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Ver productos«Podría comparar mi música con una luz blanca, en la que están contenidos todos los colores. Sólo un prisma puede disociar estos colores para hacerlos visibles; ese prisma podría ser el espíritu del que escucha».
Arvo Pärt
Pocos fenómenos como el de la (¿nula?) recepción Je la cultura báltica contemporánea en nuestro ámbito hispanohablante pueden hacerPnos reflexionar con tanta oportunidad sobre la vigencia de ios cánones territoriales, lingüísticos y geopolíticas en un sistema dominado por el consumo y la continua emisión de ruido aparentemente informativo. A la luz del devastador silencio que rodea la curiosidad sobre lo que pueda estar sucediendo en las artes y las letras estonias, letonas o lituanas de la frontera entre los siglos XX y XXI, tiene sentido suponer que se impone, como mínimo, un replanteamiento de los perfiles más débiles en la flamante mundializáción del conocimiento, por epidérmico que fuere.
IDENTIDAD E INDUSTRIA
El mercado de la cultura comparte con el resto de segmentos industriales unas prioridades, basadas en criterios Je rentabilidad y eficacia, que atribuyen al difuso concepto de globalización la responsabilidad de los olvidos, las obsesiones y las ruedas de molino con que se ve obligado a comulgar el receptor de los distintos productos culturales. En el caso del mercado editorial las raíces del fenómeno se hunden en atávicos regímenes de dependencia idiomática -cuando no estrictamente imperial, dado el carácter de algunas empresas culturales de tipo transnacional- que palian la incongruencia de parte de sus planteamientos (del tipo «lo que ha funcionado en Francia no puede dejar de hacerlo en España, con un 15% de error» o, peor aún, «si un libro ha de ser un éxito lo será de cualquier modo», quedando la producción degradada hasta extremos inenarrables y siempre en detrimento de la calidad e integridad del texto) con esporádicos tributos a la felicidad de lectores y espectadores. En este sentido, la traducción de las novelas de Jaan Kross por parte de Joaquín Jordá, en colaboración con Jüri Talvet, para la editorial Anagrama, es la más honrosa excepción a la regla que convierte las literaturas bálticas en invisibles al público español.
La injusticia inherente a esta clamorosa laguna en el panorama de expresiones de la diversidad cultural -no ya del planeta sino al menos de la vieja, mezclada y mencionadísima Europa- tiene, sin duda, su origen en las peculiares condiciones en que se han desarrollado estas tres literaturas «objetivamente minoritarias» tanto por su modesta condición numérica como por su compleja definición nacional dentro y fuera del marco político continental y de la herencia soviética.
Estonia, Letonia y Lituania han sido, por encima de sus diferencias sociales, culturales e históricas, las tres cabezas de una hidra que ha traído, a su vez, de cabeza a las dos potencias territoriales que la flanquean: Polonia y Rusia. Espejo, además, de una cultura regional que alimenta la identidad de sus vecinos de la orilla septentrional del mar Báltico, las tres pequeñas naciones llegan al siglo XXI con la recién estrenada (¡por primera vez en la historia!) perspectiva de una coexistencia civilizada en el concierto de los Estados europeos que además tienden, en un futuro relativamente cercano, a la unidad política y económica continental.
Es importante recordar también que las repúblicas bálticas han sido escenario privilegiado de cruces de culturas cuyo espectro permanece en el acervo cultural del siglo de forma palpable, tal como ha sucedido, por ejemplo, con los judíos, quienes incluso después de su último éxodo masivo hacia Israel en los años setenta, se mantienen críticos sobre las posibilidades de desarrollar una identidad nacional (estonia, letona o lituana) en el marco de la nueva Europa.
La investigadora y traductora lituana Dalia Epstein (Kaunas, 1937) alertaba a Yves Plasseraud en 1994 sobre el riesgo -común a los tres Estados bálticos surgidos de la desintegración de la URSS- de generar un aparato cultural artificial: «Soy pesimista porque temo que regresemos a una cultura artificial como en los tiempos de los soviéticos. Una cultura tan artificial como la de la Lituania actual, que en realidad carece de todo fundamento. No tendría sentido pretender integrarse en Europa vestidos de traje regional».
En esta tesitura, a la que no puede ser ajena la actividad cultural y en concreto la que se refiere a la produccción literaria, un factor de limitación numérica similar al que atenaza a los escritores vascos o catalanes toma cuerpo en el mercado editorial. En una entrevista a José Luis Barbería (El País, 28 de octubre de 2002), el reciente premio nacional de Narrativa Unai Elorriaga era claro en la descripción de los límites impuestos a la actividad literaria en condiciones de microgravedad: «Como dice Ramón Saizarbitoria, los que trabajamos para un mercado tan pequeño como el del euskera, de apenas 700.000 potenciales lectores, tenemos la ventaja de poder arriesgar porque no tenemos detrás un gran mercado ni una industria editorial obligada a conseguir grandes ventas. El que escribe en euskera cuenta con que no va a vivir de las 200.000 pesetas que puede obtener por una obra, por lo que podemos arriesgar, intentar innovar. No tenemos nada que perder».
Hecha la compación con el País Vasco -y salvadas todas las distancias susceptibles de ser tenidas en cuenta- no está de más recordar que incluso entre naciones emblemáticas de lo minoritario y específicamente distinguidas por su dificultad para mantener la identidad lingüística y las tradiciones literarias -valga el caso de los chukchi, cuyo universal Juri Rytchëu acaba de ser publicado en castellano (Unna, Espasa, traducción de Manuel Vega)- frente a un coloso plurinacional, se dan casos en los que una amplia difusión no afecta a su aislamiento general respecto al mosaico de la cultura internacional.
El trabajo desarrollado por los exiliados y las condiciones específicas de la diáspora báltica a lo largo de todo el siglo XX (con sus diferentes oleadas en función de los grandes acontecimientos políticos, particularmente durante las dos guerras mundiales y la independencia de la URSS) han tenido, por su parte, una influencia determinante en la atomización de ese corpus literario que ahora esquiva la curiosidad de la mirada exterior.
HACIA LA NORMALIZACIÓN CULTURAL
Después de muchos años en los que, según la frase de Epstein, «las librerías estaban vacías y todo el que podía marcharse se había marchado», los países bálticos intentan recuperar una normalidad cultural que conlleva el reflotamiento de la actividad editorial.
Los finlandeses, que desde mediados del siglo XIX observan la sana costumbre de traducir a su lengua una importante selección de obras literarias estonias, sostienen que la literatura estonia de los últimos diez o quince años representa un oasis de creatividad y dinamismo, en contraste con el desierto en el que han quedado sumidos los panoramas literarios de Lituania y Letonia. Evaluar la exactitud de esta afirmación está lejos de las posibilidades de cualquier especialista, incluidos los locales, pero obedece a una evidencia numérica y acaso anímica que se traducé en títulos, acontecimientos y efectos perfectamente visibles en la narrativa y en la lírica estonia actual.
La sólida y atractiva obra narrativa de Jaan Kross (Talin, 1920), bien conocido en España por El loco del zar (Keisri Hull, 1978) y La partida del profesor Martens (Professor Martensi Ärasoit, 1984), representa sin duda la gran apuesta báltica por la reivindicación de la cultura europea desde la grandeza del individuo como espejo y emblema de una sociedad que no se resigna a la miseria de la política ni a los accidentes de la historia. Firme candidato al Nobel desde hace varios años, Kross es el patriarca de una literatura que sabe sacarle el mejor partido a la experiencia del análisis histórico desde el ángulo de la ficción y, como muchos de sus coetáneos y discípulos, es autor de una obra poética con vida propia y veterano traductor de Shakespeare, Balzac o Zweig.
La coartada autobiográfica que domina buena parte de la obra de Kroos no le ha impedido desarrollar un territorio literario en el que los protagonistas, en expresión de Jean-Luc Moreau, «siempre son, de un modo u otro, hijos de esa Estonia» que cobra a través de la fantasía literaria la universalidad que seguramente le negaron las mezquindades de la historia real. De ahí también, evidentemente, parte de su tirón popular, puesto que su capacidad para fascinar al lector y mantenerlo entretenido de principio a fin de cada obra no le exime de su condición de sénior que a menudo practica una escritura de porte aristocrático, llena de la mejor sofisticación y con escasas concesiones a la banalidad.
Nacido en 1941, Jaan Kaplinski no es solamente uno de los grandes poetas de la segunda mitad del XX sino el paradigma de intelectual destinado a restituirle a la curiosidad la dignidad que nunca debió perder como motor de la inteligencia. Gran heraldo de la omnipresente universidad de Tartu en la historia del reciente pensamiento eslavo occidental, Kaplinski -cuya figura e influencia son comparables para muchos con las del mítico lingüista Yuri Lotman- fue uno de los pioneros en la reivindicación del diálogo entre el hombre y el medio natural, anticipándose ya en los años setenta a los primeros defensores de la ecología, las milenarias formas orientales de espiritualidad o la revisión de los valores occidentales como metas previas a la.restitución de un patrimonio ético para el hombre europeo del siglo XX. Con independencia de sus posicionamientos políticos, en Kaplinski se ponen de manifiesto muchas de las bases de la verdadera modernidad intelectual en la Estonia de nuestra era.
Entre los más jóvenes, Emil Tode (Talin, 1962) constituye una garantía de continuidad en la aventura de la literatura estonia. Traductor y periodista, Tode dibuja una interpretación desgarrada de la sociedad contemporánea a través de ficciones en las que la cultura y el desencuentro entre lenguas y diferentes legados contribuyen a elucidar las claves del hombre de hoy. Estado fronterizo (Tusquets, 1998; traducción de Ruth Lías y A L. Tinaut) supuso su consagración como joven talento de las letras bálticas.
Vinculado a Sajudis y autor de una veintena de obras de las cuales algunas han sido traducidas al sueco, alemán e inglés, Sigitas Geda (Pateriai, 1943) se perfila como uno de los pesos pesados de la literatura lituana actual. Como en el caso de Kornelijus Platelis (Siauliai, 1951), Geda es también traductor de poesía y autor de una obra ensayística que avanza las inquietudes sociales y culturales de un encuentro entre los siglos XX y XXI, a cuya renovación acuden las voces de jóvenes autores como Judita Vaiciunaite, Eugenyus Alisanka o Antanas Jonynas.
La producción editorial de Letonia, con algo menos de tres millones de habitantes, genera apenas dos centenares de novedades anuales de narrativa, de las cuales una parte considerable es, además, traducida. Con una tirada que rara vez supera los 3.000 ejemplares, es fácil imaginar la situación de autores que como Ilze Purmaliete o Uldis Berzins utilizan la poesía o el relato como culminación de una apuesta por la combinación de disciplinas creativas, desde la traducción hasta las ciencias pasando por la política y las bellas artes.
Cabe, en conclusión, atribuir a las modernas literaturas bálticas un factor cohesionador que supera la fragmentación idiomática, territorial (en su más acusado sentido nacionalista) y estilística y que se manifiesta en el carácter esencialmente intelectual y decididamente lírico de sus obras en tanto que conjuntos autorales. Es cierto que cualquier atribución poética y de pensamiento crítico podría, en principio, servir a cualquier generalización sobre literaturas, escuelas o generaciones, pero no lo es menos el hecho de que la práctica totalidad de escritores estonios, letones y lituanos vivos de cierta relevancia se caracteriza por su manifiesta intencionalidad lírica -desde la configuración de una obra poética propia y desde la traducción de poetas ajenos- y por la casi general simultaneidad de disciplinas artísticas y científicas -lingüística, antropología, cine-, sin olvidar la importancia que la praxis política ha tenido desde el inicio de la década de los noventa -en muchos casos, como Kaplinski, diputado del parlamento estonio, la política forma parte esencial de su actividad- y, como ya se ha mencionado, la poderosa influencia de Tartu como escuela lingüística que influye en una reflexión global sobre la creación. Dicho de otro modo, sería muy difícil encontrar entre los valores más sólidos de estas tres literaturas escritores plegados al patrón -tan frecuente en mercados literarios como el español o el francés, no digamos ya el anglosajón- de narrador especializado en el ejercicio, puro y duro, de un discurso estrictamente novelesco y ajeno al decurso histórico, ético y lírico de su cultura.
No parece, en fin, que el futuro inmediato de las literaturas minoritarias emergentes al sur del mar Báltico reserven una gran expectativa a los cultivadores especializados en un género y de monolingüismo radical; todo indica que el éxito se reserva, más que nunca, a los pocos creadores dinámicos capaces de enunciar la complejidad y la magnitud de ese vasto experimento de intercambio que se esconde tras la cultura aun en sus más modestos ámbitos. El libro, escribió Edmond Jabés, desafía toda creencia; la singularidad, también lo recuerda el gran escritor egipcio, es subversiva. El espíritu del lector, como el prisma al que se refiere Párt en relación a la música de la modernidad, hará el resto.
Lectores de Luis Cernuda habrá, especialmente en este año del centenario, que pudrían ayudarme a reencontrar unas palabras suyas sobre los clásicos griegos y latinos, en las que lamentaba entre sus déficits o un mejor y más temprano conocimiento de ellos —no recuerdo bien— o el no haberlos podido leer en su lengua original, o tal vez, ambas cosas. De todas formas, los términos exactos de la cita importan menos que el hecho mismo de que el poeta —y eso me consta— considerara importante el contacto directo con la obra de los autores que pusieron los cimientos de la tradición cultural de Occidente; pues como invitación a la lectura de los clásicos —que es de lo que aquí se trata— su testimonio tiene más fuerza que muchos argumentos.

Leer a Homero en griego y a Horacio en latín sería, sin duda, la mejor forma de conocerlos. Pero no estar en condiciones de hacerlo tampoco es un motivo para la renuncia, porque, afortunadamente, son legión los especialistas en una u otra lengua que nos los pueden hacer accesibles en traducciones irreprochables.
Viene esto a cuento de que las dos colecciones de autores grecolatinos más extensas que tenemos, acaban de alcanzar recientemente cifras encomiables, con obras no menos importantes y redondas.
La Biblioteca Clásica Gredos (BCG), de la editorial del mismo nombre, celebraba hace poco la publicación de su número 300: el De Oratore ciceroniano, con introducción y en traducción de José Javier Iso, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Zaragoza.

Por otra parte, en la Col lecció dels Clàssics Grecs i Llatins, publicada por la Fundació Bemat Metge (Ed. Atlas), acaba de aparecer el 330, primer tomo de la historia de Roma (Ab Vrbe condita), de Tito Livio, que contiene el libro I, editado y traducido al catalán por Antoni Cobos, y (traducida también) una amplía introducción por Antonio Fontán, que a los otros muchos títulos que no hace falta recordar a los lectores de Nueva Revista, añade el de ser con toda justicia nuestro livianista más reconocido.
La exactísima sinopsis del De Oratore presentada por su traductor (p. 79-83) permite apreciar intuitivamente la atractiva combinación y alternancia de doctrina retórica, práctica forense y reflexión sobre el status del orador (intelectual, profesional del derecho, político) en la sociedad romana, y la envoltura casi teatral que caracterizan al diálogo ciceroniano. ¿Qué decir de Livio en dos líneas? Confiando nuevamente la argumentación a un solo ejemplo, que sin Livio por ejemplo no habría Maquiavelo. Para quien el catalán no sea un escollo insalvable, debe animarse a la lectura de la introducción particularmente agradable, desembarazada de notas — fluens, como la prosa de Livio—, escrita por quien habla no ex cathedra, sino ex abundantia cordis.
Las traducciones de la BCG (siempre con introducción y notas) deben ser la primera referencia para cualquier lector de lengua española interesado en el tema. El volumen tricentenario es recomendable además por otro motivo: el folleto de resúmenes que lo acompaña, una fuente de información sucinta e inmediata sobre todos y cada uno de los autores y obras incluidos en la colección, que es como decir sobre casi la totalidad de los autores griegos y latinos. La colección barcelonesa ofrece la ventaja propia de las ediciones bilingües de permitirle a uno adentrarse en el texto original (incrementada en su caso, para un castellanohablante medianamente versado en el latín o el griego, con la de mejorar como lector de catalán).

El equivalente, en castellano, de la Bemat Metge, es la colección Alma Mater, editada por el CSIC, mucho menos extensa en autores y en obras. Para completarla, en lo posible, hay que recurrir a otras series, también limitadas, como la Biblioteca de Autores Cristianos, para la literatura patrística; la Colección Erasmo y la de Textos Latinos Bilingües, de la editorial Bosch; la Bibliotheca Graeca y Bibliotheca Latina, de Ediciones Clásicas, sin olvidar otras de la propia editorial Gredos, consagradas bien a los autores escolares o más difundidos, bien a textos medievales o renacentistas.
En el capítulo de las traducciones sin texto original, después de la BCG, deben mencionarse las series de Griegos y Latinos en la colección de Literatura Clásica de la editorial Akal, que abarca ya un considerable número de autores. Junto a otras colecciones de las ya citadas Ediciones Clásicas, son igualmente recomendables las incluidas en la serie Letras Universales, de Ediciones Cátedra (en algún caso, bilingües); Clásicos de Grecia y Roma, de Planeta/De Agostini, y Biblioteca de Clásicos de Grecia y Roma, de Alianza Editorial.

