Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosSer lector es algo que nadie puede arrebatarte. Pueden dar o quitarte la fama, el reconocimiento, el júbilo o el desasosiego, pero la condición de lector es algo que forma parte de cada uno, como de cada uno es la voluntad, el entusiasmo, la reflexión, la curiosidad, los encuentros, los anhelos. Y si hoy, tras la confusa niebla del tiempo la imponente figura de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) se perfila con nitidez en el intrincado bosque de las letras españolas y en español, es porque nos encontramos ante uno de los más formidables lectores —en tiempo y en esencia— que ha frecuentado la historia.
De esa vida de lector surge una obra ingente, apabullante para cualquiera que se dedique a la filología. Lo recordaba Emilio Blanco, a propósito de la espléndida edición de Menéndez Pelayo Digital1: más de 60.000 páginas impresas, 67 volúmenes correspondientes a sus Obras Completas (1940-1966) por el CSiC, en la llamada Edición Nacional, más otros 23 tomos de su enjundioso Epistolario, editados por la FUE entre 1982 y 1991. Pero es que además de los 90 volúmenes citados, en la nueva edición digital se recoge una muy completa Bibliografía —más de 3000 entradas, entre monografías, estudios de conjunto, reseñas y demás— sobre la figura y la obra del gran historiador, filólogo, catedrático y bibliógrafo cántabro2.
De ahí, claro, la insistencia en destacar ese lado de la arista deslumbrante del cántabro, como es la dimensión lectora; dimensión extraordinaria en este caso, por cuanto el ejercicio de la lectura compone un formidable caleidoscopio, una geografía, casi sin límites, pero con una notable —no podía ser de otra forma— diversidad de intereses y propuestas filológicas, estéticas, historiográficas y demás. Es decir, una casi inalcanzable, por infinita, pasión por los libros, pasión por la lectura.
Vale también para Menéndez Pelayo, en esa primera incursión antes de entrar en la antesala de la crítica literaria, la decisiva apuesta por la edición de textos. No hay filología sin edición. Y vale el ejemplo de su labor con la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, idea suya, y donde exhibe con rigor y sin ambages lo que se podría denominar su escuela crítica. Lo cuenta Emilio Blanco: «Faltaba allí casi toda la Edad Media, y en los volúmenes dedicados al Siglo de Oro se omitían géneros completos. La lectura del folleto donde defiende la serie es, todavía hoy, un modelo de amplitud de miras, pero también un testigo del profundo conocimiento que tenía de toda la producción librera española».
No es casual que algunos de los textos recuperados por la Nueva Biblioteca de Autores Españoles conserven nítido y granado el valor primero que mostraron cuando su publicación, así, valga uno sólo, pero relevante: la Colección de entremeses, loas, jácaras y mojigangas, cuya edición estuvo a cargo de Emilio Cotarelo y Mori. «Gran parte de las riquezas de nuestra lengua —recordaría Menéndez Pelayo— está contenida en estos libros que nadie lee».
Es claro, hoy lo sabemos, que tras el crítico, o mejor, bajo el perfil del crítico literario surge, indefectiblemente, el historiador. Como en otros ámbitos, tampoco en la historia, en la historia de la literatura, las cosas surgen de un rapto de inspiración. Todo lo contrario, sólo de la transpiración surge la inspiración. Sólo del trabajo ponderado, constante, exhaustivo, documentado, plural y abierto se muestra la labor crítica. Lo demás son intuiciones, ocurrencias sin mayor aparato bibliográfico que la mera y efímera chanza.
No hay casualidades en la historia, no hay atajos, ni pociones mágicas, de ahí que la formidable pasión lectora de Menéndez Pelayo se cimentara en la sólida y torrencial formación universitaria. Lee su tesis doctoral el mismo año que termina sus estudios, cuenta por aquel 1875 con 19 años. Para que pueda opositar a Cátedras, Historia de la Literatura Española de la entonces Universidad Central de Madrid, se modificó la ley. Y ganó la cátedra, con un apabullante discurso sobre asuntos tan caros a la literatura española como La Celestina, la lírica de los siglos XVI y XVII, es decir la lírica de los siglos de oro, Calderón —una de sus pasiones— y la ya entonces polémica periodización de la literatura española. Y entre las notas la siguiente anotación, relevante para cuanto vendrá después: «Sin crítica no hay historia ni ciencia alguna de provecho».
En fin, un centón de asuntos, lo que constituía el programa de la asignatura y que, en opinión del citado Blanco, hoy sigue teniendo un valor modélico. Oigamos a don Marcelino: «Sin erudición y sin investigaciones propias no hay conocimiento serio. Por tal razón debe el maestro recomendar a sus alumnos el estudio directo de las fuentes y de los autores analizados […]. El crítico tiene que analizar, describir, clasificar y, finalmente, juzgar […]. El método exclusivamente histórico trae los siguientes males […]. El profesor encastillado en la alta crítica es un ente atrasadísimo».
El poso del crítico está en el historiador, y el de éste en el bibliógrafo. Los trabajos bibliográficos de Menéndez Pelayo son desbordantes. Por sólo remitirme a lo que hoy nos ocupa, la crítica literaria, cabe recordar los extraordinarios diez volúmenes de la Bibliografía Hispano-Latina Clásica; o la, hoy no superada, Biblioteca de Traductores Españoles, en cuatro tomos, de manera especial en las referidas a los Siglos de Oro.
Lo cierto es que, de acuerdo con Carballo Picazo, tal vez sea la muerte de don Gumersindo Laverde la que señale el cambio de rumbo del joven lector y su trayectoria intelectual abandone, sin remisión, los estudios filosóficos y emprenda la dedicación, in extenso, a los estudios literarios.
Laín Entralgo, heredero de cierta impronta alemana a la hora de clasificar las etapas de Menéndez Pelayo, señala las etapas en el itinerario sin retorno de don Marcelino: años de aprendizaje (Instituto de Santander, Ganuza, primeras tertulias literarias y biblioteca en un parador); Barcelona; Llorens, Milá; Rubio; Madrid, encontronazo con el krausismo; Valladolid, Laverde, admiración y estudio de los clásicos griegos, latinos, españoles; años de «ávida" y viajera peregrinación, 1876 a 1878, bibliotecas de Portugal, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, archivos, colecciones, filosofía, humanidades, historia, teología, variedad de enemigos, krausistas, escolásticos, progresistas, tentación política y los años de magistral y reposada madurez, así concluirá Laín. Es posible. Pero las cosas a menudo son más complicadas.
Es la descripción de ese viaje a través de la tela de la vida el sustento de las obras. La descripción más pormenorizada. Las huellas que después el tiempo o los hombres borran, pero que surgen tras la espesa marca de los días. Así, la figura decisiva en la formación del crítico literario, como fue Milá i Fontanals.
En 1908, don Marcelino lo recordará con estas palabras: «Recogí de sus labios la mejor parte de la doctrina literaria que durante mi vida de profesor y de crítico he tenido ocasión de aplicar y exponer».
Para Carballo Picazo es evidente que de Milá «proceden, indudablemente, el criterio de que, para juzgar un hecho estético, es necesario partir de una experiencia inmediata, personalísima; la distinción entre moral y arte, entre arte cristiano y arte de los pueblos cristianos; el concepto de armonía, vivo en la creación artística; las ideas sobre la épica y la poesía popular; la crítica serena; el afecto por el romanticismo de Walter Scott y el método histórico aplicado con un eclecticismo ejemplar». No es casual, por cierto, respecto a esto último que en su crítica a Krause y los krausistas, Menéndez Pelayo advierta: «Y no digamos nada del pueril empeño en subdividir y encasillar de un modo semicabalístico los géneros poéticos, como si se tratase de dar reglas para el juego de la lotería».
No iba descaminado. Mucho después, el propio Unamuno, refiriéndose a la labor docente recordaría ese, a veces, vano empeño que tenemos los profesores en clasificar y definir: «definir es confundir», sentenciaba el vasco, y no digamos nada de la cambiante y alegre lotería que es, en más de un sentido, el concepto, y vaivén, de la literatura y de su historia. No es raro encontrar en el canon literario un juego de bolsa, de alzas y bajas, de tobogán curioso y raro. A los krausistas les recriminará que olviden la necesidad del criterio histórico al lado del estético. Para el cántabro la literatura es «ciencia de la belleza traducida y realizada por medio de palabras», no es la definición precisamente, el colmo de la brillantez pero es útil.
«Aquí tenemos que aplicar las dos. El acto de apreciación de la belleza es mixto. Encierra un juicio y un sentimiento. No conviene dar demasiado predominio al elemento afectivo ni al discursivo. El crítico ha de tener, si no facultades artísticas —que las tuvo; por lo menos análogas a las artísticas—; debe penetrar en la génesis de la obra y ponerse, hasta cierto punto, en la situación del autor analizado […]. El juicio ha de ser formal, propio y espontáneo».
Porque la apreciación estética nunca podrá ser un «acto puramente intelectual» (contra Taine). Para Menéndez Pelayo, lo que caracteriza la literatura de un pueblo es su estilo. Escritores de distintas lenguas quedan incluidos —es una de las más audaces direcciones menéndezpelayistas— ya se haya escrito en latín, o en castellano, en gallego o en catalán; la literatura común mediante voces y tonos, diversos. Varias son las imágenes que se proyectan de Menéndez Pelayo a lo largo del convulso siglo XX español.
En la introducción ya citada, Xavier Agenjo desmenuza el otro lado de esa proyección y de esa imagen. De la referencia esencial que constituye en el cántabro la huella y presencia de Luis Vives, por ejemplo, o de sus discípulos. Caso del excepcional Asín Palacio. Esto exige una mayor precisión, una mayor finura intelectual a la hora de componer el impreciso mapa de la labor menéndezpelayista en la configuración de la historia intelectual española. De nuevo Laín: «Menéndez Pelayo polemizó contra los polemistas y contra la polémica misma; es decir, contra una situación histórica de España que permitía y aún favorecía aquella escisión irreductible entre los españoles».
Para Xavier Agenjo la cuestión debería retomar un enfoque clarificador en cuanto a la utilización —y ocultamiento— de la figura de Menéndez Pelayo en determinadas operaciones casticistas que tienen a la literatura española, es decir, a su crítica, en el centro del propio laberinto histórico: «En mi opinión —escribe— el verdadero valor constituyente de la España castiza, tal y como se ha presentado a generaciones de españoles, no es tanto el de Menéndez Pelayo, amante de la España descentralizada (y de la lengua catalana, por ejemplo) y que consideraba plenamente españoles a musulmanes y hebreos, sino Menéndez-Pidal, que a pesar de su condición de laico aportó en su obra historiográfica una cosmovisión de la España histórica que poco tuvo que ver con la que podía haber aprendido de don Marcelino, puesto que es diametralmente opuesta. El papel protagonista que Menéndez Pidal da a Castilla y al castellano transformado posteriormente en español, tras la absorción de los dialectos romances centrales, estaba muy distante de los postulados del polígrafo cántabro».
Las palabras y los términos anteriores comienzan a focalizarse, desde otro plano que, tal vez, se ajuste más a la compleja realidad y menos al canon historiográfico y topístico caído. Es, casi, un comienzo. Un nuevo itinerario. Una dirección y un capítulo de irreversible andadura, aunque las marcas queden y las huellas pretendan borrarse. Es decir, toda la patulea, surgida más de los peligrosísimos exégetas que de la propia realidad de la trayectoria de Menéndez Pelayo como crítico literario, y que derivó en la construcción de un imaginario crítico basado en peregrinas afirmaciones de tal manera que el tipo que predomina en la obra de Menéndez Pelayo obligara a las disciplinas filológicas «a anclar sus investigaciones sobre lengua y creaciones del pasado a unas estructuras sociopolíticas tributarias de la edificación de una identidad nacional» (Yannick Llored).
Lo cual, en tan pintoresca opinión, favorecía la imagen mítica de un España guardiana de la pureza del dogma y de su «patrimonio iberorromano» (sic).
En resumen, supuestamente, se habría dado a la tarea de extraer de una gran variedad de textos unos fundamentos interpretativos que explicaban la auténtica concepción de la identidad nacional, su esencia y sentido histórico.
Perseguían —supuestamente, digamos, Menéndez Pelayo y sus adláteres— la legitimación del valor de modelo inscrito en la tradición, la potencia integradora del concepto de «nacionalidad» y, en fin, la elaboración de la continuidad del sentido de la historia, cuyo asunto era exclusivamente el conjunto de valores relacionados con la inagotable búsqueda de un legado cultural común. Porque, en definitiva, concluirán, la relación con los textos sigue siendo inseparable de la constante y polémica búsqueda historiográfica de un legado cultural.
Pero la relación de los textos, anterior a lo que propugnará la escuela creada por Pidal —que nace con vocación de escuela, que impregna los valores de escuela a los discípulos, que genera los mitos suficientes para que los estandartes de la escuela exhiban sus colores historiográficos— es uno de los elementos básicos, esenciales, vertebrales de la labor de esta vida de lector que venimos apenas señalando en brevísimas y deslavazadas pinceladas, no sé si de trazo grueso.
Convengamos, ya se advirtió al principio, que resumir cuarenta años de exclusiva y minuciosa dedicación a la crítica literaria, como fue el caso de Marcelino Menéndez Pelayo, no es ya cosa de una tesis doctoral, sino de varias, de todo un departamento universitario exclusivo. Por ello, llegados a este puerto, valga el recorrido de, como señalaría Dámaso Alonso, «nuestro primer crítico».
Del inteligente libro de Dámaso Alonso uno descubre esa vastedad bibliográfica, esa capacidad lectora, esa atención a los más diversos ámbitos, esos retratos imborrables —que crecen en su sabiduría y sensibilidad con los años— que marcan a La Celestina o a Juan Ruiz; uno descubre esa vocación ingente por tratar de leerlo todo, y si no de escribirlo. A nadie se le oculta que la Historia de las Ideas Estéticas surge como necesidad ontológica antes de emprender una necesaria Historia de la Literatura Española. Una debía de ser antes de la otra. Qué bien vendría esta sabia y honesta aplicación a los tiempos de ahora en las aulas universitarias.
Dámaso dibuja, con trazo firme, sensible, hondo, los perfiles del crítico literario Menéndez Pelayo. Destaca la precisión en el saber desmenuzar las obras mediante la lectura atenta y conmovida; destaca la precisión en encontrar lo referente, lo esencial, lo vertebral, lo decisivo en cada una de esas lecturas que forjan su «obra titánica». Lo que Dámaso Alonso plantea en la descripción pormenorizada de la trayectoria crítica del cántabro es, precisamente, todo lo que tiene de evolución, de cambio, de apertura. Una labor titánica, sí, que se complementa en el vaivén de la obra viva, abierta: «No hay verdadero crítico o historiador de obra normalmente larga, que no tenga que rectificar. Son los marmolillos (y tampoco faltan en nuestras letras) los que ni se menean ni ceden».
He ahí, el carácter dudosamente histórico de la obra literaria en cuanto a tal, no en cuanto a objeto histórico; y he ahí, el rasgo decididamente contemporáneo del crítico Menéndez Pelayo. Esa intuición que corrobora el trabajo lector realizado: «El que sueñe —escribe en 1911, año de Heterodoxos— con dar ilimitada permanencia a sus obras y guste de las noticias y juicios estereotipados para siempre, hará bien en dedicar a cualquier otro género de literatura, y no a éste tan penoso, en que cada día trae una rectificación o un nuevo documento […]. El historiador debe resignarse a ser un estudiante perpetuo y a perseguir la verdad dondequiera que pueda encontrar resquicio de ella sin que le detenga el temor de pasar por inconsecuente».
Ya en 1910 había regresado a los Orígenes de la novela, y las escasas veinte páginas de ediciones anteriores se han convertido en 240; es decir, la segunda mirada a una de sus obras mayores se ajusta, pasado el tiempo a lo esencial, «conforme a los descubrimientos e investigaciones de los últimos años y al minucioso estudio».
