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Ver productosCualquiera que conozca la esperanzadora previsión económica para 2003 y 2004, referido a América Latina, no podrá por menos que preguntarse una vez más: ¿hay alguna esperanza de cambio en el futuro económico latinoamericano o estamos sólo ante una fase ascendente del ciclo de la que, más pronto que tarde, descenderemos de nuevo hacia el abismo?
Para responder con criterio a esa pregunta, sin dejarse llevar por un irreflexivo optimismo, ni tampoco por su contrario, resulta pertinente la lectura de la sección sobre la situación económica del Anuario de América Latina, del Real Instituto Elcano. La pluralidad de enfoques de los distintos autores que colaboran en el número no impide tener una visión clara del panorama subcontinental sino, muy al contrario: esta segunda parte facilita comprender como un todo el complejo sistema económico en el que se debaten los deseos de progreso y las restricciones propias y ajenas que experimentan los países de América Latina.

Resulta muy indicado iniciar este viaje con la visión siempre completa de la CEPAL. Transcurridos casi dos años del inicio de la crisis económica en la región, José Antonio Ocampo (CEPAL) ofrece un cuidado análisis técnica sobre la gestación y maduración de la misma. Pese a las notables diferencias en el modo de afrontar y superar las crisis los distintos países del subcontinente, el artículo documenta la existencia de un hecho común: la pérdida de grados de libertad en la aplicación de políticas económicas. Esta cuestión no es nueva para ninguna nación del planeta, en el contexto de una economía mundial cada vez más globaliiada, y afecta en mayor o menor medida a todas las regiones económicas, con independencia de su nivel de desarrollo.
El problema surge, sin embargo, cuando el inevitable ajuste a un periodo de menor dinamismo (común en casi todo el mundo duran te el 2002), deja secuelas permanentes, esto es, se traduce no sólo en desajustes cíclicos sino en desequilibrios estructurales que, aún recuperado el ritmo económico internacional, impiden retornar con fuerza a la fase de recuperación. En este sentido, preocupan algunas evidencias apuntadas en el examen de José Antonio Ocampo, como la pérdida de peso de la inversión sobre el producto, unida a la caída del ahorro externo o el deterioro estructural del empleo.
El diagnóstico invita, por tanto, a revisar las restricciones estructurales —«los siete pecados capitales»— que lastran el despegue de la región, más allá de vientos a favor o en contra. Ese es el objetivo del estudio de José Juan Ruiz, director del área de estrategia y análisis del BSCH, que propone el complicado ejercicio empírico de aproximar, en un índice sintético, la vulnerabilidad política y económica de los principales países latinoamericanos, con la sana intención de desmitificar el recurso tópico a la «maldición latinoamericana».
El artículo despliega un excelente esquema técnico pata entender la estructura político-económica de la región, tejido con los mimbres de una cuidadosa selección de referencias teóricas, acompañadas de acertadas ilustraciones empíricas de cada uno de los lastres estructurales señalados por el autor. Sin embargo, y salvo algunos resultados parciales de gran interés, los logros son finalmente escasos y uno echa de menos el «gran final» que las intenciones del autor hacen prever al inicio. No obstante, algo queda meridianamente claro gracias a la precisa capacidad del autor para la disección de la realidad económica: las cosas en Latinoamérica están cambiando a mejor y, quizá por vez primera, buena parte del continente está preparado para decidir su propio futuro y competir con méritos en la global izada lucha por la financiación del crecimiento de las áreas en desarrollo.
Algunos de los aspectos tratados por José Juan Ruiz son contrastados por Sebastián Edwards, el autor del último estudio de los que componen la sección de economía. Pese a su aparente carácter fragmentario, su artículo presenta una interesante selección de asuntos clave en materia de política económica. No sin cierto asombro descubrimos cómo las cuestiones que hoy en día parecen decisivas para afrontar el futuro económico de la región, siguen siendo las mismas que vienen ocupando a los académicos desde hace veinte años y, de nuevo asombrados, observamos que algunas de estas cuestiones requieren todavía un juicio matizado.
Edwards aborda en primer lugar un tema de actualidad crónica: la utilidad de los controles a la movilidad de capitales a corto plazo como mecanismo de prevención del contagio financiero. Sin los habituales prejuicios sobre esta materia, Edwards pretende aportar preguntas más que respuestas y con esa intención reflexiona sobre la experiencia chilena, proponiendo a académicos y analistas la comprobación empírica, sin complejos ni prejuicios, de los verdaderos efectos de este tipo de medidas y la conveniencia de que sean impuestas con carácter temporal o permanente.
Aborda también, aunque brevemente, la cuestión, hoy ampliamente aceptada, de los efectos económicos contractivos derivados de las devaluaciones cambiarias, invitando de nuevo al estudio reposado de los canales de transmisión de estos efectos.
En tercer lugar, recuerda a los lectores la necesidad de una reflexión seria sobre tos canales de transmisión del ciclo económico internacional a los países latinoamericanos aportando, como punto de partida, una revisión personal sobre el caso de El Salvador.
El artículo de Edwards tiene la virtud de provocar en el lector cierta inquietud, toda vez que algunas bases analíticas que pueden suponerse más o menos sólidas, admiten y merecen un enfoque más meditado. En este sentido, es recomendable la lectura del análisis realizado por Domingo Cavallo sobre régimen monetario y política cambiaria en Argentina.
Pocas cosas están tan claras como que, de cara al exterior y a los propios ciudadanos argentinos, la crisis de aquel país fue políticamente manejada a conveniencia para edificar juicios (más aún, prejuicios) contra quienes, en realidad, poco o nada tenían que ver con la debacle: el neoliberalismo, las empresas extranjeras, los multilaterales, los competidores países vecinos; y entre estos monstruos de ficción, aparece también regularmente la figura de Domingo F. Cavallo.
Por eso resulta gratificante que el Instituto Elcano, haciendo oídos sordos a palabras necias, incluya entre sus colaboradores a este académico y profesional, que durante tantos años fue ministro de Finanzas, para ilustrar el papel jugado por el Currency Board y su posterior abandono en la crisis argentina. La lectura del texto es por ello muy recomendable para todos aquellos que reconozcan tener una visión estereotipada de los desencadenantes de la crisis y, sobre todo, de su manejo. A modo de conclusión, adelantaremos aquí que Domingo F. Cavallo exime de culpa al Currency Board y defiende que, una vez desencadenados los problemas de insostenibilidad fiscal, el mayor error fue precisamente el cambio en el régimen monetario que, de forma brusca, alteró los derechos de propiedad de los ahorristas y acreedores. El autor acusa explícitamente a Duhalde y a Alfonsín no sólo de propiciar la crisis, sino de hacerle frente de la peor manera posible. En todo momento, sin embargo, el artículo mantiene un tono académico alejado del discurso político y propone siempre, tras la crítica, alternativas razonadas para evitar (o haber evitado) la actual situación argentina.
Sin abandonar el escenario argentino, Jorge Blázquez y Miguel Sebastián, del servicio de estudios del BRVA, abordan la cuantificación de la crisis de este país sobre la economía española. La exploración se justifica por el enorme compromiso de las empresas españolas en esas tierras: el 33% de las inversiones exteriores españolas entre 1992 y 2001 se dirigieron a Argentina, donde se crearon setenta mil puestos de trabajo, contribuyendo al 11% de la recaudación tributaria, casi al 6% de la formación bruta de capital y a alrededor del 3% del PIB.
Los autores descomponen el efecto de la crisis en seis canales e intentan, en casi todos ellos, una medición cuantitativa de los impactos sobre la economía española. Como el propio autor reconoce, la aproximación cuantitativa es analíticamente pobre y, en ocasiones, conceptualmente simplista y por ello arriesgada y poco confiable. Los tres efectos transmitidos por canales de «economía real» hacen referencia a la reducción de exportaciones, el menor gasto en inversión nacional derivado de la pérdida patrimonial de las empresas españolas con filiales en Argentina y el efecto positivo derivado de la incorporación de mano de obra cualificada argentina emigrada a España. Los canales financieros se centran en el posible efecto contagio desde los activos argentinos a la deuda soberana española, la pérdida patrimonial de los tenedores españoles de bonos argentinos y la pérdida de riqueza derivada de una peor evolución de la bolsa española. Con todas las salvaguardas posibles (debemos insistir en la inmediatez de muchos cálculos y asunciones teóricas y empíricas), el efecto global habría supuesto un menor crecimiento del P1B de 0,8 décimas, señalándose como el más importante el efecto derivado de la pérdida de valor de los activos de renta variable en la bolsa española.
Finalizado el recorrido por 1a evolución de la economía latinoamericana de los últimos diez años (diagnóstico mixto de logros y decepciones), conviene adentrarse en el estudio sobre pobreza, desarrollo sostenible y medio ambiente elaborado por José Antonio Alonso. Debemos anticipar que el análisis no contiene demasiados elementos novedosos. No hay, por tanto, buenas noticias: en suma, aunque la heterogeneidad del continente dificulta la percepción global, se revela, tina vez más, un diagnóstico de moledor.
En el 2002, un 43% de la población latinoamericana es «pobre», lo que supone 214 millones de personas (92 millones de indigentes), pese a la moderada reducción de la pobreza en términos relativos, logrados en los últimos años. A algún lector poco familiarizado con el subcontinente le sorprenderá comprobar que estas cifras son preocupantes también en países que gozan de cierto reconocimiento internacional en materia de progreso económico (en Chile, un 20% de la población puede considerarse pobre) lo que, de manera evidente, sugiere una valoración más matizada del éxito de un determinado modelo económico.
En este sentido, el autor apela, como tanto otros, a la lucha contra la desigualdad como medio indispensable para traducir el crecimiento en reducción de la pobreza. La desigualdad nace, seminalmente, de la falta de equidad en el acceso a la educación y es por ello que se revisa también con detalle en este estudio el avance registrado en matera educativa. En este punto, el autor maneja con cierto optimismo las crecientes tasas de matriculación en los diversos ciclos de enseñanza pero, como señalaría José Juan Ruiz en un artículo previo de este mismo Anuario, las cifras son engañosas si se considera el decreciente gasto invertido en educación, lo que, en buena medida, redunda en una peor calidad de la educación y, con ello, mayores tasas de abandono.
A la desigualdad que nace de la dificultad de acceso a una enseñanza de calidad, el autor muestra que un mercado laboral con escaso dinamismo, creciente informalidad e intensiva industrialización contribuye a «consolidar la desigualdad»; una perspectiva interesante que complementa la visión tradicional asociada con deficiencias estructurales y educacionales de la organización social. La escasa madurez del sistema de protección social impide que, en momentos de declive económico, se acentúen la pobreza y exclusión económica y social. Ello convierte en urgente la tarea de rediseño de la estructura y alcance del gasto social.
Es en el último tramo del artículo donde el autor aporta, a nuestro juicio, la dimensión más interesante del diagnóstico, deteniéndose en la dimensión ambiental de la actividad productiva. La conclusión es, de nuevo, poco alentadora. El modelo de crecimiento adoptado es clara y deliberadamente lesivo para los intereses medioambientales de la región; pese a los esfuerzos en materia política nacidos de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, los recursos financieros invertidos en materia ambiental son escasos y, por ello, también los avances reales.
En noviembre de 2003, los directores ejecutivos de diversas asociaciones de redes de fundaciones de patronazgo participaron en la II Reunión Regional sobre el Sector Filantrópico en América Latina y el Caribe. La convocatoria, celebrada en Chile, se llevó a cabo por iniciativa de WINGS (Worldwide Initiatives for Grantmaker Suppor, http:www.wingsweb.org) y de la Fundación PROhumana (http:prohumana.cl), y a ella acudieron representantes de Brasil, México, Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, República Dominicana y Venezuela, entre otros. Un encuentro similar ya. había tenido lugar en el 2002, en la ciudad de São Paulo, con el apoyo de WINGS y GIFE (Grupo de Institutos, Fundações e Empresas, http:www.gife.org.br). Ambas reuniones han tenido como objetivo estrechar los lazos entre las organizaciones, para estimular así el intercambio de experiencias y el diseño de estrategias comunes en lo que concierne al desarrollo de actividades solidarias en los mencionados países.
En mayo de este año tendrá lugar en Brasil el VII Encuentro Iberoamericano del Tercer Sector (http:www.ibero2004.org.br), que ha de reunir a más de ochocientos líderes de la sociedad civil y tiene como objetivo la búsqueda de alternativas que palien el escenario de desigualdad social en el Cono Sur de América. El tema de los encuentros será «La ciudadanía y sus múltiples dimensiones», teniendo siempre como referencia principal la del tercer sector, tanto en las discusiones teóricas como en la presentación de experiencias concretas.
Estos tres eventos -y muchos otros que pueden consultarse en las agendas de las distintas páginas web aquí apuntadas- demuestran que es ya una realidad la consolidación en la región de un fuerte sector de iniciativas sin ánimo de lucro. En muchos de estos países, las organizaciones no gubernamentales, los movimientos, las asociaciones y las fundaciones ya trabajan entre sí y con los gobiernos locales para ofrecer servicios y asistencia en áreas como la educación, la sanidad, la cultura, el medio ambiente o el desarrollo social. La articulación de los esfuerzos avanza ahora hacia una nueva etapa, que pasa por la creación de una identidad regional para este movimiento que sobrepase las fronteras actuales.
