Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosHay elecciones historicas que simbolizan un cambio ya producido, como fueron las que consolidaron la nueva etapa de transición democrática tras la dictadura franquista, y hay elecciones que pueden cambiar el curso de la historia de los países. Este último es el caso de [as elecciones del veinticinco de mayo en España. Aunque éstos son comicios municipales y autonómicos, su verdadera trascendencia radica en lo que significará para el proyecto de España como nación y como sociedad, a nivel interno y en un nuevo orden mundial.
EXPECTATIVAS DE RODRIGUEZ ZAPATERO
La razón Je ese significado histórico estriba en el giro dado por la oposición socialista, especialmente durante el último año. Ha sido cuando su nuevo líder, José Luis Rodríguez Zapatero, decidió abandonar lo que tras su elección al frente del PSOE se llamó oposición tranquila, por un modelo más radical y rupturista, inspirado en su formato por el modelo del NO de los movimientos antiglobal izaeión, con objeto de agitar la calle y desestabilizar al poder.
Desde La huelga general del 2002, que socialistas y comunistas protagonizaron con los sindicaros, la oposición de izquierdas se ha deslizado por la vía de un alternativa no sólo al gobierno del Partido Popular, sino al propio modelo de Estado. Tanto en su perfil constitucional como en su modelo estratégico de política exterior y de seguridad.
El objetivo de la izquierda es que las dos legislaturas gobernadas por una mayoría de centroderecha terminen siendo un paréntesis, y recuperar el poder del que disfrutó durante más de doce años con Felipe González al frente. Para llegar a lo cual ha diseñado una estrategia que pasa por desestabilizar a los populares y deslegitimar su poder institucional y democrático. Así se ve en la secuencia de acontecimientos que han tenido lugar en los últimos meses. Socialistas y comunistas se han unido con el propósito común de trasladar la oposición a la calle y agitar a la sociedad.
Tras la huelga general movilizaron a los estudiantes contra las nuevas leyes educativas, luego llegó el caso de la marea negra provocada por el petrolero Prestige, hasta que todo se polarizó en la crisis bélica contra el régimen de Sadam Husein en Iraq. En ese momento los socialistas llegaron a tratar de deslegitimar al Gobierno, y rompieron el consenso en política exterior y de seguridad. De ese periodo queda una hemeroteca repleta de dichos y hechos, de discursos y propuestas, que junto a las de un cambio en el modelo autonómico y constitucional, comprometen al PSOE y a su líder en una revisión de lo que ha significado el proyecto de España desde que se inició la transición.
Las elecciones del veinticinco de máyo son las primeras a nivel nacional en las que Rodríguez Zapatero se estrena como líder de los socialistas, y ha hecho de ellas un hito para proceder a ese cambio. Por eso las elecciones locales se han convertido en nacionales (y globales, pues afectan a todo). Junto a esa alternativa revisionista de la izquierda, Rodríguez Zapatero ha fijado él mismo el listón de los resultados electorales que espera este veinticinco de mayo. No son otros que un vuelco electoral.
El líder socialista se ha cansado de repetir que el presidente del Gobierno y líder del PP, José María Aznar, tenía que dimitir porque ha perdido el apoyo de la mayoría social. Es decir, que el cambio social a favor de una propuesta como la que socialistas y comunistas representan, ya se ha producido. Lo que supondría un vuelco no sólo por el cambio de mayoría, sino porque su propuesta es radicalmente opuesta a la que representan hoy Aznar y los populares. En las elecciones generales del 2000, socialistas y comunistas ya fueron juntos y el PP ganó por mayoría absoluta. ¿Se ha descentrado desde entonces la sociedad española? Los resultados electorales del veinticinco de mayo demostrarán si ese vuelco se ha producido o no.
SER o NO SER CONSTITUCIONAL
Aznar y el PP han hecho del modelo de centro político, de la transición democrática y del proyecto constitucional y autonómico existente el principal valor de estabilidad y desarrollo. La izquierda y los nacionalistas quieren revisarlo y volver a empezar. Al desafío abierto del PNV contra el modelo estatutario y constitucional vigente, se han sumado las propuestas de CIU y del PSOE (personalizada en este caso en Pasqual Maragall) de reclamar para Cataluña un nuevo estatuto autonómico con mayores poderes. Los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos quieren seguir con un modelo reivindicativo y diferenciado del resto de España a pesar de las cotas de autonomía alcanzadas (las mayores en comparación con cualquier Estado europeo).
Entre los hechos que demuestran el valor nacional de estas elecciones locales, figura el caso de Álava, donde perder el poder por parte de la actual mayoría constitucionalista asentada en el pacto de populares y socialistas, supondría darle alas al independentismo nacionalista vasco, al conseguir una hegemonía territorial que ahora no tiene.
La izquierda y los nacionalistas han establecido acuerdos explícitos e implícitos para abrir una nueva transición, sucediéndose en sus filas las declaraciones y estudios que tratan de deslegitimar la que hasta ahora se celebraba como una transición democrática modélica y de éxito. Para iniciar ese camino primero tienen que derribar al PP del poder.
Todo ello en un momento en el que el proyecto de España a nivel interno y externo empieza a ser la envidia y el anhelo de muchos. Recientemente escuché cómo uno de los más reconocidos historiadores del país le decía al presidente Aznar que ya quisiera él, después de dedicar toda su vida a investigar la historia de España, que la situación actual durase dos mil años. El grado de bienestar y de estabilidad interior y el protagonismo de un nuevo liderazgo europeo e internacional, hacen del proyecto emprendido un desafío atractivo. Cuando se ve en Madrid a los dirigentes de todas las fuerzas políticas, religiosas y sociales de países que inician un nuevo camino de democratización o que aspiran a ello, como pueden ser Iraq o Cuba, y reclaman el apoyo de España, es imposible no recordar el valor de lo que representa una transición democrática como la protagonizada por este país.
Los hechos demuestran que España es hoy una referencia y un aliado que cuenta no sólo para las principales potencias occidentales, sino en todo el mundo. Después de los atentados terroristas contra los centros de poder en Estados Unidos el once de septiembre del 2001, que aceleraron el desarrollo de un nuevo orden político internacional, Aznar supo ver la oportunidad de España para ganar musculatura y potenciar su papel. Reforzando su alianza con Estados Unidos como alternativa al dominio europeo que hasta entonces había existido del eje francoalemán, y como visión constructiva de un nuevo orden regido por principios democráticos como fuente de estabilidad (frente a la desestabilización que supone la amenaza totalitaria y antidemocrática). Es un proyecto que refuerza también la política interior de España en la lucha contra el terrorismo, en su política de vecindad con Portugal y en su política de seguridad y cooperación con Marruecos y el norte de África. Además de su liderazgo en Iberoamérica y el mundo de habla española.
Por eso Aznar le recuerda al líder de la oposición socialista que la alternativa a este proyecto es el aislacionismo y la debilidad interior y exterior. Una especie de marcha atrás en el túnel de la historia. Que desde luego no estaría exenta de graves perjuicios en la estabilidad y el desarrollo político, social y económico para nuestra sociedad. La propia experiencia histórica española es bien ilustrativa sobre los costes que tales aventuras suelen tener.
Las del veinticinco de mayo son, pues, unas elecciones locales de trascendencia histórica y nacional. En democracia un voto puede valer muchas cosas, pero siempre tiene un significado final concreto que es la elección de la mayoría y lo que ésta representa como proyecto. En este caso, lo que está en juego son dos proyectos bien distintos sobre el futuro y la modernización de España. La que es y la que puede dejar de ser. ANTXON SARASQUETA
Lo primero que llama la atención del cuarto de estar en donde nos recibe el dibujante es que las paredes están completamente desnudas: no sólo no hay ningún cuadro o adorno que llevarse a los ojos, sino que las paredes no presentan ninguna marca que haga pensar que alguna vez hubo algo colgado de los muros. Chumy tiene sus propios cuadros apilados en el balcón, en una especie de cauteloso y paradójico olvido que ignoramos si habrá sido objeto de psicoanálisis. A la derecha, un modesto sofá y una mesa con ruedas, de madera cruda, sin barnizar. Chumy nos recibe en ropa deportiva. «Si traéis fotógrafo me peino», nos dice. Lo tranquilizamos: venimos sin fotógrafo.
¿Cómo ves la evolución del humor gráfico desde la dictadura hasta hoy?
En España, después de la guerra, los grandes dibujantes se habían extinguido; algunos se exiliaron y otros murieron. Empezó una generación a dibujar que no tenía puñetera idea de dibujo. El gran humorista que es Gila (sin ser crítico, porque nunca ha publicado un chiste político) no sabía dibujar. Hasta tal punto esto es así que en una ocasión llamó a Mingóte para preguntarle cómo se dibujaban los raíles de un tren porque él no sabía cómo hacerlo. Había otros que siendo grandes dibujantes no se les ocurrían chistes. En La Codorniz, por ejemplo, Alvaro de Laiglesia daba muchas ideas a sus colaboradores. En la época de Franco ocurrió algo muy curioso. Franco, de la misma manera que unificó todas las fuerzas políticas, impidió que hubiese muchas revistas de humor. La Ametralladora, que dirigía Mihura desde San Sebastián (no es que fuera franquista, sino que le tocó allí), era una revista muy buena porque aglutinaba a los grandes profesionales de la llamada zona nacional. La parte política de esta revista era muy escasa. Recuerdo una página titulada «El hambre de Madrid» en la que se podían haber volcado, y sin embargo los chistes eran de lo más inocente y alejados de la tragedia. En un chiste magistral de Tono un marido preguntaba a su mujer: «¿Qué tenemos hoy para comer?». Y su mujer le decía: «Tengo que darte una mala noticia: no tenemos absolutamente nada para comer». Y entonces el marido respondía: «¡Qué bien! Entonces lo dejaremos para la cena». Cuando la victoria ya estaba asegurada, La Ametralladora se convirtió en una revista de humor casi exclusivamente, sin lugar para la invectiva política. En el lado rojo, sin embargo, surgieron muchas revistas de humor, y esta proliferación provocó que fueran malas humorísticamente. Lorenzo Goñi lo cuenta en la historia del humor gráfico que dirigí en 1990 para El Independiente. El se encontraba en Barcelona, en la zona republicana, y tenía que esperar a que el comisario político le llevase las ideas para ponerse a dibujar. El humor de los republicanos es absolutamente irritado e insultante, cosa normal, porque estaban perdiendo la guerra.
¿Y en los temas? ¿Cómo describirías la evolución?
Las cosas han cambiado mucho si pensamos que España estuvo tiempo sin humor político. Hasta la guerra civil había una enorme cantidad de publicaciones de humor y mucho humor político. Con la guerra desapareció esta modalidad, y ahora vivimos un momento en que prolifera ese tipo de humor y es lo que la gente quiere en la prensa. El humor no político, que es más literario o gráfico, está desapareciendo en todos los sitios. Hay que tener en cuenta que ya no existen en España ni en Europa verdaderas revistas de humor, y que es sólo en los periódicos en donde pervive el humor gráfico.
¿Cuál fue tu relación con la censura?
La censura es una de las grandes tragedias de aquella época. En realidad, era el dibujante el que se adelantaba a la censura. Sabía que no podía dibujar según qué cosas porque no iban a ser publicadas. En la época dura de la posguerra había una escala de responsabilidades cuando había algo punible que no permitía ningún margen de maniobra: primero el autor, luego el director, después el editor, por último el impresor. Hay que tener en cuenta además que montones de dibujantes eran franquistas, o muy conservadores. La gente se cree que los humoristas estaban contra Franco. España estaba dividida en dos; era una tremenda escisión lo que provocó la guerra. Si hubiera habido una gran desproporción eso no hubiese pasado. Había muchos humoristas muy religiosos, católicos, como buena parte de la sociedad de aquella época. La imagen del humorista rebelde y anarco no siempre se corresponde con la realidad.
Se ha hablado mucho del discurso entre líneas que propiciaba la censura. ¿Los dibujantes gráficos os planteabais también dibujar en clave?
Hay demasiada leyenda sobre eso. En realidad, cuando hacíamos determinados dibujos en clave para que no lo viese el censor, tampoco lo veía el público.
¿Cuándo empezaste a hacer chistes gráficos?
Desgraciadamente, hace más de cincuenta años. Yo quería ser pintor. Lo que ocurre es que en el año 47 mandé desde San Sebastián unos dibujos a La Codorniz y me los publicaron. Luego vine aquí a Madrid con una beca para estudiar pintura, pero enseguida empezaron a pedirme dibujos en periódicos y revistas. Y acabé de puta, haciendo humor, aunque yo lo que quería era pintar. Diréis que es cinismo, pero yo he hecho humor gráfico sólo para ganar dinero.
Así que el humor para ti carece en absoluto de trascendencia, no ejerce ningún papel social relevante.
El humor es absolutamente estéril. He publicado dibujos en El Socialista y en el ABC, en periódicos que eran de izquierdas y de derechas, y en todos entraba bien porque psicológicamente un señor de derechas quiere el bien del pueblo, como el señor de izquierdas, aunque con distintos métodos. Un chiste en el que aparece un pobre exigiendo justicia es bien recibido por todo el mundo, pero luego nadie hace nada por el pobre. En la época de mi esplendor como crítico social me venían algunos curas y me felicitaban por la labor que al parecer yo estaba realizando. Uno de ellos me preguntó por qué lo hacía y se escandalizó cuando le dije que por dinero. Uno no tiene desde luego un sentido evangélico, ni corrector, ni moral. Tengo muy poca fue en mi trabajo. Os diré más. El humor gráfico yo creo que es incluso perverso porque la gente, al ver un chiste sobre un tema social, se libera de ira. Una denuncia social o política es como en el Parlamento cuando la gente está hablando y de repente sale un diputado chusco que hace una gracia; eso no ha añadido nada, al revés, lo que hace es liberar tensiones.
