que le dedicaba al propio Insausti, que del laberinto de la poesía de la experiencia sólo se podía salir por medio de la experiencia de la poesía: ese propósito es el que ha intentado llevar a cabo Gabriel Insausti en este poemario, donde hace realidad los proféticos autugios d’orsianos de hace siete años.

El bazar del cuento: Pasen y lean

El escritor reinventa el mundo. Se sienta sobre el rincón de papel en el que tan sólo se oye el eco de la propia voz y deja que, sobre su mirada, se derrame el tintero que da silueta a las formas que vagan en su imaginación.

Por eso, cada vez que el lector se asoma a la realidad a través de los ojos de un autor distinto (e incluso en cada una de sus obras) va a ser recompensado con el placer delicioso de disfrutar, cada vez, de un mundo diferente. Tal es el caso de los tres libros que nos ocupan: Cuentos de La Cábila, El Libro del mal amor y Ochenta y seis cuentos, tres obras que comparten género -el relato breve- y nacidas de tres reinventores de prestigio (Antonio Pereira, Fernando Iwasaki y Quim Monzó) aunque radicalmente diferentes entre sí.

OCHENTA Y SEIS CUENTOS PARA UNA MONTAÑA RUSA

El más alejado de sus otros dos colegas es, sin duda, Quim Monzó. Con su recopilación de cuentos construye una montaña rusa en la que arrastrará al lector, le guste o no, hasta el sonido de sirena final.

Le deslizará por los raíles de una prosa bien trabajada, transgresora de vocación. Capaz tanto de aliñar, en el pequeño cuenco de un relato, una ensalada variada de onomatopeyas: «achacunfa, achacunfa», «Blup», «crrrrrrrrc»… («Splassshf») como de saciarle con un texto denso, en ocasiones hasta el empacho.

Los vagones de sus cuentos, primero caen sobre pronunciadísimas pendientes en las que las leyes del mundo real quedan abolidas, para ser sustituidas de inmediato por otras (abróchense ustedes los cinturones) legisladas por un esquizofrénico-paranoico con gran sentido del humor.

Son historias surrealistas, desternillantes, que recuerdan por ejemplo a Jardiel Poncela(«- Historia de un amor»), delirantes y kafkianas («Cantidad de prados en los ojos»), políticamente incorrectas («En un tiempo lejano»), parodias del cuento clásico («La Monarquía»), románticas («La chica de Mehari») o metáforas de la vida traducidas a Quim Monzó («No tengo qué ponerme» ). Mas de repente, sin previo aviso, Monzó da un giro de ciento ochenta grados y obliga al lector a embestir breves y curiosos episodios históricos («A las puertas de Troya») o fábulas enfermizamente tristes que invaden el territorio de lo patético sin disimulo («Pygmalión») («Vidamatrimonial»).

La atracción de su escritura se mueve por pura diversión. Dibuja en el aire ansiosos giros imprevistos, a veces imposibles, que se deshacen de cualquier indicio de solemnidad, dejando tras de sí sólo caniles de una gran simetría estética. «Era una película tan bonita que acaba igual que había empezado» («Un cine»).

En su punto final la montaña rusa nos sorprende quedando suspendida en el aire, estática. Como cuando el protagonista de su último cuento («Los libros») deja de leer a un párrafo del final una novela, aterrado ante la posibilidad de que esas cinco últimas líneas le defrauden. «El inicio es el mejor momento de un libro. La primera frase, el primer párrafo, la primera página. Las posibilidades son, siempre, inmensas«. « Las cosas tendrían que empezar siempre y no continuar nunca».

EL LIBRO DEL BUEN HUMOR

Decir que el peruano Fernando Iwasaki tiene el don de descubrir el colorín de lo extraordinario tras el gris de lo cotidiano, o de convertir el drama en comedia y el agua en vino, es ser terriblemente obvio e incluso quedarse corto.

En mi opinión, lwasaki ha hecho de El Libro de Mal Amor un botiquín de urgencias para estresados y dolientes de todo tipo, con diez tiritas de sentido del humor. Diez tiritas que son diez relatos, presentados e inspirados, todos ellos, por versos de El Libro del Buen Amor, que repasan, para nuestro deleite los (pretendidos) fracasos más escandalosos de su ridiculum vitae amoroso particular.

En ellos Femando vuelve a enamorarse de nuevo de ellas, siempre corno si lo hiciese por primera vez. Pero Dulcineas, Helenas o diosas griegas (personajes cliché) lejos de agradecer sus hercúleos trabajos para transformarse en Quijote, París o Adonis, no tienen otro afán que escabechinar su corazón bien escabechinado. Explora, juega, se divierte y con sus historias descerraja el candado de nuestros recuerdos y propias experiencias, que van a participar, cómplices, y a enriquecer nuestra diversión. Los principales componentes para tan potente fármaco son un texto de vivo ritmo fluido e ingenioso, limpio de floridos e innecesarios artificios, y salpicado de constantes metáforas, símiles y comparaciones. Todo ello recogido en unas cápsulas cuyo efecto es la espontánea risa perversa y traviesa del lector. Y unas ganas locas de volver virulentamente a enfermar.

Arranca así pues, Fernando lwasaki, el disfraz de fingida seriedad a asuntos como la religión (para ver hasta qué punto, lean la imprescindible «Rebecca») y sobre todo al amor, dejándolos ante la desnudez de una sana y alegre intrascendencia. «Me sentía tan enamorado que no me enamoré de nadie más mientras duró el trayecto del microbús» («Carolina»).

ATRAPADOS EN ANTONIO PEREIRA

Cuentos de la Cábila (Edilesa, León, 2001) tiene forma de tino de esos cuadernos-diario en los que, amparados por la noche, muchos practican el ejercicio de la nostalgia.

Está compuesto por treinta y una páginas, treinta y un retazos amarillos, breves fotografías, pertenecientes a personajes tan conseguidos como su padre, Ramírez el guardia civil, o el magnífico el Torvo («Apariciones»), todos dibujados en breves y precisos trazos que se bastan para dotarles de cercanía y humanidad. Personajes que desfilan por las diferentes etapas de su infancia y juventud siempre bajo el imprescindible marco del barrio de La Cábila (la tribu) en el pequeño pueblo de Villafranca del Bierzo.

Es él mismo: Antonio Pereira, quien nos franquea la entrada a unos recuerdos que se extienden en el plano histórico desde los últimos años de Alfonso XIII, a lo largo de la República y la guerra, y que terminan en plena dictadura. Quien nos ofrece la llave maestra que abre cada puerta que puebla su refugio. «Yo tenía un plan, el primero de mi vida y aspiraba a tener un refugio. O sea una llave. Soñaba con llaves». (Prólogo y «Pirotecnia»).

Este viaje a través de Pereira discurre embutido en las ropas de un lenguaje aparentemente sencillo e improvisado que oculta (como oculta el boxeador veterano su directo de derecha) un trato exquisito a la palabra y una perfección milimétrica en su disposición, para en el momento oportuno golpearnos con su alma de poeta. Sirva como ejemplo el derechazo con que homenajea a Rilke en «La belleza terrible». «Nadie me había dicho que un ángel hermoso puede matarnos con su sombra.»

