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Karel Capek (1890-1938), hijo de un médico rural y nacido en la localidad de Svatonovice (Checoslovaquia), dejó pronto su región natal para estudiar filosofía en Praga, Berlín y París. Su afición a los viajes le llevó en 1930 a pasar una larga estancia en España, de la que procede un bello libro lleno de comentarios y bocetos que él mismo hizo para plasmar su imagen del país: Viaje a España (1930). La edición española no surgió hasta 1989, de la mano de la editorial Hiperión.
«Después de los manzanos checos vendrán los pinos de Brandenburgo, en los blancos arenales, el molino de viento agita las olas […] Eso es Alemania. Luego las rocas cubiertas de hiedra, los montes perforados por las extracciones de los hombres, fábricas siderúrgicas, una mescolanza de naturaleza bucólica e industria pesada, todo el Flandes del viejo poeta. […] Bueno, y ahora otra vez espacios más abiertos: eso es Francia, la tierra de alisos y chopos, de chopos y plátanos, de plátanos y viñas. El verdor plateado.

Y por fin, España. Las tierras híspanas están para mí veladas por un misterio impenetrable. […] Por el mapa y la hora debíamos de estar en algún punto de las montañas, pero bajo la roja franja del alba sólo vi la superficie marrón, desnuda, grávida [.,,] estaba en otra tierra, y aquella tierra era África. No sé cómo decirlo, en ella hay verdor, pero es distinto al nuestro, tan oscuro y gris. Esas piedras no surgen del suelo, parecen haber caído en él como lluvia. Esos montes se llaman Sierra de Guadarrama. El Dios que los creó debía de ser muy fuerte».


Checoslovaquia ocupa un lugar importante en la prehistoria del cine gracias al trabajo del fisiólogo J.E. Purkyne (1787-1869), quien, en fecha tan temprana como 1818, escribió sobre la persistencia de la visión y posteriormente, en 1850, creó, junto con el óptico Ferdinand Durst, el kinesiscopio, aparato capaz de poner imágenes en movimiento y con ayuda del cual demostraron tanto el movimiento de bombeo cardiaco como el vuelo de las mariposas. Las primeras películas checas fueron filmadas en 1898 por el fotógrafo Jan Kriznecky, que resultó así el primer productor de cine en Austro-Hungría.
La primera sala de cine de Praga fue abierta en 1907 por un prestidigitador llamado Ponrepo, pero la producción regular de cine no empezó hasta 1910. La compañía Asum (1912-1917), fundada por el arquitecto Max Urban y su mujer -la popular actriz de teatro Andula Sedlackova- se centró en la producción de películas de ficción. Su primer éxito fue una adaptación de la obra de Smetana, titulada Prodaná nevesta (El regreso de la novia, 1913). Al tiempo de estallar la I Guerra Mundial, más de un tercio de los 700 cines existentes en el Imperio austrohúngaro estaban en suelo checo. No obstante las dificultades derivadas de la guerra, el constructor y contratista Václav Havel, abuelo del actual presidente Havel, fundó en 1914 Lucernafilm, una productora a la que seguirían otras al término del conflicto armado: Weteb, Praga, Excelsior y Poja. En 1919, Checoslovaquia se apuntó su primer tanto en el extranjero con Stavitel chrámu (El constructor de la catedral), dirigida por Karel Degl y que fue estrenada en Francia con el título de La catedral. El primer filme eslovaco, Jánosik, financiado con capital norteamericano, fue dirigido por Jaroslav Siakel y Frantisek Horlivy en 1921.
La creación en 1918 de una República Checa independiente impulsó la creación de un cine que formara parte de la cultura nacional y así, a pesar de la fuerte competencia de las películas alemanas y norteamericanas, la producción checa superó los veintiséis filmes de media por año, durante el periodo del cine mudo. A finales de los años veinte, la adaptación de la novela antibelicista de Jaroslav Hasek, Dobry voják Svejk (El buen soldado Svejk, 1926), dirigida por Karel Lamac, tuvo tal aceptación popular que fue seguida inmediatamente por otros tres títulos. Entre las películas con mayor trasfondo social se incluyen Battalion (1927), de Premysl Prazsky, y Takovy je zivot (Así es la vida, 1929), de Karl Junghans, mientras que Gustav Machaty atrajo la atención con dos obras más ambiciosas artísticamente, tituladas Kreutzerova sonáta (La sonata a Kreutzer, 1926) y Erotikon (1929).
La aparición del cine sonoro suscitó inevitables problemas con el idioma, pero la demanda de películas checas en el mercado interno aseguró un aumento de la producción cinematográfica, que pasó de sólo ocho películas en 1930 a una media de cuarenta por año, al final de los años treinta. Los estudios en Barrandov, construidos en 1932-3, fueron diseñados como centro internacional de producción y resultaron en su día los mejor dotados de Europa central.
El primer interés significativo por el cine checo en el escenario internacional se produjo con el éxito de tres películas checas en el Festival de Venecia de 1934: Reka (Amor joven, 1933; dir.: Josef Rovensky); un documental sobre el folclore eslovaco, titulado Zem spieva (La tierra canta, 1933; dirs.: Karel Plicka y Alexander Hammid) y Extase (Extasis, 1932; dir.: Gustav Machaty), protagonizada por Hedy Kiesler. Estos tres filmes, rodados en un ambiente rural y que daban gran preponderancia al componente visual, dieron origen al así llamado lirismo checo. La importancia del arte cinematográfico en Chequia y en Eslovaquia quedó definida por directores de fotografía como Jan Stallick (Reka, Extase), Václav Vich (Erotikon, 1929) y Otto Heller (Antes de los finales, 1932), y su influencia todavía resulta evidente en los trabajos muy posteriores de Jaroslav Kucera (Vsichni dobri rodác, Todos mis hombres buenos, 1968) y Jan Curik (Holubice, La paloma blanca, 1960).
Los ensayos de crear un arte cinematográfico tuvieron como protagonista particular al novelista Vladislav Vancura, que debutó con el impresionante Pted maturitou, codirigido por Svatopluk Innemann, pero que no obtuvo la misma respuesta por las formas mucho más radicales de sus siguientes filmes: Na slunecni strane (En la orilla soleada, 1933) y Marijka nevemice (Marushka la incrédula, 1934). Los años treinta fueron testigos asimismo del debut cinematográfico de los actores de comedia popular Jiri Voskovec y Jan Werich. Dos de las películas en que trabajaron fueron dirigidas por el prolífico Martin Fric, que realizó toda una serie de filmes protagonizados por actores de comedia de la talla de Vlasta Burian, Hugo Haas y Oldrich Novy. La oposición al alzamiento fascista se hizo evidente en obras como Svet patrí nám (El mundo nos pertenece, 1937) de Voskovec y Werich, y en la película de Hugo Haas, Bílá nemoc (La enfermedad blanca, 1937), adaptación de la obra de teatro homónima de Karel Capek.
La ocupación nazi de Chequia trajo consigo un descenso en la producción cinematográfica: de las cuarenta películas de 1939 se pasó a tan sólo nueve en 1944. A pesar de todo, Fric y Otakar Vávra lograron realizar algunos filmes notables. El Archivo Nacional Cinematográfico fue creado entonces, en 1943, y un grupo, que incluía a Vancura, Vávra y Elmar Klos, planeó la futura nacionalización de la industria cinematográfica checa.
En 1947 se fundó en Praga la escuela de cine, FAMU, y el mismo año se establecía por su cuenta el cine eslovaco, al crear sus propios estudios en Koliba, Bratislava. La nacionalización de la industria cinematográfica facilitó asimismo el éxito internacional de los dibujos animados checos y eslovacos, logrando además el establecimiento de estudios en Praga y Zlín (Gottwaldov). De nuevo el cine checo se hizo merecedor del reconocimiento internacional cuando Siréna (La sirena/La huelga, 1947) de Karel Stekly y Spalícek (El año checo, 1947) de Jiri Trnka, fueron galardonados con sendos premios en el Festival de Venecia, en 1947 y 1948, respectivamente.
A consecuencia de la ocupación soviética de 1948 se produjo un poco animoso acercamiento a la moribunda fórmula del cine estaliniano -el realismo socialista-, un proceso que se combinaba, de modo paradójico, con el éxito internacional cada ve: mayor en el campo de los dibujos animados. Además del trabajo de Jirí Trnka, el de Karel Zeman, Hermína Tyrlová, Rretislav Pojar, Jirí Brdecka y otros gozaron en muy poco tiempo del reconocimiento del público internacional. Tenía sentido trabajar en el cine de animación, pues en él se mantenía viva la tradición visual de! cine checo en una época en que el «formalismo» estaba oficialmente condenado.

Tras el discurso de «desestalinización» pronunciado por Khruschev en Moscú el año 1956, se produjo en Chequia un limitado deshielo, similar al que estaba ocurriendo en Polonia y en la Unión Soviética. Los directores más veteranos como Jirí Wiss, Ján Kadár y Elmar Klos fueron capaces de abordar temas más ambiciosos, al tiempo que debutaban los primeros graduados en la FAMU, tales como Vojtech Jasny y Karel Kachyna. El nuevo cine en su conjunto se convirtió en el tema central de la conferencia pronunciada en Banská Bystrica, en la que las autoridades culturales comunistas arremetieron contra los restos del «pensamiento burgués» que encontraban en su seno.
Sin embargo, aquella nueva represión tuvo una vida muy corta y pronto hubo de afrontar el reto de una segunda generación de graduados de la FAMU, cuyos nombres se incluyen ahora en la llamada nouvelle vague checa. Milos Forman, Vera Chytilova y Jaromil Jires hicieron su debut en 1963 y pronto se unieron a sus homólogos, jóvenes y veteranos, durante el periodo 1963-99, para promover en común una etapa de extraordinaria diversidad creativa, en la que los cineastas parecían poder escapar a las demandas impuestas tanto por el mercado como por la ideología vigente.
Por supuesto, varias películas fueron censuradas (Sedmikrásky Margaritas, de Chytilova, 1966, o O slavnosti a hostech; La fiesta y los invitados, de Jan Nemec, también de 1966), y los filmes más innovadores se estrenaron tras una lucha abierta contra el sistema; pero con eso y todo, los logros fueron numerosos. Hubo otros directores notables que debutaron en aquel tiempo, como J irí Menzel, Ivan Passer, Evald Schorm, Pavel Jurácek y Jan Schmidt. En Eslovaquia, sobresalieron Stefan Uher y Juraj Jakubisko.
El desarrollo de proyectos más creativos en la industria cinematográfica checa fue sólo una parte de un fenómeno mucho más amplio, que incluía el florecimiento de nuevas ideas en el campo de la economía, la política, la literatura y las bellas artes, procesos que, en su conjunto, constituyeron el verdadero movimiento de reforma en la República Checa. Fue este movimiento el que condujo a los sucesos de la Primavera de Praga del 68 y a los planes para introducir la «democracia socialista».
Esta amenaza al modelo soviético de poder centralizado (al «papel de líder» que se arrogaba el Partido Comunista) desembocaría en la invasión del Pacto de Varsovia en agosto de 1968. Las políticas de «normalización» que le siguieron se orientaron a acabar con las reformas logradas a finales de los sesenta, y condenaron al silencio, al exilio o a la resignación cualquier forma de vida alternativa. Kadár, Forman, Pasar, Jasny y Nemec se contaron entre los exiliados, mientras que otros directores como Ladislav Helge, Schorm y Juácek no tuvieron oportunidad de trabajar. Más de un centenar de películas se censuraron en los años sesenta y los directores que, tras reconocer debidamente la legitimidad de la invasión del 68, pudieron filmar, se vieron obligados a realizar películas superficiales o cortadas según el patrón fácil y aceptado oficialmente de entretenimiento popular.
En 1973, cuatro películas fueron censuradas «para siempre»: Horí, mapanenko (La bola del bombero, 1967) de Forman; O slavnosti a hostech (La fiesta y los invitados) de Nemec; Vsichni dobry rodáci (Todos mis buenos paisanos 1968) de Jasny; y Faráruv Konec (El final de un sacerdote, 1968) de Schorm. Frente a tales circunstancias, la inclusión de sutiles elementos de crítica o de desacuerdo formal con el régimen se convirtieron en un arte.
Aunque la mayoría de los cineastas fueron condenados al paro hasta 1976, Menzel, Chytilová y Jires lograron seguir haciendo películas. Algunos de sus logros de entonces se siguen considerando notables en la actualidad. Menzel dirigió por ejemplo Na samoté u lesa (Reclusión cerca de un bosque, 1976), y siguió colaborando con el escritor más destacado de su tiempo, Bohumil Hrabal, en la adaptación de muchas de sus novelas: Postriziny (Córtalo por abajo, 1980); Slavnosti sneznek (El Festival Copo de Nieve, 1983), y Vesnicko má, stredisková (Mi dulce y pequeña aldea, 1985), con la que fue nominada para el Oscar. Chytilová logró una crítica abrasiva con su Panelstory (La historia de Prefab, 1979), mientras en Eslovaquia directores como Uher, Dusan Hanák y Martin Holly transgredieron con frecuencia las normas del tiempo.
