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Entre el sueño y la vigilia: el cine francés

LO REAL Y LO IMAGINARIO: LUMIÈRE Y MÉLlÈS

La llegada de un eren, filmada en 1895 por Louis Lumière: la vida y el movimiento convertidos en un fragmento de realidad tomada en cine; pero también, y atendiendo solamente al modo en que se muestra esa escena, una sucesión de imágenes, cuyo poder de sugestión excede con mucho el hecho mismo registrado.

Al colocar su cámara cinematográfica de manera que, durante la proyección, el espectador pudiera identificar lo que él ve con lo que ha visto el objetivo, Louis Lumière demostraba simultáneamente el potencial dramático de su invento y sus facultades para registrar y reproducir lo real. Pues si esa película tenía un tema —la llegada del tren—, indisolublemente unida a este «contenido» se ofrecía también la imagen de un punto negro que aparece en el espacio vacío de una estación y que va agrandándose hasta transformarse en una locomotora que se echa encima del espectador. La realidad produce entonces una nueva emoción, gracias al sistema de representación que se ha empleado, a saber, el recurso a un espacio que, «visto» por la cámara, se transforma al mismo tiempo en un espacio cinematográfico.

Una parte importante del cinc francés —y del cine en general— recoge este intento de traducir lo real con la ayuda de unos medios netamente cinematográficos. Que esta u otras películas de Louis Lumière, o de los operadores que él mismo repartió por todo el mundo, no sean más que un pequeño ensayo, nunca nos debería hacer olvidar que Lumière no es solamente un inventor, sino un auténtico cineasta que se halla en el origen de toda la corriente documentalista — y, a partir de ella, de la realista— en el cine francés.

Auguste y su hija Andrée en La pesca de los peces rojos (film nº.69)

Es notable que, casi simultáneamente, aparezcan las primeras tentativas de otro cine —el cine de lo imaginario— gracias al inventor del espectáculo cinematográfico, al maestro del trucaje pero, ante todo y sobre todo, al explorador y poeta de un maravilloso mundo de fantasía, que fue Georges Méliès (1861-1938). Al presentar al espectador «genuinos cuentecillos de hadas y pequeñas comedias», Méliès le ofrecía esa parte de los sueños que desde entonces nunca dejaremos de buscar en la oscuridad de las salas de cine. Ciertamente, con esas escenas de actualidad enteramente reconstruidas, Méliès cree estar realizando películas muy próximas a lo real. Y lo hace además con minuciosidad. Pero, si el tema pertenece a la realidad, la puesta en escena, el trabajo de los actores y los decorados del estudio lo colorean de un modo muy distinto. Por otra parte, las mejores películas de Méliès —sus escenas de transformaciones, sus fantasmagorías y todo su ilusionismo— remiten a lo puramente fantástico. Es el caso, por ejemplo, de L’Homme à la tête de caoutchouc (El hombre de la cabeza de caucho, 1902), Le voyage dans la Lune (Viaje a la Luna, 1902), Le Mélomane (El melómano, 1906) o A la conquête du Palé (A la conquista del Polo, 1912), entre otras.

Cine de invención, cine naïf en el sentido pictórico del término: puede que en el terreno del decorado y en el de su empleo poético Méliès sea el más grande. Desde esta perspectiva, su obra marca el punto de partida de un cine de creación fantástica, muy a menudo opuesto, aunque otras veces ligado, a la corriente «realista» originada por Louis Lumière. La ingenuidad de Méliès hace que esta poesía, esta inventiva y esta expresividad decorativa estén en él estrechamente unidas a una viva sensibilidad. Algo que no siempre continuará siendo así en la historia del cine francés.

El diablo gigante (1902), de Méliès

CINE CÓMICO Y NOVELA CINEMATOGRÁFICA

S i la obra de Méliès es el hecho más significativo de la historia del cine francés durante la primera década del siglo XX, existen otros logros no menos importantes. En realidad, existen obras incluso más notables, en la medida en que influyeron de manera directa en la evolución posterior del arte cinematográfico.

¿Hace falta recordar, por ejemplo, lo que la cinematografía burlesca norteamericana debe a las series cómicas francesas de los años 1905 a 1914? Charles Chaplin saludó a Max Linder (1883-1925) como a su maestro. Diez años antes que él, el autor de Max et le Quinquina (Max y la Quina, 1911) y Max Toréador (Max Torero, 1912) logró hacer triunfar un «tipo» en el que había depurado al cómico-payaso de la serie Boireau…, de André Deed (1884-1931?). Si Max Linder conoció una súbita fama, que en la actualidad trasciende incluso las fronteras de su país, no es sólo porque con él el cine logre hacernos reír; de hecho, sus películas no representan más que una pequeña parte de la producción cómica del cine francés durante ese periodo. Al margen de los citados Boireau, los Bebé y los Bout de Zan de Louis Feuillade, los Rigadin de George Monea y sobre todo los Calino, los Zigoto y los Onésime de Jean Durand forman un conjunto abrumador. De hecho, los Rigadin ejercerán honda influencia en Mack Sennett.

En cuanto a las películas de Jean Durand (1882-1964), son a ciencia cierta las más originales. Jean Durand tiene, más que el resto, el auténtico sentido del «gag»; no retrocede ante lo absurdo de un gesto o de una situación, sino que lo explota eficazmente y extrae consecuencias burlescas que revelan a un cómico específicamente cinematográfico.

Aun más evidente es lo que la animación debe a Emile Cohl (1857-1938), continuador de la obra pre-cinematográfica de Emile Raynaud. A partir de 1908, Emile Cohl diseña y realiza varias decenas de cortometrajes —basados muchos de ellos en siluetas cambiantes— que aún hoy se contemplan con asombro. Tanta inventiva, tanta poesía y humor, unidos a una gran simplicidad, llenan sin duda de admiración; y no menos sorprendente es que el moderno cine de animación pueda haber enlazado sin interrupción con el estilo elíptico y el grafismo lineal de Cohl, cerca de medio siglo después de los Fantoches y otros dibujos animados (1908-1912) de ese genial creador.

Si la experiencia del «Film d’Art» de André Calmette y Le Bargy no posee más que un interés histórico —L’Assassinat du duc de Guise (El asesinato del duque de Guise, 1908), por ejemplo—, las películas populares de esta época quedarán como testimonio de un cine a medio camino entre la ficción y la realidad. A lo real filmado por los operadores de los noticieros de actualidad, o a la realidad reconstruida por Zecca, Jasset, etc., se añaden los folletines melodramáticos, las películas de aventuras y las policiacas, y las obras en que la fantasía social aboca a la más pura imaginación. A Pathé —la gran firma fundada a principios de siglo por Charles Pathé y cuya ingente producción fue dirigida por Zecca— y a Gaumont, les debemos centenares de películas, sobre todo las estructuradas en episodios. Léonce Pret, Albert Capellani, Joé Hamman, Alfred Machin, Henri Fescourt, Maurice Tourneur…: son muy numerosos los inventores de historias, los narradores de imaginación desbordante que trabajaron con ellos.

Entre todos destaca Louis Feuillade (1873-1925); en medio de su abundante y variada obra (800 películas entre cintas cómicas, películas «estéticas» y series realistas como La vie telle qu’elle es) ocupan un lugar privilegiado las películas policiacas estructuradas en episodios. En 1913-14 las fantásticas aventuras de la serie Fantômas, el «príncipe del terror» de negra capucha, se desarrollan sobre el decorado urbano de los alrededores de París, en una mezcla de realidad y fantasía de la que nace una singular poesía.

LOS AÑOS 14-18

En la primera década del siglo XX, el cine francés está en pleno auge. De acuerdo con las estimaciones del historiador del cine Georges Sadoul, el 60 o 70% de las películas estrenadas en el mundo procedían de los estudios parisienses de Pathé, Gaumont y Eclair. Además, las tres compañías habían abierto oficinas en el extranjero.

Pero tan señalada expansión no duró mucho tiempo. En vísperas de la guerra la explotación vino claramente a menos. La competencia extranjera —sobre todo la americana — iba cobrando fuerza… y la guerra en el continente supuso un duro golpe para el cine francés.

Les vampires (1915-1916), una serie de Louis Feuillade

En el terreno artístico, la producción de los años 1914-18 es, en conjunto, mediocre, aunque cabe señalar dos excepciones: las películas naturalistas de André Antoine, el animador del Théâtre Libre, tales como Le Coupable (El culpable), Les travailleurs de la mer (Los trabajadores del mar), y las nuevas series de Feuillade (Les vampires, Judex), que alcanzaron un enorme éxito de público y suscitaron el entusiasmo de los jóvenes poetas agrupados primero bajo el estandarte de Dada y luego del surrealismo.

No obstante, las nuevas películas americanas, tales corno Mystères de New-York (Los misterios de Nueva York) o Forfaiture (La estafa; Cecil B. De Mille, 1915), lo mismo que las primeras burlescas, cosechan un éxito aun mayor. El joven Louis Delluc (1890-1924, que firma la crítica cinematográfica en el periódico Paris-Midi, enumera las cualidades del cine americano y trata de convencer de su belleza a la elite que hasta entonces ha permanecido hostil al cine- Las obras de üriíifith, ince y Chaplin entusiasman a Delluc, que sueña con que «el cine francés sea cine y sea francés».

CONSOLIDACIÓN DE UN ARTE, NACIMIENTO DE UNA CULTURA

En realizadores como Georges Lacroix, André Antoine, Léon Poirier, J. De Baroncelli, Mercanton o Germaine Dulac, Delluc veía a los artistas capaces de protagonizar ese renacimiento del cine francés, y sobre todo en Abel Gance (1889-1981), el cineasta más personal y vigoroso de la época. En su renombrado filme J ‘accuse (Yo acuso, 1919), Gance cruza hechos y héroes en una acumulación de imágenes hábilmente dispuestas en el plano plástico. Esta tragedia neorromántica no está exenta de cierta grandilocuencia, pero revela a un hombre generoso, a un cineasta visionario cuya obra dominará todo el periodo de la posguerra. Ardiente partidario de un cine-arte de síntesis, profeta de la civilización de la imagen, Abel Gance proyecta en las pantallas de las oscuras salas de cine su propia visión del mundo —de los hombres y de las cosas—, transfigurada por el tono épico como en La Roue (La rueda, 921-1923), Napoleon (1915-1927, concebida para triple pantalla); y La fin du monde (El fin del mundo, 1931).

Aunque en las películas de Louis Delluc: La féte espagnole (La fiesta española: realizada por Germaine Dulac en 1919), Fièvre (Fiebre, 1921) y La femme de nulle part (La mujer de ninguna parte, 1922) no alienta un impulso tan poderoso como el de Gance, se hallan sin embargo, sobrias como son, marcadas por el signo del análisis de los sentimientos. Cabe incluso verlas, como ha señalado Georges Sadoul, como el precedente de las primeras manifestaciones de una escuela «impresionista», dominada por la búsqueda de «fotogenia» desde el momento en que emplaza sus historias —sobre todo sus melodramas—- en una localización no de estudio, sino real.

Al dominio lírico de las obras de Abel Gance se oponen la elegancia de estilo y el refinamiento plástico de Marcel L’Herbier (1888-1979), en películas como L’Homme du large (El hombre de alta mar, 1920); EIdorado (1921); Feu Mathias Pascal (El difunto Matías Pascal, 1925) o los tanteos impresionistas de Jean Epstein (1897-1953), en películas como Coeur fidéle (Corazón fiel, 1923) o La Belle Nivemaise (La bella nivernesa, 1924). Esta última es una adaptación de una obra literaria de Alphonse Daudet, como ocurre con otras muchas películas de esta época: así trabaja Léon Poirier antes de partir hacia su Croisière Noire (Crucero negro; 1926) en África; es también el caso de Jacques de Baroncelli con Pêcheurs d’Islande (Pescadores de Islandia, 1924); de Henri Fesscourt, con su adaptación de Les Misérables (Los miserables, 1925) o de Julien Duvivier, con Poil de carotte (Pellirrojo, 1932).

Mientras tanto, el desastre económico se cierne sobre el cine francés. Se produce menos; las grandes compañías persiguen el éxito comercial y retroceden ante las costosas y apenas rentables películas de prestigio. En el plano artístico, los tanteos franceses, comparados con las producciones del expresionismo alemán, se presentan menos audaces y enérgicos; y la nueva revelación soviética pone aun más en evidencia el aspecto formalista de los franceses… Si Gance prosigue su camino romántico, Epstein acusa la influencia expresionista en La Chute de la maison Usher (La caída de la casa Usher, 1928). Pronto resulta obvio que la mayoría de las películas francesas, demasiado preciosistas, mantienen una relación insuficiente con la realidad. En L’Argent (El dinero, 1928), L’Herbier acumula deslumbradores ejercicios de estilo, pero hay quien, como André Antoine, se lo reprocha y le acusar de haber traicionado el espíritu de Zola en su adaptación.

Lo que se ha llamado la primera vanguardia llegará a su fin sin haber ejercido ninguna influencia significativa fuera de las fronteras de Francia. Sin embargo, el balance artístico está lejos de resultar despreciable. Más importante aún resulta el balance cultural. Durante este periodo y gracias a Louis Delluc y a sus amigos, se ponen en marcha los cine-clubs (Louis Delluc, Canudo, Charles Léger) y la crítica de cine (Delluc, León Moussinac). Es también en esta época cuando el cine se hace un hueco entre las demás artes, hasta el punto de que, a ojos de quienes sueñan con una poesía al alcance de las masas, el cine llega a ponerse a la cabeza. Son los mismos que encuentran en el Vieux Colombier de Jean Tedesco y en las Ursulinas de Armand Tallier —las primeras salas de arte y ensay o— dónde alimentar su entusiasmo.

El desgobierno de los museos

Cuando en España se habla o se piensa en museos, parece que sólo existe el del Prado. Su situación y sus problemas son asunto que con frecuencia aparece en los medios de comunicación. Rara vez se mencionan otros museos si no es a causa de la inauguración de una exposición temporal; la mayoría no son siquiera citados durante años. La apertura de alguno nuevo, como el reciente Artium de Vitoria, da lugar a reportajes repetidos durante unos poquísimos días con las noticias que proporciona el propio museo y las declaraciones del director u otro responsable, de las que en muy escasas ocasiones se deduce algo sobre cómo responder a las cien preguntas fundamentales que definen a una institución de este tipo.

Como sucede con otros asuntos, parece que sólo interesa lo anecdótico, sobre todo si tiene vertientes escandalosas. Recuérdese el serial del nombramiento del, por ahora, último director del Museo del Prado y sus forcejeos con el presidente del Patronato, que se atribuía competencias para destituir y designar directores, en clara vulneración del ordenamiento jurídico.

Pero como demuestran las estadísticas, son millones de personas las que visitan anualmente los museos en España. Seguramente a la mayoría les interesan más las obras que en ellos se exponen que las noticias que se suelen poner en circulación. Bastaría este interés público para que las máximas responsables de la cultura prestaran mayor atención a las múltiples cuestiones que se suscitan en la actualidad. Aunque no fuera así, los museos son custodios del patrimonio de los pueblos e instrumentos de la cultura, de la educación y del deleite de los ciudadanos. Por todo ello, conviene plantearse los problemas que les afectan y tratar de darles solución.

Al margen de teorías aplicables o desechables, nos parece que debe atenderse en primer lugar al hecho de las diferencias existentes entre los museos. Bastaría mencionar la diversidad de dimensiones o la distinta composición de las colecciones para comprender que, al menos en muchos aspectos, es imposible, o contraproducente si se logra, aplicar el mismo régimen a muchos museos. Sin embargo, el gobierno francés, por ejemplo, lo ha intentado recientemente con una legislación uniforme para los etiquetados como Museos de Francia. En España, por fortuna, no se ha perseguido sistema tan centralista, que resulta impensable en el actual Estado de las Autonomías.

Además, en los últimos años se ha conferido un estatuto jurídico especial a algunos museos por sus singulares características. Así se hizo, aunque por otros motivos y con otras intenciones, al regular el Consejo de Administración del Patrimonio Nacional, de quien dependen numerosos museos; se ha mejorado en algunos ámbitos respecto a la situación vergonzosa de época franquista, pero todavía quedan muchos aspectos no homologables con el resto de los museos estatales o de comunidades autónomas.

Después, fue el Museo del Prado, constituido en 1985 como organismo autónomo, modificado su estatuto en 1996 y de nuevo en 2002 para resolver algunas situaciones personales. Ha habido intentos de convertirlo en entidad pública empresarial, lo que desvirtuaría la esencia del museo como dispensador de un servicio público; el Gobierno detuvo la reforma y es de esperar que lo siga haciendo indefinidamente, entre otras cosas porque España forma parte del ICOM y está obligada por la definición de museo que da el organismo internacional, que subraya que es institución sin fines de lucro.

El museo Thyssen-Bornemisza continúa siendo un ente inclasificable en las categorías jurídicas españolas -por algo está sujeta la Fundación propietaria al derecho británico- y el convenio que se firmó con los Thyssen sigue permaneciendo secreto en su mayor parte, lo que resulta sorprendente a casi diez años de su firma y tras un cambio de partido en el Gobierno; aunque quizá es ingenuo decir esto, porque parece que se está preparando un segundo híbrido.

Aunque seamos contrarios a la uniformidad, cabe formular algunas consideraciones válidas para todos los museos, modificando o matizando lo que convenga. Es bien conocido que en ellos se han planteado y se siguen planteando numerosos conflictos personales. Ciertamente, se producen actuaciones individualistas por parte de algunos directores que pueden ser su origen, cuando lo deseable sería, como defiende cualquier manual de recursos humanos, que se trabajara en equipo. Pero también es posible que existan deficiencias de comportamiento o de preparación del personal en todos los niveles, y en especial, del que tiene a su cargo el cuidado de las colecciones: los conservadores y el resto del personal científico y técnico.

FORMACIÓN DE LOS CONSERVADORES

El sistema de acceso al cuerpo de conservadores es, a nuestro entender, causante de algunos de los males aludidos. Es difícil actuar respecto a situaciones consolidadas, pero importa poner remedio en un futuro, aunque sea a largo plazo. Las oposiciones a los cuerpos de conservadores y ayudantes, en la forma en que actualmente se realizan, resultan bastante ineficaces para conseguir lo que puede ser la formación ideal de estos profesionales. A los opositores se les exigen someros conocimientos de legislación -algo más sólidos en materia de patrimonio cultural- y museologia que desarrollarán por escrito y recitar tres temas entre cien de bellas artes, arqueología, artes decorativas, antropología, patrimonio científico y militar; han de ser capaces de resolver con lápiz y papel varios supuestos prácticos sobre estas materias y deben conocer una lengua extranjera. La preparación conseguida con este método es, a todas luces, inadecuada y no capacita al futuro conservador para enfrentarse a las dificultades que va a encontrar en su tarea. Es insuficiente desde el punto de vista de la práctica, porque el conservador que ingresa, salvo excepciones, no ha transitado nunca sino por la zona pública de un museo español.

Los seis meses de relajadas prácticas en grupo que realiza tras aprobar no pueden suplir esa deficiencia formativa. A su vez, nos parece un derroche de tiempo y esfuerzo la memorización de los temas orales, cuyos enunciados -muchas veces absurdos y que indican la escasa formación de quien los alumbró- tratan de lograr que el opositor tenga ligeras nociones sobre cada una de las ramas científicas a las que corresponden las colecciones de los museos estatales donde puede ser destinado.

Ciertamente es grave que el conservador en funciones pueda no haber visto en su vida una pintura con moho, aunque sea capaz de enumerar las trescientas clases que existen; o que no haya adquirido experiencia de ningún tipo sobre el manejo de las piezas del museo y pase a ser el máximo responsable de sus cuidados. Pero más grave aún nos parece que su titulación de base pueda ser Antropología, por ejemplo, y sin embargo obtenga, si le corresponde por escalafón, una plaza en el MNCARS. Aunque no pensamos que el conservador haya de ser un sabio cabal en las colecciones a su cargo, está claro que unos conocimientos demasiado escasos harán que se resienta su labor, al menos en las vertientes de documentación y educación.

La reforma en el modo de acceder a las plazas de conservadores tiene que ser radical y llevarse a cabo con urgencia. Desde el primer momento de su ejercicio, estos profesionales han de tener experiencia acreditada y formación adecuada a sus funciones. Puede adquirirse mediante distintos procedimientos y es discutible cuál sea mejor. Preferiríamos la solución de una escuela enfocada a las enseñanzas prácticas, con dos o tres cursos anuales, vinculada a varios museos e instituciones relacionadas con el patrimonio cultural, de modo que las experiencias puedan acomodarse a las distintas especialidades de los postgraduados que ingresen en ella. La admisión se haría mediante pruebas que tuvieran en cuenta tanto el expediente académico como las aptitudes específicas para la labor de conservador.

Obtenido el título, cada museo -público o privado- podría a su vez seleccionar entre los titulados a aquellos que tuvieran el perfil más adecuado a sus necesidades; naturalmente, los museos públicos habrían de garantizar el respeto a los principios de mérito y capacidad en la elección de modo más estricto que lo puedan hacer los museos privados. Se ahorraría así mucho capital humano y se lograría en los alumnos los conocimientos precisos para la tarea técnica y científica del conservador, especializándose cada uno en las materias a las que le incline su vocación profesional o las oportunidades futuras de colocación.

Este sistema sería bastante más eficaz y no más caro que el vigente en la actualidad: oposición a cuerpo funcionarial por una parte; y, sin conexión alguna con la oposición, concesión, por otra, de becas a postgraduados para periodos de prácticas en museos, iniciativa casi siempre intrascendente por falta de planificación y que tan sólo gracias a la buena voluntad de algún director o conservador puede resultar de un modo positivo.

POLÍTICA MINISTERIAL

Pero no todos los problemas de la dirección proceden de los subordinados. La dependencia funcional de los museos respecto del organismo ministerial correspondiente constituye una causa de inmovilismo y gestión anticuada. Los directores de los museos públicos suelen tener muy escaso margen de maniobra y la creación reciente de los patronatos, cuando funcionan, no lo han ampliado, sino restringido. Una dependencia jerárquica y de control de gastos muy fuerte respecto del órgano ministerial crea una burocracia excesiva y entorpecedora. Las disponibilidades de fondos y de personal son reducidísimas, lo que les priva de los medios más elementales para poder llevar a cabo alguna reforma de la exposición, la instalación, las actividades, la publicidad del museo. Un trasiego permanente de titulares en los cargos afecta tanto a la propia dirección de los museos como a la Subdirección que los controla, y hace que algunas iniciativas válidas emprendidas por directores o por la propia Subdirección queden paralizadas por la mudanza de personas y de directrices; recelos de todo tipo entre el ministerio y las direcciones de los museos desalientan a unos y otros. Son problemas ya viejos de unas estructuras administrativas antiguas que deberían encontrar solución en fórmulas intermedias entre la dependencia funcional total y el organismo autónomo.

OPINIONES Y OPINIONES

Un segundo tipo de problemas es el que proviene de un cierto desenfoque en la consideración del verdadero fundamento del museo, que son sus colecciones y su proyección en quien las contempla.

El éxito de un museo se suele medir en número de visitantes. Lograr que aumente la asistencia se ha convertido a veces en una obsesión para sus responsables, y para lograrlo acuden con frecuencia.a los estudios de visitantes. Estas prospecciones son positivas, tienen gran importancia y todos los museos deberían tener encargados que se ocuparan de ello con continuidad (lo que no suele suceder). Pero se ha de tener bien claro que las posibilidades de tales estudios son muy limitadas en lo que se refiere a orientar bien el futuro de un museo.