La curiosidad mueve entonces al lector a vagar puerta por puerta mecido por un tono amable, trastocado sutilmente tan sólo al abordar el tema de la opresión del poder a las ideas («El brazo secular»), A atravesar una a otra las galerías de sus sueños. A desear que nunca falte otra puerta, en la esperanza de poder quedar atrapado en este cálido refugio que Pereira nos ha construido a todos. «[…] mi hermano nunca entendió que leer diera más gusto que vivir» («El protagonista»).

En cuanto al grado de ficción o grado de biografía que hay impreso en estas páginas, ciertamente es un asunto de poca importancia, pues como el mismo autor afirma en el párrafo final de «El toque del obispo» (otro final insuperable en su haber): «Luego supe que en Mondoñedo no hay tren, pero eso importa poco cuando la historia es bonita»

Entre el África subsahariana y el Mar Negro

Ahora que ya se aproximan las horas de ocio de las vacaciones estivales, parece buen momento para viajar a tierras lejanas con el auxilio de dos magníficos libros de asuntos dispares, pero semejantes en su concepción y excelentes por su amenidad y contenido. Me refiero a Ebano, de Ryszard Kapuscinski (Anagrama, 2000) y a El Mar Negro: Cuna de la Civilización y de la Barbarie, de Neal Ascherson (Tusquets, 2001). Digo que son semejantes porque ambos abordan las dos áreas geográficas que acotan —el África subsahariana y los países que circundan el Mar Negro, respectivamente—, mediante el recurso a una narración en la que se intercalan experiencias personales vividas sobre el terreno, con noticias históricas y reflexiones propias sobre las tierras que visitan y los pueblos que las habitan.

En el caso de Ebano, su autor, un periodista polaco de nombre casi impronunciable, ha volcado cerca de cuarenta años de viajes y vivencias en muy diversos países de ambas fachadas del África subsahariana: desde Ghana hasta Tanzania, de Uganda a Nigeria, de Etiopía a Liberia, de Somalia a Senegal y Mali, los diversos capítulos en que se divide el libro recorren un continente mucho más rico, variado y plural de lo que nuestra gran ignorancia occidental sobre el tema nos dibuja. Sin embargo, de la lectura se desprenden unas constantes prácticamente comunes a todos estos países. Ante todo, la confrontación ineludible entre el hombre y una naturaleza sumamente hostil, que vuelve frágil la vida humana y hace que el desarrollo de la civilización sea difícil y precario. Este entorno de sequías, plagas y alimañas ha forzado al hombre africano a estar en constante migración y a valerse de la solidaridad del grupo familiar y ciánico para poder sobrevivir, y le ha dotado de una capacidad de aguante y de una paciencia inusitadas, pero también de una gran inercia que choca con los criterios europeos. Quizá todo ello esté en el origen de nuestra incomprensión de una cultura muy condicionada por su medio natural.

Puede que lo más interesante del libro sean las reflexiones del autor sobre las concepciones africanas acerca de fenómenos tales como la vida espiritual, el tiempo o el colectivismo, en tanto que expresiones de culturas ensimismadas en la tarea inmediata y primordial de la subsistencia por encima de cualquier otro afán. Kapuscinski narra con gran maestría de qué forma esa difusa espiritualidad africana, de marcado acento naturalista, conecta el mundo real con el de los antepasados y el de los espíritus concitados por los brujos, y encuentra en el mito la más acabada expresión de una memoria histórica que se ha transmitido oralmente.

Kapuscinski, que recorría África en su calidad de reportero al servicio de una agencia polaca de noticias, reconoce su complejo de blanco europeo en un mundo de negros, y asume una cierta culpa colonialista en los párrafos de carácter histórico que inserta en sus comentarios. En cualquier caso, la gran destreza narrativa de nuestro reportero polaco y su desbordante simpatía hacia la negritud se ponen al servicio de interesantes y ricas vivencias que garantizan la amenidad de su lectura.

Igual de ameno, si no más, resultará El Mar Negro: Cuna de la Civilización y de la Barbarie. La técnica narrativa empleada por el arqueólogo e historiador británico Neal Ascherson es similar a la del reportero polaco: cuenta vivencias personales en los países de la región a lo largo de los años noventa, con las que entrevera noticias históricas sobre las ciudades, comarcas y pueblos que el autor ha visitado, sin olvidar extensas referencias a algunos personajes célebres vinculados a aquellos (los poetas románticos Mickiewicz y Lérmontov, por ejemplo).

El libro se construye a partir de dos impulsos. El primero, de carácter más personal y emotivo, arranca del hecho de que el padre del autor fuese marinero en uno de los buques británicos que en 1920 recogieron a los restos del ejército de ciudadanos contrarios a la Revolución —los rusos blancos— en el puerto de Novorossisk. A partir de ese episodio, Ascherson cultiva una especial afición a toda la zona, a la que sirve su formación académica y profesional y que se activa sobre todo después de haber participado en algo tan esotérico como un congreso de Bizantinologia en Rusia, por las mismas fechas del frustrado golpe de Estado comunista, en 1991. El segundo motor es de carácter más ideológico, y gira en torno al discurso sobre civilización y barbarie que se suscita precisamente cuando marinos griegos, procedentes de las ciudades-Estado de Grecia y Jonia, establecen colonias a lo largo de las costas de las actuales Ucrania y Crimea para intercambiar sus manufacturas por pescado salado y trigo, y entran así en contacto con los pueblos «bárbaros» de la región. Este encuentro entre «civilizados» y nómadas, quizá el primero de su género en Occidente, genera una distinción que tendría profundas consecuencias.

Ascherson sigue las huellas de Heródoto y examina el pasado glorioso de ciudades como Tanais y Olbia, ahora en ruinas, el origen y la organización de pueblos como los escitas, los sármatas y los godos, así como la suerte de grandes imperios, tales como el bizantino o el ruso, dentro de ese marco geográfico que ha visto la formación de muchos mestizajes fruto del cruce de influencias orientales y occidentales. El texto confronta magistralmente las referencias a la azarosa historia de la región con la descripción de la postración actual, en la estela del naufragio de la Unión Soviética, de sus actuales habitantes, en un recorrido que abarca desde el siglo VII a.C. hasta prácticamente la actualidad. Todo ello en torno al «Pontos Euxinos», a ese «mar acogedor», como lo denominaron los griegos que, según el mito micénico, lo surcaron en busca del «vellocino de oro», y que ahora se enfrenta a una terrible degradación biológica provocada por la incuria del hombre.

En suma, dos propuestas dispares en cuanto a los continentes que son objeto de su atención, unidas por la curiosidad intelectual de ambos autores, por su profundo conocimiento del tema que tratan y por la calidad de sus descripciones puestas al servicio del placer de la lectura.

Literatura infantil y juvenil. No es más simple

Cuando nos fijamos en los libros de Harry Potter, al margen de la parafernalia que ha ido creándose a su alrededor, hay que admitir que constituyen una contribución excelente para su género. Joanne Rowling está construyendo una obra que, si bien se sitúa unos escalones por debajo de El hobbit y El señor de los anillos en cuanto a solidez argumental y literaria, es (desde el punto de vista narrativo) más eficaz para un público de menor edad (o menos exigente, si se prefiere ver así). No es extraño que los primeros volúmenes de la serie hayan arrollado en las listas de bestsellers, en términos absolutos. Ciertamente, habrá que ver si mantiene el mismo nivel en los tres libros que se han anunciado pero, en cualquier caso, lo conseguido hasta el momento sitúa ya a esta obra en un lugar privilegiado en la historia de la Literatura Infantil y Juvenir (LIJ).

