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Ver productosQuizá para muchos españoles estas Navidades del 67, en contraste con las inmediatamente precedentes, estén envueltas en una atmósfera de cierra frustración. Todavía el país no se ha repuesto del choque psicológico de lina devaluación de la moneda que la gente no esperaba, y que constituye el prólogo de una nueva estabilización y de las congelaciones que en este moralmente duro y largo invierno que acaba de empezar han de producirse. Llegamos a la Navidad con una Universidad en tensión y un ambiente de desazón en los medios obreros. Tampoco son mayores las ilusiones de los que hace un año, con la masiva aprobación de la Ley Orgánica del Estado, pensaron que se abría una etapa de dinamismo político y de una más amplia participación nacional en [as responsabilidades colectivas, capaz de disipar las brumas del futuro.
Pero estos hechos, que en algunos, sin duda, generan decepción, para otros representan un estímulo. Y a todos nos deben recordar que el quehacer nacional, en las condiciones históricas de la España de hoy, es esencialmente trabajoso y reclama el esfuerzo individual y colectivo de todo el pueblo.
Ha habido momentos del pasado en que la historia tenía menos protagonistas y éstos eran, en definitiva, unas cuantas personas dirigentes. La hora de esas minorías o «elites» restringidas se ha extinguido: podríamos añadir que felizmente. Porque las sociedades que funcionaban así, en los momentos de la decisión tenían la onerosa contrapartida de que en ellas también eran solamente unos pocos los que disfrutaban de los bienes del espíritu y de los bienes de la tierra.
Por eso, las dificultades nacionales —que tantos pueblos, incluso los más ricos y poderosos, no dejan de sufrir— han de ser para los españoles que se enfrentan con el nuevo año no pesadumbre, sino aliento.
Quizá algún día en las Historias de España pueda leerse que 1967 fue el año final de la posguerra y 1968 el principio de un período nuevo. No sólo porque haya habido ya unas primeras elecciones directas y porque tenga que ser reestructurada nuestra economía y reorganizado, con la reforma sindical, el mundo del trabajo. Sino, sobre todo, porque el país, tras veinte meses de liberalización de la Prensa y de progresiva toma de conciencia de sus problemas, empieza a salir de un estado de tutela y a enfrentarse, en mayoría de edad, con las realidades. Y eso sucede en todos los sectores del país, que, además, es muy distinto de la España pobre, amarga y erizada de los años treinta.
De la insatisfecha inquietud presente debe surgir una España moderna, consciente y renovada. Hay una base material, de educación y de niveles de vida como nunca hemos tenido antes. Pero ahora no se trata ya de depositar la confianza en unos pocos, sino de asumir cada uno la responsabilidad que le corresponde.
No es un problema estrictamente de técnicas políticas, sino en buena medida un problema moral. En un país que se halla en la situación del nuestro, el mañana es siempre una promesa de esperanzas. Pero para que florezcan y fructifiquen en la vida hay primero que poner orden en los sistemas de valores y de ideas, en los estímulos y objetivos y, después, obrar en consecuencia.
Si hubo un momento en que se dijo que era preferible la injusticia al desorden, eso hoy entre nosotros no podría repetirse sin una dosis de cinismo incompatible con la segunda mitad del siglo XX. Y si un día hubieron de recortarse las libertades individuales y públicas en aras de la convivencia, hoy, por el contrario, ha de fomentarse un pleno desarrollo de la persona y de la vida social, fundamento indispensable para la única convivencia, responsable y democrática, que es razonable pretender ahora. Y si hubo un tiempo en que era conveniente o necesario mostrar a los españoles una imagen «dirigida» del mundo y de las cosas, también ha terminado ya. Porque la intercomunicación social a escala nacional y universal encara al pueblo entero con numerosas y variadas perspectivas sobre las realidades externas e internas y le permite optar por muy diferentes soluciones.
Todo lo cual quiere decir que hay que partir de una renovación de valores y de ideas. Y que la libre y abierta discusión, la búsqueda de la verdad y del bien por todos los caminos, el derecho a equivocarse y el derecho natural a disentir sin más límite que el respeto a las libertades y personas de los otros, son la base moral de una sociedad moderna.
La Navidad se nos aparece como el símbolo o la cifra de todos esos principios morales hoy tan necesarios. Los hombres de la buena voluntad, a quienes se promete la paz, son los hombres de la buena fe que libremente buscan, encontrándolo o no, lo que le dicta a cada uno la intimidad de su conciencia.
Por eso, en esta Navidad, a todos los hombres de buena voluntad —a los que nos siguen y los que nos combaten, los que nos prestan atención y los que nos ignoran, los que nos entienden y los que nos interpretan mal— les deseamos felicidad. A todos ellos también desde esta página de Madrid, que lleva más de un año en la brecha cotidiana de la buena voluntad, les invitamos a renovar sus esfuerzos para ese 1968 que va a nacer muy pronto. Para que en él se den pasos decisivos hacia la realización de esa legítima aspiración de mejora y progreso en la que somos protagonistas todos y que alienta cada día con más vigor en el pueblo español.
Homenaje a Don Antonio Fontán,
reconocido «ciceroniano», no en el sentido erasmiano del término.
Corría la primavera del año 4 6 a.C., Marco Tulio Cicerón, ya entrado en años, y con una intensa experiencia de la vida, escribe a Marco Junio Bruto, veinte años más joven que él; el mismo Bruto que muchos hemos visto en la adaptación cinematográfica del Julio César de Shakespeare, con la figura de James Mason: un pompeyano que, al terminar la guerra civil, había sido favorecido por la clementia del dictador.
Quizá la vertiente más injustamente tratada por la crítica entre la polifacética producción tuliana sea la de sus escritos filosóficos. Sin embargo, Cicerón no sólo fue el creador de un léxico filosófico que ha pervivido en el pensamiento occidental, sino que algunas de sus obras, como el tratado Sobre los Deberes formaba parte de la educación de un caballero todavía en la Inglaterra del siglo XVIII1. El escrito al que ahora nos referimos era la dedicatoria de unos ensayos que tituló Paradojas de los estoicos2.
Comentando a Chesterton, hace ya algo más de medio siglo, en un artículo que Antonio Fontán titulaba precisamente «Elogio de la paradoja»3, describía la paradoja como el arte de desvelar, no sin ironía, contradicciones indiscutibles pero que habitualmente permanecen ocultas. Como se ve, este arte nos viene de antiguo a los occidentales.
El librito de Cicerón es una especie de juego entre un ejercicio dialéctico y la divulgación de la docta filosofía de los estoicos. El enfoque, el adecuado al título: ideas expuestas de modo sorprendente, o desconcertante si se quiere, por la contradicción que desvelan.
Una de estas paradojas —la quinta— está enunciada así: «Que todos los sabios son libres y todos los necios, esclavos». El desarrollo no llega a cien líneas. Podría equipararse al espacio que Nueva Revista titulaba «Todo a mil», en el que firmas conocidas y conocedoras, sintetizaban la esencia de un aspecto del saber.
La clave de esta quinta paradoja es la pregunta: «Qué es la libertad?», a la que se contesta taxativamente: «La posibilidad de vivir como se quiere». Entre los muy diversos modos en que puede entenderse este «vive como quieras», Cicerón selecciona unos pocos, que pueden resumirse así: Vive como quiere el que goza con su trabajo, el que tiene un fin claro en su vida y la vía para alcanzarlo, el que no cumple las leyes por miedo sino porque el seguirlas le parece lo más «saludable», el que dice, hace y piensa libremente lo que quiere, el que hace las cosas por propia iniciativa y tiene una voluntad y un juicio seguros y firmes. No hace nada de mala gana, ni a su pesar, ni coaccionado.
