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Ver productosEn 1991, le preguntaron a James Baker por qué Madrid había sido escogida como sede de la Conferencia de Paz sobre Oriente Medio, y el entonces Secretario de Estado norteamericano respondió que España era el país adecuado por dos razones: por su historia y tradición, y por las buenas relaciones que mantenía con las dos partes. En lo que se refiere a la tradición, es de suponer que Baker aludía a la singularidad de la historia española dentro de las naciones europeas, como un país -el único de la UE- que vivió durante siglos bajo la influencia musulmana y que ha practicado avant la lettre una cierta experiencia de relación y de relativa convivencia entre tres de las principales culturas mediterráneas. Lo cierto es que, en momentos como los actuales -de emergencia de los factores culturales- la pertenencia a determinados ámbitos regionales y culturales juega un papel importante en la política exterior.
Lo de las buenas relaciones de España con las dos partes -mundo árabe e Israel- es más curioso, porque España no estableció relaciones diplomáticas con el Estado hebreo hasta 1986, coincidiendo con su entrada en la UE. Y probablemente este inicio sea más coyuntural, pues si estableciésemos la media europea de las querencias en relación al conflicto del Próximo Oriente, la opinión pública española aparecería sin duda decantada del lado arabo-palestino, un rasgo que ha sido tenido en cuenta por todos los Gobiernos españoles, independientemente de su ubicación política. Lo que sí es cierto, en cambio, es que la democracia, la entrada en la UE y en la OTAN, permitieron ir más allá de las «tradicionales relaciones de amistad con los países árabes» que presidieron, para bien y para mal, la política exterior franquista. Estas incorporaciones han facultado a España para tener una política propia en el Mediterráneo, de acuerdo a sus intereses y alianzas, sin renunciar, por supuesto, a lo que de bueno pueda tener la «tradicional amistad» y el background de una historia singular que permite sentirse más libre que algunos países europeos (como Francia) y menos acomplejados que otros (Alemania) en sus relaciones con árabes e israelíes.
Baker se olvidaba de decir algo que quizás sea lo más importante para acotar las nuevas posibilidades de España en el Mediterráneo, acaso no tan fácil de apreciar en 1991: el cambio de escala de un país que ya comenzaba a tener relieve en el escenario internacional. En 1991, el ingreso en la UE era todavía reciente, pero empezaba a dar sus frutos mediante una creciente presencia económica en América Latina. Esta entrada de España en la primera liga europea -aunque sin copar aún los primeros puestos- fue lo que le permitió al Gobierno de Felipe González, pocos años después, promover y organizar la Conferencia Euromediterránea de Barcelona de 1995.
Las fechas confirman que España empezó a estar presente en el Mediterráneo, más allá de la retórica del pasado, con un perfil político propio, cuando asumió plenamente su condición de país democrático y europeo. No es casual que el primer intento de dibujar una política mediterránea -que no sea sólo el correlato de la geografía- se corresponde con quien más tarde sería uno de los primeros ministros de Exteriores de la democracia: Fernando Morán. Su propuesta de un «sistema complementario» para el Mediterráneo, capaz de promover la paz y la estabilidad, formulada en 1980, de acuerdo con la política por la que abogaban algunos países del sur de Europa, supone un antecedente del proceso que llevaría a la Conferencia de Barcelona, en un momento en el que toda aproximación a una visión multilateral estaba todavía constreñida por la política de bloques, a la que sólo cabía aportar ideas «complementarias».
Lo cierto es que la política exterior española -tanto de la UCD como del primer Ejecutivo socialista- estuvo presidida, como no podía ser de otra manera, por el ingreso de España en la UE, sin que la dimensión mediterránea adquiriera carta de naturaleza. Por un lado, España estaba volcada en preparar su ingreso en la Comunidad Europea; por otro, la situación en el Mediterráneo seguía dominada por la lógica de la guerra fría y no se daban condiciones para el establecimiento de un sistema distinto, aunque sólo fuera de modo complementario.
El empeño en desarrollar una iniciativa mediterránea significativa se produjo a partir de 1986, y se mantendría durante un periodo de casi diez años, que bien merecen el nombre de la década prodigiosa de la política mediterránea española, con las dos conferencias ya referidas. España dejó de pensar el Mediterráneo sólo desde la tradición y las relaciones con el Magreb y empezó a actuar como país europeo: éste fue el cambio mas significativo, que generó ambición suficiente para llegar a la Conferencia de Barcelona. España empezó a tomar conciencia de que los intereses propios -el gas y el petróleo procedentes del área, las inversiones en Marruecos, la seguridad, Ceuta y Melilla, etc.- se defienden mejor desde una política multilateral y empezó a participar activamente en los foros que precedieron a la reunión de Barcelona y que permitieron dibujar una primera política mediterránea renovada, junto con Francia, Italia y Portugal.
Podemos decir, con orgullo, que la fórmula «paz por territorios» establecida en la Conferencia de Madrid continúan vigentes después de once años. La Conferencia de Barcelona permitió aprovechar la situación en Oriente Próximo para dar un paso más, todavía implícito, en nuestra conciencia de liderazgo internacional, al menos un liderazgo compartido con otros países del Sur de Europa. Aunque los resultados del Proceso de Barcelona, seis años después, han resultado inferiores a lo esperado, lo cierto es que la apertura de una nueva política con que abordar el flanco meridional de la Unión Europea -y que se proyecta con cierta perspectiva histórica (la zona de libre cambio está prevista para el horizonte 2010)- supuso un éxito para España, apocado sólo por la situación agónica que vivía el Gobierno de González.
Poco después de la Conferencia, a partir de 1996, se abrió un periodo nuevo en el Mediterráneo, de signo involutivo, y se produjo también un giro en la política exterior española que, con el primer Gobierno Aznar, dejó de mirar hacia el Mediterráneo con el interés de los años anteriores. Las dificultades del Proceso de Barcelona, bloqueado por la elección de Netanyahu, la guerra de Argelia y la ruptura del proceso de paz en el Próximo Oriente, así como las nuevas exigencias que suponía para España la unión monetaria, se sumaron para rebajar las expectativas creadas por la Conferencia de Barcelona. Europa volvía a ser la prioridad y ésta se alternaba, en todo caso, con la fascinación económica y política por América Latina, en detrimento de la iniciativa mediterránea. Eran tiempos en los que España invertía en América Latina 4 billones de pesetas en un año (1999), lo que supone el 53% del total de la inversión extranjera. Echando cuentas comparativas para toda la década, las inversiones españolas en Latinoamérica en los noventa multiplican por treinta las que se llevaron a cabo en los doce países asociados al Proceso de Barcelona. Había razones de peso para que el Mediterráneo bajara enteros en la cotización de la política exterior de nuestro país.
A partir de la segunda legislatura del PP, y de la llegada de Piqué al frente de Exteriores, los diversos componentes de la política exterior aparecen más equilibrados, y el Mediterráneo vuelve a ocupar un lugar más significativo. Una vez más hay razones exógenas que explican el giro: la crisis de Argentina y de parte de América Latina, la preocupación por el mundo arabo-musulmán tras los atentados terroristas del 11 de septiembre, y el hecho de que, pese a todo, el Proceso de Barcelona haya llegado a una cierta masa crítica que permite y obliga a reflexionar sobre su futuro. Es pronto para hablar de una nueva etapa, y de la superación de la actitud que prevaleció durante la legislatura anterior, pero hay indicios de que la política mediterránea vuelve a estar en la cartera con la que el Gobierno español acude a las reuniones europeas. En todo caso, la presidencia española de la UE y, en concreto, la reunión ministerial de Valencia permitirá emitir un juicio más definitivo sobre si estamos o no ante una etapa nueva, y si existe o no mayor disposición a intervenir en los asuntos euromediterráneos.
El cuadro general, político y económico del Mediterráneao es poco alentador, y está dominado por la situación prebélica (mediados de febrero) entre Israel y Palestina, por las dudas que presenta la transición en Marruecos y en buena parte del Magreb, por los bajísimos niveles de inversión directa extranjera entre los socios mediterráneos de la UE (menos del 1% de la inversión mundial), y por una desconfianza evidente en el Proceso de Barcelona. A ello se suma que Europa tiene la vista puesta en sus propios asuntos: la ampliación hacia el Este y la crisis económica. Podríamos añadir la tensión existente en las relaciones transatlánticas después del 11 de septiembre como otro factor que dificulta el desbloqueo de determinados temas, sobre todo la recuperación de un clima de negociación en el Próximo Oriente que sólo podría venir de una presión concertada de Estados Unidos y la Unión Europea. Todo ello coloca a España en un contexto del todo distinto del de 1995. De una oportunidad hemos pasado a considerarlo pura necesidad. Es, cuando menos, urgente evitar situaciones peores que podrían desestabilizar países como Marruecos o Egipto y crear una dinámica muy peligrosa, que volvería a reducir todas las políticas al ámbito de la seguridad militar.
Puede que la percepción de lo que está en juego acabe siendo un factor de estímulo para evitar la peor de las actitudes que Europa podría adoptar: aquella que consistiría a dar por perdida la batalla de la modernización del Mediterráneo, mientras todos los recursos se invierten en garantizar la ampliación de la UE. Una ampliación hacia el este que restara importancia a nuestra asociación con el sur sería una hipoteca para el futuro de Europa, pero sería mucho más perjudicial para los países ribereños de la UE, y singularmente para España. Así, cabe interpretar los esfuerzos del Gobierno español para conseguir que la reunión de Valencia sirva para algo más que para levantar acta de lo mal que están las cosas y de lo poco que se ha avanzado desde 1995. Es más que probable que los temas políticos, como la Carta de Paz y Estabilidad ni siquiera se puedan poner encima de la mesa, pero la complejidad del Proceso de Barcelona permite avances en otros campos, que deberán ser explorados con imaginación.
En un seminario organizado por el Instituto Catalán del Mediterráneo, en diciembre último, y en el que participaron más de cincuenta expertos, se apuntaron algunas ideas que pueden servir para restaurar la confianza en el Proceso de Barcelona y que dependen fundamentalmente de la voluntad política de los 27 países que lo integran. (Ver www.gencat.esicm). Algunas propuestas, como la necesidad de facilitar las inversiones, forman parte de la agenda preparada por la presidencia española, que propondrá la creación de algún tipo de instrumento financiero específico. Otras, como la disposición a integrar los productos agrícolas del sur en el proyecto de librecambio euromediterráneo, tropiezan con el cerrado proteccionismo agrícola de la UE. La necesidad de impulsar el diálogo cultural es compartida por todos, pero hasta ahora no se ha traducido en medidas significativas que modifiquen las percepciones mutuas y achiquen la falla cultural que cruza todo el Mediterráneo. Relanzar el proceso implica también una reflexión sobre su diseño y su estrategia, que probablemente deba ser más flexible, con velocidades de distinto signo según la disposición de los países. Supone, sobre todo, más voluntad política de llevarlo a cabo, en Europa, y más valentía, en el Sur, para acometer las reformas sin las cuales nunca se abrirá una etapa nueva.
