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Ver productosApoco de asumir la responsabilidad de la presidencia de la SEPI, coordiné un equipo de colaboradores de Televisión Española y de la sociedad que presido para la elaboración de lo que se ha dado en denominar «Plan marco para la viabilidad de Televisión Española». Y en ese plan marco que llevamos ejecutando veinte meses, decíamos que había que trabajar para dotar a la red de televisión pública de una financiación estable, suficiente y adecuada.
Pero en aquellos días, mientras elaborábamos el documento, y fruto de un debate propiciado por las televisiones privadas en España y del que se hicieron eco los medios, surgió una comunicación de la Comisión Europea a propósito de la financiación de la televisión pública, referente a la mal llamada «financiación doble de Radio Televisión Española», porque de doble no tiene nada: Televisión Española no tiene el doble de recursos que las otras. Realmente a lo que las televisiones privadas se referían era a la «financiación mixta», es decir, procedente de dos orígenes. Y esa es, por lo demás, la terminología que emplea la Comisión Europea, cuando se refiere al sistema de financiación de las televisiones públicas en general.
Hay que recordar que esa financiación mixta estaba consagrada legalmente en el Estatuto de Radio Televisión Española y que, por tanto, el debate propiciado por las televisiones privadas no se orientaba tanto contra una práctica sino contra un cuerpo legal contemplado en el Estatuto. Es importante decir, además, que la financiación mixta era y es el modelo dominante en las televisiones públicas de todos los países de nuestro entorno.
El debate propiciado por las televisiones privadas contradecía además el sentir de la sociedad española, manifestado a través de las encuestas, y el sentir de los profesionales del sector, manifestado a través de los grupos de debate que hemos organizado, y cuyos resultados son públicos. Pero todo eso no era lo más importante, porque las televisiones privadas tampoco coincidían con la opinión de la Comisión Europea misma que, como no puede ser menos, en una importantísima comunicación del 5 de noviembre de 2001, consagró de forma definitiva la financiación mixta como absolutamente posible y deseable para las radio televisiones públicas.
Es verdad y es muy importante señalar cómo, en aras del rigor que la Comisión pone siempre en sus comunicaciones o resoluciones, se habla de financiación mixta, pero no de cualquier manera, sino de una financiación mixta que cumpla tres requisitos. Para la Comisión, lo que justifica la aportación pública, es que haya un servicio público definido legalmente, en primer término; que esté atribuido a un ente organizado para cumplirlo, en segundo; y que ese organismo, finalmente, esté sometido a un mecanismo que permita su control periódico.
Además de estos tres requisitos, la Comisión pone una condición, y es que, en todo caso, ha de cumplirse la regla de la proporcionalidad entre lo que cuesta cumplir con un servicio público y lo que se recibe como aportación del erario público, que se entiende que se cumple cuando la aportación pública no supera el coste neto en que ese ente incurre como consecuencia de la realización de esa función de servicio público.
Como he dicho, a 5 de noviembre de 2001, cuando surge esta comunicación de la Comisión Europea, en Televisión Española no cumplíamos ninguno de los tres requisitos y, por tanto, era imposible verificar si se cumplía la otra condición cuantitativa de la proporcionalidad. Por eso nos pusimos manos a la obra y con tanta rapidez, que antes de que se cumplieran sesenta días, se llegó a aprobar la ley de acompañamiento para el 2002 en el Congreso (el 30 de diciembre), y los tres requisitos quedaban subsanados. Porque es esta ley de acompañamiento define en primer lugar la función de servicio público propia de una televisión, y lo hace siguiendo básicamente el modelo imperante en Europa. Además, esa ley atribuye el cumplimiento del servicio público ya definido a un ente concreto, que es Radio Televisión Española. Y establece finalmente que el órgano de control es la Comisión de Control de Radio Televisión Española y el Congreso de los Diputados.
Cumplíamos, pues, los tres requisitos. Pero había que cumplir con ese requisito de la proporcionalidad. Y para eso nos encontrábamos con un defecto, y es que es necesario un sistema de información contable y un sistema de imputación de costes y resultados y un sistema de tratamiento de la información integrado, muy riguroso, absolutamente de vanguardia, que en aquellos momentos en Televisión Española no existía. Y entonces hubo que ponerse manos a la obra para definir un proceso al que queríamos llegar y en el que desde entonces, hace dieciocho meses, estamos trabajando. Convocamos un concurso para contar con gente especializada en diagnosis, definición, desarrollo de sistemas, etc.; el proyecto quedó adjudicado y se está trabajando en su puesta en marcha. Su implementación y funcionamiento en Radio Televisión Española será una realidad en los próximos meses, probablemente.
Esta era la situación con que nos encontramos y con esta idea hemos estado trabajando desde hace veinte meses. Pero yo quiero coger el toro por los cuernos y tratar de convencerles de que nosotros ya estábamos haciendo lo que ha dicho la Comisión Europea. Muy brevemente, enumero las seis cuestiones mencionadas por el pronunciamiento de la Comisión, y luego veremos, paso a paso, lo que se decía en el plan marco y lo que se está haciendo y los logros concretos que se han alcanzado. El aviso de la Comisión se refiere a estas seis cuestiones: que es necesario alcanzar o llegar a conocer el coste neto del servicio público en Radio Televisión Española; que es necesario respetar este coste neto como límite de la aportación pública; que es necesario gestionar eficientemente, como una empresa eficiente, Radio Televisión Española; que es necesario aumentar la subvención directa que recibe Radio Televisión Española; que es necesario reducir su necesidad de endeudamiento; y que es necesario, finalmente, abstenerse de aportar la garantía del Estado a la deuda de Radio Televisión Española.
COSTE NETO DE EXPLOTACIÓN
Es necesario conocer el coste neto en que Radio Televisión Española incurre por cumplir la función de servicio público encomendada por las Cortes Generales, tal y como lo definió la ley de acompañamiento para el 2002, se ha dicho, y nadie lo pone en duda. Para llegar a señalar una cifra concreta, es necesario un sistema tremendamente desarrollado y complejo, que ya está en marcha, como hemos dicho, y que según nuestras previsiones puede que en el año 2004, e incluso antes, puede estar operativo.
LA MANGA Y EL HOMBRO
Dice el pronunciamiento de la Comisión Europea que, además de conocerlo, hay que respetarlo, sin pasarse en la aportación pública. ¿Dónde hay que firmar, que yo lo firmo? Porque es lo que venimos diciendo desde hace dos años en el debate con las fuerzas políticas en el Parlamento, con las fuerzas sindicales dentro de Radio Televisión Española, con las fuerzas en el seno del Consejo de Radio Televisión Española e, incluso, en el debate o en el trabajo conjunto de reflexión que hemos emprendido con el sector. Cuando en alguno de estos ámbitos me han planteado por qué no se incrementa la subvención hasta llegar a la suma íntegra de las pérdidas, para que así la Televisión Española no tenga déficit ni endeudamiento, siempre he respondido (y el que quiera verlo puede comprobarlo en las Actas del Congreso de los Diputados, lo mismo que en las Actas del Consejo de Administración) que si hiciéramos eso, al día siguiente tendríamos un expediente abierto en Bruselas, y además, con toda la razón. Un expediente en Bruselas, además, que concluiría con una condena, y llegaría de nuevo con toda la razón. Y como consecuencia de esa condena, se prohibiría toda subvención a Televisión Española, es decir, que la Radio Televisión Española, como ente público, dejaría de existir. De ahí que yo venga negándome sistemáticamente a cualquier incremento de la subvención que no esté justificado por un soporte de información contable y estadística como con el que estamos trabajando en la actualidad.
GESTIÓN EFICIENTE
Por lo tanto, en esto estamos absolutamente de acuerdo y trabajamos en la misma línea de lo que dice la Comisión Europea. ¿Qué más dice? Que cuando se habla de coste neto como límite de la aportación, éste coste no puede estar sesgado porque existan ineficiencias en el funcionamiento del ente público. Es decir, que, según la Comisión, el coste neto subvencionable debe ser el resultante de una gestión eficiente, según los criterios empresariales de eficiencia. Y de nuevo tan de acuerdo estamos con el pronunciamiento de la Comisión Europea, que nuestro principal objetivo, casi nuestro único objetivo, puesto de forma explícita en el plan marco y expresado de nuevo en el debate social, sindical, sectorial, etc., ha sido decir que en estos tres años lo primero que nos preocupa es ganar eficiencia empresarial en Televisión Española. Nuestro objetivo es hallar contablemente el déficit de explotación. Por lo tanto, coincidimos plenamente con lo que dice el comisario Monti. No me vale que aportemos financiación pública hasta un coste neto, si éste procede de un funcionamiento ineficiente; tenemos que hablar de coste neto después de una administración eficaz y de una eficiente utilización de los recursos públicos. Y en esta línea hemos hecho algunos avances. Sin duda, a mí me hubiera gustado ir más deprisa de lo que vamos, pero creo que hemos tenido algunos aciertos.
¿Cómo se consigue más eficiencia? No les voy a descubrir a ustedes el Nilo, si les digo que aumentando los ingresos y reduciendo gastos, así de sencillo. ¿Lo estamos consiguiendo en Radio Televisión Española? Sí, lo estamos consiguiendo.
En relación a los gastos, es importante decir que en Radio Televisión Española éstos venían subiendo de forma constante en una media aproximada de un 5% anual, referido a los últimos diez años. Desde el año 2001, cuando se empieza a trabajar en el plan marco (aunque el momento cero de su aplicación es el 1 de enero de 2002), desde el año 2001, pues, se habían congelado, en términos monetarios, los gastos de funcionamiento de Radio Televisión Española. Evidentemente, si los gastos han dejado de crecer, se ha hecho una reducción de los mismos. Por tanto, en términos reales, se están reduciendo y reduciendo de forma significativa.
¿Y los ingresos? También estamos trabajando en la línea en la que era necesario trabajar. Y aunque el comportamiento de los ingresos es mucho más errático de un año a otro, y no se puede hablar de un crecimiento medio de ningún porcentaje, sí puedo decir que los ingresos actuales de Radio Televisión Española superan a los del año 2002 aproximadamente en un 12%.
Por tanto, si tenemos un crecimiento de ingresos de un 12%, congelación y por tanto reducción de los gastos, está claro que el déficit de explotación se está reduciendo. Sabrán que reducir un déficit de explotación en un 20% es una cantidad muy importante, en un solo año. Pero eso fue en el 2002. En el 2003 presupuestamos, además de ese 20%, reducir el déficit de explotación en un 10% más. Los últimos datos de la contabilidad mensual de Radio Televisión Española, el último balance que he visto, correspondiente al mes de agosto, se movía dentro de esas previsiones presupuestarias de reducción del 10%, a la que se preveía o aspiraba.
Si la pregunta es cuánto más está siendo eficiente Radio Televisión Española ahora que antes, o cuánto menos ineficiente es, podría reproducir aquí el dato que ofrecí en respuesta a una pregunta de una diputada de la oposición el otro día en el Congreso de los Diputados en mi comparecencia para la Comisión de presupuestos. Considerando, por irme a un periodo trianual, los años 1993, 94 y 95 y tomando la media aritmética de aquellos años, y comparando por un periodo bianual la media aritmética de los años 2003, 2004 (y estamos hablando de que han pasado diez años), la pregunta es: ¿es hoy Televisión Española más eficiente o menos y en cuánto más que entonces? ¿Estamos trabajando en la línea que dice Monti, o no? Yo ofrecía a la diputada de la oposición la siguiente forma de medirlo. Excluyamos los gastos financieros, que eso no es más que un reflejo del volumen de la deuda y de cómo está el mercado de capitales en ese momento; y excluyamos también los ingresos públicos vinculados a subvenciones, que tampoco miden si es eficiente o no Radio Televisión Española. Nos quedamos con gastos e ingresos operativos y de mercado.
¿Saben ustedes cuánto más eficiente es hoy Radio Televisión Española, o cuánto menos ineficiente es? Es un 29% más eficiente. La diferencia entre ingresos y gastos de mercado y operativos, indica al día de hoy que se ha ganado un 29% de eficiencia en Radio Televisión Española, o que se ha ganado en reducción de ineficiencia. Pero si han pasado diez años de los periodos que estamos comparando, el rigor exige pasarlo a monedas constantes y no corrientes. Y pasado a monedas constantes y, por tanto, reconociendo que la moneda vale menos por el efecto inflación acumulado durante este periodo, ¿saben en cuánto se ha reducido la ineficiencia de Radio Televisión Española o en cuanto se ha mejorado su eficiencia? En un 45%.
LA GARANTÍA ESTATAL DE LA DEUDA
Por último, dice el pronunciamiento de la Comisión Europea que lo que no puede haber es que la deuda, de haberla, sea garantizada por el Estado, porque eso sí que es algo que distorsiona la competencia, en la medida en que el resto de operadores privados no tienen su deuda garantizada por el Estado. Y a consecuencia de eso tienen peor rating en su deuda, el que otorgan las agencias de calificación de deuda y, por tanto, sus gastos financieros son más caros.
Y tan de acuerdo estamos con que no debe haber garantía del Estado sobre la deuda de Radio Televisión Española, que lo que queremos es que no haya en absoluto deuda de Radio Televisión Española. Y así está dicho en el plan marco y en tantas entrevistas que me han hecho. Nuestro objetivo, nuestro compromiso incluso, es que acabado el periodo transitorio del plan marco, la deuda deje de ser un problema de Radio Televisión Española.
Estamos, pues, trabajando intensamente y obteniendo resultados de acuerdo con la línea que venía marcando hace tiempo la Comisión Europea. Siendo así no es de extrañar que lo que ha dicho ahora la Comisión Europea coincida con lo que, precisamente, estamos haciendo.
Muchas gracias.
Las aguas de la televisión pública están revueltas en todas partes, en toda Europa. La televisión pública es un problema en Alemania, justamente desde el momento en que aparecieron las televisiones privadas y con ello se hizo notoria la necesidad de racionalizar el sistema — lo que luego se ha nominado el «sistema dual de televisión»—. Lo es también en Italia, en donde en la actualidad se está discutiendo un polémico proyecto de ley, conocido como «Ley Gasparri», que afecta al conjunto de los medios de comunicación y que incluye algunas disposiciones en materia de concentración de medios. En Portugal se discute la competencia desleal de la televisión pública respecto de la televisión privada. Hace poco, ha habido una decisión de la Comunidad Europea en relación con Portugal y en relación con Italia. Pasa incluso en el Reino Unido. Aquí ha salido varias veces a colación el totémico modelo de la BBC que, sin embargo, por sus derivas comerciales en los últimos años, incluso también por su independencia, es un modelo sometido en la actualidad a discusión.
Podríamos sin duda hablar de «crisis institucional de la televisión pública», no con una connotación negativa sino como relativo a un momento de cambio, de renovación profunda. Porque las cosas han cambiado radicalmente desde que han aparecido las televisiones privadas. Prueba de esta difícil adaptación son estos ya casi quince años de difíciles relaciones entre lo público y lo privado, a propósito de la televisión.
Por centrar un poco el tema, voy a detenerme en tres de los que me parecen principales problemas que tiene planteados en nuestros días la televisión pública.
¿COBERTURA PÚBLICA DE UN INTERÉS GENERAL?
La genealogía de la televisión en toda Europa ha sido una genealogía pública. Todos hemos nacido con la televisión pública y nos hemos criado con la televisión pública y, por tanto, propendemos a ver que la televisión pública es lo natural. Incluso el artículo 23 de la Constitución se refiere a la creación de una comisión parlamentaria para el control de las televisiones públicas.
Sin embargo, como bien ha dicho el Tribunal Constitucional, no hay que interpretar este artículo 23 de la Constitución como una obligación de la existencia de medios de comunicación social públicos. Y es que, aunque estemos muy acostumbrados a convivir con la televisión pública, parece que hay que recordar que la televisión pública no tiene una legitimación intrínseca, que no se justifica por sí misma, sino que la televisión pública es una actuación pública. Y como cualquier actuación pública, solamente puede desarrollarse en la medida en que se trate de una actuación necesaria, proporcionada, justificada y en la medida en que el espacio de la función que trata de ser cubierto desde la televisión pública no sea cubierto por el conjunto de los medios televisivos.