En tu carrera hay una constante que es la resistencia a identificar humor gráfico con comentario de la actualidad. ¿Por qué no te interesa el humor político ni la caricatura?
Es un mundo del que yo ni me ocupo porque los que en España han hecho caricatura de políticos y quisieron editar sus libros dos años después se encontraban con que el lector no reconocía el modelo, no sabía de quién hablaba el caricaturista. Yo recuerdo que una vez hice un chiste muy bueno para los periodistas que decía: «El que ama la actualidad perece en ella». Además, son libros que no se venden: los políticos se extinguen; nadie compra un libro de un político de hace diez años. Hay que tratar de cuestiones perennes, que duren: la imbecilidad humana, por ejemplo, siempre está de actualidad, no se va a acabar nunca. Y no hace falta adjudicársela a los políticos, porque la tenemos todos. Vosotros no.

¿Cómo explicarías eso que pomposamente se llama «proceso creador»?
Generalmente, el chiste surge cuando me pongo a pensar que qué imbéciles y qué cabrones son todos los hombres y todas las mujeres del mundo, incluido yo (como hombre, no como mujer). Lo que no hago es coger un tema de actualidad, es decir, basarme en lo que acaba de decir algún ministro. Tengo un bloc y pongo sin ninguna inhibición todo lo que se me ocurre, aunque sea una sandez. Es una creación parecida a la de la poesía; hay una especie de ayuda de la inspiración. Suelen ser fogonazos. Yo recuerdo que a veces algunos dibujantes amigos de derechas me han contado que sólo se le ocurren chistes de izquierdas graciosos. Yo he llegado a intercambiar chistes con ellos.
¿Quiénes consideras que son tus modelos o influencias?
Supongo que hay dos tipos de influencia: la que encuentras si la estudias y luego la que tú desconoces. A mí es que no me gustan los dibujos de humor, ni los míos siquiera. Lo que me gusta es ese arte que estúpidamente se llama con mayúsculas, el dibujo como Rembrandt, pero no sé hacerlo. Muchas veces el origen de algunos chistes gráficos es un dibujo que estoy haciendo, y después lo recorto y lo pego para el chiste. Hacer humor gráfico para mí es difícil por eso, porque hacer un dibujo bien hecho cuesta mucho y además yo procuro que los chistes tengan gracia.
¿Y qué hay de los dibujantes underground americanos?
Yo conocí el cómic americano underground en San Francisco. Era de una agresividad y de una obscenidad tremenda, escatológica, dirigida contra la sociedad burguesa en su conjunto. La censura que se establecía contra ellos era más sutil. Se imprimían clandestinamente y los quioscos no los aceptaban. Uno de los más destacados era Robert Crumb. En San Francisco me sucedió algo muy curioso. Los redactores de la revista que hacían los Black Panthers me llamaron para una entrevista. Yo iba como humorista español de la oposición. Una vez en la redacción me preguntaron que cuántas veces había estado preso en las cárceles de Franco en mi carrera. Yo respondí que ninguna. El entrevistador se marchó con el pretexto de que iba a consultar algo y nunca más volvió. No tengo buenos recuerdos de los Estados Unidos. El mismo año que estuve en San Francisco fui a Cuba a dar una conferencia. Teníamos que hacer escala en México y todos los viajeros teníamos que hacernos, por imposición, una foto de frente y de perfil que iba al departamento de Estado norteamericano.

¿Cómo ves la evolución de tu trabajo al cabo de los años?
Yo creo que lo único que he cambiado es que tengo artrosis en la rodillas. En la cabeza también tendré artrosis. En mi humor no creo que haya cambiado demasiado mi visión del mundo, de no creer en mi prójimo, de no creer en mí, y además exageradamente.
¿Qué opinión te merecen las nuevas generaciones de dibujantes españoles?
Creo que tienen más y mejor formación. Vivimos una buena época para el humor gráfico. Hay periódicos como El País que tiene cinco dibujantes. El ABC tiene dos o tres. La mayoría están muy bien pagados. Además, ahora hay una libertad política en la que cada uno puede decir lo que quiera. Sin embargo, creo que hay un elemento peligroso actualmente, que es el feminismo. De un periódico para el que dibujaba me llegaron cinco páginas de firmas de mujeres que protestaban contra un chiste mío. En una playa, dos señores ven a dos tías muy buenas, y le dice el uno al otro: «Es increíble lo que se consigue actualmente con los piensos compuestos». Las mujeres se han convertido en un tema tabú. Tampoco se pueden hacer chistes de negros. Yo tengo un hijo americano y me dice que mis chistes no podrían publicarse en los Estados Unidos. Nadie hace chistes sobre la religión (yo los hago porque tengo un pacto con Dios). Lo mejor que puede hacerse es procurar no respetar nada de eso.
Caían las estatuas en Bagdad y a la misma hora la policía política cubana iniciaba los registros y detenciones en las casas de un centenar de disidentes acusados de traición a la patria por cuenta de Estados Unidos: el fusilamiento de tres jóvenes negros -la raza de los condenados es importante- por secuestrar un barco de turismo vino después.
Durante las semanas previas a la guerra de Iraq, entre el Río Grande y la Patagonia menudearon las manifestaciones por la paz y contra la guerra, es decir, contra el imperialismo americano «y sus lacayos», versión criolla de las que recorrieron en las grandes ciudades europeas con idéntica e inocente intención: «parar la guerra», defender la paz. Organizadores y participantes sabían de sobra que tampoco en esa ocasión el imperialismo y sus lacayos iban a atender la solicitud de aquellas multitudes desplegadas en Buenos Aires, Ciudad de México, Santa Cruz de la Sierra o Pernambuco.
Embajadas y consulados americanos alertaron a vigilantes y conserjes ante el improbable asalto de aquellos jóvenes y adultos indignados. Las cosas no pasaron a mayores y cuando se inició de verdad la guerra no tuvo tiempo la izquierda local, pacifistas de toda laya y «piqueteros» de todas las batallas para reconstruir la estrategia antiimperialista. Hubieran llegado tarde.
Los marines ocuparon Bagdad y Castro encarceló a los disidentes antes de ejecutar a los tres jóvenes de color. Pero no hubo en esta caso manifestaciones de protesta: el dictador cubano tiene bula en Latinoamérica hasta el punto que cuando ofrece una de sus tediosas conferencias de prensa en alguna «cumbre iberoamericana», los periodistas y sus policías aplauden entusiasmados. Sólo en Madrid y en Caracas hubo alguna protesta popular ante el último crimen de la dictadura cubana, por supuesto instrumentalizada para evacuar asuntos de política doméstica o municipal.
Los gobiernos democráticos de América Latina «lamentaron» (México), mostraron su preocupación (Brasil) o simplemente callaron (Argentina, Venezuela) en una patética muestra de doble moral y oportunismo sólo comparable a la indecente competición entre partidos políticos españoles para ver quién utilizaba con mayor precisión la tragedia cubana como objeto arrojadizo.
CONSECUENCIAS PARA AMÉRICA LATINA
Los analistas más cotizados aseguran que la guerra de Iraq ha tensado al máximo las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Hay, por supuesto, alguna exageración en tal diagnóstico pero no le falta razón a Andrés Oppenheimer que en su jugosa columna del Miami Herald –Nuevo Herald (Miami)- enumeraba los tres motivos por los cuales la guerra de Iraq perjudicará a los latinoamericanos en los próximos dos años.
En primer lugar, la guerra y la posguerra continuará acaparando la atención casi total del presidente G. W. Bush durante lo que resta de su primer mandato. Todo indica que en los próximos seis meses los Estados Unidos dedicarán todas sus energías políticas a la reconstrucción de Iraq y posteriormente, como parte de un esfuerzo por recomponer su imagen internacional, la Administración Bush probablemente, convoque una conferencia internacional para la paz en Oriente Medio a finales de este año o a principios del próximo.
Para entonces Washington estará ya inmerso en las elecciones presidenciales de noviembre del 2004 y cualquier iniciativa de política exterior no relacionada con el terrorismo será relegada hasta el próximo gobierno. De modo que la «agenda latinoamericana» del presidente americano basada en la rápida expansión del libre comercio regional y en los incentivos para los países democráticos deberá quedar aplazada o congelada hasta ¡comienzos del 2005!
El segundo motivo evocado por Oppenheimer es que la guerra de Iraq frenará probablemente la economía de Estados Unidos y Europa, y ello afectará a las exportaciones latinoamericanas. Incluso los exportadores de petróleo como México y Ecuador verán cómo sus exportaciones no energéticas se reducen. Casi todos los países de América Latina tendrán probablemente aún mayores dificultades para lograr créditos e inversiones, al tiempo que descenderán también las remesas de sus trabajadores emigrantes en los Estados Unidos y en Europa.
En tercer lugar, el conflicto iraquí podría tensar todavía más las relaciones políticas y diplomáticas entre norteamericanos y latinoamericanos dado que casi todos los países de cierta envergadura (con la significativa excepción de Colombia) se declararon contrarios a la guerra.
MÉXICO
La decepción norteamericana por la negativa de Chile y México (miembros del Consejo de Seguridad) a votar favorablemente la resolución de Estados Unidos, Gran Bretaña y España en el Consejo tendrá probablemente consecuencias y, según dice textualmente Oppenheimer, «un Bush victorioso podría dejar de lado sus planes de reforzar la alianza CanadáEstados UnidosMéxico y volcarse en un nuevo eje Estados UnidosInglaterraEspaña que se extendería a las nuevas democracias de la Europa del Este recién ingresadas en la Unión Europea».
Tal vez la mayor decepción norteamericana por el psicodrama del Consejo de Seguridad se refiera directamente a México. La luna de miel entre los dos países se rompió dramáticamente cuando el presidente Fox -cuyo proamericanismo había sido uno de los argumentos manejados tradicionalmente por sus adversarios- decidió rechazar la resolución en el Consejo de Seguridad tras haber sometido a José María Aznar, que visitaba el país azteca camino del rancho texano de Bush, a toda clase de desplantes y descortesías.
«No conozco otro país cuya economía sea más dependiente de la de Estados Unidos que México -escribió entonces el ya citado Oppenheimer-. Si Estados Unidos estornuda y el resto del mundo se agarra un resfrío, México se agarra una pulmonía».
Claro que para el presidente mexicano era muy comprometido apoyar la postura norteamericana en el Consejo de Seguridad apenas unas semanas antes de las elecciones legislativas mexicanas (6 de julio próximo) y teniendo en cuenta que la inmensa mayoría del país se oponía a un ataque a Iraq sin el aval de la ONU.
Fox demostró, comentaron fuentes diplomáticas americanas, que no es un amigo de fiar y que en los momentos difíciles antepone sus intereses políticos inmediatos a una relación profunda y ambiciosa como la que desearía la Administración de Washington. Esta actitud tendrá consecuencias, advirtieron estas fuentes.
En realidad, ya las está teniendo. Todos los acuerdos de emigración en plena discusión están paralizados y Fox debió tragarse recientemente un sapo suplementario cuando durante cuatro días telefoneó a Bush para «aclarar el malentendido» y sus llamadas no fueron atendidas por el presidente norteamericano. La malo es que este feo trascendió y los medios mexicanos y norteamericanos lo anunciaron a bombo y platillo.
CHILE
El caso de Chile es semejante. El presidente Ricardo Lagos había acreditado una imagen de moderado en el Departamento de Estado pese a las inevitables concesiones al antiamericanismo primario de la izquierda austral y de su partido, el socialista, que tiene enormes dificultades para olvidar la injerencia norteamericana durante la dramática etapa de la Unidad Popular y la caída de Salvador Allende en los primeros años setenta.
Pero la negativa a apoyar la resolución en el Consejo de Seguridad sentó como un tiro al secretario de Estado Powell y a otros altos funcionarios: la cabra tira al monte, dijeron. O lo que es peor: Lagos ha demostrado que es muy difícil convertir al tigre en vegetariano. Todos los acuerdos comerciales y aduaneros pendientes entre los dos países deberán esperar mejores momentos.
BRASIL
Dado que afortunadamente para su gobierno ahora Brasil no forma parte del Consejo de Seguridad, el presidente Lula no necesitó imitar a Lagos y Fox en el endemoniado asunto de la resolución tripartita aunque pocos tienen dudas de que actuaría de forma semejante a sus colegas del norte y del sur. Pero, como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. Y tanto Lula como sus amigos del Departamento de Estado -que los tiene, y algunos de ellos son entusiastas- pudieron evitar el amargo trago.
Tanto el desasistimiento de Chile y México en el Consejo de Seguridad como las manifestaciones populares en casi todas las capitales latinoamericanas contra la guerra de Bush pusieron de manifiesto algo que casi todo el mundo sabía en Europa y en Estados Unidos: la existencia de un intenso frenesí antiamericano o, si se prefiere, antinorteamericano, herencia intelectual ^ pasional de los años sesenta y setenta cuando el imperio se convirtió en el gendarme continental, impuso y derrocó presidentes y regímenes, acreditó la imagen de un poder inmoral y absoluto cuyo único objetivo parecía parar al comunismo allí donde asomaba las orejas y acabar con los líderes poco sumisos u obedientes.
