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Ver productosAhora que ya se aproximan las horas de ocio de las vacaciones estivales, parece buen momento para viajar a tierras lejanas con el auxilio de dos magníficos libros de asuntos dispares, pero semejantes en su concepción y excelentes por su amenidad y contenido. Me refiero a Ebano, de Ryszard Kapuscinski (Anagrama, 2000) y a El Mar Negro: Cuna de la Civilización y de la Barbarie, de Neal Ascherson (Tusquets, 2001). Digo que son semejantes porque ambos abordan las dos áreas geográficas que acotan —el África subsahariana y los países que circundan el Mar Negro, respectivamente—, mediante el recurso a una narración en la que se intercalan experiencias personales vividas sobre el terreno, con noticias históricas y reflexiones propias sobre las tierras que visitan y los pueblos que las habitan.
En el caso de Ebano, su autor, un periodista polaco de nombre casi impronunciable, ha volcado cerca de cuarenta años de viajes y vivencias en muy diversos países de ambas fachadas del África subsahariana: desde Ghana hasta Tanzania, de Uganda a Nigeria, de Etiopía a Liberia, de Somalia a Senegal y Mali, los diversos capítulos en que se divide el libro recorren un continente mucho más rico, variado y plural de lo que nuestra gran ignorancia occidental sobre el tema nos dibuja. Sin embargo, de la lectura se desprenden unas constantes prácticamente comunes a todos estos países. Ante todo, la confrontación ineludible entre el hombre y una naturaleza sumamente hostil, que vuelve frágil la vida humana y hace que el desarrollo de la civilización sea difícil y precario. Este entorno de sequías, plagas y alimañas ha forzado al hombre africano a estar en constante migración y a valerse de la solidaridad del grupo familiar y ciánico para poder sobrevivir, y le ha dotado de una capacidad de aguante y de una paciencia inusitadas, pero también de una gran inercia que choca con los criterios europeos. Quizá todo ello esté en el origen de nuestra incomprensión de una cultura muy condicionada por su medio natural.
Puede que lo más interesante del libro sean las reflexiones del autor sobre las concepciones africanas acerca de fenómenos tales como la vida espiritual, el tiempo o el colectivismo, en tanto que expresiones de culturas ensimismadas en la tarea inmediata y primordial de la subsistencia por encima de cualquier otro afán. Kapuscinski narra con gran maestría de qué forma esa difusa espiritualidad africana, de marcado acento naturalista, conecta el mundo real con el de los antepasados y el de los espíritus concitados por los brujos, y encuentra en el mito la más acabada expresión de una memoria histórica que se ha transmitido oralmente.
Kapuscinski, que recorría África en su calidad de reportero al servicio de una agencia polaca de noticias, reconoce su complejo de blanco europeo en un mundo de negros, y asume una cierta culpa colonialista en los párrafos de carácter histórico que inserta en sus comentarios. En cualquier caso, la gran destreza narrativa de nuestro reportero polaco y su desbordante simpatía hacia la negritud se ponen al servicio de interesantes y ricas vivencias que garantizan la amenidad de su lectura.
Igual de ameno, si no más, resultará El Mar Negro: Cuna de la Civilización y de la Barbarie. La técnica narrativa empleada por el arqueólogo e historiador británico Neal Ascherson es similar a la del reportero polaco: cuenta vivencias personales en los países de la región a lo largo de los años noventa, con las que entrevera noticias históricas sobre las ciudades, comarcas y pueblos que el autor ha visitado, sin olvidar extensas referencias a algunos personajes célebres vinculados a aquellos (los poetas románticos Mickiewicz y Lérmontov, por ejemplo).
El libro se construye a partir de dos impulsos. El primero, de carácter más personal y emotivo, arranca del hecho de que el padre del autor fuese marinero en uno de los buques británicos que en 1920 recogieron a los restos del ejército de ciudadanos contrarios a la Revolución —los rusos blancos— en el puerto de Novorossisk. A partir de ese episodio, Ascherson cultiva una especial afición a toda la zona, a la que sirve su formación académica y profesional y que se activa sobre todo después de haber participado en algo tan esotérico como un congreso de Bizantinologia en Rusia, por las mismas fechas del frustrado golpe de Estado comunista, en 1991. El segundo motor es de carácter más ideológico, y gira en torno al discurso sobre civilización y barbarie que se suscita precisamente cuando marinos griegos, procedentes de las ciudades-Estado de Grecia y Jonia, establecen colonias a lo largo de las costas de las actuales Ucrania y Crimea para intercambiar sus manufacturas por pescado salado y trigo, y entran así en contacto con los pueblos «bárbaros» de la región. Este encuentro entre «civilizados» y nómadas, quizá el primero de su género en Occidente, genera una distinción que tendría profundas consecuencias.
Ascherson sigue las huellas de Heródoto y examina el pasado glorioso de ciudades como Tanais y Olbia, ahora en ruinas, el origen y la organización de pueblos como los escitas, los sármatas y los godos, así como la suerte de grandes imperios, tales como el bizantino o el ruso, dentro de ese marco geográfico que ha visto la formación de muchos mestizajes fruto del cruce de influencias orientales y occidentales. El texto confronta magistralmente las referencias a la azarosa historia de la región con la descripción de la postración actual, en la estela del naufragio de la Unión Soviética, de sus actuales habitantes, en un recorrido que abarca desde el siglo VII a.C. hasta prácticamente la actualidad. Todo ello en torno al «Pontos Euxinos», a ese «mar acogedor», como lo denominaron los griegos que, según el mito micénico, lo surcaron en busca del «vellocino de oro», y que ahora se enfrenta a una terrible degradación biológica provocada por la incuria del hombre.
En suma, dos propuestas dispares en cuanto a los continentes que son objeto de su atención, unidas por la curiosidad intelectual de ambos autores, por su profundo conocimiento del tema que tratan y por la calidad de sus descripciones puestas al servicio del placer de la lectura.
Cuando nos fijamos en los libros de Harry Potter, al margen de la parafernalia que ha ido creándose a su alrededor, hay que admitir que constituyen una contribución excelente para su género. Joanne Rowling está construyendo una obra que, si bien se sitúa unos escalones por debajo de El hobbit y El señor de los anillos en cuanto a solidez argumental y literaria, es (desde el punto de vista narrativo) más eficaz para un público de menor edad (o menos exigente, si se prefiere ver así). No es extraño que los primeros volúmenes de la serie hayan arrollado en las listas de bestsellers, en términos absolutos. Ciertamente, habrá que ver si mantiene el mismo nivel en los tres libros que se han anunciado pero, en cualquier caso, lo conseguido hasta el momento sitúa ya a esta obra en un lugar privilegiado en la historia de la Literatura Infantil y Juvenir (LIJ).
J.K. Rowling es una gran narradora (…) con un chispeante sentido del humor y un estilo descriptivo muy visual
Viene bien recordar a los desconfiados que Potter no ha triunfado debido exclusivamente a la publicidad, pues los dos primeros libros crecieron inesperadamente, tanto para la autora como para la misma editorial. Mucho antes de la avalancha publicitaria se revelaban los méritos indudables de Rowling, una gran narradora que, a un ingenio fuera de lo común y un completo dominio de las referencias literarias del género fantástico del mundo anglosajón, une un chispeante sentido del humor y un estilo descriptivo muy visual.
Ella es además excepcionalmente capaz de conectar con los lectores jóvenes (y adultos), porque, al margen de que sitúe a sus personajes dentro de un mundo singularmente atractivo e irreal, ha sabido crearlos con debilidades y temores muy humanos y hacerlos madurar progresivamente, al hilo de sus aventuras. De ahí que a los libros de Harry Potter les haga justicia el comentario que otro ilustre escocés —Stevenson— expresó a la vista del éxito de la literatura folletinesca-popular de su época: «Estos libros triunfan porque son fieles no a lo que los hombres son, sino a lo que los hombres sueñan».
Que todo lo que aparezca firmado por Harry Potter sea un éxito comercial a partir de ahora es el riesgo que corre Joanne Rowling: es fácil ceder a la presión y bajar la guardia, como ha ocurrido muchas otras veces con diferentes series de obras populares.
Este parece ser el caso del último álbum de Astérix, Astérix y Latraviata. La espectacular campaña publicitaria de la que se ha beneficiado no ha logrado, sin embargo, ocultar las carencias del relato. Como el mismo Uderzo reconoce, los álbumes de Astérix decayeron notablemente con la muerte de René Goscinny, su co-creador. A este guionista de cómic, acaso el mejor de la historia de este género, se deben los textos no sólo de Astérix sino también de otras series memorables como Lucky Luke, Iznogud, etc., y obras de humor tan excepcionales como El pequeño Nicolás. Los seguidores habituales del héroe galo disfrutarán no obstante con esta última obra y, quizá, vuelvan a repasar algunas de las mejores entregas.
Resulta difícil convencerse de que puedan volver a producirse fenómenos como Tintín o el de este famoso galo
Pero, además de ser la historia final de Astérix, podemos ver este álbum como el remate de toda una época. Por deseable que se nos antoje, resulta difícil convencerse de que puedan volver a producirse fenómenos como Tintín o el de este famoso galo. Pues un medio como el cómic —definido un día como «el cine de los pobres»— ha sido desplazado definitivamente de su privilegiado lugar entre los niños. Es cierto que sigue teniendo auge el cómic-book estadounidense (aún resulta más que notable la producción de álbumes franco-belgas, y no digamos nada del manga japonés…); pero el territorio mental que ocupan esas producciones no es el mismo que intentaron abarcar Hergé y Goscinny, en ningún caso.
Quien lo dude, puede consultar el trabajo monumental de documentación acerca del cómic español realizado por Jesús Cuadrado, Diccionario de la historieta española y su uso, una obra que merece todos los elogios y agradecimientos, pero cuya misma confección y redacción deja constancia que aquellas historias sólo interesan hoy a los estudiosos y a los nostálgicos. O todo lo más, quizá también a los guionistas que buscan ideas desesperadamente.