En otras actividades —la prensa por ejemplo— aceptamos que la iniciativa privada es capaz, por sí misma, de satisfacer todas las exigencias que plantea el medio; por tanto, no hay ninguna razón para quebrar este mismo razonamiento cuando hablamos de la televisión pública. Aquí no estamos descubriendo nada nuevo, sencillamente estamos sacando las exigencias, en último término, de nuestra forma de ordenación pública, de nuestra forma constitucional, de que lo privado es el mundo de la libertad y lo público es el mundo del interés general, el particular puede hacer lo que le venga en gana, la Administración solamente puede actuar para servir el interés general, si el interés general necesita ser servido y si los instrumentos que se aplican son necesarios, proporcionados, etc.
Otra cuestión distinta es si en el panorama televisivo actual existe o no espacio para la televisión pública. ¿Quién sabe? Quizá algún día nos escandalicemos de la existencia de televisión pública, como desde luego hoy nos escandalizaríamos de la existencia de prensa pública. Piensen ustedes cuál sería nuestra opinión si hoy el Estado lanzase un periódico, un periódico, justamente, para defender el pluralismo.
PROGRAMACIÓN GENERALISTA DE CALIDAD
No obstante, quizá la televisión pública pueda seguir en nuestros días, hoy por hoy (en el futuro, no se sabe) ocupando un espacio que, por el momento, empíricamente, no aciertan a satisfacer las televisiones privadas. En definitiva, yo creo que la televisión pública puede desarrollar en nuestros días la función de llevar a cabo una programación generalista de calidad. No sé si se puede definir mejor la función de servicio público que como lo hizo la última enmienda a la Ley de Presupuestos de 2002. Creo que cabe convenir en todo caso en que hay una serie de características que marcan criterios generales atendibles, como esa atención prioritaria a la información, á la educación o a la cultura, o esa promoción de programas que reflejen la realidad histórica actual o la realidad de nuestro país, o el debate intelectual, el debate social, el debate político, o una serie de emisiones cinematográficas que no incluyan contenidos o calidades que no sean asumibles por el conjunto de la población. En definitiva, estamos ante algo valorativo.
Pero en la medida en que parezca necesario a los poderes públicos que la televisión pública aporte esa programación generalista de calidad porque no es suficientemente aportada por los programadores privados, en esa medida seguirá teniendo cabida la televisión pública. De hecho, el apostar por la televisión pública tampoco nos singularizaría a los españoles, este es el horizonte que se expresa en todos los países europeos. En ellos, y pese a mis palabras iniciales, la televisión pública sigue teniendo una mala salud de hierro en todas partes. No conozco ningún sitio donde realmente, a corto plazo, la televisión pública vea en peligro su existencia.
Por otra parte, el interés de los gobiernos por mantener la televisión pública es lo suficientemente acusado como para incidir en los organismos internacionales, que también echan un capote a la televisión pública. La actitud del Consejo de Europa y la actitud de la propia Unión Europea (aquí se ha nombrado antes el Protocolo del anexo al Tratado de Ámsterdam) permiten, en definitiva, que los Estados, si valoran la conveniencia de seguir teniendo televisiones públicas, las mantengan.
¿INTERVENCIONISMO SIN ESCASEZ DE CANALES DE DIFUSIÓN?
Una de las razones tradicionales de intervención en el medio fue siempre la escasez de espectro radioeléctrico. Se decía que la principal diferencia entre la prensa escrita y la televisión estribaba en que la libertad de empresa tenía un dominio casi ilimitado en la prensa escrita, porque cualquiera podía poner una imprenta y lanzar un periódico, pero que, en cambio, y por razones estrictamente técnicas, el acceso a los medios de telecomunicación, a los medios televisivos o a los medios de radio, era un acceso restringido en razón de la escasez del espacio radioeléctrico; y como se suponía que solamente dos, tres o cuatro concesionarios podían llevar a cabo la actividad, esto obligaba, en consecuencia, a ordenar el medio, a calificarlo como servicio público, a otorgar concesiones, etc.
Estas razones, sin embargo, que sirvieron para desatar toda una corriente intervencionista, han quedado cada vez más en entredicho, porque el desarrollo tecnológico en la televisión permite que estas limitaciones técnicas sean progresivamente parte del pasado. Desde luego, el espectro radioeléctrico cada vez permite un uso mayor, y será cada vez más grande, cuando se concluya el apagón analógico y todas las emisiones sean digitales. Pero, además de las emisiones hercianas terrestres, tenemos el satélite, con una capacidad casi ilimitada para emitir canales; y tenemos la televisión por cable, tenemos televisiones a distintos niveles territoriales, etc. Ciertamente, llevado al límite, sigue persistiendo un cierto argumento de escasez. Al final el espectro radioeléctrico, teóricamente, sería escaso. Pero de hecho ofrece un número de posibilidades hoy suficientemente elevado como para que ese argumento deje de pesar en la ordenación del medio.
Por otra parte, el fenómeno de la convergencia tecnológica, que permite que las distintas infraestructuras de transporte puedan ser utilizadas para el transporte de los canales de televisión, añade también una no desdeñable posibilidad de pluralismo. En este momento llevan incluso ya varios años tratando de poner en marcha, compañías como Telefónica por ejemplo, el programa «imagineo», es decir, a través del cable telefónico conducir también vídeo bajo demanda o también televisión. Ya veremos a dónde va a parar todo eso. Y aunque se viene hablando desde hace mucho tiempo, hace sólo un par de semanas que saltaba a la prensa la noticia de que las eléctricas están también poniendo en marcha envíos de canales de televisión a través de los hilos de la luz.
TELEVISIÓN A LA CARTA
Se dice que marchamos hacia una televidencia a la carta. La posibilidad de seleccionar no sólo canales, sino incluso programación, una vez que con la digitalización se ponga en marcha la interactividad de la televisión, parece ser que lo generalista podría perder fuerza a favor del televidente a la carta. Ante ese nuevo horizonte de cambio, habría que plantearse cuál podría ser la función de la televisión pública.
De nuevo, no veo cuál puede ser la función de la televisión pública dentro de diez o doce años, no sé si va a seguir teniendo o no justificación. Pero de momento yo creo que una de las funciones de la televisión pública puede ser, precisamente, la apuesta tecnológica. Porque la transición hacia la televisión digital está siendo más complicada de lo esperado. Los operadores no encuentran fácilmente el modelo de negocio que les permita ir hacia la televisión digital y al Gobierno esto seguramente le quitará el sueño, porque no podemos quedarnos atrás en la transición hacia el mundo digital. Probablemente uno de los cometidos que podría cumplir la televisión pública en este momento, es precisamente liderar la apuesta por contenidos digitales.
Yo creo que, por otra parte, el modelo de televisión a la carta, el modelo de televisión estrictamente personal, no se va a producir, al menos en un futuro próximo. En este sentido no veo problema para la televisión pública. Únicamente habría quizá que tomar nota de alguna de las consecuencias que llegaría a tener esta mayor capacidad de elección.
TELEVISIONES AUTONÓMICAS
La Constitución atribuye al Estado la competencia para fijar las bases generales para el modelo televisivo, por tanto el Estado tiene la última palabra para decidir cuál es el marco global que han de respetar todas las televisiones, estatales, autonómicas y locales. Ahora bien, de eso a configurar (como sigue configurando la ley del tercer canal) la televisión autonómica como una televisión estatal, donde de hecho los entes que gestionan el tercer canal son concesionarios del Estado. No sólo son concesionarios del Estado, sino que la ley del tercer canal les obliga a mantener una estructura organizativa muy rígida, tienen que configurarse necesariamente como entes públicos, y esto hace que cuando quieren introducirse algunos modelos organizativos más flexibles haya que bordear la legalidad.
Lo tenemos ahora, recientemente, con el caso de la televisión valenciana. Se respeta formalmente la legislación del tercer canal porque se ha configurado en ente público, un ente público que recibe una concesión y luego toda la programación se saca a concurso. Ya me contarán qué es eso, un ente público que saca a concurso toda su programación. Lo que pasa es que la Comunidad Valenciana no puede hacer otra cosa, porque está constreñida por la ley del tercer canal.
Cuestión distinta es que la misma exigencia de justificación que se pide para la televisión del Estado, hay que pedirla también para las televisiones de las comunidades autónomas. Y a ese respecto no basta sencillamente con decir «lengua vernácula y cultura propia». «Lengua vernácula y cultura propia», en la medida en que la organización de un medio televisivo sea una razón necesaria, justificada, proporcionada. Porque si resulta que la lengua vernácula y la cultura propia están suficientemente atendidas por el sistema educativo o por la prensa libre, por las productoras, etc., eso ya no vale como justificación exclusiva o prioritaria para la televisión pública autonómica.
En definitiva, sobre el primero de los tres problemas que les enunciaba, que era la necesidad de justificar la televisión pública, podríamos decir que, hoy por hoy, sí está justificada, a condición de que rectifique en aquello en lo que tiene que rectificar; pero nadie, en cambio, puede decir si va a seguir estando justificada dentro de cinco o diez años.
FINANCIACIÓN
En Europa predomina una televisión fundamentalmente pública. En muchos países europeos, la financiación procede del establecimiento de tasas o cánones. A veces se ha planteado aquí la oportunidad de establecer una financiación vía tasa o canon. Son muchos los problemas que plantea este tipo de financiación, problemas derivados de la propia necesidad de recaudar esas tasas, esos cánones que tendrían que pagar los televidentes, problemas derivados del coste político de actualizaciones de esos cánones, que hacen que por motivos políticos la televisión pueda depender de los gobernantes de turno. Hoy la televisión llega al 100% de los hogares, por tanto este parecería un sistema poco eficiente de recaudar ingresos para la televisión.
Si se opta por un modelo de financiación predominantemente público, parece razonable que esa financiación proceda directamente de las arcas del Estado. Lo cual podría, seguramente, venir completado por la emisión de una financiación complementaria con ingresos comerciales. Ingresos comerciales que, como es frecuente en toda Europa, deberían estar limitados en cuanto al montante de publicidad. Unos topes máximos de emisión de publicidad como complemento de la financiación de la televisión pública, parecen también exigidos.
Para terminar con el problema de la financiación, naturalmente nada de esto tiene sentido si no se toman dos medidas en relación con la televisión pública. En primer lugar, hay que zanjar definitivamente la deuda histórica de televisión, hay que hacer borrón y cuenta nueva. Cuestión que no es nada sencilla, porque como antes decíamos, la deuda histórica de la televisión asciende a un billón de pesetas. Los responsables del PSOE enfatizan que la deuda tiene que ser asumida directamente por el Estado; el señor Rajoy parece que tiene ya un programa para reabsorber esa deuda a lo largo de los próximos diez años. Si ustedes estuvieron ayer aquí, tienen mejor información que yo, porque supongo que el presidente de la SEPI avanzaría algo acerca de cuáles son los planes para reabsorber esta ingente deuda que tiene la televisión pública.
Por tanto, nada de lo que hemos hablado antes tiene sentido si no se acaba, en primer lugar, con la deuda histórica de Televisión Española. Y, en segundo lugar, no estaríamos resolviendo el problema sino estableciendo sencillamente un parche si no acometiésemos las reformas estructurales, organizativas, de personal, que son necesarias en materia de RTVE. Es decir, la situación, como decíamos al principio, ha cambiado. La televisión monopolista tiene que competir en este momento con un mercado crecientemente diversificado, un mercado en el que existen otros agentes, y un mercado en el que se produce con otros costes y otras tecnologías. Y, por tanto, ninguna empresa ni pública ni privada puede producir con costes ineficientes.
LA ORGANIZACIÓN DE LA TELEVISIÓN PÚBLICA
Les resumo brevemente el tercer problema, el problema de la organización de la televisión pública, porque se cuestiona el modelo organizativo actual. Y se cuestiona por dos razones.
La primera de ellas, porque se dice que el director general de RTVE no tendría que ser elegido y nombrado por el presidente del Gobierno, sino que tendría que ser designado por las Cámaras. Antes se ha dado una respuesta que me parece bastante atendible, es decir, no se cieguen con las abrumadoras mayorías políticas que se pueden conseguir en las Cámaras parlamentarias, porque eso no es garantía de despolitización, al final las cosas están tan politizadas como siempre. Y, en el mismo sentido, yo sería muy prudente a la hora de introducir nuevos órganos de los llamados administraciones independientes. Antes se ha puesto sobre la mesa la posibilidad de establecer un consejo de control de contenidos, como un órgano capaz de velar por la pureza, el equilibrio o la no disfunción de las programaciones. Sería muy prudente sabiendo que este es un modelo muy extendido en toda Europa. Pero pasa que a veces lo que está muy extendido no es necesariamente lo bueno. Es verdad que este modelo está muy extendido en Alemania, en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos pero, en todos esos países, este modelo está cosechando críticas. Las está cosechando, en definitiva, porque las pretendidas administraciones independientes tienen luces y sombras, y tienen más sombras de las que a veces se pone de manifiesto.
En primer lugar, porque no existen garantías técnico jurídicas perfectas para lograr la plena independencia de sus medios. Al final, ni mayorías cualificadas, ni nombramientos superiores al plazo de la legislatura, ni rígidos sistemas de incompatibilidades. Todo esto es muy conocido en Estados Unidos, país del que viene todo esto. Es muy peligroso seguir creyendo en el mito de la participación. Díganlo, si no, por ejemplo, los alemanes. Cada ente público de Radio Televisión Alemán está dirigido por representantes de las distintas fuerzas políticas, económicas, sociales, culturales, religiosas, etc. Pensar que por establecer un órgano de carácter participativo vamos a conseguir trasladar la pluralidad de la sociedad, es algo ingenuo.
Al final, todo esto tiene un enorme riesgo, que es el de la pretendida objetividad en las decisiones. Y esa pretendida objetividad en las decisiones casi nunca se consigue; son muy pocos los puntos absolutos de coincidencia de todo el mundo. Al final, las preferencias corresponden a criterios subjetivos, a intereses concretos y, muchas veces, es preferible que esos criterios subjetivos, que esos intereses concretos estén identificados en cada decisión a que estén escondidos sobre la base de pretendidas objetividades que no se dan nunca. Por tanto, puede salimos el tiro por la culata. Podemos nombrar unos órganos tan politizados como antes, si nos descuidamos, además, que sirvan a concretos intereses y que, además, no nos estemos enterando de ello, porque al final decidirá con la pretendida asepsia y objetividad que, en la práctica, no existe nunca.
El sistema universitario se mueve. La idea medieval de universidad y las que propusieron en los dos últimos siglos Von Humboldt, Newman, Ortega o Jaspers, siguen vigentes. Y hasta se mantiene todavía, latente pero bien vivo, el modelo de gendarmería intelectual que patentó Bonaparte. En todo caso, las universidades continúan apuntando a crear la ciencia nueva, transmitir la sabiduría heredada y formar profesionales. A la vez, se adaptan a los tiempos y a las demandas sociales: cambian.
También se mueven los estudiantes. Desean la libertad de pupitre, cambiar alguna vez de universidad, como sucede desde hace dos siglos en Alemania. Así se fundaron las universidades privadas japonesas: un bravo samurái de veintiún años, José H. Neesima, tuvo que jugarse la vida en 1864 por desobedecer las leyes vigentes y embarcar rumbo a América, con objeto de recibir allí una educación occidental. La misma aspiración de los estudiantes de la UE contribuirá en el futuro a una unión más efectiva entre los países de Europa.
La sociedad reclama, con buen sentido, que se extienda la enseñanza superior a un porcentaje creciente del correspondiente sector de población. Se da otra lectura al viejo adagio quod natura non dat, Salmantica non praestat; porque en universidades como la de Salamanca caben —han cabido siempre— estudiantes muy inteligentes y otros que compensan su menor capacidad de abstracción con laboriosidad, habilidad manual, facilidad para los deportes o don de gentes. Además hay otras instituciones de enseñanza superior —academias, centros, institutos o colegios— donde no se investiga.
La enseñanza superior abarca hoy un amplio espectro. Algunos países, como Cuba, mantienen aún las universidades para pocos y muy selectos estudiantes, al estilo de la Alemania y el Japón del pasado. Ahora este último, entre otros países, se inspira en los Estados Unidos de América, donde existen instituciones para todos los gustos y niveles. Y en el Reino Unido, se armoniza la frecuente referencia a los Estados Unidos con el propósito de conservar las virtudes de su sistema tradicional. En este artículo se va a pasar revista al sentido del cambio en los tres países acabados de mencionar.
