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Ver productosHace hoy exactamente cien años, allá en 1902, don Elías Tormo planteó y defendió por vez primera, en un artículo titulado «Desarrollo de la pintura española del siglo XVI», una tesis revolucionaria: que el arte de El Greco no sólo contiene un fuerte trasfondo espiritual bizantino —algo que C. Justi acababa de señalar con razón en su trabajo «Los comienzos del Greco»—, sino que revela unas raíces aún más profundas: sus retratos parecen contener la expresión y la mentalidad de los llamados «retratos de El Fayum», hallados en las arenas de Egipto y fechables en los primeros siglos de nuestra era.
Obviamente, la distancia cronológica entre los dos términos de la comparación se presenta como insuperable para cualquier lector desapasionado, y Manuel B. Cossío, en su libro fundamental El Greco (1908), no creyó siquiera necesario rebatir esta teoría de su colega. Una mera coincidencia estética casual no supone un influjo. Sin embargo, las ideas de Tormo no cayeron inmediatamente en el olvido. En 1915, el gran estudioso del arte antiguo José Ramón Mélida —el mismo que, un año más tarde, asumiría la dirección del Museo Arqueológico Nacional— publica en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones un trabajo muy interesante con el título programático de «El arte antiguo y el Greco», y en uno de sus apartados vuelve al tema de los retratos grecoegipcios.
Para salvar el problema de las fechas, Mélida acude a los argumentos más imaginativos. En una ocasión, hace gala de un idealismo desaforado al afirmar que en la época romana imperial «el arte antiguo había cumplido su evolución, el Renacimiento se adelantaba y sólo pudo retrasarlo la Edad Media». En otra, se plantea una posibilidad arqueológica inverosímil, apuntando que el Greco «pudo ver en su patria, en Creta, donde hizo su primer aprendizaje, pinturas griegas del género de las de El Fayum». Y en una tercera, finalmente, acepta una especie de inconsciente colectivo helénico inamovible: la semejanza entre los retratos de El Greco y las cabezas de El Fayum «no es casual, sino perfectamente explicable, por cuanto determina la filiación artística de un griego de nacimiento, que por ello, mejor que otros, podía sentir aquella tendencia y aceptarla como legítima herencia de sus antepasados».
Hoy ya no aceptamos tales planteamientos teóricos, psicológicamente inconsistentes, pero continúa conmoviéndonos la semejanza espiritual de los retratos pintados por El Greco y los aparecidos en el Egipto grecorromano. Y, sobre todo, nos damos cuenta del impacto estético que hubo de suponer, en la época de Tormo y de Mélida, la novedad de estos últimos. Tomando como punto de partida una primera aproximación realizada en 1877 por E. Ledrain, D. M. Fouquet había resaltado en 1887 la importancia de ciertas «pinturas recientemente descubiertas en El Fayum (antiguo nomo Arsinoíta)», y había abierto así un nuevo campo de estudio, secundado inmediatamente por-R. Graul, G. Perrot y U. von Wilken. En 1893 se publicó el primer gran conjunto de este tipo de retratos: el reunido y presentado por Theodor Graf, y estudiado en sendos trabajos independientes por O. Donner von Richter y por G. Ebers, y catalogado una vez más (en 1900) por F. H. Richter y F. von Ostini. Ya por entonces había comenzado el gran Flinders Petrie sus excavaciones en las ciudades y necrópolis del valle de El Fayum, y éstas irían mostrando al mundo, entre 1889 y 1913, impresionantes series de obras maestras.
Hasta aquí, los trabajos que pudo conocer Tormo. Después, y hasta el artículo de Mélida, aún cabría destacar los siguientes estudios y descubrimientos. En 1903, M. Pernot publica un análisis de conjunto sobre los «Portraits funéraires d’Égypte» en la Gazette des Beaux-Arts. Dos años después, C.C. Edgar comenta las piezas conservadas en el Museo de El Cairo y, en 1908 y 1912, A. Gayet y E. Guimet llaman la atención sobre los retratos, idénticos a los de El Fayum, que se han hallado en el Egipto Medio, en la ciudad romana de Antinoe. W. De Grüneisen, en 1911, podía ya meditar sobre las tradiciones helenísticas y las aportaciones orientales en el campo de la retratística antigua, dando paso a los trabajos de síntesis publicados por A. Reinach en 1914 y 1915.
Ante tal cúmulo de estudios científicos y artículos de divulgación, comprendemos el entusiasmo que hubieron de compartir Tormo y Mélida, y entendemos la pasión con que ambos —insertos en la primera generación que apreció a El Greco sin reservas, viéndolo a través del impresionismo— se acercaron simultáneamente a las pinceladas o toques de paleta que caracterizan a los retratos de El Fayum. Según observa el propio Mélida, muchos de éstos fueron realizados a la cera con la técnica de la encáustica, y por ello «se distinguen por la brillantez, lo que les da semejanza con las pinturas al óleo. Esta particularidad, unida a la factura y al realismo del estilo, da a tales retratos un aspecto moderno y aun modernista, si cabe la palabra, que es por lo que tanto han llamado la atención de artistas, críticos y aficionados».
En la actualidad, la escasez de hallazgos recientes ha apartado de las «novedades arqueológicas» los retratos de El Fayum, pero su vigencia como modelos estéticos no ha decaído en absoluto. El atractivo que estos misteriosos retratos ejercen en nosotros se renueva una y otra vez, e incluso hay periodos en que se ponen de moda siguiendo el vaivén del gusto o de las exposiciones internacionales. En ese sentido, no cabe sino recordar la profusión de muestras que, en toda Europa, han sacado a la luz, durante el último lustro, los conjuntos conservados en los museos más famosos de Alemania, Francia e Inglaterra. A ellos se ha unido, sobre todo, una selección de las mejores piezas del Museo de El Cairo, que viajó a Viena en 1998 y que yo mismo, en calidad de conservador del Museo del Prado, intenté sin éxito traer a Madrid.
En la actualidad, los numerosos trabajos de conjunto realizados en las últimas décadas —bastará destacar el catálogo de los Ritratti di mummie de K. Parlasca, cuyos tres primeros volúmenes se publicaron entre 1969 y 1980, mientras que el cuarto acaba de ver la luz— nos proporcionan una imagen bastante aceptable de la historia de este género pictórico vinculado a un uso muy particular —cubrir la cara de ciertas momias—, y por tanto circunscrito a un ámbito geográfico determinado: unas zonas concretas del Valle del Nilo.

Los retratos de El Fayum no surgieron de la nada, sino que tomaron como base la retratística pictórica romana. En efecto, sabemos que había cuadros de este género —evocaciones de los dueños de la casa, o de familiares suyos— adornando ambientes domésticos, tal como documentan algunos frescos pompeyanos. Baste recordar, en este sentido, el tondo con retrato de una mujer escritora que conserva el Museo de Nápoles o el freco aparecido en el sector VII 2,6 de Pompeya con la efigie de un matrimonio. En ambos casos, como en los retratos grecoegipcios, el modelo nos contempla, pero la cabeza y el cuello modelan un mínimo escorzo para evitar una frontalidad absoluta. La misma actitud mostraban, según podemos entrever, los retratos pictóricos que animaban los muros de ciertas tumbas. Alguno de ellos, fechable como los anteriores en el siglo I d.C. nos ha llegado, aunque muy destruido, la propia Roma.

Fue sin duda en Arsinoe —la antigua capital de El Fayum, también llamada Ptolemaida Evergetis o Crocodilópolis— donde alguien se planteó, bajo el reinado de Tiberio (14-37 d.C), la utilización de un retrato funerario o doméstico para completar una momia. Sin sentir la incongruencia del cuello inclinado sobre el cadáver frontal, tomó el cuadro y lo rodeó de vendajes para fijarlo sobre la cara. Así nacieron, en la necrópolis de Hawara, los retratos de El Fayum. Al principio, hubo artistas y embalsamadores que pensaron en la posibilidad de relegar, para este objetivo, el retrato tradicional a la encáustica sobre tabla, y prefirieron propugnar unas obras más flexibles —en temple sobre lino— pensando sin duda en ajustar el retrato sobre la cara del muerto. Pero pronto se vio que era una precaución inútil, dado que el cúmulo de vendas ocultaba el relieve de las facciones.
En muy poco tiempo, gentes adineradas de todo El Fayumn —de origen griego en su mayor parte, pero ya romanizadas y muy sensibles a las costumbres funerarias egipcias— comenzaron a imitar esta moda iniciada en la capital de su provincia. Salvo en los casos de muertes prematuras, hemos de pensar que los modelos acudían a un retratista más o menos acreditado, obtenían cuadros con su imagen para adornar sus casas, y sabían que, en el momento de su muerte, sus herederos tendrían a su disposición un retrato para insertarlo en sus momias.
En una primera fase —hasta la muerte de Vespasiano (79 d. C), poco más o menos—, asistimos al desarrollo de una retratística «clásica». Los artistas, directamente vinculados a través de Alejandría con las escuelas de todo el Imperio —Roma, Atenas, Pompeya— construyen facciones tranquilas, algo ideales, con miradas directas y caras ovaladas. Prácticamente no hay nada en esas efigies que sugiera la presencia, próxima o lejana, de la muerte. Tampoco caben fisuras en la calidad artística: todas las obras son correctas, aristocráticas y modeladas con múltiples matices.

En los últimos años del siglo I d.C, en cambio, vemos formarse la que podríamos llamar con justicia «Edad de Oro de los retratos del El Fayum». Durante casi un siglo, hasta finales del reinado de Antonino Pío (161 d.C), se van a multiplicar las obras, difundir su radio de acción y evidenciar su estratificación social, siempre dentro de una clase media capa: de pagarse un retrato. Ya no son sólo las necrópolis de El Fayum las que nutren nuestras colecciones. Al lado de las más prestigiosas de esta comarca (El Rubayat o Kerke, Karanis, Tebtunis, la propia Hawara, etc.), donde se cifran por centenares las obras halladas, surgen retratos del mismo cipo y estilo en Marina el-Alamein (al oeste de Alejandría), Saqqara, Antinoe (también llamada Antinoópolis), Akhmim e incluso Tebas, límite meridional —al menos hasta ahora— de este fenómeno pictórico. A veces se aprecian variantes locales —por ejemplo, los sudarios de lino con figuras de cuerpo entero parecen ser propios de Saqqara—, pero nadie duda de la comunidad de origen de todo este movimiento artístico y cultural.
En esta época destaca el desarrollo de una vertiente «popular» o «plebeya», con retratos esquemáticos y sencillos, muy difíciles de fechar en ciertos casos. Pero lo más importante, tanto en ésta como en la vertiente culta, es la aparición de un profundo sentido de la trascendencia en miradas y expresiones. Modelos y artistas son conscientes del uso último que han de tener las tablas pintadas, y actúan en consecuencia. En una época en que todos los retratos romanos, incluso los realizados en mármol, huyen de los gestos banales y buscan un carácter «piadoso» o «filosófico», con las pupilas dirigidas al cielo, los «retratos de El Fayum» se ven doblemente espoleados en la búsqueda de una conciencia de inmortalidad a través del misterio de la muerte.
A partir de fines del siglo II d.C. empieza a complicarse la historia de nuestro género. Sabemos que la tendencia culta permanece aún viva durante varias generaciones, e incluso fructifica en obras magníficas al amparo del dramatismo del siglo III y su anarquía, tanto política como moral. Pero, a su lado, crece de forma incontrolada y alarmante la tendencia «popular», tan fundida con los estilos coloristas, de tintas planas y simbolismo sencillo, que caracterizan el arte paleocristiano de las catacumbas.
En este punto se plantea una disyuntiva de difícil solución. En la actualidad, la mayor parte de los investigadores tienden a pensar que la crisis del Imperio supuso la ruina de la clase pudiente grecoegipcia que mantenía la tradición de los retratos para momias, y que, por tanto, los «retratos de El Fayum» dejaron de producirse a mediados del siglo III. En cambio, K. Parlasca y sus seguidores creen que, si bien la vertiente culta y aristocrática desapareció por entonces, no ocurrió lo mismo con la «plebeya», que manejaba sin duda precios más bajos, y que ésta siguió viva hasta enlazar, en las primeras décadas del siglo IV d.C, con las grandes creaciones, tanto paganas como cristianas, del Bajo Imperio. Según ese criterio, los «retratos de El Fayum» podrían situarse en los orígenes de la pintura bizantina, y sobre todo en el inicio de la escuela de iconos copta.

Obviamente, esta solución puede dar una pista para quienes, aguijoneados por las teorías de Tormo y Mélida, quieran buscar aún hoy el «eslabón perdido» entre El Fayum y El Greco. En efecto, si volvemos a nuestras consideraciones iniciales y contemplamos las obras en sí mismas, no podemos sino conceder, siquiera a nivel ideal, cierto fundamento estético a Mélida cuando proclamaba que en los retratos grecoegipcios y en los del genial cretense alienta «la misma elegancia griega, el mismo noble y delicado sentimiento del eterno modelo humano, la misma huella grave, triste y aun morbosa de la pesadumbre de la vida… el mismo corte alargado del óvalo del rostro y a veces la misma demacración; la misma honda fijeza de la mirada de aquellas grandes y negras pupilas, con idéntico chispazo de vida; el mismo espíritu, en suma, revelador del ser interno, del alma humana, evocado por mágico don del arte de los pinceles».
Obviamente, aun asumiendo tal semejanza, podríamos atribuirla a mera casualidad —casos más flagrantes hay en la historia del arte, y a veces entre obras de distintos continentes—, y buscar el origen de las expresiones de El Greco en la contención hierática y misteriosa de tantos retratos manieristas de Italia.

En último término, no hay mucha distancia entre los caballeros oscuros de Theotocópuli y los atildados aristócratas de Tintoretto o de Pontormo. Sin embargo, hay cuestiones de matiz que no nos convencen en esta teoría. La abstracción del Caballero de la mano en el pecho tiene una mayor trascendencia. Su actitud y su mirada nos llevan, lo queramos o no, al mundo de Bizancio y de El Fayum. Y sabemos que El Greco se formó precisamente como pintor de iconos, y que llegó a Venecia en 1567, ya con veinticinco años de edad y con cierta fama en esta profesión.
