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Las colaboraciones agrupadas en el voluminoso Anuario del Instituto Elcano, recientemente publicado, tratan de abordar los aspectos más relevantes de la vida política y de la vida económica de América Latina, en el periodo seleccionado para su estudio (2002-2003).
Por lo que se refiere al primer grupo de temas, el Anuario se propone lograr una visión coherente del marco de las relaciones en el triángulo atlántico aquí pertinente, es decir, la Unión Europea (UE), Estados Unidos y América Latina y el Caribe (ALC), afrontando las perspectivas de las tres orillas. A continuación ahonda en dos de los temas políticos más recurrentes en la región: el de la gobernabilídad y el del marco institucional, ambos necesarias para afrontar con garantías de éxito en la región la globalización y la estabilidad económica y política. Finalmente, se repasan algunos procesos políticos especialmente significativos durante el año 2002, como han sido los de Brasil, Argentina, Colombia y Venezuela.
ACUERDOS EXITOSOS
En el primero de los artículos que aquí comentamos, llama particularmente la atención la visión constructiva que el consultor del Banco Mundial, Francisco León, su autor, tiene acerca del «momento especial que viven las relaciones de Latinoamérica y la UE». Se aportan aquí ideas y vías para la profundización de las relaciones bilaterales, a partir de un análisis preciso de los principales puntos que parecen rehusar un acuerdo entre ambas orillas. En ellos subyace la idea del valor de los acuerdos del pasado, cuyas fórmulas positivas podrían ser aplicadas en la actualidad a las relaciones (hoy fundamentalmente bilaterales) en el conjunto de la región. Este repaso sirve asismismo para subrayar algunos de los profundos vacíos que, en negociaciones anteriores, se han producido en materias fundamentales para el establecimiento de un marco institucional estable, relativos a la institucionalizactón de la democracia, respeto de los derechos humanos, sensibilidad al problema de la emigración, etc.
ESPAÑA – ALC – EE. UU.
En el campo de las relaciones entre la UE y Latinoamérica, España ocupa evidentemente un lugar de máxima importancia, como queda señalado por el profesor Celestino del Arenal. Su reflexión aborda la doble característica del Gobierno Aznar respecto a ALC: el atlantismo de la mano de EE. UU., por un lado, y la regionalización de las relaciones, por otra, frente a lo que fue la política de «posición desde Europa» y el impulso de los acuerdos bilaterales que caracterizó a los gobiernos socialistas de la época anterior. El autor cuestiona esta postura, entendiendo que los intereses de EE. UU. y de España en la región no son siempre los mismos. Asimismo analiza los motores de las relaciones hispanolatinoamericanas actuales. El autor encuentra excesiva la «economización» de estas relaciones, que repercute en un deterioro de la imagen de España en la región, pues se conforma en algunos países con la imagen negativa de los nuevos conquistadores.
EE. UU. ALC
Cerrando el trío de los componentes del triángulo atlántico, Arturo Valenzuela, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la universidad de Georgetown (Washington D. C.) analiza las relaciones de EE. UU. con América Latina, con un esquema tripartito: gestión cotidiana, «gran estrategia» y gestión de crisis. En lo que concierne a ta primera, los vínculos ya existentes, formal o informalmente, entre el norte y el sur del continente, abarcan multitud de aspectos —inmigración, comercio, seguridad, drogas, etc.—. Entre ellos, el autor detecta un cierto continuismo a partir de una estructura administrativa y social heredada de periodos anteriores. Introduciéndonos en el tema de la gran estrategia, el Gobierno Bush parecía inicialmente dispuesto a acometer un profundo ajuste sobre la regulación de la emigración ilegal o el desarrollo del ALCA; pero diversos obstáculos de política interna y de prioridades en otras zonas del mundo han hecho que asistamos al final de su mandato sin poder percibir grandes avances e, incluso, con una desalentadora percepción de sus posibilidades de éxito en el futuro. Respecto a la gestión de crisis, el bienio se cierta con una fractura en el modus operandi previo: el luisseí faire en la crisis argentina, frente al apoyo decidido a México en la crisis del noventa y cuatro; o el pronto reconocimiento del gobierno golpista en Venezuela, frente al compromiso de apoyo a cualquier mandatario elegido democráticamente.
LA DEMOCRACIA COMO INSTITUCIÓN
En otro orden de cosas, el Anuario se centra en el análisis de la política interior a partir del balance electoral en 2002, año en el que se produjeron cambios fundamentales en Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia.
Señalan Daniel Zovatto y Julio Burdman, director y codirector, respectivamente, del Observatorio Electoral Latinoamericano, cómo la situación actual supone el proceso democrático más largo en la historia latinoamericana, aunque el último latínobarómetro de la CEPAL concluye que un 50% de los encuestados aceptarían pasar a un sistema no democrático, si éste resolviera los problemas económicos y de trabajo a todos. Aun así, parece ratificarse el consenso sobre que, en Latinoamérica, no se quiere perder la democracia, sino deshacerse de los malos gobernantes. Sin embargo, una situación de difícil equilibrio (la CEPAL cifra un aumento de la incidencia de la pobreza en 2001 del 41% —la pobreza extrema alcanza el 18%—) genera un caldo de cultivo peligroso para el resurgir de populismos, búsqueda de «salvadores nacionales», etc. A esta visión pesimista de la situación del continente se le contrapone la «alternativa posible» que pueden representar gobiernos tipo Lula; en los que afrontar el problema social se enfoca desde la óptica de la reorganización interna salvando la economía de crisis de confianza de los inversores internacionales. Aun así, Carlos Pío nos hace reflexionar sobre tas fuertes restricciones y contradicciones internas en el objetivo de Lula y en su propio partido para evitar triunfalismos precipitados.
En la década de los noventa se inició en América Latina un período de reformas de carácter liberal que deberían suponer el gran salto adelante en la zona. Se logró entonces la integración regional del Mercosur, y hubo otros intentos similares en el área andina y en Centroamérica; aparecieron las Cumbres Iberoamericanas y las relaciones con la Administración americana, entonces presidida por Bill Clinton, lograron normalizarse.
Fue esta Administración la que impulsó las reformas de las políticas públicas de los países de la región, con objeto de generalizar la exitosa experiencia del modelo chileno. Con el apoyo de instituciones internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se transformaron los sistemas financieros y de pensiones, la seguridad social, se estabilizaron las cuentas públicas de la mayor parte de los países y se atrajo mayor y más diversificada inversión extranjera. Este período reformista hizo concebir esperanzas de que la hiperinflación, las bancarrotas y las crisis económicas no reaparecerían más, o al menos, no en la magnitud de los años setenta y ochenta, y que el desarrollo era posible para Latinoamérica.
A pesar del enorme crédito político y económico que se invirtió, después de quince años la región se halla en una delicadísima situación. Estas políticas de ajuste, que desde 1995 se han venido denominando por sus críticos el «Consenso de Washington», a pesar de restaurar la credibilidad y solvencia internacional de Iberoamérica y de recuperar para ella el equilibro macroeconómico, no han traído todo el desarrollo esperado sino que han incrementado más bien las ya enormes distancias sociales entre ricos y pobres.
Es cierto que la ortodoxia con que en muchos casos se ejecutaron las recomendaciones de los organismos internacionales es más que dudosa, ya que se mantuvieron e incrementaron en muchas ocasiones las redes clientelares y la corrupción, y que los ajustes no se acompañaron de mayor transparencia o al menos con el impulso de organismos independientes de control. Además, las medidas económicas no se siguieron de otras reformas estructurales de carácter político y social imprescindibles. También hubo, quizás, un exceso de expectativas.
A partir de 1998 las malas noticias se acumularon para Latinoamérica. Las crisis económicas del sudeste asiático de finales de los noventa produjo enorme desconfianza e inquietud en los inversores internacionales. Junto a ello, en Estados Unidos se inició una recesión económica a partir de octubre de 2000, que se agudizó con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. A partir de ese instante el objetivo principal de la Administración Bush se ha concentrado en el mundo árabe, lo que ha dejado a la región y su crisis en un muy segundo plano. Este ha sido abandonado sólo fugazmente con las negociaciones en México del proyecto de Libre Área de las Américas, ocasión que sirvió para mostrar a las claras las enormes dificultades que existen para llegar a ese acuerdo.
Al mismo tiempo, se han experimentado algunos de los efectos perversos de la globalización. Ella ha producido un notable incremento de la competencia internacional para la región, especialmente a cuenta del sudeste asiático, tanto en el terreno de la producción agrícola y de materias primas como en las manufacturas para los mercados europeo y americano. La región sudasiática está consiguiendo incluso ser productor de servicios para empresas de países desarrollados, cosa nunca oída en el caso latinoaméricano.
A ello se suma la debilidad de las instituciones estatales, especialmente de las administrativas, y un sistema electoral que favorece la disgregación de los partidos políticos y que lleva a la debilidad de los gobiernos.
Ante este panorama, el clima político en marzo de 2004 presenta una doble realidad. Por un lado, un descrédito casi total de los partidos y dirigentes políticos tradicionales, que concurren con unos movimientos populares que son capaces de derrumbar gobiernos elegidos democráticamente. Así ha ocurrido en Bolivia y en Haití y puede ocurrir también en Ecuador.
En esta atmósfera de inestabilidad, la izquierda ha sabido encontrar un referente e icono en Luiz Ignacio Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil y un enemigo al que hacer frente: «el Consenso de Washington». Lula, al mismo tiempo que ha insistido en la necesidad de hacer profundas reformas que terminen con las enormes desigualdades sociales en su país, ha sabido realizar una activa campaña internacional buscando enfrentamientos puntuales con Estados Unidos, como sucedió en la reunión de Cancón de la Organización Mundial de Comercio, o en la negociación del Área de Libre Comercio de las Américas, pero sin llegar tampoco a estériles rupturas. En el interior del país, a pesar de las manifestaciones a las que tuvo que hacer frente por sus reformas de las pensiones de los funcionarios o la crisis por algún caso de corrupción por parte de un asesor de su Gobierno, ha conseguido incrementar su popularidad. Incluso el sector financiero, no sólo brasileño sino también internacional, que en un momento vio con temor la llegada de Lula al poder, ha acogido con satisfacción las reformas que ha llevado a cabo, algunas de ellas presentadas con anterioridad por Fernando Herique Cardoso.
Lo que es indudable es que Lula es en estos momentos el gran referente en Latinoamérica. Además, su papel es o será determinante para resolver crisis como la de Venezuela, la transición en Cuba o el fin de la violencia en Colombia. El impulso a la alianza estratégica con Argentina supone una manifestación más del papel internacional que está dispuesto a seguir jugando.
Mientras que la izquierda ha sabido encontrar un referente, pues, el centro derecha no consigue esbozar un discurso moderno. La descomposición de la que durante muchas décadas fue su principal etiqueta —la democracia cristiana— es un hecho en todo el continente. El COPEI de Venezuela es inexistente; en Centroamérica y en el área andina ha desaparecido y en Chile es actualmente el socio minoritario de una concertación presidida por el socialista Lagos. Lo ocurrido en Panamá, donde para la supervivencia del partido se ha buscado una alianza con el PRD de Torrijos, es quizás un síntoma más del agotamiento ideológico del que hablamos.