¿Y un lector interesado por un autor ausente de las colecciones más conocidas, cómo podrá encontrar lo que busca? La consulta on-line del catálogo de la Agencia Española del ISBN permite la localización de las distintas ofertas disponibles para determinado autor, título, o materia (lengua, traductor, editor, fecha, lugar, etc.), o los fondos ofrecidos por cada editorial. Naturalmente, los resultados no siempre tienen la garantía de las colecciones más rigurosas- Pero junto a traducciones de dudosa procedencia, o indirectas, encontraremos referencias fiables. Entre las más seguras, las del Servicio de Publicaciones de las distintas universidades.
Mark Twain escribió una vez una historia titulada «Mi novia platónica», que estaba basada en los encuentros oníricos que había tenido con una mujer desconocida a lo largo de su vida. La época, el entorno y las circunstancias cambiaban, pero siempre sintió el mismo amor por esa persona que se aparecía en sus sueños. Una vez soñó que esa mujer tenía una muerte horrible, y el sueño lo afectó más que cualquier experiencia real. Este es el relato.
La primera vez que la vi, contaba yo 17 años y ella 15, y la vi… en un sueño. La cosa ocurrió impensadamente, como tiene que ocurrir en los sueños. Yo iba cruzando un puente en las afueras de un pueblo y ella marchaba cinco pasos delante de mí. Medio segundo antes ninguno de los dos nos encontrábamos allí. Detrás de nosotros quedaba el último caserío del pueblo, la herrería, y oí perfectamente el ritmo acompasado del martillo y el yunque, que evoca siempre tristeza y causa una dulce nostalgia imposible de describir. Enfrente de nosotros serpenteaba un camino vecinal solitario.
Todo lo recuerdo, y mejor aún a ella: cómo caminaba, cómo vestía. La alcancé y marché a su lado. La abracé y estreché contra mí; yo la quería mucho, y aunque no nos conocíamos, mi proceder me pareció irreprochable. Ella no manifestó disgusto, sino que me abrazó también y me miró con expresión afectuosa y de feliz bienvenida. Recibió el beso que le di como si fuera natural que se lo diese y que ella lo aceptase.
No era nuestro amor fraternal; era un sentimiento más íntimo. Tampoco era amor de enamorados, por faltar el amor pasional. Era algo intermedio entre ambos, pero más bello que uno y otro.
Caminábamos charlando como antiguos amigos. Ella me llamaba Jorge, lo cual no me extrañaba, aunque no era mi nombre, y yo la llamaba Alicia. Andando, llegamos a una cabaña y observamos al entrar que la mesa estaba puesta y la comida nos esperaba: un pavo asado, mazorcas de maíz cocido, habas, todo muy caliente. En una silla próxima al hogar dormía acurrucado un gato. No había allí un alma, todo era reposo y soledad. Alicia me indicó que aguardara mientras ella echaba un vistazo a la casa.
Cruzó una puerta, que se cerró seguidamente, y luego se oyó el ruido de un cerrojo. Después de esperar largo rato, abrí la puerta, salí y di con un cementerio extraño, ciudad de tumbas innumerables, que se extendían hasta perderse de vista, bajo los destellos de oro y rosa del sol poniente. Corrí entre los sepulcros llamando a Alicia, y de pronto cayó la noche sobre mí, y me vi perdido.
Con ello, desperté angustiado, lamentando la pérdida de mi hermoso sueño. Me desperté en mi cama en Filadelfia, y no tenía 17 años como en el sueño, sino 19, que era mi auténtica edad.
Diez años después volví a encontrarme con Alicia en otro sueño. Yo tenía de nuevo 17 años y ella seguía con sus 15. La escena de mi visión se desarrollaba esta vez en un bosque de magnolios bañado en luz crepuscular, a orillas del Mississippi. Los árboles lucían un níveo manto de flores, y por un claro del bosque se divisaba en lontananza el agua cabrilleante del río. Cavilando, sentado en la pradera, sentí de repente que alguien me echaba el brazo al cuello. Era Alicia. Ninguna impresión de sorpresa sentí, aunque ahora ella me llamaba Juan y yo la llamaba Elena, como si nos hubiéramos llamado siempre así.
Disfrutamos un rato feliz, deambulando por el bosque. Al llegar a la orilla de un arroyuelo, ella me suplicó:
—No debo mojarme los pies, querido. Pásame en brazos.
La cogí, le di mi sombrero para que me lo llevara, y después de cruzar el arroyo, seguí con ella en vilo toda la tarde, sin acusar cansancio. Después de andar muchos kilómetros, llegamos, ya de noche, a una casa. Aquella era su casa, y cuando entré con Elena en brazos, conocí a su familia y nos tratamos como antiguos amigos, aunque nunca nos habíamos visto. Luego las luces empezaron a apagarse, y pronto se extinguieron. Al instante, se iluminó la ventana con la luz de la luna, seguida de una ráfaga de viento frío, y me encontré patinando sobre un lago helado, solo y con los brazos vacíos.
La sacudida del pesar que sentí, me despertó. Estaba sentado ante mi escritorio en la redacción del periódico, en San Francisco. Comprobé por el reloj que no había estado dormido ni dos minutos. Más extraordinario era el hecho de ser mi edad a la sazón de 29 años.
En los dos años siguientes volví a ver a la novia de mis sueños, sólo en visiones rapidísimas que apenas dejaban huella en mi memoria.
En 1866 pasé unos cuatro meses en las islas Hawái, y en octubre del mismo año di mi primera conferencia. En enero del año siguiente volvió a visitarme mi novia platónica.
En este sueño me encontraba otra vez de pie, en el escenario del Teatro de la ópera, en San Francisco, dispuesto para una nueva conferencia. Pronuncié unas pocas palabras y me detuve, turbado de miedo, pues resultaba que no tenía tema para la conferencia ni asunto de qué tratar. Después de agitarme azorado por un momento que me pareció un siglo, logré hilvanar unas cuantas palabras, tratando en vano de dar con alguna ocurrencia. Sonaron unas cuantas risitas de chacota. En mi turbación, comencé a disculparme, tartamudeando. Tras una gran rechifla, gritos y burlas, el público se levantó y se dirigió en tropel a la puerta. A poco de haber salido todos, oí una voz familiar que me llamaba por mi nombre, y todas mis preocupaciones desaparecieron.
—¡Roberto! —exclamó la voz.
—¡Inés! —contesté yo.
A poco nos hallábamos de excursión por una florida hondonada denominada el Valle de Iao, en las islas Hawái, recogiendo encantadoras flores de jengibre. Hicimos un alto y nos sentamos a descansar, mientras nuestros ojos recorrían los profundos precipicios cubiertos de enredaderas sobre los cuales flotaban erráticas nubes blancas.
A Inés se le posó en el hombro una gaviota. Yo la cogí con mi mano. Enseguida empezaron a caérsele las plumas y pronto se transformó en un gatito. Este se fue metamorfoseando, empezando por reducirse a una bola de la cual brotaron unas patas largas y peludas, y a poco el nuevo animal era una tarántula. Yo quería quedarme con ella, pero de repente se convirtió en estrella de mar, y entonces la tiré.
Inés dijo que no valía la pena guardar o conservar nada, porque todo cambia. Le hablé de las rocas, y ella me replicó que una roca es como las demás cosas: no permanece invariable. Cogió una piedra y al punto se tornó en murciélago y salió volando. Estas curiosas transformaciones me parecían interesantes, pero no antinaturales.
La escena cambió mágicamente, y me hallé despierto, cruzando la calle Bond, de Nueva York, con un amigo. Habíamos estado charlando, sin que yo advirtiese haber interrumpido la conversación. Quince minutos después estaba en mi casa listo para acostarme, antes de lo cual dejé un apunte de mi sueño. Pronto me dormí y volví a soñar.
Estaba en Atenas, ciudad que yo no había visitado jamás. Sin embargo, reconocí el Partenón, al que habían hecho las reparaciones necesarias para dejarlo como nuevo. Pasé por sus proximidades y penetré en una suntuosa casa de arcilla roja. Era mediodía, pero no di con alma viviente. Las paredes eran de ónice pulimentado y bellamente teñido. Concentré la atención en los menores detalles hasta dejarlos grabados en mi memoria, donde aún permanecen, aunque el sueño ocurrió hace más de treinta años.
En la casa hallé una persona: Inés. Vestía el traje clásico heleno y ni sus ojos ni su pelo tenían el mismo color que lucía estando en Hawái. Hacía labor sentada en un canapé de marfil. Me senté a su lado y entablamos conversación.
Mientras hablábamos, fueron entrando varios personajes de aire majestuoso, discutiendo acaloradamente. Al pasar, nos saludaron corteses. Uno de ellos me pareció Sócrates, a quien identifiqué por la nariz.
Evocando aquella suntuosa mansión ateniense, su mobiliario y su decoración, supongo que en todos nosotros reside un artista que sueña como un verdadero maestro del buen gusto, del colorido, del orden y la armonía. Durante nuestras horas de vigilia, esto es, cuando el artista interior dirige nuestras acciones, no podemos pintar nada, por elemental que sea; no podemos formar en nuestro cerebro la imagen exacta de ningún monumento que hayamos visto, ni aun la fisonomía de persona conocida. Pero el artista que reside en nosotros toma la dirección cuando soñamos, y puede dibujar lo que sea, pintando siempre con los colores y sombras apropiados. Por mi parte, entonces, cuando despierto, logro, cerrando los ojos, reproducir las personas, el paisaje y los edificios.
En nuestros sueños —para mí es incuestionable— realizamos verdaderamente los viajes que creemos hacer, y vemos de veras las cosas que creemos ver. La gente, los caballos, los gatos y las ballenas soñados son seres reales, no quimeras.
Hace 44 años conocí a mi novia del mundo de los sueños, la que me ha visitado una vez cada dos años. La vi por un momento hace unas semanas. Tenía sus 15 años de siempre y yo mis 17, aunque vaya casi por los 63. Para mí sigue siendo una persona real a quien debo algunos de los momentos más placenteros de mi vida.
En los sueños todo es siempre más profundo e intenso, concreto y real que en las fluctuantes imitaciones que percibimos en nuestra vida ilusoria de vigilia, en la que vamos zarandeados, metidos en un yo prestado y superficial. Cuando muramos, quizá entremos en el mundo de los sueños, nacidos a nuestro verdadero yo, y fortalecidos por nuestro dominio del misterioso mago mental que en esta vida es nuestro visitante.
Cada sociedad ha visto con respeto a ese grupo de hombres que, en su seno, tenía por sabios. Como si ellos fueran tan necesarios para la sociedad como los garantes de la seguridad o los proveedores de los medios de subsistencia. De hecho, solían nuestros padres ir más allá, al reconocer la actividad sapiencial como una de las más altas a la que podían aspirar los miembros del grupo. Qué tipo de bienes debían garantizar los sabios, sin embargo, de cuáles debían proveerse las sociedades gracias a ellos, ha conocido variadas concreciones. Su discusión podría dar lugar a un esclarecimiento de la naturaleza, función y forma que esta actividad adquiriría en nuestros días, si es que algo así es posible y, sobre todo, si es que algo así nos sigue apeteciendo.
Conocer la posición del hombre en el cosmos -en el universo visible e invisible-; su relación con la naturaleza, con los otros hombres, consigo mismo: conocerse el hombre como parte de un todo, sabiendo, por tanto, qué ese todo.
En eso consiste saber, al menos para pensadores como Aristóteles que, después de haber dicho que todo hombre desea por naturaleza vivir junto a otros hombres -que a todo ser humano le es tan dulce la compañía de un congénere como amarga la soledad-; que después de haber dicho que todo hombre desde su infancia persigue el placer y rehuye el dolor, concluía que todo hombre sin proponérselo, sin hacerse violencia, porque le es placentero, apetece saber.
De hecho, Aristóteles diseñó un edificio para la sabiduría (sofía), consistente en el conocimiento racional de todas las sustancias del universo, según sus especies. Una sabiduría que empezaba por determinar el número y la sustancia de las Categorías racionales necesarias para elevar ese edificio. Una sabiduría que daba después un repaso conceptual a los instrumentos lógicos, cuyas sustancias o formas definía para avanzar luego por vía demostrativa. Una sabiduría que se interesaba por las sustancias definibles para hacer progresar una Física; las correspondientes para hacer progresar una Astrología; y una sabiduría que necesariamente habría de conocer los principios y habría de saber razonar sobre las sustancias invisibles, es decir, sobre Dios y las cantidades discretas: una sabiduría que no ignoraría la Metafísica, ni obviaría la ciencia de los Animales -que incluiría una Biología racional-; una sabiduría que conocería la sustancia de los seres humanos -esos animales dotados de un chispazo de la lumbre divina-, sobre cuya alma se escribirían varios libros; y, luego, una sabiduría que sería ciencia de la vida práctica de los seres humanos: que conocería la sustancia de nuestras elecciones y la sustancia de nuestras disposiciones respecto a las pasiones, y que se agruparía bajo el nombre de Ética; que conocería también la sustancia de las formas de gobierno, la causa de las revoluciones y de la estabilidad de los regímenes, que se explicarían en los libros de la Política; y la ciencia de los argumentos persuasivos con significación práctica, los abordaría una Retórica racional, parte también de la sabiduría, puesto que el hombre es el solo animal, según esta sabiduría, que además de ser político, está dotado de palabra por medio de la cual persuade a sus congéneres vecinos sobre lo bueno y sobre lo malo para lo que emprenden en común. El edificio de la sabiduría de Aristóteles concluiría, en fin, con las definiciones y razonamientos de los libros de la Poética, gracias a los cuales el filósofo sabría a qué atenerse con escritores y poetas.
Una sabiduría como ésta no consistiría es saberlo «todo de todos los seres», privilegio acaso de un ser divino. Tratándose de un ser humano, ser sabio consistiría más bien en saber «lo sustancial» de todos los seres o, más precisamente, lo sustancial de la «mayoría» de los seres, según sus especies. Pues no se hace sabio quien conoce a un hombre o una mujer, a dos o a tres, a cien o a mil, sino quien conoce a todos o la mayoría de los hombres y de las mujeres. No es sabio quien conoce un animal o una clase de animales, sino quien conoce todos los animales de todas las clases que componen el reino animal; y todas las clases de vegetales del reino vegetal; y todos los cambios sustanciales que pueden ocurrir en el mundo físico.
Sabio es, pues, según Aristóteles, quien conoce la sustancia de todos los individuos que existen en el universo, con esta importante salvedad: el sabio aspira a conocer todas las realidades del universo, salvo aquellas que ocurren o existen «por casualidad». El sabio ha de saber que «todos» los hombres nacen con cinco dedos en cada mano. Pero si, y por qué, uno en particular ha nacido con menos dedos, u otro con más, no es cosa por la que él vaya a interesarse. Tal vez un cirujano o un pediatra o cualquier otra clase de médico, que atiende a los casos particulares, deba atender a esa excepción. Pero el sabio renuncia por principio a conocer lo que ocurre «por azar»: todo lo que queda al margen de lo causal -lo que ocurre sin causa aparente, o sin causa cognoscible, o con una causa tan difícil de averiguar, o tan laboriosa de comprobar, o tan inútil de certificar, que se da por incognoscible-, entra todo en el cajón de «lo azaroso» y como tal se pone al margen de la sabiduría, en la gris insapiencia de lo insustancial.
Por descontado que, al margen de este modelo, cabe pensar infinitos otros modos posibles de buscar la sabiduría. Demos por sentado que es posible al menos imaginarlos: imaginar esas ilimitadas bibliotecas borgianas donde las estancias, las repisas, los libros no tienen fin y donde, por tanto, siempre cabe imaginar que otra sabiduría distinta de aquella de la que uno eventualmente dispone, podría llegar a adquirirse. El modelo propuesto por Aristóteles a partir de la sustancia no es más que un tipo de sabiduría -la filosófica-, que se contrapone a otros muchos modelos.
Uno de ellos es el de la sabiduría proverbial. Las sentencias o máximas proverbiales son proposiciones definitorias de hechos, por ejemplo, cosmológicos: «En abril, aguas mil», o teológicos: «Dios aprieta pero no ahoga», o antropológicos: «La carne es como la flor del heno», o morales: «Dice el perezoso: ahí fuera hay león»; que suelen además guardar una semejanza explícita y frecuente con los silogismos que Aristóteles llamaba prácticos, es decir, referentes al comportamiento del hombre en relación con la naturaleza: «Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo»; o con relación al trabajo: «A quien madruga, Dios le ayuda»; o con relación al trato con los demás: «Sima profunda -la ramera, y pozo estrecho- la extraña»; o en lo político: «A enemigo que huye, puente de plata»: o con relación a la persuasión: «Mejor es dar con una osa a quien han arrebatado su cría, que con un necio en el frenesí de su necedad». En algunos casos, el proverbio es la definición de un hecho que sirve simultáneamente como conclusión práctica, si el que conoce este enunciado sabe aplicar su generalidad a una situación humana concreta. Ejemplo: «El tropezón adelanta un paso».
A diferencia de la construida por Aristóteles, la forma proverbial de la sabiduría -este conjunto indiferenciado de máximas referentes al Universo y la posición del hombre en él-, es un fenómeno cognoscitivo colectivo (pertenece a un pueblo o sociedad) y habitualmente de naturaleza oral (sólo excepcionalmente los proverbios adquieren forma escrita, cuando se compilan como en el Libro de la Sabiduría o en Los trabajos y los días).
Una tal forma sapiencial tiene ventajas e inconvenientes respecto a otras formas posibles de sabiduría. Entre las primeras, se cuenta el que permite orientarse de modo práctico a los miembros de una sociedad en todas, o la mayoría, o las más determinantes de las encrucijadas en las que se ven envueltos, sin otra necesidad de instrucción que la de retener memorísticamente los proverbios. Es un modelo frecuente en sociedades eminentemente agrícolas.
Entre sus inconvenientes, cabe señalar que la sabiduría proverbial es incompleta, o mejor dicho, que no hay modo de saber si es completa o no, porque no es sistemática. Además, apenas abandona el terreno del conocimiento práctico, pues, en sustancia, la conceptualización se orienta a un rendimiento o utilidad más o menos inmediatos. Desconoce o cultiva en mínimo grado el conocimiento por sí mismo, es decir, la belleza del conocimiento; y desconoce, en conclusión, las consecuencias morales, relativas al comportamiento humano, que tiene ese reconocimiento de la nobleza del conocimiento -Sancho ignora el tipo de vida y determinados goces que caracterizan el estilo de vida de don Quijote-.
La sabiduría proverbial, en fin, mira siempre al futuro: está hecha de pasado -de experiencia y tradición-, pero mira siempre hacia adelante, porque las decisiones se refieren a lo que está por ocurrir y depende de nosotros. Los problemas que preocupan a los hombres y mujeres de esa sociedad son los inmediatos relativos al trabajo, a la defensa frente a extraños, a la procreación, a la enfermedad. Es verdad que hubo acontecimientos que dieron origen a la familia o viaje o circunstancias de las que proceden este pueblo o sociedad: pero eso es cosa del saber de los ancianos; ellos, que ya nada pueden hacer -sus miembros no tienen fuerza, ni su vista agudeza- pueden dedicarse, en su inmovilidad, a custodiar el pasado y a transmitirlo.
Si el pasado no entra a formar parte de las preocupaciones prácticas de un pueblo asentado, constituido desde tiempos remotos, en uno que acaba de conquistar su derecho a existir entre los pueblos, existe sin embargo una forma de conocimiento sapiencial distinta de la proverbial y distinta de la científico-filosófica, que sí tiene que ver con ese pasado inmediato.
El relato épico o epopeya es una forma de sabiduría que da cuenta de la posición del hombre en el Cosmos, señalando: la naturaleza o, al menos, el comportamiento de los seres suprasensibles -divinos-, con relación al modo como ocurren los sucesos humanos y, en particular, la constitución u origen de un pueblo. Desde este punto de vista, la narrativa épica puede ser más o menos mitológica.
Además, el saber acerca de los dioses no puede sino tener consecuencias en el conocimiento acerca de los hombres: lo que éstos son en relación a aquellos -hijos, amigos, enemigos, su competencia…-, y lo que ellos pueden o deben hacer, en consecuencia, es determinante para todo género de cuestiones prácticas.
Pero entre estas cuestiones prácticas, la sabiduría épica se refiere sobre todo a las de naturaleza política: a esos hechos extraordinarios que han permitido a un grupo conquistar su derecho a existir, arrebatándoselo a la naturaleza, o a otros grupos. Hechos tan extraordinarios, que todo problema práctico referido al futuro inmediato resulta de hecho irrelevante. En el caso límite, ni siquiera la amenaza de una muerte inminente, consecuencia de una irresolución frente a problemas prácticos, importa a quien ya ha superado los peligros y pruebas del periodo constitutivo: lo relevante es que el pueblo griego ha impuesto su voluntad frente a sus contendientes troyanos; que los castellanos derrotan a los musulmanes, los rusos a los mongoles, y que tras la sangre de los que hoy mueren en las barricadas de París alborea un pueblo sin clases, sin fanatismos.
La sabiduría épica define, pues, las partes del Universo -divinas, humanas y naturales- que entran a formar parte del constitutivo social. Lo hace, por ello, necesariamente, en una dirección opuesta a la filosofía que se ocupa de definir las sustancias de las cosas. Porque la actividad filosófica se interesa por aquello que tienen en común una pluralidad de cosas individuales -silogismos, astros, plantas, animales, dioses, hombres-, y aspira a conocer lo que la generalidad o, aún mejor, la universalidad de esas cosas tiene de diferencial respecto al resto. Pero la sabiduría épica se mueve precisamente en sentido contrario: no hacia la totalidad de los géneros últimos de las cosas, sino hacia lo concreto, específico, irrepetible que tienen algunas cosas singulares, sean la divinidad o el pueblo o los ciudadanos griegos, romanos, españoles, rusos, alemanes o vascos.
La sabiduría épica se parece a la proverbial en que es de un pueblo; se diferencia de ella, en cambio, en que si ésta se orienta al futuro inmediato, aquélla, por el contrario, considera sólo el inmediato pasado. La epopeya no resuelve necesidades prácticas cotidianas, pero es ella la que explica que una sociedad haya llegado a tener una realidad cotidiana.
Una forma posterior, y en cierto sentido evolucionada, de la sabiduría épica, es el del texto o discurso teatral -dramático-.
Entiendo por texto dramático aquel que es pronunciado no por un hablante -el narrador- que además no es, como en la epopeya, el protagonista del relato, sino por una pluralidad de hablantes que, por añadidura, protagonizan ellos mismos aquello que sucede, parcial o enteramente, a consecuencia precisamente de lo que dicen.
Desde el punto de vista de su constitución, la literatura dramática tiene la peculiaridad de aunar la causalidad eficiente, que podríamos decir es la que pone en marcha todo relato (el épico como cualquier otro), y la causalidad formal que hemos dicho caracteriza al discurso filosófico (y, en cierto sentido, también al conocedor de proverbios y refranes).
Cuando un drama propone a nuestro conocimiento la identidad de un sujeto, no lo hace mediante la definición de su forma o sustancia -de aquella generalidad común a otros seres, que les diferencia a su vez del común del resto-. Así procede la filosofía, pero el drama define la identidad de un sujeto como consecuencia enteramente de lo que ese individuo dice sobre sí mismo y sobre los demás, y lo que los demás dicen sobre ese individuo y sobre ellos mismos. O dicho de otro modo: los acontecimientos extraordinarios que caracterizaban la epopeya han sido absorbidos enteramente hasta transformarse en diálogos: que un dios se revele o una mujer muera en un drama no significa que alguien -el narrador- nos cuente cómo se le apareció un dios al protagonista o cómo se murió una mujer en sus brazos; significa que un actor dice que un dios se le está apareciendo y que está mujer que está en sus brazos se está muriendo de tal modo, de tal modo extraordinario lo dice que nosotros, sabiendo que no es verdad, le damos no obstante crédito.
En el drama antiguo, esta complicación de la causalidad eficiente y la causalidad formal podía verse de algún modo representada en los «personajes» a los que suceden las cosas, y el «coro» que nombraba, comentaba o explicaba por sus causas, con frecuencia de modo «sapiencial», aquello que los personajes hacían o padecían.
En su Poética, Aristóteles renunciaba a explicar el origen del coro, como es sabido. Sería interesante establecer algún vínculo entre la parte del texto dramático correspondiente al coro y la antigua literatura sapiencial, lo mismo la del estamento sacerdotal que la poética. Pues es sabido que los primeros coros dramáticos estuvieron compuestos por individuos pertenecientes al gremio de los sacerdotes, y por tanto, es verosímil que exista una relación entre el saber cúltico y doctrinal de los sacerdotes y el texto de los coros.
Pero el tipo de sabiduría que transmite la poesía religiosa no sacerdotal, como la que recita Píndaro al término de los juegos olímpicos, por ejemplo, proporciona de hecho otra pista acaso más valiosa. Sin duda, la intervención del coro en la acción dramática guarda no poca relación con la del poeta al término de la agonía o competición deportiva: el poeta en este caso, como el coro en el otro, es capaz de nombrar la relación que existe entre el resultado de la acción, las cualidades del personaje y la voluntad de los dioses.
En la evolución del arte dramático, coro y acción se integran paulatinamente, como todo el mundo sabe, hasta acabar fusionándose en una única acción dramática, más o menos ilustrada por monólogos o recitativos de los propios personajes que, a acción parada, comentan ante el público -ante la «cuarta pared»- su suerte o su desdicha.
Por lo que se refiere a su potencia sapiencial, al texto dramático no se le exige habitualmente la misma extensión ni la misma intensidad cognoscitiva que se demanda de una epopeya. No le pedimos a Las suplicantes -a esas extranjeras- que nos muestren la posición de «los nuestros» en el Cosmos en el mismo grado en que lo hace la Ilíada respecto a los griegos (aunque bien pudiéramos considerar que determinados textos dramáticos no le andan muy a la zaga: Las bacantes, tal vez, o Hamlet).
Pero si nos fijamos no en uno, sino en varios o todos los textos dramáticos de un autor (o, incluso, aunque más forzadamente, los principales de una época), podríamos considerarlo sapiencial en el sentido de que prolongan los contenidos de la sabiduría épica en las circunstancias de asentamiento de un pueblo. Representa, por así decir, el paso de la sabiduría de campamento y combate a la de asentamiento urbano y lucha social, política.
Porque son idénticos o similares fundamentos en la epopeya y en el drama: los mismos o similares dioses en uno y otro, los mismos o similares hombres en uno y otro. Si una sociedad ya sedentaria no puede reconocer en sus textos dramáticos los fundamentos sapienciales transmitidos por sus relatos épicos, es que ya no es la misma sociedad. Esta dura mientras perduren la eficacia cognoscitiva, teórica y práctica, de los relatos épicos. Y si alguien se propone remover de la sociedad sus fundamentos sociales, no le bastaría probablemente con inventar un drama para dar con éxito esa batalla. Es verdad que un texto dramático puede -y en determinadas circunstancias, debe- ejercer una profunda crítica del status quo de la sociedad. Esto es lo que ha hecho determinado teatro decimonónico en su entorno burgués. Pero es significativo que, tras la Revolución de octubre, por ejemplo, fracasaran en muy poco tiempo los intentos de crear un teatro revolucionario, capaz de transmitir a la masa de un pueblo analfabeto los fundamentos de la nueva era bolchevique. Porque más que un drama, lo que la Revolución tenía que inventarse era un relato épico, capaz de aunar a esos millones de individuos (y ese relato épico se acabó encontrando, como es sabido, en el cine, con el Acorazado Potemkin).
Cabría, pues, hablar del rendimiento sapiencial del drama (de un conjunto de textos dramáticos) como de uno de segundo orden. El drama es más reflexivo que constitucional, a diferencia de la épica. Ésta proporciona el capital, aquél las rentas. El drama es beneficiario de la sabiduría épica y de algún modo queda legitimado por ella. No en vano los dramas tienen frecuentemente por protagonistas a sujetos históricos, épicamente prestigiados. Pero el drama beneficia al mismo tiempo a la epopeya, porque de algún modo la actualiza. El drama tiene eficacia social en un pueblo, porque representa -vuelve a hacer presente- los fundamentos de la identidad colectiva en circunstancias donde, por el paso del tiempo, la evolución histórica y la diferenciación social, la conexión entre aquellos fundamentos y la situación presente no es en modo alguno evidente.
Existe un momento histórico, es decir, determinado por condiciones muy particulares, en el que el drama se asocia estrechamente a la sabiduría proverbial y popular con fines didácticos. Me refiero a la literatura ejemplar medieval, menester de algunos miembros del estamento clerical que, con fines catequéticos, evolucionó hasta producir los autos sacramentales y los dramas ejemplares que están en nuestra literatura tan bien representados por Calderón –Casa de dos puertas, mala es de guardar-.
Bien significativo el título de la primera obra que aquí debemos recordar: la Disciplina clericalis, de Pedro Alfonso (nombre que adoptó el zaragozano Moisés Sefardí al convertirse, en 1106). Porque el conjunto de pequeños relatos anecdóticos, máximas y sentencias que constituyen esta disciplina, fue compuesta por el clérigo (es decir, entonces, el único género de hombre culto, fuera del príncipe) con objeto de instruir a los campesinos en todas las buenas costumbres de las que eran ignorantes sin culpa: hábitos intelectuales para superar su rudo animismo y aceptar la belleza de la sabiduría lo mismo que la necesidad del silencio, por ejemplo; y determinados hábitos morales para llegar a ser probos, y no mentir, y librarse de las astucias de las mujeres, y no ser holgazanes, y esperar como conviene a la muerte, entre otras cosas. Instruir al pueblo ignorante, sí, pero deleitando: edulcorando la seriedad de la doctrina filosófica y religiosa con la forma narrativa, unas veces realista, otras fabulosa, de los exemplos y proverbios.
Es sabido que cundieron por toda Europa este tipo de libros y cómo se desarrolló el género de los cuentos morales tipo El conde Lucanor. A éstos de procedencia clerical y destino popular se sumaron otros no muy distintos por su estructura que, procedentes de la antigua tradición sapiencial oriental -sobre todo hindú-, fueron traducidos en las cortes cultas musulmanas del Medio Oriente y, desde allí, pasaron a las del Occidente cristiano. Me refiero a los Calila y Dimna, a los Sendebar construidos con objeto de instruir a los príncipes en la doctrina de la prudencia política.
De la síntesis de ambas corrientes procede esa forma de concebir el drama barroco que fue obra, si no necesariamente, sí con frecuencia de clérigos, y que tenía por finalidad la formación moral de las clases populares urbanas. Se trataba de verdaderos dramas ejemplares, en el mismo sentido que lo querían ser las novelas cortas de Cervantes: textos a través de cuya representación el pueblo se haría más consciente de los fundamentos de un vivir, individual y colectivo, lleno de dignidad y de sabiduría humana y cristiana.
Es verdad que otras construcciones narrativas, como las dichas novelas cervantinas, perseguían también mostrar ejemplos de probidad recompensada (o de improbidad castigada). Incluso textos no narrativos, como el de Gracián, se orientaban a esa formación del, en este caso, príncipe, sabiendo que la sabiduría del soberano no podría sino redundar en la de su pueblo. Pero no hubo género filosófico o narrativo que contribuyera más que el drama tardo medieval y barroco a la edificación sapiencial de la sociedad, en el sentido apuntado.
Junto al drama, que hemos considerado hasta aquí como una forma de identidad colectiva semisapiencial, podemos colocar la novelística. Por tal entiendo lo que, frente a una epopeya como la Ilíada o un drama como las Troyanos representa un texto como la Odisea en la literatura griega; o los viajes de Simbad el marino en la persa; o Robinson Crusoe en la inglesa. Relatos todos ellos de las peripecias de un ciudadano que, lejos de su ciudad por motivos guerreros, económicos o de fortuna, ha de afrontar individualmente hechos extra cotidianos, inusuales entre los de su nación o pueblo, y de los que se salva por su pericia, paciencia o buenos hados.
Estas peripecias extraordinarias, portentosas, que llamamos aventuras son el corazón del relato novelístico, la materia que lo constituye. Pero, a diferencia del drama, ellas no ocurren habitualmente en el dominio de lo urbano. Imaginemos que ha concluido hace tiempo la era de la épica militar y de las acciones heroicas; es entonces inusual que a un ciudadano le ocurra algo extraordinario en el seno de la vida vecinal. Es verdad que esta tranquilidad cotidiana puede verse súbitamente alterada por amenazas de potencias extranjeras -los persas-, o la llegada a la ciudad de extranjeros -las suplicantes que se acogen en sagrado-, o rumores sobre el origen sacrílego del príncipe, que luego vienen a confirmarse: ésas y similares circunstancias pueden dar lugar a acontecimientos dramáticos, ciertamente, que son los que se representan en los teatros urbanos ante espectadores asimismo urbanos. Que venga algo de fuera a remover los cimientos de la vida ciudadana es, sin embargo, sólo una de las posibles causas de lo asombroso, de lo admirable a los ojos de los ciudadanos. Porque otra es que un vecino -uno de los nuestros- salga de la seguridad de la vida colectiva, se aleje de las murallas, viva circunstancias inéditas, sobreviva a ellas tal vez más por su ingenio que por su heroicidad, y vuelva a la ciudad para contárselas a sus compadres.
No es casualidad que las vidas más aventureras hayan sido las de quienes se ven empujados a viajar. Guerreros, comerciantes, conquistadores, piratas o corsarios de todos los tiempos se han echado al mar, han arrostrado peligros sin fin, conocido lejanas tierras y extraños dioses y pueblos, sufrido la cruel competencia de otros mareantes -desde Odiseo hasta Conrad, los Melville, los London, los Maqroll han llevado una vida de aventuras, digna de ser contada.
Los correspondientes terrestres de los aventureros marinos son los andantes. Aventurero de este tipo fue Abraham, que abandonó «su tierra, su casa y su parentela» para instalarse en otra nación, para consagrarse a otro dios, para fundar una nueva estirpe. Aventurero es el príncipe Gilgamesh, cuando decide buscar a su amigo en el país de los muertos; y Gil Blas de Santillana, los caballeros cruzados y don Quijote, no menos que el ginebrino Rousseau y el sastrecillo valiente.
Comparado lo novelístico con lo épico, vemos que lo extraordinario de esto se distingue de lo extraordinario de aquello porque uno es colectivo y el otro individual; y porque de uno depende la constitución social de un pueblo y de lo novelesco, en todo caso, ni siquiera su edificación o instrucción, como en el caso del drama ejemplar, sino solamente su entretenimiento o diversión.
Recordemos Las mil y una noches: que las admirables novelas (y poemas) contenidas en esa obra fueran contadas a un rey insomne, bajo la amenaza de muerte en caso de que el narrador no lograra divertirle, es algo más que un simple recurso narrativo para enlazar textos tan heterogéneos como los que se compilan en esa obra. Ello significa que el efecto esencial de la novela tradicional -de la novela nomoderna- era divertir. No legitimar la aparición de un pueblo sobre la faz de la tierra, ni actualizar los fundamentos de cohesión social en tiempos posfundacionales: la novela tenía que asombrar, pasmar, entretener.
En ocasiones, es verdad, la novela podía producir algo más noble que entretener al rey, que entretener al vulgo; novelas como la del sufriente Odiseo conjugaban la vertiente de diversión con la patética -esa del hombre que padece injustamente-. Pero aún en estos casos, el elemento de lo novedoso, de lo no cotidiano primaba sobre el dramático o patético: sin las peripecias de los viajes de Ulises, la Odisea no sería más novelesco que nuestro Elogio de la vida en la aldea.
Característico del relato novelístico tradicional es también que el sujeto individual, al quien ocurren tan variadas, numerosas, admirables y divertidas peripecias, quede intacto en su subjetividad: el relato tiene ojos para todos -hombres, dioses y naturaleza-, menos para él. ¿Qué transformaciones se producen en la psique del Amadís de Gaula, mientras vive sus interminables aventuras? Su mente, su alma, son esencialmente las mismas al comienzo y al término de su periplo aventurero. Tampoco la bajada a los infiernos parece hacer más sabio a Odiseo, porque, ya en Ítaca, ni los criados, ni Telémaco, ni Penélope reconocen en él a un hombre que se ha hecho sabio (un Juan Valgean a la antigua) a fuerza de sufrimiento.
Fijémonos ahora en Don Quijote, la más alta expresión acaso de cuanto lo novelesco ha aportado a lo sapiencial. Ello, no sólo porque la sabiduría popular, que Sancho, con los muchos proverbios que sabe y lo acertadamente que los aplica, quede confrontado con lo sapiencial instruido -la sabiduría libresca de don Quijote-, a propósito,de las aventuras por la Mancha que ambos protagonizan. El rasgo más distintivo de la modernidad de la obra cervantina es que, a partir de ella, la novela se cuestiona de modo radical las aventuras del yo protagonista del relato: ese hombre que abandona su hacienda, rodela en mano, haciéndose llamar don Quijote, al cabo de su periplo, agonizando ya, reconoce llamarse Quijano.
Es verdad que en la novela cervantina el análisis del yo no ocupa un lugar exclusivo. Don Quijote es capaz de decir: «Yo sé quién soy», porque el problema de su identidad no es el tema fundamental de la novela. En una estación más avanzada en este línea, encontramos las peculiares Confesiones de Rousseau, un relato de las aventuras de un «desclasado» ginebrino que recorre por afán de aventuras las tierras de Europa, pero en las que el problema de la identidad del yo hasta tal punto se ha hecho importante, que para él tan relevante como las peripecias de la vida es su posición subjetiva ante ellas, su actitud moral frente al destino. No por casualidad este relato de aventuras está escrito en primera persona y se titula del modo indicado -el género de las «confesiones» que será tan característico de la literatura decimonónica-.
Cómo no ver, en fin, que el punto final de esta evolución podría quedar bien marcado por una novela como En busca del tiempo perdido, donde la acción exterior se reduce a un incompleto y vulgar desayuno, mientras que la interior se desarrolla a lo largo miles de páginas como una sucesión de asociaciones y periplos interiores tan asombrosos como complejos, orientados a obtener una definición del yo, que a la postre resulta imposible.
Tal vez nos sorprenda que, en el ámbito de la cultura europea, la evolución del conocimiento sapiencial haya sido tal que, a comienzo del siglo XX, las máximas expresiones de éste hayan sido análisis del yo encomendados precisamente a la novela. Creo que no es posible llegar a comprender esta reevaluación sapiencial de la novela contemporánea, frente a la novela tradicional de aventuras, sin tener en cuenta algunas direcciones en las qué el discurso filosófico tradicional fue perdiendo, frente a la evolución de la cultura en Europa, algunos de sus capítulos sapienciales.
El primero fue la Teodicea. La primera parte que la sabiduría científico filosófica abandonó fue la del conocimiento de la vida de Dios, tal y como se entendía en la Antigüedad. El último teólogo en sentido antiguo fue el Agustín de las Confesiones, un gnóstico que encontraba a Dios en los salmos de la tradición judía. La obra de Alberto o de Tomás de Aquino es de hecho Teología en un sentido muy distinto: no es una investigación racional en el mismo sentido en que lo era la Metafísica de Aristóteles o la del gnóstico Agustín, ni sus resultados tienen las mismas consecuencias prácticas, por lo que a la transformación de la vida se refiere, como en los otros casos.
La teología filosófica de la modernidad la hacen Spinoza y Hegel en un sentido también distinto ya del antiguo y del medieval. De hecho, con estos dos autores se puede decir que la teología racional ocupa todo el lugar de la filosofía -de la sabiduría-. La sabiduría aristotélica tenía partes, la de Hegel es sólo un todo. Pero esto puso en una situación muy difícil a la sabiduría, al colocar al individuo frente a la tesitura de todo o nada. El marxismo dijo: el todo interpretado según la materia. El existencialismo dijo: la nada interpretada según el espíritu. Y mientras la supuesta ciencia filosófica de la modernidad marchó por el primer camino, el individuo moderno marchó por el segundo. Tratándose de la parte -del individuo, del yo- éste habría de afrontar la vida y el conocimiento de la identidad del mundo y de su posición en él sin la ayuda que, antaño, la teología racional (una parte de la sabiduría) le prestaba.
El segundo gran desprendimiento en el vasto glaciar de la sabiduría antigua fue el de la ciencia natural. Si el Dios cristiano, y las relaciones del individuo y de la sociedad con él, borraron según parece tras de sí la necesidad de las reflexiones racionales sobre Dios al modo antiguo, al mismo tiempo la Geografía primero, la Matemática y la Física modernas después, despojaron al Cosmos y a la Tierra de sus viejas virtudes «filosofables». Colón, Kepler, Newton: de ellos resultaron fenómenos que pusieron el conocimiento del mundo fuera de los métodos filosóficos tradicionales, y que hicieron de su dominio práctico el ámbito de saberes especializados no filosóficos. Leibnitz fue el último de los físicos y cosmólogos antiguos; desde él, los que investigan la materia del mundo y del cosmos desconocen racionalmente no sólo a Dios, sino también a ellos mismos; y los que investigan el yo y el sí mismo, puede hacerlo con tranquilo desconocimiento de cuanto ocurre en el Universo.
Este análisis del yo ha significado, en primer lugar, que el filósofo moderno ha vuelto sus ojos sobre los fundamentos cognoscitivos a partir de los que se pueden obtener las nuevas certezas filosóficas. El éxito de las nuevas ciencias de la Naturaleza no podía pasar sin consecuencias para la filosofía. Desde Descartes hasta Husserl, pasando por Hume y Kant, la filosofía ha hecho cuestión de aquello que estaba al comienzo del edificio filosófico: la validez de sus recursos de prueba, sus facultades demostrativas. Más y más hacia el interior de su mente, de sus mecanismos y categorías ha conducido el filósofo moderno su capacidad analítica. Como un barco amenazado por la tormenta que echa al mar todo el flete, así ha ido abandonando la filosofía moderna todos los problemas de la sabiduría antigua que le impedían centrarse en el problema gnoseológico.
Y el análisis del yo ha significado también que la subjetividad individual se ha cuestionado su lugar no ya como parte del cosmos, sino como parte de ese todo que es la comunidad política o sociedad. Todavía Maquiavelo y Locke pueden considerarse filósofos políticos al viejo estilo platónico o aristotélico; Rousseau, ya apenas; pero Stuart Mili, nunca. Los nexos del individuo con su grupo, con la sociedad, entran también en cuestión.
Entre las consecuencias de esta aparición del análisis de «lo social» en la Modernidad, a resultas del interés del individuo por su propia subjetividad, la primera ha sido la desmitologización -la pérdida de credibilidad- de los viejos discursos tradicionales, especialmente de las epopeyas que legitimaban la cohesión social. Esto fue particularmente notorio entre los judíos europeos cultivados, de cuya relación crítica con su grupo surgieron las más importantes aportaciones a una ciencia no clásica, llamada sociología.
Desde otro punto de vista, naciones como la española, cuyas viejas epopeyas habían envejecido sin remedio, entraron en una fase depresiva. Tanto más notoria por su contraste con el efecto que, justo en el sentido contrario, ejerció la aparición de lo social en las naciones de nuevo cuño: me refiero a la mitologización nacionalista de la que surgen Estados nuevos, fuertemente cohesionados como el alemán o el italiano por medio de una intensa emoción nacional, que todos comparten.
Otra consecuencia del surgimiento de lo social fue que, como nunca hasta entonces, la filosofía empezó a hacer «sociología del conocimiento»: una crítica de determinadas convicciones u opiniones pero no gnoseológica, sino de los fundamentos de la propiedad y del estilo de vida gracias a los cuales era posible sustentar esos discursos. El caso paradigmático quedó representado por la crítica que la Ilustración hizo de los saberes del estamento clerical.
En todas estas fases, el depósito sapiencial tradicional era como un queso, sobre el que caían numerosos ratones hambrientos, que hacían su agosto gracias a él: mientras hubo fundamentos que criticar hubo labor filosófica, hubo crítica. El problema es que el queso se acaba, y cada vez con menos que criticar, es hora de empezar a construir.
El derrumbe definitivo de un cosmos sapiencial suele venir señalado por el auge de lo cómico. El relato, sea narrativo o dramático, destinado a hacer reír, es de algún modo la última fase en este proceso de aprovechamiento no creativo del depósito de la sabiduría de un pueblo o civilización. Cuando lo que cabe recordar de los principios sapienciales, constitutivos de la sociedad, es lo mínimo suficiente para reconocer que los individuos del momento presente viven en sentido opuesto a aquellos principios, creyendo o tratando de hacer creer que los viven en sentido estricto, entonces la sociedad se ríe de ellos. Lo último que una sociedad puede hacer en términos sapienciales es reírse, porque al hacerlo reconoce la vigencia ideal de los principios sociales, al mismo tiempo que su no-vigencia en los individuos reales. Porque el reconocimiento de esa validez ideal nos proporciona simultáneamente la gozosa conciencia de nuestra superioridad frente a quien no es capaz de comprenderla -un sujeto que ignora esa vigencia o que es débil para atenerse a ella-, y del que no obstante nos reírnos, perdonándole, porque sabemos que su acción no menoscaba aquella validez ideal de los principios.
Pero en el momento en que esa vigencia ideal se extingue, se acaba la risa, y los sujetos que antes nos parecían risibles empiezan a parecernos despreciables -a los que antes perdonábamos sonriendo, ahora los empujamos a la horca-.
•••
El fin de la modernidad se declaró como imposibilidad de toda filosofía fuerte: los pensamientos enérgicos han conducido a catástrofes sin precedentes en la humanidad, así que mejor prescindir de ellos. De poder ser algo, el pensamiento resultará juego, guiño, instante. Por su parte, sometida a constantes pruebas de consistencia por medio de la comprobación de su falsabilidad, la ciencia empírica se ha atascado en modelos improseguibles. En el mejor de los casos, ha encontrado en el cálculo estadístico su mejor herramienta. Ahora son las máquinas electrónicas las que hacen progresar a la ciencia, que ha llegado incluso a interesarse, gracias a ellas, por el azar. En fin, entre los hombres, los únicos que hoy parecen conocer algo con certeza son el ingeniero y el empresario, entre los seres activos; y, entre los ciudadanos, el hombre burgués seguro de su placer y amante en todo caso de una mayor seguridad. El resto es habitualmente agnosticismo: confesión permanente de incapacidad de saber nada. Queda por conocer cuál será, si es que llegamos a darle alguna, la forma que en la Era de la Democracia adoptará la sabiduría.