En tales circunstancias, incluso a mí me resulta tentador volver al desafío que Tormo y Mélida lanzaron, y que no supieron superar de forma convincente. Es posible —creemos— salir hoy mejor parados que ellos, por la sencilla razón de que nuestros conocimientos sobre el arte antiguo y medieval son mayores que los de hace un siglo. En la actualidad, por ejemplo y sin ir más lejos, nadie suscribiría—tras los descubrimientos de las tumbas de Macedonia— las ideas de Mélida acerca de la pobreza de la pintura clásica griega, ni se sorprendería, como él, ante el desarrollo del retrato como género artístico en la Hélade.
Mélida incurrió, además, en un grave error de enfoque, propio de muchos arqueólogos. Para él, el arte antiguo se circunscribe a las piezas que han llegado hasta nosotros y, secundariamente, a cuanto nos relatan las fuentes escritas. No se plantea un problema tan obvio como el de la destrucción generalizada de las obras de arte antiguas, y, cuando lo hace, se limita a lanzar afirmaciones gratuitas. Recordemos cuando suponía que El Greco, siendo joven, pudo ver en Creta pinturas como las de El Fayum; obviamente, esto es imposible, sencillamente porque el clima de Creta no permite la pervivencia de maderas, y menos aún de maderas pintadas a la encáustica.
A nuestro modo de ver, el problema de la relación remota —pero relación al fin— entre la pintura bizantinizante de El Greco y la cultivada en el Imperio Romano debe contemplarse de forma más fluida. En el campo de la pintura antigua, los frescos etruscos, macedónicos y pompeyanos son sólo islotes que han tenido la fortuna de sobrevivir, y los «retratos de El Fayum» constituyen —ya lo hemos apuntado en páginas anteriores— tan sólo un capítulo del retrato grecorromano: el único que, por azares de la arena y del clima, nos ha legado centenares de obras en buen estado de conservación.
Dejando de lado las composiciones, y centrándonos, como lo hemos hecho hasta ahora, en la problemática del retrato, cabe señalar que, junto al destinado a reflejar efigies de particulares, tanto vivos como muertos, el arte romano desarrolló un género concreto —el de la imagen del emperador—, que exaltaba su carácter ideal, casi divino. Recordemos, en este sentido, el de Septimio Severo y su familia conservado en el Museo de Berlín. Este tipo de retrato, en cierto modo parecido a los de El Fayum por su intencionalidad trascendente, hubo de situarse en el punto de partida de las imágenes paleocristianas de Cristo, la Virgen y los santos.
Otro tanto cabe decir de un género pagano algo distinto en sus inicios. Es indudable que, junto a las estatuas de culto, tantas veces evocadas en nuestras historias del arte griego y romano, existían muchas tablas pintadas con imágenes de héroes mitológicos y de dioses propiamente dichos. Algunas han llegado a nosotros, procedentes de Egipto, y entre ellas, nos bastará recordar dos: las que muestran los bustos de Serapis e Isis, hoy conservadas en el Museo Paul Getty de Malibu (California). A poco que las observemos, advertimos todo lo que tienen en común —actitud, expresión, mirada— con los retratos de El Fayum tantas veces citados, y todo lo que las aproxima a las imágenes imperiales. También estas tablas, según un principio de lógica aceptado por todos, sirvieron como modelo a quienes crearon los primeros iconos de la fe cristiana.
Es por tanto erróneo —en sentido estricto— buscar tan sólo en los retratos de El Fayum los orígenes de los iconos cristianos. Las imágenes bizantinas surgen de un magma iconográfico que, en la Roma imperial, mezclaba y confundía las expresiones de hombres, héroes, emperadores y dioses, empeñándose en darles a todos una profundísima vida espiritual. En ese sentido, carece de interés, de cara a explicar la creación de las imágenes bizantinas, saber si los retratos de El Fayum desaparecieron a mediados del siglo III d. C. o tras la muerte de Constantino. Lo importante es saber que su espíritu, como el de todos los «hombres divinos» que ilustraron el arte y la literatura grecorromanas desde el siglo II d.C, se encarnó en obras tan magníficas como el Icono de Cristo fechado en el siglo VI que conserva el monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí. Si entendemos este paso, absolutamente lógico en la tradición clasicista del arte cortesano imperial —y este icono procede, al parecer, de los talleres de Constantinopla—, el paso hacia El Greco queda prácticamente expedito. Sólo nos resta señalar la tradición casi inmutable del arte bizantino, el aprendizaje de Theotocópuli en Creta, y la revelación que tuvo en Venecia de la pintura al óleo, tan semejante a la encáustica antigua en sus resultados plásticos.
México es crisol de dos herencias culturales distintas (en realidad, no tan discordantes como se concluiría de un análisis superficial); pero es también fruto de sistemas y formas de actuación social y política que se han impuesto, muchas veces con complicidad interna, desde el exterior, a un pueblo del que se desconoce lo genuino.
Hay formas adecuadas, como las hay inadecuadas. Unos formalismos posibilitan la libertad e incluso la solemnizan, mientras otros la manipulan y aherrojan. México afronta en la actualidad un gran proceso de regeneración, que ha de pasar necesariamente por la valoración de las formas y por su regeneración porque, como dijo Jesús Reyes Heroles, «en México la forma es el fondo». La forma en nuestro país cristalizó en unas prácticas premodernas útiles para el control, la desmotivación de la sociedad y el éxito de los intereses individuales, al margen de la consideración social y del bien público. Y eso fue aceptado como una forma, se convirtió paulatinamente en regla no escrita de un juego de, al menos, dudosos resultados.
Por ello el proceso de transición que se viene efectuando en la sociedad mexicana a partir del mítico año 1968 es —debe ser— más profundo y radical. Se trata de un proceso de transformación que ha de liberar las mejores fuerzas de la sociedad mexicana. La alternancia de partidos políticos en el poder, a partir del año 2000, no supone solamente la liberación del espacio para la actuación política: también la Historia se está liberando, esa Historia que durante dos siglos ha sido cautiva de la visión de los vencedores en las diversas contiendas civiles; se está liberando asimismo la iniciativa de los ciudadanos para crear organizaciones y para participar en todos los ámbitos del desarrollo; y también, y ello no es menos importante, está ocurriendo una liberación mental, que nos permita abandonar aquellos clichés que hacían impensable el cambio en el país.
LA NUEVA GUERRA POR LA INDEPENDENCIA
Se nos había definido como un pueblo en minoría de edad perpetua, sólo susceptible de formas de Gobierno paternalistas o autoritarias; en el que no se podría considerar a la mujer en términos de igualdad; y en el que la marginación era consecuencia necesaria de la falta de cohesión social, y se presentaba como un nudo gordiano. Se hablaba de nosotros como de un pueblo cuya forma propia de resolver los conflictos era la lucha y el enfrentamiento y en el que, en consecuencia, sólo podían vencer aquéllos que disponían de la fuerza de las armas.
Muchas veces me ha parecido que los líderes, los jefes y las personas constituidas en autoridad en México, lo mismo en el Gobierno y en las empresas que en cualquier organización social, han asumido como punto de partida este hecho fraudulento: que su tarea no consistía en espolear la responsabilidad de los subalternos sino en establecer prácticas de control; que ellos no debían motivar, sino ahogar las iniciativas; que trabajaban no por integrar, sino por mantener a raya a los involucrados. Fue así como la formas de control permearon todo el espectro de la sociedad, dando paso a una subcultura de clientelismo, decisionismo y corporativismo generalizados. Todo se resumía en este aforismo: «el que manda, si se equivoca, vuelve a mandar».
Lo que hoy se empieza a vivir en México es una verdadera y nueva guerra de independencia, esta vez no contra los aspectos del colonialismo, que sin duda los hubo mientras fuimos parte de España, o de los que existen en la actualidad por nuestra dependencia con los Estados Unidos; se trata de una independencia respecto a un tipo de colonialismo interno, del país, más lacerante y mortal, y que ha sido ejercido por todas las cúpulas del poder en México: el colonialismo cultural e intelectual que nos imponía unas formas de desarrollo que, en última instancia, chocan contra los elementos esenciales de la cultura mexicana.
DEL AUTORITARISMO A LA DEPENDENCIA
En la realidad mexicana hay al menos cuatro prácticas que se han consagrado como dogmas inmutables. La primera es la del autoritarismo, como forma de control aceptada y racionalizada, que mantiene a las personas en una situación de indefensión y subdesarrollo permanentes, toda vez que se las considera ineptas —discapacitadas, infantilizadas o no maduras— para dirigirse a sí mismas. La segunda es la expresión machista de la vida social, que es la aplicación sin más del autoritarismo a las relaciones de género, pero que hunde sus raíces en un sustrato más hondo —el de la discriminación—. La tercera se manifiesta como la creación y el mantenimiento de unas relaciones de dependencia. En una sociedad autoritaria sólo los que tienen el poder se consideran aptos para decidir y pensar. En consecuencia, procuran mantener a los demás en una situación de dependencia, para impedir la manifestación pública de personalidades individuales y vigorosas, a las que, por el contrario, se las recluye en el ámbito de las relaciones estrictamente privadas. Y en cuarto lugar, y como consecuencia de las anteriores prácticas, se cae en el monopolio de la iniciativa. El autoritarismo, la discriminación y la dependencia anulan todo proceso de iniciativa, de responsabilidad personal, de capacidad de emprender por cuenta propia, de aceptar riesgos y de enfrentarse a ellos.
Las prácticas ancestrales de dominación, respaldadas luego por el centralismo del Gobierno español, no hicieron más que reforzarse después de la independencia, hasta cristalizar en un sistema despótico de dominación hegemónica que, bajo la impronta de un estatalismo tropicalizado, ha mantenido al país en un subdesarrollo que garantizaba la pervivencia de un sistema de control político y económico.
De ahí que el proceso de cambio en México no puede quedarse en lo meramente electoral, económico o político, sino que ha de liberar a la sociedad en todos sus ámbitos y en los hábitos que rigen las relaciones básicas en la sociedad mexicana.
DEL ASISTENCIALISMO A LA PROMOCIÓN DEL DESARROLLO
Hay lugar para la esperanza, sin embargo, porque no sólo ha cambiado el mundo, haciendo de la democracia, los derechos humanos, la economía de mercado, el equilibrio ecológico y las políticas sociales compensatorias los elementos clave de la nuevas estructuras políticas; también en la realidad interna nuestro país existe la convicción de que las reglas de la globalización, definidas en términos de competitividad, eficiencia y servicio, sólo pueden ser alcanzadas por el trabajo de una sociedad en la que sus prácticas respondan a los procesos de democratización, igualdad real de los seres humanos, revaloración del individuo y de sus capacidades para actuar y para lanzarse a metas más ambiciosas, que la simple colocación de productos y servicios en los mercados internacionales.
La globalización supone al mismo tiempo la valoración y la preservación de la propia cultura, del estilo de vida que caracteriza a la sociedades, y que en el caso de México no radica sólo en la obtención de más y mejores productos, sino en la realización de un nivel de vida en el que las relaciones familiares, vecinales, de amistad y de trabajo no estén tasadas por la medida de su valor en el mercado, sino en esa otra, mucho más profunda, más valiosa y determinante del sentido de la vida, en que radica la construcción de la propia intimidad. Hablamos de un cultivo de la intimidad que, al desplegarse en una vida preñada de cualidades personales y buena disposición, puede volcarse hacia los demás en relaciones que, a su vez, plenifican y engrandecen a los individuos.
Esta esperanza no es vana. Se funda en realidades perceptibles y en cierto grado mensurables. Una de ellas es la aparición de un nuevo tipo de empresario en México; un empresario que, comprometido con la creación de valor económico, no pone su actividad al margen de las repercusiones sociales y políticas de la producción.
Hacia finales de la década de los setenta, Geert Hoftede publicó los resultados de su encuesta mundial sobre diversos patrones culturales, realizada en 40 países, con más de 116.000 cuestionarios cumplimentados. Las encuestas se realizaron primero en torno a 1968 y posteriormente en 1972, fechas que coinciden con los inicios del vasto movimiento de transformación social en México, pero también con el apogeo del sistema político mexicano del siglo XX. La encuesta de Hoftedo tipifica México del siguiente modo: 1) Es un país autoritario, medido en términos de distancia del individuo respecto al poder; 2) colectivista, en el sentido de la dependencia de las personas respecto de las estructuras y las organizaciones; 3) machista, en cuanto al predominio de los valores masculinos por encima de los femeninos; y 4) conservador o reluctante al cambio, en términos de la disposición para emprender y aceptar riesgos.
En 1999, en el IPADE Business School de la Ciudad de México se realizó una investigación para apreciar si había habido algún cambio significativo en el empresariado mexicano, en relación a aquella encuesta de Hoftede realizada casi 20 años antes. Utilizando una metodología similar, que permitiera hacer comparables los resultados, pudimos establecer que México seguía caracterizándose por las cuatro notas definitorias de la encuesta original. Ésa era la mala noticia. Pero encontramos también una modificación a favor en las valoraciones de los empresarios mexicanos, y ésta era la buena noticia. En casi treinta años, el país, o al menos un sector significativo del liderazgo nacional, representado por los empresarios miembros del IPADE, había cambiado sus prácticas monolíticas por introducir prácticas sociales más acordes con una visión integral de los valores humanos.
Para presentar los resultados de su investigación, Hoftede utilizó un índice de 0 a 100. En el caso del autoritarismo el 100 equivaldría a la máxima distancia del poder. En 1972 México se situaba en los 80 puntos, en tanto que los empresarios encuestados lo hacían, 20 años después, en 70. Por lo que se refiere a la dependencia, la escala máxima era de 100 para las sociedades comunitaristas o colectivistas; México en la primera encuesta alcanzaba los 50 puntos, en tanto que en la del IPADE llegaba tan sólo a los 35. Un índice que muestra un cambio hacia prácticas en las que el individuo busca más las oportunidades de desarrollo por sus propias capacidades, al tiempo que reclama y ejerce más ámbitos de libertad. Por lo que respecta al machismo, Hoftede asignó 100 puntos para las sociedades con predominio de valores masculinos. México había obtenido 70, en tanto que los nuevos datos lo situaban en 45. Entre los empresarios encuestados, pues, se había aceptado que los valores femeninos deben ser asumidos como un elemento indispensable de una estructura social sana. Y finalmente, por lo que se refiere al conservadurismo como mantenimiento del status quo, Hoftede asignó 100 puntos para la mayor aceptación del riesgo. En este caso México en 1972 obtenía 20 puntos, revelando ser una sociedad en la que no se aceptan los cambios; y para 1999 nuestra encuesta situaba esta variable en los 35 puntos.
