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Ver productos«Uno tiene que ser de su tiempo y pintar lo que ve». Con esa frase, atribuida a Eduard Manet, comenzaba la carrera artística de quien sería el padre de la revolución pictórica del XIX. Medio siglo más tarde, en 1911, Kandinsky publicaba sus teorías artísticas en De lo espiritual en el arte, un libro que empezaba con una frase análoga pero con un sentido muy distinto a la de Manet: «Toda obra de arte es hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos». La sentencia de Manet, de 1848, expresaba el inicio de la revolución en la pintura y en la concepción del arte moderno, y tal vez la de Kandinsky pueda considerarse el final de dicha revolución. Manet pintó lo que vio en la naturaleza, tal y como lo vio, por primera vez en la historia del arte; Kandinsky, justamente lo contrario: pintó lo que no vio, también por primera vez en la historia del arte.
La visión pictórica de Manet tenía un doble sentido, y en ninguno de los dos coincidiría con Kandinsky. La de aquél hacía referencia, por una parte, a algo que sigue siendo dogma en gran número de las escuelas pictóricas, como lo es el no pintar de memoria, sino observando siempre el modelo. Pero según cuentan sus biógrafos, Kandinsky fue desde su infancia un magnífico dibujante de memoria. En 1869, por ejemplo, a los tres años de edad, sus padres lo llevaron a Italia, y se cuenta que, al regresar, era capaz de recordar los cuadros que había visto y esbozarlos en sus dibujos infantiles. Lo cierto es que de su juventud se conservan dibujos de gran precisión sobre motivos fantásticos e imaginativos, particularmente dibujos con jinetes medievales.
El segundo aspecto de la «visión pictórica» aludida por Manet, tampoco puede aplicarse a Kandinsky. Tradicionalmente, los pintores eran testigos de su tiempo y representaban en sus obras lo que sus ojos veían en la realidad de cada momento. Renoir escribió en una ocasión que, en el pasado, era posible producir obras colectivas y destinadas a una comunidad que inmediatamente las compartía, porque todos los pintores poseían la misma técnica, pintaban la misma realidad y hasta tenían una misma visión del mundo y, por ende, una misma fe. Por el contrario, en la época actual «la herencia de la modernidad es la soledad del artista que ha perdido su sombra». La reflexión de Renoir es si cabe más radical en el caso de Kandinsky, pues en él la soledad llegó a convertirse en el solipsismo más absoluto, y su sombra se perdió en las abstracciones de su conciencia, o mejor dicho, de su alma.
La visión pictórica de Kandinsky es diferente a la de cualquier pintor precedente. En él culmina un proceso de desobjetivación de la pintura, que evoluciona desde el comienzo de las vanguardias con el impresionismo, ocupado con la pura representación de la naturaleza; y termina con la desaparición total de la representación natural. Desde entonces hay una especie de desafección de lo cotidiano o de lo contemporáneo en ta visión pictórica (tal vez con la excepción del llamado «arte pop»), hasta el punto de que es muy difícil encontrar un pintor cuyo modelo sean los automóviles, las calles de una ciudad contemporánea, o simplemente la vida cotidiana, incluso el hiperrealismo vacía las calles de gente.
Sin duda Kandinsky ha sido el origen de una nueva concepción del arte, que no sólo supone un estilo estético inédito hasta entonces, sino que incluso ha generado una nueva razón de ser del arte en sí. Arnold Schönberg, uno de los integrantes del grupo que nació en Munich en 1911 con el nombré Der Blaue Reiter (El jinete azul), de la mano de Kandinsky, consideraba que «el arte no tiene que servir a ninguna causa, sino que debe crear su propia realidad». Durante eí periodo 1910-1930, en el que surgió el arte abstracto, el cambio que experimentó el arte me el fruto de una evolución, que se centró en gran parte en una inquietud espiritual del artista opuesta a la sociedad burguesa, materialista y totalitaria que observaban en su tiempo. En muchos de aquellos artistas este antimaterialismo tomaba rasgos de utopía y muy poca consistencia realista, como particularmente ocurría en el caso de Kandinsky, que llegó a escribir: «El concepto del arte por el arte es el mejor ideal que puede alcanzar una época materialista, ya que supone una respuesta instintiva contra el materialismo y contra la exigencia de que todo tenga una utilidad y un valor práctico».

Frente a los valores materialistas y debido a la crisis espiritual que se produjo tras el colapso de la religión en la sociedad europea, los primeros artistas modernos se encerraron en sí mismos, se aparraron del mundo, para centrarse en su propio yo y en su vida interior. El artista se veía a sí mismo como una especie de demiurgo entre el alma interior, el espíritu, y su expresión plástica, como claramente sucede en el caso de Kandinsky o de Malévich y los demás pintores iniciáticos de la abstracción. Todos ellos tenían un concepto trascendente de la vida, una visón utópica antimateria lista, pero al margen siempre de la religión institucional. Como se ha escrito: «La abstracción era, en aquellos días, incluso una teología estética. Malévich llegó a declarar que veía la cara de Dios en sus cuadros, y Theo Van Doerburg declaró: «El cuadro es para nosotros lo que la cruz para tos primeros cristianos»».
La opción intelectual de Kandinsky fue la teosofía. La sociedad teosófica era una secta fundada por madame Blavatsky con pretensiones de crear una nueva religión, con postulados de carácter ocultista y exotérico, de clara influencia orientalista y rneícla Je muchas doctrinas derivadas de varias religiones, algunas de ellas anticristianas. Esta secta tuvo gran éxito e influencia en la Alemania nazi, adeptos a ella fueron filósofos como Rudolf Steiner e incluso se dice que el propio Adolf Hitler. A nuestros efectos, conviene saber que, para Kandinsky y su generación (Malévich, Mondrian, etc.), supuso una renovación espiritual que «funciona como un poderoso agente que conseguirá una promesa de salvación para los corazones desesperados y envueltos en tinieblas y noches», según escribió Kandinsky. Se trataba de una respuesta a su entusiasmo espiritualista de renovación y cambio. Para todos ellos, la creencia en un cambio en la concepción de ta estética que suponía el arte abstracto iba a convertirse en el camino hacia una revolución total en la sociedad y en la cultura. Kandinsky escribió en sus Recuerdos: «Creo en la filosofía del tuturo que además de estudiar la naturaleza de las cosas, estudiará también con especial atención su espíritu. Asi se creará la atmósfera que permitirá a los hombres sentir en su totalidad el espíritu de las cosas, experimentar este espíritu incluso de forma inconsciente, tal y como hoy día la humanidad en general experimenta la forma exterior de la cosas, hecho que explica que el público disfrute con el arte descriptivo (figurativo). Así la humanidad será capaz de experimentar, en primer lugar, lo espiritual en los objetos materiales y, posteriormente, lo espiritual en las formas abstractas y, a través de esta nueva capacidad, que se convertirá en el síntoma del «espíritu», podrá disfrutar de lo abstracto; del nacimiento del arte absoluto».

El elemento sin el cual no puede entenderse a Kandinsky, ni a Malévich, ni en definitiva a los pintores rusos rayonistas, suprematistas y constructivistas iniciadores del arte abstracto, es que todos ellos son hijos de su tierra, y sin tenerlo en cuenta es imposible entenderlo, porque interviene un elemento del que decía el poeta Joseph Brodsky que Occidente se había olvidado: el alma.
Aunque en el arte abstracto culmina de manera plástica el dualismo cartesiano que caracteriza la modernidad, y por tanto, la absoluta escisión entre la res extensa y la res cogitans, el alma de Kandinsky no es la conciencia cartesiana, sino el alma rusa. Por eso su idealismo no es moderno, sino platónico. La existencia de una verdad oculta frente a las apariencias de los objetos sirvió también a los artistas simbolistas y desde luego entronca con la tradición icónica del arte ruso.

Esta tradición está presente en la espiritualidad de los chamanes y por tanto de la secta de los zirineos, que Kandinsky estudió y conoció en sus viajes por la región del Vologda en busca de la etnología jurídica: «El chamanismo es un éxtasis visionario y sus pinturas son pictogramas de mundos imagínales de las zonas del alma y el cosmos».
Cuando Kandinsky pintó su primera acuarela abstracta en 1912, manifestó que lo que iba a remplazar al objeto no era otra cosa más, o un simple diseño o efecto decorativo, sino un efecto del «espíritu» que constituía en sí una obra de arte. Incluso llegó a decir que algunas de sus obras eran imágenes de sus estados espirituales o anímicos; él creía que los estados emocionales producen unas emanaciones que son visibles para algunos observadores, especialmente sensibilizados. Esto lo expresa incluso pictóricamente en alguna de sus obras, con el halo que a veces pintaba alrededor de sus figuras.

EL FINAL DE LAS VANGUARDIAS PICTÓRICAS
El concepto de icono ruso es distinto del icono como expresión formal acuñada por las vanguardias pictóricas de comienzos del siglo XX. Las vanguardias fueron en gran medida avanzada, o cuando menos expresión plástica, de los movimientos filosóficos que se sucedieron aceleradamente durante el primer tercio del siglo XX. En la cronología o evolución de este proceso puede detectarse un final común que tal vez exprese bien el final del transcurso permanente del realismo al idealismo. Este final es el formalismo. El proceso se caracteriza por ser una reflexión general en todas las disciplinas o actividades intelectuales o artísticas acerca de los medios de expresión utilizados en los respectivos campos, acerca de la forma. Se trata de una evolución que se aleja progresivamente de los contenidos reales, para alojar la realidad en la conciencia y finalmente en la pura expresión o lenguaje. Sucede en la filosofía, en la literatura, en la música dodecafónica, y siempre va delante en las distintas etapas, la correspondiente vanguardia pictórica, de entre las que la última es la abstracción.
En la semiótica pictórica, el significado, es decir, el sentido, lo que el significante representa, tiene dos formas: el significado icónico o representaciones mediante estereotipos simplificados formalmente de los objetos, por ejemplo el icono de jarra; o el símbolo, que es el sentido que se da al icono del objeto (en el caso de la jarra, el útero femenino). Tanto el carácter icónico como el simbólico está presente en la expresión pictórica que da lugar a la abstracción, por ello se ha dicho que constituye un «nuevo realismo pictórico». Platón creía que las propiedades de los objetos (como el color rojo o la forma cuadrada) existían independientemente de los objetos en que se percibían. Esta es la base realista (en realidad idealista) desde el punto de vista pictórico, que aunque no figurativa constituye el presupuesto de la pintura origen de la abstracción: «El artista levanta el velo de la existencia material para desvelar o revelar una realidad espiritual esencial y oculta» (Mondrian).

EL RADICALISMO FORMAL
Cuando los intelectuales y artistas de aquellos años clamaban por una crítica del lenguaje expresivo del pensamiento, lo hacían como una crítica moral contra el establishment de su tiempo. Esta crítica en la pintura se expresa bien en lo que Alfred Barr, el primer director del MOMA, cuando fue creado en 1929, llamaba «radicalismo técnico». Barr colocaba en orden cronológico un cuadro de Van Gogh, otro de Cézanne, una pareja de cuadros cubistas de Braque y Picasso y una pareja de abstractos de Kandinsky y Mondrian anteriores a la II Guerra Mundial; y observaba cómo se producía el abandono progresivo de las tentativas de imitación de la apariencia natural y la ruptura de las formas descriptivas, dejando el lenguaje de la representación pictórica y artística, implicado con las posibilidades expresivas del color, la forma, la línea y la propia sensibilidad compositiva del artista. Al final del paseo histórico que Barr proponía, nos encontramos con una desaparición total de la representación de la apariencia natural y del objeto mismo en el arte abstracto.
Explicaciones similares se han dado a la aparición del origen del arte abstracto, pero hay una muy simple y sencilla, que conviene recordar aquí: la aparición de la fotografía y del cinematógrafo, que sin duda sustituyeron con mucha mayor perfección a la pintura en la representación imitativa.
LAS ETAPAS DE KANDINSKY
Kandinsky conoció todas las tendencias y vanguardias de su época y muchas de ellas fueron ensayadas por él mismo a lo largo de su trayectoria artística. Durante los años 1900 a 1904 sus primeros pasos se podrían encuadrar en el simbolismo y la tradición rusa (páginas 57, 58 y 59). Desde el principio como escribiría en «Mirada sobre el pasado» (1913), hay un especial gusto por el rico cromatismo observado en el folclore ruso y una visión hacia la naturaleza, que se asemeja a la concepción de Cézanne en el sentido de que no se trata de observar la naturaleza sino sentirse parte de ella, vivir en ella y por tanto en el cuadro.
El camino por el radicalismo técnico lo inicia Kandinsky por el expresionismo fauvista. Las obras de esta escuela le impactaron a Kandinsky en su viaje a París en 1906. Ejemplo de esto es el cuadro Casas sobre el Obermarkt (página 61). En él, Kandinsky pinta con los colores amarillo y azul que luego utilizará en sus obras abstractas y que fueron sus favoritos a lo largo de toda su vida para conseguir la tensión cromática de dramatismo y lirismo que ambos colores puros le proporcionaron.
El propósito general de los colores como elemento básico de la pintura, junto con la forma, es según Kandinsky la armonía como motivación del alma. Escribió en uno de sus ensayos: «La armonía de los colores debe basarse únicamente en el principio del contacto adecuado con el alma humana este es el principio de necesidad interior. Al igual que en la música». La famosa Composición VII (página 63) realizada entre el 26 y el 29 de noviembre de 1913, que se exhibe en la exposición, se percibe mejor escuchando, por ejemplo, una composición atonal de Schönberg. En este cuadro Kandinsky pretende que el observador pase largo tiempo observándolo, experimentando «una forma cromática tras otra», en una visión que va siempre en sentido dinámico y diagonal. El mensaje del cuadro consiste en explorar las formas cromáticas, «pasear por el cuadro», relacionar pintura, grafismo, color y forma.
El objetivo que se pretende conseguir con el lenguaje abstracto expresado en este cuadro es manifestar la «necesidad interior». Escribió Kandinsky: «Los elementos de construcción del cuadro no radican en lo externo, sino en la necesidad interior, el espectador está acostumbrado a buscar la coherencia externa de las diversas partes de un cuadro. El periodo materialista ha producido en la vida un espectador incapaz de enfrentarse simplemente al cuadro […] en el que lo busca todo menos la vida interior del cuadro y su efecto sobre la sensibilidad. Cegado por los medios externos, el ojo espiritual del espectador no busca el contenido que se manifiesta a través de esos medios».
En conclusión: la forma es el medio plástico pictórico del contenido interno, es la expresión material del contenido abstracto. Es, en fin, la pintura de las ideas, los sentimientos y las emociones, que habitan en el alma rusa de Vassily Kandinsky.
Se cuenta que, en cierta ocasión, un sagaz periodista preguntó a Woody Allen: « ¿Es verdad, Mr. Allen, que el cine imita a la vida?». Y sin pensarlo dos veces, el cineasta respondió: «Sí, es verdad». Y añadió: «Lo malo es que la vida imita a la televisión».
Soy consciente que buena parte de la actual literatura ensayística sobre la televisión y sus efectos trata de desmentir las tesis «catastrofistas» que sobre el medio televisivo han expresado no pocos intelectuales, a quienes se acusa de no conocer a fondo la televisión, de despreciarla, de no verla y de no hacer el más mínimo esfuerzo por profundizar en este medio, que tanto influye en nuestra sociedad. Por mi parte, yo sólo me considero un profesor universitario que ha pasado buena parte de su vida trabajando en el medio televisivo y que, en la actualidad, trata de comprender un medio que ama profundamente, desde su actual ocupación, que es básicamente la labor investigadora. Por eso, las observaciones que me dispongo a hacer, que podrán parecer muy radicales a algunos, deben ser interpretadas desde el más profundo cariño a un medio cuyos contenidos he visto cómo se han ido degradando paulatinamente.
LA TV ACTUAL, UN SUPERMERCADO
Comenzaré diciendo que el modelo generalista actual ha convertido la televisión en un gran supermercado: la televisión vende de todo. Y se ha convertido también en una escuela de formas y modos de vida existentes o inexistentes, porque desde el momento en que comparecen en la denominada «ficción televisiva», acaban adquiriendo forma en nuestra sociedad. Por ambos motivos, la televisión tiene una importancia muy superior a la que muchos le atribuyen, incluso aquellos que dicen que pueden prescindir de ella.
Este modelo, que es el actual, se rige por unas normas muy precisas, casi sibilinas, en las que al público se le concede la oportunidad de ser árbitro y juez, según confiesan los gestores de este negocio, pues son las audiencias —dicen ellos— las que con su veredicto crean el mercado de programas.
Pero esto no es del todo cierto, según cabe comprobar repasando brevemente el panorama actual y el que se intuye para un futuro, no tan incierto como algunos creen.
LA PALEOTELEVISIÓN
La etapa fundacional del modelo televisual —la denominada paleotelevisión— consistía en una televisión generalista, tutelada por el Estado, para realizar las funciones que se consideraban específicas y que eran las de informar, formar y entretener. El modelo se basaba en el principio de «servicio público», un concepto merced al cual el Estado tutelaba este instrumento de comunicación, al que consideraba con recelo, como a un arma de doble filo. El «servicio público» se cumpliría aquí, como señala Dominique Wolton, realizando «programas educativos y culturales»1.
Este modelo busca al espectador pasivo; es la televisión que instaura un nuevo sistema de vida alrededor del aparato receptor. Supone el primer acercamiento al entretenimiento familiar catódico, la aproximación al «directo» y, con él, al mundo que deja de ser una incógnita y se presenta en forma de imágenes cotidianas y atractivas, pero que no exigen abandonar el salón de la casa.
Una televisión que tiende a poner el énfasis en lo doméstico, por tanto, pero también que guarda las distancias, que habla al espectador de usted. Una televisión que instaura una nueva forma de relación social, en la medida que sus contenidos sirven de referente diario en las conversaciones en la oficina, en el mercado, en el colegio o en el patio de vecindad.
Este sentido pedagógico alcanza en este punto su vertiente más práctica, contemplada desde el punto de vista del Estado tutelar.
LA NEOTELEVISIÓN
El fenómeno denominado deregulation traerá a Europa un nuevo modelo televisivo, conocido como neotelevisión, según un término propuesto por el semiólogo Umberto Eco en un artículo de 1983, titulado «La transpareza perdutta». La relación paternalista y verticalista entre el emisor y el espectador, típico de la etapa anterior, se ve sustituido ahora por la investigación, por parte del emisor, de una relación fiduciaria con el público, esencial en todo régimen de competencia que quiere asegurarse la fidelidad de la audiencia.
El cambio es colosal. Si en la paleotelevisión el espectador era el destinatario, la neotelevisión impone un modelo comercial basado en el de las networks norteamericanas, es decir, aquel en el que la publicidad se convierte en la primera y fundamental fuente de financiación de cada una de las cadenas en competencia. Por ello, y para alcanzar la optimización publicitaria, hay que conseguir audiencia. Ya no se necesita llegar al público para que conozca los programas, como sucedía en la televisión de Estado; se necesita al público —transformado en audiencia—, para poder venderle la publicidad y así subsistir o, en el mejor de los casos, ganar dinero.
El nuevo modelo busca a toda costa la audiencia como moneda de cambio para conseguir la publicidad, que es su fuente de ingresos.
El término audiencia está íntimamente relacionado con las técnicas sociológicas de investigación, en las que se basan los estudios de marketing. A su vez, los programas pasan a denominarse productos. Asistimos a un claro proceso industrial de fabricación de productos (los antiguos programas) con un objetivo muy claro. Éstos deben ir dirigidos a un público potencial, que se consideran targets específicos, dentro de una oferta total y sinérgica (la programación) con la intención de obtener los mejores resultados (índices de audiencia): ellos son los que permitirán realizar, gracias a la publicidad, los mayores ingresos económicos. Toda una batería de estrategias de marketing sirven para capturar al espectador, objetivo único de las televisiones. El conocimiento de los espectadores en su calidad de posibles compradores, el de sus formas de vida, sus preferencias a la hora de la compra, compondrán un amplio sistema en que se dividirá a los espectadores, atendiendo a diversas clasificaciones (sexo, edad, lugar de residencia, poder adquisitivo, etc.).
Los programas deberán buscar sus afinidades con los productos publicitarios, pues no en vano la televisión comercial entroniza a la publicidad como el corazón de ese nuevo organismo. Sin ella no existe la televisión. La publicidad, en forma de spots —este no será el único aunque sí el principal formato publicitario—, no es ya la frontera entre programa y programa, que suponía una tregua para el espectador de la televisión monopolística. Ahora, para poder alcanzar el beneplácito de la audiencia y no producir su fuga a otras cadenas, la publicidad se introduce dentro de los propios programas, formando parte de un todo.
Esto lo ha explicado Raymond Willians, para quien «la eliminación de los intervalos entre los diferentes programas, sustituidos en los canales comerciales por la publicidad, han dado lugar no tanto a las interrupciones cuanto a un nuevo tipo de fenómeno comunicativo: un flujo planificado en el que la sucesión real no es la secuencia de los títulos de los programas anunciados (en periódicos o revistas), sino esta secuencia transformada por la inclusión de otro tipo de secuencia, de manera que juntas componen el flujo real, la real "televisión"»2.
LA AUDIENCIA COMO MONEDA DE CAMBIO
Por su parte, la programación se establece con un conocimiento completo de las diarias migraciones de los espectadores, y se articula sin perder de vista las horas de mayor audiencia potencial y combinando el precio de los programas para conseguir una oferta, a la vez que plural, rentable.
Todo este fenómeno ha dado lugar a una feroz competencia que inauguró un sistema de estrategias y tácticas que tenían su origen curiosamente en el argot bélico. No es casual que John Haldi, uno de los tratadistas norteamericanos de la programación televisual, afirmase que «la programación es la guerra. El programador es el capitán. Su objetivo, ganar la batalla»3.
El espectador pasa a ser una mercancía. De alguna manera queda explicitado este pensamiento en un modelo muy gráfico, del que con frecuencia se servía Silvio Berlusconi para definir la televisión: «La televisión comercial — decía— es un tren; los vagones son los programas; y los pasajeros, que van cómodamente sentados, son los spots publicitarios»4. El ejemplo no puede ser más significativo.
En la denominada televisión comercial los programas son la excusa para que los spots publicitarios puedan venderse. Esta subordinación de la programación a la publicidad hace que las expectativas sobre el crecimiento del mercado publicitario sean las primeras y más importantes constantes a considerar a la hora de establecer un canal de televisión.
Los programas buscan la seducción del espectador para que la publicidad, incrustada en ellos, pueda ejercer su poder persuasor de venta.
La importancia de la audiencia así entendida resulta vital. Como asegura Paolo Carmignani, «para entender la importancia que, en cada empresa televisiva, tiene el dato referido a la audiencia, es necesario tener presente cómo la televisión es la única organización industrial que no puede conocer por la vía, llamémosla automática, la cantidad de mercancía que vende»5. O en palabras de Carlo Freccero: «La televisión comercial es la única forma de mercancía de la industria cultural que, en realidad, realiza su valor mientras es consumido»6.
