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Ver productos«¡Bienvenido a Berlín, profesor Fontán!». Un hombre con sombrero tirolés me tendía jovialmente la mano para darme la bienvenida a la antigua capital alemana, al bajar la escalerilla del avión que acababa de aterrizar en el aeropuerto de Tempelhof. Le hice una seña para indicarle su error, informándole de que el profesor Fontán venía más atrás y empezaba en ese momento a salir del avión. Era el año 1962. Recién terminada nuestra carrera de periodismo en la Universidad de Navarra, un grupo de graduados realizábamos nuestro viaje fin de carrera acompañados por Antonio Fontán. Allí, aprovechó nuestra estancia en la ciudad cercada por el muro para dar una conferencia en alemán en la Universidad Libre de Berlín.
Más que un profesor, Fontán era para nosotros un verdadero maestro. Ejercía su magisterio dedicando mucho tiempo a sus alumnos. En Pamplona era muy sencillo quedar con él en su despacho en la redacción de Nuestro Tiempo, de la que entonces era director, para charlar extensamente sobre cualquier clase de cuestiones, no necesariamente académicas. Conocía muy bien los periódicos y las revistas de Europa y América. Y no sólo porque leía los más importantes sino porque conocía personalmente a muchos de los periodistas más destacados. Pude comprobarlo en aquel primer viaje y en otros en París y en Fránfort. Sus seminarios hemerográficos incitaban a prepararse para un trabajo profesional serio y rezumaban respeto hacia la profesión periodística, algo llamativo cuando todavía estaba vigente en España la censura previa. Era todo un programa de acercamiento a la verdad y de conquista de la libertad lo que allí se enseñaba. Nos preparaba para cambiar en profundidad la Prensa.
Al volver yo a Madrid para empezar a buscar trabajo me dio tarjetas de presentación para tres personas. El objetivo era que les fuese a ver para que me prestaran libros. Me había confeccionado una lista de obras importantes que yo tenía que leer. De Fontán he aprendido muchas cosas. Entre otras, le agradezco el hábito de leer libros y periódicos. Un libro a la semana; y siempre un diario extranjero además de los españoles.
A uno de aquellos amigos tardé varios años en visitarle, porque vivía exiliado en Francia. Se trataba de Rafael Calvo Serer, quien me prestó muchos libros pero nunca más de dos al mismo tiempo. Nos veíamos en Pinar, en la entonces residencia del Consejo de Investigaciones Científicas. A pesar de la diferencia de edades, trabamos una excelente amistad. Rafael me dejaba libros en francés y algunos en castellano que no se vendían en las librerías españolas. Seguí de cerca su aventura política del diario Madrid, en la que me ofreció en cierta ocasión un trabajo de dirección que no acepté. Antonio Fontán dirigía el periódico, templando con talento empresarial el ímpetu imprudente de Calvo Serer pero sin menoscabo de una crítica sin fisuras al régimen político del tardofranquismo tecnocrático que mandaba en España.
En el Madrid colaboraron firmas de todos los colores de la oposición al franquismo, desde democristianos a comunistas, pasando por liberales y socialistas: la práctica totalidad de lo que luego sería el espectro del arco constitucional de la monarquía parlamentaria.
Fontán es monárquico y liberal. Su fidelidad a la causa monárquica se la he oído yo encomiar al propio don Juan de Borbón, pocos días después del golpe del 23-F, en la Moraleja, en casa del conde de los Gaitanes.
Después creó la Nueva Revista, en la que le acompañé desde el primer día con José María de la Cuesta como accionistas y consejeros. Pero sin dejar de estar presente en la vida política ni abandonar la Universidad Complutense. Porque ante todo Fontán es catedrático de Filología latina y cuenta con discípulos que han obtenido cátedras de Latín y de Griego tanto en la universidad como en los institutos de enseñanza media.
Fontán reúne las condiciones propias de los grandes publicistas contemporáneos. La solidez que muchos de éstos mostraban (estoy pensando en Ortega y en Aron) se apoyaba en el plano formado por tres puntos cardinales de la cultura moderna: la universidad, la política y los medios de comunicación. En el caso de Fontán, se trata de una sabia mezcla de cultura humanística romana y de presencia activa en la vida pública y en los medios de comunicación.
Pero con todo, si algo tuviera yo que destacar en Antonio Fontán, al contemplar su vida cuajada a lo largo de ochenta años de trabajo fecundo, es que es una gran persona. Un hombre cabal y generoso, siempre dispuesto a dedicar su tiempo a los demás. Un verdadero maestro. Un hombre.bueno. Y que, además, sabe latín.
Tenía yo apenas veinte años cuando tuve la suerte de conocer a don Antonio Fontán. Entonces me sorprendió; y hoy, que ya no tengo Tveinte años, me sigue sorprendiendo la deferencia, la amabilidad y el cariño con que don Antonio me acogió, con que él atendía a los jóvenes colaboradores, a los jóvenes discípulos, a todos los que, por una u otra razón, nos acercábamos a él.
Entonces me sorprendió y hoy, cuando lo recuerdo, me sorprende aún más que él, que es un sabio en el sentido humanista del término; que había sido además presidente del Senado en la transición; que había dirigido el diario Madrid cuando este periódico fue la referencia de todos los afanes de cambio en pleno franquismo; que es un protagonista de excepción de la historia del periodismo español de los últimos cincuenta años; que él, que es todas estas cosas y muchas más, me atendiera, escuchara mis opiniones, contestara a mis preguntas y me diera consejos siempre atinados.
Hablar con don Antonio, escucharle y contemplar su manera de afrontar los problemas humanos, intelectuales, políticos o periodísticos ha sido, desde aquel primer encuentro, la mejor escuela que yo pude soñar jamás. Los franceses emplean la expresión maître-à-penser para referirse a esos maestros que no sólo enseñan unos saberes concretos, sino que enseñan, ante todo, a pensar, a abordar con cordura y con honradez los problemas de toda índole con que nos encontramos en la vida. Don Antonio ha sido para mí eso, un maestro admirado y querido, cuya palabra y cuyo ejemplo me han orientado siempre en todos los órdenes de la existencia.
Ahora, en la hora de rendirle un homenaje, estoy segura de que muchos podrán hablar de muchos aspectos de su larga y fecunda biografía; muchos podrán hablar del jovencísimo Antonio Fontán, catedrático eminente de Latín; del impulsor de empresas radiofónicas tan apasionantes y exitosas como la cadena SER; del director del Madrid; del político liberal, consejero de don Juán, presidente del Senado y líder de una de las corrientes ideológicamente más sólidas de la UCD; del maestro de varias generaciones de políticos españoles que han aprendido de él lo que es el espíritu del liberalismo; del maestro de periodistas que siempre ha sabido cobijar y atender a profesionales de las más diversas ideologías.
Yo, desde el cariño y el respeto que me inspira la inmensa personalidad de don Antonio, querría dejar en estas líneas el testimonio de que en él he encontrado siempre a un enamorado de la vida, de la vida social y política, en el más noble sentido del término. Creo que la atención que me dispensa desde hace ya bastantes años se debe, no a las nimiedades que yo pueda aportarle, sino a su constante pasión por comprender mejor el alma humana y las relaciones entre las personas. De mi relación con don Antonio me ha quedado la certeza de que para él, como para el clásico, nada de lo humano le es ajeno; y esta afirmación la demuestra día a día atendiendo con el mismo interés las consultas que le hacen las personalidades más importantes de nuestra nación y las pequeñeces que puedo contarle yo misma.
