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Una modernidad no modernista

Fruto de un acto de sincretismo entre la modernidad y la idiosincrasia mexicana, la obra de Luis Barragán (Premio Pritzker, 1980) sigue siendo un manifiesto arquitectónico para la cultura universal. Sus obras son diálogos callados, sobrios, entre el sol y los muros ciegos. Después de Barragán, la preferencia por la forma, inclusive vacía de contenido, está presente en las distintas tendencias de la arquitectura mexicana y se manifiesta como preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto, lo representativo frente a lo funcional, lo estético frente a lo ético.

Al concluir el siglo XX la arquitectura mexicana ofrecía un panorama muy amplio. La obra institucional y pesada de Teodoro González de León sembraba de hitos el magma informal de la ciudad de México, la que crece según las presiones del liberalismo económico, el incremento demográfico y la corrupción. Por su parte, los muros pintados y las torres metafísicas de Ricardo Legorreta lograban merecer la Gold Medal de la AIA. En el estudio de TEN Arquitectos (Enrique Norten y Bernardo Gómez-Pimienta) se han creado edificios como el de Televisa, un objeto icónico que emerge en el contexto populoso y caótico del centro del DF y se identifica con el logotipo de la compañía mexicana de televisión. El proyecto, que requería la integración de varias funciones (estacionamientos, oficinas, servicios bancarios, cafetería, comedores y salas para conferencias), está arropado por un caparazón elíptico y metálico, que define un espacio continuo bajo el que se desarrollan todas las actividades. TEN Arquitectos se ha hecho merecedor del primer Premio Mies van der Rohe de Latinoamérica.

RIGOR GEOMÉTRICO Y SEVERIDAD

Una generación intermedia, representada por Francisco Serrano, Alfonso López Baz y Javier Calleja, entre otros, domestica las propuestas y neovernaculares de González de León y de Legorreta, con arquitecturas de hormigón o ladrillo, que se ciñen al rigor de la geometría y a la severidad de los grandes muros ciegos. Así, el edificio del Instituto de la Universidad Iberoamericana, de J. Francisco Serrano, inscribe un patio cilindrico en un edificio de planta cuadrada y lo conecta con el resto de la universidad, obra del mismo autor, manteniendo el repertorio de formas y materiales del resto del conjunto universitario: cuadrados y círculos, obra vista y hormigón.

Su reciente Escuela de Arquitectura se convierte en la fachada definitiva del mismo campus jesuíta, con una columnata cacofónica de ladrillo a lo largo de trescientos metros, rematada por un cilindro opaco que articula los accesos con el resto del conjunto.

El Teatro de las Artes de Alfonso López Baz y Javier Calleja se caracteriza por una gigantesca columnata perimetral, que circunda el espacio del vestíbulo y el de la sala. A cada función le corresponde un volumen, un color y un material diferenciado. Así, la megaestructura metálica es verde, el cuerpo ondulante de las áreas de servicio y camerinos es de travertino beige, y el volumen metálico de las tramoyas es rojo.

Entre los estudios emergentes destacan el de Alberto Kalach, Adrià+Broid+Rojkind y el de Sánchez-Higuera. La obra de Kalach es quizá la más original y escultórica. Sus edificios son respuestas radicales desde la geometría de sus plantas y desde los recortes de sus muros para permear de luz los espacios interiores. La casa GGG, que obtuvo reconocimientos en 2000, es un mausoleo de hormigón y luz, repleto de sorpresas espaciales desde la prommenade architectural obligada.

Adriá+Broid+Rojkind fueron galardonados con el Premio Cemex 2001 por una casa situada en los bordes del área metropolitana de la ciudad de México. Una caja de hormigón se empotra entre dos losas, contrastando la opacidad y solidez del volumen con la transparencia y ligereza de los planos. El uso dominante del hormigón visto en toda la construcción, así como su tratamiento eminentemente plástico del material escogido, permitió obtener soluciones sensuales y expresivas que no requieren acabados finales.

Sánchez-Higuera ha ido tejiendo pieza a pieza el nuevo contexto de la Colonia Condesa de la Ciudad de México. Un conjunto de edificios que, si comenzó como una intervención de esquina, cuenta ya con otros tres edificios. La idea de ir relacionando los proyectos con el contexto y entre sí, a medida que se han ido construyendo, ha permitido redefinir el tejido urbano, evitando exponer medianeras y armando en el interior de la manzana una sucesión de espacios abiertos, que se convierten en pasajes.

DOS GRANDES PROYECTOS

En el límite entre realidad y utopía, dos proyectos colman de esperanzas el futuro de la arquitectura mexicana. En Guadalajara, doce importantes arquitectos llenarán más de 300 hectáreas de edificios de «autor». Se trata de un gran museo de arquitectura contemporánea al aire libre, liderado por TEN Arquitectos (Enrique Norten y Bernardo Gomez Pimienta), y con una participación muy variada: Carme Pinos, de Barcelona, que realizará el Recinto Ferial; Morphosis (Thom Mayne), de Los Ángeles, que construirá el Palenque; Coop Himmelblau (Wolf Prix), de Viena, proyecta el Malí and Movie Theaters; Daniel Libeskind, de Berlín, la universidad de Arquitectura, de Pedagogía y de Ciencias Políticas; Tod Williams y Billie Tsien, de Nueva York, los anfiteatros al aire libre; Toyo Ito, de Tokyo, el museo; Jean Nouvel, de París, las oficinas corporativas; el mexicano González de León los comedores del personal; y el veterano de la arquitectura americana, Philip Johnson, un museo de niños. La propuesta para Centro de Exposiciones y Convenciones de TEN Arquitectos es un óvalo de 240 metros de largo en el que todo se comunica por medio de un fluido juego de rampas elípticas perimetrales, que encierran la parte central de la sala de exposiciones y el anillo de vestíbulos y servicios. Una cubierta de armaduras soporta la piel translúcida de Teflón conformando uno de los objetos más representativos del nuevo conjunto, que será el detonante para el futuro crecimiento de la ciudad de Guadalajara.

En la ciudad de México, Alberto Kalach y Teodoro González de León proponen la recuperación de los lagos del valle de México y la reurbanización de las futuras riberas, junto a la reubicación del aeropuerto internacional en medio del lago. Con este proyecto, el. regreso a la ciudad lacustre prehispánica se convertiría en una gran esperanza para el futuro de esta gran urbe, que se hunde por la deshidratación del suelo. La tesis fundamental de este trabajo se basa en la simple idea de que la ciudad de México no fue solamente un gran lago sino que en potencia lo sigue siendo.

Si el siglo XX empezó en México en el momento en que la arquitectura de ese país incorporó el lenguaje radical y austero del Movimiento Moderno, y tuvo su mejor momento con el sincretismo entre la modernidad y la idiosincrasia mexicana de Luis Barragán, el nuevo siglo arranca con estos grandes proyectos, que incorporan a la arquitectura el respeto por el lugar, la economía a largo plazo y la sustentabilidad.

De un tiempo, de un país

La voz grave, monocorde de Juan Rulfo se oye a través de unas paredes blancas de cal, reverberantes. El escritor dejó grabados algunos de sus relatos y a esas lecturas acompaña un vídeo realizado por su hijo, que se recrea en la suerte de armonizar con imágenes de la geografía de ese «laberinto de la soledad» que es México, con las descripciones de su padre. Desde una transparencia que sirve para separar el recinto de proyección de la exposición propiamente dicha, una fotografía de la cabeza del escritor, una cabeza como tallada en barro, profundamente seria, enseña el perfil y la mirada del artista.

«Artista» no es palabra que suela emplearse para hablar de escritores, pero en el caso de Rulfo y después de ver su obra fotográfica bien vale la pena aplicársela. Nacido en el pueblo de Pulco, Cayula, en el Estado de Jalisco en 1918, Juan Rulfo trabajaba para mantener a su familia como inspector del servicio de inmigración, primero, y más tarde como viajante de comercio (concretamente representaba una marca de neumáticos).

Recorría, pues, México y lo veía todo. Era la década de 1945 a 1955, el tiempo en que empezó también a escribir. «Mi padre decidió escribir en el momento en que se dio cuenta de que estaba preparado para explicar literariamente sus inquietudes, y lo mismo ocurrió con las fotografías: las hizo cuando él se sintió que podía traducir con negativos sus preocupaciones», explicó su hijo Juan Francisco, que asistió a la presentación de la exposición en Madrid.

Rulfo tenía una cámara buena y una afición aún mejor. Dan fe seis mil negativos de entre los que se seleccionaron los de la exposición y el catálogo. Seis mil negativos que mantenía celosamente apilados, llenos de papelitos y anotaciones, en las famosas cajas de cartón, y que sólo seis años antes de su muerte, en 1980, consintió en dejar ver al público, ante la insistencia del entonces director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, Juan José Brenner. Gracias a él y a un grupo de amigos que valoraron lo emblemático de su obra, entre los que se encuentran Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, Erika Billeter, Margo Glantz y Alberto Lozoya, ha sido posible este encuentro con el mundo plástico de un escritorpoeta, un intelectual que ya había llegado a millones de lectores a través del paisaje descarnado de Cómala visto con los ojos de ese hombre que regresa con la novela que Carlos Fuentes considera como «la mejor novela mexicana de todos los tiempos». Y no sólo mexicana, ya que el viaje interior que Rulfo hace en ella, con el indio Juan Preciado y su llegada al pueblo muerto, alcanza niveles de reflexión universal.

Lo mismo sucede con estas fotografías que forman la exposición. Naturalmente que es México el país que inspira, respira y suspira en ella, pero también están presentes unas características humanas que no solo se reconocen en esos pueblos y en ese momento. Del mismo modo que puede decirse que el México de hoy no es sólo el que Rulfo deja ver en su maravilloso blanco y negro, es evidente que el alma mexicana, hombres, mujeres, historia, vegetales y tierra, adquieren en esa presencia una calidad trascendental.

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Tres generaciones -dos mujeres y un niño en una ventana- saludan desde una barda rústica. Abren la muestra y sirven también de portada del catálogo. El artista no toma partido. No hay denuncia en las imágenes, por duras que parezcan. México es arisco y ácido. No hay una sonrisa en los personajes que pueblan este mundo en claroscuro. Tampoco parece que los modelos hayan posado. Nadie se ha detenido, curioso o divertido, para que Rulfo les clavara en su cámara. Generalmente aparecen de espaldas. Las mujeres, lavando bajo unos arcos de medio punto, como de convento, o sentadas sobre sus sayas en la dura tierra de Tamazulapan. Muchas de sus figuras se van, se están yendo. Por un sendero, por una trocha, a puro caminar, o en caballerías. Otras veces se quedan quietas ante la mirada fija de la cámara, o contemplan con la misma impavidez un espectáculo de danzantes con máscaras. Todos llevan una.

La cámara de Rulfo muestra, implacable. Sólo en raras ocasiones, como en la espléndida instantánea de una muchacha tendida en unas tablas, que titula «Actriz de La Escondida» o en el maravilloso plano de «Alicia en los ahuehuetes» , hace alguna concesión a lo tierno, a lo fantástico. Pero en la gran mayoría de sus visiones se palpa el terrón, la dura agudeza de la púa de una pita de maguey, la agresividad de una rama seca y rota.

Rulfo atrapa a su país también en sus hombres: peregrinos de rodillas, pescadores, jinetes, vendedores campesinos, el pueblo. Perfiles como relieves escultóricos precolombinos. Está presente el mundo del cine: Pedro Armendáriz -quizá la única sonrisa de la colección- y María Félix, fotografiados por Rulfo durante el rodaje de una película, que le ha servido para muchos planos.

