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El valor distinto de las religiones

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En su último libro, José Morales sostiene que nopuede hablarse de la religión como de un género que cabría dividir en especies, sino que cada religión ha de ser considerada por sí misma, como un género dentro de las realidades humanas. Consagrado al análisis de El valor distinto de las religiones, este trabajo ha sido precedido por estudios de otras religiones (El islam, Rialp, Madrid 2001) o de fundadores de religiones, como Jesús de Nazareth (Palabra, Madrid 2002). José Morales es profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra. Trabaja en temas de Teología dogmática y espiritual y ha investigado la vida y escritos del cardenal Newman. Entre sus obras más destacadas cabe citar: Religión, hombre e historia. Estudios newmanianos; El misterio de la Creación; Teología de las religiones, etc.

Actúa, cerebro. Una aproximación al nihilismo de Hamlet

La permanente fascinación por Hamlet siempre ha estado acompañada por la ambigüedad y las múltiples interpretaciones de sus actos. Hamlet, representante canónico de la pasividad, actúa a lo largo de la obra con inusitada vehemencia. Representante de la duda, toma decisiones que afectan a la vida de casi todos los protagonistas. El que piensa demasiado bien, no es capaz de expresar al borde de su muerte la naturaleza de su conocimiento. Si es la más acabada representación del pensamiento, su movimiento conlleva una intensa ironía, el desconcierto entre los que le rodean y, al fin, la muerte. Si es un nihilista, actúa bajo una idea bastante convencional del honor. Hamlet es un enigma, y quizá esa sea la causa de que se sienta una perpetua atracción por él. Pero si se le considera como uno de los más conspicuos representantes simbólicos de la literatura occidental nos enfrentamos a paradojas que, posiblemente, nunca se resuelvan, pero que tampoco se pueden obviar. Aunque también cabe la posibilidad de que estas paradojas se hallen inscritas de forma natural en la misma materia de la obra, y que incluso hayan constituido parte esencial de algunas de las experiencias más íntimas de Shakespeare.

Goethe afirmó que el nudo del problema de Hamlet es el de alguien que recibe un encargo y carece de los recursos vitales necesarios para llevarlo a cabo. Es el conflicto de una persona con inmensas dotes intelectuales que se ve abocada a desenredar en el mundo un grave problema vital, en el que las contradicciones morales se han de resolver apelando a una acción que se encuentra más allá de la moral. Quizás podría haberlas resuelto en el campo de la política. Pero su falta de proporcionalidad en la acción y el exceso de su furiosa indignación convierten sus actos en la antítesis de la política. Más bien, en un aquelarre de destrucción de todos y de sí mismo a causa del conocimiento. ¿Es esa la enseñanza de Hamlet?

Una primera aproximación imaginativa nos daría, entre muchas, otras posibles vías de comportamiento del príncipe de Dinamarca. Podría haber permanecido impasible ante la petición de venganza de su padre. Podemos imaginarnos un Hamlet estoico y desafecto a los requerimientos del fantasma paterno, incluso debatiendo sus razones y resignándose a la injusticia y dejando que las cosas sigan su curso. Pero su apasionada indignación ante la traición y lo abominable de la verdad le impiden dar una respuesta que no sea la acción sin límite. Hamlet está dominado por su pasión de venganza. Su interioridad está poblada por la finura del intelecto y un exceso emocional que jamás llega a controlar, a pesar de que sea consciente de él. Esta dualidad es uno de los orígenes de la tragedia de Hamlet. Y también de su ambivalencia, estética y moral.

Los riesgos a los que se enfrenta la razón se pueden datar mucho antes de Auschwitz. Algunos han afirmado que la extrema lucidez puede desembocar en el caos y en la locura, sin entrar en ponderaciones sobre la calidad de ese conocimiento. O, simplemente, que la actividad del pensamiento puede quedar relegada a un segundo plano, si no se muestra capaz de aceptar la realidad sin los velos de la ilusión y del prejuicio, decantándose así la actividad de pensar en una pura acción que busca el sentido en sí misma. La luz del pensamiento puede cegar. Por cierto, también puede producir otros efectos, como en Buda, Platón, Sócrates, Zenón, Séneca o Montaigne, por citar algunos casos. Shakespeare, atento lector de Montaigne, parece que en su vida se atuvo a contemplar el mundo con una cierta distancia desesperanzada. Es posible que su inmensa capacidad para captar los infinitos matices de la realidad no estuviera ajena a esta actitud, y también que al final de su vida aceptara — e incluso recomendara aceptar— lo que hay sin ningún atisbo de resignación ni desesperanza.

En cualquier caso, Hamlet es la más importante de las obras de Shakespeare, en la que desarrolla algunos de los riesgos a los que se enfrenta la actividad del pensamiento, es decir, la actividad que un individuo establece al dialogar sin fin consigo mismo. Pero, además, Shakespeare plantea en esta obra la relación que existe entre el pensamiento y la acción o, al menos, la específica relación que establece alguien como Hamlet en este punto. La reflexión intenta conducir inicialmente a la acción, luego se convierte en subordinada de ésta y desemboca, al fin, en una orgía nihilista de sangre en la que el pensamiento abdica de toda posibilidad de introducir orden en el caos.

La obra se desenvuelve en un contexto político, en las altas esferas del poder y, por ello, la actuación de Hamlet podría haber sido otra más acorde con presupuestos estrictamente políticos. Podemos concebirla realizando la venganza de forma interpuesta por otras personas o, simplemente, posponiéndola para un momento más oportuno. Los actos de Hamlet nunca parecíen los más adecuados si los entendemos desde una perspectiva puramente estratégica de poder. Es un antimaquiavelo desde el momento en que lamenta que él haya sido el escogido para enderezar un mundo tan perverso. Pero, ante todo, es su irrefrenable inclinación a reflexionar sin interrupción lo que le impide obrar con la frialdad que requiere la acción política.

Hamlet está constantemente perturbado por sus propios interrogantes —ya existían antes de la revelación de su padre—, que se acentúan y multiplican a medida que intenta determinar el rumbo que han de tomar los acontecimientos. De forma simultánea, Hamlet piensa sobre la legitimidad moral del mundo y la forma de enderezarlo. Las consideraciones de orden pragmático se ven constantemente perturbadas por el libre movimiento de su pensamiento, que sobrevuela prácticamente todos los órdenes de la vida. De esa forma, Shakespeare parece decirnos que pensar demasiado bien y actuar son cosas incompatibles —como lúcidamente arguyó Nietzsche—. Pero ello, acompañado de dos ideas implícitas. En primer lugar, la apasionada predisposición hacia el pensar contamina de forma inevitable, y no necesariamente de forma positiva, otros órdenes de la vida. Y en segundo término, la inadecuación de la pura actividad del pensamiento como forma de orientar la acción en el mundo; o, dicho de otra forma, la compleja relación existente entre razón y voluntad.

Para explorar estas afirmaciones es pertinente adentrarse en algunas cuestiones previas. ¿Cómo era Hamlet antes de la aparición del fantasma de su padre? ¿Y qué supuso esa revelación para su personalidad? Hay suficientes indicios para pensar que era un estudiante inmerso en la vida despreocupada e intensa de la universidad de Wittenberg, amante del teatro y la especulación, dotado de una personalidad extremadamente carismática y querido por sus compañeros. No parece que la política formara parte de sus principales preocupaciones, cuando menos en el plano intelectual, aunque debería tener perfectamente asumido que era el heredero legítimo del trono al que accedería, con mayor o menor agrado, tras la muerte del rey.

La aparición del fantasma de su padre es el resorte teatral que Shakespeare utiliza para espolear la tragedia, sobre todo sabiendo que es Hamlet quien va a cabalgar sobre ella con todo su ímpetu furioso. Así, el conocimiento en Hamlet proviene de algo muy próximo a una revelación. Una revelación que conlleva un saber y un mandato, un conocimiento y una acción. Hamlet es incapaz de sustraerse a esa dualidad, y eso es lo que desata la tragedia. Se puede especular con la idea de que un Hamlet con otra disposición espiritual habría actuado de una forma completamente distinta. Podría haberse quedado impasible ante la revelación esperando acontecimientos o, simplemente, haber actuado con una mayor claridad estratégica, con el objeto de derrocar a su tío y consumar una venganza más eficaz y no suicida. Pero no es así.

Este comportamiento extraño y, a la vez, tan fascinante, objeto de tantas disquisiciones, se debe a su propia constitución espiritual. Se demora en medio de recurrentes consideraciones sobre la vida y la muerte, la traición, la amistad, el amor, la política y, en general, sobre lo divino y lo humano. La brillante mente de Hamlet jamás permanece en reposo: es un torbellino, tan frenético como certero, de reflexiones aceradas que demandan al cielo y a la tierra un sentido que la realidad le niega, y en el que la constante introspección es incapaz de hallar algo más que la nada.

Que la misma fuente del conocimiento sea la revelación hecha por un fantasma no puede menos que alertar acerca de la ironía de Shakespeare sobre la naturaleza y la misma posibilidad del conocimiento. Ya en su primer monólogo, tras la celebración de la boda de su madre con su tío, Hamlet muestra una fuerte animadversión hacia la premura indecente de los esponsales y la frivolidad de sus manifestaciones. Hasta aquí, nada fuera de lo común en un espíritu sensible. Cuando el resorte de la tragedia se dispara mediante la intervención de su padre, Hamlet se ve impelido a iniciar una venganza que entiende como un acto de justa restitución de un orden que se ha perdido mediante el crimen y el incesto.

Ahora bien, la justicia es concebida por Hamlet de forma solitaria y sólo él se ve arrogado con la legitimidad para llevarla a cabo. Si el mismo conocimiento proviene de una revelación producida en una oscura soledad, de igual forma se han de llevar a cabo los actos que se desprenden de ese conocimiento. De esta forma, Shakespeare parece afirmar que la sabiduría se origina en la soledad absoluta —incluso en el caso de una revelación ultramundana— y sus consecuencias se deben afrontar solitariamente, sabiendo que esa sabiduría puede estar alejada de la justicia y la bondad, es decir, del orden moral. Si la revelación produjo en Moisés el conocimiento de la ley y su misión consistió en comunicarla a su pueblo e introducir el orden en el mundo, en Hamlet el efecto es justamente el inverso: el conocimiento certifica la ausencia de la ley, éste se debe mantener incomunicado y sus consecuencias pragmáticas son el caos y la muerte. Soledad, silencio, inefabilidad, ausencia de sentido y preponderancia de la muerte y de la nada son los puñales que atraviesan los oídos de quienes contemplan la tragedia de Hamlet.

Pero el atractivo de Hamlet quedaría enterrado bajo este fragor si no fuera porque se distancia de otros personajes nihilistas de Shakespeare a través de su irrefrenable tendencia a pensar y demorarse en la acción mediante un continuo juego establecido en el ámbito de la actividad de pensar, así como por su impulso hacia la indagación sin fin, el desenmascaramiento del mal y la constatación del absurdo. Esto le lleva a la identificación de la realidad como lo universalmente malvado y a demorarse en la inquisitiva actividad de su intelecto, que es tan poderoso que invade y fagocita su voluntad. Hamlet soluciona el permanente conflicto entre pensamiento y voluntad a favor del predominio de la pura actividad de pensar, de tal forma las propias actividades y objetivos de la facultad de la voluntad quedan colonizados por las muy distintas de las del pensar.

El pensar es una pura actividad incapaz de detenerse y conformarse con los resultados que obtiene, siempre provisionales, pues está abocado a reiniciar constantemente los mecanismos que la pusieron en marcha y revisar constantemente su propio objeto. Según Arendt, si hacemos caso de la distinción kantiana entre razón (Vernunft) e intelecto (Verstand) —traducido a veces como entendimiento— la razón tendría como fin encontrar significados, mientras que el intelecto descubrir verdades en el mundo de los fenómenos que nos brindan los sentidos. Así, el pensamiento, entendido como pura actividad, se sitúa más allá del sentido común. No pretende descubrir verdades, sino averiguar qué significa que algo exista. Esta actividad se desarrolla en el ámbito de la más estricta soledad a través del íntimo diálogo de uno consigo mismo. Su objeto no es el mundo de los fenómenos, sino el de los conceptos y metáforas, y actúa al modo de Penélope, tejiendo y destejiendo la urdimbre de sus propios argumentos que realiza en la estancia de su diálogo interior. Por ello, la manifestación externa de la actividad del pensar es la ausencia de actividad, y su condición la soledad. No averigua principios ni prescribe acciones. Más bien el pensamiento actúa como un disolvente de las tradiciones y prejuicios al preguntarse, sin detenerse jamás, por el sentido de algo.

Sócrates fue quizá el primero en ser consciente de estas aparentes paradojas que, en términos políticos, le llevaron a ser acusado de impiedad y, finalmente, ejecutado. El había indagado en la actividad de pensar, sin que fuera capaz de decir de ella nada más que una vida sin dialogar con uno mismo era una vida carente de sentido, es decir, el sentido del pensamiento se encuentra en el ejercicio de su misma actividad. De ahí que la incapacidad del pensamiento de salir de sus aporías se plasme en las escasas afirmaciones que Sócrates realizó, como que es mejor sufrir injusticia que cometerla, o que lo peor que le puede ocurrir a un hombre es que disienta de sí mismo y se contradiga. Afirmaciones que, por lo demás, están estrictamente relacionadas con el necesario discurrir de la propia actividad de pensar y no, como podría parecer en una aproximación superficial, con las consecuencias morales derivadas de ella. Sócrates hizo pocas afirmaciones tan taxativas, limitándose a estimular las capacidades dialécticas dé sus interlocutores en discursos aporéticos que no saciaban a los que buscaban respuestas claras y definitivas. Entre ellos, dos de sus discípulos más dotados, Alcibíades y Critias, que buscaron puertos más seguros en las brumas de la acción nihilista. Brumas no del todo alejadas de las que Hamlet transita por la corte de Dinamarca.

Hamlet es, desde el comienzo de la obra, alguien a quien el mundo que le es más propio es el del pensamiento. Se sentiría feliz viviendo en una cáscara de nuez con la infinita compañía de sus propios pensamientos —como dice jocosamente a Rosencrantz y Guildenstern cuando éstos le sugieren que su extraña actitud está provocada por ambiciones insatisfechas—, pero el mandato de su padre le impele a actuar en un mundo que desprecia llevando a cabo la venganza que restituya la justicia. El problema de Hamlet reside en su incapacidad de mantenerse en el terreno del pensamiento, predisposición que, en su caso, podría haber cristalizado con fortuna en la actividad poética y teatral, como demuestra con sobrada competencia en todo lo que gira alrededor de la puesta en escena de La ratonera y sus consejos a la compañía de actores. Pero el mandato del fantasma de su padre le arroja de lleno en la acción que se desenvuelve en el mundo de los fenómenos, mundo en el que reina el sentido común guarnecido por la voluntad y el deseo. Y la pasión, ya sea embridada por la voluntad, ya estimulada por ella, expulsa al yo pensante de la serenidad propia de la actividad de pensar y lo sumerge en la ansiedad del yo volente. Pero la pasión de Hamlet por restablecer la justicia no es nada socrática. No prefiere sufrir injusticia a cometerla, aunque quizás lo habría preferido si su orgullo y el mandato paterno no le hubieran incapacitado para toda elección al respecto. Hamlet debe llevar a cabo una venganza justificándosela a sí mismo como una némesis, lo que provoca que deba sumergirse en las más profundas y oscuras simas de la acción humana pertrechado con las herramientas del pensamiento que, en ese medio, no son sino ceguera entre tinieblas.

La inherente tendencia que la actividad de pensar muestra a girar sobre sí misma y sobre sus objetos, se desplaza en Hamlet hacia la voluntad, algo devastador por la ineficacia e irresolución que le provocan. Y ante la imposibilidad de que las reglas de la razón le puedan servir en el ámbito de la voluntad, Hamlet se sumerge en un proceso que sólo se detiene en el quinto y último acto de la obra, donde el pensar se convierte en juego autocomplaciente de su propia potencia sin atender a sus limitaciones, y, sobre todo, a las del mundo de los asuntos humanos. De ahí sus constantes demoras en iniciar las acciones necesarias para llevar a cabo la venganza y sus permanentes reflexiones sobre la propiedad de nuestras intenciones, pero no de sus resultados. Su voluntad se ve importunada sin cesar por su irrefrenable tendencia a reflexionar sobre el sentido de lo que está haciendo o, simplemente, de lo que tiene ante la vista. Su pensamiento le hace replantearse continuamente los fundamentos del mundo y, como consecuencia, las razones de su acción. Llega un momento en que Hamlet parece estar tan apasionado por el devenir de su propio pensamiento que esa acrobática agilidad la traslada a la voluntad mediante una deliberada demora en los términos en que desarrolla la venganza al jugar con todo lo que tiene a su alrededor: manipulando personas, sentimientos, y haciendo continuas acrobacias con el lenguaje que siempre va a la zaga de su pensamiento.

Siempre ha sorprendido esta actitud de Hamlet, hasta el punto de hacer de él la personificación de la irresolución. Pero Hamlet no es propiamente un irresoluto; es más bien un pensador que se demora en el juego que él mismo establece en el imprevisible tablero de la vida. Auden intuyó algo de esto cuando comentó que Hamlet es un personaje sumido en el aburrimiento. Cuando demanda a su cerebro que actúe comienza un aquelarre de acción orientado por los equívocos procesos del pensamiento. De forma inmediata, comienza a tramar el ardid de la obra teatral que ha de desenmascarar fuera de toda duda la culpabilidad de su tío. Cuando en su famoso monólogo del tercer acto afirma que la conciencia nos hace cobardes y desvirtúa la acción, ya ha decidido abandonar los espacios de la reflexión y adentrarse en la vorágine del gran juego en el que las piezas son todos los personajes principales de la obra —a excepción de su amigo Horacio—, y los fines de la macabra charada están más allá de la venganza: la destrucción de los demás y de él mismo mediante los refinamientos estratégicos de su mente privilegiada, acompañados de una especie de delectación en la demora y la dilación.

Hamlet ofrece la imagen recurrente de un depredador que juguetea con sus presas ante de acabar con ellas. Su juego se emplaza en el ámbito de la pura actividad pensante, pero contaminado por las decisiones que deben llevarse a cabo en el curso de la acción. Y, a medida que se van desencadenando los hechos de la tragedia —a veces de forma fortuita, otras, deliberada, siempre bajo su atención tan escrutadora como destructiva—, parece que las reflexiones morales que realiza Hamlet las pone en sus labios para recordarse a sí mismo el mundo del que proviene, aunque ya no es capaz de escucharlas; ni a ellas ni a nadie. La autoridad de sus pensamientos sobre sí mismo ha quedado eclipsada desde el momento en que la voluntad ha colonizado su vida espiritual y la acción traza una espiral cuyo centro es la nada. El pensar, agotado por su incapacidad de reposar en el sentido, se abandona a la acción que produce un sentido ajeno al pensamiento: el ser dé la naturaleza, sin adjetivos ni promesas; en definitiva, la pura quietud del caos.

Llega un momento en que el universo del juego ya no proporciona a Hamlet ningún placer. El continuo sarcasmo y el desenmascaramiento casi autoflagelante del mal le alejan del punto en el que estaba instalado desde que había decidido cumplir el mandato de su padre con todas sus consecuencias. Las reflexiones que hace ante la tumba de Ofelia, y otras que comunica a su amigo Horacio, nos muestran a un Hamlet que ha cambiado al aprender ciertas cosas, no ya sobre la muerte y su influencia sobre la vida, sino, ante todo, sobre la actitud a la que se ve abocado ante ella alguien que ha traspasado ciertos límites tanto del pensamiento como de la voluntad. Antes de decidirse a actuar sus reflexiones se situaban en un espacio de penumbra en el que la duda y el temor le impedían apresurar su muerte. En el quinto acto ya no sólo no le importa morir, lo desea. Así se lo comunica al buen y limitado Horacio, que, incapaz de entender nada de lo que está ocurriendo, como a lo largo de toda la obra, tiene que escuchar de boca de Hamlet que ya basta de darle vueltas a todo y que está dispuesto a morir. Luego, el batir de las espadas y la muerte por el metal o el veneno. Al final, un Hamlet agonizante que vuelve a decir que ya basta y que si dispusiera de tiempo contaría cosas de gran trascendencia.

Se ha hablado mucho sobre el misterio de estas palabras finales, pues nada hay mejor que especular con lo desconcertante. Es posible que si hubiera dispuesto de tiempo Hamlet hubiese permanecido mudo, pues anteriormente ya había tomado posesión de ese silencio al que se entrega de forma definitiva con la muerte. Pero antes de emitir algún tipo de veredicto conviene resaltar que, casi desde el comienzo de la obra, Hamlet es incapaz de amor y de compasión hacia los demás y —lo que quizá pueda ser más grave— hacia sí mismo. No hacia Ofelia ni, desde luego, hacia su madre. De todos los figurones y mediocres comparsas que asisten mudos de asombro y espanto al irrefrenable viaje de Hamlet hacia la nada, sólo Horacio parece salvarse. Pero más bien parece que Hamlet le utiliza como un interlocutor con el que afilar sus argumentos y ayudarle en sus propósitos, incluso en el increíble en alguien como Hamlet de que haya una constancia postuma de sus hechos y razones. Está claro que, aquí, Shakespeare hizo algunas concesiones al público al humanizar a un personaje que, al contrario de lo que hizo él mismo al retirarse silenciosamente a Stratford, quiere dejar un legado de comprensión tras de sí.

Hamlet no necesita nada ni a nadie excepto el perpetuo devenir de sus propios pensamientos, con los que vuelve a estar tan identificado en los últimos instantes de su vida de tal forma que, en cierto sentido, el propio ser del mundo cesa con el de su yo pensante. La débil trascendencia que procura el recuerdo al dotar de sentido al pasado está fuera de lugar en aquel que ha renegado del mismo sentido desde el momento en que se ha instalado en el perpetuo presente de la más pura actividad. Y la indiferencia por el futuro es, en términos estrictos, connatural al que desprecia el presente de forma absoluta. De esta forma, Hamlet ya era silencio antes de morir, hasta el punto que ni la misma muerte le era necesaria para mantenerlo. Pero los hechos desencadenados por sus actos le llevaron de la mano hacia el silencio definitivo sin que eso ni lo contrario le pudiera disgustar, pues la aceptación del caos del mundo, acentuado con refinamiento por él mismo, le había llevado al final a una completa indiferencia que estaba más allá de la vida y de la muerte.

El nihilismo progresa en Hamlet a medida que se sumerge en la acción. Pero su aristocrática soledad intelectual ya le había predispuesto a él mucho antes de que comenzara a pergeñar su venganza. Realizando certeros diagnósticos de cuanto lo rodea y de sí mismo no logra, empero, sustraerse al impulso por el que la búsqueda de sentido no halla nada más que el sinsentido y la nada. Si Hamlet fuera una reflexión de Shakespeare sobre el conocimiento habría motivos para sospechar que no esperaba gran cosa de él y que, en todo caso, lo había relegado a un puesto inferior al de la actividad artística, en la que el conocimiento es uno de los elementos de la paleta del poeta y de ninguna manera su fin.

La actividad creativa es, en los grandes artistas, una suerte de recreación que se plasma en nuevas y poderosas metáforas que originan sugerentes redescripciones de la realidad. Shakespeare no se dejó constreñir por una visión limitada del conocimiento, aunque parece afirmar que no lleva necesariamente a la sabiduría, y que ésta debe mantener una prudente distancia de la acción para que no entre en colisión consigo misma y con el mundo.

Samuel Johnson ya se percató de la ambigüedad de Shakespeare al destacar que su máximo defecto era que parecía escribir sin ningún propósito moral. Pero le tenía como el poeta cuya máxima virtud era haber puesto un espejo ante la naturaleza, por lo que se ha de considerar que el famoso crítico no se dejó arredrar por las incongruencias que pudieran existir entre sus propios principios morales y la indiferente versatilidad del

mundo. No fue así con las memorables reprobaciones que tanto Tolstói como Wittgenstein hicieron de Shakespeare, ambos obsesionados por una inacabable búsqueda de la verdad moral, lo que quizá produjera —a pesar de que este impulso fuera un fuerte acicate para su creatividad— un evidente menoscabo en la calidad de algunas de sus obras. La entusiasta apreciación e influencia de Shakespeare en, por ejemplo, Goethe, Hegel, Nietzshche, Schoppenhauer, Mann, Joyce, Proust o el mismo Freud, podrían indicar el tipo de suelo que suele fecundar con más éxito el dramaturgo isabelino. Aunque la influencia universal de Shakespeare es, evidentemente, mucho más amplia. De todas formas, siempre queda la duda de qué es lo que quiso decir, además de la duda, igual de razonable, de si tuvo alguna intención de decir algo.

En cualquier caso, Shakespeare jamás hizo parábolas. Ni en Hamlet ni en ninguna otra de sus obras. Si la metáfora de Johnson es adecuada, se limitó a expresar dramáticamente lo que veía, que era sin duda mucho. S e puede especular con la posibilidad de que Shakespeare plasmó en Hamlet algunas de las consecuencias que puede acarrear la fusión del pensamiento y la acción en alguien cuya predisposición originaria y fundamental es la de pensar. Pero, posiblemente, sea más apropiado creer que Shakespeare vertió en Hamlet alguno de sus más íntimas y complejas experiencias sobre la actividad del yo pensante y su forma de estar en el mundo.

Glorias intactas, vidas rotas

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Tamarón ha escrito una novela rara (pese a que se lee con facilidad y gusto, observación que quizá no termine de agradarle); se trata de un texto que se sigue con intriga intelectual creciente porque el autor ha puesto su condición de excelente prosista al servicio de una narración aparentemente lineal, pero que constituye, en todo momento, un reto a las ideas convencionales del lector, de cualquiera. No es fácil deducir cuál es el significado preciso de una serie de episodios cuya interpretación suscita numerosas perplejidades. El libro no se deja olvidar porque hace que prendan en eí ánimo del lector un buen número de preguntas inusuales y, por tanto, incómodas.

Lo que nos entrega Tamarón es, evidentemente, un testimonio, un relato turbador e inquietante que surge al hilo de los recuerdos de un personaje que se parece mucho a su autor {por ejemplo: traductor del Pied Beauty de Hopkins, montañero y erudito minucioso, destinado en Londres) aunque, por otros rasgos, la obra no es verosímilmente autobiográfica.

El tono testimonial es especialmente adecuado a lo que se nos cuenta: un descubrimiento capaz de dar sentido a la vida, pero también de hacerla fracasar. Esta vida que fracasa no es la de alguien singular, es más bien toda una raza que ya no existe, una saga un tanto mitológica cuyos últimos (o penúltimos) representantes terrenales son los protagonistas principales de la revelación y del ocaso. Elena y Miguel Cienfuegos son una extraña parej a de hermanos («Los dos hermanos miraban el mundo con esa alternancia rápida de curiosidad y de indiferencia propia de los animales, quizá porque, como éstos, se ayudaban mucho de los demás sentidos»), más cercanos a los viejos dioses del Olimpo que a los mortales comunes. Los hermanos mueren de manera desesperadamente heroica (el texto recuerda constantemente la atmósfera romántica del Goethe de Las afinidades electivas), combatiendo brava y desmesuradamente a las tropas milicianas en el frente de la sierra madrileña, lo que hace que el narrador, un Saturnino apenas sin apellidos, quede perdido para siempre, sin haber podido completar la triple tarea de sus «diversos destinos contradictorios: aprendiz, galán y revolucionario». Luego acaba én Londres y vuelve a España y se enriquece como editor y hombre de negocios, holgada situación que le permite dedicarse a acariciar los recuerdos que le han impedido llevar una vida normal (algo que a Tamarón parece resultarle bastante indeseable).

La parte central de la narración se destina al aprendizaje de Saturnino, porque, de una manera que resulta inquietante pero no arbitraria, los hermanos se las saben todas. No son redichos, desde luego, ni tampoco cosmopolitas, sino «catetos en varios idiomas». Saturnino los admira por su belleza, por su nobleza, por su sabiduría, pero los va viendo peligrosamente ajenos a cualquier identificación, puede juntarse con ellos pero cualquier otra efusión estará siempre de más. Sátur, como cariñosamente le llaman los hermanos, desea su compañía y sus enseñanzas y acepta las singulares reglas por las que se rige ese peculiar triángulo, pero va comprendiendo poco a poco que, a su muy extraña manera, su reino tampoco es de este mundo.

Las conversaciones de tan ejemplar trío, a las que en ocasiones se añade algún personaje de reparto, son, en el recuerdo de Saturnino, verdaderas escuelas de luz, rompimientos de una bruma mesetaria y progresista que queda convenientemente ridiculizada con el paciente consenso del buen Sátur. A su través descubre nuestro narrador la existencia de un mundo de cultura tan sólido como el de la naturaleza y tan duro como ésta, tan cruel con frecuencia. Es un mundo en el que «todos los oficiales de caballería son iguales», y en el que no hay diferencia de naciones ni de riqueza, en el que, como en el mundo antiguo presocrático y precristiano, no hay distinción alguna entre carne y espíritu, un cosmos diverso y evocador en el que la naturaleza es la única escuela de dignidad. En esta escuela Saturnino aprende a no quitar nada de la vista, a no perder ni los detalles ni las perspectivas (porque «en la vida lo más difícil es ver a la vez la hoja, el árbol y el bosque»), de modo que también se aprende a morir con alegría.

El segundo gran tema de conversación de nuestros protagonistas versa, como podrá imaginar cualquier lector de Tamarón, sobre las palabras mismas, sobre las distintas lenguas y temas similares. Tamarón desliza una buena serie de puyazos a los malos traductores (aunque en su lectura de Et in Arcadia ego ya le da la razón hasta la Enciclopedia Encarta) y deja caer muestras divertidas de las arbitrariedades y los giros del lenguaje («¿Y por qué las vacas son avileñas y Santa Teresa es abulense?», pregunta Adam, un militar destinado en Madrid que es retrato al carboncillo de la Alemania de preguerra), casos que patentizan el carácter más natural y rebelde del habla, su resistencia a la doma gramática y culta. Las vicisitudes de los españoles de entonces prestan un telón de fondo muy desvaído al desenvolvimiento del verdadero drama verbal, aunque sirven también para apuntar algunas varias observaciones, tanto sobre nuestro carácter («Los españoles tan sólo tenemos dos maneras de ver a los extranjeros: como gente amenazadora o como seres desvalidos») como sobre personajes de nuestra historia o nuestras letras que circulan, en mención (Unamuno u Ortega) o en persona (Bergamín), a lo largo de un texto que describe distantemente lo que transcurre en la preguerra. La guerra apenas entretiene al narrador y de la posguerra («sórdida de todas formas, llena de imposturas e imposiciones») ni se ocupa.