FRACCIONAMIENTO DE LA AUDIENCIA
Interesa, por tanto, a las empresas televisuales conocer tanto cuantitativa como cualitativamente la audiencia, su composición y su estructura. Sobre ella se levanta el sistema entero de la televisión denominada comercial, y que corresponde al modelo de la neotelevisión, que comentamos. Con ella se ha producido ya un fraccionamiento de la audiencia, fruto del nacimiento de nuevos canales y de una reñida competencia entre ellos.
Conocer la audiencia y cuantificarla es el objetivo principal de los estudios de audiencia, que se transforma en instrumento imprescindible para todos los involucrados en este negocio. Los resultados quedan refrendados cada veinticuatro horas.
Con el descubrimiento de la audimetría — e l conjunto de técnicas y de métodos de investigación destinados a cuantificar el consumo televisivo y determinar la composición del público—, el negocio televisual cambia radicalmente. Los resultados diarios servidos en diferentes formas o archivos, según el destino, conforman el análisis diario de este consumo y sirven para hacer reflexionar a los actores (publicitarios, centrales de compra, directivos de las cadenas y programadores) sobre si sus previsiones y programación eran las adecuadas, y para reflexionar sobre las estrategias programáticas que deben emprender a continuación.
Lógicamente, el sistema ha sido objeto de variadas críticas en muchos países. Si bien las empresas dedicadas a las mediciones de audiencia certifican la veracidad y rigor científico de los resultados que ofrecen, no debemos olvidar que en la historia de la neotelevisión se han registrado notables polémicas sobre el tema, en Italia lo mismo que en Francia o en España. Y también en Estados Unidos, donde la competencia entre Arbitran y Nielsen, dos empresas de audimetria, dio lugar a una comisión investigadora que a su vez emitió el famoso informe CONTAN, donde se ponían en tela de juicio la veracidad de los datos.
Las audiencias y su medición representan, desde luego, el talón de Aquiles de este nuevo sistema, pues basta con que «la muestra» esté viciada, o no sea representativa, para que los resultados obtenidos por extrapolación no se correspondan con la realidad. La televisión moderna —se ha dicho— se está perdiendo en el laberinto de los datos de audiencia y no se puede afirmar con certeza que el público obtenga una televisión que responda más a sus necesidades o a sus gustos.
ALGO MÁS QUE NÚMEROS
Como afirma el profesor Francisco Iglesias: «El estudio de las audiencias no se agota en el análisis de cuestiones técnicas ni comerciales. Es cuestión que presenta también perfiles con trascendencia psicológica y social, pues ver masa en los destinatarios o pretender reducir la persona a mero numero, es un serio reduccionismo. En este sentido, es preciso recordar que el marketing no está al servicio de la oferta, sino de las demanda o, por mejor decir, al servicio de la satisfacción de la demanda, logrado gracias a una oferta debidamente realizada, para conseguir resultados beneficiosos para una y otra parte. Dicho en otros términos: así como es propio del marketing actuar sobre la demanda e incluso generarla y desarrollarla, no le corresponde, en cambio, crear y desarrollar las necesidades que se pretenden satisfacer. Lo propio del marketing es identificar necesidades y, con la oferta, darles satisfacción»7.
Difíciles de entender por el gran público los diversos resultados de audiencia que proporcionan los datos de audimetría, las manos expertas de los especialistas en marketing consiguen, en ocasiones, que cantidad se confunda con calidad. Y así se hace referencia a la bondad de los programas en función de su acogida por el público. A este respecto Dominique Wolton ha resumido este problema argumentando que «Aquello que ha sido definido como el "modelo de la televisión privada" sólo ha consistido en la burda aplicación de una regla elemental, según la cual la demanda determina la oferta. De esta manera el conocimiento de los gustos del público llega a ser la única condición de la producción, ya que las técnicas cada vez más avanzadas para medir la cantidad de público que está mirando un canal le permiten convertirse en la Biblia de toda política de programación, tanto en las televisiones públicas como en las privadas. Dicho de otro modo, la televisión ha quedado atrapada entre las tres coacciones: la económica, la consumista y la tecnológica, sin otra orientación que una simple adaptación con sentido común»8.
Si bien la medición de las audiencias representa hoy el valor de los programas y las programaciones, sus resultados como tales responden sólo a la necesidad del mercado de tener algunos criterios por los que regirse. Por tanto, soy de los que piensan que estamos ante una convención entre los actores, que no son otros que los canales de televisión y las agencias de publicidad o los anunciantes.
EL CONSUMO TELEVISIVO
Detengámonos ahora en otro tramo importante: el del tiempo de ocio y el consumo televisivo, ambos imbricados en el modelo de telespectador que ha creado la audiencia televisiva.
Una simple mirada a las estadísticas nos demuestra que en el año 2002 los españoles consumíamos 211 minutos de televisión por habitante y día, tres minutos más que el año anterior. Ello supone que, después de trabajar y dormir, la tercera actividad de los españoles, al menos estadísticamente, es ver la televisión.
Tres horas y media de consumo diario es definitivamente excesiva para unas programaciones generalistas, donde únicamente se ofrece información y entretenimiento. Esto supone que en nuestro día queda muy poco tiempo para otras alternativas de ocio, desde la lectura a la asistencia a espectáculos pasando por un rato de charla familiar.
Pero ¿cómo se comporta ese telespectador cuyo consumo vigilado le convertirá en audiencia?
La pluralidad de canales y el haber llegado cada uno a un non stop programático —veinticuatro horas de emisión diarias—, ha hecho imposible para el espectador retener siquiera las citas horarias en las que se emiten los programas más importantes, que se pierden ya en un mare mágnum de ofertas de programación y horas de emisión.
El ejercicio de la denominada «contraprogramación» y, a veces, una cierta falta de seriedad en el anuncio de los programas por parte de los canales, han convertido las informaciones diarias de los periódicos en lugares poco fiables para conocer la verdadera oferta del día. El espectador, llevado por una falsa comodidad, ha preferido, sobre todo en el horario del llamado prime time, hacer un rápido barrido sobre los canales y elegir sobre la marcha, a organizar la sesión televisiva en base a la oferta previamente consultada en la programación que ofrecen diariamente los periódicos.
EL ESPECTADOR COMPULSIVO
Esta actitud del telespectador nace con esa nueva etapa de la neotelevisión que ha traído consigo el fraccionamiento de la audiencia e inaugurado un nuevo proceso denominado narrowcasting.
La televisión comercial coincide más o menos en el tiempo con un descubrimiento técnico que hace cambiar por completo la forma de ver televisión: el mando a distancia. Un simple aparato que facilita el cambio de cadena en el televisor doméstico sin necesidad de que el usuario se levante a pulsar el botón del aparato cada vez que quiera sintonizar otro canal; un aparato, que nacía para facilitar una acción puramente mecánica y doméstica, se convirtió rápidamente en el tercer brazo del espectador. Este, cada vez que no encuentra un programa de su agrado, con una simple pulsación de la tecla consigue sintonizar otro y otro programa, hasta acabar con la oferta diaria. Así nacieron una serie de comportamientos de la audiencia, a los que sociólogos y comunicadores han dedicado ya variados estudios.
Por zapping se entiende la acción que realiza el telespectador al cambiar de cadena en el momento que comienzan los bloques publicitarios. Muy diferente de lo que se denomina flipping, que consiste en saltar de una cadena a otra para saber qué es lo que está ofreciendo cada una. O del grazzing, que es la actitud por la que el televidente salta de cadena en cadena hasta encontrar algo por azar.
Estas actitudes demuestran claramente que existe una nueva forma de ver la televisión, muy diferente de aquella en la que para cambiar de canal era necesario levantarse de la butaca y pulsar el botón de encendido o de cambio. El mando a distancia condiciona la forma de ver y comportarse ante la televisión. Y lo hace de tal manera que las propias estrategias generales de programación tuvieron que tener en cuenta esta nueva posibilidad del espectador.
Nació así el perfil de un espectador nervioso e insatisfecho, que cada día, siguiendo un ritual, consume horas de televisión de una manera compulsiva. Su retrato robot responde al de la persona que, sin criterio de ningún tipo, comienza a ver un programa, lo abandonaba en la primera pausa publicitaria para buscar otro que también abandona por otro por la misma causa y así sucesivamente hasta que, casi por aburrimiento, se deja seducir por el último. El resultado son varias horas de televisión en una emisión mosaico, compuesta por media hora de una película, diez minutos de un concurso, la mitad de un telediario y el final de una serie. Este espectador nervioso e impenitente a la hora de manejar el mando a distancia, parece no sentirse a gusto con ningún programa; busca entre la programación sin haberse informado antes de aquello que las televisiones le ofrecen ese día.
No es por tanto extraño que nada le satisfaga o que compulsivamente apriete el botón del mando a distancia para buscar continuamente nuevas ofertas. Los cortes publicitarios, tan frecuentes y largos, ayudan a este tipo de espectador a seguir buscando, en una actividad que a nada conduce sino al cansancio o hastío.
Lógicamente, esta actitud es más peligrosa en los espectadores más desprotegidos, los niños, que aprenden de los adultos que el mando no es sólo una facilidad técnica, sino un instrumento de diversión. En definitiva, aprenden a ver la televisión zappeando; y difícilmente llegan a concebirla, sin ese movimiento que para ellos deviene reflejo. Es muy difícil convencer a un niño de que el mando es sólo una ayuda técnica, no un instrumento sin el cual no se podrían contemplar las emisiones. El resultado es que se contagian de esa forma compulsiva de ver televisión. Y eso que los niños, como se ha demostrado sobradamente, son los más fieles seguidores de los programas, cuando éstos resultan de su agrado: su fidelidad hacia sus preferencias es muy superior a la de las personas adultas.
COUCH POTATOS, VIDEO VEGETABLES
¿Es la fascinación del medio sobre el espectador, o la falta de criterio de éste para aceptar lo que le echen, lo que hace que se consuman indiscriminadamente los programas? Parece que hay algo de ambas cosas.
En primer lugar, la televisión como tal es una tentación para las personas no demasiado ocupadas o con tendencia a dejarse atraer por pasar el tiempo frente a ella, sin elección previa de programas, simplemente por el gusto de «ver lo que dan». En este sentido, la tentación de ver la televisión puede llegar a ser patológica. Ya se está estudiando este fenómeno de los espectadores pasivos, capaces de «consumir» más que de «ver» televisión, y a quienes se conoce como couch patato o video vegetables.
El curioso nombre de couch potatoes, según cuenta Ien Ang, procede de un grupo de impenitentes consumidores de televisión en Los Ángeles, que en 1976 decidieron agruparse bajo este nombre. Los modos de hablar y de comportarse de ese tipo de consumidores están más próximos al estereotipo televisivo que a la realidad que les circunda, hasta el punto de acabar transformándose en una forma de marginación social.
Este espectador compulsivo del que hablamos no se forja en un solo día, sino a través del consumo indiscriminado de televisión, sin criterio y, lo que es más importante, sin espíritu crítico frente a lo que se le ofrece por la pequeña pantalla.
Esa contemplación fragmentaria de programas —sean de ficción, informativos o de entretenimiento— no le proporcionarán una dimensión total y equilibrada de la emisión, de la que se quedará más bien sólo con retazos y aspectos concretos, pero sin suficientes elementos de juicio para valorarla. Este espectador, atrapado así con una visión mosaico de la televisión, hecha de retazos de programas, difícilmente podrá escapar a la seducción de la cara consumista del medio. Por eso suele ser un entusiasta de marcas y modas sugeridas, de tics aprendidos en programas o formas de vestir o hablar que, vía televisión, pronto se imponen.
Ya hemos dicho que la televisión, además de otras cosas, es un gran supermercado y una escuela de formas de vida. Y cada vez más. Algunas veces, incluso, estilos o formas de vida inexistentes cobran carta de naturaleza gracias a la «ficción televisiva». Es el efecto mimético que propicia el medio.
SABER ELEGIR
No hay que culpar siempre a las televisiones de todos los males. El saber escoger, el saber qué se debe ver y el ver lo que se debe, forman parte de la obligación que la persona tiene como espectador de televisión y está íntimamente ligado a su libertad.
En este sentido existe también un tipo de consumidor que pregona la excelencia de aquello que cree políticamente correcto en televisión, aunque no haga suyas estas sugerencias. Si un programa de telebasura tuviera el rechazo que al menos se percibe en determinadas conversaciones, no llegaría nunca a obtener audiencias millonarias y desaparecería de las parrillas por falta de audiencia. Si de verdad muchos creyesen lo que dicen cuando afirman que los documentales son magníficos, éstos gozarían de mejores audiencias de las que habitualmente consiguen. En definitiva, frente a los demás, muchos callan sus verdaderas preferencias.
La racionalización del tiempo de ocio es un buen camino para no caer en la trampa y convertirse en un consumidor compulsivo de televisión. Y al mismo tiempo, hay que ser más conscientes de que es en nuestras manos donde está, muchas veces, la solución a tanta crítica al medio televisivo que, si bien debe existir, debería empezar por una autocrítica personal de cada uno como telespectador.
Pero también es verdad que algunos responsables de los canales erigen, por conveniencia, a la audiencia y la entronizan como el paradigma de la ecuanimidad. Las audiencias mandan, ellas son cada día, con su veredicto, las que conforman nuestra actividad, dicen.
En cierto modo, el actual modelo generalista se está difuminando sumergido en el marasmo de dígitos a la que le ha conducido esa dictadura del audímetro. De tal forma que no se puede asegurar ciertamente que sus contenidos satisfagan realmente a los espectadores, ni siquiera que se esté haciendo la televisión que les gusta.
EN EL DOMINIO DE LA CUALIDAD
El argumento más extendido por parte de las televisiones es aquel de que en todo momento se da a los espectadores lo que éstos reclaman. Y para confirmarlo exhiben las cifras de audiencia. Es más, se elevan a categoría moral algunos simples resultados de audiencia. En el fondo, la falacia está servida. Cantidad equivale a calidad. Un programa es bueno si es seguido por una cifra alta de telespectadores. Se suele hablar mucho de raiting y de share, dos parámetros que indican sólo cantidades de consumo televisivo, pero se habla poco de índice de agrado de un programa, un parámetro que existe pero que en pocas ocasiones se recurre a él.
Conceder la soberanía televisiva a la audiencia en términos sólo cuantitativos es una de las grandes falacias. Quizás llegados valga la pena tener en cuenta las acertadas reflexiones de Popper, cuando decía: «Resulta muy instructivo ver cómo los responsables de televisión enjuician hoy el problema desde su medio… Hace pocos años me encontré en Alemania con un director de una cadena que junto con sus colaboradores asistió a una de mis conferencias. Prefiero no citar nombres. Este director defendió una serie de tesis horrendas que, naturalmente, consideraba en su totalidad como justas y acertadas. Por ejemplo, opinaba que "hay que ofrecer a la gente lo que ésta quiere ver". ¡Cómo si de la mano de los porcentajes de audiencia pudieran comprobarse sin más los deseos de las personas! Lo que puede leerse en los porcentajes de audiencia es, en el mejor de los casos, las preferencias en la selección de los programas ofrecidos. Por ello no podemos saber en absoluto, de las manos de estas cifras, lo que deberíamos o tendríamos que ofrecer; tampoco el director de esta cadena de televisión puede saber lo que elegiría el público si hubiera otras ofertas alternativas. Desde luego, estaba convencido de que sólo es posible elegir dentro del marco de lo que es ofrecido realmente. Pero no podía haber una alternativa. La discusión con él fue realmente increíble. Al final opinó incluso que su actitud estaba corroborada por los "principios de la democracia"; se sentía obligado a seguir la dirección que él consideraba como democrática, y que era capaz de comprenderla, en su opinión más popular»9.
PROGRAMAS-AUTOBÚS
Si tenemos en cuenta esos índices de audiencia a los que nos referiremos en términos críticos en cuanto a su solvencia, una simple mirada a un día cualquiera bastará para darnos cuenta que la gran mayoría de los espectadores tiene una visión parcial, fraccionada, mosaico, de la programación, en cuanto ven retazos de programas y sólo ven algunos, muy pocos, en su totalidad.
Este fenómeno, que productores y programadores asumen, da como resultado la necesidad de crear un tipo de formatos diversos pero con una misma estructura, ligera, fácil, propia de ese tipo de audiencias que «picotea» en la programación.
Este planteamiento, al menos en las televisiones generalistas, está relacionado con esa forma de ver televisión a la que antes aludíamos, cada vez más compulsiva y que lleva a los espectadores a consumir televisión saltando de programa en programa.
Así nacen esos programas de tipo mosaico. Programas que facilitan el seguimiento de los mismos y la integración de la audiencia cuando el programa lleva ya tiempo de emisión. Son formatos light, de estructura sencilla y de fácil asimilación por parte de los telespectadores, que permiten ser seguidos en cualquiera de sus tramos, sin necesidad de conocer su comienzo o arranque o esperar su desenlace o final. Son puzzles o «programas autobús», ya que permiten subirse a ellos y bajarse en cualquier momento sin perder trama o ligazón alguna.
Su catálogo comprende desde determinados formatos de tipo concurso hasta programas de «cotilleo» llamados del corazón, «crónicas sentimentales», pasando también por las nuevas fórmulas de talk show. Y por supuesto tienen también cabida los nuevos formatos bautizados como reality soap y no show, en clara referencia al carácter melodramático de las telenovelas.
NUEVOS PROTAGONISTAS
El actual encarecimiento de los denominados costes de producción ha conducido también a recurrir a esas fórmulas light a las que hacíamos referencia, desarrollándolas de maneras diversas. Una de ellas consiste en convertir al público telespectador en el auténtico protagonista de los programas. Existe una cierta tendencia a entronizar al hombre de la calle, al telespectador medio, como principal protagonista de los programas. Bien se trate de los tradicionales concursos modelados y encelofanados de forma que parezcan más novedosos: los vídeos amateurs que convierten en auténticos realizadores de televisión a los telespectadores, u otros en los que sus hijos emulan a los cantantes de moda, vistiéndolos como ellos y creando alrededor de ellos el glamour que rodea a éstos, o bien en curiosas fórmulas «modernas» recientes que, so pretexto de experimentos sociológicos propios de una televisión avanzada, entronizan de lleno la telebasura.
El espectador cambia así su papel convirtiéndose en alma y protagonista del show televisual, en un modelo donde hay que ganar audiencia y showmatizarlo todo. La audiencia es la protagonista. El telespectador, convertido en protagonista, busca el minuto de celebridad al que todo hombre aspira, según Warhol.
Detengámonos aquí en aquellos que se han calificado como reality soap y cuyo ejemplo más representativo lo tenemos en el formato holandés de la productora Endemol, «Big Brother» o «Gran Hermano». El encerrar a una serie de personas en una casa aislada, rodeada de ojos catódicos, asistiendo a sus confesiones y a las sucesivas eliminaciones hasta que uno solo quede finalista, era todo el argumento de este formato renovador. En España, Telecinco se ha servido por tres años del mismo para completar una experiencia programática que he bautizado como «estrategia de irradiación», orientada a fidelizar la audiencia.
El experimento ha servido para que durante los meses que ha durado la experiencia de «Gran Hermano», Telecinco liderase las audiencias mensuales, pero que volviera a perderlas en el momento en que acabó el programa. En su segunda y tercera edición, los resultados fueron parecidos pero denotan un cierto cansancio del público.
También Antena 3, participada accionarialmente por Telefónica, que había comprado la productora Endemol, propietaria de estos formatos, puso en antena otro de ellos «El Bus». El ejercicio programático era el mismo — l a «estrategia de irradiación»—, sólo que esta vez el programa en prime time no alcanzó la audiencia esperada y por tanto el efecto irradiación no funcionó. El resultado fue una notable crisis en la parrilla de programación de la estación otoñal en ese canal y la demostración de la fragilidad de las parrillas si éstas no se construyen sólidamente.
FIDELIZAR A CUALQUIER PRECIO
Vemos así que esos experimentos sociológicos son en realidad estrategias de programación orientadas a la rápida fidelización de la audiencia y a técnicas persuasivas que mejoren los resultados de ésta, en las franjas menos agraciadas de la programación de las cadenas emisoras. Fidelizar a cualquier precio es el objetivo, alcanzar audiencias que proporcionen rápidos beneficios.
En ese sentido y sin entrar en pormenores apuntaría solamente algunas de las consecuencias a que esto nos ha llevado: un mayor nivel de manipulación en los contenidos (todo vale con tal de conseguir «espectáculo»); trivialización de los temas importantes, tratados por personas no cualificadas; afán por inmiscuirse en la intimidad de las personas; falta de interés por todo aquello que representa una renovación creativa.
Si la televisión aparece dominada por la posibilidad de que la audiencia incida sobre los programas (muchos de ellos han tenido que ser suspendidos precisamente por falta de audiencia), el papel del espectador singular está siempre reducido a la uniformidad del comportamiento mediático. Porque son las televisiones quienes aprietan la soga al cuello, son ellas en definitiva las que cancelan los programas. A veces lo hacen de una manera absurda, de improviso; otras por falta de paciencia o de una mala estrategia programática. Programas que podrían haber dado su juego son sacrificados en aras de la escasa audiencia conseguida. Por otra parte, los espectadores apenas han tenido conocimiento de ellos, simplemente han visto otros sin tener tiempo de aproximarse a esa novedad que podría haber gozado de su estima.
Hemos visto cómo el mal gusto se ha ido apoderando de algunos programas. Cómo determinadas estratos sociales han dejado de ver televisión y cómo ésta se somete a un rígido control de compraventa, en el que el espectador es todopoderoso a la vez que se convierte en la moneda de cambio de este negocio.
Apuntaba al principio que este análisis iba a resultar un poco radical. Afortunadamente, hay todavía programas de interés y valor en las parrillas de programación.
EL NARROWCASTING
Nos hemos referido hasta ahora al modelo generalista, ese modelo que tiene que ver con la neotelevisión, y que abre una nueva etapa con un todavía mayor fraccionamiento de la audiencia, debido a la multiplicidad de ofertas. De alguna manera se corresponde con esa etapa que se ha venido a denominar narrowcasting, un proceso superior al broadcasting cuyo referente sería la televisión que hasta hace años disfrutábamos.
Pues bien, el narrowcasting hace referencia a un tipo de programación muy cuidada, dirigida a un público concreto y específico, un eslabón más en esta cadena: programas concretos para públicos específicos. En definitiva, si el broadcasting suponía el pret a porter televisivo, con el narrowcasting hemos llegado al traje a medida. La irrupción de los new media ha venido a enredar más esta compleja madeja televisiva. Los satélites, el cable y sobre todo la digitalización —o mejor dicho, la convergencia de estas nuevas tecnologías— están desarrollando ya nuevas fórmulas que traen como consecuencia lo que, ya en los años setenta, se denominaba «televisión de la abundancia». A éstas habrá que añadir los teléfonos de nueva generación; apunto aquí sólo la importancia que éstos van a tener como nuevo soporte de los contenidos televisuales interactivos.
Estas tecnologías van a intervenir directamente en los contenidos. Va a cambiar —de hecho ya está cambiando— la forma de ver y entender la televisión y, por tanto, el negocio televisivo y quizás también la manera de hacer y construir los productos televisuales. En una primera etapa van a convivir programas convencionales con otros novedosos de servicios, ampliando la gama de prestaciones de la televisión; más tarde aparecerán nuevos formatos.
