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Creo que resultan muy aburridas de leer todas esas professions de foi; por ello voy a contar una anécdota, aunque en realidad no lo sea. Se trata de un recuerdo lejano que, no sé muy bien por qué, me apetecía contar precisamente aquí y ahora como conclusión de nuestro tratado sobre el pueblo. Tenía yo entonces unos nueve años…; pero será mejor que comience desde que tenía los veintinueve.

Era el segundo día de Pascua. El aire era cálido, el cielo azul, el sol estaba alto, «cálido» y radiante, pero mi alma estaba triste. Vagaba yo por detrás de los pabellones, mirando y enumerándolos; contaba los palos de la empalizada del fuerte de la prisión, y aunque en realidad no me apetecía hacerlo, los contaba siguiendo la costumbre. Otro día de «fiesta» corría en la prisión; a los presos no se los llevaban a trabajar y había multitud de borrachos. Blasfemias y discusiones se oían surgir desde todos los rincones. Canciones vulgares y desagradables, juegos de cartas entre los petates, algún que otro preso medio muerto por alguna reyerta a juicio de los compañeros, tapado después con zamarras hasta que despertara y recobrara el sentido. En más de una ocasión, los cuchillos habían salido a la luz, y todo ello, en dos días de fiestas, me había martirizado hasta enfermar. Nunca pude soportar las orgías y borracheras populares, y en ese lugar, me desagradaban aún más. Ni siquiera los jefes aparecían esos días por la prisión, ni inspeccionaban, ni requisaban el vino, como si comprendieran que una vez al año, también a esos renegados había que dejarlos expansionarse, y que de no hacerlo, sería peor.

Por fin, la cólera prendió en mi corazón. Me encontré con el polaco M-tski, un preso político. Me miró con tristeza, con los ojos brillantes y temblorosos los labios. «Je hais ces brigands1, dijo a media voz, rechinando los dientes y pasando de largo. Regresé al pabellón sin reparar que un cuarto de hora antes salí corriendo de allí como enloquecido, cuando seis robustos hombretones se echaron todos a una a apaciguar al borracho tártaro Gazin, terminando por propinarle una paliza. Le pegaron absurdamente. Con semejante paliza se podría matar a un camello. Sabían que a aquel Hércules resultaba difícil matarlo, por eso le pegaron sin reparo.

Al regresar, me percaté que al fondo del pabellón, sobre su petate, yacía Gazin ya sin dar apenas señales de vida y casi sin sentido. Estaba tapado con su zamarra y todos le esquivaban en silencio, firmemente convencidos de que se despertaría a la mañana siguiente, «aunque de semejante paliza no era de extrañar que muriera el hombre».

Llegué hasta mi sitio que estaba frente a una ventana con rejas de hierro. Me tumbé boca arriba, crucé las manos debajo de la cabeza y cerré los ojos. Me gustaba estar echado de ese modo. Nadie se mete con el que está dormido, y mientras tanto, se puede fantasear y pensar. Pero en aquel momento no pude conciliar ninguna fantasía. El corazón me palpitaba inquieto, y en los oídos sonaban las palabras de M-tski: «Je hais ces brigands!». Pero qué sentido tiene describir las impresiones, si hasta hoy día todavía sueño con aquellos instantes, y no hay sueño que me torture más. Probablemente se hayan dado cuenta, que hasta hoy, rara vez he escrito algo sobre mi vida durante la condena. Porque Las anotaciones de la casa de los muertos las escribí hace ya quince años, inventándome al personaje, un delincuente que mataba a su mujer. A propósito, y para más detalle, diré que desde entonces, y hasta hoy día, todavía hay mucha gente que piensa y afirma que fui condenado por asesinar a mi mujer.

Poco a poco me fui amodorrando y me sumí en recuerdos. Durante los cuatro años de condena recordaba constantemente todo mi pasado, y parece que a través de los recuerdos revivía nuevamente toda mi vida anterior. Esos recuerdos venían solos, raramente los evocaba yo a voluntad. Comenzaban por algún punto, un rasgo, a veces algo impreciso, que poco a poco crecía hasta convertirse en todo un cuadro, en alguna impresión fuerte y pura. Yo analizaba esas impresiones aportando nuevos rasgos a las antiguas vivencias. Pero lo más importante era que corregía lo vivido, lo corregía constantemente. Esa era toda mi distracción.