En el panorama político posterior a 1969, los dibujos animados permitieron de nuevo ciertas libertades negadas a los largometrajes. El trabajo de Adolf Born, Jaroslav Doubrava y Milos Macourek aportó la vertiente más crítica, mientras que un «surrealismo militante», como el de Jan Svankmajer, seguía un camino totalmente al margen de la ideología oficial. La tradición del cine de mascotas encontró su nueva expresión en la obra de Jirí Barta (Krysar, El flautista sucio, 1986).

A finales de los ochenta, era manifiesta la aparición de una nueva generación de realizadores, que llegaban con unos hugometrajes que se enfrentaban mucho más directamente con la ortodoxia de la época. Así era sobre Codo el caso de Irena Pavásková (Cas Sluhu Tiempo de sirvientes, 1989); Petr Koliha (Nezny barbar, Tierno bárbaro, 1989); Milos Zábransky (Dum pro dva, Una casa parados, 1988); y Zdenek Tyc (Vujtech, receny sirotek, Un huérfano llamado Vojtech, 1989).
Estos signos de enorme desgaste que sufría el sistema se vieron confirmados por la revolución de terciopelo, ocurrida en noviembre de 1989. A fuerzas externas como las introducidas por la reforma de Gorbachev y a la crisis general que afectaba a todos los países de la Europa del Este, se unió en Chequia la situación interna del país, donde la resistencia al cambio había forzado un colapso inevitable.
Muchas de las películas posrevolucionarias han resultado decepcionantes, al mostrar una crudeza y una falta de tacto que resultan de un ajuste de cuentas con el pasado por un lado, y por otro de una respuesta a la necesidad comercial en un mercado que ha tenido que abrir sus puertas ante el empuje de Hollywood. En 1990 la producción sufrió un importante descenso, pero el número de películas checas volvió a incrementarse en 1993, hasta alcanzar las veintidós producciones. De ellas, algunas han logrado más espectadores que las norteamericanos en el mercado doméstico. Las coproducciones internacionales han apoyado proyectos que oscilaban entre el cine más comercial (Zivot a neobycejna dobrodruzství vojaka Ivana Chonkin: La vida y aventuras extraordinarias de Ivan Chonkin, de Menzel, reestrenado en EE UU en 1994), y el más artístico, con títulos como Lekce Faust (Fausto), de Svankmajer, o Pevnost (La fortaleza) de Vihanova.
La televisión checa volvió a hacer de Barrandov el mayor productor, apoyando ambiciosos proyectos como la adaptación, muy galardonada, de la obra del premio Nobel Eva Kanturkova, Prítelkyne z domu smutku (Mis compañeros en la casa de la angustia, 1993), dirigida por Hynek Bocan; o Maje pomsta (La venganza es mía, 1995), realizada por el director yugoslavo exiliado Lordan Zafronovic. Una veintena de películas se producen ahora en la República Checa cada año, una cifra que parece ajustarse al promedio europeo.
El joven Jan Sverák ha resultado el director checo con más éxito en los noventa, al obtener su nominación al Oscar por Obecna skola (Escuela elemental, 1991) y especialmente por el logro de un Oscar por su Kolja (Kolya, 1996) en la que su padre, Zdenek Sverak, fue coguionista y actor principal. Otras películas recientes aclamadas internacionalmente han sido Vzapomenuté svetlo (Luz olvidada, 1996) de Vladimir Michalek y Knoflíkári (Los botoneros, 1997) de Petr Zelenka.
Publicado originalmente en:
Eastern European and Russian Cinema, ed. por R. Taylor et al., BFI, Londres 2000
Traducido por María Andrés
Hace un siglo los objetos que hoy figuran en la historia del arte africano, oceánico u americano no eran considerados como formas artísticas. La historia del arte no creía que fueran objeto digno de la disciplina los objetos de culto, vestimenta o cotidianeidad de los llamados pueblos primitivos. El paradigma clásico del arte era demasiado absoluto para permitir que se produjera una fisura por la cual entraran producciones humanas tan disímiles a este canon.
Pero la ruptura producida por el arte vanguardista y su crítica demoledora de la estructura clásica del arte, con sus convicciones cerradas sobre la verosimilitud, el naturalismo y el sensualismo, hizo posible la irrupción de las producciones primitivas en el campo de la estética. Su traslado desde los «gabinetes de curiosidades», en los que habían permanecido durante siglos, a los museos —aunque originariamente fueran de etnología y no de arte— resultó de la primera mirada de Occidente hacia lo salvaje. Por primera vez Europa veía las máscaras y los fetiches, y no porque antes los ignorara.
Entre las muchas referencias que se poseen, sabemos que en 1470 Carlos el Temerario había adquirido a un portugués varias esculturas provenientes de la costa occidental de África, y en el siglo XVI ejemplares americanos y africanos figuran en el gabinete de curiosidades del archiduque del Tirol, Fernando. También las poseía Francisco I y en el siglo XVII un jesuita, Atanasio Kircher, fundó un museo en Roma que albergaba especialmente una gran colección etnográfica de la que formaban parte estatuillas de piedra del Congo.
El descubrimiento de los objetos de arte primitivo por los artistas de principios de siglo, como si se tratara de objetos nunca vistos hasta el momento en Occidente, es una historia mítica que cristalizó la existencia de una nueva mirada que antes había colocado esos mismos objetos junto a las mandíbulas de tiburón o las piedras de cuarzo.
DESCONTEXTUALIZACIÓN DEL ARTE PRIMITIVO
El primitivismo es un fenómeno interno del arte occidental, una revisión e influencia de las artes llamadas primitivas en los artistas occidentales, que comienza en 1905 cuando los fauves descubren la escultura africana. Maurice de Vlamick, según su propio testimonio, encontró en 1905, en Argenteuil, «dos estatuillas de Dahomey, pintarrajeadas de ocre rojo, ocre amarillo y de blanco» y «otra de Costa de Marfil, completamente negra». Estas obras fueron cedidas a Derain, y contempladas por Matisse y Picasso. Paralelamente Ernst Kirchner y Cari Schmidt-Rotluff, del grupo Die Brücke, descubrían las obras del Museo Etnológico de Dresde. El interés de los artistas vanguardistas por el arte primitivo era creciente y se alimentaba de las obras provenientes de las expediciones coloniales europeas de «estudio-conquista» y de un incipiente comercio del arte, especialmente el africano.
Estos artistas estaban muy alejados de la etnología, por otra parte igual de incipiente en el estudio de estas sociedades tribales, y por lo tanto poco sabían del significado de sus piezas. Ello favoreció que dichas figuras cumplieran un doble papel, peculiar en la dinámica del arte occidental en el inicio de la contemporaneidad: permitía por un lado, un amplísimo y magnífico repertorio de experimentación formal y, por otro, proporcionaban un frente de ataque directo a la tradición clásico-renacentista del arte occidental.
El primitivismo era, claramente, un polo contradictorio, a veces antagónico, de la tradición artística que los artistas vanguardistas habían heredado y en la que se habían formado. No cabe ninguna duda de que fueron los artistas y no los teóricos quienes se interesaron en primer término por estos objetos, y por una razón fundamentalmente creativa —la posibilidad de poseer un repertorio de formas con siglos de experimentación al alcance de la mano—. Los artistas europeos de las primeras vanguardias, formados en el seno del academicismo y del naturalismo, veían en los objetos primitivos la concreción, la experimentación de aquellos principios significativos, abstractos, conceptuales y sintéticos que buscaban. En el camino de la abstracción y la síntesis de la forma, los artistas primitivos les llevaban una incalculable ventaja. Su mirada sobre el arte primitivo, en principio minoritaria y casi un signo de identificación de vanguardismo —tengamos en cuenta que es un elemento unificador de artistas que pertenecen a movimientos con planteamientos formales antitéticos, como lo son el cubismo y el expresionismo, por ejemplo— fue extendiéndose hasta el punto de que, hacia 1920, a ningún historiador de arte o artista le sorprende que se hable de arte primitivo. El arte primitivo obtuvo así su carta de ciudadanía en el campo estético… pero tuvo que pagar un alto precio por ello.
Para que el llamado arte primitivo — objetos en su mayoría de culto, no lo olvidemos, producidos por los pueblos primitivos— formara parte del acerbo de la historia del arte, debía llevarse a cabo un proceso de asepsia, de estetización que dejara fuera todo aquello ajeno a la concepción occidental del arte, uno de cuyos puntales es, sin duda, la autonomía de la forma artística. Los artistas de vanguardia cuestionaron muchos aspectos del paradigma clásico-renacentista, y algunos de los preceptos de ese paradigma murieron definitivamente, a juzgar por la experiencia del arte del siglo XX.
Pero no pereció precisamente la autonomía del arte sino que, muy al contrario, se vio exacerbada con la proclamación de la autonomía absoluta de la forma respecto del objeto o de cualquier función extra-artística. Sus búsquedas de una pintura pura o de una escultura pura, de la esencia del arte como experimentación de la forma, contribuían en gran medida a la estetización de lo primitivo.
Así como los artistas en un principio no se interesan por el verdadero significado del arte primitivo —más allá de un panteísmo o un irracionalismo más o menos impreciso— tampoco les preocupa agrupar bajo esa denominación fenómenos estéticos de diversa entidad y procedencia. Para Gauguin, lo primitivo abarcaba el arte precolombino, el polinésico, el egipcio o el arte de la India antigua. En la generación posterior, por arte primitivo se entendía fundamentalmente el arte tribal africano y oceánico, con la inclusión más tardía del americano.
Actualmente podríamos definir el arte primitivo como el producido por las sociedades primitivas, es decir, las sociedades sin escritura, e independientemente de criterios geográficos o cronológicos. En el terreno del arte primitivo hay mucho por definir, comenzando por su propia denominación cargada de contenidos etnocéntricos, evolucionistas y despectivos.
La valoración del arte primitivo, y por ende su situación dentro de la jerarquía cultural —de la que es símbolo su posicionamiento en los museos— no puede, por el momento, despojarse de contenidos ideológicos y políticos. En los inicios de las colecciones que hoy figuran en las exposiciones se encuentran las empresas de expansión colonial llevadas a cabo por las potencias europeas durante el siglo XIX. El Museo de Etnología del Trocadero, el Museo etnológico de Berlín o Dresde, el de Tervuren o el de Londres recogían el producto de la rapiña colonial, en expediciones llamadas «científicas», en muchos casos una vez producida la destrucción total, como las obras de Benin llevadas a Londres tras la derrota del reino nigeriano. Y su sitio no era el del museo de arte, actividad considerada en exclusividad para pueblos de desarrollo superior, sino el de etnología, que ilustraba vidas y costumbres diferentes a las europeas. Más de un siglo ha pasado desde entonces y el arte contemporáneo se nutre ahora copiosamente de las obras de arte primitivas, cambiando poco a poco el estatuto de estas obras y asignándoles un papel en la historia del arte.
A comienzos del siglo XXI es nuevamente un proyecto político, pero en este caso de signo contrario, el que incide en recolocar culturalmente —y por ende museográficamente— al arte primitivo. Tal es el caso del nuevo Museo del Quai Branly, en París, al que nos hemos referido.
CUESTIONES POR RESOLVER
El arte primitivo, en su absoluta alteridad con los parámetros occidentales, forjados en el clasicismo y retomados desde el Renacimiento, ha planteado un sinnúmero de cuestiones, la mayoría de las cuales está aún sin resolver. La primera de ellas es la denominación misma de estos objetos: «arte primitivo», «artes lejanas», «artes primeras», «artes no occidentales»… todas y cada una de ellas tienen contenidos etnocéntricos. Lo primitivo es aquello inmaduro, no civilizado, tosco; pero lo «lejano», ¿respecto a quién lo es? ¿Respecto a una Europa concebida como el centro del mundo? En la expresión «artes primeras», solución de compromiso que parece neutra, ¿qué sentido se atribuye a la expresión «primeras» ? Desde luego no puede ser el cronológico, porque se trata de obras pertenecientes en su mayoría a los siglos XVIII, XIX y XX, en el caso de Asia, África y Oceanía, que habrían de llamarse, desde este punto de vista, modernas o contemporáneas. Si son primeras en el mismo sentido en que podríamos llamarlas primitivas, es decir, anteriores a la civilización, representada por el camino iniciado con las culturas del mundo antiguo, no se ha avanzado gran cosa. Probablemente lo más razonable sea, como decía Lévi-Strauss, utilizar la denominación primitivo, quitándole los contenidos etnocéntricos y despectivos, en el camino de conseguir, en algún momento, que se convierta en una denominación neutra.