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
En los EE UU las universidades incluyen, además de las facultades y escuelas que otorgan los grados de licenciado y doctor, un liberal arts college —un colegio de artes liberales— que proporciona a los universitarios formación en humanidades, ciencias sociales y ciencias naturales, y conduce ordinariamente al grado de bachiller. De otra parte, muchos colegios de artes liberales son autónomos y constituyen, en sí mismos, instituciones reconocidas de enseñanza superior.
Las tres mil instituciones universitarias de este país, donde se educa un tercio de la población de dieciocho y diecinueve años, comprenden desde colegios modestos y multiversidades, es decir, instituciones que incorporan, por vía de integración o de afiliación, cuerpos diversos (campus, facultades, departamentos, colegios y centros de investigación), hasta las universidades de la Ivy League, reconocidas entre las mejores del mundo. Una gran mayoría de los estudiantes —algo más de cinco millones—, frecuentan universidades o colegios de cuatro años. Las ciento veinticinco universidades donde se investiga acogen a 2,7 millones de estudiantes, de los cuales obtienen el doctorado cada año unos cuarenta y cinco mil graduados.
Todas estas instituciones compiten; por eso existen las clasificaciones. La de la fundación Carnegie distingue dos niveles de universidades investigadoras, según el número de doctorados que otorgan cada año y el de las disciplinas en las que los otorgan. Distingue también, según el número de licenciaturas y de disciplinas, entre las universidades o colegios que no hacen investigación. Y, de modo semejante, distingue entre tres niveles de colegios que confieren el grado de bachiller.
La clasificación The Center, por categoría investigadora, refleja el número de veces que cada universidad se ha clasificado entre las cincuenta primeras; lo que ha invertido en investigación y la posición relativa que esta cantidad supone en el conjunto; el montante de las subvenciones federales que ha obtenido, y la posición respecto a las demás; y la cuantía de su patrimonio. En la última edición, ocupan los diez primeros puestos Harvard, el MIT y las universidades de Stanford, Columbia, Duke, John Hopkins, California en Berkeley, Pennsylvania, Michigan en Ann Arbor, y Minnesota en Twin Cities.
Gobiernan las universidades los Boards of Trustees, cuyos miembros se eligen por cooptación entre profesionales destacados, rara vez académicos o políticos. Los trustees responden de la institución ante las autoridades y ante la opinión pública, aprueban los presupuestos, nombran las autoridades académicas y les señalan sus atribuciones. Aunque abiertos a las iniciativas y opiniones de los profesores —en menor medida a las de los alumnos— tienen la última palabra sobre las cuestiones importantes; y se esmeran por lograr los fines de la institución, así como por resolver las necesidades económicas.
Las subvenciones federales llegan a todas las universidades como ayudas a la investigación y contratos; y a los estudiantes como becas o préstamos. Una parte muy importante de los ingresos procede de las tasas, cuya cuantía resulta siempre muy elevada. En las universidades públicas, que albergan las tres cuartas partes de la población estudiantil, las tasas pueden ser inferiores para los naturales del Estado, aunque resultan mucho mayores que las habituales en Europa; y el porcentaje del presupuesto de ingresos que procede de las tasas tiende a ir aumentando cada año.
En el curso 2003-2004 se han reducido drásticamente los cursos que ofrecen buen número de universidades estatales. Algún ejemplo: la de Illinois ha suprimido mil clases de cientos de asignaturas; unos mil estudiantes de la de Carolina del Norte no podrán comenzar a estudiar español; la de Colorado ha cancelado los estudios de Periodismo, Administración de Negocios e Ingeniería; y la de California no admitirá alumnos en ningún centro de uno de sus campus. Esta tendencia tiene dos consecuencias negativas. De una parte, inhibe a los estudiantes de familias de pocos ingresos a realizar estudios universitarios; y de otra, alarga las carreras de los que las están frecuentando.
JAPÓN
Durante la década de los ochenta del siglo XIX, el gobierno de Meiji estableció en Japón la financiación pública del sistema educativo. Antes de la II Guerra Mundial, las siete universidades imperiales y las ocho escuelas nacionales superiores, concebidas según el modelo de las universidades alemanas de entonces, acogían a un 3% de los universitarios posibles, es decir, sólo a los estudiantes más brillantes, sin atender a su clase social o nivel económico. Ahora, más del 75% de los estudiantes que acaban el bachillerato acceden a la enseñanza superior. Se trata de un cambio derivado de la ocupación aliada tras la II Guerra Mundial.
En el Japón de la preguerra había buen número de instituciones prestigiosas, a las que acudía un considerable contingente de estudiantes no comprendidos en ese 3%. En esas instituciones se formaban maestros de primera y segunda enseñanza, economistas, médicos, etc., que también accedían a posiciones sociales de relieve. Los aliados elevaron el rango de todas estas instituciones al de universidades, y no cambiaron el estatus de las siete antes mencionadas, aunque dejaron de llamarse imperiales.
También existían antes de la guerra universidades privadas. Nacieron las primeras tras visitas pioneras de sus fundadores a los Estados Unidos de América: a su regreso, José H. Neesima fundaba, en 1875, la de Doshisha; antes, en 1858, Yukichi Fukuzawa había fundado la de Keio; Umeko Tsuda, en 1864, el colegio femenino que lleva su nombre; y más tarde, en 1882, Shigenobu Okuma, la de Waseda. A las primeras seguirían muchas otras, que adoptarían el modelo norteamericano.
La reforma de posguerra condujo a aumentar el número de universidades nacionales, para que hubiera una al menos en cada prefectura. Esta tendencia se ha mantenido después, y se ha llegado a la actualidad con 99 universidades nacionales, 72 públicas —de origen provincial o municipal— y 478 privadas. En líneas generales, se ha hecho más popular la enseñanza superior, aunque haya descendido la calidad de la docencia y de la investigación. Por eso el actual ministro de Educación ha lanzado el proyecto conocido inicialmente como Las 30 mejores, que ha acabado llamándose Plan de Centros de Excelencia para el Siglo XXI de la Educación Superior Japonesa.
Ese plan va logrando, de una parte, la unión o la colaboración de universidades geográficamente cercanas, constituidas inicialmente por pocos centros; y, de otra, la adopción de una modalidad de matrícula según la cual el estudiante que no ha sido admitido en un centro, puede cursar buen número de los cursos o las materias que allí se imparten, si procede de otro centro asociado. Así se constituyen universidades en las que se cultivan parcelas más amplias del saber, y los estudiantes disponen de más oportunidades a la hora de confeccionar el plan de estudio que les interesa.
El plan mencionado se propone elegir treinta universidades según determinadas áreas de investigación, en su mayoría del ámbito de las ciencias naturales. En el año fiscal 2002 los fondos del plan, 170.000 millones de yens, se asignaron a veinte universidades Tokio, Kioto, Osaka, etc. —, entre las cuales se contaba una privada —Keio—. Todas tienen facultad de Medicina o de Biología y se sitúan en buen lugar entre las del mundo. De otra parte, el ministerio ha reconocido como universidades de graduados otras doce nacionales. Los profesores de estas universidades reciben más recursos para hacer investigación, lo que las sitúa bien para incluirse entre las treinta del plan.
Las subvenciones del ministerio para gastos corrientes de las universidades privadas ascienden en conjunto a 320.000 millones de yens. Una de las más favorecidas, la de Keio, recibe 9.000 millones. En cambio, las nacionales obtienen en total casi tres billones, que en su mayor parte se emplean para retribuir a unos 60.000 profesores y 57.000 administrativos, y equivalen a un 40% del presupuesto del ministerio. Por eso el Gobierno está empeñado en que las universidades nacionales rebajen la carga económica que suponen.
El primer ministro, Junichiro Koizumi, quiere convertir las universidades en organismos autónomos. La mayor parte de las privadas, a las que se ha ofrecido también esta posibilidad, la han aceptado ya, a causa los beneficios fiscales que supone. A la vez, se intenta la concentración de las universidades nacionales —disminuir su número—, la adopción de modos de gestión propios de las compañías privadas y la evaluación externa, con vistas a que sean internacionalmente competitivas, formen profesionales muy bien cualificados y potencien las ciudades donde se asientan.
EL REINO UNIDO
En el mes de enero pasado, Charles Clarke, ministro de Educación del Reino Unido, presentaba en el Parlamento el documento titulado El futuro de la educación superior, que contiene la propuesta del Gobierno de Blair para renovar las universidades británicas, facilitar más el acceso a las mismas, y ponerlas en situación de competir con las mejores del mundo. El propio ministro apela en ese documento a la colaboración de estudiantes, Gobierno, empresas y las propias universidades; y afirma que en esta colaboración estriba el fundamento del futuro éxito del país.
El documento señala que los ingleses pueden estar orgullosos de sus universidades; si hace cuarenta años accedían a la enseñanza superior el 6% de los menores de 21 años, hoy llegan el 43% de los de 18 a 30 años; en los últimos veinte años se ha triplicado el número de grados concedidos; el porcentaje de los alumnos que acaban sus estudios es de los mejores del mundo; acuden más y más estudiantes de otros países; la capacidad de investigación es elevada y de calidad; y los últimos años han visto crecer espectacularmente el número de empresas nacidas de la innovación universitaria, gracias a sus propuestas de investigación y desarrollo (I+D).
El mismo documento propone no dormirse en los laureles, pues el futuro plantea retos importantes. Se trataría en primer término de que la enseñanza superior alcanzara a los jóvenes mejores y de más talento que proceden de familias con menos ventajas y actualmente no acceden los estudios superiores. También se trataría de ampliar estos estudios para cubrir destrezas que exige el desarrollo empresarial; y de poner el conocimiento aún más al servicio de la creación de riqueza, lo que se lograría invirtiendo más en I+D para proporcionar financiación estable a los investigadores.
Con el fin de superar esos retos, el Gobierno apunta una serie de medidas, como son aumentar más del 6% las consignaciones para enseñanza superior durante los próximos tres años; conceder carácter preferente a la financiación de la transferencia de resultados a las empresas; mejorar y premiar la excelencia en la enseñanza; conceder ayudas diversas a los estudiantes; permitir que las universidades reciban, de los graduados con empleo que puedan pagarla, una contribución de hasta tres mil libras por año al coste de cada curso que hicieron; y ayudar a las universidades a constituir su patrimonio.
De otra parte, el Gobierno se propone, para el curso 2005-2006, aumentar la cifra destinada a investigación en 1.250 millones de libras, un 30% de la consignación actual; estimular y premiar la investigación en unidades mayores; invertir más en los departamentos y universidades más destacados, para que puedan competir con los mejores del mundo; incentivar de modos diversos que se inicien trabajos de investigación prometedores o se mejoren algunos en curso; así como premiar la excelencia de los mejores.
También se prevén medidas para intensificar la colaboración de las universidades no investigadoras con las empresas, y ampliar el papel que aquéllas desempeñan en el desarrollo regional. Y, para que no quede todo adjudicado a las ciencias, también creará el Gobierno un nuevo consejo de artes y humanidades. En el documento aparecen comparaciones frecuentes con los Estados Unidos y se alude pocas veces al resto de países de Europa, a pesar de que el Reino Unido se cuenta entre los países firmantes de la declaración de Bolonia.
EPÍLOGO
Los sistemas universitarios se mueven. En los tres escenarios considerados aquí, el sentido del cambio es el mismo. Se dirige, de una parte, a que participen de los bienes de la enseñanza superior más y más estudiantes; y, de otra, a que mejoren las instituciones de enseñanza superior de modo que, conservando su personalidad, sean más excelentes y más competitivas. Así seguirá habiendo universidades para los estudiantes más capaces, donde se hace investigación; y también instituciones, aunque no se llamen universidades, para gente más normal.
Pero la excelencia es cara y hay que pagarla. Algunos Estados de América septentrional se enfrentan con la dura realidad, y se ven forzados a subir las tasas y recortar el número de clases y materias que ofrecen sus universidades y colegios. En el Japón se acude a medidas menos drásticas y se tiende a favorecer, a la vez, el acceso de más estudiantes y la excelencia de las instituciones. Y en el Reino Unido se apuesta en serio por ambos objetivos. Aunque son ciertamente ambiciosos, valen de verdad la pena, porque van a definir el futuro de los respectivos países.
En las últimas décadas se han producido importantes cambios estructurales en los sistemas productivos de los países desarrollados, tales que la tasa de crecimiento y las expectativas de empleo de sus respectivos ciudadanos se han visto afectadas. Entre los factores más importantes que han propiciado esos cambios se suelen incluir el impacto de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, por una parte; la globalización de las economías a través de las empresas multinacionales por otra, así como el cambio en las cadenas de producción manufactureras hacia una robotización creciente y, finalmente, la competencia de las economías emergentes en la industria manufacturera y en la agricultura. Si a estos factores del cambio de escenario de la economía europea se añade el envejecimiento acelerado de su población, se pueden entender las preocupaciones de la población europea y de sus clases dirigentes por un futuro incierto.
EL RETO DE LA CUMBRE DE BARCELONA
En respuesta a estas incertidumbres, el Consejo de Europa planteó en la cumbre de Lisboa del 2000 el desafío de hacer de Europa «la economía más competitiva y dinámica del mundo, con mejor y más oportunidades de trabajo y una mayor cohesión social, basada en el conocimiento y en el crecimiento sostenible»1.
Desde distintos sectores, tanto públicos y privados, como desde ámbitos regionales, nacionales y europeos, se ha repetido con insistencia que el buen camino para resolver esos problemas y alcanzar los deseos expresados de forma tan categórica en Lisboa pasa por propiciar un aumento de la actividad científica en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i).
En consonancia con esta visión, dos años más tarde, en la cumbre de Barcelona, los jefes de Estado y de Gobierno de los quince países miembros de la Unión Europea (UE) se fijaron el objetivo de conseguir antes del 2010 un gasto global en I+D que representara el 3% del producto interior bruto (PIB) del conjunto de los países miembros. En palabras de Philippe Busquin, comisario de Investigación en la Comisión Europea, «la decisión de aumentar el gasto de la UE en l+D, junto con la reestructuración del escenario europeo de la investigación para hacer de él un verdadero mercado interno de investigación en el que se lleve a cabo un trabajo de excelencia, favoreciendo la movilidad y la competencia entre los científicos, constituyen un sólido baluarte para afrontar con éxito el futuro de Europa»2.
Para hacerse una idea de lo que de reto tiene esta propuesta basta con considerar que, en el año 2000, los quince países miembros de la UE dedicaron a I+D el 1,93 % de su PIB y que, de mantenerse la tasa de crecimiento en el gasto en I+D conseguida en el quinquenio 1995-2000 por el conjunto de los quince países miembros (un modesto 0,32% anual), se llegaría al año 2010 con un gasto en I+D que representaría tan sólo un 2,2 % del PIB, lejos del 3% proyectado.
En lo que concierne a España, las expectativas no son muy diferentes. Partimos de un 0,94% del PIB en inversión en I+D en el año 2000 que, de mantenerse la tasa de crecimiento promedio del quinquenio anterior (un 2,99% anual), nos llevaría a una inversión del 1,3 % del PIB en el año 2010, cifra escandalosamente alejada del objetivo fijado para el conjunto de los quince. Para poner estos datos en referencia al contexto mundial, en la siguiente tabla se resumen las correspondientes cifras para EE UU y Japón, junto con las españolas y europeas3.

A la vista de estas cifras comparativas, queda claro que Europa, y en mucha mayor proporción España, necesita hacer un gran esfuerzo inversor en I+D para despejar las dudas que las cifras arriba mencionadas arrojan sobre nuestro futuro inmediato.
Conviene resaltar que las cifras contenidas en esta tabla se refieren a la inversión total realizada en I+D sin distinguir entre el gasto en I+D financiado por el sector público y el que se ha originado directamente por las iniciativas privadas. Los datos disponibles acerca del gasto en I+D que tuvo su origen en el sector privado en España indican que representó casi un 54% del gasto doméstico total en I+D en el año 2000; a efectos comparativos, el valor de este indicador fue 65% para el conjunto europeo, 71% para Japón y 75% para Estados Unidos. De entre los países europeos, Suecia, Irlanda, Bélgica, Alemania y Finlandia superaron el listón del 70% de financiación privada sobre el total de la investigación llevada a cabo en sus respectivos países2.