Una coyuntura adversa podría llevar a aparcar los proyectos mediterráneos en espera de tiempos mejores. Sería un error. Para Europa, y aún más para España, para quien ésta es un área de primera importancia en términos de seguridad. ¿Cómo queremos garantizar esta seguridad? Los viejos caminos ya no son transitables en el mundo de la economía globalizada y de los crecientes flujos humanos ente el sur y el norte de la cuenca. Como dijo Miguel Ángel Moratinos en 1991, «la garantía de los intereses españoles en la región dependerá directamente del grado de desarrollo de nuestros vecinos». Este principio inspiró la Conferencia de Barcelona de 1995, que debe seguir orientando la política española y europea en el Mediterráneo. Hoy más que ayer, pues el reto es doble: evitar la creciente dualidad económica y salir al paso de la polarización cultural y de los intentos de instrumentalizaria políticamente. Puede que la cooperación y el diálogo sean más difíciles después de los atentados terroristas del 11 de septiembre, pero también es mucho mayor la conciencia de su necesidad. En cierto sentido, la aceleración histórica de estos últimos meses ha revalorizado el Mediterráneo. La gestión de una buena política en este sentido es nuestro reto.
Visto con cierta perspectiva, parece innegable que las autoridades checas acometieron el proceso de acercamiento a la UE con un cierto aire de superioridad, como si estuvieran convencidas de que sus opciones para ingresar en la Unión dentro del primer grupo de países candidatos eran incontestables; y de que éstas no habían hecho más que aumentar tras haberse liberado del lastre económico —pero sobre todo político— de Eslovaquia, a finales de 1992. Sin embargo, la crisis económica y financiera de 1997, unida a los subsiguientes escándalos de corrupción y a la inestabilidad gubernamental hicieron que las expectativas checas se moderasen un tanto. En este contexto, los informes periódicos emitidos por la Comisión en 1998 y 1999 contribuyeron notablemente a enfriar los ánimos de la candidatura checa.
Pero el sostenido progreso de las reformas política, económica y administrativa han vuelto a relanzar su candidatura a la adhesión. A fecha de hoy, las negociaciones con la UE están abiertas en todos los capítulos del acervo comunitario, y se han cerrado provisionalmente una buena parte de los mismos. Entretanto, las opciones de la República Checa para entrar en la Unión con el primer grupo de candidatos han sido reiteradamente respaldadas por la práctica totalidad de las instituciones comunitarias —Consejo, Comisión y Parlamento—.
En este sentido parece oportuno recordar uno de los lemas que, en los días de la revolución de terciopelo, figuró en algunas de las pancartas sostenidas por los entonces opositores: «Queremos un Gobierno del que no tengamos que avergonzarnos». Sin duda hoy, a la vista de las profundísimas reformas llevadas a cabo, sería posible parafrasear ese eslogan y afirmar que —a buen seguro— en la Unión Europea, la República Checa será un socio del que no tendremos que avergonzarnos.
INSTITUCIONES GARANTES DEL ESTADO DE DERECHO
En su último informe periodístico sobre los progresos de la República Checa hacia la Adhesión, la Comisión Europea apunta que, ya en 1997, cuando se publicó su primer informe, el país cumplía todos los criterios políticos de Copenhague y que, desde entonces, éste «ha realizado progresos considerables, consolidando y afianzando aún más la estabilidad de sus instituciones que garantizan la democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos y el respeto de las minorías y su protección».
El camino hasta alcanzar este objetivo no ha sido sencillo. La consumación del proceso de ruptura del Estado común de checos y eslovacos el 1 de enero de 1993, por el que la República Checa se convirtió en un Estado independiente, se llevó a cabo con un inquietante grado de improvisación del que dan cuenta, a modo de ejemplo, estos dos hechos: el país accedió a la independencia sin siquiera haber decidido cuál sería su enseña nacional (sólo a posteriori hicieron suya las autoridades checas, para disgusto de los eslovacos, la vieja bandera federal); y su Constitución no fue aprobada hasta quince días antes de la fecha efectiva de establecimiento del nuevo Estado. Más pendientes, en un primer momento, de desarrollar normativamente las nuevas instituciones democráticas checoslovacas, y preocupadas más tarde por hallar fórmulas que materializasen la separación de la Federación con el mínimo coste en términos de estabilidad política e imagen internacional, las autoridades postergaron considerablemente los trabajos encaminados a crear el marco normativo del futuro Estado checo, de modo que su diseño, consolidación y subsiguiente desarrollo institucional se convertiría en el primer problema de la nueva República.
A grandes rasgos, el régimen político ideado por la Constitución checa de 1992 se caracteriza por la existencia de un Parlamento bicameral —una Cámara baja integrada por 200 diputados, que se eligen de forma proporcional cada cuatro años; y un Senado de 81 miembros elegidos a la americana (esto es, con criterio mayoritario, por tercios, cada dos años)— , del que dependen los poderes constituyentes, legislativos y de control; más un Gobierno responsable ante la cámara baja, pero cuyo titular sólo el Presidente puede proponer; un Presidente de la República de elección parlamentaria, que precisa del refrendo del primer ministro para el ejercicio de la mayor parte de sus funciones, pero capaz por sí solo de vetar las leyes y nombrar los titulares de ciertas e importantes instituciones; y un Tribunal Constitucional de quince miembros elegido a propuesta del Presidente, con el consentimiento del Senado. En suma, un sistema cuyos orígenes habría que rastrear a la vez en la tradición parlamentaria de la República checoslovaca de entreguerras, y en las experiencias desarrolladas en el seno de los grandes modelos constitucionales occidentales de la segunda mitad del siglo XX, pero cuya adecuada comprensión no es posible sin tener en cuenta datos extraconstitucionales, tales como el prestigio personal acumulado por el actual presidente checo Václav Havel, o la progresiva configuración del sistema de partidos checo.
Pero aunque algunas de las instituciones requeridas por la nueva Constitución fueron puestas en marcha de inmediato —Václav Havel sería elegido presidente checo en enero de 1993, el Tribunal Constitucional empezó a trabajar en julio de ese año, y el antiguo Consejo Nacional checo se convirtió sin solución de continuidad en el Parlamento del nuevo Estado—, otras en cambio demoraron notablemente su entrada en funcionamiento. Así, el Senado, introducido casi a la fuerza en la Constitución para integrar en él a los diputados federales checos que iban a perder su empleo con la disolución del Estado común, no fue puesto en marcha hasta noviembre de 1996, y ello después de incontables propuestas de supresión de la institución y de un ridículo 35% de participación popular en la primera elección de sus miembros. El Defensor del Pueblo no entró en vigor hasta mediados de 2000 y la ley para la regionalización del país —que ha supuesto la creación de 14 regiones administrativas dotadas cada una de ellas de sus propias asambleas y gobiernos— no fue aprobada hasta 1997. Pero incluso entonces la elección de sus representantes se pospuso hasta noviembre de 2000, y su efectiva puesta en funcionamiento hasta el 1 de enero de 2001.
Más preocupante aún, algunas leyes básicas para el funcionamiento del Estado, como la Ley de Funcionarios de la Administración Pública o la Ley de Referéndum, siguen sin ser aprobadas pese a haber sido objeto de inmumerables debates y de aplicación perentoria —especialmente con la vista puesta en la integración en la UE—, mientras que otras ya aprobadas —como las relativas al Consejo Supremo del Poder Judicial y a la judicatura en general, o a la independencia del Banco Central— siguen faltas de una voluntad política más decidida y de un más completo desarrollo normativo que les permita devenir verdaderamente eficaces. Añádase a ello la persistencia del debate político en torno a los perfiles de algunas de las instituciones ya operantes —la presidencia, sin ir más lejos, sometida a un auténtico cerco a cuenta de las conocidas diferencias entre Havel y Klaus, primero, y entre éste y Zeman más tarde— y se tendrá una imagen más completa de la provisionalidad con la que la República Checa ha vivido éstos sus primeros años de independencia.

LOS DERECHOS Y EL RESPETO HUMANOS A LAS MINORÍAS
Aunque es cierto que, debido a las premuras con las que se debatió, la vigente Constitución checa carece de un título específicamente dedicado a la enumeración de los derechos y libertades de sus ciudadanos, no lo es menos que en su articulado se estableció la incorporación de la vigente Carta de Derechos y Libertades Fundamentales de enero de 1991, muy generosa no sólo en lo referente a los derechos políticos sino también en cuanto a los de orden económico y social, y a los relativos a la protección de las minorías étnicas. Además, en ella se proclamó que los tratados internacionales en materia de derechos y libertades fundamentales, debidamente ratificados por la República Checa, resultarían inmediatamente vinculantes y tendrían un valor superior al de la propia ley, lo que obliga a recordar que, hasta la fecha, la República Checa ha ratificado un catálogo de documentos internacionales sobre la materia sobradamente homologable al de cualquier vieja democracia occidental. Entre ellos se incluyen el Convenio Europeo de Derechos Humanos y la mayoría de sus Protocolos, el Convenio Europeo para la Prevención de la Tortura, la Carta Social Europea, el Convenio Marco para Minorías Nacionales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Sociales, Económicos y Culturales, el Convenio contra la Tortura, el Convenio para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer, el Convenio para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, y un largo etcétera.
En este marco normativo, sin embargo, al menos tres fuentes de preocupación parecen subsistir. Una es la persistencia de las redes de tráfico de mujeres y niños, que han convertido a la República Checa en punto de origen, tránsito y destino de esta actividad criminal, y contra la que las autoridades checas acaban de lanzar un Plan Nacional de Lucha Contra el Abuso Sexual con Fines Comerciales. Otra es la recurrencia de los crímenes racialmente motivados, que en el año 2000 alcanzaron la cifra de 364 —más del doble que dos años antes— y contra la que se están empleando medios policiales y legislativos con la mayor contundencia, junto con variadas campañas educativas (así el reciente Proyecto Tolerancia).
Y la tercera es el problema de la comunidad gitana (o oma), que con sus 300.000 integrantes supone el 3 % de la población checa. Su situación, como en tantos otros lugares, se caracteriza por la persistencia de condiciones de vida muy inferiores a la media y de menores oportunidades educativas y, consiguientemente, por inaceptables tasas de analfabetismo y de desempleo, cuando no por abiertas discriminaciones e incluso ataques de naturaleza racista, que en alguna contada ocasión —recuérdese el episodio del Muro de Ustí nad Labem, con el que se pretendía aislar al barrio gitano del resto de la ciudad— cuentan con el apoyo de algunas instituciones locales. Para hacer frente a esta situación, las autoridades checas han realizado —y así lo han reconocido tanto la Comisión como el Parlamento Europeo— importantes esfuerzos de cara a su plena integración en el sistema educativo, el mercado laboral, los servicios públicos, la asistencia sanitaria y la sociedad en general.
Entre estos esfuerzos hay que señalar la entrada en vigor, en agosto de 2001, de la nueva Ley sobre los Derechos de las Minorías Nacionales, que refuerza la protección de éstas y marca pautas para la Administración y la judicatura, al tiempo que crea un Consejo para las Minorías Nacionales, integrado por representantes de la Administración y de las propias comunidades, con objeto de facilitar el acceso de las minorías a los procesos de toma de decisiones gubernamentales y de administrar los fondos destinados al apoyo de sus actividades.