Cuatro ventajas podemos adscribir a lo digital frente a lo analógico: a) aumento de la cantidad de programas (o canales) disponibles en emisoras que lo permiten o hacen posible, b) Mejora de la calidad de la señal y, por tanto, de la imagen que se recibe, c) Oferta de servicios (de valor añadido) y no sólo de información y entretenimiento, d) Posibilidades cada vez mayores de interactividad.
En este nuevo panorama, donde la publicidad no será la única y más importante fuente de financiación, parece que la medición de audiencias estará destinada a un cambio radical, buscando más el índice de agrado del programa, por parte del espectador, que su consumo indiscriminado.
Hay que pensar que estamos ya frente a un tipo diferente de hacer televisión; de ruptura definitiva con el sistema generalista. Estamos ante el fenómeno que ha venido a denominarse time shifting: ruptura de la programación horaria tal y como hoy se entiende, derivado de la programación personal del consumo, posibilitada por las nuevas tecnologías, que lógicamente dejaran ver sus efectos sobre la forma de gestión del negocio televisivo.
¿Qué quedará del broadcasting? Este sistema convivirá durante algún tiempo con el narrowcasting integrándose dentro de él como una oferta más. El avance de las televisiones temáticas es un hecho imparable, a pesar incluso de la baja calidad con que éstas han despegado en algunos países. Según Screen Digest, sólo en Europa han nacido en los últimos años más de cien canales temáticos. El ritmo de crecimiento es notable. Es cierto que muchos de ellos apuntan al deporte y al cine, pero otros muchos se dirigen al mundo de la música, la divulgación médica o científica y las artes.
¿Podemos ver en este fraccionamiento de la audiencia una solución al problema de la televisión generalista, que es pan para todos, y una nueva posibilidad de una televisión de mayor calidad? ¿Una alternativa al telespectador compulsivo? La respuesta estará siempre en los contenidos y en la reacción de este nuevo espectador frente al nuevo reto.
Quisiera haber llamado la atención sobre el papel que juega el espectador televisivo atrapado en ese juego de audiencias y en ese nuevo paisaje dominado por tecnologías emergentes. Con todo, la clave está, insisto, en los contenidos de los programas.
Por ello quiero terminar con una receta. Es de sir David Puttnan, quizás el más reconocido productor de cine y televisión de Europa, entre cuyos títulos están La misión, Carros de fuego o Los gritos del silencio. Con motivo de la concesión del premio Luka Brajnovic (un profesor mío, que ha dejado honda huella en algunas generaciones de periodistas) reconocía Puttnan: «Los artistas creativos y aquellos que trabajan con ellos, tienen, a mi juicio, la responsabilidad moral ineludible de arriesgarse, de inspirar, de preguntar, de afirmar, así como de entretener. Las películas, los programas de televisión, los nuevos medios electrónicos son mucho más que entretenimiento y mucho más que oportunidades de negocio. Sirven para reforzar o recabar la mayoría de los grandes valores de la sociedad. Si la industria falla en el uso responsable y creativo de estos medios, si se tratan simplemente como "industrias de consumo" más que como fenómenos culturales complejos —que eso son propiamente—, entonces se corre el riesgo de dañar, de manera irreversible, la vitalidad de la sociedad».
Hay quienes proclaman que debemos reinventar la televisión. Pienso que sólo desde la creatividad y el respeto al espectador podemos hacer de este medio un instrumento de información, recreo amable, estimulante e inteligente que nos haga cada vez sentirnos más libres como personas y como espectadores.
NOTAS
1 · Dominique Wolton, Elogio del gran público, GEDISA, Barcelona, 1992, pág. 25.
2 · Raymond Willians, Television, Tecnology and Cultural Form, Routledge, Londres, 1990, pag. 144.
3 · J. Haldi, cit. por W. Heat Sindey en Brodcast Cable Programing, Wasword Publishing Company, Belmont, 1989, pág. 4.
4 · José Ángel Cortés Lahera, La estrategia de la seducción, EUNSA, Pamplona, 1999, pág. 58.
5 · Paolo Carmignani, «L’ascolto», en Guido Barlozatti (comp.), II palinsesto, Franco Angeli Libri, Milán, 1986, pág. 131.
6 · Carlo Freccero, «La valeur d’usage de l’audience», en Dossier de l’audiouvisuel nº 41, pág. 16.
7 · Francisco Iglesias, «La maduración de las audiencias», en Comunicación y Sociedad, vol. VIII, núm. 1, págs. 98 y 99.
8 · Dominique Wolton, cit., pág. 33.
9 · K. R. Popper y J. Condry, Cattiva maestra televisione, I libri di Rest. Donzeli, Milán, pág. 35.
Apenas cabe hablar de la existencia en Portugal de una industria cinematográfica propiamente dicha —cosa no muy extraña, en realidad, en un país que sólo después de la I Guerra Mundial empezaba a industrializar su economía—. Si desde el siglo XVIII Portugal se fue alejando de Europa, ya en el XIX era uno de los países más pobres del continente, no obstante poder ser contada, al mismo tiempo, como una de sus naciones más antiguas. En 1900, el 75% de la población portuguesa era analfabeta; en 1960, el 35%; y hoy, todavía lo es el 15%.
Además, es sabido que Portugal estuvo sometido durante cuarenta y ocho años (desde 1926 a 1974) a un régimen autoritario de índole fascista, fuertemente represor de cualquier brote de libertad creativa. Con anterioridad había conocido tres decenios de inestabilidad política y social (1890-1926), repartidos entre los últimos años de monarquía (1890-1910) y lo que se llamó la Primera República (1910-1926). Su imperio colonial agotó la poca energía que le quedaba en una guerra que se alargó trece años, desde 1961 hasta 1974. Después de 1974, Portugal ha vivido un complicado proceso de democratización, que puede considerarse normalizado desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. Fue entonces, en 1985, cuando Portugal se adhirió finalmente a la Europa comunitaria.
Respecto a la producción cinematográfica, conviene reconocer para empezar que la portuguesa ha sido siempre reducida e irregular. En los años de abundancia logró producir ocho o nueve largometrajes; en los años de sequía, ni uno siquiera. En las dos últimas décadas, la industria cinematográfica portuguesa no ha llegado a presentar más de diez largometrajes cada año. En el transcurso de toda la historia del cine portugués, pues, el país cuenta con un total de quinientos largometrajes de ficción, que equivalen a un décimo de la producción española y a un sexto de la griega; en Europa occidental, sólo Noruega cuenta con números más bajos.
Si hay algo de qué sorprenderse, no es tanto cómo se ha desarrollado el cine portugués desde finales de los años sesenta y comienzos de los setenta —los decenios en que ha sido mejor conocido—, sino precisamente en lo contrario: que haya logrado un notable prestigio en esos años con tan pocos títulos. Hoy en día, el cine portugués se considera como un caso singular, que se hace presente casi inevitablemente en los festivales internacionales con media docena de películas cada año, y gracias a los cuales se granjea una buena reputación, al menos en estos ambientes especializados y de cinefilia.
LOS COMIENZOS
Nunes de Mattos se llamaba el primer portugués que realizó un largometraje. Sin disponer de estudio profesional de ningún tipo (sólo a partir de 1920 podría trabajar con uno), Nunes decidió no retrasarse más y se lanzó a filmar escenas exteriores con objeto de mostrar la variedad de los paisajes portugueses («el lujurioso paisaje de Entre Douro y Minho»). A esas secuencias siguieron, poco después, otras escenas de interiores, que realizó en un plato improvisado por él mismo.

El primer intento serio de producción cinematográfica regular corrió a cuenta de la compañía Cinematográfica Invencible de Oporto, activa entre 1918 y 1925 y que fue dirigida por el propio Nunes de Mattos. La Invencible de Oporto, como era conocida, firmó un contrato con la empresa publicitaria Técnicas Gráficas Caldevilla, que dirigía el entonces mayor empresario publicitario del país, don Raúl de Caldevilla (los maravillosos afiches de su imprenta se consideran en la actualidad verdaderas piezas de museo). Caldevilla inventó el lema de un género: «Romance portugués», que equivalía a «Película portuguesa –escenas portuguesas– artistas portugueses», para afrontare el primer gran desafío de la producción portuguesa, que era el de conquistar un mercado más amplio que el del propio país. La idea de Caldevilla consistía en mostrar Portugal al exterior como una tierra cinematográficamente virgen y captar lo exótico del país para facilitar la exportación de su cine.

Para lograr su objetivo eligió una novela muy popular, escrita por Manuel María Rodrigues, titulada A Rosa do Adro, y cuya acción, que transcurre en el original en siglo XIX, fue adaptada al XVIII. La película aborda la historia de un triángulo amoroso, con la peculiaridad de que, al final, se descubre que el tercer vértice del triángulo es el hermano de la protagonista, decidido a vengarse de un noble elegante y voluble de Oporto que seduce a su hermana. Dirigida por Georges Pallu y estrenada en 1919 con el mismo título, la película logró cierta notoriedad y se distribuyó en Brasil lo mismo que en varios países europeos (en Francia, con el título Le roman de la rose). El personaje de Rosa Sirvió a Pallu, el director, para hacer el interesante descubrimiento de María Oliveira, llamada a convertirse en la primera vedette específicamente cinematográfica en Portugal.
A pesar de su tardío nacimiento, el cine portugués comenzó bien su andadura con este melodrama de tintes subidos, y prosperó aún más con la difusión que, en 1920, logró la publicidad de la época al anunciar a bombo y platillo el ambicioso proyecto de los estudios que se proponía a continuación la Invencible. Se trataba de la adaptación de tres célebres novelas del siglo XIX, tituladas Os fidalgos da casa mourisca (Júlio Diniz), Amor de perdição de Camilo Castelo Branco y O primo Basilio (Eça de Queiroz). Los tres proyectos iban a ser dirigidos por Pallu.
Os fidalgos (1920) y Amor de perdição (1922) se consideran verdaderas superproducciones para la época, cada una de ellas de casi tres horas de duración y con unos presupuestos enormes. Las dos se realizaron con textos literarios no originales, lo que lastró el trabajo de dirección de Pallu, convencional y poco convincente. Por su parte, Amor de perdição fue un anticipo de la película que Manoel de Oliveira dirigiría cincuenta y siete años después, basada en la misma novela (y fue entonces cuando llegó a ser distribuida en Estados Unidos). Os fidalgos tiene una nueva versión en cine sonoro, de 1938, que es menos conocida. Amor de perdição supuso la revelación de la actriz Brunilde Júdice.
EL PRIMER «CINE NUEVO» (1925-1931)
El 28 de mayo de 1926, un golpe de Estado puso fin a la República parlamentaria para instaurar en su lugar la dictadura militar. Siguieron dos años de confusión, con una serie de reacciones contrarias al régimen golpista, y una situación económica muy próxima a la de bancarrota. En 1928, Antonio de Oliveira Salazar, profesor de la Universidad de Coimbra, aceptó formar parte del Gobierno como ministro de Economía, con plenos poderes. «Sé perfectamente lo que quiero y adonde quiero llegar», aseguró en uno de sus primeros discursos. Lo sabía, en efecto, y lo hizo. Cuatro años después era jefe de Gobierno. En 1933, con una votación en la que la abstención fue contabilizada como votos a favor, Salazar hizo que se aprobara la segunda Constitución de la República, corporativa, antiparlamentaria y antiliberal. Se iniciaba así el llamado «Estado Nuevo», una forma de gobierno que, fascista o no, estaba inspirada en el fascismo de Musolini, a pesar de que algunos se engañaran argumentando que si era un gobierno fascista, lo era no obstante sin movimiento fascista. Lo cierto es que desde 1928 hasta 1968 Salazar fue el jefe indiscutible e indiscutido en un país con un gobierno de partido único, con represión de la libertad y de los derechos fundamentales.
A partir de 1927 fue apareciendo una nueva generación de cineastas conformes, en su mayoría, con las directrices del partido único. Ellos fueron los que comenzaron a preconizar, en los periódicos y en las revistas especializadas, un nuevo cine que estuviera a la altura del nuevo Portugal. La figura más emblemática no fue otra que la de Leitão de Barros, quien, después de sus inicios en el cine al final de los años diez, sobresalió como periodista y escritor de teatro. A su alrededor gravitaron algunos jóvenes cinéfilos entusiastas del vanguardismo francés, lo mismo que del conocido expresionismo alemán y, curiosamente, también del cine soviético, que continuó viéndose en Portugal hasta el año 1935.
Con Nazaré, praia de pescadores (de 1927, aunque proyectada en 1929), Leitão de Barros inició una muestra de la vida en una pequeña aldea de pescadores. Con la colaboración de Costa de Macedo, realizó a continuación una de sus películas más maravillosas, Maria do Mar (1930), de una belleza admirable en su plasticidad, muy influida por el cine ruso (que Barros había conocido en diversos viajes por Europa). De Maria do Mar, con su dramática coral, se puede decir que es la más grande obra del cine mudo portugués de ficción, superada sólo por otra película de la misma época, titulada Douro, faina fluvial.
Fue Lopes Ribeiro quien descubrió esta otra película, Douro, faina fluvial, dirigida por el entonces joven Oliveira y rodada en las calles de Oporto entre 1929 y 1930. Inspirándose en la película de Walter Ruttmann, Berlín, sinfonía de la gran ciudad (1927), Oliveira superó el modelo establecido hasta entonces y logró realizar una gran obra —la primera— que el tiempo no ha hecho desde aquella fecha sino engrandecer. Hoy podemos afirmar que ese documento cinematográfico sobre la vida de la gente de la pequeña ciudad del cineasta es la primera impronta de la comedia humana que estaba por realizar, y que ya entonces se mostraba marcada por lo efímero y la frustración.
Con Douro y con Maria do Mar el cine portugués registró sus primeras obras clásicas, que llegaban después de cuatro años de transformaciones sorprendentes. Si existiera una época milagrosa en el cine portugués, sería ésta, la de los últimos años del cine mudo.
Esto tuvo también su reflejo en la crítica cinematográfica. A comienzos de los años treinta, la única revista de cine existente en el mundo exhibía en la portada el famoso lema The Only Magazine Devoted to Film as an Art: era la Close Up, dirigida por Kenneth McPherson, y que se editaba en Suiza, aunque su sede estaba en Londres. Entre 1930 y 1933 esa revista inició una columna dedicada al cine portugués, con la firma del crítico Henrique Alves Costa. En 1931, la presentación de Douro, faina fluvial, en un congreso cinematográfico en Lisboa, motivó la publicación de algunos artículos favorables en varios periódicos prestigiosos de Europa.
LA LLEGADA DEL SONORO
En octubre de 1929, Leitão de Barros, Lopes Ribeiro, Chianca de Garcia y Anibal Contreiras fueron nominados por el Gobierno para formar una comisión que se encargaría de estudiar las bases para la creación de una industria cinematográfica portuguesa. La comisión se puso manos a la obra y en 1931 presentó un informe en el que se proponía un poco de todo: la creación de un estudio adecuado para el sonido, medidas proteccionistas de la cinematografía nacional e incluso la creación de una filmoteca. Aparecía en Portugal una generación de personas portadora de todas las soluciones, acaparando para sí todos los poderes (un fenómeno que se volvería a repetir en los años sesenta).
Esa generación preparó al unísono la primera «película sonora nacional», que aunque realizada en Portugal fue sonorizada en Francia. Llevaba el título A severa y fue dirigida por J. M. Leitão de Barros. Como nuevamente sucediera en los mencionados años sesenta, en la realización de esta película quedaron al margen las gentes del mundo del cine de las generaciones anteriores. Fueron utilizadas nuevas técnicas, actores nuevos y un estilo nuevo: se vivió un «momento único» (Chianca) para producir un cine radicalmente nuevo. Era 1931 y todo el mundo parecía estar convencido del éxito de la empresa. La película fue presentada en Francia, con el beneplácito de René Clair.
REALIZACIONES MÁS NOTABLES DE LOS AÑOS TREINTA
En junio de 1932 nació la Tobis portuguesa, un proyecto cuyo objetivo era la realización de la primera película sonora que se produciría íntegramente en Portugal. La cinta, titulada A canção de Lisboa (1933), sirvió de inspiración para todas las comedias que llegarían a continuación, en los años treinta y cuarenta.
Uno de los candidatos de! proyecto parecía ser Chianca de Garcia, quien, desde que produjera Ver e amar, sólo pensaba en realizar un «musical» portugués. Pero el director elegido para la empresa (el único largometraje que llegó a dirigir), fue Cottinelli Telmo, a quien todos consideraban en aquel tiempo el mejor arquitecto de su generación, el hombre de las obras monumentales del Estado Nuevo.
La gran novedad de la película corrió a cuenta de la elección de los intérpretes, que lograría lanzar a la fama a una de las figuras de mayor relevancia del teatro cómico: la intérprete de la protagonista principal, Beatriz Costa. Su inolvidable capacidad de improvisación la había convertido en la vedette más popular del teatro ligero. Al lado de Beatriz Costa se reunieron los grandes actores de la comedia del siglo: Vasco Santana, António Silva y Teresa Gomes. Gracias a ellos, A canção de Lisboa representa toda la gama de los personajes del género —el estudiante paupérrimo, la ingenua de respuesta rápida, el comerciante bribón y simpático, y la tía rica—.
La película logró inmortalizar asimismo la canción A agulha e o dedal. A canção fue en definitiva un nuevo éxito del cine portugués, pero cuya continuidad no llegaría hasta al final de la década.

Suscitó asimismo gran interés la primera película de Antonio Lopes Ribeiro, Grado bravo (1934), realizada con actores y personal judíos escapados de la Alemania de Hitler. Maria Papoila (Barros, 1937) es un melodrama agridulce que mantiene el tempo magistralmente. En ella intervino Minta Casimiro, una actriz que, lamentablemente, fue poco tenida en cuenta en el mundo del celuloide. A canção da terra, realizada en la isla de Puerto Santo, en el archipiélago de Madeira, por Jorge Brum do Canto, es una obra muy singular de la misma época, en la que la sensualidad morbosa y el animismo panteísta le confieren una reputación que, durante decenios, la ha eximido de todo sarcasmo y crítica de la denominada «burla nacional».
Con el populismo de A canção de Lisboa, el tono melodramático de Maria Papoila y el naturalismo convulso de A canção da terra, el cine portugués de los años treinta logra sus tres obras más importantes.
LOS AÑOS CUARENTA: COMEDIAS POPULARES Y EXALTACIÓN NACIONALISTA

La gran película de la productora Lopes Ribeiro, más allá de sus típicas comedias y de la segunda adaptación de Amor de perdição (1943), fue Aniki-Bobó (1942), el primer largóme traje rodado por Oliveira, y que supuso todo un desafío para el productor por su indudable calidad, comparable sólo a la de Douro.
Después de Douro, Oliveira había preparado varios proyectos de películas de marcado carácter ambiental, pero no lograba el apoyo suficiente para su realización. Fue una época en la que se limitó a dirigir algunos documentales de compromiso. Cuando Ribeiro le propuso su idea, le entusiasmó y decidió construir la película sobre una adaptación de Rodrigues de Freirás, publicada en la revista literaria más prestigiosa del momento, Presento, y que dirigía José Regio, la persona que sin duda más influyó en Oliveira.
Aniki-Bobó fue interpretada por niños y rodada casi completamente en exteriores. Estas características llevan a pensar en ella como en una precursora del neorrealismo, en especial de Sciuscià (El limpiabotas, 1946), de Vittorio de Sica. Sea como sea, el hecho es que la película no podía estar más lejos de la preocupación social del neorrealismo, ya que nos presenta, por encima de todo, una reflexión sobre el miedo y la culpa, sobre el deseo y la transgresión. El hecho de que los amores sean infantiles, como lo son las tentaciones, realza la perturbación típica de una obra onírica, dominada por la presencia y la mirada de una muñeca, que en el conjunto de la película simboliza el sexo y el pecado. La última toma es la más inquietante: la pareja de niños vuelve a casa llevando de la mano a la muñeca que simboliza tanta culpabilidad, como si fuera una pareja que lleva de la mano a su hija.
Aniki-Bobó debía representar a Portugal en la Mostra de Venecia de 1942, pero lamentablemente no pudo ser así, y ello impidió que la película fuera adecuadamente valorada en aquel momento. La cinta fue mal acogida en Portugal, y sólo mucho tiempo después llegaría a ser reconocida en el extranjero y valorada como una de las obras más grandes del cine mundial de los años cuarenta.
Su lugar en Venecia lo ocupó Ala-Arriba!, un proyecto de Antonio Ferro que, la verdad sea dicha, demostró ser un gran cineasta. Ferro encargó a Barros la realización de una nueva versión de Maria do Mar, esta vez con pescadores de Povoa do Varzim. Como ya había sucedido con otras películas, la nueva versión no logró la fuerza que tenía Maria do Mar, aunque sí el reconocimiento de la Mostra, que le concedió un premio y homenajeó a Barros, reservándole el privilegio de compartir aquel año, 1942, el cuadro de honor de la Mostra con Goebbels y el conde Volpi.
Finalizada la II Guerra Mundial, Portugal intentó presentarse en el primer Festival de Cannes (1946), después de haberlo logrado en la última Mostra de Venecia de la Italia de Musolini, pero no lo consiguió.
Por otra parte, en la primera década del régimen franquista, los gobiernos «hermanados» de Franco y Salazar intentaron una política sistemática de coproducción de películas, o al menos, de realización de películas en versiones simultáneas español-portugués, con el propósito de conquistar el mercado de la península Ibérica y el latinoamericano en ambas lenguas. (En efecto, durante los años treinta y cuarenta, la mayor parte de la producción cinematográfica portuguesa había sido distribuida también en Brasil —además de en las colonias africanas—, aprovechando la identidad de lengua y la popularidad de algunos actores, que eran muy queridos por el público brasileño).
LOS LÚGUBRES AÑOS CINCUENTA
En los años cincuenta, algunos de los historiadores y críticos de cine de renombre hablaron favorablemente de la película Douro, de Manoel de Oliveira, haciendo también alguna mención de Barros y de Jorge Brum do Canto.
Después de un viaje a Alemania, en el que se familiarizó con el uso cinematográfico de los colores, Manoel de Oliveira volvió al cine (habían pasado catorce años de Aniki-Bobó) con un cortometraje titulado O pintor e a cidade (1956). Se trata de un magnífico documental de la ciudad de Oporto, que inauguraba una nueva etapa en la cinematografía de Oliveira, marcada por el predominio de tomas largas. La película fue aclamada unánimemente, algo que no le volvería a suceder con la misma intensidad al realizador en toda su carrera.
Para el Estado, la televisión —una novedad del año 1956— era un medio más importante que el cine, de modo que éste debía quedar supeditado a aquél. Consecuente con este principio, la televisión reclutó a los «parados» del mundo del cine de los años cuarenta, e intentó sobre todo formar en el extranjero (Londres y París) a un grupo de jóvenes que, aunque menos conocidos, fueran más sumisos a sus consignas. Pero lo cierto es que la mayoría de ellos no volvió, pues a partir de 1956 pudieron disfrutar de unas becas que otorgaba la recién nacida y riquísima fundación Calouste Gulbenkian (una institución privada, creada por uno de los grandes magnates del petróleo, que había establecido su residencia en Portugal en 1940 y que a su muerte donó toda su fortuna a la fundación). Esos jóvenes fueron los hombres que, de allí a un lustro, crearon el segundo nuevo cine portugués.
