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Ver productosEl filósofo austríaco Karl Popper comienza su autobiografía evocanEdo la relación que tuvo con una persona que lo sabía todo, esto es, con un sabio:
«Cuando tenía veinte años entré como aprendiz de un viejo maestro ebanista en Viena, llamado Adalbert Pösch, y trabajé con él desde 1922 basta 1924, no mucha después de la Primera Guerra Mundial… Una vez que hube ganada su confianza me concedía a menudo, cuando nos hallábamos solos en su taller, el beneficio de su inagotable caudal de conocimientos. En cierra ocasión me contó que había trabajado durante muchos años «n varios modelos de máquina de movimiento perpetuo, añadiendo pensativamente: «¡Dicen que no puede hacerse; pero una vez que haya sido hecha no dirán lo mismo!». Una de sus prácticas favoritas era hacerme una pregunta de historia y responderla por sí mismo cuando resultaba que yo no sabía la respuesta (pese a que yo, su aprendiz, era un estudiante universitario-cosa que le enorgullecía sumamente-). «¿Y sabes -me preguntaba- quién inventó las botas de campaña? ¿No? Fue Wallestein, ef duque de Friedland durante la Guerra de los Treinta Años». Y después de una o dos cuestiones aún más difíciles, propuestas por él y triunfalmente respondidas por él, mi maestro decía con modesta arrogancia: Bueno, puedes preguntarme lo que quieras: lo sé todo».
La cariñosa sorna con que Popper recuerda al simpático anciano revela una vez más que las relaciones entre filósofos y sabios siempre han sido ambiguas, cuando no conflictivas. El sabio (si de verdad los hay) tiene algo que el filósofo ambiciona, así que entre ambos media la distancia que hay entre el profesional y el amateur: se supone que uno lleva a cabo con éxito lo que el otro contempla como simple aspiración. Ya lo dijo Sócrates con toda claridad: él no era sabio, tan sólo amaba la sabiduría. Así pues, entre el saber y el filósofo hay una filia de por medio, lo cual no deja de implicar una distancia, un hiato que, por contradictorio que resulte, se quiere y no se quiere al mismo tiempo. El filojudío no es judío, el anglofilo no es inglés, y el filósofo tampoco llega a sabio. Se supone que le gustaría serlo; pero si lo consiguiera perdería la condición de filósofo, a la que entre tanto ha cobrado apego. En otras palabras: se ha instalado en la provisionalidad y le pasa un poco lo de aquél que, después de hacer una larga espera y entablar amistad con los compañeros de cola, perdió todo interés en que le llegara el turno. Por otro lado, querer ser lo que todavía -o quizá definitivamente- no se es, implica un problema de identidad, una incertidumbre respecto al propio destino que arrastra consigo cierto riesgo. ¿Qué pasa si nunca se acaba de encontrar eso que se busca, si uno empeña la existencia en un amor imposible? Tendrá que elegir entre alternativas poco gratas: resignación, desencanto, frustración, amargura… En resumidas cuentas, el filósofo está condenado a dejar de serlo -si tiene éxito-, o a convertirse en un fracasado -en caso contrario-. La fórmula «filósofo afortunado» sería contradictoria, algo así como un «hierro de madera».
Podrá quizás objetarse que estoy buscando la paradoja por la paradoja, y que las cosas no son tan complicadas. Tal vez, en efecto, no lo fueron en un principio, pero el tiempo las ha ido retorciendo. La filosofía no ha tenido una trayectoria regular y su historia es una crónica de rupturas y refundaciones. El punto de partida de su evolución presupone la pérdida de una ingenuidad. El joven Popper era a su modo más viejo que su entrado en años maestro porque, de buenas a primeras, ser sabio no parece tan arduo. En la Grecia antigua todos reconocían la existencia de nada menos que siete sabios, y un poco más tarde los sabios ya eran legión: la sabiduría se había convertido en una profesión corriente (y bastante lucrativa, por cierto). Sabios eran los sofistas, que enseñaban al mejor postor todo lo que quisiera. Fue entonces cuando surgió la desconfianza que dio origen a la «filosofía». La gente cabal empezó a pensar que no podía ser tan fácil convertirse en sabio; resultaba inaceptable que fuera objeto de compraventa; por fuerza tenía que esconder un fraude esa sedicente «sabiduría».
A partir de ese momento se empieza a creer que el verdadero saber tiene que ser algo más recóndito e inusual. Premiará -con suerte- el trabajo de toda una vida, de forma que llega a concebirse como una especie de extrema unción biográfica y la filosofía, a decir de muchos de sus representantes, desde Platón hasta Heidegger, se presenta como una escuela del bien morir, un saber para la muerte. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, sirve para convencerse de la imposibilidad de la empresa, para descubrir que es insensata la pretensión de averiguar nada importante. Entonces la alternativa es el escepticismo, y quien la elige asume una posición beligerante contra la sabiduría. El «sólo sé que nada sé» socrático ya no es punto de partida, sino destino y residencia.
Entre el desengaño escéptico y el gnosticismo escatológico, la filosofía ha buscado habitualmente no tanto la sabiduría como una actitud juiciosa ante ella. Por eso se ha presentado tantas veces como reflexión: saber que vuelve sobre sí mismo en la duda de no poder cubrir los objetivos propuestos. Y en este juego de salidas en falso, trayectorias que se quiebran y retuercen, los filósofos han encontrado muchas cosas.
En primer lugar, saberes con minúscula, que son la cantera de las ciencias, ramas que paulatinamente se han ido desgajando del antiguo tronco. Pero también descubrieron que es posible institucionalizar productos derivados e intermedios del proceso de búsqueda y transformar así lo provisional en definitivo. Desde fechas muy tempranas los filósofos abrieron escuelas, academias, liceos, estoas y jardines, donde profesaron sus enseñanzas, desinteresadamente al principio y, luego, a cambio del consabido estipendio. Ahora bien, sí no eran sabios ¿qué enseñaban? A buscar la sabiduría, a resignarse en caso de no alcanzarla, a encontrar sucedáneos del saber si la resignación tampoco era del gusto del cliente. Al fin y al cabo, el que paga manda.
Con el tiempo las escuelas se convirtieron es escolásticas y las escolásticas en superestructuras vacías que debían ser demolidas por críticos acervos. Estos eliminaban las mediaciones que se habían ido interponiendo en el curso de los siglos entre quien se interroga y la respuesta que busca. Y es que, si me siento filósofo, lo que quiero que me enseñen es la verdad. Caso de que eso sea demasiado pedir, aceptaré gustoso que me enseñen a buscarla, pero no me sentará tan bien que me digan que tengo que aprender a buscar la búsqueda, o la búsqueda de la búsqueda, etc. Por eso la filosofía ha soportado mal su profesionalización. Lo que un profesional desea ante todo es estabilidad en el empleo, salario alto, derechos sindicales y todo lo demás. También, por supuesto, hacer un buen trabajo. Pero, ¿qué pasa si el trabajo es tan bueno que elimina la necesidad de seguir haciéndolo? A los médicos no les haría mucha gracia el descubrimiento de un remedio definitivo para todas las enfermedades, ni a los policías la redención universal de los delincuentes. El interés del que se dedica a satisfacer una necesidad es satisfacerla de un modo precario. El cocinero se alegra de que sus clientes salgan saciados del restaurante, pero espera que a las pocas horas vuelvan a ser aguijoneados por el hambre.
En este sentido, lo malo de la filosofía es que lo que se sabe una vez, se sabe para siempre, olvidos y degeneraciones cerebrales aparte. Por lo tanto, la satisfacción provisional es en este caso imposible. La única forma de que los clientes vuelvan es no saciarlos, hay que despacharlos después de haberles servido simples aperitivos: «Vuelve otro día: entonces te enseñaré lo que deseas». Giordano Bruno, por ejemplo, se pasó media vida prometiendo saberes prodigiosos, y otra media huyendo de discípulos defraudados. La cosa acabó en tragedia, porque el último de ellos lo entregó a la Inquisición.
Quizá haya una salida a la aporía: la filosofía no puede proporcionar la sabiduría definitiva ni tampoco una sabiduría pasajera, pero quizá esté en su mano ofertar una sabiduría gradual, ya sea en extensión o en profundidad. La Verdad es algo tan grande que quizá sea divisible en infinitas porciones, aptas para ser comunicadas como los fascículos de una inacabable enciclopedia por entregas. Es una fórmula que se ha ensayado con bastante éxito, pero también presenta un inconveniente, porque una cosa es ser sabio y otra saber muchas cosas.
Aquí es insoslayable la distinción entre cantidad y calidad. No se trata de adquirir los conocimientos que una curiosidad indiscriminada pueda ambicionar, sino aquellos que una persona precisa para alcanzar la plenitud y excelencia como ser humano. Tanto el sabio como el erudito son cazadores de verdades, pero mientras éste va armado con una red de malla estrecha, aquél prefiere tomar el arpón. El filósofo quiere ser sabio, pero ¿a dónde ha de apuntar? La mera erudición está fuera de sus prioridades, pero no deja de ser resultado indirecto de la búsqueda de un saber problemático. Siempre existe la tentación de contentarse con ella. Los alquimistas buscaban la piedra filosofal; los filósofos, la sabiduría. Aquéllos acabaron por descubrir las mil y una reacciones de la química; éstos, todas las verdades que llenan las bibliotecas de una cultura que no acaba de averiguar cuál es el sentido de la vida.
Una vez más llegamos a la conclusión de que la filosofía sólo puede conservar su identidad original de un modo provisional e incompleto. ¿Qué justificación tiene entonces la idea de una filosofía perenne, el escándalo de más de dos mil años de tradición filosófica? Paradójicamente, la pretensión de autenticidad de los filósofos sólo cabe ampararla en sus sempiternos desacuerdos, en el periódico anhelo de hacer borrón y cuenta nueva. Por eso, los únicos escolásticos que merece la pena recordar son los que en el fondo eran profundamente revolucionarios, como Tomás de Aquino. Y con mucha frecuencia los mejores filósofos no han sido los que han vivido de ella: Descartes y Schopenhauer eran rentistas, Spinoza pulía vidrios, Leibniz trabajó como diplomático, Nietzsche detentó una cátedra de griego… Hasta Kant, que fue profesor toda su vida, obtuvo más reconocimiento por sus clases de Geografía Física que por las de Metafísica.
Problema aparte es el de los canales de expresión que escoge el filósofo para darse a conocer y transmitir su mensaje. Aquí estriba otro de los obstáculos que le impiden culminar sus aspiraciones. Porque, aunque por definición fundacional aspire a la sabiduría, hay que matizar que se interesa por un tipo bien definido de ella. No le gustan las sabidurías ensimismadas. Tiene vocación de publicidad, traiciona cualquier compromiso esotérico, aspira a democratizar el saber y se diría que, más que ser sabio él mismo, lo que pretende es que todos los hombres lo sean. Es algo que le honra, pero que también le acarrea dificultades.
Aun concediendo que su impulso es generoso y no le mueve el afán de notoriedad ni la ambición de hacerse famoso, está claro que su amor a la sabiduría no es tan puro. En lugar de buscarla sin ningún tipo de restricción, busca una sabiduría que se pueda enseñar, y en esto se distingue de otros amantes de la sabiduría, como lo es, por ejemplo, el místico. Sabido es que, cuando Tomás de Aquino tuvo una experiencia de comunicación directa con Dios, al punto dejó de escribir y renunció a terminar su Suma Teológica. Cabría decir que ya no se veía como filósofo; ahora era sabio, pero -¡ay!- tampoco sentía la urgencia de comunicar su sabiduría, o acaso estaba convencido de la imposibilidad de hacerlo. Por eso hemos de agradecer a Dios que demorara su gracia y le diera tiempo para elaborar la mayor parte de su opus rationis. Pascal también tuvo una revelación extática, y a resultas de ella fulminó su desprecio contra el Dios de los filósofos. Todo ello sugiere que un filósofo deja de serlo, en efecto, en cuanto consigue su afán. Lo cual constituye una nueva paradoja: los que tienen la sabiduría callan, y los que sólo aspiran a ella no paran de escribir libros. Por eso que quienes gustan de ellos desearán que permanezcan ayunos de revelaciones inefables.
La sabiduría oriental abunda en ejemplos de maestros que nada enseñan, o que se entretienen desconcertando a sus atribulados discípulos. Aplican el criterio de que no son ideas lo que hay que aprender, ni tampoco hábitos o reglas de ninguna clase, sino enigmáticos cambios de actitud, miradas que para el no iniciado se pierden en el vacío. El filósofo no es así. Tal vez no posea nada valioso que comunicar, pero se preocupa mucho de hacerlo. Por eso estudia las técnicas pedagógicas y sobre todo el uso del raciocinio que, aunque aburrido, es el medio de óptima transparencia para preservar la fuerza de convicción de una evidencia. «Como queríamos demostrar»: ésa es la fórmula triunfal con la que el filósofo pone cima a sus vigilias. El hecho de haber sido probada dignifica la conclusión. Tal vez no sea más que una insulsa trivialidad, pero al menos podemos estar seguros de ella. Por eso el more geométrico ha sido el género que por excelencia han cultivado los filósofos persuadidos de la importancia de formular y transmitir un mensaje. Encadenar silogismos, proponer definiciones y postulados, extraer teoremas y corolarios: estas son las actividades donde se refugian y consuelan de incomprensiones y ataques.
Es cierto que la eficacia retórica de los métodos deductivos es escasa, pero la mayor parte de los filósofos de antaño no pretendían hacerse populares o escribir best-sellers. Les importaba más convencerse a sí mismos y a un hipotético interlocutor que fuera un dechado de objetividad y paciencia. La comunicación que buscaban era ideal, estaba pensada para ser comprendida y aceptada por cualquier hombre de cualquier época, de no estar mediatizado por los prejuicios, intereses y taras que nos convierten en mediocres amantes del saber. Otra ventaja de convertir los recursos de la lógica en pautas de estilo literario es que ayuda a dar unidad a la búsqueda y a dejar siempre abierta la posibilidad de prolongarla. No hay mejor modo de sistematizar una doctrina que axiomatizarla. Además, siempre quedan tesis por demostrar, conceptos por analizar, postulados por reducir y simplificar… Tanto una cosa como otra cuadran con la figura del filósofo: no es éste un buscador de verdades, sino de la Verdad, y en calidad de tal no está nunca autorizado a dar por concluida una encuesta. El sabio es diferente: él posee la Verdad y no tiene que seguir buscándola; ya está instalado en ella. Además, como es modesto, nunca hará ostentación de sus argumentos, nunca agobiará con evidencias; se limitará a anunciar su revelación para que escuche quien tenga oídos. Por eso, el estilo sentencioso cuadra mucho mejor con él. Ya lo dijo Borges: «Mientras un autor se limita a referir sucesos o a trazar los tenues desvíos de una conciencia, podemos suponerlo omnisciente, podemos confundirlo con el universo o con Dios; en cuanto se rebaja a razonar, lo sabemos falible». El filósofo razona porque es consciente de lo frágil de su posición, porque necesita urgentemente apuntalamientos externos. El sabio sabe bien que dice la verdad y no se apura si los demás no quieren reconocerlo.
Sin embargo, es obvio que no todos los filósofos han escogido la pesadez de un estilo monocorde y argumentativo para expresarse. Hay piezas deliciosas en la literatura filosófica, y muy particularmente cuando sus autores emplean la primera persona y convierten la exposición doctrinal en relato de una peripecia biográfica. Es comprensible: si la filosofía es búsqueda, también es aventura y como tal pide que el protagonista nos la cuente. Cuando alguien se ha entregado a ella en cuerpo y alma, nada puede hacer mejor que escribir la novela de su vida. La mejor obra de Descartes es el Discurso del método precisamente porque, siendo un hombre que pecaba de soberbio, a la hora de hablar de sí recupera la modestia a que le obliga su compromiso con la verdad: «Por mi parte nunca he creído que mi ingenio fuese más perfecto que los ingenios comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido o la imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros. Y no sé de otras cualidades sino ésas, que contribuyen a la perfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o al sentido, siendo, como es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros». A diferencia de lo que ocurre cuando el artista o el hombre de acción rememora su vida, al hacerlo un filósofo podemos identificarnos con él sin dificultad, no importa lo grande que haya sido: su hazaña no es otra que la de haber pensado por primera vez lo que cualquiera podría haber pensado desde siempre. El relato de cómo lo consiguió es el relato de cómo podríamos haberlo conseguido nosotros.
Otra forma de hacerlo ver es el diálogo: pocos géneros tienen tan rancia y gloriosa tradición dentro de la filosofía. Leyendo a Platón, todos nos hemos sentido uno más de los amigos de Sócrates, hemos sentido que inventábamos la filosofía con él, descubriendo de su mano las aporias de tal planteamiento o la insólita luminosidad de cual solución. Parménides parlamenta con la verdad, Boecio con la filosofía, Bruno y Galileo ponen a conversar los últimos representantes de una época con los adelantados de la que está por llegar.