Conocer a don Antonio y saber que siempre que lo he necesitado he podido recurrir a su consejo y a su sabiduría es para mí un orgullo. Siempre estaré agradecida a su generosidad y me alegra tener la oportunidad de expresarlo.
No recuerdo con precisión si fue en cuarto o en quinto curso de carrera, pero sí creo estar seguro de la materia, «Paleografía y crítica textual latinas», que me dio a conocer personalmente, allá por los primeros años setenta del siglo pasado, a don Antonio Fontán. Yo ya sabía perfectamente quién era mi nuevo profesor, entre otras cosas porque era una persona muy conocida en los ambientes universitarios del momento, pero también por su vinculación a don Juan de Borbón y, sobre todo, por haber dirigido hasta su extinción el diario Madrid, donde quien firma estas líneas veló sus primeras armas periodísticas poco antes de su cierre definitivo. Fue Alberto Míguez quien, hacia 1970 y en la redacción de nuestro llorado periódico vespertino, me habló de su director como colega mío —estudiaba yo entonces tercer curso de Filología clásica— en el divertidísimo cultivo de las humanidades grecolatinas. Pues hete aquí que quien me abrió las puertas de Madrid se convertía ahora en mi profesor, y nada menos que de «Paleografía y crítica textual latinas», una apasionante asignatura que hacía pendant con otra no menos sugestiva de casi idéntico rótulo, «Paleografía y crítica textual griegas», impartida por Manuel Fernández-Galiano.
En aquella época, la Filología clásica brillaba con luz propia en la recién creada Universidad Autónoma de Madrid merced a los buenos oficios de una auténtica tríada capitolina de maestros del griego y del latín: Manuel Fernández-Galiano, Miguel Dolç y Antonio Fontán. Don Manuel se nos fue en 1988, cuando aún no había cumplido sus primeros setenta años. Don Miguel, unos años después. Felizmente nos queda don Antonio, el más joven de los tres, que acaba de alcanzar un guarismo importante en su trayectoria vital, pues ha cumplido ochenta años. Y está mejor que nunca.
Yo lo conocí cuando todavía no había llegado a la cincuentena. Recuerdo sus clases con enorme nostalgia. No nos transmitía a los clásicos como si fuesen unos abueletes que peroraban sin cesar sobre temas arcaicos y obsoletos; nos los entregaba en su más deslumbrante juventud, con las alforjas repletas de futuro y los ojos resplandecientes de curiosidad, tal y como fueron en realidad, porque no hay nada más moderno que un autor clásico, ni valores estéticos y morales más á la page que los que postulaban los antiguos griegos y romanos. Todo eso quedaba claro para siempre en las clases de don Antonio, clases luminosas, intensas, sobrias, pedagógicas (en el más elevado y etimológico sentido del término); clases en las que nuestro profesor aportaba su humanitas indeclinable en todos y cada uno de sus movimientos didácticos; clases en los que uno creía haberse trasladado a la mismísima Roma imperial, pues la labor de don Antonio y su íntima identificación con los ideales clásicos hacían que desapareciesen las barreras del tiempo y del espacio y creyésemos encontrarnos en una escuela de Retórica de tiempos —por ejemplo— del emperador Marco Aurelio, disfrutando de las excelencias de un rétor que en nada desmerecía de los grandes maestros de la Segunda Sofística, hegemónica por aquel entonces en el mundo romano.
Pasó el tiempo, que es lo único que en realidad pasa. Y me licencié (1973) y doctoré (1976) en Filología clásica, con Antonio Fontán como testigo principalísimo, pues formó parte de los tribunales que juzgaron, de forma harto benévola, mis trabajos ad hoc. Recuerdo haber perpetrado un estudio sobre un manuscrito horaciano de la Biblioteca Nacional, el 10036 (en mi devastada memoria), que constituyó la materia de uno de mis cursos de doctorado y que fue sabiamente dirigido por un Fontán instalado ya en la cátedra de Filología latina de la Universidad Complutense, tras la temporada en la Autónoma que tuve la fortuna de compartir con él.
Además de en su despacho de la Ciudad Universitaria, don Antonio recibía a discípulos y amigos en su despacho de Publicidad Cid, sito en la calle Miguel Ángel, muy cerca de su casa de Marqués de Riscal, donde tuve el privilegio de ser recibido también algunas veces. Las charlas con él eran siempre en extremo enriquecedoras, pues cabalgaban entre la política, la erudición y la bibliofilia. Este último tema menudeaba en nuestras conversaciones. Fontán me comentaba sus últimas adquisiciones de libros raros y curiosos, y yo abría los ojos insaciables ante una preciosa edición dieciochesca del tratado Sobre lo sublime de Pseudo Longino, o pasaba lentamente las páginas de unas Historias de Polibio de 1554 o un De situ orbis de Pomponio Mela de 1539, libros todos ellos presentes todavía hoy en la nutrida biblioteca fontaniana. Muchos afios después, don Antonio me regalaría, en el curso de una visita a mi casa de Don Ramón de la Cruz y recordando quizá mi trabajo de doctorado, un Horacio ad usum Delphini que honrará para siempre mi librería particular. Pero hay Un autor moderno (o, por mejor decir, no antiguo) que nos unió entonces y nos sigue uniendo ahora de una forma muy especial: me estoy refiriendo a François-René de Chateaubriand, el dueño de la prosa francesa más sugestiva y rítmica que conozco, el autor favorito de ese gran antropólogo y excelente prosista contemporáneo que se llama Claude Lévi-Strauss. Y, dentro de la obra de Chateaubriand, el prodigio de le génie du Christianisme, una obra apologética que pierde su apellido para convertirse en la obra capital para entender el universo estético del primer romanticismo europeo.
Siguió pasando el tiempo. Recuerdo haber coincidido con don Antonio, después de algunos años sin vernos, en la iglesia de la Concepción, con motivo de un funeral. A la salida, me comentó que andaba barruntando la creación de una revista de política, cultura y arte, y que si la llevaba a término contaba conmigo para colaborar en ella. Se acababan los alegres años ochenta del siglo XX, y una nutrida parroquia de amigos y discípulos de don Antonio, incluido José María Aznar, nos dimos cita en el hotel Villa Real, frente a las Cortes de la nación, para presentar Nueva Revista, una publicación que, con el paso de los años, cambiaría los derroteros de muchas vidas, entre ellas de la mía.
Y ese cambio no lo motivaría mi asiduidad a la hora de crear secciones, algunas de ellas bastante duraderas, en Nueva Revista, ni la creciente familiaridad con que se vio enriquecido a partir de entonces mi trato con don Antonio (en las reuniones periódicas que manteníamos en las sucesivas sedes de la revista, desempeñándome como secretario casi perpetuo de los cursos de Filología clásica que él dirigía anualmente en El Escorial, cenando juntos con frecuencia, participando en los distintos homenajes que se le han ido tributando…)- Fontán reunió en torno a su Nueva Revista a una pléyade de personas que, al producirse la llegada del Partido Popular al poder, iban a asumir importantes responsabilidades en el gobierno de España. No creo equivocarme al afirmar que esas personas, y permítaseme la metáfora enológica, eran vinos que procedían de las admirables cepas del maestro, y no dudo de que aspiraban en todo momento a estar a la altura que exigía su procedencia. A partir de la primavera de 1996, numerosos miembros del consejo editorial de Nueva Revista irían ocupando cargos públicos de relieve, lo cual adelgazaba peligrosamente la nómina originaria de colaboradores; pero, a cambio, los amigos y discípulos de Fontán difundieron de forma unánime en sus nuevos destinos el mensaje de liberalismo democrático y de humanismo cristiano que siempre ha abanderado don Antonio.