Estas cifras muestran claramente que el camino que tiene que recorrer España para la convergencia con Europa en investigación, desarrollo e innovación pasa primordialmente por un aumento del esfuerzo inversor en I+D del sector privado, un hecho que, a tenor de unas declaraciones del anterior ministro de Ciencia y Tecnología, Sr. Piqué, es la causa de que España dedique actualmente un 1% del PIB a I+D, frente al 1,4 que se habría alcanzado de haber aumentado el gasto por parte del sector privado en la medida que cabía esperar3.
CAPITAL HUMANO EN I + D
Nadie pone en duda que, en una economía basada en el conocimiento, un elemento clave es el factor humano. Conviene, pues, hacer un somero análisis del potencial humano español en I+D en comparación con la UE, los EE UU y Japón
España contaba en el año 2000 con 4,56 investigadores a tiempo completo por cada 1.000 trabajadores en activo, mientras que Japón doblaba esa cifra (9,26) al igual que los Estados Unidos (8,08). El promedio de la Unión Europea se situaba en un modesto 5,4, arrastrado a la baja por los países del sur (Portugal, Grecia e Italia junto con España), a pesar de contar con Finlandia que destaca en el concierto mundial con su 13,08 investigadores por cada mil trabajadores en activo.

El caso de Finlandia es digno de mención porque había tenido un crecimiento medio del número de investigadores del 10,81% en los cinco años anteriores, bastante similar, por cierto, al producido en España en ese mismo periodo (10,12 %), en contraste con el crecimiento negativo del 0,6% que presentaba Italia. De seguir estas tasas de crecimiento de personas trabajando en investigación a la misma tasa promedio de los años 1995-1999, España alcanzaría la media europea en este indicador en 2004. En mi opinión, este logro no podrá alcanzarse sólo con la contribución del sector público y requeriría de un aumento sustancial de empleo de personal científico por parte del sector empresarial privado. En apoyo de esta opinión hablan las cifras de distribución del empleo en I+D por sectores que se muestran en la tabla 2, en donde se recogen cifras del número total de investigadores, a tiempo completo, existentes en los ámbitos geográficos más arriba mencionados correspondientes al año 1992.
En estas cifras, destaca la baja proporción de los investigadores en España que realizan su tarea investigadora en el sector empresarial, que viene a ser la mitad de la cifra correspondiente a la media europea y sólo una tercera parte de la ocupación en EE UU. Las cifras en Japón son intermedias entre las que se dan en Europa y América. Estos números vienen a confirmar el desequilibrio existente entre el esfuerzo que pone el sector público en fomentar una economía basada en el desarrollo del conocimiento y el que dedica a este fin el sector privado en España, tan diferente del que observamos en las economías más avanzadas del planeta.
LA CIENCIA COMO PROFESIÓN
La carrera investigadora suele comenzar con la realización de una tesis doctoral, de modo que el número de personas que alcanzan dicha titulación académica puede ser un indicador del grado de interés que despierta la profesión de la investigación científica entre los jóvenes.
Tomando datos del año 2000, el número de doctorados conferidos en España, expresado en tanto por mil de la población cuyas edades están comprendidas entre los 25 y 34 años, fue 0,36 (o dicho de otro modo, 1 de cada 3.000 jóvenes españoles defendió su tesis doctoral). Esta cifra es inferior a la promedio en la UE (0,56) y a la de EE UU (0,48), pero netamente superior a la de Japón (0,24). Es esperanzador para el futuro científico español que la tasa de crecimiento del número de personas que obtiene el doctorado en nuestro país, fue 5,5 veces superior al promedio de la UE entre 1999-2000, y ello a pesar de la difícil situación laboral que conlleva el sistema de becas español, el único en Europa en el que los jóvenes investigadores no cotizan a la seguridad social ni tienen seguro de desempleo.
Afortunadamente se detectan síntomas claros de que algo está cambiando de cara a la situación de estos futuros investigadores, a tenor del texto del real decreto aprobado recientemente en Consejo de Ministros, que va en la línea de las declaraciones de la directora general de Investigación del MEC anunciando, en una reunión de la conferencia de rectores de universidades españolas, que los jóvenes becarios tendrán los mismos derechos que cualquier trabajador, salvo el seguro de desempleo4.
Es de esperar que tras este primer paso se equipare el personal científico (predoctoral y posdoctoral) al resto del mundo laboral español, al menos en cuanto a prestaciones sociales —¡también en el seguro de desempleo!—, ya que desgraciadamente para los que hacen la ciencia en España, sería ilusorio pedir también la equiparación salarial.
Hasta aquí se han presentado unos datos estadísticos expuestos con la pretensión de poner en perspectiva la situación de la I+D en España en el contexto europeo y los países más activos en la creación de ciencia y en su utilización, los EE UU y Japón. Quizás sea ya pertinente preguntarse cómo ha afrontado España los retos derivados de la declaración de Lisboa 2000.
UN NUEVO MINISTERIO PARA LA I + D EN ESPAÑA
Una notable medida de política científica, para algunos etiquetada con ribetes de arma electoral, fue la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCYT) en la segunda legislatura del Partido Popular. La creación de este nuevo ministerio fue acogida con satisfacción y creó expectativas notables en el mundo científico español. Sin embargo, algunos sectores manifestaron su extrañeza por haber dejado fuera de él a la universidad que, no hay que olvidarlo, aporta más del 60% del personal dedicado a la investigación en España. Al hilo de la puesta en marcha del nuevo ministerio se produjeron separaciones dolorosas, ejemplificadas en la que dio origen al reparto de las dos agencias de evaluación científica del extinto Ministerio de Educación y Cultura entre los nuevos ministerios de Ciencia y Tecnología, por un lado, y de Educación, Cultura y Deportes, por el otro. De ellas, la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (CNEAI) permaneció en Educación, mientras que la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) pasó a Ciencia y Tecnología, a pesar de compartir techo y herramientas de trabajo. Se generó un ambiente de incertidumbre y recelo frente al nuevo ministerio que no acababa de ponerse en marcha, sobre todo habida cuenta de la inminencia del VI programa marco de la UE, que rompía con los esquemas de funcionamiento de los anteriores programas marco y que, de no influir en su desarrollo, se presumía poco favorable para los intereses españoles.
En el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el buque insignia de la investigación española, no se entendió la sustitución del profesor César Nombela como presidente, tras una brillante gestión al frente del organismo. A ello se añadió la ruptura con la tradición que mantenía desde su fundación al CSIC en el mismo departamento ministerial que a las universidades, y a su personal científico equiparado con el profesorado universitario.
Si a esta ruptura añadimos el intento de poner en práctica el decreto de unificación entre los organismos públicos de investigación del Estado, que permanecía dormido desde la anterior legislatura por su dificilísima, por no decir imposible, puesta en práctica, se puede comprender el desasosiego de los científicos españoles que sucedió al inicial optimismo tras la creación del MCYT.
Sin embargo, algunos cambios recientes de responsables en este ministerio, han hecho albergar esperanzas de un aumento de realismo y eficacia en la marcha del mismo. A día de hoy, creo que son mayoría los españoles que, ya con perspectiva, consideran que la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología ha sido un hito positivo para la ciencia española; y que entre los logros de este ministerio destaca el Programa Ramón y Cajal para incorporar 2.000 científicos cualificados al sistema público de I + D mediante contratos de larga duración en el trienio 2001-2003 y que se anuncia será prorrogado para el trienio 2004-2006. Mirando al futuro, merecen ser tenidas en cuenta unas recientes declaraciones del actual presidente del CSIC en las que dice: «Por encima de los fallos iniciales, se considera que este ministerio debe ser una pieza clave en el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología en España»5.
EL ÉXITO EN I + D, ¿UN PROBLEMA EXCLUSIVO DE LOS GOBIERNOS?
Una pregunta que flota en el ambiente es si la UE «está haciendo sus deberes» para cumplir los objetivos propuestos. Mi opinión es que no hay mucho margen para el optimismo a este respecto, como al menos no lo hubo entre los participantes a la XIV Conferencia Interparlamentaria del programa para la innovación científica y tecnológica en Europa, conocida como Eureka, que tiene por misión fomentar y potenciar la investigación industrial. El responsable de la conferencia, Knud Larsen, se quejó de que en Europa «no hay una apuesta clara para que la industria se alíe con la universidad y los avances científicos tengan salida en el mercado»6. Los indicadores dicen claramente que no es suficiente la inversión industrial europea en I+D y que la brecha con Estados Unidos (que es algo menor respecto a Japón) es cada vez mayor. Curiosamente esto sucede a pesar de que la calidad de la ciencia europea, medida en términos del número de publicaciones científicas, ha seguido una evolución similar, e incluso ligeramente superior, a la norteamericana en el periodo 1995-2001 (en contraste sorprendente con el número de las publicaciones científicas originadas en Japón, que apenas han representado el 25% de las contribuciones europeas o norteamericanas en el mismo periodo).
Queda fuera del alcance de este artículo la búsqueda de una explicación entre las habilidades de las distintas sociedades avanzadas para convertir el esfuerzo investigador en desarrollo y en innovación tecnológicas, además de mejorar el conocimiento científico de la naturaleza. Parece obvio que los Estados Unidos de América y, aunque en menor ‘medida, también Japón han conseguido un punto de encuentro entre los intereses de las comunidades científica, industrial, financiera y académica que facilita el flujo de aportaciones y retornos entre ellos.
Aceptando de antemano el riesgo de que el amable lector crea que estoy profundamente equivocado, voy a mencionar alguno de los rasgos distintivos que considero explican el éxito americano en I+D: su flexibilidad social y la movilidad de sus gentes; un moderado individualismo que fomenta la competitividad; el éxito de organización de la veintena de universidades privadas punteras que atraen a los mejores científicos del mundo y a las que el mundo empresarial confía sus inversiones en investigación e innovación tecnológica; y, sobre todo, el pragmatismo con que esa sociedad acepta la incorporación de logros científicos a su vida ordinaria.
Un buen ejemplo de esto último lo encontramos en la batalla que enfrenta a Europa y Estados Unidos sobre la autorización de productos transgénicos, vetados legalmente en Europa desde hace más de cinco años, en gran parte debido a la presión de la opinión pública, que no acaba de fiarse de las garantías ofrecidas por los científicos sobre los riesgos que conlleva su utilización y consumo.
Otro ejemplo nos lo proporcionan las reticencias y críticas que despierta en España el Capítulo VIII de la función 54 de los Presupuestos Generales del Estado. Como es sabido, la función 54, denominada «Investigación Científica, Técnica y Aplicada», engloba los créditos presupuestarios para financiar la política científica y tecnológica del Estado. Esta función está dividida en nueve capítulos, entre ellos el capítulo VIII destinado, en buena parte, a la concesión de créditos a empresas públicas y privadas para el desarrollo de diversos proyectos militares internacionales, en cuya realización participa España, y que siendo relevantes desde el punto de vista tecnológico, deben contribuir a fomentar la capacidad tecnológica e innovadora de la industria española. El portavoz de ciencia y tecnología del PSOE en el Congreso, refiriéndose a las partidas presupuestarias del Gobierno para el año 2001 decía: «Aquí está el dato bochornoso: el 40% del dinero destinado en 2001 a la función 54, es decir, a la ciencia, se gastará en armamento»7. Según el PSOE, se gastarían en armamento 161.000 millones (de pesetas), de los que 58.577 serían para fragatas, 71.260 para aviones de combate y 29.213 para carros de combate. Para este partido político esos gastos militares se detraerían del gasto en investigación. Sin embargo el Ministerio de Ciencia y Tecnología rechazó esta última acusación afirmando que «el dinero destinado a Defensa proviene de créditos y anticipos reembolsables por lo que no compite con el presupuesto de ciencia básica»7.
A la vista de lo llovido desde entonces, cabe preguntarse si España debiera haber renunciado a participar en esos programas o, por el contrario, haber incluso impulsado alguno más, como el del avión europeo para transporte militar. La respuesta a esta pregunta muy probablemente contaría al menos con el no de los rectores de las universidades autónomas de Madrid y Barcelona, quienes junto a sus colegas de las universidades de Barcelona, Santiago de Compostela, Granada, Valladolid, Oviedo, Gerona, Lérida y Politécnica de Cataluña anunciaron la inclusión de un nuevo artículo en sus estatutos en virtud del cual sus respectivas universidades renuncian a realizar proyectos de investigación con fines militares8. Me atrevo a señalar como otro rasgo distintivo de la sociedad española su elevado grado de ideologización, que comparte con otras sociedades europeas, a diferencia de la americana y probablemente también de la japonesa.
NOTAS
1 · A New Economy? The changing role of Innovation and Information Technology in Growth, OECD, Paris, 2000.
2 · EC (2002): Science, Technology and Innovation. Key figures, European Commission, Luxemburgo, 2000.
3 · Diario El Mundo, 03.07.2003.
4 · Diario El Mundo, 04.07.2003.
5 · Entrevista a E. Lora-Tamayo, en revista digital Madrid + d, VI-VII/ 2003.
6 · El Mundo Digital 24.06.2003.
7 · Diario El Mundo 08.06.2001.
8 · ABC Periódico Electrónico, 27.06.20
Es muy posible que la Iglesia católica no haya vivido nunca a lo largo de su historia en un mundo tan complicado como el actual. Pero sobre todo nunca habría establecido una relación tan diaria, intensa e inevitable con los elementos y aspectos políticos, culturales y económicos que componen ese mundo y lo mantienen en constante ebullición.
Por la misma naturaleza de las cosas -es decir, en este caso, por la importancia universal de la Iglesia, y por la presión amable o adversa que el mundo ambiente ejerce sobre ella-, la Iglesia católica se halla una vez más en el ojo del huracán, y en las alturas azotadas por vientos poderosos, capaces en su energía de destruir a cualquier institución humana.
Hace muy poco tiempo señalábamos el cambio de milenio, un tránsito inevitable del tiempo de la física, que encierra por sí mismo escasa trascendencia. Ese tránsito de edades puede contener desde luego sentidos simbólicos, atribuidos con mayor o menor razón. Puede tal vez invitar a un balance de alguna utilidad en la esfera de las ideas, los propósitos o las interpretaciones. Pero no guarda en sí mismo ninguna clave orientadora o iluminadora del futuro.
Podemos estar seguros de que, para la Iglesia y el cristianismo, el nuevo milenio será tan negativo y tan positivo como el anterior. Los milenios vienen a ser equivalentes, sin olvidar por ello que la historia se va cargando de sentido. Durante el milenio que ha terminado, la Iglesia y los cristianos han sido visitados por serias catástrofes, que marcan actualmente su ser y su acción históricos, así como desafíos y tareas cruciales del presente.
Piénsese en el cisma de Oriente, que ha privado a la cristiandad de uno de sus dos pulmones, como suele decirse, y ha empobrecido su percepción de importantes cuestiones teológicas, espirituales y pastorales.
Tan grave como esta escisión es la revolución religiosa del siglo XVI, que divide la Iglesia occidental de modo irreparable en dos mundos no sólo diferentes, sino religiosamente antagónicos. Protestantismo y catolicismo vienen a ser para muchos dos religiones distintas, y el ecumenismo aparece como una apuesta y un impulso del Espíritu de Dios que gusta sanar las almas y las cosas in extremis, y obliga a los hombres a esperar contra toda esperanza.
Análoga trascendencia histórica encierra la pérdida por la Iglesia de la vigencia cultural e intelectual que ha ejercido en épocas pasadas. El secularismo y la descristianización social han provocado un eclipse de su función orientadora en el campo de la verdad y de la moral, así como un cierto ensordinamiento de su voz en asuntos vitales para toda la humanidad.
La escena en su conjunto parecería el curso de un desmoronamiento gradual inexorable, y una especie de caída libre en la irrelevancia, si no fuera porque el desarrollo de la Iglesia obedece en sus avatares a una dinámica que escapa al análisis sociopolítico y que no responde a leyes ordinarias de acción en el tiempo de los hombres.