Así vemos cómo hablando la gente no sólo se entiende, sino que recupera la capacidad de aprender, sobre todo cuando se olvida de sí y se deja absorber por la fascinación del tema tratado. Y es que más que un solo hallazgo, la búsqueda de la verdad proporciona toda una constelación de descubrimientos, pequeñas luces al borde de un camino que sólo en compañía es posible recorrer con probabilidades de éxito. Incluso cuando en el texto no aparecen voces explícitamente diversas, cualquier obra filosófica que merezca la pena suele contener un diálogo escondido, un tú a tú del filósofo con el asunto que interroga, un volver a atacar la dificultad desde este y desde aquel punto de vista, para ver si por fin consigue dominarla.
Y no es insólito que al autor se vuelva hacia el lector, así en singular, como si fuera único (lo cual ocurre con más frecuencia de lo que se cree), para hacerle partícipe de ilusiones y desengaños. Kepler, entre oíros muchos -permítaseme aludir a un tiempo en que ciencia y filosofía no eran aún extrañas-, acostumbra a interpelar así a quien se asoma a sus textos: «Si te disgusta este método laborioso, tendrías que apiadarte de mí que por lo menos lo he aplicado setenta y dos veces, con mucha pérdida de tiempo, y dejarás de extrañarte que hayan pasado ya cinco años desde que lo he abordado […]». Al leer esta advertencia, ¿cabe dudar de que estamos frente a alguien que, más que poseer la verdad, se siente poseído por ella? La relación de dominio se invierte y tal vez ésa sea la definición más halagüeña que cabe dar del filósofo.
Diálogos, autobiografías, raciocinios: esos son mis géneros filosóficos favoritos. Hay otros que me gustan menos y algunos que francamente detesto. Entre los últimos mencionaré dos para poner punto final a estas elucubraciones. Me disgusta, en primer lugar, el estilo oracular, el que se formula en sentencias inapelables, adagios que evocan un empinado dedo índice y proverbios que pretender decir mucho más de lo que dicen. Mi hostilidad procede en parte de que siento la fascinación que ejerce y no soy ciego a sus reverberaciones. Pero creo que cuando el filósofo lo adopta se está adornando con plumas ajenas. El vive más la ascética que la mística de la verdad, y por tanto su deber es acompasar el lenguaje al pensamiento, sin cerrar con los recursos expresivos lo que necesita permanente renovación, puesto que sus pesquisas nunca acaban de sacarlo de la indigencia cognoscitiva.
Por eso los libros que han sido compuestos en esa clave, por muy impresionantes que sean, presentan tintes crepusculares, preludian el próximo fin de la filosofía. ¿Quién no se ha sentido impresionado por las máximas del Zaratustra o del Tractatus? Sin embargo, después de escribir aquellos textos memorables, Nietzsche se volvió loco y Wittgenstein se convirtió en jardinero de un convento. ¿Qué otras cosas podían hacer, una vez que habían pronunciado las últimas palabras con sentido? «Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen»: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse». Yo simpatizo más con la incontinencia parlanchína de los filósofos de a pie, que charlotean tranquilos en la confianza, no de que no haya verdades definitivas, sino de que no les corresponde a ellos promulgarlas: lo que les cabe es cortejarlas como el amante que no se desanima a pesar de saberse deudor de un amor imposible.
Pero lo peor de todo, lo digo con temor, es la literatura de los que se sienten con vocación de reescribir los diccionarios. También puede que aquí respire por la herida, a la vista de mis infructuosos esfuerzos por convertirme en políglota. Pero se me atraviesan sin remisión los que se empeñan en añadir dos o tres mil nuevas definiciones al vocabulario del gremio, o retuercen la semántica de los términos más acrisolados, de manera que convierten su discurso en sumas de jeroglíficos y acrósticos, para regocijo de intérpretes autorizados. Por culpa de esta manía la filosofía contemporánea ha dejado pequeña a la Torre de Babel, y las facultades que la enseñan son versiones hiperinfladas de la Escuela de traductores de Toledo. Un congreso de filosofía es hoy más que nada un conglomerado de discusiones terminológicas, de descalificaciones hermenéuticas, de intentos de terminar la proliferación de escuelas de pensamiento creando otra escuela más. El coste obvio de esta epidemia bizantinista es la pérdida de interés y confianza en la filosofía por parte de la sociedad.
Es un tema que daría mucho que hablar, así que mejor dejarlo. Quisiera matizar, no obstante, que estoy lejos de proponer un respecto servil a los usos lingüísticos heredados. Recuerdo sin amargura a un antiguo profesor mío que tenía la obsesión de introducir en la jerga el uso del vocablo ontodicea. Modestia aparte, de vez en cuando también hago mis pinitos neologísticos. Pero pienso que en esto la filosofía es como la literatura, que a decir del poeta vive de la sutil y tenue ruptura de las reglas establecidas. Los mayores renovadores de la historia fueron aquellos cuya originalidad pasó desapercibida para sí mismos y para los que les rodeaban. Del mismo modo, los que se enfrascan en operaciones terminológicas, acaban desentendidos de la tarea de llenar de sentido las vacías estructuras que manipulan. Son fontaneros del lenguaje y olvidan que la tarea del filósofo es construir con palabras -que es materia deleznable- un edificio de ideas que escape al tiempo e idiosincrasia de sus constructores.
En 1986 el escritor anglonigeriano Wole Soyinka, perteneciente a la etnia yoruba y nacido en el seno de una familia de fervientes cristianos, obtenía el Premio Nobel de Literatura. Cinco años después, el disputado y prestigioso Booker Prize británico, recaía de nuevo en un autor anglonigeriano, en este caso la joven revelación Ben Okri (La carretera hambrienta, Espasa Calpe). Son los primeros pasos internacionales y clamorosos para el reconocimiento de una realidad que se había ido forjando en silencio, o al menos con una atención minoritaria, sobre todo en el campo de la poesía, a través del movimiento literario más conocido del África negra, la Negritud.
Este movimiento se articulará desde los años treinta del siglo pasado en torno a dos célebres poetas, el senegalés Léopold Sédar Senghor -recientemente fallecido y que llegaría a ser presidente de su país- y el martiniqueño Aimé Césaire. Un movimiento que, aparte de ser un canto al orgullo de la pertenencia a una raza tradicionalmente excluida, la raza negra, significaba a la vez un diálogo que se establecía con otras culturas. La Negritud tenía por objeto rescatar la cultura, la historia y todas las tradiciones de origen africano, tanto de África como de la diáspora.
Todo esto lo explicará en su excelente y detallada introducción a la antología Voces africanas (Poesía de expresión francesa, 1950-2000) el ensayista y profesor Landry-Wilfrid Miampika (Congo Brazzaville, 1966). En ella se reúnen poemas de veintiún autores, pertenecientes a diez países africanos, y que cubren un amplio y variado marco de estilos y temas, partiendo de grandes clásicos como el poeta, novelista y dramaturgo Sony Labou Tansi (1947-1995) hasta otros más recientes, pero igualmente de notable calidad, como Kama Kamanda del Congo Democrático, Vinod Rughoonundun de Mauricio, la joven escritora de este mismo lugar Ananda Devi (de la que Ediciones del Bronce publicó una estupenda novela no hace mucho, Pagli), el poeta metafísico moderno Alain Mackanckou (Congo Brazzaville, 1966) o también otro de los más interesantes, el nacido en 1967 en Madagascar, Jean-Luc Raharimanana, que ha sabido condensar por su parte, de forma espléndida y creativa, el tema del exilio y la diáspora, fundamental para muchos de estos autores.
Y algo distintivo y esencial -la asimilación, la combinación mental y lingüística de las lenguas y tradiciones locales, orales y autóctonas, con las también locales pero traídas de Europa y otras tradiciones escritas lejanas- con lo que la literatura de estos autores tendrá que crecer y desarrollarse por fuerza. Ahí se encontrará el sedimento de un fantástico y rico imaginario común a todos ellos que, por su lado, el lenguaje literario tendrá que transformar, inventar y adaptar día tras día. Lo ha dicho en alguna ocasión un gran clásico vivo de la literatura francófona, Ahmadou Kourouma: «El francés que se habla en París no es el mismo que se emplea en África y tampoco la realidad cotidiana es algo que muchas veces encuentre una fácil traducción». También algo parecido, en torno a esta reivindicación de nuevos niveles expresivos, sería lo que recordaría no hace mucho otro de los más grandes escritores africanos actuales, Chinua Achebe (que recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes en la última Feria de Fránfort): «Durante cierto tiempo fui consciente de que mi verdadera historia no se había contado. Había leído novelas, pero nada de lo que veía me concernía, sobre todo en lo que se había escrito acerca del pueblo africano».
En ese mismo sentido, en el deseo de reconocerse incluso «en los sueños grabados desde la infancia», dirá escribir el nigeriano en lengua inglesa Ben Okri. Culturas ya para siempre mestizas, provenientes de «una niñez esquizofrénica», como alguna vez la ha definido el Premio Nobel antillano en lengua inglesa, Derek Walcott. Niñez que comparten muchos de estos autores de las ex colonias: es decir, dos vidas, la vida interior, de la cultura y las lecturas -«a través de la literatura de los imperios griego, romano y británico y sus clásicos esenciales», dirá Walcott en su libro de ensayos La voz del crepúsculo, editado por Alianza- y la vida exterior de «la acción y el dialecto (o las lenguas locales) habladas en la calle».
Pero si todos ellos manifiestan una y otra vez la tensión de tener que escribir con dos dccionarios al mismo tiempo, el mental e íntimo y el de uso convencional y reconocido por las academias correspondientes de las antiguas metrópolis, la angustia nuestra, la del lector interesado y que sin embargo sabe haber sido ajeno a toda esta problemática hasta hace poco, no es menor. Sólo hay que estar dispuesto a una cosa: a conocer y conociendo valorar y, en muchos casos, restituir el enorme potencial, la calidad, en tantos casos no otorgada simplemente por una mala difusión y por un cierto retraso en la puesta al día de traducciones esenciales.
En 1927, el quizá más famoso y genial reportero de entreguerras, el francés Albert Londres (1884-1932), se embarcó en un periplo de cuatro meses, recorriendo las colonias francesas de África. Vuelve con un relato virulento y cáustico, o lo que es lo mismo, con un feroz alegato contra el colonialismo, que titulará Terre de’béne. En él denunciaba los miles de muertos en nombre de la explotación de bosques y de la extracción de las inmensas riquezas naturales de aquella tierra. Los insultos con los que sería obsequiado de vuelta a su país no se harían esperar: traidor, vil denigrador de la obra francesa, payaso…
También, un poco antes, en 1926, el gran escritor francés André Gide había viajado para conocer de cerca la realidad del África negra y volvió con dos libros esenciales, que significaron una dura recusación contra el colonialismo (Voyage au Congo y Le retour du Tchad) y que provocaron una comisión de investigación que, por supuesto, en la época quedó en nada. Ambas obras, fundamentales para tener una idea histórica y completa de la presencia europea en el continente africano, están aún sin traducir a nuestro idioma, lo mismo que el espléndido diario de la misión etnográfica, de Dakar a Djibouti, llevado a cabo en su día por Michel Leiris, L’Afrique fantôme (1934). Todos ellos son clásicos indispensables, como lo será ya en el futuro un libro excelente, de referencia obligada hoy en día para estos temas: el del célebre reportero polaco Ryszard Kapuscinski, Ébano (Anagrama, 2000).
Pero se trata de un vacío vergonzoso que, poco a poco, y de forma esperanzada, hemos visto cómo se subsana en los últimos años. Ahí estarían editoriales especializadas como Ediciones del Bronce (del Grupo Planeta), Ediciones del Cobre (ahora autónoma, a cargo de Miriam Tey) y otra más que próximamente hará su aparición, Zanzíbar, y que demuestra el interés creciente por acercar al lector español -un lector que viaja cada vez más lejos físicamente-a la múltiple realidad africana y, sobre todo, ponerlo al día, de una forma seria, exigente y a través de las mejores obras literarias que se están produciendo en la actualidad.
Editoriales que, junto a otras de implantación más amplia, nos han traído excelentes descubrimientos y sorpresas estos últimos años. No hace mucho, por ejemplo, tuvimos la ocasión de acceder a uno de los grandes clásicos pendientes del África negra subsahariana. Es decir, la novela de uno de los más importantes intelectuales africanos actuales, Henri Lopes (Congo, 1937), antiguo subdirector general de cultura de la UNESCO, junto a Mayor Zaragoza: Reír y llorar (Ediciones del Bronce, 2001). Una novela que se unía a otras fundamentales, estudiadas en todas las escuelas africanas, como Los soles de las independencias de Ahtmadou Kourouma (Alfaguara), Mi vida en la maleza de los fantasmas, de Amos Tutuola (Siruela) O Todo se desmorona, de Chinua Achebe (Ediciones del Bronce).
Pero no hay que olvidar, por supuesto, otras más actuales, aparecidas estos últimos años, como las del excelente escritor somalí, uno de los nombres esenciales en estos momentos, que cuenta con numerosas traducciones a otras lenguas, Nuruddin Farah (Regalos, Ediciones del Bronce, y Secretos, en Muchnick Editores). O las de ese gran maestro del lenguaje que es el mozambiqueño Mia Couto (Tierra sonámbula y El último vuelo del flamenco, ambas en Alfaguara). Y otros muchos interesantes como el ugandés y residente en los Países Bajos, Moses Isegawa (Crónicas abisinias, Ediciones B), el guineano en lengua española Donato Ndongo {Las tinieblas de tu memoria negra, Ediciones del Bronce) o los pertenecientes al África lusófona José Eduardo Agualusa (Nación criolla, Alianza, y Estación de lluvias, Ediciones del Bronce), Germano Almeida (El testamento del señor Napumoceno da Silva y Los dos hermanos, Ediciones del Bronce) o Pepetela (El deseo de Kyanda y Parábola de la tortuga vieja, Alianza).
El escritor Ahmadou Kourouma (Costa de Marfil, 1927) junto al congoleño Henri Lopes, son actualmente los grandes nombres de la literatura africana francófona. Esperando el voto de las fieras, ahora editado en nuestro país, obtuvo en el momento de su aparición, en 1998, prestigiosos premios como el Prix Livre Inter y el Prix des Tropiques, y también una espléndida acogida por parte del público, que le hizo vender -sólo en Francia- más de cien mil ejemplares.
Ya en 1976 este escritor publicó una de las obras básicas de la literatura africana nacida después de las independencias, la mayor parte de ellas acaecidas entre los años sesenta y setenta, con todos los desencantos, injusticias y frustraciones que eso supuso y que duran hasta hoy, como una herencia maligna, difícil de recomponer. Independencias que llegaban después de un largo camino recorrido. Es decir, después de las etapas de la esclavitud y más tarde del colonialismo europeo, que se haría efectivo en la famosa conferencia de Berlín de 1884, donde los principales imperios, el francés y el británico, junto a los alemanes, portugueses y belgas, se repartieron zonas y trazaron las ya famosas líneas rectas que aún perviven y definen caóticamente todo un continente. La obra en sí llevaba por título Les Soleils des indépendences (Los soles de las independencias, Alfaguara, 1986) y provocó una gran conmoción en su día, teniendo que ser publicada por primera vez en Montreal porque, tanto en Francia como en Africa, se negaron a hacerlo. Igualmente, en el año 2000, Kourouma recibiría el premio Renaudot por su excelente novela Alá no está obligado, que tocaha de cerca un iacerante tema, tristemente actual en Africa: el de los ni ñossoldados que son utilizados como ejércitos baratos por los señores de la guerra y drogados y pagados con hachís, a la vez que amedrentados con los más terribles rituales de sangre.
Por su parte, Esperando el voto de las fieras narra la historia del presidente, general y dictador Koyaga (nombre que oculta en realidad uno de los más eternizados y sanguinarios tiranos de Africa, Eyadema, deTogo). Hijo de un famoso y fiero cazador mítico de la tribu de los hombres desnudos («salvajes entre los salvajes») esta tribu sería luego reciclada por los poderes coloniales como feroces guerreros sin miedo en las distintas contiendas y levantamientos de las colonias, desde Indochina a Argelia. La novela se enclava en la tradición de retratos magistrales, no exentos de humor, de feroces dictadores, como también hizo, acentuando el lado satírico, Henri Lopes en Reír y llorar. Y una tradición que igualmente enlaza con espléndidas novelas latinoamericanas como Yo, el Supremo de Roa Bastas, El otoño del patriarca, de García Márquez, o la reciente La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. La historia del feroz déspota Koyaga, que acostumbraba a emascular a sus víctimas y enemigos, para evitar así que el alma de los asesinados se volviera contra sus verdugos, es narrada por dos oficiantes, convocados por el dictador para una ceremonia de exaltación y a la vez de exorcismo. Por un lado, está Bingo, el sora, cuya función es alabar, relatar tas hazañas de los héroes y cazadores, y por otro lado, está el bufón Tiecura, su respondón, al que le será permitido todo: «Denunciar las mentiras, los numerosos crímenes y asesinatos, y decir toda la verdad sobre la dictadura».