A la luz de estos datos, la moderna clase empresarial mexicana resultaba menos autoritaria y más proclive a permitir la participación, a compartir responsabilidades, a dialogar y establecer negociaciones y acuerdos de largo alcance; a que las posiciones de poder o de interés cedan el paso al estudio y a las decisiones racionales, ampliamente soportadas por procesos de consulta y participación.
Por lo que respecta a las actitudes discriminatorias, también percibimos un importante movimiento. Los empresarios más profesionales, más innovadores y competitivos del país no sólo buscan la eficacia, el logro de resultados o la participación en los mercados, sino que, al mismo tiempo, valoran y establecen lazos de cooperación no sólo hacia el interior de sus organizaciones, sino con clientes, proveedores y hasta competidores, haciendo posible la aparición de auténticas cadenas de creación de valor no sólo económico, sino social. Frente a los típicos valores masculinos de autoafirmación, orientación a resultados y control, se abre paso una tendencia a considerar como valores de la misma categoría o más, en razón de su complementariedad, la modestia, la calidad de vida y el valor de las relaciones, que se han considerado siempre valores netamente femeninos. De esta forma, el machismo como visión unilateral de la realidad cede antes los valores de una sociedad que no puede o no debe discriminar por razón de la masculinidad o de la feminidad, del origen étnico o de las discapacidades.
Si el autoritarismo lleva a la discriminación, y ésta a las situaciones de tutela permanente, el cambio en las prácticas sociales no se dará sin la eliminación de las situaciones de dependencia forzada. Así, los empresarios buscan más la promoción del desarrollo de las capacidades personales. Y aceptan más retos y riesgos, que lleva a nuevos diseños en la arquitectura organizacional, para permitir innovaciones, sinergias y acciones creadoras de nuevos conocimientos y productos.
Cabe esperar que una sociedad en la que sus líderes —o al menos una parte de ellos— están a la cabeza del cambio pueda hacer la gran transición de un sistema de relaciones premodernas a uno posmoderno, en el que el peso específico del crecimiento recaiga más en los factores cualitativos que en los cuantitativos, sin descuido obviamente de estos últimos. Durante las últimas tres décadas del siglo pasado los empresarios mexicanos han tenido que hacer frente al cambio estructural, a la reconversión tecnológica, a la competencia extranjera. Sus logros no son despreciables, han podido colocar con ventaja productos mexicanos en mercados internacionales, mejorando sustancialmente su calidad y competitividad, al tiempo que se embarcaban en procesos de renovación de las organizaciones y de mayor responsabilidad social, con una idea clara de que el desarrollo, o lo es del conjunto de la sociedad o se transforma en una quimera.
No se trata ya de esperarlo todo del Gobierno, sino de hacer un recuento de los recursos que tiene la sociedad para emplearlos a fondo en una comprometida respuesta a la responsabilidad social de quienes tienen más recursos, más conocimientos y más posibilidades de multiplicar la riqueza.
LA TRANSFORMACIÓN DE MÉXICO
El cambio político e n el país es sólo un aspecto de la revolución, no violenta sino pacífica, que los mexicanos de principio del siglo XXI debemos abrazar. Se trata de un reto enorme que lleva a esponjar la sociedad, de una manera inédita hasta ahora. La prácticas autoritarias y discriminatorias, vigentes durante siglos, pueden crear una especie de modelo mental con el que se responde en automático y que es difícil de erradicar. No se trata sólo de cambiar las prácticas de una clase política que jugó con el país en provecho propio, sino de cambiar la mentalidad de los muchos que en la sociedad les hicieron el juego y que han terminado pensando de acuerdo con lo que practicaban.
No hay soluciones únicas, sino un conjunto de respuestas articuladas. Se ha pesando que la alternancia en el poder es la solución, pero se ha descubierto que apenas se está creando el germen de la gran transformación nacional. El objetivo es claro: pasar de las prácticas premodernas, decantadas durante siglos, al abrazo de unas nuevas prácticas sociales, económicas y políticas, que harán posible la sanación de una sociedad esquizofrénica, por su falta de correspondencia entre lo que se cree y lo que se práctica, entre lo que se dice y lo que hace, entre lo que se promete y lo que se entrega. La hora del gran cambio social ha sonado y convoca a todos. No es la llamada de la violencia que a principios del siglo XX perpetuó, maximizándolos, los grandes males de la falsa conciencia nacional; es la llamada de la paz, que para ser tal, requiere de la armónica concordancia de todos, en un nudo de valores pluriseculares, también presentes, pero a veces aletargados u oscurecidos en las conciencias individuales y de la nación.
El reto de México consiste en cambiar, a todos los niveles de la sociedad, las prácticas del autoritarismo por los valores de la democracia; la discriminación y el machismo imperante, por el reconocimiento y defensa efectivos de los derechos humanos; las situaciones de tutela y dependencia, por una economía humanista que recupere para el mercado su sentido ético y social; el conservadurismo como sinónimo de atraso y subdesarrollo por un sentido empresarial que lleve a descubrir oportunidades en todos los ámbitos de la vida y a tener los derechos para llevar esas iniciativas a término. Nada más, pero nada menos. Y todo ello sin socavar los valores de la cultura mexicana, que debe guiar el crecimiento y el desarrollo del país.
La libertad de prensa en México estuvo condicionada durante las siete décadas en que gobernó el Partido Revolucionario Institucional (PRl) al compromiso de una parte de los medios de comunicación con el sistema. Porque el Gobierno, que anualmente destinaba 500 millones de dólares a publicidad en prensa, radio y televisión, constituía el principal soporte económico de los medios y ello le permitía marcarles la línea editorial que debían seguir.
Jacobo Zabludovsky, quien durante 27 años condujo el noticiero estrella de la cadena Televisa, recordaba en la revista mexicana Proceso las dificultades que afrontaban los profesionales de la comunicación en aquella época. «Yo nunca fui un portavoz del poder, yo ejercía el periodismo en una empresa concesionada, con las limitaciones que eso representaba. Hoy México es diferente, vivimos en un mundo distinto».
Según el veterano informador, el monopolio político que el PRI ejerció en los tres poderes del Estado tenía su correspondiente reflejo en el ejercicio profesional del periodismo. Eran tiempos en los que Emilio Azcárraga Milmo ponía su influyente cadena de televisión «como un soldado» al servicio del partido gobernante; tiempos en los que el presidente José López Portillo (1976-1982) se permitía espetarle a la prensa:
«No te pago para que me pegues»; tiempos en definitiva en los que proliferaban los incentivos económicos gubernamentales en forma de «embute» o «chayo».
Pero también era el tiempo de caricaturistas corrosivos como Rius, que fue víctima de un simulacro de fusilamiento, columnistas independientes como Manuel Buendía, asesinado en 1984, y periodistas como Julio Scherer, quien al frente de Excelsior mantuvo un pulso firme con el presidente Luis Echeverría (1970-1976) que acabó costándole el puesto.
En su libro ¡Prensa vendida!, Rafael Rodríguez Castañeda describe con crudeza los vicios que durante 40 años contaminaron las relaciones entre la prensa y el poder político en México. «Desde el funcionario de más bajo nivel hasta el presidente de la República, las instancias gubernamentales asumieron la tarea de cortejar, corromper y aun reprimir en la búsqueda de una prensa sumisa e incondicional».
Más lapidario aún es el análisis de Javier Torres, profesor de Comunicación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, quien en su libro El periodismo mexicano, escrito en 1997, sostenía que «la prensa nacional podría ser calificada como económicamente codependiente, políticamente pro autoritaria y conservadora, y filosóficamente deshonesta y carente de valores». Torres vislumbró la transformación que se venía encima y que ese mismo año se hizo patente con la pérdida de la mayoría absoluta parlamentaria del PRI, por primera vez en su historia. «La prensa mexicana no es aún libre ni independiente, pero algunos sectores siguen luchando no sólo por ello, sino también por lograr cambios más contundentes y trascendentes en el ambiente político y social del país».
La situación ha cambiado, en efecto, en los últimos años gracias a la transición política y a la consolidación del proceso democrático. Aún así, el último informe de la Asociación Iberoamericana del Derecho a la Información advierte que las leyes mexicanas contienen «lagunas fundamentales» en la regulación de las relaciones entre los medios de comunicación y el Estado, lo mismo que en la de los derechos y deberes de los profesionales del ramo.
ENTRE DOS FUEGOS
Pero además de soportar un control —no por sutil menos férreo—, los periodistas mexicanos han debido hacer frente durante décadas a la represión física (asesinatos, secuestros y torturas) y bajos salarios (500 dólares mensuales en el Distrito Federal y 250 en provincias).
Durante el último Gobierno del PRI, que presidió Ernesto Zedillo (1994-2000), veinticuatro periodistas fueron asesinados, aproximadamente la mitad que en la etapa presidencial de Salinas de Gortari (1988-1994), durante la cual hubo 46 muertos. Pero según datos de la Red Mexicana de Protección a Periodistas, aunque en el periodo de Zedillo se registraron menos asesinatos que en el de Carlos Salinas, los informadores sufrieron más agresiones, 865 en total. En la Administración de Zedillo, considerada «el sexenio más peligroso y difícil para quienes refieren la historia inmediata», una de cada dos agresiones contra los periodistas procedió de las instancias del poder (fuerzas del orden, organismos gubernamentales o funcionarios públicos).
La Fundación Manuel Buendía, que debe su nombre a un reportero asesinado, asegura en su último informe que el periodismo en México es una de las profesiones más arriesgadas, con amenazas, agresiones e incluso asesinatos, que generalmente quedan impunes por ausencia de investigaciones en profundidad.
Asimismo, la organización Reporteros Sin Fronteras ha denunciado que investigar las actividades relacionadas con el tráfico de drogas o los abusos cometidos por la policía sigue siendo una labor peligrosa, a pesar de que cuando llegó al poder, el 1 de diciembre de 2000, Fox prometió acabar con la impunidad.
Otras veces, el control sobre los medios se ha ejercido de forma imperceptible, como en el caso de la Procuraduría General de la República, que, con Zedillo en el poder, elaboró un documento sobre el perfil de medio centenar de periodistas, a los que dividió en categorías como «golpeadores» (duros), «chacaleros» (carrofieros), «voladores» (embusteros) o, por último, «conflictivos».
FOX, DEL DICHO AL HECHO
Un mes antes de proclamarse vencedor de las elecciones, el entonces candidato presidencial Vicente Fox aseguró que, si ganaba, en su Gobierno «no habrá funcionario que le pida a los periodistas modificar el sentido de una nota». Fox se comprometía así a terminar con «las viejas complicidades entre el Estado y los medios de comunicación» y a defender la libertad de expresión. «Nunca más habrá un Gobierno que desinforme o que limite el acceso a la información oficial. El Gobierno jamás debe utilizar los medios para deformar la realidad», señaló pocas semanas antes de asumir la presidencia de la República.
Ya en el poder, Fox reiteró, en una reunión con empresarios de radio y televisión celebrada en octubre pasado, que la censura, lo mismo abierta que velada, había quedado desterradas para siempre en México.
Apenas un mes después, sin embargo, el presidente utilizó su programa radiofónico semanal «Fox en vivo, Fox contigo» para acusar a la prensa de distorsionar los logros de su Gobierno y denunciar que en las noticias hay muchas calumnias, engaños y mentiras. «Hemos estado bajo una metralla impresionante de ataques por una sarta de babosadas que no tienen la menor importancia para nuestro país», dijo un Vicente Fox que se jactaba de no leer periódicos por la mañana, para no amargarse el día.
La reacción no se hizo esperar. La Sociedad Interamericana de Prensa, que agrupa a los editores de diarios de todo el continente, expresó su decepción por el discurso de Fox, que comparó con «la forma típica de hablar de los caudillos de otra época».
LAS REFORMAS PENDIENTES
Las nuevas autoridades mexicanas han anunciado que habrá una nueva ley de regulación de la radio y la televisión. Ambos medios, junto con Internet, ocupan un lugar primordial en el proceso de cambio que está viviendo el país. La legislación de los medios electrónicos está siendo revisada por una comisión, en la que participan representantes de la radio y la televisión, legisladores, partidos políticos, funcionarios públicos y organizaciones sociales.
Por otra parte, el Gobierno envió al Congreso, en diciembre pasado, un proyecto de ley para facilitar el acceso de los ciudadanos a la información pública. La llamada Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información es una de las promesas de campaña de Fox, y pretende fortalecer la transparencia de la Administración pública en todos sus ámbitos.
Pero el nuevo Ejecutivo también está decidido a ejercer su control sobre las decisiones empresariales que afectan a los medios. Así lo demostró hace poco más de un año, cuando la Comisión Federal de Competencia, el organismo gubernamental creado para combatir las prácticas de monopolio, prohibió la fusión del Grupo Acir con la filial de Televisa Radiópolis, que crearía el mayor consorcio radiofónico del país.
Por otra parte, el Premio Nacional de Periodismo, que entregaba anualmente el Gobierno mexicano, fue suspendido de manera definitiva el mes pasado, al aprobar la Cámara de Diputados una propuesta del Ejecutivo. El presidente Fox envió la iniciativa al Parlamento después de que los ganadores del último Premio, Carmen Aristegui y Javier Solorzano, lo rechazaran argumentando que los reconocimientos a los periodistas deben ser entregados por organizaciones civiles y no políticas.
LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO
Paralelamente al ascenso al poder del aspirante conservador Vicente Fox, la prensa está viviendo un proceso de aggiornamiento determinado por la apertura informativa y un viraje crítico hacia el Gobierno.
Junto con la plena apertura de la televisión, en los últimos tiempos han visto la luz nuevos medios escritos. Entre ellos figura la versión mexicana de la revista Cambio, fruto del acuerdo entre el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, y el presidente de la cadena mexicana Televisa, Emilio Azcárraga Jean. Como prueba evidente de la transformación en las relaciones entre la prensa y el poder, Cambio se estrenó con un amplio reportaje sobre los gastos suntuosos del presidente Fox.
Poco antes, una nueva publicación, Milenio Diario, comenzó a circular en la capital mexicana para competir en un espacio que se disputan una treintena de rotativos de tirada nacional, en un país donde sólo el 6% de la población lee periódicos. Ellos han venido a sumarse al puñado de medios que durante el priísmo plantó cara a los acercamientos al poder y ejerció un periodismo independiente, como es el caso de Reforma, La Jomada, El Financiero, El Universal, y los semanarios Proceso y Milenio.