Esta sinergia entre los sectores sin fines lucrativos ayuda asimismo a definir una identidad de la región. Actualmente, son los Estados Unidos y algunos países de Europa occidental las referencias habituales cuando se trata del tercer sector. En los Estados Unidos, por ejemplo, ya hay un gran número de empresas especializadas en ofrecer productos y servicios exclusivos para estas organizaciones. Y aunque muchas técnicas y experiencias pueden ser importadas, sobre todo por parte de los países latinoamericanos, no todo ello sin embargo resulta inmediatamente implantable. En algunos casos, las diferencias, fundamentalmente históricas, entre Estados Unidos e Iberoamérica, crean verdaderos abismos entre las dos áreas. Al existir trayectorias y lógicas distintas en cada región, son muchas las experiencias que no pueden aplicarse de inmediato en esta región, al menos sin una adaptación previa. Crear una «cara latina» para el sector sin ánimo de lucro de Iberoamérica es esencial cuando hablamos de las tecnologías sociales más cercanas a nuestra realidad. Y es que, siendo más próximas, tendrán ciertamente mayor impacto entre las poblaciones atendidas, que concluirán por identificarse más fácilmente y desempeñarán un papel más activo en estos procesos de transformación.
Del mismo modo que cada país tiene sus particularidades políticas, económicas y culturales, los sectores sin ánimo lucrativo de Iberoamérica están también bastante diversificados. Existen, con todo, puntos de unión que, si son explotados en conjunto, pueden redundar en beneficio de toda la región. En el encuentro de Chile, por ejemplo, quedaron claras ciertas reivindicaciones comunes a todos: la instauración de redes de información sistematizadas y también el apoyo a la investigación, de tal modo que pueda obtenerse un panorama completo del sector. Otra rémora que impide una mayor consolidación del tercer sector radica en las distintas legislaciones de los países latinoamericanos, que por lo general se muestran poco favorables a la inversión de capital privado en proyectos sociales.
En Brasil, donde existen cerca de 220.000 organizaciones no gubernamentales que emplean a más de un millón de personas y mueven el 1,5% del PIB, los pocos incentivos fiscales existentes, en lo que respecta al tercer sector, se aplican tan sólo a las grandes empresas, y aun así la burocracia pone trabas a su utilización. El sector, por otra parte, se ve constantemente agitado con nuevas leyes de ambigua redacción, que amenazan las inmunidades y exenciones de las organizaciones sin ánimo de lucro. Todo esto está muy lejos de la legislación de 1999, que buscaba regular este ámbito (Ley de las Organizaciones de la Sociedad Civil de Interés Público).
En México, la actual regulación de las organizaciones de la sociedad civil, según se expuso en el encuentro de Chile, resulta dispersa y arbitraria. «No sólo no promueve la acción de los ciudadanos, sino que incluso excluye el reconocimiento jurídico de más de la mitad de las instituciones, como las que trabajan en el desarrollo comunitario, el medio ambiente o los derechos humanos». Otro agravante proviene de que el actual marco normativo del país no permite la creación de fundaciones en sentido estricto, esto es, instituciones con cuyos rendimientos patrimoniales se puedan financien programas o se realicen donaciones a instituciones que los realicen. Aun así, en las últimas décadas es cada vez mayor el número de organizaciones de la sociedad civil, y también de empresas que hacen inversión social en México. Sanidad, educación y bienestar son las principales áreas más atendidas. El país pasa, pues, por un periodo de consolidación del tercer sector, en el cual todavía deben desarrollarse estos tres aspectos: creación de dispositivos legales y fiscales, aumento de la cultura del donativo y del número de instituciones donantes, y la creación de redes.
En Argentina, iniciativa, profesionalidad, transparencia y alianzas son los cuatro principales desafíos del tercer sector, según expuso la presidenta de la Fundación Arcor, Lilia Pagani, en la reunión anual del Grupo de Fundaciones (GDF), en abril del pasado año. Hay aproximadamente ochenta fundaciones no gubernamentales donantes en Argentina, y las cifras facilitadas por la John Hopkins University hablan de 80.000 organizaciones sociales en el país, con un 4,5% de trabajadores que se emplean en estas instituciones. Las mayores inversiones sociales son para educación (41%), cultura (15,1%) y sanidad (13%).
Los datos hechos públicos por la Fundación PROhumana de Chile demuestran que el actual escenario político del país andino ha abierto la puerta a la creación de nuevas propuestas relacionadas con el tercer sector. En los últimos años ha aumentado en este país el número de fundaciones empresariales donantes, aunque la personalidad jurídica de esas asociaciones y fundaciones todavía depende del beneplácito del presidente de la República, que las reconoce mediante un «decreto supremo». Ya existen, sin embargo, algunos tipos de organizaciones sin ánimo de lucro que se rigen por una legislación más moderna, basada en un sistema de registro público. La Constitución de Chile no reconoce exenciones tributarias de ningún tipo a personas o instituciones, pero hoy ya se contemplan algunas excepciones para las organizaciones sin fines lucrativos. El principal obstáculo para estas organizaciones sigue siendo la necesidad de la aprobación gubernamental para hacer legales las iniciativas de los donantes.
Respecto a Colombia, que mantiene uno de los sistemas democráticos más antiguos de América, el tercer sector es mayor que la media de la región, según el mencionado estudio de la John Hopkins University. Este informe concluyó que hay cerca de 287 000 personas trabajando en el sector no lucrativo. La educación (26,1%) y la sanidad (17,5%) son las áreas más apoyadas en el país; en contrapartida, el concepto de fundaciones empresariales no encuentra regulación normativa expresa en el ordenamiento jurídico colombiano.
En la península Ibérica, España y Portugal poseen un tercer sector con fuerte proyección, principalmente gracias al buen rumbo que en épocas recientes han conocido sus economías. Aun así, los índices aún figuran por debajo de la media de otros países de Europa occidental, lo que demuestra que hay desafíos comunes que España y Portugal pueden compartirse con sus naciones hermanas de América Latina.
Además de los países citados, el tercer sector está presente en la práctica totalidad de los países de Iberoamérica. La tendencia actual determina el crecimiento y fortalecimiento de estas organizaciones, que han de convertirse en socios estratégicos de los gobiernos en la lucha contra las desigualdades sociales que asolan la región. En este sentido, el fin de las dictaduras en diversos países, y el consiguiente advenimiento de la democracia, se han mostrado esenciales para el crecimiento del sector. La democracia es, en efecto, el fermento ideal para estas organizaciones, en tanto que las libertades políticas y la libertad de expresión posibilitan el ejercicio pleno de la ciudadanía, así como el surgimiento de asociaciones civiles aglutinadas en torno a ideales y valores en los que creen y por los que están dispuestas a luchar.
Más allá de esto, el escenario democrático actual demuestra que es posible trabajar en estrecha cooperación con el Estado, sumando fuerzas para la solución de los problemas. Un buen ejemplo de ese engranaje de voluntades lo hallamos en los trabajos realizados para la atención médica de los enfermos de sida en Brasil. El Gobierno federal ha sabido aprovechar la capilaridad de las organizaciones no gubernamentales para distribuir gratuitamente los medicamentos adecuados para el tratamiento de la enfermedad. Esta política ha sido premiada por diversos organismos internacionales, y actualmente se estudia su implantación en África. Es, pues, un buen ejemplo de que «la unión hace la fuerza». Porque, por muchas que sean las personas que colaboren con ellas, las organizaciones no gubernamentales nunca van a llegar al mismo número de beneficiarios que una política estatal. De otra parte, los gobiernos tienen dificultades para invertir dinero en nuevos proyectos «experimentales», por lo que el sector sin ánimo de lucro puede emplearse como un banco de pruebas de nuevas tecnologías sociales, y de cuyas experiencias el Gobierno podrá y deberá sacar partido.
Por ese y otros motivos, el sector sin ánimo de lucro puede ahora enorgullecerse de trabajar por el asentamiento de la democracia en la región. A comienzos de 1900, había veinticinco democracias (no obstante que en ellas los hombres negros y las mujeres no tenían derecho a voto) en una región de cincuenta y cinco países soberanos. En la actualidad, son 120 las democracias existenes, entre las 192 naciones de la región. La democracia, así multiplicada, es la conquista más grande del siglo XX.
Si nos detenemos a considerar los frutos de la ola liberalizadora de la economía surgida en América Latina desde los años noventa, las tendencias resultantes de tales políticas han traído consigo el fortalecimiento de la democracia y el crecimiento del tercer sector. En un pasado reciente, las dictaduras han sido con frecuencia contempladas como esenciales para la defensa del capitalismo: algunos golpes militares, por ejemplo, fueron apoyados por los Estados Unidos, con la intención de evitar la propagación del comunismo en los países latinoamericanos. Hoy es una convicción comúnmente compartida que los regímenes dictatoriales perturban la economía, pues limitan la participación de los ciudadanos, y entre ellos de los empresarios, en las políticas del Gobierno. A las empresas no les interesa que haya inestabilidad ni represión, más bien buscan todo lo contrario.
Es tarea de la sociedad civil beneficiarse de las mejoras actuales y aprovechar el ambiente propicio de la democracia para expandirse y crecer. Y también es tarea de la sociedad civil exigir de las empresas una postura socialmente responsable: que no fomenten la corrupción -sobre todo en los gobiernos-, que respeten el medio ambiente, que mantengan su ética con clientes y proveedores y, en fin, que actúen con las comunidades de cara a la transformación de la realidad en que viven.
El Fórum Universal de las Culturas Barcelona 2004 (www.barceloEna2004.org) se presenta como el gran acontecimiento institucional, mediático, cultural y político de Barcelona para este año. A partir de su inauguración el próximo 9 de mayo y hasta su clausura el 26 de septiembre, el Fórum ha programado un denso conjunto de diálogos, exposiciones y espectáculos que dominarán y a la vez condicionarán la agenda de la ciudad. Casi todo lo que pase en Barcelona durante 2004, todo lo relevante y bueno que ocurra en la ciudad durante los 141 días del Fórum, será en lo posible un evento Fórum.
Como es inevitable en un proyecto de esta envergadura, la génesis del Fórum ha estado envuelta en una polémica, en ocasiones acre, sobre su contenido, su sentido e incluso su oportunidad. Pero a estas alturas resulta ya evidente que el Fórum es imparable y que, por tanto, sucederá. Quien visite las obras del recinto o siga de cerca los preparativos del evento por la prensa podrá permitirse pocas dudas sobre si la organización conseguirá o no tenerlo todo a punto en la fecha prevista. Además, se palpa una seguridad creciente de que el Fórum cumplirá los objetivos que se han fijado sus organizadores, tanto en el número de visitantes como en los titulares y la proyección mediática que generen los acontecimientos programados.
Un buen momento, pues, para reflexionar en voz alta sobre la herencia del Fórum, sobre si se le podrá recordar en un futuro no muy lejano como un evento verdaderamente universal. Porque es muy posible que la naturaleza y la ambición del «más allá» del Fórum acaben por depender de voluntades y actuaciones externas a la organización del evento.
EL FÓRUM COMO IDEA NOVEDOSA
El Fórum es un acontecimiento sin precedente, un proyecto innovador. Sólo comparte con otros eventos de proyección mundial, como los Juegos Olímpicos o las Exposiciones Universales, la característica de celebrarse en un espacio peculiar, que se ha construido en esta ocasión transformando un área urbana limítrofe y degradada, en un futuro nuevo polo de referencia de la ciudad. Pero el rasgo diferencial del Fórum son sus contenidos: en los Juegos Olímpicos, son los atletas en competición los que dan sentido al evento; en las Exposiciones Universales, cada uno de los países aporta su pabellón; pero el Fórum ha asumido el reto de crear su nombre, su espacio y su misión concentrándose en tres temas universales, que son el de la paz, la sostenibilidad y el diálogo entre las culturas, muy alejados, en la opinión general, de los que atraen habitualmente a grandes multitudes (por lo menos antes de la emergencia de los movimientos antiglobalización y asuntos como la guerra en Irak).
Otra diferencia clave es que en los Juegos Olímpicos, un evento consolidado y de gran proyección, los atletas pugnan por estar presentes: la organización tiene que dedicar más esfuerzos para limitar su número que esfuerzos para atraerlos. Por el contrario, el Fórum ha tenido que definir no sólo sus ejes temáticos, sino también los formatos con base en los cuales los desarrollará, además de promocionarse para atraer a Barcelona a los participantes en los diálogos, a los artistas de los espectáculos y a los productores de la amplia variedad de actividades programadas.
IDEA O INNOVACIÓN
Pero si tomamos como referencia los estudios recientes sobre la innovación, la cuestión relevante sobre el «más allá» del Fórum es dilucidar si nos encontramos realmente ante una verdadera innovación, o únicamente ante una buena idea.
Si bien es cierto que todas las innovaciones tienen su origen en una idea novedosa, lo que caracteriza a una verdadera innovación es la forma en que se integra en las prácticas sociales. Una idea, incluso una invención patentada, que no arraigue en la sociedad, no pasa de ser sólo una anécdota histórica. Las verdaderas innovaciones generan cambios sociales, o cuanto menos los «coproducen».
En el dominio de las tecnologías de la información, por ejemplo, abundan los casos de transformaciones sociales paralelas a la difusión de nuevos artefactos tecnológicos. Una de ellas, nada ajena a la temática del Fórum 2004, es el uso de Internet como plataforma tecnológica de las movilizaciones antiglobalización, que se organizan siguiendo por todo el mundo las cumbres de las instituciones que estos movimientos cuestionan.
En el análisis de los procesos de innovación tecnológica o social de este tipo, se ha subrayado que atribuir el origen de los cambios en las sociedades modernas al impacto de la tecnología es una visión sesgada e ingenua. Las personas y las organizaciones actúan en relación a los elementos de su entorno en función del «significado» que les atribuyen. En otras palabras, «es el significado el que determina la acción». Por ejemplo, aunque la existencia de Internet facilite a los movimientos antiglobalización debatir, consolidar y propagar sus idearios, a la vez que coordinar globalmente sus actuaciones, sería difícil sostener que estos movimientos son consecuencia del impacto de Internet.