Otro estupendo descubrimiento para el lector español será una novela reciente: El mayor de los huérfanos, de Tierno Monénembo (Guinea, 1947). Una obra que se impone en todo momento por su gran calidad literaria, su lirismo y su condensado vigor en el relato, por encima del impacto emocional que puede causar el tema narrado. Algo que también sucedía en Alá no está obligado de Kourauma. Es decir, infancias a las que les han sido arrebatados sus más legítimos derechos: gozar de la niñez, de los juegos, aprender en escuelas, recibir afecto familiar. Cuando los bestiales asesinos, armados con machetes y cuchillos, irrumpan en la aldea del protagonista de El mayor de los huérfanos, éste, tan sólo un niño, no dejará de jugar en ningún momento con su cometa, hasta que alguien venga a quitársela.
La historia de Monénembo está narrada por un adolescente ruandés de quince años, Faustin, fatal mestizo, hijo de un hutu y de una tutsi. Faustin está recluida en el corredor de la muerte de una prisión de Kigali, acusado de un genocidio que han cometido casi todos menos él. Pero ¿quién va a querer escucharlo, una vez asesinados sus padres, perdida toda su familia, con sus hermanos pequeños que sobrevivieron a la matanza deambulando por ahí? «¿Realmente crees que soy un genocida?», le preguntará Faustin a su captor. «¡Todo el mundo lo es! Niños que han matado a niños, sacerdotes que han matado a sacerdotes, mujeres que han matado a mujeres preñadas… Aquí ya no hay inocentes», le responderá el soldado. Aunque Faustin, preparado ya para la muerte, diga no recordar en su corta vida «ni una pizca de desgracia», o lo que es lo mismo, no tenga nada de loque arrepentirse en su nunca perdida inocencia, sí recordará en cambio las sabias frases de su padre, que sin embargo, paradójicamente, siempre fue considerado el idiota del pueblo: «¡Si odias a un hombre deja que viva!, decían nuestros antepasados».
El volumen colectivo, nacido del Simposio organizado en 2001 por el Festival del Sur, en Agüimes (Oran Canaria), recientemente aparecido en nuestro país, con el título de Mamáfrica, es una excelente ocasión para que lectores aún escasamente iniciados en temas y estudios africanos se adentren en ellos, de una forma variada y bastante completa.
A través de especialistas y conocedores de las materias tratadas, a las que se añade una breve selección de textos literarios, se nos exponen temas muy diversos como la vida cotidiana de las mujeres africanas (Tanella Boni), el papel fundamental de la oralidad en la cultura africana (Juan Goytisolo), la tremenda tragedia del sida (Maite Serrano), la sangrante deuda exterior de la región más empobrecida del mundo, el África subsahariana, sin embargo de enorme recursos y riquezas naturales (María Villanueva y Bárbara Judel), el legado de la legendaria Biblioteca deTombuctú, constituida durante siglos por una familia española islamizada (Ismaël Diadié Haïdara), o la emergencia y afirmación de las literaturas africanas en el siglo XX (Landry-Wilfrid Miampika), junto con otros trabajos sobre la enigmática etnia de los peul (Antonio Lozano), sobre músicas africanas (Soeuf Albadawi) o sobre arte primitivo y actual (Elvira Djangani Ose).
El volumen se completa con dos interesantes diálogos, conducidos por Carla Marteini, y protagonizados por Ahmadou Kouiouma y Mbuyi Kahunda, por una lado, y por Donato Ndongo y Boniface Ofogo, por otro. En ellos se revisan diversas y muy variadas cuestiones, desde la influencia que tuvieron en la situación actual de neocolonialismo la perpetuación de los regímenes coloniales a través de políticas globales y nefastas como la guerra fría, o la caída del muro de Berlín posterior; y, sobre todo, el papel primordial que tienen que jugar los intelectuales africanos en la actualidad, en lucha contra una nueva lacra muy común: el afropesimismo. Algo que, simplemente, como dicen estos ensayistas, puede llevar «a la muerte o a la regeneración del continente».
Por su parte, un interesante ensayo, que viene a cubrir un espacio esencial del continente africano -el del impacto o presencia del «hombre blanco en el continente negro» (así se subtitula la obra)- ese) actualmente aparecido de Laurens van der Post (Sudáfrica, 19061996): El ojo oscuro de África. Escritor, granjero, soldado, prisionero de guerra, consejero político de jefes de Estado británicos, profesor, filósofo, explorador pero, sobre todo, firme opositor al sistema del apartheid que durance años fue algo vivido y establecido con total impunidad en su país por seres que se habían declarado a sí mismos de una raza superior, sin necesidad de lanzarse para ello a mortíferas guerras como hicieron los nazis, Van der Post dejaría escrito este honesto testimonio privado {en realidad, una serie de conferencias pronunciadas en el Club de Psicología de Zurich en 1954) de admiración por las culturas indígenas africanas, de temor {«que este conflicto se resuelva sin que sobrevenga una catástrofe»), de esperanza («la gran África está por venir»), y sobre todo de profunda vergüenza por la obra de sus compatriotas («el escritor en afrikáans – lengua de los primeros colonos neerlandeses de Sudáfrica- ya no puede seguir fingiendo que no tiene conciencia de lo que pasa… Ha de saber que lo que estamos haciendo a los negros y a los y mestizos en África es un deshonor y una maldad. Ya no puede seguir rebajando sus propios criterios personales hasta alcanzar el nivel de un abyecto instinto de tropa o manada»).
Bula Matari, historia de un explorador (Autobiografía de Henry M. Stanley) es la a ratos fantástica y legendaria narración, de una indudable calidad literaria, de alguien que nació para encarnar la figura del héroe, del aventurero tal y como se entendía en el último tercio del siglo XIX: alguien que, crecido en las más impensable y locas empresas humanas, recorría y trazaba los mapas aún tenuamente esbozados por los occidentales. Geografías aún inmersas en la más total oscuridad y enigmas. No hay que olvidar que en la infancia miserable del niño galésjohn Rowlands, luego llamado Henry M. Stanley, niño criado en siniestros orfanatos dickensianos de la Inglaterra victoriana, que luego, en 1871, encontraría al misionero perdido Livingstone a orillas del lago Tanganika y fundaría el Congo, para entregárselo a Leopoldo II de Bélgica, en la infancia de ese mismo niño, el contomo de África era lo único que en los mapas se hallaba más o menos bien trazado. Pero en el límite sur de lo entonces llamado «Sudán o Nigricia» de repente se entraba en un inmenso vacío que se extendía a lo ancho y a lo largo del África, hasta el trópico de Capricornio. «Inexplorado» era la palabra que, en grandes letras espaciadas -como cuenta la esposa de Henry Stanley, que se encargaría de editar las memorias incompletas de su marido fallecido- abarcaba un trecho de más de dos mil quinientos kilómetros, desde el círculo tropical hasta rebasar el Ecuador. Stanley sería, fundamentalmente, esto: el reportero de pluma ágil que viajaba sin descanso y que, a la vez, en su calidad de explorador, trazó caminos, desbrozó y señaló posibles piedras (los nativos lo bautizaron como Bula Mari, el Rompedor de Rocas) pero, sobre todo, esculpió mapas con el propio avance de sus pies. Alguien que descubría territorios inexplorados para el empuje insaciable del hombre blanco y para las poderosas naciones europeas, arrogantes representantes de la civilización, la única posible, que ya habían advertido, tras la guerra de Secesión americana, que un hecho de explotación frontal como lo era la esclavitud no podía seguir manteniéndose de la misma manera. Y que, en cambio, los recursos nacidos y surgidos de la misma África, podían ser casi infinitos.
Una cosa sí le dolió al célebre explorador y nunca se lo perdonó a sus numerosos enemigos y envidiosos detractores de su época, arrellanados en cómodas butacas de la altiva y aristocrática Royal Geographical Society londinense, prontos a evaluar los descubrimientos de hombres de acción como Stanley o Richard Burton («geógrafos de butaca, despertándose de su modorra para dogmatizar acerca del Nilo», los definió mordazmente Stanley): que se pusiera en duda su más loca empresa, es decir, la búsqueda y el mítico encuentro posterior del perdido Livingstone, en medio de la imponente e indescifrada África.
El veintinueve de diciembre del recién comenzado 2003 se cumplirán los veinticinco años de la sanción por el Rey y la consiguiente promulgación de la Constitución de 1978.
Ya desde principios de año se advierte que corporaciones públicas, partidos políticos, entidades y organizaciones sociales, medios de comunicación y, finalmente, no pocas distinguidas personalidades de la universidad del pensamiento y de la pluma se disponen a contribuir con estudios, documentos, informaciones y comentarios a la conmemoración de ese acontecimiento. Es asunto que ha de ocupar el interés de la opinión pública y de la ciudadanía durante largos meses. Por eso puede ser oportuno recordar cómo fueron los principios del proceso de creación y aprobación del texto constitucional.
LA REFORMA POLÍTICA
Las primeras Cortes democráticas del nuevo régimen fueron elegidas el 15 de junio de 1977, ateniéndose la convocatoria electoral y las normas que rigieron los comicios a lo dispuesto en la Ley para la Reforma Política, que había sido aprobada por una inmensa mayoría de ciudadanos en el referéndum de 15 de diciembre de 1976.
En la tramitación de esta Ley se habían Cuidado las formas y procedido con decisión y celeridad. En septiembre el Gobierno Suárez, cumpliendo normas de procedimiento heredadas del régimen anterior, envió el Proyecto al Consejo Nacional del Movimiento (que todavía existía), para «conocimiento e informe». Seguidamente, el texto, junto con ese «informe» se remitió a las Cortes Españolas (las de antes) que en la sesión plenaria de 18 de noviembre, dieron al Gobierno una victoria espectacular, que puso de manifiesto como nadie pensaba seriamente en mantener las instituciones políticas de la situación precedente. Cuatrocientos veinticinco «procuradores» votaron a favor de la Ley que pondría fin a la existencia de aquella Asamblea; cincuenta y nueve en contra; treinta y Cuatro fueron los que se abstuvieron. Fue la sesión de las Cortes orgánicas que los comentaristas políticos llamarían la del harakiri del Movimiento.
Ni en esa Ley ni en la convocatoria electoral de la primavera del 77 se precisaba que el Futuro Parlamento hubiese de ser una Legislatura Constituyente. Pero en el breve, claro y escueto texto de la Ley se enunciaban unos principios y unos preceptos que habrían de servir de fundamento y de cauce para el funcionamiento del Estado, cuya aplicación o puesta en práctica difícilmente podría realizarse sin algún tipo de momento constituyente.
En el artículo primero se establecía que la democracia española se basaría en la supremacía de la ley y que ésa debería ser la expresión de la voluntad soberana del pueblo. A continuación se precisaba que en las Cortes residiría la potestad de elaborar y aprobar las leyes, que luego serían sancionadas y promulgadas por el Rey.
Era evidente que las disposiciones fundamentales del régimen anterior habían de ser sustituidas por otro ordenamiento que respondiera a las necesidades y características políticas de la nueva monarquía de manifiesta vocación democrática que, no por nueva, dejaba de ser el régimen político histórico de España. El artículo tercero de la Ley de Reforma preveía que, con el nuevo Parlamento democráticamente elegido, se podría proceder a una «reforma Constitucional», lo cual no dejaba de ser un eufemismo que amparaba la necesidad de acometer una nueva Organización política de la nación.
De hecho, el Gobierno Suárez, desde la toma de posesión de este a principios de julio del 76, había adoptado importantes medidas políticas en orden al reconocimiento y protección de las libertades públicas y privadas (particularmente respecto de la opinión y la prensa), indultos, amnistía y acogida del retorno de exiliados, que entonces, fuera de algunos de los principales líderes del partido Comunista, eran pocos. Igualmente había desarrollado una decidida acción de diálogo y entendimiento con los partidos y prepartidos de definición democrática que salían de la clandestinidad o de la penumbra, y con los grupos que pugnaban por organizarse en partidos, plataformas, platajuntas, etc.
Esas actuaciones Gobierno del 76 definían los propósitos que animaban a los responsables del poder. La decidida y activa posición de Suárez y de sus ministros fue en aquel momento de la transición tan importante como la misma Ley de Reforma. Esta sería el texto y la política de aquel Gobierno fue su contexto.
LOS CAMINOS DE LA CONSTITUCIÓN
En el artículo tercero de la tantas veces mencionada Ley se precisaba que la «iniciativa de reforma constitucional» correspondería al Gobierno o al Congreso de los Diputados. El Gobierno, que había sido el padre o el padrino de la Ley, parecía dispuesto a asumir esa responsabilidad y se encontraba en condiciones técnicas de hacerlo. Pero se impuso la prudencia de consultar el asunto con los partidos que habían obtenido escaños en el Parlamento.
En esas conversaciones quedaron de manifiesto diversas reservas y reticencias por parte de algunos grupos a que el Proyecto o Anteproyecto de Constitución viniera del Gobierno, como también una marcada inclinación a que fuera la Cámara la que se hiciera cargo directamente de esa tarea y promoviera y desarrollara esa iniciativa legislativa de reforma constitucional, que la irrepetible situación histórica del país necesitaba.
Era esa la segunda de las opciones que ofrecía la Ley que había dado lugar a la convocatoria y elección del Congreso y del Senado. Sobre ella recayó un acuerdo político del Gobierno y de los partidos parlamentarios.
Los efectos prácticos de la Ley para Reforma Política no terminaron ahí. La Constitución incorporaría su espíritu, algunos de sus principios dogmáticos y parte de sus preceptos orgánicos. Entre los primeros, la supremacía de la Ley, la soberanía del pueblo, la inviolabilidad de los derechos fundamentales de la persona, vinculantes para el Estado, etc. Entre los segundos, la atribución a las Cortes de la potestad legislativa y al Rey la función de sancionar las leyes, el bicameralismo parlamentario, el modo de elección y hasta el número de los diputados y senadores, más la previsión de dispositivos correctores para evitar una excesiva fragmentación de las Cámaras: se preveía que se exigiera un número mínimo de sufragios para ser elegido, establecía que la provincia fuera de circunscripción electoral, etc. Otras disposiciones de Ley cayeron en desuso por su propio peso o no se aplicaron nunca, como la elección de consejeros del Reino, una institución que ya antes de junio del 77 había quedado extinguida; la vigencia provisional para las nuevas Cámaras del reglamento de las Cortes de antes, etc.
INICIATIVA CONSTITUCIONAL DE LOS DIPUTADOS
En cumplimiento del acuerdo de Gobierno y partidos sobre la iniciativa de reforma constitucional, el Congreso de los Diputados, en la que fue una de sus primeras sesiones, el 26 de julio del 77 por la tarde, aprobó una moción de la Mesa de la Cámara, respaldada por el acuerdo unánime de los portavoces de todos los grupos parlamentarios, por la que se creaba una «Comisión Constitucional» que sería la encargada de dar forma y desarrollar esa iniciativa constituyente.
Casi seguidamente, el lunes 1 de agosto, quedó formada la Comisión Constitucional conforme a lo establecido en las reglamentaciones provisionales de la Cámara, que no eran las de las otras Cortes, sino unas aprobadas por los grupos políticos del Parlamento democrático. En ese mismo día la Comisión eligió a los siete diputados a los que se encargaba la redacción de un Anteproyecto de Constitución. Sus nombres y personalidades son sobradamente conocidos de los lectores de Nueva Revista y de mucha gente más, por lo que no parece necesario repetirlos aquí. Tres de ellos, Cisneros, Herrero de Miñón y Pérez-Llorca, han honrado alguna vez nuestras páginas con sus colaboraciones y esperamos que lo sigan haciendo.
Se puede decir que en ese mismo día los siete ponentes iniciaron sus trabajos. Seis meses después, el 24 de diciembre, el presidente del Congreso ordenaba la publicación del Anteproyecto que habían redactado los siete ponentes. Lo acompañaban numerosos votos particulares redactados por ellos mismos o por los grupos parlamentarios correspondientes, que discrepaban del texto aprobado por mayoría en las sesiones de la ponencia.
Diputados individuales y grupos parlamentarios presentaron, hasta el 31 de enero del 78, setecientas setenta y nueve enmiendas a ese Anteproyecto, algunas de las cuales comprendían propuestas de modificaciones a varios artículos, o a expresiones o lugares concretos. Sólo las de la Unión de Centro Democrático, el partido del Gobierno, afectaban a unos setenta pasajes del texto del Anteproyecto.