El fracaso de Vicente Fox y del Partido de Acción Nacional en las elecciones de julio de 2003, que incrementaron la mayoría legislativa del PRI, y los actuales movimientos del PAN que le han llevado a la alianza con el PRD en algunos Estados, son síntomas claros de una crisis de identidad y de referencias políticas.
Quizá el líder que ha mostrado mayor solvencia ha sido Alvaro Uribe, quien, a pesar de algunos tropiezos, cuenta con un gran respaldo interno. Su consolidación internacional pasa no obstante por su capacidad de poner fin al conflicto con las FARC.
Aunque Oscar Berger, en Guatemala, ha triunfado en las elecciones con una alianza circunstancial de partidos (GANA), el futuro inmediato no se presenta prometedor para el centro derecha. En El Salvador, el presidente Francisco Flores no tiene todas consigo sobre si el candidato de ARENA será el próximo presiente, pues el FLMN está subiendo en todas las encuestas y la campaña se ve muy apretada. En Panamá se da por segura la victoria del miembro del PRD Torrijos y en la República Dominicana las encuestas dan por segura la vuelta de Leonel Fernández al poder.
Se da la contradicción de que los movimientos de centro derecha más solventes e interesantes o están todavía en fase inicial, como el de López Murphy en Argentina; o los problemas internos de su nación impiden su definitiva conformación, como sucede en el caso de Primero Justicia en Venezuela o la UDI chilena, que no podrá ocupar un espacio de «normalidad» en el marco del centro derecha latinoamericano mientras continúe presente la sombra de Pinochet.
Ante este panorama es necesario reconocer que el centro derecha en Latinoamérica necesita un refundación para hacer frente a los retos del presente.
Y el que podemos denominar como «efecto Lula» en la región está favoreciendo también la aparición de una nueva izquierda, al margen de los partidos convencionalmente socialistas o socialdemócratas. Esto se puede ver en el ascenso de los cocaleros de Evo Morales, la descomposición del proyecto político de Alejandro Toledo en Perú y las dificultades por las que atraviesa el Gobierno de Lucio Gutiérrez. Aunque en ocasiones se acusa a Castro o Chávez de ser instigadores de estos movimientos, es claro que sin la referencia de Lula y el nuevo auge de la izquierda, las consideraciones serían distintas.
La crisis de los partidos tradicionales, las diferencias sociales, el indigenismo y los efectos negativos de algunos aspectos de la globalización son un caldo de cultivo para respuestas populistas en una sociedad que el propio Latinobarómetro demuestra que está en estado de descomposición, por la desconfianza interna existente.
Ante estos problemas se hace necesario la presencia de programas no sólo que restauren la confianza social y que fortalezcan las instituciones democráticas sino que sean capaces de exprimir todas las oportunidades que están disponibles en la era de la globalización. La reconstrucción de partidos en torno a liderazgos claros, que no caudillismos, con programas económicos de modernización y apertura exterior, sin dejar de hacer frente al hondo problema social, deben servir para preparar a la región para afrontar los retos de un mundo en rápido proceso de transformación.
Perder el tren de la globalización puede suponer para Latinoamérica un nuevo salto hacia atrás. Nos encontramos en uno de esos momentos de la historia en el que o la sociedad apuesta por un gran salto adelante, con todos los costos y sacrificios que ello conlleva, o la distancia económica y cultural con las naciones más avanzadas continuará incrementándose. Hemos visto cómo naciones atrasadas en distintas regiones de Europa (Portugal, Grecia y la misma España), este de Asia (Corea, Indonesia, Taiwan, Singapur y en estos momentos Vietnam y la misma China) y en la región latinoamericana el caso chileno; han demostrado que el desarrollo y el progreso es posible si se apuesta por el crecimiento, la apertura y la modernización.
La última cumbre de la Organización de Mundial de Comercio en Cancún, en el marco de una complejísima negociación que incluía la reforma de los subsidios agrarios de los países desarrollados, pero también la necesidad de incrementar la transparencia, la seguridad jurídica y reducir la aleatoriedad de las decisiones gubernamentales de cara a las inversiones internacionales (lo que se conocía como «Agenda de Shangai»), ha demostrado cómo la mayor parte de mandatarios latinoamericanos se enrocaban en posiciones proteccionistas. La historia es tozuda; desde la antigua Grecia, el desarrollo y prosperidad ha pasado siempre por la apertura al comercio internacional.
De espaldas a la realidad, muchos han pensado en una suerte de resurrección del realismo mágico en lo político, gracias al cual llegarían a existir «tercera vías» o de vías alternativas a la hora de afrontar el reto de la globalización: unos sueños que pueden ser fatales para la región. Como ha señalado recientemente Jagdish Bhagwati, miembro del Council on Foreign Relations y profesor de la Universidad de Columbia, la globalización exige dar pasos «óptimos», lo que no quiere decir «rápidos»; pero sólo el crecimiento y la apertura de la economía ha mostrado ser un instrumento eficaz para reducir la pobreza.
Todavía hay margen para la esperanza. Existen instrumentos ideológicos y políticos para dar la vuelta a una complicada situación. Es posible encontrar nuevos referentes y paradigmas —la globalización es el régimen de las oportunidades—; lo que sería lamentable es que Latinoamérica siguiera contando el tiempo en razón de décadas perdidas, en lugar de oportunidades aprovechadas. La respuesta está en las manos de los latinoamericanos.
El 2004 es un año de aniversarios en el Caribe: Haití celebra 200 años de independencia de Francia, la República Dominicana 160 años de independencia de Haití, y Cuba conmemora 45 años del triunfo de la revolución de Fidel Castro. Sin embargo las tres principales naciones del Caribe celebran estas fechas sumidas en un profundo sentimiento de decepción ante importantes retrocesos en el terreno político y económico.
HAITÍ: EL FIN DE LA ERA DE JEAN-BERTRAND ARISTIDE
Haití logró la independencia en 1804, después de una revuelta de esclavos contra Francia. Desde entonces los haitianos son un pueblo orgulloso de su espíritu rebelde contra la opresión política. Son combativos, pasionales e impacientes con sus líderes, lo que les ha creado una fama de ingobernables, no exenta de verdad. Todos sus presidentes sin excepción recurrieron en algún momento al uso de la fuerza, creando un estado de inseguridad permanente. Sus primeras elecciones realmente democráticas fueron en 1990. Fueron los primeros comicios ganados por Aristide.
El hoy ex presidente fue elegido por mayoría, tras la huida del último dictador militar, llamado Prosper Avril, en marzo de 1990. Docenas de organizaciones políticas y grupos populares de base de la sociedad civil, opuestos al omnipresente poder militar y con deseos de democracia, encontraron en la figura de Aristide un símbolo de construcción de un Estado de derecho moderno. El ex sacerdote salesiano y su partido Lavalás («avalancha» ) representaron una esperanza para la gran masa de los pobres haitianos -el 85% de la población del país-.
«Titide», como le llaman sus amigos, gobernó apenas siete meses hasta septiembre de 1991, cuando un nuevo golpe militar le envió al exilio. El nuevo presidente fue otro general mulato, llamado Raoul Cedrás, quien sufrió un embargo comercial en 1993 y finalmente una intervención norteamericana en toda regla en 1995 amparada por una resolución de la ONU, que colocó a Aristide de nuevo en el poder. Para evitar nuevos golpes de Estado, los Estados Unidos disolvieron el ejército, aplicando la misma fórmula usada tras la invasión de Panamá en 1990, para expulsar al dictador Manuel Antonio Noriega.
La constitución haitiana limita el mandato presidencial a cinco años, e impide la reelección de un presidente en dos mandatos consecutivos; por eso Aristide tuvo que abandonar el poder y entregar el mando a René Preval, un hombre de su propio partido Lavalás, mediocre pero fiel.
Durante la presidencia de Preval (1995-2000), Aristide gobernó en la sombra. Fue entonces cuando los ideales de construcción de un Haití democrático comenzaron a corromperse en el partido Lavalás. El gobierno repitió los errores políticos de los dictadores de toda la vida. Se llenaron los bolsillos con las inversiones extranjeras de la privatización de empresas públicas, se desviaron fondos de cooperación internacional, se hizo la vista gorda sobre el tráfico de drogas y se ignoraron las instituciones básicas de un gobierno democrático. Preval llegó incluso a disolver el Parlamento y a gobernar por decreto en 1999.
El error más grave fue el acoso a la oposición política por medio de bandas armadas de jóvenes amigos del Gobierno, responsables de palizas, quema de viviendas y comercios, amenazas e incluso de algunos asesinatos. Esta fórmula de control político, conocida en Haití como macoutismo, se relaciona con la dictadura duvalierista y sus esbirros asesinos llamados Tonton Macoutes. Algunos partidarios de Aristide se opusieron a estos métodos y Lavalás se dividió en tres facciones.
La decepción dentro del país se hizo notar fuera al manipular Lavalás las elecciones al Parlamento en junio del 2000, unas elecciones que fueron condenadas como fraudulentas por todos los observadores internacionales presentes en ella. La oposición política haitiana boicoteó las elecciones presidenciales de noviembre de ese mismo año. Aristide era de nuevo el candidato de Lavalás, y podía ahora gobernar a plena luz. Pero el triunfo se le hizo amargo. Fue prácticamente el único candidato en liza, y la participación electoral de los ciudadanos no llegó al 15%.
Estados Unidos, la Unión Europea y Canadá aceptaron a Aristide como gobernante de facto, pero se congelaron 600 millones de dólares en ayudas internacionales hasta que no se produjera un arreglo político con la oposición.
Desde entonces el Gobierno de Aristide vivió sin el dinero de la ayuda internacional, sometido a la presión de la Organización de Estados Americanos (OEA) para pactar con la oposición, y con un deterioro económico de la moneda nacional (gourda), que se devaluó a un 25% de su valor contra el dólar en cuatro años, en un país que lo importa todo.
Aristide trató de organizar en Puerto Príncipe un fastuoso segundo centenario de la independencia. Pero la respuesta no pudo ser más fría: la mayoría de las potencias enviaron representantes de tercera fila, y el único jefe de Estado que cayó en la trampa fue el primer ministro sudafricano Tabo Mbeki, por solidaridad de raza.
La intransigencia de Jean Bertrand Aristide ha cavado su propia tumba política. Rechazó casi todas las soluciones propuestas por la OEA. Y las pocas que aceptó, no hizo el más mínimo esfuerzo por cumplirlas. Todo el mundo en Haití estaba de acuerdo en que la solución de los problemas del país pasaba por su desaparición de la escena política.
El pueblo decepcionado le abandonó por completo. Por eso los rebeldes no han encontrado apenas resistencia en las escasas tres semanas que ha durado la rebelión. Pero aún más elocuente fue la negativa de Estados Unidos, Francia y Canadá de acudir en su defensa.