En esta línea, Peter Drucker, un autor nada sospechoso de radicalismo antisistema, concluía que «la sociedad de 2030 será muy diferente a la de hoy […]. No estará dominada, ni siquiera determinada por las tecnologías de la información. Estas serán desde luego importantes, pero sólo entre varias nuevas tecnologías importantes. La característica central de la próxima sociedad, como la de sus predecesoras, serán nuevas instituciones y nuevas teorías, ideologías y problemas»1. En este lenguaje, la cuestión a debate es si el Fórum conseguirá o no catalizar cambios de suficiente relevancia en las prácticas sociales como para calificar a esta buena idea como una innovación de pleno derecho. O sea, en el lenguaje de Peter Drucker, se trata de discernir si el Fórum contribuirá de forma significativa a conformar las instituciones, teorías, ideologías y problemas de nuestras sociedades durante los próximos años.
EL SIGNIFICADO DEL FÓRUM
Plantear esta cuestión obliga a profundizar primero en la evolución del significado del Fórum desde su génesis.
Los significados no son una cualidad inherente a los objetos, sino productos colectivos que se construyen y reconstruyen con las relaciones entre los distintos agentes sociales. Y a la inversa: las sociedades, lo mismo que las comunidades o grupos sociales dentro de ellas son «fábricas de significados […], semilleros de vida con sentido»2. Lo cual implica que los significados no pueden estudiarse en el vacío, en algún tipo de laboratorio conceptual aséptico, sino que es obligado situarlos en el contexto del entorno social que los sustenta.
A este respecto, se ha observado que las innovaciones más radicales, incluyendo por ejemplo la génesis de Internet, son resultado de la interacción y el cruce entre culturas muy distintas. La especialización tiende a generar innovaciones incrementales; el mestizaje, en cambio, innovaciones revolucionarias3.
En su origen, el Fórum apareció como resultado asimismo de la hibridación de tres «comunidades de sentido» muy arraigadas en la tradición de Barcelona. De una parte, la de los urbanistas, uno de los colectivos más influyentes y atrevidos de la ciudad, que concibieron un ambicioso planteamiento para extender la transformación urbana más allá de lo que había sido posible con ocasión de la Olimpiada de 1992. En paralelo, el Ayuntamiento buscaba una bandera de impacto global que confirmara para Barcelona el prestigio y la visibilidad ganada con la organización de los Juegos Olímpicos y que, a la vez, justificara las infraestructuras que los urbanistas planteaban.
Para cuadrar la ecuación, se pidió consejo a un comité local de notables, y de esa consulta surgió la idea del Fórum. Una idea presentada en sus inicios como un evento metacultural y metapolítico sobre temas claves de la sociedad del futuro, que proyectaría al mundo la imagen de Barcelona desde un nuevo espacio de transformación de la ciudad.
Desde fuera del círculo de iniciados, este planteamiento se veía inicialmente como una idea de laboratorio, una muestra de lo que en el argot barcelonés se califica como «de diseño»: brillante, pero tal vez fuera de contexto. Se entendía que el Ayuntamiento planeaba volver a poner la ciudad en obras; se admitía también que la paz, la sostenibilidad y la diversidad cultural son asuntos que alguien tendría que abordar en serio. Pero, ¿podría hacerse eso desde Barcelona? ¿Podría contarse para ello con el compromiso de los barceloneses y de las instituciones locales?
Con estos precedentes, las primeras fases de preparación del Fórum fueran azarosas. En su consejo de administración participaban representantes de tres administraciones públicas gestionadas por partidos muchas veces antagónicos, que ponían de manifiesto en el escenario político visiones nada homogéneas sobre el significado de los conceptos clave del Fórum (universalidad, cultura, paz, sostenibilidad, diálogo, etc.). Así, las primeras propuestas sobre los contenidos del Fórum hicieron patentes las contradicciones que hacían difícil llegar a un consenso sobre el «núcleo de inteligibilidad» del proyecto. Por ejemplo, no habría público sin espectáculos, pero no podía aceptarse que el Fórum se convirtiera sólo en un festival. Se postulaba entonces que los debates tuvieran suficiente rigor académico, pero también que fueran accesibles al público, incluso en formato televisado. La temática del Fórum es afín a la de las reuniones de Porto Alegre, pero el núcleo de sus organizadores incluye también a quienes se sentirían más a gusto siendo relevantes en Davos.
MÁS ALLÁ DEL FÓRUM
A día de hoy, cuando lo que prevalecen son las urgencias de las fechas, se intuye que el Fórum provocará cambios más drásticos en la fisonomía de la ciudad que en la configuración del mundo. Será un éxito de público, pero hay dudas sobre su capacidad para movilizar realmente a una parte relevante de ese público. Tendrá ingredientes globales, pero el número de visitantes locales será mayoritario. Será relevante localmente, pero su relevancia global sigue pareciendo una incógnita.
A menos que… A menos que prevalezca el precepto zen de valorizar el proceso y no sólo sus resultados. En el origen del Fórum subyace, aparte de los significados ya mencionados, la voluntad de una ciudad, que no es ni será un centro financiero global, de adquirir relevancia en un mundo que tiende cada vez más a considerar sólo lo financiero como «lo relevante». También implícitamente, la voluntad de contribuir desde Cataluña a la innovación en instituciones, ideologías, teorías o problemas para el nuevo siglo. Deseos que son con toda seguridad compartidos por muchas gentes en muchas ciudades y regiones del mundo, y no sólo las menos desarrolladas; por muchos colectivos, y no sólo por los que se oponen de modo más radical y visible a la globalización emergente.
Poniendo en primer plano durante 141 días la causa de la paz, la sostenibilidad y el diálogo, ofreciendo un punto de encuentro para alternativas diversas, Barcelona y el Fórum se ofrecen como un crisol para el cruce de culturas que será necesario para las innovaciones sociales de este nuevo siglo. Pero quedan incógnitas sobre los ingredientes de la mezcla. Sabemos que habrá espectáculo y que los movimientos alternativos aparecerán para hacer visibles sus mensajes. Pero falta saber, empero, las alternativas al espectáculo puro y a la contestación pura. O sea, en el lenguaje al uso, cuál será la aportación real de quienes no se sientan bien representados ni en Davos ni en Porto Alegre. Porque es este colectivo mundial, más que ninguno y que la propia organización del Fórum, el que quizá tiene de verdad la clave para que el Fórum pase de ser una idea a una innovación. Veámonos en Barcelona.
NOTAS
1· «A survey of the near future», The Economist 03.11.01, p. 16.
2· Bauman, Z., La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid 2001, p. 12.
3· Tuomi, I., Networks and Meaning in the Age of Internet, Oxford University Press, 2002.
Martín Chambi Jiménez nació el 5 de noviembre de 1891 en Coaza, un pueblo situado en el altiplano peruano cerca del lago Titicaca. Su familia, de descendencia indígena quechua, vivía de los trabajos agrícolas.
En 1908, Martín decidió dejar su terruño y trasladarse a Arequipa, una ciudad próspera en el sur andino peruano. Allí permaneció nueve años, contrajo matrimonio y tuvo sus primeros hijos. Fue este un periodo dedicado al aprendizaje del oficio fotográfico, que practicó en calidad de ayudante en la prestigiosa galería del fotógrafo Max T. Vargas, donde coincidió con otros fotógrafos de renombre, como llegarían a serlo los hermanos Vargas.
En 1917, Martín Chambi se independizó profesionalmente y abrió estudio en Sicuani. Salvo que allí nació su hija Julia el 27 de mayo de 1919 y que allí dio sus primeros pasos como fotógrafo profesional, son muy pocos los datos que se conocen de su estancia en este pueblo próximo a Cuzco.
En 1920 el fotógrafo se estableció en la antigua capital de los incas, y fue allí donde, a lo largo de casi cinco décadas, pudo desarrollar su talento y dejar su impronta en miles de placas de vidrio. La estética fotográfica del retrato lograda por Chambi le convirtió en el fotógrafo imprescindible en la compleja sociedad cuzqueña. Pero esta estética no representa sino una pequeña parte de la fotografía de Chambi, que abarca otros muchos temas y géneros.
Por hacer un rápido elenco, podríamos citar los paisajes, que van desde una perspectiva emocional, más o menos pictorialista, a la documentación casi arqueológica de la arquitectura colonial e inca.
Entre la etnografía y el reportaje se sitúan además los tipos humanos, escenas costumbristas y celebraciones al aire libre (festivales y ritos indígenas), que también fotografió.
A medio camino entre la etnografía y el retrato estaría la larga lista de dignatarios, clérigos, políticos, hombres de negocios, mestizos, indios, extranjeros, etc., retratados por Chambi, tanto en el estudio como en localización.
Por último, entre la galería y el reportaje social habría que situar los retratos colectivos o institucionales, en escuelas, conventos, o en el trabajo de las haciendas; sin olvidar también las bodas, funerales, ceremonias religlosas, tiestas, banquetes y demás festejos realizados por encargo.

Durante todo ese tiempo se dedicó además a divulgar fotografías de diversa temática en exposiciones, tarjetas postales y en medios de comunicación impresos. Pero Ríe a partir de 1950 cuando empezara a desligarse de la dirección de la galería, que finalmente quedaría a cargo de su bija Julia. Chambi, atraído por el calor de su família y sus amigos, se lanzó a las calles de Cuzco a tomar fotografías con cámaras de negativos de 6×6 y de 35 mm hasta poco antes de morir, el 13 de septiembre de 1973.
Aunque el resto de su obra es suficientemente conocida, la parte de su trabajo correspondiente a esta ultima etapa de su vida ha permanecido inédita hasta fecha muy reciente. También han pasado inadvertidos sus tres cuadernos personales de dedicatorias y retratos, que Chambi recopiló durante sus años en Cuzco, y que aparecerán transcritos por completo y analizados iconográfica e históricamente en una próxima publicación de la Universidad de Piura (Perú). Adelantamos ahora algunas conclusiones.
CHAMBI POR SÍ MISMO
Todo ese inmenso trabajo fotográfico de Chambi puede dividirse en dos grandes grupos: el de la fotografía comercial, realizada por encargo, y el de la fotografía divulgativa, que desarrolló a título personal. Los retratos de los referidos álbumes estarían a medio camino entre ambos.
Dos de estos álbumes recogen firmas, dedicatorias y poesías, tanto en castellano como en quechua, acompañadas de caricaturas de Chambi, dibujos a color de asuntos varios o incluso fotografías, pertenecientes a algunos de los artistas e intelectuales más conocidos del momento. En ambos se recogen además las opiniones que estos personajes fundamentales en la cultura del Cuzco tenían del fotógrafo, al que querían convertir en un símbolo de «peruaneidad». Unos lo hacen desde posturas indigenistas, otros desde planteamientos estéticos más neutrales, con un abanico de posibilidades tan amplio como eran las opciones ideológicas de la sociedad peruana de aquellos años. El tercer cuaderno recoge los retratos que el propio Chambi hizo a estos amigos y admiradores suyos, que se reunían en su estudio.
Estos cuadernos son la muestra evidente de algo ya conocido: que el atelier fotográfico de Chambi no era un galería profesional más, sino un verdadero foco de creatividad para Cuzco y el resto del país. Y más allá de lo documental o archivístico, expresan sobre todo la idea que Chambi tenía de sí mismo y de su fotografía, ya que el propio fotógrafo -que apenas sabía escribir- fue quien los ideó y guardó siempre consigo, legándolos después a su hija Julia, recientemente fallecida1.
Por otro lado, habida cuenta de la tremenda escasez de copias originales de época que se conservan, estos retratos constituyen un documento fundamental sobre las técnicas y gustos de Chambi en su fotografía de estudio, algo que no siempre se tiene en cuenta en la historiografía consagrada al fotógrafo, heredera de prácticas divulgativas poco rigurosas para el adecuado estudio de la fotografía en su contexto, como ha señalado recientemente Michelle Penhall.
Ya en la primera exposición de Chambi fuera de Latinoamérica, que tuvo lugar en el museo de arte de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, fueron retirados un conjunto de postales y originales virados a color y retocados por el propio Chambi, porque no se correspondían con el detalle y calidad de grises de las ampliaciones modernas exhibidas. En 1979, a pesar de las protestas de Edward Ranney, fueron retirados también de la primera exposición de Chambi en el MOMA siete virados a colores (rojo, azul y marrón), con retoques de pincel, porque contradecían diametralmente los gustos fotográficos modernos2.
Sin embargo, la técnica dei virado a sepia o azul, que hoy nos resulta tan extraña, respondía a una estética que el público de la época esperaba. En general, el Chambi retratista retocaba tanto sus negativos como sus copias y ampliaciones, y no lo escondía, pues era (y lo sigue siendo) una práctica habitual en los estudios de fotógrafos profesionales. Se hizo incluso retratar junto con sus ayudantes, ocupado en este trabajo manual que, por eso mismo, se consideraba entonces la parte más «artística» del proceso. La demanda del cliente dependía sobre todo de la calidad del retoque, y no es extraño que todos los negativos de retratos de estudio sin excepción muestren huellas de esta manipulación.
La manipulación a la que han sido sometidos los retratos no les resta valor documental en sentido estricto, aunque sí impide la exposición directa del mundo interior de cada hombre y mujer retratados. Su clientela y sus amigos admitieron felizmente esta propuesta, lo que muestra que la necesidad estética de cierto sector de la sociedad cuzqueña -la más influyente- se identificaba con una belleza importada. Así son también los retratos de los artistas y personajes que aparecen en el tercer cuaderno. Son copias originales del autor, viradas a sepia y otros tonos, con una orientación pictorialista que contradice la imagen que nos había llegado hasta hoy de su fotografía.
El trabajo comercial de Chambi no difiere del de un fotógrafo profesional de su época. Por un lado, atiende encargos de diversa índole; sean bodas, bautizos, entierros, retratos familiares, colegios, eventos sociales, etc. Por otro, se ocupa del trabajo en la galería, centrado fundamentalmente en la elaboración sofisticada del retrato. Chambi asimiló esta técnica durante su estancia en Arequipa. Se podría decir que la aportación de Chambi al retrato de estudio radica específicamente en su capacidad para la fotogenia, a la que añade otras peculiaridades, como la sutilidad de enriquecer la composición con motivos florales pintados en el telón de fondo, que se asemejan a la decoración tradicional de la pintura cuzqueña.