La sorpresa de los últimos meses ha sido comprobar que los estereotipos utilizados por la izquierda latinoamericana con tanta frecuencia como inutilidad parecen haber renacido o simplemente nunca desaparecieron y se hallaban hibernados. La percepción de Estados Unidos como la hiperpotencia amenazadora y furiosa, capaz de castigar duramente a insolentes y rebeldes goza todavía de excelente salud. Y esta evidencia deberá ser asumida tanto por la propia Administración norteamericana como por los países aliados y amigos, miembros de lo que algunos analistas llaman impropiamente el «eje atlántico» o el «trío de las Azores» en referencia a la cumbre tripartita celebrada en el archipiélago horas antes de que Bush ordenara a sus tropas avanzar desde Kuwait.
España obviamente está en este trío o eje. Para nada sirve disimularlo o minimizarlo, máxime cuando las consecuencias de esta opción por parte del Gobierno han sido asumidas y los costes de las mismas no fueron precisamente leves a nivel doméstico para Aznar y sus partidarios.
Llegados a este capítulo es obligado referirse ahora a los daños colaterales que el compromiso atlantista de España ha podido producir en la política exterior y en la imagen del país tanto en América Latina como en el mundo árabe.
CONSECUENCIAS PARA ESPAÑA
Los críticos y teóricos socialistas (desde Felipe González a Manuel Marín pasando por Ignacio Sotelo, Emilio Menéndez del Valle o el ex embajador Máximo Cajal) han reiterado hasta la saciedad que José María Aznar ha roto el consenso de la política exterior española mediante su alineamiento en el eje atlantista y la primera víctima había sido nuestra tradicional relación con América Latina.
La tesis de estos políticos y analistas era que la ruptura del consenso habría tirado por tierra los avances y conquistas logradas desde el inicio de la transición en todo el continente, tanto desde el punto de vista político, como económico, cultural y comercial.
Tal ruptura debería afectar al futuro de la empresas e inversiones españolas en la región. Y, por supuesto, a la imagen de España, la marca España, un concepto tan resbaladizo como inconmensurable por muchas encuestas de opinión que se desplieguen.
Análisis como éstos resultan relativamente cómodos e incluso dan para muchas tesis doctorales, seminarios, jornadas de estudios y demás actos sociales. Pero adolecen de un defecto: parten de un principio a mi juicio no sólo falso sino improbable.
¿CONSENSO EN POLÍTICA EXTERIOR?
No hay a mi entender una política exterior consensuada de la transición ni de la democracia. Tampoco existe ese mito tan agradecido y cómodo llamado consenso en política exterior. Nadie ha roto, pues, ese consenso porque no existía.
Esta tesis del consenso exterior es la última herencia del franquismo crepuscular cuyos principios retóricos eran: defensa de la hispanidad, tradicional amistad con el mundo árabe y buenas relaciones con el pueblo hermano de Portugal. Se ocultaban astutamente los otros intereses y exigencias exteriores porque algunos eran inalcanzables con la dictadura (Mercado Común, OTAN, descolonización de Gibraltar) y otros (alianza defensiva con Estados Unidos) resultaban simplemente inconfesables.
La recién nacida democracia española heredó la retórica al uso pero no la renovó. Las zonas de interés seguían siendo las mismas (la geografía y la geoestrategia son irreversibles) y sólo un capítulo -la incorporación a Europa y posterior integración en el Mercado Común- era compartido por las fuerzas políticas democráticas y no en su totalidad: recordemos las críticas que comunistas y socialistas mediterráneos propinaban a la Europa de los mercaderes a la que pedíamos pasaje y posada.
No había consenso, por supuesto, en el nada fútil asunto de la Alianza Atlántica, en las relaciones con el Magreb (Marruecos era un tema, Argelia otro muy diferente), la alianza con Estados Unidos, las relaciones con el entonces todavía existente bloque del Este, etc. Socialistas, centristas, comunistas, nacionalistas de todo pelaje tenían opiniones diferentes cuando no contrapuestas sobre asuntos tan diversos. Nunca se unificaron criterios a no ser utilizando principios tan vastos como generales, además de obvios.
Sólo el asunto exterior (Gibraltar) gozaba del nada envidiable privilegio del consenso urbi et orbi, pero en el momento de la verdad las diferencias entre, por ejemplo, el PSOE y la UCD para alcanzar la ansiada descolonización resultaban gigantescas.
Al concluir la transición y ubicarse «España en su sitio», según fórmula de Fernando Morán, el problema estribaba en que aquel lugar no era el deseado por todos: ni consenso ni unanimidad. Se había logrado el consenso de lo obvio.
Y así seguimos, dado que evocar simplemente la posibilidad de que la política exterior consensuada sea una filfa provoca odios sarracenos y descalificaciones indecentes.
COSAS QUE NUNCA SE DICEN
Nadie por otra parte se ha preocupado en los últimos años de analizar ex novo qué se oculta detrás de este tinglado. Políticos, diplomáticos, académicos y periodistas han preferido la simulación para, en los momentos críticos, denunciar la ruptura del consenso sin que previamente se nos diga en qué consiste.
En el caso de América Latina se choca con el triunfalismo ambiente y la prepotencia -uno de los vicios imperdonables del actual poder- partiendo del hecho indiscutible de que en los últimos diez años la presencia económica, empresarial, comercial y probablemente cultural es más importante que hace, por ejemplo, veinte años. Otra obviedad tan sutil como que compartimos idioma, religión y costumbres.
Pero cuando se alardea de tales hazañas se oculta cuidadosamente que las exportaciones españolas a los cinco países del Magreb, por ejemplo, representan el doble de todas nuestras exportaciones a América Latina. O que España es el primer financiador de países como Argentina, Chile, Venezuela, Bolivia o Argentina: 180.000 millones de dólares, algo así como el 40% del PIB nacional.
La presencia económica de España en algunos de los principales países ¿ha mejorado o aquilatado nuestra imagen en estos países, o la ha deteriorado, convirtiendo a la madre patria en un simple socio comercial interesado más en las cuentas de resultados que en cualquier otra cosa o, lo que sería peor, en un nuevo rico del otro lado del Atlántico, dispuesto a pactar con las oligarquías corruptas de algunos de estos países o con los políticos venales?
Las flaquezas y efectos secundarios derivados de la apabullante presencia económica española en ciertos países ha provocado reacciones imprevistas e injusticias notorias: recordemos por ejemplo que en plena crisis del corralito argentino (diciembre del 2001) se oyeron gritos estentóreos de: «¡Fuera gallegos!».
Obviamente aparecer ante las opiniones públicas latinoamericanas y ante la clase política de estos países acompañados por la sombra gigantesca y apabullante de la hiperpotencia en un asunto tan controvertido como la guerra de Iraq no debería provocar un entusiasmo indescriptible.
COSAS QUE SE DICEN HARTO
En un trabajo titulado España y América Latina tras la crisis iraquí (Real Instituto Elcano; Análisis 21/04/03), el profesor Malamud sugiere, entre otros puntos polémicos, que el anclaje de España en el eje atlantista ha desencadenado «un cierto estado de desconcierto» común a numerosos gobiernos latinoamericanos expresado a través de políticos, diplomáticos, intelectuales o académicos.
El desconcierto se reflejaría en esta simple pregunta: ¿hacia donde va España de la mano de Estados Unidos?
La única receta que tiene a su alcance el gobierno Aznar, advertía Malamud, si quiere acabar con el desconcierto y facilitar las relaciones con los distintos países iberoamericanos, es explicarle a cada uno de sus gobiernos las causas y las motivaciones de la actual política española. El mismo argumento utilizado respecto a la opinión pública en nuestro país (la falta de explicaciones y un mayor esfuerzo didáctico por parte del Gobierno para hacer comprender sus objetivos y puntos de vista), valdría para los amigos latinoamericanos, con quienes no se tuvo la deferencia en los últimos meses de presentarles directamente los motivos de nuestro giro en política exterior.
Aparte de que no puede seriamente hablarse de giro cuando se aplica una política clarísima (la solidaridad con los países amigos y aliados), sería conveniente preguntarse si hubiera servido para algo informar a tales gobiernos y opiniones públicas, cuando la espiral iraquí ha ido eliminando todo tipo de racionalidad y despertó los más primitivos instintos del antiamericanismo.
Malamud utiliza como ejemplo la desastrosa escala mexicana de Aznar, que tenía por objeto persuadir al presidente Fox sobre la idoneidad de la política del eje atlantista con respecto a Iraq. Coincido en la idoneidad del ejemplo, pero no en que los resultados hubieran podido ser muy distintos: aunque Aznar se convirtiera por arte de birlibirloque en un habilísimo conseguidor no hubiera logrado convencer a Fox de sus tesis. Sólo el interés o la capacidad de presión política en grado superlativo hubieran dado resultado, pero Aznar carecía de ambas.
Bush hubiera ablandado seguramente al presidente mexicano pero simple y sencillamente porque es el jefe de Estado de la hiperpotencia y el hipervecino. La fábula del sapo que quiso ser buey es perfectamente aplicable en tales circunstancias.
Algo similar se podría afirmar de la política española respecto a la votación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sobre la violación de los derechos humanos. Malamud echa de menos una clara postura española que incluya negociaciones con los gobiernos latinoamericanos para convencerlos de que Castro es un violador persistente de los derechos humanos.
Disiento: estos gobiernos saben muy bien qué ocurre en Cuba, cómo se las gasta Castro desde hace cuarenta y cuatro años y cuál es la postura española al respecto (y la de la UE, sintetizada en la postura común sobre Cuba) pero prefieren mirar hacia otro lado, como han hecho casi siempre. A estas alturas, creer que la presión política española podría convencer a Lula, a Chávez o a Duhalde que cambiaran de opinión revela una angelical prueba de inocencia.
Malamud denuncia con toda razón que las cumbres iberoamericanas, un ingenioso invento de Felipe González en las proximidades del quinto centenario, no han terminado por ser aceptadas como algo propio por los latinoamericanos.
Eso es también una obviedad. El sistema está agotado y su larga agonía no lo salvará sino una reforma en profundidad, que en las actuales circunstancias no puede tener lugar porque falla la concepción, el contenido y la voluntad política.
Sinceramente me asombra que una persona tan informada y con un currículo tan brillante como el profesor Malamud afirme al final de su trabajo (después sintetizado en una Tribuna Libre de El País, 26/04/03) que si España quiere sacarle partido a su «actual apuesta iraquí» debe manifestar claramente que «el acercamiento a Estados Unidos será para reformar las lazos con América Latina y mantener el carácter de puente entre ambas orillas del Atlántico».
Malamud conoce mejor que nadie cuáles son los fantasmas familiares de las opiniones públicas latinoamericanas y cómo entre ellos ocupa una plaza de honor el antiamericanismo, ese extraño mecanismo de amorodio hacia la hiperpotencia y el tópico de Españapuente, un signo de prepotencia colonial que por otra parte nunca funcionó. Ni España ha sido puente de nada (a no ser aéreo para turistas o emigrantes) ni las naciones de América Latina aceptarían tal mediación por elemental orgullo. Sus dirigentes se han cansado de repetirlo, además.
EN CONCLUSIÓN
Es obvio que el alineamiento español con su aliado principal y con otros secundarios europeos en la crisis iraquí ha tenido un modesto impacto en sus relaciones con América Latina. La rápida victoria de la coalición y el nacimiento hace apenas unos días de una nueva Europa distinta del «núcleo duro» representado por el dúo francoalemán refuerzan esta tesis pero en modo alguno invalidan la necesidad de que las fuerzas políticas parlamentarias, sus analistas y académicos replanteen asuntos tan trascendentes como el futuro de estas relaciones, el endiablado asunto del consenso exterior y por supuesto cuál es ahora el sitio de España en el mundo. Casi nada. © ALBERTO MlGUEZ
Los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña afirman su determinación de intervenir en todas las decisiones políticas que afecten a sus derechos y a sus intereses; se declaran titulares del derecho al autogobierno que les confiere una voluntad nacional expresada repetidamente a través de su historia; declaran que Cataluña es una nación…». Así comienza el documento, aprobado por el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSCP-SOE) el pasado mes de marzo, que contiene las bases del nuevo Estatuto de Autonomía que se proponen impulsar.
Se trata, a qué dudarlo, de un nuevo paso en las posiciones siempre polémicas del PSC de Maragall, que le aproxima aún más al nacionalismo al que trata de sustituir en el gobierno catalán y que, al tiempo, lo aleja drásticamente de las posiciones mantenidas por el PSOE en las últimas décadas.
EL NACIONALISMO DE PUJOL
Hace ahora poco más de doce años, en uno de los primeros números de esta Nueva Revista, a comienzos de 1991, se publicaba una extensa y muy interesante entrevista con Jordi Pujol. Resulta provechoso releerla ahora, buscando coincidencias entre aquel discurso, el que fue perfilando en los años siguientes y el que escuchamos hoy en boca del nuevo líder de CIU, Artur Mas. Tan provechoso como contrastarla con el discurso pasado y presente del PSC y del partido socialista.
De un lado, ofrecía Pujol una explicación convencional de su política nacionalista: Cataluña necesita una cierta dosis de voluntarismo para existir; tenemos que reforzar nuestra identidad nacional. Como es habitual, en ese discurso se mezclaban lamentos por el papel reservado a Cataluña en España -«Nos quieren como locomotora pero no nos dejan ser los maquinistas»-, con algún soliloquio hamletiano cargado de sincera autocrítica sobre el proyecto anhelado para Cataluña -«¿Bismark o Bolívar? Somos las dos cosas a la vez, ese es nuestro drama», reconoce Pujol en la entrevista, «ahí sí que no tiene la culpa nadie»-.