Una vez más, el futuro haitiano lo decidirán los extranjeros. La reconstrucción de la democracia haitiana implica una intervención internacional. Francia, Estados Unidos y la Comunidad de países del Caribe (CARICOM) ya han mostrado su interés en participar bajo mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.
Con Aristide fuera, es posible que se celebren unas elecciones más o menos representativas. Pero para garantizar el proceso, es indispensable la presencia con carácter indefinido de una fuerza multinacional de paz, con mandato expreso de controlar a los grupos rebeldes que se levantaron en armas en febrero del 2004, que carecen de discurso político alguno y sólo buscaban venganzas personales.
EL ATRINCHERAMIENTO IDEOLÓGICO DE CUBA
En Cuba también hay decepción. Las esperanzas de una apertura del régimen socialista de Fidel Castro, tras la visita del papa Juan Pablo II en 1998, se vieron igualmente frustradas. No se esperaba la llegada de una plena democracia, pero sí mejoras en materia de derechos humanos y libertad de expresión. Gestos como la legalización de las fiestas navideñas después de treinta y años de prohibición o la permisividad ante la aparición de voces políticas opositoras dentro de la isla se desvanecieron pronto.
El régimen se cerró sobre sí mismo, aprovechando hábilmente varios temas de actualidad, para lanzar una feroz campaña de adoctrinamiento político hacia el interior de la isla. El primero de ellos fue el caso del niño balsero Elián González y la acalorada disputa por su custodia legal en 1999, que duró ocho meses. Desde entonces hasta hoy los cubanos se han visto sometidos a un bombardeo ideológico sistemático con discursos, debates y mesas redondas en las que se repiten mecánicamente las consignas de la revolución.
Cuando se resolvió el tema de Elián, se sustituyó por otros de menor trascendencia, como el de los cinco cubanos detenidos en Estados Unidos por espionaje, o el setenta y cinco aniversario del nacimiento del Che Guevara.
El círculo alrededor de Fidel Castro se ha ido cerrando entorno a figuras cada vez más jóvenes y radicales, entre las que destaca el ministro de exteriores, Felipe Pérez Roque, silenciando voces críticas desde dentro. Castro encontró además un amigo especial en el presidente venezolano, Hugo Chávez, que le ayudó a salir de la crisis por escasez de combustible, a cambio del asesoramiento cubano en educación, salud y adoctrinamiento de masas, que Chávez ha seguido al pie de la letra.
El régimen se ha personalizado aún más en la figura del comandante en jefe como líder indiscutible, presente en todas partes y experto en todos los temas. Un 80% de las noticias de portada del diario oficial Granma están relacionadas con alguna actividad de Castro -un discurso, una inauguración, un viaje al extranjero o la asistencia a un congreso-.
Es sorprendente la miopía política de un régimen que no va a saber qué hacer cuando desaparezca un líder tan carismático como Castro. Los militantes cambiaron la Constitución en el 2002 para declarar el socialismo cubano como «intocable» y «permanente». Pero debajo de esta postura oficial, se encuentran acciones de posicionamiento clave ante lo que vendrá, como el control que algunos líderes militares ejercen ya sobre las cadenas de comercio en dólares y la industria del turismo.
El acontecimiento de mayor trascendencia de los últimos meses fue sin duda la decisión del régimen de encarcelar a setenta y cinco líderes opositores en marzo del 2003 y el fusilamiento de tres balseros que trataron de secuestrar una embarcación para huir a Estados Unidos. Por vez primera, la Unión Europea impuso sanciones diplomáticas a La Habana.
Ante la fortificación ideológica, la mayoría de los actores simplemente esperan la llamada solución biológica, es decir, la defunción natural de Fidel, que cumplirá 78 años en el 2004.
La revolución cubana desaparecerá con Castro. La transición puede ser más o menos corta, pero el régimen hace agua por todos lados, y hoy por hoy sólo sobrevive por el extraordinario carisma de su líder. Sólo cabe esperar que los dirigentes cubanos que le sucedan respeten los indiscutibles avances de la revolución en materia educativa y de organización de un sistema sanitario nacional.
REPÚBLICA DOMINICANA.EL DESPERTAR DE UN SUEÑO
La decepción de los dominicanos tiene un carácter casi depresivo. Durante casi una década, este país pareció disfrutar de un camino seguro de desarrollo, con crecimientos anuales constantes de más del 5% y tasas de inflación por debajo del 10%. Pero en el último año y medio se ha producido un retroceso espectacular.
La crisis económica ha estado determinada por la política del Gobierno del presidente Hipólito Mejía (2000-2004), que incrementó la deuda pública con una campaña salvaje de aprobación de préstamos internacionales de dudosa utilización. El endeudamiento se incrementó exponencialmente tras la intervención estatal de Baninter, el segundo banco privado del país al descubrirse un fraude multimillonario, por la decisión del Gobierno de nacionalizar la explotación del mercado de distribución de energía en dos tercios del territorio dominicano, que estaba en poder de Unión Fenosa, y por la celebración de los Juegos Panamericanos en agosto del 2003 en un país virtualmente quebrado. La moneda nacional pasó a cotizarse de 17 a 50 unidades por dólar en catorce meses y la inflación fue del 40% a finales del 2003. La crisis económica parece no haber tocado fondo, a pesar que el país firmó finalmente un acuerdo con el FMI en febrero.
Pero la peor crisis ha sido la decisión del presidente Mejía de presentarse a la reelección en los comicios del próximo 16 de mayo. Para ello se ha tenido que modificar la Constitución del país, se ha dividido profundamente el gubernamental Partido Revolucionario Dominicano (PRD), hay dudas sobre la independencia de los jueces de la Junta Central Electoral y se observa una inusual participación de los militares en la política nacional. La única esperanza es una transición política sin sobresaltos.
Es el inestable semicontinente de los mil y un golpes, pero tiene una concentración de democracias superada solamente por la vieja Europa; unos contrastes sociales y económicos tan marcados como su riqueza intelectual, propia de las vanguardias de Occidente. Es la América Latina, un sueño inconcluso en el despertar amargo de la crisis cotidiana que no cesa, de los problemas que, sin principio claro ni fin predecible, se transforman y se vuelven a transformar. Y, a pesar de todo, una tierra promisoria, de futuro y de esperanza, un mundo joven donde es difícil que falte la sonrisa.
En menos de doscientos años de historia republicana independiente se han hecho allí casi todas las revoluciones: las posibles y las imposibles, las marxistas y las fascistas, nacionalistas y multinacionales, casi seculares y momentáneas. Ahora los latinoamericanos tienen ante sí la que quizá sea su última revolución pendiente: la de la información generalizada, la sociedad digital y englobadora, que puede sacar a la región del atraso y la dependencia o ahondar más la distancia que ya la separa del mundo en desarrollo.
Los medios de comunicación se han convertido en uno de los primeros campos de pruebas para este nuevo reto. Como intermediarios del proceso de la comunicación y como empresas obligadas a competir, son uno de los sectores productivos más sensibles a la implantación de las nuevas tecnologías y a los efectos que éstas generan en el público. La revolución de Internet, con sus consecuencias telúricas en el reparto tradicional de funciones de los medios y en la relación con las audiencias y las fuentes, ha marcado un antes y un después en el mundo de la comunicación. Sus efectos se viven además con mayor intensidad en la montaña rusa de los contrastes latinoamericanos, en la llamada economía informal, que ha puesto patas arriba muchos análisis estadísticos sobre esta región del planeta, donde hay barrios sin asfalto ni alcantarillado que tienen televisión por cable desde hace muchos años.
En un medio ambiente poco regulado y difícilmente regulable, los medios informativos no sólo han evolucionado adheridos a las sensibilidades consumistas de sus audiencias, a veces muy lejanas de los tópicos del primer mundo, sino que han interactuado decisivamente con la población en los vaivenes de la política y de las grandes cuestiones sociales, supliendo a menudo la falta de agentes o mecanismos institucionales adecuados. Con distintas variantes, los medios encierran una de las claves para entender la evolución política latinoamericana de las últimas décadas y algunas de sus más notables peculiaridades.
Guando, hace no mucho, una cuarta parte de la población entre la Patagonia y el río Bravo era analfabeta, se publicaban más de doscientas cabeceras de diarios. El periodismo impreso, de tradición liberal y vinculado a familias más que a gobiernos, fue uno de los factores más dinámicos a la hora de arrancar las libertades civiles a las dictaduras del siglo XX y un impulso del renacer democrático que vivieron la mayoría de las naciones en las dos últimas décadas de la pasada centuria. En los periódicos se refugiaron los únicos vestigios de oposición pública que permitían las dictaduras más severas de América. ABC Color en el Paraguay de Alfredo Stroessner, que gobernó entre 1954 y 1989; Presencia, en la Bolivia de las juntas de militares golpistas y narcotraficantes; La Prensa de la Nicaragua somocista (y luego de la sandinista) y el rotativo del mismo nombre del Panamá del general Noriega, incluso hoy en día la oposición más fuerte en la Venezuela sin partidos de Hugo Chávez emana de los medios de comunicación. Y quizá por ese síntoma de falta de prensa independiente del poder político se entiende que sea Cuba el único país donde las reformas del pluralismo democrático no han logrado prender.
PERIODISMO Y DEFENSA DE LAS LIBERTADES
La historia reciente de las jóvenes democracias latinoamericanas está plagada de ejemplos de la simbiosis entre periodismo y defensa de las libertades, tanto en la consecución de los regímenes democráticos como en su defensa. En los años noventa, en el Perú de Alberto Fujimori o en la Guatemala de Jorge Serrano la cruzada contra el «autogolpe» presidencial desde los medios de comunicación, a veces en una especie de carrera de relevos, fue determinante para alimentar la objeción ciudadana* en un caso durante diez años y en otro (con ejemplos como Siglo XXI en Ciudad de Guatemala) durante diez días.
El acoso mediático, o el eco informativo de una presión popular que sin ese altavoz hubiera sido más fácilmente sofocada, sirvió también de catalizador en las revueltas cívico-políticas que acabaron con la caída prematura de Femando Collor de Mello en Brasil (1992), Abdalá Bucaram (1997) y Jamil Mahuad (2000) en Ecuador, Fernando de la Rúa en Argentina (2001) o Gonzalo Sánchez de Lozada, en Bolivia (2003). En estos procesos los gobernantes destituidos gozaban al principio de la crisis de un apoyo institucional suficiente para mantenerse en el poder, pero a diferencia de otras épocas y regímenes, no contaban con medios de comunicación favorables capaces de interrumpir la retroalimentación de la protesta popular. La televisión, que fue en los últimos veinte años mucho más rápida que los organismos electorales a la hora de proclamar presidentes en Iberoamérica, se adelantó también en muchos casos a los parlamentos, los tribunales e incluso a los militares, en la decisión de destituirlos.