LA VIDA DESPUÉS DEL PRI
Pero de un año a esta parte, muchos medios mexicanos se han resentido con la derrota del PRI, que tradicionalmente había financiado directa o indirectamente a periódicos y cadenas de radio y televisión. En la Ciudad de México, al menos media docena de diarios, entre ellos los otrora influyentes Excelsior y Unomásuno, atraviesan serias dificultades; algunos corren incluso riesgo de desaparecer. Porque los gobernantes priístas no tuvieron reparo en incluir en nómina a una larga lista de publicaciones que apenas tenían lectores, pero que subsistían sin problemas gracias a un apoyo gubernamental que el Ejecutivo de Fox no parece dispuesto a mantener.
A ello hay que añadir la carencia de datos fiables en cuanto a circulación real, financiación, ventas y suscripciones. Los editores mexicanos demandan tener acceso a la información pública y contar con leyes que aseguren la transparencia publicitaria, garanticen el secreto profesional de los periodistas y regulen el funcionamiento de los medios públicos. Pues ya nadie discute que la abundancia de lectores y anunciantes y la objetividad informativa son la mejor forma de garantizar la supervivencia de los medios a medio plazo.
En el pasado, la radio y la televisión tampoco se libraron de los abusos y atropellos. Para hacerles frente, en muchas ocasiones optaron por intercambiar favores con el poder. En la década de los setenta y la de los ochenta, las autoridades estaban obsesionadas con controlar la televisión, que consideraban un instrumento decisivo para la política. Pero la radio no padeció tantas restricciones y cortapisas. Ello permitió ejercer la crítica y la denuncia desde ella, y gozar de una libertad que hoy ya es patrimonio común de los más de cien noticiarios diarios del Valle de México.
Los medios audiovisuales se oponen a la reforma jurídica de la Ley Federal de Radio y Televisión, que data de 1960, y proponen fijar mecanismos de autorregulación para garantizar la defensa de la libertad de expresión y evitar censuras y mordazas.
EVOLUCIÓN SIN RUPTURA
La prensa mexicana ha sido y es un reflejo de la sociedad en que se desenvuelve; por eso ahora le toca vivir un proceso de transformación. A diferencia de lo ocurrido en España o Chile, donde la transición se abrió paso tras la dictadura, en México los cambios han surgido por la evolución del propio sistema político. No hay un ataque frontal al establishment, sino un movimiento para desprenderse de la fuerte vinculación que mantuvo a los medios de comunicación atados al poder durante décadas.
A la prensa mexicana se la vinculó en el pasado con el sistema político, se la consideró incluso parte esencial del mismo, y por lo tanto también se le atribuyeron sus vicios. Se le asignó lo peor del sistema: la falta de transparencia, la corrupción y la subordinación ideológica, pero la prensa no disponía de los mismos mecanismos de defensa que el poder.
En 1988, con la llegada a la Presidencia de la República de Salinas de Gortari, se produjeron importantes cambios económicos y políticos en el país, que tuvieron su reflejo en el mundo de la información. La prensa inició una transformación, se distanció del poder y dejó atrás muchos de los vicios que se le atribuían. Entretanto, los partidos de la oposición adquirieron mayor vigor, se fortalecieron los movimientos sociales, y la opinión pública empezó a contar con sus propios órganos de expresión.
Poco a poco, los medios han ido ensanchando la distancia que les separa del poder político y económico y ello ha permitido que, donde ayer hubo ocultamiento y subordinación ideológica, hoy se perciba transparencia y pluralismo.
SERGIO PITOL
Los mexicanos leen el libro de Europa —Praga—
Los mexicanos, y los latinoamericanos en general, empezamos a conocer Europa desde la niñez. Para quienes nos interesaba la literatura, Europa era fundamental. La mayor parte de los libros que he leído son ingleses. Conocí, transité y me detuve mucho en la literatura inglesa, tanto que en algunos años solamente leía a los ingleses, algo que el europeo generalmente no hace. Hay una carta maravillosa de Cioran a su traductor en España, el filósofo Fernando Savater, donde le dice que no ha conocido hombres de letras que hayan podido dominar tantos aspectos de la literatura, de la filosofía europea, como los latinoamericanos: «Lo que sucede en la Europa oriental sucede también en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos».

Cioran se refiere, entre otros, a Borges, quien tenía una cultura inmensa, una cultura que un europeo no podría permitirse. La sed de borrar estas carencias, que nosotros pensábamos tener en nuestros países, nos hizo atravesar el océano por medio de los libros. De tal manera que cuando llegué a Inglaterra, que fue el primer lugar donde estuve en Europa, muy joven, me interesaba ver si había todavía restos de la casa donde vivió Virginia Woolf, por ejemplo. Sabía dónde estaba la casa de Henry James. Y comencé a descifrar la ciudad precisamente como si estuviera leyendo un libro sobre literatura inglesa. En tal casa, en tal calle, en tal plaza, sucedió una escena de Dickens, o de Evelyn Waugh o de Anthony Powell.
Durante el periodo de entreguerras muchas personas que después se convirtieron en escritores importantes fueron a estudiar — o a vivir— a París. Para una familia latinoamericana Europa era Francia y, específicamente, París. Si un escritor mexicano aprendía un idioma extranjero, era casi seguro que ése fuera el francés. Los jóvenes iban a estudiar leyes o medicina o ingeniería, mas debido a su avidez, al poco tiempo de estar en París, se agruparon en los movimientos de vanguardia, especialmente en el surrealismo, que fue el movimiento más fuerte en París. Y casi todos abandonaron los estudios para dedicarse al conocimiento de las letras, de la vida y se colmaban del saber clásico y de los autores contemporáneos. De repente, tras releer a los cronistas de la Conquista de México, por ejemplo, empezaron a recobrar la memoria de los países que habían abandonado y leyeron a los clásicos latinoamericanos, las nuevas cosas que ocurrían en el Continente y se volvieron no solamente mexicanos: se volvieron, en París, latinoamericanos. Cuando regresaron a su patria tenían una cultura muy amplia, pero también un sentimiento nuevo, entrañable, que les motivó a descifrar su país. No a la manera de la literatura nacionalista de nuestros países, que era más bien aldeana, como el costumbrismo. No iban a ser costumbristas. Iban a aplicar toda la cultura aprendida y a entreverarla con las raíces más fuertes. Eso le sucedió a Octavio Paz, a Jorge Luis Borges y también a mí. A Juan Rulfo no: él estuvo fuera muy poco. La obra de él se formó con procedimientos literarios que no eran los que se usaban en México, por eso no son costumbristas sus textos, no son aldeanos. Rulfo siempre decía que la influencia más fuerte de su obra eran los escritores nórdicos, pero sobre todo un islandés que se llamaba Halldór Laxness, cuya obra se publicó en español sólo tras haber obtenido el premio Nobel. A mí me pasó algo semejante a lo que le ocurrió a Octavio Paz, quien conocía la literatura francesa, las filosofías del momento, el existencialismo, la cultura oriental que le dio muchos poderes interiores. Sin embargo, si uno revisa la obra completa de Paz, el mayor número de volúmenes está dedicado a temas mexicanos (Dominio mexicano). Esa era la forma de ser europeo, ciudadano del mundo y escritor nacional.
Después me fui a Italia y advertí que el espectáculo humano estaba debajo, como sustrato, de una concepción cultural o artística. En Italia pude corregir a contemporáneos de mi edad o mayores, italianos cultos, algunos de sus conocimientos sobre el Renacimiento, sobre la Edad Media, sobre fenómenos contemporáneos de literatura italiana, hasta que de pronto sentí una especie como de bochorno, sentí que tenía yo que enraizarme más para no ser solamente un intérprete.
Me acerqué también, de forma novedosa, a España, al Siglo de Oro. Lo empecé a revisar y a ampliar mis conocimientos sobre sus escritores y sobre las literaturas latinoamericanas.
Llegué a Praga como embajador, fue mi primer puesto de esta naturaleza. Había estado yo, antes, en dos países eslavos: en Yugoslavia y en Polonia y había sido agregado cultural en Moscú. Desde muy joven —y lo digo en El viaje— la literatura y la cultura rusas me sedujeron. Y me he convertido, con los años, en un eslavista. He traducido libros rusos, libros polacos y he escrito mucho sobre ellos. Había estado de vacaciones, antes, en Praga, en viajes muy breves de tres o cuatro días y, al llegar otra vez allí me di cuenta de la diferencia tan grande respecto de las otras culturas eslavas como la rusa y la polaca. Praga era un fenómeno muy diferente donde los elementos eslavos estaban muy entrañablemente ligados a una cultura germana. La escuela de Viena, el grupo de escritores de lengua alemana pertenecientes a las líneas culturales de Viena, tuvo figuras soberbias, universales, que trascendieron el ámbito de lo nacional como Kafka y Rilke. Entonces estaba yo en un país eslavo que no tenía una gran tradición literaria, porque el checo siempre fue, hasta la independencia, en 1918, un lengua hablada por los empleados, artesanos y campesinos.
Thomas Mann decía que no había nadie, en el siglo XX, que tuviera un alemán tan elaborado, tan distinto, tan individual, como el de Kafka. La diferencia de Checoslovaquia respecto de los otros países eslavos era muy ancha. Porque Bohemia había participado, desde el siglo XVIII, en la revolución industrial. Era un país de amplia y fuerte industria, con movimientos obreros, lo que no existía en Rusia ni en Polonia, y por eso las literaturas de estos países son muy distintas. Siempre me ha conmovido la excentricidad de estas literaturas: son literaturas diferentes a las del resto de Europa. Son sociedades excéntricas: individualidades que están en la frontera de la racionalidad y la demencia. Esto produjo una literatura delirante. Los movimientos emergentes en Polonia fueron exorbitantes, literaturas exorbitadas. En la otra orilla esta calma, esta tranquilidad, esta prudencia de los checos quizá no me permitió establecer la conexión que tenía yo con las otras culturas, con la rusa y con la polaca.
Diré, por último, que la armonía en los órdenes de la arquitectura de Praga es verdaderamente excepcional: cómo del Románico se pasa al Gótico y de éste al Barroco en iglesias perfectamente góticas, iglesias que se barroquizaron en el periodo jesuita. Y luego este Barroco se vuelve art noveau y del art noveau se transita al art decó con una especie de sutil flexibilidad que no se observa en otras ciudades de Europa. En contraste con esto, la ciudad de México tiene momentos arquitectónicos excepcionales, pero es una ciudad extraordinariamente estridente. Junto a una iglesia maravillosa hay edificios de los años 30 ó 40, esos primeros rascacielos de la avenida Juárez. Ambas formas son regímenes enemigos, regímenes arquitectónicos enemigos. Uno va descubriendo cosas maravillosas pero siempre empantanadas en una arquitectura que es su enemiga, como en una suerte de estridencia visual. En Bohemia no. Porque además, al principio de la independencia, cuando se crea Checoslovaquia, un grupo muy importante de arquitectos empieza a crear una serie de pequeños puntos de contacto o vasos comunicantes entre los estilos para que cuando uno admire aquello perciba la mayor armonía: Praga es una de las dos o tres ciudades más bellas y misteriosas del mundo.
SILVIA MOLINA
De aves, nubes y estrellas —Bruselas—
Al llegar a Bruselas busqué en el cielo, entre la lluvia y el viento, los pájaros que describe en sus poemas William Cliff volando hacia el Mar del Norte, y me sorprendí de encontrar sólo el rastro de unas aves invisibles que estampan en el azul o el gris, a todas horas, una y otra vez, la firma de la OTAN con sus blancas estelas interminables.
Vivo en una ciudad que nació de la semilla que llevaba en su mitra un santo (Saint Géry); por eso, tal vez, tiene tantos parques y bosques; y por eso, también, es silenciosa y disimulada. Si no lo supiera, no creería que Bruselas es la capital de Europa, y que en ella se deciden acciones sociales y políticas de importancia para el mundo entero. ¿Cómo una ciudad tranquila, donde la gente no tiene prisa, la comida no se sirve a deshoras y el transporte toma su tiempo para abrirse paso por las calles estrechas de la ciudad, alberga el Parlamento Europeo y tantos organismos internacionales?
En Bruselas el portero te da los buenos días, el chofer del tranvía te desea una buena jornada y el cartero te dice adiós desde la acera de enfrente. La capital de Europa no hace ninguna ostentación de su poder. Como cualquier ciudad europea es multicultural y además de sus tres lenguas oficiales se hablan en el metro varios idiomas africanos y centroeuropeos, el español y el inglés. Quien menos idiomas habla por aquí domina cuatro. Los burócratas y los diplomáticos no andan en limusinas, y reservan con toda humildad su mesa hasta para comer mejillones y papas fritas en el restaurante de la esquina, sin duda tan bueno como el mejor, y llegan al teatro quince minutos antes de que se inicie la función.
Desde la capital de Europa he aprendido a ver no sólo mi país y mi continente, sino el mundo entero, de forma distinta. La primera vez que vine, jovencita, los latinoamericanos en Europa eran los burgueses. Hoy en día, la migración latinoamericana es fuerte. En Bruselas los indocumentados mayoritarios son ecuatorianos y peruanos, sobre todo. Los europeos tendrán que conocernos mejor para integrar a su desarrollo a los trabajadores que llegan buscando lo que sus países no pueden darles. Viviendo en Bélgica me doy cuenta de que los latinoamericanos necesitamos invertir muchísimo más en educación a largo plazo: es lo único que nos podría beneficiar en el futuro. Veo también que los europeos deberían ponernos más atención por varias razones: la principal es que nos necesitan para mantener la estabilidad económica y política del mundo.
Celebré con los belgas la llegada del euro y me emocionó ver las primeras monedas españolas, francesas, holandesas, alemanas… Las estrellitas de la bandera de la Unión Europea en la mano, y más todavía. Por la mañana escucho las noticias mientras me arreglo: estoy al tanto de la política belga, de las reuniones de los ministros, de las decisiones del Parlamento Europeo, de los problemas de Europa, de la crisis en Oriente. Por la noche veo las noticias por televisión y asisto al funeral de la reina madre, y a la guerra entre Israel y Palestina, a las declaraciones de los dirigentes de Estados Unidos. ¿Dónde está Latinoamérica en los medios?
Por desgracia, no en lo mejor que tenemos, sino en las crisis de Argentina, Colombia, Venezuela. Como toda Europa, Bélgica nos ve con simpatía, y por estar la sede del Parlamento Europeo aquí, nos presta un poco más de atención, pero todavía tiene poco tiempo para mirarnos. He aprendido que hacer que nos conozcan con más detenimiento es fundamental. Sólo así apreciarán mejor nuestra cultura, nuestra creatividad, nuestra riqueza y nuestra fuerza.