Desde luego, nadie más adecuado que el visitante para decir si faltan bancos, si hace calor, si echa en falta una cafetería o si lo que ha visto le ha interesado o no. Pero no parece el más capacitado para indicar el modo en que se puede exprimir la esencia cultural de las colecciones o mejorarlas de algún modo, que debe ser la principal preocupación de los responsables del museo. Con los estudios de visitantes se trata de incitar -y aquí radica el desenfoque- a la dirección a servir las preferencias e intereses del público sin la más mínima intención de procurar su educación ni el cumplimiento de los demás fines que corresponden a un museo. Otro error, no ya de principios, sino técnico, es considerar que el público se deja guiar por algunos factores manejados desde el propio museo -paneles aquí o allá, itinerarios-, olvidando, en cambio, la propaganda como un factor altamente influyente en la asistencia de espectadores. En nuestra opinión, si lo que se muestra es bueno y además se da a conocer debidamente, el público responderá acudiendo; si falta uno de estos dos factores, de poco valdrán las reformas.

REPRESENTACIÓN o EXHIBICIÓN

Por eso nos resulta sorprendente que museos como el Prado, que tienen falta de espacio para exponer sus colecciones permanentes, contemplen como asunto primordial en su ampliación los ámbitos dedicados a recepción, servicios diversos y actividades complementarias de todo tipo. El Prado lleva varios años, por ejemplo, exponiendo apenas docena y media de obras de pintura española del siglo XVII (sin contar las de Velázquez, Murillo, algo de Zurbarán y de naturaleza muerta) y del medio centenar de pinturas de Luca Giordano que posee, no cuelga ni una sola. Algo remediará la incorporación del actual museo del Ejército, pero no parece muy próxima ni tampoco supone una solución definitiva a estas carencias; mientras tanto, cuando sale en préstamo del museo una pintura, su lugar suele quedar vacío hasta su vuelta. Llevamos bastantes años sin que se exponga la pintura del siglo XIX por las obras del Casón del Buen Retiro, y no se ha previsto una solución alternativa que permita seguir cumpliendo su función a esa importante parcela de los fondos del museo. Están anunciadas o comenzadas obras de ampliación en varios museos estatales -Romántico, Sorolla, Artes Decorativas, Greco de Toledo- y sería deseable que los respectivos proyectos estén orientados de forma preferente a favorecer la exposición, aunque sea a costa de espacios representativos.

EXPOSICIONES TEMPORALES

En sintonía con las tendencias anteriores se halla el fenómeno, en auge, de las exposiciones temporales dentro de los museos. Nos referimos a aquellos casos en que, para instalar una exposición, hay que reducir el espacio destinado a mostrar sus colecciones, y sobre todo, cuando se hace a costa de desorganizar constantemente lo que estaba ya organizado como exposición permanente. El acontecimiento llegó al extremo en el Reina Sofía, que durante años sólo ofrecía exposiciones temporales y no colección permanente. El ejemplo ha cundido, y tenemos el caso del Guggenheim de Bilbao, el recién inaugurado Artium de Vitoria o el CAAM de Las Palmas de Gran Canaria, donde el espacio de las exposiciones temporales supera ampliamente al ocupado por la colección permanente expuesta. Es cierto que cualquier museo tiene dificultades para animar a una segunda visita y parece que le resulta más sencillo y práctico ofrecer la novedad de una exposición temporal. Buena prueba es la alarmante disminución del número de visitantes que experimentó el Thyssen pasados unos años de su inauguración, tendencia que ha conseguido invertir por el éxito de sus exposiciones temporales, las cuales se colocan de forma modélica, respetando el espacio y disposición de los fondos propios.

Todo lo contrario podemos decir de los hábitos que ha adquirido el Prado desde que, con motivo de la conmemoración centenaria de Felipe II en 1998, tomó la costumbre de albergar exposiciones temporales desmontando parte de la colección permanente, lo que nos parece equivocada dirección. Es lástima ver cómo se vacía medio museo quitando obras fundamentales para exhibir una bonita colección de piezas sin que exista un proyecto científico, como si se tratara de hechos incompatibles. Prevalecen circunstancias de oportunidad, razones de amistad, lucimiento personal y otras de índole semejante; como consecuencia, se editan catálogos inservibles con textos sin rigor redactados por personas poco cualificadas que se limitan a repetir lo ya publicado; eso no podemos decir de los catálogos de arte del siglo XX, porque es excepcional que lleven comentarios de las obras presentadas.

POLÍTICA DE ADQUISICIONES

Una consecuencia perniciosa más de la falta de ideas claras sobre lo que debe ser un museo público es el caos de las adquisiciones. La política de cada museo al respecto ha de quedar establecida y ha de respetarse, ha de basarse en criterios científicos y de calidad, atenerse con rigor a la línea que imponen los fondos y completar y enriquecer sus colecciones. De nada vale acumular en los almacenes objetos repetidos cien veces, o que son peores que otros que ya se poseen, o que no tienen significación alguna, o que son quincalla que no dignifica la colección. Las adquisiciones de los museos no pueden hacerse por el capricho de un responsable, o por un criterio oportunista de «no es pieza importante, pero la dan barata». A este respecto es especialmente peligrosa la adquisición de bienes mediante dación en pago, ya que supone que el Tesoro público paga -y a veces muy caros- unos objetos que la Administración no ha elegido, y que quizá no eligiera si tuviera que comprarlos en un establecimiento o una subasta; ciertamente, el organismo competente puede rechazar la dación si juzga que no tiene interés, pero la realidad indica que la mayoría de las ofertas se aceptan. Por cierto, no queremos pasar por alto la publicidad gratuita que consiguen con la dación muchas empresas y particulares que aparecen como benefactores (dación y donación se parecen fonéticamente) cuando no hacen sino cumplir sus obligaciones tributarias de una forma atípica; y que esta publicidad se perpetúa en algún museo oficial (léase MNCARS) con una placa, homenaje que se niega a quienes dieron la obra a título gratuito; por no hablar de aquellos casos en que la dación lleva aparejado un buen negocio con plusvalía exenta fiscalmente.

MOVILIDAD DE LAS PIEZAS

En cambio, nos parece muy oportuno que se estimule la movilidad de las piezas que se encuentran habitualmente en los almacenes, bien mediante préstamos o depósitos y también permutas, aún con museos extranjeros, que están previstas en la legislación. Este tipo de movimientos no se impulsa desde las altas instancias tanto como conviene, y debería hacerse. Nada obsta, incluso, a la desclasificación como bienes de dominio público y posterior venta, de multitud de objetos de poquísimo o ningún valor que atiborran los espacios de reserva de algunos museos y tan sólo originan trabajo burocrático de inventario y limpieza.

Por ahora damos fin a estas consideraciones. Quede para una próxima ocasión la referencia a las actividades didácticas y científicas -entre ellas, la muy espinosa de la confección de los catálogos-, la organización interna con atención a los patronatos, la responsabilidad de críticos y comentaristas y otras varias.

Un clásico de lo abstracto

ucdla1.jpgLuis Feito ha sido considerado uno de los máximos exponentes de la pintura abstracta contemporánea en España. Hasta finales del pasado mes de agosto, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, se ha podido visitar la exposición retrospectiva «Feito: 19522002». Alfonso López Perona explica que, pese a lo reducido del número de obras de la muestra (unos 90 lienzos y otros tantos dibujos} en relación a la importancia de un período tan dilatado, ha resultado una buena oportunidad para evaluar la obra de un pintor puro en su vocación y en su lenguaje, que no es otro sino el de la pintura: el espacio, el color, la línea y la forma.


Entre las novedades más importantes del siglo XX figura la aparición del arte abstracto, como vanguardia primero y más tarde como forma de expresión que se ha adueñado de las artes plásticas. Por más que la abstracción haya hecho evolucionar notablemente la teoría estética, y con ella la manera de acercarse a la obra de arte y contemplarla, sigue representando un arcano para el gran público en la medida en que éste asocia indisolublemente el concepto de arte con el de representación de la Naturaleza, pues la estética aristotélica sigue vigente como idea popular de Arte. La Ilustración partía de la premisa de que toda verdadera obra debe ser entendida por todos sin esfuerzo, ya que el hombre posee naturalmente una capacidad de distinguir y apreciar lo bello. Para esta concepción, la incomprensión de la obra artística por parte del observador debe ser culpa del autor, en la medida en que éste se habrá desviado de lo sencillo y lo natural, categorías que deben concurrir, según los ilustrados, en toda producción artística. Por el contrario, en la abstracción ese canon es mucho menos obvio.


Contrariamente a lo que pensaba la Ilustración, la apreciación de cualquier obra de arte precisa siempre de una sensibilidad educada y de un esfuerzo de contemplación y discernimiento. Cuando, como sucede con la abstracción, se ha prescindido de toda referencia evidente, la aproximación del espectador al Arte se puede hacer aún más difícil. A partir de ahí, la personalidad del autor, su subjetividad y sus claves biográficas parecen cobrar mayor importancia. Con independencia del sentimiento que la obra en sí provoque, da la impresión de que no cabe su comprensión cabal sin tener alguna noticia del creador. Quizá ello explique por qué el siglo XX, con su incorporación de la idea de «cultura de masas», ha generado una nueva consideración del artista como figura pública y mito colectivo, todo al mismo tiempo, por lo que en no pocas ocasiones se ha exaltado una obra mediocre tan sólo porque la personalidad de su creador no lo era.


Me interesaba señalar todo lo anterior para poner de manifiesto que no siempre ése es el caso. Tengo el privilegio de que el parentesco, trayectorias vitales y afinidades electivas me han permitido estar cerca de la persona y de la obra de Luis Feito, uno de los máximos exponentes de la pintura abstracta contemporánea en España.


ucdla2.jpgFeito, nacido en Madrid en 1929, se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde aprendió todas las técnicas que un artista precisa conocer y dominar. Sus primeras obras de los años cincuenta son de clara inspiración cubista y figurativa, pero la exposición del Museo Reina Sofía arrancaba de un momento posterior, cuando a partir de ahí empezó a desarrollar una expresión propia, hecha de rugosidades y materia resultante de la combinación de óleo y arena. Esta época de «cuadros matéricos» abarca desde fines de los años cincuenta a principios de los años sesenta, época en que Feito a había instalado ya en París, gracias a una beca del Gobierno francés. La aproximación a las muestras más recientes y significativas de la cultura contemporánea que le brindaba el París de los años cincuenta le animó a quedarse allá por sus propios medios. Como él mismo confesó a Francisco Calvo Serraller, el conflicto entre su cultura de origen y la francesa le ayudó a ser más consciente de sus raíces españolas y a profundizar en sus orígenes, de los que no se ha desprendido nunca.


En esos años hay otros dos acontecimientos dignos de reseña. De un lado, la creación en 1957 del Grupo El Paso, en la que Feito participa en conjunción con otros pintores y artistas como Canogar, Millares o Saura. En una entrevista muy posterior a esa época con el crítico Fernando Huici, Feito señalaba que El Paso nació para impulsar una creación artística de carácter contemporáneo en España. La joven pintura española fue toda una revelación en la Bienal de Venecia de 1958, en la que nuestro pintor estuvo presente con otros compañeros de su generación. En la edición siguiente, la de 1960, Feito obtuvo el reconocimiento de la Bienal mediante la concesión del Premio David Bright, como galardón a una obra ya con plena madurez expresiva. De esta época la exposición del CARS mostraba una sala de cuadros «blancos y negros», que se cuentan entre los más bellos de toda su producción. Me permitiría resaltar, entre ellos, una espléndida tela, propiedad del Guggenheim Museum de Nueva York.


Siguiendo con el orden de aquella exposición, hubo otra sala dedicada monográficamente al período «rojo y negro», uno de los más dramáticos de su obra. Ya avanzados los años sesenta, aparecen en sus telas formas bulbosas como evolución de las manchas circulares del período anterior en las que, junto a la gama cromática que ya había trabajado, aparecen otras nuevas. Como en los casos anteriores, saben a poco los escasos cuadros que se presentan de esa época. Está prácticamente ausente y sin representación el período correspondiente al decenio del setenta, el último en que trabaja en París.


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A lo largo de los años 80, Feito emprendió una nueva etapa, que Calvo Serraller ha caracterizado como un «renovado juego de tensiones». En ella se enfrentan «mallas de líneas geométricas» a «manchas cromáticas de gestualidad libre», al tiempo que la dialéctica del color se establece entre tonalidades pardorojizas y blanquecinas. Esta etapa corresponde a su instalación en el continente americano, en Montreal en concreto. Como ha dejado anotado en su discurso de ingreso en la Real Academia de San Fernando, «Notas sobre un Itinerario», América le perturbaba por su ausencia de pasado y por su falta de lastre histórico y de raíces, a la vez que le atraía por ese vitalismo desbordante que caracteriza al Nuevo Mundo. En Canadá, su obra se amplió a otras formas de expresión realizando una serie de pequeñas esculturas en madera, acero y bronce que se fueron dispersando sin haber sido nunca exhibidas en nuestro país, así como una escultura monumental por encargo de la Opera de Montreal. Dentro de esta tónica de diversificación, diseñó joyas e ilustró un libro de tradiciones orales y cuentos de las tribus indias del noroeste canadiense, quizá como tributo a esas culturas primitivas que tanto admira, y cuya influencia sobre el arte del siglo XX ha sido decisiva desde la aparición del Cubismo.


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Unos años después, una nueva peripecia vital le llevó a Nueva York, ciudad que él mismo ha definido como «la exasperación de cuanto define a nuestra época». Nuestro pintor ha confesado que la crudeza deslumbrante de esta Meca de la civilización contemporánea representó para él la expresión desinhibida de un poderoso enfrentamiento entre la anarquía y el orden en todo su rigor. La experiencia neoyorkina duró hasta 1993, cuando decidió reencontrarse definitivamente con su país y trasladarse a Madrid. Finalizaba así una etapa cosmopolita que le había enriquecido en lo personal a costa, quizá, de apartarle un tanto del panorama artístico español.


Feito no es un pintor fácil ni accesible. Su misma personalidad, mezcla de timidez y de un cierto recogimiento interior, se plasma en una obra en la que las contradicciones y el lirismo constituyen las notas más destacadas. En la pintura de Feito se aprecia una cierta tensión entre lo racional y lo instintivo, entre el espacio vacío y la concentración de materias, entre colores contrapuestos y dramáticos (el blanco y el negro o el rojo y el negro, principalmente); en suma, entre la rigidez geométrica y el gesto espontáneo. Estas contradicciones están presentes en su método de trabajo que, en sus conversaciones con Juan Manuel Bonet, ha descrito de la siguiente manera: «cuando pinto, ataco la tela de lleno, sin plan preconcebido… empiezo por el caos total, por el defoulement. Es una manera de echarse al agua, de abrir el fuego, de quitarse el miedo. Luego, voy organizando el caos. Empieza la reflexión».


El Arte es para nuestro pintor un elemento esencial en la vida espiritual del Hombre. Su sensibilidad se identifica con una porción de objetos tales como máscaras africanas, kachinas de los indios Hopis del suroeste americano o piezas de arte esquimal, todas las cuales colecciona porque, como confiesa, en ellos es imposible separar estética y función: «la estética sola no sirve para nada si no es expresión de algo fundamental. No contemplo el arte primitivo desde un punto de vista decorativo. Me impresiona que objetos creados para ciertos ritos, para ciertas funciones, posean tal carga de universalidad».


Entre los elementos esenciales de su pintura figuran la conjugación de elementos puramente pictóricos y el constante recurso a la misma gama cromática. En la lúcida interpretación de Juan Manuel Bonet, «los negros, las tierras, los rojos, marcan un clima de interioridad, de austeridad, de una cierta mística» de carácter hondamente español. Esta fuerte personalidad española de la obra de Feito ha sido reiteradamente apreciada por la crítica francesa. Como afirma bellamente Pierre Restany, Feito define en su pintura «un orden trascendental del Barroco, un lirismo de la materia bruta controlada por una organización poética, a la vez efectiva y racional, de la luz». Se trata de la expresión sensible de la vida interior del artista en la que, junto al goce que proporcionan la luz y el color, aparecen, con gran violencia, sensualidad y mística, materia y espíritu en una evocación clara del naturalismo español.


Junto a su españolismo irrenunciable de fondo y a la admiración por la pureza de líneas, la geometría y la funcionalidad estética del arte primitivo, hay que hablar también de la pintura china y del arte Zen como uno de los acerbos y tradiciones artísticas que siguen influyendo poderosamente en su trabajo. Ello se debe a su concepción de la pintura que debe salir con naturalidad del interior del artista «por el brazo y la mano» con naturalidad, «con la fluidez con que corre un río, salvando obstáculos y pasando a través de ellos», como decía en sus «Notas sobre un itinerario», ya citadas. Los últimos cuadros de la exposición, correspondientes al trabajo que viene realizando en el presente, se inscriben dentro de una línea gestual y caligráfica acorde con esa estética oriental.


CONFESIONES DE AUTOR


Se ha dicho que hoy apenas existe un artista que pueda eludir el autocomentario de su obra. A través de numerosas conversaciones con los críticos, Feito ha ido desgranando los valores estéticos que le sirven de referencia y el significado que para él tiene la pintura. «La pintura no la concibo como una carrera de novedades, ni como un laboratorio de investigación, sino como algo clásico, consecuencia de toda una cadena de acontecimientos anteriores. No me interesa para nada que una obra sea avanzada o no. El único criterio válido me parece, en definitiva, lo bueno y lo malo, la buena pintura o la mala pintura». En unas recientes declaraciones al diario ABC y en línea con lo anterior, decía sobre la evolución de su obra: «No hay un solo salto, sino continuidad. Para mí, la palabra revolución en arte no tiene sentido; hay evolución».


Feito rechaza la «originalidad» como un valor en Arte: «no existe en Arte la originalidad en lo absoluto, sino tan sólo aportaciones diferentes que amplían lo que hoy conocemos». En un sugerente párrafo de su discurso de ingreso en la Real Academia de San Fernando, en el que se condensa su pensamiento estético, dice: «toda creación precisa nutrirse de la experiencia y de la sabiduría adquirida por los que recorrieron el camino antes que nosotros. La condición humana necesita un ámbito temporal para transformarse y mejorarse y esa presencia de lo anterior es olvidar en perjuicio suyo por aquellos que consideran que la validez de la Obra depende exclusivamente de la ruptura con la sabiduría del pasado».


En los últimos años, Feito se ha visto recompensado con numerosos honores y distinciones. Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1998; recibió la Orden francesa des Arts et des Lettres en grado de Comendador así como la española Medalla de Oro de las Artes; Arco y Estampa, nuestros certámenes de Arte Contemporáneo más internacionales, le han galardonado en sus últimas ediciones con importantes premios. Sin embargo, Feito sigue con su trabajo callado, en el que se conjugan continuidad creativa y evolución al margen de modas imperantes. Quizá por ello resulta discordante en una época que exalta el efectismo intrascendente y el culto a lo efímero. Nuestro tiempo eleva lo mediocre a categoría de sublime a fuerza de mercadotecnia y margina necesariamente a quien no se somete a la tiranía del exhibicionismo mediático. Feito ha dejado dicho que «la obra debe existir por sí misma y, si no es así, por más explicaciones que nos den sobre ella, no existirá jamás».

Elogio de la reedición

Vivimos malos tiempos para la lectura en nuestro país, aunque también hay que decir que nunca hemos destacado precisamente por nuestros hábitos lectores, ni antes ni ahora. Por una serie de causas difíciles de precisar, entre las que hay que mencionar también la propia idiosincrasia hispánica, la lectura sigue siendo una actividad marginal, con unos porcentajes más bien pobres (se dice que el 50% de la población adulta no lee ni un mísero libro al año; de los jóvenes mejor no hablar). Para los interesados en datos, estadísticas, análisis y comentarios, recomiendo el volumen editado por la Federación de Gremios de Editores de España, La lectura en España. Informe 2002, coordinado por José Antonio Millán, y donde junto a reflexiones optimistas proliferan también afirmaciones poco entusiastas sobre el futuro de la lectura en España.

Dejando a un lado profecías más o menos apocalípticas, muy en boga a propósito del auge de las nuevas tecnologías y de la amenaza del libro electrónico, conviene levantar el ánimo. Es cierto que los datos no son para tirar cohetes, pero también es verdad que nada se adelanta tirándonos de los pelos. La mejor campaña de lectura, ahora que tanto se habla de ellas, debe basarse en el contagio, en el entusiasmo por una actividad en apariencia inútil pero totalmente imprescindible. En España, además, tenemos la suerte de contar con una excelente materia prima. Cada año se editan miles y miles de títulos en miles de editoriales, que abarcan todos los temas imaginables. La calidad de la edición es de primera, las colecciones de bolsillo ofrecen ofertas apetitosas y se editan puntualmente, no como antes, los libros más sonados en el plano internacional. Tenemos una industria editorial competitiva, donde se combinan las apuestas minoritarias de las editoriales independientes (que se merecen un premio) con la literatura dirigida a un público mayoritario.

En el número anterior de Nueva Revista, Ángel Peña, en un artículo titulado «Leer mientras el mundo gira lentamente», ofrecía una selección de algunos de los títulos publicados en los últimos meses.

Nueva Revista me ofrece la oportunidad de continuar con esta misma idea, seleccionando de la numerosa y apabullante oferta que nos rodea aquellos títulos que yo destacaría.

Carta de una desconocida. STEFAN ZWEIG. Colección Ciencia y Mar. Editorial El Acantilado, Barcelona, 2002, 72 páginas

De entrada tengo que confesar que el año literario me ha parecido más bien pobre, con escasos títulos dignos de una especial mención (la mayoría de las que salvaría están, además, en el artículo de Peña). Si en años anteriores había algún título que destacaba por su originalidad estructural y temática (estoy pensando, por ejemplo, en Soldados de Salamina), este año la tónica dominante ha sido la preocupante saturación de unos premios literarios muy comerciales que dan poco de sí y el auge de la reedición, que está recuperando un buen número de títulos y autores que conviene no olvidar.

En mi selección, muy personal, abundan las reediciones y, para delimitar un poco el campo de acción, sólo destacaré autores europeos.

INVASIÓN CENTROEUROPEA

No son grandes novedades, ni grandes descubrimientos, ni apuestas literarias revolucionarias. Sé que muchos lectores han leído y leen a estos escritores desde hace muchos años, pero un buen numero de lectores actuales, neófitos en estas lides, están recuperando el placer de la buena lectura gracias a la calidad de estos escritores. Suelen ser unos libros redondos, de gran calidad estilística y con unos argumentos que suelen enganchar, sin tener que recurrir a los ingredientes estrambóticos, rasgo que suena a imposición en muchas novelas recientes. Es el caso, por ejemplo, de Stefan Zweig (1881-1942), uno de los escritores más famosos y leídos del periodo de entreguerras. Su vida no fue nada fácil: a la contemplación del derrumbe de los ideales de toda una generación hay que sumar la persecución que padeció por ser judío, y que le llevó a poner fin a su vida en un agónico momento de lúcida desesperación. En los últimos años se han recuperado bastantes obras de Zweig, especialmente en la editorial El Acantilado, donde Jaume Vallcorba, un histórico francotirador de la edición, está recuperando lo mejor de su dilatada y proteica obra literaria. Ya el año pasado publicó sus memorias, El mundo de ayer, en una cuidada edición íntegra que recuperaba pasajes eliminados por la censura franquista. También ha publicado Novela de ajedrez y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, dos excelentes novelas cortas.

Este año vuelve a la carga con Los ojos del hermano eterno, una parábola sobre el fin de la existencia humana, ambientada en el mundo oriental; y Carta de una desconocida, una de sus obras maestras. Escrita en 1922, Carta de una desconocida es una larga carta en la que una mujer revela a un escritor de renombre la amorosa pasión oculta que ha consumido su vida desde hace tantos años. Con pocas piezas, Zweig sabe captar como pocos la atención de los lectores con una historia muy humana, dramática, escrita de manera directa e intensa, sin apenas preciosismos decorativos ni circunloquios. El resultado es, como en todo Zweig, una prosa que va al grano, que penetra en la piel y que se dirige directamente hasta el corazón.

EL HÚNGARO SÁNDOR MÁRAI

Sándor Márai (1900-1989) es otro autor felizmente recuperado. La editorial italiana Amalfi publicó hace un  par de años El último encuentro, una de sus novelas más celebradas en su tiempo, cuando era un escritor de renombre en su país antes de ser perseguido por el régimen comunista. Tras su publicación en Italia, lentamente, el entusiasmo cundió entre unos lectores ávidos de buenas historias.