EL ANTEPROYECTO Y LA CONSTITUCIÓN
Los ciento cincuenta y nueve artículos y cinco disposiciones transitorias del Anteproyecto fueron modificados en numerosos detalles de su texto Y algunos aspectos de la sistemática. Al Final del proceso constituyente los artículos eran ciento sesenta y nueve Y quince las disposiciones finales (adicionales, transitorias, etc.).
Al campo de la ponencia pertenecen los votos particulares de los diputados que la componían y los que presentaron en nombre de sus partidos. Los de los grupos de Alianza Popular, de la Minoría Catalana Y del Partido Comunista incidieron principalmente en el título VIII, que en el Anteproyecto se llamaba «De los Territorios Autónomos». No obstante, los tres partidos, como es de suponer, divergían ampliamente en sus propuestas.
Entre los votos particulares de los ponentes llamó poderosamente la atención del público político y del general el presentado en nombre de su partido por el diputado socialista Gregorio Peces-Barba, que proponía República en lugar de Monarquía. Eso, junto con la retirada de la ponencia de ese mismo parlamentario, fueron las notas estridentes de los primeros pasos del iter relacional de la Constitución. Suele pensarse que la propuesta republicana del PSOE no se encaminaba a plantear formalmente un debate sobre la forma de Estado, que la ciudadanía española en general daba por resuelta. Más bien parece que fuera una declaración testimonial de fidelidad a la antigua historia de las siglas de un partido que los jóvenes socialistas de Suresnes habían hecho suyas. Republicanos habían sido sus fundadores y republicanos sus dirigentes de los años en que fueron poder y en los tiempos de oposición Y de clandestinidad.
Entre el texto del Anteproyecto y el definitivo de la Constitución hay numerosas diferencias, algunas muy notables. No hay que olvidar que entre uno y otro se elaboraron un nuevo informe de la ponencia y los dictámenes de las Comisiones Constitucionales del Congreso Y del Senado, más el Proyecto del Congreso y las propuestas de modificación del Pleno del Senado.
UN PRCESO HOMOGÉNEO
Pero más que las diferencias llama la atención al estudioso o al simple ciudadano que compare unos y otros documentos la homogeneidad de todo el proceso. En la parte dogmática (Títulos I y II del Anteproyecto y Título preliminar y I de la Constitución) no hay diferencias sustanciales, aunque sí las haya de cierra importancia. Lo mismo cabe decir de la sección orgánica (Corona, Parlamento, Gobierno, Administración, Relaciones entre Gobierno y Corres, Poder Judicial y Economía y Hacienda). El Título VIII de la Constitución está más elaborado que el de la Ponencia, porque contempla no solo las «autonomías territoriales», sino toda la Organización Territorial del Estado. También es, ha sido y será el título más debatido, defendido y combatido del texto constitucional, como corresponde al que es también el más novedoso en la historia del Estado español.
Respecto de toda esta cuestión de la distribución territorial del Estado -y del poder- hay que tener cuenta que a lo largo del proceso constituyente, se fueron produciendo los primeros e irreversibles hechos del proceso preautonómico, junto con el restablecimiento provisional de la Generalidad de Cataluña Y creación del Consejo General del País Vasco (pasos previos a la recuperación de las instituciones estatutarias de los años 32 y 36).
La sistemática general del texto del Anteproyecto coincide casi literalmente con la que corresponde a la Constitución. Probablemente la letra de la mitad o más de los artículos también. Había una voluntad política de consenso entre los partidos del Gobierno y los de las oposiciones y entre sus dirigentes. Eran un reflejo del clima general de entendimiento y tolerancia que reinaba en la casi totalidad de la nación; pero fue un mérito particular de los siete ponentes haber acertado a dar forma -aunque fuera en forma de borrador y en sus grandes líneas- a esa necesidad y Sentimientos.
Es frecuente que, con ocasión o sin ella, los ciudadanos empleen en su vida corriente la expresión de que algo es «Constitucional» o «anticonstitucional». A veces esas palabras responden simplemente a que uno cree que tiene derecho a algo y que otro no. Pero también significan que la ciudadanía española se ha tomado en serio la Constitución, sabe de qué tratan sus principios y sus preceptos, aunque no la haya leído nunca ni acaso piensen hacerlo.
En repetidas ocasiones a lo largo de estos años se han celebrado actos de reconocimiento a los ponentes de la Constitución. Probablemente ellos no lo hicieron todo, ni siquiera lo más importante. Pero acertaron a dar forma a un conjunto de ideas, sentimientos, aspiraciones y experiencias de más de la mitad de sus compatriotas de hace veinticinco años. También los que han venido después, que ya son varios millones, sabrán apreciar, si se les explica bien, el resultado de todo aquel proceso.
Poeta, profesor, traductor, editor, crítico cinematográfico… Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), pese a su juventud, ha frecuentado ya casi todas las trincheras de la literatura y en todas ha combatido con inteligencia y rigor. Fue un lujo, por ejemplo, oírle hablar de Luis Cernuda el verano pasado en El Escorial. Lo hizo con profundidad y claridad nada habituales y sin caer en las reiterativas imágenes que, tan a menudo, se nos dan de los poetas. Una intervención de esas que provocan sana envidia y deseos de emulación. A la obra del poeta sevillano está dedicada, precisamente, su tesis: La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento de Luis Cernuda (Eunsa, 2000).
El primer libro de poemas de Gabriel, Vísperas del silencio, recibió el premio Gerardo Diego de 1991. El último, hasta ahora, ha sido finalista del Premio Nacional de Poesía (Últimos días en Sabinia, Pre-Textos 2001). Fina percepción de las analogías, serena reflexión, sabiduría para representar lo intangible con imágenes tangibles: ésas son, a mi juicio, algunas de las virtudes de la poesía de Gabriel Insausti, de quien ofrecemos este adelanto de su próximo libro que verá la luz en la Editorial Renacimiento.
POÉTICA
Gabriel Insasuti
Un servidor es poco dogmático en cuestiones sublunares, que obligan a caminar por terrenos movedizos, cambiantes, relativos: mejor dejar el dogma para cuestiones supralunares, si es que las hay. Quiero decir con esto que entre mis numerosas virtudes no se encuentra la de poseer una estética definida, cerrada y excluyente: como lector, la poesía que me gusta puede ser experiencialista o culturalista, expresiva o parca, narrativa o puramente lírica, de derechas o de izquierdas, partidaria de Gwyneth Paltrow o de Rocío Jurado. Que todo tiene su interés.
Lo que sí puedo aventurar es qué ha sido la poesía para mí hasta ahora y —cosa llamativamente distinta— qué pretendo yo que sea. Aunque no desdeño el juego verbal, esto de la poesía siempre me ha parecido más bien un modo de estar en el mundo, que en mi caso tiene que ver con una actitud contemplativa, con un cambio de ritmo, con un paréntesis en la actividad diaria; más que un oficio, una modalidad del ocio, en el sentido más aristotélico. Soy una persona de temperamento marcadamente visual, más que sensual: no imagino mayor privación que la ceguera ni mejor comunión que la mirada. Y creo que eso se nota en la tendencia de mis versos a construir escenarios aptos para un determinado acontecimiento. Vamos, que me parece irrenunciable el arranque espaciotemporal, la situación. ¿Qué sería entonces el poema? Pues el residuo — o el fingimiento— de un momento feliz en que las cosas han tenido un sentido, han rezumado una luz distinta: ese momento en que se atisba algo que escapa al criterio habitual con el que medimos la realidad. Quizá por eso me empieza a interesar introducir el tema religioso, hasta ahora ausente casi por completo. Claro está que la poesía traiciona toda poética: lo.que acabo de decir sólo se corresponde someramente con los poemas que presento, que además tienen —al menos dos de ellos— mucho de ejercicio. Pero en fin: el poeta propone. Lo que no está claro es quién dispone.
EL ECO DE MI PROPIA FANTASÍA
¡El lento resoplar de aquellos trenes
en la estación del Norte! Los andenes
vestidos de un tumulto desgarbado,
los mozos, la consigna, aquel tejado
que daba en las cocheras a la vista
un toque Victoriano o impresionista.
Un silbato: la hora. Los viajeros
repetían adioses y tequieros.
Después, sobre el espacio de la vía,
flotaba una sutil melancolía
que contaba, sin fin, la misma historia
eterna como el giro de una noria.
Yo veía pasar esos vagones
cargados con las tercas invenciones
de mi imaginación, hacia un lejano
paisaje del oeste americano.
Así, sin sospechar de los países
su seca geografía en tonos grises,
viajaba en una azul locomotora
que entonces era mágica. Y ahora
la estoy viendo llegar desde el pasado:
los mozos, la consigna, aquel tejado…
Extraña realidad, que parecía
el eco de mi propia fantasía.
LAS CIGÜEÑAS
Para Eduardo y Alkain
Suelen llegar sin falta a nuestros pueblos
en los días de marzo, inevitables
como el sol que las guía. Y traen consigo
el cansancio cobrado de otras tierras
cuyo clima mudable les obliga
a buscar el cobijo entre nosotros.
Construyen en la torre de la iglesia
la corona de espinas de sus nidos
y encuentran en las piedras, agrietadas
por la edad o el descuido de los hombres,
la insólita firmeza que persiguen.
No saben nuestros sueños, desconocen
que acaso sus celosos anfitriones
sentimos el deseo de imitarlas.
Su estancia sólo dura lo que el paso
del viento, lo que dura su fatiga.
Se marchan y las vemos alejarse
hacia ese sur que nunca exploraremos.
LA POESÍA
Ese raro momento en que las cosas
y su nombre coinciden. Esa insólita
urgencia por salvarlas del olvido
que entonces se abre paso entre palabras.
Ese instante certero que trastoca
la luz de los objetos y nos muestra
su humanidad posible. Esa certeza
que después sobreviene recordándonos
cómo todo camina hacia la muerte.
Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nornordeste;
pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.
Hamlet.
I
Habíamos pasado una alegre velada. Nuestras estrellas no habían atenuado su poco desdeñable influjo sino a la alborada; y mientras Phoebus se alzaba, «jocundo sobre la cima de las montañas neblinosas», yo me dedicaba a ajustar el pie en el estribo y montar sobre mi noble corcel Príamo, para abrirme camino por un pasaje cercano y a través de estrechos senderos indios hacia mis aposentos, en la pequeña ciudad de C., al borde mismo del Misisipí. Eramos una docena, alegres jaraneros todos, medio ebrios de vino y de risas, y el viaje de siete millas se hizo breve. En menos de dos horas ya me encontraba dormitando cómodamente en mis propias sábanas y soñando con las gemelas del viejo Hansford Owens.
Y bien valían un sueño aquellas preciadas damiselas. En verdad parecían haber pasado ipso facto a formar parte de mi existencia. Acaparaban mis pensamientos, estimulaban mi imaginación y -si no es impertinencia revelar algo del corazón de un voluble muchacho de dieciocho años- allí estaban ellas, en lo más profundo del mío -ambas, permítaseme decir, por cuanto siendo gemelas, estaban dotadas de igualdad de derechos de natura-. Todavía no había yo llegado a determinar cuál de ellas me cautivaba más, si acaso esto fuera posible. Una tenía la piel clara, la otra oscura; una era pensativa, la otra alegre y feliz como un cascabel en manos de Venus. Susannah era mansa como buena hija de Anciano; Emmeline, tan traviesa que bien podría haber turbado al santo más manso del calendario, por muy digna pose que exhibiera en su pedestal. Confieso que aunque pensaba constantemente en Susannah, siempre procuraba a Emmeline primero. Era la morena: una de estas bellezas resplandecientes, chispeantes, efervescentes -perpetuamente desbordante, exultante-, rebosante de apasionantes fantasías que correteaban de puntillas, casi volando, a través de sus pensamientos. Era una criatura que te hacía hervir la sangre en el pecho -que te hacía elevarte por encima de tus pies y soñar, por un instante, que tus talones tenían tanto derecho al mando como tu cabeza. Agraciada también -radiante, si no absolutamente perfecta en sus facciones; su influencia, cual la del sol, te exponía permanentemente a una suerte de resplandor. Cantaba bien, hablaba bien, bailaba bien -siempre ligera y viva-, parecía nunca necesitar descanso y, dicho sea también, rara vez se lo concedía a los demás. La danza era su gracia y gloria suprema. No era ninguna Taglioni ni ninguna Ellsler, no es eso lo que insinúo, pero sin duda era una artista nata. Todo movimiento era un estudio. Toda mirada era vida. Su forma se entregaba a la más dulce exuberancia de la pose y se alzaba en movimiento con una suavidad tan exquisita como si fuera Venus emergiendo sobre la espuma del mar; y puesto que portaba su propia afectación de manera tan natural, te hacía anhelarla y contemplarla como parte esencial de su encanto, confieso. ¡Pero no! ¿Qué digo? ¿Por qué haría yo tal estupidez?
Susannah era una criatura muy diferente. Era una chica de piel clara, incluso algo pálida, quizás, cuando sus facciones estaban en reposo. Tenía un pelo rubísimo, suave y frondoso, y ojos azul oscuro. Esta, en vez de hablar, observaba; era de pocas palabras y muchas miradas. En su silencio, en cambio, no era necesariamente silenciosa. Por el contrario, su misma mudez comportaba con frecuencia un significado, que se transmitía a través de su mirada sin requerir más aclaración. Parecía ser capaz de leerte en un golpe de vista, pero la límpida dulzura de su mirar la descargaba de ofensa alguna en ello. Si Emmeline era la gloria de la luz del día, Susannah era la soberana de la sombra. Si la canción de la una te llenaba de exultación, la de la otra despertaba toda tu ternura. Si Emmeline era la criatura de la danza, Susannah era la atrayente y seductora Egeria, que podía arrancarte de tu propia presencia en los momentos de respiro y reposo. Por mi parte, sentía que podría pasar todas mis mañanas con la primera y todas mis tardes con la segunda. Susannah, con sus ojos grandes, azules y lacrimosos, y sus escasos aunque susurrantes y siempre suaves acentos, brillaba sobre mí al caer la noche, como esa última estrella que aguarda en la bóveda nocturna la llegada del amanecer azul zafiro.
Así eran las doncellas; y todas estas fantasías, por no decir sentimientos, eran fruto de haberlas tratado tan sólo tres cortos días; pero en aquellos tiempos, los pensamientos viajaban alegre y rápidamente -cuando todo lo que toca a las fantasías y a los afectos es captado en un instante, como si la mente no fuera más que una amalgama de instintos, y las sensibilidades, con mil delicadas antenas, estuvieran siempre a mano para hacer de ellas presa.
Squire Owens era un hacendado de condición aceptable. Era viudo, con estas dos hijas preciosas y adorables á su cargo, nada más. Pero, ¡líbreme el cielo! Mi corazón distaba mucho de ser calculador. Ni la riqueza del padre ni la belleza de las chicas me habían movido a pensar en el matrimonio. La vida era lo suficientemente placentera así sin más. ¿Por qué añadirle cargas? Déjate, decía yo. No deseaba en absoluto ser más feliz. Mis pensamientos nunca habían dado cabida a la idea de una esposa. En qué hubiera desembocado una relación frecuente con aquellas damiselas, nadie lo sabe; pero por el momento, me contentaba con bailar con Emmeline, fantasear con Susanah y… ¡que viva el devaneo!
No habré de decir nada más de mis sueños, ya que el lector de sobra conoce su fondo. Aquel día me acosté tarde y me levanté justo a tiempo para el almuerzo, que en aquella casi primitiva región tenía lugar a las doce en punto del mediodía. No tenía apetito. Un arenque y una soda hubieran bastado, pero semejantes cosas no se gastaban en aquella casa. Soporté, lo mejor que pude, tanto el día como el dolor de cabeza; dormí profundamente aquella noche, albergando ora las más cautivadoras fantasías con Emmeline, ora los más gratos sueños con Susannah; la una o la otra estaban siempre presentes, usurpando el lugar de una brillante y particular estrella en lo más fecundo de mi imaginación. Lo cierto es que, en aquellos días de gloria, mi ingenuo corazón no intuía terror alguno en la poligamia. Me levanté como nuevo, fresco y ansioso por comenzar un nuevo día. Apenas había terminado de engullir el desayuno, cuando Príamo estaba ya a la puerta; pero mientras me disponía a montar, con los pensamientos colmados de las mansas virtudes de Susannah, fui detenido y abordado por ni más ni menos que Ephraim Strong, el herrero del pueblo.
-Veo que sales de viaje.
-Sí.
-Hacia Squire Owens, me supongo.
-Cierto.
-Pos pega el ojo al camino, que dicen que el famoso Archy Dargan sascapao de la cárcel de Hamilton.
-¿Y quién es ese Archy Dargan?.
-¿Cómo? ¿Qué quién es? Pues el loco que estaba encerrao ahí, hará cosa de dos años.
-¿Así que un loco?