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Silvia Molina (México D F, 1946) recibió el Premio Xavier Villaurrutia por La mañana debe seguir gris (1977); el Nacional de Literatura Infantil Juan de la Cabada por Mi familia y la Bella Durmiente cien años después (1992); el Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional de Guadalaj ara por El amor que me juraste, que fue nominada para el prestigiado IMAPC Dublin Award 2001 a la mejor novela escrita en inglés o traducida a ese idioma; y el Leer es vivir, concedido por Everest (España), a su obra Quiero ser la que seré. |
EDUARDO LANGAGNE
Una canción portuguesa (con certeza)
La creación artística es sin duda una de las ventanas que las identidades nacionales ofrecen al mundo. Quien desee asomarse a un continente, a un país, a una comunidad, encontrará a través de la ventana del arte una manera de entenderlos. Brecht tenía aquel personaje que llevaba un ladrillo en la mano para mostrarles a todos cómo era su casa y la literatura rusa creó aquella frase que sugería: pinta tu aldea y serás universal. Nuestro Juan Rulfo ha propuesto un llano universal y una Cómala que muchos reconocen aunque no exista.
Para quien esto escribe es muy difícil evitar el uso de la primera persona para hablar de Portugal. Cuando era niño, en las clases de geografía, en los momentos mágicos de encontrar figuras en los mapas del mundo, Portugal siempre me asombró porque mostraba el tosco perfil de un hombre que mira hacia el océano. Supe después que el océano era ese territorio entrañable, y sin duda misterioso, en el que los valerosos portugueses se aventuraron para arribar a lejanas tierras y ahí dejar como herencia ese idioma que —se dice— algunos clásicos castellanos definían como español sin hueso. Una amiga mía, de lengua portuguesa, preguntaba sonriendo irónicamente quién era el escritor sin huesos que había dicho eso. Más tarde vino para nosotros el descubrimiento de Pessoa, presentado en México por Octavio Paz a través del artículo «El desconocido de sí mismo», publicado en la Revista de la Universidad en 1962 y más tarde integrado a su libro Cuadrivio. Existen en la actualidad numerosas traducciones que difunden la obra de un poeta que ha logrado provocar un interés vivo por la lengua de Camões. Hace poco publiqué un artículo más o menos amplio donde hablaba de la presencia de Pessoa en México y del gran interés que ha suscitado su lectura. También debemos mencionar que gracias al narrador Hernán Lara Zavala, director de literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, por sus siglas), publicamos una Antología de la poesía portuguesa del siglo XX, preparada por Fernando Pinto do Amaral, y traducida principalmente por autores mexicanos como Carlos Montemayor y Francisco Cervantes, cuyo trabajo sostenido en favor de la literatura lusitana ha sido notable y reconocido. Presentamos la antología en Portugal y así pude conocer, vivir, Lisboa.
En fechas recientes se han publicado poemas de Fiamma Hase Pais Brandão y de Nuno Júdice, uno de los grandes poetas no sólo de Portugal, sino de toda Europa, y todavía en plena producción. A finales de los años ochenta José Saramago asistió a la ciudad de Morelia, en el Estado de Michoacán, a un encuentro internacional de escritores; muy pocos enterados lo conocían, su fama creció rápida y merecidamente al tiempo que daba a conocer sus mejores obras. Quien escribe estas líneas, pocos años antes de su premio publicaba que la lengua portuguesa merecía un Nobel, y sostenía que Saramago era un fuerte candidato. Lo era.
Pero también hay que darle un lugar preponderante a Figo en la repercusión que Portugal tiene en México; Figo navega valerosamente por las canchas del mundo igual que los antiguos marinos desafiaban las tempestades. Y ni qué decir de la música, a través del cine europeo conocimos a Madredeus, grupo que más tarde tuvo éxito en México. Hablo del éxito profundo que no siempre arrastra multitudes pero es capaz de dejar huella. Madredeus estuvo en Guanajuato en ocasión del importante festival internacional que ahí se celebra anualmente y admiramos de muy cerca la bellísima voz de Teresa Salgueiro. Pero ya teníamos noticia de Amalia Rodrigues, cuyo repertorio desde hace muchos años ha sido programado regularmente en una estación radiofónica singular de México, Radio Educación, una estación cultural de no poca audiencia.
Así conocemos a Portugal, su literatura y su música han sido para nosotros una ventana que nos ha permitido acercarnos a ese país representado en los mapas por un hombre que, allende el mar, mira hacia nuestro continente y con oporto brinda con nosotros.
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Eduardo Langagne (1952) obtuvo el Premio Casa de las Américas de Cuba en 1980 y el Premio Nacional de Poesía de su país en 1994- Tiene una veintena de libros publicados, principalmente de poesía. |
JUAN VILLORO
La patria grande —Berlín—
En mi adolescencia, Europa era el Londres de la contracultura y las muchachas con pelo de arco iris, la maquinaria de goles del Bayern München, los museos infinitos y los cautivadores laberintos medievales. También el sitio donde Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa habían encontrado los mundos de los que provenían y que recreaban en la escritura.

Cuando llegué a vivir a Berlín Oriental, en junio de 1981, el paisaje desconocido se me presentó como una oportunidad para entender a México en forma distinta. «El camino a nosotros pasa por los otros», había dicho Octavio Paz.
La literatura es siempre una forma de la extranjería. El escritor tiene que inventarse una distancia para observar su entorno y recuperarlo como algo a un tiempo genuino y singular. Vivir en otro país —en especial rodeado de otra lengua—, activa toda clase de nostalgias, abre perspectivas, permite una original revisión de lo que se consideraba muerto o ya sabido o poco relevante.
En forma paradójica, la estancia en Alemania me llevó a un contacto más íntimo con mi propio idioma, pero sobre todo, a advertir que pertenecía a una comunidad cultural más amplia. Como la mayoría de los mexicanos que cursamos la universidad en los años setenta, había tenido maestros chilenos, uruguayos, argentinos, guatemaltecos, exiliados en México por los variados desastres de América Latina. Sin embargo, sólo en Berlín cobré conciencia de la milagrosa familiaridad que une al archipiélago hispanoamericano. La vida prusiana, que con babélica ironía llamábamos «deutsche vita», provocaba en los latinoamericanos emociones, humores e irritaciones, si no idénticos, al menos sumamente compartibles. Pude haber descubierto esta patria grande en México, pero sólo la vislumbré al formar parte de ella en el extranjero, al identificarme con esa tribu desplazada por el azar y por la historia a las neblinosas estepas alemanas.
Vine a Europa en busca de las numerosas lecciones de la extranjería. De manera obvia, esto representó el estimulante careo con una cultura ajena; de manera misteriosa, la conquista de un país imaginario y cierto. Sólo desde la distancia entendí la fuerza de un idioma peregrino: el español de América, un lugar para vivir.
IGNACIO PADILLA
Londres plural
Desde mis lecturas infantiles de Conrad, Stevenson y Conan Doyle, Londres siempre fue para mí una Trapisonda, la polis del imaginario que todo niño, creo yo, elige para habitar en sus fantasías. Inglaterra era Londres, y Londres era radical, indiscutiblemente decimonónico.
Nuestras ciudades imaginarias, invisibles, se aferran a la memoria y al ser con mucha mayor intensidad que las ciudades recordadas, y supongo que es por eso que esta ciudad — o más bien, aquella ciudad— siguió y sigue habitándome con una nitidez que a veces me espanta.
Cuando, muchos años después, llegué finalmente a Londres, me descubrí en un lugar enteramente distinto del de mis quimeras. La capital de Inglaterra y el Reino Unido se reveló de pronto como lo menos inglés del mundo. En esta ciudad, sólo los ingleses parecían minoritarios y extranjeros, y el mundo entero se hacinaba ahí no con la incómoda convivencia que en las capitales europeas suelen producir los movimientos migratorios, sino con una naturalidad antigua y sabía que aún ahora me es difícil explicar. Cosmopolita, amplia, vital, cómica y balanceada en los extremos de la civilización y la barbarie, la insularidad y la tierra firme, Londres se convirtió en mi otra ciudad amada.
El Londres que ahora habito, ya no como lector ni como viajero, sino como casi un ciudadano ordinario, es más bien extraño, diría que penosamente inaccesible. Ahí, fuera de estas oficinas y de estas gestiones agotadoras que apenas dejan tiempo para pensar, no se diga para escribir, Londres es ahora un lugar misterioso al que la falta de tiempo me niega el acceso. Será cierto acaso que un diplomático está destinado a morir siempre de sed junto a la fuente.
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Ignacio Padilla (México DF, 1968), es uno de los más conocidos miembros de la generación del Crack, junto con Jorge Volpi y Pedro Ángel Palou. Padilla obtuvo, por su novela Amphytrion, el premio Primavera 2000. |
GILBERTO PRADO GALÁN
No vale un canto sonoro/el silencio que te oí —Madrid—
Los ecos de la prosa de Francisco de Que vedo y la reverberación sin orillas del genio de Lope configuraron, para mí, la primera imagen de Madrid. A esta imagen habría que agregar la propiciada por el serventesio de Antonio Machado, ése que inicia «¡Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena!…», y la significada por los urentes pasajes de algunas novelas de Pío Baroja —La busca, por ejemplo—. Recuérdese que fue Baroja quien dijo a Luis Cernuda que, si quería ser escritor, debería vivir en Madrid: puerta para la conquista del nombre y de la fama literarios en España, como lo entendió ese grupo de escritores de las provincias (la generación del 98), primero, y como lo entenderían más tarde los poetas de la generación del 27: la mayoría vivió en Madrid, en el «rompeolas de todas las Españas».
La imagen de Madrid, desde México, era una imagen literaria y, por ello, vasta, irreductible, proteica. Había caminado por sus calles a través de la literatura: las calles, entonces, eran de papel: «Pisó las calles de Madrid el fiero / monóculo galán de Galatea» (Góngora). Había visitado, a través de Unamuno, el Museo del Prado; y cuando digo «a través de Unamuno» no me equivoco: él me llevó a conocer, asido de sus ásperos y profundos versos, El Cristo de Velázquez. Yo recorrí el cuadro del pintor sevillano en las páginas de Unamuno. Recién llegado a España pude estar allí frente al manadero de luz significado por aquel cuadro que reunía, en una imagen, el fervor de tantas y tantas generaciones. El Museo del Prado significaba, para mí, además de Las Majas, El Cristo de Velázquez. Y cuando me detuve, absorto, frente a la cascada luminosa, visible y transvisible (lo que el cuadro decía a mis ojos y lo que los ojos me informaban) comprobé que la imagen primera se fundía, para siempre, con aquella pintada, verso a verso, por el pensador vasco en uno de los poemas más vigorosos de la literatura española:
¿Dónde más estaba Madrid? Estaba vivo, tembloroso, en las calles paradigmáticasp, mejor, en las calles esenciales: aquellas sin las cuales es imposible concebir la ciudad capital: la de Alcalá y la Gran Vía (cuyo nombre bien pudiera trocarse, sin riesgo, en la Gran Vita: por el jaleo incesante que la gobierna, porque ignora el régimen del sueño) y, sobre todo, en la calle —o callejón— del Gato, transitada por el sabio de la barba pluvial, por aquel hombre que había puesto a danzar, sobre un ruedo memorioso, a los protagonistas de la España del XIX y de principios del XX, por aquel hombre que nos había mostrado la vida íntima de Madrid y, tras prolongar la sinécdoque, la vida de la España toda: Valle Inclán era Max Estrella y éste era mi guía, hacia el camino de los espejos, de los espejos cóncavos. Cuando vine a Madrid busqué la calle del Gato y allí imaginé las extremidades imposibles de Valle Inclán y de Cervantes unidas mediante la magia de sus mejores libros en el cielo de cobalto —¿de qué color es el cobalto?— del horizonte madrileño.
La ciudad son las calles y los monumentos y los asombros escultóricos y la literatura; mas la ciudad es, sobre todo —visito aquí un lugar común— la geografía sentimental de sus habitantes. Antes de asomarme al fenómeno humano de Madrid, imaginé la Fuente de la Cibeles, la Puerta de Alcalá, la Puerta del Sol, El Palacio Real, la Plaza Mayor, y pude comprobar que el distingo era, quizá como nunca, pertinente: para conocer una ciudad hay que caminarla, para conocer una ciudad hay que vivirla más allá de la curiosidad efímera de los turistas, hay que vivirla y convivirla, hay que sentirla, palpar sus escondidos tesoros y amarla.
Madrid era —y sigue siendo— más, mucho más, que la suma de los asombros que aquí reseño. He podido caminar por las calles del otro Madrid, el oloroso a castañas, el de las callecitas con nombre y heráldica seculares, el Madrid que retrató Pío Baroja y que le dictó algunas de las más crudas páginas de su trilogía La lucha por la vida: allí late el misterio de la condición humana. El enérgico color local, evidente en el olor policromo de los mercadillos y en las recias voces castizas que tramontaron los siglos, contrasta con la proyección de la ciudad como capital de uno de los países de la Unión Europea y, asimismo, como confluencia de las lenguas romances y vernáculas. En Madrid circulan, con incansable vitalidad, voces que en México han sido desplazadas por la presencia semejante de otros vocablos: explosionar, competición, cotilleo, paleto, melonada, picajoso. Una dolorosa noticia fue saber que, en España, el verbo platicar había muerto: uno de los verbos más fuertes de México y presente en los escritores españoles de los Siglos de Oro: ¿en qué año presenció Madrid los silenciosos funerales de esta bulliciosa palabra?
En el recorrido imaginario por las ciudades que no conocemos evitamos, sabio ardid de la (des)memoria, los sitios donde se multiplica el dolor: las cárceles, los cementerios y los hospitales. Hay algo que tiene Madrid, una sentimentalidad de abolengo, que enmarca con un halo de dignidad, de solemnidad y silencio místicos, las tragedias y las desventuras. El alma de España es, a pesar del escepticismo y de la estridencia que la modernidad y la posmodernidad han impuesto, un alma con sedimento místico, como lo vio Ganivet: yo he escuchado el silencio sin sombra de las catedrales.