Esos y otros muchos ejemplos no tan drásticos del empuje político de los medios de comunicación en Latinoamérica marcan dos etapas en su capacidad de influir en la gobernabilidad de las naciones. La primera, de predominio de los medios impresos, se resume en una influencia moderada y una capacidad limitada de hostigar al poder fáctico de turno, el cual solía tener pocos escrúpulos y aún menos cortapisas nacionales e internacionales a la hora de perseguir abiertamente a los periodistas. Uno de los ejemplos más vigorosos de este modelo es Pedro Joaquín Chamorro, asesinado por la dictadura nicaragüense en 1978.
La segunda etapa se fragua en los años ochenta, en forma paralela al avance de los procesos de cooperación política y de integración en la región. Las conferencias y declaraciones de iniciativas supra nacional es, como el grupo de Contadora y luego el Grupo de Río, el Sistema Centroamericano de Integración (SICA) o el Grupo Andino y Mercosur, proporcionan un nuevo marco conceptual y un soporte internacional inédito a la singladura de la democratización. Los jefes de Estado, con las cámaras de la televisión y las grabadoras arracimadas como testigos, se reúnen con frecuencia y firman varias declaraciones por año en las que la libertad de expresión y las alianzas en defensa de la democracia salen a relucir una y otra vez. Las autarquías políticas que habían pervivido durante decenios parecen definitivamente muertas en la América Hispana y el factor de la credibilidad internacional, divulgado a los cuatro vientos por los periodistas, se instala como un sólido valor en la vida política nacional de cada país.
Algo debió ayudar también en este proceso el que, tras la amarga y mal superada experiencia de la crisis de la deuda externa, los organismos internacionales de crédito, siguiendo la nueva orientación de Washington y la más tradicional de los gobiernos europeos, adoptaran igualmente nuevos filtros democráticos a la hora de otorgar fondos.
LAS EMPRESAS AUDIOVISUALES
En el mundo de la comunicación, esta evolución coincide con la consolidación de la explosión audiovisual. La radio había dejado de ser la reina de la difusión en países donde el analfabetismo, la ortografía y el bajo precio de los receptores y los costos de operación de las emisoras le habían dado grandes ventajas frente a los periódicos. La radio había hecho ya en esta etapa su reconversión informativa (aunque todavía se emitían radionovelas en los años noventa en muchos países latinoamericanos) y sus noticieros barren las aglomeraciones automovilísticas de los grandes núcleos urbanos.
Con todo, en la América Latina emergente, aunque sea salpicada de favelas, villas miseria y cinturones marginales de São Paulo, México D.F., Buenos Aires, Caracas o Bogotá, la televisión se había erigido en el nuevo e indiscutible arbitro de la noticia. En la mayoría de los países, incluyendo a los más pequeños, menudeaban las cadenas nacionales y locales con un dominio del lenguaje informativo y una capacidad de gestionar la actualidad —aprendidos de las estaciones norteamericanas— más que suficiente para influir decisivamente con sus mensajes en la vida política y social.
En este escenario muchos gobiernos se juegan su estabilidad en los telediarios. Atrás han quedado los atribulados tiempos en los que la crítica se parapetaba tras los artículos de opinión o cuando los rotativos sólo publicaban noticias adversas al régimen, disimuladas bajo el crédito de las agencias internacionales de prensa, como en los regímenes de facto de los años ochenta en la zona andina y centroamericana.
Conquistada la democracia, y defendida con éxito en algún que otro intento civil o militar de tergiversarla, los medios de comunicación social asumieron también, en la última década, un papel protagonista habitual en la denuncia de problemas y conflictos sociales y suplieron en esa función la falta de mecanismos administrativos adecuados o suficientemente vigorosos. En Colombia con el narcotráfico, que ha dado más mártires al periodismo que varias dictaduras juntas; en Brasil con los excesos de los terratenientes, o en Argentina con las huellas del régimen militar, los medios de comunicación han articulado una repulsa social que sin ellos hubiera pasado desapercibida, en muchos casos, incluso para los jueces. En las posguerras centroamericanas y en periodos posdictatoriales sudamericanos, como el de los últimos años en Perú, cumplieron también un papel catalizador de la asunción pública de la verdad, del reconocimiento de las atrocidades del conflicto o las corruptelas del régimen, puestas en evidencia por comisiones nacionales o informes de organismos cuya divulgación quedó en manos, sobre todo, de los periodistas.
LA REVOLUCIÓN DIGITAL
La región y sus medios de comunicación se meten en el siglo XXI con una amplia experiencia en lidiar con todo tipo de situaciones políticas y problemas sociales y con el tradicional contraste entre capacidad de información y desarrollo económico y social más acentuado que nunca. La pujante Latinoamérica se topa con Internet en un momento en que las clases medias —que son sus mejores audiencias— están empobrecidas por varios años de crisis y la globalización despierta más temores que ilusiones.
Pero esta revolución comunicativa trae consigo una opción de progreso para una sociedad tan dinámica y al mismo tiempo tan enfangada en la superación de contradicciones políticas y carencias sociales y le ofrece una doble oportunidad: la oportunidad tecnológica de conseguir rápidamente beneficios en forma de producción, competitividad, mejoras sociales o educación y hacerlo, además, en saltos cualitativos, sorteando escalones evolutivos que fueron obligatorios para países más industrializados; y la oportunidad informativa, de implantar nuevos, más asequibles y eficaces modelos de comunicación en sociedades con dificultades de cohesión pero en las que la información periodística figuraba ya entre sus principales activos intelectuales.
La revolución digital es, no obstante, producto de dos factores: redes de comunicación y equipos para utilizarlas, y ambos tienen un coste que hoy por hoy rebasa las necesidades elementales que pueden satisfacer sólo seis de cada diez latinoamericanos con su reducida renta per cápita.
En ayuda de los menos pudientes puede venir el constante abaratamiento de la tecnología y su creciente facilidad de acceso que, unida al interés de los fabricantes por acceder a los populosos mercados de consumo de las naciones en desarrollo, estimulará su implantación. Según los informes de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (U1T) ante la conferencia sobre la Sociedad de la Información celebrada en diciembre de 2003 en Ginebra, los factores de riesgo para la inversión en tecnologías de la comunicación son, en general, mayores en los países en desarrollo. Pero los beneficios que pueden obtenerse son comparativamente mucho más altos por el crecimiento potencial de esos mercados.
En la zona avanzada de una clasificación mundial de la U1T sobre penetración tecnológica —con España en la posición 29 y Portugal en la 33— hay seis países latinoamericanos: Chile (43), Uruguay (51), Argentina (54), Costa Rica (58), México (64) y Brasil (65). En el grupo de acceso medio a las tecnologías de la información se sitúan Panamá (72), Venezuela (73), Colombia (79), Perú (83), República Dominicana (94) y Ecuador (96).
Las perspectivas de América Latina para el desarrollo de Internet son esperanzadoras también en el documento sobre comercio electrónico y desarrollo elaborado por la UNCTAD al concluir 2003. Aunque los países en desarrollo albergaban el 32% de los usuarios de Internet de todo el mundo a principios de ese año, si persiste la tendencia actual, dentro de cinco años la mitad de los usuarios de la Red vivirá en el Tercer Mundo. En total las naciones en desarrollo tenían, a finales del 2002, 189,8 millones de usuarios de Internet y las industrializadas 401,6 millones. Europa y Estados Unidos se repartían, a partes iguales, el 56% de los usuarios de la red, Asia el 34% y América Latina el 6%. Pero esta región es, dentro del grupo de países en desarrollo, la zona que ha registrado el mayor crecimiento en materia de acceso a Internet: entre 2001 y 2002 experimentó un crecimiento del 35,5 % y pasó de 17,6 millones de usuarios en 2000, a 26,1 millones en 2001 y 35,4 millones en 2002.
SITIOS WEB DE EMPRESAS INFORMATIVAS
En los medios de comunicación la difusión de Internet ha sido abrazada con rapidez como una forma más de ganar audiencia. La riqueza de diarios, estaciones de radio y televisión del continente se ha trasladado rápidamente a la red. A falta de datos exhaustivos, uno de los directorios más amplios, el publicado por zonafatma.com, cita a 2.820 sitios web de empresas informativas tradicionales, de ellos 1.003 pertenecientes a revistas, 634 a radios, 604 a diarios y 549 a estaciones de televisión. La facilidad y el bajo coste de publicación que da Internet y su rápida extensión por las urbes de América Latina está dando lugar a un fenómeno comunicativo parecido al de la radio en los años sesenta. Aunque las páginas informativas más visitadas corresponden, según los registros de consultoras y empresas especializadas, a las cabeceras de los medios tradicionales, la floración de sitios web empieza a generar una presión innovadora sobre el mundo de la información periodística.
La Red ha doblado en pocos años el número de medios informativos de Latinoamérica porque no hay ninguno entre los tradicionales, sea escrito o audiovisual, que no tenga también una versión web.
La revolución acaba de empezar.
Si diez años atrás alguien nos hubiera dicho que una economía, no importa en qué país del mundo, crecería en un trimestre a un ritmo del 8% anual, inmediatamente hubiéramos deducido, como lógica contrapartida de ese crecimiento, una muy acusada creación de empleo. Pero en la actualidad eso ya no es más el caso. La tasa de crecimiento de una economía como la norteamericana, por ejemplo, que en el tercer trimestre del 2003 fue del 8,2%, se vio acompañada (pongamos por caso el mes de septiembre), por la creación de sólo mil puestos de trabajo. Los incrementos de productividad, pues, que facilitan las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los países desarrollados no necesariamente conllevan un incremento de empleo. El caso europeo es también significativo, pues estas tecnologías han aportado en nuestro continente durante los últimos años una media del 4,8% directo al PIB y un 16% a su crecimiento, pero su influencia en la creación de empleo ha sido muy limitada.
Aquí es donde se pone de manifiesto hasta sus consecuencias extremas la «última frontera» que significa la globalización, así como las tensiones que se producen cuando se enfrentan la naturaleza política de ésta y el encaje de un proceso ya imparable, por un lado, con las asimetrías incontestables en lo referente al grado de desarrollo democrático de los países, el papel de los Estados -más o menos comprometidos con el impulso democrático y con la liberalización- y también con la apertura universal de los mercados, para hacer viable el fenómeno globalizador.
Si la política no es un freno y el movimiento globalizador se consolida como inexorable, se entenderán mejor fenómenos como el de la deslocalización industrial, la orientación de las economías occidentales hacia la «economía de servicios» y la correspondiente vertebración de «plataformas comerciales» a lo largo y ancho del planeta. No podemos ignorar la necesaria y en todo caso flexible y negociada aplicación de Kioto y la conversión de una amenaza en una gran oportunidad para avanzar.
Probablemente el desarrollo social en los países en vías de desarrollo, con instrumentos aptos para conseguirlo, como son la extensión de la educación o la adecuada cobertura sanitaria, sería inapreciable si la globalización fuera un mero recurso retórico y no se arbitran reformas concretas que permitan que dicho fenómeno cale eficazmente y que, por tanto, no sigan acentuándose las conocidas desigualdades sociales.