Si unos se van, otros en cambio vienen, y en la LIJ está llegando a su madurez el sector de los modernos álbumes ilustrados. Nos hallamos ante un tipo de libros nacido en los sesenta, cuando confluyeron, por un lado, el desarrollo de la industria gráfica, el auge de la publicidad, el aumento de las producciones de dibujos animados para cine y televisión, la edición de toda clase de tebeos y de tiras dibujadas en revistas, periódicos y dominicales…; y, por otro, la educación preescolar, el crecimiento de la industria educativa dirigida a franjas de edad más bajas. Esas condiciones propiciaron que algunos artistas jóvenes y pequeñas editoriales especializadas apostaran por una nueva clase de libros ilustrados: a todo color, con imágenes que ocupan páginas enteras y que no son un complemento del texto sino que se convierten en el texto mismo, y cuyo conjunto quiere tener un formato narrativo secuencial semejante al del libro.
| El inglés Anthony Browne es un autor-i lustrador responsable de lo mejor publicado hasta la fecha en ese terreno. Quien pida sus álbumes en cualquier biblioteca infantil o librería —y no todas los tienen— podrá comprobar, quizá con asombro, cómo cabe conjugar el talento para contar historias inteligentes y un nivel artístico de primera categoría. Una historia como Voces en el parque, por ejemplo, muestra a la perfección cómo los mejores álbumes ilustrados son nuevas puertas para la lectura y la escritura, caminos para huir de la vulgaridad e instrumentos idóneos para la educación sentimental y la sensibilidad de los chicos. Incidentalmente, merece la pena destacar también que la edición española en este campo presenta un panorama prometedor; a las editoriales históricas que han dedicado sus esfuerzos a este tipo de álbumes se han sumado otras pequeñas como la ya veterana Kókinos, y las más recientes Corimbo y Kalandraka, que apuestan decididamente por libros de gran calidad gráfica.
En cuanto a la narrativa infantil y juvenil, existen bastantes relatos que cumplen dignamente su función de ser un buen aperitivo para incitar a los más jóvenes a iniciarse en los hábitos de lectura o para despertar en ellos el apetito de obras mayores. Aunque también la impresión contraria puede ser cierta: que se publican muchos libros que no alcanzan el umbral de calidad deseable. ¿Por qué proliferan tantas obras prescindibles? Borges decía que quienes escriben para el público infantil corren el peligro de quedar contaminados de puerilidad, y esto mismo le puede ocurrir al padre o a la maestra que se relaciona con el niño. Hay, por lo demás, quien ha visto en los niños un público consumidor cuyas necesidades (reales o inducidas) hay que saciar: estas ansias, una vez despertadas y azuzadas, son muy difíciles de frenar, como la industria Disney sabe muy bien. |
Bienvenidos a la fiesta. Diccionario guía de autores y obras de literatura infantil Luis Daniel Gomáíez ha conseguido con esta obra una selección y un análisis de las mejores obras de la literatura infantil y juvenil: clásicas y modernas, novelas y cuentos, álbumes ilustrados y de cómics, obras de poesía y de teatro para niños y jóvenes. De todas se facilitan las datos editoriales, argumentos, comentarios breves sobre sus características y méritos. La información está estructurada para orientar a padres y educadores que deseen introducir a los niños en el hábito de la lectura. Fruto de un ingente trabajo editorial y de un diseño cuidado que anima a su lectura, el autor nos ofrece una obra única en su género en el mercado hispanohablante. |
Sin entrar ahora en matices acerca de las diferentes clases de libros según edades, se tiende a dar a los niños libros vistosos y simples, redactados con sintaxis sencilla y vocabulario limitado, que no tengan un argumento complicado ni exceso de personajes, sobre temas cercanos a la vida del lector. «Los chicos de ahora no aceptan otra cosa», se dice. Sin negar la evidencia de que alguien acostumbrado desde la más temprana niñez a los medios audiovisuales no se siente fácilmente atraído por largas descripciones decimonónicas, estos argumentos a favor de la comodidad tienen sólo una parte de verdad y otra más falsa.
La verdad es que lo literario, la forma, tiene que ser un puente y no una barrera, debe aclarar y no oscurecer los contenidos: en la LIJ no cuenta para nada lo satisfecho que un autor esté de lo que ha escrito, y quien escribe para chicos ha de saber a dónde va, qué quiere contar, contarlo del modo más claro posible y pararse cuando llegue al final: así lo sostiene Carroll en Alicia. La parte falsa se intuye si pensamos en la escritora novel Joanne Rowling, e intentamos explicarle a un editor las características de su obra: siete volúmenes, larguísimos, muchísimos personajes, palabras en latín, vueltas y revueltas argumentales…
No resulta fácil, por tanto, destacar los títulos infantiles más recientes sin renunciar a la calidad. Quienes deben apuntar más alto —profesores o expertos que confeccionan listas de los mejores libros— se ven obligados a elegir y proponer las mejores obras escritas en castellano para chicos y sobre chicos, y no deben conformarse con relatos de menor alcance. Y, en particular, no pueden tampoco caer en la falta de honradez al ignorar la insuficiencia de las armas con las que algunas obras de LIJ quieren penetrar en las complejidades reales de ciertos temas: dar soluciones simplistas a los niños es como fabricar una bomba retardada. La fórmula que, a mi juicio, hay que aplicar, tanto en la vida como en la literatura juvenil, la tomo prestada de Einstein: «Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más simple».
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ÉRASE UNA VEZ LOS MEJORES CUENTOS INFANTILES Lo primero que deben saber los lectores dispuestos a disfrutar de Érase una vez… es que no se trata de una simple recopilación de cien cuentos infantiles —aunque los criterios de selección ya son lo bastante oportunos como para hacer de esta obra u n í recomendación editorial—, sino que Ana Botella ha tratado de ir más lejos y dotar al libro de un enfoque totalmente pedagógico. En definitiva, Érase una vez… resulta una herramienta útil para fomentar la transmisión oral de genios como los hermanos Grimm, Oscar Wilde o Esopo, en la que una cuidada edición y un diseño agradable constituyen también importantes valores añadidos. |
| ALGUNAS NOVEDADES DE LIJ
ÁLBUMES Anthony Browne, Voces en el parque. México: Fondo de Cultura Económica, 2001. NARRATIVA J.K. Rowling, Harry Potter y el cáliz de fuego. Barcelona: Salamandra, 2001; 640 pp. |
ÉRASE UNA VEZ LOS MEJORES CUENTOS INFANTILES Lo primero que deben saber los lectores dispuestos a disfrutar de Érase una vez… es que no se trata de una simple recopilación de cien cuentos infantiles —aunque los criterios de selección ya son lo bastante oportunos como para hacer de esta obra u n í recomendación editorial—, sino que Ana Botella ha tratado de ir más lejos y dotar al libro de un enfoque totalmente pedagógico. En definitiva, Érase una vez… resulta una herramienta útil para fomentar la transmisión oral de genios como los hermanos Grimm, Oscar Wilde o Esopo, en laque una cuidada edición y un diseño agradable constituyen también importantes valores añadidos. |
Sin demasiadas prisas y sin estridencias, con un rigor ejemplar, Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) ha ido elaborando una obra poética de extraordinaria solidez. En sus dos primeros libros, publicados ambos en 1997, Haz de luz (Pre-Textos) y Ardua mediocritas (Ánfora Nova), Enrique ya delimitó claramente un espacio propio, un espacio en el que se mueve con naturalidad y en el que su poesía da los mejores frutos. ¿Cuál es ese espacio? Yo diría que el de los sentimientos positivos radicales, el del amor, en un sentido muy amplio, y el de la esperanza.
La poesía amorosa de Enrique García-Máiquez, de la que da buenos ejemplos en esos dos primeros libros, es profundamente original. Original también y de gran valor es su poesía de tipo familiar, que viene a revitalizar un género que ha dado piezas memorables a la literatura española y que ha sido tratado por algunos de los más grandes talentos de nuestras letras (Santillana, Rufo, Lope, Querol…). La propia poesía y, sobre todo, la reflexión minuciosa desde y sobre la interioridad son otras de las presencias habituales en la obra de Enrique que ayudan a definir ese espacio personal.
El lector encontrará en el soneto inédito «Autobiografía» algunos de los rasgos de la poesía de Enrique que hemos esbozado hasta aquí y algún otro que no hemos mencionado todavía, como puede ser el absoluto dominio de la forma. Enrique —como Miguel d’Ors, una de sus referencias literarias— tiene el don de hacer que parezcan sencillos los retos formales más difíciles. Detrás de algo así, hay mucho trabajo, mucho trabajo y mucha cortesía. Enrique García-Máiquez pertenece a la misma tradición que Borges y Quevedo. Es uno de esos pocos poetas que saben expresar con idéntica claridad los sentimientos elementales y los complicados razonamientos.
¿POÉTICA ?
por Enrique García-Máiquez
Si a la hora de escribir una poética, uno no cae en la tentación de justificarse o de rendir un homenaje a sus maestros o de aprovechar la coyuntura para hablar del mundillo literario o de adornarse con abstracciones muy teóricas, si uno conjura éstas y otras tentaciones, y busca la pulpa de su poética, uno se queda, o al menos yo me quedo, lleno de vacío y de perplejidades.
Supongo que quien escriba con un lenguaje críptico trasvasará al poema sus propias perplejidades y se sentirá realizado. Y que quien escriba desde unas teorías muy abstractas las traducirá en verso y, luego, viceversa. Pero cuando se escribe con palabras corrientes, cotidianas, de la calle, es cuando sorprende el milagro de descubrir que, a veces, la poesía ha visitado esas pequeñas moradas. Cuando los temas tampoco son extraordinarios, lo extraordinario es que, de pronto, el poema lo sea. Cuando uno se conoce y se reconoce como un tipo tan alejado de la genialidad como casi todos o más, se pasma ante el hecho de leer alguno de sus versos verdaderos.