DIVORCIO EN BUDA. SÁNDOR MÁRAI. Editorial Salamandra, Barcelona, 2002
189 páginas

Lo mismo pasó en España cuando Salamandra, otra de esas editoriales con buen ojo (en España han publicado también a Harry Potter), decidió editarlo. Después, con igual calidad, han aparecido La herencia de Estzer y, este año, Divorcio en Buda. Márai tiene unos rasgos literariosinconfundibles. Con delectación, prepara a los lectores para que asistan en directo al enfrentamiento entre los personajes. Para ello, los presenta minuciosamente, describiendo con precisión los caracteres y la psicología. Así, el climax está creado. Sólo falta el detonante que sacuda una acción mínima pero concentrada. Merece la pena leer a Sándor Márai. Quizá, todo hay que decirlo, Márai no sea para tanto. En sus novelas publicadas hasta ahora en España se repite un cierto esquematismo argumental y una manera de narrar que disfruta con los silencios y con la expectación, a veces un tanto premeditados. Una de las causas que pueden explicar su éxito está en las características del contexto editorial: frente a novelas clónicas, insípidas, deliberadamente light y comerciales, Márai apuesta por la densidad: poco ropaje, mucha esencia y un hondo y trágico conocimiento del ser humano, rasgos que se echan de menos en la narrativa actual, más atenta a la pirueta argumental o a la historia seudosentimental.

LA ERUDICIÓN DE WERFEL

El escritor austríaco Franz Werfel (1890-1945) es conocido, sobre todo, por su novela La canción de Bemardette, escrita en 1941 en Estados Unidos, donde tuvo que exiliarse desde 1939 por su origen judío, aunque ya se había convertido al cristianismo. Werfel es el autor de una de esas inolvidables joyas literarias: Una letra femenino azul pálido (Anagrama), magistral ejercicio de sutileza narrativa y de emotividad. La novela de la ópera tiene un talante más erudito, pues convierte en novela las relaciones personales e intelectuales entre Verdi y Wagner. Werfel utiliza una mínima peripecia vital, el viaje que Verdi realiza a Venecia para conocer al compositor alemán, para

LA NOVELA DE LA ÓPERA. FRANZA WERFEL. Editorial Espasa, Madrid, 2002, 394 págs.

reflexionar sobre el papel de la música como vehículo de penetración en los sentimientos más profundos del alma humana. Werfel centra la narración en ía psicología de Verdi, en sus sensaciones y opiniones, precisamente en el momento en que su música está en declive ante el imparable ascenso de un Wagner un tanto visionario. También demuestra una gran capacidad de documentación para reconstruir el espíritu de una época. La novela contiene interesantes ingredientes costumbristas, humanos y culturales, que enriquecen una narración pausada.

LAS NOSTALGIAS DE ROTH

En este revival de la literatura centroeuropea del periodo de entreguerras, al que tanto ha contribuido el escritor italiano Claudio Magris, también hay que mencionar a Joseph Roth (1894-1939). En los últimos meses se han reeditado dos novelas y una novedad. Las reediciones son La tela de araña y La cripta de los Capuchinos. En La tela de araña, escrita en 1927, captó el caldo de cultivo en el que se incubaría el nazismo, desgranando los nuevos valores e ideas que se estaban imponiendo, casi siempre por la fuerza, en la sociedad alemana.

LA CRIPTA DE LOS CAPUCHINOS. JOSEPH ROTH. Editorial El Acantilado, Barcelona, 2002. 220 págs.

Roth sufrió en sus carnes las consecuencias de la desmembración del imperio austrohúngaro, el tema más sobresaliente de sus novelas, perfectamente captado en una de sus obras más emblemáticas: La marcha Radetzky. Un descenso más en ese mundo hecho de ruinas y de nostalgias puede verse en La cripta de los Capuchinos (1938), donde se aprecia la falta de acoplamiento de los personajes de Roth, y de él mismo, a los nuevos valores emergentes.

La novedad es la publicación de El Anticristo, colección de ensayos políticos que apareció en Amsterdam en 1934. En ellos, con un nítido hilo conductor, Roth habla del trágico destino de la cultura y la política occidentales. El emergente comunismo, que Roth conoció de cerca y que intentó desenmascarar por su inhumanidad, y el ascenso del nazismo incrementan su escepticismo y desesperación, que Roth extiende también a otras facetas de la vida social, económica, política y cultural.

EL ANTICRISTO. JOSEPH ROTH. Editorial Península, Barcelona, 2002
155 páginas

Escrito como una parábola y con frecuentes incursiones biográficas, Roth demoniza el rumbo de un mundo arrebatado por la histeria de los movimientos de masas y por la bacanal de la técnica. En este lúcido y dramático análisis, escrito como «un alegato moral contra la barbarie», sorprende, por ejemplo, la animadversión que siente por el cine, como si Roth intuyese el destino homogeneizador (otra dictadura) de la industria cinematográfica de Hollywood.

LOS FRUTOS DE LA EDUCACIÓN

Menos difusión ha tenido la recuperación de una nueva obra del escritor húngaro Ödön von Horváth, Un hijo de nuestro tiempo, después del impacto que supuso Juventud sin Dios (Espasa), un esclarecedor análisis de los frutos de una educación manipuladora.

UN HIJO DE NUESTRO TIEMPO
ODON VON HORVATH
Editorial Espasa. Madrid, 2002
164 páginas
HISTORIA DE UN ALEMAN
SEBASTIAN HAFFNER
Editorial Destino, Barcelona, 2002
663 páginas

Una de las víctimas de esta educación fue el escritor y periodista alemán Sebastian Haffner, quien se suma a la ya larga lista de libros memorialísticos en torno al holocausto nazi con Historias de un alemán. Aunque lo escribió poco tiempo después de los hechos, tras su exilio en Londres, en 1939, no publicó sus memorias en vida; cuando aparecieron en 1999 en Alemania suscitaron una gran expectación, pues el retrato que hace Haffner de la sociedad alemana de su tiempo es certero y punzante, sin contemplaciones. Su propia biografía le sirve a Haffner para hacer un análisis de la sutil y violenta penetración de las ideas en todas las capas de la sociedad alemana. Haffner comienza hablando de la situación de Alemania tras la Primera Guerra Mundial; luego se refiere al periodo de entreguerras, germen del posterior terror; la llegada al poder de Hitler, que nadie pensaba, acelera los hechos y consagra por la vía del miedo y del temor una manera de enfocar la vida privada, social y política que ya se vislumbraba en años anteriores, pues lo que también queda claro después de leer estas memorias es que los nazis no se cambiaron de chaqueta cuando llegaron al poder, sino que sus ideales paranoicos eran de dominio público.

El libro trata de manera pormenorizada estos pasos, estos avances. Llega incluso un momento en el que Haffner teme por su vida por no compartir y combatir la espiral de delirio colectivo que se había apoderado de la sociedad alemana. Este interesante testimonio se suma a la lista, no pequeña, de libros escritos por autores que fueron víctimas del nazismo, algunos de ellos publicados recientemente en nuestro país, como El pianista del gueto de Varsovia (Turpial & Amaranto), del polaco Wladyslaw Szpilman; Sin destino (El Acantilado), la novela autobiográfica del húngaro Imre Kertész; y las memorias del famoso y polémico crítico literario alemán/polaco, Marcel Reich-Ranicki, Mi vida (Galaxia Gutenberg). Una breve pero significativa muestra de excelentes libros dedicados al horror, otra manera de reflexionar sobre la dignidad del ser humano.

EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Y aunque sólo sea para cambiar de tercio, un breve comentario a algunas novedades de España y Portugal.

Las novelas del portugués Antonio Lobo Antones (Lisboa, 1942) continúan sorprendiendo a la crítica más exigente. La última ha sido No entres tan deprisa en esa noche oscura, una extensa narración que se lee como un desbordante y alucinado poema. Al igual que en sus anteriores novelas, entre las que destaco Manual de inquisidores (1998) y Esplendor de Portugal (1999), Lobo Antunes pone en práctica una genuina manera de narrar que envuelve al lector con un discurso en el que el pasado y el presente se entremezclan con imágenes puntuales y cotidianas que atrapan el devenir de una existencia concreta. No es fácil resumir los argumentos de las novelas de Lobo Antunes; tampoco es fácil apresar una intención única, un mensaje claro. Sus escritos están salpicados de agudas reflexiones, de bellas instantáneas, de inquietantes sobresaltos, de zonas oscuras, de un torbellino verbal que hacen avanzar, a saltos y a cámara lenta, el argumento y la acción.

NO ENTRES TAN DEPRISA EN ESA NOCHE OSCURA
ANTONIO LOBO ANTUNES
Siruela, Madrid, 2002, 501 páginas

En este caso, con el trasfondo de Mozambique y un Portugal ya periclitado, la enigmática María Clara, una joven de dieciocho años, habla de su familia, de sus temores, de sus ilusiones. El discurso es torrencial, vertiginoso, de felices hallazgos vivenciales y poéticos, que reclama un lector activo, trabajador, sensible, dispuesto a enfrentarse con un texto arduo pero que esconde, si se tiene paciencia, una increíble calidad literaria. Resulta sorprendente la arquitectura de sus novelas y el meticuloso, hermético y barroquizante lenguaje que emplea, rompiendo siempre con la obviedad. Esta manera de escribir le sirve también para trasladar al texto su desolada visión de la condición humana, empleando temas relacionados con la muerte, el desamor, el dolor y la destrucción, que encarna en personajes muy portugueses que son, a la vez, plenamente universales. En una entrevista publicada en el diario El País (7-V1-2002) durante la celebración de la Feria del Libro de Madrid, Lobo Antunes afirmaba: «Yo no quiero lectores que lean, sino que se enfermen de la novela». Y como también dice en el libro de entrevistas Conversaciones con Antonio Lobo Antunes, escrito por María Luisa Blanco, quien tiene mucho que ver con el prestigio de este autor portugués en España: «La intriga no me interesa, lo que yo quisiera es no que me leyeran, sino que vivieran el libro». No entres tan deprisa en esa noche oscura es el nuevo desafío narrativo de uno de los escritores más exigentes de la literatura contemporánea.

LA TRADICIÓN CERVANTINA DE LANDERO

Novela a novela, entre las que destaca, con bastante diferencia, la primera, Juegos de la edad tardía (1989), Luis Landero (1948) se ha convertido en uno de los narradores españoles más sólidos y originales. Luego vinieron Caballeros de fortuna y El mágico aprendiz, y ese singular ensayo literario y biográfico, Entre líneas: el cuento o la vida (Tusquets), plagado de referencias personales. En El guitarrista, habla «de un tema que es constante en mi inquietud literaria: la terrible contradicción entre lo que uno es y lo que desea ser, entre la realidad y los sueños que se persiguen, entre el éxito y el fracaso en la vida».

EL GUITARRISTA
LUIS LANDERO
Editorial Tusquets, Barcelona
2002, 122 páginas

Emilio, un joven aprendiz de mecánico, que estudia en una academia nocturna y que aspira a ser escritor, se ve arrastrado a tomar decisiones importantes para su vida por la atrayente verborrea de su primo Raimundo, quien emigró a París para trahajar en una carpintería, pero un golpe de fortuna le convirtió, eso dice él, en un exitoso cantante de flamenco. Raimundo convence a Emilio para que aprenda a tocar la guitarra, la llave que permita abandonar su vida muermo. Cuando ve sus actitudes musicales, su jefe le encarga que dé clases particulares a su esposa, lo que será el inicio de una excéntrica e intermitente aventura amorosa, Mientras tanto, Emilio tiene su primera experiencia artística, cómicamente frustrante.

Al igual que en sus novelas anteriores, Landero introduce la nota inverosímil dentro de un contexto realista (la vida madrileña de los últimos años del régimen de Franco). Domina el tono cervantino, con un tratamiento un tanto quijotesco de los personajes, especialmente los secundarios, que siempre en Landero adquieren un divertido protagonismo (el primo Raimundo, el profesor de filosofía, el inquilino Rodó). Todos ellos son fieles a su visión de la vida: «Mis personajes viven entre la persecución de sus anhelos y la bruma de lo cotidiano, en medio de una especie de ensoñación en la que puede más la voluntad que la propia realidad ». La novela tiene excelentes momentos, como la conversación sobre el oficio de escritor con Gustavo Rodó o la descripción de la esperpéntica gira musical. Pienso, sin embargo, que la novela toma un giro desafortunado al centrarse excesivamente en la historia de Emilio con la mujer del jete. A pesar de este reparo, Landero vuelve a demostrar su sobresaliente maestría estilística y confirma su sólido camino dentro de la novela última española: una literatura ingeniosa y atrayente en la que perviven los modelos clásicos de la tradición cervantina.


Josep Pla, maestro de la literatura memoralística

Estamos ante uno de los autores clave de la literatura memorialística del siglo XX español, ahora que estamos viviendo un momento de auge de los libros de memorias y diarios, como apunta y demuestra Jordi Gracia en su estudio Hijos de la razón. En la historia de la literatura española hay pocos escritores que hayan hecho del memorialismo su poética, su auténtica obsesión literaria. Hay buenos testimonios, eso sí, más de los que pueden parecer a simple vista, pero no podemos comparar la literatura memorialística española con la inglesa o francesa, mucho más dada a airear en público -eso son los diarios y las memorias – los diferentes pliegues de la intimidad.

HIJOS DE LA RAZÓN
JORDI GRACIA.
Editorial Edhasa, Barcelona, 2001, 285 páginas

Sin embargo, todo lo que ha escrito Josep Pla (1897-1981), que fue mucho (su Obra Completa la componen cerca de 50 volúmenes), está traspasado de la obsesiva presencia de un yo singular, genuino, personalísimo, inconfundible, que invade cada una de sus páginas y comentarios. De ahí que Pla, en todos los formatos posibles, esté siempre escribiendo de lo mismo: su detallada percepción de la vida, de los lugares y de las gentes con las que ha convivido. Y esto es así tanto en sus escritos propiamente memorialísticos como en el resto de los libros que componen su prolífica producción literaria.

La vigencia de El cuaderno gris

En la literatura castellana Pla tiene una presencia intermitente. Sin embargo, los últimos meses han sido especialmente importantes, pues a la nueva edición de bolsillo de su obra más emblemática, El cuaderno gris, en Destino, su editorial habitual, hay que sumar (un histórico acontecimiento) la aparición en Espasa, en dos tomos, de todos sus dietarios (algunos de ellos todavía no estaban traducidos al castellano), y la publicación del Diccionario Pla de literatura, voluminosa antología de textos de Pla sobre los escritores y la literatura a cargo de Valentí Puig, uno de los más importantes expertos en la obra del escritor catalán y autor de una de sus biografías más objetivas y valiosas, El hombre del abrigo, que permite conocer en profundidad, al margen de curiosas anécdotas, el pensamiento y el carácter de un escritor irrepetible.

Desde su publicación en castellano en 1975, en traducción ya casi canónica de Dionisio Ridruejo y Gloria Ros, el prestigio de El cuaderno gris no ha cesado de crecer. Pla comenzó a escribir El cuaderno gris en 1918, el día que cumplía 21 años, y lo finaliza en septiembre de 1919, poco antes de marchar como corresponsal de prensa a París. Sin embargo, hasta su publicación en catalán en 1966, el libro fue reelaborado casi completamente. Esto se nota, especialmente, en la madurez de su estilo y de sus opiniones.

EL CUADERNO GRIS
JOSEP PLA
Editorial Destino
Barcelona, 2002, 803 páginas

Como escribe en estas páginas, «este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo». Por sus páginas desfila, sin retórica, la vida de Pla, sus lecturas, el paisaje del Ampurdán, sus familiares y amigos, los vecinos de Palafrugell, los comentarios de la tertulia a la que asistía, sus reflexiones críticas sobre la vida universitaria, sobre el clima, las mujeres, las pensiones, la soledad… Un mundo que, con calificativos que en Pla adquieren un sentido estético más profundo, define como gris y vulgar.

Pla maneja una prosa realista, atenta al detalle, natural, donde destaca la asombrosa utilización de los adjetivos y la facilidad para retratar en muy pocas líneas a los personajes que van apareciendo. Detrás de esta facilidad para escribir, nada manierista, hay un elaborado proceso de depuración, que le llevó a romper en su tiempo con la tradición heredada del noucentismo y a elaborar una prosa antirretórica basada en su sobresaliente capacidad de observación.

La grandeza de los dietarios

Los mismos rasgos estilísticos que El cuaderno gris están presentes en el resto de sus diarios, que Xavier Pericay ha traducido por primera vez al castellano y que ha publicado Espasa en dos gruesos volúmenes. El primero de ellos, además de por El cuaderno gris, está compuesto por Notas dispersas, que se publicó por primera vez en catalán en 1969. En estas Notas, Pla reunió textos diarísticos que había escrito entre 1919 y 1960. No tienen la unidad que El cuaderno gris, pero mantienen el tono, los temas y el interés. En esos años, se forma su carácter, su visión del mundo, se amplían sus lecturas y, lo que es más importante, conoce muy de cerca la extensión del comunismo y la instauración del nazismo y del fascismo (uno de los textos más largos es precisamente la marcha de Mussolini sobre Roma, que Pla vivió en directo como corresponsal de prensa), que tanto determinarían su radical rechazo de cualquier forma de totalitarismo y su pesimista concepción del hombre y de la existencia. Las notas íntimas y personales (las menos abundantes, pero muy significativas) se complementan con múltiples anotaciones sobre todo tipo de cuestiones estéticas, sociales, climatológicas, paisajistas, etc., tanto de su tierra como de los países donde ejerció como periodista.

El segundo tomo lo componen Notas para Silvia y Notas del crepúsculo. El primero de estos libros es el más misceláneo, pues se incluyen en él un largo texto sobre Grecia, unas cuantas poesías y un reportaje periodístico tan interesante como Madrid. El Advenimiento de la República, que Pla vivió como testigo cualificado. Junto con estos textos, aparecen los temas habituales del resto de sus diarios: sus impresiones sobre la vida, sus vecinos, sus lecturas, sus viajes, etc. Las notas de este libro culminan con un largo texto sobre un infarto de miocardio, escrito en 1972, cuando Pla contaba con setenta y cinco años de edad. El segundo libro, Notas del crepúsculo, lo escribe Pla con cerca de ochenta años (la edición original es de otoño de 1976) y en él aparece remarcada su visión agnóstica, cínica, pesimista («la observación de la realidad humana produce un pesimismo inenarrable») y materialista del hombre, lo que le lleva a dar una singular importancia, también literaria, a los recuerdos y a todo lo que le rodea, que Pla acierta a plasmar con una prosa de gran eficacia estética, dentro de la tendencia antirretórica que le caracteriza.

En conjunto, estos cuatro dietarios dan todavía mayor solidez narrativa a la apuesta estética de Pla por la literatura memorialística. Además, la literatura de Pla contribuyó como la de pocos escritores a modelar la lengua catalana para adaptarla a los retos estéticos que planteaba el siglo XX. También se aprecia su magisterio en algunos escritores actuales (Andrés Trapiello, Miguel Sánchez-Ostiz), que reivindican los diarios como el género más característico de nuestro tiempo.

Todo en Pla es literatura

También merece destacarse la publicación del Diccionario Pla de literatura, exhaustiva selección de textos de la obra completa de Pla dedicados a la literatura y los escritores. Este volumen puede leerse como un tomo más de sus diarios, pues mantiene el tono memorialístico y subjetivo también cuando transmite sus opiniones literarias. Sus juicios no son los de un crítico literario profesional; como en tantas otras cosas, Pla es anticonvencional, vapor libre, también a la hora de explicar sus valoraciones literarias. Pero esto no significa que hable por hablar. Durante toda su vida, Pla fue un lector voraz y compulsivo, y si al principio leyó sin mucho orden, poco a poco completó una inusitada formación humanística en todos los frentes, acercándose a los grandes escritores y pensadores de su tiempo.

A Pla le interesan muy poco el teatro, la poesía y la novela. Aunque leyó a la gran mayoría de los novelistas de su tiempo, consideraba la novela como «la literatura infantil de las personas mayores». Entre sus preferencias destaca la literatura memorialística {«la mejor literatura que han hecho los literatos es la que trata de sí mismos»), o ese tipo de novela, como las de Proust, más basadas en los recuerdos y la memoria que en la pura ficción. Como él mismo dice: «he realizado una literatura de observación, de visión, de materialización, de alguna forma de conocimientos, de realismo, fina. Yo soy un escritor realista, pero sin olvidar que en el realismo hay que utilizar un mínimo de adjetivación lírica». Conocía bastante bien la literatura europea de su tiempo, especialmente la italiana, francesa e inglesa. De la literatura norteamericana se interesó por escritores puntuales, como E. A. Poe. No faltan en este libro pormenorizadas reflexiones sobre la literatura catalana y sus protagonistas, que conoció de primera mano.

Pla muestra de manera contundente sus opiniones. Los mayores elogios son para Stendhal, Troust, Leopardi, Maquiavelo, Montaigne, Pío Baroja, Cela… Los mayores varapalos, para Dostoievski («por favor, no lean nunca a Dostoievski, Nunca»), Albert Camus, Kafka, Borges («no es un escritor de la vida: es un escritor de los libros. Llega a ser insoportable») y Rimbaud. Pero este inteligente volumen recoge también sus opiniones sobre otras cuestiones literarias como el estilo, la novela, el periodismo, el retrato literario, el realismo, los adjetivos…, que contienen muchas claves sobre cómo hay que entender y analizar su propia literatura. Casi siempre, acierta en sus juicios, con una sagacidad crítica independiente, subjetiva y poco común. La publicación de estos libros, especialmente de los Dietarios, contribuirá a consolidar su privilegiada posición dentro de la literatura memorialística española, de la que fue un destacado precursor y un verdadero maestro.

La ilegalización de Batasuna

El pasado 29 de junio entró en vigor la nueva Ley de Partidos Políticos. Una ley que nació de las reuniones del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, firmado entre las dos principales formaciones políticas del arco parlamentario: PP y PSOE. Ambas consiguieron atraerse el voto de Coalición Canaria y CIU, y conformar una mayoría que permitió a la nueva ley salir a la luz con un alto grado de consenso.

La redacción del articulado de la ley apuntó directamente a Batasuna, formación que desde sus anteriores siglas (Herri Batasuna y Euskal Herritarrok) ya vino desafiando al orden constitucional y democrático al amparar y apoyar la, para ellos, «lucha armada» de ETA, que no es otra cosa que la eliminación del rival político por el asesinato y la amenaza permanente. La democracia española se acabó de dotar de una ley que podría permitirle ilegalizar una organización presente en la vida política desde la Transición. ¿Por qué ahora y no antes?

Siempre existió, y aún existe, el convencimiento de que el mundo de ETA necesitaba tener una expresión política que permitiera, con el tiempo, su integración en la vida democrática y, de esta manera, dejar las armas. Incluso, algunos confiaron en que la propia formación política hiciese de interlocutora en un posible proceso de paz. Esto es lo que se ha conocido como el modelo irlandés que, como su propio nombre indica, de momento sólo ha servido para Irlanda.

Tanto en las conversaciones de Argel como después de la tregua de 1998, ETA siempre ha dejado muy claro que no tiene interlocutores interpuestos y siempre ha negociado directamente. Su brazo político tan sólo es eso, un elemento más de toda la estrategia que dirige la organización terrorista: desde organizaciones sindicales hasta medios de comunicación y organizaciones juveniles. Todo un entramado dirigido al agitprop de los fines de la acción terrorista. Tras la firma del Pacto de Estella, el nacionalismo moderado esperaba que, aceptando los fines políticos de ETA, ésta dejara de matar y permitiera a Euskal Herritarrok (en aquel momento) incorporarse de pleno a la vida democrática. El espejismo de Otegi como el nuevo Gerry Adams duró exactamente lo que ETA tardó en obligarle a dar marcha atrás en sus muchas manifestaciones. El 3 de diciembre de 1999, ETA ponía fin a la tregua, y el 21 de enero de 2000, mataba en Madrid al teniente coronel Pedro Antonio Blanco. Y Arnaldo Otegi volvía a ser el de siempre.

