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Ver productosLA POLÍTICA COMO ACTIVIDAD DE GOBIERNO
Lo que solemos llamar «política» pertenece a la elemental experiencia de la vida asociativa de los seres humanos. Pero si analizamos más concretamente ese término, vemos que esa descripción es sólo una aproximación muy general. Porque de forma casi intuitiva, comprendemos que ese término alude sobre todo a la actividad desarrollada por determinados individuos interesados en «gobernar», es decir, o bien en conquistar un cierto «poder» mediante el control de determinadas asociaciones políticas (grupos, movimientos, partidos), o bien de algunos puestos clave en las singulares instituciones políticas (gobiernos, parlamentos, administraciones centrales, regionales y locales, cargos públicos, etc.).
Desde un punto de vista analítico, sin embargo, la dimensión política de las relaciones humanas posee un carácter más difuso, en cuanto que tiene que ver con aquel particular medio comunicativo y relacional que es el «poder», entendido, según la clásica definición de Weber, como la posibilidad de hacer valer la propia voluntad sobre otros (individuos o acontecimientos) a pesar de su resistencia. Allí donde se instauran relaciones de «poder» o de «autoridad» nace una relación que podemos definir «política» y que, en su forma más constrictiva, coincide con una situación de dominio o, en su forma más consensual, coincide con una relación útil para conseguir objetivos compartidos.
En el origen de las relaciones y de las instituciones políticas existe una situación de poder, más o menos estable, entre singulares individuos o entre grupos sociales que se consolida y delimita mediante reglas aceptadas por vía de hecho y de derecho por las partes.
POLÍTICA Y COMPLEJIDAD SOCIAL
En el nivel de las relaciones que circulan entre sujetos en interacción directa, cada uno es consciente del grado de «poder» que dispone y que puede hacer valer. Sin embargo, cuando las relaciones son más indirectas, impersonales y complejas, es más difícil entender el propio radio de influencia. El motivo es bien sencillo: la complejidad, frecuentemente transformada en opacidad, derivada de las interdependencias múltiples, no todas visibles y predecibles, en las que se forma parte. Las relaciones sociales se instauran con sujetos que desempeñan roles desde normas «externas» y «constrictivas» para los singulares sujetos. Estos últimos no pueden modificarlas a voluntad, y si lo hacen corren el riesgo de provocar disfunciones y dar lugar a sanciones.
En los escenarios marcados por relaciones y situaciones complejas es evidente la existencia de: a) vínculos ejercidos por el ambiente sobre los sistemas o sobre los actores sociales; b) un limitado radio de influencia sobre otros; c) relaciones asimétricas, es decir, no paritarias, entre individuos, grupos o roles funcionalmente diferenciados e integrados.
Ante la creciente extensión y complejidad de las relaciones primarias y secundarias, próximas y lejanas, directas y mediadas, voluntarias y obligatorias, el problema del poder se impone con mayor evidencia y nace la exigencia de establecer roles de mando, ceremonias de investidura y de legitimación, formas legítimas de competición política
No es necesario abrazar una visión pesimista de la naturaleza humana para estar plenamente de acuerdo con la antigua observación del Tucídides, según la cual los hombres «dominan por doquiera pueden», y participan de forma ambivalente en su constitutiva inclinación a extender el propio dominio sobre las cosas, sobre los animales y sobre otros seres humanos.
Por tanto, el problema del poder y de la política consiste en la doble necesidad de garantizar las condiciones para el eficaz ejercicio de los roles de mando, por una parte; y de los sólidos límites a la prepotencia siempre en acecho en las confrontaciones de los más débiles.
En la estela de las argumentaciones apenas esbozadas es posible comprender por qué razón la reflexión sobre la vida en sociedad de los sujetos humanos ha sido reconducida, en el ámbito de la filosofía antigua y clásica, a la naturaleza «política» del hombre y a los problemas conectados al gobierno de la polis (ciudad), lugar concreto y al mismo tiempo simbólico del encuentro entre hombres «libres e iguales» que desean participar en las decisiones que les afectan como singulares y como colectividad. La cosa pública (res publica) de la que la política debe específicamente ocuparse puede, en consecuencia, ser definida como el conjunto de las partes comunes de la casa en que se habita y vive.
Antes incluso de que fuese elaborada la figura idealizada del homo oeconomicus y del homo sociologicus, el pensamiento filosófico e ideológico había elaborado la figura del homo politicus, considerado durante varios siglos como el símbolo de la connatural vocación social de los seres humanos.
Si del nivel de la experiencia cotidiana pasamos a la consideración de las relaciones entre roles, grupos, asociaciones, organizaciones e instituciones sociales, resulta evidente, por una parte, la dificultad para alcanzar un sistema de regulación de las relaciones recíprocas capaz de tener en cuenta el conjunto de las identidades, de los valores y de los intereses que se ubican en mutua relación. Por otra, como señalan Bovone y Rovati, el ingenio con que los diferentes actores sociales (individuales o colectivos, simples o complejos, informales o institucionales) han sabido elaborar soluciones, más o menos estables y satisfactorias, al problema no siempre obvio del «vivir en sociedad»
Introducirnos y observar el problema del poder desde un punto de vista macrosocial inevitablemente nos conduce a trabajar con sistemas de relaciones regulados por normas e instituciones específicamente encaminadas a la producción de las necesarias decisiones para toda la colectividad. En tal caso, se deben examinar las instituciones propiamente políticas como lo son los gobiernos, los parlamentos, los tribunales, los Estados nacionales y las organizaciones supranacionales e internacionales.
DESAFÍOS DE ÉPOCA Y REFLEXIÓN POLÍTICA
Al igual que otros termas y argumentos abordados por las ciencias sociales, el tratamiento de la política no sólo se resiente del influjo de las preferencias ideológicas, teóricas y metodológicas de los especialistas (como es obvio), sino también del «espíritu del tiempo» y de los desafíos propios de una época. Ambos se imponen, por así decir, a la atención de todos, y todos deben comprometerse en comprender, explicar y posiblemente resolver.
En el transcurso de la edad moderna (desde el siglo XVI en adelante), los principales desafíos para la reflexión política proceden de los procesos de época conectados al tránsito del sistema feudal-imperial a la formación de los Estados nacionales, del absolutismo al constitucionalismo, de las monarquías hereditarias a las repúblicas electivas, de los sistemas parlamentarios burgueses, con representación restringida, a los parlamentos democráticos elegidos por sufragio universal masculino y femenino.
A lo largo del siglo xx la reflexión teórica ha tenido que encarar la emergencia de los totalitarismos ideológicos y políticos de matriz nazi-fascista y comunista, con el holocausto de millones de inocentes, la descolonización, el crecimiento del rol intervencionista del Estado en la esfera económica y civil, el nacimiento y desarrollo de los sistemas de welfare state orientados a prolongar y extender los derechos de participación y de ciudadanía, la unificación económica y política de los Estados nacionales europeos, el proceso de globalización encaminado al incremento exponencial de las interdependencias comunicativas (determinadas por los media), económicas (determinadas por los mercados), culturales (determinadas por los pueblos). El lugar de la retórica sobre el cosmopolitismo de los llamados «ciudadanos del mundo», está siendo ocupado por la conciencia de que la interdependencia traslada a un encuentro aún inédito entre pueblos y culturas, o que las singulares identidades no se anulan, sino que están incitadas a dialogar recíprocamente y a recíprocamente legitimarse.
A los desafíos contemporáneos que interpelan tanto al obrar político como a la reflexión teórica sobre la política, también se añade el atardecer de las visiones ideológicas que habían asignado a la política una «misión» palingenética y el objetivo de realizar el mejor de los mundos posibles. La crisis de la confianza propiamente moderna en la suprema función sintética de la política, unida a la confianza de poder elaborar visiones y proyectos omnicomprensivos del devenir histórico, han cambiado profundamente el comportamiento de los expertos y de los singulares ciudadanos. A la visión de la política como actividad y como conjunto de instituciones en situación de operar la «síntesis» más conveniente para interés general, se ha añadido una visión más pragmática, desencantada y secularizada. Esta última considera las construcciones políticas como instrumentos limitados y no exclusivos para la finalidad de la integración sistémica.
LA POLÍTICA COMO «ÍDOLO» Y COMO « IDEAL»
La idea de la política que marca a la Modernidad encuentra una emblemática expresión en la tradición marxiana. Para ésta la política es, en última instancia, una forma profana de religión. Aquí está la raíz del ascetismo personal del revolucionario de profesión y de la dimensión mesiánica de la revolución.
En sus múltiples formas, el pensamiento «moderno» comparte una visión totalizadora de la política, asignándole —lo documentan claramente las doctrinas de la soberanía nacional— el objetivo de llevar a cabo una reductio ad unum de la sociedad, y la función proyectiva y programadora por excelencia. En este sentido la política es concebida como un típico campo de aplicación tanto de la racionalidad instrumental, como de la racionalidad respecto a los valores. De esta idea racional y universalista de la política es parte integrante el esquema interpretativo que clasifica como premoderno, tradicional y familiarista todo comportamiento que subraya los aspectos de intercambio particular, trueque y ligamen personal insertados en las relaciones políticas.
Este planteamiento, que en el ámbito de las ciencias sociales ha sido consagrado tamo por la perspectiva estructural -funcionalista como la conflictiva, experimenta una interesante revisión en el ámbito de las perspectivas fenomenologías. En su ámbito se da importancia y prioridad, como han señalado Schuzt y Giddens, al conocimiento de sentido común en general y al conocimiento implícito de las tipificaciones propias de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, han permitido la introducción de un planteamiento que a priori no excluye unas representaciones de la política que, en palabras de Maffesoli, acentúan el carácter pragmático, particularista, emocional y tribal, reconociéndoles una elevada dosis de realismo.
Por el singular juego de las partes y el cambio del clima cultural y de los paradigmas teórico-analíticos, los comportamientos que hace algún tiempo se consideraban premodernos han entrado, en el curso de los años ochenta, a formar parte de una visión más desencantada y menos ideológica de las reglas de funcionamiento de la política.
Especialmente indicativo es el debate que, a mitad de los setenta, ha tenido lugar sobre el neocorporativismo democrático. Expresa el esbozo de una conciencia crítica: los temas de las teorías pluralistas-universalistas contienen una elevada dosis de idealización, por no decir de ficción. En la atribución de estos juicios ha jugado un importante papel el hecho de que la visión «moderna» haya sido sostenida por élites intelectuales y políticas que, desde la consecución de su diseño ideal e ideológico, pensaban extraer ventajas seguras en términos de hegemonía cultural y de gobernabilidad del proceso de modernización.
La mutada sensibilidad contemporánea abre nuevas perspectivas al ya consolidado valor analítico de las investigaciones de imagen, favoreciendo en concreto la atención por los símbolos de las relaciones micro y macro políticas. Concretamente, mientras que los sondeos sobre la cultura política habían determinado tradicionalmente su atención sobre la información, el interés y la participación, la autoposición ideológica, las expectativas hacia las instituciones y las prestaciones del sistema político-administrativo —es decir, los aspectos más determinantes para estimar el consenso en las confrontaciones del sistema institucional y de las ideologías políticas activadas por los singulares partidos—, en la presente fase se añade el particular interés por explorar las nuevas representaciones colectivas de la política en su dimensión «ideal» y «real». En este filón analítico, como ha señalado Sartori, se insertan incluso los nuevos intereses para la comunicación política en una etapa del desarrollo tecnológico que hace posible tanto formas inéditas de «democracia directa» mediada por los soportes informáticos, como formas de «videocracia».
EL ACERCAMIENTO SOCIOLÓGICO A LA DIMENSIÓN POLÍTICA
Al estudio de las relaciones políticas prestan atención, desde múltiples perspectivas y variados métodos, los diferentes ámbitos disciplinares de las ciencias sociales como la antropología, la psicología social, el derecho, la economía, la ciencia política. Sin embargo, la «mirada sociológica» permite revelar específicas relaciones entre las instituciones políticas y el sistema social que se escapan al resto de ámbitos disciplinares.
La sociología se abre camino de forma sistemática tras la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, A partir de ese momento, deberá de medirse con los profundos cambios que ambas desencadenan en los niveles político, económico, social y cultural. Tanto la Revolución Francesa como la Revolución Industrial llevarán a sus extremas consecuencias lo que durante siglos se estaba preparando con el tránsito de una economía agrario-feudal a una industrial capitalista y con la definitiva victoria de la burguesía sobre la aristocracia.
Pasando por las aportaciones de Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu, Saint Simón y Tocqueville, entre otros, desde un punto de vista cultural, tales acontecimientos contribuyen de forma decisiva a la maduración de aquel tipo de reflexión que, desde un terreno filosófico y jurídico, se desplaza hacia el específico terreno de las ciencias sociales. El núcleo de la que más tarde será denominada sociología política se va especificando desde los inicios de los estudios sociológicos y asume un rol de particular importancia en el interior de toda investigación global de los fenómenos sociales, ya sea en las investigaciones de tipo microsociológico, ya sea en las de tipo macrosociológico. La secular polémica respecto a la relación entre sociedad y Estado, entre hombre y ciudadano, se va enriqueciendo progresivamente. Primero inconscientemente y, luego, de forma siempre más lúcida, como parte del estudio sobre el conflicto y el consenso en el interior de las formaciones sociales organizadas, y sobre la forma con que estos dos polos de tensión modelan la convivencia respecto a las instituciones que la organizan.
Aunque Duverger no llegase a afirmar que sociología política y ciencia política son sinónimos, es legítimo y oportuno mantener una distinción entre dos disciplinas que mantienen numerosos e importantes puntos de contacto y encuentro.
La sociología política concentra su atención no sólo en las instituciones políticas en sentido estricto, sino también en todo lo relacionado con el «fenómeno político» o, como diría Dahl, «en las manifestaciones de relaciones de mando o de autoridad implicadas en el interior de relaciones humanas duraderas».
Desde Heródoto hasta que, a fines del siglo pasado, la sociología asume una propia autonomía, la catálisis del interés por los fenómenos políticos ha sido el problema del «mejor de los sistemas posibles». Pensemos, por ejemplo, en el problema de la justa dimensión de la polis, tal y como trató de definirla Aristóteles, o en la investigación de formas legislativas e institucionales en situación de garantizar a la burguesía desde el poder absoluto del rey, o en las polémicas respecto al parlamentarismo.
Sin embargo, la sociología abandona (sin distanciarse totalmente) este planteamiento filosófico e ideológico, y centrará su atención en los desarrollos de facto y tipológicos de las concretas sociedades industriales. No resulta arriesgado decir que los cultivadores de la ciencia de la política asumen como variables independientes de sus investigaciones lo que los sociólogos asumen como variables dependientes. Los primeros están más interesados en explorar las influencias del sistema político institucional en la sociedad y los problemas de ingeniería constitucional, mientras que los segundos se encaminan a comprender la influencia de las relaciones sociales en la formación y el funcionamiento de los aparatos políticos.
DOS TRADICIONES DE PENSAMIENTO
Ocupando un lugar privilegiado, uno de los telones de fondo que compromete y divide a los estudiosos de la política es la determinación de los niveles de autonomía y de dependencia del subsistema político respecto al sistema social en su conjunto. Tal controversia surge, paradójicamente, de la compartida distinción entre Estado y sociedad civil, que fuera elaborada en la etapa ilustrada. Respecto a este debate se pueden distinguir dos tradiciones de pensamiento que están ligadas e impregnan las diferentes formas de entender y realizar la sociología política.
La primera tiene como figura clave a Marx, y considera el sistema político organizado (en la práctica, el Estado) como superestructura que refleja las relaciones económico-sociales. Tal sistema se presenta privado de una autónoma capacidad de orientación hacia la sociedad civil. A esta posición se debe tanto la posibilidad teórica de prever la extinción del Estado como sistema de dominio, una vez eliminada la propiedad privada de los medios de producción, como la minusvaloración del análisis de los mecanismos propiamente institucionales.
Dos son los grandes vacíos que se pueden detectar en este esquema teórico-analítico. Por una parte, la imposibilidad de dar cuenta de la permanente desigualdad social y política en los «socialismos reales». Por otra, la dificultad para captar la específica función de regulación asumida por el Estado en los países capitalistas avanzados. Todo ello ha provocado, en el mismo campo marxista, un replanteamiento crítico de la teoría del Estado. Dicho replanteamiento ha llevado a algunos autores —buenos ejemplos son Offe y Poulanztas— al reconocimiento de la autonomía relativa del sistema político respecto a las meras relaciones de clase.
Sin embargo, la segunda tradición politológica, cuyo eje central es Weber, sostiene programáticamente la idea de la relativa independencia del sistema político. A pesar de que algunos exponentes radicales de esta orientación, como los elitistas Mosca, Pareto y Michels, incurren en el límite opuesto al planteamiento marxiano, tiene el mérito de evidenciar la incidencia del aspecto institucional y organizativo en el obrar político, al que está conectado una congénita tendencia oligárquica.
Más allá de sus intenciones, la perspectiva weberiana nos pone en guardia ante la ilusión de poder eliminar la asimetría propia de las relaciones de poder actuando sobre los mecanismos estructurales de la sociedad, y revela la sempiterna dialéctica entre la lógica de la emancipación democrática y la lógica del dominio.
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Las políticas sociales en las sociedades complejas La política social, nacida como una forma de control social de la población mediante la promoción del bienestar, ha tendido, según los autores de este estudio, a la estabilidad y la paz social. Independientemente de las motivaciones (ilustradas, humanitarias, de justicia social, de amortiguación de los conflictos generados por el capitalismo o incluso de conservación del poder por parte de las clases dominantes) y de los factores que la han impulsado (movimientos sociales, como el obrero o el feminista, partidos políticos, grupos de presión o de interés, etc.), el resultado ha sido el crecimiento del Estado de bienestar. En él y por él, el bienestar se ha entendido y practicado como forma de integración sistémica (asegurada por la vía institucional del «Estado» mediante regulaciones impersonales y centralizadas), más que como forma de integración social (asegurada por la vía de la «sociedad» mediante regulaciones autónomas y descentralizadas).
Desde finales de la década de los cuarenta del siglo XX hasta nuestros días, el Estado Social se ha ido consolidando en modelos institucionales de gran normatividad que han encamado los derechos sociales de ciudadanía. En los años ochenta del pasado siglo, este ciclo histórico de la política social, que grosso modo va desde Bismarck a Beveridge (con las adjuntas aplicaciones y extensiones) se ha interrumpido. La originalidad de la situación justifica la novedad de una obra que intenta hacerse cargo de ese cambio histórico. Las características del nuevo ciclo son, obviamente, inciertas, y la literatura sobre él muy abundante. Ahora bien, lo que sí podemos observar es el campo en el que se confrontan concepciones y actores, necesidades sociales y procesos para afrontarlas ¿Cómo se está construyendo este nuevo ciclo histórico? ¿Mediante qué orientaciones, procesos, estructuras y reorganizaciones? La investigación de nuevas configuraciones institucionales en la reorganización del sistema de bienestar es el objeto de esta obra. Pretende ofrecer al estudioso de la materia las bases informativas esenciales para comprender cómo se está configurando la política social en la sociedad hodierna, compleja y posmoderna. Estas páginas tienen un hilo conductor que conviene explicar. Desde los años setenta, la política social en sentido moderno se ha plasmado en modelos caracterizados por ser, o buscar ser, racionales, preceptivos y estatales. Racionales en cuanto que se han basado en lógicas y programas condicionales (que actúan a partir de la norma: si sucede «x», entonces se debe hacer «y»), inspirados en esquemas concretos de medios-fines, que presuponían una cierta organicidad normativa de la sociedad. Preceptivos, en cuanto amparados por normas y preceptos emanados de una autoridad, de carácter público, sobre la sociedad civil. Estatales, en cuanto legitimados, guiados y gestionados por el Estado como centro y vértice de la sociedad. El modelo clásico más reciente y avanzado en tal sentido ha sido el de la política social de tipo keynesiano-beveridgiano, ilustrado en la filosofía social de R. Titmuss y en la teoría de la ciudadanía de T. H. Marshall. Las transformaciones del Estado de bienestar a partir de los años ochenta han provocado un replanteamiento de los modelos de política social anteriormente apuntados. Se ha hecho más difícil asegurar —señalan Herrera y Gastón— un incremento lineal y constante de los derechos sociales mediante políticas fuertemente normativas, centralizadas y universalistas. Luego de tales transformaciones, han emergido, y siguen emergiendo, nuevas orientaciones, estrategias y modelos de política social. Tienen como común denominador el alejamiento del enfoque racional-preceptivo-estatal de la política social. Para los autores, se trata de ver en qué medida y de qué forma aún pueden y deben mantener el rol regulativo del Estado y el carácter político de las acciones colectivas para el bienestar de la población. |
El importante papel de las infraestructuras, y dentro de ellas, de forma Edestacada, de las infraestructuras de transporte, como uno de los factores determinantes de la capacidad productiva de toda economía -y por tanto también de la española- parece fuera de toda discusión. La movilidad eficiente de personas y mercancías, tanto en un entorno urbano como interurbano; la reducción de los costes del transporte; la eliminación de problemas de congestión, que lastran el buen funcionamiento del sistema económico: todos estos elementos son decisivos para la productividad y competitividad de la economía. Estas son las razones que, desde un punto de vista económico, apoyan el gran esfuerzo inversor que está realizando la sociedad española, y que supone anualmente en estos momentos, solamente en el ámbito de las infraestructuras de transporte que son competencia del Ministerio de Fomento, un nivel cercano al 2% del PIB.
Sin embargo, este papel económico de las infraestructuras no debe oscurecer sus otras dimensiones igualmente importantes. Históricamente, las grandes redes de infraestructuras aparecen asociadas a formas de organización política de carácter estable y con vocación de permanencia. La creación y perdurabilidad del Imperio romano, por ejemplo, no podrían concebirse sin la existencia de la amplia red de calzadas que aseguraba un dominio permanente sobre el territorio. Resulta difícil, por tanto, separar en su origen las funciones comerciales de las redes de infraestructuras de otras funciones de carácter militar o político.
La aparición del Estado nacional, consolidado en su forma actual en Europa a lo largo del siglo XIX, vuelve a poner de manifiesto la estrecha relación entre economía, organización política y el dominio territorial que representa la creación de una red de infraestructuras. En este sentido, la Revolución Industrial, la consolidación de los Estados modernos y la creación de las redes de ferrocarriles en el siglo XIX son fenómenos difícilmente separables. Algo análogo sucede, ya en el siglo XX, con la sociedad de masas, la aparición del automóvil y la extensión de las redes de carreteras y autopistas.
Con estas premisas no deja de sorprender que entre los parámetros de decisión que normalmente se tienen en cuenta a la hora de valorar la conveniencia de un determinado programa de infraestructuras figuren de forma casi exclusiva los de tipo socioeconómico y, más recientemente, medioambiental. Esto no quiere decir, naturalmente, que los parámetros políticos no sean tenidos en cuenta, ya que, en realidad, a menudo son los realmente determinantes, sino simplemente que dichos parámetros no son formulados de forma explícita en el proceso de decisión.
Pero cabría sostener que el desarrollo de un mecanismo que ayude a formular y valorar los objetivos políticos de un programa de infraestructuras, integrándolos con los otros parámetros de decisión, ayudaría a racionalizar la toma de decisiones en este campo. A continuación se presentan en este trabajo varios ejemplos que pueden ilustrar la cuestión planteada.
En primer lugar, una de las decisiones estratégicas del actual Plan de Infraestructuras de Transporte del Ministerio de Fomento ha sido el impulso a la red ferroviaria de alta velocidad. Lo que se trataría de analizar aquí no es tanto la conveniencia de construir determinadas líneas sobradamente justificadas desde el punto de vista económico (como la línea Madrid-Barcelona) sino la decisión de crear una nueva red, para la que se ha enunciado como objetivo principal el conectar a todas las capitales de provincia. Obviamente, lo que se pretende es que ningún sector social significativo se considere excluido de este avance tecnológico y, para ello, por cierto, se vuelve a acudir a la vieja división provincial, lo que viene a mostrar las bases de la identificación de los ciudadanos con su territorio.
Existe una serie de factores que favorecen la creación de una red de alta velocidad en España (AVE), como son las distancias del centro de la Península a la costa y la distribución de la población, así como la política de la Comisión Europea que apoya el reequilibrio entre modos de transporte, favoreciendo la modernización del ferrocarril. Desde un punto de vista social y medioambiental, el ferrocarril de alta velocidad supone grandes beneficios en forma de reducción de accidentes de circulación y mayor eficiencia energética. Sin embargo, la decisión de incluir en la red a todas las capitales de provincia tiene un carácter fundamentalmente político. Sin duda, el ferrocarril de alta velocidad ha adquirido en nuestro país, en un período como el actual de acelerada convergencia económica y social con Europa, un valor simbólico asociado a la modernidad.
Por otra parte, las infraestructuras en general, y más aún las de carácter más emblemático como la red AVE, representan mejor que ninguna otra actuación, de cara al ciudadano, la materialización física de la gestión pública. En estas condiciones, la demanda social de una extensa red ferroviaria de alta velocidad es cada vez mayor, y su impacto en los medios de comunicación muy significativo, por lo que no debe extrañar que las nuevas líneas de alta velocidad sean objeto de la lucha política entre partidos. En cualquier caso, más allá de la utilización política inmediata de las nuevas líneas ferroviarias de alta velocidad, la reacción ciudadana, en el momento de realizar la planificación de la red, en los casos en que existía la posibilidad de que determinados núcleos urbanos quedaran fuera del trazado de la alta velocidad, puso de manifiesto la importancia sociopolítica que había adquirido este nuevo modo de transporte.
La solución finalmente adoptada, que implica la extensión y ramificación de las principales líneas inicialmente planteadas, significa, en términos económicos y financieros, dedicar a la nueva red un importante volumen de recursos, para lo que, además de la aplicación de los fondos europeos, ha sido necesario establecer un modelo de desarrollo ferroviario en el que se conjuga la gestión de la red con criterios empresariales y la política de cohesión social y territorial que representa la expansión de la red.
En dicho modelo, las inversiones en las principales líneas han sido encomendadas y quedarán adscritas al actual ente Gestor de Infraestructuras Ferroviarias (GIF), y en el futuro inmediato al nuevo Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF), que sucederá a la RENFE actual (excepto en la función de prestación de los servicios de transporte ferroviario, que quedará segregada en un nuevo ente público denominado RENFE-Operadora). Las nuevas líneas adscritas al GIF (o al ADIF) representan aproximadamente dos tercios de las inversiones totales previstas en el programa de alta velocidad. En este caso, los cánones cobrados por el administrador de la infraestructura a las empresas operadoras (RENFE-Operadora más las nuevas operadoras que entren en el mercado del ferrocarril liberalizado), más el resto de ingresos comerciales, deberán ser suficientes para mantener el equilibrio financiero de dicho administrador de infraestructuras ferroviarias.
La consideración del administrador de infraestructuras ferroviarias como entidad empresarial está permitiendo que estas inversiones no graviten sobre el presupuesto no financiero del Estado, a la vez que incentiva la gestión de dicha entidad con criterios de mercado. El resto de las líneas de alta velocidad (que suponen el tercio restante de dicho programa), al igual que las inversiones en la red convencional, figurarán en el patrimonio del Estado (aunque la gestión de la red se realizará de forma conjunta por el administrador de la infraestructura), de tal forma que los gastos correspondientes se realizarán con cargo a los presupuestos públicos. Se puede determinar así, con claridad, el coste en términos presupuestarios de la extensión de la red más allá de lo que resultaría de aplicar un criterio puramente económico-financiero. En este caso, este sobrecoste de la red puede ser asumido sin dificultad dada la situación de equilibrio presupuestario al que han llegado las finanzas públicas (que, por otra parte, deberá ser mantenido en el futuro en virtud de la Ley General de Estabilidad Presupuestaria). En cualquier caso, es útil conocer de forma explícita el coste en términos presupuestarios de una decisión política como es la extensión de la red de alta velocidad, y poder determinar que dicho coste es asumible y justificable por razones de cohesión territorial y de integración social.
El segundo ejemplo que podría ilustrar la relación entre política e infraestructuras se refiere a la red transeuropea de transporte, y especialmente a nuestras conexiones de transporte terrestre con el resto de la red europea. Actualmente, se encuentran en discusión y proceso de decisión, en el seno de las instituciones comunitarias, las nuevas orientaciones para la citada red transeuropea de transporte. En este proceso, el Consejo de Ministros de Transporte de la Unión Europea aprobó el pasado cinco de diciembre de 2003 una lista de proyectos prioritarios de las redes transeuropeas constituida por treinta proyectos, que incluyen los antiguos catorce proyectos de Essen más dieciséis proyectos adicionales, quince de ellos procedentes de anteriores propuestas de la Comisión Europea.
De forma resumida, los proyectos que afectan a España son los siguientes (con las fechas previstas de puesta en servicio):