I. La mañana
Una calle como otra cualquiera, sus edificios de ladrillo, de seis pisos, de ocho pisos, los hay más altos, las fachadas casi todas son simétricas, en las que se abren ventanales medianos, muy regulares. La calle tiene su mercado. Desde las nueve de la mañana hasta el anochecer, pasadas las ocho, se puede comprar fruta fresca, carne, leche. Y un colegio —el San José— para que los hijos no estén lejos. Y árboles, aunque no muchos, cabe contarlos con los dedos de las manos. Así es Marqués de Viana, una calle cualquiera de Madrid, en el barrio de Tetuán.
Por esta calle van y vienen muchos ecuatorianos. Son bajitos, de cabello negro y lacio, con ojos café oscuro y brillantes, la mayoría de piel trigueña o canela o morena, o como quieran llamarlo, pero ahí están: en las calles de esta, para nosotros, legendaria villa de Madrid. Aparecen por todas partes, comentan los madrileños, y parece que es verdad cuando se entra en Tetuán. Este es el barrio donde está asentada una de las colonias de ecuatorianos más grande de la ciudad castellana, de esta plaza torera que le abre a uno las puertas, o que se las cierra.
Por la mañana, caminan apresurados. Desde las siete, las ocho o las nueve, aprietan el paso para llegar a sus trabajos. Tienen empleos de gente «pobre, pero honrada», aclaran ellos, aclaran sobre todo ellas. A eso de las diez, parece que alguien los ha barrido de la calle, no queda uno.
En Tetuán viven, «como pueden», más ecuatorianos que en otros barrios de Madrid, más que en Lavapiés o en Urgel, por ejemplo. Eso me dice uno de ellos. Se llama Danilo, tiene 20 años y llegó a Madrid hace ocho meses para trabajar. ¿En qué? En lo que saliera. Y tuvo suerte, consiguió un empleo como ayudante de electricista —la especialidad para la que se preparó en el colegio— en una empresa de construcción. Danilo es grueso y pequeño, se corta el pelo a la usanza militar —unos cuantos pelitos se le quedan parados en medio de la cabeza—.
Danilo comparte con sus padres un piso en la calle Algodonales. Ellos han logrado abrirse camino gracias a un locutorio. Los ojos oscuros y saltones de Danilo parecen confirmar que ha aprendido de sus padres muchas historias del barrio. Al principio, lo que más le impresionó fue la cantidad de compadres; «nunca imaginé que fuéramos a ser tantos», cuadra a cuadra, incontables a primera vista, pero cientos, miles según las estadísticas. Y cada uno es una historia.
Danilo llegó como un turista que cruza el mar para conocer ese país del que todos le hablaban: la España donde es fácil emprender una nueva vida. Y ahora conoce algo mejor ese país que cada día se cierra un poco, porque no hay sitio, dicen, o porque están hartos, creo, o porque no tienen memoria, aseguro, o porque no han la leído la historia, me mantengo: porque no recuerdan que el mundo es de los de carne, hueso y corazón.
Así está España, así está Europa, y Danilo lo sabe, «pero allá —en Ecuador— ¿qué tenemos?». Esperanza, Danilo, esperanza, esa es nuestra casa, algunos debemos quedarnos allá para arreglar ese país que es nuestro hogar; algunos tienen que luchar, Danilo. «Eso sí, pero cuando vuelva con un poco de plata».
II. La tarde
Desde las ocho de la tarde en España —ocho de la noche en el Ecuador— van llegando de vuelta a la estación de metro «Tetuán». En los días de frío se han envuelto en abrigos o chompas impermeables, con forros de lana. Los ecuatorianos, como otros habitantes de Madrid, caminan solos, en pareja, en grupos: depende. Pero a ellos no se les ve en compañía de españoles ni de foráneos: van con ellos, entre ellos, junto a ellos mismos. Desde que se encontraron en esta ciudad-soledad, no se han separado. Lograron crear acá un pedacito del país de allá para no sentirse tan desguarnecidos. Podrían confundirlos con peruanos o bolivianos, pues se les parecen: de los mismos indios salieron, con los mismos negros se cruzaron, con los mismos blancos se mezclaron. Pero apenas hablan, su acento los delata. Si cantan un poquito al pronunciar las palabras, son de Azogues; o de la Costa, si sus eses son silbantes; tal vez de Quito o de Ambato, si las erres retumban en sus bocas y sus eses escapan airosas.
Cuando marchan juntos, ríen a boca llena; si andan solos, apresuran el paso y no miran atrás. Así ocurre en febrero, en marzo y puede que también en abril. Los meses de frío más crudo (diciembre y enero) los pasaron «abrigados de pies a cabeza», asegura doña Sofía, la «ilegal» que vende Coca-colas y cervezas en el parque, los domingos. «Se usan guantes, gorros, ropa térmica, doble pantalón, doble media, doble camiseta, chompas de lana. ¡Uf! El frío es durísimo, si llega a diez grados bajo cero. Los ojos le lloran a una de frío».
Ahora, en esta primavera que parece más un verano, mientras se escribe este ensayo, sus ropas ya han cambiado. Los jóvenes usan jeans o vaqueros flojos, zapatos deportivos, camiseta y, de vez en cuando, un suéter o chompa o chaqueta amarrados a la cintura, en prevención de un ataque de esos vientos boreales que vienen de tan lejos.
Ellos no siguen la moda española, sus ropas parecen de allende el mar. Les gustan los colores oscuros; los zapatos blancos, cuando son deportivos, o negros, si lo que quieren es obtener mayor formalidad. Danilo no olvida su ropa de Sierra, de la Sierra de allá, «porque yo soy así, yo no quiero parecerme a nadie».
Ellas podrían calzar zapatos color rojo, por ejemplo, muy frecuentes en España. Pero no, los prefieren negro y blancos. Son pocas las jóvenes ecuatorianas que intentan seguir la moda europea. Las sandalias, tan usuales en su país, sobre todo en la Costa, parecen ser el calzado que más utilizan las chicas ahora, en verano.
María, una ambateña de 21 años, dice que sí, que le van bien. Esta joven de la Sierra centro llegó hace tres meses como turista, y trabaja como empleada doméstica en una casa en Arturo Soria. Libra desde la tarde del sábado hasta las diez de la noche, el domingo. Aprovecha esas horas para visitar a sus parientes, a los amigos ecuatorianos que viven en Tetuán.
Otra prueba de que los transeúntes de Marqués de Viana son ecuatorianos es el galanteo que se gastan. Pasa una muchacha cerca de un hombre, y en un noventa y nueve por ciento de los casos, puede escuchar una frase de conquista. «Te acompaño, mamita». «¿Por qué tan sola?». «Hola, guapa». Los más atrevidos, que en este escenario no son mayoría, alcanzar a decir: «Mamita rica». Si las mujeres españolas son objeto de estos galanteos, ellas suelen pasar de largo sin voltear, en el mejor de los casos. Pero aun sin sentirse halagadas, las ecuatorianas responden siempre, con una mirada que evoca los recuerdos de lo que escuchaban en su país. Los más tímidos de los conquistadores se conforman con lanzar miradas, matadoras eso sí, como los españoles no acostumbran a regalar en las calles de Madrid.