Junto a estos episodios lamentables ocurridos en el segundo milenio, no deben silenciarse ni pasarse por alto otros hechos y procesos magníficos, de los que la Iglesia y los cristianos han sido también sujeto principal a lo largo de siglos problemáticos.
Ahí está la expansión continua de la Iglesia. Es un desarrollo cuantitativo y cualitativo, que confirma su catolicidad y su capacidad de inserción en el tejido de las sociedades. Factor vital de este desarrollo planetario han sido las misiones. Consideradas ahora con la serenidad y el equilibrio que faltaban a muchos hace decenios, puede afirmarse en honor a la verdad histórica, que las misiones cristianas han sido la empresa más abnegada, desinteresada y eficaz, de las muchas que ha llevado a cabo la humanidad.
La profundización teológica en la idea de misión, que es un fruto directo de la eclesiología elaborada durante la segunda mitad del siglo XX, no priva de importancia ni de significado al esfuerzo misional clásico, gracias al cual se han podido establecer, en la teoría y en la práctica, nociones capitales para entender la tarea de la Iglesia en el mundo entero.
Ha de mencionarse asimismo la capacidad de reacción y de recuperación del cuerpo católico ante las hondas crisis provocadas en su seno por la revolución religiosa del siglo XVI, la crítica ilustrada y racionalista posterior, y el secularismo de los siglos XIX y XX. La situación no podía ser ya la misma que antes de las crisis, que dejaban en muchos casos heridas incurables. Todo lo que ocurre en la historia alcanza efectos irreversibles. Pero esas sacudidas dramáticas y esos procesos silenciosos han ayudado una vez más a que la Iglesia descubra y desarrolle las energías que viven en su seno, y se conozca mejor a sí misma.
Mención especial merecen los papas del siglo XX, especialmente Pablo VI (1963-1978) y Juan Pablo II, que llenan los últimos decenios del siglo, y cuyos pontificados han determinado con especial intensidad el curso histórico de la Iglesia.
Algunos han dicho con cierta frivolidad que Pablo VI ha sido el primer papa moderno. Lo cierto es que Juan Bautista Montini tenía una percepción muy clara acerca de la necesidad de un cambio en la Iglesia, a fin de que ésta, cuya vocación fundamental era la missio ad gentes, no se asemejase nunca a un mero reducto espiritual de almas buenas. Sabía bien que una Iglesia sin mundo producía necesariamente un mundo sin Iglesia, y por tanto sin Evangelio. Pablo VI era un hombre de cultura y, al mismo tiempo, de instintos tradicionales, muy consciente de lo que significaba el ministerio papal dentro y fuera de la Iglesia. Mantuvo abiertas las ventanas que abrió Juan XXIII, pero no dejaba de observar el termómetro, para evitar caídas de temperatura. Aceptó el papado con ilusión y con una elevada conciencia de su misión y de lo que debía hacerse. Pero intuía que su pontificado iba a ser borrascoso y difícil.
En un discurso de primera hora a los cardenales y obispos de Curia, Pablo VI recordó que el color rojo que muchos de ellos lucían en su vestimenta era una alusión a que los prelados de la Iglesia habían de estar dispuestos al martirio, si ése era el camino dispuesto por la providencia divina para que cumplieran su misión. Se ha hablado después, concluido ya el pontificado, del martirio de Pablo VI, porque él mismo tuvo que aceptar y vivir un suplicio incruento y silencioso, con el espíritu lacerado por males de la Iglesia, que difícilmente podía haber imaginado.
Juan Pablo II ha consumado el cambio iniciado por Pablo VI en el estilo papal de gobernar la Iglesia. El suyo ha sido ya un pontificado tan decisivo como turbulento. El tono populista de contacto directo con la realidad del mundo y de los cristianos, se simboliza y expresa en los cien viajes que le han puesto en comunicación con muchedumbres de todos los continentes. El atentado de mayo de 1981 hizo al papa especialmente solidario con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que han sufrido y sufrirán el cruel e irracional zarpazo del terrorismo contemporáneo. Es evidente que el papa no habla acerca de las condiciones del mundo desde una torre de marfil.
Pocas veces en la historia se había visto empíricamente la función papal realizarse como un combate espiritual, y a brazo partido, por la unidad de la Iglesia, como ocurre en este pontificado crítico.
Parece como si el papa Juan Pablo II se hubiera señalado, como tarea urgente de su ministerio evitar la autodemolición de la Iglesia misma, presionada, desde dentro y desde fuera, por ideales, válidos pero a veces mal concebidos y peor realizados, de apertura, pluralismo y diversidad.
El ecumenismo y la búsqueda de la unión de los cristianos es posiblemente el gran proyecto eclesial forjado en el siglo XX. La lentitud relativa del diálogo ecuménico apenas podrá sorprender a quienes conocen bien y han reflexionado seriamente sobre las hondas diferencias de fondo entre las denominaciones cristianas. Lo que une es más de lo que divide. Pero las que parecen pequeñas diferencias adquieren a veces, correctamente examinadas, magnitudes colosales. ¿Se pueden unir realmente lo divino y lo humano? He aquí el núcleo de la cuestión ecuménica, muy por encima de las diferentes posturas sobre escritura y tradición, Cristo e Iglesia, fe y obras, ministerio y autoridad.
Hemos visto nacer el ecumenismo. Pero su curso histórico y sus desenlaces permanecen ocultos en Dios. Porque el ecumenismo no es una negociación doctrinal entre católicos y protestantes, sino un diálogo que busca la verdad.
El despertar de las religiones no cristianas en la conciencia católica es otro aspecto que cuenta en el haber de la Iglesia contemporánea, salida del Concilio Vaticano II (1962-1965). Superadas por el Evangelio y dejadas atrás, por así decirlo, en la historia de la salvación definitiva de la humanidad, las religiones del mundo cuentan, sin embargo, con el respeto de la Iglesia y de los cristianos. Entran sin duda en los planes de la Providencia, que busca de muchas maneras el bien de todos los hombres y mujeres del planeta. No son en modo alguno caminos hacia Dios paralelos, alternativos o equivalentes al trazado por la persona y la obra de Jesús de Nazaret. Pero desempeñan funciones educativas y preparatorias que la teología trata de investigar.
Los impulsos e iniciativas que hemos mencionado no son desde luego los únicos que podrían citarse. Responden en cualquier caso a un honda percepción del Evangelio y de la relación global de la Iglesia con el mundo, que se configura en los campos de la teología y de la pastoral durante los años anteriores al Concilio Vaticano II.
Aparece entonces una nueva visión católica de la realidad a la luz del Evangelio, que toma cuerpo en las iglesias europeas antes y después de la II Guerra Mundial (1939-1945), y que coincide algo paradójicamente con un declive de la influencia cristiana en muchas naciones y sociedades del viejo continente. Un robusto pensamiento cristiano laical convive junto con autores del ámbito eclesiástico. Estos hombres forman un colectivo renovador del pensar y sentir de la Iglesia, que se comprende a sí misma, con especial viveza, como núcleo espiritual de la humanidad. Puede decirse que desde la doctrina y la acción de los teólogos y pensadores cristianos del siglo IV, edad de oro de la Patrística, no había tenido lugar una situación semejante.
La celebración del Concilio Vaticano II ha manifestado de modo empírico, como era de esperar, el carácter universal de la Iglesia y la extensión realmente católica de su actividad en el mundo. La Iglesia romana es y se sabe católica no sólo en el sentido dogmático y teológico, con arreglo a los principios básicos de su ser espiritual. Ha podido también reconocerse a sí misma como católica en un sentido práctico y operativo. Le importa cualquier asunto que interese a los hombres y pida una orientación y un diagnóstico evangélicos.
EL ESCENARIO DEL MUNDO
Conviene ocuparnos ahora de la escena profana, que es el marco y el ambiente temporal de la vida de la Iglesia y de los cristianos en los comienzos del siglo XXI, como lo ha sido en todos los tiempos.
No hay en estos comienzos, como es lógico, solución de continuidad con lo ocurrido en los últimos decenios del siglo XX. Este siglo se ha caracterizado en lo técnico por las grandes revoluciones científicas: relatividad, teoría cuántica, energía nuclear, biología molecular, física del caos y de la complejidad, informática. El hombre ha experimentado con mayor hondura e intensidad el hecho de que mantiene ciertamente una relación con todo el universo. Lo que podría ser antes una mera percepción romántica expresada poéticamente, es ahora una experiencia real de cercanía con el resto de la humanidad y con todas las latitudes de la tierra.
Estas revoluciones son coetáneas de los llamados giros lingüístico (cultura), permisivo (sociedad), eclesial (Vaticano II), político (liquidación de la Unión Soviética, consolidación de la Unión europea, hegemonía de los Estados Unidos de América).
A pesar de los aspectos prometedores que contienen algunos de estos desarrollos, lo cierto es que el siglo XX ha hecho muchos pesimistas históricos, que ponen en tela de juicio el avance moral de la humanidad. Los fantásticos inventos técnicos han contribuido a extender y mejorar la calidad de vida, pero ninguno de esos inventos parece haber hecho realmente mejores a los hombres.
Vivimos en un mundo norteamericano, lleno de paradojas y contrastes. Una cierta fe en el futuro coexiste con un ambiente de incertidumbre, que se ha acentuado en los últimos años. Los países en vías de desarrollo apenas se desarrollan, o no lo hacen en absoluto. Asistimos a la desintegración política de los países subsaharianos, en los que una descolonización acelerada parece actuar hoy como una bomba de efectos retardados. El fenómeno del terrorismo omnipresente ha introducido incógnitas y factores de consecuencias imprevisibles.
El mundo parece crecientemente unificado por las fuerzas convergentes de la globalización, la tecnificación y lo que, con notable maquiavelismo e ironía, suele llamarse información. Por doquier imperan los sistemas que, para bien y para mal, implican eficazmente al ser humano y disminuyen de modo implacable el espacio de su libertad. La suma de todos estos fenómenos apunta inexorable y pragmáticamente hacia un único mercado libre planetario, al que deberán subordinarse las ideas y las iniciativas espirituales.
El ambiente general en el que se operan estas trasformaciones es de secularismo. El mundo occidental prescinde fácilmente de la dimensión trascendente del hombre y de la realidad. El sínodo de obispos celebrado en el año 2000 constataba la decadencia religiosa de Europa, que resultaba evidente desde mucho antes para cualquier observador.
Nuestro momento histórico asiste a la crisis irrecuperable del socialismo y de los partidos socialistas europeos. Producto de la era industrial, el socialismo ha perdido en la posindustrial tanto el programa como el rumbo. El desfondamiento ideológico y moral de los partidos socialistas en los países mediterráneos expresa la irrelevancia actual de un credo político anacrónico y sectario.
Se ha producido asimismo, al amparo de la libertad política, la presencia corrosiva de grupos comunistas en las democracias occidentales, con las que no son ni se sienten, ni quieren ser solidarios. Son como un resto del nihilismo sociopolítico, que vive amparado en el presente caos cultural, y en las aporias de un Occidente al que han buscado destruir. Los intelectuales y simpatizantes culturales y sociales de estos movimientos neocomunistas ven con irritación y rencor silenciosos que el odiado capitalismo, consolidado y motivado democrática y tecnológicamente, ha salido indemne en su lucha contra poderosos enemigos históricos, como han sido el fascismo, el nazismo, el comunismo leninista y los socialismos que anidan en las democracias occidentales.
La experiencia general comprueba hoy la superioridad del llamado primer mundo, que en un largo proceso histórico ha podido eliminar el despotismo, la barbarie y la arbitrariedad que dominan todavía en numerosos países y sociedades orientales. Las naciones de Occidente han conseguido crear paulatinamente condiciones de vida más humanas que las ofrecidas por otras civilizaciones. El cincuenta por ciento de los jóvenes árabes que critican a los Estados Unidos emigrarían a Norteamérica si pudieran, porque de otro modo ven malgastada y perdida su vida en las sociedades bloqueadas y estancadas en las que han nacido y vegetan.
La figura del papa forma parte también de la escena profana mundial. El papa es universalmente reconocido como la voz moral más autorizada de la humanidad. El Papado puede ser considerado como la institución más importante de la historia, y esta percepción general sigue operando hoy, aunque no lo haga como en otros períodos históricos. Millones de hombres y mujeres de todo el planeta saben e intuyen que la palabra papal es de las pocas que merece ser tenida en cuenta, en un mundo de oportunismos, medias verdades y ficciones. La misma decepción y resistencia que algunas declaraciones del papa provocan en personas y ambientes, son en realidad modos paradójicos de reconocer y aceptar su prestigio.
Es evidente, de otro lado, que aparte de lo que pueda pensarse acerca del papel de las religiones de la Tierra en otras civilizaciones y culturas, la religión cristiana nunca ha sido ni será un freno en el desarrollo económico, científico, y político de un país.
EL ESCENARIO CRISTIANO
El fin del siglo XX sorprende a la Iglesia católica en un punto de inflexión, marcado por situaciones que dan lugar a desafíos y cuestiones, cuyo análisis y diagnóstico resultan inevitables. Algunos asuntos exigirán serias discusiones en la cúspide. Otros deberán ser aún observados en su evolución y desarrollo, antes de que el gobierno pastoral de la Iglesia sé determine a actuar sobre ellas de modo concreto.
La Iglesia presenta, al menos en su superficie, una situación critica y nueva, que llama la atención tanto a observadores informados como a personas de escasos conocimientos.
Lo que realmente ocurre escapa en gran medida a nuestra comprensión, y a la validez de nuestros posibles juicios y valoraciones. No sólo por el carácter de misterio de fe, que la Iglesia encierra para un creyente; sino también por la misma complejidad de su ser histórico, que desborda las observaciones culturales e incluso a las religiosas. Porque la Iglesia no es la expresión de una religión más entre otras.
Hay hechos que hablan, sin embargo, a la experiencia ordinaria, y de ellos nos ocupamos ahora.
Lo más característico de la escena cristiana durante los últimos decenios es probablemente el deseo de apertura al mundo, expresado y realizado por la Iglesia en torno al Concilio Vaticano II, y a sus múltiples implicaciones. Este concilio representa un punto de llegada, porque supone la cristalización y formulación de ideas y percepciones que preexisten a su celebración, y explican también de algún modo su convocatoria por el papa Juan XXII, en octubre de 1959. El Concilio es también un punto de partida, porque ha significado, como era de esperar, una nueva situación para la Iglesia, cuyos rasgos precisos no estamos todavía en condiciones de definir.
Esta apertura católica al mundo no ha sido siempre respondida favorablemente por las fuerzas e instancias seculares que configuran la política, la sociedad y la cultura modernas. Parece incluso que esa sincera oferta de diálogo por parte de la Iglesia ha sido recibida, más bien, con recelo y muchas veces con hostilidad. Ha recrudecido en muchas ocasiones la vieja enemistad de algunas ideologías, que parecen aprovechar la apertura para atacarla con mayor comodidad y eficacia.
Pero esta débil, o incluso negativa, respuesta del mundo secularizado al tono comunicativo de la Iglesia, no es ni con mucho la cuestión más seria y urgente que ésta debe resolver en la hora actual. Importa mucho más la situación interior y los problemas planteados de puertas adentro, que cada vez se revelan más agudos y lacerantes.
Sobresale enere ellos la determinación y el ejercicio de la identidad cristiana entre los hombres y mujeres que se confiesan católicos. «Nadie puede negar -decía el cardenal Ratzinger en diciembre de 1993- que existe una profunda inseguridad en relación con la fe y la doctrina de la iglesia» (coloquio publicado en Time el 06.12.1993). Lo que era un hecho para el cardenal hace diez años reviste actualmente proporciones inusitadas. Una generación de «rebeldes religiosos» parece haberse dedicado con ahínco a poner en discusión durante el posconcilio el pasado y el presente de la fe y de la conducta cristianas, tal como los pastores de la Iglesia tratan de proponerlas a los católicos.
Esa réplica contestataria ha ayudado a introducir en el interior de la Iglesia, y en la conciencia creyente de los fieles cristianos, uno de los elementos más típicas de la sensibilidad moderna, que es la multiplicación, buena o perversa, de las opciones, tanto profanas como religiosas. La modernidad pluraliza, y esta modernidad entendida como condición cognoscitiva en todos los planos, tiene mucho que ver con hábitos anárquicos de juzgar y pensar, que se han trasladado a la Iglesia católica.
