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Las edades de la vida

«¡Oh tú vida humana, trágica y mortal, a cuántos has decepcionado, a cuántos has seducido, a cuántos has cegado!» (Columbano, Instr. V. 1).

¡Bonita manera de comenzar un día de fiesta!, dirán algunos, ¿a qué viene esto?

Son palabras escritas por un contemporáneo de San Isidoro, llamado Columbano y que es tenido por el primer intelectual irlandés. Educado en el famoso monasterio de Bangor, en su isla natal, fue luego uno de los grandes cristianizadores del continente europeo1.

En el capítulo de la instructio que nos ha servido de introducción, Columbano sigue así su reflexión: «quienes te aman no te conocen… ¿qué eres entonces, vida humana? Eres camino de los mortales, no vida (via, non vita)… muchos te ven, y pocos comprenden que eres camino…».

La reflexión, a primera vista muy medieval, tiene sin embargo en su conjunto un trasfondo platónico. Y es que la reflexión sobre el sentido de la vida humana es un tema que interesa a todos los hombres de todos los tiempos.

Hace justamente medio siglo, el conocido maestro Romano Guardini editó algunas de sus lecciones pronunciadas en la universidad de Munich bajo el título Die Lebensalter, que se ha traducido al español hace sólo cinco años -sobre la séptima edición de la obra en alemán- con el título de Las etapas de la vida2. Siete ediciones en alemán y una traducción española al cabo de más de cuarenta años son índice elocuente de la atención que el asunto reclama. No hay nada que interese más al hombre que el sentido de su propia vida. Una realidad fluyente que no constituye, sin embargo, como dice Guardini, «un río uniforme», sino que consta de tramos desiguales. Cada uno de ellos tiene sentido en sí mismo pero está abierto e influido por los demás: en el hombre maduro queda algo de lo que fue en su infancia; los proyectos de juventud se realizan en la edad madura; la vejez es, de algún modo, fruto de la vida anterior. Hay una cierta solidaridad entre las diferentes etapas de la vida. Todo el conjunto está sometido y marcado por el paso inexorable del tiempo.

«El transcurso de la vida es seguro y uno solo el camino que sigue la naturaleza, y además sin desvíos; a cada edad le corresponde lo suyo; la debilidad de los niños, el atrevimiento de los jóvenes, la gravedad de la persona ya entrada en años y la madurez de la senectud son una cosa natural» (Cic., Sen. 34).

Ese transcurso lleva consigo el que todos los afanes pasan. De nuevo Cicerón: «¿Qué jóvenes echan en falta las cosas por las que se entusiasmaban en la infancia? Tampoco se echan de menos en la mediana edad los afanes de la primera juventud; y en la vejez no se desean las mismas cosas que en la edad mediana» (Sen. 76).

Estas consideraciones apuntan a que el paso del tiempo no tiene sólo consecuencias fisiológicas sino que comporta un cambio de gustos, de aficiones e incluso de hábitos.

La relación edadcarácter es un punto en el que ya se detuvo Aristóteles, que describe en su Retórica los rasgos dominantes en las distintas edades de la vida, que según él son tres -juventud, madurez y ancianidad-.

El carácter típico del joven es caprichoso y decidido; variable e impulsivo; deseoso de triunfos: ingenuos, crédulos y esperanzados y animosos, y por eso, audaces y magnáninos; capaces de ilusionarse con grandes empresas. Prefieren lo hermoso a lo conveniente y gozan más que en otras edades de la convivencia entre amigos y compañeros. Dados al exceso: «aman demasiado y odian demasiado». Si cometen injusticia es más por insolencia que por maldad. Son, en fin, compasivos y amantes de la risa3.

El planteamiento aristotélico es, en este punto, el de oponer contrarios. Por eso, el carácter de las personas de edad avanzada queda definido por rasgos opuestos a los que acabamos de enumerar. El anciano es cauteloso al dar su opinión; es suspicaz y desconfiado; se contenta con lo necesario para vivir, y no es generoso. Aman la vida como un bien cuya pérdida se teme. Y una expresión que merecería comentario aparte: «son más egoístas de lo que se debe». Les tira más lo útil que lo bello. Tienen cierta despreocupación, y viven más del recuerdo que de la esperanza: son por eso charlatanes, porque gozan recordando. También son compasivos, pero más bien por debilidad, y no son alegres.

En este juego de contrastes, está clara la desventaja del anciano. El hombre maduro representa en la visión aristotélica el siempre elogiado término medio.

Pienso que esta panorámica del punto de vista aristotélico puede ser un buen telón de fondo para traer a escena las opiniones que se encuentran en una de las obras más leídas y comentadas de la Antigüedad clásica: el diálogo de Cicerón titulado De Senectute, núcleo de esta lección, cuya justificación casi huelga: es la última lección de una latinista.

DE SENECTUTE

Cuando Cicerón tenía 62 años, poco antes del asesinato de César (Idus de Marzo del 44 a.C.) dirigió a su amigo Atico, tres años mayor que él, con quien le unían además lazos de parentesco, un escrito consolatorio sobre la vejez, redactado en el momento en que empieza a experimentar sus limitaciones. Fue «una elaboración gozosa, que borró todas las molestias de la vejez, y la hizo alegre y amable» (Sen. 2).

La idea no era precisamente original, pues este tipo de escritos se había puesto de moda en la cultura alejandrina: la sociedad refinada y sofisticada del mundo helénico posterior a Alejandro. La forma elegida -el diálogo- también es heredada de Grecia.

En cambio, sí es original el modo en que presenta Cicerón su tema: como experto abogado, escribe sobre la vejez haciendo de ella una auténtica defensa forense, que centra en cuatro puntos que corresponderían a cuatro acusaciones: la falta de fuerzas físicas; la incapacidad para gozar del placer; la falta de actividad; la proximidad de la muerte.

No pretendo seguir paso a paso este esquema, excesivamente sistemático para una lección como ésta, y que contrasta además fuertemente con los enfoques actuales. Pues vivimos en una sociedad en la que las cuestiones relacionadas con la edad y con la última etapa de la vida ocupan y preocupan seriamente, pero con una visión muy distinta: hoy se habla de «los mayores» -afortunadamente es este término de honda raigambre y a la vez respetuoso- que ha sustituido en el uso común a aquella desafortunada expresión que hizo furor en la década de los 70 en el pasado siglo XX; me refiero a «la tercera edad», título que Simone de Beauvoir dio a una de sus obras, y que llegó a alcanzar amplia popularidad. Esa denominación, basada en la división tripartita de la vida que arranca de la teoría aristotélica, pretendidamente eufemista pero fría y despersonalizada, ha dejado de tener vigencia.

Hoy hablamos, como digo, de los mayores, pero con la atención puesta en el cuidado de su salud y el modo de conseguirlo con el menor trastorno posible y sobre todo con la preocupación derivada del creciente aumento de la edad media de vida, unido a la escasa renovación de la población, producida por el llamado control de natalidad, de funestas consecuencias, no sólo en el terreno de la demografía. En definitiva, el núcleo del discurso actual sobre las edades de la vida está constituido por una preocupación más económica que propiamente humana. El criterio de la productividad es, sencillamente, inhumano, y eso dejando a un lado el análisis prospectivo sobre los experimentos de la biotecnología que ha hecho el pensador Fukuyama.

El planteamiento ciceroniano es totalmente ajeno a la cuestión económica; está centrado en puntos que afectan más a la personalidad, al carácter, a la función social que corresponde a cada edad, entendiendo esta función como un intercambio personal de aportaciones a la mejora de la vida en sociedad.

Hay, por otra parte, una cuestión previa no muy fácil de aclarar: ¿qué se entiende por «senectud»? O, en términos más descarnados: ¿a qué edad se es viejo? Indudablemente hay en esto un factor individual, que parece resistir cualquier clasificación, pero también es cierto que el paso de los años tiene un innegable papel. Por eso hay edades oficialmente establecidas para invitar a retirarse voluntaria, u obligatoriamente. Sin embargo esas edades oscilan de un país a otro, de una cultura a otra, incluso de una profesión a otra.

No es la misma la edad a la que se retira un futbolista o un cantante que la de un banquero. No envejece a la misma edad un nómada subsahariano que un lord del Parlamento inglés, por poner ejemplos algo alejados.

Por otra parte, están las diferencias de época. En la Roma republicana en la que vivía Cicerón había una edad establecida como seniorum aetas: se era senior a los 46 años; aunque parece que el sentir común era que la senectus comenzaba en torno a los 60. A título de anécdota vivida: la lección inaugural del Curso 1974-1975 correspondió en esta universidad a un veterano profesor de Oftalmología, que dio a su lección el título de «Consideraciones sobre la vejez». Dijo allí, que desde el punto de vista puramente físico, podemos decir que la senilidad comienza a los 25 años.

De senectute es el subtítulo de la obra, que lleva como título principal el nombre de su protagonista: Cato Maior; protagonista porque Catón el Viejo es el personaje seleccionado para hacer esta exposición que es a la vez consolatio y defensa. No está elegido al azar. Catón tenía un enorme prestigio; Cicerón lo utiliza como altavoz de sus propias ideas «para que el discurso tenga más autoridad»; es el mismo recurso que vemos en la publicidad: para vender el producto se utiliza una imagen que atraiga: hoy, Bisbal; anteayer, Julio Iglesias o -la otra cara de la moneda- Isabel Preysler.

Catón tenía el prestigio de sus virtudes militares, de su austeridad, de su elocuencia. No murió hasta los 85 años y en el momento en que se sitúa el diálogo tenía 84, por lo que presenta la ventaja añadida de haber experimentado una vejez prolongada, en la que había destacado y triunfado. El carácter de consolación que tenía la obra se explica porque se trata de aliviar del peso de una edad a la que -como dice en paradoja humorística- «todos desean llegar, y cuando llega la llenan de improperios» (Sen., 14).

A lo largo de la obra, el desarrollo vital se va asimilando a otras realidades con expresiones metafóricas. La juventud es como la primavera; en ella apuntan y asoman los frutos que luego vendrán, y que se cosecharán y guardarán en las siguientes estaciones; no hay que dolerse del cambio, como no se duele el agricultor de que cuando acaba la suavidad de la primavera vengan el verano y el otoño (Cfr. Sen. 70). Los frutos del árbol maduran a su tiempo, y después envejecen. La idea, de origen pitagórico, la encontramos, entre otros, en el poeta Ovidio4.

Otras veces, la vida se asemeja a una navegación: al acercarse la muerte es como el que tras una larga travesía divisa ya el puerto al que va a llegar (cfr. Sen. 71).

Pero la imagen más lograda, y la de más amplias connotaciones es la concepción de la vida como una representación teatral (baste recordar, entre nuestros clásicos «El gran teatro del mundo»). Esta imagen aparece y reaparece, como un brote rebelde, en cinco momentos de la obra, y estaba ya como anunciada en el tratado De Finibus que Cicerón había escrito un año antes: «salgamos de la vida como de un teatro»5.

La idea estaba extendida en la filosofía popular de la época: la vida es como un drama, y no se puede fallar ni como un poeta desmañado ni como un actor inexperto, en el último acto (cfr. Sen. 5 y 64). Y lo mismo que al actor, al que está en la escena de la vida no hay que aplaudirle hasta que ha terminado la representación (Sen. 70). No contento con la advertencia, saca Cicerón a relucir el ejemplo del disfrute que produce el actor en escena, dando incluso el nombre de un famoso de su época, Ambivio Turpión, y dice: «lo mismo que se deleita sobre todo el que la ve en primera fila con la actuación de Ambivio Turpión, pero también se deleita el que lo ve desde la última, así la juventud, que ve de cerca los placeres, lo pasa seguramente mejor, pero también lo pasan bien los mayores, viéndolos de lejos, en la medida de sus posibilidades6. Aquí hemos pasado de ser actores a ser espectadores, pero seguimos en el teatro de la vida.

Sucesión de estaciones, navegación o drama, son imágenes más o menos brillantes, todas con un aire optimista porque acaban bien. No así otras visiones como la de nuestro Séneca que ve la vejez como un edificio ruinoso7.

El símil de Séneca me trae a la memoria la respuesta de un conocido eclesiástico ya entrado en años qué vive en Roma. Cuando le preguntan: ¿cómo está Vd. ? Responde: «Como el Coliseo: hecho una ruina, pero muy visitado».

En la visión ciceroniana queda patente el sentido común: el envejecimiento es una necesidad natural, no un mal; y pretender luchar contra la naturaleza es como emprender una Gigantomaquia. Es lo mismo que expresa Guardini con palabras más actuales: «sólo envejece de manera correcta quien haya aceptado interiormente su envejecimiento». Aunque -de nuevo Cicerón- con una pizca de ironía: «no hay nada peor que envejecer antes de ser viejo» (Sen. 32).

UNA EXPERIENCIA EVOLUTIVA

Comentaba la importancia que tiene en el pensamiento de Cicerón el hecho de que, entre unas edades y otras, se produce un intercambio favorable y beneficioso. Es éste un hilo que atraviesa todo el tejido del tratado De Senectute y que merece que se le presten unos minutos de atención.

Es fundamental la afirmación de que una buena vejez se apoya en los cimientos de una sana juventud (Sen. 62). No quiere decir esto que haya que poner el máximo empeño en conservar las fuerzas: ¿es que no hace nada el capitán del barco sosteniendo el timón, sentado en la popa, cuando los otros van de acá para allá? No son las fuerzas físicas, ni la velocidad, ni la rapidez las que consiguen cosas grandes, sino la prudencia, el prestigio, el buen sentido (cfr. Sen. 17). Es algo tan de sentido común como hacer lo que se puede, sin echar en falta lo que no se tiene: «tampoco yo cuando era joven echaba de menos las fuerzas de un toro o de un elefante», dice Catón (Sen. 27). Por otro lado, no hay que confundir las consecuencias de la edad con los efectos de la enfermedad: «¿qué tiene de extraño que los ancianos se pongan enfermos si también se ponen los jóvenes?» (Sen. 35).

Pueden conservarse las condiciones físicas con un moderado ejercicio; pero si no, «ni falta que hace» (Sen. 34).

Más importante que mantener la forma corporal es mantener el ejercicio de la mente, a la que «hay que alimentar como se alimenta una lamparilla con aceite para que no se extinga la luz. El ejercicio corporal fatiga; el ejercicio de la mente sostiene» (Sen. 36). Por otra parte, hay que matizar la extendida creencia de que se pierde la memoria; no sin humor dice Catón: «nunca he sabido de un viejo al que se le olvide dónde tiene guardado su dinero. Se acuerdan de todo lo que les interesa: quién les debe dinero y a quién se lo deben ellos» (Sen. 22). En este punto no sé si las cosas han cambiado poco: allá la vivencia de cada cual.

Permanece el talento con tal de que permanezcan también el interés y el esfuerzo; de ahí la importancia de mantener la ilusión de aprender algo cada día (Sen. 26). Se trata, en definitiva, de procurar una cierta juventud de espíritu. El qüe vive metido en el estudio y en el trabajo no se da cuenta de cuándo llega la vejez y va envejeciendo sin sentir, poco a poco: sensim sine sensu (Sen. 38, cfr. 71).

Un elemento de contraste es el que puede resumirse en la sentencia «la temeridad es propia de la edad floreciente, la prudencia de la que va envejeciendo» (Sen. 20). Parece que la falta de experiencia es algo que no se puede suplir: cada uno vive su vida, y tiene que cometer sus equivocaciones para luego retractarse. Forma parte del juego.

«El joven quiere vivir mucho, el anciano ya ha vivido mucho» (Sen. 68). Las equivocaciones pueden ser menores o mayores, si se atiende a lo que puede aconsejar una persona experimentada. «La cúspide de la vejez es la autoridad» (Sen. 61); la gran compensación es la auctoritas. De ahí la gran ayuda que el paso de los años puede proporcionar al que todavía no ha pasado por ellos. No es una casualidad que el órgano consultivo de la Res publica romana fuera el senado, compuesto de senes, como su nombre indica. Una función que encontramos en otras sociedades de la Antigüedad y que hemos heredado mutatis mutandis en nuestro mundo contemporáneo.

Al llegar a esta cuestión, es de estricta justicia, pero sobre todo un deber gustoso, aludir a la relevancia que esta noción de auctoritas -cualidad que es propia de los mayores (aunque no la tengan todos)- tiene en el mundo romano. Es el núcleo de toda una línea de trabajo y de investigación realizada por mi maestro Alvaro d’Ors y estudiada por uno de sus más jóvenes discípulos, actualmente Ordinario de Derecho Romano en nuestra Universidad. El binomio potestas-auctoritas (poder y autoridad) expresa una distinción que -sin capacidad para detenernos ahora en cuestiones más técnicas y sutiles- podríamos sintetizar en una frase dorsiana que se ha hecho famosa en el mundo universitario: «Pregunta el que puede (potestas), responde el que sabe (auctoritas)».

El saber, que no se reduce naturalmente a los conocimientos que se adquieren por medio de la lectura o las clases, es precisamente el punto fuerte de la persona mayor. Hasta el extremo de que en la ya mencionada obra de Guardini, se llama a esta etapa de la vida «la edad del sabio». Un momento que él distingue claramente del declive al que llama propiamente senilidad, punto en el que ya la debilidad de las fuerzas alcanza a todo el ser humano.

Dice Cicerón que la persona mayor está en condiciones de superioridad para la actividad política; escribe textualmente: «pueden encontrarse grandes países arruinados por jóvenes, restablecidos y puestos de nuevo en pie por ancianos». Quizá la frase no requiere más comentario explícito que el hecho de que en algún país europeo se puede ser primer ministro a los ochenta.

Es el respeto a la auctoritas, aunque también a la edad, el que determina algunos detalles de comportamiento que pueden parecer insignificantes y están, sin embargo, cargados de significación. Cicerón los recoge en una enumeración que, como vulgarmente se dice, no tiene desperdicio: ser saludado; ser buscado; que se les ceda el paso; que otros se levanten por respeto, que se les acompañe, que se les consulte (Sen. 62).

Frente al contraste generacional, que existe sin duda, pero al que a veces se concede un exagerado protagonismo, o quizá mejor, se concibe como cajón de sastre al que se atribuyen todas las desavenencias, se vislumbra en el De Senectute una posibilidad de fructífero intercambio generacional: la posibilidad enriquecedora de asumir los rasgos propios de otra edad. «Del mismo modo que alabo al joven en el que hay algo de viejo, también apruebo al anciano en el que hay algo de joven» (Sen. 38).

Es, desde luego, la juventud del espíritu que no sólo no envejece sino que es inmortal; y la característica definitoria de esa juventud de espíritu es la esperanza.

El diálogo ciceroniano De Senectute termina con un amplio excursus sobre la inmortalidad. De modo similar a como una reflexión sobre el tiempo acaba en un anhelo de eternidad -«nuestro tiempo es sólo entretiempo»-8, una reflexión sobre la vida humana desemboca en un anhelo de inmortaldiad. Un anhelo experimentado, y no casualmente, por los seres humanos de todos los tiempos. Es el «para siempre» de la santa de Avila, que marcó su vida entera, aunque la intuición le sobrevino cuando no era aún más que una niña.

Un psicólogo y teólogo contemporáneo ha escrito: «El hombre es un ser temporal, y únicamente después de la muerte, según la revelación cristiana, tomando un cuerpo misteriosamente espiritualizado, llegará a ser intemporal e imperecedero. Mientras no apunte aquel día decisivo somos lo que debemos ser tan sólo si aprendemos a vivir en el tiempo, esto es, si somos pacientes». Esa alusión a la paciencia es una clave decisiva: paciencia para esperar lo que deseamos; paciencia para dar a cada cosa su tiempo; paciencia para rehacer lo que no salió bien…

Pero es el momento de acabar. No debemos ni «eternizarnos» en reflexiones, ni abusar de la paciencia.

NOTAS

1 · Cfr. A. FONTÁN – A. MOURE, Antología del Latín Medieval, Madrid 1987, p. 104.
2 · R. GUARDINI, Las etapas de la vida, trad. J. Mardomingo, Ed. Palabra Madrid, 1997. He preferido titular esta lección como se hacía en la primera edición española de esta obra: Las edades de la vida (publicada en Ediciones Cristiandad en 1983).
3 · Cfr. Aristóteles, Retórica 1388 b 31 – 1390 b 13.
4 · Metamorfosis XV, 199 ss.
5 · Sobre los límites del bien y del mal, I, 49; cfr. O. Fuá, o.c., p. 188, nt. 24.
6 · Cfr. Sen. 48.
7 · Séneca, Epístolas 12.
8 · J. B. TORELLÓ, Psicología abierta, Madrid 1976

«Camino». Edición histórico crítica

En diciembre de 1932 el Beato Josemaría, empleando uno de esos sistemas de multicopia de entonces, que hoy nos parecerían más que primitivos, imprimió un folleto o cuaderno de «Consejos o consideraciones espirituales», que sumaba 246 textos, y en el primero de los cuales se podían leer estas palabras: «Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. Deja poso-. Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor», etc. Esos 246 textos de 1932, literalmente reproducidos, forman parte de los 999 del Camino de 1939, que es el que conocemos actualmente. Al pie de los ejemplares de ese folleto estaba escrito: «diciembre de 1932».

Una cuarta parte de Camino, pues, estaba ya en la calle y en manos de no pocas personas en esa fecha. En una de las notas de la edición histórico crítica, que aquí comentamos, el profesor Pedro Rodríguez transcribe algunos pasajes de una carta de Isidoro Zorzano a Josemaría Escrivá, fechada en Málaga el 19 de enero de 1933, en los que le da las gracias por el folleto y comenta el provecho espiritual y moral que obtiene al leerlo y meditar lo que en él se dice.