En este conjunto se entrelazan dos líneas: una, que podríamos llamar «positiva», en la que se valora y se enaltece el actuar con motor propio; otra, «negativa», en la que se enfatiza la necesaria ausencia de coacción y se denuncia la servidumbre del miedo.
Puede llamar especialmente la atención, puede resultar paradójica, esa referencia al trabajo gozoso en una sociedad como la nuestra, en la que progresivamente se va viendo el quehacer diario como un obstáculo que hay que salvar cuanto antes y con el menor esfuerzo posible para arribar al descanso, llámese fin de semana, aprovechamiento de días libres enlazando puentes y acueductos o vacaciones distribuidas del modo más «rentable». Como si se viviera para el ocio; y, sin embargo, se ve que esa actitud no es fuente de libertad: así lo entendió el alma poética de J.R.J. en sus lúcidas páginas sobre «El trabajo gustoso». Querer hacer lo que se hace favorece el desarrollo de las propias capacidades, impulsa la iniciativa, esa fuerza creadora a veces oculta para su afortunado poseedor.
Hay otro punto chocante para el lector actual en el ensayo ciceroniano; dice así: «¿Es que puede parecer libre aquel en quien manda su mujer, imponiéndole obligaciones, prescribiendo, ordenando o prohibiendo lo que le parece? El que no puede negarse a sus órdenes, ni se atreve a rehuirlas: pide, hay que darle; llama, hay que venir; echa fuera, hay que marcharse; amenaza, hay que echarse a temblar?».
La descripción, en la más pura línea misógina de su tiempo, hace sonreír. Aunque a la vez, es una voz de alerta hacia esa progresiva «liberación», que puede convertirse en tiranía. «El que vive en estas condiciones —sigue diciendo Cicerón— tiene que considerarse esclavo, aunque haya nacido en una excelente familia». Y la palabra «esclavo», en su boca, no es una metáfora. Quizá el adelanto de nuestra época consiste en que la frase puede entenderse también cambiando los papeles.
Un tercer punto sobre el que llama la atención el Arpinate es la condición de servidumbre a la que reduce el ansia de poseer y de afán de poder: la cupiditas que busca sin freno la posesión de fincas, de obras de arte, de lujosos adornos o simplemente de dinero; o en otro orden de cosas, un puesto de gobierno. El que está dominado por la cupiditas —dice— se ve reducido a la más dura servidumbre. La paradoja es evidente: el afán de ser dueño conduce a la debilidad.
Volviendo al enunciado de la paradoja, el hombre capaz de vivir con libertad es el sabio, que en el ideal estoico no es un «científico especializado», sino el hombre de bien, recto y prudente. Ese es el único libre, es decir, el único que se acerca a la felicidad.
He leído no hace mucho que nuestra sociedad ha pasado del homo sapiens al homo videns. La frase, aunque ingeniosa, no me parece del todo afortunada. De una parte, homo sapiens tiene una connotación prehistórica inevitable; por otro lado, homo videns es todo el que no está ciego. La afición a los iconos en la que está sumergido el hombre de hoy podría más bien inducir a llamarle homo spectans. Pero quedan sapientes, aunque no sean mayoría (nunca lo han sido) en esta sociedad que corre azacanada tras la inabarcable proliferación de posibilidades que ofrecen los avances técnicos. El mensaje que lanza el filósofo-político desde la atalaya de su madurez es que hay que saber liberarse para ser libres.
NOTAS
1· Cfr. R. JENKYNS, El legado de Roma. Una nueva valoración, trad. esp., Barcelona 1995, p. 30.
2· La edición más reciente que conozco es la de M. V. Ronnick, Frankfurt am Main, 1991.
3· A. Fontán, La Actualidad Española nª 18 (09.05.1952).
La monarquía parlamentaría que consagra nuestra Constitución de 1978 no fue fruto de la casualidad ni se hizo con criterio improvisado. En su elaboración, intervinieron distintos factores que ayudaron a prepararla; y sin duda, algunas personas que colaboraron directamente y sobre todo, discretamente, con quien ha sido considerado el verdadero motor del cambio: don Juan Carlos I de Borbón.
Dentro del conjunto de Leyes Fundamentales que sirvieron de soporte al régimen franquista, debe señalarse la Ley de Sucesión, que iniciaba una fórmula de monarquía vinculada a la victoria de la guerra civil y que pretendía claramente desarraigar un pasado histórico de monarquía liberal, al que 110 solamente se ignoraba, sino que se consideraba como una parte sombría de nuestra historia.
Esta monarquía de las Leyes Fundamentales —esta monarquía franquista— permaneció durante largos años como la expectativa que sustituiría al régimen, una vez desaparecido su titular como caudillo victorioso de la guerra.
En su afán vinculante, el general Franco había pretendido dejar establecido que el futuro rey sólo dependiera del grado de lealtad al régimen nacido de la victoria y de su aceptación del espíritu que se había establecido con los llamados principios del movimiento nacional.
Años más tarde fue designado como Príncipe de España, donjuán Carlos de Borbón, a título de sucesor del caudillo y en tales condiciones tuvo que aceptar toda la parafernalia y las estructuras del régimen autoritario franquista.
Don Juan Carlos de Borbón no dejaría de tener una cierta preocupación por la fórmula que se empleara para salir de aquella encrucijada sin romper el formalismo legal establecido, pero cambiando radicalmente el contenido del esquema político.
En este aspecto, no cabe duda que el profesor Torcuato Fernández Miranda proporcionó un cauce legal para la transición, sugiriendo las líneas de la ley para la reforma política, que con el acuerdo y el impulso del propio monarca pudo llevar adelante el presidente Adolfo Suárez.
Quedaba, sin embargo, un aspecto delicado para cualquier monarquía que respetara adecuadamente las tradiciones de la propia institución.
El rey don Juan Carlos I de Borbón no era evidentemente un personaje surgido de la imaginación del general Franco, sino que estaba vinculado con la dinastía histórica que había reinado en nuestro país durante los último siglos.
¿Cómo restaurar, por tanto, esa dinastía histórica sin que se rompiera el nexo hereditario que comporta toda sucesión monárquica? Porque nadie podía ignorar que diversas circunstancias habían colocado como heredero de don Alfonso XIII, último rey de la dinastía que hubo de abandonar el país al proclamarse la República de 1931, a don Juan de Borbón, padre de don Juan Carlos.
Las complejas relaciones entre el general Franco y donjuán de Borbón, conde de Barcelona, había colocado el tema sucesorio en un punto de difícil solución. El general Franco no admitía como sucesor a don Juan de Borbón, por considerar que no representaba en absoluto el espíritu del llamado movimiento nacional, nacido el 18 de julio de 1936.
Don Juan de Borbón había hecho público el 19 de marzo de 1945 un manifiesto en el que se reflejaban sus ideas de reconciliación nacional y de restablecimiento de las libertades públicas dentro de una monarquía parlamentaria. Algo inadmisible para quien se había convencido de que sólo a través de un régimen autoritario se podría garantizar en España la paz.
Este desencuentro entre don Juan de Borbón y el general Franco pasó por altibajos, pero al final el caudillo consideró como fórmula idónea la de ignorar las leyes dinásticas tradicionales en España y elegir directamente a don Juan Carlos de Borbón como sucesor del régimen franquista.
Las relaciones entre padre e hijo evidentemente sufrieron un cierto deterioro cuando don Juan Carlos decidió aceptar la fórmula ideada por Franco y sus consejeros.