Tamarón ha descrito un mundo viril y visual, un universo de espíritu muy físico, muy corporal, en el que cabe la gesta y el desafío, la excelencia, un escenario lleno de simbolismos e imágenes pero regido férreamente por un principio de sabiduría económica: «No es fácil jadear y pensar al mismo tiempo. Ni en la guerra ni en lo demás», cuya fatal aplicación culmina irremediablemente con la muerte, esa definitiva revelación.

Al hacerlo nos ha ofrecido una singular meditación sobre la vida («también para recibir regalos hay que adiestrarse en cierta forma de generosidad»), aupada sobre goznes muy distintos y opuestos a los valores de mayor circulación y mejor mercado. Es una invitación a pensar que se acepta con agrado porque, además, no incurre en el mal gusto de ser enteramente coherente.

El testamento de Dostoievsky (I)

Sería deshonesto por parte del editor encomiar el valor del pliego que ahora se presenta por el solo hecho de haber sido escrito por Dostoyevski pocos meses antes de su muerte. Es cierto que la sola proximidad del término luctuoso de cualquier vida proporciona a cada acto, a cada pensamiento o texto pretéritos de ese curso vital un valor que trasciende lo ordinario. Damos en pensar que esas últimas acciones significativas en la vida de un hombre pueden contener algún destello de lo que su hacedor intuyera, todavía desde aquí, del más allá que se le estaba acomodando: no tanto que el yo vivo pudiera llegar a pensar en su yo muerto con categorías conceptuales, ni menos aún que lo pudiera expresar juiciosa y articuladamente, sino que tal vez lo vislumbrara como los personajes de Poe barruntan desde lejos lo siniestro.

Si, al pronunciar su discurso sobre Pushkin en Moscú, el 7 de junio de 1880, Dostoyevski comprendía o no que estaba escenificando la última gran intervención pública de su vida, es algo que dejo a la deducción de lectores más sagaces que yo, a la de especialistas en literatura eslava, a psicólogos o médicos forenses, en fin: a quien quiera y pueda resolver esta cuestión, pues materia de análisis no le faltará, como es evidente por el texto dado a la imprenta después de esta introducción.

Lo que sí estoy en condiciones de argüir es el tenor sumarial de las ambiciones literarias del propio Dostoyevski con que este discurso fue concebido, tan pronto como el escritor tuvo consciencia de la oportunidad que se le brindaba de dejar una palabra pública sobre la orientación y peculiaridad de la literatura rusa, por las que él había trabajado sin descanso durante más de cuarenta años.

La gran ambición del novelista Dostoyevski y, a siete meses vista de su muerte, cabe decir también: el primer gran logro del novelista Dostoyevski fue el de completar con su obra una gran sociología, acaso la más exhaustiva de su tiempo. A diferencia de la práctica totalidad de los otros escritores anteriores y coetáneos suyos, Dostoyevski fue quien puso a pensar, condujo a la acción y dio voz a personajes-tipo de todos los estratos sociales que constituían el complejo país en el que vivía.

O dicho de otro modo: Dostoyevski fue el primer escritor ruso que con plena consciencia reconoció similares títulos de interés literario a la nobleza, al pueblo ortodoxo, a los primeros comerciantes y a los primeros intelectuales liberales rusos, lo mismo que a esa variante de la clase popular y de la doctrina liberal (o sea, socialista) que en Occidente constituían ya el proletariado, pero que en Rusia apenas si estaba incoada.

Hasta Dostoyevski, la rusa había sido principalmente una literatura de terratenientes. Pushkin, Gógol, Lérmontov, Turguéniev, Gonchárov o Tolstói, por citar solamente los nombres más importantes, se habían ocupado de los señores —de los señorones— característicos de la Rusia aristocrática. Para ocupar el ocio de los miembros de esta clase se habían editado en Rusia la mayor parte de las novelas. Los terratenientes eran, por añadidura, los únicos rusos con cultura suficiente para escribir novelas a la par que tiempo, es decir, dinero suficiente para consagrarse a ello, sin padecer hambre. Nada lo prueba mejor que la adscripción a la clase de la tenencia de la tierra y a la nobleza de todos los novelistas arriba indicados.

En las obras de Dostoyevski no podía faltar los aristócratas, claro está, ni esas magníficas conductoras de salones que eran sus mujeres; y los siervos y los campesinos adscritos a los bienes rústicos de los nobles rusos, y sus cocheros, y los porteros, cocineros y toda suerte de lacayos que oficiaban en los diversos servicios de los palacios urbanos de la nobleza (los más rancios en Moscú, los cortesanos en Petersburgo). Pero es verdad que desde que floreciera, a comienzos de siglo XIX, esa gran literatura de y para terratenientes, hasta la supresión de la esclavitud, obra de Alejandro II; y desde entonces hasta 1880, año en el que Dostoyevski se disponía a acabar el último de sus paisajes con figura aristocrática —Fiódor Pávlovich Karamázov, el gran sensual de menguada propiedad y menos dientes—, las costumbres de este estrato social estaban casi por completo desdibujadas y sus virtudes muertas. Los aristócratas se habían vuelto cínicos de puro ociosos, con Lérmontov; habían dirigido contra sí mismos su portentosa capacidad analítica, con Turguéniev, justificando ante su conciencia nuevos motivos para la inacción y dándose inclusive cobertura verbal con ínfulas trágicas; el autor de Guerra y paz, en fin, llegó a hacerse famoso y rico recurriendo a personajes históricos, porque los coetáneos miembros de su clase andaban mermados ya de temple heroico.

Por eso, cuando en 1866 aquel minúsculo aristócrata que era Dostoyevski —un «príncipe» de tan baja estofa como su Idiota— empezó la serie de sus grandes novelas, en sus páginas no alentarían sino los epígonos de los «grandes terratenientes de antaño», a saber: señoritas mimadas, amantes de la ópera y de los ballets y buscadoras de aventuras d’aprés las novelas francesas, no siempre bien escardadas por sus mademoiselles; más los señoritos herederos, prometidos de las primeras, transformados ya en cínicos perfectos, ya en maridos imposibles para aquellas jóvenes bellezas y, tratándose de los más aburridos e inteligentes de ellos, también en simpatizantes de la causa del «cuarto estado» —en indolentes partidarios de la revolución de esos chicos proletarios—.

La partida literaria de defunción de la clase de la aristocracia estaba reservada a Chéjov, pero a Dostoyevski le correspondió llevar su cadáver a la morgue. El, sin embargo, no se consideraba uno de aquellos escritores terratenientes, al contrario. Con mucho orgullo se presentaba a sí mismo como «el primer escritor proletario» de Rusia —el primero que había vivido, mal que bien, de aquello que escribía—. A la ausencia de tiempo, es decir, a la ausencia de rentas de propiedad que le permitieran ser independiente de aquello que entregara a los editores, atribuía él, con pena más también de nuevo con alguna altivez, las imperfecciones de su estilo. Pero era un escritor proletario sobre todo porque su capacidad creativa no se agotó en cumplir su parte en la historia de la literatura de los señoritos de su país.

Dostoyevski fue un escritor de la clase popular, a la que dio vida en todas y cada una de sus obras, no por un interés más o menos folclórico o por tintar sus páginas con algunos colores costumbristas, sino por unos muy hondos motivos ideológicos. Numerosos personajes de la Rusia profunda, humillada y ofendida, desfilan por las páginas de sus novelas: habitantes de monasterios con fama de milagreros; campesinos ferozmente ignorantes pero tan dulces como Maréi; más otras buenas gentes de Dios llegadas a la ciudad, donde el genio de Dostoyevski les abocaría a ahogarse en el alcohol, a emplearse como dama de compañía de rancias señoras de sombreado bigote o a arrojar, en fin, sobre una mesa, de largo tiempo ayuna de manteles, las primeras monedas ganadas haciendo la calle bajo faroles rojos.

Gógol es el precedente más claro del novelista popular que fue Dostoyevski. De hecho, el autor de Las novelas peterburguesas dio la bienvenida al joven autor que se revelaba con Pobres gentes, reconociendo en él a un gran observador de la clase social a la que pertenecía su funcionario sin capote. Pero Gógol resultó impotente para formalizar su visión total de Rusia con una creación novelística de grandes vuelos; su Almas muertas quedó inconclusa y la ambigüedad de toda su obra, irresuelta —los aristócratas como Tolstói se inclinarían en adelante por relatos como El carruaje, mientras que escritores como Dostoyevski amarían El capote—.

Junto a los tipos de la clase de la nobleza y a los tipos de las clases populares, en las novelas de Dostoyevski se dibujaban además los primeros tipos rusos de comerciante, es decir, los primeros imitadores de los burgueses de París y de Londres —para el escritor, caracteres esencialmente determinados por la incultura, la envidia y una fatua presunción—.

Añadíanse a ellos los primeros intelectuales liberales, que el novelista pintaba como pobres estudiantes de planteamientos radicales, o como viejos terratenientes ociosos convertidos a la doctrina del progreso.

De aquella sociedad decimonónica, en fin, que había mudado su vieja piel de servidumbre por otra de renovación y libertad, la obra de Dostoyevski nos permite conocer la mente, los proyectos y las acciones de los pioneros del socialismo ruso, que hartos de disquisiciones, congresos y promesas de felicidad universal, al estilo europeo, se decidieron a rebanar los primeros cuellos que la Revolución había de cobrarse en Rusia para lograr de una vez por todas la bienaventuranza en este mundo, primero en suelo ruso y desde allí como exportación preciosa al universo entero.

En los países de Europa más occidental no hubo, creo yo, en época contemporánea a la de Fiódor Mijáilovich, novelista que acometiera un proyecto intelectual de envergadura similar a la del dostoyevskiano. La comedia humana compartiría con la obra del ruso la amplitud de miras, pero la balzaquiana estaba más interesada en las costumbres que en el análisis de las mentalidades e ideas morales. Si hubiéramos de referirnos a una sola novela, tal vez la peregrinación estamental del héroe de Rojo y negro se aproximara a la de Raskólnikoven Crimen y castigo, pero Julien Sorel no tiene continuadores en la obra de Stendhal como el joven estudiante asesino la tiene en la de Dostoyevski. En fin, tal vez Rousseau hubiera tratado de convencernos de su cabal conocimiento de todas las clases sociales de la Europa de su tiempo, pero en lugar del coro de voces que escuchamos magistralmente empastadas en las novelas de Dostoyevski, sólo nos llega la del autor en las Confesiones del ginebrino. Nada hallo, pues, en el resto de Europa, nada en la América de aquel tiempo que resista la comparación con la obra intelectual del autor de la serie de novelas que empieza con Crimen y castigo y acaba en Los hermanos Karamázov.

Precisamente por referencia a la composición coral ha señalado Bajtin otro de los grandes méritos de Dostoyevski, que es preciso recordar en esta introducción. Y es que Dostoyevski fue capaz de crear unas «formas» literarias plenamente idóneas pour mettre en scène, por llevar a la novela todos los contenidos intelectuales, morales y sociológicos que a él le interesaban. Él fue capaz de realizar lo que Gógol murió sin saber cómo diablos se construía: esas composiciones dramáticas en las que las distintas conciencias sociales confluyen gobernadas por la trama, y lo hacen de tal manera sorprendente, novelesca o, como diría Cervantes, ingeniosa, merced a las inusitadas peripecias concebidas por el autor, que el relato se carga de suspense y, sabiamente administrado por el novelista, llega a formar uno de los conjuntos de narraciones policíacas más interesante del siglo.

De genialidad pura procedía también la capacidad de Dostoyevski para imaginar unos diálogos brillantísimos, cada cual determinado estilísticamente por el léxico, la materia y el modo de razonar característico de la clase o clases sociales convocadas a recitar en cada escena. Pues en punto a construcción de diálogos, Dostoyevski no andaba a la zaga de Schiller.

Y no obstante la rareza de las acciones y las peripecias que el escritor imaginaba; y no obstante la diversidad de lenguajes con que verbalizaba o acompañaba esas situaciones, Dostoyevski, de puro genio, era capaz de crear tramas tan asombrosamente unitarias que, aunque narradas a lo largo de cientos de páginas, daban cuenta de acciones que sucedían «en menos de horas, veinticuatro» y en el espacio de un par de manzanas en algún rincón próximo al peterburgués mercado de la Cebada.

El tercer mérito literario que quiero destacar a propósito del discurso que Dostoyevski escribió en memoria de Pushkin, fue el impulso «combativo» que animaba al escritor a dar comienzo y concluir todas y cada una de sus novelas. Dostoyevski no era solamente un cabal conocedor de la sociedad de su tiempo, ni solamente un magistral reproductor de los representantes típicos o ilustrativos de las clases en que ésta se dividía, ni sólo un genial montador de escenas y diálogos. Todo eso lo era Dostoyevski después de haber luchado tenazmente hasta lograrlo, con el objetivo de tomar partido en las cuestiones del día y en los debates cruciales de su tiempo.

Dostoyevski no fue un domador del lenguaje ni un prestidigitador de bellas formas narrativas. No fue nunca su intención pavonearse ante el público lector, espolvoreando en sus narices, como quien dice, un asombroso virtuosismo estilístico. No era su misión entretener el ocio de una clase desocupada —la aristocrática—, ni escandalizar su apolillada moral. No era Dostoyevski un biólogo social que buscase clasificar los conflictos sociales, observando primeros los ejemplares comunes, como Linneo, y luego los especímenes monstruosos, para permanecer al margen de de los problemas, ajeno a la rectificación de lo aberrante.

Pudiendo haber sido todas esas cosas, Dostoyevski se comprometió a ser ante todo un gran escritor político, en el sentido sublime —moral— del término. El creó personajes y los puso en escena para mostrar el origen, desarrollo y desenlace de los conflictos sociales, y hacer de ese modo partícipes a sus conciudadanos de sus descubrimientos. De ningún otro modo sabía Dostoyevski empujar a sus compatriotas a afrontar intelectual y emocionalmente los conflictos reales que experimentaban cada día, sino a través de los que él mismo ingeniara verbalmente como trasuntos o reflejos de aquéllos.

Con su trabajo entendido como una empresa moral, Dostoyevski sólo podía abrazar el partido de la verdad. La novela, según el escritor, para ser útil a su época en sentido espiritual, tenía que buscar toda la verdad, sin esa parcialidad y limitación que son causa de la falsedad en todos los órdenes de la vida. Por eso Dostoyevski prestaba atención y trataba de comprender todos los esfuerzos morales e intelectuales que se ensayaban en todas las clases sociales —sus reivindicaciones en materia de justicia, sus intentos de auto y heterojustificación sus proyectos de nuevos cursos de acción común—. Dostoyevski participaba en las Internacionales Socialistas, las primeras que hubo en la historia, lo mismo que en las soirées literarias en el palacio de los zares o en los mítines clandestinos celebrados en los suburbios peterburgueses. Todo le interesaba, de todo lo que palpitaba en su época quería dar cuenta en sus novelas, y en sus páginas se daban cita todas las contradicciones, todas las imposibilidades de aquel tiempo, para, a la vista de los resultados del conflicto, tratar de anticiparse al futuro de Rusia.

Dostoyevski fue un grandísimo dialéctico. El escritor discernía los tipos por su autenticidad, los argumentos por su fuerza y las ideas por su brillantez intuitiva. Para el escéptico, todas las opiniones pueden ser verdaderas y falsas al mismo tiempo; para el cínico, quien argumenta tiene iguales razones para sostener una proposición y su contraria, pues argumentar es vano; pero para Dostoyevski, la fuerza persuasiva de cada idea y de cada argumento había de ser inspeccionada con particular atención, sin desdeñar ninguno pero sin igualarlos todos —prestando crédito a toda idea digna de crédito, pero prestándoselo poco a las indignas de él—. Estaba en juego la comprensión de la humanidad de su tiempo. Si el dialéctico se llamase Aristóteles, el discernimiento de la verdad de la humanidad pasaría por distinguir no solamente los razonamientos verdaderos de los falsos —una tarea no muy ardua, al cabo—, sino sobre todo los razonamientos verdaderos de aquellos que lo son sólo en apariencia. Pero cuando el dialéctico se llama Dostoyevski, las clases sociales son convocadas a escena y, de confrontación en confrontación, por la palabra pero sobre todo por las relaciones y las grandes pasiones, el drama alcanza el punto en que uno de los personajes, sentado frente a otro, nos permitirá averiguar si los argumentos con que Raskólnikov trata de legitimar su crimen son más verdaderos que los que emplea su amiga, la pecadora Sonia, cuando allí mismo, Evangelio en mano, se aplica a redimirle.

1
DEL EPISTOLARIO INÉDITO DE DOSTOYEVSKI

Interés gnoselógico por todas las clases sociales, valor de la forma artística, intención moral: todas esos motivos-fuerza de la obra de Dostoyevski se dan cita en su «Discurso sobre Pushkin», pronunciado con ocasión del LXXXI aniversario del nacimiento del poeta.

Unos meses antes, en abril de 1880, el escritor había recibido una carta de Serguéi A. Yuriev, presidente de la Sociedad Amigos de la Literatura Rusa y novísimo editor de la revista Russkaia Mysl (La Idea Rusa), en la que se interesaba por las disposiciones del novelista para participar en los eventos que en honor a Pushkin se celebrarían en Moscú.

Un único, aunque imponente, obstáculo se alzaba frente a Dostoyevski para acceder a ese ruego, y era la conclusión de la cuarta y última parte de Los hermanos Karamázov. Estaba en juego no sólo su compromiso con el editor de El Mensajero Ruso, que desde hacía dos años venía publicando la novela y que le instaba a entregar los últimos capítulos; iba también en ello la influencia que Dostoyevski podría ejercer en la nueva generación, que había respondido a la última novela con notable mayor entusiasmo a como lo hiciera en ocasiones precedentes.

A ello se sumaba la comezón de dejar a sus hijos algunos bienes en propiedad, una preocupación que Dostoyevski sentía cada vez más en lo vivo. Desde la vuelta de su exilio europeo había logrado el escritor satisfacer paulatinamente las cuentas que a la muerte de su hermano quedaran impagadas, unas deudas procedentes de las ruinosas iniciativas editoriales puestas en marcha por aquél en beneficio de Fiódor Mijáilovich y que eran por ello, honoris causa, de los dos. El pago de esta deuda familiar había supuesto sin embargo que el novelista y los suyos se hubiesen visto forzados a vivir al día durante casi tres lustros.

Añádase a eso que, aunque relativamente joven (Dostoyevski tenía entonces sesenta años), el escritor gozaba de una salud harto precaria. Desde hacía siete años le aquejaba un enfisema pulmonar, consecuencia de un catarro de las vías respiratorias con el que no podían las curas de aguas en Ems, a las que Dostoyevski se había sometido disciplinadamente cada verano durante aquellos últimos años. Y si al principio de aquella enfermedad el escritor se mostraba completamente ajeno a su destino, ahora la referencia a ella en su correspondencia, por ejemplo, era cada vez más frecuente. El seguía ajeno a toda preocupación personal por su salud, sentía incluso cierta delectación morbosa al inspeccionar las transformaciones orgánicas que su enfermedad emprendía sin pedirle permiso; pero sí le inquietaban, y mucho, como hemos dicho, las consecuencias que un desenlace rápido de su enfermedad podrían acarrear a su familia.

Él y su mujer, Anna Grigoriévna, habían ideado recientemente un sistema para obtener mejores resultados de la venta de las novelas, pues ellos mismos llevaban el control de depósitos y ventas con todos los libreros contratados para su distribución. Este control había empezado a surtir efecto, y ahora que la maquinaria estaba bien engrasada y en movimiento, era irresponsable interrumpir la publicación de Los Karamázov.

Estas objeciones opondría mentalmente Dostoyevski a la invitación del señor Yuriev. Por otra parte, sin embargo, la intención de honrar la memoria de Pushkin no podía ser más próxima a su corazón. Era tal la admiración del novelista por este poeta, y tan convencido estaba de su importancia para el nacimiento y especificidad de la literatura rusa, que desde las páginas de su Diario de un escritor había apoyado todas las iniciativas orientadas a la construcción del monumento, cuya inauguración en Moscú estaba siendo ahora ultimada. La primera de esas tentativas tuvo lugar en los años sesenta, pero la cuestación popular que entonces se puso en marcha, para la erección de un monumento, concluyó por extinguirse tras unos meses de lánguida existencia. Resurgió la iniciativa, de nuevo a instancia popular, en 1871, con nuevas energías, aunque no tantas como para que los deseos de los más fervorosos se vieran realizados en un plazo decoroso.

« A mi juicio —escribió Dostoyevski en su Diario de un escritor, en febrero de 1877—, aún no hemos empezado a conocer a Pushkin. Es un genio que se adelantará a la consciencia rusa todavía por mucho tiempo… Era, por lo pronto, un ruso, un verdadero ruso, que por la fuerza de su genio mismo se había transformado en un ruso, y nosotros seguimos aún tomando lecciones de un tonelero cojo […]. Y de ese gran hombre ruso […], de que hasta hoy están completamente en ayunas .miles y miles de nuestros intelectuales, que ignoran que fuera un poeta y un ruso de tan gigantescas proporciones, para él, todavía no se han podido recaudar fondos con destino a un monumento, detalle este que pasará a la historia»1.

Poco tiempo después de que estas observaciones fueran hechas, el monumento, en fin, salió a concurso y el escultor A. M. Opekushin presentó el proyecto que se llevaría a ejecución. Una figura de cuerpo entero, esculpida en bronce, representaba el poeta erguido pero pensativo y sería instalada en la plaza Spaskaia de Moscú. Al descubrimiento oficial de la estatua, que tendría lugar el 26 de mayo de 1880, acompañaría una serie de recepciones, discursos y banquetes en honor de quien, desde que Chaadayév lo hiciera por primera vez, en vida todavía del poeta, había sido considerado casi por unanimidad el poeta nacional de Rusia.

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Casi por unanimidad, pues no todos habían reconocido ese título al autor de Eugenio Oneguin. Las primeras críticas corrieron a cuenta de Dmitri Pisarev, mediados los sesenta de aquel siglo, que se permitió llamar la atención sobre la frivolidad de no pocos temas abordados por Pushkin, tal que, en el mejor los casos y a la vista de las acuciantes cuestiones sociales ya manifiestas en la época del poeta, éste parecía sustraerse de ellas. Desde entonces, había soportado Pushkin unos cuantos puyazos, unos superficiales y otros no tanto, sobre todo desde las posiciones más liberales de la crítica literaria y de la publicística, aunque no sólo desde ellos: el mismo Tolstói, por entonces más activo como reformador moral y político que como novelista, se cuestionaba la oportunidad de un homenaje a quien, según él, tenía pocos méritos diferentes del de haber sido un frívolo con talento2.

De todo esto era consciente Dostoyevski, y no se le escapaba la importancia que el homenaje de Moscú podía tener para la memoria del poeta y la orientación futura de la literatura en su país. Así, pues, y a despecho de sus obligaciones contractuales, que trataría de satisfacer trabajando en adelante con mayor intensidad, en carta con fecha 9 de abril, Dostoyevski aceptó la invitación de Yuriev a intervenir como orador en las conmemoraciones, al tiempo que, de acuerdo con la petición del mismo Yuriev, comprometía con La Idea Rusa todo lo que pudiese escribir con ocasión de esa efeméride.

Las buenas intenciones de Dostoyevski se vieron incumplidas no tanto por su falta de voluntad cuanto por los constantes compromisos a los que se hacía acreedora su notoriedad. El más próximo a sus verdaderos intereses fue la defensa de la tesis doctoral de Vladímir Soloviev, un joven y brillante filósofo con el que había intimado en muy poco tiempo y con cuyas ideas comulgaba ampliamente. Luego, el 14 del mismo mes de abril, en calidad de vicepresidente de la Sociedad Benevolente Eslava, no pudo evitar participar en una soirée literaria convocada, entre otros, por los grandes duques Constantino y Sergio, y las princesas Oldenburgskaya y su hermana. Más o menos satisfecho personalmente con estas convocatorias públicas, en carta con fecha del día 29, Dostoyevski tuvo finalmente que pasar el mal trago de reconocer a Nikolai Lyubimov, el editor gerente de El Mensajero Ruso, que aún no tenía ningún capítulo de su novela, listo para entregar en el número correspondiente al mes de mayo. Como prenda de su compromiso con el editor, sin embargo, Dostoyevski daba por hecho que con su inminente partida a la aldea de Staraia Russa, en pocos días de ininterrumpido trabajo —el escritor hablaba de tres semanas— llegaría a tener toda la novela a punto para los números  correspondientes a julio, agosto y septiembre.

El día 1 de mayo el escritor recibió la invitación oficial que en nombre de la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa, Yuriev le cursaba no sólo para estar presente en los actos, sino sobre todo para participar como uno de los oradores que intervendrían después del desvelamiento del monumento. El editor de La Idea Rusa le participaba los nombres de los otros personajes que intervendrían junto con él, una información con que Yuriev esperaba acabar de ganar la voluntad de Dostoyevski para las celebraciones de esa ciudad, frente a otros homenajes organizados en San Petersburgo y en otras ciudades, a los que sabía Dostoyevski había sido igualmente invitado. La lista de los oradores incluía los nombres de Iván S. Aksakov, Alexéi F. Písemski, Alexander N. Ostrovski y, como traca final, el de I. S. Turguéniev. Era evidente que el encuentro de Moscú estaba llamado a tener una gran significación ideológica. De entre los invitados, sólo Aksákov podía considerarse un eslavófilo de cierto renombre, y aún éste menguado en los últimos tiempos, por un cierto hastío del público moscovita hacia él. Con Turguéniev de por medio, la participación de Dostoyevski era inexcusable.

Pocos días después, el 4 de mayo, reunida a petición de Dostoyevski la junta de la Sociedad Filantrópica Eslava, quedaba aprobado por unanimidad que Fiódor Mijáilovich Dostoyevski representara a esta Sociedad en los actos en honor a Pushkin en Moscú. Ese mismo día hubiera partido el escritor a su retiro en la aldea, si en aquella misma jornada no le hubiera cursado invitación el gran duque Constantino para dirigir de allí a poco otra soireé literaria en el salón rojo de Palacio de Invierno, en la que participaría, entre otros, la zarina, que desde que fuera puesta en conocimiento de la sesión anterior, había mostrado especial interés en conocer al escritor.

Y en efecto, tras arrancar lágrimas de los ojos de la zarevna, leyendo para ella y los otros asistentes la Confesión del padre Zosima y el breve cuento de Navidad, el día 8 de mayo, Dostoyevski, junto con su mujer y sus hijos, pudo partir el 10 para Staraia Russa, donde esperaba cumplir sus dos objetivos ya inaplazables: preparar su intervención en Moscú y concluir Los hermanos Karamázov.

***

Dostoyevski estaba de vuelta en San Petersburgo el día 22. Disponía ya una versión manuscrita de su discurso y tiempo por delante para darle los últimos retoques. Anna Grigórievna estaba preocupada por la salud de su marido, a quien la sobretensión del trabajo de las últimas semanas había fatigado más de lo que ella deseara. Circunstancia esta que no era ajena al empeoramiento del enfisema, del que le habían hablado recientemente los médicos. «Mi primo Snitkin me ha explicado —dejó escrito Anna Grigórievna uno de esos días— que los pequeños vasos han llegado a ser tan delgados y propensos a romperse, que a cada momento pueden estallar, a consecuencia de un esfuerzo físico»3 De ahí que, más que nunca, hubiera ella deseado poder acompañar a su marido a Moscú, un viaje, empero, que las modestas posibilidades económicas de los Dostoyevski no permitían afrontar en modo alguno. Anna Grigórievna aceptó que su marido viajara solo, a condición de que éste le enviara todos los días noticias sobre su estado de salud. Una promesa que Fiódor Mijáilovich cumplió.y aun rebasó, pues en algunos de las próximas jornadas llegaría a escribirle en dos ocasiones. A ello le invitaría además la intensidad de los acontecimientos que estaban por venir. Cuando, el día 24, Anna Grigórievna acompañó a su marido a la estación para despedirle, no sabía hasta qué punto la necesidad le estaba robando aquellas experiencias públicas, acaso las más gloriosas, con que la vida iba a premiar al escritor.

La noticia de la muerte de la mujer del zar —esa rara emperatriz que era Maria Alexándrovna— sorprendió a Dostoyevski con un pie puesto en el estribo del vagón, el día 24 de mayo. Por un instante supuso que emprender aquel viaje sería inútil, pues los actos previstos serían suspendidos. Pero ya era tarde para desdecirse; Dostoyevski se acomodó en el vagón y, despidiéndose de su mujer y de sus hijos, partió hacia Moscú.

El escritor tenía razón. No bien hubo descendido del tren en Moscú, cuando sus suposiciones se vieron confirmadas: el zar había decretado luto oficial y los actos en memoria de Pushkin quedan, pues, aplazados, por tiempo indefinido.

2
D E FIÓDOR M. DOSTOYEVSKI
A ANNA G. DOSTOYEVSKAYA

Hotel Loskutnaya, Avenida Tverskaya, Moscú
Domingo, 25 de mayo, 1880

Mi querida amiga Anya:

Ayer por la mañana Lavrov4, Nikolái Aksakov5y Zverev, un profesor de la universidad6, llegaron en visita oficial para presentarme sus respetos. Esa misma mañana tuve que corresponder a su cortesía, devolviendo la visita a cada uno. Esto me llevó no poco tiempo, y me vi obligado a andar de un lado para otro. Luego fui a casa de Yuriev. Me recibió con entusiasmo, con abrazos y todo. Me dijo que están pensando solicitar permiso para retrasar la inauguración del monumento hasta el otoño —hasta octubre, y no junio o julio, como han sugerido, al parecer, las autoridades—; pero en ese caso, le dije yo, la ceremonia de inauguración sería un desastre, nadie vendría. No he podido enterarme por Yuriev de nada relativo a la situación actual porque es un hombre bastante desordenado, una especie de versión modernizada de Repetilov7, aunque con un rasgo de astucia. (Pero sin lugar a dudas ha habido toda clase de intrigas.) Entre otras cosas, mencionó mi ensayo, después de lo cual Yuriev saltó y me dijo: «¡Yo no le he pedido ningún ensayo!» (es decir, ninguno para su revista). Pero yo recuerdo perfectamente que sí me lo pidió en sus cartas. Lo que pasa es que este Repetilov es muy astuto: no le apetece aceptar mi artículo y tener que abonármelo ahora: «Guárdeselo hasta el otoño, hasta el otoño, pásenoslo entonces, no se lo entregue a nadie, nosotros tenemos prioridad, recuérdelo; y así tendrá un cierto margen para los toques finales» (como si ya supiese que el artículo necesita todavía una pulida). Yo, por supuesto, dejé inmediatamente de hablar del artículo y le hice solamente una vaguísima promesa para el otoño. Un episodio este, que me disgustó.