Al año siguiente, 1933, Escrivá edita, por un procedimiento similar, un segundo cuaderno con 87 textos y lo distribuye también en docenas de ejemplares. Sus destinatarios, igual que los del anterior, eran preferentemente universitarios -varones y mujeres-, profesionales más bien jóvenes, algunos sacerdotes y gente de variada condición, entre los que el autor ejercía su apostolado sacerdotal y su atrayente magisterio humano.

Juntando los dos cuadernos, los textos publicados sumaban ya 333, que no es un número que saliera así por casualidad, sino que, en la mente del autor, según observa Pedro Rodríguez, era una cifra que evocaba el misterio de la Santísima Trinidad, como años más tarde el 999 de los puntos de Camino.

En 1934 eran ya, más que docenas, unos centenares, las personas -en su mayoría jóvenes universitarios- que se agrupaban alrededor del fundador del Opus Dei, pertenecieran o no a esta Obra, o a los que alcanzaba su acción de orientación espiritual y de formación cristiana. Le habían oído en meditaciones, en charlas personales, en reuniones y círculos de estudio en la Academia DYA y en otros lugares, entre los que se encontraba la chocolatería El Sotanillo, junto a la Puerta de Alcalá de Madrid. Los cuadernos policopiados de los dos años anteriores no daban abasto, y los «chicos» querían y necesitaban que don Josemaría avanzara un paso más. Hacía falta un libro de lectura y meditación que habría de ser modesto, ya que los recursos eran cortísimos y las editoriales religiosas atendían a otro público, con sus libros de devoción y de lectura cristiana. Era conveniente además, en aquellos años treinta, que el texto que se pondría en manos de hombres y mujeres laicos, gente del mundo, que vivía y estudiaba o trabajaba en profesiones liberales, tuviera las entonces indispensables aprobaciones eclesiásticas, sin las cuales no dejarían de suscitarse suspicacias entre gente buena y más bien antigua.

Los 333 textos de los años 32 y 33 se habían visto incrementados con unos cien más.

Publicar un libro así es lo que Josemaría Escrivá hizo en julio de 1934 con sus Consideraciones espirituales, impresas en Cuenca en 500 ejemplares que llegaron a Madrid, a la Academia DYA, el martes tres de ese mes. El pequeño libro comprendía 435 -o 436, según se mire- textos, que son casi la mitad de los del definitivo Camino de 1939. Se puede decir que ésa fue la anteprimera, o previa, edición del libro, del que en los últimos sesenta años han circulado por el mundo millones de ejemplares en más de dos docenas de lenguas.

En 1966, su autor concedió una amplia entrevista al ilustre periodista francés, recientemente desaparecido, Jacques Guillemé-Brulon, que se publicó en el diario parisino Le Fígaro el 16 de mayo de ese año. Respondiendo a una incisiva pregunta de su interlocutor referida a Camino, Escrivá hizo unas manifestaciones del mayor interés respecto del libro, de su historia y de su finalidad: «Escribí -dice- en 1934 una buena parte de ese libro, resumiendo para todas las almas que trataba -del Opus Dei o no- mi experiencia sacerdotal». «No sospeché -añade- que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia -millones de ejemplares- en tantos idiomas».

A Continuación el Beato Escrivá ofrecía una interpretación -que es la interpretación «auténtica», la del autor- de lo que es y quiso ser Camino. «No es -dice- un libro para los socios del Opus Dei solamente; es paro todos, aun para los no cristianos. No es un código del hombre de acción. Pretende ser un libro que lleva a tratar y amar a Dios y a servir a todos».

Por fin, en octubre de 1939, aparece en Valencia la primera edición de Camino, la edición príncipe que después sólo ha experimentado dos o tres pequeñas modificaciones (simples cambios o retoques de autor). El Camino de hoy, el que analiza y explica en sus fuentes, su historia y su contexto histórico, humano y cultural el profesor Pedro Rodríguez en esta monumental edición, es el Camino de Escrivá, el libro tal como él lo quiso ofrecer al mundo. Es el libro -suyo y de nadie más- con el que el autor, aunque no lo pretendiera, e incluso le desagradara reconocerlo, se ha ganado un lugar de honor en la historia literaria -y también teológica- de la espiritualidad cristiana.

EL CAMINO DE 1939

En una lectura cursiva y superficial, podría parecer a alguien que Camino es una colección de «máximas», apotegmas, aforismos, sentencias y experiencias o recomendaciones espirituales para gente cristiana, que con gran frecuencia -¡eso sí!- estarían brillantemente expresadas. Pero una lectura reflexiva y meditada, como la que hacía el ingeniero Zorzano en enero de 1933 con la primera serie de «consideraciones espirituales», permite descubrir algo que el autor quería ofrecer al que se acercara a su libro con «un mínimo de espíritu sobrenatural, de vida interior y de afán apostólico». En una palabra: lo que promete el título mismo, un camino. Para lo cual no es preciso ser del Opus Dei. Incluso, apoyado en la autoridad de Escrivá, habría que decir que Camino «es para todos, aun para los no cristianos». Así lo dijo él mismo a mi amigo el periodista francés, de quien los colegas que le conocimos guardamos tan buen recuerdo.

El profesor Pedro Rodríguez, teólogo y jurista, fue hace trece años ya el autor de la edición crítica del Catecismo Romano del concilio de Trento, que elaboró a partir de manuscritos hallados en los riquísimos fondos de la Biblioteca Vaticana, que hasta entonces no habían sido leídos ni estudiados por ninguno de los editores de esa obra fundamental para la historia de la doctrina católica en la Edad Moderna. Es, pues, persona experimentada en ambiciosos trabajos editoriales de escritos importantes, en el examen y comparación de fuentes y en el encuadramiento de los resultados de sus investigaciones en el seno de los contextos culturales e históricos en que se compusieron las obras.

Para este libro ha tenido la oportunidad de examinar manuscritos del Beato Josemaría Escrivá que son fuente de los textos de Camino, así como una abundante documentación relacionada con el autor que conserva el archivo general de la Prelatura del Opus Dei.

Una primera conclusión que se extrae de esta edición crítico-histórica es que no hay prácticamente ninguna novedad y no existe ningún problema en cuanto al texto literal del libro. El Camino que tenemos es el que quiso el autor, en el que no hay palabra, ni casi signo de puntuación que no haya sido puesto por él. Puede haber erratas en las ediciones en español, como ocurre en casi todos los impresos. Hay también algunas diferencias entre varias de las versiones en otras lenguas, particularmente cuando han sido obra de traductores distintos, o cuando éstos han tratado de verter al nuevo idioma expresiones muy castizas o populares en la lengua castellana de nuestros días o de siempre. Por ejemplo, cuando un religioso dice al visitante del monasterio, que comentaba la aspereza de la vida del cenobio, «tú lo quisiste fraile mostén, tú lo quisiste tú te lo ten». (Esta anécdota ocurrió realmente en el monasterio de Silos, cuando el famoso liturgista benedictino Germán Prado, amigo de Escrivá, acompañaba a éste y a unos amigos puertorriqueños en una visita al monasterio). O cuando se habla de la moneda de cinco duros, que pronto habrá que explicar también qué era a los futuros lectores españoles de la generación del euro, etc.

Son muy abundantes los textos de Camino que tienen como fuente, próxima o remota, apuntes personales del autor, que se escalonan entre 1930 y 1939. Estos documentos contienen noticias, relatos, plegarias y reflexiones, ecos de la propia vida espiritual del autor, que él anotaba bien como recordatorio para su meditación u oración personal, bien para informar a su confesor, bien para la predicación y su tarea de consejero o director de almas de las personas que acudían a él. También se advierte que algunos de esos escritos más íntimos recogen experiencias espirituales de Escrivá, en las que para la mirada de un cristiano con Fe se trasluce -o se vé- la acción paternal y personalizada de la providencia divina en forma de gracias especiales o manifestaciones extraordinarias, de esas que en ocasiones más bien contadas se dan en las vidas de los santos. (El reconocimiento de la santidad de Escrivá que el Papa Juan Pablo II, en nombre de la Iglesia y con la autoridad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Suya propia, ha anunciado que se proclamará el próximo 6 de octubre, permite a un lector de Camino y del inmenso volumen editado por Pedro Rodríguez expresarse en estos términos. Yo no me habría atrevido a emplearlos públicamente si no se hubiera dado ya esta información oficial).

Aunque en sus páginas se revele la vasta cultura teológica y literaria del autor -Sagrada Escritura, Padres, doctores, teólogos, literatura espiritual y también clásicos españoles-, Camino no es un libro sacado de otros libros o de la cabeza de alguien. Es un libro sacado de la vida espiritual y sacerdotal del autor, de la experiencia y de los frutos o resultados -de los éxitos y fracasos- de su acción apostólica, del trato con las personas y, en no pocos lugares o contextos, de la observación de las relaciones humanas y de la vida social contemporánea, y hasta de los fenómenos y de los pequeños hechos de la Naturaleza.

LA ARQUITECTURA DE CAMINO

Escrivá de joven quería ser arquitecto y siempre su cabeza y su acción, incluso cuando pudiera parecer volcánica, estuvieron racionalmente organizadas. Cuando decía que un cristiano debía actuar sobre la base de que no basta sumar dos con dos, sino que en las cosas espirituales hay que añadir un tercer sumando, «el más Dios», es que su Fe le decía que era así, y su experiencia personal en las cosas del apostolado se lo confirmaba. Pero en todo caso el estudio de Camino, que ha efectuado el autor de esta edición, prueba que el libro tiene una estructura bien definida. En su intencionalidad y en su realización, Camino es un libro sólidamente organizado.

Pedro Rodríguez distingue en él tres partes o secciones que, a su juicio, están netamente diferenciadas, dentro de la unidad del libro. A lo largo de ellas, el que lee o medita el libro es llevado por el autor, como de la mano, ascendiendo por un plano inclinado hasta la meta de la perseverancia en el camino que le conduce a Dios.

La primera de las tres partes de Camino, según el análisis de Pedro Rodríguez, sería la de «los comienzos o del seguir a Cristo», desde la primera decisión -la del famoso punto primero-, hasta una recia vida de piedad, fuerte y tiernamente mariana. Comprende 516 los 999 textos del libro, o sea, algo más de la mitad.

La segunda parte que señala el editor abarcaría 237 textos: desde el capítulo dedicado a la Iglesia hasta el de las «Postrimerías». Sería un «caminar en la Iglesia hacia la santidad», expresión esta última muy querida de Escrivá, que tituló con esas tres palabras finales una de sus más celebradas homilías. Comprende la afirmación y adhesión a la Iglesia, a su credo y a su servicio, pasando por los sacramentos y las devociones, hasta las virtudes, cuya práctica, con constancia y fortaleza, conduce en paz y con esperanza al cumplimiento de esos últimos misterios a los que se suele llamar «novísimos» o «postrimerías».

La tercera parte, en fin, llegaría hasta la culminación del camino: la voluntad de Dios, la filiación de los niños con su padre Dios, la vocación, el apostolado, la perseverancia.

Examinando la distribución que propone Pedro Rodríguez del contenido del libro, a mí me venía a la cabeza algo que se lee en el punto 382. Son las palabras que el autor escribió en la primera página de un ejemplar de la Historia de la Pasión del jesuíta P. Luis de la Palma, cuando se lo regaló al entonces joven estudiante de Arquitectura Ricardo Fernández Vallespín, el 29 de mayo de 1933. El Beato Josemaría, a modo de dedicatoria o de mensaje, puso estas tres escuetas y rítmicas frases: «Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo». A uno le parece que podrían servir de título o lema a cada una las tres partes que distingue en Camino el profesor Pedro Rodríguez.

EL ESTILO

La andadura general del estilo de Camino es dialéctica o dialógica. En la mayor parte de los textos hay un autor que habla y un lector que es interpelado. Nos dice Rodríguez que, en no pocas ocasiones, en los apuntes de Escrivá que han dado origen a puntos de Camino, era él el que se dirigía a sí mismo la interpelación, con su espíritu desnudamente puesto en la presencia de Dios. Es decir, contemplando los hechos, los sucesos, los problemas, los propósitos, tal como dejándose guiar por la Fe un hombre o una mujer los vería desde la perspectiva trascendental de la divinidad o de la Persona histórica y gloriosamente resucitada de Cristo. En el libro, que es un libro «vivido», Escrivá invita a sus lectores, habiéndoles en un contexto alentador y transido de esperanza, a levantar su mirada y su acción a esos amplios horizontes en que la piedad se hace vida, la convivencia caridad y el trabajo servicio a Dios y a los demás. Como a las personas de mi generación nos enseñaron a decir a alguien que acabábamos de conocer, «para servir a Dios y a usted».

Los textos de Camino están habitualmente muy terminados, pero sin rebuscamiento. El secreto de esa escritura estriba en que los textos están muy pensados y el autor es alguien plenamente convencido de lo que dice. Antes de escribir muchas de esas frases, él de ordinario las había visto encarnadas en la experiencia de quien sólo aspiraba a cumplir la voluntad de Dios y en el contexto de su personal vocación. La liturgia oficial ha definido esa vocación del Beato Josemaría diciendo que Dios le hizo «pregonero en la Iglesia de la vocación universal -de los humanos- a la santidad y el apostolado», como se lee en la oración principal de la Misa de su fiesta.

A su cultura teológica, jurídica, literaria y espiritual, Escrivá unía, como subraya repetida y oportunamente el profesor Pedro Rodríguez, unas excepcionales cualidades naturales de lo que hoy se llama «un comunicador». Era elocuente sin petulancia, brillante sin pedantería, claro sin familiaridades, sencillo sin vulgaridades. De él se ha dicho con razón que era uno de los pocos oradores o conversadores cuyas palabras, pronunciadas o dichas espontáneamente, podían ponerse por escrito tal cual las dijo, sin necesidad de corregir el estilo. Por todo eso resultaba un escritor excelente y eficaz.

La prosa de Camino, que no sólo es el más famoso sino quizá también, junto con Santo Rosario, el más bellamente escrito de los libros del autor, posee una estructura dramática. Habitualmente, como se ha dicho, en sus textos hay un yo -el autor- que llama, alienta, instruye, reprende, invita, y un tú -el que lee-, que atienda o no esa voz, preñada de sentido espiritual, no puede hacer oídos sordos.

Pedro Rodríguez insiste en la frecuencia de las «paradojas» de Camino y no le falta razón. Pero son una manifestación de las paradojas esenciales del cristianismo, para el que la muerte es vida, la guerra paz, lo pequeño grande, etc. Como se dice en Camino (229) con «Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!».

Recurso de buen escritor es el adecuado empleo de las figuras del lenguaje. Las paradojas no son figuras del lenguaje, sino más bien, como decían los retóricos antiguos, figuras de pensamiento. Frecuentemente se expresan en palabras por medio de esa figura de lenguaje tan usada en la dialéctica, que es la antítesis. En Camino las hay a cada paso.

El aire general de la escritura de Camino se caracteriza por un ritmo que es a la vez léxico y semántico: pan y palabra; hostia y oración; los hijos ante sus padres; los de los Reyes ante el Rey; tú ante Dios; intransigencia e intemperancia; «victorias o derrotas… derrotado el vencedor». (Pedro Rodríguez lo anota con frecuencia). Y todo ello por sus pasos desde la intención a la ejecución: «Jesús en las intenciones, nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor»; «en las palabras nuestro asunto; en las acciones nuestro modelo», etc.

OTRAS FUENTES

De las literarias, la principal, como se podía suponer, es la Sagrada Escritura, en particular los Evangelios, unas veces con el texto de la Vulgata y otras, como ha comprobado el editor, con el de la traducción de Petisco y Torres Amat, si bien en ocasiones la cita es de memoria, como en los versos de los salmos que aparecen en distintos lugares, aquí y allá, en el curso de la obra. El editor ha confrontado una a una todas esas citas y alusiones. Hay textos de los Evangelios o alusiones directas a pasajes de ellos en ciento treinta ocasiones. Siempre del modo peculiar con que Escrivá solía presentar las palabras y escenas de la historia de Jesús a sus oyentes o lectores.

Álvaro del Portillo, en el prólogo del libro de homilías Es Cristo que pasa, afirma dos cosas que los análisis del profesor Rodríguez demuestran que son válidas también para Camino. Una es la familiaridad con Jesús y los personajes evangélicos (los Doce, las mujeres, los hermanos de Betania, los de Emaús, etc.), que es algo vivo en que el lector es invitado a participar, como lo hacía el autor. Otra es que Escrivá de ordinario establece una conexión inmediata entre la doctrina del Evangelio y la vida del cristiano corriente.

Unos treinta puntos de Camino se abren con una breve frase evangélica -en más de la mitad de los casos palabras de Jesús- con la que el Autor interpela al lector pidiendo una reflexión o una respuesta. El esquema dialógico de los textos tiene dos interpelantes, la voz de la Escritura, que suele ser la de Jesucristo; y la del autor, que llaman y esperan contestación en forma de oración o de hechos.

El diálogo que en todo el libro reconocía el editor se torna más activo y casi diríamos (con lenguaje de hoy) interactivo. Escrivá ha conseguido con ello que los textos de su libro se conviertan en lecciones para enseñar a orar a los cristianos. «Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué? De Él, de ti… conocerle y conocerte: ¡tratarse!», se lee en el párrafo 91 del libro. Ese texto es de finales de 1938 o principios del 39, según el editor y muestra que «para Escrivá la «vida interior», la oración de un cristiano no es huida del mundo, sino atención a la realidad cotidiana en diálogo con el Señor».

Otras veces las parábolas o las escenas del Evangelio son el cuadro general del que emerge naturalmente una enseñanza práctica, como en los puntos 981 y 982 que recogen la fortaleza y la fidelidad de las mujeres que seguían a Jesús, y que como dice Pedro Rodríguez han sido en alguna ocasión recordados por el papa Juan Pablo II citando a Escrivá.

Camino se nutre de otras fuentes literarias, además de la Escritura. Pedro Rodríguez ha encontrado relativamente numerosos paralelos con los Padres antiguos, quizá el que más San Agustín, en cuyas Confesiones piensa uno al leer ciertos pasajes de Camino. Pero también Jerónimo, Bernardo, Gregorio -que excepcionalmente es citado en el texto- y otros. En no pocos de estos casos el profesor Rodríguez ha determinado qué edición leyó Escrivá, y si fue en el Breviario o en un libro y si lo leyó en español o en latín.

Es llamativa la oculta inspiración que algunos textos de Camino reciben del Diálogo de santa Catalina de Siena, quizá el autor medieval que más veces ha de mencionar Pedro Rodríguez, y una de las declaradas devociones personales de Escrivá.

Entre los espirituales españoles del Siglo de Oro, la palma se la lleva santa Teresa, seguida de san Juan de la Cruz, y otros menos conocidos del gran público, como el jesuita Alonso Rodríguez, o el franciscano del Tercer abecedario espiritual, Francisco de Osuna, y Alonso de Madrid. De entre los clásicos españoles «profanos», el profesor Rodríguez cita como escritores que se dejan ver por el trasfondo de Camino, principalmente a Cervantes y Calderón de la Barca. También, aunque menos, a Lope de Vega y Quevedo.

De autores de los dos últimos siglos el editor ha encontrado en Camino y en sus fuentes abundantes ecos de santa Teresa de Lisieux y de la española Francisca Javiera del Valle, la autora del Decenario del Espíritu Santo. Escritores de espiritualidad de esa época que Escrivá debió conocer e incluso leer con atención, según deduce Pedro Rodríguez, fueron Chautard, Raúl Plus, Columba-Marmion y el biógrafo del jesuita irlandés P. Doyle, entre otros más numerosos.

LA GENTE, LOS TRABAJOS, LA NATURALEZA

Escrivá, afirma el editor, era un gran observador, atento a las realidades más tangibles de la vida humana, de los trabajos y los días y de la Naturaleza. Casi treinta años después de publicado Camino, en su homilía Amar al mundo apasionadamente, Escrivá recordaba que él «solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual». Que no fueran «a llevar una doble vida, la de relación con Dios …y la familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas. A ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».

El autor de Camino enseñaba a encontrarlo en las cosas normales de la vida que a él, al mirarlas, le llevaban a Dios o a ver en imágenes reales la dimensión sobrenatural de las realidades terrenas. Son las historias del borrico de noria; de pescadores y anzuelos; de tornillos y máquinas; del niño y los brazos o los bolsillos de su padre; de barcas y redes; de la aguja con hilo o sin hilo; de los granos de trigo que mueren y germinan; de las hojas muertas que caen; de los muelles comprimidos; del tamaño de las simientes; de la piedra en el lago; del paisaje de montañas unas tras otras; de la contabilidad de los negocios, etc…

Unas docenas de estos ejemplos gráficos tan expresivos en el contexto en que los sitúa Escrivá estaban ya en los dos primeros fascículos de 1932 y 1933, y en varios casos, a modo de ilustración, le habían servido al Beato Josemaría para explicitar su oración o sus propósito. Lo que eso demuestra es que la unidad de vida, que Escrivá quiere pregonar a todo el mundo, era un objetivo perseguido por él desde el principio de su acción sacerdotal.

El Camino de Pedro Rodríguez está escrito con elegante y sobria llaneza informativa. Es una lectura recomendable para las personas que quieran conocer por dentro el proceso de gestación y culminación del bestseller espiritual del siglo XX. Pero es de «consulta» obligatoria para los hombres y mujeres que se propongan hablar de Escrivá, de su espíritu y de su acción en el mundo donde él, como dice la liturgia oficial de la Iglesia, fue el pregonero de una vocación a la que están llamados los cristianos.