Felizmente este desencuentro no llegó a afectar las relaciones personales, pero sin duda existía un vacío que no se podía ignorar. Para que don Juan Carlos recibiera legitimidad dinástica habría de producirse la abdicación de don Juan de Borbón en la persona de su hijo don Juan Carlos.
Y así como antes señalábamos a personajes como Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez, entre otros protagonistas importantes en el proceso de reforma política que sucedió al régimen de las Leyes Fundamentales hasta concluir con la Constitución de 1978, no sería justo ignorar a quienes con su discreción, su consejo, su verdadera misión de mensajeros J e tan delicada cuestión, hicieron posible que el 14 de mayo de 1977, en un acto sencillo, pero decisivo para la historia de España, se produjera en el palacio de la Zarzuela la transmisión de todos los derechos dinásticos de la Corona entre padre e hijo.
La persona que jugó un papel decisivo fue sin duda Antonio Fontán. Antonio Fontán, profesor universitario, hombre de amplia cultura y experto en «latinidades», fue consejero de don Juan de Borbón, conde de Barcelona, y estuvo a su servicio durante varios años, en los cuales siempre destacó por su prudencia y su lealtad.
Al mismo tiempo, no sólo tuvo con el príncipe don Juan Carlos las relaciones de profesor-alumno, sino que supo siempre mantener el tono adecuado para compaginar ambas lealtades.
Por ello, no es de extraño que cuando don Juan de Borbón, entre fines de 1976 y comienzos de 1977, quisiera enviar el mensaje decisivo a su hijo y heredero de que estaba dispuesto y a punto para la abdicación de sus derechos, eligiera a Antonio Fontán que había dado pruebas sobradas de su discreción y acertado consejo.
Con Antonio Fontán tuve el honor de compartir la etapa constituyente, siendo ambos presidentes de las Cámaras que debían aprobar la Constitución.
Durante esa etapa, Antonio Fontán, desde la presidencia del Senado, prestó un gran servicio al proceso de la transición política española, pues lúe precisamente en el Senado y a través de la enmienda presentada por el senador Satrústegui, como se introdujo el artículo 57 que proclama que «la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. don Juan Carlos i de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica», consagrando así la legitimidad que había sido anticipada con la renuncia de donjuán de Borbón, el 14 de mayo de 1977.
En aquella etapa constituyente, Antonio Fontán estuvo presente en los momentos decisivos para apoyar el nuevo modelo constitucional, y sus intervenciones en la comisión mixta del Congreso-Senado fueron siempre positivas.
Es curioso observar que la labor de coordinación efectuada por la comisión mixta constitucional no haya sido resaltada debidamente en nuestra reciente historia constitucional. Pero sin duda, en aquellas sesiones, que a veces fueron tediosas, por la reiteración de las posiciones que los distintos grupos políticos expresaban, hizo posible llegar a la solución definitiva del texto que finalmente fuera proclamado y sometido a referéndum.
Antonio Fontán estuvo también presente en actividades parlamentarias que iniciaban un nuevo camino en nuestra relación con Europa, y así en octubre de 1977 formó parte de la delegación que compareció ante la Asamblea Parlamentaria de Europa para solicitar nuestro ingreso en el Consejo, previa suscripción de la Convención Europea de los Derechos del Hombre.
Este homenaje que se rinde a Antonio Fontán tiene el valor del reconocimiento a toda una trayectoria pública pero sobre todo, es la merecida gratitud que todos debemos a un político que ha sabido ser consejero fiel, mensajero discreto y hombre público coherente con las ideas que profesa.
Gracias, Antonio. Felicidades.
Escribir de don Antonio Fontán y para don Antonio Fontán en este número de su Nueva Revista con motivo de su LXXX cumpleaños es un honor y un motivo de alegría.
Es un honor porque don Antonio es una de las personalidades más importantes, interesantes y decisivas de nuestra época; y como un honor considero tener la oportunidad de dejar mis palabras en una publicación de reconocimiento y de admiración hacia su persona, su obra y su ejemplo. Y es un motivo de alegría porque haber conocido a don Antonio, tratarle, y tenerle por amigo y por consejero siempre lo he considerado como un auténtico regalo que me ha entregado el destino.
Son muchas las facetas de la biografía de Antonio Fontán y en todas ellas ha alcanzado un altísimo nivel de protagonismo y de excelencia. En su vida, don Antonio ha acometido muchas empresas y ha impulsado muchos proyectos y siempre se ha esforzado, con éxito, para hacerlo todo muy bien. Hoy, en esta hora del homenaje por sus primeros ochenta años, creo que a él como a pocos puede aplicársele la sentencia de Eugenio d’Ors de que «una sola cosa te será contada y es la obra bien hecha». Hoy, en la hora del homenaje, son muchas las cosas que le pueden ser contadas a don Antonio porque han sido muchas las cosas que ha hecho bien y son muchas las razones para que todos los españoles, y más los que tenemos la suerte de ser sus amigos, le estemos agradecidos.
En estas líneas de mi homenaje a Fontán quiero fijarme y recordar dos de esas cosas que ha hecho muy bien y que han tenido que ver directamente con mi actividad política: una es la de ser maestro de liberales y la otra la de haberme precedido en la presidencia del Senado.
En España, a pesar de que Cádiz fue la cuna de la palábra «liberal», siempre ha sido difícil que se consoliden partidos y actitudes políticas inspiradas en el liberalismo. Por eso creo que tiene especial importancia y mérito excepcional la trayectoria política de Antonio Fontán, quien, a pesar de las suspicacias que esa palabra «liberal» ha levantado en la historia de los últimos setenta años en nuestro país, ha sabido mantener siempre una actitud profundamente liberal y, lo que aún es más importante, ha sabido aglutinar a su alrededor a todos los que, como yo, creemos que en el liberalismo se encuentran las mejores soluciones para los problemas que plantea la vida en sociedad. Con toda propiedad puede decirse que es el maestro del liberalismo español contemporáneo, y eso es ya una buena razón para que todos le estemos agradecidos.
He tenido el honor de ocupar la presidencia del Senado y, así, el de suceder en ese puesto a don Antonio Fontán. El fue el presidente de la transición y su labor en la Cámara Alta hay que calificarla de excepcional. No hay que olvidar que fue allí, en el palacio de la plaza de la Marina Española, donde se acabó de perfilar el texto de nuestra Constitución de 1978 y allí fue, sin duda alguna, donde se alcanzaron algunos de los consensos más trascendentales sobre los que está edificada nuestra Constitución. La Constitución que más años de libertad, de progreso y de prosperidad nos ha proporcionado a los españoles en toda nuestra historia lleva el sello de don Antonio Fontán, que, desde la presidencia del Senado, supo aunar voluntades y limar diferencias. Allí, en el Senado de España, tuve el honor de ofrecerle a don Antonio el homenaje que se merecía cuando fue proclamado por el Instituto de Prensa Internacional «héroe de la libertad de prensa», en un acto en el que todas las tendencias políticas y todas las periodísticas estuvieron representadas.
Estas forzosamente cortas palabras están dictadas, por mi más sincera admiración y mi más profundo agradecimiento hacia el Fontán latinista, catedrático, periodista, profesor, hombre de empresa, político, humanista, maestro de liberales y, por encima de todo, amigo y consejero excepcional.
El volumen Letras y poder en Roma (2001) es, tras su Humanismo romano (1974), el segundo que Fontán dedica a la recopilación de algunos artículos suyos. Se editan en esta ocasión un total de veintitrés textos, hasta ahora dispersos en revistas y misceláneas varias y no siempre obvias, agrupados en cinco capítulos temáticos que facilitan su accesibilidad. Es ésta una primera virtud del nuevo libro, muy de agradecer cuando se trata de trabajos, como los que aquí comentamos, de un maestro.