La frustración que provocó, tanto en el País Vasco como en el resto de España, que ETA volviera a las armas empezó a dibujar lo que hoy se ha propuesto desde las instituciones y desde las instancias judiciales: que un partido político no puede vivir de espaldas a los principios y a las normas constitucionales que le permiten existir como tal.

El 4 de agosto estallaba un coche bomba frente a la casa cuartel de la Guardia Civil en Santa Pola (Alicante). ETA volvía a atentar en una de las localidades más turísticas de España, sólo que esta vez la explosión se llevaba por delante la vida de una niña de seis años, hija de un guardia civil, que jugaba en su habitación, y la de un jubilado que esperaba el autobús en la parada de enfrente. La indignación volvió a palparse en las calles de la ciudad el día de los funerales y toda la atención se centró en la reacción de los portavoces de Batasuna, con la nueva Ley de Partidos ya en vigor. Como era de esperar, no hubo condena del atentado, que se volvió a interpretar (a justificar, en definitiva) como una consecuencia del «conflicto político que vive Euskal Herria» y que el presidente del Gobierno era el «responsable en primera persona», ya que en su mano está el solucionarlo, « (construyendo) una alternativa sin vencedores ni vencidos».

El debate, pues, estaba y está servido. ¿Sirve o no sirve una supuesta ilegalización para la lucha antiterrorista? ¿No es un riesgo que el Congreso de los Diputados inste un proceso que puede ser interrumpido en cualquiera de sus instancias judiciales: Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional y Tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo? ¿Cuál será la reacción de los ciudadanos del País Vasco? ¿Contribuirá esta medida a ahondar aún más las diferencias de percepción entre ellos y el resto de España?

Que la ¡legalización de Batasuna no va solucionar el problema de forma definitiva, es evidente. Lo ha reconocido el propio Gobierno y es bueno que así lo haga, para que no se generen falsas expectativas. Pero no todo debería evaluarse en términos estrictamente de utilidad. El proceso abierto tiene mucho de reivindicación ética de la democracia ante el atropello terrorista. Carlos Martínez Gorriarán decía en Abe que «la justicia democrática no es solamente algo que administran los magistrados sobre la base de las leyes parlamentarias, sino también una acción constante por la equidad y la libertad generales que debe concernir a todos los ciudadanos».

La lucha contra el terrorismo es demasiado compleja como para que existan fórmulas mágicas que, en un momento dado, surtan un efecto fulminante. La ilegalización no es la panacea, pero tampoco es inocua: el 13 de agosto, ETA salió en defensa de su brazo político, justificó el atentado de Santa Pola y amenazó a todos los grupos políticos que votaran a favor en el pleno que tendría lugar trece días más tarde. Más que perder un interlocutor (ya vimos que ETA siempre negocia directamente) es posible que con la ilegalización de Batasuna se gane margen de negociación. Según expertos en seguridad, este tipo de conflictos siempre acaba en una mesa de negociación: bien para rendirse, bien para negociar de igual a igual, o bien para aceptar la rendición del contrario. Que ETA pierda su brazo político y que cualquier intento de volver a engendrar un partido político esté amenazado con la ilegalización mientras se complemente con la estrategia terrorista, puede convertirse en un elemento de desgaste importante a largo plazo. Como ha dicho Kepa Aulestia estos días en La Vanguardia, «la responsabilidad última de la continuidad de la izquierda abertzale corresponde a ella misma».

A la iniciativa votada por el Congreso de los Diputados el pasado 26 de agosto se le sumó el mismo día un auto del juez Garzón por el que suspendía las actividades de Batasuna por un periodo de tres años al hallar fuertes conexiones de este partido y algunos delitos terroristas. Las posteriores providencias emitidas por el juez limitando la capacidad de manifestarse de este partido político, han desatado las críticas sobre las acciones del juez de la Audiencia Nacional. Sea como fuere, la instancia del Gobierno ante el Tribunal Supremo por encargo del Congreso y la acción judicial llevada a cabo por Garzón se complementan en un acoso sin precedentes contra todo el mundo legal que apoya y ampara a ETA. Es evidente que existen riesgos de que algún recurso salga adelante y que el proceso sufra vaivenes. Ello dependerá de la pericia con que se hayan conducido las instancias ministeriales y judiciales. Pero desaconsejar que el Congreso sea quien impulse al ilegalización de un partido por miedo al éxito del proceso supondría pasar por alto el valor intrínseco de una iniciativa votada por el 88% del Parlamento, es decir, de la institución donde están representados todos los ciudadanos.

Tampoco hay que olvidar que no es la única ley europea. Además de la última ilegalización decretada en Francia, la del partido al que pertenecía el terrorista que atentó contra Jacques Chirac, está la propia Constitución alemana; la única carta magna que prevé la posibilidad de prohibir partidos «que, por los objetivos o la actitud de sus partidarios, intentan atentar contra el orden fundamental, liberal y democrático, o invertirlo o comprometer la existencia de la República Federal de Alemania».

La buena noticia es que, desde los procesos abiertos contra Batasuna comenzaron su curso, la llamada a la movilización por sus líderes apenas ha surtido efecto. Quizás es la consecuencia de una sociedad que, además de hastiada por una situación que dura casi más de treinta años, sigue viviendo al margen de la política. Cuando se declaró la tregua en 1998, había una opinión generalizada que recorría las calles del País Vasco: «Ahora, que lo solucionen los políticos». Bien es verdad que esto se producía después de las movilizaciones sin precedentes que tuvieron lugar desde el secuestro de Julio Iglesias Zamora y que alcanzaron su momento álgido con el asesinato del concejal de Ermua, Miguel Angel Blanco. Pero la polarización política que se abre con la deriva soberanista del PNV al abrazar la estrategia de Estella, la tregua que se rompe unos meses antes de las generales del 2000 y la tensión que estalla definitivamente en las autonómicas de 2001 entre el bloque nacionalista y el no nacionalista, sume a la sociedad vasca, de nuevo, en una patente apatía.

Las diversas encuestas publicadas sobre los efectos de la medida instada contra Batasuna revelan, una vez más, la profunda sima que se abre entre las opiniones recabadas en el País Vasco y las del resto de España. Es una mala noticia, por supuesto, pero perfectamente entendible si nos atenemos a sus condicionantes. En el País Vasco, es difícil encontrar posiciones que respalden una política de abierto enfrentamiento con el mundo de ETA. Más cerca o más lejos, un gran número de familias conoce o le afecta directa o indirectamente la situación de algún pariente, familiar o amigo que está encarcelado por motivos terroristas. La presencia del conflicto dentro de las propias familias amenaza, en ocasiones, con dividirlas. Por eso, por el hecho de que la familia, o la cuadrilla de amigos son formas fundamentales de estructuración social, donde los elementos emocionales están por encima de los racionales, se tiende a evitar lo que es motivo de conflicto o lo que puede avivarlo. De ahí aquello que decía María San Gil, teniente de alcalde de San Sebastián y presidenta del PP vasco: «en el País Vasco, por encima de todo está la vida cotidiana. Aquí te haces autista de los problemas del mundo». Para los más interesados, es muy recomendable la reflexión que ofrece sobre las consecuencias de la violencia en el entorno familiar y social la excelente película American History X, sobre los grupos neonazis en Estados Unidos.

No estamos ante un proceso fácil ni breve. Entretanto, es posible que la izquierda abertzale busque una forma de reorganizarse que le permita presentarse a las elecciones locales de mayo. Le van muchas alcaldías en ello. Veremos, sobre todo, si el artículo 9.4 de la nueva Ley de Partidos se lo impide o no. Será entonces cuando podremos hacer un primer balance.

Tras el derrumbe de las dobles morales

Cuando, el martes 11 de septiembre, los españoles contemplamos por televisión cómo se derrumbaba uno de los símbolos más característicos del capitalismo, las Torres Gemelas, y tuvimos noticia de que el Pentágono también había sido atacado, supimos inmediatamente que, después de suceso tan insólito y espectacular, el mundo nunca seguiría siendo como hasta entonces.

A diferencia de otras muchas ocasiones, el acontecimiento sorprendió a España en una posición nueva en la esfera mundial: plenamente integrada en el concierto internacional, a punto de asumir la presidencia rotatoria de la Unión Europea, miembro de la estructura de la Alianza Atlántica y apenas tres meses después de que el presidente de Estados Unidos hubiese iniciado en España, por primera vez en la historia, su primera gira oficial por Europa.

Resulta interesante considerar el contenido de esta primera visita de Bush para analizar los cambios políticos inducidos por el 11-S. Además de la sintonía ideológica y personal que se produjo entre los dos presidentes, Bush y Aznar reconocieron que el terrorismo había sido el tema fundamental de la reunión. Al mismo tiempo, Aznar manifestó su apoyo expreso al proyecto del Escudo Antimisiles, anunciado por Bush sólo unas semanas antes, y que constituía un cambio notable en la política de seguridad mantenida por Estados Unidos desde el final de la II Guerra Mundial.

Contrariamente a lo que algunos pensadores y dirigentes de la oposición señalaron en España, tales declaraciones ni eran huecas ni fueron realizadas desde planteamientos ultra conservadores. Algunos de los principales analistas y asesores de la Administración Bush, como Richard Haass o Robert Kaplan, observaron ya entonces que, en el futuro, el peligro para Estados Unidos no procedería tanto de naciones con ejércitos convencionales cuanto, sobre todo, de grupos terroristas que, gracias al progreso tecnológico, habrían podido acceder a armas de destrucción masiva. La disuasión nuclear era una fórmula útil sólo ante el riesgo de guerra entre Estados con ejércitos convencionales y con un abundante -y localizable- arsenal nuclear, de acuerdo con el modo de garantizar la paz establecido en 1972 por el tratado ABM.

Concluida la gira de junio, Bush pudo comprobar que España representaba uno de sus más firmes apoyos para realizar el cambio de rumbo en la política internacional y de defensa. No en vano, el hecho de que el terrorismo fuese el primer punto de la agenda del presidente de Estados Unidos suponía un importante avance para España, un país donde el terrorismo resulta el tema principal de preocupación de los españoles, según las encuestas realizadas por el CIS cada mes.

El atentado contra las Torres Gemelas puso en evidencia que el análisis de los asesores de Bush era, por desgracia, acertado. A partir de entonces, la Administración Bush se puso a trabajar tanto para afianzar el liderazgo del presidente como para despertar en la opinión pública norteamericana la conciencia de la vulnerabilidad de la nación.

A PARTIR DEL 11 DE SEPTIEMBRE

Contrariamente a lo que cabría pensar, los españoles no podemos considerarnos espectadores pasivos del terrible atentado. Las investigaciones policiales descubrieron pronto que una parte importante de la trama terrorista se había urdido en España. Poco después, una de las redes de colaboradores de Bin Laden fue descubierta operando en territorio nacional. Aunque España no parece que sea, en principio, objetivo prioritario del terrorismo fundamentalista, sí resulta evidente que nuestro territorio es utilizado como base de operaciones, y ello nos ha otorgado un alto nivel de protagonismo, responsabilidad y colaboración en la lucha contra dichos movimientos.

Las investigaciones no tardaron en poner al régimen talibán en el centro de las sospechas, por su pasividad, y en localizar a Bin Laden en Afganistán. El hecho de que se desplazase al centro de Asia (Afganistán, India, Pakistán) el área geoestratégica de máximo interés para Estados Unidos, no supuso que España desempeñase un papel secundario desde entonces ni que los efectos políticos de los atentados dejasen de ser manifiestos. Aunque en la primera fase de la misión de la OTAN en Afganistán no intervinieron tropas españolas, sí se encuentran ahora allí, con el objetivo de restablecer el tejido social e institucional del país.

Unos meses después 11-S, España debía asumir la presidencia rotatoria de la Unión Europea. Desde 1996, la colaboración internacional había sido uno de los ejes de la política antiterrorista de los Gobiernos de Aznar. Así, la actuación conjunta con Francia y el apoyo del Parlamento Europeo se están revelando instrumentos eficaces para lograr la derrota política y policial de ETA.

Era evidente que los atentados contra Estados Unidos constituían una oportunidad inigualable para dar a la colaboración y a la lucha antiterrorista un lugar preeminente en al agenda comunitaria, sin levantar susceptibilidades. Al término de los seis meses de intensa labor política, la presidencia española puede observar con satisfacción muchos avances en este terreno: una coordinación más efectiva en la lucha contra el terrorismo, la definición de terrorismo a nivel europeo, la puesta en marcha de la Euroorden a partir del 1 de enero de 2003, la inclusión de nuevos nombres en la lista de organizaciones terroristas, la creación de instrumentos de presión sobre las mismas (bloqueo de cuentas corrientes), etc.

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De modo permanente, se ha insistido en la amenaza que supone el terrorismo para cualquier sociedad, entre otras cosas porque, en la era de la globalización, una categoría como la de «problemas internos» ha quedado notablemente difuminada. Cualquier problema que ocurra en el seno de una nación puede transmitirse al resto. Si esto era evidente en el terreno económico, en lo referente al terrorismo también lo es. Los fenómenos independentistas en Bretaña y en Córcega, que ya han dejado su sello asesino, no están desligados, por ejemplo, de lo que ocurre en el País Vasco.

El Gobierno español también ha sabido aprovechar el contexto internacional para promover, conjuntamente con el resto de la oposición democrática, una Ley de Partidos Políticos en la que se permite la ilegalización de organizaciones políticas que den cobertura institucional a movimientos xenófobos, racistas o terroristas.

Contra la opinión de quienes pretender detectar un debilitamiento del Estado (Innerarity) o la propia percepción por parte de algunos intelectuales que entienden la globalización como un fenómeno que disuelve el concepto de soberanía (Nye, Haass, etc.), la Ley de Partidos no ha hecho sino reforzar y otorgar un nuevo protagonismo al Estado a la hora de dar respuesta a fenómenos que suponen un ataque directo al orden democrático,y de libertades.

IBEROAMÉRICA

El 11-S ha servido asimismo para estrechar aún más las relaciones con la Administración Bush. Lo que en junio de 2001 fue un gesto significativo, pero a priori intrascendente, ha cobrado un significado determinante a consecuencia de los acontecimientos posteriores. Éstos han hecho de España y Estados Unidos dos naciones que comparten su condición de víctimas y que se sienten amenazadas por el terrorismo. Esto ha hecho que sus intereses sean aún más coincidentes. La invitación personal de Bush a Aznar a Camp David da cuenta de ello. Por encima de la opción, real o no, de una supuesta integración de España en el selecto club del G-8, cuyos socios quizá consideran prioritaria la incorporación de China, las posibilidades que se han abierto gracias a la similar percepción de la actualidad por parte de los presidentes Aznar y Bush, hacen que España pueda desempeñar un papel más importante en diversos escenarios internacionales

La sintonía con Estados Unidos a la hora de abordar la amenaza del terrorismo se ha aprovechado también para analizar conjuntamente la realidad Iberoamericana. Hasta hace una década, la hegemonía política y económica en el continente americano de Estados Unidos era absoluta. La apuesta internacional, tanto por parte de las grandes empresas españolas (Telefónica, Repsol, Endesa, Iberdrola, Ferrovial, Endesa, BBVA, SCH…) como de pequeños empresarios, ha hecho que España fuera, en 2001, el primer inversor de la región. Las empresas españolas se han transformado así en competidoras directas de numerosas empresas norteamericanas.

Junto a esto, la inestabilidad política en la zona se ha incrementado notablemente a lo largo de 2002. La crisis económica y política de Argentina ha comenzado a afectar a Brasil y a Uruguay. Además, en Brasil se incrementa la incertidumbre, al estar en medio de un proceso electoral que puede dar la victoria al líder comunista del Partido de los Trabajadores, Luiz Inacio Lula da Silva. El aumento del riesgo-país y la salida de capitales, ya en marcha, ha obligado a devaluar el real, medida que en modo alguno ayudará a la economía argentina. La crisis del cono Sur, pues, no tiene visos de solución a medio plazo.

De todos modos, fue durante el golpe de Estado en Venezuela cuando las embajadas de Estados Unidos y España estuvieron más coordinadas. Aunque Chávez no ha sido un gobernante del gusto de ninguno de los dos países, el hecho de que el empresario Pedro Carmona anunciase medidas manifiestamente antidemocráticas y regresivas le privó de cualquier apoyo internacional.

Aún así, será en Colombia donde se ponga de manifiesto el renovado espíritu de la nueva época. La llegada de Alvaro Uribe va a suponer un fortalecimiento en la lucha contra la guerrilla de la FARC. Una guerrilla que, además, obtiene del tráfico de drogas su principal fuente de financiación. El reciente impulso que la Administración Bush ha dado al Plan Colombia y las cada vez más evidentes conexiones internacionales entre las distintas organizaciones terroristas, obligan a España a buscar una mayor implicación en el conflicto. En este sentido, el hecho de que en Bolivia el partido de los cocaleros haya logrado un notable avance electoral y que la política de los cultivos sustitutivos esté sufriendo una importante regresión, supone un nuevo reto tanto para España como para Estados Unidos.

Por otro lado, aunque es sobradamente reconocida la capacidad y la incesante acción política del Secretario para Asuntos Hemisféricos, Otto Reich, hoy en día la política iberoamericana de Estados Unidos ocupa un segundo lugar respecto a Oriente Medio y Afganistán. En esas circunstancias, no es previsible que vaya a quedar en un segundo plano la Doctrina Monroe por parte de las autoridades americanas: para los asuntos militares y de alta seguridad el protagonismo de Estados Unidos seguirá siendo exclusivo. La gran implicación de España en el fortalecimiento de la democracia en Latinoamérica, con el creciente grado de colaboración de Fundaciones españolas con Fundaciones norteamericanas, tales como el National Democratic Institute (NDI) O el International Republican Institute (IRI); la perseverancia de los inversores; la actividad de los dirigentes políticos españoles y su sensibilidad en las organizaciones multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio; y el hecho mismo de que España esté situada como el puente natural de Latinoamérica con la UE, son razones todas que proporcionan mayor robustez a la posición de nuestro país.

MARRUECOS

No obstante este panorama optimista, hay que señalar que no todas las circunstancias internacionales juegan a favor de España. El contencioso con Marruecos es un inconveniente notable para la política exterior y la propia relación con Estados Unidos. El rey Mohamed VI decidió retirar a su Embajador en España y ha llevado a cabo una continua política de provocaciones, al mismo tiempo que estrechaba lazos con Estados Unidos. El hecho de que el Plan Baker para el Sahara recogiese la mayoría de sus pretensiones muestra a las claras la excelente relación con los mandatarios americanos. Marruecos, que siempre ha sido el aliado de Estados Unidos más sólido en el mundo árabe, ha sabido mantener una posición pública de enfrentamiento al islamismo radical dentro de sus fronteras, al tiempo que financiaba y amparaba las acciones de grupos fundamentalistas en Argelia. La posible existencia de yacimientos energéticos en la zona hace aún más enrevesada la cuestión.

Con habilidad, Marruecos está aprovechando la oportunidad que juega su posición geopolítica para abrir nuevamente los contenciosos pendientes con España. La retirada del embajador o la invasión de la isla del Perejil no son sino aspectos parciales del problema central que supone que España sea la pieza en torno a la que gravite el nacionalismo marroquí, factor principal, cuando no único, de unión entre el pueblo y sus tiránicos monarcas.

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El problema latente que representa la situación del antiguo protectorado español del Sahara y la presencia de las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla, junto con los islotes desperdigados a lo largo de la costa, no permiten vislumbrar un fácil final a las reivindicaciones alauitas.

Este contencioso va a impedir, o al menos alterar en alto grado, la relación normal de España con el Magreb. La cuenca sur del Mediterráneo constituye, junto con Iberoamérica, el ámbito natural en el que se debe hacer patente el nuevo rol que juega España dentro del contexto internacional. Es necesaria una mayor presencia española en todos los ámbitos, para tratar de incrementar la relación política, económica y cultural de nuestro país con Argelia, Túnez, Libia y por supuesto Marruecos. Son sociedades y mercados en desarrollo, en los que el contacto y la mutua relación sólo pueden traer consecuencias beneficiosas para la zona.

Aunque sea menos efectista, es sin duda mucho más beneficioso para los intereses españoles que el mayor protagonismo y peso internacional se ponga al servicio de una solución estable a los problemas entre Marruecos, Argelia, Sahara y Mauritania, que en espectaculares conferencias de paz para Oriente Medio, en las que las aportaciones políticas de España son muy escasas. En cambio, el logro de la estabilidad económica y política en el Magreb sería a todas luces una apuesta beneficiosa y podría traer la efectiva apertura de nuevos mercados. Aunque es evidente que Francia juega también un papel de primera magnitud, las reticencias existentes aún, por su pasado de potencia colonial de la zona, confieren a España una posición singular.

INMIGRACIÓN-SEGURIDAD

Junto a ello, se hace urgente la búsqueda de una solución al problema de la inmigración. El 11-S ha supuesto un aldabonazo para las sociedades europeas y, aunque los problemas de inseguridad estuviesen presentes desde hacía tiempo, no es mera coincidencia que los ciudadanos europeos hayan obligado a sus respectivos dirigentes políticos a situarlos en el primer lugar de su agenda política. Esta circunstancia puso de manifiesto los reflejos de la presidencia española, al introducir el asunto en la Cumbre de Sevilla.

Los atentados de Nueva York y Washington han hecho que las diferentes sociedades empujen a los Ejecutivos a asumir la seguridad como uno de los referentes principales de la labor de gobierno. En el resto de Europa, esta circunstancia se ha visto acompañada por la amenaza de un incremento del peso político de la ultraderecha, ligada a unas erróneas, desfasadas y miopes políticas de inmigración.

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Junto al binomio inmigración-seguridad, el modo en que se produce la convivencia en las sociedades occidentales con los recién llegados adquiere una importancia capital. El modelo multicultural, es decir, la convivencia en una misma sociedad entre distintas culturas absolutamente inpendientes, ha mostrado su fracaso real. Las sociedades occidentales, entre ellas la española, se reconocen como el producto de un mestizaje que ha durado siglos, y la integración de los ciudadanos es la única manera de lograr un verdadero avance. Aunque quizá no sea políticamente correcto hablar de las culturas en términos de la escala métrico decimal, parece que la democracia, el respeto a los derechos humanos, la libertad religiosa y la igualdad entre hombres y mujeres suponen unos valores imprescindibles para todos los ciudadanos, cualquiera que sea su procedencia, y deben ser la base sobre la que se establezca la convivencia.

La caída del Muro de Berlín puso de manifiesto, entre otras cosas, que la economía y la política no son los motores únicos de la historia, sino que la cultura es la verdadera piedra filosofal del progreso. En Occidente, al mismo tiempo que se han registrado avances importantes, aquí citados, y que constituyen uno de los pilares de nuestro progreso, se observa un cierto cansancio o anemia, una cierta incapacidad social y cultural para reaccionar ante el empuje de los bárbaros del Norte de Africa y Oriente Medio. Después de varios siglos confiando en «manos invisibles» que nos devuelvan un supuesto equilibrio perdido, parece que va llegando la hora de recurrir a las «manos visibles» de los ciudadanos para reconstruir las grietas que han aparecido en nuestro modelo cultural. Ese es el escenario y esos los retos a los que nos enfrentamos los españoles un año después de unos atentados que, aunque suene a tópico, nos conmocionaron.

La pobre Liza

[Presentación]

Si Pushkin se reputa «padre» de la literatura rusa, bien podríamos decir que Karamzín es su «abuelo» o, al menos, su «tío». De una generación anterior a la del infortunado poeta, Nikolái Mijáilovich Karamzín (1766-1826) reunió en su persona tres oficios intelectuales que sólo en estadios poco desarrollados de la cultura suelen presentarse unidos: el de novelista, ensayista e historiador.