El escritor-fotógrafo recoge los trabajos del campo mexicano: yuntas arando, llano con pastor y ovejas, el maíz recolectado, las acémilas por el camino real, el secado de tabaco. La Naturaleza: playas, la costa, con troncos y raíces como animales prehistóricos, con cactos -Xochimilco florido, como una excepción-, cascadas en el Estado de Guerrero, grandes árboles, saltos y arroyos, barrancos, lagos y ríos. Hace una búsqueda por el pasado histórico -la pirámide de Tehayuca, el templo de Quetzacoatl, relieves en un palacio de Mitla, muralla azteca de Huexota, ídolo totoneca- y llega a la cruz y de la cruz al claustro y a la ruina.

En la ruina su espíritu se detiene con especial morosidad. Es la ruina burlesca en ocasiones, severa hasta el dramatismo en otras, estremecedora casi siempre. «El llano en llamas» se recoge en la foto del incendio de Actipan, en Tlaxcala; y resume esta simbiosis cielotierra la imagen del volcán Pantiucutin, con fumarola, con la torre de la iglesia de Parancanguino, rodeada y aislada completamente por la lava fría.

Las últimas fotos son ciudadanas y recogen ya en cierta medida la era industrial: patios, zaguanes urbanos, el Zócalo -la gran plaza mayor de la ciudad de México-, viejas locomotoras, rieles de tren -«Patios de ferrocarril en Nonoalco-Tlatelolco»- que recuerdan los laberintos de Nazca, restos de hierros retorcidos, productos de desguace.

Todo para mayor gloria de la visión cosmogónica de este narrador, que si nos había fascinado en su literatura con una prosa certera, escueta, eficaz y directa, trata de lograr ese mismo efecto con los juegos de luces y sombras, de nubes engarabitadas sobre un cielo aplastador. Y lo consigue.

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La exposición, que ha estado ya en Alemania y por supuesto en México, viajara próximamente a Estados Unidos y Francia. El catálogo vale la pena. En él escribe el escritor mexicano Carlos Fuentes: «Hay un México de luz en Rulfo». Y reproduce una página: «En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá una línea de montañas. Y todavía mas allá, la más remota lejanía. Hay un México de fuego, sombrío: aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija», celebra Carlos Fuentes esta convergencia entre el arte literario y el plástico de Juan Rulfo.

Y todos los lectores de Rulfo, cuantos descubrieron la magia de México en ese libro fascinante que empieza así: «Vine a Cómala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», pueden celebrar con esta exposición que no se habían equivocado. Juan Rulfo confirma con sus fotos y con su prosa lo que un día dijera Octavio Paz, otro mexicano egregio: «No hay puertas, hay espejos».

dtudup3.jpg ¿Qué es un instante en la vida de Álvarez Bravo? ¿Qué secreto habita en la retina del fotógrafo para convertir en magia los objetos más mundanos? «El sentido que tengo del tiempo es con la cámara», se justifica él. Unos colchones enrollados, caballitos de feria, maniquís en un mercadillo, una sábana secándose sobre los cactus… todo vale para la cámara magistral de este hombre que, tras cien años (¡cien!) de singular andadura, ha logrado encerrar en el diafragma de su máquina los momentos más íntimos del pueblo mexicano.

Porque sus fotos son México. México amable y soleado (La buena fama durmiendo), México nostálgico en el rostro de esa chiquilla que mira desde un balcón (El ensueño) o México solitario como aquella barca vieja rodeada de ramas secas (Coronada de palmas). Pero, sobre todo, un México poético.

Con motivo de su centenario, el mismo autor ha seleccionado para el público cien imágenes que circulan este año por distintas exposiciones en Madrid, Barcelona, México, Rotterdam y París. La editorial Turner las rescata ahora para siempre en una cuidada edición, muestra de esta poética de «lo cotidiano» que es la obra de Álvarez Bravo. Las imágenes están acompañadas de una recopilación de textos, poemas y cartas que sobre él escribieron Edward Weston, Langston Hughes, André Bretón y Paul Strand, entre otros. Todo un homenaje a este perseguidor de «instantes de revelación», en palabras de Octavio Paz. NR

Todos a una, cristeros: ¡sigan la bandera!

SELECCIÓN Y PRESENTACIÓN
por Jean Meyer

¡Ay Rey, la herencia de la vida se ha de dar,
pero la honra es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios!».
Pedro Crespo, en El alcalde de Zalamea.

Podría -debería- decir que la Cristiada fue un drama inmenso, y nada más. Todo el resto es discurso sin importancia. Sin embargo, la legítima curiosidad del lector se interesará por esos manuscritos publicados muchos años después de haber sido escritos; y, a 75 años de distancia de la tragedia que empezó en 1926, preguntará también qué fue eso que llaman «conflicto religioso», «conflicto entre la Iglesia y el Estado» o «Cristiada». Respondamos por partes, empezando por lo más fácil.

Entre 1956 y 1969 un joven historiador francés, protegido por la inconsciencia de la juventud y por su benéfica condición de extranjero -dos veces tal: por ser nativo de Francia y por no tener nada que ver con ese pleito entre mexicanos-, recorrió el país desde Juchitán hasta Escuinapa, desde Saltillo y Santiago Bayacora hasta Colima y Veracruz. Andaba entrevistando a los actores y a los testigos -«mansos» y «bravos»- de esa epopeya que fue la Cristiada; en su empresa recibió la ayuda decisiva de muchas gentes: veteranos, supervivientes y testigos, admirables y respetados amigos, muchos de los cuales descansan ya en paz. Pero su voz sigue viva y nos transmite su «coraje cristero».

El mérito del texto que ahora publicamos se debe a su ingenuidad. No ha sido corregido, ni reescrito, igual que muchos otros a mi disposición que fueron escritos a mano, con la intención expresa de dejar un testimonio para las generaciones venideras.

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Clemente Pedroza me mandó este documento desde La Chona (Encarnación de Díaz, Jal.), redactado por él en 1967 para consignar los hechos que aún recordaba después de casi cuarenta años: sus recuerdos sobre el levantamientos de Villa Hidalgo. Me he limitado a pasarlo a máquina, corrigiendo la ortografía y respetando sintaxis y puntuación.

Este texto ha nacido de aquel impulso que don Aurelio Acevedo (1900-1968), combatiente de la Primera y Segunda Cristiada, y editor hasta su muerte de la revista mensual que servía de enlace a los veteranos, definió en estos términos: «De una vez por todas le digo claramente que ni soy periodista, ni soy historiador, ni siquiera escritor; soy solamente un hombre que tiene presente, por haber tomado parte en él, por convencimiento y por cariño, al movimiento cristero; que trata de dar a conocer mediante documentos, informaciones y relatos los hechos cristeros, y que lo hace sin preciso ordenamiento. Pero el coraje cristero es grande y fuerte; se dobla, pero no se quiebra. Seguiré haciendo lo que pueda con la cooperación de unos cuantos constantes y a pesar de la abulia de los más, para que la sangre de nuestros muertos sea exaltada y las lágrimas de nuestras madres, esposas e hijos sean conocidas y tenidas en cuenta, si no por las actuales generaciones al menos por las venideras, con la ayuda de Dios» (David, tomo VII, p. 31). – Jean Meyer

APUNTES SOBRE LOS HECHOS HISTÓRICOS REALIZADOS EN UN PUEBLECITO DE JALISCO, CON MOTIVO DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN VILLA HIDALGO

No puede quedarse sin su merecido relatar la relación de uno de los pueblecillos del norte de Jalisco ya que por su gran amor a la causa de Cristo Rey fue uno de los que más pruebas presentaron durante la gesta 1926-29, Villa Hidalgo, nombre que significa para propios y extraños respeto y veneración. Pueblo que pudo sufrir, sacrificarse y morir para su ideal católico. No puede quedarse oculto el ejemplo de este pueblo aun cuando los enemigos de la Iglesia tratan de borrarlo; por lo tanto, con la ayuda de Dios, trataré de hacer un relato aun lacónico, pero lleno de realidad, porque nuestro deber, el de los que Dios escogió como testigos vivientes de esta epopeya, es decir la verdad. No conozco a fondo los principios que motivaron a los católicos de este pueblo a actuar en la lucha cristera, pero como primeros datos recogidos encuentro una Pastoral que de Guadalajara enviaba el gobierno eclesiástico, haciendo del conocimiento de los católicos el peligro que amenazaba. Esto era comentado por todos los católicos del pueblo, con asombro. A la vez entraron al pueblo tropas federales con actitud de terror y de gran furia, aun cuando todavía no se daban cuenta de la decisión que los católicos tomaban: se cometió el gran sacrilegio que consistió en que los generales penetran en la parroquia, abren el Sagrado y tiran por el suelo las sagradas formas y después de pisotearlas, ponen en la mesa del altar maíz para los caballos de los jefes.

Todo esto era visto por los habitantes del pueblo y ya en forma más efectiva y a la vez convencidos de la necesidad de organizarse, buscan la forma de cómo defender los intereses de la iglesia.

Mientras esto sucedía, de nuevo aparece la Federación [el ejército Federal] trayendo consigo preso al señor Cura de Mechoacanejo y, acuartelándose en el mesón de Juan López, lo hicieron estar toda la noche de pie y sin dejarlo descansar; al día siguiente se lo llevaron y, después de martirizarlo, lo fusilaron en el vecino rancho del Salitre. Fue ésta la última clarinada para el heroico pueblo y ya no se pudo esperar más. A razón de este último suceso y ya que no se presentaban tropas defensoras, se empezó a discutir entre los católicos la manera de formar un frente.

Dios que todo lo permite y lo dispone se fijó tal vez en un joven hijo de este pueblo, Nemesio López, hijo de don Juan López, de dieciocho años de edad para que fungiera como iniciador de la defensa armada. Viendo este joven las penas del señor Cura preso en su misma casa, decidió sin importarle el peligro pedirle al coronel Quiñones le permitiera llevar al preso una sillita para que descansara por la noche, así como una taza de té caliente para que pudiera remojar su boca, cosa que consiguió entre blasfemias. Al día siguiente cuando se dieron cuenta del fusilamiento del señor Cura, no pudo Nemesio contenerse e, invitando a su hermano Isidro, pidió a su papá el consentimiento y como él se los negaba, sin importarles eso, se prepararon para marcar con su ejemplo a los católicos del pueblo, como que Dios permite en una u otra forma y como que surgen, siempre cuando es necesario, capitanes que enarbolando su escudo, salen en defensa de su ideal al grito de ¡Viva Cristo Rey! Y así fue cómo se decidió este pueblo a salir en defensa de su fe.

Fue primero Nemesio, después fue Pedro Esparza, Jesús López, Teodoro Castillo, Tranquilino, Felipe Ávila y todo el pueblo de una forma u otra acompañando a las tropas cristeras cuando éstas salían del pueblo, cantando todos «¡Tropas de Jesús, sigan la bandera!», así como cuando entraban se escuchaban alegres repiques de campanas y en el Parián [mercado] hileras de cajas con comida que, al llegar los Cristeros, apagaban su hambre y su sed, que a veces se prolongaba, así como el hospedaje para jefes y para los soldados, en donde tomar sus alimentos.