Con todo, el mayor obstáculo para la plena vigencia de los derechos fundamentales contenidos en la ambiciosa redacción de los textos checos e internacionales vigentes en el país parece localizarse en la lentitud con la que se está llevando a cabo la reforma de la judicatura checa, encaminada a dotarla de los medios necesarios para realizar sus tareas con la eficacia necesaria; y en los debates sin fin anteriores a la aprobación de una Ley de la Función Pública, que regule adecuadamente los procedimientos administrativos, establezca una Administración profesional, y mantenga a los funcionarios públicos al margen de las cambiantes mayorías parlamentarias. Mientras esto no suceda, no es de extrañar que los ciudadanos checos sigan señalando la corrupción y la delincuencia económica como una de sus principales preocupaciones, lo mismo que la Administración, la policía y los servicios secretos, el sistema sanitario, los bancos y la clase política como a los sectores más necesitados de estrecha vigilancia.
A este respecto, quizá no sería ocioso recordar que la más importante crisis política por la que el país ha pasado desde su independencia llegó de la mano de un escándalo de financiación ilegal del partido en el Gobierno, y que se saldó con la dimisión forzada del primer ministro Václav Klaus, la formación de un gabinete de técnicos y de miembros de la antigua coalición gubernamental desafectos a éste, y la convocatoria de unas elecciones anticipadas que llevarían por primera vez al poder al Partido Socialdemócrata. Y que ni entonces ni ahora las denuncias aireadas por los medios de comunicación parecen haber recibido una respuesta adecuada.
EL PARLAMENTO FRAGMENTADO DE 1992
Tras las decisivas elecciones de junio de 1992 —aquéllas que en pocos meses trajeron la inapelable pero no por ello menos inesperada ruptura de la Federación—, el sistema checo de partidos quedó configurado por la existencia de: a) un centroderecha mayoritario, dividido entre fuerzas de orientación conservadora, liberal y democristiana, que resultaron en buena medida de la temprana fragmentación del Foro Cívico —el movimiento de amplia base fundado por Václav Havel— y capaces, quizá por ello de concurrir a la formación de una coalición gubernamental razonablemente compacta; b) una izquierda todavía agrupada mayoritariamente en torno al Partido Comunista, pero dotada de sendos partidos: socialista y socialdemócrata —éste último sin vínculos con el pasado régimen—; c) una derecha radical pujante pero anatematizada por el resto de los partidos del arco parlamentario; d) y una pequeña fuerza representativa de los intereses regionalistas de Moravia y Silesia. En suma, un sistema no poco radicalizado, claramente vertebrado en torno al eje derecha-izquierda, falto, tras la separación de Eslovaquia, de tendencias centrífugas de importancia, y en el que el rasgo más llamativo era el importante grado de fragmentación de las diferentes familias políticas.
PARLAMENTO SIMPLIFICADO DE 1996
Y si la característica más definitoria del sistema de partidos checo en 1992 era la de su fragmentación, la que mejor podría definir su evolución a partir de ese momento es la de su progresiva simplificación. Con ocasión de las elecciones de junio de 1996, los regionalistas moravos, escindidos en nada menos que tres facciones, quedaron fuera del Parlamento, como también los socialistas. Al tiempo, los comunistas del KSCM perdían una cuarta parte de su electorado y el espacio del centro-izquierda quedaba mayoritariamente en manos del Partido Socialdemócrata (CSSD) , que cuadruplicó sus resultados de cuatro años atrás, para alcanzar un 26,4 % de los votos y 61 escaños.
En la otra parte del espectro político las cosas se moverían en cambio bien poco, de modo que el Gobierno encabezado por el Primer Ministro Václav Klaus seguiría disponiendo de apoyo suficiente para seguir gobernando con los votos de su propio Partido Demócrata Cívico (la ODS, con el 29,6 % de los sufragios y 68 escaños) y de sus aliados cristianodemócratas del KDU-CSL (8,0 % del voto, 18 escaños) y liberales de la ODA (6,3 % del voto y 13 escaños). En esencia, pues, las elecciones de 1996 supusieron a la vez la confirmación del buen rumbo de la coalición gobernante encabezada desde 1992 por Václav Klaus, y la consagración del CSSD de Milos Zeman como auténtica alternativa de poder. Se descartaba así la posibilidad de que el Partido Comunista Checo —tan reacio a su transformación en una fuerza de izquierdas homologable con las de su entorno más cercano— pudiera algún día jugar en la República Checa el mismo papel del MSZP en Hungría o el SLD en Polonia.
Así las cosas, la oportunidad para el relevo político vendría dada apenas un año más tarde como consecuencia de la grave crisis económica que sacudió a la República Checa en la primera mitad de 1997 y de los escándalos financieros que la sucedieron en noviembre de ese año, a los que ya hemos hecho alusión. En efecto, ante un Gobierno debilitado por un escenario de crecimiento ralentizado, déficit presupuestario y devaluación de la corona apenas contrarrestado por un tardío Programa de Estabilización y Recuperación que proponía recortes presupuestarios, congelaciones salariales y límites a la importación, los escándalos financieros en los que se vio envuelto la ODS dieron el golpe de gracia a Klaus, quien tras superar una moción de censura por apenas dos votos, hubo de presentar poco después su dimisión para dar lugar a la formación de un gabinete interino, y a la consiguiente celebración de elecciones anticipadas los días 19 y 20 de junio de 1998 —apenas dos años después de las anteriores—.

LA GROßKOALlTlON DE 1998
A la vista de las circunstancias, el hundimiento electoral del ODS parecía tan imparable como la victoria electoral del CSSD . Sin embargo, los resultados electorales provocarían la sorpresa de todos los observadores: con el 32,2% de los votos y 74 escaños, los socialdemócratas mejorarían sensiblemente sus resultados de dos años atrás, situándose como la fuerza más votada del país y haciendo efectivamente buenos los pronósticos que les daban como vencedores. Pero, por el contrario, el descenso del ODS sería mucho más pequeño de lo aventurado —apenas dos puntos y cinco escaños—, dándose la paradoja adicional de que de haber querido unir sus 63 escaños con los 20 de sus antiguos aliados cristianodemócratas y los 19 de la recién escindida Unión por la Libertad, Klaus habría podido encabezar un nuevo gabinete de centro-derecha, respaldado además por una mayoría absoluta de la que antes no había gozado. Ante semejante resultado electoral —añádase a lo dicho que ni los liberales de la ODA ni los radicales de la Alianza por la República conseguirían acceder al Legislativo, dejando así reducida la cámara a los cuatro partidos mencionados, más el KSCM—; y descartada por voluntad de todas las partes implicadas tanto la reedición de un gabinete de centro-derecha encabezado de nuevo por Klaus, como el experimento de una alianza de izquierdas entre socialdemócratas y comunistas, a la postre acabó imponiéndose la más sorprendente de las alternativas: una Großkoalition en la forma de Gobierno minoritario socialdemócrata apoyado desde fuera del gabinete por los votos del ODS.
Las críticas a esta opción por parte de los demás partidos se produjeron no tanto por la discutible compatibilidad entre los objetivos programáticos de una y otra fuerza —que, de hecho, han coincidido bien poco, por lo que revela la transcripción de sus votos en el Legislativo—, como por los objetivos implícitos en el pacto de coalición, ambiguamente titulado Acuerdo para la creación de un clima político estable para la República Checa. Según su tenor literal, ambos partidos se comprometían en el futuro a apoyar la formación de un Gobierno por aquél de los dos con mayor número de votos, a garantizar al partido que quedase en la oposición la presidencia de ambas cámaras y la titularidad de otros órganos constitucionales, a renunciar al planteamiento de mociones de censura o a la disolución de la Cámara de Diputados, a no entrar en pactos con terceros partidos, a establecer procedimientos de mediación para la resolución de sus diferencias, a evacuar consultas bilaterales antes de cualquier debate parlamentario y, sobre todo, a propiciar aquellos cambios legislativos y constitucionales necesarios «para definir de manera más precisa las competencias de los órganos constitucionales y los procedimientos para ejercerlas, de acuerdo con los principios constitucionales de la República Checa, para reforzar así la importancia de los resultados de la competencia entre los partidos» —afirmación ésta última en la que muchos no veían otra cosa que un plan para sacar adelante reformas constitucionales que recortasen los poderes del presidente frente al Parlamento, y legislativas para limitar los perfiles netamente proporcionales de la ley electoral existente en beneficio de los grandes partidos—. Dos propósitos que si no han sido enteramente conseguidos a lo largo de la presente legislatura es debido a la frontal oposición del presidente Havel y del Senado —desde finales del 2000, en manos de los partidos de la oposición agrupados en la Coalición de los Cuatro—, y por la más matizada procedente del Tribunal Constitucional.
En suma, el proceso de decantamiento y simplificación del sistema de partidos checo parece en la actualidad encaminarse hacia la implantación de un modelo bipartidista, si bien ello no parece tanto consecuencia de los cambios en las actitudes políticas de los ciudadanos cuanto —y en ello radica lo criticable— de la inequívoca voluntad de las fuerzas mayoritarias por establecer unas reglas de juego que operen en beneficio propio y en detrimento de sus adversarios. Que lo logren o no, en última instancia, dependerá de qué piensen al respecto los ciudadanos checos en su inminente cita electoral del próximo junio.
UNA ECONOMÍA DE MERCADO YA EN FUNCIONAMIENTO
Por lo que rescta al cumplimiento de los criterios económicos de Copenhague, el parecer de la Comisión en su reciente informe de noviembre de 2001 es que la República Checa constituye sin duda una economía de mercado en funcionamiento, de modo que «siempre que procure consolidar el presupuesto a medio plazo y que concluya la aplicación de las reformas estructurales, el país debería poder, en un futuro próximo, afrontar la presión de la competencia y las fuerzas del mercado dentro de la Unión». En opinión de la Comisión, después del serio revés de 1997 —cuyas implicaciones políticas ya hemos visto— el país «ha mejorado en conjunto su rendimiento macroeconómico. Se ha reanudado el crecimiento sobre bases más amplias, y los resultados en materia de inflación siguen siendo positivos. Actualmente, está tratando de incremenentar la transparencia de sus finanzas públicas. El crecimiento sostenido de la inversión interna y, sobre todo, extranjera se ha traducido en una reestructuración en productividad, Se ha proseguido la reestructuración del sector bancario y se ha llevado a cabo su privatización».

No obstante, varios indicadores económicos siguen arrojando resultados preocupantes, y para hacerles frente todavía no se ha hallado un tratamiento adecuado. En concreto, los últimos años han presenciado un serio crecimiento del déficit por cuenta corriente y del déficit presupuestario, debido a tos costes extraordinarios de la reestructuración y a una incorrecta orientación de la política presupuestaria. En segundo lugar, resulta indispensable mejorar todavía el marco jurídico por el que se rigen las condiciones de entrada y salida del mercado, y aplicar con energía las normas prudenciales previstas para el sector financiero. En relación con el sector bancario, las autoridades checas deberían reactivar el proceso de eliminación de los créditos incobrables, una ve: que se hayan reestructurado íos bancos fortaleciendo la competencia entre ellos y el papel de las autoridades de supervisión, estableciendo controles transparentes del uso dado a las ayudas estatales y luchando contra las irregularidades y el fraude en el sector. En cuarto lugar, se debería seguir profundizando en la privatización y la reorganización de las grandes empresas estatales que quedan, para reforzar así su gobernanza y eficacia. Además, se debería llevar a cabo una aplicación transparente y efectiva de la política de competencia, dotando de un entorno jurídico sólido y coherente a la actividad empresarial. Y por último —apuntan las instancias comunitarias— la economía checa precisa urgentes inversiones públicas «orientadas al futuro para la mejora de la protección social, la salud pública y la educación, así como para lograr una economía más sostenible desde el punto de vista del medio ambiente».
