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El rayo tecnológico no cesa

Cada vez hay más personas que recurren a Internet: para informarse o hacer gestiones administrativas –cada vez hay más ciudadanos internautas–. Por eso los organismos de las Administraciones locales y centrales están mejorando sus sitios web, en los que cada día se ofrece más y mejor organizada información, para que sus servicios sean accesibles a través de la red. Este concepto ha sido definido internacionalmente corno e-Government.

Un ejemplo pionero de esta actividad nos lo ofrece Estados Unidos, donde la información on-line sobre temas relacionados con el Gobierno ha aumentado un 70% en los últimos dos años, según un estudio de Pew y American Life.

Para la consultora Accenture este crecimiento tiene su origen en la creciente sensibilidad de las agencias gubernamentales de todo el mundo hacia los beneficios que proporciona la tecnología y que les permite racionalizar los procesos burocráticos, optimizai la ejecución de los proyectos y una mayor facilidad para poner en marcha servicios centrales estatales.

Algunos de los países que mejor han entendido esta situación ya cuentan con amplias infraestructuras de e-Government, como sucede en Canadá que, según un estudio realizado también por la consultora Accenture en veintitrés Estados sobre las categorías de servicios e-Government más solicitados por ciudadanos y empresas, se situaría entre los diez primeros en servicios virtuales de atención a los ciudadanos. Otros países que también han entendido las virtualidades de las nuevas tecnologías aplicadas a la Administración son algunos tan diversos como Singapur, Australia, Dinamarca, Reino Unido, Finlandia, Hong-Kong, Alemania o Irlanda. Los servicios más demandados son –por orden decreciente–: los sociales (seguridad social, asistencia social, pensiones), impuestos, servicios postales, servicios educativos, justicia, seguridad pública e información sobre derechos constitucionales y democráticos.

Aunque cada uno de los países que ha sido objeto de ese estudio ofrece servicios o-nline en todas o la mayoría de las categorías arriba mencionadas, ninguno ofrece todavía todos sus servicios por medio de las nuevas tecnologías. La canadiense es ejemplo de una Administración que ha entendido cómo «el mayor uso de las opciones de autoservicio permite a los gobiernos ofrecer un mejor servicio, sin necesidad de dedicarles más recursos» y que, por ello, se está preparando para proporcionar dentro de un año acceso a todos los servicios estatales a través de la red. Esta nueva oferta permitirá la conexión a los programas y servicios de la Administración central de Canadá veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

El estudio elaborado por Pew y American Life subraya la importancia de este último aspecto –disponibilidad permanente de la información–, y aconseja el traslado de todos los servicios y programas estatales a los sitios web, «ya que los usuarios de este sistema informaron que las gestiones con la Administración a través de las web gubernamentales ha mejorado su interacción con todos los organismos estatales».

En España, hemos conocido en los últimos años una rápida evolución general, gracias a la cual los ciudadanos disponen en la actualidad de nuevos servicios públicos online, que se han sumado a los disponibles desde hace tiempo, como los de la Administración Tributaria o la Tesorería General de la Seguridad Social. Estos, que se cuentan entre los más relevantes y reconocidos internacionalmente de nuestra Administración central, se han unido a los que, con notable celeridad, han sido implantados en la mayoría de las comunidades autónomas y administraciones locales.

Por ello, han de ser saludadas como enriquecedoras todas las iniciativas que apoyen esta evolución de la red hacia un e-Government que llegará a transformar la relación de los gobiernos con los ciudadanos, incluso con aquellas partes de la sociedad más vulnerables y marginales. Es la oportunidad del «siempre disponible» frente al modelo clásico, y afortunadamente olvidado para siempre, del «Vuelva usted mañana».

La Sociedad de la Información en España
por EUGENIO FONTÁN

Casi nadie discute que la incorporación de las tecnologías de la Información (TI) a la actividad económica ha supuesto un enorme incremento de la productividad, tanto por los ahorros de tiempo y esfuerzo que ha propiciado como por las enormes posibilidades que ofrece –y que hemos de suponer ya incorporadas al acervo intelectual de los lectores de estas líneas–.

Existe, no obstante, una conciencia cada vez más difundida de la importancia que para la sociedad española tiene una implementación mayor de estas tecnologías y la extensión de su empleo a todo tipo de servicios y aplicaciones.

ertnc_img1.jpgEste esfuerzo por promocionar y extender el uso de las TI pasa por favorecer, en primer lugar, la creación de redes, tanto extensivamente y en capilaridad como en lo referente al atocho de banda o capacidad de transmisión; y supone también que el número de personas, empresas e instituciones que acceden a estos servicios crezca lo más posible. Para que este nuevo modelo de comunicación sea plenamente operativo y eficaz, es asimismo imprescindible el establecimiento de un marco normativo que ofrezca seguridad, acceso y garantía.

Entre los esfuerzos realizados en esta línea cabe destacar el de la publicación de informes y estudios, no obstante que el rigor y el interés de los mismos no rubriquen siempre los buenos propósitos de los aurores. Este no es, desde luego, el caso de los estudios que comentaremos aquí, los dos publicados por Telefónica, pues, aunque sólo fuera por su riqueza documental, resultan imprescindibles. Además, ambas publicaciones se presentan en formato impreso y en disco compacto, lo que resulta de gran utilidad para quienes deseen aprovechar el rico acopio de datos que aportan.

El más reciente, titulado La Sociedad de la Información en Europa, pasa revista al grado de utilización de los distintos servicios y aplicaciones agrupados habitualmente bajo la denominación genérica de Tecnologías de la Información, en los países de nuestro entorno. Los detallados análisis comparativos quedan en este volumen espléndidamente ilustrado con interesantes cuadros y tablas.

El segundo título reza La Sociedad de la Información en España y presenta de forma realista los datos básicos que afectan a este sector en nuestro país. El volumen nos permite comprender que si bien el desarrollo de Internet y sus aplicaciones no acompañan los buenos propósitos de nuestros políticos, otras tecnologías, como el teléfono celular, han contribuido a un desarrollo más veloz de la Sociedad de la Información y del Conocimiento en nuestro país.

Una de las conclusiones que pueden extraerse de estos dos informes es que la liberalización del sector de las telecomunicaciones en España es un proceso aún inconcluso y lleno de tropiezos, pero que, no obstante, ha permitido ya una bajada significativa de los precios finales y un incremento notable de la calidad y de la capacidad de nuestras redes. En este sentido, el juicio que merece es aprobatorio. Pero no todo en este análisis puede ser tan elogioso.

El retraso que se observa en España respecto a los países más desarrollados de Europa en esta materia no se debe tanto a aspectos tecnológicos o económicos como a nuestra realidad social, pues nuestro país no parece suficientemente predispuesto a la rápida incorporación de estas nuevas tecnologías.

En buena medida, y así lo recoge el informe comentado en último lugar, existe una cierta apatía, que tiene su origen en la inseguridad que suscita el intercambio de datos a través de las redes de telecomunicaciones e Internet, así como en la falta de aplicaciones verdaderamente atractivas. Entre las excepciones cabe señalar el de la telefonía móvil y el del correo electrónico.

Este retraso relativo de España exige una crítica que el informe no soslaya y que, a mi juicio, ha de remitirse a las iniciativas (o precisamente, a la falta de ellas) de las Administraciones públicas, pues son ellas, en definitiva, las que aún parecen no haber entendido que la tecnología es una herramienta puesta al servicio de los ciudadanos para la mejora de su bienestar social, de su riqueza y de su libertad.

Otro trabajo interesante es el que Montserrat Herrero ha editado bajo el título Sociedad del trabajo y Sociedad de la Información en la era de la globalización, y que aparece con el sello de Person y Prentice Hall. Se trata de una obra colectiva, que reúne una gavilla de artículos de expertos, muchos de ellos pertenecientes al claustro de la universidad de Navarra.

El promotor del libro a quien la coordinadora otorga el papel de alma mater del mismo, el profesor Alvira, orienta su enfoque a valorar los Cambios que el desarrollo de las Tecnologías de la Información está llevando a cabo en el mundo laboral y en su entorno social y económico, sin olvidar las implicaciones humanas.

Entre otras cosas, el conocimiento está llamado a desempeñar un papel protagonista en esta nueva realidad. Porque cada vez más éste es un producto valorable y cuantificahle y que exige una nueva definición de la realidad social en que se sustenta.

Ello determinará cambios en la normativa jurídica de amplio rango, desde la consideración de este conocimiento como bien sujeto al derecho de propiedad intelectual, hasta la definición de un nuevo modelo de relaciones laborales. Alvira y Herrero quieren contribuir con este libro al necesario debate que acompañará a la reestructuración de !a Sociedad de la Información.

En las colaboraciones que se dan cita en el libro no faltan referencias a los valores de la ética y ta dignidad, palabras poco habituales en las publicaciones sobre este tema y que son muy de agradecer. No todo es tecnología y desarrollo cuantitativo; la sociedad es algo más que una fría suma de cifras, realidades e individuos. Por eso es loable que desde el ámbito académico no se escatimen llamadas a la creación de un marco que haga posible un desarrollo armónico orientado a la libertad y al bienestar.

La única crítica que cabe hacer a este trabajo es la propia brevedad del volumen y el escaso conocimiento de la realidad tecnológica, de que adolecen algunas de sus colaboraciones.

Es muy de agradecer el esfuerzo realizado por los autores en una línea que merece sin duda la pena continuar; y en la que, además, las Administraciones públicas, que tantas iniciativas acostumbran a realizar para difundir y promover la Sociedad de la Información y del Conocimiento, aunque no pocas veces parecen hacerlo sólo por motivos de propaganda, podrían encontrar una fecunda fuente de inspiración en el ejercicio de sus responsabilidades políticas.

Manet retrata a Zola, Zola retrata a Manet

El reconocimiento del que goza en la actualidad la obra de Manet, emparentada, no obstante su modernidad, con el arte de los grandes pintores del Barroco, tuvo que abrirse camino por entre la incomprensión más cerrada de sus contemporáneos, los visitadores de los salones formados en otros hábitos o simplemente satisfechos con sus prejuicios estéticos. Sólo unos pocos reconocieron de inmediato el valor intemporal, clásico de aquel pintor que rompía los clichés y que pintaba como su genio le ordenaba. Uno de ellos fue Émile Zola, que trató personalmente al pintor y que, tras visitar al artista en su atelier, escribió en su defensa el ensayo que reproducimos a continuación, y que el profesor Millán Alba ha vertido por primera vez al castellano.

[ INTRODUCCIÓN ]

Mostrar pieza por pieza la personalidad de un artista es un trabajo delicado. Semejante tarea es siempre difícil, y sólo cabe hacerla en toda su amplitud y de forma enteramente verdadera sobre un hombre cuya obra esté acabada y cuyo talento haya dado lo que de él se esperaba. En tal caso, el análisis se ejerce sobre un conjunto completo; se estudia un genio en su totalidad y en todas sus facetas, se traza un retrato exacto y preciso, sin temor a dejar de lado algunas de sus particularidades. El crítico experimenta una intensa alegría al decirse que puede disecar a un ser, hacer la anatomía de un organismo, y que luego reconstruirá, en su realidad viva, a un hombre con todos sus miembros, sus nervios y su corazón, con todas sus ensoñaciones y toda su carne.

Al estudiar hoy al pintor Édouard Manet, yo no puedo sentir esa alegría. Las primeras obras notables del artista datan de hace diecisiete años como máximo. No me atreveré a juzgarlas de forma absoluta a partir de las treinta o cuarenta telas que he podido ver y apreciar. En este caso no hay un conjunto fijo; el pintor se encuentra en esa edad febril en la que el talento se desarrolla y crece; hasta hoy sin duda no ha mostrado sino un rincón de su personalidad, y tiene ante sí demasiada vida, demasiado futuro, demasiados azares de toda suerte como para que yo intente fijar en estas páginas con rasgos definitivos su fisonomía. Tampoco habría, ciertamente, emprendido la tarea de trazar la simple silueta que me cabe esbozar si no me hubieran determinado a ello poderosos y particulares motivos. Las circunstancias han hecho de Edouard Manet, quien aún es muy joven, uno de los más curiosos e instructivos temas de estudio. La extraña situación en la que, dentro del arte contemporáneo, le ha puesto el público, los críticos, e incluso sus colegas artistas, me ha parecido que debía ser estudiada y explicada con claridad. Y al hacerlo no sólo intento analizar la personalidad de Édouard Manet, sino nuestro mismo movimiento artístico, las opiniones contemporáneas en materia estética.

Se ha producido un caso curioso que, dicho en dos palabras, es el siguiente. Un joven pintor ha obedecido con toda ingenuidad a sus personales tendencias a la hora de ver y de captar; se ha puesto a pintar fuera de las sagradas reglas enseñadas en las escuelas, y ha producido, así, obras particulares, de un sabor amargo y fuerte que han herido la vista de la gente acostumbrada a ver otros aspectos. Y es el caso que esa gente, sin intentar explicarse por qué su vista quedaba herida, han injuriado al joven pintor, lo han insultado en su buena fe y en su talento, han hecho de él una especie de grotesco pelele que saca la lengua para divertir a los necios.

¿No es cierto que resulta interesante estudiar semejante revuelta, y que alguien de una curiosidad independiente como yo tiene razón en detenerse al pasar ante la irónica y ruidosa multitud que rodea al joven pintor y le persigue con sus abucheos?

Imagino que estoy en plena calle y que me encuentro con un grupo de chiquillos que acompañan a Édouard Manet tirándole piedras. Los críticos de arte –perdón, los guardias urbanos– hacen mal su oficio; aumentan el tumulto en lugar de calmarlo, e incluso me parece, ¡Dios me perdone!, que llevan grandes cascotes en la mano. En este espectáculo hay ya cierta grosería que entristece a un paseante solitario como yo, de maneras libres y tranquilas.

Me acerco, pregunto a los chiquillos, pregunto a los guardias urbanos, y pregunto al mismo Édouard Manet. Y nace en mí una convicción. Me doy cuenta de la cólera de los chiquillos y de la tibieza de los guardias; ignoro qué crimen ha cometido ese paria al que se lapida. Vuelvo a casa y redacto, en honor a la verdad, el atestado que va a leerse.

No tengo, evidentemente, sino un único objetivo: apaciguar la ciega irritación de los amotinados, hacerles recuperar sentimientos más inteligentes, rogarles que abran los ojos y, en cualquier caso, que no griten así en la calle. Les pido una crítica sana, no sólo para Édouard Manet, sino también para todos los temperamentos particulares que se presenten. Mi alegato se alarga, y mi objetivo ya no es sólo la aceptación de un único hombre, sino que se convierte en la aceptación del arte completo. Al estudiar en Édouard Manet la acogida que se dispensa a las personas originales, protesto contra ella, hago de una cuestión individual algo que interesa a todos los verdaderos artistas.

Reitero que, por distintas causas, este trabajo no puede ser un retrato definitivo, sino la simple comprobación de un estado actual, un acta levantada ante hechos lamentables que me parecen revelar tristemente el punto en el que casi dos siglos de tradición han conducido a la multitud en materia artística.

París, 1867

[ I ] EL HOMBRE Y EL ARTISTA

Édouard Manet nació en París en 1833. No dispongo sino de escasos pormenores biográficos sobre él. En nuestros tiempos correctos y educados, la vida de un artista es la de un tranquilo burgués que pinta cuadros en su taller como otros venden pimienta detrás de los mostradores. A Dios gracias, la melenuda raza de 1830 ha desaparecido totalmente y nuestros pintores se han convertido en lo que deben ser, en personas que viven la vida corriente.

Tras haber pasado algunos años en casa del abate Poiloup, en Vaugirard, Édouard Manet terminó sus estudios en el colegio Rollin. A los diecisiete años, al salir del colegio, se enamoró de la pintura. ¡Terrible amor este! Los padres toleran una amante, y hasta dos; si es necesario, cierran los ojos al libertinaje del corazón y de los sentidos. Pero las artes, la pintura, es para ellos la gran Impura, la Cortesana siempre hambrienta de carne fresca, que debe beber la sangre de sus hijos y hacerles pasar, aún jadeantes, por su garganta insaciable. En ello radica la orgía, el imperdonable desenfreno, el sangrante espectro que a veces surge en medio de las familias y que turba la paz de los hogares domésticos.

A los diecisiete años, Édouard Manet se embarcó, naturalmente como aprendiz, en un buque que se dirigía a Río de Janeiro. Sin duda alguna, la gran Impura, la Cortesana siempre hambrienta de carne fresca se embarcó con él y acabó de seducirle en medio de las luminosas soledades del océano y del cielo; se dirigió a su carne, balanceó amorosamente ante sus ojos las brillantes líneas del horizonte, le habló apasionadamente con el lenguaje suave y vigoroso de los colores. A su vuelta, Édouard Manet pertenecía por completo a la Infame.

Dejó el mar y fue a visitar Italia y Holanda. Por lo demás, aún se desconocía; se paseó como un joven ingenuo, y perdió el tiempo. Prueba de ello es que, al llegar a París, entró como alumno en el taller de Thomas Couture, en el que permaneció cerca de seis años, con los brazos atados por preceptos y consejos, chapoteando en plena mediocridad, sin saber encontrar su camino. Había en él un temperamento particular que no podía plegarse a aquellas primeras lecciones, y la influencia de aquella educación artística contraria a su naturaleza actuó sobre sus trabajos incluso después de su salida del taller del maestro: durante tres años se debatió bajo su sombra, trabajó sin saber demasiado lo que veía ni lo que quería. Sólo en 1860 pintó el Buveur d’absinthe [«Bebedor de ajenjo»], una tela en la que aún se encuentra una vaga impresión de las obras de Thomas Couture, pero que contiene ya en germen la forma personal del artista.

Desde de 1860, su vida artística es conocida por el público. Cabe recordar la extraña sensación que produjeron algunas de sus telas en la exposición Martinet y en el Salón de los Rechazados en 1863, y cabe también recordar el tumulto que ocasionaron sus cuadros Christ mort et les Anges y Olympia [«Cristo muerto y los ángeles»; «Olimpia»] en los Salones de 1864 y 1865. Volveré sobre ese periodo de su vida al estudiar sus obras.

Édouard Manet es de estatura media, más bien bajo que alto. El pelo y la barba son de un color castaño pálido; los ojos, pequeños y hundidos, son vivos y con una llama juvenil; la boca es muy personal, delgada, está continuamente moviéndose y las comisuras forman un gesto burlón. Todo el rostro, de una irregularidad fina e inteligente, anuncia agilidad y audacia, desprecio por la estupidez y la trivialidad. Si descendemos del rostro a la persona, encontramos en Édouard Manet a un hombre de una educación y una amabilidad exquisitas, de maneras distinguidas y de aspecto simpático.

No me queda más remedio que insistir en estos pormenores infinitamente pequeños. Los farsantes actuales, los que se ganan el pan haciendo reír al público, han hecho de Édouard Manet una especie de bohemio, de picaro, de ridículo hombre del saco. Y el público ha aceptado, como otras tantas verdades, las burlas y las caricaturas. La verdad se ajusta mal con esos títeres fantásticos creados por humoristas a sueldo, y es bueno mostrar al hombre real.

El artista me confesó que adoraba el mundo y que gozaba de una secreta voluptuosidad en los perfumes delicados y luminosos de las veladas nocturnas. Sin duda iba allí arrastrado por su amor por los colores fuertes y vivos; pero en el fondo de él hay también una necesidad innata de distinción y de elegancia que me precio de encontrar en sus obras.

Así es su vida. Trabaja duramente, y el número de sus telas es ya considerable; pinta sin desánimo, sin descanso, yendo recto ante sí, obedeciendo a su naturaleza. Luego vuelve a su interior donde gusta la calma de la burguesía moderna; frecuenta asiduamente el mundo, y lleva una existencia análoga a la de cualquier otro, con la diferencia de que puede ser más pacífico y mejor educado que cualquiera.

Necesitaba, verdaderamente, escribir estas líneas antes de hablar de Édouard Manet como artista. Ahora me siento mucho más cómodo para decir a la gente con prevenciones lo que creo que es la verdad. Espero que dejen de tratar de aprendiz de pintor desaliñado al hombre cuya fisonomía acabo de esbozar en algunos trazos, y que se preste una atención cortés a los juicios totalmente desinteresados que voy a hacer sobre un artista convencido y sincero. Estoy persuadido de que el exacto perfil del Édouard Manet real sorprenderá a muchas personas; en lo sucesivo se le estudiará con risas menos indecorosas y con una atención más oportuna. El asunto es el siguiente: este pintor pinta, sin duda, de forma totalmente ingenua, enteramente refleja; se trata de saber si tiene talento o si se equivoca groseramente.

No quisiera partir del principio de que la falta de éxito de un alumno que obedece a la dirección de un maestro es señal de un talento original, y sacar de ello un argumento en favor de un Édouard Manet perdiendo el tiempo en el taller de Thomas Couture. Cada artista pasa forzosamente por un periodo de titubeos y de dudas que dura más o menos tiempo; es cosa admitida que todos deben pasar ese periodo en el taller de un profesor, y no veo que ello sea malo; los consejos, aunque a veces retrasen la eclosión del talento original, no impiden que éste se manifieste un día, y se olvidan del todo antes o después a poco que se tenga una individualidad más o menos fuerte.

Pero, en el caso actual, me agrada considerar el largo y penoso aprendizaje de Édouard Manet como un síntoma de originalidad. Si mencionase aquí a todos a los que sus maestros han desanimado y luego se han convertido en personas de primer orden, la lista sería larga. «Usted nunca hará nada», dice el maestro, y ello sin duda significa: «Fuera de mí, no hay salvación, y usted no es yo». ¡Dichosos aquellos a los que sus maestros no reconocen como hijos suyos! Son de una raza aparte, y cada uno de ellos aporta su propia palabra a la gran frase que escribe la humanidad y que nunca estará acabada; tienen como destino el ser ellos, a su vez, maestros, egoístas, personalidades nítidas y señaladas.

Así pues, al salir de los preceptos de una naturaleza distinta a la suya, Édouard Manet intentó buscar y ver por sí mismo. Repito que estuvo dolorido durante tres años por los golpes de férula que recibió. Tenía en la punta de la lengua, como se dice habitualmente, la palabra nueva que traía y que no podía pronunciar. Luego su vista se aclaró, distinguió con nitidez las cosas, su lengua dejó de estar trabada, y habló; habló un lenguaje lleno de rudeza y de gracia que inspiró mucho recelo al público. No afirmo en absoluto que el suyo fuese un lenguaje enteramente nuevo y que no contuviese algunos giros españoles sobre los que tendré ocasión de explicarme; pero, por la osadía y la verdad de ciertas imágenes, resultaba fácil comprender que había nacido un artista; que éste hablaba una lengua que había hecho suya y que en lo sucesivo le pertenecía.

Así es como me explico el nacimiento de todo verdadero artista, el de Édouard Manet, por ejemplo. Al sentir que no llegaba a nada copiando a los maestros, al pintar la naturaleza vista a través de individualidades distintas a la suya, comprende, con toda ingenuidad, una hermosa mañana, que le falta intentar ver la naturaleza tal cual es, sin mirarla en las obras y en las opiniones ajenas. Cuando se le ocurre esta idea, toma un objeto cualquiera, un ser o una cosa, lo pone en el fondo de su taller y lo reproduce en un lienzo de acuerdo con sus facultades de visión y de captación. Hace el esfuerzo de olvidar todo lo que había estudiado en los museos; intenta no acordarse más de los consejos recibidos, de las obras que había mirado. Ahí ya sólo hay una inteligencia particular, a la que sirven unos órganos dotados con una morfología propia, que se coloca frente a la naturaleza y la traduce a su manera.

El artista logra, así, una obra que es carne y sangre suya, la cual ciertamente pertenece a la gran familia de las obras humanas; tiene hermanas entre las miles de obras ya creadas, y se parece en mayor o menor medida a algunas de ellas. Pero tiene su belleza propia, es decir, vive una vida personal. Los diversos elementos que la componen, tomados quizá de aquí y de allá, vienen a fundirse en un todo con un sabor nuevo y un aspecto particular; y ese todo, creado por primera vez, es un rostro del genio humano todavía desconocido. En lo sucesivo, Édouard Manet habrá encontrado su camino o, por mejor decirlo, se habrá encontrado a sí mismo: habrá visto con sus ojos y nos dará en cada una de sus telas una traducción de la naturaleza en esa lengua original que acaba de descubrir en el fondo de sí.

Y ahora, suplico al lector que ha tenido a bien leerme hasta aquí con la buena voluntad de comprenderme, que se sitúe en el único punto de vista lógico que permite juzgar sanamente una obra de arte. Sin ello no nos entenderíamos nunca; él conservará las creencias comunes, yo partiré de axiomas totalmente distintos, y ambos iremos, así, alejándonos cada vez más uno del otro: en la última línea me tratará de loco, y yo lo trataré de persona poco inteligente. Necesita proceder como el artista ha hecho consigo mismo: olvidar las riquezas de los museos y las necesidades de las supuestas reglas; expulsar el recuerdo de los cuadros amontonados por pintores muertos; no ver sino la naturaleza frente a frente, tal cual es; no buscar, por último, en las obras de Édouard Manet sino una traducción de la realidad, de un temperamento particular, y hermosa por su interés humano.

Lamentándolo mucho, me veo obligado a exponer aquí algunas ideas generales. Mi estética o, más bien, la ciencia que denominaré estética moderna, difiere demasiado de los dogmas enseñados hasta hoy como para que me atreva a hablar antes de haber sido perfectamente comprendido.

Veamos la opinión de la multitud sobre el arte. Hay una belleza absoluta, situada fuera del artista o, por decirlo mejor, una perfección ideal hacia la que tiende cada uno y que cada cual alcanza en mayor o menor grado. Por lo tanto, hay una medida común que no es sino esa belleza misma. Esa medida común se aplica a cada obra producida, y según se acerque o se aleje una obra de la medida común, se declara que esa obra tiene más o menos mérito. Las circunstancias han querido que se elija como modelo la belleza griega, de manera que el juicio sobre todas las obras de arte creadas por la humanidad se derivan de su mayor o menor similitud con las obras griegas.

De este modo, la amplia producción del género humano, siempre en proceso de creación, ha quedado reducida a la simple eclosión del genio griego. Los artistas de aquel país encontraron la belleza absoluta y, a partir de ese momento, todo ha sido dicho; una vez fijada la medida común, ya sólo se trata de imitar y de reproducir los modelos con la mayor exactitud posible. Hay personas que os demuestran que los artistas del Renacimiento sólo fueron grandes porque fueron imitadores. Durante más de dos mil años, el mundo se transforma, las civilizaciones se alzan y se derrumban, las sociedades se precipitan o languidecen en medio de costumbres siempre cambiantes; y por otra parte, los artistas nacen en diversos sitios, en las mañanas pálidas y frías de Holanda y en las noches cálidas y voluptuosas de Italia y de España. ¡Pero qué importa! La belleza absoluta está ahí, inmutable, dominando las épocas. Contra ellas se rompen miserablemente todas las vidas, todas las pasiones y todas las imaginaciones que han gozado y sufrido durante más de dos mil años.