Y, también, y por qué no, al cambio de sensibilidades, al cambio en la manera de acercarse a la obra literaria, al cambio en la sensibilidad del lector contemporáneo frente —como se ha señalado— a la obra clásica. Y también, las ocultaciones y a los descubrimientos.
Lo destaca Dámaso, pero vale subrayarlo. Esta confesión constituye la insoslayable geografía intelectual de un crítico literario, el cambio, el descubrimiento, la nueva forma de leer, son los elementos del asunto: «Muchas puertas -—dice— llevan a la encantada ciudad de la fantasía; no nos empeñemos en cerrar ninguna de ellas ni en limitar el número de los placeres del espíritu».
Al revisar las páginas de Menéndez Pelayo dedicadas a la crítica, uno confirma cómo el centón de aspectos que conforman la agenda de esta por entonces incipiente disciplina —si cabe— aparecen en las notas, reseñas, estudios, monografías del cántabro: los problemas de la autoría, el acceso y delimitación de las fuentes, el género de la obra, las diversas y, a veces, distintas, redacciones; la datación, el lugar, los personajes, el estilo, la configuración de los personajes, las balbucientes retóricas…
Para Dámaso: «Los dos literatos, el gran creador (Lope) y el gran historiador (Menéndez Pelayo), se parecen por esa facilidad increíble con que el uno se saca de la manga comedias y poemas, y el otro nutridos volúmenes de historia, en un número, en una abundancia, una continuidad tales que no creo ofrezca muchos paralelos la cultura del mundo».
En efecto, no los tiene. Para Dámaso, ambos, Lope y don Marcelino, son dos «monstruos de la naturaleza». Merece el viaje, contado a manera de crónica, el proceso de creación del autor:
1877. Polémicas…de la Ciencia Española.
1880. Historia de los heterodoxos. 2 volúmenes.
1881. Calderón y su teatro.
1882-1902. Obras de Lope. 12 tomos.
1883-1891. Historia de las ideas estéticas. Cinco tomos.
1884-1908. Estudios literarios. 5 tomos.
1890-1908. Antología de los poetas líricos. 13 tomos.
1893-1895. Antología de la poesía hispanoamericana. 4 tomos.
1903-1910. Orígenes de la novela. 3 tomos. Y sigue…
Sí, no tiene muchos paralelos en la cultura del mundo y será decisivo en la cultura española, pero qué distinta la mirada que se hace a lo largo del camino de la vida de la que se queda como foto fija de una obra —como vemos— en marcha, de un historiador, de un filólogo, de un crítico atento, casi lupa en mano, a cuantos acontecimientos y hechos requieran un cambio, otro lugar en el invisible anaquel de la historia, en el imaginario edificio de la ficción, en el túmulo magnífico de los clásicos.
«Jamás —afirma Dámaso— ni en prosa ni en verso he encontrado una página que se pudiese llamar baladí».
Con el tiempo, y esa es la obra que destacamos, la voz, el pulso, la grafía y el trazo de don Marcelino se llena de ponderación en su juicio, de profundidad en el análisis sensible de los textos, de las memorias, de generosidad en la lectura de las cosas de la vida, en los aconteceres, en las andanzas y en las industrias de los personajes, reales o imaginarios que llenan las páginas de la bendita literatura.
Nada es casual. Es quien no sabe que traza su propio perfil, cualquiera de nosotros, quien al final fija con pulso la topografía fantasma de su propia vida. Al principio de todo, en una carpeta en la que guardaba sus versos, Menéndez Pelayo había escrito: «En arte soy pagano hasta los huesos… pese a quien pese».
Pero, don Marcelino ¿y a quien habría de pesar, si esa línea de sombra acompañaría su obra a lo largo de las décadas de una vida?
Claro que no todo iba a ser un camino de rosas, porque Menéndez Pelayo —en la búsqueda de esas ficciones orientadoras de las que ha hablado Edmund S. Morgan—, puesto que ese ideal de clasicismo, de nobleza, de canon clásico que anhelaba para nuestra literatura no cabía buscarlo. No podía ser. La historia de la literatura española es la historia de una anomalía, que aquí hoy, lamentablemente, no tenemos tiempo de desarrollar como requiere y que me limitaré a un aviso telegráfico: «¿Quien tenía un criterio tan cerrado y excluyente podría amar y comprender la literatura española, si en nuestras letras puede afirmarse —señala Dámaso— que el puro culto de la forma clásica no se ha dado nunca de un modo total, y hasta que son pocos los escritores que se han acercado a ese ideal artístico?».
El viaje de Menéndez Pelayo, crítico literario, es la historia de una seducción. La creación de un idilio extraño y fascinante. El triunfo de la literatura sobre el resto de los asuntos de la vida. La genial heterodoxia de la literatura española horada, con belleza, con rotundidad, los viejos pilares de un orden ideal. La vida española va, fue, ha ido, por otra parte.
Y Menéndez Pelayo ahonda en la búsqueda de esos contornos, en la huella invisible que marca las fronteras entre realidad, ensueño, ficción, nación, memoria.. .Un ejercicio fascinante del que nadie sale ileso, pero todos ganamos. Es el viaje que transforma al exquisito adorador de la forma en el reivindicador de esa tradición literaria llena, repleta de anomalías, de fronteras, de excesos, de heterodoxia. El viaje de aprendizaje, el camino de perfección que le permite convivir con otros credos estéticos. Y el primero, casi, Lope, el anticlásico porque «nos da toda la naturaleza sin selección».
Es bueno recordar que el proyecto, que el viaje literario, queda truncado, sus obras fundamentales quedan inconclusas. Pero sirven, y de ahí el desamparo, como muestra de lo que habrían sido. Dámaso recuerda cómo las dos páginas dedicadas a San Juan de la Cruz le parecen «justísimas y la expresión penetrante».
Lo que caracteriza su crítica literaria, su labor previa de historiador, es la intuición genial para organizar de manera armónica y sobre una sólida arquitectura documental todo lo que se añade mediante la investigación, mediante ese oficio de leer que da razón y sentido a todo lo demás.
«Menéndez Pelayo había comenzado su vida creyendo que la belleza era el fin último —concluye Dámaso— de la literatura, del arte, tal en Horacio. Y entonces le vemos frío, lejano, y en contradicción consigo mismo, sencillamente porque esa fórmula no era ya vital para un hombre de la segunda mitad del siglo XIX: cuando con esa declaración —lo bello y lo feo como objetos de arte, antes de 1890—, hecha sin énfasis ni solemnidad especial, por primera vez admite toda la naturaleza, bella o fea, como capaz de expresión artística, por primera vez también le sentimos íntimo, cercano, humano, nuestro».
Y recompone el estilo, o mejor, crea un estilo que reúne, casi con la claridad del agua clara, las intuiciones, las ideas y los sentimientos. ¿Cómo actúa, el crítico Menéndez Pelayo? En primer lugar, con un instinto prodigioso; en segundo, se apodera de la obra, de lo más característico, de lo más intenso —«lo mogollante», Lezama Lima—; en tercer lugar, le presenta al lector una fotografía perfilada de época, de la época, de los modas y las modas literarias, las retóricas, los usos y, al final, ningún de los que haya frecuentado esas páginas, podrá olvidarlas jamás. Lo dijo mejor, infinitamente mejor Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo logra, como en la vieja alegoría, «meter el mar en un agujero de la aren». Tan poderoso como ese libro de arena borgiano del que están hechas las historias, los imaginarios, los sueños y la vida. Ese libro de arena poblado de misterios, anhelos y curiosidad.
Una labor crítica, que viene de la previa tarea del historiador y que en esta se sustenta, y permite que sea el cántabro quien hoy se reconozca como creador de la historia literaria española. Antes de él era un caos, y era extranjero: Boutewek, Sismondi, Ticknor, y los elogiables intentos (no más allá de historiar la Edad Media) de Amador de los Ríos.
Es cierto, Menéndez Pelayo pobló un espacio inmenso antes casi desierto, e hizo más: trazó la cartografía esencial; abrió canales secretos; dibujo las líneas que cruzaban los siglos y marcaban las genealogías… Para Carballo Picazo son varios los tipos de crítica que configuran esa primera y poderosa historia literaria española: bibliográfica, a la manera de Nicolás Antonio; formalista o externa, como se llamó en aquellos años; estética, de estirpe germana y filosófica de huella hegeliana; histórica y analítica, con los ecos de Grimm, Meyer, pero no se cierra en ninguna de las bandas: «Yo he procurado evitar los inconvenientes de todos estos sistemas. Tengo principios estéticos, procuro, además, poner la historia literaria dentro de la historia social, pero no traigo un sistema a priori que me empeñe en aplicar a todo aunque los hechos lo resistan. Sin hechos que juzgar, no se puede hacer juicio […]. La crítica no es alta ni baja; la crítica es un apero complejo; abraza la crítica externa o bibliográfica, la interna o formal, la trascendental, la histórica; cualquiera de estas partes que falten, el estudio será incompleto».
Es hora de concluir; en la Antología comentada que citamos al principio se puede recorrer este fascinante itinerario, remitiéndonos a la filología, a la crítica literaria, motivo de esta tarde. Así lo hace Antonio Santoveña Setién, en su breve y enjundiosa introducción a «La historia considerada como obra artística». La búsqueda de don Marcelino de ese hilo invisible, indeleble que marcará los elementos vertebradores de España y la forma en que se habían manifestado, tal vez persistido, a lo largo de los siglos.
No otros son los heterodoxos, por contrario. Para muchos aún hoy Menéndez Pelayo podría sugerirles la figura inquietante de ese Jorge de Burgos de El nombre de la rosa de Umberto Eco, celoso guardián de lo prohibido. Pero hete aquí las paradojas de la historia. Porque don Marcelino abrió, destapó, con generosidad, los vasos comunicantes ocultos de la cultura española. Aunque la historia después se revelará algo más compleja. Pero sin el descubrimiento de los documentos, de los autores, de las huellas —que no borró— otra habría sido la historia que ayudó a construir o, mejor, a escribir.
Ahí se encuentra la admiración que Emilio Pardo Bazán le profesa, no sin desencuentros; la admiración a una obra de la que se siente deudora, al tiempo que desea convertirse en la síntesis de los dos hombres de letras que más respeto le provocan: Leopoldo Alas «Clarín" y Marcelino Menéndez Pelayo.
La síntesis de dos Españas que, sin embargo, hablan en un mismo idioma de sabiduría y curiosidad, como bien presenta José Manuel González Herrán y «La historia oscilante de una admiración», como es el ya conocido caso de la poesía de Heine y el juicio crítico que a lo largo de los años define la biografía intelectual de don Marcelino, lo cuenta
Ana Belén Rodríguez de la Robla, en este reciente y ponderado, y ecuánime conjunto de trabajos.
Así los estudios cervantinos que recupera Francisco Pérez Gutiérrez y que contienen, en esencia, el pensamiento menéndezpelayista respecto al autor del Quijote y la época, y que abren un sinfín de ventanas no ya al asunto meramente cervantino sino a los debates más actuales respecto al diálogo de libros que, de manera implacable e impecable, marca el devenir de la historia literaria presente. Ahora lo sabemos y ahora justo es reconocerlo. Porque advirtió cómo la literatura sería suma y resumen de un formidable ejercicio de préstamos y conexiones entre los libros plasmada, de manera ejemplar, en la obra de Cervantes.
Ahí, también, la delicada presencia de Amos de Escalante en un riguroso recorrido, de memorable valor minimalista, que recuerda Carlos González Echegaray o, como se cierra el volumen, con la dimensión iberoamericana en la exquisita, y a menudo, hermética obra poética de Sor Juana Inés de la Cruz, en la documentada introducción Lourdes Royano Gutiérrez.
Concluyo, si cito estos trabajos es como homenaje a una serie de recuperaciones cercanas, inmediatas, recientes del valor y la dimensión de la ingente obra crítica de Menéndez Pelayo. Motivo de este gratísimo, y exagerado por quien les habla, encuentro.
Valga el final. Y vale lo escrito por Emilia Pardo Bazán en sus «Crónicas de. España" para La Nación de Buenos Aires (Borges y Bioy), el fatídico 30 de junio de 1912: «Morir a los cincuenta y seis años, para un estudioso, es casi malograrse […]. Él exclamó al saber que se iba: "¡Qué lástima, me quedaba aún tanto que leer!". Y nosotros decimos tristemente: "¡Qué lástima, le quedaba aún tanto bueno que escribir!"». Sea.
1 · Obra social y cultural de Caja Cantabria. Fundación Histórica Tavera.
2 · Ahí se encuentra, por ejemplo, la Bibliografía preparada por Amancio Labandeira en 1995, y ese viaje a la semilla que tal vez comience con la biografía a cargo de mi antiguo y entrañable profesor de Bibliografía, Simón Díaz (1954), primer paso indispensable; y las conferencias de Gerardo Diego (1931) y de Gómez Baquero, «Andrenio» (1929), y el muy citado artículo de Manuel Olguín (1950), lo de Laín (1952), el prólogo de Mariano Baquero Goyanes a su antología de La novela española vista por Menéndez Pelayo (1954), el inmaculado libro de Dámaso Alonso (1956), la conferencia de Alfredo Carballo Picazo pronunciada en Santander en agosto de 1956 —año del centenario— precisamente titulada, «Menéndez Pelayo y la crítica literaria» —de la que mis palabras son agradecidas y deslumbradas deudoras—; y Alvar (1956), Martínez Cachero (1956), y Pedro Sainz Rodríguez (1956), y Jiménez Rueda (1957) por solo citar, si se me permite, a los clásicos, junto con otros trabajos recientes. Sirvan como muestra de estos últimos Marta Campomar (1984), Ciríaco Morón Arroyo (1994), Antonio Santoveña Setién (1994) o José Alberto Vallejo del Campo (1998); además de los prólogos e introducciones de las nuevas ediciones citadas y de la utilísima Antología Comentada que ha publicado la ejemplar Estudio de Santander y cuya introducción, pulcra y documentada, firma Xavier Agenjo Bullón. Edición ésta que se completa con diversos estudios introductorios según la tipología del texto seleccionado y entre los que destaca —ya los señalaré más adelante— la esclarecedora mirada contemporánea que se lleva a cabo, de manera sumamente efectiva, sobre la obra de Menéndez Pelayo.
Cuando el director de Nueva Revista me sugirió escribir un artículo sobre Antonio Fontán y su etapa de director del diario Madrid, en la que tuve el honor de compartir a su lado, como subdirector del periódico, aquella fascinante aventura periodística que fue un prólogo político e intelectual a nuestra transición democrática, andaba yo enfrascado en la lectura de un libro que recomiendo vivamente a aquellos que tengan alguna preocupación por el pensamiento de nuestro tiempo: La vida de Isaiah Berlin, escrita por Michael Ignatieff, que es algo más que una simple biografía.
Entonces pensé que sería fantástico hacer algo parecido a lo hecho por Ignatieff con el profesor Fontán: tener una larga conversación con él e intentar recoger con unas pocas palabras verdaderas la esencia de lo que él ha representado para la gente de mi generación como periodista, pensador y político. Berlín también estudio Filosofía y estuvo a punto de dedicarse profesionalmente al periodismo, cosa que no hizo porque cuando el director de The Manchester Guardian le preguntó si tenía facilidad para escribir dijo que no. (Durante la II Guerra Mundial demostró con sus informes que escribía mejor que la mayoría: sus escritos llegaban hasta la mesa de Churchill, que se preguntaba quién era el sagaz autor de aquellos análisis).
Antonio Fontán —filósofo, ensayista, latinista, catedrático, político— ha concentrado lo esencial de su biografía periodística en esos años de director del Madrid, pero antes y después ha hecho muchas cosas en esta profesión. Desde dirigir el Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra a escribir terceras de ABC. Aunque ciertamente los años del último Madrid —1968-1971— fueron unos años muy significativos, tensos y estimulantes.