Los textos abordan un amplio abanico de temas, desde la más erudita investigación filológica hasta la amena divulgación. Como algunos de ellos han sido ya analizados en colaboraciones precedentes, voy a centrar la mía en el comentario de los estudios de Fontán consagrados principalmente a la Retórica — el arte que en la Antigüedad vinculaba las letras con el poder político—.
RETÓRICA Y POÉTICA
En la cuarta sección del libro que aquí comentamos , se reparten a partes más o menos iguales los estudios sobre retórica y los textos sobre poética. En materia de retórica antigua tiene acreditado Fontán un sólido currículo investigador, y en él ocupa un lugar importante el primero de los estudios reeditados en este capítulo — «La retórica en la literatura latina»—, presentado como ponencia en el V Congreso Español de Estudios Clásicos (1976).
No hará falta recordar al común de los lectores que la moderna rehabilitación de la antigua ars dicendi fue una empresa a contrapelo. Durante al menos siglo y medio —desde el triunfo de las estéticas románticas frente a la vieja tradición clásica—, el adjetivo «retórico» arrastró una carga de connotaciones negativas que lo hicieron sinónimo de «artificioso», «vano» o simplemente «falso». Pero entretanto, de puertas adentró de la Filología, se había producido lo que Fontán llama «el recurso a la estilística» como instrumento de análisis de la obra literaria. Y fue mérito de Ch. Bally el de haber proporcionado a esa disciplina el respaldo que podía recabarse de la concepción teórica, entonces incipiente, llamada a renovar por entero los estudios lingüísticos: el estructuralismo de Saussure.
Tuvieron que llegar los años sesenta del ya pasado siglo para que, en todos los frentes de la cultura humanística, se empezara a hacer justicia a la vieja disciplina del ars rhetorica, y entendida no sólo como arte de la palabra convincente, sino también como lo que ya llegó a ser en la propia Antigüedad: «ciencia del estilo» y «técnica literaria», en palabras de E. R. Curtius.
Fontán distingue cuatro corrientes dentro del moderno movimiento de rehabilitación de los estudios retóricos. Una de ellas es de estirpe lingüística, y arranca del famoso esquema de las funciones del lenguaje de K. Bühler, enriquecido luego por R. Jakobson con, entre otras, su función poética. Una segunda línea, encabezada por H. Lausberg, con su Manual de Retórica Literaria, se afanó en codificar y depurar las enseñanzas de los tratadistas antiguos. Dentro de un terreno estrictamente filológico, y en estrecha conexión con la exégesis de los textos, se ha movido la tercera corriente de investigación, iniciada por el gran maestro holandés K. Leeman gracias a su Orationis ratio. Fontán señala, en fin, una cuarta corriente «de tipo histórico», en la que agrupa los estudios debidos, entre otros, a filólogos clásicos estadounidenses como G. Kennedy y J. Murphy.
Nos ofrece luego Fontán una síntesis de los principios fundamentales de la retórica antigua, subrayando los más característicos de la romana frente a la griega. Nos habla también de su enseñanza en las escuelas y de su expansión hasta dominar por entero el ámbito de la creación literaria, incluida la poesía y con efectos, a decir verdad, nada beneficiosos. Concluye su denso estudio con una confrontación de la antigua disciplina con la moderna «retórica general». En resumidas cuentas, nos hallamos ante un trabajo de imprescindible lectura, especialmente para los colegas de disciplinas fronterizas con las nuestras.

Cicerón consideraba la gravedad como virtud congénitamente romana; sin embargo, los términos grauis y grauitas sólo tienen en la literatura latina arcaica sus más literales sentidos de «pesado» y «pesadez» (o «peso»), Y aquí no cabe recurrir, como en otros casos, a un calco semántico del griego, lengua en la que los términos equivalentes nunca desarrollaron el sentido moral que grauis y grauitas llegaron a tener en latín. Tal es el planteamiento del documentado trabajo «Grauitas Romana», en el que Fontán lleva a cabo un detallado rastreo de los caminos por los que «la gravedad» llega a ser en latín clásico lo que como valor moral sigue siendo para nosotros. Los textos arcaicos, como decíamos, no ofrecen indicios del «ennoblecimiento» de grauis, aunque sí el empleo de su antónimo leuis para referirse a cosas, e incluso personas, «de poco peso» o «poco precio», loque equivale a decir «de poco fiar». Y cabe suponer que una cierta «polarización» provocó una metáfora semejante en el término opuesto.
Pero Fontán explora también, y con notable originalidad, una vía complementaria a tener en cuenta en el proceso metafórico que trata de reconstruir; la de la lengua técnica del ars rhetorica. Para ello acota como campo de investigación la anónima Rhetoricaaá Herenniiim (RH), el más antiguo tratado latino conservado de la materia, escrito en la década de tos años 80 a.C.; y nos hace ver la novedad que supone el que en la RH el término grauis ya aparezca incorporado a la terminología técnica de la oratoria, en el seno de la «teoría de los tres estilos» tradicionales. Y así, frente a la communis doctrina que, tácita o expresamente, acepta «el postulado de que los usos de grauis en la Retórica dependen —de una u otra manera— de su previa transferencia al lenguaje éticopolítico», Fontán demuestra que el camino del proceso fue exactamente el contrario.
El trabajo «Marco Fabio Quintiliano, uir bonus doctor dicendi», procede de la intervención de Fontán en la clausura de la conmemoración del XIX centenario de la publicación de la Institutio oratoria (Madrid-Calahorra, 1995). Empieza por recordar que la Institutio fue el manual en el que durante cuatro siglos aprendieron los romanos el arte del bien decir. Su autor era un hispano, nacido en Calagurris en los años treinta de nuestra era, que sentó cátedra de elocuencia en el centro de la latinidad. Domiciano (81-96 d.C.), mal príncipe y peor persona, pero buen catador en materia de letras, le confió la educación de sus dos sobrinos-nietos a los que tenía in pectore con vistas a la sucesión. Con el sangriento final que le ganó al tirano su hybris, paró en nada aquel proyecto; pero Quintiliano y su reputación de uir bonus dicendi peritus —«hombre honrado diestro en hablar», como él concebía al orador según la vieja definición de C a t ó n — salieron indemnes de la catástrofe.
Decíamos que la Institutio fue durante varios siglos el manual retórico de referencia. En realidad es el único tratado sistemático de la materia en lengua latina que nos ha dejado la Antigüedad. Su doctrina es ciceroniana; e incluso se habla de una «reacción quintilianea» frente al «nuevo estilo» de Séneca, que reivindica a Cicerón como modelo oratorio. Pero Cicerón no había expuesto su doctrina en un manual, sino, sobre todo, en diálogos literarios como el De oratore, en los que evitaba los tecnicismos, dando la espalda al ideal de univocidad propio de toda lengua técnica. Quintiliano, hombre práctico y verdadero maestro, condujo al orden debido las enseñanzas necesarias para llevar a su perfección «la facultad de hablar»; la que, como él nos dice —y Fontán nos recuerda al final de su ensayo— «es la mejor propiedad de que los dioses dotaron al hombre».
De la retórica a la poética, pero de manera gradual, nos lleva el artículo «Tenuis Musa? La teoría de los characteres en la poesía augústea». Es un trabajo filológico en el más estricto y mejor de los sentidos, en el que Fontán descubre un nuevo testimonio, precoz y muy relevante, del proceso por el que la Retórica llegó a convertirse en un arte general de la literatura, invadiendo incluso el ámbito de la Poética.