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Acuerdo aquel 4 de diciembre de 1928 cuando los cristeros hicieron a los federales la refriega, derrotándolos totalmente cuando en parejo de Tepusco abrieron el fuego. ¡Con qué alegría los vecinos los recibieron de regreso! Cómo hacer mención de aquella familia Avelar, de aquella familia Esparza, don Lupe y doña María, la niña Silvina, la güera Hermida. Y sería largo mencionar ya que todo el pueblo participó, todos hospitalarios; además el cristero siempre encontró el mejor consejo y aliento en aquellas gentes buenas.

Quiero hacer mención especial de Nemesio y Isidro López, ya que tengo los datos que me facilitó su propia hermana Romana el día 23 de noviembre de 1967. Al pie de la letra dice lo siguiente: Los hermanos, desde que se tuvieron las primeras noticias fatales, decidieron ingresar a las tropas defensoras, hacían simulacros, organizaban partidas y siempre en sus guerrillas salían triunfando. Una vez organizaba Nemesio su guerrilla, frente a la parroquia y después del largo combate dejó tirados al suelo a sus enemigos y entran de inmediato a la parroquia para celebrar el triunfo, gritando: ¡Viva Cristo Rey! y ¡Santa María de Guadalupe!, Patrona del pueblo; ellos la estimaban mucho, de manera que no pensaron en que aquel acto era de irreverencia. El Sr. Cura se da cuenta y los reprende, especialmente a Nemesio, que era el jefe. En seguida, cuando fue la de veras, Nemesio duró un mes pensando y explicando a sus papas y parientes, la Pastoral recibida con relación a la defensa que los católicos tenían que hacer. No obstante sus padres no le permitían, alegando que los matarían y su carne serviría de pasto a los coyotes, y no daban su consentimiento; en cambio ellos contestaban «nuestra carne se la comen los coyotes, pero nuestra alma volará derechita al cielo», y repetían a la obstinación de sus padres: «¿No les dará gusto que nuestra alma, inmolando nuestros cuerpos por la defensa de Rey vuele al cielo? Qué dicha para Vds. contar en el cielo con dos de sus hijos, ¿verdad que sí vale la pena? Somos pues sus hijos, pero somos más de nuestro Cristo y él reclama que sus hijos lo defiendan, así que presentaremos nuestro servicio a su causa y si él nos necesita en el cielo o nuestra sangre hace falta para la misma causa de nuestro Cristo, gustosos la daremos». Como sus padres se negaban todavía, ellos pusieron esta condición: «Sentimos vocación, esperaremos esta noche que Dios nos ilumine y meditaremos». Al otro día sus padres no se animaban a preguntarles y en vista de que no salían de su pieza, se asomó la madre y los encuentra de rodillas en su pieza en oración. A poco ellos se presentan a su papá y le piden su bendición y le dicen: «Sólo nos faltan unas cuantas horas, a las tres de la tarde sabremos si somos soldados de Cristo Rey o no. Si nos decidimos nos verá Vd. a caballo y armados, y cuando esto suceda ya no tiene más que darnos su bendición». Así fue, les dieron su bendición, amonestándoles y diciéndoles se sintieran orgullosos de entregar a Cristo Rey dos soldados.

Al principio llevaban sus propias armas y monturas. Al despedirse de su madre ella lloraba y desmayaba, y le decían: «No llores, madre, que al fin sólo tres días nos llorarás». Su padre todavía les suplicaba que no se fueran, que eran muy jóvenes, que mejor los casaba, que al fin tenían novia que la merecían y todos rechazaron y se fueron después de despedirse de su novia. Al regresar por primera vez su mamá los recibió contenta y Nemesio le recordó: «¿verdad que Diosito te dio resistencia para todo?», o: «¿ahora sí están conformes y resignados? Qué felices seremos ahora, terminaron nuestras penas. Salgan para vernos alejarnos pero canten con nosotros ‘Tropas de Jesús, sigan la bandera’ y cuando nos veamos allá en el cielo, ¡qué felices nos sentiremos!».

Yo conocí a Nemesio el día (¿?) de octubre de 1927 en el Potrero de los Arrieros, propiedad de la hacienda de los Sauces, municipio de Encarnación. Fue cuando me di de alta, Nemesio era teniente, Isidro sargento al mando del coronel Candelario Villegas. Siempre valiente y astuto, pronto a cumplir las órdenes y enérgico con los subordinados. Cuando estábamos en su pueblo siempre llevaba a su casa a comer a varios de sus soldados y estaba siempre alerta; siempre andaba listo con su gente y no permitía que en la tropa se registraran actos malos de ninguna naturaleza; lo único que permitía era cantar porque él era muy alegre y organizaba serenatas, y en el kiosko de la plaza ponía a tocar a los músicos del lugar para que todo el pueblo gustara. En su persona tampoco se conocieron intenciones deshonestas ni viciosas.

Después de algún tiempo de militar bajo Candelario Villegas, por razones que sólo él supo, se separó y se incorporó con Antonio Martínez; después de algunos meses, en combate en la sierra del Huarache, frente a Calvillo Ags., fue su fin, por ser muy desfavorable la posición y por ser de madrugada; cayeron él, su hermano, Antonio Martínez el jefe y otros ocho compañeros. Los abrieron, sacaron asaduras y tripas y los bajaron a Calvillo y tendieron frente a la parroquia los once cristeros; sus asaduras quedaron en el lugar de los hechos colgando de los manzanillos. Así terminó la vida de estos cristeros que supieron cumplir lo prometido a sus padres y a Cristo Rey su jefe y ahora, unidos con sus padres, cantarán lo que muchas veces hicieron en este valle: «Tropas de Jesús, sigan la bandera» , y alegres todos por el deber cumplido alabando a Cristo y a la Santísima Virgen en la mansión preparada para los que le sirven.

La labor de don Juan López, el padre, fue aún más dura que la sus hijos. Ellos pudieron defenderse con armas y él, pacífico, siempre se enfrentó con el enemigo con los brazos cruzados. Como él era dueño de un mesón al lado poniente de la plaza, en la calle contigua, era motivo para que llegaran aquí todas las tropas federales, tanto como los cristeros. El día 12 de diciembre de 1928, estando el mesón ocupado por tropas cristeras, se presentó la Federación en número mayor y en pocas horas fue sitiado el pueblo y denotados los cristeros. En casa de don Juan se encontraba el cristero Juan Pedroza y en medio del combate lo sacaron Natividad Zavala y Clemente Pedroza, pero de eso se dio cuenta un prisionero federal cogido en el combate del 4 de diciembre, en el rancho de Tepusco, y en pleno combate del día 12 desertó de la línea de fuego que estaba en un ademe que existe todavía enfrente del Panteón y después de anebatar el máuser a Clemente Pedroza y dispararlo no pudo hacer blanco, porque Pedro Esparza se lo arrebató; en el momento que llega la Federación se incorpora con ellos y entrega al Gobierno varias casas y familias. La Federación anastró por la plaza a un cristero herido, hasta matarlo; después se dio orden de saqueo y los soldados tiraban a la calle lo que no podían llevarse, quedando el pueblo en un estado desastroso y lamentable. La Federación tapizó la plaza de rastrojo seco, se reclutó ahí a todo el pueblo, se taparon las cuatro esquinas y se dio orden de prender fuego. Las llamas tomaban fuerza y en medio del tenor se escuchaban los lamentos de la pobre gente, que por momentos era abrazada por las llamas. La gente se amontonaba en una esquina frente a la presidencia municipal, defendiéndose, hasta que por fin abrieron las esquinas y la gente pudo escapar. Después, se presentaron los federales en casa de don Juan López, obligándolo a confesar ser él también cristero, en medio de amenazas y blasfemias. Lo obligaron a hincarse para fusilarlo mientras el presidente municipal juntaba firmas para probar que no era cristero; llegan su esposa y sus hijas y lo abrazan, los soldados las amenazan con disparar, pero ellas, valientes, contestan que morirían gustosas; como el presidente se hizo responsable de los actos de don Juan, el coronel los dejó en libertad. Después de despojarlo de todo lo que tenía, quemaron sus pertenencias y la familia se fue para Tlachichila. Los federales encontraron en sus pertenencias un recibo firmado de José Velasco1 y se enfureció tanto el coronel que consideró al presidente como cómplice, obligándolo a traer a su presencia a don Juan López y dio orden de quemar cuanto tuviera esa casa. Así, donjuán y familia perdieron todo, pero quedaron conformes con que los dejaran con vida.

El Sr. Cura de Tlachichila, pariente suyo, cuando se empezó el movimiento, se alojó en una casa humilde de las cercanías y se disfrazaba de campesino con huaraches de raya, sombrero de petate y calzón blanco y pechera. Una vez que se presentó un jefe cristero, Jesús Flores, decidió irse con él. Éste le aconsejaba irse a otro lugar más seguro, pero el padre le contestó haber visto un ángel en sueño que le decía: «Tú, Ignacio, estás escogido para mártir de la causa de Cristo Rey, ¡prepárate!». Fue admitido en las filas del cabecilla Jesús Flores y en un combate de la sierra de Tlachichila, llegó desnudo y despedazado, inconocible. El capitán gritaba: «Aquí está su fraile para que les diga misa, vengan a verlo». Don Juan guardó su serenidad y se presentó con él para pedirle recoger el cadáver, para velarlo y sepultarlo. El capitán le concedió, prohibiendo las velas, y don Juan lo veló con otro compañero, alumbrado con dos aparatos de petróleo y entre tanto con unas tablas viejas forjaron un cajón. Confiesan los que velaron que, como a las doce de la noche, entró una palomita blanca y revoloteando alrededor del cadáver se paraba en su frente y acariciaba con su piquito la cara, y así sucedió tres veces. Don Juan fue testigo que al exhumar los restos encontraron su cara perfectamente conservada y su barba larga.

Así termino este relato de los primeros cristeros de Villa Hidalgo, así como sus padres y familiares. Ni el gran saqueo del 12 de diciembre de 1928, ni el despojo que sufrieron casi todos, ni el sacrificio de muchos hijos hizo que este pueblo cambiara la fe y la tradición, y hasta la fecha se conserva el recuerdo vivo de su trayectoria, se conserva limpia su tradición de caridad, hospitalidad y generosidad, la misma que aquella población supo tener para una causa justa y santa, la de Cristo perseguido y Santa María de Guadalupe.

Clemente Pedroza
Encarnación de Díaz, 1967.

NOTA

1 · Uno de los principales jefes cristeros de la región Calvillo-Aguascalientes. [Nota del ed.]

Oportunidades y amenazas en la actual transición mexicana

En su discurso el pasado 15 de febrero en lo sede del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), en México DF, el presidente de la República, Lic. Vicente Fox, resumió en los siguientes puntos su agenda de gobierno: 1) conducción macroeconómica prudente; 2) estímulo o lo competitividad y al potencial de expansión del mercado interno; 3) acciones directas de estímulo al empleo; 4) nueva política social; 5) reformas estructurales en materia de telecomunicaciones, electricidad, petróleo y el sistema financiero. Carlos Llano Cifuentes propone un análisis pormenorizado de las propuestas del presidente y comenta los logros, así como las dificultades, que hasta el momento ha encontrado en su puesta en práctica.

La visión del Ejecutivo federal acerca de la macroeconomía se halla compendiada en un discurso del presidente pronunciado el 20 de febrero pasado, ante el Consejo de Cámaras Industriales de ]alisco: «En términos de macroeconomía, la mesa está puesta: hay estabilidad cambiaria, baja inflación, bajas tasas de interés y una fuerte corriente de inversión extranjera directa».