Los que estuvimos con Antonio Fontán en aquella batalla por las libertades, con la ardiente paciencia suya modulando la impaciencia juvenil de algunos, podemos ver ahora, con la suficiente perspectiva, lo que representaba para un intelectual que era profesor de latín aceptar, por ejemplo, que a una foto con el futbolista Amancio (que era una especie de Raúl de entonces) en la boca de gol, le pusiésemos el celiano título de El gallego y su cuadrilla. El, que era el director, se ocupaba sobre todo de la página editorial, pero tenía la antena orientada hacia todo lo que ocurría en el periódico, y se sentía tan cercano a Chumy Chúmez, que enviaba las agudas viñetas de la página 3, como a Tomás, el regente del taller, que le hacía llegar a su despacho los primeros ejemplares que salían de la rotativa.
Cuando en abril del año 2000 el IPI (Instituto Internacional de Prensa), de cuya sección española había sido presidente, concedió los títulos de Héroes de la libertad de Prensa del último medio siglo, Antonio Fontán fue el único español entre los cincuenta galardonados, y Esperanza Aguirre, como presidenta del Senado, organizó un homenaje, presidido por Mariano Rajoy, en el que tuve ocasión de rememorar los aplausos recibidos en Boston, en la entrega del premio. Aquellos aplausos eran un reconocimiento no sólo a su rigurosa vida profesional y política, sino a un estilo de hacer periodismo en tiempos difíciles. Porque la etapa final del diario Madrid fue un anticipo de lo que iba a venir enseguida. Era un periódico plural y un punto de encuentro de ideas y talantes, un lugar de convivencia civilizada. Una metáfora de lo que queríamos que fuera España.
Quizá del Fontán de aquellos años podemos decir lo que Ignatieff dice de Isaiah Berlin: «Era este sentido de oscuridad circundante lo que había dotado de una elocuencia sombría a sus mejores escritos y de pasión a su vocación intelectual. Pero no permitió que los tiempos dictaran su carácter». Porque, como el autor de su soberbia biografía dice de Isaiah Berlin, de Antonio Fontán se puede asegurar que, «en un siglo oscuro, él demostró cómo debe ser la vida del espíritu: escéptica, irónica, desapasionada y libre».
Sencillamente llega un día en que lo que se nos había antojado hasta entonces trascendente, inaprensible por lejano, infinitamente separado de la realidad de cada instante, eso, pues, que creíamos fuera de los instantes, es como si se cambiara de casa y se viniera a alojar precisamente entre lo que tenemos más cerca, tan cerca que no parece todavía un objeto separado de nuestro propio sentimiento cuando la fuga de esos instantes, que se van.
Lo distante, lo inasequible, nos parece entonces que vive aquí, y que no es su separación la razón que lo hace indecible. Esa razón de su esquivez, muy poco racionalizable, resulta estar ahora en su proximidad, la de una música, una ciudad o una hora del día cuya misma inmediatez los hace invisibles, porque no hay distancia —nos decimos—para verlo siquiera. Y es como si todo eso tuviera antes que ser olvidado, alejado por nosotros para que la memoria nos lo traiga luego recreado, tras la previa creación de la distancia o la lejanía que lo hace posible. Por eso, creo, Juan Manuel Bonet dejó un día su deseo poético en estos dos escuetos y grávidos versos:
Cualquier otra ciudad que me hable
de cualquier otro tiempo.
Aun habiendo sido muy admirado por mí desde antiguo, nunca he escrito hasta ahora sobre la poesía de Juan Manuel Bonet; casi me he resistido a hacerlo: se me volvía difícil y, sobre todo, yo veía que era como si no hiciera falta, o que quizá unas palabras de más —y las del comentario (por no llamarlo crítica) siempre cargan con ese peligro— podían dar al traste con lo que hacía de esos versos algo muy frágil. Tenía, por decirlo así, miedo a que ese algo resultara, a poco que se le echase ganga encima, empañado u obstruido o —aún peor— desvelado. Porque, en realidad, ya sabía que eso lo que fuera debía permanecer precisamente velado para seguir estando, como me parecía a mí que estaba, vivo. De manera que la poesía de Juan Manuel es uno de esos sitios en los que mejor creo percibir un —llamémoslo así— cambio de domicilio del misterio, del enigma de la realidad, que un buen día se trasladó desde lo más remoto a lo más próximo a nosotros y, por ello, a lo más leve, a lo que exige —para ser dicho— que apenas sea tocado.
Creo que por eso, cuando leí —es un decir— los poemas de Plaza del Árbol (los que me han hecho finalmente romper las cautelas) creí encontrar una especie de contradicción. Esos pequeños poemillas aparecieron en su día (Galería Canem, Castellón, 2000) en una hermosa edición bibliográfica (o sea, que casi nadie los ha leído) junto a los grabados de Manolo Rey Fueyo, un pintor abstracto, de familia, para entendernos, rothkiana, al que, de primeras, nos resultaría difícil no asociar con cierta poética de lo infinito y lejano, de esa negra noche en la que se deshacen todas nuestras representaciones de la realidad o, mejor dicho, de la vida: la que no puede ser, justamente, representada.
Esa contradicción primera, entre unos poemas muy particulares y exactos, y unos grabados muy abstractos y nebulosos, creo ahora que no era tal. Más bien entre los versos y los grabados se daba una circulación del sentido inasequible a cualquier explicación —a cualquiera de aquellas palabras de más— que pretendiera darla por concluida. Con la precipitación propia de los clasificadores, esta poesía ha sido en ocasiones asociada a lo que se ha llamado «poesía figurativa», que era como una huida de la abstracción especulativa y de la metapoesía planteadora de problemas lingüísticos, engolosinadora de unos y repugnante a otros contemporáneos, según parece. Y es cierto que en la poesía de Juan Manuel hay un gusto —muy melancólico, muy nostálgico, si se quiere— o un amor por los «frutos sabrosos», por los «alimentos terrestres», por las mínimas cosas del mundo y de la vida, y hay también la insinuación de un germen narrativo, y el rescate —más vivo, más punzante que en cualquier otro poeta— de anécdotas, de momentos, de singularidades vividas e irrepetibles.
Pero el modo en que estas experiencias instantáneas son salvadas en sus versos nos exige sentirlas justamente en la fugacidad que las condena a su negación, que las disuelve en una noche muy parecida a la noche del grabado, hecha de la tinta densa y la oscuridad de una «niebla de silencio» en la que refulgen brillos esmeralda y anaranjados como los que puso en sus grabados Manolo Rey. O el brillo de unos relámpagos de la memoria, cuyo arte el poeta cultiva, ya digo, como ningún otro.
A Juan Manuel Bonet le favorece mucho ser un poeta camuflado, camuflado en la máscara del director de museos, del crítico de arte prestigioso, del hilador en la madeja de los nombres vanguardistas. Ese oficio, esa profesión de poeta le es tan indiferente como le son las banderas que salen en Plaza del Árbol. Es decir, que la indiferencia lo es para con la convención y el uniforme, para con la bandera de unívoco significado, todo eso que no puede ser la poesía. Y es cierto que en su primer libro, La patria oscura, más que en Café des exilés, había, sí, evocaciones que estaban a punto de ser relatadas, pero también aparecía allí esta suerte de poética que me viene siempre al recuerdo:
Escribir —como si nada fuera importante—
el sencillo irse de las horas
sentado en la terraza de un café
de una provincia española.
Escribir, como si estuviera escrito,
que el ruido de esas tazas sobre el mármol
tuviera que pasar el arroyo claro
de unos versos.
Escribir, como si nada fuera.
Las cosas, los momentos, las ciudades deben pasar por aquí, deben pasar por el sitio, por el espacio que el poeta de Plaza del Árbol dice apartar para que en él se aloje la «música provinciana de las campanas». Ese espacio (o esa ventana, iluminada como los miradores de las casas campestres a la orilla de un río en la noche de los poemas de su querido José María Eguren, o como la de Vladimir Holan en la isla de Kampa o la de Jankèlèvitch en la Ille de la Cité parisina, tal como él las recordaba en La ronda de los días); esa ventana, ese lugar, es —nos dice— la poesía. La luz de la ventana, claro está, acabará apagándose, acabará disolviéndose, y el presente de los gatos, el de las torres góticas, el presente del árbol delgado en la plaza recoleta acabará deshilándose en una suerte de musiquilla o en el cierto desorden de unas formas fugaces que lo querrán revivir en unos versos. Son esas cosas, como las enumeradas en el primer poema de Café des exilés, las que «después de tanto tiempo / componen este poema». Y, mientras tanto, las cosas, al otro lado todavía del puente de los versos, son nada más que luces detrás de unas densas nubes bajas, o de unas humaradas fabriles como las que creemos ver en las pinturas de Manolo Rey.
En realidad, las tensiones y contradicciones que alimentan esta poesía parten de la que el poeta detecta entre la poesía y la vida: «lluvia de junio que / tan bien queda en un poema / mas no en la vida», decía en otros versos de aquel libro de 1990. Creo que por eso la memoria, involuntaria, inesperada, puede, desde un barrio oscuro —y más cuanto más oscuro se vuelve el barrio—, invitar al alma a zarpar hacia otro enclave que estaba hasta ahora salvaguardado por el olvido, al modo en que desde esta plaza el poeta parece escuchar, muy pasivamente, una llamada a la Italia de Via Labirinto, o como en Zakopane sintió que algo —un olor a jazmín— le llamaba hacia el Callejón del Agua sevillano, o igual que ahora las campanas escuchadas en la Plaza del Árbol parecen llevarle al lejano país del cuento antiguo egureniano «en la blanca mañana de invierno».
Por lo que sé, la Plaza del Árbol (la de los versos, no la del plano callejero de Valencia) no existe. El delgado árbol aquél no está ya allí o no es el mismo. Juan Manuel tampoco vive ya cerca. Manolo Rey Fueyo abandonó también el estudio en el que trabajó por allí durante bastante tiempo. Y sin embargo, esa plaza se nos ofrece aquí para ser vivida como el lugar de tránsito que ya fue entonces, como un cruce de oscuridades y súbitas iluminaciones. El árbol, la plaza, los gatos, las campanas, no se separan como objetos distantes, no cristalizan aquí después de haber pasado el puente hacia los versos; no vienen aquí a algo parecido a su propio morir en una imagen o en una figura elaborada por la representación. Esas cosas, esos seres vivos son salvados en el viaje incesante que los hace huir, moverse permanentemente de la vida a la memoria, del arte de la memoria a la niebla silenciosa de la vida. Ese continuo movimiento es el que sugiere la naturaleza musical de esta suite, que se hace explícita en el homenaje a Alfonso de Silva, e implícita en la reaparición de unos mismos motivos repetidos como «mínimas variaciones».
Nada acaba aquí; la poesía no es el helado y perfecto acabamiento, en una forma, de la verdadera y frágil y tenue emoción que nos deparan los versos. El propio poeta se ve alejado de sí mismo o, mejor dicho, se aleja de sí mismo para verse, igual que hace con los instantes y las cosas. Por eso, buscándose, se dice a sí mismo: «Como un vanguardista de antaño / quisieras escribir «campanas», / y que se alzaran en la página». Un verso, pues, que evoca, claro está, el viejo precepto ultraísta contenido en otros versos de Vicente Huidobro («¿Por qué cantáis la rosa —¡oh, poetas!? / Hacedla florecer en el poema»). Ahí, creo, está la demanda que el presente, por muy neblinoso que nos resulte, hace siempre al poeta: representar, formalizar. Pero resulta que, aun diciendo esto, también está ahí precisamente, en esa cita, la renuncia a la captura y a la inmovilización de la realidad, que es lo que significan las campanas y la rosa. La renuncia a la forma. Por eso, el poeta de Plaza del Árbol, sabe que —por muy simpático que le resulte su recuerdo— él no es aquel poeta de antaño. Hay aquí un sentido de la forma muy parecido al que Juan Ramón Jiménez, el poeta «de nuestro siglo» para Juan Manuel Bonet, insistió en defender muchas veces. Se trata de una forma «desaparecida», como quería Juan Ramón: la del agua de un vaso que se ha desprendido de las paredes de cristal que la encerraban, esas paredes de duro cristal que para Juan Manuel me figuro que son la métrica silábica o cualquier empeño estructural. Y, sin embargo, esa forma antiforma sí es hallada en los poemas mismos, a sabiendas quizá, como invitaba a pensar Juan Ramón, de que «la poesía no se realiza nunca, por fortuna para todos».
No, estos poemas no pueden ser —en ese sentido— poéticos. Y en esa esquivez para con la poesía que se realiza, hay, a fuerza de discreción, cierto deseo de mantenerse en el cultivo privado, en un amateurismo que es otro de los camuflajes de nuestro poeta. Los poemas pueden no ser poéticos, porque son el puente, el paso de la poesía. La poesía no se escribe. Entre el presente que demanda la fijeza de los recuerdos, y el recuerdo inesperado, tiembla la verdad viva que es cualquiera de estos poemas. Y por eso se nos tiende en ellos una cierta trampa cuando se declara el deseo de ver a las campanas alzarse de la página, como si se quisiera crear así aquella segunda naturaleza huidobriana. Él es el primero en saber, y nos lo dice, que eso le convertiría en un vanguardista «de antaño», es decir, en un ser irreal, en un polizón (como su admirado Lasso de la Vega). Pero, sobre todo, Bonet nos dice algo que resulta ser el otro polo, secreto y determinante, de la movilidad juanramoniana de esta poesía: nos dice que ese sueño —el de fijar, el de hacer la rosa en el poema— está «en lucha con este temblor / de una leve música ajada / que lleva a lejanos países».
En realidad, esa Plaza del Árbol nunca fue un lugar estable, estadizo, ni para el grabador ni para el poeta. El grabador, conociéndolo a él, viendo sus grabados y leyendo estos versos, guarda en su memoria el óxido cantábrico de los hornos del atardecer, como ascuas candentes al fondo de la noche de la realidad. Concentrado sobre las planchas, oye campanas que le llevan lejos, al «anochecer naranja» hacia el que su alma emprende el viaje. De ahí que en esa noche negra de la plaza, los grabados —según dicen los versos—queden «ajenos a la luna / y a las nubes que vienen del / mar, y a las verbenas tristonas, / y al rumor de hélices en lo alto». Es decir, que queden fuera del presente que los envolvía, apuntando y en marcha hacia otro lugar. Por su parte, un poeta que escribe —digámoslo así— con vocales francesas y consonantes castellanas, y que es muy difícil que se reconozca en cualquier tradición estilística construida sobre un patrón nacional, y que apaga con una sordina cualquier música o cualquier ritmo que de pronto descubra demasiado nítido, es un poeta que se va permanentemente, que se acuerda permanentemente de otro lugar, que se aleja de sí mismo, que desaparece, que escucha las… llamadas, y que nos deja con el temblor en el que vemos acercarse lo que creíamos lejano y luego vemos cómo se desvanece lo que nos parecía más próximo.
En los años setenta gustaban los físicos. En el cine te enseñaban cómo vivían los científicos. Por las mañanas, aceleraban partículas en el laboratorio, y después del almuerzo -café y cigarrillo- escribían en la pizarra sus galimatías. Uno de ellos hablaba con aire iluminado sobre su trabajo y los demás, en batas blancas y con los brazos cruzados sobre el pecho, guardaban silencio. Luego venían las discusiones, las réplicas irónicas. Ya entrada la noche, los sabios se marchaban a casa. Caía la lluvia, pasaba un solitario tranvía, y una muchacha lo seguía conla mirada. Luego venían los créditos.
Para conocer a un físico había que ir de vacaciones a Carelia, a las rocas. Allí habían detectado unos rebaños de hombres sin casar y en su mayoría de formación científica. Aquellos seres permanecían horas enteras colgados de las paredes rocosas, dudando sobre dónde poner el pie. Junto a los escaladores colgaban mujeres jóvenes: criaturas deseosas de formar una familia; para eso habían ido allí.