He aquí, ahora, mis creencias en materia artística. Abrazo con la mirada a la humanidad que ha vivido y que, ante la naturaleza, en cualquier momento, bajo todos los climas, en todas las circunstancias, ha sentido la imperiosa necesidad de crear humanamente, de reproducir mediante las artes los objetos y los seres. Tengo, así, ante mí, un vasto espectáculo del que cada parte me interesa y me conmueve profundamente. Cada gran artista ha venido a darnos una traducción nueva y personal de la naturaleza. La realidad es aquí el elemento fijo, y los diversos temperamentos son los elementos creadores que han dado a las obras caracteres distintos. En esos caracteres distintos, en esos aspectos siempre nuevos estriba para mí el interés poderosamente humano de las obras de arte. Quisiera que las telas de todos los pintores del mundo estuviesen reunidas en una inmensa sala en la que pudiéramos leer página por página la epopeya de la creación humana. El tema sería siempre la misma naturaleza, la misma realidad, y las variaciones serían las formas particulares y originales merced a las cuales los artistas habrían expresado la gran creación de Dios. En medio de esta inmensa sala la multitud debería situarse para juzgar sanamente las obras de arte; la belleza ya no es aquí algo absoluto, una común y ridicula medida; la belleza se convierte en la misma vida humana; el elemento humano se mezcla con el elemento fijo de la realidad y saca a la luz una creación que pertenece a la humanidad. La belleza vive en nosotros, y no fuera de nosotros. ¡Qué me importa una abstracción filosófica! ¡Qué más me da una perfección soñada por un pequeño grupo de hombres! Lo que a mí me interesa como hombre es la humanidad, mi gran madre, y lo que me toca y me arrebata en las creaciones humanas, en las obras de arte, es encontrar en el fondo de cada una a un artista, a un hermano, que me presenta la naturaleza bajo una forma nueva, con todo el poderío o toda la dulzura de su personalidad. Esa obra, así considerada, me cuenta la historia de un corazón y de una carne, me habla de una civilización y de una comarca. Y cuando, desde el centro de la inmensa sala en la que están colgados los cuadros de todos los pintores del mundo, echo una mirada sobre ese vasto conjunto, tengo ahí el mismo poema en mil lenguas distintas, y no me canso de releerlo en cada cuadro, entusiasmado por la delicadeza y el vigor de cada dialecto.

No puedo hacer aquí entrega de todo el libro que me propongo escribir sobre mis creencias artísticas; me contento con indicar a grandes trazos en qué estriba y lo que creo. No derribo ningún ídolo, ni niego a ningún artista. Acepto todas las obras de arte con el mismo título, el de manifestaciones del genio humano. Casi todas me interesan por igual, y todas contienen la verdadera belleza: la vida, la vida en sus mil expresiones, siempre cambiantes y siempre nuevas. La ridicula medida común no existe; la crítica estudia una obra en sí misma y la declara grande cuando encuentra en ella una traducción fuerte y original de la realidad; entonces afirma que la génesis de la creación humana cuenta con una página de más, que ha nacido un artista que da a la naturaleza un alma nueva y nuevos horizontes. Y nuestra creación se extiende desde lo pasado a lo infinito del porvenir. Cada sociedad aportará sus artistas, los cuales aportarán su personalidad. Ningún sistema, ninguna teoría puede contener la vida en sus incesantes producciones. Por lo tanto, para nosotros, jueces de las obras de arte, nuestro cometido se limita a comprobar los lenguajes de los temperamentos, a estudiar esos lenguajes, a decir que en ellos hay una novedad flexible y enérgica. Si es necesario, los filósofos se encargarán de redactar las fórmulas. Yo sólo quiero analizar los hechos, y las obras de arte son simples hechos.

Pongo, por lo tanto, a un lado el pasado, no tengo ni regla ni patrón entre las manos, me coloco ante los cuadros de Édouard Manet como ante hechos nuevos que deseo explicar y comentar.

Lo que ante todo me llama la atención en esos cuadros es un equilibrio muy delicado en las relaciones de los tonos entre sí. Me explico. Unas frutas colocadas en la mesa se destacan sobre un fondo gris; según estén más o menos próximas, entre ellas hay valores de coloración que forman toda una gama de tintes. Si se parte de una nota más clara que la nota real, se está obligado a seguir una gama siempre más clara; ocurre lo contrario cuando se parte de una nota más oscura. Esto es lo que se llama, según creo, la ley de los colores. Que yo sepa, en la escuela moderna sólo Corot, Courbet y Édouard Manet han obedecido constantemente a esta ley al pintar las figuras. Con ella, las obras ganan una claridad singular, una gran verdad y un aspecto con gran encanto.

Édouard Manet parte habitualmente de una nota más clara que la que existe en la naturaleza. Sus pinturas son rubias y luminosas, de una sólida palidez. La luz cae blanca y amplia, iluminando los objetos de forma suave. No hay en ella el menor efecto forzado; los personajes y los paisajes se bañan en una especie de alegre claridad que llena toda la tela.

Lo que después me llama la atención es consecuencia necesaria de la observación exacta de la ley de los valores. Situado frente a un tema cualquiera, el artista se deja guiar por sus ojos, que ven aquél en amplios tintes ordenándose entre sí. Una cabeza puesta contra un muro no es sino una mancha más o menos blanca sobre un fondo más o menos gris; y el vestido yuxtapuesto a la figura se convierte, por ejemplo, en una mancha más o menos azul puesta al lado de la mancha más o menos blanca. De aquí se deriva una gran sencillez, casi ningún pormenor, un conjunto de manchas justas y delicadas que en pocos pasos da al cuadro un relieve conmovedor. Yo corroboro este carácter de las obras de Édouard Manet, porque domina en ellas y les hace ser lo que son. Toda la personalidad del artista consiste en la manera en que su mirada se organiza: ve rubio y ve por masas.

Lo que me llama en tercer lugar la atención es una gracia algo seca, pero encantadora. Entendámonos: no hablo de esa gracia rosa y blanca de las cabezas de porcelana de las muñecas, sino de una gracia penetrante y verdaderamente humana. Édouard Manet es un hombre de mundo, y en sus cuadros hay ciertas líneas exquisitas, ciertas actitudes excesivamente finas y hermosas que dan testimonio de su amor por la elegancia de los salones. Aquí radica el elemento inconsciente, la naturaleza misma del pintor. Y aprovecho la ocasión para protestar contra el parentesco que se ha querido establecer entre los cuadros de Édouard Manet y los versos de Charles Baudelaire. Sé que entre el poeta y el pintor hubo una viva simpatía, pero creo poder afirmar que este último no cometió nunca la estupidez, cometida por tantos otros, de querer poner ideas en su pintura. El corto análisis que acabo de hacer de su talento muestra con qué ingenuidad se coloca ante la naturaleza; si reúne varios objetos o varias figuras, su elección sólo está guiada por el deseo de obtener hermosas manchas, bellas oposiciones. Resulta ridículo querer hacer de un artista que obedece a este temperamento un soñador místico.

Después del análisis, la síntesis. Tomemos cualquier tela del artista y no busquemos sino lo que contiene: objetos iluminados y criaturas reales. Ya he dicho que el aspecto general es el de un rubio luminoso. Bajo la luz difusa, los rostros están tallados en amplios paños de carne, los labios se convierten en simples trazos, todo se simplifica y se alza desde el fondo mediante masas poderosas. El equilibrio de los tonos ordena los planos, llena la tela de aire, da fuerza a cada cosa. Se ha dicho, como burla, que las telas de Édouard Manet recordaban a los grabados de Epinal, y hay mucho de cierto en esa burla que es un elogio; en un caso y en otro los procedimientos son los mismos, los tintes se aplican por placas, con la diferencia de que los obreros de Epinal emplean tonos puros, sin preocuparse de los valores, mientras que Édouard Manet multiplica los tonos y establece entre ellos las relaciones justas. Mucho más interesante sería comparar esta pintura simplificada con los grabados japoneses a los que se parece por su extraña elegancia y sus magníficas manchas.

La primera impresión que produce una tela de Édouard Manet es algo dura. No estamos habituados a ver traducciones tan sencillas y sinceras de la realidad. Luego, como ya he dicho, hay una elegante frialdad que sorprende. Al principio, el ojo sólo percibe tintes ampliamente dispuestos en placas. En seguida los objetos se dibujan y se colocan en su sitio; al cabo de algunos segundos aparece un conjunto vigoroso y se experimenta un verdadero encanto en la contemplación de esta pintura clara y grave, que expresa la naturaleza con una suave brutalidad, si puedo expresarme así. Al acercarse al cuadro se ve que el oficio es más delicado que brusco; el artista sólo emplea la brocha, y lo hace con gran prudencia; no hay amontonamiento de colores, sino una capa uniforme. Este hombre audaz, del que se han burlado, emplea sabios procedimientos, y si sus obras tienen un aspecto peculiar, ello sólo es debido a la manera enteramente personal mediante la que percibe y traduce los objetos.

En suma, si me interrogaran, si me preguntaran qué nueva lengua habla Édouard Manet, respondería: habla una lengua hecha de sencillez y de equilibrio. La nota que aporta es esa nota rubia que llena la tela de luz. La traducción que nos da es una traducción exacta y sencilla, que procede por grandes conjuntos y que sólo señala las masas.

No me cansaré de repetir que para comprender y apreciar este talento es preciso olvidar mil cosas. Tampoco se trata aquí de una búsqueda de la belleza absoluta; el artista no pinta ni la historia ni el alma; lo que se llama composición no existe para él, y la tarea que se impone no es representar tal pensamiento o tal hecho histórico. De aquí que no deba juzgársele ni como moralista ni como literato: debe juzgársele como pintor. Los cuadros con figuras los trata como se permite en las escuelas tratar las naturalezas muertas; quiero decir que agrupa las figuras ante sí, un poco al azar, y que después no tiene otra preocupación que la de fijarlas en la tela tal como las ve, con las vivas oposiciones que forman al destacarse unas sobre otras. No le pidáis otra cosa que una traducción de una exactitud literal. No sabría cantar ni filosofar. Sabe pintar, y eso es todo: tiene el don, y ese es su temperamento propio, el de captar en su delicadeza los tonos dominantes y de poder, así, modelar en grandes planos las cosas y los seres.

Es un hijo de nuestra época. En él veo un pintor analítico. Todos los problemas han sido puestos en cuestión, la ciencia ha querido reposar sobre bases sólidas y ha vuelto a la observación exacta de los hechos. Y este movimiento no se produce sólo en el orden científico; todos los conocimientos, todas las obras humanas intentan buscar en la.realidad principios firmes y definitivos. Nuestros paisajistas modernos triunfan sobre nuestros pintores de historia y de género porque han estudiado nuestros campos, contentándose con traducir el primer rincón de bosque encuentran. Édouard Manet aplica el mismo método a cada una de sus obras. Mientras que otros se rompen la cabeza para inventar una nueva Mort de César o un nuevo Socrate buvant la cigue [«Muerte de César»; «Sócrates bebiendo la cicuta»], él coloca tranquilamente en un rincón de su taller algunos objetos y algunas personas, y se pone a pintar, analizando el conjunto con cuidado. Repito que es un simple analista; su trabajo tiene mucho más interés que los plagios de sus colegas; el mismo arte tiende así hacia la certeza; el artista es un intérprete de lo que hay, y sus obras tienen para mí el gran mérito de ser una descripción precisa hecha en una lengua original y humana.

Se le ha reprochado que imita a los pintores españoles. Estoy de acuerdo en que hay cierto parecido entre sus primeras obras y las de sus maestros: uno es siempre hijo de alguien. Pero, desde su Déjeuner sur l’ herbe [«Almuerzo en la hierba»], me parece que afirma de forma clara esa personalidad que he intentado explicar y comentar brevemente. La verdad quizá sea que el público, al verle pintar escenas y costumbres de España, ha decidido que tomaba sus modelos de más allá de los Pirineos. De aquí a la acusación de plagio, no hay mucho. Ahora bien, conviene decir que, si Édouard Manet ha pintado espadas y majos1, es porque tenía en su taller vestidos españoles cuyo colorido encontraba hermoso. Sólo en 1865 ha recorrido España, y sus telas tienen un acento demasiado individual como para que sólo se quiera ver en él a un bastardo de Velázquez y de Goya.

[ II ] LAS OBRAS

Al hablar de las obras de Édouard Manet ahora puedo hacerme entender mejor. He indicado a grandes rasgos las características del talento del artista, y cada tela que analice vendrá a apoyar con un ejemplo el juicio que he emitido. El conjunto es cosa conocida, de manera que sólo se trata de dar a conocer sus pormenores. Al decir lo que he sentido ante cada cuadro restableceré el conjunto de la personalidad del pintor.

La obra de Édouard Manet es ya considerable. Este trabajador sincero y laborioso ha empleado bien los seis últimos años. A los sarcásticos que lo tratan de picaro ocioso y chocarrero, les desearía su valor y su amor por el trabajo. Ultimamente he visto en su taller una treintena de telas, la más antigua de las cuales data de 1860. Las ha reunido allí para juzgar sobre el conjunto que formarían en la Exposición Universal.

Espero encontrarlas en el Campo de Marte en mayo próximo, y cuento con que establecerán de forma sólida y definitiva la reputación del artista. No se trata ya de dos o tres obras, sino de treinta obras al menos, de seis años de trabajo y de talento. No se puede negar al vencido por la multitud una brillante revancha de la que debe salir vencedor. Los jueces comprenderán, en la solemnidad que se prepara, que sería poco inteligente ocultar de forma sistemática uno de los rostros más originales y sinceros del arte contemporáneo. En este caso el rechazo sería un verdadero crimen, un asesinato oficial.

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Entonces quisiera yo coger de la mano a los escépticos y llevarlos ante los cuadros de Édouard Manet: «Ved y juzgad –les diría–. He aquí al hombre grotesco, la persona impopular. Ha trabajado durante seis años, y esta es su obra. ¿Todavía reís? ¿Os sigue pareciendo una divertida bufonada? ¿Empezáis a daros cuenta, no es cierto, que hay algo más que gatos negros en ese talento? El conjunto es uno y completo, y aparece ampliamente, con su sinceridad y su potencia. En cada tela, la mano del artista habla el mismo lenguaje, exacto y sencillo. Cuando abrazáis con la mirada todas las telas a la vez, encontráis que las distintas obras se mantienen, se completan, que representan una enorme suma de análisis y de vigor. Seguid riendo, si es que os gusta; pero, atención, porque, en lo sucesivo, os reiréis de vuestra ceguera».

La primera sensación que he experimentado al entrar en el taller de Édouard Manet ha sido una sensación de unidad y de fuerza. En la primera mirada que uno lanza sobre las paredes hay algo áspero y suave. Antes de detenerse sobre una tela en concreto, los ojos vagan a la aventura, de abajo arriba, de derecha a izquierda, y esos colores claros, esas formas elegantes que se mezclan, tienen una armonía y una franqueza hechas de una sencillez y una energía extremas.

Luego he analizado lentamente las obras una por una. He aquí, en pocas líneas, mis sentimientos ante cada una de ellas; insisto en las más importantes.

Como he dicho, la tela más antigua es el Buveur d’ absinthe, un hombre desencajado y embrutecido, envuelto en un trozo de abrigo y hundido en sí mismo. El pintor todavía se buscaba; en el tema hay casi una intención melodramática, y tampoco encuentro ahí ese temperamento exacto y sencillo, poderoso y amplio que el artista afirmará más tarde.

Después vienen el Chanteur espagnol y el Enfant à l’ épée [«Cantante español»; «Niño con espada»]. Son estas las primeras piedras, las primeras obras que han utilizado para aplastar las últimas obras del pintor. El Chanteur espagnol, un español sentado en un banco de madera verde que canta y pellizca las cuerdas de su instrumento, ha obtenido una mención honorable. El Enfant à l’ épée es un muchacho de pie, con aire ingenuo y asombrado, que sostiene con las dos manos una enorme espada adornada con su talabarte. Estas pinturas son firmes y sólidas y, por otra parte, muy delicadas, sin que hieran en nada la vista débil de la multitud. Se dice que Édouard Manet tiene algún parentesco con los maestros españoles, lo que nunca ha sido tan claro como en el Enfant à l’épée. La cabeza de ese pequeño muchacho es una maravilla de modelado y de fuerza atemperada. Si el artista hubiese seguido pintando cabezas semejantes, habría sido mimado por el público y le habrían abrumado con elogios y dinero. Es cierto que hubiera sido un reflejo y que nunca hubiéramos conocido la hermosa sencillez que constituye todo su talento. Confieso que mis simpatías se dirigen a otras obras del pintor; prefiero la franca frialdad, las manchas justas y poderosas de la Olimpia, a las delicadezas rebuscadas y estrechas del Enfant à l’épée.

A partir de ahora sólo hablaré de los cuadros que me parecen carne y sangre de Édouard Manet. En primer lugar están las telas de 1863, cuya aparición en Martinet, en el Boulevard des Italiens, produjo una verdadera revuelta. Como es habitual, silbidos y abucheos anunciaron que un artista nuevo y original acababa de aparecer. Las telas expuestas eran catorce; de ellas veremos ocho en la Exposición Universal: el Vieux Musicien [«El viejo músico»], el Liseur [«Lector»], los Gitanos, un Gamin [«Muchacho»], Lola de Valence [«Lola de Valencia»], la Chántense des rúes [«Cantante de las calles»], el Ballet espagnol, la Musique aux Tuileries [«Música en las Tullerías»].

Me contentaré con citar las cuatro primeras. En lo que se refiere a Lola de Valance, ésta es célebre por un cuarteto de Charles Baudelaire que recibió el mismo tratamiento y los mismos abucheos que el cuadro:

Entre tant de beautés que partout on peut voir,
Je comprends bien, amis, que le désir balance,
Mais on voit scintiller dans Lola de Valence
Le charme inattendu dun bijou rose et noir2

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No pretendo defender estos versos, pero para mí tienen el gran mérito de ser un juicio en verso de la entera personalidad del artista. No sé si fuerzo el texto, pero es perfectamente cierto que Lola de Vaíence es una joya rosa y negra; el pintor ya sólo procede por manchas, y su española está ampliamente pintada mediante vivas oposiciones; toda la tela está cubierta por dos tintes.

De los cuadros que acabo de nombrar, el que prefiero es la Chanteuse des rues. Una joven, bien conocida en las colinas del Panteón, sale de una brasserie comiendo cerezas en una hoja de papel. Toda la obra es de un gris suave y rubio; la naturaleza me parece haber sido analizada con sencillez y exactitud extremas. Dejando a un lado el tema, esta página tiene una austeridad que engrandece el marco; en ella se siente la búsqueda de la verdad, el trabajo concienzudo de un hombre que sobre todo quiere decir francamente lo que ve.

Los otros dos cuadros, el Ballet espagnol y la Musique aux Tuileries, fueron los que hicieron estallar el escándalo. Un aficionado exasperado llegó incluso a amenazar con pasar a mayores si se dejaba por más tiempo en la sala la Musique aux Tuileries. Comprendo la ira de ese aficionado: imaginad, bajo los árboles de las Tullerías, a toda una multitud, quizá a un centenar de personas, que se mueven al sol; cada personaje es una simple mancha, apenas determinada, en la que los pormenores se convierten en líneas o en puntos negros. Si yo hubiese estado allí, hubiese rogado al aficionado que se pusiera a una respetuosa distancia y entonces habría visto que esas manchas vivían, que la multitud hablaba y que esa tela era una de las obras características del artista en la que más ha seguido el dictado de sus ojos y de su temperamento.

En el Salón des Refusés [«Salón de los rechazados»], en 1863, Édouard Manet tenía tres telas. No sé si fue a título de perseguido, pero en esa ocasión el artista encontró defensores y hasta admiradores. Hay que decir que los cuadros expuestos eran de los más notables: el Déjeuner sur l’herbe, un Portrait de jeune homme en costume de majo [«Retrato de joven vestido de majo»] y el Portrait de mademoiselle V… en costume d’espada [«Retrato de la señorita V… vestida de torero»].

Estas dos últimas telas fueron consideradas de gran brutalidad, pero de un raro vigor y con tonos extremadamente fuertes. En mi opinión, el pintor se mostró en ellas más colorista de lo acostumbrado. La pintura sigue siendo rubia, pero de un rubio leonado y deslumbrante. Las manchas son grasas y enérgicas y se destacan sobre el fondo con toda la brusquedad de la naturaleza.

El Déjeuner sur l’herbe es la mejor tela de Édouard Manet, aquella en la que ha cumplido el sueño de todos los artistas: poner figuras de tamaño natural en un paisaje. Sabemos con qué fuerza ha vencido esta dificultad. En ella aparece algo de follaje, algunos troncos de árboles y, al fondo, un río en el que se baña una mujer en camisa; en primer plano, dos jóvenes están sentados frente a una segunda mujer que acaba de salir del agua y que se seca desnuda al aire. Esta mujer desnuda escandalizó al público, que sólo la vio a ella en la tela. ¡Dios mío! ¡Qué indecencia: una mujer, sin el menor velo, entre dos hombres vestidos! Esto no se había visto nunca, creencia que era un grosero error, porque en el museo del Louvre hay más de cincuenta cuadros en los que se encuentran mezclados personajes vestidos y personajes desnudos. Pero nadie se escandaliza en el museo del Louvre. Por lo demás, la multitud se cuidó muy mucho de juzgar el Déjeuner sur l’herbe como debe ser juzgada una verdadera obra de arte; sólo vio personas que comían en la hierba, al salir del baño, y creyó que el artista había tenido una intención obscena y provocadora en la disposición del tema, siendo así que el artista había sencillamente buscado oposiciones vivas y masas libres. Los pintores, sobre todo Édouard Manet, que es un pintor analítico, no tienen esa preocupación por el tema que atormenta ante todo a la multitud; para ellos, el tema es un pretexto a la hora de pintar, mientras que para la multitud sólo existe aquél. Seguramente, la mujer desnuda del Déjeuner sur l’herbe no está ahí sino para dar al artista la ocasión de pintar algo de carne. Lo que hay que ver en el cuadro no es un almuerzo en la hierba, sino el paisaje completo, con su vigor y su finura, con sus primeros planos, tan amplios y tan sólidos, y sus fondos de tan suave delicadeza; es esa carne firme, modelada con grandes paños de luz, esos tejidos simples y fuertes y, sobre todo, esa deliciosa silueta de mujer en camisa que forma, en el fondo, una adorable mancha rubia en medio del follaje verde; es, por último, ese amplio conjunto lleno de aire, ese rincón de la naturaleza expresado con tan precisa sencillez, toda esa admirable página en la que un artista ha puesto los elementos singulares y propios que estaban en él.

En 1864, Édouard Manet expuso el Christ mort et les Anges y un Combat de toreaux. De este último cuadro sólo ha conservado la espada del primer plano –el Homme mort–, que se acerca mucho en su concepción al Enfant à l’épée; en él, la pintura está pormenorizada y es muy tupida, de gran finura y solidez; sé de antemano que será uno de los éxitos de la exposición del artista, porque la multitud gusta mirar de cerca y no ser sorprendida por el carácter áspero y excesivamente rudo de una originalidad auténtica. En lo que a mí atañe, declaro que prefiero con mucho el Christ mort et les Anges; en él encuentro a un Édouard Manet completo, con los prejuicios de su mirada y la audacia de su mano. Se ha dicho que este Cristo no era un Cristo, y confieso que puede ser así; para mí, se trata de un cadáver pintado a plena luz, con franqueza y vigor; e incluso me gustan los ángeles del fondo, esos niños con grandes alas azules, de un carácter extraño, muy suave y elegante.

En 1865, Édouard Manet es recibido de nuevo en el Salón; expone un Jésus insulté par les soldats [«Jesús insultado por los soldados»], y su obra maestra, su Olympia. He dicho obra maestra y no me desdigo. Afirmo que esta tela es verdaderamente la carne y la sangre del pintor. Lo contiene por entero y sólo le contiene a él. Permanecerá como la obra característica de su talento, como la marca más excelsa de su poder. Yo he leído en ella la personalidad de Édouard Manet, y cuando he analizado el temperamento del artista, tenía únicamente ante los ojos esta tela que encierra a todas las demás. Como afirman los bufones públicos, tenemos aquí un grabado de Epinal. Olympia, acostada sobre sábanas blancas, forma una gran mancha pálida, blanca sobre fondo negro; en ese fondo negro se encuentra la cabeza de la mujer negra que trae un ramo de flores y el famoso gato que tanto ha divertido al público. A primera vista sólo se distinguen, así, en el cuadro, dos tintes, dos tintes violentos, que se anulan entre sí. Por lo demás, los pormenores han desaparecido. Mirad la cabeza de la joven: los labios son dos delgadas líneas rosas, y los ojos se reducen a algunos trazos negros. Ved ahora el ramo de flores, y os ruego que lo hagáis de cerca: placas rosas, placas azules y placas verdes. Todo se simplifica, y si queréis reconstruir la realidad tenéis que retroceder algunos pasos. Entonces se produce un extraño fenómeno: cada objeto se sitúa en su plano, la cabeza de Olympia se destaca del fondo con un relieve sorprendente, el ramo de flores resulta una maravilla de brillo y de frescura. La exactitud de la mirada y la sencillez de la mano han hecho este milagro; el pintor ha procedido como lo hace la misma naturaleza, por masas claras, por amplias franjas de luz, y su obra tiene el aspecto algo rudo y austero de la naturaleza. Por lo demás, hay algunas resoluciones previamente tomadas: el arte sólo vive de fanatismo. Y esas resoluciones previas son precisamente esa sequedad elegante, esa violencia en las transiciones que he señalado. En ello consiste el acento personal, el particular sabor de la obra. Nada hay de una finura más exquisita que los tonos pálidos de las distintas líneas blancas sobre las que está acostada Olympia. En la yuxtaposición de esos blancos se ha vencido una inmensa dificultad. El mismo cuerpo de la niña contiene encantadores tonos pálidos; se trata de una joven de dieciséis años, sin duda un modelo que Édouard Manet ha copiado tranquilamente tal cual era. Y todo el mundo ha puesto el grito en el cielo: han encontrado indecente ese cuerpo desnudo; y debía serlo, puesto que ahí no hay sino carne, una joven que el artista ha puesto en el lienzo en su desnudez joven y ya marchita. Cuando nuestros artistas nos entregan sus Venus, corrigen la naturaleza, mienten. Édouard Manet se pregunta por qué mentir, por qué no decir la verdad; nos ha hecho conocer a Olympia, una joven de nuestra época que encontráis en las aceras y que comprime sus delgados hombros en un pequeño chal de lana desteñida. Como de costumbre, el público se ha cuidado mucho de comprender lo que quería el pintor; ha habido personas que han buscado en el cuadro un sentido filosófico; a otras, más deshonestas, no les hubiera molestado descubrir en él una intención obscena. Así pues, ¡dígales en voz alta, querido maestro, que no es usted lo que piensan, que para usted un cuadro no es sino un simple pretexto para el análisis! Necesitaba una mujer desnuda, y ha escogido usted a Olympia, la primera que se ha presentado; necesitaba usted manchas claras y luminosas, y ha puesto usted un ramo de rosas; necesitaba manchas negras, y ha colocado usted en un rincón a una mujer negra y a un gato. ¿Qué es lo que quiere decir todo esto? Usted apenas lo sabe, y yo tampoco. Pero sí sé que ha logrado hacer admirablemente la obra de un pintor, de un gran pintor; quiero decir que ha logrado traducir enérgicamente y en un lenguaje propio las verdades de la luz y de la sombra, las realidades de los objetos y de las criaturas.

Llego ahora a las últimas obras, a las que el público no conoce. Ved la inestabilidad de las cosas humanas: Édouard Manet, que ha sido recibido en el Salón en dos ocasiones consecutivas, es decididamente rechazado en 1866; se acepta esa obra tan extraña y original que es Olympia, y no se quiere saber nada del Joueur de fifre [«El tocador de pífano»] ni del Acteur tragique [«Actor trágico»], telas que encierran la personalidad entera del artista, pero que no la firman tan claramente. El Acteur tragique, un retrato de Rouvière vestido de Hamlet, lleva un traje negro que es una maravilla de ejecución. Raramente he visto semejante finura en los tonos y tal facilidad en la pintura de tejidos de un mismo color yuxtapuesto. Sin embargo, prefiero el Joueurdefifre, un hombrecillo, un niño de una banda de músicos que sopla en su instrumento con todo su aliento y todo su corazón. Uno de nuestros grandes paisajistas modernos ha dicho que este cuadro era «la enseña de una tienda de alquiler de trajes», y estoy de acuerdo si con ello ha querido decir que el vestido del joven músico está tratado con la sencillez de una imagen. El amarillo de los galones, el azul oscuro de la túnica y el rojo de los calzones son también aquí grandes manchas. Y esta simplificación producida por la mirada clara y justa del artista, ha hecho de la tela una obra enteramente rubia, totalmente ingenua, deliciosa hasta la gracia, real hasta la aspereza.