A historiar se consagró enteramente Karamzín desde 1803 hasta el final de sus días. Nombrado cronista oficial por el zar Alejandro I, de quien era amigo personal; cubiertas sus espaldas por una sustanciosa pensión de 2000 rublos al año, a cargo de las arcas del Soberano; y abiertos, en fin, para él todos los archivos de Palacio, Karamzín escribió una voluminosa Historia del Estado ruso, que no obstante el estilo algo pomposo y altisonante de su prosa, fue la primera concebida conforme a parámetros de una metodología científica. Tras la reciente caída del régimen comunista en Rusia, esta obra ha sido reeditada y apenas hay ciudadano de esta nación que, en la actualidad, no tenga un ejemplar de ella en su hogar: hasta tal punto la necesidad de reencontrar la verdad sobre la historia de Rusia ha hecho volver los ojos a esa importante obra de Karamzín.

Antes que por su labor científica, Nikolái Mijáilovich había sido un conocido traductor de literatura extranjera —obras de Shakespeare (Julio César) o Lessing (Emilia Galotti), entre otras muchas—. Estas traducciones solían venir presentadas por el propio Karamzín con unos ensayos de crítica literaria nada desdeñables.

Pero no sólo la literatura extranjera excitaba su interés. Entre los ensayos de Karamzín dedicados a Rusia, se hizo célebre uno titulado «Por qué hay tan pocos talentos literarios en Rusia». Casi proféticamente, preconizaba en él las cualidades intelectuales y morales que, pocos años después, harían de Pushkin el primer poeta nacional eslavo.

Hasta qué punto Karamzín comprendía ya lo que era inminente en la cultura rusa lo muestran también sus Cartas de un viajero ruso, cuenta de sus impresiones en las diferentes etapas de un largo viaje por Europa. Publicadas regularmente en la prensa moscovita, y luego como volumen independiente en 1797, dieron lugar a un género muy imitado hasta casi mediados del XIX por los aristócratas rusos (los únicos que por entonces viajaban). El lector de Nueva Revista recordará las cartas que Botkin escribió desde España, traducidas y publicadas en alguno de nuestros números anteriores. Desde el punto de vista estilístico, las cartas de Karamzín son importantes porque evitan tanto el cultismo y la farragosidad del eslavo procedente del antiguo idioma eclesiástico (el único que hablaban, caso de no hacerlo en francés, las gentes cultivadas de Rusia), como la chocarrería y la vulgaridad que empleaban las clases populares. Pero son importantes asimismo por su contenido: lectores tan conspicuos como Fiódor M. Dostoyevski han reconocido en ellas trazos inequívocos del carácter ruso, de ese espíritu que informaría la literatura nacional posterior.

El Karamzín por el que nos vamos a interesar aquí, sin embargo, es el autor de novellas como Natalia, la hija del boyardo (1792), La isla de Bomholm (1793), Frol Suilin, hombre virtuoso (1796), Un caballero de nuestro tiempo (1802), Marfa la comendadora (1803), o Sierra Morena (1803). De trama histórico o contemporáneo, con un estilo unas veces más lírico otras más contenido, esos títulos muestran a un autor romántico nunca enteramente decidido, sin embargo, a entregarse, como si de un escritor alemán se tratara, a los embrujos de su alma fantástica, a las ondas de sus sentimientos desbordados. Si por algo podemos ver en Karamzín un precursor de la gran prosa rusa del XIX, es por esta contención realista, «social», de sus novelas. Como todo buen ruso, Karamzín no acaba de aceptar un único punto de vista sobre las situaciones, sobre sus personajes. La unilateralidad es un pecado de lesa intelectualidad para un escritor ruso. Aún en los momentos de mayor exaltación lírica o romántica, el autor tiene que estar mirando por el rabillo del ojo al suelo, a un asidero que le impida echar a volar, un argumento dialéctico que actúe de contrapeso para su rico depósito de credulidad.

Esta peculiaridad es notoria ya en la novela que aquí publicamos, La pobre Liza (1792). Es verdad que, ya desde el arranque del relato, aparecen los tópicos prerrománticos procedentes de ensoñaciones como las de Rousseau, caminante solitario, o las de un joven llamado Werther: torres góticas abandonadas y parajes naturales que activan la emoción del narrador y le conducen no pocas veces a un sentimentalismo que impregna ampliamente su lenguaje. Este punto de vista emocional es para el autor más importante que la trama; adjetivar de modo tierno a la heroína, esa «pobre»; repetir su nombre cuando alguien se dirige a ella: «Liza, Liza», más importante que la sorpresa que las peripecias del argumento causarán en el lector. No sólo el narrador se ve envuelto en los encantos que destila la heroína: la misma naturaleza la acompaña a lo largo de sus difíciles pasos… Y no obstante ello, hay en Liza y en Erast un anticipo de caracteres nada románticos que van a llevar muy lejos la literatura rusa: Tatiana y Oneguin de Pushkin, el hombre superfluo de Turguéniev, y Natasia Filíppovna, esa mujer que, harta de ser la «pobre amante» de un Afanasii Ivánovich, decide revelarse contra su elegante, culto, caprichoso y prescindible protector y hacérselas pasar canutas, poniendo en peligro su honor, su respetabilidad social. Los enigmas de la interesante mujer rusa empezaron a quedar abocetados en el destino de esta «pobre Liza» que concibió Nikolái Mijáilovich Karamzín, y que Nueva Revista ofrece por primera vez en castellano a sus lectores. (R. Ll.).

La pobre Liza
por NIKOLÁI M. KARAMZIN

Probablemente pocos habitantes de Moscú conozcan como yo las afueras de esta ciudad, pues pocos frecuentan el campo, y no vagan sin plano ni objetivo, siguiendo solamente sus ojos por prados y bosques, por colinas y llanuras… Cada verano encuentro algún rincón nuevo o descubro bellezas ocultas en los ya conocidos. Pero el que más me gusta es uno sobre el que se elevan, tenebrosas, las góticas torres del Monasterio de Si—nov. Situándose en esta colina, a la derecha, uno puede abarcar casi entera la ciudad de Moscú, que en forma de majestuoso anfiteatro, ofrece a nuestros ojos su terrible mole de edificios e iglesias. ¡Espléndido cuadro éste, sobre todo cuando brilla el sol y los rayos vespertinos se reflejan en sus infinitas cúpulas y sus cruces elevándose al cielo! Abajo, se extienden los espesos prados, verdes y florecientes, detrás de los cuales, entre las arenas amarillas, corre un claro río levemente agitado por los remos de unas barcas de pesca — río que, a veces, emite el ruido de la conducción de pesados transbordadores que navegan desde los fértiles rincones del Imperio para abastecer de pan a la ansiosa ciudad de Moscú.

Al otro lado del río se divisa un robledal, junto al que pastan innumerables rebaños; allí, jóvenes pastores cantan sencillas y melancólicas canciones a la sombra de los árboles, haciendo de este modo más llevadero el hastío estival. Más allá, en la verde espesura de viejos olmos, brilla el monasterio Danilov, con sus doradas cúpulas; un poco más lejos, casi en el horizonte, azulean las colinas de Vorobiovy. A la izquierda pueden verse grandes campos de trigo, unos bosquecillos, tres o cuatro pueblos, y en la lontananza, la aldea de Kolomenskoie, con su esbelto palacio.

A menudo frecuento este lugar y casi siempre veo desde él la llegada de la primavera; también me dirijo allí en los sombríos días de otoño, para llorar junto a la naturaleza. Terrible sopla el viento entre los desiertos muros de aquel monasterio, entre las tumbas cubiertas de hierba y los oscuros pasadizos de las celdas. Allí, apoyándome sobre las piedras de las tumbas en ruinas, me detengo a escuchar los sordos lamentos del tiempo absorbidos por el abismo del pasado — gemidos que estremecen y encogen el corazón. A veces, entro en las celdas e imagino sus habitantes. ¡Qué cuadros tan tristes! Puedo ver al anciano de pelo blanco de rodillas, ante la cruz, rezando para que Cristo vuelva pronto a la Tierra; el anciano nada espera ya de esta vida y nada siente, excepto la enfermedad y la debilidad. Más allá, puedo ver a un joven monje de pálida tez y mirada lánguida que, a través de la reja de la ventana, mira el campo y los alegres pajarillos que nadan libres en el mar del aire; los mira, y amargas lágrimas brotan de sus ojos. El muchacho languidece, se marchita y extenúa; el melancólico tañido de las campanas me anuncia su muerte prematura. A veces, en las puertas del templo, me pongo a mirar la representación de los milagros acaecidos en el monasterio; puedo ver los peces que caen del cielo para alimentar a los habitantes del monasterio asediado por sus innumerables enemigos; también, la imagen de la Virgen que obliga a los enemigos a emprender la retirada. Todo ello hace que yo, en mi interior, rememore la historia de nuestra patria — la triste historia de los tiempos en que los feroces tártaros y lituanos, a fuego y hierro, saqueaban los alrededores de la capital rusa, y cuando la desdichada ciudad de Moscú, como una viuda indefensa, sumida en su terrible infortunio, esperaba ayuda solamente de Dios.

Pero lo que más me atrae de los muros del monasterio de Si… nov es el recuerdo del triste destino de Liza, de la pobre Liza. Me gustan, ¡ay!, las cosas que conmueven al corazón hasta hacerle derramar lágrimas de dulce pesar.

A unas setenta sazhenas1 del monasterio, junto a un bosque de abedules y en medio de un verde prado, hay una cabaña vacía, sin puertas, ventanas ni suelos; hace tiempo que su tejado se pudrió y se ha derrumbado. Unos treinta años atrás vivió aquí, junto a su madre anciana, una amabilísima muchacha, llamada Liza.

El padre de Liza fue un campesino bastante acomodado, porque amaba el trabajo, araba bien su tierra y siempre llevó una vida muy sobria. Pero al poco tiempo de morir él, su mujer y su hija empobrecieron. La perezosa mano del arrendatario trabajaba mal el campo y el trigo dejó de crecer. Madre e hija se vieron obligadas a entregar su tierra en arrendamiento por muy poco dinero. Además, la pobre viuda, derramando continuamente lágrimas por su difunto marido — ¡también las campesinas saben amar!— se fue debilitando más y más, hasta perder finalmente todas sus fuerzas para trabajar. Únicamente Liza —quince años tenía cuando murió su padre—, sin apiadarse de su dulce juventud y de su inusual belleza, se afanaba en trabajar un día tras otro. Tejía cañamazo, hacía calcetines de punto, en primavera recogía flores, y durante el verano, los frutos del bosque, que vendía luego en Moscú. La sentida y bondadosa madre, viendo la tenacidad de su hija, a menudo la estrechaba contra su corazón, llamándola gracia divina, sostén de la familia, deleite de su vejez; y rezaba a Dios para que le recompensara por cuanto hacía por ella.

—Dios me dio las manos para trabajar —decía Liza—. Tú me cuidaste cuando yo era pequeña y me alimentaste con tu pecho, ahora es mi turno. Sólo te pido que dejes de atormentarte y de llorar; tus lágrimas no resucitarán a mi padre.

Pero a menudo, tampoco Liza podía contener sus lágrimas — también ella se acordaba que había tenido un padre y que ahora ya no vivía, pero para tranquilizar a su madre intentaba esconder su tristeza y parecer sosegada y alegre.

—En la otra vida, Liza —le respondía su madre—; sí, en la otra vida, dejaré yo de llorar. Dicen que allí todo el mundo es feliz; seguro que también lo seré yo cuando vea a tu padre. Sólo que aún no deseo morirme, ¿qué será de ti sin mí? ¿En qué manos voy a dejarte? ¡No, que Dios me permita verte casada como es debido! Puede que pronto encuentres un hombre bueno. Entonces, mis dulces hijos, os bendeciré, me santiguaré, y me postraré en paz sobre la húmeda tierra.

Transcurrieron dos años tras la muerte del padre de Liza. Los prados se cubrieron de flores y Liza fue a Moscú con los ramos de lirios que cogiera en el valle. Un joven, bien vestido y de agradable aspecto, se cruzó con ella. Liza le mostró las flores y se sonrojó. — ¿Los vendes, muchacha? —preguntó él, sonriendo.
—Sí, los vendo —respondió ella. — ¿Y qué pides por ellos?
—Cinco cópecks,
—Eso es muy poco dinero. Aquí tienes un rublo.

Liza se sorprendió, pero atreviéndose a mirarle enrojeció aún más, y clavando luego los ojos en el suelo, dijo que no cogería aquel rublo.
— ¿Para qué lo quiero? El dinero restante no me hace falta.
— Creo que estos maravillosos lirios recogidos por una preciosa joven valen un rublo. Pero puesto que no lo aceptas, aquí tienes cinco cópecks. Me gustaría poder comprarte siempre las flores y que tú las cogieras sólo para mí.

Liza le entregó el ramo, cogió los cinco copecks, le hizo una reverencia y ya se disponía a marcharse cuando el desconocido le detuvo, cogiéndola de la mano.

— ¿A dónde vas, muchacha?
— A casa.
— ¿Y dónde está tu casa?

Liza le dijo dónde vivía y se marchó. El joven no quiso retenerla más tiempo, probablemente para no llamar la atención de la gente que pasaba por la calle, por si se volvían a mirarles burlonamente.

Al regresar a casa, Liza contó a su madre lo ocurrido.
—Hiciste bien en no aceptar el rublo. Puede tratarse de un necio…
— ¡Ah, no, madre! No lo creo. Tenía una cara muy bondadosa, y una voz tan…
—Sin embargo, Liza, es preferible vivir de tu trabajo y no aceptar nada gratis. ¡Todavía no sabes, hija mía, cómo puede ofender un malvado a una muchacha! Mi corazón está siempre inquieto cuando marchas a la ciudad; pongo velas al icono y rezo a Dios para que te proteja de toda desgracia y agresión.

Las lágrimas inundaron los ojos de Liza, que se acercó a su madre para besarla.

Al día siguiente Liza recogió unos lirios aún más hermosos, y otra vez se dirigió a la ciudad. Sus ojos parecían buscar algo tímidamente.

Muchos quisieron comprarle las flores, pero ella respondía que no estaban a la venta y no paraba de mirar a uno lado y otro. La tarde se echó encima y se hizo hora de regresar a casa; las flores fueron a parar al río Moscova.

—¡Que nadie sea vuestro dueño! —dijo Liza, llena de tristeza.

A la tarde siguiente, Liza estaba sentada junto a la ventana, tejiendo y cantando en voz baja unas canciones de lamento; de pronto, saltó de la silla y gritó:

—¡Ay!

El joven comprador de flores estaba al otro lado de la ventana.

— ¿Qué te sucede?—le preguntó asustada su madre, que estaba junto a ella.
— Nada, madre —respondió Liza con voz tímida— que acabo de verle.
— ¿A quién has visto?
—Al caballero que me compró las flores.
La anciana se asomó a la ventana.
Un joven de aspecto agradable le hizo una reverencia tan cortés que ella no pudo pensar más que cosas buenas de él.
— ¡Buenos días, buena mujer! — dijo el desconocido—. Estoy muy fatigado; ¿no tendría usted un poco de leche fresca para mí?
La servicial Liza, sin esperar la respuesta de su madre —seguramente sabía ya cuál era— corrió al sótano, cogió un recipiente de barro cubierto con una pulida tapa de madera y un vaso; lo lavó, lo secó con un paño blanco y vertió en él la leche, para entregárselo al joven, mientras fijaba su mirada en el suelo. El desconocido lo bebió —y ni el néctar de las manos de Hebe le hubiera sabido más dulce. A nadie le sorprenderá que el joven agradeciera a Liza su gesto no sólo con palabras sino también con la mirada.
Mientras tanto, la bondadosa madre tuvo tiempo para contar al joven su pena y su consuelo — la muerte de su esposo y las infinitas cualidades de su hija, su amor al trabajo, su ternura y todas sus virtudes. El escuchaba con atención; pero ¿es necesario decir al lector dónde estaban sus ojos? Y Liza, la tímida Liza, de cuando en cuando, miraba a hurtadillas al joven caballero, pero ni el fulgor de un rayo era más rápido que aquella mirada azul suya que se clavaba en tierra, después de haberse cruzado con la de él.
—Me gustaría —dijo el joven a la madre— que su hija no vendiera su trabajo a ningún otro más que a mí. De este modo ella no tendrá que ir tan a menudo a la ciudad, y usted no habrá de separarse tanto tiempo de ella. Yo mismo podría pasarme por aquí de vez en cuando.

En los ojos de Liza brilló una alegría que en vano trataba de ocultar; sus mejillas ardían como la aurora en una clara tarde de estío; miraba la manga izquierda de su vestido y la pellizcaba con la mano derecha. La anciana acogió de buena gana y sin recelo de ningún tipo aquella propuesta, tratando de convencer al desconocido que la tela y los calcetines tejidos por Liza tenían una calidad y una duración sin igual con los que hacían otras personas.

Caía la noche y el joven caballero se dispuso a marcharse.
— ¿Cómo podemos llamarle, amable y buen señor? —preguntó la anciana.
—Me llamo Erast —respondió él.
—Erast —repitió en voz baja Liza—. ¡Erast!
Cinco veces repitió aquel nombre como si tratara de memorizarlo. Erast se despidió de las mujeres y se fue. Liza le siguió con la mirada, y la madre, sentada y pensativa, cogió la mano de su hija.
— ¡Ay, Liza! —le dijo—. ¡Qué buen mozo es, y qué bondadoso! ¡Conque tu novio fuera así!
El corazón de Liza se estremeció.
— ¡Madre! ¿Cómo habría de serlo? Si él es un señor y entre los campesinos. ..—Liza no concluyó la frase.

Ahora el lector ha de saber que aquel joven caballero, llamado Erast, era un acaudalado hidalgo de bastante buen juicio y corazón; un corazón que, aunque bueno por naturaleza, era también débil y voluble. Llevaba una vida disipada pensando únicamente en sus diversiones y buscándolas en todo tipo de distracciones sociales, pero a menudo no lograba encontrarlas: se aburría y se quejaba de su suerte. Desde el primer instante, la belleza de Liza le causó una fuerte impresión. Erast gustaba de leer novelas e historias de amor, y disponía de una gran imaginación gracias a la cual a menudo se trasladaba mentalmente a aquellos tiempos (pasados o imaginarios) en los que, si hemos de creer a los poetas, todo el mundo paseaba por las praderas sin preocupación alguna, se bañaba en limpios manantiales, se besaba como las tórtolas, descansaba bajo los rosales y mirtos, y dejaba pasar los días en un feliz transcurrir. Le pareció que había encontrado en Liza aquello que tanto ansiaba su corazón. «La naturaleza me dice que me entregue a ella y a sus gozos más puros», pensó Erast, decidiéndose a dejar la vida mundana a un lado — al menos, durante algún tiempo.

Hablemos ahora de Liza. Llegó la noche — la madre bendijo a su hija deseándole felices sueños, pero en esta ocasión su deseo no se vio cumplido: Liza durmió muy mal. El nuevo huésped de su alma —la imagen de Erast— se presentaba con toda claridad, despertándola cada cinco minutos y arrancando de ella suspiros. Liza se levantó antes del amanecer, fue a la orilla del Moscova, se sentó en la hierba y llena de tristeza se puso a mirar cómo la blanca niebla se elevaba erizándose en el aire, mientras dejaba caer sus brillantes gotas sobre el manto verde de la naturaleza. El silencio reinaba alrededor. Enseguida el sol despertó a la creación entera: revivieron los bosques y matorrales, los pájaros levantaron el vuelo rompiendo a cantar y las flores levantaron sus cabecitas para saciarse de la fuerza vital de los rayos del sol. Pero Liza seguía compungida. ¡Liza, Liza! ¿Qué te ha sucedido? Hasta ahora, despertándote con el canto de los pájaros, te divertías con ellos por las mañanas y tú alma pura resplandecía en tus ojos, como gotas de rocío del cielo brillando al sol; pero ahora estás sumida en pensamientos y la alegría de la naturaleza resulta ajena a tu corazón.

Mientras, un joven pastor conducía su ganado por la orilla del río, tocando un caramillo. Liza se quedó mirándole y pensó: «si aquél que ahora ocupa mis pensamientos hubiera sido un simple campesino como ese pastor, por ejemplo, y si ahora pasara junto a mí conduciendo su ganado — le saludaría haciéndole una reverencia y le diría amablemente: «¡Buenos días, buen pastor! ¿A qué lugar conduces tu ganado? Aquí también crece la hierba verde para tu rebaño, y las flores; con ellas trenzaré una corona para tu sombrero. Él me miraría con cariño — y tal vez me cogería de la mano… ¡Qué sueños!». El pastor pasó de largo tocando el caramillo y desapareció con su abigarrado rebaño tras la colina.

De repente Liza oyó el ruido de unos remos y vio una barca en la que iba Erast.

Todo su cuerpo se estremeció, pero no por miedo. Quiso levantarse para echar a andar pero no pudo dar un paso. Erast salió corriendo hacia la orilla, se acercó a Liza, y su deseo, en parte, se hubo cumplido, pues la miró con cariño y le cogió de la mano… Y Liza, de pie, con la mirada baja, las mejillas ardiendo y el corazón estremecido — no pudo apartar de él su mano cuando él le acercó sus labios rojos… Y la besó con tanta pasión que el universo entero le pareció envuelto en fuego.

—¡Querida Liza! —dijo Erast-; ¡querida Liza! ¡Te quiero! —aquellas palabras retumbaron en lo más profundo del alma de Liza; ella apenas daba crédito a sus oídos y…

Pero voy a dejar descansar un poco el pincel. Sólo mencionaré que en aquel momento de arrobamiento, desapareció la timidez de Liza — y Erast comprendió que era amado apasionadamente por un corazón puro y sincero.

Estaban sentados en la hierba, uno junto al otro, y mirándose a los ojos se decían: «¡Ámame!». Las horas transcurrían para ellos sin darse cuenta. Por fin, Liza recordó a su madre, que estaría preocupada por su tardanza. Había llegado el momento de despedirse.

—¡Erast! —dijo—. ¿De veras me amarás eternamente?
—¡Siempre, dulce Liza, siempre! —respondió él.
—¿Podrías jurármelo?
—¡Claro que puedo, Liza!
—¡No necesito juramentos! Te creo, Erast, te creo. ¿Cómo podrías engañar a la pobre Liza? Eso no podría suceder.
—¡No, no podría, Liza querida!
—¡Qué feliz soy y cómo se alegrará mi madre cuando le diga que me amas!
—¡Oh, no Liza! No debes decirle nada.
—¿Por qué no?
—Los mayores suelen ser muy desconfiados. Se pueden imaginar cualquier cosa mala.
—No será así. —Pues, a pesar de todo, te ruego que no le digas nada sobre lo nuestro.
—Está bien: te haré caso, aunque no me gusta ocultarle nada.

Se besaron por última vez y prometieron verse sin falta todas las tardes en la orilla del río, en el bosque de abedules o en algún otro lugar cercano a la cabaña. Liza se fue, pero sus ojos se volvieron cien veces hacia atrás para observar a Erast que aún permanecía en la orilla, acompañándola con la mirada.

Liza regresó a la cabaña en una disposición de ánimo muy distinta de la que tenía al partir por la mañana. Su rostro y sus gestos revelaban una gran alegría. « ¡Me ama!», pensaba ella, extasiándose con esa idea.

—¡Madre querida! —dijo a su madre, que acababa de despertarse—. ¡Madre, qué maravillosa mañana! ¡Qué alegre está el campo! ¡Jamás las alondras cantaron tan bien, nunca el sol desprendió tanta luz ni las flores tanto aroma!

Apoyándose en su bastón, la anciana salió a la pradera para disfrutar de la mañana que Liza describía con tanto colorido. Y realmente le pareció particularmente bella; la afable hija, con su alegría, le hizo ver la naturaleza en todo su regocijo.

—¡Liza! —dijo—. ¡Qué bella es la creación divina! Llevo en este mundo casi setenta años y no me canso de admirar lo que Dios ha creado: su cielo, esa despejada e inmensa bóveda, y la tierra, que cada año se cubre de nuevas hierbas y flores. El zar celestial debe amar infinitamente al hombre para haberle creado un mundo tan bello. ¿Quién desearía morir si nunca hubiera conocido la pena… ? Será que es así como ha de ser. Puede que no supiéramos lo que es el alma, si nuestros ojos nunca hubiesen derramado una lágrima.