Encima tampoco puedo decir que haya yo alcanzado la sabiduría de saber que no sé nada. Tengo todavía un puñado de certezas que, aunque no remedian mis perplejidades, me ayudan a no sentirme perdido. Creo que nadie elige su voz y, por tanto, mi interés por las modas y las corrientes literarias es secundario o terciario. Las voces de los poetas que me interesan (tantos que su número sólo se puede igualar por el de los poetas que no me interesan en absoluto) me eligieron igualmente, y tengo que oírlas. También sé que escribo por necesidad personal, íntima, por lo mismo que leo. Sin esa necesidad, ni escribo ni leo, que hay otras cosas que hacer en la vida.
Y hablando de la vida, pienso, y ésta es mi mayor perplejidad, que a veces algunos poemas, inexplicablemente, consiguen explicármela de tal forma que siento hacia ella un extraño amor y con ella una profunda comunión.
AUTOBIOGRAFÍA
No he estado nunca solo. Siempre estuve
rodeado de amor. Tranquilamente
me dejaba querer: quiso la gente
—no sé por qué— tenerme en una nube
muy blanda de cariño. Yo flotaba
de mi madre a un amigo, de mi hermano
al recuerdo de un verso, del verano
a aquel silencio en el que Dios me hablaba.
Pero quise estar solo y ser más hondo.
Crispé los puños, apreté la boca
y huí de los demás como una roca
que se suelta en un pozo. Y vi, en el fondo,
lo que busqué: a mí mismo, esta mirada
girando en espiral hacia la nada.

A Cirlot se le suele ver lejos y, además, se le suele ver fuera. Se le enfoca allá, a mucha distancia de todo y de todos, muy solo, muy refractario a cualquier compañía; y en un sitio que ya no es este sitio mayoritario, este aquí en el que pudiera caber, incluso, esa distancia, sino que parece otro lugar, un aparte incomparable, inhomologable con el espacio común de los hombres y, entre ellos, de tos poetas. Sin embargo, siendo ciertas su lejanía y su rareza, es como si esta modalidad de reconocimiento del poeta no consiguiera sino aforarlo aún más, quitárselo, en realidad, de encima, echando mano de sus extravagancias como hombre. Y ésta sería una hipermétrope, que ve a Cirlot fuera y desde fuera de cualquier tradición, complacida en su exotismo, su esoterismo, no mucho más útil a la comprensión que la otra, la mirada miope que sólo ve a Cirlot desde dentro, el dentro de la poesía profesional, enfocada desde una media altura o una medianía «democrática». Ambas resultan inservibles para quienes, como él, son y no son poetas, pertenecen y no pertenecen a la poesía, a la historia poética, a su cadena de eslabones medianos, como ocurre, por otro lado, con todas las excepciones, siempre fronterizas, que hacen que la poesía alta y grande resulte inasequible a la mirada hecha para percibir la normalidad y defendernos así del desasosiego de lo único, de lo incomparable, quizá lo monstruoso que hay en aquéllos en los que ser poeta resulta fatalmente de ser hombre hasta el extremo de esa condición.
Ese lejos y ese afuera son neutralizados, pues, de dos maneras, y una de ellas no es ya la del rechazo (muy legítimo) de su poesía, sino, curiosamente, la que quisiera valorarla en exclusiva, como una alternativa única a la generalidad, pero doliéndose, paradójicamente, de que Cirlot no ocupe -se suele decir así- «el lugar que le corresponde» y de que no sea rescatado, o sea, incorporado a esa normalidad consoladora. Pero ocurre que a Cirlot no puede corresponderle ahí lugar alguno; que es él quien se va, quien se aparta, quien se aleja y a quien, verdaderamente, no podemos seguir, y casi diríamos que no debemos seguir, porque, de hacerlo, nos convertiríamos en esa clase de amigos de Cirlot que, más cirlotistas que él mismo, se transfiguran en guerreros góticos, en cartagineses o, lo que es más terrible (porque ya no se trata de verse como personajes de su «teatro», sino como intérpretes privilegiados de su poesía), en cabalistas o en sufíes o en cátaros gnósticos. Y en ese desencadenamiento final que supone el ciclo Bronwyn (el crisol, la cota máxima, la asunción de su poesía en su propio centro), debiéramos ver que todo eso pertenece a lo poético, a lo que es sólo irrenunciable para el hombre Cirlot (y no para nosotros), a la escenografía de su representación; pero que nada de eso es, al cabo, su poesía. El paisaje de su literatura no debiera ser confundido con la sustancia propia y desnuda que su poesía revela, sobre todo, en ese tramo final de su obra que es como si se liberase de la obra misma, de su materia (digamos, contradiciendo a Eliot, que de Cirlot no se debiera esperar un material poético, sino una poesía), de la incesante fantasía bajo la que su poesía podría haber quedado enterrada, como cualquier poesía puede acabar sepultada bajo una literatura.
Aún así, Cirlot está lejos y está fuera, y resultaría estéril cualquier intento de urbanizar a Cirlot. Pero es muy posible que ya esté demasiado trillada la fase de su reconocimiento en el que había que hablar del coleccionista de espadas, del nigromante, del arcangélico Cirlot y su personalidad «monstruosa»; y que debamos comenzar a comprender su poesía como poesía y a identificarla como tal, para -no nos engañemos- abandonar después esa identidad (sólo utilitaria) y ver con quiénes se puede emparentar su grandeza al rebasarla (la tradición debe contar con las excepciones a ella que, precisamente, la hacen grande). Y, es verdad, apenas las hay. Cirlot mismo declaró muchas veces su excepción íntima; se vio como Hamlet («¿Pero, a quién te asemejas, Hamlet gris?»), como Orfeo («Yo soy un ser humano a pesar mío», en un verso que ya había aparecido en el primer cuaderno de Bronwyn); creyó, como dice en los 44 sonetos de amor (un libro anejo al «universo Bronwyn») que «Ser diferente a todos es un don./ El mundo es un relámpago, momento en el que sólo soy donde no son»; y en Bronwyn, z (uno de los libros de mayor «cesión a la realidad», a su particular realismo mágico) se vio andando «entre peatones y automóviles», «vestido de gris y con corbata rosa», pero rodeado de «seres a los que quiero y que me quieren / mas en lo humano siempre (…)». Y esa excepción sentida, profundamente existencial (de ahí que pensara que, radicalmente contrapuesto a lo existencial, lo simbólico sólo habla de lo separado, de «lo que no acontece jamás», ni el tiempo ni en el espacio), no puede ser, claro, una garantía de la excepción poética (no es excepcional quien quiere). Pero en la trágica fractura de esa autocontemplación, demediada entre el exterior de la realidad y el interior de una verdad, no debiera ser imposible ver reflejadas otras excepciones, otras extremosidades que, son, además, las que llevaron a la tradición de la poesía castellana en el siglo XX a su cima. En primer lugar, la poesía de Cirlot, y principalmente Bronwyn, resulta indisociable del problema religioso que dio tensión y aliento a la poesía de los maestros (Unamuno, Machado y Juan Ramón), hasta que, según se fue borrando el asunto, esta poesía comenzó su descenso. En su visión ante el espejo hamletiano, Cirlot dice que «No sé qué pensarás, qué pensaréis,/ pero nunca me supe de este mundo/ y odié verme encerrado en una cárcel/ idéntica a la vuestra/ indiscernible al fin entre los otros». Ese terror es el terror a la indistinción personal de Unamuno; y es también el ansia de salvación y redención que mordía en ellos el que hace que Cirlot dedique, en realidad, Bronwyn a un solo tema: la Resurrección, y a un trasunto de ese tema: la aventura de dotar de verdad a la ficción que se sabe tejida por la ilusión del pensamiento, a lo muerto, lo no sido, lo perdido en el tiempo. En Bronwyn, w, ese canto en el que su sinfonía avanza con un movimiento maestoso, dirá: «No ceso, Bronwyn de pensar en ti/ sabiendo que no existes ni en lo no»; y es la afección de ese pensamiento o, lo que es lo mismo, ese sentimiento imaginario, el que le lleva a declarar: «Y muerto te contemplo y me persuado/ de que la muerte es vida que principia», «Si nunca has existido eres posible/ porque la realidad es muerte viva». Y esto lo dice el mismo poeta heraclitiano, permanentemente trashumante entre las afirmaciones y las negaciones, que había escrito: «No hay nada, Bronwyn. No hay nada. Y todo conspira para fingir que existe», «Nunca he tocado nada de lo que tú eres». Se trata, pues, del canto de frontera machadiano y su célebre terceto («Si un grano del pensar arder pudiera…»), que Cirlot deja en el aire tras muchos versos: «Eterna prisionera del momento,/ rosa dorada y sola en el desierto,/ si todo cuanto brilla fuera cierto,/ cierto fuera también mi pensamiento.» Y esa entidad, verdadera en su ficción, incompatible «con un mundo que exige que haya cuerpo», resulta ser la milagrosa presencia anhelada que aparece cuando se cumple el deseo místico de san Juan de la Cruz de que un pensamiento valiera más que el mundo. Y es así como Juan Eduardo Cirlot, igual que san Juan, igual que Juan Ramón, es y no es un poeta, hace y no hace poesía, porque su poesía, como la de todo metafísico (digamos que Cirlot está de camino a la mística), va de paso, no se detiene en ser esa cosa artística, decorativamente artística que puede ser un poema, sino que más bien (como sugería cierta intuición de Dámaso Alonso sobre el germen del conceptismo en san Juan) se sirve de lo poético para abandonarlo después, sin importarle mucho la poesía como arte, que queda reducida a una nada, que queda atrás mientras el hombre fronterizo que es el poeta sigue su camino, espoleado por un amor más lejano, y seguramente hacia el fracaso.