Es verdad que, pese al ambiente internacional adverso, los mexicanos nos enfrentarnos a una «crisis» para nosotros desconocida y desconcertante. Dada la dependencia mexicana de los Estados Unidos, está claro que la recesión económica en este país y los atentados del pasado 11-S habían de influir poderosamente en México. Aunque fuertemente criticadas desde el principio por el gobernador del Banco de México, las proyecciones oficiales de crecimiento económico para el 2001 se situaban originalmente en un 4.5%. La realidad se impuso y el crecimiento económico en ese periodo representó tan sólo el 0.3%. Sin embargo, acostumbrados a crisis recurrentes desde 1973, siempre acompañadas de devaluación, gran inflación, fuga de capitales y altas tasas de interés, la actual «crisis» mexicana presenta un aspecto totalmente distinto y, por lo demás, favorable. Más aún, se trata del primer cambio de Gobierno que, desde 1977, no ha ido acompañado de crisis en las principales variables económicas.

La estabilidad cambiaria respecto del dólar, que en mayo de 2000 era de 9.53 pesos por dólar, hoy es de 9.2. Los recientes acontecimientos económicos de Argentina no alientan de ninguna manera una reforma de la política del Gobierno respecto al tipo de cambio, en el sentido de sujetar el peso al dólar con todas sus consecuencias. En nuestra opinión, el Gobierno mexicano actúa acertadamente cuando quiere conservar un régimen de flotación que se ha demostrado exitoso. Pese a su balanza comercial negativa, el tipo de cambio se ha mantenido estable, debido a la fuerte inversión externa.

El año pasado se logró que la inversión extranjera sumara 25.000 millones de dólares. De ellos, la mitad fue a cuenta de la operación del City Group y Banamex; pero los 13.000 millones de dólares restantes fueron inversión directa en nuestro país, por la confianza que se tiene en el mismo.

Los efectos positivos del mayor grado de inversión en México serán un crecimiento de la afluencia de capitales extranjeros en cartera, mayor estabilidad del tipo de cambio y menores intereses para los títulos de deuda pública y privada que se coloquen en el exterior.

En el año 2001, por otro lado, México responsable y cuidadoso en el manejo de la política económica, lo que permitió bajar la inflación de un 8.96% en diciembre de 2000 al nivel actual del 4.4%, un índice desconocido durante décadas en nuestro país. El objetivo del Gobierno en este punto es llegar en 2003 a los niveles de inflación de nuestros principales socios comerciales-Estados Unidos y Canadá-, a fin de lograr una mayor integración económica con esos países.

Por último, las tasas de interés han conocido una gradual disminución. Mientras que en mayo de 2000 los Certificados de la Tesorería (CETES) a 28 días se ubicaban a 14.18% y en el mismo periodo de 2001 a 11.95%, en abril del presente año pagan 5.84%.

El actual Gobierno inició con una recaudación ligeramente por debajo del 11% del Producto Interior Bruto (PIB). En este año ya estaremos por encima del 13%. De estos dos puntos de PIB ganados en recaudación, uno se atribuye a la mayor eficiencia fiscal, es decir, al «borrón y cuenta nueva» que implementó la Secretaría de Hacienda el año pasado y que atrajo a 1.400.000 personas, que abandonaron la economía informal y se sumaron a la formal; el otro punto viene por la reforma hacendaria.

Asimismo, el Gobierno federal tiene como meta un déficit fiscal máximo del 0.65% del PIB.

Resumiendo las principales variables económicas, se puede hacer el siguiente cuadro comparativo de los cinco últimos regímenes en el primer año de su Gobierno:

Inflación Crecimiento
(del PIB)
Devaluación
(del PIB)
Déficit
público
CETES
(a 28 días)
José López Portillo (1977) 20.7% 3.2% 20% 6.1% No existía
Miguel de la Madrid (1983) 80.8% -4.7% 49% 8.5% 54.7%
Carlos Salinas (1989) 19.7% 2.9% 16% 5.9%
Ernesto Zedilla (1995) 51.97% -6.9% 123.4% 1.3% 48.6%
Vicente Fax (2001) 5% 0.5% 6% 0.65% 7.5

ESTIMULO DE LA COMPETENCIA

El Gobierno ha querido cambiar sus relaciones con el empresariado, y ha creado a tal efecto el Programa de Desarrollo Empresarial. Se trata de algo semejante a lo que se llamó en España el Pacto de la Moncloa, y al que se han incorporado todos los sectores y actores del proceso productivo y comercial en México, hasta completar una importante red de interacción que ha de aumentar la participación del empresariado en la creación interna de riqueza.

Esta red ha permitido, por ejemplo, canalizar el año pasado un total de 1.474 millones de pesos a proyectos empresariales, particularmente de pequeñas y medianas empresas. Esto significa que, de cada peso invertido por el Gobierno a través del Fondo de Apoyo a la Micro, Pequeña y Mediana Empresa (FAMPyME), y del Fondo de Fomento de Integración de Cadenas Productivas, se sumaron cuatro pesos con origen en otros agentes.

Se han promovido asimismo esquemas de asociación entre micro, pequeñas y medianas empresas y la formación de cadenas productivas con las empresas más grandes.

ESTÍMULO DEI. EMPLEO

El 17 de octubre de 2001, el Senado dela República, la Cámara de diputados, los partidos políticos y las cúpulas empresariales de México firmaron el Acuerdo Político para el Desarrollo Nacional (APDN), por el cual estos agentes quedaban comprometidos a ampliar los programas de empleo temporal y a privilegiar la ejecución de programas gubernamentales con mayor impacto en el empleo.

Además del empleo, este programa contemplaba como objetivo el entrenamiento y la capacitación profesional, particularmente para la población desempleada y subempleada que se encuentra, sobre todo, en la frontera y en la Ciudad de México (entre ambas, suman el 90% del desempleo en nuestro país).

NUEVA POLíTICA SOCIAL

La actual Administración trabaja de manera transversal con sus diferentes Secretarías, intentando equilibrar el corto y el largo plazo en el ámbito social. Esto significa dos cosas. En primer lugar, que los programas de economía, por ejemplo, no están desvinculados del desarrollo social y ni éste de aquéllos; lo mismo cabe decir de la salud, la educación, etc. La política económica no va a permanecer separada de la política social. Para ello, el actual Gabinete se reúne cuando menos una vez a la semana, y solicita asesoría conjunta (donde están presentes todos los Secretarios de Estado) a importantes Centros de estudio del país.

En segundo lugar, las medidas macroeconómicas permiten a largo plazo mejorar el bienestar social sobre una base firme, realista y objetiva. La baja inflación permite a los trabajadores conservar su poder adquisitivo; la disminución de las tasas de interés hace posible, por ejemplo, que las empresas estén habitualmente en condiciones de financiarse para crecer a un costo mucho más económico, lo mismo que las familias en la de financiar sus viviendas a un promedio de 25 años.

En esta misma línea, se ha puesto en marcha el más agresivo programa de construcción de vivienda jamás conocido en México. El año pasado _que fue récord-_ se llegaron a otorgar créditos para más de 325.000 viviendas. En este año, el objetivo es de un mínimo de 500.000 viviendas construidas, 175.000 más que el año pasado. Aseguran los constructores que una vivienda genera entre 4 y 5 empleos directos o indirectos. Esto puede dar una idea del impacto que tendrá el plan de vivienda en generación de empleos y en impulso del crecimiento económico.

Por otro lado, por primera vez en la historia de México se ha incorporado, en un programa de superación de la pobreza, la vertiente del patrimonio, porque si no se les da derecho de propiedad a los pobres, nunca podrán superar sus condiciones de vida. La convicción de la actual secretaría de Desarrollo Social, ]osefina Vázquez Mota, de que los pobres tienen que ser dueños de la tierra que pisan, de la casa que habitan y de que deben tener los respectivos certificados de patrimonio,
choca con la antigua concepción semisocialista ejidal acerca de la propiedad. A pesar de las reformas realizadas en este rubro por la Administración de Salinas de Gortari, en México todavía existen 44 millones de hectáreas no sujetas a derechos de propiedad.

Los acuerdos de la presente Administración con BANSEFI a fin de aprovechar las redes de cajas solidarias permiten préstamos a gente pobre, entre quienes paradójicamente la cultura de pago cuesta menos trabajo que entre las clases altas.

A corto plazo, el Programa de Mujeres jefas de Familia tienen por objetivo apoyar a cinco millones de mujeres que sostienen solas sus hogares, entre las cuales un millón, aproximadamente, vive por debajo del nivel de pobreza, con un dólar al día. La polarización de este programa a favor del sexo femenino se funda en el hecho de que los proyectos productivos más exitosos entre los más pobres son aquellos realizados con mujeres. Cada peso dado a una mujer llega íntegramente a su hogar.

REFORMAS ESTRUCTRURALES

Se están desarrollando las infraestructuras vial, portuaria y aeroportuaria, con fórmulas mixtas de inversión que incentiven y promuevan la inversión privada. Para ello, se ha puesto eni funcionamiento el Fondo de Inversión a la Infraestructura (FINFRA): un Fideicomiso que aporta dinero a fondo perdido, para que se realicen estas inversiones en infraestructura. Se trata de una cantidad muy importante, por encima de los 10.000 millones de pesos, que se invertirá directamente en infraestructura de carreteras. De igual manera, se incentivó la inversión en generación de energía eléctrica, por medio de inversiones privadas. Gracias a ellas, se ha realizado ya la construcción de 26 plantas generadores de energía. De la situación de alto riesgo en que México se encontraba por la baja cantidad de energía generada, ahora ha quedado cubierta cuando menos hasta el año 2005, con un margen muy cómodo para poder abastecer el fluido eléctrico.

Asimismo, se está impulsando la reforma del marco legal de inversiones en este sector, sin privatizar las compañías hoy Estatales, pero sí abriendo el crecimiento y las nuevas inversiones a la iniciativa privada. Se han encontrado nuevas fórmulas mixtas de inversión pública con inversión privada, que permitirán _sólo en energía, este año-inversiones superiores a los 20.000 millones de dólares y que seguramente fortalecerán el mercado interno y la generación de empleos.

AMENAZAS DEL ACTUAL GOBIERNO MEXICANO

Los actuales proyectos gubernamentales han sido sometidos a crítica por diversos sectores. Es verdad que la transición política de México es un suceso cultural que no tiene precedentes en América Latina en todo el siglo XX y, posiblemente, tampoco en toda su historia: el hecho de que un partido político haya podido gobernar sin hecatombes durante 75 años es, de por sí, algo inusitado. Esta continuidad durante lustros no se debe sólo a la capacidad de un grupo de funcionarios, políticos o gobernantes para mantenerse en el poder, sino también a su sensibilidad social y política, gracias a las cuales sus formas de gobierno, aun teniendo continuidad intocable, iban variando sus ideas al compás de los cambios de mentalidad de la sociedad que dirigían. El anhelo democrático popular no procedía solamente de la búsqueda de un voto real, sino también de la conciencia del perjuicio que ocasionaba al país la concentración de todo el poder y el Gobierno en uno sólo de los elementos constitucionales, -en el presidente de la República-. Gobierno, Estado, partido, Cámaras legislativas, Poder judicial y asociaciones sindicales venían a concurrir de manera más o rnenos directa en la persona del presidente.

Corno la democracia no se obtiene solamente por el logro de la efectividad del voto, la tarea de la democratización de México es mucho más compleja, pues se trata de desmembrar el poder para que cada ámbito de Gobierno tenga la autonomía que por naturaleza le corresponde.