A principios de junio de 1996, fui nombrado director de la Biblioteca Nacional, nombramiento al que no fue ajeno en modo alguno Fontán. Pocos meses después, la ministra Esperanza Aguirre nombraba presidente del Real Patronato de la Biblioteca Nacional a don Antonio, lo que me produjo una enorme satisfacción personal, pues tuve ocasión de compartir cuatro años de gestión con él. A partir del 2000, otros dos directores de la Biblioteca, Jon Juaristi y Luis Racionero, han compartido responsabilidades y representación de la Casa con Antonio Fontán, que continúa presidiendo el Real Patronato con el acierto en él acostumbrado. En esta segunda legislatura del Partido Popular, y con Pilar del Castillo, antigua directora de Nueva Revista, al frente del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Fontán ha seguido honrándonos a todos con su amistad y con sus valiosos consejos. Quedan tan sólo unos meses para las nuevas elecciones. Mientras encaramos el futuro, teniendo siempre en cuenta la opinión sabia y autorizada de don Antonio, he tenido el honor y el placer de poner en orden estos breves recuerdos con el solo propósito de felicitar al maestro, de todo corazón, por su octogésimo cumpleaños.
Al cabo de bastantes años de ejercicio profesional en el mundo de la economía, y más concretamente, en el del comercio exterior, inesperados avatares dieron conmigo en la Biblioteca Nacional, en la que mi querido Luis Alberto de Cuenca, flamante director general de la casa, me nombró director técnico, para sorpresa tanto de mis hasta ahora colegas en Comercio —alguno de los cuales llegó a calificar mi aventura de «período sabático»— como del mundo bibliotecario, en el que se recibió con cierta inquietud el desembarco de «alguien de fuera» en la dirección técnica de la institución.
Estas reacciones eran, sin embargo, reveladoras de una realidad a tener en cuenta: por parte de las personas desconocedoras de la Biblioteca Nacional, ésta en general era considerada como una casa un tanto misteriosa, santuario de arcanos mundos contenidos en un mar de letra impresa y acumulada a lo largo de muchos siglos y más bien alejada del mundo actual y real, de la calle, de los ocios y negocios que ocupan ál respetable público. Por otra parte, la propia Biblioteca, su personal, sus visitantes, configuraban a su vez un mundo más bien cerrado en sí mismo, un universo en miniatura con su propia dinámica social y política, su entramado de relaciones profesionales y personales, sus conflictos y sus alianzas, y que limitaba sus vínculos con el exterior casi a lo imprescindible.
Los contactos que muy pronto establecimos con instituciones bibliotecárias de otros países europeos y americanos nos descubrieron unas situaciones en parte similares pero en parte bastante diferentes a la nuestra, y una de las diferencias más apreciables era la mayor integración de las bibliotecas y de sus responsables en la sociedad civil, hasta el punto de que era habitual el trasvase de directivos desde el mundo de la empresa al de la gestión cultural, o del de las bibliotecas a otras áreas de la administración pública.
Pronto nos convencimos de que uno de los retos que la Biblioteca Nacional tenía ante sí era precisamente ése: salir a la calle, convertirse en una institución abierta dentro y fuera de España. Era preciso que en su seno se pudieran admitir con toda naturalidad modos de trabajo habituales en otras esferas y personal proveniente de otros ámbitos, y al tiempo incrementar su presencia no sólo en la vida cultural sino también en la vida económica de la sociedad. Para eso, había que pensar en proyectos conjuntos con el sector empresarial, en especial en el ámbito de las industrias de la información, haciendo uso de la gran baza del valiosísimo patrimonio bibliográfico de la biblioteca y por tanto su condición de gran activo cultural de la nación.
El despacho que me asignaron era contiguo a otro, habitualmente vacío, en cuya puerta rezaba el siguiente letrero: «Presidente del Patronato». Al poco tiempo el Consejo de Ministros nombró a don Antonio Fontán para ese puesto. Unos días después el nuevo presidente llegó a su despacho, pidió los instrumentos de navegación imprescindibles, e inició su singladura. Estábamos en 1996.
Muy pronto supimos que Antonio Fontán iba a ser algo más que un presidente honorífico. Curtido en todos los frentes —la política, la empresa y los medios de comunicación—, muy bien relacionado en estos y otros ámbitos, y deseoso de poder aportar todo su caudal de experiencia y capacidad a una institución muy necesitada de un impulso fuerte que la sacase de su posición retirada y la situase en medio del mundo, Fontán comenzó enseguida a pedirnos informes, a convocar reuniones,.a preparar el trabajo del patronato como órgano rector de la biblioteca. La composición del patronato respondía perfectamente a los objetivos que se buscaban. Empresarios, abogados y economistas de reconocido prestigio en nuestra sociedad integraban su trabajo con el de personalidades de la mayor relevancia en el mundo de la cultura, y con los máximos responsables políticos del ministerio, bajo la dirección tenaz, comprometida, pero siempre amable y flexible de nuestro presidente.

Antonio Fontán supo generar desde el principio un clima de confianza, de naturalidad en las relaciones y de respeto mutuo que fue decisivo para permitir que el ambiente de trabajo en la biblioteca fuese el más favorable para poder acometer con éxito los grandes retos que ya estaban planteados y otros más ambiciosos en el futuro. Todos los que allí trabajamos encontramos por parte del presidente el justo reconocimiento de nuestra labor, el lugar y el momento para manifestar nuestras opiniones, la oportunidad para presentar nuestras iniciativas al patronato y desarrollarlas con su apoyo.
Nuestro presidente sabe sacar lo mejor de cada uno de sus colaboradores, hacerles útiles y hacer que se sientan útiles, y esto se aplica tanto al equipo directivo de la biblioteca como a los miembros del patronato que, además de su asistencia a las reuniones del pleno y de la comisión permanente, con frecuencia se integran en las comisiones de trabajo específicas para tareas concretas. Yo he tenido la suerte de vivir la experiencia de trabajar con Antonio Fontán desde los dos lados:’como director técnico durante los dos primeros años y después como miembro del patronato de la biblioteca.
Y así, poco a poco, la Biblioteca Nacional ha ido coronando etapas, cumpliendo objetivos, creciendo y reafirmando su papel central en la vida cultural española. La inauguración por los Reyes de España de la sede del paseo de Recoletos, totalmente reformada y modernizada; la automatización completa del catálogo y la recuperación del retraso histórico en las tareas de catalogación; la mejora de las dotaciones presupuestarias y de personal hasta llevarlas a los niveles adecuados; los proyectos de colaboración con la Fundación Telefónica y con la Biblioteca Virtual Cervantes para la digitalización y puesta en red de fondos bibliográficos, han sido algunos de los logros más notables correspondientes al periodo de mandato de Antonio Fontán al frente del patronato.
En el ámbito internacional, su gestión también se ha dejado sentir notablemente. Valga como ejemplo el acuerdo alcanzado con la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para la digitalización conjunta de los materiales que ilustran nuestra historia común, proyecto conocido como Parallel Frontiers y a cuya firma asistieron los Reyes de España junto con el propio Antonio Fontán, gran impulsor del acuerdo.
Creo sinceramente que la Biblioteca Nacional se ha transformado profundamente durante estos ocho años y que ha cambiado para bien —para el bien de la propia institución, de sus trabajadores, de sus usuarios y de toda la sociedad—. La indudable capacidad de nuestro presidente, su sagacidad política, su talante conciliador y su trato afectuoso, son virtudes que saltan a la vista, pero que se han visto superadas con creces por otra . Una que es la principal para trabajar y para vivir, y que es mucho más meritoria precisamente en una persona mayor y experimentada, como lo es él. Gracias por todo, presidente, pero gracias, sobre todo, por tu enorme ilusión.