En otro plano, Pujol manifestaba su insatisfacción con el modelo autonómico -«Cataluña no acaba de encajar, esto no funciona»-. El origen del problema lo situaba con nitidez en la «generalización» autonómica. Mala para Cataluña, en opinión de Pujol, fue un «contrasentido histórico». Asumía, sin embargo, la responsabilidad de su fuerza política en la configuración inicial del modelo, y ofrecía una explicación que conviene recordar: «Nos equivocamos, pero mi partido entonces era débil; aceptamos esto un poco a regañadientes, un poco por la ilusión».
El problema concreto era, entonces, en parte de competencias y en parte financiero, según Pujol. El Estatuto daba para mucho más, no se reclamaba su reforma sino otra lectura más proclive a sus aspiraciones. Para tranquilizar a los lectores, con tanta rotundidad como escasa capacidad de anticipación, Pujol afirmaba en 1991: «Probablemente no se desmembrará ningún Estado europeo, tampoco la URSS; en 1918 había una cultura de desmembración, ahora de miedo a la desintegración».
En 1994 se celebró, en la entonces recién creada Comisión General de las Comunidades autónomas del Senado, el primer debate sobre la situación del Estado de las Autonomías. La solemne intervención de Pujol, convertido desde 1993 en apoyo parlamentario insustituible del Gobierno socialista -el bloque constitucional-, giró en torno a ejes análogos a los de la entrevista de 1991. El cambio más perceptible está en los acentos, en la claridad de algunas afirmaciones. Pujol quiso dejar claro que «el objetivo principal del autonomismo catalán no es el de la descentralización […], ni tampoco la denominada profúndización democrática […]. La principal razón de ser es la conciencia de nuestra identidad; la voluntad de defenderla y de fortalecerla […]. Reclamamos autogobierno […] porque creemos que lo necesitamos para seguir siendo catalanes».
Persistía una valoración positiva del Estado autonómico, a pesar de sus carencias. Se remarcaba, también en 1994, el papel del nacionalismo catalán en la generalización del modelo autonómico para, a continuación, reivindicar su necesaria heterogeneidad. El camino para colmar sus aspiraciones permanecía intacto, «a pesar de un resultado no demasiado satisfactorio, ni el Gobierno ni el Parlamento de Cataluña han pedido nunca ni la revisión del Estatuto ni de la Constitución»; pero se lanza una primera advertencia: «quisiéramos no tener que pedir en el futuro esa revisión». Los problemas concretos han pasado a ser tres: competencias, lengua y cultura y, de nuevo, la financiación.
En 1997 se repite el debate sobre la situación del Estado de las autonomías, ahora con un Gobierno del Partido Popular. Pujol reconocía y elogiaba la nueva realidad española, la superación de la decadencia. En muchos sentidos, esta intervención tiene un aroma mucho más optimista que las anteriores. Reivindicaba, con razón, la contribución de Cataluña a esta transformación de España y, específicamente, el papel jugado en favor de la generalización del modelo autonómico a todo el territorio español. Pero, a pesar de su reclamado protagonismo en todo el proceso, concluía afirmando: «Todo parece indicar que la definitiva configuración del Estado de las autonomías no será suficientemente satisfactoria para Cataluña». No hubo, sin embargo, ninguna referencia más explícita a la necesidad de reforma de la Constitución o del Estatuto de Autonomía.
Tal vez, el hecho de que el grupo parlamentario popular en el Congreso tuviese un número de diputados menor del que nunca hubiese tenido ningún partido de Gobierno desde el inicio de la democracia, no fuese ajeno a ese planteamiento. De otra manera, no se entiende por qué afirmaba Pujol: «Este momento nos abre la posibilidad de ver el Estado español de otro modo a como lo hemos hecho hasta ahora. […] ha llegado la hora del diálogo sin reservas. Creo que ahora es posible».
El diagnóstico no había variado, pero los lamentos eran más explícitos: «No acabamos de encontrar nuestro lugar en España; «No acaban de vernos a los catalanes como unos más de los que constituyen España»; «Cuando parece que algo puede ser bueno para Cataluña hay que oponerse a ello». Frustrada la referencia que antes buscaba en la prevista transformación ordenada de la Europa del Este, era entonces la propia fortaleza de España, su nueva realidad, la que debiera permitir atender sin temor las demandas del nacionalismo catalán -«Debo decirles que plantear ahora de nuevo la cuestión de Cataluña no supone peligro alguno para la España consolidada de finales de siglo»-.
El discurso de Pujol ha mantenido una línea constante a lo largo de los últimos quince años, sin duda. La afirmación de la identidad diferenciada de Cataluña, de la que se deriva su necesaria heterogeneidad, más allá de reivindicaciones competenciales que nunca se concretan, y una permanente reclamación financiera, son las dos pautas siempre presentes en su discurso. Una argucia política le ha permitido en los últimos tiempos, eso sí, reprochar a otros lo que en un comiendo se achacaba al error cometido o a la debilidad propia en el momento constituyente.
PRIMER ARGUMENTARIO DEL PSOE
El modelo de Estado propugnado por el PSOE se puede inferir fácilmente de los acuerdos políticos que se han ido adoptando así como, obviamente, de su larga acción de gobierno. Tras la aprobación de la Constitución de 1978, los Acuerdos autonómicos de julio de 1981 constituyen el primer paso para la completa configuración del Estado de las autonomías. Con ellos, el Gobierno y el PSOE impulsaron la generalización del proceso autonómico «para lograr, en un plazo razonable de tiempo, una distribución homogénea del poder reconociendo las diversas peculiaridades de las nacionalidades y regiones».
Se hacía ya referencia a la generalización y homogenización, salvando los hechos diferenciales y la previsión constitucional que exigía el transcurso de cinco años para asimilar las comunidades que habían accedido a su autonomía por la vía del artículo 143 de la Constitución, a diferencia de las que habían utilizado el 151. Los diecisiete Estatutos quedaban aprobados en febrero de 1983, pocos meses después de llegado el partido socialista al Gobierno. Todos ellos fueron aprobados con amplísimo respaldo o con la plena unanimidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria.
Durante una década, los sucesivos gobiernos socialistas dirigieron, con holgado respaldo parlamentario, el despliegue del modelo configurado entre 1978 y 1983. El colofón de su trabajo se plasmó en los Acuerdos autonómicos de febrero de 1992, suscritos con el Partido Popular. Con este pacto, firmado ante el presidente del Gobierno, los partidos firmantes -PSOE y PP- pretendían «ultimar, de acuerdo con las previsiones constitucionales, la definición concreta del desarrollo del Título VIII de la Constitución, de manera que se afiance un funcionamiento integrado y estable del Estado autonómico en su conjunto».
Bien es cierto que la aplicación práctica de estos acuerdos e incluso, en determinados aspectos, su superación ha sido responsabilidad de los gobiernos del Partido Popular. Entre las dos últimas legislaturas se han traspasado recursos a las comunidades autónomas por un importe superior a los 18.000 millones de euros (algo más de tres billones de pesetas). La transferencia de la educación no universitaria y de la asistencia sanitaria -no prevista en 1992- a todas las comunidades autónomas constituye, sin duda, el avance más significativo de estos siete últimos años. A comienzos del 2003, un 75,4% de los empleados públicos dependían de las administraciones territoriales españolas, cuando en 1996 más de un 45% todavía trabajaban en el Estado.
CAMBIO DE ESTRATEGIA CON LA LLEGADA DEL PP
El discurso socialista comienza a cambiar tan pronto como el Partido Popular gana las elecciones generales, pero no en el sentido al que ahora nos estamos acostumbrando. En el debate de investidura de abril de 1996, Felipe González centró su intervención en la crítica a los acuerdos de investidura suscritos con los nacionalistas catalanes, canarios y vascos. A pesar de que estos acuerdos fueron hechos públicos en todo su contenido -a diferencia de lo ocurrido en 1993-, González volvía una y otra vez a cuestionar el coste del nuevo modelo de financiación, cuyos elementos centrales se recogen en el acuerdo suscrito con CIU -y en el propio programa electoral del PP, dicho sea de paso-. Es el comienzo de una línea de oposición que asume como eje central el nuevo «desorden autonómico», en palabras pronunciadas entonces por González y luego repetidas en múltiples intervenciones y documentos del partido socialista.
El texto más acabado -La estructura del Estado- es aprobado por el PSOE en 1998, siendo Joaquín Almunia, antiguo ministro de Administraciones Públicas, secretario general. El reproche por las concesiones excesivas a los grupos nacionalistas es el centro de la crítica. «La historia política vivida nos ha mostrado una escalada de agravios comparativos y de ejercicios de autoafirmación que han fomentado, en general, el particularismo como moda política».
«Las propuestas en favor de un nuevo pacto fiscal para Cataluña -afirma en otro momento el documento- sólo unos meses después de haberse firmado el acuerdo de financiación; o las reiteraciones hacia fórmulas de corte confederal, reivindicando modelos de soberanía compartida o abiertamente autodeterministas, constituyen una muestra de la falta de sentido general y de correspondencia a los pactos que rigen la gobernabilidad española y la política autonómica en general». Como muestra del desorden autonómico alcanzado se denuncia una «cierta desvertebración o indefensión del Estado para asegurar unos mínimos educativos comunes (Humanidades) o para desarrollar proyectos conjuntos de país (Plan Hidrológico y otros)». Esa, y no otra, es la crítica en 1998.
El documento oficial continúa con una línea inequívoca. «El PSOE defiende el carácter fundacional de la Constitución en las autonomías y reivindica la soberanía del pueblo español en su origen. Remitirnos a épocas medievales para fundamentar nuestro marco jurídicopolítico nos resulta inviable y absurdo». «La Constitución ya establece el modelo final y sus artículos fundamentales, junto a los Estatutos respectivos, fija los niveles para cada Autonomía y para el gobierno de la Nación». «El artículo 150.2 CE debe interpretarse como un instrumento para la perfección del sistema pero nunca como una puerta abierta al infinito o como mecanismo de alteración a la asignación competencial básica que establece el 149 CE». «Los socialistas defendemos la estabilidad del modelo considerando que el reparto competencial está básicamente fijado en la ConS titución y en los Estatutos de autonomía y que tal reparto no debe ser sustancialmente alterado».
La dura oposición al nuevo modelo de financiación autonómica, del que se afirmaba su falta de equidad, llevó a las tres comunidades entonces gobernadas por el partido socialista -Andalucía, CastillaLa Mancha y Extremadura- a quedarse al margen del mismo, a pesar del evidente perjuicio económico que tal decisión causaba. En consecuencia, la postura socialista era clara en este tema, se afirmaba que el sistema de financiación había de garantizar el equilibrio económico, adecuado y justo entre los diversos territorios, con una equitativa redistribución de la renta para conseguir un armónico desarrollo regional. Lógicamente, tales características no se apreciaban en el modelo aprobado en 1996, lo que no fue un obstáculo para que en el año 2000 todas las comunidades autónomas aprobasen por unanimidad un nuevo modelo que mantenía todos los elementos del anterior y profundizaba sus características más polémicas.
El último paso en esta dirección se plasma en el manifiesto electoral para las elecciones autonómicas de mayo de 1999. «Estabilizar el modelo» fue uno de sus lemas; la financiación autonómica, el eje de la crítica. «Aznar no ha defendido un Estado ordenado y solidario -se afirma allí-, al someter sus relaciones con los nacionalistas a la obtención de recíprocos beneficios políticos, en perjuicio de la cohesión y la armonía del país». «Una de las principales preocupaciones de los españoles es, precisamente, el desarrollo autonómico, la vertebración del país, el respeto a la diversidad con la garantía de la solidaridad y, en definitiva, el equilibrio entre autonomía y unidad». Propugnan los socialistas «una política orientada a restablecer el prestigio del proyecto estatal». Y se vuelve a proclamar: «No somos partidarios de reformas profundas en el bloque constitucional, excepto en lo que se refiere a la configuración del Senado».
La coalición de partidos de izquierda nacionalista con la que el PSC-PSOE había concurrido a las elecciones para el Senado en el 2000 corrió mejor suerte que su equivalente en el resto de España, la coalición PSOE-IU. Tal vez por ello, y quizás también por el respaldo del PSC a Zapatero en el Congreso que le llevó a la Secretaría General, lo cierto es que el documento presentado por los partidos integrantes de la ENTESA -PSC, ERC e ICIV-, en la Comisión de estudio para la profundización del autogobierno, a finales del 2001, presenta interesantes novedades. Sea por las interpretaciones sobre las causas de la mayoría absoluta del Partido Popular, sea por la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a la secretaría general, lo cierto es que a partir del año 2001 se advierten cambios esenciales también en el programa del PSOE.
EL VUELCO CON ZAPATERO
Ante el Parlamento de Cataluña, se afirma que «las circunstancias socioeconómicas, políticas, tecnológicas y culturales del último cuarto de siglo han modificado de manera sustantiva el contexto en que Cataluña tiene que ejercer su capacidad política». Lospartidos que suscriben el documento consideran «que las interpretaciones extensivas del bloque de constitucionalidad y la concepción expansiva de la legislación básica y de las leyes orgánicas han alterado el reparto competencial previsto en los textos de la Constitución y del Estatuto y han producido una reducción de las potencialidades del autogobierno contenidas en los textos mencionados». Dos argumentos presentes desde años atrás en el discurso de CIU y que cuesta creer que el PSOE haya asumido tan sólo como consecuencia de los cambios legislativos producidos entre junio de 1999 y octubre del 2001.