Yo nunca conseguí encaramarme a una roca. Constantemente se me mojaban las zapatillas y por las noches, del frío, me dolían los dientes. Mi compañera de tienda de campaña, cuando salía a rastras afuera, me pisaba la cara. Otras se dedicaban a cantar junto a las hogueras, y luego recordaban aquellos tiempos como los años más felices de su vida. Yo,en cambio, deambulaba a solas pensando en lo incómodo de aquel lugar y sobre que además aquellos científicos de roca no me necesitaban para nada.
Cuando tienes veintisiete años, te despiertas perpleja y te duermes deprimida ante la idea: ¿por qué nadie se casa contigo?
Tuve un doctor en ciencias biológicas que durante un tiempo trabajó en una sección de recogida de envases vacíos. Pero la cosa olía a disidencia y a teléfono pinchado. Qué ganas de empezar una nueva vida con la condena de «no puede salir al extranjero».
Otra variante fue un joven intelectual impregnado de tabaco, depositario de una pequeña colección de sofismas para cada día: «el vacío genera la estructura» o «estoy harto de esta constante mitológica». A veces este culturólogo descendía a la tierra y me distraía con historias sobre el tema: cómo largarse del país sin que te pesquen.
-Después de la guerra vivimos en los países bálticos, yo aún iba a la escuela. Cuando Estonia se hizo soviética, el tío Hugo y la tía Támara empezaron a hacer acopio de grasa de ganso. Un día se untaron de grasa para no quedarse congelados, hincharon unos neumáticos y se fueron nadando a Finlandia. Cien kilómetros tan sólo, nada, un paseo. Desde el cincuenta y uno viven allí; sus nietos siguen en Finlandia…También una familia checa, padres de tres hijos, se fabricaron un globo con unos impermeables «Bolonia», llenaron el globo de gas, se llevaron unas bicicletas, comida y se largaron volando a Austria. El globo aterrizó en el lugar previsto. Los checos se subieron a sus bicicletas y se fueron a la policía a entregarse. Los pastelillos hechos en casa aún no habían tenido tiempo de enfriarse.
Estos relatos llenaban de emoción a mi esteta, hasta el extremo de que empecé a sospechar que también encontraría la manera de escapar de mí.
Pensara lo que pensara sobre quién sería mi futuro marido, nunca se me ocurrió la idea de que éste podría tener una madre y de que yo tendría, si no vivir, sí al menos hablar con ella.
El novio apareció -como ocurre siempre- donde menos lo esperaba: en mi propio edificio. Lo vi por primera vez en nuestro patio. El hombre iba sumergido en sí mismo, arrastrando la hojarasca con los pies, las manos en los bolsillos y una cartera bajo el brazo. Me pareció un ser solitario y desdichado. Pero no un caso perdido del todo. Había allí en qué trabajar. Lo incluí en el grupo de los vertebrados superiores. Rasgos: tenía cráneo y boca articulada. Observando por las mañanas a través de la ventana descubrí que el individuo atravesaba nuestro patio en dirección a la parada del tranvía y se subía al treinta y uno. Yo también empecé a salir de casa a las ocho y media; viajábamos en el mismo tranvía. El llegaba hasta la punta de la isla Visílievski y luego desaparecía en un patio de la Academia de Ciencias.
Al medio año nos casamos.
Su madre, Vera Románovna, había sido en su juventud una copia exacta de Liubov Orlova. Cuando miraba sus fotos de hacía cuarenta años, me asombraba al comprobar que ya a los dieciocho años llevaba el mismo peinado de entonces: el pelo cortado recto y bucles en las sienes. Para conservar estas prehistóricas ondas rubias se pasaba horas arreglándolas, dándoles forma. Vera Románovna sacaba a menudo el espejo y se miraba pensativa en él: se cercioraba si no había perdido sus encantos. Era realmente muy bella, y para sus contemporáneos, todo un ideal. Yo la llamaba en secreto «Miss años treinta».
En el treinta y siete huyó de Perm para que la sombra de sus padres arrestados no cayera sobre su joven vida. Tras verter unas lágrimas, Vera borró a sus apestados viejos de su biografía, cerrando así la puerta que conducía a los infiernos. Aquel mismo año ingresó en una facultad en Leningrado.
-Me venían a ver de otras facultades -decía hojeando su álbum de fotos. En el álbum guardaba una tarjeta sin pegar, que siempre se caía cuando alguien lo abría. La foto era de un estudio fotográfico, hecha ya en la época soviética. Un joven sacerdote se sentaba junto a una mesilia y a una columna de cartón piedra, y a su lado, con la cabecita inclinada sobre un hombro, se alzaba un querubín: mi suegra.
Le pedí aquella foto a Vera Románovna y pasados muchos años se la enseñé a mi hijo escolar.
-¿Quién crees que es?
-El pope Gapón. ¿No…? Entonces será Rasputin.
La primera vez que vi a mi suegra fue en nuestra dacha. Yo había llegado a pasar unos días de descanso y me acosté temprano. Me despertó mi hermana.
-Levántate; ha llegado la madre de éste… ¿Cómo se llama? Bueno, de tu hombre.
Me eché encima una bata rota y salí descalza al porche. Ante mí apareció una rubia madura de aire joven con sombrero, velo y en un traje entallado de color rosa.
-Soy la mamá de Fedia1. Lo necesito con urgencia.
-Fiódor no está. Y tampoco pensaba venir…
-Pero viene aquí con usted; él mismo me lo ha dicho.
A qué tantos nervios, pensé. Tu Fiódor, ya te lo he pervertido. Y además, sin siquiera presentarte, ni un saludo…
-¿Cómo nos ha encontrado?
-He venido en coche con Yefim Mijáilovich. Y las desgracias nunca vienen solas: nos hemos quedado atascados en un pantano. ¿No tendrán por aquí algún hombre que nos ayude con el coche?
No había ningún hombre por los alrededores. De modo que mi hermana y yo, armadas de palas y con las botas de goma puestas, nos encaminamos en silencio hacia el pantano. El viejo «Moskvich»2 se había caído de lado no en el pantano sino en una zanja. Yefim Mijáilovich el padrastro de Fedia, un elegante señor con boina, nos saludó con aire tenebroso.
-Fima3, tenías razón. Fedia no está aquí. ¿Has tomado tu medicina? Desabróchate la corbata
-Vera, haz el favor de callar. Tú has insistido y yo he venido. Ahora sin un cable no podremos sacar el coche, y yo mañana por la mañana tengo un consejo de estudio.
Vaya par de desastres, pero parece buena gente -pensaba yo mientras recorría el bosque en dirección al poblado donde había una unidad militar. Cuando regresé en un camión con el rótulo de «Personal» ya había oscurecido. Dos amables oficiales sacaron en un instante el «Moskvich» de la zanja, pero Yefim no quería abandonar su papel de víctima: el día echado a perder, los pantalones sucios. El hombre sacó el billetero para pagar a los muchachos y los faros iluminaron el amargo rictus de su boca: más gastos absurdos.
Vera Románovna me abrazó al despedirse; al parecer, había llegado a la conclusión de que, por desgracia, yo era algo inevitable. Yo no le había gustado, de eso no había duda. Hubiera preferido de nuera a una niña tímida y simple, curiosa y obediente. Pero la intuición me decía que ya encontraríamos algo en común, todo era cuestión de tiempo.
Cuando me casé con Fedia, Vera Románovna optó por una estrategia infalible: contar a los conocidos y compañeros de trabajo lo feliz que era su hijo al haberse casado conmigo. De este modo intentaba, ingenuamente, hacerme bajar la guardia. Estimé en lo que valía su buena voluntad y me juré pagarle con la misma moneda.
Fedia guardaba hacia su madre un rencor viejo y profundo. Lo trajeron a Leningrado sólo cuando llegó al octavo curso4, hasta entonces lo habían dejado con unos parientes lejanos en un callado pueblo de más allá del Volga: gallinas entre hierba alta, cartillas para la harina, una biblioteca quemada hacía mucho y la más completa ignorancia de que en algún otro lugar existiera una vida distinta. Fedia no recordaba a su padre y no deseaba hablar del tema.
Nos instalamos, gracias a Dios, en un piso aparte, en el antiguo apartamento de Yefim Mijáilovich, donde el diablo se dejó los cuernos. Sin metro ni tiendas. Los dos éramos estudiantes de doctorado sin derecho a otro empleo. Y bien, decidí yo: me pondré a trabajar, trabajaré con todas mis fuerzas. Y tenía muchas.
Fedia, después de inspeccionar su medio entorno, se echó en un camastro. Mientras yo preparaba la tesis, daba clases particulares, intentaba hacerme amiga del carnicero y congraciarme con el director de una distribuidora de libros, él seguía tumbado en el camastro, mirando por la ventana hacia un descampado. Cuando nació el pequeño Fedia, mi marido se trasladó del camastro al sillón y se enfrascó en la lectura de un libro. Leía todo lo que le caía a las manos, hasta los periódicos que el viento arrastraba a nuestro balcón.
-Escucha esto: «Una mujer que se encontraba en la bañera se precipitó, atravesando dos pisos, al apartamento de un solterón…». Y esto otro: «Ha salido a la venta una crema para la cara llamada Stendhal». Seguramente para mujeres de edad madura, como las del Balzac. ¿Eh, a que tiene gracia?
Los domingos Vera Románovna nos invitaba a su casa y nos daba de comer. Aún sigo visitándola, aunque ya no hay comidas. Los muebles, el televisor, todo allí tenía más de treinta años, todo eternamente incómodo, aunque en su tiempo, a principios de los sesenta, tanto el secreter de madera pulimentada como la mesillarevistero de patas retorcidas se consideraban el no va más del encanto y se conseguían bajo mano. Hasta los libros eran los mismos que tenía toda la intelectualidad asueldo: Dreiser, El libro de la cocina sabrosa y sana, Los físicos bromean.
Por aquel entonces los científicos empezaron a salir al extranjero, algunos incluso acompañados de sus esposas. Los amigos se visitaban para escuchar historias sobre el extranjero y contemplaban con arrobo las insólitas adquisiciones: un posavasos redondo de cartón para la cerveza, una caja de cerillas con una vista sobre Plevna. Los invitados se morían de envidia.
A Yefim no le dejaron salir al extranjero, por razones de salud. Descubrieron que tenía los pies planos; por aquel entonces, esos detalles se miraba con lupa. Vera Románovna le compró a su marido un podómetro, y en los días de mal tiempo, en lugar de salir a pasear al parque, Yefim daba vueltas alrededor de la mesa del comedor, mientras su esposa le rayaba una zanahoria cruda.
En mi suegra la preocupación por su marido se expresaba en la forma de un frenesí entregado y constante. No le dejaba comer nada que tuviera fécula, le apagaba el televisor. Yo en su lugar hubiera reventado y le hubiera dado en la cabeza con una revista Ciencia y vida. En cambio a Yefim aquel zumbido le gustaba.
-Fima, se te ha puesto rojo el ojo izquierdo. Acuéstate en el diván y duerme un rato.
-Yefim, pasan cinco minutos de la una y aún no te has acabado la remolacha. Te han mandado que comieras puntualmente a tu hora.
-Has estornudado por la noche. No me repliques, lo he oído. Llama, por favor, al trabajo y suspende las horas de visita.
Él dormía en su despacho y ella en un cuarto pequeño impregnado de perfumes dulzones. Sobre unos estantes polvorientos se alineaban un montón de tonterías que ella por alguna razón apreciaba: un pececillo de plástico, unas zapatillas de souvenir del tamaño de una moneda, una cajita cubierta de conchas Hasta pronto en Sochi.
Mi experiencia de la vida no era grande, pero sí la suficiente como para comprender lo siguiente: Vera Románovna no quería a Yefim Mijáilovich y ahogaba su desamor en una protección extenuante. Por su bien.
Un día que pasé por casa de Vera Románovna para recoger la ropa para la lavandería, la mujer se puso a recitar la letanía de siempre: «Fedia está enamorado de usted como un chiquillo». Escuchar aquello daba náuseas, porque de mi ruptura con su hijo estaba enterado todo el mundo, sólo ella no se daba cuenta de nada.
-Vera Románovna, cuénteme sobre sus maridos. Quiero saber el qué, el cómo y, sobre todo, el porqué.
La mujer se echó a reír, pero luego se le nubló la mirada.
-El padre de Fedia era un ingeniero jefe y yo una becaria. Imagínese: el bloqueo, y yo sin nadie en Leningrado, mis padres habían muerto. Sin él estaba perdida. Y él me sacó en avión de la ciudad, me salvó. Luego nació Fedia.
-¿Y cómo es que su ingeniero jefe no se casó con usted?
-Yo no le culpo de nada: tenía mujer, hijo.
-¿Lo amaba?
-No lo sé… El me cortejaba, nos había alquilado una dacha.
-¿Y el segundo marido?
-Alekséi Alekséyevich me vio en plena calle, eso ya fue después de la guerra. Me vio y ¡al bote!, se enamoró perdidamente. Me salía a recibir, meacompañaba. Me tiraba ramos de flores a la ventana.
-¿Y usted?
-Yo, a decir verdad, lo estuve mareando. «Más tarde, ahora no, que tengo un niño pequeño». Él estaba dispuesto a todo, de rodillas lo tenía… Al final nos unimos. Era un hombre extraordinario, inteligente, generoso, pero yo no podía vivir con él. Bueno… Usted ya es mayor, me entiende. Se marchó a trabajar al Cáucaso y allí perdió la vida. No conozco los detalles.
Cuando me ponía el abrigo en el recibidor, siempre encontraba dinero en el bolsillo. «Quédeselo, quédeselo. Pero que no se entere Yefim. Que se enfadaría».
Antes de año nuevo nos llamó: «Yefim Mijáilovich está en el hospital. Los médicos dicen que no hay esperanzas». Le instalaron una cama en la sala y se pasó dos meses sin salir del hospital. Cuando todo acabó, no la reconocí.
Vi a una anciana con las sienes blancas y las mejillas hundidas. Ella me sonrió entre las lágrimas: «¿Qué, ya no parezco Liubov Orlova?».
Nuestro divorcio coincidió con el primer aniversario de la muerte de Yefim Mijáilovich. Vera Románovna ya se había hecho a la soledad y recibió la noticia con calma.
-Sabía que esto acabaría mal. Usted es una mujer inteligente, brillante; Fedia, en cambio es un tipo corriente. Pero, ¿usted no me abandonará? ¿No le prohibirá a mi nieto que me venga a ver?
-¡Vera Románovna! ¡La quiero a usted mucho! En cuanto a Fedia, ya encontrará otra esposa y tendrá una familia feliz.
-No hay familias felices -dijo con esperanza, y este sincero deseo de que no hubiera familias felices me conmovió.
Cada día al dirigirme al trabajo paso junto a la casa donde los domingos a Fedia y a mí nos daban de comer. Vera Románovna ya no sale a la calle, pero en los días de buen tiempo se sienta en el balcón con un abanico; la veo desde el trolebús. A veces la llamo y le pregunto si necesita alguna cosa.
-Gracias, querida, no me hace falta nada. Pero si usted necesita dinero, pase por casa. Me pagan puntualmente la pensión… ¡ Ah sí! Si no se le olvida, recuérdele, por favor, a quien nosotras dos sabemos, que tieneuna madre.
© Del original ruso: Natalia Tolstaya.
© De la traducción al castellano: Ricardo SanVicente.
NOTAS
1· Diminutivo de Fiódor. N del ed.
2· El seiscientos soviético de la época. N del ed.
3· Diminutivo de Yefim. N del ed.
4· A los quince años. N del ed.



El planteamiento de la existencia de un Islam Liberal ya constituye un dato esencial de futuro. O el Islam se incorpora al mundo o se convertirá en una idea peligrosa que genera violencia y fanatismo.