La Quête (fracasada) de Cirlot, lo es de ese algo oscuro y cegador, irreal pero vivo, inexistente pero verdadero, tal como es la presencia paradójica que el sentimiento místico invoca cuando arde por la totalidad que zanje la serie de contradicciones, al modo en que era requerida por Juan Ramón en uno de los Romances de Coral Gables: «Y una sola flor se mece/ sobre la inmensa presencia /de la ausencia majistral.» Porque es verdad que Cirlot es único, que apenas le encontraremos semejantes (aunque en los años 40 y 50 hay un Cirlot-Miguel Hernández y un Cirlot-Neruda), pero esa excepcionalidad no es una monstruosidad, como la de un ornitorrinco, sino la de la más grande poesía del siglo que, por grande, es incomparable entre sí (porque es ya la misma). Y aun no encontrándole hermanos, no parece descabellado pensar en alguna posibilidad de reflejo, que yo no encuentro sino en… Juan Ramón Jiménez. Sí, en el «niñodiós» Juan Ramón, el también homenajeador de Poe y de William Blake; el Juan Ramón que, como Cirlot, y desde fechas tan tempranas como las de Piedra y cielo, repara en la verdad de un instante sin recuerdo que se hace eterno en su vivencia y que crece -los dos lo dicen con las mismas palabras- como «rosa en el desierto», o sea, de una nada, de un cero sin raíz existencial.
Las vicisitudes esotéricas que dieron lugar, desde 1967 a 1971, a la escritura de los dieciséis libros de Bronwyn son muy conocidas, y apenas dicen nada para esta comprensión de Cirlot como lo que es, uno de los cuatro o cinco más altos poetas españoles modernos. Cirlot vio aquella película, El Señor de la Guerra, en 1966, en un momento en que su producción poética, desde mediados de los años cincuenta, se había ralentizado, cansado acaso de lo que podía tener lo ya escrito de literatura fantástica y exótica (sea megalítica o altomedieval). Y había visto también (y quizá todo en un «ideal cine interior abstracto» como el de Juan Ramón) el Hamlet de sir Laurence Olivier. Y creyó ver cómo Bronwyn (la protagonista de la película) no era otra que la resucitada de las aguas en las que la propia Ofelia había sido abandonada en su muerte. Pero lo vislumbrado no eran unas figuras culturales, unos objetos artísticos, sino que Bronwyn pasó entonces de ser Rosemary Forsyth (la actriz, el ente de ficción que, sin apoyo real, se hacía verdadero a los ojos del espectador) a ser la encarnación de Daena, el Yo celeste del poeta, y luego la Shekina, la teofánica aparición de la figura femenina de Dios. Y esto pertenece a lo sabido y, sobre todo, a lo mecánicamente repetido por la explicación de Cirlot como monstruo, ya sea hecha por los detractores o por los amigos. Pero todo ello, verdadero e innegociable para él, no nos debe detener ni importar a nosotros cuando ya no se trata de describir su mundo (que es sólo suyo) sino de comprender la magnitud de su poesía (como poesía de todos). La poesía de Cirlot baja cuando es vista desde el mundo intransferible del poeta o radicalmente separada de él. Pero al sentir la sustancia poética desnuda y fronteriza, como la podemos sentir en Bronwyn, deberíamos reparar en que se trata de la única, de la común, de la invariable sustancia de toda la Poesía grande, indiferente en esa altura a quién la haya escrito y a lo loco, o surrealista, o cabalista que haya sido su autor. Y esa poesía suya todavía sube más cuando, en el cansancio de sí mismo que se ve en Bronwyn, no podemos encontrarle otra compañía que no sea la de alguien -el Juan Ramón final- al que también la institución de la poesía le resulta muy estrecha para dar cabida a algo que, además, no quiere ser vestido así y se resiste a ser cortado por ese patrón.
Cirlot, como Juan Ramón (lo que los separa es mucho, claro, lo mismo que separa a Moguer de Brabante), se sentía profundamente tradicional, pero digamos que no tuvo otro remedio que ser vanguardista; creía sinceramente (como le dijo a Bretón, indicando la razón de su ruptura con el surrealismo) «en Dios y en la poesía con metro y rima», pero se vio abocado a la distorsión del lenguaje (de ahí que, incluso en sus aliteraciones de consonantes, no veamos ninguna tontada experimental, sino la obediencia a una verdad); quiso afirmar la armonía, pero supo que todo es real e irreal al mismo tiempo, que «todo es disonancia»; y también quiso, ante el libro y su criatura, verlo «desprendido de la vida,/ como un fruto perfecto de su rama» (JRJ), o sea, terminar con Bronwyn («sin esperar a que se me muera por dentro. Quisiera mutilarme de ella en vivo»), aunque acabase aceptando otra economía, la del «poema infinito», la del canto que, como Espacio, sólo termina con la vida personal del poeta e incesantemente regresa al comienzo («Bronwyn estuvo aquí donde yo estaba/ al empezar»), en un viaje en espiral al principio de la escritura y al principio de la vivencia. Y al cabo, la poesía es… olvidada, y la mejor huella de esto no son unos antiversos que se salgan fuera de ella, sino, al contrario, unas rimas insistidas que, de tanto machacar adentro, hacen que nos olvidemos de ellas, que no las veamos («Paisaje de un país en que no hay viaje,/ centro de lo que es dentro y es encuentro»), en las que suena el inevitable eco de aquellas otras de Animal de fondo: « .. .para todo el futuro iluminado,/ iluminante,/ dios deseado y deseante», que, como las de Cirlot, quedan dentro y fuera, cerca y lejos.

Creo que resultan muy aburridas de leer todas esas professions de foi; por ello voy a contar una anécdota, aunque en realidad no lo sea. Se trata de un recuerdo lejano que, no sé muy bien por qué, me apetecía contar precisamente aquí y ahora como conclusión de nuestro tratado sobre el pueblo. Tenía yo entonces unos nueve años…; pero será mejor que comience desde que tenía los veintinueve.
Era el segundo día de Pascua. El aire era cálido, el cielo azul, el sol estaba alto, «cálido» y radiante, pero mi alma estaba triste. Vagaba yo por detrás de los pabellones, mirando y enumerándolos; contaba los palos de la empalizada del fuerte de la prisión, y aunque en realidad no me apetecía hacerlo, los contaba siguiendo la costumbre. Otro día de «fiesta» corría en la prisión; a los presos no se los llevaban a trabajar y había multitud de borrachos. Blasfemias y discusiones se oían surgir desde todos los rincones. Canciones vulgares y desagradables, juegos de cartas entre los petates, algún que otro preso medio muerto por alguna reyerta a juicio de los compañeros, tapado después con zamarras hasta que despertara y recobrara el sentido. En más de una ocasión, los cuchillos habían salido a la luz, y todo ello, en dos días de fiestas, me había martirizado hasta enfermar. Nunca pude soportar las orgías y borracheras populares, y en ese lugar, me desagradaban aún más. Ni siquiera los jefes aparecían esos días por la prisión, ni inspeccionaban, ni requisaban el vino, como si comprendieran que una vez al año, también a esos renegados había que dejarlos expansionarse, y que de no hacerlo, sería peor.
Por fin, la cólera prendió en mi corazón. Me encontré con el polaco M-tski, un preso político. Me miró con tristeza, con los ojos brillantes y temblorosos los labios. «Je hais ces brigands!»1, dijo a media voz, rechinando los dientes y pasando de largo. Regresé al pabellón sin reparar que un cuarto de hora antes salí corriendo de allí como enloquecido, cuando seis robustos hombretones se echaron todos a una a apaciguar al borracho tártaro Gazin, terminando por propinarle una paliza. Le pegaron absurdamente. Con semejante paliza se podría matar a un camello. Sabían que a aquel Hércules resultaba difícil matarlo, por eso le pegaron sin reparo.
Al regresar, me percaté que al fondo del pabellón, sobre su petate, yacía Gazin ya sin dar apenas señales de vida y casi sin sentido. Estaba tapado con su zamarra y todos le esquivaban en silencio, firmemente convencidos de que se despertaría a la mañana siguiente, «aunque de semejante paliza no era de extrañar que muriera el hombre».
Llegué hasta mi sitio que estaba frente a una ventana con rejas de hierro. Me tumbé boca arriba, crucé las manos debajo de la cabeza y cerré los ojos. Me gustaba estar echado de ese modo. Nadie se mete con el que está dormido, y mientras tanto, se puede fantasear y pensar. Pero en aquel momento no pude conciliar ninguna fantasía. El corazón me palpitaba inquieto, y en los oídos sonaban las palabras de M-tski: «Je hais ces brigands!». Pero qué sentido tiene describir las impresiones, si hasta hoy día todavía sueño con aquellos instantes, y no hay sueño que me torture más. Probablemente se hayan dado cuenta, que hasta hoy, rara vez he escrito algo sobre mi vida durante la condena. Porque Las anotaciones de la casa de los muertos las escribí hace ya quince años, inventándome al personaje, un delincuente que mataba a su mujer. A propósito, y para más detalle, diré que desde entonces, y hasta hoy día, todavía hay mucha gente que piensa y afirma que fui condenado por asesinar a mi mujer.
Poco a poco me fui amodorrando y me sumí en recuerdos. Durante los cuatro años de condena recordaba constantemente todo mi pasado, y parece que a través de los recuerdos revivía nuevamente toda mi vida anterior. Esos recuerdos venían solos, raramente los evocaba yo a voluntad. Comenzaban por algún punto, un rasgo, a veces algo impreciso, que poco a poco crecía hasta convertirse en todo un cuadro, en alguna impresión fuerte y pura. Yo analizaba esas impresiones aportando nuevos rasgos a las antiguas vivencias. Pero lo más importante era que corregía lo vivido, lo corregía constantemente. Esa era toda mi distracción.