La manifestación más evidente de la presencia de ecuatorianos en esta calle de Tetuán ocurre el domingo. Desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde salen juntos al rastrillo o al mercado de barato que se acomoda a todo lo largo de la calle de Marqués de Viana. Se convocan para comprar ropa, zapatos y alimentos a precios «cómodos», que dicen los economistas: más convenientes, seguro, que los que marcan los centros comerciales.
III. La noche
Un rincón donde apenas cabe una persona y una silla: la cabina con su teléfono, un chiscón con paredes de madera, que escucha cada día palabras entrecortadas, gritos, llantos, súplicas, risas… ¡Ay! Si las paredes hablaran, ¡qué contarían! Lo que pasó el segundo domingo de mayo, por ejemplo, día de la madre en Ecuador. «¡Feliz día, mama! ¡Sólo llamaba para saludarla, mamita! ¡Le mandé la platita que me pidió!». ¡Ay mamá, que está al otro lado del mar! Mamá que debe creer en la bienaventuranza, porque la mala ya la imagina, la tristeza la siente en cada una de esas palabras que salen aquí luchando contra el tiempo. «Porque los euros aquí cuestan mucho trabajo, mamá, y aunque quisiera hablar más, no puedo mamá…, aquí no, mamita, aquí su día de ustedes las mamás es después».
Así dicen hombres y mujeres tristes, que llegan al locutorio de Algodonales. Entran allí sin mirar a los otros clientes, como que no existieran. El dolor sale así, sin avergonzarse de sí mismo. «Se oyen peores cosas», dice Danilo, «aunque hoy fue un día de puro llanto». De llanto y de congestión, Danilo. «Sí, de congestión también, las líneas estuvieron a punto de explotar, parece que todos los ecuatorianos pujaron por llamar». Hablamos de las 84.000 personas que viven legalmente en Madrid y de los otros, dos veces más, o tres, documentados y no, legales y sin papeles, Danilo.
Danilo insiste que en este locutorio se conocen historias muy trágicas. «Un día vino un señor a hablar con su esposa de Ecuador, mientras la de aquí le esperaba impaciente afuera. Otro señor reclamaba, llorando, a su mujer de allá, que por qué le estaba engañando. O la mujer que lloraba, asustada porque sus hijos se habían escapado de la casa. O…».
Todo ocurre aquí, Danilo, en esta sala estrecha, asfixiante, en esas diez cabinas que se han convertido en rincones de dolor, mientras esa mujer vigila todo, unas veces riendo, otras veces gritando, callada a ratos. La encargada no perdona, ni un segundo se le escapa. Su mensaje reza siempre lo mismo, es casi automático: «Cuando haga una llamada, deje sonar cuatro timbrazos, si no le contestan cuelgue y vuelva a marcar. De lo contrario saldrá el ticket y se le cobrará».
¿Qué significa esto, Danilo? Ya entiendo, no puedes hablar, no debes hacerlo, cada céntimo de euro vale un potosí, aunque ella los gane sentada, oyendo las penas ajenas, repitiendo: «No fío, no fío». Miedo a que no le paguen, ¡y claro! Cómo le van a pagar esos vivos de hambre que por aquí se ven alguna vez —muertos no están, para los muertos la lucha no existe; además, mejor no morirse, la muerte es tan cara en este país…— El dinero lo es todo Danilo, «si no, para qué vienen acá». Sí, sí: los euros, la toja, la pasta; qué más da cómo llamarla. «Si no alcanza igual, mamá, mi amor, mija; cuesta tanto ganarla y dura tan poco…». Y la cuenta de euros sube mientras hablan, esa mujer no perdona un centavo, ahí está, inmóvil, detrás de su escaparate, vigilando quién entra y quién sale. «Cuidadito se me vayan sin pagar». Sí que no, por el bien del negocio, el sacrificio de mantenerlo un año abierto, señor, una siempre en esta sala estrecha y sofocante.
«Aquí no sólo vienen ecuatorianos», comenta la encargada mientras arruga la nariz y tuerce la boca. También rumanos, dominicanos, marroquíes…, pero los ecuatorianos son mayoría, la sangre llama a la sangre, tierra llama a tierra y ellos se siente atraídos por la bandera colgada en la pared del fondo. «Y por su acento, señora, por sus erres arrastradas, por su música triste, señora, por eso van». Por su ¡Ecuadorrrrrr, Ecuadorrrrr! Cómo gritaban en los juegos del Mundial. Usted está ahí, testigo de esas vidas que se cuelgan de un teléfono. ¿Acaso todo tiene que ser esta abundante tristeza? ¿No hay alegrías que contar? Sí, contesta Danilo, mientras mira a la mujer fruncir el ceño: el aumento de sueldo, el envío de un regalito que le confiamos a un compadre, el hermano que llega a probar suerte y a quitarnos la soledad, las buenas calificaciones en el San José… ¿Qué más, Danilo? «No recuerdo más». Bueno, pues será así, las penas siempre han sido mayoría.