También hay que destacar que la conexión Lisboa/Oporto-Madrid, incluida en este proyecto, ha quedado finalmente configurada por los Gobiernos de España y Portugal en la Cumbre de Figueira da Foz mediante las dos líneas de alta velocidad Madrid-Lisboa (2010) y Aveiro-Salamanca (2015).



Como es conocido, el desarrollo de algunos de estos proyectos, y en concreto de las conexiones transfronterizas con Francia, está encontrando reticencias por parte del país vecino, en gran parte debido a las restricciones financieras impuestas por la situación presupuestaria francesa. Sin embargo, una visión a largo plazo del significado de estas conexiones debe superar dichas dificultades, impulsando las ayudas europeas, así como nuevos mecanismos de financiación con participación privada que hagan posible el desarrollo de los proyectos citados, para lo que ya existe el compromiso de los Estados miembros y de las instituciones comunitarias.
La mayoría de estas nuevas conexiones tienen plena justificación desde el punto de vista económico, dado el importante aumento en los últimos años del tráfico internacional de viajeros y, especialmente, de mercancías. De ahí que España haya propuesto también la plena permeabilización de los Pirineos por carretera, añadiendo a la lista anterior una nueva serie de conexiones con Francia por vías de alta capacidad.
Sin embargo, la creación de una verdadera red de transporte transeuropea tendrá unas consecuencias que trascienden los objetivos económicos, por importantes que éstos sean, como por ejemplo el correcto funcionamiento del mercado único. Cabe decir que la creación de la moneda única, primero, y de las redes transeuropeas, en un próximo futuro, están sentando las bases de lo que será un espacio común de convivencia en Europa. Nuevamente, las infraestructuras actuarían así como un elemento clave en la configuración del espacio político, esta vez en un ámbito que desborda a los Estados nacionales tradicionales. Estas son las razones últimas que verdaderamente justifican y pueden impulsar el desarrollo de la red transeuropea, superando problemas y desencuentros que no dejan de tener carácter coyuntural.
Hoy día es ya un lugar común hablar del sistema de partidos latinoamericanos como de un sistema en crisis. A menudo, cuando los observadores políticos quieren reforzar sus argumentos, aportan como evidencia el colapso sufrido por los partidos tradicionales y la aparición de los movimientos populares. Pero aún se ha prestado poca atención a una tendencia paralela a esta del declive de los partidos de derechas y de izquierdas, que tiene también implicaciones para la estabilidad política y democrática en la región de la que aquí tratamos, y que es la aparición y proliferación de los pequeños partidos.
En contraste con el discurso ideológico del pasado, la política y las exigencias ciudadanas se definen cada vez más en términos particulares; y esta desideologización de los sistemas de partidos en América Latina ha conducido a la aparición y medro de partidos políticos de visión reducida, organizados en torno a un solo tema, como pueden ser la lucha contra la corrupción, la defensa de la identidad local o regional, etc. La aparición de estos movimientos en torno a cuestiones particulares y locales está remodelando los sistemas de partidos en la región, en los que, como consecuencia, aumentan cada vez más los niveles de fragmentación.
En la historia de los últimos veinte años de elecciones en América Latina, muchos de los partidos tradicionalmente dominantes, no importa si de la derecha o de la izquierda, han visto disminuir su porcentaje de obtención de voto en los comicios nacionales hasta llegar a desplomarse —así ha pasado en algunos casos — por completo. Incluso algunos sistemas de partidos, que podían considerarse relativamente institucionalizados, como el de Colombia o el de Venezuela, se han visto igualmente afectados por esta transformación de la lealtad ciudadana hacia los partidos políticos tradicionales.
Las razones para explicar este fenómeno son múltiples. Durante las crisis económicas de las décadas de 1980 y 1990, los votantes pudieron castigar a aquellos partidos en el poder que no habían sido capaces de corregir, o que incluso habían hecho empeorar, las respectivas vacilantes economías nacionales. Las restricciones económicas impuestas por las crisis y los paquetes de medidas de austeridad económica, que muchos gobiernos tuvieron que adoptar entonces para reformar sus economías, disminuyeron también los recursos históricos que los partidos tenían para formar y mantener la cohesión interna de los partidos y el apoyo popular, a saber: los relativos al patrocinio público. Al mismo tiempo, los cambios socioeconómicos, consecuencia parcial de las crisis económicas y de las reformas, erosionaron las bases de apoyo de los partidos, y crearon coaliciones más fluidas por un lado y votantes menos ideologizados, por otro. Pero si estos fenómenos explican las transformaciones en el electorado, fueron los cambios de las leyes electorales mismas (que optaron por circunscripciones uninominales) y la descentralización, las que propiciaron una atmósfera institucional favorable a la aparición de estos pequeños líderes de objetivos y propuestas particulares.
ESTRUCTURA, IDEOLOGÍA Y OPORTUNIDAD
En América Latina, la confianza ciudadana en los partidos ha ido cayendo en picado durante las dos últimas décadas. Según las encuestas del Barómetro Latino del 2003, que investiga las actitudes de los ciudadanos de dieciséis países de la región, más del 80% de los encuestados manifestaba tener poca o ninguna confianza en los partidos políticos. Los ciudadanos piensan que éstos no representan sus intereses, que los políticos profesionales persiguen su propio enriquecimiento a expensas del bienestar de los ciudadanos y que, una vez llegados al poder, no logran gobernar eficazmente. La creciente desconfianza hacia los partidos políticos arrastra consigo un mayor escepticismo respecto a las promesas y proyectos de los partidos tradicionales. La retórica de los partidos, su simbolismo y las promesas ideológicas ejercen hoy una atracción menor en los votantes, y de hecho resultan una carga para los aspirantes políticos.
Al mismo tiempo, los partidos y los sistemas de partidos en América Latina se han reorientado en este tiempo con un manifiesto desinterés hacia las categorías de izquierdas y derechas. La caída del comunismo y el fracaso de medidas tradicionales de la izquierda, centradas en economías de Estado, condujeron en la región a una disminución de las izquierdas y al crecimiento de lo que en su momento era considerada la derecha conservadora. Los partidos de izquierdas que han logrado permanecer en el juego electoral, han tenido que ajustar su retórica y sus programas a las actuales realidades globales y económicas. Organizaciones como el Partido dos Trabalhadores (PT) de Brasil, el Partido Socialista de Chile, el Partido Revolucionario Democrático (PRD) de México, e incluso los Sandinistas de Nicaragua, hacen todo lo posible por asegurar a sus votantes que su elección no traerá consigo una reestructuración de la economía hoy en funcionamiento, basada en el liberalismo de mercado. En su esfuerzo por ganar escaños, estos partidos han sacrificado las plataformas económicas radicales del pasado, representadas por la nacionalización de los recursos económicos de producción o por el antagonismo frente a la economía mundial. Líderes izquierdistas de antaño, como Luiz Inácio Lula da Silva, del PT, o Daniel Ortega de los sandinistas, proclaman ahora públicamente su aceptación de las reformas inspiradas en una economía de mercado, que se han llevado a la práctica en las dos últimas décadas. Para estos partidos y para sus líderes actuales, el objetivo general del logro de la justicia económica y de la igualdad socioeconómica ha de llevarse a cabo en todo caso de acuerdo con las reglas del mercado y de la economía liberal, las mismas que hace sólo unas décadas condenaban como una trama imperialista.
Esta inclinación ideológica hacia el centro del espectro político al final de la década pasada y comienzos de ésta, demuestra que los votantes latinoamericanos han aceptado y apoyan la economía de mercado y la globalización. Según las encuestas del Barómetro Latino 2000, el 52% de la población votante de América Latina admitía que los «precios de los productos deben estar determinados por la libre competencia». Un porcentaje aún mayor respaldaba la integración de sus respectivos países en una economía global. En la misma encuesta, más del 60% de los entrevistados apoyaba un incremento de la inversión extranjera en sus países y, aproximadamente en la misma proporción se mostraban favorables a la creación de un Acuerdo de Comercio Libre de las Américas, que abriese sus economías a la de los Estados Unidos (Barómetro Latino, 2001). Para una mayoría de los votantes latinoamericanos, en 1999 y 2000, la economía mundial ya no era esa fuerza del mal, que en otros tiempos habían imaginado; todo lo contrario, por fas o por nefas, muchos votantes la percibían como un medio para mejorar sus vidas y las economías de sus respectivos países. Incluso después de las crisis económicas de finales de los noventa y después del 2000, los votantes en América Latina continuaban apoyando políticas económicas liberales. Según el Barómetro Latino de 2003, los ciudadanos se mostraron más críticos ante las privatizaciones de los años noventa, pero la mayoría seguía apoyando una economía de mercado como el medio más eficaz para el desarrollo de sus respectivos países (The Economist, noviembre 1-7,2003, pp. 33-34).
Este cambio ideológico ha coincidido con el deterioro de las bases estructurales y de clase de los partidos de izquierda. Las crisis económicas y las políticas de reforma económica en toda la región contribuyeron en América Latina a la disminución del número de trabajadores sindicados, lo que debilitó el carácter de partido de clase de los trabajadores, sobre el que se habían apoyado hasta entonces muchas organizaciones de izquierdas. Durante los años ochenta y noventa, el declive de los sectores industrial y manufacturero hizo que disminuyeran los niveles de empleo en áreas históricamente dominadas por los sindicatos relacionados con los partidos de izquierda. La afiliación sindical en América Latina cayó vertiginosamente en los años noventa.
Por mostrar algunos casos, entre 1985 y 1999, la afiliación a los sindicatos disminuyó en Venezuela en un 42,6 % (Anuario ILO, 2000). En Perú y México, en el año 2000, sólo el 5% y el 25%, respectivamente, de los trabajadores en activo estaban sindicados, lo que supone un dramático descenso en comparación con las cifras de hace veinte años. Con la caída en estos sectores, el empleo informal y en el sector de servicios ha aumentado. De acuerdo con un informe de la Organización Internacional de Trabajo (ILO), más del 57% de la fuerza laboral no agrícola estuvo empleada en el sector informal en 1999 (Informe Semanal Latinoamericano, 1999). El crecimiento de la clase obrera informal no organizada ha creado en América Latina una crisis de representación, que afecta no sólo a la izquierda sino a la estabilidad de la política en general. La heterogeneidad de este sector informal, que incluye a individuos que desarrollan una amplia variedad de actividades económicas, a menudo a pequeña escala, presenta graves dificultades a la hora de definir y de organizar sus intereses económicos y políticos. Estos cambios, además de afectar a la base de los partidos de izquierdas, han dejado en América Latina un vacío de representación para un gran segmento de población económicamente activa.
En la práctica, ello ha supuesto la desaparición de esa visión global totalizadora que había modelado tradicionalmente las plataformas y la ideología de la izquierda. En otros tiempos, las plataformas y bases electorales de la izquierda se apoyaban en un amplio sentido de identidad colectiva, causante de la estrecha solidaridad de la clase obrera y de los pobres con una agenda política y económica tan coherente como fácilmente identificable. Esta agenda, organizada en torno a los objetivos generales de la justicia económica y el nacionalismo, proporcionaba una horquilla ideológica con ayuda de la cual se orientaban militantes y votantes en no pocos asuntos políticos. Más que simplemente una plataforma política, estas orientaciones formaban una más abarcante identidad colectiva y visión del mundo. Y fue esta visión global la que conformó la manera en que los partidos de izquierda movilizaban a los votantes y apostaban por su posición política en el sistema de partidos.
Tan pronto como los principales partidos políticos asumieron similares puntos de vista sobre la inversión extranjera, la liberalización de los mercados o el papel del Estado en la economía, la competencia política y las alternativas entre los partidos se redujeron. Los principales partidos llevaron la discusión sobre la organización económica de la nación hacia los márgenes: cómo incrementar el empleo o cómo ampliar y mejorar los servicios sociales y los programas de seguridad social, por ejemplo, pero todo dentro en un marco de aceptación de la economía liberal. El debilitamiento de las identidades colectivas diferenciadoras y de las alternativas políticas, que en un tiempo habían definido a la izquierda y a la derecha en América Latina, dejó hueco para la articulación de nuevas demandas y cuestiones, y para partidos que las representaran. En el ámbito nacional, cuestiones como la corrupción, la eficacia de la Administración, los derechos humanos, la vigencia de la ley, la seguridad ciudadana, los derechos de los indígenas y la participación de las mujeres y de grupos minoritarios adquirieron prioridad entre las exigencias de los votantes. Desprovista así de su orientación ideológica, la política en América Latina empezó a definirse desde los años noventa por exigencias relativas a cuestiones particulares. La tendencia fue el mayor énfasis en políticas particulares o en cuestiones de gobernabilidad, y en la creciente importancia de las políticas de identidad local, lo que supuso en todo caso un cambio importante respecto del pasado.
En este contexto, las reformas de los sistemas electorales y su descentralización proporcionaron mayores oportunidades institucionales e incentivos a la llegada al campo electoral de nuevos movimientos y líderes. Al crear miles de puestos electivos en consejos regionales y alcaldías y cámaras legislativas y gubernamentales del Estado, la descentralización proporcionó también acceso a muchos aspirantes políticos y a nuevos movimientos. El rechazo ciudadano de los partidos nacionales creó un mercado para nuevos «productos electorales», al tiempo que la descentralización abría nuevas plataformas, de relativo fácil acceso, a los aventureros políticos. En las elecciones locales, los líderes individuales pudieron presentarse a sí mismos como una alternativa a los partidos nacionales tradicionales, subrayando las cuestiones locales y su distancia respecto a las elites nacionales. Al mismo tiempo, la transferencia de recursos estatales a los municipios y el control autónomo de estos recursos por parte de los alcaldes, permitieron a los líderes de estos partidos locales consolidar un electorado independiente.
EL INCREMENTO DE LOS TEMAS ÚNICOS Y DE LOS PARTIDOS LOCALES
Un de los resultados advenidos con estos cambios fue la aparición de partidos políticos basados en la sociedad civil. Gran número de esos partidos desideologizados y orientados hacia temas particulares (en otro lugar me he referido a ellos como partidos para una «política de calidad»), surgieron a partir de movimientos sociales y se concentraron en cuestiones muy particulares relativas a reformas políticas, reconocimiento de derechos o de identidad. Varios de estos grupos se formaron precisamente por la creciente decepción ciudadana respecto a los partidos tradicionales y a sus líderes, que en toda América Latina han tardado en ceder poder y en adaptarse y llegar a nuevos grupos de demandantes sociales. Como resultado, aunque muchos de estos nuevos grupos comparten parte del discurso y de la perspectiva de la izquierda, ya no están ligados a la izquierda tradicional o a los partidos con esa orientación. Estos partidos de «política de calidad» representan un cambio generacional y una perspectiva ideológica distinta de los partidos tradicionales de la izquierda.
Al tiempo que la sociedad civil crecía y se fortalecía en toda la región, los líderes de las iniciativas ciudadanas adoptaron roles más políticos, a menudo para frustración de los dirigentes de los partidos. Durante años, los partidos políticos argumentaban que las organizaciones sociales eran simplemente partidos políticos disfrazados: líderes que se decidían a entrar en política, sólo que —y citaban a Clausewitz— «por otros medios», esto es, con el pretexto del activismo cívico. Muchos vieron en la persistente crítica de las organizaciones sociales a los partidos políticos y a sus dirigentes, un medio para reforzar sus propias agendas políticas y su legitimidad, a costa de procesos políticos que se institucionalizaban todavía más. Y dado el discurso y las tácticas de estos grupos ciudadanos y sus dirigentes, no les faltaba algo de razón. Con frecuencia, algunas organizaciones sociales no escondían su intención de suplantar en algunas de sus funciones a los partidos políticos y de lograr permanencia como «moscardones» políticos —una oposición continua orientada a irritar y en ocasiones a denunciar a la clase dirigente—.
Sin embargo, al aumentar la decepción popular respecto a las elites políticas y a los partidos, y al estar la política cada vez menos orientada hacia discursos ideológicos diferenciadores, las organizaciones ciudadanas se hicieron más políticas, organizando sus electorados y asumiendo posiciones políticas similares a las de los partidos. Muchos partidos tradicionales no supieron responder a estas exigencias, o ceder parte de su poder a los cada vez más ambiciosos líderes de estas organizaciones civiles. Al margen muchas veces de los círculos oficiales del poder, dentro de los partidos establecidos; y sintiendo que sus reivindicaciones no estaban suficientemente presentes en las políticas gubernamentales, los dirigentes y las organizaciones ciudadanas bajaron al ruedo político en muchos países, para concurrir en las elecciones con partidos que ellos mismos fundaran, capaces de atraer a sus colegas y a electores provenientes de los movimientos ciudadanos.
Existen dos ejemplos principales de este tipo de partidos. Uno es el Polo Democrático Independiente, de Colombia. Creado en el 2002 por el ex secretario general del sindicato de trabajadores colombianos, Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Luis Eduardo «Lucho» Garzón, el partido entró inicialmente en coalición con grupos de iniciativa ciudadana de centroizquierda para apoyar la candidatura de Garzón a la presidencia. Otro ejemplo es el partido mexicano México Posible, formado por el activista de derechos humanos Sergio Aguayo y por la líder feminista Patricia Mercado. El grupo se formó en el año 2000 como una coalición de dirigentes cívicos orientados por la defensa de los derechos humanos, la observación de las elecciones, los derechos de la mujer y el medio ambiente, intentando construir un futuro político mediante la representación de un conjunto limitado de cuestiones asociadas con el centroizquierda —derechos políticos y civiles, medio ambiente, transparencia electoral, etc.—.
El crecimiento de los partidos locales es aún mayor que el de los procedentes de la sociedad civil, y cabe decir que tiene incluso repercusiones negativas para la gobernabilidad en la región. Por ejemplo, desde que Colombia celebró sus primeras elecciones municipales en 1988, el número de movimientos locales que compiten y ganan en las elecciones locales ha aumentado un 177%. Hoy, en Colombia, como resultado de las elecciones del 2000, más de cuarenta partidos diferentes, aparte de los liberales y conservadores, gobiernan en el 25% de los municipios.
El caso de Perú es todavía más extremo. En las elecciones municipales de 1980, los cuatro principales partidos nacionales (Izquierda Unida, Alianza Popular, APRA y Partido Popular Cristiano) ganaron el 95% de las alcaldías provinciales; el otro 5% fue a parar a otros partidos, generalmente escindidos de los nacionales. Pues bien, en el 2002 los pequeños partidos locales o regionales, que sólo hicieron campaña en un municipio, ganaron el 53% de las alcaldías. En ellas entraron en liza 398 partidos municipales. Los nombres de algunos de ellos demuestran el enfoque limitado de su política regional, como: Luchemos por Huanuco; Unidos por JuninSierra y Selva; y Concentración Región por la Descentralización.
CONCLUSIÓN
¿Servirán estos nuevos partidos de propuestas únicas como fundamento para la formación y consolidación de un nuevo sistema de partidos en América Latina? A este respecto nos vemos forzados a ser más bien escépticos. Porque es ciertamente difícil imaginar que un sistema de partidos estable y coherente pueda llegar a cristalizar en torno a partidos de objetivos particulares o en torno a partidos locales. Como ha puesto de manifiesto la abundante investigación sobre sistemas de partidos en Europa, los sistemas de partidos estables tienden a organizarse alrededor de identidades colectivas, o de programas alternativos para la organización de la política económica, y en torno a bases o electorados de clase. Aunque es cierto que muchos de los principios económicos y culturales de estas distinciones han disminuido en Europa y en general en todo el mundo, lo es también que los sistemas de partidos están todavía articulados en torno a visiones alternativas en la organización de la política y de la economía. Es improbable que cuestiones como los derechos humanos o la lucha contra la corrupción produzcan esas diferenciaciones políticas partidistas. Como escribe Seymour Martín Lipset, las divisiones políticas duraderas no se forman a partir de valores (Lipset: 48-56). De hecho, estos partidos alternativos no han suplantado a los sistemas de partidos tradicionales, antes al contrario: muchos de ellos permanecen como partidos muy reducidos, que representan un segmento pequeño de un electorado más intensamente interesado en temas particulares.
En relación a la capacidad de los movimientos locales para actuar como eje de articulación de nuevos sistemas de partidos, hay aún más lugar para ser escépticos. El riesgo está en que estos partidos tienen poca vinculación con partidos o con cuestiones nacionales. Los sistemas de partidos orientados estrictamente en torno a cuestiones periféricas ponen en peligro el debate nacional y el gobierno del país, que se pueden agotar en cuestiones periféricas. El crecimiento de este tipo de partidos y su consolidación supondrá un reto para los gobiernos nacionales de América Latina, que tendrán que establecer coaliciones de gobierno y reforzar las políticas de alcance nacional. Estos problemas ya se han puesto de manifiesto en las recientes sucesos de Arequipa, Perú, y en Bolivia. Las tendencias actuales en muchos países de la región deberían forzarnos a reflexionar acerca del significado y la calidad de la representación, acerca del gobierno eficaz, y de las posibles ganancias mutuas de uno y otro concepto.
© Del texto original:2002, Christopher Sabatini.
© De la edición en inglés: 2002, Cale Group.
© De la traducción al castellano: 2003, Alonso Meneos
BIBLIOGRAFIA
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Lipset, Seymour Martin (2000) «The Indispensability of Political Parties», Journal of Democracy, 11, pp. 48-56.
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La población extranjera en España ha alcanzado durante la última década incrementos relativos superiores al resto de países occidentales. Además, sus cifras absolutas reales parecen sobrepasar ampliamente las estadísticas de los organismos oficiales (disintas, por otra parte, según procedan del ministerio del Interior o del Instituto Nacional de Estadística).
ALGUNOS HECHOS BÁSICOS
Según el Censo de Población del 1 de noviembre de 2001, residían en España 1.572.017 extranjeros; la Revisión del Padrón municipal de habitantes a 1 de enero de 2002 señalaba 1.977.946 y 2.672.596 para el 1 de enero de 2003; pero según el ministerio del Interior a 31 de diciembre de 2002 las extranjeros en situación regular eran 1.324001. Así, la situación de irregularidad afecta a contingentes de inmigrantes muy altos, tal como han demostrado las últimas regularizaciones extraordinarias realizadas en España en 2000 y 2001, solicitadas por casi 600.000 inmigrantes.
Por otra parte, la aún baja presencia relativa de extranjeros en España ha de ser matizada, debido a su contrastado reparto geográfico, lo que puede influir en las percepciones sociales que, sobre los inmigrantes, pueda tener la población española. La distribución territorial de los inmigrantes se superpone a las áreas más pobladas de España y con mayor dinamismo económico, es decir; Madrid, Barcelona, litoral mediterráneo y archipiélagos.
PROCEDENCIA DE LA INMIGRACIÓN
Entre 1991 y 2002 el número de extranjeros residentes en España se ha incrementado con una media de 12,55% anual, aunque en el último año tal aumento subió a! 19,4% (cuadro I). Sin embargo, los extranjeros de países poco desarrollados, que son los que provocan las mayores inquietudes sociales entre los españoles, aumentaron un 16% anual durante la última década y un 23% entre 2001 y 2002 (en igual proporción que los europeos del Este). En total, en el 2002 residen legalmente en España 1.324OOI extranjeros, de los que 832.324 (6.3% del total) son de países poco desarrollados y otros) 100.000 de Europa del Este. Los africanos, que según las encuestas realizadas a los españoles son los extranjeros más difíciles de integrar, suman 366.518, y 364569 los latinoamericanos.