El Camino que se lee en la presente edición es un Camino explicado, que no deja de ser el de siempre, pero que al mismo tiempo resulta novedoso. Es un libro que atiende a situaciones humanas tan variadas como la vida misma. Pero no es un libro que dispersa. Es un libro «vivido », sacado de la vida, y dirigido a descubrir un sentido cristiano de la vida humana, de los sucesos y de las cosas. Es un libro para leer en diálogo con ese Dios que se ve palpitar en cada frase, y con el propio autor. El Prelado que prologó con unas pocas líneas la edición príncipe, no sé yo si con plena conciencia del alcance de su frase o creyéndola ambigua, escribió: «Detrás de cada sentencia hay un santo que ve tu intención y aguarda tus decisiones».

El tiempo ha dado la razón a don Javier Lauzurica.

Leer mientras el mundo gira lentamente

Complejo, extraño y, últimamente, amenazador. El mundo no deja de girar durante la placidez del verano, aunque parece hacerlo mucho más despacio, los diarios adelgazados y la tensión olvidada en el lejano lugar de trabajo. El tiempo es un bien escaso que se reproduce con el calor estival, en una época propicia para mirar desde otra perspectiva, la de la ficción literaria, ese mundo que en el último curso se nos ha revelado más difuso e inquietante que nunca. Dijo una vez Alejo Carpentier que «los mundos nuevos han de ser vividos antes de ser explicados». Bajo una buena sombra, viven mejor, a su aire, unos personajes que la literatura hace girar a la misma velocidad que el planeta que nos sostiene en el aire. Sólo hay que mirarlos. Luego entender y, si se tercia, explicar.

Proponemos aquí una de las infinitas sendas que se abren ante un viaje de este tipo. No obstante, el lector ha de hacer el camino solo. Lo que siembre y recolecte será sólo suyo. Como dijo el mexicano José Vasconcelos, «un libro, como un viaje, comienza con inquietud y se termina con melancolía».

Un buen punto de partida sería ese gran país herido por lo que se anticipa como el mal del nuevo siglo. El rencor de quienes no lo aceptan como uno de los grandes ejes del mundo interconectado ha golpeado de firme a Estados Unidos; la envidia ajena y también, como algunas minorías pensantes de norteamericanos comienzan a plantear, cierta soberbia propia. Quizás por ellos, país multicultural por excelencia, en la cumbre de su poderío, revisa sus orígenes en busca de su esencia.

Richard Ford: «Antología del cuento norteamericano». Galaxia Gutenberg, 2002

Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores ha editado en español un libro que puede aportar mucha luz al respecto. La Antología del cuento norteamericano de Richard Ford contiene 6.5 relatos —el único formato que permite sistematizar tanto en poco más de mil páginas— escritos entre 1820 y 1999 por autores con la ciudadanía estadounidense. Ford, uno de los más brillantes novelistas actuales de EE UU, resume la esencia de dos siglos de historias en una palabra muy americana: libertad. En el prólogo, deja que sea un francés, Marcel Duchamp, el que lo explique: «En París, los jóvenes de cualquier generación siempre actúan como los nietos de algunos grandes hombres… de modo que cuando llegan a producir algo propio, hay una especie de tradicionalismo que es indestructible. Pero a vosotros, los norteamericanos, os importa un carajo Shakespeare. No sois sus nietos», dijo el poeta durante un viaje a tierras norteamericanas en los años 20.

Ford reconoce el acierto de la intuición de «la literatura americana como búsqueda constante de nuevos desarrollos», pero niega que esto implique, como piensan algunos europeos orgullosos de sus milenios de historia, un desarraigo, la ausencia de una tradición. At contrario, su propuesta es más compleja: «Si hay algo típico en los escritores y la literatura americana, es que cuando intentamos imaginar nuestros antepasados literarios y encontrar la conexión crucial con Irving y Hawthorne, Herman Melville o Mark Twain, no lo hacemos para crear a imitación de ellos, sino para encontrar aliento en individuos como nosotros mismos».

Con esta democrática y liberal filosofía como premisa, y con la muleta de una fabulosa introducción de Carlos Fuentes, la antología se abre a un caudal de historias sobresalientes. Desde el clásico artefacto mental de Poe en «Carta robada», hasta el joyeiano «El rincón feliz» de Henry James, pasando por la naturaleza que Faulkner disuelve en su peculiar estilo en «El otoño del delta» o el deslumbrante homenaje de Raymond Carver a Chejov en «Tres rosas amarillas». La diversidad permite también recorrer otros clásicos menos reconocidos, como Sherwood Anderson, que comparece con todo su desolada parquedad o Brent Harte, que descubre en «Los proscritos de Poker Fiar» un sorprendente anticipo del western cinematográfico.

Paul Auster: «Creía que mi padre era Dios». Anagrama, 2002

Y, como siempre en estos casos, lo más discutible llega en las últimas páginas. Aciertos como el de Loorie Moore, la más joven de la antología, arrolladora en la pesadilla urbana de «Como la vida», no oculta ausencias notables. Es el caso de Paul Auster, uno de los creadores más vivos de los EE UU de hoy. No obstante, el lector puede desagraviar al autor de la Trilogía de Nueva York acudiendo a su última idea, muy afín por cierto a esa apertura a lo nuevo y democrático que predica Ford. En Creí que mi padre era Dios (Anagrama), Auster ha dado la vos a la gente corriente eligiendo y editando los miles de historias que los oyentes le enviaron en un programa de radio.

Algunos de los 180 relatos resultantes son de lo más refrescante y Auster se ha instalado entre los más vendidos de su país. Todos tienen una extensión muy breve, con lo que la diversidad y la ligereza está asegurada— y en la mayoría los autores cuentan anécdotas que marcaron su vida de alguna manera, con lo que el invento de Auster deja un sabroso reguero de experiencias muy genuinamente americanas. La historia que da título al libro, por ejemplo, resulta impactante: el padre del narrador maldice a una persona que, casualmente, tallece justo después; el niño crece con la absoluta seguridad de que su padre es un ser omnipotente.

Salman Rushdie: «Furia». Debolsillo, 2006

También en los Estados Unidos, pero desde una perspectiva muy diferente, se plantea Furia, lo último del escritor maldito por excelencia del cambio de siglo, Salman Rushdie. Pese a estar ambientada en Nueva York y ser autor una de las victimas más celebres del integrismo islámico, no hay nada parecido al 11-S en la novela. Aunque late en ella, de forma más sutil, un desasosiego no demasiado lejano, el provocado por un multiculturalismo construido sobre los cimientos equivocados.

La novela describe la peripecia de Malik Solanka, un personaje sospechosamente parecido a su creador, en un mundo que le aterra. Nacido en Bombay y educado en Cambridge, Solanka llegó a ser un filósofo de cierto prestigio, enriquecido además por los derechos televisivos y comerciales de «Cerebrito», una muñeca que invento para divulga los clásicos del pensamiento. Ahora, sin embargo, vegeta en Nueva York claustrofóbico y anónimo, al que ha llegado huyendo de sí mismo, de lo que era y, sobre todo, de aquello en lo que se estaba convirtiendo, forzado por una ira incontrolable que lo sumerge en raptos de enajenación.

En la Gran Manzana convive con lo peor de un capitalismo que asegura despreciar, mientras recuerda con nostalgia las utopías descerebradas que tantos como él apoyaron hace años, sin pararse –ni entonces ni ahora- en asumir la responsabilidad por los monstruos nacidos de sus excitantes aventuras sesentaiochistas. Pero su propia imagen refleja el fracaso teñido de nihilismo que ha derivado en una devastadora incapacidad para amar, y que reacciona ante la belleza con espirales surrealistas y sabios freudianos. El dominio del lenguaje de Salman Rushdie y su poderosa imaginación no le sirve más para lamerse las heridas, en un buen ejemplo de intelectual perdido en su propio laberinto.

V.S. Naipul: «Una casa para señor Biswas». Debolsillo, 2003

V.S. Naipaul, el último premio Nobel, expresa una amargura similar, aunque no tan desagarrada. Su novela más significativa, Una casa para señor Biswas (Debate) revela, entre apuntes claramente autobiográficos, las heridas que produce el choque de cultura. La novela la narra la vida de un caribeño de origen hindú, trasunto del padre del autor, desde su nacimiento en una pobre familia campesina hasta su muerte en su casa de Puerto España, con la que el libro arranca en un efectivo flash back.

Su maduración está marcada por la lucha entre el mundo antiguo, sostenido por las tradiciones que sus mayores preservaron de la emigración desde el continente indio, y la modernidad que representaba la libre configuración del propio destino. Naipaul no admite medias tintas y opta finalmente por la segunda opción, la de la ruptura con el pasado. Para ello, el señor Biswas debe desembarcarse de las ataduras de la familia de su esposa, que los mantiene a ambos, con la simbólica construcción de una casa propia.

La descripción pretendidamente objetiva, distanciada, de Naipaul, no oculta su animadversión contra lo que considera un mundo hermético, asfixiante, fuera del cual espera la riqueza multicultural de un mundo nuevo: nada menos que la América mestiza del Caribe. Pero, aunque algún golpe de humor repiquetea cuando todo parece más sombrío, la novela presenta una visión pesimista del destino del señor Biswas, incapaz de cumplir sus sueños y reeducar el caos en que se ha convertido su vida.

David Grossman: Llévame contigo. «Debolsilo», 2002

Otra lucha, aparentemente más modesta, plantea David Grossman. Un autor de una tierra tan castigada como Israel demuestra que la esperanza es posible más allá de la amargura sin salida que transmiten Salman Rushdie o V.S. Naipaul. Su último trabajo, Llévame contigo (Seix Barral), es una novela dura, ambientada en un escenario duro: la Jerusalén actual.

Aunque David Grossman ha evitado cualquier mención al conflicto palestino, los protagonistas, dos adolescentes, tendrán que vérselas con el sórdido ambiente de la drogadicción. Juntos lucharán por rescatar a una persona débil de la lenta y dolorosa muerte de la marginalidad: la respetable alta sociedad, con los padres del drogadicto en pleno centro, prefieren mirar hacia otro lado. La ternura y la inocencia, con sus contrapartidas de dudas y dolor, logran abrir un hueco a la verdad que surge de un amor sacrificado y una causa noble. La clave para salvar al amigo es conseguir que éste comprenda el sentido de sus heridas y vuelva a confiar en la gente. Algo muy necesario por aquellas tierras. El libro demuestra, además, cómo se puede lograr la reconciliación de una familia herida: quizás debería leerlo algún que otro líder político.

Almudena Grande: «Los aires difíciles». Tusquets, 2002

Una lucha parecida sitúa Almudena Grandes en otro lugar mucho más cercano, tanto como las playas de Cádiz. Allí se sitúa Los aires difíciles (Tusquets). Sara Gómez y Juan Olmedo se encuentran y enamoran mientras intentan olvidar un pasado lleno de engaños y excesos, en el que la autora, por cierto, se recrea quizás demasiado en más de una ocasión: mal asunto cuando la prosa desatiende la trama para detenerse en el morbo.

Por lo demás, el resultado es una novela densa, que describe con minuciosidad cada recoveco de unos personajes atormentados, y con la que Grandes ha conseguido un tremendo, y sorprendente, éxito de ventas. Sorprendente porque no es ésta una obra de fácil consumo para el gran público. Aunque el ritmo engancha, sus inmensos párrafos, las intrincadas relaciones de los protagonistas con el resto de personajes y las casi 600 páginas son obstáculos a tener en cuenta. Conviene armarse de paciencia, y de una buena sombra, para hincarle el diente.

Andrea Camilleri: «La forma del agua». Salamandra, 2002

Una lectura más relajada nos llega con el italiano Andrea Camillieri, descubierto no hace mucho en España. La forma del agua es la primera novela de su comisario Montalbano, que le lanzó a la fama en su país y que ahora traduce Salamandra. El héroe se ve inmerso en un complicado caso que ha conmocionado la pequeña localidad siciliana de Vigàta: la muerte de un importante político y empresario.

Al hilo de la intriga, la sociedad de la isla se irá descubriendo como una densa trama de poder y ambición. Montalbano y sus ayudantes intentan poner algo de luz entre tanta oscuridad con más inteligencia y sentido común que fuerza bruta. La crítica política y social se desliza con suavidad sobre el entrañable carácter del protagonista, que engancha a la antigua usanza, la de los Poirot, Maigret y compañía. Y los colores y olores de la isla italiana saltan de las páginas con la vitalista luminosidad del Mediterráneo. Por no hablar de los sabores: los notables conocimientos gastronómicos de Camillieri ponen la guinda a las aventuras de un comisario muy aficionado al buen comer.

Arturo Pérez-Reverte: «La Reina del Sur». Alfaguara, 2007

Parecidos derroteros, igual de turbios y lamentablemente cercanos, transita Arturo Pérez Reverte en su última novela. La reina del sur (Alfaguara) es una voluminosa obra épica ambientada en el mundo del narcotráfico. Con ella, el autor demuestra su madurez en la estructura de la trama y la configuración de personajes. Teresa Mendoza es una ingenua joven de Sinaloa, una provincia mexicana marcada por las duras reglas de los narcotraficantes. La caída en desgracia y muerte de su novio contrabandista le obliga a huir a España, donde un cúmulo de circunstancias, unido a su gran sentido común e inteligencia, le hace prosperar en el negocio de La droga de La costa andaluza.

Su nunca olvidado origen mexicano y sus relaciones con las mafias rusas, colombianas, marroquíes y gallegas marcan el escenario de una globalización que muestra su peor cara, ésa que sólo entiende el color del dinero como criterio y la fuerza como camino hacia el respeto. Arturo Pérez-Reverte retrata los oscuros entresijos de este mundo con un fabuloso sentido del ritmo y una robusta documentación, que proporciona una verosimilitud que a veces incluso le acerca a los cánones del reportaje periodístico.

En él hay que hacer constar que el autor vuelve a caer en la fascinación por los personajes fuertes, a los que perdona todo a cambio de un estilo atractivo: Teresa Mendoza trafica con veneno, al margen de la ley, pero conserva la nobleza de su propio código de conducta y, sobre todo, ha sido empujada por un destino que nunca buscó. O lo que es lo mismo: los narcos tienen tirón como héroes románticos, sólo hay que tirar de relativismos morales varios para tapar su responsabilidad.

Émile Zola: «Obras selectas». Espasa, 2002

El estilo periodístico de buena parte de la novela recuerda por momentos las tendencias realistas que serpentean por el cuerpo de la literatura Contemporánea. Uno de los grandes precursores, Émile Zola, ha vuelto a la actualidad: en septiembre se cumplen cien años de su muerte. Espasa ha editado en su colección Austral Summa un lujoso volumen que incluye Thérèse Raquin, Germinal y Una novela experimental. En todas ellas aparece la marca del naturalismo, un estilo literario que pretendía mostrar al ser humano en !a ficción como en las cubetas de un laboratorio, de la forma más objetiva posible; el autor debía distanciarse lo máximo posible del texto y limitarse a describir las acciones de los protagonistas.

Así, Thérèse Raquin, la obra con la que Zola se inició en el naturalismo, disecciona la psicología de la pasión y el asesinato. El recuerdo de Camile Raquin, ahogado en el Serta, atormenta a su madre y a su viuda, Thérèse. Todos quieren creer que la desgracia llegó por accidente, pero la sombra de Laurent, un cínico amigo de la familia, irá desvelando una verdad mucho menos tranquilizadora, en la que la culpa, implacable, irá tomando el mando de la situación.

Germinal es una de las 20 novelas que componen el más ambicioso proyecto de Émile Zola: Los Rougon-Maquart, que se pretendía la historia natural y social de cinco generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio. En Germinal se recrea la vida de los mineros en un contexto complejo, marcado por la injusticia social y la miseria. Europa vivía entonces una época difícil, en la que los goznes de un capitalismo aun en ciernes, muy imperfecto, hacían crujir los huesos de muchos seres humildes.

La novela experimental, por último, es un agudo ensayo en el que el autor francés, autor del legendario artículo J’Acusse, despliega todo su talento como crítico literario. Una habilidad que le valió tanta fama como enemigos, especialmente entre los escritores románticos, la diana favorita de sus comentarios más cáusticos.

Ramón M. del Valle Inclán: «Obras selectas». Espasa, 2002

Otro clásico que merece la pena revisitar es el gran Ramón María del Valle-lnclán. La editorial Espasa ha cubierto esta primavera un ominoso vacío de nuestras letras, que carecía de unas Obras Completas del inventor del esperpento. La ardua labor en la recopilación de textos de sus herederos, Javier y Joaquín del Valle-lnclán ha culminado en dos volúmenes caracterizados por el respeto a los textos originales, la exhaustividad y la estructura cronológica de las obras, que permite seguir el desarrollo de su estilo literario.

Aunque ambos tomos son excepcionales, quizás el segundo tenga mejor cabida en la maleta veraniega. Si el primero está dedicado a toda la prosa del excéntrico genio, el segundo recopila el teatro, la poesía y las incursiones en otros géneros menores. Su lectura permite un doble acercamiento a Valle-lnclán: por un lado, se puede releer a uno de los dramaturgos más originales y decisivos de nuestra historia, con obras como Luces de bohemia, una maravilla de ingenio y creatividad lingüística; por otro, descubre al poeta, el articulista de prensa, redactor de prólogos y cuentos. Además, el volumen remata en un enjundioso glosario que resume las expresiones y vocablos a los que Valle echaba mano cuando se ponía estupendo.

Carlos Pujol: «La pared amarilla». Pre-Textos, 2002

Para reponerse de las densas y poderosas páginas de los clásicos, nada mejor que un poco de poesía. Entre tanta penumbra literaria, La pared amarilla (Pre-Textos), del polifacético Carlos Pujol, es una buena oportunidad para mirar con nuevos ojos los colores que esperan en una época tan luminosa como el verano. En este breve pero delicioso poemario, Pujol rinde homenaje a su mujer, la pintora Marta Lagarriga, moldeando un monumento a la contemplación del arte.

Con un cuadro del flamenco del siglo XVIII Jan Veermer como punto de partida, despliega su inmensa capacidad para captar el matiz, la fugacidad, el suspiro estético del cuadro, que se funden con la entrañable cotidianeidad de los personajes que los habitan o podrían habitarlo. Las palabras justas, los versos precisos evocan «la luz insegura, pero fiel/que de puntillas viene a visitarnos / como un encantamiento».

Y, finalmente, auténtica poesía en prosa, llega una agradable sorpresa que también puede ayudar a equilibrar tanta agria desesperanza. En El mundo gira enamorado (Rialp), Rafael de los Ríos recupera uno de los personajes más apasionantes del siglo XX, Viktor Frankl, el psiquiatra judío de Viena que rebatió las tesis de Freud. De los Ríos hace una ágil semblanza de la época que marcó el desarrollo vital y profesional de Frankl: su deportación, en la cima de su carrera y recién casado, a un campo de concentración nazi.

Rafael de los Ríos: «Cuando el mundo gira enamorado». Rialp, 2002

Con el dinamismo de un guion cinematográfico, la vida de Frankl en Auschwitz se revela como un monumental canto a la esperanza. Sin dejarse vencer por la evidencia del horror, el psiquiatra saca fuerzas para aplicar entre los reclusos su teoría, la logoterapia, según la cual, lo que alimenta el alma de un hombre y le hace seguir adelante es la necesidad de encontrarle un sentido a su vida. Los interminables días en el campo de concentración, el sufrimiento como experiencia cotidiana se abren inesperadamente a un amor incondicional a la vida.

La anécdota que da título al libro resume todo el valor de la historia, el significado de toda una existencia. Abatido, vacío tras la liberación del horror nazi, Frankl encuentra un pendiente exactamente igual al que le regaló años atrás a su esposa, desaparecida en el Holocausto. En él, una inscripción dice: «El mundo gira enamorado». El psiquiatra de renombre mundial, el superviviente a la barbarie nazi, el personaje de este excelente libro acaricia el pendiente y piensa: «Está ligeramente abollado, pero aún así el mundo sigue enamorado».

Con lecturas como ésta, nadie debería tener derecho a la desesperanza. Sólo una mirada torcida provoca la incomprensión de lo que late en el mundo, de lo que late en los libros. «Leemos el mundo al revés y nos lamentemos de no comprender nada», dijo hace tiempo Rabrindanath Tagore.

¿Son refutables los argumentos antiglobalización?

Las fabricas de Ford en Zaragoza, General Motors en Valencia, Citröen en Valladolid, Renault en Patencia o Volkswagen en Barcelona; o los laboratorios farmacéuticos que, en nuestro país, utilizan patentes extranjeras, pagando las correspondientes royalties a Novaras, Pfizer, Merck, Glaxo-Wellcome, etc., han creado muchos puestos de trabajo, con frecuencia especializados y bien pagados, Si cada fábrica de coches supone la creación de 2000 puestos de trabajo directos, por ejemplo, los derivados (subcontratas, servicios para los trabajadores, etc.) se multiplican por cuatro o cinco. Sumados a los empleos directos e indirectos creados por las fábricas de coches, bien podrían alcanzar los 150.000 puestos de trabajo. Es decir, contrariamente a la afirmación de los ideólogos nostálgicos del marxismo y enemigos de la globalización, en España estas multinacionales han sido un factor de progreso, no causantes de miseria como afirman los que alertan sobre el riesgo de explotación inicua de los países pobres por las multinacionales.

Por otra parte, sin embargo, tampoco hay que olvidar, como lo hacen los fundamentalistas de la economía del mercado, que las multinacionales se instalan en los países subdesarrollados para obtener beneficios, nunca por puro amor al prójimo. Y que si en su ansia de obtenerlos se encuentran, como ha sido muchas veces el caso, con Administraciones débiles y susceptibles al soborno, acudirán con frecuencia a procedimientos nada ortodoxos.