Se propone la aplicación del artículo 150.2 de la Constitución, que permite en determinadas circunstancias la delegación de competencias exclusivas del Estado, en materia de Justicia, infraestructuras de interés general, inmigración y régimen local. Además, se propugna la utilización de este artículo para «promover la unificación de la atención administrativa al ciudadano (transferir progresivamente las funciones ejecutivas del Estado en el territorio de Cataluña a la Generalitat, para convertirse en la única Administración responsable de las competencias autonómicas y estatales, actuando en este último caso como administradora de tareas comunes)». El tradicional federalismo socialista se sustituye por la necesidad de «reforzar los mecanismos de relación ordinaria entre la Generalitat y el Estado de carácter bilateral». Se proponen, por otro lado, modificaciones en los Títulos III y VIII de la Constitución. No se descarta, por último, «explorar la vía de la Disposición Adicional Ia de la CE y, una vez agotadas todas las vías anteriores, considerar la eventualidad de la revisión de las disposiciones estatutarias y constitucionales en materia competencial».
El impacto en la opinión pública del documento impulsado por el PSC obligó al PSOE a aprobar con rapidez un nuevo texto aclarando su posición sobre el Estado de las autonomías. Una ciudadanía plena, aprobado en febrero del 2002, está en buena parte copiado, literalmente, del documento de 1998, pero introduce, sin embargo, interesantes consideraciones previas. Una vez más, la literalidad de los textos es más que suficiente. «Nuestro patriotismo constitucional excluye toda patrimonialización de la Carta Magna por una u otra facción política. Y, por supuesto, es incompatible con la pretensión de que en ese espacio de libertad no pueda abrirse un debate sobre posibles reformas para adaptar el consenso creado en 1978 a una nueva realidad».
Hay que superar también «la visión esclerótica» de los Estatutos. «El PSOE no se cierra a cualquier tipo de perfeccionamiento estatutario». Por último, «resulta absurdo plantearse una suerte de fundamentalismo o integrismo constitucional. La Norma Fundamental no puede quedarse atrás de la realidad política. Hemos de ser capaces de adaptarla a los nuevos tiempos».
El colofón lo ha puesto de nuevo el PSC con sus bases para un nuevo Estatuto de Autonomía. El texto que da comienzo a este comentario va seguido de un documento impreciso en casi toda su extensión y deliberadamente confuso en determinados aspectos. Por si quedara alguna duda sobre su voluntad de mimetizar su discurso con el de los nacionalistas catalanes, Maragall afirma públicamente: «La nueva financiación autonómica es un desastre para las regiones más ricas». Afirmación política de la identidad nacional catalana, reivindicación competencia! y reclamación financiera, los tres ejes del discurso nacionalista, forman parte ya del ideario socialista catalán. Poco queda ya del modelo que pactó el partido socialista en sucesivas ocasiones, del que ejecutó desde el Gobierno y del que mantuvo en la oposición hasta el año 2000.
No conviene llamarse a engaño, la dinámica política del PSC es la más significativa, pero no la única en las filas territoriales del socialismo español. Tras las elecciones autonómicas de 1999, los gobiernos regionales de oposición al Partido Popular reunieron, en Aragón y Baleares, al PSOE de ambas Comunidades con distintas fuerzas nacionalistas. Pronto Andalucía, significativamente presidida por quien también preside el PSOE, y también en coalición con un partido nacionalista -el Partido Andalucista-, tomó el rumbo de la reforma estatutaria. La evolución del discurso del desorden de 1996 a la regresión autonómica de hoy no obedece a reflexión ideológica alguna, al menos explícita. Responde a un cúmulo de circunstancias coyunturales, como son la búsqueda de nuevos acuerdos regionales en 1999; el apoyo del PSOE a Zapatero un año después y, por último, la estrategia política catalana y presumiblemente nacional. Con sorprendente rapidez, se han dejado atrás años de un fructífero consenso entre las fuerzas políticas nacionales que, sin duda, estaba permitiendo completar la configuración de nuestro modelo de organización territorial.
Tres años han sido suficientes para desandar el largo camino recorrido. No sería demasiado importante si esta nueva posición frente el Estado de las autonomías no estuviese sirviendo para legitimar políticamente y para potenciar las aspiraciones de los diversos partidos nacionalistas existentes a lo largo del territorio español. Sin duda, la mayoría política que se pretende no podrá ser calificada con facilidad como «constitucional». GABRIEL ELORRIAGA
La Plaza del Árbol
por JUAN MANUEL BONET
1
(Al modo de Alfonso deSilva)
«Como una niebla de silencio»,
en el silencio de lanoche,
en este rincón de Valencia,
«con el rigor de las mínimas
variaciones», lentamente
construir la luz de la luna
alta, entre las nubes que pasan.
Sobre la mesa, contemplar
el grabado, verde esmeralda.
El piano, casi entre los dedos.
2
Indiferente a las banderas,
mientras pergeñas estos versos
escuchas cerca las campanas,
su música de cuento antiguo en
la blanca mañana de invierno.
Como un vanguardista de antaño,
quisieras escribir «campanas»,
y que se alzaran en la página,
en lucha con este temblor
de una leve música ajada
que lleva a lejanos países.
3
Marchando, «in evening air»,
entre la noche provinciana
con pobres músicas dispersas,
ventanas muy iluminadas,
interiores abiertos, cielos
limpios junto a esos interiores,
te acuerdas de un cuadro pintado
en París por Max Beckmann, visto
hace poco en Zurich, dos horas
en línea recta de este Sur,
un gran cuadro sobre esta hora
de los interiores con luz,
un cuadro fijo en tu memoria.
(Y un poema un poco en desorden,
con formas fugaces y sueltas:
como página de diario.)
4
Los visillos: ciudad y Sur.
Los gatos en su breve ronda
irónica, sigilosos ellos
deslizándose por el barrio
solitario y ya oscuro. Torres
góticas: de noche, fantasmas.
Nubes que llegan de Mallorca.
Un delgado árbol ya tuyo
en la plaza recoleta, ocre.
Nostalgia sentir de todo.
Qué compañía las campanas.
Escribir: «Memoria del óxido».
5
Indiferente a las banderas,
el grabador, imagen misma
de la concentración, prosigue
su caminar hacia el espacio
de la memoria: otras campanas
oye, en su lejana ciudad,
entre la lluvia del otoño,
en un anochecer naranja.
6
Negra noche, y estos grabados
quedan ajenos a la luna
y a las nubes quevienen del
mar, y a las verbenas tristonas,
y al rumor de hélices en lo alto.
Memoria del óxido son,
espacios por donde escapar,
como se escapa ya este verso.
Lees: «Naval melancolía…».
7
«Fatiga incierta de un incierto piano»
Ramón López Velarde
«Con el rigor de las mínimas
variaciones», encontrar buscas
un espacio para esta música
provinciana de las campanas,
de estos años en su amistad
sonora, de este irse del tiempo
por estas callejas del barrio,
barrio de senderos que llevan
imperceptiblemente al alma
lejos: a «Via Labirinto»,
metáfora de la ciudad,
¿y no también de cualquier vida?
Ser lector es algo que nadie puede arrebatarte. Pueden dar o quitarte la fama, el reconocimiento, el júbilo o el desasosiego, pero la condición de lector es algo que forma parte de cada uno, como de cada uno es la voluntad, el entusiasmo, la reflexión, la curiosidad, los encuentros, los anhelos. Y si hoy, tras la confusa niebla del tiempo la imponente figura de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) se perfila con nitidez en el intrincado bosque de las letras españolas y en español, es porque nos encontramos ante uno de los más formidables lectores —en tiempo y en esencia— que ha frecuentado la historia.
De esa vida de lector surge una obra ingente, apabullante para cualquiera que se dedique a la filología. Lo recordaba Emilio Blanco, a propósito de la espléndida edición de Menéndez Pelayo Digital1: más de 60.000 páginas impresas, 67 volúmenes correspondientes a sus Obras Completas (1940-1966) por el CSiC, en la llamada Edición Nacional, más otros 23 tomos de su enjundioso Epistolario, editados por la FUE entre 1982 y 1991. Pero es que además de los 90 volúmenes citados, en la nueva edición digital se recoge una muy completa Bibliografía —más de 3000 entradas, entre monografías, estudios de conjunto, reseñas y demás— sobre la figura y la obra del gran historiador, filólogo, catedrático y bibliógrafo cántabro2.
De ahí, claro, la insistencia en destacar ese lado de la arista deslumbrante del cántabro, como es la dimensión lectora; dimensión extraordinaria en este caso, por cuanto el ejercicio de la lectura compone un formidable caleidoscopio, una geografía, casi sin límites, pero con una notable —no podía ser de otra forma— diversidad de intereses y propuestas filológicas, estéticas, historiográficas y demás. Es decir, una casi inalcanzable, por infinita, pasión por los libros, pasión por la lectura.
Vale también para Menéndez Pelayo, en esa primera incursión antes de entrar en la antesala de la crítica literaria, la decisiva apuesta por la edición de textos. No hay filología sin edición. Y vale el ejemplo de su labor con la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, idea suya, y donde exhibe con rigor y sin ambages lo que se podría denominar su escuela crítica. Lo cuenta Emilio Blanco: «Faltaba allí casi toda la Edad Media, y en los volúmenes dedicados al Siglo de Oro se omitían géneros completos. La lectura del folleto donde defiende la serie es, todavía hoy, un modelo de amplitud de miras, pero también un testigo del profundo conocimiento que tenía de toda la producción librera española».
No es casual que algunos de los textos recuperados por la Nueva Biblioteca de Autores Españoles conserven nítido y granado el valor primero que mostraron cuando su publicación, así, valga uno sólo, pero relevante: la Colección de entremeses, loas, jácaras y mojigangas, cuya edición estuvo a cargo de Emilio Cotarelo y Mori. «Gran parte de las riquezas de nuestra lengua —recordaría Menéndez Pelayo— está contenida en estos libros que nadie lee».
Es claro, hoy lo sabemos, que tras el crítico, o mejor, bajo el perfil del crítico literario surge, indefectiblemente, el historiador. Como en otros ámbitos, tampoco en la historia, en la historia de la literatura, las cosas surgen de un rapto de inspiración. Todo lo contrario, sólo de la transpiración surge la inspiración. Sólo del trabajo ponderado, constante, exhaustivo, documentado, plural y abierto se muestra la labor crítica. Lo demás son intuiciones, ocurrencias sin mayor aparato bibliográfico que la mera y efímera chanza.
No hay casualidades en la historia, no hay atajos, ni pociones mágicas, de ahí que la formidable pasión lectora de Menéndez Pelayo se cimentara en la sólida y torrencial formación universitaria. Lee su tesis doctoral el mismo año que termina sus estudios, cuenta por aquel 1875 con 19 años. Para que pueda opositar a Cátedras, Historia de la Literatura Española de la entonces Universidad Central de Madrid, se modificó la ley. Y ganó la cátedra, con un apabullante discurso sobre asuntos tan caros a la literatura española como La Celestina, la lírica de los siglos XVI y XVII, es decir la lírica de los siglos de oro, Calderón —una de sus pasiones— y la ya entonces polémica periodización de la literatura española. Y entre las notas la siguiente anotación, relevante para cuanto vendrá después: «Sin crítica no hay historia ni ciencia alguna de provecho».
En fin, un centón de asuntos, lo que constituía el programa de la asignatura y que, en opinión del citado Blanco, hoy sigue teniendo un valor modélico. Oigamos a don Marcelino: «Sin erudición y sin investigaciones propias no hay conocimiento serio. Por tal razón debe el maestro recomendar a sus alumnos el estudio directo de las fuentes y de los autores analizados […]. El crítico tiene que analizar, describir, clasificar y, finalmente, juzgar […]. El método exclusivamente histórico trae los siguientes males […]. El profesor encastillado en la alta crítica es un ente atrasadísimo».
El poso del crítico está en el historiador, y el de éste en el bibliógrafo. Los trabajos bibliográficos de Menéndez Pelayo son desbordantes. Por sólo remitirme a lo que hoy nos ocupa, la crítica literaria, cabe recordar los extraordinarios diez volúmenes de la Bibliografía Hispano-Latina Clásica; o la, hoy no superada, Biblioteca de Traductores Españoles, en cuatro tomos, de manera especial en las referidas a los Siglos de Oro.
Lo cierto es que, de acuerdo con Carballo Picazo, tal vez sea la muerte de don Gumersindo Laverde la que señale el cambio de rumbo del joven lector y su trayectoria intelectual abandone, sin remisión, los estudios filosóficos y emprenda la dedicación, in extenso, a los estudios literarios.
Laín Entralgo, heredero de cierta impronta alemana a la hora de clasificar las etapas de Menéndez Pelayo, señala las etapas en el itinerario sin retorno de don Marcelino: años de aprendizaje (Instituto de Santander, Ganuza, primeras tertulias literarias y biblioteca en un parador); Barcelona; Llorens, Milá; Rubio; Madrid, encontronazo con el krausismo; Valladolid, Laverde, admiración y estudio de los clásicos griegos, latinos, españoles; años de «ávida" y viajera peregrinación, 1876 a 1878, bibliotecas de Portugal, Italia, Francia, Bélgica, Holanda, archivos, colecciones, filosofía, humanidades, historia, teología, variedad de enemigos, krausistas, escolásticos, progresistas, tentación política y los años de magistral y reposada madurez, así concluirá Laín. Es posible. Pero las cosas a menudo son más complicadas.