En suma, nos hallamos ante una economía que ha avanzado decididamente en su proceso de transformación, pero que cuenta todavía con importantes sectores pendientes de la reestructuración necesaria para resultar competitivos en el mercado único que se les avecina. Probablemente ello contribuya a explicar por qué de entre todos los candidatos a la adhesión a la UE, los checos resultan ser los que con menor entusiasmo ven sus posibilidades de entrar en la Europa comunitaria.
EUROESCEPTICISMO
Interrogados en torno a si creen que su economía se beneficiaría con la entrada del país en la UE, los checos responden afirmativamente en un 49%, mientras que sus vecinos polacos superan ligeramente ese porcentaje y los húngaros lo hacen con holgura. Cuando la cuestión se vuelve más específica y gira en tomo a si consideran que su agricultura se beneficiará más o menos que la de la UE con la ampliación, la posición de los checos muestra también una elevada dosis de escepticismo y no poca indiferencia, ya que para el 43 % será la agricultura comunitaria —y no la checa — la que más se beneficie de la incorporación del país a la UE.
Sorprendentemente, ese escepticismo se proyecta también en un plano respecto al que —al menos en principio— cabría esperar que la opinión pública checa se mostrase relativamente optimista, como es el de la competitividad empresarial. Aun tratándose del país más industrializado de la región y de uno de los que con mayor decisión ha emprendido la reforma de sus estructuras empresariales, los estudios de opinión revelan que apenas uno de cada cuatro checos cree que con la integración en la UE vaya a mejorar la competitividad de sus empresas, mientras que el 40% de los encuestados considera que ésta no mejorará —un porcentaje que duplica el de Hungría y casi triplica el de Polonia—. Además, los checos son también los más escépticos de la región en cuanto a la posibilidad de que la introducción de las normativas comunitarias en materia de calidad de los productos vaya a producir un efecto positivo perceptible sobre sus vidas: sólo el 17% de los entrevistados comparte esta opinión, y aunque apenas un 10% cree que de ello vayan a derivarse efectos negativos, el 23% de los encuestados —también la cifra más elevada de la región— piensa sencillamente que de la introducción de las normativas comunitarias no se derivará efecto alguno sobre su vida.
La cultura centroeuropea del siglo XX se podría definir, en términos generales, como la huida de la racionalidad y del orden impuesto por un Estado todopoderoso, para conquistar un espacio humano más íntimo. Si a lo largo del siglo XIX y durante casi dos décadas del XX, Europa Central experimentó el fortalecimiento del aparato del Estado y del centralismo, a costa de la uniformización de diversas culturas, etnias, religiones y lenguas, y del control burocrático del individuo, esa tendencia se ha convertido paulatinamente en la dirección esencial de la historia contemporánea en todo Europa. Así lo entendieron los autores checos —en este breve recorrido nos limitaremos a los escritores en prosa— que analizaron a fondo la monstruosa dimensión de esa tendencia, y de los que se puede afirmar que fueron casi proféticos.

Franz Kafka y Jaroslav Hasek son los dos de Praga, aunque el primero escribió el alemán y el segundo en checo—uno y otro traducidos al castellano, aunque Hasek no a partir del original checo sino del alemán—. La obra de ambos retrata la rebelión del hombre contra el aparato estatal draconiano que más tarde, durante las dos guerras mundiales y la dictadura comunista, se convirtió en un verdadero monstruo bélico y represivo. El tratamiento de la realidad, tanto en la novela El proceso de Kafka como en la de Hasek, Las aventuras del buen soldado Schweik (que debería escribirse Svejk, según la grafía original checa y no la alemana), tiene muchos puntos en común. Si los funcionarios de Kafka llevan hasta el absurdo sus obligaciones y el cumplimiento de la ley como si eso fuera lo único que pudiera hacerlos humanos, el Svejk de Hasek cumple las sugerencias y las órdenes que recibe tan al pie de la letra, y el efecto es hasta tal punto cómico y grotesco que despierta una hilaridad incontenible y demuestra lo absurdo de la orden. Tanto Kafka como Hasek—y tras ellos Capek, Hrabal, Kundera y Havel— son conscientes de que la maquinaria estatal a la que están sometidos no tiene en absoluto sentido. Sus protagonistas demuestran que es mucho más efectivo hablar de historias humanas en vez de la Historia con mayúscula. Las aventuras y los destinos de esos protagonistas son, pues, la búsqueda de sentido en un mundo que carece de él.
Las novelas de Milan Kundera se sitúan en medio de la crisis del racionalismo, un proceso esencial en la civilización contemporánea, que empuja al individuo hacia el vacío, olvidando la voz de la conciencia y la compasión. Kundera se propone curar esta enfermedad empleando su propio virus, ya que su tratamiento es también racional y analítico. Los protagonistas de Kundera crean su pequeño paraíso fuera de la civilización: en la naturaleza, en una aldea, o incluso en la cárcel. Es cuando regresan a la civilización cuando perecen: abandonando la isla (Tamina en El Libro de la risa y el olvido) o de viaje a la ciudad (Agnes en La inmortalidad, Tomas y Tereza en La insoportable levedad del ser).
Toda la obra de Hrabal está escrita bajo el espíritu de la literatura de Praga, el espíritu de Hasek y de Kafka. Sus protagonistas son personas que se sienten expulsadas de la comunidad humana e intentan en vano encontrar su lugar. Muchos de los personajes de Hrabal son parecidos a los de Hasek: individuos que no creen en ninguna clase de ley y a los que tan sólo les salva de la soledad sin amor y de unas circunstancias sociales crueles la máscara de la risa y el interminable parloteo alegre, de modo parecido a la forma de actuar del buen soldado Svejk de Hasek. Sin embargo Hanta, protagonista de Una soledad demasiado ruidosa, el prensador de papel viejo, es una figura más bien kafkiana: el mundo que le rodea, indiferente pero inexorable, logra conducirlo a un paso del abismo y de la destrucción, hasta la muerte mental. La tragedia kafkiana de la nada y del vacío, en la visión esencialmente vitalista de Hrabal, es atenuada por la fe en el poder mágico del arte y del amor, que le confiere, hasta a la última perdición, una dimensión salvadora de la belleza.
Vaclav Havel, autor de una docena de obras de teatro, empezó a escribir con el espíritu del teatro del absurdo, según el modelo de Ionesco y Beckett. Su temática siempre gira en torno a la rebelión del individuo, al disidente en una sociedad conformista. Como Ulises se vio obligado a desplegar en el Mediterráneo una resistencia mucho más moral que física, el disidente de las obras de Havel lleva a cabo un viaje lleno de dudas y preguntas de cariz ético. El protagonista del siglo XX tiene más cosas en común con Hamlet que con los héroes legendarios. En su odisea moderna, el filósofo disidente de Havel, sobre todo el de su última obra, Largo Desolato, queda deshecho física y moralmente.
En prosa, España descubre la valía de Milan Kundera (con su novela La vida está en otra parte), autor ya conocido entonces en otros países europeos. A mediados de la década de los ochenta, Kundera escribió la novela que se convertiría en un verdadero éxito de ventas: La insoportable levedad del ser. Tras él, se publican otras novelas anteriores de Kundera, entre ellas La broma, El libro de la risa y El olvido (en las editoriales Seix Barrai y Tusquets), y todas las posteriores, como La inmortalidad, La lentitud y La ignorancia. Kundera, transformado en autor de reconocido prestigio en España y residente en París desde los setenta, adoptará el francés como lengua original de sus novelas a partir de los noventa.
A través de Kundera el lector español descubre la cultura y literatura checa, su éxito incita a la traducción de otros autores del país. Nacen así las traducciones de los escritores checos Josef Skvorecky (Ingeniero de almas, El milagro), Karel Capek (Viaje a España, La guerra de las salamandras) y el mencionado Bohumil Hrabal.
De este último se han traducido una decena de obras, la mayoría en la editorial Destino, y no ha tardado en convertirse para muchos lectores en un autor de culto. La aparición de cada uno de sus libros, ya sea una novela o recopilación de cuentos, ha sido todo un acontecimento: Yo que he servido al rey de Inglaterra, Una soledad demasiado ruidosa, Anuncio una casa donde no quiero vivir, Trenes rigurosamente vigilados, La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo, Personajes en un paisaje de infancia, Quién soy yo para citar unos pocos.
La crítica literaria española, atenta a la aparición de cualquier novedad relacionada con el autor checo, tratará a Hrabal como a un clásico contemporáneo europeo y un valor literario incontestable. Se ha publicado, incluso, su primera biografía en español: Los frutos amargos del jardín de las delicias (también en Destino).
A raíz del año revolucionario de 1989 y de la caída del muro, el lector español comienza a interesarse por los protagonistas de aquellas revueltas que acabaron con la guerra fría. En Checoslovaquia, en 1990, Vaclav Havel es elegido primer presidente democrático tras medio siglo de guerras y totalitarismos. Durante los veinticinco años anteriores, Vaclav Havel había sido un conocido disidente del régimen comunista, lo que le costó varios años de cárcel. Dichos aconteceres darán lugar a la publicación (casi todos en Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg) de varios libros de ensayos de Vaclav Havel (Cartas a Olga, Meditaciones estivales, Palabra sobre la palabra) y una antología de sus obras de teatro, Grave Cantabile entre otras.
Los años noventa servirán para que los editores españoles publiquen traducciones de otros autores checos más diversos y pertenecientes a distintas épocas: Jamek, Durych, Kratochvil, Klima, Chudozilov, Putik, Vieweg. Se traducen libros de pensadores checos; además de Vaclav Havel, se pondrá especial atención en Tomas Masaryk, el primer presidente de Checoslovaquia, Jan Patocka, el filósofo husserliano, y Tomas Halik, pensador influenciado por la religión católica.