J.K. Rowling es una gran narradora (…) con un chispeante sentido del humor y un estilo descriptivo muy visual

Viene bien recordar a los desconfiados que Potter no ha triunfado debido exclusivamente a la publicidad, pues los dos primeros libros crecieron inesperadamente, tanto para la autora como para la misma editorial. Mucho antes de la avalancha publicitaria se revelaban los méritos indudables de Rowling, una gran narradora que, a un ingenio fuera de lo común y un completo dominio de las referencias literarias del género fantástico del mundo anglosajón, une un chispeante sentido del humor y un estilo descriptivo muy visual.

Ella es además excepcionalmente capaz de conectar con los lectores jóvenes (y adultos), porque, al margen de  que sitúe a sus personajes dentro de un mundo singularmente atractivo e irreal, ha sabido crearlos con debilidades y temores muy humanos y hacerlos madurar progresivamente, al hilo de sus aventuras. De ahí que a los libros de Harry Potter les haga justicia el comentario que otro ilustre escocés —Stevenson— expresó a la vista del éxito de la literatura folletinesca-popular de su época: «Estos libros triunfan porque son fieles no a lo que los hombres son, sino a lo que los hombres sueñan».

Que todo lo que aparezca firmado por Harry Potter sea un éxito comercial a partir de ahora es el riesgo que corre Joanne Rowling: es fácil ceder a la presión y bajar la guardia, como ha ocurrido muchas otras veces con diferentes series de obras populares.

Este parece ser el caso del último álbum de Astérix, Astérix y Latraviata. La espectacular campaña publicitaria de la que se ha beneficiado no ha logrado, sin embargo, ocultar las carencias del relato. Como el mismo Uderzo reconoce, los álbumes de Astérix decayeron notablemente con la muerte de René Goscinny, su co-creador. A este guionista de cómic, acaso el mejor de la historia de este género, se deben los textos no sólo de Astérix sino también de otras series memorables como Lucky Luke, Iznogud, etc., y obras de humor tan excepcionales como El pequeño Nicolás. Los seguidores habituales del héroe galo disfrutarán no obstante con esta última obra y, quizá, vuelvan a repasar algunas de las mejores entregas.

Resulta difícil convencerse de que puedan volver a producirse fenómenos como Tintín o el de este famoso galo

Pero, además de ser la historia final de Astérix, podemos ver este álbum como el remate de toda una época. Por deseable que se nos antoje, resulta difícil convencerse de que puedan volver a producirse fenómenos como Tintín o el de este famoso galo. Pues un medio como el cómic —definido un día como «el cine de los pobres»— ha sido desplazado definitivamente de su privilegiado lugar entre los niños. Es cierto que sigue teniendo auge el cómic-book estadounidense (aún resulta más que notable la producción de álbumes franco-belgas, y no digamos nada del manga japonés…); pero el territorio mental que ocupan esas producciones no es el mismo que intentaron abarcar Hergé y Goscinny, en ningún caso.

Quien lo dude, puede consultar el trabajo monumental de documentación acerca del cómic español realizado por Jesús Cuadrado, Diccionario de la historieta española y su uso, una obra que merece todos los elogios y agradecimientos, pero cuya misma confección y redacción deja constancia que aquellas historias sólo interesan hoy a los estudiosos y a los nostálgicos. O todo lo más, quizá también a los guionistas que buscan ideas desesperadamente.

Si unos se van, otros en cambio vienen, y en la LIJ está llegando a su madurez el sector de los modernos álbumes ilustrados. Nos hallamos ante un tipo de libros nacido en los sesenta, cuando confluyeron, por un lado, el desarrollo de la industria gráfica, el auge de la publicidad, el aumento de las producciones de dibujos animados para cine y televisión, la edición de toda clase de tebeos y de tiras dibujadas en revistas, periódicos y dominicales…; y, por otro, la educación preescolar, el crecimiento de la industria educativa dirigida a franjas de edad más bajas. Esas condiciones propiciaron que algunos artistas jóvenes y pequeñas editoriales especializadas apostaran por una nueva clase de libros ilustrados: a todo color, con imágenes que ocupan páginas enteras y que no son un complemento del texto sino que se convierten en el texto mismo, y cuyo conjunto quiere tener un formato narrativo secuencial semejante al del libro.

El inglés Anthony Browne es un autor-i lustrador responsable de lo mejor publicado hasta la fecha en ese terreno. Quien pida sus álbumes en cualquier biblioteca infantil o librería —y no todas los tienen— podrá comprobar, quizá con asombro, cómo cabe conjugar el talento para contar historias inteligentes y un nivel artístico de primera categoría. Una historia como Voces en el parque, por ejemplo, muestra a la perfección cómo los mejores álbumes ilustrados son nuevas puertas para la lectura y la escritura, caminos para huir de la vulgaridad e instrumentos idóneos para la educación sentimental y la sensibilidad de los chicos. Incidentalmente, merece la pena destacar también que la edición española en este campo presenta un panorama prometedor; a las editoriales históricas que han dedicado sus esfuerzos a este tipo de álbumes se han sumado otras pequeñas como la ya veterana Kókinos, y las más recientes Corimbo y Kalandraka, que apuestan decididamente por libros de gran calidad gráfica.

En cuanto a la narrativa infantil y juvenil, existen bastantes relatos que cumplen dignamente su función de ser un buen aperitivo para incitar a los más jóvenes a iniciarse en los hábitos de lectura o para despertar en ellos el apetito de obras mayores. Aunque también la impresión contraria puede ser cierta: que se publican muchos libros que no alcanzan el umbral de calidad deseable. ¿Por qué proliferan tantas obras prescindibles? Borges decía que quienes escriben para el público infantil corren el peligro de quedar contaminados de puerilidad, y esto mismo le puede ocurrir al padre o a la maestra que se relaciona con el niño. Hay, por lo demás, quien ha visto en los niños un público consumidor cuyas necesidades (reales o inducidas) hay que saciar: estas ansias, una vez despertadas y azuzadas, son muy difíciles de frenar, como la industria Disney sabe muy bien.

Bienvenidos a la fiesta. Diccionario guía de autores y obras de literatura infantil

Luis Daniel Gomáíez ha conseguido con esta obra una selección y un análisis de las mejores obras de la literatura infantil y juvenil: clásicas y modernas, novelas y cuentos, álbumes ilustrados y de cómics, obras de poesía y de teatro para niños y jóvenes. De todas se facilitan las datos editoriales, argumentos, comentarios breves sobre sus características y méritos.

La información está estructurada para orientar a padres y educadores que deseen introducir a los niños en el hábito de la lectura. Fruto de un ingente trabajo editorial y de un diseño cuidado que anima a su lectura, el autor nos ofrece una obra única en su género en el mercado hispanohablante.

Sin entrar ahora en matices acerca de las diferentes clases de libros según edades, se tiende a dar a los niños libros vistosos y simples, redactados con sintaxis sencilla y vocabulario limitado, que no tengan un argumento complicado ni exceso de personajes, sobre temas cercanos a la vida del lector. «Los chicos de ahora no aceptan otra cosa», se dice. Sin negar la evidencia de que alguien acostumbrado desde la más temprana niñez a los medios audiovisuales no se siente fácilmente atraído por largas descripciones decimonónicas, estos argumentos a favor de la comodidad tienen sólo una parte de verdad y otra más falsa.