Es la descripción de ese viaje a través de la tela de la vida el sustento de las obras. La descripción más pormenorizada. Las huellas que después el tiempo o los hombres borran, pero que surgen tras la espesa marca de los días. Así, la figura decisiva en la formación del crítico literario, como fue Milá i Fontanals.
En 1908, don Marcelino lo recordará con estas palabras: «Recogí de sus labios la mejor parte de la doctrina literaria que durante mi vida de profesor y de crítico he tenido ocasión de aplicar y exponer».
Para Carballo Picazo es evidente que de Milá «proceden, indudablemente, el criterio de que, para juzgar un hecho estético, es necesario partir de una experiencia inmediata, personalísima; la distinción entre moral y arte, entre arte cristiano y arte de los pueblos cristianos; el concepto de armonía, vivo en la creación artística; las ideas sobre la épica y la poesía popular; la crítica serena; el afecto por el romanticismo de Walter Scott y el método histórico aplicado con un eclecticismo ejemplar». No es casual, por cierto, respecto a esto último que en su crítica a Krause y los krausistas, Menéndez Pelayo advierta: «Y no digamos nada del pueril empeño en subdividir y encasillar de un modo semicabalístico los géneros poéticos, como si se tratase de dar reglas para el juego de la lotería».
No iba descaminado. Mucho después, el propio Unamuno, refiriéndose a la labor docente recordaría ese, a veces, vano empeño que tenemos los profesores en clasificar y definir: «definir es confundir», sentenciaba el vasco, y no digamos nada de la cambiante y alegre lotería que es, en más de un sentido, el concepto, y vaivén, de la literatura y de su historia. No es raro encontrar en el canon literario un juego de bolsa, de alzas y bajas, de tobogán curioso y raro. A los krausistas les recriminará que olviden la necesidad del criterio histórico al lado del estético. Para el cántabro la literatura es «ciencia de la belleza traducida y realizada por medio de palabras», no es la definición precisamente, el colmo de la brillantez pero es útil.
«Aquí tenemos que aplicar las dos. El acto de apreciación de la belleza es mixto. Encierra un juicio y un sentimiento. No conviene dar demasiado predominio al elemento afectivo ni al discursivo. El crítico ha de tener, si no facultades artísticas —que las tuvo; por lo menos análogas a las artísticas—; debe penetrar en la génesis de la obra y ponerse, hasta cierto punto, en la situación del autor analizado […]. El juicio ha de ser formal, propio y espontáneo».
Porque la apreciación estética nunca podrá ser un «acto puramente intelectual» (contra Taine). Para Menéndez Pelayo, lo que caracteriza la literatura de un pueblo es su estilo. Escritores de distintas lenguas quedan incluidos —es una de las más audaces direcciones menéndezpelayistas— ya se haya escrito en latín, o en castellano, en gallego o en catalán; la literatura común mediante voces y tonos, diversos. Varias son las imágenes que se proyectan de Menéndez Pelayo a lo largo del convulso siglo XX español.
En la introducción ya citada, Xavier Agenjo desmenuza el otro lado de esa proyección y de esa imagen. De la referencia esencial que constituye en el cántabro la huella y presencia de Luis Vives, por ejemplo, o de sus discípulos. Caso del excepcional Asín Palacio. Esto exige una mayor precisión, una mayor finura intelectual a la hora de componer el impreciso mapa de la labor menéndezpelayista en la configuración de la historia intelectual española. De nuevo Laín: «Menéndez Pelayo polemizó contra los polemistas y contra la polémica misma; es decir, contra una situación histórica de España que permitía y aún favorecía aquella escisión irreductible entre los españoles».
Para Xavier Agenjo la cuestión debería retomar un enfoque clarificador en cuanto a la utilización —y ocultamiento— de la figura de Menéndez Pelayo en determinadas operaciones casticistas que tienen a la literatura española, es decir, a su crítica, en el centro del propio laberinto histórico: «En mi opinión —escribe— el verdadero valor constituyente de la España castiza, tal y como se ha presentado a generaciones de españoles, no es tanto el de Menéndez Pelayo, amante de la España descentralizada (y de la lengua catalana, por ejemplo) y que consideraba plenamente españoles a musulmanes y hebreos, sino Menéndez-Pidal, que a pesar de su condición de laico aportó en su obra historiográfica una cosmovisión de la España histórica que poco tuvo que ver con la que podía haber aprendido de don Marcelino, puesto que es diametralmente opuesta. El papel protagonista que Menéndez Pidal da a Castilla y al castellano transformado posteriormente en español, tras la absorción de los dialectos romances centrales, estaba muy distante de los postulados del polígrafo cántabro».
Las palabras y los términos anteriores comienzan a focalizarse, desde otro plano que, tal vez, se ajuste más a la compleja realidad y menos al canon historiográfico y topístico caído. Es, casi, un comienzo. Un nuevo itinerario. Una dirección y un capítulo de irreversible andadura, aunque las marcas queden y las huellas pretendan borrarse. Es decir, toda la patulea, surgida más de los peligrosísimos exégetas que de la propia realidad de la trayectoria de Menéndez Pelayo como crítico literario, y que derivó en la construcción de un imaginario crítico basado en peregrinas afirmaciones de tal manera que el tipo que predomina en la obra de Menéndez Pelayo obligara a las disciplinas filológicas «a anclar sus investigaciones sobre lengua y creaciones del pasado a unas estructuras sociopolíticas tributarias de la edificación de una identidad nacional» (Yannick Llored).
Lo cual, en tan pintoresca opinión, favorecía la imagen mítica de un España guardiana de la pureza del dogma y de su «patrimonio iberorromano» (sic).
En resumen, supuestamente, se habría dado a la tarea de extraer de una gran variedad de textos unos fundamentos interpretativos que explicaban la auténtica concepción de la identidad nacional, su esencia y sentido histórico.
Perseguían —supuestamente, digamos, Menéndez Pelayo y sus adláteres— la legitimación del valor de modelo inscrito en la tradición, la potencia integradora del concepto de «nacionalidad» y, en fin, la elaboración de la continuidad del sentido de la historia, cuyo asunto era exclusivamente el conjunto de valores relacionados con la inagotable búsqueda de un legado cultural común. Porque, en definitiva, concluirán, la relación con los textos sigue siendo inseparable de la constante y polémica búsqueda historiográfica de un legado cultural.
Pero la relación de los textos, anterior a lo que propugnará la escuela creada por Pidal —que nace con vocación de escuela, que impregna los valores de escuela a los discípulos, que genera los mitos suficientes para que los estandartes de la escuela exhiban sus colores historiográficos— es uno de los elementos básicos, esenciales, vertebrales de la labor de esta vida de lector que venimos apenas señalando en brevísimas y deslavazadas pinceladas, no sé si de trazo grueso.
Convengamos, ya se advirtió al principio, que resumir cuarenta años de exclusiva y minuciosa dedicación a la crítica literaria, como fue el caso de Marcelino Menéndez Pelayo, no es ya cosa de una tesis doctoral, sino de varias, de todo un departamento universitario exclusivo. Por ello, llegados a este puerto, valga el recorrido de, como señalaría Dámaso Alonso, «nuestro primer crítico».
Del inteligente libro de Dámaso Alonso uno descubre esa vastedad bibliográfica, esa capacidad lectora, esa atención a los más diversos ámbitos, esos retratos imborrables —que crecen en su sabiduría y sensibilidad con los años— que marcan a La Celestina o a Juan Ruiz; uno descubre esa vocación ingente por tratar de leerlo todo, y si no de escribirlo. A nadie se le oculta que la Historia de las Ideas Estéticas surge como necesidad ontológica antes de emprender una necesaria Historia de la Literatura Española. Una debía de ser antes de la otra. Qué bien vendría esta sabia y honesta aplicación a los tiempos de ahora en las aulas universitarias.
Dámaso dibuja, con trazo firme, sensible, hondo, los perfiles del crítico literario Menéndez Pelayo. Destaca la precisión en el saber desmenuzar las obras mediante la lectura atenta y conmovida; destaca la precisión en encontrar lo referente, lo esencial, lo vertebral, lo decisivo en cada una de esas lecturas que forjan su «obra titánica». Lo que Dámaso Alonso plantea en la descripción pormenorizada de la trayectoria crítica del cántabro es, precisamente, todo lo que tiene de evolución, de cambio, de apertura. Una labor titánica, sí, que se complementa en el vaivén de la obra viva, abierta: «No hay verdadero crítico o historiador de obra normalmente larga, que no tenga que rectificar. Son los marmolillos (y tampoco faltan en nuestras letras) los que ni se menean ni ceden».
He ahí, el carácter dudosamente histórico de la obra literaria en cuanto a tal, no en cuanto a objeto histórico; y he ahí, el rasgo decididamente contemporáneo del crítico Menéndez Pelayo. Esa intuición que corrobora el trabajo lector realizado: «El que sueñe —escribe en 1911, año de Heterodoxos— con dar ilimitada permanencia a sus obras y guste de las noticias y juicios estereotipados para siempre, hará bien en dedicar a cualquier otro género de literatura, y no a éste tan penoso, en que cada día trae una rectificación o un nuevo documento […]. El historiador debe resignarse a ser un estudiante perpetuo y a perseguir la verdad dondequiera que pueda encontrar resquicio de ella sin que le detenga el temor de pasar por inconsecuente».
Ya en 1910 había regresado a los Orígenes de la novela, y las escasas veinte páginas de ediciones anteriores se han convertido en 240; es decir, la segunda mirada a una de sus obras mayores se ajusta, pasado el tiempo a lo esencial, «conforme a los descubrimientos e investigaciones de los últimos años y al minucioso estudio».
Y, también, y por qué no, al cambio de sensibilidades, al cambio en la manera de acercarse a la obra literaria, al cambio en la sensibilidad del lector contemporáneo frente —como se ha señalado— a la obra clásica. Y también, las ocultaciones y a los descubrimientos.
Lo destaca Dámaso, pero vale subrayarlo. Esta confesión constituye la insoslayable geografía intelectual de un crítico literario, el cambio, el descubrimiento, la nueva forma de leer, son los elementos del asunto: «Muchas puertas -—dice— llevan a la encantada ciudad de la fantasía; no nos empeñemos en cerrar ninguna de ellas ni en limitar el número de los placeres del espíritu».
Al revisar las páginas de Menéndez Pelayo dedicadas a la crítica, uno confirma cómo el centón de aspectos que conforman la agenda de esta por entonces incipiente disciplina —si cabe— aparecen en las notas, reseñas, estudios, monografías del cántabro: los problemas de la autoría, el acceso y delimitación de las fuentes, el género de la obra, las diversas y, a veces, distintas, redacciones; la datación, el lugar, los personajes, el estilo, la configuración de los personajes, las balbucientes retóricas…
Para Dámaso: «Los dos literatos, el gran creador (Lope) y el gran historiador (Menéndez Pelayo), se parecen por esa facilidad increíble con que el uno se saca de la manga comedias y poemas, y el otro nutridos volúmenes de historia, en un número, en una abundancia, una continuidad tales que no creo ofrezca muchos paralelos la cultura del mundo».
En efecto, no los tiene. Para Dámaso, ambos, Lope y don Marcelino, son dos «monstruos de la naturaleza». Merece el viaje, contado a manera de crónica, el proceso de creación del autor:
1877. Polémicas…de la Ciencia Española.
1880. Historia de los heterodoxos. 2 volúmenes.
1881. Calderón y su teatro.
1882-1902. Obras de Lope. 12 tomos.
1883-1891. Historia de las ideas estéticas. Cinco tomos.
1884-1908. Estudios literarios. 5 tomos.
1890-1908. Antología de los poetas líricos. 13 tomos.
1893-1895. Antología de la poesía hispanoamericana. 4 tomos.
1903-1910. Orígenes de la novela. 3 tomos. Y sigue…
Sí, no tiene muchos paralelos en la cultura del mundo y será decisivo en la cultura española, pero qué distinta la mirada que se hace a lo largo del camino de la vida de la que se queda como foto fija de una obra —como vemos— en marcha, de un historiador, de un filólogo, de un crítico atento, casi lupa en mano, a cuantos acontecimientos y hechos requieran un cambio, otro lugar en el invisible anaquel de la historia, en el imaginario edificio de la ficción, en el túmulo magnífico de los clásicos.
«Jamás —afirma Dámaso— ni en prosa ni en verso he encontrado una página que se pudiese llamar baladí».
Con el tiempo, y esa es la obra que destacamos, la voz, el pulso, la grafía y el trazo de don Marcelino se llena de ponderación en su juicio, de profundidad en el análisis sensible de los textos, de las memorias, de generosidad en la lectura de las cosas de la vida, en los aconteceres, en las andanzas y en las industrias de los personajes, reales o imaginarios que llenan las páginas de la bendita literatura.
Nada es casual. Es quien no sabe que traza su propio perfil, cualquiera de nosotros, quien al final fija con pulso la topografía fantasma de su propia vida. Al principio de todo, en una carpeta en la que guardaba sus versos, Menéndez Pelayo había escrito: «En arte soy pagano hasta los huesos… pese a quien pese».
Pero, don Marcelino ¿y a quien habría de pesar, si esa línea de sombra acompañaría su obra a lo largo de las décadas de una vida?