En un reciente discurso ante el American Enterprise Institute, el presidente George W. Bush asombró a sus oyentes cuando, al referirse a «la batalla por el futuro del mundo islámico», aseguró que «existen indicios esperanzadores de un deseo de libertad». «Desde Marruecos hasta Bahrein -añadió-, los países están tomando medidas verdaderas hacia la reforma política y económica». Para el presidente americano la derrota del régimen iraquí y la desaparición de Sadam Husein debería servir como «inspiración de libertad» para las restantes naciones musulmanas.
Tanto por el lugar donde estas palabras fueron pronunciadas -el templo del liberalismo norteamericano- como por el momento -la preguerra- muchos vieron en ellas el anuncio de un plan estratégico de la primera potencia para recomponer o remodelar la geoestrategia regional (Oriente Medio), donde conviven difícilmente países tan disímiles como Arabia Saudí, Siria, Irak, Palestina, Líbano o Kuwait. El común denominador de todos ellos es de carácter étnico y cultural (todos los árabes) pero, sobre todo, religioso: el Islam es la religión preponderante y casi exclusiva.
En la misma longitud de onda intelectual, Condoleéza Rice, la poderosa consejera de Seguridad Nacional del presidente, aseguraba días después que Irak, con una población instruida como la suya, era «capaz de iniciar la senda del desarrollo democrático». Son muchas las voces, dijo la señora Rice, que se elevan en el momento actual en todo el mundo árabe en favor de una reforma política y económica.
Qué reforma y quiénes podrán inspirarla son preguntas obligadas ante una visión tan optimista del futuro, precisamente cuando el horizonte regional y mundial aparece tan sombrío. Es obvio que para la política exterior americana -y europea, aunque en menor medida- la única reforma aceptable y viable es la que incide en la democracia representativa y parlamentaria, las libertades públicas, el respeto de los derechos humanos y la economía de libre mercado -es decir, lo que en Occidente se llama modernidad o incluso posmodernidad-.
Pero cómo hacer esta cesta sin mimbres, se preguntarán sin duda muchos en América y en Europa; cómo promover una reforma de estas características sin precursores ni gestores ni, aparentemente, fuerzas sociales que la sostengan. En un mundo islámico caracterizado – al menos, en la imagen más socorrida que Occidente tiene de él- por el fanatismo, la pobreza, la corrupción, la segregación y el odio al otro, parece un tanto ingenuo, por no decir inocente, creer que los heraldos modemizadores, liberales e ilustrados pueden improvisarse, emerger de la nada, reproducirse e imponerse en una sociedad anclada en los mitos más reaccionarios, una historia más o menos inventada y el resentimiento irreductible contra quienes no aceptan sus presupuestos culturales o religiosos.
La pregunta: ¿hay un Islam liberal?, deberá sin duda replantearse en el futuro porque constituye un dato esencial del futuro. O el Islam se incorpora al mundo o se convertirá en una rémora peligrosa que genere violencia y fanatismo.
Muchos han sido en el pasado los autores, especialistas o aficionados que abordaron este problema. No creo engañarme si digo que en el futuro serán muchos más si, como algunos creen, el crecimiento del fundamentalismo islámico se mantiene e intensifica. A estas alturas todo indica que, en efecto, esta deriva hacia el fanatismo excluyeme será difícil de frenar si no se produce una reacción generalizada de las propias sociedades donde aumentan las corrientes islamistas más radicales. Pero ¿cómo promover esta reacción modernizadora precisamente cuando las sociedades islámicas se sienten atacadas por fuerzas exteriores, supuestamente hostiles?

En un libro de lectura aconsejable rirulado significativamente Islam y libertad, el político y escritor tunecino Mohamed Charfi asegura que las razones inspiradoras del fanatismo islámico se basan en un malentendido histórico que convendría desmontar, como es el del «retomo a un Estado islámico», un Estado que nunca existió sino como una ilusión milenarista e irracional que historiadores y científicos han intentado desacreditar en… Occidente, y que los teólogos y predicadores del Islam han exaltado y convertido en verdad revelada.
Es muy discutible, desde luego, que Mahoma hubiera creado un Estado aparte de una religión y una comunidad («umma») de fíeles. «Difícilmente-escribió recientemente Jerónimo Páez:-, ya que ni tuvo tiempo ni pudo ser consciente ni reguló la sucesión». Fue a partir de su muerte, al iniciarse la expansión árabe, cuando la religión islámica se identificó con el Estado: una simbiosis rechazada tajantemente por los librepensadores musulmanes -que existen, aunque sean rara avis como el ulema de la universidad de Al Azar de El Cairo, Alí Abderrazak, autor de un libro imprescindible, recientemente vertido al español: Los fundamentos del poder -. Este autor advierte que el Islam es sólo una religión y no regula las relaciones entre el poder político y los ciudadanos, un problema que el cristianismo resolvió, en su opinión, hace veinte siglos.
Tras la muerte del Profeta, las sociedades islámicas elaboraron una serie de códigos de conducta para regular las relaciones políticas reflejadas en la sharia o ley islámica, un conjunto de normas y prescripciones cuya lectura actual, por muy benévola que sea, difícilmente puede disimular su incompatibilidad con los derechos humanos, las libertades y la modernidad.

El cristianismo, pese a etapas de oscurantismo y fanatismo indudables, pudo modernizarse y pasar, no sin fracturas ni dificultades, desde la Contrarreforma al Concilio Vaticano II. El liderazgo vaticano facilitó, pese a todo, la evolución y el aggiornamento. En el Islam no hay vaticanos ni pontífices y esto cercenó desde el principio la posibilidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Ni evolución ni separación de poderes ni modernización económica y social: encerradas en sí mismas, ajenas a lo que era el mundo exterior, estas sociedades vivieron durante diez siglos en un universo autocentrado. Las consecuencias de una ausencia tan larga todavía se sienten hoy.
Coincido totalmente con el ya citado Jerónimo Páez –inventor y director de una obra singular, El legado andalusí– cuando escribe que, en Occidente, fueron necesarios varios siglos para crear sociedades prósperas y tolerantes y que, por desgracia, hoy no se dan en los países musulmanes las mejores condiciones para que prospere un Islam liberal. «En nada ayudan a ello, desde luego, la carrera de armamento, la explosión demográfica y la pobreza. Tampoco facilita el camino, sino todo lo contrario, el profundo trauma que sufre el mundo musulmán debido a la doble moral qué practican algunas potencias occidentales en relación con Chechenia, Irak o Israel-Palestina». Todo eso crea, sin duda, resentimientos y fomenta todo tipo de fanatismos.
Un ensayista francés, Guy Sorman, acaba de plantear para el gran público el problema de la evolución del Islam, partiendo de una serie opiniones y percepcions polémicas -y, por tanto, de bastante interés-. El libro se titula Les enfants de Rifaa. Musulmans et modernes {«Los hijos de Rifaa. Musulmanes y modernos»; París, 2003) y voy a hacer unos breves comentarios de él.
La tesis principal de Sorman es que en las sociedades musulmanas se enfrentan dos tendencias generales, imposibles de conciliar: el fanatismo integrista y el pensamiento modernizador y liberal. Unos -los integristas- han logrado notoriedad y fama gracias a la inocencia, cuando no la frivolidad, de los medios occidentales dispuestos siempre a utilizar los estereotipos para diagnosticar una realidad que conocen mal o que no conocen en absoluto. Lo contrario de lo que ocurre con los «musulmanes y modernos», los «aliados naturales» de Occidente, que luchan en solitario por modernizar unas sociedades que los persiguen o ignoran.
La primera paradoja que Sorman denuncia es que, siendo el islamismo fanático una «ideología moderna» (no tiene más de un siglo de existencia), y nacido de una relación conflictiva con la modernidad occidental, es capaz sin embargo de utilizar los medios de la ciencia occidental, sus instrumentos de comunicación, incluso sus armas de destrucción. Se aprovecha, pues, de la mundialización de los medios y recursos occidentales aunque, eso sí, rechaza lo que constituye la clave de la ciencia y la razón, que es la crítica como método.
El integrismo musulmán nacería precisamente del fracaso de las tentativas de conciliación del Islam y la modernidad, que varios países islámicos iniciarion a principios del siglo XX con la idea de reducir, de ese modo, la distancia que les separaba de Occidente.
La reactivación de estas tentativas en los últimos veinte años ha producido resultados todavía más decepcionantes. Así sucedió en países como Irán (un caso aparte, dadas las características culturales e históricas del chiismo), Sudán, Argelia o Afganistán.
En efecto, las utopías fundamentalistas hechas en nombre de la verdad revelada y de su reinterpretación integrista, condujeron al caótico, sangriento y deslavazado panorama que hoy conocemos y cuyo símbolo sería el régimen talibán de Afganistán. Pese al fracaso apabullante de estas tentativas, la fuerza de la utopía todavía alimenta a las muchedumbres de los países islámicos, convencidas de que «las condiciones históricas no son todavía las adecuadas» para instituir el «Estado islámico» que resolverá todos los problemas, permitirá el acceso a la prosperidad a través de la solidaridad y hará posible que la nación árabe, mediante «el Libro (Corán) y la espada», recupere el papel que desempeñó cuando se extendía desde la India hasta Andalucía.
La irracionalidad del proyecto -la fragilidad intelectual de los argumentos utilizados- quedan relegados a un segundo plano cuando los letrados, clérigos (cuando los hay), teólogos y comentaristas comprueban el fracaso e intentan explicarlo. Se culpa entonces a la maldad intrínseca de las otras civilizaciones (especialmente de la cristiana occidental) y a la corrupción de los gobernantes.
Claro que, advierte Sorman, la búsqueda de una vía que haga compatible la modernidad con el Islam no conduce obligatoriamente al fanatismo irracional. Hay otra vía que simboliza un pensador egipcio, Rifaa El Tahtawi, cuyo nombre da título al libro que comento.
En 1826 el pachá otomano de Egipto envió a veinticinco jóvenes príncipes a París con el objetivo concreto de descubrir los secretos de la superioridad técnica y científica de Occidente. Entre ellos se encontraba un estudiante de teología islámica, Rifaa El Tahtawi. Rifaa vivió en París entre 1826 y 1831 y allí descubrió que casi nada en el Corán impedía al mundo musulmán modernizase. A partir de ese momento dedicó su vida pública, como letrado y político, a introducir en el mundo árabemusulmán las innovaciones y descubrimientos occidentales sin renunciar, sin embargo, a la revelación coránica.
Durante los cinco años que Rifaa vivió en París desarrolló una febril actividad intelectual y científica: conoció a los grandes orientalistas (Jomard, Silvestre de Sacy, etc.) y aprendió su lengua con rara facilidad. Pronto se abrieron ante él las puertas de los salones y de las Academias: era una curiosidad exótica y un tertuliano simpático. Pero su tarea más importante fue una suerte de enciclopedia, descripción sociológica y libro de viajes titulado El oro de París , la primera obra de un musulmán en la que se describía la sociedad occidental moderna.
El libro obtuvo una acogida contradictoria en el mundo árabe y sólo vio la luz en francés hace algunos años (1957, traducción de Anuar Louca), lo que no fue bastante para impedir al de otro modo sagaz por tantas razones, Ernest Renán, afirmar solemnemente, basándose en críticas periodísticas y referencias de segunda mano, que el Islam y la ciencia eran incompatibles. «El musulmán odia la ciencia», escribió el autor de La vida de Cristo, que a buen seguro no conocía la obra de Rifaa.
Porque éste demostraba precisamente lo contrario: que en el mundo musulmán había -y él era un ejemplo- gente interesada en la ciencia occidental y dispuesta a utilizarla para modernizar sus sociedades.
La historia de Rifaa y su gran aventura intelectual es larga y tal vez no valga la pena describirla con la minuciosidad que Sorman lo hace. Simplemente reseñemos que algunos lo consideran uno de los precursores del Renacimiento árabe, esa curiosa -y fallida- tentativa de adaptar a la modernidad unas estructuras culturales y mentales arcaicas. Y que en cierta medida su figura guarda ciertas semejanzas con la de Averroes.
Sorman cree que, en el mundo o mundos del Islam (hay cincuenta y siete países musulmanes y casi todos ellos son diferentes), Rifaa dejó herederos y que son ellos -intelectuales, profesores, técnicos, académicos, mujeres y hombres libres- quienes deberían promover la gran aventura modernizadora que evitaría el choque de civilizaciones, tantas veces vanamente citado desde que Huttington lo anunció con rara y simple oportunidad.
Para demostrarlo, el ensayista francés visitó los países más importantes del llamado mundo islámico, desde Egipto a Bangladesh pasando por Indonesia y Malasia, Irán, Turquía, Marruecos, Arabia Saudí, Argelia, etc. Resulta relativamente difícil sintetizar las amables y optimistas conclusiones del viajero que pretendía, con esa gira, contrarrestar la ignorancia y prepotencia intelectual con que frecuentemente en Occidente se juzga al mundo musulmán. Sorman enumera los avances tanto en el terreno intelectual como económico y social que descubre en muchos de estos países -¡incluida Arabia Saudita!, a cuya modernidad dedica un capítulo- y lo hace en un tono decididamente optimista, a veces un tanto superficial, aunque también describe y evalúa los avances indiscutibles del radicalismo fanático, el dogmatismo excluyente y el pensamiento único que existe, y cómo, en el Islam.
Tras describir, por ejemplo, la existencia y presencia de sectores modernizadores en Egipto señala que, si hubiera elecciones libres y transparentes-algo que no se produce en el país de los faraones desde hace muchos años y que es poco probable que en el futuro se hagan-, los islamistas ganarían por goleada. Lo mismo sucedería en Argelia si se permitiera al FIS volver a las tribunas y mezquitas. O, me dicen, en Marruecos, donde el avance islamista es apabullante y, desde luego, debería ser fuente de preocupación para España y los españoles, aunque estos asuntos no afecten en demasía ni a políticos ni a los diplomáticos, como siempre en la inopia.
Sorman describe algo evidente que tal vez no justificase su largo viaje a través del Islam (semejante al que hizo Naipul, el premio Nobel, hace diez años) y que malamente apoya su tesis principal: que existen corrientes cada vez más significativas en las sociedades musulmanas, capaces de orientarlas hacia la reforma la libertad y la modernidad. Pero estas corrientes difícilmente podrían en el futuro cambiar el rostro y el alma de los cientos de hombres y mujeres que miran hacia Occidente (¿qué es el mundo musulmán sino un producto «occidental»?) entre fascinados y resentidos, extraña mezcla de atracción e inquina, admiración y resentimiento.
¿Un Islam liberal? No por ahora salvo que los dirigentes de los países musulmanes fuesen capaces de concertarse en una suerte de despotismo ilustrado pan árabe, algo totalmente ilusorio e inviable Como en la imagen de la botella medio llena o medio vacía, Sorman tiene razón en muchas de sus reflexiones y yerra en otras muchas.
(Cuando terminaba estas líneas el príncipe heredero saudí, Abadía Ben Abdelaziz, presentó ante la cumbre árabe de Charm El Cheick una «carta de reforma» que podría inscribirse en ese movimiento de modernización pendiente, mezcla de despotismo y oportunismo. La carta, como tantas otras cosas en el mundo musulmán, duerme el sueño de los justos. ¿Por cuánto tiempo?)
En su Metafísica, Aristóteles define al ser humano como animal racional, y en la Política dice de él que es un ser social. El filósofo podría haber empleado una expresión más escueta, refiriéndose al ser humano como elocuente o hablante, pues el ser capaz de hablar ha de ser necesaria y simultáneamente racional y social. La capacidad de hablar es común a toda la especie humana, y aunque todos aprendemos a hablar de la misma manera y aproximadamente a la misma edad, siguiendo habitualmente las mismas etapas, sin embargo, no aprendemos a hablar en la misma lengua sino en aquella que hablan los que nos rodean. Y es precisamente merced ella por lo que entramos en contacto con otros seres humanos más allá del círculo familiar -gracias a ella nos convertimos en miembros de una sociedad-. Porque la existencia de cualquier grupo humano supone la comunicación entre sus miembros y ésta a su vez implica el uso de una lengua común. O dicho a la inversa: el que no conoce esa lengua, sino que habla otra, no forma parte, por principio, de nuestro grupo. La lengua aparece, pues, como el primer elemento de identificación de los miembros de un grupo y signo cuyo reconocimiento es condición previa para todo reconocimiento posterior.