La segunda cuestión que plantea el concepto de arte primitivo es que agrupa culturas de África, Asia, Oceanía y América. Podemos hallar elementos en común en todas estas culturas primitivas menos la americana. Ha de tenerse en cuenta que en Asia no se incluyen actualmente ni la cultura china, ni la india, ni la thai, ni la khmer, ni la islámica, que —justamente— se encuentran unidas en el concepto de arte oriental, próximo a las culturas de la Antigüedad del área mediterránea. Las culturas primitivas de África, Asia y Oceanía comparten una organización económico-social, una dimensión grupal y unos principios religiosos y rituales. Independientemente de las características concretas que encontremos en cada una de ellas, existe un universo significativo común que se manifiesta en un mismo orden formal.
Las culturas precolombinas americanas, sin embargo, son totalmente ajenas a ese universo significativo. Tenían una organización estatal y económica estratificada y compleja, sobre todo en el caso de mayas, aztecas e incas, organizados en verdaderos imperios que abarcaban, como el caso de los incas, medio continente. Su religiosidad, forma de pensamiento y mitología no se centraba en el culto de los antepasados sino en un panteón extremadamente complejo. Su arte agrupaba una arquitectura monumental, un proyecto urbanístico y una tecnología artística muy desarrollada.
Si alguna compañía precisan las culturas precolombinas ésta es la que proviene de las culturas del mundo antiguo, egipcios, mesopotámicos, griegos arcaicos, orientales, con las que comparten la mayoría de sus rasgos. No existe otra razón para encontrarse en la misma categoría que las culturas primitivas que el hecho de haber sido consideradas arte solamente a partir del siglo XX y de poseer, en su mayoría, un lenguaje formal no naturalista. O de no pertenecer al grupo de culturas que son el pasado de Occidente, que tradicionalmente han encontrado su lugar como antecedentes de la cultura griega. Similar es el caso del arte prehistórico, a veces incluido dentro del arte primitivo por su carácter abstracto y por haber sido descubierto también en el siglo XX, y que difiere fundamentalmente de éste en que su devenir está cerrado en el tiempo, en tanto el arte primitivo continúa hasta nuestros días y se ha visto influido por el contacto con Occidente.
EL USO DE LAS MÁSCARAS

La huella del deslumbramiento que los artistas primitivistas sintieron por las obras de arte primitivo se encuentra, entre otros rasgos, en la inclusión de máscaras a manera de rostros en las pinturas de los primeros años de la década de 1900. Y el ejemplo paradigmático es, sin duda, Les Demoiselles d’Avignon, grito Je guerra vanguardista en más de un aspecto. La obra de Picasso, que como demuestran los estudios preparatorios varió mucho hasta su versión final, es una verdadera ruptura respecto de la tradición de la pintura europea vigente hasta el siglo XIX, y que en parce todavía subsistía en las obras fauves. Por ello fue, y sigue siendo considerado, un emblema del arte contemporáneo.

Les Demoisellesd ‘Avignon fue pintado en 1907 y no existe ningún precedente en el arce occidental para un tratamiento igual del rostro humano. Por ello, desde que fue pintado se lo asoció con las máscaras africanas. No cabe duda de que el contacto de Picasso con el arte africano fue el impulso que le llevó a modificar profundamente los rostros de tres de sus figuras femeninas. Seis meses antes de iniciar el cuadro, Picasso había visitado el museo de Etnografía del Trocadero y él mismo utiliza, a la hora de describir su contacto con el arte primitivo, las palabras «shock», «revelación», «carga» y «fuerza».

Esta experiencia le induce, sin duda, a reformular el rostro humano planteándolo en términos muy similares a los de las máscaras. Esta pintura de Picasso se ha asociado con unos tipos concretos de máscaras: Dan y Etumbi. Sin embargo, según William Rubin, era imposible que Picasso las conociera en la época en que pintó Les Demoisellesd ‘Avignon, porque no fueron objetos comunes en Europa hasta después de 1920. Ello corrobora que el interés de Picasso no es por un tipo concreto de máscara sino por el planteamiento formal que suponían, y puestos en el mismo punto de partida, los artista? primitivistas podían muy bien llegar a resultados similares. Las afinidades se manifestaban en una versión del rostro humano ajeno por completo a la tradición occidental: ni armónico ni bello sino expresivo y también, para la mentalidad europea, horroroso.
En términos de afinidad debe plantearse también la similitud con la máscara Pende, una máscara de enfermedad que representa un estado avanzado de sífilis. Se puede afirmar que esta máscara no fue conocida por Picasso; sin embargo la afinidad no es solamente en términos formales sino también significativos, porque recordemos que el cuadro de Picasso representa cinco prostitutas en un burdel de la calle Avinyó de Barcelona. Picasso, que había tenido en su juventud relación con meretrices, siempre se había sentido impresionado por la sífilis, en su época una enfermedad mortal, en un dúo placer sexual-muerte que constituye el trasfondo significativo de Les Demoiselles d’Avignon.

En diciembre de 1907 Guillaume Apollinaire publicó un artículo sobre Matisse en el que remarcaba su interés por las artes exóticas, pero agregaba que, más allá de esto, el artista permanecía devoto del sentido de la belleza europea. Es evidente que para Picasso ese «sentido de la belleza» ya no tenía ningún significado y que sus propuestas formales eran mucho más tajantes que las de los fauve. Sin embargo, Matisse pronto utiliza la referencia a los primitivos para alcanzar una síntesis de la figura humana que, al mismo tiempo, lo diferenciara del cubismo.
En el Retrato de Mme. Matisse, de 1913, la influencia de la máscara Shira-Punu de Gabón es muy clara. También lo es que el resultado obtenido por Matisse es muy diferente del que consigue Picasso, porque lo que interesa a los artistas vanguardistas es la posibilidad de un replanteamiento de la figura en términos de relaciones estructurales, que se integra completamente en su propio estilo. Así, Matisse ha incorporado a su retrato el eje vertical para la nariz continuado con dos semicírculos para las cejas y el color blanco que le da su carácter fantasmagórico. La influencia de la máscara ya fue vista en el momento de realización de la obra, porque de ella dijo André Salmon: «parece una máscara de madera, cubierta de tiza, una figura en una pesadilla».
Mucho camino ha recorrido el arte contemporáneo desde los comienzos del primitivismo de manos de Gauguin, Picasso o Matisse, y los artistas han pasado de una reelaboración fundamentalmente formal de las obras de arte primitivo a un interés por su significado y su relación con la cultura íntegra. El primitivismo del arte occidental se convierte, muchas veces, en la columna vertebral de la historia del arte contemporáneo y también en la condición de posibilidad de una apreciación estética del arte primitivo.
Ave Maris Stella
Comentaba hace poco Jon Juaristi, en una charla sobre Alvaro Mutis, que para los griegos había tres tipos de hombres: los vivos, los muertos y los que van por mar. La frase dice mucho del carácter heleno y del ámbito mediterráneo en el que floreció la Hélade; pero también parece pensada como mote de un imaginario blasón de Maqroll.
Es quizá ése el aspecto más marcado y más peculiar del carácter de Maqroll: su errancia constante, su desapego a todo lo sedentario, su interés en el viaje por sí mismo -por lo que el viaje nos trae en sí, no por el hecho de ir a ningún sitio- con una visión cercana al pensamiento que Kavafis expresa en su celebérrimo Ítaca.
Espiguemos entre el mar de las Empresas y tribulaciones algunas citas rotundas y claras: Maqroll aparece como un «nómada irredento», con una «inagotable ansiedad deambulatoria», y que elige «el camino de una constante itinerancia escogido por nosotros y la voluntad de no rechazar jamás lo que la vida, o el destino, o el azar, como quieras llamarlo, nos ofrecen al paso». Maqroll hace una relectura vital del clásico ars gratia artis y se entrega a la idea de «el viaje por el viaje». Ha negado toda orilla, y le cuesta quedarse demasiado tiempo en un sitio. La mar le llama desde el mismo instante en que se acerca a la bocana del puerto, y se siente en tierra como un león enjaulado.

Pero a veces algo le obliga a quedarse un tiempo en el interior. Y ahí comienzan sus penurias, y él lo sabe: «Siempre que intento algo tierra adentro me va mal». Su vida está orientada al devenir de los barcos, y ya ha olvidado las costumbres de tierra adentro y sus mezquinos tratos cotidianos. No recuerda bien el idioma de tierra firme, y Le cuesta mucho hablar sin acento marino: «El familiarizarse con las cosas de la tierra requiere un plazo con el que nunca contamos al desembarcar».
Su vida es una vida de marinero a la que no puede arrastrar a nadie. Por eso son tan extrañas sus relaciones con las mujeres, emblema de la tierra y lo telúrico. No es capaz de compartir su soledad itinerante, y su estar siempre de paso, con las mujeres, que buscan asentarse en sus raíces y sacan como Anteo su fuerza de la tierra, y hacen que la Naturaleza continúe su curso. La excepción es Ilona, un caso aparte, que es a menudo más camarada que amante.
A Maqroll la vida lo ha dejado cimarrón en un barco, sin más ayuda para sobrevivir que unos libros y unos amigos. Es un Holandés Errante al que nada puede redimir de su constante paso (ni siquiera la esperanza sin nombre de un óvalo chirichiano, como en la extraña y fascinante película de James Masón y Ava Gardner). Ha cruzado la línea de sombra, y ya no hay vuelta atrás: su vida es un camino.
Mutis comparte con su amigo Maqroll la querencia marinera. Le nació, como casi todas las cosas importantes, en la infancia. En esos barcos de línea que llevaban al niño Alvaro desde Bélgica a Colombia para pasar ías vacaciones. Todos los veranos emprende ese viaje mágico desde el puerto de Amberes, salida al mar de la brumosa Bruselas de su cotidianidad escotar, hasta la finca de su abuelo en el Quindío, en el corazón de la tierra caliente.
Pero, a pesar de las fascinación que las tierras del Coello ejercen entonces -y ejercerán siempre- sobre el Mutis niño, para él la verdadera vacación es el trayecto en el transatlántico. Allí todo el territorio es suyo. Nada se resiste al niño que corretea por todos los rincones y se engolfa en las luminosas cubiertas, en los mágicos instrumentos de navegación, en la extraña aleación salada del mar con los metales. El es el dueño de un reino autárquico, un reino flotante desligado de las costumbres de tierra adentro. El tiempo se detiene y adquiere una medida propia, según las agujas de la rutina marinera, y el espacio, más allá de las fronteras de la borda, se dilata en la línea del horizonte. Un tiempo dentro y fuera del tiempo, un espacio dentro y fuera del espacio: ésas son las coordenadas vitales del Mutis niño en sus primeras aventuras transoceánicas.
Maqroll, que surca los siete mares, compartirá con Mutis la predilección por algunos puertos del Norte de Europa, como Hamburgo y el citado Amberes, lugar que escogió Mutis para conceder una entrevista a la televisión belga, a bordo de un barco vencido y abandonado a sus cicatrices.
Y también comparten querencia por dos mares, palimpsesto crucial de las idas y venidas del Gaviero: el Caribe y el Mediterráneo. Mares que, bien mirado -y bien navegado- tienen mucho en común. Ya Arciniegas calificaba al Caribe como el «Mediterráneo de las Américas». Caribeños de otras lenguas también apuntan a los griegos como referente: así Derek Walcott con su Homeros o Saint John Perse con su Anabase. Y, por encima de todos, Maqroll. No en vano Louis Panabière, en su artículo Lord Maqroll, investía al Gaviero con el título de «Odiseo caribeño».
Puede ser interesante recorrer la lista de los compañeros de Maqroll en su particular Academia de Marina. Los críticos aluden siempre al marino polaco Józef Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad. Sin embargo, Mutis comenta que el neoyorquino Melville compartía con Maqroll más horas de lección (y posiblemente también de ocio). No esconde Mutis su predilección por Moby Dick, «un libro prodigioso, y además contado por un gaviero ». Y no está de más recordar que el título primero de la melvilliana Billy Budd, Sailor era Billy Budd, Foretopman; es decir: Billy Budd, gaviero.
Hay otros compañeros más lejanos -de otras promociones- que también gustan de saber de las andanzas del Gaviero. Son dos Simbads. Uno es el de Alvaro Cunqueiro, un Simbad que aún esperan las islas, y que viaja por un mar de historias y narraciones, con la palabra como timonel y la imaginación como brújula. El otro es un Simbad varado, el de Gilberto Owen, que recorre sin fin laberintos de amor en busca de la Ariadna salvadora, tras un hilo de palabras y de sangre.
No todos los colegas de Maqroll, aquejados de una planomanía sin cura, son marinos. Los trenes son los principales testigos del sempiterno curso de Cendrars, de Larbaud y de A.O. Barnabooth. El tren, en el fondo, tiene mucho que ver con el barco. Y también las caravanas que intentan agotar el inagotable desierto. Caravasares y hoteles cumplen la función de hogar de los que escogieron el viaje como patria; de altares de Hermes, que es Mercurio y es Thoth, dios del viaje y también de las palabras.