En general, Chambi sabe agrupar a las personas y captar la naturalidad del modelo. Es decir, recoge esa información que el sujeto o grupo de personas revelan a través de ia congelación instantánea, y que depende más del fotógrafo que del propio modelo. En el caso de Chambi, indígena elevado por el arte a la categoría social de ios mestizos, los modelos responden a una gama muy amplia de posibilidades sociales y raciales. Este elemento dota a sus imágenes de estudio de un valor documental excepcional.
La fotografía de divulgación de Chambi se sitúa a medio camino entre el documentalismo topográfico y la recreación pictorialista (que busca mediante efectos embellecedores alejarse de apariencia fotográfica documental). O dicho de otro modo: Chambi registra directamente la realidad pero con la posibilidad de dejar una aportación que contribuya a la divulgación turística. En sus recorridos por los pueblos de los Andes cuaque ños Chambi fotografía temas muy variados, desde fiestas religiosas y costumbres autóctonas hasta paisajes naturales y urbanos coloniales, restos arqueológicos y tipos andinos. Esta clase de fotografía es la que mayori tari amenté utilizó para ser divulgada, y constituye la temática que, en su tiempo, le dio fama de artista.

Tras su muerte, las exposiciones de carácter nacional o internacional fueron dando importancia también a los retratos de estudio, pero olvidando exponer las manipulaciones al que las copias solían someterse, tanto en el negativo como en los positivos que adquirían los clientes. El tercer álbum de retratos es la muestra más completa que se conserva de este género, en la versión autorizada por el propio Chambi.
EL ÁLBUM DE RETRATOS
Se trata de un documento inédito que resulta de gran valor para comprender en esencia el planteamiento conceptual y estético que tenía Martín Chambi del retrato fotográfico de estudio. El cuaderno en cuestión está compuesto por cuarenta y ocho retratos. El más antiguo data de 1923, y es el retrato hecho al fotógrafo y pintor Juan Manuel Figueroa Aznar. El último está datado en 1970, año en que Chambi deja definitivamente la fotografía3.
Estos retratos se presentan vigorosos, sin duda, aunque fueran realizados siguiendo fórmulas de cierto anacronismo, puesto que los fotógrafos más famosos internacionalmente, dedicados al retrato en esta época, ya habían superado los esquemas pictorialistas para reivindicar lo artístico en fotografía con fórmulas más directas. Pero en el contexto cuzqueño, el retrato de estudio se revitaliza de la mano de Chambi, que estaba considerado uno de los mejores retratistas peruanos de su tiempo. Y este reconocimiento se amparaba en la oferta estética que hacía el propio fotógrafo en los anuncios publicitarios de su estudio: «modernidad, arte, estilo Rembrandt»4.
Como era característico en el retrato decimonónico que llega hasta el pictorialismo finisecular, la forma de retratar de Chambi toma sus bases visuales en el modelo flamenco, con sus esquemas compositivos de busto, y un difuminado pictórico conseguido mediante el desenfoque o flou. Se trataba de elevar lo mecánico de la fotografía a la categoría de las bellas artes. Chambi asumió, desde su aprendizaje fotográfico en el estudio de Max T. Vargas en Arequipa, esta forma europea de elaborar el retrato. En consecuencia, como el resto de fotógrafos imitadores del estilo Rembrandt, Chambi sólo coge del gran pintor flamenco aspectos técnicos que le facilitan la idealización del modelo y las lecciones de luz y de sombra, pero no la exposición de la decadencia que nos dejó el holandés en algunos de sus retratos y autorretratos5.

El disimulo de las imperfecciones {o el intento de ocultarlas) es la prueba deque Chambi no quería reproducir fielmente los rasgos que tenía ante sí, porque su propósito era más bien idealizar al modelo para adaptarlo según un prototipo visual, una voluntad de estilo que respondía a los ideales estéticos del cliente, lo que éste esperaba del fotógrafo. Pero, por encima de estos requisitos ineludibles, Chambi consigue la persuasión visual mediante métodos fundamentalmente fotográficos. El resultado se nos muestra en los rasgos tensados que esconden más de lo que muestran, y, sobre todo, en la búsqueda de la belleza a través de contrastes de claridad y oscuridad.

Este último es un elemento fundamental, derivado, como el primero, de la fusión entre arte y documento. Cuando los fotógrafos arequipeños hermanos Vargas realizan sus Nocturnas de 1916, Chambi estaba trabajando con ellos. Sin embargo, a Chambi no le interesó la luz eléctrica, sino la sombra, el enigma, la aparición inusitada, la ocultación de los detalles.

Esta imagen de marca constituye la estética dominante en los retratos del álbum personal, con la diferencia de que estos retratos no son un encargo profesional sino otra cosa: aunque realizados en el estudio, han sido pensados y seleccionados por el propio artista para permanecer en su pequeño «panteón» de hombres ilustres, visitantes que le honraban con su admiración. Participan, por tanto, del mismo desinterés de la fotografía de carácter turístico, que Chambi hacía por puro placer, y para divulgar las maravillas arquitectónicas, paisajísticas y antropológicas de su tierra.
Independientemente de que Chambi obsequiara a sus amigos con una copia de sus placas, era el propio artista quien decidía elaborar esos retratos. Gracias a esta decisión, los personajes retratados -todos ellos de cierta relevancia en el ámbito cultural local y nacional, como los que retratara Julia M. Cameron en el contexto inglés o Nadar en el francés del siglo XIX-quedan eximidos del olvido. Por tanto, el retrato se liga a la historia, a la pérdida anunciada y también a la supervivencia de la memoria. Del fondo de ese pasado aparecen las caras expresivas del pintor José Sabogal, de los intelectuales Magda Portal, Uriel García y muchos más, y también del propio Chambi.
No son los de este cuaderno personal retratos de tipos convencionales sino de individuos con nombre propio. Desde el punto de vista formal, tampoco se asemejan a ios retratos de tipos indígenas que fotografiaba Chambi con intenciones divulgativas (anciano, gigante, varayoc, cargador, etc.). Cabría sostener que, a diferencia de la obra más documental, sin apenas manipulación (para publicar en postales o en prensa), la información que otorgan estos retratos es errónea, acaso contusa. Los datos básicos de la realidad (en este caso de los sujetos retratados), son dudosos porque hay capas de sombras, desenfoques, virados y retoques que hacen que la imagen no sea precisa.

Ahora bien, se sabe que la fotografía tiene siempre como punto Je partida su acción sobre la realidad, a la que representa con un alto nivel de fidelidad y verosimilitud debido al factor mecánico de registro. Y si uno de los valores importantes de este cuaderno de retratos es que evita el olvido (visual) de la gente que posó frente a la cámara de Chambi, en cualquier nivel de relaciones que hubiera tenido con el fotógrafo (también está retratada su esposa Manuela López), entonces estamos ante Lina situación muy compleja: un retrato artístico fotográfico, que es el documento de la visión idealizada que el fotógrafo quería regalar a sus amigos.
Representarían de ese modo lo más real de Chambi, pues estaban concebidos como un obsequio para sus seres más queridos. Y algo que pudiera ser perturbador, por la carga estética subjetiva que llevan consigo, hace de los retratos una imagen más verdadera que el meto documento, puesto que seleccionan la psicología completa del retratado para que el espectador no se lleve una idea errada del modelo6. Este término verdadero es utilizado aquí en e! mismo sentido en que Que ved o supo describir a su contemporáneo Velázquez como aquel pintor que con manchas sueltas consigue más verdad que parecido.
Sabemos que, a diferencia de sus colegas contemporáneos, Chambi gozó de una mirada de raíz indígena que maduró en una personalidad mestiza, lo que constituye la base de una obra fotográfica única, como es la suya, y que ha sido reconocida como un avai de la amplitud de la identidad nacional peruana. Y esa mirada, no lo olvidemos, fue la que le ganó fama internacional, especialmente en lo que respecta a su fotografía de carácter más etnográfico, que realizó sin fines comerciales.

En esos retratos que Chambi hizo y guardó también con intereses personales, no hay cambio de recursos estéticos respecto a los que ofrecía a su clientela, excepto la ausencia del interés comercial, habitual en éstos. Esta afirmación refuerza la reivindicación del arte del retrato en la fotografía de Chambi como un género de primer orden, y no simplemente algo a lo que él se dedicaba por pura obligación profesional -por exigencia de la clientela-. El retrato para Chambi tenía una definición estética, como muestra el hecho de que él ofreciera esta estética Rembrandt, con toda la complejidad de su dedicación artesanal, a sus amigos y admiradores.
© De las fotografías reproducidas en este artículo: Archivo Chambi (Cuzco, Perú), 2004
NOTAS
1 · Julia Chambi López estuvo al frente del archivo de su padre durante casi treinta años, hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido recientemente, el 15 de octubre de 2003. Interesada en que la obra de su padre se estudiara rigurosamente, apoyó la investigación que Andrés Garay realizó para su tesis doctoral, defendida, con el título Martín Chambi. Un milagro anunciado en la fotografía peruana, en la Universidad de Navarra en febrero de 2001.
2 · Cfr. Ranney, Edward, «Martín Chambi: Poet of Light», Earthwatch News (Belmont, MA) ns 1, Spring-Summer, 1979, p. 3.
3 · Para conocer más características de este cuaderno de retratos ver: Garay A Ibújar, Andrés, « De Flandes a Cuzco: ¿reivindicación del retrato artístico fotográfico?», en Revista de Comunicación, Universidad de Piura, Perú, 2003. En este artículo el autor anuncia el hallazgo de este cuaderno.
4 · Cfr. Diario El Sol, Cuzco, 27 y 38 de marzo de 1923.
5 · Bockemühl, Michael, Rembrandt, 1606-1669. El enigma de la visión del cuadro, Taschen, Colonia, 2000, p. 40.
6 · Azara, Pedro, El ojo y la sombra. Una mirada al retrato en Occidente, Gustavo Gili, Barcelona, p. 74
Yo, que entiendo el cuerpo. Y sus crueles exigencias.
Siempre he conocido el cuerpo. Su vórtice que marea.
El cuerpo extraño y grave que no sé de quién es.
Clarice Lispector
Tengo un hermoso retrato de Clarice Lispector frente a mí, en el que la escritora debe de rondar la cuarentena. La barbilla ligeramente alzada, la mirada un tanto desafiante, como desafía una mujer que es perfectamente consciente de su hermosura y la esgrime para burlarse precisamente de aquellos que la buscan. Está, a la vez, extrañamente, muy bien maquillada. El rímel negro, colocado con sutileza, aumenta la oblicuidad y hace resaltar el verde marítimo de los ojos. Diré más aún; los ojos un poco entornados; hay demasiadas pestañas, parece que la estorbaran para ver, pero a nosotros no nos estorban para verlos a ellos. Y una cosa más: la sensación de que esos ojos, aun cuando lloren, deben mantener esa impávida frialdad y lentitud, como si supieran que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de un modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima y, habiendo hecho ya ese descubrimiento, no tuvieran ninguna prisa en vivir. Está hermosamente seria; reta y promete al mismo tiempo. Los labios perfectamente pintados, serios, pero sin la más mínima señal de un fruncido, se elevan por la posición de la barbilla en un gesto que en cualquier mujer daría el aspecto de un ofrecimiento, pero que aquí muestran un claro desdén. El vestido es elegante y blanco, como los pendientes y el collar de perlas. Sus rasgos no son brasileños, por mucho que el sol le haya dorado la piel o Brasil le haya entrado en la sangre como una bebida demasiado fuerte. Ha nacido en Ucrania. Hay algo demasiado seguro, demasiado firme en esa mandíbula que se alza, no ha dejado de ser extranjera. Recluida en sí misma, no permite advertir al fotógrafo ni uno solo de sus pensamientos. Ya vinieron, antes que él, otros fotógrafos, otros pintores (De Chirico, Scliar) y fracasaron igualmente. Pero nosotros sí sabemos lo que piensa esta mujer, por mucho que para el fotógrafo no sea más que la mujer del diplomático, a quien debe hacer unas fotografías, por mucho que el fotógrafo se burle un poco ridículamente de esta vida que a él le parece molesta, de quien se venga diciéndole cómo debe ponerse.
Esta mujer se ha levantado esta mañana y ha paseado sola por toda la casa hasta llegar a la habitación de la sirvienta. «Desde la puerta veía yo ahora una habitación que tenía un orden tranquilo y vacío. En mi casa fresca, acogedora y húmeda, la criada, sin avisarme, había preparado un vacío seco. Ahora era una habitación toda vibrante como un manicomio donde se retiran los objetos peligrosos». La habitación se descontextualiza, se convierte en objeto, un objeto del cual, por la cercanía, jamás se habría podido sospechar nada extravagante, pero que ahora, en ausencia de la sirvienta, se ha convertido en «un cuadrilátero de blanca luz», en el que se descubre un pequeño dibujo «trazado con carboncillo, de un hombre desnudo, de una mujer desnuda, y de un perro que estaba más desnudo que un perro».
Tres figuras autómatas en las que se desencadena el extrañamiento, en las que comienza la predisposición a la presencia, porque aquel «dibujo no era un adorno: era un escritura. Emergía como si hubiese sido un destilamiento gradual del interior de la pared». Se ha creado ya el lugar sagrado, y se ha creado en la estupefacción del esquematismo de esas figuras que una sirvienta oscura, anciana y minúscula ha dibujado sobre la pared, una sirvienta que inmediatamente adquiere un cariz de bruja vudú; ella, la señora, la lánguida y hermosa señora del diplomático que posa para los fotógrafos ha sido allí representada en su más esquemática desnudez y fealdad, en el corazón mismo de la casa, en la blancura de su habitación. Ahora está sola frente al misterio de la representación primitiva, la primera cestón; «he aquí que ese mundo interior que yo era se crispaba de cansancio, no soportaba más cargar en las espaldas —¿qué?— y sucumbía a una tensión que no sabía que siempre había sido mía».