Multinacionales industriales

El error de los que rechazan en bloque las multinacionales (por su ideología marxista o tercermundista al estilo UNCTAD) se debe a que no distinguen su diversidad de tipos. Multinacionales industriales como las citadas son en la mayoría de los casos un factor de progreso, aunque en ciertos otros, al ser más productivas que las empresas nacionales del ramo, su competencia pueda causar la ruina de éstas y la consiguiente desestabilización laboral. Eso no suele ocurrir en la mayoría de las instalaciones de multinacionales en el tercer mundo, donde no existen grandes empresas en el mismo ramo industrial. Durante mi estancia como agregado comercial en Alemania al principio de los años 70, alguien defendía la decisión del Gobierno español de rechazar la propuesta de Volkswagen de crear una gran factoría en Vigo para coches destinados a la exportación a Iberoamérica, alegando que supondría una competencia ruinosa contra SEAT. Probablemente la negativa tendría su origen a la animadversión del general Franco contra todo lo que supusiese abrirse y depender del extranjero, actitud que empezó a debilitarse con el Plan de Estabilización y el Acuerdo Preferencial con la Comunidad Europea. Esa actitud favorable a la autarquía es típica de los gobiernos de muchos países subdesarrollados y constituye un grave obstáculo al desarrollo económico.

Explotación agrícola

La cosa varía cuando se trata de multinacionales agrícolas explotadoras de grandes plantaciones, como las norteamericanas que cultivan plátanos en Centroamérica. Estas suelen pagar a sus jornaleros salarios muy superiores a los que pagan los terratenientes locales, pero con el consiguiente riesgo de que ocupen tierras de los nativos antes destinadas a la agricultura de subsistencia. Si eso ocurre y no hay tierra sobrante que éstos puedan cultivar después de haber vendido sus terrenos (o ser expulsados de los que cultivaban en arrendamiento, generalmente propiedad de grandes terratenientes) los agricultores locales no tendrán más remedio que emigrar a las ciudades o vivir miserablemente en el campo como jornaleros, en ambos casos pasando a formar parte del lumpenproletariat de que hablaba Marx. En suma, las multinacionales de plantación pueden ser ligeramente beneficiosas (pagan mejores salarios), pero no ayudan a la industrialización de país. Si los expulsados de sus tierras entran en el lumpenproletariat, son claramente perjudiciales. Un caso especial lo forman las multinacionales como Bunge y Cargill, que cultivan y compran cereales en Argentina y Australia y luego los exportan al mundo entero. Más tarde nos ocuparemos de ellas. .

Minería

Las multinacionales mineras, como las explotadoras de minas de diamantes en Sudáfrica y de cobre y cobalto en el Congo, no aportan grandes beneficios y desde luego no los suficientes para industrializar el país. Crean puestos de trabajo mucho mejor pagados que los corrientes en la nación y suponen importantes ingresos para el Gobierno del país receptor, pero hasta ahora en ningún caso han favorecido el despegue de la economía. Casi todos los ingresos del Gobierno receptor han ido a parar a cuentas secretas en Suiza o en bancos offshore, o han sido despilfarrados en compras de armamentos o bienes de consumo. Las multinacionales tampoco suponen una agresión ecológica superior a la de las empresas nacionales del mismo ramo, suponiendo que éstas existan. Al contrario, las nacionales más pequeñas no son tan sensibles a la presión de los ecologistas como las multinacionales.

Industria petrolera

Las multinacionales petroleras no son sino la correa de trasmisión de los ingresos generados por las exportaciones de petróleo en beneficio de los países exportadores, árabes en su mayoría. En este caso los que explotan al tercer mundo son los países exportadores, que en algunos casos —México o Nigeria— pertenecen también al mismo, pero que hasta ahora han sido incapaces de utilizar esta fuente de ingresos para industrializarse. Se les ha acusado de negligencia en el cuidado de los oleoductos, lo que ha provocado derrames de crudo que arruinan la ecología de la región (un buen ejemplo es el caso de Nigeria). En realidad, muchos derrames son causados por jóvenes tribales que agujerean los oleoductos para pedir la correspondiente indemnización.

Industria alimentaria

Las multinacionales de servicios de comercio al pormenor (supermercados), como la francesa Carrefour, instalada en España (antes Pryca), lo mismo que las grandes empresas españolas del ramo como el Corte Inglés, suponen el cierre paulatino de las pequeñas «tiendas de la esquina», con la consiguiente destrucción de puestos de trabajo. Desde luego los supermercados crean puestos de trabajo, pero no tantos como los que destruyen; a este respecto son sin duda alguna perjudiciales. Por el contrario son más eficaces, sirven mejor al cliente y ahorran tiempo al ama de casa. Hay que comparar, pues, sus ventajas e inconvenientes y tratar de sacar el balance, diferente en cada caso concreto y nada fácil porque exige realizar juicios de valor que varían según la persona.

Servicios bancarios

Las multinacionales de servicios bancarios como los bancos extranjeros (Deutsche
Bank en España, por ejemplo) y las de auditoría como Arthur Andersen crean puestos de trabajo y no es probable que destruyan otros, al menos en España (en algún país iberoamericano pudiera ser diferente), ya que los bancos españoles son perfectamente capaces de hacer frente con éxito a la competencia extranjera, como prueba la penetración de este sector español en Iberoamérica.

Pero la distinción más importante para nuestro ensayo es la que existe entre las multinacionales para el consumo interno y las de exportación. Las primeras pueden tener más inconvenientes que ventajas, porque con frecuencia destruyen más puestos de trabajo de los que crean, al desbancar a empresas nacionales más débiles que no pueden resistir su competencia. Evidentemente un gran supermercado como Carrefour crea muchos menos puestos de trabajo que los que proporcionaba el gran número de pequeñas tiendas que han tenido que cerrar, al no poder resistir la competencia. Por el contrario, las multinacionales que producen para la exportación son evidentemente beneficiosas. Gracias a las grandes empresas del automóvil, España se ha convertido en el cuarto exportador de coches de Europa, lo que ha supuesta una enorme ayuda para equilibrar nuestra balanza de pagos.

Hay que añadir que cuando una multinacional extranjera, del tipo que .sea, se instala en el país, las beneficios que consigue son normalmente repatriados, salvo si su dirección decide invertirlos en el país receptor; esa repatriación constituye una carga adicional sobre la balanza de pagos del país que recibe la inversión. Si, como ocurre con gran frecuencia, el país subdesarrollado receptor ya tiene dificultades en su balanza de pagos, esa carga adicional puede ser difícil de soportar y convertirse en un factor de crisis. Este es un factor adicional para actuar con prudencia antes de aprobar la instalación en el país de una multinacional.

Por otra parte, también hay que tener en cuenta que si los gerentes de las multinacionales no son honrados, la organización misma de éstas les permite, mediante cubileteos contables en la facturación interna que rozan los criterios del código penal (y que las Administraciones poco eficaces de los países receptores difícilmente podrán descubrir), ocultar los beneficios que consiguen en el país receptor y no pagar los impuestos correspondientes (véase por ejemplo el Financial Times del 25 de Abril 2001).

Globalización

Podría definirse como la marcha hacia la unificación de la economía mundial mediante la libre circulación entre países tanto de los bienes y servicios como de los factores de producción —naturaleza, capital y trabajo— y mediante la libertad de establecimiento de empresas extranjeras.

Empecemos por la libre circulación entre países de bienes y servicios. Aquí nos encontramos con la mil veces debatida cuestión de las ventajas y desventajas del comercio internacional. Las posiciones extremas son la autarquía defendida, por fascistas y comunistas, y la supresión de cualesquiera trabas al comercio exterior (cupos, aranceles y medidas discriminatorias) de la teoría económica anglosajona. La teoría económica enseña que, en general, la ausencia de trabas hace que cada país se concentre en la producción de los bienes y servicios en los que tiene una ventaja comparativa respecto al extranjero, con lo que todos salen beneficiados. Este idílico resultado muchas veces no se corresponde con la realidad.

En primer lugar las industrias nacientes, por razones evidentes, no pueden resistir en sus primeros años a la competencia extranjera y deben ser protegidas con aranceles o cupos hasta que se hagan lo suficientemente fuertes para resistir esa competencia. En segundo lugar, a veces será conveniente proteger a empresas poco competitivas, porque crean muchos puestos de trabajo y el paro que causaría su desaparición sería muy difícil de absorber. Hay que añadir que este segundo argumento es rechazado por muchos, que creen que a medio plazo o a la larga ese paro será absorbido.. Por otra parte la experiencia de la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, enseña que los efectos de la apertura al comercio exterior en países con una Administración estatal pasablemente eficiente, como lo era en España en los años 60, son sin duda muy beneficiosos, aunque como regla general, para evitar un impacto negativo en los países más débiles son necesarios períodos de transición más o menos largos.

Un caso particular muy importante son las exportaciones de mercancías intensivas en trabajo, especialmente textiles, en las que los países en desarrollo, al tener salarios mucho más bajos que los países industriales, tienen un coste de producción muy inferior y gozan por lo tanto de una ventaja competitiva considerable. Todos hemos visto en los supermercados confección procedente de la India o China buena y mucho más barata que la producida en Europa Occidental. Aquí la globalización, si existiese, sería una gran ventaja para los países en desarrollo. Por desgracia sólo se da en grado muy limitado: el ejemplo más patente es el Acuerdo Multifibras, que restringe mucho esas exportaciones. Bien es verdad que caducará dentro de poco tiempo, pero es muy probable que el que le sustituya, si bien no tan restrictivo como el Multifibras, seguirá suponiendo restricciones muy dañinas para los países en desarrollo exportadores.

Respecto a la libertad de circulación del factor «naturaleza», ya hemos respondido en parte al tratar de las multinacionales. Solo añadiremos aquí que algunas actividades, como las de las empresas madereras que talan el bosque y no lo replantan, son muy perjudiciales al medio ambiente (sobre muchos puestos de trabajo y el paro que causaría su desaparición sería muy difícil de absorber. Hay que añadir que este segundo argumento es rechazado por muchos, que creen que a medio plazo o a la larga ese paro será absorbido. Por otra parte la experiencia de la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, enseña que los efectos de la apertura al comercio exterior en países con una Administración estatal pasablemente eficiente, como lo era en España en los años 60, son sin duda muy beneficiosos, aunque como regla general, para evitar un impacto negativo en los países más débiles son necesarios períodos de transición más o menos largos. Un caso particular muy importante son todo en países tropicales, en los que una tala total, si no se replanta, convierte lo que antes era selva en un desierto de laterita, estéril y muy difícil de regenerar). Aquí sí se puede hablar de los estragos de la globalización, ya que la demanda de madera tropical procede en gran medida de los países industriales. Sin globalización la demanda sería mucho menor. Claro que la culpa la tienen tanto la empresa maderera (con frecuencia del país, no multinacional) como la Administración pública del país en desarrollo, que por incompetencia o corrupción lo permite.

Respecto al factor capital hay que distinguir entre las salidas y las entradas de capital. Los obstáculos a las salidas impuestos por los países en desarrollo se justifican si tratan de impedir que los ricos del país exporten su capital a Suiza o a otros paraísos fiscales para no pagar impuestos o porque el capital procede de corrupción. Cuando se trata de repatriación por los inversores extranjeros de los beneficios obtenidos, las prohibiciones a la repatriación suelen ser contraproducentes al ahuyentar a los inversores extranjeros, aunque ciertas limitaciones pueden ser aceptables y beneficiosas. Por desgracia, los Gobiernos de los países receptores suelen tener muy poco éxito en su intento de prohibir la fuga de capitales, como prueban los miles de millones de dólares que muchos gobernantes y miembros de la clase dirigente de los países en desarrollo han depositado en cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales, dólares difíciles de recuperar por el país después de la caída del gobernante en cuestión.

Al tratar de las entradas de capital extranjero en un país en desarrollo hay que distinguir entre las inversiones directas y las de cartera. Las directas, definidas como la compra de más del 10 % de la empresa en cuestión o la creación de una empresa con capital extranjero, en general son beneficiosas por las razones expuestas al tratar de las multinacionales. Las de cartera (compra de acciones y bonos) son muy peligrosas, ya que el capital que entra de ese modo a menudo es especulativo y puede salir del país con la misma facilidad con la que entró; por tanto necesitan una regulación por parte del país receptor. Un buen medio de regulación fue el adoptado por el Gobierno chileno hace unos años, que consistía en obligar a las entradas de cartera a un depósito forzoso sin interés de parte o de toda la inversión en el Banco Central del país durante algún tiempo. La ventaja de este sistema de regulación es que es muy flexible: el tiempo del depósito obligatorio puede alargarse o acortarse (o incluso suprimirse, como hizo Chile) según las necesidades de la economía.

También hay que tener en cuenta que, para industrializarse y salir de la pobreza, el país del tercer mundo receptor necesita un capital que es incapaz de generar, precisamente porque es pobre y también porque los sectores ricos del país (recordemos que en tercer mundo las diferencias entre ricos y pobres son inmensamente mayores que en los países industriales) suelen gastar lo ahorrado en consumo ostentoso, o lo exportan a cuentas en bancos suizos o offshore. Es evidente que si los países pobres no pueden generar capital tienen que importarlo, es decir atraer inversiones de los países ricos, desde luego tomando precauciones para que los inversores extranjeros no abusen. A este respecto permítaseme una nota personal: he sido agregado comercial en diversas embajadas de España durante quince años. Nuestro objetivo era fomentar las exportaciones españolas y las inversiones de capital extranjero en España, que en los años 50 e incluso en los 60 era un país poco desarrollado, poco capitalizado y por lo tanto necesitaba exportar mercancías y servicios e importar capital para desarrollarse. Recuerdo la campaña del ministerio de Comercio en la que se organizaban en importantes ciudades extranjeras los llamados «Seminarios de inversiones extranjeras» para atraer capital a España. Si alguien nos hubiese dicho entonces que esa apertura al extranjero era perjudicial, me temo que nuestra contestación hubiese sido impublicable.

Respecto al factor trabajo, sencillamente no hay globalización: no se permite, por la existencia de numerosas trabas, a la libre circulación de trabajadores de los países pobres a los ricos. Los países industriales como la UE y EE UU la impiden para evitar verse inundados por una avalancha de inmigrantes africanos, europeos del Este, latinoamericanos, etc., que intentan desesperadamente entrar en un país industrial donde vivir mejor. En este aspecto la globalización, si algún día tiene lugar, supondría un gran beneficio para los países pobres, aunque constituiría un grave problema para el país rico receptor, que encontraría dificultades serias para integrar trabajadores de culturas muy diferentes y menos desarrolladas, y lo que es peor, podría llegar a sufrir un grave aumento del paro debido a la «avalancha» de inmigrantes.

En suma, lo que los países en desarrollo necesitan no es menos globalización, sino más: en concreto que la globalización se extienda a las mercancías intensivas en capital, textiles sobre todo, a ciertos productos agrícolas tropicales y al factor trabajo. Si triunfan los nostálgicos del marxismo que han organizado los disturbios antiglobalización en Seattle, Québec, Génova, etc. dificultarán el progreso de los países en desarrollo y harán que les sea mucho más difícil salir de su pobreza.

Riesgos

Al hablar de la globalización no se presta la atención que merece a su más serio inconveniente: convierte la economía mundial en un sistema mucho más susceptible de crisis, que al extenderse puede resultar devastador. La globalización del mercado mundial supone la plena libertad de movimiento de capitales, de modo que miles de millones de dólares pueden saltar de un país a otro con un mero «click» de ordenador; en ese entorno los efectos negativos de una crisis bursátil se multiplican por un factor muy elevado y pueden tener consecuencias desastrosas. Recordemos la crisis de 1929, que causó el derrumbe del comercio internacional, millones de parados en Europa y en América y la popularidad y triunfo eventual de partidos extremistas como el comunista y el nazi. En una Alemania sin crisis, puede que Hitler no hubiese pasado de ser un político de cuarta fila y no hubiera triunfado jamás; tampoco el partido comunista hubiese podido conseguir los millones de votos que consiguió en varios países. Sería un exceso de optimismo creer que ahora los gobernadores de los Bancos Centrales y los ministros de Hacienda de los grandes países son mucho más inteligentes y sensatos, saben mucho más que sus homónimos de 1929 y evitarán crisis como aquella. Sin ir más lejos, no hace mucho uno de los fondos de inversión americano más grandes, el «Long Term Capital Management» estuvo a punto de quebrar y sólo se salvó de la quiebra, que hubiese hundido Wall Street, gracias a la intervención fulminante del presidente del FED (equivalente al banco central americano) Mr. Greenspan, que telefoneó a los directores de los grandes bancos de inversión, les obligó a poner sobre la mesa miles de millones de dólares y evitó el hundimiento de la Bolsa de Nueva York, que se hubiese trasmitido a las demás grandes bolsas. Un economista de prestigio Tobin, ya había alertado ante ese peligro y, para evitarlo, proponía medidas tan heterodoxas para los economistas de la escuela de Chicago como crear mecanismos que, en caso de peligro de pánico, «echen arena en los engranajes del sistema», es decir: que hagan más difíciles y más caras las transferencias de capital, salvo las para inversiones directas.

Otro peligro de la liberalización de los movimientos de capital, elemento esencial de la globalización, es que hace mucho más fácil la evasión de impuestos y la ocultación de ganancias o al blanqueo de dinero de actividades criminales como el tráfico de drogas, y de capitales robados por dirigentes corrompidos del tercer mundo, como en el caso de Marcos y Mobutu en bancos offshore de ciertos países como las islas Caimán, las Bahamas, las islas Vírgenes, etc. Así, en bancos de las islas Caimán están depositados quinientos mil millones de dólares, amparados en el secreto bancario. Ya se están tomando medidas para evitar esos abusos. Esperemos que tengan éxito, al menos de modo parcial.

Otro argumento válido contra la aceptación confiada y bobalicona de todo tipo de globalización por parte de los países pobres se refiere al comercio internacional de productos agrícolas y se está debatiendo en estos momentos con ocasión de la demanda china de entrar en la Organización Mundial de Comercio (OMC). En China hay unos 300 millones de agricultores muy pobres con explotaciones minúsculas, generalmente de menos de media hectárea, y con ingresos bajísimos. Como disponen de pocos abonos y capital, sus costes de producción son mucho más altos que los de las granjas de cereales de Argentina, Australia, Canadá y EE UU, de miles de hectáreas de superficie, sólo tres o cuatro trabajadores por granja y una maquinaria agrícola muy perfeccionada. Si a consecuencia de una globalización irreflexiva se permitiese la entrada en China de sus productos (que distribuyen en el mundo entero multinacionales como Bunge, Cargill, etc) los agricultores chinos no podrían aguantar la competencia y tendrían que abandonar sus explotaciones nada competitivas y emigrar a las ciudades donde ingresarían en un lumpenprotetariat ya muy numeroso, en paro o en la economía sumergida. Y esto a pesar de que los agricultores chinos reciben subsidios, de todos modos son muy inferiores a los que reciben los agricultores americanos y de la UE. Se comprende la indignación de los negociadores chinos en la OMC al ver las maniobras de los lobbies de las multinacionales exportadoras de productos agrícolas, que intentan conseguir la libre entrada en China de sus exportaciones y regatean la cuantía de los subsidios a los agricultores chinos.

A pesar de estas excepciones, que hay que tener en cuenta, cualquiera que haya estudiado un poco la materia no puede menos de asombrarse ante la falta de solidez de los argumentos contra la globalización. En el siglo XX dos de sus elementos fundamentales —el aumento del comercio internacional y la liberalización de los movimientos de capital— han sido requisitos indispensables para que salieran de la pobreza los pocos países que lo han conseguido (el ejemplo más sobresaliente es Corea del Sur). Según el Banco Mundial los aranceles y cuotas impuestos por los países ricos sobre las importaciones de los 48 países en desarrollo más pobres suponen unos 2,5 millardos de dólares al año; las barreras no arancelarias tales como las regulaciones sanitarias y de seguridad suponen aún más. Evidentemente lo que necesitan los países pobres es que se supriman esas barreras, es decir, más globalización en el comercio internacional, desde luego sin descuidar los controles y limitaciones necesarias.

Lo más sorprendente de la argumentación de los «enemigos de la globalización» es que ninguno de ellos dice a los países del tercer mundo, que supuestamente sufren sus efectos devastadores, que hay un procedimiento muy sencillo para librarse de ella: simplemente prohibir el comercio exterior y las entradas y salidas de capital del país. Si los enemigos de la globalización estuvieran en lo cierto, esas prohibiciones, es decir, la autarquía total y absoluta, sería el mejor camino para salir de la pobreza, una afirmación a todas luces falsa.

Resumiendo, resulta indudable que gracias a la globalización el sistema económico mundial se está haciendo más productivo, se producen más bienes y servicios, pero esas ventajas tienen su coste, que es: 1º) la economía mundial, al hacerse más productiva se hace también más frágil, y los efectos negativos de una eventual crisis económica se intensifican mucho; 2°) generalmente el aumento de riqueza, resultado de la mayor productividad del sistema conseguida gracias a la globalización, al principio repercute sobre todo en los ricos y sólo después (a veces muy lentamente) se extiende al resto de la población, de modo que las desigualdades sociales al principio crecen, y por más que el Gobierno trate de aminorarlas con una legislación apropiada (tributaria o de otro tipo) no lo conseguirá del todo durante bastante tiempo; y 3º) la liberalización de los movimientos de capital, elemento esencial de la globalización, facilita enormemente el blanqueo del dinero de traficantes de drogas, gobernantes corrompidos, defraudadores de impuestos y otros delincuentes que ocultan sus ganancias ilícitas en bancos offshore y hasta hace poco en Suiza, que recientemente ha endurecido su legislación al respecto.