Esta vez, por algún motivo, me vino a la memoria un instante insignificante de mi primera infancia, cuando tan sólo tenía diez años. Creí que aquel instante había quedado para mí completamente olvidado. Amaba especialmente yo entonces los recuerdos de mi primera infancia. Recordé el mes de agosto en nuestra aldea: un día claro y seco, aunque algo fresco y con aire. El verano se estaba acabando, y pronto habría que emprender el viaje a Moscú para aburrirse durante todo el invierno con las lecciones de francés. Me entristecía tanto dejar la aldea….
Fui andando hasta dejar atrás el granero, bajé al barranco y subí a Losk — así llamábamos al espeso matorral situado al otro lado del barranco, que llegaba hasta el mismo bosque—. Me metí en la profundidad del matorral y oí que muy cerca, a unos treinta pasos, en la pradera, un muzhik estaba arando el campo en solitario. Como tenía que arar una abrupta cuesta, su yegua andaba con dificultad, y a mis oídos llegaba su voz: «¡Vamos, vamos!». Conozco a casi todos nuestros campesinos, pero no reconozco al que está arando ahora, aunque me da igual, pues estoy completamente sumido en mis cosas. También yo estoy ocupado: arranco una vara de nogal para hostigar a las ranas. Las varas hechas con ramas de nogal son muy bonitas, pero poco sólidas si se las compara con las de abedul. También acaparan mi interés los escarabajos y los pequeños bichitos. Tengo una colección, y los hay de lo más bonitos. También me gustan las pequeñas y ágiles lagartijas de color rojo amarillento, con motitas negras; pero las culebras me dan miedo. Además, las culebras resultan más difíciles de encontrar que las lagartijas. Hay pocas setas por aquí. Para ir a por setas, hay que adentrarse en el bosque de abedules y me dispongo a ir allí. Nada he querido más en el mundo que el bosque con sus setas y sus frutos salvajes, sus bichitos y pájaros, sus erizos y ardillas, con su —tan querido para mí— olor húmedo a hojas en descomposición. Incluso ahora, cuando escribo esto, me llega el olor de nuestro bosque de abedules de la aldea. Estas impresiones quedan para toda la vida. De pronto, en medio del profundo silencio, pude oír con claridad el grito: «¡Que viene el lobo!». Del susto, lancé un grito y salí corriendo a la pradera directamente hacia el muzhik que estaba arando.
Era nuestro muzhik Maréi. No sé si existirá un nombre así, pero todos le llamaban Maréi. Era un muzhik de unos cincuenta años, robusto, muy alto y con una tupida barba de color rubio oscuro bastante encanecida. Aunque le conocía, hasta entonces casi nunca había hablado con él. Al oír mi grito, detuvo a la yegua. Para no caerme del impulso de la carrera, me agarré con una mano a su arado y con la otra a su manga. Entonces me miró y se percató de mi susto.
—¡Que viene el lobo! —grité, ahogándome.
El levantó la cabeza, y sin querer, miró alrededor, casi creyéndome por un instante.
—¿Dónde está el lobo?
—El grito… Alguien gritó «que viene el lobo»… —susurré yo.
—¿Qué dices, qué lobo?, te lo habrá parecido. ¿Lo ves?, ¿cómo iba a haber aquí un lobo? — susurraba dándome ánimos. Temblando con todo el cuerpo, me agarré con más fuerzas aún a su anguarina; debía de estar muy pálido. El me miraba con una sonrisa preocupada, al parecer alarmado e inquieto por mí.
—¡Vaya, mira que asustarte!, ¡ay, ay! —dijo, moviendo la cabeza. ¡Ya está, hijo! ¡Ea, ya está bien, pequeño!
Extendió su mano y acarició mi mejilla.
—Bueno, ya está, no temas, Cristo está contigo.
Pero yo no me santigüé. Las comisuras de mis labios temblaban, y al parecer, esto le sorprendía especialmente. Despacio extendió hacia mí su dedo gordo con la uña negra manchada de tierra y rozó suavemente mis temblorosos labios.
—Lo ves —dijo, sonriéndome con una prolongada sonrisa maternal—, ¡señor, qué es eso, ay, ay!
Finalmente comprendí que no había ningún lobo y que el grito: «¡que viene el lobo!» fue algo que me había figurado. Por lo demás, el grito fue muy claro y preciso, pero gritos así (y no tratándose sólo de lobos) ya los había llegado yo a oír una o dos veces más; ya los conocía. (Después, al pasar la infancia, esas alucinaciones desaparecieron).
—Bueno, me voy —dije con mirada tímida e interrogante.
—Ve, y yo te miraré. ¡No dejaré que te coja el lobo! —añadió, sonriendo nuevamente de modo maternal—. Vamos, Cristo está contigo.
Vamos, ve —me santiguó con su mano y después se santiguó él.
Eché a andar, volviéndome hacia atrás casi cada diez pasos. Mientras iba andando, Maréi permanecía inmóvil junto a su yegua, mirando cómo me alejaba y moviendo la cabeza cada vez que yo volvía la vista atrás. A decir verdad, me daba algo de vergüenza haberme asustado tanto delante de él, pero hasta que no remonté el barranco y llegué al primer cobertizo, todavía sentía bastante miedo al lobo. Pero aquí el miedo desapareció por completo, y de pronto, saliendo no sé de dónde, se me echó encima nuestro perro de corral, Volchok. Junto a Volchok me sentí más seguro y por última vez volví a mirar a Maréi. Ya no veía su cara con claridad, pero sentía que él continuaba del mismo modo sonriéndome afectuosamente y moviendo la cabeza. Yo agité la mano, y él, correspondiéndome con otra señal, arreó a su yegua.
—¡Vamos, vamos! —se oyó nuevamente su voz, y la yegua tiró otra vez de su arado.
No sé por qué, todo esto de golpe me vino a la memoria con extraordinaria claridad y detalle. De pronto, me despabilé y me incorporé sentándome en el petate. Me acuerdo que todavía sentía en mi rostro la tímida sonrisa del recuerdo. Permanecí recordando un minuto más.
Al dejar a Maréi y de regreso a casa, no le conté a nadie mi aventura. Además, ¿qué aventura era esa? Tampoco tardé mucho en olvidar a Maréi. Después, cuando alguna vez me lo he vuelto a encontrar, nunca más volví a hablar con él, y ya no sólo acerca del lobo, sino de nada. De pronto, ahora, pasados veinte años y en Siberia, recordé todo aquel encuentro con tanta claridad y hasta el último detalle. Será que por sí mismo e involuntariamente, se alojó imperceptiblemente en mi alma, reapareciendo de pronto cuando tenía que ser. Recordé aquella sonrisa dulce y maternal del pobre siervo muzhik, su cruz y su movimiento de cabeza: «¡ vaya, se ha asustado el peque!». Recordé especialmente su dedo gordo manchado de tierra, con el que despacio, y con tímida delicadeza, rozó mis temblorosos labios. Claro que cualquiera puede animar a un niño, pero lo que surgió durante aquel encuentro solitario fue algo completamente distinto, y si yo fuera su propio hijo, él no hubiera podido mirarme irradiando más claridad de amor, y ¿quién lo obligaba? El era nuestro siervo y yo, a pesar de todo, su señorito. Nadie sabría cómo me acarició y nadie lo recompensaría por ello. ¿Acaso quería tanto a los niños? Hay gente así. El encuentro tuvo lugar a solas en el campo, y puede que sólo Dios haya visto desde arriba con qué profundo e iluminado sentimiento humano y con qué delicadeza y ternura casi femeninas, puede estar henchido el corazón de un rudo, terriblemente ignorante y siervo muzhik ruso, que no esperaba su libertad y ni siquiera se la podía entonces imaginar. Díganme, ¿no era eso lo que quería decir Konstantin Aksákov cuando hablaba de la elevada formación de nuestro pueblo?
Cuando me incorporé del petate y miré a mi alrededor, recuerdo haber sentido de repente que era capaz de mirar a esos infelices con otros ojos, y que de pronto, como si fuera un milagro, todo el odio y la maldad desaparecían por completo de mi corazón. Fui andando y mirando las caras de la gente con la que me cruzaba. Ese afeitado y bribón muzhik, embriagado y con estigmas en el rostro, que grita su borracha y ronca canción, también podría ser aquel mismo Maréi; si yo no puedo adentrarme en su corazón. Aquella tarde me encontré nuevamente con M-tski. ¡Infeliz! El no podía tener recuerdo alguno de ningún Maréi y ningún otro punto de vista sobre esa gente, a excepción de «Je hais ces brigands!». Verdaderamente, ¡esos polacos han soportado más que nosotros!
Traducción de Isabel Martínez Fernández
NOTA
1 · «¡Odio a esos bribones!», en francés en el original (N. de la tr.).
Al otorgar al escritor antillano Derek Walcott (1930-) el Premio Nobel de Literatura en 1992, la Academia Sueca reconocía el fecundo trabajo de un poeta hondamente entrañado en la tierra caribeña. Walcott había publicado en 1964 su primer poemario, Selected Poems, al que siguieron The Gulf (1970), Another Life (1973), The Star-Apple Kingdom (1979), The Fortunate Traveller (1981), Midsummer (1984), The Arkansas Testament (1987) y Omeros (1990). En 1993, la editorial neoyorkina Farrar, Straus & Giroux publicó otro libro de poemas, Odyssey: A Stage Version, junto con su discurso de recepción del Premio Nobel (The Antilles: Fragments of Epic Memory). Omeros fue vertido al castellano por José Luis Rivas y editado, junto con el texto original, por el Círculo de Lectores en 1995. Un año antes, Visor Libros incorporó a su prestigiosa colección de poesía El Testamento de Arkansas, en versión castellana a cargo de Antonio Resines y Herminia Bevia. En la actualidad, se ultima la traducción completa del último poemario de Walcott, aparecido en Nueva York en 1998, The Bounty. La edición en castellano de La sobreabundancia aparecerá con el sello de Visor Libros después del verano. Álvaro Pombo ha seleccionado y traducido unos poemas de la primera parte de ese libro para Nueva Revista, anticipando de ese modo lo que será un gran acontecimiento editorial el otoño próximo.