Pero aún no se ha producido la presencia. Todo es aún predisposición en e¡ corazón vacío de la casa. Tal vez es eso lo que recuerda en la fotografía que hemos mirado al inicio; el momento en que aún hubiera podido ser feliz si se hubiera marchado, el momento en el que aún no había sido rechazada de puerta en puerta por toda la casa «como si se hubiera torcido el inmueble» y quedado encerrada allí. Ya era, sin embargo, demasiado tarde: «Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semioscuridad, se había movido una cucaracha enorme». La cucaracha, el ser esencial, ese animal gigante en miniatura, la objetiva cucaracha ya no sólo produce asco, no puede sólo producir asco; ha sido también transfigurada y ya no es un insecto de la misma manera que los dibujos de la pared ya no son sólo dibujos; es un símbolo objetivo, carnal, al que debe enfrentarse: «Era un rostro sin contorno. Las antenas salían como bigotes de los lados de la boca. La boca marrón estaba bien delineada. Los finos y largos bigotes se movían lentos y secos. Era una cucaracha tan vieja como un pez fósil. Era una cucaracha tan vieja como las salamandras, las quimeras, los grifos y los leviatanes. Era tan antigua como una leyenda. Miré la boca: allí se abría una boca real».
Una boca real. He aquí el momento en que toda la memoria se encierra, hermética, en la solidez de la especificación. Una boca real. Nada hay tan terrible como una boca real examinada minuciosamente. La boca real, omnívora y pequeña, de una cucaracha. Todo se desencadena entonces: «Y de repente gemí con fuerza al aplastarla. Esta vez oí mi gemido. Porque como un pus subía a mi piel mi más verdadera consistencia, y yo sentía con espanto y desagrado que «yo ser» venía de una fuente muy anterior a la humana y, con horror, mucho mayor que la humana». Pero la vida de la cucaracha no muere al terminar, ni muchísimo menos; queda entonces expandido el ser sagrado de esta cucaracha-fósil por toda la habitación desnuda, mucho más desnuda ahora que antes, porque ahora la entrada a esta habitación sacral es estrecha, mucho más estrecha; ahora la entrada a esta habitación es la cucaracha misma, ahora la cucaracha misma es la habitación, y todo lo que en ella hay es cucaracha, y comienza el pánico: «No me dejes ver, porque estoy a punto de ver el núcleo de la vida; y, a través de la cucaracha que incluso ahora he vuelto a ver, a través de esa muestra de tranquilo horror semivivo, temo que en ese núcleo ya no sepa qué es la esperanza».
Miremos otra vez la fotografía. Hay algo de esa mirada hermética que ya nos resulta explicable, esa concentración, quizá, de los ojos, no nos parece de pronto tan dura como al principio, su gesto se ha vuelto de inmediato suplicante; ya no se enfrenta sino que clama misericordia. Es la segunda cesión. El fotógrafo la ha retratado sin saberlo. Ha emergido de ese otro rostro, estaba contenido en ese otro rostro, sólo que nosotros no lo veíamos. Ahora fluye hacia fuera al igual que «la materia de la cucaracha, que era su interior, la materia densa, blancuzca, lenta como un tubo de pasta dentífrica. Y mi primer silencio verdadero comenzó a soplar. Lo que había visto yo de tan tranquilo, vasto y extranjero en mis fotografías, aquello estaba por primera vez fuera de mí y a mi entero alcance, incomprensible pero a mi alcance». Pero eso tampoco es la eternidad ese silencio; es la condenación. Ha sido ya enfrentada y ahora debe penetrar hasta el fondo el corazón de esa materia viva, debe comprenderla, hacerse ella, para salvarse. Entonces la coge entre los dedos, cuidando de que no se desmenuce, la mira, gime y abre la boca para comérsela.
Es el bautismo. El bautismo en que lo agresivamente humano e individual se une a lo neutro, encarnado en la cucaracha. «Oh, Dios, me sentía bautizada por el mundo. Tenía yo en la boca la materia de la cucaracha, y por fin había realizado el acto ínfimo. N o el acto máximo, no el heroísmo y la santidad, sino por fin el acto ínfimo que me había faltado. El mundo no dependía de mí; esa era la confianza a la que había llegado. Nunca más comprenderé lo que diga. ¿Cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí? ¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…».
Se ha producido ya el estallido, el ciclo se ha cerrado. Y cuando volvemos a ver la fotografía, como a la sombra de esa otra transfiguración el rostro se presenta exactamente igual que al inicio. La barbilla vuelve a estar ligeramente alzada, la mirada un tanto desafiante, como desafía una mujer que es perfectamente consciente de su hermosura y la esgrime para burlarse precisamente de aquellos que la buscan. Sigue, a la vez, extrañamente, muy bien maquillada. El rímel negro, colocado con sutileza, continúa aumentando la oblicuidad y haciendo resaltar el verde marítimo de los ojos. Pero algo ha cambiado en ella; ahora brilla con toda la fuerza de su existencia.
Si el encuentro con un clásico es el encuentro con un autor que nos hace preguntarnos cómo hemos podido pretender que comprendemos nuestra propia experiencia antes de leerlo, entonces Clarice Lispector es indiscutiblemente un clásico. U n clásico, además, desde esa primera extraña joya de Cerca del corazón salvaje (escrita con la friolera de diecisiete años) hasta sus obras más maduras como La manzana en la oscuridad, La pasión según G . H. (cuya historia hemos reproducido al inicio) o el Libro de los placeres. N o hay nada en la narrativa de Lispector que salga de lo estrictamente cotidiano; hombres que abandonan a perros, mujeres que pasean solas por sus casas en una mañana anodina, haciendas desatendidas, sirvientas simples de las que sus novios se burlan, gallinas a las que hay que sacrificar para una fiesta, y sin embargo este espacio de lo real en el que todo se enmarca, es resaltado, agigantado, y roto en su propia conciencia orgánica del hecho, en una conciencia que es, al mismo tiempo, profundamente sentimental y sin embargo objetiva.
U n mundo totalmente vivo tiene la fuerza de un infierno y toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. La realidad, al amplificarse en su concreción más intensa, se quiebra y da a luz otra verdad, distinta, más clara, que no es tampoco la verdad, sino una nueva conciencia que debe ser también penetrada, y una más, y otra, hasta que de la luz final, ese vacío en el que parece que la cosa ya no puede ser reducida, la pregunta se hace la cosa misma, se objetiva, y contemplamos maravillados que nada sabemos por mucho que hubiéramos creído saber, que nuestro recorrido ha sido completamente circular, y que nos hallamos tan desnudos como al principio frente a la misma realidad que contemplábamos, con la diferencia de que ahora esa misma realidad, antes apagada y material, reluce con toda la fuerza de su existencia. Tal vez nos haya acontecido una comprensión tan total como la ignorancia, y hayamos renacido así. Tal vez no hayamos comprendido lo que hemos visto, pero lo que resulta indudable es que hemos visto, que el milagro se ha producido delante de nosotros, que ahora, por muy poco capaces que seamos de expresarlo, sabemos un secreto que antes desconocíamos.
El camino de Lispector es un camino ascético en el que conciencia y erotismo, en sus tres estadios, se confunden. Un camino en el que el erotismo de lo material (cuerpos y objetos) sirve de base al erotismo de los afectos y lo impulsa hasta el erotismo de lo místico, que es el más alto de todos y en el que se produce el encuentro estático ante la cosa o la persona transfigurada. Esta ascesis es muy clara en la estructura de muchas de sus obras, pero especialmente en las novelas La araña, La hora de la estrella, el libro de relatos El Vía Crucis del cuerpo y sobre todo en ese extraño texto de Aprendizaje, o el Libro de bs placeres. Cada ingreso en un nuevo estadio se produce a través de la extrañeza, de la curiosidad del ser y de la incomprensión. Nada como concentrar la atención en un rasgo o un objeto, por muy habitual que éste sea, para que comience la extrañeza. Un hombre que repita su propio nombre durante un buen espacio de tiempo, concentrándose en todos los aspectos que lo componen —su sonoridad, la grafía con la que está escrito, el timbre de distintas voces que lo pronuncian—, se separará inmediatamente de él, objetivándolo y se extrañará; le parecerá que ya no es suyo, que nunca lo ha sido.
El primer paso de Lispector es siempre hacia fuera, siempre objetivados de esta manera los hombres se convierten en cosas, los animales en personas y las cosas en símbolos. Así ocurre en ese maravilloso relato titulado «La mujer más pequeña del mundo», perteneciente a su primer libro de narrativa breve Lazos de familia (es curiosa, aparte, la extraordinaria coherencia, nada habitual en otros autores, entre las novelas y los relatos de Lispector, que son realmente píldoras concentradas de sus temas habituales: casi ensayos de sus obras mayores), así ocurre, como digo, en esa mujer «oscura y pequeña como un mono» que ríe «como sólo quien no habla puede reír» y que en su propia pequeñez de cosa rara se muestra ante el explorador pensando que «no ser devorada es el sentimiento más perfecto», feliz y animal, cuando su embarazo, apenas perceptible, la carga de una humanidad incontestable de pronto; «Esa cosa rara tenía en el corazón algo más raro todavía; algo así como el secreto del mismo secreto; un hijo mínimo».
Es cierto que existe en Lispector una desbordada fascinación por los simples, los «idiotas», relacionada no con la espiritualidad o la santidad con la que es habitual encontrarlo en la historia de la literatura (Dostoievsky, Flaubert, el etcétera sería interminable) sino con una profunda mundanidad. Sin perder su carácter ejemplar, ya que son precisamente estos «idiotas» quienes más capacitados se muestran para una perfecta conciencia de la vida y de lo real, en términos sobre todo afectivos, son, sin embargo, sensibilidades «castradas» para la vida práctica. Con frecuencia se burlan de ellos o los malinterpretan; su veracidad asusta a los otros, que acaban alejándose de ellos por pura desesperación. La ambigüedad y la ternura con la que Lispector elabora estos personajes es una de las razones que hacen de esta escritora una conciencia excepcional.
Son dos los casos en los que estos personajes rozan lo prodigioso; el de la innominada mujer, protagonista de La hora de la estrella, y el personaje de Ermelinda, una de las mujeres de la hacienda en la que se desarrolla esa obra maestra de La manzana en la oscuridad. De la primera rescato esta descripción, que puede aplicarse a ambas: «Dos ojos enormes, redondos, saltones e interrogativos, ojos que preguntaban. ¿A quién preguntaba? ¿A Dios? Ella no pensaba en Dios. Dios es de quien consigue llegar a él. No sabía que ella era lo que era, tal como un cachorro no sabe que es cachorro. Por eso no se sentía infeliz. Lo único que quería era vivir. N o sabía para qué, no se lo preguntaba. Quién sabe, tal vez encontraba que había una ínfima gloria en vivir. Pensaba que una persona estaba obligada a ser feliz. De modo que lo era». La finísima cuerda floja en la que bailan estos personajes es sorprendente; no se separan de lo material ni un solo instante, y sin embargo, lo trascienden en su «estupidez» con una conciencia que es fundamentalmente adánica, pura sorpresa del mundo y su pronunciamiento. Como en los niños, los personajes de Lispector, en cuanto pueden aplicar un nombre a un objeto circundante, asimilan la denominación al descubrimiento del ser, y se congelan allí, en la contemplación.
De esta forma y de una manera casi milagrosa, el significado de las palabras en Lispector adquiere sustancia no por su obviedad, sino por una especie de «densidad». Es como si el proceso verbal sólo hubiese sido parcialmente completado y a la vez absolutamente trascendido y superado. Por un lado la palabra no adquiere más que un estatus de «cosa dicha», por otro la significación adquiere un poder absoluto y totalizador. Por esa razón el encuentro con el significado real de la palabra, con la sencilla limitación de la palabra, es siempre desalentador, decepcionante. La mágica explosión de la palabra «mesa», al ser aprendida y dicha por primera vez, no sobrevive a la tristeza de que esa inmensidad haya sido creada para contener una realidad tan sencilla como una mesa real. De alguna manera se puede decir que la palabra nunca es suya porque enseguida el trance «absorbe» la palabra. Esta decepción les hace crédulos, pero en realidad su credulidad no es más que un acto de amor, al tiempo que una rendición intelectual.
AI intentar decir la verdad, comprenden ya que la verdad es extraña para ellos y desde el momento en el que se sienten incapaces de decir la verdad, desde el momento en que la verdad parece sencillamente una relación entre los otros y las cosas de la que ellos no participan, parece haberse puesto definitivamente de manifiesto su nacimiento: son unos párvulos. N o saben nada, no pueden decir nada; el descubrimiento y la extrañeza de las cosas y de los hombres les ha dejado en un estadio anterior al conocimiento; como si ya definitivamente, y sin que ellos quieran, el mundo se hubiese convertido en una sensación liminal. Sólo una sensación subjetiva de estos personajes, porque en realidad la naturaleza les sigue poseyendo bajo todas sus formas: dulzuras del alma, pasiones violentas, apetitos carnales.
El amor en Lispector no tiene nada que ver con el lenguaje. El amor más bien es un acontecimiento que ocurre contra el lenguaje, pero resulta a la vez que la presencia material del signo (de la palabra, del sonido) asegura de forma indefectible la realidad del significado, Y de esta manera ellos se apegan a la palabra, no por vía de la significación, sino por la vía de la existencia. La palabra asegura la existencia.