A este fenómeno de decadencia religiosa, que muchos celebran como un nuevo modo de ser católico, se suma un déficit de comunión entre los diferentes estamentos de la Iglesia, provocado en gran medida por las vacilaciones y desorientaciones de muchos teólogos.
Una teología intelectualizada, ávida de influencia eclesial y social, se lia erigido en un nuevo magisterio. Éste considera frecuentemente las doctrinas cristianas como axiomas de contenido flexible, que pueden y deben ser matizados, interpretados y, en su caso, reformulados por un pensamiento libre de trabas tradicionales. Se asiste a una verdadera proliferación de librepensadores católicos, que confunden la creatividad con la infidelidad. Crece así la privatización de la existencia eclestal de los creyentes en un sentido negativo, que aleja del centro y de la comunión.
Los papas de los últimos decenios tienen ante sí a un pueblo cristiano, cuya fe presenta rasgos inciertos; y a un estamento teológico, cuyos miembros ven al magisterio, en muchas ocasiones, como un competidor dentro de la Iglesia. No es menos grave el apagamiento del carisma que en su día originó e hizo posible la vida y la eficacia católicas de muchas familias religiosas. Un epifenómeno significativo de esta crisis, que explica para muchos la crisis misma de la Iglesia, es la práctica desaparición del hábito en numerosas órdenes y congregaciones.
Porque el hábito religioso no es un simple vestido exterior. Ha expresado siempre desde su origen ideales, valores y convicciones profundas, que una historia especializada puede describir fácilmente. El hábito indica visiblemente la relación de quien lo lleva con la sociedad que le rodea, así como la posición espiritual de esa persona en el marco de la convivencia general. Indica sobre todo la relación de quien lo lleva consigo mismo, protegiendo su identidad y obstaculizando en buena hora su posible disolución en lo mundano. El hábito imponía al religioso una imagen a la que conformarse y le hacía consciente de la singularidad que él mismo había querido para sí, con el fin de servir a Dios y a los demás hombres.
Un factor de desarrollo abierto al futuro, y también de inquietud e incertidumbre, deriva del diálogo y de la relación intensificada con las religiones del mundo. En la Iglesia se ha pasado, sin solución de continuidad, de un olvido de las religiones en sí mismas a una valoración excesiva del universo religioso no cristiano. Por su condición misteriosa y su nacimiento histórico, el Cristianismo interpela o juzga esencialmente a las religiones, que son en definitiva manifestaciones de una religiosidad herida. El Evangelio no supone la crisis radical de la religión no revelada, pero es parte de su misión poner de manifiesto la ambigüedad e insuficiencia de ésta como camino hacia Dios. No hay que olvidar que, siguiendo al judaismo, la religión cristiana ha abandonado definitivamente el mundo de los dioses y ha dicho adiós a los ídolos.
Estas consideraciones, u otras semejantes, no impregnan hoy suficientemente el estilo y el talante católico en el diálogo interreligioso, que se caracteriza en numerosos ámbitos de la Iglesia por un cierto irenismo. Las iglesias protestantes más solventes han conservado, en ocasiones, mejor que sectores y teólogos católicos la conciencia de identidad cristiana, y la diferencia abrumadora entre el cristianismo y las demás religiones.
Se observa junto a estos hechos un empobrecimiento espiritual general, que obedece en gran medida a una trivialización de la grandeza y del poder transformante de los adorables misterios cristianos. Parece haber retrocedido en los fieles el sentido de lo sagrado, a la vez que la Iglesia rebosa de formulaciones culturales directamente relacionadas con metas y eslóganes temporales.
Bajo una unidad externa de organización, la Iglesia padece serios problemas de fragmentación, más o menos encubierta. Hay poderosas fuerzas centrífugas que actúan sobre lo católico como factores desintegradores. Predomina con frecuencia en numerosos ámbitos eclesiales un pluralismo atomizador, más que un fecundo pluralismo en la comunión. En estas delicadas circunstancias sobresale el Papado como un factor real de unidad, tanto a nivel empírico como teológico.
UNA LECTURA PRUDENTE DE LA REALIDAD
El espectador de la escena mundial, más o menos informado y con alguna capacidad de valorar hechos históricos y religioso-culturales, tiene fácilmente la impresión de que los juicios y percepciones corrientes sobre la Iglesia distan mucho de responder a la verdadera realidad de las cosas. Suelen ser valoraciones culturales, sociales, políticas, religiosas o estéticas, que recogen solamente aspectos muy parciales de una realidad que no se deja catalogar rii describir según las taxonomías de nuestro mundo. Lo saben los creyentes y lo sospechan los indiferentes y los incrédulos. La desconfianza moderna hacia los grandes discursos y sistemas explicativos de las cosas o de la historia puede extenderse con toda razón a las estimaciones sobre la Iglesia, como sociedad o comunidad que vive y actúa en el mundo.
En la Iglesia hay siempre más y hay siempre menos de lo que se ve exteriormente. La Iglesia que experimentamos es un ser proteico, cuya fenomenología escapa a leyes y criterios ordinarios de valoración temporal. Un declive histórico puede ser inicio de un período cargado de promesas, y una situación de bonanza puede encubrir la gestación de graves momentos críticos. Sencillamente porque las fuerzas renovadoras y capaces de reorientar una situación escapan por entero en su aparición a la previsión y al control humanos.
Pero también la experiencia tiene algo que enseñar. La Iglesia católica es la institución y el sistema religioso con mayor prestigio en la hora presente. Su condición paradójica en muchas dimensiones hace posible detectar en ella una crisis honda, a la vez que permite considerarla esperanza y luz de una humanidad espiritualmente agobiada y sin rumbo. El impacto secularizador y la crisis de la Iglesia ocurren a la vez que ésta toma conciencia cada vez más honda y viva de lo que es y significa el Evangelio.
La muerte del papa Pablo VI en agosto de 1978, y el fallecimiento, casi dos meses después, de su sucesor Juan Pablo I, habían creado lógicamente un alto grado de perplejidad y relativo desconcierto en la Iglesia. Pero esa situación excepcional, y esos sentimientos, daban paso enseguida a un nuevo periodo de normalidad y contenida expectación en torno al nuevo papa, que es latino con los orientales y oriental con los latinos. Una sacudida de gran envergadura se saldaba con una continuidad creativa, de modo que los hechos históricos venían como a enunciar silenciosamente una ley del acontecer cristiano: la vida cotidiana de la Iglesia, hecha de luces y sombras, coincide asombrosamente con su caminar majestuoso a lo largo de los siglos.
En ese caminar reconocía el converso inglés John H. Newman su condición trascendente y divina: Incessu patuit dea. Pero ese mismo estilo de recorrer la historia de los hombres y de las sociedades ha podido sembrar dudas y originar crisis de fe en otro tipo de mentes y corazones. Así le ocurrió al francés Alfred Loisy, que abandonó la Iglesia por motivos semejantes a los que provocaron la conversión de Newman. El escándalo y las ambigüedades de la historia, interpretadas o no según coordenadas y criterios convencionales, fue el marco de ambas aventuras espirituales de resolución tan diferente.
Las pautas habituales de interpretación no son suficientes para que la Iglesia se le revele al espectador o al analista como una realidad inteligible. Se dice que la antigua Roma imperial podía sufrir en algunos de sus muros y puertas el acoso de sus enemigos, mientras que a través de otras salidas de la urbe enviaba ejércitos a la conquista de nuevos territorios. Era una situación bélica paradójica, que se reproduce pacífica y espiritualmente en la nueva Roma. Aunque a veces pueda parecerlo, la Iglesia no marcha cojeando por la historia de la humanidad, y sus vaivenes reflejan en realidad lo accidental de las circunstancias humanas que comparte.
Todas las sombras que arroja la Iglesia sobre el propio terreno, y sobre la faz del mundo en el que vive, no manifiestan sino la luz que de ella procede, y que la envuelve por doquier. La Iglesia es un misterio que escapa a los hombres, incluidos los creyentes, y puede producir notables perplejidades. Algunos sufren hoy porque se habría adecuado excesivamente a los parámetros del mundo, mientras que otros no ocultan su malestar porque consideran que se mantiene extraña a la vida real de las gentes. La verdad es que se espera mucho más de la Iglesia que de todas las demás instituciones mundanas.
En muchos aspectos importantes de su papel en el mundo, la Iglesia, sin embargo, no defrauda, y su comportamiento en lo esencial podría calificarse de «incorregible». Lo que para una visión miope de la Iglesia parece un empecinamiento en criterios anticuados, es precisamente un rasgo fundamental de su condición, que la abren a todos los tiempos y lugares habitados por seres humanos. Se piensa a veces que el catolicismo no posee una funcionalidad directa y visible en las sociedades de nuestros días. Pero este es un juicio temerario, que resultaría imposible demostrar incluso a nivel empírico. Lo cierto es que la Iglesia revela lo real, y habla de ello al hombre y a la mujer en una medida mucho más amplia e intensa que cualquier otra instancia terrena.
Si algo caracteriza a la Iglesia es su negativa constante a ser una mera función de las ideas, sentimientos y proyectos vigentes dentro de la sociedad en un momento histórico. La Iglesia es parte de la comunidad de los hombres, y a la vez flota sobre ella. No va a remolque de la sociedad, ni obtiene sus inspiraciones y sus energías de los impulsos y principios que mueven a ésta, aunque en muchas ocasiones aprenda de ellos, los comparta y colabore en hacerlos realidad.
Algunas Iglesias y denominaciones cristianas aceptan con notable facilidad propuestas reformistas e innovadoras de colectivos sociales sobre asuntos que atañen a la visión evangélica del hombre. La sensibilidad y las convicciones del mundo aparecen entonces como criterios de acción y de reforma, adornados con un cierto halo de infalibilidad sociorreligiosa. Al aceptarlos indiscriminadamente y sin crítica verdadera, las denominaciones religiosas claudican ostensiblemente de su misión orientadora en el campo de la doctrina y de la moral. No han podido ni sabido resistir la presión secularista y han cedido a los eslóganes mundanos, que nada saben ni entienden de Evangelio.
Los medios de comunicación se hacen eco con frecuencia de este fenómeno, que pone de manifiesto con cierto dramatismo la crisis y el desmoronamiento doctrinal y espiritual de numerosas comunidades cristianas. La búsqueda de una sintonía absoluta con las ideas y planteamientos mundanos a cualquier precio ha hecho irreconocibles a denominaciones y grupos cristianos que históricamente han podido ser focos de espiritualidad evangélica. Muchas de estas comunidades tradicionales, asentadas incluso en diversos continentes, no perciben tal vez que las iglesias cristianas que se niegan a adaptarse al secularismo son las que mejor se mantienen y crecen más rápidamente, mientras que se agostan y se escinden las que tratan de ser «modernas y relevantes» para el momento actual. El secularismo no es el futuro, sino la falsa visión que ayer se tenía del futuro.
La Iglesia no puede ir, ni va de hecho, a remolque de la sociedad y de sus modas. Trata más bien de guiarla moralmente a la luz del Evangelio, a la vez que procura en su caso asimilar de ella estilos y sensibilidades, que la ayudan a estar en el mundo y a mejorar su comunicación con los hombres y las mujeres de cada época. El llamado «espíritu del tiempo» es necesariamente juzgado por la Iglesia, y sometido a una valoración evangélica.
Porque los signos de los tiempos resultan por lo menos ambiguos. Se mezclan en ellos la voz de Dios en la historia humana, y una deriva nihilista, o al menos ajena a los valores espirituales, que no construye sino que más bien destruye humanidad. Hay que separar con instinto creyente aspectos contradictorios de la realidad, que viven y se expresan a través de los mismos fenómenos y sucedidos históricos. Por eso la Iglesia no dice nunca a la sociedad simplemente lo que ésta quiere oír. La relativa impopularidad de numerosos papas recientes en diversos ambientes del mundo contemporáneo, obedece sin duda al hecho de haber proclamado la verdad moral y religiosa sin compromisos ni ambigüedades.
La Iglesia no obtiene su discurso y sus luces del mundo circundante, pero tiene muy en cuenta los valores de verdad y las muchas percepciones sabias y perennes que las sociedades humanas consiguen en el curso del tiempo. Porque el Reino de Dios no es un juicio absoluto del mundo, ni deriva por tanto su visión y sus valores de una confrontación con el mundo. La Iglesia juzga, valora y salva al mundo, y lo hace todo a la vez.
Nos hemos referido en estas páginas a la delicada situación que vive la Iglesia en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del presente siglo. No es la primera vez que el cuerpo católico ha tenido y tiene que atravesar vados profundos, en los que cualquier otra comunidad tendría que haber perecido. Pero la Iglesia ha resurgido de momentos semejantes, e incluso más comprometidos, a lo largo de su agitada historia. No se pueden prever las primaveras del Espíritu, ni tampoco el cómo y el cuándo de su gestación y desarrollo. Podemos estar seguros, sin embargo, que todos los inicios y gérmenes de renovación de la Iglesia viven y actúan ya desde dentro en la Iglesia misma.
El pequeño templo en ruinas de San Damián se convirtió para Francisco de Asís en la imagen misma de la Iglesia de su difícil época. Fue precisamente el carisma de Francisco, reconocido y avalado por los pastores legítimos, el que salvó, en gran parte, aquella hora y aquella situación comprometidas. La Iglesia tenía que salir adelante, y su triunfo era, una vez más, inevitable, aunque hubiera que conseguirlo con mucho amor y con mucho dolor. Hoy podemos hablar también de sangre, sudor, y lágrimas.
Como las sociedades humanas, también la Iglesia consiste en largos procesos de desarrollo y cambio, que no modifican su esencia, pero que impiden entenderla como una realidad inmutable y atemporal.
La Iglesia católica está en el mundo como una doctrina, un culto o religiosidad y un gobierno pastoral. Son tres dimensiones o aspectos que se fundan armónica e indisolublemente en una única realidad sobrenatural y humana. La existencia y fusión de doctrina, oración y gobierno es parte esencial del misterio y de la singularidad de la Iglesia. Es un hecho religioso que la distingue de cualquier otra comunidad, cristiana o no cristiana. Las tres dimensiones conectan a la Iglesia con el misterio trinitario del que procede y del que vive; y a la vez la sitúan y enraizan en el mundo real de los hombres.
Doctrina, culto y gobierno no son, en la Iglesia, aspectos inteligibles ni operativos por separado. Los tres se implican, refuerzan y moderan o corrigen mutuamente, siempre que resulta necesario. Aseguran a la Iglesia el contacto permanente con sus raíces últimas y mantienen su perennidad y su equilibrio, en gran parte perceptibles empíricamente, a lo largo de los siglos. Una doctrina verdadera; un culto y un modo de oración derivados del Hijo único de Dios, que nos ha enseñado a orar; y un gobierno que cuida de la doctrina y vigila para que la religiosidad no degenere en superstición o fideísmo: he aquí el régimen de la Iglesia, cuya alma es el Amor.
Quienes gobiernan la Iglesia no sólo moderan la doctrina y el culto, sino que también se dejan moderar y corregir por una y otro. De otro modo, un gobierno sin principios de fe podría corromperse en maquiavelismo, tiranía o arbitrariedad. O bien, carente de oración, podría devenir una política y pragmatismo mundanos. Muchas crisis de las padecidas por la Iglesia obedecen en gran medida al cuarteamiento, empírico y temporal, de la unidad radical y operativa que debe hacer de las tres dimensiones citadas una realidad sin fisuras. Una doctrina equívoca, una religiosidad empobrecida y un gobierno pastoral a la deriva son factores y síntomas de declive eclesial.
Esta conjunción estrecha salva y garantiza la identidad y permanencia del cristianismo católico, sin sincretismos en el credo, sin perversiones en la religiosidad y sin desmanes o injusticias en el gobierno de la Iglesia.