Después de dejarle, fui a casa de Novikova8, donde me recibieron con mucha cordialidad. Luego realicé algunas otras visitas, y luego me dirigí a casa de Katkov, pero no pude encontrar ni a Katkov9ni a Lyubimov10. Así que hice el recorrido de los libreros. Dos de ellos (incluido Kashkin) habían mudado sus locales. Todos me prometieron que me prepararían algo para el lunes. N o sé si cumplirán su promesa. Pero yo volveré a verles el lunes y trataré de conseguir entonces las nuevas direcciones. Luego fui a casa de Iván Aksakov. Todavía está en la ciudad pero no le encontré en casa, había salido al banco11. Después de esto volví al hotel y cené. A las siete en punto cogí un coche, que me llevó a casa de Katkov. Katkov y Lyubimov estaban los dos allí; me dieron la bienvenida muy calurosamente y hablé con Lyubimov de la entrega de los Karamázov. Ellos insisten que en junio. (Voy a tener que trabajar como un demonio cuando vuelva.) Entonces mencionó el ensayo y Katkov trató de convencerme de que se lo entregara a él, es decir, en otoño. Enfadado como estaba con Yuriev, casi prometo dárselo a él. Así que si La Idea Rusa decide ahora que quiere mi artículo, haré que paguen hermosamente por él, y si no quisieran aceptar mi precio, se lo daría a Katkov (y para entonces podré ampliar el artículo).

Desde casa de Katkov (donde se me cayó el té y me calé entero), fui a la de Varya12. Estaba en casa y, aunque eran casi las diez cuando llegué, fuimos juntos a hacer una visita a Yelena Pavlovna13. Varya acababa de recibir una carta para mí de nuestro hermano Andréi (relativa a los documentos de nuestra propiedad). Me guardé la carta. Resultó que Yelena Pavlovna se había mudado a otro apartamento y que había dejado de alquilar habitaciones. Así que fuimos a su nuevo apartamento y nos encontramos allí de visita a Masha y Nina Ivanova14(con quien Yelena Pavlovna ha hecho las paces) y Khmyrov15. Los Ivanov salen para Darovoye dentro de tres días y Khmyrov también irá allí, porque su mujer ya está allí con Vera Mikhailovna. Estuvimos de tertulia una hora o así. Al volver al hotel, encontré una carta, que Nik. Aksakov y Lavrov habían venido a entregar personalmente. Me invitan a cenar el día 25 (es decir, hoy), y vendrán a recogerme a las cinco en punto. El acto ha sido organizado por la dirección de El Pensamiento Ruso, pero irá también otra gente. Por lo que dijo Yuriev (cuando estuve con él), se reunirán entre 15 y 30 personas. Me da la impresión de que la cena está siendo organizada en honor a mi estancia en Moscú, es decir, que yo soy el invitado de honor, y que será en algún restaurante. (Tan impacientes están todos estos jóvenes literatos moscovitas de que nos sean hechas las presentaciones). Son ya las tres de la madrugada; dentro de dos horas llegarán a recogerme, pero todavía estoy dudando qué llevar, si levita o frac.

Bueno, así ya tienes mi crónica completa. No le pedí dinero a Katkov, pero le dije a Lyubimov que quizá necesitase algo este verano, a lo que me respondió que cualquier cosa que necesitase, todo lo que tenía que hacer era pedírselo y que él me lo haría llegar a cualquier lugar que yo le dijese. Mañana tendré que hacer la ronda de los libreros, ir a casa de Yelena Pavlovna para ver si ha llegado allí alguna carta tuya, ir a ver a Mashenka16, que me quiere ver a toda costa, etc. Pasado mañana, el martes día 27, saldré para Russa, pero aún no sé qué tren voy a coger, si el de la mañana o el del mediodía. Pero no estoy seguro de que mañana me dejen atender mis negocios: Yuriev insiste a gritos en que «tiene que hablar conmigo, hablar y hablar conmigo», y todo así. En verdad, todo eso me aburre sobremanera; tengo los nervios a flor de piel. Creo que no te voy a escribir de nuevo, a no ser que suceda algo verdaderamente especial. Adiós, cariño, un beso para ti y para los niños muy cariñoso. A Lilya y a Fedya dales varios besos de mi parte. Os quiero mucho a todos.

Tuyo,
F. Dostoyevski.

25 de mayo. Dos de la mañana

Posdata.
Mi querida Anya, ayer casi tuve que abrir el sobre que tenía ya listo para enviar, para poder añadir estas líneas. Esta mañana, Iván Sergeevich Aksakov17 vino al hotel y me suplicó que me quedara para la ceremonia de inauguración, porque esperan que ésta tenga lugar antes del día 5. Dijo que no podía marcharme, que no tenía derecho a marcharme, que mi influencia en Moscú es grande, entre los jóvenes en general y entre los estudiantes de la universidad en particular, que mi partida pondría en peligro el triunfo de nuestras ideas fundamentales, que después de haber oído en la cena ayer por la noche las ideas básicas de mi discurso, estaba absolutamente convencido de que mi deber era hablar, y no sé cuántas cosas más, las que me dijo. Me hizo notar asimismo que, siendo yo el delegado de la Sociedad Filantrópica Eslava, no podía marcharme, puesto que todos los demás delegados habían decidido quedarse al oír el rumor de que los actos de la inauguración del monumento a Pushkin podían tener lugar muy pronto.

Cuando se fue, Yuriev (en cuya casa cenaré esta noche) vino un momento para decirme lo mismo. Hoy (día 25), Dolgoruky18 ha salido para Petersburgo y ha dado palabra de poner un telegrama desde allí señalando el día exacto de la inauguración del monumento. Aquí confían en recibir ese telegrama no más tarde del miércoles día 28 y con suerte incluso mañana mismo. He decidido lo siguiente: esperar al telegrama y si el desvelamiento realmente va a tener lugar entre el 1 y el 5 de junio, entonces me quedaré. Pero si es más tarde, saldré para Russa el día 28 o el 29. Y esto es lo que ya le he dicho a Yuriev.

Lo que más me preocupa es que no he sido capaz de localizar a Zolotariov. Yuriev me prometió que se enteraría de su paradero y que me lo haría saber hoy mismo. Así podría marcharme aunque sea delegado de la Sociedad Filantrópica Eslava, porque arreglaré con Zolotaryov nuestra representación en los actos (por cierto: tenemos que pagar de nuestro bolsillo la corona del monumento, y una corona cuesta ¡50 rublos!). En un momento dado Yuriev empezó a darme la murga con que le dejara publicar mi artículo en El Pensamiento Ruso. Así que le conté todo, es decir, que yo prácticamente se lo había prometido ya a Katkov. Empezó a ponerse muy nervioso y a turbarse, me pidió disculpas, afirmando que le había entendido mal, que se trababa de un quid pro quo; y cuando yo le insinué que cobraba por mi trabajo, exclamó que Lavrov le había dicho a él que me pagara lo que yo pidiera, incluso 400 ó 500 rublos.

También le dije a Yuriev que la razón por la que le había prácticamente prometido a Katkov el artículo, había sido la de obtener un retraso en la publicación de los Karamázov, pues así cabría explicar (al público) que el artículo sobre Pushkin aparece en lugar de los Karamázov. Pero si ahora se lo doy a El Pensamiento Ruso, parecerá que le he pedido a Katkov la demora para poder trabajar para su enemigo, Yuriev. (¡Así que imagínate en qué situación me encuentro! Pero la culpa es de Yuriev). Katkov se dará por ofendido. Más aún, Katkov no pagaría 100 rublos (cómo iba a hacerlo, si me está pagando solamente 300 rublos por página impresa de los Karamázov, y por un artículo seguramente no pagaría ni siquiera 300 rublos), y esos doscientos cincuenta rublos extra de Yuriev podrían valer por el tiempo adicional que estoy pasando aquí a la espera de la inauguración del monumento. En resumen, que no se acaban los problemas y las complicaciones. No sé qué es lo que va a ocurrir, pero de momento he decidido quedarme aquí hasta el día 28. Por tanto, a no ser que la inauguración del monumento quede prevista para antes del día 5, estaré de vuelta en Russa el 29 o el 30 (habiendo hecho antes lo mejor posible para colocar mi artículo en un lugar u otro).

Quiero sin falta noticias tuyas (es la segunda vez que te hago este ruego). ¿Es que no voy a recibir de ti una sola línea mientras estoy en Moscú? Escribe inmediatamente a la dirección que mencioné ayer en mi carta (que recibirás junto con esta posdata). Si lo prefieres, envíame un telegrama.

Yuriev comentó que hoy había venido mucha gente a verle para protestar por no haberles puesto en conocimiento de la reunión que tuvo lugar ayer noche. Más aún, cuatro estudiantes fueron donde él tratando de conseguir ser admitidos en la cena de hoy.

Por cierto, he tenido visitas de Sukhomlinov (está en la ciudad)19, Gattsuk20, Viskovatov21 y otros. Salgo para ir a las librerías. Hasta luego.  Un beso a todos otra vez.

Vuestro,
F. Dostoyevski.

P. D. Yuriev ya se había hecho con el artículo de Iv. Aksakov sobre Pushkin. Por esto probablemente estaba tratando de evadir la cuestión antes de ayer. Pero después de oír en la cena lo que yo tenía que decir sobre Pushkin, posiblemente decidiera que tenía que hacerse también con mi artículo. Turguéniev ha escrito otro artículo sobre Pushkin.

3
DE FIÓDOR M. DOSTOYEVSKI A
ANNA G. DOSTOYEVSKAIA

Hotel Loskutnaya, Habitación 33
Avenida Tverskaya, Moscú
25-26 de mayo, 1880

Mi querida amiga Anya:

Aquí tienes otra carta para ti (estoy escribiendo esto a las dos de la mañana). Quizá no te llegue antes de que vuelva a casa (porque aún pienso que saldré de Moscú el jueves, día 27), pero estoy escribiendo por si acaso, porque las circunstancias tal vez hagan necesario que me quede aquí unos pocos días más. Pero permite que te cuente las cosas con orden. Hoy, día 25, a las cinco, Lavrov y Nik. Aksakov vinieron a recogerme y me llevaron en su propio coche al Hermitage. Llevaban levita y yo llevaba levita también, aunque, como luego se demostró, la cena en efecto había sido organizada en mi honor. Había unas veintidós personas —personalidades literarias, profesores, investigadores— esperando por nosotros en el Hermitage. En su solemne discurso de bienvenida, Yuriev empezó diciendo que mucha otra gente anhelaba participar en la cena y que, de haberse aplazado ésta un solo día, varios centenares hubiesen asistido; pero que ellos habían organizado el encuentro a toda prisa y que ahora temían que, cuando los otros se enterasen de ello, vinieran a ser objeto de reproches por no haberles invitado. Entre los invitados estaban cuatro profesores universitarios, el director de un instituto estatal, Polivanov (amigo de la familia Pushkin)22, Iván Sergeevich Aksakov, Nikolái Aksakov, Nikolái Rubinstein (el de Moscú)23, etc., etc.

La cena fue un asunto por todo lo alto. Una habitación entera había sido reservada (lo que ha tenido que costar sus buenos rublos). Sirvieron filetes de esturión ahumado de archina y media de largo, sterlets hervidos de también de archina y media, sopa de tortuga, fresas salvajes, codorniz, unos espárragos excelentes, helado, los vinos más exquisitos y ríos de champaña. Se pronunciaron seis discursos en mi honor (los que hablaban se ponían en pie para proclamarlos), algunos de ellos bastante largos. Los intervinientes fueron Yuriev, los Aksakov, tres de los profesores y Nikolái Rubinstein. Durante la cena llegaron dos telegramas de felicitación, uno de ellos, de un eminente profesor que había tenido que abandonar Moscú a última hora, que hablaba de mi «tremenda» importancia en literatura tanto como artista de «sensibilidad universal» como «polemicista» y como ruso. Después de esto hubo una interminable sucesión de brindis en la que cada uno se levantaba y venía hasta mí para hacer chinchín contra mi copa. Ya te contaré con detalle cuando nos reunamos. Todo sucedía en una atmósfera de gran entusiasmo. Respondí a todos ellos con un discurso bastante acertado, que produjo gran efecto, y luego cambié al tema de Pushkin. Causó una profunda impresión.

Ahora tengo que contarte una cuestión engorrosa y complicada. Una delegación de la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa fue hoy a ver al príncipe Dolgorukov, y les dijo que la inauguración del monumento tendría lugar un día entre el 1 y 5 de junio, pero no dijo la fecha exacta. Y parece ser que están encantados con esta decisión; de ese modo, dicen, los literatos y las delegaciones no abandonarán Moscú y, aunque no haya ni música ni funciones teatrales, sí habrá reuniones de los Amigos de la Literatura, discursos y cenas. Cuando dije que estaba pensando marcharme de Moscú el día 27, estalló un decidido grito de protesta: «¡Sencillamente, no permitiremos que te vayas!». Polivanov (que está en el comité de la inauguración del monumento), Yuriev y Aksakov declararon públicamente que todo Moscú estaba comprando tiques para asistir a las reuniones y que todos los que compraban esos tiques (para las reuniones de los Amigos de la Literatura Rusa) estaban preguntando, según compraban los mismos (insistiendo en informarse de antemano): ¿hablará Dostoyevski? Pero puesto que no se les podía decir en cuál de las reuniones en concreto hablaría yo, si en la primera o en la segunda, todo el mundo empezó a comprar tiques para ambas reuniones. «Todo Moscú se pondrá triste y furioso si te marchas», me dijeron todos. Traté de salir del asunto diciendo que tenía que seguir avanzando en las entregas de los Karamázov, lo que desencadenó un clamor sugiriendo seriamente que una delegación sería enviada a Katkov para pedirle que me concediese un aplazamiento. Entonces traté de argumentar que tú y los niños ibais a inquietaros si yo tenía que estar fuera tanto tiempo, y así se ofrecieron (y no estaban bromeando) no sólo a enviarte un telegrama sino incluso a enviar una delegación a Staraia Russa para pedirte que me permitieras permanecer aquí. Yo entonces les dije que tomaría una decisión mañana, es decir, el lunes 26.

Ahora estoy aquí, sentado, en un verdadero aprieto y muy nervioso. Por una parte, hacer más firme mi influencia no sólo en Petersburgo sino también en Moscú es muy importante para mí; por otra, permanecer aquí significaría permanecer separado de vosotros, problemas con los Karamázov, gastos, etc. Por último, aunque mi «palabra» sobre Pushkin va a ser definitivamente publicada ahora, la cuestión es dónde, porque el sábado prácticamente se lo prometí a Katkov, lo que sin duda disgustará a los Amigos y a Yuriev. Pero si le entrego el discurso a ellos, se enfurecerá Katkov.

Por el momento sigo manteniendo mi decisión de marcharme, si no el día 27, el 28 o a más tardar el 29, cuando Dolgoruky nos comunique finalmente la fecha exacta de la inauguración. Quizá tenga que esperar hasta entonces.

En todo caso, me encuentro ahora en un estado de tremenda ansiedad. Estuve un rato en casa de Yelena Pavlovna, después de la cena, para ver si había llegado alguna carta, pero no había nada tuyo. Por supuesto, aún es algo pronto para que una carta llegue hasta aquí desde Russa, pero ¿no voy a recibir tampoco mañana nada de ti? Yelena Pavlovna y yo fuimos luego a visitar a Mashenka Ivánova y yo le conté que había estado cenando con Rubinstein y ella se emocionó mucho con el asunto. De todas formas, tan pronto como recibas esta carta, contéstame directamente sin preocuparte por si para entonces habré salido o no de Moscú, porque si no me coge aquí, Yelena Pavlovna la reenviará sin abrir a Russa. Así que contéstame sin falta. La dirección exacta de Yelena Pavlovna es la siguiente: Parroquia Voskresene, Calle Ostozhenka, Casa de Dmitriyevskaya, para F. M. Dostoyevsky. Si quieres ponerme un telegrama, lo puedes enviar tanto a casa de Yelena Pavlovna como a mí directamente al Hotel Loskutnaya, Avenida Tverskaya; en ambos casos lo recibiré con total seguridad (pero para las cartas, mejor dirigirlas a casa de Yelena Pavlovna).

N. B. Fui elegido miembro de la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa ya hace un año, pero el anterior secretario, Bessonov, por negligencia, dejó de notificármelo, y ahora me han pedido disculpas. Un abrazo muy fuerte, cariño, y un beso a los niños. Por la noche tengo sueños extraños, portentosos.

Vuestro,
F. Dostoyevski.

Sí, mi discurso fue verdaderamente bueno. Otra vez te abrazo. Besa a los niños por mí y cuéntales cosas de su papá.

Vuestro,
F. Dostoyevski.

P. D. Pienso que, después de todo, insistiré y me marcharé el 27. Claro que, en ese caso, no tendrá sentido publicar el discurso, porque ya no tendrá más interés como discurso, sino que será sólo un artículo. Y tendrá que ser reelaborado.

4
DEFIÓDOR M. DOSTOYEVSKI, ETC.

A Anna G. Dostoyevskaya
Hotel Loskutnaya. Habitación 33
Moscú. 28-29 de mayo
2 de la mañana

Mi querida Anya:

Las únicas noticias que tengo es que el telegrama de Dolgorukov ha llegado hoy anunciando que la inauguración del monumento tendrá lugar el día 4. Esta vez sí es oficial. En consecuencia, podré dejar Moscú el día 8, o incluso el 7, y puedes estar segura de que no voy a perder un solo minuto. Pero permanecer aquí, tengo que hacerlo, y ya lo he decidido así. La cuestión más importante es que me necesitan aquí, no simplemente los Amigos de la Literatura Rusa, sino todo nuestro partido y toda la idea por la que venimos luchando desde hace ahora más de treinta años. Porque el partido contrario (Turguéniev, Kovalevsky24 y prácticamente la universidad al completo) está decidido a minimizar la importancia de Pushkin como el hombre que supo expresar la identidad nacional rusa, negando la misma existencia de esa identidad. Para hacerles frente, nuestra parte cuenta sólo con Iván S. Aksakov (Yuriev y los otros no tienen peso), pero Iván Aksakov ha decaído un poco y Moscú ya ha tenido bastante de él. Pero Moscú nunca me ha visto a mí ni me ha oído hablar, así que ahora soy yo el centro principal de interés. Mi voz hará que la balanza se incline a nuestro favor. Yo he luchado toda mi vida por esto, así que es impensable que ahora abandone el campo de batalla. Y cuando el mismo Katkov —que no es un eslavófilo— dice: « No te puedes ir, tú no es posible que te marches», es evidente que no puedo marcharme.

Hoy al mediodía, cuando todavía estaba durmiendo, Yuriev se presentó en mi habitación con el mencionado telegrama. Se sentó por allí mientras yo me iba vistiendo, y en ese momento me informaron de que dos damas solicitaban entrevistarse conmigo. Yo no había acabado todavía de vestirme, así que encargué que se averiguase quiénes eran. El tipo del hotel volvió con una nota en la que la Sra. Ilina decía querer obtener mi autorización para publicar un libro para niños con fragmentos de mis escritos, y para publicar otro dirigido a jóvenes lectores. ¡Qué te parece eso! Eso mismo teníamos que haberlo pensado nosotros hace tiempo, y haber publicado un libro como ese para niños; se vendería, sin duda, podría dejarnos perfectamente 2.000 rublos. ¡Y ahora esta señora pidiéndome que le regale esos 2.000 rublos! ¡Qué descaro! Yuriev salió sin pérdida de tiempo para decirle que yo no estaba en modo alguno dispuesto a garantizarle a ella esa autorización, y que yo no podría recibirle (salió porque fue él mismo quien sin pensarlo sugirió a la señora que viniera a verme). Acababa de salir Yuriev cuando llegó Varvara Mikhailovna, y antes incluso de que ella entrase en la habitación, Viskovatov apareció por detrás de ella. Viendo que tenía visitas, Varya se marchó sin esperar. Yuriev volvió de nuevo y me contó que la segunda dama visitante había venido por su cuenta; no quiso decir su nombre y comentó solamente que había venido para expresar su infinita estima, su asombro y su gratitud por cuanto yo le había proporcionado con mis libros, etc. Habiendo dicho esto, se despidió y nunca llegué a verla. Hice que sirvieran té a mis invitados y luego entró Grigorovich25. Estuvimos sentados en mi habitación un par de horas hasta que Yuriev y Viskovatov se despidieron, pero Grigorovich se quedó, sin intención aparente de marcharse. Empezó a contarme todo tipo de historias acumuladas durante los últimos treinta años, recordando el pasado y todo eso. La mitad de las cosas que me contó eran pura invención, naturalmente, pero algunas de ellas tenían ciertamente su interés. Luego, cuando eran ya casi las cinco, anunció que no tenía intención de dejarme y comenzó a pedirme que saliera y cenara con él. Así que salí con él, de nuevo al mesón Moscú, donde tuvimos una cena tranquila, en la que todo el tiempo habló él. De repente entraron Averkiyev y su mujer. Averkiyev se sentó con nosotros y Dona Anna dijo que pasaba por allí y que me había visto (¡pues sí que la necesito!)26. Resultó que dos sobrinos de Pushkin, Pavlishchev y Pushkin27, junto con otros muchachos, estaban cenando en una mesa próxima a la nuestra. Pavlishchev también se acercó hasta nosotros y dijo que había pasado por allí para verme. En resumen, que es lo mismo que en San Petersburgo. No me dejarán en paz.

Después de la cena, Grigorovich empezó a tratar de convencerme para dar una vuelta por el parque y «respirar un poco de aire fresco», pero rechacé la invitación; salí con él, volví andando a mi hotel y diez minutos más tarde fui en coche hasta casa de Yelena Pavlovna para ver si allí había alguna carta. Pero no había cartas para mí; sólo las hijas de Ivanova estaban allí. Mashenka se marcha mañana. Estuve hasta las 11, luego volví al hotel para tomar un poco de té y luego escribirte. Esta es mi crónica completa.

Lástima que nuestras cartas tarden tres o cuatro días en llegar a su destino. Puesto que ya te he informado que estaré de vuelta, y tú me estás esperando el día 8, no me vas a volver a escribir otra vez, por supuesto, y ahora piensa el tiempo que va a pasar antes de que recibas mi carta de antes de ayer y ¡la carta de hoy acerca de mi cambio de planes! Me temo que todo te va a parecer desconcertante y que vas a empezar a preocuparte.

Pero el asunto no tiene remedio. Es horrible que pueda estar dos o tres días más sin recibir nada de ti, porque te echo muchísimo de menos. Me siento muy triste aquí, a pesar de todos los invitados y de todas las cenas. Anya, ¡qué lástima que no hayamos sabido encajar todo (era sencillamente imposible, por supuesto) para que tú hubieses venido conmigo! He oído que incluso Maikov ha cambiado de decisión y se dispone a venir. Todavía tengo muchas cosas que hacer por todas partes: presentarme en el Ayuntamiento y registrarme como delegado (exactamente cuándo, todavía no lo sé), para conseguir mi entrada en los actos de la inauguración.

Están alquilando las ventanas de las casas alrededor de la plaza a 50 rublos la ventana. En torno a la plaza están colocando unas tribunas de madera para el público, con sillas que también se están vendiendo a precios exorbitantes. Me preocupa asimismo que salga un día lluvioso y que pille un resfriado. No me corresponde hablar en la cena del día de apertura. Creo que mi discurso está previsto para el segundo día, en el encuentro de los Amigos. Están también pensando sustituir las funciones teatrales por la lectura de algunos pasajes de Pushkin, a cargo de personalidades literarias (Turguéniev, yo, Yuriev). (Me han pedido que lea la escena del monje cronista, y el monólogo del miserable en «El caballero avaro». Además de eso, Yuriev y Viskovatov leerán cada uno un poema a la muerte de Pushkin: Yuriev leerá el de Guber28, Viskovatov, el de Lérmontov, y yo, el de Tyutchev).

El tiempo pasa y la gente me impide hacer lo que tengo que hacer. Todavía no he conseguido ir a recoger el dinero en la oficina principal o en casa de los Morozov29. Aún no he estado en casa de Chayev30 y tengo que ir a visitar a Varya. Además me gustaría mucho saludar a Nikolái, el obispo de Japón, y a Aleksei, el vicario de Moscú, ambos hombres interesantísimos31. No duermo bien, y me atormentan constantemente las pesadillas. Tengo miedo de coger un resfriado el día de la apertura y toser durante mi discurso.

Estaré esperando ahora tu carta con mucha impaciencia. ¿Cómo están los niños? ¡Dios mío, qué ansioso estoy de verlos! ¿Te encuentras bien? ¿Estás contenta, o enfadada? Me duele estar lejos de vosotros. Bueno, adiós. N o iré mañana a casa de Yelena Pavlovna; ha prometido que me hará llegar todas las cartas que reciba. Un abrazo muy fuerte a todos, y mi bendición a los niños.

Vuestro,
F. Dostoyevski.

P. D. Si algo ocurriera, ponme un telegrama al hotel Loskutnaya. Y manda las cartas también al Hotel. ¿Recibes sin problemas mis cartas? ¡Sería un desastre que se perdiera alguna carta!

5

A Anna G. Dostoyevskaya
Hotel Loskutnaya, habitación 33
Moscú
7 de junio, 1880
Medianoche

Mi dulce, preciosa, querida Anya:

Te escribo esta carta a toda prisa. Ayer tuvo lugar la inauguración del monumento. ¿Cómo podría describírtelo? ¡Ni veinte páginas serían bastante!, y ahora no puedo perder ni un solo minuto. En las tres últimas noches he dormido apenas cinco horas, y esta noche volverá a ser lo mismo.

Después de la inauguración, hubo cena con discursos, seguida de recitales y música, en la noche literaria de la Casa de la Nobleza. Yo leí la escena de Pimen. A pesar de que era un intento imposible (porque no hay quien haga oír bien a Pimen a través de todo un salón), y a pesar de que la lectura tuvo lugar en un recinto con una acústica pésima, me dijeron que resultó soberbio, aunque el público tuvo dificultades para oírme. La recepción que me hicieron fue increíble. Estuvieron mucho tiempo sin dejarme comenzar la lectura, todo el mundo insistía en vitorear, y cuando hube acabado mi intervención, me hicieron salir tres veces. A Turguéniev, que leyó miserablemente, le hicieron salir más veces que a mí. Entre los bastidores (un inmenso espacio en penumbra) percibí a un centenar por lo menos de gente joven, que chillaban frenéticamente cada vez que Turguéniev salía al escenario. De inmediato pensé que era una clac, puesta ahí por Kovalevski. Esto es exactamente lo que resultaron ser. En la sesión de esta mañana, por causa de esta clac, Iván Aksakov se negó a pronunciar su discurso después de Turguéniev (quien, en el suyo, había empequeñecido a Pushkin, al no querer aceptarlo como poeta nacional de Rusia). Aksakov me explicó que la clac había sido organizada mucho tiempo antes y colocada deliberadamente allí dentro por Kovalevski (eran todos sus estudiantes, la mayoría de ellos occidentalistas) para hacer aparecer a Turguéniev como el líder de su movimiento y, al mismo tiempo, para apabullarnos en caso de que tratáramos de decir algo en contra de ellos.

Sin embargo, la recepción que me hicieron fue impresionante, a pesar de que sólo aplaudieron los que estaban sentados en las primeras filas. A esto se sumó la multitud de hombres y mujeres que vinieron hasta los bastidores para estrecharme la mano. Cuando crucé el salón, en el intermedio, un montón de gente, jóvenes y ancianos y mujeres, se precipitaron hacia a mí, exclamando: «¡Tú eres nuestro profeta! ¡Después de haber leído los Karamázov, nos hemos hecho mejores!». (Me he dado cuenta en suma de lo tremendamente importante que son los Karamázov.) Hoy, al abandonar la sesión de la mañana, en la que yo no había  intervenido, sucedió exactamente lo mismo. Según me dirigía escaleras abajo para recoger mi abrigo en el guardarropa, hombres, mujeres, etc., no cesaban de detenerme. Por la noche, durante la cena, dos damas me trajeron flores. Conocía el nombre de algunas de ellas: la señora Tretiakova, la Golokhvastova32, Moshnina, y otras. Iré a visitar a la Tretiakova (la mujer del propietario de la galería de arte) pasado mañana.

Hoy hemos tenido la segunda cena literaria, a la que asistieron unas doscientas personas. Al llegar, la gente joven salió a mi encuentro, echándome piropos, ocupándose de mí, dirigiéndome enfervorecidas palabras; todo esto, antes de la cena. Durante la cena, mucha gente pidió la palabra y se propusieron muchísimos brindis. Yo no quería hablar, pero hacia el final de la cena la gente saltó de sus asientos para forzarme a que yo interviniera. Yo sólo dije unas pocas palabras, y fueron recibas con un clamor de entusiasmo; literalmente, un clamor. Luego, ya en otra habitación, un gran grupo se arracimó en torno a mí y estuvimos conversando durante mucho tiempo, apasionadamente, mientras servían los cafés y los puros. Y cuando, alrededor de las nueve y media, me levanté para volver a casa (dos tercios de los invitados estaban todavía allí), me ovacionaron con un aplauso, al que tuvieron que sumarse, quisiéranlo o no, incluso aquellos que no simpatizaban conmigo. Luego la multitud inundó las escaleras bajando detrás de mí y, sin sombreros ni abrigos, salieron a la calle y me acompañaron hasta el coche. Y entonces, empezaron sin más a subirse a él para besarme las manos, no uno, sino una veintena de ellos, y no sólo jóvenes, sino también viejos ancianos. No, Turguéniev tiene una clac, pero mi gente tiene verdadero entusiasmo. Maikov presenció todo esto; ha tenido que quedarse atónito. Mucha gente que yo no conocía se acercó hasta mí para decirme por lo bajo que se había tramado todo un complot contra Aksakov y contra mí para la sesión de mañana por la mañana. Mañana es 8, el día más importante de todos: por la mañana pronunciaré mi discurso y por la noche tengo que leer dos poemas: «La osa», y «El profeta». Estoy decidido a leer bien «El Profeta»33. Deséame suerte.