Y Liza pensó: «¡Antes perdería yo el alma que a mi tierno amigo!».

Fieles a su promesa, Erast y Liza se encontraron todas las tardes (cuando la madre de Liza se retiraba a dormir), bien a orillas del río, bien en el bosque de abedules, pero con más frecuencia, bajo la sombra de unos robles centenarios, que crecían a unas ochenta sazhenas de la cabaña y que daban sombra a un limpio estanque, cavado en los tiempos más remotos. A veces, en aquel lugar, el silencioso astro, a través de las ramas verdes, alumbraba el rubio cabello de Liza, con el que jugueteaban los céfiros y la mano de su amigo; a menudo, aquellos rayos iluminaban en los ojos de Liza una brillante lágrima de amor, que Erast secaba siempre con un beso. Los dos se abrazaban — pero la tímida Cintia no se les ocultaba tras la nube: sus abrazos eran puros e inocentes.

—Cuando tú —decía Liza a Erast— me dices: «¡Te amo!»; cuando me abrazas y me miras enternecido, me siento tan bien, que me olvido de mí misma, que me olvido de todo, excepto de ti, Erast. ¡Resulta extraño, amigo mío, que yo pudiera vivir tranquila y feliz en este mundo sin conocerte! Ahora me resulta incomprensible, porque pienso que sin ti, la vida no es vida, sino tristeza y tedio. Sin tus ojos, me resulta oscura la luna; sin tu voz, triste el ruiseñor; y sin tu aliento, ni el aire me agrada.

Erast estaba encantado con su pastorcílla —así la llamaba— y, viendo cuánto era amada por ella, era aún más afable consigo mismo. Todas las diversiones del mundo le parecían nimiedades frente a las satisfacciones con que aquella apasionada amistad de un alma pura alimentaba su corazón. Le desagradaba pensar en nada voluptuoso, con lo que antes tanto se embriagaban sus sentidos. «¡Viviré con Liza como si fuéramos hermanos —pensaba él—; no utilizaré en vano su amor y seré siempre feliz!». ¡Imprudente joven! ¿Realmente conoces tu corazón? ¿Podrías responder siempre de sus vaivenes? ¿Y la razón, será siempre dueña de tus sentimientos?

A Liza le gustaba que Erast visitara a menudo a su madre.

—La quiero —le decía ella—; le deseo todo lo mejor y creo que le agrada mucho verte.

La anciana siempre se alegraba de ver a Erast. Le gustaba hablar con él de su difunto esposo y contarle historias de su juventud, cómo conoció a su Iván, cuánto la quería y con qué paz y amor vivieron los dos. «¡No nos cansábamos de mirarnos — ni hasta el mismo día en que le sorprendió la muerte! ¡Murió en mis brazos!». Erast escuchaba a la anciana con sincero deleite. Le compraba el trabajo de Liza y siempre quería pagar por él diez veces más del precio establecido, pero la anciana jamás aceptaba ese dinero.

Transcurrieron así varias semanas. Un día por la tarde, Erast llevaba mucho rato esperando a Liza. Por fin llegó ella, pero tan triste, que el joven se asustó; tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar.

—¡Liza, Liza! ¿Qué te ocurre?
—¡Oh, Erast! ¡He estado llorando!
—¿Por qué? ¿Qué te ha ocurrido?
—Debo contártelo todo. Me ha pedido la mano el hijo de un campesino rico de la aldea vecina; y mi madre quiere que me case con él.
—¿Y tú, estás conforme?
—¡Qué cruel eres! ¿Cómo puedes preguntármelo? Me da lástima de mi madre; ella llora y dice que no deseo su tranquilidad y que sufrirá mucho antes de morir si no me casa en vida. ¡Oh! ¡Mi madre no sabe que tengo un amigo tan especial!

Erast besaba a Liza y le decía que su felicidad le era más preciada que nada en este mundo y que cuando falleciera su madre él se la llevaría consigo para vivir en un paraíso, en la aldea o en los espesos bosques.
—¡Sin embargo, no puedes ser mi marido! —le dijo Liza suspirando suavemente.
—¿Por qué no?
—Porque soy campesina.
—Me estás ofendiendo, Liza. Para tu amigo, lo más importante es el alma, el alma pura capaz de amar, y tú siempre estarás muy cerca de mi corazón.

Ella se arrojó en sus brazos y en aquel instante le estaba prescrito morir a la pureza. Erast se sentía más agitado que nunca—jamás le había parecido Liza más maravillosa ni sus besos más ardientes; ella nada sabía, ni nada sospechaba ni temía. La penumbra de la tarde alimentó el deseo y ninguna estrella ni rayo brillaron en el cielo para alumbrar la duda. Erast se estremeció; lo mismo le ocurrió a Liza que ignoraba lo que le estaba sucediendo… ¡Liza, Liza! ¿Dónde está tu ángel de la guarda? ¿Dónde, tu inocencia?

La confusión tardó un instante en pasar. Liza no comprendía sus sentimientos, se sorprendía e interrogaba. Erast permanecía en silencio

— buscaba las palabras adecuadas sin encontrarlas. —¡Tengo miedo —dijo Liza— por lo que nos ha ocurrido! Siento que me estoy muriendo y que mi alma… ¡No, no sé expresar lo que me pasa! ¿No dices nada, Erast? ¿Suspiras…? ¡Dios mío! ¿Qué ocurre?
Mientras tanto, brilló un rayo y se oyó un trueno. Liza se estremeció.
—¡Erast, Erast! —dijo ella—. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo que el trueno pueda matarme igual que a una delincuente!

La tormenta retumbaba amenazante y de los nubarrones negros caía a cántaros el agua; parecía que la naturaleza se lamentase por la inocencia perdida de Liza. Erast intentó tranquilizarla, acompañándola hasta su cabaña. De sus ojos pendían las lágrimas, cuando se estaban despidiendo.
—¡Erast! ¡Dime que seremos tan felices como antes!
—¡Lo seremos, Liza, lo seremos!
—¡Qué Dios lo quiera! Me resulta imposible no creer en tus palabras: ¡yo te amo! Sólo que en mi interior… Pero ¡ya está bien! ¡Perdona! Mañana volveremos a vernos.

Sus encuentros continuaron; pero ¡cuánto había cambiado todo! Erast ya no podía conformarse únicamente con las caricias inocentes de Liza, con su mirada henchida de amor y el roce de sus manos, el beso y el abrazo casto. Cada vez deseaba más y más, resultándole ya imposible anhelar más — y aquel que conozca su corazón y haya reflexionado sobre sus más deliciosos atributos, estará de acuerdo conmigo en que la tentación más peligrosa para el amor es el cumplimiento de sus deseos. Liza dejó de ser para Erast aquel ángel puro que encendía su imaginación y extasiaba su alma. El amor platónico cedió su lugar a aquellos otros sentimientos de los que él ya no se enorgullecía y que tampoco eran nuevos para él. Por lo que toca a Liza, hay que decir que ella, entregándose a Erast por completo, vivía por y para él, y cual ángel se supeditaba a su voluntad encontrando su propia felicidad en la satisfacción de su amado. Liza veía que él había cambiado y a menudo decía: «¡Antes eras más alegre y los dos éramos más felices y vivíamos más tranquilos! ¡Antes no temía perder tu amor!». A veces, al despedirse, él le decía:
—Mañana, Liza, no podré verte: tengo un asunto importante que resolver — y siempre, cuando Erast pronunciaba estas palabras, Liza suspiraba.

Finalmente, pasaron cinco días seguidos sin verse, Liza estaba muy preocupada; al sexto, llegó Erast con cara triste y dijo:
—¡Querida Liza! Debo despedirme por algún tiempo. Sabes que estamos en guerra y que yo estoy de servicio; mi regimiento ha de partir.
Liza palideció y casi se desmaya.
Erast la acarició mientras le decía que siempre amaría a su dulce Liza y que, cuando regresara, confiaba en no separarse nunca de ella. La muchacha permaneció largo rato en silencio, y después, abandonándose a un amargo llanto, cogió su mano y mirándole llena de ternura, le preguntó:
—¿Y no puedes quedarte?
—Sí puedo —respondió él—, pero a costa de una gran deshonra para mí y una mancha para mi honestidad. Todos me despreciarían como a un cobarde y a un indigno hijo de la patria.
—¡Si es así —dijo Liza—, entonces ve, ve allá, donde Dios quiere que vayas! Pero te pueden matar.
—Morir por la patria, querida Liza, no es tan horrible.
—¡Me moriré si tú no estás en este mundo!
—¿Pero, por qué pensar en esas cosas? ¡Espero vivir, espero volver junto a ti, querida mía!
—¡Qué Dios lo quiera! ¡Que Dios te oiga! Cada día y a cada hora estaré rezando para que así sea. ¡Lástima que no sepa leer ni escribir!
Así podrías informarme de lo que te sucediera, y yo también te escribiría sobre mis lágrimas!
—No, Liza, cuídate, cuídate para tu amigo. No deseo que llores en mi ausencia.
—¡Hombre cruel! ¡También pretendes privarme de este consuelo! ¡No! Sólo dejaría de llorar al despedirme de ti, cuando mi corazón estuviera ya exhausto.
—Piensa en el dulce instante en que volveremos a encontrarnos.
—¡Lo haré, lo haré, pensaré en eso! ¡Oh, que llegue cuanto antes! ¡Querido y dulce Erast! ¡Recuerda a tu pobre Liza, que te ama más que a sí misma!
Pero no puedo describir todo cuanto se dijeron ellos en aquel momento. Al día siguiente, habría de tener lugar el último encuentro.
Erast quiso despedirse de la madre de Liza, que no dejaba de llorar desde que conoció que el apuesto caballero debía partir para la guerra. El insistió en que aceptaran algo de dinero, diciéndole:
—No quiero que en mi ausencia Liza venda su trabajo a otros, pues tal y como acordamos, éste me corresponde a mí.
La anciana se deshizo en alabanzas.
—¡Quiera Dios —dijo ella— que regrese sano y salvo y que yo pueda volver a verle una vez más en este mundo! Quizá, para entonces, mi Liza tenga ya un novio. ¡Cuántas gracias le daría yo a Dios si usted pudiera estar en su boda! ¡Y ha de saber, señor, que cuando Liza tenga hijos, usted será el padrino de ellos! ¡Oh! ¡Cuánto desearía vivir para verlo!

Liza estaba de pie junto a su madre sin atreverse a mirarla. El lector podrá imaginar lo que ella sentía en esos momentos.

¡Cuánto sufrió Liza cuando Erast la abrazó por última vez y, estrechándola contra su corazón, le dijo: «j Adiós, Liza!». ¡Qué cuadro sobrecogedor! La aurora matutina, cual mar rosado, se extendía por el cielo de oriente. Erast estaba bajo las ramas de un alto roble, abrazando a su pobre, lánguida y triste amiga que, al despedirse de él, también se despedía de su alma. La naturaleza entera permanecía en silencio.

Liza sollozaba y Erast lloraba; al dejarla, ella hincó sus rodillas en tierra y, elevando los brazos al cielo, miraba a Erast, que se alejaba más y más, hasta que finalmente desapareció. El sol brilló y Liza, abandonada y pálida, quedó privada de todo sentimiento y memoria.

Recobró el sentido — y la luz del día le pareció triste y melancólica. Todas las bellezas de la naturaleza desaparecieron para ella junto al amado de su alma.
— ¿Por qué me quedo en este desierto? — pensaba ella—• ¿Qué me impide volar en busca de mi dulce Erast? No temo la guerra; lo que temo es estar sin él. Quiero vivir y morir junto a él, o con mi propia muerte salvar su inapreciable vida. ¡Espera, espera, amado mío! ¡Voy junto a ti!

Ya estaba Liza dispuesta a salir en su busca, cuando se acordó que tenía una madre. Suspiró, y con la cabeza abatida, se encaminó lentamente hacia la cabaña. Desde aquel instante, los días para ella transcurrieron llenos de pena, cosa que trataba de ocultar a su madre: ¡tanto más sufría su corazón por ello! Sólo sentía alivio al introducirse en la espesura del bosque para derramar allí lágrimas por su amado. A menudo, la triste tórtola unía su canto al gemido de Liza. A veces, aunque en raras ocasiones, un dorado rayo de esperanza y consuelo alumbraba la penumbra de sus penas. « ¡Qué feliz seré cuando Erast regrese a mi lado! ¡Todo cambiará!». Al pensarlo, su mirada se volvía más clara, se refrescaban sus mejillas sonrosadas y Liza, como la mañana de mayo después de una noche de tormenta, volvía a sonreír. Así pasaron dos meses.

Un día, Liza tenía que ir a Moscú para comprar el agua de rosas con que su madre cuidaba sus ojos. En una de las anchas calles de la ciudad se cruzó con una espléndida carroza; en su interior, Liza vio a Erast.
—¡Oh! —exclamó ella, lanzándose hacia él, pero la carroza pasó de largo torciendo luego hasta introducirse en un patio interior. Erast salió de la carroza y se dirigía al porche de una casa enorme, cuando sintió el abrazo de Liza. Erast palideció, y después, sin responder a sus exclamaciones, cogiéndola de la mano y llevándosela a su despacho, cerró la puerta y dijo:
—¡Liza! La situación ha cambiado; me he casado; debes dejarme en paz y olvidarme, por tu propio bien. Te he amado y aún te amo, o mejor dicho, te deseo todo lo mejor. Aquí tienes cien rublos, tómalos —le dijo, y metió el dinero en su bolsillo—; permíteme que te dé un beso por última vez; y regresa a tu casa.
Antes de que Liza pudiera volver en sí, la condujo fuera del despacho, mientras decía al criado:
—Acompañe a esta joven hasta el patio.

Al llegar a este punto mi corazón se llena de dolor. No reconozco al hombre que hay en Erast, quiero maldecirle, pero mis labios no se inmutan, le miro, y una lágrima resbala por mi mejilla. ¿Por qué en lugar de una novela habría de escribir yo una historia tan triste?

Así es como Erast engañó a Liza, diciéndole que se iba a la guerra. Pero no fue exactamente así, pues aunque sí se había marchado, en lugar de enfrentarse al enemigo, se dedicó a jugar a las cartas, hasta perder todo lo que tenía. Pronto se restableció la paz y Erast regresó a Moscú, lleno de deudas. El modo de arreglar su situación fue casarse con una rica viuda, ya entrada en años, que llevaba tiempo enamorada de él. Él dio su conformidad y se trasladó a vivir a la nueva casa, aunque suspirando sinceramente por Liza. Pero ¿acaso eso le disculpa?

Liza se encontró sola la calle, sintiéndose tan mal que ni la pluma es capaz de describirlo. «¡Me ha echado! ¡Ama a otra! ¡Me muero!»: eso fue lo que sintió y lo que pensó, pero aquellas ideas se vieron interrumpidas por un repentino desmayo. Una buena mujer que pasaba junto a su lado se paró a reanimar a Liza, que estaba caída en medio de la calle. La infeliz abrió los ojos, se levantó con ayuda de la mujer, agradeció su gesto y echó a andar sin saber adónde dirigirse. «¡No puedo vivir —pensaba Liza— no puedo! ¡Que me caiga el cielo encima! ¡Que me trague la tierra!… ¡Pero, no! Ni el cielo cae, ni la tierra se mueve; ¡ésa es mi desgracia!». Caminó hasta las afueras de la ciudad y se encontró sin saber cómo a orillas del estanque profundo y a la sombra de aquellos viejos robles que, unas semanas antes, habían sido testigos mudos de su entusiasmo. Los recuerdos estremecieron su alma; el rostro de Liza expresaba un terrible sufrimiento. Por un instante quedó sumida en sus pensamientos: miró alrededor y vio a la hija de un vecino, una muchacha de quince años que pasaba por allí; la llamó, sacó de su bolsillo diez imperiales y, entregándoselos, le dijo:

—Aniuta, querida amiga: lleva este dinero a mi madre, que no es robado; dile que Liza se siente culpable ante ella, que le ha ocultado su amor hacia un hombre cruel — hacia E… Pero ¿para qué ha de saber su nombre? Dile que él la ha traicionado; ruégale que ella me perdone, que Dios la ayudará, y bésale la mano, tal y como ahora beso yo la tuya, diciéndole que la pobre Liza te pidió que así lo hicieras — dile que yo…

En aquel instante Liza se arrojó al agua. Aniuta gritó y lloró, y como no podía salvarla corrió hacia la aldea; vino un tropel de gente y sacaron a Liza del agua; pero ya estaba muerta.

Así acabó la vida de aquella bella mujer. ¡Cuando nos veamos allí, en la otra vida, te conoceré, dulce Liza!

La enterraron cerca del estanque, bajo un sombrío roble, poniendo una cruz de madera junto a su tumba. A menudo, sumido en mis pensamientos, me siento allí, apoyándome en el lugar donde yacen los restos de Liza; ante mis ojos se extiende el estanque y sobre mi cabeza puedo oír el susurro de las hojas.

La madre de Liza conoció la terrible muerte de su hija; del espanto, la sangre dejó de correr por sus venas y la anciana expiró. La cabaña quedó vacía. En ella silba ahora el viento y los campesinos más supersticiosos, al oír aquel aullido por las noches, dicen: «¡En ese lugar gime un muerto; gime la pobre Liza!».

Erast fue infeliz toda su vida. Al enterarse de la suerte de Liza, no pudo hallar consuelo, pues se consideraba culpable. Le conocí un año antes de que falleciera. Él mismo me contó esta historia y me acompañó hasta la tumba de Liza. Puede que ahora ya estén reconciliados.

© de la traducción al castellano: Isabel Martínez , 2002

NOTA
1 · Sazhena: medida rusa equivalente a 2,134 metros.

Apuntes para una historia política de las Autonomías

El proceso de transformación política del Estado español y de su organización territorial se inicia con el discurso del Rey de 22 de noviembre de 1975 y culmina con la aprobación por las Cortes Generales de los cuatro últimos Estatutos de comunidades autónomas (Extremadura, Baleares, Madrid y Castilla y León), promulgados el 25 de febrero de 1983. Un septenio de reformas fundamentales, pues, en el que cabe distinguir tres etapas de desigual duración, cada una de las cuales se articuló, a su vez, en varios tramos o momentos muy precisos. Es como un drama histórico en tres actos, con final feliz.

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El primero de estos tiempos, de corta duración, tuvo como protagonista a Don Juan Carlos, al que dieron la réplica con su aplauso o con su aceptación instituciones y pueblo, más su padre, el Conde de Barcelona, cabeza de la Dinastía histórica. El asentimiento de Don Juan le fue explícitamente transmitido al nuevo Rey desde los primeros días, y se ratificó ceremonialmente cuando ya estaban convocadas las elecciones que entregarían el ejercicio del poder político y de la soberanía nacional a los parlamentarios que eligieran entre todos los españoles.

En aquellas difíciles jornadas, Don Juan Carlos realizó arriesgadamente, en primera persona y bajo su exclusiva responsabilidad, varios actos de indudable trascendencia política e histórica. Siendo todavía Príncipe y Jefe de Estado en funciones, con su famoso viaje al Sahara Occidental, recondujo la más grave crisis internacional de España en esos días, cuando con la «marcha verde» y el oportunismo de nuestros vecinos del sur, nuestra patria estuvo al borde de una nueva guerra de África, que probablemente habría sido lo peor que nos podía ocurrir en unas circunstancias políticas tan delicadas como las de entonces.

También en esas críticas semanas, Don Juan Carlos se reunió con los altos mandos militares del Estado, sin que estuviera presente el Presidente del Gobierno. Este presentó la dimisión y desconvocó el Consejo de Ministros que se debía celebrar el viernes siguiente. El Príncipe —y Jefe de Estado en funciones—, por medio de una personalidad de su Casa, pidió al presidente que retirara su dimisión. Pero al mismo tiempo ordenó al vicepresidente primero que celebrara el Consejo tal como estaba previsto. El jefe del Gobierno accedió a la petición de Don Juan Carlos y presidió la reunión habitual de sus ministros.

Seguidamente, al asumir la corona, Don Juan Carlos declaró ante las instituciones del Estado que lo que él ofrecía era ser el rey de todos los españoles. Lo cual significaba la promesa de empeñarse en restablecer la concordia nacional y comprometerse a presidirla.

Dos días después, altos dignatarios de casi todo el mundo le acompañaban en la solemne celebración de la Iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid. La presencia de jefes de Estado y destacados miembros de las Casas Reales de los países europeos y árabes, del vicepresidente de los Estados Unidos, de presidentes y ministros de diversos Gobiernos y otras embajadas extraordinarias para este acontecimiento, ponía de manifiesto el crédito político que se abría a la restaurada monarquía española en las principales naciones democráticas de todo el mundo y en otras también importantes, aunque de diferente cultura. Todo eso ocurría antes de que se cumplieran dos meses de las generalizadas protestas internacionales por las condenas a muerte y ejecución de cinco activistas de ETA y del FRAP, responsables de asesinatos de miembros de la policía.

El Rey también hizo política, porque en aquel momento la Corona no se podía quedar encerrada en la rigurosa práctica del principio de que en las monarquías modernas «los Reyes reinan pero no gobiernan». Don Juan Carlos, en aquel trance, tenía que ser un político profesional y casi diría yo un político de partido, un político del menos partidista de los partidos posibles, que era el de España y el de la democracia.

Los Reyes recorrieron España de punta-a cabo recibiendo aplausos, pero sobre todo despertando simpatías y generando confianza. Don Juan Carlos, además, mantuvo un asiduo contacto, tan discreto como eficaz, con las realidades emergentes de la vida política española y con las personas, grupos y movimientos que pugnaban por asomar a la superficie, sin que la Corona excluyera a los de antes ni cerrara el paso a los que aparecían entonces.

Hay que mencionar por su especial alcance la acción exterior del Monarca, con sus viajes fuera de España, y muy señaladamente con la visita de Estado a Norteamérica y su asidua presencia en los medios de comunicación internacionales. Fueron docenas los periodistas y comunicadores de prestigio y con audiencia en los más diversos países, como también los parlamentarios y políticos —no sólo los jefes de Estado y de Gobierno— de las democracias, los que se entrevistaron con él.

UN REY DE TODOS LOS ESPAÑOLES

La frase de Don Juan Carlos que proclamaba su propósito de ser el Rey de todos los españoles, había sido empleada un siglo antes por el artífice de la Restauración de Alfonso XII, don Antonio Cánovas del Castillo. No creo que Don Juan Carlos ni sus asesores tuvieran en la mente este precedente, que probablemente ni siquiera conocían. Cánovas, presidente del Consejo de Ministros de la anterior Restauración, la había acuñado en un debate del Senado, manifestando que él no había sido encargado de traer un rey de este partido o del otro, sino uno que lo fuera de todos los españoles. Ha sido el distinguido historiador de la España contemporánea, Carlos Seco Serrano, el primero que recordó esa definición política de Cánovas al cabo de más de cien años de que fuera pronunciada, y la aplicó a los conceptos inspiradores de la monarquía de Don Juan Carlos.

En tiempos de Cánovas, todos los españoles —los españoles políticos, quiero decir— eran los alfonsinos y los no alfonsinos, los republicanos del 73 y sus oponentes, los amadeístas del 71, los sublevados de la Gloriosa del 68 y los que en esa ocasión se mantuvieron leales a la Reina, los carlistas de dos guerras (una de ellas todavía en curso) y hasta los militantes de los grupos y sectores revolucionarios de la época.

Un siglo después, la expresión «todos los españoles» del discurso de Don Juan Carlos comprendía, en un sentido político, a los monárquicos y a los que no lo eran, a antifranquistas y franquistas, a nacionales y republicanos de la guerra civil y a sus herederos y sucesores ideológicos y políticos, a derechas e izquierdas, liberales, conservadores, socialistas, etc. Pero asimismo, de un modo particular, junto a los patriotas españoles de todos los partidos, a los nacionalistas catalanes y vascos —también otros, como los gallegos—, incluso a aquellos que, en el seno de sus partidos o movimientos nacionalistas, anteponían su propia identidad regional a la general de España y hasta a los que se declaraban independentistas. La monarquía democrática que postulaba el titular de la Corona no excluía a nadie.