Quedan, por último, cuatro telas, que apenas se acaban de secar: el Fumeur [«Fumador»], la Joueuse de guitare [«La guitarrista»], un Portrait de madame M… [«Retrato de la señora M.»] y Une jeune Dame en 1866 [«Una joven dama en 1866»]. El Protrait de madame M… es una de las mejores páginas del artista; debiera repetir lo que ya he dicho: sencillez y equilibrio extremos, aspecto claro y delicado. Para terminar, encuentro visiblemente expresada en Une jeune Dame en 1866 esa elegancia innata que Édouard Manet, hombre de mundo, tiene dentro de sí. Una joven, vestida con un largo peinador rosa, de pie, con la cabeza graciosamente inclinada, respira el aroma de un ramo de violetas que sostiene en su mano derecha; a la izquierda, un loro se inclina en su percha. El peinador es de una gracia infinita, delicado a la vista, muy amplio y muy rico; el movimiento de la joven tiene un encanto indecible. Todo ello sería incluso demasiado bonito si el temperamento del pintor no pusiera sobre el conjunto la marca de su austeridad.

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Olvidaba cuatro notables marinas –el Stearn Boat; le Cmnbat du Kerseage et de l’Albania [«El combate del Kerseage y del Albama»]; Vue de mer, temps calme [«Vista del mar con tiempo calmo»]; Bateau de pêche arrivant vent arrtère [«Llegada de un barco de pesca con el viento de popa»]–, cuyas magníficas olas demuestran que el artista ha recorrido y amado el océano, y siete cuadros de naturalezas muertas y de flores que felizmente empiezan a ser considerados como obras maestras por todo el mundo. Los más declarados enemigos del talento de Édouard Manet le conceden que pinta bien los objetos inanimados. Es un primer paso. Entre esas naturalezas muertas he admirado sobre todo un espléndido ramo de peonías –un Vase de fleurs [«Jarrón con flores»]– y una tela titulada un Déjeuner que permanecerán en mi memoria junto a la Olympia. Por otra parte, según el mecanismo de su talento cuyo engranaje he intentado explicar, el pintor debe forzosamente expresar con gran fuerza un grupo de objetos inanimados.

Tal es la obra de Edouard Manet, y tal el conjunto que, como espero, el público estará llamado a ver en una de las salas de la Exposición Universal. No puedo pensar que la multitud permanecerá ciega e irónica ante este conjunto armonioso y cabal, cuyas partes acabo brevemente de estudiar. Hay en él una manifestación demasiado original, demasiado humana como para que la verdad no salga victoriosa. Que el público se diga sobre todo que esos cuadros representan solamente seis años de esfuerzo y que el artista tiene apenas treinta y seis. El porvenir es suyo; yo mismo no me atrevo a encerrarlo en el presente.

[ III ] EL PÚBLICO

Me queda por estudiar y por explicar la actitud del público ante los cuadros de Édouard Manet. Una vez conocidos el hombre, el artista y las obras, queda otro elemento, la multitud, si se quiere comprender cabalmente el singular caso artístico al que hemos asistido. El drama estará completo; tendremos en la mano todos los hilos de los personajes, todos los pormenores de esta extraña aventura.

Por lo demás, nos equivocaríamos si pensásemos que el pintor no ha encontrado ninguna simpatía. Para la mayoría, es un paria, pero también un pintor de talento para un grupo que aumenta constantemente. Sobre todo en esta última época, el movimiento en su favor ha sido más amplio y más señalado. Los bufones se asombrarían si diese los nombres de ciertas personas que han testimoniado al autor su amistad y su admiración. Hay, ciertamente, una tendencia a aceptarlo, y espero que ello sea una realidad en poco tiempo. Entre sus colegas los hay también ciegos, que ríen sin comprender porque ven reír a los demás. Pero los verdaderos artistas no han negado nunca a Édouard Manet sus grandes cualidades de pintor. Obedeciendo a su propio temperamento, sólo han hecho las restricciones que debían hacer. Si de algo son culpables es de haber tolerado que uno de sus colegas, un muchacho sincero y de mérito, fuese abofeteado de la manera más indigna. Puesto que veían claro, y puesto que ellos, pintores, se daban cuenta de las intenciones del nuevo pintor, debían de haberse encargado, en mi opinión, de hacer callar a la multitud. Siempre he esperado que uno de ellos se levantara y dijera la verdad. Pero en Francia, en este país animoso y frivolo, hay un miedo terrible al ridículo; cuando, en una reunión, tres personas se burlan de alguien, todo el mundo se echa a reír, y si allí hay personas inclinadas a defender a la víctima, bajan los ojos humilde y cobardemente, y ellos mismos enrojecen, incómodos, con una media sonrisa. Estoy seguro que Édouard Manet ha debido hacer curiosas observaciones sobre ciertas molestias súbitas sufridas ante él por personas que conocía.

En esto radica toda la historia de la impopularidad del artista, y puedo fácilmente explicar las risas de unos y la cobardía de otros. Cuando la multitud ríe, casi siempre lo hace por nada. Vedlo en el teatro: un actor se cae al suelo y la sala entera se ríe con una alegría convulsiva; mañana, los espectadores seguirán riendo ante el recuerdo de aquella caída. Poned a diez personas de inteligencia suficiente ante un cuadro de aspecto nuevo y original, y esas personas, las diez, se comportarán como un niño; se darán codazos, comentarán la obra de la manera más cómica del mundo. Los necios se pondrán en la fila, aumentando el grupo; pronto aquello será una verdadera algazara, un acceso de estúpida locura. No invento nada. La historia artística de nuestra época está ahí para decir que ese grupo de necios y de burlones ciegos se ha formado ante las primeras telas de Decamps, de Delacroix, de Courbet. Un escritor me contaba recientemente que hace tiempo, habiendo cometido la torpeza de decir en un salón que el talento de Decamps no le desagradaba, le habían puesto en la calle sin miramientos. Pues la risa se contagia, y París se despierta un buen día con un nuevo juguete.

Entonces es el frenesí. El público tiene un hueso por roer. Y hay todo un ejército cuyo interés estriba en mantener la alegría de la multitud, y bonita manera tiene de lograrlo. Los caricaturistas la toman con el hombre y con la obra; los cronistas ríen más alto que los burlones desinteresados. En el fondo, sólo es risa, sólo es viento. No hay en ello la menor convicción, la más pequeña preocupación por la verdad. El arte es serio, y aburre profundamente; hay que alegrarlo un poco, buscar una tela en el Salón que puedan ridiculizar. Y entonces se dirigen siempre a esa extraña obra que resulta ser el fruto maduro de una personalidad nueva.

Remontémonos a ella, causa de risas y de burlas, y comprobemos que sólo el aspecto más o menos peculiar del cuadro ha producido esa loca alegría. Tal actitud está llena de comicidad, determinado color ha hecho llorar de risa, cierta línea ha puesto enfermas a más de cien personas. El público sólo ha visto un tema, y un tema tratado de cierta manera. Mira las obras de arte como los niños miran las imágenes: para divertirse, para alegrarse un poco. Los ignorantes se burlan confiadamente; los doctos, los que han estudiado arte en las escuelas muertas, se molestan por no encontrar, al examinar la obra nueva, su mirada y sus creencias habituales. Nadie piensa en ponerse en el verdadero punto de vista. Unos no comprenden nada; otros comparan. Todos se extravían, y entonces la alegría o la cólera sube a la garganta de cada uno.

Repito que sólo el aspecto es lo que produce todo esto. El público ni siquiera ha intentado penetrar en la obra; se ha quedado, por decirlo así, en la superficie. Lo que le choca y le irrita no es la constitución íntima de la obra, sino su apariencia general y externa. Si se diera el caso, aceptaría gustoso la misma imagen presentada de otra manera.

La originalidad: ese es el gran espanto. Todos somos, en mayor o menor medida y a nuestro pesar, animales rutinarios que pasan tercamente por el sendero por el que ya han transitado. Y cualquier camino nuevo nos da miedo, olfateamos precipicios desconocidos y nos negamos a avanzar. Necesitamos siempre el mismo horizonte; nos reímos o nos irritamos por cosas que no conocemos. De aquí que aceptemos sin problema una osadía tibia, y que rechacemos violentamente lo que nos distrae de nuestras costumbres. Cuando aparece alguien personal, tenemos miedo y desconfianza; somos como caballos espantadizos que se encabritan ante un árbol caído en mitad del camino porque no se explican ni la naturaleza ni la causa de ese obstáculo, ni tampoco intentan, por otra parte, explicárselo.

Todo ello no es mas que un asunto de costumbres. A fuerza de ver el obstáculo, el miedo y la desconfianza disminuyen. Luego hay siempre algún amable paseante que nos afea nuestro comportamiento airado y que tiene a bien explicarnos nuestro miedo. Yo deseo simplemente desempeñar el modesto cometido de ese paseante cara a esas personas espantadizas a las que los cuadros de Édouard Manet mantienen encabritadas o amedrentadas en el camino. El artista empieza a cansarse de su oficio de espantajo; pese a todo su valor, siente que se queda sin fuerza ante la irritación pública. Es hora de que la multitud se acerque y caiga en la cuenta de sus ridículos miedos.

Por lo demás, sólo hay que esperar. Ya he dicho que la multitud es un niño grande que carece de la menor convicción y que termina siempre por aceptar a la gente que se impone. La eterna historia del talento ridiculizado y luego admirado hasta el fanatismo se repetirá con Édouard Manet. Habrá tenido el destino de los maestros, de Delacroix y de Courbet, por ejemplo. Está en ese punto en el que la tempestad formada por las risas se apacigua, en el que al público empieza a dolerle los costados de tanto reír y sólo pide volver a la seriedad. Mañana, si no es hoy, será comprendido y aceptado, y si insisto sobre la actitud de la muchedumbre frente a cada individualidad que aparece, ello se debe a que el estudio de este asunto es justamente lo que constituye el interés general de estas páginas.

El público nunca se corregirá de sus miedos. Dentro de ocho días, Édouard Manet será quizá olvidado por unos burlones que habrán topado con otro juguete. Cuando aparezca un nuevo temperamento enérgico, volveréis a oír los abucheos y los silbidos. El último en llegar es siempre el monstruo, la oveja sarnosa del rebaño. La historia artística de esta última época prueba la verdad de este hecho, y la simple lógica basta para prever que se reproducirá fatalmente mientras que la multitud no quiera ponerse en el único punto de vista que permite juzgar sanamente una obra de arte.

El público nunca será justo con los verdaderos artistas creadores si no se contenta con buscar únicamente en una obra de arte una libre traducción de la naturaleza en un lenguaje particular y nuevo. ¿No está hoy profundamente triste por pensar que se abucheó a Delacroix, que no se tuvo ninguna esperanza en ese genio que sólo triunfó tras su muerte? ¿Qué piensan sus antiguos detractores? ¿Por qué no confiesan en voz alta que fueron ciegos y carentes de inteligencia? Ello sería una lección. Quizá se decidieran entonces a comprender que no hay ninguna medida común, ni reglas, ni necesidad de ningún tipo, sino hombres vivos que aportan una de las libres expresiones de la vida, que dan su carne y su sangre y que suben tanto más alto en la gloria humana cuanto más personales y absolutos resultan. Se iría derecho, con admiración y simpatía, a las telas de maneras libres y extrañas; éstas serían las que se estudiasen con más calma y atención, para ver si no acaba de aparecer una faceta del genio humano. Se pasaría despectivamente ante las copias, ante los balbuceos de las falsas personalidades, ante todas esas imágenes de cuatro cuartos que sólo proceden de una mano hábil. Se buscaría ante todo en una obra de arte un acento humano, un rincón vivo de la creación, una manifestación nueva de la humanidad enfrentada a las realidades de la naturaleza.

Pero nadie guía a la multitud. ¿Y qué queréis que haga ante el gran estrépito de las opiniones contemporáneas? El arte se ha fragmentado, por decirlo así; al parcelarse, el gran reino se ha dividido en una multitud de pequeñas repúblicas. Cada artista intenta atraer a la multitud, halagándola, proporcionándole los juguetes que le gustan, dorados y adornados con cintas rosas. Entre nosotros el arte se ha convertido, así, en una gran confitería, donde hay dulces para todos los gustos. Los pintores sólo han sido los mezquinos decoradores que trabajan en la ornamentación de nuestros espantosos apartamentos modernos; los mejores de ellos se han hecho anticuarios, han robado algo de su forma de hacer a algún gran maestro muerto, y sólo los paisajistas, los que analizan la naturaleza, han permanecido siendo apenas verdaderos creadores. Este pueblo de decoradores mezquinos y burgueses hace un ruido de todos los demonios; cada uno tiene su pequeña teoría, y todos intentan agradar y vencer. La multitud, adulada, va de uno a otro, divirtiéndose hoy con los amaneramientos de aquél, para pasar mañana a la falsa energía de éste. Y este comercio pequeño y vergonzoso, esos halagos y esas admiraciones de pacotilla se hacen en nombre de las pretendidas leyes sagradas del arte. Para hacer con pan de miel la figura de una mujercilla se pone en juego Italia y Grecia, se habla de lo bello como de un señor al que se conoce y del que seríamos respetuosos amigos.

Luego vienen los críticos de arte que todavía enturbian más este tumulto. Los críticos de arte son intérpretes que tocan todos a la vez su melodía, cada uno de los cuales escucha sólo su instrumento en la espantosa algarabía que producen. Uno habla del color, otro del dibujo, otro de moral. Podría nombrar aquí al que cuida su frase y se contenta con describir cada tela de la forma más pintoresca posible; o también de aquel que, a propósito de una mujer tendida de espaldas, encuentra el medio de hacer un discurso democrático; o de aquel que expresa mediante coplillas los graciosos juicios que emite. La multitud, desorientada, no sabe a quién escuchar: Pedro dice blanco, y Pablo negro; si se creyese al primero, se borraría el paisaje de aquel cuadro, y si se creyese al segundo se borrarían las figuras, de manera que sólo quedase el marco, cosa que, por lo demás, sería una excelente medida. No hay, así, ninguna base para el análisis; la verdad no es una y completa, y todo esto no son sino divagaciones más o menos razonables. Cada uno se pone ante la misma obra con disposiciones interiores distintas, y cada cual emite el juicio que le sugiere la ocasión o su talante interior.

Al ver el escaso entendimiento del mundo que pretende tener la misión de guiarla, la multitud se abandona a sus ganas de reír o de admirar. Esta carece de método y de visión de conjunto. Las obras le agradan o le desagradan, eso es todo. Y conviene observar que lo que le agrada es siempre lo más trivial, lo que está acostumbrada a ver cada año. Nuestros artistas no la miman; la han habituado a tales empalagos, a mentiras tan bonitas que niega con toda su fuerza las verdades fuertes. Todo ello no es sino un sencillo asunto de educación. Cuando aparece un Delacroix, se le abuchea. ¡Y ello porque no se parece a los demás! El espíritu francés, un espíritu que en la actualidad desearía cambiar dándole algo más de peso, se mezcla también aquí, y todo se convierte en burla para divertir a los más tristes.

Esta es la razón por la que una banda de rapaces se encontró un día en la calle con Édouard Manet y organizó a su alrededor un tumulto que hizo que yo, paseante curioso y desinteresado, me detuviera. He redactado, con mejor o peor suerte, un alegato en el que quito la razón a esos mozalbetes, en el que intento arrancar al artista de sus manos y llevarle a un lugar seguro. En el tumulto había policías –perdón, críticos de arte– que me aseguraron que aquel hombre era lapidado por haber ultrajado y mancillado el templo de lo Bello. Les contesté que el destino había sin duda señalado ya en el museo del Louvre el futuro lugar de la Olympia y del Déjeuner sur l’herbe. No nos entendimos y me retiré porque los muchachos empezaban a mirarme con aspecto hosco.

© De la traducción al castellano: José Antonio Millán Alba, 2003

NOTAS

1. En español en el original (N. del T.).
2. Entre tantas bellezas que doquier pueden verse,
Amigos, yo comprendo que dude nuestro anhelo;
Pero vemos brillar en Lola de Valencia
El encanto imprevisto de un joyel rosa y negro.
Perteneciente a Epígrafes, habitualmente incluido en Las flores del mal (N. del T.).

Una nueva política exterior para América Latina

Caían las estatuas en Bagdad y a la misma hora la policía política cubana iniciaba los registros y detenciones en las casas de un centenar de disidentes acusados de traición a la patria por cuenta de Estados Unidos: el fusilamiento de tres jóvenes negros -la raza de los condenados es importante- por secuestrar un barco de turismo vino después.

Durante las semanas previas a la guerra de Iraq, entre el Río Grande y la Patagônia menudearon las manifestaciones por la paz y contra la guerra, es decir, contra el imperialismo americano «y sus lacayos», versión criolla de las que recorrieron en las grandes ciudades europeas con idéntica e inocente intención: «parar la guerra», defender la paz. Organizadores y participantes sabían de sobra que tampoco en esa ocasión el imperialismo y sus lacayos iban a atender la solicitud de aquellas multitudes desplegadas en Buenos Aires, Ciudad de México, Santa Cruz de la Sierra o Pernambuco.

Embajadas y consulados americanos alertaron a vigilantes y conserjes ante el improbable asalto de aquellos jóvenes y adultos indignados. Las cosas no pasaron a mayores y cuando se inició de verdad la guerra no tuvo tiempo la izquierda local, pacifistas de toda laya y «piqueteros» de todas las batallas para reconstruir la estrategia antiimperialista. Hubieran llegado tarde.

Los marines ocuparon Bagdad y Castro encarceló a los disidentes antes de ejecutar a los tres jóvenes de color. Pero no hubo en esta caso manifestaciones de protesta: el dictador cubano tiene bula en Latinoamérica hasta el punto que cuando ofrece una de sus tediosas conferencias de prensa en alguna «cumbre iberoamericana», los periodistas y sus policías aplauden entusiasmados. Sólo en Madrid y en Caracas hubo alguna protesta popular ante el último crimen de la dictadura cubana, por supuesto instrumentalizada para evacuar asuntos de política doméstica o municipal.

Los gobiernos democráticos de América Latina «lamentaron» (México), mostraron su preocupación (Brasil) o simplemente callaron (Argentina, Venezuela) en una patética muestra de doble moral y oportunismo sólo comparable a la indecente competición entre partidos políticos españoles para ver quién utilizaba con mayor precisión la tragedia cubana como objeto arrojadizo.

CONSECUENCIAS PARA AMÉRICA LATINA

Los analistas más cotizados aseguran que la guerra de Iraq ha tensado al máximo las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Hay, por supuesto, alguna exageración en tal diagnóstico pero no le falta razón a Andrés Oppenheimer que en su jugosa columna del Miami HeraldNuevo Herald (Miami)- enumeraba los tres motivos por los cuales la guerra de Iraq perjudicará a los latinoamericanos en los próximos dos años.

En primer lugar, la guerra -y la posguerra- continuará acaparando la atención casi total del presidente G. W. Bush durante lo que resta de su primer mandato. Todo indica que en los próximos seis meses los Estados Unidos dedicarán todas sus energías políticas a la reconstrucción de Iraq y posteriormente, como parte de un esfuerzo por recomponer su imagen internacional, la Administración Bush probablemente, convoque una conferencia internacional para la paz en Oriente Medio a finales de este año o a principios del próximo.

Para entonces Washington estará ya inmerso en las elecciones presidenciales de noviembre del 2004 y cualquier iniciativa de política exterior no relacionada con el terrorismo será relegada hasta el próximo gobierno. De modo que la «agenda latinoamericana» del presidente americano basada en la rápida expansión del libre comercio regional y en los incentivos para los países democráticos deberá quedar aplazada o congelada hasta ¡comienzos del 2005!

El segundo motivo evocado por Oppenheimer es que la guerra de Iraq frenará probablemente la economía de Estados Unidos y Europa, y ello afectará a las exportaciones latinoamericanas. Incluso los exportadores de petróleo como México y Ecuador verán cómo sus exportaciones no energéticas se reducen. Casi todos los países de América Latina tendrán probablemente aún mayores dificultades para lograr créditos e inversiones, al tiempo que descenderán también las remesas de sus trabajadores emigrantes en los Estados Unidos y en Europa.

En tercer lugar, el conflicto iraquí podría tensar todavía más las relaciones políticas y diplomáticas entre norteamericanos y latinoamericanos dado que casi todos los países de cierta envergadura (con la significativa excepción de Colombia) se declararon contrarios a la guerra.

MÉXICO

La decepción norteamericana por la negativa de Chile y México (miembros del Consejo de Seguridad) a votar favorablemente la resolución de Estados Unidos, Gran Bretaña y España en el Consejo tendrá probablemente consecuencias y, según dice textualmente Oppenheimer, «un Bush victorioso podría dejar de lado sus planes de reforzar la alianza Canadá-Estados Unidos-México y volcarse en un nuevo eje Estados Unidos-Inglaterra-España que se extendería a las nuevas democracias de la Europa del Este recién ingresadas en la Unión Europea».

Tal vez la mayor decepción norteamericana por el psicodrama del Consejo de Seguridad se refiera directamente a México. La luna de miel entre los dos países se rompió dramáticamente cuando el presidente Fox -cuyo proamericanismo había sido uno de los argumentos manejados tradicionalmente por sus adversarios- decidió rechazar la resolución en el Consejo de Seguridad tras haber sometido a José María Aznar, que visitaba el país azteca camino del rancho texano de Bush, a toda clase de desplantes y descortesías.

«No conozco otro país cuya economía sea más dependiente de la de Estados Unidos que México -escribió entonces el ya citado Oppenheimer-. Si Estados Unidos estornuda y el resto del mundo se agarra un resfrío, México se agarra una pulmonía».

Claro que para el presidente mexicano era muy comprometido apoyar la postura norteamericana en el Consejo de Seguridad apenas unas semanas antes de las elecciones legislativas mexicanas (6 de julio próximo) y teniendo en cuenta que la inmensa mayoría del país se oponía a un ataque a Iraq sin el aval de la ONU.

Fox demostró, comentaron fuentes diplomáticas americanas, que no es un amigo de fiar y que en los momentos difíciles antepone sus intereses políticos inmediatos a una relación profunda y ambiciosa como la que desearía la Administración de Washington. Esta actitud tendrá consecuencias, advirtieron estas fuentes.

En realidad, ya las está teniendo. Todos los acuerdos de emigración en plena discusión están paralizados y Fox debió tragarse recientemente un sapo suplementario cuando durante cuatro días telefoneó a Bush para «aclarar el malentendido» y sus llamadas no fueron atendidas por el presidente norteamericano. La malo es que este feo trascendió y los medios mexicanos y norteamericanos lo anunciaron a bombo y platillo.

CHILE

El caso de Chile es semejante. El presidente Ricardo Lagos había acreditado una imagen de moderado en el Departamento de Estado pese a las inevitables concesiones al antiamericanismo primario de la izquierda austral y de su partido, el socialista, que tiene enormes dificultades para olvidar la injerencia norteamericana durante la dramática etapa de la Unidad Popular y la caída de Salvador Allende en los primeros años setenta.

Pero la negativa a apoyar la resolución en el Consejo de Seguridad sentó como un tiro al secretario de Estado Powell y a otros altos funcionarios: la cabra tira al monte, dijeron. O lo que es peor: Lagos ha demostrado que es muy difícil convertir al tigre en vegetariano. Todos los acuerdos comerciales y aduaneros pendientes entre los dos países deberán esperar mejores momentos.

BRASIL

Dado que afortunadamente para su gobierno ahora Brasil no forma parte del Consejo de Seguridad, el presidente Lula no necesitó imitar a Lagos y Fox en el endemoniado asunto de la resolución tripartita aunque pocos tienen dudas de que actuaría de forma semejante a sus colegas del norte y del sur. Pero, como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. Y tanto Lula como sus amigos del Departamento de Estado -que los tiene, y algunos de ellos son entusiastas- pudieron evitar el amargo trago.

Tanto el desasistimiento de Chile y México en el Consejo de Seguridad como las manifestaciones populares en casi todas las capitales latinoamericanas contra la guerra de Bush pusieron de manifiesto algo que casi todo el mundo sabía en Europa y en Estados Unidos: la existencia de un intenso frenesí antiamericano o, si se prefiere, antinorteamericano, herencia intelectual y pasional de los años sesenta y setenta cuando el imperio se convirtió en el gendarme continental, impuso y derrocó presidentes y regímenes, acreditó la imagen de un poder inmoral y absoluto cuyo único objetivo parecía parar al comunismo allí donde asomaba las orejas y acabar con los líderes poco sumisos u obedientes.

La sorpresa de los últimos meses ha sido comprobar que los estereotipos utilizados por la izquierda latinoamericana con tanta frecuencia como inutilidad parecen haber renacido o simplemente nunca desaparecieron y se hallaban hibernados. La percepción de Estados Unidos como la hiperpotencia amenazadora y furiosa, capaz de castigar duramente a insolentes y rebeldes goza todavía de excelente salud. Y esta evidencia deberá ser asumida tanto por la propia Administración norteamericana como por los países aliados y amigos, miembros de lo que algunos analistas llaman impropiamente el «eje atlántico» o el «trío de las Azores» en referencia a la cumbre tripartita celebrada en el archipiélago horas antes de que Bush ordenara a sus tropas avanzar desde Kuwait.

España obviamente está en este trío o eje. Para nada sirve disimularlo o minimizarlo, máxime cuando las consecuencias de esta opción por parte del Gobierno han sido asumidas y los costes de las mismas no fueron precisamente leves a nivel doméstico para Aznar y sus partidarios.

Llegados a este capítulo es obligado referirse ahora a los daños colaterales que el compromiso atlantista de España ha podido producir en la política exterior y en la imagen del país tanto en América Latina como en el mundo árabe.

CONSECUENCIAS PARA ESPAÑA

Los críticos y teóricos socialistas (desde Felipe González a Manuel Marín pasando por Ignacio Sotelo, Emilio Menéndez del Valle o el ex embajador Máximo Cajal) han reiterado hasta la saciedad que José María Aznar ha roto el consenso de la política exterior española mediante su alineamiento en el eje atlantista y la primera víctima había sido nuestra tradicional relación con América Latina.

La tesis de estos políticos y analistas era que la ruptura del consenso habría tirado por tierra los avances y conquistas logradas desde el inicio de la transición en todo el continente, tanto desde el punto de vista político, como económico, cultural y comercial.

Tal ruptura debería afectar al futuro de la empresas e inversiones españolas en la región. Y, por supuesto, a la imagen de España, la marca España, un concepto tan resbaladizo como inconmensurable por muchas encuestas de opinión que se desplieguen.

Análisis como éstos resultan relativamente cómodos e incluso dan para muchas tesis doctorales, seminarios, jornadas de estudios y demás actos sociales. Pero adolecen de un defecto: parten de un principio a mi juicio no sólo falso sino improbable.

¿CONSENSO EN POLÍTICA EXTERIOR?

No hay a mi entender una política exterior consensuada de la transición ni de la democracia. Tampoco existe ese mito tan agradecido y cómodo llamado consenso en política exterior. Nadie ha roto, pues, ese consenso porque no existía.

Esta tesis del consenso exterior es la última herencia del franquismo crepuscular cuyos principios retóricos eran: defensa de la hispanidad, tradicional amistad con el mundo árabe y buenas relaciones con el pueblo hermano de Portugal. Se ocultaban astutamente los otros intereses y exigencias exteriores porque algunos eran inalcanzables con la dictadura (Mercado Común, OTAN, descolonización de Gibraltar) y otros (alianza defensiva con Estados Unidos) resultaban simplemente inconfesables.

La recién nacida democracia española heredó la retórica al uso pero no la renovó. Las zonas de interés seguían siendo las mismas (la geografía y la geoestrategia son irreversibles) y sólo un capítulo -la incorporación a Europa y posterior integración en el Mercado Común- era compartido por las fuerzas políticas democráticas y no en su totalidad: recordemos las críticas que comunistas y socialistas mediterráneos propinaban a la Europa de los mercaderes a la que pedíamos pasaje y posada.

No había consenso, por supuesto, en el nada fútil asunto de la Alianza Atlántica, en las relaciones con el Magreb (Marruecos era un tema, Argelia otro muy diferente), la alianza con Estados Unidos, las relaciones con el entonces todavía existente bloque del Este, etc. Socialistas, centristas, comunistas, nacionalistas de todo pelaje tenían opiniones diferentes cuando no contrapuestas sobre asuntos tan diversos. Nunca se unificaron criterios a no ser utilizando principios tan vastos como generales, además de obvios.