Miremos, ahora por última vez, la fotografía. En este momento su gesto parece un poco más cansado, pero ya no podemos decir nada sobre él. Se puede decir que la sustancia de Lispector, la que le hace ser la que es, es inarticulable, que ni siquiera cuando su cuerpo muestra claros síntomas de placer acepta intelectualmente la idea de estar gozando, como si su propia inteligencia la distrajera de ese placer real de la existencia, que tanto pronuncia. Por eso calla. Vivir es producir significados, hablar es sufrir.
BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO
Cerca del corazón salvaje, Siruela, 2002.
La araña, Ediciones Corregidor, 2003.
La pasión según, G.H. Muchnik editores, 2001.
Aprendizaje o el libro de los placeres, Siruela, 2002.
La manzana en la oscuridad, Siruela, 2003.
Cuentos reunidos, Alfaguara, 2003.
La hora de la estrella, Siruela, 2001.
Un soplo de vida, Siruela, 2000.
Señalaba un reciente documento publicado por el Real Instituto Elcano1 que el aspecto más problemático en la imagen actual de España en América Latina son las inversiones. Me gustaría retomar esa frase para darle la vuelta, y afirmar que el aspecto más problemático de la imagen actual de América Latina en España son las inversiones y, en particular, la falta de seguridad jurídica que percibe el inversor español para sus inversiones en esa región.
Esta ausencia de seguridad jurídica para la inversión extranjera o es un problema nuevo ni limitado estrictamente a Latinoamérica. Otra cosa es que España, como país novel en materia de inversiones en el exterior, no se haya enfrentado a él sino de poco tiempo a esta parte.
Tras la demanda de seguridad jurídica subyace una vieja polémica, que procede de la colisión entre el poder soberano de los Estados receptores de la inversión y los derechos del inversor extranjero. O dicho en otros términos: es la cuestión de los recursos a disposición de los inversores extranjeros para hacer frente a las medidas políticas y económicas que adoptan los Estados y que pueden resultar perjudiciales para sus intereses.
Latinoamérica ha sido probablemente la región del mundo donde más se ha materializado esta polémica. Los países latinoamericanos se han acogido históricamente a las denominadas Doctrina Calvo o Doctrina Drago. Ambas surgieron como reacción diplomática a la intervención militar de las potencias europeas en las repúblicas latinoamericanas, para forzar el cobro de deudas con los particulares europeos; y defendían la primacía de la soberanía de los Estados sobre los derechos de los inversores extranjeros, los cuales debían contentarse con recibir el mismo trato que los nacionales del país receptor de la inversión y aceptar que las controversias que pudieran derivarse de sus inversiones fueran resueltas por los órganos jurisdiccionales del Estado receptor de las mismas.
En abstracto, tales doctrinas tenían sentido y podían aportar seguridad jurídica a los inversores extranjeros, siempre y cuando los poderes públicos e instituciones de los Estados receptores de inversión funcionasen correcta y adecuadamente. Como no siempre es así, los inversores extranjeros han buscado otros medios para ver satisfechas sus demandas de seguridad jurídica. Nuestro propósito en las próximas líneas es referirnos a las principales causas de inseguridad jurídica apreciadas por los inversores españoles y describir luego los recursos disponibles para hacer frente a tales causas.
Es necesario, sin embargo, dejar previamente constancia de que toda generalización es injusta y que hay países latinoamericanos sobre los que los inversores españoles apenas tienen quejas (por ejemplo, Chile), y otros países en los que los inversores aprecian esfuerzos para garantizar la seguridad jurídica (como en el caso de Brasil, Colombia o México).
CAUSAS DE INSEGURIDAD JURÍDICA
Es complicado sistematizar las causas que están detrás de las demandas de seguridad jurídica de los inversores. De hecho, a veces se confunden las demandas de seguridad jurídica con demandas de estabilidad. Ciertamente, la seguridad jurídica demanda reglas estables, pero la estabilidad es un concepto más económico que jurídico. La inestabilidad también supone un freno a las inversiones extranjeras, pero la inestabilidad económica en los Estados receptores no viola los derechos de los inversores extranjeros.
Un ejemplo nos lo proporciona la inestabilidad de las divisas de los países latinoamericanos. Las monedas de tales países son débiles y por tanto, susceptibles de devaluaciones significativas, como ocurrió con el peso argentino en el primer semestre de 2002, por ejemplo. La moneda es una de las tradicionales manifestaciones de la soberanía de los Estados. La política monetaria y de tipo de cambio son inherentes a esa potestad soberana, de manera que el Estado receptor de la inversión no es responsable de los daños (i. e., menor valoración de los activos en dicho Estado o menores ingresos en la moneda del inversor) que sufre el inversor extranjero por variaciones en la política de tipo de cambio o monetaria de dicho país. Además, en ocasiones, las devaluaciones de las monedas se deben a causas totalmente ajenas a la voluntad del país receptor de la inversión.
Nuestro derecho, como el de los países de nuestro entorno, reconoce la compensación por devaluaciones monetarias en supuestos muy tasados, al preferir la solución nominalista, consistente en defender el cumplimiento de las obligaciones entregando el preciso número de unidades monetarias estipulado, frente la solución valorista, que consiste en aceptar el cumplimiento de las obligaciones con la entrega de un poder adquisitivo o valor intrínseco que en el momento del pago equivalga al de la suma fijada en el momento de constitución de la obligación. Es decir, la protección del acreedor (en nuestro caso el inversor) frente a las devaluaciones surge sólo cuando las partes pactan expresamente las denominadas cláusulas de valor o estabilización, esto es, cuando la voluntad real de los contratantes consiste en prevenir el riesgo de una devaluación, imponiendo un reajuste de prestaciones, de manera que, en caso de devaluaciones monetarias, sólo se entenderá violada la seguridad jurídica si se violan las cláusulas de valor que los Estados hayan pactado con los inversores extranjeros. Este es un tema que subyace, por ejemplo, en muchas de las controversias existentes entre los inversores extranjeros y las autoridades argentinas, a raíz de la pesificación de la economía de ese país en enero de 2002.
Tres son a nuestro juicio las causas principales que generan la impresión de falta de seguridad jurídica: el abuso de la legislación de emergencia, con la consiguiente ruptura del principio de separación de los poderes; la devaluación del principio pacta sunt servanda; y el desconocimiento del principio del equilibrio financiero en los contratos.
ABUSO DE LEGISLACIÓN DE EMERGENCIA
El abuso de la legislación de emergencia supone aprovecharse indebidamente de las situaciones de crisis económica, social o política para eliminar la separación de poderes y legislar desde el poder ejecutivo. Este hecho tiene características perversas para el Estado de derecho, pues afecta seriamente el respeto del principio de legalidad por la administración pública, de manera que las leyes sólo se acatan por la Administración en función de la voluntad del Ejecutivo, convertido en legislador, de manera que si alguna ley no gusta se puede modificar de manera inmediata por el Ejecutivo.
Los efectos se agravan porque el único remedio al abuso se encuentra en el recurso de inconstitucionalidad, cuya eficacia está limitada en muchos países latinoamericanos a la impugnación de actos concretos, en lugar de disposiciones generales.
LOS PACTOS DEBEN SER RESPETADOS
El segundo de los elementos que generan inseguridad jurídica es la devaluación del principio pacta sunt servanda. Un principio general de derecho reconocido en todos los ordenamientos de origen continental es que los contratos obligan a las partes con fuerza de ley. El desconocimiento de este principio supone la intromisión del poder legislativo (ya sea originario o «emergente») en los contratos entre particulares. La discrecionalidad y arbitrariedad en el uso de la potestad legislativa en función de la conveniencia del momento altera frecuentemente la base del negocio pactado por las partes, modificando las circunstancias en las que los particulares pactaron sus obligaciones. La desaparición de la base del negocio y la modificación sobrevenida de las circunstancias de las obligaciones son la base de doctrinas que para situaciones muy excepcionales permiten el incumplimiento de obligaciones en los términos pactados. Sin embargo, si se dan frecuente y habitualmente, fomentan el incumplimiento de lo pactado y generan una falta de conciencia en los países, e incluso en sus nacionales, de cumplir las obligaciones asumidas.
EQUILIBRIO FINANCIERO CON LA ADMINISTRACIÓN
La tercera causa de inseguridad jurídica radica en el desconocimiento del principio del equilibrio financiero en los contratos con las administraciones públicas. Este principio está hoy aceptado en la mayoría de los ordenamientos en materia de contratación administrativa. Sin embargo, en Latinoamérica es habitual que los cambios en los grupos políticos en el poder vengan acompañados de «nulidades políticas», entendiendo por tales la censura sin sentencia administrativa de actos jurídicos realizados por gobiernos anteriores, en base a supuestos vicios jurídicos. Circunstancias como el abuso de las prerrogativas de las administraciones públicas en materia de contratación administrativa después de que los inversores privados hayan realizado una parte significativa del programa de inversión o la negativa a la actualización de tarifas conforme a lo previsto en la ley o en los contratos, generan gran desconfianza e inseguridad jurídica en los inversores, retrayendo nuevas inversiones, especialmente porque la desconfianza suele ser contagiosa.
LOS REMEDIOS ANTE LA INSEGURIDAD JURÍDICA
Ya hemos señalado que la Doctrina Calvo y la Doctrina Drago no otorgan suficiente protección al inversor extranjero. Por un lado, los poderes públicos del Estado receptor de la inversión están condicionados por la presión social, que es más intensa cuanto más profunda sea la crisis. De hecho, cuanto mayor sea la crisis más posibilidades hay de que se aplique la legislación de emergencia y, en consecuencia, existen más posibilidades de abuso.
Por otro lado, los tribunales internos no están al margen de la presión social y política. Dicha presión condiciona sus decisiones y les hace sucumbir a la tentación populista de adoptar medidas cautelares, o interpretar la legislación y cláusulas contractuales en perjuicio sistemático de las empresas, especialmente si son extranjeras.
La falta de seguridad jurídica se suele contrarrestar a través de variados medios, como la celebración de contratos internacionalizados, esto es, contratos en los que el derecho aplicable no es el del país receptor de la inversión, sino el de un tercer Estado, la lex mercatoria o el derecho internacional; o por medio de la contratación de seguros de crédito que cubran los riesgos políticos, contratados con aseguradoras de capital público o mixto, o con organismos multilaterales creados al efecto.
Sin embargo, los mejores instrumentos de protección, que además sirven de complemento de los anteriores, han sido, por un lado, la creación de foros internacionales como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADl), creado por el Convenio de Washington de 1965 y cuyo objeto es ofrecer medios de conciliación y arbitraje para la solución de las controversias que en materia de inversiones pudieran surgir entre Estados partes y nacionales de otros Estados parte, que hayan consentido a la jurisdicción del CIADI; y, por otro lado, la aparición, a falta de un acuerdo multilateral, de Acuerdos bilaterales para la Promoción y Protección Recíproca de Inversiones (APPRl), en los que los Estados acuerdan un estándar de protección a las inversiones de nacionales del otro Estado, aceptando que en caso de controversia el inversor pueda acudir al arbitraje internacional, ya sea en el seno de CIADI, de UNCITRAL o uno creado ad hoc por las partes2.
En la mayor parte de los APPRI, el mecanismo de solución de controversias prevé que el inversor pueda acudir bien a los tribunales internos del país receptor de la inversión, o al arbitraje internacional, configurándose ambas vías como excluyentes entre sí. Otros APPRI se apartan de este modelo, comúnmente conocido como «Fork-in-che-road» o cláusula de bifurcación en el camino, y exigen que el inversor se someta primero a los tribunales nacionales y luego pueda acudir al arbitraje internacional, transcurrido un determinado periodo de tiempo.
Es habitual que los APPRI exijan al inversor como requisito previo para la utilización del mecanismo de resolución de controversias, entablar negociaciones con el gobierno del Estado receptor de la inversión con vistas a alcanzar una solución amigable en un plazo determinado. La carga que pesa sobre el inversor no es excesiva, pues dicho plazo de espera puede iniciarse con una solicitud formal de inicio de negociaciones dirigida al Gobierno correspondiente. La espera sólo se verá perjudicada por un rechazo o falta de disponibilidad del inversor a hacer efectivas las negociaciones. De hecho, la negativa del Gobierno a negociar o cualesquiera obstáculos que el Gobierno del Estado receptor de la inversión imponga para evitar el buen fin de las negociaciones, no inciden en el cómputo del plazo.
Otra de las ventajas de los APPRI es la relativa al derecho aplicable. Las reclamaciones derivadas de los APPRI tienen una fuente distinta a la contractual. La fuente de las reclamaciones del inversor basadas en un APPRI es un tratado internacional que genera un derecho de naturaleza genérica definido por el derecho internacional. Los derechos contractuales son derechos específicos para cada inversión concreta y quedan definidos por la ley que sea aplicable. Los derechos derivados de los APPRI están sometidos a la ley nacional del Estado receptor, a las estipulaciones del APPRI y a los principios generales de derecho internacional.
La eficacia del laudo arbitral emitido en el seno de CIADI se ve facilitada por el Convenio de Washington, que indica que el laudo tiene fuerza ejecutiva en el territorio de todos los Estados que sean parte de dicho convenio. Los laudos arbitrales quedan entonces fuera del procedimiento de exequatur previsto en la legislación interna de los Estados, limitándose los requisitos de ejecución a un trámite de verificación de autenticidad. Además, no sólo se pueden ejecutar en el Estado receptor de la inversión sino en el resto de Estados firmantes del Convenio de Washington. La ejecución y eficacia del laudo tiene las limitaciones propias de la condición soberana del Estado receptor de la inversión pero no se puede olvidar que, además de las negativas repercusiones del incumplimiento de un laudo del CIADI, el CIADI se creó en el seno del Banco Mundial, el cual es muchas veces una de las escasas fuentes de financiación que tienen los Estados latinoamericanos.