Y, como bien saben John Meade Falkner, y T.E. Lawrence, y los olvidados Wavell, O’Connor y Auchinleck, y todos los que han luchado en las arenas africanas, el desierto es como el mar. No hay terreno que se gane o se pierda: sólo importan los oasis, las rutas, la movilidad y la sorpresa. Y los designios de Alá, Señor del laberinto de arena.
El mar de Maqroll es el recio mar de los marinos. El que se cobra su tributo de vida cada día, llenando de herrumbre el alma del marino hasta agotarlo, como al desventurado Sverre Jensen. Es el mar contra el que nada pueden los latigazos con los que le quiere castigar Jerjes por su infortunio; ni los retos por escrito que le mandaba Abdelkarim Al Ormuzí, uno de aquellos pilotos antiguos del Califa. El mar de Maqroll es como el arma de Aquiles: sólo puede curar su herida el toque de la misma arma. Por eso Maqroll sólo puede curarse del mar con el mar: sólo el viaje aplaca su llaga, su estigma de navegante solitario.
Álvaro Mutis encuentra en Cádiz, en Córdoba, en la Alhambra, en Santiago, el verdadero orden y cifra de las cosas. Tras mucho caminar encuentra, como él mismo nos dice: «el reino que estaba para mí». Para Maqroll, ese reino que lo espera no es otro que el viaje mismo. Su vida es una novela bizantina sin fin, en la que la anagnórisis es propia e interna, y su única opción para encontrarse es perderse y errar constantemente. En Maqroll el navigare necesse, vivere non necesse se hace carne a través de la palabra de Mutis.
El divino Cirlot, en su Diccionario de símbolos, habla de la secta de los Kalendari, cuya regla les exige deambular constantemente en un viaje continuo. Quizás todos seamos Kalenderi sin saberlo, por rutas que no alcanzamos a ver y que sólo el Destino conoce. Maqroll, más sabio y más valiente que nosotros, descubrió hace tiempo que el viaje es la única vía, el encuentro con nuestro destino, la verdadera vida. Cunqueiro lo dijo muy hermosamente: «Aquel camino era un viejo mendigo». El viaje es la cifra de cada uno. Mi viaje soy yo, y yo soy mi viaje.

Entre las numerosas obras importantes de León Tolstói hay una que nos acerca de una manera íntima a sus sentimientos. En ella no son los grandes acontecimientos de la Historia o las repercusiones de la vida social y política en los cambios de la Rusia de su tiempo, sino estrictamente el análisis de una vida familiar y los sentimientos conflictivos que produce la relación matrimonial.
Tolstói, recordémoslo, contrajo matrimonio con Sofía Andreievna Bers en 1862. La diferencia de edad entre ellos era considerable pues la mujer apenas tenía diecisiete años y él treinta y cuatro. Sofía era además muy bella y -como persona de la alta sociedad- con una educación esmerada. La carencia de problemas económicos del matrimonio, al poseer Tolstói importantes fincas heredadas de su padre, el conde Tolstói, y de su madre, la princesa María Volkonski, presagiaba una existencia grata sin otro cuidado que el cultivo del arte y la literatura.
Sin embargo no fue así. El matrimonio Tolstói pasó crisis profundas que le llevaron, al final de sus días, a no ver siquiera a su mujer en momentos en los que se acercaba su muerte. Las virtudes morales de Tolstói, su propio sentido de la educación quizá trabajaron en su contra y le crearon más conflictos de los que su experiencia humana hubiera podido solucionar.
La Sonata a Kreutzer es, en buena medida, una confesión de parte. Tolstói recurre al procedimiento de inventarse un personaje de nombre Posdnicheff que relata, durante un viaje en tren a un interlocutor ficticio, cómo y por qué asesinó a su mujer habiendo sido finalmente absuelto del delito por considerarlo el jurado «una cuestión de honor». El tema es importante si contemplamos la estadística de los malos tratos que sufren las mujeres en los países civilizados, tanto en España como en Rusia, por poner dos ejemplos. Y si entendemos que las antiguas leyes matrimoniales, como el Domostroi, son todavía tomadas al pie de la letra por algunos maridos incapaces de entender que los tiempos han cambiado, afortunadamente, para siempre.
Sonata a Kreutzer se plantea como una reflexión sobre el amor y el matrimonio. A la tópica idea de que «el verdadero matrimonio es el consagrado por el amor», como sostienen otros viajeros del tren, opone Podsnicheff su idea de que el amor matrimonial se basa en la violencia masculina y en la hipocresía femenina y que ningún amor es para toda la vida pues, a través de un símil, sería «como si se dijera que una vela puede arder siempre».
Los otros personajes del tren sostienen que el amor es «la preferencia exclusiva de una persona a todas las demás», a lo cual replica Podsnicheff: «una preferencia ¿por cuánto tiempo?, ¿por un mes, ¿por dos días?, ¿por media hora?». Y acaba por afirmar rotundamente «el verdadero amor no consagra el matrimonio como solemos creer , sino que al contrario lo destruye».
¿Qué razones tenemos para pensar que el propio Tolstói sustenta esta idea, puesta en boca de Podsnicheff? Desde luego Tolstói apenas oculta su personalidad en la de su protagonista novelesco, por eso lo describe como «hijo de un rico hidalgo de la estepa, antiguo mariscal de la nobleza, alumno de la universidad, licenciado en Derecho y que se casó a los treinta años». Tantas coincidencias entre el protagonista y el autor del libro nos demuestran que Tolstói quería exponer sus ideas a través de un alter ego y que por ello hace coincidir su biografía con la de su personaje.
Pero hay otro dato importante: sabemos que, en su juventud, Tolstói se inició en la vida habitual de los jóvenes de familias distinguidas de la nobleza, fue bebedor, jugador, mujeriego y pendenciero, como nos recuerda en su gran novela Resurrección. Pues bien, el personaje de su novela se declara igualmente libertino y lleno de vicios en su juventud, hasta el punto de que considera que esa juventud ha sido la causa predominante del asesinato de su mujer: «la maté antes de conocerla, maté a la mujer desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad del amor y con eso y desde entonces maté a la mía».
Es obvio que Tolstói realiza un análisis de conciencia de su trayectoria amorosa en esta obra y que, por ello, más que un diálogo, el libro se acaba convirtiendo en un monólogo en voz alta.
Pero veamos las condiciones en las que se mueve el matrimonio de Podsnicheff. Viviendo en el gran mundo de la Rusia decimonónica se establecen con claridad dos niveles de alimentación muy distintos. «A nuestros aldeanos que comen sidra hecha con cebada, pan y cebollas y esto les basta para poder trabajar bien el campo», se contraponen a los nobles, que consumen dos libras de carne, caza, toda clase de manjares excitantes y numerosas bebidas. ¿Cómo consumir toda esa energía almacenada? Podsnicheff responde: «en los excesos sexuales».
No es extraño que Podsnicheff se declare libertino; lo curioso es que a la vez tiene en su juventud una idea sublime del matrimonio. Piensa que cuando llegue a casarse será un hombre nuevo, se mantendrá fiel a su mujer y procurará la felicidad de la familia con todas sus fuerzas.
Cuando finalmente se casa, habiendo caído en la trampa que le tiende una mujer sin dote, el personaje describe las relaciones amorosas del siguiente modo: «es como si en los paseos públicos se pusiesen cepos en los sitios por donde han de pasar los hombres».
El personaje de León Tolstói posee también una percepción moral propia, crea su propio mundo moral. Por eso considera infame a todo hombre que mantenga relaciones con una mujer antes del matrimonio. Tiene la obsesión de la pureza que se simboliza en el unicornio. Su búsqueda de un relación pura y permanente no excluye la sexualidad, pero sí cualquier tipo de concupiscencia. De ahí que a sus altas expectativas de amor sin mancha le parezcan como un agravio las inevitables concupiscencias de la carne. El unicornio blanco se mancha y tizna en el contacto del amor y ésta es la causa de una profunda desolación espiritual.
La primera desilusión es la noche de bodas. Con melancolía Podsnicheff señala: «Si los jóvenes que ansian pasar la luna de miel supiesen las desilusiones que les esperan… porque no hay más que desilusiones en todas partes». Con la convicción de haber cometido un error, el personaje trata de tomar con optimismo las dificultades de una relación desigual. El respeto que su educación le hace sentir hacia la palabra «amor», el convencimiento de que sus propios padres le han inculcado en su infancia una idea reverencial del afecto familiar y hasta las mismas alegrías de su propia juventud, colaboran en esa voluntad de seguir considerando el matrimonio como una cosa sublime. Pero la realidad de la vida cotidiana apaga esas convicciones para mostrarle la otra cara de la lima y se produce así la primera de sus disputas matrimoniales.
«Si no recuerdo mal, fue al tercero o cuarto día cuando encontré triste a mi mujer y, besándola, traté de inquirir lo que le sucedía; creía que no podía querer más que besos; con un gesto hizo que me apartase y se echó a llorar, ¿por qué? No lo sabía; se encontraba mal, fatigada. La laxitud de sus nervios le reveló indudablemente la verdadera naturaleza de nuestras relaciones; pero no sabía cómo expresar sus sentimientos. La apremié haciéndola muchas preguntas, y al cabo me respondió que le inquietaba el recuerdo de su madre. No la creí y empecé a querer consolarla, sin hablarle de sus padres, no comprendiendo que éstos no eran más que un pretexto y que tenía el corazón oprimido. No me hizo caso y le eché en cara sus caprichos, burlándome de su tristeza. Dejó entonces de llorar y me contestó furiosa, llamándome egoísta y cruel. Le miré cara a cara y vi que en la suya todo revelaba furor, cólera contra mí».
El sinsentido y la crueldad de estas disputas que continúan e incluso se agravan con el nacimiento de los hijos no reside en que la pareja no se comprenda, sino en que a la vez se ama.
Por eso Podsnicheff había ya declarado que es el amor la verdadera causa del tormento y la destrucción matrimonial.
Si no hubiera amor, si el sentimiento hacia la propia esposa fuese una distante indiferencia, ni el sufrimiento por las continuas disputas existiría, ni sobrevendrían los continuos celos que se convierten en una enfermedad mortal para la pareja.
La relación se agrava con el nacimiento de los hijos. Lejos de ser un estímulo del amor, los hijos de esta pareja se convierten en otro estímulo de los celos, en la medida en que la atención de la esposa al marido disminuye para dedicar ese tiempo a los hijos. León Tolstói conocía suficientemente ese problema. Basta recordar que su mujer tuvo trece embarazos y que, aunque cinco de los hijos murieran en distintos momentos de su niñez o adolescencia, la casa estuvo llena de niños a lo largo de la mayor parte de su vida.
Podríamos decir que el enfrentamiento simbólico entre la cigüeña y el marido tiene las características de una pelea entre lo celestial y lo terrenal. La cigüeña, en efecto, visitó demasiadas veces la casa de los Tolstói para que, a pesar de ser una extensa mansión de dos pisos, los gritos y los juegos de los niños lo invadieran todo. Para un novelista deseoso de concentración y de silencio, esta presencia múltiple de los juegos infantiles debió ser en algunos momentos agobiante. El amor que sabemos Tolstói prodigó a su hija Sofía no parece que fuera compartido en la misma medida por algunos de sus otros hijos. Los celos entre los pequeños se sumarían así a los celos matrimoniales, de las distintas preferencias indisimulables entre el padre y la madre.
Es propio de las familias numerosas que los celos acaben produciendo distintos clanes entre los hijos, unos partidarios de la madre y otros del padre, y que se enfrentan entre sí. Pero el desarreglo de las relaciones familiares es en todo caso, incluso en las familias de un solo heredero, el resultado de la rivalidad entre el padre y el hijo por el amor de la mujer.
En el capítulo XV del libro Podsnicheff hace una valoración nada exagerada del problema de los celos:
«¡Los celos! Ahí tenéis otro secreto de la vida conyugal, secreto que todo el mundo conoce y que todos ocultan. Al lado del mutuo rencor de los esposos, que proviene de su común envilecimiento y de muchas otras causas, los celos mutuos son uno de los orígenes de las escenas violentas que con mucha frecuencia se desarrollan en los hogares; pero como de común acuerdo se dice que deben ocultarse, todo se oculta».
Hay en Podsnicheff (y posiblemente en Tolstói) una actitud de resentimiento hacia esa desigualdad de las mujeres que, por un lado, les hace carecer en la Rusia de sus días de los mismos derechos que los hombres, pero por otro lado impulsa así su sentido del dominio en la vida familiar, en la posesión de los hijos e incluso en el consumo de su propia indumentaria. Tolstói se refiere a la mujer de su mundo social como una «reina poderosísima» que mantiene en la esclavitud a las nueve décimas partes de la humanidad. Y precisa que, en las tiendas, más del noventa por ciento de los géneros está dedicado a engalanar el cuerpo de las mujeres.