Estos acelerados incrementos de inmigrantes en un país que nunca había recibido volúmenes significativos de extranjeros, junto a sus frecuentes concentraciones en hábitats marginales tanto en medio urbano como rural, más sus inestabilidades laborales y su acceso a España frecuentemente irregular contribuyen, entre otras causas, a alimentar cierta inquietud en la sociedad española ante esta inmigración y su problemática integración. Las percepciones sociales negativas de los españoles respecto a los inmigrantes quedan corroboradas en las encuestas hechas a los españoles y también a los propios inmigrantes.
DESIGUAL DISTRIBUCIÓN POR SEXOS
Los africanos y latinoamericanos que residen en España ofrecen distribución por sexos muy desigual (cuadro 2). La proporción de mujeres entre los inmigrantes africanos no alcanza un tercio del total, mientras las mujeres latinoamericanas se sitúan en el 2002 en el 57%, después de que en los últimos años esta proporción ha descendido en ocho puntos.

En efecto, durante los últimos tres años, los inmigrantes de estas procedencias se han incrementado con intensidad muy superior a los años anteriores, especialmente los varones, lo que ha hecho disminuir la proporción de mujeres en los colectivos de ambas procedencias: entre 1999 y 2002 los varones africanos aumentaron a razón de 21,8% anual, contra 18,0% las mujeres, mientras los incrementos anuales de los latinoamericanos ascienden a 45,6% y 29,4%, respectivamente. Estos incrementos y su reparto por sexos subrayan, pues, una inmigración aún alejada de la consolidación, pues ésta suele estar acompañada de aumento de la feminización.
PERSPECTIVA DUAL DE LAS POLÍTICAS DE INMIGRACIÓN
Las políticas de España sobre inmigración extracomunitaria, como también del resto de la Unión Europea, tienen actualmente dos grandes objetivos, aunque difíciles de conseguir a satisfacción de todos los interesados. El primero es el de regular los flujos de inmigración, de acuerdo a las necesidades y/o posibilidades de nuestro mercado laboral. Los frecuentes cambios en nuestra legislación sobre inmigración extracomunitaria o las regularizaciones extraordinarias de inmigrantes son bien significativas de las dificultades que hay en España para controlar la inmigración irregular.
Sin embargo, estas políticas de control de flujos migratorios, que son necesarias, no suelen alcanzar la totalidad del problema migratorio internacional, pues éste tiene dos puntos extremos en el espacio, es decir el lugar de origen y el lugar de destino del inmigrante, y es preciso que ambos sean tenidos en cuenta. No basta, pues, con controlar la inmigración sólo en nuestras fronteras, pues para los migrantes son mucho más determinantes para su expatriación los factores que los expulsan de sus lugares de origen, casi siempre las diferencias económicas existentes y percibidas por el migrante entre el lugar de origen y el de destino.
Así, en el 2001 el producto nacional bruto por habitante en paridad de poder de compra es en Marruecos de 3.500 dólares, en torno a 1.000 en el África subsahariana o cercano a 7.000 en América del Sur, mientras en España es casi de 20.000 dólares y en torno a 25.000 en la mayoría de los países de la UE (INED, Populations et Socieétes, nº 392, julio-agosto, 2003). Por tanto, las políticas de inmigración de los países más desarrollados deben ocuparse no sólo de la necesaria regulación de la inmigración en nuestras fronteras, sino de lo que es mucho más importante y a la postre remedio a las migraciones no deseadas: el desarrollo económico, social y político de los países de emigración. El segundo gran objetivo de las actuales políticas de inmigración en los países europeos occidentales es la integración de los inmigrantes que residen en estos países, todos con presencia significativa de extranjeros de países en desarrollo y, además, en rápido crecimiento.
TODOS BENEFICIADOS
La inmigración femenina, especialmente la relacionada con la reagrupación familiar —con independencia de si es el marido o la mujer el primero en inmigrar — o con la formación de nuevos matrimonios, supone estabilidad de los inmigrantes en el país de llegada y sin duda un avance significativo en las posibilidades de integración de las colonias extranjeras.
Por otra parte, la inmigración estable se relaciona de forma creciente y positiva con el futuro de la «demografía económica» de los países europeos occidentales, pues éstos han descendido a niveles de fecundidad problemáticos para las necesidades de nuestro actual sistema económico-social, es decir, problemáticos tanto para satisfacer las demandas de trabajadores como para mantener en un futuro próximo un nivel socioeconómico satisfactorio de las elevadas proporciones de población jubilada.
Así, se vislumbra la idea de una inmigración extracomunitaria estable, deseada y beneficiosa tanto para los inmigrantes y sus países de origen como para los países de inmigración. Esta inmigración equilibrada en volúmenes y en estabilidad, puede aportar a los países de inmigración creciente seguridad económica y social, y, por el contrario, disminuir los actuales temores de inseguridad civil y política, tan presentes en las encuestas y en los medios de comunicación.

LOS NACIMIENTOS DE MADRE EXTRANJERA
Los nacimientos de madre extranjera registrados en España son un indicador de la inmigración que emerge con fuerza. Si en el año 2000 equivalían al 6,2% de los nacimientos de España, los 43.469 registrados en 2002 ya representan el 10,4% del total, con un incremento persistente en estos tres últimos años del 33% anual.
Los nacimientos de madre española registran un claro incremento en 1999 y 2000 (final y principio de siglo y de milenio), que no ha tenido continuidad en 2001 y 2002 (cuadro 3), de modo que el aumento de las cifras totales de nacimientos de España después del año 2000 es debido íntegramente a las madres extranjeras.
Por otra parte, es bien conocida la ya persistente baja fecundidad de la población española, con 1,26 hijos por mujer en 2002 (fig. 3) y su previsible influencia futura en la demografía y en la economía del país.
Los nacimientos de madres marroquíes continúan siendo los más numerosos en España, con 8.735 en el 2002. No obstante, su 40% de incremento durante los tres últimos años, queda muy lejos de los crecimientos alcanzados por los nacimientos de madres ecuatorianas (8.273 nacimientos), colombianas, argentinas y rumanas, todas con incrementos muy superiores al 200% (cuadro 4). Los nacimientos de madre iberoamericana son los más numerosos en el 2002: 19.852 frente a 11.337 de madre africana, pero la natalidad de estas últimas es ligeramente superior: 99 nacimientos por 1.000 mujeres, junto a 96 entre las latinoamericanas.

La nacionalidad del padre de los nacidos en España de madre extranjera también resulta significativa respecto a la integración de las mujeres inmigrantes. Así, en el año 2000, los padres de los nacimientos de madre africana son también africanos en un 80,4%, proporción que se mantiene para los padres asiáticos. Sin embargo esta situación cambia significativamente para los padres de los nacimientos de madre iberoamericana, pues aquéllos son el 47,1%, mientras el 44,4% de estos bijos tienen padre español. Así, las desigualdades en posibilidades de integración que denuncian las encuestas, quedan en cierta medida corroboradas en la paternidad de los nacimientos de madre extranjera.

El reparto geográfico de los nacimientos de madre extranjera muestra acusadas diferencias regionales, acordes con la distribución de las inmigrantes. En Melilla la mitad de sus nacimientos en el 2002 son de madre extranjera (cuadro 5), casi en su totalidad africanas, pero la proporción también es muy alta en Baleares (18,2%), Madrid (17,2%), Murcia (15,1%) y Cataluña (14,0%). En Baleares, la cuarta parte de las madres extranjeras son europeas; en Madrid, el 30% son iberoamericanas; en Murcia, el grupo más numeroso también es el de madres iberoamericanas, mientras que en Cataluña son las africanas, con el 30%. En la Comunidad Valenciana, donde el 11,2% de sus nacimientos pertenecen a madres extranjeras, hay equilibrio entre las africanas, las iberoamericanas y las europeas.