La verdad es que lo literario, la forma, tiene que ser un puente y no una barrera, debe aclarar y no oscurecer los contenidos: en la LIJ no cuenta para nada lo satisfecho que un autor esté de lo que ha escrito, y quien escribe para chicos ha de saber a dónde va, qué quiere contar, contarlo del modo más claro posible y pararse cuando llegue al final: así lo sostiene Carroll en Alicia. La parte falsa se intuye si pensamos en la escritora novel Joanne Rowling, e intentamos explicarle a un editor las características de su obra: siete volúmenes, larguísimos, muchísimos personajes, palabras en latín, vueltas y revueltas argumentales…

No resulta fácil, por tanto, destacar los títulos infantiles más recientes sin renunciar a la calidad. Quienes deben apuntar más alto —profesores o expertos que confeccionan listas de los mejores libros— se ven obligados a elegir y proponer las mejores obras escritas en castellano para chicos y sobre chicos, y no deben conformarse con relatos de menor alcance. Y, en particular, no pueden tampoco caer en la falta de honradez al ignorar la insuficiencia de las armas con las que algunas obras de LIJ quieren penetrar en las complejidades reales de ciertos temas: dar soluciones simplistas a los niños es como fabricar una bomba retardada. La fórmula que, a mi juicio, hay que aplicar, tanto en la vida como en la literatura juvenil, la tomo prestada de Einstein: «Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más simple».

 

ÉRASE UNA VEZ LOS MEJORES CUENTOS INFANTILES
Ana Botella
Martínez Roca Madrid, 2001, 848 páginas.

Lo primero que deben saber los lectores dispuestos a disfrutar de Érase una vez… es que no se trata de una simple recopilación de cien cuentos infantiles —aunque los criterios de selección ya son lo bastante oportunos como para hacer de esta obra u n í recomendación editorial—, sino que Ana Botella ha tratado de ir más lejos y dotar al libro de un enfoque totalmente pedagógico.
Así, cada uno de estos cien cuentos clásicos están comentados y preparados para ser leídos en vo; alta y discutidos con sus protagonistas, los niños. Además, cada cuento incluye recomendaciones de la autora, como el tiempo necesario para su lectura, la edad del niño aconsejada, los valores que resalta el mensaje de los diferentes textos o actividades de lectura comprensiva, para que la tradición de estas narraciones se convierta en un ejercicio compartido por padres e hijos.

En definitiva, Érase una vez… resulta una herramienta útil para fomentar la transmisión oral de genios como los hermanos Grimm, Oscar Wilde o Esopo, en la que una cuidada edición y un diseño agradable constituyen también importantes valores añadidos.

 

ALGUNAS NOVEDADES DE LIJ

ÁLBUMES

Anthony Browne, Voces en el parque. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
Anthony Browne, Las pinturas de Willy. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
Gregóire Solotareff, Yo grande y tú pequeño. Barcelona: Corimbo, 2000; 40 pp.
Caries Cano y Carlos Ortín. El árbol de las hojas Din A-4. Pontevedra: Kalandraka, 2000; 28 pp.

NARRATIVA

J.K. Rowling, Harry Potter y el cáliz de fuego. Barcelona: Salamandra, 2001; 640 pp.
Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro. Madrid: Valdemar, 2000; 264 pp., ilustraciones de N. C. Wyeth, y una selección de imágenes de otros ilustradores.
A. A. Milne, El mundo de Puff. Madrid: Valdemar, 2000; 353 pp., ilustraciones de E. H. Shepard.
Frederick Marryat, Los chicos de New Forest. Madrid: Palabra, 2001; 368 pp.
Ben Rice, Pobby y Dingan. Barcelona: Círculo de lectores, 2000; 144 pp.
Antonio Sánchez-Escalonilla, La palabra impronunciable. Madrid: Eiunsa, 2000; 258 pp.
Carol Hughes, Lotta patas arriba otra vez. Madrid: Siruela, 2000; 208 pp.

Érase una vez los mejores cuentos infantiles

euvlmci1.jpg

ÉRASE UNA VEZ LOS MEJORES CUENTOS INFANTILES
Ana Botella
Martínez Roca Madrid, 2001, 848 páginas.

Lo primero que deben saber los lectores dispuestos a disfrutar de Érase una vez… es que no se trata de una simple recopilación de cien cuentos infantiles —aunque los criterios de selección ya son lo bastante oportunos como para hacer de esta obra u n í recomendación editorial—, sino que Ana Botella ha tratado de ir más lejos y dotar al libro de un enfoque totalmente pedagógico.
Así, cada uno de estos cien cuentos clásicos están comentados y preparados para ser leídos en vo; alta y discutidos con sus protagonistas, los niños. Además, cada cuento incluye recomendaciones de la autora, como el tiempo necesario para su lectura, la edad del niño aconsejada, los valores que resalta el mensaje de los diferentes textos o actividades de lectura comprensiva, para que la tradición de estas narraciones se convierta en un ejercicio compartido por padres e hijos.

En definitiva, Érase una vez… resulta una herramienta útil para fomentar la transmisión oral de genios como los hermanos Grimm, Oscar Wilde o Esopo, en laque una cuidada edición y un diseño agradable constituyen también importantes valores añadidos.

Enrique García-Máiquez: un espacio propio

Sin demasiadas prisas y sin estridencias, con un rigor ejemplar, Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) ha ido elaborando una obra poética de extraordinaria solidez. En sus dos primeros libros, publicados ambos en 1997, Haz de luz (Pre-Textos) y Ardua mediocritas (Ánfora Nova), Enrique ya delimitó claramente un espacio propio, un espacio en el que se mueve con naturalidad y en el que su poesía da los mejores frutos. ¿Cuál es ese espacio? Yo diría que el de los sentimientos positivos radicales, el del amor, en un sentido muy amplio, y el de la esperanza.

La poesía amorosa de Enrique García-Máiquez, de la que da buenos ejemplos en esos dos primeros libros, es profundamente original. Original también y de gran valor es su poesía de tipo familiar, que viene a revitalizar un género que ha dado piezas memorables a la literatura española y que ha sido tratado por algunos de los más grandes talentos de nuestras letras (Santillana, Rufo, Lope, Querol…). La propia poesía y, sobre todo, la reflexión minuciosa desde y sobre la interioridad son otras de las presencias habituales en la obra de Enrique que ayudan a definir ese espacio personal.

El lector encontrará en el soneto inédito «Autobiografía» algunos de los rasgos de la poesía de Enrique que hemos esbozado hasta aquí y algún otro que no hemos mencionado todavía, como puede ser el absoluto dominio de la forma. Enrique —como Miguel d’Ors, una de sus referencias literarias— tiene el don de hacer que parezcan sencillos los retos formales más difíciles. Detrás de algo así, hay mucho trabajo, mucho trabajo y mucha cortesía. Enrique García-Máiquez pertenece a la misma tradición que Borges y Quevedo. Es uno de esos pocos poetas que saben expresar con idéntica claridad los sentimientos elementales y los complicados razonamientos.

¿POÉTICA ?
por Enrique García-Máiquez

Si a la hora de escribir una poética, uno no cae en la tentación de justificarse o de rendir un homenaje a sus maestros o de aprovechar la coyuntura para hablar del mundillo literario o de adornarse con abstracciones muy teóricas, si uno conjura éstas y otras tentaciones, y busca la pulpa de su poética, uno se queda, o al menos yo me quedo, lleno de vacío y de perplejidades.