Como bien sabemos, «re-sentimiento» es el resultado de un sentimiento previo. Cualquier hombre que ha amado a las mujeres ha sentido en uno u otro momento de sus vidas esa sensación de ser utilizado social, económica o incluso físicamente por ellas. El personaje de Podsnicheff relata cómo su mujer no cría al primero de sus hijos sin que eso le produzca el menor remordimiento y llega a la cruel convicción de que si ha renunciado a sus deberes matrimoniales de una manera tan sencilla, «con la misma facilidad podía abandonar sus deberes de esposa».
Los celos hacia los propios hijos son una continuación de los celos hacia la mujer y una lucha competitiva por su posesión, como muy bien demostró Freud en su análisis del complejo de Edipo, y Podsnicheff se hace también eco de esta competitividad en la posesión de la madre y esposa: «nuestros hijos no contribuyeron a suavizar nuestras relaciones ni a la unión más perfecta e íntima, sino que, por el contrario, sirvieron para acentuar nuestra desunión, siendo una causa más de disgusto. Desde el día que nacieron se convirtieron para nosotros en un arma de combate, en un pretexto más para disputar, porque cada uno de nosotros tenía un favorito, que le servía de arma para la lucha».
A partir de este planteamiento se nos hace evidente el desenlace. La mujer de Podsnicheff, hermosa y joven, es además educada y culta, toca razonablemente bien el piano. Aparece en la vida del matrimonio un antiguo amigo de la familia recién llegado de Moscú, llamado Troukhatchevski, que es un notable violinista. Deciden hacer un dúo musical casi desde el primer momento y Podsnicheff asiste a la escena como un testigo que presagia instantáneamente el resultado del encuentro: «Contempló Troukhatchevski a mi esposa como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación, que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella leía en mi rostro».
La simplicidad de la narración -un sencillo triangulo amoroso- contrasta con la complejidad de los sentimientos de su personaje principal. La importancia que Podsnicheff concede al supuesto amante de su mujer es nula. Lo que importa es estrictamente el amor que siente por su mujer y el odio que ese mismo amor genera, hasta el punto de no poder permanecer a su lado sin sentir una ciega repulsión. Podsnicheff se asusta de sus propios sentimientos, amenaza con matar a su mujer como un perro, dice, mientras niega sentir odio hacia su rival. Y un día, de regreso de un viaje, mientras ellos interpretan la Sonata a Kreutzer de Bethoveen (¡Qué cosa más espantosa es esa sonata! Y ese presto es la parte más terrible), la tragedia se produce y Podsnicheff apuñala a su mujer una vez su presunto amante ha huido, y tras ello se sienta en el sofá, «permaneciendo así mucho rato sin pensar en nada».
Amor y odio han sido en realidad la causa de este crimen. Pero curiosamente lo que el Tribunal de Justicia considera importante no es el delito en sí y ni siquiera la causa del delito, sino una supuesta «defensa del honor».
La absolución de Podnsicheff tiene el carácter de excusa social que pretende limitar la emancipación. Se entiende que lo verdaderamente intolerable no es la muerte de una persona, sino que ésta no se haya resignado a la cosificación, es decir, a la venta económica que suponía el matrimonio en la Rusia tradicional.
Podsnicheff señala con amargura ese mismo problema: «no es en las casas de tolerancia sino en la familia donde se debe combatir eficazmente la prostitución».
El retrato de las costumbres matrimoniales de la Rusia zarista que nos propone Podsnicheff es sin duda aberrante. Pero lo más demoledor no es lo que el libro tiene de denuncia social, sino lo que manifiesta de conflicto íntimo, de contraposición de sentimientos entre el amor y el odio en la vida familiar.
El unicornio y la cigüeña serían los símbolos esenciales de una interpretación errónea de la relaciones amorosas de la propia vida familiar. En los hombres de la Rusia zarista la educación que recibían los ayudaba a ser malos esposos y malos padres de familia, puesto que la vida sexual se entendía como un placer fuera del matrimonio y como un deber dentro de él. En cuanto a los hijos, al no ser frecuentemente el resultado del amor, sino de las conveniencias sociales, constituían para el padre un estorbo en su vida matrimonial.
De este modo el símbolo de la pureza, el unicornio, y el símbolo de la maternidad, ta cigüeña, nos dibujan un cuadro de las emociones amorosas, tan conflictivas en la inteligencia y en el corazón del propio León Tolstói.
Cuando se presenta la primera novela de un escritor hay una pregunta que flota en el aire. Como en esas películas donde los personajes mordían las monedas para saber si eran falsas, se diría que nos preguntan: pero este nuevo autor ¿es verdadero o falso?; pero aquí ¿hay o no hay escritor? Y yo, que hasta hace unos minutos no había visto nunca a Andrés Barba, voy a cometer el atrevimiento, voy a tomarme la libertad de contestar.
Talento y mirada, éstas son, parece, las dos cualidades básicas que certifican la presencia de un escritor. Ambas, como ven, confusas y difusas.
Suele en nuestros días entenderse por talento literario una vaga mezcla de habilidades tales como el oído narrativo para mantener en vilo a los lectores, un empleo preciosista del idioma entreverado de chistes ingeniosos y metáforas sorprendentes o cierta insistencia en afirmar que existen valores eternos y universales, el amor, el arte, la ironía o los celos. En efecto, a lo largo de los años he ido descubriendo que no otra cosa se entiende hoy por talento literario sino la capacidad de adular las altas pasiones, esto es, las de quienes buscan en cada libro concreto su cuota de distinción, porque ellos pertenecen al grupo que define las buenas maneras y, por tanto, las reconocen, porque ellos saben. ¿Tiene talento Andrés Barba? Por un texto suyo que he leído anterior a esta novela les diré que lo tuvo y que ha tenido también la valentía de dejarlo atrás.
La segunda cualidad es la mirada. Lo importante es la mirada, se dice; pero considerando la mayoría de las ocasiones en las que se dice, más bien parece que son filtros de colores lo que se está pidiendo, esos filtros que sirven para hacer más cursi la fotografía. (Filtros que antes se usaban con la imagen de una pareja cogida de la mano en el atardecer y hoy se usan con todo, pues cursi puede llegar a ser cualquier cosa en estos tiempos, incluso la guerra civil). Una mirada cursi piden al escritor, una mirada que recoja el estereotipo gastado y antes de que empiecen a vérsele las costuras, antes de que pueda saberse qué esconde, retoque el escritor el estereotipo, le pinte unos lazos y nos lo devuelva como nuevo para que siga vigente un año más.
Una mirada cursi, y son tantos quienes la piden, y es tan abundante esa mirada hoy que, lo confieso, cuando me hablaron del libro La hermana de Katia estuve casi segura de que no me gustaría. «Katia es una bailarina de striptease, su madre es prostituta, la hermana encarna la inocencia redentora». Había leído este resumen en el periódico y pensé que una vez más iba a hallarme frente al tópico de «los ricos también lloran, los pobres son felices», recién pintado y como nuevo. Lo pensé hasta que empecé a leer. Entonces vi que iba a encontrar personajes y no prejuicios sobre los personajes.
Pues les diré que ya no pido a los escritores talento ni una mirada propia, lo único que les pido es que miren, que se tomen el trabajo de mirar. Es lo que casi nunca se encuentra porque casi nadie lo hace y es, sin embargo, lo que he encontrado en Andrés Barba, el escritor, la rara avis que no emborrona los contornos de las cosas: los define y hace el mundo comprensible. Porque quizá coincidan conmigo en que la realidad está desenfocada y en que los escritores que a lo largo de los siglos han valido la pena son los que contribuyeron a empujar un poco la rueda para que viéramos mejor en una tarea que, me gustaría creerlo, acaso se acumule a lo largo de las generaciones.

Cuando digo tomarse el trabajo de mirar no me refiero a la falsa polémica del realismo, falsa pues todos sabemos que la realidad es, por decirlo con una imagen, al mismo tiempo un abeto y un árbol de Navidad, y ambas cosas deben ser vistas. Cuando digo el trabajo de mirar me refiero en primer lugar al trabajo previo de ir apartando obstáculos. Apartar las propias ocurrencias, los llamados demonios interiores, o ese mundo propio de tantos autores y autoras encantados de haberse conocido. Apartar a continuación el amplio cortinaje de tos estereotipos hegemónicos, en el caso de esta novela, por ejemplo, la idea de que la bondad es semejante a la felicidad por cuanto ambas rehúyen la narración o el tópico último de nuestros días, algo así como que la tolerancia es el valor supremo.
Y una vez despejado el horizonte, ¿en qué se fija la novela? El personaje de la hermana de Katia pertenece a la tradición de personajes con una minusvalía. Es curioso que en los cojos se ha solido encarnar el resentimiento mientras que los mancos representan a menudo cierta clase de bondad. Manca, como la virgen de El lenguaje de las fuentes, hubiera podido ser la hermana de Katia pero es algo todavía más difícil de abordar narrativamente, es lo que a veces se llama un chico límite o una chica límite, un minusválido psíquico que está en el límite de serlo, toque le falta no es un brazo ni una pierna sino una pizca de inteligencia que te abra las puertas de la normalidad. La elección de esta minusvalía me parece muy sabia por dos motivos: porque toda la novela trata, en mi opinión, de merecer, del verbo «merecer» y porque, en las circunstancias de la hermana de Katia, precisamente haber quedado libre de una parte de la inteligencia le permitirá ver lo que hay detrás del cortinaje, detrás de las ideas dominantes. Los cojos, los mancos, los retrasados son aquellos a quienes el mundo debe algo por e! mero hecho de existir, ellos tienen, como se dice, un déficit. Por eso a veces encarnan el rencor absoluto, puesto que nada ni nadie va a poder compensarles, y por eso también encarnan la bondad absoluta, cuando se trata de personajes que no reclaman su deuda sino que han aceptado que siempre tendrán un saldo negativo en la vida mostrando, en consecuencia, una continua generosidad.

Tal vez la mejor descripción del mal, de la maldad moral, que he leído nunca es este pensamiento del protagonista de La educación sentimental: «Juzgaba que la felicidad merecida por las cualidades de su alma tardaba en llegar». Malo es quien cree merecer la felicidad no por el hecho de estar vivo sino por las cualidades, superiores, distintas, de su alma, si es un individuo, o de su grupo, si es una clase social. La hermana de Katia construye página a página la actitud contraria. Resulta muy efectivo, que no efectista aunque roce el borde, cómo la inocencia de su carácter es capaz de ver en un baile pornográfico que otros considerarían grosero o vulgar, un acto hermoso y grato. Pero lo realmente interesante es que la bondad de la hermana de Katia se proyecta sobre todas y cada una de las situaciones. En los actos mínimos, como hacer un regalo y comprender que al otro no le ha gustado y no sentirse ofendida por ello, y en los actos graves como acompañar en la muerte a su abuela sin juzgarlo un sacrificio o elegir una posición no interesada en la pelea entre su madre y su hermana.
La novela de Andrés Barba persigue y logra el propósito de celebrar la vida. Desde el punto de vista de quienes oponemos al discurso de la literatura artística la necesidad de una literatura política, el peligro que corre cualquier narración que quiera celebrar la vida es caer en un canto a la resignación. Porque celebrar el presente supone aceptarlo, no se puede celebrar a trozos, en tal caso ya no se trata de celebrar sino de hacer cuentas, y eso es lo que la hermana de Katia nunca va a hacer: cuentas. Sin embargo, debido a lo radical de su actitud la hermana de Katia no incurre en comportamientos serviles: el servil sí que hace cuentas, el servil espera algo a cambio del hecho de haberse sometido. En cuanto al dilema más difícil, la resignación, la novela salva el peligro mediante lo que llamaré la intolerancia necesaria. Pues es intolerante la hermana de Katia. Cuando se encuentra con el cálculo máximo, perder la vida para salvar el alma, la hermana de Katia no lo tolera, y ella que es fea y pequeña y que no sabe, es capaz de decirle a un hombre joven e inteligente: «Vete de mi casa». El tiempo pasa y no puedo, aunque quiero, detenerme en la madre de Katia ni en Katia misma, en su sentido de la justicia.
Termino entonces dando las gracias a Andrés Barba por haber empujado la rueda, y haber enfocado la realidad hasta permitirnos distinguir con precisión la vida de esa muchacha quien «la primera vez que besó los labios de Katia tenía trece años, dolor de garganta y un pijama azul con aros olímpicos que decía ‘Sports’. Que sea en hora buena.
Soy apenas un pequeñín. Noche. Invierno. Necesito ir al baño. Es inútil llamar a la cuidadora.
La única solución es arrastrarme hasta los lavabos.