Otras características significativas de las madres extranjeras son las siguientes: a) relativa precocidad de su maternidad: en el año 2000, los nacidos de madres hasta 24 años de edad sumaban el 28% del total en el caso de las madres extranjeras, frente a sólo el 12% entre las madres españolas, b) La juventud de las mujeres inmigrantes desde países en desarrollo: en el 2002, las mujeres africanas residentes en España tenían una media de edad de 26 años, 33 años las iberoamericanas y 32 las asiáticas; por el contrario, las mujeres procedentes del Espacio Económico Europeo alcanzaban una media de 44 años de edad. Las dos características indicadas tienen, pues, posible vinculación con el incremento futuro de los nacimientos de madres con nacionalidad de países menos desarrollados.
LA INTEGRACIÓN DE LAS MUJERES INMIGRANTES
Este apartado se basa en los primeros resultados de una encuesta que el Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Alicante realiza a mujeres inmigrantes africanas y latinoamericanas que residen en las ocho provincias litorales entre Girona y Almería. Los datos que se presentan pertenecen a respuestas básicas de dicha encuesta y permiten vislumbrar o prever la situación de las inmigrantes (a partir de sus opiniones) frente a la integración, es decir, de sus posibilidades de ejercer sus deberes, derechos y oportunidades en igualdad con los españoles de nacimiento. El texto que sigue no se detendrá en el análisis de la integración según la antigüedad de la inmigrante en España (un aspecto básico en la integración), ni en otras diferencias individuales, como el nivel de instrucción, edad de la inmigrante al llegar a España, etc., asimismo determinantes. Sí se tendrán en cuenta, en cambio, los dos colectivos —africanos y latinoamericanos—, que las encuestas, tanto a españoles como a los propios inmigrantes califican, respectivamente, como los que tienen mayores y menores dificultades para su integración en la sociedad española, pues ambos quedan bien diferenciados por sus lenguas, culturas, religiones o razas, entre otras.
CARACTERÍSTICAS ESTRUCTURALES
Las mujeres que respondieron a las encuestas en su mayoría (55%) tienen edades entre 20 y 34 años; su situación civil suele ser la de casadas (49%), sobre todo las africanas (64%), o con pareja estable, especialmente las iberoamericanas (22%).
El nivel de instrucción es mucho más satisfactorio en las mujeres latinoamericanas, pues las que poseen enseñanza secundaria y universitaria suman el 69%, mientras sólo el 6% dice no tener diploma; las africanas, por el contrario, carecen de diploma en un 38% de los casos.
Esta última situación se refleja en las escasas habilidades de las africanas con la lengua española: la mitad no sabe leer ni escribir en español. Además, el 42% habla poco o nada en español y el 36% tampoco comprende la lengua del país. Así, el idioma español es, por el momento, una auténtica barrera para la integración de las mujeres africanas. La alta proporción de africanas iletradas contrasta con su asistencia mayoritaria (62%) a cursos de español (¿con qué asiduidad?), desde que están en España.
Dentro de la enseñanza, también destaca el deseo masivo manifestado por las inmigrantes de acudir a cursos de formación profesional, el 80%, con gama amplia de especialidades, sobre todo cursos de cocina (21,5%) y sanitarios (15,9%), y también administrativos en el caso de las iberoamericanas (15,5%).
Las respuestas a la pregunta sobre los posibles estudios de sus hijos, son indicativas de los deseos de las inmigrantes de superación e integración en la sociedad española: la mitad de estas mujeres (el 62% en el caso de las latinoamericanas) cree que sus hijos estudiarán en la universidad y el 90% que lo harán en España.
LA ENTRADA EN ESPAÑA
Las relaciones con los familiares ya instalados en España tienen influencia decisiva para atraer nueva inmigración. Así, la idea de venir a España fue originada por estos familiares en el 69% de las africanas entrevistadas, y en el 56% de las latinoamericanas. A su vez, las mujeres encuestadas actuarán en el mismo sentido, pues el 60% de ellas piensa hacer llegar a España a sus familiares.
El primer traslado a España de las mujeres encuestadas fue organizado mayoritariamente por ellas mismas en el caso de las latinoamericanas (49%), mientras en las africanas fue el marido el responsable más frecuente (39%).
El primer trabajo en España de las mujeres inmigrantes, de forma unánime y generalizada, no estuvo regularizado por contrato laboral (94%). Estos primeros trabajos muestran diferencias en la aceptación de uno y otro grupo de inmigrantes. En las africanas destacan el empleo en servicio doméstico (36%) y hostelería (32%), mientras las latinoamericanas se emplearon mayoritariamente en el cuidado de enfermos (32%) y servicio doméstico (27%).
CONDICIONES ACTUALES DE TRABAJO
En el momento de la entrevista (2003), más de un tercio de estas mujeres no desempeña actividad laboral, sobre todo las magrebíes (49%). Las africanas activas se distribuyen por mitad entre las que tienen empleo (25%) y las que lo buscan, mientras la situación laboral es mucho más favorable entre las latinoamericanas: el 53% tiene empleo y el 13% lo busca.
Entre los trabajos que realizan las mujeres encuestadas destacan cuatro: servicio doméstico (26%), hostelería (25%), comercio (13%) y cuidado de enfermos (13%), éste ya en menor proporción que al inicio de la estancia en España, sin duda debido a su dureza. Una alta proporción de estas trabajadoras (39%) continúa padeciendo falta de contrato en su trabajo, mientras los contratos temporales (34%) superan a los indefinidos (22%).
La mitad de las africanas y dos tercios de las latinoamericanas se sienten satisfechas con su trabajo actual. Las que manifiestan descontento lo atribuyen mayoritariamente a la inadecuación con su cualificación profesional (46%) y al salario insuficiente (29%). En cualquier caso, realizan ese trabajo porque no tienen posibilidad de otro (40%) o porque ganan más que en su país (25%).
PROBLEMAS LABORALES Y DE ALOJAMIENTO
Casi la mitad de las mujeres encuesta das opinan que a igual trabajo que los españoles, ellas —inmigrantes— reciben un salario similar, aunque la discriminación salarial frente a los españoles parece afectar sobre todo a los africanos (23%, frente a 11% según las latinoamericanas).
Los problemas laborales que denuncian las mujeres encuestadas son numerosos y similares para todos los orígenes (pregunta con múltiples respuestas): carencia de contrato (76%), sueldo insuficiente (75%), horario de trabajo excesivo (59%), no tener vacaciones (52%) y actitudes discriminatorias por ser extranjeras (20%). Pese a los problemas indicados, las mujeres encuestadas se reparten casi por igual entre las que declaran que con su sueldo viven de forma satisfactoria y las que viven de forma insatisfactoria (49%).
Como resumen de la situación laboral de las inmigrantes, hay que resaltar que dos tercios del total se sienten discriminadas, pues la condición de la trabajadora extranjera es peor que la de las españolas, debido a que tienen más dificultad en tener contrato de trabajo (48%), se les paga menos por el mismo trabajo (41 %), porque tienen menores garantías de continuidad (25%), menores posibilidades de mejoras laborales (16%) y por sufrir un trato desconsiderado (16%).
Además la mayoría de estas mujeres se sienten discriminadas en el acceso al trabajo, pues dos tercios opinan que todos o la mayoría de los empresarios ponen dificultades a la hora de dar trabajo a las inmigrantes .
Parecido grado de rechazo a las inmigrantes es denunciado cuando éstas quieren alquilar viviendas a propietarios españoles. La concentración de inmigrantes en los edificios de pisos empieza a ser importante, pues el 11% de las mujeres encuestadas señala que la mayoría de sus vecinos de edificio son inmigrantes y otro 36% señala que no hay predominio claro entre inmigrantes y españoles.
LA PERMANENCIA EN ESPAÑA
Las mujeres extranjeras encuestadas se manifiestan ampliamente favorables a permanencias definitivamente en España. Este proyecto ya se deduce de los estudios que desean para sus hijos: el 91% (100% en el caso de las magrebíes) piensa que sus hijos estudiarán en España. Cuando se pregunta directamente a las encuestadas cuánto tiempo piensan permanecer en España, el 43% de las africanas contesta que para siempre, más otro 8% se quedará hasta que se jubile; un 38% manifiesta una situación incierta: «depende del conjunto de la familia o no lo saben», mientras permanencias hasta un máximo de tres años sólo son deseadas por el 5% de las africanas. Las inmigrantes latinoamericanas manifiestan por el momento menores deseos de permanencia definitiva en España.
Respecto a los hijos de las encuestadas, los deseos de sus madres sobre una permanencia definitiva en España son más altos que para ellas mismas, tanto para las madres africanas (56%) como para las latinoamericanas (28%); sólo una reducida proporción desean que sus hijos vuelvan al país de origen: 10% de las africanas y 14% de las latinoamericanas. La permanencia en España de las inmigrantes se acentúa por su mayoritario deseo de reagrupación familiar, pues el 59% de las mujeres encuestadas tiene intención de traer a España a sus familiares más próximos.
CONCLUSIONES
España continúa siendo uno de los países europeos occidentales con tasas más altas de crecimiento de la inmigración extracomunitaria, situación que se ha reactivado durante los últimos años, sobre todo entre los varones, de lo que resulta incluso un descenso en la proporción de mujeres entre las distintas colonias de inmigrantes.
No obstante, la inmigración femenina de reagrupación familiar parece incrementarse muy activamente, según se desprende del fuerte aumento del número de nacimientos de madre extranjera, que en alta proporción son primer hijo, especialmente entre las latinoamericanas y asiáticas. De entre los indicadores analizados, se desprende la continuidad del incremento de estos nacimientos.
La necesidad de superar los problemas de discriminación son evidentes, sobre todo si tenemos en cuenta los deseos generalizados de las inmigrantes de permanencia definitiva en España, tanto para ellas como, sobre todo, para sus hijos; los generalizados deseos de reagrupación familiar confirman las previsiones de su permanencia definitiva en España.
or otra parte, el aumento de la inmigración en España desde países latinoamericanos y africanos no prevé interrupción, no sólo porque permanecerán las causas básicas que originan estas migraciones internacionales (diferencias muy acusadas de renta económica, presión demográfica, aumento de la urbanización en los países de origen, entre otras), sino porque los inmigrantes ya instalados en España son elemento decisivo para atraer nuevos inmigrantes, sobre todo de familiares: así ocurrió con las mujeres encuestadas, y, a su vez, ellas harán lo mismo respecto a sus familiares.
En consecuencia, las políticas de inmigración y las acciones que facilitan la integración de los inmigrantes en la sociedad española, son retos actuales y de futuro que a todos conviene reactivar constantemente.
Según las estimaciones correspondientes al año 2002, América Latina reunía una población de 531 millones que, sobre los 6.215 del planeta, suponen una participación del 8,5%. La mayoría de esos habitantes se concentra en los trece países de América del Sur (67%); América Central con México reúne el 26%, y e! Caribe el 7% restante.
Un conocido demógrafo francés, J. Thumerelle, titula el capítulo que en su libro Les populations du monde (Nathan, 1996) dedica a la población de América Latina y el Caribe: «Una estandarización inacabada». Con esta denominación alude a la relativa homogeneidad demográfica que tiene este espacio, pero también a la existencia todavía de contrastes notables en ciertas variables y entre algunos Estados.
Es cierto que, entre todas las grandes regiones del mundo en proceso de desarrollo, América Latina tiene los indicadores demográficos por países menos dispersos en relación a los valores centrales. Pero lo es también que las diferencias en algunas tasas alcanzan bastante intensidad. Este es el caso de la esperanza media de vida al nacer, cuyos valores extremos pertenecen a Martinica (79 años) y Haití (49 años). Y lo mismo sucede con la fecundidad. Haití tiene todavía 4,7 hijos por mujer y Cuba tan sólo 1,5.
Con todo, el hecho destacable es la tendencia a la concentración de los valores, característica de aquellas sociedades que se encuentran al final de la segunda fase de la transición demográfica definida previamente por una atenuación de las diferencias entre países, a medida que se van alcanzando los niveles postransicionales de longevidad y reproducción.
No obstante, conviene aclarar que la homogeneidad no alcanza los valores del continente europeo cuyos países, todos al final de la transición demográfica, presentan registros extraordinariamente coincidentes, con cifras muy bajas en la fecundidad y mortalidad. En América Latina se evidencian, mucho más que en Europa, las diferencias demográficas debidas a criterios económico-sociales.
En oposición a lo que sucede en los países desarrollados, las clases medias son más reducidas, lo cual crea contrastes acusados entre una población con un nivel de vida europeo o norteamericano y otra (numerosa) que vive en condiciones de subdesarrollo, cuando no de extrema pobreza.
DE LA INMIGRACIÓN A LA EMIGRACIÓN
La inmigración fue un componente decisivo del poblamiento de América Latina y el Caribe. Ciertamente, no todos los Estados han sido tocados por ella de manera semejante. América Central y la región andina nunca tuvieron grandes aportes migratorios. Su población integra una mayoría de amerindios y una minoría de criollos descendientes de los colonos que llegaron durante la presencia española. En el resto del territorio, la mayoría de la población desciende de inmigrantes europeos, sobre todo ibéricos, y africanos. En Brasil y en la mayor parte del área caribeña, los negros son mayoritarios o forman importantes minorías. En América del Sur templada el poblamento es eminentemente blanco, y el abigarramiento étnico y racial menor.
La disminución de las migraciones comenzó a producirse desde los años treinta. Tras la ralentización primero y la casi desaparición después de las corrientes de origen europeo, se produjo un periodo de cambios en la naturaleza y orientación de los flujos. Cuatro tipos de corrientes han predominado en los últimos decenios:
a) Un movimiento de personas altamente cualificadas que se dirige hacia Estados Unidos y secundariamente hacia Europa. Cuantitativamente no es muy importante, pero tiene, como todos los casos de brain drain, un alto valor simbólico. América Latina se ve privada de uno de los recursos que más necesita: sus profesionales con mayor capacidad de iniciativa y dinamismo.
b) Los grandes flujos de trabajadores poco cualificados que van sobre todo a Estados Unidos. El ejemplo más significativo es el de los mexicanos que, entre los legales, los ilegales y los que ya se han naturalizado, alcanzan un considerable volumen. Se ocupan sobre todo en las actividades agrícolas estacionales, en las industrias agroalimentarias y el turismo y se concentran preferentemente en los Estados meridionales (California, Nuevo México, Texas). Pero, además de mexicanos, estas oleadas hacia «el gran Dorado» incluyen muchos otros inmigrantes de América Central continental, del Caribe y de otros Estados del sur. En ella los inmigrantes económicos se entremezclan con los tránsfugas políticos, conformando una corriente abigarrada por sus orígenes, las razones del éxodo, las características de los protagonistas y sus aspiraciones.
c) Los intercambios entre los propios países latinoamericanos. Son trasvases que han crecido en los últimos tiempos, aunque tienen un carácter cambiante. En ocasiones, se trata de movimientos de refugiados (países de América Central); en otras, de trabajadores cualificados (desde Argentina a Brasil o Venezuela, desde Uruguay a la Argentina), y, en la mayoría de las ocasiones, de obreros manuales legales o clandestinos (guatemaltecos en México; colombianos, ecuatorianos o dominicanos en Venezuela, haitianos en Guayana, la República Dominicana o las Antillas francesas). Son corrientes que prolongan los desplazamientos interiores.
d) Movimientos hacia las metrópolis, como los protagonizados por los puertorriqueños hacia Estados Unidos o los oriundos de una multiplicidad de países hacia España. Esta última migración ha alcanzado propiedades significativas en tiempos recientes. El padrón del año 2003 registró más de un millón de inmigrantes latinoamericanos, que ya suponen el 40% de todos los extranjeros que viven en España.
Estas diferentes corrientes dan lugar a un modelo de movilidad complejo y muy dependiente de las coyunturas políticas y económicas. En la actualidad, la inestabilidad es menor y la emigración (salvo en Cuba) tiene un carácter marcadamente económico. Estados Unidos ejerce una gran presión sobre los gobiernos para que controlen la emigración clandestina. El éxodo, sin embargo, no es un factor decisivo de la evolución demográfica que está mucho más influida por el crecimiento natural.
HACIA EL FINAL DE LA TRANSICIÓN
La «revolución» demográfica, decisiva y generalizada, se inicia después de la II Guerra Mundial con la difusión de los métodos eficaces de lucha contra la muerte. Su introducción fue desigual, pero sus efectos hicieron disminuir la mortalidad en todos los países y las diferencias entre ellos (aún notables en los años treinta) se redujeron significativamente en la década de los sesenta y setenta, aunque persistan todavía algunas desigualdades. Veintiocho países (de los treinta y ocho) tienen ya más de 70 años de esperanza de vida. Entre 60 y 70 años, hay nueve, y sólo Haití tiene menos de 50 (49).
Las desigualdades en la mortalidad infantil son más contrastadas. Cuba posee el valor más bajo (6 %) y Haití el más alto (80 %). La situación es todavía mala en Bolivia (6 %) y en algunos países de América Central (Guatemala, Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Guayana), en donde las tasas rebasan el 40 %. Las diferencias observadas entre países se reproducen, y a veces se intensifican, en el interior de muchos de ellos. Las desigualdades regionales ante la muerte tienen un claro componente social. No se trata sólo de las distintas posibilidades en el acceso a los servicios médicos y farmacéuticos, sino a otros componentes como la educación, que a veces juega un papel más singular que la difusión de la medicina de alta tecnología. Ya lo observó A. Sauvy hace tiempo: «La ignorancia es mucho más mortífera que la pobreza».