El Rey no tardó en ganarse el respeto y la confianza de los españoles con sus firmes e inequívocas actuaciones, como quedó de manifiesto en sus apariciones públicas y en sus viajes por toda la nación. Él fue el sembrador de la concordia entre los españoles y alcanzó un más que notable prestigio internacional.

En este primer periodo de la Transición, el Gobierno, presidido por Arias Navarro y compuesto por ministros en su mayoría nuevos y partidarios de la necesidad y de la urgencia de una transición, se esforzó en promoverla, aunque los avances fueron exiguos. El más llamativo fue la aprobación de una nueva Ley de Partidos Políticos, que defendió el entonces ministro Adolfo Suárez ante las Cortes españolas, que eran las del régimen anterior. Adolfo Suárez, ministro del Gobierno Arias, ganó también una difícil votación en el «Consejo Nacional del Movimiento», principal institución ideológica y política del régimen anterior. Al elegirle a él, el ministro de los partidos políticos, para cubrir una vacante, los «consejeros» aceptaban la necesidad de un cambio radical en el que el partido único, el llamado «Movimiento», antigua «Falange», habría de desaparecer.

Además de las acciones terroristas, principalmente de ETA, no faltaron problemas políticos y sociales que en algunos casos dieron lugar a graves disturbios. Entre ellos los sucesos de Vitoria, con varios muertos en enfrentamientos con las fuerzas del orden. Suárez en esos días estaba encargado del ministerio del Interior, que entonces todavía se llamaba de Gobernación. Su firme y prudente intervención consiguió restablecer la situación.

A pesar del impulso del Rey y de la voluntad reformista de parte de los ministros, el proceso de cambio político en que la Corona estaba empeñada no avanzaba al ritmo que necesitaba España. En la prensa nacional y en la extranjera se reflejaba claramente un creciente malestar ante el riesgo de inmovilismo. Particularmente representativa de esta situación fue una crónica publicada en Newsweek por el destacado comentarista internacional Arnaud de Borchgrave. Este periodista norteamericano, de aristocrática familia belga, publicó en el conocido semanario una crónica bien documentada e intencionada, en que se traslucía la insatisfacción del monarca con la inmovilidad política a que la gestión de la presidencia del Gobierno conducía al país. Ese artículo fue interpretado dentro y fuera de España como una versión del pensamiento de Don Juan Carlos. El estancamiento duró todavía casi dos meses, pero el 28 de junio el Rey pidió su dimisión al presidente e inició los trámites legales para sustituirlo. Con habilidad y decisión, Don Juan Carlos hizo que el «Consejo del Reino» incluyera el nombre de Suárez en la terna que esta institución debía presentarle para que eligiera jefe del Gobierno.

Es más que verosímil que los tres aciertos de Suárez (Ley de partidos, elección en el Consejo Nacional e intervención en los sucesos de Vitoria) confirmaran al Rey en la idea, que él probablemente acariciaba desde antes, de que Suárez era el político del momento.

PERIODO TRANSITORIO Y PERIODO CONSTITUCIONAL

La segunda etapa de la transición se extiende entre el 4 de julio de 1976, cuando comienza el primer Gobierno de Suárez, y las elecciones democráticas de junio de 1977. En esos once meses se ultimó el proceso de amnistía, desapareció hasta la sombra de que pudiera haber presos políticos, se reconocieron los partidos y se acabaron los exilios: ni exiliados forzosos ni esos otros que todavía conservaban alguna especie de reparos para reintegrarse a la vida española. También se elaboró y promulgó la Ley para la Reforma Política, que era como un esbozo procedimental de «Constitución» democrática; se autorizaron y formaron los partidos políticos y se convocaron y realizaron unas elecciones generales de sufragio universal para el nuevo Parlamento. En ellas, todos los españoles pudieron votar y todos —partidos, coaliciones, asociaciones de electores— podían presentar candidaturas.

En este segundo acto de la transición entran en escena los parlamentarios del 77. Eran el clímax o la culminación de esa etapa de la transición política, pero antes se siguieron dos episodios importantes, sin los cuales difícilmente se hubiera logrado lo que ha venido después. El mérito principal fue del presidente Suárez y del primero de sus Gobiernos. Esos hechos fueron la Ley para la Reforma Política, aprobada en referéndum nacional el 15 de diciembre del 76, y el reconocimiento de todos los partidos para que pudieran acudir a las elecciones del 77.

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La Ley para la Reforma Política, fue sometida a referéndum de la ciudadanía por la autoridad del Rey. Aquel plebiscito tuvo la particularidad de que en él votaron los Reyes, cosa que no volvería a suceder hasta el referéndum de la Constitución. El texto de la Ley apenas llenaba página y media del Boletín Oficial del Estado del 3 de enero de 1977. Pero encerraba en escuetas frases, con brevitas imperatoria, la almendra de los principales capítulos de las partes dogmática y orgánica de lo que sería la Constitución de diciembre del 78.

Su artículo primero contiene unas cuantas definiciones en las que se afirma que España es una democracia, que la supremacía corresponde a la Ley, que ésta es expresión de la voluntad del pueblo, que este pueblo es soberano y que los derechos fundamentales de la persona son inviolables y vinculan a todos los órganos del Estado.

A la sección orgánica corresponden otros preceptos redactados con la misma escueta sobriedad: que las leyes las hacen las Cortes, que el Rey las sanciona y promulga, que el parlamento es bicameral, que los diputados se elegirán por sufragio universal y los senadores por análogo procedimiento, en representación de las entidades territoriales.

El segundo episodio previo a la convocatoria de elecciones generales conforme a esa Ley para la Reforma Política fue la adopción, por el Gobierno Suárez, de las resoluciones políticas y legales necesarias para que todos los españoles y todos los partidos sin excepción pudieran votar y todos también pudieran presentar candidaturas, aunque fueran ciudadanos o partidos de nombre y observancia comunista. Una parcial modificación de los estatutos del Partido Comunista Español permitió que el Gobierno lo legalizara, disponiendo su inclusión en el Registro Oficial, con lo que podría presentar candidaturas a las elecciones.

Por fin, al final de ese segundo acto o periodo de la transición se llega al Parlamento. Empiezan el tiempo y las responsabilidades de los parlamentarios: desde los españoles y españolas que integraron aquellas primeras Cortes Generales hasta sus actuales continuadores de un cuarto de siglo después, más los de las otras seis legislaturas que mediaron entre la constituyente y la actual.

Después de las elecciones de junio de 1977 se iniciaba el tercero de los periodos de ese laborioso y fecundo proceso de la transición política española, el «constitucional», que se desarrolla a lo largo de dos parlamentos sucesivos, el Constituyente (1977-1979) y la llamada Primera Legislatura (1979-1982).

El periodo «constitucional» es el del «consenso» de los principales partidos en asuntos básicos de Estado. Se elaboró y aprobó la Constitución, se desarrolló la vida parlamentaria con gobierno y oposición, debates y competencia de partidos y reinaron las libertades públicas, sin reservas ni limitaciones. Hubo problemas, desórdenes y actos terroristas (ETA, GRAPO y algún residuo de otros grupos, y motines en las cárceles) más el intento de golpe de Estado del 23 de febrero del 81. Pero el Estado se mantuvo firme, sin ninguna clase de vuelta atrás.

En ese periodo constitucional se hizo, entre otras muchas cosas, la trascendente operación política de diseñar y activar una nueva organización territorial del Estado con la creación de las comunidades autónomas. Para entender el alcance de esta reforma, es preciso referirse brevemente a sus precedentes legislativos en la II República.

LA CONSTITUCIÓN DE 1931 Y LA DEL 78

El antecedente constitucional más próximo del Título Octavo, y disposiciones concordantes de la actual Carta Magna española, se encuentra en la Constitución republicana de 1931.

Los artículos 8 y 11 de la Constitución de la II República vienen a decir lo mismo que los que llevan los números 2,137 y 143 de la de 1978.

En la del 31 (art. 8) se lee que el «Estado estará integrado por municipios, mancomunidades de provincias y por las regiones que se constituyan en régimen de autonomía».

El 2 de 1978 dice que «la Constitución garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades (palabra nueva) y regiones que la integran». Y el texto del 137 de la misma Constitución es el siguiente: «El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las comunidades autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses».

Los artículos 11 de 1931 y 143 de 1978 se parecen todavía más el uno al otro. «Si una o varias provincias limítrofes, con características históricas, culturales y económicas comunes —escribieron los constituyentes republicanos del 31 y casi repitieron los del 78— acordaran organizarse en región autónoma para formar un núcleo político-administrativo dentro del Estado español, presentarán su Estatuto con arreglo a lo establecido en el artículo 12». (Ese artículo 12 de 1931, meramente procedimental, decía que habían de hacer la propuesta «la mayoría de los ayuntamientos de la posible región o por lo menos los de aquellos municipios que comprendiesen las dos terceras partes del censo electoral», que tendrían que aceptarla las dos terceras partes de los electores inscritos en el censo y, finalmente, que habría de ser aprobada por las Cortes).

¿Cuáles fueron las razones políticas que determinaron la voluntad regionalizadora de los constituyentes republicanos de 1931?

En aquel momento político y en los particulares condicionamientos de la mayoría de republicanos y socialistas de aquel Parlamento, convergían tres condicionantes:
1) Unas realidades históricas, culturales e ideológicas específicas y una demanda social que se hallaban vivas en determinadas regiones españolas (Cataluña, País Vasco, quizá también, aunque menos, en Galicia).
2) Los compromisos políticos adquiridos por los principales dirigentes republicanos de aquella mayoría en el llamado pacto de San Sebastián.
3) El hecho parlamentario de la presencia en el Congreso de los Diputados de partidos o agrupaciones de signo nacionalista, que en buena parte se integraban en la mayoría republicano-socialista y estuvieron presentes en los Consejos de Ministros.

Estos elementos concurrían de una forma especialmente acusada en Cataluña, donde el nacionalismo era una fuerza política, si no mayoritaria sí muy importante y electoralmente decisiva. (Quizá en vez de «el nacionalismo» habría que decir «los nacionalismos» que, aunque eran varios y diversos, coincidían en perseguir alguna forma de autogobierno).

REPUBLICANISMO CATALÁN DEL 31

Un golpe de mano de los sectores de izquierda del nacionalismo catalán, que empezaron a llamarse Esquerra Republicana de Cataluña, había dado lugar a una situación revolucionaria y de desobediencia civil en el momento de la implantación de la República, el 14 de abril de 1931.

El antiguo coronel del Ejército español, Frángese Maciá, reconocido líder del más radical nacionalismo catalán de entonces, se había apresurado a instalarse en un edificio oficial y proclamar desde la balconada el establecimiento de «la República catalana» dentro del Estado federal español (que no existía).

El Gobierno provisional de la República hubo de enviar a Cataluña una comisión de los recién nombrados ministros para negociar con Maciá y su gente, y buscar una salida a la situación. (El Gobierno provisional de la República se componía de republicanos y socialistas de partidos —o proyectos de partido— de vocación nacional, más un nacionalista de Acció Catalana, Luis Nicolau d’Olwer, que era un destacado historiador y humanista).

Formaron la «comisión» el socialista y ministro de Justicia Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Político, y el radical-socialista catalán y ministro de Instrucción Pública, Marcelino Domingo.

Cuentan las historias, aunque no estoy seguro de que conste documentadamente para la «Historia», que los que habían proclamado la República catalana se mostraban intransigentes y, como se diría hoy, «maximalistas». Sólo cedieron cuando los representantes del Gobierno de Madrid amenazaron a Maciá y su equipo con retirar de Cataluña la Guardia Civil, si no se avenían a un acuerdo que respetara la autoridad del Gobierno provisional de la República. Lo que cuentan esas historias es que el ministro de Hacienda, el socialista Indalecio Prieto, en una conversación telefónica, recomendó a De los Ríos que así se lo dijera tajantemente a sus interlocutores catalanistas: «Fernando, dígales usted, que si no aceptan nos traemos la Guardia Civil». Bien sabían ellos, pensaría Prieto, que la Guardia Civil era la única fuerza de policía capaz de responder del orden público en la más agitada y revuelta región del territorio nacional que era entonces Cataluña, y sobre todo Barcelona.

El segundo de los condicionamientos que llevaron a los Constituyentes del 31a diseñar esa posible estructura de un Estado regional o regionalizado era el llamado pacto de San Sebastián. En esa ciudad, dirigentes republicanos y socialistas, reunidos con representantes de los partidos y entidades catalanistas, habían acordado que la república, sin llegar a ser federal (un proyecto político y un nombre que habían fracasado en 1873), daría entrada legal en su seno a las pretensiones del más amplio autogobierno regional de Cataluña.

Por último, en las elecciones a Cortes Constituyentes de 1931, obtuvieron escaños en Cataluña y en el País Vasco políticos nacionalistas que no dejaban de aspirar a una utópica soberanía, y que exigían para sus regiones la más amplia autonomía. El más numeroso de esos grupos parlamentarios era el de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. En sus planteamientos ideológicos coincidían con las afirmaciones republicanas y de izquierda de los partidos de esa significación del arco parlamentario. Pero eran una minoría propia, que llevaba como primer punto de su programa político la definición nacionalista de Cataluña en términos mucho más intransigentes que otros partidos políticos de la misma región y que las fuerzas sociales de centro y derecha que formaban la Lliga regionalista, o la apoyaban.

Esquerra estaba asociada a la mayoría gubernamental de las Cortes de Madrid y al «consenso» político constituyente que habían logrado alcanzar los republicanos históricos y otros partidos de izquierda, los socialistas y los nuevos republicanos de derecha que se reunían en torno a Alcalá Zamora y Miguel Maura, presidente y ministro de la Gobernación del Gobierno provisional de 1931.

Los nacionalistas vascos también estuvieron presentes en el Parlamento, aunque en mucho menor número que los catalanes. Tenían una ideología de vocación independentista —aunque ad kalendas graecas—, pero eran miembros de un partido católico confesional, el PNV, que no podía apoyar los programas laicistas y antirreligiosos del Gobierno y de la mayoría parlamentaria de las primeras Cortes de la República. Además, en el País Vasco, habían sido elegidos diputados, casi en el mismo número, candidatos socialistas y tradicionalistas que no compartían la ideología del «nacionalismo»: sumados los diputados de estos dos grupos eran más numerosos que los del Partido Nacionalista. En alguna de las provincias vascas los nacionalistas se habían presentado a las elecciones, o habían hecho campaña electoral, junto con los tradicionalistas. Con ellos formaron la minoría vasco-navarra, con mucha voz pero pocos votos, en el Congreso de los Diputados, donde eran un grupo parlamentario de oposición.

Los nacionalistas catalanes de Esquerra, con la colaboración de un partido también nacionalista, democrático y cristiano (cuya herencia reclama la actual Unió), y de Acciò Catalana, a cambio de aceptar la soberanía y la supremacía del Gobierno de Madrid, obtuvieron una especie de autonomía provisional, que se parece algo a lo que fueron en los años 1977 y 1978 las «preautonomías». El gobierno de Madrid aceptó el principio de la disolución de las diputaciones provinciales (que estaban regidas por comisiones gestoras a causa del vacío legal determinado por la falta de elecciones), pero se mantuvo a todos los efectos prácticos administrativos y de servicios el sistema provincial.

Al órgano provisional de gobierno autónomo, más administrativo que político, se le designó, igual que se haría en septiembre del 77, con el histórico nombre de Generalidad —«Generalitat»— de Cataluña. Se dice que esta denominación fue una sugerencia del culto profesor de Derecho Político que era don Femando de los Ríos. Lo que había querido ser «gobierno provisional de la república catalana dentro del Estado federal español», pasó a ser la Generalidad de Cataluña que, además de otras funciones administrativas y de coordinar la gestión de las cuatro Diputaciones provinciales, se encargaría de elaborar el proyecto de un futuro Estatuto de Cataluña, en el seno de la Constitución general de la República, que redactasen y aprobasen las Cortes de Madrid.

Poco después, en julio de ese mismo año 1931, tras esas negociaciones y el restablecimiento provisional de la Generalidad de Cataluña, la Diputación provisional de dicha Generalidad preparó un proyecto de Estatuto, que se sometió a un «plebiscito» corporativo de los Ayuntamientos catalanes y fue declarado el documento oficial que, «como expresión legal de la voluntad de Cataluña», sería enviado al Gobierno provisional de la República, para ser sometido a la sanción de las Cortes Constituyentes. Estás tardaron más de un año en examinar, enmendar y aprobar el proyecto remitido desde Barcelona. El Estatuto finalmente sancionado por las Cortes Constituyentes difería del proyecto catalán en cuestiones capitales, tanto de orden conceptual y dogmático como en otras de carácter orgánico. Fue promulgado y entró en vigor por una ley de 15 de septiembre de 1932.

La autonomía regional de Cataluña y el Estatuto que la gobernaría —con algunos graves incidentes de camino en su curso— constituirían el hecho político y la ley básica de la única autonomía territorial establecida por la República antes de la guerra civil.

La del País Vasco fue acordada en plena contienda, cuando una parte importante de aquel territorio —si no más de la mitad— y de la población estaban en la llamada zona «nacional». El Gobierno vasco provisional que se formó a continuación del Estatuto de octubre del 36 sólo ejerció su poder sobre la provincia de Vizcaya, no entera, y algunas localidades más durante nueve meses, hasta junio de 1937. No se le transfirieron competencias, como preveía el Estatuto, aislado como estaba su territorio del resto de la España republicana. El presidente Aguirre y sus consejeros se hicieron cargo directamente y por su cuenta de los servicios del Estado o de la Diputación de Vizcaya que había en esa provincia.

Pero ésta rio es la historia que yo quiero relatar aquí. Si bien pienso que el recuerdo de esos hechos políticos constitucionales republicanos, que hoy día parecen tan antiguos, ilustra acerca del proceso de establecimiento del Estado de las autonomías de la actual monarquía española.

RESTABLECIMIENTO DE LA GENERALITAT

La «regionalización»
que intentaron o se propusieron los Constituyentes republicanos de 1931 fue un fracaso esplendoroso. No hubo más autonomía que la de Cataluña, impulsada por los motivos antes enumerados: una ideología nacionalista y una identidad cultural (lengua, literatura, derecho, tradiciones); un compromiso político de la mayoría republicano-socialista del Congreso de los Diputados con los políticos nacionalistas; y un grupo parlamentario propio en la Cámara.

Ciertamente había también en Cataluña una amplia demanda social de autonomía política. Se quería una Cataluña catalana, que se gobernara por sí misma en la medida de lo posible: «Cataluña libre dentro de la «Espanya grande» (Cambó y la Lliga Regionalista); «república catalana» en el Estado federal (Esquerra y Maciá); o una Cataluña independiente y soberana (Estat Català con su estrella solitaria). Además, desde 1914 hasta 1925, había existido la Mancomunidad catalana, constituida «con carácter indefinido» por la asociación de las diputaciones de las cuatro provincias de Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona. Su creación, con un gabinete conservador en Madrid, había sido la respuesta del Gobierno de la nación a esa aspiración histórica y a las constantes peticiones de políticos, instituciones sociales, culturales, económicas, etc., de todo el Principado y de sectores importantes de la opinión pública catalana en general.

Pero en la guerra civil del 36 la Generalitat y su Estatuto cayeron del lado de los vencidos y su abolición era más un postulado que un propósito político de los «nacionales» vencedores. Todavía en plena contienda, cuando casi todo el territorio catalán estaba aún en zona republicana, una ley dictada en Burgos el 5 de abril de 1938 derogó el Estatuto del 32 y dispuso que las cuatro provincias fueran «gobernadas en pie de igualdad con sus hermanas del resto de España».

La Generalitat catalana siguió existiendo en la zona republicana hasta el final de la guerra civil, y después, «virtualmente», en el exilio, sin considerarse nunca disuelta, aunque no tuviera más reconocimiento que el oficial que le otorgaba el Gobierno, también exiliado, de la República. Conservó un cierto cuerpo formal de gobierno y siguió teniendo como presidente a su último titular republicano, Luis Companys, que fue hecho prisionero en Francia por los alemanes, enviado por ellos a España y condenado a muerte y ejecutado en Barcelona en 1940. A la muerte de Companys, se hizo cargo de la titularidad de la Generalitat otro destacado político de Esquerra, que había sido presidente del Parlamento Catalán, Josep Irla, que ya había participado activamente en el gobierno y en la asamblea de la Generalidad del que fue, de hecho o de derecho, presidente en los días de la República. La presidencia de Irla, un veterano del nacionalismo, fue más bien de escasa significación y efímera. Falleció en el exilio, pero antes había dimitido de su cargo, nombrando previamente primer consejero y delegado suyo al miembro del Gobierno catalán, también exiliado y también de Esquerra, Josep Tarradellas, cuya designación fue avalada por un significativo grupo de parlamentarios catalanes reunidos en el exilio.

Desde 1954 a 1956 Tarradellas sería reconocido como presidente de la Generalitat por los exiliados y, de un modo progresivo, por los antiguos partidos y los grupos políticos de oposición al régimen de Franco, que se estaban reconstruyendo o creando en el interior de España.

En sus años de «Presidencia de la Generalidad» fuera de España Tarradellas había extendido sus relaciones con los demócratas catalanes antiguos y nuevos, así como con personalidades e instituciones sociales del Principado, presentándose siempre como el «legítimo titular de la Generalitat» (que para el discurso nacionalista o autonomista significaba «presidente» o cabeza de Cataluña).

Tarradellas era un político de largo recorrido, tenaz, astuto y experimentado, que había aprendido a evitar incompatibilidades entre su patriotismo territorial de nacionalista catalán y el patriotismo general de España. Cuando llegó el momento final de Franco y se instauró la monarquía, Tarradellas estaba claramente decidido a jugar la carta catalana sin revanchismos ni reivindicaciones imposibles e irreales. La «Generalidad», que él había llegado de alguna manera a personificar, era una obligada referencia para buena parte de la opinión nacionalista o simplemente democrática de Cataluña. Hacia la Generalitat y su presidente dirigían sus miradas los políticos catalanes, mientras que no los perdían de vista los responsables de la gestión pública nacional.

Celebradas las elecciones de junio del 77, se intensificaron y aceleraron los contactos que previamente habían existido ya entre representantes o amigos del Gobierno y Tarradellas, hasta convertirse en verdaderas negociaciones. Aportaron su apoyo y su mediación amigos del «President» con buenas relaciones en Madrid, como el abogado y financiero barcelonés, radicado en la capital de España, Manuel Ortínez, que había estado al frente del Instituto Español de Moneda Extranjera pocos años antes; y el periodista Carlos Sentís, que acababa de ser elegido diputado por Barcelona encabezando la candidatura de la UCD.

Tarradellas viajó a Madrid en el mismo mes de junio, poco después de las elecciones que ganó la UCD del entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez. Se entrevistó entre otros políticos con el ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, que había sido gobernador civil de Barcelona, y con el presidente Suárez, que tras su victoria electoral seguiría como jefe del Gobierno, que ahora era ya por fin un ministerio democrático y parlamentario.

Finalmente, Tarradellas fue recibido en audiencia por el Rey en la mañana del 27 de junio. Le acompañó en su visita a La Zarzuela Carlos Sentís. Parece que el veterano político de Esquerra republicana, muy poseído de su papel presidencial, estaba preocupado por el protocolo con que iba a ser recibido por Don Juan Carlos. Su primera sorpresa fue que al salir a su encuentro el jefe de la Casa del Rey, el marqués de Mondéjar, le dio la bienvenida en catalán, llamándole «señor Presidente». El Rey, a su vez, al saludarle marcó un amistoso tono de cordialidad, hablándole de «usted» y diciéndole simplemente «don José».