A la imagen del Madrid español superponía la otra imagen: la del Madrid mexicano. Atisbaba Madrid por los ojos abiertos de sus escritores y de sus artistas. E imaginaba también la ciudad a través de las referencias de nuestros más altos poetas: el Madrid de 1937, agobiado por las bombas, descrito por Octavio Paz en los versos claros de «Piedra de sol». Ése era el Madrid mexicano (aquí se publicó el primer libro de Sor Juana) o el México español, el México visto por Miguel de Unamuno o, mejor, el Méjico visto por Unamuno, obstinado —como tantos todavía— en escribirlo así, con jota, mientras el sabio más grande de nuestros escritores polemiza y cruza los brazos de la equis, como santo y seña, como reliquia histórica, como metáfora del oxigenante éxodo, en su correspondencia con el búho español: el México español debe escribirse también con la equis que pintaba, afirmándose español mientras se confirmaba mexicano, aquel polígrafo que había escrito páginas inmortales en España, y que me ha ayudado a entender la médula de esta ciudad, contra las máscaras sonoras y el ajetreo que no duerme, mediante la transparencia de sus versos. Yo quiero decirle a Madrid lo que Alfonso Reyes a su tierra: Madrid: «No vale un canto sonoro / el silencio que te oí».
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Gilberto Prado Galán (Torreón, Coahuila, 1960) ha publicado una docena de libros de poesía y ensayo en las principales editoriales mexicanas. Por su trabajo crítico ha merecido tres premios internacionales y uno nacional. Es director de la revista de literatura iberoamericana ArteletrA. |
La Reforma de Juárez inició la verdadera independencia de México y su acceso a la Modernidad. Nos dotó de nuevas estructuras, nos recimentó, nos dio fuerza nacional y respeto internacional. La Reforma ayudó a centrarnos, nos legó lucidez política y calidez social. Pero tuvo un precio, el de confundir las ideas con las piedras. Y su piqueta se aplicó activamente a la demolición de un pasado que nos pesaba como un fardo, como así lo imaginarían nuestros liberales decimonónicos.
A mediados del siglo XIX, el pasado indígena era admitido solamente por la ciencia y el novohispano -por una minoría de románticos-. Lo popular, que logró sobrevivir al embate de la modernidad desde los tiempos de la Ilustración, era visto por la academia con cierto desdén. La clase dirigente era afrancesada o norteamericanizante. Sustituimos el trono y el altar, -España y Roma-, por Francia y Estados Unidos -dos países que nos invadieron en dos ocasiones cada uno-. Mientras tanto, los viajeros extranjeros descubrían las ruinas y el paisaje.
En cuanto al arte del Virreinato, tan despreciado entonces, hay que señalar dos excepciones: José Bernardo Couto y Joaquín Pesado. Conservadores de arte ambos, directivos de la Academia de San Carlos, escribieron una historia de la pintura colonial y salvaron las pinturas de los conventos suprimidos,para las que crearon una Pinacoteca Nacional.
En tiempos de Porfirio Díaz se impuso paulatinamente un cambio. De la negación del pasado, a cuenta de la necesidad de Díaz de proponerse a sí mismo como el portador de un futuro redentor, empezó a aflorar un indigenismo de vitrina y un colonialismo de chismes y leyendas. En esos tiempos, por ejemplo, se levanta el monumento a Cuauhtémoc en Paseo de la Reforma, ejemplo de neoaztequismo; y se instalan en decenas de vitrinas de eso que entonces se denominaban «antigüedades mexicanas» y que correspondían a las remotas expresiones artísticas del indio muerto (el indio vivo era objeto de explotación). También en época de Díaz, se demolían edificios coloniales para edificar otros «neocoloniales»; ejemplo de ello es la demolición del antiguo edificio de la universidad y la construcción de las ampliaciones del antiguo colegio de san Ildefonso, entonces escuela preparatoria, ordenadas ambas por Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública hacia 1910.
La revolución produjo un nuevo cambio de mentalidad. Los Ateneístas, encabezados por José Vasconcelos, Alfonso Cravioto y otros, contaban con Manuel Toussaint, Federico Mariscal y Jesús T. Acevedo. Ellos, con sus conferencias entusiastas, encenderían el amor por el «alma nueva de las cosas viejas». A partir de entonces, lo «colonial» se convirtió en patrimonio valorado. Venustiano Carranza le consiguió una beca a su paisano don Artemio de Valle Arizpe, y hasta dinero para adquirir obras pictóricas con que enriquecer las colecciones del Museo Nacional.
Desde los años veinte hasta los sesenta, se produjo una conciencia nacional capaz de integrar esferas temporales tan opuestas como son las que forman nuestra historia: el pasado indígena, el Virreinato y la Modernidad. Figuras como Alfonso Caso, Genaro Estrada y Enrique Fernández Ledesma, por ejemplo, publicaron textos destinados a exhumar valores que motivarían la conservación de un patrimonio común.
Nacionalismo, socialismo y cultura se conjugaron para lograr una fórmula de creación y afirmación de un espíritu propio. Era la atmósfera de la época. En Italia, el Gobierno de Mussolini hacía grandes excavaciones en Roma y otros lugares; en Alemania, el Nacionalsocialismo reivindicaba el pueblo germano evocando las hazañas de los Nibelungos y lanzándose a la búsqueda del Santo Grial. El totalitarismo buscaría soporte en justificaciones históricas y proyectos megalómanos, orientados a lo que ellos entendían por «interés común»: el control de la sociedad con el pretexto de aplicar valores tradicionales aportados por el alma colectiva.
El Estado mexicano, desde tiempos de Obregón y Calles, consolidó su interés en conservar el patrimonio federal y apoyó la acción de los particulares a ese fin. En los treinta, se crearon los Institutos Nacionales de Bellas Artes y Antropología e Historia. Desde entonces, ambas instituciones han llevado a cabo una labor insigne, gracias a la visión del general Lázaro Cárdenas, en cuyo Gobierno fueron creados. En los sesenta, con la presencia de Jaime Torres Bodet en la Secretaría de Educación Pública, la proyección de este espíritu alcanzaría grandes realizaciones, como los museos nacionales de Antropología y Etnografía, del Virreinato y de Arte Moderno.
Sin embargo, desde los veinte hasta los sesenta, los daños al patrimonio cultural fueron constantes. El saqueo arqueológico era incontrolable; sucedía hasta en los propios museos, como en el caso de la donación de la colección del pintor Miguel Covarrubias, cuyas piezas, ya propiedad de la nación, fueron vendidas en el extranjero. La ciudad de México presenció destrucciones inverosímiles, que se hacían con el pretexto de ampliar calles (San Juan de Letrán y 20 de Noviembre). El caso extremo llegaría con la propuesta de la ampliación de la calle de Tacuba, por disposición de Ernesto P. Uruchurtu, que un numeroso grupo de ciudadanos responsables logró evitar in extremis. En cuanto al arte virreinal, existen, por ejemplo, decenas de artículos periodísticos de Francisco de la Maza denunciando demoliciones, saqueos y actos de estulticia de toda índole. Por mostrar uno de ellos: en Puebla, la famosa Casa del Deán, con murales del siglo XVI, únicos por tratarse de un edificio civil, iba a ser demolida, como ya ocurriera con el famoso palacio de la familia Romano de Altamirano, obra de principios del XVII, a pesar de las denuncias del gran defensor del patrimonio novohispano que fue Efraín Castro. La gota que derramó el vaso fue el incendio del altar del Perdón, en la catedral de México, pues puso al descubierto la pésima condición de la instalación eléctrica del magno edificio, causa del siniestro. Esto encendería una polémica, apoyada por don Julio Scherer, desde Excelsior y otros medios, que tuvo efectos muy positivos, pues la sociedad civil comenzó a interesarse por el tema. De ese modo surgieron verdaderos paladines de la conservación del patrimonio y de la exigencia de una ley de protección del patrimonio. Zacatecas, la ciudad mejor conservada de la República, le debe mucho a don Federico Sescosse, uno de ellos.
En los años finales del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, al calor de los crímenes del 68, el Gobierno, endurecido y necesitado de expropiar la memoria colectiva para no ser cuestionado, propuso una ley en 1970 y otra en 1972. La primera sería de corte «nacionalsocialista» y consideraba convertir todo el pasado en propiedad del Gobierno; evidentemente, fue abortada. Desde entonces existe la confusión entre «patrimonio de la nación» y «propiedad del Gobierno» (no todo lo antiguo es propiedad pública, sino responsabilidad colectiva su conservación, pues la sociedad detenta bienes inmuebles y muebles legítimamente heredados o adquiridos). La de 1972, sostenida por mejores criterios y discutida por expertos, más administrativa que regulatoria, ha sido la de mayor provecho hasta la fecha para la defensa de nuestra herencia patrimonial. Su aplicación es, no obstante, problemática, por la ausencia de derecho de audiencia (garantías individuales) y de reglamentos que precisen su uso; pero ha resultado eficaz y, aunque a veces se han cometido abusos, sigue siendo un buen instrumento jurídico para lograr la protección de la herencia arqueológica, histórica y artística de México.
En los últimos años del siglo XX, la conciencia colectiva acerca de la conservación del patrimonio cultural se ha desarrollado quizá demasiado, pues hasta se ha puesto de moda (patrimonialitis). Es probable que esta actitud presagie la que, en el siglo XXI, se hará más fuerte en la defensa del medio y del patrimonio.
No estamos en el mejor momento para abordar una nueva legislación relativa al patrimonio cultural. Por eso, es recomendable aplicar la ley de 1972 (acaso reformarla) y no intentar crear polémicas y conflictos innecesarios. Nos movemos entre el nerviosismo y la banalidad (reflejo de los talibanes y Walt Disney). Hemos asistido al fin de la verticalidad del poder en México y es necesario construir una transversalidad (horizontalidad) que permita crear puentes y vínculos entre actitudes opuestas.
De ello, intentan dar ejemplo quienes han propuesto el rescate del centro histórico de la capital: miembros de la sociedad civil, el presidente Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador, jefe de Gobierno del Distrito Federal. Los tres se han asociado para intentar algo que nos une a todos los mexicanos, gracias a una visión valorativa que esperamos se imponga por encima de intereses de cualquier índole. Lo notable de la reunión de estos agentes sociales y políticos es que están anteponiendo sus intereses partidistas y personales en beneficio de un interés común: los valores que representa este conjunto monumental. De esa experiencia, puede y debe surgir la nueva manera de comprender el problema que estamos hablando, y participar activamente en el espectro temporal que se inicia en este siglo XXI.
Frente a los estertores y la agonía del siglo XX, tan obsesionado por lo novedoso y lo moderno, vemos surgir una actitud más integradora de pasado y futuro, que pueda dar lugar a un presente más plural y simultáneo. La herencia del patrimonio cultural nos ofrece puntos de orientación permanente, para hallar el mejor derrotero en cada momento. Resarcir los estragos heredados de la Modernidad será una tarea de la etapa que viene, una tarea para la que se hace necesario reflexionar de cuando en cuando.
Fruto de un acto de sincretismo entre la modernidad y la idiosincrasia mexicana, la obra de Luis Barragán (Premio Pritzker, 1980) sigue siendo un manifiesto arquitectónico para la cultura universal. Sus obras son diálogos callados, sobrios, entre el sol y los muros ciegos. Después de Barragán, la preferencia por la forma, inclusive vacía de contenido, está presente en las distintas tendencias de la arquitectura mexicana y se manifiesta como preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto, lo representativo frente a lo funcional, lo estético frente a lo ético.
Al concluir el siglo XX la arquitectura mexicana ofrecía un panorama muy amplio. La obra institucional y pesada de Teodoro González de León sembraba de hitos el magma informal de la ciudad de México, la que crece según las presiones del liberalismo económico, el incremento demográfico y la corrupción. Por su parte, los muros pintados y las torres metafísicas de Ricardo Legorreta lograban merecer la Gold Medal de la AIA. En el estudio de TEN Arquitectos (Enrique Norten y Bernardo Gómez-Pimienta) se han creado edificios como el de Televisa, un objeto icónico que emerge en el contexto populoso y caótico del centro del DF y se identifica con el logotipo de la compañía mexicana de televisión. El proyecto, que requería la integración de varias funciones (estacionamientos, oficinas, servicios bancarios, cafetería, comedores y salas para conferencias), está arropado por un caparazón elíptico y metálico, que define un espacio continuo bajo el que se desarrollan todas las actividades. TEN Arquitectos se ha hecho merecedor del primer Premio Mies van der Rohe de Latinoamérica.
RIGOR GEOMÉTRICO Y SEVERIDAD
Una generación intermedia, representada por Francisco Serrano, Alfonso López Baz y Javier Calleja, entre otros, domestica las propuestas y neovernaculares de González de León y de Legorreta, con arquitecturas de hormigón o ladrillo, que se ciñen al rigor de la geometría y a la severidad de los grandes muros ciegos. Así, el edificio del Instituto de la Universidad Iberoamericana, de J. Francisco Serrano, inscribe un patio cilindrico en un edificio de planta cuadrada y lo conecta con el resto de la universidad, obra del mismo autor, manteniendo el repertorio de formas y materiales del resto del conjunto universitario: cuadrados y círculos, obra vista y hormigón.
Su reciente Escuela de Arquitectura se convierte en la fachada definitiva del mismo campus jesuíta, con una columnata cacofónica de ladrillo a lo largo de trescientos metros, rematada por un cilindro opaco que articula los accesos con el resto del conjunto.
El Teatro de las Artes de Alfonso López Baz y Javier Calleja se caracteriza por una gigantesca columnata perimetral, que circunda el espacio del vestíbulo y el de la sala. A cada función le corresponde un volumen, un color y un material diferenciado. Así, la megaestructura metálica es verde, el cuerpo ondulante de las áreas de servicio y camerinos es de travertino beige, y el volumen metálico de las tramoyas es rojo.
Entre los estudios emergentes destacan el de Alberto Kalach, Adrià+Broid+Rojkind y el de Sánchez-Higuera. La obra de Kalach es quizá la más original y escultórica. Sus edificios son respuestas radicales desde la geometría de sus plantas y desde los recortes de sus muros para permear de luz los espacios interiores. La casa GGG, que obtuvo reconocimientos en 2000, es un mausoleo de hormigón y luz, repleto de sorpresas espaciales desde la prommenade architectural obligada.
Adriá+Broid+Rojkind fueron galardonados con el Premio Cemex 2001 por una casa situada en los bordes del área metropolitana de la ciudad de México. Una caja de hormigón se empotra entre dos losas, contrastando la opacidad y solidez del volumen con la transparencia y ligereza de los planos. El uso dominante del hormigón visto en toda la construcción, así como su tratamiento eminentemente plástico del material escogido, permitió obtener soluciones sensuales y expresivas que no requieren acabados finales.