Es en este marco donde advertimos necesaria una amplia reflexión sobre las TIC como factor de progreso y de competitividad, pero sin dejar de observar que si persisten las barreras políticas o económicas se producirá un inmovilismo, un retroceso o una distorsión del proceso globalizador y el impulso de implantación de las tecnologías no será todo lo eficaz que teóricamente podría resultar. La utilización de las tecnologías no es un fin en sí mismo, sino un medio para mejorar la vida de la gente.
UNA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN INCLUYENTE
Recientemente, en diciembre de 2003, ha tenido lugar en Ginebra la primera cumbre mundial sobre la Sociedad de la Información, organizada por la ONU y por la UIT, con el objetivo de construir una sociedad de la información incluyente, centrada en la persona y orientada al desarrollo. El fin último, como se manifiesta en la declaración que siguió a esa cumbre, persigue que «las personas, las comunidades y los pueblos puedan desarrollar su pleno potencial en la promoción de su desarrollo sostenible y mejorar su calidad de vida».
BRECHAS DIGITALES
En línea con los principios de la carta de las Naciones Unidas y con pleno respeto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sin merma de lo consignado en la Declaración del Milenio, tanto el Consenso de Monterrey como la Declaración y el Plan de Aplicación de Johanesburgo insisten en la pretensión de reducir la brecha digital. La brecha digital (Digital Divide) consiste básicamente en una forma de desigualdad que afecta a la economía de la información y aunque se refiere al «hecho tecnológico», sus causas pueden ser también socioeconómicas y culturales.
Para los investigadores del Banco Mundial, el concepto de brecha digital admite cuatro puntos de vista o interpretaciones: a) brecha en el acceso a la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación, que suele medirse mediante indicadores básicos como la extensión de la telefonía o de los ordenadores con acceso a Internet; b) brecha en la capacidad para la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación, medida por el nivel de habilidades y por la presencia de una serie de factores positivos; c) brecha en el uso real, con indicadores como tiempo de utilización de los diferentes servicios, número y tiempo de conexión de los usuarios que acceden a servicios en línea, número de servidores de Internet o el nivel de comercio electrónico, etc.; d) brecha en el impacto derivado del uso, medido a través del retorno financiero o económico.
La brecha digital es, pues, el resultado de distintas causas y efectos, y una amenaza para la cohesión de la sociedad, porque puede hacer que aumenten las diferencias en su seno. Describe, a través de diferentes aspectos, el abismo o gap entre los conectados y los desconectados y constata, en suma, la asimetría sustancial entre dos o más poblaciones, en términos de distribución y utilización de los recursos de la información y de la comunicación. Existe en cada país una tendencia a la fragmentación local (por ejemplo, entre regiones), que podríamos llamar brecha digital interna.

BRECHA DIGITAL Y BRECHAS SOCIALES
Las dimensiones de la brecha han sido evaluadas por el Instituto de Recursos Mundiales, que estima que cuatro de los seis mil millones de individuos que integramos la humanidad no tienen posibilidades de conectarse, situación que tiene mucho que ver con el nivel de ingresos (ver figura nº1).
Como suele decir Gabriel Ferraté, rector de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC), las consecuencias de la exclusión digital son importantes pero sólo los apocalípticos están más preocupados por ésta que por la exclusión alimentaria, que lleva siglos produciéndose, o por la sanitaria o la democrática (lo cual no quiere decir que no sea más barato, ni más fácil dotar a un centro público de África de una sala de informática que construir un hospital).
Es claro que, sobre la brecha digital de la que hablamos aquí, se superpone una brecha social estructural. De los seis mil millones de personas que componemos el planeta, la electricidad todavía no ha llegado a dos mil millones; la mitad de la población mundial nunca ha hecho una llamada por teléfono; mil millones de personas viven con menos de un dólar al día; mil quinientos millones no saben ni leer ni escribir, y la mayoría de éstos vive en África y Asia. Además, tres mil personas mueren cada día de hambre, hay treinta y seis millones de personas infectadas de sida y si continúa la tendencia, en el 2005 lo estarán cien millones de personas (dos tercios de ellos, en África). Otro ejemplo es que la mitad de los niños de la África subsahariana y un cuarto de los niños del sudeste asiático nunca han ido al colegio.
En la Declaración del Milenio, compuesta por ocho objetivos, dieciocho metas y cuarenta y ocho indicadores, se pasa revista a los grandes retos sociales que tiene la humanidad (ver cuadro nº1) y se marca como último objetivo el fomento de una asociación mundial para el desarrollo, que en la meta número dieciocho se concreta de este modo: «Es necesaria la cooperación con el sector privado, velando por que se puedan aprovechar los beneficios de las nueva tecnologías, en particular los de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación».
En el punto diecisiete se dice textualmente: «Reconocemos que la construcción de una Sociedad de la Información incluyente requiere nuevas modalidades de solidaridad, asociación y cooperación entre los gobiernos y demás interesados, es decir, el sector privado, la sociedad civil y los organismos internacionales. Por la presente Declaración, y para colmar la brecha digital y garantizar el desarrollo armonioso equitativo y justo para todos, hacemos una llamada a la solidaridad digital».
LA BRECHA EN AMÉRICA LATINA
La brecha digital tiene una particular incidencia en distintas partes del mundo y una de ellas es América Latina. Según los recientes estudios de la CEPAL, el retraso que padece esta región en el campo de la incorporación a la sociedad de la información se ilustra en la actualidad por el hecho de que la región representa el 8% de la población mundial y su presencia en el ciberespacio alcanza sin embargo sólo al 4%; y porque si la región contribuye con alrededor del 7% al PIB mundial, sólo aporta el l% al comercio electrónico mundial. Los desequilibrios también se aprecian entre los países que componen la zona, como se puede comprobar en la figura nº2.


En contraste con estos datos, la región registra, en comparación con otras regiones del mundo, la más rápida expansión relativa a la «comunidad de Internet» en los últimos años. Si reparamos en el crecimiento del número de hosts, mientras en los últimos años creció en Europa un 30%, en Asia un 61% y en América del Norte un 74%, en América Latina creció en un 136%.
Por otra parte, según dichos estudios, la conectividad tiene un sesgo fuertemente urbano y metropolitano. En Argentina, por ejemplo, casi el 90% de los sitios web y sus domicilios físicos están radicados en la capital federal y en el Gran Buenos Aires. En el caso de Chile, ocurre lo mismo respecto de Santiago y el resto del país, mientras que en Brasil la infraestructura básica para la diseminación de Internet está restringida a los principales municipios, ya que menos del 6% de ellos cuentan con los medios imprescindibles.
También se registra una marcadísima asimetría por estratos sociales. De acuerdo a estimaciones de Emarketer, en 2004 un 68,9% del 15% más rico de la población latinoamericana de catorce años o más estará conectada a la Red, mientras que sólo el 10% del total de la población latinoamericana de catorce años o más lo estará.
Además, la brecha digital en América Latina por niveles educativos es clara. Las dos terceras partes de los universitarios usuarios de ordenadores utilizan Internet para correo y búsquedas, cifra que disminuye al 41% y al 30%, respectivamente, en los niveles de educación secundaria y primaria. Finalmente, hay otra segmentación por edades, siendo los jóvenes entre catorce y diecinueve años los que más utilizan Internet, seguidos por los del segmento de entre los veinte y los treinta y cinco años.
La esperanza, como decíamos, reside en el hecho de que la velocidad de difusión del acceso de América Latina es hoy superior a la de cualquier otra región, y la proporción entre acceso y equipamiento está más optimizada que en otras regiones.
ÍNDICES POLÍTICAMENTE RELEVANTES
Para poder articular políticas certeras en la implantación eficaz de las Tecnologías de la Información, sobre la base de que luego existan mercados flexibles y abiertos que permitan el comercio, es necesario tener indicadores de acceso y utilización desglosados por categorías socioeconómicas como edad, género, nivel de ingresos y situación geográfica, con objeto de poder detectar así tendencias, efectuar análisis e interpretaciones y aplicar soluciones.
No se trata sólo de un problema de infraestructuras -lo que sin duda constituye un obstáculo para mejorar el acceso a las TIC-, de asequibilidad y de conocimiento; no se puede ignorar tampoco que para medir el acceso de Internet, por ejemplo, es necesario tener estadísticas de la disponibilidad de las TIC en los hogares. En los países en vías de desarrollo, a su vez, las encuestas públicas tendrían que medir el acceso a Internet a través de los cibercafés, escuelas o teletrabajo.
En los países desarrollados, aunque sin obviar los otros, hay que vertebrar una política generalizada de acceso a las TIC desde los ámbitos empresarial, educativo y gubernamental. El objetivo es fomentar la eficacia, la transparencia y extender las oportunidades.
En el ámbito empresarial, las TIC son esenciales para aumentar la productividad y el desarrollo económico, así como para ampliar conocimientos, mejorando la formación. Aquí es relevante conocer datos como porcentaje de empresas con ordenadores personales, porcentaje con acceso a Internet, porcentaje con un sitio web, etc.
La educación, por otra parte, representa el elemento fundamental de la transformación de un país hacia su participación activa y plena en la sociedad mundial de la información. Para ello es necesario aplicar políticas que permitan dotar de acceso a Internet a centros educativos, sobre todo en países en desarrollo, así como indicadores que midan la proporción de estudiantes por ordenador y el de escuelas conectadas a Internet.
Por otro lado, el incremento de uso de las TIC en la esfera del gobierno fomenta la eficacia, la rendición de cuentas y la transparencia en los procesos de ámbito público. La prestación de servicios públicos electrónicos depende del nivel de adopción de las tecnologías.
En este ámbito, el porcentaje de oficinas públicas conectadas a Internet, la proporción de oficinas públicas con un sitio web o el porcentaje de funcionarios que utilizan Internet en su trabajo, son datos relevantes respecto a la penetración de las TIC en las tareas de administración y gobierno de un Estado.
En la Declaración del Milenio se parte de la idea que las nuevas tecnologías pueden contribuir a reducir la pobreza, mejorar la educación y la prestación de servicios de salud, hacer más accesibles y responsables a los gobiernos con respecto a los ciudadanos, etc.: «Todos pueden crear, acceder, utilizar y compartir la información y el conocimiento para hacer que las personas, las comunidades y los pueblos puedan desarrollar su pleno potencial y mejorar la calidad de sus vidas de forma sostenible».
También las TIC pueden promover la igualdad de género (en los países desarrollados, el 43% de los usuarios de Internet son mujeres), ofreciendo oportunidades como el teletrabajo, que permite hacer compatibles trabajo y hogar, o la educación a distancia.
En las sociedades más avanzadas se ha implantado como medida el Índice de Acceso Digital (IAD), a través del cual se evalúa la capacidad global de los ciudadanos de un país para acceder y utilizar las nuevas TIC. Este indicador se basa en cinco factores: infraestructuras, asequibilidad, conocimiento, calidad y utilización real (ver figura nº3), y permite clasificar a los países por su dificultad o facilidad de acceso a las nuevas redes y servicios, en una escala que va del 0 al 1 (acceso más fácil). El cuadro nº2 muestra los valores de algunos países.