Lo primero es salir de la cama. Es posible; a mí solito se me ha ocurrido el modo de hacerlo. Me arrastro hasta el borde de la cama, me doy la vuelta hasta quedar apoyado sobre la espalda; me dejo caer. El golpe contra el suelo. El dolor.
Me arrastro hasta la puerta del pasillo, la empujo con la cabeza y salgo de la habitación, relativamente tibia, al frío, a la oscuridad.
Por la noche, dejan abiertas las ventanas del pasillo. Hace frío, mucho frío. Estoy desnudo.
El trayecto es largo. Cuando paso por delante de la habitación donde duermen las niñeras, en voz alta pido ayuda y con la cabeza doy golpes contra la puerta. Nadie responde. Grito. Silencio. Acaso mis gritos no tienen fuerza suficiente para despertarlas.
Cuando llego al baño estoy totalmente helado.
En el baño las ventanas están abiertas. En el borde de la ventana hay nieve.
Llego hasta el orinal. Descanso. Necesito descansar antes de emprender el camino de vuelta. Mientras lo hago, la orina empieza a helarse por los bordes.
Me arrastro de vuelta. Llego a mi habitación. Con los dientes, tiro sobre mí la manta de la cama, me envuelvo en ella como puedo y trato de dormir.
· · ·
Soy un héroe. Ser un héroe es fácil: si no tienes brazos ni piernas, eres un héroe o estás muerto. Si no tienes padres, confía en tus brazos y en tus piernas. Y hazte un héroe. Pero si no tienes extremidades y además te ha caído en suerte nacer huérfano, ¡no hay duda!: estás condenado a ser un héroe hasta el final de tus días. O a palmarla. Yo soy un héroe. Simplemente no me queda otro remedio.
· · ·
Por la mañana me vestirán y me llevarán a clase. Durante la lección de historia relataré con viveza los horrores de los campos de concentración fascistas. Me pondrán sobresaliente. En Historia sólo saco sobresalientes. Tengo sobresalientes en todas las asignaturas. Soy un héroe.
LOS SUEÑOS
Cuando era muy pequeño soñaba con una mamá; lo soñé hasta los seis años. Luego comprendí -o, más exactamente, me explicaron- que mi mamá era una negra hija de puta, que me había abandonado. Me molesta escribir esto, pero esas fueron las palabras exactas que emplearon.
Quienes me proporcionaron aquella explicación eran grandes y fuertes, tenían razón en todo; en consecuencia, tenían que llevar razón también en un detalle tan pequeño como ése. Aunque, claro, había otros adultos que no eran así.
Me refiero a los profesores. Ellos me contaban historias sobre países lejanos, sobre grandes escritores; me aseguraban que la vida era maravillosa y que cada uno hallaría su lugar en esta Tierra si estudiabas mucho y obedecías a la gente mayor. Siempre mentían. Mentían en todo. Me hablaban de las estrellas y de los continentes pero no permitían que traspasara la puerta del orfanato. Me explicaban la igualdad de las personas, pero al circo y al cine llevaban sólo a los que eran capaces de andar.
Las únicas que no mentían eran las amas. Qué palabra rusa tan extraordinaria -ama-. Tan dulce. Piensas en seguida en Pushkin: «tomemos un traguito, ama mía…». Eran humildes mujeres de campo. Ellas nunca mentían. En ocasiones hasta nos daban caramelos. Algunas eran buenas, otras malas, pero todas directas y sinceras. A menudo lo que ellas decían te permitía comprender lo que los profesores no querían en modo alguno explicar cabalmente. Cuando te daban un caramelo, por ejemplo, decían: «Pobrecito, ojalá te mueras pronto, así dejaremos de sufrir, lo mismo que tú». O cuando sacaban un cadáver: «Gracias a Dios, este pobre ya no sufre».
Cuando yo estaba resfriado y me quedaba a solas con una de estas amas, buena persona como ella era, me traía de la cocina algún dulce o fruta cocida y me hablaba de sus hijos muertos en el frente, de su marido alcohólico… de un montón de cosas interesantes. Yo escuchaba y me lo creía todo, como creen los niños en la verdad, como quizá sólo ellos son capaces de creer. Con frecuencia, los mayores no son capaces de creer en nada. Lo de la «negra hija de puta» lo decían las amas con la misma naturalidad y simplicidad con que hablaban de la lluvia o de la nieve.
A los seis años dejé de soñar con una mamá. Y soñé con ser uno de los que andan. Casi todo el mundo andaba. Los que apenas si podían desplazarse con ayuda de unas muletas, pertenecían también a los andantes. Los andantes recibían mejor trato que nosotros. Eran personas. Después de salir del orfanato podían ejercer una profesión útil para la sociedad -llegarían a ser contables, zapateros, costureras-. Muchos de ellos harían estudios, «se abrirían camino en la vida». Luego volvían al orfanato en automóviles caros. Cuando llegaba uno de ellos, nos reunían en la sala grande para que aquel ex residente del orfanato nos refiriera qué puesto ocupaba ahora en la sociedad. De las historias que contaban, parecía que aquellos tíos y tías gordos habían obedecido siempre a los mayores, habían sido buenos alumnos y conseguido todo gracias a su inteligencia y a su empeño. Pero, claro, ¡ellos eran de los andantes! ¿Por qué diablos tenía yo que escuchar aquellos jactanciosos discursos si conocía perfectamente lo que hay que hacer… cuando puedes andar? Lo que nadie contaba era cómo fuera posible echar a andar.
A los ocho años comprendí una cosa bien simple: que estaba solo y que nadie necesitaría de mí. Que tos mayores, como los niños, piensan solamente en ellos mismos. Por supuesto, yo sabía que en algún lugar del planeta existían mamas y papás, abuelos y abuelas. Pero todo eso era tan lejano y tan inverosímil, que metí aquella información en el mismo cajón que los conocimientos sobre estrellas o sobre continentes.
A los nueve, comprendí otra cosa: que nunca sería capaz de andar. Aquel descubrimiento fue muy triste. Se chafaron los países lejanos, las estrellas y las alegrías semejantes. Quedaba solamente la muerte. Una muerte larga e inútil.
Leyendo, supe a los diez años de la existencia de los kamikazes. De aquellos muchachos valientes que llevaban la muerte al enemigo. En un vuelo sin aterrizaje devolvían a la patria las deudas contraídas por el arroz comido, los pañales manchados, los cuadernos escolares; por las sonrisas de las niñas, el sol y las estrellas; por el derecho a ver a sus mamás cada día. ¡Aquello sí que era lo mío! Bien sabía yo que nadie iba a colocarme en un avión. Soñé con un torpedo. Un torpedo manejable cargado de explosivos. Soñaba que me acercaba muy despacio hasta el portaaviones enemigo y que apretaba el botón rojo.
Muchos años han pasado desde entonces. Ahora soy un tío mayor y todo lo comprendo. Quizá esto sea bueno, quizá no tanto. Las personas que comprenden todo son a menudo aburridas y simplistas. No tengo derecho a desear mi muerte, de mí depende en gran medida el destino de mi familia. Mi mujer y mis hijas me quieren, y yo las quiero mucho, mucho, a ellas, también. Pero algunas noches, cuando no puedo dormir, me pongo a soñar con el torpedo y el botón rojo. Aquel ingenuo sueño de niño no me ha abandonado; y bien pudiera ser que no vaya a hacerlo nunca.
LA FIESTA
Primer recuerdo. Estoy solo, tumbado en el parque. Grito. Nadie acude. Grito durante mucho tiempo. El parque es una vulgar cuna de bebé, con rejas metálicas. Estoy recostado sobre la espalda. Mojado y dolorido. Las rejas del parque están completamente cubiertas con un edredón blanco. No viene nadie. Ante mis ojos está el techo blanco y, si vuelvo la cabeza, puedo observar la larga extensión del edredón blanco. Grito y grito. Los mayores vienen a horas determinadas. Cuando lo hacen, me insultan a voz en grito, me dan de comer, me cambian los pañales. Yo amo a los adultos -ellos a mí no-. Que griten, que me acuesten en el lecho incomodo. Me da igual. Sólo quiero que venga alguien. Quiero ver los otros parques, la mesa, la silla y la ventana. Nada más. Luego me acuestan de nuevo en mi parque. Grito de nuevo. Ellos me gritan a mí. No quieren cogerme en brazos. No quiero volver al parque. Hasta donde alcanza mi memoria, siempre tuve miedo cuando me dejaban solo. Me dejaban solo habitualmente.
El primer olor agradable -una mezcla de resabio a alcohol y perfume-. Algunas veces llegaban mujeres con batas blancas, que me cogían en brazos. Me tomaban con cuidado, no como de costumbre. Lo llamaban «la fiesta». Su aliento olía bien, a alcohol fuerte. Me llevaban a una habitación grande donde había una mesa y varias sillas. Yo estaba sentado sobre las rodillas de una de ellas. Me pasaban de regazo en regazo las mujeres. Me daban cosas buenas de comer. Lo más agradable era que yo lo veía todo. Todo lo que había alrededor de mí. Las caras, los platos bonitos, las botellas, las copas. Todas bebían vino, comían, hablaban. Una mujer me sostiene suavemente con una mano y con la otra vacía el contenido de una copa; come. Había varias cosas de comer; de cada una, ella corta un pedacito y me lo pone en la boca. Nadie grita a nadie. Y yo, cómodo en aquel ambiente de paz. (…)
LA ESPAÑOLA
Hospital. Estoy acostado, enyesado desde los pies hasta la cintura. Recostado sobre la espalda. Así más de un año. Miro al techo. Durante más de un año miro al mismo punto en el techo. No tengo ganas de vivir. Me esfuerzo en comer y en beber menos. Lo logro. Hago esfuerzos porque sé que cuanto menos comes, menos ayuda necesitas. Pedir ayuda a otros es lo más horrible y desagradable del mundo.
Pasan visita. Acompañado de estudiantes muy jóvenes, un doctor recorre las salas. Se acerca a mi cama. Echa un vistazo a mi historial clínico y lee en voz alta lo que yo llevo escuchando un año entero. Habla de mis manos, de mis piernas, de mi discapacidad mental. Estoy acostumbrado. En este hospital me he acostumbrado a muchas cosas. Casi todo me da igual.
El médico quita la sabana que cubre mi cuerpo, saca un puntero y enseña interminablemente y con monotonía mis miembros a los estudiantes aburridos. Les explica el tratamiento que han empleado y otras sandeces. Los estudiantes están a punto de dormirse.
-¿Cuántos son dos y dos? -me pregunta de pronto el médico.
-Cuatro.
-¿Y tres y tres?
-Seis.
Los estudiantes se despabilan, casi se les quita la modorra. El doctor explica de manera sucinta y convincente que no todas las partes de mi cerebro están dañadas. «El niño, hasta sabe su nombre y reconoce a los médicos». Me sonríe. Conozco esas sonrisas, las odio. Así sonríen a los animales o a los niños muy pequeños. Son falsas sonrisas.
-¿Y cuánto son dos multiplicado por dos?
Enfatiza con fruición la palabra «multiplicado». Es demasiado. Hasta para mí, hasta en este maldito hospital, esto es demasiado.
-Dos por dos son cuatro; tres por tres: nueve; cuatro por cuatro: dieciséis. Tengo frío. Cúbranme con la sábana o, por lo menos, cierren la ventana. Sí, soy un débil mental, ya lo sé; pero los débiles mentales a veces también pasan frío. No soy un ratón de laboratorio.
La expresión «ratón de laboratorio» la he oído en la sala de vendaje. El doctor me mira atónito. Se queda inmóvil, sin decir palabra. Una chica de su séquito se inclina rápidamente hacia mí, me cubre con la sábana y se retira con la misma rapidez.
La visita ha terminado.
Por la noche viene a verme una mujer vestida de calle, joven y hermosa. No lleva bata blanca. Hace más de un año que no he visto a nadie sin bata blanca. Se inclina sobre mí con energía y me pregunta:
-¿Eres español?
-Sí.
-Yo también soy española. Estudio en la facultad de Pedagogía. Nos han pedido que expliquemos el Cantar de las huestes de Ígor. Es complicado, no entiendo nada. ¿Querrías ayudarme?
-Pero yo soy un niño y usted estudia en la facultad.
-Tutéame.
-Vale, voy a intentar ayudarte.
Saca un libro de su bolso, acerca una silla hasta mi cama y se pone a leer. Lo hace lentamente, casi sílaba por sílaba. Yo conozco casi todas las palabras «difíciles» del texto y las que no, vienen explicadas en unas notas a pie de pagina, en letra pequeña, que puedo leer. Es un sistema muy cómodo. La edición es buena.
Se hace de noche. Ella tiene que irse. Cierra el libro, se levanta.
-No hemos leído todo el poema, vendré mañana. Me llamo Lolita.
-Y yo, Rubén.
Sonríe.
-Ya sé como te llamas, Rubén. Vendré mañana.