El inequívoco triunfo del PAN el 2 de julio de 2000 no obtuvo sin embargo para el actual Gobierno la mayoría ni en las Cámaras legislativas ni en la capital del país (gobernada por Andrés López Gbrador, del PRD). Desde el principio, pues, era previsible que el Ejecutivo federal se viera obligado a negociar constantemente.

Asimismo, el hecho de que la constitución del Gabinete de Gobierno fuera tan plural, originó desde el principio ciertas reticencias por parte de algunos miembros del partido, hoy en el Gobierno. A esta situación se han sumado algunas acciones que han tensado las relaciones del presidente con el Legislativo, como su aceptación, en febrero de 2001, de que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) usara la tribuna del Congreso; o el envío, en abril del mismo año, de un proyecto de Ley de Nueva Hacienda Distributiva, con la que perseguía generalizar el IVA en todos los artículos, y su posterior derogación al impuesto sobre la fructosa, en marzo 2002, por la que la Cámara de diputados promueve una controversia ante la Suprema Corte de Justicia de la nación.

El Gobierno esperaba que la Nueva Hacienda Distributiva o la Reforma Fiscal fuera aprobada por el Congreso en el periodo ordinario de sesiones, que empezó el 15 de marzo del 2001. Finalmente fue aprobada ocho meses después, en los últimos días de diciembre del año pasado, pero con un resultado tan cuestionado que mereció el título de «aborto fiscal».

Los diputados también descalificaron dogmáticamente la supuesta presión de los Estados Unidos para que el presidente de Cuba abandonara la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, que tuvo lugar entre 18 y 22 de marzo de este año en la ciudad de Monterrey, a la vez que el pasado 9 de abril, senadores de las principales fuerzas políticas negaron el permiso al presidente de la República para viajar a Estados Unidos y Canadá.

El presidente ha tenido también una grave confrontación con el PRI, debido a la denuncia que la Secretaría de la Contraloría (SECODAM), perteneciente a su Gabinete, llevó ante la Procuraría General de la República (PGR) por el presunto desvío de recursos de Petróleos Mexicanos (PEMEX) para favorecer la campaña de Francisco Labastilla, candidato del PRI a la Presidencia.

Pero también las actuales relaciones con Cuba han agudizado la descomposición de las relaciones entre el presidente y las Cámaras. Para algunos analistas, la retirada de Fidel Castro de la Conferencia Internacional de Monterrey, sus ulteriores acusaciones al presidente de México y al secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Catañeda, en el sentido de sometimiento servil a los Estados Unidos, tenían corno objetivo el que México no votara en contra de Cuba en la Comisión de Derechos de la ONU, cuando se discutiera la propuesta de Uruguay, apoyada por Perú, Guatemala, Argentina, Honduras, El Salvador, Nicaragua v Panamá, a realizarse el 19 de abril. Una comisión del PRI viajó a La Habana para entrevistarse con Fidel Castro y asegurarle que su partido lo apoyaría, para evitar que el voto de México fuera contrario a Cuba en la 58 Reunión de la Asamblea de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra.

Pero como también el PRD defiende a Castro, el 11 de abril pasado el pleno del Senado aprobó un acuerdo por el que se exhortaba al presidente a que el Gobierno de México no atente contra la soberanía de Cuba.

La controversia entre las Cámaras y el presidente será seguramente más álgida en el futuro, pues el PAN muestra clara tendencia a la baja en las elecciones locales de 2001 y en lo que va de 2002, y no se perfila como primera _ni quizá segunda- fuerza política para las próximas elecciones de diputados y senadores, que tendrán lugar en 2003.

¿Podrá el actual equipo de Gobierno contrapesar esta división de poderes, que indudablemente se ha dado, tal vez más de la cuenta, con acciones de entendimiento, buena voluntad y flexibilidad que coordinen las piezas desmembradas? Ésta es la pregunta que se plantea hoy en México, y que el actual Gobierno ha de responder de manera tal que la transición, que podría haber sido traumática y no lo ha sido, resulte finalmente provechosa.

TENSIÓN CON LOS EMPRESARIOS

Por lo que se refiere al segundo tipo de problemas, hay que señalar que, no obstante haber apoyado la mayoría de los empresarios, sobre todo los grandes, la candidatura presidencial de Francisco Labastida en los anteriores comicios, desde que Fox llegó a1 Gobierno han buscado identificarse con él. Pero la Reforma Fiscal (particularmente el impuesto de 3% sobre salarios), el aumento a principios de 2001 de los salarios mínimos (10.3%) por encima de la inflación (6.5%), y la forma en que se manejó el aumento de las tarifas eléctricas, ha causado descontento en el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y en el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, dos de las más importantes agrupaciones empresariales del país.

El hecho de que la reforma fiscal se haya presentado sin previa consulta a agrupaciones de empresarios, sindicatos, especialistas universitarios o políticos produjo inmediato rechazo en estos importantes sectores de la sociedad. Además, los dos puntos porcentuales del PIB ganados en la recaudación fiscal no ofrecen a Hacienda una base firme, toda vez que la eficiencia fiscal no será consistente si no hay una verdadera reforma fiscal firme, o si los particulares se amparan frente a ella.

La Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (CANACINTRA) hizo un dura crítica el19 de marzo del 2001, solicitando que se les tomara en cuenta y aseverando que no aceptarían la propuesta fiscal, tal como había sido formulada.

El rechazo de los empresarios se agudizó por la reducción del subsidio a las tarifas eléctricas residenciales y el aumento directo a las empresas, superior a la inflación. A consecuencia de ello, el CCE se negó a firmar el Acuerdo Político Nacional. Tal como está actualmente la relación FOX-PRI, no hay ninguna posibilidad de que este partido colabore con la propuesta de reforma del sector eléctrico, que el presidente envió al Senado para su discusión.

Por otro lado, las decisiones de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México tienen por objeto disminuir la inflación y no devaluar el peso, sin importar que la recesión se agrave y el desempleo crezca. México presenta ahora el tercer trimestre consecutivo de recesión (con – 1.6, -1.4, y -1.5) y el año pasado se perdieron 389.856 empleos, según cifras oficiales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En enero de este año han sumado 129.000, según la Secretaría del Trabajo.

Evidentemente, los empresarios del sector exportador no se han visto beneficiados por el alto valor del peso, que han llegado a calificar de «superpeso». Para el presidente, el valor de la moneda se compensa con los beneficios que obtienen los empresarios por las bajas tasas de interés y de inflación; porque, a pesar de la recesión norteamericana, México sólo cuenta con el 1% de ese mercado, por lo que existen aun infinitas áreas para vender los productos mexicanos: demás del Tratado de Libre Comercio (TLC), México cuenta con un tratado de libre comercio con Europa, en el que ha logrado una disminución arancelaria del 66%.

El Gobierno de Vicente Fax se hace hoy difícil, para muchos casi imposible, precisamente porque tiene que manejar de manera separada instituciones que desde hace un siglo estuvieron compenetradas, o más bien unidas. Las dificultades que tiene con las Cámaras legislativas y con los empresarios no son sino un reflejo de esta misma liberalización de los distintos elementos. Lo que antes era un bloque prácticamente inamovible se ha convertido en un conjunto de factores que hay que conjuntar hábilmente, como quien compone un rompecabezas.

Esta situación, que a los que hemos nacido en el México anterior nos parece un desgobierno, puede verse también como una verdadera liberalización democrática, que se padece a corto plazo pero que tendrá ventajas inconmensurables en el futuro. Con todo, el objetivo del actual Gobierno debe ser el de coordinar esfuerzos no sólo entre los miembros de su Gabinete, sino con el Poder legislativo y los empresarios. Esta necesidad de coordinación de poderes es importante para la actual transición democrática mexicana. Si con la Revolución de 1910 y la caída de Porfirio Díaz se anuló de modo irreversible la posibilidad de reelección presidencial, con el triunfo del PAN parece que el verdadero sufragio electoral se ha convertido en algo asimismo irreversible; el actual Gobierno debe crear la irreversibilidad de la concentración de los tres poderes en uno solo.

oyaelatm1.jpgDILEMAS ÉTICOS DE LA EMPRESA CONTEMPORÁNEA
Carlos Llano Cifuentes
Fondo de Cultura Económica
México, DF, 1997, 318 páginas

En 1979, salía a la venta en México Análisis de la acción directiva, un libro de Llano Cifuentes concebido como soporte intelectual para los estudios de posgrado en el Instituto de Alta Dirección de Empresa (IPADE), en el DF. Casi veinticinco años después, la séptima reimpresión de ese libro sigue vendiéndose en las librerías. Puede decirse, pues, que esta obra se ha convertido en un clásico en la formación del empresariado mexicano. A ese título, se han sumado luego otros del mismo autor: Las formas actuales de la libertad (1985), La vertiente humana del trabajo en le empresa (1992), Los fantasmas de la sociedad comtemporánea ( 1995) o La creación de empleo ( 1995), por citar sólo algunos ejemplos. En Dilemas Éticos de la empresa contemporánea se ofrece un resumen de las paradojas morales a las que se puede ver abocado en su quehacer el empresario, y que el profesor Llano resuelve con ayuda de una comprensión renovada de categorías como «principios», «criterios», «valores», «virtudes », «motivaciones», «fines» y «responsabilidades». A esos libros, Llano ha sumado otros de contenido más filosófico, como El conocimiento del singular (1995), Ensayos aristotélicos, Viaje al centro del hombre ( 1999). Su última obra es Nudos del Humanismo en los albores del siglo XXI (2001).

NR

El sonido de Nueva York. Broadway Boogie-woogie

 

La Gran Manzana es un nombre rítmico. Lo inventaron los músicos de Jazz de Nueva Orleans, que distribuían su mercado según los barrios -manzanas- en los que se concentraban los clubes y cafés-concierto más famosos. Nueva York era la plaza codiciada por excelencia, meta última de toda aspiración. Triunfar en Harlem.

Esto fue en los años 30, aunque el término no haría fortuna hasta después de una famosa campaña publicitaria a comienzos de los 70. Hoy casi hemos olvidado su origen pero nos gusta el simbolismo. The Big Apple sigue siendo la gran tentación de los artistas, lo que hace de Nueva York el centro cultural de nuestro tiempo, también la capital mundial de la música.

El arco culturalista va desde la Ópera del Metropolitan hasta el rap callejero, con las más altas cotas de calidad en cada estilo. No es posible echar de menos un género musical, aunque se haya originado en un lugar remoto y olvidado; y no hay sonido nuevo que no adquiera aquí sunombre, para difundirse después mas allá de esta isla alargada, como de percusión, que es Manhattan. El Tin pan alley  (sonido metálico de pianos), las rhapsodies in blue, los lullabies de Broadway, el brill o el hip-hop, son algunos de estos momentos musicales que ha exportado Nueva York al resto del mundo. Aunque sus creadores vinieran de fuera, e incluso sigan auto proclamándose la diáspora afrolatinocaribeña en América, el ritmo acompasado es urbano, como de biela y manivela. Por eso ni siquiera hay que ir a buscarlo a los cafés y conciertos, sino que te lo encuentras en cada esquina, especialmente en el metro.

Disfruté con una obra de teatro alternativo que duró todo el pasado otoño en el New York Theater Workshop. Se titulaba «Slanguage», y recreaba con sonidos de golpeteo y voces en jerga multicultural la vida en las calles de este melting pot -cacerola de mezclas-, por usar el adjetivo que más enorgullece a los neoyorquinos. El punto musical unificador de una representación bastante deslavazada era un tamtam que emulaba el tren del subway. Según fuera éste local o express, el ritmo era menos o más rápido, y los actores quedaban petrificados un tiempo, ensimismados, para recobrar vida en la siguiente escena, cuando cesaba la percusión.