EL SEGUNDO NUEVO CINE, 1962-1974
L a «campaña de descrédito» de la que se lamentaban los productores y cineastas de los años cincuenta y la campaña a favor de un cine que recomenzara de cero, impulsada por la mayoría de la crítica politizada del momento, fueron la base de la película Dom Roberto (1962), que dirigió el crítico de arte y responsable editorial de la revista Imagem José Ernesto de Sousa. La película fue financiada por una cooperativa creada al efecto, en la que intervinieron casi todos los nuevos escritores, pintores, arquitectos y críticos de cine de aquella época. Claramente inspirada en el neorrealismo y en las primeras obras de Fellini, Dom Roberto contaba una historia de payasos y saltimbanquis que no aportó nada nuevo a lo que ya hiciera Manuel Guimarães con sus películas de comienzos de la década anterior.

Tras la decadencia de los años cincuenta, el impulso decisivo llegó de la mano de un becario de la IDHEC, llamado Antonio da Cunha Telles. De regreso a Portugal después de una estancia en París de cuatro años (1956-1961), Cunha Telles dirigió un curso de cinematografía, con el que el Gobierno pretendía demostrar la eficacia de su injerencia, al mostrar sus buenas relaciones con algunos de los hombres de los Cahiers de París (Pierre Kast, Doniol-Valcroze, etc.). Con un discreto patrimonio y mucha audacia, en 1962 Cunha Telles anunció la creación de una nueva sociedad de producción cinematográfica llamada Produções Cunha Telles, con la clara intención de dar a Portugal un cine nuevo. Y se volvió a repetir el mismo fenómeno que en los años treinta: que toda una serie de nombres nuevos quedaron aglutinados a su alrededor, y en especial los de Paulo Rocha, Femando Lopes y José Fonseca. La nueva generación manifestó su voluntad de «destruir» las generaciones precedentes, utilizando como rampa de lanzamiento la prensa especializada y guiándose por la firme convicción de poder proporcionar a su país el cine moderno que aún no tenía. Entre los «antiguos», el nuevo cine portugués recuperó sólo a Oliveira, lo mismo que un par de películas de Barros y una de Canto.
El primero en abrirse camino fue el también becario de la IDHEC Pauto Rocha, que había sido ayudante de Renoir en Le strane licence del Caporale Dupont (1962). Con Produções Cunha Telles, Rocha realizo en 1963su ópera prima, Os verdes anos, con diálogos de Nuno Bragança. Fue sin duda una de las películas de gran influencia en el renacimiento del cine portugués. El tema se basa en una historia de amor desgraciado entre una camarera y un aprendí: de zapatero que acaba de llegar a la capital. En este sentido se puede apreciar una cierta similitud con Maria Papoilaa. Pero Os verdes anos daba la espalda a cualquier tipo de moraleja final. Apareció así un lenguaje nuevo, privado de retórica y carente de autocomplacencia. La película estaba ambientada en Lisboa, principalmente, que aparecía en la cinta como una ciudad sórdida, gris y muy triste, hasta el punto de que casi fuerza a los personajes al trágico epílogo final. La modernidad de la película la alejaba tanto del romanticismo tardío como de !a ironía típica de Eça de Queiroz, a la vez que evitaba la lágrima fácil o la falacia: el llanto es interior, la ironía es tétrica y terriblemente amarga. Os verdes anos es la película que más acertadamente consigue mostrar Lisboa y Portugal como un lugar de frustración, claustrofóbico, donde todo agoniza y se pudre en una muerte lenta. La película goza, sin embargo, de la belleza escénica de la debutante Isabel Ruth, figura de relieve en un reparto en el que todos eran nuevos, incluso los técnicos y los colaboradores principales.
La siguiente película fue Belarmino (1964), primer largometraje de Fernando Lopes. Adaptando algunos procedimientos del cinema-verità, la película retrata la vida del púgil Belarmino Cardoso, fallido aspirante a campeón. En ella, una voz en off persigue implacablemente la memoria de su triste carrera. Pero por encima de todo, es una película sobre la lucha de un personaje contra un ambiente. En esta obra prevalece, como en el caso de Rocha aunque de forma distinta, la llamativa presencia de la ciudad de Lisboa de los años cincuenta, magistralmente fotografiada por el gran Augusto Cabrita.
Como ya sucediera con otras producciones cinematográficas del pasado, fue acogida con moderación en Portugal, pero con mucho mayor entusiasmo en el extranjero. En esta ocasión, sólo una nueva crítica, mejor preparada e instruida desde el punto de vista cinéfilo, la ensalzó en Portugal con orgullo. «Son las dos primeras obras que una nueva generación se atreve a reivindicar», escribió el futuro cineasta Alberto Seixas Santos, quien, con Antonio Pedro Vasconcelos y João César Monteiro, era uno de los críticos más polémicos de la época.
Aquellos años fueron también, como si de una milagrosa coincidencia se tratara, los del regreso de Oliveira con un cine de ambiente y de ficción. La campaña del decenio precedente, en la que se criticó la inactividad de Oliveira, dio su fruto, y en 1959 el veterano realizador presentó O Pao. Por primera vez en su carrera, Oliveira recibió ayuda del Fundo do Cinema Nacional para esta producción.
Y gracias a esas mismas ayudas, el director consiguió realizar a continuación el largometraje O acto da primavera, y el mediometraje A caça. Ambas se estrenaron el mismo año de Os verdes anos (1963).

O acto da primavera recuperaba un texto teatral del siglo XVII, una Pasión de Cristo representada por Pascua en la región montañosa de Curalha, a cargo de los habitantes del lugar, cuyos ancestros habían logrado mantener el texto mediante una transmisión oral inmemorial. A excepción del prólogo y del epílogo, la película recoge íntegramente esa representación, sin pretender hacer una reconstrucción de los hechos, sino presentándolo en su propio mundo, como él se representa a sí mismo. A día de hoy, se puede decir que, al margen del Vangelo de Pasolini {1964), O acto da primavera es la mayor expresión de «cine-poesía» y preludio del «cine de la palabra» que llegaría a estar tan en boga en la década siguiente. En aquellos años, la mayor parte de la crítica entendió que O acto era un punto de llegada, el último eslabón de las grandes producciones de Oliveira, y sólo una refinada minoría advirtió que se trataba de un punto de partida, preludio de los futuros logros de Oliveira, y de gran parte del mejor cine portugués de los años sesenta y setenta.
Por su parte, A caça fue una de las películas de Oliveira más próximas a las de Buñuel por su humor negro. En ella contaba la historia de un muchacho que está siendo engullido por un pantano enfangado. La falta de solidaridad de su entorno hace el resto. «Echenme una mano», suplica desesperadamente el joven y aparece un manco que le tiende lo que le queda de brazo, consiguiendo que se hunda aún más en el fango. La censura de la época impuso al cineasta un «final feliz», obligándole a añadir una secuencia en la que el protagonista salvará su vida. A pesar de eso, no se logró impedir que la película mostrara con toda crudeza un terrible escarnio, Las películas de Oliveira y la de Rocha dieron origen a una serie de artículos publicados en la prensa internacional sobre el cine portugués y, en particular, sobre la carrera profesional de Oliveira. Por primera vez: en la historia se puede decir que empezaba a existir una cierta, aunque modesta, atención hacia el cine lusitano, una atención que se acentuó con las siguientes producciones de Telles: Domingo a tarde (1965), el primer largo me traje de Macedo, autor de varios ensayos teóricos sobre la evolución del cine en su país; y Mudar de vida (Rocha, 1966), En ambas reaparecía Isabel Ruth en el papel de la protagonista.
Las películas de Oliveira y la de Rocha dieron origen a una serie de artículos publicados en la prensa internacional sobre el cine portugués y, en particular, sobre la carrera profesional de Oliveira. Por primera vez: en la historia se puede decir que empezaba a existir una cierta, aunque modesta, atención hacia el cine lusitano, una atención que se acentuó con las siguientes producciones de Telles: Domingo a tarde (1965), el primer largo me traje de Macedo, autor de varios ensayos teóricos sobre la evolución del cine en su país; y Mudar de vida (Rocha, 1966), En ambas reaparecía Isabel Ruth en el papel de la protagonista.
La primera es una adaptación del romance homónimo del escritor neorrealista Fernando Namora. La segunda, Mudar de vida (un tema de Antonio Reis, bien conocido como poeta, y principiante en un arte en el que llegaría a ser una de las figuras principales), es una extraordinaria película, un réquiem lacerante sobre un país, Portugal, demasiado involucrado en las guerras coloniales e incapaz de sobreponerse a tal esfuerzo, como también lo son los protagonistas, radicados en una miseria ancestral de la que no logran huir. Ninguna de estas películas, sin embargo, llegó a ser reconocida en Portugal.
A lo largo de este decenio, en los festivales y revistas especializadas (y muy particularmente en Cahiers du Cinema), la renovación del séptimo arte portugués quedó asociada no sólo a Oliveira, sino también a Paulo Rocha, Fernando Lopes, José Fonseca y Costa y Antonio da Cunha Telles. Os verdes anos (1963) logró la Palma de Plata del Festival de Locarno de 1964, imponiéndose a personalidades del cine como Pasolini o Clive Donner. En ese mismo año, la filmoteca de Lausana rindió un homenaje a Oliveira, con ocasión de la presentación de O acto da primavera (1962) y A caça (1963).
DE LOS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN A LA «NORMALIZACIÓN»: 1974-1982
De entre «las películas Gulbenkian», una en particular fue premonitoria de la Revolución de abril de 1974 —e l histórico golpe militar que puso fin a cuarenta y ocho años de régimen dictatorial—: Brandos costumes, primer largometraje de Alberto Seixas Santos. Fue proyectada en 1975, aunque ya estaba preparada en abril del año anterior. Brandos costumes proponía una relación típica entre una familia de la pequeña burguesía portuguesa (padre autoritario, madre sometida e hijos frustrados) y el país, personificado en Salazar como «imagen paternal». La crisis de la familia coincidió con la muerte de Salazar, de ahí que la película incluyese muchas imágenes documentales de los funerales del dictador. Más allá del intento de demostrar que el régimen, como la familia, no puede sobrevivir tras la muerte del padre, el epílogo de la película presentaba un golpe militar, tan improbable en la ficción como lo parecía en la realidad. Sin embargo, el golpe militar sucedió en la realidad, y sólo gracias a eso la película se pudo proyectar en todo el país, ya que la censura nunca lo hubiera permitido.
También se puede decir que la película, concebida con mucho rigor histórico y teórico, presumiblemente marxista (no ortodoxo), inauguró, como premonición y preanuncio de la Revolución de abril, un prolífico filón de películas políticas del período posrevolucionario.
En un principio, tanto en el cine como en la vida real, prevaleció un clima de gran euforia tras la caída del antiguo régimen. La «Unidad de los cineastas» —así se proclamaba también la del pueblo entero— ocupó el centro del poder cinematográfico. Exigieron y lograron la abolición de la censura y salieron a la calle a filmar la apoteosis que reflejaba el final del «fascismo». Todos los hombres del nuevo cine, a excepción de Oliveira, Paulo Rocha y Reis, se unieron para realizar el gran documental As armas e o povo (1974), una película colectiva que contó con la colaboración de Glauber Rocha, uno de los primeros cineastas revolucionarios del país.
Al margen de este trasfondo político, y en el polo opuesto, se encontraba la película O construtor de anjos (1978), realizada por el pintor Luís Noronha da Costa. Reconocido entre los grandes artistas portugueses del siglo XX, en los años setenta este pintor prosiguió su carrera en el cine, realizando películas «personalistas», muchas de las cuales eran experiencias propias. La única de sus producciones realizada con medios no propios fue el título ya mencionado, una obra de fantasía en la que el autor superaba la pintura romántica y simbolista en un mundo propio, que recuerda a Murnau, a Hitchock y a las películas inglesas de Hammer.
António Reis y su mujer, Margarida Cordeiro, se trasladaron al norte de Portugal para realizar la película Trás-os-Montes. Obra referida a la región del mismo nombre, el documental se transforma en una ficción llena de magia, en uno de los ejemplos más bellos del cine de transfiguración. Lo ancestral y la modernidad se funden en un mundo propio, caracterizado por una fuerte carga onírica, que se manifestaría más adelante en Ana (gran premio del Festival de Valladolid de 1982).
Poco tiempo después (1978), Oliveira terminó la tercera adaptación de Amor de perdição, una película de cuatro horas de duración que reproduce, casi palabra por palabra, la novela del siglo XIX. Esta es una fecha histórica para la relación entre cine y literatura.

La presentación, casi simultánea, de las películas de Reis y Oliveira en Europa (Italia y Francia principalmente) supuso la revelación internacional del cine portugués, pues la crítica más exigente proclamó las dos películas como las obras cinematográficas más importantes de los años setenta. Y a sus setenta años, Oliveira fue proclamado finalmente como uno de los grandes cineastas europeos, situado a la altura de la figura emblemática de Reis.
En Portugal, sin embargo, las dos películas suscitaron cierta polémica. Fueron tachadas de fascistas, aburridas c insulsas. Comenzó entonces una revalorización del cine de los años treinta y cuarenta, como algo verdaderamente comprensible y accesible «a toda la gente». Y así, la película Kilas, o Mau da Fita (1980) se promocionó con el eslogan: «¿Por qué el cine portugués tiene que ser tan aburrido?». Con ella, Fonseca y Costa dieron una nueva orientación a su obra. El protagonista fue Interpretado por otro de esos actores provenientes del teatro, llamado Mario Viegas. La película tuvo un gran éxito de público y superó, por primera vez desde los años cuarenta, los cien mil espectadores.
Una cifra que poco tiempo después fue alcanzada, e incluso superada, por películas como A vida é bela? (Galvao Teles, 1982), un musical de revista, que daba la espalda al radicalismo revolucionario precedente; y Cerromaior (Luís Filipe Rocha, 1980); O reis das berlengas, del veterano Artur Semedo; y también con Manhã submersa (1980), adaptación de la novela homónima de Vergílio Ferreira, que dirigió e interpretó el crítico Lauro Antonio.
Pero aún persistía el interés por el cine de autor. En 1978, João César Monteiro presentó Veredas, una película que entrelaza su propio mundo con el de los dichos populares de su país. Jorge Silva Melo, actor y diseñador de teatro, y Luís Miguel Cintra, ambos fundadores de la compañía Cornucopia, reaparecieron a la sombra de la Revolución con Passagem ou a meio-caminho (1980).
En fin, como conclusión de ese período cabe señalar la película-ensayo de Gestos e fragmentos (1983), de Seixas Santos. Una producción sobre la Revolución portuguesa basada en el testimonio de tres entrevistados: Otelo Saraiva de Carvalho (estratega del 25 de abril), Roberto Kramer (cineasta revolucionario) y Eduardo Lourenço, autor de ensayos de la intrincada historia reciente de su país. Gestos e fragmentos puede considerarse como la obra culminante del recuerdo sombrío de la Revolución. En esos años, el cine portugués había dejado de ser obra de un movimiento o de un grupo de personas, aunque n o dejara de haber toda una serie de disputas entre los que entendían el cine como un arte y los que lo concebían como medio de diversión.
A partir de 1982 comenzó la aventura individual de algunos cineastas, que emprendían un camino que les iba a caracterizar cada vez más singularmente dentro del panorama cinematográfico mundial. Para algunos, ellos llegarían a revelar una de las cinematografías más fascinantes de los años ochenta y noventa.
LA ¿VANAGLORIA? DEL CINE PORTUGUÉS: 1982-2000
Después de algunos grandes éxitos comerciales como Kilas, sem sombra de pecado (Fonseca y Costa, 1982), con Mario Viegas y Victoria Abril, Os abismos da meia-noite (Macedo, 1984), y sobre todo O lugar do morto (Vasconcelos, 1984), que superó ampliamente la cifra de trescientos mil espectadores y se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine portugués, la mayoría de la gente comenzó, mediados los años ochenta, a reclamar más producciones de ese tipo, e n detrimento de películas consideradas como «de entendidos» o para ser presentadas en festivales, películas que «nadie querría ver» o que, en muchos casos, ni siquiera llegarían a proyectarse en los cines (una treintena de largometrajes producidos entre 1976 y 1996 permanecieron, en efecto, en los archivos de la IPC).
Después de la transformación de la IPC en IPACA, y con la intervención del canal privado de televisión SIC (creado en 1991, año en el que apareció en Portugal la televisión privada con la concesión de dos canales), el país, de la mano del productor Tino Navarro, volvió a contar con grandes éxitos de público, después de una sequía de casi diez años (1985-1995). Gracias a él se produjeron películas como Adão e Eva (Joaquim Leitão, 1995), con Maria de Medeiros y Joaquim de Almeida, cuya popularidad internacional lo ensalzó como uno de los grandes personajes cinematográficos del periodo comprendido entre 1985-1999; Adeus, pai (Luís Felipe Rocha, 1997); Tentação (Joaquim Leitão, 1998); Pesadélo cor de rosa (Fernando Fragata, 1998); Zona J (Leonel Vieira, 1998). A este elenco podría añadirse (aunque en esta ocasión financiada por la SIC) Jaime (Vasconcelos, 1999).
Después del éxito logrado con Francisca, en 1982 Oliveira recibió una pequeña subvención para producir Visita ou memórias e confissões, una película claramente autobiográfica, considerada por muchos como su obra postuma (el director deseaba inicialmente que se proyectara sólo después de su muerte).
Pero cuantos pensaban que la carrera cinematográfica de Oliveira había llegado a su fin, se equivocaron, pues en 1985 el realizador presentó la película más ambiciosa de su carrera. El proyecto era al mismo tiempo el desafío más ambicioso de Paulo Branco, por tratarse de la adaptación literal de la obra teatral de Claudel titulada Le soulier de satín, de casi siete horas de duración. La película fue coproducida por Francia y recibió una ayuda de la empresa americana Cannon. Esta obra magna, en todos los sentidos de la palabra, le valió a Oliveira el León de Oro de Venecia. En adelante, el realizador fue considerado, y lo continúa siendo hoy en día, como un cineasta sin igual. A sus setenta y seis años, cuando trabajaba en Le soulier, había dirigido ya ocho largometrajes a lo largo de cincuenta y cuatro años de actividad profesional, a los que cabía añadir otros doce en los años sucesivos. En la actualidad, con sus noventa años de edad, Oliveira está trabajando en una nueva película.
Entre sus realizaciones últimas, se cuenta Mon cas (1986), dirigida en Francia, con Luís Miguel Cintra y Bulle Ogier, y en la que tunde el mundo bíblico (la historia de Job) con el del escritor José Regio (suya es la obra teatral O meu caso) y el de Beckett. Mon cas es una alegoría sobre la condición humana y la del cineasta, que culmina con la recreación de la ciudad ideal de Piero de la Francesca.
Os canibais (1988), basada en una obra escrita para el cine del compositor João Paes, termina con un festín antropófago, que nuevamente recuerda a Buñuel; esta película marcó el debut de la actriz Leonor Silveira, que en adelante tendría una presencia emblemática en otras producciones del maestro.
Non, ou a vã glória de mandar (1990) es una meditación en forma de réquiem sobre la historia de Portugal centrada en los grandes desastres, desde la derrota sufrida por los invasores romanos antes de Cristo hasta el 25 de abril. N o es una de las principales obras de Oliveira, pero él siempre ha sostenido que su carrera cinematográfica no habría sido La misma de no haber realizado esta película.
A divina comedia (1991), inspirada en Dostoievski y no en Dante, se desarrolla en un manicomio en el que los enfermos se creen personajes históricos o literarios; Mario Viegas, la gran pianista Maria João Pires, Maria de Medeiros, además de Luís Miguel Cintra y Leonor Silveira, fueron algunos de los intérpretes de esta extraña versión de El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1919-1920); la película obtuvo el premio especial del jurado en Venecia.
O día do desespero (1992) es una de las películas más austeras y radicales del cineasta, en la que muestra la vida de Camilo Castelo Branco y los últimos días previos a su suicidio.
Vale Abraão (1993) es quizá su obra más aclamada, e n una versión —que ha llegado a nuestros días en portugués— de Madame Bovary deFlaubert.
A caixa (1994), una vez más en la línea de Buñuel, es una historia acerca de la existencia sórdida de algunos «olvidados» de Lisboa.
O convento (1995) es una nueva adaptación de un romance de Agustina Bessa Luís, en la que Oliveira comenzó a dirigir a estrellas internacionales del cine; en esta ocasión se trataba de Catherine Deneuve y John Malkovich.
Party (1996) es una película que, como la anterior, acepta la división de los sexos como «parte de una parte que fue un todo», en una personal interpretación del Fausto de Goethe (los protagonistas son Michael Piccoli e Irene Papas).
Viagem ao princípio do mondo (1997) es una película sobre el origen del hombre, interpretada por Marcello Mastroianni en su último papel.
Inquietude (1998), de nuevo con Irene Papas, es la adaptación de tres historias negras que se entrelazan de una forma un tanto tétrica.
La lettre (1999), una versión moderna de la Princesa de Clèves, con Chiara Mastroianni y el cantante portugués de música pop Pedro Abrunhosa, obtuvo el premio especial del jurado de Cannes.
Y por último, Palavra e utopia (2000), en la que Oliveira narra la vida y obra del jesuíta Antonio Vieira, el mayor escritor en prosa portugués del siglo XVII.
Gracias a Oliveira, los términos «oliveiriano» y «oliveirianismo» forman parte del léxico cinematográfico actual. Homenajes y premios de todas las partes del mundo coronan la singular obra de este autor, que es no sólo un monumento de la cultura portuguesa, sino una de las principales obras cinematográficas del mundo, difícil de igualar. «Bastaría con Oliveira para justificar todo el cine portugués», se ha dicho en referencia a esta oeuvre que va desde 1931, con Douro, faina fluvial, hasta el 2000, con Palavra e utopia.
Después de Silvestre, João César Monteiro dirigió A flor do mar (1986), con la que ganó un prestigioso premio en Salsomaggiore. Pero la película fue ignorada en Portugal, donde ni siquiera fue exhibida.
No sucedió lo mismo con Recordaç oes do Casa Amarela (1989), galardonada con el León de Plata de Venecia, con la que Monteiro fue muy laureado a nivel internacional, llegando a ser considerado por muchos como un «cineasta de culto». En esa película, Monteiro también aparece como actor principal, interpretando a João de Deus. Este personaje reaparece en otras de sus obras como O último mergulho (1992) y A comédia de Deus (1995), ganadora también del León de Plata de Venecia, y Le bassin de John Wayne (1997) o As bodas de Deus (1999).
Paulo Rocha presentó en Venecia (1984) el documental A ilha de moraes, la segunda parte de la obra maestra titulada A ilha dos amores, aquella coproducción lusonipona seleccionada en Cannes en 1982 y que fue considerada por un crítico japonés como «la unificación de la memoria colectiva de la humanidad».