IV. El domingo
Cada domingo, al mediodía, empieza un peregrinaje distinto y alegre. La multitud de rostros anuncia que la caminata se orienta hacia un mismo punto, promesa de diversión: el parque Agustín Rodríguez Sahagún.
Los muchachos visten ropa de deporte, la camiseta que evoca al equipo de fútbol que está en la tierra y que amaron por primera vez. Una camiseta blanca habla del equipo albo: Liga Deportiva Universitaria de Quito; la amarilla con filos negros y un toro, que recuerda al Barcelona, de Guayaquil; o la roja con gris que simboliza a El Nacional,.. Colores que desentierran la melancolía de aquellos domingos de fútbol en los estadios ecuatorianos, allá donde la hinchada se reúne con el sueño inmortal de ver ganar a sus equipos.
En este barrio, en este parque de Madrid, el traslado es distinto, ahora es rememorar esos días que quedaron atrás, lograr un domingo chiquito para caer al suelo tras una jugada, para llenar de polvo las camisetas, para beber cerveza (ya no la Pílsener, la San Miguel). El encuentro se convierte poco a poco en una mañana deportiva al más clásico estilo nacional. En las canchas de fútbol se arman los equipos de siete, calientan, empieza el partido. Piernas que van y vienen; «¡chucha juega!»; «¡acá, acá!»; «¡golhijueputa!»… Nada ha cambiado, la fiesta sigue como si ocurriera en casa. Mientras el domingo esté vivo no hay tiempo que perder. Si unos juegan balompié, otros prefieren el ecuavoley, dos equipos de tres enfrentados por una pelota, dura como una piedra. «Tal como se hace allá», me confirma Danilo. El juego avanza y las mujeres y los amigos hacen de espectador, de un público que no aplaude, que sólo mira y bebe cerveza, cerveza y cerveza más ellos que ellas, las mujeres miran y miran, cuidan a sus hijos y miran.
Cuando el hambre se hace sentir, las mujeres destapan las canastas o las fundas con comida para saciar a sus maridos e hijos. El olor del maní y de la cebolla conquista rápidamente el ambiente. «Mmm, Danilo, ¿a qué te recuerda?» Un arroz con guatita, un encebollado, un hornado…: los platos de la comida nacional.
Sentados sobre la hierva, formando círculos imperfectos, empiezan a servir el banquete, siempre acompañado por una «cervecita». Si la comida no la traen de la propia cocina, la compran en el parque a otros ecuatorianos. Doña Sofía, por ejemplo, llegó hace un año a Madrid, «para hacer lo que casi todas las mujeres», asegura Danilo. Ella cuida a un anciano; otras cuidan a niños y limpian las casas.
Doña Sofía dejó a sus hijos, de 17 y de 19 años, en Quito. «Ya están grandecitos, pero les extraño una barbaridad, vos sabés lo que es estar lejos de la casa». La pequeña mujer mantiene firme la mirada, sonríe siempre y más cuando un hombre se acerca a besarla, se sonroja, le entrega una botella de cerveza y dice: «Es mi marido».
De pie junto a un auto blanco, aparcado en el estacionamiento, va sacando poco a poco la comida. El sitio es estratégico, a unos cuantos pasos los hombres juegan fútbol y de vez en cuando detienen el partido para buscar un refresco. Por una botella de café, doña Sofía pide dos euros; por una botella con agua, uno; por una lata de Coca cola, 80 centavos.

¿La vida es dura, doña Sofía? «Sí, mucho; imagínate lo que es estar lejos de tus hijos y de tu familia. Eso es muy triste, pero hay que reponerse; si te dejas vencer por la tristeza, te mueres». ¿Y los compatriotas que viven en Madrid, no ayudan a calmar las penas? «Sí, pero no hay nada como lo de uno, nada como estar con nuestros amigos, nuestros hermanos, nuestros papás, eso no tiene reemplazo». A doña Sofía se le humedecen los ojos, la voz se le corta, mira a cualquier parte para evitar llorar.
«Ella está mejor que otras mujeres», replica Danilo, frunciendo las cejas y hablando bajito. La distancia le duele, Danilo. «Sí, pero al menos tiene un trabajo estable, no está sola, está el marido». Como estuvo tu madre hace algunos años, ¿verdad? «Sí». Hasta que llegaron tu padre y luego tu hermana y te quedaste solo en Quito, en tu barrio de Cinco Esquinas, en tu casita de pobre, pero honrado, de adolescente que tuvo que aprender solo a cuidarse. Tuviste suerte Danilo, abriste los ojos y viste el mundo con calma, no te lanzaste a vagar por las calles ni a beberte la plaza. No te equivocaste, Danilo. «Ella debería pensar más en sus hijos». Por ellos cruzó el mar, Danilo, por ellos trabaja de lunes a sábado y simula divertirse vendiendo los domingos comida ecuatoriana. Por ellos vino, Danilo, para mandarles la platita para que estudien y sean personas de bien, igual que tus padres, muchacho.
Doña Sofía tiene suerte, la venta se acaba cuando aún no han dado las cuatro, cuando el calor todavía es intenso, mientras ella se va, los deportistas destapan una tras otra las botellas de cerveza. Algunas canciones tristes arrancan: «(…) cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras (…)»; «(…) por qué no me dijiste que no me querías, para no adorarte (…)».
Risas también, risas de los más jóvenes, de los que cuentan chistes, tus amigos Danilo, tus amigos. «Ya están borrachos». Es verdad, pequeño, ya están borrachos, ahogándose en alcohol, muriéndose de nostalgia, llamando a la madre, a la mujer querida, a sus hijos están llamando.
¡Dios mío! Después de las diez de la noche, el parque es una gran cantina. Las botellas son la pista para encontrarlos, están regadas como miguitas de pan para marcar el camino de vuelta. Allí están, abrazados entre sí, diciendo cualquier cosa, tartamudeando por la borrachera, algunos peleando con ellas, algunas ebrias como ellos. Lloran, muchos lloran, pocos se consuelan.
V. Oportunidades
Mientras esto sucede en el parque, la calle Marqués de Viana se ha transformado en un pequeño mercadillo donde se dan cita numerosos españoles, ecuatorianos, marroquíes. Los domingos, llegan allí sin que nadie les convoque, todos por igual en busca de ropa barata. Blusas para el verano, las sandalias suaves para las ardientes caminatas bajo el sol, los pantalones cortos para los hijos… O abanicos, con evocaciones de Madrid. O las frutas del verano para saciar la sed y menguar los azotes de estos 40 grados que hacen hervir en verano a la ciudad.
El pequeño rastrillo de Tetuán es muy similar al gran mercado Ipiales en Quito. También allí se ofrece cualquier cosa a quien que desee pagar menos y no le preocupen las marcas. Ocupa buena parte del centro colonial de la capital ecuatoriana, este Ipiales: calles y calles con ropa colgando en armarios improvisados o sobre mesitas de madera para que luzcan ante los ojos de los posibles compradores, calles y calles repletas de hombres, de mujeres y niños comprando. Como el rastrillo de Tetuán: aunque diez veces menor, late en él el mismo espíritu de venta. Los comerciantes alzan la voz y ofrecen sus prendas como si fuesen únicas, su precio sin igual. «Venga, venga, que mañana estará más caro». «Si encuentras una más barata, te la regalo». «¡Joder! ¡Cómo te queda, estupendo! ¡Cómpralo de una vez, mamita, luego lo lamentarás!».
Las frases hipnotizan, los transeúntes se ven envueltos por el llamado de los tenderos que ofrecen un cielo. Ellos y ellas, ecuatorianos o españoles, ceden felices a la ilusión y adquieren una camiseta nueva o el pantalón de tela sencilla para paliar algo este calor.
La calle se va estrechando, hasta hacerse casi intransitable; también están ellos, los ecuatorianos, mirando, tocando, «comprando lo que se quiere para la familia, para uno mismo».