Hay mucho alboroto y muchos nervios por aquí. Ayer por la noche, en la cena en el Ayuntamiento, Katkov se arriesgó a pronunciar un largo discurso, que con todo produjo cierto efecto en una parte al menos de la audiencia. Kovalevsky se comporta externamente de un modo muy amigable conmigo y en un brindis mencionó mi nombre, entre otros. También lo hizo Turguéniev. Annenkov trató de echárseme encima, pero yo no le hice caso. Anya, aquí estoy escribiéndote cuando aún no he dado los últimos retoques a mi discurso. El día 9 tengo que hacer esas visitas, y tengo que decidir a quién voy a entregarle mi artículo. Todo depende del efecto que produzca el discurso. Llevo aquí mucho tiempo, he gastado una hermosa cantidad de dinero, pero he asentado los pilares de nuestro futuro. Tengo que echarle una ojeada final al discurso y hacer que me preparen la ropa para mañana. Mañana será mi gran día. Me da miedo no haber dormido lo suficiente. Temo que me sobrevenga un ataque.

La oficina central no nos va a pagar, el asunto no tiene solución. Hasta luego, cariño. U n abrazo para ti y un beso para los niños. Saldré lo más seguro el día 10, y estaré en casa el 11 por la noche. Espérame. Os abrazo muy fuerte a todos; te quiero.

Tu siempre fiel,
F. Dostoyevski.

P. D. Esta carta será probablemente la última desde aquí.

EL PROFETA (1826)

De sed espiritual atormentado,
por lóbrego desierto me arrastraba
y un serafín exáptero ante mí
aparecióse en una encrucijada.
Sus dedos tan ligeros como el sueño
rozaron mis pupilas:
mis pupilas proféticas se abrieron
como las de águila despavorida.
Y rozándome luego los oídos
me los llenó de estrépito y fragor
y oí el vuelo divino de los ángeles
y del cielo el temblor,
el nadar de los saurios submarinos
y de la planta el germinal ardor.
Entonces se inclinó sobre mi boca
y me arrancó la pecadora lengua,
vanilocuente y llena de artería,
y el dardo de la sierpe de la ciencia
en mis labios helados
insertó con su ensangrentada diestra.
Desgarrando mi pecho con su espada
me extrajo el palpitante corazón
y una brasa, de fuego rodeada,
en el abierto pecho colocó.
Yacía en el desierto cual cadáver
y oí la voz de Dios que me llamaba:
«Levántate, profeta, mira y oye,
y que mi voluntad colme tu alma.
Recorre tierra y mar, y de las gentes
los corazones con tu verbo inflama»34.

6

A Anna G. Dostoyevskaya
Hotel Loskutnaya, Habitación 33
Moscú
8 de junio, 1880
8 de la tarde.

Mi querida Anya:

He enviado hoy la carta que te escribí ayer, día 7, pero ahora no puedo resistir enviarte también estas pocas líneas, aunque esté completamente agotado, tanto moral como físicamente. Por ello, es posible que recibas esta carta al mismo tiempo que la otra. Esta mañana he leído mi discurso en la Reunión de los Amigos de la Literatura Rusa. El auditorio estaba abarrotado. ¡Es difícil, Anya, que llegues a imaginar, a comprender qué efecto ha producido el discurso! Mis éxitos en San Petersburgo han sido nada en comparación con éste, ¡sencillamente nada! Al aparecer yo en el estrado, el auditorio tembló bajo los aplausos y durante mucho, mucho tiempo no me dieron oportunidad de empezar. Yo hacía inclinaciones con la cabeza y gestos, pidiéndoles que me permitieran comenzar, pero sin resultado: euforia y entusiasmo (¡todo por causa de los Karamázov!). Por fin empecé a leer. En cada página, a veces en cada frase, era interrumpido por estallidos de aplausos. Yo leía en voz alta, con fuego. Todo lo que dije sobre Tatyana fue recibido con entusiasmo (¡esto es una gran victoria de nuestra idea, después de veinticinco años de decepciones!). Y cuando al final proclamé la unidad universal de toda la humanidad, el salón entero pareció que reventaba de histeria, y cuando acabé, hubo (no lo voy a llamar clamor) un bramido de euforia. La gente del público, desconocidos hasta entonces, lloraba, sollozaba, se abrazaban unos a otros, y hacían promesa de ser mejores, de nunca más odiarse unos a otros, sino de amarse unos a otros. El orden del acto saltó por los aires. Todo el mundo subió a la tribuna adonde yo estaba: damas del gran mundo, Muchachas estudiantes, secretarias, estudiantes; todos me abrazaban y me besaban. Los miembros de la sociedad nuestra que estaban en el estrado me abrazaron, me besaron; todos ellos a mí, a un hombre que estaba arrasado en lágrimas, literalmente, por causa de su euforia. Estuvieron reclamándome en el estrado durante media hora, agitando sus pañuelos. Para que te hagas una idea de lo que estaba ocurriendo: dos señores mayores, a los que nunca hasta entonces había visto, vinieron hasta donde yo estaba: «Hemos sido enemigos durante veinte años, no nos hemos hablado en todo este tiempo, pero ahora nos hemos dado un abrazo y hemos hecho las paces. Ha sido usted quien nos ha reconciliado. ¡Usted es nuestro santo! ¡Usted es nuestro profeta!». «¡Profeta, profeta!», gritaba la gente en la multitud.

Turguéniev, para quien había puesto unas amables palabras en mi discurso, subió hasta donde yo estaba y me dio un abrazo, con lágrimas en los ojos. Annenkov se precipitó hacia mí, me dio la mano y me besó en el hombro. «Eres un genio, eres más que un genio», insistían en decir uno y otro. Aksákov (Iván) subió corriendo al estrado y declaró al público que mi discurso no había sido simplemente un discurso, sino ¡un acontecimiento histórico! Que los nubarrones habían cubierto el horizonte, pero que ahora la palabra de Dostoyevski los había conjurado, iluminándolo todo de nuevo, como una aurora. Que a partir de ahora reinará la era de fraternidad, y que ya no habrá más luchas. «¡Así será, así será!», gritaban todos, y de nuevo volvían a abrazarse unos a otros y a llorar. La reunión se interrumpió. Yo me apresuré a retirarme hacia los bastidores, tratando de escapar, pero ellos se abrieron camino en pos de mí, todos ellos, especialmente las mujeres. Besaban mis manos, no querían dejarme solo. Los estudiantes empujaban hacia adelante. Uno de ellos, llorando, cayó histérico al suelo delante de mí, y perdió el conocimiento. ¡Una victoria completa y total! Yuriev (el presidente) hizo sonar la campanilla y declaró que la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa había decidido por unanimidad elegirme miembro de honor. Más alaridos y gritos.

Después de casi una hora de interrupción, la reunión recomenzó. Daba la impresión de que nadie quería hacer uso de la palabra. Aksakov se levantó y declaró que no iba a pronunciar su discurso porque todo había sido dicho y asentado ya por la gran palabra de nuestro genio: Dostoyevski. Todos sin embargo insistieron en que pronunciara su discurso. Mientras lo hacía, se estaba tramando un complot. Yo empecé a sentirme muy débil y me hubiera gustado retirarme, pero me forzaron a quedarme. N o sé cómo consiguieron comprar a esas horas una carísima guirnalda de laurel, de dos arshinas de diámetro, y al final del acto, un tropel de mujeres (más de un centenar) inundaron el escenario y me ciñeron la guirnalda en presencia de todo el público: «Esto es a la mujer rusa, de quien usted ha dicho tantas cosas maravillosas». Lágrimas de nuevo y otra vez gran entusiasmo. El alcalde Tretyakov me dio las gracias en nombre de la ciudad de Moscú.

Estarás de acuerdo, Anya, en que ha merecido la pena quedarse aquí: esto ha sido la fundación de nuestro futuro, la fundación de todo, también si yo hubiera de morir.

Cuando regresé al hotel, encontré tu carta del potro, pero qué insensiblemente escribes acerca de mi permanencia aquí. Dentro de una hora, iré a la segunda reunión literaria para dar lectura a los poemas —leeré «El profeta»—. Y mañana, las visitas. Saldré de aquí pasado mañana, el día 10, y estaré en casa el 11—a no ser que algo muy importante me retenga aquí. Tengo que colocar mi artículo, pero ¿con quién? Ahora todos quieren arrebatármelo. Es tremendo. Hasta luego, mi más preciosa, deseable, inapreciable. Beso tu piececito. Un abrazo a los niños, mi bendición y mis besos. Un beso al potro. A todos os bendigo. Mi cabeza no funciona, me tiemblan las manos y las piernas. Adiós, hasta dentro de muy pronto.

Vuestro,
Dostoyevski.

NOTAS

1· Fiódor M. Dostoyevski, Diario de un escritor (Dnevnik pisatella), 2/1877, Cap. 1-1 (Obras completas, vol. III, tr. Rafael Cansinos, Madrid, Aguliar, 91986), p. 1.178.
2· Lev. N. Tolstói, ¿Qué es el arte? (1898), XVII, tr. M. Teresa Beguiristain, Barcelona, Ed. Península, 1992 (Oxford, 1930), p. 221-222.
3· Citado en Henry Troyat, Dostoyevski, Destino, Barcelona (2) 1961, p. 341.
4· Vukol Mikhailovich Lavrov (1852-1912), periodista, traductor del polaco, editor de El Pensamiento Ruso desde 1880 durante más de veinticinco años.
5· Nikolai Petrovich Aksakov (1848-1909), teólogo e historiador, colaborador en varias revistas.
6· Nikolai Andreyevich Zverev (1850-1917), profesor de Filosofía e Historia del Derecho en la Universidad de Moscú, posteriormente, Ministro de Educación Pública.
7· Personaje de la comedia La desgracia de tener talento (1826), de A. S. Griboyedov.
8· Olga Alekseyevna (Kireyeva) Novikova (1840-1921), periodista, corresponsal en Londres de La Gaceta de Moscú, autora de varios libros, en inglés y en ruso, sobre los dos países y las relaciones entre ambos.
9· Mikhail Nikiforovich Katkov (1818-1887), director de la Gaceta de Moscú, fundador en 1986 de la revista El Mensajero Ruso, donde publicaron sus obras Tolstói, Saltykov-Shchedrin, Pleshcheyev, Turguéniev, Ostrovsky, Ogaryov y Dostoyevski (Crimen y Castigo, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov). Relativamente liberal al comienzo de su carrera, Katkov fue haciéndose progresivamente más conservador los últimos años de ella.
10· Nikolái Alekseyevich Lyubimov (1830-1897), físico, editor gerente de El Mensajero Ruso partir 1863, cuando Katkov dedica mucho tiempo a la edición de la Gaceta de Moscú.
11· Director del banco.
12· Hermana de Dostoyevski.
13· Pariente político de Dostoyevski, por la línea de su hermana casada, Vera.
14· Sobrinas de Dostoyevski, hijas de Vera Mikhailovna.
15· Dmitri Nikolayevich Khmyrov (1847-1926), profesor de matemática, marido de otra sobrina de Dostoyevski, Sonya, hija también de Vera.
16· Mariya Mikhailovna Dostoyevskaya (1844-1888), sobrina de Dostoyevski (hija de su hermano Mikhail), pianista de talento, casada con Mikhail Ivanovich Vladislavlev (1840-1890), colaborador en las revistas de los hermanos Dostoyevski y más tarde profesor de filosofía en la Universidad de San Petersburgo.
17· 1823-1886, eslavófilo, uno de los escritores más conocidos en tiempos de Dostoyevski; editor, entre otros, de El Día (1861-1865) y Moscú (1867-1868).
18· Gobernador general de Moscú.
19· Mikhail Ivanovich Sukhomlinov (1828-1901), autor de los ocho volúmenes de la Historia de Rusia de la Académia de Ciencias, y de otras obras sobre la literatura y la ciencia rusas.
20· Aleksei Alekseyevich Gattsuk (1832-1891), editor del Suplemento Semanal Ilustrado del Calendario Religioso, que es mencionado en el capítulo 9 del segundo libro de los Karamázov.
21· Pavel Aleksandrovich Viskovatov (1842-1906), profesor de literatura rusa en la Universidad de Derpt.
22·  Lev Ivanovich Polivanov (1838-1898), director del muy conocido Instituto de Enseñanza Superior Polivanov en Moscú y secretario de la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa desde 1878 hasta 1880.
23· Nikolái Grigorevich Rubinstein (1835-1881), hermano menor de Antón, director del Conservatorio de Música de Moscú.
24· Maksim Maksimovich Kovalevsky (1851-1916), sociólogo e historiador del Derecho, una de las figuras más destacadas del partido liberal.
25· Dmitri Vasilevich Grigorovich (1822-1900), novelista, autor de historias «naturalistas» de la vida ordinaria, la más conocida de las cuales es La aldea (1846), y uno de los cuatro representantes del Fondo Literario en los actos conmemorativos de Pushkin.
26· «Donna Anna», sarcástica referencia a la mujer de Everkiyev, actriz en su tiempo, poco del gusto de Dostoyevski.
27· Lev Nikolayevich Pavlishchev (1834-1915), hijo de una hermana de Pushkin, autor de un libro de recuerdos de su tío. Anatoly Lvovich Pushkin, hijo de Lev Sergeyevich, hermano de Pushkin.
28· Eduard Ivanovich Guber (1814-1847), además del poema por la muerte de Pushkin, tradujo la primera parte del Fausto de Goethe; antes de morir había hecho bastantes recensiones de las primeras obras de Dostoyevski.
29· Uno de los muchos distribuidores de libros e n Moscú.
30· Nikolái Aleksandrovich Chayev (1824-1914), autor dramático, sucesor de Ostrovsky como director del Programa de Repertorio de los Teatros de Moscú, y secretario en funciones de la Sociedad de Amigos de la Literatura Rusa desde 1878 hasta 1884.
31·  lván Dimitriyevich Kasatkin (1836-1912), autor de las «Cartas desde Japón», publicadas durante muchos años en la Gaceta de Moscú. Aleksandr Fyodorovich Platonov (1828-1890), profesor de Derecho canónico en la Académia de Teología de Moscú, y autor de muchos libros y artículos sobre cuestiones teológicas.
32· Olga Andreyevna Golokhvastova (m. 1894), autora de varias novelas y obras dramáticas. Ella y su marido, Pavel Dmitriyevich, historiador y crítico literario, eran simpatizantes de los eslavófilos.
33· Dostoyevski n o leyó finalmente ni «El caballero avaro» (Skupoirytsar, 1832), ni el poema de Tyutchev a la muerte del poeta.
34· Tr. Eduardo Alonso Luengo, en A. Pushkin, Antología lírica, Hiperión, Madrid 1977, pp. 93.

Panegírico y votos de futuro

PANEGYRICUM AC DESIDERATA

ANTONIO FONTÁN

IN EIVS OCTOGESSIMO NATALI DIE COMPOSVIT

Forte pater superum prospexit ab aethere térras
iamque ut conueniant coeü incolae Arcas uolat,
nunc planas, nunc fronte mouens; uix contigit arua
et toto descendit auo, more, terra uel aer
indígenas misere deos. Post ordine adsunt:

 

Pampineus Liher, Mars trux, Tirynthius hirtus,
nuda Venws, fecunda Ceres, pharetraut Diana,
¡uno grauis, prudem Pallas, turnia Cybele,
Saturnus profugus, uaga Cynthia, Phoebus ephebus,
Pan pauidus, Fauni rigidi, Satyri petulantes.

 

Quis canat hic aulam coeli, rutiíanlia cuius
Ipsa pauimentum sunt sidera? lam pater aureo
tranquillus sese solio locat; inde priores
consedere dei. Sanctus stans fatetur ista:

 

«Est mihi, quae Latió se sanguine tollit alumnam,

tellus clara uiris, cui non dedit óptima quondam

rerum, opifex natura parem: Betica ferax.

 

Cederé Antonium ego tam fortes hos uolui,
qui nobilitat solus auos. Libet edere tanti
gesta uiri et longam paucis percurrere uitam.

 

Soluerat in partúm; generosa puérpera casti
uentris onus; rnanifesta dedi rnox signa futuri
talenti ac totam fausto trepidi patas aulam
impleui augurio; licet idem grandia nati
culparet fata, iuuit fortunara studio.

 

Surgentes animi Musis formantur et illo
qui Cicerone tonat; didicit quoque facta suorum
ante ducum; res gestae uita librisque relegit.

 

Praeterea quidquid Latiaribus indere libris
prisca aetas studuit, totum percurrere suetus:
Mantua quas ocies pelagique pericula lusit,
Zmymeas imitata tubas, uel quicquid in aeuum
mittunt Euganeis Patauina uolumina chartis,
qua Crispus breuitate placet, quo pondere Varro,
quo genio Plautus, quo fulmine Quintilianus,
qua pompa Tacitus nunquam sine laude loquendus.

 

Eligitur primus, iuuenis, hinc latinitatis
professor. Rem publicam impiger is colit solus.

 

PANEGÍRICO Y VOTOS DE FUTURO QUE COMPUSO EN HONOR DE ANTONIO FONTÁN EN SU OCTOGÉSIMO ANIVERSARIO

Un día el padre de los dioses contempló desde lo alto el mundo
y ya vuela Arcas1, para convocar a reunión a los habitantes del cielo,
avanzando una veces con las alas de sus pies y otras con las de la frente.

Apenas toca el suelo, tras descender la ladera del Atlas, la montaña de su abuelo,
cuando el mar, la tierra y el aire envían a sus respectivos dioses.

Por orden se presentan:
Líber con sus pámpanos, Marte el feroz, el velludo Tiryntio,
Venus desnuda, la fecunda Ceres, Diana con su aljaba,
la severa Juno, Palas la prudente, la almenada Cibeles,
el prófugo Saturno, Cintia la vagabunda, el joven Febo,
el temible Pan, los groseros faunos, los petulantes sátiros.

 

¿Quién sería capaz de cantar aquí la sala del cielo,
cuyo pavimento son las rutilantes estrellas? Júpiter
toma plaza majestuoso en su trono de oro y a continuación, por rigurosa prioridad
se acomodan los dioses. El piadoso que truena se pone en pie y dice:

 

«Tengo una tierra que se considera pariente del Lacio por su sangre,
cuna de hombres preclaros, y a quien jamás ha dado una rival
la naturaleza, creadora de todas las cosas: Bética, la fértil.

 

«Fue mi voluntad que todos ellos, aun siendo tan ilustres, cedieran el paso a Antonio, quien por sí solo ennoblece a toda la estirpe. Es un placer contar las hazañas de tal personaje y recorrer en pocos trazos su larga vida.

 

»Apenas la generosa madre había soltado en el parto
el peso de su casto vientre, cuando yo ya di señal manifiesta
de su futuro talento y llené la casa del padre impaciente
con un augurio favorable. Este, aunque atribuía al hado
las cualidades del hijo, ayudó a la fortuna con el esfuerzo.

»La inteligencia del párvulo es formada por la musas
y por aquel Cicerón, de voz de trueno. También aprendió los hechos
de los antiguos caudillos y leyó una y otra vez en los libros y en la vida sus hazañas.

«Además estudió aquello que pusieron por escrito en lengua latina las viejas generaciones, habituado a leerlo todo:

los combates y los peligros de la mar que cantó el mantuano,
imitando a las trompetas de Esmirna2; las gestas que para la eternidad
transmiten los libros paduanos en los volúmenes euganeos3;
la agradable concisión de Salustio, la gravedad de Varrón,
el ingenio de Plauto, la fogosidad de Quintiliano,
la majestad de Tácito de quien no se puede hablar nunca sin elogio.

Por todo ello, aún joven, fue elegido profesor de latín
y se aventuró diligente y por su cuenta en la política».

 

1 El mensajero de Júpiter.

2 Virgilio, imitador de Hornero.

3 Tito Livio.

Con estas palabras, que yo plagio con ligeras adaptaciones del poeta Sidonio -un patricio culto, nacido en la Galia del siglo V d.C. y que, después de haber desempeñado la prefectura de Roma, llegó a ser obispo de Clermont y santo de la Iglesia católica-, podía haber comenzado Júpiter a pronunciar el panegírico de Antonio Fontán, maestro y fraternal amigo, ante la asamblea de los dioses.

Le habrían faltado palabras ya mí inventiva –materia est maior,et mihi Musa minen4- para seguir describiendo en hexámetros tanto los decenios de su larga trayectoria profesional, que ya analicé hace tiempo con ocasión de su retirada del aula y del agora5, como los últimos años de su vida posacadémica y pospolítica, a los que querría referirme brevemente en estas líneas. Me parece que ese tramo, que comprende algo más de un decenio, está marcado por una larga serie de satisfacciones, frutos que han madurado finalmente tras muchos años de siembra generosa e incansable. Ni buscados ni, en parte, siquiera proyectados, esos frutos han sido aceptados por Antonio con agradecimiento y disfrutados acaso en mayor medida.

Voy a referirme, en forma de crónica puntual a uno solo, que seguramente interesará a los lectores de Nueva Revista, pues se trata de la historia de la publicación que tienen en sus manos, vista a través de la correspondencia que he mantenido con su editor.

El primer capítulo está escrito en diciembre de 1989, en un papel muy umweltfreundlich, timbrado a nombre del director y en el que se lee: «Como ves, la revista está muy próxima a salir. El primer número aparecerá en enero. En ese mismo mes, hace treinta y ocho años, saqué La Actualidad Española, mi primera aventura periodística».

En julio de 1992, el producto va a cambiar y don Antonio reconoce sin ambages: «Hemos fracasado como editores. No parecen asequibles ni los suscriptores que harían falta ni la publicidad precisa».

«El tema es grande y mi musa pequeña». Cfr. «Un humanismo atrayente», en J. L. Moralejo (ed.), Humanitas in honorem…, op.cit., pp. 1729.

A pesar de todo, no se ha dado por vencido, cuando tiempo después, a finales de 1993, observa: «La Revista sigue: nuevo formato, nueva serie, nueva periodicidad: cuesta dinero y da trabajo. Espero que en el 94 lo primero sea poco o nada. Lo segundo no me importa», confiesa, y a continuación se desahoga: «Don Quijote salió tres veces y yo llevo ya seis o siete u ocho…».

Apenas dos años más tarde, ya puede exultar: «Mis amigos de la Nueva Revista van saliendo adelante. Seis o siete son diputados, concejales, etc. Otro preside la región valenciana, otro más vicepreside Castilla, Soledad Becerril es alcaldesa de Sevilla… El próximo gobierno será del PP».

Unos meses más tarde él mismo se asombra, orgulloso ante la cosecha que han recolectado los jóvenes liberales: cuatro secretarios de Estado, prestigiosos miembros del gabinete del presidente o de otros políticos preeminentes.

La última crónica data del verano de 2001: «La revista continúa adelante, con prestigio en los círculos culturales y políticos, siendo además lugar de encuentro de varias docenas de periodistas, profesores, políticos, etc. Yo pienso que son jóvenes porque les llevo muchos años, pero los de la primera hora, que son casi veinte, andan ya por el decenio de los cuarenta».

¿Qué explicación tiene este esfuerzo de promoción humana y profesional, que lleva consigo necesariamente renovación de directores y colaboradores y, en consecuencia, una dedicación continua de tiempo y energía por parte de una persona que debería considerarse ya suficientemente madura para una jubilación más que honrosa?

En plenos años cuarenta, inmediatamente después de la II Guerra Mundial, un movimiento que se llamaba a sí mismo «Rearme moral», adquirió un castillo en Caux, dominando la orilla oriental del lago de Leman (Suiza). Por allí han pasado a lo largo de más de cincuenta años millares de personas que han sido educadas en la convivencia democrática, sin descuidar la dimensión trascendente, ya que la iniciativa de ese grupo partía de círculos confesionales protestantes.

A mí me parece que el secreto de la perseverancia de Antonio Fontán en la actividad política tiene mucho que ver con la necesidad de un rearme moral de la sociedad española, arrollada en el decenio pasado por una marea de permisivismo, fruto de la siembra de sal perpetrada por unos gobernantes erosivos, o más bien agresivos frente a muchos de los valores respetados por gran número de españoles.

Que esa tarea de rearme resulta urgente y que no basta con lamentarse, es evidente. ¿Será recuperable la moral del trabajo, una nueva distribución de deberes y motivaciones que prenda en todas las capas de la población? Así lo espero.

En todo caso, es ahí donde hay que buscar la fuerza que impulsa al editor de Nueva Revista a continuar en la brecha, empujando y ayudando a quienes están cerca de él: un deporte este que él ha practicado toda la vida y que afronta cada día saliendo al campo como un jugador profesional, sin hándicap -sin complejos, quiero decir-. Por eso una colaboración leal con Antonio Fontán compromete necesariamente a aportar, cada uno desde su lugar -también los políticos, sobre todo cuando su oficio les expone a verdaderas pruebas de fuego-, el óbolo del coraje cívico.

En esta empresa apasionante cuenta tanto con nuestra admiración como con los favorables augurios del Olimpo:

Finem pater ore
uix dederat, plausere dei fremitusque cucurrit
concilio. Félix, tempus neuere sórores
auspiciis, Antoni, tuis etfuturis annis
fulua uolubilibus duxerunt saecula pensis.

Apenas el padre de los dioses había acabado de hablar,
cuando los demás aplaudieron y un signo de aprobación recorrió la asamblea.

Las hermanas6 comenzaron a tejer en tu honor, Antonio, un tiempo feliz
y a enrollar, en sus husos volubles, siglos dorados.

 

4«El tema es grande y mi musa pequeña».
5Cfr. «Un humanismo atrayente», en J. L. Moralejo (ed.), Humanitas in honorem…,op.cit., pp. 1729.
6 Las tres parcas.

A quiénes consideramos hombres políticos buenos

Política ha sido y es la vocación de Fontán —política es y ha sido su visión del mundo—. Este concepto tiene su origen en la civilización griega, sobre la que tendrían muchas y más precisas cosas que decir los eminentes filólogos clásicos que han sido invitados a colaborar en este número. Con su venia, y por necesidades del guión, permítaseme a mí recordar cómo en aquella cultura lo político se contraponía a lo doméstico como lo común o colectivo se contrapone en general a lo individual y particular. Allí, eran cuestiones domésticas la elección de mujer, el gobierno de la hacienda (normalmente una explotación agrícola) y, en caso de tenerlos, el mando sobre los esclavos. Todas estas cuestiones pertenecían al dominio de la vida particular o privada de cada persona. En cambio, mandar sobre hombres libres e iguales a uno, lo mismo que obedecer a hombres de esa misma condición, pensando en el bien de todos —de las familias, de las haciendas, de los esclavos—: esas eran en las ciudades griegas cuestiones de dominio público o general —eran cuestiones políticas—.

LO POLÍTICO SE DICE DE MUCHAS MANERAS

Algunos elementos de lo político griego repugnan a los hombres y, en especial y con razón, a las mujeres de hoy. Nos resulta inconcebible que los varones libres se proclamaran a sí mismos señores de sus casas y ciudadanos de pleno derecho, argumentando que no reconocían ni en las mujeres ni en los esclavos facultad de mando —admitiendo que no eran sus iguales—. Y como no toleraban que mujeres y esclavos decidieran por ellos, les permitían solamente una obediencia completa.

Al margen de estos rasgos felizmente superados, hay otros de aquella civilización que aceptamos en la nuestra y que incluso continuamos admirando. A ellos me quiero referir a propósito de Fontán, y más particularmente a esa inclinación, digamos que instintiva o espontánea, por la que todo griego que se preciase se proponía ser un actor político, es decir, protagonista y responsable del destino de la polis en la que le había tocado nacer. Aquel ciudadano originario no tenía que pedir permiso a nadie para actuar como tal, no aguardaba a que nadie le comisionara o bendijera para ponerse en marcha: le bastaba sentirse responsable y actuar en consecuencia. La polis era cosa sentida como propia no sólo por aquellos ricos por su casa —los domini— que desempeñaban los cargos onerosos de la ciudad, sino también por los poetas trágicos que contribuían a dar brillo a las fiestas patrias, y por los ancianos sacerdotes encargados de las ofrendas, y los arcontes, y los jueces, y el inspector de mujeres, ese modesto cargo de la ciudad que podía ser ejercido con orgullo por cualquier ciudadano al que se le encomendase.

Otra sede nos permitiría discutir cuánto de liberal, en sentido moderno, tiene esta concepción del ciudadano activo, «agente». Nos interesa aquí subrayar que también cabe aplicarlo con sentido en nuestros días, si denominamos hombres políticos no sólo al militante de un partido que aspira a ocupar uno de los puestos directivos del Estado, sino también al escritor que tiene un público más o menos extenso, sobre el que, con cada una de sus obras, ejerce una influencia (no obstante no saber él ni sus nombres ni sus apellidos); lo mismo que, en fin, hablamos del sentir político no en sentido partidista pero sí cívico, de un profesor universitario que profesa públicamente —que se revela ante terceros desconocidos— como hombre que domina una parcela del saber y que se ofrece en plaza abierta a enseñarla.

Yo digo que Antonio Fontán ha sido y es un hombre político en alguno de estos varios sentidos, todos ellos no sólo aceptables sino también atractivos para los ciudadanos de las actuales democracias, y que lo ha sido además de un modo cumplido.

EL CIUDADANO SABIO

Antonio Fontán ha profesado durante más de sesenta años el conocimiento de la lengua y la cultura latina. Ha sido profesor en varias universidades españolas; sus enseñanzas y dedicación han hecho licenciados, doctores, catedráticos de Filología latina, que han continuado, multiplicándolo, el proceso de educación de las jóvenes generaciones de españoles interesadas por el mundo antiguo, del que proceden. Fontán ha traducido para los lectores españoles textos latinos de otro modo inasequibles, en traducciones tan fieles al original como naturales para el oído del español moderno. Fontán ha defendido la necesidad de la educación humanística de los muchachos y muchachas españoles, para contrarrestar en ellos el empuje de una cultura tecnológica en la que ellos vivirán más de lleno que nosotros vivimos.