Es absolutamente necesario que los países desarrollados y los organismos multilaterales ayuden a los países en desarrollo a cumplir los requisitos marcados sobre las TIC, proporcionando asistencia técnica y recursos materiales. Además, hay que internacionalizar las estadísticas sobre la sociedad de la información para que éstas tengan credibilidad.
Es necesario también impulsar el papel catalizador de los países ricos que, si bien han incorporado las TIC al sistema productivo y por lo tanto al crecimiento económico, no han sido capaces de ejercer un liderazgo vertebrador que acompase tos procesos de desarrollo económico, liberalízación y en suma de profundización democrática. La brecha digital mundial es grande y va a más. Hace falta, como hemos dicho a través de múltiples cooperadores, un entendimiento compartido, una visión incluyente de la problemática y la decisión de afrontar los retos.


Desde una mentalidad abierta -la necesaria para comprender un mundo en cambio-, tenemos que ser capaces de identificar los componentes críticos de la brecha digital y a través de iniciativas conjuntas multilaterales y multisectoriales consensuar un objetivo común: una sociedad de la información democrática e integrada, combatiendo el primer impulso de la globalización, que es el de generar una lógica de exclusión.
POR QUÉ INTERNET
El uso de Internet representa un inequívoco factor de desarrollo político y social en cualquier comunidad en la que se introduce. En primer lugar, porque Internet es una herramienta de poder: proporciona acceso a un mundo amplio de información -y, por lo tanto, de oportunidades-, abriendo las puertas a la información, la educación, la interacción social y el comercio. En segundo lugar, porque Internet encarna la promesa de transformar el comercio, la educación y el gobierno y esto es especialmente importante en un entorno abierto y competitivo en continuo progreso -en continua modificación de los paradigmas a los que desde una nueva mentalidad hay que hacer frente, adaptando nuestras capacidades-. En tercer lugar, porque las TIC son un elemento coadyuvante del cambio social. La tecnología acaba cambiando la vida de la gente y más si ésta incorpora la característica de la movilidad, dé la ubicuidad.
Los gobiernos tienen una función dirigente, activa en estos procesos de cambio. La política no puede ir retrasada respecto a la evolución económica, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia. En el siglo XVIII la máquina de vapor creó nuevos mercados y transformó la vida económica del país. En el XIX la electricidad transformó el comercio, añadiendo una utilidad marginal a la revolución del vapor y trasladando las nuevas capacidades al trabajo y al hogar. En el siglo XX las redes de telecomunicación permiten la comunicación instantánea, la supresión de barreras y la aparición de nuevos mercados y de oportunidades de alcance mundial.
Por ello, el riesgo de una aplicación selectiva de las TIC, concentrando su uso en países ricos que verán cómo crece la productividad de sus economías, es que las desigualdades aumenten de forma exponencial y haciendo desaparecer cualquier atisbo de oportunidad. Trabajar en la habilitación de estructuras sociales sostenibles, a través de la educación y con ayuda de otras herramientas, e invertir en el uso inteligente de las TIC, puede ser una buena fórmula para los países en desarrollo.
Para apreciar las posibilidades de la revolución digital en la estimulación del crecimiento económico no podemos ignorar que se ha creado un sector económico totalmente nuevo, que el capital que se exige en él es el intelectual y que la digitalización transforma muchas actividades. Si otras revoluciones han sido sectoriales, la digital es transversal: lo transforma todo y por ello, a medida que se produzca la digitalización, las desigualdades generadas por el distinto nivel de acceso a Internet tendrían cada vez mayor peso.
Hay una serie de expertos y sociólogos del sector que dividen sus apreciaciones sobre los efectos de Internet en tres categorías o posiciones. Los optimistas piensan que Internet va a reducir las barreras de entrada al mercado: más productividad, más eficiencia y más competitividad, disminución de los costes de transacción, fin de los monopolios, transparencia política y de mercado, fin de las distancias y, por ello, mejora de la actual debilidad económica de los pueblos alejados, y reducción de las jerarquías sociales y de las organizaciones. Podríamos resumir diciendo que el efecto neto sería, según esta posición, una mejor distribución de los ingresos y recursos, que acercaría los países ricos a los pobres, porque la convergencia en las TIC se va a producir.
Los pesimistas piensan que si las TIC, en efecto, van a transformar las sociedades, sus efectos sin embargo serán predominantemente negativos y regresivos. El efecto final sería divergente y no convergente, proporcionando más ventajas a los ricos que a los pobres y aumentando el analfabetismo digital en el mundo rural.
A mitad de camino se encuentran los situacionistas, quienes certifican la relación de causalidad entre las aplicaciones de las TIC y el desarrollo social, pero para quienes la convergencia o la divergencia va a depender de factores como la estructura de la sociedad, la tecnología en cuestión, las políticas públicas, el dinamismo empresarial y otros factores propios del país. Piensan éstos que las tecnologías no transformarán la sociedad, sino que será la sociedad la que se va a transformar utilizando las TIC.
Por lo tanto, surge con claridad el dilema: ¿fin de las distancias o brecha digital? Los extremos son demagógicos y erróneos, y se debería trabajar en la implantación local de la sociedad de la información, con una adecuación a las propias condiciones del entorno. Porque la brecha económica y social puede ser consecuencia de un esquema de globalización sin dirección, como serlo también de las deficiencias de gobernanza local.
LA ERA DE LA INTERDEPENDENCIA
Lo sustantivo de esta nueva etapa, donde coexisten oportunidades y amenazas globales, es la inauguración de la era de la interdependencia a través de las nuevas tecnologías. La economía global, la tecnología de la información, los avances científicos y la democracia diversidad constituyen, como sostuvo recientemente Clinton en Barcelona, las fortalezas que sostienen los retos del futuro. La pobreza global, el calentamiento de la Tierra, el terrorismo representan alguna de las amenazas. Ambos extremos coexisten en un mundo que las tecnologías han hecho interdependiente, y hecho visible a través de los medios de comunicación. Clinton concluyó señalando cómo «no podemos derribar muros, reducir distancias, compartir información y recoger todos los beneficios sin incurrir en los riesgos que conlleva una mayor apertura. En los últimos treinta años, mucha gente ha logrado salir de la pobreza y los países que han optado por el desarrollo a través de mercados abiertos y de facilitar las inversiones han innovado a una velocidad dos veces mayor que los países pobres que se han mantenido cerrados».
Es necesario un cambio de mentalidad, ajustado al horizonte de la globalización en donde las nuevas tecnologías sean el soporte de una nueva era, la de la interdependencia.
Los dones recibidos son para compartirlos. En primer lugar porque, como bien decían los santos padres, aquellos bienes que consideramos propios (y no tenemos motivos para limitarlos únicamente a los materiales), en realidad, no nos pertenecen. Pues por alguna circunstancia al margen de nuestro control —lugar de nacimiento, pertenencia a una familia determinada, razones históricas relacionadas con cuestiones étnicas, etc. — hemos sido colmados de privilegios materiales, inmateriales y espirituales, para hacer con ello una buena administración.
Miremos hacia nuestro interior, al modo agustiniano, y con la sinceridad inherente a esa dimensión, preguntémonos por qué los europeos hemos tenido que ser favorecidos, frente a tantos pueblos, con un acceso sencillo y directo al conocimiento, a la cultura, al saber; y, desde esa situación de privilegio, qué deberes contraemos para aquellos que, no teniendo menos derecho a ellos que nosotros, se han visto abocados por circunstancias sobre las que no tienen dominio a las carencias más generalizadas: carencias en los bienes indispensables para el sustento biológico, carencias en las vías de acceso a la instrucción más elemental, y, por tanto, impidiendo cualquier rasgo de acercamiento a la cultura; unos déficit de tal naturaleza que, de no resolverse, conducirán sin remedio no sólo a la marginación (pues a la postre el marginado aún existe) sino a la exclusión, con olvido de su misma persona. Y, todo ello, porque no tuvo la fortuna de nacer en un lugar y en una comunidad adornada de abundantes bienes.
Europa —o si se quiere mejor, la Unión Europea— ha defendido un modelo que, con algunos sesgos, lo ha desarrollado para sí misma con frutos bien apreciables. Es un modelo, en el seno de la Unión, basado en la apertura y la cooperación. De modo gradual, aquellos seis países que iniciaron el experimento han ido incorporando nuevas adhesiones hasta situarse en el umbral de los veinticinco. Pero siguen siendo veinticinco países europeos, dispuestos a mejorar, a crecer económica, política y socialmente, mientras tantos otros —y nuestra sensibilidad se sitúa en los que conforman América Latina y el Caribe— permanecen sustancialmente ajenos a nuestra consideración.
Programas de movilidad estudiantil y profesoral son motivo de especial atención en el seno de la Unión Europea. Los así llamados Erasmus/Sócrates han enriquecido a nuestros estudiantes, abriendo más aún los ya amplios horizontes en los que se desenvolvían. Sólo en el curso 2002-2003, siguieron estudios en universidades europeas, fuera de España, 18.258 estudiantes, mientras en ese mismo año, 21.289 universitarios de otros países de la Unión desarrollarían sus estudios en universidades españolas.
Ámbito académico y ámbito relacional, pues, presentes en la tenaz formación de los europeos del siglo XXI. Europa, sin embargo, habrá perdido el signo distintivo de su civilización si se encierra en su propia configuración, en sus intereses a corto plazo, hasta el punto de llegar a negarse a sí misma, perdiendo sentido su propio proyecto.
La globalización es un hecho que demanda humanidad y generosidad. Esta no puede quedar reducida al simple movimiento de mercancías y de flujos financieros. El fruto verdaderamente esperado, y que justifica la globalización, es el de la permeabilidad humana, el de la cohesión social. Esta mayor cercanía entre los pueblos todos, exige esfuerzos y consideración por parte de los que tienen capacidad para ello.
El que se está reclamando a voz en grito es el de la movilidad estudiantil en los niveles de pregrado y la cooperación educativa, entre los países del Nuevo Mundo y los de la vieja Europa.
Con éxito desigual se han desarrollado programas de cooperación europea, en proyectos de investigación mediante la constitución de redes formadas por Instituciones de Educación Superior (programa América Latina-Formación Académica: ALFA), así como iniciativas de movilidad mediante becas para estudiantes de postgrado y estudios de especialización profesional (Programa de Becas de Alto Nivel de la Unión Europea para América Latina: ALBAN).
Desatendida queda, sin embargo, salvo convenios bilaterales entre universidades, la etapa más delicada del proceso formativo: los estudios conducentes a los niveles de grado. En ella, el estudiante, por edad, por madurez y por ansiedad de horizontes, es terreno fértil para que los esfuerzos dirigidos a su formación cosechen los mayores éxitos. Medidos en el tiempo y encaminados al regreso al país de procedencia, al que debe enriquecer, el estudiante iberoamericano tiene derecho a que Europa abra sus puertas, cumpliendo su proclamación de principios, para ofrecer un entorno de crecimiento en el saber y de enriquecimiento en la diversidad.