Sólo el asunto exterior (Gibraltar) gozaba del nada envidiable privilegio del consenso urbi et orbi, pero en el momento de la verdad las diferencias entre, por ejemplo, el PSOE y la UCD para alcanzar la ansiada descolonización resultaban gigantescas.

Al concluir la transición y ubicarse «España en su sitio», según fórmula de Fernando Morán, el problema estribaba en que aquel lugar no era el deseado por todos: ni consenso ni unanimidad. Se había logrado el consenso de lo obvio.

Y así seguimos, dado que evocar simplemente la posibilidad de que la política exterior consensuada sea una filfa provoca odios sarracenos y descalificaciones indecentes.

COSAS QUE NUNCA SE DICEN

Nadie por otra parte se ha preocupado en los últimos años de analizar ex novo qué se oculta detrás de este tinglado. Políticos, diplomáticos, académicos y periodistas han preferido la simulación para, en los momentos críticos, denunciar la ruptura del consenso sin que previamente se nos diga en qué consiste.

En el caso de América Latina se choca con el triunfalismo ambiente y la prepotencia -uno de los vicios imperdonables del actual poder- partiendo del hecho indiscutible de que en los últimos diez años la presencia económica, empresarial, comercial y probablemente cultural es más importante que hace, por ejemplo, veinte años. Otra obviedad tan sutil como que compartimos idioma, religión y costumbres.

Pero cuando se alardea de tales hazañas se oculta cuidadosamente que las exportaciones españolas a los cinco países del Magreb, por ejemplo, representan el doble de todas nuestras exportaciones a América Latina. O que España es el primer financiador de países como Argentina, Chile, Venezuela, Bolivia o Argentina: 180.000 millones de dólares, algo así como el 40% del PIB nacional.

La presencia económica de España en algunos de los principales países ¿ha mejorado o aquilatado nuestra imagen en estos países, o la ha deteriorado, convirtiendo a la madre patria en un simple socio comercial interesado más en las cuentas de resultados que en cualquier otra cosa o, lo que sería peor, en un nuevo rico del otro lado del Atlántico, dispuesto a pactar con las oligarquías corruptas de algunos de estos países o con los políticos venales?

Las flaquezas y efectos secundarios derivados de la apabullante presencia económica española en ciertos países ha provocado reacciones imprevistas e injusticias notorias: recordemos por ejemplo que en plena crisis del corralito argentino (diciembre del 2001) se oyeron gritos estentóreos de: «¡Fuera gallegos!».

Obviamente aparecer ante las opiniones públicas latinoamericanas y ante la clase política de estos países acompañados por la sombra gigantesca y apabullante de la hiperpotencia en un asunto tan controvertido como la guerra de Iraq no debería provocar un entusiasmo indescriptible.

COSAS QUE SE DICEN HARTO

En un trabajo titulado España y América Latina tras la crisis iraquí(Real Instituto Elcano; Análisis 21/04/03), el profesor Malamud sugiere, entre otros puntos polémicos, que el anclaje de España en el eje atlantista ha desencadenado «un cierto estado de desconcierto» común a numerosos gobiernos latinoamericanos expresado a través de políticos, diplomáticos, intelectuales o académicos.

El desconcierto se reflejaría en esta simple pregunta: ¿hacia donde va España de la mano de Estados Unidos?

La única receta que tiene a su alcance el gobierno Aznar, advertía Malamud, si quiere acabar con el desconcierto y facilitar las relaciones con los distintos países iberoamericanos, es explicarle a cada uno de sus gobiernos las causas y las motivaciones de la actual política española. El mismo argumento utilizado respecto a la opinión pública en nuestro país (la falta de explicaciones y un mayor esfuerzo didáctico por parte del Gobierno para hacer comprender sus objetivos y puntos de vista), valdría para los amigos latinoamericanos, con quienes no se tuvo la deferencia en los últimos meses de presentarles directamente los motivos de nuestro giro en política exterior.

Aparte de que no puede seriamente hablarse de giro cuando se aplica una política clarísima (la solidaridad con los países amigos y aliados), sería conveniente preguntarse si hubiera servido para algo informar a tales gobiernos y opiniones públicas, cuando la espiral iraquí ha ido eliminando todo tipo de racionalidad y despertó los más primitivos instintos del antiamericanismo.

Malamud utiliza como ejemplo la desastrosa escala mexicana de Aznar, que tenía por objeto persuadir al presidente Fox sobre la idoneidad de la política del eje atlantista con respecto a Iraq. Coincido en la idoneidad del ejemplo, pero no en que los resultados hubieran podido ser muy distintos: aunque Aznar se convirtiera por arte de birlibirloque en un habilísimo conseguidor no hubiera logrado convencer a Fox de sus tesis. Sólo el interés o la capacidad de presión política en grado superlativo hubieran dado resultado, pero Aznar carecía de ambas.

Bush hubiera ablandado seguramente al presidente mexicano pero simple y sencillamente porque es el jefe de Estado de la hiperpotencia y el hipervecino. La fábula del sapo que quiso ser buey es perfectamente aplicable en tales circunstancias.

Algo similar se podría afirmar de la política española respecto a la votación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sobre la violación de los derechos humanos. Malamud echa de menos una clara postura española que incluya negociaciones con los gobiernos latinoamericanos para convencerlos de que Castro es un violador persistente de los derechos humanos.

Disiento: estos gobiernos saben muy bien qué ocurre en Cuba, cómo se las gasta Castro desde hace cuarenta y cuatro años y cuál es la postura española al respecto (y la de la UE, sintetizada en la postura común sobre Cuba) pero prefieren mirar hacia otro lado, como han hecho casi siempre. A estas alturas, creer que la presión política española podría convencer a Lula, a Chávez o a Duhalde que cambiaran de opinión revela una angelical prueba de inocencia.

Malamud denuncia con toda razón que las cumbres iberoamericanas, un ingenioso invento de Felipe González en las proximidades del quinto centenario, no han terminado por ser aceptadas como algo propio por los latinoamericanos.

Eso es también una obviedad. El sistema está agotado y su larga agonía no lo salvará sino una reforma en profundidad, que en las actuales circunstancias no puede tener lugar porque falla la concepción, el contenido y la voluntad política.

Sinceramente me asombra que una persona tan informada y con un currículo tan brillante como el profesor Malamud afirme al final de su trabajo (después sintetizado en una Tribuna Libre de El País, 26/04/03) que si España quiere sacarle partido a su «actual apuesta iraquí» debe manifestar claramente que «el acercamiento a Estados Unidos será para reformar las lazos con América Latina y mantener el carácter de puente entre ambas orillas del Atlántico».

Malamud conoce mejor que nadie cuáles son los fantasmas familiares de las opiniones públicas latinoamericanas y cómo entre ellos ocupa una plaza de honor el antiamericanismo, ese extraño mecanismo de amor/odio hacia la hiperpotencia y el tópico de España-puente, un signo de prepotencia colonial que por otra parte nunca funcionó. Ni España ha sido puente de nada (a no ser aéreo para turistas o emigrantes) ni las naciones de América Latina aceptarían tal mediación por elemental orgullo. Sus dirigentes se han cansado de repetirlo, además.

EN CONCLUSIÓN

Es obvio que el alineamiento español con su aliado principal y con otros secundarios europeos en la crisis iraquí ha tenido un modesto impacto en sus relaciones con América Latina. La rápida victoria de la coalición y el nacimiento hace apenas unos días de una nueva Europa distinta del «núcleo duro» representado por el dúo franco-alemán refuerzan esta tesis pero en modo alguno invalidan la necesidad de que las fuerzas políticas parlamentarias, sus analistas y académicos replanteen asuntos tan trascendentes como el futuro de estas relaciones, el endiablado asunto del consenso exterior y por supuesto cuál es ahora el sitio de España en el mundo. Casi nada.

Cambio de cara o cambio de disco

La guerra de los Balcanes cierra una época en Europa. A pesar de que persisten conflictos de baja intensidad en Moldavia o Chechenia, como persisten grupos terroristas en España, Francia y con apariciones esporádicas en Italia o Grecia, la extensión cultural y política de la democracia asegura, mientras perdure, una época de paz. Junto a esto, en la guerra de los Balcanes Europa constató su falta de iniciativa y liderazgo político. Los europeos fuimos incapaces de poner fin a un conflicto que se producía en nuestras fronteras y que sólo concluyó cuando Estados Unidos decidió implicarse.

Estos hechos y la emergencia de China como superpotencia económica, el espectacular desarrollo de la India, la recuperación de tasas notables de crecimiento en los países conocidos como dragones asiáticos, la amenaza nuclear que supone Corea del Norte y la inestabilidad política existente en los países árabes ha obligado a Estados Unidos a cambiar el eje de su acción política en dos sentidos.

En primer lugar han tomado conciencia, los dirigentes tanto como la propia sociedad, que en el mundo en el que vivimos existen amenazas y que es necesario en consecuencia implicarse. En segundo lugar, aunque de modo inmediato es el mundo árabe el centro de su acción política y militar, no hay que perder de vista que el escenario que contemplan como centro del tablero a medio plazo es Asia: Pakistán, India, China, Extremo Oriente, las dos Coreas, Taiwan, Filipinas, Tailandia, la propia Rusia… son un polvorín político, cultural, económico y demográfico ante el que no cabe estar al margen.

Aunque aún nos encontramos en las fases iniciales de una espiral que va a dar lugar a profundos cambios en la manera de entender la política internacional y las relaciones entre las distintas culturas, ya existen algunas piezas colocadas en el nuevo escenario, en el que los dirigentes y la sociedad española van a tener que desenvolver su acción.

Por vez primera en nuestra reciente historia, los españoles hemos estado presentes en las primeras fases de un nuevo tiempo, como es el actual. No hemos sido meros observadores de los complejos juegos de las grandes potencias sino que hemos tomado partido, hasta el punto de que este hecho ha sacudido como un terremoto a una opinión pública acostumbrada a que las decisiones y los riesgos los tomasen otros.

Las posiciones que se han adoptado suponen un vínculo para nuestra política exterior de similar envergadura a cuando se optó por la entrada en la entonces Comunidad Económica Europea, o cuando Calvo Sotelo, a pesar de la virulenta oposición socialista, dio los primeros pasos para la integración de España en la OTAN. Una vez producida ésta, la llegada al poder del partido socialista no pudo cambiar la apuesta internacional y hasta tal punto fue así, que uno de sus ministros, Javier Solana, fue nombrado secretario general de la Alianza Atlántica.

Este vínculo adoptado por el presidente Aznar, que supone un firme compromiso de construir una verdadera comunidad atlántica, es una apuesta estratégica realizada tras un análisis realista del escenario internacional.

El punto de partida era una Europa derrotada en los Balcanes por su acción dubitativa y unos Estados Unidos decididos tras el 11-S a involucrarse en las áreas mundiales en las que entendía que su seguridad estaba en juego.

Si la intervención en Afganistán había contado con la total unanimidad de la UE, el conflicto en Iraq presentaba para algunos países un ataque directo a sus intereses geopolíticos en la zona. Francia y Alemania no dudaron utilizar el aniversario de la firma del Acuerdo del Elíseo para, en nombre de Europa, desmarcarse de Estados Unidos. Los mismos estrategas de Chirac que años atrás habían conseguido hacer presidente del Gobierno a Jospin inaugurando una difícil cohabitación, han llevado al presidente de la República a una posición de enfrentamiento con Estados Unidos.

La carta de los ocho presidentes de países miembros de la UE, a la que horas después se le añadieron diez nuevas firmas de países de Europa del Este, supuso la primera iniciativa española. Por primera vez España se mostraba dispuesta a hablar con voz propia. La tesis que sostenían estos mandatarios era que Europa, que se encontraba y se encuentra en un proceso de construcción política con una Convención que debía terminar sus trabajos para finales del mes de mayo y diez países con fecha de incorporación definida no podía construirse por oposición a Estados Unidos.

Esta noción, que en España sólo es asumida por una minoría, en los países de Europa del Este ha sido una posición firme. Después de su experiencia en la órbita de la Unión Soviética y las siempre difíciles relaciones que han mantenido con Alemania, estos países ven en Estados Unidos su único refugio político, su única garantía.

NUEVA OPORTUNIDAD EN EUROPA DEL ESTE

Esta sintonía entre los dirigentes españoles y las sociedades del este debe ser aprovechada. Es una circunstancia irrepetible para que España inicie una política de implicación directa con estas naciones. A pesar de la presencia de indudables diferencias culturales, que la han hecho aparecer en una nebulosa distancia a ojos de los españoles, es una región hacia la que hemos de buscar una inexorable cooperación política y económica.

Dentro de unos meses Polonia tendrá un peso similar a España en las instituciones de la UE y los votos de estas naciones serán necesarios para sacar adelante cualquier iniciativa. Es un error observarlas como rivales en la recepción de ayudas comunitarias; ofrecen por el contrario una oportunidad ventajosa para la iniciativa espiañola.

Son naciones que, si han realizado transiciones modélicas desde situaciones más difíciles que la española, aún tienen instituciones y partidos políticos débiles y sus procesos no pueden darse por concluidos. En Polonia, por ejemplo, ningún partido ha conseguido ser reelegido en el gobierno del país, lo que ha sido fuente de los consabidos problemas anejos a la inestabilidad.

Después de los acontecimientos de estos meses y del indudable impulso para la imagen internacional que supuso el encuentro de Azores, España tiene la opción de presentarse como una alternativa al modelo alemán pero, como siempre, serán los españoles los que deban asumir esta nueva responsabilidad. Los dirigentes políticos han abierto el camino, les corresponde a los ciudadanos aprovecharlo.

CENTROEUROPA

Es de sobra conocido el reproche habitual contra la vinculación atlántica de España, a cuenta del consiguiente debilitamiento de nuestra relación con Francia. Evidentemente, planteado como alternativas excluyentes, sí que lo es; pero la ventaja de los responsables españoles de la política internacional es precisamente que ninguna cancillería lo plantea en tales términos. Francia y España tienen demasiados intereses en común para llegar ahora a innecesarias desconfianzas.

Los dirigentes españoles y franceses han coincidido en muchas de las posiciones ante la reforma de la UE, especialmente en alguno de sus aspectos más sensibles. Además, el fenómeno del terrorismo afecta a las dos naciones ya sea en forma de ETA o de terrorismo corso, bretón o islamista. Sin embargo, es cierto que desde la crisis de Perejil, cuando Francia evitó una condena de la UE a la iniciativa marroquí, se habían visto afectadas algunas líneas de cooperación, pero la necesidad mutua de colaboración había superado ese escollo.

En la nueva época que se inicia con la fulgurante liberación de Bagdad, España puede desempeñar el papel de mediador entre unos enojados Estados Unidos y una Francia que puede quedarse descolgada del tren internacional si mantiene su alternativa no alineada.

CON EL MUNDO ÁRABE

Es cierto que España había mantenido unos lazos privilegiados con el mundo árabe, favorecidos, entre otras circunstancias, por el hecho de ser uno de los últimos países en reconocer el Estado de Israel y su apoyo a la causa palestina.

El vínculo con Estados Unidos supone un activo más en este ámbito. A lo largo de los meses que duró el conflicto iraquí las manifestaciones que se sucedieron en los países árabes fueron muy inferiores a las que ocurrieron durante la primera guerra del Golfo. Las matanzas de shiíes y kurdos hicieron inmoral el apoyo a Sadam Husein. Aun así ha existido en todo el mundo árabe una gran corriente de ira ante lo que se entendió era una agresión al pueblo de Iraq.

Los dirigentes de los países árabes, muchos de ellos en difíciles circunstancias, mantuvieron un doble lenguaje. De cara a su opinión pública condenaban el ataque, pero no dudaron en arbitrar una serie de medidas que facilitaron la acción de Estados Unidos y de la coalición; el precio del petróleo se mantuvo estable, las tropas pasaron por los diversos países y muchos de ellos (Kuwait, Arabia Saudí, Jordania, Qatar…) fueron bases de operaciones desde donde se iniciaba la ofensiva.

Hasta el momento, la política de Estados Unidos en el Golfo se había limitado a asegurar la independencia de Israel y garantizar su aprovisionamiento de crudo en Arabia Saudí. Tras el 11-S los dirigentes de la política americana se han convencido de la necesidad de llevar a cabo una iniciativa política de envergadura que concluya con una situación social y unos regímenes políticos que no son más que caldo de cultivo para la violencia.

España puede, una vez más, servir de facilitador en este proceso político. Su cercanía al mundo árabe y su experiencia en procesos de transición puede ser útil para unos y otros. Una prueba de ello fue el congreso sobre el futuro de Iraq que se organizó en Madrid los pasados 25, 26 y 27 de abril, en el que tomaron parte los más relevantes partidos iraquíes. Las conclusiones de lo que se ha denominado como la «Declaración de Madrid» suponen un importante punto de partida a la hora de la reconstrucción política de la nación iraquí, como incluso lo dio a entender el New York Times (29/04/2003) que se refirió ampliamente a estas conclusiones.

Junto a ello, España puede llevar a Estados Unidos a que se implique e introduzca en su agenda inmediata la resolución definitiva del conflicto en Palestina. Que los principales líderes de la política de Estados Unidos se refiriesen a Siria una vez concluida la intervención en Iraq puede interpretarse como una buena señal. No cabe olvidar que el propio Isaac Rabin entendía que antes de llegar a un acuerdo con los palestinos era necesario llegar a una paz con un país que cofinancia, junto a Irán, algunos de los principales grupos terroristas que suponen uno de los problemas más importantes para la paz de la zona.

Quizá el tono que emplearon no fue el más acertado para sosegar la zona. El respaldo a Abu Mazen y el paso de Arafat a un segundo plano son fases inaplazables que necesitan del máximo consenso internacional y en los que España disfruta de una posición inmejorable. El hecho de que el propio George W. Bush haya puesto en el 2005 la fecha de creación del Estado palestino es una apuesta realista y congruente con el calendario americano. La política del presidente Aznar, aprovechando el bagaje recibido e incorporando activos fundamentales como el vínculo atlántico, puede hacer de nuestro país verdadero vértice de un proceso del que parece que se aproxima a su recta final.

Sin duda, reducir el cambio que se ha dado en las coordenadas internacionales de la política española a contratos en la reconstrucción o seguidismo de la Administración Bush supone, cuando menos, un análisis miope. Es cierto que los dirigentes americanos no son los más simpáticos -especialmente si los comparamos con Clinton- y en ocasiones no son capaces de adecuar su discurso a la sensibilidad de los ciudadanos europeos, para los que el 11-S ha sido simplemente un acontecimiento televisivo.

El hecho de que hayan situado el terrorismo como la primera tarea de su agenda internacional es ya un sólido punto de partida para una estrecha vinculación con nuestro país. Por otro lado, es incuestionable que Estados Unidos es la única potencia que puede garantizar la seguridad a un país como el nuestro, enormemente deficitario de esta materia en un entorno que, a pesar de que nos neguemos a fijarnos en él, es, cuando menos, delicado. No hay que olvidar que la guerra civil en Argelia continúa en estado latente y que Marruecos vive en una compleja y difícil realidad política, en la que sólo el apoyo decidido de la comunidad internacional puede hacer que el régimen del majzen no termine descomponiéndose.

Es sobradamente conocido el cuento de Borges sobre el hombre que trató de dibujar el mundo con todos sus ríos y montañas y cuyo resultado fue su propio autorretrato; si nos detenemos a analizar la situación de nuestro entorno podamos ir viendo las oportunidades y amenazas que deben constituir la imagen de la política exterior española, de la que estas líneas no han sido más que un primer boceto.

Juan Pablo II filósofo de nuestro tiempo

Vivir en la Esperanza y predicar la Esperanza son rasgos distintivos de la personalidad de Juan Pablo II y de la obra histórica de sus primeros veinticinco años de pontificado. Una Esperanza que, siendo una virtud teologal, es capaz de inspirar las expectativas humanas contemporáneas, pues el mensaje cristiano las «acoge en su corazón» —así se lee en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo del Vaticano II, en cuya redacción tuvo un destacado papel el entonces arzobispo de Cracovia, para concluir poco después—: «Pues no hay nada que sea verdaderamente humano que no encuentre eco en el ánimo de los cristianos».

En abril de 1994, casi treinta años después de aprobada y promulgada esta conocida Constitución, la Gaudium et Spes, Juan Pablo II sorprendió a la Iglesia y al mundo con la publicación de un libro al que puso por título Cruzando el umbral de la Esperanza. Obra de cierta extensión —en la versión española ocupaba más de doscientas páginas—, de ella se harían ediciones en más de cincuenta idiomas, y en muy poco tiempo se habían vendido de él varios millones de ejemplares.

No es posible señalar claros precedentes de un trabajo de este tipo en los veinte siglos de pontificado romano. Hubo Papas en el Renacimiento y algunos anteriores que compusieron obras filosóficas e históricas, bellamente esmaltadas de apuntes autobiográficos, pero, comúnmente, los Papas han escrito sobre asuntos doctrinales y de gobierno de la Iglesia, que no constituyen, sin embargo, el núcleo del libro de Juan Pablo II que aquí comentamos.

En época contemporánea fueron publicadas las conversaciones de Jean Guitton con Pablo VI y las de André Frossard con el propio Juan Pablo II; se trata en ambos casos de obras importantes para la historia de los protagonistas y para la de la Iglesia, pero de un carácter distinto del libro del 1994.

Cruzando el umbral de la Esperanza es una obra enteramente singular. En cuanto a su género literario, podría definirse como un ensayo —ciertamente magistral— de un teólogo y filósofo cristiano que reflexiona sobre los temas de nuestro tiempo desde la excepcional atalaya de su posición y de su experiencia en la sede de Pedro, en uno de los periodos más agitados, cambiantes y difíciles de la historia de la Edad Moderna.

La singular peripecia del texto ha sido referida por el conocido escritor italiano Vittorio Messori en la Introducción con que presenta el volumen. La dirección de la RAI había encargado a Messori la redacción de un elenco de asuntos sobre los que se invitaría a pronunciarse al Papa en una entrevista televisada, prevista para octubre de 1993, con ocasión de los quince años de su pontificado. Juan Pablo II había aceptado la invitación, pero cuando se acercaba el momento, por razones de calendario y de agenda (visita a Roma y al Vaticano del emperador del Japón y un primer viaje inaplazable y de urgencia a los países bálticos), más las dificultades técnicas de un proyecto tan ambicioso, forzaron la suspensión del plan ideado por la cadena de televisión.

Las treinta y tantas páginas que ocupaban las cuestiones que el escritor italiano habría querido plantear al Papa, y que se habían hecho llegar a la Santa Sede, se encontraban en el palacio Vaticano. Lo que Messori no pensaba ni podía sospechar es que estaban sobre la mesa de trabajo de Juan Pablo II, que había decidido responder a ellas en cuanto pudiera dedicarles el tiempo necesario para hacer justicia a tan importantes y diversos temas como los que allí se planteaban. De ahí la sorpresa del escritor cuando, un día de abril de 1994, el director de la oficina de prensa de la Santa Sede, el español Joaquín Navarro Valls, le trasladó un mensaje del Papa en que decía que las preguntas planteadas por él le habían interesado y que había trabajado sobre ellas con el fin de responderlas, en los escasos ratos libres de que podía ir disponiendo.

Poco más tarde, volvió Navarro Valls a visitar a Messori, pero esta vez con un abultado sobre blanco que contenía los textos de las doscientas páginas del libro de la esperanza, escritos de puño y letra, con un trazo firme, por Juan Pablo II en lengua polaca.

El cuestionario versaba sobre lo divino y lo humano, temas que en esta época se plantean con buena voluntad mucha gente ilustrada y reflexiva. Empezaba por preguntar qué es el Papa —un misterio para muchos fieles y un escándalo para otras personas de fuera de la Iglesia o de la cultura cristiana— para, enseguida, abordar las grandes cuestiones teológicas: si existe Dios y si es tal como los cristianos creen; por qué se esconde y por qué hay tanto mal en el mundo; y si ese Dios existe, qué tiene que ver con los hombres y los hombres con Él, y cómo se pueden comunicar éstos con ese Ser Supremo; y qué es rezar y qué sentido tiene, etc.

A éstas seguían otras preguntas no menos importantes: la Iglesia y las otras confesiones; qué es el ecumenismo y qué porvenir le aguarda; y las otras religiones, los judíos y los musulmanes, Buda y sus devotos, ¿qué son para el Papa y para los cristianos? ¿No estarán éstos en minoría y destinados a convertirse en restos del pasado?

Juan Pablo II no había dejado de responder a ninguno de los treinta y cinco puntos del cuestionario de Messori. Leyendo sus contestaciones, se llega a la conclusión de que conoce bien los problemas, que distingue las voces de los ecos, que valora las luces y las sombras y que tiene en todos los asuntos que se le plantean una posición firme, comprensiva, profunda y generosa y, lo que es aún más atrayente, transida de Esperanza.

El Concilio es un tema recurrente en las más diversas secciones del libro. Juan Pablo II ve en él el punto de partida de una renovación cualitativa de la Iglesia misma, abierta y modernizadora como es, y que se enfrenta con una nueva evangelización, que no puede dejar de ser en el fondo —y en muchas de sus formas— la evangelización de siempre.

Pero, antiguo profesor de filosofía cristiana y de ética, Juan Pablo II se había propuesto desde joven captar la filosofía moderna, como dice su biógrafo Weigel empleando la expresión de un texto de Woitila, «en sus propios términos». Aprendió bien el alemán y estudió la ética kantiana, según la cual, sin otra referencia que la de su mundo interior, el hombre «se reconoce a sí mismo como un ser ético, capaz de actuar según los criterios del bien y del mal, y no solamente según la utilidad o el placer».

El descubrimiento de Woitila —no mencionado expresamente en el libro de la esperanza, porque quedaría fuera de su contexto al ser principalmente una referencia biográfica—, se produjo con el estudio de Max Scheler, al que dedicó la primera de sus tesis universitarias. Weigel ha resumido en pocas líneas las conclusiones de la evaluación que hacía el joven profesor polaco de la ética de Scheler. De inspiración fenomenológica, esta ética es un instrumento importante para ahondar en diversas dimensiones de la experiencia humana, pero no se asienta en una teoría que ofrezca al hombre la vía para llegar a la verdad de las cosas. Si a cada individuo no le fuese necesario tomar opciones como ser moral, se le privaría de la cualidad que mejor le caracteriza como ser humano: el drama de la libertad, con su tensión esencial para dirimir entre el bien y el mal, por razones objetivas.

Pero el filósofo Woitila vio enriquecido su pensamiento filosófico —o más bien su metodología— con lo que aprendió de los fenomenólogos, discípulos de Husserl. De ahí su simpatía por Von Hildebrandt y su devoción por Edith Stein, a la que tuvo la satisfacción de canonizar como santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Para el autor del libro de la esperanza es una buena noticia que la mentalidad positivista, antigua dominadora de los siglos XIX y el XX, «en cierto sentido» —dice prudentemente— se bata en retirada. La razón humana no está «totalmente sometida a los sentidos ni interiormente dirigida por las leyes de la Matemática, útiles para ordenar los fenómenos de manera racional y orientar los procesos del progreso técnico. Para esa mentalidad positivista, conceptos como Dios o el alma, carecen de sentido».

No sólo la experiencia humana, también la experiencia moral e incluso la experiencia religiosa, a las que pueden apuntar los fenomenólogos, muestran que existen el bien y el mal, la verdad y la belleza, y también Dios, aunque El no cae bajo la experiencia humana, porque «nadie lo ha visto ni lo puede ver»: es objeto de conocimiento sobre la base de la experiencia que el hombre tiene «tanto del mundo visible como del mundo interior».

El filósofo Woitila, en resumen, había abrazado un modo de hacer filosofía que sintetiza en la práctica el realismo metafísico de Aristóteles y de santo Tomas con la sensibilidad frente a la experiencia humana de los fenomenólogos, en los que había ahondado estudiando a Scheler. El conocimiento no es exclusivamente sensorial, sino que a través de lo sensorial se llega a verdades extrasensoriales o transempíricas.

En el libro de la esperanza, llama particularmente la atención el interés con que el Papa Juan Pablo II sigue el curso y el sentido de la corrientes de la filosofía moderna que habían florecido después de su época de estudiante y profesor universitario y llegan hasta los años de su pontificado romano.