La intuición de la que parte este trabajo concierne a dos famosos versos de las Bucólicas de Virgilio (112; VI 8), en los que el pastor-poeta habla de «ejercitar la musa silvestre / agreste» —de «entonar un rústico canto», traduce F o n t á n — «con delgada (tenui) flauta / caña». No es de extrañar que un experto en retórica vea en el adjetivo tenui, presente en uno y otro verso, un empleo traslaticio de la denominación técnica del más humilde de los tres estilos o characteres del discurso oratorio. Cierto que Virgilio aplica el adjetivo a la caña / flauta del pastor, a la cual le cuadra por derecho propio; pero en uno y otro verso aparece también la Musa —ya «silvestre», ya «agreste»— con unos adjetivos que tampoco le sientan mal al bucólico instrumento. Por ello opina Fontán —y creo que acierta— que en uno y otro caso el poeta ha aplicado una enálage, la figura retórica, de copiosa aplicación en poesía, que atribuye a un nombre un adjetivo que lógicamente correspondería a otro del contexto. Pues bien, en los dos versos analizados tendríamos una enálage doble (o cruzada): las «silvestres / agrestes» serían la «caña/flauta», y la que resultaría, ya no «delgada», sino «ligera» (tenui) sería la Musa, personificación del stilus tenuis retórico, convertido ya en categoría poética.
De las teorías antiguas pasamos a las modernas —y de la teoría a la práctica sobre los textos— en el artículo «Análisis estructural de la poesía: un comentario a Horacio, C. III 30». Fontán lo publicó en 1966, cuando aún no era tan obvio, como luego llegó a ser, el recurso a los varios métodos que pretendían aplicar al análisis de los textos literarios, y en particular de los poéticos, los principios estructuralistas. En aquel momento, también Fontán «echó su cuarto a espadas» y, por decirlo con palabras del propio Horacio, non sine gloria. Tomando pie en los entonces recientes trabajos de Levin (1962) y de Ruwet (1963, 1964), que a su vez desarrollaban principios generales formulados por Román Jakobson, Fontán sometió a examen una pieza bien conocida: la que Horacio escribió como colofón del corpus editorial de sus tres primeros libros de Odas.
Tras una cuidada traducción del texto, Fontán analiza en él los aspectos que cabría llamar «esotéricos», por estar ligados al sistema métrico empleado (en este caso, el logaédico, que tiene en su rigidez su servidumbre y su grandeza). Pasa luego Fontán a la aplicación de algunos de los modelos estructurales de Levin y Ruwet y, concretamente, del de los couplings / couplages, «emparejamientos» o «correspondencias», al parecer estructuras básicas de toda composición poética. En el caso del texto propuesto, parece claro que esos patrones compositivos se reflejan en fenómenos como la reserva de los lugares privilegiados que eran el final de hemistiquio y el final de verso para los nombres y adjetivos, o en el de inicio de verso para los verbos.
Cierra esta sección de «Retórica y poética» otra intervención de Fontán en una conmemoración de un escritor hispano, y también de los tiempos de Domiciano. Aquí se trata del simposio dedicado en 1986 al poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial. Fontán articula su contribución, siguiendo una práctica habitual en la Antigüedad, a modo de synkrisis o juicio comparativo; en este caso con el otro gran talento literario y poético de la época, el napolitano Papinio Estacio. Naturalmente, Fontán prescinde aquí del Estacio épico, para quedarse con el de las Silvas, su miscelánea de «poesía de ocasión» que suele pasar por «lírica». No tiene menos motivos para ser calificada de tal una buena parte de la poesía epigramática de Marcial, y en ese aspecto acierta Fontán al considerar a uno y otro poetas como cultivadores de la tennis Musa de la que antes hablábamos.
Marcial y Estacio compartieron época y también poderosos protectores, empezando por el propio Domiciano. A los amigos y mecenas comunes dedicaron uno y otro piezas más o menos circunstanciales; y en ese corpus es, lógicamente, donde Fontán centra su synkrisis, que concluye proponiendo un ingenioso y acertado paralelismo: «Estacio es culterano y Marcial conceptista: Góngora y Quevedo, salvadas las distancias de las lenguas, las personas y los siglos»
Llego tarde al homenaje a Antonio Fontán en este número de Nueva Revista (al de este número: a Fontán le homenajean implícitamente a diario sus cientos de amigos, discípulos y admiradores, entre los que, afortunadamente, me cuento); pero no tan tarde como para que el director no cuele amablemente esta pieza, modesta y republicana, a modo de tributo a Antonio Fontán.
He escrito «modesta» y he escrito también «republicana»: es modesta porque es breve y porque se refiere, a su vez, a un tipo de texto (o de texto iluminado) que suele tener pequeño formato: el ex libris. Sólo por eso, porque, para uno, todo lo que se refiere a Fontán es grande, gigánteo. Lo único pequeño en la vida grande de Antonio Fontán es su ex libris, que no debe de tener más de cuatro centímetros de largo por tres de ancho.
Y he escrito «republicana» usando la feliz expresión que uno de los miembros más distinguidos del consejo editorial de Nueva Revista —Paco Cabrillo— dedicaba a los originales nada originales, o sea, a los textos que cuando llegaban a la mesa del editor —la mesa de Antonio Fontán, como la del rey Arturo, también es grande y está llena de notables— ya habían sido impresos en algún otro sitio, de modo que publicarlos era re-publicarlos.

Porque el caso es que, hace un par de meses, la inconsciente amabilidad de dos expertos exlibristas provocó que me pidieran que prologara un magnífico libro, que se ocupaba de rastrear la influencia cervantina y quijotesca en los ex libris desde 1770. Yo poseo libros, pero no tengo ex libris. Tampoco conocía la obra, sin duda interesantísima, de los exlibristas. Y de ese arte, como de las aficiones que le supongo familiares —encuademaciones, dedicatorias, coleccionismo de intonsos, de princeps, de primeras ediciones e incluso de erratas— no tenía más conocimiento que cualquier lector muy curioso que tenga, además, un par de maestros y.amigos bibliófilos —o, como es mi caso, más bien «bibliófagos»—. En fin: que mi desconocimiento de ese mundo mágico de los ex libris era y es oceánico.
Entonces recordé el ex libris de alguien admirable por sabio, por latinista, por político, por periodista: el del maestro de maestros e insuperable tejedor de amistades que es Antonio Fontán. Durante una época frecuenté muchos libros suyos (suyos en propiedad y suyos, sobre todo, porque los había escrito él, que es lo que tiene mérito), y casi todos ellos tenían, adherido, su ex libris, un pequeño sello con un hexámetro en letra gótica. Y el ex libris de Antonio Fontán me sacó del apuro del prologuista tan limpiamente como el propio Fontán me ha sacado otras veces de otros apuros.
Después, superado el trance, me volví a olvidar de esa curiosa afición o arte. Pero algo había aprendido de la prueba, y algo también rememoré con ella, algo que viene a cuento en este número de homenaje al hombre grande.
Caí en la cuenta de que el ex libris entrevisto en los libros de Antonio Fontán era distinto a los de la mayoría que yo había ojeado (y hojeado). Estos abundaban en dibujos con aspecto de litografía expresionista (mayoritariamente malos), en señoritas art nouveau castamente desnudas (mayoritariamente gruesas), en marcos grottescos, panoplias, escudos de armas, grifos, y dragones y barones más o menos rampantes (mayoritariamente sobreactuados); también en cierto humor y, algunos, en lemas solemnemente tópicos.