El volumen Letras y poder en Roma (2001) es, tras su Humanismo romano (1974), el segundo que Fontán dedica a la recopilación de algunos artículos suyos. Se editan en esta ocasión un total de veintitrés textos, hasta ahora dispersos en revistas y misceláneas varias y no siempre obvias, agrupados en cinco capítulos temáticos que facilitan su accesibilidad. Es ésta una primera virtud del nuevo libro, muy de agradecer cuando se trata de trabajos, como los que aquí comentamos, de un maestro.
Los textos abordan un amplio abanico de temas, desde la más erudita investigación filológica hasta la amena divulgación. Como algunos de ellos han sido ya analizados en colaboraciones precedentes, voy a centrar la mía en el comentario de los estudios de Fontán consagrados principalmente a la Retórica — el arte que en la Antigüedad vinculaba las letras con el poder político—.
RETÓRICA Y POÉTICA
En la cuarta sección del libro que aquí comentamos , se reparten a partes más o menos iguales los estudios sobre retórica y los textos sobre poética. En materia de retórica antigua tiene acreditado Fontán un sólido currículo investigador, y en él ocupa un lugar importante el primero de los estudios reeditados en este capítulo — «La retórica en la literatura latina»—, presentado como ponencia en el V Congreso Español de Estudios Clásicos (1976).
No hará falta recordar al común de los lectores que la moderna rehabilitación de la antigua ars dicendi fue una empresa a contrapelo. Durante al menos siglo y medio —desde el triunfo de las estéticas románticas frente a la vieja tradición clásica—, el adjetivo «retórico» arrastró una carga de connotaciones negativas que lo hicieron sinónimo de «artificioso», «vano» o simplemente «falso». Pero entretanto, de puertas adentró de la Filología, se había producido lo que Fontán llama «el recurso a la estilística» como instrumento de análisis de la obra literaria. Y fue mérito de Ch. Bally el de haber proporcionado a esa disciplina el respaldo que podía recabarse de la concepción teórica, entonces incipiente, llamada a renovar por entero los estudios lingüísticos: el estructuralismo de Saussure.
Tuvieron que llegar los años sesenta del ya pasado siglo para que, en todos los frentes de la cultura humanística, se empezara a hacer justicia a la vieja disciplina del ars rhetorica, y entendida no sólo como arte de la palabra convincente, sino también como lo que ya llegó a ser en la propia Antigüedad: «ciencia del estilo» y «técnica literaria», en palabras de E. R. Curtius.
Fontán distingue cuatro corrientes dentro del moderno movimiento de rehabilitación de los estudios retóricos. Una de ellas es de estirpe lingüística, y arranca del famoso esquema de las funciones del lenguaje de K. Bühler, enriquecido luego por R. Jakobson con, entre otras, su función poética. Una segunda línea, encabezada por H. Lausberg, con su Manual de Retórica Literaria, se afanó en codificar y depurar las enseñanzas de los tratadistas antiguos. Dentro de un terreno estrictamente filológico, y en estrecha conexión con la exégesis de los textos, se ha movido la tercera corriente de investigación, iniciada por el gran maestro holandés K. Leeman gracias a su Orationis ratio. Fontán señala, en fin, una cuarta corriente «de tipo histórico», en la que agrupa los estudios debidos, entre otros, a filólogos clásicos estadounidenses como G. Kennedy y J. Murphy.
Nos ofrece luego Fontán una síntesis de los principios fundamentales de la retórica antigua, subrayando los más característicos de la romana frente a la griega. Nos habla también de su enseñanza en las escuelas y de su expansión hasta dominar por entero el ámbito de la creación literaria, incluida la poesía y con efectos, a decir verdad, nada beneficiosos. Concluye su denso estudio con una confrontación de la antigua disciplina con la moderna «retórica general». En resumidas cuentas, nos hallamos ante un trabajo de imprescindible lectura, especialmente para los colegas de disciplinas fronterizas con las nuestras.

Cicerón consideraba la gravedad como virtud congénitamente romana; sin embargo, los términos grauis y grauitas sólo tienen en la literatura latina arcaica sus más literales sentidos de «pesado» y «pesadez» (o «peso»), Y aquí no cabe recurrir, como en otros casos, a un calco semántico del griego, lengua en la que los términos equivalentes nunca desarrollaron el sentido moral que grauis y grauitas llegaron a tener en latín. Tal es el planteamiento del documentado trabajo «Grauitas Romana», en el que Fontán lleva a cabo un detallado rastreo de los caminos por los que «la gravedad» llega a ser en latín clásico lo que como valor moral sigue siendo para nosotros. Los textos arcaicos, como decíamos, no ofrecen indicios del «ennoblecimiento» de grauis, aunque sí el empleo de su antónimo leuis para referirse a cosas, e incluso personas, «de poco peso» o «poco precio», loque equivale a decir «de poco fiar». Y cabe suponer que una cierta «polarización» provocó una metáfora semejante en el término opuesto.
Pero Fontán explora también, y con notable originalidad, una vía complementaria a tener en cuenta en el proceso metafórico que trata de reconstruir; la de la lengua técnica del ars rhetorica. Para ello acota como campo de investigación la anónima Rhetoricaaá Herenniiim (RH), el más antiguo tratado latino conservado de la materia, escrito en la década de tos años 80 a.C.; y nos hace ver la novedad que supone el que en la RH el término grauis ya aparezca incorporado a la terminología técnica de la oratoria, en el seno de la «teoría de los tres estilos» tradicionales. Y así, frente a la communis doctrina que, tácita o expresamente, acepta «el postulado de que los usos de grauis en la Retórica dependen —de una u otra manera— de su previa transferencia al lenguaje éticopolítico», Fontán demuestra que el camino del proceso fue exactamente el contrario.
El trabajo «Marco Fabio Quintiliano, uir bonus doctor dicendi», procede de la intervención de Fontán en la clausura de la conmemoración del XIX centenario de la publicación de la Institutio oratoria (Madrid-Calahorra, 1995). Empieza por recordar que la Institutio fue el manual en el que durante cuatro siglos aprendieron los romanos el arte del bien decir. Su autor era un hispano, nacido en Calagurris en los años treinta de nuestra era, que sentó cátedra de elocuencia en el centro de la latinidad. Domiciano (81-96 d.C.), mal príncipe y peor persona, pero buen catador en materia de letras, le confió la educación de sus dos sobrinos-nietos a los que tenía in pectore con vistas a la sucesión. Con el sangriento final que le ganó al tirano su hybris, paró en nada aquel proyecto; pero Quintiliano y su reputación de uir bonus dicendi peritus —«hombre honrado diestro en hablar», como él concebía al orador según la vieja definición de C a t ó n — salieron indemnes de la catástrofe.
Decíamos que la Institutio fue durante varios siglos el manual retórico de referencia. En realidad es el único tratado sistemático de la materia en lengua latina que nos ha dejado la Antigüedad. Su doctrina es ciceroniana; e incluso se habla de una «reacción quintilianea» frente al «nuevo estilo» de Séneca, que reivindica a Cicerón como modelo oratorio. Pero Cicerón no había expuesto su doctrina en un manual, sino, sobre todo, en diálogos literarios como el De oratore, en los que evitaba los tecnicismos, dando la espalda al ideal de univocidad propio de toda lengua técnica. Quintiliano, hombre práctico y verdadero maestro, condujo al orden debido las enseñanzas necesarias para llevar a su perfección «la facultad de hablar»; la que, como él nos dice —y Fontán nos recuerda al final de su ensayo— «es la mejor propiedad de que los dioses dotaron al hombre».