En esta obra se destaca que el pensamiento contemporáneo, a medida que se ha ido alejando del positivismo, ha avanzado en un descubrimiento cada vez más completo del hombre y del valor del lenguaje, incluidos el metafórico y el simbólico. La hermenéutica de Ricoeur y otros —entre ellos su muy querido Levinas— muestra desde nuevas perspectivas la verdad del mundo y del hombre.

Para Juan Pablo II es muy importante la filosofía de la religión, la de Mircea Eliade y la del polaco Jaworski y la escuela de Lublin: «Somos testigos —escribe— de un significativo retorno a la metafísica (filosofía del ser) a través de una antropología integral».

El capítulo quinto del libro de la esperanza termina con una referencia a los filósofos del diálogo, principalmente Buber y Levinas, ambos judíos, y el primero profesor largos años en Jerusalén. Su «camino pasa no tanto a través del ser y de la existencia, como a través de las personas y de su relación mutua, a través del yo y del tú».

Pero Juan Pablo II es ante todo maestro de espiritualidad y teólogo profundo: «La vida.humana es un coexistir en dimensión cotidiana —tú y y o — y también en la dimensión absoluta —yo y Tú—. Es el Tú de la Biblia, el Dios de Abrahan, de Isaac, de Jacob y de los Padres, y después el Dios de Jesucristo y de los apóstoles, el Dios de nuestra fe».

El filósofo ha pasado a la teología y a la teología espiritual: «Nuestra fe —escribe— es profundamente antropológica, está enraizada en la comunión con ese eterno Tú. Está en la línea de la Creación, de la que es su prolongación, y al mismo tiempo, es, como enseña san Pablo, «la eterna elección del hombre en el Verbo que es el Hijo»».

Testigo de Esperanza, Juan Pablo II es también filósofo de nuestro tiempo, un filósofo moderno que sin dejarse encerrar por la barrera con que se quiere mantener el hiato entre razón y fe, muestra cómo desde el pensamiento filosófico, inspirado por la Escritura y por la tradición cristiana, bajo la guía del Magisterio, se llega a ver iluminada la vida por el resplandor de la Esperanza.

Semblanza y parlamento de un misántropo

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Recuerdo haber descubierto por vez primera los dibujos de Chumy Chúmez en las páginas del Blanco y Negro. Aquellos muertos coloreados a lo Matisse, aquella deformación expresionista pienso ahora que no debían de agradar mucho a las gentes de la buena sociedad que leían la revista a la hora del aperitivo. Chumy ironizaba sobre el subgénero del humor negro, que cultivó como nadie, recomendando a los jóvenes dibujantes que no siguieran ese camino. En realidad, ocuparse de la muerte era un modo de familiarizarse con ella, como los hombres del Medioevo. Sus chistes eran no sólo escenario de macabros esqueletos ventrílocuos con el cráneo en forma de bombilla, sino de todo un ritual de agresividad física o verbal. El sarcasmo en que se regodeaba su ya emblemática saga de Caínes con chaqué y cabalgadura humana siempre me ha parecido cercano al que destila el narrador de En la colonia penitenciaria de Kafka. En ambos casos, se trata de tallar hasta el milímetro todas las circunvalaciones del sadismo, la locura y la impiedad del ser humano. Desde los años gloriosos de Hermano Lobo, su sistema de valores no había experimentado grandes cambios; seguía clasificando con placer todos los hongos venenosos del gran capital: el imperialismo yanqui, la industria del consumismo, la mitología futurista de la velocidad sobre cuatro ruedas… Su humor nos dolía y nos curaba.

Dijo que él fue feliz durante la guerra y casi nadie lo entendió. Pero el tiempo sin tiempo de la infancia, de patios y arboledas violentos, es siempre un mito, una estación propia difícilmente contestable por la Historia, que siempre sucede en otro lado. Desaparecido Diario 16, Chumy Chúmez había dejado de colaborar en la prensa diaria. Parecía el colmo de la incongruencia que uno de los grandes dibujantes de la historia de la prensa española de todos los tiempos, junto a Enrique Herreros, no fuera requerido de inmediato por otro periódico. Sin embargo, a él no parecía inquietarle; es más, daba la sensación de que se sentía casi aliviado: lo suyo era la pintura; así que el tiempo impuesto por la disciplina del chiste gráfico diario lo dedicaría a estudiar a los clásicos y a dibujar del natural. A diferencia de la mayoría de sus colegas, que se cobijaban mansos y arrogantes en los pabellones del comentario político-costumbrista, los chistes de Chumy no solían parapetarse en la actualidad, y, como sucede con los grandes satíricos, se decantaban por los temas eternos, universales. Difícil reconciliar el discurso informativo con el arte goyesco y brut de un dibujante que no pretende provocar la sonrisa o la reflexión sobre un acontecimiento conocido por el lector, sino que prefiere irritarlo, cambiarle el humor, vaciarle una jarra helada de perplejidad en plena nuca, como precaución o ascesis para mirar el mundo sin veladuras, sin el catéter profiláctico y duro que fabrican los propios mass-media con el pretexto de que si el sediento lector no recibe a tiempo el precipitado de plasma e ideología morirá de consunción. Me atrevería a decir que Chumy Chúmez no fue un creador de chistes gráficos, sino, más bien, un pintor que alternaba el lienzo con el papel prensa. El chiste gráfico de Chumy solía ser un enorme agujero negro en donde de diluía la función informativo-interpretativa. Nacía dentro del diario, pero no se alimentaba de su savia; era más bien una verruga sombría, un nudo áspero e hirsuto, una descarga libidibal (creo que Chumy, devoto de Freud, aprobaría el adjetivo) en medio de un contexto muchas veces repetitivo y saturado. Frente a la simétrica distribución en columnas y a las letras de imprenta brotaba de pronto una caligrafía caprichosa y un pincel derramado y turbulento. La mano que trazaba esas líneas nos embozaba dentro de una realidad fantasmática y ambigua de la que por fortuna podíamos distanciarnos pensando que era producto del artero ingenio humano, pero que al mismo tiempo mordía como los dientes afilados de un escualo.

Sí, Chumy Chúmez tenía un concepto poco periodístico del chiste gráfico. Sus trabajos eran como esa avispa que se posa de repente en el diario mientras tomamos el desayuno en el jardín: un acto reflejo hace que sacudamos el periódico temiendo la picadura, aunque lo más sensato sea esperar unos minutos, mirar con curiosidad al insecto mientras merodea por entre los pliegues de las hojas, su rara belleza. He escrito avispa, pero también podría haber escrito cucaracha. De ese modo volveríamos a Kafka.

El secreto el ahorcado

Poca importancia tiene saber cómo me he enterado de lo que a continuación se expone, y es también de poca monta conocer por quién lo he sabido… Lo principal es que él fue ahorcado, y he aquí su historia:

—¿Cómo es —le pregunté— que fuese usted… ? —no me atreví a pronunciar la palabra ahorcado, por miedo a herir su sensibilidad y delicadeza; pero suplí el vocablo con un ademán expresivo.

—¿Cómo es que fui ahorcado? —me respondió con ronco acento—. ¿Usted quiere saberlo todo, no es eso?

Estaba sentado enfrente de mí, al otro extremo de la mesa de nogal, en mangas de camisa y con los pies descalzos en el suelo. Un círculo de color de humo le rodeaba los ojos, más bien esféricos que ovalados, cuyas paradas pupilas, que relucían con brillo vidrioso en el centro de sus órbitas, más que pupilas humanas parecían de fiera. También su frente semejaba la de un espectro: era azul, violada, amarilla, como una contusión que llevara cinco días de fecha. De la barba y de los lóbulos de las orejas manaba un sudor viscoso. Cuando la brisa del mar, que por momentos penetraba a través de las persianas entreabiertas de mi ventana (pues reinaba sofocante calor aquella noche), movía las largas sortijas de su ruda cabellera, hubierais podido creer ver retorcerse ante vosotros las serpientes de las Euménides. Los dedos de sus flacas manos encorvábanse ligeramente hacia dentro por efecto de alguna rigidez muscular independiente de su voluntad, y finalmente, noté que todos los miembros le temblaban con un estremecimiento espasmódico, con el carácter de la agitación que precede o sigue a un ataque de tétanos.

Le había dado yo un cigarro. Después de mojar la punta entre los labios, y volviendo las miradas hacia el lado en donde yo estaba, aunque encaminándolas a la pared más bien que a las mías, prosiguió:

—Es inútil. Puede usted torturarme, desollarme vivo, raerme la piel con limas roñosas…, bañarme luego en vinagre y frotarme los párpados con pólvora de cañón…, mas no podré decirle dónde está el niño. No lo sé… ¡Nunca lo he sabido! ¿Cómo convencer a usted de que ni lo sé ni lo he sabido nunca?

—Querido amigo —díjele entonces—, parece que no observa usted que, lejos de rogarle me comunique en dónde se halla el niño a quien hace usted alusión, no tengo ni siquiera la menor curiosidad de saber cosa alguna que concierna a ese niño o a otro cualquiera. Permítame hacerle notar que no veo la menor conexión entre un niño y el hecho de haber sido usted colgado.

—¿Ninguna conexión? —repitió con vehemencia—. Pues si precisamente… esa es la causa. Si no fuera por ese niño, nunca me habrían ahorcado.

Balbució algunas palabras más acerca del niño, y yo le puse al alcance de la mano la botella de Burdeos (expuesto, como estoy, a que me despierten y llamen de fuera a cualquier hora de la noche, hallo en ese vino una bebida más ligera que ninguna otra). El llenó un vaso que, más bien que beberlo, lo vació en su garganta; y note que tenía los labios tan secos, que el líquido introducido dejó en ellos glóbulos como las gotas de agua que se forman en un tafetán aceitado. Al fin comenzó su relato:

—Tuve la desgracia de nacer hace unos treinta años. Era yo heredero de un doble infortunio; pues mi madre acababa de quedar viuda cuando nací y murió al darme a luz. ¿Cuál era mi verdadero apellido antes del nombre supuesto que ha sido la maldición fatal de mi vida? No se lo diré a usted; pero no era uno de esos nombres sonoros realzados por un título aristocrático, pues mi padre era un modesto comerciante y mi madre había sido sirvienta asalariada, antes de ser su esposa. Dos parientes vinieron en auxilio del huérfano. Eran mis tíos; uno, hermano de mi padre; el otro, hermano de mi madre. El primero era marino retirado, rico y soltero; el otro, un especiero que continuaba su comercio, era viudo y tenía una hija única, y sus negocios no iban muy bien. Uno y otro odiábanse cordialmente, con esa especie de aversión fría y vigilante que el gato feroz siente por el perro, al que no se atreve a ser el primero en atacar.

Catorce años estuvieron ambos tíos jugando al volante con su pobre sobrino, enviándoselo sin cesar y maltratándole con la misma crueldad. ¡Miserable juego! Ora era mi tío Collerer quien descubría que estaba yo condenado a morir de hambre por el tío Morbus, y me cogía bajo su protección, ora el tío Morbus quien se indignaba contra el tío Collerer cuando éste me había pegado, y quien insistía en que regresase y bajo su techo. Uno y otro me pegaban; uno y otro matábanme de hambre. Con la astucia instintiva que el tratamiento brutal inspira al niño más estúpido, yo hacía cuanto podía para no cansar a mis dos tíos. Y sólo podía conseguirlo alimentando el odio que se habían consagrado mutuamente. No me hacía propicio al tío Collerer, sino maldiciendo del tío Morbus; no me reconciliaba con el tío Mobus, sino hablando peor aún del tío Collerer; pero no creo que fuese yo culpable de una gran injusticia para con ellos, pues eran dos viejos malos; y me hubieran dejado perecer realmente en medio del arroyo, si no pensase cada uno de ellos que, aparentando protegerme, haría, naturalmente, rabiar a su enemigo.

Cuando llegué a los quince años, consideré que debía elegir de una vez para siempre entre mis dos tíos, no fuera que, a fuerza de ir de éste a aquél, acabase por quedarme en el suelo, solo. Era cosa muy natural que prefiriera el tío rico, el marino retirado, al señor Collerer; y aunque éste sospechase con razón que sólo me unía a él por causa de su dinero, pareció, a falta de cariño, contentarse del todo con la antipatía cordial que tenía yo a mi tío Morbus. Y hasta evité ver a este último. Permanecí tres años sin poner los pies en su casa, y si le encontraba en la calle, me iba a la otra acera, dejándole amenazarme con el puño y llamarme perro ingrato.

Aunque el tío Collerer había renunciado al mar, no renunció a ganar dinero en tierra. Prestaba con usura y en hipotecas. Pronto fui su brazo derecho, ayudándole a estrujar a los necesitados, a descontar pagarés de modestos negociantes y a facilitar a hijos de familia pródigos los medios de devorar anticipadamente la herencia paterna. Mi tío reconoció que no me faltaba inteligencia; hasta se le escapó declarar que merecía ser su sucesor a su muerte. Pero no por eso era más generoso en vida, y yo padecía personalmente su parsimonia; mas la esperanza en lo por venir dábame paciencia para soportar lo presente. Esperaba. Debo añadir que, por otra parte, justificábame a mis propios ojos otra esperanza a más de la de heredar solo a mi tío.

He dicho que el tío-especiero tenía una hija. Yo no confundía a María Morbus con su padre. Durante nuestra infancia, ni siquiera sospeché mi cariño a mi prima, pues ese cariño no siempre reprimía mis malos instintos, cuando, abusando de mi fuerza contra una niñita delicada, la atormentaba y le quitaba sus juguetes; pero al crecer, noté que era bella, muy bella; la amé, se lo dije e hice que me amase. Entonces estaba yo instalado en casa del tío Collerer. Yo citaba a María en el parque lindante con la casa de su padre, y María venía a escondidas. Apenas tenía yo por qué agradar a una joven, con mi rostro lívido, los cabellos enmarañados y mi hablar sin elegancia; pero había en María Morbus una secreta necesidad de amar; su corazón creyó fácilmente en la sinceridad del mío. Ese amor compartido puso una a modo de aureola en toda mi existencia; yo vivía de ese amor y para ese amor: tenía fe en todas las esperanzas que en mí despertaba; y a pesar de nuestra absoluta dependencia, María, de su padre, y yo de mí tío Collerer; no obstante el odio feroz que alimentaban esos dos hombres; sin embargo del obstáculo infranqueable que ese odio parecía alzar entre María y yo, nos amábamos, seguíamos esperando, teníamos confianza en la fortuna…, la aguardábamos juntos.

Una noche, a la hora de cenar —cena que generalmente consistía en un trozo de queso y en cortezas de pan rociadas con una pinta de cerveza—, noté que el tío Collerer parecía a la vez más sombrío y malicioso que de ordinario. Hablaba poco y mordía el pan como si satisficiera su odio en él. Terminada la cena fuese a un viejo escritorio carcomido, en donde guardaba los papeles y valores comerciales. Sacó de allí un fajo de papeles, desató la cinta y empezó a leer; yo apenas me preocupaba de ello, porque su lectura favorita de cada noche consistía en la revisión de letras y créditos hipotecarios. Las vísperas del vencimiento, pasaba horas enteras comprobando los aceptos y endosos, continuando la comprobación en sus sueños nocturnos. Aquel día, suponía yo que no hacía otra cosa; pero así que hubo clasificado esos documentos, que tomaba yo por papel sellado, me echó el paquete; luego, salió sin pronunciar una palabra, y en el ruido de sus pasos en la escalera, conocí que se encaminaba a mi cuarto, situado en el piso más alto de la casa.

Abrí el paquete, con mano temblorosa y cierto presentimiento en el corazón. En él hallé cuantas cartas había escrito yo a María Morbus. Todo pareció dar vueltas en torno mío, y los caracteres de dichas cartas mezcláronse ante mis ojos con una danza infernal. En vano intenté leer una línea, encontrar de nuevo la frase que desde hacía tantos años estaba estereotipada en mi corazón… Mi propia letra era gringo para mí…

Volvió mi tío; traía consigo una maletita negra en donde guardaba yo todo cuanto me era dado creer que era mío.

—Tengo una llave que la abre —me dijo Collerer—, y he leído todas las amables cartas que te ha dirigido esa muchacha loca. Pero aún me han edificado más las tuyas, que recibí anoche de manos de tu tío Morbus… ¡que el diablo lo lleve! ¿Conque yo soy un viejo avaro, eh? ¿Conque vives de esperanzas, eh? La esperanza es buena nodriza y amable aduladora, amigo mío… No tengo que decirte más que dos palabras —prosiguió mi tío, tras unos minutos de silencio, durante los cuales gozó tranquilamente de mi consternación—. En esta maleta están todos tus guiñapos. O renuncias a María Morbus, renuncias a ella para siempre y le escribes una carta que voy a dictarte, o te marchas inmediatamente, y que no vuelva yo a verte por aquí. Decídete ahora mismo, te lo ruego.

Al decir estas palabras, llenó la pipa, y después de encenderla, sentóse fumando, en tanto que yo me pasmaba en su presencia. El amor, el miedo, el interés, la avaricia —¡maldita avaricia!— se disputaban mi alma y la arrastraban alternativamente. Al fin, una inspiración cobarde aconsejóme disimular, ganar tiempo. «Puedo, pensaba yo, fingir renunciar a María y asegurarle secretamente mi cortesía. ¿No podré seguir esperando, con este doble juego, la herencia de mi tío?». Para mi vergüenza, esta resolución satisfizo a la vez mi cobardía y mi amor; me declaré pronto a aceptar las condiciones de mi tío.

—Escribe, pues —dijo, echándome un pliego de papel y una pluma—, escribe.

Cogí la pluma y escribí maquinalmente lo que me dictó, sin que pueda recordar hoy los términos…, algunas frases abyectas, supongo, que expresaban mi decisión de olvidar mi amor por María.

—Está muy bien, sobrino —dijo mi tío, así que hube acabado—; no necesitamos doblar la carta, ni sellarla ni enviarla por correo; porque…, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, podemos entregarla en mano.

El cuarto en que sucedía esto no estaba separado de otro más que por una puerta de dos hojas. Mi tío Collerer empujó esa puerta, la abrió y, al mismo tiempo, con un saludo burlón, introdujo a mi tío Morbus, acompañado de mi prima.

—He aquí una carta para usted —dijo el viejo avaro—; una carta de su fiel amante; pero, apenas le hará falta leerla: habrá podido usted oírlo todo, ¿verdad?, y admirar la docilidad de este sobrino querido… Creo haber hablado bastante alto, aunque soy asmático y aunque todo esto no haya de durar mucho tiempo… ¿Eh, sobrino?

La última frase era una cita de mis cartas.

Al coger de manos de Collerer la carta, María temblaba; pero, cuando, turbado ya por el remordimiento, le supliqué que me mirase; cuando, con el acento más apasionado, le rogué que creyera que yo seguía siéndole fiel, ella me aniquiló con una mirada llena de desdeñosa incredulidad; luego, arrugando el papel entre los dedos, lo tiró con desprecio.

Llegó el turno al tío Morbus, quien, con voz de falsete, me dijo:.

—¿Tú casarte con mi hija…? ¿Tú…? Al morir tu padre, debía más de lo que tenía. Hasta a mí me debía, y aún me debe. ¿Por qué no habrá una ley que obligue a los hijos a pagar las deudas de los padres…? ¡Casarte tú con mi hija…! ¿Crees que aceptaría yo por yerno al hijo de tu padre…, al sobrino de tu tío?

Este último rasgo me revelaba que mis dos tíos, acordes un momento, no tardarían en volver a las hostilidades. Un rayo de esperanza brotó ante mis ojos.

—¡Salgan de mi casa usted y su hija! —exclamó el tío Collerer—. Usted me ha secundado, y yo se lo he devuelto; estamos en paz. Salga.

Oí a ambos enemigos disputar todavía en el pasillo; oí los sollozos de María. Después, cerróse violentamente la puerta de la calle y volvió a mí el tío Collerer.

—Supongo que estará usted satisfecho ahora, tío —le dije.

—¡Satisfecho! —exclamó agarrando la gran tinaja de barro en donde tenía el tabaco, cual si quisiera tirármela a la cabeza—.¡Satisfecho…! ¡Yo sí que te satisfaré a ti, granuja! ¡Vete! Y que no vuelva yo a ver tu perra cara.

—Supongo que no pensará usted despedirme, tío… —le dije tartamudeando.

—¡Levanta el campo con todos tus trastos! —repitió el tío—. Si te quedas un minuto más, voy a buscar a la policía. ¡Vete! — Y me indicó la puerta.

—Pero ¿dónde he de ir? —le pregunté.

—Vete a mendigar —dijo mi tío—, o vete a humillarte a los pies de tu querido tío Morbus… ¡Vete al demonio!

Hablando así, abrió la puerta, empujó con el pie mi maleta hasta el vestíbulo, me echó a empellones a la calle, y tras de mí la maleta, y cuando quise volverme, me dio con la puerta en las narices.

Me encontré solo en la calle, a las doce de la noche.

Fui a dormir a un café. Llevaba algunos chelines en el bolsillo y, a la mañana siguiente, fui a albergarme al fondo de una callejuela entre Gray’s Inn y Leather-Lane, en el barrio de Holborn, en donde alquilé un cuartito en la cumbre de la casa, mediante algunos chelines semanales. En la calleja hormigueaban chiquillos sucios y andrajosos; mi cuarto era más bien un granero, y si abría la ventana, no podía ver más que una estrecha faja de cielo con gran confusión de chimeneas ahumadas, cañerías, goteras y tejados negros de hollín, con el gran campanario de ladrillo de una iglesia que lo dominaba todo… Nunca supe dónde estaba la nave de esa iglesia.

Escribí carta sobre carta a mis tíos y a María, sin recibir nunca contestación. Erraba todo el día por las calles, haciendo todas mis comidas con panes de un penique y fiambres. Iba a buscar la cama antes de terminar el día, y allí invocaba las tinieblas; luego, llegadas éstas, llamaba yo gimiendo la vuelta de la luz. No conocía a nadie a quien dirigirme para obtener colocación. La casa en donde vivía estaba llena de refugiados extranjeros y saltimbanquis cuya jerga no podía yo entender. Poco a poco se agotó mi pequeño peculio y, a los diez días, mi espíritu estaba ya maduro para el suicidio. Esa madurez no se adquiere sino gradualmente. Hay que sentirse aislado en una ciudad populosa, buscando en vano un amigo; hay que palpar la bolsa casi vacía, después de haber vendido al trapero un chaleco y un frac… y pronto tendréis esa disposición de ánimo que los jueces de instrucción y los jurados llaman insanidad temporal. Tomé, pues, la resolución de morir. Empleé mi última moneda en comprar láudano en diferentes farmacias, pidiendo por valor de un penique a cada boticario, so pretexto de calmarme el dolor de muelas. Así que hube reunido el conjunto en una botella que había en mi lavabo, cerré la puerta, me senté en la maleta, e intenté rezar… No pude hacerlo.

Eran poco más o menos las nueve de la noche, en el mes de julio, y en mi cuarto reinaba esa semioscuridad que vulgarmente se llama entre dos luces.

De pronto, por el lado de mi ventana, abierta de par en par, estalla un ruido confuso, con un barullo de voces en lengua completamente ininteligible para mí. A ese tumulto, sucede un pistoletazo; lo oigo hoy tan claramente como lo oí hace veinte años; y tras ese primer disparo, otro.

Miré hacia la ventana y vi dos manos ensangrentadas que se asían al alféizar; al mismo tiempo, una voz imploraba socorro por amor de Dios. Sin saber apenas lo que hacía, atraje a mí, en mi cuarto, el cuerpo de un hombre cuyo rostro no era ya sino una máscara roja. Cuando le hube ayudado a entrar, mantúvose en pie, clavando en mí unos ojos que semejaban la mancha ardiente que uno cree ver después de haber fijado un rato la vista en el sol. Después, empezó a vacilar y rodó por el cuarto, agarrándose a las cortinas de la ventana, a la mesa, a la pared, dejando por todas partes huellas de sangre; y yo le seguí con angustia hasta que cayó de cara en la cama.

Encendí una vela como pude. Aquel hombre estaba muerto; tenía tan estropeado el rostro, que no era posible distinguir un solo rasgo de su fisonomía. Debían de haberle dado el tiro en medio de la cara. A su vez, traía en la mano izquierda una pistola recién descargada.

Permanecí unos veinte minutos al lado del cadáver, esperando las consecuencias de la alarma que naturalmente había de provocar semejante suceso, y reflexionando lo que yo haría; pero todo quedó silencioso como una tumba. En la casa, nadie parecía haber oído el disparo; nadie parecía haber prestado atención afuera. Miré por la ventana; no vi el menor movimiento, y la noche envolvía en su más densa oscuridad la masa de los tejados y chimeneas. Sólo la luz de mi vela reflejábase en un charco de sangre en el cinc de los tejados.

Empecé a pensar que podrían acusarme de haber asesinado a aquel desconocido. Yo, que momentos antes me preparaba para una muerte violenta; yo, que quería dármela a mí mismo, eché a temblar como un azogado al pensar en el patíbulo. Procuré luego convencerme de que todo aquello no era más que un sueño horrible. Mas no; allí, en mí lecho, había un hombre asesinado, y en derredor de mi cuarto estaban las huellas de sus manos ensangrentadas.

Examiné más minuciosamente el cuerpo: el muerto era casi exactamente de mi estatura y corpulencia. No podía yo calcular su edad, pero tenía cabellos largos y negros como los míos. En uno de sus bolsillos encontré una cartera que contenía varias hojas de papel llenas de caracteres que me parecieron pertenecer a otro alfabeto distinto del nuestro; y junto a ellas, un fajo de billetes del Banco de Inglaterra. Un reloj de oro le guarnecía el bolsillo del pantalón, y un cinturón de seda contenía 200 soberanos de oro y algunos luises de oro franceses.

Ignoro cuál fuese el demonio que permanecía a mi lado durante esa inspección; mas pronto determiné el plan que me sedujo. Decidí sustituir el muerto por el vivo y el vivo por el muerto. En menos tiempo del que empleo en contarlo, despojé de la cartera, del oro y del reloj al cadáver. Quitéle también el vestido, y, deslizando debajo de la cama la vela encendida, bajé rápidamente la escalera; no hallé a nadie en la puerta ni en la calleja; nadie me persiguió, y gané la gran calle de Holborn, pasando inadvertido. Después de caminar durante una hora, volví sobre mis pasos, con la curiosidad de saber lo que sucedía por mi barrio. La voz de fuego, habíalo al fin despertado: los bomberos acudían con la máquina, que rodaba estrepitosamente por el adoquinado.

—¿En dónde se ha declarado el incendio? —pregunté con indiferencia.

—En una casa del callejón de Gray’s-Inn —me contestaron.

Al día siguiente, me guardé mucho de aparecer por los alrededores de Holborn; pasé todo el día errando de taberna en taberna por el arrabal de Surrey. Allí fue donde, a los dos días, leía en un periódico el siguiente párrafo:

HORRIBLE SUICIDIO E INCENDIO
ENGRAY’S-INN-LANE

«Durante la noche del miércoles al jueves, los habitantes de Gray’s-Inn-Lane se alarmaron por los torbellinos de humo que salían de las ventanas del número 5 de la calle de Hustle, casa que alquilaba habitaciones amuebladas. El dueño de ella, señor Pióse, que forzó la puerta de una buhardilla del tercer piso, vio que ahí se había suicidado el inquilino M…, levantándose la tapa de los sesos con una pistola. El desdichado tenía aún empuñada el arma fatal. Sea por ignición de la borra, sea por cualquier otra causa, el fuego se comunicó a las sábanas, a las mantas y, finalmente, a los colchones: todo ello ha quedado consumido, así como también parte de los muebles del cuarto. Los bomberos de la brigada de la Compañía del Sur no tardaron en llegar al teatro del incendio y consiguieron reducir sus estragos. El cuerpo y el rostro de la víctima estaban horriblemente desfigurados, en parte por el pistoletazo y en parte por las llamas; pero lo que ha quedado intacto de sus documentos y enseres, basta para que se haya establecido su identidad. No se conoce la causa del suicidio. M… no tenía brillante posición; pero sí parientes que no le hubieran dejado en la necesidad, y si su existencia se hubiese prolongado unas horas, hubiera sabido la misma mañana, al despertar, que heredaba una fortuna de 30.000 libras, de su tío Gripple Collerer, Esq. de Raglan Street, fallecido dos días antes, y que le había nombrado heredero universal. El vigilante de la parroquia, señor Pylms, con la inteligencia y actividad de siempre, recogió inmediatamente estas circunstancias, y el coroner, que acudió al lugar del suceso, ha certificado la defunción.