El descenso de la fecundidad y natalidad fue más tardío que el de la mortalidad. De hecho, permaneció elevada hasta comienzos de los setenta. Durante el período sesenta-sesenta y cinco, el número medio de hijos por mujer sobrepasaba los seis, incluso los siete en la mayoría de los Estados, con la excepción de algunos de la parte sur del continente (Argentina, Uruguay) o del Caribe (Cuba y Puerto Rico).
Veinte años después, factores como la fuerte urbanización, el aumento de los niveles de renta, la modificación del estatuto de la mujer (educación y actividad) o la difusión de métodos de control redujeron sensiblemente las cifras, aunque de manera desigual. De ahí que todavía persistan diferencias. Los índices más elevados corresponden a la zona de América Central continental, donde Guatemala, Honduras o Nicaragua tienen más de cuatro hijos por mujer. En el lado opuesto figuran los países de América del Sur, que tienen en la mayoría de los casos entre dos y tres hijos, salvo Bolivia y Paraguay, que vuelven a superar los cuatro.
A estas diferencias contribuyen de forma efectiva las estructuras por edades. Los países con índices de fecundidad más fuertes son los que tienen porcentajes de población joven por encima del 40% y de población vieja por debajo del 6%. Los de fecundidad más baja tienen estructuras con menos jóvenes (por debajo del 30%) y más viejos (en torno al 10%).
La disminución de la natalidad ha ido reduciendo el crecimiento natural hasta un valor del 1,7% al año, algo superior a la media del planeta y del continente asiático (1,3%), pero claramente inferior a la de África (2,4%). Ya ningún país tiene índices superiores al 3% al año aunque la mayoría de las naciones del istmo estén por encima del 2%. Los valores bajan en el Caribe y en América del Sur (entre 1 y 2%) con las excepciones de siempre: la República Dominicana, Haití, Paraguay, Bolivia, Ecuador o Perú, con índices en torno al 2%.
Los tiempos del boom demográfico han pasado ya, pero el crecimiento todavía es importante. Los 531 millones actuales podrían convertirse en 697 en el año 2025, y en 815 a mediados de la centuria. La «revolución inacabada» va a mantener todavía esa condición durante algún tiempo.
EL CRECIMIENTO URBANO
América Latina nunca tuvo una población rural tan importante como la de Asia o África. Mayoritaria antes de la II Guerra Mundial, el umbral del 50% fue franqueado, segundos territorios, entre el final de los sesenta y el comienzo de los ochenta. La tasa de urbanización pasó del 40% en 1950, al 70% en 1990 y al 75% en el 2002. Es la región más urbanizada del mundo en desarrollo, aunque existan todavía contrastes notables.
Los Estados de América del Sur templada tienen tasas de urbanización semejantes a las europeas (más del 90% en Argentina y Uruguay y 86% en Chile). La situación de América tropical es más heterogénea con niveles comparables a los anteriores en Venezuela (87%), las Bahamas o Martinica y zonas de ruralidad y subdesarrollo todavía fuertes en Costa Rica, Guatemala, Honduras o Haití, con tasas inferiores al 50%. Casi cuatrocientos millones viven en las ciudades latinoamericanas, aunque en tiempos recientes se observa una cierta desaceleración del crecimiento debido a la disminución del aumento demográfico y a un cierto agotamiento del éxodo rural, sobre todo en los países que han llegado a un alto nivel de urbanización.
En el período de 1950 a 1980, la mitad del crecimiento urbano se debió a las migraciones interiores. En la actualidad, el componente migratorio ha perdido fuerza, en beneficio del aumento natural de la población urbana. La inercia de una estructura por edades joven resulta decisiva, ya que la fecundidad de la propia población urbana también ha decrecido.
Rango característico de la urbanización latinoamericana es la importancia que tienen las grandes ciudades. Se trata de un fenómeno antiguo, acelerado a partir de 1950, que se debe a la herencia colonial, intensificada por la centralización administrativa y la externalización de la economía. Las concentraciones son especialmente fuertes en el caso de México, Río, São Paulo, Buenos Aires o Lima. En el transcurso de los últimos cincuenta años, la población se ha multiplicado por diez en Lima-Callao, Bogotá, São Paulo o México, por siete en Caracas y por cuatro en Río o Santiago de Chile.
Estas fuertes concentraciones han provocado la adopción de medidas para repartir mejor la población urbana. La evolución reciente señala una modernización de la tasa de crecimiento de las aglomeraciones gigantes y un reforzamiento del peso relativo de las intermedias o pequeñas. Se intenta así amortiguar los procesos de exclusión y pauperización que están presentes en todas partes, pero que adquieren tintes dramáticos en los grandes organismos urbanos.
El Fórum Universal de las Culturas Barcelona 2004 (www.barceloEna2004.org) se presenta como el gran acontecimiento institucional, mediático, cultural y político de Barcelona para este año. A partir de su inauguración el próximo 9 de mayo y hasta su clausura el 26 de septiembre, el Fórum ha programado un denso conjunto de diálogos, exposiciones y espectáculos que dominarán y a la vez condicionarán la agenda de la ciudad. Casi todo lo que pase en Barcelona durante 2004, todo lo relevante y bueno que ocurra en la ciudad durante los 141 días del Fórum, será en lo posible un evento Fórum.
Como es inevitable en un proyecto de esta envergadura, la génesis del Fórum ha estado envuelta en una polémica, en ocasiones acre, sobre su contenido, su sentido e incluso su oportunidad. Pero a estas alturas resulta ya evidente que el Fórum es imparable y que, por tanto, sucederá. Quien visite las obras del recinto o siga de cerca los preparativos del evento por la prensa podrá permitirse pocas dudas sobre si la organización conseguirá o no tenerlo todo a punto en la fecha prevista. Además, se palpa una seguridad creciente de que el Fórum cumplirá los objetivos que se han fijado sus organizadores, tanto en el número de visitantes como en los titulares y la proyección mediática que generen los acontecimientos programados.
Un buen momento, pues, para reflexionar en voz alta sobre la herencia del Fórum, sobre si se le podrá recordar en un futuro no muy lejano como un evento verdaderamente universal. Porque es muy posible que la naturaleza y la ambición del «más allá» del Fórum acaben por depender de voluntades y actuaciones externas a la organización del evento.
EL FÓRUM COMO IDEA NOVEDOSA
El Fórum es un acontecimiento sin precedente, un proyecto innovador. Sólo comparte con otros eventos de proyección mundial, como los Juegos Olímpicos o las Exposiciones Universales, la característica de celebrarse en un espacio peculiar, que se ha construido en esta ocasión transformando un área urbana limítrofe y degradada, en un futuro nuevo polo de referencia de la ciudad. Pero el rasgo diferencial del Fórum son sus contenidos: en los Juegos Olímpicos, son los atletas en competición los que dan sentido al evento; en las Exposiciones Universales, cada uno de los países aporta su pabellón; pero el Fórum ha asumido el reto de crear su nombre, su espacio y su misión concentrándose en tres temas universales, que son el de la paz, la sostenibilidad y el diálogo entre las culturas, muy alejados, en la opinión general, de los que atraen habitualmente a grandes multitudes (por lo menos antes de la emergencia de los movimientos antiglobalización y asuntos como la guerra en Irak).
Otra diferencia clave es que en los Juegos Olímpicos, un evento consolidado y de gran proyección, los atletas pugnan por estar presentes: la organización tiene que dedicar más esfuerzos para limitar su número que esfuerzos para atraerlos. Por el contrario, el Fórum ha tenido que definir no sólo sus ejes temáticos, sino también los formatos con base en los cuales los desarrollará, además de promocionarse para atraer a Barcelona a los participantes en los diálogos, a los artistas de los espectáculos y a los productores de la amplia variedad de actividades programadas.
IDEA O INNOVACIÓN
Pero si tomamos como referencia los estudios recientes sobre la innovación, la cuestión relevante sobre el «más allá» del Fórum es dilucidar si nos encontramos realmente ante una verdadera innovación, o únicamente ante una buena idea.
Si bien es cierto que todas las innovaciones tienen su origen en una idea novedosa, lo que caracteriza a una verdadera innovación es la forma en que se integra en las prácticas sociales. Una idea, incluso una invención patentada, que no arraigue en la sociedad, no pasa de ser sólo una anécdota histórica. Las verdaderas innovaciones generan cambios sociales, o cuanto menos los «coproducen».
En el dominio de las tecnologías de la información, por ejemplo, abundan los casos de transformaciones sociales paralelas a la difusión de nuevos artefactos tecnológicos. Una de ellas, nada ajena a la temática del Fórum 2004, es el uso de Internet como plataforma tecnológica de las movilizaciones antiglobalización, que se organizan siguiendo por todo el mundo las cumbres de las instituciones que estos movimientos cuestionan.
En el análisis de los procesos de innovación tecnológica o social de este tipo, se ha subrayado que atribuir el origen de los cambios en las sociedades modernas al impacto de la tecnología es una visión sesgada e ingenua. Las personas y las organizaciones actúan en relación a los elementos de su entorno en función del «significado» que les atribuyen. En otras palabras, «es el significado el que determina la acción». Por ejemplo, aunque la existencia de Internet facilite a los movimientos antiglobalización debatir, consolidar y propagar sus idearios, a la vez que coordinar globalmente sus actuaciones, sería difícil sostener que estos movimientos son consecuencia del impacto de Internet.
En esta línea, Peter Drucker, un autor nada sospechoso de radicalismo antisistema, concluía que «la sociedad de 2030 será muy diferente a la de hoy […]. No estará dominada, ni siquiera determinada por las tecnologías de la información. Estas serán desde luego importantes, pero sólo entre varias nuevas tecnologías importantes. La característica central de la próxima sociedad, como la de sus predecesoras, serán nuevas instituciones y nuevas teorías, ideologías y problemas»1. En este lenguaje, la cuestión a debate es si el Fórum conseguirá o no catalizar cambios de suficiente relevancia en las prácticas sociales como para calificar a esta buena idea como una innovación de pleno derecho. O sea, en el lenguaje de Peter Drucker, se trata de discernir si el Fórum contribuirá de forma significativa a conformar las instituciones, teorías, ideologías y problemas de nuestras sociedades durante los próximos años.
EL SIGNIFICADO DEL FÓRUM
Plantear esta cuestión obliga a profundizar primero en la evolución del significado del Fórum desde su génesis.
Los significados no son una cualidad inherente a los objetos, sino productos colectivos que se construyen y reconstruyen con las relaciones entre los distintos agentes sociales. Y a la inversa: las sociedades, lo mismo que las comunidades o grupos sociales dentro de ellas son «fábricas de significados […], semilleros de vida con sentido»2. Lo cual implica que los significados no pueden estudiarse en el vacío, en algún tipo de laboratorio conceptual aséptico, sino que es obligado situarlos en el contexto del entorno social que los sustenta.
A este respecto, se ha observado que las innovaciones más radicales, incluyendo por ejemplo la génesis de Internet, son resultado de la interacción y el cruce entre culturas muy distintas. La especialización tiende a generar innovaciones incrementales; el mestizaje, en cambio, innovaciones revolucionarias3.
En su origen, el Fórum apareció como resultado asimismo de la hibridación de tres «comunidades de sentido» muy arraigadas en la tradición de Barcelona. De una parte, la de los urbanistas, uno de los colectivos más influyentes y atrevidos de la ciudad, que concibieron un ambicioso planteamiento para extender la transformación urbana más allá de lo que había sido posible con ocasión de la Olimpiada de 1992. En paralelo, el Ayuntamiento buscaba una bandera de impacto global que confirmara para Barcelona el prestigio y la visibilidad ganada con la organización de los Juegos Olímpicos y que, a la vez, justificara las infraestructuras que los urbanistas planteaban.
Para cuadrar la ecuación, se pidió consejo a un comité local de notables, y de esa consulta surgió la idea del Fórum. Una idea presentada en sus inicios como un evento metacultural y metapolítico sobre temas claves de la sociedad del futuro, que proyectaría al mundo la imagen de Barcelona desde un nuevo espacio de transformación de la ciudad.
Desde fuera del círculo de iniciados, este planteamiento se veía inicialmente como una idea de laboratorio, una muestra de lo que en el argot barcelonés se califica como «de diseño»: brillante, pero tal vez fuera de contexto. Se entendía que el Ayuntamiento planeaba volver a poner la ciudad en obras; se admitía también que la paz, la sostenibilidad y la diversidad cultural son asuntos que alguien tendría que abordar en serio. Pero, ¿podría hacerse eso desde Barcelona? ¿Podría contarse para ello con el compromiso de los barceloneses y de las instituciones locales?
Con estos precedentes, las primeras fases de preparación del Fórum fueran azarosas. En su consejo de administración participaban representantes de tres administraciones públicas gestionadas por partidos muchas veces antagónicos, que ponían de manifiesto en el escenario político visiones nada homogéneas sobre el significado de los conceptos clave del Fórum (universalidad, cultura, paz, sostenibilidad, diálogo, etc.). Así, las primeras propuestas sobre los contenidos del Fórum hicieron patentes las contradicciones que hacían difícil llegar a un consenso sobre el «núcleo de inteligibilidad» del proyecto. Por ejemplo, no habría público sin espectáculos, pero no podía aceptarse que el Fórum se convirtiera sólo en un festival. Se postulaba entonces que los debates tuvieran suficiente rigor académico, pero también que fueran accesibles al público, incluso en formato televisado. La temática del Fórum es afín a la de las reuniones de Porto Alegre, pero el núcleo de sus organizadores incluye también a quienes se sentirían más a gusto siendo relevantes en Davos.
MÁS ALLÁ DEL FÓRUM
A día de hoy, cuando lo que prevalecen son las urgencias de las fechas, se intuye que el Fórum provocará cambios más drásticos en la fisonomía de la ciudad que en la configuración del mundo. Será un éxito de público, pero hay dudas sobre su capacidad para movilizar realmente a una parte relevante de ese público. Tendrá ingredientes globales, pero el número de visitantes locales será mayoritario. Será relevante localmente, pero su relevancia global sigue pareciendo una incógnita.
A menos que… A menos que prevalezca el precepto zen de valorizar el proceso y no sólo sus resultados. En el origen del Fórum subyace, aparte de los significados ya mencionados, la voluntad de una ciudad, que no es ni será un centro financiero global, de adquirir relevancia en un mundo que tiende cada vez más a considerar sólo lo financiero como «lo relevante». También implícitamente, la voluntad de contribuir desde Cataluña a la innovación en instituciones, ideologías, teorías o problemas para el nuevo siglo. Deseos que son con toda seguridad compartidos por muchas gentes en muchas ciudades y regiones del mundo, y no sólo las menos desarrolladas; por muchos colectivos, y no sólo por los que se oponen de modo más radical y visible a la globalización emergente.
Poniendo en primer plano durante 141 días la causa de la paz, la sostenibilidad y el diálogo, ofreciendo un punto de encuentro para alternativas diversas, Barcelona y el Fórum se ofrecen como un crisol para el cruce de culturas que será necesario para las innovaciones sociales de este nuevo siglo. Pero quedan incógnitas sobre los ingredientes de la mezcla. Sabemos que habrá espectáculo y que los movimientos alternativos aparecerán para hacer visibles sus mensajes. Pero falta saber, empero, las alternativas al espectáculo puro y a la contestación pura. O sea, en el lenguaje al uso, cuál será la aportación real de quienes no se sientan bien representados ni en Davos ni en Porto Alegre. Porque es este colectivo mundial, más que ninguno y que la propia organización del Fórum, el que quizá tiene de verdad la clave para que el Fórum pase de ser una idea a una innovación. Veámonos en Barcelona.
NOTAS
1· «A survey of the near future», The Economist 03.11.01, p. 16.
2· Bauman, Z., La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid 2001, p. 12.
3· Tuomi, I., Networks and Meaning in the Age of Internet, Oxford University Press, 2002.
Martín Chambi Jiménez nació el 5 de noviembre de 1891 en Coaza, un pueblo situado en el altiplano peruano cerca del lago Titicaca. Su familia, de descendencia indígena quechua, vivía de los trabajos agrícolas.
En 1908, Martín decidió dejar su terruño y trasladarse a Arequipa, una ciudad próspera en el sur andino peruano. Allí permaneció nueve años, contrajo matrimonio y tuvo sus primeros hijos. Fue este un periodo dedicado al aprendizaje del oficio fotográfico, que practicó en calidad de ayudante en la prestigiosa galería del fotógrafo Max T. Vargas, donde coincidió con otros fotógrafos de renombre, como llegarían a serlo los hermanos Vargas.
En 1917, Martín Chambi se independizó profesionalmente y abrió estudio en Sicuani. Salvo que allí nació su hija Julia el 27 de mayo de 1919 y que allí dio sus primeros pasos como fotógrafo profesional, son muy pocos los datos que se conocen de su estancia en este pueblo próximo a Cuzco.
En 1920 el fotógrafo se estableció en la antigua capital de los incas, y fue allí donde, a lo largo de casi cinco décadas, pudo desarrollar su talento y dejar su impronta en miles de placas de vidrio. La estética fotográfica del retrato lograda por Chambi le convirtió en el fotógrafo imprescindible en la compleja sociedad cuzqueña. Pero esta estética no representa sino una pequeña parte de la fotografía de Chambi, que abarca otros muchos temas y géneros.
Por hacer un rápido elenco, podríamos citar los paisajes, que van desde una perspectiva emocional, más o menos pictorialista, a la documentación casi arqueológica de la arquitectura colonial e inca.
Entre la etnografía y el reportaje se sitúan además los tipos humanos, escenas costumbristas y celebraciones al aire libre (festivales y ritos indígenas), que también fotografió.
A medio camino entre la etnografía y el retrato estaría la larga lista de dignatarios, clérigos, políticos, hombres de negocios, mestizos, indios, extranjeros, etc., retratados por Chambi, tanto en el estudio como en localización.
Por último, entre la galería y el reportaje social habría que situar los retratos colectivos o institucionales, en escuelas, conventos, o en el trabajo de las haciendas; sin olvidar también las bodas, funerales, ceremonias religlosas, tiestas, banquetes y demás festejos realizados por encargo.