El número de demandas arbitrales con base en APPRI y en el CIADI se ha disparado en los últimos años. Si bien no se puede desconocer el efecto que la crisis argentina ha tenido en este hecho, también es cierto que antes de 1996 no se había registrado ninguna controversia entre inversores y países latinoamericanos en el ámbito de CIADI y que, antes de la crisis argentina, existían ya quince laudos en CIADI relativos a controversias con países latinoamericanos.
NOTAS
1· Ángel Alloza, Javier Noyam, «Capital disonante: La imagen de las inversiones españolas en América Latina» (5/02/04), www.realinstitutoelcano.org/documentos.
2· Sobre este tema véase la ponencia «La eficacia de los Tratados de Protección de Inversiones Extranjeras», desarrollada por Javier Díez-Hochleitner en las jornadas que sobre «La Seguridad Jurídica y las Inversiones Extranjeras en América Latina» organizó el Real Instituto Elcano el 11 y 12 de diciembre de 2003 en Madrid. Véase también del mismo autor y Cristina Izquierdo, «Las inversiones a través de sociedades locales en los APPRIS celebrados por España con países de Latinoamérica», en la Revista Jurídica de la Universidad Autónoma de Madrid, nº8, 2003, pp. 163-197.
3· Brasil y Colombia son los principales países latinoamericanos con los que España no tiene un APPRI en vigor debido a razones de estrategia política de tales países. Para más detalle sobre los APPRI y las inversiones españolas en Latinoamérica, véase Javier Illescas, «Los Tratados de Protección de Inversiones y su utilidad para los inversores españoles en Latinoamérica», Actualidad Jurídica Uría & Ménendez.
Si diez años atrás alguien nos hubiera dicho que una economía, no importa en qué país del mundo, crecería en un trimestre a un ritmo del 8% anual, inmediatamente hubiéramos deducido, como lógica contrapartida de ese crecimiento, una muy acusada creación de empleo. Pero en la actualidad eso ya no es más el caso. La tasa de crecimiento de una economía como la norteamericana, por ejemplo, que en el tercer trimestre del 2003 fue del 8,2%, se vio acompañada (pongamos por caso el mes de septiembre), por la creación de sólo mil puestos de trabajo. Los incrementos de productividad, pues, que facilitan las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los países desarrollados no necesariamente conllevan un incremento de empleo. El caso europeo es también significativo, pues estas tecnologías han aportado en nuestro continente durante los últimos años una media del 4,8% directo al PIB y un 16% a su crecimiento, pero su influencia en la creación de empleo ha sido muy limitada.
Aquí es donde se pone de manifiesto hasta sus consecuencias extremas la «última frontera» que significa la globalización, así como las tensiones que se producen cuando se enfrentan la naturaleza política de ésta y el encaje de un proceso ya imparable, por un lado, con las asimetrías incontestables en lo referente al grado de desarrollo democrático de los países, el papel de los Estados -más o menos comprometidos con el impulso democrático y con la liberalización- y también con la apertura universal de los mercados, para hacer viable el fenómeno globalizador.
Si la política no es un freno y el movimiento globalizador se consolida como inexorable, se entenderán mejor fenómenos como el de la deslocalización industrial, la orientación de las economías occidentales hacia la «economía de servicios» y la correspondiente vertebración de «plataformas comerciales» a lo largo y ancho del planeta. No podemos ignorar la necesaria y en todo caso flexible y negociada aplicación de Kioto y la conversión de una amenaza en una gran oportunidad para avanzar.
Probablemente el desarrollo social en los países en vías de desarrollo, con instrumentos aptos para conseguirlo, como son la extensión de la educación o la adecuada cobertura sanitaria, sería inapreciable si la globalización fuera un mero recurso retórico y no se arbitran reformas concretas que permitan que dicho fenómeno cale eficazmente y que, por tanto, no sigan acentuándose las conocidas desigualdades sociales.
Es en este marco donde advertimos necesaria una amplia reflexión sobre las TIC como factor de progreso y de competitividad, pero sin dejar de observar que si persisten las barreras políticas o económicas se producirá un inmovilismo, un retroceso o una distorsión del proceso globalizador y el impulso de implantación de las tecnologías no será todo lo eficaz que teóricamente podría resultar. La utilización de las tecnologías no es un fin en sí mismo, sino un medio para mejorar la vida de la gente.
UNA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN INCLUYENTE
Recientemente, en diciembre de 2003, ha tenido lugar en Ginebra la primera cumbre mundial sobre la Sociedad de la Información, organizada por la ONU y por la UIT, con el objetivo de construir una sociedad de la información incluyente, centrada en la persona y orientada al desarrollo. El fin último, como se manifiesta en la declaración que siguió a esa cumbre, persigue que «las personas, las comunidades y los pueblos puedan desarrollar su pleno potencial en la promoción de su desarrollo sostenible y mejorar su calidad de vida».
BRECHAS DIGITALES
En línea con los principios de la carta de las Naciones Unidas y con pleno respeto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin merma de lo consignado en la Declaración del Milenio, tanto el Consenso de Monterrey como la Declaración y el Plan de Aplicación de Johanesburgo insisten en la pretensión de reducir la brecha digital. La brecha digital (Digital Divide) consiste básicamente en una forma de desigualdad que afecta a la economía de la información y aunque se refiere al «hecho tecnológico», sus causas pueden ser también socioeconómicas y culturales.
Para los investigadores del Banco Mundial, el concepto de brecha digital admite cuatro puntos de vista o interpretaciones: a) brecha en el acceso a la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación, que suele medirse mediante indicadores básicos como la extensión de la telefonía o de los ordenadores con acceso a Internet; b) brecha en la capacidad para la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación, medida por el nivel de habilidades y por la presencia de una serie de factores positivos; c) brecha en el uso real, con indicadores como tiempo de utilización de los diferentes servicios, número y tiempo de conexión de los usuarios que acceden a servicios en línea, número de servidores de Internet o el nivel de comercio electrónico, etc.; d) brecha en el impacto derivado del uso, medido a través del retorno financiero o económico.
La brecha digital es, pues, el resultado de distintas causas y efectos, y una amenaza para la cohesión de la sociedad, porque puede hacer que aumenten las diferencias en su seno. Describe, a través de diferentes aspectos, el abismo o gap entre los conectados y los desconectados y constata, en suma, la asimetría sustancial entre dos o más poblaciones, en términos de distribución y utilización de los recursos de la información y de la comunicación. Existe en cada país una tendencia a la fragmentación local (por ejemplo, entre regiones), que podríamos llamar brecha digital interna.

BRECHA DIGITAL Y BRECHAS SOCIALES
Las dimensiones de la brecha han sido evaluadas por el Instituto de Recursos Mundiales, que estima que cuatro de los seis mil millones de individuos que integramos la humanidad no tienen posibilidades de conectarse, situación que tiene mucho que ver con el nivel de ingresos (ver figura nº1).
Como suele decir Gabriel Ferraté, rector de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC), las consecuencias de la exclusión digital son importantes pero sólo los apocalípticos están más preocupados por ésta que por la exclusión alimentaria, que lleva siglos produciéndose, o por la sanitaria o la democrática (lo cual no quiere decir que no sea más barato, ni más fácil dotar a un centro público de África de una sala de informática que construir un hospital).
Es claro que, sobre la brecha digital de la que hablamos aquí, se superpone una brecha social estructural. De los seis mil millones de personas que componemos el planeta, la electricidad todavía no ha llegado a dos mil millones; la mitad de la población mundial nunca ha hecho una llamada por teléfono; mil millones de personas viven con menos de un dólar al día; mil quinientos millones no saben ni leer ni escribir, y la mayoría de éstos vive en África y Asia. Además, tres mil personas mueren cada día de hambre, hay treinta y seis millones de personas infectadas de sida y si continúa la tendencia, en el 2005 lo estarán cien millones de personas (dos tercios de ellos, en África). Otro ejemplo es que la mitad de los niños de la África subsahariana y un cuarto de los niños del sudeste asiático nunca han ido al colegio.
En la Declaración del Milenio, compuesta por ocho objetivos, dieciocho metas y cuarenta y ocho indicadores, se pasa revista a los grandes retos sociales que tiene la humanidad (ver cuadro nº1) y se marca como último objetivo el fomento de una asociación mundial para el desarrollo, que en la meta número dieciocho se concreta de este modo: «Es necesaria la cooperación con el sector privado, velando por que se puedan aprovechar los beneficios de las nueva tecnologías, en particular los de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación».
En el punto diecisiete se dice textualmente: «Reconocemos que la construcción de una Sociedad de la Información incluyente requiere nuevas modalidades de solidaridad, asociación y cooperación entre los gobiernos y demás interesados, es decir, el sector privado, la sociedad civil y los organismos internacionales. Por la presente Declaración, y para colmar la brecha digital y garantizar el desarrollo armonioso equitativo y justo para todos, hacemos una llamada a la solidaridad digital».
LA BRECHA EN AMÉRICA LATINA
La brecha digital tiene una particular incidencia en distintas partes del mundo y una de ellas es América Latina. Según los recientes estudios de la CEPAL, el retraso que padece esta región en el campo de la incorporación a la sociedad de la información se ilustra en la actualidad por el hecho de que la región representa el 8% de la población mundial y su presencia en el ciberespacio alcanza sin embargo sólo al 4%; y porque si la región contribuye con alrededor del 7% al PIB mundial, sólo aporta el l% al comercio electrónico mundial. Los desequilibrios también se aprecian entre los países que componen la zona, como se puede comprobar en la figura nº2.


En contraste con estos datos, la región registra, en comparación con otras regiones del mundo, la más rápida expansión relativa a la «comunidad de Internet» en los últimos años. Si reparamos en el crecimiento del número de hosts, mientras en los últimos años creció en Europa un 30%, en Asia un 61% y en América del Norte un 74%, en América Latina creció en un 136%.
Por otra parte, según dichos estudios, la conectividad tiene un sesgo fuertemente urbano y metropolitano. En Argentina, por ejemplo, casi el 90% de los sitios web y sus domicilios físicos están radicados en la capital federal y en el Gran Buenos Aires. En el caso de Chile, ocurre lo mismo respecto de Santiago y el resto del país, mientras que en Brasil la infraestructura básica para la diseminación de Internet está restringida a los principales municipios, ya que menos del 6% de ellos cuentan con los medios imprescindibles.
También se registra una marcadísima asimetría por estratos sociales. De acuerdo a estimaciones de Emarketer, en 2004 un 68,9% del 15% más rico de la población latinoamericana de catorce años o más estará conectada a la Red, mientras que sólo el 10% del total de la población latinoamericana de catorce años o más lo estará.
Además, la brecha digital en América Latina por niveles educativos es clara. Las dos terceras partes de los universitarios usuarios de ordenadores utilizan Internet para correo y búsquedas, cifra que disminuye al 41% y al 30%, respectivamente, en los niveles de educación secundaria y primaria. Finalmente, hay otra segmentación por edades, siendo los jóvenes entre catorce y diecinueve años los que más utilizan Internet, seguidos por los del segmento de entre los veinte y los treinta y cinco años.
La esperanza, como decíamos, reside en el hecho de que la velocidad de difusión del acceso de América Latina es hoy superior a la de cualquier otra región, y la proporción entre acceso y equipamiento está más optimizada que en otras regiones.
ÍNDICES POLÍTICAMENTE RELEVANTES
Para poder articular políticas certeras en la implantación eficaz de las Tecnologías de la Información, sobre la base de que luego existan mercados flexibles y abiertos que permitan el comercio, es necesario tener indicadores de acceso y utilización desglosados por categorías socioeconómicas como edad, género, nivel de ingresos y situación geográfica, con objeto de poder detectar así tendencias, efectuar análisis e interpretaciones y aplicar soluciones.
No se trata sólo de un problema de infraestructuras -lo que sin duda constituye un obstáculo para mejorar el acceso a las TIC-, de asequibilidad y de conocimiento; no se puede ignorar tampoco que para medir el acceso de Internet, por ejemplo, es necesario tener estadísticas de la disponibilidad de las TIC en los hogares. En los países en vías de desarrollo, a su vez, las encuestas públicas tendrían que medir el acceso a Internet a través de los cibercafés, escuelas o teletrabajo.
En los países desarrollados, aunque sin obviar los otros, hay que vertebrar una política generalizada de acceso a las TIC desde los ámbitos empresarial, educativo y gubernamental. El objetivo es fomentar la eficacia, la transparencia y extender las oportunidades.
En el ámbito empresarial, las TIC son esenciales para aumentar la productividad y el desarrollo económico, así como para ampliar conocimientos, mejorando la formación. Aquí es relevante conocer datos como porcentaje de empresas con ordenadores personales, porcentaje con acceso a Internet, porcentaje con un sitio web, etc.
La educación, por otra parte, representa el elemento fundamental de la transformación de un país hacia su participación activa y plena en la sociedad mundial de la información. Para ello es necesario aplicar políticas que permitan dotar de acceso a Internet a centros educativos, sobre todo en países en desarrollo, así como indicadores que midan la proporción de estudiantes por ordenador y el de escuelas conectadas a Internet.
Por otro lado, el incremento de uso de las TIC en la esfera del gobierno fomenta la eficacia, la rendición de cuentas y la transparencia en los procesos de ámbito público. La prestación de servicios públicos electrónicos depende del nivel de adopción de las tecnologías.
En este ámbito, el porcentaje de oficinas públicas conectadas a Internet, la proporción de oficinas públicas con un sitio web o el porcentaje de funcionarios que utilizan Internet en su trabajo, son datos relevantes respecto a la penetración de las TIC en las tareas de administración y gobierno de un Estado.
En la Declaración del Milenio se parte de la idea que las nuevas tecnologías pueden contribuir a reducir la pobreza, mejorar la educación y la prestación de servicios de salud, hacer más accesibles y responsables a los gobiernos con respecto a los ciudadanos, etc.: «Todos pueden crear, acceder, utilizar y compartir la información y el conocimiento para hacer que las personas, las comunidades y los pueblos puedan desarrollar su pleno potencial y mejorar la calidad de sus vidas de forma sostenible».