Sólo el Espíritu de Dios puede contrarrestar de modo creativo el declive al que se ve sometida periódicamente la Iglesia, en todo lo que tiene de sociedad humana. Lo han causado los hombres, pero éstos no pueden remediarlo, si no intervienen nuevas energías. En muchas comunidades cristianas se acumulan los sucesivos declives y momentos de crisis, hasta que la situación deviene irreversible y la comunidad se hace irrecuperable e irrelevante desde el punto de vista religioso. A la Iglesia podría ocurrirle lo mismo, si no fuera porque su alma es el Espíritu de Dios, continua fuente de carismas y de semillas e impulsos de renovación.
Cuando amenaza el peligro, crecen también los factores de salvación. Esta ley parcial de la economía espiritual humana se cumple fielmente en su plenitud en el desarrollo de la Iglesia. Cuanto mayores son los peligros amenazantes y los riesgos, mayores son las energías que restauran y enderezan. Fallan entonces las pautas interpretativas de situaciones que podrían denominarse de decadencia y caída.

En su último libro, José Morales sostiene que nopuede hablarse de la religión como de un género que cabría dividir en especies, sino que cada religión ha de ser considerada por sí misma, como un género dentro de las realidades humanas. Consagrado al análisis de El valor distinto de las religiones, este trabajo ha sido precedido por estudios de otras religiones (El islam, Rialp, Madrid 2001) o de fundadores de religiones, como Jesús de Nazareth (Palabra, Madrid 2002). José Morales es profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra. Trabaja en temas de Teología dogmática y espiritual y ha investigado la vida y escritos del cardenal Newman. Entre sus obras más destacadas cabe citar: Religión, hombre e historia. Estudios newmanianos; El misterio de la Creación; Teología de las religiones, etc.
La permanente fascinación por Hamlet siempre ha estado acompañada por la ambigüedad y las múltiples interpretaciones de sus actos. Hamlet, representante canónico de la pasividad, actúa a lo largo de la obra con inusitada vehemencia. Representante de la duda, toma decisiones que afectan a la vida de casi todos los protagonistas. El que piensa demasiado bien, no es capaz de expresar al borde de su muerte la naturaleza de su conocimiento. Si es la más acabada representación del pensamiento, su movimiento conlleva una intensa ironía, el desconcierto entre los que le rodean y, al fin, la muerte. Si es un nihilista, actúa bajo una idea bastante convencional del honor. Hamlet es un enigma, y quizá esa sea la causa de que se sienta una perpetua atracción por él. Pero si se le considera como uno de los más conspicuos representantes simbólicos de la literatura occidental nos enfrentamos a paradojas que, posiblemente, nunca se resuelvan, pero que tampoco se pueden obviar. Aunque también cabe la posibilidad de que estas paradojas se hallen inscritas de forma natural en la misma materia de la obra, y que incluso hayan constituido parte esencial de algunas de las experiencias más íntimas de Shakespeare.
Goethe afirmó que el nudo del problema de Hamlet es el de alguien que recibe un encargo y carece de los recursos vitales necesarios para llevarlo a cabo. Es el conflicto de una persona con inmensas dotes intelectuales que se ve abocada a desenredar en el mundo un grave problema vital, en el que las contradicciones morales se han de resolver apelando a una acción que se encuentra más allá de la moral. Quizás podría haberlas resuelto en el campo de la política. Pero su falta de proporcionalidad en la acción y el exceso de su furiosa indignación convierten sus actos en la antítesis de la política. Más bien, en un aquelarre de destrucción de todos y de sí mismo a causa del conocimiento. ¿Es esa la enseñanza de Hamlet?
Una primera aproximación imaginativa nos daría, entre muchas, otras posibles vías de comportamiento del príncipe de Dinamarca. Podría haber permanecido impasible ante la petición de venganza de su padre. Podemos imaginarnos un Hamlet estoico y desafecto a los requerimientos del fantasma paterno, incluso debatiendo sus razones y resignándose a la injusticia y dejando que las cosas sigan su curso. Pero su apasionada indignación ante la traición y lo abominable de la verdad le impiden dar una respuesta que no sea la acción sin límite. Hamlet está dominado por su pasión de venganza. Su interioridad está poblada por la finura del intelecto y un exceso emocional que jamás llega a controlar, a pesar de que sea consciente de él. Esta dualidad es uno de los orígenes de la tragedia de Hamlet. Y también de su ambivalencia, estética y moral.
Los riesgos a los que se enfrenta la razón se pueden datar mucho antes de Auschwitz. Algunos han afirmado que la extrema lucidez puede desembocar en el caos y en la locura, sin entrar en ponderaciones sobre la calidad de ese conocimiento. O, simplemente, que la actividad del pensamiento puede quedar relegada a un segundo plano, si no se muestra capaz de aceptar la realidad sin los velos de la ilusión y del prejuicio, decantándose así la actividad de pensar en una pura acción que busca el sentido en sí misma. La luz del pensamiento puede cegar. Por cierto, también puede producir otros efectos, como en Buda, Platón, Sócrates, Zenón, Séneca o Montaigne, por citar algunos casos. Shakespeare, atento lector de Montaigne, parece que en su vida se atuvo a contemplar el mundo con una cierta distancia desesperanzada. Es posible que su inmensa capacidad para captar los infinitos matices de la realidad no estuviera ajena a esta actitud, y también que al final de su vida aceptara — e incluso recomendara aceptar— lo que hay sin ningún atisbo de resignación ni desesperanza.
En cualquier caso, Hamlet es la más importante de las obras de Shakespeare, en la que desarrolla algunos de los riesgos a los que se enfrenta la actividad del pensamiento, es decir, la actividad que un individuo establece al dialogar sin fin consigo mismo. Pero, además, Shakespeare plantea en esta obra la relación que existe entre el pensamiento y la acción o, al menos, la específica relación que establece alguien como Hamlet en este punto. La reflexión intenta conducir inicialmente a la acción, luego se convierte en subordinada de ésta y desemboca, al fin, en una orgía nihilista de sangre en la que el pensamiento abdica de toda posibilidad de introducir orden en el caos.
La obra se desenvuelve en un contexto político, en las altas esferas del poder y, por ello, la actuación de Hamlet podría haber sido otra más acorde con presupuestos estrictamente políticos. Podemos concebirla realizando la venganza de forma interpuesta por otras personas o, simplemente, posponiéndola para un momento más oportuno. Los actos de Hamlet nunca parecíen los más adecuados si los entendemos desde una perspectiva puramente estratégica de poder. Es un antimaquiavelo desde el momento en que lamenta que él haya sido el escogido para enderezar un mundo tan perverso. Pero, ante todo, es su irrefrenable inclinación a reflexionar sin interrupción lo que le impide obrar con la frialdad que requiere la acción política.
Hamlet está constantemente perturbado por sus propios interrogantes —ya existían antes de la revelación de su padre—, que se acentúan y multiplican a medida que intenta determinar el rumbo que han de tomar los acontecimientos. De forma simultánea, Hamlet piensa sobre la legitimidad moral del mundo y la forma de enderezarlo. Las consideraciones de orden pragmático se ven constantemente perturbadas por el libre movimiento de su pensamiento, que sobrevuela prácticamente todos los órdenes de la vida. De esa forma, Shakespeare parece decirnos que pensar demasiado bien y actuar son cosas incompatibles —como lúcidamente arguyó Nietzsche—. Pero ello, acompañado de dos ideas implícitas. En primer lugar, la apasionada predisposición hacia el pensar contamina de forma inevitable, y no necesariamente de forma positiva, otros órdenes de la vida. Y en segundo término, la inadecuación de la pura actividad del pensamiento como forma de orientar la acción en el mundo; o, dicho de otra forma, la compleja relación existente entre razón y voluntad.
Para explorar estas afirmaciones es pertinente adentrarse en algunas cuestiones previas. ¿Cómo era Hamlet antes de la aparición del fantasma de su padre? ¿Y qué supuso esa revelación para su personalidad? Hay suficientes indicios para pensar que era un estudiante inmerso en la vida despreocupada e intensa de la universidad de Wittenberg, amante del teatro y la especulación, dotado de una personalidad extremadamente carismática y querido por sus compañeros. No parece que la política formara parte de sus principales preocupaciones, cuando menos en el plano intelectual, aunque debería tener perfectamente asumido que era el heredero legítimo del trono al que accedería, con mayor o menor agrado, tras la muerte del rey.
La aparición del fantasma de su padre es el resorte teatral que Shakespeare utiliza para espolear la tragedia, sobre todo sabiendo que es Hamlet quien va a cabalgar sobre ella con todo su ímpetu furioso. Así, el conocimiento en Hamlet proviene de algo muy próximo a una revelación. Una revelación que conlleva un saber y un mandato, un conocimiento y una acción. Hamlet es incapaz de sustraerse a esa dualidad, y eso es lo que desata la tragedia. Se puede especular con la idea de que un Hamlet con otra disposición espiritual habría actuado de una forma completamente distinta. Podría haberse quedado impasible ante la revelación esperando acontecimientos o, simplemente, haber actuado con una mayor claridad estratégica, con el objeto de derrocar a su tío y consumar una venganza más eficaz y no suicida. Pero no es así.
Este comportamiento extraño y, a la vez, tan fascinante, objeto de tantas disquisiciones, se debe a su propia constitución espiritual. Se demora en medio de recurrentes consideraciones sobre la vida y la muerte, la traición, la amistad, el amor, la política y, en general, sobre lo divino y lo humano. La brillante mente de Hamlet jamás permanece en reposo: es un torbellino, tan frenético como certero, de reflexiones aceradas que demandan al cielo y a la tierra un sentido que la realidad le niega, y en el que la constante introspección es incapaz de hallar algo más que la nada.
Que la misma fuente del conocimiento sea la revelación hecha por un fantasma no puede menos que alertar acerca de la ironía de Shakespeare sobre la naturaleza y la misma posibilidad del conocimiento. Ya en su primer monólogo, tras la celebración de la boda de su madre con su tío, Hamlet muestra una fuerte animadversión hacia la premura indecente de los esponsales y la frivolidad de sus manifestaciones. Hasta aquí, nada fuera de lo común en un espíritu sensible. Cuando el resorte de la tragedia se dispara mediante la intervención de su padre, Hamlet se ve impelido a iniciar una venganza que entiende como un acto de justa restitución de un orden que se ha perdido mediante el crimen y el incesto.
Ahora bien, la justicia es concebida por Hamlet de forma solitaria y sólo él se ve arrogado con la legitimidad para llevarla a cabo. Si el mismo conocimiento proviene de una revelación producida en una oscura soledad, de igual forma se han de llevar a cabo los actos que se desprenden de ese conocimiento. De esta forma, Shakespeare parece afirmar que la sabiduría se origina en la soledad absoluta —incluso en el caso de una revelación ultramundana— y sus consecuencias se deben afrontar solitariamente, sabiendo que esa sabiduría puede estar alejada de la justicia y la bondad, es decir, del orden moral. Si la revelación produjo en Moisés el conocimiento de la ley y su misión consistió en comunicarla a su pueblo e introducir el orden en el mundo, en Hamlet el efecto es justamente el inverso: el conocimiento certifica la ausencia de la ley, éste se debe mantener incomunicado y sus consecuencias pragmáticas son el caos y la muerte. Soledad, silencio, inefabilidad, ausencia de sentido y preponderancia de la muerte y de la nada son los puñales que atraviesan los oídos de quienes contemplan la tragedia de Hamlet.
Pero el atractivo de Hamlet quedaría enterrado bajo este fragor si no fuera porque se distancia de otros personajes nihilistas de Shakespeare a través de su irrefrenable tendencia a pensar y demorarse en la acción mediante un continuo juego establecido en el ámbito de la actividad de pensar, así como por su impulso hacia la indagación sin fin, el desenmascaramiento del mal y la constatación del absurdo. Esto le lleva a la identificación de la realidad como lo universalmente malvado y a demorarse en la inquisitiva actividad de su intelecto, que es tan poderoso que invade y fagocita su voluntad. Hamlet soluciona el permanente conflicto entre pensamiento y voluntad a favor del predominio de la pura actividad de pensar, de tal forma las propias actividades y objetivos de la facultad de la voluntad quedan colonizados por las muy distintas de las del pensar.
El pensar es una pura actividad incapaz de detenerse y conformarse con los resultados que obtiene, siempre provisionales, pues está abocado a reiniciar constantemente los mecanismos que la pusieron en marcha y revisar constantemente su propio objeto. Según Arendt, si hacemos caso de la distinción kantiana entre razón (Vernunft) e intelecto (Verstand) —traducido a veces como entendimiento— la razón tendría como fin encontrar significados, mientras que el intelecto descubrir verdades en el mundo de los fenómenos que nos brindan los sentidos. Así, el pensamiento, entendido como pura actividad, se sitúa más allá del sentido común. No pretende descubrir verdades, sino averiguar qué significa que algo exista. Esta actividad se desarrolla en el ámbito de la más estricta soledad a través del íntimo diálogo de uno consigo mismo. Su objeto no es el mundo de los fenómenos, sino el de los conceptos y metáforas, y actúa al modo de Penélope, tejiendo y destejiendo la urdimbre de sus propios argumentos que realiza en la estancia de su diálogo interior. Por ello, la manifestación externa de la actividad del pensar es la ausencia de actividad, y su condición la soledad. No averigua principios ni prescribe acciones. Más bien el pensamiento actúa como un disolvente de las tradiciones y prejuicios al preguntarse, sin detenerse jamás, por el sentido de algo.
Sócrates fue quizá el primero en ser consciente de estas aparentes paradojas que, en términos políticos, le llevaron a ser acusado de impiedad y, finalmente, ejecutado. El había indagado en la actividad de pensar, sin que fuera capaz de decir de ella nada más que una vida sin dialogar con uno mismo era una vida carente de sentido, es decir, el sentido del pensamiento se encuentra en el ejercicio de su misma actividad. De ahí que la incapacidad del pensamiento de salir de sus aporías se plasme en las escasas afirmaciones que Sócrates realizó, como que es mejor sufrir injusticia que cometerla, o que lo peor que le puede ocurrir a un hombre es que disienta de sí mismo y se contradiga. Afirmaciones que, por lo demás, están estrictamente relacionadas con el necesario discurrir de la propia actividad de pensar y no, como podría parecer en una aproximación superficial, con las consecuencias morales derivadas de ella. Sócrates hizo pocas afirmaciones tan taxativas, limitándose a estimular las capacidades dialécticas dé sus interlocutores en discursos aporéticos que no saciaban a los que buscaban respuestas claras y definitivas. Entre ellos, dos de sus discípulos más dotados, Alcibíades y Critias, que buscaron puertos más seguros en las brumas de la acción nihilista. Brumas no del todo alejadas de las que Hamlet transita por la corte de Dinamarca.
Hamlet es, desde el comienzo de la obra, alguien a quien el mundo que le es más propio es el del pensamiento. Se sentiría feliz viviendo en una cáscara de nuez con la infinita compañía de sus propios pensamientos —como dice jocosamente a Rosencrantz y Guildenstern cuando éstos le sugieren que su extraña actitud está provocada por ambiciones insatisfechas—, pero el mandato de su padre le impele a actuar en un mundo que desprecia llevando a cabo la venganza que restituya la justicia. El problema de Hamlet reside en su incapacidad de mantenerse en el terreno del pensamiento, predisposición que, en su caso, podría haber cristalizado con fortuna en la actividad poética y teatral, como demuestra con sobrada competencia en todo lo que gira alrededor de la puesta en escena de La ratonera y sus consejos a la compañía de actores. Pero el mandato del fantasma de su padre le arroja de lleno en la acción que se desenvuelve en el mundo de los fenómenos, mundo en el que reina el sentido común guarnecido por la voluntad y el deseo. Y la pasión, ya sea embridada por la voluntad, ya estimulada por ella, expulsa al yo pensante de la serenidad propia de la actividad de pensar y lo sumerge en la ansiedad del yo volente. Pero la pasión de Hamlet por restablecer la justicia no es nada socrática. No prefiere sufrir injusticia a cometerla, aunque quizás lo habría preferido si su orgullo y el mandato paterno no le hubieran incapacitado para toda elección al respecto. Hamlet debe llevar a cabo una venganza justificándosela a sí mismo como una némesis, lo que provoca que deba sumergirse en las más profundas y oscuras simas de la acción humana pertrechado con las herramientas del pensamiento que, en ese medio, no son sino ceguera entre tinieblas.