Al analizar los efectos de la globalización es preciso examinar ciertos mitos, sin duda muy bien intencionados, pero que no se corresponden en absoluto con la realidad, por lo que suponen un serio obstáculo al desarrollo económico de los países pobres y favorecen la prolongación de su situación actual de pobreza.

Mucho libro y pocas nueces
por Carmelo Lacaci

Como en el segundo episodio de la conocida saga cinematográfica, hay quien pretende cuestionar la realidad con productos editoriales clónicos, que no se distinguen unos de otros ni por su originalidad ni por su inteligencia. El éxito editorial de Empire (Harvard University Press, 2001), por ejemplo, publicado hace un año en una prestigiosa editorial americana, sorprende por sus más que manifiestas pretensiones ideológicas, la situación penal de uno de sus autores —Negri— y el hecho de que el otro —Hardt— sea un profesor de literatura inglesa en una universidad norteamericana. El libro quedó eclipsado en su país por los trágicos sucesos de septiembre, y en el nuestro acaba de ser presentado. Sus ensoñaciones antiimperialistas han quedado obsoletas en muy poco tiempo; y su intento de explicación de la realidad, confeccionado con retales de pensamiento francés (Michel Foucault, Gilíes Deleuze, Félix Guattari y Jacques Derrida), deviene aburrido y poco original su idea central, que no convence sino a los persuadidos de antemano.

En otro orden intelectual, menos pretencioso, la periodista canadiense Naomi Klein es autora de No Logo (Picador USA, 2001), que acaba de aparecer también en castellano (Paidos Odin, 2001), con el subtítulo «El poder de las marcas» (en inglés era: «No Space, No Choice, No Jobs») y que ha conseguido en nuestra lengua mayor éxito que el libro de Negri, anteriormente citado- Sus conclusiones han sido cuestionadas desde su mismo terreno ideológico por Alessandro Baricco, quien en Next (Feltrinelli, 2002) amplía algunas ¿ideas? ya apuntadas en un artículo aparecido en La Reppublica, donde comparaba la marca de unas conocidas zapatillas de deporte con Ludwig van Beerhoven o Franz Kafka. Se trata sin duda de una provocación, pero es que No Logo se ha sumado ya a la lista de las marcas.

A pesar de la supuesta homogeneidad cultural impuesta por el mercado anglosajón, no dejan de originarse otros ensayos en geografías bien diferentes. Al español se ha vertido el ingenuo ensayo de Pekka Himanen, profesor de Filosofía en la Universidad de Helsinki, que lleva por título La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (Destino, 2002). Es un libro más ingenuo que ingenioso, porque hasta el padre de la ética hacker, Eric Raymond, profusamente citado en el libro, ha registrado la propiedad intelectual de sus escritos e intenta vender sus libros, como cualquiera puede apreciar si se asoma a sus páginas en la red. Tampoco dan muestra de originalidad los integrantes del Proyecto de guerrilla cultural l.uther Blisset, que si bien las daban a finales de los noventa, se han transformado con el nuevo milenio en la Fundación «Wu-Ming» (en mandarín, algo así como: «sin nombre») y, claro está, han hecho públicos los suyos (Roberto Bui, Giovanni Cattabriga, Luca Di Meo y Federico Guglielrni) y sin dudarlo han registrado su identidad. Otra marca, pues.

En esta misma línea, dos suecos, Alexander Bard y Jan Soderqvist, acaban de publicar en inglés Netocracy: The New Power Elite and life after Capitalism (Reuters, 2002), nada menos que en Reuters. En España, Andoni Alonso e Iñaki Arzoz han editado una suerte de ensalada no muy bien aliñada, donde intuiciones heteróclitas tratan de acomodarse bajo el sorprendente título de La nueva ciudad de Dios. Se supone que trata de la red y el tiempo presente. Uno y otro son prescindibles.

Una visión muy crítica del actual sistema financiero internacional se puede encontrar en el último libro del financiero de origen húngaro George Soros, On Globalization (Public Affairs Ltd. 2002), que ha merecido un logioso comentario del ex presidente del Banco Mundial y premio Nobel de Economía, Joshep E. Stigligtz (The New York Review of Books, 23 de mayo de 2002). Éste, a su vez, acaba de publicar su propio libro (El Malestar en la Globalización) en varios idiomas, incluido el castellano. Dos libros merecedores de atención, que si defienden que otro mundo distinto del actual es posible, seguro no prometerán alcanzarlo apelando a banalidades.

Internet como estructura de vida

Aún siendo tan conspicua, Internet no es la única red relevante. Estamos en relación constante con redes de artefactos físicos: la red de autopistas y carreteras, la red de ferrocarriles, las redes telefónica y de suministro eléctrico, por ejemplo. Pero también hablamos de redes en otros contextos. Por ejemplo, cuando utilizamos nuestra red de contactos para impulsar un proyecto, o si sabemos que una buena red comercial facilita el éxito de una empresa, y cuando somos conscientes de la batalla contra las redes de narcotraficantes. En todos estos casos, las redes son espacios, físicos o virtuales, en los que se tejen relaciones, se articulan comunidades, se sustentan proyectos; y también espacios desde los que se ejerce y se transmite el poder.

Por eso, redes de todo tipo, y no sólo Internet, son cada vez más el sustrato sobre el que se van tejiendo nuestras vidas. En este sentido, los científicos intuyen que la organización en red es un patrón característico de muchas formas de vida. «Dondequiera que encontremos sistemas vivos —organismos, partes de organismos o comunidades de organismos— podremos observar que sus componentes están dispuestos en forma de red. Si vemos vida, vemos redes», ha escrito por ejemplo F. Capra1. Los estudios sobre organizaciones en red aparecen así no sólo en el ámbito de la Ingeniería, sino también en campos tan dispersos como las Ciencias sociales o la Fisiología, y por supuesto la Matemática2.

De hecho, cabe que la explicación última de la rápida aceptación de Internet sea justamente su capacidad de dar soporte a la tendencia universal hacia organizaciones en red. Manuel Castells, por ejemplo, apunta que «la revolución de la tecnología de la información ha sido útil para llevar a cabo un proceso fundamental de reestructuración del sistema capitalista a partir de la década de los ochenta»3. Lo que significa que no es Internet quien impulsa la nueva economía, sino que Internet es un instrumento, ciertamente imprescindible, para quienes impulsan la nueva economía. Lo mismo sucede en muchos otros ámbitos de nuestra sociedad, lo que lleva al propio Castells a proponer el término sociedad-red como el que mejor describiría las sociedades actuales.

PROPIEDADES DE LAS REDES

Una de las características destacadas de las redes es que manifiestan los denominados comportamientos no lineales, lo que significa que la respuesta de una red a una modificación determinada puede ser absolutamente desproporcionada en relación con la magnitud de esa modificación. Acostumbrados a que exista una relación proporcionada entre causa y efecto, los resultados de los fenómenos no lineales pueden resultar altamente contraintuitivos.

Las dificultades inherentes a realizar predicciones meteorológicas precisas, por ejemplo, resultan directamente de la no-linealidad de las ecuaciones utilizadas. La propagación de fallos locales en redes extensas, como las de telefonía y distribución de energía eléctrica4, han causado en ocasiones paradas masivas de esas redes. Desde luego, se producen también situaciones de esta naturaleza en el dominio de Internet. Vemos con demasiada frecuencia cómo la introducción de un virus en un ordenador conectado a Internet puede producir una epidemia global, llegando a paralizar los sistemas informáticos de gobiernos y grandes empresas en todo el mundo. Mediante un fenómeno en el fondo similar, la posibilidad de grabación y distribución de música en el formato digital MP3 creó en pocos meses un movimiento con decenas de millones de clientes que ha llegado a poner en cuestión la estrategia y prácticas de negocio de las grandes compañías discográficas5.

De este modo, los formalismos de la teoría de las redes, cuyo estudio los matemáticos iniciaron hace varias décadas, tienen hoy un evidente interés práctico. Uno de los resultados recientes de esta actividad es el descubrimiento de una categoría de redes, denominadas «redes de pequeño mundo» (small world networks), cuyas propiedades parecen ser a la vez universales y relativamente fáciles de estudiar6.

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Para acercarnos de un modo accesible a las redes de pequeño mundo, consideremos por ejemplo una comunidad de individuos (representados por puntos en las figuras sucesivas) que instrumentan sus relaciones conectándose a través de Internet. La estructura de las conexiones puede adoptar dos formas extremas. En una de ellas la red se utilizaría sólo para conectar individuos próximos entre sí, que posiblemente ya se conocen o mantienen también una relación fuera de la red (Figura l)7. En el otro extremo, cada individuo se aprovecharía de la ubicuidad y flexibilidad de la red para conectarse con interlocutores seleccionados prácticamente al azar, independientemente de su ubicación (Figura 2). La cuestión que se plantea es la caracterización de las estructuras sociales resultantes.

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La estructura estática de una red de este tipo puede describirse esencialmente por dos parámetros: El diámetro de la red (L) y su cohesión local (K). El diámetro está relacionado con el número medio de tramos de la red que separan dos nodos cualesquiera. El índice de cohesión local refleja la probabilidad de que si A está conectado directamente con B, y B con C, A esté también directamente conectado con C. Resulta intuitivamente obvio que las redes aleatorias (Figura 2) tienen un diámetro relativamente pequeño8, pero también una cohesión local pequeña. Por el contrario, las redes regulares mantienen una cohesión local alta, pero también un mayor diámetro.

Utilizando un lenguaje social, cada uno de estos modelos extremos de red tiene sus atractivos y sus inconvenientes. En primera instancia, cabe pensar que el modelo de conexión aleatoria reproduciría más aproximadamente las características de una sociedad que se reestructura bajo el impulso de la globalización económica. En la medida en que los circuitos superiores del capital se globalizan9, los nodos que responden primordialmente a motivaciones económicas tenderían a. conectarse con aquellos que les resulten más atractivos, estén donde estén. En el extremo de máxima aleatoriedad, esa estrategia de interconexión llevaría a que elementos vecinos acabaran integrados en subredes disconexas y dejaran de interaccionar entre ellos; al mismo tiempo, los nodos que, por el motivo que sea, no pudieran establecer conexiones de largo alcance quedarían aislados de la dinámica global de la red. La configuración resultante expresaría de ese modo la fractura local, que es repetidamente denunciada por los críticos de la globalización10.

Si analizamos la estrategia de conexión opuesta, que, llevada al límite, primaría siempre las conexiones globales frente a las locales, la situación es obviamente muy distinta. Un grupo de nodos que se resistiese a la conexión global mantendría evidentemente su cohesión; sin embargo, correría el riesgo de quedarse totalmente aislado si otros grupos de nodos adoptaran la estrategia de conexión global (Figura 3). Si se identifica globalización con progreso, ese grupo de nodos podría perder oportunidades significativas de progreso.

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Si las consideraciones anteriores son sugerentes, resulta también interesante conocer que los matemáticos han conseguido recientemente construir una familia de modelos de red que interpolan de modo continuo entre ambos extremos anteriores. En líneas generales, el procedimiento que se sigue es muy sencillo: partiendo del modelo cohesionado, se recorre la red sustituyendo los vínculos originales por otros de largo alcance con una probabilidad p (Figura 4) En el límite en que p=0, se tiene el modelo local, y en el límite p=l el modelo aleatorio. El resultado es espectacular (y altamente no lineal) (Figura 5); incluso a valores muy pequeños de p, el diámetro de la red disminuye muy rápidamente, pero la cohesión local lo hace de modo mucho más lento. Existe por tanto un amplio rango de redes (correspondientes a la zona comprendida entre las dos líneas de la gráfica) que exhiben un diámetro pequeño (comportamiento global) manteniendo la cohesión local. La existencia de estas redes, denominadas en la literatura como redes de pequeño mundo, ha sido verificada tanto con argumentos teóricos como en simulaciones de ordenador.

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Este descubrimiento ha propiciado un renovado interés en la investigación de la dinámica de los sucesos que se desarrollan sobre la red, como la propagación de epidemias, modas o fallos, y también los resultados de simulaciones de juegos de rol. Aunque los resultados matemáticamente rigurosos son todavía escasos, las características básicas de la situación son fácilmente accesibles.

Supongamos que cada nodo puede tener varios estados (p.e. está o no contaminado por un virus, adopta o no una determinada tendencia, etc.); y que la decisión sobre el estado que adopte está determinada por la de sus vecinos (p.e. se contagia con alta probabilidad si un número mínimo de sus vecinos está contagiado). Supongamos que, partiendo de una red inicialmente en estado de no contagio, se contamina un número reducido de nodos. La extensión y el ritmo de propagación del contagio dependerá claramente del resultado de dos interacciones opuestas. Por una parte, cuanto menor sea el diámetro de la red mayor será la rapidez con que la posibilidad de contagio se extienda globalmente. En sentido opuesto, si la red mantiene una cohesión global alta, es posible que la conexión entre nodos no contagiados permita repeler localmente el contagio. Así pues, una red puramente aleatoria sería altamente vulnerable, pero no así necesariamente una red de pequeño mundo apropiadamente cohesionada. Como es de esperar, en último término la extensión local del contagio depende muy críticamente de los detalles de la configuración de la red. En la práctica, el hecho de que los resultados no admitan generalizaciones evidentes significa que sea difícil anticipar las situaciones de un rápido contagio global.

REDES Y GLOBALIZACIÓN

Este tipo de equilibrio entre tendencias tiene una traducción sugestiva en el terreno de los eslóganes relacionados con la globalización y que, en la práctica, tienen una correlación directa con las tendencias de organización en red.

En la actualidad, el eslogan «piensa globalmente, actúa localmente», correspondería a las prácticas de quienes impulsan los esquemas más liberales de globalización11. Los actores que pueden planificar a escala global tienen también la capacidad de implantar políticas de inversión, producción y fiscales diferenciadas en función de las condiciones locales, buscando siempre la ubicación parcialmente más favorable en cada caso, de modo que los compromisos con el entramado social local quedan siempre supeditados a condicionantes globales, como el momento financiero o la competitividad. Bajo esta óptica, la organización en red de estos actores globales no necesitaría ir más allá de un patrón de red aleatoria, primando las conexiones globales sobre la estructura local.

Sin embargo, es también posible una actuación basada en el eslogan complementario «piensa localmente, actúa globalmente». Desde esta óptica, la estrategia se definiría primordialmente en función de las condiciones locales, pero se ejecutaría, eso sí, desplegando un número suficiente de conexiones globales. Las propiedades del modelo de redes de pequeño mundo sugieren que el número de estas conexiones puede muy bien ser reducido. En la práctica, el modelo impulsado desde la ciudad de Porto Alegre y el Estado brasileño de Rio Grande du Sul es probablemente el más conocido a este respecto.

Es cualquier caso, parece obvio que no será suficiente a ningún nivel (empresarial, local, nacional) la determinación de avanzar hacia una organización en red; los detalles de la estructura de la red, incluyendo los que afectan al equilibrio local/global serán asimismo decisivos. Necesitaremos aún, sin embargo, avanzar de modo sustancial en los detalles de cómo elaborar estrategias en esta dirección.

NOTA S

1 · F. Capta, La trama de ¡a vida, Anagrama, Barcelona 1998, p. 99.
2 · Ver, por ejemplo, S.H. Strogatz, «Exploring complex networks», Nature 8.03.2001, p. 268.
3 · M. Castells, La era de la información, vol. 1, Alianza Editorial, Madrid 2000, p. 43.
4 · Ver, por ejemplo, http://wwwxnn.eom/rECH/9608/l 1/power.outage/ sobre el apagón masivo que tuvo lugar en 11 de Agosto de 1996 en el oeste de EE UU.
5 · Ver, por ejemplo, «Download This», en Business Week 29.05.2000, p. 53.
6 · Duncan Watts, Small Worlds. The Dynamics of Networks Between Order and Randomness, Princeton 1999.
7 · De hecho, los estudios de campo sugieren que muchos de los usuarios de Internet se conectan entre sí de este modo. Ver por ejemplo M. Castells, La galaxia Internet, Areté, Madrid 20001, capítulo 3 y referencias citadas en el mismo.
8 · La distancia media entre dos nodos crece sólo como ln(N), siendo N el número de nodos.
9 · Sassen, S., Cities in a World Economy, Pine Forge Press, 2000.
10 · Ver, por ejemplo, Bauman, Z., Globalization: The Human Consequences, Polity Press, 1998, capítulo 4.
11 · Ver, por ejemplo, U. Beck, Qué es la globalización, Paidós, Barcelona 1998.

Democracia virtual

UN PROYECTO POLÍTICAMENTE ATRACTIVO

E-government es atractivo para los responsables políticos por varias razones. Para empezar, éstos se encuentran sometidos a presiones para aumentar los ingresos y para suministrar mejores servicios a los ciudadanos. Pues bien, mediante la dispensación electrónica de servicios se suministra información y se ejecutan transacciones más eficientes que las hechas tradicionalmente. Además, cualquier acción que sea capaz de mejorar los servicios a un coste menor resulta políticamente muy atractiva.

A los responsables políticos, y en particular en los gobiernos locales, les preocupa la disminución del interés y la participación de los ciudadanos en la política. Muchos ciudadanos no se sienten parte del proceso de toma de decisiones del gobierno local, a pesar de que cubre áreas críticas como el aumento de la calidad de vida de una ciudad, la mejora de las perspectivas de empleo, el apoyo a la educación o el aumento de la seguridad del entorno.

E-government promete hacer que los ciudadanos colaboren de nuevo con sus administradores en la toma de decisiones. En este sentido, ofrece una información mucho más accesible, de manera que tanto los responsables políticos como los procesos administrativos resultan a su vez también mucho más abiertos. Algún día, los ciudadanos podrían incluso influir directamente sobre la forma en que se gasta el dinero, cuando puedan apoyar con sus votos proyectos que compitan por fondos —se lograría así una verdadera «e-democracia»—.

Además, el e-government puede hacer mucho más fácil la relación del ciudadano con las administraciones. Desde las oficinas del gobierno local, central o autonómico, un portal web o un número de teléfono ofrecerían un punto único e integrado de comunicación con un ciudadano convertido en cliente. La reducción de costos en términos de tiempo sería evidente.

…PERO CON BARRERAS

Aunque el plan e-government resulta políticamente atractivo, los gobiernos están actuando con lentitud en adoptarlo y en desarrollar el concepto en todo su significado. El e-government consiste simplemente en que el gobierno oriente al ciudadano por medio de la reingeniería de procesos y de nuevas tecnologías, para mejorar el servicio y optimizar los costes. Los obstáculos más importantes que se oponen al cambio en cualquier organización, sea privada o pública, están relacionados con la cultura. Para hacer posible que la gente cambie su forma de trabajar, se requieren cambios políticos, de gestión y de liderazgo.

El plan e-government requiere con frecuencia que los gobiernos transformen un estilo de suministro de servicios centrado en la burocracia, en otro que pivote sobre la relación con cada ciudadano. Esto requiere reorganizar las responsabilidades y abrir flujos o conductos de información entre diferentes departamentos y administraciones.

Resultan ejemplos visibles la policía, el registro de propiedades, la Agencia Tributaria y los juzgados, pues aunque posiblemente tengan cada uno su propio conjunto de datos, y aunque integrarlos para proporcionar un determinado servicio sea un problema técnico de fácil solución, hay que resolver primero cuestiones importantes de cultura.

Las administraciones han ganado poder gracias al control único que ejercen sobre la información. Esto tiene que ser sustituido por una organización abierta y flexible que promueva transferencias de información muy rápidas desde aquellos que la tienen a aquellos que la necesitan.

Los gobiernos necesitan también abordar la transformación de forma diferente. Tradicionalmente los departamentos de Tecnología de la Información (TI) del sector público han sido centros de costes que proporcionaban servicios a otros departamentos con unos presupuestos limitados. Cualquier petición de un nuevo servicio era denegada por falta de recursos, y la separación ente TI y otros departamentos era insalvable. A su vez las tecnologías de la información eran para todos los departamentos algo lejano y de poco impacto en el negocio. Hoy en día, esto debe ser corregido radicalmente. Por un lado, cada director general o gestor, en tanto que responsable de un determinado departamento, debe ser capaz de utilizar las nuevas tecnologías para mejorar su negocio en términos de eficiencia y mejora de los servicios. Las tecnologías de la información ya no son un coste y sí un instrumento cuyo uso se justifica únicamente si nos ayuda a conseguir nuestros objetivos.

Además, la actividad del gobierno es mucho más compleja de lo que pudiera parecer desde el sector privado. Esto se debe en parte a la amplia diversidad en el tipo de servicios que tienen que ofrecer y en parte a la mezcla compleja de objetivos políticos y sociales que persigue.

El sector privado puede aumentar al máximo el valor para los accionistas manteniendo su actividad con los clientes más rentables. En el gobierno, por el contrario, los ciudadanos son vulnerables y necesitan en gran medida ciertos servicios. Y con frecuencia tienen necesidades complejas, hablan diferentes idiomas y no están conectados a Internet.

SERVICIO PERSONAL

La mayor parte del esfuerzo necesario para implementar el e-government pasa por transformar la organización y determinar los problemas y cuestiones relacionadas con la cultura y los flujos de información. Tras conseguirlo, pueden suministrarse los mismos servicios de formas diferentes —personalmente, por teléfono, a través de Internet o por correo—.

Los responsables políticos suelen cuestionar el beneficio del suministro de servicios electrónicos, pues consideran que los ciudadanos más vulnerables rara vez tienen acceso a Internet. Pero, en realidad, el e-government libera a los empleados de la carga de tratar con muchos usuarios comerciales y ciudadanos privados que sí acceden a Internet, y permite de ese modo una mayor disposición de recursos para tratar con quienes están más necesitados de sus servicios y no tienen acceso a la red, extendiendo también el concepto de «administración única».