En beneficio de sus colegas, Fontán ha dado durante más de sesenta años cumplida noticia de las novedades bibliográficas publicadas en el extranjero, que consideraba habían de ser tenidas en cuenta, por su importancia, en las investigaciones o la enseñanza de aquéllos. Fontán ha sacado lustre al pasado humanístico de la cultura latina española, haciéndolo mejor conocido más allá de nuestras fronteras y vigorizando así las raíces comunes de nuestro pueblo con los pueblos de Europa. Fontán ha cultivado el patrimonio bibliotecario español. Todo ello lo ha hecho Fontán con conciencia «política», es decir, sabiendo que estaba en juego la calidad de la cultura de este país, la continuidad de las raíces más fecundas de nuestra «ciudad» y la capacidad profesional y ciudadana de las futuras generaciones.

¿ES LA POLÍTICA UNA ELECCIÓN MORAL?

La ocupación profesoral de Fontán ha sido una actividad de índole político en sentido cabal, pero ese no es el único, ni siquiera el principal título por el que la ciudad debe elogiar a Fontán.

Me ha costado cinco o seis lecturas de la Etica a Nicómaco el darme cuenta del modo cómo Aristóteles acerca la Política al dominio de la ciencia moral. Porque lo hace de un modo ambiguo, es decir, parece primero que la acerca pero en el fondo, y al cabo también en la forma, definitivamente la aleja. Permítaseme volver al concepto griego de lo político desde este punto de vista, porque me parece pertinente para el análisis del caso notable que ahora nos ocupa —el caso de Fontán—.

En los primeros parágrafos del primer libro — o capítulo extenso— de la Ética a Nicómaco, el filósofo asegura que el tratado que se propone desarrollar es uno político, y lo razona así: de entre todas las ciencias o facultades —la Náutica, la Hípica, la Económica, la Retórica—, aquella que tiene que ver con los fines últimos del actuar humano —aquello por lo que éste elige todo lo demás, pero ello por sí mismo—, ha de ser necesariamente la ciencia principal y eminentemente directiva, y esa es, concluye, «manifiestamente, la Política»1.

Hasta aquí hemos cogido el paso del razonamiento y nos dispondríamos alegremente a estudiar la ciencia política como la más alta opción moral de nuestras vidas, si no fuera porque, de allí a pocos párrafos, el mismo Aristóteles desmiente que sean en exclusiva los fines políticos aquellos que orientan en general las mejores elecciones últimas de los hombres —que puedan los políticos ser aquellos bienes por los que los individuos eligen todo lo demás, pero ellos por sí mismos—.

Junto al bíos politikós —el curriculum vitae, curso vital o biografía de quien ha elegido hacer de los fines de la ciudad las razones últimas de sus elecciones—, existen también las bíoi hedonikoí y las bíoi thedretikoí las vidas construidas a partir de la elección del placer como bien último de la existencia individual; y las vidas construidas a partir de la elección de la actividad intelectual como bien último de la existencia individual.

Lo peor que le aguarda al lector de la Etica a Nicómaco no es esta inesperada multiplicidad de bienes últimos elegibles, en razón de los cuales podríamos determinar el curso y estilo de nuestra existencia. Lo peor del caso es que, hecha esta distinción en las primeras páginas del Libro I de la Etica, Aristóteles dedica el resto de ese capítulo y los nueve restantes libros éticos, a analizar los vicios y las virtudes relativas a los placeres corporales, así como a los vicios y las virtudes relativas a las operaciones intelectuales, pero ni palabra de la vida política, anunciada a bombo y platillo al comienzo del tratado.

Al cabo, digo, de varias lecturas, caemos en la cuenta, de que para ella —la actividad relativa a la polis— Aristóteles reserva otra ciencia en la, por lo demás, fabulosa arquitectura de su edificio sapiencial, y a ella le dedica los ocho libros del así llamado tratado de la Política, completamente independientes de aquellos de la Etica a Nicómaco, pero en los que nada se dirá ya de las elecciones éticas individuales, sino de elecciones que tienen que ver con la bondad de los regímenes constitucionales —buenos en términos de potenciadores de una mejor convivencia ciudadana— y con la posibilidad de ponerlos en práctica.

Se trata, pues, de un notable embrollo a propósito de la ética y la política, del que apenas hemos podido deshacernos en estos veinticinco siglos que nos separan del sabio. Baste recordar aquí la tajante distinción (que no es sólo metodológica) establecida por Max Weber entre la Gesinnungsethik —la orientación ética que se detiene ante determinados valores, porque los respeta, aunque lo hace irracionalmente— y la Verantwortungsethik —la orientación ética a la que principalmente importa el logro de un resultado objetivo, impersonal o nacional, que no cuenta con las pérdidas en términos de valores personales que pueda acarrear—. Una distinción, recuérdese, que el sociólogo alemán estableció en 1918 a propósito precisamente del político profesional, de la política como vocación (als Beruf) porque, para Max Weber, la Staatspolitik es siempre Machtpolitik, y el que quiera conservar las manos y sus sentimientos morales limpios habrá de dedicarse a otra cosa2: «A quienes no puedan soportar virilmente este destino de nuestro tiempo, hay que decirles que vuelvan en silencio, llana y sencillamente, y sin la triste publicidad de los renegados, al ancho y piadoso seno de las viejas Iglesias, que no habrán de ponerles dificultades»3.

No seré yo quien resuelva aquí este problema general, ni siquiera quien ensaye alguna solución en estas páginas. Mi propósito es más modesto y también más grato. Porque en la vida de Antonio Fontán, en el modo de haberse conducido respecto de los bienes políticos, los bienes intelectuales y los bienes privados productores de bienestar, veo yo no digo que la solución de este problema, pero desde luego sí un caso distinto —un exemplo, como diría el conde don Juan Manuel— digno de ser contado por lo que lleva de deleitable a la par que de instructivo.

TIPOLOGÍA DE VIDAS LIBRES

En la tipología aristotélica de vidas humanas libres, es evidente que la correspondiente al bíos hedonikós —la biografía determinada por la elección del placer intenso como sustancia de la existencia individual— es la más alejada del bíos politikós. Empeñarse en la consecución del placer —el confort, el bienestar, la salud, la tranquilidad, o los medios económicos que hacen todo eso posible— es una opción muy legítima, sin duda, pero no es una opción política —una elección por la política, por la ciudad—. El hedonista persigue solamente su bien, y obteniendo él su satisfacción, que venga luego el diluvio. (Decir el hedonista que el bien de sus conciudadanos lo deja él, hecho el consumo, encomendado a la mano invisible del mercado, puede ser una opción verdadera pero no es una opción ética, pues esa distribución supuestamente automática de los bienes y de su pedrea entre los ciudadanos no reclama el concurso de su voluntad).

Es verdad que podríamos recordar aquí la vida de algunos tiranos crueles y voluptuosos, ejemplos magníficos de una relación posible entre vida política y sensualidad extrema. La biografía de Nerón no sería la única de la que nos proveería la Antigüedad. Aristóteles, que estaba más próximo a ella que nosotros, pensaba precisamente en ese tipo de tiranos cuando, al comienzo de la Política, se refería a los casos de la más pura y degradada inhumanidad: «El hombre cumplido es el mejor de los animales —aseguraba allí—, pero apartado de la ley y la justicia, el peor de todos. Porque la peor injusticia es la que tiene armas, y el hombre está naturalmente dotado de armas para servir a la prudencia y a la virtud, pero puede usarlas para las cosas más opuestas. Por eso, sin virtud, es el más impío y salvaje de los animales, y el más lascivo y glotón»4.

Si es verdad lo que ha dicho Max Weber a propósito del hombre de la modernidad —concretamente, del europeo septentrional desde los tiempos posteriores de la Reforma—, que no obstante su intensa actividad económica, no buscaba él proveerse de medios pecuniarios con objeto de llevar una vida de lujo y voluptuosidad, sino justo al contrario: que cuanto más trabajaba tanto más luchaba por ahogar, por imperativos de su conciencia (calvinista), todos los impulsos de la soberbia y de la carne, entonces sería cierto que desde aquel tirano griego lleno de sensualidad, que «pedía a los dioses tener el gaznate más largo que el de una grulla, por atribuir al contacto el placer que experimentaba» (Aristóteles) 5 , hasta el enriquecido y sobrio asceta del capitalismo burgués contemporáneo descrito por Weber, han ocurrido muchos cambios —si Aristóteles levantara la cabeza, el homo oeconomicus burgués había de causarle mucha extrañeza—. Pero aunque no sea cierto que el europeo contemporáneo se corresponda al tipo reprimido pintado por Weber, es cierto que el papel del placer en la vida contemporánea ha cambiado mucho desde los tiempos de Calígula. Todavía un viejo carcamal, como el Karamazov de Dostoyevski, era uno de esos empobrecidos terratenientes, con hacienda agrícola (agostada) y siervos (criminaloides), que había hecho de la lujuria su becerro de oro y el fin de todos sus gastos (en todo esto, un epígono de la Antigüedad): pero hasta tal punto la modernidad había peinado ya esa vida lamentable, que los placeres del voluptuoso Karamazov suceden de principio a fin en el dominio de lo doméstico, en el territorio de lo estrictamente privado.

No es este el lugar para seguir valorando el lugar del placer en la sociedad contemporánea. El análisis del tópico nos alejaría de nuestro propósito, Ínsito, como nos alejaría también un estudio pormenorizado de la relación del otro tipo de hombre libre —el homo contemplativus— al que Aristóteles se refiere en su Etica. Imposible tratar aquí del diseño aristotélico de las relaciones entre virtudes intelectuales y virtudes políticas, por más que uno suponga lo mucho que le gustaría a Fontán no perderse ese desarrollo. Imposible asimismo saber en qué para eso de la felicidad, según Aristóteles: si es actividad contemplativa o es actividad política (puesto que en ningún caso lo es, a juicio del filósofo, la actividad del lujurioso ni la actividad del comerciante). Sólo podré referirme ahora a un aspecto de la ética (antigua), que me parece importante para comprender la actividad política (moderna) de Fontán.

Aristóteles, que al fin y al cabo era un hombre griego y llevaba la ciudad en las entrañas, era además filósofo y no sociólogo, razón por la cual si se ponía a escribir un libro tan complicado como la Etica a Nicómaco, era con objeto no de «describir» los tipos de vida libre posible —todos en principio buenos, por lo menos para el individuo que los elige— sino de «discutir», por medio de una severa inspección racional, cuál de ellos cabría considerar el mejor. Aristóteles, ya lo hemos dicho, no tiene nada en contra del logro del bien individual, al contrario, lo asume como punto de partida; pero puesto que le interesa saber qué es, entre todas las cosas elegibles, lo mejor por lo que puede decantarse un ser humano, asegura que el logro del bien de la ciudad es más deseable, mejor y más perfecto en sí mismo que el logro del bien individual, y lo razona así: «Si ya es apetecible procurarlo [el bien] para uno solo, es más hermoso y divino para un pueblo y para las ciudades»6.

Antonio Fontán, cuyos ochenta años de existencia han convocado a los colaboradores de este número y a todos los lectores del mismo, ha optado libre y conscientemente por un programa ético-político, consistente en la realización de los bienes que consideraba mejores para la España de la segunda mitad del siglo XX. Como si de un ciudadano griego se tratara, pero haciendo gala, como veremos pronto, de todos los atributos de la modernidad, Antonio Fontán ha sido toda su vida no sólo un ciudadano de España; ha sido sobre todo un ciudadano para España: un promotor de iniciativas ciudadanas, un generador de actividades civiles, un activador de beneficios públicos. El beneficiario inmediato de esta actividad ha sido la nación en la que le cupo nacer. La universidad de este país, sus instituciones políticas y su cultura se han beneficiado de lo que un ciudadano llamado Antonio Fontán se ha propuesto hacer y ha hecho por ellas, sin haber entrado nunca en cuenta estrecha con el lucro particular cesante, la salud individual degradante y la tranquilidad doméstica violante que tal empeño político le iba a costar.

A la iniciativa ciudadana de Fontán debe la cultura española la existencia de un buen número de excelentes publicaciones que, como el pelotón estirado en una competición ciclista, han llegado a cubrir sin apenas solución de continuidad medio siglo en la historia de España. Fontán ha promovido el semanario ilustrado La Actualidad Española, del que fue, además de editor, director entre 1952 y 1956 (la revista continuó hasta 1976). También las revistas culturales Nuestro Tiempo (de la que, además de editor, fue director desde su creación en 1954, hasta 1962); y Nueva Revista; de la que de nuevo es editor desde sus comienzos (1990) hasta nuestros días, y director de la misma hasta que Pilar del Castillo asumió ese puesto en 1995. A estas iniciativas, directamente promovidas y alentadas por él, se suma la de haber participado en los consejos editoriales de las revistas Atlántida, entre 1962 y 1965, editada en Madrid; y de La Table Ronde, publicación de París, todo el tiempo que duró la segunda serie de ésta (1958-1964).

Pertenece también a este género, aunque es distinta por su periodicidad, la publicación del diario Madrid, del que Fontán, además de socio editor de la etapa capitaneada por Calvo Serer, fue director desde 1966 hasta 1971.

Difícilmente comprenderíamos el conjunto de las aportaciones de estas publicaciones a la cultura española, sin reparar antes en la importancia que el género del «ensayo» había tenido en las letras de nuestro país desde finales del siglo XIX hasta que Fontán, del que aquí tratamos, hubo de encontrarlo cultivado en las revistas culturales siendo él estudiante universitario, en los años cuarenta.

EL ENSAYO COMO GÉNERO LITERARIO

Desde el punto de vista filosófico, el mejor ensayista contemporáneo (Montaigne no entra, pues, en competición) me lo ha parecido siempre George Simmel. El ha cultivado magistralmente el género y, además, lo ha caracterizado certeramente al describirlo como un texto a mitad de caballo entre «lo que se opina» y «lo que se sabe».

Opinar es pensar algo de algo —atribuir un predicado a un sujeto—, bien cuando el sujeto es un caso particular e individual; bien cuando lo es general, pero insuficientemente conocido; o cuando es suficientemente conocido, pero insuficientemente explicado, es decir, cuando el predicado que le atribuimos nos parece «débil», como en este ejemplo: «Todos los hombres son capaces de hablar varios idiomas». Opinar es, pues, conocer algo, pero defectuosamente o no exhaustivamente (en razón de la materia misma de la que tratamos, o en razón de nuestro conocimiento de ella).

Por «ciencia», en cambio, entendemos aquí el conjunto de proposiciones que, a la totalidad de la materia de la que tratamos, atribuye de modo evidente —convincente o necesario—, unos atributos o predicados que nos dan a conocer lo esencial y definitorio de esa materia.

Aproximándose unas veces más a la opinión, otras más a la ciencia, el ensayo filosófico es, según Simmel, el género por excelencia de los conocedores poskantianos, porque el filósofo de Kõnisgsberg habría demostrado la imposibilidad de todo conocimiento científico en materia filosófica o espiritual. En nuestro país, este fue también el punto de vista de Ortega, cuyos ensayos deben más de un aspecto formal, como también no pocas ideas de sus contenidos, a la obra de Simmel.

En España, en cambio, el ensayo se había cultivado tradicionalmente más como un género histórico que filosófico. Desde Clarín, que fue el primero en utilizar esa palabra castellana con el sentido que ahora le atribuimos, y en escribir «ensayos» para la prensa; pasando por Unamuno y escritores de la vanguardia como Gómez de la Serna y Jarnés hasta el mismo Ortega (en quien confluyen las dos tradiciones), el ensayo había sido un género fuertemente asociado a la pregunta sobre «el ser de España». Materia imposible de conocer en su totalidad y, sin embargo, sobre la que todos llegaban a pensar algo: ni completamente ciencia ni completamente opinión, el problema histórico de España se había convertido en el tema estrella de la ensayística española.

Aquellas dos Españas, de las que se había ocupado preferentemente la ensayística en nuestro país desde comienzo del siglo XX, empezaron a alejarse como dos versiones de un país cada vez más radicales e incompatibles. «La guerra española de 1936-1939 —escribirá Antonio Fontán en 1960— fue, ante todo, un formidable conflicto de posiciones doctrinales incompatibles entre sí y recíprocamente contradictorias»7.

Nacido en 1923, Fontán no era más que un muchacho cuando estalló el conflicto; pero desde que se incorporó a las aulas de la universidad, en 1940, la pregunta por la realidad de aquel país que había acumulado todos los «desastres de la guerra» hubo de estar constantemente presente en su ánimo. Es seguro que trataría de encontrar reflejos y analogías de ese problema en los libros de historia antigua, a cuyo idioma original había de enfrentarse cada día en las aulas; pero sobre la reciente historia española, Fontán encontraba desarrollado el tema de España en las revistas culturales que empezaban a ponerse en circulación después de la guerra y en las cuales reaparecía ese problema en su forma no sólo más tradicional, sino probablemente más adecuada, que era la ensayística. Una de esas revistas culturales fue capital en la formación de Fontán.

ARBOR

Catedrático de Historia universal moderna y contemporánea desde 1942, Rafael Calvo Serer y el filósofo Raimundo Paniker, junto con Ramón Roquer, habían puesto en marcha en marzo de 1943 la revista Arbor. Editada inicialmente en Barcelona como una publicación de «síntesis cultural» —de unidad intelectual de las ciencias—, sus números cubrieron diversas etapas. Desde que la revista quedó residenciada en el C S I C de Madrid, en 1946, la línea editorial estaba a cargo de un consejo dirigido por José María Sánchez de Muniain, y auxiliado por un secretario, que fue Calvo Serer hasta su traslado a Londres, en enero de 1947.

Ya por entonces la revista se presentaba como un instrumento de catálisis de los saberes especializados, característicamente contemporáneos, que se cultivaban en España. Cualquier aspecto relacionado con la investigación, la ciencia o la universidad encontraba su hueco de preferencia en aquella publicación. El problema fundamental con que se enfrentaba cada día la revista era el de lograr esas síntesis de saberes que se había propuesto como objetivo. Artículos muy especializados o colaboraciones de temáticas muy dispares creaban una impresión de dispersión, que los sucesivos directores trataron de corregir de variados modos (mayor peso de las ciencias históricas, números monográficos, etc.).

Este interés por el saber y la ciencia hacía imprescindible una atenta observación de cuanto sucedía allende nuestras fronteras. Calvo Serer tuvo mucho que ver con esta orientación internacional de la revista, que impulsó desde los tiempos de su pensionado científico en Suiza, en 1943. En el ambiente cerrado de la España de la posguerra, era necesario abrir las ventanas a las corrientes intelectuales europeas y americanas.

Tocante a esa síntesis de saberes, era asimismo necesario, y especialmente delicado al mismo tiempo, proponer una síntesis de ciencia y fe religiosa o, más concretamente: de ciencia y catolicismo, en unas circunstancias en las que, apenas salidos de una guerra donde esa cuestión —la del papel de la religión en la vida pública española— había sido una de las causas, y no la menor, que condujo al enfrentamiento, tras el cual el régimen de los vencedores había levantado como estandarte ideológico del nacional-catolicismo.

Común a los distintos colaboradores de Arbor parecía la idea de una renovación de las relaciones entre el catolicismo y la modernidad. Por vía negativa, una cosa habría de parecerles clara: que el intento de hacer del marxismo el nexo ideológico de España con la modernidad, tal como lo habían intentado en nuestro país desde el año 31, estaba saldado. Aquella ideología, en la que habían confluido gran parte de las aspiraciones del liberalismo ilustrado, las minorías del republicanismo histórico, radical y jacobino y el revolucionarismo más o menos anarquista del proletariado en la España de los años treinta, había sido frenada por el alzamiento de una parte del Ejército y enterrada tras la contienda civil. Había españoles marxistas, sin duda, pero ninguno de ellos escribía entonces en las revistas españolas, porque, entre otras razones, estaban, todos o la mayoría, fuera de España.

En vía afirmativa, podría decirse que el posicionamiento casi oficial de la revista Arbor tenía que ver con la renovación de las ideas políticosociológicas de Menéndez Pelayo. Digo casi oficial, porque esa era sobre todo la posición declarada de Calvo Serer, quien había dedicado su tesis doctoral al líder intelectual del tradicionalismo histórico y sacado luego de él buen provecho en publicaciones e intervenciones públicas.

Se trataba en todo caso de un posicionamiento ideológico que no embarazaría la aceptación decidida de la modernidad científica (una modernidad necesariamente no española, pues en nuestro país sólo por excepción se cultivaban saberes especializados de vanguardia; y esas excepciones lograban inmediatamente hacerse presentes en las páginas de aquella revista). Lo primero proporcionaba una base intelectual de matriz católica, utilizable como el hegelianismo en el marxismo o el saintsimonismo en el socialismo. Lo segundo, el impulso necesario para que, en el nivel correspondiente a lo que hoy llamaríamos I+D, los resultados de la biología, la mineralogía, la ingeniería, la ciencia de los materiales, etc., se hicieran sentir rápidamente en la depauperada España y tuviera efectos inmediatos en la promoción social y en el bienestar de sus gentes.

Así me represento la atmósfera que se respiraría en la redacción de Arbor, en la que seguramente se cruzarían otras corrientes que aquí no sé considerar, cuando llegaron a ella las primeras colaboraciones de Fontán.

EL PRIMER ENSAYO DE A. F.

Sus primeras aportaciones datan de 1948 y son varias reseñas de libros de filología clásica, todos ellos publicados por autores españoles. En aquel año habían colaborado en la revista, entre otros, José Luis Pinillos, Gonzalo Pérez de Armiñán, Miquel Siguán, José María Jover, Federico Sopeña, Esteban Puyáis, Gonzalo Fernández de la Mora, José María Valverde, José María García Escudero, Pedro Laín Entralgo, de modo habitual, y Enrique Lafuente Ferrari, Diego Angulo Iñiguez, Antonio Pastor o Ismael Sánchez Bella más esporádicamente, por citar sólo algunos nombres.

Fontán era entre algo más y mucho más joven que todos ellos, y por entonces, sólo un doctor en Filología latina (con premio extraordinario) y profesor adjunto de la Complutense. Pero de ahí a poco iba a ponerse a la altura de aquel plantel de hombres sabios, en su mayor parte catedráticos. En 1949 Fontán sacó por oposición la cátedra de Filología latina en la Universidad de Granada, y de ahí a muy poco Arbor le encargó una colaboración de mayor fuste que las publicadas hasta entonces.

El resultado de aquel envite ha sido reproducido en este número, para que el lector de Nueva Revista pueda calibrar por sí mismo hasta qué punto aquel catedrático de Latín, que era hace ya más de cincuenta años Antonio Fontán, había entendido de modo práctico la belleza del género ensayístico. Su texto, titulado «Granada», revela que, aparte de «saberlo todo y cabalmente» de, por ejemplo, los manuscritos de los diálogos de Séneca (el tema «científico» de su tesis doctoral y materia de varias colaboraciones publicadas en revistas de su especialidad), existía ya un Fontán escritor capaz de emplear ese género literario como un instrumento idóneo para hacer públicos —políticos— sus otros intereses históricos y sociales.

Pero aquella revista no era una iniciativa del propio Fontán. Que éste sentiera ya en su interior esa energía que proporciona la vocación a la que cada uno se cree llamado, y que le empujaba a fletar su propio barco y a embarcarse en él, lo manifiesta lo rápidamente que se subió a un bote de tercera que pasaba por allí y que tal vez podría conducirle a su destino.

LA ACTUALIDAD ESPAÑOLA

«En el verano de 1951 —explicaba Fontán algunos años después—, el recién creado ministerio de Información y Turismo adoptó una resolución que mucha gente pedía pero que casi nadie esperaba. Por primera vez desde la guerra civil se permitiría a ciudadanos y empresas privadas solicitar autorización para nuevas publicaciones periódicas no diarias. Entonces, un grupo de periodistas, universitarios y profesionales de otros campos del saber y de la cultura nos decidimos a editar La Actualidad Española»8.

Gracias al empeño personal de Fontán, la empresa editorial entonces creada puso en la calle el primer número de aquella revista el doce de enero de 1952. Éste y los números siguientes son muy reveladores de las características del Fontán promotor de ediciones. En primer lugar, era un hombre que no tenía miedo, o mejor dicho: Fontán tendría miedo, como todo el mundo, pero era capaz de dominarlo, porque la zozobra y la ansiedad inevitables ante el porvenir —por naturaleza indeterminado, pero aún más incierto en un régimen como aquél—, no le inmovilizó ni le detuvo. ¿Qué tenían en común aquel catedrático de Latín que era él, y el director de un semanario ilustrado tipo Life o París Match, por entonces tan en boga en todo el mundo? Pues lo que todos pensamos. Nada había en el género «sabio filólogo latino, buceador de bibliotecas, cotejador de textos de lenguas muertas», a lo que Antonio Fontán aspiraba desde que aceptara voluntariamente su condición de catedrático de Latín, que incluyera estas otras notas propias del nuevo destino profesional con que se estaba enredando: «información de actualidad, lenguaje novedosísimo del reportaje gráfico, la calle —primeras pruebas de imprenta—, la calle —segundas pruebas de imprenta—, la calle —cierre y vuelta a empezar—: de nuevo en la calle…».

Fontán aparece en escena como un hombre audaz, que pone en marcha iniciativas periodísticas novedosísimas no sólo idealmente, sino arriesgando el dinero de su bolsillo. Es verdad que este editor tenía capacidad para persuadir a otras gentes del interés de sus proyectos. En todas sus iniciativas desde aquella primera, Fontán ha tenido socios, pero socios que sabían de antemano con cuánto de su dinero «materializaba» Fontán aquello en lo que creía. Por primera vez pero no por última, Fontán era editor de sus propias ocurrencias periodísticas.

El editor de La Actualidad Española nos revela otro rasgo que sería constante en su futuro perfil profesional: que no solamente es socio de aquello que pone en marcha, sino que él mismo se pone al mando de la nave. Fontán no es el capitán Araña; arma La Actualidad Española y asume el rol de comandante. Es verdad que había quienes le auxiliaban, en este caso lo hacía Jesús María de Zuloaga como su más próximo colaborador. En la redacción se dieron cita Enrique Cavanna, Jesús Bernal, José María Pérez Lozano, Vicente Cacho Viu, Carlos Rodríguez Eguía, José Javier Aleixandre, Antón Wurster, Rodrigo Fernández Salas, José Luis Quintanilla, José Gómez Muñoz —»Juan Roger»—, así como los reporteros gráficos Rogelio Leal y Antonio Fernández, entre otros. Algún tiempo después, se iban a incorporar otros periodistas o estudiantes, la mayoría jovencísimos, como Pablo J. de Irazazábal, Luis Ignacio Seco, José Luis Cebrián, Javier Ayesta, Cristino Solance, Ángel Benito, Jorge Collar, José Luis Martínez Albertos, José Tallón, Esteban Farré, Joaquín Aranda, Gonzalo Redondo, etc.

Una redacción joven, pues, caracterizada por un gran deseo de independencia, lo que era muy favorable para la orientación ideológica del semanario pero que tal vez pusiese en entredicho la capacidad de liderazgo de Fontán. El catedrático de Latín habría de probar su valía como director frente a un equipo bravo y sin capear, sometido por añadidura a la presión de un cierre semanal y a la constante de la censura oficial. Otra incertidumbre que no atemorizó a Fontán y de la que saldría parado como algunas colaboraciones de este número de Nueva Revista nos dan a entender.

Fontán, en fin, no era solamente el comandante de la nave que él había fletado, sino que, llegado el caso, actuaba como uno más de la marinería. Es constante en su biografía (e invito a comprobarlo repasando las entradas de la bibliografía adjunta) que, al menos durante el primer año de existencia de las publicaciones que pone en marcha, él mismo firme al menos uno, si no dos o incluso tres artículos en cada número.

Pero no hemos de representarnos a este editor-director-escritor tan completo, que era Fontán, como un ególatra. Es también un rasgo común a todas sus iniciativas editoriales el que se haya propuesto formar equipos de colaboradores, y el que lo haya hecho —el formarles— hasta tal punto con éxito, que pronto, en uno o dos años, ha estado habitualmente en condiciones de ponér en sus manos la dirección de esas iniciativas.

Por lo que se refiere a la concepción periodística de su primera publicación, ya hemos dicho que se trataba de una revista gráfica, orientada por ello a un entorno de lectores más familiar que estrictamente intelectual. Una orientación hacia «el gran público» que no deja de sorprender en todo un catedrático de Latín como él y que, de no ser por la participación que le cupo en el proyecto familiar de la cadena SER, nunca más repetiría.

El galgo, no obstante, mostraba su casta cuando empleaba media de una de las pocas páginas centrales «de letra impresa» que dejaban las otras ilustradas de su revista, para despacharse con unos «Comentarios nacionales», regulares durante el primer año de la publicación, en los que Fontán ensayaba algunas ideas (más tendentes a la opinión que a la ciencia, la verdad, por tratarse de aquel género de revistas), a propósito de los más variados temas de actualidad.

No cabe aquí un análisis detallado de los mismos, pero sí reseñar dos muy recurrentes. Uno es el de la unidad y la diversidad de España, que aparece en artículos firmados por él, o en editoriales de las que Fontán, si no autor material, era moralmente responsable: «Centralización administrativa» (n 9 5), «Madrid y las provincias» (n 2 6), «Las regiones españolas y el 98» (n s 8); «Unidad y uniformidad» (n s 17), etc. Una preocupación del editor, que parecía hacer ejercicios de calentamiento para asumir en el futuro la responsabilidad pública de las Administraciones territoriales del Estado.

El otro tema constante en artículos y editoriales de la revista de Fontán es el del periodismo. «Actualidad periodística» (n s 2), «Congresos de Prensa» (n 2 6), «La importancia de la Prensa» (n 2 13), «Libertad y responsabilidad de los periódicos» (n 2 16), «Periodismo madrileño » (n e 19) «Jerarquía de noticias» (n s 22), «Monopolios de opinión» (n 2 23), «La función de los periódicos» (n s 27), etc., son algunos de los títulos que nos muestran cómo la dirección de la empresa periodística le estaba enseñando a Fontán, o tal vez confirmándoselo, el valory las posibilidades políticas de la opinión pública creada desde una empresa como aquélla.