En ese silencio con fondo de traqueteo me descubrí yo también representando. Son muchas las horas que pasas callado en Nueva York, tanto en el metro como recorriendo sus calles geométricas, interminables. Y en esos soliloquios cotidianos vas con prisa, concentrado, pero nunca en silencio. Si no es el ritmo del engranaje que producen las tripas de la ciudad, son las notas de un solista o grupo improvisado las que te hacen cama al pensamiento. Al principio todo me parecía ruido, distracción. Pero hoy me gusta que haya un caldo sonoro común para miles de almas cuya cercanía muchas veces es sólo física.

Sorprende la calidad que puede alcanzar una música brindada a la atención de un dólar, por unos segundos de escucha a contrapelo. Por eso uno se pregunta si entre esos músicos que luchan por un rincón del metro en Times Square antes de hacer cola para actuar en los clubes de Greenwich Village, puede estar escondido el nuevo Judy Collins o Bob Dylan. Ni siquiera Lou Reed y la Velvet Underground tuvieron demasiado éxito durante su corta existencia en el Nueva York de Andy Warhol.

Los ambulantes dicen que esos eran otros tiempos. Que hoy en Nueva York sólo sobrevive al turismo moviéndose al ritmo del Boogie-woogie en Broadway. Lo cierto es que, desde la new wave de finales de los 70 y 80 (Blondie, The Ramones, Talking Heads), es difícil que una promesa comercial (no siempre musical) pase inadvertida a los cazatalentos del capital culturalartístico, una de las primeras industrias de esta ciudad que es también capital mundial de las finanzas.

Aunque todo esto, claro, ha cambiado bastante desde lo del World Trade Center. No tanto por lo que respecta a las finanzas (que se rehacen pronto) como en lo del Boogie-woogie que, por un tiempo, demasiado tiempo ya, ha sido sustituido por la música de pipes acompañando a los funerales. Y, aunque Woody Alien diga lo contrario, hay en la gente un deje de ceniza y mirada baja que ni siquiera el ritmo frenético de la ciudad puede enmascarar. Seguramente Nueva York hará brotar de este duelo sonidos nuevos, más profundos ¿No hay acaso en la música underground -como en la fotografía- un algo contradictorio, como de Ave Fénix, que muda la miseria en iluminación?

Anotaciones al pliego de historia de Maqroll el Gaviero

Ave Maris Stella

Comentaba hace poco Jon Juaristi, en una charla sobre Alvaro Mutis, que para los griegos había tres tipos de hombres: los vivos, los muertos y los que van por mar. La frase dice mucho del carácter heleno y del ámbito mediterráneo en el que floreció la Hélade; pero también parece pensada como mote de un imaginario blasón de Maqroll.

Es quizá ése el aspecto más marcado y más peculiar del carácter de Maqroll: su errancia constante, su desapego a todo lo sedentario, su interés en el viaje por sí mismo -por lo que el viaje nos trae en sí, no por el hecho de ir a ningún sitio- con una visión cercana al pensamiento que Kavafis expresa en su celebérrimo Ítaca.

Espiguemos entre el mar de las Empresas y tribulaciones algunas citas rotundas y claras: Maqroll aparece como un «nómada irredento», con una «inagotable ansiedad deambulatoria», y que elige «el camino de una constante itinerancia escogido por nosotros y la voluntad de no rechazar jamás lo que la vida, o el destino, o el azar, como quieras llamarlo, nos ofrecen al paso». Maqroll hace una relectura vital del clásico ars gratia artis y se entrega a la idea de «el viaje por el viaje». Ha negado toda orilla, y le cuesta quedarse demasiado tiempo en un sitio. La mar le llama desde el mismo instante en que se acerca a la bocana del puerto, y se siente en tierra como un león enjaulado.

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Pero a veces algo le obliga a quedarse un tiempo en el interior. Y ahí comienzan sus penurias, y él lo sabe: «Siempre que intento algo tierra adentro me va mal». Su vida está orientada al devenir de los barcos, y ya ha olvidado las costumbres de tierra adentro y sus mezquinos tratos cotidianos. No recuerda bien el idioma de tierra firme, y Le cuesta mucho hablar sin acento marino: «El familiarizarse con las cosas de la tierra requiere un plazo con el que nunca contamos al desembarcar».

Su vida es una vida de marinero a la que no puede arrastrar a nadie. Por eso son tan extrañas sus relaciones con las mujeres, emblema de la tierra y lo telúrico. No es capaz de compartir su soledad itinerante, y su estar siempre de paso, con las mujeres, que buscan asentarse en sus raíces y sacan como Anteo su fuerza de la tierra, y hacen que la Naturaleza continúe su curso. La excepción es Ilona, un caso aparte, que es a menudo más camarada que amante.

A Maqroll la vida lo ha dejado cimarrón en un barco, sin más ayuda para sobrevivir que unos libros y unos amigos. Es un Holandés Errante al que nada puede redimir de su constante paso (ni siquiera la esperanza sin nombre de un óvalo chirichiano, como en la extraña y fascinante película de James Masón y Ava Gardner). Ha cruzado la línea de sombra, y ya no hay vuelta atrás: su vida es un camino.

Mutis comparte con su amigo Maqroll la querencia marinera. Le nació, como casi todas las cosas importantes, en la infancia. En esos barcos de línea que llevaban al niño Alvaro desde Bélgica a Colombia para pasar ías vacaciones. Todos los veranos emprende ese viaje mágico desde el puerto de Amberes, salida al mar de la brumosa Bruselas de su cotidianidad escotar, hasta la finca de su abuelo en el Quindío, en el corazón de la tierra caliente.

Pero, a pesar de las fascinación que las tierras del Coello ejercen entonces -y ejercerán siempre- sobre el Mutis niño, para él la verdadera vacación es el trayecto en el transatlántico. Allí todo el territorio es suyo. Nada se resiste al niño que corretea por todos los rincones y se engolfa en las luminosas cubiertas, en los mágicos instrumentos de navegación, en la extraña aleación salada del mar con los metales. El es el dueño de un reino autárquico, un reino flotante desligado de las costumbres de tierra adentro. El tiempo se detiene y adquiere una medida propia, según las agujas de la rutina marinera, y el espacio, más allá de las fronteras de la borda, se dilata en la línea del horizonte. Un tiempo dentro y fuera del tiempo, un espacio dentro y fuera del espacio: ésas son las coordenadas vitales del Mutis niño en sus primeras aventuras transoceánicas.

Maqroll, que surca los siete mares, compartirá con Mutis la predilección por algunos puertos del Norte de Europa, como Hamburgo y el citado Amberes, lugar que escogió Mutis para conceder una entrevista a la televisión belga, a bordo de un barco vencido y abandonado a sus cicatrices.

Y también comparten querencia por dos mares, palimpsesto crucial de las idas y venidas del Gaviero: el Caribe y el Mediterráneo. Mares que, bien mirado -y bien navegado- tienen mucho en común. Ya Arciniegas calificaba al Caribe como el «Mediterráneo de las Américas». Caribeños de otras lenguas también apuntan a los griegos como referente: así Derek Walcott con su Homeros o Saint John Perse con su Anabase. Y, por encima de todos, Maqroll. No en vano Louis Panabière, en su artículo Lord Maqroll, investía al Gaviero con el título de «Odiseo caribeño».

Puede ser interesante recorrer la lista de los compañeros de Maqroll en su particular Academia de Marina. Los críticos aluden siempre al marino polaco Józef Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad. Sin embargo, Mutis comenta que el neoyorquino Melville compartía con Maqroll más horas de lección (y posiblemente también de ocio). No esconde Mutis su predilección por Moby Dick, «un libro prodigioso, y además contado por un gaviero ». Y no está de más recordar que el título primero de la melvilliana Billy Budd, Sailor era Billy Budd, Foretopman; es decir: Billy Budd, gaviero.

Hay otros compañeros más lejanos -de otras promociones- que también gustan de saber de las andanzas del Gaviero. Son dos Simbads. Uno es el de Alvaro Cunqueiro, un Simbad que aún esperan las islas, y que viaja por un mar de historias y narraciones, con la palabra como timonel y la imaginación como brújula. El otro es un Simbad varado, el de Gilberto Owen, que recorre sin fin laberintos de amor en busca de la Ariadna salvadora, tras un hilo de palabras y de sangre.

No todos los colegas de Maqroll, aquejados de una planomanía sin cura, son marinos. Los trenes son los principales testigos del sempiterno curso de Cendrars, de Larbaud y de A.O. Barnabooth. El tren, en el fondo, tiene mucho que ver con el barco. Y también las caravanas que intentan agotar el inagotable desierto. Caravasares y hoteles cumplen la función de hogar de los que escogieron el viaje como patria; de altares de Hermes, que es Mercurio y es Thoth, dios del viaje y también de las palabras.

Y, como bien saben John Meade Falkner, y T.E. Lawrence, y los olvidados Wavell, O’Connor y Auchinleck, y todos los que han luchado en las arenas africanas, el desierto es como el mar. No hay terreno que se gane o se pierda: sólo importan los oasis, las rutas, la movilidad y la sorpresa. Y los designios de Alá, Señor del laberinto de arena.

El mar de Maqroll es el recio mar de los marinos. El que se cobra su tributo de vida cada día, llenando de herrumbre el alma del marino hasta agotarlo, como al desventurado Sverre Jensen. Es el mar contra el que nada pueden los latigazos con los que le quiere castigar Jerjes por su infortunio; ni los retos por escrito que le mandaba Abdelkarim Al Ormuzí, uno de aquellos pilotos antiguos del Califa. El mar de Maqroll es como el arma de Aquiles: sólo puede curar su herida el toque de la misma arma. Por eso Maqroll sólo puede curarse del mar con el mar: sólo el viaje aplaca su llaga, su estigma de navegante solitario.

Álvaro Mutis encuentra en Cádiz, en Córdoba, en la Alhambra, en Santiago, el verdadero orden y cifra de las cosas. Tras mucho caminar encuentra, como él mismo nos dice: «el reino que estaba para mí». Para Maqroll, ese reino que lo espera no es otro que el viaje mismo. Su vida es una novela bizantina sin fin, en la que la anagnórisis es propia e interna, y su única opción para encontrarse es perderse y errar constantemente. En Maqroll el navigare necesse, vivere non necesse se hace carne a través de la palabra de Mutis.

El divino Cirlot, en su Diccionario de símbolos, habla de la secta de los Kalendari, cuya regla les exige deambular constantemente en un viaje continuo. Quizás todos seamos Kalenderi sin saberlo, por rutas que no alcanzamos a ver y que sólo el Destino conoce. Maqroll, más sabio y más valiente que nosotros, descubrió hace tiempo que el viaje es la única vía, el encuentro con nuestro destino, la verdadera vida. Cunqueiro lo dijo muy hermosamente: «Aquel camino era un viejo mendigo». El viaje es la cifra de cada uno. Mi viaje soy yo, y yo soy mi viaje.

El unicorio y la cigüeña

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Entre las numerosas obras importantes de León Tolstói hay una que nos acerca de una manera íntima a sus sentimientos. En ella no son los grandes acontecimientos de la Historia o las repercusiones de la vida social y política en los cambios de la Rusia de su tiempo, sino estrictamente el análisis de una vida familiar y los sentimientos conflictivos que produce la relación matrimonial.