Estos empleados tienen una necesidad crítica de acceder a servicios electrónicos para poder ofrecer un servicio cara a cara totalmente integrado, como por ejemplo en un centro de atención al cliente. Esto les permite resolver inmediatamente los problemas del ciudadano, en lugar de hacerle volver una semana después mientras consultan sus ficheros de varios departamentos o lo envían al otro lado de la ciudad para hablar con otra persona.

E-LEARNING

Uno de los aspectos fundamentales para el éxito del e-government es que la educación y el desarrollo de conocimientos y capacidades jueguen un papel fundamental para aumentar la competitividad del país, pues al final atraerá mayores inversiones. El primer paso es ofrecer a los ciudadanos acceso online a información completa sobre lo que está disponible para ellos a través de instituciones de formación. También puede ofrecérseles, la opción de inscribirse a esa información electrónicamente. Finalmente, cabe destacar que la formación ocupacional online ya es una realidad en algunas regiones españolas.

Muchos responsables de gobiernos locales consideran también el e-leaming como una forma de impartir nuevos conocimientos y capacidades a sus propios funcionarios, de forma más rápida y económica. Un portal web dedicado a empleados les ofrece acceso a todas las herramientas, información y aprendizaje que necesitan para realizar su trabajo con mayor efectividad.

ELEMENTOS MODULARES

Para poder impulsar de manera adecuada el e-government, es preciso, en primer lugar, que las personas que comprendan la tecnología de la información y las implicaciones de las redes estén cerca de los niveles superiores de dirección. A su vez, los responsables de la toma de decisiones deben considerar que la implementación del e-government representa al menos la mitad de sus responsabilidades. Integrando personas técnicas en el proceso de toma de decisiones, pueden explicar a los responsables de las decisiones políticas qué es lo que la tecnología hace posible, cómo puede utilizarse y cuáles son sus consecuencias en la asignación de recursos.

El segundo requerimiento es una capacidad alta y estable, así como una infraestructura de alta calidad. La herencia técnica tradicional que han ido acumulando los gobiernos mediante «prueba y error» en los últimos cuarenta años no es un entorno adecuado en el que probar, aprender y reproducir situaciones de éxito. El gobierno necesita crear una infraestructura de base estable para el intercambio de información tanto dentro del propio gobierno como con las empresas y los ciudadanos. Esto deberá estar basado en estándares técnicos y de seguridad apropiados.

E-CITIES

En España tenemos varios ejemplos brillantes de ciudades electrónicas, que apuestan con gran éxito por el uso de las tecnologías de la información, gracias, entre otras cosas, a que han sabido crear el tipo adecuado de fuerza laboral que ha permitido un desarrollo importante de las regiones.

En el Reino Unido, el ayuntamiento de Sunderland está desarrollando su estrategia e-government como una parte integral de sus normas y políticas de renovación urbana, regeneración económica y participación social. Dubai Internet City es similar, pero tiene la ventaja de ser un sitio web. La Haya ofrece un potente ejemplo de las formas de utilizar comunidades virtuales, servicios urbanos integrados y una aplicación creciente del e-learning tanto para las escuelas como para la comunidad en general.

Los gobiernos han actuado con lentitud a la hora de implementar el suministro de servicio electrónico, y será necesario superar muchas barreras, especialmente de tipo cultural.

Vanguardia e imagen

¿Qué es el arte puro según la concepción moderna?
Es crear una magia sugestiva que contenga a la vez el objeto
y el sujeto, el mundo exterior al artista y al propio artista.
Ch. Baudelaire, Los paraísos artificiales

Diría Bretón, trastabillado de juerga surrealista y recién expulsado del partido comunista: «la belleza convulsiva será erótico-velada, explosivo-fija, mágico circunstancial o no será»1; y hay en sus palabras un resquemor de aún pataleo, de niño cansado de jugar que no quiere, sin embargo, que nadie le expulse de su patio, ni que nadie, más grande o más fuerte que él, venga a tratar de compartir sus dominios. Se ha ido voluntariamente porque, dice, rechaza el sometimiento del ser humano a las directivas de cualquier política. La realidad es que tan inmotivado fue su ingreso eufórico como su rechazo visceral, semejante, por cierto al de Aragón, quien no tarda demasiado en cambiar declaraciones como «Mi partido me ha devuelto los colores de Francia», por otras como «Fuego os digo / fuego bajo la dirección del partido comunista»2. ¿Qué hay en el entreacto de semejantes euforias? ¿Qué podía conseguir que escritores de la talla de Borges, Tzara, Huidobro, Vallejo, Eluard, Reverdy, se amaran, odiaran, citaran y denigraran con tanta pasión en tan poco tiempo? ¿Son reales sus odios; sus amores, son de verdad?

El entreacto es la vanguardia y uno de los primeros elementos que debe considerar cualquiera que se acerque a ellas con serio afán de entenderlas es su condición teatral. Lo emocional – el camino. Fingimos en orden a ser entendidos, teatralizamos nuestras pasiones, nuestros sentimientos, para hacerlos comprensibles ante los demás; vivimos así en constante estado de «fechoría», porque mentimos y porque es al mentir, curiosamente, cuando somos comprendidos con veracidad. Llora el niño al que otro niño más fuerte ha quitado el juguete no porque desee llorar, sino porque ha aprendido que el llanto es la expresión social a través de la cual su indignación va a ser comprendida.

Es el descubrimiento de esta verdad, entre otras que analizaremos luego, el que posibilita el nacimiento social de la vanguardia como movimiento. Reducir la vanguardia a sus expresiones artísticas (literarias, pictóricas, cinematográficas) sería no entender un hecho básico; el de que la vida de los artistas de vanguardia, o al menos la de los que fueron más conscientes de serlo, era la teatralización en estado puro de su afectividad.

La concentración excesiva que estos autores daban a sus estados de ánimo, sus euforias y desagrados no podía darse, tampoco, de forma aislada, precisaba de una colectividad a la que comunicarse, una colectividad que ayudara, asimismo, a destruir, que es el origen básico de la violencia vanguardista. Una emoción, explica Sartre, es «una transformación del mundo. Cuando los caminos trazados se hacen demasiado difíciles o cuando no vislumbramos caminos, ya no podemos permanecer en un mundo tan urgente y difícil. Todas las vías están cortadas y, sin embargo, hay que actuar. Tratamos entonces de cambiar el mundo, o sea, de vivirlo como si la relación entre las cosas y sus potencialidades no estuvieran regidas por unos procesos deterministas sino mágicamente»3, y esto es, precisamente, lo que hace la vanguardia en un mundo que la imagen ha tomado en posesión.

Desde la primera vanguardia dadaísta, y todavía mucho después del primer manifiesto surrealista de 1924, la imagen se hace vacía, carente de significado, se agota en su puro mostrarse y, por tanto, no puede (no debe) ser tomada en serio. La superficialidad es, por tanto, la única vía para acercarnos al arte, lo mismo que el humor, ya que nada de lo que hacemos tiene importancia, ya que verdades y dogmas se alzan y desmoronan, ya que nada de lo que hacemos debe perdurar (y sin embargo no ha habido acciones tan sedientas de inmortalidad como las grandes guerras), debemos destruir lo hecho y reírnos de lo que somos en aras a nuestra más pura y simple supervivencia.

El primer problema llega con el hecho de que vaciar de significación una imagen no significa vaciarla de posibilidad de significado, no anula su «interpretabilidad». Al vaciar la imagen de su significación, al reducirla a sí misma, conseguimos todo lo contrario en realidad; hacerla polisémica. El juego, por tanto, tiene otra cara; la cara de la interpretación por parte del espectador. El espectador juega a observar y el creador a crear, y tan significativo (y tan poco significativo a la vez) es un acto como el otro.

Pensar que sin el cine habría sido posible el nacimiento de la vanguardia sería tan absurdo como pensar que se puede concebir un hijo a distancia. Es en la primavera de 1919 cuando Griffith construye, entre naranjos californianos, la Mesopotamia más real que pueda imaginarse, y lo hace con una montaña de cartón piedra y ocho descomunales elefantes de yeso y escayola. He ahí Babilonia. O lo que es lo mismo; he ahí la imagen, y por tanto, he ahí la cosa. Tal vez la Babilonia real nos habría resultado menos real que ésta en la que las milicias medas y asirías están compuestas en realidad por chicos de Idaho y Kentucky. La imagen, y esto es algo que la vanguardia entendió primero de forma intuitiva y después muy conscientemente, se hace más real que la cosa misma, o lo que es igual: la representación contiene la esencialidad de lo representado más que lo representado mismo. La imagen visual adquiere un poder que nunca había podido soñar hasta entonces porque posee, más que la palabra, solidez de especificación. Esto es, una suerte de fuerza que la especifica (la hace concretísima, efímera) pero al mismo tiempo la trasciende, la hace capaz de convertirse en icono.

No es casual el nacimiento de la estrella cinematográfica, de su valor social a principios de los años veinte, como tampoco es casual la fascinación religiosa que prodigaban los vanguardistas por actores como Buster Keaton o Charles Chaplin. La imagen de un batacazo de Chaplin se convierte en la gran concreción de lo que somos, a saber, lo grotesco-hilarante de un golpe junto a la melancolía que nos produce su vergüenza. No es que la dos imágenes formen parte de una consecución lógica sino que se superponen en nuestra percepción y, al hacerlo, producen una posibilidad de identificación radical por parte del espectador.

Pero sigamos. «La naturaleza escupe en su cajita nocturna / Su pincel fluido comienza a hacer que brillen las aristas de los matorrales y de los navíos», dice Bretón4; contesta Borges: «Más vil que un lupanar, / la carnicería infama la calle»5; sigue Huidobro: «¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?»; Apollinaire se enfada y reprende: «Pastora torre Eiffel el rebaño de los puentes bala esta mañana»6 y a Vallejo su madre le ajusta el cuello del abrigo «no porque empiece a nevar, sino para que empiece a nevar»7.

¿Qué fantasma ha revolucionado este magma de novedad en que toda imagen fluye con la violencia de lo recién encontrado? Se habla con frecuencia de que no es gratuito el hecho de que la primera vanguardia documentada adoptara, como definición, el dadaísmo, de que el primer movimiento es «regresivo» e intenta asimilar sus recursos a los de un niño que balbucea intentando pronunciar el mundo, que es por tanto violento y que se guía tan sólo por las formas de un capricho intelectual que lo cree todo realizado, menos la destrucción de lo realizado. No es sin embargo así, o no enteramente.

LENGUAJE DE VANGUARDIA

Para muchos de estos autores la distinción entre creación y destrucción se funde y confunde en la (precisamente) creación de lo que Marinetti llamaba «el primer lenguaje necesario». En un mundo cambiante la palabra que lo describa ha de ser cambiante también, y si el mundo se aparta de la lógica ha de hacerlo también la palabra que intente pronunciarlo. Entendemos que a lo largo de un paseo tranquilo por una calle de Buenos Aires la visión de una carnicería pueda ser en ocasiones desagradable, pero decir que la infama, como dice el texto de Borges citado más arriba, es decir mucho más. Es pronunciar la dificilísima sensación de grotesca obscenidad que puede producir una carnicería, pronunciar la íntima comunicación con una calle en la que de pronto un elemento grotesco resulta ultrajante, pronunciar que eso no se había dado antes con semejante intensidad de la misma forma que la sensación de absurdo que supone la pérdida de una inocencia inmaculada sin renegar tampoco de la visión realista que nos 

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describe un hombre caminando agradablemente por la calle y encontrándose de pronto ante una carnicería que le desagrada. Decir, por tanto, que una carnicería «infama» a una calle, es darle la vuelta a las miles de tortillas insípidas que se limitaban a describir un objeto y a describir, por otra parte, las sensaciones concretas que ese objeto provocaba en la voz narrativa o lírica; ahora ya no es válida una literatura que no aglutine percepción-experiencia subjetiva-realidad objetiva, una literatura, en fin, que no produzca una sensación de realidad (o irrealidad) mayor que la realidad misma.

La palabra que mejor describe la estética de la imagen vanguardista es, por tanto, adanismo. El lenguaje de vanguardia es adánico no porque intente pronunciar el mundo, sino porque intenta pronunciarlo por primera vez, o porque el lugar desde el que lo hace es absolutamente nuevo. Atendiendo a los postulados de Piaget8, uno de los psicólogos que más violentamente renovó las tesis referentes a la adquisición del lenguaje infantil, el primer paso de la adquisición se produce en la imagen. El niño señala un objeto con el índice y el cuidador dice: «árbol». Se ha producido aquí, de forma natural, lo que todo vanguardista procura de forma artificial, lo que en forma cartesiana sería la mayor experiencia de claridad y distinción acerca de la realidad y el lenguaje que la describe, porque la experiencia de la percepción y de la comunicación están indisolublemente unidas en el acto creador de la adquisición del objeto, tanto de forma verbal como no verbal. Así el niño adquiere el objeto de forma simbólica aglutinando las experiencias de percepción física y las de percepción verbal. El verdadero acto creativo llega cuando el niño responde (o repite) la palabra «árbol», un acto que podríamos describir como de «fijación» verbal del objeto pero que responde, a la vez, a la experiencia dichosa de lo recién engendrado.

Esta visión radicalmente creativa del lenguaje es la que transforma el vocabulario de la poesía de vanguardia y la eleva a su expresión más elocuente. Cuando Paul Eluard recomienda a sus discípulos sudamericanos (especialmente a Huidobro) que escriba en francés en vez de hacerlo en castellano porque en una lengua que no es la materna fluyen de forma más intuitiva las relaciones entre fonética y realidad, está apelando clarísimamente a esta concepción del lenguaje. Cuando Paradas pinta un paisaje con palabras también lo está haciendo. Y el mismo Girando en el prólogo a su primera edición de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) hace una auténtica declaración de intenciones: «Cortar las amarras lógicas ¿no implica la única y verdadera posibilidad de aventura? ¿Por qué no ser pueriles, ya que sentimos el cansancio de repetir los gestos de los que hace 70 siglos están bajo la tierra? (…) Yo, al menos, en mi simpatía por lo contradictorio -sinónimo de vida— no renuncio a mi derecho de renunciar, y tiro mis veinte poemas como una piedra, sonriendo ante la inutilidad de mi gesto»9.

EL PAPEL DE LA INTUICIÓN

¿Qué es, por tanto, lo que se copia? ¿Cuál es el objeto del arte? Representar la realidad, comunicarla, sí, pero desde una imitación de los objetos a la que se ha añadido el filtro de la subjetividad. El resultado es que podemos completar nuestro conocimiento del mundo desde la intuición; que es posible que, después de haber leído un voluminoso libro sobre los ciclos lunares, después de haber contemplado la luna real durante largas horas, no hayamos tenido la experiencia estética que puede producir en nosotros el dibujo de una luna pintada con las palabras «luna» entrelazadas, y que, curiosamente, esa experiencia completa nuestro conocimiento real acerca del objeto real «luna». La vanguardia adopta, por tanto, la imagen como parte de nuestro conocimiento necesario del mundo y aboga por la idea de que ese tipo de conocimiento sólo puede darse a través del arte.

Todas estas ideas, especialmente la del juego, la del absurdo («imitación de la vida» como dice Girondo en el texto citado), la de la superficialidad y la del conocimiento intuitivo a través de la imagen serán recuperadas en la posmodernidad de forma aún más desmesurada. El mismo rey Midas de la imagen contemporánea, Andy Warhol, que tenía el raro poder de convertir en icono toda imagen que tocaban sus manos, argumentaba que la única diferencia entre un bolígrafo y el bolígrafo (o la imagen física de bolígrafo que aglutinara todos los bolígrafos) es que uno estaba en manos de una tendera y el otro en un museo, sobre un pequeño cartel que decía «1.000.000 $».

Lo esencial, en este sentido, del idioma (que es el instrumento de la literatura) es que, hasta en su sintaxis, apunta una superación de la temporalidad siempre que en ella sujeto y objeto estén situados en relación simultánea. Cualquiera que sea el contenido de un verso ha sido arrancado del devenir del tiempo y, al haber adquirido forma verbal se ha hecho inmediatamente interpretable. Es en la plurisignificación de la poesía donde la vanguardia hace su apuesta más importante y atemporal. La imagen pasa a ser un instrumento a través del cual podemos adquirir, en un instante, complejos significados acerca del mundo. Tal vez uno de los ensayos más interesantes sobre los dominios del logos fuera el que hizo Hermann Broch acerca de la prosa de Joyce10, donde defiende que es precisamente en la experiencia de esa simultaneidad entre logos y vida donde se esconde el destello de eternidad «que es el verdadero objetivo de toda poesía». Se abre aquí, como decíamos, un nuevo proceso, una nueva posibilidad de conocimiento que es radicalmente antirracionalista.

Pero expliquemos este concepto con mayor profundidad. La gran mayoría de los postulados vanguardistas concernientes a la imagen y a la teoría de la literatura se establecen por contraposición a los postulados decimonónicos. El ciudadano del siglo XIX era tan racionalista como el romano; al igual que éste, construyó imperios y máquinas de guerra, pero jamás fue un Nerón o un Borgia, pues para ello se sentía demasiado humano («fieramente humano» dirá mucho después Blas de Otero) y en cierto sentido lo era. Cuando ensalzaba su mundo lo hacía ocultando su miseria y su manía decorativa era más hipócrita, si cabe, que la de sus crueles predecesores romanos, lo que le acarreó el desprecio de Nietzsche. El ciudadano del XIX no era cruel, pero algo en su actitud prepara la crueldad de la vanguardia. En todo esteticismo, en toda decoración, se esconde el cinismo y el escepticismo (productos ambos del pensamiento racionalista); el ser escéptico es terreno y necesita mirarse en modelos terrenos, de ahí su historicismo y su maniática revisión constante de los acontecimientos pasados. El barroco de este realismo que olvida la realidad es precisamente el neorromanticismo, e históricamente, el renacimiento de los nacionalismos.

Los nacionalismos del siglo pasado resultan impensables sin la imagen. Riffensthal, directora de cine encargada de la propaganda nazi por propio designio del Fürer, lo entendió perfectamente al rodar los grandes batallones nacional socialistas atravesando Berlín en El poder de la voluntad, de la misma forma que lo entendió Chaplin en El gran dictador —en mi opinión una película perfectamente vanguardista, regida por la idea de que acabar con la imagen, ridiculizar la imagen, era ridiculizar todo el sistema— cuando nos presenta a un dictadorcillo persiguiendo secretarias y bailando con un globo del mundo a modo de juguete.

Me he extendido en este asunto porque me parece que, sin comprender este contexto histórico y filosófico, no se puede entender tampoco el valor que adquiere la imagen en el movimiento de vanguardia. Los poetas sudamericanos y franceses que habitaron en París entre los años 1919 y 1933, años de la gran fascinación (y también desencanto) vanguardista, eran hijos de un sistema histórico en el que la imagen empezaba a ser el resultado del poder, en el que tener la imagen era tener el poder. De acuerdo con su actitud puramente estética en este sentido, el vanguardista hace una obra de arte sibarítica en contraposición con el arte realista (monacal) que está determinado por una actitud ética. Ambas actitudes están definidas y se adaptan a una realidad concreta. En el caso vanguardista su actitud primitiva es la de ostentación. Pretende transformar la vida del hombre mediante la artificiosidad de la neurosis, es decir, mediante obras de arte que someten la realidad a una actitud totalmente irreal. Estos hijos del realismo, naturalismo y romanticismo (dependiendo de sus tradiciones respectivas) habían sido educados en un mundo literario plagado de tragedias amorosas, muertes y suicidios dobles, y para ellos esos convencionalismos ideales habían cobrado valor simbólico. Es precisamente contra la maldad de la hipocresía de la vida toda, perdida en el laberinto del sentimentalismo y de los convencionalismos contra lo que reaccionan con más violencia los vanguardistas.

Yo creo que aquí es donde nace el Kitsch. No es casualidad que Hitler fuera un seguidor incondicional. Vivió el Kitsch sangriento como Nerón (otro gran entendido en belleza) estableció un artificio pirotécnico en Roma a cuenta de cuerpos de cristianos. Tenían ambos cierto valor artístico si, en aras al esteticismo, se conseguían callar de alguna forma los alaridos de dolor. O, por poner un ejemplo más al uso de nuestro tiempo, resulta subyugante la imagen de las torres gemelas de Nueva York desmoronándose, y en este sentido podría resultar incluso una imagen hermosa si no fuera porque miles de personas morían bajo aquellos escombros. De esta forma, a nosotros mismos no nos es muy difícil crear cierta simpatía por el Kitsch si apelamos a lo que apelaron los vanguardistas de los primeros manifiestos Dadá, es decir, a la liberación de lo oscurecido, de lo irracional, de lo inmotivado aparentemente en la condición humana.

La vanguardia no es más que una forma contemporánea de romanticismo y, como tal, cae presa de sus propios postulados, se devora y ridiculiza a sí misma, incluso sin pretenderlo. La diferencia es que la vanguardia es un romanticismo desdogmatizado en su origen, es decir, que añade, a los parámetros de exaltación individualista, la coordenada juego y la coordenada gratuidad. Se podría decir así que la vanguardia contiene, en su origen, su misma parodia, que el movimiento natural de la vanguardia habría sido el de parodiarse a sí misma y morir, no el de convertirse en dogma, como ocurrió finalmente. Paul Celan, en un prodigioso poema de musicalidad e imágenes difícilmente superables («Todesfuge» o «Fuga de muerte») considerado como el mejor poema alemán de posguerra, une magistralmente el desencanto ético, histórico y artístico de la posguerra. Desencanto artístico porque en definitiva los juegos de la imagen y los juegos de palabras se han vuelto contra nosotros para devorarnos, desencanto histórico porque los muertos aún están calientes bajo la tierra: «(…)En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe / que escribe al amanecer Alemania tu cabello de oro Margarete /
lo escribe y sale a la puerta de casa y brillan las estrellas silba llamando a sus perros silba /y salen sus judíos manda cavar una fosa en la tierra/ nos ordena tocad ahora música de baile(…)»11.