En definitiva, pues, podemos concluir que la literatura checa ha tenido en España una difusión continuada y una recepción atenta, tanto por lo que respecta a los editores como a los medios de comunicación y al público lector. En este abanico bastante completo de autores checos en este país se echa de menos, sin embargo, un autor contemporáneo de inestimable valía: Ludvik Vaculik, olvidado por las editoriales españolas, es uno de los escritores centroeuropeos de mayor prestigio, sobre todo por su novela La clave de los sueños, escrita en forma de diario íntimo, que trata el ambiente de los disidentes en los años setenta y ochenta. Faltan, además, otros nombres como Vancura o el poeta Siktanc. Una injusticia literaria que debiera, quizá, corregirse.
| Karel Capek y su «Viaje a España» Hijo de un médico rural y nacido en la localidad de Svatnnovice (Checoslovaquia), Karel Capek (1890-1938) dejó pronto su región natal para estudiar filosofía en Praga, Berlín y París. Su afición a los viajes le llevó en 1930 a pasar una larga estancia en España, de la que procede un bello libro lleno de comentarios y bocetos que él mismo hizo para plasmar su imagen del país: Viaje a España (1930). La edición española no surgió hasta 1989, de la mano de la editorial Hiperión.«Después de los manzanos checos vendrán los pinos de Brandenburgo, en los blancos arenales, el molino de viento agita las olas […] Eso es Alemania. Luego las rocas cubiertas de hiedra, los montes perforados por las extracciones de los hombres, fábricas siderúrgicas, una mescolanza de naturaleza bucólica e industria pesada, todo el Flandes del viejo poeta. […] Bueno, y ahora otra vez espacios más abiertos: eso es Francia, la tierra de alisos y chopos, de chopos y plátanos, de plátanos y viñas. El verdor plateado.Y por fin, España. Las tierras hispanas están para mí veladas por un misterio impenetrable. […] Por el mapa y la hora debíamos de estar en algún punto de las montañas, pero bajo la roja franja del alba sólo vi la superficie marrón, desnuda, grávida […] estaba en otra tierra, y aquella tierra era África. No sé cómo decirlo, en ella hay verdor, pero es distinto al nuestro, tan oscuro y gris. Esas piedras no surgen del suelo, parecen haber caído en él como lluvia. Esos montes se llaman Sierra de Guadarrama. El Dios que los creó debía de ser muy fuerte». |
El mundo es un barco en su viaje de ida, y es un viaje sin vuelta…», escribió Herman Melville en esa odisea oceánica, la mejor historia marítima jamás escrita, como la definió Archibald McMechan en el Quenis Quaterlyde 1899: Moby Dick.
La vida del escritor norteamericano comprendió un periplo circular, desde el punto de vista del lugar de partida y de llegada: Nueva York, 1819-1891. El espíritu audaz del novelista reconoció en sus abuelos un doble origen revolucionario: el abuelo paterno Major Thomas Melville participó en la génesis de la gesta independentista norteamericana, en el famoso Boston Tea Party, El abuelo materno, Peter Gansevoort, fue militar en la campaña de Saratoga. Quizá por esto no nos sorprende que el ímpetu heroico de Melville se haya encarnado en esa serie de viajes que constituirán la materia prima, la base sólida y transparente desde la cual erigió su pasmosa aventura creativa. La muerte del padre, en 1833, cambió la órbita del destino de quien habría de imaginar novelas que influirían en el ánimo de narradores de la estatura literaria de Conrad o Stevenson, por citar sólo dos nombres. Embarcado en la lucha contra el naufragio económico de la familia, Herman Melville practicó múltiples oficios: fue mandadero en el New York State Bank, empleado en la peletería de su hermano mayor, cuidador de la granja de un tío y maestro rural.
El autor de Bartleby, el escribiente cumple la vieja consigna literaria que presupone una vida intensa como preámbulo de la gran obra: las primeras novelas dieron cuenta de los viajes a las islas de Polinesia: Taipi testimonia la vida de los polinesios en su estado primitivo, mientras que Omoo, su segunda novela, prolonga la narración de la primera pero añade el elemento turbador de la presencia de los marineros del Pacífico en el entorno polinésico. Al primer viaje de Melville, a Liverpool, cuando tenía 18 años, corresponde un arco novelístico denominado Redburn. Y su experiencia como naviero en la Marina de Guerra está retratada en The White Jacket (traducida como el blusón-chaqueta-casaca blanca), donde relata las deplorables condiciones de vida en el buque.
La travesía de Melville por los mares del Sur, singladura que comprende viajes al archipiélago Colón —las Galápagos o las Encantadas—, las islas Marquesas, Tahiti, las Hawai y algunos puertos de México y de Perú, duró seis años de ininterrumpido deslumbramiento: el mar, el mar, el mar…. esa presencia misteriosa y avasalladora inundará las páginas de casi todas sus novelas y en ellas, como afirma en Moby Dick, «la meditación y el agua están emparejadas para siempre». Los numerosos viajes de Melville han sido condensados en ese compendio magistral de su trabajo, cima de la novelística norteamericana del XIX, objeto que amaga, como dijo Borges, en cada estación de su lectura, con «usurpar el tamaño del cosmos»: Moby Dick. Sobre esta arca de asombros me detendré más tarde.
Melville abandona su trabajo como maestro de escuela en Pittsfield para iniciar su prodigiosa viajata marítima como un simple man before the mast, esto es, como marinero raso. La primera etapa comprende la navegación por el Atlántico hasta Liverpool. Como ocurre a Ismael en la novela principal, los pasos sobre el mar son dados por barcos mercantes primero y buques balleneros después. El primer ballenero en la historia marítima de Melville se llamó Acushnet, y en este barco surcó los mares del Sur —inicio de un viaje cuya hipotética duración sería de tres años— hasta llegar a las islas Marquesas, donde vivió tres semanas entre caníbales (aunque él dijo que fueron cuatro meses). Melville ha pintado con mano maestra la psicología de los caníbales en varios libros y, en Moby Dick nos mostrará el alma simple y natural del caníbal Quiqeg, el arponero amigo de Ismael. La convivencia con los caníbales, en las islas Marquesas, fue pacífica. De las Marquesas Melville escapó en un mercante australiano y después desembarcó en Papeete (Tahití), donde tue encarcelado a los pocos días por participar en un amotinamiento.
La trashumancia de Melville no conoció tregua: agobiado por desembarcos en islas remotas, por peligros cada vez más poderosos, el espíritu del novelista palpa y ve, abre sus ojos al mundo inmenso del mar, despliega su voluntad en horizontes sin fin, trota sobre el mar en el caballo múltiple de los barcos que asumen, de manera paulatina, la personalidad de aquel hombre indómito, volcado al mar en una insólita experiencia humana, asido a la fe en sus propias fuerzas, atento a los sonidos y las visiones reflejados sobre la piel de los más recónditos parajes marinos, como testimonio y prueba de que, en efecto, los buques balleneros fueron precursores de los grandes barcos construidos para satisfacer las demandas del comercio.
Herman Melville realiza, en la soledad húmeda de los barcos, una doble tarea: la lectura de autores predilectos (Cervantes, Browne, Carlyle, la Biblia, entre otros) y la lectura abismática del mar y de sus habitantes entre los que, por supuesto, destaca la presencia de ese descomunal mamífero que carece de patas traseras (como lo apodó el Barón Cuvier): la ballena blanca. De Tahiti viaja a Honolulú y, en el crepúsculo del trayecto, regresa a Boston en una fragata de la Marina estadounidense. Han pasado varios años y Melville decide poner fin a su viaje para invertir su tiempo en la imaginación de sus novelas. En 1844 deja de navegar y tres años después se casa con Elizabeth Shaw. Después de haber trazado la geografía sentimental de sus experiencias como marinero, Herman Melville emprende durante muchos años el inexplicable camino del silencio.
Tras su regreso a los Estados Unidos Melville trabajó como inspector de aduanas en los muelles de Nueva York y, en el ocaso de sus días, una enfermedad le provocó la ceguera: los ojos secos del novelista buscarían en la propia navegación hacia el misterio de sí mismo una agua de naturaleza distinta, no menos purificadora: la poesía —ahora sí vertida en recipientes líricos: Moby Dick narra la historia de una batalla, lo demás es canto, dijo el crítico E.M. Forster—. Y la Parca cortará las amarras de su carne mortal en Nueva York, en septiembre de 1891.
EN BUSCA DE LA BALLENA BLANCA

Imposible hablar de la vida de Herman Melville sin hacer alusión a su novela mas relevante, ese libro que, en palabras de Jaime Rest, es «el arquetipo de originalidad alcanzada por la narrativa norteamericana del siglo XIX » . La historia de la creación de la novela reconoce, como antecedente, el diario de viaje del marinero Thomas Nickerson, quien partió, como el Pequod de Moby Dick, de Nantucket en un buque ballenero llamado Essex dirigido por George Pollard. El barco fue atacado por una ballena, y algunos de los tripulantes fueron rescatados en las costas chilenas. El suceso fue narrado por el historiador Nathaniel Philbrick en In the Heart of the Sea: the Tragedy of the Whaleship Essex. Algunos de los náufragos fueron descubiertos, agónicos y delirantes, en las islas Más Afuera (archipiélago Juan Fernández) y Santa María. Melville conocía la historia {capítulo XLV de Moby Dick) y con los bártulos elementales de esa información, inició la extraordinaria empresa de contar, hipnotizado por la súbita expansión de la anécdota, atado a su mesa de trabajo, durante varios meses sin tregua, la batalla del baldado Ahab y el Leviatán moderno, encarnado en ese gigantesco cachalote que arremetía al buque con furor demoniaco.
El nombre de la novela ha estimulado en la critica diferentes conjeturas. Una de ellas, quizá la más atinada, es la que descubre en la segunda parte (el Dick) un mero apelativo cariñoso, algo similar al hipocoristico castellano — Beto o Pepe, jack o Dick— y la primera parte como prolongación equívoca del nombre de uno de los protagonistas de Taipi: Toby. La ballena blanca sería, en rigor y ahorrándonos el trueque de la vocal inicial: Toby Dick, pero ha pasado así, como Moby, quizá porque este nombre encierra, por similitud sonora con la palabra mob —muchedumbre—- la idea de que la ballena es el mamífero que compendia todos los peces posibles.
Lo cierto es que la novela, que contiene numerosos guiños bíblicos y alusiones de clásica estirpe, está narrada, como dijo Walt Whitman» con un good-natured style, con una prosa que fluye en absoluta libertad y con ese tono poético-reflexivo que nos seduce como la invitación de un agua a ratos convulsa, a ratos mansa. Moby Dick, dedicada al genio de Nathaniel Hawthorne es —suscribo aquí el juicio de Constantino Bértolo— una «metáfora global del mundo». Y corresponde a Hawthorne el mérito de haber sugerido a Melville una modificación de la intención original narrativa de esta novela: de ser la historia deshuesada de la caza de una funesta ballena pasó a ser un libro que de fuerte respiración psicológica, mítica y filosófica.
Antes de escribir Bartleby, el escribiente, libro que precursa la novelística de Kafka, el escritor de Nueva York agotó gran parte de su caudal autobiográfico vinculado con el mar. La culminación fascinante de su peritaje está cifrada en esa novela que posee múltiples lecturas y que muestra, de manera descarnada, el emblema de la venganza absurda, en el capitán del barco Pequod, como aquella espada del loco Ayax (cuyo correlato es el arpón de Ahab) que descabeza cerdos sin reposo por no haber obtenido las armas que mereció Ulises (emblema 175 de Alciato, abrevado en Sófocles). La venganza mueve al capitán del barco y nos muestra un cuadro patético: un hombre descabalado encara a un animal portentoso. El encono de Ahab, quien busca al cachalote que en otro viaje le arrancó la pierna, guía la lectura hacia otros caminos: la venganza implica a todos los tripulantes y es un propósito acaso inútil. La ballena es el mal, la fuerza incontrolable de la Naturaleza, la ciega impertinencia de la vida o la verdad. El capitán Ahab intenta la venganza sin tasar consecuencias, y arrastra en su temeraria lucha a los oficiales y arponeros del Pequod.