Se trataba, a mi entender, de una estrategia política posibilista, según la cual si uno consideraba inviable el logro de un cambio radical del régimen político (cosa absolutamente impensable en la España de 1952), habría que conformarse con el logro de otros bienes políticos menores, de importancia relativa y aún escasa, pero no obstante orientados a medio y largo plazo a la consecución de ese otro fin deseable en términos absolutos.

Hasta tal punto estaba bien orientada la política editorial de La Actualidad Española, que los detectores de fuego de la dictadura empezaron a saltar. Como toda la prensa en España, La Actualidad Española estaba sometida a la censura previa gubernativa de todos los contenidos literarios y gráficos. Fontán sorteó como pudo ese sistema de control, no sin ciertos choques y penosas negociaciones respecto de algunos trabajos y colaboradores que llegaban a la redacción. El semanario fue objeto de algunos procesos administrativos, que pararon «sólo» en severas amonestaciones oficiales. En contraste con otros periódicos, la publicación de Fontán no incurrió nunca en adulaciones al poder, hasta el punto de que éste prefirió retirar determinados artículos antes que someterse a imposiciones oficiales. «Veinticinco años después de reestablecidas las libertades — h a dicho Fontán alguna vez—, la colección de mi viejo semanario se puede leer sin sonrojo, a diferencia de lo que ocurriría con la mayor parte de las publicaciones españolas de entonces».

La Actualidad Española no se detuvo ni por la inexperiencia del director o de los redactores ni por las imposiciones de la censura. Cumplido su primer año de existencia, la revista había encontrado su hueco en el mercado, Fontán conseguido mayor participación de sus colaboradores en la asunción de responsabilidades directivas y él, sin abandonar formalmente el cargo de director de la publicación (lo sería hasta el año 1956), se dispuso a poner en marcha otra iniciativa editorial, a cargo de la misma cuenta de resultados y contando de antemano con que él se embutiría de nuevo el traje de faena para «escribir mis artículos, corregir los de otros, revisar las pruebas y pelear con las imprentas»9.

En 1954 — h a recordado el interesado—, «el panorama de las publicaciones periódicas no diarias se había enriquecido con varias revistas culturales de periodicidad mensual o parecida. Todas ellas necesitaban unas autorizaciones del Gobierno, que no siempre fueron fáciles de obtener. La petición que desde La Actualidad Española yo dirigí a las autoridades de Información para poner en marcha la revista Nuestro Tiempo, estuvo detenida varios meses en el ministerio, donde no gustaban ni poco ni mucho algunas de las cosas que aparecían en La Actualidad Española, aunque fuera con censura previa de fotos y textos. Pero o era muy laborioso para los censores tachar tantas cosas o tener que consultarlas a sus jefes, que no estábamos bien vistos en las alturas de aquella casa.

Por fin, en febrero o marzo de ese año 54, me decidí a solicitar audiencia al Jefe del Estado como director de La Actualidad. Me recibió en abril y ha sido la única vez en mi vida que he hablado con el general Franco. Entre otras cosas, le manifesté la incomodidad de no recibir respuesta del Gobierno para la nueva publicación.

»El general me dijo que acudiera directamente al ministro y que podía decirle lo que había comentado con él, si bien se abstuvo de opinar sobre la cuestión. No tuve que hablar con el ministro. A los pocos días de aparecer mi nombre en la lista de las audiencias del Jefe del Estado, me llamaron desde la Dirección de Prensa para decir que pasara a recoger allí el permiso de publicación de Nuestro Tiempo, que estaba ultimado y esperándome. Publicamos el primer número de Nuestro Tiempo en julio de ese año 1954, desde la misma empresa que editaba La Actualidad»10.

NUESTRO TIEMPO

La nueva revista editada por Fontán correspondía al género periodístico de los mensuales del Congreso para la Libertad de la Cultura y de otras numerosas revistas europeas, de inspiración cristiana unas y simplemente políticas y culturales otras. Desde el punto de vista de la organización de sus contenidos, guardaba similitud con algunas publicaciones anteriores a la guerra, notoriamente con la Revista de Occidente (la primera serie, dirigida por Ortega).

Fontán la diseñó con cinco secciones principales: una de ensayos, que se llevaba la parte del león, en punto a páginas; otra de «Crónicas de actualidad política y cultural», a las que se añadieron luego las llamadas «Notas de nuestro tiempo» —varios trabajos breves y sin firma sobre algún aspecto de actualidad—; en el Nuestro Tiempo de Fontán no podía faltar tampoco una sección de «Libros», que se completaba con otra de «Bibliografía». Se trataba de una estructura que el tiempo ha demostrado cara a su editor, quien muchos años después ha hecho reaparecer las mismas o similares secciones fijas, junto a otras nuevas, en las primeras entregas de Nueva Revista.

Fontán buscaba una fórmula flexible que le permitiera conjugar los tres géneros literarios —intelectuales— por los que se había interesado profesionalmente hasta entonces. Por una parte, la comprensión de la actualidad no desde el punto de vista de su inmediatez, y en este caso, tampoco desde el de su valor gráfico, sino el de su significación en la previsible evolución de los acontecimientos. «Nuestro Tiempo —se podía leer en su presentación— aspira a ser una revista que recoja los latidos de la vida contemporánea, que informe y oriente acerca de los hechos, las ideas y los hombres que definen nuestra época, constituyen el presente y están creando el mundo de mañana »11 Con razón la publicación se presentaba en cubierta como una «Revista de cuestiones actuales» y, en efecto, lo fue en gran medida. «Las «notas», «crónicas», «panorama de actualidad» y demás secciones de la revista — recuerda el periodista José Javier Uranga en su colaboración a este número—, fueron una apertura al mundo y una información directa de lo que sucedía más allá de las fronteras. Antonio tenía amigos y colaboradores, y colaboradores amigos, en Europa y en América y el lector estaba al tanto de lo que suponía la cultura, la universidad, la economía, los movimientos políticos, las confrontaciones armadas y el Mercado Común, en versión que no era la oficial de la Agencia EFE. Algunos artículos, escritos fuera, parecían mirar hacia adentro».

La parte de la revista más próxima a lo que hemos llamado «la ciencia» en nuestro esquema gnoseológico, estaba constituida por las secciones de Ensayos, Libros y Bibliografía. A propósito de estas últimas, ya en Nuestro Tiempo aparece la que ha sido una preocupación constante del Fontán-editor: la atención a la libros publicados fuera de España. A Fontán no le importa que estén escritos en inglés o en francés, en italiano o en alemán: él lee y hace leer muchos libros publicados en Europa o América y da cuenta de los que considera más significativos en las revistas para las que trabaja o en las que hace trabajar. A él le ha gustado siempre «levantar liebres», es decir, anticiparse a los títulos sobre ciencia política, historia o filosofía, sobre la evolución de las ideas o, en general, sobre cualquier título de las ciencias del espíritu que, publicado en el extranjero, habría de aparecer, dada su importancia, traducido dos o tres años después en nuestro país.

Finalmente, los ensayos de Nuestro Tiempo, en tanto que piezas las más «ideológicas» de la revista, deberían informarnos del posicionamiento de la nueva publicación de Fontán. ¿Cuáles eran sus referentes editoriales, cuáles sus modelos? Y por entrar a fondo en otra cuestión parelela: si ya por entonces era perfectamente conocida la vinculación de Fontán al Opus Dei, realizada a través del conocimiento directo del fundador de esa institución católica, desde mediados de los años cuarenta, ¿cuál era la relación del Fontán-editor con el catolicismo tradicionalista de intelectuales, miembros del Opus Dei y amigos suyos, como lo era por entonces Calvo Serer? ¿Cuál era su relación con el catolicismo oficial del régimen? ¿Cuál con la jerarquía de la Iglesia?

Respecto a las relaciones ideológicas de aquel tiempo entre Fontán y Calvo Serer, sus diferencias políticas eran manifiestas no ya al aparecer Nuestro Tiempo en 1954, sino desde años antes, y es verosímil que la decisión de Fontán de crear sus propias publicaciones tuviera que ver con su distanciamiento de las posturas políticas de estos amigos suyos que no respondían exactamente a su perfil ideológico.

Por lo que se refiere a las cuestiones más de fondo, el le.ctor que quiera conocer la respuesta de Fontán tendría que leer — o releer— Los católicos en la universidad española actual, un libro que Fontán publicó en 1961 y en el que, aunque no trata directamente de la relación entre el catolicismo y de la cultura, sí de un tema paralelo, como lo es el de la universidad y la ideología. Por mi parte, me gustaría ensayar aquí mi propia aproximación al tema, tanto por hacerle honor al género soberano en las publicaciones de Fontán —mitad saber, mitad opinión—, como por aportar un enfoque de este tema desde el punto de vista «de otra generación».

LA NORMALIZACIÓN CULTURAL DEL CATOLICISMO

Nacido en 1962, me considero de una generación para la que la Iglesia y el Estado han estado siempre separados. Tan separados, por ejemplo, como lo estaban los conceptos de «raza» y «religión» para un creyente de la primitiva cristiandad, cuyo cristianismo podía ya ser vivido como algo socialmente extraño al judaismo primero y al mahometanismo después —aquél vinculado a personas «de toda raza, lengua y nación», al decir de Pablo de Tarso, éstos necesariamente vinculantes para todos los individuos de raza hebrea o de raza árabe, pero excluyentes para todos los demás—. Algo análogo sucede con la proclamación solemne de la separación de la Iglesia (católica) y el Estado (confesional), consecuencia de los decretos conciliares del Vaticano II, de los que, como digo, yo soy más beneficiario que testigo, y que dejaban definitivamente atrás toda concepción eclesiológica de la Iglesia como un Estado, así como toda concepción política de los Estados como longa manus de la Iglesia. El catolicismo de nuestros días —el que yo conozco— está abierto a los ciudadanos de todos los Estados del mundo, no importa cuál sea su pueblo ni su raza, ni su lengua ni las tradiciones, tampoco las religiosas, del Estado-nación del que son ciudadanos.

Como es sabido, el Concilio Vaticano II supuso el mayor varapalo ideológico que llevarse podía el régimen nacionalcatólico de Franco. Desde que en Roma el episcopado del mundo entero proclamara solemnemente la libertad religiosa —la libertad de las conciencias—, todo intento coactivo de preservar las ideas o las costumbres católicas dejaba de estar bendecido por la autoridad eclesiástica —dejaba automáticamente de considerarse ejemplar—. El mentís de la Iglesia universal al catolicismo estatal español ponía en entredicho el catolicismo oficial del franquismo, tanto el del general como el de la jerarquía española a la que complacía el régimen del dictador. «Sin el beneplácito de la Iglesia católica —ha señalado Fontán—, Franco se hubiese visto a sí mismo reducido, de su mítica estatura de capitán de una Cruzada como la de los héroes medievales, a la más vulgar y decimonónica figura de un general pronunciado»12 .

Ya antes, en los años cincuenta y en todo el mundo occidental, cuando la democracia y el cristianismo habían llegado a un pacto de convivencia y de reconocimiento de sus respectivas legitimidades, no habían faltado «católicos franquistas de buena fe que no entendían nada de lo que estaba sucediendo e incluso gritaban alarmados que había habido traición y se había instalado en el foro mayor de la cristiandad una nueva figura de caballo de Troya»13.

En otras coordenadas muy distintas se movía el intento político y cultural de Fontán, a quien la doctrina proclamada por la Iglesia en los sesenta cogía ya en marcha desde hacía varios lustros. El posicionamiento ideológico de Fontán, manifiesto desde los primeros números de Nuestro Tiempo, pasaba por el reconocimiento de la heterogeneidad de los valores «españolidad» y «rigurosa ortodoxia católica», una alteridad que no era tampoco la de una total extranjería ni la de una repugnancia invencible. Fontán buscaba una «normalización cultural del catolicismo» en España, por medio de una renaturalización del catolicismo en la vida pública —política y cultural— del país, que sin embargo no debería ocurrir por vía de una «estatalización» u «oficialización», como las que estaban entonces llevando a cabo la Falange y sus adláteres. O dicho en otros términos: el catolicismo debería ser un fenómeno público y civil, pero no uno oficial, ni monolítico ni unívoco ni unidireccional. La proclamada libertad de las conciencias valía en primer lugar para los católicos mismos que, a partir de unos mismos principios generalísimos sobre la naturaleza de Dios y sus implicaciones morales, vivirían un catolicismo ancho, multidimensional, creativo. Para eso, se precisaba de un talante no atemoradizo o servil, pronto a la obediencia civil de un catolicismo oficial, sino de uno tolerante, liberal, interesado en aprender de cada persona las claves de su experiencia vital —también en lo tocante a su experiencia religiosa—. Contra el aturdido y cómodo catolicismo oficial, hacía falta inventarse una tercera vía que integrase la dimensión pública del catolicismo y no sólo la tolerancia, sino el respeto debido a todo ser personal.

Tocante a lo primero, la vinculación más que milenaria de las gentes de España con la religión católica era un simple dato histórico, que se hacía presente en las letras, en la cultura, en la política, en la idiosincrasia de las generaciones del pueblo español, así como también en la historia de su Estado. Si determinadas reformas del gobierno republicano se habían orientado a modificar esa tradicional vinculación entre Estado (monárquico) español y catolicismo, el conjunto de fuerzas políticas que se sumaron a ese empeño y que, incapaz el republicanismo de integrarlas, acabaron transformándolo, condujeron al intento de extirpar cualquier manifestación, por pequeña que fuera, de la cultura católica. Un intento a todas luces contra natura en un país como España y que contribuyó, entre otras importantes razones, al trágico desenlace de la guerra.

Había quienes, sin ser franquistas, no compartían esa visión, ni ese —para ellos— absurdo intento de erradicar los temas religiosos, cristianos, del conjunto de preocupaciones «normales» del ciudadano español. Eso sería inventarse otro país, algo con lo que muchos españoles —franquistas o n o — estaban en profundo desacuerdo. Pero al mismo tiempo —y en este punto empezaban a aparecer las discrepancias entre los que la guerra había dejado en territorio español—• era preciso «acertar» con el «encaje civil» de lo religioso y la Iglesia católica en la vida pública del país.

Por lo que se refiere al proyecto «público» de Fontán, una revista cultural como la suya no tendría empacho en hablar de un personaje histórico, de existencia más que documentada, como lo era Jesús de Nazareth, pero no trataría de monopolizar las interpretaciones de las situaciones históricas de acuerdo con la doctrina que nos ha sido legada como proveniente de aquel personaje. En la vida pública española se debería poder hablar de una institución humana (sus muchos errores confirman que lo es), venerable tanto como el pueblo judío (los únicos que le aventajan en años), como lo es la Iglesia católica; pero una revista cultural como la de Fontán se orientaría a hacerlo bajo aquellos aspectos históricos o científicos (la Teología o el Derecho canónico se estudiaban ya por entonces en las universidades, y no sólo en las alemanas), que podrían ser de interés, por sus consecuencias políticas o culturales, no sólo a los que creen en la asistencia divina al gobierno de esa institución.

La vida pública que Fontán veía en el futuro de España, y por la que estaba trabajando desde Nuestro Tiempo, se vislumbraba como una síntesis de saberes humanos, cultura y teología, similar a la de los griegos o los romanos en cuanto a la integración (Fontán prologaría de allí a poco el Humanismo y teobgía, del helenista W. Jaegger), pero que en España habría de pasar, por fuerza de su pasado y de su condición sociológica, por la concurrencia del cristianismo. Si los ensayos de Nuestro Tiempo estaban abiertos al tratamiento de cuestiones económicas, políticas, literarias, cinematográficas del todo variadas, de las que hablaban profesores y periodistas de reconocido prestigio, al mismo tiempo concurrían las firmas de algún obispo (don Leopoldo Eijo y Garay, nº 6), sacerdote (Alvaro del Portillo, nº 16), o cardenal (Pietro Palazzini, nº 21) para tratar de temas de su «especialidad» con repercusiones en la vida pública del país.

Con aquellas inserciones, estaba claro que Fontán no se proponía sacar ningún «rédito civil», digámoslo así, como lo podrían hacer los católicos oficiales en sus respectivas actuaciones. Lejos del clericalismo estaba Fontán, como lejos también del anticlericalismo, del que, si no entonces, muchos sacarían luego importantes réditos civiles (no pocos opositores del régimen de Franco han hecho del anticlericalismo un modo de vida, que lés sostiene, muerto el dictador, todavía hasta nuestros días).

La vocación al Opus Dei, por otra parte, era una vocación cristiana normal y corriente, consistente en amar a Jesucristo. La espiritualidad proclamada por don Josemaría (hoy san Josemaría), y que Fontán le había escuchado personalmente, insistía solamente en que ese afecto —lleno de consecuencias— puede prender sin que suceda ninguna cosa aparentemente «rara»: que la normalidad de una vida familiar, profesional o cívica no sólo no se opondría al trato y al consiguiente apego que uno le coge a Jesús de Nazareth sino que, al revés, al cristiano de nuestros días esas circunstancias pueden llegar a unirle a El. Aquello de que una hora de estudio santificado equivale a una hora de oración, era un mensaje que entiendo pudiera tener un eco hondo y, por lo que se ve, también perdurable en Antonio Fontán, quien se ha referido a él en alguno de los artículos que, pasados cincuenta años y con ocasión del centenario del nacimiento de Escrivá o de su canonización (ambas ocurridas en 2002), ha escrito para Nueva Revista o en otros lugares.

La experiencia de muchos años como editor parece acumulada en una fórmula que Fontán ha empleado luego, a propósito por ejemplo de la posición ideológica de Nueva Revista. En 1998, con ocasión del número 60 de la publicación cuya edición ocupa hoy a Fontán, quiso dejar constancia escrita de lo que siempre contestaba cuando le preguntaban por los principios inspiradores de la misma. «Para presentarnos al público, solemos decir que nuestras coordenadas son la cultura cristiana, el patriotismo español y el liberalismo político. Creo —concluía— que se puede afirmar que en las ocho mil páginas de nuestros sesenta números hemos sido fieles a esa definición genérica, mostrando además la diversidad de actitudes y opiniones que esos principios, más que orientar, estimulan»14.

A mí me parece que si rastreamos no las ocho mil, sino las decenas de miles de páginas que Fontán ha editado a lo largo de su vida, todas serán en lo sustancial fieles a esos principios, de contenido mucho más aquilatado de lo que parece a primera vista.

LIBERALISMO

Desde finales de los años cuarenta, Fontán había participado en agrupaciones y acciones, unas toleradas y otras clandestinas, de signo monárquico y liberal, integradas más o menos amorfamente en lo que luego sería llamada la «oposición moderada» a la dictadura de Franco. Los planteamientos liberales de Fontán habían inspirado ya gran número de editoriales y artículos de firma aparecidos desde 1952 en La Actualidad Española. Remito a lector interesado a un botón de muestra, el editorial titulado «Estado nodriza», en uno de los primeros números, correspondiente a 02.02.1954.

En la nueva aventura editorial de Fontán, los ensayos sobre política eran de temática muy variada y muchas veces de carácter más bien filosófico, un poco alejados tal vez de las problemáticas concretas, pero que respondían también a ese perfil, lo mismo que otros que abordaban cuestiones económicas. La inspección de los sumarios de los primeros números de Nuestro Tiempo nos confirmaría que, al margen de algunos amigos de Fontán, que tenían «venia» para ensayarse con los temas que fueran de su agrado, la mayor parte de los ensayos publicados en los primeros números tienen una orientación liberal.

ESPAÑA AGUANTA

La inspección de las raíces de España no la había reservado Fontán a la cuestión religiosa. Cualquier hombre de su generación sabía con mayor o menor apercibimiento que la dimensión trágica de la reciente historia del país tenía por causa no sólo las diferencias ideológicas, sino también sociales, regionales y económicas. Tantos y tan importantes desacuerdos estaban contenidos en una simple palabra como «España», que ella sola había bastado para producir una guerra larga y sangrienta y el consiguiente régimen dictatorial instaurado por la parte vencedora. Todo hombre con conciencia política debía inspeccionar qué tipo de entidad se ocultaba tras esa palabra, para saber a qué atenerse en el futuro.

Las coordenadas de está exploración histórico-política de Fontán hay que buscarlas en un artículo suyo aparecido en el número 2 de Nuestro Tiempo, correspondiente a agosto de 1954, titulado: «Roma, un ejemplo de incorporación cultural». En él, traía Fontán a colación un concepto que Mommsen aplicara al análisis de la historia romana: sinecismo, en su transcripción directa del griego; o «integración» en la versión al castellano de Fontán. «Roma se fue haciendo con las progresivas incorporaciones de elementos étnicos, territoriales, culturales, jurídicos e institucionales —escribió Fontán—; todos los cuales, en cuanto se fundían en una tradición común, sustancialmente asimiladora, se iban haciendo romanos y partes integrantes de Roma al mismo tiempo»15.

Para ilustrar este carácter esencialmente abierto de la cultura civil romana y.su capacidad de asimilación, Fontán aducía en su ensayo un haz de ejemplos históricos que le permitían, en efecto, poner de manifiesto que «esa incorporación se produjo, y que los datos de la historia dan sobrada cuenta de ella»16.

El pendant contemporáneo de este ejemplo antiguo de integración se lo proporcionaba a Fontán los Estados Unidos de América, un país con una facultad fabulosa de integración merced a la cual podía considerarse vivo, lleno de salud política y capaz por ello de enfrentarse a los enemigos que querían destruirlo —la guerra fría—.

La cuestión del ser de la nación española quedaba, evidentemente, encajada entre ambos ejemplos. En su ensayo histórico, Fontán se refería al proceso de integración que, a lo largo de la Edad Media, había tenido lugar en la Península a través de los distintos reinos, y que había llegado a su límite con la unificación que, al modo francés, intentaron los Reyes Católicos. Aquello había bastado para que automáticamente «las diversidades se pusieran en pie». En esta dialéctica entre asimilación de lo ajeno hasta hacerlo propio, y conservación de la propio como elemento de catálisis de lo extraño —para Fontán, se trataría siempre de un factor moral—, es donde se dirimiría la vitalidad de un pueblo y sus perspectivas de vida o de extinción.

A ese envite del editor siguieron otros ensayos, que de un modo u otro analizaban la capacidad de la nación para sintetizar las diferencias, irreconciliables según la historia reciente de España. Ya hemos comentado que Fontán se había ocupado de preferencia de la unidad y diversidad de España en los editoriales de La Actualidad. Pero una revista gráfica como era aquélla obligaba a abordar esos temas siempre en «tono menor», con objeto de no espantar a los lectores —mejor, ojeadores del semanario gráfico—. Pero ahora disponía Fontán de una publicación donde esos temas podrían abordarse en toda su complejidad y, como para despejar dudas, de allí a pocos meses él mismo insertó una reseña crítica pero elogiosa de la labor histórica de Toynbee.

El primero en recoger el testigo fue Pérez Embid, que ensayó un repaso de la polémica todavía reciente entre «Menéndez Pelayo y los krausistas» (nº 10); Ismael Sánchez Bella vino luego a recordar el protagonismo ya más lejano de «Los Reinos en la Historia Moderna de España» (nº 12), un interesante ensayo histórico-jurídico que fue completado por otra colaboración posterior de José Orlandis sobre «Continuidad y renovación en la historia jurídica española» (nº 18). En fin, el editor mismo se posicionó en este tema con un ensayo sobre «Isidoro de Sevilla y los principios de la unidad de España» (nº 14), en el que retrotraía las formulación de los principios integradores de España hasta la Chronica gothorum del obispo y sabio sevillano y las Actas del IV Concilio de Toledo.

Puede parecer que Fontán se iba «un poco lejos» a buscar suelo firme donde asentar sus proyectos políticos. No hay que olvidar, sin embargo, que la contraparte estatal de esta búsqueda político-histórica de Fontán era un poder coactivo de dimensiones poco comunes. «Pocas veces en la historia —escribiría unos años después— ha existido un gobernante que haya tenido un poder tan absoluto sobre un pueblo como el general Franco en España durante la mayor parte de su régimen»17. Por eso era preciso conocer a ciencia cierta «la consistencia» —tanto en su sentido zubiriano de «lo que permanece a través de los cambios» como en el sentido de la Física de «capacidad de padecer, sin desintegrarse»— de un pueblo como el español y de una historia política como la suya.

De una nación que había conocido embates colosales desde aquellas lejanas fechas; que se había debilitado hasta casi desaparecer en más de una ocasión; que había mostrado no obstante una fabulosa capacidad integradora en empresas como la americana, y que si escondía en el seno de su historia capítulos de flagrante vileza, podía enorgullecerse también de otros episodios llenos de nobleza, dignos de una memoria comunicable: de esa nación, los hombres de izquierda y los de derecha, los creyentes y los agnósticos, podrían sentirse orgullosos y seguros de no tener que inventarse «todo de nuevo, desde el principio». Españaj según Fontán, «aguantaría». A pesar del plomizo y frío invierno en el que vivía en la hora presente, España era para Fontán un concepto de esperanza, que «en peores se había visto» y que a pesar de todo había aguantado. Aguantaría España, gracias a una capacidad metabolizadora, por así decir, de las diferentes idiosincrasias de los pueblos y países que la integran, y por la cual, y sólo por la cual, había llegado su cultura a tener un significación nunca menospreciable.

Por eso a Fontán no le gusta hablar tanto de «valores tradicionales» como de «valores históricos» y de la «memoria histórica» que toda nación posee, como representación mental del propio pasado y noción de su particular identidad18. «Hay que saber —ha dicho alguna vez Fontán— que somos herederos de una país grande y de una cultura grande, y que tenemos, por tanto, un destino en el mundo que no es el de una nación vulgar. Ahora bien, si nos declaramos epígonos —descendientes—, o mejor aún, diádocos —sucesores— de esta cultura milenaria, hay que aceptar que nuestra condición es mucho más ardua que la del simple descendiente. Hemos de aceptar que con la cultura libremente aceptada hemos recibido un patrimonio secular, y somos, por tanto, responsables no sólo de la conservación sino del acrecentamientos de los bienes de esa estirpe»19.

A quien tendría en un futuro todavía lejano responsabilidades directas en el proyecto de diferenciación e integración de las comunidades históricas de España, la inspección histórica de este concepto político le permitían concluir que en España cabía una esperanza.

DON JUAN

No es extraño que Fontán frecuentara cada vez más el círculo de don Juan de Borbón, en quien encontraba una suerte de síntesis de preocupación patriótica y sentido de la responsabilidad. Respecto a lo primero, «don Juan no aceptó nunca ser un príncipe sucesor de Franco, que era el titular de un régimen de mando personal de imposible continuación en el siglo XX, y que se asentaba doctrinalmente en principios incompatibles con los propósitos de reconciliación nacional y restablecimiento de las libertades que donjuán consideraba función principal de la Corona»20.

En esto consistía, según Fontán, el sentir patriótico del conde de Barcelona, quien desde 1943 estaba cada vez más implicado en el afianzamiento de una institución «capaz de acoger en su seno la reconciliación nacional el término del siglo y medio de las llamadas guerras civiles. Era un proyecto más ambicioso que el que bajo la inspiración de Cánovas y la realización de este «mostruo», como le llamaban sus contemporáneos, y del «pastor» Sagasta, se produjoen la Restauración del siglo anterior. Porque ésta había dejado fuera del regazo nacional a los republicanos del interior —como Pi y Salmerón, aunque fueran diputados— y a los del exilio conspiratorio como Ruiz Zorrilla, y lo mismo había pasado por el otro lado con los carlistas e integristas. Tampoco acertó la Restauración del XIX, ya en marcha, a ofrecer espacio a las nacientes izquierdas socialistas, ni a los nacionalismos que emergían primero en Cataluña y enseguida en el País Vasco. Estas nuevas realidades políticas acabarían siendo espinas clavadas en la nación y elementos que complicaban, desde otros puntos de vista, la clara visión nacional de la guerra civil del 36»21.

Además, don Juan encamaba una institución española histórica —la dinastía—, que no necesitaba de Franco ni de ningún régimen político para ser legítima —lo era por su historia— y a cuyo amparo España podría recuperar las libertades y la democracia que caracterizaban la ideología y las formas políticas de Occidente22.

La causa de don Juan, pues, proporcionaba una fórmula en la que Fontán cifraba no pocas de sus esperanzas de normalización política para España. Empezó a frecuentar el círculo del conde de Barcelona desde 1953, y fue miembro del consejo privado (también llamado Político) hasta su disolución, en 1969. Sus tareas específicas consistieron en estudio, información y contactos con la realidad española y con políticos y personalidades de diverso signo. Por modestas que fueran, esas tareas «eran ante todo comprometedoras —ha escrito el profesor López Kindler—, porque suponían una profesión de fe en la legitimidad y el orden dinástico de una monarquía, liberal y democrática, y por tanto una declaración de no conformismo con el régimen que detentaba el poder»23.

Las cosas se empezaron a complicar desde el momento en que la solución monárquica ganaba terreno entre las salidas ideadas por el franquismo para el posfranquismo, pero en la que contaba no la opción que representaba el conde de Barcelona sino la que podría representar su hijo, el príncipe Juan Carlos. Y en efecto, «parte de la izquierda interior española, de tradición liberal, republicana y neo-socialista, empezó a tomar contactos, como se decía entonces, con Estoril. Los observadores diplomáticos y los representantes de los servicios de información empezaron ya desde la década sesenta a especular con la llamada solución Príncipe o a apostar por ella»24.

De la lealtad de Antonio Fontán ha hablado Guillermo Luca de Tena en su colaboración a este número, y lealmente sabemos que se comportó Fontán con la causa de don Juan. De ella, concluye su comentario López Kindler, «no se apartó un solo día, a pesar de la cadena ininterrumpida de incomodidades, llevadas con señorío, que ello le acarreó; una actitud tanto más sorprendente en Fontán si se tiene en cuenta que detectaba con clarividencia la marcha irrevocable de los acontecimientos».