Esta especie de «danza de la muerte» moderna recoge muy bien otra idea muy peculiar de la vanguardia, la de la «reescritura» de modelos antiguos, en este caso se trata de un modelo medieval, pero no es necesario buscar demasiado para encontrar otros. Así encontramos tonos bíblicos de literatura apocalíptica en Altazor de Huidobro, «Altazor, ¿Por qué perdiste tu primera serenidad?» (del Cantó I) muy emparentable con textos como «Pueblo de Israel, ¿por qué perdiste tu primera caridad?» (Ap. 2, 5), o el de otro egregio vanguardista, Ramón Gómez de la Serna, que reelabora el género medieval de la sentencia en el nuevo género de la greguería, describiéndolo como «metáfora+humor». La vanguardia es así, ecléctica, se conforma mediante la reelaboración de elementos y modelos anteriores, pero lo hace siempre desde el punto de vista de una imaginería que, por una parte, ha instaurado el humor como forma de salvación («la lluvia es triste porque nos recuerda cuando fuimos peces»12), y por otra no entiende otro lenguaje que el de la exaltación y fragmentarismo; términos «populares» confluyen con otros sumamente arcaicos y cultos, se modernizan géneros en desuso, y el nuevo lector empieza a exigir como placer estético el hecho de ser sorprendido por la imagen, por la sagacidad o la precisión de la metáfora. La imagen, repetimos, vuelve a ser el instrumento en el que de forma instantánea e intuitiva podemos adquirir complejos significados acerca del mundo.

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Baste un ejemplo para ilustrar esta idea. Se puede describir una ciudad en estado posbélico de muchas formas, atendiendo a los efectos producidos en la estructura de la misma o en las gentes que la habitan. Un escritor realista habría optado, muy probablemente, por una suerte de colectivización del espíritu de la ciudad para describir después la concreción de ése espíritu en un caso o en unos casos concretos.

Veamos cómo lo hace Oliverio Girondo: «En la terraza del café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana»13. Es fácilmente apreciable que aquí la percepción del todo viene dado por fortísimas concreciones de lo particular, de nuevo la solidez de especificación nos produce una sensación de comprensión de lo global formalmente mucho más rápida e intensa que la que podría darnos una larga descripción tradicional, realista.

De alguna manera se aprecia aquí un trastorno de los sistemas de valoración de lo artístico. Ante el principio fundamental y cómodamente platónico de «bello es lo que agrada» del realismo, se alza toda la fuerza de un tiempo en transformación, de una poesía también en transformación que intenta describirlo y responde «no, bello es lo que subyuga, lo que sorprende», de esta forma el rostro de la muerte se convierte en el gran estimulante; son las grandes guerras, con sus millones de muertes clamando al cielo, las que de verdad pusieron de manifiesto la ruina de todos los valores, el miedo de perder todos los valores se abatió sobre la humanidad y surgió la pregunta de si había realmente alguna posibilidad de reconstruir el mundo.

La vanguardia fracasó en el intento de describirla cuando optó por una actitud juvenil, cuando intentó superar la muerte con un sencillo vitalismo optimista o juguetón y sin embargo calcó todo su horror (su hermoso horror, por qué no, su horror estético que no podemos negar sin mentir) cuando probó a fragmentarlo, a describirlo en lo grotesco de su fragmentarismo. «Venga aquel que me odie y máteme / toda mi sangre le dará las gracias»14 termina diciendo Aragón, en un estallido de profunda veracidad, cuando toda la poesía surrealista de vanguardia se volcaba sobre el difícil propósito de describir el horror de la sangre y la destrucción. Constante liberación del miedo: éste es el secreto de la imagen vanguardista; liberación del miedo que produce la contemplación de una realidad desmembrada y sin lógica.

Es necesario establecer una distinción entre liberación de la muerte y huida de la muerte, entre eliminación de lo irracional y huida de lo irracional. La vanguardia opta por una huida de lo irracional a través, precisamente, de la irracionalidad. Con este planteamiento resulta significativo que la vanguardia, carente en realidad de recursos propios, se vea obligada a echar mano de los recursos más primitivos y con ellos llega, cómo no, la primera dialéctica seria sobre la extinción del arte. Adorno lo explica así: «sobre la extinción del arte es elocuente la creciente imposibilidad de representar lo histórico. El hecho de que no exista ningún drama suficiente sobre el fascismo no se debe a la escasez de talento, sino a que el talento decae ante la insolubilidad de los problemas más acuciantes del literato. Este tiene que elegir entre dos principios, ambos igualmente inadecuados; la psicología o el infantilismo»15. En un primer momento la vanguardia opta por el infantilismo, pero todo lo presentado infantilmente queda evidenciado y muere en su puro mostrarse. La única forma de salvar el arte sería dirigirlo hacia el que fuera ya su único objeto artístico; lo puro inhumano, pero lo puro inhumano escapa al sujeto precisamente en su exceso e inhumanidad.

Lo inhumano, por tanto, se concreta —y muy acertadamente además—, en la pervivencia de las literaturas vanguardistas en Hispanoamérica, cuya asimilación supera a la cronología histórica propiamente dicha de la época de vanguardia. Así un poeta como Octavio Paz todavía en 1969 puede adscribirse a esos ensayos vanguardistas de intento de expresión del dolor en la concreción de la imagen. El poema «El otro» (de Ladera Este) resulta especialmente afortunado en este sentido, pese a su brevedad, porque contiene el proceso completo de concreción y disolución del sujeto:

«Se inventó una cara
Detrás de ella
Vivió, murió y resucitó.
Muchas veces.
Su cara
Hoy tiene las arrugas de esa cara.
Sus arrugas no tienen cara.»

Tanto el poeta como el vidente hablan el lenguaje de la oscuridad. No necesitan inventar ningún medio de expresión nuevo sino que utilizan el idioma tradicional aun cuando éste resulta insuficiente para expresar lo «nuevo», para clarificar las realidades que es necesario alumbrar. Es por esto que la vanguardia nunca intenta evitar esta «incomprensibilidad» que le es aneja. La torsión manierista, vuelta en algunos casos hacia el colmo del mal gusto o la ironía salvaje, es extremada en la necesidad de corroer las formas estetizantes de un «buen decir» que ya no nos es propio. Nace y muere así esta poética de la inconveniencia, esta poética salvaje e incandescente en su juego de superficies resbaladizas, sabiendo que va a morir sumergida en sus propios lodos, tal vez por eso tan perturbadora, en la que algunos aún encontramos el mensaje fragmentado y ambiguo de nuestros rostros. O su imagen, al menos.

NOTA S

1 · Andrés Breton, El amor loco, Alianza, Madrid 2000, p. 30.
2 · Louis Aragon, Habitaciones, Hiperión, Madrid 1982, p. 10.
3 · Jean-Paul Sartre, Bosquejo de una teoría de las emociones, Alianza, Madrid 1971, p. 85.
4 · André Breton, Poemas II, Visor. Madrid 1993, p. 11.
5 · J. L.Borges, «Fervor de Buenos Aires», en Obra poética (1), Alianza, Madrid 1999, p. 36.
6 · Guillaume Apollinaire, Alcoholes, Hiperión, Madrid 1995, p. 9.
7 · César Vallejo, Obra poética completa, Alianza, Madrid 1982, p. 179.
8 · A este respecto el libro más interesante es el de Jean Piaget, La formación del símbolo en el niño, FCE, México 1966.
9 · Oliverio Girondo, Obra completa, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid 1999.
10 · Hermann Broch, Poesía e investigación, Seix Barral, Barcelona 1974, pp. 231 y ss.
11 · Paul Celan, Amapola y memoria, Hiperón, Madrid 1985, p. 79.
12 · Ramón Gómez de la Serna, Greguerías 1910-1960 , Editorial Óptima, Madrid 1970, p. 127.
13 · Oliverio Girondo, O.C., p. 12.
14 · Louis Aragon, O.C. , p. 127.
15 · Theodor W. Adorno, Minima moralia, Taurus, Madrid 1999, p. 143.

Poe, Hoffman, Dostoievski

Las consideraciones que publicamos a continuación aparecieron en el número de enero de 1861 de Vremia, la revista editada en San Petersburgo por Mijaíl Dostoievski. Hacía poco que algún relato de Edgar A. Poe apareciera vertido por primera vez al ruso (probablemente a partir de alguna edición francesa), y ahora, con objeto de completar la presentación del escritor norteamericano en la sociedad rusa, el autor de El doble propuso a su hermano incluir en esa revista la traducción de tres nuevos relatos —The Black Cat, The Tell-Tale Heart y The Devil in the Belfry—, que él mismo, Fiódor Mijáilovich, presentaría.

Por una, en apareciencia, extraña deriva, Dostoievski empezó hablando en su introducción de los «hechos extraordinarios» de Poe, y acabó refiriéndose a los relatos «fantásticos» de Hoffmann; empezó analizando el pragmatismo del primero y concluyó apuntándose al idealismo del segundo. Una relectura atenta de la citada novela, El doble, podría devolvernos más comprensibles estas asociaciones —y disociaciones— dostoyevskianas. Seguramente, la primera traducción al castellano de la «Introducción a la publicación de tres cuentos de Edgar A. Poe», que ahora hacemos, dará luces para comprender provincias de la literatura —la fantástica y la humorística, por ejemplo— por las que el Dostoievski se sentía muy atraído, en las que se ensayó en más de una ocasión y en las que cosechó sus más rotundos fracasos.

Algunos de los relatos «hiperrealistas» de Poe, citados en esta, introducción —The Unparalleled Adverture of One Hans Pfaa.ll, The BalloonHoax, The Murders in the Rué Morgue, The Purloined Letter, etc. —, pueden encontrarse en castellano en la red, en http://lectura.ilce.edu.mx/3000/sites/clasicos/libros/estadounidense/trece/h

Jaime Bonet tuvo la gentiliza de poner en nuestro conocimiento esta posibilidad, gracias a la cual los lectores de Nueva Revista podrán comprobar qué hay de cierto en las tesis de Dostoyevski sobre el modo de concibir la literatura —la realidad— de Edgar A. Poe.

Por lo que se refiere a E.T. A. Hoffmann, sin embargo, nos ha parecido más oportuno incluir aquí un relato que, según nuestras pesquisas, permanece por milagro inédito en castellano. Son tantas, sin embargo, las colecciones de cuentos de Hoffmann publicadas en nuestra lengua que un examen exhaustivo de las mismas, además de improcedente para nuestro propósito, resulta impracticable. Así que podemos equivocarnos de plano, lo admitimos. Nos legitima, en todo caso, la verdad del aforismo que cita Poe en El camelo del globo: Omne ignotum pro magnifico.

Introducción a tres cuentos de Edgar A. Poe

Dos o tres relatos de Edgar A. Poe ya fueron traducidos al ruso en nuestras revistas. Ahora hacemos llegar a nuestros lectores otros tres. He aquí un escritor extraordinariamente raro — esto es, raro, aunque con gran talento. Sus obras no deben considerarse exactamente como fantásticas; ya que si él resulta fantástico, ello es, por así decirlo, de un modo externo. Poe, por ejemplo, admite que la momia egipcia, yaciendo cinco mil años en el interior de una pirámide, reviva gracias a la galvanización. Admite que alguien que ha fallecido hable del estado de su alma, también gracias a la galvanización, y casos por el estilo. Pero esto todavía no es un género puramente fantástico. Edgar A. Poe sólo permite la posibilidad externa de un acontecimiento irreal (justificando por lo demás su probabilidad, a veces de un modo extraordinariamente astuto) y una vez admitido este acontecimiento se mantiene absolutamente fiel a la realidad en todo lo demás.

En Hoffmann, por el contrario, lo fantástico tiene otra naturaleza. Este último personifica las fuerzas de la naturaleza en imágenes: introduce en sus relatos hadas, espíritus e incluso, a veces, busca su ideal fuera de lo terrestre, situándolo en algún mundo singular y tomándolo por algo más elevado, como si él mismo creyera en la existencia inmediata de aquel secreto y mágico mundo… A Edgar A. Poe se le debería calificar de escritor más caprichoso que fantástico. ¡Y qué caprichos tan extraños! Cuánto atrevimiento hay en ellos. Casi siempre escoge una realidad extraordinaria para introducir a su héroe en una situación externa o psicológica excepcional y ¡con qué fuerza de penetración y sorprendente fidelidad relata el estado espiritual de ese hombre!

Al margen de esto, en Edgar A. Poe hay un rasgo concreto que le distingue definitivamente del resto de los escritores y que constituye su gran particularidad, a saber: la fuerza de la imaginación. Y no es que supere en imaginación a otros escritores, sino que en sus facultades imaginativas existe una particularidad que nadie más posee, y que es la fuerza de los detalles. Intenten, por ejemplo, imaginarse algo poco corriente que no suela ocurrir en la vida real y que sólo pueda ser probable; la imagen que se le representará se fijará siempre, en mayor o menor medida, en los rasgos generales del cuadro entero, o bien en alguna particularidad o singularidad suya. Empero en los relatos de Poe, uno de alguna manera puede ver con tanta claridad los detalles de la imagen o acontecimiento representado que finalmente parece que termina por convencerse de su probabilidad, de su realidad, cuando sin embargo, tal acontecimiento o resulta absolutamente imposible, o jamás ocurrió. En uno de sus relatos, por ejemplo, hay una descripción de un viaje a la luna — una descripción detalladísima, seguida por él paso a paso, y que casi termina por convencer a uno de que aquello pudo realmente haber ocurrido. Del mismo modo describió Poe en un periódico americano el vuelo de un globo que desde Europa llegaba a América sobrevolando el océano. Aquella descripción fue tan detallada, exacta y cargada de hechos tan inesperados, casuales y con tanta apariencia de realidad, que todo el mundo creyó que aquel viaje fue verídico, pero ni que decir tiene que lo creyó sólo durante un par de horas; los informes demostraron que no hubo tal viaje y que el relato de Edgar A. Poe fue eso, un bulo periodístico. Esa misma fuerza imaginativa o, mejor dicho, la propia facultad de concebir algo, se manifiesta en el relato de la carta desaparecida, en el del asesinato perpetrado por un orangután en París, en el del relato del tesoro hallado y otros. A Poe se le compara con Hoffmann, Y ya hemos dicho que es un error. Además, Hoffmann es infinitamente más poeta que Poe. Hoffmann tiene un ideal, aunque a veces realmente no esté bien definido; pero en ese ideal hay pureza, hay una belleza real, verdadera e inherente al ser humano. Esto es lo que más sobresale en sus relatos fantásticos, como por ejemplo en Maese Martín el tonelero, o en la deliciosa y encantadora novela Salvador Rosa. ¡Y no digamos ya en su mejor obra, El gato Murr! ¡Qué humor más verdadero y maduro, qué fuerza de realidad, qué maldad, qué tipos y retratos junto a tanta sed de belleza y tanto ideal claro! Y si Poe tiene algo de fantástico, ello es, si se me permite la expresión, algo material. Es evidente que se trata completamente de un americano, incluso tratándose de sus obras más fantásticas. Para presentar a los lectores a este caprichoso talento, les ofrecemos entretanto estos tres pequeños relatos.

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Traducción del ruso de Isabel Martínez Ferández

HAIMATOCHAR E

Prefacio

Las cartas que siguen a continuación, y que informan del aciago destino de dos investigadores de la naturaleza, me fueron confiadas por mi amigo Adalbert von Ghamisso, cuando él acababa de regresar del singular viaje en el que había dado una vuelta y media al globo terráqueo. Estas cartas parecen ciertamente dignas de ser conocidas por la opinión pública.

Se constata con gran tristeza, e incluso con horror, qué frecuentemente puede, un acontecimiento inofensivo, destrozar los más estrechos lazos de la más ferviente amistad y propiciar la peor de las fatalidades, precisamente allí donde uno se sentía legitimado para esperar lo mejor y lo más provechoso.
E. T. A. Hoffmann

1. A Su Excelencia el Capitán General y Gobernador
de Nueva Gales del Sur

Port Jackson, 21 de junio de 18…

Su Excelencia ha tenido a bien ordenar que mi amigo el Sr. Brougthon acompañe, en su condición de investigador natural, a la expedición que se dispone a salir para O-Wahu. Hace ya tiempo que albergo, como mi más ferviente deseo, la posibilidad de visitar una vez más O-Wahu, pues la brevedad de mi última estancia me impidió progresar en algunas observaciones de capital importancia en el terreno de la historia natural que me permitiera obtener resultados concretos. Ahora cobra mi deseo dobles y renovados bríos, pues hace ya mucho tiempo que nosotros, El Sr. Brougthon y yo, a través de la ciencia y del mismo afán investigador que nos une, estamos acostumbrados a realizar nuestras observaciones en común y a ayudarnos compartiendo al instante nuestros logros. De ahí, Excelencia, que le solicite tenga a bien autorizarme a acompañar a mi amigo Brougthon en esta expedición a O-Wahu.

Con profundo respeto, etc.

J. Menzies.

P.D. A los ruegos y deseos de mi amigo Menzies se suman los míos, a fin de que Su Excelencia quiera tener a bien permitirle acompañarme a O-Wahu. Sólo a su lado, y sólo si él comparte mis esfuerzos con el amor que acostumbra, podré lograr cuanto de mí se espera.

A. Brougthon.

2. Respuesta del Gobernador

Señores, advierto con gran placer cuan profundamente les ha hermanado la ciencia. De un modo tal, que sólo pueden esperarse los logros más fructíferos y excelentes a partir de su hermosa alianza y esfuerzo conjunto. Por esa razón, y dejando de lado el hecho de que la tripulación del Discovery está completa y quede poco espacio libre en la embarcación, consiento en dar mi autorización para que el Sr. Menzies acompañe a la expedición de O-Wahu, y transmito por ello en este mismo momento las órdenes oportunas al Capitán Bligh.

(Fdo.) El Gobernador

3, De J. Menzies a E. Johnstone en Londres

A bordo del Discovery, 2 de julio de 18..

Tienes razón, querido amigo. Cuando te escribí por última vez me encontraba realmente afligido a causa de mil manías. La vida en Port Jackson me aburría de modo atroz, y no paraba de pensar, con dolorosa añoranza, en mi magnífico paraíso, la encantadora O-Wahu que recientemente había dejado. Mi amigo Brougthon, un hombre instruido y a la vez bondadoso, era el único que podía animarme y mantenerme bien dispuesto para las tareas de la ciencia, pero, al igual que yo, también él se consumía por el poco sustento que podía recibir nuestro impulso investigador mientras continuásemos en Port Jackson. No me equivoco al decirte, como ya te escribí entonces, que se le había prometido al rey de O-Wahu, de nombre Teimotu, un hermoso barco que había de construirse y aparejarse en Port Jackson. Así se hizo. El Capitán Bligh recibió la orden de conducir el barco hasta O-Wahu y, una vez allí, permanecer un tiempo para estrechar aún más los lazos de amistad con Teimotu. ¡De qué modo latía mi corazón de.alegría, pues yo daba por hecho que iba a ser yo el que, con toda seguridad, emprendería viaje! Pero la sentencia del Gobernador en la que se designaba a Brougthon para embarcarse, me alcanzó como un rayo. El Discovery con destino a la expedición de O-Wahu es un barco de mediano tamaño, que no está preparado para acoger más personas a bordo que las de la tripulación necesaria. Así que aún menos esperaba ver triunfar mi deseo de poder acompañar a Brougthon. Pero este noble hombre, que me guarda un ferviente afecto de alma y corazón, apoyó mi deseo con tal vehemencia que el Gobernador le dio la autorización. Por el encabezamiento de la carta puedes ver que tanto Brougthon como yo hemos emprendido el viaje.

¡Oh, qué gran vida la que me espera! Ya se me llena el pecho de esperanza y deseos ardientes con sólo pensar que a diario, ¿qué digo?, cada hora, se me ofrecerá la naturaleza con toda su rica cámara de tesoros, para que yo me apropie de sus joyas nunca exploradas y pueda llamarlas «mías». ¡Lo nunca visto!

Pero te imagino sonreír irónico por mi entusiasmo. Parece que te oigo hablar: «Pues bien. Traerá en su maleta una rareza totalmente nueva cuando regrese. Pero yo le preguntaré acerca de tendencias, usos y costumbres, acerca de la forma de vida de aquellos lejanos pueblos que ha visto. Querré saber detalles únicos que no aparecen en las descripciones de viajes, saberlos tal y como se cuentan de boca en boca. Él, en cambio, me mostrará un par de capas y un par de formaciones de coral y no dirá mucho más. ¡Más allá de sus ácaros, sus escarabajos y sus mariposas, olvida a los seres humanos!».