Supongo que quien escriba con un lenguaje críptico trasvasará al poema sus propias perplejidades y se sentirá realizado. Y que quien escriba desde unas teorías muy abstractas las traducirá en verso y, luego, viceversa. Pero cuando se escribe con palabras corrientes, cotidianas, de la calle, es cuando sorprende el milagro de descubrir que, a veces, la poesía ha visitado esas pequeñas moradas. Cuando los temas tampoco son extraordinarios, lo extraordinario es que, de pronto, el poema lo sea. Cuando uno se conoce y se reconoce como un tipo tan alejado de la genialidad como casi todos o más, se pasma ante el hecho de leer alguno de sus versos verdaderos.

Encima tampoco puedo decir que haya yo alcanzado la sabiduría de saber que no sé nada. Tengo todavía un puñado de certezas que, aunque no remedian mis perplejidades, me ayudan a no sentirme perdido. Creo que nadie elige su voz y, por tanto, mi interés por las modas y las corrientes literarias es secundario o terciario. Las voces de los poetas que me interesan (tantos que su número sólo se puede igualar por el de los poetas que no me interesan en absoluto) me eligieron igualmente, y tengo que oírlas. También sé que escribo por necesidad personal, íntima, por lo mismo que leo. Sin esa necesidad, ni escribo ni leo, que hay otras cosas que hacer en la vida.

Y hablando de la vida, pienso, y ésta es mi mayor perplejidad, que a veces algunos poemas, inexplicablemente, consiguen explicármela de tal forma que siento hacia ella un extraño amor y con ella una profunda comunión.

AUTOBIOGRAFÍA

No he estado nunca solo. Siempre estuve
rodeado de amor. Tranquilamente
me dejaba querer: quiso la gente
—no sé por qué— tenerme en una nube
muy blanda de cariño. Yo flotaba
de mi madre a un amigo, de mi hermano
al recuerdo de un verso, del verano
a aquel silencio en el que Dios me hablaba.
Pero quise estar solo y ser más hondo.
Crispé los puños, apreté la boca
y huí de los demás como una roca
que se suelta en un pozo. Y vi, en el fondo,
lo que busqué: a mí mismo, esta mirada
girando en espiral hacia la nada.

Un cirlot, dentro y fuera

ucdyf.jpg

A Cirlot se le suele ver lejos y, además, se le suele ver fuera. Se le enfoca allá, a mucha distancia de todo y de todos, muy solo, muy refractario a cualquier compañía; y en un sitio que ya no es este sitio mayoritario, este aquí en el que pudiera caber, incluso, esa distancia, sino que parece otro lugar, un aparte incomparable, inhomologable con el espacio común de los hombres y, entre ellos, de tos poetas. Sin embargo, siendo ciertas su lejanía y su rareza, es como si esta modalidad de reconocimiento del poeta no consiguiera sino aforarlo aún más, quitárselo, en realidad, de encima, echando mano de sus extravagancias como hombre. Y ésta sería una hipermétrope, que ve a Cirlot fuera y desde fuera de cualquier tradición, complacida en su exotismo, su esoterismo, no mucho más útil a la comprensión que la otra, la mirada miope que sólo ve a Cirlot desde dentro, el dentro de la poesía profesional, enfocada desde una media altura o una medianía «democrática». Ambas resultan inservibles para quienes, como él, son y no son poetas, pertenecen y no pertenecen a la poesía, a la historia poética, a su cadena de eslabones medianos, como ocurre, por otro lado, con todas las excepciones, siempre fronterizas, que hacen que la poesía alta y grande resulte inasequible a la mirada hecha para percibir la normalidad y defendernos así del desasosiego de lo único, de lo incomparable, quizá lo monstruoso que hay en aquéllos en los que ser poeta resulta fatalmente de ser hombre hasta el extremo de esa condición.

Ese lejos y ese afuera son neutralizados, pues, de dos maneras, y una de ellas no es ya la del rechazo (muy legítimo) de su poesía, sino, curiosamente, la que quisiera valorarla en exclusiva, como una alternativa única a la generalidad, pero doliéndose, paradójicamente, de que Cirlot no ocupe -se suele decir así- «el lugar que le corresponde» y de que no sea rescatado, o sea, incorporado a esa normalidad consoladora. Pero ocurre que a Cirlot no puede corresponderle ahí lugar alguno; que es él quien se va, quien se aparta, quien se aleja y a quien, verdaderamente, no podemos seguir, y casi diríamos que no debemos seguir, porque, de hacerlo, nos convertiríamos en esa clase de amigos de Cirlot que, más cirlotistas que él mismo, se transfiguran en guerreros góticos, en cartagineses o, lo que es más terrible (porque ya no se trata de verse como personajes de su «teatro», sino como intérpretes privilegiados de su poesía), en cabalistas o en sufíes o en cátaros gnósticos. Y en ese desencadenamiento final que supone el ciclo Bronwyn (el crisol, la cota máxima, la asunción de su poesía en su propio centro), debiéramos ver que todo eso pertenece a lo poético, a lo que es sólo irrenunciable para el hombre Cirlot (y no para nosotros), a la escenografía de su representación; pero que nada de eso es, al cabo, su poesía. El paisaje de su literatura no debiera ser confundido con la sustancia propia y desnuda que su poesía revela, sobre todo, en ese tramo final de su obra que es como si se liberase de la obra misma, de su materia (digamos, contradiciendo a Eliot, que de Cirlot no se debiera esperar un material poético, sino una poesía), de la incesante fantasía bajo la que su poesía podría haber quedado enterrada, como cualquier poesía puede acabar sepultada bajo una literatura.