Esta vez, por algún motivo, me vino a la memoria un instante insignificante de mi primera infancia, cuando tan sólo tenía diez años. Creí que aquel instante había quedado para mí completamente olvidado. Amaba especialmente yo entonces los recuerdos de mi primera infancia. Recordé el mes de agosto en nuestra aldea: un día claro y seco, aunque algo fresco y con aire. El verano se estaba acabando, y pronto habría que emprender el viaje a Moscú para aburrirse durante todo el invierno con las lecciones de francés. Me entristecía tanto dejar la aldea….

Fui andando hasta dejar atrás el granero, bajé al barranco y subí a Losk — así llamábamos al espeso matorral situado al otro lado del barranco, que llegaba hasta el mismo bosque—. Me metí en la profundidad del matorral y oí que muy cerca, a unos treinta pasos, en la pradera, un muzhik estaba arando el campo en solitario. Como tenía que arar una abrupta cuesta, su yegua andaba con dificultad, y a mis oídos llegaba su voz: «¡Vamos, vamos!». Conozco a casi todos nuestros campesinos, pero no reconozco al que está arando ahora, aunque me da igual, pues estoy completamente sumido en mis cosas. También yo estoy ocupado: arranco una vara de nogal para hostigar a las ranas. Las varas hechas con ramas de nogal son muy bonitas, pero poco sólidas si se las compara con las de abedul. También acaparan mi interés los escarabajos y los pequeños bichitos. Tengo una colección, y los hay de lo más bonitos. También me gustan las pequeñas y ágiles lagartijas de color rojo amarillento, con motitas negras; pero las culebras me dan miedo. Además, las culebras resultan más difíciles de encontrar que las lagartijas. Hay pocas setas por aquí. Para ir a por setas, hay que adentrarse en el bosque de abedules y me dispongo a ir allí. Nada he querido más en el mundo que el bosque con sus setas y sus frutos salvajes, sus bichitos y pájaros, sus erizos y ardillas, con su —tan querido para mí— olor húmedo a hojas en descomposición. Incluso ahora, cuando escribo esto, me llega el olor de nuestro bosque de abedules de la aldea. Estas impresiones quedan para toda la vida. De pronto, en medio del profundo silencio, pude oír con claridad el grito: «¡Que viene el lobo!». Del susto, lancé un grito y salí corriendo a la pradera directamente hacia el muzhik que estaba arando.

Era nuestro muzhik Maréi. No sé si existirá un nombre así, pero todos le llamaban Maréi. Era un muzhik de unos cincuenta años, robusto, muy alto y con una tupida barba de color rubio oscuro bastante encanecida. Aunque le conocía, hasta entonces casi nunca había hablado con él. Al oír mi grito, detuvo a la yegua. Para no caerme del impulso de la carrera, me agarré con una mano a su arado y con la otra a su manga. Entonces me miró y se percató de mi susto.

—¡Que viene el lobo! —grité, ahogándome.
El levantó la cabeza, y sin querer, miró alrededor, casi creyéndome por un instante.
—¿Dónde está el lobo?
—El grito… Alguien gritó «que viene el lobo»… —susurré yo.
—¿Qué dices, qué lobo?, te lo habrá parecido. ¿Lo ves?, ¿cómo iba a haber aquí un lobo? — susurraba dándome ánimos. Temblando con todo el cuerpo, me agarré con más fuerzas aún a su anguarina; debía de estar muy pálido. El me miraba con una sonrisa preocupada, al parecer alarmado e inquieto por mí.
—¡Vaya, mira que asustarte!, ¡ay, ay! —dijo, moviendo la cabeza. ¡Ya está, hijo! ¡Ea, ya está bien, pequeño!
Extendió su mano y acarició mi mejilla.
—Bueno, ya está, no temas, Cristo está contigo.
Pero yo no me santigüé. Las comisuras de mis labios temblaban, y al parecer, esto le sorprendía especialmente. Despacio extendió hacia mí su dedo gordo con la uña negra manchada de tierra y rozó suavemente mis temblorosos labios.
—Lo ves —dijo, sonriéndome con una prolongada sonrisa maternal—, ¡señor, qué es eso, ay, ay!
Finalmente comprendí que no había ningún lobo y que el grito: «¡que viene el lobo!» fue algo que me había figurado. Por lo demás, el grito fue muy claro y preciso, pero gritos así (y no tratándose sólo de lobos) ya los había llegado yo a oír una o dos veces más; ya los conocía. (Después, al pasar la infancia, esas alucinaciones desaparecieron).
—Bueno, me voy —dije con mirada tímida e interrogante.
—Ve, y yo te miraré. ¡No dejaré que te coja el lobo! —añadió, sonriendo nuevamente de modo maternal—. Vamos, Cristo está contigo.
Vamos, ve —me santiguó con su mano y después se santiguó él.
Eché a andar, volviéndome hacia atrás casi cada diez pasos. Mientras iba andando, Maréi permanecía inmóvil junto a su yegua, mirando cómo me alejaba y moviendo la cabeza cada vez que yo volvía la vista atrás. A decir verdad, me daba algo de vergüenza haberme asustado tanto delante de él, pero hasta que no remonté el barranco y llegué al primer cobertizo, todavía sentía bastante miedo al lobo. Pero aquí el miedo desapareció por completo, y de pronto, saliendo no sé de dónde, se me echó encima nuestro perro de corral, Volchok. Junto a Volchok me sentí más seguro y por última vez volví a mirar a Maréi. Ya no veía su cara con claridad, pero sentía que él continuaba del mismo modo sonriéndome afectuosamente y moviendo la cabeza. Yo agité la mano, y él, correspondiéndome con otra señal, arreó a su yegua.
—¡Vamos, vamos! —se oyó nuevamente su voz, y la yegua tiró otra vez de su arado.
No sé por qué, todo esto de golpe me vino a la memoria con extraordinaria claridad y detalle. De pronto, me despabilé y me incorporé sentándome en el petate. Me acuerdo que todavía sentía en mi rostro la tímida sonrisa del recuerdo. Permanecí recordando un minuto más.