Yo lo había perdido todo, mi nombre, mi existencia propia, treinta mil libras esterlinas; ¡y todo eso por cuatrocientas libras en oro o en billetes de banco!

—Adivino lo demás —dije yo mientras se interrumpía para tomar aliento el que había sido ahorcado—. Se presentó usted mismo, para recobrar su libertad, y en vez de conseguirlo, fue condenado como asesino e incendiario.

Esperaba yo su respuesta. El había encendido otro cigarro, y fumaba. Al verle tan tranquilo, creí prudente no excitarle con nuevas preguntas, y esperé con paciencia que volviera a tomar la palabra. No tardó en proseguir su relato en estos términos:

— Se equivoca usted; lo que yo me volví aquella noche aciaga, continúo siéndolo, si es que soy algo. Me resigné, por miedo a cosa peor. El mismo día en que el periódico me anunciaba que mi suicidio estaba consumado del todo, salí de Londres, resuelto a huir del suelo de Inglaterra. Fui a Hull, en donde habiendo encontrado un barco que se hacía a la vela para Hamburgo, me embarqué rumbo a esa ciudad.

En ella viví seis meses en una fonda, frugal y solitariamente, procurando aprender alemán; porque había acabado por saber que estaban en esa lengua los papeles manuscritos de la cartera. No era yo estudiante capaz de rápidos progresos; pero, al cabo de seis meses, los había hecho suficientes para saber que el muerto por quien yo me había sustituido se llamaba Müller y había viajado por Rusia, Francia y América. Empecé por intentar traducir los trozos de un diario que él redactó en el último país; pero no contenía casi más que sus impresiones de viaje. Ya hacía, acá y acullá, algunas alusiones a su secreto, a la misión de que estaba encargado; pero para mí era imposible descubrir lo que eran esa misión y ese secreto. Mencionábanse también una pastora, un antílope y un tigre azul, probablemente designaciones de personas con quienes estaría en contacto. La mayoría de los documentos estaba cifrada, y faltábame la clave.

Adopté el nombre de Müller, por ser el del hombre que en adelante representaba yo en el mundo de los vivos; pero en Hamburgo había centenares de Müllers; ¿quién podría fijarse en un Müller más?

Solía yo ir todas las noches a fumar la pipa a una gran cervecería situada fuera de la ciudad. En la misma mesa sentábase de buen grado conmigo un hombrecillo grueso de levita gris, que fumaba y bebía continuamente. Yo miraba a todo el mundo con sospechosa desconfianza; sin embargo, no se encuentran dos a solas impunemente durante una quincena en el mismo sitio: poco a poco, entablóse entre el hombrecillo gordo y yo una especie de amistad de café.

Un día, tras algunas libaciones un tanto copiosas, me preguntó si había yo probado alguna vez la célebre cerveza bávara o baërischer, añadiendo que era superior a todas las cervezas alemanas. Acabó por convidarme a una botella. Yo estaba de bastante buen humor, y acepté. Sirviéronnos, pues, una botella de cerveza bávara, luego otra, después una tercera, hasta que, a puro vaciar el vaso y fumar la pipa, sentí algo de vértigo y me quejé de ello.

—Le da a usted vueltas la cabeza —me dijo mi compañero—; ya sé lo que es. Detrás de la cerveza baërischer, yo tomo siempre un cuartillo de aguardiente. Iremos a beberlo a la Grüne-Gans, aquí cerca: es una buena casa, dirigida por Max Rombach, hijo de una viuda.

Yo me hallaba en ese estado en que el hombre que ha bebido ya demasiado cree tener aún necesidad de beber, y seguí al amigo de la levita gris. No sé cuantos cuartillos de aguardiente tomé por mi parte en la Grüne-Gans; pero a la mañana siguiente me desperté en mi cama, con fuerte dolor de cabeza. Mi primer movimiento fue saltar del lecho para cerciorarme de si la cartera estaba en el bolsillo de mi traje. Ya no estaba. Mandé subir al fondista y los camareros; pero ninguno pudo darme razón de ella. Me había llevado a casa en coche el hombre de la levita gris, que se decía amigo mío, y después de ayudarme a desnudarme, se había eclipsado, dejándome en la cama. Mis investigaciones me confirmaron que mi supuesto amigo era el ladrón, indudablemente, no fue la codicia quien le tentó, pues los billetes de banco que me quedaban estaban con el reloj en el bolsillo del chaleco.

La misma noche acudí al establecimiento en donde solía ver a mi amigo, sin la menor esperanza de encontrarle allí y sólo para obtener algunos informes sobre él.

Con gran sorpresa le vi sentado, fumando y bebiendo como la víspera. Le dirigí un saludo bastante seco.

—Supongo —me dijo con amable sonrisa— que el aguardiente de ayer no le habrá dejado la cabeza muy pesada hoy…

—Tengo que hablar a usted —le dije—, salgamos.

— Con mucho gusto —me contestó. Y, poniéndose el sombrero de anchas alás, me acompañó con extraordinaria complacencia al jardín que había tras la casa.

—Anoche, estaba yo embriagado —dije para empezar.

Zo —me respondió con imperturbable calma.

—Y durante mi embriaguez, me robaron la cartera.

Zo —repitió con igual aplomo.

—Y me atrevo a añadir que usted es quien me la ha quitado.

Zo. Tiene usted razón, hijo mío —dijo sin más desconcertarse—. Yo soy quien le ha cogido la cartera. Aquí está.

Y al decir esto, golpeóse el seno, en el lugar en que el bolsillo de la levita anunciaba, por un bulto muy visible, que contenía, en efecto, el objeto reclamado. Inmediatamente me eché sobre él con ánimo de arrebatárselo, pero apartóse bastante aprisa a pesar de su obesidad, eludió mi asalto, y, acercándose a los labios un pito, sacó de él un sonido agudo. Casi en el mismo instante, sentí que me echaban por la cabeza un abrigo o un paño: atáronme las manos, y, antes de que tuviese tiempo de realizar un esfuerzo para defenderme, era levantado y conducido en medio de completa oscuridad. Cien pasos más allá, me sentaron en una banqueta; oí el ruido de una portezuela, y otro ruido de ruedas me convenció de que estaba en un carruaje.

Bien pudo durar mi viaje algunas horas. Nos deteníamos de vez en cuando, supongo que para mudar de caballos. Al principio, quise resistir, hacer esfuerzos convulsivos para soltarme y pedir socorro. Pero estaba atado y amordazado, tanto que perdí la esperanza de conseguirlo y me sometí al destino. Al fin paramos definitivamente. Hiciéronme salir del coche, lleváronme de la mano durante unos diez minutos; por el cambio de aire, creí columbrar que entrábamos en una casa, tal vez en un pasaje subterráneo, luego subimos y bajamos escaleras; abrieron y cerraron puertas.

Finalmente, pusiéronme en pie; cayeron de mi boca la mordaza, de mis manos los grilletes y la venda de mis ojos; pero yo no veía nada, y la obscuridad que en torno mío reinaba inspiróme el temor de que me hubiesen privado de la vista mediante alguna maquinación infernal.

Grande fue mi alegría al percibir un rayo de luz que penetraba por un orificio colocado por encima de mi cabeza. No estaba ciego, sino que me hallaba en un lugar sombrío, cuyos límites intenté conocer a tientas. Pero mis manos no encontraron más que los fríos muros de una prisión, cuya puerta hubiese yo querido hallar. Todo fue inútil. Proferí gritos, a los cuales sólo respondió el eco, sin que acudiera nadie.

Así transcurrieron dos días y dos noches… al menos me lo pareció, cuando las angustias del hambre y la sed indujéronme a suponer que habían decidido matarme de inanición. Sólo el tercer día, según mis cálculos, un ruido de llaves, cerraduras y candados halagó mis oídos. Abrióse la invisible puerta, la luz me llegó con sobrada abundancia para deslumhrarme, y una voz muy conocida me dijo: «Ven aquí», como lo hubieran podido decir a un animal enjaulado.

Me arrastré hacia la puerta, y, una vez franqueado el umbral, me hallé de pie en un patiecito, con mi amigo delante de mí: el hombre de la levita gris.

Es decir, la levita gris había desaparecido, y aquél se me presentó con otro traje, una chaqueta roja ricamente bordada en oro, que le apretaba tanto el talle que, en cualquier otra circunstancia, riérame de aquel hombre bajo y rechoncho, con uniforme de húsar o de jockey. No parecía haberme visto en toda su vida, y se limitó a hacer una seña respecto de mí, a dos lacayos de librea roja como la de él, los cuales me cogieron por los brazos y condujéronme como tres días antes.

De ese modo crucé varios patios y puertas; por la arquitectura de los edificios circundantes antojóseme que nos hallábamos en un castillo gótico. Tras una ventana enrejada, creí ver a dos hombres con chaquetas y gorros blancos. Un ruido de cazuelas y un delicioso perfume me hicieron conjeturar que estábamos muy cerca de la cocina. Allí hicimos un pequeño alto, debido a algún cálculo malicioso; porque mi amigo miróme por encima del hombro con una expresión sardónica al ver que, excitado por el hambre, intentaba yo librarme de mis portadores, que eran al mismo tiempo mis guardas. Al fin subimos una escalerilla estrecha que nos condujo a una galería de cuadros, larga y espléndida, que daba a una habitación, amueblada suntuosamente, medio biblioteca y medio salón.

Alegre fuego de leña chisporroteaba en el hogar de la chimenea, contra cuyo manto hallábase de pie un anciano cuya rara cabellera estaba cuidadosamente recogida contra la frente. Iba vestido de negro, con corbata blanca y un lacito multicolor en el ojal. A pocos pasos de él vi una mesa repleta de papeles, en la cual había otro anciano, de gran corpulencia, sentado en un sillón, con una bata forrada de ricas pieles y cubierto con un gorro de terciopelo negro que tenía como apéndice una horrorosa visera de seda verde. Los dos lacayos dejáronme al pie de esa mesa, sin cesar de sujetarme por los brazos.

—Señor Müller —me dijo cortésmente el hombre de negro, habiéndome en excelente inglés—, ¿cómo está usted?

—No se trata de mi salud —le respondí indignado—; yo le pregunto: ¿por qué he sido detenido, robado, encarcelado y condenado al suplicio del hambre?

—Señor Müller —prosiguió el hombre de negro, con imperturbable urbanidad—, debe usted dispensar la manera, al parecer poco cortés, con que se le ha tratado. La verdad es que nuestra casa no ha sido construida para cárcel, sino para palacio, y, a falta de lugar de reclusión más adecuado, nos hemos visto obligados a emplear momentáneamente un cuarto bajo que, según creo, fue destinado en otro tiempo para cilla. Supongo que no lo habrá encontrado usted muy húmedo.

El hombre de la visera verde movió sus gruesos hombros, cual si se entregase a muda risa.

—Primero, caballero —prosiguió el otro, haciéndome cortésmente seña de que le dejase hablar, pues yo iba a tomar la palabra—, habíamos pensado que, para conseguir nuestro objeto, nos bastaría entrar en posesión de los papeles de su cartera (y tocó con el dedo la maldita cartera); pero parte de la correspondencia está cifrada, y sólo usted tiene la clave. Por consiguiente, nos ha sido absolutamente indispensable tener el gusto de conversar con usted.

—¡Yo estoy tan enterado como usted de las cifras y la clave! —exclamé—. ¡Y juro ante Dios que no poseo secreto alguno que pueda concernir a usted!

—Debe usted de tener apetito, señor Müller —dijo el hombre de negro, haciendo de lo que yo decía el mismo caso que si no hubiera hablado—; Carol, traiga el almuerzo.

El hombre que antes vestía de gris respondió con un respetuoso saludo al nombre de Carol; salió y volvió luego con una bandeja en que había diversos manjares sabrosos y frascos de vino. Los dos lacayos me aflojaron a medias los brazos, e iba yo a precipitarme sobre la bandeja, cuya vista me hizo palpitar el corazón, cuando alzó el hombre de negro la mano:

—Un momento, señor Müller —dijo-—, antes de reparar sus fuerzas, sírvase responderme a una sola pregunta: ¿dónde está el niño?

—¡Ya! ¿Dónde está el niño? —repitió el de la visera verde.

—No lo sé —respondí animado—, ¡ lo j uro por mi alma!, lo ignoro. Aunque me lo estuvieran preguntando ustedes cien años, no podría decírselo.

—Carol —dijo el hombre de negro, con su despiadada impasibilidad—, llévese la bandeja. El señor Müller no tiene apetito…; a menos —añadió volviéndose a mí— que quiera usted contestar a esa preguntita.

—No puedo hacerlo. ¡Nada sé ni lo he-sabido nunca! —respondí.

—Carol —dijo mi interrogador, cogiendo un periódico y volviéndome la espalda—, llévese la bandeja. Buenos días, señor Müller, adiós.

A pesar de mis gritos y esfuerzos, lleváronme ambos lacayos. Atravesamos la galería de cuadros; pero, en vez de bajar de nuevo la escalera, entramos en otra serie de habitaciones. Pasábamos por un largo vestíbulo iluminado con arañas, y mis guardias me habían soltado un momento —pues uno de ellos intentaba abrir una puerta, mientras el otro buscaba la llave en el bolsillo—, cuando vi que un tablero del revestimiento de la pared se deslizó por una corredera; por esa abertura asomó una señora vestida de negro, que podía tener unos treinta años y era hermosa. «Ha procedido usted noblemente —me dijo de prisa a media voz, como hablando aparte—. Continúe así y Dios recompensará su fidelidad».

Aunque la sorpresa me hubiera permitido responder, no hubiese tenido tiempo de hacerlo, porque el tablero se cerró inmediatamente; yo fui cogido de nuevo por ambos lacayos y conducido con precipitación a un cuartito sencillo, pero limpio. Dejáronme allí y cerraron la puerta. Allí encontré un panecillo negro y un cántaro de agua. Satisfice ávidamente el hambre y la sed, sin dejar una miga de pan ni una gota de agua.

Aquella fue mi única comida en veinticuatro horas. Desde mi ventana, que estaba enrejada, pude reconocer el patio de la cocina. El ver a los cocineros y el olor de los asados, volvíanme medio loco.

El segundo día me llevaron otra vez ante el hombre negro y el de la visera verde. Recomenzó la escena infernal: la tentación de la bandeja volvió a irritar mi hambre, y ante mi negativa de responder a la pregunta: «¿Dónde está el niño?», el hombre de negro dijo a Carol:

—Quite la bandeja; el señor Müller no tiene ganas.

—iEspere! —exclamé en un arrebato de obcecación, creyendo que podría dar gusto a mis verdugos con una mentira—; voy a confesar todo, a decirlo todo.

—Hable, pues —dijo el hombre de negro—. ¿En dónde está el niño?

—En Amsterdam —respondí a la ventura.

—¡En Amsterdam!, ¡qué majadería! —dijo con impaciencia el hombre de la visera verde—. ¿Qué tiene que ver Amsterdam con el tigre azul?

—¿Necesito acaso advertirle —dijo con sarcástico acento el hombre de negro—, que nombrar una nación ó una ciudad no es responder a la pregunta? Usted sabe tan bien como yo, que la clave del lugar en donde está el niño, se halla aquí —y señaló con el dedo a la cartera.

— Sí, aquí—repitió el de la visera verde, con el mismo gesto indicador.

—Pero, señor… —decía yo con voz suplicante.

—Usted lo pase bien, señor Müller.

Interrumpido por tan simple réplica, condujéronme de nuevo a mi prisión; vi por segunda vez a la señora de negro, quien al pasar, me administró el estéril consuelo de decirme que Dios recompensaría mi fidelidad; volví a encontrar el pan negro y el cántaro de agua; luego, al cabo de otras veinticuatro horas, lleváronme otra vez ante mis interrogadores, y de nuevo fui tentado por la bandeja llena de viandas, y condenado de nuevo a pan duro y agua clara.

—Acaso sea algo más sustancioso lo que desea el señor Müller —dijo, a la quinta entrevista, el hombre vestido de negro. Y abrió una mesa de escritorio provista de sacos de dinero, invitándome a meter manó en ellos.

En vano protesté, asegurando que todo el oro del mundo no me arrancaría un secreto que no poseía yo en modo alguno; en vano declaré que Müller no era mi verdadero apellido; en vano revelé la fatal argucia que me había hecho renunciar al mío; el hombre de negro se limitó a mover la cabeza con una sonrisa de incredulidad; luego, felicitándome por mí prodigiosa imaginación, añadió que la fábula por mí inventada confirmaba su convicción de que yo sabía el paradero del niño.

Después de la sexta entrevista, la dama de negro, que sin duda tenía de su parte a entrambos lacayos, halló medio de detenerme al pasar y decirme: «Tenga valor; su liberación se aproxima: esta noche le trasladaran a un manicomio».

Todavía estaba yo preguntándome cómo me iban a libertar trocando mi cuarto de prisionero por una celda de alienado, cuando dos sujetos vigorosos me pusieron una camisa de fuerza y me transportaron a un carruaje que arrancó al momento a escape. Viajamos toda la noche, y a la mañana siguiente llegamos a un vasto edificio. Allí, me despojaron de mis ropas, examináronme de pies a cabeza, sumergiéronme en un baño y me vistieron con una casaca de tela gris. Pregunté en dónde estaba y me contestaron:

—En el asilo de alienados del gran ducado de Sachs Pfeigiger.

—¿Puedo ver al director del establecimiento? —dije moderándome para parecer tranquilo.

—Ahora le conducirán a usted a su despacho —me respondieron.

El herr-ober-direktor era hombre bajito y calvo que, al hablar, enseñaba una hilera de bonitos dientes blancos. Recibióme cortésmente y me preguntó qué podía hacer por mí. Le conté mi verdadero nombre, mi historia, mi persecución; le dije que era inglés y que reclamaba mi libertad. El sonrió y gritó:

—¿Dónde está Kraus?

—Aquí, Herr —respondió el guardián.

—¿Qué número tiene este señor?

—Número noventa y dos.

—Noventa y dos —repitió el herr-director, escribiendo tranquilamente—: Cataplasmas en las plantas de los pies; vejigatorios detrás de las orejas; emplasto de mostaza en el pecho y hielo en la cabeza…, hielo del mar Báltico.

La abominable receta me fue suministrada al pie de la letra. El malvado Kraus me atormentó de todas maneras y, en medio de mi tortura, me preguntaba:

—Dígame dónde está el niño, Müller, y estará usted libre dentro de media hora.

Seis meses permanecí en aquel manicomio. Si me quejaba al doctor de los malos tratos y tentaciones que me hacía padecer Kraus, aquél me recetaba inmediatamente cataplasmas, sinapismos y hielo del mar Báltico. Las contusiones que yo enseñaba, atribuíanlas a golpes que yo mismo me daba en los accesos de mi frenesí. Los maniáticos con quienes estaba encerrado declaraban, como es costumbre de todos los monomaniacos, que yo estaba loco de atar.

Una noche que yo gemía tumbado en la cama, entró Kraus en mi celda.

—Levántese —me dijo—: está usted libre. He recibido diez mil táleros de Rusia para arrancarle su secreto, si podía; pero me aseguran veinte mil florines de Austria si le doy libertad, y confesará usted que esta cantidad merece la cosa. Perderé mi destino y me veré obligado a darme a la fuga; pero iré a Francfort y allí abriré una fonda para los ingleses, que harán mi fortuna. Venga pronto.

Me condujo hasta el principio de la escalera, me hizo salir por la puertecita del jardín y, entregándome un lío de ropa y una bolsa, me dio las buenas noches.

Arrojé la odiosa casaca de alienado y estuve andando hasta la mañana. Al amanecer me hallé en la frontera de otro gran ducado. En uno de los bolsillos de mi nuevo vestido, había un pasaporte perfectamente en regla, y no me molestaron ni en la aduana ni la policía. La misma mañana fui a las oficinas de la diligencia, en la primera población a que llegué, y retuve un asiento para Bruselas.

El viaje duró cuatro días. Llegué débil aún y muy flaco, después de seis meses de privaciones y torturas; más pronto recobré la salud y las fuerzas, tanto más cuanto que me desquité de mi larga abstinencia, frecuentando las mejores fondas de Bruselas primero, y luego de París, adonde me llegué al salir de Bélgica.

Una noche entré en el Palais Royal, en el establecimiento de los Hermanos Provenzales, de donde hacía quince días que era parroquiano; el camarero me entregó la minuta, que era un libro de varias páginas y que yo recorría según mi costumbre, con la reflexión de un gastrónomo, cuando vi entre dos hojas una esquelita con mis señas. Ved aquí lo que leí: «Pida usted pescado; aparente comerlo, pero no lo coma. Quédese en la mesa el tiempo que suele quedarse otras veces, para alejar toda sospecha, pero en cuanto acabe de cenar, salga para Inglaterra. Al pasar por Londres, acuérdese de que tiene que visitar a Hildeburger».

Había encargado ya un lenguado al gratén; pero en cuanto me lo sirvieron, lo eché en pedacitos debajo de la mesa. Así que hube acabado el resto de la cena, llamé al mozo y le pedí la cuenta.

—Tenga la bondad de pagar al primer camarero —me dijo—; voy a avisarle.

Vino el primer camarero. Si hubiese visto yo aparecer un centauro, una esfinge u otro monstruo cualquiera, no me hubiera causado tanto horror… Era Carol, el hombre de la levita gris, y luego de librea roja. ¡Carol, con la servilleta bajo el brazo!

—Müller —me dijo fríamente, inclinado contra la mesa—, su lenguado estaba envenenado; dígame dónde está el niño y aquí tiene un antídoto y 190.000 francos.

Por toda respuesta cogí la botella y di con ella a Carol en medio de la frente, con toda la fuerza de mi brazo. El muy canalla cayó como una piedra, en medio de exclamaciones de las mujeres y juramentos de los hombres y gritos de: ¡A ése! ¡A ése! Yo huí de la fonda y luego salí del Palais-Royal por uno de los pasajes que dan a sus cuatro galerías.

¿Murió Carol del golpe?, ¿se levantó?, ¿me persiguieron?, ¿no me persiguieron? Nunca he sabido nada de eso. Llegué a mi casa, arreglé el baúl y a la mañana siguiente salí para Bolonia de Mar en diligencia.

Crucé el canal y fui a Londres; pero no vi a Hildeburger ni procuré verle, por la sencilla razón de que ignoraba quién era ese Hildeburger y dónde estaba. Además, la misma noche de mi llegada a esa capital, partí para Liverpool, decidido a irme a América. Temía quedarme en Londres y en Inglaterra, no sólo por causa de mis amigos y de mis enemigos, sino también por el auténtico terror que me inspiraba el espectro del verdadero Müller.

Tomé pasaje para Nueva York en una bricbarca que debía hacerse a la vela a los ocho días de mi llegada a Liverpool. Estábamos ya en viernes, y la salida estaba señalada para el lunes de la semana siguiente. Paseábame por los alrededores de la Bolsa, felicitándome porque a no tardar mediaría el Atlántico entre mis perseguidores y mi persona cuando, de pronto, oigo pronunciar el nombre de Müller… Me vuelvo y mis miradas tropiezan con las de un joven alto, de bigote pequeño, vestido a la última moda, y que me parecía chupar el puño de un bastón de ébano.

—Señor Müller —me dijo con una seña de cabeza.

—No me llamo Müller —contesté atrevidamente.

—¿No ha visto usted aún a Hildeburger? —añadió arqueando ligeramente las cejas.

Sentí un escalofrío que me corrió por todo el cuerpo, y tartamudeé:

—¡Nooo!

—No sin gran trabajo hemos encontrado otra vez sus huellas —dijo con sangre fría—; la señora a quien debe usted la libertad y la vida, permanecía muda. En vano hemos apelado a las tuercas y al agua. Al fin, por el empleo concienzudo de la cuerda y las poleas, hemos logrado hacerla hablar.

Yo me estremecía más aún.

—¿Quiere usted ver ahora a Hilderburger? —añadió rápidamente—; está aquí cerca.

—Ahora, no —balbucí—; otro día.

—¡Pues bien!, mañana.

—Sí, eso es, mañana —respondí.

—Mañana es sábado. Me encontrará usted aquí a las cuatro de la tarde. Está bien: no se olvide. Hasta la vista, señor Müller.

Apenas hubo pronunciado esas palabras, giró sobre sus talones y desapareció entre la muchedumbre de comerciantes y agiotistas.

Ya que él señalaba la cita para el día siguiente, no dudé de que sabía mi próxima marcha. Aunque yo había pagado mi pasaje para Nueva York, resolví perder su importe y despistar a mis perseguidores, variando de rumbo. Entré en una agencia de paquebotes, y me enteré de que un buen barco de vapor salía del muelle de San Jorge para Glascow, a las diez de aquella misma noche.

«Provisionalmente —pensé—, vámonos a Glascow».

A las diez menos cuarto estaba yo con mi equipaje en el muelle. Había densa niebla.

—¿Va usted al paquebote de Glascow? —me preguntó un marinero de camisa encarnada—. Venga por aquí; yo le llevaré el baúl.

Sin esperar mi asentimiento, cargóse al hombro mi baúl y me condujo a través de los puentes de dos o tres navios hasta un cuarto barco, en donde había un hombre de bigote negro, con un farol encendido en la mano.

—¿Es éste el paquebote para Glascow? —pregunté.

—Este es —dijo el hombre del farol—. ¡All ríght!, cuidado, que va a sonar la campana de salida!

—Algo por haberle traído el baúl —dijo el marinero que me había servido de porteador y de guía.

Le di medio chelín, y me instalé en la popa, notando que el buque estaba bastante sucio y lleno de bultos. Ya sonaba la campana; la tripulación iba y venía desenrollando cables y amontonando equipajes. Al cabo de diez minutos estábamos fuera de la cuenca y bajábamos la corriente del Mersey.

—¿Cuánto dura la travesía de Liverpool a Glascow, buen hombre? —pregunté al timonel.

Este me miró como si no me comprendiera, y pronunció algunas palabras ininteligibles. Yo repetí la pregunta.

—No habla inglés —dijo a mi lado una voz—. Ni él ni nadie a bordo, excepto usted y yo, señor Müller.

Me volví y, con un sentimiento de espanto, vi al joven del bastón de ébano y del bigotito.

—¡Soy víctima de un error o de un complot! —exclame—. ¡La chalupa, por favor!… ¿Dónde está el capitán?

—He aquí casualmente al capitán —respondió el joven, enseñándome un marino barbudo que se acercaba a nosotros—. Es el capitán Miloschvich, de la marina imperial rusa, que manda el piróscafo, y hace rumbo a San Petersburgo. Señor Müller, como el capitán no habla inglés, permítame que le sirva a usted de intérprete.

Aunque sobrado me decía su presencia que casi no había esperanza para mi liberación, le rogué que explicase al capitán que se había cometido un error en perjuicio mío; que yo quería ir a Glascow y deseaba desembarcar inmediatamente.

—El capitán Miloschvich —dijo el joven así que hubo traducido mi discurso y obtenido respuesta del capitán— suplica a usted, señor Müller, se sirva notar que no ha habido ningún error, y que no va usted a Glascow, sino a San Petersburgo. Le es absolutamente imposible desembarcarle aquí, en vista de que sus instrucciones positivas le obligan a desembarcarle en Cronstadt. Además, se cree en el deber de advertir a usted que si, por actos o palabras, pretende usted turbar la tripulación o los pasajeros, se verá precisado a ponerle grillos y a encerrarle en el fondo de la cala.

El capitán movió más de una vez la cabeza durante esas explicaciones, como si entendiera perfectamente, y a fin de hacerme comprender sus intenciones, mediante una pantomima expresiva, se tocó las muñecas y los tobillos.

Si yo hubiera tenido todo mi buen sentido, me hubiese resignado a mi suerte; pero la persecución me había irritado de tal manera, que me abalancé contra el joven, esperando matarle o arrojarlo al mar, y yo tras él. Me encadenaron, me pegaron, me echaron al fondo de la cala, en donde quedé medio asfixiado entre el horrible olor de cajas de sebo, sin hablar del mareo, que no me perdonó en tan espantosa atmósfera. Al fin, llegamos a Cronstadt.