Claro que no todo iba a ser un camino de rosas, porque Menéndez Pelayo —en la búsqueda de esas ficciones orientadoras de las que ha hablado Edmund S. Morgan—, puesto que ese ideal de clasicismo, de nobleza, de canon clásico que anhelaba para nuestra literatura no cabía buscarlo. No podía ser. La historia de la literatura española es la historia de una anomalía, que aquí hoy, lamentablemente, no tenemos tiempo de desarrollar como requiere y que me limitaré a un aviso telegráfico: «¿Quien tenía un criterio tan cerrado y excluyente podría amar y comprender la literatura española, si en nuestras letras puede afirmarse —señala Dámaso— que el puro culto de la forma clásica no se ha dado nunca de un modo total, y hasta que son pocos los escritores que se han acercado a ese ideal artístico?».
El viaje de Menéndez Pelayo, crítico literario, es la historia de una seducción. La creación de un idilio extraño y fascinante. El triunfo de la literatura sobre el resto de los asuntos de la vida. La genial heterodoxia de la literatura española horada, con belleza, con rotundidad, los viejos pilares de un orden ideal. La vida española va, fue, ha ido, por otra parte.
Y Menéndez Pelayo ahonda en la búsqueda de esos contornos, en la huella invisible que marca las fronteras entre realidad, ensueño, ficción, nación, memoria.. .Un ejercicio fascinante del que nadie sale ileso, pero todos ganamos. Es el viaje que transforma al exquisito adorador de la forma en el reivindicador de esa tradición literaria llena, repleta de anomalías, de fronteras, de excesos, de heterodoxia. El viaje de aprendizaje, el camino de perfección que le permite convivir con otros credos estéticos. Y el primero, casi, Lope, el anticlásico porque «nos da toda la naturaleza sin selección».
Es bueno recordar que el proyecto, que el viaje literario, queda truncado, sus obras fundamentales quedan inconclusas. Pero sirven, y de ahí el desamparo, como muestra de lo que habrían sido. Dámaso recuerda cómo las dos páginas dedicadas a San Juan de la Cruz le parecen «justísimas y la expresión penetrante».
Lo que caracteriza su crítica literaria, su labor previa de historiador, es la intuición genial para organizar de manera armónica y sobre una sólida arquitectura documental todo lo que se añade mediante la investigación, mediante ese oficio de leer que da razón y sentido a todo lo demás.
«Menéndez Pelayo había comenzado su vida creyendo que la belleza era el fin último —concluye Dámaso— de la literatura, del arte, tal en Horacio. Y entonces le vemos frío, lejano, y en contradicción consigo mismo, sencillamente porque esa fórmula no era ya vital para un hombre de la segunda mitad del siglo XIX: cuando con esa declaración —lo bello y lo feo como objetos de arte, antes de 1890—, hecha sin énfasis ni solemnidad especial, por primera vez admite toda la naturaleza, bella o fea, como capaz de expresión artística, por primera vez también le sentimos íntimo, cercano, humano, nuestro».
Y recompone el estilo, o mejor, crea un estilo que reúne, casi con la claridad del agua clara, las intuiciones, las ideas y los sentimientos. ¿Cómo actúa, el crítico Menéndez Pelayo? En primer lugar, con un instinto prodigioso; en segundo, se apodera de la obra, de lo más característico, de lo más intenso —«lo mogollante», Lezama Lima—; en tercer lugar, le presenta al lector una fotografía perfilada de época, de la época, de los modas y las modas literarias, las retóricas, los usos y, al final, ningún de los que haya frecuentado esas páginas, podrá olvidarlas jamás. Lo dijo mejor, infinitamente mejor Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo logra, como en la vieja alegoría, «meter el mar en un agujero de la aren». Tan poderoso como ese libro de arena borgiano del que están hechas las historias, los imaginarios, los sueños y la vida. Ese libro de arena poblado de misterios, anhelos y curiosidad.
Una labor crítica, que viene de la previa tarea del historiador y que en esta se sustenta, y permite que sea el cántabro quien hoy se reconozca como creador de la historia literaria española. Antes de él era un caos, y era extranjero: Boutewek, Sismondi, Ticknor, y los elogiables intentos (no más allá de historiar la Edad Media) de Amador de los Ríos.
Es cierto, Menéndez Pelayo pobló un espacio inmenso antes casi desierto, e hizo más: trazó la cartografía esencial; abrió canales secretos; dibujo las líneas que cruzaban los siglos y marcaban las genealogías… Para Carballo Picazo son varios los tipos de crítica que configuran esa primera y poderosa historia literaria española: bibliográfica, a la manera de Nicolás Antonio; formalista o externa, como se llamó en aquellos años; estética, de estirpe germana y filosófica de huella hegeliana; histórica y analítica, con los ecos de Grimm, Meyer, pero no se cierra en ninguna de las bandas: «Yo he procurado evitar los inconvenientes de todos estos sistemas. Tengo principios estéticos, procuro, además, poner la historia literaria dentro de la historia social, pero no traigo un sistema a priori que me empeñe en aplicar a todo aunque los hechos lo resistan. Sin hechos que juzgar, no se puede hacer juicio […]. La crítica no es alta ni baja; la crítica es un apero complejo; abraza la crítica externa o bibliográfica, la interna o formal, la trascendental, la histórica; cualquiera de estas partes que falten, el estudio será incompleto».
Es hora de concluir; en la Antología comentada que citamos al principio se puede recorrer este fascinante itinerario, remitiéndonos a la filología, a la crítica literaria, motivo de esta tarde. Así lo hace Antonio Santoveña Setién, en su breve y enjundiosa introducción a «La historia considerada como obra artística». La búsqueda de don Marcelino de ese hilo invisible, indeleble que marcará los elementos vertebradores de España y la forma en que se habían manifestado, tal vez persistido, a lo largo de los siglos.
No otros son los heterodoxos, por contrario. Para muchos aún hoy Menéndez Pelayo podría sugerirles la figura inquietante de ese Jorge de Burgos de El nombre de la rosa de Umberto Eco, celoso guardián de lo prohibido. Pero hete aquí las paradojas de la historia. Porque don Marcelino abrió, destapó, con generosidad, los vasos comunicantes ocultos de la cultura española. Aunque la historia después se revelará algo más compleja. Pero sin el descubrimiento de los documentos, de los autores, de las huellas —que no borró— otra habría sido la historia que ayudó a construir o, mejor, a escribir.
Ahí se encuentra la admiración que Emilio Pardo Bazán le profesa, no sin desencuentros; la admiración a una obra de la que se siente deudora, al tiempo que desea convertirse en la síntesis de los dos hombres de letras que más respeto le provocan: Leopoldo Alas «Clarín" y Marcelino Menéndez Pelayo.
La síntesis de dos Españas que, sin embargo, hablan en un mismo idioma de sabiduría y curiosidad, como bien presenta José Manuel González Herrán y «La historia oscilante de una admiración», como es el ya conocido caso de la poesía de Heine y el juicio crítico que a lo largo de los años define la biografía intelectual de don Marcelino, lo cuenta
Ana Belén Rodríguez de la Robla, en este reciente y ponderado, y ecuánime conjunto de trabajos.
Así los estudios cervantinos que recupera Francisco Pérez Gutiérrez y que contienen, en esencia, el pensamiento menéndezpelayista respecto al autor del Quijote y la época, y que abren un sinfín de ventanas no ya al asunto meramente cervantino sino a los debates más actuales respecto al diálogo de libros que, de manera implacable e impecable, marca el devenir de la historia literaria presente. Ahora lo sabemos y ahora justo es reconocerlo. Porque advirtió cómo la literatura sería suma y resumen de un formidable ejercicio de préstamos y conexiones entre los libros plasmada, de manera ejemplar, en la obra de Cervantes.
Ahí, también, la delicada presencia de Amos de Escalante en un riguroso recorrido, de memorable valor minimalista, que recuerda Carlos González Echegaray o, como se cierra el volumen, con la dimensión iberoamericana en la exquisita, y a menudo, hermética obra poética de Sor Juana Inés de la Cruz, en la documentada introducción Lourdes Royano Gutiérrez.
Concluyo, si cito estos trabajos es como homenaje a una serie de recuperaciones cercanas, inmediatas, recientes del valor y la dimensión de la ingente obra crítica de Menéndez Pelayo. Motivo de este gratísimo, y exagerado por quien les habla, encuentro.
Valga el final. Y vale lo escrito por Emilia Pardo Bazán en sus «Crónicas de. España" para La Nación de Buenos Aires (Borges y Bioy), el fatídico 30 de junio de 1912: «Morir a los cincuenta y seis años, para un estudioso, es casi malograrse […]. Él exclamó al saber que se iba: "¡Qué lástima, me quedaba aún tanto que leer!". Y nosotros decimos tristemente: "¡Qué lástima, le quedaba aún tanto bueno que escribir!"». Sea.
1 · Obra social y cultural de Caja Cantabria. Fundación Histórica Tavera.
2 · Ahí se encuentra, por ejemplo, la Bibliografía preparada por Amancio Labandeira en 1995, y ese viaje a la semilla que tal vez comience con la biografía a cargo de mi antiguo y entrañable profesor de Bibliografía, Simón Díaz (1954), primer paso indispensable; y las conferencias de Gerardo Diego (1931) y de Gómez Baquero, «Andrenio» (1929), y el muy citado artículo de Manuel Olguín (1950), lo de Laín (1952), el prólogo de Mariano Baquero Goyanes a su antología de La novela española vista por Menéndez Pelayo (1954), el inmaculado libro de Dámaso Alonso (1956), la conferencia de Alfredo Carballo Picazo pronunciada en Santander en agosto de 1956 —año del centenario— precisamente titulada, «Menéndez Pelayo y la crítica literaria» —de la que mis palabras son agradecidas y deslumbradas deudoras—; y Alvar (1956), Martínez Cachero (1956), y Pedro Sainz Rodríguez (1956), y Jiménez Rueda (1957) por solo citar, si se me permite, a los clásicos, junto con otros trabajos recientes. Sirvan como muestra de estos últimos Marta Campomar (1984), Ciríaco Morón Arroyo (1994), Antonio Santoveña Setién (1994) o José Alberto Vallejo del Campo (1998); además de los prólogos e introducciones de las nuevas ediciones citadas y de la utilísima Antología Comentada que ha publicado la ejemplar Estudio de Santander y cuya introducción, pulcra y documentada, firma Xavier Agenjo Bullón. Edición ésta que se completa con diversos estudios introductorios según la tipología del texto seleccionado y entre los que destaca —ya los señalaré más adelante— la esclarecedora mirada contemporánea que se lleva a cabo, de manera sumamente efectiva, sobre la obra de Menéndez Pelayo.
Cuando el director de Nueva Revista me sugirió escribir un artículo sobre Antonio Fontán y su etapa de director del diario Madrid, en la que tuve el honor de compartir a su lado, como subdirector del periódico, aquella fascinante aventura periodística que fue un prólogo político e intelectual a nuestra transición democrática, andaba yo enfrascado en la lectura de un libro que recomiendo vivamente a aquellos que tengan alguna preocupación por el pensamiento de nuestro tiempo: La vida de Isaiah Berlin, escrita por Michael Ignatieff, que es algo más que una simple biografía.
Entonces pensé que sería fantástico hacer algo parecido a lo hecho por Ignatieff con el profesor Fontán: tener una larga conversación con él e intentar recoger con unas pocas palabras verdaderas la esencia de lo que él ha representado para la gente de mi generación como periodista, pensador y político. Berlín también estudio Filosofía y estuvo a punto de dedicarse profesionalmente al periodismo, cosa que no hizo porque cuando el director de The Manchester Guardian le preguntó si tenía facilidad para escribir dijo que no. (Durante la II Guerra Mundial demostró con sus informes que escribía mejor que la mayoría: sus escritos llegaban hasta la mesa de Churchill, que se preguntaba quién era el sagaz autor de aquellos análisis).
Antonio Fontán —filósofo, ensayista, latinista, catedrático, político— ha concentrado lo esencial de su biografía periodística en esos años de director del Madrid, pero antes y después ha hecho muchas cosas en esta profesión. Desde dirigir el Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra a escribir terceras de ABC. Aunque ciertamente los años del último Madrid —1968-1971— fueron unos años muy significativos, tensos y estimulantes.
Los que estuvimos con Antonio Fontán en aquella batalla por las libertades, con la ardiente paciencia suya modulando la impaciencia juvenil de algunos, podemos ver ahora, con la suficiente perspectiva, lo que representaba para un intelectual que era profesor de latín aceptar, por ejemplo, que a una foto con el futbolista Amancio (que era una especie de Raúl de entonces) en la boca de gol, le pusiésemos el celiano título de El gallego y su cuadrilla. El, que era el director, se ocupaba sobre todo de la página editorial, pero tenía la antena orientada hacia todo lo que ocurría en el periódico, y se sentía tan cercano a Chumy Chúmez, que enviaba las agudas viñetas de la página 3, como a Tomás, el regente del taller, que le hacía llegar a su despacho los primeros ejemplares que salían de la rotativa.
Cuando en abril del año 2000 el IPI (Instituto Internacional de Prensa), de cuya sección española había sido presidente, concedió los títulos de Héroes de la libertad de Prensa del último medio siglo, Antonio Fontán fue el único español entre los cincuenta galardonados, y Esperanza Aguirre, como presidenta del Senado, organizó un homenaje, presidido por Mariano Rajoy, en el que tuve ocasión de rememorar los aplausos recibidos en Boston, en la entrega del premio. Aquellos aplausos eran un reconocimiento no sólo a su rigurosa vida profesional y política, sino a un estilo de hacer periodismo en tiempos difíciles. Porque la etapa final del diario Madrid fue un anticipo de lo que iba a venir enseguida. Era un periódico plural y un punto de encuentro de ideas y talantes, un lugar de convivencia civilizada. Una metáfora de lo que queríamos que fuera España.