Lejos de ese bosque barroco y grandilocuente, Antonio Fontán encontró el texto de su ex libris (y esto sí que es «encontrar»), en el Catholicon de Juan de Balbis, obispo de Génova (n. en 1824); su autoría entre los antiguos (me dijo el propio Fontán, claro) es desconocida. Como todas las verdades, probablemente pertenezca ya a todos y a nadie en particular. Dice así:
Haurit / aquam cribro / qui discere vult / sine libro
«Saca agua con una criba el que pretende aprender sin libros». (La criba —cribrum— era el utensilio utilizado en las eras para separar el grano de la paja).
Lo que aprendí es esto: que en casi todos los demás casos, los ex libris venían a ser un espacio mínimo, casi mezquino y hasta vanamente celoso en algunos casos: el espacio meramente dedicado al registro de la propiedad literaria (o libresca); un torpe sello que, en muchos casos, y como tantas famas, probablemente no tenía casi nada que ver con la vida real del dueño del libro.(y del ex libris).
Lo que rememoré es esto otro: que el de Antonio Fontán era, a escala, uno de los muchos aspectos pequeños con los que ha hecho, de su larga vida, algo muy grande.
Recuerdo un consejo que alguien me dio cuando aún me encontraba en la Facultad de Ciencias de la Información y soñaba con ser un día una buena periodista: «Si quieres que el lector te entienda, redacta como si le estuvieses escribiendo una carta a tu madre. Hasta adquirir ese hábito, hasta lograr explicar lo más complicado de manera sencilla y comprensible, acostúmbrate incluso a comenzar con un «querida mamá»». Se trata de un buen consejo. Un lenguaje claro y preciso constituye una excelente garantía de fidelidad a la verdad. Me gustaría que quien lea estas líneas comprenda lo que para mí significa la figura de Antonio Fontán. Por eso me ha parecido que lo más apropiado es escribirle una carta, una carta de cumpleaños.
Querido don Antonio:
Seguro que todavía se acuerda de mi llegada a Madrid. De eso va a hacer muy pronto siete años, siete años de vida profesional que, con toda seguridad, no hubieran sido los mismos si no hubiera tenido la oportunidad de trabajar con usted.
Cuando llegué en noviembre de 1996 para ser la jefa de Redacción de esta revista, Antonio Fontán era para mí un ex presidente del Senado, el fundador de Nuestro Tiempo, el valiente director del desaparecido Madrid, un importante latinista. Y, es verdad, usted era todo eso y mucho más. No citaré aquí su extraordinaria trayectoria, que queda bien glosada en este número, pero sí deseo destacar que el suyo es un caso muy poco frecuente. El caso muy poco frecuente de quien ha sabido conjugar en todos los aspectos de su vida el compromiso con la libertad. Esa combinación perfecta y feliz de compromiso insobornable con la cosa pública y ejercicio constante de libertad para sacar adelante distintas empresas intelectuales y profesionales es lo que, a quienes le conocemos bien, nos llena de admiración. Para usted, don Antonio, las enseñanzas de Cicerón, el latín de Juan Luis Vives, el periodismo, la presidencia de una Cámara constituyente y tantas otras cosas no son sino aspectos que ilustran la diversidad de caminos por los que nos conduce la libertad (por algo ha sido siempre un radical y tenaz defensor de las libertades).
Eso es lo que yo pude comprobar muy pronto, pues desde el primer momento me regaló su confianza. Así, durante mis tres años largos en Nueva Revista, fui aprendiendo de quien ha sido maestro de académicos, maestro de periodistas y maestro de políticos. Aprendí de su sabiduría, su prudencia, su talante siempre abierto al diálogo, su coherencia y su actitud vital de servicio. Enseguida comprendí que esa poco frecuente combinación de virtudes es la que le ha permitido ganarse a lo largo de su vida el aprecio y el reconocimiento sincero de quienes incluso no piensan como usted. Porque la suya es, sin duda, una personalidad singular, ajena a los tópicos y los lugares comunes.
Querido don Antonio, no puedo extenderme más. Sólo quiero decirle que su nombre no sólo queda unido para siempre a la historia de España, sino también a la pequeña historia de todos y cada uno de los que, como yo, hemos tenido la suerte de aprender de su ejemplo y disfrutar de su desinteresada y sincera amistad. Feliz cumpleaños.
Nazareth Echart
Son miles las páginas de letra impresa firmadas por Antonio Fontán. En el libro-homenaje que sus colegas y discípulos filólogos le dedicaron el año 1990, el profesor López Kindler elaboraba una lista de publicaciones con más de doscientas sesenta entradas. De ella nos hemos servido para confeccionar el elenco que presentamos ahora —somos Pulgarcito acomodados en el ala del sombrero de un carretero, pues queremos ver más lejos—.
En nuestra lista, hemos tenido que añadir no obstante algunos nuevos títulos, tanto porque Fontán ha seguido dando mucho trabajo a la imprenta estos doce últimos años como, también, porque se ha impuesto la tarea de completar la información que entonces se nos proporcionaba: con ser tan amplia aquella lista de los escritos de Fontán, distaba de ser completa.
Tampoco la nuestra lo es, por lo demás. Contamos de antemano con que dentro de diez o doce años vendrán quienes, después de nosotros, tendrán que actualizar la nómina de la obra escrita de Fontán, que ahora damos a la imprenta. Porque es seguro que don Antonio no dejará de escribir, por una parte; y por otra, porque aceptamos de antemano que sólo llegaremos a tener la cuenta exhaustiva de lo que ha escrito Fontán cuando alguien se decida a dedicarle una tesis doctoral a este escritor. Eso habrá de suceder, estoy seguro, si la Universidad española no echa en saco roto lo que su maestro ha conquistado para ella y entregado como herencia, pues las empresas editoriales de Fontán dan claramente de sí para hacer a más de uno, y a más de dos también, doctores en ciencias políticas (y otros tantos en ciencias económicas, cuando alguna facultad del gremio se decida a investigar el milagro de las empresas culturales made in Fontán). Será entonces cuando tengamos la lista fehaciente, «científica», de la obra de este escritor prolífico que es Fontán.
Y a propósito de feracidad intelectual: hay tener en cuenta que lo que Fontán ha escrito y firmado es sólo una parte —una especie dentro de un género— de lo que Antonio no ha firmado pero sí escrito. Me atrevo a aventurar que suman varios cientos, fácilmente incluso el millar, las páginas que le corresponden al Fontán escritor sin firma: editoriales de los diarios y semanarios que ha dirigido; «notas», «crónicas» y «panoramas de actualidad» que han aparecido sin desmayo en las revistas culturales que ha puesto en marcha, notas editoriales, etc.
En el número 30 de Nuestro Tiempo, por ejemplo, correspondiente a diciembre de 1956, Fontán firmaba (por excepción, pues la sección aparecía habitualmente sin firma) las cuatro colaboraciones colocadas bajo la rúbrica de «Notas de nuestro tiempo» (pp. 57-67): «De la gran persecución», «Húngaros en el desierto», «Facciones en el Kremlin» e «Ingleses y americanos». Así, pues, no parece que Fontán estuviera exagerando cuando, a propósito de esta sección y muchos años después, llegara a decir, entre paréntesis: «Creo que escribí casi la mitad de esas Notas»1.
¿Cuántas serán, pues, las páginas sin bautizar que deban a Fontán su existencia? La crítica textual habrá avanzado seguramente más de lo que yo he podido saber, y existirá algún procedimiento estilístico, estadístico o de otro género para obtener científicamente el ADN, por así decir, de cada texto. Esos textos anónimos, pues, podrán seguramente algún día llegar a ser autorizados como fontanianos, y nosotros tener más precisión cuantitativa a este respecto.