De la retórica a la poética, pero de manera gradual, nos lleva el artículo «Tenuis Musa? La teoría de los characteres en la poesía augústea». Es un trabajo filológico en el más estricto y mejor de los sentidos, en el que Fontán descubre un nuevo testimonio, precoz y muy relevante, del proceso por el que la Retórica llegó a convertirse en un arte general de la literatura, invadiendo incluso el ámbito de la Poética.
La intuición de la que parte este trabajo concierne a dos famosos versos de las Bucólicas de Virgilio (112; VI 8), en los que el pastor-poeta habla de «ejercitar la musa silvestre / agreste» —de «entonar un rústico canto», traduce F o n t á n — «con delgada (tenui) flauta / caña». No es de extrañar que un experto en retórica vea en el adjetivo tenui, presente en uno y otro verso, un empleo traslaticio de la denominación técnica del más humilde de los tres estilos o characteres del discurso oratorio. Cierto que Virgilio aplica el adjetivo a la caña / flauta del pastor, a la cual le cuadra por derecho propio; pero en uno y otro verso aparece también la Musa —ya «silvestre», ya «agreste»— con unos adjetivos que tampoco le sientan mal al bucólico instrumento. Por ello opina Fontán —y creo que acierta— que en uno y otro caso el poeta ha aplicado una enálage, la figura retórica, de copiosa aplicación en poesía, que atribuye a un nombre un adjetivo que lógicamente correspondería a otro del contexto. Pues bien, en los dos versos analizados tendríamos una enálage doble (o cruzada): las «silvestres / agrestes» serían la «caña/flauta», y la que resultaría, ya no «delgada», sino «ligera» (tenui) sería la Musa, personificación del stilus tenuis retórico, convertido ya en categoría poética.
De las teorías antiguas pasamos a las modernas —y de la teoría a la práctica sobre los textos— en el artículo «Análisis estructural de la poesía: un comentario a Horacio, C. III 30». Fontán lo publicó en 1966, cuando aún no era tan obvio, como luego llegó a ser, el recurso a los varios métodos que pretendían aplicar al análisis de los textos literarios, y en particular de los poéticos, los principios estructuralistas. En aquel momento, también Fontán «echó su cuarto a espadas» y, por decirlo con palabras del propio Horacio, non sine gloria. Tomando pie en los entonces recientes trabajos de Levin (1962) y de Ruwet (1963, 1964), que a su vez desarrollaban principios generales formulados por Román Jakobson, Fontán sometió a examen una pieza bien conocida: la que Horacio escribió como colofón del corpus editorial de sus tres primeros libros de Odas.
Tras una cuidada traducción del texto, Fontán analiza en él los aspectos que cabría llamar «esotéricos», por estar ligados al sistema métrico empleado (en este caso, el logaédico, que tiene en su rigidez su servidumbre y su grandeza). Pasa luego Fontán a la aplicación de algunos de los modelos estructurales de Levin y Ruwet y, concretamente, del de los couplings / couplages, «emparejamientos» o «correspondencias», al parecer estructuras básicas de toda composición poética. En el caso del texto propuesto, parece claro que esos patrones compositivos se reflejan en fenómenos como la reserva de los lugares privilegiados que eran el final de hemistiquio y el final de verso para los nombres y adjetivos, o en el de inicio de verso para los verbos.
Cierra esta sección de «Retórica y poética» otra intervención de Fontán en una conmemoración de un escritor hispano, y también de los tiempos de Domiciano. Aquí se trata del simposio dedicado en 1986 al poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial. Fontán articula su contribución, siguiendo una práctica habitual en la Antigüedad, a modo de synkrisis o juicio comparativo; en este caso con el otro gran talento literario y poético de la época, el napolitano Papinio Estacio. Naturalmente, Fontán prescinde aquí del Estacio épico, para quedarse con el de las Silvas, su miscelánea de «poesía de ocasión» que suele pasar por «lírica». No tiene menos motivos para ser calificada de tal una buena parte de la poesía epigramática de Marcial, y en ese aspecto acierta Fontán al considerar a uno y otro poetas como cultivadores de la tennis Musa de la que antes hablábamos.
Marcial y Estacio compartieron época y también poderosos protectores, empezando por el propio Domiciano. A los amigos y mecenas comunes dedicaron uno y otro piezas más o menos circunstanciales; y en ese corpus es, lógicamente, donde Fontán centra su synkrisis, que concluye proponiendo un ingenioso y acertado paralelismo: «Estacio es culterano y Marcial conceptista: Góngora y Quevedo, salvadas las distancias de las lenguas, las personas y los siglos»
Llego tarde al homenaje a Antonio Fontán en este número de Nueva Revista (al de este número: a Fontán le homenajean implícitamente a diario sus cientos de amigos, discípulos y admiradores, entre los que, afortunadamente, me cuento); pero no tan tarde como para que el director no cuele amablemente esta pieza, modesta y republicana, a modo de tributo a Antonio Fontán.
He escrito «modesta» y he escrito también «republicana»: es modesta porque es breve y porque se refiere, a su vez, a un tipo de texto (o de texto iluminado) que suele tener pequeño formato: el ex libris. Sólo por eso, porque, para uno, todo lo que se refiere a Fontán es grande, gigánteo. Lo único pequeño en la vida grande de Antonio Fontán es su ex libris, que no debe de tener más de cuatro centímetros de largo por tres de ancho.
Y he escrito «republicana» usando la feliz expresión que uno de los miembros más distinguidos del consejo editorial de Nueva Revista —Paco Cabrillo— dedicaba a los originales nada originales, o sea, a los textos que cuando llegaban a la mesa del editor —la mesa de Antonio Fontán, como la del rey Arturo, también es grande y está llena de notables— ya habían sido impresos en algún otro sitio, de modo que publicarlos era re-publicarlos.

Porque el caso es que, hace un par de meses, la inconsciente amabilidad de dos expertos exlibristas provocó que me pidieran que prologara un magnífico libro, que se ocupaba de rastrear la influencia cervantina y quijotesca en los ex libris desde 1770. Yo poseo libros, pero no tengo ex libris. Tampoco conocía la obra, sin duda interesantísima, de los exlibristas. Y de ese arte, como de las aficiones que le supongo familiares —encuademaciones, dedicatorias, coleccionismo de intonsos, de princeps, de primeras ediciones e incluso de erratas— no tenía más conocimiento que cualquier lector muy curioso que tenga, además, un par de maestros y.amigos bibliófilos —o, como es mi caso, más bien «bibliófagos»—. En fin: que mi desconocimiento de ese mundo mágico de los ex libris era y es oceánico.
Entonces recordé el ex libris de alguien admirable por sabio, por latinista, por político, por periodista: el del maestro de maestros e insuperable tejedor de amistades que es Antonio Fontán. Durante una época frecuenté muchos libros suyos (suyos en propiedad y suyos, sobre todo, porque los había escrito él, que es lo que tiene mérito), y casi todos ellos tenían, adherido, su ex libris, un pequeño sello con un hexámetro en letra gótica. Y el ex libris de Antonio Fontán me sacó del apuro del prologuista tan limpiamente como el propio Fontán me ha sacado otras veces de otros apuros.
Después, superado el trance, me volví a olvidar de esa curiosa afición o arte. Pero algo había aprendido de la prueba, y algo también rememoré con ella, algo que viene a cuento en este número de homenaje al hombre grande.