Lo sé. Encuentras extravagante que mi impulso investigador se encamine precisamente al reino de los insectos, y de hecho nada puedo responderte, excepto que el poder eterno ha tejido en mi interior precisamente esta tendencia, y de un modo tal, que todo mi yo sólo es capaz de configurarse merced a ella. Pero no me puedes echar en cara que ese impulso, que a ti te parece extravagante, me lleve a olvidar o a desatender a los seres humanos, o más en concreto a mis parientes, a mis amigos. Nunca llevaré las cosas hasta el punto de igualar a aquel viejo teniente coronel holandés. Te voy a contar al detalle esta curiosa historia, que ahora me ha venido a la mente, para desarmar tus argumentos cuando, después de escucharla, compares a este anciano conmigo. El viejo teniente coronel (al que conocí en Kónigsberg) era, en lo que hace referencia a los insectos, el investigador natural más aplicado e infatigable que nunca pueda haber existido. El resto del mundo, todo lo que no fuesen insectos, estaba para él muerto. Y la poca noticia que se tenía de él en la sociedad humana, era acerca de su inaguantable y ridícula avaricia y también era conocido que albergaba una idea fija: que algún día querrían envenenarle por medio de un pan blanco, de esos que en Alemania llaman Semmel (panecillo), créetelo. El mismo se horneaba cada mañana uno de esos panes, lo cogía entre sus manos, lo llevaba a la mesa, y nunca se permitía probar otra clase de pan que no fuese el suyo. Como muestra de su extrema avaricia, debe bastarte conocer el hecho de que, siendo, a pesar de su edad un hombre vigoroso, caminaba por las calles con paso corto y los brazos bien separados del cuerpo para que no se le desgastase el uniforme y se le mantuviera en buen estado. ¡Pero vamos al grano! Al anciano no le quedaba otro pariente sobre la faz de la tierra que un hermano más joven que vivía en Amsterdam. No se habían visto en treinta años. El de Ámsterdam, movido por el deseo de volver a Ver a su hermano, emprendió camino hacia Kónigsberg. Entra en la habitación del anciano, que está sentado a la mesa y, con la cabeza inclinada, contempla a través de una lupa un pequeño punto negro en una hoja de papel blanco. El hermano suelta un gran grito de alegría, quiere estrechar al viejo entre sus brazos, pero éste, sin apartar la vista de aquel punto, se limita a hacerle una seña con la mano y le hace callar con un repetido «Schh, schh, schh». Silencio. «¡Hermano!» —le grita el de Ámsterdam—; «¡Hermano, qué pretendes! ¡Georgestá aquí, tu hermano está aquí, llegado desde Ámsterdam para reencontrarse con el hermano al que no ha visto en treinta años, para volver a verte en este mundo!». Pero el viejo, inmutable, susurra: «¡Schh, schh, schh… el animalito se muere!». Sólo ahora repara el de Ámsterdam en que el punto negro es un pequeño gusano que se curva y retuerce en sus convulsiones de muerte. El de Ámsterdam muestra respeto por la pasión de su hermano y se sienta en silencio a su lado. Pero tras toda una hora en que el anciano no le ha dirigido una sola mirada para interesarse por él, se levanta de pronto, lleno de impaciencia, abandona la estancia soltando un grosero taco en holandés y emprende su regreso a Ámsterdam, ¡sin que el anciano haga el menor caso a ninguno de sus movimientos!… Pregúntate a ti mismo, Eduard, si yo, en el caso de que tú entrases por sorpresa en mi camarote y me encontrases sumido en la contemplación de algún tipo de maravilloso insecto ¡…! Pregúntate si yo, en tal caso, continuaría con mi inmutable contemplación del insecto o si no te estrecharía más bien entre mis brazos.

Piensa también, querido amigo, que el reino de los insectos es, precisamente, el más maravilloso y lleno de misterios que haya en la naturaleza. Así como mi amigo Brougthon se ocupa de la totalidad del mundo vegetal y animal, me he establecido yo en la patria de lo curioso, de los seres a menudo aún por explorar y que están en el cruce, en la conexión de ambos reinos. ¡Pero basta! Termino ya para no cansarte. Sólo quiero añadir, para tranquilizarte a ti y a tu alma poética, y reconciliarme conmigo mismo, que un poeta ingenioso alemán, con la más hermosa de las estampas, llama flores en libertad a los adornados insectos. ¡Deléitate con esta bella imagen!

Y, en el fondo, ¿por qué he hablado tanto para justificar mi pasión por los insectos? ¿No será para persuadirme a mí mismo de que lo que me empuja de modo irresistible hacia O-Wahu es sólo el ímpetu general de todo investigador, y no más bien un extraño presentimiento de algún hecho fabuloso que me saldrá al encuentro? Sí, Eduard. En este preciso instante me atrapa ese presentimiento con tal fuerza, que no puedo continuar escribiendo. Puedes tomarme por un loco visionario, pero sucede tal como digo. ¡Se me aparece claramente en mi alma la idea de que en O-Wabu me aguarda la mayor de las fortunas o la peor de las desgracias!

Tu más fiel… etc.

4. Del mismo al mismo

Hana-ruru, O-Wahu, 12 de diciembre de 18…

¡No! No soy un visionario, pero hay presentimientos… presentimientos que no engañan. Eduard, soy el hombre más feliz que haya existido nunca bajo el sol, me hallo en el punto culminante de mi vida. ¿Cómo contarte cuanto me sucede para que también puedas sentir del todo mi propio deleite, mi fascinación imposible de expresar? Debo sosegarme, debo intentar ser capaz de describirte con calma todas las cosas tal como tuvieron lugar.

A poca distancia de Hana-ruru, la residencia del rey Teimotu, donde éste amablemente nos hospedó, se extiende una encantadora región de bosques. Allí me dirigí ayer, cuando ya comenzaba a ponerse el sol. Mi intención era, en la medida de lo posible, capturar una mariposa ciertamente rara (el nombre no te dirá nada), que tiene por costumbre iniciar su errático vuelo circular tras la puesta del sol. El aire estaba cargado de bochorno, repleto de un aroma de exuberantes hierbas. Cuando me interné en el bosque me invadió un raro y dulce temor, me hacían estremecer misteriosos escalofríos que se disipaban convirtiéndose en suspiros ardientes. Un ave nocturna tras la que salí se elevó muy cerca de mí, pero lo hizo sin fuerzas y como si le colgaran las alas. Me sentía rígido, como si sufriera una catalepsia, y no podía salir de aquel lugar, no podía ir en persecución de aquel ave nocturna que ya levantaba su vuelo y se perdía en el bosque. Fue entonces cuando una especie de manos invisibles me depositaron en el interior de una espesura que me hablaba, entre murmullos y rumores, como con tiernas palabras de amor. Y apenas había entrado, pude distinguir sobre un coloreado tapiz trabado con relucientes plumas de paloma, ¡Santo Dios!, ¡pude contemplar la criatura autóctona más bella, encantadora y llena de gracia que jamás en mi vida había visto! ¡No! Sólo por los contornos exteriores podía verse que aquella alegre criatura pertenecía a la familia de los ejemplares autóctonos de la isla, pero en todo lo demás: color, posición, aspecto… era absolutamente diferente. Este sobresalto lleno de delicias me dejaba sin aliento. Con todas las precauciones me fui acercando a la pequeña, que parecía dormir. La atrapé y la llevé conmigo: ¡la maravillosa joya de la isla era mía! Le puse por nombre «Haimatochare», recubrí todo su pequeño habitáculo con bello papel dorado. Le dispuse un lecho aprovechando las relucientes plumas de paloma sobre las que la había encontrado. ¡Parece comprender, presentir que me pertenece! Discúlpame, Eduard —me despido ahora de ti—, debo ver qué hace mi encantadora criatura, mi Haimatochare. Abro su pequeño habitáculo: yace en su lecho y juega con las coloreadas plumitas. ¡Oh, Haimatochare! ¡Adiós, Eduard!

Tu más fiel…etc.

5. Brougthon al Gobernador de Nueva Gales del Sur

Hana-ruru, 20 de diciembre de 18…

El Capitán Bligh ya le ha informado por extenso a Su Excelencia acerca de nuestro afortunado viaje y seguro que no ha olvidado elogiar la manera tan amistosa de acogernos que tuvo a bien nuestro amigo Teimotu. Teimotu está encantado con el lujoso regalo que le hizo Su Excelencia, y no se cansa de repetir que podemos considerar propiedad nuestra todo aquello que encontremos digno de utilidad o valor en O-Wahu. También impresionó mucho a la reina Kahumanu la capa roja bordada en oro que su Excelencia tuvo la gracia de encomendarme como regalo personal para ella, hasta el punto que ha perdido su antigua serenidad un tanto ingenua y se ha dejado llevar por todo tipo de fantásticos arrebatos. Muy de mañana se interna en la más profunda y solitaria espesura del bosque y se ejercita en representaciones mímicas al tiempo que lanza el manto, ora de un modo, ora de otro diferente, sobre los hombros.

Representaciones que luego, a la tarde, vuelve a ejecutar ante toda la corte reunida en palacio. ¡Con frecuencia le ocurre que le invade un raro desconsuelo, que al buen Teimotu le causa muchas preocupaciones! A menudo he conseguido animar a la apesadumbrada reina ofreciéndole un desayuno a base de pescados a la parrilla, que come con gusto, para continuar con una buena copa de ginebra o de ron que calma notablemente su ardiente corazón. Resulta extraño que a Kahumanu le haya dado por perseguir a nuestro Menzies por todas partes para, creyendo pasar inadvertida, abrazarlo y llamarlo con los más dulces nombres. Cerca estoy de creer que le ama en secreto.

No obstante me duele, Excelencia, tener que comunicarle que Menzies, de quien siempre esperaba todo lo mejor, me está obstaculizando más que impulsando en mis investigaciones. No parece querer corresponder al amor que Kahumanu le profesa. En cambio, parece estar afectado por otro tipo de estúpida y hasta malvada pasión que le ha inducido a hacerme una jugarreta, de tal suerte que, a no ser que Menzies abandone sus delirios, puede que nos enemiste para siempre. Yo mismo me arrepiento de haber solicitado a Su Excelencia la autorización para que él nos acompañase en la expedición a O-Wahu. ¡Pero cómo iba a pensar entonces que un hombre al que yo, a lo largo de tantos años, había encontrado tan digno de crédito, podría ofuscarse hasta ese punto y cambiar repentinamente de un modo tal! Me tomaré la libertad de informar detalladamente a Su Excelencia de los pormenores de este incidente, que tan profundamente me hiere. Y en caso de que Menzies no tenga a bien reparar el daño ocasionado, solicito de Su Excelencia protección contra un hombre que se permite comportarse de modo hostil allí donde se le acogió con la amistad más cándida. Con profundo respeto… etc.

6. Menzies a Brougthon

¡No: ya no puedo sopórtalo más! Me evitas. Me lanzas miradas en las que puedo leer la cólera y el desprecio que sientes por mí. .Hablas en general de la deslealtad, de la traición ¡para que sea yo el que me dé por aludido en concreto! Y en vano busco una causa en todo el ámbito de lo posible que pudiera justificar de algún modo este comportamiento tuyo contra el más fiel de tus amigos. ¿Qué fue lo que te hice? ¿Qué emprendí que te ofendió tanto? Sin duda tiene que ser un malentendido lo que te haga dudar un solo instante de mi afecto y fidelidad. Te lo ruego, Brougthon: aclara este desdichado embrollo, vuelve a ser mío como lo eras en el pasado.

He dado orden a Davis, quien va a entregarte este papel, para que te pida una respuesta inmediata a mi carta. La impaciencia me tortura de un modo insoportable.

7. Brougthon a Menzies

¿Y aún preguntas por qué me ofendes? En efecto, esta aparente candidez tuya no atenta sólo contra la amistad, no: ¡es contra los derechos más generales del hombre tal y como figuran en la Constitución contra los que atentas de un modo infame! ¿Es que no quieres entenderme? Entonces te lo diré a voces para que el mundo lo oiga y se espante ante tu vil acción. ¡Sí! ¡Te gritaré el nombre al oído, el nombre que pone de relieve tu sacrilegio: Haimatochare! ¡Sí, has llamado Haimatochare a la criatura que me robaste, a ésa que mantienes oculta del resto del mundo, a la que era mía, a la que yo pretendía llamar «mía», con dulce orgullo, en los anales de la historia para toda la eternidad! ¡Pero no! No quiero aún desesperar del todo de tu carácter virtuoso. Aún quiero creer que tu fiel corazón pueda triunfar sobre la aciaga pasión que te arrastra en este impetuoso delirio. ¡Menzies! ¡Devuélveme mi Haimatochare y te estrecharé entre mis brazos como el más fiel de los amigos, como mi hermano del alma! Quedará olvidado todo el dolor de esta herida que me has infligido con tu proceder imprudente. Sí. Sólo quiero calificar de imprudente —y no de desleal, ni sacrilego— al robo de la Haimatochare. ¡Devuélveme a Haimatochare!

8. Menzies a Brougthon

¡Amigo! ¿Qué extraña locura ha hecho presa en ti? ¿A ti? ¿Así que te he robado a ti la Haimatochare? ¿A ti, que ni te incumbe en lo más mínimo, ni esta Haimatochare ni ningún otro ejemplar de su especie? Hablamos de la Haimatochare que yo encontré, de modo libre y en la más libre naturaleza, dormida sobre el más bello de los tapices. ¡Fui el primero en contemplarla con ojos de enamorado, el primero en darle nombre y catalogarla! Lo cierto es que me llamas desleal. Así que yo debo echarte en cara que tú, ofuscado por unos celos indignos, reclamas para ti aquello que es, y será para siempre, de mi propiedad. Haimatochare es mía y por mí pasará a esos anales en los que pretendía pavonearse ostentosamente un fanfarrón como tú con la propiedad ajena. Nunca dejaré escapar a mi querida Haimatochare. Daría todo, incluso la vida, —que sólo por y para ella puede ya tener sentido—. ¡Sí, hasta la vida la entregaría dichoso por mi Haimatochare!

9. Brougthon a Menzies

¡Ladrón desvergonzado! ¿Así que no me incumbe lo más mínimo la Haimatochare? ¿Así que la has encontrado en libertad?¡Mentiroso! ¿Es que no era de mi propiedad el tapiz sobre el que dormía la Haimatochare? ¿No deberías reconocer que es a mí, y sólo a mí, a quien Haimatochare pertenece? Devuélveme a Haimatochare o haré público tu sacrilegio. No soy yo, sino nadie más que tú, el que está ofuscado por unos celos indignos. Tú eres el que quiere fanfarronear con las propiedades ajenas, pero no vas a lograrlo. ¡Devuélveme a Haimatochare o te proclamaré como el mayor de los canallas!

10. Menzies a Brougthon

¡Tú sí que eres canalla, y por partida triple! ¡Sólo por encima de mi cadáver dejaré yo a mi Haimatochare!

11. Brougthon a Menzies

¿Con que sólo por encima de tu cadáver vas a dejar a tu Haimatochare? Entonces muy bien pueden ser las armas las que decidan sobre la propiedad de Haimatochare: mañana por la tarde, a las seis, en ese paraje desierto de Hana-ruru cercano al volcán. Confío en que tus pistolas se encuentren en buen estado.

12. Menzies a Brougthon

Acudiré a la hora acordada en el lugar acordado. Haimatochare será testigo del combate que decidirá su dueño.

13. Del Capitán Bligh al Gobernador de Nueva Gales del Sur

Hana-ruru, O-Wahu, 26 de diciembre de 18…

Su Excelencia: Me resulta un deber penoso darle cuenta del terrible acontecimiento que nos ha robado a dos de nuestros hombres más valiosos. Ya hacía tiempo que había reparado en que los Sres. Menzies y Brougthon —que se hallaban unidos por la más ferviente amistad y parecían un solo corazón, una sola alma imposible de separar— se habían enemistado sin que, por mi parte, me fuese posible adivinar en absoluto cuál pudiese ser la causa de todo ello. Últimamente ponían todo el cuidado en evitarse e intercambiaban cartas que encomendaban llevar y traer a Davis, nuestro timonel. Davis me contó que cuando recibían las cartas, ambos eran presa de la mayor excitación y que últimamente era Brougthon el que parecía poseído por el diablo. Anoche se dio cuenta Davis de que Brougthon cargaba sus pistolas y salía a toda prisa desde Hana-ruru. Davis no pudo dar conmigo enseguida, pero, por fin, en el mismo instante en que me hizo partícipe de su sospecha de que era muy probable que Menzies y Brougthon tuvieran el propósito de sostener un duelo, me trasladé, en compañía del subteniente Collnet y del cirujano de a bordo Sr. Whidby, hasta un paraje desierto cercano al volcán que está frente a Hana-ruru. Pues me pareció que, si se trataba realmente de un duelo, ese tenía que ser el lugar más apropiado. Y no estaba equivocado. Apenas llegamos a aquel lugar, pudimos escuchar un disparo, e inmediatamente después, el segundo. Aceleramos nuestros pasos tanto como pudimos, pero llegamos demasiado tarde. Encontramos a Menzies y Brougthon tendidos sobre la tierra en medio de su propia sangre. Dos certeros disparos: el uno en la cabeza, y aquel otro en el pecho. Ambos sin el menor signo de vida. Apenas se habían concedido diez pasos de separación. Entre ellos se encontraba el desafortunado objeto que, según deduje por los papeles de Menzies, se describe como la causa que encendió el odio y los celos de Brougthon. En el interior de una cajita recubierta de papel dorado encontré un bello insecto lleno de colorido y de muy rara forma, que estaba posado entre relucientes plumas que el naturalista Davis supo identificar como una especie de pulguita o pequeño piojo que, sin embargo, difería visiblemente de todas las criaturas semejantes hasta ahora encontradas en lo concerniente a su color y a la del todo extraordinaria forma del abdomen y de las patitas. Sobre la tapita del estuche aparecía el nombre: Haimatochare.

Menzies había encontrado este curioso animalito, hasta ahora desconocido por completo, sobre el lomo de una hermosa paloma que Brougthon había abatido, y, teniéndose Menzies por su primer descubridor, pretendía introducirlo en el mundo de la ciencia natural con el nombre propio de Haimatochare. En contra de esto, sostenía Brougthon que él era su primer descubridor, debido a que el insecto se encontraba sobre el cuerpo de la paloma que él había abatido, y pretendía apropiarse de la Haimatochare. Por todo ello surgió la lucha fatal entre ambos caballeros, una lucha que trajo consigo la muerte para los dos.

De modo provisional, señalo que el Sr. Menzies otorgó al animalito la consideración de nueva especie, que él coloca entre las siguientes características: pediculuspubescens, thorace trapezoideo, abdomine ovali posterius emarginato ab lacere undulato etc. habitans in homine, Hottentottis, Groen-landisque escam dilectam praebens, y entre: nirmus crassicornis, capite ovato oblongo, scutello thorace majore, abdomine lineari lanceolato, habitans in anate, ansere et boschade.

A partir de estas indicaciones del Sr. Menzies tendrá a bien Su Excelencia apreciar cuán único en su especie es este animalito, y yo mismo puedo añadir —dejando aparte el hecho de que no soy propiamente un científico natural— que el insecto, al ser contemplado atentamente a través de la lupa, tiene un atractivo fuera de lo común, que puede atribuirse, en gran modo, a los ojos brillantes, a la espalda bellamente coloreada y a un cierta gracia en la ligereza de movimientos, que no le es del todo propia a esta clase de animales.

Espero de Su Excelencia las órdenes pertinentes acerca de si debo embalar convenientemente al fatal animalito con destino, al museo o si más bien debo hacer hundir en las profundidades del mar la causa de la muerte de dos magníficos hombres.

Hasta que llegue la importante decisión de Su Excelencia, custodiará Davis la Haimatochare en el interior de su gorro de algodón. Le he hecho, por su vida y su salud, responsable de ella. Tenga Su Excelencia a bien autorizar… etc.

14- Respuesta del Gobernador

Capitán, su informe acerca de las desgraciadas muertes de nuestros dos esforzados investigadores me ha llenado del más profundo dolor. ¿Es posible que el empeño que pone el ser humano en la ciencia pueda conducir hasta tan lejos que le lleve a olvidar sus compromisos de amistad y de vida en sociedad? Espero que los Sres. Menzies y Brougthon hayan recibido sepultura del modo más honroso.

Por lo que se refiere a la Haimatochare, debe Vd., Capitán, en honor de los desventurados investigadores, hundirla en el fondo del mar con los honores de costumbre. Atentamente, etc.

15. Del Capitán Bligh al Gobernador de Nueva Gales del Sur

A bordo del Discovery, 5 de octubre de 18…

Las órdenes de Su Excelencia en lo relativo a la Haimatochare se han cumplido. En presencia de la tripulación en uniforme de gala, así como del rey Teimotu y la reina Kahumanu, que habían acudido a bordo acompañados de grandes personalidades de este reino, ayer, a las seis en punto de la tarde, se procedió a lo que sigue: el subteniente Collnet extrajo la Haimatochare de la gorra de algodón de Davis y se la puso en el interior de la cajita recubierta de papel dorado que había sido antes su casa y ahora sería su ataúd. Pero después se ató la cajita a una gran piedra y yo mismo la arrojé al mar entre los disparos de tres salvas de artillería. Acto seguido, la reina Kahumanu entonó un canto al que se unieron todos los habitantes de O-Wahu y que sonaba de un modo tan tremendo como el que requería la sublime dignidad de aquel momento. A continuación sonaron de nuevo tres disparos de cañón y se repartió carne y ron entre los miembros de la tripulación. Se les ofreció Grog y otros refrescos a Teimotu, a Kahumanu y a los restantes nativos de O-Wahu. La buena reina no podía encontrar consuelo con la muerte de su amado Menzies. Para honrar la memoria del amado, se ha herido en el trasero con un gran diente de tiburón y aún tiene grandes dolores a causa de la herida.

Debo mencionar aún que Davis, el fiel cuidador de la Haimatochare, pronunció un discurso muy conmovedor, en el que, después de hacer una breve descripción de la vida de Haimatochare, trató acerca de lo efímero de todo lo terreno. Los más bravos marineros no pudieron contener las lágrimas, y debido a que Davis se le escapaba durante las pausas un doloroso y apropiado lamento, llegó a un punto en que los habitantes de O-Wahu también aullaban de un modo horrible, lo que contribuyó a elevar en buen grado la dignidad y solemnidad del acto.

Permita Su Excelencia etc.

Traducción del alemán : Ernesto Calabuig