Al dejar a Maréi y de regreso a casa, no le conté a nadie mi aventura. Además, ¿qué aventura era esa? Tampoco tardé mucho en olvidar a Maréi. Después, cuando alguna vez me lo he vuelto a encontrar, nunca más volví a hablar con él, y ya no sólo acerca del lobo, sino de nada. De pronto, ahora, pasados veinte años y en Siberia, recordé todo aquel encuentro con tanta claridad y hasta el último detalle. Será que por sí mismo e involuntariamente, se alojó imperceptiblemente en mi alma, reapareciendo de pronto cuando tenía que ser. Recordé aquella sonrisa dulce y maternal del pobre siervo muzhik, su cruz y su movimiento de cabeza: «¡ vaya, se ha asustado el peque!». Recordé especialmente su dedo gordo manchado de tierra, con el que despacio, y con tímida delicadeza, rozó mis temblorosos labios. Claro que cualquiera puede animar a un niño, pero lo que surgió durante aquel encuentro solitario fue algo completamente distinto, y si yo fuera su propio hijo, él no hubiera podido mirarme irradiando más claridad de amor, y ¿quién lo obligaba? El era nuestro siervo y yo, a pesar de todo, su señorito. Nadie sabría cómo me acarició y nadie lo recompensaría por ello. ¿Acaso quería tanto a los niños? Hay gente así. El encuentro tuvo lugar a solas en el campo, y puede que sólo Dios haya visto desde arriba con qué profundo e iluminado sentimiento humano y con qué delicadeza y ternura casi femeninas, puede estar henchido el corazón de un rudo, terriblemente ignorante y siervo muzhik ruso, que no esperaba su libertad y ni siquiera se la podía entonces imaginar. Díganme, ¿no era eso lo que quería decir Konstantin Aksákov cuando hablaba de la elevada formación de nuestro pueblo?

Cuando me incorporé del petate y miré a mi alrededor, recuerdo haber sentido de repente que era capaz de mirar a esos infelices con otros ojos, y que de pronto, como si fuera un milagro, todo el odio y la maldad desaparecían por completo de mi corazón. Fui andando y mirando las caras de la gente con la que me cruzaba. Ese afeitado y bribón muzhik, embriagado y con estigmas en el rostro, que grita su borracha y ronca canción, también podría ser aquel mismo Maréi; si yo no puedo adentrarme en su corazón. Aquella tarde me encontré nuevamente con M-tski. ¡Infeliz! El no podía tener recuerdo alguno de ningún Maréi y ningún otro punto de vista sobre esa gente, a excepción de «Je hais ces brigands!». Verdaderamente, ¡esos polacos han soportado más que nosotros!

Traducción de Isabel Martínez Fernández

NOTA
1 · «¡Odio a esos bribones!», en francés en el original (N. de la tr.).


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