En sus Memorias, Tarradellas cuenta que trataron de Cataluña, de la Generalidad y de su historia y le llamó la atención la información que tenía Don Juan Carlos, que hizo referencia al problema que podía representar el modo cómo se produjo la sucesión de Josep Irla tras su dimisión. A Tarradellas le extrañó que Don Juan Carlos supiera tantos detalles de asuntos internos de la Generalidad del exilio y le hablara de Irla, que había sido un político escasamente conocido fuera de los ambientes catalanes.

El restablecimiento de una autonomía política para Cataluña era una aspiración proclamada o aceptada por los parlamentarios de los diferentes partidos o coaliciones elegidos en los comicios de junio, y una demanda social ampliamente compartida en la opinión pública catalana.

«Generalitat» había sido el nombre histórico recobrado para la institución en el ordenamiento legal autonómico de Cataluña, que fue el de la República. Pero con eso resultaba que la Generalidad de Cataluña y su Estatuto traían su causa de la Constitución republicana de 1931, que nadie pensaba restablecer y había sido abolida por la historia, más que por disposiciones de ningún gobierno.

En el verano de ese mismo 1977 prosiguieron las negociaciones en que intervenían el «President» de la Generalidad, la Asamblea de Parlamentarios de Cataluña, integrada por los diputados y senadores recién elegidos, otros amigos de Tarradellas, y por parte del Gobierno, el ministro Martín Villa y el diputado Sánchez Terán, buen conocedor de las cuestiones catalanas, que luego sería por dos veces ministro con Adolfo Suárez.

Al fin, se llegó a una fórmula imaginativa que permitía salvar las dificultades. Así, a poco de empezar el que he llamado «tercer periodo» constitucional o momento constituyente de la transición, tras unas laboriosas y no muy largas conversaciones entre la Corona, el Gobierno de Suárez y el propio Tarradellas, se acordó el «restablecimiento provisional de la Generalidad de Cataluña».

A la renovada Generalidad se le asignarían las funciones de organizar su régimen interior, integrar las acciones de las cuatro Diputaciones catalanas y gestionar y administrar las funciones y servicios que le transfirieran la Administración del Estado y las propias Diputaciones. Su presidente sería nombrado por Real Decreto a propuesta del presidente del Gobierno, y ejercería también la presidencia de la Diputación de Barcelona, lo cual le dotaba de una cierta infraestructura burocrática y ponía en sus manos la gestión y la responsabilidad de un presupuesto.

Un Real Decreto Ley de 29 de septiembre de 1977 dispuso el «restablecimiento provisional» de la Generalidad de Cataluña, y otro Real Decreto de la misma fecha nombraba, a propuesta del presidente del Gobierno, presidente de la provisionalmente restablecida Generalidad al «honorable Josep Tarradellas Joan». Con estas disposiciones se daba principio al largo y complejo proceso político que conduciría a la nueva organización territorial del Estado.

No se cerraba el paso a futuros desarrollos y se hacía posible el retorno a Barcelona y a la plaza de San Jaime como presidente de la Generalitat al que lo había sido en el exilio durante casi veinticinco años.

PRECEDENTES AUTONOMISTAS DEL PAÍS VASCO

En el caso vasco, en el que existía una cierta demanda social, los nacionalistas —fundamentalmente PNV— fracasaron sin embargo durante toda la República (1931-1936), en parte por el planteamiento que en un principio se quiso hacer y en parte también por otras razones políticas.

En junio de 1931 se celebró en Estella (Lizarra) una asamblea de municipios vascos y navarros para la que se redactó un proyecto de Estatuto que hablaba del País Vasco incluyendo dentro de él a Navarra. Proyecto y Asamblea resultaron un formidable fracaso. Los municipios navarros y la opinión pública de esa región no lo aceptaban de ninguna manera.

En 1932 las Comisiones gestoras de las diputaciones vascas y de Navarra elaboraron otro proyecto de Estatuto para el país Vasco-Navarro que tampoco tuvo seguimiento. En octubre de 1933 (precisamente el día 29) se anuncia un plebiscito sobre el estatuto de «la región vasca», sin Navarra ya. El proyecto que se iba a someter a esa votación es de 5 de noviembre de ese año. Entre tanto, se disolvieron las Cortes, se celebraron las elecciones del 18 de noviembre y empezó el segundo bienio —centro o centro derecha— de la República. Da la impresión de que el estatuto fue guardado en la nevera de los proyectos frustrados.

Por fin, el 6 de octubre de 1936, en plena guerra civil, con la mayor parte del País Vasco ocupado por las tropas «nacionales», las «Cortes» republicanas —o la parte de ellas que todavía podía reunirse— aprobaron un Estatuto del País Vasco que recogía, en sus ocho páginas, artículos y disposiciones de las veintidós del texto de 1933.

Los proyectos autonomistas del País Vasco no tuvieron seguimiento por diversas razones. Una de ellas fue que los nacionalistas vascos (PNV) querían incluir a Navarra en su región, y manifiestamente Navarra no quería. No había demanda social para tal cosa en Navarra y allí, además, el principal partido era el tradicionalista, con el que, en orden al mantenimiento de la identidad navarra, concordaban los demócratas de Acción Navarra (que pronto serían CEDA), los monárquicos alfonsinos, los independientes y hasta los socialistas y republicanos de la región. El PNV tenía simpatizantes, pero escasos y muy poca implantación. Su más destacada personalidad, Manuel Irujo, salía elegido diputado por Guipúzcoa.

Pero también había una falta de sintonía ideológica y política de los nacionalistas vascos con los republicanos y socialistas de Madrid y su mayoría parlamentaria (1931-1933): más por lo que tenían de laicista y anticlerical y de revolucionario (los socialistas de Bilbao), que por republicano. Sólo en la Guerra Civil se llegó al acuerdo PNV y Gobierno republicano.

LA PREAUTONOMÍA VASCA DE 1978

A los pocos meses del restablecimiento provisional de la Generalidad de Cataluña, un nuevo Real Decreto-Ley de 4 de enero de 1978 instituía el Consejo General del País Vasco. En el encabezamiento del preámbulo se invocaba la aspiración del pueblo vasco «a poseer instituciones propias de autogobierno, dentro de la unidad de España».

Igualmente se declaraba que la mayoría de las fuerzas parlamentarias habían reconocido la conveniencia de proceder urgentemente a la creación del Consejo General del País Vasco. Los grandes partidos nacionales —socialistas y UCD— reunían dieciocho parlamentarios, Alianza Popular tenía un diputado, el PNV trece entre los miembros de las dos cámaras, y otros nacionalistas tres escaños. El partido más votado había sido el socialista, por lo que en el momento de constituirse el Consejo se le atribuiría la presidencia.

Se decía también que la Declaración programática del Gobierno de la nación ya había previsto la institucionalización de las Autonomías y la posibilidad de acudir a fórmulas de transición desde la legalidad vigente, hasta que se promulgara la Constitución en que ya trabajaban las Cámaras.

Los razonamientos preambulares que justificaban la creación del Consejo se repetirían después, casi en los mismos términos, en los Decretos de creación de los otros entes preautonómicos.

Había algo singular en el caso del País Vasco. Los nacionalistas, con el apoyo en esa ocasión de los socialistas, con quienes habían compartido las candidaturas para el Senado (Senadores para la Democracia), lograron que se incluyese a Navarra entre las provincias o territorios históricos que podrían integrarse en el Consejo. Si bien, con esa misma fecha, se publicaba otro Real Decreto-Ley que señalaba que el órgano competente para decidir sobre el ingreso de Navarra en la nueva institución sería la Diputación Foral, lo cual tranquilizaba a los navarros, que no querían perder su identidad histórica de siempre. Los siete Diputados forales, recogiendo un sentir mayoritario de la región, serían con toda seguridad contrarios a esa incorporación, como así fue.

El Consejo del País Vasco estaría compuesto por tres representantes de las Juntas Generales de cada territorio histórico y un número igual de parlamentarios por cada uno de ellos. Hasta que tuvieran lugar las elecciones locales —y se constituyeran las Juntas Generales— habría cinco consejeros por cada provincia, designados por los parlamentarios «teniendo en cuenta el resultado de las elecciones de 15 de junio de 1977» en cada una de las circunscripciones territoriales. O sea, dieciocho después de los comicios municipales y quince antes, puesto que Navarra no se incorporó al Consejo en ningún momento.

El Decreto vasco fue el primer documento oficial en que aparecía la expresión «preautonomía». En el título de la disposición se leía «Real Decreto Ley por el que se aprueba el régimen preautomómico del País Vasco».

El Consejo General del País Vasco estuvo presidido en sus primeros tiempos por el socialista Ramón Rubial y, después de las elecciones locales, por el nacionalista Carlos Garaicoechea.

La institución del Consejo General del País Vasco tendría, según su norma fundacional, carácter provisional hasta la entrada en vigor del régimen definitivo de Autonomía. En conformidad con la tradición provincialista del País Vasco la ejecución de los acuerdos del Consejo correspondería en cada territorio a la Diputación Foral correspondiente.

Una vez aprobado el Estatuto de autonomía del País Vasco, en diciembre de 1979 y celebradas las elecciones al Parlamento de la comunidad autónoma, el Gobierno vasco que de ellas resultara sucedería al Consejo que, entretanto, habría podido adoptar el nombre de Gobierno Provisional del País Vasco.

PRECEDENTES AUTONOMISTAS EN EL CASO DE GALICIA

La historia del movimiento autonomista gallego se caracteriza, según algunos estudiosos, por la abundancia y prolijidad de los documentos que se elaboraron, así como por la coincidencia y superposición temporal de algunos de ellos. Hay un proyecto de constitución del Estado galaico de 1887 que, aún declarándose «autónomo o soberano», prometía «vivir perpetua e indisolublemente enlazado a los demás Estados hermanos de la Nación española» (se supone que en una república federal). Es interesante un manifiesto de 1918, tras el que se empieza a hablar del «nacionalismo gallego». Existen más documentos y programas hasta que, por fin, ya en la República, una asamblea regional de Municipios aprueba en 1932 un Estatuto de Autonomía que sería sometido a «plebiscito» cuatro años después, el 28 de junio de 1936, de acuerdo con las normas de un decreto de la presidencia de la República de mayo de 1933.

Su texto fue entregado al presidente del Congreso de los Diputados el 15 de julio de ese año 1936 y no pudo ser tramitado entonces por evidentes «causas de fuerza mayor». Tomaría «estado parlamentario» en las «Cortes republicanas» reunidas en Montserrat el 1 de febrero de 1938, más que mediada ya la guerra civil. Todo el proceso quedó ahí.

UN NUEVO GOBIERNO AUTÓNOMO GALLEGO

Estos antecedentes permitieron que en el Parlamento español de la primera Legislatura —la de 1979-1982—, acogiéndose a la segunda disposición transitoria de la Constitución, se elaborara y aprobara un Estatuto para Galicia, conforme a lo que prescribe el artículo 151, 2 de la Carta Magna. Es decir, más o menos igual que se había hecho con los Estatutos de Cataluña: y del País Vasco en diciembre de 1979. El de Galicia es de abril de 1981.

En la disputa, que resulta tan anticuada ya, entre las autonomías del 143 y las del 151, la de Galicia se pudo amparar legalmente en el segundo párrafo de este último artículo, sin necesidad de referendos previos como ocurriría con Andalucía. El régimen preautonómico de Galicia había sido aprobado por Real Decreto-Ley de 16 de marzo de 1978, un día antes que los de Aragón, Canarias y Valencia (País Valenciano se le llamó entonces), cuyos Decretos fundacionales llevan fecha del día 17.

En tiempos de la República, habían existido otros proyectos de regionalización, que aspiraban acogerse a la Constitución del 31. En 1931, Baleares y Valencia (los blasquistas); y desde 1932 y 1933 en Andalucía, Canarias, Galicia y Navarra, se habían intentado e incluso se llegaron a redactar documentos autonomistas y proyectos de estatutos que no tuvieron seguimiento político ni parlamentario.

En junio de 1936 hubo aún otros intentos. Algunos de ellos en Aragón. Unos prestigiosos profesores y políticos de Zaragoza, aragonesistas y encendidos patriotas españoles, redactaron un proyecto de Estatuto para su región, suscrito por personas eminentes como el helenista Miral, el historiador Jiménez Soler, el jurista Palá y el químico de Gregorio Rocasolano. Quizá era la réplica a otro anteproyecto de la misma fecha y de signo distinto acordado en un congreso en Caspe.

LOS REGÍMENES PREAUTONÓMICOS

Entre marzo y octubre de 1978 once Reales Decretos Leyes aprobarían los regímenes «preautonómicos» de otras tantas futuras comunidades autónomas, con lo que, al ser sancionada por el Rey y promulgarse la Constitución el 29 de diciembre, estaba casi totalmente diseñado lo que sería el mapa de la nueva organización territorial del Estado previsto en el capítulo 3 del Título VIII de la Carta Magna.

A estas catorce entidades se agregarían más tarde las comunidades uniprovinciales de Cantabria, La Rioja y Madrid, que no conocieron la «preautonomía». Las dos primeras habían sido, en principio, incluidas en Castilla y León, y a Madrid se le había reconocido la posibilidad de incorporarse a la comunidad Castellano-Manchega, si así lo acordaba la mayoría de sus parlamentarios. Pero eso no ocurrió.

En una disposición transitoria del Real Decreto-Ley de Castilla y León se establecía la cautela de que la incorporación de cada una de las provincias que se enumeraba en él habría de ser decidida por mayoría de dos tercios de sus parlamentarios. Esta prevención respondía a que en algunas de las provincias incluidas en Castilla y León se advertían, o se habían manifestado ya, ciertas reservas sobre su integración en esa comunidad pluriprovincial. Eran los casos de las provincias de Santander y Logroño, que luego se constituirían en comunidades uniprovinciales. Lo mismo había ocurrido con la provincia de Segovia, que fue incorporada a la comunidad castellano-leonesa por una Ley Orgánica aprobada por el Parlamento nacional al mismo tiempo que el Estatuto de Autonomía de la comunidad, el 2 de marzo de 1983.

Creo que la voz «preautonomía» no se había empleado nunca antes en castellano. Pero era una palabra transparente que todo el mundo entendía, y muy especialmente en el ambiente político de aquel 1978. Se había empleado por primera vez en documentos oficiales en el Real Decreto del País Vasco. Luego, en casi todos los otros Reales Decretos de creación de cada una de esas futuras comunidades autónomas, el artículo primero empezaba diciendo «el régimen de preautonomía» (o «el régimen preautonómico») de tal región o de tal territorio.

En las exposiciones de motivos o preámbulos de los decretos de creación de las preautonomías se incluyen tres clases de razones justificatorias: las reiteradas aspiraciones de los pueblos en cuestión a contar con instituciones propias; la voluntad expresada por la totalidad —en algún caso por la mayoría— de las fuerzas parlamentarias de 1977 y la Declaración programática del Gobierno de ese año en que manifestaba su propósito de establecer un régimen o sistema de autonomías regionales. En todos los casos se atribuía un especial protagonismo para la constitución de la correspondiente preautonomía a los parlamentarios, que eran entonces los únicos representantes del pueblo elegidos por sufragio universal, y a ellos o a sus delegados se les encargaba de integrar y coordinar las actuaciones y funciones de las diputaciones provinciales (en las autonomías pluriprovinciales) sin perjuicio de las facultades privativas de ellas. Hubo también en ese mismo año preautonomías uniprovinciales, como las de Murcia y Asturias, en los que se preveía que el órgano de nueva creación absorbería las funciones y responsabilidades de la diputación provincial.

ESTATUTOS DE AUTONOMÍA

Comúnmente en el lenguaje político castellano se reserva la voz «Constitución» para la ley fundamental de un Estado soberano e independiente. Por eso, cuando se ha tratado de designar con un nombre específico a la •/-ley básica de una comunidad subestatal, se ha acudido al término «Estatuto» que todo el mundo entiende, porque se suele aplicar al conjunto de normas que regulan el funcionamiento de una entidad. Decir «Constitución», como acordaron algunos grupos radicales catalanes en 1928 en La Habana, bajo la presidencia de Maciá, era una manifestación abierta de separatismo. Ya decían los autores de ese extenso documento que ellos eran «les delegacions del Separatisme Català de dintre i fora de Catalunya». También se empleó «Constitución» en algún proyecto catalán más y otro gallego del siglo XIX, que aceptaban un acuerdo federalista de mínimos con los demás pueblos de España. Pero ya en el siglo XX, y de modo oficial desde la constitución republicana de 1931, a la ley superior de las comunidades subestatales se les llama Estatutos.

ESTATUTOS DE AUTONOMÍA

Comúnmente en el lenguaje político castellano se reserva la voz «Constitución» para la ley fundamental de un Estado soberano e independiente. Por eso, cuando se ha tratado de designar con un nombre específico a la •/-ley básica de una comunidad subestatal, se ha acudido al término «Estatuto» que todo el mundo entiende, porque se suele aplicar al conjunto de normas que regulan el funcionamiento de una entidad. Decir «Constitución», como acordaron algunos grupos radicales catalanes en 1928 en La Habana, bajo la presidencia de Maciá, era una manifestación abierta de separatismo. Ya decían los autores de ese extenso documento que ellos eran «les delegacions del Separatisme Catalá de dintre i fora de Catalunya». También se empleó «Constitución» en algún proyecto catalán más y otro gallego del siglo XIX, que aceptaban un acuerdo federalista de mínimos con los demás pueblos de España. Pero ya en el siglo XX, y de modo oficial desde la constitución republicana de 1931, a la ley superior de las comunidades subestatales se les llama Estatutos.

Las comunidades autónomas actuales de España se constituyeron como tales y recibieron sus Estatutos por sendas Leyes Orgánicas, elaboradas y aprobadas según lo preceptuado en el Título VIII de la Constitución. Cataluña, País Vasco y Galicia pudieron acogerse a la excepción que la disposición transitoria segunda había establecido para las comunidades que hubieran plebiscitado su autonomía en algún momento anterior, como habían hecho las tres regiones mencionadas durante la
República.

Los Estatutos de dieciséis comunidades autónomas fueron aprobados por sendas Leyes Orgánicas de las Cortes Generales entre el 18 de diciembre de 1979 (País Vasco y Cataluña) y 25 de febrero de 1983 (Extremadura, Baleares, Madrid y Castilla y León). Del 81 son los Estatutos de Galicia, Asturias y Cantabria; del 82 los de La Rioja, Murcia, Valencia, Castilla-Mancha y Canarias. Del 82 es también la Ley Orgánica de mejoramiento del Fuero de Navarra, que en esa comunidad foral tiene funciones análogas a las de los Estatutos. Con la sanción de las cuatro leyes estatutarias del 83 quedaba cerrado el mapa de las Autonomías. Luego vendrían a agregarse a ese conjunto los Estatutos especiales de Ceuta y de Melilla.

Los cuatro Estatutos del 83 habían sido elaborados en la legislatura anterior (1979-1982). Ese acuerdo fue asumido por el Parlamento elegido en octubre de este último año, en el que obtuvieron la victoria por mayoría absoluta los socialistas, que durante los cinco años anteriores habían actuado como el principal partido de la oposición.

Creo que fue el profesor Sánchez Agesta, senador real en el Parlamento constituyente, quien primero empleó la expresión «Estado de las Autonomías», explicando con ella científica y taxonómicamente la diferencia entre esta peculiar estructura del Estado español y las «federales», «regionales», etc. de otras latitudes. En unos casos —los Estados federales— son asociaciones de soberanías previas, o desarrollo del sistema así implantado (Confederación Helvétca, Estados Unidos). En otros, los «regionales», suelen quedarse en una distribución de funciones administrativas.

El Estado de las Autonomías no trocea la soberanía nacional. En él la distribución de competencias entre Gobierno de la nación y las comunidades autónomas no se hace por «vía de delegación», como si fuera una mera remodelación del anterior sistema provincial, con sus diputaciones y los órganos insulares análogos. En los asuntos de su competencia, y dentro de su territorio, las instituciones de las comunidades autónomas poseen un verdadero poder político y administrativo, con capacidad de legislar en un sistema parlamentario de sufragio universal, análogo en elección y funcionamiento al común del Estado.

Hay, naturalmente asuntos que son competencia directa del Gobierno nacional y de su parlamento, como la política exterior (comprendida la Unión Europea), la defensa, la hacienda y la economía nacional, la justicia y la fe pública, la seguridad, las políticas sociales y de empleo, la investigación o la parte de I+D que tiene un carácter general, las infraestructuras —salvo las meramente regionales—, las telecomunicaciones etc. Más la legislación básica sobre esas y otras materias como sanidad, educación, agricultura, industria, medio ambiente, etc.

Como consecuencia del establecimiento de las comunidades autónomas han pasado a depender de ellas, en gran número, los funcionarios del Estado, sin que haya tenido que perderse el carácter nacional de la función pública. Por ejemplo, las universidades están transferidas a las comunidades autónomas, pero las normas básicas que rigen su estructura y funcionamiento están establecidas por el Parlamento nacional, como ocurre con la selección del profesorado funcionarial y permanente de las universidades públicas, que se ha de realizar mediante concursos nacionales con tribunales o jurados de carácter también nacional. Con las competencias que están actualmente transferidas a todas ellas, no sólo han pasado a estar adscritos a las comunidades miles de empleados de la función pública, sino que entre las Autonomías y los Entes Locales realizan y administran la mitad del gasto público del Estado.

VALORACIÓN DE LA ACTUAL ORGANIZACIÓN TERRITORIAL

El autor de esos comentarios no comparte la idea que algunos políticos o estudiosos mantienen sobre la necesidad del cambio o reforma del Título VIII de la Constitución. La nueva organización territorial del Estado que a su amparo se ha generado es ya un hecho que ha sido asumido por la opinión pública y por el común de la ciudadanía. Hace unos años se pensaba que iba a generar odiosas desigualdades y privilegios para ciertos territorios. La ampliación de las transferencias de competencias a todas ellas, fuera cual fuera el artículo constitucional que sirvió de marco a su nacimiento, ha desmentido esas prevenciones. No han desaparecido las provincias, aunque sus organismos públicos y sus autoridades tengan unas funciones distintas a las de antes. Los ciudadanos en general saben muy bien cuál es su provincia y cuál su comunidad autónoma y las relaciones que han de mantener con los servicios públicos de una y de otra.

No querría el autor de este ensayo ponerle fin sin evocar con respeto y estimación la memoria del humanista y político granadino Javier de Burgos (1778-1848), ministro de Fomento en el primer Gobierno del reinado de Isabel II. En noviembre de 1833 Javier de Burgos asumió la responsabilidad de la reforma de la distribución del territorio de España en provincias. Se hizo con tanto acierto, o tan buena fortuna, que esa organización provincial está todavía vigente, sin que se haya introducido en ella más modificación importante que la partición en dos de la que fue única provincia de Canarias.

En el decreto de 1833 las provincias aparecían agrupadas en las regiones históricas, con sus nombres tradicionales, pero sin atribuir a estas «regiones» ninguna significación administrativa o política, ni siquiera darles el título de «región». Eran las regiones que mi generación aprendió en su geografía de España de la escuela primaria: Galicia, Asturias, León, País Vasco, Aragón, Cataluña, Valencia, Andalucía, etc.

La división provincial de 1833 estuvo precedida, desde casi medio siglo antes, por otros ensayos y estudios geográficos, históricos y censales. Apoyándose en ellos, la distribución política y administrativa que se conoce con el nombre del ministro De Burgos siguió criterios de racionalidad y respeto a la historia y a la cultura de los diversos territorios. Se buscó, por ejemplo, que fuera posible llegar a la capital desde cualquier localidad de la provincia en el espacio de un día, con los medios de transporte de entonces. Pero toda la división de los espacios estuvo presidida por el sentido histórico del cumplido humanista granadino que había traducido a Horacio, probablemente durante los años —cinco— que estuvo exiliado por «colaboracionista» con el gobierno de los afrancesados de José Bonaparte.

No es el menor mérito de la distribución territorial de Javier de Burgos que el mapa de las comunidades autónomas haya respetado literalmente y con general aceptación los límites de las provincias que se habían fijado en un decreto de siglo y medio antes.