También las TIC pueden promover la igualdad de género (en los países desarrollados, el 43% de los usuarios de Internet son mujeres), ofreciendo oportunidades como el teletrabajo, que permite hacer compatibles trabajo y hogar, o la educación a distancia.
En las sociedades más avanzadas se ha implantado como medida el Índice de Acceso Digital (IAD), a través del cual se evalúa la capacidad global de los ciudadanos de un país para acceder y utilizar las nuevas TIC. Este indicador se basa en cinco factores: infraestructuras, asequibilidad, conocimiento, calidad y utilización real (ver figura nº3), y permite clasificar a los países por su dificultad o facilidad de acceso a las nuevas redes y servicios, en una escala que va del 0 al 1 (acceso más fácil). El cuadro nº2 muestra los valores de algunos países.
Es absolutamente necesario que los países desarrollados y los organismos multilaterales ayuden a los países en desarrollo a cumplir los requisitos marcados sobre las TIC, proporcionando asistencia técnica y recursos materiales. Además, hay que internacionalizar las estadísticas sobre la sociedad de la información para que éstas tengan credibilidad.
Es necesario también impulsar el papel catalizador de los países ricos que, si bien han incorporado las TIC al sistema productivo y por lo tanto al crecimiento económico, no han sido capaces de ejercer un liderazgo vertebrador que acompase tos procesos de desarrollo económico, liberalízación y en suma de profundización democrática. La brecha digital mundial es grande y va a más. Hace falta, como hemos dicho a través de múltiples cooperadores, un entendimiento compartido, una visión incluyente de la problemática y la decisión de afrontar los retos.


Desde una mentalidad abierta -la necesaria para comprender un mundo en cambio-, tenemos que ser capaces de identificar los componentes críticos de la brecha digital y a través de iniciativas conjuntas multilaterales y multisectoriales consensuar un objetivo común: una sociedad de la información democrática e integrada, combatiendo el primer impulso de la globalización, que es el de generar una lógica de exclusión.
POR QUÉ INTERNET
El uso de Internet representa un inequívoco factor de desarrollo político y social en cualquier comunidad en la que se introduce. En primer lugar, porque Internet es una herramienta de poder: proporciona acceso a un mundo amplio de información -y, por lo tanto, de oportunidades-, abriendo las puertas a la información, la educación, la interacción social y el comercio. En segundo lugar, porque Internet encarna la promesa de transformar el comercio, la educación y el gobierno y esto es especialmente importante en un entorno abierto y competitivo en continuo progreso -en continua modificación de los paradigmas a los que desde una nueva mentalidad hay que hacer frente, adaptando nuestras capacidades-. En tercer lugar, porque las TIC son un elemento coadyuvante del cambio social. La tecnología acaba cambiando la vida de la gente y más si ésta incorpora la característica de la movilidad, dé la ubicuidad.
Los gobiernos tienen una función dirigente, activa en estos procesos de cambio. La política no puede ir retrasada respecto a la evolución económica, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia. En el siglo XVIII la máquina de vapor creó nuevos mercados y transformó la vida económica del país. En el XIX la electricidad transformó el comercio, añadiendo una utilidad marginal a la revolución del vapor y trasladando las nuevas capacidades al trabajo y al hogar. En el siglo XX las redes de telecomunicación permiten la comunicación instantánea, la supresión de barreras y la aparición de nuevos mercados y de oportunidades de alcance mundial.
Por ello, el riesgo de una aplicación selectiva de las TIC, concentrando su uso en países ricos que verán cómo crece la productividad de sus economías, es que las desigualdades aumenten de forma exponencial y haciendo desaparecer cualquier atisbo de oportunidad. Trabajar en la habilitación de estructuras sociales sostenibles, a través de la educación y con ayuda de otras herramientas, e invertir en el uso inteligente de las TIC, puede ser una buena fórmula para los países en desarrollo.
Para apreciar las posibilidades de la revolución digital en la estimulación del crecimiento económico no podemos ignorar que se ha creado un sector económico totalmente nuevo, que el capital que se exige en él es el intelectual y que la digitalización transforma muchas actividades. Si otras revoluciones han sido sectoriales, la digital es transversal: lo transforma todo y por ello, a medida que se produzca la digitalización, las desigualdades generadas por el distinto nivel de acceso a Internet tendrían cada vez mayor peso.
Hay una serie de expertos y sociólogos del sector que dividen sus apreciaciones sobre los efectos de Internet en tres categorías o posiciones. Los optimistas piensan que Internet va a reducir las barreras de entrada al mercado: más productividad, más eficiencia y más competitividad, disminución de los costes de transacción, fin de los monopolios, transparencia política y de mercado, fin de las distancias y, por ello, mejora de la actual debilidad económica de los pueblos alejados, y reducción de las jerarquías sociales y de las organizaciones. Podríamos resumir diciendo que el efecto neto sería, según esta posición, una mejor distribución de los ingresos y recursos, que acercaría los países ricos a los pobres, porque la convergencia en las TIC se va a producir.
Los pesimistas piensan que si las TIC, en efecto, van a transformar las sociedades, sus efectos sin embargo serán predominantemente negativos y regresivos. El efecto final sería divergente y no convergente, proporcionando más ventajas a los ricos que a los pobres y aumentando el analfabetismo digital en el mundo rural.
A mitad de camino se encuentran los situacionistas, quienes certifican la relación de causalidad entre las aplicaciones de las TIC y el desarrollo social, pero para quienes la convergencia o la divergencia va a depender de factores como la estructura de la sociedad, la tecnología en cuestión, las políticas públicas, el dinamismo empresarial y otros factores propios del país. Piensan éstos que las tecnologías no transformarán la sociedad, sino que será la sociedad la que se va a transformar utilizando las TIC.
Por lo tanto, surge con claridad el dilema: ¿fin de las distancias o brecha digital? Los extremos son demagógicos y erróneos, y se debería trabajar en la implantación local de la sociedad de la información, con una adecuación a las propias condiciones del entorno. Porque la brecha económica y social puede ser consecuencia de un esquema de globalización sin dirección, como serlo también de las deficiencias de gobernanza local.
LA ERA DE LA INTERDEPENDENCIA
Lo sustantivo de esta nueva etapa, donde coexisten oportunidades y amenazas globales, es la inauguración de la era de la interdependencia a través de las nuevas tecnologías. La economía global, la tecnología de la información, los avances científicos y la democracia diversidad constituyen, como sostuvo recientemente Clinton en Barcelona, las fortalezas que sostienen los retos del futuro. La pobreza global, el calentamiento de la Tierra, el terrorismo representan alguna de las amenazas. Ambos extremos coexisten en un mundo que las tecnologías han hecho interdependiente, y hecho visible a través de los medios de comunicación. Clinton concluyó señalando cómo «no podemos derribar muros, reducir distancias, compartir información y recoger todos los beneficios sin incurrir en los riesgos que conlleva una mayor apertura. En los últimos treinta años, mucha gente ha logrado salir de la pobreza y los países que han optado por el desarrollo a través de mercados abiertos y de facilitar las inversiones han innovado a una velocidad dos veces mayor que los países pobres que se han mantenido cerrados».
Es necesario un cambio de mentalidad, ajustado al horizonte de la globalización en donde las nuevas tecnologías sean el soporte de una nueva era, la de la interdependencia.
Los dones recibidos son para compartirlos. En primer lugar porque, como bien decían los santos padres, aquellos bienes que consideramos propios (y no tenemos motivos para limitarlos únicamente a los materiales), en realidad, no nos pertenecen. Pues por alguna circunstancia al margen de nuestro control —lugar de nacimiento, pertenencia a una familia determinada, razones históricas relacionadas con cuestiones étnicas, etc. — hemos sido colmados de privilegios materiales, inmateriales y espirituales, para hacer con ello una buena administración.
Miremos hacia nuestro interior, al modo agustiniano, y con la sinceridad inherente a esa dimensión, preguntémonos por qué los europeos hemos tenido que ser favorecidos, frente a tantos pueblos, con un acceso sencillo y directo al conocimiento, a la cultura, al saber; y, desde esa situación de privilegio, qué deberes contraemos para aquellos que, no teniendo menos derecho a ellos que nosotros, se han visto abocados por circunstancias sobre las que no tienen dominio a las carencias más generalizadas: carencias en los bienes indispensables para el sustento biológico, carencias en las vías de acceso a la instrucción más elemental, y, por tanto, impidiendo cualquier rasgo de acercamiento a la cultura; unos déficit de tal naturaleza que, de no resolverse, conducirán sin remedio no sólo a la marginación (pues a la postre el marginado aún existe) sino a la exclusión, con olvido de su misma persona. Y, todo ello, porque no tuvo la fortuna de nacer en un lugar y en una comunidad adornada de abundantes bienes.
Europa —o si se quiere mejor, la Unión Europea— ha defendido un modelo que, con algunos sesgos, lo ha desarrollado para sí misma con frutos bien apreciables. Es un modelo, en el seno de la Unión, basado en la apertura y la cooperación. De modo gradual, aquellos seis países que iniciaron el experimento han ido incorporando nuevas adhesiones hasta situarse en el umbral de los veinticinco. Pero siguen siendo veinticinco países europeos, dispuestos a mejorar, a crecer económica, política y socialmente, mientras tantos otros —y nuestra sensibilidad se sitúa en los que conforman América Latina y el Caribe— permanecen sustancialmente ajenos a nuestra consideración.
Programas de movilidad estudiantil y profesoral son motivo de especial atención en el seno de la Unión Europea. Los así llamados Erasmus/Sócrates han enriquecido a nuestros estudiantes, abriendo más aún los ya amplios horizontes en los que se desenvolvían. Sólo en el curso 2002-2003, siguieron estudios en universidades europeas, fuera de España, 18.258 estudiantes, mientras en ese mismo año, 21.289 universitarios de otros países de la Unión desarrollarían sus estudios en universidades españolas.
Ámbito académico y ámbito relacional, pues, presentes en la tenaz formación de los europeos del siglo XXI. Europa, sin embargo, habrá perdido el signo distintivo de su civilización si se encierra en su propia configuración, en sus intereses a corto plazo, hasta el punto de llegar a negarse a sí misma, perdiendo sentido su propio proyecto.
La globalización es un hecho que demanda humanidad y generosidad. Esta no puede quedar reducida al simple movimiento de mercancías y de flujos financieros. El fruto verdaderamente esperado, y que justifica la globalización, es el de la permeabilidad humana, el de la cohesión social. Esta mayor cercanía entre los pueblos todos, exige esfuerzos y consideración por parte de los que tienen capacidad para ello.
El que se está reclamando a voz en grito es el de la movilidad estudiantil en los niveles de pregrado y la cooperación educativa, entre los países del Nuevo Mundo y los de la vieja Europa.
Con éxito desigual se han desarrollado programas de cooperación europea, en proyectos de investigación mediante la constitución de redes formadas por Instituciones de Educación Superior (programa América Latina-Formación Académica: ALFA), así como iniciativas de movilidad mediante becas para estudiantes de postgrado y estudios de especialización profesional (Programa de Becas de Alto Nivel de la Unión Europea para América Latina: ALBAN).
Desatendida queda, sin embargo, salvo convenios bilaterales entre universidades, la etapa más delicada del proceso formativo: los estudios conducentes a los niveles de grado. En ella, el estudiante, por edad, por madurez y por ansiedad de horizontes, es terreno fértil para que los esfuerzos dirigidos a su formación cosechen los mayores éxitos. Medidos en el tiempo y encaminados al regreso al país de procedencia, al que debe enriquecer, el estudiante iberoamericano tiene derecho a que Europa abra sus puertas, cumpliendo su proclamación de principios, para ofrecer un entorno de crecimiento en el saber y de enriquecimiento en la diversidad.
A su vez, los estudiantes europeos no pueden cerrar los ojos a esa rica diversidad que ofrece América Latina para la convivencia, para la visión real de lo que para la persona significan los bienes permanentes —los del espíritu— y, en definitiva, el aprovechamiento de la ocasión para ejercer la virtud del compartir aun cuando poco haya para compartir o, quizá, precisamente por eso resulta más factible sentarse a la mesa común. Los jóvenes europeos no deben encerrarse en el círculo de la riqueza, moviéndose de un lugar opulento a otro que también lo es; apostaríamos sin duda por el signo más evidente de pobreza.
La exigencia es urgente. No habrá desarrollo sin educación. No habrá capacidad de entendimiento, no habrá posibilidad de convivencia universal, si no se rellenan los vacíos existentes que afectan al conocimiento, a las habilidades, a las capacidades y competencias para el ejercicio de la función social que cada uno tiene asignada en la comunidad.
En el marco del presupuesto comunitario y con la mayor descentralización orgánica posible, ausente de trabas administrativas, se impone el diseño de programas de movilidad e intercambio generosos con los estudiantes universitarios de los países iberoamericanos. El resultado que éstos han tenido en el seno de la Unión Europea, permiten ser optimistas acerca del que se puede esperar de una nueva experiencia.
Europa debe abrirse hacia fuera. La comunidad internacional así lo demanda y los países que sienten con mayor apremio esa necesidad, así lo reclaman. Sin duda habrá que hacer reformas importantes en la configuración de las estructuras de los estudios —atenuadas por el interés que en aquéllos ha despertado la configuración del Espacio Europeo de la Educación Superior—, así como en los propios contenidos de los programas. Ello, sin embargo, no debe ser óbice para afrontar tan apasionante tarea.
Nos atrevemos a levantar la voz para decir que es nuestra responsabilidad; la responsabilidad del buen administrador de los dones recibidos. Un ejercicio de la solidaridad, de compartir lo que se nos ha concedido, se impone como preferente frente a un discurso solidario, por novedoso que éste pudiera ser.
Que las tareas diarias, no nos impidan ver nuestro quehacer en el futuro de la humanidad.