(1)
Es la primera vez que me propongo traducir poética y públicamente a un poeta. A lo largo de todo el proceso de traducción me he sentido como alguien que se interna en un agreste territorio que, a simple vista, parecía liso y llano. Derek Walcott es un poeta antillano, que nació en 1930 en la isla de Santa Lucía. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1992. Este poema, La sobreabundancia, sirve de título a un libro de poemas que evocan la isla natal del poeta. He elegido esta obra porque se trata de una, a mi juicio, admirable elegía a la madre de Walcott: Alix Walcott, de la cual presento aquí cuatro secciones: la 1, 2, 3 y 7. Deseo subrayar, una vez más, los dos sentimientos contrapuestos que han acompañado mi laboreo como traductor: un sentimiento de facilidad o familiaridad, y otro sentimiento, opuesto, de dificultad y extrañeza. En estas condiciones me he visto obligado a leer cada una de las siete partes que componen la elegía a Alix Walcott un buen número de veces, para, por último, hacer una primera traducción salvaje, y terminar con una segunda versión, la que ahora ofrezco a los lectores de Nueva Revista como definitiva. Traducir este poema ha significado para mí dos actividades muy distintas: una práctica, consistente en fijar mediante una decisión final, el texto castellano, y otra, teórica, consistente en preguntarme si mi traducción castellana traduce —con ocasión del texto inglés, que tiene un carácter indiciario— el significado de los diversos versos y fragmentos que Derek Walcott va acumulando como quien ordena los heterogéneos objetos de una mesa de un modo inteligible aunque arbitrario.
(2)
Por primera vez en mucho tiempo, la poesía de Derek Walcott ha aguzado mis sentidos poéticos. Leyéndolo, he vuelto a sentir ese característico apetito por las palabras de la tribu, purificadas por el poeta, que llamamos poesía. La expresión poética ha sido para mí un aliento constante: en mis cuatro libros de poemas se contiene todo lo esencial de mi escritura. Tengo, sin embargo, de estos años de prosa narrativa, abarrotada la cabeza, y por las narices y por las orejas se me sale el ritmo de la prosa narrativa, lengüetas descoloridas de la hiedra de la oración subordinada. No he perdido el pulso de la contemplación poética —no he perdido el hábito— pero sí un poco la manía de la expresión poética, la urgencia de escribir poemas. Esto es lo que me ha hecho recordar Derek Walcott de pronto: el gusto renovado por la expresión poética.
(3)
Y esto tiene cierta gracia: da la casualidad de que no hay dos paisajes basales más opuestos que el de Walcott y el mío: el Caribe y Castilla la Vieja. Lo más marítimo de mi paisaje basal es el puntal, la isla de Mouro, el río Cubas, la bahía de Santander. En esto hay, claro está, gracia poética de sobra, lo mismo que en la meseta castellana. El propio Walcott ha sido capaz de percibir en los poemas de Antonio Machado una gran cantidad de belleza en la austeridad a la que yo hago referencia. Siempre que comparo estos dos mundos infantiles, el caribeño y el castellano, recuerdo una interesante observación de Walcott en La voz del crepúsculo, a propósito de las tardes de calor abrasador en Puerto España, «cuando el resplandor del sol tornaba las calles blancas»: «me cuesta percibir este vacío como desolación, esta paciencia es la anchura de la vida antillana, y el secreto reside en no pedirle lo que no pueda dar, no exigirle una ambición que para nada le interesa. En esto lee el viajero el letargo, el torpor». ¿No es este mismo letargo lo que lee el viajero apresurado al cruzar los campos de Castilla o las páginas de huertas, cerezos, perales, almendros, retamas y cardos borriqueros de mis propios libros de poemas? Es curioso que Walcott vea privación donde otros ven pintoresquismo, y que nos advierta que «el viajero no puede amar porque el amor es éxtasis y el viaje es movimiento». Y así nos dice que «la privación puede encerrar insólitas virtudes, una de las cuales es, sin duda, la de salvarse de la actual oleada de mediocridad, pues hoy día los libros no tanto se crean como se rehacen».
De alguna manera, la familiaridad que he sentido leyendo la exuberante poesía de Derek Walcott procede de su insistencia en que el lector abandone su condición de viajero y se instale en la concentración y el éxtasis. Esta concentración, esta admiración extática, esta exaltación poética ante las duras tierras de España, me ha acompañado siempre y me ha hecho implicarme a fondo ahora en la labor de este poeta. Y es que Walcott tiene una idea muy viva de que el esfuerzo del poeta consiste en captar la significación, el sentido del mundo. Porque las cosas del mundo «para ser lo que eran, con el mismo nombre, necesitaban pasar por un proceso de traducción » (tomado del artículo de Walcott «Brodskyysu bendito destierro », ABC 1.11.1996). En este «asombro reverencial por las cosas corrientes» de que habla Walcott, veo yo una repetición creadora de la idea de Rilke acerca de los poetas, que liban en las cosas visibles la miel de lo invisible. De ahí su deseo y la lección que aprendió de su madre, Alix Walcott: «que las hormigas me enseñen de nuevo, con largas hileras de palabras/ mi profesión y mi deber, la lección que tú enseñaste a tus hijos/ escribir acerca de la sobreabundancia de la luz sobre las cosas familiares/ que están a punto de traducirse a sí mismas en nuevas». Esta renovación gigantesca de todo lo familiar, deshace las imágenes tópicas de los turistas, hasta hacernos ver que «el Caribe no es un lugar idílico, no para sus nativos». El Caribe es un lugar real, y ahí es donde la gran poesía, la gran conciencia creadora, se hinca y emerge, en la realidad. Una realidad que es sobreabundancia, y que, por consiguiente, con naturalidad, nos sitúa en una región que me atrevería a llamar religiosa: una zona de la conciencia del mundo, exaltado y expresado con devoción y con asombro, en un eterno ahora, al borde de la trascendencia.
Para Alix Walcott
I
El desierto donde las exaltaciones de Isaías hacen surgir una rosa de la arena
yace entre la vista de la Oficina de Turismo y el verdadero paraíso. El canto treinta y tres
circunda las nubes del amanecer con un esplendor concéntrico, el fruto del árbol del pan abre sus palmas en elogio de la abundancia bois-pain, árbol de pan, alimento de esclavo, dicha de John Clare, Tom vagabundo, roto, que acaricia el armiño en su provincia
de juncos y grillos de caña, que juega con el aire húmedo,
que se ata las botas con los tallos de las viñas, que inquieta a los glaseados escarabajos
con suaves empujones, caballero del abejorro
envuelto en nieblas de campos cuyas palmeras como agujas de cuernos de caracol
se abren a las charcas en forma de copa
-el alma de Tom, sin embargo, está más a salvo que la nuestra,
aunque tiras de hierro encadenen sus tobillos.
De pie está Tom, con la escarcha blanqueándole la barba, en el vado de un arroyo,
como el Bautista que levanta sus ramas para bendecir
las catedrales y los caracoles, el nacimiento de este nuevo día,
y las sombras de la carretera de la playa cerca de la cual yace mi madre
acompañada por un tránsito de insectos que van a trabajar en cualquier caso.
El lagarto sobre la pared blanca fijado en el jeroglífico
de su sombra petrificada, la arquería crujiente de las palmeras,
las almas y las velas de las gaviotas giratorias riman con:
ln la sua volonta é riostra pace.
En Su voluntad está nuestra paz. Paz en las blancas bahías,
en marinas de mástiles concordes, en melones crecientes
dejados toda la noche en la nevera, en los trabajos Egipcios
de hormigas que mueven terrones de azúcar, palabras en esta frase,
sombra y luz, que viven en la puerta de al lado como vecinos
y en las sardinas en salsa de pimienta. Mi madre yace
cerca de las piedras blancas de la playa, John Clare yace cerca de los almendros del mar
y sin embargo la abundancia regresa cada amanecer, para sorpresa mía,
para sorpresa mía, sí, y traición, ambas cosas a la vez.
Como tú, también yo, Tom loco, me siento conmovido por una hilera de hormigas;
He aquí que contemplo su laboreo y me parecen gigantes.
II
Ahí, en la playa, en el desierto, yace el pozo oscuro
donde fue sepultada la rosa de mi vida, cerca de las plantas agitadas,
cerca de un estanque de lágrimas frescas, surcado por el redoble de la campana dorada
de la danza Allemanda, espinas de la buganvilia y ¡esa es
su abundancia! Brillan desafiantes entre los hierbajos y las flores,
incluso entre aquellas flores que florecen en otros sitios, guisantes de olor, hiedra, clemátides
sobre las cuales el sol se levanta ahora con todo su poder,
y no en beneficio de la Oficina de Turismo o de Dante Alighieri
sino porque no hay ningún otro camino para su curso
excepto hacer de las roderas del camino de la playa una alegoría
del decurso de este poema, de tu propio decurso, porque ella murió a
beneficio de
una coronadora guirnalda de falso laurel; así que, John Clare, perdóname
por mor de esta mañana, perdóname, café, y excúseme,
leche con dos bolsitas de azúcar artificial,
mientras veo crecer estas líneas y el arte poética me endurece
en un dolor tan comedido como éste, a fin de dibujar la velada figura
de Mamá entrando a formar parte de lo convencionalmente elegíaco.