Cuando en un puesto se escucha una canción de Julio Jaramillo, emblema de la música ecuatoriana, muchos transeúntes se dirigen sin saberlo al lugar de donde proviene la melodía. Como si las nostalgias uniesen más. Los inmigrantes saben que ofreciendo música de la tierra se hacen buenos negocios. En la mitad de la avenida suele instalarse José con sus CD, con sus copias piratas. José podría ser sancionado por ir contra el mercado de la música legal, pero este ecuatoriano de trenza larga, él como todos los otavaleños, no se da por enterado y por tres euros pone los ritmos de su país en manos de sus coterráneos.
Este José atrae la atención de sus compatriotas poniendo a todo volumen las canciones más conocidas. Llegan hombres y mujeres como los que ya hemos descrito: bajitos, trigueños, de ojos cafés y ropa oscura. Piden al vendedor que les deje escuchar la música para comprobar la calidad del disco. Julio Jaramillo empieza a cantar: «No puedo verte triste, porque me matas, tu carita de pena, mi dulce amor; me duele tanto el llanto que tú derramas, que se llena de angustia mi corazón (…); hemos jurado amarnos hasta la muerte, y si los muertos aman, después de muertos amarnos más (…)». O este otro compacto de éxitos de música bailable del Ecuador: «Apostemos, apostemos que me caso y te dejo, y te dejo de querer, morena ingrata, no seas así, que mañana no me has de ver (…)». O: «Yo soy el chullita quiteño, la vida me paso encantado, para mí todo es un sueño, bajo este mi cielo amado (…)».
Y José vende y vende, después de negarse en repetidas ocasiones a bajar el precio del CD, pues los ecuatorianos tienen, entre otros, el talento de regatear. No todos lo consiguen, pero sí marchan contentos con la música querida. Además, José les asegura estar la semana siguiente «aquí mismo», para cambiarles el disco si tuviera algún defecto.
La caminata sigue por la calle, subimos por la derecha y bajamos por la izquierda. Puede incluso que no se llegue a comprar nada, pero se hace la vía «para ver precios, aunque sea», argumenta una mujer de pantalón ajustado negro y sandalias a juego. Su paso es lento, por el pequeño espacio tampoco podría ser rápido, pero es lento para mirar con ojos de experto la calidad más barata. Las mujeres son especialistas. Ellas tienen más paciencia que los hombres para andar, preguntar, regatear.

«Igualito, igualito que allá», comenta Danilo. Él Ha visto muchas veces actuar a su madre, de ella aprendió a no dejarse engañar. «Si te despistas, te venden cualquier cosa. Mi m a m á dice: fuiste por lana y regresaste trasquilado. No es fácil comprar, y menos si hay tanto donde escoger». Danilo sonríe, trata de esconder la inocente vergüenza que siente «por saber poco de estas cosas de mujeres». Oye muchacho, eso es machismo. «No, no, para nada, sólo que las mujeres saben más de esas cosas que los hombres».
Sí, lo que sucede en esta calle parece darle la razón a Danilo. «A nosotros sólo nos queda pagar». ¿Lo que sea? «No, tienen que gastar con mesura, ¿no ves que la plata no alcanza?». Y tú, ¿en qué gastas el dinero? «En ropa un poco y en comida, lo demás lo ahorro porque estoy pensando volver a Ecuador, quiero estudiar».
Muy bien muchacho, hay que estudiar. Dicen que es lo mejor que le puede ocurrir a alguien. Aprender y tener un título universitario, dicen los filósofos de la vida, son herramientas básicas para sobrevivir. Sobrevive, Danilo, sobrevive en este mundo de individualistas, ¿lo harás? «Mi miedo es no encontrar trabajo después». Primero preocúpate por estudiar, luego irás golpeando puerta tras puerta, hasta que obtengas la respuesta que buscas.

«Yo no quiero ser un inmigrante así». ¿Cómo así? «Como los que han venido a España, sólo trabajan y mandan plata». ¡Pero tú regresarás a Ecuador! «Sí, pero como van las cosas allá, tendré que regresar Luego para buscar trabajo». Se seca la frente con la mano; sobre la nariz tiene unas burbujas de sudor. Mira a todas partes, sin fijar en ningún sitio su atención. Danilo tiene miedo, el futuro le preocupa; y esa inquietud le amarga el presente. Pobre paisito el nuestro, que se desarma cada día. Como que a nosotros, a los ecuatorianos, a los latinoamericanos, a los pobres del mundo, sólo nos queda la esperanza. La esperanza y resistir, resistir como dice el genio de Ernesto Sábato. Resiste, Danilo, resiste.
La pregunta está ahí y espera una respuesta. ¿Cómo arreglamos nuestra casa, Danilo? Sabes, muchacho, siempre escribo para salvarme, para escapar de esta espiral esquizofrénica en la que vivo. Sé que no tengo cura y que cada vez estaré peor—me volveré más radical, más vieja, más necia, más sola—. Sé que mi desesperanza irá en aumento y que —probablemente— la muerte será mi única salvación. Te diré algo desde el fondo del corazón, Danilo, algo que para mí es un secreto oscuro que me avergüenza y que lo oculto en la medida que puedo, para no flagelarme más:
No quiero volver a esa vida que me desarma no menos que a ti, Danilo; no quiero tener que volver a enfrentarme a una realidad dura, cruel, injusta y pobre…; no quiero tener que escribir sobre más dramas, más robos, más sangre, más muerte… No quiero y, sin embargo, debo, debo, debo…
¿Sabes, Danilo? Me gustaría despertar un día sin conciencia, creer que lo que hay allá es la medida de lo que se necesita, no pensar ni atormentarme, ser un animalito cualquiera que cumple el ciclo de la vida y ¡ya está! O al menos, no despertar.
¿Qué hacer para cambiar ese muladar que tenemos por casa? ¿Matar? No, no, no; la muerte no ha servido para nada. Nos hemos matado durante siglos, de forma atroz, vergonzante para la razón y nuestra alma, y no hemos aprendido nada, porque nos seguimos matando. La muerte no sirve para nada. ¡Hay que luchar! Sí, sí, luchemos, eso lo hacemos todos los días, aunque sea la batalla que siempre perdemos. Entonces, ¿somos los grandes perdedores? ¿Lo seremos siempre? Sí, sí, dirán los señores que han estudiado los grandes manuales: «ustedes erraron el camino». ¿Qué haremos, pues, Danilo?
No quiero esperar hasta el día del Juicio, me falta paciencia, no me alcanza la vida, quiero la paz en este cuerpo, quiero sentirme feliz ahora, o al menos, padecer menos dolores. No quiero esta clase de vida para mis hijos, para mis hermanos, para mis padres, para mis amigos, para todos los seres de carne y hueso. ¡Me niego, carajo!
Lo siento Danilo, hoy, como otros días, me puede la desesperanza, el dolor sin respuesta. No me consueles, deja que sufra para no olvidar esta vida que tengo el deber de vivir. También está lo bueno, es cierto, lo hermoso, la familia, las montañas, las playas, la gente…, pero lo otro pesa tanto.
Sí, sí, además, río, sobre todo río, pero es que la esperanza, que casi no tengo, es mi deber, deber de sentirla, de vivirla, de transmitirla, pero a veces no alcanza. No me hagas caso, Danilo, mejor te diré lo feliz que fui por haber vivido aquí, por poder ver con los ojos más abiertos el Tercer Mundo que está al otro lado del Atlántico, ese Tercer mundo que es para mí el primero.
Vuelve Danilo a mirar a todas partes, sonríe sutilmente. «¿Quieres tomar una cerveza?», pregunta. Bueno. En la misma calle hay un quiosco que despacha latas bien frías. El muchacho saca dos euros del bolsillo y se dispone a pagar. No, no, el gasto va a medias, tú pagas tu bote y yo el mío. «No, eso cuando salgas con españoles; los ecuatorianos siempre invitamos». «Jodé, qué caballero», dice la española que recoge el dinero. «Sí estás soltero y no te importan las mujeres mayores, venga, que acepto las invitaciones, hombre». El muchacho sonríe, en su rostro trigueño asoma cierto sonrojo; toma las bebidas, y da las gracias.


Mientras tanto, en la calle Marqués de Viana, el calor aumenta a cada hora. El aire ya está ardiente, del asfalto sube una corriente que abrasa los pies, la afluencia de gente aumenta sin parar: es la una, el rastrillo está punto de estallar.
Una parada técnica para el descanso se hace obligatoria. Los ojos y los pies buscan una sombra para guarecerse del sol y apurar la cerveza. «Voy a volverme loco», grita Danilo; «quiero volverme a Quito». Dale tiempo al tiempo, muchacho, ya verás qué pronto se cumplen tus sueños. «Te juro que si pudiera, iría ahora mismo al aeropuerto y me subiría al primer avión que ponga: Ecuador». ¿Sólo por el calor, Danilo? Por todo, por todo me iría; todo lo que hemos hablado y todo lo que te conté. Lo he decidido: me voy». ¿Ahora mismo, Danilo? «Esperaré un poco. Ya está hablado con mis papas y están de acuerdo. En octubre me voy. Volver a casa. Es lo único que quiero. Volver a casa».
LO REAL Y LO IMAGINARIO: LUMIÈRE Y MÉLlÈS
La llegada de un eren, filmada en 1895 por Louis Lumière: la vida y el movimiento convertidos en un fragmento de realidad tomada en cine; pero también, y atendiendo solamente al modo en que se muestra esa escena, una sucesión de imágenes, cuyo poder de sugestión excede con mucho el hecho mismo registrado.
Al colocar su cámara cinematográfica de manera que, durante la proyección, el espectador pudiera identificar lo que él ve con lo que ha visto el objetivo, Louis Lumière demostraba simultáneamente el potencial dramático de su invento y sus facultades para registrar y reproducir lo real. Pues si esa película tenía un tema —la llegada del tren—, indisolublemente unida a este «contenido» se ofrecía también la imagen de un punto negro que aparece en el espacio vacío de una estación y que va agrandándose hasta transformarse en una locomotora que se echa encima del espectador. La realidad produce entonces una nueva emoción, gracias al sistema de representación que se ha empleado, a saber, el recurso a un espacio que, «visto» por la cámara, se transforma al mismo tiempo en un espacio cinematográfico.
Una parte importante del cinc francés —y del cine en general— recoge este intento de traducir lo real con la ayuda de unos medios netamente cinematográficos. Que esta u otras películas de Louis Lumière, o de los operadores que él mismo repartió por todo el mundo, no sean más que un pequeño ensayo, nunca nos debería hacer olvidar que Lumière no es solamente un inventor, sino un auténtico cineasta que se halla en el origen de toda la corriente documentalista — y, a partir de ella, de la realista— en el cine francés.

Es notable que, casi simultáneamente, aparezcan las primeras tentativas de otro cine —el cine de lo imaginario— gracias al inventor del espectáculo cinematográfico, al maestro del trucaje pero, ante todo y sobre todo, al explorador y poeta de un maravilloso mundo de fantasía, que fue Georges Méliès (1861-1938). Al presentar al espectador «genuinos cuentecillos de hadas y pequeñas comedias», Méliès le ofrecía esa parte de los sueños que desde entonces nunca dejaremos de buscar en la oscuridad de las salas de cine. Ciertamente, con esas escenas de actualidad enteramente reconstruidas, Méliès cree estar realizando películas muy próximas a lo real. Y lo hace además con minuciosidad. Pero, si el tema pertenece a la realidad, la puesta en escena, el trabajo de los actores y los decorados del estudio lo colorean de un modo muy distinto. Por otra parte, las mejores películas de Méliès —sus escenas de transformaciones, sus fantasmagorías y todo su ilusionismo— remiten a lo puramente fantástico. Es el caso, por ejemplo, de L’Homme à la tête de caoutchouc (El hombre de la cabeza de caucho, 1902), Le voyage dans la Lune (Viaje a la Luna, 1902), Le Mélomane (El melómano, 1906) o A la conquête du Palé (A la conquista del Polo, 1912), entre otras.
Cine de invención, cine naïf en el sentido pictórico del término: puede que en el terreno del decorado y en el de su empleo poético Méliès sea el más grande. Desde esta perspectiva, su obra marca el punto de partida de un cine de creación fantástica, muy a menudo opuesto, aunque otras veces ligado, a la corriente «realista» originada por Louis Lumière. La ingenuidad de Méliès hace que esta poesía, esta inventiva y esta expresividad decorativa estén en él estrechamente unidas a una viva sensibilidad. Algo que no siempre continuará siendo así en la historia del cine francés.

CINE CÓMICO Y NOVELA CINEMATOGRÁFICA
S i la obra de Méliès es el hecho más significativo de la historia del cine francés durante la primera década del siglo XX, existen otros logros no menos importantes. En realidad, existen obras incluso más notables, en la medida en que influyeron de manera directa en la evolución posterior del arte cinematográfico.
¿Hace falta recordar, por ejemplo, lo que la cinematografía burlesca norteamericana debe a las series cómicas francesas de los años 1905 a 1914? Charles Chaplin saludó a Max Linder (1883-1925) como a su maestro. Diez años antes que él, el autor de Max et le Quinquina (Max y la Quina, 1911) y Max Toréador (Max Torero, 1912) logró hacer triunfar un «tipo» en el que había depurado al cómico-payaso de la serie Boireau…, de André Deed (1884-1931?). Si Max Linder conoció una súbita fama, que en la actualidad trasciende incluso las fronteras de su país, no es sólo porque con él el cine logre hacernos reír; de hecho, sus películas no representan más que una pequeña parte de la producción cómica del cine francés durante ese periodo. Al margen de los citados Boireau, los Bebé y los Bout de Zan de Louis Feuillade, los Rigadin de George Monea y sobre todo los Calino, los Zigoto y los Onésime de Jean Durand forman un conjunto abrumador. De hecho, los Rigadin ejercerán honda influencia en Mack Sennett.
En cuanto a las películas de Jean Durand (1882-1964), son a ciencia cierta las más originales. Jean Durand tiene, más que el resto, el auténtico sentido del «gag»; no retrocede ante lo absurdo de un gesto o de una situación, sino que lo explota eficazmente y extrae consecuencias burlescas que revelan a un cómico específicamente cinematográfico.
Aun más evidente es lo que la animación debe a Emile Cohl (1857-1938), continuador de la obra pre-cinematográfica de Emile Raynaud. A partir de 1908, Emile Cohl diseña y realiza varias decenas de cortometrajes —basados muchos de ellos en siluetas cambiantes— que aún hoy se contemplan con asombro. Tanta inventiva, tanta poesía y humor, unidos a una gran simplicidad, llenan sin duda de admiración; y no menos sorprendente es que el moderno cine de animación pueda haber enlazado sin interrupción con el estilo elíptico y el grafismo lineal de Cohl, cerca de medio siglo después de los Fantoches y otros dibujos animados (1908-1912) de ese genial creador.
Si la experiencia del «Film d’Art» de André Calmette y Le Bargy no posee más que un interés histórico —L’Assassinat du duc de Guise (El asesinato del duque de Guise, 1908), por ejemplo—, las películas populares de esta época quedarán como testimonio de un cine a medio camino entre la ficción y la realidad. A lo real filmado por los operadores de los noticieros de actualidad, o a la realidad reconstruida por Zecca, Jasset, etc., se añaden los folletines melodramáticos, las películas de aventuras y las policiacas, y las obras en que la fantasía social aboca a la más pura imaginación. A Pathé —la gran firma fundada a principios de siglo por Charles Pathé y cuya ingente producción fue dirigida por Zecca— y a Gaumont, les debemos centenares de películas, sobre todo las estructuradas en episodios. Léonce Pret, Albert Capellani, Joé Hamman, Alfred Machin, Henri Fescourt, Maurice Tourneur…: son muy numerosos los inventores de historias, los narradores de imaginación desbordante que trabajaron con ellos.
Entre todos destaca Louis Feuillade (1873-1925); en medio de su abundante y variada obra (800 películas entre cintas cómicas, películas «estéticas» y series realistas como La vie telle qu’elle es) ocupan un lugar privilegiado las películas policiacas estructuradas en episodios. En 1913-14 las fantásticas aventuras de la serie Fantômas, el «príncipe del terror» de negra capucha, se desarrollan sobre el decorado urbano de los alrededores de París, en una mezcla de realidad y fantasía de la que nace una singular poesía.
LOS AÑOS 14-18
En la primera década del siglo XX, el cine francés está en pleno auge. De acuerdo con las estimaciones del historiador del cine Georges Sadoul, el 60 o 70% de las películas estrenadas en el mundo procedían de los estudios parisienses de Pathé, Gaumont y Eclair. Además, las tres compañías habían abierto oficinas en el extranjero.
Pero tan señalada expansión no duró mucho tiempo. En vísperas de la guerra la explotación vino claramente a menos. La competencia extranjera —sobre todo la americana — iba cobrando fuerza… y la guerra en el continente supuso un duro golpe para el cine francés.