La inherente tendencia que la actividad de pensar muestra a girar sobre sí misma y sobre sus objetos, se desplaza en Hamlet hacia la voluntad, algo devastador por la ineficacia e irresolución que le provocan. Y ante la imposibilidad de que las reglas de la razón le puedan servir en el ámbito de la voluntad, Hamlet se sumerge en un proceso que sólo se detiene en el quinto y último acto de la obra, donde el pensar se convierte en juego autocomplaciente de su propia potencia sin atender a sus limitaciones, y, sobre todo, a las del mundo de los asuntos humanos. De ahí sus constantes demoras en iniciar las acciones necesarias para llevar a cabo la venganza y sus permanentes reflexiones sobre la propiedad de nuestras intenciones, pero no de sus resultados. Su voluntad se ve importunada sin cesar por su irrefrenable tendencia a reflexionar sobre el sentido de lo que está haciendo o, simplemente, de lo que tiene ante la vista. Su pensamiento le hace replantearse continuamente los fundamentos del mundo y, como consecuencia, las razones de su acción. Llega un momento en que Hamlet parece estar tan apasionado por el devenir de su propio pensamiento que esa acrobática agilidad la traslada a la voluntad mediante una deliberada demora en los términos en que desarrolla la venganza al jugar con todo lo que tiene a su alrededor: manipulando personas, sentimientos, y haciendo continuas acrobacias con el lenguaje que siempre va a la zaga de su pensamiento.
Siempre ha sorprendido esta actitud de Hamlet, hasta el punto de hacer de él la personificación de la irresolución. Pero Hamlet no es propiamente un irresoluto; es más bien un pensador que se demora en el juego que él mismo establece en el imprevisible tablero de la vida. Auden intuyó algo de esto cuando comentó que Hamlet es un personaje sumido en el aburrimiento. Cuando demanda a su cerebro que actúe comienza un aquelarre de acción orientado por los equívocos procesos del pensamiento. De forma inmediata, comienza a tramar el ardid de la obra teatral que ha de desenmascarar fuera de toda duda la culpabilidad de su tío. Cuando en su famoso monólogo del tercer acto afirma que la conciencia nos hace cobardes y desvirtúa la acción, ya ha decidido abandonar los espacios de la reflexión y adentrarse en la vorágine del gran juego en el que las piezas son todos los personajes principales de la obra —a excepción de su amigo Horacio—, y los fines de la macabra charada están más allá de la venganza: la destrucción de los demás y de él mismo mediante los refinamientos estratégicos de su mente privilegiada, acompañados de una especie de delectación en la demora y la dilación.
Hamlet ofrece la imagen recurrente de un depredador que juguetea con sus presas ante de acabar con ellas. Su juego se emplaza en el ámbito de la pura actividad pensante, pero contaminado por las decisiones que deben llevarse a cabo en el curso de la acción. Y, a medida que se van desencadenando los hechos de la tragedia —a veces de forma fortuita, otras, deliberada, siempre bajo su atención tan escrutadora como destructiva—, parece que las reflexiones morales que realiza Hamlet las pone en sus labios para recordarse a sí mismo el mundo del que proviene, aunque ya no es capaz de escucharlas; ni a ellas ni a nadie. La autoridad de sus pensamientos sobre sí mismo ha quedado eclipsada desde el momento en que la voluntad ha colonizado su vida espiritual y la acción traza una espiral cuyo centro es la nada. El pensar, agotado por su incapacidad de reposar en el sentido, se abandona a la acción que produce un sentido ajeno al pensamiento: el ser dé la naturaleza, sin adjetivos ni promesas; en definitiva, la pura quietud del caos.
Llega un momento en que el universo del juego ya no proporciona a Hamlet ningún placer. El continuo sarcasmo y el desenmascaramiento casi autoflagelante del mal le alejan del punto en el que estaba instalado desde que había decidido cumplir el mandato de su padre con todas sus consecuencias. Las reflexiones que hace ante la tumba de Ofelia, y otras que comunica a su amigo Horacio, nos muestran a un Hamlet que ha cambiado al aprender ciertas cosas, no ya sobre la muerte y su influencia sobre la vida, sino, ante todo, sobre la actitud a la que se ve abocado ante ella alguien que ha traspasado ciertos límites tanto del pensamiento como de la voluntad. Antes de decidirse a actuar sus reflexiones se situaban en un espacio de penumbra en el que la duda y el temor le impedían apresurar su muerte. En el quinto acto ya no sólo no le importa morir, lo desea. Así se lo comunica al buen y limitado Horacio, que, incapaz de entender nada de lo que está ocurriendo, como a lo largo de toda la obra, tiene que escuchar de boca de Hamlet que ya basta de darle vueltas a todo y que está dispuesto a morir. Luego, el batir de las espadas y la muerte por el metal o el veneno. Al final, un Hamlet agonizante que vuelve a decir que ya basta y que si dispusiera de tiempo contaría cosas de gran trascendencia.
Se ha hablado mucho sobre el misterio de estas palabras finales, pues nada hay mejor que especular con lo desconcertante. Es posible que si hubiera dispuesto de tiempo Hamlet hubiese permanecido mudo, pues anteriormente ya había tomado posesión de ese silencio al que se entrega de forma definitiva con la muerte. Pero antes de emitir algún tipo de veredicto conviene resaltar que, casi desde el comienzo de la obra, Hamlet es incapaz de amor y de compasión hacia los demás y —lo que quizá pueda ser más grave— hacia sí mismo. No hacia Ofelia ni, desde luego, hacia su madre. De todos los figurones y mediocres comparsas que asisten mudos de asombro y espanto al irrefrenable viaje de Hamlet hacia la nada, sólo Horacio parece salvarse. Pero más bien parece que Hamlet le utiliza como un interlocutor con el que afilar sus argumentos y ayudarle en sus propósitos, incluso en el increíble en alguien como Hamlet de que haya una constancia postuma de sus hechos y razones. Está claro que, aquí, Shakespeare hizo algunas concesiones al público al humanizar a un personaje que, al contrario de lo que hizo él mismo al retirarse silenciosamente a Stratford, quiere dejar un legado de comprensión tras de sí.
Hamlet no necesita nada ni a nadie excepto el perpetuo devenir de sus propios pensamientos, con los que vuelve a estar tan identificado en los últimos instantes de su vida de tal forma que, en cierto sentido, el propio ser del mundo cesa con el de su yo pensante. La débil trascendencia que procura el recuerdo al dotar de sentido al pasado está fuera de lugar en aquel que ha renegado del mismo sentido desde el momento en que se ha instalado en el perpetuo presente de la más pura actividad. Y la indiferencia por el futuro es, en términos estrictos, connatural al que desprecia el presente de forma absoluta. De esta forma, Hamlet ya era silencio antes de morir, hasta el punto que ni la misma muerte le era necesaria para mantenerlo. Pero los hechos desencadenados por sus actos le llevaron de la mano hacia el silencio definitivo sin que eso ni lo contrario le pudiera disgustar, pues la aceptación del caos del mundo, acentuado con refinamiento por él mismo, le había llevado al final a una completa indiferencia que estaba más allá de la vida y de la muerte.
El nihilismo progresa en Hamlet a medida que se sumerge en la acción. Pero su aristocrática soledad intelectual ya le había predispuesto a él mucho antes de que comenzara a pergeñar su venganza. Realizando certeros diagnósticos de cuanto lo rodea y de sí mismo no logra, empero, sustraerse al impulso por el que la búsqueda de sentido no halla nada más que el sinsentido y la nada. Si Hamlet fuera una reflexión de Shakespeare sobre el conocimiento habría motivos para sospechar que no esperaba gran cosa de él y que, en todo caso, lo había relegado a un puesto inferior al de la actividad artística, en la que el conocimiento es uno de los elementos de la paleta del poeta y de ninguna manera su fin.
La actividad creativa es, en los grandes artistas, una suerte de recreación que se plasma en nuevas y poderosas metáforas que originan sugerentes redescripciones de la realidad. Shakespeare no se dejó constreñir por una visión limitada del conocimiento, aunque parece afirmar que no lleva necesariamente a la sabiduría, y que ésta debe mantener una prudente distancia de la acción para que no entre en colisión consigo misma y con el mundo.
Samuel Johnson ya se percató de la ambigüedad de Shakespeare al destacar que su máximo defecto era que parecía escribir sin ningún propósito moral. Pero le tenía como el poeta cuya máxima virtud era haber puesto un espejo ante la naturaleza, por lo que se ha de considerar que el famoso crítico no se dejó arredrar por las incongruencias que pudieran existir entre sus propios principios morales y la indiferente versatilidad del
mundo. No fue así con las memorables reprobaciones que tanto Tolstói como Wittgenstein hicieron de Shakespeare, ambos obsesionados por una inacabable búsqueda de la verdad moral, lo que quizá produjera —a pesar de que este impulso fuera un fuerte acicate para su creatividad— un evidente menoscabo en la calidad de algunas de sus obras. La entusiasta apreciación e influencia de Shakespeare en, por ejemplo, Goethe, Hegel, Nietzshche, Schoppenhauer, Mann, Joyce, Proust o el mismo Freud, podrían indicar el tipo de suelo que suele fecundar con más éxito el dramaturgo isabelino. Aunque la influencia universal de Shakespeare es, evidentemente, mucho más amplia. De todas formas, siempre queda la duda de qué es lo que quiso decir, además de la duda, igual de razonable, de si tuvo alguna intención de decir algo.
En cualquier caso, Shakespeare jamás hizo parábolas. Ni en Hamlet ni en ninguna otra de sus obras. Si la metáfora de Johnson es adecuada, se limitó a expresar dramáticamente lo que veía, que era sin duda mucho. S e puede especular con la posibilidad de que Shakespeare plasmó en Hamlet algunas de las consecuencias que puede acarrear la fusión del pensamiento y la acción en alguien cuya predisposición originaria y fundamental es la de pensar. Pero, posiblemente, sea más apropiado creer que Shakespeare vertió en Hamlet alguno de sus más íntimas y complejas experiencias sobre la actividad del yo pensante y su forma de estar en el mundo.

Tamarón ha escrito una novela rara (pese a que se lee con facilidad y gusto, observación que quizá no termine de agradarle); se trata de un texto que se sigue con intriga intelectual creciente porque el autor ha puesto su condición de excelente prosista al servicio de una narración aparentemente lineal, pero que constituye, en todo momento, un reto a las ideas convencionales del lector, de cualquiera. No es fácil deducir cuál es el significado preciso de una serie de episodios cuya interpretación suscita numerosas perplejidades. El libro no se deja olvidar porque hace que prendan en eí ánimo del lector un buen número de preguntas inusuales y, por tanto, incómodas.
Lo que nos entrega Tamarón es, evidentemente, un testimonio, un relato turbador e inquietante que surge al hilo de los recuerdos de un personaje que se parece mucho a su autor {por ejemplo: traductor del Pied Beauty de Hopkins, montañero y erudito minucioso, destinado en Londres) aunque, por otros rasgos, la obra no es verosímilmente autobiográfica.
El tono testimonial es especialmente adecuado a lo que se nos cuenta: un descubrimiento capaz de dar sentido a la vida, pero también de hacerla fracasar. Esta vida que fracasa no es la de alguien singular, es más bien toda una raza que ya no existe, una saga un tanto mitológica cuyos últimos (o penúltimos) representantes terrenales son los protagonistas principales de la revelación y del ocaso. Elena y Miguel Cienfuegos son una extraña parej a de hermanos («Los dos hermanos miraban el mundo con esa alternancia rápida de curiosidad y de indiferencia propia de los animales, quizá porque, como éstos, se ayudaban mucho de los demás sentidos»), más cercanos a los viejos dioses del Olimpo que a los mortales comunes. Los hermanos mueren de manera desesperadamente heroica (el texto recuerda constantemente la atmósfera romántica del Goethe de Las afinidades electivas), combatiendo brava y desmesuradamente a las tropas milicianas en el frente de la sierra madrileña, lo que hace que el narrador, un Saturnino apenas sin apellidos, quede perdido para siempre, sin haber podido completar la triple tarea de sus «diversos destinos contradictorios: aprendiz, galán y revolucionario». Luego acaba én Londres y vuelve a España y se enriquece como editor y hombre de negocios, holgada situación que le permite dedicarse a acariciar los recuerdos que le han impedido llevar una vida normal (algo que a Tamarón parece resultarle bastante indeseable).
La parte central de la narración se destina al aprendizaje de Saturnino, porque, de una manera que resulta inquietante pero no arbitraria, los hermanos se las saben todas. No son redichos, desde luego, ni tampoco cosmopolitas, sino «catetos en varios idiomas». Saturnino los admira por su belleza, por su nobleza, por su sabiduría, pero los va viendo peligrosamente ajenos a cualquier identificación, puede juntarse con ellos pero cualquier otra efusión estará siempre de más. Sátur, como cariñosamente le llaman los hermanos, desea su compañía y sus enseñanzas y acepta las singulares reglas por las que se rige ese peculiar triángulo, pero va comprendiendo poco a poco que, a su muy extraña manera, su reino tampoco es de este mundo.
Las conversaciones de tan ejemplar trío, a las que en ocasiones se añade algún personaje de reparto, son, en el recuerdo de Saturnino, verdaderas escuelas de luz, rompimientos de una bruma mesetaria y progresista que queda convenientemente ridiculizada con el paciente consenso del buen Sátur. A su través descubre nuestro narrador la existencia de un mundo de cultura tan sólido como el de la naturaleza y tan duro como ésta, tan cruel con frecuencia. Es un mundo en el que «todos los oficiales de caballería son iguales», y en el que no hay diferencia de naciones ni de riqueza, en el que, como en el mundo antiguo presocrático y precristiano, no hay distinción alguna entre carne y espíritu, un cosmos diverso y evocador en el que la naturaleza es la única escuela de dignidad. En esta escuela Saturnino aprende a no quitar nada de la vista, a no perder ni los detalles ni las perspectivas (porque «en la vida lo más difícil es ver a la vez la hoja, el árbol y el bosque»), de modo que también se aprende a morir con alegría.
El segundo gran tema de conversación de nuestros protagonistas versa, como podrá imaginar cualquier lector de Tamarón, sobre las palabras mismas, sobre las distintas lenguas y temas similares. Tamarón desliza una buena serie de puyazos a los malos traductores (aunque en su lectura de Et in Arcadia ego ya le da la razón hasta la Enciclopedia Encarta) y deja caer muestras divertidas de las arbitrariedades y los giros del lenguaje («¿Y por qué las vacas son avileñas y Santa Teresa es abulense?», pregunta Adam, un militar destinado en Madrid que es retrato al carboncillo de la Alemania de preguerra), casos que patentizan el carácter más natural y rebelde del habla, su resistencia a la doma gramática y culta. Las vicisitudes de los españoles de entonces prestan un telón de fondo muy desvaído al desenvolvimiento del verdadero drama verbal, aunque sirven también para apuntar algunas varias observaciones, tanto sobre nuestro carácter («Los españoles tan sólo tenemos dos maneras de ver a los extranjeros: como gente amenazadora o como seres desvalidos») como sobre personajes de nuestra historia o nuestras letras que circulan, en mención (Unamuno u Ortega) o en persona (Bergamín), a lo largo de un texto que describe distantemente lo que transcurre en la preguerra. La guerra apenas entretiene al narrador y de la posguerra («sórdida de todas formas, llena de imposturas e imposiciones») ni se ocupa.
Tamarón ha descrito un mundo viril y visual, un universo de espíritu muy físico, muy corporal, en el que cabe la gesta y el desafío, la excelencia, un escenario lleno de simbolismos e imágenes pero regido férreamente por un principio de sabiduría económica: «No es fácil jadear y pensar al mismo tiempo. Ni en la guerra ni en lo demás», cuya fatal aplicación culmina irremediablemente con la muerte, esa definitiva revelación.
Al hacerlo nos ha ofrecido una singular meditación sobre la vida («también para recibir regalos hay que adiestrarse en cierta forma de generosidad»), aupada sobre goznes muy distintos y opuestos a los valores de mayor circulación y mejor mercado. Es una invitación a pensar que se acepta con agrado porque, además, no incurre en el mal gusto de ser enteramente coherente.