Aún así, Cirlot está lejos y está fuera, y resultaría estéril cualquier intento de urbanizar a Cirlot. Pero es muy posible que ya esté demasiado trillada la fase de su reconocimiento en el que había que hablar del coleccionista de espadas, del nigromante, del arcangélico Cirlot y su personalidad «monstruosa»; y que debamos comenzar a comprender su poesía como poesía y a identificarla como tal, para -no nos engañemos- abandonar después esa identidad (sólo utilitaria) y ver con quiénes se puede emparentar su grandeza al rebasarla (la tradición debe contar con las excepciones a ella que, precisamente, la hacen grande). Y, es verdad, apenas las hay. Cirlot mismo declaró muchas veces su excepción íntima; se vio como Hamlet («¿Pero, a quién te asemejas, Hamlet gris?»), como Orfeo («Yo soy un ser humano a pesar mío», en un verso que ya había aparecido en el primer cuaderno de Bronwyn); creyó, como dice en los 44 sonetos de amor (un libro anejo al «universo Bronwyn») que «Ser diferente a todos es un don./ El mundo es un relámpago, momento en el que sólo soy donde no son»; y en Bronwyn, z (uno de los libros de mayor «cesión a la realidad», a su particular realismo mágico) se vio andando «entre peatones y automóviles», «vestido de gris y con corbata rosa», pero rodeado de «seres a los que quiero y que me quieren / mas en lo humano siempre (…)». Y esa excepción sentida, profundamente existencial (de ahí que pensara que, radicalmente contrapuesto a lo existencial, lo simbólico sólo habla de lo separado, de «lo que no acontece jamás», ni el tiempo ni en el espacio), no puede ser, claro, una garantía de la excepción poética (no es excepcional quien quiere). Pero en la trágica fractura de esa autocontemplación, demediada entre el exterior de la realidad y el interior de una verdad, no debiera ser imposible ver reflejadas otras excepciones, otras extremosidades que, son, además, las que llevaron a la tradición de la poesía castellana en el siglo XX a su cima. En primer lugar, la poesía de Cirlot, y principalmente Bronwyn, resulta indisociable del problema religioso que dio tensión y aliento a la poesía de los maestros (Unamuno, Machado y Juan Ramón), hasta que, según se fue borrando el asunto, esta poesía comenzó su descenso. En su visión ante el espejo hamletiano, Cirlot dice que «No sé qué pensarás, qué pensaréis,/ pero nunca me supe de este mundo/ y odié verme encerrado en una cárcel/ idéntica a la vuestra/ indiscernible al fin entre los otros». Ese terror es el terror a la indistinción personal de Unamuno; y es también el ansia de salvación y redención que mordía en ellos el que hace que Cirlot dedique, en realidad, Bronwyn a un solo tema: la Resurrección, y a un trasunto de ese tema: la aventura de dotar de verdad a la ficción que se sabe tejida por la ilusión del pensamiento, a lo muerto, lo no sido, lo perdido en el tiempo. En Bronwyn, w, ese canto en el que su sinfonía avanza con un movimiento maestoso, dirá: «No ceso, Bronwyn de pensar en ti/ sabiendo que no existes ni en lo no»; y es la afección de ese pensamiento o, lo que es lo mismo, ese sentimiento imaginario, el que le lleva a declarar: «Y muerto te contemplo y me persuado/ de que la muerte es vida que principia», «Si nunca has existido eres posible/ porque la realidad es muerte viva». Y esto lo dice el mismo poeta heraclitiano, permanentemente trashumante entre las afirmaciones y las negaciones, que había escrito: «No hay nada, Bronwyn. No hay nada. Y todo conspira para fingir que existe», «Nunca he tocado nada de lo que tú eres». Se trata, pues, del canto de frontera machadiano y su célebre terceto («Si un grano del pensar arder pudiera…»), que Cirlot deja en el aire tras muchos versos: «Eterna prisionera del momento,/ rosa dorada y sola en el desierto,/ si todo cuanto brilla fuera cierto,/ cierto fuera también mi pensamiento.» Y esa entidad, verdadera en su ficción, incompatible «con un mundo que exige que haya cuerpo», resulta ser la milagrosa presencia anhelada que aparece cuando se cumple el deseo místico de san Juan de la Cruz de que un pensamiento valiera más que el mundo. Y es así como Juan Eduardo Cirlot, igual que san Juan, igual que Juan Ramón, es y no es un poeta, hace y no hace poesía, porque su poesía, como la de todo metafísico (digamos que Cirlot está de camino a la mística), va de paso, no se detiene en ser esa cosa artística, decorativamente artística que puede ser un poema, sino que más bien (como sugería cierta intuición de Dámaso Alonso sobre el germen del conceptismo en san Juan) se sirve de lo poético para abandonarlo después, sin importarle mucho la poesía como arte, que queda reducida a una nada, que queda atrás mientras el hombre fronterizo que es el poeta sigue su camino, espoleado por un amor más lejano, y seguramente hacia el fracaso.

La Quête (fracasada) de Cirlot, lo es de ese algo oscuro y cegador, irreal pero vivo, inexistente pero verdadero, tal como es la presencia paradójica que el sentimiento místico invoca cuando arde por la totalidad que zanje la serie de contradicciones, al modo en que era requerida por Juan Ramón en uno de los Romances de Coral Gables: «Y una sola flor se mece/ sobre la inmensa presencia /de la ausencia majistral.» Porque es verdad que Cirlot es único, que apenas le encontraremos semejantes (aunque en los años 40 y 50 hay un Cirlot-Miguel Hernández y un Cirlot-Neruda), pero esa excepcionalidad no es una monstruosidad, como la de un ornitorrinco, sino la de la más grande poesía del siglo que, por grande, es incomparable entre sí (porque es ya la misma). Y aun no encontrándole hermanos, no parece descabellado pensar en alguna posibilidad de reflejo, que yo no encuentro sino en… Juan Ramón Jiménez. Sí, en el «niñodiós» Juan Ramón, el también homenajeador de Poe y de William Blake; el Juan Ramón que, como Cirlot, y desde fechas tan tempranas como las de Piedra y cielo, repara en la verdad de un instante sin recuerdo que se hace eterno en su vivencia y que crece -los dos lo dicen con las mismas palabras- como «rosa en el desierto», o sea, de una nada, de un cero sin raíz existencial.

Las vicisitudes esotéricas que dieron lugar, desde 1967 a 1971, a la escritura de los dieciséis libros de Bronwyn son muy conocidas, y apenas dicen nada para esta comprensión de Cirlot como lo que es, uno de los cuatro o cinco más altos poetas españoles modernos. Cirlot vio aquella película, El Señor de la Guerra, en 1966, en un momento en que su producción poética, desde mediados de los años cincuenta, se había ralentizado, cansado acaso de lo que podía tener lo ya escrito de literatura fantástica y exótica (sea megalítica o altomedieval). Y había visto también (y quizá todo en un «ideal cine interior abstracto» como el de Juan Ramón) el Hamlet de sir Laurence Olivier. Y creyó ver cómo Bronwyn (la protagonista de la película) no era otra que la resucitada de las aguas en las que la propia Ofelia había sido abandonada en su muerte. Pero lo vislumbrado no eran unas figuras culturales, unos objetos artísticos, sino que Bronwyn pasó entonces de ser Rosemary Forsyth (la actriz, el ente de ficción que, sin apoyo real, se hacía verdadero a los ojos del espectador) a ser la encarnación de Daena, el Yo celeste del poeta, y luego la Shekina, la teofánica aparición de la figura femenina de Dios. Y esto pertenece a lo sabido y, sobre todo, a lo mecánicamente repetido por la explicación de Cirlot como monstruo, ya sea hecha por los detractores o por los amigos. Pero todo ello, verdadero e innegociable para él, no nos debe detener ni importar a nosotros cuando ya no se trata de describir su mundo (que es sólo suyo) sino de comprender la magnitud de su poesía (como poesía de todos). La poesía de Cirlot baja cuando es vista desde el mundo intransferible del poeta o radicalmente separada de él. Pero al sentir la sustancia poética desnuda y fronteriza, como la podemos sentir en Bronwyn, deberíamos reparar en que se trata de la única, de la común, de la invariable sustancia de toda la Poesía grande, indiferente en esa altura a quién la haya escrito y a lo loco, o surrealista, o cabalista que haya sido su autor. Y esa poesía suya todavía sube más cuando, en el cansancio de sí mismo que se ve en Bronwyn, no podemos encontrarle otra compañía que no sea la de alguien -el Juan Ramón final- al que también la institución de la poesía le resulta muy estrecha para dar cabida a algo que, además, no quiere ser vestido así y se resiste a ser cortado por ese patrón.