-Sí, y furiento como pocos. El hombre blanco más astucioso que haiga. Habla como un libro y se las sabe todas el mu escuderrizo. Al principio, te eres que está cuerdo como cualquier otro, pero de repente salta, como un caballo desbocao, y cuando te quiés dar cuenta, ¡zas! Ta roto la cara. Cuando embiste, es cuchillo o pistola, hacha o palo, lo primero que agarre. Ya se ha cargao a dos, y degollao a otro que casi lo mata. No taconsejo que te lo encuentres, anda con mil ojos.
-¿Qué tipo de hombre es?
-¿De aspecto?
-Eso mismo.
-Pos digo yo que más o menos como de tus carnes. Es joven y larguilucho, de piel clara, pelo castaño y un ojo azul agudo y veloz que no mira nunca fijo. Estate ojo avizor. El sheriff con su ven y cógenos si te atreves ha salió a por él, pero éste esquiva que da gusto, y ya les llevaba ventaja doce horas antes que le echaran de menos.
II
Tales noticias no me inquietaron. Tras llegar a la rápida conclusión de que sería extraño encontrar a un loco en las afueras y por la carretera, dejé a un lado el asunto. No había lugar en mí sino para meditaciones placenteras. La blanca Susannah acaparaba ahora mis fantasías soñadoras y, dándole la vuelta a la fusta, cuya asa de marfil cubierta de plomo se me antojaba ser arma suficientemente potente para conjurar el peor de los peligros, me despedí de mi amigo herrero y me lancé presto por el camino. Galopando a paso constante llegué a las afueras de la población y, una vez en el bosque, me regalé con la deliciosa despreocupación de la juventud, hasta sus más placenteras y seductoras imaginaciones. Calculo que había recorrido una milla o algo más -habiendo dejado ya muy atrás la historia de aquel perturbado- cuando un giro repentino en el camino me dejó ver a una persona, también a caballo, que se acercaba hacia mí a trote ligero, a unas veinticinco o treinta yardas de distancia. Su aspecto no denotaba nada de particular. Era un sencillo granjero o leñador, vestido con ropa hecha a mano y montado en un animalucho rechoncho recién sacado del campo. El jinete era un individuo enjuto de largas piernas, de unos treinta años de edad. Parecía bastante inocente, un tipo simplón y boquiabierto del que a primera vista se intuye que no osaría prenderle fuego a ningún bosque de los alrededores. Pertenecía evidentemente a una clase tan humilde como simple era su condición, pero yo fui educado en una escuela donde aprendí que la pobreza exige tanta cortesía como la riqueza. En consecuencia, a medida que nos íbamos acercando, me dispuse a otorgarle el reconocimiento habitual de todo paisano que se encuentra en el camino. ¿Qué dice Scott? No sé si recuerdo bien la cita:
«No se saluda en bosques remotos como se acostumbra en calles apacibles».
Así que, haciendo acopio de mi mejor humor, redondeé los labios en forma de sonrisa y preparé mi salva. Ahora bien, para explicar el efecto que aquello causó, debo advertir que mi apariencia personal en aquella época era bastante fiera e impresionante. La risa colmaba mi rostro y mi carácter desprendía euforia por los cuatro costados. Tenía el pelo muy largo; éste caía en cascada sobre mis hombros, sin la menor oposición por parte de la gorra que solía llevar puesta, la cual llevaba en mano junto a la fusta mientras avanzaba bajo la sombra de aquellos robustos árboles. Según se acercaba el forastero, extendí el brazo, con lo que la gorra y la fusta se elevaron en el aire, y con un brillante y generoso ejercicio de pulmones grité: «¡Buenos días, amigo mío! ¿Cómo te está tratando el mundo hoy?».
El efecto de tal salutación fue prodigioso. El tipo no dio respuesta alguna. Ni una sola palabra, ni una sola sílaba, ni el más mínimo ademán con la cabeza, mais, tout au contraire… Si no hubiera sido por la dilatación de sus desconcertadas pupilas y la caída de su mandíbula inferior, sus facciones bien podrían haber sido cinceladas en piedra, y mostraban una expresión de consternación; le vi despertar del letargo en el que parecía sumido y agarrar la brida, tras lo cual se agazapó en la silla, retuvo al caballo y, como con súbita resolución, se arrimó al otro extremo del camino tanto como se lo permitieron los árboles. La maleza era demasiado espesa como para permitirle adentrarse en el bosque en el lugar donde nos encontramos, de lo contrario lo hubiera hecho sin dudarlo. Algo estupefacto por ver aquella reacción, dije algo, no logro recordar qué, lo que tuvo un efecto todavía más impresionante en él que mis palabras anteriores. Nuestros caballos estaban ya a punto de cruzarse – la vía por la que transcurríamos era un simple camino de carros, de digamos unos doce pies de ancho. Yo hubiera alcanzado a tocarle con la gorra al pasar y, puesto que todavía la llevaba alzada, él parecía imaginar que tal era mi intención, ya que inclinando su cuerpo entero al lado contrario sobre su jamelgo, a semejanza de los comanches cuando pretenden lanzar una flecha a su enemigo bajo el cuello, hizo que sus tacones, aunque desprovistos de espuelas, fustigaran con la rapidez más asombrosa ambos flancos de su adormilado animal, y ciertamente no en vano. La bestia arrancó al trote, después pasó al medio galope y finalmente al galope, lo que muy pronto puso tierra de por medio entre los dos, puesto que íbamos en sentido contrario.
«¡Ese tipo está loco!», pensé y exclamé mientras, ladeando el caballo, le vi mirando hacia atrás, todavía hincando los tacones en los costados de su renuente jaco. Al instante siguiente hallé la solución al asunto. Este sencillo paisano había escuchado la historia del desequilibrado dé la cárcel de Hamilton. Mi cabeza descubierta, mi pelo largo al viento, mi conducta eufórica y mi salutación ruidosa y quizá insólita, le habían convencido de que se trataba de mí; y no se me ocurrió más que seguir el juego hasta el final, así que, con un amor infatigable por la frivolidad, lo que me ha causado más de un quebradero de cabeza, coloqué la fusta sobre el cuello del caballo y le dirigí en persecución de aquel individuo. Era un buen jamelgo el mío, así que muy pronto la distancia entre mi presa y yo quedó reducida. Al escuchar las pisadas a su espalda, el atemorizado fugitivo redobló sus esfuerzos. Se empeñó en ello con todas sus energías, zurrando los costados del asno con renovado ahínco; y así le obligué a seguir durante una milla, hasta que las primeras casas del poblado se hicieron visibles a la distancia. Después me volví camino a casa de los Owens, riéndome a carcajadas de tan inusitada persecución y la no encubierta consternación del lugareño. La historia aportó harto regodeo a mis hermosas amigas Emmeline y Susannah. «Es tan ridículo pensar que alguien como yo sea tomado por un loco, que ese tonto bien merecía el escarmiento». En aquellos puntos estábamos todos totalmente de acuerdo. Pasamos una noche encantadora y la compañía no se separó hasta cerca de la una de la madrugada. Nos divertimos y gozamos con los violines; bailé con las gemelas por turno, y más de una vez con una tal Miss Gridley, una chica muy hermosa que se encontraba allí. Squire Owens estaba de un humor inmejorable y, «no faltaba más», me hicieron quedarme aquella noche.
III
Un nuevo y delicioso día nos amaneció al siguiente. El desayuno se convirtió en una feliz imagen de familia, que yo comenzaba a pensar, sería cruel interrumpir. Tanta calidez me invadía sentado al lado de Emmeline, y tan dulcemente se ocupaba Susannah de la cafetera, y tan patriarcal se veía el anciano supervisando el círculo que formábamos, que todas mis meditaciones favorecían la toma de ciertas medidas a fin de perpetuar la escena. La mayor dificultad se me antojaba ser la necesidad de realizar una elección entre las hermanas.
«Qué feliz sería yo con una,
Si el otro dulce encanto estuviera lejos».
Me volvía ahora de la una a la otra, lo cual sólo servía para aturdirme aún más. La mirada viva y el habla juguetona de Emmeline, su rostro que desprendía amor en forma de sonrisa y su aire eufórico y espontáneo eran majestuosos de ver; pero por otro lado, el aspecto pensativo y concienzudo de Susannah y la suave cadencia de sus tonos parecían siempre alcanzar lo más profundo de mi alma, y ciertamente eran más longevos en mi recuerdo. Presente, Emmeline era irresistible; ausente, yo pensaba principalmente en Susannah. El desayuno había concluido ya sin conseguir tomar una decisión. Pasamos a la sala y allí -Emmeline al piano y Susanah Coleridge en mano, su poeta favorito- me deleité tanto o todavía más que antes. La brillantez de la primera me dejó completamente sin aliento; y cuando le supliqué a la otra que me leyera el enternecedor poema de «Genoveva», su grave, tenue y exquisitamente modulada declamación -tan conmovedora, tan fiel al sentimiento patético y seductor, tan armoniosa incluso cuando se quiebra, tan emocionante aun a la hora de la verdad, en el susurro- me ofreció iguales trabas a la resistencia. Como asno apostado entre dos fardos de heno, mis ojos vagaban de la una a la otra, inciertos de dónde asentarse; y así pasaron las dos primeras horas tras el desayuno.
La tercera nos trajo una adquisición a la reunión. Escuchamos pisadas de caballos abajo en el patio y todos se abalanzaron a las ventanas para ver al recién llegado. No le vimos más que de refilón – un personaje alto y bien parecido, de unos treinta años de edad, con un poblado bigote y una enorme capa militar. Squire Owens le recibió en el salón y allí permanecieron juntos entre media hora y tres cuartos. Era sin duda una visita de negocios. Las chicas morían de curiosidad por saber de qué se trataba, y yo quedé desazonado al contemplar que Emmeline ya no procuraba interesarme con tanto ardor como antes. Ahora pasaba desidiosamente las páginas del libro de música, o aporreaba las teclas del piano como uno que piensa en otra cosa. Susannah no parecía estar tan perturbada, todavía seguía estimulándome con los pasajes más placenteros del poeta; pero yo me daba cuenta, o me imaginaba, que incluso ella albergaba cierta curiosidad por la llegada del individuo: volvía los ojos de vez en cuando hacia la puerta de la sala al más mínimo sonido de pasos y a veces me miraba con un ojo ausente durante mis más jugosos puntos de conversación.
Se escuchó un gran revuelo en el interior, rumores y chirridos de pasos. La puerta se abrió y, acompañado por el padre, el extraño hizo su aparición. Tenía un aire bastante distinguido. Era alto y de cuerpo simétrico y bien modelado. Su rostro era marcial y expresivo. Su tez era marrón oscura; sus ojos, grises, grandes e inquietos; su pelo, fino y alborotado. Era de porte muy erguido; la capa, bastante deteriorada, la llevaba abrochada hasta el mentón. Sus movimientos eran rápidos e impetuosos y parecían obedecer al más leve sonido, ya fuera de su propia voz o la de los otros. Se acercó hacia el grupo como si se tratara de un viejo conocido; sin duda, con las maneras de un hombre acostumbrado a codearse con la crema de la sociedad. La soltura con que se desenvolvía no le hacía preponderante, con una cortés deferencia que distinguía su conducta siempre que dirigía la palabra a las damas. No obstante, hablaba como quien tiene autoridad. Sus tonos estaban revestidos de cierto toque señorial, una convicción enfática en sus ademanes que parecía decir la última palabra en cualquier cuestión; y tras un corto espacio de tiempo advertí que, de ahí en adelante, si yo desempeñaba papel alguno en su presencia, ciertamente no era el de protagonista. Emmeline y Susannah ya no tenían oídos para mí. Me bastaba hablar para percibir una cierta medida de impaciencia en la primera, como si no se tratara sino de una interrupción de sonidos mucho más placenteros; e incluso Susannah, la mansa Susannah, dejó a un lado su Coleridge sobre una banqueta para consagrar toda su atención al imponente extraño.
Poco menos agradable efecto tuvo aquello sobre el anciano. El coronel Nelson -tal era su nombre- había venido para negociar la venta de la parte superior de su campo de molinos, un terreno de unos cuatro mil acres, cuya venta le resultaba absolutamente necesaria para evitarle ciertos aprietos. A juzgar por la conversación que habían mantenido, parecía que los preliminares serían fáciles de negociar y Squire Owens estaba de un humor auténticamente inmejorable. Era nada menos que el coronel Nelson, el coronel Nelson. Las chicas no parecían necesitar esta influencia, aunque evidentemente la apreciaban; y en el curso de la primera media hora tras su presentación, sentí que mi presencia se hacía más y más accesoria. El extraño hablaba en arrebatos de pasión -al principio en tonos suaves-, de un modo entrecortado y dubitativo, tras lo cual, como si hubiera dado con la clave, se dilataba en un torrente de palabras, elevando la voz a la par que el pensamiento, hasta que, dando un sobresalto, se colocaba encarando a su oyente. No puedo negar que su lenguaje gozaba de riqueza y su pensamiento de calidez y colorido, lo cual me fascinaba tanto como me asombraba. Sólo cuando había llegado casi al fin uno comenzaba a preguntarse qué era aquello que había aportado tanta calidez y si la idea que acabábamos de escuchar era consecuencia legítima de la elaboración de las propuestas previas. Pero yo no me encontraba de humor para escuchar al extraño ni para analizar lo que decía. Consideraba mi situación demasiado embarazosa, con una vergüenza que no se vio aliviada al percibir que ninguna de las dos damiselas musitó una palabra en contra de mi proposición de marcharme. La más mínima solicitud de su parte hubiera bastado para reconciliarme con mi momentáneo oscurecimiento pero, ¡no! Permitieron que me levantara y declarara mi propósito sin hacer gesto alguno. Una fría cortesía de su parte y una educada reverencia del coronel Nelson fueron todo reconocimiento a mi despedida; Squire Owens me acompañó hasta la puerta y permaneció conmigo hasta que el caballo estuvo presto. Mientras salía por el portalón, alcanzaba a escuchar la rica voz de Emmeline ascendiendo exultante al son de su piano, y mi imaginación me obsequió con la imagen del coronel Nelson, con ella de un lado y la mansa Susannah del otro, lanzándole esas miradas de soslayo que con tanta frecuencia me había dirigido a mí. «¡ Ah, pérfidas mujerzuelas!», exclamé con la amargura de un corazón pueril; «así que éste es el amor de una mujer».
IV
Rumiando semejante sinsabor, habría ya recorrido una milla cuando de repente escuché el sonido de voces humanas; mirando hacia arriba, descubrí a tres hombres a caballo justo enfrente de mí. Se encontraban allí apostados y aparentemente aguardaban mi llegada, hablándose entre murmullos. «¡Es él!», dijo uno. «¿Seguro?, preguntó otro. Un silbido casi en pleno oído me hizo volver la cabeza y, al hacerlo, mi caballo fue agarrado por la brida y yo recibí un severo garrotazo por encima de los oídos, lo que me derribó, casi inconsciente, hasta caer al suelo. En un instante, dos robustos tipos se arrojaron sobre mí, ocupados en la encomiable tarea de atarme de pies y manos. Malherido, adolorido y completamente confundido por la sorpresa, no estaba preparado para soportar esta humillación con paciencia. Luchando de manera varonil, por un momento conseguí desembarazarme de ambos agresores. Pero otro garrotazo, que dio a parar en mis sienes, aplicado sin moderación ni contemplación alguna, me dejó sin sentido. Cuando me recuperé, me encontré en un carro, maniatado y con la cabeza vendada con un pañuelo rojo de algodón, y con el pecho y los brazos cubiertos de sangre. Sentado a mi lado en el carro había un robusto individuo, mientras que otro conducía, y a ambos lados del vehículo había sendos hombres a caballo, bien armados con una escopeta de dos cañones.
– ¿Qué significa todo esto? -pregunté-. ¿Por qué estoy aquí? ¿A qué se debe esta agresión? ¿Qué pretenden hacer conmigo? –
– Déjate de bullangueras -dijo uno- No queremos hacerte daño, sólo ponerte a salvo. Tuvimos que darte un golpecito en la cabeza por tu propio bien.
– ¡Claro! ¿Cómo no? -exclamé resintiéndome de aquel fatídico golpe en la cabeza, que a cada segundo dolía más-, pero, ¿me dirían qué objeto tiene todo esto y en qué sentido mi propio bien requería que me rompieran la cabeza? –
– Podrías haber salió peor parao, por allá encubrió -respondió el portavoz-, pero nosotros conocíamos tu sitiación y te despachemos rápidamente. Pero cállate ahora…
– ¿Qué significa eso? ¿Cuál es mi situación? –
– Que lo sabemos todo, hombre. Pero cállate ya, o tendremos que darte del pellejo.