Durante todo ese tiempo se dedicó además a divulgar fotografías de diversa temática en exposiciones, tarjetas postales y en medios de comunicación impresos. Pero Ríe a partir de 1950 cuando empezara a desligarse de la dirección de la galería, que finalmente quedaría a cargo de su bija Julia. Chambi, atraído por el calor de su família y sus amigos, se lanzó a las calles de Cuzco a tomar fotografías con cámaras de negativos de 6×6 y de 35 mm hasta poco antes de morir, el 13 de septiembre de 1973.
Aunque el resto de su obra es suficientemente conocida, la parte de su trabajo correspondiente a esta ultima etapa de su vida ha permanecido inédita hasta fecha muy reciente. También han pasado inadvertidos sus tres cuadernos personales de dedicatorias y retratos, que Chambi recopiló durante sus años en Cuzco, y que aparecerán transcritos por completo y analizados iconográfica e históricamente en una próxima publicación de la Universidad de Piura (Perú). Adelantamos ahora algunas conclusiones.
CHAMBI POR SÍ MISMO
Todo ese inmenso trabajo fotográfico de Chambi puede dividirse en dos grandes grupos: el de la fotografía comercial, realizada por encargo, y el de la fotografía divulgativa, que desarrolló a título personal. Los retratos de los referidos álbumes estarían a medio camino entre ambos.
Dos de estos álbumes recogen firmas, dedicatorias y poesías, tanto en castellano como en quechua, acompañadas de caricaturas de Chambi, dibujos a color de asuntos varios o incluso fotografías, pertenecientes a algunos de los artistas e intelectuales más conocidos del momento. En ambos se recogen además las opiniones que estos personajes fundamentales en la cultura del Cuzco tenían del fotógrafo, al que querían convertir en un símbolo de «peruaneidad». Unos lo hacen desde posturas indigenistas, otros desde planteamientos estéticos más neutrales, con un abanico de posibilidades tan amplio como eran las opciones ideológicas de la sociedad peruana de aquellos años. El tercer cuaderno recoge los retratos que el propio Chambi hizo a estos amigos y admiradores suyos, que se reunían en su estudio.
Estos cuadernos son la muestra evidente de algo ya conocido: que el atelier fotográfico de Chambi no era un galería profesional más, sino un verdadero foco de creatividad para Cuzco y el resto del país. Y más allá de lo documental o archivístico, expresan sobre todo la idea que Chambi tenía de sí mismo y de su fotografía, ya que el propio fotógrafo -que apenas sabía escribir- fue quien los ideó y guardó siempre consigo, legándolos después a su hija Julia, recientemente fallecida1.
Por otro lado, habida cuenta de la tremenda escasez de copias originales de época que se conservan, estos retratos constituyen un documento fundamental sobre las técnicas y gustos de Chambi en su fotografía de estudio, algo que no siempre se tiene en cuenta en la historiografía consagrada al fotógrafo, heredera de prácticas divulgativas poco rigurosas para el adecuado estudio de la fotografía en su contexto, como ha señalado recientemente Michelle Penhall.
Ya en la primera exposición de Chambi fuera de Latinoamérica, que tuvo lugar en el museo de arte de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, fueron retirados un conjunto de postales y originales virados a color y retocados por el propio Chambi, porque no se correspondían con el detalle y calidad de grises de las ampliaciones modernas exhibidas. En 1979, a pesar de las protestas de Edward Ranney, fueron retirados también de la primera exposición de Chambi en el MOMA siete virados a colores (rojo, azul y marrón), con retoques de pincel, porque contradecían diametralmente los gustos fotográficos modernos2.
Sin embargo, la técnica dei virado a sepia o azul, que hoy nos resulta tan extraña, respondía a una estética que el público de la época esperaba. En general, el Chambi retratista retocaba tanto sus negativos como sus copias y ampliaciones, y no lo escondía, pues era (y lo sigue siendo) una práctica habitual en los estudios de fotógrafos profesionales. Se hizo incluso retratar junto con sus ayudantes, ocupado en este trabajo manual que, por eso mismo, se consideraba entonces la parte más «artística» del proceso. La demanda del cliente dependía sobre todo de la calidad del retoque, y no es extraño que todos los negativos de retratos de estudio sin excepción muestren huellas de esta manipulación.
La manipulación a la que han sido sometidos los retratos no les resta valor documental en sentido estricto, aunque sí impide la exposición directa del mundo interior de cada hombre y mujer retratados. Su clientela y sus amigos admitieron felizmente esta propuesta, lo que muestra que la necesidad estética de cierto sector de la sociedad cuzqueña -la más influyente- se identificaba con una belleza importada. Así son también los retratos de los artistas y personajes que aparecen en el tercer cuaderno. Son copias originales del autor, viradas a sepia y otros tonos, con una orientación pictorialista que contradice la imagen que nos había llegado hasta hoy de su fotografía.
El trabajo comercial de Chambi no difiere del de un fotógrafo profesional de su época. Por un lado, atiende encargos de diversa índole; sean bodas, bautizos, entierros, retratos familiares, colegios, eventos sociales, etc. Por otro, se ocupa del trabajo en la galería, centrado fundamentalmente en la elaboración sofisticada del retrato. Chambi asimiló esta técnica durante su estancia en Arequipa. Se podría decir que la aportación de Chambi al retrato de estudio radica específicamente en su capacidad para la fotogenia, a la que añade otras peculiaridades, como la sutilidad de enriquecer la composición con motivos florales pintados en el telón de fondo, que se asemejan a la decoración tradicional de la pintura cuzqueña.