A su vez, los estudiantes europeos no pueden cerrar los ojos a esa rica diversidad que ofrece América Latina para la convivencia, para la visión real de lo que para la persona significan los bienes permanentes —los del espíritu— y, en definitiva, el aprovechamiento de la ocasión para ejercer la virtud del compartir aun cuando poco haya para compartir o, quizá, precisamente por eso resulta más factible sentarse a la mesa común. Los jóvenes europeos no deben encerrarse en el círculo de la riqueza, moviéndose de un lugar opulento a otro que también lo es; apostaríamos sin duda por el signo más evidente de pobreza.
La exigencia es urgente. No habrá desarrollo sin educación. No habrá capacidad de entendimiento, no habrá posibilidad de convivencia universal, si no se rellenan los vacíos existentes que afectan al conocimiento, a las habilidades, a las capacidades y competencias para el ejercicio de la función social que cada uno tiene asignada en la comunidad.
En el marco del presupuesto comunitario y con la mayor descentralización orgánica posible, ausente de trabas administrativas, se impone el diseño de programas de movilidad e intercambio generosos con los estudiantes universitarios de los países iberoamericanos. El resultado que éstos han tenido en el seno de la Unión Europea, permiten ser optimistas acerca del que se puede esperar de una nueva experiencia.
Europa debe abrirse hacia fuera. La comunidad internacional así lo demanda y los países que sienten con mayor apremio esa necesidad, así lo reclaman. Sin duda habrá que hacer reformas importantes en la configuración de las estructuras de los estudios —atenuadas por el interés que en aquéllos ha despertado la configuración del Espacio Europeo de la Educación Superior—, así como en los propios contenidos de los programas. Ello, sin embargo, no debe ser óbice para afrontar tan apasionante tarea.
Nos atrevemos a levantar la voz para decir que es nuestra responsabilidad; la responsabilidad del buen administrador de los dones recibidos. Un ejercicio de la solidaridad, de compartir lo que se nos ha concedido, se impone como preferente frente a un discurso solidario, por novedoso que éste pudiera ser.
Que las tareas diarias, no nos impidan ver nuestro quehacer en el futuro de la humanidad.
Latinoamérica es para mí una fascinación, una pasión de los últimos veinte años. De 1985 en adelante, sucesivamente, se me han ido tornando visibles, en directo, ciertas ciudades presentidas antes por los libros: Santiago de Chile y Valparaíso, México y Oaxaca, Buenos Aires y Montevideo —las dos capitales de lo que Eugenio d’Ors llamaba «las Españas del Plata»—, Caracas, Quito, San José de Costa Rica y São Paulo…
Para los españoles, Latinoamérica ha sido durante años tan sólo su literatura, ese puñado de nombres estelares que en algo más de un siglo la han convertido en un territorio absolutamente central, de Rubén Darío a los novelistas del boom, pasando por Borges, César Vallejo, Neruda, Carpentier, Asturias, Lezama Lima u Octavio Paz.
En el ámbito de lo literario, más allá de los tópicos, la pluralidad ha sido y es el signo del continente americano. No cabe reducirlo a una única dimensión. Latinoamérica son todos los nombres centrales, por lo demás tan contradictorios entre sí, a los que acabo de referirme, pero también otras numerosas cosas que están bastante menos consolidadas, y que mucha gente todavía no ha ubicado en el mapa: la sabiduría de Alfonso Reyes y su diálogo con su amigo Valery Larbaud; el mundo encantado de José María Eguren, el andarín limeño de la noche, y el marxismo atípico del «amauta» José Carlos Mariátegui, y el indigenismo ultraísta de los poetas del Boletín Titikaka, y siempre en el mismo país los universos aparte de Carlos Oquendo de Amat, César Moro o Emilio Adolfo Westphalen; la reflexión cubana de Fernando Ortiz, la brasileña de Gilberto Freyre o la argentina del Ezequiel Martínez Estrada de La cabeza de Goliat y Radiografía de la Pampa; el vanguardismo con epicentro en París del chileno Vicente Huidobro, uno de los más activos miembros de la internacional de lo moderno, y A sombra de los barrios amados, de Raúl González Tuñón; José Juan Tablada y su Li-Po, y Ramón López Velarde o Luis Carlos López en sus respectivas ciudades provincianas; La guitarra de los negros, de Ildefonso Pereda Valdés; las miradas desde el norte de Waldo Frank o Carleton Beals; la voz única de Alejandra Pizamik; Severo Sarduy interrogándose ante Morandi o ante Rothko; Haroldo y Augusto de Campos en su taller universal; Jorge Teillier, Eugenio Montejo…
En materia de artes plásticas, los distintos viajes a Latinoamérica nos obligan a completar un mapa que durante años ha sido netamente deficiente, sobre todo porque pocas veces se le ha reconocido su plena autonomía. Hemos de pensar en Armando Reverón frente a su Caribe venezolano; en la pampa y en el Montevideo de Pedro Figari; en Barradas el vibracionista; en Torres-García y su «universalismo constructivo» y su Escuela del Sur; en Xul Solar, cuyo perfil quedó fijado para los españoles, en el 2002, por una muestra comisariada por Marcos Ricardo Barnatán para el Reina Sofía; en Germán Cueto —pronto objeto de una exposición en el mismo museo— y otros estridentistas mexicanos que poco a poco han ido saliendo de la penumbra en que dormían; en el mejor Rivera y en el mejor Siqueiros; en los volcanes de Doctor Ati; en Tarsila do Amaral; en Marcelo Pogolotti; en Max Jiménez, en un fotógrafo tan absolutamente genial como Alvarez Bravo; en un arquitecto único como Luis Barragán; en un creador de jardines insustituible como Roberto Burle Marx; en Wilfredo Lam y su Jungla; en la relectura de la tradición constructiva protagonizada por los Madi, por Alfredo Hlito, por Tomás Maldonado y por el resto de los geómetras del Río de la Plata; en el preminimalismo de Mathias Goeritz; en el cinetismo sutil de Soto; en Lygia Clark o Helio Oiticica; en César Paternosto y su acercamiento moderno a lo prehispánico: figuras todas ellas fuertes y con entidad propia. Figuras en un paisaje: no como meros apéndices de los correspondientes capítulos europeos con los que dialogan —y en algunos casos en los que participan—, sino como punto de partida de una tradición «otra», que fructificaría a lo largo de las décadas siguientes, y que hoy cuenta ya con coleccionistas que han sabido fijarse en ella, como pueden ser Constantini o Jorge Helft en Argentina, los Cisneros en Venezuela, Chateanbriand o Lerner en Brasil…
Una tierra por la que desde hace unos años siento una muy especial fascinación, es precisamente Brasil. Fruto de ciertas lecturas poéticas, de ciertas iluminaciones ante obras pictóricas de especial intensidad, ante ciertas músicas, ante ciertas arquitecturas conocidas a distancia, fue el proyecto de la calidoscópica muestra Brasil, de la antropofagia a Brasilia, que promoví en el 2000 en el IVAM, con el argentino paulista Jorge Schwartz como comisario general, y una serie de asesores. De lo que se trataba era de contar en España, donde las noticias en torno a aquel gran país han sido siempre muy escasas y sobre todo muy fragmentarias —pese a la benemérita Revista de Cultura Brasileña, impulsada por Ángel Crespo en el Madrid de los sesenta—, una formidable eclosión: la que se inició con la Semana de Arte Moderna de São Paulo de 1922; prosiguió con los antropófagos (Oswald de Andrade, Mário de Andrade, Raul Bopp, la genial Tarsila do Amaral, entre otros), con poetas como Manuel Bandeira o Murilo Mendes, con las banderitas de Alfredo Volpi, con la música de Villa-Lobos, con arquitectos como Lúcio Costa u Oscar Niemeyer o más tarde Lina Bo Bardi, con los jardines de Burle Marx; y culminó con los concretos y los neoconcretos, con Noigandres, con la utopía de Brasilia. No faltaron a la cita los forasteros: Paul Claudel, Darius Milhaud, Blaise Cendrars, Marinetti, Le Corbusier, Lévi-Strauss, Max Bill, Max Bense… En la pareja Tarsila y Oswald se concentra la modernidad brasileña en estado puro. Junto a los cuadros entre legerianos y tropicalistas de la deslumbrante Tarsila de mediados de la década del veinte, junto a Pau Brasil o al Primeiro caderno autoilustrado de Oswald, colocar esa otra joya absoluta que es Feuilles de route: Le Formose, de su amigo Cendrars, y por supuesto las Saudades do Brasil de Milhaud.
Siguiendo exactamente el mismo modelo de exposición, trabajo ahora en otra, Buenos Aires, metrópolis moderna, que tendrá lugar en el Reina Sofía, en el 2005, que también podrá contemplarse en la capital argentina, y que en parte fue anticipada, en Casa de América, 2001, por otra, Literatura argentina de vanguardia, que hice con Sergio Baur. De lo que se trata, en Buenos Aires, metrópolis moderna, es de reconstruir la vida cultural porteña, entre 1921, fecha del retorno allá de los hermanos Borges y de la aparición sobre las paredes de la ciudad de su revista mural Prisma, a 1948, fecha de publicación de Adán Buenosayres, la novela paródica sobre el ultraísmo de Leopoldo Marechal, del que es la obra maestra. Entre medias, el pequeño mundo del Xul Solar, Martín Fierro, el cosmopolitismo de las maletas de Oliverio Girondo, Alberto Hidalgo y su Revista Oral, Jacobo Fijman, Roberto Arlt, Ricardo Molinari, los hermanos González Tuñón, Pettorutí, los Artistas del Pueblo, Víctor Cúnsolo y demás pintores de la Boca, Antonio Berni, Amigos del Arte y los Cursos de Cultura Católica, Victoria Ocampo y Sur y Eduardo Mallea, Juan Carlos Paz y la nueva música, Alberto Prebisch y otros funcionalistas en arquitectura, las fotografías de Horacio Coppola o Grete Stem —de ambos se han celebrado muestras en el IVAM—, el surrealismo de Aldo Pellegrini o Enrique Molina, las Voces de Antonio Porchia, los viajes de Marinetti, Bragaglia, Keyserling, Le Corbusier, Paul Morand, SaintExupéry, Ricardo Viñes, Ramón Gómez de la Serna o Federico García Lorca, los exilios de Gombrowicz, de Caillois, de los republicanos españoles… Fascinante resulta ver cómo se articulan, en la capital argentina, en su «modernidad periférica» —por emplear la definitiva expresión de Beatriz Sarlo—, lo más cosmopolita, y lo más enraizado; cómo se aclimatan ciertos ismos europeos; cómo coexisten Florida y Boedo; cómo el resultado termina siendo inconfundiblemente de allá, y a la vez, en algunos casos, de alcance universal.