Tolstói, recordémoslo, contrajo matrimonio con Sofía Andreievna Bers en 1862. La diferencia de edad entre ellos era considerable pues la mujer apenas tenía diecisiete años y él treinta y cuatro. Sofía era además muy bella y -como persona de la alta sociedad- con una educación esmerada. La carencia de problemas económicos del matrimonio, al poseer Tolstói importantes fincas heredadas de su padre, el conde Tolstói, y de su madre, la princesa María Volkonski, presagiaba una existencia grata sin otro cuidado que el cultivo del arte y la literatura.

Sin embargo no fue así. El matrimonio Tolstói pasó crisis profundas que le llevaron, al final de sus días, a no ver siquiera a su mujer en momentos en los que se acercaba su muerte. Las virtudes morales de Tolstói, su propio sentido de la educación quizá trabajaron en su contra y le crearon más conflictos de los que su experiencia humana hubiera podido solucionar.

La Sonata a Kreutzer es, en buena medida, una confesión de parte. Tolstói recurre al procedimiento de inventarse un personaje de nombre Posdnicheff que relata, durante un viaje en tren a un interlocutor ficticio, cómo y por qué asesinó a su mujer habiendo sido finalmente absuelto del delito por considerarlo el jurado «una cuestión de honor». El tema es importante si contemplamos la estadística de los malos tratos que sufren las mujeres en los países civilizados, tanto en España como en Rusia, por poner dos ejemplos. Y si entendemos que las antiguas leyes matrimoniales, como el Domostroi, son todavía tomadas al pie de la letra por algunos maridos incapaces de entender que los tiempos han cambiado, afortunadamente, para siempre.

Sonata a Kreutzer se plantea como una reflexión sobre el amor y el matrimonio. A la tópica idea de que «el verdadero matrimonio es el consagrado por el amor», como sostienen otros viajeros del tren, opone Podsnicheff su idea de que el amor matrimonial se basa en la violencia masculina y en la hipocresía femenina y que ningún amor es para toda la vida pues, a través de un símil, sería «como si se dijera que una vela puede arder siempre».

Los otros personajes del tren sostienen que el amor es «la preferencia exclusiva de una persona a todas las demás», a lo cual replica Podsnicheff: «una preferencia ¿por cuánto tiempo?, ¿por un mes, ¿por dos días?, ¿por media hora?». Y acaba por afirmar rotundamente «el verdadero amor no consagra el matrimonio como solemos creer , sino que al contrario lo destruye».

¿Qué razones tenemos para pensar que el propio Tolstói sustenta esta idea, puesta en boca de Podsnicheff? Desde luego Tolstói apenas oculta su personalidad en la de su protagonista novelesco, por eso lo describe como «hijo de un rico hidalgo de la estepa, antiguo mariscal de la nobleza, alumno de la universidad, licenciado en Derecho y que se casó a los treinta años». Tantas coincidencias entre el protagonista y el autor del libro nos demuestran que Tolstói quería exponer sus ideas a través de un alter ego y que por ello hace coincidir su biografía con la de su personaje.

Pero hay otro dato importante: sabemos que, en su juventud, Tolstói se inició en la vida habitual de los jóvenes de familias distinguidas de la nobleza, fue bebedor, jugador, mujeriego y pendenciero, como nos recuerda en su gran novela Resurrección. Pues bien, el personaje de su novela se declara igualmente libertino y lleno de vicios en su juventud, hasta el punto de que considera que esa juventud ha sido la causa predominante del asesinato de su mujer: «la maté antes de conocerla, maté a la mujer desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad del amor y con eso y desde entonces maté a la mía».

Es obvio que Tolstói realiza un análisis de conciencia de su trayectoria amorosa en esta obra y que, por ello, más que un diálogo, el libro se acaba convirtiendo en un monólogo en voz alta.

Pero veamos las condiciones en las que se mueve el matrimonio de Podsnicheff. Viviendo en el gran mundo de la Rusia decimonónica se establecen con claridad dos niveles de alimentación muy distintos. «A nuestros aldeanos que comen sidra hecha con cebada, pan y cebollas y esto les basta para poder trabajar bien el campo», se contraponen a los nobles, que consumen dos libras de carne, caza, toda clase de manjares excitantes y numerosas bebidas. ¿Cómo consumir toda esa energía almacenada? Podsnicheff responde: «en los excesos sexuales».

No es extraño que Podsnicheff se declare libertino; lo curioso es que a la vez tiene en su juventud una idea sublime del matrimonio. Piensa que cuando llegue a casarse será un hombre nuevo, se mantendrá fiel a su mujer y procurará la felicidad de la familia con todas sus fuerzas.

Cuando finalmente se casa, habiendo caído en la trampa que le tiende una mujer sin dote, el personaje describe las relaciones amorosas del siguiente modo: «es como si en los paseos públicos se pusiesen cepos en los sitios por donde han de pasar los hombres».

El personaje de León Tolstói posee también una percepción moral propia, crea su propio mundo moral. Por eso considera infame a todo hombre que mantenga relaciones con una mujer antes del matrimonio. Tiene la obsesión de la pureza que se simboliza en el unicornio. Su búsqueda de un relación pura y permanente no excluye la sexualidad, pero sí cualquier tipo de concupiscencia. De ahí que a sus altas expectativas de amor sin mancha le parezcan como un agravio las inevitables concupiscencias de la carne. El unicornio blanco se mancha y tizna en el contacto del amor y ésta es la causa de una profunda desolación espiritual.

La primera desilusión es la noche de bodas. Con melancolía Podsnicheff señala: «Si los jóvenes que ansian pasar la luna de miel supiesen las desilusiones que les esperan… porque no hay más que desilusiones en todas partes». Con la convicción de haber cometido un error, el personaje trata de tomar con optimismo las dificultades de una relación desigual. El respeto que su educación le hace sentir hacia la palabra «amor», el convencimiento de que sus propios padres le han inculcado en su infancia una idea reverencial del afecto familiar y hasta las mismas alegrías de su propia juventud, colaboran en esa voluntad de seguir considerando el matrimonio como una cosa sublime. Pero la realidad de la vida cotidiana apaga esas convicciones para mostrarle la otra cara de la lima y se produce así la primera de sus disputas matrimoniales.

«Si no recuerdo mal, fue al tercero o cuarto día cuando encontré triste a mi mujer y, besándola, traté de inquirir lo que le sucedía; creía que no podía querer más que besos; con un gesto hizo que me apartase y se echó a llorar, ¿por qué? No lo sabía; se encontraba mal, fatigada. La laxitud de sus nervios le reveló indudablemente la verdadera naturaleza de nuestras relaciones; pero no sabía cómo expresar sus sentimientos. La apremié haciéndola muchas preguntas, y al cabo me respondió que le inquietaba el recuerdo de su madre. No la creí y empecé a querer consolarla, sin hablarle de sus padres, no comprendiendo que éstos no eran más que un pretexto y que tenía el corazón oprimido. No me hizo caso y le eché en cara sus caprichos, burlándome de su tristeza. Dejó entonces de llorar y me contestó furiosa, llamándome egoísta y cruel. Le miré cara a cara y vi que en la suya todo revelaba furor, cólera contra mí».

El sinsentido y la crueldad de estas disputas que continúan e incluso se agravan con el nacimiento de los hijos no reside en que la pareja no se comprenda, sino en que a la vez se ama.

Por eso Podsnicheff había ya declarado que es el amor la verdadera causa del tormento y la destrucción matrimonial.

Si no hubiera amor, si el sentimiento hacia la propia esposa fuese una distante indiferencia, ni el sufrimiento por las continuas disputas existiría, ni sobrevendrían los continuos celos que se convierten en una enfermedad mortal para la pareja.

La relación se agrava con el nacimiento de los hijos. Lejos de ser un estímulo del amor, los hijos de esta pareja se convierten en otro estímulo de los celos, en la medida en que la atención de la esposa al marido disminuye para dedicar ese tiempo a los hijos. León Tolstói conocía suficientemente ese problema. Basta recordar que su mujer tuvo trece embarazos y que, aunque cinco de los hijos murieran en distintos momentos de su niñez o adolescencia, la casa estuvo llena de niños a lo largo de la mayor parte de su vida.

Podríamos decir que el enfrentamiento simbólico entre la cigüeña y el marido tiene las características de una pelea entre lo celestial y lo terrenal. La cigüeña, en efecto, visitó demasiadas veces la casa de los Tolstói para que, a pesar de ser una extensa mansión de dos pisos, los gritos y los juegos de los niños lo invadieran todo. Para un novelista deseoso de concentración y de silencio, esta presencia múltiple de los juegos infantiles debió ser en algunos momentos agobiante. El amor que sabemos Tolstói prodigó a su hija Sofía no parece que fuera compartido en la misma medida por algunos de sus otros hijos. Los celos entre los pequeños se sumarían así a los celos matrimoniales, de las distintas preferencias indisimulables entre el padre y la madre.

Es propio de las familias numerosas que los celos acaben produciendo distintos clanes entre los hijos, unos partidarios de la madre y otros del padre, y que se enfrentan entre sí. Pero el desarreglo de las relaciones familiares es en todo caso, incluso en las familias de un solo heredero, el resultado de la rivalidad entre el padre y el hijo por el amor de la mujer.

En el capítulo XV del libro Podsnicheff hace una valoración nada exagerada del problema de los celos:
«¡Los celos! Ahí tenéis otro secreto de la vida conyugal, secreto que todo el mundo conoce y que todos ocultan. Al lado del mutuo rencor de los esposos, que proviene de su común envilecimiento y de muchas otras causas, los celos mutuos son uno de los orígenes de las escenas violentas que con mucha frecuencia se desarrollan en los hogares; pero como de común acuerdo se dice que deben ocultarse, todo se oculta».

Hay en Podsnicheff (y posiblemente en Tolstói) una actitud de resentimiento hacia esa desigualdad de las mujeres que, por un lado, les hace carecer en la Rusia de sus días de los mismos derechos que los hombres, pero por otro lado impulsa así su sentido del dominio en la vida familiar, en la posesión de los hijos e incluso en el consumo de su propia indumentaria. Tolstói se refiere a la mujer de su mundo social como una «reina poderosísima» que mantiene en la esclavitud a las nueve décimas partes de la humanidad. Y precisa que, en las tiendas, más del noventa por ciento de los géneros está dedicado a engalanar el cuerpo de las mujeres.

Como bien sabemos, «re-sentimiento» es el resultado de un sentimiento previo. Cualquier hombre que ha amado a las mujeres ha sentido en uno u otro momento de sus vidas esa sensación de ser utilizado social, económica o incluso físicamente por ellas. El personaje de Podsnicheff relata cómo su mujer no cría al primero de sus hijos sin que eso le produzca el menor remordimiento y llega a la cruel convicción de que si ha renunciado a sus deberes matrimoniales de una manera tan sencilla, «con la misma facilidad podía abandonar sus deberes de esposa».

Los celos hacia los propios hijos son una continuación de los celos hacia la mujer y una lucha competitiva por su posesión, como muy bien demostró Freud en su análisis del complejo de Edipo, y Podsnicheff se hace también eco de esta competitividad en la posesión de la madre y esposa: «nuestros hijos no contribuyeron a suavizar nuestras relaciones ni a la unión más perfecta e íntima, sino que, por el contrario, sirvieron para acentuar nuestra desunión, siendo una causa más de disgusto. Desde el día que nacieron se convirtieron para nosotros en un arma de combate, en un pretexto más para disputar, porque cada uno de nosotros tenía un favorito, que le servía de arma para la lucha».