Quizá del Fontán de aquellos años podemos decir lo que Ignatieff dice de Isaiah Berlin: «Era este sentido de oscuridad circundante lo que había dotado de una elocuencia sombría a sus mejores escritos y de pasión a su vocación intelectual. Pero no permitió que los tiempos dictaran su carácter». Porque, como el autor de su soberbia biografía dice de Isaiah Berlin, de Antonio Fontán se puede asegurar que, «en un siglo oscuro, él demostró cómo debe ser la vida del espíritu: escéptica, irónica, desapasionada y libre».
Sencillamente llega un día en que lo que se nos había antojado hasta entonces trascendente, inaprensible por lejano, infinitamente separado de la realidad de cada instante, eso, pues, que creíamos fuera de los instantes, es como si se cambiara de casa y se viniera a alojar precisamente entre lo que tenemos más cerca, tan cerca que no parece todavía un objeto separado de nuestro propio sentimiento cuando la fuga de esos instantes, que se van.
Lo distante, lo inasequible, nos parece entonces que vive aquí, y que no es su separación la razón que lo hace indecible. Esa razón de su esquivez, muy poco racionalizable, resulta estar ahora en su proximidad, la de una música, una ciudad o una hora del día cuya misma inmediatez los hace invisibles, porque no hay distancia —nos decimos—para verlo siquiera. Y es como si todo eso tuviera antes que ser olvidado, alejado por nosotros para que la memoria nos lo traiga luego recreado, tras la previa creación de la distancia o la lejanía que lo hace posible. Por eso, creo, Juan Manuel Bonet dejó un día su deseo poético en estos dos escuetos y grávidos versos:
Cualquier otra ciudad que me hable
de cualquier otro tiempo.
Aun habiendo sido muy admirado por mí desde antiguo, nunca he escrito hasta ahora sobre la poesía de Juan Manuel Bonet; casi me he resistido a hacerlo: se me volvía difícil y, sobre todo, yo veía que era como si no hiciera falta, o que quizá unas palabras de más —y las del comentario (por no llamarlo crítica) siempre cargan con ese peligro— podían dar al traste con lo que hacía de esos versos algo muy frágil. Tenía, por decirlo así, miedo a que ese algo resultara, a poco que se le echase ganga encima, empañado u obstruido o —aún peor— desvelado. Porque, en realidad, ya sabía que eso lo que fuera debía permanecer precisamente velado para seguir estando, como me parecía a mí que estaba, vivo. De manera que la poesía de Juan Manuel es uno de esos sitios en los que mejor creo percibir un —llamémoslo así— cambio de domicilio del misterio, del enigma de la realidad, que un buen día se trasladó desde lo más remoto a lo más próximo a nosotros y, por ello, a lo más leve, a lo que exige —para ser dicho— que apenas sea tocado.
Creo que por eso, cuando leí —es un decir— los poemas de Plaza del Árbol (los que me han hecho finalmente romper las cautelas) creí encontrar una especie de contradicción. Esos pequeños poemillas aparecieron en su día (Galería Canem, Castellón, 2000) en una hermosa edición bibliográfica (o sea, que casi nadie los ha leído) junto a los grabados de Manolo Rey Fueyo, un pintor abstracto, de familia, para entendernos, rothkiana, al que, de primeras, nos resultaría difícil no asociar con cierta poética de lo infinito y lejano, de esa negra noche en la que se deshacen todas nuestras representaciones de la realidad o, mejor dicho, de la vida: la que no puede ser, justamente, representada.
Esa contradicción primera, entre unos poemas muy particulares y exactos, y unos grabados muy abstractos y nebulosos, creo ahora que no era tal. Más bien entre los versos y los grabados se daba una circulación del sentido inasequible a cualquier explicación —a cualquiera de aquellas palabras de más— que pretendiera darla por concluida. Con la precipitación propia de los clasificadores, esta poesía ha sido en ocasiones asociada a lo que se ha llamado «poesía figurativa», que era como una huida de la abstracción especulativa y de la metapoesía planteadora de problemas lingüísticos, engolosinadora de unos y repugnante a otros contemporáneos, según parece. Y es cierto que en la poesía de Juan Manuel hay un gusto —muy melancólico, muy nostálgico, si se quiere— o un amor por los «frutos sabrosos», por los «alimentos terrestres», por las mínimas cosas del mundo y de la vida, y hay también la insinuación de un germen narrativo, y el rescate —más vivo, más punzante que en cualquier otro poeta— de anécdotas, de momentos, de singularidades vividas e irrepetibles.
Pero el modo en que estas experiencias instantáneas son salvadas en sus versos nos exige sentirlas justamente en la fugacidad que las condena a su negación, que las disuelve en una noche muy parecida a la noche del grabado, hecha de la tinta densa y la oscuridad de una «niebla de silencio» en la que refulgen brillos esmeralda y anaranjados como los que puso en sus grabados Manolo Rey. O el brillo de unos relámpagos de la memoria, cuyo arte el poeta cultiva, ya digo, como ningún otro.
A Juan Manuel Bonet le favorece mucho ser un poeta camuflado, camuflado en la máscara del director de museos, del crítico de arte prestigioso, del hilador en la madeja de los nombres vanguardistas. Ese oficio, esa profesión de poeta le es tan indiferente como le son las banderas que salen en Plaza del Árbol. Es decir, que la indiferencia lo es para con la convención y el uniforme, para con la bandera de unívoco significado, todo eso que no puede ser la poesía. Y es cierto que en su primer libro, La patria oscura, más que en Café des exilés, había, sí, evocaciones que estaban a punto de ser relatadas, pero también aparecía allí esta suerte de poética que me viene siempre al recuerdo:
Escribir —como si nada fuera importante—
el sencillo irse de las horas
sentado en la terraza de un café
de una provincia española.
Escribir, como si estuviera escrito,
que el ruido de esas tazas sobre el mármol
tuviera que pasar el arroyo claro
de unos versos.
Escribir, como si nada fuera.
Las cosas, los momentos, las ciudades deben pasar por aquí, deben pasar por el sitio, por el espacio que el poeta de Plaza del Árbol dice apartar para que en él se aloje la «música provinciana de las campanas». Ese espacio (o esa ventana, iluminada como los miradores de las casas campestres a la orilla de un río en la noche de los poemas de su querido José María Eguren, o como la de Vladimir Holan en la isla de Kampa o la de Jankèlèvitch en la Ille de la Cité parisina, tal como él las recordaba en La ronda de los días); esa ventana, ese lugar, es —nos dice— la poesía. La luz de la ventana, claro está, acabará apagándose, acabará disolviéndose, y el presente de los gatos, el de las torres góticas, el presente del árbol delgado en la plaza recoleta acabará deshilándose en una suerte de musiquilla o en el cierto desorden de unas formas fugaces que lo querrán revivir en unos versos. Son esas cosas, como las enumeradas en el primer poema de Café des exilés, las que «después de tanto tiempo / componen este poema». Y, mientras tanto, las cosas, al otro lado todavía del puente de los versos, son nada más que luces detrás de unas densas nubes bajas, o de unas humaradas fabriles como las que creemos ver en las pinturas de Manolo Rey.
En realidad, las tensiones y contradicciones que alimentan esta poesía parten de la que el poeta detecta entre la poesía y la vida: «lluvia de junio que / tan bien queda en un poema / mas no en la vida», decía en otros versos de aquel libro de 1990. Creo que por eso la memoria, involuntaria, inesperada, puede, desde un barrio oscuro —y más cuanto más oscuro se vuelve el barrio—, invitar al alma a zarpar hacia otro enclave que estaba hasta ahora salvaguardado por el olvido, al modo en que desde esta plaza el poeta parece escuchar, muy pasivamente, una llamada a la Italia de Via Labirinto, o como en Zakopane sintió que algo —un olor a jazmín— le llamaba hacia el Callejón del Agua sevillano, o igual que ahora las campanas escuchadas en la Plaza del Árbol parecen llevarle al lejano país del cuento antiguo egureniano «en la blanca mañana de invierno».
Por lo que sé, la Plaza del Árbol (la de los versos, no la del plano callejero de Valencia) no existe. El delgado árbol aquél no está ya allí o no es el mismo. Juan Manuel tampoco vive ya cerca. Manolo Rey Fueyo abandonó también el estudio en el que trabajó por allí durante bastante tiempo. Y sin embargo, esa plaza se nos ofrece aquí para ser vivida como el lugar de tránsito que ya fue entonces, como un cruce de oscuridades y súbitas iluminaciones. El árbol, la plaza, los gatos, las campanas, no se separan como objetos distantes, no cristalizan aquí después de haber pasado el puente hacia los versos; no vienen aquí a algo parecido a su propio morir en una imagen o en una figura elaborada por la representación. Esas cosas, esos seres vivos son salvados en el viaje incesante que los hace huir, moverse permanentemente de la vida a la memoria, del arte de la memoria a la niebla silenciosa de la vida. Ese continuo movimiento es el que sugiere la naturaleza musical de esta suite, que se hace explícita en el homenaje a Alfonso de Silva, e implícita en la reaparición de unos mismos motivos repetidos como «mínimas variaciones».
Nada acaba aquí; la poesía no es el helado y perfecto acabamiento, en una forma, de la verdadera y frágil y tenue emoción que nos deparan los versos. El propio poeta se ve alejado de sí mismo o, mejor dicho, se aleja de sí mismo para verse, igual que hace con los instantes y las cosas. Por eso, buscándose, se dice a sí mismo: «Como un vanguardista de antaño / quisieras escribir «campanas», / y que se alzaran en la página». Un verso, pues, que evoca, claro está, el viejo precepto ultraísta contenido en otros versos de Vicente Huidobro («¿Por qué cantáis la rosa —¡oh, poetas!? / Hacedla florecer en el poema»). Ahí, creo, está la demanda que el presente, por muy neblinoso que nos resulte, hace siempre al poeta: representar, formalizar. Pero resulta que, aun diciendo esto, también está ahí precisamente, en esa cita, la renuncia a la captura y a la inmovilización de la realidad, que es lo que significan las campanas y la rosa. La renuncia a la forma. Por eso, el poeta de Plaza del Árbol, sabe que —por muy simpático que le resulte su recuerdo— él no es aquel poeta de antaño. Hay aquí un sentido de la forma muy parecido al que Juan Ramón Jiménez, el poeta «de nuestro siglo» para Juan Manuel Bonet, insistió en defender muchas veces. Se trata de una forma «desaparecida», como quería Juan Ramón: la del agua de un vaso que se ha desprendido de las paredes de cristal que la encerraban, esas paredes de duro cristal que para Juan Manuel me figuro que son la métrica silábica o cualquier empeño estructural. Y, sin embargo, esa forma antiforma sí es hallada en los poemas mismos, a sabiendas quizá, como invitaba a pensar Juan Ramón, de que «la poesía no se realiza nunca, por fortuna para todos».
No, estos poemas no pueden ser —en ese sentido— poéticos. Y en esa esquivez para con la poesía que se realiza, hay, a fuerza de discreción, cierto deseo de mantenerse en el cultivo privado, en un amateurismo que es otro de los camuflajes de nuestro poeta. Los poemas pueden no ser poéticos, porque son el puente, el paso de la poesía. La poesía no se escribe. Entre el presente que demanda la fijeza de los recuerdos, y el recuerdo inesperado, tiembla la verdad viva que es cualquiera de estos poemas. Y por eso se nos tiende en ellos una cierta trampa cuando se declara el deseo de ver a las campanas alzarse de la página, como si se quisiera crear así aquella segunda naturaleza huidobriana. Él es el primero en saber, y nos lo dice, que eso le convertiría en un vanguardista «de antaño», es decir, en un ser irreal, en un polizón (como su admirado Lasso de la Vega). Pero, sobre todo, Bonet nos dice algo que resulta ser el otro polo, secreto y determinante, de la movilidad juanramoniana de esta poesía: nos dice que ese sueño —el de fijar, el de hacer la rosa en el poema— está «en lucha con este temblor / de una leve música ajada / que lleva a lejanos países».
En realidad, esa Plaza del Árbol nunca fue un lugar estable, estadizo, ni para el grabador ni para el poeta. El grabador, conociéndolo a él, viendo sus grabados y leyendo estos versos, guarda en su memoria el óxido cantábrico de los hornos del atardecer, como ascuas candentes al fondo de la noche de la realidad. Concentrado sobre las planchas, oye campanas que le llevan lejos, al «anochecer naranja» hacia el que su alma emprende el viaje. De ahí que en esa noche negra de la plaza, los grabados —según dicen los versos—queden «ajenos a la luna / y a las nubes que vienen del / mar, y a las verbenas tristonas, / y al rumor de hélices en lo alto». Es decir, que queden fuera del presente que los envolvía, apuntando y en marcha hacia otro lugar. Por su parte, un poeta que escribe —digámoslo así— con vocales francesas y consonantes castellanas, y que es muy difícil que se reconozca en cualquier tradición estilística construida sobre un patrón nacional, y que apaga con una sordina cualquier música o cualquier ritmo que de pronto descubra demasiado nítido, es un poeta que se va permanentemente, que se acuerda permanentemente de otro lugar, que se aleja de sí mismo, que desaparece, que escucha las… llamadas, y que nos deja con el temblor en el que vemos acercarse lo que creíamos lejano y luego vemos cómo se desvanece lo que nos parecía más próximo.