Hoy mismo, Latinoamérica, a pesar de los pesares políticos, económicos y sociales, a pesar de ciertas catástrofes cíclicas, a pesar de la pesada herencia de las dictaduras militares del pasado, a pesar de la persistencia de la dictadura castrista en Cuba y de la emergencia de la chavista en Venezuela, es uno de los continentes de los que más cabe esperar, también en materia de artes plásticas. Desde el Reina Sofía, donde en el año 2000 se celebró el ambicioso festival Versiones del Sur, seguimos con interés los últimos desarrollos del arte brasileño, argentino, mexicano, peruano, venezolano, centroamericano o caribeño. Percibimos la pujanza de São Paulo, con unas galerías, unos museos y unas fundaciones envidiables; el enorme interés de los trabajos, tan distintos entre sí, de Ernesto Neto, Miguel Rio Branco, Vik Muniz, Tunga o Janaina Tscháppe, que aseguran la continuidad de ciertas líneas de fuerza decisivas para la configuración de la brasileña tradición de lo nuevo.
Argentina, pese a haber atravesado últimamente tantas dificultades políticas, económicas y sociales, es hoy otro país de referencia, del que cabe esperar mucho. En el palacio de Velázquez hemos enseñado en solitario a Guillermo Kuitca, sus teatrillos y sus mapas, y pronto enseñaremos las geometrías tan bonaerenses de Pablo Siquier; en Espacio Uno se ha visto el mundo intemporal, de una intensa poesía, del argentino madrileñizado Alejandro Corujeira; y sabemos de otros creadores más jóvenes que siguen contribuyendo a renovar la moderna tradición argentina, como la renuevan, en el ámbito de la reflexión, las gentes de una revista como Ramona, dirigida por Rafael Cippollini, que además de darles la palabra a los últimos, nos arrastra a un recorrido por la provincia de Buenos Aires, en pos de las disparatadas arquitecturas de Salamone, o nos propone una reflexión colectiva sobre el imaginario peronista.
Pasan asimismo cosas en dos países en perpetua crisis como Perú y como Venezuela, llamándonos especialmente la atención, en este último caso, el trabajo de un Alexander Apóstol sobre ciertas arquitecturas del pasado reciente.
Más hacia el norte, el subdirector del museo, Kevin Power, incansable andarín de los caminos de aquel continente que a él también lo ha atrapado, prepara sendas revisiones de las escenas últimas mexicanas (coincidiendo con Arco 2005, donde México será el país invitado) y caribeña (ésta en colaboración con el Museo del Barrio, de Nueva York), y estamos hablando de otros dos ámbitos que se han afirmado poderosamente en los últimos tiempos, algo que está claro si pensamos en obras como las de Francis Alys, al que descubrimos precisamente en Arco, o Kcho, también presentados en solitario por el Reina Sofía.
Me refiero al comienzo de estas líneas, a propósito de la literatura latinoamericana, a la idea de pluralidad. No hay una Latinoamérica, sino muchas. No hay una tradición, sino muchas, entrelazadas. Trabajando sobre las viejas vanguardias del continente, y sobre todo lo que ha venido después, uno se da cuenta de hasta qué punto no valen los tópicos, ni las lecturas unívocas, y hasta qué punto es fundamental, allá, enraizar lo que se hace hoy mismo, en un pasado de modernidad, algo que tienen clarísimo, por ejemplo, en Brasil, o en un México que redescubre a los estridentistas, a Barragán, a los Contemporáneos, o a un compositor tan genial como Silvestre Revueltas.
Y uno se da cuenta también del gran papel que le incumbe a España —donde tan presentes han estado siempre el exilio y la emigración latinoamericanos— a la hora de la introducción de todas estas cuestiones palpitantes, de todos estos debates apasionantes, en una escena europea que no puede seguir haciendo oídos sordos. Y unos se da cuenta de que también cabe esperar mucho del diálogo de los creadores españoles con aquellas tierras, y ahí están —hoy mismo, y es de desear que surjan muchas más obras en esa perspectiva—, las propias iluminaciones latinoamericanas, en literatura, y sólo cito algunos casos entre otros muchos posibles, de un Antonio Martínez Sarrión, de un Eduardo Jordá, de un Miguel Sánchez-Ostiz, de un Adolfo Montejo Navas, y en el terreno de las artes plásticas, la limpia mirada fotográfica, expuesta no hace mucho en Casa de América, de un Sergio Belinchón sobre el norte chileno.
América Latina (en inglés «Latin America») es el nombre, generalmente aceptado hoy en todo el mundo, para designar el conjunto de países que cubren casi las dos terceras partes de lo que se llamó el Nuevo Continente, desde el Río Grande en el norte hasta la Tierra de Fuego en el extremo meridional, y las islas mayores del Caribe que son también Estados independientes. Su vasto territorio es más del doble del europeo (sin Rusia) y sus habitantes superan los cuatrocientos millones. Esas veinte naciones constituyen una cierta unidad histórica y cultural, pero también de intereses y de mentalidad.
La denominación América Latina tiene algo menos de siglo y medio, y cuando se inventó, no gustó a casi nadie. Ni a las gentes de allí ni a los intelectuales, historiadores y políticos de las naciones europeas, desde las que se habían colonizado aquellas tierras y se habían implantado en ellas los grandes principios e instrumentos culturales y sociales de las veinte repúblicas en que se organizaron su población y su territorio. A los europeos, colonizadores o emigrantes, deben esas naciones su lengua, su religión, su civilización y su historia.
Parece que la expresión «América Latina» se acuñó en francés a principios del último decenio de Napoleón III. En 1861 la empleaba el geógrafo y economista Chevalier, en la que quizá fue la primera mención del nuevo nombre. Por entonces, las potencias europeas con directos intereses atlánticos —Francia, Inglaterra y España— pactaron una alianza, que fue de corta duración, para una intervención armada en México. La Francia de Napoleón III mostró especial empeño en tomar posiciones en el continente americano (quizá para rivalizar con los Estados Unidos), e hizo posible, con su ayuda militar, la pronto frustrada entronización de Maximiliano de Habsburgo, el infortunado hermano de Francisco José, como emperador de México. Todo aquello fue de corta y sangrienta duración. Pero ese clima de interés por los asuntos americanos que se formó en París debió ser el ambiente en que se empezó a denominar «Amérique Latine» a todo lo que en aquel continente existía al sur de los Estados Unidos.
El nombre se fue extendiendo lentamente, como una mancha de aceite: primero en la propia Francia, después en el resto del continente europeo, en los Estados Unidos y, finalmente, en todo el orbe. En España suscitó una viva oposición entre intelectuales, historiadores y escritores de diversos signos ideológicos y políticos. «Para un español, un mexicano o un chileno… en una visión amplia son sentidos como hispanoamericanos, como más allegados a él que ninguna otra gente fuera de España. De ahí que para un español el término latinoamericano sea artificial», escribía en 1954 Américo Castro. Menéndez Pidal también rechazaba esa palabra. Unamuno en 1920, oponiéndose a que se hablara de razas con referencia a América, criticaba la Fiesta de la Raza, aunque quizá no estaba tan mal hablar de ella, decía, «entre otras cosas para que rabien… los que han inventado eso de América latina, como si se hablara allí el latín». Maeztu y Madariaga se mostraban contrarios a la utilización del término, o más bien del concepto, fuera en forma de nombre o de adjetivo.
A principios del XIX los hispanoamericanos, es decir, los «latinoamericanos» de habla y soberanía hispana, eran considerados aquí tan de la casa como los peninsulares. La Constitución gaditana de 1812 llama ciudadanos españoles por igual a los de «los dos hemisferios». Y actualmente hay convenios de doble nacionalidad del Estado español con varios de los países hispanos del otro hemisferio.
Hoy «América Latina» y «latinoamericano» son palabras que no suenan mal en los oídos españoles de las distintas familias espirituales e ideológicas. En casi todas las naciones de allí la lengua es la misma de nuestra península; la litératura es común, las artes plásticas, la música, el folclore mismo, son considerados aquí cosa nuestra, igual que lo de España allí.
Quizá la creación de estos términos en francés y en uno de los frecuentes momentos de arrogancia de nuestros vecinos del norte, tuvo lugar con el ánimo de apuntarse ellos, los antiguos «francogalos», aunque fuera a la cola, a la gran historia de la «translatio» de la cultura europea a un continente mucho mayor que el nuestro. Pero esas antiguas reservas españolas no tienen vigencia en la época actual. «América Latina» no debe ser considerada como una denominación impropia, sino como una afirmación histórica de presente y de futuro.
La América latina comparte el continente, sin solución de continuidad territorial con la del Norte, con los Estados Unidos y Canadá. Pero es un «universo» cultural, humano e histórico diferente. Uno a uno los veinte países que la componen podrían ir cayendo en una condición social y económica ancilar ante el gigante del norte: «uno a uno como los granos de esa Granada», que cuenta la tradición dijo Fernando el Católico en su larga y lenta guerra de conquista del último bastión musulmán de la península ibérica. Juntos o asociados, sin necesidad de estar revueltos, son, al menos potencialmente, tan fuertes por sus recursos naturales y humanos como sus vecinos anglosajones. Desde el punto de vista humano su cultura en la edad moderna no ha conocido el racismo, seguramente porhaberse formado en una Weltanschauung predominantemente cristiana y católica, para la que todos los hombres son sustancialmente iguales sin distinción de raza, de color o de clase.
Pero hay otra condición compartida por los países y las gentes de América Latina que encierra la semilla de una positiva esperanza para el futuro: su cercanía espiritual y humana a Europa, y muy especialmente por razones históricas y de todo orden, a España y también a Portugal. Las gentes de los Estados Unidos y las de Europa, muy en particular las españolas, por muy atlantistas que algunos europeos e hispanos queramos ser, están lejos unas de otras. Los latinoamericanos y nosotros estamos más cerca y nos entendemos enseguida: no sólo por la lengua que nos es común, sino por la mentalidad.
Reintegrada España en los últimos decenios al pelotón de cabeza cultural, social y económico de las naciones del mundo, está nuestro país en excelentes condiciones de emprender y desarrollar, en colaboración o entendimiento con los latinoamericanos, un sinnúmero de jointventures en los más diversos campos de la economía —finanzas, infraestructuras, energía, industria, etc.— y de la cultura: educación, ciencia, edición, arte, audiovisuales, informática, telecomunicaciones y otras muchas de esas técnicas o actividades que se inventan casi cada día.
Hay tres circunstancias que invitan a españoles y latinoamericanos a hacer cosas juntos. La comunidad de lengua, en primer lugar, pero también el hecho de que España hoy es un país desarrollado social y económicamente, precisamente a unos niveles asequibles para naciones como las hispanoamericanas y con experiencia del reciente ascenso en la escala de la modernización y del progreso. La tercera Circunstancia es que en los últimos años empresarios y promotores españoles han trabajado y trabajan bien y con tan buenos logros como augurios en ese mundo latinoamericano que para nosotros es tan entrañablemente próximo.