Dado que, de acuerdo con la opinión de los expertos, existen en el mundo entre 5.000 y 6.000 lenguas distintas, podríamos suponer que existen en nuestro planeta otros tantos grupos claramente definidos por la lengua que hablan sus miembros y netamente diferenciados, también, de los grupos vecinos. Pero sabemos que la realidad no es así sino mucho más complicada. Es cierto que la lengua propia provoca sentimientos profundos y fidelidades muy fuertes; es asimismo cierto que a lo largo de la historia, como también en nuestros días, las diferencias lingüísticas han estado en la base de muchos conflictos sociales y políticos. Pero es también incontestable que las fronteras lingüísticas de los grupos son muy vagas, máxime cuando se trata de lenguas exclusivamente orales. Por otra parte, existen grupos humanos sólidos y cohesionados en los que se hablan varias lenguas, bien porque éstas cumplen funciones distintas dentro del grupo, bien porque son lenguas de subgrupos articulados entre sí, o bien, finalmente, porque se trata de auténticas sociedades plurilingües (si existen familias bilingües o plurilingües, como nos muestra la experiencia, también deben ser posibles las sociedades plurilingües).
Una simple ojeada a la historia de la humanidad nos muestra una gran variedad de situaciones en lo referente al papel que juega la lengua en la formación de las sociedades y en su estructuración política. Durante muchos siglos las lenguas fueron exclusivamente orales y, con frecuencia y durante mucho tiempo, estas sociedades han vivido aisladas, de modo que hablar la misma lengua era un supuesto previo que no despertaba ningún sentimiento particular, ni siquiera cuando, esporádicamente, sus miembros pudieran entrar en contacto con extranjeros.
Más cercanos a nuestro tiempo, los atenienses consideraban extranjeros y bárbaros a todos los que no hablaban griego como ellos. No obstante, sus enemigos tradicionales, aquellos contra los que entablaron guerras cruentas, fueron los habitantes de Esparta, es decir, los habitantes de una ciudad vecina en la que se hablaba en griego.
Distinta era la situación de los primeros grandes imperios constituidos a partir de empresas de conquista. En ellos, conquistadores y conquistados eran conscientes de hablar lenguas distintas, pero la consolidación de un imperio pasaba por encontrar fórmulas de convivencia incluso en el ámbito lingüístico. En cuanto al Imperio Romano, del que en alguna medida somos descendientes, sus ciudadanos se sentían orgullosos de serlo y de hablar latín y no tenían ningún interés por las lenguas de los pueblos ocupados -reconocían, eso sí, la superioridad de las producciones culturales griegas y tenían a gala conocer esa lengua-.
Con la disolución del Imperio romano a cuenta de los invasores germanos, Europa se convirtió en un espacio políticamente desorganizado en el que se hablaban muchas lenguas con múltiples variedades lingüísticas; pero un espacio conectado por las estructuras de la Iglesia católica que, al mismo tiempo que una unidad de creencia, ofrecía una lengua común. El latín no era la primera lengua de ningún grupo étnico sino el signo distintivo de una elite cultural, que la empleaba como segunda lengua.
La historia nos ofrece todavía ejemplos de otras situaciones. En el Libro de los Jueces, uno de los que componen la Biblia, se cuenta cómo en el curso de una guerra civil los habitantes de la ciudad de Efraim, que se encontraban cercados, huyeron y procuraron confundirse con una masa de fugitivos errantes. Sus enemigos establecieron un control y a todos los pasantes les obligaban a decir «shibolet», una palabra que los habitantes de Efraim pronunciaban de una forma singular -ello permitía identificarlos y acto seguido degollarlos-. En este caso la forma diferenciada de hablar no produce incomunicación ni expresa una cultura distinta ni es el fundamento de una solidaridad colectiva: es simplemente un signo característico que facilita la identificación.
No hace falta insistir en esta variedad de situaciones porque nuestras ideas sobre las lenguas como elemento fuerte de las identidades colectivas han surgido a lo largo de la historia de Europa. Y este proceso es el que hemos de intentar aclarar en este ensayo.
La desaparición del Imperio romano a consecuencia de las invasiones germánicas convirtió el continente europeo en un vasto espacio internamente disgregado, con señores feudales independientes entre sí. Los proyectos de estructuración que surgieron paulatinamente se movieron básicamente en dos direcciones.
Una está representada por el intento de Carlomagno de rehacer el Imperio romano pero ahora con una doble cabeza y una doble estructura: la religiosa presidida por el papa, y la civil presidida por el emperador. Se trataba de un proyecto en principio pluriétnico y plurilingüe, y aunque a la larga el intento no prosperó, tuvo de todas maneras una larga continuación en la que Carlos V jugó un papel importante, cuando se opuso a la división religiosa en Europa, y que logró sobrevivir hasta comienzos del siglo XX, es decir, hasta la desaparición del Imperio austrohúngaro.
El proyecto opuesto al carolingio y que a la larga se ha impuesto fue el de aglutinar las autoridades feudales en unidades nacionales regidas por monarcas absolutos, es decir, en Estados cuyo primer objetivo sería aumentar su fuerza por medio de una Administración eficaz -eficacia imposible sin uniformidad y sin centralización, lo que a su ve; requería una lengua común única-.
Francia constituye el ejemplo paradigmático de este proceso de unificación a la vez lingüístico, político y administrativo, un proyecto que la Revolución francesa heredó de la monarquía absoluta por el simple procedimiento de sustituir la autoridad del monarca por la autoridad del pueblo. Y no sólo lo heredó, sino que le proporcionó nuevos argumentos, pues la democracia requiere una lengua única para que todos los ciudadanos puedan compartir las mismas informaciones y participar en los mismos debates. Mas no sólo le dio nuevos argumentos sino que aceleró la unificación lingüística por medio de la educación pública y obligatoria.
El proyecto francés fue ampliamente imitado sobre todo en el occidente europeo y en sus aspectos fundamentales: la consideración del Estado como realidad política suprema no sólo de hecho sino de derecho -el Estado soberano- se ha propagado por todo el mundo, hasta el punto de que éste nos aparece hoy organizado en algo más de los doscientos Estados independientes, entre los que se reparte la completa faz del planeta: son Estados soberanos pero también Estados nacionales, cada uno con una o con varias lenguas nacionales.
El papel y la función que, con todo, se atribuyen actualmente a la lengua nacional van mucho más allá de aquella eficacia con que un día los monarcas franceses justificaban su imposición.
Cuando los romanos tuvieron que reconocer que los productos culturales en lengua griega -obras filosóficas, poesía épica, tragedias, etc.- eran superiores a las que ellos podían producir, llegaron a esta simple conclusión: como habían aceptado los dioses griegos asimilándolos a los propios y admitiendo que el Zeus griego era el mismo que el Júpiter latino, de la misma manera entendieron que la cultura era única aunque unas obras se escribiesen en griego y otras en latín. Siglos después, en los tiempos medievales, los cristianos bautizaron, o cristianizaron, la cultura pero siguieron pensando que ésta era única. Y al llegar el Renacimiento, si el acento volvió a ponerse en la Antigüedad grecolatina, la unidad de la cultura se afirmó con mayor fuerza, si cabe, pues cada cultura admitía los productos culturales expresados en sus respectivas lenguas vulgares que, al hacerlo, se convertían en cultas: poetas y escritores italianos, españoles, catalanes, franceses, ingleses, etc., se esforzaban en imitar a los clásicos grecolatinos para hacer progresar su propia lengua.
En este esfuerzo, el idioma francés se halló pronto en primera posición. El pensamiento ilustrado francés representa una defensa cerrada del racionalismo -el del conocimiento científico como el de la moral racional-, que es al mismo tiempo una afirmación de la unidad y universalidad de la cultura -y, simultáneamente, una exaltación del francés como la lengua racional por excelencia-. Cuando Boilau afirma que hay una estrecha relación entre la racionalidad y la expresión verbal -lo que se concibe bien se enuncia con claridad-, sobrentiende que la lengua de la enunciación es el francés.
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, al mismo tiempo que la Revolución francesa y las campañas napoleónicas, junto con la filosofía crítica de Kant, parecen marcar el apogeo del racionalismo, surge fuera de las fronteras de Francia un nuevo estilo de pensamiento que acostumbramos a calificar de romanticismo. Para explicar su nacimiento cabe apelar a un cierto cansancio de una visión exclusivamente intelectual de la realidad, la nostalgia de un pasado lejano, de las leyendas y de los mitos o la exaltación del sentimiento. Pero también debemos recordar que, a lo largo de la Edad Moderna, las fronteras del mundo conocido se habían ampliado notablemente en el tiempo y en el espacio, la historia hacía revivir culturas antiguas y se descubrían mundos lejanos y exóticos: India, China, los indígenas americanos y oceánicos…
Fue Herder quien primero describió la historia del mundo como una sucesión de culturas, cada una con su propia concepción del mundo, su religión, su filosofía, su manera de entender la belleza y el arte, y también su manera de organizarse socialmente. Y cada una con su propia lengua, que era la primera expresión de la cultura a la que sirve de vehículo. Un conjunto de ideas que fueron desarrolladas principalmente por Fichte en la filosofía y por Humboldt desde la lingüística.
Tales ideas han tenido repercusiones en campos muy diversos. Me limitaré aquí a señalar las tres principales. La primera es de orden lingüístico. Si cada cultura constituye un universo singular en la que todos los elementos están interrelacionados, y si la lengua propia de esa cultura no sólo es un instrumento para transmitir sus contenidos sino que la refleja en su propia estructura, entonces cada cultura y cada lengua constituyen un universo cerrado y la traducción de una lengua a otra sólo puede ser aproximada -hablando con rigor, habría que decir: imposible-.
La segunda es de orden sociológico y político. Si una comunidad humana mantiene una lengua diferenciada a lo largo del tiempo esto significa que tiene una cultura propia y, por tanto, no sólo una determinada manera de entender el mundo sino también una determinada manera de organizarse socialmente. En la medida en que los miembros de esta sociedad se hacen conscientes de constituir una comunidad por razón de la lengua que hablan, tienen derecho a organizarse de acuerdo con su cultura y con su historia. Lo que, formulado en su forma máxima, equivale a decir: porque tienen una lengua propia constituyen una nación y tiene derecho a formar un Estado. O a la inversa: los que se han unido para constituir un solo Estado deben aceptar una lengua única. Muy bien podríamos calificar este fenómeno de «nacionalismo lingüístico».
La tercera es de orden psicológico y pedagógico. Al aprender a hablar en una lengua determinada, el niño no sólo adquiere un instrumento de comunicación sino la visión del mundo y el sistema de valores implícitos en la lengua en la que se expresa y que es la lengua de la sociedad a la que se está incorporando. Los aprendizajes lingüísticos son, pues, una parte del desarrollo de una personalidad equilibrada e integrada en la sociedad de la que forma parte. La introducción temprana de otra lengua puede perjudicar este proceso y producir personalidades divididas o desequilibradas.
Cada una de estas facetas merece un breve comentario.
POSIBILIDADES Y LÍMITES DE LA TRADUCCIÓN
El francés y el alemán son medios de expresión de unas culturas nacionales muy ricas y con una larga tradición. En tanto que lenguas, ambas pertenecen a la familia indoeuropea pero a ramas muy distintas y son mutuamente incomprensibles. Un francés que visita Alemania sin conocer su lengua no es capaz de interpretar ninguna información oral o escrita que reciba sobre el país, lo que le condena a no entender nada de lo que ve o de lo que ocurre a su alrededor. Pero sabemos que no es así. Una catedral gótica se parece como un huevo a otro a una catedral francesa y una autopista o un teléfono funcionan de la misma manera en los dos países y las elecciones y los partidos políticos se organizan en forma similar a ambos lados de la frontera. Por tanto, el francés de nuestro ejemplo, aunque en cada caso desconoce las palabras alemanas apropiadas, sus significados son perfectamente comprensibles para él. Y ello ocurre así porque a lo largo de los siglos Francia y Alemania han compartido muchos desarrollos culturales comunes en la ciencia, en la técnica, en la ideología, en la sensibilidad estética.
Por supuesto, afirmar esta herencia común no significa afirmar una plena identidad. Traducir al francés un texto de Hegel o una poesía de Rilke plantea grandes dificultades, muchos términos empleados por Hegel llevan el peso de una larga tradición en el pensamiento alemán y el vocabulario poético de Rilke está igualmente cargado de sobrentendidos acumulados en el pasado por generaciones de poetas. A ellos hay que añadir la impronta personal que Hegel o Rilke imprimen en el significado de las palabras que utilizan. Pero incluso con todas estas reservas, es evidente que la traducción siempre es posible aunque nunca llegue a ser perfecta. A lo que podemos añadir que resulta más fácil traducir un texto de Hegel o de Rilke al francés, o al español o al italiano dentro de un marco común europeo, que traducirlo al tagalo o al malgache.
LENGUAS, ESTADOS Y NACIONES
Las consecuencias más visibles y de mayor trascendencia social de las ideas que estoy comentando se produjeron en el campo político, en la medida en que la asimilación entre lenguas y culturas por un lado y entre lenguas y culturas y entidades políticas por otro, llevó a situar la lengua como criterio decisivo de la nacionalidad. Una identificación que ha repercutido fuertemente sobre la historia de los dos últimos siglos.
Países como Francia que, en nombre de la construcción de un Estado fuerte, habían impuesto el monolingüismo, encontraron en esta teoría una nueva justificación para su empeño. A la inversa, entre las poblaciones que hablaban una misma lengua pero que no habían conocido ninguna forma de integración política -los territorios de lengua alemana o los de lengua italiana-, surgieron movimientos reivindicativos de signo nacionalista que acabaron con la creación del Estado alemán y del Estado italiano. En ambos casos, la comunidad de lengua y la defensa de su unidad se convirtieron en pilares del nuevo Estado.
Y como hoy tiende a parecemos evidente no estará de más recordar que el tratado de Westafalia, que terminó la guerra de religión en las que Carlos I había intentado mantener la unidad religiosa frente a los protestantes, reconocía el derecho de cada territorio a aceptar la autoridad religiosa que prefiriese, dando por bueno el precepto.«la religión.del príncipe es la religión del territorio». En nombre de este principio los territorios católicos perseguían o expulsaban a los herejes, entendiendo con ello a los protestantes y los protestantes perseguían y expulsaban a los católicos. La unidad religiosa parecía esencial para la integridad del Estado. En los territorios del Imperio, a nadie se le ocurrió decir «la lengua del príncipe es la.lengua del territorio».
En el siglo XIX, en cambio, la tolerancia lingüística existente en el Imperio austrohúngaro .ya no resulta suficiente y en su seno surgen movimientos nacionalistas: Hungría, Bohemia, Croacia, etc., movimientos que reivindican la cultura y la lengua propias y que acabarán por disolver el Imperio. Algo parecido ocurre en el Imperio turco, que ocupaba todos los Balcanes: la guerra por la independencia de Grecia es una guerra en nombre de la nación griega representada a la vez por la Iglesia ortodoxa y por la lengua griega, ambas estrechamente unidas, y las siguientes guerras impulsadas por tendencias nacionalistas han llegado hasta nuestros días, hasta producir recientemente la desmembración de Yugoslavia. Y algo parecido ocurrió en el Imperio ruso, de tal modo que incluso el marxismo, en principio internacionalista, debió asumir las reivindicaciones nacionales y reconocer el papel de la lengua en estos movimientos.