A partir de este planteamiento se nos hace evidente el desenlace. La mujer de Podsnicheff, hermosa y joven, es además educada y culta, toca razonablemente bien el piano. Aparece en la vida del matrimonio un antiguo amigo de la familia recién llegado de Moscú, llamado Troukhatchevski, que es un notable violinista. Deciden hacer un dúo musical casi desde el primer momento y Podsnicheff asiste a la escena como un testigo que presagia instantáneamente el resultado del encuentro: «Contempló Troukhatchevski a mi esposa como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación, que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella leía en mi rostro».

La simplicidad de la narración -un sencillo triangulo amoroso- contrasta con la complejidad de los sentimientos de su personaje principal. La importancia que Podsnicheff concede al supuesto amante de su mujer es nula. Lo que importa es estrictamente el amor que siente por su mujer y el odio que ese mismo amor genera, hasta el punto de no poder permanecer a su lado sin sentir una ciega repulsión. Podsnicheff se asusta de sus propios sentimientos, amenaza con matar a su mujer como un perro, dice, mientras niega sentir odio hacia su rival. Y un día, de regreso de un viaje, mientras ellos interpretan la Sonata a Kreutzer de Bethoveen (¡Qué cosa más espantosa es esa sonata! Y ese presto es la parte más terrible), la tragedia se produce y Podsnicheff apuñala a su mujer una vez su presunto amante ha huido, y tras ello se sienta en el sofá, «permaneciendo así mucho rato sin pensar en nada».

Amor y odio han sido en realidad la causa de este crimen. Pero curiosamente lo que el Tribunal de Justicia considera importante no es el delito en sí y ni siquiera la causa del delito, sino una supuesta «defensa del honor».

La absolución de Podnsicheff tiene el carácter de excusa social que pretende limitar la emancipación. Se entiende que lo verdaderamente intolerable no es la muerte de una persona, sino que ésta no se haya resignado a la cosificación, es decir, a la venta económica que suponía el matrimonio en la Rusia tradicional.

Podsnicheff señala con amargura ese mismo problema: «no es en las casas de tolerancia sino en la familia donde se debe combatir eficazmente la prostitución».

El retrato de las costumbres matrimoniales de la Rusia zarista que nos propone Podsnicheff es sin duda aberrante. Pero lo más demoledor no es lo que el libro tiene de denuncia social, sino lo que manifiesta de conflicto íntimo, de contraposición de sentimientos entre el amor y el odio en la vida familiar.

El unicornio y la cigüeña serían los símbolos esenciales de una interpretación errónea de la relaciones amorosas de la propia vida familiar. En los hombres de la Rusia zarista la educación que recibían los ayudaba a ser malos esposos y malos padres de familia, puesto que la vida sexual se entendía como un placer fuera del matrimonio y como un deber dentro de él. En cuanto a los hijos, al no ser frecuentemente el resultado del amor, sino de las conveniencias sociales, constituían para el padre un estorbo en su vida matrimonial.

De este modo el símbolo de la pureza, el unicornio, y el símbolo de la maternidad, ta cigüeña, nos dibujan un cuadro de las emociones amorosas, tan conflictivas en la inteligencia y en el corazón del propio León Tolstói.

Ella (la hermana de Katia)

Cuando se presenta la primera novela de un escritor hay una pregunta que flota en el aire. Como en esas películas donde los personajes mordían las monedas para saber si eran falsas, se diría que nos preguntan: pero este nuevo autor ¿es verdadero o falso?; pero aquí ¿hay o no hay escritor? Y yo, que hasta hace unos minutos no había visto nunca a Andrés Barba, voy a cometer el atrevimiento, voy a tomarme la libertad de contestar.

Talento y mirada, éstas son, parece, las dos cualidades básicas que certifican la presencia de un escritor. Ambas, como ven, confusas y difusas.

Suele en nuestros días entenderse por talento literario una vaga mezcla de habilidades tales como el oído narrativo para mantener en vilo a los lectores, un empleo preciosista del idioma entreverado de chistes ingeniosos y metáforas sorprendentes o cierta insistencia en afirmar que existen valores eternos y universales, el amor, el arte, la ironía o los celos. En efecto, a lo largo de los años he ido descubriendo que no otra cosa se entiende hoy por talento literario sino la capacidad de adular las altas pasiones, esto es, las de quienes buscan en cada libro concreto su cuota de distinción, porque ellos pertenecen al grupo que define las buenas maneras y, por tanto, las reconocen, porque ellos saben. ¿Tiene talento Andrés Barba? Por un texto suyo que he leído anterior a esta novela les diré que lo tuvo y que ha tenido también la valentía de dejarlo atrás.

La segunda cualidad es la mirada. Lo importante es la mirada, se dice; pero considerando la mayoría de las ocasiones en las que se dice, más bien parece que son filtros de colores lo que se está pidiendo, esos filtros que sirven para hacer más cursi la fotografía. (Filtros que antes se usaban con la imagen de una pareja cogida de la mano en el atardecer y hoy se usan con todo, pues cursi puede llegar a ser cualquier cosa en estos tiempos, incluso la guerra civil). Una mirada cursi piden al escritor, una mirada que recoja el estereotipo gastado y antes de que empiecen a vérsele las costuras, antes de que pueda saberse qué esconde, retoque el escritor el estereotipo, le pinte unos lazos y nos lo devuelva como nuevo para que siga vigente un año más.

Una mirada cursi, y son tantos quienes la piden, y es tan abundante esa mirada hoy que, lo confieso, cuando me hablaron del libro La hermana de Katia estuve casi segura de que no me gustaría. «Katia es una bailarina de striptease, su madre es prostituta, la hermana encarna la inocencia redentora». Había leído este resumen en el periódico y pensé que una vez más iba a hallarme frente al tópico de «los ricos también lloran, los pobres son felices», recién pintado y como nuevo. Lo pensé hasta que empecé a leer. Entonces vi que iba a encontrar personajes y no prejuicios sobre los personajes.

Pues les diré que ya no pido a los escritores talento ni una mirada propia, lo único que les pido es que miren, que se tomen el trabajo de mirar. Es lo que casi nunca se encuentra porque casi nadie lo hace y es, sin embargo, lo que he encontrado en Andrés Barba, el escritor, la rara avis que no emborrona los contornos de las cosas: los define y hace el mundo comprensible. Porque quizá coincidan conmigo en que la realidad está desenfocada y en que los escritores que a lo largo de los siglos han valido la pena son los que contribuyeron a empujar un poco la rueda para que viéramos mejor en una tarea que, me gustaría creerlo, acaso se acumule a lo largo de las generaciones.

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Cuando digo tomarse el trabajo de mirar no me refiero a la falsa polémica del realismo, falsa pues todos sabemos que la realidad es, por decirlo con una imagen, al mismo tiempo un abeto y un árbol de Navidad, y ambas cosas deben ser vistas. Cuando digo el trabajo de mirar me refiero en primer lugar al trabajo previo de ir  apartando obstáculos. Apartar las propias ocurrencias, los llamados demonios interiores, o ese mundo propio de tantos autores y autoras encantados de haberse conocido. Apartar a continuación el amplio cortinaje de tos estereotipos hegemónicos, en el caso de esta novela, por ejemplo, la idea de que la bondad es semejante a la felicidad por cuanto ambas rehúyen la narración o el tópico último de nuestros días, algo así como que la tolerancia es el valor supremo.

Y una vez despejado el horizonte, ¿en qué se fija la novela? El personaje de la hermana de Katia pertenece a la tradición de personajes con una minusvalía. Es curioso que en los cojos se ha solido encarnar el resentimiento mientras que los mancos representan a menudo cierta clase de bondad. Manca, como la virgen de El lenguaje de las fuentes, hubiera podido ser la hermana de Katia pero es algo todavía más difícil de abordar narrativamente, es lo que a veces se llama un chico límite o una chica límite, un minusválido psíquico que está en el límite de serlo, toque le falta no es un brazo ni una pierna sino una pizca de inteligencia que te abra las puertas de la normalidad. La elección de esta minusvalía me parece muy sabia por dos motivos: porque toda la novela trata, en mi opinión, de merecer, del verbo «merecer» y porque, en las circunstancias de la hermana de Katia, precisamente haber quedado libre de una parte de la inteligencia le permitirá ver lo que hay detrás del cortinaje, detrás de las ideas dominantes. Los cojos, los mancos, los retrasados son aquellos a quienes el mundo debe algo por e! mero hecho de existir, ellos tienen, como se dice, un déficit. Por eso a veces encarnan el rencor absoluto, puesto que nada ni nadie va a poder compensarles, y por eso también encarnan la bondad absoluta, cuando se trata de personajes que no reclaman su deuda sino que han aceptado que siempre tendrán un saldo negativo en la vida mostrando, en consecuencia, una continua generosidad.

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Tal vez la mejor descripción del mal, de la maldad moral, que he leído nunca es este pensamiento del protagonista de La educación sentimental: «Juzgaba que la felicidad merecida por las cualidades de su alma tardaba en llegar». Malo es quien cree merecer la felicidad no por el hecho de estar vivo sino por las cualidades, superiores, distintas, de su alma, si es un individuo, o de su grupo, si es una clase social. La hermana de Katia construye página a página la actitud contraria. Resulta muy efectivo, que no efectista aunque roce el borde, cómo la inocencia de su carácter es capaz de ver en un baile pornográfico que otros considerarían grosero o vulgar, un acto hermoso y grato. Pero lo realmente interesante es que la bondad de la hermana de Katia se proyecta sobre todas y cada una de las situaciones. En los actos mínimos, como hacer un regalo y comprender que al otro no le ha gustado y no sentirse ofendida por ello, y en los actos graves como acompañar en la muerte a su abuela sin juzgarlo un sacrificio o elegir una posición no interesada en la pelea entre su madre y su hermana.

La novela de Andrés Barba persigue y logra el propósito de celebrar la vida. Desde el punto de vista de quienes oponemos al discurso de la literatura artística la necesidad de una literatura política, el peligro que corre cualquier narración que quiera celebrar la vida es caer en un canto a la resignación. Porque celebrar el presente supone aceptarlo, no se puede celebrar a trozos, en tal caso ya no se trata de celebrar sino de hacer cuentas, y eso es lo que la hermana de Katia nunca va a hacer: cuentas. Sin embargo, debido a lo radical de su actitud la hermana de Katia no incurre en comportamientos serviles: el servil sí que hace cuentas, el servil espera algo a cambio del hecho de haberse sometido. En cuanto al dilema más difícil, la resignación, la novela salva el peligro mediante lo que llamaré la intolerancia necesaria. Pues es intolerante la hermana de Katia. Cuando se encuentra con el cálculo máximo, perder la vida para salvar el alma, la hermana de Katia no lo tolera, y ella que es fea y pequeña y que no sabe, es capaz de decirle a un hombre joven e inteligente: «Vete de mi casa». El tiempo pasa y no puedo, aunque quiero, detenerme en la madre de Katia ni en Katia misma, en su sentido de la justicia.

Termino entonces dando las gracias a Andrés Barba por haber empujado la rueda, y haber enfocado la realidad hasta permitirnos distinguir con precisión la vida de esa muchacha quien «la primera vez que besó los labios de Katia tenía trece años, dolor de garganta y un pijama azul con aros olímpicos que decía ‘Sports’. Que sea en hora buena.