Poco después realizó la película más costosa y ambiciosa de su carrera: O desjado o as montanhas da lua (1987, seleccionada en Venecia), en la que establecía un paralelismo entre el mito portugués del sebastianismo y el de don Juan. Algunos la han considerado una obra maestra, mientras otros piensan de ella que es una película bastante irregular y menos impactante que otras producciones de Rocha. El cineasta pagó ese relativo fracaso con una «peregrinación por el desierto», que nada tenía sin embargo de extraño, habida cuenta de la franqueza con la que se enfrentaba a la política del Gobierno portugués de los años 1991-1995.
Después de realizar unos magníficos documentales sobre las vidas de Oliveira e Imamura, y tras varias películas experimentales, Rocha volvió a estar en alza gracias a O rio do ouro (1998, seleccionada en Cannes). En la actualidad está terminando de dirigir A raiz do coração, una película que muestra hasta el extremo el escarnio de la comedia lisboeta y el trasfondo musical asociado a la misma.
Portugal cuenta con otros directores de cine más jóvenes, que también ocupan un lugar importante en el panorama cinematográfico más reciente del país. Quizá el más conocido sea João Mário Grilo, que se consagró con Precesso al re (1989), una reconstrucción del escabroso proceso en el que Pedro II arrebató a su hermano, el rey Alfonso VI, el trono y su mujer. Esta obra puede considerarse como la más «oliveiriana» de esta generación, por su hieratismo y rigor. Otras películas que muestran similares características forman parte de la serie de los «cuattro elementi» (O fim do mundo, 1993), Os olhos da Asia (1997), sobre los primeros japoneses convertidos al cristianismo en el siglo XVI, y Longe da vista (1999), filmada íntegramente en el interior de una prisión, como una metáfora del mundo contemporáneo.
Pero la mayor revelación de estos últimos años ha sido otro antiguo alumno de la Escuela Superior de Cinematografía, llamado Pedro Costa. Se dio a conocer con O sangue (1990), que recrea, en un magnífico blanco y negro, la visión del mundo de dos niños, mostrando su asombro, su miedo, las amenazas que sienten y su soledad. Es una película comparable con La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), o con algunas películas de Tourneur, milagrosamente poético y púdico a la vez.
En 1994 Rocha se trasladó a la isla del Fuego, donde filmó Casa de lava, una película telúrica y mágica, dura como la pobreza y famélica como el deseo. Su obra más radical fue Ossos (1997, seleccionada en Venecia), filmada en una comunidad timorense de un barrio marginal de Lisboa. Es una representación descarnada de la miseria desnuda y cruda de esa realidad. Después de esta obra, el cineasta, con la ayuda de fieles colaboradores, montó en vídeo una serie que incluye las imágenes más brutales de este final de siglo. En la actualidad está preparando en Francia una película sobre Straub-Huillet.
Después de Pedro Costa, los cineastas más conocidos son Teresa Villaverde Cabral, Joaquim Pinto y Edgar Perea. La primera inició su carrera como directora de cine con A idade maior (1991), siguiendo los pasos de João Botelho. Anteriormente había interpretado el papel protagonista de A flor do mar con Laura Morante. En A idade maior, afronta las reflexiones indirectas de la guerra colonial en la memoria de algunos niños, cuyos padres combatieron en Angola. Su película más conocida, sin embargo, es Três irmãos (1994), con la que la protogonista, Maria de Medeiros, obtuvo en Venecia el premio a la mejor actriz. En 1998, la cineasta presentó a la competición de Cannes Os mutantes, una obra que muestra la miseria, la marginación y la droga de los barrios prohibidos de Lisboa.
La historia cinematográfica de Portugal demuestra que en ese país puede suceder de todo. De hecho, así se podría calificar lo sucedido durante los últimos veinte años. «Un cine que no existe», como se proclamaba hasta los años sesenta, pero que se ha convertido en una cinematografía sin precedentes, tal y como se ha demostrado una y otra vez en los grandes festivales y en los circuitos culturales europeos. «Un cine que no existe», que se ha convertido en uno de los últimos bastiones del cine como expresión artística en cuanto tal, justo en la década en la que en otros países ese tipo de cine estaba en vías de extinción. «Un cine que no existe», y hoy en día se cita inevitablemente como un fenómeno peculiarísimo, sosteniendo la hipótesis, como ha escrito recientemente Michael Frondon, de que Portugal es uno de los países del mundo que posee el mayor número de cineastas de renombre por metro cuadrado… Objetivamente se puede decir que no son muchos los países que cuentan, en este comienzo de siglo, con una veintena de cineastas con obras claras y dignas, y con tres o cuatro de ellos entre los grandes de Europa. Y ya se habla de una nueva generación de cineastas portugueses, aunque por el momento sólo hayan trabajado en cortometrajes o en documentales.
Parafraseando el título de la película de Oliveira No, o la folie gloria del comando, nos podríamos preguntar: ¿será vana esta gloria crepuscular? Siempre aparece alguien en Portugal que opina de esta forma, subrayando que el cine nacional se aleja cada vez más de la producción americana y europea actual; y no hay duda de que ese alguien tiene algo de razón. Pero Portugal, con los medios y las estructuras que posee, ¿podría acercarse cada vez más a ese cine extranjero, sin hacer el papel del pariente pobre ?, ¿o tendría que producir películas que le costasen veinte y hasta treinta veces más de lo que se ha gastado en las películas más caras de su historia? La razón impone una respuesta y sólo una.
Si se considera vana la gloria de los que hoy en día están orgullosos de las películas de Manoel de Oliveira, Paulo Rocha, João César Monteiro, João Botelho, Silva Melo, Seixas Santos, Fernando Lopes, José Álvaro Morais, Pedro Costa, João Mário Grilo y Teresa Villaverde Cabral, ¿no será más vana la gloria de los que se enorgullecen con el caso ejemplar de la cinematografía española, que cada año presenta veinte o treinta películas en los circuitos comerciales europeos, y en aquellos de los países de habla portuguesa? Por lo que respecta a la respuesta, no tengo ninguna duda. Como tampoco la tengo en cuanto al balance global: si el cine es un arte, y para mí lo es, Portugal ocupa un lugar insustituible.
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ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS EN EL TEXTO |
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| Almeida , Joaquim de, 104 António, Lauro, 103 Botelho, João, 109, 110 Branco, Paulo, 105 Brum do Canto, Jorge, 94, 96, 97 Cabrita, Augusto, 98 Caldevilla, Raúl de, 88 Contreiras, Anibal, 92 Costa, Beatriz, 93 Costa, Pedro, 108, Cottinelli, Telmo, 93 Cunha Telles, António de, 97, 100 Donner, Clive, 101 Ferro, António, 95 Fonseca y Costa, José, 97, 100, 103, 104 Fragata, Fernando, 104 Garcia, Chianca de, 92, 93 Grilo, João Mário , 108, 110 Guimarães, Manuel, 97 Leitão de Barros, Joaquim, 90, 91, 92, 95, 96, 97, 104 Lopes, Fernando, 97, 98, 100, 110 Lopes Ribeiro, António, 92, 93, 94 Macedo, António de, 100, 109, 110 |
Mattos, Nunes de, 88 Medeiros, Maria de, 104, 109, 110 Melo, Silva, 110 Monteiro, João César, 99, 103, 107, 110 Morais, José Álvaro, 110 Noronha da Costa , Luís, 102 Oliveira, Manoel de, 90, 91, 94, 95, 96, 97, 99, 100, 101, 102, 105, 106, 107, 108, 110 Pallu, Georges, 8 9, 90 Perea, Edgar, 109 Pinto, Joaquim, 109 Reis António, 102, 103 Rocha, Luís Filipe, 103, 104 Rocha, Gláuber, 102 Rocha , Paulo, 97, 100, 102, 107, 110 Ruth , Isabel, 100 Seixas Santos, Alberto, 99, 101, 103, 110 Semedo, Artur, 103 Sousa, José Ernesto de, 97 Teles, Galvão, 103 Vasconcelos, António Pedro, 9 9, 104 Vieira, Leonel, 104 Villaverde Cabral, Teresa, 109, 110 |
Don Luis Núñéz me pide que diga uñas palabras sobre el periodismo en este acto de clausura, y yo he aceptado su invitación, aunDque mi osadía no llega al punto de llamar a estas palabras, nacidas de mi propia experiencia profesional, «lección de clausura». ¡Dios me libre de dar lecciones! Si se me permite una exageración a lo Unamuno, «que enseñen ellos». Enseñen ustedes. Yo me voy á limitar a señalar algunas cosas que hoy nos preocupan a los periodistas y a recordar, machacón amen té; que necesitamos periodistas perspicaces e inteligentes, cultos y tenaces, para explicarnos a todos un mundo confuso.
De ahí el título de esta intervención, «Nosotros, los periodistas», que, al final de un congreso que se ha ocupado de cosas tan serias como el derecho a la información, la opinión pública, la redacción periodística, la televisión, la radio, las nuevas tecnologías y la teoría de la información, rio pretende ser más que una reflexión, formulada con cariño y camaradería, pero no siempre con complicidad, sobre los artesanos de la noticia.
¿A qué llamamos periodista? Una vieja definición dice que el periodista es el que escribe la primera versión de la historia. Otra, que el periodismo es la literatura hecha deprisa. El ex presidente de Uruguay, Julio Sanguinetti, que también fue periodista en su juventud -cuando, como él dice, «los informadores éramos producto de la improvisación y la audacia»-, declaró no hace mucho en Madrid, al clausurar un curso de periodismo, que los profesionales de los medios han de ser infatigables intermediarios entre el ruido de la historia y ese flujo interminable que es la vida de las sociedades.
Eso es lo que somos: simples intermediarios. Entre el ruido y la furia de los tiempos difíciles y la necesidad de que las cosas avancen y mejoren. Esta es una profesión que puede resultar fascinante, pero que está llena de frustraciones. No sólo porque no debe llevar ni al poder ni a la riqueza, según Indro Montanelli, sino porque no tiene capacidad para resolver las cosas. Pero, sorprendentemente, cada día atrae a más gente a sus filas. Cualquier universidad que se precie imparte enseñanzas en torno a la Información, a la que entre todos -docentes, estudiantes, periodistas, la propia sociedad- hemos decidido considerar ciencia.
A mí no me molesta que, ante la complejidad de la comunicación en todas sus variantes, se acentúe el rigor en la preparación de quienes van a tener la responsabilidad de administrarla. Pero, precisamente por eso, la propia sociedad debe disponer de mecanismos de control y ser muy exigente en la distinción del grano y de la paja, a la hora de valorar esta tarea.
El grano y la paja: lo que preocupaba al gran periodista Indro Montanelli, que escribió sobre ello lo siguiente: «Para elegir entre miles de noticias -o entre cien ángulos de la noticia- habrá profesionales capacitados. No sé cómo les llamarán. Seleccionadores, quizás. Gente capaz de encontrar la espiga de grano entre la hierba -y perdonen la metáfora agrícola: es una forma de nostalgia-. Y capaces también de explicarla de una forma clara, breve y atractiva. Porque nuestro oficio sigue siendo el de informar interesando».
Porque hemos llegado en este terreno a posiciones realmente confusas. No hace mucho pude leer la intervención de quien se llama director de un periódico digital, en un curso de verano de una universidad importante dedicado a Internet -es sabido el peligro que tienen algunos cursos de verano- en la que, entre otras cosas, aseguró que «Internet nos ha convertido a todos en periodistas o investigadores» y que «las paredes del viejo periodismo han caído». ¿Se imaginan que eso fuera realmente así? ¿Que cualquier individuo con un ordenador en casa y con afición a los chismes pudiese pedir el ingreso en la Asociación de la Prensa de su ciudad? ¿Que llamemos noticia a cualquier cosa que pueda llegarnos por Internet?
Pero parece que con Internet todo tiene que cambiar. La Fundación Auna acaba de publicar un análisis sobre el impacto de Internet en la prensa, del que son autores José M. Cerezo y Juan M. Zafra. En este informe se lee: «La irrupción de Internet ha afectado a la forma de trabajar en los medios y a la propia información. Los hábitos de lectura, acceso y búsqueda de la información del ciudadano también se han visto alterados. Se han abierto las puertas de la información a todo el mundo. Hasta ahora, el profesional de la información era el periodista; en el nuevo medio, con unos pocos conocimientos de edición y acceso a la red cualquiera puede convertirse en informador».
Como en las manifestaciones de solidaridad, aquí todos somos todo. Todos somos informadores. Pero maticemos: todos somos, eso sí, una variante de informadores, como la vecina de una copla de Quintero, León y Quiroga.
¿Qué garantía de auténtica información ofrece Internet? Cerezo y Zafra no ocultan su preocupación: «Los propios periodistas se han visto afectados: dejando que la inmediatez prime sobre cualquier otro aspecto como la veracidad de las fuentes o la redacción periodística; que la primicia informativa sea el valor más importante frente al análisis y la investigación profunda; y, por último, recurriendo a la red para obtener en ella pistas, datos, rumores o confidencias, no siempre contrastadas y en ocasiones carentes de toda veracidad, pero que cada vez con mayor riesgo pueden acabar siendo publicadas en primera página y así elevadas a lo más alto de la información veraz y de prestigio. Internet ha revolucionado, por tanto, la profesión periodística».
Que esta ya veterana profesión sigue atrayendo a los jóvenes es algo que no ofrece demasiadas dudas, aunque las salidas sigan siendo difíciles y el periodismo no pueda absorber tanta fuerza laboral y aunque, pese al aparente brillo social de algunos colegas, el mandamiento del viejo maestro Montanelli -ni poder, ni dinero- sea de obligado cumplimiento para el común de los periodistas.
Las recientes elecciones a la Asociación de la Prensa de Madrid han confirmado no solamente el interés social que suscita esta profesión, sino también cómo ha aumentado la colegiación de los periodistas. Desde las elecciones celebradas en la APM hace cuatro años con alrededor de tres mil miembros, el número de afiliados ha pasado a ser de más de cinco mil.
Un siglo lleva la Asociación de la Prensa de Madrid cumpliendo una misión benéfica, como ha recordado Manuel Martín Ferrand en Abc, al día siguiente de estas elecciones, celebradas el día 12 de noviembre, en un artículo titulado «Cosas de periodistas», en el que ha subrayado que «afortunadamente los tiempos han cambiado mucho y, aunque hay colegas sin empleo, o con subempleo, ya nadie se muere de hambre en este oficio, que ha ramificado sus actividades y prescindido de la magnanimidad de los poderes, no sólo políticos, para llenar el puchero familiar».
Señala este veterano colega que «tampoco abundan ya los periodistas que, descaradamente, superpongan la actividad con la política». Y concluye: «Y, sin embargo, por multitud de razones, los tiempos no son buenos para el desarrollo de las libertades. De ahí que quepa esperar de la renovada APM que, sobre la impecable función existencial que le ha dado fama, abunde en la defensa de la libertad para bien y dignidad de los periodistas y, sobre todo, para mejor atender a nuestra distinguida clientela: lectores, oyentes, espectadores y navegantes de Internet».
Y después de esta larga cita de una persona que, como yo, cree en la necesidad de mejorar la formación de los periodistas, ¿qué les parece si hacemos un poco de autocrítica de nuestro trabajo?
¿A ustedes les molesta la palabra autocrítica, tan poco utilizada, por cierto? A mí, no. Y al periodismo, globalmente, tampoco debería importarle. Pero ya no se producen autocríticas ni en vísperas de los estrenos teatrales, como antes hacían algunos autores para explicar el sentido de su obra y pedir, de paso, como los dramaturgos del Siglo de Oro al final des sus comedias, benevolencia para sus posibles fallos. Reconocer errores está muy mal visto en algunas profesiones, y la nuestra es una de ellas. Pero creo que hay que hacerlo con absoluta naturalidad.
Recientemente he tenido la fortuna de asistir a una mesa redonda en la que participábamos periodistas colombianos y españoles, y me sorprendió comprobar cómo un periodismo de altísimo nivel, como es el de aquel país, se está planteando también la autocrítica en relación con el papel de la prensa respecto al conflicto armado que vive su país.
¡Qué tropa, los periodistas! Yo creo que es un buen momento, por todas las cosas que están pasando a nuestro alrededor, para que nos ocupemos de ellos. ¿Qué somos los periodistas? Unas personas que encauzan hábilmente su curiosidad. Pero como la curiosidad es patrimonio de casi todo el mundo, periodista, efectivamente, puede ser cualquiera, como decía ese director de un chiringuito de Internet al que he aludido antes. Ya sé que esto, afortunadamente, no es así. (¿O sí es así?, como se preguntaría Mariano Rajoy).
El verdadero periodista refuerza y enriquece su curiosidad con el estudio, con la experiencia, con el aprendizaje permanente. Utiliza Internet como una fuente más, pero no olvida las claves esenciales de su trabajo y las cinco «w» de la noticia. Ese es su oficio. Aunque sepa, como escribió Graham Greene en Un caso acabado, que «una vocación es un acto de amor y no una carrera profesional».
Esta necesidadde abrillantar el instinto con la adecuada preparación a la hora de conseguir buenos periodistas se percibe en todas partes. Un gran periodista de Centroamérica, Eduardo Ulibarri, escribe en el prólogo al libro Los mejores reporteros, del costarricense Edgar Fonseca, director de Al Día de San José de Costa Rica: «Si durante décadas un amplio sector de la prensa se conformaba con profesionales de nociones epidérmicas y posturas pirotécnicas, el buen periodismo contemporáneo requiere el manejo de disciplinas y habilidades múltiples. Estas van desde los métodos de investigación típicos de las ciencias sociales hasta el conocimiento especializado -según el caso- de la política, la economía, la cultura o el deporte; desde el uso depurado y preciso del idioma hasta la integración de textos e imágenes en mensajes congruentes para los destinatarios; desde la introspección de decantados principios hasta el dominio de novísimas técnicas para buscar y transmitir informaciones. Demanda también un sentido de humildad bien orientado, que nos alerte sobre nuestras carencias, nos vacune contra la seducción de la fama o el poder y nos incite al constante aprendizaje. Se trata de una pesada responsabilidad que, sin embargo, se aligera y convierte en ímpetu creativo a partir de la vocación: el periodismo, además de misión, puede ser disfrute»
De acuerdo; todo eso está muy bien. Pero, con mayor o menor formación, no debemos olvidar que el periodista es algo quizá más importante de lo que piensan algunos políticos y menos de lo que se creen otros políticos y muchos periodistas. ¿Cuarto poder? El periódico que de verdad tiene poder es el Boletín Oficial del Estado. Obnubilados por el halago de la política, algunos periodistas piensan que nosotros somos quienes dirigimos la marcha del mundo.
Una querida colega, Margarite Riviere, llegó a titular un libro de entrevistas con algunos compañeros como El segundo poder. Pero los periodistas somos, simplemente, quienes trabajamos con las noticias, como los fontaneros trabajan con las tuberías. Una profesión, un oficio, una curiosidad bien dirigida, una habilidad para contar lo que pasa: poco más que esto es el periodismo. Aunque, eso sí, con influencia inevitable en la sociedad y en ese proceso sutil, del que aquí han hablado también ustedes estos días, que es la creación de la opinión pública.
Esa es nuestra gran responsabilidad social. El periodismo pone título a lo que pasa y nombre al mundo que nos rodea, porque, como decía Filón de Alejandría, las palabras crean las cosas. No es lo mismo lucha armada que terrorismo. No es igual tropas invasoras que fuerzas liberadoras. No es equivalente la pobreza al subdesarrollo, ni la vejez a la tercera edad. Siempre me acuerdo del gran Borges y de su famoso poema «El Golem», que arranca con estos cuatro versos imperecederos: «Si como afirma el griego en El Cratilo / el nombre es atributo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo».
Josep Pía, en su Cuaderno gris, cuando aspiraba a dedicarse a este oficio, escribió: «Ser periodista en este país es bien poca cosa y ¡aun, si llegase a serlo!». El periodismo en nuestro país ya no es tan poca cosa como lo veía el juvenil Pía. Se ha ensanchado, se ha dignificado, ha pasado por la universidad, se ha nutrido de toda clase de materiales y personas. Desde la bohemia de los cafés hemos llegado a la tecnocracia y a la digitalización. Aquellas palomas mensajeras que llevaban anillados en sus patas los primeros despachos de las agencias viajan ahora por Internet. La fotografía es digital, la radio es inmediata, la televisión es el gran hermano que nos vigila. Pero la esencia del oficio sigue siendo la misma: ver y contar, mirar lo que pasa a nuestro alrededor y explicarlo para que los demás saquen las consecuencias. Para que, si es posible, las cosas vayan un poco mejor.
¿Qué el periodismo es superficial? No creo que haya dudas sobre esto. Recordarán lo que escribió Larra en su artículo «Ya soy redactor»:
« Grande artículo -me dice el editor-, pero, amigo Figaro, no vuelva usted a hacer otro.
»¿Por qué?
» Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lo lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial?».
Superficial, han oído bien. Pues nada menos que Ben Bradley, el director del Washington Post de Katharine Graham, que destapó el caso Watergate, dice en su autobiografía, algunos siglos después de Larra, que la primera lección sobre este oficio, recibida de un colega entusiasta y veterano, fue que la esencia del periodismo es la superficialidad.
Y no hace mucho, a raíz del «caso Kelly», que costó la vida a ese experto inglés en armamento por sus posibles filtraciones a la BBC sobre la situación de Irak, y que puso en peligro la carrera de Tony Blair, la ex ministra británica Clare Short declaró a The Independent: «Todo depende de lo que se va a decir a los medios, y eso lleva a la superficialidad».
Esta naturaleza epidérmica del periodismo, que levanta acta de lo que sucede en cada momento, impregna el carácter de quienes lo desarrollan. El periodismo, en su conjunto, tiene un peso indudable en la sociedad. ¿Cómo no iba a tenerlo en una sociedad que aspira a ser la sociedad del conocimiento y de la información? Pero los periodistas, individualmente, somos soldados anónimos que debemos renunciar al protagonismo exacerbado, al síndrome del redentor o del que cree que una credencial de prensa es una llave que abre todas las puertas. Gente humilde, que cuenta los problemas, pero que no tiene capacidad para resolverlos: eso somos.
Es posible que en estos tiempos de confidenciales sin denominación de origen, tertulias con más vocación política que periodística y tribunos de la plebe disfrazados de espectadores objetivos, esta apelación a la modestia del periodismo pueda extrañar a algunos. Pero creo que vale la pena reflexionar sobre ello.
Si la poesía es palabra en el tiempo, como creía Antonio Machado, ¿qué decir del periodismo? La aceleración que vive es espectacular. Es, cada vez más, una palabra urgente. Aunque en el mundo de la comunicación caben todas las aportaciones, y esta palabra en un tiempo concreto que es el periodismo se ha visto muy influida por las últimas y espectaculares mejoras técnicas y por el fenómeno de la globalización, nosotros, los periodistas, no podemos aspirar a trabajar como concienzudos investigadores que elaboramos sofisticadas teorías a partir de experimentos de laboratorio. Hay que seguir escribiendo deprisa, como hacía Azorin. Nosotros, los periodistas, estamos condenados a ser traductores simultáneos de la realidad.