Caí en la cuenta de que el ex libris entrevisto en los libros de Antonio Fontán era distinto a los de la mayoría que yo había ojeado (y hojeado). Estos abundaban en dibujos con aspecto de litografía expresionista (mayoritariamente malos), en señoritas art nouveau castamente desnudas (mayoritariamente gruesas), en marcos grottescos, panoplias, escudos de armas, grifos, y dragones y barones más o menos rampantes (mayoritariamente sobreactuados); también en cierto humor y, algunos, en lemas solemnemente tópicos.
Lejos de ese bosque barroco y grandilocuente, Antonio Fontán encontró el texto de su ex libris (y esto sí que es «encontrar»), en el Catholicon de Juan de Balbis, obispo de Génova (n. en 1824); su autoría entre los antiguos (me dijo el propio Fontán, claro) es desconocida. Como todas las verdades, probablemente pertenezca ya a todos y a nadie en particular. Dice así:
Haurit / aquam cribro / qui discere vult / sine libro
«Saca agua con una criba el que pretende aprender sin libros». (La criba —cribrum— era el utensilio utilizado en las eras para separar el grano de la paja).
Lo que aprendí es esto: que en casi todos los demás casos, los ex libris venían a ser un espacio mínimo, casi mezquino y hasta vanamente celoso en algunos casos: el espacio meramente dedicado al registro de la propiedad literaria (o libresca); un torpe sello que, en muchos casos, y como tantas famas, probablemente no tenía casi nada que ver con la vida real del dueño del libro.(y del ex libris).
Lo que rememoré es esto otro: que el de Antonio Fontán era, a escala, uno de los muchos aspectos pequeños con los que ha hecho, de su larga vida, algo muy grande.
Recuerdo un consejo que alguien me dio cuando aún me encontraba en la Facultad de Ciencias de la Información y soñaba con ser un día una buena periodista: «Si quieres que el lector te entienda, redacta como si le estuvieses escribiendo una carta a tu madre. Hasta adquirir ese hábito, hasta lograr explicar lo más complicado de manera sencilla y comprensible, acostúmbrate incluso a comenzar con un «querida mamá»». Se trata de un buen consejo. Un lenguaje claro y preciso constituye una excelente garantía de fidelidad a la verdad. Me gustaría que quien lea estas líneas comprenda lo que para mí significa la figura de Antonio Fontán. Por eso me ha parecido que lo más apropiado es escribirle una carta, una carta de cumpleaños.
Querido don Antonio:
Seguro que todavía se acuerda de mi llegada a Madrid. De eso va a hacer muy pronto siete años, siete años de vida profesional que, con toda seguridad, no hubieran sido los mismos si no hubiera tenido la oportunidad de trabajar con usted.
Cuando llegué en noviembre de 1996 para ser la jefa de Redacción de esta revista, Antonio Fontán era para mí un ex presidente del Senado, el fundador de Nuestro Tiempo, el valiente director del desaparecido Madrid, un importante latinista. Y, es verdad, usted era todo eso y mucho más. No citaré aquí su extraordinaria trayectoria, que queda bien glosada en este número, pero sí deseo destacar que el suyo es un caso muy poco frecuente. El caso muy poco frecuente de quien ha sabido conjugar en todos los aspectos de su vida el compromiso con la libertad. Esa combinación perfecta y feliz de compromiso insobornable con la cosa pública y ejercicio constante de libertad para sacar adelante distintas empresas intelectuales y profesionales es lo que, a quienes le conocemos bien, nos llena de admiración. Para usted, don Antonio, las enseñanzas de Cicerón, el latín de Juan Luis Vives, el periodismo, la presidencia de una Cámara constituyente y tantas otras cosas no son sino aspectos que ilustran la diversidad de caminos por los que nos conduce la libertad (por algo ha sido siempre un radical y tenaz defensor de las libertades).
Eso es lo que yo pude comprobar muy pronto, pues desde el primer momento me regaló su confianza. Así, durante mis tres años largos en Nueva Revista, fui aprendiendo de quien ha sido maestro de académicos, maestro de periodistas y maestro de políticos. Aprendí de su sabiduría, su prudencia, su talante siempre abierto al diálogo, su coherencia y su actitud vital de servicio. Enseguida comprendí que esa poco frecuente combinación de virtudes es la que le ha permitido ganarse a lo largo de su vida el aprecio y el reconocimiento sincero de quienes incluso no piensan como usted. Porque la suya es, sin duda, una personalidad singular, ajena a los tópicos y los lugares comunes.
Querido don Antonio, no puedo extenderme más. Sólo quiero decirle que su nombre no sólo queda unido para siempre a la historia de España, sino también a la pequeña historia de todos y cada uno de los que, como yo, hemos tenido la suerte de aprender de su ejemplo y disfrutar de su desinteresada y sincera amistad. Feliz cumpleaños.
Nazareth Echart
Son miles las páginas de letra impresa firmadas por Antonio Fontán. En el libro-homenaje que sus colegas y discípulos filólogos le dedicaron el año 1990, el profesor López Kindler elaboraba una lista de publicaciones con más de doscientas sesenta entradas. De ella nos hemos servido para confeccionar el elenco que presentamos ahora —somos Pulgarcito acomodados en el ala del sombrero de un carretero, pues queremos ver más lejos—.
En nuestra lista, hemos tenido que añadir no obstante algunos nuevos títulos, tanto porque Fontán ha seguido dando mucho trabajo a la imprenta estos doce últimos años como, también, porque se ha impuesto la tarea de completar la información que entonces se nos proporcionaba: con ser tan amplia aquella lista de los escritos de Fontán, distaba de ser completa.
Tampoco la nuestra lo es, por lo demás. Contamos de antemano con que dentro de diez o doce años vendrán quienes, después de nosotros, tendrán que actualizar la nómina de la obra escrita de Fontán, que ahora damos a la imprenta. Porque es seguro que don Antonio no dejará de escribir, por una parte; y por otra, porque aceptamos de antemano que sólo llegaremos a tener la cuenta exhaustiva de lo que ha escrito Fontán cuando alguien se decida a dedicarle una tesis doctoral a este escritor. Eso habrá de suceder, estoy seguro, si la Universidad española no echa en saco roto lo que su maestro ha conquistado para ella y entregado como herencia, pues las empresas editoriales de Fontán dan claramente de sí para hacer a más de uno, y a más de dos también, doctores en ciencias políticas (y otros tantos en ciencias económicas, cuando alguna facultad del gremio se decida a investigar el milagro de las empresas culturales made in Fontán). Será entonces cuando tengamos la lista fehaciente, «científica», de la obra de este escritor prolífico que es Fontán.
Y a propósito de feracidad intelectual: hay tener en cuenta que lo que Fontán ha escrito y firmado es sólo una parte —una especie dentro de un género— de lo que Antonio no ha firmado pero sí escrito. Me atrevo a aventurar que suman varios cientos, fácilmente incluso el millar, las páginas que le corresponden al Fontán escritor sin firma: editoriales de los diarios y semanarios que ha dirigido; «notas», «crónicas» y «panoramas de actualidad» que han aparecido sin desmayo en las revistas culturales que ha puesto en marcha, notas editoriales, etc.