En general, Chambi sabe agrupar a las personas y captar la naturalidad del modelo. Es decir, recoge esa información que el sujeto o grupo de personas revelan a través de ia congelación instantánea, y que depende más del fotógrafo que del propio modelo. En el caso de Chambi, indígena elevado por el arte a la categoría social de ios mestizos, los modelos responden a una gama muy amplia de posibilidades sociales y raciales. Este elemento dota a sus imágenes de estudio de un valor documental excepcional.
La fotografía de divulgación de Chambi se sitúa a medio camino entre el documentalismo topográfico y la recreación pictorialista (que busca mediante efectos embellecedores alejarse de apariencia fotográfica documental). O dicho de otro modo: Chambi registra directamente la realidad pero con la posibilidad de dejar una aportación que contribuya a la divulgación turística. En sus recorridos por los pueblos de los Andes cuaque ños Chambi fotografía temas muy variados, desde fiestas religiosas y costumbres autóctonas hasta paisajes naturales y urbanos coloniales, restos arqueológicos y tipos andinos. Esta clase de fotografía es la que mayori tari amenté utilizó para ser divulgada, y constituye la temática que, en su tiempo, le dio fama de artista.

Tras su muerte, las exposiciones de carácter nacional o internacional fueron dando importancia también a los retratos de estudio, pero olvidando exponer las manipulaciones al que las copias solían someterse, tanto en el negativo como en los positivos que adquirían los clientes. El tercer álbum de retratos es la muestra más completa que se conserva de este género, en la versión autorizada por el propio Chambi.
EL ÁLBUM DE RETRATOS
Se trata de un documento inédito que resulta de gran valor para comprender en esencia el planteamiento conceptual y estético que tenía Martín Chambi del retrato fotográfico de estudio. El cuaderno en cuestión está compuesto por cuarenta y ocho retratos. El más antiguo data de 1923, y es el retrato hecho al fotógrafo y pintor Juan Manuel Figueroa Aznar. El último está datado en 1970, año en que Chambi deja definitivamente la fotografía3.
Estos retratos se presentan vigorosos, sin duda, aunque fueran realizados siguiendo fórmulas de cierto anacronismo, puesto que los fotógrafos más famosos internacionalmente, dedicados al retrato en esta época, ya habían superado los esquemas pictorialistas para reivindicar lo artístico en fotografía con fórmulas más directas. Pero en el contexto cuzqueño, el retrato de estudio se revitaliza de la mano de Chambi, que estaba considerado uno de los mejores retratistas peruanos de su tiempo. Y este reconocimiento se amparaba en la oferta estética que hacía el propio fotógrafo en los anuncios publicitarios de su estudio: «modernidad, arte, estilo Rembrandt»4.
Como era característico en el retrato decimonónico que llega hasta el pictorialismo finisecular, la forma de retratar de Chambi toma sus bases visuales en el modelo flamenco, con sus esquemas compositivos de busto, y un difuminado pictórico conseguido mediante el desenfoque o flou. Se trataba de elevar lo mecánico de la fotografía a la categoría de las bellas artes. Chambi asumió, desde su aprendizaje fotográfico en el estudio de Max T. Vargas en Arequipa, esta forma europea de elaborar el retrato. En consecuencia, como el resto de fotógrafos imitadores del estilo Rembrandt, Chambi sólo coge del gran pintor flamenco aspectos técnicos que le facilitan la idealización del modelo y las lecciones de luz y de sombra, pero no la exposición de la decadencia que nos dejó el holandés en algunos de sus retratos y autorretratos5.

El disimulo de las imperfecciones {o el intento de ocultarlas) es la prueba deque Chambi no quería reproducir fielmente los rasgos que tenía ante sí, porque su propósito era más bien idealizar al modelo para adaptarlo según un prototipo visual, una voluntad de estilo que respondía a los ideales estéticos del cliente, lo que éste esperaba del fotógrafo. Pero, por encima de estos requisitos ineludibles, Chambi consigue la persuasión visual mediante métodos fundamentalmente fotográficos. El resultado se nos muestra en los rasgos tensados que esconden más de lo que muestran, y, sobre todo, en la búsqueda de la belleza a través de contrastes de claridad y oscuridad.

Este último es un elemento fundamental, derivado, como el primero, de la fusión entre arte y documento. Cuando los fotógrafos arequipeños hermanos Vargas realizan sus Nocturnas de 1916, Chambi estaba trabajando con ellos. Sin embargo, a Chambi no le interesó la luz eléctrica, sino la sombra, el enigma, la aparición inusitada, la ocultación de los detalles.

Esta imagen de marca constituye la estética dominante en los retratos del álbum personal, con la diferencia de que estos retratos no son un encargo profesional sino otra cosa: aunque realizados en el estudio, han sido pensados y seleccionados por el propio artista para permanecer en su pequeño «panteón» de hombres ilustres, visitantes que le honraban con su admiración. Participan, por tanto, del mismo desinterés de la fotografía de carácter turístico, que Chambi hacía por puro placer, y para divulgar las maravillas arquitectónicas, paisajísticas y antropológicas de su tierra.
Independientemente de que Chambi obsequiara a sus amigos con una copia de sus placas, era el propio artista quien decidía elaborar esos retratos. Gracias a esta decisión, los personajes retratados -todos ellos de cierta relevancia en el ámbito cultural local y nacional, como los que retratara Julia M. Cameron en el contexto inglés o Nadar en el francés del siglo XIX-quedan eximidos del olvido. Por tanto, el retrato se liga a la historia, a la pérdida anunciada y también a la supervivencia de la memoria. Del fondo de ese pasado aparecen las caras expresivas del pintor José Sabogal, de los intelectuales Magda Portal, Uriel García y muchos más, y también del propio Chambi.
No son los de este cuaderno personal retratos de tipos convencionales sino de individuos con nombre propio. Desde el punto de vista formal, tampoco se asemejan a ios retratos de tipos indígenas que fotografiaba Chambi con intenciones divulgativas (anciano, gigante, varayoc, cargador, etc.). Cabría sostener que, a diferencia de la obra más documental, sin apenas manipulación (para publicar en postales o en prensa), la información que otorgan estos retratos es errónea, acaso contusa. Los datos básicos de la realidad (en este caso de los sujetos retratados), son dudosos porque hay capas de sombras, desenfoques, virados y retoques que hacen que la imagen no sea precisa.

Ahora bien, se sabe que la fotografía tiene siempre como punto Je partida su acción sobre la realidad, a la que representa con un alto nivel de fidelidad y verosimilitud debido al factor mecánico de registro. Y si uno de los valores importantes de este cuaderno de retratos es que evita el olvido (visual) de la gente que posó frente a la cámara de Chambi, en cualquier nivel de relaciones que hubiera tenido con el fotógrafo (también está retratada su esposa Manuela López), entonces estamos ante Lina situación muy compleja: un retrato artístico fotográfico, que es el documento de la visión idealizada que el fotógrafo quería regalar a sus amigos.
Representarían de ese modo lo más real de Chambi, pues estaban concebidos como un obsequio para sus seres más queridos. Y algo que pudiera ser perturbador, por la carga estética subjetiva que llevan consigo, hace de los retratos una imagen más verdadera que el meto documento, puesto que seleccionan la psicología completa del retratado para que el espectador no se lleve una idea errada del modelo6. Este término verdadero es utilizado aquí en e! mismo sentido en que Que ved o supo describir a su contemporáneo Velázquez como aquel pintor que con manchas sueltas consigue más verdad que parecido.
Sabemos que, a diferencia de sus colegas contemporáneos, Chambi gozó de una mirada de raíz indígena que maduró en una personalidad mestiza, lo que constituye la base de una obra fotográfica única, como es la suya, y que ha sido reconocida como un avai de la amplitud de la identidad nacional peruana. Y esa mirada, no lo olvidemos, fue la que le ganó fama internacional, especialmente en lo que respecta a su fotografía de carácter más etnográfico, que realizó sin fines comerciales.

En esos retratos que Chambi hizo y guardó también con intereses personales, no hay cambio de recursos estéticos respecto a los que ofrecía a su clientela, excepto la ausencia del interés comercial, habitual en éstos. Esta afirmación refuerza la reivindicación del arte del retrato en la fotografía de Chambi como un género de primer orden, y no simplemente algo a lo que él se dedicaba por pura obligación profesional -por exigencia de la clientela-. El retrato para Chambi tenía una definición estética, como muestra el hecho de que él ofreciera esta estética Rembrandt, con toda la complejidad de su dedicación artesanal, a sus amigos y admiradores.
© De las fotografías reproducidas en este artículo: Archivo Chambi (Cuzco, Perú), 2004
NOTAS
1 · Julia Chambi López estuvo al frente del archivo de su padre durante casi treinta años, hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido recientemente, el 15 de octubre de 2003. Interesada en que la obra de su padre se estudiara rigurosamente, apoyó la investigación que Andrés Garay realizó para su tesis doctoral, defendida, con el título Martín Chambi. Un milagro anunciado en la fotografía peruana, en la Universidad de Navarra en febrero de 2001.
2 · Cfr. Ranney, Edward, «Martín Chambi: Poet of Light», Earthwatch News (Belmont, MA) ns 1, Spring-Summer, 1979, p. 3.
3 · Para conocer más características de este cuaderno de retratos ver: Garay A Ibújar, Andrés, « De Flandes a Cuzco: ¿reivindicación del retrato artístico fotográfico?», en Revista de Comunicación, Universidad de Piura, Perú, 2003. En este artículo el autor anuncia el hallazgo de este cuaderno.
4 · Cfr. Diario El Sol, Cuzco, 27 y 38 de marzo de 1923.
5 · Bockemühl, Michael, Rembrandt, 1606-1669. El enigma de la visión del cuadro, Taschen, Colonia, 2000, p. 40.
6 · Azara, Pedro, El ojo y la sombra. Una mirada al retrato en Occidente, Gustavo Gili, Barcelona, p. 74
Yo, que entiendo el cuerpo. Y sus crueles exigencias.
Siempre he conocido el cuerpo. Su vórtice que marea.
El cuerpo extraño y grave que no sé de quién es.
Clarice Lispector
Tengo un hermoso retrato de Clarice Lispector frente a mí, en el que la escritora debe de rondar la cuarentena. La barbilla ligeramente alzada, la mirada un tanto desafiante, como desafía una mujer que es perfectamente consciente de su hermosura y la esgrime para burlarse precisamente de aquellos que la buscan. Está, a la vez, extrañamente, muy bien maquillada. El rímel negro, colocado con sutileza, aumenta la oblicuidad y hace resaltar el verde marítimo de los ojos. Diré más aún; los ojos un poco entornados; hay demasiadas pestañas, parece que la estorbaran para ver, pero a nosotros no nos estorban para verlos a ellos. Y una cosa más: la sensación de que esos ojos, aun cuando lloren, deben mantener esa impávida frialdad y lentitud, como si supieran que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de un modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima y, habiendo hecho ya ese descubrimiento, no tuvieran ninguna prisa en vivir. Está hermosamente seria; reta y promete al mismo tiempo. Los labios perfectamente pintados, serios, pero sin la más mínima señal de un fruncido, se elevan por la posición de la barbilla en un gesto que en cualquier mujer daría el aspecto de un ofrecimiento, pero que aquí muestran un claro desdén. El vestido es elegante y blanco, como los pendientes y el collar de perlas. Sus rasgos no son brasileños, por mucho que el sol le haya dorado la piel o Brasil le haya entrado en la sangre como una bebida demasiado fuerte. Ha nacido en Ucrania. Hay algo demasiado seguro, demasiado firme en esa mandíbula que se alza, no ha dejado de ser extranjera. Recluida en sí misma, no permite advertir al fotógrafo ni uno solo de sus pensamientos. Ya vinieron, antes que él, otros fotógrafos, otros pintores (De Chirico, Scliar) y fracasaron igualmente. Pero nosotros sí sabemos lo que piensa esta mujer, por mucho que para el fotógrafo no sea más que la mujer del diplomático, a quien debe hacer unas fotografías, por mucho que el fotógrafo se burle un poco ridículamente de esta vida que a él le parece molesta, de quien se venga diciéndole cómo debe ponerse.
Esta mujer se ha levantado esta mañana y ha paseado sola por toda la casa hasta llegar a la habitación de la sirvienta. «Desde la puerta veía yo ahora una habitación que tenía un orden tranquilo y vacío. En mi casa fresca, acogedora y húmeda, la criada, sin avisarme, había preparado un vacío seco. Ahora era una habitación toda vibrante como un manicomio donde se retiran los objetos peligrosos». La habitación se descontextualiza, se convierte en objeto, un objeto del cual, por la cercanía, jamás se habría podido sospechar nada extravagante, pero que ahora, en ausencia de la sirvienta, se ha convertido en «un cuadrilátero de blanca luz», en el que se descubre un pequeño dibujo «trazado con carboncillo, de un hombre desnudo, de una mujer desnuda, y de un perro que estaba más desnudo que un perro».
Tres figuras autómatas en las que se desencadena el extrañamiento, en las que comienza la predisposición a la presencia, porque aquel «dibujo no era un adorno: era un escritura. Emergía como si hubiese sido un destilamiento gradual del interior de la pared». Se ha creado ya el lugar sagrado, y se ha creado en la estupefacción del esquematismo de esas figuras que una sirvienta oscura, anciana y minúscula ha dibujado sobre la pared, una sirvienta que inmediatamente adquiere un cariz de bruja vudú; ella, la señora, la lánguida y hermosa señora del diplomático que posa para los fotógrafos ha sido allí representada en su más esquemática desnudez y fealdad, en el corazón mismo de la casa, en la blancura de su habitación. Ahora está sola frente al misterio de la representación primitiva, la primera cestón; «he aquí que ese mundo interior que yo era se crispaba de cansancio, no soportaba más cargar en las espaldas —¿qué?— y sucumbía a una tensión que no sabía que siempre había sido mía».