Es cierto: Moby Dick es una profunda y simbólica indagación sobre la naturaleza del mal, sobre el misterio del hombre que se enfrenta a la realidad hostil y, como se ha dicho, la novela alimenta un interrogante que es reformulado en múltiples capítulos: ¿por qué hay hombres buenos que hacen cosas malas?, o ¿por qué hay hombres malos que hacen cosas buenas? Aún más, nos hace reparar en la honda paradoja de la afirmación de Melville, tras haber fraguado su novela: «He compuesto un libro perverso, y me siento tan inmaculado como un cordero». Y podemos prolongar la simetría en cruz, acaso para convencernos de que las cosas buenas perpetradas por «los malos» se parecen mucho a las cosas malas perpetradas por «los buenos»: «He compuesto un libro inmaculado, y me siento tan perverso como un demonio». Tras la lectura de la novela, la resonancia del mar que late en cada una de sus páginas jamás nos abandona: el mar imaginado por el novelista y nuestro propio mar, encarándonos a ballenas más reales y no menos peligrosas que la buscada por Ahab: la batalla del hombre en la palestra del mundo.
Diré más de la vida de Melville, pero ya se ve que en él —como en tantos otros genios de la literatura— la separación de la vida y de la obra es una experimento doloroso, artificial y puede conducir al desvío de creer que no es posible escribir la asombrosa gesta épica del buque ballenero, en pos de un objetivo tan grande como azaroso, en una novela que rebasa el medio millar de páginas. La vida ha alimentado a la obra, y ésta ha permitido al autor de Mardi transitar por las aguas en una nueva empresa marina a través de las múltiples gavias de su literatura. Los sobresaltos de los tripulantes del Pequod son también los sobresaltos y las tribulaciones de quienes recorremos el mar imaginado por Melville con nuestros ojos, azorados ante la súbita irrupción de la ballena en esa tormentosa «expedición vengativa».
LA OTRA SINGLADURA
La otra navegación—el otro viaje—es emprendida por Herman Melville hacia dentro de sí mismo, errancia que el hombre debe realizar con los ojos cerrados: «Ningún hombre puede sentir bien su propia identidad si no es con los ojos cerrados», dice en Moby Dick. Podemos entender así la vida del escritor como un esfuerzo por arrancar los velos postizos del hombre para mostrarlo en su indigencia primigenia. Las penurias económicas padecidas desde la muerte de su padre (quien, dicho sea de refilón, murió en bancarrota), paliadas sólo hasta que su mujer Elizabeth recibió una herencia, al final de la vida del autor de Israel Potter, contribuyeron no poco a la comprensión radical del envilecimiento por adhesión al dios falsario del dinero (en varios lugares repite la frase bíblica: la raíz de todos los males es la ambición del dinero), y guiaron la temática de su mosaico narrativo por sendas de incontenible amargura. La más anchurosa de ellas se manifestó después del fracaso financiero significado por ese libro «tejido con cuerdas de barco, por la que sopla un viento glacial y sobrevuelan pájaros depredadores»: la edición inglesa de Moby Dick consistió en un tiraje de 500 ejemplares, y la norteamericana de 3000: en dos años se vendieron sólo 50 ejemplares y, para colmo de desventuras, un incendio destruyó los ejemplares no vendidos, en junio de 1851. La dimensión del fracaso fue directamente proporcional al tiempo y a la paciencia invertidos en la composición de aquel extraño libro; Hermán Melville vivió preso de una absorbente monomanía que lo confinó, en el invierno de 1850, a una eremítica reclusión, amparado por un entorno afectivo en el que destacaba su mujer, sus dos hijos —uno de dos años y otro recién nacido— y sus dos hijas. Melville afirmó que debería sacar ese libro de su cabeza «como un cuadro de su marco», con una sutileza y cuidados extraordinarios para que no se perdiera el vigor en el trasiego desde la concepción al recipiente escrito. Y por ello, convencido de la trascendencia y del valor de su novela —mas nunca de la aceptación del público— afirmó con ufanía en su seno: «Denme una pluma de cóndor». Como sabemos, Melville se sumergió en una incurable depresión tras el redondo fracaso de Moby Dick como novela de éxito. Ese fracaso es el sedimento de Pierre y las ambigüedades, rabioso libro que fue recibido como bofetada por los críticos de la época. En el Day Book por ejemplo, alguien afirmó que Melville había enloquecido. En esa novela, reeditada con la dolorosa amputación de una pierna —del 13 por ciento de sus páginas— por Hershel Parker a finales del siglo XX, Melville arremete sin compasión contra los «críticos entomológicos» y contra la miopía de ciertos editores. John Updike ha dicho que cuando leemos esa novela somos espectadores que advertimos la impresionante furia con que el autor zamarrea a sus personajes. Es un libro venenoso, vaso colmado de acritud y desaliento. Mas una lectura menos prejuiciada, como la que ha puesto a Moby Dick en el sitio que merece, ha descubierto que, como vio Andrew Delbanco, en ese libro se lleva a cabo la identificación del afán civilizador con la hipocresía y que, además, Melville muestra las contradicciones de una civilización que exige represión y que después lamenta las patologías que de la represión emergen.
En el profundo y largo viaje por el alma de los hombres («Qué extraña es el alma del hombre. Es mejor ser anojado al espacio más allá de la órbita del sol, que sentirse a uno mismo flotando en su propia alma»), cada novela aporta indagaciones novedosas: la crítica al colonialismo y a la apocalíptica labor de ciertos misioneros cristianos —en «El hombre pararrayos», por ejemplo—, la crítica contra la riqueza rápida de la sociedad norteamericana, la escisión del pueblo estadounidense entre el norte industrial y el sur esclavista, el terror insomne de la guerra civil, la sátira enderezada contra el egoísmo —como la que despliega en El timador, novela ambientada en un vapor del Mississippi—, el drama ecuménico de la esclavitud —«¿Quién no es esclavo?», se pregunta en Moby Dick—, el buceo por el vasto misterio de la iniquidad humana, el oscuro callejón de la misantropía (como en El hombre de confianza), el efecto desastroso de la verdad («dulce en los labios y amarga en los oídos», como apuntó Gracián) y una larga fila de etcéteras.
Sabemos que el propósito cardinal de Moby Dick («Echar fuera la melancolía y arreglar la circulación»), enunciado en el umbral del libro, fue desmentido por los torcedores de la depresión que asoló al escritor durante gran parte de su vida. Liberado por fin de su agobiante trabajo como inspector de aduanas, Hermán Melville escuchó por última vez el canto de las sirenas: escribió Billy Budd, novela cuyos manuscritos fueron encontrados después de la muerte del autor de Moby Dick, y que no sería publicada sino hasta 1924. La hermosa metáfora del barco ballenero que riela por las aguas del mar en busca de una ballena que es, a un «tiempo, posibilidad de redención y de caída, nos conmueve más aún si reparamos en que, como ha explicado en el capítulo «En plena agitación» de su obra maestra, el barco ballenero «…es el más dispuesto a accidentes de todas clases» . Y así constituye la más desconcertante y precisa simbolización de la vida humana: la más dispuesta, entre todas las vidas posibles, «a accidentes de todas clases».
Quizá la imagen de Ismael, en el desenlace de Moby Dick, encaramado en el ataúd de su amigo Quequeg para salvar el pellejo tras el naufragio de la nave, no sea sino la reproducción simbólica del barco de letras, ése donde Nathaniel Hawthorne abraza la novela capital de Melville, en un principio naufragante, convencido de que su propia obra navegaría con fortuna el imprevisible mar del tiempo: Ismael Hawthorne abraza el ataúd inmortal de Quequeg Melville en el frontispicio de la más grande novela norteamericana de la historia.
Las traducciones y ediciones de Moby Dick, así como los vasos comunicantes de la novela con otras artes, se multiplican. Entre las versiones en español sobresalen la de José María Valverde y la del argentino Enrique Pezzoni. El imponente cachalote blanco, que zarandea con inédita brutalidad al Pequod, ha trascendido el cerco de la literatura y, seguro de su vitalidad y de su fortaleza, ha poblado las aguas del cinematógrafo y el escenario de los teatros. Entre las versiones filmicas más afortunadas de Moby Dick es justo mencionar aquí la de John Huston , en la que Gregory Peck representa al capitán Ahab. Además la ballena anima obras teatrales y la célebre expedición del Pequod en busca del gran Leviatán tiene en el punto inicial de la travesía, en New Bedford, un museo conmemorativo: el New Bedford Whaling Museum. (C.P.G) |
La poesía de Francisco Brines se reconoce, distingue y caracteriza por esto: por la emocionada y emocionante lucidez que produce lo que podemos llamar su coherencia. Una coherencia que —conviene decirlo— no deriva de la mecánica e implacable aplicación de un sistema, sino de la escrupulosa vivencia de ese profundo sentido de lo sagrado que se da sólo en la más absoluta intimidad: la del yo enfrentado a la angustia de ser y de dejar de ser, la del yo frente al terror y al horror que en los humanos produce, más que el ser, el sí mismo.
Carlos Bousoño ha denominado metafísica a esta poesía que es, a la vez, conocimiento y emoción, y que se constituye en una salvadora fortaleza: «La poesía era también, pues, mi fortaleza» ha escrito Brines en un texto —«La certidumbre de la poesía»— que puede considerarse como su poética y en el que su autor describe lo que el poema aporta y lo que la poesía es. El poema para Brines es «la conciencia dramática del vivir». Por eso «no suele crecer en el estéril territorio de la certeza», sino en y desde «la necesidad». Y, por eso, la poesía funciona en él como «un desvelamiento». La «conciencia dramática del vivir» —que constituye su base perceptiva— determina lo que otro de sus estudiosos, José Andújar Almansa, ha llamado su «ética de lo trágico» e informa de lo que el propio Brines ha reconocido como su moral: «una moral de estirpe clásica», para la que propone la calificación de «estoica». El pensamiento poético de Brines posee una metafísica y una ontologia definidas, que implican una ética precisa y que configuran también una muy clara posición moral.
Antes me referí a su profunda coherencia; ahora hay que indicar otro principio que recorre su obra: la unidad. Alejandro Duque Amusco ha insistido en ello: según él, «el proceso creativo» de Brines «es una fiel insistencia sobre la misma idea matriz». No es, pues, un poeta que proceda por saltos: en él hay un mundo, muy pronto y muy bien delimitado, al que el propio desarrollo y la experiencia de la vida irán dando contornos cada vez más precisos, en los que el dualismo que articula su base se verá sometido a un intenso proceso dialéctico, en el que, más que cambios bruscos, hay una creciente y coherente evolución. José Olivio Jiménez lo ha explicado muy bien. Para él, como para Alejandro Duque Amusco, en Las brasas, el primer libro publicado por Brines, «está el germen» de toda su poesía posterior. Para el gran crítico cubano, la poesía primera de Brines se inscribe dentro del «concepto rilkeano de la soledad como ámbito y sostén», practica la técnica de la objetivación —patente en el enfoque azoriniano y velazqueño de ese cuarto en penumbra, invadido por la inclinación del sol, en el que está sentado alguien / que es un bulto de sombra— y extiende sobre la «monocromía en denso gris», que le sirve de fondo, un despliegue del símbolo que será siempre uno de sus más revisitados ejes. Hace años, y en consonancia directa con esto, me atreví a poner en relación una parte del campo léxico de Brines —penumbra, sombra, oscuro, ensombrecer— con la pintura de Rembrandt —en la que la realidad del individuo se disuelve en un bulto que se hunde «hacia dentro, hacia su no ser»— y con la de Velázquez en la que, al evitar el bulto «no convierte el cuadro en un plano, sino en un hueco», porque, como advierte Ortega, «el mundo no es un bulto, sino un hueco —un hueco dentro del cual hay bultos—» que, «al hallarse […] en aquel participan en su oquedad». El primer Brines insiste en un tono —el gris—; en una palabra: «sombra»; y en un tiempo verbal: el presente actualizador que aglutina, en él, los tres distintos planos temporales y, de acuerdo con ello, el yo se objetiva tanto como se despersonaliza en un proceso de claroscuro, similar al de la pintura mencionada, y coherente y acorde con la acción de difumino que el paso del tiempo extiende sobre el yo.