En ello estriba una de las grandes dificultades de este oficio: somos como atracadores («deprisa, deprisa»), pero el botín tiene que ser valioso: la credibilidad.
Por eso, yo quiero reivindicar hoy aquí el papel anónimo y silencioso de los periodistas de a pie, de los que no se confunden con los personajes que aparecen como «comunicadores» (así se les llama ahora) en algunos programas de televisión, de los viejos periodistas herederos de la bohemia que podían decir, al comienzo de sus carreras, lo que Billy Wilder decía de sí mismo: «Yo estaba bien dotado para el periodismo, pues era impertinente y tenía talento para exagerar».
Ya sé que a algunos de mis amigos, que hoy enseñan Periodismo en universidades como ésta, que creen que las facultades de Ciencias de la Información son el único sitio en el que pueden formarse periodistas de calidad -y probablemente es así-, a ellos no les gusta que yo diga lo que voy a decir a continuación. Pero desde la perspectiva que dan los años y la responsabilidad de pilotar una gran empresa informativa, creo sinceramente que la creciente oferta de titulados en Periodismo no puede ser absorbida por una demanda cada vez más estrecha. A algunos de los jóvenes que vienen a hacer prácticas a nuestra empresa -y que son muchos todos los años, y a todos los cuales desearíamos poder contratar- les muestro una viñeta del formidable Chumy Chúmez en la que aparece el ángel con la espada flamígera expulsando a Adán y Eva del Paraíso. Ante la pregunta angustiada de Eva: «¿Qué vamos a hacer ahora, Adán?», éste responde: «Ya lo tengo pensado: me voy a matricular en la Facultad de Ciencias de la Información, como todo el mundo».
Nunca se me ocurrió preguntarle a Chumy, que me regaló este dibujo, publicado en un periódico de Madrid, por qué su machismo subconsciente le hacía poner en boca de Adán un «me» en vez de un «nos», porque él tendría que saber que las mujeres que estudian y ejercen esta profesión son cada vez más numerosas que los hombres.
Mujeres y hombres ya titulados o en trance de titulación buscan acomodo en los medios de comunicación, y ello, como saben ustedes muy bien, no es fácil. Les voy a leer un texto de un anuncio publicado el mes pasado en la prensa madrileña, que diseña el perfil multidisciplinar de los profesionales que ahora se buscan. Decía así:
«NUEVO PROYECTO DE COMUNICACIÓN. Buscamos profesionales (100) para formar un equipo de redacción multidisciplinar, dinámico e intelectualmente desafiante.
Necesitamos candidatos de cualquier edad,
– con formación universitaria,
– con alto nivel de inglés (se valorarán idiomas adicionales),
– se valorará experiencia profesional previa, estudios de postgrado (doctorado, máster, oposiciones…).
Ofrecemos la incorporación a un proyecto empresarial sólido, con alto contenido intelectual y de alcance social,
– con condiciones salariales muy competitivas (acorde con la valía y experiencia del candidato),
– con ambicioso plan de formación inicial (4 meses) para los candidatos seleccionados.
Las personas seleccionadas deberán mandar su CV, acompañado de una breve carta de presentación, al Apartado de Correos xxx (xxx Madrid) o a la dirección de correo electrónico xxx En ambos casos indicando como referencia «Empresa comunicación» ».
No garantizo el dato, pero he visto en algún confidencial de esos que circulan inmisericordes, que a esta oferta habían contestado 11.000 solicitantes. Con ese número de personas no sólo se puede hacer un nuevo periódico -que, al parecer, es lo que está detrás de ese anuncio- sino varias cadenas de televisión, varias agencias como EFE y hasta una ciudad de la imagen. Habrá que controlar de alguna manera tanta generalizada vocación por la comunicación, para que la selección no venga a través de anuncios como el que he comentado, y se haya podido hacer previamente con un acceso racional a la capacitación profesional de los informadores.
Pero no quiero que se queden ustedes con la impresión de que, para arreglar los problemas del periodismo, tenemos que acudir a los numerus clausus, a cerrar facultades y a desaconsejar a los jóvenes que abracen esta estimulante profesión. Lo que yo creo necesario es que la universidad consiga que el título de periodista -o, para enunciarlo más precisamente, el de licenciado en Ciencias de la Información- sirva para algo más que para ejercer el viejo oficio del gacetillero y del reportero audaz.
Entonces, cuando no sólo el mundo de la comunicación, sino todo el aparato empresarial, las ciencias sociales y los grandes cuerpos de la Administración del Estado, acojan también a estos licenciados en sus filas, los viejos guerreros de la noche, los buceadores del ordenador, los pacientes indagadores de la vida política y los sucesos, los espectadores desde el tendido, los juglares de lo cotidiano seremos sólo periodistas. Dejaremos la gloria -la académica y la otra- a los demás, seremos tan sólo periodistas en el sentido en el que el viejo maestro Montanelli atisbo el futuro de esta profesión: como personas que seleccionaremos lo esencial y sabremos explicárselo con precisión a eso que Martín Ferrand llama nuestra distinguida clientela. El gran periodista italiano, que se planteó al final de su carrera cómo sería el futuro del periodismo, resumía en cinco verbos la tarea que tendrían que abordar los «seleccionadores» del mañana: comprender, resumir, elegir, informar y explicar lo que ocurre. Con brío, pero con honestidad.
Habremos completado así el largo camino recorrido por esta profesión desde que los primeros pasquines contaban a las gentes cosas que les podrían interesar.
Y dejaríamos atrás un pasado de desconfianza hacia este oficio que a lo largo de la historia ha provocado algunos comentarios muy desdeñosos para los periodistas, desde el célebre del vienés Karl Kraus, que afirmaba que lo que hacía al periodista era no tener una idea y poder expresarla, o aquello de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: «Es evidente que una nueva técnica de mutuo conocimiento entre los pueblos reclama una reforma profunda de la fauna periodística».
La reforma que pedía Ortega ya se ha producido, pero hay que seguir profundizando en la mejora de este viejo oficio, cuyas paredes esenciales no sólo no se han caído con Internet y las nuevas tecnologías, sino que no tienen por qué caerse. Se trata de que el periodismo asuma con naturalidad y plenitud sus responsabilidades, para que no se haga realidad el sombrío pronóstico del escritor Martin Amis en su libro Experience: «El cuarto poder se halla en un estado peculiar de su evolución. A la Prensa, por una parte, cada día le place más el poder que la corrompe, y, por otra, camina inexorablemente hacia una mastodóntica impotencia en las cuestiones que realmente importan».
El periodismo es sólo una pequeña luz en medio de la oscuridad. Nosotros, los periodistas, tenemos que saber colocar nuestra lámpara, con entusiasmo, honestidad y perseverancia, sobre esas cuestiones verdaderamente importantes que preocupan a todos los hombres. Eso es el periodismo: la lámpara en la tierra.
Es un combate que sí vale la pena. El combate entre la luz y la sombra. El combate por la solidaridad y el progreso. El combate por la verdad y por la libertad. El combate de unos soldados anónimos que luchan tenazmente, sin miedo, y a veces sin esperanza, por un mundo mejor, más habitable, más cercano, más de todos.
MERCEDES MONMANY. En su célebre ensayo La antipolítica, usted acuñó el término que servía de título para definir la actitud de los intelectuales que, como usted, vivían en un régimen comunista con un poder político cuya principal característica era la de inmiscuirse en cualquier rincón de la sociedad, incluida por supuesto la cultura. En aquel momento, la antipolítica, para usted, era la política practicada por aquellos que no eran políticos profesionales, es decir: la resistencia de los intelectuales que querían volver a situar la política en su lugar legítimo, al margen de labores que no les pertenecían. Posteriormente, en su recolección de ensayos (1989-1994), The Melancholy of Rebirth, pone al día la labor de aquellos intelectuales, libres ya de cargas y mensajes concienciadores («Se han acabado los libros baratos: el Estado ya no tiene ningún interés en lo que los ciudadanos leen o en lo que los escritores dicen. Los escritores ya no somos unos sumos sacerdotes, pero tampoco somos ya unos herejes»). Pasadas todas las luchas, ¿sigue existiendo alguna función, algún papel especial que hayan de desempeñar los intelectuales?
GYÖRGY KONRÁD. En aquellos tiempos de la dictadura, vivíamos en unas condiciones claramente diferentes. Uno ni siquiera tenía consejos razonables que poder dar a sus colegas. Yo pude describir un cierto comportamiento a un grupo de personas de aquí, que estaban en la oposición democrática a la dictadura, pero que era también congruente con lo que hacían otros compañeros de causa en Chequia o en Polonia, es decir: una especie de movimiento central o del este europeo por la democracia. Un movimiento, que obtuvo bastante resonancia y «éxito»; otra cosa es lo que pasara después con la gente, eso es algo completamente distinto. Aun así, no me gustaría decir que, en la actualidad haya algún tipo de rol, algún deber general reservado a los intelectuales. Todo el mundo tiene un papel, aquel que construye para sí mismo. En ello hay una gran libertad, al tiempo que un gran riesgo. El papel depende las personas. Por otro lado, como el éxito de los escritores en la actualidad se ha convertido por desgracia en algo tan «cuantitativo», ese papel, esa búsqueda permanente de un rol, es la gran coartada para una presencia constante en los medios. El éxito revierte actualmente en el número de ejemplares vendidos, algo que puede ser cuantificado inmediatamente. Sería una gran hipocresía no verlo o no querer hablar de ello; y por otra parte, sería también idiota estar entusiasmado o encantado con esa situación. Se trata de un hecho puro y simple de nuestra época, y cada uno efectúa sus propias desviaciones. A veces esas «desviaciones» se convierten en éxito, y otras veces, no. Pero, como siempre, hay que distinguir netamente los valores literarios de lo que son éxitos mediáticos.
M.M. Una vez superadas las «dos Europas», creadas injusta y artificialmente tras la II Guerra Mundial y el reparto de países en bloques o zonas de influencia, ese viejo regusto que parecía haberse perdido ya de vista —la desunión europea—, pareció retornar cuando estalló la crisis por el conflicto de Irak. ¿Vio usted de forma pesimista esta nueva división, ese desacuerdo entre una llamada «nueva Europa» y otra «vieja Europa»? ¿Cómo vio también las manifestaciones de protesta que se sucedieron en las distintas capitales europeas?
G.K. El hecho de que Donald Rumsfeld dijera aquello estuvo bien, no era grave: él no es un filósofo ni un hombre de ideas, sino un secretario de Estado de Defensa. Pero el hecho de que toda la prensa europea haya estado rumiando esa frase, eso sí que es ya un certificado de pobreza. Por otro lado, la izquierda europea siempre fue propensa a ensalzar los valores pacifistas; aunque, curiosamente, por poner un ejemplo, en los últimos años, no hubo manifestaciones cuando se bombardeaban pueblos enteros de Bosnia, en pleno suelo europeo. En ambos casos, lo que yo observo es la no convención, la no coherencia de la causa; porque, por una parte, está la indiferencia más total, y por la otra, la protesta y sacar las cosas de quicio. Milosevic, por ejemplo, no está muy cerca de mi Corazón, pero Sadam Hussein tampoco. Entonces no entiendo por qué algunos consideran que Sadam Hussein es más simpático que Milosevic; su cuota de asesinatos supera con creces la cuota de asesinatos de Milosevic. Por lo tanto, para mí, todo ese movimiento, francamente, no es sincero.
M.M. Volvemos quizá al fantasma del antiamericanismo…
G.K. Siempre hay que manifestarse contra alguien. ¿Quién es el más poderoso? Cuando se manifiestan los antiglobalización en contra de los G7 o los G8; cuando protestan o se manifiestan en contra de las cumbres europeas, entonces yo quiero imaginar que todos tienen sus razones más o menos racionales. Pero no creo que sean unas razones tan inteligentes como para que, para defenderlas, haya que romper los cristales de los escaparates. Creo que existe cierta energía que tiene que manifestarse de alguna manera, y que a veces esa energía encuentra el contrincante justo. Quizá un buen ejemplo de ello serían las manifestaciones del año 89, a favor de la liberación de Centroeuropa y la Europa del este. Entonces, las manifestaciones tenían un éxito rotundo, pero tengo que decir que Jamás se rompió ni un solo escaparate. Yo he vivido también bastante tiempo en Berlín, largos períodos, y sabía perfectamente que los grupos «autónomos» se iban a manifestar, que se trataba de una serie de acontecimientos de tipo ritual. Que era una cierta dramaturgia, una puesta en escena social.
M.M. No cree por tanto que sea nada fundamental, de gran calado…
G.K. A mí, en modo alguno me parece que el profesor Habermas tenga razón, ya que él piensa que el destino de Europa, de cara al futuro, lo determinan dos fechas o momentos: cuando hubo las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak y, por otro lado, con la «Carta de los Ocho». Decir que esas fechas definen todo el futuro de Europa es como decir que un simple grano o suceso determina toda una vida, cuando en realidad se trata de fenómenos pasajeros. Un fenómeno que no es pasajero es que la Unión Europea esté funcionando como una comunidad económica y que se esté preparando una Constitución. Estos son los asuntos realmente importantes y determinantes, no sólo los chismorreos de quién es nuevo o viejo. Puestos a hacer diferencias, tampoco tiene mucho sentido establecerlas porque, según eso, también podría decirse que América es más vieja que Europa, ya que la Constitución americana, como carta democrática, es la primera.
M.M. Hablemos un poco de la relación de América con Europa, o si se prefiere de «América en Europa».
G.K. Cuando intervino en Europa, América lo hizo en casos malos. No tenía muchas ganas de intervenir como aliado de Gran Bretaña en las dos guerras mundiales, pero lo hizo, manteniendo esa solidaridad con sus aliados. Impuso la democracia en Alemania y en Japón y de algún modo detuvo el avance de las dictaduras rusa y china. Yo estuve en el año 82 en Alemania y entonces hubo muchas manifestaciones en contra de las bases norteamericanas y de sus misiles. Pero cuando los americanos dijeron que ya no ponían más bases y que se iban del país, también hubo protestas porque los alemanes necesitaban esa protección, aunque al mismo tiempo no querían que los americanos estuvieran allí. Ese es un problema de lógica difícilmente resoluble. Aunque nunca se planteó la pregunta de cómo resolverlo juntos. Y eso es lo que ocurrió al final.
M.M. Actualmente ¿qué se considera más: novelista, ensayista u hombre de ideas? ¿Cuáles son sus últimos libros aparecidos en Hungría?
G.K. Creo que soy el mismo en todas las facetas, aunque lo que hago preferiblemente es ser novelista. En Hungría han aparecido dos libros míos últimamente. Uno se titula Partir y regresar, y el otro, que es como su continuación, Arriba, en el monte, en el momento del eclipse de sol, aunque el título en húngaro es más breve. Son, para definirlos de alguna forma, dos «novelas autobiográficas», que cubren desde los años de antes de la guerra, los de la guerra, la posguerra y hasta nuestros días. Durante la guerra yo vivía en provincias, en un pueblo llamado Berettyoújfalu, aunque desde mayo de 1944 hasta mayo de 1945 no, porque si me hubiese quedado allí, habría terminado en Auschwitz. Yo tenía once años y mis padres fueron detenidos por la destapo y deportados. Era el método que solían utilizar: escogían primero a los más pudientes de las ciudades o pueblos pequeños. Mi hermana y yo, junto a dos primos, nos quedamos en Budapest. De Budapest nos enviaron unas cartas de invitación, que ya no se podían cursar porque era demasiado tarde. Entonces yo soborné a la autoridad local y nos dieron un pase para viajar. Así que un día antes de que el pueblo donde vivíamos se convirtiera en un gueto, pudimos llegar a Budapest. Los demás jóvenes de la población, al cabo de dos semanas, ya se habían convertido en humo. En realidad, en febrero de 1945, estábamos ya de regreso en nuestra pequeña ciudad. Mis padres, debido a una serie de circunstancias bastante increíbles, lograron sobrevivir. Fueron deportados a Austria y esto también hay que atribuirlo a una casualidad, porque en principio el tren donde iban se dirigía a Auschwitz, y el otro, el que no debían tomar, a Austria. Por un azar se equivocaron de tren. En aquella época había muchas cosas así, puras casualidades, y como resultado, de la pequeña ciudad donde vivíamos, donde había más o menos mil judíos, nosotros fuimos los únicos adolescentes que quedaron con vida y nuestra familia, la única que quedó intacta. Yo tenía entonces once años, pero si hubiera tenido catorce, como Kertész, habría tenido más posibilidades de sobrevivir, porque a esa edad eran enviados a los campos de trabajo. Sin embargo, a los once, uno era enviado directamente al crematorio.
M.M. ¿Qué recuerda del resto de la gente del lugar? ¿Les ayudaban?
G.K. La mayoría se mostraba indiferente. Había una minoría que se alegraba de que a los judíos les tocara pasar problemas. Dentro de esto, había otra pequeña minoría, la de, por ejemplo, los miembros del partido nazi húngaro, los «cruces flechadas», que formaron comandos voluntarios de ejecución. Por otro lado, también había personas que miraban a los judíos con simpatía y los ayudaban hasta cierto punto. Había gente que los ayudó a esconderse. Otros propusieron esconder los bienes de los judíos (y los escondieron bien escondidos: definitivamente). También otra gente les dijo: «Mira, tú ahora estás en una situación muy difícil, yo te doy mis papeles para que intentes escapar». También había gente que en sus casas construyeron huecos donde escondieron a judíos y les pasaban comida todos los días para que se pudieran alimentar. Había de todo.
M.M. Por último, usted pertenece a un país eminentemente literario. En alguna ocasión ha comentado que es «en relación a la lengua y a la literatura por lo que se define a la nación húngara». ¿Qué experimentó al serle concedido el Premio Nobel de Literatura a un compatriota suyo, Imre Kertész, primer galardón concedido a un escritor en lengua húngara de la historia?
G.K. Me alegré y, sin duda, se lo merece. Pero yo siempre he estado convencido de que los escritores no juegan en ningún tipo de «equipo nacional» encaminado a ganar premios como el Nobel. Aunque me alegré, claro está, dada su biografía, y dado el tema que trata. Aunque Kertész dijera recientemente en una entrevista que el verdadero tema de su obra no es el «ser judío», sino un cierto período del comunismo en Hungría, normalmente es imposible no identificar su nombre y su biografía con sus novelas. Aunque también es cierto que una situación de opresión se puede trasponer a las diferentes condiciones humanas. Sólo su novela Sin destino merece ese premio, sin duda.
«Entre la agonía de la muerte y la ilusión de la novia,
aquí estoy, aguardando la inspiración».
Toda novela contiene una teoría de la novela; siempre ha sido así, pero hoy más que nunca, cuando lo propio de la posmodernidad literaria es que la poesía, sin dejar de serlo, sea también poética, por así decir. Ese es el caso de Una fiesta en el jardín, publicada por Alianza Editorial y traducida excelentemente del húngaro por Adan Kovacsics. De este libro extraordinario —tanto, al menos, como El tambor de hojalata, de Günter Grass— es preciso subrayar el concepto de literatura que se profesa y practica como espacio del yo; como un reino de la mentira y su revés; y como una aventura imposible y al mismo tiempo, y sin embargo, real. Konrád lo declara con heladora sinceridad, al afirmar: «Si tuviera que elegir entre Dios y la literatura, elegiría la literatura. Ser novelista significa rebelarse contra la singularidad de Dios» (p. 50). El novelista, pues, alter deus, ¿alguien da más?

En su propio quehacer literario, Konrád, víctima del comunismo, es fiel a esta idea de laliteratura como reflexión de sí, por lo que llegará a afirmar que « no existe actividad más equívoca que la escritura: el cerebro se describe a sí mismo. Mi reflejo me mira a la cara» (p, 23). De que con su Fiesta Konrád ha puesto su mirada en el espejo, no hay duda, puesto que esta novela inmensa es, sobre todo, una confesión. Porque, para Konrád, «la novela, más que un género es un medio. Una obra extensa en prosa»: un lugar donde se puede meter de todo, sin otra regla que la de no resultar aburrido. Como «Una larga carta a los amigos», sentencia el autor (y a este húngaro le encanta salpicar su texto de frases ingeniosas). Así las cosas, este libro, que «no empieza ni acaba nunca» (p. 29), «se mueve en la frontera entre la reflexión, el cuento y el testimonio». £s «una novela sobre una novela ficticia», en la que el autor presenta su obra y —al tiempo— su modus operandi al lector, de forma que el resultado no es una novela ni un ensayo, ni un diario, ni unas memorias, sino algo así como «el índice de otro libro» (p. 51).
La siguiente declaración de principios es imprescindible para comprender esta Fiesta en el jardín «La literatura me aburre. Leo con cierta repugnancia las cartas de Flaubert sobre la santidad del arte. Me aburren los personajes inventados y las tramas inventadas. Pocas veces consigo leer una novela hasta el final. Resulta extraño, pero el hecho es que los novelistas no suelen leer novelas. Muchas palabras y pocas observaciones exactas. ¡Madre mía, cuánta verborrea! Este, por ejemplo… ¡cuántas palabras necesita para imaginar ser alguien que no es! ¿Para qué hacerte pasar por alguien que no eres? Un autor simula ser el cronista de los hechos ocurridos; el otro hace aparecer un manuscrito perdido; el tercero transmite cuanto le dijo un desconocido en el tren. También podrías escribir lo que pensarías si fueras ballenero o atracador de bancos. Porque al menos tendrías más acción que esta pérdida de tiempo con las palabras. En todas mis novelas, me he descrito más viejo de lo que soy y me he atribuido una biografía más rica en aventuras. Con el paso de los años, sin embargo, comenzamos a considerar digno de describir incluso aquello que antes desechábamos. El joven escritor teme que su pequeño morral no sea tema para la literatura. Ahora ya sé que mis amigos son más interesantes que los personajes de mis novelas. Mis amigos se crearon a sí mismos con mayor inspiración, con el enorme esfuerzo de toda una vida» (p, 51).
Personalmente, no estoy de acuerdo con Konrad cuando escribe que «no es ésta una novela como Dios manda». Lo es, y por eso he titulado esta glosa-comentario de esta manera. Apruebo que «cada personaje busque su propio futuro», llegando incluso a autopresentarse, a declarar que quieren contar sus avatares e incluso a permitirse dar consejos al autor. Éste, por su parte, nos aclara en el propio texto novelístico los oficios con que se vincula: «El artesano, el carpintero o el apicultor me son más próximos que el obrero industrial o el oficinista»; su gozo y su pena y hasta su modo de organizar una jomada: «Mi día de trabajo empieza temprano en la cama y ni siquiera se interrumpe de noche cuando sueño. Es, por así decirlo, un día de trabajo vitalicio».
Una cosa parece clara: la libertad del creador—como la del mismísimo Dioses absoluta. Escribir es una continua trasgresión, una continua violación de fronteras». Y Konrád las viola, claro que las viola, más o menos justificadamente o —mejor— con mayor o menor fortuna.