Por la noche apenas me fue posible dormir. Nunca nadie me había hecho una visita. Casi todos mis conocidos tenían a alguien «en el exterior»: padres, abuelos, hermanos. Un georgiano hasta había recibido la visita de un primo hermano. Sus padres habían muerto y él fue educado por su tío. El georgiano me explicó que ser primo hermano es ser un pariente carnal. Me dijo que un pariente carnal es la persona más próxima de uno de toda la Tierra. Él tenía muchos parientes carnales. Yo no tenía ninguno.
Al día siguiente vinieron a visitarnos los miembros de nuestro Patronato. La Facultad de Pedagogía se había inscrito de pronto oficialmente entre los patronos de la sección infantil de nuestro hospital. Posiblemente, ya antes eran nuestros patronos, pero fue aquel día cuando aparecieron por primera vez en nuestra sala. Entre ellos, claro está, se hallaba Lolita. Llevaba la bata sobre los hombros, el vestido se dejaba ver bajo ella.
Se acercó a mi cama.
-Ves, he venido. ¿Por qué lloras?
· · ·
Volvieron con mucha frecuencia, casi todos los domingos. Lolita no siempre llegaba con ellos, pero cuando venía permanecía largo tiempo al lado de la cama, junto a mí. Hablábamos. Charlábamos. Hablar con alguien era muy importante para mí, algo casi excesivo, demasiado para mi corazón de niño. Era un lujo delicioso. Pero a ella nunca le bastaba, siempre quería más. Visitar a un niño enfermo le sabía a poco. Un día los estudiantes trajeron un proyector. En la sala de recreo echaron una película de dibujos animados. Yo, como siempre, me quedé solo en mi habitación. Entró Lolita, me miró, dijo algo, yo le respondí. Pensé que estaba enfadada. Ella salió corriendo. Al domingo siguiente los estudiantes llevaron el proyector a mi habitación. Colocaron mi cama junto a la pared. En la mancha luminosa de la pared, un gracioso lobo intentaba atrapar sin éxito al astuto conejo. Vi toda la serie, los diez capítulos de los dibujos animados más populares de Rusia. Era la primera vez en mi vida que lo veía.
Con Lolita todo era por primera vez. Por primera vez me acostaron en una camilla y me sacaron a la calle. Por primera vez en toda mi vida de ingresado pude ver el cielo. El cielo, en vez del techo eternamente blanco.
· · ·
Fiesta. Hay fiesta en el hospital. Las fiestas no tenían nada que ver conmigo, no me importaban. Eran otros los que se divertían.
Lolita entró en la sala, guapísima, vestida con un traje español, muy pintada, sin bata.
-Rubén, ahora van a traer la camilla para llevarte a la sala de recreo.
Hoy voy a bailar.
Bella y alegre. Iba a ser una verdadera fiesta.
Entró la enfermera. Una enfermera corriente, con bata blanca.
-Está prohibido mover al enfermo. Está recién operado.
Con la llegada de Lolita había olvidado la operación. Otra vez los médicos habían cortado el yeso, otra vez yo había sentido dolor inútilmente. Prohibido. Todo y siempre estaba prohibido. A decir verdad, ya me había acostumbrado a aquellas prohibiciones eternas. Pero Lolita no estaba acostumbrada. Abandonó corriendo la sala. Se esfumó.
Pocos minutos más tarde entraron con gran alboroto. Hablaban en español Lolita, Pablo y un muchacho bajito, con bigote. Pablo llevaba una guitarra. Yo conocía a Pablo. El bigotudo empezó a hablar en ruso.
-Tienes que volver a la Acción Cultural. Ya.
-Bailaré aquí. Aquí y ahora.
-Bailarás donde te digan. Me llevo la guitarra. Pablo, vámonos.
-Pablo ¿te vas a ir? -Lolita miraba de frente al muchacho alto.
Clavó su mirada en él, alegre y desafiante. Pablo esquivó su mirada.
El bigotudo salió, llevándose consigo a Pablo, el pobre. Nos quedamos ella y yo solos en la habitación.
Lolita bailaba. Bailaba marcando el ritmo con los dedos.
Lolita bailaba. Bailaba para ella. Tensa y seriamente, taconeaba una melodía lejana y extraña. Sin guitarra, sin Pablo. Bailaba de verdad, con todo el cuerpo.
A nuestro orfanato venían algunas veces grupos de baile. Jóvenes idiotas, que pisaban con frecuencia el tablado del club de nuestro orfanato. Salía el presentador, anunciaba el número siguiente, y volvían a salir las mismas idiotas, que pisaban otra vez el tablado con algún paso diferente. Era mortal.
Sólo una vez se alteró este ritual. El día de la Victoria vino a vernos uno de aquellos grupos de baile. Fue como siempre, pusieron la música de siempre. De pronto subió al escenario nuestro profesor de Historia y murmuró algo al oído del desprevenido acordeonista. El profesor se puso en cuclillas y empezó a recorrer la escena a saltos, haciendo sonar las medallas sobre su pecho. Las muchachas del grupo se apartaron del veterano para no molestar. Este hombre está bebido, hay que dejarle bailar, parece que es lo que quiere. Era verdad que el profesor había bebido aquel día. Por algo era el día de la Victoria. Bailaba bien, salvaje y libremente. Su salida me pareció de lo más natural. De él emanaba fuerza y libertad. Nunca jamás vi nada parecido.
Pero la primera vez yo vi un baile verdadero, vivo, en aquel hospital del norte de Rusia, un baile de verdad, fue un baile español.
Nos despedíamos. Lolita tenía que marcharse.
-Niño, te encontraré. Te escribiré, espera mi carta.
Había prometido escribirme; y yo, una vez más, no me lo creí, como nunca creía nada de lo que me decían.
-Nunca podrás encontrarme. Yo ni siquiera sé a qué orfanato me van a llevar.
No me lo podía creer.
Dos o tres años más tarde, llegó un sobre. Por correo ordinario. Era la primera carta que recibía en mi vida. Dentro, iba una postal muy bonita. La postal: una española bailando, vestida al modo tradicional. El traje bordado sobre la cartulina con hilos de colores. En Rusia no se hacían postales de ese tipo.
Me trajo la carta la educadora. La puso delante de mí, abierta. Se sentó frente a mí.
-Rubén, tengo que hablar contigo seriamente. He leído la carta. No hay nada peligroso en ella. De momento. Espero que comprendas que no vas a poder contestar. España es un país capitalista. No es recomendable escribir a personas que viven en países capitalistas. Cada extranjero puede ser un espía. Eres un niño inteligente y comprendes que la dirección de esta casa de niños no puede permitir que corras ese riesgo.
Cogió el sobre y se fue.
Yo me quedé largo rato mirando la postal y la escondí en el libro de Matemáticas.
A la mañana siguiente, abrí el libro y ya no estaba.
[…]
Traducción del ruso por Aurora Gallego
Este relato, publicado apenas hace dos meses en la revista Inostrannaia Literaturna (nº 1/2002) de Moscú, continúa hasta un total de casi ochenta páginas, que no podemos reproducir aquí por motivos obvios. La publicación rusa incluye además una introducción del escritor Serge Yurienen, donde se explican algunos detalles sobre la sociedad española que se supone serán poco familiares para el lector ruso. Omitiremos aquí esos detalles, lo mismo que otros sobre la biografía de Rubén y de su madre, que el lector español puede conocer por un artículo muy documentado, publicado por Miguel Ángel Mellado hace un año en El Mundo (www.elmundo.es/2001/03/18/cronica/970287.html). Pero vamos a reproducir aquí una síntesis de esta increíble historia y de una entrevista a su protagonista, Rubén, realizada también por Serge Yurinen y en la que se explican los motivos por los que, tras esta azarosa vida de huérfano con parálisis cerebral, que va rodando por los orfanatos de Rusia, Rubén decidió convertirse en escritor.
· · ·
Dice la psicología experimental que, en cualquier grupo humano, empezando por la familia, existe la tendencia a formar en su seno «la imagen del enemigo». Así fue como, lamentablemente, empezó esta historia. En una familia con cuatro hijos de un líder político español, Ignacio Gallego, Secretario general del Partido Comunista en París mientras duró en España la dictadura de Franco, «la oveja negra» resultó ser la hija mayor, Aurora. Ella había nacido en París y, al terminar el Liceo, en los años sesenta, la más rebelde de la familia fue enviada a Moscú, con la esperanza de poder ser «reeducada».
En la universidad moscovita, la española de París (y de Praga y de Varsóvia, donde vivió dos años en el orfanato de la Embajada Soviética), hizo amistad con un estudiante de Venezuela, guerrillero de Caracas que, por huir de la Junta Militar, había atravesado el Atántico y llegado al país de sus sueños. Aurora y él se casaron en el piso 18 de un rascacielos estaliniano. Le siguió un embarazo sin control médico. Y llegó la sorpresa: esperaban mellizos. Durante los meses de vacaciones que disfruta en la costa de Crimea, Ignacio Gallego, abuelo de los nonatos, se ve obligado a mover hilos para que acepten a Aurora en el hospital del Kremlin. No es Fácil, el Gran Hermano está muy ocupado con acciones brutales para aplastar con sus botas de cuero la «cara humana» del socialismo checoslovaco. «Tanto peor, tanto mejor».
Aurora es ingresada, pero en la hora decisiva, los médicos fallan. Uno de los mellizos murió a los diez días, el otro salió por los pies. Antes de que uno hemorragia pudiera acabar con la hija de uno de los líderes del comunismo internacional, la comadrona intentó por todos los medios que el parto fuera lo más rápido posible. Y lo consiguió, aunque su segunda hijo nació con parálisis cerebral.
Nadie sabe quién tomó la decisión. Pero que un nieto de Ignacio Gallego fuera débil mental por negligencia de la medicina soviética, era algo de lo que iban a ocuparse personajes del más alto nivel y que resolvieron, por lo demás, sin ceremonias ni formalidades. Aurora no había abandonado la habitación de su hijo en todo el año, día y noche luchaba para sacarlo adelante, contra el pronóstico de los médicos. Finalmente lo dejó durante quince días para examinarse en la Universidad. Al cabo, le llamaron de urgencia al hospital donde estaba ingresado Rubén. Le mostraron a su hijo en reanimación. «El niño agoniza», le dijeron. Unos días más tarde volvieron a comunicarse con ella: «Rubén ha muerto». A Aurora le faltó valentía para presentarse allí y pedir que se lo enseñaran muerto. De haber ido, afirma ella, «me hubieran asegurado que ya lo habrían incinerado». Y como ya había ocurrido con el primer mellizo, que no hubiera ni ceremonia funeraria ni certificado de defunción nada tenía de extraño. La historia de Rubén, pues, parecía haber tocado a su fin, ¿qué más cabía hacer? ¿Ir a golpear con la frente la reja del hospital del Kremlin?
El venezolano no soportó la situación y se marchó lejos, a tierras del Trópico. Aurora, por el contrario, se hizo más radical. Su familia la mantenía a distancia, en Moscú. Siete años más tarde volvió a Occidente con su segundo marido, un escritor, acompañados ambos por una hija, Anna, que había nacido normalmente en un hospital de Moscú. En París obtuvieron el estatuto de refugiados políticos y empezaron una nueva etapa. Aurora, cosas de la vida, comenzó a trabajar en Radio Liberty, la emisora de contra propaganda comunista, dependiente del Senado norteamericano.
Atrás quedaba, solo, Rubén, que no había muerto. Alguien ordenó dar al niño los nombres «Rubén David González Gallego», para que de algún modo le sirvieran de pasaporte en su viaje por las instituciones oficiales de la URSS.
Rubén, por cuyas venas corre la sangre andaluza del abuelo, la vasca de la madre y una mezcla portentosa de sangre india, negra y china de su padre venezolano, peregrinó por diversos hospitales soviéticos. Más tarde llegó a la aldea Kartashovo, donde vivió cuatro años. Le acogió luego el Instituto de Estudios Carlos Marx, en Leningrado. Residió en diversos horfanatos: en Briansk, en Trubchevsk, en la región de Penza, en Nizhnii Lomov. Toda su infancia estuvo marcada por esta amenaza terrible: a los 16 años sería enviado al geriátrico ¡unto con los demás chicos lisiados. Su destino era morir allí, más tarde o más temprano, porque en la URSS no había oficialmente minusválidos. Finalmente acabó recluido en el geriátrico de la ciudad del proletariado masacrado -Novotcherkassk-, donde pudo realizar estudios de Informática y Derecho.
Consiguió escaparse del centro («Tú ya no nos interesas, puedes marcharte sin que te veamos»). Se casó por primera vez y tuvo una hija -una belleza- Se divorció y se casó otra vez; y otra vez nació una niña, bellísima también. Empezó a trabajar, se compró un ordenador. Y se propuso realizar el sueño que anhelaba desde niño: encontrar a su madre. En uno de los centros logró enterarse de que era descendiente de un líder comunista español.