Sea como fuere, otra cosa parece cierta, cuando uno hojea la lista de publicaciones de Fontán y opina: que ha escrito de temas muy variados. Su mente no aparece como la de un especialista, que se hubiera ocupado solamente de temas filológicos clásicos. Fontán aparece en un primer golpe de vista como un cabal hombre de letras, o si se prefiere, como un filósofo. Porque una parte importante de su mente se ha ocupado con gusto, es decir, con frecuencia, de problemas de filosofía: ha intentado la comprensión de la historia, la comprensión de las ideas, ha ensayado la periodización del pensamiento político, la evolución de las sociedades.
A un filósofo de profesión, sin embargo, le llamará la atención lo poco sistemática que es la mente de Fontán. Quien está acostumbrado a meditar en las conexiones entre un tema y otro en un sistema de pensamiento como el aristotélico, el kantiano o todavía más en el de Hegel, no puede dejar de asombrarse de la curiosidad casi ilimitada y, al parecer, caprichosa del escritor Fontán. Es él un ensayista a quien no arredra la falta de conexión, lo mismo real que aparente, de los temas que le interesan intelectualmente: escribe sobre ellos cuando lo cree oportuno y eso le basta.
Se trata, pienso yo, de una gran virtud intelectual, esta de la asistematicidad mental, al menos si la comparamos con esa deformación profesional del filósofo que es su apenas reprimible deseo de sistematicidad. Y es, digo, una virtud intelectual, porque se coloca mucho más cerca de la vida, se pega mucho más estrechamente a la de suyo un poco estúpida, necia incluso, realidad,, y así puede simpatizar mucho más con ella, y pasar luego a comprenderla. Porque quien tiene el prurito intelectual de establecer principios y conceptos generales primero, y pretende por añadidura que queden relacionados por medio de conexiones lógicas, esos o son un genio y entonces nos sale un Aristóteles, o bien acaban siendo, como sucede las más de las veces, creadores de escarcha lógica al cabo inútil a la hora de comprender la realidad.
Antonio Fontán es un filólogo lo suficientemente sabio como para no perderse, a estas alturas de la película, en los jardines rectilíneos que han inventando los filósofos sistemáticos. Él no tiene la inseguridad de aquéllos, a él la selva de la vida no le da miedo, él no se horroriza al encontrarse con esos vacíos de intelección con que se presenta habitualmente la realidad, impúdica y campante, cada día. Fontán convive con la falta de lógica de la realidad, cuando a eso llega la vida; se codea con ese conjunto de fenómenos bobos por los que, no obstante, nos interesamos casi siempre en razón de su novedad, que constituyen la actualidad de nuestro entorno; Fontán ha convivido mucho tiempo con la literatura, en fin, y más todavía con la vida, para exigirle ahora a la realidad una apariencia versallesca, una panorámica paragráfica, kantiana, de la vida inteligible.
Y sin embargo y no obstante ser tan prolífico y tan variado, el pensamiento de Fontán es al mismo tiempo coherente. El era —y es— un «platón», un sujeto de hombros espirituales anchos, que le permiten soportar mucha realidad. Fontán no se ha conformado, al parecer, con echar una red al curso de la vida, ni tampoco dos, sino que ha podido con tres. El ha perseguido formar su capital en tres ríos: la universidad, la política y el periodismo. Son tres redes, las que aguantaron el peso de la mucha pesa que hizo en ellos; y un pescador, que no se ha roto.
Observados un poco más de cerca, en realidad, tal vez tengamos que admitir que se trata de tres afluentes de un mismo río, a saber: el río de la comunicación. Porque toda la vida se la ha pasado Fontán tratando de comunicar saberes, tratando de comunicar novedades —yo diría, novedades sobre todo que transmitan esperanza— y tratando de comunicar bienes supraindividuales.
Incluso tendríamos que llegar a admitir que Fontán siempre ha estado pescando en un mismo, caudaloso y ancho río, que es el de la «comunicación pública». Como un cavernícola que huyera de su prisión —hago una lectura conjunta de los mitos de la caverna y del carro alado de Platón— y deviniera capaz de ver fuera del mundo de las sombras —capaz de comprender la auténtica realidad—, acaso así Fontán, después de arremangarse, se haya echado a faenar en un río donde habitan muchos peces, grandes y sabrosos —vaya, pesca de verdad—, con objeto de llevar luego esas sus capturas hasta la orilla donde estamos casi todos los demás —los cavernícolas hambrientos de saber, de bienes, de novedades esperanzadoras—.
Queda mucho por escribir a propósito de Fontán. Como en una pieza de Bach, su pensamiento nos aparece a la vez el tema y la fuga: nosotros tratamos de comprenderle, y él trata a su vez de comprender la realidad. Fontán ha saboreado mucho la vida, porque la ha cortejado mucho: ese es su tema; y la fuga que sabe asimismo interpretar, es la de quien, con ochenta años, no está ni cansado ni hastiado ni decepcionado de la realidad, sino que se atreve a faenar en aguas cada vez más profundas. El joven octogenario Fontán tiene por delante mucha vida; nosotros, muchos descubrimientos que escucharle. Le aguardamos.
1948
Cicerón: Defensa del poeta Arquías, Textos clásicos anotados, Gredos, Madrid (reimpr. 1966 y 1986).
Cicerón: Defensa del poeta Arquías, colección bilingüe, Madrid, Gredos.
«José Manuel Pabón: Homero (Barcelona, 1947)», Arbor vol. X, pp. 157-159.
«Francisco Rodríguez Adrados: El sistema gentilicio decimal de los indoeuropeos occidentales y los orígenes de Roma (Madrid, 1948)», Arbor vol. X, pp. 165-166.
«Alvaro d’Ors: Introducción al estudio de los documentos del Egipto romano (Madrid, 1948)», Arbor vol. X, pp. 316-317.
1949
«Algunos códices de Séneca en bibliotecas españolas y su lugar en la tradición de los Diálogos», Emérita nº 217, pp. 9 – 42.
«Alexander, W. H.: Seneca’s Dialogi III, IV, V», Emérita n 2 17, pp. 3 4 8 y ss.
«Seneca’s Dialogi I, II, VI, VII, IX, X», Emérita n 2 17, pp. 3 8 3 y ss.
«Ángel Montenegro Duque: La Onomástica de Virgilio y la Antigüedad preitálica (Salamanca, 1949)», Arbor, vol. XIII, pp. 542-543.
1950
«Sobre Séneca, De Tranquillitate Animi y De Brevitate Vitae», Emérita nº 18, pp. 186-192.
«De Providentia y la cronología de las ultimas obras de Séneca», Emérita nº 18, pp. 367- 376.
«Anotaciones críticas al texto del Martini Bracarensis Tractatus De Ira», Emérita nº 18, pp. 377-380.
«Alexander, W. H . :Seneca’s Naturales Quaestiones», Emerita nº 18, pp. 263 y ss.
«Seneca’s Epistulae Morales», Emérita nº 18, pp. 265 y ss.
«Carta de las provincias: Granada», Arbor nº 16, pp. 98-101.
«El latín en los estudios españoles de Enseñanza Media», Arbor nº 16, pp. 215-221.
1951
Jerónimo Savonarola: última meditación. Introducción, traducción y notas de A. F., Madrid, 1951 (19552 ) .
«L. Annaei Senecae, Dialogorum libri I`X-X; et al » , Arbor vol. XVIII , pp. 159-160.
«Humanismo», Arbor vol. XIX , pp. 66-74.
«Tradición y crítica del texto de Séneca», Estudios Clásicos nº 2, pp. 81-88.
«La tradición de las obras morales de Martín de Braga», Boletín de la Universidad de Granada nº 91; Letras, pp. 5-18.
«Tácito: Diálogo de Oradores» (traducción de M. Marín Peña), Arbor nº 20, pp. 153 y ss.