Esto decía sosteniendo en alto una enorme fusta. Ya tenía pruebas suficientes de la falta de escrúpulos de mis compañeros de viaje como para osar provocarles más, así que, con silencioso recelo, volví la cabeza hacia el otro lado del vehículo. Ese vistazo me reveló la verdadera historia de mi desgracia y me proporcionó amplia respuesta a todo este misterio. Quién hubiera pensado que me encontraría ahí mismo nada menos que al tipo a quien había perseguido el día antes. La verdad se hizo evidente. Me habían capturado pensando haber encontrado al demente que se escapó de Hamilton. Por eso me habían dado «un golpecito en la cabeza por mi propio bien». Al despertar en mí tal conjetura no pude evitar la risa, especialmente al contemplar el todavía dubitativo y aprensivo rostro del hombre que se encontraba a mi lado. Mi risa produjo un efecto muy molesto entre todos los implicados. Era una señal más temible de lo que hubiera sido mi ira. El tipo a quien había amedrentado se alejó un poco más del carro y el hombre que había actuado de portavoz y que parecía llevar la iniciativa en el asunto, dio un golpe con el látigo.
– No te deslices, amigo -dijo él-, o tendré que atizarte otra vez. Nada de bullangueras.
– Me han tomado por un loco, ¿no es eso? -dije yo.
– Tú sabrás lo que eres. A la vista está.
– ¿Y es este tonto quien se lo ha hecho creer?
– ¡Saber! –
– Cometen un gran error.
– ¡No me digas!
– ¡Es cierto! Llévenme a C. y se lo demostraré, por la palabra del general Cocke, o de Squire Humphries, o de cualquier otro tipo de la ciudad.
– No, no, amigo mío. De ésta no te sales. No hay duda que eres el hombre que busquemos. Respondes a la decrición, y Jake Sturgis, aquí presente, ha presentao renuncia de que le siguiste ayer, loco de atar, durante una hora por el sol. No necesitamos más pruebas.
– ¿Y dónde pretenden llevarme? -inquirí con toda la serenidad de la que pude hacer acopio. –
– Pos te meteremos en una jaula que hay por aquí al lao, y cuando el sheriff venga te llevará a tu vieja morá en la cárcel de Hamilton, donde seguro que tatarán más corto esta vez. Hemos llamado al sheriff y su «ven y cógenos si te atreves» y calculo que llegarán pa la puesta el sol.
V
Esto sí que era una «sitiación». Ardiente de indignación, pude no obstante dominarme lo suficiente para ver que cualquier ebullición de rabia por mi parte sólo confirmaría sus impresiones sobre mi locura. En consecuencia, dije muy poco, y lo poco que dije se limitó a un intento de explicar la persecución del día anterior, en la cual Jake Sturgis había basado aquella infeliz «renuncia». Pero como no era capaz de hacerlo sin echarme a reír, incurrí en el peligro del azote. Mi risa no presagiaba nada bueno: Jake se apartó otra vez hacia la cuneta, el hombre sentado a mi lado aprestó su porra y la potente fusta del cabecilla del grupo se levantó en amenazante gesto. Obviamente, no había lugar para la risa, y ésta cesó de manera natural en lo que a mí respecta al percibir la «jaula» donde me habrían de encerrar. Este tipo de instalación es bien conocida en las partes menos civilizadas del país. Es un lugar donde se acostumbra a poner gente a buen recaudo en ausencia de cárceles y de los oficiales competentes. Se les conoce técnicamente como «toriles» y están hechas de enormes troncos que se cruzan formando un ángulo recto, dando lugar a una cabina hueca; los troncos son demasiado pesados para moverlos y la estructura demasiado alta para escalarla, sobre todo si el prisionero tuviera la mala fortuna de estar, como yo, considerablemente atado de pies y manos. Me resistí terriblemente a entrar en este lugar. Supliqué con todas mis fuerzas y me revolví con furia, pero fui arrojado dentro sin ningún remordimiento; y en la más absoluta desesperación y vejación, allí yacía, cara al suelo, medio enterrado entre las hojas, llorando, lamento confesar, amargas lágrimas de impotencia y de vergüenza.
Mientras tanto, la noticia de mi captura se esparció por todo el lugar; no mi captura en sí, sino la del famoso loco, Archy Dargan, que se había escapado de la cárcel de Hamilton. Era un acontecimiento, así que empezaron a llegar visitantes. Mis captores, que vigilaban al exterior del cubil, estaban bien ocupados respondiendo preguntas. Hombres, mujeres y niños, campesinos y señores, y finalmente, damas y damiselas, se acumularon alrededor de mí; tal muchedumbre de ojos que atravesaban las grietas de mi mazmorra de troncos para ver al extraño monstruo que les amenazaba, ahora desarmado de sus terrores, era, en palabras de uno de mis guardianes, «algo muy ponderoso». Pero no era ésta la cuestión que más me irritaba. Los troncos estaban lo suficientemente separados entre sí para permitirme ver y ser visto, así que me acurruqué y enterré la cara más todavía que antes, si es que era posible, para encubrir mi deshonrado rostro de su curioso escrutinio. Esta conducta ofendió profundamente a algunos de los visitantes.
– No le veo la cara – dijo uno.
– ¡Atízale con un palo largo!
Con lo que comencé a exponerme a ser tratado como un oso huraño que rehúsa bailar para su guardián, ya que uno de los míos parecía de mil amores dispuesto a gratificar al espectador, y ya había empezado a afilar el extremo de una porra de diez pies de largo con el propósito de estimularme a mostrar una mayor sociabilidad, pero uno de sus compañeros le impidió llevar a efecto tan generoso designio.
– Déjate, Bosh; que si un día se vuelve a escapar, te viene a ponerte su marca. –
– Pos ties razón -fue la respuesta del otro mientras quitaba de en medio el palo.
Entretanto la gente iba y venía, y cada visitante que partía mandaba a otros. Debí pasar un par de horas en esta humillante situación, encadenado como bestia dentro de una osera, con cincuenta ojos codiciosos y hasta insaciables sobre mí. De entre ellos, una cuarta parte eran del tierno sexo; algunas de ellas se compadecían de mí, otras reían y todas se congratulaban de que me encontrara bien amarrado, incapaz de causar mayores estragos. De sus comentarios, no fue precisamente agradable constatar que estaban unánimemente de acuerdo en el hecho de que yo era una criatura de aspecto terrorífico. Vieran o no vieran mi cara, todas descubrieron que yo las miraba atemorizado, y escuché a una o dos de ellas preguntar en voz baja: -¿Has visto cómo tiene los dientes de afilados?». De lo que no hay duda es de que durante todo aquel trance no cesaron de rechinar con suma rabia.
VI
La última humillación y la peor todavía estaba por llegar; la misma que me hizo contrariarme con toda naturaleza humana y femenina durante una buena temporada. Consciente de un bullicio inusual en el exterior, me sorprendió percibir el sonido de una voz que me había sido placenteramente familiar un día. Era la de una mujer, un sonido claro, suave y transparente que hasta ese momento todavía no había asociado con nada sino con la más perfecta de todas las melodías de procedencia mortal. Y súbitamente toda armonía quedó arruinada, cual «dulces campanas discordantes». La voz era la de Emmeline. «¡Santo cielo! -exclamé para mis adentros-, ¿es esto posible?». Y al momento siguiente, escuché la de Susannah, la mansa Susannah; ella también se contaba entre los curiosos prestos a examinar las facciones del perturbado Archy Dargan.
– Madre mía -dijo Emmeline-. ¿Está ahí dentro?
– ¡Qué lugar más horrendo! -dijo Susannah. –
– Es el lugar más adecuado para una criatura tan horrenda -respondió Emmeline.
– ¿Seguro que no puede salir, padre?-dijo Susannah-. ¿No tienen los locos una fuerza inusual? –
– No te asustes en vano, Susannah, antes de haber echado un vistazo -gritó Emmeline-. Confieso que temo mirar. Tenga a bien, coronel Nelson, echar un vistazo y ver sí no hay peligro. Así que ahí estaba el confundido coronel Nelson, dirigiendo los ojos hacia mi persona y asegurando a sus nobles acompañantes, mi Emmeline y mi Susannah, que no había peligro de ningún tipo, que yo me encontraba a todas luces en un acceso de apatía.
– El paroxismo ha terminado por el momento, señoritas; y aunque se mostrara violento, le resultaría imposible salir. Parece bastante inofensivo ahora, pueden mirarle sin peligro. –
– Sí, está muy calmao ahora, señoritas – dijo uno de mis guardianes -, pero no lo estaría si no fuera por este látigo. Pretendió armarme bullangueras más de una vez, pero lo aticé contra el suelo para amenazarle. Me creo que se ha acostumbrao a él. Se puede predecir fácilmente la llegá del ataque, porque tiene un arrebato de risas espantosas.
– ¡Ja, ja! Se ríe, ¿eh? ¡Ja, ja! -tal fue la interrupción, bastante brusca, del coronel Nelson.
Si mi risa produjo tal efecto sobre mi guardián, la suya tuvo un efecto turbador sobre mí; pero la instintiva convicción de que Emmeline y Susannah tenían los ojos fijados en mí me incitó, con cierta fascinación, a alzar la cabeza y buscarlas. Pude ver sus ojos con mucha claridad. ¡Insignes traiciones! Las distinguía perfectamente junto a los del coronel Nelson, ya que los tres se encontraban en estrecha propincuidad.
– ¡Qué criatura más temible! – dijo Susannah.
– ¡Temible! -dijo Emmeline-, no veo nada de temible en él. Al contrario, parece bastante manso. Te lo aseguro, si esto es un loco, no entiendo por qué la gente les tiene miedo. –
– Pobre hombre, está cubierto de sangre – dijo Susannah. –
– Tuvimos que golpearle, señorita, un poquito en la cabeza, para reducirle. Ahora parece manso e inocente, pero tendrían que verle cuando está a punto de estallar. Basta con escuchar su risa.
No pude resistir la tentación. El último comentario de mi guardián cayó en mis oídos como si fuera una sugerencia, así que alzando súbitamente la cabeza lancé una encolerizada mirada hacia mis espectadores y les obsequié con una risotada tan terrible como fui capaz de proferir.
– ¡Ah! – fue el chillido de Susannah al recular sobresaltada.
Antes de que el sonido cesara totalmente, fue secundado desde el exterior, con un estilo más temible y natural, por parte de los experimentados pulmones del coronel Nelson. Sus alaridos sucedieron a los míos y hasta a mí me turbaron.
– ¡Qué! – gritó introduciendo los dedos a través de la grieta -, sal de ahí, sal… ¡Vamos a medir fuerzas! ¡Sacadlo, sacadlo! Estoy preparado, pecho contra pecho, hombre contra hombre, dientes y uñas, hasta el final, hasta el final. Te puedes reír, pero ¡ja, ja, ja! ¿Qué me dices a eso? No digas nada, no digas nada y quedarás como un perfecto cobarde. ¡Ja, ja, ja!
Esto causó una gran sensación en el exterior. Pude ver que Emmeline se apartó del lado de su acompañante. Éste se había entregado a un extraño comportamiento, había comenzado a forcejear con los troncos de mi mazmorra y había exhibido un grado insólito de rabia que, cuando menos, había tomado a todo el mundo por sorpresa. Mi guardián principal fue el primero que habló.
– No tenga miedo, señor. No hay peligro, no puede salir.
– Pero les digo que le saquen, sáquenle. Mírenle, señoritas, mírenle. Van a ver lo que es un loco, van a ver cómo le despacho. Escúchame, amigo, sácale de una vez por todas. Dame tu látigo, yo sé muy bien tratar a este género. Verán como le sacudo. Le voy a dar una paliza… Lucharé con él y reiré con él también. ¡Cómo nos vamos a reír! ¡Ja, ja, ja!
Su horrible risa – porque era horrible – quedó interrumpida por un incidente inesperado. Fue echado abajo tan súbitamente como yo lo había sido, con un golpe por detrás, para sorpresa de todos los asistentes. El asaltante no era sino el sheriff de la cárcel de Hamilton, que acababa de llegar y había detectado al fugitivo, Archy Dargan, el lunático más astuto que haya, como me aseguró más tarde, en la persona del apuesto coronel Nelson.
– Reconocí al bribón por su risa; la oí a media milla de distancia – dijo el sheriff al plantarse frente al postrado individuo y proceder a arrestarle como es debido, de lo cual se derivó una lógica concatenación de sucesos.
– ¿A quién tengo entonces aquí? – fue la sapiente inquisición de mi captor, el mismo tipo cuyo látigo había ejercido una influencia tan potente sobre mi imaginación.
– ¿Quién? ¿Tienen a alguien ahí? – preguntó el sheriff.
-¡Digo yo! Atrapemos un tipo que Jake renunció diciendo que era el loco. –
-Sáquenle de ahí, pues, y pídanle perdón. Yo me haré cargo de Archy Dargan.
Mi aparición ante las atónitas damiselas no fue gratificante para ninguno de nosotros. Yo me encontraba lleno de barro y sangre, y ellas de confusión.
– ¡Oh, señor, quién hubiera dicho que se trataba de usted, mire cómo le han dejado!
Tal fue la observación de Emmeline cuando se recuperó. La de Susannah no fue menos previsible.
– Lo lamento tanto, señor…
– Ahórrense sus condolencias, señoras – mascullé de mala manera a la par que montaba sobre mi caballo-. Les deseo un muy placentero día.
– ¡Ja, ja, ja! -exclamó el lunático, revolviéndose en sus ataduras -. ¡Un muy placentero día!
Las damiselas salieron despedidas en una dirección, con la misma rapidez que yo en la opuesta. Desde ese día, estimado lector, nunca me he vuelto a permitir atemorizar a un necio ni enamorarme de un par de gemelas; y si algún día llegara a casarme, se lo aseguro, la afortunada no será ni una Susannah, ni una Emmeline.
® WILLIAM GILMORE S I M M S
Traducción del inglés: Jaime Bonet © 2003

En la Grecia arcaica los primeros «maestros de verdad» fueron los poetas1. Como sagaces consejeros y educadores que fueron, los poetas resultaron muy apreciados por todo el pueblo antes de que vinieran los filósofos a competir con ellos y disputarles el oficio de educadores. En primer lugar fueron tenidos por sabios los aedos épicos, luego los poetas líricos y, más tarde y ya en el Ática, los tragediógrafos, Pero, en el periodo arcaico, antes de que los filósofos se ejercitaran en el logos, destacaron también por sus sentencias los Siete Sabios, legisladores y moralistas en el siglo VI a.C. Esa sabiduría temprana era de tipo práctico, y se decía fundada en la inspiración divina ofrecida por las Musas (en el caso de los aedos), o bien en la tradición y la larga experiencia vital. Acuñado en breves gnomai —sentencias fáciles de memorizar—, perduraba ese tesoro de saber práctico en la tradición oral, que luego se puso por escrito. Así algunas máximas pronto fueron grabadas en las paredes del atrio del santuario de Apolo en Delfos. Como muestras de esta sagesse de tipo proverbial de la Grecia antigua podemos espigar unas cuantas máximas o apotegmas de Hesíodo, de los Siete Sabios y de algunos poetas líricos.
HESÍODO

De Hesíodo, poeta épico del siglo VIII a.C., que compuso hacia fines de ese siglo la Teogonia y los Trabajos y días, citaremos unas cuantas sentencias de su segundo poema. Trabajos y días es un texto complejo, que contiene algunos mitos (el de las edades de la humanidad, y el de Prometeo y Pandora), la primera fábula (la del halcón y el ruiseñor) y consejos sobre agricultura y días favorables. Y, en medio de todo ello, numerosas gnomai de carácter moral.
A diferencia de Homero, que compone una épica guerrera y heroica, Hesíodo da consejos a su hermano Penses y sus conciudadanos. Él es el primer autor griego que elogia el esfuerzo del trabajo (virtud que no merecía gran atención en una ética aristocrática como la de la épica homérica) y que recomienda una sociabilidad cautelosa« solidaria y preburguesa, atenta a la economía y un tanto misógina. Citaré sus sentencias según la excelente traducción de Aurelio Pérez Jiménez2.
SENTENCIA S DE HESÍODO
De la maldad puedes coger fácilmente cuanto quieras; llano es su camino y vive muy cerca. De la virtud, en cambio, el sudor pusieron por delante los dioses inmortales; largo y empinado es el sendero hasta ella y áspero al comienzo.
[Trabajo y riquezas]
El trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra. Si trabajas pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico. La valía y la estimación van unidas al dinero.
Las riquezas no deben robarse; las que dan los dioses son mucho mejores; pues si alguien con sus manos quita a la fuerza una gran fortuna o la roba con su lengua como a menudo sucede —cuando el deseo de lucro hace perder la cabeza a los hombres y la falta de escrúpulos oprime a la honradez—, rápidamente lo debilitan los dioses y arruinan la casa de un hombre semejante, de modo que poco le dura la dicha.
[La mujer y e l matrimonio]
Que no te haga perder la cabeza una mujer de trasero vistoso, que susurre requiebros mientras le echa un ojo a tu granero. Quien se fía de una mujer, se fía de ladrones.
A madura edad llévate una mujer a casa [cásate], cuando ni te falte mucho para los treinta ni los sobrepases en exceso. La mujer debe pasar cuatro años de juventud y al quinto casarse. Cásate con una doncella, para que le enseñes buenos hábitos.