En el número 30 de Nuestro Tiempo, por ejemplo, correspondiente a diciembre de 1956, Fontán firmaba (por excepción, pues la sección aparecía habitualmente sin firma) las cuatro colaboraciones colocadas bajo la rúbrica de «Notas de nuestro tiempo» (pp. 57-67): «De la gran persecución», «Húngaros en el desierto», «Facciones en el Kremlin» e «Ingleses y americanos». Así, pues, no parece que Fontán estuviera exagerando cuando, a propósito de esta sección y muchos años después, llegara a decir, entre paréntesis: «Creo que escribí casi la mitad de esas Notas»1.
¿Cuántas serán, pues, las páginas sin bautizar que deban a Fontán su existencia? La crítica textual habrá avanzado seguramente más de lo que yo he podido saber, y existirá algún procedimiento estilístico, estadístico o de otro género para obtener científicamente el ADN, por así decir, de cada texto. Esos textos anónimos, pues, podrán seguramente algún día llegar a ser autorizados como fontanianos, y nosotros tener más precisión cuantitativa a este respecto.
Sea como fuere, otra cosa parece cierta, cuando uno hojea la lista de publicaciones de Fontán y opina: que ha escrito de temas muy variados. Su mente no aparece como la de un especialista, que se hubiera ocupado solamente de temas filológicos clásicos. Fontán aparece en un primer golpe de vista como un cabal hombre de letras, o si se prefiere, como un filósofo. Porque una parte importante de su mente se ha ocupado con gusto, es decir, con frecuencia, de problemas de filosofía: ha intentado la comprensión de la historia, la comprensión de las ideas, ha ensayado la periodización del pensamiento político, la evolución de las sociedades.
A un filósofo de profesión, sin embargo, le llamará la atención lo poco sistemática que es la mente de Fontán. Quien está acostumbrado a meditar en las conexiones entre un tema y otro en un sistema de pensamiento como el aristotélico, el kantiano o todavía más en el de Hegel, no puede dejar de asombrarse de la curiosidad casi ilimitada y, al parecer, caprichosa del escritor Fontán. Es él un ensayista a quien no arredra la falta de conexión, lo mismo real que aparente, de los temas que le interesan intelectualmente: escribe sobre ellos cuando lo cree oportuno y eso le basta.
Se trata, pienso yo, de una gran virtud intelectual, esta de la asistematicidad mental, al menos si la comparamos con esa deformación profesional del filósofo que es su apenas reprimible deseo de sistematicidad. Y es, digo, una virtud intelectual, porque se coloca mucho más cerca de la vida, se pega mucho más estrechamente a la de suyo un poco estúpida, necia incluso, realidad,, y así puede simpatizar mucho más con ella, y pasar luego a comprenderla. Porque quien tiene el prurito intelectual de establecer principios y conceptos generales primero, y pretende por añadidura que queden relacionados por medio de conexiones lógicas, esos o son un genio y entonces nos sale un Aristóteles, o bien acaban siendo, como sucede las más de las veces, creadores de escarcha lógica al cabo inútil a la hora de comprender la realidad.
Antonio Fontán es un filólogo lo suficientemente sabio como para no perderse, a estas alturas de la película, en los jardines rectilíneos que han inventando los filósofos sistemáticos. Él no tiene la inseguridad de aquéllos, a él la selva de la vida no le da miedo, él no se horroriza al encontrarse con esos vacíos de intelección con que se presenta habitualmente la realidad, impúdica y campante, cada día. Fontán convive con la falta de lógica de la realidad, cuando a eso llega la vida; se codea con ese conjunto de fenómenos bobos por los que, no obstante, nos interesamos casi siempre en razón de su novedad, que constituyen la actualidad de nuestro entorno; Fontán ha convivido mucho tiempo con la literatura, en fin, y más todavía con la vida, para exigirle ahora a la realidad una apariencia versallesca, una panorámica paragráfica, kantiana, de la vida inteligible.
Y sin embargo y no obstante ser tan prolífico y tan variado, el pensamiento de Fontán es al mismo tiempo coherente. El era —y es— un «platón», un sujeto de hombros espirituales anchos, que le permiten soportar mucha realidad. Fontán no se ha conformado, al parecer, con echar una red al curso de la vida, ni tampoco dos, sino que ha podido con tres. El ha perseguido formar su capital en tres ríos: la universidad, la política y el periodismo. Son tres redes, las que aguantaron el peso de la mucha pesa que hizo en ellos; y un pescador, que no se ha roto.
Observados un poco más de cerca, en realidad, tal vez tengamos que admitir que se trata de tres afluentes de un mismo río, a saber: el río de la comunicación. Porque toda la vida se la ha pasado Fontán tratando de comunicar saberes, tratando de comunicar novedades —yo diría, novedades sobre todo que transmitan esperanza— y tratando de comunicar bienes supraindividuales.
Incluso tendríamos que llegar a admitir que Fontán siempre ha estado pescando en un mismo, caudaloso y ancho río, que es el de la «comunicación pública». Como un cavernícola que huyera de su prisión —hago una lectura conjunta de los mitos de la caverna y del carro alado de Platón— y deviniera capaz de ver fuera del mundo de las sombras —capaz de comprender la auténtica realidad—, acaso así Fontán, después de arremangarse, se haya echado a faenar en un río donde habitan muchos peces, grandes y sabrosos —vaya, pesca de verdad—, con objeto de llevar luego esas sus capturas hasta la orilla donde estamos casi todos los demás —los cavernícolas hambrientos de saber, de bienes, de novedades esperanzadoras—.
Queda mucho por escribir a propósito de Fontán. Como en una pieza de Bach, su pensamiento nos aparece a la vez el tema y la fuga: nosotros tratamos de comprenderle, y él trata a su vez de comprender la realidad. Fontán ha saboreado mucho la vida, porque la ha cortejado mucho: ese es su tema; y la fuga que sabe asimismo interpretar, es la de quien, con ochenta años, no está ni cansado ni hastiado ni decepcionado de la realidad, sino que se atreve a faenar en aguas cada vez más profundas. El joven octogenario Fontán tiene por delante mucha vida; nosotros, muchos descubrimientos que escucharle. Le aguardamos.
1948
Cicerón: Defensa del poeta Arquías, Textos clásicos anotados, Gredos, Madrid (reimpr. 1966 y 1986).
Cicerón: Defensa del poeta Arquías, colección bilingüe, Madrid, Gredos.
«José Manuel Pabón: Homero (Barcelona, 1947)», Arbor vol. X, pp. 157-159.
«Francisco Rodríguez Adrados: El sistema gentilicio decimal de los indoeuropeos occidentales y los orígenes de Roma (Madrid, 1948)», Arbor vol. X, pp. 165-166.
«Alvaro d’Ors: Introducción al estudio de los documentos del Egipto romano (Madrid, 1948)», Arbor vol. X, pp. 316-317.
1949
«Algunos códices de Séneca en bibliotecas españolas y su lugar en la tradición de los Diálogos», Emérita nº 217, pp. 9 – 42.
«Alexander, W. H.: Seneca’s Dialogi III, IV, V», Emérita n 2 17, pp. 3 4 8 y ss.
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«Ángel Montenegro Duque: La Onomástica de Virgilio y la Antigüedad preitálica (Salamanca, 1949)», Arbor, vol. XIII, pp. 542-543.
1950
«Sobre Séneca, De Tranquillitate Animi y De Brevitate Vitae», Emérita nº 18, pp. 186-192.
«De Providentia y la cronología de las ultimas obras de Séneca», Emérita nº 18, pp. 367- 376.
«Anotaciones críticas al texto del Martini Bracarensis Tractatus De Ira», Emérita nº 18, pp. 377-380.
«Alexander, W. H . :Seneca’s Naturales Quaestiones», Emerita nº 18, pp. 263 y ss.