«Barlow, C. W.: Martini Bracarensis Opera Omnia», Emérita nº 19, pp. 374 y ss.
«Salustio: Conjuración de Catilina y Guerra de Yugurta» (traducción de M. Marín Peña y A. Pariente), Arbor nº 20, pp. 153-154.
«Antonio Magariños: Cicerón (Barcelona, 1951)», Arbor vol. XXI , pp. 301 – 302 .
1952
«Los españoles y la Europa», La Actualiadad Española nº 1 (12.01), p.10.
«Balance de la cultura» La Actualiadad Española nº 2 (19.01)p. 10.
«Pequeñas historias de provincia» La Actualiadad Española nº 3 (26.01), p.10
«Valor de España» La Actualiadad Española nº4 (02.02), p.10.
«El individualismo español», La Actualidad Española nº 5 (09.02), p. 12.
«Madrid y las provincias», La Actualidad Española nº 6 (15.02), p. 12.
«La nación y la clase social», La Actualidad Española nº 7 (22.02), p. 14.
«Las regiones españolas y el 98», La Actulidad Española n º 8 (29.02), p. 14.
«Izquierdas y derechas», La Actualidad Española nº 9 (07.03), p. 14.
«Defensa de lo popular», La Española Actualidad n º 10 (15.03) , p.14.
«La muerte del general», La Actualidad Española nº 11 (21.03), p. 14.
«Los dólares y la ilusión», La Actualidad Española nº 12 (28.03), p. 14.
«La importancia de la prensa», La Actualidad Española nº 13 (04.04), p. 14.
«Procesiones en todas partes», La Actualidad Española nº 14 (12.04), p. 14.
«Míster Gog al habla», La Actualidad Española nº 15 (18.04), p. 14.
«Luces de esperanza», La Actualidad Española nº 16 (25.04), p. 14.
«Jóvenes y viejos», La Actualidad Española nº 17 (02.05), p. 14.
«Elogio de la paradoja», La Actualidad Española nº 18 (09.05), p. 14.
«Lección del 11 de mayo», La Actualidad Española nº 19 (16.05), p. 16.
«La cuestión social», La Actualidad Española nº 20 (23.05), p. 16.
«Incapacidad para el diálogo», La Actualidad Española nº 21 (30.05), p. 16.
«A la vuelta del Congreso de Barcelona», La Actualidad Española Nº 23 (13.06) pp. 16-17.
«¿Sobran universitarios en España? (I)», La Actualidad Española nº 24 (20.06), p. 16
«¿Sobran universitarios en España? (y II)», La Actualidad Española nº 26 (04.07).
«La función de los periódicos», La Española Española nº 27 (11.07).
«18 de julio de 1936 – 18 de julio de 1952», La Actualidad Española nº 28 (18.07).
«La voz de Jacob», La Actualidad Española nº 33 (22.08).
«Inquietudes de Europa», La Actualidad Española nº 34 (29.08).
«El mito de la normalidad», La Actualidad Española nº 35 (05.09).
«La última insolencia de Baroja», La Actualidad Española nº 36 (12.09).
«La lección de los antiguos», La Actualidad Española nº 38 (29.09).
«El ejército europeo y nuestra conciencia militar», La Actualidad Española (10.10).
«La tela de Penélope», La Actualidad Española nº 41 (17.10).
«El demonio de la confusión», La Actualidad Española nº 42 (24.10).
«La paz y sus falsas imágenes», La Actualidad Española nº 45 (14.11).
«Vidas paralelas: Maurras y Croce», La Actualidad Española nº 47 (28.10).
«La huella de Giner», La Actualidad Española nº 49 (12.12).
«¿Por qué las Navidades en diciembre?», La Actualidad Española nº 52 (1952).
1954
«Algunos códices de Séneca en bibliotecas españolas y su lugar en la tradición de los Diálogos II», Emérita nº 22, pp. 35 – 65.
«Este tiempo nuestro», Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 49-53.
«Isidoro Zorzano Ledesma. Un ingeniero de Dios» [reseña de: Daniel Sargent, God’s Engineer, Chicago 1954], Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 115-118.
«Padres Apologistas Griegos (siglo II)» (reseña de libro homónimo, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 120-121.
«Las 4 8 Américas» [reseña de libro homónimo, de Cartier Raymond, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº1 (VII/1954), pp. 125-126.
«Roma, un ejemplo de incorporación cultural», Nuestro Tiempo nº 2 (VIII/1954), pp. 38-46.
«El sueño de un anciano» [reseña del libro homónimo, del cardenal John Henry Newman, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 2 (VIII/1954), pp. 124-125.
«Verbum Vitae. La palabra de Cristo» [reseña del libro homónimo, editado por Mons. Ángel Herrera, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 3 (IX/1954), pp. 124-125.
«Toynbee o la historia de un esfuerzo gigante», Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 113-117.
«Decenario al Espíritu Santo» [reseña de libro homónimo, de Francisca Javiera del Valle, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 123-124.
«Obras de San Agustín (vol. X I I ) » [reseña de libro homónimo, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 124-125.
«La tumba de San Pedro» [reseña de libro homónimo, de Kirschbaum, Junyent, Vives, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (XI/1954), pp. 116-119.
«Comunidad Europea y Comunidad Universal», La Actualidad Española nº 149.
1955
«La herencia del Barroco español» (reseña de: V. Rodríguez Casado: La monarquía española del Barroco, Sevilla 1954), Nuestro Tiempo nº 8 (11/1955), pp. 114-116.
«Los principios de la unidad de España», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 19- 29. Reimp. Humanismo Romano 1974 cit. infra, pp. 218-228.
«La semana de Ginebra», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 55-64.
«El rearme moral», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 65-73.
«Incertidumbre y riesgo» [reseña de libro homónimo, de Peter Wurst, Madrid 1955], Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 114- 120.
1956
Los tópicos y la opinión, Col. Crece o Muere / Ateneo de Madrid, Editora Nacional, Madrid 1956 (39 págs.).
«Un nuevo progresismo», La Actulidad Española nº 23 (12.01), p. 13.
«La actual importancia de Belgrado», Nuestro Tiempo n º 23 (V/1956), pp. 64-66.
«Los problemas de la Unión Soviética», Nuestro Tiempo nº 25 (VII/1956), pp. 49-50.
«Los intelectuales», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 3-24.
«Suez, la tragedia de un imperio», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 63-76.
«Juan Roger: El surrealismo francés (Madrid 1956)», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 107-108.
«Breve perfil de un pueblo noble y valeroso», Nuestro Tiempo nº 29 (XI/1956), pp. 42-43.
«De la gran persecución», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp. 57-59.
«Húngaros en el desierto», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.59-62.
«Facciones en el Kemlin», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.62-65.
«Ingleses y americanos», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.65-67.
«Las ideas tienen consecuencias», La Actualidad Española nº 218 (1956).
1957
Artes ad humanitatem. Ideales del hombre y de la cultura en tiempos de Cicerón, Publicaciones del Estudio General de Navarra, Pamplona, 1957.
«Religión y Norteamérica», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 80-82.
«Nacionalismo árabe e islam», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 82-84.
«Las sirenas del marxismo», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 84-85.
«El libro de la amistad» [reseña de Estudio sobre la amistad, de A. Vázquez de Prada, 1957], Nuestro Tiempo nº 37 (VII/1957), pp. 78-81.
«Misión del escritor», Reino 31.08.1957.
«Ignacio de Loyola», La Actualidad Española nº 291.
«El nuevo humanismo nacional», ABC 23.10.1957.
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«La lengua y la cultura», ABC 02.03.1958, p. 3.
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