EL INSTITUTO DE PERIODISMO

De entre la atmósfera de realidades políticas envueltas en niebla, que eran las pocas que el franquismo no había ahogado en España, el periodismo y la opinión pública le seguía apareciendo a Fontán como la realidad más prometedora, y la menos oficialmente gobernable de cuantas estaba a su alcance promover. Cuatro años llevaba al mando de La Actualidad Española y dos dirigiendo Nuestro Tiempo (las dos publicaciones eran impresas en los talleres de Sucesores de Rivadeneyra, en Madrid), cuando en abril de 1956 fue invitado a pronunciar una conferencia en el Ateneo de Madrid, precisamente sobre esta cuestión. En aquella ocasión, Fontán explicaba la profesión —Weber diría: la vocación— del periodista en los siguientes términos: «Hemos sido siempre hermeneutas o intérpretes y nuestro lugar ha estado entre los hombres de una parte y los hechos, de otra. De modo que hemos ido conduciendo de la mano —como el pedagogo a los niños— a los hombres por la historia. […] Y esa condición nuestra de intérpretes nos coloca en la postura de un diálogo total y permanente: hemos de hablar y ver, escuchar y traducir constantemente. Porque sin el esclarecimiento que aporta nuestra voz, los hechos enmudecen y los hombres, ocupados en mil cosas, no se entienden. Tenemos un deber de claridad y de sinceridad al mismo tiempo. Porque la historia es siempre irreversible y, en definitiva, lo que nosotros digamos o escribamos ha de ser el báculo en que apoyarán su vacilante caminar todos los hombres»25.

Aquella intervención en el Ateneo se ofrecía con el título «Los tópicos y la opinión», en clara referencia al contenido «viejo y nuevo» de sus consideraciones: viejo, pues los topoi y el Libro de los Tópicos estaban ya inventados desde Aristóteles y puestos al servicio de la persuasión científica y de la política, por una parte; y por otra, la opinión pública era el fenómeno más característicamente moderno, condicionado por los hallazgos de la tecnología de la comunicación y por la estructura sociológica de las sociedades de masas, necesitadas, por la condición espacial resultante de su volumen cuantitativo, de intermediarios —de voceros auxiliados por la técnica— que transmitieran la información y crearan opinión, allá donde los fenómenos se produjesen.

Pocos meses después de pronunciar esta conferencia, Fontán se trasladaba a Pamplona, aceptando la invitación de poner en marcha una facultad universitaria de Periodismo. La invitación venía cursada por el Estudio General de Navarra, un proyecto de universidad que, promovido por el Opus Dei apenas hacía un lustro en la ciudad de Pamplona, no tenía todavía ni el tamaño ni sobre todo la acomodación en el sistema oficial de la enseñanza universitaria, necesarios para llamarse universidad. Ese nuevo centro, haciendo suya una idea de su fundador, san Josemaría Escrivá26, había asumido con entusiasmo el propósito de dotar a la profesión periodística de la misma altura académica y similar categoría intelectual que el resto de los estudios universitarios. Los estudios oficiales de Periodismo, ideados y administrados por el régimen, consistían en un peritaje de tres años y en un diploma que, si bien se expedía sólo en Madrid, era de necesaria exhibición en cualquier punto de España para poder trabajar en un medio.

El catedrático de Latín Antonio Fontán conocía bien esos programas, pues se había visto obligado a cursar los correspondientes estudios oficiales y a pasar el examen de diplomatura, antes de ser autorizado a ponerse al frente de La Actualidad Española. Tenía ya una experiencia de varios años en la dirección de empresas periodísticas, y una nada trivial fundamentación histórica, gnoseológica y sociológica de la realidad periodística. Era, pues, un sujeto más que idóneo para poner en marcha aquel proyecto. Tendría que renunciar a su docencia en la universidad de Madrid y a la dirección de La Actualidad Española, para trabajar en un centro universitario apenas conocido, en una pequeña capital de provincia sin ninguna tradición intelectual, pero en la que estaría laborando por aquello en lo que creía: el poder civil y político de la opinión pública. Fontán podía llevarse consigo su revista cultural, Nuestro Tiempo, que le sería de utilidad; pero el resto —planes de estudio, claustro de profesores, medios donde los alumnos harían sus prácticas, etc.— había que crearlos de la nada.

Tenemos los lectores de Nueva Revista la fortuna de contar en este número con unas muy valiosas colaboraciones que cubren los años de Fontán en Pamplona, firmadas por periodistas más que solventes para contar en qué paró aquel proyecto de Fontán, que era la primera escuela universitaria de Periodismo e Información que ha existido en España.

PÁRAMO EN INVIERNO

Los años en Pamplona fueron para Fontán los de mayor intensidad docente de su curso vital. La cátedra de Latín seguía ejerciéndola en aquella universidad. Fue vicedecano y decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y tuvo la satisfacción de comprobar cómo aumentaban tanto la contratación de profesorado, especialmente en las secciones de Geografía e Historia, como sobre todo el número de matrículas. Del Instituto de Periodismo que había puesto en marcha, fue al mismo tiempo director, secretario, profesor de diversas materias y promotor de publicaciones que perviven al cabo de los años, como Redacción, donde los alumnos podían realizar sus prácticas. Fontán tuvo asimismo la satisfacción de ver cómo empezaban a graduarse un buen número de profesionales, que de allí a muy poco ocuparían (y algunos todavía lo hacen) puestos de responsabilidad en el mundo de la información de España.

Pero es fácil suponer que aquello no colmaba cabalmente las aspiraciones políticas de Fontán. Hemos reproducido aquí uno de sus primeros artículos en el diario Madrid, correspondiente a la Navidad de 1967. La desoladora impresión de frío invernal que transmite ese artículo no se refería, con toda probabilidad, solamente a la sensación térmica de aquel concreto mes de diciembre, sino a aquellos casi treinta años de una dictadura, la fecha de cuyo término, además, no aparecía todavía a la vista. Las enormes posibilidades de un pueblo tan vital como el español estaban congeladas por decreto-ley y sometidas a la estrecha vigilancia del aparato coercitivo estatal. Por eso Fontán tuvo que recurrir una vez más a aquello de que «No debe asustarnos el futuro», según rezaba el título del artículo que comentamos, en un intento más de transmitir esperanza a sus conciudadanos.

Por lo demás, él no albergaba dudas sobre el final de esta andadura por el desierto — e n este caso, por el páramo, que es más castellano y sobre todo más frío—. En una conferencia titulada «Presente y futuro político de España», dirigida a un grupo de estudiantes de la Universidad de Montpellier, el año 1966, tuvo Fontán oportunidad de manifestar sus esperanzas relativas a la monarquía parlamentaria como futura forma política del Estado. Quien la lea hoy (el texto fue publicado por la revista de Ciencias Políticas de la universidad) comprobará hasta qué punto Fontán se anticipaba a lo que, tras la muerte de Franco, se iría haciendo progresivamente realidad en nuestro país.

Esas sólidas convicciones sobre «el final de la escapada», así como la sentida necesidad de que toda la sociedad española se apercibiera para la llegada, si no inminente desde luego inexorable de la libertad, decidieron probablemente la participación de Fontán en una de las empresas periodísticas de mayor trascendencia política en la pretransición española.

EL MADRID

Durante treinta años, desde la guerra civil hasta 1966, la prensa diaria de nuestro país había estado regida por una legislación que establecía un control político sobre sus dirigentes y sus líneas editoriales. Parte de los periódicos pertenecían al partido oficial del régimen —la Falange—, y otros eran propiedad de editores privados, como el diario Madrid. Esta fue la situación general de la prensa diaria en España, hasta la aprobación, en abril de 1966, de una nueva Ley de Prensa que restablecía en principio la libertad de expresión y de información en los medios escritos.

La nueva legislación fue inmediatamente tenida en cuenta por todas las empresas editoriales, también por la propietaria del Madrid. Desde 1962, este rotativo nacional pertenecía a un grupo de empresarios y profesionales con preocupaciones políticas, que aspiraba a estar presentes ante la opinión con vistas a la sucesión del régimen en que ya se pensaba, durara lo que durara Franco, y para quienes la nueva ley proporcionaba una oportunidad magnífica en orden a revisar la estrategia editorial

De allí a pocos meses, llegó al Madrid Rafael Calvo Serer, invitado a asumir la presidencia ejecutiva del periódico. En septiembre de 1966 empezaba a trabajar en la dirección de la empresa y a hacerse cargo de la línea editorial del diario, orientada en el sentido de apertura democrática y liberal de sus más recientes libros políticos, La configuración del futuro y Las nuevas democracias. Pocos días después, en ese mismo mes de septiembre, Fontán empezó sus colaboraciones como editorialista, y de allí en adelante envió de modo regular sus textos desde Pamplona hasta que, el 15 de abril del siguiente año, 1967, aceptó el nombramiento de director de la publicación. Dejando sus ocupaciones académicas en Pamplona, Fontán se trasladó a Madrid.

Y allí fue director del diario Madrid y responsable ante el Gobierno del mismo desde aquella fecha hasta que, objeto de una persecución oficial que culminó con el cierre del periódico y la prohibición de salir a la calle, éste fue clausurado el veinticinco de noviembre de 1971.

Fontán había asumido la dirección del periódico con el propósito no de hacer una publicación de oposición política, sino un diario libre e independiente, que incluso respetara, sin adulaciones y sin faltar a la verdad, esa Ley de Prensa aprobada el año anterior. Pero la ley proporcionaba al Gobierno un cuadro de sanciones tan severo para cuanto la Administración, después de someter todo a una estrecha vigilancia, quisiese calificar de infracción, que el derecho de expresión y de información quedaba de facto limitado hasta extremos incompatibles con un verdadero sistema político democrático en un régimen de libertades. Durante más del lustro largo que duró la lucha del Madrid, a Fontán le correspondió «cumplir con el deber moral y profesional de practicar y defender la libertad de prensa y expresión en circunstancias particularmente difíciles», como él mismo ha expresado con toda sencillez en alguna ocasión.

La línea informativa y editorial del periódico, que a sí mismo se llamaba Independiente, se distinguía del cauteloso conformismo de casi todo el resto de la prensa española (este conformismo, ha explicado alguna vez Fontán, no ocurría ciertamente por voluntad de los periodistas ni de los directores de las publicaciones, sino por imposición estructural del sistema: prueba de ello es que cuando con la monarquía se restablecieron las libertades, la mayor parte de los profesionales de la prensa supieron hacer uso de esa libertad sin necesidad de ninguna clase de reciclaje).

Desde el punto de vista informativo, el diario se caracterizaba por no ocultar noticias ni referencias de sucesos de orden general y de modo particular en aquellas áreas que se consideraban entonces conflictivas y sobre las que otros periódicos y la agencia oficial de noticias pasaban como sobre ascuas: por ejemplo, las de orden laboral y estudiantil, así como los iniciales brotes de regionalismos, de los que el Madrid se ocupaba tanto en el plano de las noticias como en el de la discusión ideológica.

En el diario que dirigía Fontán aparecieron las primeras noticias sobre las Comisiones Obreras (entonces, una organización clandestina en donde colaboraban comunistas, socialistas y sindicalistas independientes, y cuyos líderes eran llevados repetidamente a prisión); en él se planteó repetidamente la necesidad de que el régimen diera paso a «grupos políticos» (sólo con ese eufemismo se podía hablar de los partidos, sin ser multado). Del Madrid se pudo decir que era un periódico no alineado con el Gobierno ni controlado por él; que en sus editoriales se tomaban iniciativas políticas ajenas u opuestas a las oficiales y en las que se presentaban alternativas; que en cualquier momento sus colaboraciones podrían dar los gobernantes sorpresas informativas o ideológicas; y que nunca hubo en él ninguna de las muestras de adulación a las personas o instituciones del régimen o al propio Jefe del Estado, bastante habituales en la mayoría de los periódicos españoles de entonces.

La incomodidad del Gobierno con el diario fue consecuencia de esos hechos y, además, porque las sanciones y la misma persecución con que las autoridades de prensa acosaban al periódico ponían de manifiesto que con la Ley de Prensa del 66, y todavía menos con su aplicación, apenas se había avanzado en el anunciado camino de la normalización y de la libertad de prensa y de expresión.

Desde enero del 67 hasta mayo del 68 el Gobierno inició doce procedimientos judiciales y administrativos contra el diario por artículos o informaciones publicados en él. «Las primeras de las multas que me pusieron a mí como director del periódico —recordaba Fontán en el salón de los Pasos Perdidos del palacio del Senado, en el año 2000 — la pagó Joaquín Garriges Walker, que nada más conocer la noticia me envió un cheque por el importe de la sanción que eran 250.000 pesetas de las de la primavera del 67 »27. Por fin, el 30 de mayo de 1968, después de la publicación de un artículo de Calvo Serer sobre la dimisión del general de Gaulle, que el autor consideraba ejemplar por haber antepuesto los intereses nacionales a su permanencia en la jefatura del Estado, el diario fue suspendido durante cuatro meses, precisamente cuando su circulación había alcanzado la cota más alta de su historia.

Durante esos cuatro meses la empresa editorial hubo de pagar los sueldos a todos sus redactores y trabajadores en virtud de las leyes laborales que se le aplicaron. Esa fue una pérdida económica de muy difícil compensación en los años sucesivos. Después de la reaparición del periódico, el 30 de septiembre de 1968, siguieron los procesos administrativos con los pretextos más nimios. Había cambiado el ministerio, pero los problemas entre diario y Gobierno seguían, quizá agravados.

Durante los cinco años que Fontán estuvo en la dirección del Madrid, las autoridades de prensa del régimen mantuvieron cerrado el periódico durante cuatro meses, y a él personalmente, como director, le fueron abiertos diecinueve procesos administrativos, algunos de los cuales acabaron sin sanción, mientras que otros once dieron lugar a multas que sumaron el equivalente a su salario durante más de dos años.

Finalmente, en noviembre de 1971, con unos pretextos legales (que luego, seis años más tarde fueron revocados, ya bajo la monarquía, por el Tribunal Supremo de Justicia), ordenaron el cierre definitivo del periódico, con los irreparables daños personales y profesionales que esta medida causó a los periodistas y trabajadores del Madrid.

El presidente de la sociedad editora, Calvo Serer, se marchó exiliado a París y Londres hasta que cambió el régimen político. Fontán estuvo ocupado durante dos años con las gestiones político-administrativas consiguientes al cierre, hasta que finalmente pudo regresar a la Universidad Autónoma de Madrid, aunque tuvo que hacerlo de modo precario hasta el final del régimen, pues «no era fácil —le dieron a entender— que fuera catedrático en la Complutense el director del Madrid». Alejado por la fuerza del periódico y de la cátedra, Fontán prosiguió con sus actividades políticas en los medios de la oposición, hasta que se produjo el cambio.

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Con la transición desde una dictadura a un régimen de libertades, toda una generación de españoles logró escribir «una página brillante y digna de la historia de España», ha comentado Fontán. Toda una generación de españoles, que puede enorgullecerse de haberse «inventado» un proceso político que, si al llegar la hora de acometerlo no estaba descrito en ningún prontuario de política, al cabo de muy pocos años, y logrado con éxito el trasvase institucional y legal de un régimen a otro, empezaría a ser considerado más allá de nuestras fronteras como un modelo para otras naciones.

La ciencia política clásica había señalado solamente algunos supuestos generales para que de una comunidad de ciudadanos surgiera la justicia legal como ordenadora de la convivencia. El primero de esos supuestos clásicos era que los ciudadanos pudieran cometer y de hecho cometieran, libre y conscientemente, algunas injusticias. Sí no fuera así, si todos los ciudadanos obrasen o hubiesen obrado bien, la ley sería una creación supererogatoria. Además, que haya ciudadanos que libre y conscientemente hacen daño a sus conciudadanos está implícito en esa consideración que recordamos al comienzo de este ensayo, de que no es lo mismo ser hombre bueno absolutamente hablando desde un punto de vista moral y ser buen ciudadano. Además, no basta con ser un buen ciudadano, porque el mejor de una ciudad mal constituida cometerá seguramente alguna que otra fechoría. En esto, los ciudadanos españoles de 1975 no éramos ninguna excepción, al revés: nuestra conciencia histórica nos argüía de la necesidad de darnos una ley para no transformarnos, como señalaba el mismo Aristóteles, en los más crueles y deformes de los animales políticos.

El segundo supuesto que la vieja filosofía política suponía como condición general para que se diera esa virtud de la comunidad política que llamamos justicia legal, es la existencia de individuos libres —capaces de decidir por sí mismos— e iguales en lo relativo al mando y a la obediencia —a imponer persuasivamente su voluntad a otros, o a aceptarla—. Para que haya ley, suponía Aristóteles, tiene que haber una cierta igualdad entre aquellos a los que se refiere. Entre un hombre y un perro no hay justicia política, porque son del todo desiguales en aquello que se refiere al mando y la obediencia —nadie le dice a un personaje que pasea a su perro por la calle que es políticamente injusto que lleve al can sujeto por el cuello, imponiéndole su voluntad—. Pero en cambio nos parece contrario a la justicia, como veíamos también al principio de este ensayo, que las capacidades reconocidas jurídicamente no sean las mismas en los varones y en los mujeres, en los ricos y en los pobres, tal como era característico de la civilización griega. España debía crear para sí misma unas condiciones de igualdad ciudadana auténticamente democráticas.

Pero ni siquiera una condición formal de igualdad sería suficiente para garantizar, según la filosofía política, la justicia legal, porque es necesario asimismo que los potenciales ciudadanos sean efectivos y reales conciudadanos, es decir: agentes que se han propuesto alcanzar en común una vida independiente y lograda, y que actúen efectivamente en pro del logro de esos bienes comunes. En un país en el que todos los ciudadanos estuvieran dormidos; o en el que todos buscaran exclusivamente su interés individual o familiar; o en el que no se necesitaran unos a otros para disfrutar de una vida lograda e independiente, no habría supuestos de injusticia (porque nadie obraría con los demás, ni siquiera injustamente) y por tanto tampoco sería necesaria la justicia legal.

La ley supone una comunidad efectiva, activa, de ciudadanos, que no sólo se consideran iguales en su capacidad de mando y obediencia, sino que se proponen llegar juntos a metas convenientes para todos. También a propósito del caso de la democracia española, hay que inpeccionar cuáles fueron los supuestos que los ciudadanos de aquella generación se propusieron obtener en común de modo democrático, en la nueva comunidad política que sería España.

Repárese, sin embargo, en que la comunidad no procede de la homogeneidad de las partes intervinientes, como pretendía el Sócrates de Platón. Sin elementos diferenciados no hay comunidad, porque no sería necesario el intercambio: no van al mercados dos panaderos, sino un panadero y un herrero, y la comunidad de compra-venta entre ellos surge cuando ambos se ponen de acuerdo —cuando llegan a una comunidad de opinión— sobre la relación proporcional de valor de los resultados de sus respectivos trabajos diferenciados.

Si la condición de la justicia política es la igualdad, según nos recuerda Aristóteles; y si el resultado de la justicia es de nuevo la igualdad, sea aritmética sea proporcional a los bienes y a las personas que han intervenido en esa relación, la condición intermedia es la diversidad. Cuando más desigualdad haya entre los participantes políticos, más necesidad tendrán de llegar a un acuerdo, directa o indirectamente (ampliando el número de participantes en la cadena dé intercambios). Aunque también puede suceder que se alcance un punto en que si las diferencias se hacen excesivas, el logro de algo común, proporcional o aritméticamente, a partir de esas diferencias, sea prácticamente imposible. Hay que conocer, pues, los límites de lo diferente y de lo igual, a propósito de los sujetos que se necesitan unos á otros y se proponen una vida en común, para que efectivamente se dé una comunidad de intercambio.

Pero sucede, finalmente, que cuanto más fuerte es la comunidad de ciudadanos —cuantos más bienes pugnan por conseguir de común acuerdo, de un modo democrático en el mando y en la obediencia—, más amistad se genera entre ellos y menos necesidad hay finalmente de justicia y de ley.

Teóricamente, esto pasa en las democracias más que en ningún otro régimen político, porque entre los supuestos de la democracia se cuentan que los ciudadanos tienen muchas cosas en común en el punto de partida; más en común también en lo referente a la capacidad de mando y de obediencia; y, al no haber muchas diferencias de propiedad y de formación entre ellos, o no tantas como en una oligarquía y no digamos en una tiranía, también es más fácil que estén de acuerdo en qué es lo que quieren conseguir en común —que tengan una mente similar sobre lo que quieren lograr con el esfuerzo de todos y los medios que emplearán para tener éxito—. Teniendo los ciudadanos de las democracias más cosas en común, tiene que ser más fácil que se dé entre ellos la amistad; y relacionándose ellos de modo amistoso, será menos necesaria entre ellos la justicia legal.

Pues bien, puesto que en este ensayo nos interesamos sobre todo por el bios policikos de Antonio Fontán, es evidente que tendremos que afrontar cómo aquella generación de españoles a la que él pertenecía, y en la que él tuvo no poco protagonismo, creó el ordenamiento.y las instituciones que harían posible el logro de esa justicia política que es característica de un régimen democrático, modulado en nuestro caso, entonces y hasta la fecha, como una monarquía parlamentaria y constitucional.

TIEMPO DE LA SOBERANÍA POPULAR

El pueblo español fue no solamente el punto de partida y fuente legitimadora de la transición —por serlo de la soberanía nacional—; ni solamente su punto de llegada —por haberse el pueblo dotado eficazmente a sí mismo de una Constitución, apta para instrumentar una autorregulación de sus relaciones políticas—, sino que había sido además el primer y principal agente de la transición.

En un artículo de 1985 sobre «Las claves de la transición española», Fontán trataba de esclarecer los cambios de tipo tecnológico, social, cultural y científico que la sociedad española había experimentado entre 1930 y 1975. Porque si era cierto que el franquismo había hecho monopolio del sistema político durante casi cuarenta años, la realidad española había cambiado profundamente por debajo, o si se prefiere, al margen del andamiaje administrativo y de mando que Franco había montado para garantizar la presencia en su vértice de una determinada jefatura de Estado, es decir, la suya. Muchos bienes, que no eran políticos en sentido jurídico pero que eran públicos en sentido sociológico, habían sido objeto de un silencioso y anónimo intercambio, merced al cual, al término de cuarenta años después de la guerra civil, las comunidades sociológicas de profesionales, urbanas, de saberes, de interesados tecnológicos, etc., se habían fortalecido hasta un punto apenas sospechado.

A tanto habían llegado esa autotransformación social protagonizada por el pueblo español, que habría más bien que pensar en un cambio si no epocal, desde luego sí estructural profundo. Toda la época contemporánea de la vida política española hasta el año de proclamación de la segunda República podría caracterizarse como la de una comunidad pública raquítica, sin apenas bienes comunes en circulación. Desde el punto de vista de la comunidad internacional, España se había distinguido por su aislamiento político, tal que nos habría puesto al margen de los grandes pactos y de las coaliciones internacionales, al menos desde los tiempos de la discreta presencia de nuestros representantes en Viena. Por lo que se refiere a las relaciones en el interior de nuestro país, éstas se habían caracterizado por una acentuada inmovilidad, pues la férrea compartimentación entre las regiones y ciudades había favorecido muy poco la comunicación y la movilidad de los ciudadanos, y, por tanto, hecho exiguo el conocimiento mutuo.

Pero observada la situación sociológica de los españoles de 1975, la conclusión es muy otra. Los ciudadanos se habían mezclado a gran escala: los de pueblos diferentes habían marchado a la misma capital de provincia, los de diferentes capitales de provincia a las mismas grandes urbes , Barcelona o Madrid: los de unas regiones habían empezado a convivir con los de otras. Los porcentajes respectivos de población urbana y rural se habían casi invertido, en relación a la que existía a comienzos de los años treinta del siglo pasado; los sectores de trabajo se habían desplazado definitivamente, y si en 1930 la población activa ocupada en agricultura era casi la mitad, en 1975 es sólo del 20%, mientras que el sector de los servicios empleaba en 1975 a casi un tercio de los oficios o profesiones disponibles. Los españoles eran mucho más iguales entre sí, por tanto, en lo referente a su posición laboral y a su correspondiente posicionamiento en el mercado. «En uña palabra —concluye Fontán—: acaeció que, en contra de lo que decían los lemas de la propaganda del turismo, España no había cambiado de piel, sino de estructura y era cada vez menos diferente».

Esta modernización del tejido social español, procedente de una progresiva comunicación de bienes ciudadanos, se había visto acompañada, según Fontán, por el hecho —que ilustraba en su ensayo con ejemplos referentes a los españoles lugareños, a los naturalizados en ciudades españolas distintas de las de, su origen, y a Ios-emigrados fuera de España— de que las gentes de su generación —las promociones de españoles inmediatamente posteriores a la-guerra-civil,-la-de-los nacidos entre los años de Primo de Rivera y la segunda República—, «en líneas generales, como decían hasta hace poco los castizos, «pasaban» de política. Sus valores preferentes se concentraban en torno a los valores de la profesión, del bienestar, de la promoción social y, entre los estudiosos, del saber. Carecían del entusiasmo ideológico que, como nostalgia, como ideal o como hábito, tenían las promociones precedentes de los actores y testigos de la guerra.

»No se puede —concluía Fontán—, sin embargo, acusar por ello de pasividad a esa generación española a la que, quizá como excepción por mi interés permanente por la política, pertenezco yo mismo, puesto que fueron su esfuerzo, su capacidad y su dedicación al trabajo los que convirtieron las estructuras españolas en las de un país moderno, realizando la industrialización, introduciendo nuevos saberes y tecnologías y modernizando la cultural nacional».

La existencia de estas capas sociales puestas profesionalmente al día, en comunidad de intereses y preparación con sus colegas europeos, fueron además las que hicieron posible uno de los acuerdos —Fontán gusta de llamarlo «pacto social»— que hicieron posible la transición. Me refiero al pacto nacional entre empresarios y trabajadores, que al principio revistió formas rudimentarias y que luego se institucionalizó en los acuerdos de la Moncloa, y se consolidó al tiempo que se reconocían las centrales sindicales y se creaba la patronal. El capital y el trabajo, tradicionalmente enfrentados, lograban una comunidad de intereses y una forma dialogada de gobierno de los mismos.

Por lo que se refiere al Antonio Fontán profesional, el comienzo del régimen de libertades le permitió volver a la docencia universitaria en la condiciones que en justicia le correspondían. El cierre del Madrid y las dificultades posteriores no le habían detenido, al contrario. En los saberes clásicos tenía Fontán sus castra, unos cuarteles de invierno donde refugiarse hasta que capeara el temporal. Todavía en 1974, vivo el general, había reunido y dado a la prensa un conjunto de ensayos sobre el Humanismo romano, que fue muy bien recibido por sus colegas. Fue en octubre de 1976 cuando recuperó su cátedra en la Universidad Complutense, y desde ella Fontán se ocupó de sus deberes universitarios hasta su jubilación, el 30 de septiembre de 1989.

A través de actividad docente e investigadora Fontán retomó contacto directo con la juventud española, que se preparaba para su futuro profesional en unas condiciones muy diferentes de las que habían sido las habituales en las décadas precedentes. Ana Moure o Luis Alberto de Cuenca fueron alumnos de Fontán en esa época y sus recuerdos, recogidos en este número, son preciosos para entender cómo vivía el ciudadano Fontán, como profesional de a pie, los nuevos tiempos.

TIEMPO DE LA MONARQUÍA PARLAMENTARIA

Pero Fontán no era sólo un profesional de a pie. Junto al pueblo español, al que él pertenecía, el rey don Juan Carlos fue protagonista esencial de la transición española, como es sabido. En su primera intervención antes las Cortes españolas, que eran todavía las que venían nombradas por Franco, el rey hizo suyo el programa político que defendiera su padre desde los años cuarenta, a saber: ser el rey de todos los españoles. Una monarquía para los españoles franquistas y para los no franquistas, para los monárquicos y para los republicanos, para los de izquierdas y para los de derechas, para los creyentes y para los ateos, para los residentes y para los inmigrados o exiliados, para los nacionalistas y los no nacionalistas: todos los españoles podrían confiar en tener el mismo rey, que no haría distinciones entre españoles. Este mensaje no sólo anunciaba el comienzo inminente de una legalidad distinta de la representada por aquellas Cortes, sino que se transformaba inmediatamente en una de las claves de la transición política española. Fontán ha dicho en repetidas ocasiones que todo aquello por lo que trabajó donjuán en el exilio fue realizado luego en el reinado constitucional y parlamentario de don Juan Carlos.

¿Qué hizo entonces el padre del Rey? «A los pocos días —recuerda Fontán, testigo privilegiado de esa relación— de su proclamación como Rey, Don Juan Carlos recibía un mensaje reservado y fehaciente mediante el cual el Conde de Barcelona ponía en sus manos los derechos históricos y la titularidad de la dinastía, para darle forma y hechura pública •en el momento en que fuera más conveniente para los intereses nacionales de España. Don Juan se convirtió, así, en el más desinteresado colaborador del nuevo Rey».

Fontán era uno de los hombres de confianza de don Juan —se ocupaba del secretariado de su consejo privado, hasta que asumió la dirección del Madrid, en 1967—, y había sido nombrado por él para formar parte de la comisión de profesores de estudios civiles del entonces príncipe don Juan Carlos. Conocía, pues, muy bien la relación entre ambos, y empleaba de propósito la expresión «colaborador» para referirse a la actitud de don Juan respecto de su hijo. El conde de Barcelona, explicaba Fontán en 1985, «no fue ni quiso ser nunca el mentor del Rey, ni su inspirador o su eminencia gris, sino un colaborador más, especialmente significado por su propia condición. El centro de las decisiones estaba en la Zarzuela. La responsabilidad era de Don Juan Carlos. Su hijo podía hacer, como preveía el Conde de Barcelona, «cambios que a él no le hubieran permitido llevar a cabo las resistencias de un sistema político y social que todavía estaba en pie».

El catorce de mayo de 1977, en el Palacio de la Zarzuela, donjuán de Borbón abdicaba oficialmente en favor de su hijo de los derechos históricos a la Corona de que, como heredero de Alfonso XIII, era depositario. Tres años después, el 27 de diciembre de 1978, el rey don Juan Carlos I, reunidas en su presencia las Cortes Generales, sancionaba con su firma la Ley Fundamental que en adelante regiría la vida política y civil de la sociedad española. El presidente de la Cámara de los Diputados, señor don Fernando Álvarez de Miranda, y el presidente del Senado, don Antonio Fontán, refrendaron con sus respectivas firmas la del Rey, o por mejor decir, en expresión de aquel último: tuvieron «el honor» de hacerlo.