«Seneca’s Epistulae Morales», Emérita nº 18, pp. 265 y ss.
«Carta de las provincias: Granada», Arbor nº 16, pp. 98-101.
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Jerónimo Savonarola: última meditación. Introducción, traducción y notas de A. F., Madrid, 1951 (19552 ) .
«L. Annaei Senecae, Dialogorum libri I`X-X; et al » , Arbor vol. XVIII , pp. 159-160.
«Humanismo», Arbor vol. XIX , pp. 66-74.
«Tradición y crítica del texto de Séneca», Estudios Clásicos nº 2, pp. 81-88.
«La tradición de las obras morales de Martín de Braga», Boletín de la Universidad de Granada nº 91; Letras, pp. 5-18.
«Tácito: Diálogo de Oradores» (traducción de M. Marín Peña), Arbor nº 20, pp. 153 y ss.
«Barlow, C. W.: Martini Bracarensis Opera Omnia», Emérita nº 19, pp. 374 y ss.
«Salustio: Conjuración de Catilina y Guerra de Yugurta» (traducción de M. Marín Peña y A. Pariente), Arbor nº 20, pp. 153-154.
«Antonio Magariños: Cicerón (Barcelona, 1951)», Arbor vol. XXI , pp. 301 – 302 .
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«Balance de la cultura» La Actualiadad Española nº 2 (19.01)p. 10.
«Pequeñas historias de provincia» La Actualiadad Española nº 3 (26.01), p.10
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«El individualismo español», La Actualidad Española nº 5 (09.02), p. 12.
«Madrid y las provincias», La Actualidad Española nº 6 (15.02), p. 12.
«La nación y la clase social», La Actualidad Española nº 7 (22.02), p. 14.
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«Los dólares y la ilusión», La Actualidad Española nº 12 (28.03), p. 14.
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«Jóvenes y viejos», La Actualidad Española nº 17 (02.05), p. 14.
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«Incapacidad para el diálogo», La Actualidad Española nº 21 (30.05), p. 16.
«A la vuelta del Congreso de Barcelona», La Actualidad Española Nº 23 (13.06) pp. 16-17.
«¿Sobran universitarios en España? (I)», La Actualidad Española nº 24 (20.06), p. 16
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«La función de los periódicos», La Española Española nº 27 (11.07).
«18 de julio de 1936 – 18 de julio de 1952», La Actualidad Española nº 28 (18.07).
«La voz de Jacob», La Actualidad Española nº 33 (22.08).
«Inquietudes de Europa», La Actualidad Española nº 34 (29.08).
«El mito de la normalidad», La Actualidad Española nº 35 (05.09).
«La última insolencia de Baroja», La Actualidad Española nº 36 (12.09).
«La lección de los antiguos», La Actualidad Española nº 38 (29.09).
«El ejército europeo y nuestra conciencia militar», La Actualidad Española (10.10).
«La tela de Penélope», La Actualidad Española nº 41 (17.10).
«El demonio de la confusión», La Actualidad Española nº 42 (24.10).
«La paz y sus falsas imágenes», La Actualidad Española nº 45 (14.11).
«Vidas paralelas: Maurras y Croce», La Actualidad Española nº 47 (28.10).
«La huella de Giner», La Actualidad Española nº 49 (12.12).
«¿Por qué las Navidades en diciembre?», La Actualidad Española nº 52 (1952).
1954
«Algunos códices de Séneca en bibliotecas españolas y su lugar en la tradición de los Diálogos II», Emérita nº 22, pp. 35 – 65.
«Este tiempo nuestro», Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 49-53.
«Isidoro Zorzano Ledesma. Un ingeniero de Dios» [reseña de: Daniel Sargent, God’s Engineer, Chicago 1954], Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 115-118.
«Padres Apologistas Griegos (siglo II)» (reseña de libro homónimo, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 1 (VII/1954), pp. 120-121.
«Las 4 8 Américas» [reseña de libro homónimo, de Cartier Raymond, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº1 (VII/1954), pp. 125-126.
«Roma, un ejemplo de incorporación cultural», Nuestro Tiempo nº 2 (VIII/1954), pp. 38-46.
«El sueño de un anciano» [reseña del libro homónimo, del cardenal John Henry Newman, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 2 (VIII/1954), pp. 124-125.
«Verbum Vitae. La palabra de Cristo» [reseña del libro homónimo, editado por Mons. Ángel Herrera, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 3 (IX/1954), pp. 124-125.
«Toynbee o la historia de un esfuerzo gigante», Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 113-117.
«Decenario al Espíritu Santo» [reseña de libro homónimo, de Francisca Javiera del Valle, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 123-124.
«Obras de San Agustín (vol. X I I ) » [reseña de libro homónimo, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (X/1954), pp. 124-125.
«La tumba de San Pedro» [reseña de libro homónimo, de Kirschbaum, Junyent, Vives, Madrid 1954], Nuestro Tiempo nº 5 (XI/1954), pp. 116-119.
«Comunidad Europea y Comunidad Universal», La Actualidad Española nº 149.
1955
«La herencia del Barroco español» (reseña de: V. Rodríguez Casado: La monarquía española del Barroco, Sevilla 1954), Nuestro Tiempo nº 8 (11/1955), pp. 114-116.
«Los principios de la unidad de España», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 19- 29. Reimp. Humanismo Romano 1974 cit. infra, pp. 218-228.
«La semana de Ginebra», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 55-64.
«El rearme moral», Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 65-73.
«Incertidumbre y riesgo» [reseña de libro homónimo, de Peter Wurst, Madrid 1955], Nuestro Tiempo nº 14 (VIII/1955), pp. 114- 120.
1956
Los tópicos y la opinión, Col. Crece o Muere / Ateneo de Madrid, Editora Nacional, Madrid 1956 (39 págs.).
«Un nuevo progresismo», La Actulidad Española nº 23 (12.01), p. 13.
«La actual importancia de Belgrado», Nuestro Tiempo n º 23 (V/1956), pp. 64-66.
«Los problemas de la Unión Soviética», Nuestro Tiempo nº 25 (VII/1956), pp. 49-50.
«Los intelectuales», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 3-24.
«Suez, la tragedia de un imperio», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 63-76.
«Juan Roger: El surrealismo francés (Madrid 1956)», Nuestro Tiempo nº 26 (VIII/1956), pp. 107-108.
«Breve perfil de un pueblo noble y valeroso», Nuestro Tiempo nº 29 (XI/1956), pp. 42-43.
«De la gran persecución», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp. 57-59.
«Húngaros en el desierto», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.59-62.
«Facciones en el Kemlin», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.62-65.
«Ingleses y americanos», Nuestro Tiempo nº 30 (XII/1956), pp.65-67.
«Las ideas tienen consecuencias», La Actualidad Española nº 218 (1956).
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Artes ad humanitatem. Ideales del hombre y de la cultura en tiempos de Cicerón, Publicaciones del Estudio General de Navarra, Pamplona, 1957.
«Religión y Norteamérica», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 80-82.
«Nacionalismo árabe e islam», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 82-84.
«Las sirenas del marxismo», Nuestro Tiempo nº 31 (1/1957), pp. 84-85.
«El libro de la amistad» [reseña de Estudio sobre la amistad, de A. Vázquez de Prada, 1957], Nuestro Tiempo nº 37 (VII/1957), pp. 78-81.
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«Entrevista con Adam Michnik», Nueva Revista nº 1 (II/1990), pp. 61-63.
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«Fieles o cautivos, pero votos», Nueva Revista nº 6 (VII/1990), pp. 18-19.
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