Se ha dicho que la tradición de la que parte Brines es la de Manrique y la de los poetas metafísicos del Siglo de Oro español: Aldana, Medrano, Fernández de Andrada y Quevedo. Y es que Brines —como ya ha sido apuntado al establecer su posible relación con los dos maestros de la pintura antes citados— parte del pensamiento de la muerte, que la lectura de Séneca había hecho llegar a Rembrandt y al Barroco europeo y español. Gebhardt ha afirmado que el Barroco «es el arte de lo pasajero», porque en él «el espectador no se halla ante un hecho consumado, sino que toma parte, como por acaso, en un acontecimiento»: en un azar. ¿No es una postura del espectador ante el arte Barroco la que determina la instancia del discurso de Brines? ¿No ha titulado éste su obra Ensayo de una despedida? ¿No hay en ella un extranjero, tan peregrino como el de Góngora y el de Angelus Silesius, un viajero de sí mismo, que ve personas, paisajes y países como si fueran continuos adioses a y de su yo? La filiación barroca de Brines está patente en esto: en su vivencia y su visión del tiempo, en su tratamiento de la anécdota y en su idea de la narratividad. Materia narrativa inexacta titulará Brines el segundo movimiento de sus libros, y «la singular e irrepetible realidad de los instantes únicos vividos» constituirá el tejido de Palabras a la oscuridad. Según él,
El hombre es esta carne marchita y negra
una débil razón
y un sentimiento frágil.
Si existe Dios asumirá el fracaso;
y «Los hombres sólo existen para ser contemplados por la mirada blanca de la luz». La visualización de lo concreto es el medio por el que Brines objetiva y refuerza las distintas frases de su proceso de simbolización. Lo característico de su escritura es que cada símbolo consista, más que en un concepto abstracto, en una visualización. En esto hay una herencia ignaciana, producto tal vez de su educación en los jesuítas, y no sería difícil rastrear en ello la huella de la sesión XXV del Concilio de Trento y el punto 121 de los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Brines —y éste es uno de sus máximos logros— se desvía de la norma ignaciana al invertir tanto el sentido como el significado de la interpretación plástica del mundo y al sustituirlas por un nihilismo trascendente, que des-sacraliza lo referido para historizar lo emocional. En Brines el yo es una manifestación del tiempo, pero el tiempo no es una epifanía de Dios. Para él, antí- tesis de Nicolás de Cusa, el hombre no participa del eterno instante de Dios, sino del eterno instante de la nada.
Según muestra el autor, el único instante perfecto es el del amor. Si en Las Brasas Brines contraponía la monocromía del hombre a la policromía de la naturaleza, en Palabras a la oscuridad descubre el silencio del sol. Se inicia así el ejercicio de una poesía de pensamiento, basada en lo que Dionisio Cañas ha definido como «mirada crepuscular» y Brines mismo ha descrito como «la mirada del que perdió la dicha»; una mirada que intenta conciliar
la carne con la sombra,
el sueño con la nada
pero que sabe —como dirá en Aún no—
que no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica nuestra muerte.
Palabras en la oscuridad es, toda ella, una hipertematización del tiempo; Aún no es, en cambio, un libro irónico, satírico y moral. ¿Por qué este cambio? Creo que por un principio de unidad: Brines es, sobre todo, un poeta elegiaco, y todo poeta elegíaco es, y a la vez, un poeta metafísico y un poeta moral. Aún no supone, pues, un lógico desarrollo de su obra, como Insistencias en Luzbel supone una investigación gnoseológica, una desesperación metafísica y una atroz y despiadada reflexión epistemológica sobre las formas y los contenidos que —por uso, convención o norma— consideramos casi como verdad. Insistencias en Luzbel cumple, en la obra de Brines, la misma función que Materia narrativa inexacta: formalizar lo que José Olivio Jiménez considera «situaciones conflictivas del autor». Materia narrativa inexacta abría el paso a Palabras a la oscuridad, como Insistencias en Luzbel conduce a El otoño de las rosas, en el que
hay un calor de vida ya gastada,
la aceptación del mal o la alegría,
un secreto entusiasmo de haber sido
y la certidumbre de sabernos ante un libro mayor: ante una de las cumbres de la poesía española de todo el siglo XX; ante un libro unitario que transcurre con entera y absoluta naturalidad, que emociona y conmueve y que alcanza el difícil nivel de lo clásico, visible en poemas como «Los veranos», «El más hermoso territorio» o «Desde Basai y el mar de Oliva», de los que el lector no quiere irse y a los que todo lector suele volver.
Brines ha hablado de la función sagrada del acto poético y se ha referido a una poesía —preferida la llama— que «más que de conocimiento, es de salvación»; que «intenta revivir la pasión de la vida» y «traer de nuevo a la experiencia lo que, por estar vivo, ha condenado el tiempo». Poeta del tiempo y del conocimiento, en sus primeros libros, lo es, en los dos últimos —y de modo muy claro, en Última costa— del misterio y de su extraña presencia y sensación: la de «La tarde imaginada» o la del poema que le da título y que le pone fin.
La poesía de Brines aspira a lo que enseña: aprender a vivir mejor. Sucede en ella lo que Brines reconoce en la de Cernuda: que lo que allí se expresa es la experiencia de la vida concretada, analizada, sintetizada y realizada en el acto de intensidad, que es el poema, cuya función no es otra que hacernos llegar, a la vez, la vida profunda y la afirmación vital. Brines —que se ha mostrado siempre «absolutamente contrario a las tendencias reductoras del arte»— ha escrito que la poesía es «la palabra significando en libertad», porque nos «hace poseedores del mundo». Para Brines el espacio del mundo está simbolizado en un lugar concreto — Elca— que representa también la inocencia y la infancia, porque encarna la existencia sin tiempo y la pureza entendida como ausencia de culpabilidad. Elca —escribe Brines— «es un término del campo de Oliva, el pueblo en donde nací. Se trata de una casa, blanca y grande, situada en un ámbito celeste de purísimo azul, y rodeada de la perenne juventud de los naranjos. Domina desde una ladera, sin altivez, un ancho valle, abierto al mar, y mira la agrupada y densa sucesión de unas desnudas montañas que se hacen de plata antes de llegar al solemne Montgó». En Elca afirma Brines haber experimentado la continuidad de todas sus edades, gozado de «la suave y cálida protección familiar» y descubierto la realidad de su persona física y poemática. En Elca también ha asistido Brines a algo que su poesía de un modo u otro siempre retomará: la tragedia del tiempo y, con ella, el sentimiento de la pérdida del mundo. Lo que no le impedirá decir: «Allí donde he vivido he gozado del mundo». Y ese oscuro y luminoso gozo es el que su poesía comunica al lector: una emoción del yo, que es una emoción del tiempo. Porque el yo de Brines —aun siendo el suyo propio— es siempre un yo plural: un yo coral, en el que habla él, pero nos sentimos hablar todos y cada uno de nosotros.
He intentado describir, más que explicar, los temas y las claves de su obra y, en concreto, dos rasgos distintivos de la misma: la coherencia de su fundamentado pensamiento y su profunda e íntima unidad. La escritura de Brines discurre sobre la experiencia vital, pero se apoya en una sólida estructura filosófica. Francisco José Martín dedicó todo un libro a demostrarlo: su idea del desvelamiento y su teoría del Aún no son —y por completo— de cuño y raíz heideggerianos, como su crítica de los valores y sus análisis y reflexión sobre el lenguaje, parten de Nietzsche y de Wittgenstein. De Azorín procede su sentimiento del paisaje y su emoción del tiempo; su colorido entronca con el impresionismo del primer Juan Ramón, que él desarrolla; como su concepto y práctica del símbolo remiten a Machado, y su sentimiento trágico a Unamuno, aunque en Brines éste se verá neutralizado por el vitalismo de Ortega y el magisterio ético y estético de Cernuda, cuyo rescate se debe, sobre todo, a Brines y a su generación: la del medio siglo, la del cincuenta, denominada también —y significativamente— «generación Rodríguez-Brines» por el hispanista Philip Silver. Dentro de ella ocupa Brines un espacio por completo propio. Con Claudio Rodríguez y José Ángel Valente salvó a la poesía del estrecho y limitado tematismo impuesto por la mal llamada «poesía social»; fue uno de los primeros que transitó las sendas del culturalismo, concillándolas con la más exigente praxis de la autobiografía poemática; reimpuso el epigrama, no desdeñó la metapoesía y es el más alto poeta de su tiempo en dos manifestaciones de la lírica en —y por— las que su seguro magisterio siempre se le reconocerá: la reformulación de la elegía y un nuevo concepto del poema anecdótico, narrativo y moral. Por si esto fuera poco, Brines ha sido —y e s— un prosista ejemplar y un crítico excelente: ahí están para corroborarlo sus escritos de arte, sus crónicas de fútbol y de toros y la serie de ensayos dedicados a analizar la obra de poetas como Salinas, Gerardo Diego, Lorca, Gastón Baquero, Vicent Andrés Estellés, Juan Gil-Albert, José Hierro, Vicente Gaos o Carlos Bousoño. En ellos queda patente la extrema calidad —y la manifiesta generosidad— del atento y curioso lector que Brines siempre ha sido.
Francisco Brines es uno de nuestros máximos poetas: un poeta que resume en él la tradición y que la reconvierte y reactualiza en lo que la tradición siempre es: modernidad. Un poeta, reconocido y admirado por las generaciones anteriores a él, por la suya propia y por todas las siguientes; un poeta que Carlos Barral supo definir como lo que es: un clásico viviente, un poeta, pues, cuya obra nos emociona, nos ilumina y nos acompaña; un poeta que nos ayuda en el más difícil de todos los empeños: en ese extraño oficio que llamamos vivir.
Carlos Martínez Aguirre (Madrid, 1974) es un estupendo filólogo, un magnífico traductor y, sobre todo, un poeta de primerísima fila, que con un solo libro, La camarera del Cine Doré y otros poemas (Hiperión, 1997), y unas cuantas plaquettes, casi secretas, que envía generosamente a sus amigos, ha conseguido brillar con luz propia dentro de una generación que promete ser de las más relevantes de la poesía española.
Carlos ama como pocos su oficio de poeta. Es algo que se ve en cada uno de sus versos. Todos ellos han sido sentidos y pensados. En todos ellos el corazón y la cabeza han trabajado al unísono, armoniosamente, para alcanzar esa mezcla ideal de música y pensamiento que tienen los buenos versos, los versos que emocionan y se recuerdan.