En definitiva, este arriesgadísimo libro —novela de una novela— se ha convertido en un auténtico cajón de sastre, al que a su artífice, tal vez, se le haya ido a veces de las manos —o que sea a mí a quien se le haya escapado—. Carece de esa unidad incontestable y compacta que, por citar otra novela centroeuropea, tiene La broma, de Milán Kundera. Porque Konrád, de quien hasta ahora sólo conocíamos en castellano El cómplice (Alfaguara, 1987), quiere contamos demasiadas cosas y, aunque tiene la disciplina de la frase, no posee la de la historia.
Ahora bien, esta pequeñísima objeción de lo que no es más que resultado de la ambición del autor, no empaña la soberbia y apabullante personalidad narrativa que Lite tras estas páginas. Una fiesta es un libro claramente centroeuropeo, heredero y continuador de esa tradición, posiblemente la mejor de la literatura del XX. Como Thomas Mann, Konrád tiene una implacable mirada de entomólogo, capaz de ventilar una atmósfera en cuatro líneas. Como botón de muestra, sirva esta descripción: «Han dejado atrás los años y están sentadas con sombreros y chales de seda; todavía disfrutan de la tarta de chocolate con nata. Tienen una mesa reservada, juntas fueron a la escuela, se birlaron los respectivos amantes, enviudaron y enterraron a sus hijos suicidas; tienen problemas digestivos y puentes de oro en la boca y sus ojos expresan una sabiduría ladina y curtida por el tiempo. Suelen nadar juntas por las mañanas, cuerpo pegado a cuerpo en la piscina; se cuentan lo que cocinaron el día anterior, discuten la última dieta de moda; una de ellas tiene una mujer de la limpieza que es un ángel, la otra una que es una bestia y una mangante. Cuando alguien entra no tardan ni un segundo en examinarlo desde los zapatos hasta los guantes de seda», ¿No podríamos decir que conocemos bien, a la perfección, a estas señoras? Posiblemente, no se equivoca Konrád al asegurarnos: «Mi vida no habrá sido más rica en acontecimientos que la de otros. Sólo la repetición en la imaginación la hace rica, El objeto resulta tanto más misterioso cuanto más intensa es la atención».
Por si esto fuera poco, el texto está salpicado de hermosísimos destellos líricos: «En el tapiz de! respaldo un ermitaño y un ángel hablan a orillas de un lago»; «el alma tirita de frío y pide volver con su madre»; «guardé el puño en el bolsillo de mi pantalón con el mismo cuidado que si llevara una golondrina».
Lo diré de una vez: esta prosa me parece superior a la de la mayoría de los últimos premios Nobel. Quien fuera presidente del PEN Club del 90 al 93 ha nacido para escribir o, al menos, ha escrito mucho, es posible que a lo largo de toda la vida. Y ha llegado a ese punto donde escribe como le da la gana, sin piedad para con el lector, sin indulgencia con quienes no tienen ni tendrán la paciencia de leerle. Konrád sabe bien que el lector le tomará al principio por un loco, que luego empezará a dudar y a crear su propia novela —que es lo que en el fondo quiere—: Me encanta imaginar un libro con anillas cuyas hojas se puedan sacar y cambiar de orden según el gusto de cada uno».
***
«Entre la agonía de la muerte y la ilusión de la novia, aquí estoy, aguardando la inspiración». Con esta cita, quedan enunciados los tres temas fundamentales sobre los que reflexiona este maestro de la inseguridad, que es Konrád: la muerte (la decadencia, el holocausto), la novia {el amor, la mujer) y la inspiración (la literatura, la creación).
Al acabar la lectura de esta novela, son innumerables las sensaciones e ideas que se agolpan en mi mente y en mi corazón, rendidos a la genialidad de Konrád. Quedan, ciertamente, muchas consideraciones de carácter filosófico, sea sobre la condición humana en general, sobre la vejez o decadencia física, sobre la tarea del intelectual, sobre el nomadismo, sobre la identidad centroeuropea de «los resignados habitantes de los países del Este», que no podemos abordar en esta ocasión. Consciente de que «cada instante es muchísimo más que su huella», y de que «es imposible saber lo que ocurrió», Gyórgy Konrád ha realizado esta empresa narrativa de forma magistral, poniéndose entre paréntesis—como superviviente que es—, sin sentirse ofendido —pues sabe que su único instrumento es la palabra— y sin necesidad de justificarse —sólo de relatar la odisea del individuo frente a la sociedad, que es el eterno tema de toda novela.
La buena marcha de la economía española, que apenas se ha visto afectada por la desaceleración mundial, y las reformas laborales aprobadas, dirigidas a incrementar básicamente la contratación, han propiciado que nuestro país aspire con firmeza a lograr el pleno empleo antes de que acabe la década, después de haber sufrido, durante las precedentes, tasas de paro alarmantes. Sin embargo, pese a los avances —más empleo, más mujeres trabajando y necesidad de mano de obra extranjera en la mayoría de los sectores—, las próximas reformas deberían estar condicionadas a acabar con los principales déficit del mercado laboral: baja productividad, alta temporalidad y poca inversión empresarial en nuevas tecnologías y formación.
Pese a que España se ha convertido en el motor europeo de la creación de empleo en los últimos años y uno de cada dos puestos de trabajo de la Unión Europea (UE) fue generado en 2002 y lo será en 2003 por empresarios españoles, nuestro país arrastra importantes carencias y disfunciones en lo laboral, que lastran la competitividad de las empresas ante un mercado cada vez más globalizado. Baja productividad, elevados costes empresariales, escasa inversión en Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i), poca formación del capital humano y altas tasas de temporalidad y de precariedad, todo unido a un mínimo porcentaje de empleo a tiempo parcial, nos alejan de la convergencia real con Europa.
Las estadísticas evidencian una situación preocupante para la competitividad de las empresas españolas, que se agravará con la incorporación a la Unión Europea el próximo año de una decena de países, con bajos costes laborales y con jornadas de trabajo muy amplias.
Los instrumentos para paliar estos déficit intrínsecos al mercado laboral español son de sobra conocidos por el Ejecutivo y los empresarios. Los esfuerzos a corto plazo deberían ir encaminados a una mayor inversión en tecnologías —fundamentalmente por parte del sector privado— que nos acerque a Europa, a una mayor formación del capital humano y a políticas dirigidas a eliminar la precariedad en el empleo.
Respecto a los costes laborales, si se atajan las actuales carencias, lo lógico es que converjan con el resto de Europa, según coinciden los expertos.
PRODUCTIVIDAD E I + D
La preocupante evolución de la productividad se ha convertido en uno de los principales problemas de nuestra economía, según han denunciado insistentemente los empresarios. El último informe del World Economic Forum sobre competitividad, muestra que España ha descendido dos puestos en el ranking mundial y ha pasado a ocupar la vigésimo segunda posición, por detrás de países como Estonia, Israel o Malta.
España disfruta de ventajas competitivas importantes en aspectos como la diferencia en los tipos de interés, la penetración de la telefonía móvil o la fuga de cerebros, apoyadas por la estabilidad política o la falta de restricciones monetarias.
Sin embargo, nuestro país suspende en asuntos básicos como la formación, el régimen fiscal, el acceso a la financiación, la ineficiencia burocrática o la regulación laboral, que resulta demasiado restrictiva.
El propio Ministerio de Economía ha advertido recientemente de una pérdida de competitividad de más de un punto con respecto a nuestro socios europeos y de casi dos con los países del área Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Los últimos datos proporcionados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dejan patente que España ha sido la única nación de Europa que ha experimentado un retraso de la productividad de sus trabajadores en el periodo comprendido entre 1995 y 2002.
El año pasado, la productividad española apenas llegó a 34.772 euros por trabajador y año, frente a la de 1995 que se situaba en 35.751 euros, lo que representa una caída de casi medio punto.
Aunque el esfuerzo inversor de España en I+D ha aumentado considerablemente en el último quinquenio, todavía es claramente insuficiente —sobre todo por parte del sector privado— y se encuentra muy lejos de los parámetros que registran los países de nuestro entorno.
Sólo Grecia y Portugal dedican menos dinero a nuevas tecnologías y el ambicioso Plan Nacional de I+D+I para 2004-2007 que ha elaborado el Gobierno sólo servirá para superar la inversión en este asunto de otros dos países, Italia e Irlanda.
La intensidad del gasto en I+D respecto al Producto Interior Bruto (PIB) en España es prácticamente la mitad de la media de la Unión Europea, al tiempo que la inversión de los empresarios españoles en nuevas tecnologías es al menos diez puntos porcentuales inferior a la media comunitaria.
COSTES LABORALES Y FORMACIÓN
La quinta ampliación de la Unión Europea el próximo año complicará aún más la competitividad de la empresas españolas, sobre todo en los referente a los costes laborales. La hora trabajada en España se sitúa por debajo de la media europea y el objetivo de los agentes sociales y del Gobierno es converger también en este asunto de forma paralela a un incremento de la productividad.
Para los empresarios, lo realmente preocupante es la actual situación que evidencia un desajuste entre los salarios y la productividad.
Unos incrementos de sueldos que nos acerquen a Europa pero que no estén ligados a una mayor productividad provocarán un encarecimiento notable de los productos y los servicios, un contexto que inevitablemente llevaría a una pérdida mayor de competitividad, con las consiguientes reducciones de empleo y de renta a largo plazo.
Al tiempo, se constata en nuestro país un gran peso de las cotizaciones sociales, que suponen una de cada cuatro euros del coste total por trabajador, frente al poco más del 21% que representan en el resto de la UE. Si las cotizaciones de los empresarios se rebajasen, el empleo en España crecería hasta un 8%, según admite un informe el Banco de España.
Organismos internacionales como la OCDE, el Fondo Monetario Internacional (FMl) y la Comisión Europea coinciden en recomendar la reducción de las cotizaciones sociales como elemento dinamizador tanto del empleo como de la competitividad de las empresas.
La entrada en escena de las naciones del Este, con costes muy bajos y con jornadas laborales casi al gusto del consumidor, harán más difíciles los avances. En los diez países de la ampliación los costes laborales por hora trabajada son de 4,2 euros de media, mientras que para España son de 14,2 euros por hora. En términos homogéneos, los sueldos de los próximos socios representan apenas un 18% de lo que se paga de media en la Unión Europea, mientras que en España suponen un 63%.
Unido a esto, en el caso de que no se pongan en marcha de forma urgente mejoras en calidad e innovación frente a los bajos precios de los nuevos países de la UE, se puede producir un desvío de la inversión extranjera directa que tradicionalmente ha venido a España, que ocuparía una situación periférica en la nueva Europa.
Si bien para una buena parte de los empresarios los bajos precios no son una de las prioridades para invertir, sí lo son una mano de obra altamente cualificada y una mayor cercanía a los centros de decisión en Europa, dos circunstancias que se dan en la Europa del Este. En la mano de los empresarios y del Gobierno español está desarrollar los instrumentos que hagan nuestra economía más dinámica y que generen mayor valor añadido para el inversor internacional frente a los nuevos socios comunitarios.
Pese a todo, en este entorno globalizado, los empresarios admiten que las diferencias en el acceso a los recursos tecnológicos son cada vez menores y las ofertas de productos y servicios se acercan de manera significativa, por ello el capital humano se convierte en el elemento esencial.
En este contexto, el trabajador adquiere un valor creciente como elemento diferencial que puede determinar la competitividad final de la empresa y, sobre todo, su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos.
La disponibilidad de los recursos humanos, su nivel de cualificación y diferentes formas de organización del trabajo resultan básicos para que las empresas desarrollen su potencial de crecimiento y competitividad.
Las empresas difícilmente pueden ser competitivas si quienes trabajan en ellas no son competentes. Las carencias de formación se traducen inmediatamente en limitaciones que impiden imponerse en el momento adecuado en el mercado.
En los últimos años se han dado importantes pasos que han propiciado un crecimiento del nivel educativo de la población. Sin embargo, la tasa de la población activa con sólo estudios primarios ronda el 30%, un porcentaje similar al de los españoles que abandonan de forma temprana sus estudios.
El filón del empleo está en los sectores donde se requiere alto nivel educativo y formativo —educación, salud, informática o acción social—. El empleo creció en estas áreas entre 1995 y 2000 más del doble de lo que lo hizo en otros sectores.
Es evidente, pues, que debe hacerse un importante esfuerzo para incrementar la proporción de personas que acaben los estudios de secundaria y, al tiempo, potenciar la formación profesional.
Los trabajadores con estos estudios son altamente demandados y sus sueldos superan ya a los de empleados que tienen estudios superiores. El problema surge cuando los empresarios deben buscar sus empleados formados en otros países porque en España no los encuentran y eso ya sucede en algunas profesiones y en algunas provincias.
La falta de coordinación entre la demanda y la oferta y la falta de movilidad son sin duda las causa de esta paradoja: altas tasas de desempleo y puestos de trabajo sin cubrir en muchas regiones y sectores.
ETOS ASUMIDOS
El Gobierno ha asumido que existen importantes frenos para la convergencia real —de los que recientemente también ha advertido el Banco de España— y ha adelantado que las próximas reformas laborales irán dirigidas a incrementar la productividad y dar mayor estabilidad en el empleo. El instrumento será una mayor inversión en nuevas tecnologías, para acabar con el actual déficit, según ha reconocido el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Eduardo Zaplana.
Respecto al tema de la precariedad, el ministro ha asumido que es compatible que sigamos siendo el país europeo que encabeza el ranking de eventualidad laboral con la evidencia que España ha sido la nación de la UE, junto a Irlanda, que más ha reducido la temporalidad laboral en los últimos años.
Bajo la premisa de incentivar la adquisición de nuevas tecnologías por parte de las empresas, el Ministerio de Ciencia y Tecnología ya negocia con los responsables de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) un marco fiscal que facilite la inversión privada en I+D+i. Las primeras medidas podrían ir dirigidas, según han apuntado los representantes de la patronal, a ampliar las deducciones en el Impuesto de Sociedades por inversión en nuevas tecnologías, que pasarían del actual 45% a un 65%.
En la misma línea, se busca un incremento de las desgravaciones por contratación de personal científico dentro del plan de I+D+i y una clarificación de las condiciones a partir de las cuales una empresa puede deducirse los gastos por innovación, una de las causas que frena los proyectos de desarrollo tecnológico en el sector privado.
Los empresarios consideran que otra de las medidas que contribuiría a incrementar el peso del tejido empresarial en el gasto total en investigación y desarrollo sería la supresión de la exigencia de presentar avales para adelantar la financiación de proyectos de innovación privados o la simplificación de los trámites burocráticos vigentes.
Para los representantes de la patronal, el tratamiento tributario de la innovación es en principio adecuado, aunque apuntan que no ha podido ser aprovechado por el sector privado por su complejidad, por la poca información y por la inseguridad jurídica que hasta ahora ha provocado la interpretación restrictiva que el Ministerio de Hacienda ha aplicado a la hora de conceder los incentivos.
La prioridad para CEOE pasaría por incentivar las compras públicas de tecnología a pequeñas y medianas empresas nacionales, con el fin de evitar la concesión a un solo licitante de los grandes proyectos tecnológicos, ya que el actual sistema favorece demasiado a las grandes empresas multinacionales.
La principal fuerza política en la oposición, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), también se ha mostrado consciente de los principales riesgos para nuestro mercado y ha aportado su propia fórmula para acabar con ellos. Por una parte, la necesidad de fundir en uno los actuales ministerios de Ciencia y Tecnología y el de Educación, con el fin de coordinar mejor la política educativa y formativa y la inversión en nuevas tecnologías y, por otra, incrementar el 27% el presupuesto dedicado a I+D+i.
Desde la UE, los responsables de los países miembros se fijaron en la pasada Cumbre de Lisboa el objetivo de convertir la zona en la más competitiva del mundo. Con este fin, se marcaron una serie de prioridades —de las que seguramente los gobiernos europeos han tomado buena nota— fundamentadas en reformas estructurales que contribuyesen a hacer más flexible el mercado de trabajo europeo. Adicionalmente, se insistió en reforzar aspectos como el gasto en I+D+i y la mejora de las infraestructuras.
Al tiempo, la Comisión Europea considera necesario invertir más en capital humano a través del Fondo Social Europeo (FSE) para hacer frente a las diferencias que persisten en el seno de la UE y que serán mucho mayores tras la ampliación.
La Comisión reconoce que el capital humano es la inversión más eficiente para lograr el pleno empleo, contribuir al progreso de los pequeñas y medianas empresas y convertir a Europa en el área más competitiva internacionalmente antes de que acabe la década. Lo muestra este ejemplo: un año adicional de formación tras acabar el periodo escolar puede incrementar la productividad un 6,2% de forma inmediata y el 3,1% a largo plazo.
La teoría está clara, el reto consiste en llevarla a la práctica antes de perder definitivamente el tren de la competitividad.
No obstante ser el ciclo histórico de mayor amplitud de la historia española, la Reconquista apenas si introdujo elementos constitutivos nuevos en su personalidad. Su trascendencia fue de naturaleza básicamente reactiva e histórica al dar definitivo cuerpo y expresión, madurez en suma, a los más importantes de aquéllos. La nacionalidad española aun magmática en diversos aspectos al producirse el desembarco del 711, halló en el invasor al enemigo definido que sirvió para cristalizarla. Desde el principio al fin, el musulmán fue el otro, el adversario a batir. Por su doble condición de invasor y hereje, el árabe encarnaba al elemento destructor.
Tres siglos atrás, por su arrianismo y extranjería, los visigodos pudieron suscitar una oposición más o menos frontal del lado de los hispanos, que estuvo lejos de producirse, salvo entre los siempre belicosos vasconavarros. La reacción de trescientos años después mide con exactitud el salto cualitativo producido durante el periodo visigótico en el desarrollo de la conciencia nacional. Por el contrarío, como acabamos de exponer, pocos nuevos ingredientes de verdadera magnitud -y no olvidamos, desde luego, la fundación de las universidades o el camino de Santiago- se introdujeron en el crisol de la personalidad nacional en el prolongado periodo en que la Península y el archipiélago balear asistieron a la lucha sin desmayo entre dos concepciones opuestas de la sociedad. Pues, en efecto, ni treguas ni paréntesis -algunos muy dilatados- entre los dos pueblos que se disputaban el dominio de la Península, marcaron cortes o solución de continuidad en el encarnizado enfrentamiento de dos modelos de convivencia, como se diría hoy.