Procura tener un solo hijo, para conservar intacto el patrimonio. Así tu riqueza crecerá en la casa. ¡Ojalá mueras viejo si tienes alguno más! Con muchos hijos Zeus podría conceder una envidiable fortuna; a más hijos mayor preocupación y mayor rendimiento.
[Ética vecinal]
Al que te brinde su amistad invítale a comer; y al enemigo recházalo. Sobre todo invita al que vive cerca de ti; pues si tienes alguna dificultad en tu aldea, los vecinos acuden sin más y los parientes tienen que prepararse.
No seas reacio al banquete de muchos invitados; en grupo grande, mayor reconocimiento y gasto menor.
Nunca te atrevas a echar en cara a alguien la funesta pobreza que roe el corazón humano, regalo de los eternos bienaventurados.
El mejor tesoro en los hombres es una lengua parca; el mayor encanto, una discreta. Si hablas mal, pronto oirás algo peor.
[Actos rituales]
Nunca pases a pie el agua de un río perenne de bella corriente antes de orar mirando sus bellas ondas, con tus manos purificadas en la deliciosa y clara agua. Al que pasa un río sin purificar sus faltas, le aborrecen los dioses y le envían sufrimientos.
No te orines en las fuentes; guárdate bien de ello.
No te burles de los misterios cuando acudas a humeantes sacrificios; sin duda una divinidad se venga de eso.
LOS SIETE SABIOS
Los Siete Sabios gozaron de enorme prestigio desde muy pronto. Son todos ellos personajes históricos —de la primera mitad del siglo VI a.C. más o menos— y de distintas ciudades griegas. Con gran inteligencia práctica y ejemplar sensatez estuvieron al servicio de su comunidad cívica en esa época arcaica de la consolidación de la polis, con sus leyes escritas y sus instituciones fundamentales. Algunos fueron legisladores y poetas —Solón y Quilón—, alguno juez —Bías—, otros gobernantes —Pitaco y Periandro (un tirano que Platón quiso borrar de la lista de sabios), y Tales fue astrónomo, matemático y el primer filósofo.
De su saber nos han quedado algunas máximas, unas muy famosas, como la de «Conócete a ti mismo», otras menos. En conjunto insisten en la moderación —la sophrosyne— y en el equilibrio social, una ética que mereció el aplauso de los sacerdotes del Apolo délfico. De sus sentencias, recordaré las mejores de la lista que nos ha transmitido el erudito Estobeo (III, 1, 172). Para más datos sobre sus dichos y figuras remito a mi libro Los siete sabios (y tres más), Madrid, Alianza, 1989.
SENTENCIAS DE CLEÓBULO DE LINDOS
La medida es lo mejor.
Debes respetar a tu padre.
Mantén sanos el cuerpo y el alma.
Sé amigo de escuchar y menos de hablar.
Domina el placer.
No hagas nada por la violencia.
No te pelees con tu mujer ni la acaricies mucho delante de otros; lo primero parece embobamiento y lo segundo desvarío.
En el éxito no te ufanes, en la desdicha no te humilles.
SENTENCIAS DE SOLÓN DE ATENAS
Nada en demasía.
No hagas de juez, pues te enemistarás con el juzgado.
Rehúye el placer que conlleva pesar.
Atiende a la bondad de carácter, que es más segura que cualquier juramento.
Sella tus palabras con el silencio, y el silencio con la oportunidad.
No adquieras amigos deprisa ni rechaces deprisa a los que tienes.
Cuando exijas de otros cuentas, dalas tú también.
No trates con los malos.
Sé suave con los tuyos.
SENTENCIAS DE QUILÓN DE ESPARTA
Conócete a ti mismo.
Cuando bebas no hables mucho, pues te equivocarás.
A los convites de los amigos ve despacio; a sus apuros, aprisa.
Celebra tus bodas sin grandes gastos.
Prefiere un castigo a una ganancia vergonzosa. Lo uno aflige
una vez y lo otro para siempre.
Que tu lengua no se anticipe a tu mente.
Domina tu carácter.
No anheles lo imposible.
No muevas las manos al hablar, que es de locos.
Si eres injuriado, apela a la justicia; si maltratado, véngate.
SENTENCIAS DE TALES DE MILETO
Sal fiador y ya tienes tu ruina.
No embellezcas tu aspecto; sé hermoso en tus acciones.
No dudes en adular a tus padres.
Es difícil conocerse a sí mismo.
La actividad es un tormento.
La intemperancia es dañina.
La falta de educación es insoportable.
Mejor ser envidiado que compadecido.
No vayas a creer a cualquiera.
SENTENCIAS D E PÍTACO DE MITILENE
Conoce el momento oportuno.
Lo que quieras hacer, no lo avises; si fallas, se burlarán de ti.
Cuando castigues al vecino, no lo hagas directamente.
No hables mal de un amigo ni bien de un enemigo,
pues es inconsecuente.
La tierra es firme, el mar inseguro.
El afán de ganancias es insaciable.
SENTENCIAS DE BÍAS DE PRIENE
La mayoría de los hombres son malos.
Mírate al espejo. Si eres hermoso, obra hermosamente. Si eres feo, compensa el defecto físico con la belleza de tu conducta.
No seas ni bonachón ni taimado.
Acerca de los dioses di que existen.
Si eres pobre no censures a los ricos, a no ser que ganes algo.
No alabes a un hombre indigno a causa de su riqueza.
Lo que te salga bien atribúyelo a los dioses, no a ti mismo.
SENTENCIAS DE PERIANDRO DE CORINTO
Todo es práctica.
La serenidad es algo hermoso.
La precipitación es resbaladiza.
Los placeres son mortales, las virtudes inmortales.
La democracia es mejor que la tiranta.
En la dicha sé moderado; en la desdicha, prudente.
Para tus amigos, felices o desafortunados, sé el mismo.
No hagas ninguna re velación de cosas secretas.
Insulta como si fueras a hacerte luego amigo.
Sírvete de leyes antiguas y de alimentos frescos.
Castiga no sólo a quienes delinquen, sino también a los que quieren hacerlo.
Oculta tus desgracias para no regocijar a tus enemigos.
LOS POETAS LÍRICOS: SIMÓNIDES, PÍNDARO, TEOGNIS
Como ya he apuntado, también los poetas líricos eran tenidos por heraldos de una clara sabiduría acuñada en frases memorables. También ellos eran, a su modo, sabios –sophoí—. El oficio de poeta —ya no un mero recitador como los rapsodas, sino un creador (así lo indica la etimología de poietés) — gozaba de un arraigado prestigio ante la sociedad aristocrática. Con frecuencia los poemas líricos expresan no sólo un dolorido sentir personal, sino una enseñanza para la comunidad, y en ella abundan las sentencias o gnomai.
Eso puede decirse de casi todos ellos, pero muy especialmente de Píndaro. En sus Epinicios o Cantos de victoria las sentencias tienen un papel tan notable como los mitos y las referencias al triunfo atlético celebrado en el canto. Como ha escrito Alfonso Ortega en su prólogo a Píndaro. Odas y fragmentos3: Al mito y los datos sobre lugares y personas se integra, como tercer elemento, la gnómica, las sentencias, con una diversa función relacionante dentro del poema. La sentencia o proverbio es un modo robusto y plástico de formular lo que el hombre estima como esencia perenne de las cosas, fruto de observaciones logradas por uno mismo o transmitidas de generaciones anteriores. Su objeto es pronunciar un fallo sobre las cosas, o el intento de alzar un puente entre la realidad y el mundo ideal del poeta. Encanto y pedagogía son inseparables en Píndaro, porque él es el sophós en sentido pleno: tiene el don de las Musas y vocación de proclamar la verdad y dignidad del mundo.
Píndaro es en extremo consciente del papel del poeta como educador del mundo, pero también los otros líricos comparten esa visión de su oficio. Aquí recordaré algunas sentencias de Simónides de Ceos, de cuya obra sólo conservamos unos cuantos fragmentos; de Píndaro, sólo en breve y personal muestra; y del elegiaco Teognis de Megara. Cada uno de estos tres poetas tiene su propio estilo y su visión personal de la existencia, y algo de esto puede reflejarse en estas escuetas citas.
SENTENCIAS DE SIMÓNIDES DE CEOS
Siendo humano, jamás digas qué va a pasar mañana,
ni, al ver a alguien dichoso, cuánto tiempo lo será.
Porque ni el vuelo de una mosca de finas alas
es tan rápido [como el cambio de fortuna].
Pues ni siquiera aquellos que antes hubo
y fueron héroes, hijos de los dioses
soberanos, a su vejez llegaron
viviendo sin pesar, sin riesgo ni ruina.
El humo es vano y el oro no se mancha,
pero es en todo la verdad victoriosa.
Mas a pocos les dio un dios la virtud
hasta el fin. Que no es fácil ser noble.
Porque a uno, a su pesar, le domina
la codicia invencible o el aguijón
poderoso de la taimada Afrodita,
y las rivalidades muy impetuosas.
Quien no pueda a lo largo de toda la vida
avanzar por un impecable sendero,
bastará con que sea, en lo posible, bueno.
Hay un cierto relato que cuenta
que la Virtud habita sobre rocas de difícil acceso,
donde la acompaña un santo coro de ninfas.
No es tampoco accesible a las miradas
de todos los mortales, sino sólo a quien
le brota dentro el sudor de un ánimo esforzado,
y llega a la cumbre del valor.
Y bien, sin el placer, ¿qué vida humana
es deseable, o qué clase de poder?
Sin él, hasta la existencia de los dioses
dejaría de parecemos envidiable.
SENTENCIAS DE TEOGNIS DE MEGARA
A mis conciudadanos no puedo agradarles a todos.
No es nada extraño, Polipaides, pues ni el mismo Zeus
agrada a todos cuando llueve o detiene la lluvia.
Sé sensato y no intentes con actos innobles o injustos
conseguir distinciones ni méritos ni siquiera riqueza.
Sabe que es así. Y no tengas tratos con gente mezquina,
sino quédate siempre junto a los hombres de bien…
De los buenos aprenderás cosas buenas, y si a los malos
te mezclas, incluso la cordura que tienes echarás
a perder.
Ah, corazón, modifica según cada amigo tu artero talante,
acomodando tu modo de ser al que muestre cada uno.
Imita el carácter del pulpo que, muy flexible,
se muestra igual a la roca a la que se ha pegado.
Ahora asimílate a ésta, y luego cambia de color.
La astucia es mejor, en verdad, que ser intransigente.
De la riqueza no hay límite prefijado a los hombres.
Pues quienes poseen ahora más medios de vida
ansian el doble. ¿Y quién pude saciarlos a todos?
El dinero resulta a los humanos motivo de locura.
Y de ésta procede la ruina, que a veces envía
Zeus a los necios, y ahora uno, ahora otro la alberga.
Adula a tu enemigo. Y, cuando esté a tu alcance,
dale su castigo, sin buscar para eso pretexto ninguno.
Quien hace bien a los malvados obtiene dos males:
pierde sus bienes y no logra ningún agradecimiento.
Ni en exceso te angusties el ánimo en los apuros
ni te alegres en los éxitos. Es propio del hombre noble
sobrellevarlo todo.
¡Feliz quien tiene hijos queridos, caballos solípedos,
perros cazadores y huéspedes en el extranjero!
No es posible a los mortales combatir con los inmortales
ni moverles pleitos. A nadie le está permitido.
Muchos ignorantes tienen riquezas. Otros, en cambio,
anhelan los bienes oprimidos por la cruel pobreza.
La imposibilidad de obrar asedia a unos y otros;
a unos les falta el dinero, a otros la inteligencia.
No en vano, Pluto, te honran los hombres tantísimo.
¡Con cuánta holgura encubres, ah dios, la maldad!
De todas las cosas la mejor es no haber nacido
ni ver como humano los rayos fugaces del sol.
Y, una vez nacido, cruzar cuanto antes las puertas del Hades, y yacer
bajo una espesa capa de tierra tendido.
Goza de tu juventud, corazón mío. Pronto serán otras
las gentes y, ya muerto, yo seré negra tierra.
Insensatos y necios los humanos que lloran a los muertos
y no a la flor de la juventud que se va marchitando.
La inteligencia es, Cirno, el regalo mejor de los dioses.
El hombre con inteligencia domina los límites de todo.
Feliz quien la tiene en su alma. ¡En cuánto supera
a la prepotencia dañina y al corrosivo hartazgo!
SENTENCIAS DE PÍNDARO DE TEBAS
Suelta, como un piloto,
toda la vela al viento. No te dejes, amigo,
engañar por las ganancias atractivas.
Sólo el póstumo resplandor de la gloria
deja en claro la vida de los hombres que fueron,
a través de cronistas y poetas (P. 1).
¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es?
El hombre es el sueño de una sombra. Mas cuando le llega
un rayo de luz enviado por Zeus, un resplandor brillante lo
distingue entre las gentes y su existencia es gozosa (P. 8).
Amar quiero al amigo y contra el enemigo
como enemigo quiero atacar a la manera del lobo,
por acá y por allá avanzando por torcidas sendas.
En todo gobierno es provechoso el hombre de lengua veraz, en la tiranía, cuando rige el pueblo violento
y cuando los sabios protegen la ciudad (P. 2).
Ni el zorro pelirrojo ni los rugientes leones
podrían cambiar su nativo carácter (O. 11)
No pretendas una vida inmortal, alma mía,
pero esfuérzate hasta el fondo en lo posible (P. 3)
Pequeño en lo pequeño, grande en lo grande
quiero ser, y al espíritu, que en torno a mí anda,
por siempre cultivaré en mi alma, sirviéndole
con los medios a mi alcance (P. 3).
Quiero buscar los placeres que da el día,
y, tranquilo, viajar a mi vejez, y al destino asignado.
Todos morimos. Pero el destino es desigual.
Quien pone sus ojos demasiado lejos no logra pisar
el suelo broncíneo de la morada divina (I. 7).
La tranquilidad ama el banquete festivo; y la victoria recién florecida se realza con la dulce canción;
y la voz se hace audaz con la copa en la mano (N. 9).
Ni las negras tierras regalan su fruto
en todos los tiempos, ni los árboles muestran brotes fragantes, con
igual riqueza, siempre, sino por turno.
La misma regla utiliza el destino con los humanos,
aunque Zeus no ofrece ningún signo claro.
Por eso nos precipitamos orgullosos y planeamos nuestras acciones,
porque la insolente esperanza impone su yugo a
nuestro cuerpo, y la fuente de la previsión resulta
inalcanzable. Moderada ha de ser la ganancia perseguida,
pues el deseo insaciable alimenta la locura (N. 11).
Uno y el mismo es el origen de los hombres y los dioses.
De una misma madre respiramos unos y otros.
Pero nos separa un poder por completo distinto.
Lo de aquí es nada, y el cielo de bronce mantiene eterna
consistencia. Pero en algo, con todo, nos acercamos,
en nuestro espíritu o en nuestra naturaleza, a los inmortales,
aunque ni de día ni de noche sabemos nosotros
hacia qué meta nos prescribió correr el destino (N. 6).
Siempre ha existido la odiosa mentira,
compañera de palabras lisonjeras, la astucia,
la injuria dañosa, que desfigura la nobleza ilustre
y que levanta a grandeza vacua lo de sí oscuro.
¡No permitas, padre Zeus, que así sea mi talante!
Haz que conduzca mi vida por caminos verídicos
y que, a mi muerte, no legue a mis hijos mala fama.
Unos buscan el oro, tierras sin límite otros;
pero yo, ser grato a mis conciudadanos,
hasta que la tierra cubra mi cuerpo, elogiando lo digno
de elogio y sembrando el reproche sobre los malvados.
Se eleva la virtud, como un árbol crece
verdeciendo con el rocío, alzándose con ayuda
de los más sabios y rectos de los hombres
al fresco azul del cielo (N. 8).
En esta breve antología gnómica podemos advertir cómo los temas tópicos del pensamiento arcaico griego —la breve condición de la vida, el inevitable destino, el oscuro designio de los dioses, lo esforzado de la virtud, los desatinos de la injusta riqueza, la busca del placer y los gozos de la amistad, y el anhelo de gloria— se repiten, aunque con acentos un tanto diversos en las voces de los poetas (Teognis es un noble resentido, Píndaro un cantor de un mundo aristocrático en crisis, piadoso y conservador en su ética). La Colección Teognídea —formada sobre el núcleo de las elegías de Teognis de Megara con añadidos varios— se difundía en simposios de grupos de nobles, cuyos afanes y quejas expresaba con pasión. Los Epinicios de Píndaro, que reflejan una ideología aristocrática y la conciencia de la alta dignidad del poeta como heraldo de la fama heroica, eran cantados en las fiestas conmemorativas de los triunfos atléticos. Unos poemas y otros tenían como destinatario primero su público noble, pero las máximas introducidas en los poemas daban expresión elegante a un modo de sentir inteligente y útil, y podían ser admitidas por todos.