A lo largo del siglo XIX, también en el occidente europeo surgen numerosos movimientos de reivindicación de lenguas «dejada de lado por la historia», algunos de los cuales concluyen en la independencia, como en el caso de Irlanda o Noruega., o en diferentes formas de autonomía, como ocurre típicamente en España con Cataluña, el País Vasco y Galicia; en algunos otros casos, en fin, se limita al cultivo de la literatura.
Y hay que añadir todavía que aunque el «nacionalismo lingüístico» ha surgido en Europa, no es difícil advertir sus repercusiones en todo el mundo, tanto cuando ha reforzado el peso de las lenguas nacionales estatales como cuando ha justificado movimientos secesionistas: el caso de Québec en primer lugar pero también el de Armenia o el de Kurdistán.
Si las reivindicaciones lingüísticas han podido alterar el mapa de Europa y tener consecuencias en todo el mundo, es evidente que la relación entre lengua y comunidad política es muy fuerte. No es sin embargo una relación tan absoluta como sus formulaciones teóricas parecen dar entender.
Si la lengua define la nacionalidad todos los territorios donde se habla la misma lengua deberían integrarse en un mismo Estado; y, a la inversa, los Estados plurilingües resultarían inviables. La realidad nos muestra muchos ejemplos que rebaten esa afirmación. En Alemania y en Austria se habla rigurosamente la misma lengua y sin embargo la integración alemana no incluyó a Austria -cuando Hitler lo intentó los resultados parece que han alejado indefinidamente la tentación de repetirlo-. Un ejemplo mas claro lo constituyen los Estados surgidos de las colonias españolas en América. Decidieron no sólo mantener la lengua española sino mantener su unidad y sin embargo se organizaron en un gran número de Estados, muchos de ellos con una base histórica mínima pero que han desarrollado un nacionalismo exaltado sin ninguna base lingüística.
Y en sentido contrario, cabe observar que, aunque la mayoría de los Estados tienen una legua principal predominante, existen sin embargo también Estados plurilingües, sólidamente unidos. Suiza es un ejemplo muy claro, pues la mayoría de los cantones tienen una lengua principal -francés o alemán-, casi única y desconocen la otra, pero la unidad nacional es muy fuerte e independiente de las lenguas. En Finlandia la existencia de una minoría de lengua sueca que mantiene celosamente sus derechos no afecta a la conciencia de unidad nacional. Y por otros motivos y básicamente por tratarse de un país surgido de la emigración, la pluralidad lingüística de los Estados Unidos no parece afectar a los sentimientos nacionales y nacionalistas.
Los ejemplos de otros Estados todavía invitan a matizar aún más la relación entre lengua y nacionalidad. Así, Irlanda consiguió la independencia pero no ha conseguido impedir la marginación de su lengua frente el predominio del inglés. Y el plurilinguismo de Luxemburgo se corresponde con el hecho de que efectivamente todos sus habitantes son trilingües.
La conclusión de todo lo dicho parece fácil de formular. Existe una estrecha relación entre lenguas y comunidades humanas que explica las aspiraciones a constituir entidades políticas autónomas. En la historia moderna de Europa esto se ha. traducido tanto en esfuerzos por unificar lingüísticamente los Estados como en reivindicaciones nacionalistas basadas en la lengua. Sin embargo, la relación no es determinante, ya que existen Estados en los que la lengua no es factor decisivo de la unidad ni de la cohesión social. Y todo hace suponer que, en el futuro al que nos dirigimos, la pluralidad lingüística en el interior de los Estados tenderá a aumentar.
LENGUA E IDENTIDAD PERSONAL
Según el conjunto de ideas que estoy repasando, el niño que aprende a hablar en una lengua determinada adquiere con ella una cierta visión del mundo y un cierto sistema de valores implícitos en el sistema lingüístico que utiliza. Más todavía, porque la lengua es el nexo » de unión de un grupo humano determinado, cuando se incorpora a él asume el proyecto histórico de este grupo. Un proyecto histórico cuyo primer objetivo es mantener su existencia como grupo y por tanto mantener la existencia y el uso de su lengua. Y por el hecho de que la primera lengua adquirida por el niño se convierte en su lengua propia se genera una fidelidad y una responsabilidad respecto a ella. Fidelidad y responsabilidad que con facilidad adquieren matices políticos.
Para examinar el tema con algún rigor hay que tener en cuenta que el sujeto se incorpora a una sociedad que no es homogénea ni está definida exclusivamente por su lengua. El niño que en Sevilla aprende a hablar en español puede convertirse con el tiempo en un médico dedicado a la investigación, militante del partido socialista, aficionado al fútbol y partidario del Betis, casado con una mujer de una familia de propietarios rurales adinerados y así sucesivamente, y cada una de estos rasgos implica pertenecer a grupos diversos con sus propias identidades distintivas. Por supuesto, el español es su primera lengua, la lengua de su intimidad y de sus relaciones afectivas más importantes y se esfuerza por hablarlo y escribirlo correctamente; si alguien la atacase, lo defendería. Pero raras veces tiene ocasión de cuestionar esta identidad. A veces en Madrid le hacen notar su acento andaluz, cuando pasa unos días en Barcelona todavía le sorprende oír a sus colegas hablando en catalán. Y cuando asiste a un congreso en Estados Unidos comprueba que su inglés no es tan fluido como desearía. En cada una de estas situaciones reaccionará de acuerdo con distintos factores, de los que algunos pocos tienen que ver con la lengua, pero en conjunto su identidad como hablante de español pocas ocasiones tiene de manifestarse.
Si en vez de haber nacido y vivir en Sevilla el sujeto de nuestro ejemplo hubiese nacido en Barcelona y hubiese aprendido a hablar en catalán en su casa, aunque pronto se hubiese convertido en bilingüe, su historia social y profesional podríá ser muy similar pero las ocasiones de poner en juego sus actitudes lingüistas, e incluso las ocasiones de cuestionar estas actitudes, serían mucho más frecuentes. Y más frecuentes todavía si imaginamos como sujeto de nuestro ejemplo alguien nacido en el Líbano que en su casa aprendió a hablar en francés pero que muy pronto se familiarizó con el árabe y aprendió el español en Sevilla estudiando Medicina, por ejemplo, y que esa lengua se ha convertido prácticamente en su lengua principal después de casarse con una compañera de estudios sevillana de nacimiento.
Mientras el hablante de una lengua mayoritaria raramente necesita hacer elecciones lingüísticas o puede hacerlas desde una posición de tranquila seguridad, el hecho de tener como primera lengua una lengua menor o una lengua situada en condiciones minoritarias, exacerba el papel de la lengua como signo de identidad y plantea problemas de integración en los distintos grupos en función de la lengua. Pero una vez dicho esto, inmediatamente hay que agregar que si el encontrarse en sociedades bilingües y la necesidad de hacer opciones lingüísticas puede ser mas complicado, ello no significa que necesariamente conduzca a personalidades atormentadas o conflictivas.
Contra lo que antes se decía, el hecho de crecer en una familia bilingüe y de adquirir simultáneamente o muy pronto varias lenguas no produce necesariamente desequilibrios o trastornos mentales. Basta con que las lenguas aprendidas, las personas que las hablan y los grupos y las culturas que personifican no aparezcan en conflicto entre sí sino como compatibles o solidarias. Y dado que parece que nos acercamos a sociedades en las que las situaciones de lenguas en contacto serán cada vez más frecuentes esta será la condición para que sean vivibles.
Una última observación. La teoría que pone en relación la lengua con la cultura y los determinantes sociales e históricos de un grupo humano determinado fue formulada a comienzos de siglo XIX. A mediados del XX la teoría se reformuló en el campo de la Antropología. Como fue a partir de los estudios sobre las lenguas amerindias de las tribus de indios en Norteamérica, se le ha llamado la hipótesis WhorfSapir. Pero recientemente la llamada psicología cultural, a partir de ideas enunciadas por Wigotsky desde la Psicología y Batjin desde la Lingüística, ha insistido en la relación entre lengua, personalidad y cultura desde una perspectiva distinta.
También aquí se insiste en que el lenguaje es el lazo de unión entre el individuo y la sociedad y en que el lenguaje tiene un contenido fuertemente ideologizado, porque implica una visión del mundo y un sistema de valores; pero en vez de insistir en las diferencias ligadas a las distintas lenguas, se centra en las distintas formas de utilizar el lenguaje. Así, la introducción de la escritura en la vida de la humanidad y en la de cada individuo influye en su manera de entender y de pensar la realidad. O también en que cada grupo y cada clase social imprime su huella ideológica, de modo que el individuo confrontado con discursos distintos debe esforzar por construir su propio lenguaje y su propia personalidad. Pero esto escapa ya al tema de este ensayo, y habrá de esperar a alguna futura ocasión para que podamos desarrollarlo.
En su última obra, el profesor Siguan cruza los estudios de Psicología, centrados en el desarrollo de los individuos, con los de la Sociología y los estudios de los grupos y colectividades a las que aquéllos pertenecen, para analizar el fenómeno del bilingüismo desde un perspectiva más amplia y que es también la más actual: como una realidad progresivamente presente en las sociedades multiculturales, en la que los individuos aprenden a vivir superando viejos modelos de identidades en conflicto. |
Jeder Mensch ist ein Künstler
«Todo hombre es un artista»
Joseph Beuys
Entran en el Guggenheim de Bilbao dos investigadores del arte actual —gamberros los llaman algunos—, cuelgan un garabato en la pared y filman a los espectadores que, con cara de crédulos y actitud pensante, se exprimen el cerebro para interpretar el simulacro. Seguidamente contemplan con la misma curiosidad un trabajo de Rauschenberg, por decir algo. Los resultados del trabajo de campo antropológico indican que el espectador no tiene ni idea de por dónde van los tiros culturales. Pongamos que el mismo garabato se ofrece a la venta en una galería con cierto renombre a un precio de 20.000 euros y que se vende. Es patético pensarlo pero lo reconocemos como absolutamente posible.
AMPLIACIÓN ILIMITADA DE RECURSOS PLÁSTICOS
Recientemente en un periódico se publicó un amplio artículo sobre el arte actual con el título: « ¿Es esto arte?» y entre otros muchos fenómenos se citaba la renombrada, por escandalosa, cama de Tracey Emin Toda la gente con la que me he acostado, expuesta en la Royal Academy de Londres y la famosa lata de excrementos vendida a precio de oro molido.
Cada uno podría añadir infinitas situaciones de desconcierto a esta retahíla de ejemplos. En la Documenta de Kassel colgaba una goma elástica de un alfiler a cuyo lado, por si las dudas, se desplegaba en letra minúscula un larguísimo salmo explicativo. En un museo de arte contemporáneo de Bonn se inauguró en 1991 una exposición sobre la menstruación tras la que se invitaba a un bufé de delicatessen en la gama de los rojos.
En música la experiencia se hace aún más árida por ser el arte más alejado de la representación. El concierto de música contemporánea sorprende de igual modo al oyente desarraigado, que queda desconcertado. Preso en una esforzada escucha a la que, para acentuar la dificultad, ni siquiera puede volver la mirada, aguanta hasta un final que sólo reconoce por el aplauso de algún vecino de palco más culto que él. En el estudio de música electrónica de Friburgo los estudiantes de composición en el concierto de final de curso colocaron un altavoz inmenso en el centro del público que emitía un tono ascendente en volumen hasta que no quedó un solo oyente en la sala, preocupados todos por el posible reventón de sus tímpanos. Durante las jornadas de música contemporánea de Colonia, desmontar un contrabajo y volverlo a montar es una obra de repertorio. Un conjunto instrumental puede funcionar con tres transistores y un secador de pelo. Pero también citas melódicas medievales pueden presentarse como fórmulas actuales de composición.
El oyente retiene al final ingredientes básicos de tonalidad contemporánea: notas espaciadas en el tiempo, transfiguraciones de los instrumentos —para que el saxofón suene afónico, de la flauta sólo escuchemos el claquear de las clavijas o del contrabajo, el arco contra el cordal—, bruitages, intervenciones de la voz, fuertes contrastes rítmicos y de matices, combinaciones estrambóticas de instrumentos. En general, domina el contexto fenoménico de los sonidos (la melodía es tabú) envuelto en un ambiente tendente a lo telúrico, sobre fondo negro con intérpretes vestidos de negro y con títulos a poder ser tan sugerentes como herméticos.
Hasta aquí un breve muestrario, sacado de contexto, de los infinitos posibles del arte contemporáneo. Y todos estos productos pertenecen, porque la selección es consciente, a la más reciente década de los noventa.
ENSALADA INTELECTUAL
El coro de voces que se manifiestan críticas a este tipo de manifestaciones se escucha con cada vez mayor nitidez. La última feria de Arco ha provocado toda una cadena de ácidos comentarios. La última Documenta de Kassel no cumplió con las expectativas y se tildó de mediocridad con pretensiones.
Sobre todo en el espacio de las artes plásticas es frecuente el enfrentamiento de opiniones de público, galeristas y directores de museos. En música, el recelo a manifestarse abiertamente es mayor. Parece que la opinión exige un mayor grado de conocimiento. Los conciertos en los que se pateaba, chiflaba o incluso lanzaba tomates al aire son parte de la historia, como lo es un diálogo entre compositores similar a aquella preocupación compartida de la época de Darmstadt o de Donaueschingen en las décadas de los cincuenta y sesenta. A falta de información, el público de música contemporánea sigue siendo minoritario.
El panorama artístico actual sugiere con frecuencia que el anything goes se ha extendido, como un manto protector e impermeable, sobre todas las expresiones artísticas y formas de pensamiento. Y esta situación nos remite un poco a la escena del Retrato de un artista de joven de Joyce, cuando le preguntan a Dedalus si besa a su madre antes de acostarse y éste responde que sí, lo que desata una carcajada hiriente en sus compañeros, la misma carcajada que produce en ellos la respuesta contraria. El desconcierto de Dedalus es total. Tampoco damos con una respuesta correcta sobre lo que es arte de verdad y arte de mentira. Arriesgar una definición puede provocar la carcajada. Nadie quiere pasar por rancio ni por inculto. Suficientes ejemplos de juicios erróneos sobre geniales artistas ha dado ya la historia del arte como para meter otra vez la pata. Ni siquiera los críticos, ni los galeristas y directores de los museos más referenciales saben ni quieren ofrecer una respuesta satisfactoria.
Beuys tampoco se atrevió a dar una contestación certera, sino respuestas de circunvalación que se hicieron aún más borrascosas con la frase nuclear de «todo hombre es un artista». Su concepto programático del arte le costó, por cierto, su puesto como docente en la Escuela de Bellas Artes de Dusseldorf en 1972. Precisamente en ese mismo año y durante la quinta edición de Dokumenta, Beuys volvería a puntualizar su malinterpretada frase reivindicando la potencialidad creativa de todo ciudadano, que no la aceptación incondicional de toda expresión incongruente. En arte no está todo permitido y no se puede hacer lo que a uno le venga en gana, dice Beuys, «si se hace lo que se quiere, todo se convierte en una gran ensalada. Si no se atiene a una legalidad interna de las cosas, nunca se logrará una calidad ni una forma (Gestalt)».
Eran otros tiempos y otros contextos, ciertamente. Su idea de fundar una Escuela para la Creatividad y la Investigación Interdisciplinar en Dusseldorf se gestó sobre el humus de la revolución social del sesenta y ocho. En el discurso de Beuys, como en el de Rauschenberg, o incluso en los más recientes de Nono o Lachenmann, se entretejen estructuras de pensamiento marxista. Era ésta una generación post Adorno y post Benjamin, donde afloraban postulados anticapitalistas y donde el binomio Arte=Capital era uno de los argumentos discursivos más frecuentes.