En el terreno artístico, la producción de los años 1914-18 es, en conjunto, mediocre, aunque cabe señalar dos excepciones: las películas naturalistas de André Antoine, el animador del Théâtre Libre, tales como Le Coupable (El culpable), Les travailleurs de la mer (Los trabajadores del mar), y las nuevas series de Feuillade (Les vampires, Judex), que alcanzaron un enorme éxito de público y suscitaron el entusiasmo de los jóvenes poetas agrupados primero bajo el estandarte de Dada y luego del surrealismo.
No obstante, las nuevas películas americanas, tales corno Mystères de New-York (Los misterios de Nueva York) o Forfaiture (La estafa; Cecil B. De Mille, 1915), lo mismo que las primeras burlescas, cosechan un éxito aun mayor. El joven Louis Delluc (1890-1924, que firma la crítica cinematográfica en el periódico Paris-Midi, enumera las cualidades del cine americano y trata de convencer de su belleza a la elite que hasta entonces ha permanecido hostil al cine- Las obras de üriíifith, ince y Chaplin entusiasman a Delluc, que sueña con que «el cine francés sea cine y sea francés».
CONSOLIDACIÓN DE UN ARTE, NACIMIENTO DE UNA CULTURA
En realizadores como Georges Lacroix, André Antoine, Léon Poirier, J. De Baroncelli, Mercanton o Germaine Dulac, Delluc veía a los artistas capaces de protagonizar ese renacimiento del cine francés, y sobre todo en Abel Gance (1889-1981), el cineasta más personal y vigoroso de la época. En su renombrado filme J ‘accuse (Yo acuso, 1919), Gance cruza hechos y héroes en una acumulación de imágenes hábilmente dispuestas en el plano plástico. Esta tragedia neorromántica no está exenta de cierta grandilocuencia, pero revela a un hombre generoso, a un cineasta visionario cuya obra dominará todo el periodo de la posguerra. Ardiente partidario de un cine-arte de síntesis, profeta de la civilización de la imagen, Abel Gance proyecta en las pantallas de las oscuras salas de cine su propia visión del mundo —de los hombres y de las cosas—, transfigurada por el tono épico como en La Roue (La rueda, 921-1923), Napoleon (1915-1927, concebida para triple pantalla); y La fin du monde (El fin del mundo, 1931).
Aunque en las películas de Louis Delluc: La féte espagnole (La fiesta española: realizada por Germaine Dulac en 1919), Fièvre (Fiebre, 1921) y La femme de nulle part (La mujer de ninguna parte, 1922) no alienta un impulso tan poderoso como el de Gance, se hallan sin embargo, sobrias como son, marcadas por el signo del análisis de los sentimientos. Cabe incluso verlas, como ha señalado Georges Sadoul, como el precedente de las primeras manifestaciones de una escuela «impresionista», dominada por la búsqueda de «fotogenia» desde el momento en que emplaza sus historias —sobre todo sus melodramas—- en una localización no de estudio, sino real.
Al dominio lírico de las obras de Abel Gance se oponen la elegancia de estilo y el refinamiento plástico de Marcel L’Herbier (1888-1979), en películas como L’Homme du large (El hombre de alta mar, 1920); EIdorado (1921); Feu Mathias Pascal (El difunto Matías Pascal, 1925) o los tanteos impresionistas de Jean Epstein (1897-1953), en películas como Coeur fidéle (Corazón fiel, 1923) o La Belle Nivemaise (La bella nivernesa, 1924). Esta última es una adaptación de una obra literaria de Alphonse Daudet, como ocurre con otras muchas películas de esta época: así trabaja Léon Poirier antes de partir hacia su Croisière Noire (Crucero negro; 1926) en África; es también el caso de Jacques de Baroncelli con Pêcheurs d’Islande (Pescadores de Islandia, 1924); de Henri Fesscourt, con su adaptación de Les Misérables (Los miserables, 1925) o de Julien Duvivier, con Poil de carotte (Pellirrojo, 1932).
Mientras tanto, el desastre económico se cierne sobre el cine francés. Se produce menos; las grandes compañías persiguen el éxito comercial y retroceden ante las costosas y apenas rentables películas de prestigio. En el plano artístico, los tanteos franceses, comparados con las producciones del expresionismo alemán, se presentan menos audaces y enérgicos; y la nueva revelación soviética pone aun más en evidencia el aspecto formalista de los franceses… Si Gance prosigue su camino romántico, Epstein acusa la influencia expresionista en La Chute de la maison Usher (La caída de la casa Usher, 1928). Pronto resulta obvio que la mayoría de las películas francesas, demasiado preciosistas, mantienen una relación insuficiente con la realidad. En L’Argent (El dinero, 1928), L’Herbier acumula deslumbradores ejercicios de estilo, pero hay quien, como André Antoine, se lo reprocha y le acusar de haber traicionado el espíritu de Zola en su adaptación.
Lo que se ha llamado la primera vanguardia llegará a su fin sin haber ejercido ninguna influencia significativa fuera de las fronteras de Francia. Sin embargo, el balance artístico está lejos de resultar despreciable. Más importante aún resulta el balance cultural. Durante este periodo y gracias a Louis Delluc y a sus amigos, se ponen en marcha los cine-clubs (Louis Delluc, Canudo, Charles Léger) y la crítica de cine (Delluc, León Moussinac). Es también en esta época cuando el cine se hace un hueco entre las demás artes, hasta el punto de que, a ojos de quienes sueñan con una poesía al alcance de las masas, el cine llega a ponerse a la cabeza. Son los mismos que encuentran en el Vieux Colombier de Jean Tedesco y en las Ursulinas de Armand Tallier —las primeras salas de arte y ensay o— dónde alimentar su entusiasmo.
Cuando en España se habla o se piensa en museos, parece que sólo existe el del Prado. Su situación y sus problemas son asunto que con frecuencia aparece en los medios de comunicación. Rara vez se mencionan otros museos si no es a causa de la inauguración de una exposición temporal; la mayoría no son siquiera citados durante años. La apertura de alguno nuevo, como el reciente Artium de Vitoria, da lugar a reportajes repetidos durante unos poquísimos días con las noticias que proporciona el propio museo y las declaraciones del director u otro responsable, de las que en muy escasas ocasiones se deduce algo sobre cómo responder a las cien preguntas fundamentales que definen a una institución de este tipo.
Como sucede con otros asuntos, parece que sólo interesa lo anecdótico, sobre todo si tiene vertientes escandalosas. Recuérdese el serial del nombramiento del, por ahora, último director del Museo del Prado y sus forcejeos con el presidente del Patronato, que se atribuía competencias para destituir y designar directores, en clara vulneración del ordenamiento jurídico.
Pero como demuestran las estadísticas, son millones de personas las que visitan anualmente los museos en España. Seguramente a la mayoría les interesan más las obras que en ellos se exponen que las noticias que se suelen poner en circulación. Bastaría este interés público para que las máximas responsables de la cultura prestaran mayor atención a las múltiples cuestiones que se suscitan en la actualidad. Aunque no fuera así, los museos son custodios del patrimonio de los pueblos e instrumentos de la cultura, de la educación y del deleite de los ciudadanos. Por todo ello, conviene plantearse los problemas que les afectan y tratar de darles solución.
Al margen de teorías aplicables o desechables, nos parece que debe atenderse en primer lugar al hecho de las diferencias existentes entre los museos. Bastaría mencionar la diversidad de dimensiones o la distinta composición de las colecciones para comprender que, al menos en muchos aspectos, es imposible, o contraproducente si se logra, aplicar el mismo régimen a muchos museos. Sin embargo, el gobierno francés, por ejemplo, lo ha intentado recientemente con una legislación uniforme para los etiquetados como Museos de Francia. En España, por fortuna, no se ha perseguido sistema tan centralista, que resulta impensable en el actual Estado de las Autonomías.
Además, en los últimos años se ha conferido un estatuto jurídico especial a algunos museos por sus singulares características. Así se hizo, aunque por otros motivos y con otras intenciones, al regular el Consejo de Administración del Patrimonio Nacional, de quien dependen numerosos museos; se ha mejorado en algunos ámbitos respecto a la situación vergonzosa de época franquista, pero todavía quedan muchos aspectos no homologables con el resto de los museos estatales o de comunidades autónomas.
Después, fue el Museo del Prado, constituido en 1985 como organismo autónomo, modificado su estatuto en 1996 y de nuevo en 2002 para resolver algunas situaciones personales. Ha habido intentos de convertirlo en entidad pública empresarial, lo que desvirtuaría la esencia del museo como dispensador de un servicio público; el Gobierno detuvo la reforma y es de esperar que lo siga haciendo indefinidamente, entre otras cosas porque España forma parte del ICOM y está obligada por la definición de museo que da el organismo internacional, que subraya que es institución sin fines de lucro.
El museo Thyssen-Bornemisza continúa siendo un ente inclasificable en las categorías jurídicas españolas -por algo está sujeta la Fundación propietaria al derecho británico- y el convenio que se firmó con los Thyssen sigue permaneciendo secreto en su mayor parte, lo que resulta sorprendente a casi diez años de su firma y tras un cambio de partido en el Gobierno; aunque quizá es ingenuo decir esto, porque parece que se está preparando un segundo híbrido.
Aunque seamos contrarios a la uniformidad, cabe formular algunas consideraciones válidas para todos los museos, modificando o matizando lo que convenga. Es bien conocido que en ellos se han planteado y se siguen planteando numerosos conflictos personales. Ciertamente, se producen actuaciones individualistas por parte de algunos directores que pueden ser su origen, cuando lo deseable sería, como defiende cualquier manual de recursos humanos, que se trabajara en equipo. Pero también es posible que existan deficiencias de comportamiento o de preparación del personal en todos los niveles, y en especial, del que tiene a su cargo el cuidado de las colecciones: los conservadores y el resto del personal científico y técnico.
FORMACIÓN DE LOS CONSERVADORES
El sistema de acceso al cuerpo de conservadores es, a nuestro entender, causante de algunos de los males aludidos. Es difícil actuar respecto a situaciones consolidadas, pero importa poner remedio en un futuro, aunque sea a largo plazo. Las oposiciones a los cuerpos de conservadores y ayudantes, en la forma en que actualmente se realizan, resultan bastante ineficaces para conseguir lo que puede ser la formación ideal de estos profesionales. A los opositores se les exigen someros conocimientos de legislación -algo más sólidos en materia de patrimonio cultural- y museologia que desarrollarán por escrito y recitar tres temas entre cien de bellas artes, arqueología, artes decorativas, antropología, patrimonio científico y militar; han de ser capaces de resolver con lápiz y papel varios supuestos prácticos sobre estas materias y deben conocer una lengua extranjera. La preparación conseguida con este método es, a todas luces, inadecuada y no capacita al futuro conservador para enfrentarse a las dificultades que va a encontrar en su tarea. Es insuficiente desde el punto de vista de la práctica, porque el conservador que ingresa, salvo excepciones, no ha transitado nunca sino por la zona pública de un museo español.
Los seis meses de relajadas prácticas en grupo que realiza tras aprobar no pueden suplir esa deficiencia formativa. A su vez, nos parece un derroche de tiempo y esfuerzo la memorización de los temas orales, cuyos enunciados -muchas veces absurdos y que indican la escasa formación de quien los alumbró- tratan de lograr que el opositor tenga ligeras nociones sobre cada una de las ramas científicas a las que corresponden las colecciones de los museos estatales donde puede ser destinado.
Ciertamente es grave que el conservador en funciones pueda no haber visto en su vida una pintura con moho, aunque sea capaz de enumerar las trescientas clases que existen; o que no haya adquirido experiencia de ningún tipo sobre el manejo de las piezas del museo y pase a ser el máximo responsable de sus cuidados. Pero más grave aún nos parece que su titulación de base pueda ser Antropología, por ejemplo, y sin embargo obtenga, si le corresponde por escalafón, una plaza en el MNCARS. Aunque no pensamos que el conservador haya de ser un sabio cabal en las colecciones a su cargo, está claro que unos conocimientos demasiado escasos harán que se resienta su labor, al menos en las vertientes de documentación y educación.
La reforma en el modo de acceder a las plazas de conservadores tiene que ser radical y llevarse a cabo con urgencia. Desde el primer momento de su ejercicio, estos profesionales han de tener experiencia acreditada y formación adecuada a sus funciones. Puede adquirirse mediante distintos procedimientos y es discutible cuál sea mejor. Preferiríamos la solución de una escuela enfocada a las enseñanzas prácticas, con dos o tres cursos anuales, vinculada a varios museos e instituciones relacionadas con el patrimonio cultural, de modo que las experiencias puedan acomodarse a las distintas especialidades de los postgraduados que ingresen en ella. La admisión se haría mediante pruebas que tuvieran en cuenta tanto el expediente académico como las aptitudes específicas para la labor de conservador.
Obtenido el título, cada museo -público o privado- podría a su vez seleccionar entre los titulados a aquellos que tuvieran el perfil más adecuado a sus necesidades; naturalmente, los museos públicos habrían de garantizar el respeto a los principios de mérito y capacidad en la elección de modo más estricto que lo puedan hacer los museos privados. Se ahorraría así mucho capital humano y se lograría en los alumnos los conocimientos precisos para la tarea técnica y científica del conservador, especializándose cada uno en las materias a las que le incline su vocación profesional o las oportunidades futuras de colocación.
Este sistema sería bastante más eficaz y no más caro que el vigente en la actualidad: oposición a cuerpo funcionarial por una parte; y, sin conexión alguna con la oposición, concesión, por otra, de becas a postgraduados para periodos de prácticas en museos, iniciativa casi siempre intrascendente por falta de planificación y que tan sólo gracias a la buena voluntad de algún director o conservador puede resultar de un modo positivo.
POLÍTICA MINISTERIAL
Pero no todos los problemas de la dirección proceden de los subordinados. La dependencia funcional de los museos respecto del organismo ministerial correspondiente constituye una causa de inmovilismo y gestión anticuada. Los directores de los museos públicos suelen tener muy escaso margen de maniobra y la creación reciente de los patronatos, cuando funcionan, no lo han ampliado, sino restringido. Una dependencia jerárquica y de control de gastos muy fuerte respecto del órgano ministerial crea una burocracia excesiva y entorpecedora. Las disponibilidades de fondos y de personal son reducidísimas, lo que les priva de los medios más elementales para poder llevar a cabo alguna reforma de la exposición, la instalación, las actividades, la publicidad del museo. Un trasiego permanente de titulares en los cargos afecta tanto a la propia dirección de los museos como a la Subdirección que los controla, y hace que algunas iniciativas válidas emprendidas por directores o por la propia Subdirección queden paralizadas por la mudanza de personas y de directrices; recelos de todo tipo entre el ministerio y las direcciones de los museos desalientan a unos y otros. Son problemas ya viejos de unas estructuras administrativas antiguas que deberían encontrar solución en fórmulas intermedias entre la dependencia funcional total y el organismo autónomo.
OPINIONES Y OPINIONES
Un segundo tipo de problemas es el que proviene de un cierto desenfoque en la consideración del verdadero fundamento del museo, que son sus colecciones y su proyección en quien las contempla.
El éxito de un museo se suele medir en número de visitantes. Lograr que aumente la asistencia se ha convertido a veces en una obsesión para sus responsables, y para lograrlo acuden con frecuencia.a los estudios de visitantes. Estas prospecciones son positivas, tienen gran importancia y todos los museos deberían tener encargados que se ocuparan de ello con continuidad (lo que no suele suceder). Pero se ha de tener bien claro que las posibilidades de tales estudios son muy limitadas en lo que se refiere a orientar bien el futuro de un museo.
Desde luego, nadie más adecuado que el visitante para decir si faltan bancos, si hace calor, si echa en falta una cafetería o si lo que ha visto le ha interesado o no. Pero no parece el más capacitado para indicar el modo en que se puede exprimir la esencia cultural de las colecciones o mejorarlas de algún modo, que debe ser la principal preocupación de los responsables del museo. Con los estudios de visitantes se trata de incitar -y aquí radica el desenfoque- a la dirección a servir las preferencias e intereses del público sin la más mínima intención de procurar su educación ni el cumplimiento de los demás fines que corresponden a un museo. Otro error, no ya de principios, sino técnico, es considerar que el público se deja guiar por algunos factores manejados desde el propio museo -paneles aquí o allá, itinerarios-, olvidando, en cambio, la propaganda como un factor altamente influyente en la asistencia de espectadores. En nuestra opinión, si lo que se muestra es bueno y además se da a conocer debidamente, el público responderá acudiendo; si falta uno de estos dos factores, de poco valdrán las reformas.
REPRESENTACIÓN o EXHIBICIÓN
Por eso nos resulta sorprendente que museos como el Prado, que tienen falta de espacio para exponer sus colecciones permanentes, contemplen como asunto primordial en su ampliación los ámbitos dedicados a recepción, servicios diversos y actividades complementarias de todo tipo. El Prado lleva varios años, por ejemplo, exponiendo apenas docena y media de obras de pintura española del siglo XVII (sin contar las de Velázquez, Murillo, algo de Zurbarán y de naturaleza muerta) y del medio centenar de pinturas de Luca Giordano que posee, no cuelga ni una sola. Algo remediará la incorporación del actual museo del Ejército, pero no parece muy próxima ni tampoco supone una solución definitiva a estas carencias; mientras tanto, cuando sale en préstamo del museo una pintura, su lugar suele quedar vacío hasta su vuelta. Llevamos bastantes años sin que se exponga la pintura del siglo XIX por las obras del Casón del Buen Retiro, y no se ha previsto una solución alternativa que permita seguir cumpliendo su función a esa importante parcela de los fondos del museo. Están anunciadas o comenzadas obras de ampliación en varios museos estatales -Romántico, Sorolla, Artes Decorativas, Greco de Toledo- y sería deseable que los respectivos proyectos estén orientados de forma preferente a favorecer la exposición, aunque sea a costa de espacios representativos.
EXPOSICIONES TEMPORALES
En sintonía con las tendencias anteriores se halla el fenómeno, en auge, de las exposiciones temporales dentro de los museos. Nos referimos a aquellos casos en que, para instalar una exposición, hay que reducir el espacio destinado a mostrar sus colecciones, y sobre todo, cuando se hace a costa de desorganizar constantemente lo que estaba ya organizado como exposición permanente. El acontecimiento llegó al extremo en el Reina Sofía, que durante años sólo ofrecía exposiciones temporales y no colección permanente. El ejemplo ha cundido, y tenemos el caso del Guggenheim de Bilbao, el recién inaugurado Artium de Vitoria o el CAAM de Las Palmas de Gran Canaria, donde el espacio de las exposiciones temporales supera ampliamente al ocupado por la colección permanente expuesta. Es cierto que cualquier museo tiene dificultades para animar a una segunda visita y parece que le resulta más sencillo y práctico ofrecer la novedad de una exposición temporal. Buena prueba es la alarmante disminución del número de visitantes que experimentó el Thyssen pasados unos años de su inauguración, tendencia que ha conseguido invertir por el éxito de sus exposiciones temporales, las cuales se colocan de forma modélica, respetando el espacio y disposición de los fondos propios.
Todo lo contrario podemos decir de los hábitos que ha adquirido el Prado desde que, con motivo de la conmemoración centenaria de Felipe II en 1998, tomó la costumbre de albergar exposiciones temporales desmontando parte de la colección permanente, lo que nos parece equivocada dirección. Es lástima ver cómo se vacía medio museo quitando obras fundamentales para exhibir una bonita colección de piezas sin que exista un proyecto científico, como si se tratara de hechos incompatibles. Prevalecen circunstancias de oportunidad, razones de amistad, lucimiento personal y otras de índole semejante; como consecuencia, se editan catálogos inservibles con textos sin rigor redactados por personas poco cualificadas que se limitan a repetir lo ya publicado; eso no podemos decir de los catálogos de arte del siglo XX, porque es excepcional que lleven comentarios de las obras presentadas.
POLÍTICA DE ADQUISICIONES
Una consecuencia perniciosa más de la falta de ideas claras sobre lo que debe ser un museo público es el caos de las adquisiciones. La política de cada museo al respecto ha de quedar establecida y ha de respetarse, ha de basarse en criterios científicos y de calidad, atenerse con rigor a la línea que imponen los fondos y completar y enriquecer sus colecciones. De nada vale acumular en los almacenes objetos repetidos cien veces, o que son peores que otros que ya se poseen, o que no tienen significación alguna, o que son quincalla que no dignifica la colección. Las adquisiciones de los museos no pueden hacerse por el capricho de un responsable, o por un criterio oportunista de «no es pieza importante, pero la dan barata». A este respecto es especialmente peligrosa la adquisición de bienes mediante dación en pago, ya que supone que el Tesoro público paga -y a veces muy caros- unos objetos que la Administración no ha elegido, y que quizá no eligiera si tuviera que comprarlos en un establecimiento o una subasta; ciertamente, el organismo competente puede rechazar la dación si juzga que no tiene interés, pero la realidad indica que la mayoría de las ofertas se aceptan. Por cierto, no queremos pasar por alto la publicidad gratuita que consiguen con la dación muchas empresas y particulares que aparecen como benefactores (dación y donación se parecen fonéticamente) cuando no hacen sino cumplir sus obligaciones tributarias de una forma atípica; y que esta publicidad se perpetúa en algún museo oficial (léase MNCARS) con una placa, homenaje que se niega a quienes dieron la obra a título gratuito; por no hablar de aquellos casos en que la dación lleva aparejado un buen negocio con plusvalía exenta fiscalmente.
MOVILIDAD DE LAS PIEZAS
En cambio, nos parece muy oportuno que se estimule la movilidad de las piezas que se encuentran habitualmente en los almacenes, bien mediante préstamos o depósitos y también permutas, aún con museos extranjeros, que están previstas en la legislación. Este tipo de movimientos no se impulsa desde las altas instancias tanto como conviene, y debería hacerse. Nada obsta, incluso, a la desclasificación como bienes de dominio público y posterior venta, de multitud de objetos de poquísimo o ningún valor que atiborran los espacios de reserva de algunos museos y tan sólo originan trabajo burocrático de inventario y limpieza.
Por ahora damos fin a estas consideraciones. Quede para una próxima ocasión la referencia a las actividades didácticas y científicas -entre ellas, la muy espinosa de la confección de los catálogos-, la organización interna con atención a los patronatos, la responsabilidad de críticos y comentaristas y otras varias.
Luis Feito ha sido considerado uno de los máximos exponentes de la pintura abstracta contemporánea en España. Hasta finales del pasado mes de agosto, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, se ha podido visitar la exposición retrospectiva «Feito: 19522002». Alfonso López Perona explica que, pese a lo reducido del número de obras de la muestra (unos 90 lienzos y otros tantos dibujos} en relación a la importancia de un período tan dilatado, ha resultado una buena oportunidad para evaluar la obra de un pintor puro en su vocación y en su lenguaje, que no es otro sino el de la pintura: el espacio, el color, la línea y la forma.
Entre las novedades más importantes del siglo XX figura la aparición del arte abstracto, como vanguardia primero y más tarde como forma de expresión que se ha adueñado de las artes plásticas. Por más que la abstracción haya hecho evolucionar notablemente la teoría estética, y con ella la manera de acercarse a la obra de arte y contemplarla, sigue representando un arcano para el gran público en la medida en que éste asocia indisolublemente el concepto de arte con el de representación de la Naturaleza, pues la estética aristotélica sigue vigente como idea popular de Arte. La Ilustración partía de la premisa de que toda verdadera obra debe ser entendida por todos sin esfuerzo, ya que el hombre posee naturalmente una capacidad de distinguir y apreciar lo bello. Para esta concepción, la incomprensión de la obra artística por parte del observador debe ser culpa del autor, en la medida en que éste se habrá desviado de lo sencillo y lo natural, categorías que deben concurrir, según los ilustrados, en toda producción artística. Por el contrario, en la abstracción ese canon es mucho menos obvio.
Contrariamente a lo que pensaba la Ilustración, la apreciación de cualquier obra de arte precisa siempre de una sensibilidad educada y de un esfuerzo de contemplación y discernimiento. Cuando, como sucede con la abstracción, se ha prescindido de toda referencia evidente, la aproximación del espectador al Arte se puede hacer aún más difícil. A partir de ahí, la personalidad del autor, su subjetividad y sus claves biográficas parecen cobrar mayor importancia. Con independencia del sentimiento que la obra en sí provoque, da la impresión de que no cabe su comprensión cabal sin tener alguna noticia del creador. Quizá ello explique por qué el siglo XX, con su incorporación de la idea de «cultura de masas», ha generado una nueva consideración del artista como figura pública y mito colectivo, todo al mismo tiempo, por lo que en no pocas ocasiones se ha exaltado una obra mediocre tan sólo porque la personalidad de su creador no lo era.
Me interesaba señalar todo lo anterior para poner de manifiesto que no siempre ése es el caso. Tengo el privilegio de que el parentesco, trayectorias vitales y afinidades electivas me han permitido estar cerca de la persona y de la obra de Luis Feito, uno de los máximos exponentes de la pintura abstracta contemporánea en España.
Feito, nacido en Madrid en 1929, se formó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde aprendió todas las técnicas que un artista precisa conocer y dominar. Sus primeras obras de los años cincuenta son de clara inspiración cubista y figurativa, pero la exposición del Museo Reina Sofía arrancaba de un momento posterior, cuando a partir de ahí empezó a desarrollar una expresión propia, hecha de rugosidades y materia resultante de la combinación de óleo y arena. Esta época de «cuadros matéricos» abarca desde fines de los años cincuenta a principios de los años sesenta, época en que Feito a había instalado ya en París, gracias a una beca del Gobierno francés. La aproximación a las muestras más recientes y significativas de la cultura contemporánea que le brindaba el París de los años cincuenta le animó a quedarse allá por sus propios medios. Como él mismo confesó a Francisco Calvo Serraller, el conflicto entre su cultura de origen y la francesa le ayudó a ser más consciente de sus raíces españolas y a profundizar en sus orígenes, de los que no se ha desprendido nunca.
En esos años hay otros dos acontecimientos dignos de reseña. De un lado, la creación en 1957 del Grupo El Paso, en la que Feito participa en conjunción con otros pintores y artistas como Canogar, Millares o Saura. En una entrevista muy posterior a esa época con el crítico Fernando Huici, Feito señalaba que El Paso nació para impulsar una creación artística de carácter contemporáneo en España. La joven pintura española fue toda una revelación en la Bienal de Venecia de 1958, en la que nuestro pintor estuvo presente con otros compañeros de su generación. En la edición siguiente, la de 1960, Feito obtuvo el reconocimiento de la Bienal mediante la concesión del Premio David Bright, como galardón a una obra ya con plena madurez expresiva. De esta época la exposición del CARS mostraba una sala de cuadros «blancos y negros», que se cuentan entre los más bellos de toda su producción. Me permitiría resaltar, entre ellos, una espléndida tela, propiedad del Guggenheim Museum de Nueva York.
Siguiendo con el orden de aquella exposición, hubo otra sala dedicada monográficamente al período «rojo y negro», uno de los más dramáticos de su obra. Ya avanzados los años sesenta, aparecen en sus telas formas bulbosas como evolución de las manchas circulares del período anterior en las que, junto a la gama cromática que ya había trabajado, aparecen otras nuevas. Como en los casos anteriores, saben a poco los escasos cuadros que se presentan de esa época. Está prácticamente ausente y sin representación el período correspondiente al decenio del setenta, el último en que trabaja en París.