Todo lo que puedo deciros de Rusia y todo cuanto de ella sé es que en algún sitio hay un río, en ese río una fortaleza, en la fortaleza un calabozo y en el calabozo un knut. En ese calabozo han pasado ocho años de mi vida, bajo los golpes de ese knut, y con la eterna pregunta en los oídos: «¿Dónde está el niño?».

Cómo me escapé de ahí para padecer aún mayores torturas, es larga historia con que no quiero cansarle. He barrido las calles de Palermo, con el traje amarillo de galeote; he languidecido en las prisiones de la Inquisición en Roma; he estado encerrado en las Siete Torres, en Constantinopla, en donde el populacho me sitió a pedradas; me han marcado en el hombro, en el presidio de Tolón, y por todas partes ofrecíanme la libertad y oro, si contestaba a la pregunta: «¿Dónde está el niño?». En fin, he sido acusado de un crimen que no he cometido, y me condenaron a muerte. En el patíbulo, me preguntaron: «¿Dónde está el niño?». Naturalmente, yo no pude responder, y fui…

En ese momento, Margery, mi criada, a quien nunca se le ocurre decir que no estoy en casa cuando viene una visita inoportuna, llamó a la puerta para anunciarme que me necesitaban absolutamente en mi gabinete de cirujía. Bajo, y encuentro a la señora de Walkingshaw, mujer de Johnny Walkingshaw: venía a buscarme para su marido, que había padecido un ataque. Johnny Walkingshaw es miembro de un círculo del cual soy yo médico desde su fundación. Con ese motivo tiene derecho a mis visitas por la suma de cuatro chelines anuales. Cada vez que Johnny toma una dosis de sidra de más, está seguro de padecer un ataque, y su esposa viene a buscarme. Me contrarió tanto más ir a casa de Johnny a tan insólita hora, cuanto que mi infortunado narrador era interrumpido en su historia, casualmente en el instante en que iba a explicarme, sin duda, el extraño problema de su resurrección después de haber sido ahorcado. Cuando volví, ya se había ido, y ya no le he vuelto a ver más. ¿Vendrá algún día? ¿Sería un loco que se habría ahorcado él mismo? ¿O gozaba de su completo sentido, y había sido ahorcado según una sentencia legal? ¿Había sido ahorcado realmente? Aún sigo dirigiéndome a mí mismo esas preguntas, y prometo satisfacer la curiosidad del lector, en cuanto sean contestadas por el regreso del ahorcado.

Novela y trascedencia

Es imposible ser hombre y no inclinarse; un hombre
así no podría soportarse a sí mismo, ni un hombre así
ni ningún hombre. Si rechaza a Dios se inclina ante
un ídolo, de madera, de oro o de metal.
Dostoyevsky, El adolescente

A lo largo de estas páginas1 nos proponemos ofrecer al lector una reflexión sobre la novela como sistema expresivo propio de la modernidad. De una manera más concreta diremos que nuestra interpretación concentra su atención en la concepción del hombre que se manifiesta 3 través de este género literario. Obviamente no queremos sugerir la idea de que, en conjunto, toda la novela escrita desde Cervantes repose en una concepción antropológica monolítica, pero sí que comunica una temática acerca de una antropología que lleva a sus espaldas la crisis del orden clásico y del orden medieval. En este sentido, y más concretamente, diremos que la nóvela habla de las peripecias del hombre que se comprende a sí mismo como sujeto.

A diferencia de la antropología o antropologías clásico-griegas, en las que la autocomprensión del hombre no se puede desvincular del orden político y, por lo tanto, tampoco del orden ético y del o otológico (el hombre es un «animal cívico» o un «animal con logos»); a diferencia también de la antropología dominante en la tradición judeocrfetiana en la que el hombre no se puede concebir de manera autónoma, es decir, al margen de Dios (precisamente porque el hombre es una realidad creada, es una imago Dei), el grueso fundamental de la antropología moderna destaca la centralidad dei carácter subjetivo del hombre, esto es, de su individualidad y de su libertad. Esto explica la importancia extraordinaria que adquiere la psicología a partir del siglo XVII. El hombre se entiende como sujeto, el sujeto como sustancia y ésta como lo que no necesita de nada para existir. En este sentido, textos fundacionales para la modernidad como el Discurso del método y las Meditaciones metafísicas de Descartes suponen para nosotros, en este contexto, una referencia de enorme importancia.

Ciertamente, hemos formulado esta cadena de conceptos de una manera muy abstracta, pero las novelas que nos proponemos tomar en consideración en estas páginas expresan una manera de trasladar esta estructura abstracta a un orden descriptivo mucho más concreto, contextualizado y matizado.

El carácter esquemático de lo que vamos a decir nos obliga a avanzar sin precisar tanto como querríamos las tensiones que históricamente se han producido en la configuración de las diferentes antropologías modernas. Nos limitaremos a destacar aquí que el carácter subjetivo del hombre moderno supone una noción de libertad que actúa como categoría central a la hora de ordenar la autoconciencia del hombre. Que el hombre moderno se concibe a sí mismo como un sujeto libre, quiere decir también que recae sobre él la responsabilidad de ordenar significativamente los ejes fundamentales de su existencia y de su mundo; es decir, de dar autónomamente un sentido a su vida y a la realidad que le circunda.

La novela moderna nos muestra justamente la tensión constitutiva que supone para el sujeto encontrarse frente a esta responsabilidad. Y muy a menudo nos muestra también cómo sucumbe en el intento de dar una dirección ordenada a los impulsos más importantes de su existencia. La emergencia de la subjetividad como categoría central de la antropología irá de la mano de una desestructuración simbólica del orden coherente de la realidad.

A la luz de unas pocas obras literarias de gran calidad consideraremos de forma crítica algunas de las categorías fundamentales de la autocomprensión del sujeto moderno -esto es, la libertad, la autonomía, la afirmación de la propia voluntad y espontaneidad, etcétera-.

Nos fijaremos principalmente (aunque no exclusivamente) en las siguientes obras: Don Quijote de la Mancha de Cervantes, Le Rouge et le Noir de Stendhal, Madame Bovary de Flaubert y Memorias del subsuelo de Dostoyevski2. Estas obras nos pueden ayudar a clarificar los mecanismos que, en última instancia, intervienen en la configuración y determinación de la voluntad del sujeto libre y, a la vez, nos permitirán comprender de qué manera la afirmación de la soberanía de este sujeto que dice haberse liberado de las tutelas de las épocas premodernas es más problemática de lo que en principio podría parecer.

La gran novela detecta contradicciones francamente importantes en el perfil de esta nueva antropología que se encuentra en la base de un conjunto de concepciones políticas, pedagógicas, filosóficas, estéticas, etc. En este sentido tendremos ocasión de comprobar que cuanto más afirma el sujeto la autonomía de su personalidad, más víctima es de un conjunto nada menospreciable de ilusiones metafísicas que, muy a menudo, le conducen a la ruina más completa. Cuanto más la subjetividad afirma la propia libertad más tiende a sentirse excluida del lugar donde debería encontrarse, más víctima es del desconcierto que supone creer que su centro de gravedad se encuentra lejos de ella y de su entorno inmediato. Por esta razón el sujeto de la novela raramente escapa a la melancolía, al sentimiento de quedar excluido de lo que le permitiría llevar una vida feliz, del sentimiento de estar llamado a llevar a cabo en solitario algo para lo cual no tiene la fuerza suficiente.

DON QUIJOTE

Lo que resulta decisivo del modelo humano que tematiza Cervantes es que, a diferencia.de una concepción subjetiva (substantiva) del yo, 1afigura del Quijote resulta ininteligible sin la presencia de otro que actúa como autoridad, como auténtica medida de la realidad y de toda virtud, como criterio de determinación del sentido y del valor del objeto. En el caso del hidalgo de la Mancha el otro es el caballero andante descrito por autores como Amadís de Gaula en las innumerables obras que el señor Alonso Quijano leía antes de salir a campo abierto en búsqueda de aventuras.

Hemos dicho ya que una de las características principales de la modernidad se concreta en el hecho de que el hombre se comprende a sí mismo como sujeto. Esta autocomprensión se combina con una transformación paralela: la de la realidad del mundo que se establece como una realidad objetiva. No hay objeto sin sujeto, ni sujeto sin objeto. Uno y otro son correlativos. De esta manera la pintura que la gran novela hará del mundo se convertirá en un gran espejo amplificador de los conflictos que ocupan el alma del sujeto. Es a raíz de esto que, en el contexto de la novela de Cervantes, el mundo que se abre al sujeto tampoco puede entenderse sin la presencia activa del otro. Este otro .-el mediador, en el lenguaje de René Girard3– es un modelo que tiene la fuerza capaz de transformar la percepción de la realidad en un juego de sugestiones, en las cuales se expresa la dependencia del sujeto respecto del modelo que imita, así como su insuficiencia ontológica. El mundo, de esta manera, se convierte en un escenario de un sistema complejo de sugestiones que incitan de forma sistemática a comportarse miméticamente. Los paisajes de Castilla son vistos como campos de batalla, los molinos de viento como gigantes, los ganados como ejércitos de caballeros, las posadas se convierten en castillos, las campesinas en damas de una corte imaginaria, etc.

Cervantes tematiza una primera versión de lo que se convertirá casi en una constante en la narración novelesca de la subjetividad moderna. Podríamos resumir esta constante con la fórmula yo quiero ser (como) tú, es decir, yo no quiero ser yo o, dicho con palabras del propio Stendhal: «¿Por qué soy como soy?»4. El Quijote quiere ser como un caballero que en realidad no existe en ninguna parte, al menos de una manera tangible. Cuando decimos que quiere ser como uno de los caballeros tejidos con los hilos de la imaginación novelesca de los Amadís de Gaula, estamos diciendo también que no quiere ser lo que en realidad él es. Apreciamos en él, pues, un auténtico afán de trascendencia de los propios límites. Esta voluntad de trascender los límites de la propia finitud pone de relieve el sentimiento de una insuficiencia ontológica con la cual el hombre moderno vivirá su subjetividad. Esto nos puede ofrecer una cierta orientación a la hora de comprender la in-quietud constitutiva del hombre moderno, sin la que sería imposible hablar de novela. El argumento de fondo de las obras a las que nos referimos en estas páginas será en buena medida la crónica de esta inquietud propia de la finitud subjetiva.

Lo que resulta auténticamente crucial del tema que nos ocupa es precisamente la naturaleza ontológica del modelo que el sujeto -en el primer caso que citamos: el Quijote- se propone imitar. ¿Quién es este modelo que moviliza toda el alma del señor Quijano? Y en general, ¿quién es el modelo a imitar a los ojos del sujeto? ¿Quién es este modelo que veremos presentado de diferentes formas a lo largo de la historia de la novela?

Para poder elaborar un principio de respuesta a estas preguntas tendríamos que distinguir una doble dimensión:

a) El hecho de que el sujeto perciba, en aquellos que imita, algo moralmente e incluso ontologicamente superior -a pesar de que el lector de la novela pueda fácilmente reconocer (en el caso del Quijote de una manera especialmente clara) la completa gratuidad de los modelos que seducen al protagonista-. La mayoría de los problemas con que chocará el sujeto se derivarán precisamente del hecho de que conciba como sistemáticamente superior aquello (o aquel) que en realidad no es superior. En la base de la ruina del personaje que entra en esta dinámica hay, en definitiva, un error fundamental de discernimiento o una confusión de orden ontológico que consiste en percibir al finito como infinito. El sujeto, víctima del espejismo de un modelo que idolatra, se precipitará por la pendiente de una sugestión destructiva.

Las novelas nos sugieren una y otra vez cómo el sujeto se inclina ante este modelo divinizado, y aún algo más: que cuanto más este sujeto considera necesario quitarse de encima la tutela de un Dios que condiciona la libertad y la soberanía de su subjetividad, más crea, muy a menudo sin darse cuenta, las condiciones para acabar divinizando a otro hombre. Estos movimientos, como ya hemos sugerido, dependen en buena medida de la tensión con que el sujeto vive su propia finitud ontológica y del deseo obstinado y peligroso de trascenderla.

b) Una determinada autopercepción del sujeto. El valor ontológico que se transfiere al mediador es proporcional a la incomodidad con que el sujeto vive esta finitud propia. Para ser más explícitos: el deseo de trascendencia que el sujeto proyecta hacia un modelo que percibe como superior guarda una proporción con el desprecio para lo que él percibe como inferior. De hecho nos movemos dentro de la matriz ontológica platónica, sólo que en el ámbito de una determinada recepción antropológica: el que imita es siempre el inferior. El sujeto, abandonado a sus posibilidades autónomas de simbolización, tiende a generar consciente o inconscientemente una percepción jerárquicamente ordenada de la realidad. El deseo de trascendencia supone una fuerza determinante de ordenación de la realidad. En el caso del Quijote, por ejemplo, la fascinación por el caballero andante será sólo una de las caras de la moneda; la otra resultará el desprecio por todo lo que considera inferior, inmundo y que no está llamado a participar de la noble realidad caballeresca. La grandeza del ídolo va ligada a la pequeñez del prójimo:

«Por el Dios que me sustenta -dijo Don Quijote-, que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadis si lo tal oyera?»5.

MADAME BOVARY

En la novela de Flaubert encontramos un estadio diferente de la relación mimética entre la protagonista y el modelo idolatrado, aunque con paralelismos muy considerables con el Quijote. Madame Bovary muestra una mayor intensificación del carácter inconsciente de la mediación. Esto tiene un conjunto de consecuencias que el autor sabe recoger de una manera extraordinariamente ordenada, por ejemplo el incremento del autoodio, la incapacidad creciente de aceptar el estatuto ontológico de la propia finitud, así como la extrema dureza con que se muestra el desprecio respecto de las otras personas que la frecuentan, por ejemplo respecto a su marido.

Como en el caso de la novela de Cervantes, también aquí el personaje principal es incomprensible sin la presencia sistemática de un otro que mediatiza su existencia. La historia de Emma Bovary es la de una mujer gradualmente obsesionada por convertirse en lo que no es, es decir, la historia de una mujer dominada por un deseo cada vez más intenso de trascender su propia realidad: Pero este deseo de trascendencia se proyecta en una dirección claramente perversa, porque se mostrará no como un esfuerzo de llevar la propia realidad a una plenitud ontológica, sino como negación destructiva de la propia existencia6.

Tanto el Quijote como Emma Bovary ofrecen el perfil de un ser humano que se siente exiliado del lugar que le corresponde y que, por tanto, se lanza a la búsqueda de una patria.

Emma es también una lectora apasionada de libros. Esta circunstancia tiene una gran importancia simbólica, que aquí nos limitaremos sólo a mencionar. No lee ciertamente libros de caballería, como el Quijote, pero sí novelas románticas pobladas de lujo, personajes remotos, nobles, seres arrogantes, que viven con naturalidad condiciones completamente imposibles (al menos para ella) y que la predisponen a considerar su propia existencia como una realidad sin interés y sin argumento alguno y, por lo tanto, como una fuente continua de insatisfacción. Más adelante volveremos a referirnos a la importancia simbólica de la lectura de libros.

ROJO Y NEGRO

El problema de la inquietud ontológica propia de la subjetividad moderna es también abordado magníficamente por Stendhal.

Para el autor de Le Rouge et le Noir la tendencia a la imitación de aquel que no somos como método para trascender la propia realidad se llama vanidad. Muy al comienzo de la novela que citamos encontramos ya la primera escenificación de este modelo de relación entre las personas; en aquellas páginas vemos cómo M. Valenod -el alcalde de Verriéres- mediatiza (es decir: determina) los deseos de M. de Rènal. Desde el punto de vista de los mecanismos explicativos de Stendhal el vanidoso sólo desea lo que es deseado por otro y de ahí que, en su deseo, puede haber implícitamente la voluntad no sólo de poseer, sino de vencer a través de la posesión.

Con todo, en el caso de Le Rouge et le Noir la complejidad de la relación marcada por la mediación se escenifica principalmente alrededor de los movimientos de dos de los protagonistas de la novela: Julien Sorel y Mathilde de La Mole. Aunque resulta imposible resumir esta compleja trama en pocas palabras, sí que intentaremos recordar aquí el perfil de la tensa relación que se establece entre él y ella.

La acción tiene lugar en la residencia del marqués de La Mole, que ha contratado Julien Sorel como secretario personal, atraído como está por su sorprendente inteligencia y por el carácter discreto de su personalidad.

Mathilde, la joven y bella hija del riquísimo marqués, es intensamente deseada por muchos de los cortesanos que frecuentan los salones del Hôtel de La Mole; pero ella no siente sino desprecio por todos estos personajes. Mathilde está seducida por la idea romántica en virtud de la cual las grandes pasiones sólo pueden abrirse paso en medio de inmensas dificultades. Por esta razón, a sus ojos, sólo las personas extraordinarias y heroicas son capaces de vivir con autenticidad. Un ejemplo de ello son los protagonistas de Manon Lescaut, La nouvelle Heloïse, Lettres d’une religieuse portugaise, etc.; o bien como Boniface de La Mole, antepasado de Mathilde del siglo XVI, que fue capaz de morir por el amor de la reina de Navarra.

De nuevo encontramos aquí el mecanismo de la mediación libresca al que nos hemos referido más arriba. Stendhal muestra una extraordinaria lucidez cuando escribe en este contexto «L’amour passioné était encore plutôt un modèle qu’on imitait qu’une réalité»7. La fascinación que Mathilde siente por estas formas apasionadas, poco convencionales a los ojos de la sociedad, guarda relación directa con el perfil de una personalidad orgullosa como es ella, para quien «Tout doit être singulier dans le sort d’une fille comme moi»8. Y en consecuencia, también en relación directa con el desprecio para los Caylus, Luz, Croisenois, etc. -para todos sus pretendientes, personas que a sus ojos nada tienen de extraordinario ni en absoluto se mostrarían capaces de arriesgar su comodidad-. De aquí el interés que muestra Mathilde por una relación que presente dificultades y peligros. No tardará mucho en dirigir su atención a Julien Sorel, pero sólo en la medida que éste exhiba una indiferencia altiva hacia todo lo que el resto de personas que se dan cita regularmente en el Hôtel de La Mole desean vivamente. De esta forma, Julien aparece como una persona excepcional y, en consecuencia, difícil de obtener, es decir, interesante.

Por otra parte, para Julien -un hombre de provincias, de origen humilde, acomplejado por el paisaje humano de las clases altas de París- el solo hecho de atraer la atención de Mathilde de La Mole supone ya un triunfo inesperado para su vanidad. Sorel dispone de una inteligencia táctica muy afinada para comprender las fuerzas que están en juego: cuanto más frío y distante se muestre respecto de Mathilde, más ésta se interesará por él. Esta es una ley romántica fundamental en la relación de la pareja. Julien sabe hablar muy calculadamente sobre la grandeza y la heroicidad de las verdaderas pasiones, como las que ve encarnadas en la figura de Napoleón, y contraponerlas a la mediocridad del carácter que domina en la Francia de la Restauración, a la circunspección y pusilanimidad con que actúan los que cortejan a Mathilde. El éxito de Julien está en proporción directa con el desprecio que muestre por el mundo al que él, en realidad, querría pertenecer (esto es: la aristocracia parisina) y por extensión al desprecio que muestre por Mathilde. Entiende perfectamente que sólo puede tener éxito sobre la base de su hipocresía: «Si elle voit combien je l’adore, je la perd»9. Julien se encontrará continuamente frente al peligro de pasar de ser un hombre idolatrado por Mathilde al hecho de que ésta interprete su propia pasión como «une faiblesse pour un des laquais»10. Esto explica que el mayor error que puede cometer Julien sea mostrarse tal como es, revelar su interés por ella, su pasión: «Et vous ne m’aimez plus, moi que vous adore!», le dice un día Julien, después de un largo paseo, trastornado por el amor y la infelicidad. Esta estupidez era la que tenía por más grande de cuantas podía cometer.

Este comentario destruirá en un abrir y cerrar de ojos todo el placer que mademoiselle de La Mole hallaba en hablar con él de «l’état de son coeur»11. Si tomamos en consideración el contexto de la subjetividad romántica tendríamos que decir que sólo somos capaces de amar a los que nos desprecian y despreciar a los que nos aman. El resultado no podría ser nunca una comunión en el amor, sino una victoria sobre el orgullo del otro. De hecho la única cuestión que resulta relevante para el hombre ambicioso, como lo es Julien, es conseguir lo que se propone, esto es: tener éxito, en el caso que nos ocupa, vencer a los pretendientes cortesanos (mediadores idolatrados, a la vez que rivales odiados) así como a la misma Mathilde. Cuando Julien siente la certeza de que Mathilde le ama se dice a sí mismo: «Après tout, mon roman est fini, et à moi seul tout le mérite. J’ai su me faire aimer de ce monstre d’orgueil, ajoutait-il en regardant Mathilde; son père ne peut vivre sans elle, et elle sans moi»12. De esta manera Stendhal muestra cómo la pasión romántica es exactamente lo contrario de lo que podría parecer a una mirada poco cauta: no una entrega apasionada al otro, sino una lucha sin cuartel entre dos subjetividades orgullosas.

MEMORIAS DEL SUBSUELO

Tratemos de repasar brevemente de qué manera se muestra la subjetividad mediatizada en el caso de la breve pero intensísima novela de Dostoyevski Memorias del subsuelo.

Esta obra supone en buena medida la exasperación de las características fundamentales que hemos ido destacando de la subjetividad moderna y contemporánea. La pintura que nos ofrece Dostoyevski es magistral.

La autoconciencia del sujeto no es necesariamente el ámbito donde se manifiesta plenamente lo que hay de verdad en la subjetividad, pero sí que puede ser un punto de partida para aquellos que se proponen entenderla. Podríamos decir lo mismo que el joven protagonista de las Memorias del subsuelo. Su punto de partida es la conciencia de ser completamente excepcional: «Yo soy único, mientras que los otros son todos iguales»13; los otros, a los ojos del protagonista, son todos unos estúpidos que se parecen a un rebaño de corderos. En cambio él (siempre según su punto de vista) presenta el perfil de una personalidad extraordinaria. La relación que establecerá el protagonista con los otros queda profundamente marcada por esta perspectiva.

Por esta razón una de las intenciones principales con las que el protagonista se relacionará con los otros será para mostrarles justamente su indiferencia, para poner de manifiesto el hecho de que él podría prescindir perfectamente de tener una relación con todos ellos. Según esto, el protagonista necesita exhibir su supuesta autonomía, su autosuficiencia casi divina, su desprecio hacia la vulgaridad de los otros. De estíi forma, aunque sea él quien se obstine en asistir a la cena en homenaje a Zerkov, a pesar de que nadie le ha invitado, entiende que es un honor para los otros y no para él juntarse con ellos para compartir la cena. He ahí la paradoja: el protagonista quiere, tiene ínteres en manifestar su indiferencia, como cuando el protagonista de la novela se pasea durante tres horas por la habitación donde se encuentra Zerkov y sus amigos haciendo ruido deliberadamente al caminar para así atraer su atención y mostrarles, con su silencio, el desprecio que éstos le inspiran.

Es evidente que se trata de una indiferencia que nada tiene que ver con virtudes como la abstinencia o la sobriedad. El protagonista imita la autosuficiencia de un dios, o mejor dicho, imita aquel a quien él ha divinizado, que no es otro que Zerkov. El hecho de que necesite de los otros (entre ellos al mismo Zerkov) para mostrarles su indiferencia, pone en relieve lo orgulloso y lo doloroso de su soledad; una soledad, en definitiva, de la que no podría salir nunca una auténtica comunidad con las otras personas. La manera como el hombre dei subsuelo se relaciona con el mundo es precisamente exhibiendo su aislamiento. En efecto, su subjetividad le lleva no a una comunión, sino a una separación, tanto más radical como mayor sea su orgullo.

Resulta obvio que quien busca ser reconocido en su superioridad y autosuficiencia casi divinas se encuentra constantemente en peligro se ser humillado. Y quien corre constantemente el peligro de ser humillado es también aquel que constantemente tiene miedo de los otros; tanto más cuando se da la circunstancia de que no puede mostrar este miedo sin qué entre en contradicción con la indiferencia que pretende dar a entender que siente. Es un continuo estuerzo para mostrar desprecio a aquellos que en realidad diviniza; para mostrar indiferencia a aquellos de quien en realidad depende. Zerkov es altivo, arrogante, humilla al protagonista con su indiferencia, parece como si le considerase un insecto, y es precisamente por esto por la que acude a su lado, pues justo cuando Zerkov desprecia se muestra simultáneamente como un ser superior. La mediación es aquí terrible y las tensiones a las que conduce al personaje son extraordinariamente autodestructivás. Atisvamos lo que está en la base de un complejo de perfil masoquista.

LA MEDIACIÓN EN RENÉ GIFIARD

René Girard nos ofrece una manera muy eticaz de ordenar los diferente tipos de mediación que aparecen en las novelas que hemos mencionado. Nos referimos a la mediación interna y a la mediación externa. Proponemos aquí una caracterización basada en dos criterios.

I. La mediación interna y externa ordenada en función del tiempo y del espacio.

En el caso del Quijote, la relación entre él y los caballeros ideados por Amadís de Gaula es de pura admiración, de una divinización casi consciente14. Los personajes que poblaban la mente del Quijote no tenían una existencia tangible en ninguna parte. No había, por decirlo así, ningún tipo de posibilidad de compartir un mismo tiempo y un mismo espacio con ellos.

En el caso de Madame Bovary hay también esta distancia infranqueable entre ella y los modelos parisienses que articulan su proyecto insensato de vida. Como en el caso del Quijote, se produce una pérdida muy notable del sentido de la realidad, la cual resulta fuertemente autodestructiva, aunque en esta destrucción tampoco intervenga activamente el mediador. Madame Bovary comparte con el mediador el tiempo, pero la relación es fundamentalmente imaginaria, novelesca: el sujeto y el mediador no consolidan ninguna relación personal.

Dicho de otra manera: aunque la distancia que hay entre Emma Bovary y las damas de París es menor en comparación con la distancia que hay entre el Quijote y los caballeros de Amadís de Gaula (de hecho Emma llega a tocar el mediador o a entrar fugazmente en contacto con el escenario que frecuenta el mediador, concretamente en el capítulo X, donde se narra el baile de Vaubyessard), lo cierto es que la relación entre el sujeto y el ídolo descrita por Flaubert es aún, esencialmente, libresca. El libro sigue siendo el símbolo de la mediación externa; se trata del nexo de comunicación por donde se comunica la seducción del mediador. No en vano la novela (el roman) es una de las piezas claves del romanticismo; es decir, lo que hace posible la personalidad romántica es precisamente la manera como el libro vehicula la mediación.

Contrariamente, en Stendhal, a pesar de que el libro sigue presente como símbolo de la mediación extema (la lectura sistemática de las Memorias de Santa Helena de Napoleón por parte de Julien Sorel es buen ejemplo de ello, aunque no el único) el contacto del protagonista con el mediador es aquí mucho más tangible. Julien Sorel se convierte en el amante de Mathilde, convivirá diariamente con la mujer que goza de un estilo de vida que Sorel habría querido tener desde su nacimiento15. Con razón podemos decir con René Girard que en la vida del joven protagonista de la novela de Stendhal se produce un salto del exterior al interior del espacio idolatrado, un salto que no encontramos ni en El Quijote ni en Madame Bovary16.

Rojo y negro muestra una modulación nueva de todo el problema de la subjetividad. Nos damos cuenta de la existencia de un fenómeno nuevo en la estructura triangular del deseo, de un fenómeno que justamente depende de la proximidad entre el mediador y el sujeto. En la trama dramática de Rojo y negro el mediador al que se tiende a imitar, aquel a quien el sujeto atribuye la autoridad de determinar el prestigio de los objetos, muestra una ambigüedad fundamental: el mediador no sólo es el modelo, sino también el obstáculo. Es el modelo porque ejerce en el sujeto la seducción propia del ídolo (y de esta forma el sujeto deseará aquello que desee el ídolo); es obstáculo también porque comparte con el sujeto el mismo espacio y el mismo tiempo y, por tanto, en virtud de su superioridad, puede quitarle fácilmente el objeto deseado. De esta ambigüedad dependerán toda una serie de figuras de conciencia que alimentarán temáticamente un número no poco importante de novelas.