Las sentencias acuñadas por los sabios y por los poetas estaban destinadas a perdurar en la memoria popular. La frase gnómica se presta a ser recordada, por su brevedad y su vigor expresivo, y a ser empleada en múltiples ocasiones.
Posteriormente, también algunos filósofos se expresaron en máximas de estilo parecido. Heráclito es, pienso, el mejor ejemplo. Pero en él ya no se da ese equilibrio entre lo tópico y lo personal. Sus sentencias, como las de otros filósofos, resultan paradójicas: son parà dóxan, contrarias a la opinión común. En eso se distinguen de las máximas recogidas aquí. Los filósofos representan un nuevo tipo de saber que busca y avanza, con sus críticas y enfoques propios, más allá de la tradición sapiencial gnómica que hemos recordado en estas páginas.
NOTAS
1 · A ellos dedicó M. Detienne su claro libro Los maestros de verdad en la Grecia arcaica, Taurus, Madrid, 1981.
2 · En Hesíodo, Obras y fragmentos, Madrid, B. C. Gredos, Madrid, 1978.
3 · B. C. Gredos, Madrid, 1982, p. 37.
El esquema Constitución presentado este otoño por Giscard d’Estaing ha sido bien aceptado dentro y fuera de la Convención Europea. En parte, esta buena acogida se debe a la habilidad negociadora del viejo político francés. Pero, más importante aún, hay que explicar que en el borrador de Giscard talta casi todo, empezando por los dos elementos clave de cualquier reforma del Tratado de la Unión Europea: el reparto del poder entre las instituciones y los posibles límites materiales a la actuación europea.
No obstante, la publicación del primer borrador ha servido para crear más cohesión y una cierta conciencia de misión histórica entre los ciento cinco convencionales. Asimismo, los trabajos de la Convención Europea empiezan a impeler a las opiniones públicas hacia este debate constitucional, que no puede quedar reservado a los especialistas, como ha ocurrido hasta ahora con las sucesivas mutaciones de las reglas del juego en la UE. Tal vez se cumpla en 2003 la profecía de los mejores analistas europeos, quienes, a la vista del extendido descontento ciudadano con las instituciones comunitarias, predecían la llegada de un momento constituyente.
Todo empezó con la insatisfacción alemana tras la penosa negociación del Tratado de Niza en diciembre de 2000, cinco días y cinco noches para consensuar una reforma institucional de mínimos, que hizo naufragar al tóndem franco-alemán y enfrentó gravemente a Estados grandes y pequeños. Al final de la batalla, los alemanes exigieron una nueva reforma institucional en 2004. A pesar del ya famoso discurso de Joschka Fischer en la universidad Humboldt, desde entonces el Gobierno de Berlín no ha hecho más que algunas propuestas realmente federales (bicameralismo y un gobierno europeo responsable ante las cámaras), al mismo tiempo que niega la dimensión federal al presupuesto de la Unión o la capacidad de Bruselas para definir el alcance de sus propios poderes, en buena medida por la presión de los Länder, celosos de sus competencias.
La gran novedad surgió cuando los gobiernos de los quince aceptaron en el Consejo Europeo de Laeken que no negociarían el contenido de la siguiente reforma hasta que una Convención de representantes políticos de instituciones europeas y nacionales no hubiesen debatido y preparado un borrador. Dicha Convención tenía su antecedente inmediato en la que elaboró la Carta Europea de Derechos Fundamentales en el 2000 y su inspiración remota, nada menos, en la Convención de Filadélfia que entre mayo y septiembre de 1787 redactó la Constitución de los Estados Unidos de América.
Desde marzo de 2002 hasta la próxima primavera, la Convención está preparando un proyecto de nuevo tratado, que se llamaría Constitución europea. En sus debates se han hecho propuestas para seguir avanzando por la senda comunitaria (al fin y al cabo, el comunitarismo es la versión del federalismo que los europeos occidentales hemos inventado en el último siglo). Pero junto con estos previsibles pequeños pasos, se han puesto encima de la mesa otras iniciativas copiadas del federalismo alemán y también no pocas ideas que cabría calificar como antifederalistas, la mayoría de ellas capitaneadas por el Reino Unido y por Francia, cada vez más aislada y abiertamente nacionalista.
La versión europea de la Convención de Filadélfia de 1787 está siendo mucho más discreta: los convencionales europeos han pasado bastante inadvertidos en sus primeros meses de trabajo y no han provocado los asaltos al edificio en el que se deliberaba y los desórdenes públicos que desató en su día la Convención que redactó la Constitución norteamericana. En todo caso, el famoso debate en suelo yanqui sobre la democracia representativa y la limitación del poder, a través de los artículos federalistas y antifederalistas, se produjo una vez cerrado el texto constitucional, cuando fue sometido a la ratificación de los Estados en el año 1788.
La difusión del anteproyecto de Giscard puede dar alas a la Convención. Su texto evita pronunciarse por ahora sobre las cuestiones más difíciles, pero sugiere algunas cosas importantes. Propone un tratado que establezca una Constitución europea basada en una Unión de Estados con políticas de cooperación y otras netamente federales. La Unión según este primer texto no avanzaría mucho en su política exterior y de seguridad, ni tampoco en cuestiones de justicia e interior, todas ellas sometidas al control férreo de los gobiernos nacionales, lo cual puede decepcionar a muchos ciudadanos europeos (y desde luego a los españoles). Pero tendría personalidad jurídica única, un catálogo de derechos fundamentales y contaría con la participación de parlamentarios nacionales en la delimitación de hasta dónde deben llegar las actuaciones europeas.
Del mismo modo, parece que hay consenso en el seno de la Convención sobre la necesidad de elegir a un presidente europeo, que supere el sistema de presidencias semestrales rotatorias y aporte visibilidad, eficacia y continuidad a las iniciativas políticas de la Unión. Dejando a un lado el previsible concurso de belleza para este puesto, el riesgo es que para fortalecer el poder ejecutivo en la UE no pocos Estados miembros quieren prescindir de la Comisión, que lleva cincuenta años realizando tareas de gobierno europeo y sin la cual no hay, ni habrá, integración. Si el futuro presidente sólo lo es del Consejo de Ministros, la Comisión se convertirá en un rebelde sin causa o, lo que es peor, en un devaluado secretariado, desprovisto de su papel arbitral e independiente, con lo que se multiplicarán las muy perjudiciales batallas entre Estados grandes y pequeños.
Una manera de evitar este paso atrás en la integración europea es que la más alta instancia ejecutiva de la UE sea un Gabinete europeo, compuesto en partes iguales por miembros de la Comisión, su presidente incluido, y miembros nombrados por el Consejo Europeo. La futura Comisión seguiría conservando sus importantes prerrogativas y haciendo de motor de la integración, pero bajo la dirección de un Gabinete. A cambio, la cúpula de la Comisión estaría presente y pesaría mucho en las más altas decisiones ejecutivas de la UE. Por su parte, el Consejo Europeo seguiría reuniéndose dos veces por semestre, pero delegaría en el Gabinete su autoridad final para que garantizase una eficaz supervisión del día a día. Los Consejos de Ministros continuarían decidiendo y aprobando legislación de acuerdo con las reglas del juego previstas en los tratados, aunque presididos por los distintos miembros del Gabinete europeo. El nuevo órgano ejecutivo sería un híbrido entre un gobierno federal y un consejo confederal y reflejaría la tensión política con la que se ha construido Europa.
En paralelo a estos trabajos de reforma constitucional, las negociaciones de ampliación de la Unión Europea a diez países se han concluido este semestre y con toda probabilidad el 1 de enero de 2004 entrarán en una Unión de veinticinco Estados miembros. Lo ocurrido con esta histórica ampliación es ilustrativo de un espíritu antifederalista preocupante y merece una reseña final.
Berlín quería una ampliación cuanto antes, por razones económicas y de seguridad pero no quería dejar fuera del primer bloque de países admitidos a Polonia. Después de hacer sus cálculos, ha hecho un pacto con París sobre la factura de esta operación, que ambos han logrado imponer luego al resto de los líderes europeos. Los alemanes no ponen un euro de más hasta el 2007, pero no consiguen una reforma a corto plazo de la Política Agrícola Común. Los franceses salvan su ventajosa participación en la Política Agrícola Común también hasta 2007, aunque aceptan una congelación del gasto agrícola a partir de entonces y leves retoques desde el año que viene. Los que pierden son los países candidatos, que no serán miembros plenos de la PAC hasta el 2013 y entran en una UE que no pone recursos adicionales para crecer de quince a veinticinco socios, a pesar de que la mayoría de los candidatos son sensiblemente menos prósperos y no están preparados para competir en un mercado interior europeo con políticas de cohesión económica y social sólo incipientes. La Unión que les abre sus puertas, no obstante, se ha dotado de mecanismos para aprobar normas europeas aplicables sólo a un grupo de Estados, y esta amenaza de la Europa a varias velocidades seguirá esgrimiéndose aun cuando los candidatos sean miembros de pleno derecho de la UE.
La aceleración de los compases finales de la ampliación no debe extrañar: en ella ha prevalecido una lectura política sobre la negociación técnica. Se han cerrado la mayoría de los capítulos de forma condicional, sujetos a múltiples compromisos y a cláusulas de salvaguardia dentro del nuevo tratado, algo sin precedentes históricos. El precio que pagan los diez países aspirantes por haber usado el fast track no es sólo su preparación insuficiente para competir en la Unión y aplicar el Derecho Comunitario, sino la docilidad con la que no exigen su participación plena en la actual reforma del tratado. Atareados en negociar la ampliación, los países candidatos han sido excluidos del núcleo decisorio de la Convención Europea y estarán ausentes de la Conferencia Intergubernamental de 2003, ya que ésta concluirá unos minutos antes de que jurídicamente entren a formar parte de la nueva Unión.
El debate sobre los presupuestos que ha tenido lugar en el Parlamento Eespañol ha coincidido con algunas llamativas declaraciones, en otros países, contrarias a los pactos de estabilidad. Ellas han puesto de manifiesto con bastante claridad que los gobiernos de naciones tan importantes como Francia o Alemania no están dispuestos a aplicar las medidas necesarias para reducir sus abultados déficit presupuestarios y que, por tanto, les preocupa poco el incumplimiento de los pactos de estabilidad. Por si fuera poco, el presidente de la propia Comisión Europea ha dicho que estos pactos son demasiado rígidos y que habría que replantearlos de modo que permitieran a los gobiernos de los países miembros una mayor flexibilidad a la hora de formular sus políticas presupuestarias. Poca duda cabe de que las declaraciones de Prodi deben interpretarse como una estrategia para tantear cuál sería la reacción de los gobiernos y la opinión pública europea ante una propuesta de modificación sustancial de la política cuasiconstitucional de restricción del déficit presupuestario, que se estableció primero en Maastricht como condición de acceso a la moneda única, y que se aceptó más tarde como criterio de carácter permanente para todos los países miembros de la Unión Económica y Monetaria.
Lo cierto es que las ideas que, en su día, inspiraron estas normas encuentran hoy serios problemas en todo el mundo. Ya el año pasado el Financial Times publicaba un editorial con un curioso título: «Ahora todos son keynesianos». Se trataba claramente de parodiar una conocida frase que pronunció Milton Friedman en la década de 1960 para indicar el indiscutible predominio alcanzado por las teorías de Keynes en el diseño de la política económica de la época: «Ahora todos somos keynesianos». La sustitución del «somos» por el «son» no es, desde luego, casual. Lo que el editorialista trataba de expresar era el rechazo de su periódico al renacimiento que las políticas macroeconómicas de corte keynesiano están experimentando en los últimos tiempos. El argumento del Financial Times era que volver a aplicar políticas anticíclicas discrecionales no puede ser actualmente una buena solución para los problemas de las economías occidentales; y, por tanto, recomendaba a los gobiernos que mantuvieran unas finanzas públicas sólidas, sin abandonar el principio del equilibrio presupuestario. Esto no excluiría que el funcionamiento de los estabilizadores automáticos –es decir, la reducción de ingresos fiscales debida a una menor actividad económica y el mayor gasto originado por el aumento de los pagos por subsidios de paro y transferencias de la seguridad social– produjera pequeños déficit. Pero, en su opinión, no se debería ir más allá; y habría que oponerse a la estrategia de buscar el déficit público como instrumento expansivo, en la vieja tradición keynesiana.
Hace tan sólo algunos años se pensaba que las políticas que utilizaban el desequilibrio presupuestario como instrumento para combatir las fases recesivas del ciclo habían fracasado y que, por tanto, deberían ser abandonadas. Pero ha bastado que cambie la coyuntura favorable de la segunda mitad de los años noventa para que vuelva a defenderse el principio de que los déficit manejados discrecionalmente por los gobiernos son una buena herramienta para lograr el relanzamiento de la inversión y el crecimiento del empleo. Tal enfoque sorprende poco, desde luego, a los economistas de mi generación, ya que en él nos formamos quienes empezamos a estudiar Economía en la década de los sesenta. Sin embargo, con el tiempo nos fuimos dando cuenta de los problemas que estas ideas planteaban cuando se intentaban llevar a la práctica. Y creo que la mayoría de los miembros de la profesión llegamos a darla por muerta –prematuramente, por lo que se ha visto después– en los años ochenta.
Fue en este marco intelectual, contrario a dejar a los gobiernos mucha libertad en política presupuestaria, en el que se redactaron el Tratado de Maastricht y los pactos de estabilidad. Los autores de esos textos no inventaron nada, ciertamente. Pero tuvieron el mérito indudable de incluir en textos legales fundamentales unas ideas que, si bien gozaban ya de amplia aceptación entre los economistas, no habrían tenido nunca la relevancia que alcanzaron de no haber sido incorporadas a esos tratados comunitarios.
Esta crisis de unas ideas económicas que parecían establecidas con solidez llega en un momento especialmente delicado. Como es bien sabido, uno de los temas clave que está sobre la mesa del debate europeo es la posible redacción de una constitución para la Unión. Y un punto fundamental sobre el que habrá que tomar una decisión es, precisamente, si se concede o no rango constitucional a principios hoy en vigor, como la independencia del Banco Central Europeo o la exigencia de estabilidad presupuestaria. El modelo diseñado en Maastricht parecía augurar que los países miembros estaban decididos a dar este paso. Pero ahora vemos que es muy posible que se dé marcha atrás y que se refuerce la discrecionalidad en el diseño de la política económica a escala nacional o comunitaria. De ser así, se habría perdido una ocasión única, irrepetible seguramente, para sentar unas bases firmes para la política económica europea.
Mientras tanto, el debate presupuestario en nuestro país se ha centrado en la conveniencia o no de aplicar una política presupuestaria ortodoxa que parta de la idea de que el equilibrio de las cuentas públicas es la medida más conveniente para la economía española. Mientras el Gobierno parece que se ha tomado bastante en serio la lucha por el equilibrio presupuestario, los socialistas e Izquierda Unida consideran que no sería tan malo volver al déficit en las circunstancias actuales, postura en la que, como hemos visto, distan de estar solos en Europa.
Pero una de las cosas que más llaman la atención en las críticas que se dirigen a la política presupuestaria del Gobierno es su falta de coherencia, que se hace patente cuando se considera el segundo tipo de observaciones que se dirige al proyecto de presupuestos del Estado. Para hacer más patentes los defectos del proyecto del Gobierno, éste ha sido acusado de utilizar contabilidad creativa en grandes dosis; y un destacado miembro del Partido Socialista ha llegado a comparar la forma que el ministerio de Hacienda tiene de llevar sus cuentas con las poco edificantes prácticas de Enron. El problema no radica, naturalmente, tanto en el hecho de que una determinada partida se contabilice de una u otra forma, como en el efecto de estas prácticas, que sería disimular un déficit presupuestario, que realmente existiría, aunque no apareciera reflejado en las cuentas públicas. Y es en este punto en el que, en mi ingenuidad, empiezo a no entender las cosas.
Si alguien defiende el equilibrio presupuestario, debe mostrar su desagrado ante tales estratagemas, ya que sirven para ocultar algo que considera perjudicial para la economía del país. Pero si lo que se defiende es la conveniencia de un desajuste presupuestario para relanzar la economía, la idea de que el Gobierno pudiera estar incurriendo en déficit debería producir satisfacción, aunque el ministro de Hacienda faltara a la verdad en sus presupuestos. El Gobierno –podría pensarse– no se atreve a decir que está gastando más de lo que ingresa; pero no puede negarse que el déficit existe, y esto es lo realmente importante.
El argumento podrá ser equivocado; pero no cabe duda de que resultaría coherente. Lo que tiene poco sentido es acusar a un Gobierno de fundamentalismo y cerrazón mental por no aceptar que, en determinados momentos, conviene gastar más de lo que se ingresa y, al mismo tiempo, criticarle por hacer justamente eso.