No. El dolor es verdadero, siempre lo será, pero no debe ser enloquecedor,
como lo fue con Clare, que lloró por la pérdida de un escarabajo, por el peso
del mundo en una gota de rocío sobre la clemátide o el guisante de olor.
Y hay fuego en las líneas de yesca seca de este poema que odio
tanto como la amo a ella, pobre desgraciada, golpeada por la lluvia,
redentora de ratones, fracasada señora de la caballería bajo tu capa.
¡Venga ya, ya es suficiente!
III
¡Sobreabundancia!
En el campaneo de las ranas de árbol con su clamor firme,
en la oscuridad azul-violeta antes del amanecer, el morse debilitado
de las luciérnagas y los grillos, cuando sobreviene la luz sobre el caparazón del escarabajo,
y los retrasados presagios del sapo, y ortigas del remordimiento
que crecerán en su tumba a partir de la congoja de la pala.
Y, sin embargo, no haberla amado lo suficiente, es, si lo confieso,
amarla más aún. Y lo confieso. El goteo de los manantiales bajo tierra,
el murmullo de hinchados barrancos bajo los empapados helechos
que pierden el agarre de sus raíces, hasta que en montones peludos,
como puños que se abren, giran hacia donde quiera que les torne el barranco,
y sus secuelas temblorosas doblan las varas de la caña salvaje.
Sobreabundancia en la furia de las hormigas al despertarse,
en la concha de los caracoles moviéndose lentamente bajo las batatas salvajes,
alabanza en la decadencia y en el proceso, asombro reverencial por las cosas corrientes,
en el viento que lee las líneas de las palmas del árbol del pan,
en el sol contenido en un globo de cristal de escarcha,
sobreabundancia en el continuar de las hormigas una línea de harina cruda,
compasión por la mangosta que pasa corriendo a toda prisa ante de mi puerta,
en el paralelogramo de luz tendido en el suelo de la cocina,
porque Tuyo es el Reino, Tuyo es el Poder y la Gloria,
las campanas de San Clemente en las flores-maravilla sobre el altar,
en las espinas de la bouganvillia, en las lilas imperiales
y en las palmas plumosas que cabecean a la entrada
de Jerusalén, el peso del mundo sobre la espalda
de un burro; desmontando. Al desmontar, El dejó allí Su cruz para la guardia
y el centurión que se mofaba. Entonces yo creía en Su Palabra,
en el marido inmaculado de una viuda, en reclinatorios de madera marrón,
cuando el campano de la capilla congregaba a nuestro rebaño
entre paredes pulimentadas, en cuyos himnos crujientes oí yo
las frescas fuentes Jacobeas, el murmullo de la gracia, que oyó Clare
y que permanece con nosotros, el claro lenguaje que ella nos enseñó
«como el ciervo anhela», al llegar a esto sus atentos oídos se aguzaban
mientras sus tres cervatillos sorbían las aguas que refrescan el alma,
««como el ciervo anhela el agua de la fuente», que pertenecía
al lenguaje en el cual la lloro ahora, o cuando
le mostré mi primera elegía, la elegía de su marido, y ahora la suya.
[…]
VII
En primavera, tras el autoenterramiento del oso, los balbucientes
azafranes se abren y corean. Los glaciales se deslizan y deshielan,
charcos helados se fragmentan en mapas, lanzas verdes surgen
de los campos disueltos, bandadas de grajos se alzan y rasgan
la luz perforada, las lentas avalanchas que se desmoronan
de un cielo intranquilo; el ratón de campo se desenrosca y la nutria
entresaca su elegante cabeza de las ramas del seto;
surcos, desagües y arroyuelos rugen con un agua que entumece el pulso.
Salta el ciervo invisibles barreras y olfatea el vivo aire,
las ardillas se alzan como preguntas, las bayas enrojecen con facilidad,
los arbustos se deleitan en sus propias formas (sea quien sea su conformador).
Pero hay una estación, aquí, en nuestro edén verdeante
que es el edén del jardín primigenio que engendró decadencia,
a partir de la simiente del élitro de un escarabajo o una liebre muerta,
tan blanca y olvidada como el invierno al comenzar ya la primavera.
No hay cambio ahora, ni ciclos de primavera, otoño, invierno,
ni el eterno verano de una isla; mamá se llevó el tiempo consigo,
ni clima hay, ni calendario, a excepción de este día sobreabundante.
Así como el pobre Tom dio su última corteza de pan a los pájaros temblorosos,
así como junto a las cañas y a los fríos estanques bendijo John Clare a estos delgados músicos,
que las hormigas me enseñen de nuevo con largas hileras de palabras,
mi profesión y mi deber, la lección que tú enseñaste a tus hijos:
escribir acerca de la sobreabundancia de la luz sobre las cosas familiares,
que están a punto de traducirse a sí mismas en nuevas:
el cangrejo, el pájaro-fragata que planea sobre sus alas cruciformes
y ese árbol claveteado y coronado de espinas que abre sus reclinatorios
al mirlo que no ha olvidado a mi madre porque canta.
Este texto se publicó en el número 76 de Nueva Revista (julio-agosto de 2001).
Una cosa es pensar en América en abstracto y otra muy diferente encender la televisión y ver sucederse, en el breve lapso de cinco minutos, media docena de telepredicadores, talk shows sobre lo último inimaginable de dietética a política, vídeos musicales, jabones, descuentos en joyería, alarmas antirrobo, cuchillos samurái, charlas de asueto en que seis descomunalmente obesas mujeres americanas en minifalda comparten entre ellas (y ante miles de espectadores) su vida sexual: «we are coming to your life» nos recuerdan los reporteros desde la última oficina en que un cariñoso sexagenario a punto de jubilarse disparó en la cabeza a su jefe y a cinco de sus compañeros y nosotros agachamos la cabeza y decimos esa palabra que en este otro lado del mar tiene tintes de sacral jaculatoria: Globalidad.
EL OBJETO «LIBRO»
Ya en los sesenta definió William Shawn (editor del New Yorker) Estados Unidos y su mundo editorial con una frase que, de puro acertada, llego a perseguirle hasta la tumba: «USA is the only country that always has too much of everything»; y es que un país que tiene demasiado de todo es uno en el que se escriben al año 500.000 libros, es decir, mas de 1.000 al día, y en el que el objeto libro ha de abrirse paso, a codazos si es necesario, en ese maremágnum que describía al principio y a cuyo ya connatural caos ha de añadirse el de la época cable y su sobredosis informativa. Para un editor americano, y he aquí donde empieza el problema cultural, el enemigo, por llamarlo de algún modo, o la razón por la que un cliente potencial no compra su libro puede perfectamente no ser otro libro sino un desodorante, por lo que el dilema se nos hace global también en la concepción del marketing. En una reciente entrevista para The New York Review, Jason Epstein, que trabajó para la casa Ransom durante más de cuarenta años editando sin discriminación de ningún género, desde Pound o Cummings hasta títulos del estilo de How I lost Weight, comentaba que lo que hace que una casa editora salga adelante en un mercado como el americano es «su carácter descentralizado, su improvisación y sobre todo su marca personal».
SUBJETIVIDAD, ETNIA, FRAGMENTARISMO
He aquí donde encontramos los primeros ingredientes del éxito (y no me refiero sólo al editorial, sino también al literario, o creativo): información y subjetividad. «Don’t confuse me with facts», dice el gurú criticista por antonomasia, Harold Bloom, en su libro sobre las religiones en América, ironizando sobre el absoluto descrédito que, en el nuevo mundo de la subjetividad, tendrá hasta la palabra «hecho» (y que el mismo Habermas predijo al suponer que una sociedad más allá de sus poderes civilizadores sólo podría aceptar la verdad como consenso del grupo, no como algo objetivo), por lo que de nuevo el valor de la literatura sale otra vez fuera de la propia literatura y se convierte en expresión del grupo minoritario. Cuando ya no hay verdad, o hay tantas que es imposible analizarlas todas, queda sólo la verdad del grupo, el consenso, y el amargo regusto en que la globalidad se repliega sobre sí misma y, resquebrajándose, de nuevo e inevitablemente, se hace capilla.
Desde Malcolm X y los posteriores años del Black Power, decenas de casas editoriales americanas encontraron su filón al editar textos que agruparían a las que no tardarían en llamarse minorías raciales. La más rápida de ellas, también por razones sociales, fue la comunidad afroamericana, que siendo mucho más relevante, cuenta ya hasta con dos premios Nobel de apabullante calidad literaria: Toni Morrison y el antillano Derek Walcott. La siguiente a la zaga fue la comunidad hispana, aprovechando muy sabiamente la resaca del boom y poblando las librerías estadounidenses de García Márquez y Vargas Llosa (con mucho, los más vendidos), pero ni triunfó Borges ni Cortazar, ni ninguno de los epígonos, como Sábato, y se encuentra convertida hoy en fenómeno casi de masas, con escritoras tan insustanciales como poco representativas, del estilo de Laura Esquivel o Isabel Allende. Más tarde, y como en avalancha, aparecieron las literaturas asiático-americana (china, japonesa, filipina) ruso-americana (con Kosinki o Nabokov), franco-canadienseamericana (Saúl Bellow), hispano-chicana (de carácter más temático-fronterizo que racial), sin desdeñar otras comunidades que, como la judía, habían hecho su trayectoria menos estruendosa pero quizá más acertada, dando autores de la talla de Phillip Roth o de Gertrude Stein.