Cirlot, como Juan Ramón (lo que los separa es mucho, claro, lo mismo que separa a Moguer de Brabante), se sentía profundamente tradicional, pero digamos que no tuvo otro remedio que ser vanguardista; creía sinceramente (como le dijo a Bretón, indicando la razón de su ruptura con el surrealismo) «en Dios y en la poesía con metro y rima», pero se vio abocado a la distorsión del lenguaje (de ahí que, incluso en sus aliteraciones de consonantes, no veamos ninguna tontada experimental, sino la obediencia a una verdad); quiso afirmar la armonía, pero supo que todo es real e irreal al mismo tiempo, que «todo es disonancia»; y también quiso, ante el libro y su criatura, verlo «desprendido de la vida,/ como un fruto perfecto de su rama» (JRJ), o sea, terminar con Bronwyn («sin esperar a que se me muera por dentro. Quisiera mutilarme de ella en vivo»), aunque acabase aceptando otra economía, la del «poema infinito», la del canto que, como Espacio, sólo termina con la vida personal del poeta e incesantemente regresa al comienzo («Bronwyn estuvo aquí donde yo estaba/ al empezar»), en un viaje en espiral al principio de la escritura y al principio de la vivencia. Y al cabo, la poesía es… olvidada, y la mejor huella de esto no son unos antiversos que se salgan fuera de ella, sino, al contrario, unas rimas insistidas que, de tanto machacar adentro, hacen que nos olvidemos de ellas, que no las veamos («Paisaje de un país en que no hay viaje,/ centro de lo que es dentro y es encuentro»), en las que suena el inevitable eco de aquellas otras de Animal de fondo: « .. .para todo el futuro iluminado,/ iluminante,/ dios deseado y deseante», que, como las de Cirlot, quedan dentro y fuera, cerca y lejos.

El muzhik Maréi

marei001.jpg

Creo que resultan muy aburridas de leer todas esas professions de foi; por ello voy a contar una anécdota, aunque en realidad no lo sea. Se trata de un recuerdo lejano que, no sé muy bien por qué, me apetecía contar precisamente aquí y ahora como conclusión de nuestro tratado sobre el pueblo. Tenía yo entonces unos nueve años…; pero será mejor que comience desde que tenía los veintinueve.

Era el segundo día de Pascua. El aire era cálido, el cielo azul, el sol estaba alto, «cálido» y radiante, pero mi alma estaba triste. Vagaba yo por detrás de los pabellones, mirando y enumerándolos; contaba los palos de la empalizada del fuerte de la prisión, y aunque en realidad no me apetecía hacerlo, los contaba siguiendo la costumbre. Otro día de «fiesta» corría en la prisión; a los presos no se los llevaban a trabajar y había multitud de borrachos. Blasfemias y discusiones se oían surgir desde todos los rincones. Canciones vulgares y desagradables, juegos de cartas entre los petates, algún que otro preso medio muerto por alguna reyerta a juicio de los compañeros, tapado después con zamarras hasta que despertara y recobrara el sentido. En más de una ocasión, los cuchillos habían salido a la luz, y todo ello, en dos días de fiestas, me había martirizado hasta enfermar. Nunca pude soportar las orgías y borracheras populares, y en ese lugar, me desagradaban aún más. Ni siquiera los jefes aparecían esos días por la prisión, ni inspeccionaban, ni requisaban el vino, como si comprendieran que una vez al año, también a esos renegados había que dejarlos expansionarse, y que de no hacerlo, sería peor.

Por fin, la cólera prendió en mi corazón. Me encontré con el polaco M-tski, un preso político. Me miró con tristeza, con los ojos brillantes y temblorosos los labios. «Je hais ces brigands1, dijo a media voz, rechinando los dientes y pasando de largo. Regresé al pabellón sin reparar que un cuarto de hora antes salí corriendo de allí como enloquecido, cuando seis robustos hombretones se echaron todos a una a apaciguar al borracho tártaro Gazin, terminando por propinarle una paliza. Le pegaron absurdamente. Con semejante paliza se podría matar a un camello. Sabían que a aquel Hércules resultaba difícil matarlo, por eso le pegaron sin reparo.

Al regresar, me percaté que al fondo del pabellón, sobre su petate, yacía Gazin ya sin dar apenas señales de vida y casi sin sentido. Estaba tapado con su zamarra y todos le esquivaban en silencio, firmemente convencidos de que se despertaría a la mañana siguiente, «aunque de semejante paliza no era de extrañar que muriera el hombre».

Llegué hasta mi sitio que estaba frente a una ventana con rejas de hierro. Me tumbé boca arriba, crucé las manos debajo de la cabeza y cerré los ojos. Me gustaba estar echado de ese modo. Nadie se mete con el que está dormido, y mientras tanto, se puede fantasear y pensar. Pero en aquel momento no pude conciliar ninguna fantasía. El corazón me palpitaba inquieto, y en los oídos sonaban las palabras de M-tski: «Je hais ces brigands!». Pero qué sentido tiene describir las impresiones, si hasta hoy día todavía sueño con aquellos instantes, y no hay sueño que me torture más. Probablemente se hayan dado cuenta, que hasta hoy, rara vez he escrito algo sobre mi vida durante la condena. Porque Las anotaciones de la casa de los muertos las escribí hace ya quince años, inventándome al personaje, un delincuente que mataba a su mujer. A propósito, y para más detalle, diré que desde entonces, y hasta hoy día, todavía hay mucha gente que piensa y afirma que fui condenado por asesinar a mi mujer.

Poco a poco me fui amodorrando y me sumí en recuerdos. Durante los cuatro años de condena recordaba constantemente todo mi pasado, y parece que a través de los recuerdos revivía nuevamente toda mi vida anterior. Esos recuerdos venían solos, raramente los evocaba yo a voluntad. Comenzaban por algún punto, un rasgo, a veces algo impreciso, que poco a poco crecía hasta convertirse en todo un cuadro, en alguna impresión fuerte y pura. Yo analizaba esas impresiones aportando nuevos rasgos a las antiguas vivencias. Pero lo más importante era que corregía lo vivido, lo corregía constantemente. Esa era toda mi distracción.

Esta vez, por algún motivo, me vino a la memoria un instante insignificante de mi primera infancia, cuando tan sólo tenía diez años. Creí que aquel instante había quedado para mí completamente olvidado. Amaba especialmente yo entonces los recuerdos de mi primera infancia. Recordé el mes de agosto en nuestra aldea: un día claro y seco, aunque algo fresco y con aire. El verano se estaba acabando, y pronto habría que emprender el viaje a Moscú para aburrirse durante todo el invierno con las lecciones de francés. Me entristecía tanto dejar la aldea….

Fui andando hasta dejar atrás el granero, bajé al barranco y subí a Losk — así llamábamos al espeso matorral situado al otro lado del barranco, que llegaba hasta el mismo bosque—. Me metí en la profundidad del matorral y oí que muy cerca, a unos treinta pasos, en la pradera, un muzhik estaba arando el campo en solitario. Como tenía que arar una abrupta cuesta, su yegua andaba con dificultad, y a mis oídos llegaba su voz: «¡Vamos, vamos!». Conozco a casi todos nuestros campesinos, pero no reconozco al que está arando ahora, aunque me da igual, pues estoy completamente sumido en mis cosas. También yo estoy ocupado: arranco una vara de nogal para hostigar a las ranas. Las varas hechas con ramas de nogal son muy bonitas, pero poco sólidas si se las compara con las de abedul. También acaparan mi interés los escarabajos y los pequeños bichitos. Tengo una colección, y los hay de lo más bonitos. También me gustan las pequeñas y ágiles lagartijas de color rojo amarillento, con motitas negras; pero las culebras me dan miedo. Además, las culebras resultan más difíciles de encontrar que las lagartijas. Hay pocas setas por aquí. Para ir a por setas, hay que adentrarse en el bosque de abedules y me dispongo a ir allí. Nada he querido más en el mundo que el bosque con sus setas y sus frutos salvajes, sus bichitos y pájaros, sus erizos y ardillas, con su —tan querido para mí— olor húmedo a hojas en descomposición. Incluso ahora, cuando escribo esto, me llega el olor de nuestro bosque de abedules de la aldea. Estas impresiones quedan para toda la vida. De pronto, en medio del profundo silencio, pude oír con claridad el grito: «¡Que viene el lobo!». Del susto, lancé un grito y salí corriendo a la pradera directamente hacia el muzhik que estaba arando.