De aquella línea Adorno-Benjamin-Duchamp-Schwitters-Rauschenberg-Cage-Cunningham-Beuys-Nono-Stockhausen (por centrar nuestra mirada sólo en las artes plásticas y la música) sigue fluyendo con una presión constante un importante caudal de ideas que se recogen en muchos puntos del arte actual. El problema está en la interpretación de esa herencia. (Aunque «interpretación» sea también un término rechazado tanto por Beuys, que lo califica de unkünstlerisch: poco artístico; como por Rauschenberg, que lo sustituye por «experimentar»). Digamos entonces que muchas veces el criterio para valorar o descodificar una obra de arte está precedido por el estudio, lectura o excavación arqueológica de aquellas propuestas cuyas astillas reencontramos dispersas en muchas manifestaciones artísticas actuales.
La ensalada se produce al operar indiferenciadamente con una terminología que se sustrae a cualquier intento de fijación semántica y cuando los artistas aplican esos nuevos materiales pero vacíos del contenido o de la idea que legitimó su entrada. Aquí la pregunta de si es arte o no, puede responderse con cierto criterio.
Una definición precisa sólo ha sido formulada por el pensamiento filosófico. En su conferencia de 1950 sobre el origen de la obra de arte, Heidegger propuso la línea idealista —«la obra de arte es una objetivación del espíritu»—, y Gadamer, su alumno, la retomó en La actualidad de la belleza. Pero al margen de la dialéctica filosófica y aplicado al hecho concreto, hoy son pocos los que arriesgan un juicio sólidamente argumentado que permita distinguir una obra de arte de la que no lo es. Aunque el patrón tradicional sea obsoleto hay unos pretextos, unas referencias importantes a las que acudir para intentar entender —si no juzgar— lo que está pasando.
Lachenmann propone, en música, un camino con sistema. Si después de la tradición clásico-romántica la música está muerta, como dice, se trata de reinventar el lenguaje después de destruirlo previamente. Para componer hay antes que descomponer, destruir a fin de construir. Borrar las huellas de todo significado heredado y dotar a los significantes de nuevos contenidos. Repensar un nuevo código, con coherencia.
Aquí La estética de la oposición juega un papel clave —cabe recordar la novela de tres volúmenes de Peter Weiß publicada en los años setenta bajo ese título—, aunque se haya vulgarizado con frecuencia como mera estética de la provocación. Esa «oposición» abrió peligrosamente las compuertas de la libertad de acción, legitimando todo acto como artístico. El principio aleatorio, metáfora también de la libertad, que tan relevante impulso inyectó en la música de los años cincuenta —a finales de la era serial— ha sido también en este sentido un arma de doble filo.
Los collages de Kurt Schwitters, el libro Passagen de Walter Benjamin y los objetos de Robert Rauschenberg y Karl Gerstner, lo mismo que la tercera sonata para piano de Boulez, los Klavierstücke de Stockhausen o la ópera Votre Faust de Henri Pousseur, son algunos ejemplos abiertos que descubrieron la interacción entre-obra, intérprete-y-público.
La obra de arte invita a la participación y al juego. Confirma el concepto de Gadamer, pues para él el arte es juego, símbolo y fiesta (Die Aktualität des Schönen): fiesta entendida como negativa al aislamiento, como representación del colectivo.
El momento lúdico, aleatorio del arte no tiene por qué estar reñido con la calidad. La popularidad del arte tampoco es necesariamente sinónimo de vulgarización. La falta de calidad, como decía Schwitters, es el Kitsch (en: Eile ist des Witzes Weile). El Kitsch es la falta de calidad de pensamiento, como el dilentantismo es falta de calidad artesanal. Una obra puede ser Kitsch y diletante a la vez. Si la personalidad del artista falla, el resultado es Kitsch y si lo que falla es el dominio artesano, aun cuando la personalidad del artista sea de calidad, lo que arroja es un producto diletante. Es discutible, como todo, pero en Schwitters se encuentran respuestas posibles al fenómeno del desconcierto artístico que tanto se comenta en nuestros días y que es un leitmotiv de la historia artística.
La cadena histórica de reflexiones en torno al arte puede ser uno de los caminos o asideros para levantar la nebulosa que envuelve en estos momentos la producción artística. Cuanto más nos adentramos en las lecturas clásicas de la modernidad, más entendemos de dónde provienen los tiros y qué profundidad alcanzan. El trabajo interdisciplinar, la ampliación infinita de materiales y recursos, la densidad de información de que dispone cada artista y las infinitas redes referenciales que se establecen, hacen de cada obra un plural conglomerado de ideas que no siempre cumplen esa legalidad interna de la que hablaba Beuys. En el mejor de los casos se puede hablar del «museo imaginario» del que hablaba Malraux; en el peor, de un corte de digestión intelectual.
Si en la obra de arte la ensalada de referentes, el museo imaginario pequeño o grande, es sólo eso, un ensamblaje de gestos pertenecientes a un nivel estético secundario y además mera estrategia de manipulación hacia un objetivo (por ejemplo, comercial), topamos sin remedio con el Kitsch, esos productos carentes de calidad, esa basura artística con fecha de caducidad (que ya está empezando a ser desalojada de uno de los pisos del MoMA).
REPRODUCCIÓN CLÓNICA
Sorprende asistir en Madrid a un concierto de música contemporánea, a una vemissage o una performance, hojear una revista de arte y descubrir un tipo similar de propuestas a las de Berlín, Londres o París. Quiere esto decir que existe una comunidad interconectada de modernos y que el regionalismo no es precisamente uno de los rasgos destacables del fenómeno. Es evidente la naturaleza universal del arte pero lo que es menos, y da lugar a pensar, es esa reiteración, esa clonación de modelos que saltan a la vista y al oído del observador. La estética epidérmica de la modernidad es clónica. El outfit de los artistas, reconocible en las diferentes topografías. El fenómeno de la globalización resulta, por lo visto, aplicable a muchos niveles.
La película El cielo sobre Berlín de Wim Wenders, rodada en 1982, fue revolucionaria en el sentido de institucionalizar una estética del negro, del underground, del look algo profético de unos hombres inmersos en la más cutre cotidianeidad con una misión angelical que remitía a una mezcla de los ángeles de Rilke y Klee tomándose, eso sí, unas pommes frites en un puesto de la calle junto al muro de Berlín. Esos modernos ángeles caídos teñían por momentos a Berlín de nácares rosados. Eran como los Pájaros del alma de Rilke o los hombre-pájaro (más pájaro que hombre) de Klee, pero con el añadido del contacto urbano.
La estética del negro intelectual, mesiánico y aparentemente antiburgués, esa estética de la oposición que explicaron con todo tipo de pelos y señales Bloch, Benjamin y Schmitz, y que con Lagerfeld se hizo traje y con Wenders imagen, se ha instalado y extendido geográficamente. De modo que la escena de artistas de vanguardia, la Künstlerszene, ya no en Madrid, Berlín, Londres o Venecia, sino en Engelskirchen, Jaca, St. Jean de Pied de Port o Aquileia, se parece, se repite en sus trazos más definitorios. Se reproduce clónicamente la imagen de los productos y la de sus productores.
Se acusa a nuestra generación, y hablo de la generación nacida en la década de los sesenta, de una actitud consumista en general que es igualmente aplicable al ámbito de la cultura. Se entiende ésta como un complemento natural a quien se jacta de estar al día y tener un perfil cosmopolita. Al igual que se caricaturiza el turista americano con la lista de monumentos a visitar en Europa, que va tachando con una cruz una vez finalizada la visita, existe ese ciudadano que consume los productos culturales con igual disciplina y, añadiría, indiferencia. Ese establishment participa de la modernidad en un programa vital que comprende la cultura como un ingrediente más de consumo y como parte de los bienes gananciales de todo ciudadano bien amueblado. No deja de haber ciertas similitudes esnob entre la degustación de un menú de sushis a orillas del Rin, el paseo por las galerías de Soho y la decoración minimalista de un apartamento, susceptible de ser llamado loft aunque se ubique en Malasaña. Coincidentes gestos de una actitud propia a los modernos clónicos que configuran una nueva burguesía homogeneizada, un biedermeier del siglo XXI. Las fotos de la boda en marcos plateados y los tresillos a juego se sustituyen, en el mejor de los casos, por un sillón de Le Corbusier y una tetera de Alessi; los abonos a conciertos sinfónicos por visitas a instalaciones y events; los conjuntos de Rodier por un negro gabán de Lagerfeld. En la forma, los signos varían; en el contenido reflejan la adaptación a un nuevo medio, la aceptación de un nuevo código tan estructurado como el anterior y que configura un nuevo colectivo, no ya de la rancia burguesía de nuestros padres pero sí de un igualmente codificado stablishment actual. Con una diferencia de actitud, del bon chic bon genre al ímpetu subversivo, enfants terribles bien acomodados en su nuevo y ordenado mundo de valores. ¿Quién achaca falta de valores?
Se constata por tanto el fenómeno clónico tanto en el consumidor como en el producto consumido (One World, One Art) y la abundancia, más bien sobreabundancia, que arrastra una clara inflación de los términos «arte» y «cultura». La experiencia de la naturalidad con la que cualquiera, preguntado por su profesión, responde: «Yo soy artista», como quien dice: «Yo soy peluquero», y mientras no se trate de un fiel prosélito de Beuys, da que pensar. La valentía en presentar al público los inicios de una carrera artística, en forma de exposiciones, conciertos u otro tipo de manifestaciones, se nos revela sintomática.
El fenómeno clónico se ve además potenciado por el fenómeno de la producción artística en serie. Walter Benjamín intuyó el efecto devastador y decadente que causaría la reproductividad de la obra de arte (Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit) y empezó a llamar la atención sobre el individualismo y la diversidad del individualismo, lo minoritario, la diferencia, la entrada del antisistema, la experiencia concreta, el fenómeno del momento y la imagen intelectual. Si trasladamos estas categorías al gran espacio del panorama actual, no nos queda otra que reconocer muchas veces sus contrarios. Globalidad clónica, cultura de masas, antisistemas que han terminado aceptados como sistemas, como provocaciones de bostezo.
Los recetarios artísticos, las fórmulas preconcebidas para satisfacer deseos, alimentar ansias de consumo cultural, el pret á porter de la cultura son fenómenos de plena actualidad y uno de cuyos motores principales es la industria cultural que trabaja a un ritmo febril en la retaguardia.
INDUSTRIA CULTURAL
En 1947, desde su exilio norteamericano, Horkheimer y Adorno publicaron Dialektik der Aufklärung (Dialéctica de la Ilustración), donde se lee: «La cultura arrasa hoy todo con igualdad». A la difícil convivencia con el arte, se añade en nuestra sociedad la todopoderosa ley del mercado. El comercio artístico, el negocio de la cultura, el perfil del producto amoldado al paladar del consumidor…: son con cada vez más precisas las estrategias para potenciar el consumo compulsivo; la sublimación del dinero a través de la publicidad y la sublimación del arte a través del dinero, cada vez más estridentes; la interpretación del mundo no como es, sino como se nos hace creer que es.
Si Benjamin y Valéry empezaron a intuir la repercusión de la reproducción técnica del arte, su fantasía no alcanzaría imaginar lo que Internet, las tecnologías de la comunicación y las diversas ramificaciones de la industria cultural contribuirían a la inflación artística. La frase de Valéry —aun bajo el shock de la revolución industrial— recobra una actualidad naif: las imágenes y secuencias sonoras llegarán a nuestras casas con un sencillo gesto para servirnos, lo mismo que llegan el agua, el gas y la electricidad (cita libre). El arte y la cultura son valores omnipresentes, accesibles, asequibles, instrumentalizables para los más distintos fines sociales, económicos y políticos. Con este fin, se ha creado todo un aparato para el control y explotación del producto artístico, con su consiguiente vocabulario técnico: Edutainment, Entertainment, evento cultural, gestión cultural, industria cultural, economía cultural, sociedad de la diversión (Spassgeselbchaft), mercado cultural, turismo cultural, diálogo cultural, multiculturalismo… son, de forma barajada, parte de la terminología inflacionaria en donde la cultura se ve fuertemente instrumentalizada. La amenaza de una cultura de la capitalización, o de una capitalización de la cultura, es inminente y son ya amplios los círculos de intelectuales que debaten a este propósito. Si se puede hablar de una macdonalización del mundo, también se puede hablar —de modo más sutil y subrepticio— de una globalización/macdonalización de la cultura y el arte.
Los apartados anteriores bajos los epígrafes de producto, ensalada intelectual y reproducción clónica desembocan indefectiblemente en el fenómeno de la globalización de los mercados, que afecta también al arte y la cultura. La homogeneidad en las actitudes del consumo y el nuevo sistema de valores se sustentan por el mismo sistema de referentes del capitalismo. El bajo continuo de la globalización es el bajo continuo del capitalismo. En una gran parte del tan activo mercado artístico contemporáneo se reflejan esos mismos rasgos: el pensamiento consumista, el cálculo de coste y rendimiento, la racionalización de los procesos, las cuotas de audiencia, de público, etc. Instrumentos, por tanto, que no eran compatibles con el concepto exclusivamente alegórico y simbólico del arte y la cultura.
GESTORES CULTURALES
En el ámbito de la gestión cultural se decantan dos posiciones. Primera, el gestor-empresario, creador de programas culturales de amplia aceptación que busca llenar las salas con un cálculo rentable. Se dan entonces productos tales como una gala de tres tenores, una degustación gastronómica con arias seleccionadas entre plato y plato o una gala benéfica en la que el cuarteto de cuerda con repertorio vienés sólo es un preludio a la opulenta cena y al encuentro social. Este tipo de gestor está absolutamente sujeto a las leyes económicas del mercado. El arte es una bella, sencilla señorita para un intermezzo– El producto artístico debe ser vendible y para ser vendible debe agradar a la mayoría. Su degustación amable, un arte decorativo como la musique d’ameublement de Satie.
Segunda, el gestor funcionario, comprometido con un programa global donde su iniciativa está de por sí limitada. Aquí se opera con una cultura representativa, apostando por valores seguros, clásicos, sellados con lacre. La afluencia de público o la rentabilidad del programa son aspectos secundarios. El presupuesto está aprobado y habrá que quemarlo hasta finalizar el año. El programa cultural es parte de un programa de política cultural más amplio, que abarca aspectos políticos y sociales. Y cuando este programa político-cultural se proyecta al exterior, entra además en juego el complejo aspecto de la imagen.
Finalmente se podría hablar del gestor cultural ideal, de un Michael Kohlhass de Kleist con una defensa a ultranza de los valores sacrosantos del arte. Un personaje ajeno a las leyes del mercado que detectase y filtrase el oro de toda esa superproducción artística y de ofertas culturales. Es muy probable que las salas se quedaran vacías. Ya dijo Kagel, al estrenarse la Philarmonie de Colonia, que «La música contemporánea es la inversión de dinero más extravagante que se puede hacer hoy». Ese es el dilema, y por ello nuestros teatros prefieren programar a Gounod y a Mozart. Son recetas infalibles. El gestor de Kleisr haría caso omiso y se lanzaría a continuas batallas con los sponsors, empresarios, prensa y público. Una existencia al borde del arakiri.
Mientras tanto, los congresos y encuentros mundiales sobre las artes, sobre política cultura! intercultural, sobre el arte como cultura mundial, sobre la antiglobalización del arte, sobre el arte como herramienta de diálogo, etc., congregan y alimentan a artistas, gestores, periodistas y políticos. Las universidades han descubierto también la rama de la gestión cultural profesionalizada y de los estudios de Economía Cultural, que les permiten recaudar nuevos ingresos. La cultura y el arte recuerdan hoy muchas veces al fauno viejo de ese cuadro de Rusiñol, céntrico y aislado a la vez en medio de un laberíntico jardín. Referente de y no referente en sí, vendiendo su alma a tantos fines contrarios.
No es posible abordar aquí tan amplio complejo pero sí cabe una reflexión final a las anteriores «opiniones de un payaso», como diría Böll: ¿hubo algún otro tiempo en el que la cultura y el arte diesen de vivir a tantas profesiones y ramas del saber? Al menos sería éste uno de los efectos más positivos del fenómeno.
|
Benjamin, Walter: Passagen |