Esta descripción esquemática de la trayectoria de la edición de las minorías raciales (en la que, conscientemente, no he incluido dos movimientos con epígonos literarios como la literatura homosexual y la feminista, ya que deben ser medidos con otros parámetros) tiene una importancia relativa cuando nos detenemos a pensar en el problema que engloba y las repercusiones que produce el fragmentarismo. Es un hecho que los autores que de verdad pretendieron hacer literatura con seriedad acabaron, sin quererlo, perteneciendo a formas de un programa social. El mismo Derek Walcott (para revolución de la comunidad culturalista afroamericana) se quejó de ello en sus ensayos What Twilight Says, diciendo que, sin renegar de su condición afroamericana, consideraba que leer un texto literario en servicio de una ideología supone no leerlo en absoluto, más aún cuando las ideologías pierden su razón originaria y se convierten en meras alusiones icónicas repetidas sin conocimiento y cuya radicalidad produce violencia injustificada. En un país nacido de la inmigración con una raza de claro carácter dominante WASP —y negar esta realidad me parecería mentecato cuando menos—, el valor puede nacer (y de hecho así lo hizo) del choque de razas, pero el valor no es la libertad y todo lo que nace por negación es efímero y muere cuando muere el objeto al que se enfrenta. Muerto, de esta forma, el enfrentamiento teórico contra la cultura dominante, las minorías raciales centraron su lucha en la personalización de su carácter; pero llegados a la época cable y a la sacral globalidad, lo territorial se desmerece y queda arrinconado en el terreno de la pura anécdota o de lo exótico («eat regionally, think globally») y las mismas generaciones que lucharon por identificarse en contra de la cultura dominante y de soñar con la igualdad contemplaron con horror que su tan ansiado sueño se hizo realidad y que, muy lejos de agradarles, era una pesadilla. Las buenas intenciones, como las malas poesías, son siempre sinceras.
Esta crisis, producida por la globalidad y el comienzo de la era fragmentarista de la información dio, sin embargo, como fruto un libro que en mi opinión debe ser considerado de función esencial en la historia del criticismo y de la literatura norteamericana de final de siglo: The Western Cannon, de Harold Bloom, especialmente por su estudio introductorio, su análisis de Whitman como el canon central de la literatura norteamericana y su conclusiones de carácter épico acerca de la necesidad del modelo. La crítica española lo trató con el calcinante provincianismo que le caracteriza y saltó al cuello de la disputa quejándose de la casi ausencia de autores de lengua hispana en el canon. Con ello demostró, primero, no haber comprendido la gran necesidad que engendró ese ensayo de Bloom; y segundo, enseñar al mundo su debilidad casi infantil por las listas, especialmente por aquéllas en las que el número uno no habla español. «Comencé a escribir este libro —comentaba Bloom, no sin cierta sorna, en una entrevista— cuando dejó de interesarme la literatura lésbicoesquimal y comenzó a interesarme la Literatura», lo que, más allá de ser una simple broma, respondía al grado de tremendo absurdo en que estaban rayando los estudios academicistas sobre la literatura de minorías. Plantea Bloom que la habilidad para experimentar un placer estético es enseñable, y que los productos artísticos futuros dependen de la enseñanza estética que reciba la gente en su primera juventud. La educación cable, y mientras no se encuentren formas que canalicen y seleccionen esta auténtica sobredosis de información, es una enseñanza en el fragmentarismo y producirá, por tanto, frutos estéticos firagmentaristas. Es, de esta forma, necesario el modelo, y si hay modelo entonces es necesaria su imitación. Conclusiones: la originalidad deja de ser el valor absoluto (cosa nada fácil de decir en un país que, como Estados Unidos, idolatra la creatividad), y las cosas sí pueden ser cuestionadas, es decir, podemos determinar el valor de un texto refiriéndolo a su modelo en el canon, que no tiene por qué siempre ser superior. Un canon es (palabras mágicas) so useful.
FALACIA ANTI-INTELECTUALISTA Y PRAGMATISMO
Es de una insistencia cansina encontrar en ensayos y manuales de historia de la literatura el adjetivo «antiintelectual» aplicado a la mentalidad y la literatura americanas. Vicente Verdú, en su Planeta americano, ensayo que tuvo cierto impacto sobre la cultura USA, dedicaba un largo capítulo a este respecto, sin demasiado éxito a mi entender, y volcando en él opiniones que parecían ser más de carácter personal que el resultado de un análisis profundo de la realidad americana. Y es que no dejo de pensar que el proverbial «anti-intelectualismo» estadounidense bien podría resumirse en aquellas palabras que Wittgenstein utilizaba para introducir su Tractatus logicophilosophicus: «de lo que se puede hablar, se debe hablar claramente; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse».
Claridad por una parte y pragmatismo por otra son, quizá, las cualidades definitorias del pensamiento y la literatura americanas, como lo es la moralidad. No me refiero aquí a la defensa de los valores tradicionales, sino a la moralidad en su sentido originario, es decir, a la ejemplaridad; y no a la ejemplaridad como modelo a seguir, sino como exemplum, como muestra de las consecuencias de una actitud ante el mundo. Ése es el valor supremo de la literatura americana, un valor al que no escapa nadie, ni la generación Beat con sus aullidos (brillantes, pero menores), ni Tenesee Williams con sus figuritas de cristal, ni Henry Miller en el más tórrido de sus trópicos, mucho menos Salinger, Carson McCullers o el aleccionador-sarcástico Gore Vidal, porque (¿deberíamos darle aquí la razón a Bloom?) todos tienen como padre común, quieran o no, al viejo, hermoso Walt Whitman.
Lo planteó ya, y con claridad más que meridiana, William James en sus conferencias Pragmatism, al referirse a que el valor de las artes literarias residía en su uso instrumental para la correcta interpretación de la experiencia. De esta forma, a la pregunta «¿debemos hablar sólo de lo experimentado?», la respuesta sería: «No, pero todo texto literario debe ser útil y sólo es útil si ayuda a reelaborar y reinterpretar (enriquecer, en suma, o mas aún, entender) la experiencia». Yo no llamaría a este planteamiento precisamente «anti-intelectual», otra cosa es que los productos que engendre sean en su mayoría exentos de filigrana, pero ¿cuándo ha sido la filigrana útil?
Deber de justicia me parece por tanto reconocerle a la tierra Améri ca lo que es suyo y una tarea urgente abandonar el sentimiento de superioridad que tantos intelectuales europeos (cobrando cifras astronómicas) llevan a las universidades americanas, predispuestos a una crítica fácil, que ellos mismos no aceptarían de sus países si se vieran en circunstancia parecida.
EL MODO NARRATIVO AMERICANO
Sin perder de vista lo dicho anteriormente sobre el pragmatismo de la literatura, e interpretando la aparente simplicidad de la mayoría de los textos americanos desde esa perspectiva (no considero ni a Faulkner ni a Thomas Wolfe, en este sentido, más que reacciones contrarias que pertenecen, en el fondo, al mismo paradigma) nos adentramos en la interesante cuestión de la relación entre literatura y realidad en la ficción americana.
No se me ocurre mejor forma de comenzar esta reflexión que citando los Cuatro Cuartetos de T.S.Eliot. «Human kind cannot bear too much reality», dice allí el autor de Pruffock, y aunque lo dijera refiriéndose a que la obra artística ha de hacerse artificial, que la realidad ha de ser manipulada para ser verosímil (puede no haber cosa menos verosímil que la realidad misma) resulta ser, a la vez, la mejor descripción de la inteligencia narrativa estadounidense.
Quizá uno de los asuntos que haya derramado más tinta en la literatura contemporánea americana (también por sus repercusiones en Europa) fue la creación del género non-fiction novel, cuyos frutos han quedado más que justificados con tres novelas: In Cold Blood de Truman Capote, que abrió el genero y acunó el nombre, convirtiéndose así, en canon; The Executioner’s Song de Norman Mailer; y Bonfire of the Vanities de Tom Wolfe. No creo que este fenómeno (cuyos epígonos pueblan todavía hoy las librerías americanas) esté muy alejado, por ejemplo, de la renovación de la novela histórica de Gore Vidal, con textos como Lincoln o Julián, ni tampoco del realismo social de autores como Raymond Carver (Cathedral), John Ford (Independence Day), o John Updike (Gertrude and Claudius), la triada capitolina de narradores de la desmembración del núcleo familiar americano y las relaciones de pareja. Pertenecen todos, más bien, a un simple y único fenómeno, y es el mismo que explica Eliot en su poema. Debemos convertir la realidad en ficción para que sea soportable, cognoscible y asimilable. La ficción se hace así panacea, descanso. Todo lo que toca la ficción se convierte en ficción. Julián el apóstata y Lincoln se hacen personajes y, al serlo, entidades mucho más reales, porque lo real es sólo lo que podemos comprender, asimilar y sobre todo utilizar.
Una de las primeras diferencias que se encuentran al entrar en una librería corriente americana es que el apartado «Biografía» es desproporcionadamente grande en comparación con nuestra costumbre. En algunos casos llega a ocupar hasta casi la mitad de las estanterías de «Ficción». El interés por la biografía, especialmente por el de la biografía novelada, responde también a este afán de ficcionalizar la realidad, de la misma forma que Derek Walcott ficcionaliza en su gran poema épico Omeros el aire mestizo y antillano, haciéndolo real, o que Don DeLillo hace en su última novela (Santex) a Paulette Goddard más real de lo que fue nunca. A quien todavía esté haciendo sonreír la aparente simplicidad filosófica de esta concepción de la narrativa, le dirijo esta pregunta que nos hacía un antiguo profesor de Teoría Literaria en la universidad de Madrid: ¿quién es más real, entonces, don Quijote o Cervantes? ¿Hamlet o Shakespeare? La diferencia es que, mientras nosotros tenemos problemas en aceptar que, efectivamente, un personaje ficticio como Hamlet tiene más entidad, es en definitiva más real, sin haber existido nunca, que el hombre histórico que fue William Shakespeare, la cultura americana no tiene ningún problema en aceptarlo y lo hace sin asombro. Es éste el punto en que la credulidad y la inocencia americanas, de las que injustificadamente nos hemos reído tantas veces, primero nos confunde y luego, si intentamos comprenderla, nos hace más sabios.