Pero aún no se ha producido la presencia. Todo es aún predisposición en e¡ corazón vacío de la casa. Tal vez es eso lo que recuerda en la fotografía que hemos mirado al inicio; el momento en que aún hubiera podido ser feliz si se hubiera marchado, el momento en el que aún no había sido rechazada de puerta en puerta por toda la casa «como si se hubiera torcido el inmueble» y quedado encerrada allí. Ya era, sin embargo, demasiado tarde: «Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semioscuridad, se había movido una cucaracha enorme». La cucaracha, el ser esencial, ese animal gigante en miniatura, la objetiva cucaracha ya no sólo produce asco, no puede sólo producir asco; ha sido también transfigurada y ya no es un insecto de la misma manera que los dibujos de la pared ya no son sólo dibujos; es un símbolo objetivo, carnal, al que debe enfrentarse: «Era un rostro sin contorno. Las antenas salían como bigotes de los lados de la boca. La boca marrón estaba bien delineada. Los finos y largos bigotes se movían lentos y secos. Era una cucaracha tan vieja como un pez fósil. Era una cucaracha tan vieja como las salamandras, las quimeras, los grifos y los leviatanes. Era tan antigua como una leyenda. Miré la boca: allí se abría una boca real».
Una boca real. He aquí el momento en que toda la memoria se encierra, hermética, en la solidez de la especificación. Una boca real. Nada hay tan terrible como una boca real examinada minuciosamente. La boca real, omnívora y pequeña, de una cucaracha. Todo se desencadena entonces: «Y de repente gemí con fuerza al aplastarla. Esta vez oí mi gemido. Porque como un pus subía a mi piel mi más verdadera consistencia, y yo sentía con espanto y desagrado que «yo ser» venía de una fuente muy anterior a la humana y, con horror, mucho mayor que la humana». Pero la vida de la cucaracha no muere al terminar, ni muchísimo menos; queda entonces expandido el ser sagrado de esta cucaracha-fósil por toda la habitación desnuda, mucho más desnuda ahora que antes, porque ahora la entrada a esta habitación sacral es estrecha, mucho más estrecha; ahora la entrada a esta habitación es la cucaracha misma, ahora la cucaracha misma es la habitación, y todo lo que en ella hay es cucaracha, y comienza el pánico: «No me dejes ver, porque estoy a punto de ver el núcleo de la vida; y, a través de la cucaracha que incluso ahora he vuelto a ver, a través de esa muestra de tranquilo horror semivivo, temo que en ese núcleo ya no sepa qué es la esperanza».
Miremos otra vez la fotografía. Hay algo de esa mirada hermética que ya nos resulta explicable, esa concentración, quizá, de los ojos, no nos parece de pronto tan dura como al principio, su gesto se ha vuelto de inmediato suplicante; ya no se enfrenta sino que clama misericordia. Es la segunda cesión. El fotógrafo la ha retratado sin saberlo. Ha emergido de ese otro rostro, estaba contenido en ese otro rostro, sólo que nosotros no lo veíamos. Ahora fluye hacia fuera al igual que «la materia de la cucaracha, que era su interior, la materia densa, blancuzca, lenta como un tubo de pasta dentífrica. Y mi primer silencio verdadero comenzó a soplar. Lo que había visto yo de tan tranquilo, vasto y extranjero en mis fotografías, aquello estaba por primera vez fuera de mí y a mi entero alcance, incomprensible pero a mi alcance». Pero eso tampoco es la eternidad ese silencio; es la condenación. Ha sido ya enfrentada y ahora debe penetrar hasta el fondo el corazón de esa materia viva, debe comprenderla, hacerse ella, para salvarse. Entonces la coge entre los dedos, cuidando de que no se desmenuce, la mira, gime y abre la boca para comérsela.
Es el bautismo. El bautismo en que lo agresivamente humano e individual se une a lo neutro, encarnado en la cucaracha. «Oh, Dios, me sentía bautizada por el mundo. Tenía yo en la boca la materia de la cucaracha, y por fin había realizado el acto ínfimo. N o el acto máximo, no el heroísmo y la santidad, sino por fin el acto ínfimo que me había faltado. El mundo no dependía de mí; esa era la confianza a la que había llegado. Nunca más comprenderé lo que diga. ¿Cómo podré hablar sin que la palabra mienta por mí? ¿Cómo podré decir, sino tímidamente: la vida me es? La vida me es y no comprendo lo que digo. Y entonces adoro…».
Se ha producido ya el estallido, el ciclo se ha cerrado. Y cuando volvemos a ver la fotografía, como a la sombra de esa otra transfiguración el rostro se presenta exactamente igual que al inicio. La barbilla vuelve a estar ligeramente alzada, la mirada un tanto desafiante, como desafía una mujer que es perfectamente consciente de su hermosura y la esgrime para burlarse precisamente de aquellos que la buscan. Sigue, a la vez, extrañamente, muy bien maquillada. El rímel negro, colocado con sutileza, continúa aumentando la oblicuidad y haciendo resaltar el verde marítimo de los ojos. Pero algo ha cambiado en ella; ahora brilla con toda la fuerza de su existencia.
Si el encuentro con un clásico es el encuentro con un autor que nos hace preguntarnos cómo hemos podido pretender que comprendemos nuestra propia experiencia antes de leerlo, entonces Clarice Lispector es indiscutiblemente un clásico. U n clásico, además, desde esa primera extraña joya de Cerca del corazón salvaje (escrita con la friolera de diecisiete años) hasta sus obras más maduras como La manzana en la oscuridad, La pasión según G . H. (cuya historia hemos reproducido al inicio) o el Libro de los placeres. N o hay nada en la narrativa de Lispector que salga de lo estrictamente cotidiano; hombres que abandonan a perros, mujeres que pasean solas por sus casas en una mañana anodina, haciendas desatendidas, sirvientas simples de las que sus novios se burlan, gallinas a las que hay que sacrificar para una fiesta, y sin embargo este espacio de lo real en el que todo se enmarca, es resaltado, agigantado, y roto en su propia conciencia orgánica del hecho, en una conciencia que es, al mismo tiempo, profundamente sentimental y sin embargo objetiva.
U n mundo totalmente vivo tiene la fuerza de un infierno y toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. La realidad, al amplificarse en su concreción más intensa, se quiebra y da a luz otra verdad, distinta, más clara, que no es tampoco la verdad, sino una nueva conciencia que debe ser también penetrada, y una más, y otra, hasta que de la luz final, ese vacío en el que parece que la cosa ya no puede ser reducida, la pregunta se hace la cosa misma, se objetiva, y contemplamos maravillados que nada sabemos por mucho que hubiéramos creído saber, que nuestro recorrido ha sido completamente circular, y que nos hallamos tan desnudos como al principio frente a la misma realidad que contemplábamos, con la diferencia de que ahora esa misma realidad, antes apagada y material, reluce con toda la fuerza de su existencia. Tal vez nos haya acontecido una comprensión tan total como la ignorancia, y hayamos renacido así. Tal vez no hayamos comprendido lo que hemos visto, pero lo que resulta indudable es que hemos visto, que el milagro se ha producido delante de nosotros, que ahora, por muy poco capaces que seamos de expresarlo, sabemos un secreto que antes desconocíamos.
El camino de Lispector es un camino ascético en el que conciencia y erotismo, en sus tres estadios, se confunden. Un camino en el que el erotismo de lo material (cuerpos y objetos) sirve de base al erotismo de los afectos y lo impulsa hasta el erotismo de lo místico, que es el más alto de todos y en el que se produce el encuentro estático ante la cosa o la persona transfigurada. Esta ascesis es muy clara en la estructura de muchas de sus obras, pero especialmente en las novelas La araña, La hora de la estrella, el libro de relatos El Vía Crucis del cuerpo y sobre todo en ese extraño texto de Aprendizaje, o el Libro de bs placeres. Cada ingreso en un nuevo estadio se produce a través de la extrañeza, de la curiosidad del ser y de la incomprensión. Nada como concentrar la atención en un rasgo o un objeto, por muy habitual que éste sea, para que comience la extrañeza. Un hombre que repita su propio nombre durante un buen espacio de tiempo, concentrándose en todos los aspectos que lo componen —su sonoridad, la grafía con la que está escrito, el timbre de distintas voces que lo pronuncian—, se separará inmediatamente de él, objetivándolo y se extrañará; le parecerá que ya no es suyo, que nunca lo ha sido.
El primer paso de Lispector es siempre hacia fuera, siempre objetivados de esta manera los hombres se convierten en cosas, los animales en personas y las cosas en símbolos. Así ocurre en ese maravilloso relato titulado «La mujer más pequeña del mundo», perteneciente a su primer libro de narrativa breve Lazos de familia (es curiosa, aparte, la extraordinaria coherencia, nada habitual en otros autores, entre las novelas y los relatos de Lispector, que son realmente píldoras concentradas de sus temas habituales: casi ensayos de sus obras mayores), así ocurre, como digo, en esa mujer «oscura y pequeña como un mono» que ríe «como sólo quien no habla puede reír» y que en su propia pequeñez de cosa rara se muestra ante el explorador pensando que «no ser devorada es el sentimiento más perfecto», feliz y animal, cuando su embarazo, apenas perceptible, la carga de una humanidad incontestable de pronto; «Esa cosa rara tenía en el corazón algo más raro todavía; algo así como el secreto del mismo secreto; un hijo mínimo».
Es cierto que existe en Lispector una desbordada fascinación por los simples, los «idiotas», relacionada no con la espiritualidad o la santidad con la que es habitual encontrarlo en la historia de la literatura (Dostoievsky, Flaubert, el etcétera sería interminable) sino con una profunda mundanidad. Sin perder su carácter ejemplar, ya que son precisamente estos «idiotas» quienes más capacitados se muestran para una perfecta conciencia de la vida y de lo real, en términos sobre todo afectivos, son, sin embargo, sensibilidades «castradas» para la vida práctica. Con frecuencia se burlan de ellos o los malinterpretan; su veracidad asusta a los otros, que acaban alejándose de ellos por pura desesperación. La ambigüedad y la ternura con la que Lispector elabora estos personajes es una de las razones que hacen de esta escritora una conciencia excepcional.
Son dos los casos en los que estos personajes rozan lo prodigioso; el de la innominada mujer, protagonista de La hora de la estrella, y el personaje de Ermelinda, una de las mujeres de la hacienda en la que se desarrolla esa obra maestra de La manzana en la oscuridad. De la primera rescato esta descripción, que puede aplicarse a ambas: «Dos ojos enormes, redondos, saltones e interrogativos, ojos que preguntaban. ¿A quién preguntaba? ¿A Dios? Ella no pensaba en Dios. Dios es de quien consigue llegar a él. No sabía que ella era lo que era, tal como un cachorro no sabe que es cachorro. Por eso no se sentía infeliz. Lo único que quería era vivir. N o sabía para qué, no se lo preguntaba. Quién sabe, tal vez encontraba que había una ínfima gloria en vivir. Pensaba que una persona estaba obligada a ser feliz. De modo que lo era». La finísima cuerda floja en la que bailan estos personajes es sorprendente; no se separan de lo material ni un solo instante, y sin embargo, lo trascienden en su «estupidez» con una conciencia que es fundamentalmente adánica, pura sorpresa del mundo y su pronunciamiento. Como en los niños, los personajes de Lispector, en cuanto pueden aplicar un nombre a un objeto circundante, asimilan la denominación al descubrimiento del ser, y se congelan allí, en la contemplación.
De esta forma y de una manera casi milagrosa, el significado de las palabras en Lispector adquiere sustancia no por su obviedad, sino por una especie de «densidad». Es como si el proceso verbal sólo hubiese sido parcialmente completado y a la vez absolutamente trascendido y superado. Por un lado la palabra no adquiere más que un estatus de «cosa dicha», por otro la significación adquiere un poder absoluto y totalizador. Por esa razón el encuentro con el significado real de la palabra, con la sencilla limitación de la palabra, es siempre desalentador, decepcionante. La mágica explosión de la palabra «mesa», al ser aprendida y dicha por primera vez, no sobrevive a la tristeza de que esa inmensidad haya sido creada para contener una realidad tan sencilla como una mesa real. De alguna manera se puede decir que la palabra nunca es suya porque enseguida el trance «absorbe» la palabra. Esta decepción les hace crédulos, pero en realidad su credulidad no es más que un acto de amor, al tiempo que una rendición intelectual.
AI intentar decir la verdad, comprenden ya que la verdad es extraña para ellos y desde el momento en el que se sienten incapaces de decir la verdad, desde el momento en que la verdad parece sencillamente una relación entre los otros y las cosas de la que ellos no participan, parece haberse puesto definitivamente de manifiesto su nacimiento: son unos párvulos. N o saben nada, no pueden decir nada; el descubrimiento y la extrañeza de las cosas y de los hombres les ha dejado en un estadio anterior al conocimiento; como si ya definitivamente, y sin que ellos quieran, el mundo se hubiese convertido en una sensación liminal. Sólo una sensación subjetiva de estos personajes, porque en realidad la naturaleza les sigue poseyendo bajo todas sus formas: dulzuras del alma, pasiones violentas, apetitos carnales.
El amor en Lispector no tiene nada que ver con el lenguaje. El amor más bien es un acontecimiento que ocurre contra el lenguaje, pero resulta a la vez que la presencia material del signo (de la palabra, del sonido) asegura de forma indefectible la realidad del significado, Y de esta manera ellos se apegan a la palabra, no por vía de la significación, sino por la vía de la existencia. La palabra asegura la existencia.
Miremos, ahora por última vez, la fotografía. En este momento su gesto parece un poco más cansado, pero ya no podemos decir nada sobre él. Se puede decir que la sustancia de Lispector, la que le hace ser la que es, es inarticulable, que ni siquiera cuando su cuerpo muestra claros síntomas de placer acepta intelectualmente la idea de estar gozando, como si su propia inteligencia la distrajera de ese placer real de la existencia, que tanto pronuncia. Por eso calla. Vivir es producir significados, hablar es sufrir.
BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO
Cerca del corazón salvaje, Siruela, 2002.
La araña, Ediciones Corregidor, 2003.
La pasión según, G.H. Muchnik editores, 2001.
Aprendizaje o el libro de los placeres, Siruela, 2002.
La manzana en la oscuridad, Siruela, 2003.
Cuentos reunidos, Alfaguara, 2003.
La hora de la estrella, Siruela, 2001.
Un soplo de vida, Siruela, 2000.