Tenía familia, pues.
Después de un viaje (filmado por un director lituano español, Alguis Arlauskas Pinedo, que creyó en su aventura y que acompañó a Rubén desde el sur profundo de Rusia a Moscú, Madrid, París y Praga), consiguió localizar a su madre en esta ciudad. «Soy tu hijo, no estoy muerto. Si quieres verme, acude al Dunkin´ Donuts de la plaza a las 20:30», escribía Rubén en una nota que le hizo llegar a su madre a través de uno de los compañeros de viaje. El día del encuentro, las cámaras quedaron en off: demasiada realidad para ser grabada en celuloide. Treinta y dos años después de haber sido separado de ella, Rubén recuperó a su madre y decidió permanecer ¡unto a ella. Los dos se determinaron a venir a España y, desde pocos hace pocos meses, luchan por hacerse un hueco entre nosotros.
Estos y otros pormenores de la historia se ofrecían asimismo como introducción al relato de Rubén, en la revista moscovita citada. Serge Yurienen, autor de esa introducción, se interesaba finalmente por la nueva profesión que Rubén empezó a desarrollar en Praga y continúa ahora en España, la de escritor. Por el interés complementario y de actualidad que tienen, ofrecemos a continuación alguna de esas preguntas.
SERGE YURIENEN · Las personas con parálisis cerebral, «inteligentes», por regla general se hacen científicos, y algunas veces llegan a ser geniales, como Stephen W. Hawking. Pero Vd., que maneja muy bien el ordenador, ha decidido escribir textos y no programas. ¿Por qué?
RUBÉN GONZÁLEZ · Es verdad que, en el mundo entero, es relativamente fácil encontrar personas paralíticas que han llegado a ser científicos. De ellos, no todos se hacen célebres, desde luego, ni todos son catedráticos o llegan a ser mundialmente conocidos. El minusválido corriente, de talento medio, es fácil que elija las ciencias exactas para desarrollar su vocación. Una persona limitada físicamente por su cuerpo, quieras o no, se vuelve observador. Y si la movilidad del cuerpo está muy limitada, entonces ya no hay tope para el desarrollo intelectual. En tiempos de desarrollo de la Informática, como nuestra época, muchas personas completamente sanas se condenan voluntariamente a permanecer sin movimiento delante de la pantalla del ordenador. Para un minusválido, para quien su inmovilidad no es voluntaria, el trabajo científico le conviene por muchísimas razones. Como cualquier otra actividad que le proporcionara independencia financiera y una integración social plena. Cuando hablan dos matemáticos, por ejemplo, lo que cada uno de ellos es o deja de ser físicamente es completamente irrelevante.
Si uno quiere llegar a formar parte del círculo estrecho de los intelectuales, necesita dos cosas: educación y ayuda de la sociedad. La sociedad rusa, cuando yo era joven y ella todavía se llamaba orgullosamente soviética, no podía ofrecerme la posibilidad de estudiar. Más aún, el plan del Estado para las gentes como yo consistía más bien en aislarnos del mundo exterior. En el país donde los genios abundan, no eran necesarios nuevos ejemplares. La mayoría de los minusválidos rusos que conozco y que trabajan intelectualmente, se han visto obligados a emigrar.
Yo no pensaba dedicarme a escribir, ni en sueños. Lo único que en Rusia logré con mi trabajo fue llegar a sobrevivir muy modestamente. O dicho más exactamente, me moría de hambre, casi. Mis primeros escritos nacieron del impulso de contar lo que yo había visto y vivido, para poder morirme luego con la conciencia tranquila. Fui consciente de que era escritor cuando salí de mi país, cuando ya no estaba obligado a luchar cada día para sobrevivir. En Rusia yo estaba absolutamente persuadido de ser un condenado, y como tal me disponía a morir. Ahora mi salud es buena y nunca antes había tenido tanta capacidad de trabajo. Escribo mucho, en parte porque no tengo otra cosa que hacer.
S Y · El héroe de sus escritos se halla con frecuencia en compañía de un libro cuyo título, habitualmente, no se da a conocer. ¿Qué leía Vd. en Rusia?
R G · Mucho, todo lo que caía en mis manos. Leía para evadirme de la realidad. Los profesores de Literatura no eran en esto distintos al resto. Trataban de integrar la realidad literaria en la realidad de la vida, pero en mi caso esto era imposible. Lo que a mí me resultaba verdaderamente interesante, de eso ellos no querían hablar conmigo; todo lo demás, era secundario para mí. Los héroes de la literatura eran sin excepción gente sana o con apoyos sociales. Los problemas que les hacen sufrir a mí me parecían risibles. La experiencia de una persona con una invalidez importante, y que no tiene apoyo familiar alguno, no había sido abordado aún por nuestra literatura. Nikolai Ostrovski, por ejemplo, al que la propaganda soviética tanto ensalzaba, quedó minusválido, sí, pero después de estar plenamente integrado en la sociedad.
A mí siempre me gustaba más la literatura extranjera, porque me sacaba más que la soviética de la realidad. Descubrí la literatura rusa sólo al abandonar mi país. Me puse a leer a Dostoyevski y entendí casi todo. Siempre me gustaron, y me gustan, los novelistas latinoamericanos.
S Y · Y ¿cuándo decidió escribir?
R G · Cuando conocí a mi madre comprendí que, para explicar al mundo quién soy, tenía que escribir. En tomo a nuestra historia hay demasiadas cosas extrañas, demasiados secretos, demasiadas mentiras. Si no escribiera yo mi historia, la escribirá otro, y lo haría según su conveniencia. Está claro que a la mayoría de la gente le parece menos deprimente presentar nuestras vidas como resultado de unas circunstancias impersonales, que las determinaron fatalmente; pero eso no es así. Sin proponérmelo, yo he sido testigo del sistema socialista de aislamiento de los minusválidos.
Hay otra razón por la que escribo, y es personal. Por delante de mí, hay una vida normal; por detrás, sólo el infierno. Yo necesito desprenderme del infierno que llevo dentro.
S Y · ¿Dónde, por qué y cómo fue escrito su primer texto?
R G · En Rusia. Me estaba muriendo; mi corazón ya no valía para nada. En mi casa, habían cortado la calefacción y no teníamos comida suficiente… De pronto, en el techo, empezaron a aparecer letras blancas. Yo cerré los ojos pero las letras no desaparecían. Componían palabras. Por la mañana, sólo me quedaba escribirlas. Y así todas las noches, y las mañanas.
S Y · ¿En qué se diferencia su situación de la de las personas que se vieron obligadas a escribir en cárceles, campos de concentración o situaciones de creación análogas, en las que no cabía contar con el papel?
R G · En nada. Puede parecer extraño, pero a menudo son justamente las condiciones más duras las que pueden empujarnos a la creación. Lo más importante en una cárcel es sobrevivir, no quebrarse. La creación es uno de los medios para conservar tu personalidad. A mí me parece que las condiciones que has citado son las más apropiadas para la creación; en mi caso, las posibilidades de comunicarme con el mundo exterior son limitadas y entonces cojo lo que sale a mi encuentro.
S Y · ¿Qué es Vd.: un español que escribe en ruso o un ruso que se está haciendo español? ¿Cómo concibe Vd. su actividad literaria en España?
R G · Yo soy ruso. Quizá no al cien por cien ya, pero de momento sigo siendo ruso. Este último año he cambiado un montón. Ya empiezo, por ejemplo, a tener una idea de la cultura mundial. España me recibe como ciudadano de su país; y Rusia me rechaza. Estoy cambiando, y muy rápido.
No estoy seguro sin embargo de que mi actividad principal vaya a ser la de escritor. La literatura no da de comer. Comprender el idioma, aprender la cultura de otro pueblo, es para mí un placer inmenso. Si puedo seguir escribiendo, seguiré escribiendo en ruso o en español. Para mí no hay ninguna diferencia.
S Y · Vd. se refiere a algunas «personas de texto». ¿Qué quiere decir con esto?
R G · Hay muchas maneras de comunicarse: bailando, por ejemplo, o componiendo música, pintando, etc. Habitualmente, nos inclinamos más por un medio que por los otros. El modo de comunicación más próximo para mí es a través de la palabra escrita. Las personas que expresan su relación con el mundo y los demás a través de letras son las que yo llamo «personas de texto». Y yo soy una de ellas.
S Y · Y sin embargo, las ciencias exactas tienen su encanto… ¿No le da lástima no haberlas cultivado?
R G · Sí, lamento mucho que no me hayan permitido entrar en el mundo de las ciencias exactas. Pienso que hubiera podido hacer muchas cosas en ese terreno: Estas ciencias estudian el mundo igual que las humanidades; encuentro que la diferencia entre un científico y un escritor es más bien formal. Pero si un científico puede hacerse escritor en cualquier momento, ser un científico de verdad sólo puede lograrse cuando uno es joven. Lamento por eso que el mundo de las ciencias haya quedado fuera de mi alcance, como lamento también las oportunidades de conocer el mundo que he perdido. De esto hablo en el capítulo «Nunca», en mi libro.
Confiemos en que algún editor español haga posible que ese capítulo de Blanco sobre negro, negro sobre blanco de Rubén González Gallego, así como los restantes, lleguen a los españoles. El autor está esperando este encuentro con los lectores de nuestro país. En Alemania, ya se ha empezado la traducción de su obra. Pero Rubén no pierde el tiempo y, preparando a los editores más trabajo, ultima los episodios que integrarán su segundo título.
Se repite cada vez con más insistencia en el mundo y, sobre todo, en los medios de información, que la poesía está destinada a desaparecer. A mí esto siempre me ha parecido una inconsecuencia y algo que no tiene, absolutamente, ningún sentido, pero se insiste tanto… y lo vemos sobre todo cuando hablamos, por ejemplo, con dueños de librerías que dicen: «la poesía, ah sí, mire, la tenemos aquí, y la muestran como con cierta vergüenza siempre». Esto, que es algo en lo cual yo nunca he creído, tiene que ver con mi descubrimiento de la poesía de Julio Martínez Mesanza.
Aquí en la Residencia de Estudiantes se hizo una reunión de revistas de América Latina y de España, a la que asistió mi hijo Santiago que publicaba entonces una revista, y en medio de una conversación se me acercó un señor, con un ligero acento andaluz, y me pasó una revista y también un libro que se llamaba Europa. Pregunté: ¿y este libro?, y escuetamente dijo: son poemas. Gracias a ese gesto aquella noche leí, deslumhrado, este libro de Julio Martínez Mesanza en donde se cantan con justicia, precisión, verdad y al mismo tiempo fervor, no los momentos cruciales de la humanidad, como diría Stephen Zweig, sino algunos de ellos, que si no inventados, sospecho, si magnificados por Julio. Era ese nacimiento de Europa, ese llegar de Occidente a ser lo que fue —y que creo que ya no es— lo que me dejó absolutamente deslumhrado. Me dije, esto tengo que volverlo a leer con más serenidad, porque toca ciertas fibras, ciertas zonas muy íntimas mías. He sido siempre más un lector de historia que de literatura, aunque no me gusta confesarlo con mucha frecuencia, y he seguido teniendo ese libro a mi vera, como después los otros libros de Julio, que no tienen que ver directamente con este deslumbramiento y que, sin embargo sirven, como toda su poesía, para contestar precisamente en una forma radical, irrebatible, que la poesía durará hasta que dure el último hombre sobre la tierra. Porque la poesía de Julio Martínez Mesanza trata siempre de lo esencial, sin decir que es esencial, y ése es su secreto: es aquella otra verdad tan válida como la realidad, tan válida como nuestra verdad interior que surge de repente en el poema y que le hace a uno decir: ¡ah! esto es, qué maravilla, esta es la poesía. Y en el caso de Julio ese fenómeno, esa maravilla sucede en cada página.
Al leer estos libros de pronto jugaba con la idea de decir: ¿en qué siglo ponemos esta poesía?, ¿en el siglo XX?, bueno ahora es XXI ¿no?, pero en fin, es igual: sí, es poesía. ¿Y qué tal si ponemos esta poesía en el siglo X I V ? También, también, ¿por qué?, porque es poesía. No hay en ella el menor intento de hacer ingenio, ni de hacer ninguna otra cosa, como buscar la palabra bonita; salvo decir, revelar esa verdad del otro lado, que es tan verdad como la de éste y que nos ayuda a vivir, y nos ayudará a vivir siempre.
Tuve la ocasión de citar, precisamente por eso, un poema de Julio, en mi discurso cuando recibí el premio Príncipe de Asturias. Iba tan justo ese poema a lo que yo quería decir, iba tan perfectamente ligado, que algunos de los presentes me dijeron: oye, ¿acaso lo escribió Julio para ti?, y me dieron muchos deseos de decir que sí, sí claro, lo escribió para mí porque es un poeta.