A lo largo de los años 80, Feito emprendió una nueva etapa, que Calvo Serraller ha caracterizado como un «renovado juego de tensiones». En ella se enfrentan «mallas de líneas geométricas» a «manchas cromáticas de gestualidad libre», al tiempo que la dialéctica del color se establece entre tonalidades pardorojizas y blanquecinas. Esta etapa corresponde a su instalación en el continente americano, en Montreal en concreto. Como ha dejado anotado en su discurso de ingreso en la Real Academia de San Fernando, «Notas sobre un Itinerario», América le perturbaba por su ausencia de pasado y por su falta de lastre histórico y de raíces, a la vez que le atraía por ese vitalismo desbordante que caracteriza al Nuevo Mundo. En Canadá, su obra se amplió a otras formas de expresión realizando una serie de pequeñas esculturas en madera, acero y bronce que se fueron dispersando sin haber sido nunca exhibidas en nuestro país, así como una escultura monumental por encargo de la Opera de Montreal. Dentro de esta tónica de diversificación, diseñó joyas e ilustró un libro de tradiciones orales y cuentos de las tribus indias del noroeste canadiense, quizá como tributo a esas culturas primitivas que tanto admira, y cuya influencia sobre el arte del siglo XX ha sido decisiva desde la aparición del Cubismo.

Unos años después, una nueva peripecia vital le llevó a Nueva York, ciudad que él mismo ha definido como «la exasperación de cuanto define a nuestra época». Nuestro pintor ha confesado que la crudeza deslumbrante de esta Meca de la civilización contemporánea representó para él la expresión desinhibida de un poderoso enfrentamiento entre la anarquía y el orden en todo su rigor. La experiencia neoyorkina duró hasta 1993, cuando decidió reencontrarse definitivamente con su país y trasladarse a Madrid. Finalizaba así una etapa cosmopolita que le había enriquecido en lo personal a costa, quizá, de apartarle un tanto del panorama artístico español.
Feito no es un pintor fácil ni accesible. Su misma personalidad, mezcla de timidez y de un cierto recogimiento interior, se plasma en una obra en la que las contradicciones y el lirismo constituyen las notas más destacadas. En la pintura de Feito se aprecia una cierta tensión entre lo racional y lo instintivo, entre el espacio vacío y la concentración de materias, entre colores contrapuestos y dramáticos (el blanco y el negro o el rojo y el negro, principalmente); en suma, entre la rigidez geométrica y el gesto espontáneo. Estas contradicciones están presentes en su método de trabajo que, en sus conversaciones con Juan Manuel Bonet, ha descrito de la siguiente manera: «cuando pinto, ataco la tela de lleno, sin plan preconcebido… empiezo por el caos total, por el defoulement. Es una manera de echarse al agua, de abrir el fuego, de quitarse el miedo. Luego, voy organizando el caos. Empieza la reflexión».
El Arte es para nuestro pintor un elemento esencial en la vida espiritual del Hombre. Su sensibilidad se identifica con una porción de objetos tales como máscaras africanas, kachinas de los indios Hopis del suroeste americano o piezas de arte esquimal, todas las cuales colecciona porque, como confiesa, en ellos es imposible separar estética y función: «la estética sola no sirve para nada si no es expresión de algo fundamental. No contemplo el arte primitivo desde un punto de vista decorativo. Me impresiona que objetos creados para ciertos ritos, para ciertas funciones, posean tal carga de universalidad».
Entre los elementos esenciales de su pintura figuran la conjugación de elementos puramente pictóricos y el constante recurso a la misma gama cromática. En la lúcida interpretación de Juan Manuel Bonet, «los negros, las tierras, los rojos, marcan un clima de interioridad, de austeridad, de una cierta mística» de carácter hondamente español. Esta fuerte personalidad española de la obra de Feito ha sido reiteradamente apreciada por la crítica francesa. Como afirma bellamente Pierre Restany, Feito define en su pintura «un orden trascendental del Barroco, un lirismo de la materia bruta controlada por una organización poética, a la vez efectiva y racional, de la luz». Se trata de la expresión sensible de la vida interior del artista en la que, junto al goce que proporcionan la luz y el color, aparecen, con gran violencia, sensualidad y mística, materia y espíritu en una evocación clara del naturalismo español.
Junto a su españolismo irrenunciable de fondo y a la admiración por la pureza de líneas, la geometría y la funcionalidad estética del arte primitivo, hay que hablar también de la pintura china y del arte Zen como uno de los acerbos y tradiciones artísticas que siguen influyendo poderosamente en su trabajo. Ello se debe a su concepción de la pintura que debe salir con naturalidad del interior del artista «por el brazo y la mano» con naturalidad, «con la fluidez con que corre un río, salvando obstáculos y pasando a través de ellos», como decía en sus «Notas sobre un itinerario», ya citadas. Los últimos cuadros de la exposición, correspondientes al trabajo que viene realizando en el presente, se inscriben dentro de una línea gestual y caligráfica acorde con esa estética oriental.
CONFESIONES DE AUTOR
Se ha dicho que hoy apenas existe un artista que pueda eludir el autocomentario de su obra. A través de numerosas conversaciones con los críticos, Feito ha ido desgranando los valores estéticos que le sirven de referencia y el significado que para él tiene la pintura. «La pintura no la concibo como una carrera de novedades, ni como un laboratorio de investigación, sino como algo clásico, consecuencia de toda una cadena de acontecimientos anteriores. No me interesa para nada que una obra sea avanzada o no. El único criterio válido me parece, en definitiva, lo bueno y lo malo, la buena pintura o la mala pintura». En unas recientes declaraciones al diario ABC y en línea con lo anterior, decía sobre la evolución de su obra: «No hay un solo salto, sino continuidad. Para mí, la palabra revolución en arte no tiene sentido; hay evolución».
Feito rechaza la «originalidad» como un valor en Arte: «no existe en Arte la originalidad en lo absoluto, sino tan sólo aportaciones diferentes que amplían lo que hoy conocemos». En un sugerente párrafo de su discurso de ingreso en la Real Academia de San Fernando, en el que se condensa su pensamiento estético, dice: «toda creación precisa nutrirse de la experiencia y de la sabiduría adquirida por los que recorrieron el camino antes que nosotros. La condición humana necesita un ámbito temporal para transformarse y mejorarse y esa presencia de lo anterior es olvidar en perjuicio suyo por aquellos que consideran que la validez de la Obra depende exclusivamente de la ruptura con la sabiduría del pasado».
En los últimos años, Feito se ha visto recompensado con numerosos honores y distinciones. Ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1998; recibió la Orden francesa des Arts et des Lettres en grado de Comendador así como la española Medalla de Oro de las Artes; Arco y Estampa, nuestros certámenes de Arte Contemporáneo más internacionales, le han galardonado en sus últimas ediciones con importantes premios. Sin embargo, Feito sigue con su trabajo callado, en el que se conjugan continuidad creativa y evolución al margen de modas imperantes. Quizá por ello resulta discordante en una época que exalta el efectismo intrascendente y el culto a lo efímero. Nuestro tiempo eleva lo mediocre a categoría de sublime a fuerza de mercadotecnia y margina necesariamente a quien no se somete a la tiranía del exhibicionismo mediático. Feito ha dejado dicho que «la obra debe existir por sí misma y, si no es así, por más explicaciones que nos den sobre ella, no existirá jamás».