Era nuestro muzhik Maréi. No sé si existirá un nombre así, pero todos le llamaban Maréi. Era un muzhik de unos cincuenta años, robusto, muy alto y con una tupida barba de color rubio oscuro bastante encanecida. Aunque le conocía, hasta entonces casi nunca había hablado con él. Al oír mi grito, detuvo a la yegua. Para no caerme del impulso de la carrera, me agarré con una mano a su arado y con la otra a su manga. Entonces me miró y se percató de mi susto.

—¡Que viene el lobo! —grité, ahogándome.
El levantó la cabeza, y sin querer, miró alrededor, casi creyéndome por un instante.
—¿Dónde está el lobo?
—El grito… Alguien gritó «que viene el lobo»… —susurré yo.
—¿Qué dices, qué lobo?, te lo habrá parecido. ¿Lo ves?, ¿cómo iba a haber aquí un lobo? — susurraba dándome ánimos. Temblando con todo el cuerpo, me agarré con más fuerzas aún a su anguarina; debía de estar muy pálido. El me miraba con una sonrisa preocupada, al parecer alarmado e inquieto por mí.
—¡Vaya, mira que asustarte!, ¡ay, ay! —dijo, moviendo la cabeza. ¡Ya está, hijo! ¡Ea, ya está bien, pequeño!
Extendió su mano y acarició mi mejilla.
—Bueno, ya está, no temas, Cristo está contigo.
Pero yo no me santigüé. Las comisuras de mis labios temblaban, y al parecer, esto le sorprendía especialmente. Despacio extendió hacia mí su dedo gordo con la uña negra manchada de tierra y rozó suavemente mis temblorosos labios.
—Lo ves —dijo, sonriéndome con una prolongada sonrisa maternal—, ¡señor, qué es eso, ay, ay!
Finalmente comprendí que no había ningún lobo y que el grito: «¡que viene el lobo!» fue algo que me había figurado. Por lo demás, el grito fue muy claro y preciso, pero gritos así (y no tratándose sólo de lobos) ya los había llegado yo a oír una o dos veces más; ya los conocía. (Después, al pasar la infancia, esas alucinaciones desaparecieron).
—Bueno, me voy —dije con mirada tímida e interrogante.
—Ve, y yo te miraré. ¡No dejaré que te coja el lobo! —añadió, sonriendo nuevamente de modo maternal—. Vamos, Cristo está contigo.
Vamos, ve —me santiguó con su mano y después se santiguó él.
Eché a andar, volviéndome hacia atrás casi cada diez pasos. Mientras iba andando, Maréi permanecía inmóvil junto a su yegua, mirando cómo me alejaba y moviendo la cabeza cada vez que yo volvía la vista atrás. A decir verdad, me daba algo de vergüenza haberme asustado tanto delante de él, pero hasta que no remonté el barranco y llegué al primer cobertizo, todavía sentía bastante miedo al lobo. Pero aquí el miedo desapareció por completo, y de pronto, saliendo no sé de dónde, se me echó encima nuestro perro de corral, Volchok. Junto a Volchok me sentí más seguro y por última vez volví a mirar a Maréi. Ya no veía su cara con claridad, pero sentía que él continuaba del mismo modo sonriéndome afectuosamente y moviendo la cabeza. Yo agité la mano, y él, correspondiéndome con otra señal, arreó a su yegua.
—¡Vamos, vamos! —se oyó nuevamente su voz, y la yegua tiró otra vez de su arado.
No sé por qué, todo esto de golpe me vino a la memoria con extraordinaria claridad y detalle. De pronto, me despabilé y me incorporé sentándome en el petate. Me acuerdo que todavía sentía en mi rostro la tímida sonrisa del recuerdo. Permanecí recordando un minuto más.

Al dejar a Maréi y de regreso a casa, no le conté a nadie mi aventura. Además, ¿qué aventura era esa? Tampoco tardé mucho en olvidar a Maréi. Después, cuando alguna vez me lo he vuelto a encontrar, nunca más volví a hablar con él, y ya no sólo acerca del lobo, sino de nada. De pronto, ahora, pasados veinte años y en Siberia, recordé todo aquel encuentro con tanta claridad y hasta el último detalle. Será que por sí mismo e involuntariamente, se alojó imperceptiblemente en mi alma, reapareciendo de pronto cuando tenía que ser. Recordé aquella sonrisa dulce y maternal del pobre siervo muzhik, su cruz y su movimiento de cabeza: «¡ vaya, se ha asustado el peque!». Recordé especialmente su dedo gordo manchado de tierra, con el que despacio, y con tímida delicadeza, rozó mis temblorosos labios. Claro que cualquiera puede animar a un niño, pero lo que surgió durante aquel encuentro solitario fue algo completamente distinto, y si yo fuera su propio hijo, él no hubiera podido mirarme irradiando más claridad de amor, y ¿quién lo obligaba? El era nuestro siervo y yo, a pesar de todo, su señorito. Nadie sabría cómo me acarició y nadie lo recompensaría por ello. ¿Acaso quería tanto a los niños? Hay gente así. El encuentro tuvo lugar a solas en el campo, y puede que sólo Dios haya visto desde arriba con qué profundo e iluminado sentimiento humano y con qué delicadeza y ternura casi femeninas, puede estar henchido el corazón de un rudo, terriblemente ignorante y siervo muzhik ruso, que no esperaba su libertad y ni siquiera se la podía entonces imaginar. Díganme, ¿no era eso lo que quería decir Konstantin Aksákov cuando hablaba de la elevada formación de nuestro pueblo?

Cuando me incorporé del petate y miré a mi alrededor, recuerdo haber sentido de repente que era capaz de mirar a esos infelices con otros ojos, y que de pronto, como si fuera un milagro, todo el odio y la maldad desaparecían por completo de mi corazón. Fui andando y mirando las caras de la gente con la que me cruzaba. Ese afeitado y bribón muzhik, embriagado y con estigmas en el rostro, que grita su borracha y ronca canción, también podría ser aquel mismo Maréi; si yo no puedo adentrarme en su corazón. Aquella tarde me encontré nuevamente con M-tski. ¡Infeliz! El no podía tener recuerdo alguno de ningún Maréi y ningún otro punto de vista sobre esa gente, a excepción de «Je hais ces brigands!». Verdaderamente, ¡esos polacos han soportado más que nosotros!

Traducción de Isabel Martínez Fernández

NOTA
1 · «¡Odio a esos bribones!», en francés en el original (N. de la tr.).