Sánchez-Higuera ha ido tejiendo pieza a pieza el nuevo contexto de la Colonia Condesa de la Ciudad de México. Un conjunto de edificios que, si comenzó como una intervención de esquina, cuenta ya con otros tres edificios. La idea de ir relacionando los proyectos con el contexto y entre sí, a medida que se han ido construyendo, ha permitido redefinir el tejido urbano, evitando exponer medianeras y armando en el interior de la manzana una sucesión de espacios abiertos, que se convierten en pasajes.
DOS GRANDES PROYECTOS
En el límite entre realidad y utopía, dos proyectos colman de esperanzas el futuro de la arquitectura mexicana. En Guadalajara, doce importantes arquitectos llenarán más de 300 hectáreas de edificios de «autor». Se trata de un gran museo de arquitectura contemporánea al aire libre, liderado por TEN Arquitectos (Enrique Norten y Bernardo Gomez Pimienta), y con una participación muy variada: Carme Pinos, de Barcelona, que realizará el Recinto Ferial; Morphosis (Thom Mayne), de Los Ángeles, que construirá el Palenque; Coop Himmelblau (Wolf Prix), de Viena, proyecta el Malí and Movie Theaters; Daniel Libeskind, de Berlín, la universidad de Arquitectura, de Pedagogía y de Ciencias Políticas; Tod Williams y Billie Tsien, de Nueva York, los anfiteatros al aire libre; Toyo Ito, de Tokyo, el museo; Jean Nouvel, de París, las oficinas corporativas; el mexicano González de León los comedores del personal; y el veterano de la arquitectura americana, Philip Johnson, un museo de niños. La propuesta para Centro de Exposiciones y Convenciones de TEN Arquitectos es un óvalo de 240 metros de largo en el que todo se comunica por medio de un fluido juego de rampas elípticas perimetrales, que encierran la parte central de la sala de exposiciones y el anillo de vestíbulos y servicios. Una cubierta de armaduras soporta la piel translúcida de Teflón conformando uno de los objetos más representativos del nuevo conjunto, que será el detonante para el futuro crecimiento de la ciudad de Guadalajara.
En la ciudad de México, Alberto Kalach y Teodoro González de León proponen la recuperación de los lagos del valle de México y la reurbanización de las futuras riberas, junto a la reubicación del aeropuerto internacional en medio del lago. Con este proyecto, el. regreso a la ciudad lacustre prehispánica se convertiría en una gran esperanza para el futuro de esta gran urbe, que se hunde por la deshidratación del suelo. La tesis fundamental de este trabajo se basa en la simple idea de que la ciudad de México no fue solamente un gran lago sino que en potencia lo sigue siendo.
Si el siglo XX empezó en México en el momento en que la arquitectura de ese país incorporó el lenguaje radical y austero del Movimiento Moderno, y tuvo su mejor momento con el sincretismo entre la modernidad y la idiosincrasia mexicana de Luis Barragán, el nuevo siglo arranca con estos grandes proyectos, que incorporan a la arquitectura el respeto por el lugar, la economía a largo plazo y la sustentabilidad.
La voz grave, monocorde de Juan Rulfo se oye a través de unas paredes blancas de cal, reverberantes. El escritor dejó grabados algunos de sus relatos y a esas lecturas acompaña un vídeo realizado por su hijo, que se recrea en la suerte de armonizar con imágenes de la geografía de ese «laberinto de la soledad» que es México, con las descripciones de su padre. Desde una transparencia que sirve para separar el recinto de proyección de la exposición propiamente dicha, una fotografía de la cabeza del escritor, una cabeza como tallada en barro, profundamente seria, enseña el perfil y la mirada del artista.
«Artista» no es palabra que suela emplearse para hablar de escritores, pero en el caso de Rulfo y después de ver su obra fotográfica bien vale la pena aplicársela. Nacido en el pueblo de Pulco, Cayula, en el Estado de Jalisco en 1918, Juan Rulfo trabajaba para mantener a su familia como inspector del servicio de inmigración, primero, y más tarde como viajante de comercio (concretamente representaba una marca de neumáticos).
Recorría, pues, México y lo veía todo. Era la década de 1945 a 1955, el tiempo en que empezó también a escribir. «Mi padre decidió escribir en el momento en que se dio cuenta de que estaba preparado para explicar literariamente sus inquietudes, y lo mismo ocurrió con las fotografías: las hizo cuando él se sintió que podía traducir con negativos sus preocupaciones», explicó su hijo Juan Francisco, que asistió a la presentación de la exposición en Madrid.
Rulfo tenía una cámara buena y una afición aún mejor. Dan fe seis mil negativos de entre los que se seleccionaron los de la exposición y el catálogo. Seis mil negativos que mantenía celosamente apilados, llenos de papelitos y anotaciones, en las famosas cajas de cartón, y que sólo seis años antes de su muerte, en 1980, consintió en dejar ver al público, ante la insistencia del entonces director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, Juan José Brenner. Gracias a él y a un grupo de amigos que valoraron lo emblemático de su obra, entre los que se encuentran Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, Erika Billeter, Margo Glantz y Alberto Lozoya, ha sido posible este encuentro con el mundo plástico de un escritorpoeta, un intelectual que ya había llegado a millones de lectores a través del paisaje descarnado de Cómala visto con los ojos de ese hombre que regresa con la novela que Carlos Fuentes considera como «la mejor novela mexicana de todos los tiempos». Y no sólo mexicana, ya que el viaje interior que Rulfo hace en ella, con el indio Juan Preciado y su llegada al pueblo muerto, alcanza niveles de reflexión universal.
Lo mismo sucede con estas fotografías que forman la exposición. Naturalmente que es México el país que inspira, respira y suspira en ella, pero también están presentes unas características humanas que no solo se reconocen en esos pueblos y en ese momento. Del mismo modo que puede decirse que el México de hoy no es sólo el que Rulfo deja ver en su maravilloso blanco y negro, es evidente que el alma mexicana, hombres, mujeres, historia, vegetales y tierra, adquieren en esa presencia una calidad trascendental.

Tres generaciones -dos mujeres y un niño en una ventana- saludan desde una barda rústica. Abren la muestra y sirven también de portada del catálogo. El artista no toma partido. No hay denuncia en las imágenes, por duras que parezcan. México es arisco y ácido. No hay una sonrisa en los personajes que pueblan este mundo en claroscuro. Tampoco parece que los modelos hayan posado. Nadie se ha detenido, curioso o divertido, para que Rulfo les clavara en su cámara. Generalmente aparecen de espaldas. Las mujeres, lavando bajo unos arcos de medio punto, como de convento, o sentadas sobre sus sayas en la dura tierra de Tamazulapan. Muchas de sus figuras se van, se están yendo. Por un sendero, por una trocha, a puro caminar, o en caballerías. Otras veces se quedan quietas ante la mirada fija de la cámara, o contemplan con la misma impavidez un espectáculo de danzantes con máscaras. Todos llevan una.
La cámara de Rulfo muestra, implacable. Sólo en raras ocasiones, como en la espléndida instantánea de una muchacha tendida en unas tablas, que titula «Actriz de La Escondida» o en el maravilloso plano de «Alicia en los ahuehuetes» , hace alguna concesión a lo tierno, a lo fantástico. Pero en la gran mayoría de sus visiones se palpa el terrón, la dura agudeza de la púa de una pita de maguey, la agresividad de una rama seca y rota.
Rulfo atrapa a su país también en sus hombres: peregrinos de rodillas, pescadores, jinetes, vendedores campesinos, el pueblo. Perfiles como relieves escultóricos precolombinos. Está presente el mundo del cine: Pedro Armendáriz -quizá la única sonrisa de la colección- y María Félix, fotografiados por Rulfo durante el rodaje de una película, que le ha servido para muchos planos.
El escritor-fotógrafo recoge los trabajos del campo mexicano: yuntas arando, llano con pastor y ovejas, el maíz recolectado, las acémilas por el camino real, el secado de tabaco. La Naturaleza: playas, la costa, con troncos y raíces como animales prehistóricos, con cactos -Xochimilco florido, como una excepción-, cascadas en el Estado de Guerrero, grandes árboles, saltos y arroyos, barrancos, lagos y ríos. Hace una búsqueda por el pasado histórico -la pirámide de Tehayuca, el templo de Quetzacoatl, relieves en un palacio de Mitla, muralla azteca de Huexota, ídolo totoneca- y llega a la cruz y de la cruz al claustro y a la ruina.
En la ruina su espíritu se detiene con especial morosidad. Es la ruina burlesca en ocasiones, severa hasta el dramatismo en otras, estremecedora casi siempre. «El llano en llamas» se recoge en la foto del incendio de Actipan, en Tlaxcala; y resume esta simbiosis cielotierra la imagen del volcán Pantiucutin, con fumarola, con la torre de la iglesia de Parancanguino, rodeada y aislada completamente por la lava fría.
Las últimas fotos son ciudadanas y recogen ya en cierta medida la era industrial: patios, zaguanes urbanos, el Zócalo -la gran plaza mayor de la ciudad de México-, viejas locomotoras, rieles de tren -«Patios de ferrocarril en Nonoalco-Tlatelolco»- que recuerdan los laberintos de Nazca, restos de hierros retorcidos, productos de desguace.
Todo para mayor gloria de la visión cosmogónica de este narrador, que si nos había fascinado en su literatura con una prosa certera, escueta, eficaz y directa, trata de lograr ese mismo efecto con los juegos de luces y sombras, de nubes engarabitadas sobre un cielo aplastador. Y lo consigue.

La exposición, que ha estado ya en Alemania y por supuesto en México, viajara próximamente a Estados Unidos y Francia. El catálogo vale la pena. En él escribe el escritor mexicano Carlos Fuentes: «Hay un México de luz en Rulfo». Y reproduce una página: «En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá una línea de montañas. Y todavía mas allá, la más remota lejanía. Hay un México de fuego, sombrío: aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija», celebra Carlos Fuentes esta convergencia entre el arte literario y el plástico de Juan Rulfo.
Y todos los lectores de Rulfo, cuantos descubrieron la magia de México en ese libro fascinante que empieza así: «Vine a Cómala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», pueden celebrar con esta exposición que no se habían equivocado. Juan Rulfo confirma con sus fotos y con su prosa lo que un día dijera Octavio Paz, otro mexicano egregio: «No hay puertas, hay espejos».
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¿Qué es un instante en la vida de Álvarez Bravo? ¿Qué secreto habita en la retina del fotógrafo para convertir en magia los objetos más mundanos? «El sentido que tengo del tiempo es con la cámara», se justifica él. Unos colchones enrollados, caballitos de feria, maniquís en un mercadillo, una sábana secándose sobre los cactus… todo vale para la cámara magistral de este hombre que, tras cien años (¡cien!) de singular andadura, ha logrado encerrar en el diafragma de su máquina los momentos más íntimos del pueblo mexicano.
Porque sus fotos son México. México amable y soleado (La buena fama durmiendo), México nostálgico en el rostro de esa chiquilla que mira desde un balcón (El ensueño) o México solitario como aquella barca vieja rodeada de ramas secas (Coronada de palmas). Pero, sobre todo, un México poético. Con motivo de su centenario, el mismo autor ha seleccionado para el público cien imágenes que circulan este año por distintas exposiciones en Madrid, Barcelona, México, Rotterdam y París. La editorial Turner las rescata ahora para siempre en una cuidada edición, muestra de esta poética de «lo cotidiano» que es la obra de Álvarez Bravo. Las imágenes están acompañadas de una recopilación de textos, poemas y cartas que sobre él escribieron Edward Weston, Langston Hughes, André Bretón y Paul Strand, entre otros. Todo un homenaje a este perseguidor de «instantes de revelación», en palabras de Octavio Paz. NR |
SELECCIÓN Y PRESENTACIÓN
por Jean Meyer
¡Ay Rey, la herencia de la vida se ha de dar,
pero la honra es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios!».
Pedro Crespo, en El alcalde de Zalamea.
Podría -debería- decir que la Cristiada fue un drama inmenso, y nada más. Todo el resto es discurso sin importancia. Sin embargo, la legítima curiosidad del lector se interesará por esos manuscritos publicados muchos años después de haber sido escritos; y, a 75 años de distancia de la tragedia que empezó en 1926, preguntará también qué fue eso que llaman «conflicto religioso», «conflicto entre la Iglesia y el Estado» o «Cristiada». Respondamos por partes, empezando por lo más fácil.
Entre 1956 y 1969 un joven historiador francés, protegido por la inconsciencia de la juventud y por su benéfica condición de extranjero -dos veces tal: por ser nativo de Francia y por no tener nada que ver con ese pleito entre mexicanos-, recorrió el país desde Juchitán hasta Escuinapa, desde Saltillo y Santiago Bayacora hasta Colima y Veracruz. Andaba entrevistando a los actores y a los testigos -«mansos» y «bravos»- de esa epopeya que fue la Cristiada; en su empresa recibió la ayuda decisiva de muchas gentes: veteranos, supervivientes y testigos, admirables y respetados amigos, muchos de los cuales descansan ya en paz. Pero su voz sigue viva y nos transmite su «coraje cristero».
El mérito del texto que ahora publicamos se debe a su ingenuidad. No ha sido corregido, ni reescrito, igual que muchos otros a mi disposición que fueron escritos a mano, con la intención expresa de dejar un testimonio para las generaciones venideras.

Clemente Pedroza me mandó este documento desde La Chona (Encarnación de Díaz, Jal.), redactado por él en 1967 para consignar los hechos que aún recordaba después de casi cuarenta años: sus recuerdos sobre el levantamientos de Villa Hidalgo. Me he limitado a pasarlo a máquina, corrigiendo la ortografía y respetando sintaxis y puntuación.