Apuntaba más arriba que buena parte de la poesía de Carlos Martínez Aguirre ha visto la luz en mínimas plaquettes, en hojas que envía a los amigos y a otros poetas. Ése fue el primer contacto que tuve con su poesía. Me llamó la atención la madurez de sus planteamientos y la capacidad que tenía de emocionar al lector partiendo de una notable variedad de registros. Los cinco años que han pasado desde entonces no han hecho más que confirmar sus virtudes y dar mayor profundidad aún a su voz, como ponen de manifiesto los dos poemas que presentamos, pertenecientes a una serie de nueve sonetos de amor todavía inédita.
POÉTICA
Carlos Martínez Aguirre
Se me pide que escriba una poética. Yo creo que los poemas se justifican por sí mismos. La buena poética ha de ser oficio de filólogos y eruditos, y en cualquier caso, mejor si es sobre obra ajena. Cuando no es así lo que tenemos es un manifiesto; en el peor de los casos un pasquín. Queda advertido, pues, que aquí dejo la mía con tales intenciones.
Defiendo la aristocracia. Aristocracia de pensamiento, de sentimiento, de arte. Me horroriza la mediocridad y, sobre todo, la mía. El verso es exclusivamente musical. Es música explícita e implícita. Sentimental y cerebral. No admite exégesis ni gramática. El Poema existe como conjunto de signos y como código que los articula. Los signos sin articulación son hijos del limo. Yo quiero poemas que sean voz de una raza, aliento divino.
Ese poema se alcanza por el estremecimiento. La conciencia de lo absolutamente otro es la que prefiero de todas las formas de arte. Sé que hay otras y también me interesan, pero… ¡por Dios, que hay jerarquías! Y no se trata de ser iconoclastas: es que cuando hay verdad, me toca. Y la Verdad es más alta que cualquiera de nosotros. No puedo definirla ni mucho menos andar con prejuicios. La Verdad está ahí, y cuando llega abres las ventanas ¡y a proclamarlo! Porque al final esto es lo que nos acompaña, esto es el pan necesario —incluso para el hombre de hoy—, el que necesitamos tener muy cerca.
Y es que detrás de ese estremecimiento, de ese por qué que nos asalta a cada paso solo nos queda algo que no admite preguntas: el Amor. El Amor que es pasar de muerte a vida. El Amor como respuesta pura, sin mancha; el amor de los místicos, de los sabios, de los locos y de los poetas. El Amor que es la Vida y al que la muerte no vencerá nunca.
DOS SONETOS
1
AMOR, en el principio fuimos secreto y nada.
¡Qué cansancio del tiempo fundido en el silencio
hasta alcanzar la exacta certeza de sus nombres!
¡Qué lejana quedaba la fiesta de tu aliento!
No existían las horas ni los frutos.
¡Eramos piedra y polvo! Alma sin ruido.
Aves a ras de suelo, desahuciadas,
locas por conocer la primavera.
Pero tú fuiste riego del alma y las entrañas,
y la respiración de bestias y de cosas.
Como el heno palpita en el estío
y el pino da salud a la mañana
tú y yo juntos, con simplemente amarnos,
dimos forma sagrada a todo lo que existe.
2
Si mueres, que mi reino no sea un pensamiento
poblado de viajeros envueltos en tinieblas
cuyo viático es limo, cuyas ropas son alas,
vestidos como pájaros de un país sin retorno.
Si muero que mi herencia no sea la amargura
de un árbol sin raíces regado por el llanto.
Mis ramas tienen frutos, consumidos
descenderá a la tierra más feraz la semilla.
Si muero, amor, si mueres, amor mío,
si queda nuestra casa sin muebles ni paredes,
no dejes que la herida se extienda sobre el techo.
Si es mayor el dolor, si pueden llanto,
muerte, pena, amargura,
ser más que nuestro amor, moriremos de nuevo.
Se repite cada vez con más insistencia en el mundo y, sobre todo, en los medios de información, que la poesía está destinada a desaparecer. A mí esto siempre me ha parecido una inconsecuencia y algo que no tiene, absolutamente, ningún sentido, pero se insiste tanto… y lo vemos sobre todo cuando hablamos, por ejemplo, con dueños de librerías que dicen: «la poesía, ah sí, mire, la tenemos aquí, y la muestran como con cierta vergüenza siempre». Esto, que es algo en lo cual yo nunca he creído, tiene que ver con mi descubrimiento de la poesía de Julio Martínez Mesanza.
Aquí en la Residencia de Estudiantes se hizo una reunión de revistas de América Latina y de España, a la que asistió mi hijo Santiago que publicaba entonces una revista, y en medio de una conversación se me acercó un señor, con un ligero acento andaluz, y me pasó una revista y también un libro que se llamaba Europa. Pregunté: ¿y este libro?, y escuetamente dijo: son poemas. Gracias a ese gesto aquella noche leí, deslumhrado, este libro de Julio Martínez Mesanza en donde se cantan con justicia, precisión, verdad y al mismo tiempo fervor, no los momentos cruciales de la humanidad, como diría Stephen Zweig, sino algunos de ellos, que si no inventados, sospecho, si magnificados por Julio. Era ese nacimiento de Europa, ese llegar de Occidente a ser lo que fue —y que creo que ya no es— lo que me dejó absolutamente deslumhrado. Me dije, esto tengo que volverlo a leer con más serenidad, porque toca ciertas fibras, ciertas zonas muy íntimas mías. He sido siempre más un lector de historia que de literatura, aunque no me gusta confesarlo con mucha frecuencia, y he seguido teniendo ese libro a mi vera, como después los otros libros de Julio, que no tienen que ver directamente con este deslumbramiento y que, sin embargo sirven, como toda su poesía, para contestar precisamente en una forma radical, irrebatible, que la poesía durará hasta que dure el último hombre sobre la tierra. Porque la poesía de Julio Martínez Mesanza trata siempre de lo esencial, sin decir que es esencial, y ése es su secreto: es aquella otra verdad tan válida como la realidad, tan válida como nuestra verdad interior que surge de repente en el poema y que le hace a uno decir: ¡ah! esto es, qué maravilla, esta es la poesía. Y en el caso de Julio ese fenómeno, esa maravilla sucede en cada página.
Al leer estos libros de pronto jugaba con la idea de decir: ¿en qué siglo ponemos esta poesía?, ¿en el siglo XX?, bueno ahora es XXI ¿no?, pero en fin, es igual: sí, es poesía. ¿Y qué tal si ponemos esta poesía en el siglo X I V ? También, también, ¿por qué?, porque es poesía. No hay en ella el menor intento de hacer ingenio, ni de hacer ninguna otra cosa, como buscar la palabra bonita; salvo decir, revelar esa verdad del otro lado, que es tan verdad como la de éste y que nos ayuda a vivir, y nos ayudará a vivir siempre.
Tuve la ocasión de citar, precisamente por eso, un poema de Julio, en mi discurso cuando recibí el premio Príncipe de Asturias. Iba tan justo ese poema a lo que yo quería decir, iba tan perfectamente ligado, que algunos de los presentes me dijeron: oye, ¿acaso lo escribió Julio para ti?, y me dieron muchos deseos de decir que sí, sí claro, lo escribió para mí porque es un poeta.
La Gran Manzana es un nombre rítmico. Lo inventaron los músicos de Jazz de Nueva Orleans, que distribuían su mercado según los barrios —manzanas— en los que se concentraban los clubes y cafés-concierto más famosos. Nueva York era la plaza codiciada por excelencia, meta última de toda aspiración. Triunfar en Harlem.
Esto fue en los años 30, aunque el término no haría fortuna hasta después de una famosa campaña publicitaria a comienzos de los 70. Hoy casi hemos olvidado su origen pero nos gusta el simbolismo. The Big Apple sigue siendo la gran tentación de los artistas, lo que hace de Nueva York el centro cultural de nuestro tiempo, también la capital mundial de la música.
El arco culturalista va desde la Ópera del Metropolitan hasta el rap callejero, con las más altas cotas de calidad en cada estilo. No es posible echar de menos un género musical, aunque se haya originado en un lugar remoto y olvidado; y no hay sonido nuevo que no adquiera aquí su nombre, para difundirse después mas allá de esta isla alargada, como de percusión, que es Manhattan. El Tin pan alley (sonido metálico de pianos), las rhapsodies in blue, los lullabies de Broadway, el brill o el hip-hop, son algunos de estos momentos musicales que ha exportado Nueva York al resto del mundo. Aunque sus creadores vinieran de fuera, e incluso sigan autoproclamándose la diáspora afrolatino-caribeña en América, el ritmo acompasado es urbano, como de biela y manivela. Por eso ni siquiera hay que ir a buscarlo a los cafés y conciertos, sino que te lo encuentras en cada esquina, especialmente en el metro.
Disfruté con una obra de teatro alternativo que duró todo el pasado otoño en el New York Theater Workshop. Se titulaba «Slanguage», y recreaba con sonidos de golpeteo y voces en jerga multicultural la vida en las calles de este meltingpot —cacerola de mezclas—, por usar el adjetivo que más enorgullece a los neoyorquinos. El punto musical unificador de una representación bastante deslavazada era un tam-tam que emulaba el tren del subway. Según fuera éste local o express, el ritmo era menos o más rápido, y los actores quedaban petrificados un tiempo, ensimismados, para recobrar vida en la siguiente escena, cuando cesaba la percusión.
En ese silencio con fondo de traqueteo me descubrí yo también representando. Son muchas las horas que pasas callado en Nueva York, tanto en el metro como recorriendo sus calles geométricas, interminables. Y en esos soliloquios cotidianos vas con prisa, concentrado, pero nunca en silencio. Si no es el ritmo del engranaje que producen las tripas de la ciudad, son las notas de un solista o grupo improvisado las que te hacen cama al pensamiento. Al principio todo me parecía ruido, distracción. Pero hoy me gusta que haya un caldo sonoro común para miles de almas cuya cercanía muchas veces es sólo física.

Sorprende la calidad que puede alcanzar una música brindada a la atención de un dólar, por unos segundos de escucha a contrapelo. Por eso uno se pregunta si entre esos músicos que luchan por un rincón del metro en Times Square antes de hacer cola para actuar en los clubes de Greenwkh Village, puede estar escondido el nuevo Judy Collins o Bob Dylan. Ni siquiera Lou Reed y la Velvet Underground tuvieron demasiado éxito durante su corta existencia en el Nueva York de AndyWarhol.

Los ambulantes dicen que esos eran otros tiempos. Que hoy en Nueva York sólo sobrevive al turismo moviéndose al ritmo del Boogie-woogie en Broadway. Lo cierto es que, desde la new wave de finales de los 70 y 80 (Blondie, The Ramones, Talking Heads), es difícil que una promesa comercial (no siempre musical) pase inadvertida a los cazatalentos del capital cultural-artístico, una de las primeras industrias de esta ciudad que es también capital mundial de las finanzas.
Aunque todo esto, claro, ha cambiado bastante desde lo del World Trade Cerner. No tanto por lo que respecta a las finanzas (que se rehacen pronto) como en lo del Boogie-woogie que, por un tiempo, demasiado tiempo ya, ha sido sustituido por la música de pipes acompañando a los funerales. Y, aunque Woody Allen diga lo contrario, hay en la gente un deje de ceniza y mirada baja que ni siquiera el ritmo frenético de la ciudad puede enmascarar. Seguramente Nueva York hará brotar de este duelo sonidos nuevos, más profundos ¿No hay acaso en la música underground —como en la fotografía— un algo contradictorio, como de Ave Fénix, que muda la miseria en iluminación?