El Quijote se había enamorado de una campesina que él bautiza con el nombre de Dulcinea del Toboso, dado que todo caballero andante tiene que tener una dama a quien dedicar los triunfos de sus batallas. Es evidente que no hay ningún caballero que pueda robarle a Dulcinea; el mediador se encuentra demasiado lejos, es demasiado imaginario, demasiado intangible para convertirse en rival. Pero, en el caso de Julien Sorel, el mediador vive a su lado, frecuenta los mismos ambientes, determina constantemente los objetos a desear y se encuentra también de esta manera continuamente en el punto de humillarlo porque le puede robar en cualquier momento el objeto deseado. El mediador no es ya un caballero andante que sólo vive en la imaginación del lector de novelas; tampoco es como las damas de la alta sociedad francesa que Madame Bovary, casada con un médico rural en las provincias, tiene la posibilidad de ver en una sola ocasión en toda su vida. En la obra de Stendhal, el mediador forma parte del entorno social del mismo sujeto, por esto la relación que se establece entre unos y otros estará marcada por una mayor intensidad y complejidad.

En el caso de la mediación interna, el mediador se convertirá en el ángel que muestra la puerta del paraíso y que a la vez impide que se acceda a él. Esta ambigüedad guarda una proporción entre sus dos dimensiones, porque cuanto más el mediador sea capaz de constituirse como obstáculo para la consecución del objeto deseado, más capacidad tendrá para erigirse como ídolo. Esta proporción depende en buena parte del hecho de que la subsistencia del deseo implica su insatisfacción.

La diferencia del modelo triangular de Cervantes y el de Stendhal radica principalmente en la distancia que hay entre el sujeto y el mediador idolatrado. Cervantes propone una relación triangular en que el contacto entre el Quijote y los caballeros dibujados por Amadís de Gaula es imposible. Esto le impide odiar a los caballeros. En cambio Juliel Sorel es incomprensible sin el odio y sin el autoodio. Por eso la tensión de Sorel es mucho más autodestructiva, mucho más envenenada y peligrosa.

Por otra parte, cuanto más se aproxima el mediador, más intenso se convierte el deseo de poseer el objeto que el mediador señala con su autoridad; de esta manera, más se vacía el objeto de un valor tangible y más gana en valor metafísico o simbólico. Las Memorias del subsuelo de Dostoyevski nos brindan un caso muy elocuente de lo queremos decir; nos referimos nuevamente al banquete de Zerkov. Desde todos los puntos de vista, para el protagonista de la novela resulta completamente desaconsejable asistir a una cena a la que nadie le ha invitado y en la que sabe que encontrará un ambiente hostil y humillante. Puede desconcertar al lector que el protagonista haga todo lo que se encuentra en su mano para acudir a la misma, para ser aceptado en la mesa por un conjunto de personas para quien él no significa absolutamente nada.

Los mecanismos que intervienen en la obstinación del protagonista para asistir a la cena se hacen comprensibles a la luz de la categoría de mediación interna. Lo importante para el protagonista no es, obviamente, la cena, sino su valor simbólico: participar en el grupo de amigos de Zerkov, encontrarse entre los elegidos, participar del mundo creado alrededor del ídolo. El carácter perverso de esta dinámica se manifiesta en que el protagonista siente un impulso irresistible a frecuentar precisamente aquellos ambientes que le resultan humillantes. La estrategia narrativa de Dostoyevski consiste en situar el mediador (en este caso, Zerkov) en primer plano, dejando a un segundo plano el objeto (en este caso, el valor tangible que pueda tener una cena) y colocar el protagonista en medio de una relación simbólica casi desnuda. Encontraríamos escenas tan agudas o más en El eterno marido o en Demonios, donde el lector queda desconcertado por la importancia desproporcionada que el protagonista concede a un determinado hecho u objeto. La proximidad del mediador implica una intensificación tremenda de la contradicción entre idolatrización y odio. Más que nunca, lo que resulta crucial no es ni la posesión del objeto que el mediador determina como objeto de prestigio, ni el uso o el beneficio que el protagonista podría obtener, sino el significado simbólico de esta posesión. Pero cuanto más intenso sea el deseo del objeto que el mediador determina como centro de prestigio, más intenso será también el dolor que se generará para poderlo conseguir y mayor también será la decepción y el aburrimiento después de haberlo obtenido. Por esto Dostoyevski puede poner en duda que el hombre moderno busque la felicidad (como proclama una determinada concepción, digamos racionalista o ilustrada, del hombre); antes bien, hay motivos para pensar todo lo contrario, es decir, que lo que el hombre anhela es el sufrimiento:

«¿… no podría ser que la prosperidad le resultase antipática al hombre? ¿No podría ser que prefiriese el sufrimiento y que éste le resultase tan provechoso como la prosperidad? Que el hombre ama con pasión el sufrimiento es un hecho comprobado […]. Estoy seguro de que el hombre no dejará nunca de amar el verdadero sufrimiento, la destrucción y el caos»17.

El deseo de la trascendencia no aleja ciertamente la subjetividad moderna de otras antropologías, pero los autores que estamos considerando aquí nos ayudan a entender que la dirección hacia la que proyecta este deseo es extraordinariamente problemática.

II. La mediación externa e interna ordenada en función de la publicidad o privacidad de la mediación.

Una de las diferencias más importantes entre la mediación externa e interna es que el héroe de la mediación externa proclama bien alto la verdadera naturaleza del deseo, mientras que el de la mediación interna hace todo lo posible para ocultarla.

El Quijote proclama la fascinación que siente por su ídolo de una manera reiterada, explícita, perfectamente abierta; en cambio Emma Bovary expresa esta fascinación con mucha más privacidad y discreción. De entrada esto tiene un efecto narrativo muy destacable y es que en la descripción de la trayectoria de Emma Bovary apenas hay lugar para el humor. Esta pérdida es muy significativa: Emma despierta en el lector un sentimiento muy diferente del que despertaba el Caballero de la triste figura: por muy triste que fuese su figura, lo cierto es que daba pie a un individuo cómico. En la pintura que Flaubert dibuja encontramos una angustia creciente, un dramatismo compacto que no deja margen para que el lector pueda sonreír.

En el caso del Quijote, no hay un doble lenguaje; no apreciamos ni la existencia de una personalidad hipócrita, ni un orgullo que le impida mostrar un comportamiento abiertamente mimético. Cuanto más importante sea la distancia que hay entre el sujeto y el mediador menos le hará falta al sujeto disimular cuál es la naturaleza de su deseo, más abiertamente se podrá confesar y confesar a todo el mundo su voluntad de imitar y, en definitiva, de no ser aquel que es. En contraste con ello, los héroes de lo que llamamos mediación interna disimulan tanto como pueden esta sumisión casi religiosa respecto al mediador.

Tratemos de esbozar las razones de este hecho.

El mediador, como ya hemos visto, se convierte en un. personaje que, habida cuenta de que puede quedarse con el objeto deseado, es idolatrado por una parte (porque comunica prestigio al objeto en virtud de su autoridad), pero por otra parte es odiado (dado que es un obstáculo para la consecución del objeto). En la medida que el sujeto queda atrapado en la trama de esta relación ambigua, tenderá a sentir la necesidad de relegar al silencio este estado de cosas. De acuerdo con ello, el sujeto se moverá progresivamente entre la simulación y la hipocresía, entre el rencor y el miedo a ser humillado, es decir, sorprendido en su duplicidad. El sujeto tiende a negar completamente la tensión en la que se encuentra, especialmente cuando la dependencia respecto del mediador es más fuerte que nunca, porque esto pone en entredicho justamente la independencia, la libertad y la soberanía que el sujeto moderno considera esenciales para su autodefinición.

Es remarcable que este rencor que siente el protagonista no vaya dirigido solamente al mediador, sino también, y en una proporción idéntica, hacia sí mismo, precisamente porque el sujeto se recrimina continuamente la admiración secreta que siente por el mediador. La conciencia de esta admiración es humillante para el héroe de la novela porque, como ya hemos sugerido, contradice completamente el ideal del hombre que se ha liberado de todo servilismo, del hombre que quiere ser perfectamente espontáneo, perfectamente auténtico y original. Por este motivo todo lo que ve este mediador es abiertamente rechazado, pero en la misma medida secretamente deseado.

La conciencia de esta veneración respecto al modelo es igualmente humillante porque manifiesta que, en última instancia, el sujeto no es, como pretendía ser, dueño (de sí mismo), sino esclavo (de otro). Digámoslo de una forma sucinta: la veneración del ídolo humilla el orgullo constitutivo de un sujeto que querría ser autónomo y perfectamente libre pero que, en cambio, él mismo comprende que es profundamente dependiente. Por eso también el sujeto no estará dispuesto a admitir nunca que el mediador ejerce una influencia en su comportamiento y en sus preferencias; incluso llegará a manifestar el desprecio que le provoca.

Max Scheler caracteriza este rencor a que nos referimos con el nombre de resentimiento. El resentimiento es la expresión moral de la impotencia para ser plenamente lo que se desea ser. Este estado de cosas se expresa de una forma diversificada, es decir, no sólo a través del odio y la admiración que el sujeto siente de una manera aparentemente gratuita, sino también a través de la envidia y los celos (muy especialmente en la medida en que el odio y la admiración conviven de una manera sistemática con el orgullo).

Para comprender este tipo de fenómenos nos hemos obstinado normalmente en analizar la naturaleza del sujeto y del objeto y, en cambio, hemos olvidado casi de manera constante la clave auténticamente significativa de todo este juego, es decir, el mediador y el deseo de imitación que éste inspira en el sujeto, la fascinación por la alteridad, por aquel que yo no soy (es decir: por aquel o aquello que niega lo que yo soy) y que yo querría ser.

Una de las tesis de René Girard es que los sentimientos modernos tratados por la novela se deben fundamentalmente a la existencia de «naturalezas envidiosas» o «temperamentos celosos», es decir, a la existencia de sujetos supeditados a una estructura triangular de mediación interna que, por esta misma razón, necesitan poner énfasis en el hecho de que son extraordinariamente originales, espontáneos, libres, perfectamente singulares. Aquí hay todo un conjunto de deseos vividos modernamente (odio a la sociedad, deseo del desierto, adopción de formas relativamente exóticas de vida, etc.), que expresan de manera más o menos inconsciente la constitución de este complejo individualista.

Es bastante común en los autores de los que hablamos en estas páginas que el descubrimiento del núcleo profundo del sujeto romántico sea el resultado de un largo proceso de maduración personal. Hay autores -como es el caso de Stendhal y Dostoyevski- que pasan a lo largo de su vida por una fase de producción romántica (normalmente ubicada durante el periodo de su juventud) que sirve de punto de partida de su reflexión.

Para Stendhal, inicialmente, la pasión significaba justamente el contrario de la vanidad, es decir, consideraba la pasión como el sello de la autenticidad del sujeto libre, aquello que llenaba el alma de una intensidad metafísica que lo situaba en un plano superior respecto del resto de los humanos. Esto, por ejemplo, es lo que le permitía hablar en su libro De l’Amour (publicado en 1822) de la profunda contraposición entre las figuras de Don Juan y del joven Werther. Gradualmente irá comprendiendo que entre los deseos intensos (anteriormente atribuidos a la pasión) y la vanidad no hay una desconexión tan radical como creía. Para el Stendhal del periodo de madurez, cuando escribe sus grandes novelas, la intensidad de un deseo no valdrá ya de ninguna manera como signo de autenticidad, como tampoco la indiferencia aparente respecto de un determinado objeto o de una determinada persona equivale al desinterés. Tanto los deseos de gran intensidad como la indiferencia más altiva pueden ser reflejos de una subjetividad sometida al complejo de la mediación interna. El caso de Julien Sorel en Rojo y negro es en este sentido realmente emblemático.

En general, una de las virtudes más remarcables de las novelas que estamos comentando en estas páginas, radica en el hecho de que se sitúan en una posición crítica respecto de la subjetividad moderna, sin que ello signifique exhibir una actitud de nostalgia restauracionista respecto al pasado. Quizá de una manera muy particular esta posición crítica se dirige a la forma como la modernidad ha articulado la subjetividad a través de los mitos liberal y romántico. Las novelas insistirán de una manera muy especial en la última de estas formulaciones, la de la subjetividad romántica, que corresponde a la del individuo capaz de generar deseos espontáneos -el individuo que, gracias a la intensidad apasionada de sus sentimientos, pretende destacar heroicamente de la masa que, sometida a unas normas más o menos tradicionales, vive una vida completamente mediocre-.

El romanticismo difícilmente puede subsistir sin la polaridad (maniquea) del hombre sublime y del hombre vulgar, del puro y del impuro, de lo que es extraordinario y de lo que es ordinario; por esta razón, en este contexto espiritual, la trayectoria del sujeto está marcada a menudo por el deseo irrefrenable de distanciarse respecto del que considera inferior -que es todo lo contrario de la kenosis, del agape y de la encarnación-. La crítica romántica al mundo de las convenciones sociales es seguramente, entre otras cosas, la expresión de una recreación del maniqueísmo en un nuevo contexto histórico.

¿Qué características propias del maniqueísmo sería interesante destacar aquí?

a) El cosmos está dominado por una polaridad irreconciliable entre puro e impuro, superior e inferior.
b) Lo que es superior no ama al inferior, sino que lo atrae por su pureza. El superior es superior precisamente en virtud de su identidad y autenticidad -su ser es precisamente la identidad, la plena integración del ser con el deber ser-; es la plena definición, la vida plenamente concentrada alrededor de esta identidad.
c) El inferior, atraído por aquello que es superior, entra en contradicción con su propia realidad. De acuerdo con esto, la materia, que es concreta y tangible, se convierte no en el escenario donde transcurre la vida, sino en un obstáculo para el alma.
d) La experiencia del exilio metafísico, y por lo tanto, de la necesidad de reconciliarse consigo mismo, empuja al sujeto a querer huir de su mundo (fuga mundi) a la búsqueda de una patria.

Pero en el maniqueísmo lo superior no puede redimir lo inferior sin aniquilar su finitud. Esta se ve obligada a inmolarse, tiene que sacrificarse para poder acceder a lo que es puro. El desprecio de sí mismo es una consecuencia monstruosa de esta espiritualidad que precipita al sujeto a su negación: yo no soy nada, el otro lo es todo.

En cada uno de los escritores que citamos hay ciertamente un romántico que se resiste a morir, pero también un novelista capaz de recordar los peligros de una subjetividad autodestructiva. Sobre la base de esta subjetividad, el valor de la colectividad y del orden político queda muy a menudo debilitado. La espiritualidad aparentemente más profunda, pura e inspirada por los ideales más elevados y románticos puede convivir de esta manera con las formas más orgullosas de desprecio hacia la supuesta mediocridad de la existencia ordinaria de la mayoría. Flaubert nos dibuja reiteradamente esta situación a lo largo de su novela Madame Bovary. Veamos un ejemplo:

«-¡Las obligaciones! -exclamó Rodolphe- ¡Siempre las obligaciones! ¡Estoy harto de esas palabras! Los que nos cantan constantemente en los oídos «¡La obligación, la obligación!» son una sarta de bobos y de beatas insensatas. La única obligación es sentir aquello que es grande, amar la belleza en vez de aceptar todas las convenciones de la sociedad con las ignominias que nos impone.
-De todos modos… de todos modos -objetaba la señora Bovary.
-¡No, no! ¿Por qué hay que declamar contra las pasiones? ¿Por ventura no son lo mejor que hay en la tierra, la fuente del heroísmo, del entusiasmo, de la poesía, de la música, de las artes, de todo, en fin? -Aún así-replicó Emma-, uno tiene que hacer caso de la opinión de la gente y obedecer a su moral.
-¡ Ah, naturalmente! Hay que tener en cuenta que hay dos morales. La pequeña, la propia de las convenciones, la de los hombres, la que cambia constantemente, la que grita y agita, abajo, como esta sarta de imbéciles que estamos viendo; y la otra, la eterna, la que tenemos a nuestro alrededor y encima de nosotros, como el paisaje que nos rodea y el cielo azul que nos ilumina».

El genio del novelista empieza a mostrarse cuando desenmascara gradualmente las mentiras del ego y su tendencia a presentar como un ejercicio de libertad lo que en realidad no es más que la voluntad de dominio de una subjetividad marcada por la intranquilidad de su insuficiencia. Es esto lo que permite exclamar a Dostoyevski: «¡Cuantas mentiras puede acumular un hombre!»18.

Esta frase presenta el aspecto del balance de toda una vida. La experiencia del Temps retrouvé en Proust es también la experiencia de la muerte del orgullo, lo que quiere decir también el nacimiento a la humildad, a la humanización del hombre. Volver a encontrar el tiempo significa encontrarse a sí mismo, dejar de lado la tensión que supone envidiar, idolatrar y por tanto imitar (en muchos casos secretamente) al otro; comprender, en definitiva, que los impulsos de la propia subjetividad han estado marcados en última instancia por la voluntad de afirmar a un yo vanidoso.

La muerte del Quijote, de Emma Bovary, de Julien Sorel, al final de sus respectivas novelas ofrece un paralelismo que va mucho más allá de una coincidencia estructural: es el reconocimiento de que el hombre, entregado a su ego, se precipita por la pendiente de su autodestrucción. El gran reto del sujeto es liberarse de esta contradicción paralizante por medio de una purificación de su propia realidad y de su propia memoria. El gran reto del sujeto moderno consistirá, de acuerdo con esto, en comprender la necesidad de una transformación radical de su autocomprensión, lo que le permitirá alcanzar un discernimiento mínimo sobre los peligros de la idolatrización. Mientras el hombre se identifique con la subjetividad está abocado a una dinámica marcada por el deseo de convertirse en aquello que no es, por la fuerza de la envidia que le conduce a idolatrar y por tanto también a despreciar. Al fin y al cabo, el ídolo, el mediador, es aquel hacia el que el sujeto proyecta la necesidad de redención de su propia finitud; y es justamente a propósito de esta necesidad cómo se forjan las diferentes figuras de conciencia del sujeto.

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Toda esta peripecia de la incomodidad con que el sujeto moderno vive su propia realidad finita se muestra en la novela de diferentes maneras. No obstante, hay un tema que se repite de forma casi obsesiva, y es el tema del amor romántico.

El amante romántico es una de las expresiones mejor trazadas del sujeto que se esfuerza por trascender su finitud. El amante romántico lleva a la escena un eros que, en cuanto tal, sólo puede sobrevivir sin realizar un proyecto de comunión, es decir, sólo podrá subsistir con la condición de que se mantenga el obstáculo que impide la posesión del objeto deseado. Por esta razón no nos puede extrañar que el amante romántico llegue a desear la infidelidad de aquel a quien dice amar.

Encontramos un buen ejemplo del interés para crear obstáculos con la finalidad de mantener vivo el deseo en los capítulos 33 y 35 de la primera parte de El Quijote, concretamente en la novela titulada El curioso impertinente. La característica fundamental que podríamos retener de esta narración es el hecho de que el esposo parece necesitar que su amigo (el mediador) desee a su esposa para poder seguir amándola (o quizás para poder amarla por primera vez). Sin el interés del amigo (Lotario) por su esposa Camila, ésta pierde para Anselmo todo el valor. Sólo si el amigo se enamora de su propia esposa, el sujeto se siente ratificado en su elección.

No hay novela, ni historia de amor romántico sin la existencia de un obstáculo. Por este motivo, el sujeto se esfuerza para que estos obstáculos se perpetúen, pues de lo contrario su amor (eros) perdería todo su sentido. Esto parece dar fuerza al argumento de Dostoyevski al que nos hemos referido antes, a saber, que no es evidente que el hombre moderno quiera la felicidad. Quizás todas las complejas descripciones hechas por Stendhal, como pone de relieve René Girard, en última instancia no son sino un intento de encontrar una respuesta a la pregunta: «¿Por qué el hombre moderno es incapaz de ser feliz?»19.

Nos limitaremos aquí a apuntar un tema de una enorme importancia: el «deseo de sufrir»20 o, para decirlo con Rougemont, «el entusiasmo de la tristeza metafísica»21 que vemos en todo amor romántico como principio explicativo del masoquismo. La estructura última del masoquismo es incomprensible si se aborda como un desajuste de orden sexual, antes bien, el desajuste sexual que conocemos con el nombre de masoquismo es la expresión de una enfermedad metafísica. Los capítulos VIII-XX de la segunda parte de Rojo y negro nos ofrecen una cantidad nada despreciable de ejemplos de lo que estamos diciendo.

Quizá una de las muestras más elocuentes de la vanidad del amor romántico es que la posesión del objeto deseado conduce una y otra vez al desencanto y al aburrimiento. Por este motivo creemos que una fenomenología de la conciencia moderna no puede obviar la descripción del aburrimiento y de la subsiguiente búsqueda de diversión como uno de los núcleos fuertes de la experiencia del sujeto. En el capítulo XL de la segunda parte de Le Rouge et le Noir leemos: «¡Y decir que había deseado con tanta pasión esta intimidad perfecta que ahora me deja frío!».

Es también una confesión muy próxima al balance que hace el protagonista de Un amour de Swann de Marcel Proust: «Decir que he malgastado años de mi vida, que he querido morir, que he tenido el más grande de los amores por una mujer que no me gustaba, que no era de mi género». La última estación del trayecto que conduce al conocimiento de una persona a quien se ha divinizado es la decepción y el desengaño -excepto si la muerte interrumpe este proceso-. Por este motivo tampoco resulta inusual que la muerte sea la única capaz de dar una apariencia de realidad al deseo o al amor romántico. Vale la pena añadir que el desengaño no es tanto aquello que descalifica a la persona divinizada, como aquello que pone de relieve el error o la confusión fundamental en la que había caído el sujeto que diviniza.

Podríamos expresar esta idea diciendo que la posesión desacraliza; es aquello que da pie a la expresión stendhaliniana «Ce n’est que cela!». En el caso de Dostoyevski este desengaño tiene efectos realmente dramáticos que pueden incluso conducir al suicidio. Esta decepción pone de manifiesto la absurdidad del deseo triangular y de la esperanza depositada en un supuesto redentor. De la misma manera que el deseo y la mediación suponen la existencia de un sujeto abocado a ser el otro de sí mismo, a una exterioridad sistemática, es decir, a una vacuidad y a una vanidad fundamentales, también así el objeto del deseo queda igualmente afectado por esta vacuidad que el sujeto comunica: el objeto mediatizado por la sugestión no es nada, o mejor dicho, no tiene nada que ver con aquello que el sujeto había imaginado que era. Este es el caso de los molinos del Quijote o de las clases altas de París de Emma Bovary. También podemos decir que el objeto afectado por la sugestión no es lo que se creía; antes bien, supone una forma de visualizar la vanidad de la vida del sujeto. Nada de esto podría redimir el sujeto moderno de su dolor y de su finitud.

Finalmente diremos que no es que la lectura que proponemos de estas obras suponga afirmar que la gran novela transmita una visión pesimista de la modernidad en su conjunto; simplemente (y esto ciertamente no es poco) que comprende y narra la extraordinaria fragilidad de un sujeto que aún hoy sigue celebrando una proclamación muy precipitada de su libertad.

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Dos versiones de las Memorias del subsuelo, una en catalán aparecida en el 2002, la otra en castellano, del 2003, muestran hasta qué punto esta obra capital de Dostoyevski sigue despertando el interés de ios lectores españoles. Central es esta novela, por una parte, porque se sitúa en medio del periplo creativo del escritor. En la magnífica introducción que ha hecho para la edición de Cátedra que aquí comentamos, Bela Martinova señala con acierto que las Memorias del subsuelo pueden considerarse continuación de esa obra de juventud, tan original como mal comprendida, que es El doble. «Como si un Goldiakin -ha escrito Martinova- restituido de su dolencia, se erguiera sobre sus pies y tras mucho silencio, prosiguiera su inacabado discurso, pues ahora ya no tiene ningún gemelo o doble que le siga a rodas partes, pisándole los talones, traicionándole a cada paso y a cada palabra pronunciada por él espontánea e ingenuamente» (p, 28).

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El carácter nuclear de estas Memorias se manifiesta asimismo en la continuidad, señalada también en la introducción, entre el hombre del subsuelo y los Stavroguin, Raskólnikov e Ivanes de la novelística madura de Dostoyevski. Variantes de un mismo tipo de «burócrata del saber» que, como explica Martinova, se hace responsable «de todo tipo de teorías capaces de manipular hasta el extremo la vida viva. Serán la encarnación de aquellos otros que se han apartado de la vida comunitaria para acercarse a elevadas teorías acerca de ella; teorías que permiten manipular la vida hasta aniquilarla, de extenuarla hasta matarla, ya que un buen argumento lógico siempre prima frente a todo lo demás» (p. 25).

Llegan, pues, a las librerías dos versiones de una misma obra que no sólo se anticipó, como es sólito señalar a propósito de ella, a la burocracia de la organización de) partido en la ex Unión Soviética, sino a una «enfermedad de la conciencia» que, a caballo entre una analítica obsesiva y una fe manifiestamente infundada, idolátrica, en la ciencia, sigue causando estragos entre los hombres y mujeres del siglo XXI. N . R.

© Ignasi Boada, 2002
© Del texto original en catalán. Diàlegs. Revista d’estudis potítics i socials, 2002
© De la traducción al castellano: Ignasi Boada, 2003

NOTAS

1· Original catalán publicado en Diàlegs. Revista d’estudis polítics i socials, Año 5, octubre-diciembre 2002, núm. 18, págs. 63-88.
2· Trabajamos con la edición del Quijote preparada por Martí de Riquer, Barcelona: Planeta, 1994.
3· Ver Girard, René, Ménsonge romantique et vérité romanesque, París: Grasset, 1961.
4· Stendhal, Le Rouge et fe noir, Editions du Dauphin, París; capítulo XXVIII, 2ª parte, p. 378.
5· Miguel de Cervantes, Quijote, cit., p. 668.
6· La palabra griega amartía, traducida al latín como peccatus, tiene que leerse a la luz del significado del verbo amartános, que significa tanto como errar, no alcanzar un objetivo al lanzar una flecha. El impulso de trascendencia está ahí, pero no se llega al objetivo correcto. Este es el pecado del sujeto novelesco: se moviliza para trascender su finitud pero yerra completamente el objetivo.
7· Stendhal, ibid, cap. XVI, 2ª parte, p. 314. «El amor apasionado era aún más un modelo al que se imitaba que una realidad» (del Tr.).
8·Stendhal, ibid, cap. XIV, 2ª parte, p. 302. «Todo tiene que ser singular en una chica como yo…» (del Tr.).
9· Stendhal, ibid, cap. XXX, 2ª parte, p. 388. «Si ella nota como la adoro, entonces la pierdo» (del Tr.).
10· Stendhal, ibid, cap. XX, 2ª parte, p. 335. «Una débilidad por uno de los lacayos» (del Tr.).
11· Stendhal, ibid, cap. XVIII, 2ª parte, p. 322.
12· Stendhal, ibid, capítulo XXXIV, 2ª parte, p. 405. «Después de todo, mi novela se ha acabado, y a mí se debe todo el mérito. He sabido hacerme amar de este monstruo del orgullo, añadía mirando a Mathilde; su padre no puede vivir sin ella ni ella sin mí» (del Tr.).
13· Dostoyevski, Fiodor, Notes from the Underground, Dover Publications: Nueva York 1992, p. 31.
14· El Quijote llega incluso a hablar explícitamente de su religión para referirse al orden de caballería (Miguel de Cervantes, Ibid., p. 385: «Yo topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga»).
15· Ver especialemente el capítulo VIII y siguiente de la segunda parte de Le Rouge et le Noir.
16· Girard René, ibid., p. 22.
17· Dostoyevski, Fiodor, Notes from the Underground, p. 23.
18· Dostoyevski, Fiodor, Dimonis, Barcelona: Edhasa, 1987, p. 493.
l9· Girard, René, ibid., p. 137.
20· Girard, René, ibid., p. 241.
21· Rougemont, Denis de, L’amour et l’Occident, París: Plon, 1972, p. 231.