Este texto ha nacido de aquel impulso que don Aurelio Acevedo (1900-1968), combatiente de la Primera y Segunda Cristiada, y editor hasta su muerte de la revista mensual que servía de enlace a los veteranos, definió en estos términos: «De una vez por todas le digo claramente que ni soy periodista, ni soy historiador, ni siquiera escritor; soy solamente un hombre que tiene presente, por haber tomado parte en él, por convencimiento y por cariño, al movimiento cristero; que trata de dar a conocer mediante documentos, informaciones y relatos los hechos cristeros, y que lo hace sin preciso ordenamiento. Pero el coraje cristero es grande y fuerte; se dobla, pero no se quiebra. Seguiré haciendo lo que pueda con la cooperación de unos cuantos constantes y a pesar de la abulia de los más, para que la sangre de nuestros muertos sea exaltada y las lágrimas de nuestras madres, esposas e hijos sean conocidas y tenidas en cuenta, si no por las actuales generaciones al menos por las venideras, con la ayuda de Dios» (David, tomo VII, p. 31). – Jean Meyer
APUNTES SOBRE LOS HECHOS HISTÓRICOS REALIZADOS EN UN PUEBLECITO DE JALISCO, CON MOTIVO DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN VILLA HIDALGO
No puede quedarse sin su merecido relatar la relación de uno de los pueblecillos del norte de Jalisco ya que por su gran amor a la causa de Cristo Rey fue uno de los que más pruebas presentaron durante la gesta 1926-29, Villa Hidalgo, nombre que significa para propios y extraños respeto y veneración. Pueblo que pudo sufrir, sacrificarse y morir para su ideal católico. No puede quedarse oculto el ejemplo de este pueblo aun cuando los enemigos de la Iglesia tratan de borrarlo; por lo tanto, con la ayuda de Dios, trataré de hacer un relato aun lacónico, pero lleno de realidad, porque nuestro deber, el de los que Dios escogió como testigos vivientes de esta epopeya, es decir la verdad. No conozco a fondo los principios que motivaron a los católicos de este pueblo a actuar en la lucha cristera, pero como primeros datos recogidos encuentro una Pastoral que de Guadalajara enviaba el gobierno eclesiástico, haciendo del conocimiento de los católicos el peligro que amenazaba. Esto era comentado por todos los católicos del pueblo, con asombro. A la vez entraron al pueblo tropas federales con actitud de terror y de gran furia, aun cuando todavía no se daban cuenta de la decisión que los católicos tomaban: se cometió el gran sacrilegio que consistió en que los generales penetran en la parroquia, abren el Sagrado y tiran por el suelo las sagradas formas y después de pisotearlas, ponen en la mesa del altar maíz para los caballos de los jefes.
Todo esto era visto por los habitantes del pueblo y ya en forma más efectiva y a la vez convencidos de la necesidad de organizarse, buscan la forma de cómo defender los intereses de la iglesia.
Mientras esto sucedía, de nuevo aparece la Federación [el ejército Federal] trayendo consigo preso al señor Cura de Mechoacanejo y, acuartelándose en el mesón de Juan López, lo hicieron estar toda la noche de pie y sin dejarlo descansar; al día siguiente se lo llevaron y, después de martirizarlo, lo fusilaron en el vecino rancho del Salitre. Fue ésta la última clarinada para el heroico pueblo y ya no se pudo esperar más. A razón de este último suceso y ya que no se presentaban tropas defensoras, se empezó a discutir entre los católicos la manera de formar un frente.
Dios que todo lo permite y lo dispone se fijó tal vez en un joven hijo de este pueblo, Nemesio López, hijo de don Juan López, de dieciocho años de edad para que fungiera como iniciador de la defensa armada. Viendo este joven las penas del señor Cura preso en su misma casa, decidió sin importarle el peligro pedirle al coronel Quiñones le permitiera llevar al preso una sillita para que descansara por la noche, así como una taza de té caliente para que pudiera remojar su boca, cosa que consiguió entre blasfemias. Al día siguiente cuando se dieron cuenta del fusilamiento del señor Cura, no pudo Nemesio contenerse e, invitando a su hermano Isidro, pidió a su papá el consentimiento y como él se los negaba, sin importarles eso, se prepararon para marcar con su ejemplo a los católicos del pueblo, como que Dios permite en una u otra forma y como que surgen, siempre cuando es necesario, capitanes que enarbolando su escudo, salen en defensa de su ideal al grito de ¡Viva Cristo Rey! Y así fue cómo se decidió este pueblo a salir en defensa de su fe.
Fue primero Nemesio, después fue Pedro Esparza, Jesús López, Teodoro Castillo, Tranquilino, Felipe Ávila y todo el pueblo de una forma u otra acompañando a las tropas cristeras cuando éstas salían del pueblo, cantando todos «¡Tropas de Jesús, sigan la bandera!», así como cuando entraban se escuchaban alegres repiques de campanas y en el Parián [mercado] hileras de cajas con comida que, al llegar los Cristeros, apagaban su hambre y su sed, que a veces se prolongaba, así como el hospedaje para jefes y para los soldados, en donde tomar sus alimentos.

Acuerdo aquel 4 de diciembre de 1928 cuando los cristeros hicieron a los federales la refriega, derrotándolos totalmente cuando en parejo de Tepusco abrieron el fuego. ¡Con qué alegría los vecinos los recibieron de regreso! Cómo hacer mención de aquella familia Avelar, de aquella familia Esparza, don Lupe y doña María, la niña Silvina, la güera Hermida. Y sería largo mencionar ya que todo el pueblo participó, todos hospitalarios; además el cristero siempre encontró el mejor consejo y aliento en aquellas gentes buenas.
Quiero hacer mención especial de Nemesio y Isidro López, ya que tengo los datos que me facilitó su propia hermana Romana el día 23 de noviembre de 1967. Al pie de la letra dice lo siguiente: Los hermanos, desde que se tuvieron las primeras noticias fatales, decidieron ingresar a las tropas defensoras, hacían simulacros, organizaban partidas y siempre en sus guerrillas salían triunfando. Una vez organizaba Nemesio su guerrilla, frente a la parroquia y después del largo combate dejó tirados al suelo a sus enemigos y entran de inmediato a la parroquia para celebrar el triunfo, gritando: ¡Viva Cristo Rey! y ¡Santa María de Guadalupe!, Patrona del pueblo; ellos la estimaban mucho, de manera que no pensaron en que aquel acto era de irreverencia. El Sr. Cura se da cuenta y los reprende, especialmente a Nemesio, que era el jefe. En seguida, cuando fue la de veras, Nemesio duró un mes pensando y explicando a sus papas y parientes, la Pastoral recibida con relación a la defensa que los católicos tenían que hacer. No obstante sus padres no le permitían, alegando que los matarían y su carne serviría de pasto a los coyotes, y no daban su consentimiento; en cambio ellos contestaban «nuestra carne se la comen los coyotes, pero nuestra alma volará derechita al cielo», y repetían a la obstinación de sus padres: «¿No les dará gusto que nuestra alma, inmolando nuestros cuerpos por la defensa de Rey vuele al cielo? Qué dicha para Vds. contar en el cielo con dos de sus hijos, ¿verdad que sí vale la pena? Somos pues sus hijos, pero somos más de nuestro Cristo y él reclama que sus hijos lo defiendan, así que presentaremos nuestro servicio a su causa y si él nos necesita en el cielo o nuestra sangre hace falta para la misma causa de nuestro Cristo, gustosos la daremos». Como sus padres se negaban todavía, ellos pusieron esta condición: «Sentimos vocación, esperaremos esta noche que Dios nos ilumine y meditaremos». Al otro día sus padres no se animaban a preguntarles y en vista de que no salían de su pieza, se asomó la madre y los encuentra de rodillas en su pieza en oración. A poco ellos se presentan a su papá y le piden su bendición y le dicen: «Sólo nos faltan unas cuantas horas, a las tres de la tarde sabremos si somos soldados de Cristo Rey o no. Si nos decidimos nos verá Vd. a caballo y armados, y cuando esto suceda ya no tiene más que darnos su bendición». Así fue, les dieron su bendición, amonestándoles y diciéndoles se sintieran orgullosos de entregar a Cristo Rey dos soldados.
Al principio llevaban sus propias armas y monturas. Al despedirse de su madre ella lloraba y desmayaba, y le decían: «No llores, madre, que al fin sólo tres días nos llorarás». Su padre todavía les suplicaba que no se fueran, que eran muy jóvenes, que mejor los casaba, que al fin tenían novia que la merecían y todos rechazaron y se fueron después de despedirse de su novia. Al regresar por primera vez su mamá los recibió contenta y Nemesio le recordó: «¿verdad que Diosito te dio resistencia para todo?», o: «¿ahora sí están conformes y resignados? Qué felices seremos ahora, terminaron nuestras penas. Salgan para vernos alejarnos pero canten con nosotros ‘Tropas de Jesús, sigan la bandera’ y cuando nos veamos allá en el cielo, ¡qué felices nos sentiremos!».
Yo conocí a Nemesio el día (¿?) de octubre de 1927 en el Potrero de los Arrieros, propiedad de la hacienda de los Sauces, municipio de Encarnación. Fue cuando me di de alta, Nemesio era teniente, Isidro sargento al mando del coronel Candelario Villegas. Siempre valiente y astuto, pronto a cumplir las órdenes y enérgico con los subordinados. Cuando estábamos en su pueblo siempre llevaba a su casa a comer a varios de sus soldados y estaba siempre alerta; siempre andaba listo con su gente y no permitía que en la tropa se registraran actos malos de ninguna naturaleza; lo único que permitía era cantar porque él era muy alegre y organizaba serenatas, y en el kiosko de la plaza ponía a tocar a los músicos del lugar para que todo el pueblo gustara. En su persona tampoco se conocieron intenciones deshonestas ni viciosas.
Después de algún tiempo de militar bajo Candelario Villegas, por razones que sólo él supo, se separó y se incorporó con Antonio Martínez; después de algunos meses, en combate en la sierra del Huarache, frente a Calvillo Ags., fue su fin, por ser muy desfavorable la posición y por ser de madrugada; cayeron él, su hermano, Antonio Martínez el jefe y otros ocho compañeros. Los abrieron, sacaron asaduras y tripas y los bajaron a Calvillo y tendieron frente a la parroquia los once cristeros; sus asaduras quedaron en el lugar de los hechos colgando de los manzanillos. Así terminó la vida de estos cristeros que supieron cumplir lo prometido a sus padres y a Cristo Rey su jefe y ahora, unidos con sus padres, cantarán lo que muchas veces hicieron en este valle: «Tropas de Jesús, sigan la bandera» , y alegres todos por el deber cumplido alabando a Cristo y a la Santísima Virgen en la mansión preparada para los que le sirven.
La labor de don Juan López, el padre, fue aún más dura que la sus hijos. Ellos pudieron defenderse con armas y él, pacífico, siempre se enfrentó con el enemigo con los brazos cruzados. Como él era dueño de un mesón al lado poniente de la plaza, en la calle contigua, era motivo para que llegaran aquí todas las tropas federales, tanto como los cristeros. El día 12 de diciembre de 1928, estando el mesón ocupado por tropas cristeras, se presentó la Federación en número mayor y en pocas horas fue sitiado el pueblo y denotados los cristeros. En casa de don Juan se encontraba el cristero Juan Pedroza y en medio del combate lo sacaron Natividad Zavala y Clemente Pedroza, pero de eso se dio cuenta un prisionero federal cogido en el combate del 4 de diciembre, en el rancho de Tepusco, y en pleno combate del día 12 desertó de la línea de fuego que estaba en un ademe que existe todavía enfrente del Panteón y después de anebatar el máuser a Clemente Pedroza y dispararlo no pudo hacer blanco, porque Pedro Esparza se lo arrebató; en el momento que llega la Federación se incorpora con ellos y entrega al Gobierno varias casas y familias. La Federación anastró por la plaza a un cristero herido, hasta matarlo; después se dio orden de saqueo y los soldados tiraban a la calle lo que no podían llevarse, quedando el pueblo en un estado desastroso y lamentable. La Federación tapizó la plaza de rastrojo seco, se reclutó ahí a todo el pueblo, se taparon las cuatro esquinas y se dio orden de prender fuego. Las llamas tomaban fuerza y en medio del tenor se escuchaban los lamentos de la pobre gente, que por momentos era abrazada por las llamas. La gente se amontonaba en una esquina frente a la presidencia municipal, defendiéndose, hasta que por fin abrieron las esquinas y la gente pudo escapar. Después, se presentaron los federales en casa de don Juan López, obligándolo a confesar ser él también cristero, en medio de amenazas y blasfemias. Lo obligaron a hincarse para fusilarlo mientras el presidente municipal juntaba firmas para probar que no era cristero; llegan su esposa y sus hijas y lo abrazan, los soldados las amenazan con disparar, pero ellas, valientes, contestan que morirían gustosas; como el presidente se hizo responsable de los actos de don Juan, el coronel los dejó en libertad. Después de despojarlo de todo lo que tenía, quemaron sus pertenencias y la familia se fue para Tlachichila. Los federales encontraron en sus pertenencias un recibo firmado de José Velasco1 y se enfureció tanto el coronel que consideró al presidente como cómplice, obligándolo a traer a su presencia a don Juan López y dio orden de quemar cuanto tuviera esa casa. Así, donjuán y familia perdieron todo, pero quedaron conformes con que los dejaran con vida.
El Sr. Cura de Tlachichila, pariente suyo, cuando se empezó el movimiento, se alojó en una casa humilde de las cercanías y se disfrazaba de campesino con huaraches de raya, sombrero de petate y calzón blanco y pechera. Una vez que se presentó un jefe cristero, Jesús Flores, decidió irse con él. Éste le aconsejaba irse a otro lugar más seguro, pero el padre le contestó haber visto un ángel en sueño que le decía: «Tú, Ignacio, estás escogido para mártir de la causa de Cristo Rey, ¡prepárate!». Fue admitido en las filas del cabecilla Jesús Flores y en un combate de la sierra de Tlachichila, llegó desnudo y despedazado, inconocible. El capitán gritaba: «Aquí está su fraile para que les diga misa, vengan a verlo». Don Juan guardó su serenidad y se presentó con él para pedirle recoger el cadáver, para velarlo y sepultarlo. El capitán le concedió, prohibiendo las velas, y don Juan lo veló con otro compañero, alumbrado con dos aparatos de petróleo y entre tanto con unas tablas viejas forjaron un cajón. Confiesan los que velaron que, como a las doce de la noche, entró una palomita blanca y revoloteando alrededor del cadáver se paraba en su frente y acariciaba con su piquito la cara, y así sucedió tres veces. Don Juan fue testigo que al exhumar los restos encontraron su cara perfectamente conservada y su barba larga.
Así termino este relato de los primeros cristeros de Villa Hidalgo, así como sus padres y familiares. Ni el gran saqueo del 12 de diciembre de 1928, ni el despojo que sufrieron casi todos, ni el sacrificio de muchos hijos hizo que este pueblo cambiara la fe y la tradición, y hasta la fecha se conserva el recuerdo vivo de su trayectoria, se conserva limpia su tradición de caridad, hospitalidad y generosidad, la misma que aquella población supo tener para una causa justa y santa, la de Cristo perseguido y Santa María de Guadalupe.
Clemente Pedroza
Encarnación de Díaz, 1967.
NOTA
1 · Uno de los principales jefes cristeros de la región Calvillo-Aguascalientes. [Nota del ed.]