TIEMPO DE TOMAR PARTIDO

En 1973, en unión de otros políticos y profesionales, Joaquín Garrigues Walker y Antonio Fontán habían fundado en la clandestinidad un partido «liberal». En el país había otros grupos de ideología liberal —el de Satrústegui, el reunido en torno a Ignacio Camuñas, o los de Larroque, o Madariaga, etc.—; el grupo de Garrigues y Fontán convocaba a algunos amigos comunes, la mayoría de la edad del primero, diez años más joven que el segundo, y a un grupo de entusiastas universitarios, más jóvenes que todos. El propósito del grupo era organizar una acción política sistemática encaminada a convertirse, en cuanto fuera posible, en un partido de ideología liberal y de definición democrática, es decir, uno que aceptara desde el principio el sufragio universal y la representación política de todas las tendencias.

Tras la restauración monárquica de don juán Carlos, el grupo de Garrigues y Fontán quedó registrado como Partido Demócrata (1975), e integrado al año siguiente en uno nuevo, llamado Federación de Partidos Democráticos y Liberales 8 FPDL) . Presidido por Garrigues, el FPDL puso en marcha su propio grupo de estudios —la Sociedad de Estudios Libra—, que desde 1976 editó varios libros de contenido ideológico.

El FPDL, en fin, se presentó a las primeras elecciones democráticas que tuvieron lugar en España después de Franco, en junio de 1977, integrado en el grupo parlamentario de la Unión de Centro Democrático (UCD) . Garrigues iba en la lista de diputados y Fontán en la de senadores.

Esta integración en UCD se correspondía a lo que posteriormente Fontán ha llamado uno de esos pactos fundamentales de la transición, en este caso de naturaleza política, y que concluyeron en la aprobación en 1978 de la Constitución por la que había de regirse la vida política española en un régimen de libertades. Se trataba de un pacto entre la izquierda, el centro y la derecha española, que empezó a tomar forma cuando Suárez se reunió con la «Comisión de los Nueve», prosiguió después con la Ley para la Reforma Política, y siguió por unas verdaderas elecciones en que todos tenían derecho a voto y en las que todos los partidos podían presentar candidaturas29.

TIEMPO DE LEGISLAR

Fontán fue nombrado senador por Sevilla el 15 de junio de 1977. Días más tarde, el 13 de julio de 1977, el director del diario clausurado por la dictadura fue elegido presidente del Senado Constituyente por mayoría absoluta de los miembros de la Cámara.

Desde ese puesto participó en la elaboración y aprobación de la Constitución española de 1978. En todo momento, Fontán mostró un talante integrador y manifestó en alguna ocasión puntos de vista comprometidos, como respecto a la polémica Disposición Adicional Primera, cuya modificación a última hora impidió el consenso con los nacionalistas vascos.

En su intervención como presidente del Senado, al término de la sesión de aprobación de enmiendas al texto del proyecto constitucional, que el Senado remitiría, vía comisión mixta, al Parlamento para su estudio y eventual aprobación, Fontán recordaría que el espíritu de esas enmiendas era lograr una universalización más explícita de los derechos ciudadanos recogidos en el texto, es decir: una garantía más amplia de la efectiva igualdad todos de ante la ley. Y concluía Fontán —el lector de Nueva Revista podrá encontrar en este número el final de ese discurso— proponiendo un apellido a la Constitución, al decir que cabría en adelante reconocerla como «la Constitución de la concordia». Al no encontrar Fontán mejores términos para hablar de esa comunidad de comprensión de lo político español, que pugnaba por poner fin a una herida abierta desde el término de la guerra civil, e incluso anterior, echó mano de unas citas de algunos autores clásicos latinos.

Fontán tenía la firma convicción de que, en lo ideológico, España cogería el paso de la comunidad política internacional, en donde lo que habían aparecido como conflictos seculares de nuestra sociedad, habían sido superados felizmente hacía décadas. Las coordenadas teológicas y, a aquellas alturas, también sociológicas del cristianismo posconciliar, había allanado el camino a la reconciliación política y civil de creyentes y no creyentes en todos los países de nuestro entorno, y presagiaba que la «conciliación nacional de todos en España sería posible —escribió Fontán—. Entre otras cosas, porque no había entonces ya ningún riesgo de que se repitiera con los incrédulos, agnósticos, herejes, cismáticos, ateos, judíos o musulmanes el clodoveísmo de incende quod adoras ti, adora quod incendisti, que había dado lugar a la expulsión de los judíos en 1492 o de los moriscos en 1606, o a algunas penosas experiencias de 1936, consecuencia o contrarréplica de otras de signo contrario que habían empezado con la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, igual que en el siglo anterior con la matanza de frailes de 1835».

A lo largo de toda la legislatura constituyente, y hasta enero de 1979, Fontán se esforzó por fortalecer las relaciones entre la joven institución democrática española, que él representaba, y sus correspondientes europeas. Visitó y mantuvo contacto con los Parlamentos del Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, República Federal de Alemania, Italia, así como el Europeo y la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. Participó también en las reuniones de la Conferencia de Presidentes de Parlamentos Europeos. Las instituciones políticas españolas, con haber entrado tarde en escena, empezaban a acomodarse con paso firme en la comunidad institucional europea.

TIEMPO DE GOBERNAR

En la siguiente legislatura (1979-1982), la biografía política de Fontán nos lo presenta en la lista de UCD de diputados candidatos al Congreso. Ganados los comicios generales de nuevo por la coalición liderada por Suárez, Fontán fue llamado a formar parte del gabinete del Gobierno, donde le correspondió la cartera del Ministerio de Administración Territorial. Quien en su primer ensayo sobre Granada y Madrid, lo mismo que en muchas editoriales de La Actualidad Española y el Madrid se había ocupado del problema del centro y la periferia políticas de España, fue el máximo responsable de la organización autonómica del Estado y del régimen de municipios y provincias entre los años 1979 y 1980. Además, Suárez sabía que sólo una persona con prestigio entre los nacionalistas podría retomar el diálogo con los nacionalistas vascos, y Fontán se lo había ganado en el Senado. La progresiva descentralización del Estado era una operación delicada, pues el desacuerdo entre el Estado y las regiones había sido otro los ingredientes del secularmente irresuelto «problema español».

El ex ministro Fontán ha hablado a este propósito del «tercer pacto nacional» que hizo posible la transición política, refiriéndose el encauzamiento de las reivindicaciones catalana y vasca que, al ser reconocidas y hacerse extensivas a toda la nación, fue aceptada por el resto de España y que se desarrolló en tres etapas: la creación de las preautonomías, el Título VIII y la aprobación de los Estatutos. Por su parte, él negoció el traspaso de las competencias a los gobiernos autónomos con el criterio claro de conceder cuanto pareciese razonable para el saldo completo de esa fractura entre el gobierno central y los autonómicos. Llegó hasta donde pudo. En abril de 1980, Suárez remodelaba su gabinete y ponía la cartera de las Administraciones Territoriales en otras manos.

En octubre de 1982, tras acabar su mandato como diputado, y en medio de la crisis de la UCD, Fontán se retiró de la política de partido.

Haciendo luego balance de la operación UCD, Fontán obtenía un saldo político muy positivo: «La organización centrista había desmontado el andamio político del Estado heredado, había administrado decorosamente bien, había extendido sobre las viejas heridas históricas de medio siglo, o más, el benéfico bálsamo de la concordia». Es verdad que, de 1982 en adelante, no habría argumentos capaces de aglutinar las dos familias de votos con que se había visto favorecida la UCD: los votos del centro progresista y modernizador, por un lado, y los votos de derecha, que en realidad siempre habían estado molestos, «porque pensaban que en muchos órdenes se había ido más allá de lo debido».

Pero la normalización institucional era un hecho consumado. Ningún ejemplo más claro, según Fontán, que en 1982 el camino hubiese quedado expedito para que una izquierda, hasta antes de ayer, como quien dice, republicana, formara el primer gobierno socialista de la monarquía parlamentaria de España. Y que no pasara nada. La reconciliación se había logrado. A ello había que sumarle los partidos nacionalistas, que en 1985, gobernaban en Cataluña y Euskadi. Bajo el amparo tutelar de la Corona, la transición política en el escalón superior del Estado, así como en las Autonomías y en la Administración urbana, se había completado.

TIEMPO DE AMIGOS – ESO SIEMPRE

Sería injusto abandonar la política de partido, comenzó para Fontán la época de los amigos. Porque amigos, los ha tenido Fontán siempre. Muchos y de toda condición. Hombres y mujeres, mayores o menos jóvenes que él, príncipes y gente del pueblo, intelectuales cultivados y campesinos sencillos, obispos y ateos, españoles y extranjeros: Antonio Fontán ha querido a y ha sido querido por una multitud incontable de personas. Gentes hay que no han olvidado la convivencia con Fontán después de cincuenta años —la entrañable colaboración de don Juan Bautista en este número vendrá pronto a confirmarlo— o que ya le quieren después de cinco días -—no anticipo el ejemplo—. Fontán es ante todo y para todos un buen amigo.

Y eso, que entraña muchos valores, encierra también un alto contenido político. No me puedo extender en lo primero, y remito al lector interesado a las páginas de los dos libros (antepenúltimo y penúltimo) dedicados en la Ética a Nicómaco a la virtud de la amistad. Como si el filósofo más sabio que conocemos, después de investigar los modos de vida posibles que en general pueden proporcionar al hombre la vida más lograda, llegara a esta conclusión: al cabo, lo que cuenta para la felicidad es tener amigos. La vida del voluptuoso, tan inclinado a la injustiça, como la del azacaneado mercader, y la del aislado sabio intelectual como, finalmente, la del político —tanto más siervo de los honores que S e r í a injusto decir que, al le brindan, o le niegan, la ciudad y la opinión pública, cuanto más vanidoso—, todas esas vidas que esconden sin duda algún bien, quedan ensombrecidas por la de quien, por mor no de la utilidad que espera de ellos, ni tampoco por el gusto que de inmediato le pueda proporcionar su trato, tiene muchos y no vulgares (pero, cómo no, útiles, y también agradables) amigos, que lo son de él y él de ellos, por razón de la bondad. Es el hombre bueno quien tiene los mejores y más fieles amigos. Y en la convivencia con él, encuentran los amigos del hombre bueno su felicidad más duradera, y el hombre bueno la suya al tratar con ellos. Porque la amistad es una virtud de hombres y mujeres libres, es decir, de personas que han elegido conscientemente un modo de vida; y por tratarse de una virtud, perfecciona una actividad humana, que es la convivencia y el trato, y la hace alcanzar su plenitud.

Pero eso, no es solamente una virtud del individuo, ni su valor se clausura en el ámbito doméstico: la amistad tiene además un altísimo valor político. Nos enfrentamos de nuevo a una de esas paradojas que se encierran en la actividad política y que ponían los pelos de punta al calvinista (o poscalvinista) Max Weber, y que vemos, no obstante, que Fontán ha sabido resolver sencillamente con su vida.

Lo político, como el ser, se dice de muchas maneras, ya lo sabemos: porque además de hacer política de partido, o política legal, o política en el sentido de gobernar, hay otros modos de hacer política… Hemos de pensar que Fontán comprendía haber cumplido su misión en una etapa histórica —la de la transición institucional— y que se disponía a emprender una nueva, tal vez más difícil pero no menos importante para la comunidad política de la nación. Los filósofos, que son los que aseguran poseer el «saber último» —más allá del cual, nada más se sabe—, habían dicho que cuando en la comunidad política manda la amistad ciudadana, ni siquiera son necesarias las leyes. Fontán lo sabía, y por eso dio comienzo para él la hora de la amistad política.

Empezó a promover los clubes liberales, a participar en nuevos foros intelectuales, a poner en marcha nuevas iniciativas editoriales. Si uno repasa la nómina de las personas que integran el consejo editorial de la revista que ahora tienen en las manos, y que es uno de los frutos (sólo uno) de esa etapa, llegará a esta conclusión: estos son los amigos de Fontán. No están todos los que son, pero son todos los que están. El consejo editorial en pleno, así como otros amigos de don Antonio, las personas que trabajamos con él y aquellos con quienes trata en sus múltiples actividades todos, unánimemente, decidimos que teníamos que afrontar este número en honor a Antonio Fontán. Unánimemente, digo, con una concordia —acuerdo o comunidad no sólo de mentes o fines, sino también de voluntades o medios— que si es en sí misma una cosa rara, por ser algo tan excelente, en el entorno de Fontán es algo sin embargo común.

No puedo, en fin, comentar siquiera cuál es la lección política que ofrece no sólo a nosotros, sus amigos, ni sólo a los lectores de Nueva Revista, sino a todos los españoles, la amistad que profesa y ha sabido profesar Antonio Fontán a sus amigos. Las páginas que hablan de eso son cada uno de los días de la vida de Antonio Fontán. Por ello, sé que sus amigos me disculparán si no los he citado aquí a todos, tarea metafísicamente imposible. Estamos todos nombrados, porque lo estamos no en este número de Nueva Revista, sino en la vida de Fontán.

Las páginas que siguen ofrecen solamente un botón de muestra de lo que es el tiempo de la amistad en el que vive desde hace mucho tiempo Antonio Fontán. Nos hemos reunido unos pocos hombres y mujeres, diferentes por nuestra procedencia geográfica, nuestra formación intelectual o nuestros intereses profesionales, por nuestra idiosincrasia y creencias profundas, por nuestro pasado, pero que tenemos no obstante todos una cosa en común, que es la amistad con don Antonio. Siendo tan diferentes, nos hemos hecho amigos por nuestro común vínculo con él, porque hemos participado en-sus proyectos culturales y políticos, y gozado del encuentro y el simposio en las cenas a las que él nos convoca, y por el diálogo permanente, abierto y sincero que se nos ha ofrecido siempre en su entorno. Somos muy diferentes y, sin embargo, parece que nos hemos puesto de acuerdo para expresar, con ocasión de su octogésimo cumpleaños que, no importa cómo nos representemos el pasado de España o cómo se nos pinte su futuro, ha merecido la pena vivir en un país como éste, porque en él hemos podido encontrar la amistad —el cariño conocido y correspondido— de personas como don Antonio Fontán.

 

NOTAS

1· Aristóteles, Etica a Nicómaco, I, 1094 a 24 ss.
2· Sobre estos conceptos, véase mi trabajo sobre Max Weber: La sociología comprensiva como teoría de la cultura, CSIC, Marid, 1994, p.134
3· Max Weber, El político y el científico, Alianza, Madrid, 1994, p. 230.
4· Aristóteles, Política, I, 1253 a 33 ss.
5· Aristóteles, Ética a Nicómaco, III, 1118 a 26 – b1.
6· Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 1094 b 9-10)
7· A . F., Los católicos en la universidad española actual, Rialp, Madrid, 1961, p. 11.
8· A. F., «El primer Nuestro Tiempo», en Nuestro Tiempo nº (I-II/2000), p. 31.
9· A. F., «El primer Nuestro Tiempo», en Nuestro Tiempo nº (I-II/2000), p. 33.
10· Idem, p. 33.
11· Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), p. 3.
12· Antonio Fontán, «Las claves de la Transición (1975-1985)», Unión Editorial, Madrid, 1985, p. 5.
13· Idem, p. 6.
14· Volumen de Indices 1990-1998, número fuera de serie de Nueva Revista, Madrid 1998, p. 3.
15· A. F., «Roma, un ejemplo de incorporación cultural», Nuestro Tiempo nº 2 (agosto de 1954), p- 39.
16· Idem, p. 42.
17· Antonio Fontán, «Las claves de la Transición (1975 – 1985)» , cit. 1985, p. 5.
18· Antonio Fontán, «Las claves de la Transición (1975 – 1985) » , cit. 1985, p. 9.
19· Cfr. A. F., Los tópicos y la opinión, Col. del Ateneo de Madrid, Ed. Nacional, Madrid, 1956, p. 7. Y: «Éste es un país cansado», entrevista a A. F., por Miguel Gozalo, Época nº 520 (07-13.02.1995), p. 44, que he editado junto al texto anterior.
20· Antonio Fontán, «Las claves de la Transición (1975 – 1985) » , cit. 1985, p. 8.
21· Idem, p. 18.
22· ídem, p. 10.
23· Agustín López Kindler, «Un humanismo atrayente», en Humanitas in honorem Antonio Fontán, Gredos, Madrid, 1991, p.18
24· Antonio Fontán, «Las claves de la Transición ( 1975 – 1985 ) » , cit. 1985, p. 11.
25· A . F., Los tópicos y la opinión, Col. del Ateneo de Madrid, Ed. Nacional, Madrid 1956, p. 8.
26· A . F., «Periodistas en la Universidad», Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer, separata n° V-2001 del Anuario de Historia de la Iglesia, vol. X, 2001, pp127-138.
27· A. F., en Un héroe de la libertad de prensa; actas del homenaje al ex presidente del Senado y ex director del diario Madrid, con motivo de la distinción otorgada por el Instituto Internacional de Prensa (06.06.2000) , Departamento de Publicaciones, Dirección de Estudios Documentación, Secretaría General del Senado, Madrid, 2001, p. 68.
28· Aristóteles, Política, III, 1276 b 37 ss.
29· Antonio Fontán, Una política para los liberales, Unión Editorial, Madrid, 1983.

La libertad y los sabios

Homenaje a Don Antonio Fontán,
reconocido «ciceroniano», no en el sentido erasmiano del término.

Corría la primavera del año 4 6 a.C., Marco Tulio Cicerón, ya entrado en años, y con una intensa experiencia de la vida, escribe a Marco Junio Bruto, veinte años más joven que él; el mismo Bruto que muchos hemos visto en la adaptación cinematográfica del Julio César de Shakespeare, con la figura de James Mason: un pompeyano que, al terminar la guerra civil, había sido favorecido por la clementia del dictador.

Quizá la vertiente más injustamente tratada por la crítica entre la polifacética producción tuliana sea la de sus escritos filosóficos. Sin embargo, Cicerón no sólo fue el creador de un léxico filosófico que ha pervivido en el pensamiento occidental, sino que algunas de sus obras, como el tratado Sobre los Deberes formaba parte de la educación de un caballero todavía en la Inglaterra del siglo XVIII1. El escrito al que ahora nos referimos era la dedicatoria de unos ensayos que tituló Paradojas de los estoicos2.

Comentando a Chesterton, hace ya algo más de medio siglo, en un artículo que Antonio Fontán titulaba precisamente «Elogio de la paradoja»3, describía la paradoja como el arte de desvelar, no sin ironía, contradicciones indiscutibles pero que habitualmente permanecen ocultas. Como se ve, este arte nos viene de antiguo a los occidentales.

El librito de Cicerón es una especie de juego entre un ejercicio dialéctico y la divulgación de la docta filosofía de los estoicos. El enfoque, el adecuado al título: ideas expuestas de modo sorprendente, o desconcertante si se quiere, por la contradicción que desvelan.

Una de estas paradojas —la quinta— está enunciada así: «Que todos los sabios son libres y todos los necios, esclavos». El desarrollo no llega a cien líneas. Podría equipararse al espacio que Nueva Revista titulaba «Todo a mil», en el que firmas conocidas y conocedoras, sintetizaban la esencia de un aspecto del saber.

La clave de esta quinta paradoja es la pregunta: «Qué es la libertad?», a la que se contesta taxativamente: «La posibilidad de vivir como se quiere». Entre los muy diversos modos en que puede entenderse este «vive como quieras», Cicerón selecciona unos pocos, que pueden resumirse así: Vive como quiere el que goza con su trabajo, el que tiene un fin claro en su vida y la vía para alcanzarlo, el que no cumple las leyes por miedo sino porque el seguirlas le parece lo más «saludable», el que dice, hace y piensa libremente lo que quiere, el que hace las cosas por propia iniciativa y tiene una voluntad y un juicio seguros y firmes. No hace nada de mala gana, ni a su pesar, ni coaccionado.

En este conjunto se entrelazan dos líneas: una, que podríamos llamar «positiva», en la que se valora y se enaltece el actuar con motor propio; otra, «negativa», en la que se enfatiza la necesaria ausencia de coacción y se denuncia la servidumbre del miedo.

Puede llamar especialmente la atención, puede resultar paradójica, esa referencia al trabajo gozoso en una sociedad como la nuestra, en la que progresivamente se va viendo el quehacer diario como un obstáculo que hay que salvar cuanto antes y con el menor esfuerzo posible para arribar al descanso, llámese fin de semana, aprovechamiento de días libres enlazando puentes y acueductos o vacaciones distribuidas del modo más «rentable». Como si se viviera para el ocio; y, sin embargo, se ve que esa actitud no es fuente de libertad: así lo entendió el alma poética de J.R.J. en sus lúcidas páginas sobre «El trabajo gustoso». Querer hacer lo que se hace favorece el desarrollo de las propias capacidades, impulsa la iniciativa, esa fuerza creadora a veces oculta para su afortunado poseedor.

Hay otro punto chocante para el lector actual en el ensayo ciceroniano; dice así: «¿Es que puede parecer libre aquel en quien manda su mujer, imponiéndole obligaciones, prescribiendo, ordenando o prohibiendo lo que le parece? El que no puede negarse a sus órdenes, ni se atreve a rehuirlas: pide, hay que darle; llama, hay que venir; echa fuera, hay que marcharse; amenaza, hay que echarse a temblar?».

La descripción, en la más pura línea misógina de su tiempo, hace sonreír. Aunque a la vez, es una voz de alerta hacia esa progresiva «liberación», que puede convertirse en tiranía. «El que vive en estas condiciones —sigue diciendo Cicerón— tiene que considerarse esclavo, aunque haya nacido en una excelente familia». Y la palabra «esclavo», en su boca, no es una metáfora. Quizá el adelanto de nuestra época consiste en que la frase puede entenderse también cambiando los papeles.

Un tercer punto sobre el que llama la atención el Arpinate es la condición de servidumbre a la que reduce el ansia de poseer y de afán de poder: la cupiditas que busca sin freno la posesión de fincas, de obras de arte, de lujosos adornos o simplemente de dinero; o en otro orden de cosas, un puesto de gobierno. El que está dominado por la cupiditas —dice— se ve reducido a la más dura servidumbre. La paradoja es evidente: el afán de ser dueño conduce a la debilidad.

Volviendo al enunciado de la paradoja, el hombre capaz de vivir con libertad es el sabio, que en el ideal estoico no es un «científico especializado», sino el hombre de bien, recto y prudente. Ese es el único libre, es decir, el único que se acerca a la felicidad.

He leído no hace mucho que nuestra sociedad ha pasado del homo sapiens al homo videns. La frase, aunque ingeniosa, no me parece del todo afortunada. De una parte, homo sapiens tiene una connotación prehistórica inevitable; por otro lado, homo videns es todo el que no está ciego. La afición a los iconos en la que está sumergido el hombre de hoy podría más bien inducir a llamarle homo spectans. Pero quedan sapientes, aunque no sean mayoría (nunca lo han sido) en esta sociedad que corre azacanada tras la inabarcable proliferación de posibilidades que ofrecen los avances técnicos. El mensaje que lanza el filósofo-político desde la atalaya de su madurez es que hay que saber liberarse para ser libres.

NOTAS

1· Cfr. R. JENKYNS, El legado de Roma. Una nueva valoración, trad. esp., Barcelona 1995, p. 30.
2· La edición más reciente que conozco es la de M. V. Ronnick, Frankfurt am Main, 1991.
3· A. Fontán, La Actualidad Española nª 18 (09.05.1952).

Consejero fiel y mensajero discreto

La monarquía parlamentaría que consagra nuestra Constitución de 1978 no fue fruto de la casualidad ni se hizo con criterio improvisado. En su elaboración, intervinieron distintos factores que ayudaron a prepararla; y sin duda, algunas personas que colaboraron directamente y sobre todo, discretamente, con quien ha sido considerado el verdadero motor del cambio: don Juan Carlos I de Borbón.

Dentro del conjunto de Leyes Fundamentales que sirvieron de soporte al régimen franquista, debe señalarse la Ley de Sucesión, que iniciaba una fórmula de monarquía vinculada a la victoria de la guerra civil y que pretendía claramente desarraigar un pasado histórico de monarquía liberal, al que 110 solamente se ignoraba, sino que se consideraba como una parte sombría de nuestra historia.

Esta monarquía de las Leyes Fundamentales —esta monarquía franquista— permaneció durante largos años como la expectativa que sustituiría al régimen, una vez desaparecido su titular como caudillo victorioso de la guerra.

En su afán vinculante, el general Franco había pretendido dejar establecido que el futuro rey sólo dependiera del grado de lealtad al régimen nacido de la victoria y de su aceptación del espíritu que se había establecido con los llamados principios del movimiento nacional.

Años más tarde fue designado como Príncipe de España, donjuán Carlos de Borbón, a título de sucesor del caudillo y en tales condiciones tuvo que aceptar toda la parafernalia y las estructuras del régimen autoritario franquista.

Don Juan Carlos de Borbón no dejaría de tener una cierta preocupación por la fórmula que se empleara para salir de aquella encrucijada sin romper el formalismo legal establecido, pero cambiando radicalmente el contenido del esquema político.

En este aspecto, no cabe duda que el profesor Torcuato Fernández Miranda proporcionó un cauce legal para la transición, sugiriendo las líneas de la ley para la reforma política, que con el acuerdo y el impulso del propio monarca pudo llevar adelante el presidente Adolfo Suárez.

Quedaba, sin embargo, un aspecto delicado para cualquier monarquía que respetara adecuadamente las tradiciones de la propia institución.

El rey don Juan Carlos I de Borbón no era evidentemente un personaje surgido de la imaginación del general Franco, sino que estaba vinculado con la dinastía histórica que había reinado en nuestro país durante los último siglos.

¿Cómo restaurar, por tanto, esa dinastía histórica sin que se rompiera el nexo hereditario que comporta toda sucesión monárquica? Porque nadie podía ignorar que diversas circunstancias habían colocado como heredero de don Alfonso XIII, último rey de la dinastía que hubo de abandonar el país al proclamarse la República de 1931, a don Juan de Borbón, padre de don Juan Carlos.

Las complejas relaciones entre el general Franco y donjuán de Borbón, conde de Barcelona, había colocado el tema sucesorio en un punto de difícil solución. El general Franco no admitía como sucesor a don Juan de Borbón, por considerar que no representaba en absoluto el espíritu del llamado movimiento nacional, nacido el 18 de julio de 1936.

Don Juan de Borbón había hecho público el 19 de marzo de 1945 un manifiesto en el que se reflejaban sus ideas de reconciliación nacional y de restablecimiento de las libertades públicas dentro de una monarquía parlamentaria. Algo inadmisible para quien se había convencido de que sólo a través de un régimen autoritario se podría garantizar en España la paz.

Este desencuentro entre don Juan de Borbón y el general Franco pasó por altibajos, pero al final el caudillo consideró como fórmula idónea la de ignorar las leyes dinásticas tradicionales en España y elegir directamente a don Juan Carlos de Borbón como sucesor del régimen franquista.

Las relaciones entre padre e hijo evidentemente sufrieron un cierto deterioro cuando don Juan Carlos decidió aceptar la fórmula ideada por Franco y sus consejeros.

Felizmente este desencuentro no llegó a afectar las relaciones personales, pero sin duda existía un vacío que no se podía ignorar. Para que don Juan Carlos recibiera legitimidad dinástica habría de producirse la abdicación de don Juan de Borbón en la persona de su hijo don Juan Carlos.

Y así como antes señalábamos a personajes como Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez, entre otros protagonistas importantes en el proceso de reforma política que sucedió al régimen de las Leyes Fundamentales hasta concluir con la Constitución de 1978, no sería justo ignorar a quienes con su discreción, su consejo, su verdadera misión de mensajeros J e tan delicada cuestión, hicieron posible que el 14 de mayo de 1977, en un acto sencillo, pero decisivo para la historia de España, se produjera en el palacio de la Zarzuela la transmisión de todos los derechos dinásticos de la Corona entre padre e hijo.

La persona que jugó un papel decisivo fue sin duda Antonio Fontán. Antonio Fontán, profesor universitario, hombre de amplia cultura y experto en «latinidades», fue consejero de don Juan de Borbón, conde de Barcelona, y estuvo a su servicio durante varios años, en los cuales siempre destacó por su prudencia y su lealtad.

Al mismo tiempo, no sólo tuvo con el príncipe don Juan Carlos las relaciones de profesor-alumno, sino que supo siempre mantener el tono adecuado para compaginar ambas lealtades.

Por ello, no es de extraño que cuando don Juan de Borbón, entre fines de 1976 y comienzos de 1977, quisiera enviar el mensaje decisivo a su hijo y heredero de que estaba dispuesto y a punto para la abdicación de sus derechos, eligiera a Antonio Fontán que había dado pruebas sobradas de su discreción y acertado consejo.

Con Antonio Fontán tuve el honor de compartir la etapa constituyente, siendo ambos presidentes de las Cámaras que debían aprobar la Constitución.

Durante esa etapa, Antonio Fontán, desde la presidencia del Senado, prestó un gran servicio al proceso de la transición política española, pues lúe precisamente en el Senado y a través de la enmienda presentada por el senador Satrústegui, como se introdujo el artículo 57 que proclama que «la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. don Juan Carlos i de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica», consagrando así la legitimidad que había sido anticipada con la renuncia de donjuán de Borbón, el 14 de mayo de 1977.

En aquella etapa constituyente, Antonio Fontán estuvo presente en los momentos decisivos para apoyar el nuevo modelo constitucional, y sus intervenciones en la comisión mixta del Congreso-Senado fueron siempre positivas.

Es curioso observar que la labor de coordinación efectuada por la comisión mixta  constitucional no haya sido resaltada debidamente en nuestra reciente historia constitucional. Pero sin duda, en aquellas sesiones, que a veces fueron tediosas, por la reiteración de las posiciones que los distintos grupos políticos expresaban, hizo posible llegar a la solución definitiva del texto que finalmente fuera proclamado y sometido a referéndum.

Antonio Fontán estuvo también presente en actividades parlamentarias que iniciaban un nuevo camino en nuestra relación con Europa, y así en octubre de 1977 formó parte de la delegación que compareció ante la Asamblea Parlamentaria de Europa para solicitar nuestro ingreso en el Consejo, previa suscripción de la Convención Europea de los Derechos del Hombre.

Este homenaje que se rinde a Antonio Fontán tiene el valor del reconocimiento a toda una trayectoria pública pero sobre todo, es la merecida gratitud que todos debemos a un político que ha sabido ser consejero fiel, mensajero discreto y hombre público coherente con las ideas que profesa.

Gracias, Antonio. Felicidades.