Para los partidarios de las denominadas peyorativamente tesis esencialistas de la visión y concepto de lo español, tan largo periodo ejemplifica sin igual la existencia de una personalidad o de un alma hispanas que, actuando en la historia, la explican. Pero quizá aún más elocuentemente, la Reconquista corroborará de manera impar la dialéctica permanente en que se expresa y vierte el verdadero carácter nacional. Una vez más, los habitantes de la Península se presentarían como sometidos por un invasor, que en esta ocasión ofrecía la peculiaridad de ser frontalmente enemigo de la ya uniforme y unitaria creencia religiosa de la población autóctona. En una obra que arroja alguna claridad en la grisalla que envuelve y envolverá aún por mucho tiempo el tema de las identidades nacionales, el filósofo Gustavo Bueno ha hincado en el proceso abierto en 711 jalones salientes de España como realidad histórica: «La identidad interna de la Hispania romana o de la Hispania visigótica fue ya, sin duda, de orden político. Una nueva identidad de España, tal es la tesis que aquí mantenemos, habría comenzado a configurarse a raíz de la incidencia, a partir del año 711, de la impetuosa corriente del islam sobre la unidad establecida por el reino visigodo. Esta corriente rompió la unidad de referencia en mil fragmentos; y también rompió la identidad por ella implicada. Comienza aquí una nueva época: la recomposición de los fragmentos de la unidad que la Hispania romana y visigoda había conformado, merced a una nueva identidad, dará lugar a la nueva unidad interna, que llamamos España, en el sentido actual y que, por cierto, no será la unidad de mera recomposición de la Hispania visigótica perdida, sino una unidad de nuevo cuño (que buscará su identidad a través de la alianza con otros reinos cristianos también enfrentados a los musulmanes)» (España frente a Europa, Barcelona, 1999, p. 162). Al margen de discusiones abstrusas o académicas, es evidente que tal tenacidad finalística, visible singularmente del lado cristiano, indica la fuerza nacional que latía en una empresa movilizadora de todas las energías de una comunidad que la entendía como el ser o no ser de su pervivencia. Una gráfica que uniera al 711 con 1492 dibujaría la evolución de la conciencia nacional, similar en su naturaleza, pero distinta en su desarrollo y acrecentada, como proceso abierto que era, con el paso de los días. Todo lo que se descubría embrionario en la primera de ambas fechas, aparecía robusto en la segunda. «La pérdida de España» acaecida, según los monjes asturleoneses, en 711, comportó en más de un aspecto la amputación de Europa. Una y otra habían desaparecido en el annus mirabilis de 1492 en el que se hizo realidad la profecía altomedieval de la reintegratio Hispaniae. Bien que únicamente desde el mirador castellano cabe afirmar la ruptura con Europa a partir de Guadalete y pese a que los Pirineos en su segmento oriental no marcaron frontera alguna en la Alta Edad Media, debe admitirse, empero, que la reconquista significó en buena parte un acto de reafirmación de una condición europea ya salida de su crisálida. El fin del otoñal reino nazarí fue por ello celebrado con entusiasmo sin igual en la Península y en toda la cristiandad, viniendo, en amplia medida, a contrarrestar las secuelas pesimistas de la caída de Constantinopla. No obedeció, por tanto, a un momentáneo arrebato el propósito albergado por el más político dé nuestros estadistas, el rey don Fernando, de recuperar la antigua capital del imperio bizantino, mediante un aproche que comenzara con la expugnación de las plazas fuertes de Berbería. Todo, en efecto, era posible no sólo al ensueño, sino también a las energías de un pueblo que muy pronto habría de ejercer el liderazgo de la cristiandad en la hervorosa Europa del primer Renacimiento. Acumulada mucha arena en la clepsidra de la historia nacional, en días de recogimiento y pesadumbre, la pluma embridadamente escéptica de don Juan Valera vibraría al rememorar, en una extraña y sorprendente novela histórica Morsamor, aquellas horas en que, dorsianamente, la nación se «embriagara de imperiales vinos». España había revalidado su vocación de ser europeísta a golpe de tesón y sacrificios. Ningún pueblo del Viejo Continente se le pudo asemejar en cuanto a títulos y voluntad de ser porción principal y creadora de su civilización. Al gigantesco esfuerzo medieval vino a sumarse en la Edad Moderna el no menos admirable desplegado en el Nuevo Mundo. La entrega sin medida a éste se realizó sin merma alguna de su cualidad europea. Probablemente el mayor esfuerzo civilizador de los contemplados por la historia se hizo al trasplantar al Nuevo Mundo los frutos más serondos de la cultura europea. Obra de hombres, la empresa americana estuvo empañada por torpezas y defectos cuantiosos. No obstante, por severo que sea el arnés de su medida, sobresaldrá siempre como uno de los capítulos estelares de la aventura humana. Nutrida y conectada con las líneas de fuerza del proceso reconquistador, la completa inmersión americana de España y los españoles sería por ello en todo momento compatible con su vivencia europea. Ni en los instantes de mayor decaimiento o pesimismo en los destinos del Viejo Continente y de su presencia en él, experimentó España la tentación de un desquite o sucedáneo americanos. Aun ni siquiera como ilustración histórica es recomendable el cotejo con otras naciones, tan proclive resulta el método al chauvinismo. Pero quizá ninguna otra potencia colonizadora hizo compatible en el grado de España la donación absoluta a su cometido con el cuidado de sus raíces e identidad. Al alumbrarse sin la menor ruptura cultural el nuevo mapa político americano tras la emancipación, España era tal vez más europea que al producirse el fecundo encuentro de 1492. Pese a lo que escribíamos acerca del carácter esencialmente reactivo para la conformación de la idea de España como comunidad histórica tenido por la Reconquista, distamos, como bien se comprenderá, de restarle nada de su descollante importancia. Varios de los cimientos de nuestra nacionalidad se echaron en su transcurso. En un libro más citado que leído El concepto de España en la Edad Media, José Antonio Maravall, que nunca desmintió su oriundez levantina, cerró el paso, con el envidiable análisis de una ingente documentación, a todo planteamiento que cuestionase la común orientación unificadora que presidía la existencia de las distintas organizaciones políticoterritoriales cristianas opuestas al dominio musulmán. Su fragmentación no entrañó obstáculo para la pervivencia en ellas de la concepción visigoda de una sola realidad política. Pleitos, antagonismos y desencuentros entre las coronas peninsulares no amortiguaron el empuje del ideal común. Aunque no en todas, en la mayor parte de las coyunturas cruciales el concurso mancomunado de los diversos reinos fue ostensible y efectivo. Bien que por diversas razones Castilla abanderase con asiduidad esta orientación centrípeta, no por ello patrimonializó a los ojos de las restantes entidades soberanas la idea y el concepto de España. El cual se vivenció, asumió y defendió con igual calor por el otro gran conjunto en que, una vez consolidado el reino lusitano, se articularía la España bajo medieval. Antes y después de ello, las vicisitudes de los efímeros reinos de Galicia y Mallorca y los convulsos avatares del de Navarra evidenciaron con patencia la especificidad de amplios territorios peninsulares, cuya peculiar idiosincrasia arrancaba, de ordinario, de singularidades lingüísticas, étnicas y geográficas, reforzadas a menudo por la misma trayectoria de la reconquista, muy sincopada y alternante. La abrumadora superioridad geográfica y demográfica que, desde fines del XII, poseyó la corona castellanoleonesa y que hasta esas fechas batalla de Muret: 1213 había sido equilibrada por la catalanoaragonesa, con su sólida implantación ultrapirenaica, no legitimó ante las restantes formaciones cristianas ninguna idea excluyente de la nacionalidad española, tampoco, por lo demás, deseada o reivindicada por aquélla. Desde el inicio mismo de su verdadera nacionalidad su plántula fue plural. Una Cataluña desprendida por la lógica de la realidad de los hechos del imperio carolingio, una.Navarra que nacida ya casi con armadura institucional de reino y a la que Sancho el Mayor diese la primera experiencia de una gran entidad política, un Aragón al que los herederos del fundador de su condado, Aznar Galindo, imprimieron brío expansionista… podían disputar al reino de las Asturias de Santillana y de Oviedo si no la primacía cronológica, sí, desde luego, cualquier otra de índole militar o ideológica (Alfonso el Batallador, Ramón Berenguer IV, Jaume I…). El yunque de la reconquista batió así una nacionalidad de fuentes y elementos diversos lengua, usos y leyes, pero aglutinados por una misma identidad material y doctrinal, vehiculada a través de una comunidad histórica en permanente crecimiento cuya identidad se adensaba y movilizaba con el correr de los días y la consiguiente respuesta a sus nuevas demandas. Cuando tras la conquista del valle del Guadalquivir y, sobre todo, después de la batalla del Salado (1340) el peligro de un resurgimiento musulmán desapareciera, sirviendo el reino granadino creado por el prudente… como mero pretexto la mayoría de las veces en Castilla para neutralizar o desviar querellas internas y levantiscas energías, el pluralismo peninsular se proyectaría sobre nuevos y trascendentes escenarios. Durante un siglo, el vector unificador pareció en peligro y a punto de osificarse. Especialmente después del segundo revés lusitano de Juan I Aljubarrota: 1385 era imposible prever del lado de cuál de las grandes formaciones peninsulares podría inclinarse un día la hegemonía peninsular, llevando a cabo la ensambladura de todo su territorio. De otro lado, ni su necesidad e ineluctabilidad se ofrecían claras. Bien que en ellas hubiese faltado un aglutinador tan poderoso como el religioso, erigido en principal elemento dinamizador e identitario de la conciencia nacional en la lucha plurisecular con un poderoso enemigo de fe opuesta a la cristiana, Inglaterra y Francia, enzarzadas ya en la guerra de los Cien Años 13281483, poseían una configuración territorial muy diferente con la que comenzarían su camino por las rutas del Estadonación. Una vez asentados los Trastámaras en Aragón, la unidad peninsular semejó ofrecerse más hacedera en el tiempo y en el espacio. Pero el horizonte para ello tardó, en verdad, en despejarse por entero. La falta de descendencia directa de Alfonso el Magnánimo y la esterilidad de la política matrimonial de Castilla con Portugal allanaron grandemente la senda. Pero el formidable envite que, para la completa soldadura de las dos Coronas, representó el segundo casamiento de don Fernando con la francesa Germana de Foix 1509 volvió a evidenciar el delicado tejido con que se hiló la unidad peninsular. Pese al paulatino absolutismo de la monarquía durante el quinientos, aquélla no pudo darse nunca por conclusa, siendo necesario conjugar con destreza sensibilidades, intereses y costumbres de una asombrosa variedad. Así lo entendieron los Austrias mayores, sin engañarse nunca acerca de la compleja arquitectura de sus territorios peninsulares y de su rica y bien afirmada personalidad. En el caso de Felipe II, la anexión de Portugal reforzó tal creencia, ahincándole en el delicado manejo de las múltiples y móviles piezas de las estructuras de sus reinos. La polisinodia fue, ciertamente, una inteligente respuesta a este formidable desafío institucional, pero habría sido insuficiente de faltar la postura respetuosa y hasta obsecuente de los monarcas. UN SIGLO DECISIVO: EL XIV El seguimiento de los vectores de la unidad peninsular ha forzado a quemar etapas y a marginar aspectos esenciales en el desenvolvimiento de la historia medieval que no pueden omitirse ni siquiera.en visión tan panorámica como la presente. Así se hace obligado recordar que, estabilizada la Reconquista, el siglo XIV asistió a uno de los estadios más trascendentes de la construcción nacional. Especialmente en Castilla, el poder monárquico experimentó un notable robustecimiento con las auras de un populismo enfervecido y el recobro del derecho romano por la nueva elite políticoadministrativa de los legistas. Pocos soberanos como Alfonso XI y Pedro I atesoraron un mayor caudal de simpatías en el estado llano. Minorías y regencias femeninas, querellas intestinas y hasta guerras civiles pusieron a prueba, con indiscutible éxito, lo que avant la lettre podría llamarse racionalización de la institución real. Incluso favorecido por la coyuntura de una época de crisis, el recrudecimiento de las frondas nobiliarias no logró bloquear un proceso que consolidó, por encima de etapas difíciles y de vacíos como la del reinado de Enrique IV, el enraizamiento de la monarquía en la conciencia popular, acercándola, en ocasiones, a la sacralización. De tendencia semejante, en la Corona de Aragón el proceso fue más matizado y complejo. Al no imponerse por entero a la levantisca y poderosa nobleza aragonesa, la Corona desplazó definitivamente su eje de gravedad a Cataluña. Aquí el acrecentamiento de su influjo dimanó primordialmente de la sintonía con el sentir de las clases medias urbañas, celosas de las tradiciones y prerrogativas institucionales y corporativas menoscabadas por la oligarquía nobiliaria, cuya fuerza aspiraba a contrarrestar mediante la alianza con la Corona. En lo que cabría denominar socialización de la realeza aragonesa, la hecatombe demográfica de mediados del siglo representó idéntico papel que las revueltas nobiliarias en Castilla. En el marco institucional necesario para la preservación del orden social y el despegue del país, la monarquía se presentaba como motor básico. El crecimiento del papel de las Cortes reforzó la alianza entre pueblo y Corona. Uno de los monumentos de la legislación castellana, el Ordenamiento de Alcalá (1348), resultado de las Cortes celebradas en la ciudad complutense, señala probablemente su fastigio bajo medieval. Entretanto, en Cataluña, los últimos años de la dinastía autóctona autentificaron la leyenda ulterior de reyes de santorales y vitrales, modelos de buen gobierno y compenetración con los afanes de sus subditos. A su vez, la refeudalización introducida en Castilla por los Trastámaras no logró por entero imponerse en el imaginario colectivo. Y así, más que a los efectos de la propaganda del poder monárquico en la Castilla de finales el XIV y comienzos del XV, el apego y afección populares hay que atribuirlos principalmente al recuerdo mítico de Alfonso XI y de su hijo Pedro I. Aunque nimbadas de halo religioso, las Coronas castellano y aragonesa de la Edad Media debieron su afianzamiento a su consideración por el pueblo como magistraturas eficaces frente a la prepotencia nobiliaria y vinculadas por instinto a unos estamentos que nunca recelarían de su acrecentamiento. Llegada la época del patriotismo moderno, sus teóricos verían en este pacto permanente e histórico entre la cúpula del poder y su base la muestra más fehaciente de la constitución interna, sustrato permanente y vivificador de la nación española. Expuesta singularmente por Jovellanos, con envidiable precisión conceptual y alteza de miras en situación tan dramática como los inicios de la guerra de la Independencia, todo el pensamiento conservador con reflejo y ascendiente indisputables en la configuración de los dos textos constitucionales de mayor vigencia temporal en la historia de nuestro liberalismo se inspiró generosamente en la llamada a veces teoría o doctrina «jovellanista» del poder monárquico. Estrechamente emparentada con las europeas del mismo corte como las burkenianas o las de los doctrinarios franceses, sus continuas alusiones a un pasado medieval en el que sus principios gozaran de provechosa vigencia social y política aspiraban también, por vía indirecta, a legitimar la monarquía «templada» con la aureola de un tiempo muy revalorado por románticos y progresistas. Por su parte, la constitución externa halló en el Parlamento su expresión más acabada. El periodo que ahora nos ocupa, la plenitud bajomedieval, se reveló igualmente decisivo para su consolidación. Adviértase, sin embargo, en este punto, que todas las precauciones que se adopten frente a precocidades e ingenuos chauvinismos nunca pecarán por exceso. Los liberales del XIX y los demócratas del XX tendieron a adelantar los calendarios del parlamentarismo y la división de poderes… La historiografía más solvente se asombra hoy del ancho crédito que, por diferentes razones, se ha dado y continúa dándose a las visiones, lindantes con la mitología y la hagiografía, del primer itinerario de la institución en la que acabaría por depositarse el poder constitucional, algo que quedaba muy lejano de unos comienzos trastabillantes y precarizados. Pintados en muchas ocasiones a la acuarela, sus inicios fueron en todos los reinos menos refulgentes que en las descripciones para la militancia de base del idealista progresismo de filiación doceañista. No por ello, sin embargo, dejó de latir en sus raíces un encomiable anhelo de libertad civil y democratización política. Pero hacerlas arrancar de una imposición popular o nobiliaria a la realeza equivale a distorsionar la realidad histórica, más acomodada a la idea de pacto, aunque tampoco por entero. El régimen de democracia comunal vigente por fortuna durante largo tiempo en numerosas localidades de reducida población hasta constituir una de las tradiciones más sólidas de la cultura política nacional, no tuvo un grande y efectivo reflejo en el día a día de las cortes. La controversia sobre sus orígenes y nacimiento, así en Aragón como en Castilla, no nos interesa aquí tanto como su papel en el curso evolutivo de la nacionalidad española. Comunes a las restantes instituciones parlamentarias del entorno peninsular, ¿modularon las castellanoaragonesas un específico ejercicio del poder y una realeza con atributos y rasgos singulares? Globalmente no parece haber sido así. Leyes y tributos fueron, como en toda la cristiandad occidental, sus principales quehaceres. Conceder y fiscalizar impuestos y colegislar con los monarcas y sus representantes eran sus funciones emblemáticas. Siempre que se acompasaron al libreto de la realeza, las cortes ensancharon su campo de actividad, pero sin olvidar nunca que en las de estructuras más oligárquicas, la pieza nuclear del sistema de poder la aportaría en todo momento aquélla. La diferencia existente entre las aragonesas y las castellanoleonesas provinieron de sus distintas dinámicas. En tanto que en las de Valencia y Aragón y en menor medida las del Principado, el brazo popular no gozó de fuerza para contrarrestar la omnipotencia nobiliaria y eclesiástica, en las de León y Castilla y en las catalanas más tarde, los procuradores usufructuaron de ordinario mayor capacidad de decisión. ¿Respondió este distinto dinamismo a la diferente estructura social de ambas coronas? Frente al sentir de algunos historiadores «castellanistas» no creemos que en ello descanse un factor determinante, aunque, en cualquier caso, es un extremo sin duda de importancia que nos llevara a analizar apresuradamente una cuestión no menos transitada por la polémica. Es claro que nos referimos al tema del feudalismo español, sobre el que la enorme cantidad de tinta gastada en su exégesis no será óbice para que se siga vertiendo a raudales. Ello, claro, da idea de su importancia, pero también de su politización, muy acentuada en días aún cercanos. Probablemente se deba a un autor muy poco o nada politizado, L. García de Valdeavellano, el discípulo predilecto de Sánchez Albornoz, el planteamiento más acertado y sereno de la cuestión; enmarañada no sólo por razones ideológicas, sino también por las vaguedades e imprecisiones terminológicas que la rodean al hacer del feudalismo una voz mostrenca y en exceso globalizadora. Con la importante salvedad de los territorios bajo el dominio de los condes catalanes, ninguna de las estructuras esenciales del resto de la España cristiana quedó impregnada de forma sustancial por los elementos del feudalismo. La excepción catalana y la tardía y, sobre todo, muy aislada aparición en su suelo de las estructuras feudovasalláticas, no autorizan en modo alguno a considerar la existencia en España de una «sociedad feudal» como una realidad o dato importante de su trayectoria medieval (vid. El epílogo a la traducción de la obra de D. L. Ganshof, Questce que la feodalité? Barcelona, 1963). Rechazando con mesurada acribia la concepción marxista del mundo feudal, sin embargo, el historiador madrileño se acercaba, con matices, a la expresada por otro notable medievalista, Salvador de Moxó, que, salvo en el orden político, estimaba a la española como una sociedad feudal, en el sentido más lato y, singularmente, más difundido del término: «[…] si entendemos por Feudalismo un sistema políticoconstitucional parece claro que de la mayor parte de la España de la Edad Media no puede afirmarse que se instaurase el régimen feudal en su aspecto jurídicopolítico. Cuestión distinta es la que supone considerar el Feudalismo como un tipo peculiar de sociedad, derivado de la supramacía social de unas clases privilegiadas o nobles dedicadas al servicio de las armas, vinculadas entre sí y con el rey por relaciones especiales de fidelidad y servicios y detentadoras de territorios o señoríos sobre cuyos labriegos o cultivadores, sometidos al señor por vínculos de dependencia, ejercen los señores potestades diversas, al propio tiempo que obtienen de esos labriegos rendimientos económicos y servicios gratuitos. Si se atiende a este aspecto de la sociedad medieval hispánica, creo que podría admitirse, con algunas reservas, el calificar a esa sociedad de Sociedad feudal» (Sobre la cuestión del feudalismo hispánico, en Homenaje a Julio Caro Baroja, Madrid, 1978, p. 1.029). Pero, a pesar de que Sánchez Albornoz y los integrantes de su escuela madrileña rompiesen más lanzas historiográficas por la ausencia del feudalismo en Castilla que las rotas por Fernán González y el Cid en los campos de batalla, su autoridad no debe confundirnos. En todo caso, su vacío quedaría cubierto por los señoríos eclesiásticos y seculares, cuya geografía y permanencia fueron tan dilatadas que, de creer a un ardoroso sector de la historiografía actual, llegaron a conformar gran parte de la historia posterior. En parte por razones ideológicas, en parte por motivos de respetable sentimiento telúrico, buena parte de los estudiosos integrados en dicha corriente introducen un saludable correctivo al imperialismo de las tesis de sus contrarios, hiperbólicos en su idealidad liberal y castellanista. La señorialización ha sido, innegablemente, una premisa mayor del discurso y el texto de nuestra historia, pero no fue una realidad yuguladora e inflexible por principio de las energías y hombres bajo su jurisdicción. Todo lo que se afirme de su trascendencia será poco; todo lo que se enfatice de su omnipresencia asfixiante será exagerado. Ciertamente, confirmando la opinión mantenida con vuelo a menudo lírico por los historiadores mencionados más arriba en primer lugar, antes de que el mapa señorial se consolidase en Galicia, León, Navarra o Castilla se auscultan en toda su geografía los latidos de la mejor escuela de libertad y civismo: la democracia municipal, el gobierno de concejos y villas, gozosa realidad ensanchada con el imparable crecimiento urbano a partir del siglo XI. Esto sin duda conformó una mentalidad y unos usos cuya realidad y, particularmente, cuyo recuerdo no llegó nunca a volatilizarse, especialmente, entre los habitantes de esos mismos burgos o ciudades. Teorías y mitos se alimentaron ulteriormente de ellos. Hombres libres en tierras libres. Su precio, bien se entiende, era muy alto. Las trincheras de la libertad se cavaban en la frontera con el musulmán. En ellas no cabían feudos ni latifundios. La estructura de la propiedad se ajustaba en todo a este encuadramiento, con parcelas al uso y medida de las necesidades de gentes que alternaban el arado con la espada. El marco institucional no podía ser otro que unos cuerpos representativos en los que la voz del pueblo se hiciera oír y… decidiera. Repetiremos por su importancia que una de las interpretaciones más divulgadas de la historia española se nutrió de dicho esquema. No sólo la castellanista de fines del siglo XX, sino también la llamada por sus adversarios «españolista» debieron mucho a ella. Esta última se confundió durante largo tiempo con la de mayor circulación en las esferas académicas. Su patrocinio y elaboración sobre una ancha corriente anterior correspondieron a las dos figuras cimeras de la historiografía del novecientos: el gallego asturianizado don Ramón Menéndez Pidal y el abulense don Claudio Sánchez Albornoz, que le dieron pasaporte válido para todo el mundo. Aparte exageraciones, omisiones y exclusiones se contabilizan muchas, tal visión puede servir como guía segura para recorrer varios siglos en los que la personalidad nacional en su dimensión «castellana», adquiriría, en algunos de sus núcleos, peso y consistencia, siempre que no se olvide su índole epinecial y reduccionista. Una vez alcanzada la línea del Tajo y, muy especialmente, traspasado Despeñaperros, la Castilla de gardingos y caballería villana comenzó a convertirse en un solar de señoríos laicos y religiosos. En el nuevo escenario se instalaría por siglos el latifundio, causa determinante del rezago económicosocial de media España a lo largo de la modernidad. Tan importante fenómeno fuerza la repetición de lo antedicho. No obstante la relativa frecuencia con que los estatutos de las poblaciones de señorío eximieron a sus habitantes de servicios y cargas, de facto el hecho señorial imposibilitó o, en el mejor de los supuestos, coartó la existencia de una campesinado libre y robusto, tanto en las tierras del Guadalquivir, como en las del Turia, Ebro, Tajo, Miño o Segura. Su correlato en el plano parlamentario pudo ser la mayor oligarquización de las Cortes, que acentuaría, a su vez, el acercamiento de las posiciones regias y populares. Dicho binomio que, a primera vista, semejaba destinado a un rutilante porvenir, rara vez llegó a serlo en la práctica. La resistencia de los estamentos privilegiados y la proclividad al desempeño solitario del poder del lado de la Corona, lo dejó en el limbo desiderativo de los filósofos de la política y de las utopías que, incluso, en las broncas tierras de la Meseta, brotarían a partir del trescientos. «Allá van leyes, do quieren reyes» afirmaría, más realista, por la misma época, la musa popular… En el periodo bajo medieval, tan caricaturescamente pergeñado aquí, y debido a su fuerte componente señorial, las Cortes valencianas y aragonesas devinieron en asambleas aristocráticas, en las que ya no los deseos e intereses populares, pero ni tan siquiera sus reivindicaciones encontrarían de ordinario eco. En casi todas las ocasiones en que el rey quiso alterar el status quo, su iniciativa quedó como mero acto fallido, que venía, por lo demás, a reforzar las posiciones quiritarias. Distinto, como también se hizo referencia más atrás, es el panorama que presenta Cataluña. No todo fue, obviamente, de color de rosa en sus cortes, pero la cooperación se descubre a menudo como la conducta habitualmente seguida por sus diversos brazos así como con la Corona. Unos municipios regidos por el activo comercio y artesanado característico de la región, fue el vivero de procuradores competentes y bien percatados de que el norte de su conducta habría de apuntar al entendimiento con la Corona. Algunos historiadores del Principado que acusan a los Trastámaras de haber destilado en el alma de sus habitantes el tedium vitae en contraposición con la joie de vivre de la vieja dinastía, registran también distorsiones y quiebras en el desenvolvimiento de las Cortes del siglo XV por razón del autoritarismo de Fernando I y sus descendientes. Queja acaso algo desmedida a la vista, por ejemplo, del escrupuloso respeto manifestado invariablemente por Fernando el Católico hacia los fueros y costumbres de su Corona, así como de su simpatía entre los estamentos populares. Mas, al margen de filias y fobias historiográficas, es lo cierto que, no obstante su rígida organización social, connotada grandemente por los privilegios, el protagonismo de las Cortes de la Corona de Aragón fue mayor que el de sus homónimas castellanoleonesas. La teoría pactista, de tan ancha audiencia en el territorio del Principado, influyó notablemente en la creación de un clima más próximo al de los Parlamentos contemporáneos que la atmósfera reinante coetáneamente en los de aquélla. Adviértase sin embargo en este punto, que todas las precauciones que a se adopten frente a adelantos de libertades y precocidad de un clima constitucional en los siglos bajomedievales nunca pecarán por exceso. Liberales decimonónicos y demócratas novecentitas tendieron a adelantar el calendario del parlamentarismo… En todas las épocas, los soberanos impusieron sus ideas y deseos, en tanto que los reveses momentáneos no pasaron de ser, en Castilla y en el Casal de Aragón, pasajeras detenciones y retiradas tácticas, pronto abandonadas a favor de una estrategia clara y permanentemente ofensiva en aras del poder real. Pero, como en varias otras ocasiones precedentes, nuestra atención se desviará de la evolución detallada de las Cortes peninsulares en su fase de gestación y primeros pasos para centrarla en el camino real de nuestra indagación. Abstracción hecha de sus aciertos y carencias, las Cortes, sus principios y consecuencias, el espíritu segregado por su funcionamiento y tareas, testimonian al par que constituyen un elemento nuclear de la personalidad nacional como órgano e instrumento de la legitimidad política de regímenes y gobiernos, en el que, con la monárquica, se residencia la soberanía. De ahí que, en horas críticas, en las que la continuidad del reino estuviera a punto de zozobrar y hundirse, el pueblo apelase a su convocatoria como único medio para asegurar el porvenir.